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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Un Warhol de horror

Un texto de Jon Lee Anderson
Ilustraciones de Sheila Alvarado

Warhol

Una noche, cuando tenía unos veintitantos años, regresaba a casa de mi hermana, quien vivía entonces en un departamento sobre un cine de porno gay de Nueva York. Era muy tarde y tomé un taxi que subía por Park Avenue hasta el Upper East Side. Como sabe cualquiera que ha jugado Monopoly, Park Avenue es la avenida más rica y tradicional de la ciudad, el patrimonio de esa época cuando las más fastuosas fortunas sobre la faz de la Tierra eran las de los Rockefeller y los Getty. De noche, por esa avenida, los taxistas van muy rápido porque casi no hay tráfico. Intentan pillar todos los semáforos posibles en verde y, con suerte, pueden avanzar más de veinte calles sin tener que detenerse una sola vez. Muy cerca de donde está el Empire State, entre las calles treinta y treintaicinco, de pronto el taxista tuvo que frenar.  Sin pensar en nada, frente a un semáforo en rojo, miré por la ventana y allí, apenas a unos diez pasos de mí, en la acera, estaba Andy Warhol.

No era una escena muy feliz. Iluminados por los faroles de la avenida,  detrás de Warhol había cuatro o cinco japoneses, todos con cámaras y de corbata, haciendo unas muecas de horror. Estaban inclinados abruptamente hacia atrás, con un gesto entre la sorpresa y el miedo porque un forajido se estaba lanzando contra ellos.  Era un hombre espantoso y enorme, desgreñado y barbudo como un Rasputín, vestido en trapos, el típico homeless enloquecido que dormía sobre las veredas, que nunca se bañaba y que llevaba encima capas de todos los tipos de ropa, fuera verano o invierno. Ese hombre se lanzaba hacia Warhol, y éste, como si fuese un dibujo animado —con su delgadez y finura, su albinismo androide y pelo platino— se tiraba hacia atrás boquiabierto. Los japoneses también. El efecto visual los presentaba como haciendo una ola en miniatura, pero hacia atrás, y en un cuadro con una escena congelada. Esta vez Warhol no era el pintor, era el retratado, y eso mismo, curiosamente, le daba un aspecto de kitsch icónico. No acababa de asimilar la escena cuando de súbito el semáforo cambió, y el taxista, queriéndose apartar de lo que parecía un lío callejero, apretó el acelerador partiendo de esa esquina a gran velocidad. 

Volteé a mirar hacia atrás pero fue inútil: el taxi iba tan rápido que no pude ver más. No sabía si aquel homeless se había hecho el loco para espantarlos, como un chiste para ver reaccionar a un dandy y su séquito japonés. O si se había lanzado contra ellos para agredirlos. Y nunca lo supe. No vi ningún titular que al día siguiente dijera «Warhol golpeado en Park Avenue». Supongo que fue un simple susto, un episodio de Nueva York que debe ocurrir diez mil veces por día entre sus habitantes. Warhol fue víctima de una escena callejera que le puede pasar a cualquiera y eso le añadía surrealismo. Era algo común cruzarse con famosos en la ciudad. El ethos reinante era de no ser mirón ni intruso con ellos, sino dejarles vivir sus vidas. Así había visto al cómico Bill Cosby un día en una panadería; o a Ryan O’Neill, el olvidadizo pero inconfundible actor de Love Story caminando por la calle. Pero lo de Warhol era distinto: lo vi en un momento descompuesto, casi íntimo, demostrando miedo. De cuando en cuando recuerdo esta visión como un poster de Warhol, una pintura luminosa sobre el hombre que predijo fama para todos durante quince minutos. Pero no es más que la memoria fugaz de una historia dramática y con un final desconocido durante quince segundos en el anonimato.