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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Un señor a quien le pagan
por detener la lluvia

¿Cuánto están dispuestas a pagar las autoridades de
una ciudad para que una nube no les agüe la fiesta?

Una crónica de Melba Escobar
Ilustraciones de Omar Xiancas

Cham

No es raro un aguacero en la capital más lluviosa de Sudamérica. Pero que exista un hombre que nos evite la molestia de llevar paraguas es un desafío contranatura. En Colombia, Jorge Elías González, mejor conocido como el chamán de la lluvia, tiene la categoría de ídolo nacional. Se dice que puede detener la lluvia. En el interior del país, Bogotá se conoce como la nevera: por la mezcla de humedad y altura la lluvia viene con frío en esta ciudad. La lluvia aquí no es sólo una molestia climática, sino también un asunto de dinero. Con el agua vienen las inundaciones, los deslizamientos y los hundimientos. Sobre todo en los dos últimos años: después de 2010 llueve casi el doble que el promedio de la última década debido al fenómeno conocido como La Niña. Por eso hoy el chamán de la lluvia está atareado y me dice que no tiene tiempo de hablar. Es un domingo de marzo de 2012 en la capital de Colombia. En el parque Simón Bolívar hay gente que juega al fútbol, una familia lanzando un frisbee, niños y perros, bicicletas, risas, gritos, ollas de sancocho. Todo ocurre bajo un cielo plomizo que amenaza con estallar. La angustia hace de la expresión de este campesino sesentón una mueca dolorosa. Ayer, durante la inauguración del Festival Iberoamericano de Teatro, un aguacero arruinó el desfile de apertura en el centro de la ciudad.

Jorge Elías González es padre de doce hijos y agricultor de café, pero por estos días pasa diez horas diarias trabajando en lo que él llama «su obra», es decir, la improbable hazaña de controlar la atmósfera para disipar las nubes y evitar que llueva. Ahora tiene los ojos enrojecidos. Se le ve cansado, con el pelo desordenado y la expresión derrotada. No ha pasado una buena noche. En medio del parque, en este día que amenaza con lluvias que no caen, Jorge Elías González me recibe al otro lado de la cinta amarilla que lo aísla de los demás. Su oficina es un quiosco cubierto por bolsas de basura junto a un baño público portátil. A este espacio nadie puede acercarse. Como si fuera una estrella de rock antes de salir al escenario, cuatro hombres uniformados lo custodian. Los hombres del chamán alejan a los niños con pelotas y a los perros por igual. La organización del festival ha reservado este espacio como «santuario energético» para uso exclusivo del chamán de la lluvia. Mientras conversamos se acercan varios curiosos que lo han reconocido. Los bogotanos, acostumbrados a usar paraguas ocho meses y medio al año, quieren saber por qué llovió ayer en el acto inaugural del festival. Un hombre interrumpe el partido de fútbol que juega con su hijo para insinuar al chamán que la tierra ya no lo obedece por estar negociando con ella. «La Biblia nos enseña que el trabajo debe ser remunerado», dice el chamán. Jorge Elías González, que no terminó la primaria, es un experto que cobra por manipular el clima.

El chamán de la lluvia se hizo famoso en Colombia cuando se descubrió un contrato por cuatro millones de pesos, unos dos mil dólares, para que controlara las nubes durante la ceremonia de clausura del Mundial Sub 20 de Fútbol en agosto de 2011. En aquella ocasión, bajo el efecto de la ola invernal desatada por el fenómeno de la Niña, hubo agua durante el día, pero la noche estuvo despejada. Como el dinero era público, la Procuraduría abrió una investigación por peculado, mientras la cara del chamán saltaba a los medios como la del hombre que había sido contratado por la alcaldía de Bogotá para despejar el cielo. Era una noticia pintoresca en un país agobiado de tragedias. «Otro indicador muy diciente de por qué el país va bien, es que llevamos una semana en los medios de comunicación debatiendo, muchos se ‘desgarran las vestiduras’, sobre si los chamanes hacen llover o no», bromeó el presidente Juan Manuel Santos cuando entregó viviendas para los desplazados por el clima. Por esos días, los noticiarios nocturnos se alarmaban con el saldo de la ola invernal contando muertes y daños. El gobierno de la ciudad se deslindó asegurando que la empresa organizadora del mundial había contratado los servicios del chamán por iniciativa propia. Entonces se supo que Jorge Elías González hacía veinte años que vendía días despejados al Festival Iberoamericano de Teatro y que también le pagaron para la posesión del Presidente de la República en 2010. El chamán dijo que «un señor de corbata» le había pagado tres millones de pesos para frenar la lluvia. Las imágenes de ese día muestran una multitud de paraguas blancos adornados con la bandera de Colombia durante el acto. Los habían repartido los organizadores de la ceremonia.  El chamán dijo en esa ocasión a los medios que había cumplido su labor en un ochenta por ciento, afirmación que sostuvo cuando hablamos: «fue una lloviznita boba, nada serio como para preocuparse». Quienes lo defendían comparaban su salario —«irrisorio» decían— con las cantidades que desaparecen en cada caso de corrupción. El Festival de Teatro anunció que volvería a contratarlo. Esta vez le pagaría una empresa privada para evitar líos judiciales. Por eso en la inauguración del festival en 2012 los bogotanos miraban al cielo. 

Es común que los aguaceros arruinen la vida al aire libre de la capital de Colombia. En 2012 el festival anunció unas mil quinientas funciones entre las que destacaron 1984, dirigida por Tim Robbins, así como Peer Gynt, de la japonesa Shizouka Performing Arts Center, y Hamlet, del Street Theatre Troupe de Corea del Sur. En los últimos años, los espectáculos callejeros, que son gratuitos, se han reducido por culpa de la lluvia. Por ello la función más esperada del festival sucedería bajo las bolsas negras en el parque Simón Bolívar, donde el chamán de la lluvia se preparaba. Pero al día siguiente las fotografías de los diarios mostraban multitudes de paraguas y bailarines empapados durante el desfile inaugural. Jorge Elías González tenía una explicación: el festival había traído a treinta chamanes para participar en el acto de apertura, y estos quisieron «dañar su obra» para perjudicarlo. «Desataron las fuerzas oscuras contra las cuales no me fue posible luchar», dice en un susurro.

En los Juegos Olímpicos de Beijing se usaron cohetes para bombardear las nubes con yoduro de plata. Es un método usual en el norte del país asiático donde las sequías son frecuentes. Los chinos no saben cómo cancelar la lluvia, pero sí pudieron adelantarla para prevenir que arruinara la fiesta de las Olimpiadas. Más que detener el mal tiempo, los chinos lo reprograman. En China hay treinta y cinco mil expertos dedicados a manejar el clima. El país gasta cada año cuarenta millones de dólares en sus programas de manipulación de la atmósfera. En Colombia sólo hay un hombre y suele cobrar unos dos mil dólares por evitar la lluvia. Cuando lo entrevistaron sobre su oficio, Jorge Elías González declaró: «Yo hice una cosa con honestidad, a mí me pagaron una suma muy módica cuando mi obra vale una cantidad mayor, y estoy tranquilo porque fui e hice mi trabajo». Para su trabajo —dice con gravedad— hace falta prepararse en la física abstracta y en lo cósmico espiritual. «Cuando Dios Padre dice ‘muchos son los llamados, pero pocos serán los elegidos’, se está refiriendo a que muchos pueden estudiar la ciencia, pero sólo habemos algunos que sabemos cómo trabajarla». Para su misión hace falta un péndulo, que en sus primeros años era un rudimentario instrumento que él mismo fabricó. Habla de la radiestesia, que para él es «una ciencia que la persiguen las dos fuerzas: espíritus contrarios y espíritus del bien». La radiestesia es una pseudociencia que utiliza artefactos simples para captar campos electromagnéticos. Los campesinos colombianos la usan para buscar guacas o tumbas en las tierras donde habitaban poblaciones indígenas. Los «guaqueros» suelen ser campesinos con la supuesta habilidad de hallar tesoros ocultos bajo el suelo. En 2004 se llevó a cabo en Alemania el Test Kassel de Radiestesia, organizado por un grupo de escépticos alemanes liderados por el conocido mago y escéptico canadiense James Randi. Se trataba de una evaluación científica de las supuestas habilidades de quienes practican la radiestesia. Randi ofreció diez mil dólares a diecinueve voluntarios que se sometieran al test. El veredicto los condenaba: «los evaluados no pudieron cumplir sus promesas», concluía el reporte. Jorge Elías González se resiste a revelar su metodología. Antes se dejaba filmar mientras decía sus oraciones y se paseaba sosteniendo un péndulo. Ahora, en el parque Simón Bolívar, se protege de las críticas manteniendo su ritual debajo de las bolsas negras en el quiosco. Cuenta que el péndulo que usa ahora es alemán, marca Schiffer. «La ciencia me advierte que no diga todo porque el que dice todo lo que sabe, termina sin saber nada», dice como si fuera el guardián de un secreto. 

Ricardo Lozano, el director del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia (Ideam), es un experto que sí está dispuesto a hablar sobre sus conocimientos. Es un hombre moreno de intensos ojos azules con la cabellera salpicada de canas. Las ventanas de su oficina miran a los cerros de Bogotá. Acomodándose en la cabecera de la mesa de juntas del Ideam dice que el pensamiento mágico religioso puede impedir la comprensión científica: «Si hay un terremoto, enseguida el cura celebra una misa diciendo que eso comprueba que son un pueblo de pecadores». Tal vez sea más fácil temer a los fenómenos naturales que entenderlos. «Comprender el pensamiento científico nos hace también responsables de nuestros actos: es entender que si hubo un derrumbe, un deslizamiento, no es porque seamos pecadores, es porque construimos en una zona inundable», agrega Lozano. Pero asegura que Colombia está cambiando y que cada vez son más los empresarios, agricultores y comerciantes que consultan al Ideam. También recurren a él los planificadores de bodas al aire libre. Los organizadores del Festival de Teatro siguen confiando en Jorge Elías González, aunque el Ideam les haya preparado un reporte. Dice que la directora sabía cómo sería el clima esos días: «¿No te contó que nosotros le habíamos hecho también un pronóstico del tiempo durante el festival a ella? Ella sabía qué tiempo iba a hacer», dice el director del Ideam antes de despedirnos. El Informe Técnico No. 84, que coincide con el primer fin de semana del festival, anunciaba lluvias «de moderadas a fuertes» con tormentas eléctricas.

Una coproducción con Radio Ambulante