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Una bolsa de valores
para limpiar el planeta

¿Qué rayos es un bono de carbono?

Una explicación de Ernesto Ráez-Luna

Bonos

La vida en la Tierra es un acto de equilibrismo. Todas las funciones para sostenerla requieren un balance fino entre fuerzas constructivas y destructivas. La temperatura del planeta resulta del equilibrio exacto entre la energía solar que capturan la atmósfera y los océanos, y la que escapa al espacio. Ese intercambio depende de un manojo de gases atmosféricos, conocidos como «gases de efecto invernadero», que son los encargados de evitar que la Tierra se congele o que se caliente demasiado. Uno de los gases más importantes de este termostato de la naturaleza resulta de la combustión del carbono, la putrefacción de los muertos y la respiración de los vivos. Es el dióxido de carbono que capta la energía solar y la dispersa convertida en calor para mantener la atmósfera tibia. Sólo en un par de siglos, la quema a gran escala de combustibles fósiles para el funcionamiento de maquinaria moderna ha conducido a una acumulación creciente de CO2 en la atmósfera. El consenso científico es que este exceso de energía está causando cambios globales en el clima: cada vez hay más desastres y la temperatura promedio sigue en aumento. Es un desbalance peligroso que amenaza con desaparecer bestias polares, plantas de altas montañas y ecosistemas marinos como manglares y arrecifes coralinos. Millones de seres humanos perderían sus hogares. Sobreviviremos pero entre catástrofes de pesadilla.

Este escenario calamitoso condujo a establecer la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), ratificada por ciento noventa y dos países, que entró en vigor en 1994, y después llevó a firmar un conjunto de compromisos y plazos llamado Protocolo de Kioto. Al final de su primer período (2008-2012), es aparente que casi todos los compromisos han sido incumplidos. Emitir menos CO2 y capturar con eficacia al que ya está en la atmósfera es difícil.

Una de las ideas más populares para incentivar la reducción de emisiones y la captura de carbono es crear condiciones de intercambio entre quienes lo hacen y quienes necesitan hacerlo. Según el esquema llamado «cap-and-trade», existe un máximo de toneladas de CO2 que las empresas y los países pueden emitir. Se les llama «créditos de carbono». Si alguien se excede en emisiones, puede comprarle créditos a otro agente que haya emitido por debajo de su autorización, de modo que tiene créditos de sobra. La teoría es que, como cualquier mercado, funciona.

Imaginemos, por otro lado, que usted reduce sus emisiones de carbono o que captura carbono de la atmósfera. Los desechos orgánicos, al podrirse liberan carbono,  si usted controla la putrefacción de la basura en su ciudad, con compostaje o con mejores rellenos sanitarios, reducirá emisiones de carbono. O bien, dado que los árboles capturan activamente CO2 y viven muchos años, si usted cuida sus bosques o reforesta, retirará carbono de la atmósfera. Tras alguna complicada aritmética, la autoridad competente le entregará su certificado de créditos de carbono o de reducción de emisiones. Usted puede ir ahora donde una empresa o donde un país o donde una persona que necesiten reducir sus emisiones, pero que no pueden o no quieren hacerlo, y venderle sus créditos de carbono a un precio mutuamente convenido. Usted gana dinero y otro gana el reconocimiento por el carbono que usted capturó.

Pensemos un ejemplo con pescado. Supongamos que los merlines se hubieran reproducido tanto que amenazaran al ecosistema marino. Sería necesario eliminar algunos para restablecer el equilibrio del océano. Entonces usted pesca un merlín y le toma una foto, con un notario al lado, que da fe que usted pescó en efecto ese merlín. Luego, usted le vende la foto a otra persona, que ahora puede decir que ese merlín pescado por usted le corresponde, «como si lo hubiera pescado él mismo». Ojo que no es el merlín, sino la imagen certificada del merlín; pero hay un merlín menos en el mar, que es lo que importa. Usted también podría prometer que va a pescar cierta cantidad de merlines dentro de un plazo determinado, y vender bonos (es decir, promesas certificadas) por el merlín que pescará en el futuro. En otras palabras, estaría prestándose dinero, a cuenta de sus capturas futuras de merlines. La gente podría comprar y revender los bonos, a precios que reflejen el riesgo, mayor o menor, de que usted incumpla la promesa. Suena disparatado, pero ya existen mercados de carbono. Algunos siguen los lineamientos de la ONU, pero hay también mercados voluntarios donde la gente compra y vende bonos de carbono según su entendimiento y conveniencia.

La mayor dificultad en el trueque e intercambio de emisiones y capturas de carbono es la verificación del cumplimiento. Así que también hay negocio para quienes establecen estándares y para quienes certifican. Los sistemas de certificación son complicados, porque no basta con decir «capturé» o «no emití» carbono, sino que hay que demostrar que ese carbono es adicional a cualquier otro carbono que uno fuera a capturar o dejar de emitir de todos modos (sería como cobrar por el pescado que uno necesita comer para vivir). Además, el carbono intercambiado debe quedarse fuera de la atmósfera (sería como devolver el pez al mar y pescarlo varias veces). Para que este sistema funcione lo que uno haga no debe provocar emisiones por otro lado. Si expulso a los ganaderos de mi bosque, pero ellos van y queman otro bosque para poner sus vacas, el carbono emitido es el mismo, y yo sólo le he empujado el problema a mi vecino.

Otro problema es que los seres vivientes tienen la costumbre de ser impredecibles. En la sequía del año 2005, los bosques amazónicos emitieron una cantidad de carbono equivalente al emitido por los países industrializados. Los bosques no estaban enfermos, sólo un poco estresados. Pero quienes trabajan con ellos como depósitos de carbono sufrieron un susto mayúsculo, porque además las sequías fuertes se harán más frecuentes con el cambio climático (lo que llamamos un círculo vicioso). También están los conflictos de derechos. Por ejemplo, si un bosque protegido y rico en carbono está en un territorio indígena, ¿cuál sería el justo reparto de beneficios entre los indígenas y la empresa especializada en vender el carbono que se captura en esos bosques? ¿Qué tipo de tributos debería cobrar el Estado, y a quién los cobraría?

Las cosas importantes se abaratan cuando les ponemos precio. Reducir emisiones de carbono es un deber moral, sobre todo en los países industrializados, que emiten más per cápita. ¿Cómo mercantilizar un deber moral? ¿Cómo reemplazar la responsabilidad propia con un papel que representa el mérito de otro? Es decir, si uno le pega a su mujer ¿debería salir bien librado si otra persona deja de pegarle a su propia mujer y vende el certificado? (De todos modos, es una mujer golpeada menos).

La posibilidad de engañar, especular y confundir con el carbono es amplia, pero no debiera ser un motivo para tirar la toalla. Las fuerzas del mercado son poderosas y creativas, y aun es más fácil para algunos comprar carbono capturado o no emitido por otros que treparse a una bicicleta, aunque la bicicleta consuma cincuenta veces menos energía que una camioneta, nos lleve igual de bien a todos lados, y encima nos ponga fuertes y rozagantes. Para las empresas y naciones cuyo poder viene de traficar petróleo y emitir carbono, resulta demasiado caro que transformemos nuestros patrones de consumo hacia hábitos «bajos en carbono». Así que mientras otros pescan carbono, yo los alcanzo en bicicleta.