Etiqueta Negra

Una revista para distraídos

EL HOMBRE
QUE ELIGIÓ
EL BOSQUE
Y LO ASESINARON

Un día el electricista Edwin Chota se mudó a la Amazonía del Perú.
Allí se enamoró de una mujer asháninka, ayudó a los nativos
de la comunidad Saweto a organizarse y se convirtió en su líder.
Durante más de una década vivió amenazado de muerte
por denunciar la tala ilegal de árboles en sus tierras.
Sus pedidos de protección fueron ignorados.
Los traficantes de madera lo asesinaron.
¿Cuántos hombres más deben morir
para que volteemos a mirar un árbol?

Un perfil de Joseph Zárate
Fotografías de Tomás Munita

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Fotografía de Tomás Munita

Quienes lo conocieron dicen que Edwin Chota tenía una sonrisa exagerada, amplia, contagiosa, con un agujero visible por la falta de uno de los dientes delanteros. Alberto Chota Tenazoa, su padre, cuenta que dos años antes de que mataran al mayor de sus cinco hijos, Edwin Chota había perdido ese diente comiendo un plato de tallarines con tortuga. «Mordió un hueso —recuerda—, pero sólo se rió, tiró el diente y siguió comiendo». El cazador asháninka Jaime Arévalo, miembro de la etnia más numerosa de la selva peruana, se acordó de aquel diente ausente cuando desenterró el cráneo de su amigo. Llevaba toda la mañana sumergido junto a unos policías en un pozo de agua marrón, cerca de la frontera con Brasil, hasta donde un río había arrastrado el cadáver de Edwin Chota devorado por gallinazos y lagartos. De aquel pozo de siete metros de profundidad sacó un fémur, unas costillas, una camiseta hecha jirones, una bota agujereada y una pulsera de colores todavía unida al hueso de la muñeca. Eran de uno de sus cuatro compañeros asesinados dos semanas antes en una quebrada cercana. Lo confirmó por un detalle: al cráneo le faltaba un diente.

A pesar de sus cincuenta y tres años y de ser flaco como una rama, Edwin Chota era un agricultor recio y un hábil cazador con la escopeta. Tenía la nariz afilada como de águila, el cabello sin un asomo de canas y la piel tostada por el sol. Imitaba el canto del gorrión y el rugido del tigrillo, jugaba bien al fútbol, y bailaba huaynos y forró brasilero moviendo su escuálido cuerpo como una marioneta. Cuando Edwin Chota sonreía, ese diente perdido, su incisivo superior derecho, era lo más notable en su rostro. Pero también lo era cuando protestaba. Como jefe de Alto Tamaya-Saweto, una comunidad de la Amazonía con más de treinta familias, Chota —el único adulto que sabía leer y escribir allí— se enfurecía y levantaba los puños cuando denunciaba a los taladores ilegales que explotaban a los nativos saqueando el bosque donde vivía. «Era el único momento en que estaba serio», dice Julia Pérez, su viuda. «Después era un bromista». Si sonreír es a veces un acto de diplomacia, Chota nunca arqueaba la boca frente un traficante de madera.

Para ir hasta Pucallpa, la segunda ciudad más grande de la selva peruana donde había nacido y crecido, Edwin Chota debía viajar siete días en bote. Allí visitaba a su padre llevándole motelo, una tortuga de carne tierna y sabrosa que se había convertido en su plato favorito. La última vez que se vieron, en el Día del Padre, Chota le contó que iría a Lima para ver si por fin hacían caso a sus denuncias. Las amenazas de muerte eran cada vez más frecuentes. Su padre le rogó que se quedara.

—No puedo —le dijo—. Yo de allá he de salir muerto.

Dos meses después, el 1 de setiembre de 2014, Edwin Chota fue asesinado junto a otros tres dirigentes asháninkas —Jorge Ríos, Francisco Pinedo y Leoncio Quintisima— en la selva del Alto Tamaya, mientras se dirigían a una asamblea en Brasil para organizar la defensa de sus territorios. Una bala de escopeta calibre 16 —especial para cazar animales del monte— le atravesó el pecho. Otra bala perforó su cabeza. El comunero Jaime Arévalo, quien se había adelantado a la reunión, regresó por el mismo camino al ver que sus compañeros no llegaban. Cinco días después encontró los cuerpos en una quebrada, a doce horas de camino de la frontera, y huyó corriendo a su comunidad por miedo a que también lo mataran. Las viudas y los hijos de los dirigentes asháninkas asesinados tuvieron que viajar tres días en bote hasta Pucallpa, sin detenerse, para hacer la denuncia. En Saweto no hay policía. El radio de dos canales que tienen —su único contacto con el mundo— apenas funciona.

La última vez que Edwin Chota viajó a Lima para denunciar a los taladores que lo amenazaban, llamó a su padre de ochenta y dos años y prometió visitarlo. Antes le había dejado una foto suya como recuerdo: se lo veía de pie, sin sonreír, vestido con su túnica marrón, su sombrero de plumas y el rostro pintado con líneas rojas, en una reunión de las tantas a las que asistía como jefe asháninka. «Para que si algún día me pasa algo, me veas», le dijo su hijo al darle la foto, antes de despedirse.

***

El hombre que murió por su comunidad asháninka no siempre fue asháninka. Cuando le contaron que su padre era jefe de una tribu indígena, Perla Chota pensó que era una broma. Para ella era imposible que el hombre que había visto por última vez a los nueve años, el bailarín fanático de los Bee Gees y John Travolta, el señor que jamás salía de casa sin la camisa bien planchada y los zapatos lustrados, ahora vistiera túnica, corona de plumas y sandalias y viviera en una casa de paja en medio de la Amazonía. Las hermanas de Edwin Chota, que vivían en Lima, estaban igual de sorprendidas. «No lo podíamos creer —dice Sonia Chota—. Mi hermano hasta hablaba un idioma raro». Sus familiares de la ciudad dicen que hasta hoy no entienden porqué Edwin Chota decidió defender a un pueblo que no era el suyo. Cuentan que la muerte repentina de su madre, cuando él tenía diez años, lo hizo alguien preocupado por los demás. En una casa llena de niños pero escasa de dinero, el futuro líder asháninka que enfrentaría a mafiosos del bosque era un chico reservado, sobresaliente en la escuela, que prestaba sus cosas para conseguir la simpatía de los demás. Sus hermanos y sus amigos repiten lo mismo: Edwin Chota ayudaba a otros para que lo quisieran.

Sobre su juventud hay recuerdos incompletos. Se sabe que terminó la escuela secundaria en Pucallpa, y que dejó la chacra de su padre —un ex obrero que trabajaba perforando pozos de petróleo— para volverse militar. Luchó como infante de marina en la guerra entre Perú y Ecuador y trabajó como electricista instalando cables de alta tensión en Iquitos. Sus relaciones amorosas duraban poco. Mientras estuvo en la guerra tuvo una novia indígena. Luego tuvo dos hijos —que la familia Chota no conoce— con una mujer mayor que pertenecía a la secta israelita. Hay quienes dicen que en esa época Edwin Chota se dejó crecer la barba y hablaba de la Biblia. Después se separó, tuvo una hija con otra mujer que lo dejó, y regresó a Pucallpa.

Elva Risafol, quien fue su mujer en esa época, cuando regresó a la ciudad —con la que tuvo un hijo que hoy es policía—, recuerda que Chota deseaba ir algún día a la selva para hacer algo por las comunidades desprotegidas que había conocido durante la guerra. «Él formaba sus castillos en el aire. Era muy idealista. Yo era más práctica. Yo le decía, en broma, que si vivía con una nativa iba a ser feliz. Creo que me hizo caso», dice Risafol, que se separó de él en 1997. Luego Edwin Chota desapareció de la ciudad. Cuatro años después, una madrugada, Edgar Chota escuchó que golpeaban en su casa en Pucallpa. Era Edwin, su hermano mayor, que llegaba de visita. «Me alegré tanto —recuerda—. Todos pensábamos que se había muerto».

Los recuerdos de lo que hizo esos cuatro años tampoco son claros. Dicen que a finales de los noventa Edwin Chota llegó solo a la selva del Alto Tamaya. Dicen que fue con unos amigos para trabajar como peón de chacra o vendedor de cuero de sajino. Dicen que llegó para olvidar sus fracasos y que se quedó por amor a una nativa. Lo cierto es que cuando Edwin Chota pisó ese territorio, Saweto ya existía. O al menos un cimiento de ella.

Los asháninkas habían llegado desde la selva central del Perú hasta esa parte de la frontera con Brasil a comienzos del siglo XX, en pleno boom del caucho: Europa y Estados Unidos compraban por toneladas el látex de los árboles para fabricar llantas de automóviles. Los asháninkas de Saweto eran descendientes de los nativos que habían llegado hasta ahí con sus antiguos patrones. Durante siglos los indígenas han sido explotados como mano de obra barata. Cuando el caucho se acabó, siguieron las pieles de animales exóticos. Cuando las pieles se acabaron, siguió la madera.

Los líderes indígenas denuncian que hoy sigue pasando lo mismo que hace décadas: los patrones les dan cosas materiales a los nativos —ropa, escopetas, motores para el bote, radios, víveres— a cambio de cientos de troncos de madera. Como la mayoría son analfabetos, los estafan con las cantidades y precios, y siempre terminan sacando más madera para pagar deudas. Cuando llegan los madereros, los animales huyen por el rugido de las motosierras. Los comuneros deben caminar más días por el monte para poder cazar algo para comer, y a veces no consiguen nada. Al igual que los tractores, los troncos arrastrados por el suelo vuelven la tierra inservible para la siembra. Los madereros incluso llevan enfermedades que los indígenas jamás padecieron. Hubo épocas en que los nativos morían por decenas con un simple resfriado.

En Saweto muchos asháninkas vivieron así hasta 1999. Cuando Edwin Chota llegó, algunas familias ya habían decidido terminar con la explotación y querían ser reconocidas por el Estado como comunidad. Así ellos mismos podrían aprovechar sus recursos y, sobre todo, acceder a algo más preciado: una escuela.

—Antes vivíamos dispersos —recuerda Diana Ríos, ex mujer de Chota—. Pero él nos decía que debíamos unirnos para que no nos engañen. Nos enseñaba a leer, a escribir, me llevaba a capacitaciones de mujeres indígenas. Ahora sé mis derechos. No era como otros. Por eso me enamoré de él.

Durante doce años, en un intento por proteger el bosque de los traficantes de madera, Edwin Chota envió más de cien cartas a diferentes instituciones del Estado peruano exigiendo la titulación de su comunidad: ochocientos kilómetros cuadrados de selva —casi la cuarta parte de Lima— penetrada por ríos que se extienden hasta la frontera con Brasil. Pero el gobierno se negó. Ya había entregado el ochenta por ciento de ese territorio a dos madereras peruanas. En 2002, un año antes de que Saweto fuera reconocida como comunidad indígena, un funcionario desde su escritorio en Lima cedió por veinte años esas tierras sin averiguar quiénes vivían ahí. Para que Saweto reciba el título de propiedad necesita que el gobierno anule o reubique esas concesiones madereras. Hasta que eso suceda, los asháninkas de esta zona no tienen legalmente el derecho de evitar que otros saqueen el bosque que habitan. No es un reclamo exclusivo de ellos. Más de seiscientas comunidades nativas en el Perú —la mitad de todas las que existen en el país— siguen sin ser los dueños legales de sus tierras.

Edwin Chota no hablaba asháninka con fluidez, pero logró que su comunidad tuviera mucho más que el paquete de alimentos de programas sociales que llegaban al caserío vecino. Saweto consiguió electricidad con paneles solares, un radio de dos canales para comunicarse con la ciudad, un tanque elevado para el agua y una escuela inicial. Además, los comuneros recibieron documentos de identidad. Antes de morir, Chota estaba gestionando la construcción de un local para la escuela primaria, que hasta ese momento funcionaba en su casa. El líder asháninka logró todo eso por sus gestiones persistentes ante la municipalidad, el gobierno regional y el apoyo de distintas organizaciones. Pero sobre todo gracias a la alianza que había establecido con los asháninkas de la comunidad de Apiwtxa, en Brasil. Chota deseaba tener lo mismo que los indígenas brasileños: un criadero de huevos de tortugas y otro de peces, un jardín de flores para exportar y bosques reforestados. Eso era ‘desarrollo’ para él.

Su trabajo, sin embargo, no dependía solo de su carisma para conseguir aliados ni de su tenacidad para exigir. El antropólogo ambiental Mario Osorio, quien hizo su tesis de maestría sobre Saweto para la Universidad de Kent, Inglaterra, recuerda que Chota solía ayunar antes de salir a hacer trámites, y tomaba ayahuasca. Decía que esa planta alucinógena, sagrada para los nativos, lo ayudaba a conectarse con el bosque. «Para Edwin, la protección de los bosques era una lucha espiritual», recuerda Osorio, quien se hizo amigo de Chota y le enseñó a usar Word y enviar e-mails. Los asháninkas creen profundamente en el mal. Edwin Chota había aprendido de ellos que en el mundo hay enemigos invisibles que también debía doblegar.

—Para ser jefe no importa si no eres asháninka, solo debes tener amor por nosotros, por nuestra cultura —dice Ergilia López, vecina de Chota—. Lo que tiene un hombre, tiene el otro hombre.

Durante esos doce años, Edwin Chota hablaba muy poco de su otra familia, la que dejó en la ciudad. Solo su círculo más íntimo —su junta directiva, su mujer— sabían que había tenido otra vida. Chota había partido su realidad en dos: en la ciudad estaban sus hijos Perla y Edwin; en la comunidad estaban Kitoniro y Tsonkiri. Era mejor así, decía, pues no quería ponerlos en peligro. Los madereros lo acechaban.

—A veces nos decía: «Qué hacen sufriendo acá. En la ciudad, si no se compra, no se come. En el monte, en cambio, hay todo: animales, yuca, pescado. Allí no les faltaría nada» —recuerda su padre—. Nos quería llevar para que también seamos asháninkas. Se molestaba si hablabas mal de ellos.

Una noche Edwin Chota se reunió con sus hermanos para ir a bailar cumbia a una fiesta en Pucallpa. Llegó acompañado de dos mujeres nativas que estaban descalzas. Sus hermanos se enojaron con él. «Edwin nos reclamó, nos dijo que todos somos iguales, que aceptemos nuestra raza, que nosotros también éramos indígenas —recuerda su hermano—. Él amaba esa cultura».

Chota decía que había tenido un profesor asháninka en la secundaria que le enseñó a no avergonzarse de sus raíces indígenas. También juraba que una de sus abuelas pertenecía a una etnia amazónica de Iquitos, pero sus familiares no lo reconocían. Lo que más rabia le daba era darse cuenta de que las personas —los gobernantes, los empresarios, los ciudadanos— creyeran, muy dentro de sí, que ser indígena significa ser pobre e inferior.

Perla Chota supo cuánto le importaba a su padre ser asháninka cuando lo volvió a ver en Pucallpa a sus dieciocho años. Edwin Chota le pidió perdón «por haber sido un mal padre» y abandonarla cuando era niña. Quiso que ella comprendiera que se había marchado para luchar por algo importante. La reconciliación funcionó, pero duró poco. Días después, mientras Chota almorzaba con unos extranjeros, vio pasar a su hija por la calle y la llamó para presentarla. Ella no lo escuchó y siguió caminando. Unas horas más tarde, cuando se vieron, Chota le reprochó: «Te avergüenzas de mí porque soy asháninka». Gritaron. Discutieron. Ella le devolvió la pulsera que le había obsequiado y se marchó sin despedirse. Ocho años después, mientras subía pasajeros al bus donde trabaja de cobradora en Lima, ella volvió a tener noticias de él. La llamaron al celular: su padre había salido en los noticieros.

—No se preocupó por mí, pero saber todo lo que hizo me hace sentir bien —dice Perla Chota con voz quebrada—. «Yo voy a ser grande», me dijo él. Tuvo que morir para que eso sucediera.

***

Es difícil transmitir la pasión por los árboles cuando lo que sobra es la indiferencia. Desde fines de los noventa, Edwin Chota y los nativos asháninkas veían con impotencia a grupos de taladores armados que se robaban sus árboles. Se los llevaban desde las cabeceras de los ríos Alto Tamaya y Putaya, navegando por más de una semana, hasta los aserraderos en Pucallpa. Cuando Chota los denunciaba, las autoridades le decían que los inspectores investigarían sólo si él les pagaba el bote, la comida y la gasolina para ir hasta allá.

—¿Quién va a defendernos? ¿Quién va a defender nuestro bosque? —reclamaba Chota ante unos periodistas de The New York Times, que habían llegado hasta un aserradero para indagar sobre el tráfico de madera—. No hay ninguna ley. No hay dinero para investigar. Sólo hay dinero para destruir.

Hubo un hombre que lo conoció e intentó hacer justicia. En abril de 2013, Edwin Chota apareció en el despacho del fiscal Francisco Berrospi para denunciar que cerca de novecientos troncos de madera habían sido extraídos ilegalmente de su comunidad y que estaban en un aserradero de Pucallpa. Berrospi recuerda que cuando conoció al líder asháninka entendió que su trabajo de funcionario público iba más allá de reunir pruebas para acusar a los traficantes de madera ante un juez. «Él tenía una conexión muy intensa con el bosque», dice. Y conseguía transmitirla. Esa mañana en su oficina, Berrospi, que sólo tenía cinco meses como fiscal ambiental de Ucayali, la región con más aserraderos en el Perú, decidió prestar atención a Chota e ir con él a un aserradero.

—Tócalo —le dijo Chota mientras colocaba su mano sobre un tronco enorme—. ¿No sientes como si un familiar se hubiera muerto?

Esa tarde, al regresar a la fiscalía, el líder asháninka se encontró con una amenaza de muerte. Hugo Soria, supuesto dueño de los troncos que serían incautados, le dijo: «Un sawetino va a morir y te voy a denunciar por narcotraficante». Edwin Chota había empezado a fastidiar a las mafias.

El tráfico de madera podría ser la versión forestal del narcotráfico, salvo por un detalle: funciona con documentos legales. En su informe La Máquina Lavadora, publicado en 2012, la Agencia de Investigación Ambiental —EIA por sus siglas en inglés— detalla cómo funciona este sistema. Según las normas forestales peruanas, las empresas madereras deben presentar cada año un inventario de árboles que existen en su concesión y que planean talar durante ese período. Pero es frecuente que esas listas incluyan árboles que crecen en otros territorios y que las empresas reciban la aprobación para vender cientos de metros cúbicos de madera que no les pertenecen. Como nadie los controla en el bosque, el mecanismo es sencillo: declaran la tala de una especie certificada, pero en sus camiones transportan los troncos de otraespecie en extinción. Dicen que talan en un bosque permitido, pero en realidad lo hacen en una comunidad nativa. Cortan setecientos árboles y sólo declaran la mitad. Según un informe de la revista Scientific Reports, más del sesenta por ciento de las concesiones otorgadas por el Estado peruano han servido de fachada para blanquear la madera. «La tala sucede en todas partes excepto donde según la ley debe ocurrir», dice Julia Urrunaga, directora del Programa Perú de EIA. El fraude sucede todos los días con el permiso de las autoridades. Los documentos con que se lava la madera son permisos oficiales llenos de información falsa, y fáciles de comprar en el mercado negro.

—No podemos ver si esa madera es legal porque no tenemos recursos —me dijo el ingeniero Marcial Pezo, cuando visité su oficina en Pucallpa—. Si la madera tiene documentos oficiales, pasa. No puedo ser adivino.

Por normas internacionales, solo la procedencia de los lotes de especies en peligro de extinción —como el cedro y la caoba de los muebles finos de Estados Unidos— debe ser registrada. Pero cuando los cargamentos de madera, sobre todo los de especies más comerciales, llegan a la Aduana trozados en tablas, investigar su origen es como rastrear huellas de hormigas.

En los exteriores de la Dirección Ejecutiva Forestal y de Fauna Silvestre de Ucayali, la institución que Pezo dirige y que se encarga de emitir licencias madereras, hay cientos de troncos decomisados pudriéndose con la humedad de las lluvias. Parte de esa madera es devuelta a los dueños que llegan con sus ‘papeles en regla’ para sacarla. En la oficina de Pezo hay un par de sillones hechos con cedro decomisado.

El presidente regional de Ucayali tiene más de cien denuncias por malversación de fondos. El vicepresidente es un empresario maderero que ha sido multado por el Estado por lavar madera ilegal. Los inspectores forestales que firman permisos fraudulentos siguen en sus puestos. Que las denuncias por tala ilegal —nueve de cada diez de las que llegan a la fiscalía— terminen archivadas es sólo el resultado lógico de un sistema corrupto. El ochenta por ciento de la madera que exporta Perú tiene origen ilegal según el Banco Mundial. A comienzos de 2014, la Interpol y la Organización Mundial de Aduanas hicieron un operativo contra la tala ilegal en el país y sólo en tres meses decomisaron tantos troncos como para llenar casi setecientos camiones de mudanza. Durante el operativo, las exportaciones de madera se desplomaron a la mitad. El Perú pierde anualmente unos doscientos cincuenta millones de dólares por los impuestos que evaden las madereras ilegales. Es más de lo que gana la industria forestal que opera dentro de la ley.

Lavar madera es un negocio rentable. La madera ilegal mueve hasta veinte mil millones de dólares al año, la misma cantidad que ganaron en 2012 las compañías de Wall Street. Pero es menos arriesgado que la bolsa: un estudio en Brasil, Filipinas, Indonesia y México, descubrió que la probabilidad de que el crimen de tala ilegal sea castigado es de 0.084%. Esto sucede sobre todo en países ineficientes, corruptos o víctimas de la violencia política.

A diferencia del dinero del narcotráfico, la madera ilegal es más fácil de lavar porque parece inofensiva. Mientras la cocaína mata, la madera de la Amazonía adorna la sala de una casa en forma de una mesa. Pocos se enteran de que en la selva del Alto Tamaya, como en otras zonas de la jungla peruana, hay nativos cortando madera en condiciones cercanas a la esclavitud; que hay cocineras en los campamentos madereros que son violadas por los taladores; que los jefes indígenas y funcionarios son amenazados y asesinados por no aceptar sobornos. La ONU considera al tráfico de madera similar al de los ‘diamantes de sangre’, que ha financiado guerras y violaciones masivas de derechos humanos en África. Sin embargo, las autoridades de Lima y Pucallpa, una ciudad construida al lado del bosque, siguen acumulando denuncias que nadie revisa. Ningún maderero ha ido a la cárcel por talar o traficar árboles en el Perú.

El ex fiscal Francisco Berrospi recuerda que para la mayor parte de sus investigaciones necesitaba viajar a zonas remotas, pero su oficina no tenía ningún bote o helicóptero para alcanzar campos de tala inaccesibles. Si decomisaba camiones, motosierras y árboles, los jueces solían forzarlo a devolverlos. Los sobornos eran tan comunes, cuenta Berrospi, que un fiscal anticorrupción lo animó a tomar los cinco mil dólares que le ofrecían para detener una investigación. «Escucha —le dijo su colega— en un año aquí puedes ganar bastante para construirte una casa, comprarte un auto. Es mejor así». Su mayor decepción, sin embargo, vino de jueces que se ponían del lado de los madereros. Una vez el ex fiscal decomisó setenta troncos. Una jueza ordenó devolverlos pronto al maderero.

—¿Sabes qué me dijo? —pregunta Berrospi con sarcasmo—. «¿Cómo voy a enviar a una persona a la cárcel por setenta troncos si en la selva hay millones de árboles?».

Berrospi se volvió un fastidio, una pieza que no encajaba. A veces lo llamaban en la noche para amenazarlo: «Vas a morir, perro». «¿Qué te crees? ¿Un héroe?». Hasta que en agosto de 2013 lo sacaron del cargo por ‘motivos internos’. Al poco tiempo, los novecientos troncos decomisados con ayuda de Chota fueron devueltos al maderero. Otro caso archivado.

—Me sentía frustrado, gritaba de cólera —dijo Berrospi—. Pero Chota no era así. Él reclamaba pero luego se calmaba, movía la cabeza y se preguntaba por qué no investigaban. Decía que yo no tenía contacto con la naturaleza, por eso me sulfuraba. Que debía andar descalzo para conectarme con la tierra. Siempre recuerdo cuando me hizo tocar aquel tronco en el aserradero. Yo sentí mucha pena, como cuando estás en un entierro.

La última vez que Edwin Chota estuvo en Lima fue para las Fiestas Patrias de 2014. En Pucallpa ignoraban sus reclamos así que visitó distintas instituciones del gobierno central para presentar una vez más sus demandas: el Parlamento, el Consejo de Ministros, la Defensoría del Pueblo, las autoridades forestales. «Desde que amanecía hasta que anochecía, a veces sin comer, Edwin esperó una respuesta en esas oficinas», recuerda Margoth Quispe, ex defensora del pueblo de Ucayali y asesora de Chota en temas legales. De todas las instituciones, solo Osinfor —encargada de sancionar la tala ilegal en los bosques—, aceptó visitar Saweto pronto.

El 30 de agosto, dos días antes de que lo mataran, los inspectores de Osinfor llegaron a la comunidad. Chota los acompañó en el recorrido por el bosque. En su informe —publicado después de las muertes de los cuatro dirigentes asháninkas— los inspectores concluyeron que las dos concesiones que están en el territorio de Saweto —ECOFUSAC y Ramiro Edwin Barrios Galván— talaban especies no autorizadas, sin plan de trabajo y sin pagar impuestos por su actividad. Nunca antes las autoridades habían llegado hasta ahí para verificar lo que Chota denunciaba desde hacía más de una década.

Sus compañeros —hoy también muertos— le contaron a la esposa de Chota que durante la inspección él estaba débil, que no comía, que casi se muere en el monte. Los madereros lo habían enfrentado. «Quieras o no vamos a entrar», le dijo un talador armado. «Vamos a ver quién gana: la comunidad o nosotros». Dos días después lo mataron.

José Borgo, coordinador de ProPurús, oenegé que apoya a Saweto en la titulación de sus tierras, fue un gran amigo de Edwin Chota. Siempre lo hospedaba en su casa cuando el dirigente llegaba a Pucallpa para hacer trámites. Al enterarse del asesinato, Borgo pasó días armando un expediente de más de doscientas páginas: eran todas las cartas, propuestas, solicitudes y denuncias que Edwin Chota había hecho en la última década. Todas ignoradas. También escribió cinco nombres en su libreta de apuntes. Era su lista de sospechosos.

—¿Sabes lo que más me indigna? —me preguntó Borgo. Estábamos en un bar de Pucallpa; la voz le temblaba de rabia luego de leer la lista—. Ninguna de las denuncias que Edwin puso contra estos hijos de puta prosperó. Ni una sola.

El experto en conservación entregó su información al abogado de las viudas. Hasta noviembre de 2014, dos taladores ya habían sido capturados. Pero la policía casi ha paralizado el caso y la búsqueda del último de los cuerpos por falta de presupuesto. Borgo dice que tiene la mochila lista para ir a Saweto e investigar la muerte de su amigo por su cuenta.

 

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Fotografía de Tomás Munita


***

En una de las pocas entrevistas a Edwin Chota que se pueden encontrar en Youtube, el líder asháninka lo anunciaba: «Me voy a poner al frente de mi comunidad. Quizá alguien tiene que morir para que nos hagan caso». No era su primera advertencia. En 2005, Chota pidió al gobierno peruano protección para él y las familias de Saweto porque los madereros ilegales amenazaban con matarlos. No recibió respuesta. Un año después denunció a un talador que intimidaba a los líderes indígenas. La justicia no lo atendió. El ciclo continuó por años: Edwin Chota denunciaba a los madereros ilegales y ellos respondían con amenazas de muerte. El gobierno no hacía nada. En 2012 puso otra denuncia por la deforestación de su territorio ante el fiscal ambiental de Pucallpa, pero fue archivada. Al año siguiente, el dirigente asháninka ubicó cada campamento ilegal con un GPS y fotografió a los taladores con sus motosierras tumbando en media hora árboles de más de cien años de antigüedad. Chota presentó las pruebas a la policía con los nombres y apellidos de cada uno de ellos. El caso también fue archivado. En 2014, cinco meses antes de que lo mataran, Edwin Chota lo advirtió una vez más: los mismos taladores, las mismas amenazas de muerte, el mismo rechazo. Las autoridades decían que no tenían dinero para ir hasta Saweto a investigar si lo que decía el jefe asháninka era cierto.

Para evitar la titulación del bosque, los traficantes de madera intentaron sacarse a Edwin Chota de encima: le ofrecieron sobornos de hasta diez mil dólares y lo acusaban de ganar dinero con las organizaciones que apoyaban a los nativos. Luego pasaron a las amenazas. Robaban los motores del bote comunal de Saweto, saqueaban sus chacras y animales, disparaban al letrero de bienvenida de la comunidad y a la bandera del Perú que los asháninkas izaban cada semana para cantar el himno. Durante la noche, los madereros pasaban por las casas disparando al aire. Corrían el rumor de que «alguien» de la comunidad iba a morir «si seguía jodiendo». En Saweto todos sabían que ese alguien era Edwin Chota.

Luego de la muerte repentina de un ser querido, solemos creer que las palabras que nos dijo la última vez, algunos sueños o incluso el canto de un ave que oímos, eran señales de lo que vendría. Un día antes de que le dispararan, Edwin Chota tuvo un sueño: estaba en un campo en medio de la selva junto a su madre, su abuela y su tío, todos muertos años atrás. «Lo estaban llamando», dice Julia Pérez, su viuda, con siete meses de embarazo. Esa madrugada ella se despertó por los gemidos que hacía su marido mientras dormía. Eran las cuatro de la mañana. Chota se levantó tembloroso. Se puso unos jeans, un polo blanco de manga larga y unas botas de jebe. Empacó su mosquitero y su ropa en una bolsa negra, arregló su folder con documentos y se alistó para ir a la comunidad asháninka de Apiwtxa, en Acre. Allí coordinarían la defensa de sus tierras con los líderes brasileños, que eran atacados por los mismos madereros.

Aquella mañana Edwin Chota actuó de forma extraña. «Parecía enfermo, casi no hablaba», recuerda la viuda. El dirigente asháninka no quiso tomar el desayuno que su esposa le había preparado, así que ella empacó el arroz con carne y las yucas en una bolsa para los dos días de viaje rumbo a la frontera. Chota no era precisamente un padre cariñoso, pero abrazó a sus hijos Kitoniro (Alacrán) de siete años y Tsonkiri (Picaflor) de dos, antes de subir al bote. Julia Pérez pensó que su marido tenía resaca por el masato que había tomado la noche anterior al inaugurar una chacra, como se acostumbra entre los asháninkas.

Ergilia López, mujer de Jorge Ríos, el tesorero de Saweto asesinado junto a Edwin Chota, recuerda que la mañana que los dirigentes partieron a la frontera, el chicua chilló más fuerte de lo normal. Para los asháninkas el chicua es un ave que anuncia malas noticias. Una especie de gavilán enano de plumas marrones que vive en la selva y que cuando canta —¡chicua, chicua!—, los asháninkas creen que algo terrible va a suceder: que alguien va a morir ahogado en el río, mordido por una víbora o por brujería. López le advirtió a su marido que mejor no se fueran.

«Yo no estaba tranquila, las aves no se equivocan», dice ahora la viuda de Ríos. Días después de la muerte de su marido, ella declaró haber visto a Eurico Mapes, uno de los taladores ilegales y presunto asesino, subiendo por el río en su bote peque peque. Mapes se quedó mirando fijo a los dirigentes asháninkas, como si los contara.

Unos minutos antes de partir hacia la frontera hablaron sobre las últimas amenazas que habían recibido.

—Yo solito me he condenado —le dijo Edwin Chota a Ergilia López.

Eran las diez de la mañana del 1 de setiembre de 2014.

Faltaban seis horas para que los mataran.

***

Tres semanas después del asesinato de los dirigentes asháninkas en el centro de la selva peruana, una banderola con el rostro de Edwin Chota se agitaba en las calles de Nueva York. Casi medio millón de personas de diferentes ciudades del mundo se reunieron para la marcha medioambiental más grande de la historia, días antes de la Cumbre Climática organizada por la ONU. Periodistas, políticos, activistas y famosos —desde el ex vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore, y el secretario general de la ONU, Ban-Ki Moon, hasta Leonardo DiCaprio y Sting— tomaron las calles para reclamar a sus gobernantes que hicieran algo para que sus países dejen de contaminar y depredar el planeta. Los activistas peruanos levantaban la banderola con la cara de Chota y letreros con los nombres de los líderes asháninkas asesinados para exigir que se encontrara a los culpables. Para entonces, The Wall Street Journal, National Geographic, BBC y El País habían publicado informes sobre el asesinato de Chota y sus intentos por evitar el saqueo del bosque donde vivía con su familia. Un artículo de La Folha de São Paulo dijo que Chota «era un Chico Mendes de su tiempo», comparándolo con el famoso activista cauchero asesinado a fines de los ochenta por defender la Amazonía. La prensa limeña llamaba a Edwin Chota «Mártir de la selva». Para esos peruanos en Nueva York, el líder asháninka representaba algo más: hasta dónde uno es capaz de llegar por defender lo que cree justo.

Pero a más de cinco mil kilómetros de esa marcha, al otro lado de los Andes, en el puerto de Pucallpa, la ciudad de la selva oriental del Perú donde Chota había nacido y crecido, pocos sabían quién era él. «¿Chota? Algo vi en el noticiero. Es el achaninga que han matado, ¿no?», dijo el comerciante Francisco Muñoz. «Él andaba con salvajes, no son civilizados. Antes comían gente. Ahora te atacan. Te tiran flecha», dijo el fotógrafo Jorge Aliaga. «Una vez lo he traído en mi bote. Buena gente era», dijo Santiago Luna. «Acá en Pucallpa nadie lo conocía. Ellos son líderes de sus comunidades, mas allá no salen», dijo Richard Romaina, vigilante del malecón. «Es el señor que andaba con su túnica, pintadito», dijo Luisa Rivera, vendedora de comida. «¿Usted sabe por qué lo han matado?».

Había varios rumores sobre Chota. Que venía del Vraem, ese valle de la selva central controlado por narcoterroristas. Que traficaba cocaína hacia el Brasil. Que compraba casas en Pucallpa con dinero ilícito. Que explotaba a los nativos. Que envenenaba el río para matar el ganado de sus opositores. Que era él quien traficaba madera. Que Edwin Chota Valera no era su verdadero nombre. De todo eso lo acusó un representante de una de las concesiones en las tierras de Saweto, a mediados de 2013, como venganza por las denuncias del líder asháninka. La fiscalía investigó a Chota durante un año. No halló nada. El caso fue archivado, pero las amenazas de muerte —y los rumores— continuaron.

—Chota estaba alterando el status quo —dijo David Salisbury, geógrafo y profesor de la Universidad de Richmond, Estados Unidos, quien conoció al dirigente asháninka durante más de diez años y lo ayudó a hacer conocida su lucha fuera del Perú—. Los taladores ilegales lo querían muerto.

Hoy ser un activista ambiental que defiende un territorio significa asumir que te pueden matar. En promedio, cada semana son asesinados dos ambientalistas en el mundo. Pero solo se han condenado a diez personas por estos crímenes: el uno por ciento. El historial de víctimas es elocuente. En 2001, unos paramilitares colombianos mataron al líder indígena Kimy Pernía por oponerse a una represa. En 2003, el ecuatoriano Ángel Shingre fue secuestrado y acribillado por enjuiciar a una petrolera. En 2009, el indígena mexicano Mariano Abarca fue baleado en la puerta de su casa por protestar contra una minera. En 2011, el congolés Fréderic Moloma Tuka fue golpeado hasta morir por unos policías durante una protesta contra la deforestación. Ese mismo año, la hondureña Diodora Hernández fue asesinada de un disparo por denunciar la contaminación de manantiales con desechos mineros. En 2012, dos militares dispararon al activista camboyano Chut Wutty por denunciar a traficantes de madera. Ese mismo año, el dirigente filipino Jimmy Liguyon fue acribillado delante de su esposa por rechazar un proyecto minero. Según la oenegé internacional Global Witness, más de novecientos ambientalistas han muerto en el mundo en los últimos doce años. En un planeta que exprime sus recursos, defender un bosque o un pedazo de tierra ya no es solo un asunto de sosegados idealistas: en 2011, después de matar a una pareja de brasileños que defendían una reserva natural, los sicarios les cortaron las orejas para detener desde el miedo las denuncias por la tala ilegal.

La misma organización internacional indica que el Perú es el cuarto país del mundo —detrás de Brasil, Honduras y Filipinas— más peligroso para estos activistas. En 2008, Julio García Agapito, teniente gobernador de un pueblo cercano a la frontera con Bolivia, recibió ocho balazos en la oficina de la autoridad forestal local luego de detener un camión con caoba ilícita. En 2013, dos sicarios mataron a Mauro Pío —líder histórico del pueblo asháninka— disparándole desde sus motocicletas. Pío llevaba veinte años pidiendo la titulación de sus tierras y la expulsión de la empresa forestal que invadía su comunidad. Entre 2002 y 2014 cincuenta y siete peruanos fueron asesinados por causas similares. Y esa cifra sólo registra los casos conocidos.

—El mayor peligro que sentimos como líderes es que el Estado, quien se supone nos debe defender, nos traiciona—dijo Ruth Buendía, reconocida líder asháninka, al enterarse de la muerte de Edwin Chota—. Nos deja a nuestra suerte a manos de criminales.

Hasta el día de su muerte, Chota se preparaba para llevar el caso de su comunidad a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. «Mientras no tengamos un título, los taladores no respetarán la propiedad nativa», le dijo el jefe asháninka a Scott Wallace, periodista de National Geographic que viajó hasta Saweto en 2013 para seguir el tráfico de caoba. «Nos amenazan. Nos intimidan. Ellos tienen las armas». Por las amenazas, dice aquel reportaje, Chota tenía que refugiarse a menudo entre sus compañeros asháninkas de Brasil, a dos días de caminata. En ese mismo sendero lo encontrarían muerto.

Dos días después de la primera noticia del asesinato, el suboficial Carlos Napaico subía a un helicóptero militar para viajar al Cusco a contener un conflicto social cuando su comandante lo llamó para asignarle otra misión: él y sus setenta compañeros —todos policías antisubversivos— debían ir a la selva del Alto Tamaya, en la frontera con Brasil, a buscar los cadáveres de unos asháninkas. Luego de cinco días de rastreo con la ayuda del comunero Jaime Arévalo, los policías encontraron el cuerpo de Edwin Chota en un pozo. No tenían radio para comunicarse, así que metieron los restos de Edwin Chota en un costal y esperaron dos días a que llegara el helicóptero del ejército. Para el suboficial Napaico el cadáver del famoso líder indígena era un boleto de salida: una vez que lo hallaran, le habían dicho sus superiores, podía largarse de ahí.

***

Cuando un líder se convierte en mártir, las personas lo recuerdan como la encarnación de sus propias luchas. Ahora que ha muerto, Edwin Chota significará muchas cosas para quienes lo siguen: la resistencia a la tala ilegal, la defensa de los derechos indígenas, la pelea solitaria del que espera una justicia que nunca llega, la extraña valentía de un hombre de campo que encara al Estado. Para las cuatro viudas de Saweto, la muerte de sus esposos es prueba de hasta dónde son capaces de llegar para que los escuchen.

—Sin título no valgo nada —dijo Ergilia López, una de las viudas, cuando fue a Lima para presentar su caso ante la prensa—. Nosotros cuidamos el agua, los bosques y no los cuidamos sólo para nosotros, sino también para los que viven en Lima. Nosotros no somos pobres. Yo soy rica, en mi tierra tengo todo. Pobres son los taladores que nos roban lo que tenemos.

Ahora las mujeres de Saweto han decidido continuar con los reclamos de sus maridos hasta conseguir la titulación de sus tierras. La hija de uno de los líderes asesinados viajó hasta Nueva York para recibir el premio anual de la Fundación Alexander Soros—un reconocimiento póstumo a los líderes indígenas como héroes ambientales— y una cantidad de dinero para financiar proyectos que Edwin Chota no logró terminar. Su muerte ha originado que el gobierno del Perú, además, inicie el proceso de titulación de Saweto e invierta cerca de trescientos mil dólares en planes para cultivar cacao, plantas medicinales y reforestación de bosques maderables. El Presidente de la República prometió una investigación exhaustiva de los asesinatos, pero hasta noviembre de 2014 el caso estuvo casi detenido por falta de presupuesto. Aún resta encontrar un cuerpo. Las viudas no quieren volver a su comunidad por miedo. Sin título ni protección, los madereros podrían vengarse.

Edwin Chota lo había advertido: quizás alguien tendrá que morir para que les presten atención. Sin embargo, dicen quienes mejor lo conocieron, eso no era lo que más le preocupaba. «Él decía que ya lo había asumido, que moriría en cualquier momento», afirma Margoth Quispe, abogada de la comunidad. A Chota, el único líder que sabía leer y escribir, le preocupaba que no hubiera otro asháninka con la preparación suficiente para enfrentar a los madereros. «Por eso educaba a otros líderes —dice Quispe—. Pero ahora ellos también están muertos».

Ergilia López, que quedó viuda y se convirtió en la nueva dirigente de Saweto, dice que no tiene miedo. Que seguirá defendiendo el bosque y denunciando a los traficantes de madera aunque deba arriesgar su vida. Solo una cosa le preocupa.

—El problema —me dijo— es que no sé leer

Crónica realizada con el apoyo de Oxfam


December 12, 2014

Etiqueta Verde 13

Un texto de


December 12, 2014

Tomás Munita

Un texto de

RUTH BUENDÍA
LA GUARDIANA
DE LA AMAZONÍA
[NO PUEDE DEDICARSE A SU JARDÍN]

Unió a los asháninkas para detener la construcción de una
represa que amenazaba con inundar sus tierras,
y recibió el premio Goldman, el Nobel ambiental.
Sin embargo, algunos de sus familiares
no ven con entusiasmo su lucha.
¿Se puede defender la Amazonía
y llegar a tiempo para la cena?

Un perfil de Joseph Zárate
Fotografías de Musuk Nolte

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Fotografía de Musuk Nolte

La primera vez que intentaron sobornarla, la dirigente asháninka Ruth Buendía respondió a la oferta de un traficante de madera con tres palabras: «Quiero tu cabeza». El tipo, con un reloj reluciente en la muñeca, miraba de reojo la oficina con escritorio, silla y una máquina de escribir algo oxidada donde Buendía trabajaba sola. Eran las ocho de la mañana y Satipo, antiguamente una laguna y hoy una ciudad cercada por bosques altos como murallas, en la selva central del Perú, despertaba con los últimos hits de cumbia en los puestos callejeros de comida y el ruido de motocicletas sobre las calles a medio asfaltar. Buendía había llegado temprano a su oficina, sin imaginar que un desconocido la estaba esperando. El hombre quería sacar camiones repletos de tablones de una comunidad amazónica sin que la policía lo supiera. Necesitaba de su influencia.


—¿Dime cuánto quieres? —insistió.

—Si te digo una cantidad, no me vas a poder pagar —respondió Buendía—Entonces quiero tu cabeza.

Y lo echó de su oficina sin dejarlo despedirse.

Seis años después, una mañana de 2014, a bordo de un bote largo que navega por un río caudaloso, Ruth Buendía recuerda esa época. Por esos días, ella había sido reelegida presidenta de la Central Asháninka del Río Ene (CARE), una organización que defiende los derechos y el territorio de los asháninkas, el pueblo indígena más numeroso de la Amazonía del Perú. Buendía tenía treinta y dos años, había terminado la secundaria en la escuela nocturna, acababa de dar a luz a un bebé y vivía en un cuarto alquilado de cuatro metros cuadrados con sus tres hijos y su marido. Cuando echó de su oficina al hombre que intentó sobornarla esa mañana, su reputación de mujer firme y honesta se fortaleció en las más de treinta comunidades asháninkas del río Ene, una arteria de agua que recorre el valle donde los primeros asháninkas habitaron desde tres mil años antes de Cristo.

Ahora, sentada en la parte de atrás del bote, Ruth Buendía come yuca sancochada junto a Santani, su hijo de dos años. Los hombres asháninkas a bordo llevan sandalias, shorts e imitaciones de camisetas deportivas de Portugal, Real Madrid o Barcelona FC. Las mujeres visten cushmas moradas, verdes y rojas, una especie de túnica sin mangas que les llega hasta los tobillos. A diferencia de ellas, Buendía lleva una blusa azul, unos jeans gastados y una gorra morada. El bote navega rumbo a Boca Anapate, una comunidad a ocho horas de viaje, donde habrá un congreso que realiza CARE cada año. Allí, durante tres días, los jefes asháninkas del valle discutirán con la presidenta Buendía asuntos sobre la vida de los nativos: las cosechas, la seguridad, los impactos de las petroleras y de las hidroeléctricas. Ruth Buendía, la primera mujer asháninka en presentarse a la presidencia de CARE, sintió desde niña que tenía que hacer algo por su pueblo. Su determinación la puso a prueba desde la adolescencia.

***

Ruth Buendía tenía trece años cuando cargó a su madre para salvarle la vida. Llevaban semanas viviendo en el bosque del valle del río Ene, huyendo de la guerra entre los militantes de Sendero Luminoso y los soldados del ejército del Perú. Cada vez que escuchaban las hélices de un helicóptero o unos pasos cerca, corrían a esconderse. Ya no tenían yuca ni pescado ni agua. Sus túnicas estaban sucias de tierra. Sus cuatro hermanos menores lloraban de hambre. Su madre, enferma de malaria, tenía la piel pegada a los huesos. Su padre estaba muerto. No había quién los defendiera.

Una mañana Ruth Buendía decidió que tenían que salir al río.

—Si nos matan —dijo— que nos maten, pues.

Entonces ayudó a su madre a meterse en una de esas canastas que usan las mujeres asháninkas para llevar yuca durante la cosecha, y la cargó durante el camino al río como quien lleva una mochila.

Era el verano de 1991. Sendero Luminoso había llegado a mediados de los ochenta para controlar todo el valle del río Ene, luego de huir de los militares desde Ayacucho, en la sierra sur del Perú. Saqueaban las chacras, quemaban postas médicas y oficinas municipales, asesinaban a quienes se oponían a su lucha.

Los asháninkas más viejos los llamaban kamári: demonios. Espíritus que se esconden en el bosque, en las cuevas. Seres malignos que trituran los huesos, que chupan los ojos. Que pueden matar a un recién nacido o al guerrero más fuerte, y obligar a un asháninka a eliminar a su propio hermano sin remordimiento.

Kamári es la esencia del mal y para ellos Sendero Luminoso era su encarnación. Los asháninkas aceptaban el discurso de los maoístas por convicción o por miedo. Rigoberto Buendía, el padre de Ruth, tenía treinta y nueve años cuando intentaron reclutarlo. Era un agricultor y cazador muy respetado que vivía en una chacra a tres horas de Cutivireni, la comunidad asháninka más poblada del valle del río Ene, con su mujer y seis hijos: cuatro mujeres, dos varones. Los miembros de Sendero Luminoso llegaron y le pidieron que los guiara a donde estaba el sacerdote de la comunidad, que había escapado con decenas de familias a las tierras altas del valle. Rigoberto Buendía se rehusó. Pero algunos asháninkas, al ver que no lo habían tocado, corrieron el rumor de que también él era un líder terrorista. Un día, luego de desayunar con su familia, Rigoberto Buendía fue a coordinar la defensa de los territorios con el grupo del sacerdote, pero los asháninkas le dispararon por la espalda con una escopeta. Arrojaron su cadáver a un barranco junto con los de cuatro hombres más que venían con él. Nunca hallarían los cuerpos.

Después del asesinato de su padre, Sendero Luminoso llevó a la familia de Ruth Buendía a una suerte de campo de concentración levantado en la espesura del bosque amazónico, donde estaban cautivos más de trescientos nativos. Allí vivieron hacinados durante meses. Los obligaban a trabajar la tierra, a cocinar para los mandos terroristas, a abandonar su lengua para hablar quechua o español. Los rebeldes eran acuchillados o ahorcados delante de sus familias. Violaban a las mujeres. Secuestraban a los niños de diez a quince años para adoctrinarlos y convertirlos en combatientes. Como la comida no era suficiente para tantos, Ruth Buendía escapaba al monte con sus hermanos a pescar carachamas, traer yuca, fruta o algún insecto que pudiera alimentarlos. Tardó un año en convencer a su madre de huir y esconderse con sus hermanos en el monte. Así fue como escapó por el río Ene, cargando sobre la espalda a su madre moribunda.

La fotógrafa Vera Lentz escuchó la historia de la niña heroína que había salvado a su madre en la base militar de Cutivireni. Cientos de nativos llegaban hasta allí, rescatados por los militares y el ejército asháninka: un batallón de guerreros indígenas armados con escopetas, arcos y flechas que hacían asaltos sorpresivos a los campamentos terroristas para liberar a sus familiares.

A diferencia de otras etnias amazónicas que conquistan territorios, los asháninkas son guerreros defensivos. Desde niños aprenden a esquivar las flechas antes que lanzarlas. Pero cuando son atacados, cuando invaden sus territorios, tienen la reputación de ser los guerreros más fieros —los mejores con el arco y la flecha— de las sesenta y cinco tribus amazónicas que existen en el Perú.

Vera Lentz estaba allí para fotografiar las historias de esa resistencia. Ya había estado en campamentos militares de El Salvador y Honduras, y había documentado los escenarios más sangrientos de la guerra interna en Lima y en la sierra de Ayacucho. Pero cuando el capitán de la base militar le contó la historia de aquella niña heroína, Lentz quedó asombrada. Supo que tenía que fotografiarla: en su retrato en blanco y negro está Ruth Buendía de trece años, flaca como un palo, hilando debajo de un techo de palma. Al lado está su madre, recostada sobre una mesa con el cuerpo raquítico. Su hermano menor acostado, quizá dormido, y su hermana menor sentada de espaldas. La cesta de yuca al fondo, en una esquina del encuadre. Ruth Buendía no mira a la cámara. Pero sonríe nerviosa, como una niña incómoda ante un intruso. Lentz sólo pudo hacer dos disparos. Ruth Buendía no dejó que sacara más fotos.

A mediados de 2012, la fotógrafa envió a la oficina de CARE las imágenes que había tomado en esa época para una exposición en Lima sobre la violencia política en las comunidades asháninkas. Ruth Buendía recuerda que las imprimieron y las tendieron como ropa, para que todos los nativos pudieran verlas. Ella se reconoció en una de las fotos. Es la única imagen que existe de su niñez. Hoy, sobre las paredes amarillas de la casa alquilada donde ella vive en Satipo, hay fotos de viajes y paseos por el bosque con sus hijos, hay medallas y diplomas, hay dibujos de animales y garabatos infantiles hechos con crayolas y plumones de colores. Para Buendía son imágenes de tiempos más felices.

—Aún así esta herida todavía no cierra —dice mientras avanzamos por el río.

Después de huir del campamento de Sendero Luminoso, Ruth Buendía fue enviada a Lima como empleada doméstica de una familia evangélica, porque su madre no tenía dinero para mantenerla. Pero a los diecisiete años regresó a Satipo. Allí trabajó como cocinera y mesera mientras terminaba la escuela y criaba sola a su primera hija. A los veintiuno, mientras atendía en una juguería, un cliente la invitó a unirse a CARE al enterarse de que era asháninka. Viajando por el río Ene, Buendía ayudó a otros nativos a obtener los documentos de identidad que habían perdido durante la guerra contra los militantes de Sendero Luminoso. En esos viajes se encontró con líderes asháninkas que habían conocido y respetado a su padre. Entonces se sintió otra vez en casa. En 2005, cuando el presidente de la Central Asháninka del Río Ene renunció a su puesto, ella se presentó a las elecciones y ganó con el apoyo masivo de las mujeres. Era la primera vez que una mujer asháninka se atrevía a ser candidata a presidenta.

Ahora, cada vez que el bote llega a una comunidad, Ruth Buendía baja con una comitiva a buscar al jefe. La escena parece la de un alcalde popular que visita un pueblo: Buendía recibida con abrazos y sonrisas. Buendía cargando a un niño descalzo. Buendía saludando a los hombres de la comunidad. Buendía dando besos a las mujeres que le sirven pescado frito y masato, una bebida hecha de yuca sancochada fermentada con agua y saliva. Como señal de respeto, a ella siempre le sirven primero.

Buendía siente que el trabajo que hace ahora es una manera de honrar el nombre de su padre, de reencontrarse con su raíces. Por eso en cada acto público ella viste una cushma marrón adornada con semillas y plumas de petirrojos, y pinta formas geométricas en su rostro con la tinta roja de un fruto llamado achiote, el maquillaje de las mujeres asháninkas. Mientras algunos nativos llaman a sus hijos Walter o Jhonny, Buendía le puso nombres asháninkas a sus hijos menores: Metzoqui (suave), Yanaite (espíritu que elimina a quienes invaden su territorio), Eni (hormiga guerrera) y Santani (avecilla que vive en las rocas). También quiere volver a la chacra de su padre para sembrar cacao, yuca y frutilla, entre otras plantas amazónicas. Algo que no puede hacer en el patio de su casa alquilada, donde apenas ha sembrado unas cuantas hortalizas. En el jardín de Ruth Buendía no hay flores. La mujer que protege la selva amazónica dice que no tiene buena mano con ellas. Cree que las asusta: la energía de su carácter es tan fuerte, dice, que las flores mueren al poco tiempo de sembrarlas.

***

Los asháninkas evitan el conflicto. Cuando un nativo se enfada con su vecino, prefiere irse solo al monte para calmarse y luego regresar a conversar. Para un asháninka —nombre que en su lengua significa ‘nuestros hermanos’— no hay nada peor que odiar o matar a un miembro de su familia.

Los asháninkas comparten la comida. Si un nativo llega a casa de otro, se le sirve masato y alimento sin que lo pida. Los nativos cubren el ochenta por ciento de su dieta de los huertos donde cultivan yuca, plátano, maíz, cacao, entre otros alimentos. Ni la tierra ni los sitios de caza o pesca tienen dueño.

Los asháninkas no se casan. Tener hijos, para ellos, representa lo mismo que el matrimonio para los hombres blancos. Ruth Buendía no se ha casado ni siente la necesidad de hacerlo.

Los asháninkas son tíos o primos o sobrinos entre sí. Todos son familia. No importa que pertenezcan a otra comunidad o no compartan el mismo apellido. No hay linajes ni clases. Sus apellidos occidentales –como Bustamante, Buendía, Vega, Marcos, Samuel, Pedro– vienen de los antiguos patrones de las tierras y los misioneros que bautizaban a los nativos. Ruth Buendía dice que los funcionarios de los Registros Públicos solían cambiarles el nombre por no entender lo que decían.

Los asháninkas tienen jefes en sus comunidades. Un hombre que lidera al resto por la fuerza de su carácter y su persuasión. En todo el valle del río Ene, solo hay jefes varones. Ruth Buendía es la presidenta de todos ellos.

***

 

Fotografía de Musuk Nolte

Según el informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, el pueblo asháninka fue la etnia amazónica más castigada por la guerra interna con Sendero Luminoso. Más de treinta comunidades desaparecieron, unos diez mil nativos fueron desplazados, cinco mil secuestrados y seis mil fueron asesinados. Para el antropólogo Óscar Espinoza, autor del capítulo del informe de la Comisión de la Verdad dedicado a la masacre de los asháninkas, esos datos no lo cuentan todo. Cuando se hizo el informe, recuerda él, no hubo presupuesto ni botes para ir a todas las comunidades del río Ene. Se recortó el número de páginas, se eliminaron detalles, anécdotas, casos. Y muchos nativos no quisieron hablar.

—A los asháninkas no les gusta hablar de sus muertos —dice el antropólogo.

Una madre asháninka no puede nombrar a su hijo muerto. Cree que, si lo hace, no dejará que su espíritu vaya al cielo. Durante la última década, sin embargo, las mujeres asháninkas han sido las primeras en contar los horrores de las violaciones y los asesinatos para transmitir a sus hijos la memoria de esos años. Para que la memoria de lo que pasó con su pueblo no dependa solo de relatos familiares, Ruth Buendía quiere pedir al Estado que construya en la selva central un museo. Quiere que se recuerde la violencia que sufrieron los asháninkas, que hoy suman casi cien mil nativos. Quiere que los jóvenes conozcan esa historia que no salió en los noticieros.

Buendía está segura de que la gente de la ciudad no siente lo que vivieron los asháninkas, ni lo que sucede ahora en sus tierras con la explotación de petróleo o los proyectos para la construcción de centrales hidroeléctricas. Por eso ella ahora habla para que no vuelva a suceder. Para que no los vuelvan a engañar.

—No es justo que para que vivan bien los limeños, yo tenga que arriesgar mi vida, mi pueblo, mi territorio —reclama la dirigente, abriendo los ojos—. Primero el terrorismo nos desplazó. Ahora van a hacer represas para desplazarnos otra vez.

Para Ruth Buendía eso también es terrorismo, pero de inversiones.

***

Mientras navegamos por un cañón angosto y profundo en la parte baja del río Ene, en el corazón de la selva peruana, Ruth Buendía se acerca al borde del bote y señala un cerro enorme, salpicado de árboles frondosos.

—Ahí está, mira —me dice.

El cerro se llama Pakitzapango. ‘Casa del Águila’ en lengua asháninka.

El mito dice que hace siglos, en este cerro más alto que la torre Eiffel, vivía un águila que comía carne humana. Cada vez que un nativo cruzaba el cañón, el pakitza volaba, lo cazaba con sus garras y lo llevaba a una cueva en lo alto para devorarlo. Pero el animal nunca quedaba satisfecho. Así que intentó construir un enorme muro de piedras de orilla a orilla para que los nativos jamás escaparan. Un día, mientras el pakitza construía su muro, los asháninkas se cansaron de sus ataques y decidieron vengarse. Moldearon un hombre con arcilla y caucho, lo vistieron con una cushma y lo pusieron en una balsa que navegó hasta el cañón. El águila pensó que era un nativo y salió a cazarlo. Clavó sus garras en aquel muñeco pero quedó atrapado en el barro. Los asháninkas salieron gritando de entre los árboles. Lo acorralaron, le arrojaron piedras y flechas hasta matarlo. Sus plumas flotaron río abajo. De ellas —cuenta el mito— nacieron todos los otros pueblos de la Amazonía.

En este mismo cerro —recuerda Ruth Buendía— se escondieron los jefes terroristas de Sendero Luminoso que llegaron al río Ene a finales de los ochenta para dominar el valle. Igual que el pakitza, cada vez que un asháninka cruzaba el cañón o se detenía a pescar y bañarse, los senderistas le disparaban desde la cima o lo capturaban. Sendero Luminoso era el nuevo monstruo de la misma leyenda.

—La gente se baña y pesca acá todavía —dice Buendía—. Pero algunos tienen miedo de que ese tiempo vuelva.

Como si cada cierto tiempo una amenaza distinta acechara el mismo lugar, en 2008 el Estado peruano autorizó que se construyera en el cañón del río Ene un muro de concreto de ciento sesenta y cinco metros de altura. La represa de una central hidroeléctrica llamada igual que el mito del águila comehumanos: Pakitzapango.

El proyecto anunciaba grandes beneficios para el país. La central produciría más de dos mil megavatios, suficiente para abastecer de luz eléctrica a casi ochocientos mil hogares. Los peruanos consumirían energía más barata y los brasileños comprarían el ‘excedente’ durante treinta años, gracias a un acuerdo energético firmado entre ambos países. El gobierno juraba que ello no sólo cubriría la demanda futura de energía, sino también atraería más inversiones, más ‘desarrollo’ para los nativos, más dinero para construir escuelas y postas médicas en una zona donde siete de cada diez niños padecen desnutrición crónica y apenas terminan la primaria.

Eran buenas noticias, por supuesto. Pero Ruth Buendía no creía en ellas. A inicios de 2010, un equipo de ingenieros de CARE y la fundación inglesa Rainforest viajaron hasta el cañón de Pakitzapango para hacer estudios. Las mediciones de sus GPS y las simulaciones digitales de sus computadoras sólo corroboraron lo que ya sospechaban. La laguna artificial creada por la represa iba a inundar más de setecientos kilómetros cuadrados de selva: como sepultar bajo el agua la cuarta parte de la ciudad de Lima. Diez comunidades perderían el sesenta y cinco por ciento de sus tierras de cultivo y serían desplazadas hacia las partes altas del bosque. El gobierno peruano nunca consultó a los asháninkas del río Ene si estaban de acuerdo con ese plan. Y no lo ha hecho hasta hoy, a pesar de que en el país existe una ley de consulta previa y convenios internacionales que exigen hacerlo.

—Es como si el gobierno se metiera a tu casa sin pedirte permiso y dijera: señor, hemos encontrado petróleo debajo de su terreno. Así que retírese, por favor, es de ‘todos los peruanos’. ¿Qué harías pues? —pregunta Buendía— ¿Te vas, nomás?

El bote avanza lento bajo el sol tirano de la tarde.

El río Ene es un torrente que arranca árboles de raiz; una extensa avenida de agua.

Algunos dirigentes asháninkas a bordo miran el cañón de Pakitzapango en silencio hasta que lo dejamos atrás. Para gran parte del pueblo asháninka, este sigue siendo un sitio sagrado. Para otros, los que temen el regreso de Sendero Luminoso y la construcción de la represa, es un lugar maldito.

***

Ruth Buendía se enteró de la noticia al encender la radio en su oficina. Hasta ese momento, a finales de 2008, había enfrentado a aquel traficante de madera ilegal y a Pluspetrol, petrolera argentina que intentaba explorar tierras asháninkas que el Estado le había dado en concesión sin consultar a los nativos. Pero construir una represa en el río Ene, como anunciaba la radio aquella mañana, era un peligro superior.

—La razón de ser asháninka es tener un territorio —me dijo Buendía—. Pero si la represa inunda el valle, ¿a dónde voy a ir? Sería como desaparecernos.

Las represas de todo el mundo han inundado en total una superficie del tamaño de España. Sus depósitos contienen tres veces más agua que los ríos de todo el planeta, y generan el dieciséis por ciento de toda la electricidad que consumimos en el mundo. El problema —informa la Comisión Mundial de Represas— es que más de ochenta millones de personas han sido desplazadas debido a ello, que es como expulsar a todos los alemanes de su propio país para construir hidroeléctricas.

Philip M. Fearnside, investigador que lleva treinta años estudiando el impacto ecológico de las hidroeléctricas en Brasil, asegura que es un error pensar que las represas producen energía limpia o ‘verde’. Para empezar, bloquean la migración natural de los peces, pues el gigantesco muro no les deja volver a los lugares donde se aparean y ponen sus huevos. La vegetación sepultada bajo el agua se pudre y genera enormes cantidades de gas metano, veinte veces más potente que el dióxido de carbono que emiten los coches, y contribuye a aumentar el calentamiento global. El agua pierde oxígeno y acumula mercurio. Los peces se contaminan. Los nativos se alimentan de esos peces y se enferman. Los caudales aguas afuera de la represa disminuyen. Los ríos se vuelven inservibles para navegar, y las tierras se secan y pierden los nutrientes minerales para fertilizar los campos. La contaminación no se detiene ni aún después que la hidroeléctrica deja de funcionar (luego de ochenta años, en promedio). Los lodos acumulados en los reservorios de las represas desactivadas son tan tóxicos como los relaves mineros. Para un pueblo indígena como el asháninka, cuya cultura depende del río y del bosque, el daño ocasionado por una represa sería tan brutal como si un incendio arrasara la selva.

A cambio de eso, la empresa constructora de Pakitzapango ofrecía a las casi mil quinientas familias asháninkas que serían desplazadas talleres para construir viveros y elaborar panetones, pollo a la brasa, chocolates y artesanías.

—¿Artesanías? ¿Qué se hace con eso? —me dijo Ruth Buendía al recordar la historia.

Fingió una sonrisa como si acabaran de contarle un mal chiste.

El equipo de CARE pidió asesoría a ingenieros, contrató a una abogada y enviaron solicitudes a los ministerios para pedir el expediente sobre los planes del proyecto: qué pasaría con ellos, a dónde iban a ir. Durante varias semanas Buendía visitó las comunidades asháninkas para informar sobre los impactos de Pakitzapango. Preparaba su discurso. Investigaba desde cómo funciona una represa hasta qué es un megavatio. También viajaba ocho horas en bus de Satipo a Lima para entrevistarse con funcionarios del Ministerio de Energía y Minas. A veces no la recibían, y cuando lo hacían, era con desgano. La respuesta era siempre la misma: que lo sentían, que no podían hacer nada, que era un proyecto de ‘interés nacional’.

Ella insistió durante dos años. Pero nunca le dieron la información que exigía.  Cansada de esperar, Buendía inició una campaña para exponer el peligro que corrían los asháninkas, con ayuda de la cooperación internacional. En marzo de 2010 viajó hasta Washington para demandar al Estado peruano ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Ruth Buendía y un abogado contra doce funcionarios. Vestida siempre con su cushma marrón, y la cara pintada con líneas rojas, la dirigente asháninka visitó una decena de países —entre ellos Inglaterra, Noruega, España, Francia, Bélgica y Holanda— para juntarse con ministros del ambiente y banqueros que financiaban proyectos hidroeléctricos en el Amazonas. Incluso se reunió con ejecutivos de la constructora Odebrecht —inversionista del proyecto Pakitzapango— y los ministerios de Energía y Relaciones Exteriores de Brasil. Les advirtió sobre lo que pasaría si levantaban la represa en tierras asháninkas. «Pero si a pesar de todo no nos escuchan, correrá sangre —les dijo aquella vez—. Si nuestro gobierno no nos respeta, entonces nos haremos respetar».

A finales de 2010, la Comisión envió una carta al gobierno del Perú pidiendo que se garantice la protección del territorio asháninka. El gobierno no tuvo otra opción que detener el proyecto, y un año después Odebrecht se retiró de Pakitzapango diciendo que respetaría la decisión de los nativos. Ruth Buendía y CARE habían logrado paralizar la concesión sin hacer marchas, quemar llantas o bloquear carreteras. Algo poco frecuente en el Perú, donde según la Defensoría del Pueblo hay más de cien conflictos sociales cada año causados por impactos ecológicos.

Por esos días, Ruth Buendía esperaba su quinto hijo. También había empezado a estudiar Ciencias Políticas en la universidad. Cada tarde después del trabajo, iba a clases y regresaba agotada a casa cerca de la medianoche. Casi nunca llegaba a tiempo para la cena. Su marido, el ingeniero Fredy Antezana, un hombre bajito y de voz amable, solía levantarla a las cuatro de la madrugada y ayudarla a estudiar para los exámenes. Los viajes la alejaban de casa durante días. Sus hijos le reclamaban que nunca asistiera a las actuaciones de la escuela. Algunos familiares le decían que tenía abandonados a los niños. Ruth Buendía intentaba cumplir con todo, pero no podía. Entonces su embarazo se complicó y abandonó la universidad luego de un año, frustrada por haber reprobado casi todos los cursos.

Sus opositores políticos dentro de los asháninkas se endurecieron. Querían la construcción de la hidroeléctrica y la entrada de las petroleras y empezaron a desprestigiarla. La acusaban de ser hija de terrorista, madre soltera sin preparación y de impedir el progreso de su pueblo. Los jefes de tres comunidades se separaron de CARE para crear una organización paralela. Ruth Buendía, uno de los cien personajes más influyentes de Iberoamérica en 2012 según el diario EL PAÍS, recuerda aquella ruptura como su primera derrota.

—A veces no aguanto más y digo: «Bueno, si quieren que entre la petrolera, la hidroeléctrica, ¿entonces qué mierda hago acá?»

Hubo un tiempo en que la dirigente solía hacerse esas preguntas con frecuencia. Sobre todo cuando los ataques llegaron de su propia familia.

Durante los días en que la lucha contra la hidroeléctrica de Pakitzapango y la oposición de otros dirigentes asháninkas empeoraba, su hermano menor robó un cheque por tres mil dólares de la oficina de CARE, destinado a proyectos sociales. Ruth Buendía tuvo que denunciar a su hermano y pedir un préstamo personal al banco para devolver el dinero. Su madre se resintió con ella, al punto de acusarla de que le hiciera eso a «su propia sangre», y su hermana corrió el rumor de que había sido Ruth quien había robado el dinero. La dirigente de los asháninkas se alejó de su madre y sus hermanos por casi un año. En una asamblea tuvo que dar explicaciones ante todos los jefes de las comunidades.

—Mi nombre y la organización que represento no podían mancharse. Pero eso no me debilitó, al contrario. Ahí conocí a mi familia, quién te acompaña, quién no.

Una tarde, Ruth Buendía recibió la llamada del banco que le había prestado dinero para que ella pagase el robo de su hermano. Debía cancelar a tiempo las cuotas del préstamo para que no la multaran. Después de colgar, Ruth Buendía mandó a sus hijos a jugar un rato en el parque. Sin nadie en casa, la mujer que tres años después ganaría la batalla contra la construcción de la central hidroeléctrica, se permitió llorar.

***

El cielo se oscurece rápido en la comunidad Boca Anapate, en la parte alta del valle del río Ene, y Ruth Buendía cruza deprisa el pasto húmedo de una cancha de fútbol. El pelo negro, la cara pintada con líneas rojas, la cushma marrón adornada con plumas de petirrojos. Ella corre. Es el tercer y último día del congreso asháninka y quiere darles una noticia a los jefes antes de que anochezca.

Al llegar al lugar donde están reunidos más de cuarenta dirigentes que toman masato, bajo un techo de calaminas, Ruth Buendía les muestra una escultura de bronce en forma circular.

—Parece una anaconda que se está mordiendo su cola, ¿no? —dice, y todos se ríen.

La estatuilla simboliza el poder que tiene la madre naturaleza para renovarse. Buendía recuerda que le dijeron eso la noche de abril de 2014 que recibió aquel trofeo en el teatro Opera House de San Francisco, junto con otros seis activistas de la India, Indonesia, Rusia, Sudáfrica y Estados Unidos. El premio Goldman. El Nobel Verde, le dicen. El premio ambiental más importante del mundo. La noche que recibió el Goldman, luego de dar un discurso algo nervioso de tres minutos, Buendía fue nombrada heroína del medio ambiente por unir al pueblo asháninka para impedir la construcción de la central hidroeléctrica Pakitzapango. Era la tercera peruana que ganaba este premio.

Durante diez días, ella estuvo de gira en San Francisco y Washington en homenajes y conferencias con líderes políticos y ecologistas. Dio entrevistas a la BBC y Fox News. La revista The Atlantic tituló: «The Woman Who Breaks Mega-Dams». Incluso Robert F. Kennedy Jr. la abrazó, fascinado por su historia. Ruth Buendía era una celebridad ambiental y Lima la esperaba. La condecoraron en los ministerios de la Mujer, de Cultura y del Ambiente. La entrevistaron en la televisión y en la radio. Su foto salía en los periódicos. Un hombre bajó de su camioneta para pedirle, por favor, que aceptara tomarse una selfie con ella a mitad de la calle.

Pero esta tarde en Boca Anapate, un mes después de que tres mil personas la aplaudieran de pie en San Francisco, sólo tres comuneros asháninkas levantan la mano cuando Ruth Buendía pregunta si saben algo del premio. Uno dice haberla visto en la televisión de casualidad. Otro leyó algo en el periódico, pero no recuerda exactamente qué. Ruth Buendía sonríe y con paciencia explica en su lengua de que se trata el premio, qué es, por qué se lo han dado. Dice gracias —«pasonki, hermanos»—, y se sienta.

Pero nadie aplaude, nadie pregunta, nadie dice nada.

Entonces el líder que dirige la reunión pide más palmas, por favor, hermanos, y explica una vez más, en asháninka, en qué consiste el premio. Luego de un rato todos parecen entender y aplauden. Ya es de noche. Unas mujeres sirven más masato para celebrar.

—Lo que pasa es que sobre un premio ambiental nunca hemos escuchado —me explicará después—. No entendían por qué me habían dado eso, y es normal. Solamente piensan que en deporte o en fútbol te dan premios.

—Parece mezquindad, pero no lo es —dirá el antropólogo Óscar Espinoza, quien asegura no haber encontrado a un indígena amazónico que hable bien de sus líderes—. Piensan que si lo hacen le harán daño, que el líder puede volverse soberbio. Es su forma de vigilarlos. No los felicitan por hacer bien su trabajo, porque están haciendo eso: su trabajo.

Ruth Buendía tampoco entendió la vez que, estando en Madrid, la llamaron de madrugada al hotel donde se hospedaba para avisarle que había ganado el premio Goldman más un bono de ciento setenta y cinco mil dólares. Pensó que era una broma. Pensó que la querían estafar.

—Incluso mi esposo pensaba que al llegar a Estados Unidos un traficante de órganos nos iba a secuestrar para sacarnos los ojos —ríe—. Yo no tenía idea de qué era el Goldman ‘prize’, ‘prais’, ¿así se dice?

Buendía no sabía que la habían postulado al premio.

—Es que estoy enfrentándome a empresas que tienen una economía muy grande y también al gobierno de mi país. Ahorita la empresa le ha dejado de interesar construir la represa en Pakitzapango. Pero eso no quiere decir que el Estado piense igual. La lucha no ha terminado.

Dos días después de presentar el premio ante los jefes asháninkas, Ruth Buendía volvió a Cutivireni, la comunidad donde nació. Un delegado de la fundación Rainforest y tres periodistas ingleses habían llegado hasta el río Ene para realizar un documental sobre ella y la cultura asháninka. Al llegar con ellos a Cutivireni, un primo suyo le gritó delante de todos lo que algunos dirigentes decían sobre ella: que el premio era mentira, que la empresa hidroeléctrica le había dado ochenta millones de dólares por permitir que se construya la represa, que ellos no eran perros para que llegara con gringos a hacer fotos y luego irse.

Ruth Buendía desmintió con paciencia a su primo hermano. Minutos después, cuando ya todo se había calmado, dio un suspiro.

—Yo sabía que algunos podían usar el premio en contra mía, diciendo que la empresa me ha dado plata. A mí me duele que esto suceda en mi comunidad, en mi familia.

***

María Metzoquiari tiene la voz aguda y el cabello lacio y largo, como el de su hija. La madre de Ruth Buendía vive en las afueras de Satipo, en una casa de cemento con un patio, un huerto, un gato y dos perros que merodean por la sala donde ahora almorzamos tallarines con yuca sancochada. Un radio a pilas sobre la mesa deja oír, bajito, la voz gritona de un predicador. Dice algo sobre el perdón de Dios, un regalo para sanar el alma.

—Cuando me enteré del premio, me alegré como mamá —recuerda María—. Le dije que debía agradecer a su padre y a Papalindo. No por gusto estás abandonando a tus hijos, le dije. Nunca imaginé que se iba a convertir en lo que es ahora, después de todo lo malo que hemos pasado. Aunque ahora nos llevamos a veces bien, a veces no.

—¿Por qué?

—Es que ahora, como dicen sus hermanos, como ella tiene plata, no nos quiere. Siquiera dale trabajo a tu hermano, le digo. Ella me dice: «Mami, ¿cómo puedes pedirme eso? Es burocracia, nepotismo, yo no soy así, mamá». Pero yo pienso: tanta gente que entra a trabajar así. Antes, cuando Ruth era más chica, decía: «Cuando yo sea alguien voy a dar trabajo, voy a ver por mis hermanos». Ahora cumple eso, pues, le digo. Ahora que tiene el cargo no los ayuda.

—¿Pero no se siente orgullosa de ella, del premio?

Afuera, el sol del mediodía parece querer derretirlo todo.

—Poquito nomás —dice, y toma un poco de limonada.

Los perros ladran. La voz del predicador sigue sonando por el radio a pilas: el perdón de Dios, un regalo para sanar el alma.

—El premio está bien, es para ella y para su organización. Pero para nosotros no. Para la familia no. No nos llama la atención.

***

Es una tarde calurosa, dos días antes del congreso asháninka, y en la oficina de CARE Ruth Buendía ayuda a su hijo de seis años con la tarea del nido. La dirigente suele traer a sus hijos menores para que estudien o jueguen en el patio mientras ella despacha oficios, firma documentos, contesta e-mails, atiende a jefes asháninkas y autoridades. Es la única forma que ha encontrado de pasar más tiempo con ellos. Tiempo es lo que más necesita ahora, dice. Tiempo para llegar a casa y ver la telenovela de las nueve con sus cinco hijos y su esposo, todos tirados en su cama. Tiempo para buscar mariquitas en el patio con su hijo de dos años, como esas que vieron una vez en Discovery Channel. Tiempo para criar a sus gallinas ponedoras y para sembrar rosas en su jardín, a ver si esta vez puede conseguir que florezcan.

—Ya hablé con mi junta directiva, para asumir el cargo ahora como si estuviera muerta —ríe Buendía, mientras ayuda a su hijo a pintar un árbol en su cuaderno.

Por estos días, la líder asháninka que evitó la construcción de una central hidroeléctrica dice que quiere volver a la universidad y ser alcaldesa distrital en unos años. Usará la mitad del dinero del premio Goldman para educar a sus hijos. La otra mitad será para CARE y comprarle un nuevo motor al bote que tienen y que les permite llegar a todas las comunidades del río Ene. Les servirá para informar y unir a los asháninkas contra lo que para ella es una nueva amenaza.

Pluspetrol es el principal productor de gas y petróleo del Perú. En 2005 el gobierno del Perú le dio en concesión un territorio amazónico de más de un millón de hectáreas, diez veces más grande que la ciudad de Nueva York. El territorio se llama Lote 108. Debajo de él, en el subsuelo, abundan el gas natural y el petróleo ligero. Y hay tanto, según la empresa, que podría ser otro Camisea, la reserva más grande de gas natural del Perú. El problema es que todo el valle del río Ene —donde viven más de veinte mil asháninkas— está dentro del Lote 108. En la parte norte de ese sector hay campamentos, ruido de helicópteros que surcan el cielo, obreros abriendo trochas para hacer detonaciones que ahuyentan a los animales del bosque. En la parte sur, la petrolera no ha hecho nada todavía. Los asháninkas no los dejan.

—Dicen que con la petrolera vamos a tener plata para carro, bote, casa. Pero nadie nos consultó antes —dice Ruth Buendía, con su voz firme y aguda—. Para nosotros eso no es desarrollo. No queremos estirar la mano ni regalos.

Buendía me cuenta que un mes después de recibir el premio Goldman, un equipo de topógrafos de Pluspetrol ingresó sin permiso a una comunidad del río Ene para abrir trochas. Los nativos, enfurecidos, los echaron de sus tierras semidesnudos y los bañaron en agua de huito, un tinte natural de color negro que se borra de la piel luego de quince días. Los topógrafos dijeron que se habían equivocado de lugar. La petrolera tuvo que disculparse.

—Las comunidades están bien informadas. Saben de sus derechos, ya no los pueden engañar.

A las siete de la noche, no queda nadie más en la oficina.

El niño que colorea un árbol en una esquina de la mesa, interrumpe a su mamá para preguntarle si ya pueden ir a casa.

—Un ratito, mi amor —dice ella—. Estoy trabajando.

—No —dice el niño, sin dejar de pintar— estás conversando nomás


December 11, 2014

Etiqueta Verde 12

Un texto de

EL SEÑOR
QUE NOS VISTE
NO ES MUY
ELEGANTE

Zara se ha convertido en la más exitosa firma de moda, y Amancio Ortega,
su propietario, en el tercer hombre más rico del mundo sólo por vestirnos.
Es un señor de pueblo cuya reputación de multimillonario discreto
convive con acusaciones contra su empresa de esclavizar
a trabajadores de talleres ilegales de confección.
Y, sin embargo, cuando entramos con su ropa en un probador,
nos olvidamos incluso de nuestros defectos.
¿Es democratizar la elegancia un modo
de acabar con los elegantes?

Un perfil de José Luis Pardo Veiras
Ilustraciones de Omar Xiancas

Omar Xiancas

Cuando viajó por primera vez a París, Amancio Ortega, el futuro dueño de Zara, no fue a visitar la Torre Eiffel. Se comió un bocadillo en un puesto callejero y paseó durante horas para ver caminar a los parisinos. Desde los ojos de un veinteañero pueblerino que nunca había salido de España, le parecían tan elegantes y sofisticados que convertían la calle en un desfile al que él asistía absorto, como embobado. Abrigos de corte recto, botas altas, vestidos de formas geométricas, overoles inspirados en los viajes espaciales, las primeras minifaldas. Amancio Ortega acababa de fundar una empresa familiar para vestir a las amas de casa de los tiempos del dictador Francisco Franco, mujeres que salían de compras en batas de dormir con un corte y confección parecidos a los de un saco de cemento que ocultaba sus formas femeninas. Había tomado un tren hasta la capital de Francia para asistir durante cuatro días a una convención de lencería, pero al segundo día se regresó a A Coruña porque echaba de menos su fábrica. Javier Cañás Caramelo, un empresario de moda que lo había acompañado en ese viaje, recuerda al futuro dueño de Zara metido en un taller de unos cien metros cuadrados y no más máquinas de coser de las que podemos contar con los dedos de una mano. Desde esa década de los sesenta, Amancio Ortega apostó por la necesidad de vestirnos con estilo sin gastar mucho dinero. Viajar por primera vez a París fue confirmar su idea. En los noventa, ya convertido en un cincuentón millonario, Amancio Ortega fue otra vez a París. Acababa de inaugurar su primera tienda en la capital mundial de la moda, cerca de la Plaza de la Ópera, y cuando intentó entrar en su establecimiento un gran número de clientes que guardaban cola le impidió cruzar la puerta. Querían comprar la ropa que les vendía un español de pueblo, más bien bajito y calvo, que vestía una camisa simple sobre una barriga generosa. El dueño de Zara ha dicho que cuando vio a toda esa gente de París en fila buscando su ropa hecha en A Coruña, se puso a llorar.

Con estilo pero sin ostentación, la marca Zara ha ido transformando a parte de la clase media del mundo en gente que se siente menos vulgar y más distinguida al vestirse. La idea de qué es ser elegante suele ser un malentendido. Balzac decía que «la elegancia es la ciencia de no hacer nada igual que los demás, pareciendo que se hace todo de la misma manera» y creía que un efecto esencial de la elegancia era ocultar los miedos. Yves Saint Laurent, uno de los grandes diseñadores del siglo XX, se preguntaba: «¿La elegancia no consiste en olvidarse de lo que uno lleva?». Leonardo Da Vinci defendía que la simplicidad era la máxima expresión de la sofisticación. Incluso en matemáticas, la elegancia consiste en hacer un gran esfuerzo mental para hallar la solución más directa y sencilla. «Lo nuestro es el público real, no los sueños», dice Amancio Ortega, y no le va mal con las matemáticas.

Cuando entramos en una de las tiendas de Zara, con su lujo fingido a precios asequibles, se difumina la distancia entre las fantasías de los diseñadores y nosotros. El corte de una buena camisa tendría que favorecer una buena forma del tronco. Un pantalón debería resaltar un trasero macizo, y las monedas no deberían caerse de sus bolsillos. El tejido debería ser cómodo y resistente por tratarse de una prenda de uso frecuente. Si uno no tiene unas medidas parecidas a las de un maniquí, no hallará estos atributos en la ropa de Amancio Ortega, quien casi nunca viste de Zara: la ropa que vende en todo el mundo no le sienta bien a su cuerpo al borde de los setenta y nueve años. La democratización de la elegancia, entendida como la rutina de comprar ropa de marca a precios más baratos, supone que todos nos sintamos más elegantes sin que seamos expertos en moda. «Antes comprabas en Zara porque no tenías dinero para comprar marcas —dice un viejo amigo de la familia Ortega—. Ahora compras en Zara porque de otro modo parecerías un derrochador». Desde que Zara y otras cadenas, como H&M, Benetton o GAP se extendieron por el mundo, sabemos que las camisetas interiores de algodón son sólo para el interior, que debemos descoser las hombreras de nuestras chaquetas, que un pantalón negro jamás se debe combinar con una camisa azul marino, que los pantalones blancos son exclusivamente para el verano, que no se deben llevar escotes dos tallas menores, que si tienes cuarenta años tienes que vestirte como una persona de cuarenta años, que el ombligo sólo debe mostrarse en la playa. Zara ha ido más allá de sacar a la clase media de los hipermercados para que compren su ropa en boutiques de precios a su alcance: nos quiere convencer de que la elegancia no debería ser un lujo.

Cuando nos desvestimos en un probador, en esos minutos que posamos bajo luces pálidas y solos frente al espejo, tendemos a descubrir un defecto tras otro. En una tienda de Amancio Ortega, al lado de una camiseta ceñida habrá otra holgada, al lado de una prenda blanca habrá otra negra, al lado de un jean estrecho habrá un pantalón para ir a una boda. Como la buena publicidad, más que decirnos lo que tenemos que hacer, Zara capta necesidades e inseguridades y nos las devuelve en forma de ropa para ocultarlas. Un cliente de Zara visita en promedio la tienda unas diecisiete veces al año. Cada dos semanas encontrará novedades en los escaparates que se adapten a los cambios de su cuerpo y de su estado de ánimo. Es poco probable que compremos nuestra camiseta favorita en Zara, pero, si pasáramos media hora en una de sus tiendas, aunque fuéramos hombres con poco gusto o indiferentes a vestirnos bien, podríamos salir de allí con apariencia de elegantes. Se trata de una elegancia que tiene que ver más con la alegría y seguridad que nos proporciona, por ejemplo, una lisa y recta camisa blanca sin bolsillos.

La explicación más frecuente sobre el origen del nombre ‘Zara’ es que Amancio Ortega fue a un cine de A Coruña y se quedó prendado del personaje de Anthony Queen en Zorba el GrieGo. Aquel campesino que mantenía una actitud vital en medio de las miserias y la crueldad en su isla le pareció un espejo de sí mismo. Como ‘Zorba’ ya estaba registrado, empezó a jugar con sus letras. Sin poder usar su nombre, pero con la misma determinación que el personaje de Anthony Queen, Amancio Ortega creó una empresa desde un pequeño rincón del mundo hasta colonizar el mercado internacional. «No soy un gran cliente de Zara —dice Carlos Primo, coautor del libro ProdiGiosos mirmidones. antoloGía y aPoloGía del dandismo—. Pero es difícil decir que no te gusta. Lo tiene todo». La estrategia de Inditex, el grupo empresarial que aglutina Zara y a otras siete cadenas de ropa y complementos de su propiedad, es olvidar al individuo para seducir a una masa distinguida y ávida de una elegancia sin derroches. Diseña un mismo modelo para cerca de cien países. Aunque sus prendas no estén hechas a la medida, cada mañana, cuando uno decide cómo va a vestirse, Zara apunta a crearnos la ilusión de que con ellas nos vemos bien. «Yo voy a fabricar —dice Amancio Ortega— lo que van a querer los clientes». No ha descubierto cómo nos queremos ver en el espejo de un probador, sino cómo nos podemos gustar con lo que vemos.

Hace unos años Amancio Ortega caminaba por el almacén central de Zara, en Arteixo, un pueblo de Galicia a media hora de A Coruña, cuando regañó a un trabajador que descansaba junto a unos camiones que transportan la ropa. «Si tiene algún problema, hable con mi jefe», le respondió el empleado. Cinco minutos después se presentó el jefe. Y el jefe del jefe. Y el jefe del jefe del jefe. El empleado se puso pálido: no se había dado cuenta de que el hombre al que había desairado era el patrón de Zara. Hoy, según la revista Forbes, Amancio Ortega es el tercer hombre más rico del mundo, después de Bill Gates y Carlos Slim. Es capaz de comprar en sólo un mes un edificio de cinco plantas en el corazón de Manhattan, más una antigua y majestuosa residencia de unos duques en Londres, más la ex sede principal de casi nueve mil metros cuadrados de un banco en Barcelona. Es propietario de un Bombardier, uno de los tres jets privados más caros que existen, también elegido por celebridades como Oprah Winfrey o Steven Spielberg. Es el niño que había empezado como chico de los recados en una camisería de A Coruña y que cuatro décadas después ascendió a Patrón de la Moda. Una consecuencia posible después de ese desaire del trabajador de Zara sería un despido fulminante. Al estilo de la leyenda de que cuando Steve Jobs estaba de mal humor podía echar a la calle a un empleado si se lo cruzaba en un ascensor. El empleado de Zara, sin embargo, conservó su trabajo.

Desde hace años, esta escena se cuenta entre los nuevos empleados del almacén central de Zara como una historia de iniciación para perfilar a un hombre de apariencia invisible que controla cada detalle de su trabajo. Una mañana de agosto, el mes en que todos los españoles se mudan a la playa, un auditor de KPMG, la empresa que durante años revisó las cuentas de Zara, visitó el almacén de Arteixo y vio a Amancio Ortega doblando camisas. Hacía años que, de tanto en tanto, el mismo millonario cargaba camiones en el mismo almacén y se sentaba en un pupitre para asistir a los cursos de formación de sus empleados. En otra ocasión, un trabajador del departamento de auditoría interna lo recuerda midiendo en pasos la longitud de un cuarto, caminando con las manos cruzadas detrás de la espalda, como si fuera un viejo carpintero preparándose para construir un mueble. Era habitual ver a Amancio Ortega paseando por todo el almacén con una libreta en la mano donde anotaba las necesidades de cada departamento de su tienda. Aunque oficialmente ya no es el presidente de Inditex, es un hombre mayor que regresa a trabajar todos los días a su cuartel general.

El señor que cada año lanza al mercado unos mil millones de prendas para vestir a hombres y mujeres de cuatro continentes llegó casi a la edad de jubilarse sin que se hubiera publicado más de una foto de él. Es una imagen tamaño carnet del joven Ortega que tampoco sirvió para acabar con su anonimato. El trabajador que confundió a su jefe con un don nadie no tuvo cómo saberlo: a fines de la década de los noventa, Amancio Ortega era una figura tan misteriosa que el periódico portugués Dário De noticias publicó un artículo, en el que dudaba de su existencia. Otro rumor que se extendió por esos años fue que su fortuna procedía del tráfico de drogas, una explicación fácil para justificar que alguien se hubiera hecho rico en Galicia, la punta noroeste de España, donde se encuentra Fisterra, el lugar donde en el siglo I los romanos pensaban que se acababa el mundo. En una región siempre pobre, de agricultores y pescadores, a finales de los ochenta y principios de los noventa, se solía atribuir la bonanza a algo que provenía del mar: o conservas de pescado y marisco; o fardos de cocaína de los cárteles colombianos. Incluso su lugar de nacimiento era un enigma: se decía que había nacido en A Coruña, la ciudad costera de un cuarto de millón de habitantes donde él había residido desde niño, o en un pueblo de Valladolid, el lugar de nacimiento de su madre. Amancio Ortega nació en Busdongo, un pueblo de pocos habitantes conocido únicamente por su estación de tren, donde él vino al mundo porque allí habían trasladado a su padre, un empleado ferroviario, el mismo año en que estallaba la Guerra Civil Española. Una de las costumbres de Amancio Ortega era pasear por la plaza del ayuntamiento de A Coruña o por su paseo marítimo, los dos puntos neurálgicos de esta ciudad, sin guardaespaldas, sin miradas indiscretas, sin paparazzi ansiosos de poner cara al señor que ordenaba coser los hilos de sus pantalones desde la sombra. Una anécdota que circula entre coruñeses es que un día un hombre presumía en una cafetería la gran amistad que le unía al fundador de Zara sin saber que se lo estaba contando a Amancio Ortega.

El primer retrato de Amancio Ortega posando se difundió en el informe anual de 1999 de la empresa Inditex. En él viste una chaqueta azul marino y una camisa blanca, tiene los labios contraídos y mira a la cámara con una mezcla de inexpresividad y dureza. Inditex estaba preparando su salida a bolsa, una decisión con la que en principio Amancio Ortega estuvo en desacuerdo. Los futuros inversionistas necesitaban un rostro visible en quien confiar. Un ex ejecutivo de JP Morgan de la época en la que esta firma trataba de convencerlo para que Inditex saliera a bolsa recuerda que no aceptó acompañar a los negociadores a ver las carreras de Fórmula 1, un acontecimiento televisado a miles de millones de televidentes, pero que accedió a ir con ellos de cacería a países de Europa del Este. Las cacerías hacían posible estar tiempo con él y, a diferencia del escenario de las carreras, desaparecer los testimonios gráficos. Inditex se lanzó a la bolsa en 2001. Amancio Ortega tampoco fue a la ceremonia.

El anonimato de décadas se acabó casi al mismo tiempo en que saltó de ser millonario a uno de esos archimillonarios que equiparan sus fortunas con el PIB de algunos países. Hoy Amancio Ortega es tan millonario que los siguientes quince españoles en la lista de los más pudientes deberían juntar sus posesiones para alcanzar el poderío económico del fundador de Zara. A sus dividendos como Patrón de la Moda, Ortega ha sumado negocios inmobiliarios con propiedades en las calles más exclusivas de Londres, París, Barcelona o Nueva York. De 2013 a 2014 su fortuna fue la que más creció entre los grandes millonarios del planeta. En el último medio siglo, Amancio Ortega pasó de pedir un préstamo a un banco español para iniciar un modesto negocio familiar a poseer una riqueza —más de sesenta mil millones de dólares— que serviría para pagar la deuda externa de Perú, Ecuador y Bolivia, y le sobraría dinero para que sus hijos y nietos vivieran como millonarios toda la vida. El dueño de Zara vio cómo su fortuna ascendía a medida que su compañía —de la que posee el cincuenta y nueve por ciento— se convertía en un concepto mundial de elegancia para la clase media. Cuando estalló la crisis económica en España, las ventas de Inditex bajaron en su país durante tres años, pero Amancio Ortega seguiría escalando en la lista de Forbes de los más ricos del mundo. Sólo una quinta parte de las ventas de Inditex proviene de España. El resto de Europa, Asia y América, en ese orden, son su mercado global. En algún lugar del mundo, siempre hay alguien comprando en una tienda de Amancio Ortega.

El dueño de Zara pasa la mayor parte de su tiempo en Galicia. Vive muy cerca del ayuntamiento de A Coruña, en un edificio remodelado. Tiene una fachada inferior de piedra en cuya parte superior hay una galería de grandes ventanales con vistas a la dársena del puerto. Una mañana reciente vi al dueño de Zara saliendo por su cochera: luego de que un guardaespaldas se asomara a la calle, apareció un Mercedes conducido por otro guardaespaldas. Amancio Ortega estaba sentado en el asiento del copiloto. Vestía una camisa azul cielo y de su bolsillo asomaba la funda de sus gafas. Se dirigía a La Fábrica, como llama su familia al almacén central de la empresa. Un bus de pasajeros pasaba a unos metros de la entrada de su cochera y unos transeúntes señalaban su casa con todas las ventanas cerradas.

Los hábitos de Amancio Ortega delatan a un multimillonario discreto, pero en absoluto austero. Ha comprado un segundo avión después de la insistencia de los ejecutivos de su empresa, quienes tenían que conciliar sus viajes de trabajo con las necesidades de la familia del jefe. Su primer avión está en un hangar en Santiago de Compostela, a setenta kilómetros de A Coruña, oculto a la vista de los curiosos. Cuando en A Coruña construyeron un nuevo puerto, le pidieron que llevara su barco, pero Ortega se negó y ningún coruñés pudo comentar más de sus lujos. Según una persona cercana a la familia, en las navidades de 2013, el piloto de su avión viajó hasta una tienda Nike de Nueva York para recoger un regalo para Ortega, una pulsera inteligente que mide sus capacidades cuando él se ejercita sobre la cinta corredora antes de salir a trabajar, parte de su rutina de todas las mañanas. Su flota de coches —un Mercedes Clase E, un Mercedes GL y el Mini Cooper S de su segunda esposa— es discreta para tratarse del tercer hombre más rico del mundo. Se sabe que a Marta Ortega, la última de sus tres hijos, gran aficionada a los caballos, le regaló Casas Novas, un hipódromo que mandó a construir cerca de la sede de Inditex.

El sobrenombre familiar de La Fábrica recuerda la creación modesta de la empresa. Amancio Ortega se ha casado dos veces. La primera con Rosalía Mera, a la que conoció cuando era una adolescente que trabajaba como dependienta en una tienda de ropa de A Coruña, con quien tuvo dos hijos: Sandra, quien se dedica a la fundación Paideia para colectivos desfavorecidos que creó su madre; y Marcos, quien nació con una parálisis cerebral severa. Cuando ya era millonario, se casó por segunda vez con Flora Pérez, Flori, que trabajaba en la primera tienda de Zara que abrió en Vigo, una ciudad al sur de Galicia. Marta Ortega es hija de ambos. Bajo el abrigo de El Patrón de la Moda, todos han tratado de conservar un perfil discreto. La familia es un acorazado. Si Amancio Ortega es un obseso con su intimidad, todavía lo es más con la de los suyos.

En agosto de 2013, su sobrina favorita, María Dolores Ortega, Loli, estaba en un yate con su marido y unos amigos cuando Amancio Ortega la llamó desde el extranjero para avisarle que Rosalía Mera, su ex esposa, había sufrido un derrame cerebral en Menorca. Uno de los presentes en el yate recuerda que el mensaje fue inequívoco: «Las vacaciones se acabaron para todo el mundo». Rosalía Mera, la mujer más rica de España, fue trasladada a un hospital privado y moriría al día siguiente. Desde su divorcio, Amancio Ortega no tenía relación con su ex mujer, pero su sentido de la familia y el temor a que un paparazzi captara una tópica foto de ricos en yate mientras Rosalía Mera agonizaba lejos de ellos lo obligó a actuar como el jefe de familia para protegerlos. En el entierro, cuando era inevitable la exposición pública, Amancio Ortega volvió a colocarse en la segunda fila.

Ahora Amancio Ortega ya no se ocupa en persona de los detalles nimios como en los primeros tiempos de Zara, cuando acudía a felicitar las navidades a sus empleados y les regalaba un vale para que gastaran en la tienda. Aunque, según una de las empleadas más veteranas de la empresa, todavía él tiene la última palabra. Cuando se sienta en una reunión, Amancio Ortega escucha a todo el mundo. Quiere que todos participen, le gusta la competencia entre trabajadores, pero ninguna decisión importante se tomará sin su aprobación. Suele ser un hombre afable pero, aunque muy esporádicas, sus broncas son legendarias. Hace un tiempo se enojó porque los diseñadores le enseñaron una chaqueta con un precio de venta de cuatrocientos euros. No habían entendido nada: jamás un cliente de Zara se debe escandalizar por el precio de la ropa. Decidió bajar el precio antes de ir en contra de la filosofía de la marca. Su despacho en Arteixo está casi siempre vacío porque prefiere sentarse con sus empleados en una mesa en el departamento comercial del almacén. Al mediodía almuerza en el comedor de la empresa y le llevan la bandeja a la mesa. Su comida favorita son los huevos fritos con patatas y chorizo.

Los más antiguos empleados de Amancio Ortega tienen una idea familiar de él, pero también, con el tiempo, de lejanía. «Hay gente que lo ve como una especie de padre», dice una miembro del sindicato UGT, uno de los dos principales sindicatos de trabajadores de España, que lleva veintiún años en las tiendas. La devoción crece entre las empleadas más veteranas, a las que Ortega llama «churriñas», una expresión típica entre los gallegos. Otras dos empleadas, que iniciaron su carrera en la primera tienda Zara, en 1975, recuerdan las doce horas al día que dedicaban a la empresa. En ocasiones Amancio Ortega exige a sus empleados un esfuerzo mayor a los límites de los convenios de ocho horas laborales al día, pero él mismo se ha ganado el respeto y la tolerancia a su exigencia por trabajar más de la cuenta. Las trabajadoras recuerdan a un joven Ortega barriendo las tiendas después del cierre o preocupándose por la salud de sus familiares. Le agradecen que, siendo unas chicas sin estudios, les diera trabajo remunerado para toda la vida. No es tan simple repetir años de la misma rutina. Una de sus empleadas se acaba de operar el codo por una dolencia producida por cargar ropa desde que era una adolescente. Su compañera sufre de molestias en su espalda, que a veces la obligan a dejar de trabajar. «El final del camino —dice una de ellas— es que nos hemos convertido en números». Desde 2013 ambas empleadas han pedido cita a la secretaria del «señor Ortega» para comentarle sus problemas y siguen esperando. «Sigue siendo tan humano como siempre —dicen justificándolo—. Él no se entera de esto. No permitiría nuestra situación». Amancio Ortega emplea a ciento treinta mil trabajadores en todo el mundo, y a unos mil trabajadores sólo en A Coruña, una ciudad de un cuarto de millón de habitantes donde han cerrado sus principales industrias.
El círculo de confianza de Amancio Ortega se reduce a su familia, amigos de toda la vida y algunos trabajadores. Pero en A Coruña casi todo el mundo tiene algo que decir sobre el fundador de Zara, a quien ven como un abuelo bonachón y benefactor. Se ha extendido una familiaridad imaginaria que deriva en que todos los coruñeses se refieran a él como «Amancio», así, sólo por su nombre de pila, aunque apenas lo hayan visto observando obras en construcción o esperando en el coche mientras su mujer hace unas compras rápidas o en un restaurante rural comiendo un cocido, un típico plato gallego con carne de cerdo, ternera y pollo acompañado con patatas, chorizo y verdura. Cuando uno se acerca a la gente que realmente lo conoce, los comentarios son escasos y la exigencia de anonimato una regla.

El encanto de Amancio Ortega y el espíritu familiar de Zara siguen impregnando A Coruña y la sede de Arteixo, pero aún no alcanzan los cinco continentes. Hoy Zara se debate entre conservar los buenos modales de la empresa familiar de sus orígenes y la multinacional en la que se ha convertido, con todos los tics de las grandes empresas: la frialdad en el trato, la falta de contacto con el jefe, las decisiones de ejecutivos jóvenes sin apego a los modestos inicios de la empresa, la producción en cadena en vez de la artesanía, más la dudosa estela moral que su meteórico ascenso ha dejado: en varios países del mundo, Zara tiene empleados trabajando en condiciones miserables. Hoy Amancio Ortega vive caminando sobre una cuerda floja: en un extremo descansa su reputación de discreto; en el otro, las acusaciones de ser un esclavizador de quienes trabajan en sus talleres de confección. Las denuncias sobre trabajo esclavo contra su firma se multiplican a medida que crece su fortuna.

Una auditora del Ministerio de Trabajo de Brasil, donde se acusa a Zara de tener unos treinta y tres talleres clandestinos, dijo: «Si nosotros podemos rastrear la cadena de producción, Inditex también puede hacerlo. Y si Inditex controla la calidad de sus productos ¿por qué no hace lo mismo con la mano de obra?». Lo mismo denunciaba un informe de dos ONG españolas para una campaña llamada «ropa limpia»: por doscientos dólares mensuales, las trabajadoras de Inditex de Tánger, Marruecos, estaban detrás de máquinas de coser hasta setenta y cinco horas a la semana. Inditex tiene un código de Responsabilidad Social, que en teoría garantiza los derechos de cualquier trabajador de la empresa en cualquier país, pero su respuesta oficial ha sido culpar a sus proveedores, que son quienes contratan los talleres clandestinos. Una empresa donde se controla al milímetro la importancia de un cajón se excusa de no tener la capacidad de controlar la dignidad de decenas de personas.

La mano de obra indigna que utilizan los gigantes textiles es una práctica cotidiana que sólo suele salir a la luz con la tragedia. El año pasado, en Bangladesh, se derrumbó un edificio de ocho plantas dedicado a la fabricación textil y murieron más de mil personas que trabajaban en él confeccionando prendas para El Corte Inglés —el principal almacén textil de España—, Mango, Primark o The Children’s Shop. El día anterior habían aparecido grietas en las paredes. Al día siguiente, cientos de trabajadores se agolparon en la puerta y se negaron a entrar. Los patrones, algunos con palos en la mano, les aseguraron que el edificio se mantendría en pie otros cien años y amenazaron con dejarlos sin su paga. Fue entonces cuando los trabajadores entraron. Horas después la construcción se vino abajo como en un gran terremoto. «Se llama esclavismo», dijo, refiriéndose a ellos, el Papa Francisco en su última homilía por el Día del Trabajador. En Argentina, el país del Papa, también funcionan redes de trata de personas para conseguir mano de obra muy barata. Dos trabajadores bolivianos llegaron un día a denunciar sus condiciones inhumanas al escritorio de La Alameda, una organización contra el trabajo esclavo, y le mostraron una etiqueta de Zara. A cada marca le corresponde un número de serie que se imprime en la etiqueta, donde también se indican la región y el taller en el que se fabrica la prenda. Dijeron que trabajaban en un taller de Buenos Aires. Pero la demanda de la ONG Alameda no prosperó. «Nosotros ponemos un abogado, y ellos quince», dijo un colaborador de la organización. En Argentina, se lamentaba, la pena por robar una vaca es mayor que por denigrar a una persona.

En Inditex se jactan de ser una gran familia. Pero los familiares del tercer hombre más rico del mundo, a diferencia de su ropa, sí conocen fronteras. Una de las explicaciones es que el negocio de Zara ha crecido más que la capacidad de sus proveedores para producir ropa, y que estos se ven obligados a subcontratar talleres ilegales. Hay quien dice que el hombre que lo controlaba todo ya no tiene capacidad para hacerlo y que la nueva generación, encabezada por Pablo Isla —el abogado que Amancio Ortega eligió para presidir Inditex—, no tiene el toque ‘humano’ de Ortega del que hablan sus empleados. La falta de humanidad, de todos modos, no resiente el negocio. Delante del espejo nos preguntamos si una prenda nos sienta bien y si podemos pagarla, no cuál es su historia. La estética nos importa más que la ética. El señor de la moda, mientras tanto, practica el mismo método a sus triunfos que a sus miserias: la invisibilidad.

 

En una de sus columnas, el escritor Manuel Vincent comparaba a Amancio Ortega con Prometeo. «Todo lo que ha hecho Amancio Ortega ha sido robarles el fuego a estos dioses [los grandes diseñadores] y ponerlo en los escaparates convertido en ropa asequible de última moda». Acusarlo de falta de creatividad ha sido una constante en el ascenso a la cima de Zara. Falta de creatividad es a veces un eufemismo para copia, plagio, imitación, usurpación, robo. La empresa nunca ha perdido en los tribunales, pero las denuncias por plagio se han suc¬edido. Meses atrás, por ejemplo, la diseñadora e ilustradora española Verónica de Arriba denunció a Inditex en las redes sociales por plagiar uno de sus dibujos en unas camisetas de Lefties, una marca propiedad de Amancio Ortega. De Arriba colgó una fotografía en su muro de Facebook comparando su diseño y la prenda. El caso más comentado en los últimos años fue el de la apropiación de imágenes de Louise Eibel, Betty Auti y Michèle Krüsi, blogueras de moda que se autorretratan con looks que después marcan tendencias. Stradivarius, una de las cadenas de Inditex para el público más joven, puso a la venta unas camisetas con dibujos calcados de algunas de esas fotografías. La copia era innegable y, después de las quejas públicas de las diseñadoras, Inditex retiró las prendas del mercado.

No sólo se trata de Zara: la misma estrategia entre la inspiración y el plagio como vehículo para buscar novedades también la usan otras marcas. H&M, la gran competidora de Zara, causó un revuelo cuando sacó unos cojines y felpudos con el diseño de Tory LaConsay, una desconocida artista estadounidense que había escrito en una pancarta de su vecindario de Atlanta la frase Have a nice day con un corazón dibujado al lado para alegrarle el día a sus vecinos antes de ir al trabajo. Mango lanzó una camiseta con la reproducción de una foto de una chica de pelo largo en medio de un campo que el fotógrafo iraquí Tuana Aziz había subido a su Instagram. Zara crea entre sus clientes más fieles la ilusión de elegir algo único, un acto en el que se mezclan las ordenanzas de la élite y la creación de la calle, aunque los autores se diluyan entre la multitud. La calle e internet se han convertido en una enorme pasarela para robar ideas. En esa búsqueda, Zara es el explorador más veloz.

Una prenda de Zara tarda un promedio de tres semanas en pasar del dibujo al escaparate. Cada semana o cada dos semanas se introducen novedades en las tiendas, y este año incorporaron chips a la ropa para saber qué tallas y modelos hay que reponer de inmediato. Mientras la cadena H&M hace dos o tres apuestas masivas al año, la firma de Amancio Ortega es capaz de renovar el setenta y cinco por ciento del stock de sus tiendas en unos días. Un coolhunter de Zara puede captar un vestuario en un club exclusivo de Nueva York como el Marquee, al lado del Empire State Building; en una boutique de la exclusiva avenida Montaigne de París o en las galerías Vittorio Emanuele de Milán, y en menos de un mes podríamos estar en la tienda de la caja pagando un modelo similar. Las subculturas urbanas que reclaman autenticidad se comercializan y se uniforman a una velocidad contra el aburrimiento. En Zara lo hacen en un tiempo récord y con poca mercadería en sus tiendas para crear una sensación de urgencia a la hora de comprar. Si ves una prenda que te gusta y esperas a la semana siguiente para comprarla, es probable que ya no la encuentres.

Cortar a todo el planeta por el mismo patrón y a velocidad de crucero tiene sus riesgos. Zara ha tenido que pedir disculpas y retirar del mercado una camiseta infantil que en teoría estaba inspirada en los sheriffs, pero que se parecía más a la indumentaria que los judíos llevaban en los campos de concentración nazis. La prenda, a rayas blancas y azules horizontales, llevaba bordada en el pecho una gran estrella amarilla de David, que recordaba la marca que debían llevar los judíos durante el Holocausto. «¿Pretendéis provocar un trauma a alguien? Yo me pregunto: ¿va acompañado con un número tatuado temporal en el brazo? ¿Tenéis chaquetas pequeñas de las SS?», decía uno de los centenares de comentarios que surgieron en las redes. No era la primera vez que Zara, una de las firmas de moda más exitosas en Israel, hería sensibilidades. En 2007 también había tenido que retirar una colección de bolsos después de que una clienta del Reino Unido devolviera el artículo porque incluía una esvástica que sobresalía en un diseño primaveral, de tonos claros y motivos florales. La única excusa que ofrecieron fue que en el diseño original no aparecía la esvástica y que había sido elaborada por un proveedor de la India. El símbolo más odiado por los judíos significa bienestar y felicidad para los hinduistas.

Pero quienes comandan el ejército de Zara poseen también un gran instinto comercial. El 11 de septiembre de 2001, en los días posteriores a que Al Qaeda estrellara dos aviones contra las torres del World Trade Center, se derribaron también las ideas primaverales de los diseñadores de Nueva York. Sin embargo, las marcas de ropa continuaban mostrando alegría en una ciudad devastada, excepto Zara, que ya vendía prendas oscuras para guardar el debido luto. Mientras el mundo miraba aterrorizado las imágenes televisadas de las dos torres derrumbándose, en sólo unas horas, desde la central de Arteixo, se decidió que la ropa estampada se guardaría en el almacén y otra colección más sobria sería la que luciría en los escaparates. El mundo se tambaleaba y Amancio Ortega seguía facturando.

 

El diseño es una de la grandes pasiones de Amancio Ortega, pero la gran obsesión del tendero más exitoso del mundo siguen siendo sus tiendas. En el cuartel general de Inditex se montan prototipos de las boutiques que siempre cuentan con la autorización del jefe. En abril de 2011, Amancio Ortega visitó un centro comercial en las afueras de A Coruña para ver la tienda de Zara que se había inaugurado, un establecimiento que servía de preámbulo para la boutique que abriría después en la Quinta Avenida de Nueva York. La prensa local cubrió el acontecimiento. Por la mañana, el dueño de Zara dio consejos sobre la mejor localización para el mobiliario y opinó sobre las prendas por exhibirse. A la hora de la comida pidió un sándwich vegetal, una cerveza y un café con sacarina en un establecimiento del centro comercial. Por la tarde visitó el resto de tiendas de Inditex en el complejo. Antes de marcharse entró también en Blanco y Primark, dos marcas de la competencia que venden ropa de diseño barata. Si Amancio Ortega piensa que un cajón debe medir veinte centímetros en vez de diez, ordena de inmediato que se cambie. «Levantábamos un garaje —dijo Ortega a su amiga periodista Covadonga O’Shea— y en seguida nos preguntábamos por qué no levantábamos dos plantas más». Una de sus últimas preocupaciones fueron las largas colas que se producen delante de las cajas registradoras de Zara.

El Patrón de la Moda se ha colado en nuestros armarios no porque sea un artista, sino por ser un excelente tendero. Su primer trabajo fue de chico de los recados en Gala, una camisería de A Coruña. Tenía doce años cuando dejó los estudios de secundaria. Amancio Ortega recuerda que un día fue con su madre a comprar comida y que escuchó al tendero decirle que no podía fiarle más dinero. «Aquello me dejó destrozado», le dijo a Covadonga O’Shea en el libro Así es amancio ortega, la única publicación que ha consentido sobre su vida. Sin estudios y sin experiencia, por su obsesión al trabajo, el chico que repartía camisas en bicicleta se ganó el favor de sus jefes. Pronto se cambió a otra tienda, donde trabajaban su hermano y una de sus hermanas, y ascendió hasta convertirse en encargado del local. Su hermano y él pidieron un crédito, y junto a su cuñada, Primitiva Renedo, y la que se convertiría en su primera mujer, Rosalía Mera, crearon la empresa GOA. Las iniciales invertidas de Amancio y Antonio Ortega Gaona. Zara lo esperaba a la vuelta de la esquina.

Las tres mayores fortunas del mundo se forjaron alrededor de una mesa. El imperio de Bill Gates nació sobre la mesa de un garaje. El de Carlos Slim en una cena en la que el entonces presidente de México, Carlos Salinas de Gortari, pidió a los millonarios que insuflaran billetes a la economía de un país en crisis y que él se los devolvería con poder. El reino de Amancio Ortega se gestó en el bar Sarrión de A Coruña. Allí los pioneros de la moda gallega se reunían para beber un vino y conversar. En esas conversaciones apareció GOA y su primer éxito: una bata de dormir. «Es como si a un bistec, que es necesario comerlo, le pones dos hojas solo para decorar. Las hojas te han costado diez céntimos, pero el bistec ya es otra cosa», dijo Javier Cañás Caramelo, hijo de los dueños de ese bar, gerente comercial de la primera época de GOA y amigo del dueño de Zara. La bata de dormir era más cara que esos «sacos de patatas» que evoca Caramelo, pero más barata que las de las exclusivas tiendas de moda de la ciudad. El tejido de aquella bata de dormir, según Caramelo, era de buena calidad. A pesar de la leyenda dice que algunos tenderos las rechazaron porque se desteñían. Era un Amancio Ortega estilo temprano: precios asequibles, velocidad de producción, escaso margen de ganancia por unidad pero abundantes ventas. Las virtudes que marcarían el futuro éxito de Zara habían aparecido temprano en la modesta empresa familiar.
Hoy las universidades más prestigiosas del mundo han estudiado el modelo de negocio que ideó aquel hombre sin estudios. Los dos términos que siempre aparecen entre los expertos es integración vertical (la empresa controla todo el proceso desde la producción hasta la venta minorista), y fast fashion, estructuras ligeras y ágiles, poco stock en la tienda y velocidad de reacción para que una prenda esté lista lo antes posible. Inditex comparte este modelo con sus competidores GAP, H&M o Bennetton, pero, mientras estas externalizan alguna fase de producción, en Zara todo acaba en el cuartel general de Arteixo. En tiempos en que el significado del azul cambia de una semana a otra, en el que los pantalones anchos y estrechos se llevan a un tiempo, en el que nadie puede responder con claridad a la pregunta sobre qué está de moda, Amancio Ortega parece saber cómo nos vestiremos y cómo nos desvestiremos. Ha declarado que cuando ha visto en la calle una prenda que le gustaba ha llamado por teléfono a la central de Zara y en dos semanas tuvo un modelo similar repartido en sus más de seis mil tiendas de todo el mundo. «Yo voy a fabricar lo que van a querer los clientes», dice Amancio Ortega. Lo importante no es marcar tendencias sino reproducirlas lo antes posible.

Una noche, hace unos meses, en A Coruña, Cañás Caramelo se encontró con Amancio Ortega en un semáforo cerca del almacén central de Inditex. El Patrón de la Moda le había prometido que estaba volviendo temprano a su casa, y, como un ex adicto al tabaco al que sorprenden fumándose un cigarrillo, sonrió. Le dijo que esa noche era una excepción. Caramelo —un hombre que a diferencia de su amigo viste pantalones burdeos, americana entallada y un peinado hacia atrás— cree que Amancio Ortega sigue siendo el mismo hombre con el que viajó a París. El mismo que allí se asombró con el glamour de sus habitantes para después llorar al verlos comprar la discreta elegancia que les vendía.


November 29, 2014

José Luis Pardo Veiras

Un texto de


November 29, 2014

Etiqueta Negra 122

Un texto de

EL ÚLTIMO
CAPÍTULO
DEL CHAVO DEL 8

En México, los críticos y los intelectuales no lo quieren: de los estudios de TV, Chespirito se ha retirado a su casa para escribir poemas con rimas y cándidos ensayos. Vive con la gran compañía de su esposa, Doña Florinda, y ya no le basta la herencia sentimental de sus programas: parece que Roberto Gómez Bolaños quiere que lo recuerden también como un ciudadano y sobre todo como un intelectual.

Un texto de Gerardo Lammers

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Alguien sube las escaleras, y aparece entonces la breve figura de un hombre con grandes gafas y barriga abultada. Sabía que la televisión engorda, pero ahora me doy cuenta de que también agranda: Chespirito es más bajito de lo que pensaba, casi como un viejo duende. Ha llegado vestido con una camisa a rayas de manga larga, pantalón café y zapatos mocasines. A la luz de esta mañana calurosa y nublada de agosto sus setenta y cinco años resultan imposibles de ocultar. Ahora se sienta frente a mí con las manos entrelazadas, inclinándose hacia adelante sobre una silla austera.

—¿Cómo está?

—Pues le digo que regular. Parece que desde diciembre se me concentró la edad.

Unos días antes de la Navidad de 2003, Roberto Gómez Bolaños visitó por primera vez en su vida el hospital. Fue una extraña alergia combinada con una bronquitis crónica. Parecía estar pagando el precio de haber fumado durante cuarenta años, un hábito incubado en sus maratónicas sesiones de escritura para la televisión. Escritor de absolutamente todos sus programas, no en vano un director de cine mexicano bautizó a Gómez Bolaños -cuando éste escribía para la pantalla grande- como el Shakespeare chiquito, un sobrenombre que degeneró en Chespirito.

Ahora estoy sentado frente a una mesa de cristal, junto al creador e intérprete del Chavo del Ocho. Ésta es la oficina de Roberto Gómez Bolaños, en realidad una amplia casa de dos pisos, amurallada, con jardín y cochera para dos autos en la Colonia del Valle, el barrio clasemediero de la Ciudad de México donde siempre ha vivido el popular cómico de la televisión latinoamericana. Chespirito visita sólo de vez en cuando esta propiedad. Su hogar, descrito como sombrío en alguna entrevista, queda muy cerca de aquí. La sala de juntas en la que me encuentro está decorada con fotografías, dibujos, placas conmemorativas de sus representaciones teatrales y me parece ver hasta algunos trofeos deportivos. Al fondo, oculta tras un muro, hay una secretaria trabajando.

Recién salido de la afección respiratoria, a Chespirito le atacó un terrible dolor en el nervio ciático.

—¡Pa’ su mecha! Mis dolores más fuertes habían sido de dientes, muelas, pero éste les gana a todos.

Percibo algo extrañamente familiar en su voz, como una inflexión conocida. No fue Gómez Bolaños quien pronunció la segunda parte de esa frase: fue el Chapulín Colorado. Era su habitual cambio de ritmo, igual a cuando dice lo sospeché desde un principio. «Afortunadamente mi mujer me atiende muy pronto. Es muy buena para inyectar.»

Florinda Meza, Doña Florinda, es su segunda esposa. Doña Florinda está casada con él desde hace casi tres décadas. A pesar de sus achaques, Chespirito sigue activo. De hecho acaba de regresar de Santiago de Chile, a donde fue a presentar Y También Poemas, un libro publicado por la editorial Punto de Lectura.

-Para el público latinoamericano, fue una sorpresa que usted sacara un libro de poemas. ¿Lo tenía guardado?

-Es algo que nunca pensé publicar. Desde que era jovencito me gustó la poesía. Mi mamá me enseñó las reglas importantes de versificación: rima, métrica, acento, etcétera. Escribo a ese estilo antiguo, que yo no lo considero antiguo.

Otra vez me parece escuchar al torpe héroe de las antenitas de vinil. Son sus clásicas digresiones enmarañadas no llevan a ninguna parte. O mejor aún: que llevan a la risa.

-Para la gente ahora la poesía es libre y nada más. La métrica y la rima no existen. Y sí existen. Le voy a poner un ejemplo muy grande: cuántas veces hemos oído por las calles: el “pueblo/unido/jamás será vencido” -dice cantando- Hay métrica y hay rima, y la rima tiene una fuerza enorme. Los publicistas buscan rimas todo el tiempo para anunciar productos.

Chespirito debe de haberse acordado de que en sus inicios de escritor, había trabajado para una agencia de publicidad. Hubiera querido ser futbolista profesional, y casi lo consigue, pero sus menos de cincuenta kilos de peso hacían de él un centro delantero al que el viento se llevaba. Al terminar la preparatoria, se había matriculado en una facultad de ingeniería. Su otro trabajo fue de pasante de ingeniero. Debía contar los remaches que se ponían en las vigas. Lo mataba de aburrimiento. Nunca se arrepintió de haber aceptado la oferta de la agencia de publicidad por la mitad de sueldo que ganaba antes.

-Supongo que su libro de poemas es una manera de poner sobre la mesa ciertos temas que usted no tuvo oportunidad de tratar en sus programas: la política, la corrupción, el erotismo.

-De todo eso hablo directamente. Tengo mala memoria, no sé si aquí habrá uno…

En mi mochila está su libro de poemas que compré hace unos días. Chespirito lo recibe sorprendido como si fuera el primer hombre de su país que lo busca para entrevistarlo sobre él. En México la prensa casi no lo toma en cuenta.


***


Hay una anécdota que al creador de la vecindad más famosa de Latinoamérica le gusta contar: una vez Emilio Azcárraga Milmo, el ya fallecido dueño de Televisa, telefoneó a su oficina para informarle de que lo estaban viendo trescientos millones de personas por semana. A decir del Tigre Azcárraga, era una gran responsabilidad. Tal vez ésta sea una de las claves que explican el humor blanco e inofensivo que distingue la carrera de Gómez Bolaños. En México, los intelectuales y los críticos de televisión siempre despreciaron sus programas.
-Qué flojera -fue la reacción instantánea de un crítico cuando pronuncié el nombre de Chespirito.

Acudí también a otra importante crítica de televisión. Ella prefirió no contestarme.

-Jura que su humor viene de El Gordo y el Flaco, cuando en realidad nunca lo entendió -me dijo el crítico-. El Chavo del Ocho es el primer personaje entrañable de la miseria —al final sentenció.

Mientras no cambiara la realidad latinoamericana, creía él, una historia así podía quedarse en la televisión para siempre. Lo indudable es que los personajes de Chespirito han ejercido una insólita fascinación sobre los latinoamericanos desde finales de la década del setenta. Con excepción de Cuba, las series de este humorista se repiten por lo menos una vez al año en todos los países de América Latina.»

Se cuentan historias insólitas sobre el fervor que despiertan las series de Chespirito. No sólo Menem y Maradona se han declarado sus admiradores. Hace algunos años, el brasileño Edson Arantes do Nascimento intentó comprar los derechos de El Chapulín Colorado para llevarlo al cine. Un futbolista chileno, Sebastián González, celebra sus goles en el campeonato mexicano luciendo la camiseta del antihéroe cuyo escudo es un corazón. No por casualidad Chespirito hizo dos películas dedicadas a este deporte, El CHANFLE 1 y 2, en las que el aguador del equipo América —propiedad de Televisa—, personificado por él mismo, sueña con entrar a cancha y marcar espectaculares goles para su escuadra. Pena el encanto que ejerce Chespirito va más allá de a quienes les gusta el fútbol.

Llega a todas partes y no respeta jerarquías. En el Perú, el nada querido cardenal Juan Luis Cipriani, quien ofrece una homilía televisada los días domingos, se quejaba: «No me importa que me hayan reemplazado por El Chavo del Ocho o un partido de fútbol. La palabra de Dios no morirá». En Estados Unidos, Disney negociaba comprar los derechos de explotación de El Chapulín Colorado. En Colombia, el entonces presidente Julio César Turbay emitió un decreto para otorgar la nacionalidad colombiana a Roberto Gómez Bolaños. En un recorrido por Bogotá con todos los personajes de El Chavo, su Primera Dama encabezó un convoy de camiones de bomberos al lado de Chespirito, quien saludaba a miles de niños y adultos reunidos en la vía pública sólo para verlo. De paso por México, un productor argentino televisión me contó de un bar de tipos rudos en Buenos Aires mirando absortos un capítulo del niño del barril. Aquella última imagen me pareció la más sublime.


***


Chespirito frunce el ceño y acerca bastante el libro a sus lentes bifocales. El actor que jamás usó apuntador en las grabaciones de sus programas de TV ahora me dice que tiene muy mala memoria. Finalmente encuentra entre las página uno de sus poemas y me lo recita en voz alta. Se llama «¿Político, yo?», un octosílabo en el que, al mismo tiempo que reniega de la política y los políticos, deja la puerta abierta a la posibilidad de que todos tengamos algo de ellos. El poema da pie para preguntarle sobre el apoyo público que dio a Vicente Fox, cuando éste buscaba la presidencia de México por el conservador Partido Acción Nacional. En ese entonces, Roberto Gómez Bolaños y Florinda Meza grabaron un spot televisivo apoyando a Fox. Hoy que la popularidad de este presidente va en caída libre y que la mayoría de la gente lo acusa de responsable y protagonista del estancamiento de México, Chespirito insiste en creer en él.

-Fox es un hombre decente, bueno, honrado. No ha matado a nadie. Tiene mil cualidades. Lo que pasa es que no lo dejan hacer las cosas.

Chespirito se dice harto y dolido por la fatal influencia que el Partido Revolucionario Institucional, en el poder durante siete décadas, tuvo en México. Tal vez por eso ni él ni su esposa dudaron en posar ante las cámaras, vestidos de civiles y exhibiendo una sonrisa bonachona, para apoyar a Fox en su campaña. El spot de treinta segundos sorprendió a todo el mundo, tomando en cuenta que Televisa, la empresa que le dio soporte a su carrera, declaró durante años su filiación al PRI.

-Volviendo a su libro, ¿sus poemas son una manera de cerrar su ciclo de creación artística?

-No. Estoy escribiendo muchas cosas.

Chespirito tiene casi terminada su autobiografía. Habla con una tranquilidad pasmosa, como si tuviera todo el tiempo por delante. Por cierto, pasaron décadas antes que se decidiera por fin a contar su vida.

-Me ha ido bien en la vida y eso parece que a nadie le interesa: no he consumido drogas jamás, menos las he traficado. ¿Qué más? Bueno, en mi primer matrimonio fui infiel, pero con Florinda llevamos veintisiete años y soy fiel al ciento por ciento. No la cambio por nada.

La otra razón que lo ha llevado a escribir su autobiografía es contar sus encuentros con políticos en las giras que hizo con su elenco durante su época de apogeo: abarrotaron el Estadio Nacional de Chile, en Santiago, y la Quinta Vergara de Viña del Mar; el Luna Park de Buenos Aires; el Coliseo Amauta de Lima; el Poliedro de Caracas, el estadio Campín de Bogotá. Pareciera que nada de esto emociona a Chespirito, quien me lo cuenta todo sin detalles, por encima, como no queriendo la cosa.


***


He ido a buscar al Señor Barriga a su oficina en la afrancesada colonia Roma de la Ciudad de México y, cuando llego, el vigilante me indica que el señor Vivar está saliendo en su auto blanco, uno de esos modelos enormes tipo Grand Marquis. Vivar, quien lleva en la nariz un par de manguerillas conectadas a un tanque de oxígeno, me invita a que suba al auto. El Señor Barriga es realmente voluminoso y, aunque en esta ocasión no vi ningún portafolios, es inconfundible. Cae una ligera tormenta en el D.F. Así como jamás imaginé entrevistar a Chespirito, tampoco imaginé dar un día un paseo con Edgar Vivar conectado a un tanque de oxígeno y menos aún acompañar al Señor Barriga a un restaurante.

-Tuve la suerte de que el mejor escritor cómico que ha tenido la televisión me escribiera un personaje hecho a la medida. ¡Y mira qué medida! -me dice Vivar, ya sentados en una mesa.

Su salud estado en serios aprietos debido al sobrepeso. El Señor Barriga se niega a revelarme su edad y también, sospecho, a que yo lo vea comer. Por el momento sólo pide al mesero un clamato con vodka. El actor me explica que, por lo general, Chespirito escribía durante tres semanas los libretos de cuatro programas y luego venía una semana intensiva de grabaciones en los estudios de televisión.

—¿Cómo era el ambiente en las grabaciones?

—Podría decirte que algunas veces cordial, pero siempre dentro de un rigor. No se permitía ninguna improvisación fuera del ensayo.

-¿Y qué ocurría tras bambalinas? ¿Cómo se llevaban?

-Todo era muy cordial durante las horas de trabajo y nada más. Después, nuestra convivencia era muy poca. Yo fui a casa de Chespirito dos veces en veinticinco años.

La última función del Circo del Señor Barriga y Ñoño la ofreció en Lima el 2003. Vivar es ahora miembro vocal de la Asociación Nacional de Intérpretes y dice sentirse apasionado por estudiar asuntos como los derechos de autor. Es un tipo desconfiado de la prensa y que se precia de ser muy culto. Hace años que se divorció de su mujer. No tuvo hijos. Una de sus mayores pasiones es la lectura de biografías. Cuando le pregunto por el personaje al que más admira, muerde un tallo de apio antes de responder.

—Einstein.


***


Ya alejado de los sets de televisión, Chespirito se pasa buena parte de su tiempo escribiendo en una computadora, a la que considera una máquina escribir de lujo. Dejando de lado sus poemas y su autobiografía, el cómico escribe sobre todo ensayos. Son su única manera de protestar ante el mundo actual. Por ejemplo, escribe sobre la manera tan corrupta como se juega el fútbol, en el que un delantero busca engañar al árbitro echándose un clavado en el área. O del estúpido nacionalismo mexicano y la manía de culpar al extranjero de todos sus problemas. Sin embargo, todos estos ensayos no sólo están inéditos sino inconclusos. Gómez Bolaños tiene la manía de saltar de uno a otro sin proponerse realmente ponerle punto final a ninguno.

Mientras su secretaria teclea algo y a través de la ventana se cuelan débiles las bocinas de los automóviles, la conversación comienza a tomar un cauce patafísico. Pregunto a Chespirito si es optimista con el futuro de México.

-Soy optimista con respecto al futuro del mundo -me corrige.

El cómico se toma muy en serio el papel de pensador. La escena se parece a esos programas especiales en donde todos (Villagrán-Valdez-De las Nieves-Meza) se ponían trajes satinados y parodiaban episodios históricos (el descubrimiento de América o el de la ley de la gravedad, qué más da) con más ingenio que presupuesto.

-Es indudable, absolutamente indudable, que hay una evolución, que formamos parte de ella, que tiene una tendencia. Es más, el arqueólogo Teilhard de Chardin dijo una frase que luego le robó Echeverría —un ex presidente mexicano-: «Arriba y adelante. Arriba hacia Dios y adelante hacia el progreso. Un día se unirán».

-¿Usted cree en eso?

-Sí -me dice, como si fuera un juramento.

—Porque en su libro de poemas aparece uno que se titula «Milenio», en donde más bien usted se muestra escéptico del futuro de la humanidad.

-Sí. Y tengo otro que dice…

El cómico vuelve a buscar entre las páginas de su poemario, pero pronto abandona la empresa. Prefiere advertirme:

—No puede uno dejar de ser escéptico: estamos enfrentándonos al más grande de los misterios. Tengo otro poema, a ver si lo encuentro. Ah, sí. Se llama «Otra vida».

Chespirito me lo recita en voz alta sujetando el libro con ambas manos. El tono de su lectura me recuerda a los terroríficos concursos de poesía de la escuela.

—¿Usted cree en la otra vida?

-Sí, totalmente. Y no la pienso como me la enseñaron cristianamente. Tampoco la rechazo.

Me parece oír de nuevo al Chapulín.

-Creo que todos morimos simultáneamente. Con esto quiero decir que morir es para mí, supongo, abandonar las dimensiones del tiempo y el espacio. En ese sentido morimos simultáneamente todos.

Ya no le entiendo nada. Chespirito continúa absorto en sus palabras.

-Y entonces entrar en otra dimensión que no signifique eternidad pero que dure siempre. O que signifique que es un instante eterno. No se puede explicar.

A estas alturas del discurso, sólo le faltaba añadir lo que el superhéroe de las antenitas de vinil decía cada vez que se enfrascaba en una exposición inextricable de ideas.

—Bueno, la idea es ésa.

-Usted, que es humorista, ¿no cree que todo esto sea simplemente una gran broma?

-No -se ríe-. Creo que, entre otras cosas, Dios debe tener un gran sentido del humor y no haría un mal chiste.

-¿No?

-No.

-¿Por qué no?

-Tiene que ser súper, súper, súper, incomprensiblemente grande, poderoso. Hace rato hablaba yo de la evolución que se opone a los creacionistas. A mi modo de ver, los argumentos de la evolución le dan más fuerza a lo que pienso: cuando uno se da cuenta del famoso big bang, que primero estuvo conformado por un elemento, quizás hidrógeno, y que se fue convirtiendo, de la misma forma en que los alquimistas pensaban que podían convertir el plomo en oro. Y se puede. ¡Lo malo es que sale más caro! —vuelve a él el Chapulín.
Está ensimismado en su propio delirio. Sus manos no paran de moverse y su mirada traspasa la mesa de cristal.

-Ahora con la lectura del genoma humano, cualquier celulita tiene todas las instrucciones necesarias para crear otro ser. ¡Uta! Hay que ser mucho más que creacionista. Lo otro es formar una evolución con esas complicaciones. Tiene que haber algo que no podremos captar nunca. Aunque pienso que, después, en otra vida, compartiremos lo necesario, inclusive sabremos de la historia, cómo estuvo. ¡Y de muchas otras cosas!

—Ya nos pusimos existenciales y nos fuimos hasta la otra vida. Mejor cuénteme cómo fue su infancia. Por lo que sé, no fue nada parecida a la del Chavo del Ocho.

-No. Yo era de clase media-media.


***


Sólo queda llamar por teléfono al Profesor Jirafales. Ahora el señor Rubén Aguirre tiene setenta y nueve años, siete hijos y dieciséis nietos. Está de gira con el Circo del Profesor Jirafales en Manta, Ecuador. Se enfada sin decir taaa- taaa-taaa-taaa-tá cuando le menciono al Gordo y el Flaco como inspiración del tipo de comedia que hizo Chespirito.

-¡No tiene influencia de nadie! -me dice-. ¡Es único! ¡Su poder de observación, su conocimiento del idioma, su erudición! ¡No se parece a nadie!

Igual que el resto del elenco de la vecindad más famosa de Latinoamérica, a Aguirre le ha resultado imposible librarse del estigma del Chavo del Ocho. Casi todos ellos han debido vivir de explotar a los personajes de la serie en espectáculos circenses, cuyo mercado principal han sido ciudades y pueblos de Sudamérica. Las excepciones son Edgar Vivar, quien ha producido teatro y trabajado para otras televisoras, y el propio Chespirito, quien ha montado, actuado y dirigido obras exitosas como 11 y 12, que ostenta el récord mexicano de permanencia en cartelera de una obra de estreno. Y aunque estos circos —el de Kiko, el de la Chilindrina y hasta el del Señor Barriga y el Profesor Jirafales— han resultado ser una minita de oro, sus carreras en la televisión hace tiempo que ya acabaron.

-¿Qué significa haber hecho durante tantos años al Profesor Jirafales?

-Déjame decirte que no es mi personaje favorito. El Profesor Jirafales es Rubén Aguirre: presumido, cursi, romántico. Es mi modo de ser.

—¿No se cansa?

-No, pues no me cuesta ningún trabajo hacerlo. Si yo quiero, puedo seguir haciéndolo en la vejez.

-¿Y quiere?

-Sí, quiero, sí. Hasta ahora he querido.

—Me han dicho que usted es un excelente contador de anécdotas sobre lo que ocurría en las grabaciones del programa. Cuénteme una.

-Aquí, de momento, en este cuarto frío, no se me ocurre ninguna. Pero si un día coincide que nos tomemos un tequila, con gusto.

Me despido del Profesor Jirafales con la falsa promesa de volver a encontrarlo. Tal vez hubiera preferido preguntar a Kiko sobre su antipatía hacia Chespirito. Alguien me dijo que Carlos Villagrán vive en Buenos Aires, desde donde viaja con su circo a distintas partes de Sudamérica. También me hubiera gustado encontrar a La Chilindrina. Averigüé que María Antonieta de las Nieves vive entre Miami y la Ciudad de México y que, por lo menos hasta hace un tiempo, encabeza¬ba el Circo de la Chilindrina.

Villagrán y De las Nieves se pelearon con Chespirito luego de que intentaron disputarle la propiedad de sus perso¬najes. Ahora él se refiere a Kiko y La Chilindrina como a unos individuos de una gran incultura, esbozando una sonrisa que tiene algo de perdona-vidas. Tampoco pude buscar a Ramón Valdez ni a Angelines Fernández ni al Chato Padilla. Se murieron hace tiempo. El azar me ha llevado a conversar sólo con los sobrevivientes del elenco que todavía quieren a Chespirito, con la única excepción de Florinda Meza. Su esposa, según dicen, es una simpática e inteligente mujer que mantiene su esbelta figura, y que en estos días se encuentra deprimida debido a un par de asuntos familiares. La representante de Chespirito me pidió que me olvidara de hablar con ella.


***


Puede resultar difícil de creer, pero Roberto Gómez Bolaños es un tipo tímido y de distracción proverbial cuya máxima tortura es que lo lleven a una discoteca o que lo inviten a una reunión con más de siete personas. Marcela, una de sus hijas (Chespirito tiene seis hijos en total, todos de su primer matrimonio con Graciela Fernández, una ama de casa común y corriente) lo recuerda trabajando en su estudio de la planta baja, al pie de las escaleras de la casa. Su padre se sentaba en un sillón y se ponía a escribir con lápiz en un bloc esquela que ponía sobre sus piernas. Así se pasaba las horas.

Otro de sus hijos, también llamado Roberto, es productor en Televisa, y el responsable de cuidar el legado de su padre. El productor tiene proyectos ambiciosos como, por ejemplo, estrenar un largometraje de dibujos animados con los personajes de Chespirito.
-Mi padre era tan distraído que parecía broma -dice-. Encendía el lápiz con el encendedor, miraba la hora de su reloj de pulsera echándose encima la taza de café, se metía al clóset en vez de salir por la puerta, se ponía la camisa con el gancho puesto.
—¿Cuál de sus personajes se parece más a él?

-Tiene un pedacito de cada uno: es torpe, distraído y fajador con las mujeres como el Chapulín Colorado.Peleonero y tierno como el Chavo, y procura evitarse todos los conflictos posibles como el Chómpiras. También se parece en que es un hombre sin grandes aspiraciones materiales.

Tal vez una palabra sirva para calificar el estilo de vida de Gómez Bolaños: sobriedad. Allá en sus primeras apariciones como comediante, tenía un sketch cuyo título podría ilustrar esta ética caracterizada por el trabajo honesto, la disciplina y la falta de pretensiones económicas: El Ciudadano! Gómez. Me cuenta el hijo que las ganancias que se lleva Chespirito por concepto de la repetición de sus programas en toda América Latina son mínimas. Aunque la propiedad intelectual de la serie le pertenece, la propiedad de los derecho de retransmisión la tiene Televisa.

-Se equivocó de país -me dice-. Mi papá es bastante mal cobrador.


***


Ya van más de dos horas de conversación con Chespirito. Lo veo algo cansado, aunque con la atención suficiente como para fijarse en algo raro que sucede a través de la ventana de su casa.

—Creí que había visto una ardilla -dice.

-Imagino que después de casi veinticinco años de escribir un programa semanal de televisión llegó a sentir que se le secaba el cerebro.

Chespirito mira debajo de la mesa de cristal sin inmutarse. Por un momento me da la impresión de que esta respuesta la tiene ensayada.

-Si alguien me da envidia en este mundo, ya no vive: es Juan Rulfo, que escribió dos libros de fama internacional. Yo tengo encuadernados doscientos cincuenta, o trescientos tomos de mis libretos. Trabajé mucho.

-¿No tuvo momentos de gran angustia? ¿De sentir que ya lo había dicho todo?

-A veces me solté llorando de desesperación. Me pasaba más durante mi primer matrimonio: estaba escribiendo y de pronto veía que mis hijas chiquitas bajaban con el uniforme de la escuela para ir al colegio ¡Me había pasado toda la tarde y la noche escribiendo! Y no encontré ninguna semana que no tuviera lunes. ¡Todas tenían!

Siento que esta pregunta le caló más hondo que la anterior. Por fin Gómez Bolaños me mira a los ojos.

-He leído varias veces que usted se siente ninguneado por los críticos mexicanos…

-Uh…

Chespirito se levanta de su silla, que a estas alturas le debe resultar ya muy incómoda. Va a mirar las placas conmemorativas de su obra teatral 11 y 12 que llenan un muro. Repite las cifras que aparecen en las placas: 1600,1700, 2200. Son el récord de las funciones de teatro.

-¿A qué se debe que los críticos lo hayan ninguneado?

-Una razón es que no soy condescendiente con ellos. Otra, que consideran a la comedia como inferior a la tragedia, y pues no sé a qué más.

-¿Le duelen las críticas?

—Me dan coraje, y luego digo que qué me importan. Pregúnteme cuántos premios me han dado.

Chespirito levanta la vista, escénicamente, como si estuviera haciendo la cuenta. Luego responde:

-Ninguno. Ni de obra ni de actuación ni de dirección ni de tiempo. De nada.

El cómico se levanta a mirar las mismas placas y se detiene también en un par de fotografías, una de ellas con futbolistas del equipo Necaxa que lo fueron a visitar al teatro.

-Buena parte de la intelectualidad mexicana menosprecia su trabajo —le recuerdo.

Hay en México, un país cuya literatura oficial tiene bastante solemnidad, la percepción de que cómicos como él destruyen el idioma. Chespirito ni se inmuta y prefiere contarme:

—Sobre un Congreso de la Lengua Española, que se realizó en Zacatecas, un periodista decía: «¿Qué clase de congreso es éste en que uno de los invitados es Chespirito?». Mandé al periódico una carta diciendo: «No sé si pueda aportar mucho, pero sí aportaría a enseñarle a escribir al periodista ese que me criticó. Su artículo está mal en estoy esto y esto, porque yo conozco mi herramienta de trabajo, el español». La respuesta del periodista fue muy elegante. Me cayó re’bien. «Perdón. Fue sin querer queriendo», dijo.


***


Chespirito se ha levantado varias veces para ir al baño en los últimos minutos. Ya empieza a dar señales de impaciencia.

—¿Y cómo es su vida ahora?

-Caserísima. Hoy me rasuré nada más porque venía a una entrevista.

-¿Qué pasatiempos tiene? ¿Le gusta cocinar, por ejemplo?

-El agua hervida se me quema. Pero Florinda es una cocinera sensacional.

Se levanta otra vez de su asiento como una manera de avisarme que se tiene que ir.

—Hábleme de su etapa de mujeriego.

-Fui.

-¿Y eso?

-Fui mujeriego por lo mismo que era muy peleonero en mi juventud, por complejo. Por chaparro. Tenía hermanos que eran muy bien parecidos y se ligaban a todas las chavas. Y yo tenía que ingeniármelas. Pero sí ligaba.

La cara de Chespirito se ilumina de una pícara satisfacción. Y añade:

—Sigo pensando que no hay nada más bello en el mundo que una mujer hermosa. Respeto las tendencias de cualquiera. Jamás hice chistes burlándome de homosexualidades. Respeté muchas cosas: color de la piel, nacionalidades, religiones.

—¿Cuándo fue su etapa de mujeriego? ¿Cuando ya teníaéxito?

-No, desde antes -dice, sonriendo.

-¿Cuando se estaba divorciando?

-Ahí sí ya tenía éxito con las mujeres. En las giras, al llegar al hotel, ya estaba una chava esperando dentro del cuarto. Tenía que sacarla. Bueno, según como estuviera.

Ahora Chespirito sí se va en serio. Se va el torpe Chapulín con sus pastillas de chiquitolina a otra parte. Se va el tímido Chavo del Ocho a guardarse otra vez en su barril. Lo detengo por un momento.

-¿Me podría firmar su libro de poemas?

Lo veo escribir una apresurada dedicatoria, con una caligrafía inclinada hacia la derecha. Firma: Chespirito. Apenas alcanzo a estrecharle la mano, mientras él está bajando las escaleras a paso veloz. Cuando desaparece, me quedo quieto por un instante. Del otro lado del muro, la secretaria me mira con ojos de complicidad y una sonrisa de oreja a oreja. Por ningún motivo iba a desaprovechar la oportunidad de escuchar entera una conversación como ésta. Que tu jefe sea el Chavo del Ocho no le pasa a cualquiera.


November 28, 2014

Gerardo Lammers

Un texto de

¿Hay futuro sin El Chavo?

Un texto de Elda Cantú

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Los televidentes latinoamericanos se dividen en dos: los que aman El Chavo del ocho y los mexicanos. Allá pasamos la infancia viéndolo, usamos sus frases, pero renegamos de su herencia: nos hace sentir como el hijo de un papá famoso que sólo quiere ser normal, o como la hermana fea y aburrida de una chica muy guapa. Cuando viajamos al sur, todos nos hablan con frases de El Chavo y quieren recordarnos los capítulos del viaje a Acapulco o el día que el Señor Barriga se sentó encima de Don Ramón. Somos los únicos que participamos con desgano en las conversaciones entusiastas sobre la más exitosa serie cómica de la televisión en español de todos los tiempos. Hace unos días un amigo peruano que vive en México se lamentaba de que sus hijas no miraran ese programa de Chespirito cuyos episodios él había aprendido de memoria cuando niño. Me alegré: hay futuro sin El Chavo. Nos dicen que debería gustarnos El Chavo porque Chespirito viene de Shakespeare. Porque no hay nada tan universal como los vecinos pendencieros y la normalidad de no poder pagar la renta. Porque su cancioncilla no es otra cosa que la Marcha Turca Opus 113 de Beethoven que toca un setentero sintetizador Moog y que no podemos sacarnos de la cabeza. Porque logró crear un mundo que no existe pero del que todos tendremos memoria por los siglos de los siglos. Porque sin desnudos ni efectos especiales nos detenemos una y otra vez, cuarenta o veinte años después, a mirar a la misma tribu de adultos disfrazados de niños. Porque si los grupos de Facebook son un indicador de valía, más de quinientos grupos sobre El Chavo le dan también la victoria en Internet. Porque antes de que existiera Twitter, ya se había escrito el mejor tuit de la historia: «Síganme los buenos». Porque nos hace reír, y la risa, al final de cuentas, es eso que nos aleja del miedo.

Treinta años después que se grabara el último de sus mil trescientos episodios, El Chavo sigue siendo un hit mundial. Se ha doblado a cincuenta idiomas y hoy lo siguen viendo en veinte países. En México, el secreto de nuestra conciencia colectiva de El Chavo es que lo admiramos y lo queremos pero nos resistimos a presumirlo porque sería aceptar nuestra identidad de fracasados, de huérfanos, de pobres pero divertidos. En el exilio, El Chavo ha terminado por ser la nostalgia del país, de volver a ver a otros mexicanos que tampoco compran camisetas con la efigie de Don Ramón con emoción sino con la ironía snob de los hipsters de Ciudad de México. Para el resto de latinoamericanos, El Chavo es parte de su educación sentimental. Para nosotros sólo es lo que había todos los lunes en la tele, antes de que se acabara el horario infantil.  El Chavo nos ha regalado una suerte de salvoconducto oral en Latinoamérica. Una contraseña que nos hermana al instante con taxistas de cualquier país, con niños de todas las edades, con poetas respetables. Un intelectual mexicano lamentó que Roberto Gómez Bolaños hubiera empobrecido nuestras opciones culturales y vulgarizado nuestro lenguaje. El Chavo del ocho se ha vuelto como el tequila para el mexicano que viaja. Los demás podrán disfrutarlo pero, por más bueno o malo que sea, sólo puede ser de nosotros. Cada vez que alguien nos dice con un acento que quiere parecerse al nuestro que se le chispoteó, que no le tienen paciencia, que para qué nos dicen que no si sí, es como si un extraño se sentara en el sillón más cómodo de nuestra casa sin que nadie lo haya invitado.

Los mayores que miran a El Chavo por la tele en Estados Unidos buscan en él un rush de nostalgia, una cura del idioma, un rincón de confort, un recordatorio de los días en el barrio que ya no están. O tal vez sólo quieran asomarse al fondo del barril donde se quedó su infancia. Para mis sobrinos mexicanos que viven en Estados Unidos y que nacieron veinte años después de que se grabara el último episodio de El Chavo, el show no ha terminado. A su madre le preocupa que les guste tanto; a mis sobrinos, les aterra la idea de que se acabe, que exista un tiempo sin El Chavo. A mí me entristece: para ellos no hay futuro sin El Chavo.


November 10, 2014

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Un texto de


September 15, 2014

Scott Wallace

Un texto de


August 20, 2014

Luis Cobelo

Un texto de

LOS ALBAÑILES
DEL MUNDIAL

Un texto de Carol Pires
Fotografías de Luis Cobelo

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Joao Monteiras. Barrendero | © Luis Cobelo

La industria de la construcción ganó el mundial de fútbol antes de jugarse, pero algunos de sus albañiles murieron mientras construían los nuevos estadios de Brasil: Muhammad Ali Maciel había comprado un televisor de cincuenta pulgadas para ver los partidos con su familia cuando, trece días antes de concluir la obra, se electrocutó instalando una luminaria en la ciudad de Cuiabá. En Manaos, en la selva de Brasil, Antônio José Pita Martins esperó en vano una ambulancia luego de que una grúa le golpeara la cabeza. Allí mismo, Raimundo Nonato da Costa murió tras perder el equilibrio en un andamio y Marceleudo de Melo se estrelló contra la Tierra desde treintaicinco metros de altura. Y no fueron los únicos: Fábio da Cruz cayó al vacío cuando instalaba un graderío en Sao Paulo, en el mismo estadio donde Fábio Luiz Pereira y Ronaldo dos Santos serían aplastados por una grúa. José Afonço de Oliveira Rodrigues tenía veintiún años cuando resbaló desde las alturas del nuevo estadio de Brasilia. A su familia le pagaron una indemnización de cuarenta mil dólares, lo que hoy en el mercado negro podría costar una entrada para la final de la Copa del Mundo.

Nadie protestó contra las muertes de estos albañiles, pero millones de brasileños criticaron las obras que ellos habían construido. Los doce nuevos estadios para el mundial de fútbol fueron un símbolo de la gente que salió a protestar contra todo lo que anda mal en Brasil. Para la FIFA, la culminación de los estadios se retrasó demasiado; para los ciudadanos brasileños, su suntuosidad les recordaba que había cosas más urgentes que enfrentar, como una multitud de escuelas y hospitales cayéndose a pedazos, una evidencia menos arquitectónica y deportiva que reveladora de la desigualdad social y la corrupción de Brasil. Nos habían prometido un transporte público más moderno y económico que nos permitiera ir y venir más rápido por ciudades más respirables, pero llegamos al Mundial atascados en el tránsito y con rebeliones callejeras.


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Vladimir Alves Da Silva. Vendedor de bebidas callejero | © Luis Cobelo


Un año después de las primeras protestas, mientras Neymar marcaba dos goles a Croacia en Sao Paulo, la policía en Río de Janeiro golpeaba con un garrote al maestro Guilherme Freire: lo arrastró veinte metros y, cuando ya estaba inmovilizado, le echó gas pimienta en los ojos por reclamar contra los exorbitantes gastos del gobierno en los estadios. Guilherme Freire era sólo uno entre los miles de estudiantes, trabajadores sin tierra, choferes, indígenas y maestros que durante un año habían salido a protestar a las calles. Sin embargo, como los ateos que bautizan a sus hijos porque heredaron la culpa cristiana, hay algo en los brasileños que de pronto —incluso entre los que se pasaron el año criticando a la FIFA y los que nunca vemos fútbol—, nos vuelve religiosos frente a una pelota. Así nos lo enseñaron nuestros padres y así crecimos ganando cinco copas mundiales. Frente a una pelota creemos que todo es posible. Cuando comenzó la Copa del Mundo, las protestas se vaciaron y las fiestas en la calle estaban llenas de gente. El fútbol tiene un fascinante poder, entre la maravilla y la cortina de humo, de devolver la fe a millones de personas cuando todo anda mal. Esta vez, la misa se celebraba en casa.

Al público privilegiado que asistió al partido inaugural del Mundial, se le pidió aplaudir a los albañiles. La FIFA sorteó cincuenta mil entradas entre los trabajadores que construyeron los estadios, pero no les valían para el partido de estreno. Eran las más baratas y las podían usar sólo para un partido de la primera fase que jugaran en su ciudad. Algunos albañiles que las ganaron prefirieron venderlas. Para otros, no habría dinero que pudiera pagar la emoción de gritar un gol en el estadio que ellos ayudaron a construir. Fue así una paradoja feliz, pero hubo otras fatales: José Afonço de Oliveira, el primer albañil que murió en la construcción de estos estadios, planeaba volver a su pueblo para comprarle una casa a su madre con los ahorros de su vida. Fue lo que le había prometido antes de tomar un bus de Campo Largo do Piauí hacia Brasilia. Hoy ella vive el extraño destino de haberse comprado una casa con el dinero que el gobierno le entregó para indemnizarla por la muerte de su hijo, un albañil del mundial.

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Christina Markes. Maquilladora | © Luis Cobelo


August 20, 2014

Carol Pires

Un texto de


August 11, 2014

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Un texto de


August 11, 2014

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Un texto de


August 11, 2014

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Un texto de


August 11, 2014

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Un texto de

VASCO
PIMENTEL
EL OIDOR

Casi nadie recuerda a un sonidista tras una ceremonia del Óscar.
Algunos son genios sin rostro y sin sus creaciones sonoras
no podríamos llorar ni tener miedo ni recordar. Uno de ellos,
Vasco Pimentel, va por el mundo con tapones en sus oídos.
¿Es más insoportable el ruido de un auto
que el llanto de un bebé?

Un perfil de Sabrina Duque
Ilustraciones de Luis Falen

Luis Falen

Desde que viven juntos, Vasco Pimentel le ha pedido a su mujer que no le hable cuando se acaba de despertar. Cada mañana, este director de sonido que inspiró Lisbon Story, una película del cineasta Wim Wenders, necesita una hora y media sin oír nada. Cuando su mujer lo olvida y empieza a hablarle, él levanta la mano como un policía que detiene el tránsito y hace una señal de alto. Stop. Silencio. Es pronto para escuchar. La esposa del sonidista, una arquitecta que dejó su vida en Perú para irse a vivir con él a Lisboa, se ha acostumbrado a verlo levantarse, preparar su desayuno y leer su correo sin decir una palabra. Pimentel ha dejado de frecuentar amigos porque hablaban casi a gritos. Ha dejado de ir a cafés porque lo aturde el bullicio. Ha puesto el sonido a más de cien películas, pero no asiste a festivales de cine: «En las alfombras rojas —dice— hay demasiado ruido». Tampoco tolera el murmullo de un televisor encendido en su idioma: «Es una inflación de palabras de valor semántico nulo y entonación histérica y mentirosa». Pero le gusta cómo suenan los programas de televisión en China o en la India: al no hablar esos idiomas, las palabras le llegan sólo como sonidos, sin que entienda su significado. Vasco Pimentel detesta el sonido de automóviles ruidosos en marcha, pero, a diferencia de la mayoría, arruga su cara de tal modo que parece sufrir de la peor jaqueca cuando los escucha: «No sé qué hacer en mi cabeza con el ruido de un carro», dice. Sin embargo, le gustan las notas musicales «largas, infinitas, lacerantes» que produce una corriente de vehículos al atravesar el puente metálico de Lisboa, la ciudad donde nació. Cada vez que entra a un lugar y el ruido del ambiente es muy alto, Pimentel levanta las manos, se tapa los oídos con las palmas abiertas y aprieta sus mandíbulas como un niño aturdido por los gritos de sus padres. A veces, cuando sube a un auto ajeno y la radio se pone en marcha, se desespera y empieza a darle manotazos a los botones del estéreo hasta que consigue apagarlo. —El mundo está mal mezclado —dice.

Vasco Pimentel tiene cincuenta y seis años, una mata de cabello plateado, oscuras cejas gruesas y una gaveta repleta de cajas de tapones alemanes Ohropax —paz para los oídos— en su casa. Es la misma marca de tapones que usaba Franz Kafka para soportar los ruidos durante la Primera Guerra Mundial. Los Ohropax fueron inventados por un farmacéutico alemán a principios del siglo XX como respuesta al problema del ruido cada vez más agobiante de la era industrial. Cuando el sonidista abre su cajón y descubre que sólo quedan una caja o dos, sale a recorrer farmacias: si encuentra una que vende esta marca, se lleva todos los que tienen. Hace algunos años, Vasco Pimentel llegó a la conclusión de que el caos de autos, ruidos y gritos que le esperaban afuera de su casa iban a dañarle la audición. Desde entonces, el sonidista lisboeta que ha vivido prestando sus oídos a cineastas como Wim Wenders, Vincent Gallo y Manoel de Oliveira —el director más viejo del mundo— no puede salir a la calle sin ponerse tapones en los oídos.

Nuestro cerebro tiene la habilidad evolutiva para suprimir los ruidos de fondo que no nos interesan. En una fiesta llena de gente, por ejemplo, no solemos escuchar nada en forma precisa hasta que alguien pronuncia nuestro nombre. En un aeropuerto atestado tendemos a escuchar los anuncios de embarque sólo cuando se acerca la hora de nuestro vuelo. Esa capacidad del cerebro para concentrar la audición en una persona o en ciertos sonidos e ignorar los que no nos interesan se conoce como ‘efecto cocktail party’. Cuando el bullicio nos molesta, podemos ‘bajarle el volumen’ al concentrarnos, por ejemplo, en espiar la charla de dos extraños. Si nos interesa una conversación en una fiesta, los ruidos de fondo dejarán de incomodarnos después de unos minutos. «Todos tenemos una especie de filtro —dice Rui Poças, frecuente compañero de filmaciones de Pimentel—. Pero Vasco se queda irritado porque acaba por captar cosas que no quería». Rui Poças, uno de los mejores directores de fotografía del mundo según el Hollywood Reporter, cuenta que Pimentel suele detener su trabajo en un set de filmación para pedirle a alguien que deje de hacer un ruido que ni siquiera sabía que estaba haciendo: un taconeo nervioso, raspar la pared con sus uñas, o, incluso, mascar chicle.

***

Los sonidistas suelen ser detallistas, obsesivos y anónimos. Aunque las caras visibles del cine son los actores y directores, un tipo a quien nadie reconocería en la calle puede ser responsable de la mitad de una película: ninguno de nosotros sería capaz de emocionarse, de exhalar una interjección de euforia o de alivio, de soltar un llanto súbito o un estremecimiento frente a una pantalla si no fuera por un efecto sonoro elegido con precisión para provocarlos. Las películas de terror serían inofensivas sin un director de sonido: el suspenso es el chillido histérico de un violín mientras una mujer se ducha (Psicosis), dos notas repetidas —mi y fa— que suenan cada vez más fuertes a medida que la cámara se acerca a un bañista (Tiburón), un canto infantil distorsionado que se oye cuando un personaje se va quedando dormido (Pesadilla en Elm Street). Los dramas y las comedias románticas no nos harían llorar o ilusionarnos sin el poder de sugestión de la música: Rocky Balboa corriendo por las calles de Filadelfia no nos convencería tanto de su espíritu de superación sin las trompetas de Gonna fly now marcando sus pasos. Leonardo DiCaprio y Kate Winslet serían dos turistas algo suicidas en la proa del Titanic si no fuera por la melodía de fondo de My heart will go on. Patrick Swayze se vería ridículo con esos rayos de luz en la cabeza mientras se despide de Demi Moore, si al final de Ghost, la sombra del amor, no estaría sonando Unchained melody.

Emocionarse con una película se debe en gran parte al trabajo silencioso de un sonidista, pero el sistema hollywoodense tiene su propio ‘efecto cocktail party’: como si fueran el ruido de fondo en una fiesta atestada de celebridades, nadie voltea al oír el nombre de un director de sonido. Gary Summers, uno de los sonidistas más exitosos de Hollywood, ha sido nominado nueve veces al Óscar y ha ganado cuatro, tantos como Spielberg, sólo que a él no le toman tantas fotos ni le preguntamos tanto cómo logró el sonido de miles de espadas chocando en El señor de los anillos, la embestida violenta del agua en Titanic, o los pasos de los soldados en El imperio contraataca. Mark Berger puede sonarnos a algún futbolista inglés, pero es el nombre de uno de los sonidistas de Apocalypse Now, alguien que ha ganado el Óscar las cuatro veces que estuvo nominado. El trabajo de sonido en Apocalypse Now volvió memorables algunas de sus escenas, como la que da inicio a la película: mientras un soldado observa girar un ventilador de pared desde su cama, escuchamos el ruido de las hélices de un helicóptero, y así el juego del sonido y las imágenes logra contagiar la alucinación de un personaje. También marcó un hito en la historia del cine. El director Francis Ford Coppola entendió que el trabajo de sonido había aportado tanto al clima y a la historia del film que los responsables no podían ser considerados sólo «sonidistas». Desde entonces, a finales de los setenta, se los llama directores de sonido.

En la isla de silencio que es su casa en Lisboa, donde se mantiene a salvo del ruido de los coches, Vasco Pimentel recuerda otra escena de Apocalypse Now: el cocinero baja del barco y se mete en la selva a buscar algo para hacer su comida. Primero se oye el zumbido de los insectos y el canto de los pájaros. Pero de súbito todo el ruido desaparece. El cocinero entra en alerta. Escuchamos que algo avanza sobre la hierba. La tensión aumenta cada segundo. Entonces de la selva surge un tigre como un rayo, y uno queda al borde del infarto. «Hubiese sido un error poner el rugido de un tigre antes de que aparezca —dice Pimentel—. Lo que quieres es que no se entienda que es un tigre». El cineasta Robert Bresson creía que el ojo es superficial, y que el oído es profundo: «El silbido de una locomotora —dijo— imprime en nosotros la visión de toda una estación». Para Bresson, un sonido no debe acudir en auxilio de una imagen. Para Pimentel, es estúpido un montaje de sonido donde todo lo que se ve suena tal como se ve en el mismo momento en que se ve.

La cultura urbana occidental privilegia la vista sobre el resto de los sentidos, pero considera la extrema sensibilidad al sonido como un superpoder. El oído nos permite percibir aquello que no está frente a nosotros. Superman oye el grito de socorro de un niño a cientos de kilómetros. En el Hombre Biónico, la exitosa serie de televisión de los setenta, Steve Austin no sólo es capaz de levantar camiones y de ver detalles a kilómetros de distancia: también es capaz de escuchar los planes de los malvados que están muy lejos de él. Hay comerciales de televisión que ofrecen audífonos para oír mejor con la promesa de que podremos escuchar conversaciones ajenas en la habitación de al lado. Sin embargo, algunos que empiezan a usar estos audífonos los abandonan porque de súbito escuchar demasiado los aturde.

Vasco Pimentel, que posee un extraordinario don para oír, vive a veces su poder como una maldición. No sólo le disgusta el ruido de los automóviles: también los gritos de meseros y el murmullo de las conversaciones en los restaurantes; el balbuceo simultáneo de las discusiones futbolísticas en la radio, y las canciones de moda —en especial, las de Rihanna—. No sufre de hiperacusia, el síndrome que vuelve a los que lo padecen intolerantes a sonidos como el timbre del teléfono o el golpeteo de los cubiertos contra los platos. Tampoco sufre de misofonía, un odio al ruido, que es lo que experimentan aquellos que por ejemplo se crispan con la fricción de un bolígrafo sobre una hoja de papel. El problema para Pimentel es el ruido que nos envuelve como una burbuja: aquello que oímos en todas partes, y no percibimos por insensibilidad o indiferencia.

—Las personas escuchan cosas abominables —dice.

***

Una tarde, mientras filmaba con el director Wim Wenders, Vasco Pimentel se quitó sus audífonos y caminó resuelto hacia unos niños que jugaban ruidosamente y estaban arruinando una escena. Eran los años noventa, y estaban en una terraza de Alfama, uno de los barrios más antiguos de la capital portuguesa, intentando filmar una escena de Lisbon Story, la película de Wenders que más reflexiona sobre la imagen y el sonido en el cine. De pronto, Pimentel colocó sus audífonos en las orejas de uno de los niños y movió el micrófono para capturar los sonidos que llegaban hasta aquella terraza con vista al río Tajo: el canto de un pájaro, las campanas de la iglesia, el viento entre los árboles, la sirena de un barco llegando al puerto. Uno a uno, los niños escucharon y fueron callando como hipnotizados: se habían vuelto cómplices de un señor que les había hecho oír un mundo que estaba allí, pero que ellos no percibían. Vasco Pimentel había prestado sus oídos a esos niños.

A Wim Wenders le gustó tanto la escena que decidió incluirla en Lisbon Story, un film que trata sobre un director que se propone hacer una película solo con su cámara, sin nadie más, como si fuera la primera en la historia del cine. El personaje que hace de cineasta filma horas y horas en Lisboa, sin sonido, hasta que se da cuenta que su proyecto está fracasando. Entonces le pide auxilio a un amigo sonidista —el protagonista de la película—, quien viaja a la capital portuguesa con su maleta y micrófono para salvar el film. Cuando el actor que hacía de sonidista en Lisbon Story viajó a la capital portuguesa, Wim Wenders le pidió que se inspirase siguiendo durante días a Pimentel por las calles de la ciudad. El sonidista portugués, que ya había trabajado con Wenders en El estado de las cosas, era en realidad el personaje maniático y apasionado que el director alemán quería retratar en su película.

Cuando habla, Vasco Pimentel es tan expresivo como un mimo acelerado y, mientras gesticula, de sus labios brotan onomatopeyas. Las palabras salen de su boca a un millón por hora, pero no le alcanzan para decir todo lo que quiere decir. Vasco Pimentel parece un niño que aún no ha aprendido a hablar e intenta contar una historia con todo su cuerpo y todos los ruidos. Si tuviéramos un control remoto para silenciar el sonido del ambiente y lo dirigiéramos a Vasco Pimentel, entenderíamos qué nos está explicando aún sin escucharlo. En el imperio portugués existía la figura del oidor, un enviado del rey que escuchaba las quejas de los súbditos lejos de la metrópoli, y elegía contar lo que el rey debía saber. Pimentel es un oidor del cine, un sonidista que trabaja intentando hacernos escuchar aquello que hemos dejado de oír.

No sólo Win Wenders ha sido seducido por el carácter obsesivo, hiperbólico y apasionado del sonidista. En el mundo del cine portugués, Pimentel también es conocido por su vínculo visceral y exhaustivo con lo que oye. María de Medeiros, la actriz que lo considera «un poeta del sonido» antes que «un técnico con obsesión por la técnica», recuerda que Pimentel cautivaba a su equipo durante horas hablando de un sonido. Pimentel nunca deja de trabajar: cuando la filmación de una escena acaba, agarra su micrófono y camina hasta la parada de bus para registrar el sonido que hace al frenar, lo lleva hasta el semáforo de la esquina para grabar el clic del cambio de luces, camina dos cuadras para registrar el ruido de las monedas que caen sobre el mostrador en una tienda o la charla de un vendedor con su cliente. Quién sabe si terminará incluyendo o no alguno de estos detalles en el fondo de la película que está filmando. En el cine, casi nadie percibirá los diálogos de una tienda a dos cuadras de donde ocurre la acción, pero los sonidos estarán allí ayudando a construir un sentido de realidad, un sentido que no siempre es evidente. Es el trabajo de un sonidista. El sonido de los sables láser de Viaje a las estrellas fue conseguido con el ruido de un televisor y el zumbido de un motor. El famoso grito de Tarzán se logró mezclando la voz del actor, unos ladridos de perro, el aullido de una hiena y el do de un soprano. Para hacer El Exorcista, el director reforzó los efectos emotivos de la película incluyendo en la banda de sonido enjambres de abejas, ruidos de cerdos que estaban siendo degollados, maullidos de gatos y rugidos de león. En el libro Resonancia Siniestra, el músico David Toop habla de los sonidos abstractos que Stanley Kubrick utilizó en El Resplandor: el crujir de la nieve, el rebotar de la pelota, el sonido del triciclo de un niño mientras corre por los pisos del hotel, los ecos distantes de una vieja canción. Todo eso, según Toop, provoca un efecto emocional acumulativo tan abrumador que preguntarse si son música real, ruido, sonido ambiental, buena o mala música ya no tiene sentido. Vasco Pimentel fabrica un ambiente sonoro, y juega con el poder del sonido para evocar lo que no podemos ver.

En la última primavera, Pimentel andaba inquieto ante una pregunta: ¿cómo sonaría el consultorio de un psicoanalista instalado en la barriga de una ballena? Para su nueva película, el cineasta Miguel Gomes le había encargado diseñar, entre otras escenas, el sonido de una oficina en la barriga de un animal. Pimentel pensaba en la reverberación de las voces de los consultorios. Durante el invierno, para la misma película, se había pasado grabando el canto de pájaros enjaulados y pensando en cómo darle sonido a esa reinterpretación del mito de Jonás. «Vasco es un músico en la forma en la que mira al mundo —explica su compañero Rui Poças—. En cierto sentido, es un músico en el sitio equivocado. Pero si fuera músico, sería un cineasta en el lugar equivocado». Pimentel siente cada sonido por su música o su signifcado.

Para el común de los hombres y mujeres, el ruido más insoportable no es el más alto: es el llanto de un bebé. Según un estudio publicado en el Journal of social, Evolutionary, and cultural psychology, es el ruido más perturbador porque nos resulta casi imposible ser indiferentes a él: cuando suena esa alarma, estamos dotados de un ‘resorte psicológico’ para dejar lo que estamos haciendo. Años atrás otro estudio de una universidad británica pidió a través de una web votar por una lista de más de treinta sonidos, calificándolos en seis niveles, desde ‘no tan malo’ a ‘insoportable’. El ruido de un bebé llorando quedó en tercer lugar, después del sonido de alguien vomitando y el agudo de un micrófono que acopla. Según los científicos, si el llanto de un bebé nos desespera tanto es por una reacción biológica para la conservación de la especie. Según Vasco Pimentel, la inquietud que nos provoca el llanto de un bebé tiene relación con el poder evocador del sonido y con su carácter impredecible: «Es por el potentísimo poder que tiene el oído —y ningún sentido más— de suscitar la fantasía, los temores, los recuerdos. El llanto de un bebito inmediatamente te pone a pensar: ‘Es un ser indefenso, está sufriendo, no posee el lenguaje para poder comunicarse, y necesita algo que yo no entiendo porque su lenguaje es puro grito’». Pimentel, que trabaja manipulando el poder emocional de los sonidos, puede escuchar el llanto de un bebé y entender lo que produce en las personas: eso hace que no le moleste tanto. Si cualquiera de nosotros oye un bebé llorar, lo que empieza a angustiarnos es su duración incesante y no saber de qué se trata. El ruido de un niño que grita y que llora no tiene un patrón idéntico, ni de frecuencia, ni de ritmo, ni de desarrollo, ni de nada, explica Pimentel: «No sabes que va a pasar, y eso irrita a la gente». En cambio para él, que entiende los sonidos por su música además de su significado, el más insoportable de todos es el sonido de un carro parado con el motor en marcha, porque le parece estúpido y absurdamente repetitivo. «Todos los sonidos son cíclicos. Pero el ciclo de un carro parado que hace trrrrrrrrrrrrrrrr es particularmente estúpido: es tan cortito que unas cuatro veces por segundo repite el mismo ciclo: taca-ta-ta ta-taca-ta-ta-ta-taca ta ta ta”. Nunca sucede algo nuevo, no hay expectativas, no hay variaciones, no hay sorpresa. Si a la mayoría nos crispa el llanto de un bebé y el motor de un carro no nos molesta, dice el sonidista, es porque estamos habituados a la repetición, porque eso es lo que el mundo impone. La música que oímos en un bar, en un café, en un taxi, en una publicidad de youtube, recuerda él, se corresponde con el ruido que hace un carro parado con el motor en marcha. Hemos sido formateados para sentirnos cómodos con lo repetitivo. Lo impredecible nos irrita o nos inquieta. Nos hace sentir inseguros.

***

A la mayoría de nosotros, los aromas pueden transportarnos al pasado: el hijo de un fumador regresa a su infancia cuando aspira el humo de una marca de cigarrillos que fumaba su padre y el perfume de una desconocida en un ascensor nos dibuja a una mujer que habíamos olvidado. A Vasco Pimentel los recuerdos le entran por el oído, el primer sentido que usa un recién nacido. Desde los cuatro meses y medio empezamos a escuchar los sonidos del mundo exterior en la barriga de nuestras madres. Hace unos años un estudio de la Universidad de Harvard aseguraba que escuchar música barroca estimulaba más conexiones neuronales en los niños. Entonces se puso de moda lo que se llamó ‘efecto Baby Mozart’: algunas embarazadas corrieron a poner audífonos en sus barrigas con la ilusión de tener bebés más inteligentes por hacerles oír La flauta mágica desde el útero.

Medio siglo antes que existiera esa tendencia, Vasco Pimentel y sus cinco hermanos se criaron escuchando composiciones de los siglos XIV, XV y XVI. La música del medioevo y del renacimiento devuelve a Pimentel a su cama de niño, donde desde el piso inferior de una casona moderna, en un barrio alejado del centro de la ciudad, escuchaba los ensayos de música barroca de sus padres. Duarte Pimentel y Tita Lamas eran una pareja de músicos que se dedicó por décadas a la arqueología musical: rescataron las partituras del barroco portugués, encargaron la reconstrucción de instrumentos desaparecidos por siglos y se reunieron con otros músicos para rescatar sonidos y melodías que ya no existían. Mientras sus compañeros de escuela escuchaban los Beatles, los chicos Pimentel oían música compuesta antes del nacimiento de Bach.

Hace un tiempo, un equipo de científicos de cinco países probó una droga que devolvía al cerebro de los adultos la plasticidad de cuando eran niños. Estaban investigando el oído absoluto —esa capacidad para reconocer de memoria la nota en la que suena cualquier ruido, desde una olla que cae al suelo hasta el choque de dos copas en un brindis—, y querían restituirles el potencial de aprendizaje que tenemos antes de los siete años. Después de dos semanas de ejercicios con la escala musical, los sujetos que habían tomado el fármaco valproate, todos sin conocimientos previos de música, terminaron con un oído afinado. La capacidad para reconocer o cantar cualquier nota musical sin ninguna referencia es más una habilidad lingüística que musical, y está relacionada con la memoria auditiva, con aquello que hemos oído en nuestra infancia, con los estímulos que recibimos desde niños. Hoy los investigadores discuten una versión acústica del dilema del huevo y la gallina: ¿qué fue primero: el lenguaje o la música? Los más polémicos argumentan que el lenguaje hablado no es más que una especie de música, que los bebés escuchan primero los sonidos de la lengua y sólo más tarde reconocen su significado. Lo que llamamos música, dicen, es solo un juego creativo con los sonidos. Pero nadie nos enseña a escuchar como nos enseñan a hablar, leer y escribir.
Hoy dos de los seis hermanos Pimentel se ganan la vida con su oído prodigioso. El menor de ellos es capaz de afinar pianos en minutos gracias a su oído absoluto. Vasco Pimentel puede recordar la nota exacta con la que empieza una ópera que no ha escuchado en treinta años, y crea atmósferas sonoras para películas y piezas de teatro. «Las notas musicales —dice— no son más que una simplificación: doce compartimentos para clasificar y guardar todos los sonidos del mundo». El sonidista atribuye a su oído musical su facilidad para aprender idiomas: Pimentel habla portugués, alemán, francés, inglés, español, italiano, y un poco de checo. Este último, según él, lo aprendió escuchando grabaciones en checo mientras viajaba en el metro de París, durante uno de sus viajes de filmación. Cuando escucha el mundo y cuando trabaja para componer mundos sonoros, Vasco Pimentel organiza los ruidos y los diálogos en forma musical. En la isla de edición, observa el monitor de la computadora como si mirase un paisaje vacío. Él escucha un ruido y busca combinarlo con otro. Se obsesiona en hallar el tono justo como si compusiera una canción.
La memoria acústica de un sonidista no es una melodiosa cajita de música: es una Torre de Babel de recuerdos tan confusos como inauditos. De sus viajes alrededor del mundo, Vasco Pimentel recuerda cuando los musulmanes llamaban a orar en Sarajevo, Bosnia: «Eran cantos melancólicos y vibrantes, en voces de tenor eslavo al borde del falsetto del belcanto italiano: Bellini ruso con letra en arábico». Se acuerda del sonido de las campanas en Varanasi, India: «Eran cientos de campanas sin ritmo regular, todas en tonos diferentes, un solo golpe cada una, dentro de un zumbido constante de miles de campanitas de bicicleta». Pimentel no puede olvidar la música de los celulares en Tessalit, Mali: «Todos se mueven con su teléfono encendido, tocando músicas de guitarras eléctricas con su sonidito de celular. Mientras caminan, las músicas se mezclan, se desmezclan en el espacio y en el tiempo». El sonidista evoca así el silencio en San Petesburgo, Rusia: «Había un gorrión herido, caído en el suelo blanco y helado, gritando solo, echado en la nieve que seguía cayendo». Vasco Pimentel recuerda que allí entendió por primera vez el silencio. «El silencio —dice— es todo lo que sigue sonando alrededor de un gorrión que se muere».

Como todo sonidista, Vasco Pimentel es un creador de sonidos y de silencio. En la obra más famosa del compositor John Cage, llamada 4’33, una orquesta interpreta unas partituras en blanco durante cuatro minutos y medio. El público solo escucha su propio silencio y los sonidos del teatro. Antes de componer la obra, John Cage había visitado en la Universidad de Harvard la cámara anecoica, una sala aislada de cualquier fuente de sonido exterior y diseñada para absorber todas las ondas acústicas. Cage entró en la cámara esperando escuchar el silencio, pero descubrió que allí adentro seguía oyendo dos sonidos, uno alto y uno bajo. El ingeniero de sonido a cargo le explicaría que el sonido alto que escuchaba correspondía a su sistema nervioso, y el sonido bajo a su sangre en circulación. Eso lo llevó a componer 4’33. Según el Libro Guinness de los Récords, una sala similar, la cámara sin eco de los Laboratorios Orfield, en Mineápolis, Estados Unidos, es el lugar más silencioso del mundo. Quienes entran y cierran los ojos en esa cámara sin eco no perciben ningún sonido. Encerrados detrás de tres puertas pesadas, la mayoría de los visitantes sienten angustia y piden salir. El silencio causa placer, pero una prolongada ausencia de sonidos nos abruma más.

El dramaturgo Harold Pinter dijo que el silencio fuerza a la audiencia a contemplar lo que el personaje está pensando. En Tabú, otra película del cineasta Miguel Gomes, hay un bloque completo donde los personajes hablan y susurran y se gritan, pero el público nunca escucha sus voces. Sólo se oye la voz del narrador contando lo que vemos. Lo que sí se escucha es el ladrido de los perros, el arrastre de las sillas, el motor ronco de las motos atravesando las montañas y las canciones rocanroleras que brotan de la radio. Vasco Pimentel borró los diálogos de los personajes y puso el sonido ambiental como telón de fondo para jugar con la idea de que no tenemos certeza de las palabras que escuchamos o dijimos, y que sólo podemos reconstruirlas. «El sonido en una película actúa sobre ti de una forma metafórica, secreta, inconsciente, dolorosa, placentera. Pero son zonas secretas de nuestra psique —dice—. No es la información que ofrece una imagen o un diálogo». Para hacernos conscientes del silencio en una escena, Pimentel utiliza la presencia distante de un sonido cualquiera: un personaje escucha a un perro que ladra a un kilómetro de distancia. En ese mundo, no hay nada más entre el personaje y el perro ladrando a los lejos. El perro está solo. En silencio. Sin nadie. Es el estado platónico de Pimentel sin tapones en los oídos. Como le gusta estar cada día, todas las mañanas, después de despertar.


June 27, 2014

UPC

Un texto de

ENKE
EL ÚLTIMO
HOMBRE
MUERE
PRIMERO

Robert Enke, uno de los arqueros de la selección de Alemania,
se suicidó lanzándose a las líneas de un tren. Los porteros felices son una minoría.
¿Cuál es la maldición de cuidar una puerta abierta?

Un crónica de Juan Villoro

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Fotografía Getty Images

El 10 de noviembre de 2009, Robert Enke, portero de la selección alemana de fútbol, hizo su última salida al campo. Le dijo a su esposa que iba a entrenar, subió a su Mercedes 4x4 y se dirigió a un pequeño poblado cuyo nombre quizá le pareció significativo: Himmelreich, Reino del Cielo. Cerca de allí hay un descampado por el que corren las vías del tren. El guardameta dejó su cartera y sus llaves en el asiento del vehículo y no se molestó en cerrar la puerta. Caminó a la intemperie, como tantas veces lo había hecho para defender el arco del CZ Jena, el Borussia Mönchengladbach, el Benfica, el Barcelona, el Fenerbahçe, el Tenerife o el Hannover 96. A doscientos metros de ahí, como a unas dos canchas de distancia, estaba enterrada su hija Lara, muerta a los dos años.

Un portero ejemplar, Albert Camus, dejó los terregales de Argelia para dedicarse a la literatura. Acostumbrado a ser fusilado en los penaltis, escribió un encendido ensayo contra la pena de muerte. Su primer aprendizaje moral ocurrió jugando al fútbol. Años después, escribiría: «No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio ». Morir a plazos es la especialidad de los porteros. Sin embargo, muy pocos pasan de la muerte simbólica que representa un gol a la aniquilación de la propia vida. Enke fue más lejos que la mayoría de sus colegas. Su muerte, de por sí dolorosa, llegó con un enigma adicional: estaba en plenitud de su carrera y podía defender la portería de su país en el Mundial de Sudáfrica.

El número 1 de Alemania suele ejercer un inflexible liderazgo. Sepp Maier, Harald Schumacher, Oliver Kahn y Jens Lehmann se han ubicado entre los tres palos con seguridad de decanos de la custodia. Los porteros alemanes envejecen como si la jubilación no existiera y los años brindaran energías. A los treinta y dos años, Enke pasaba por un buen momento deportivo. Sin embargo, carecía de la condición esencial de los grandes porteros alemanes. Era un hombre de la retaguardia, que rehuía la publicidad, hablaba muy poco de sí mismo y atesoraba secretos que casi nadie conocía.

Tal vez la posibilidad de éxito contribuyó a su tensión nerviosa. El puesto definitivo parecía al alcance y comportaba nuevos retos. En la extraña ruleta interior a la que se sometía Enke, un fracaso habría sido preferible. Odiaba la presión, pero desde los ocho años, cuando entró a las fuerzas inferiores del CZ Jena, sólo pensaba en atajar balones. Casi siempre, los niños desean ser goleadores. Corresponde a los gordos, los muy altos, los lentos o los raros resignarse al puesto que obliga a tirarse y maltratar la ropa en el patio del colegio. El número 1 es el último en un equipo. El recurso final.

Sólo en sitios que valoran mucho la resistencia se convierte en favorito. En Alemania, incluso la academia ha tenido que ver con las heridas. Max Weber ostentaba con orgullo la cicatriz que le había dejado un duelo con un miembro de una fraternidad estudiantil enemiga. El niño que opta por ser guardameta tiene las rodillas raspadas y se ensucia con el lodo del sacrificio. En el país donde Sepp Maier fabricaba guantes blancos para enfrentar un destino oscuro, Enke quiso ser portero.
El fútbol profesional puede invadir un organismo en forma absoluta. Para los que crecen en ese entorno, la realidad es lo que se recorre en autobús entre un partido y otro. En su mente no hay otra cosa que pasto, balones, lances fugitivos. Se concede poca importancia a algo decisivo: la forma en que un sujeto se vacía de todo lo demás para convertirse en futbolista integral. La paradoja es que los jugadores más completos son los que conservan otras aficiones, ya sean los tallarines que preparan sus mamás, los números privados de las top models o el gusto por el rock o la samba.

Enke era un fundamentalista del fútbol, un puritano que no pensaba en nada más y prefería vestirse de negro, como los porteros de antes, que cada domingo emulaban a los sacerdotes. Defender el destino de Alemania en el Mundial de 2010 podía llevarlo a la gloria. Sin esa oportunidad decisiva, Enke habría estado más sereno.

Sus verdaderos problemas profesionales habían ocurrido tiempo atrás. Debutó con el CZ Jena en 1995, donde sólo estuvo una temporada. Después de varios años de regularidad con el Borussia Mönchengladbach, dio el anhelado salto a un club grande de Europa, el Benfica de Portugal. Aunque cautivó a la afición, llegó en una época turbulenta; tuvo tres entrenadores 39 en un año y decidió aceptar un puesto más tentador, sin saber que sería el peor de su vida: «Ninguna posición en el fútbol es tan exigente como la de portero del Barcelona», diría después. En la sufrida era del tiránico Louis van Gaal, Enke fue el frágil defensor de la portería barcelonista. Aún se le culpa de la eliminación ante una escuadra de tercera división en un partido de la Copa del Rey.
Barcelona consagra o aniquila. Fue ahí donde Maradona se entregó a la cocaína; fue ahí donde Ronaldinho triunfó y quiso superar las presiones del éxito con la variante brasileña del psicoanálisis: las discotecas. Fue ahí donde Enke padeció sus más severas depresiones. Con resignación, el emigrado alemán aceptó defender la puerta del Fenerbahçe, en Turquía, y de ahí pasó a una discreta isla europea: fue guardameta del Tenerife, en segunda división. Cuando el borrador de su biografía trazaba un fracaso, recibió la oportunidad de regresar a Alemania con el Hannover 96. La experiencia es la gran aliada de los porteros y Robert Enke demostró que merecía un segundo acto. La revista KicKer lo nombró mejor guardameta de Alemania. Ciertos jugadores sólo se enteran de que no están hechos para salir de su país cuando una cancha extranjera se mueve bajo sus pies. Enke necesitaba el suelo de Alemania. De vuelta en su ambiente, recuperó la regularidad y los ánimos.

Entonces, la vida privada le presentó severos desafíos: su hija de dos años, Lara, murió a causa de una deficiencia cardíaca. Su mujer y él adoptaron a otra niña, Leila. La seguridad del portero había aumentado, pero su paranoia encontró otra salida: temía que se conociera su estado depresivo y le quitaran la custodia de su hija. Obviamente se trataba de una fantasía autodestructiva.

 


EL PECADO DE ESTAR TRISTE

Con frecuencia, el número 1 había sufrido depresiones. No le faltaba apoyo. Su mujer se había convertido en una mezcla de enfermera y orientadora sentimental, y su padre, Dirk Enke, es psicoterapeuta. El Dr. Enke trató de rebajar la importancia que su hijo concedía al fútbol. Continuamente le enviaba mensajes de texto para preguntarle por su estado y le repetía que el bienestar personal es más importante que el triunfo deportivo. Pero ya era tarde para una pedagogía paterna. La auténtica educación de Robert Enke había ocurrido en las canchas. El fútbol de alto rendimiento está sometido a una exigencia extrema. En ese entorno, cuando alguien se siente mal, se informa que no podrá jugar porque lo atacó un «virus». No se habla de asuntos personales: sólo los débiles los padecen.

Es posible que Alemania haya inventado la Aspirina como una paradoja para recordar que nada es tan importante como soportar el dolor. En el Colegio Alemán, uno de mis maestros iba al dentista y se hacía atender sin anestesia. Nos lo contaba como si se tratara de un triunfo ético.

A siete partidos de su retiro, Harald Schumacher, ex guardameta de la selección alemana, un hombre con pinta de mosquetero que adquirió triste celebridad por despojar de varios dientes al francés Battiston en el Mundial de España, dio una entrevista a André Müller para el semanario Die Zeit. El resultado fue una confesión digna de un monólogo teatral. Para entonces, el portero jugaba en Turquía y había sido expulsado de la selección por sus declaraciones sobre la corrupción y el uso de drogas en la Bundesliga. En su último lamento como cancerbero, dijo: «La gente cree que soy frío porque soporto el dolor. Una vez le pedí a mi esposa que me apagara un cigarrillo en el antebrazo y sufrí tanto como ella. Todavía tengo la cicatriz. Quería demostrar que uno puede soportar lo que se propone. No soy un bloque de mármol. Soy vulnerable como cualquier otro. Sólo soy brutal conmigo mismo. No soy un genio como Beckenbauer. No he heredado nada. Estamos en el purgatorio. Cuando deje de sentir dolor, estaré muerto». El área chica de Alemania es un purgatorio al aire libre.

En 1897, Émile Durkheim publicó su monumental investigación sociológica el suiciDio. Una de sus aportaciones fue vincular la tendencia de ciertas personas a quitarse la vida con la anomia que padece la sociedad entera. El malestar colectivo influye en forma difusa pero decisiva en la reiteración de tragedias individuales. En otras palabras: las causas del suicidio siempre son particulares, pero al final del año se cumple una cuota fijada por la sociedad. ¿Qué país tiene más tendencia al suicidio? «De todos los pueblos germánicos, sólo hay uno que esté de una manera general fuertemente inclinado al suicidio: los alemanes», responde Durkheim.

Sería simplista pensar en Enke como parte de una tendencia nacional, pero sin duda vivió en un entorno de severa exigencia donde las excusas no podían tener lugar. No cumplió con un código de honor samurái, que pudiera ser celebrado por los suyos. En la ceremonia luctuosa que tuvo lugar en el estadio del Hannover 96, el sufrimiento embargó a todo el fútbol alemán y acaso se convirtió en estímulo para futuros triunfos. Convertir el calvario en éxito ha sido una especialidad alemana en los mundiales.
Portento de la entrega y la disciplina, la nación que ha conquistado tres veces la Copa del Mundo y ha sido cuatro veces subcampeona suele estar integrada por neuróticos que no se hablan en el vestuario pero son aliados inquebrantables en el césped. «El portero de la selección nacional es el símbolo de la fortaleza física», escribió Der spiegel a propósito de Enke: «Debe ser impecable. Controlado. Seguro de sí mismo. No hay empleo más duro en el fútbol, y Enke lo había obtenido ». Su círculo más próximo de amigos y familiares estaba al tanto de la severidad con que se juzgaba y la fragilidad con que reaccionaba. «No podía gozar nada», ha dicho su padre, el terapeuta Enke. No hay forma de sanar el alma de un portero. De nada sirve saber que estás bien: la pifia decisiva puede ocurrir el próximo domingo.

Cuando el último hombre del equipo pierde la concentración, sella su destino. Moacyr Barbosa fue el primer portero negro de la selección brasileña y tuvo una carrera admirable, pero todo mundo lo recordará por su error en la final de Maracaná, en 1950, impidiendo que Brasil alzara la Copa Jules Rimet. La responsabilidad del portero es absoluta. Hay rematadores que necesitan diez oportunidades para acertar y salen orgullosos del campo. El hombre de los guantes no puede distraerse. Su puesto se define por el error posible. «Quisiera ser una máquina», dice Schumacher. «Me odio cuando cometo errores. ¿Cómo podría combatir si me importara un carajo el resultado? Vivimos en una enorme fábrica. Cuando no funcionas, el siguiente te reemplaza. Supongo que sólo la muerte cura las depresiones». Estas declaraciones de Schumacher prefiguran el exigente destino que uno de sus sucesores tendría casi veinte años después.

El portero es el jugador que tiene más tiempo para reflexionar. No es casual que se trate de alguien muy preocupado. Algunos guardametas tratan de aliviar los nervios con supersticiones (escupen en la línea de cal, colocan a su mascota de la suerte junto a las redes, rezan de rodillas, usan los guantes raídos que les dio una novia que no se casó con ellos pero les trajo suerte). Otros buscan vencer la preocupación con altanería, considerando que un gol en contra no vale nada. Pero es raro que no tengan un alma en crisis. Schumacher convirtió esa tensión en dramaturgia: «A veces me concentro con el odio y provoco al público. No sólo juego contra los otros once. Soy más fuerte rodeado de enemigos. Cuando la mierda me llega hasta arriba, sé que puedo resistir. Un atleta no se hace creativo con amor sino con odio». Enke nunca tuvo esta claridad para revertir en méritos emociones negativas, pero heredó la cabaña de Schumacher y sus redes tensadas por la furia.

Cada posición futbolística determina una psicología. El portero es el hombre amenazado. En ningún otro oficio la paranoia resulta tan útil. El número 1 es un profesional del recelo y la desconfianza: en todo momento el balón puede avanzar en su contra. La gran paradoja de este atleta crispado es que debe tranquilizar a los demás. En su ensayo Una vida entre tres palos y tres líneas, escribe Andoni Zubizarreta: «Cuando me preguntan cuál debe ser la mayor virtud del portero, contesto sin dudarlo que la de generar confianza en el resto de los jugadores». El equipo debe ir hacia delante, sin pensar en quién le cuida la espalda. «Claro está que, para no transmitir dudas, es fundamental no tenerlas», añade Zubizarreta: «El portero no puede ser de carácter inseguro ». Inquilino del desconcierto, el guardameta vive para no aparentarlo. Es el pararrayos, el fusible que se calcina para impedir daños mayores.

Peter Handke narró una trama existencial con un título que alude al hombre fusilado: El miedo del portero al penalty. La novela no trata de fútbol sino de los predicamentos sufridos por alguien que lo practicó. La situación límite del portero es el penalti. En ese sentido, el título de Handke es exacto; sin embargo, la verdadera angustia del último hombre no viene de ahí. El disparo a once metros es un ajusticiamiento con exiguas opciones de supervivencia. Si el arquero impide el gol, se trata de un milagro. Schumacher comenta al respecto: «Ante un penal sólo puedo ganar. Es el tirador quien tiene miedo. Porque cada penalti es un gol al cien por ciento. Matemáticamente, el portero no tiene chance. Si el balón entra, no tengo nada que reprocharme. Si lo atrapo, soy el rey».
Algunos custodios han sido maravillosamente irresponsables, bufones capaces de convertir el peligro en un placer extraño. El argentino Hugo Orlando Gatti y el colombiano René Higuita transformaron su imprudencia en diversión. A ambos les gustaba salir del área y enfrentar oponentes en un solitario mano a mano. Gatti nunca era tan feliz como cuando hacía «el Cristo» ante un delantero que trataba de sortearlo. Higuita se atrevió a despejar un tiro en la línea de gol usando sus pies como el aguijón de un alacrán. Esta cabriola de fantasía no ocurrió en un entrenamiento sino en el estadio de Wembley, santuario del balompié.

Los porteros alemanes no son de ese tipo. Se trata de hombres que sólo dejan de ser excéntricos cuando de plano están locos, pero analizan la cancha como la crítica De la raZón pura. Esto no los lleva a la sobriedad sino al sacrificio. El romanticismo alemán tiene que ver menos con declarar amor que con beber arsénico por amor. Otra vez Schumacher: «Cuando me arrojo a los pies del contrario, no pienso que pueda sacarme un ojo de una patada. He jugado con los dedos rotos, con el tabique roto, con las costillas rotas, con los riñones deshechos. Tengo desgarrados los ligamentos. Me extirparon los meniscos. Tengo una artrosis terrible. Me acuesto con dolores y me levanto con dolores». ¿Se trata de una queja? Por supuesto que no. Con la misma felicidad con que Heinrich von Kleist compartió el pacto suicida con su amada y se voló la tapa de los sesos después de dispararle a ella en el corazón, Schumacher explica que todo eso ha valido la pena: «Para llegar a la cima hay que ser fanático. Tal vez la tortura me sirva de distracción. Para no preocuparme voy al gimnasio y le pego a un costal de arena hasta que me sangran las manos».

Robert Enke tenía una extraña sed de serenidad. No quería asumir la postura de artista del dolor del inimitable Schumacher. Pero, como su padre señala con agudeza, «no fue suficientemente fuerte para aceptar sus debilidades». Prefirió ocultarse, negar su sufrimiento, como un alumno del colegio que teme ser castigado.

 


LOS ÁNGELES CAÍDOS SE LEVANTAN

En sus años de Cambdrige, Vladimir Nabokov destacó como portero. Además de los placeres de detener balones, disfrutaba el prestigio donjuanesco que entre los latinos y los eslavos tiene el puesto de guardameta. En ciertos países, el número 1 representa la estética en el césped y liga más que los centrodelanteros.

Lev Yashin, la Araña Negra, fue perfecto emblema del portero ruso: elegante, de una seguridad casi mística, insondable, de policía secreto o pope de la Iglesia Ortodoxa. Sus equivalentes latinos podrían ser Dino Zoff o Gianluigi Buffon, atletas poco afectos a moverse, que practican una eficaz vigilancia de capos de mafia, supervisando el trabajo duro de los demás y limitándose a proteger la rendija esencial. Al arquetipo latino también pertenece el portero que se ve de maravilla cuando le anotan. El portugués Vítor Baía perfeccionó el arte de la caída carismática.

El portero alemán es un comandante en jefe de la defensa. «Grito sin parar», dijo Schumacher: «El grito es mi manera de estar al cien por ciento en el partido. Debo mantenerme en tensión. En un principio me programaba; pensaba: “tengo que gritar, tengo que hacer algo para no dormirme”. Ahora lo llevo en la sangre. Te puedes entrenar para esto como te entrenas para un disparo difícil». El controlado Sepp Maier solía bajar la vista a sus manos durante las charlas en el vestidor, como si quisiera perfeccionar los guantes que vendía en el mundo entero. Pero en los raros momentos en que alzaba la vista, era el único capaz de oponerse al líder de opinión, Franz Beckenbauer. La tendencia al alejamiento de los guardametas convirtió a Jens Lehmann en un ermitaño. El portero del Bayern Múnich vive en una aldea y todos los días viaja en helicóptero para entrenar. Es más fácil que se lesione con una turbulencia que con una patada. Oliver Kahn sólo hablaba para elogiarse y sólo usaba los oídos para escuchar rock ultrapesado. Toni Schumacher fue el «héroe de la retirada», como llama Hans Magnus Enzensberger a los líderes que claudican y desmontan todo lo que han hecho: en su libro anpfiff (Silbatazo inicial), Schumacher denunció suficientes lacras del fútbol para ser expulsado de la selección.

No hay gente común en la puerta de Alemania. Sin embargo, esos célebres hombres raros comparten un credo: no pueden fallar. Han sido entrenados para una resistencia que no conoce los pretextos. «Si me atendiera en una clínica psiquiátrica, tendría que abandonar el fútbol», dijo Enke unos días antes de morir. La tristeza no puede decir su nombre en un estadio.

En cultura y melancolía, Roger Bartra explica que durante siglos la melancolía fue vista como una dolencia judía, «un mal de frontera, de pueblos desplazados, de migrantes, asociada a la vida frágil, de gente que ha sufrido conversiones forzadas y ha enfrentado la amenaza de grandes reformas y mutaciones de los principios religiosos y morales que los orientaban». En términos futbolísticos, el portero es el hombre fronterizo, condenado a una situación limítrofe, el que no debe abandonar su área, el raro que usa las manos. Si el dios del fútbol es el balón, el arquero es el apóstata que busca detenerlo.

El cuadro más célebre del arte alemán es el retrato secreto de un portero derrotado. En melancolía i, Durero dibuja a un ángel en la actitud de meditar bajo el nefasto influjo de Saturno. Después de un gol, todo portero es el ángel de la melancolía. Sentado en el césped, con las manos sobre las rodillas o la cabeza apoyada en un puño, el cancerbero vencido simboliza el fin de los tiempos, la sinrazón, la pura nada.

 

LA ÚLTIMA JUGADA

¿Qué hacen los alemanes ante la depresión? «Las mujeres buscan ayuda, los hombres mueren», responde el Dr. Georg Fiedler, quien dirige el Centro de Terapia para Tendencias Suicidas de la Clínica Universitaria de Eppendorf, en Hamburgo. Para él, Enke pertenece a una clara tendencia social. Aunque el diagnóstico de depresión es dos veces más alto en las mujeres, la tasa de suicidios es tres veces más alta en los hombres.

La prueba más ardua que padeció Enke fue la muerte de su hija Lara. Él dormía a su lado en el hospital. Después de un entrenamiento estaba tan agotado que no se despertó cuando las enfermeras luchaban por mantener a su hija con vida. Enke no se perdonó que ella muriera mientras él dormía. Aunque no podía hacer nada, el guardameta había nacido para la responsabilidad y la culpa.

Seis días más tarde, defendió la portería de su equipo. «Alemania admiró a este Robert Enke», escribió Der spiegel: «Admiró la calma. La claridad de todo lo que decía, y más aún de lo que hacía. Era infalible». La obligación de actuar sin faltas fue el castigo y la pasión del extraño Enke. No podía dejar aquello que lo tiranizaba. Sin duda, esto tiene que ver con una disciplina que privilegia la obtención de resultados sobre el placer de obtenerlos, y que es incapaz de ofrecer una formación integral, más allá de los deberes en la cancha.

El mundo del fútbol parece ser demasiado importante y poderoso como para que los destinos individuales cuenten. El joven Werther se mató por una decepción amorosa del mismo modo en que el poeta Kleist se mató por el cumplimiento de su amor. Enke ofreció otra muerte ejemplar en la atribulada Alemania. Si todo portero es un suicida tímido, que enfrenta la metralla lanzándose al aire, él dio un paso más.

El 10 de noviembre de 2009, Robert Enke caminó por la hierba crecida, bajo un cielo encapotado. En su tipología del suicidio, Durkheim no incluyó a los que se lanzan bajo las vías del tren. Ese acabamiento se reserva a Ana Karenina y al portero de Alemania. A las seis de la tarde con diecisiete minutos, el exprés 4427, que hacía la ruta Hannover-Bremen, pasó con acostumbrada puntualidad. El torturado Enke se lanzó ante la locomotora con la certeza de quien, por vez primera, no tiene nada que detener.


June 18, 2014

84

Un texto de

ISABEL
ALLENDE
SEGUIRÁ ESCRIBIENDO
DESDE EL MÁS ALLÁ

¿Tiene una de las escritoras más leídas del mundo
algo que ver con la eternidad?

Un perfil de Gabriela Wiener
Ilustraciones de Sagar Fornies

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La tarde del 24 de setiembre de 2012 moría Isabel Allende, y esas señoras que sienten como si la conocieran de toda la vida, como si cada línea salida de su pluma hubiera sido escrita pensando en ellas, encendieron velas aromáticas en los altares de sus habitaciones y rodearon de piedras energéticas sus ejemplares de Eva Luna. Mi madre, sin ir muy lejos. Miles de personas conectadas a esa hora a internet lamentaron públicamente la noticia. Y el mundo de las letras se prepararía para rendirle su hipotético (y condescendiente) homenaje: «Era dueña de una vocación inquebrantable que la llevó a vender millones de libros». O «más que una escritora, fue un fenómeno cultural». Pero Allende sólo había muerto en Twitter, como hoy mueren tantos antes de morirse. Unos minutos después revivió en el mismo lugar donde había fallecido: «Estoy muerta, pero de risa», escribió en su cuenta en la red.

¿Cuál habría sido el legado de Allende si hubiera muerto esa tarde de setiembre? Un hijo, un esposo, tres nietos, una perra, un puñado de best sellers y la opinión, más o menos generalizada entre críticos literarios, de que la escritora más leída en lengua castellana es una mala escritora. Debe ser divertido eso de tener haters de la talla de Bolaño o Poniatowska. Isabel Allende ha cumplido setenta años. Su muerte, por tanto, ha comenzado a ser algo verosímil, incluso para ella, aunque como en algunos de sus libros poblados de fantasmas, la autora de La casa de los espíritus no vea la muerte como un final.

—Yo vivo siempre con la idea de que lo que estoy experimentando es solamente una partícula de la realidad —me dijo la mañana que la conocí en México—. Hay miles de dimensiones a las que no tenemos acceso.
Isabel Allende cree que todo es posible.


[...]


Cuando aparece en el aeropuerto de Ciudad de México, hay una cosa que no puedes dejar de pensar, por más que la parte profesional de tu cerebro lo intente: Isabel Allende es más pequeña, mucho más pequeña de lo que imaginabas. Viste de negro, lleva tacones superlativos, largos aretes, collares dorados y un bolso que colgado de su brazo se ve desmesuradamente grande. Es tan coqueta. Su pasión por los accesorios es evidente: le encantan los pañuelos para el cuello, las túnicas de la India, las joyas. Luego me enteraría de que ella misma hace anillos, pulseras y cadenitas para sus amigos. Esperar a una celebridad literaria te parte en dos. La parte más profesional de tu cerebro se alinea instintivamente con la crítica, con la literatura consagrada. El resto de ti quiere entregarse al show business. Son muy pocos los escritores que logran ser celebridades. Es un hecho que nadie que quiera ser famoso debería siquiera considerar la opción de escribir libros. Pero ella lo es, ni más ni menos que Stephen King, García Márquez o J.K. Rowling. Ver a Allende en persona es como sentarse a ver una peli con una bolsa de pop corn en la mano: hay entretenimiento para rato. Nos han invitado al congreso La Experiencia Intelectual de las Mujeres en el Siglo XXI. Mañana por la noche es su intervención. Debe llegar media hora antes de su charla magistral para que puedan maquillarla.

—Ah, no, a mí nadie me maquilla —dice inflexible—, que luego me dejan tan pintada como una puerta.

La segunda cosa que no puedes dejar de pensar cuando conoces a Isabel Allende es que se comporta como si el mundo fuera un escenario sobre el cual ella, montada sobre sus empinados tacones, coloca un banquito para verse aún más alta y hacernos reír. La manera como te hace reír es, por lo general, riéndose de sí misma. En el lapso de unos minutos es capaz de declarar en público cosas como «todavía puedo seducir a mi marido siempre que se haya bebido tres vinos», «tuve un sueño erótico en el que Antonio Banderas estaba desnudo sobre una tortilla y cubierto de chile y guacamole», «me casé con un pene» o, como me diría durante su ruta al hotel: «Afortunadamente tengo marido, porque si no tendría que poner anuncios en la web del tipo: abuela latina, setenta años, bajita, busca compañero. Qué horror. ¡No contestaría nadie!». Y advierte que no responderá ninguna pregunta hasta mañana.

Desde el auto que ha partido del aeropuerto, Allende mira los suburbios chilangos y se acuerda de lo que hizo la última vez que estuvo en México. Yo miro su perfil contra la ventana y pienso en la posteridad. Para una persona que, como yo, tiene más miedo de la desaparición que de la muerte, estar a su lado es como estar al lado de un inmortal o por lo menos de alguien que no desaparecerá tras una insignificancia como la muerte. También pienso en mi mamá y en lo que debió pensar mi mamá cuando circuló el bulo de que Allende había muerto. Y no quiero admitirlo, pero es probable que incluso piense que Isabel Allende de alguna forma es mi mamá, por lo que tiene de personaje entrañable en el que preferiría no convertirme. Tal vez sea el efecto pañuelos en el cuello, aretes largos y aura chamánica. O que no quiero ser una señora, aunque irremediablemente eso es lo que soy o seré. Allende ha llegado a México acompañada por una mujer alta, muy delgada, pálida y discreta. Es Lori Barra, directora ejecutiva de The Isabel Allende Foundation, la mujer de Nicolás Frías, su único hijo, una especie de álter ego americano a quien le va contando en inglés todo lo que nos sucede.

Los libros no son para la gente lo que los críticos literarios dicen que son. Supongo que no soy la única que leyó a Allende por culpa de su madre. Vi los libros en su mesa de noche y, no me los prestó, me los robé (el único que no pude leer fue Paula porque mamá me lo prohibió, aunque la vi leer, mientras ríos de lágrimas cubrían su rostro, la historia de una madre a la que se le muere una hija). En cambio, a García Márquez me lo dio a leer mi papá para que apreciara la gran literatura. Ninguna de estas dos corrientes de pensamiento anuló a la otra. Siempre entendí muy bien lo que representaba cada cosa, y en esos distintos espacios de la imaginación y la afectividad han estado alojados todo este tiempo. ¿Cómo no relacionar mis lecturas con las experiencias que vivía en esos momentos? Por supuesto, cuando entré a la Facultad de Literatura, yo también dije: «Isabel Allende es subliteratura», y así me sentí más inteligente. Divagar al lado de ella mientras su auto llega al hotel hace que crezca una tensión dentro de mí. ¿Cómo romper el hielo cuando me ha pedido que me calle? Mientras superamos lentamente el tráfico del D.F., la parte profesional de mi cerebro escucha cómo le pregunto.

—¿Cuánto mides?

—Un metro cincuenta —contesta—. Ahora todo el mundo está mucho más alto. Pero cuando yo era joven, la gente era más chica.

Y acto seguido la Isabel Allende performer, monologuista, showgirl, agrega: «El único lugar donde me siento bien es en Tailandia, porque en Estados Unidos, donde vivo, todo el mundo es enorme. Mis nietos son altísimos». Lo dice con su acento chileno intacto, y esa música aguda de ciertas palabras que ordena una tras otra con la misma velocidad incontenible de su prosa dicharachera. «Tenemos los mismos genes pero, no sé, debe ser la comida. Si yo estoy en un cóctel, lo único que veo son los pelos de las narices de la gente, porque estoy muy abajo, y me caen encima todos los camarones que a la gente se les escapan de los platos. Es muy difícil ser baja en esta época». Ahora me habla y me pregunta ella. No tiene un pelo de tonta: la mejor forma de callar a un preguntón es interrogándolo. Me pregunta si tengo hijos. Yo por sus nietos. Me pide que le enseñe una foto de mi hija en el teléfono. Cosas que hacen las señoras mientras van en un carro. Qué preciosa, dice. Pero ella no me enseña nada.


[...]


Isabel Allende es a la literatura en español lo que Shakira al pop latino: ambas tienen algunos hits divertidos y pegajosos, con algún mensaje más o menos dogmático, y tienen fans que llenan estadios. El pop, esa expresión de lo efímero, hace paradójicamente imperecedera a Allende. Le han sucedido desgracias, pero ella da la impresión de tomarse muy en serio su misión de entretener. Parece vivir en la impunidad que sólo pueden permitirse los que, sea como fuera, nacieron con el don de divertir a muchísima gente. Porque Allende no sólo forma parte de la gran industria del entretenimiento sino que también vive en consecuencia. Cuando alguien se acerca a su mansión en California, donde escribe con vistas espectaculares a la Bahía de San Francisco, y le pregunta a qué piensa dedicarse en sus últimos años de vida, ella siempre responde lo mismo: «Continuaré haciendo libros». No es descabellado pensar que cuando muera, Isabel Allende seguirá escribiendo en el más allá.


[...]


Allende es un blanco fácil para los canonizadores de la novela. Es posible que no muchos críticos de la autora estén dispuestos a admitir que la virulencia de sus embestidas contra ella se basan en prejuicios: la suya es la biografía de una mujer de origen burgués que escribe una columna feminista en una revista de moda allá por 1970, y, sin formación académica y con una limitada cultura literaria, empieza a publicar novelas a los cuarenta años, hace de lo autobiográfico su marca y sus obras se agotan en los supermercados. En un mundo en el que las cosas más idiotas suelen ser las más populares, cincuenta millones de ejemplares vendidos sólo pueden disparar la sospecha.

Pero ponte en su lugar: haz el intento de apellidarte Allende en Chile, exíliate, divórciate, cría a tus hijos, vive una doble vida, dedícate al periodismo y a escribir novelas, sé parte de esa generación de mujeres latinoamericanas que hizo todo esto a la vez y triunfa, bajo la todavía alargada sombra del Boom, un movimiento donde no había una sola mujer escritora de verdad, donde sólo había esposas amantísimas que lo hacían todo y todo lo hacían bien, para que sus esposos pudieran terminar sus libros y ganar algún día el Premio Nobel. Anímate a escribir en el extremo sur del continente sobre emociones y sexo en lugar de sobre túneles y laberintos. Y entonces postula a la eternidad.

Ahora haz el intento de sostener una carrera literaria durante tres décadas con semejante productividad e idéntico éxito. Inténtalo, además, con algunas novelas que estén bien hechas. Porque las de Isabel Allende lo están: allí hay una voz y una imaginación que se nutren de experiencias nada librescas. Isabel Allende arma su relato en torno a la simplicidad y a veces sucumbe a la lágrima fácil, al encaje y a la blonda, en cambio su expresión se apoya en la riqueza de los relatos familiares, en la comedia y en el drama cotidianos, y en el conocimiento de un lado del universo femenino, con intención a veces humorística y desmitificadora, como ocurre en La casa de los espíritus. Otras veces, como en Eva Luna o El plan infinito, lo coloquial y el ingenio de su prosa la hacen más cercana y confesional. En sus libros, la historia ha sido relevada por la memoria, y por fin parece que el sexo es parte del hogar y no sólo el reino de las poetas del cuerpo. En Paula, la crónica de las semanas que esperó que su hija despertara del coma, quizá el mejor de sus libros, describe el sufrimiento de un marido, en presencia del cuerpo amado pero irrecuperable de su hija. En Isabel Allende la conciencia de lo humano llega a unas cuotas a las que su propio lenguaje no llega. El resultado de su aventura ya lo conocemos: pocos como ella han creado una relación tan sólida con sus millones de lectores, basada en algo misterioso y adictivo que ellos encuentran en sus páginas y que el mercado se ha encargado de convertir en necesario año tras año, algo que burla cualquier lógica que no sea la que gobierna ese estrecho e indestructible lazo. Isabel Allende no es Virginia Woolf, no es Clarice Lispector, no es Alice Munro, y, sin embargo, tampoco es una best seller al estilo Dan Brown —y su simplona esotérica visión del policial—, a quien no le caen ni la mitad de los dardos que recibe ella. Pero Dan Brown ya casi no existe. Isabel Allende, en cambio, pasará a la historia, aunque no sea eterna.


[...]


¿Cuál es la fecha de caducidad de un escritor popular tras la publicación de su último hit? En este congreso-sólo-para-mujeres he vuelto a escuchar nombres que llevaba años sin oír: los de las mexicanas Laura Esquivel y Ángeles Mastretta, por ejemplo. Y lo primero que he pensado ha sido ¿siguen vivas? Ayer vi andar a la autora de verdaderas bombas comerciales como Arráncame la vida y Mal de amores (con la que Mastretta además ganó el Rómulo Gallegos) por los pasillos del Palacio de Bellas Artes con su rostro de pómulos pronunciados, su cuidado peinado de peluquería y sus movimientos frágiles, y fue como volver a los ochentas. En Wikipedia uno se entera de que ha seguido publicando libros. En las últimas dos décadas del siglo XX, los nombres de las tres sonaron dentro de lo que se etiquetó como ‘literatura femenina’ —una suerte de derivación de la literatura de verdad con tendencia a la escalada cursi y al regodeo lacrimógeno— y de la que Allende sería la máxima exponente. Tras esos años dorados, al parecer, la tendencia murió de éxito, y sólo ella ha seguido en los primeros puestos de venta. Después del boom de Como agua para chocolate, Esquivel se refugió en un palacete en un poblado a las afueras del D.F., se lanzó para diputada y ahora da talleres y publica libros del tipo 12 Pasos para ser feliz. Años después de esa descomunal ingesta de cacao, Allende también hizo su propio libro sobre sexo y cocina: Afrodita, un recetario para encontrar al amante ideal o, lo que es lo mismo, un libro de esos que decreta instantáneamente tu destierro de la literatura en mayúsculas.


[...]


Al día siguiente de su llegada a Ciudad de México, Isabel Allende ya está esperándome, perfectamente maquillada, como ayer cuando se bajó de un avión. En minutos estamos tan cómodas en la salita con wifi y desayuno americano de frutas frescas, charlando sobre las razones por las cuales las mujeres se identifican tanto con sus historias y con esa visión del mundo optimista en el que las relaciones y emociones de los personajes son lo más importante. Ella está repitiendo lo que ya le hemos oído decir tantas veces acerca de cómo el adjetivo ‘femenino’ acaba por disminuir la producción literaria de las mujeres, que llevan años luchando contra la segregación, cuando le saco el tema de sus odiadores profesionales. Sobre todo me intriga saber qué se siente ser juzgada no por un crítico, que es algo fácil de soportar, sino por otro escritor o escritora, más aún si estos autores gozan de prestigio.

—Sobrellevo la mala crítica como sobrellevo el éxito —me dice en un tono que de rutinario y displicente empieza a tornarse enérgico y orgulloso—. Y me doy cuenta de que, curiosamente, Elena Poniatowska no opina sobre otros escritores. ¿Por qué opina sobre mí? Porque vendo libros.

Los ejecutivos que se reúnen en este hotel podrían confundir el nombre de Poniatowska con el de una tenista rusa.

—Opinar sobre mí la hace a ella más visible —contraataca Allende—. Nadie le preguntaría a Poniatowska qué opina de mis libros si no fuera porque se están vendiendo. ¿Bolaño? Nunca habló bien de nadie. Era un muy buen escritor y una persona odiosa.
Bolaño la llamó «escribidora», para ser exactos. Burlarse de Isabel Allende no es un signo de inteligencia, sino parte del folclor literario latinoamericano.

—Hay gente que dice que soy un genio, ¿me lo voy a creer? Yo tengo un trabajo que hacer. Hasta ahí llega mi responsabilidad.

En este instante de la conversación, Isabel Allende se pone seria. Pero tampoco demasiado.


[...]


Es verdad: Isabel Allende no acepta que nadie la maquille. Lo dijo ayer en el aeropuerto y se me quedó grabado como la prueba de algo. Pero este detalle de rebeldía expresa menos de su compromiso contra la esclavitud de la belleza, curtido en el feminismo, y más de su vanidad femenina: Allende se maquilla sola porque así luce mejor. La veo darse unos retoques ante un espejito. Dentro de unas horas dará su charla magistral en el Palacio de Bellas Artes ante cientos de personas, entre las que estarán el presidente de México y su esposa. En media hora saldrá al aire en una entrevista especial para un noticiero en esta misma sala, y por eso se empolva la nariz. Está vestida con una blusa naranja, falda y un suéter negro abierto. Se prepara. Le digo —sinceramente— que luce genial.

—¡A pesar de la edad me veo muy bien y cuesta una fortuna! Pero no soy una esclava de la moda —deslinda—. Me irrita la estupidez de que haya mujeres que crean que les va a cambiar la vida porque se cambian de color de pelo.
Lleva el cabello teñido de castaño rojizo y le da unos golpecitos a las puntas para crear unas leves ondas. Las acomoda sobre sus orejas. Hoy, por cierto, se celebra el Día de la Mujer, y estar con Isabel Allende es una forma lógica de celebrarlo. Su fundación, sus proyectos solidarios y reivindicativos en favor de las mujeres, la tienen ocupada en conferencias la mitad del año.

—Teniendo tanto poder y recursos —remata—. En vez de ayudar a mejorar las condiciones de las mujeres, las aplastan con condicionamientos estéticos.

Allende lo dice convencida. Pero esa convicción no impidió que hace unos años se hiciera la cirugía. Se estiró el rostro y eliminó algunas arrugas.

—Sí, y qué les importa. Claro que me hice la cirugía plástica. Y si no le hubiera jurado a mi hijo que no me la iba a hacer de nuevo, lo habría hecho otra vez.

Isabel Allende habla de su único y mimado hijo como si hablara de un marido celoso y controlador.

—A mi hijo no le gusta ni que me maquille —dice—. Pero hasta ahí dejo que llegue su influencia.

La novelista es, después de todo, una mujer clásica a la que criaron como a una señorita, pero que trabajó para liberarse a través de la literatura. Ahora siente la premura de justificar a su hijo y su aversión al maquillaje.

—No le gusta que uno se someta a ese punto de vanidad. Mi nuera no usa maquillaje, mira lo linda que es —dice señalando un lugar en la sala—. Va a la peluquería sólo dos veces al año. Ese es mi hijo: le gusta sencilla y natural. Yo le digo: «Lori, te verías mucho más guapa con un poco más de lápiz de labios». Pero a él no le gusta.

Allende es una abuela rebelde que vuelve a ser adolescente ante la autoridad de su hijo.

—¿Y te vas a volver a operar?

—Ahora mismo no, pero en cinco años quizá otra vez la cara. Hay que tener cuidado con la cirugía plástica porque de qué te sirve tener la cara estirada si las manos no se pueden operar, si vas a caminar como una viejita.

Cuando dice esas palabras, está hablando de sí misma o de lo que teme que pueda ocurrirle, o de lo que tarde o temprano le ocurrirá. Si cumple la promesa que le hizo a su hijo, a partir de ahora, sólo el tiempo modelará sus formas.

—No hay nada más ridículo que esas mujeres que uno ve en Los Ángeles estiradas como si las hubieran planchado y que se nota que son ancianas —sentencia—. Hay que tener sentido común.

Dice Allende que su filosofía de vida la parió en los tiempos en que trabajaba en Paula, una revista para mujeres que equilibraba como pocas la frivolidad y la profundidad, la moda y los problemas de la mujer.

—Desde ese tiempo no he dejado de ser femenina, sexi ni feminista. Sí se puede.


[...]


Difícil hallar a algún escritor que sea un dedicado lector de Isabel Allende. El día que ella recibió el Premio Nacional de Literatura en Chile, algunos de sus colegas y paisanos se mostraron indignados. El escritor Alejandro Zambra, por ejemplo, dijo que era «como si le hubieran dado el Nobel a Paulo Coelho». ¿Para quién escribe Allende? ¿Quiénes recordarán su obra cuando ya no esté? No lo hace sin duda para el escritor argentino Patricio Pron. El autor de El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (qué apropiado), cree que no vale la pena leer a Allende.

—Sus libros se apropian de los procedimientos y de las formas más notorias del boom —un proyecto cultural y literario progresista en su origen— y los pone al servicio de una visión conservadora del mundo de acuerdo a la cual la latinoamericanidad —cualquier cosa que esto sea— únicamente puede vivirse de una manera, y, si se es mujer, sólo desde la cocina.

Pron me dijo que colgaría esta respuesta en su blog de reseñas de libros, en la sección Preguntas de los lectores.

—En ese sentido, es como si Allende fuese uno de esos ladrones de cuerpos de los filmes de ciencia ficción de la década de 1950 —añade—. O como una monstruosa tenia o parásito intestinal que hubiese devorado a su dueño por dentro.

Si alguien hiciera una antología llamada Grandes Momentos de la Crítica contra Isabel Allende, merecería estar la de Pron, la visión de una escritora zombie y chupasangre. Pero para ser justos, la obra de Allende no ha seguido una sola receta: versionó el realismo mágico apenas en un par de libros —sus detractores sólo intentan leer y fusilarla por una de sus obras—, y ha incursionado en las memorias, la novela política, la histórica y hasta la literatura juvenil. Sería una inexactitud tildarla de literatura rosa porque, a diferencia de Corín Tellado y sus secuaces, las protagonistas de las ficciones de Allende —entre las que incluiré a la propia autora— son mujeres que no sólo vivieron la revolución sexual, se independizaron, leyeron a Simone de Beauvoir y tomaron la píldora sino que también influyen en su propia realidad.

Envié una decena de correos electrónicos a algunos autores para que me dieran su opinión sobre Allende. La verdad es que hice un cálculo algo maniqueo, escogiéndolos según sus perfiles, para conseguir algunas opiniones ‘diferentes’, o lo que yo llamaba secretamente ‘favorables’. Incluso los escritores y sobre todo las escritoras que más ideológicamente cerca creía de Allende me dijeron no ser lectores de su obra o aborrecerla, aunque no fueran capaces de declararlo. Ya sea porque les cae bien o porque, finalmente, queda muy feo ir hablando así de mal de una colega exitosa.

Santiago Roncagliolo, un escritor hombre que ha sido tan vilipendiado en el Perú como si fuera un escritor mujer y que ha vendido miles de ejemplares de su novela Abril Rojo, también tiene una opinión sobre ella.

—En general, respeto a los best sellers. No es fácil conmover a millones de lectores en todo el mundo, y si alguien lo logra, lo admiro, aunque no escriba el tipo de libro que me guste leer.

Entre las virtudes extraliterarias de Isabel Allende, que son muchísimas, Roncagliolo dio con una admirable:

—Si hay algo que realmente admiro en ella es su capacidad para despertar el odio y la envidia de todos los esnobs de la literatura en español. De todas las obras de Isabel Allende, de la que más disfruto es la cara de rabia que ponen los escritores que se consideran serios porque nadie quiere leerlos. Gracias por fastidiarlos.

Norman Mailer decía que escribir libros con la intención de que sean best sellers no es muy distinto de casarse por dinero. Con los libros, ese cálculo no siempre funciona. Un libro puede incluir todos los ingredientes para ser un ganador y fracasar. O puede ser un potencial perdedor y dar la sorpresa. Le pasó hace un par de años a María Dueñas en España: de profesora que no había escrito un libro en su vida se vuelve de la noche a la mañana una escritora superventas. Su novela El tiempo entre costuras funcionó gracias al boca-oreja, la editorial no se gastó un centavo en promoción. La historia de una modista española que pone un taller de costura en Marruecos vendió —y he aquí la frase tópica— un millón y medio de ejemplares, y se tradujo a veintisiete idiomas. Le pregunté a Dueñas qué pensaba de Allende.

—Me deslumbró con La casa de los espíritus y la he seguido desde entonces. Admirable su talento y su energía, a pesar de los golpes de la vida. Un referente en la literatura escrita por mujeres, una inmensa inspiración, una maestra.
Dueñas sí que es una alumna aplicada, la chica nueva en el barrio de las escritoras superventas, esos fenómenos que siembran libros y cosechan colas de admiradores. Es también la continuidad de esa forma de entender el trabajo literario como el rescate de una memoria íntima, familiar y colectiva, perdida pero muy a la mano. Una de aquellas documentalistas del corazón que escarban y reordenan el pasado para devolverlo a la comunidad en una versión accesible, algo que el mercado agradece con todo su amor. Como si fuera sencillo escribir sencillo y ganar millones.


[...]

 

Isabel Allende se define como una «madre cupido»: no fue nada sutil cuando interfirió para que su hijo y Lori Barra se conocieran. «Mi pobre hijo divorciado con tres hijos necesitaba una mujer», exclama. Las historias familiares de Allende son tan extravagantes como las sagas de sus ficciones, y cuando indagas más en su biografía, descubres que hay más de real que de maravilloso en esas narraciones de padres verdaderos, imaginados o adoptados. La primera mujer de Nicolás y madre de sus tres hijos lo dejó por otra mujer, nada menos que la novia y prometida de uno de los hijos de Willy Gordon, el marido de Allende. Ahora los niños pasan una temporada con sus madres, y otra con Nicolás y su nueva mujer. Todos se llevan bien y todos viven cerca de la casa de la matriarca, incluso quien fue el marido de su fallecida hija Paula. Allende ha cargado con penas propias pero también con las de su marido, quien tiene una historia familiar atroz. Sus tres hijos cayeron en las drogas: la hija mujer murió de sobredosis (no sin antes traer al mundo a una niña contagiada de sida) y los dos hombres, mayores de cuarenta, recién empiezan a tener una vida normal tras años de cárceles y centros de rehabilitación. El cuaderno de maya es el libro que Allende escribió como una catarsis contra el dolor de padres compartido con su pareja.


[...]

 

Un día en la vida de Isabel Allende. Se levanta a las seis de la mañana porque su perra pide el desayuno a esa hora. «Mi pobre perra —dice— también está vieja». Tiene diez años, es decir, la edad de Allende en años-perros. A continuación su marido le trae una taza de té. Después medita, hace ejercicios y está lista para trabajar. Se encierra en su ‘cuchitril’ entre seis y siete horas a escribir. Ahora Willy Gordon también escribe, se ha vuelto escritor a fuerza de vivir con una escritora y hasta publica sus libros, así que tampoco es que interrumpan demasiado sus respectivos trabajos: «Nadie me necesita para nada». De rato en rato, ella sale a ver un poco el paisaje de la Bahía de San Francisco y vuelve a escribir. Por la tarde, ven alguna película que aún sacan de un videoclub. Contesta mails, habla con Lori Barra.


[...]

 

Para alguien aficionada a las fechas, 2012 fue para Allende un año de números redondos: cumplió siete décadas de vida pero también se celebraron los treinta años de la publicación de su primera novela, La casa de los espíritus, la que le valió la fama y la fortuna, pero también el estigma de haber escrito un sucedáneo de la obra de García Márquez. También se cumplieron veinte años de la muerte de su hija. Su agente Carmen Balcells la convenció de escribir ese libro de memorias como un antídoto para no volverse loca: Paula recoge los meses que pasó velando a su hija en coma. Aunque pensó que a nadie le interesaría leer un libro sobre la muerte, de todos sus libros es el que ha tenido más larga vida.

Se acerca la hora de su charla magistral en el Palacio de Bellas Artes. Lori Barra está muy guapa hoy, tal como dijo su suegra que estaría con los labios pintados, y lleva un vestido rojo muy favorecedor. Escribe en su computadora lejos de nosotras, quizá ocupada con los temas de la fundación que dirige la escritora y que ella la ayuda a organizar. Mientras continúa ajetreada con la prensa, le pregunto a la suegra cómo lleva trabajar con su nuera. Allende me cuenta que cuando la vio supo que ella era la esposa perfecta para su hijo, que le hizo largos interrogatorios y que se la llevó de paseo a solas para conocerla mejor. Sólo después supo que además sería la colaboradora de confianza. Tu suegra, tu jefa. Suena a pesadilla. Pero Lori se asume como una persona feliz de acompañarla a todas partes.

—A veces se me olvida que es mi nuera —dice Allende—. Es mi gran compañera. Vive a tres cuadras de casa. Si yo cocino un plato chileno, mando la mitad a casa de ella. Si ella compra tomates maduros, me envía la mitad. Estoy tan pendiente de su vida y ella de la mía, como no lo estarían ni una madre y una hija verdaderas, porque siempre ahí hay más conflicto.

Luego, mirándola trabajar, me aclara:

—A veces se me olvida que no es mi hija, no podría serlo: mira su altura y la facha.

 

[...]

 

Isabel Allende visita dos veces al año a sus padres en Santiago de Chile. Alguien me dijo que a Ramón Huidobro, su padrastro, le encanta hablar de ella. Cuando era una niña, le declaró una guerra sin cuartel al darse cuenta de que, tras la separación de sus padres, este hombre iba a quedarse al lado de su madre. Pero él se ganaría su admiración hasta convertirse en el único padre que ha tenido la escritora. Huidobro no ha inspirado ninguno de sus libros. «Tiene demasiada decencia y sentido común —ha escrito Isabel Allende de él—. Las novelas se hacen con dementes y villanos, con gente torturada por sus obsesiones, con víctimas de los engranajes implacables del destino». Su padre biológico, por ejemplo, quien apareció muerto en una calle, como un vagabundo, y del que ella sólo tiene el recuerdo de su cuerpo helado en la morgue.

El tío Ramón, como le llama desde esa época, tiene cerca de cien años. Le pido que defina a su hijastra en una sola frase.

—Es una intelectual —dice al otro lado de la línea.

—Pero los intelectuales no la quieren mucho, señor —le digo.

—Porque en este país están llenos de envidia. Eso ha sido así toda la vida; acuérdese de Neruda, de Huidobro. En eso se notan las cosas raras de este país.

Le pregunto por su relación con Allende.

—Es la relación de un padre y una hija. Así de sencillo.

—¿Me cuenta una anécdota de ella?

—No puedo —dice con una voz esforzada, apenas audible—. Ella ha contado tanto que no me ha dejado nada para contar.

 

[...]

 

Isabel Allende se acaricia la cara y el cuello, como solemos hacer las mujeres para constatar que no hemos cambiado en medio de un sueño. Palpa su papada y apoya la barbilla sobre una de sus muñecas. Es paciente, y en breve tendrá que prepararse para su charla. Por eso, quizá, porque nos queda poco tiempo, hablamos de envejecer.

—No tiene ningún glamour envejecer. Hay un evidente deterioro físico —admite—. Ya no tengo fuerzas para hacer lo que hacía antes. Soy más selectiva, ya no pierdo tiempo con tonterías, con programas estúpidos de la televisión o películas que no me van a dejar nada. Si un libro en la página treinta no me agarró, no hago el esfuerzo de acabarlo.

Dice que los años acumulados de experiencia la ayudan en la vida pero no en la escritura. En cada libro —insiste— hay que inventar todo de nuevo. No cometer los mismos errores que ya cometió. Y el miedo cuando uno empieza a escribir, el susto ese que uno siente cuando va a empezar, es siempre igual. Eso no se ha aliviado nada con los años.

— ¿Por qué no puedes perder el tiempo?

—No puedo perderlo porque el tiempo pasa cada vez más rápido — dice, y sus pupilas crecen.

—Pero las escritoras no son como las actrices que de repente pierden papeles por envejecer.

Isabel Allende admite que en ese sentido envejecer es una bendición. Hoy tiene más lectores ganados con su trabajo.

—Es raro: siento que ahora soy más respetada que antes, por los treinta años que llevo escribiendo —dice—. No porque esté escribiendo mejor o peor, sino porque ha pasado mucho tiempo.

Varias veces estuvo a punto de dejarlo todo, pero se convenció de que de lo único que no podía prescindir era de la literatura. Su persistencia es también una lucha contra el reloj y, aun cuando escribir tiene una sombra a menudo tortuosa, Isabel Allende se siente en absoluto confort.

—Cuando escribo, no tengo ni que verme bien ni ser inteligente —traga una bola de emoción—. Ni cautivar a nadie.

La sinceridad de Isabel Allende aturde. No teme abordar ningún tema, y eso que uno siente que debe andar a tientas al hablar del tiempo y de la desaparición inevitable con alguien que sabe que ha sobrepasado con creces la mitad del camino recorrido. Pero ella, que tampoco teme ser sólo una best seller, no tendría que tener miedo a morir.

—El miedo a la muerte se me fue cuando murió mi hija Paula. Primero la vi morir, días antes de que naciera mi nieta. El momento de la muerte se parece mucho al momento del nacimiento: es pasar de un umbral a otro.

Ella ha declarado más de una vez que la posteridad no le importa, que escribe para el aquí y el ahora. Incluso que está preparada para que la olvidemos, para que sus novelas pasen de moda y una pátina de polvo borre sus huellas con más ferocidad que cualquiera de sus críticos. Pero algunos dudan de ello. Carlos Franz, otro escritor chileno, y una de las pocas voces disonantes en medio del coro de acusaciones, le concedía varios méritos, pero le recriminaba que intentara «apurar la posteridad» al quejarse continuamente del ninguneo al que la sometía su país cuando en realidad nada sabemos del futuro:

—Hasta Isabel Allende encontrará su lugar —grande o pequeño— en el triste Panteón de las Letras Nacionales del que hoy la expulsan —dijo Franz.

No hay nada terrible en la muerte. Lo terrible sería vivir para siempre, dice ella. En su libro Paula, la autora recuerda el chiste que hizo un día Salvador Allende, el primo hermano de su padre, cuando le preguntaron qué le gustaría que escribieran en su epitafio: «Aquí yace el futuro presidente de Chile», contestó sin dudar el que fuera eterno aspirante antes de convertirse en presidente. Cierta tarde, el tío Salvador Allende intentaba enseñar a su sobrina a disparar al blanco con el mismo fusil que aparecería a su lado en el Palacio de la Moneda después de suicidarse. La joven sobrina, al mover la pistola en el aire, terminó con el arma apuntando la cabeza del político. Los guardaespaldas corrieron y la tiraron al suelo. Un epitafio apropiado para ella podría ser una línea de su novela Eva Luna:

—La muerte no existe. La gente sólo muere cuando la olvidan; si puedes recordarme, siempre estaré contigo.

Los padres de Isabel Allende tienen más de noventa años, y ella vive con la idea de que en cualquier momento sonará el teléfono y tendrá que volar a Chile. En todos estos años, no ha dejado de creer en los fantasmas. No es que tenga fe en las sesiones de espiritistas. Pero cree en una dimensión mágica, y en el poder de la memoria y la imaginación para conectarse con otros mundos. Y dice que no todos los muertos la acompañan. Hay gente que fue muy importante en su vida y que, sin embargo, no está con ella todo el tiempo.

—Paula está siempre —me dice—. Si estoy esperando el ascensor y no llega, le digo, ya pues, Paula, mándame el ascensor.

La escritora de La casa de los espíritus mira por los ventanales el cielo oscuro mexicano que separa con fiereza la divinidad de los hombres.

—La sabiduría no te va a caer del cielo porque pasen los años —advierte—. No. Con la edad, a menos que uno haga un gran trabajo espiritual y psicológico, uno es sólo más de lo que siempre fue.

 

[...]

 

Todo el mundo sabe que Isabel Allende ha hecho llorar a miles con sus historias de amor y de sombras, pero pocos sabrán que también hizo reír. En años grises pero también color verde militar y rojo sangre, lo hizo llamando a las cosas por su nombre y derrochando humor feminista, años antes de que siquiera soñáramos con El diario de bridget jones, con la columna de Carrie Bradshow o con Girls. Su propia columna, publicada en los setenta y llamada jocosamente Civilice a su troglodita, la escritora hacía muy bien su papel en la vieja (y ahora pasada de moda) guerra de los sexos, tratando al macho como un ser inferior esclavo de su pene. Fue un éxito sobre todo entre los hombres.

Ha escrito libros que son best sellers, algunos de ellos muy dignos y otros tramposos e insufribles, pero quién no tiene libros insufribles. Y ha firmado algún volumen que es al mismo tiempo un testimonio conmovedor y un completo best seller, como Paula, que en varios pasajes me hizo pensar que me hubiera gustado escribirlo a mí, aunque de otra manera. ¿Acaso todas tenemos que escribir como Clarice Lispector para merecer un elogio en un suplemento cultural?

A punto de dejarla, pienso que estoy tan aburrida de las reiteradas cargas contra Allende, que voy a escribir decenas de artículos hasta llevarla al parnaso. Pero después me digo qué demonios: es una escritora rica, famosa, feliz. No necesita que nadie la defienda. «Usted debe ser la peor periodista de este país, hija», le espetó Pablo Neruda, el día que Allende se acercó hasta su casa de Isla Negra para entrevistarlo. «Es incapaz de ser objetiva, se pone al centro de todo y sospecho que miente bastante, y cuando no tiene una noticia la inventa. ¿Por qué no se dedica a escribir novelas mejor? En la literatura esos defectos son virtudes». Allende siguió sus consejos al pie de la letra. Y así dejó de ser la osada periodista a quien la fundadora de la revista Paula, Delia Vergara, confiaba los temas más ligeros y divertidos —la decoración, el horóscopo, las recetas de cocina—, entre otras razones porque, igual que Neruda, sospechaba de su ética periodística. «Era feminista a morir, pero a las seis de la tarde corría a la casa para atender a su marido como una geisha. ¡Nos daba clases de cómo hacerlo!», me contaría su exjefa.

A veces, sin embargo, los temitas de la reportera Isabel Allende se tornaban muy en serio. Su reportaje más recordado fue «Entrevista a una mujer infiel», la conversación que tuvo con una señora de clase alta casada con un importante político, quien junto con otras dos amigas rentaba una habitación para encontrarse allí con sus amantes. Los curas la condenaron; las mujeres la adoraron. Pronto encontró una veta que la haría célebre durante un tiempo, la de protagonizar sus propios «reportajes-aventura», como ella los llamaba, experimentando los temas en su piel como una adelantada cronista gonzo de la prensa femenina. Una vez se hizo pasar por bailarina de un club de alterne. Las cámaras de un canal de televisión la grabaron y la conservadora sociedad de su país casi la crucifica. Otra vez le pidieron que escribiera sobre el LSD y a ella no se le ocurrió, por supuesto, mejor idea que probarlo. Pero eso fue hace tanto. Mientras algunos se dedican de rato en rato al triste deporte de burlarse de ella, Allende ha comenzado a escribir su decimocuarta novela como hace cada ocho de enero de manera cabalística. Lleva escritas cerca de cien páginas de una historia que estará situada en California y que tendrá por protagonista a una joven.

 

[...]

 

En la gran noche de Isabel Allende en el congreso de mujeres, la escritora Sabina Bergman la presenta diciendo: «La República de los Lectores de Isabel Allende es más grande que cualquiera de los países de habla hispana». Cuando es su turno, sube un hombre a ayudarla a colocar el banquito. Ella trepa a su pedestal. Todo es muy cómico. Ella ha creado esa situación cómica y se ríe de su situación. Empieza su discurso. Pasa de los chistes sobre sí misma a la fábula y la parábola, y de ahí a la anécdota dramática. De una confesión ligera a un testimonio desgarrador y a una arenga sobre la energía cósmica femenina: «Cuando las mujeres están juntas —proclama—, están alegres». Viaja de su experiencia a la de miles de mujeres en el mundo. Y lleva al auditorio de una emoción calculada a otra. «Puedo decir que mi vida ha sido marcada por el amor, y el tema de mis libros siempre es el amor. Y yo creo en eso, hasta ahora sigo creyendo en eso, en una visión de la vida donde triunfe el amor». El mundo es su escenario. Y ella está allí arriba contando una historia que ha empezado con una pregunta: ¿qué quieren las mujeres?

Eso es lo que todos y todas queremos saber.

Y ella parece saberlo.

 

[...]


Epílogo: el crimen imperfecto

Han pasado casi dos años desde que anunciaran por Twitter la muerte de Isabel Allende. A sus setenta y un años no sólo sigue escribiendo para la posteridad sino que aún hace cosas por primera vez. Si la primera novela que escribió hace más de tres décadas trataba sobre espíritus, la última que ha escrito trata de cadáveres. Si antes le preguntaba cosas a los fantasmas de sus abuelos, en su debut en la novela negra Allende le pregunta a Google cuánto tarda un cuerpo en entrar en rigor mortis.
Ahora son las seis de la tarde de un jueves de enero en Madrid, y el largo día que ha dedicado a responder entrevistas sobre su nueva novela está a punto de acabar. A esta hora es muy probable que la señora Allende se encuentre cansada de escuchar a periodistas. O, peor para mí, a esta hora es muy probable que se encuentre cansada de escucharse a sí misma. Pero no está cansada ni de lo uno ni de lo otro. Como en una novela de misterio, el encuentro se produce en la suite de un hotel centenario de ciento cincuenta habitaciones. Detrás de la puerta ocurren a la vez dos escenas, que parecen de dos tiempos distintos: Lori, su nuera y colaboradora de confianza, trabaja silenciosa en la habitación con la computadora, recostada sobre la cama, mientras su suegra espera en el salón rodeada de ese lujo a lo Belle Epoque tan propio del Ritz de Madrid. Donde un día Ernest Hemingway escribió en calzoncillos y Grace Kelly y Rainero celebraron su luna de miel, Isabel Allende sirve té y galletitas surtidas.
—Yo a ti te conozco. Nos vimos en… —deja colgada la frase esperando un poco de ayuda para completarla—. Sí, el congreso de mujeres en México, ¿no?

Hace un año y medio, Isabel Allende estaba en ese encuentro feminista, subida en su banquito, desde el que parecía dominar el mundo con sus boutades acerca de lo que quieren las mujeres. Ahora estamos en un lugar al que hasta 1975, año de la muerte del dictador Francisco Franco, no se permitió a las mujeres entrar en pantalones. Esto, que hubiera molestado mucho a la joven Allende, y también a la madura, es impensable ahora que en su propio país gobierna una mujer, su admirada Bachelet.
—¿Sería su ministra? —le digo intrigada como parte de una entrevista, más política que literaria, que hago para un periódico del Perú.

—Yo no sirvo para eso. Es como si me pidieras que te planche la camisa. No tengo idea de cómo hacerlo.

Le recuerdo que Vargas Llosa, en el discurso del Premio Nobel, contó que su esposa solía decirle «Mario, tú para lo único que sirves es para escribir».

—Un hombre puede darse el lujo de servir solo para escribir. A mí me encanta escribir pero tengo que hacer muchas otras cosas.

Aunque se dedique a otras cosas, nunca falta a su cita con una nueva novela. Y siempre se las ingenia para estar ‘a la moda’. Algunos podrían decir que suele subirse al carro en marcha de los libros del momento o que es una intuitiva cazadora de tendencias literarias para beneficio propio. Allende, en cambio, cree que tiene el talento, como otros escritores, de olfatear lo que está en el aire y palpar eso que algunos llaman el inconsciente colectivo para devolverlo en la forma de un libro. Lo hizo con el realismo mágico, con las novelas de dictaduras, con las historias de amor y cocina, con la saga de Harry Potter cuando incursionó en el género juvenil, y ahora ha vuelto a hacerlo con la novela negra. Allende me jura que no sabía que los policiales se habían puesto de moda; sin embargo, antes de escribir el suyo, se preparó devorando la saga Millenium, de Stieg Larsson —¿como en los ochenta devoraría Cien años de soledad?— y al terminarla supo que no podría escribir nada por el estilo, por más que lo intentara. Que iba a ser inútil.

—Es demasiado brutal, demasiado oscuro, no es mi manera de ver la vida. Me dije que tenía que escribir una novela negra pero una novela mía.

Así nace El juego de ripper —una novela negra-blanca, una novela «para tomarle el pelo a las novelas negras», según su autora—, la historia de una joven superdotada, fantasiosa y aficionada a ese juego de rol virtual ––inspirada en Andrea, su única nieta— que deberá seguir pistas para descubrir quién se esconde detrás del avatar de Jack el Destripador, el responsable de una serie de crímenes. Para ello la niña contará con la ayuda y complicidad de su abuelo.
—El abuelo soy yo— confiesa. Bueno, la abuela que fui. Porque mis nietos ya se hicieron grandes y ya no tenemos la misma complicidad.

Cuando habla así, Allende es como esas abuelitas que se quejan un poco de abandono. Un poco de todo. Dice que si a ella le hubiera tocado crecer con internet, como a su nieta, nunca habría salido de su madriguera, nunca habría vencido la timidez ni descubierto el feminismo, ni se habría convertido en escritora. La culpa de todo, claro, siempre la tiene internet.

—Sé que los asesinos en serie son algo terrible y detestable —exclama de pronto— de lo que uno no debería reírse, pero la ficción es la ficción.


Isabel Allende no sabía que los muertos estaban de moda porque en su casa siempre lo han estado. De esto sí tiene la culpa su marido, el gringo Willy C. Gordon, lector y escritor de novelas policiales, quien le enseñó el ABC del género.

—Le estaba contando que pensaba comenzar el libro describiendo la atmósfera, escribiendo sobre el barrio de San Francisco donde iba a ocurrir la historia, y Willy gritó horrorizado: «¡No! ¡Una novela negra empieza con un muerto! Tienes que empezar matando a alguien». A mí ni se me había ocurrido.

Me pregunto si el bulo sobre su propia muerte que circuló en 2012 en internet no fue también el comienzo de una novela. Una novela que escribimos todos y en cuyo centro está Isabel Allende. Durante décadas ha sido una víctima propiciatoria para muchos de sus colegas, así que no sería extraño que de verdad haya muerto y que ahora, en este momento, sea un fantasma el que deambula por el Ritz hablándome de crímenes y cuerpos.

—¿Cuánto tarda un cuerpo en entrar en rigor mortis? —le pregunto para comprobar que la novata que lleva treinta años escribiendo ha aprendido la lección.

—Depende de la temperatura, absolutamente. Gracias a eso puede conocerse incluso la hora de la muerte. Y hay muchas cosas que investigué en Google sobre venenos y armas para el libro y que cinco minutos después olvidé. Yo no creo que tenga que andar por la vida cargando con cadáveres en rigor mortis. Cuando necesite otro cadáver volveré a buscarlo en internet.

Allende buscaba un cadáver y le dimos el suyo propio vía Twitter. Y ella se murió de risa. Porque para mala suerte de sus críticos y destripadores de rigidez cadavérica, a ella la vida y la muerte le sonríen.

La que está aquí a mi lado en una suite del Ritz de Madrid podrá ser una señora, pero nunca un fantasma.

¿Cuánto durará Isabel Allende en este mundo o en el otro?

Dependerá de la temperatura.


April 21, 2014

Juan Ruy Castaño

Un texto de

TRES JIRAFAS COMPRIMIDAS
[obra periodística incompleta]

Fotografía de Juan Ruy Castaño

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El Heraldo. Barranquilla, 15 de mayo de 1950.

La Jirafa
EL HOMBRE QUE NO RÍE
Por SEPTIMUS

Lo conocí ayer. Es un campesino de esos que, aunque se quiten el sombrero, siguen teniendo cara de llevarlo puesto. La cabeza está acostumbrada. El rostro, para el cual el sombrero es ya más un hábito que una prenda, sigue lleno de sombras aunque se le deje descubierto bajo el sol. El hombrecillo es simple, despreocupado. Debe de tener debajo del ancho cinturón guarnecido de vidrios rojos y azules cuatro pesos de noventa centavos, envueltos en una esquina de un gran pañuelo rojo. El hombrecillo solo tiene una cosa de particular, pero es, en realidad, la cosa más particular que se haya visto nunca: no puede sonreír.

[…]

El mismo cuenta su historia. Quienes lo escuchan, pueden pensar que la cuenta con desgano, con una desconcertante frialdad. Pero el hombrecillo no dice quiénes le dejaron caer el acero sobre la mandíbula, acaso para no romper el encanto del relato. Siempre, a espacios más o menos iguales, va dejando su rostro. Solo dice que una noche de fiesta su vida se partió en dos. «Esa noche fue la cosa», dice; y quienes lo escuchan deben recordar en el acto la hora abismal de Canaima: «La noche en que los machetes relumbraron en Vichada».

Recogiendo los pedacitos de voz que el narrador va dejando sobre la mesa, he tratado de reconstruir el grito. Ese grito que debió ser cortante y definitivo, cuando el hombre se asomó al abismo de la reyerta y el relámpago del machetazo le cayó de filo sobre la risa y lo dejó serio, con una seriedad sonriente y burlona llena de cicatrices. Lo demás debió ser tan natural como lo que sigue a las reyertas de los pueblos en las noches de fiesta.

 

 

El Heraldo. Barranquilla, 16 de diciembre de 1950.

La Jirafa
LA AMIGA
Por SEPTIMUS

A veces se retorna a una amiga y se tiene la impresión de que el mundo es una casa de dos cuartos. Nada más. Las distancias han sido anuladas; el hombre minúsculo ha triunfado sobre la creación y todo ha quedado reducido en una sola cosa, donde lo increíble, lo prodigioso, está al otro lado de la pared, condicionado a una vuelta de la cerradura.

[…]

Y entonces, cuando cesa el vértigo del encuentro la amiga va revelando secretos paraísos interiores. Se nos había olvidado que ella tenía el cabello así y vemos cómo se le revuelve en la frente y cómo se le convierte en una estación de vientos encontrados. Alguna vez, distraídamente, le dijimos: «Pareces una mujer oriental». Seguramente habíamos leído a Pierre Louys y nos embriagaba el atormentado soplo de la cursilería bien lograda. Pero cuando retornamos a la amiga, descubrimos, pasmados, que en verdad parece una mujer oriental. Entonces nos enfrentamos a una nueva sorpresa: «La cursilería es lo único que sigue siendo cierto después de tantos años».

La amiga está allá, sentada, y tiene el suave gesto de la burla cordial, de lo que es apenas una tolerancia. Pero nosotros sentimos como si, a media noche, hubiéramos caminado dormidos, y despertado con las manos metidas en un nido de serpientes.

[…]

Es posible que se le prometa escribirle una carta a máquina (porque hasta en esos momentos aspiramos a creer que somos un poco civilizados) y que ella, condescendiente, diga que está muy bien, que le parece la aventura más encantadora del mundo. Entonces uno empezará la carta: «Mi perfecta amiga…». Y se tendrá la seguridad de que la carta seguirá allí, en la canasta, porque somos demasiado civilizados para escribir una carta sincera.

 


El Heraldo. Barranquilla, 3 de abril de 1951.

La Jirafa
NO ERA UNA VACA CUALQUIERA
Por SEPTIMUS

Una vaca en el centro de la ciudad es una de las pocas maneras que se han descubierto para anticipar el domingo. En una ciudad donde cada esquina es, desde hace veinticinco años, un serio problema para el tránsito y cuyos habitantes no tienen otra noticia del campo que la botella de leche que todos los días amanece a la puerta de sus casas, la sola presencia de una vaca en la vía pública constituye una alegre y alborotada anticipación del domingo. La última semana, en virtud de milagrosa intervención vacuna, tuvimos un martes reposadamente dominical.

[…]

Gracias al cine y a la propaganda de los productos lácteos, los niños de la ciudad están capacitados para diferenciar una vaca de un tigre. Y hasta de un toro. Por eso cuando el agente de tránsito se acercó al animal, físicamente sembrado al pavimento, como un árbol de cuatro patas (y cola) y trató de persuadirlo por todos los medios conocidos de que prosiguiera la marcha, los chicos se esforzaban en los balcones por evitar que las autoridades echaran a perder el único espectáculo vivo que se ha ofrecido en muchos años. Y como la vaca parecía estar radicalmente de acuerdo con los niños, el profundo desprecio con que respondió a las sugerencias del agente de tránsito marcó el principio en una hora de fiesta brava, improvisada, que aplazó para el día siguiente la reapertura de las actividades comerciales.

[…]

Cuando se encendieron las luces la vaca seguía en su lugar, impasible, indiferente a la gritería. Nadie pudo moverla de allí. Ni siquiera los boxeadores. Y allí estuvo hasta la medianoche, cuando uno de los borrachos oportunistas le dio una viva al partido liberal y desapareció. Entonces vino un pelotón de policía y a físicos trompicones arrastraron al animal hasta el patio de la cárcel.

 


(*)Gabriel García Márquez escribió sus «textos costeños» con el seudónimo de Septimus, inspirado por el personaje de «La señora Dalloway», la novela de Virginia Woolf. Los textos publicados son extractos del libro «Gabo Periodista» editado por la Fundación García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano.

Una cura para la
intrascendencia:
del uso terapéutico
del Libro Guinness
de los Récords
contra el
aburrimiento

Una texto de Juan Bonilla
Fotografías ©Guinness World Records

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© Guinness World Records>

Hay quien se dopa con tranquilizantes y quien emprende un viaje alrededor del mundo: pero para vencer una depresión, Riki Abad, un navarro espigado y fibroso, decidió correr todos los días un maratón. Era su manera de espantar miedos y tristezas. Se había enterado que un checo tenía el récord Guinness de maratones consecutivas porque las había estado corriendo a diario durante más de doscientos días y se dijo: voy a superarle. Durante 365 días consecutivos, Abad corrió un maratón por los montes de Navarra que cercan su pueblo. En la última de sus maratones, la 366, para celebrarlo y facilitarle las cosas a la prensa, cambió el escenario: se fue a las afueras de Madrid y llegó a la estación de Atocha, donde lo esperaba, junto a las cámaras y los fotógrafos, un representante de Guinness para certificar su premio. Cada día, después de sus cuarenta y dos kilómetros y pico, Abad tenía que fotografiarse con un periódico del día, según le ordenaba la organización del Libro Guinness de los Récords. Sus marcas no fueron, naturalmente, nada asombrosas: se diría que alguien caminando rápido, y capaz de aguantar cuarenta y dos kilómetros a ese ritmo, podría superarlo. ¿Pero quién se va a poner a ello? Esa es la pregunta esencial cuando uno va repasando algunos de los récords que pueblan el libro más fantasioso de cuantos se pueden conseguir hoy: el Libro Guinness De Los Récords. Como si se hubiese propuesto competir contra sí mismo, cada edición se supera. Mejora cada año adjuntando fotografías de sus campeones y sus heroicidades, y hasta una película para acompañar tanta información delirante. Cada año hay nuevas competiciones inventadas por los mismos seres que compiten en ellas y que son, de momento, los únicos contendientes y vencedores a la vez.

Leerlo de corrido puede causar espasmos en el lector: no estamos preparados para tanta inverosimilitud real y certificada. Leerlo a sorbos produce la impresión de que no hay máquina más poderosa que la voluntad humana, por más que esa voluntad se dedique a los deportes más absurdos. El propio libro, por cierto, aparece como propietario de un récord: es el libro con derechos de autor más vendido del mundo, y en la categoría de libros más vendidos —sin que haya derechos de autor de por medio— sólo lo supera la Biblia. En realidad, desde su primera publicación en la Navidad del año 1955, se habituó a liderar la lista de libros más vendidos. La leyenda dice que todo comenzó poco antes de aquella mítica primera edición, cuando sir Hugh Beaver, director ejecutivo de la cervecera Guinness, estando un día de caza, discutió con un amigo acerca de cuál era el pájaro más veloz del mundo. Uno decía que el chorlito dorado, otro que el urogallo. Beaver pensó entonces que estaría bien que hubiera un libro donde aquellas discusiones se zanjaran con una mera consulta que diera la razón a una de las partes, fiándose de la vieja superstición de que los libros no mienten. La cosa pudo haberse quedado en una de tantas ocurrencias que los humanos tenemos a lo largo de la vida y que se quedan en mera queja. Pero Beaver era uno de esos hombres acostumbrado a darle mucho valor a sus ocurrencias, y encargó a Norris y Ross McWhirter que compilaran en un volumen respuestas a disputas como la que había tenido él con su amigo: cuál es el pájaro más veloz del planeta, quién es el hombre más alto, cuál es el mamífero más pesado, cuál la serpiente más larga, ese tipo de cosas. El libro fue publicado en Navidades y de inmediato se colocó en el puesto de honor de la lista de libros más vendidos en Gran Bretaña. Ahora ese volumen es inhallable en los almacenes sin fondo de las librerías de Internet. En 2009 se vendió un ejemplar en una subasta en eBay por USD$3,500, lo que no le daría derecho a entrar en una nueva edición del Libro Guinness De Los Récords porque hay otros que se vendieron a precios bastante más elevados.

Craig Breedlove, cuyo apellido lo condenaba a engendrar amor, se dedicó más bien a engendrar plusmarcas. Después de batir varias veces el récord mundial de velocidad terrestre a bordo de vehículos impulsados con motores a reacción, se convirtió en la criatura más veloz del planeta. Corrió a 966.57 kilómetros por hora en máquinas confeccionadas ex profeso para la gloria y sin despegarse del suelo. Casi cuatro veces más rápido que el tren bala en Japón, que sí se eleva del andén. En un arrebato de sinceridad dijo que «Quería hacer algo más que sólo existir». Tenía prisa por ser alguien.

Fue el primer humano que viajó a más de ochocientos kilómetros por hora. Su afán primordial era batirse a sí mismo, porque el enemigo principal de cualquier propietario de récord Guinness es casi siempre uno mismo, aunque también pueden salir competidores que te ayuden a vencerles a ellos para vencerte a ti mismo. Es lo que le pasó a Craig Breedlove, que competía no sólo contra sí mismo sino también contra Art Arfons. El vehículo del primero se llamaba siempre, por mucho que cambiase de un intento de plusmarca al siguiente, «Espíritu de América». El del segundo, «Monstruo Verde». Breedlove batía la marca registrada como mejor marca mundial, y a la semana ya estaba el «Monstruo Verde» superándolo. Breedlove mejoraba la capacidad de su vehículo y volvía a batir al «Monstruo Verde», que respondía en una semana. En el año sesenta y cinco Breedlove alcanzó los 900 kilómetros por hora y pudo mantener ese récord hasta el año setenta cuando Gari Gabelic alcanzó los 1,014.5 km/hora. La historia de Breedlove no para ahí: su esposa también quiso batir una marca y ser la mujer más rápida de la tierra, y lo consiguió poniendo su bólido a 496.4 km/hora. Una pareja vertiginosa. Igual que Breedlove, necesitaban cierta certificación de que su existencia era significativa. Su manía por la velocidad no era una adicción al vértigo sino un mecanismo de defensa contra el anonimato. Perder su nombre y apellido a cambio de un genérico superlativo. Querían algo más que simplemente existir. Quizá gran parte de los propietarios de un Guinness de los récords harían suya esa respuesta. Algo más que existir. Ser alguien. Ser el primero en algo. Da igual en qué. Aevin Dugas es la primera en la categoría de peinados afros: el suyo tiene una circunferencia de más de un metro. Debe ser incómodo, pero sabe que no hay en el planeta nadie que tenga un peinado afro tan voluminoso como el suyo. ¿Quién se propondrá desbancar a Tyson Turk quien en siete horas y cuarenta y seis minutos le hizo 3,900 piercings a Chris Elliot, gracias a lo cual ambos están en el Libro Guinness De Los Récords en la categoría de más piercings en una sola sesión? Por increíble que parezca, es casi seguro que un día u otro serán desbancados, que en alguna parte de este mundo rico en prodigios y necedades, hay alguien que se ha propuesto como meta vital entrar en el Libro Guinness De Los Récords, y entrar en una categoría determinada. Eso, por ejemplo, le pasó a Riki Abad: jamás, de niño, pensó que su meta vital estaría en ganarse unos renglones en esa enciclopedia alucinada, y sin embargo, bastó ver en algún telediario o leer en alguna revista que había un checo que durante doscientos y pico días había corrido un maratón para que se dijera: voy a superarlo. Porque era su magnífica manera de decirse a sí mismo: voy a superarme. O sea, en su caso, voy a superar la tristeza.

No todos los propietarios de un récord Guinness pusieron su voluntad a prueba para ganarse un rincón en el Libro. Hay otros que se encontraron con su récord sin pensar que estaban batiendo a alguien, sólo por el método de llevar al extremo una obsesión. Es el caso, por ejemplo, de Janet Esteves que, desde muy niña, colecciona souvenirs, objetos, cromos, lo que sea, con un solo protagonista: Mickey Mouse. Así ha llegado a tener 2,760 objetos relacionados con Mickey Mouse, y por lo tanto, en la propietaria de un récord Guinness en la ilusoria categoría: «Objetos relacionados con Mickey Mouse». Tiene página web, concede entrevistas y muestra orgullosa en centenares de fotografías su extensa colección. Sería raro, aunque también poético, que un día del futuro lejano, esa colección fuera presa de la furia de los roedores, pero de momento ha llevado a su propietaria a figurar en el Guinness, aunque no fuera su propósito ganarse esa plaza. Si no existiera el Guinness, ella hubiera coleccionado souvenirs de Mickey Mouse igual. Lo cierto es que su récord puede dar ideas a otros coleccionistas, pedir a Guinness que le envíen un árbitro colegiado para que compruebe que poseen la mayor colección del mundo de objetos relacionados con Tintín, con el Capitán Trueno, con el Chavo del Ocho. Las posibilidades se multiplican, y así multiplica el Guinness a sus protagonistas. Cada nuevo integrante del Libro, trae la posibilidad de que aparezcan otros, porque si hay una categoría que premia al más voluminoso peinado afro, por qué no va a haber una que premie las rastas más largas, la cabellera con mechas de más colores distintos, y así hasta el infinito.

Otros protagonistas del Libro Guinness De Los Récords están ahí sin que se les haya pedido permiso, gracias a sus logros: el príncipe Guillermo de Inglaterra y su mujer, Kate Middleton, por protagonizar el acontecimiento más seguido en directo por Internet —72 millones de personas—. Betty la fea, por ser la telenovela que se estaba emitiendo a la vez en más países (cien). Justin Bieber, cuyo video «Baby» fue visto en línea cuatrocientos millones de veces. Incluso hemos podido ver en directo algún acontecimiento sin saber que cuando terminara merecería figurar en el Libro: por ejemplo el partido de tenis del torneo de Wimbledon entre Nicolas Mahut y John Isner, que duró más de once horas, con un último set que se fue prolongando de manera inverosímil.

No sólo de humanos vive el Libro. El apartado de animales es asimismo fascinante: Fluffy es la serpiente más larga del mundo —7.5 metros— y Colo es el gorila más viejo en cautiverio: 53 años. Animales, en honor a la disputa que dio origen a esta enciclopedia, hay cientos. Curiosamente en las ediciones originales eran datos genéricos los que se daban acerca de ellos: qué animal tiene el pene más largo era una categoría, pero otra era qué animal tiene el pene más largo en proporción al resto de su cuerpo. La respuesta no era la misma, y por lo tanto había dos campeones. Ahora los animales presentes en el Guinness de las últimas ediciones tienen todos ellos nombres propios. Ya no nos interesa saber qué espécimen es más rápido o más lento, sino cómo se llama la tortuga que más años ha vivido (Adwaita) o el mono que ha pintado el cuadro que más caro se ha vendido en una subasta (Congo). Y esa evolución caracteriza la naturaleza del Libro: ha pasado de ser un objeto de consulta para disputas de sobremesa —dónde está el edificio más alto del mundo— a ser un diccionario de criaturas que decidieron en algún momento que debía haber algo, lo que fuera, en lo que nadie les superara.

CRISTIANO
RONALDO,
EL HUMILDE

Así lo recuerdan los maestros de su infancia.
Pero ya conocemos su obsesión por ganar.
¿Por qué nos obsesiona que aprenda a perder?

Un texto de Sabrina Duque
Ilustraciones de Sagar Fornies

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Ilustración de Sagar Fornies

 

Hace unos años, en el salón de juegos del club de fútbol Sporting de Lisboa, un chico se pasaba el tiempo apuntando con un dardo al centro de un tablero. Los adolescentes que compartían la sala se divertían a su alrededor con el futbolín y la mesa de ping-pong. Él tenía doce años y una cara de estreñido, el ceño fruncido y los labios apretados: le daba rabia fallar. El director de la escuela, Aurelio Pereira, aún recuerda esa cara de enfadado. La misma de cuando le ganaban en ping-pong, la misma de cuando lo derrotaban en billar. El gesto irritado de un niño que no se permitía perder. Semana tras semana, el chico insistía en lanzar el dardo al centro del blanco. El ojo calibrando la puntería certera. El pulso firme y el ángulo preciso del antebrazo. El envión justo y balanceado. Hasta que un día se volvió casi infalible. Pereira, su primer maestro, a quien el ex alumno visita cada vez que pasa por Lisboa, descubrió en este acto su perfil obsesivo. Todos eran trabajadores. A ningún otro chico le importaba perder a la hora del descanso. Salvo a Cristiano Ronaldo.

Los fans de Ronaldo en Facebook son un país casi siete veces más poblado que Portugal. Es el atleta más activo en internet y un pionero en los contratos publicitarios que incluyen redes sociales. Gracias a la marca de champú Clear, que lo auspicia, los fans de Ronaldo pueden elegir el próximo peinado de su ídolo. Estos contratos, según FORBES, lo convierten en el segundo futbolista que más ha ganado en el mundo después de David Beckham: recibió cuarenta y cuatro millones de dólares en 2013. Como Beckham, Ronaldo es vanidoso. Se repeina con gel y posa en los partidos cuando la cámara lo enfoca. El delantero inglés Wayne Rooney bromeó diciendo que instalaron espejos más grandes en el vestuario del Manchester United cuando el portugués llegó al equipo, procedente del Sporting.

Aurelio Pereira detiene el auto cada vez que divisa en el camino a niños jugando fútbol. La obsesión del maestro de Ronaldo, Figo y Nani es educar talentos. Hoy es el coordinador de reclutamiento del Sporting Clube de Portugal y dice que su trabajo es encargarse de dar confianza a los chicos que llegan al equipo. El Sporting no es el club más rico de Portugal, ni el que despierta las mayores pasiones. En un país que divide su corazón entre el Benfica de Lisboa y el Porto de Oporto, el Sporting es el equipo tímido que gradúa estrellas directo a los mejores clubes de Europa. En su escuela, considerada una de las mejores del mundo, se entrenan, estudian y duermen chicos de todo Portugal. Algunos dicen que su arma secreta es Aurelio Pereira, un lisboeta que habla con calma y camina resuelto. En sesenta y cinco años, las entradas han ampliado su frente y enmarcado sus ojos azules. Cuando conoció a Ronaldo, este era un chiquillo desnutrido. Después de seis años bajo su tutela, el Manchester United pagó quince millones de euros por su alumno, que apenas era mayor de edad. De allí Ronaldo pasaría al Real Madrid a cambio de la mayor cifra jamás pagada por un futbolista. El niño despeinado que cuando debía descansar de jugar contra los demás competía contra sí mismo frente a un tablero de dardos, se convirtió en un joven de cabellera engominada que hoy no se avergüenza de decir que es el mejor jugador de fútbol del planeta. Un futbolista excepcional con fama de arrogante.
Aurelio Pereira —como tantos en Portugal— no entiende por qué ven al chico al que educó durante años como un arrogante. Fuera de Portugal no caen bien las declaraciones autosuficientes de Cristiano Ronaldo, ni su falta de timidez para declarar que se merece los premios que ha ganado. Pereira no se explica por qué le reprochan la pose, la mirada, el peinado, la ropa, las respuestas cuando le preguntan por él mismo, la obsesión por ganarlo todo. «Al contrario de lo que se piensa, es un chico extremadamente humano», dice Pereira. Paulo Cardoso también fue profesor de Ronaldo. Era el técnico del equipo infantil del Sporting. Hoy también rechaza la idea de que CR7 sea arrogante. De los primeros tiempos de Ronaldo en el Sporting, cuenta que cada día se preguntaba: «¿Cómo educamos a alguien así? ¿Diciéndole que es igual a los otros?». Dice que entendió que esa fórmula no funcionaría. «No podemos esperar que quien desde niño es considerado el mejor, no tenga autoconfianza o una autoestima altísima. ¿Para qué la falsa modestia?». Pereira dice que su labor con los chicos es enseñarles a respetar y a nunca despreciar a los otros. Porque eso no es de portugueses. En el Sporting, Pereira y Cardoso exigieron a Cristiano Ronaldo más desde que era chico y condujeron su carácter obsesivo a la búsqueda de la perfección.


[II]


La ilusión de Aurelio Pereira era ser maestro de primaria. Sus padres, preocupados porque tuviera un buen salario, lo empujaron a una carrera técnica. El fútbol lo devolvió a su vocación. Tras cada jornada de trabajo, se ponía la camiseta de entrenador y preparaba a los chicos de su barrio. Después volvió al Sporting, donde había jugado a los catorce años, y como su director técnico llevó al equipo a ganar el campeonato portugués en los noventa. Mientras Cristiano Ronaldo vivió en Lisboa, Pereira fue su maestro. El Míster —como se llama aquí a los directores técnicos— tiene un modo de estar tan calmo como su voz. Su bigote se curva con una sonrisa mientras muestra en su teléfono celular los mensajes de texto que intercambia con sus discípulos. Es un día de verano de 2012, en Portugal el fútbol está de vacaciones y toda la hinchada está atenta a la Eurocopa en Ucrania y Polonia. Mientras camina frente a las canchas de la Academia del Sporting, Aurelio Pereira se ajusta los lentes y muestra uno de los últimos mensajes recibidos. Es de su ex alumno Silvestre Varela, seleccionado de Portugal, que le escribió desde Ucrania después de anotar el gol que definió el partido. En un país de diez millones de habitantes, Pereira es el único entrenador al que diez de los convocados portugueses a la Eurocopa 2012 han llamado Míster.

Cristiano Ronaldo tenía la libertad de un niño de la calle, de esos que roban fruta del árbol del vecino, escalan muros, juegan pelota en el camino hasta que es hora de dormir. Con su madre trabajando el día entero como cocinera, él y sus tres hermanos estaban casi solos. CR7 iba a la escuela en Funchal, la capital de Madeira —un archipiélago portugués más cerca de Marruecos que de Europa—, y después salía a jugar fútbol con sus primos y también con los amigos de su hermano Hugo, diez años mayor. Quizás ahí fue construyendo su estilo de correr: bien estirado, como para parecer más alto. En la cancha hay jugadores que corren como desesperados. Otros lo hacen con gesto aburrido. Cristiano Ronaldo avanza erguido, con la columna vertebral alargada hacia el cielo, y brazos y piernas se difuminan con la velocidad. Mientras la pelota está entre sus pies, es imposible mirar a otro lado. Cuando Cristiano Ronaldo corre, es el pavo real más veloz del mundo.
El número 7 del Real Madrid terminaría un maratón en el minuto setenta y cinco de un partido de fútbol si lo corriera a la misma velocidad con que driblea en la cancha. Sobre un césped y rodeado de defensas, según la revista alemana Der Spiegel, el jugador alcanza los 33.6 kilómetros por hora. Con ese estilo de correr llegó en 1997 a probarse en la cancha del Sporting. Los entrenadores de divisiones menores, Paulo Cardoso y Osvaldo Silva, vieron a un chiquillo flaco y débil en cuyo cuerpo no se adivinaba al atleta de 1.85 metros de altura y ochenta kilos de peso en que se convertiría. Pero cuando la pelota llegó a sus pies, la cancha se convirtió en su autopista. Era una premonición: hoy ese terreno lo cruza el Eje Norte-Sur, la vía rápida que atraviesa Lisboa. «Comenzó a fintar a los otros a una velocidad increíble. Miré a Osvaldo Silva. Él me miró y nos preguntamos: ‘¿Qué es eso?’», recuerda Cardoso, un cuarentón jovial con las primeras canas asomando entre sus cabellos negros. Al final de la práctica, los adolescentes rodearon al recién llegado y le preguntaron quién era.


El chico veloz que corría erguido tenía once años y —según el primer documento del club que menciona a Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro— era un «jugador con un talento fuera-de-serie, técnicamente muy evolucionado. Se destaca su capacidad de drible en movimiento o parado». Al día siguiente de aquella primera prueba lo citaron en una cancha mayor, porque se había corrido la voz de un prodigio. Ese fue el día en que Aurelio Pereira vio a su discípulo por primera vez. Era su segunda prueba y jugaba de nuevo con adolescentes. Uno de ellos lo marcaba con insistencia y se le pegaba a la espalda. Él detuvo el balón y le dijo: «Oye, chico, ten calma». Pereira recuerda que eso le pareció una gran muestra de carácter. También pensó que nunca habían tenido un alumno tan joven de interno en la escuela. Los chicos llegaban a los catorce o quince. Con un informe, el maestro convenció al director financiero de aceptar la propuesta del Nacional de Madeira, donde jugaba Ronaldo: cambiarlo por los cuatrocientos cincuenta mil escudos de la época —unos veinticinco mil euros de hoy—, que debían al Sporting. Nunca habían pagado tanto por un niño.

Meses después, Cristiano Ronaldo se mudó a Lisboa. Había cambiado la libertad de las calles de Funchal por los horarios de una academia. «Pronto nos dimos cuenta de que necesitaba de cariño, de apoyo. Estaba lejos de su mamá, y el ambiente le era totalmente extraño», dice Cardoso. Lloraba todas las noches y se dormía junto al balón como si este fuera su peluche. Era un niño de doce años que compartía habitación con muchachos de quince. En Portugal continental, quienes llegan desde los archipiélagos son vistos como gente cerrada. Los isleños tienen una coraza. Así apareció Cristiano Ronaldo ante los ojos de los otros. Bruno Militão, quien en aquella época también corría detrás de la pelota en las categorías infantiles, recuerda a un chico a quien sus contrincantes gastaban bromas por su fuerte acento madeirense, un portugués cerrado, con labios que casi no se despegan. Al final de aquella primera temporada, Cristiano Ronaldo ganó todos los premios de Mejor Jugador en todos los campeonatos. Con los años, Militão lo vio dejar la timidez, convertirse en un bromista y despojarse de aquello que no lo dejaba encajar: empezó a hablar como un lisboeta. Sus maestros describen a Cristiano Ronaldo como un niño tímido que aprendió a abrirse, un chico querido por sus compañeros y un alumno humilde pero insatisfecho.


Dicen que Maradona no se despegaba nunca de la pelota, ni aunque la práctica no incluyera balones. Del basquetbolista yugoslavo Drazen Petrovic, sus entrenadores decían que no lo sacaban de la sala de entrenamiento ni con un fusil. Al niño Cristiano Ronaldo solían encontrarlo de noche medio escondido en el gimnasio del Sporting haciendo amagues con el balón, llevando dos pesas en cada pie. Más de una década después, The Wall Street Journal calculó las horas que había jugado en un año y declaró a Ronaldo como el deportista más trabajador. En 2010 su obsesión por la perfección fue tema de un comercial. «Yo no pierdo en nada», decía para promocionar las tasas de interés del Banco Espirito Santo. Las imágenes se abrían con Ronaldo lanzando un dardo y acertando en el centro del tablero. No era un truco de cámara: el chico al que Aurelio Pereira vio fallar docenas de veces tirando dardos en su tiempo libre ahora es capaz de ensartar sin dificultad un tiro al blanco para un comercial donde bastarían sólo su rostro y su voz.

Al final de uno de los partidos de la Eurocopa 2012, Bruno Prata, un conocido periodista portugués, pidió un psicólogo para Cristiano Ronaldo. «Cuando esté menos obcecado con las victorias, con los goles y con él mismo, todo será más fácil», escribió. Volvió sobre un punto común en las críticas locales al delantero: su exagerada obsesión por ganar. Unos días después, la selección nacional perdería las semifinales en tanda de penales frente a España. La llegada de Portugal a la final de esta Eurocopa se frustró cuando uno de sus jugadores falló el cuarto tiro penal. Cristiano Ronaldo, el siguiente portugués en la lista, no alcanzó a patear. Fue un golpe para alguien que a los veintiún años había declarado que estaba dispuesto a todo para ganar. Algunos periodistas creyeron que Ronaldo se había reservado a propósito el último lugar en la lista para patear los penales, y lo interpretaron como un calculado acto de vanidad: para ellos, CR7 había especulado con anotar el gol para salir en las fotos de la llegada de Portugal a la final. Pero el entrenador portugués, Paulo Bento, declararía que él había decidido mucho antes el orden de los pateadores de penales. Además de su obsesión por triunfar, la prensa local había acusado a Ronaldo de nunca jugar bien en los partidos importantes. Se decía que no sabía jugar en las Eurocopas, que tampoco funcionaba en los mundiales, que no jugaba en equipo, que no aparecía cuando se le necesitaba, que sólo servía para jugar por el club que le pagaba el sueldo, que no hacía nada en la selección porque ahí no ganaba millones. En el repechaje para la Copa del Mundo 2014 no se escucharon esas críticas. Ronaldo anotó todos los goles y fue el capitán que la prensa deportiva portuguesa había pedido durante años.


[III]


Fuera de su país, Ronaldo se ha hecho fama de arrogante. La prensa china lo llamó egoísta y arrogante por ser apático en sus respuestas y poner cara de aburrido. Los ingleses le llaman ‘Cocky Ronaldo’, algo así como fanfarrón. Algunos jugadores brasileños suelen bailar después de anotar un gol, y ese hábito es considerado un rito celebratorio. Pero cuando Cristiano Ronaldo bailó con su compañero brasileño Marcelo la canción «Ai se eu te pego» después de anotar un gol al Málaga CF, en octubre de 2011, los españoles tomaron su festejo como una muestra de arrogancia. En España hay equipos que se quejan de que, cuando el Real Madrid va ganando, CR7 hace pases sin mirar y toda suerte de piruetas de exhibición que no haría si el partido estuviera empatado. Aun en sus momentos más críticos, la prensa de Portugal ha acusado de todo a Cristiano Ronaldo, excepto de arrogante. Pero arrogante no es una palabra desterrada del vocabulario portugués. Según el Priberam, el diccionario de la lengua portuguesa, es arrogânte quien desprecia al oponente. Así llamaron a Drogba, cuando dijo que estaba «temblando de miedo» porque el oponente de su Chelsea en la Liga de Campeones era el Benfica de Lisboa. En la liga local, también se ha hablado de la arrogancia de Hulk, el brasileño que fue figura del Porto, quien se mostraba como un superhéroe, no hacía pases a nadie y fue acusado de golpear a un guardián del estadio del Benfica.

A Ronaldo lo llaman arrogante porque está demasiado convencido de que es extraordinario. «En este momento —dijo cuando le preguntaron quién era mejor jugador, si Messi o él— creo que soy yo». El Real Madrid acababa de ganar la Liga española de 2012. Ronaldo no estaba solo en su convicción. Durante la Eurocopa disputada ese mismo año en Polonia y Ucrania, Santiago Segurola, del diario español Marca, escribió que Ronaldo le recordaba al Maradona del Mundial de 1986. En la misma fecha, el propio Maradona declaró al Times Of India que Cristiano y Messi eran los mejores jugadores del mundo, y que a Ronaldo deberían hacerle una estatua en el centro de Lisboa. Una idea nada compatible con el discreto espíritu portugués, donde el mayor ídolo del fútbol, Eusebio, se ganó en vida una modesta estatua en una de las entradas del estadio del Benfica.

Casi nada en Cristiano Ronaldo es discreto. Sus goles de cabeza son publicidades para champú. Cualquier gesto suyo de frustración en el campo es cinematográfico. Durante temporadas pareció que escogía prendas apretadas con colores que lo hicieran resaltar entre la multitud: rosas, celestes, rojos y gamas fosforescentes. En un comercial de Nike, donde aparece junto a otros futbolistas, su papel es hacer de sí mismo: entrena en el gimnasio, busca en el vestuario una camiseta tamaño infantil y después sale a la cancha con pose de modelo y ombligo al aire. Ronaldo es capaz de burlarse de su propia fama de vanidoso. Pero él sabe que no siempre fue vanidoso. También lo sabe su mejor amigo, Fábio Ferreira, un ex jugador que hoy atiende mesas en un restaurante en el sur de Portugal y que fue su compañero en los primeros años del Sporting de Lisboa. Hay una foto de 1998 del equipo donde Ferreira abraza a un niño despeinado y bajito que aprieta la boca y cierra los ojos. Casi todos son más altos que ese niño y sonríen con la boca abierta, hinchan el pecho adornado con el escudo del león, ensayan poses de crack. Todos menos Ronaldo, el único de aquella promoción que se convertiría en estrella. El único al que en ese entonces molestaban por su acento isleño. El mismo que todavía hoy visita a Ferreira en Portugal y que pide la aprobación de su madre para sus novias. El profesor Cardoso dice ahora que una prueba de la humildad de Ronaldo es que cuando regresa a Lisboa prefiere reunirse con sus viejos amigos y buscar a sus antiguos maestros antes que juntarse con el jet set de la capital.

Al futbolista al que una marca de champú le paga por cambiarse de peinado para cada partido le gusta conservar en su vida a la gente que lo critica. «Me alegro de cada vez que me jalaron de las orejas —dijo en la televisión española—. Si no fuera por mis primeros profesores, no sería el jugador que soy ahora». Saber perder es una materia poco explorada en el fútbol. El entrenador colombiano Francisco Maturana repite que «perder es ganar un poco». El español Luis Aragonés dijo alguna vez que en el fútbol «hay que ganar y ganar y ganar y volver a ganar y ganar y ganar». Guardiola sentenció: «El miedo a perder es la razón fundamental para competir bien». Al futbolista mejor pagado siempre le ha dolido perder, aunque fuera una convocatoria. En el tramo final de un campeonato juvenil de inicios de siglo XXI, el Sporting de Lisboa viajaba a Madeira. Ronaldo contaba los días para jugar frente a su familia. Era la primera vez que competiría allí. Leyó la convocatoria cuatro veces, pero no se encontró en la lista. Se puso a llorar. Cuando fue a reclamar, Aurelio Pereira le explicó que era la consecuencia de una indisciplina en el colegio. El Míster lo dejó en Lisboa, castigado. A ningún entrenador le gusta ver perder a su equipo, pero Pereira prefirió arriesgar algunos puntos por la estrella ausente que la disciplina de sus jugadores. Esa vez, el niño que hoy es dueño de un segundo Balón de Oro le dijo que entendía. Ronaldo dice hoy que es una de las lecciones más valiosas que le han dado.

Durante años Cristiano Ronaldo ha sido visto como un ícono de la arrogancia. Su porte al correr es una postal decorativa. Los cinco pasos que retrocede antes de patear un tiro son una escena teatral. La forma que tiene de apretar los labios es su sello de insatisfacción. A fines de junio de 2012, Cristiano Ronaldo quiso dar un regalo a su hijo, que cumplía dos años. Después de anotar de cabeza el gol que puso a Portugal en las semifinales de la Eurocopa, salió corriendo hacia un extremo de la cancha, rodeado por sus compañeros, que reían y lo abrazaban. Después corrió hacia la cámara de televisión gritando «¡Para ti, para ti!», y mandó un beso con las dos manos. En Twitter en seguida aparecieron los mensajes rabiosos de quienes creyeron leer en sus labios un «Messi, Messi», igual que el cántico que le dedican las tribunas adversarias.

Leo Messi es una lección pendiente para Ronaldo. Desde que las barras de los equipos adversarios descubrieron que cantarle ese nombre lo molesta más que citar a su madre y a su nacionalidad, el argentino se le aparece en todas las canchas. John Carlin, un periodista inglés que escribe de política y deporte, dice que el Ronaldo que juega en la Liga española es ejemplo de un chico humilde y buena persona. En especial por los insultos que aguanta desde las gradas. En 2011 le preguntaron a Ronaldo por qué las barras le silbaban y le dedicaban el cántico ‘Messi, Messi’. «Yo creo que por ser rico, por ser guapo, por ser un gran jugador las personas tienen envidia de mí. No tengo otra explicación». Acababa de salir de un partido y tenía tres puntos recién cosidos en el pie. Era un mal día y dijo lo que pensaba. En la Eurocopa 2012, la barra de Dinamarca le cantó ‘Messi, Messi’ cada vez que tocaba la bola o erraba un gol. Al final le preguntaron por los cánticos. «¿Saben dónde estaba Messi a estas alturas en Copa América? ¡Eliminado, en su país! ¿No es peor?», contestó. Después de ese partido, los lusitanos hicieron un voto de silencio con la prensa que quebraron al llegar a semifinales. En Colombia a Messi le preguntaron por el comentario de Ronaldo. «No tengo nada que decir sobre él», zanjó el argentino.

En 2012 Aurelio Pereira viajó a Madrid, donde Cristiano Ronaldo lo recibiría en su casa. En estos años, el Míster se ha vuelto amigo de la madre del jugador, y, como en las primeras épocas, sigue pendiente de CR7. El maestro se sigue preocupando por él, como cuando le dieron la banda de capitán siendo todavía demasiado joven. En esa visita a España, Ronaldo y Pereira se sentaron a conversar varias horas. Charlaron sobre una preocupación compartida: hacía más de diez años que el Sporting no salía campeón en Portugal. Si Pereira repite un elogio sobre Ronaldo es sobre su capacidad de escuchar. También hablaron sobre Messi. El argentino se había convertido en su gran rival, en el obstáculo por vencer. En 2007, cuando el brasileño Kaká ganó el FIFA World Player y Messi fue segundo, Ronaldo quedó en tercer lugar, frustrado como cuando los dardos de su infancia no llegaban al blanco. Al año siguiente acertó: se ganó el Balón de Oro y el FIFA World Player, y dejó otra vez a Messi de segundo. En los años posteriores, el jugador del Barcelona ganaría cuatro veces el Balón de Oro. Durante su visita a Madrid, el Míster le aconsejó a Ronaldo que Messi era bueno para él. «Si no tuvieras un jugador con quién competir, podrías adormecerte. Hoy te despiertas con un objetivo. Messi es tu desafío permanente». El alumno estuvo de acuerdo. El maestro Pereira había dado una última lección.

La prensa portuguesa ya no le cuestiona a Cristiano Ronaldo sus actuaciones en la selección. Se elogia su liderazgo, su generosidad en la cancha, el respeto que inspira a sus compañeros. Ronaldo ha dejado de vestir colores escandalosos y de cambiar de novia cada verano. Se convirtió en el padre de familia que recoge a su hijo en la puerta de la escuela y que no suelta la mano de su novia, la modelo rusa Irina Shayk. En 2013 Cristiano Ronaldo lloró al ganar su segundo Balón de Oro. Sus lágrimas ocuparon las portadas de los diarios y recorrieron el mundo. Se dijo que el detonante fue ver a su madre llorar. El jugador del Barcelona Gerald Piqué dijo que las lágrimas de Ronaldo podían haber sorprendido al mundo, pero no a él: «Tiene esa fama de durillo, de estar por encima del bien y del mal, y fue bueno que le saliera esa reacción. Le importaba de verdad, había sufrido, y le salió». Para Scott Moore, periodista deportivo inglés, CR7 «no es el hombre arrogante ni el crack enmascarado que mucha gente imagina. Hace poco ya mostró su carácter al proteger celosamente de los policías a un hincha que invadió el césped para abrazarlo». Entre sus agradecimientos al recibir el Balón de Oro 2013, Ronaldo recordó a Eusebio, el ídolo histórico del fútbol portugués, quien acababa de morir. Al día siguiente, el diario Público fue en busca de un psicólogo para que explicara el llanto de CR7, quien diagnosticó que eran lágrimas de alivio. Luego de recoger su trofeo, Cristiano Ronaldo dijo que se trataba de un premio especial, porque era la primera vez que su hijo lo veía recibirlo. Después de su consagración, en una entrevista con France Football, admitió que se había equivocado años atrás al declarar que le tenían envidia por ser rico, guapo y un gran jugador. Había vuelto a ser el chico de Madeira que, después de tantos esfuerzos, acertaba un dardo en el blanco.


March 04, 2014

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UNA CANCIÓN
DE BOB DYLAN
EN LA AGENDA
DE MI MADRE
[Y OTROS DESCUBRIMIENTOS TRAS SU MUERTE]

Un testimonio de Sergio Galarza

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El mismo día que enterramos a mi madre supe que la maleta del terremoto sería para mí y mis hermanos. Siempre escuché que ella guardaba allí las cosas que había que salvar en caso de una catástrofe, pero nunca la había visto. Era un bolso común. Como esos maletines negros que suelen dar en los congresos a los participantes. Esa noche, después de que volviéramos del cementerio y de cenar con mi padre, mi hermano, mi hermana y yo nos encerramos en la habitación de Daniel, el mayor. Doris Puente, mi madre, había dejado para nosotros una carta en las páginas de un cuaderno de espiral. Con tinta azul y en caligrafía cursiva detallaba lo que debíamos hacer con el contenido de la maleta. Quien prepara una valija en caso de desastres está de acuerdo con la idea de que algo malo puede suceder. Mi madre había aceptado su muerte, esa que a nosotros nos parecía todavía repentina, y dejó una lista de indicaciones para aliviarnos el trauma del luto. Había escrito qué hacer con sus joyas, el dinero, algunos objetos. Nos repartía los tres anillos de oro que conservaba de mi abuelo y que siempre me habían gustado por su aspecto de mafioso. Sonreí al ver que eran tan grandes que no podría usar el mío nunca. Pedía convocar a las tías más cercanas para un té. Hacer trámites bancarios. Hablar con la funeraria sobre su apariencia. Que fuera todo tan organizado en realidad no era lo que más nos sorprendía, pues ella siempre fue así. Pero hacía sólo algunas semanas que sabíamos que estaba enferma. La velocidad de su deterioro y su repentina muerte se aligeraban con la estupefacción que nos causaban sus previsiones. Uno siempre escucha de los líos familiares al repartir cuantiosas herencias en los periódicos, pero todo el mundo pasa por el mismo problema. Acumulamos objetos condenados a sobrevivirnos. A mi madre la enterramos con su ropa favorita, y del resto tendríamos que encargarnos ahora. Esa noche, después de despedirla, mis hermanos y yo no tuvimos que decidir qué hacer con sus cosas más valiosas. Ella había dispuesto todo para el ritual.

Mi hermano mayor había sido el elegido para ejecutar sus instrucciones, puesto que es el único de los tres que vive en Lima. Yo vivo en Madrid y mi hermana en Seattle. Habíamos viajado para sorprenderla; no estábamos muy seguros de la gravedad de su enfermedad. La última vez que estuvimos todos juntos fue en 2005. Yo quería hablar con ella, llegar a tiempo. Pero la había encontrado demasiado débil, incapaz de sostener una conversación. Mi hermana había llegado dos días después que yo y no pudo despedirse. En las páginas del cuaderno dejaba entrever que no estaba segura de que alcanzaríamos a verla otra vez. La maleta del terremoto contenía una colección de pendientes, broches, anillos. Objetos que hacía veinte años yo no veía y que habíamos olvidado. Prendedores de mi abuela con los que yo había jugado cuando era niño. Cada cosa estaba en un saco de terciopelo o en una de esas curiosas bolsas plásticas que son la versión en miniatura de las que se usan para guardar alimentos. Mi hermana contó que hacía algunos años se las venía encargando en cada viaje a Estados Unidos. Nunca le dijo para qué las quería. Cada una estaba rotulada con el nombre de su destinatario. Prestamos menos atención a las cosas cuando no sabemos que están ocurriendo por última vez, cuando no nos damos cuenta de que son parte de un episodio de la vida que terminará por ser tan importante. Ahora no recuerdo si leímos o no la carta de mi madre en voz alta, pero sé que mientras aprendíamos los detalles de su enfermedad y repartíamos sus objetos, construíamos una imagen de mi madre que se ubicaba entre la memoria y el descubrimiento.


[II]


Mi madre aterrizó en Madrid por última vez a las dos de la tarde del siete de abril de 2009. Reconstruyo su visita gracias a su agenda de ese año. Se la pedí a mi hermano esa noche que abrimos la maleta del terremoto. Todos los años compraba una, copiaba los números de teléfono de la anterior y la iba decorando con recortes, tarjetas o servilletas de restaurantes y cafés que le ocasionaban recuerdos agradables. En la de 1977 escribe el veintiséis de setiembre «Caminó Sergio solito». Yo tenía un año y un mes. No quise quedarme con las agendas más antiguas, pues me pareció que cuidar esas reliquias era mucha responsabilidad. Pero en mi escritorio de Madrid guardo la que corresponde a su última visita. Es de cuero marrón. Lleva por título «Empezar cada día». Mi madre era muy organizada, y esto se advierte en cada anotación que hacía. Cada gasto, por mínimo que fuera, quedaba registrado. Anotaba hasta los pasajes de autobús, las fotocopias que hacía para sus trámites, los antojos que se daba de vez en cuando. Ella creía en el ahorro, mientras que yo me daba un homenaje cada vez que me pagaban por colaborar en alguna revista aun sabiendo que en época de vacas flacas me arrepentiría.
Cuando vino a España teníamos dos años de no vernos. Esa tarde de 2009 que la encontré en el aeropuerto me sorprendió verla tan canosa. La abracé y conversamos sobre el vuelo. No fue un encuentro muy emotivo, no sentí ganas de llorar como cuando me reencontré con mi hermana y mi sobrino. Noté que había una distancia entre ambos, una que yo había puesto. La llamaba sólo por su cumpleaños, por el Día de la Madre y en Navidad. Le escribía correos de tres líneas, y si eran más largos era porque le pedía un favor. Tomamos el metro, y ya en el piso se acomodó en mi habitación. Luego fuimos a la Casa del Libro, quería enseñarle dónde había trabajado hasta hacía unos meses. Ella no dijo nada, quizás porque estaba cansada. Me preocupaba su opinión, que me juzgara, porque yo era un escritor a mi manera, no a la suya.

Al día siguiente de su llegada partimos hacia Galicia, a la casa que el padre de mi novia tenía allí, aprovechando la Semana Santa. Por la mañana había paseado un perro. Había vuelto a hacer algunos paseos; ese dinero me hacía falta. Salimos con retraso de Madrid. Paramos cerca de la ciudad de Benavente. La merienda la pagó mi madre y la cuenta salió 19.60 euros. Ella tomaba fotos todo el rato mientras escuchábamos la radio y mis discos de Neil Young, Nick Drake y Bob Dylan. En la penúltima página de su agenda mi madre copió la letra de «Blowin’ in the wind». Su caligrafía era fina, de letra corrida y con una ligera inclinación hacia la derecha. «How many years can some people exist?» No supe que le había gustado tanto esta canción hasta que tuve la agenda. Era una evidencia de cómo estaba viviendo nuestro viaje. A las diez de la noche nos encontramos con el padre de mi novia en el restaurante O’Barazal, a pocos kilómetros de Paradela de Moldes, donde quedaba su casa. Se cayeron bien. A diferencia de sus hijos varones y marido, mi madre había desarrollado eso llamado habilidades sociales. Era miembro muy activo del club de su pueblo, de la asociación de exalumnas de su colegio, asistía a recitales literarios, había organizado a las vecinas del barrio después de toda una vida sin compartir nada más que las calles y consiguió que viajaran juntas e hicieran otras excursiones, visitaba a sus parientes y se mantenía pendiente de sus sobrinas. Podía ser encantadora, y yo no lo apreciaba; eran otros los que me lo decían. Hay fotos de la cena en el O’Barazal. Nos acompañan el padre de mi novia y su pareja y un par de amigos suyos. Todos parecemos felices. Mi madre me abraza. Es una de las pocas fotos de esa visita donde estamos juntos. ¿No debería de tener un montón de fotos que demuestren que somos hijo y madre en su último viaje?

Antes de su visita a España nos habíamos visto en Lima en 2007. Fue también mi último viaje al Perú previo al de su muerte. Yo había regresado a Lima para hacer el cambio de visado que me permitiría trabajar en España. Había sido un mal viaje, volvía sin la novia con quien me había ido y trabajaba paseando perros. Estaba agotado. Necesitaba aclarar mis ideas, pero volver a casa no me parecía el lugar adecuado para hacerlo. La familia no era una compañía que me ayudara. En algún momento intenté acercarme a mi madre, pero confesarle mis dudas y penas hubiera sido admitir que fracasaba pese a que había logrado que me reeditaran un libro. Recuerdo que hojeó esa nueva edición sin decir nada.

El mes y medio que pasé allí mi madre me cocinaba un plato distinto cada día; decía que había adelgazado mucho y que me engordaría. Algunos días no probé su comida por salir con los únicos amigos que me quedaban en Lima, a fumar frente al mar y a recordar un pasado que apenas me arrancaba una sonrisa. En casa, mi padre y sus delirios políticos me exasperaban. Mi madre y sus intentos por vincularme con parientes que había rescatado del olvido me agobiaban. ¿Para qué quería presentármelos? Nunca los había visto en mi vida, pero ella se sentía orgullosa de mí. Yo sólo quería regresar a Madrid. El mismo día que me largaba otra vez de Lima mi madre entró en mi habitación y cerró la puerta. Nos sentamos en mi cama y me dijo que no le había gustado verme deprimido. Confiaba en que me iría mejor. Se había dado cuenta de que había estado fumando marihuana casi a diario.

—Lo tengo controlado.

—Eso espero.

Me abrazó y me arengó.

—Fuerza, cholo. ¡Adelante!, como decía tu abuelo.

Mi madre fue hija única. Su padre fue un carpintero que en el curso de su vida perdió tres dedos en las dos manos. Mi abuelo había tenido otra familia y mientras sus otros hijos habían asistido a una universidad privada, ella vivió en una pensión cuando se fue a estudiar a Lima y trabajó como profesora de inglés en un colegio para pagarse sus gastos. Dos años después de esa despedida accidentada, yo cobraba un subsidio de desempleo, trabajaba llevando a unas niñas al colegio y tenía una novia maravillosa que había perdido a su madre hacía un par de años a causa del cáncer. Me preocupaba lo que mi madre pensara de mi vida. ¿La defraudaría? Una vez me había dicho la cantidad de dinero que había costado mi educación, y yo lo recordaba cada vez que recogía la mierda de los perros que paseaba. ¿Tanto dinero invertido para acabar así?

Durante sus primeros años como estudiante de Derecho en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, mi madre frecuentó círculos de poetas, y guardaba con orgullo unos poemas que le escribió Rodolfo Hinostroza, el autor de Consejero Del Lobo, entonces un joven de pelos alborotados que enamoraba a las chicas guapas. Una vez le pregunté por qué no había seguido frecuentándolos. Me dijo que ella prefería la bohemia de otro modo. No se emborrachaba ni fumaba marihuana. Era una estudiante responsable. Le gustaba sentarse a hablar de literatura en un café hasta que veía que era hora de ir a estudiar y se marchaba. Su vocación era el Derecho, hacer justicia, y pensaba que en ello también había arte. En la carta que dejó con las instrucciones para la maleta del terremoto decía que conforme fuera sintiéndose mal avisaría a sus clientes que ya no los podría atender.

Cuando quise dejar la carrera de Derecho para estudiar periodismo tuvimos nuestras discusiones más fuertes. Ella argumentaba que había grandes escritores que se habían graduado de abogados. En esa época yo tenía miedo de decirle que quería viajar por Europa como un personaje ribeyrano, hambriento, enamorado, con un malestar existencial que alimentara mi escritura. Mi madre había publicado por su cuenta un libro con los poemas de su juventud. Me entró algo de miedo cuando supe que lo haría. Ni siquiera recuerdo si fui a la presentación o si la hubo. Leí sus poemas algunas veces y me sorprendió que fueran buenos, transparentes como ella, sin palabras rebuscadas o versos crípticos. Nunca se lo dije.


[III]


Perdíamos por dos goles. Era el primer partido del Torneo Primavera 2011, la última oportunidad de la temporada para ganar algo, y yo necesitaba ganar ese algo. Hacía un mes que tramitaba la visita de mis padres a Madrid, y en dos semanas todo había cambiado. Durante la madrugada había chateado con mi hermana que vive en Seattle, y me había confirmado que el cáncer de nuestra madre estaba generalizado. Eso significaba que se había extendido a otros órganos del cuerpo, lo que se llama metástasis, sinónimo de fin. Mi madre moriría en Lima y yo no estaría para acompañarla con pena y gratitud por haberme ayudado a partir a España, donde tuve que buscarme un lugar seguro, lejos de la familia y del afecto que habíamos construido y que desperdicié durante los últimos años. Lo que más me preocupaba era no saber si habría tiempo para sentarnos a conversar cara a cara. ¿Por qué siempre intento arreglar las cosas cuando parece que no hay oportunidad? Que mi madre enfermara de pronto me sacó de mi ensimismamiento. Los últimos meses me había dedicado a pensar en mi soledad y en mi futuro como escritor. Hablaba con mi madre y nos escribíamos, pero no recuerdo haberle preguntado «¿cómo estás?». Ella me contaba sus actividades, tantas que parecían las de todos sus parientes, amigos y vecinas juntas. Los hijos asumimos que a partir de cierto momento la vida de nuestros padres es lineal y que un piloto automático lo hará todo y nada les pasará.

Disfruto jugar al fútbol más que escribir. Pero en el fútbol todo queda en la cancha. El marcador no se puede editar a favor cuando ocurre una derrota. En la literatura sí. Pero en este texto no podré editar la enfermedad de mi madre. Si alguien piensa que exagero, se equivoca. Porque esa tarde empatamos con un tiro libre que se comió el portero contrario, y después metimos dos más que nos dieron la victoria. Jugábamos en el Polideportivo Barrio de La Concepción en Madrid, donde había conocido hacía seis años a mi equipo de fútbol once: el Celta de Pinos. Era la primavera de 2011 y el sol pegaba como un látigo a las tres de la tarde. Nunca bajamos los brazos. Que yo recuerde, es uno de los pocos partidos en que sólo he gritado para celebrar los goles. Suelo tomarme cada partido como si fuera una final, y espero que todos lo asuman como yo. Al marcar el tercer gol me arrodillé en el medio del campo y grité lo más fuerte que pude. Al final de un partido saco mis estadísticas. Si un error mío ocasionó un gol en contra, esa noche no duermo. Detesto perder. Una vez mi madre me tomó una foto después de haber llorado porque jugué mal. Lo hizo para que recordara dos cosas: nunca jugaría mal si daba lo mejor de mí. Llorar no arregla nada. En esta ocasión, ganar ese partido era un asunto más urgente.

Regresé a casa con una felicidad que necesitaba compartir. Soy cerrado como mi padre y sentimental como mi madre. Parece una contradicción, pero ese modo de ser me protege cuando no quiero a nadie a mi alrededor y otras veces me ayuda, si necesito hacer visibles mis afectos. Por eso, obedeciendo a mi lado materno, esa tarde llamé a casa desde un locutorio. Le relaté el partido a mi padre y después a mi hermano. Luego pusieron el altavoz del teléfono para que mi madre pudiera escucharme. Ella no dijo nada. No podía. Volví a casa y me encerré en mi habitación. Estaba en shock. ¿Cuánto tiempo le quedaba? Era imposible imaginarla enferma, tirada en la cama, sin hacer otra cosa más que ver televisión. Ella daba charlas prematrimoniales en la iglesia y era abogada especialista en divorcios. Tenía blogs de creación literaria y de recetas de cocina. Iba a misa los domingos a mediodía y leía el tarot los martes y jueves. Acumulaba y organizaba colecciones: en los años ochenta se aficionó a las campanas y a los elefantes en miniatura. Alguna vez participó como extra en una película del director peruano Francisco Lombardi. Viajaba a Seattle para cuidar a sus nietos. Mi madre fue a la mayoría de mis partidos cuando estaba en las divisiones menores del equipo del colegio San Agustín en Lima. Jugábamos los domingos. Ella me alentaba. Yo era suplente, pero siempre entraba en la segunda parte. Cuando no me ponían y quería dejarlo, ella decía que necesitaba entrenar el doble. Mi madre no me consolaba, me arengaba. Estoy mal acostumbrado a que alguien, desde la tribuna, celebre mis jugadas. La culpa es suya. Decía que le gustaba cómo me llevaba el balón y apilaba rivales, aunque mis jugadas fueran sólo ejercicios de habilidad que no acababan en gol. Hay una foto del día en que regresamos ganadores de un campeonato en Santiago de Chile cuando yo tenía once años. En ella mi madre sonríe a la cámara con una pancarta que saluda al equipo y un ramo de flores.

El pronóstico de vida que le habían dado era más tiempo del que habíamos pasado juntos durante los últimos seis años y menos del que uno espera pasar con sus padres. Yo sólo quería que no sufriera. Siempre dijo que cuando le tocara morir, prefería que fuese rápido: un infarto. Mejor si era durmiendo. La noche que supe sobre su diagnóstico no pude dormir, ni escribir ni leer.

¿Y si le aplicaban algún tratamiento?

Me habían contado casos en los cuales el enfermo superaba varias crisis y sobrevivía unos años, los suficientes para ver lo que le faltaba. Hasta hacía unas semanas mi madre tenía planes de venir a visitarme a España otra vez. Pero ahora debía alimentarse mejor, recuperar las fuerzas y sólo entonces podría recibir cualquier tratamiento que le devolviera la voz. En la librería donde trabajo vendemos libros sobre terapias, como la homeopatía, las flores de Bach, el ayurveda y lo que yo considero otros timos sin base científica. Desde que leí ¿Tenían Ombligo Adán Y Eva?, de Martin Gardner, empecé a burlarme de la ignorancia de quienes creen en esas dietas y terapias. Gardner desbarata con argumentos científicos las teorías que algunos listillos han construido para aprovecharse de la desesperación de la gente. ¿Estaría desesperada mi madre? Mi hermano mayor había decidido que no le diríamos el diagnóstico final. ¿Cuál era la gravedad real en su caso? Recordaba El Año Del Pensamiento Mágico, de Joan Didion, ese testimonio sobre su vida después de la muerte de su esposo y la enfermedad de su hija. Como Didion, yo también necesitaba asirme de algo que pareciera inteligible, aunque fuera sólo para mí. Uno de los pasos en el camino del duelo consiste en negociar con uno mismo. Algunas personas corren maratones y prometen llegar a la meta. Otras recaudan fondos para fundaciones benéficas. También hay quienes hacen peregrinaciones a sitios sagrados. Apenas supe que estaba enferma hice un trato conmigo mismo: si mi equipo ganaba todos sus partidos, mi madre se recuperaría.


[IV]


Que me contaran que mi madre no se levantaba de la cama era lo que más me llamaba la atención. Estaba deprimida; era lógico en una mujer que nunca paraba de hacer cosas. A sus sesenta y ocho años no había dejado de trabajar. Lo hacía porque le gustaba su profesión, y también por el dinero. Como no cotizaba en la seguridad social, en el futuro dependería de sus ahorros y quizás de nosotros, porque no quería depender de mi padre. Un par de semanas antes de enfermar, ella nos preguntó a sus hijos qué nos parecía vender una casa que tenía en Acobamba, fuera de Lima. A mí ya me había contado algo al respecto, y como le dije que esa casa podía reformarse, me mandó un dibujo del proyecto que se le había ocurrido. Mi hermana se sumó a la idea de la reforma; era posible con un esfuerzo económico. Pero mi hermano nos recordó que mi madre no tendría una pensión cuando se jubilara, aunque ella pensaba trabajar hasta que fuera una anciana, y que el dinero de la venta al menos serviría de fondo para emergencias.

Todos estos detalles empezaban a armar un rompecabezas.

Repasaba cada escena.

Hasta agotarme.

Y no funcionaba porque siempre faltaba algo.

Me sentaba durante horas frente a la computadora mientras esperaba noticias sobre mi madre. Chateaba con mi hermana, coordinábamos nuestras fechas de viaje para coincidir, aunque fuera unos días. Yo debía pedir una autorización de retorno porque aún no tenía mi nuevo documento de residencia. Cuando no me llegaban correos con novedades, llamaba a casa. Y mi madre escribió un último mensaje: «Toma las cosas con calma, hijito, ya sé que estamos lejos, pero a la vez muy cerca el uno del otro. Te quiero mucho». El día que debían darle el diagnóstico final llamé a casa desde un locutorio antes de ir al trabajo; me tocaba el turno de tarde. En Lima eran las nueve y algo de la mañana. Contestó mi padre. No habían encontrado al especialista que la atendía y volverían a la mañana siguiente, más temprano. Mi madre estaba muy agotada. Ir al hospital había sido como correr una maratón. Ya no masticaba nada, sólo tomaba caldos, bebidas heladas y le ponían suero. Mi madre coleccionaba campanas desde los años ochenta. Tenía una vitrina con más de cien. Cuando demorábamos para sentarnos a la mesa, hacía sonar varias de ellas hasta que llegábamos. Una de las campanas de su colección ahora servía para llamar desde la cama cada vez que necesitaba algo. Le pregunté a mi padre cómo seguía todo. Su respuesta no fue alentadora. Le pedí paciencia. Mi hermano me había comentado que se alteraba. Entre los dos tenían que alimentar a mi madre, llevarla al baño, estar a su lado siempre. «Tengo que hacerlo con paciencia, ¿no, cholo?», me dijo él como si se disculpara, y tuve ganas de llorar. Me despedí, colgué, caminé hasta una plaza y me senté en un banco a fumar. Era un día agradable, había sol y la gente iba en manga corta por las calles. Estaba en Madrid, donde había deseado estar, mientras a mi madre la consumía el cáncer. ¿Qué tan egoísta había sido durante los últimos años? Era tan inevitable como inútil sentir culpa en ese momento.
Durante un par de días acepté la incertidumbre. Mi hermano ya debía saber el diagnóstico final y supuse que no me quería poner nervioso. Pero una noche no pude más y le pedí a mi hermana que me contara la verdad. Ella lo sabía, estaba seguro. Y así era. Ya no había nada que hacer. A mi madre le quedaban entre tres y seis meses de vida.

Al día siguiente le dediqué el triunfo de mi equipo.

Hay pacientes que viven con la amenaza permanente de la muerte por el cáncer. Los someten a radioterapia o quimioterapia, se recuperan, recaen y otra vez pasan por el mismo tratamiento.

Lo de mi madre no era una amenaza, era una realidad.

El veintiocho de diciembre de 2009 mi madre había enviado un correo electrónico a las personas que más quería, y decía lo siguiente: «¡En enero cumplo sesenta y siete años! Todo un desafío enfrentar los años venideros. ¿Cuántos? No sé, pero desearía que fueran sólo aquellos en los que pueda valerme por mí misma. Cuando miro en retrospectiva, los recuerdos fluyen con la nitidez que nos dan los días sumados, apilados unos sobre otros. Pasan escenas desde mis primeros años hasta el momento». Agradecía a sus padres, a su esposo e hijos, a sus nietos, por lo que cada uno le había enseñado. Y agregaba: «Creo que no terminaré de aprender hasta el último momento de mi existencia. Cada vez que he traspasado fronteras y visitado otros lugares he ido almacenando en mi disco duro, la memoria, paisajes, actitudes, gestos amables, colores, sonidos, que me alimentan a diario. […] Espero seguir aprendiendo en los años que aún me queden de vida. Un abrazo a todos y cada uno de ustedes y Feliz Año 2010!!! Y los que vengan». Vendría sólo uno y medio más.


[V]

 

Mi madre sabía que se estaba muriendo y no se lo dijo a nadie.

Durante el vuelo a Lima no paré de revisar la copia del informe médico que me había enviado mi hermano mayor. Me llamó la atención que en el apartado «Ocupación» pusiera «su casa» y no «abogada». En «Enfermedad actual», puso: «Paciente de sesenta y ocho años, quien desde hace cuatro notó tumor en la mama izquierda completamente asintomático y solo ahora consultó con facultativo quien la deriva a nuestro instituto. La paciente refiere cefaleas y mareos desde hace quince días, hace una semana noto aumento de volumen del abdomen con nauseas y vomitos». En el apartado «Examen físico», decía: «En la mama izquierda presenta una gran tumoracion de 7 x 6 cm ulcerada en los cuadrantes inferiores la ulceracion mide 4 x 4 cm, además una tumoración de 2 x 2 cm paraesternal izquierda. en la axila se palpan ganglios de hasta 1. cm». Y sigue explicando cosas como que el hígado está trece centímetros por debajo del reborde costal. Cuando recibí el informe llamé a un amigo médico en Barcelona, cuyo padre había fallecido de cáncer. Fue sincero, me dijo que a mi madre quizás sólo le esperaban los cuidados paliativos. Yo no quería que sufriera.

Me remordía algo que no quisiera recordar. Mi madre había comentado hacía unos años que había notado un «bultito» en el pecho, pero que no era nada. Usó el diminutivo para restarle importancia. Y nadie se la dio. Ella en cambio vivía pendiente de su familia. ¿Qué tan pendiente estaba yo de ella? Empecé a preguntarme por qué no había actuado como ella lo habría hecho si yo le hubiera dicho que tenía un tumor o cualquier enfermedad. ¿Por qué no había existido esa reciprocidad? Yo quería a mi madre. ¿Pero la quería lo suficiente?, ¿era mi egoísmo?, ¿cómo se produce esa desconexión entre un hijo y sus padres?

El avión aterrizó de madrugada y pensé que estaba preparado para lo peor. Me recogió mi padre. Se me cayeron algunas lágrimas al abrazarlo. Lo vi agotado, preocupado, nunca lo había visto así. Estaba más canoso y había vuelto a llevar bigote. En el coche, camino a casa, le pedí que me pusiera al tanto de todo, con detalles. Era la madrugada del viernes veinte de mayo de 2011, había gastado mis escasos ahorros para despedirme de mi madre; durante el vuelo en mi agenda anoté: «La peor comida de avión de mi vida». Mi hermano me recibió en el pasillo del segundo piso cuando llegamos a casa. Sus ojeras eran dos túneles. Me avisó que mi madre se había despertado y que podía aprovechar para saludarla. Entré en la habitación. Ella dormía de lado, mirando hacia el armario empotrado en la pared que daba hacia el patio interior. El espacio que su cuerpo ocupaba era el mismo de siempre. Subí a la cama y susurré «mamá». Cuando giró la cabeza supe que no serían entre tres y seis meses. Este era un adiós. Apreté los dientes y sonreí como pude.

 


January 27, 2014

Álvaro Bisama

Un texto de

Mi
otra
letra

Cuadernos de Álvaro Bisama

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Ilustraciones de Álvaro Bisama

 

Dibujar es no saber qué voy a dibujar. Soy novelista y cuando dibujo creo que lo que trazo en el papel es otra letra, como si los rostros de monstruos o mutantes que se me aparecen fueran en sí un alfabeto, ideogramas cuyo significado me está velado. Por lo mismo, trabajo de modo automático, sobre el papel o el Ipad. No hago bocetos. Ocupo un pincel de tinta Pentel o programas como Sketch Ink. No hay plan. Me gusta la tinta negra. Usar tramas y semitonos en algunas imágenes. Me importan el trazo, la mancha, la textura. Cuando escribí mis primeras novelas, lo único que me importaba era contar historias: los relatos se encadenaban hasta apelotonarse, saturados y confusos. Ahora, en las más nuevas, el acto de narrar cedió al imperativo de preguntarme cómo funciona la memoria, en qué sentido el hecho de recordar puede ser algo pavoroso o deslumbrante. Nada de eso aparece en mis dibujos. Dibujar es para mí un acto físico vaciado de toda significación que no sea su propia inmediatez. Dibujar es entonces un ensayo de caligrafía, una fuga hacia delante que consiste en la repetición del movimiento. Casi siempre son rostros de criaturas que no tienen nombre, máscaras que tapan la mudez del papel blanco. No son cómics. Ninguno realiza alguna acción ni avanzan hasta una historia posible. Hay repeticiones, patrones: los gorros de conejo o de perro, los peluches infernales, los tipos de gafas negras. Cosas que me interesan porque me gusta dibujar pliegues, piel y reflejos, porque me pregunto cómo funcionan los bordes de una sombra, porque me interesa ver cómo se deforman miembros y caras y cuellos, cómo la ropa se dobla de manera inverosímil. No veo a los artistas que me gustan (gente como Jack Kirby, Paul Pope, Druillet, Go Nagai, Jamie Hewlett, Andrea Pazienza, Yves Chaland) en mis dibujos. No tengo intención de narrar nada. Confío en aquella ausencia de relato porque dibujar es una especie de indagación en el silencio. Cuando dibujo, mi mente está en blanco, ha quedado vacía, sólo existe en el modo en que el pincel avanza en el papel sin que yo sepa muy bien hacia dónde se dirige. Sí sé que los dibujos se acumulan en las libretas y que de ahí va salir algo. A veces subo alguno a Instagram o Facebook casi como un acto reflejo. Construyo un almanaque de rostros imposibles. Para mí, son el territorio opuesto al que habito cuando estoy escribiendo novelas: una frontera privada que cruzo para volver con polaroids de un lugar que no existe.

UN CHEF
RESCATA
LOS PECES
QUE NADIE
QUIERE
[Y LUEGO LOS COCINA]

En el trecho más fértil del Océano Pacífico, las redes de los pesqueros
atrapan toneladas de pota, merluza, y anchoveta que el mundo devora.
Junto con ellos, se capturan cientos de kilos de criaturas marinas feas
o desconocidas que son devueltas al mar y condenadas a podrirse.
Yaquir Sato, un cocinero nikkei obsesionado con la eficiencia,
subió al buque de investigación Humboldt en busca
de nuevos peces para su cocina, y descubrió
que en Perú se botaban especies valiosas.
¿Es posible combatir el derroche de alimentos
sirviendo platos en un restaurante?

Un crónica de Eliezer Budasoff
Fotografías de Santiago Barco

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Fotografías de Santiago Barco

Cada vez que en su casa se comía un atún, el inmigrante japonés Naokichi Sato ponía a hervir la cola y sacaba sus espinas una por una para utilizarlas como mondadientes. De niño, su hijo Humberto Sato, que se convertiría en uno de los fundadores de la cocina nikkei peruana, recogía los pulpos que los pescadores botaban en la orilla, y recorría el resto de la costa de Lima para juntar algas y mejillones. Décadas después, Yaquir Sato, hijo de Humberto y nieto de Nakoichi, se subió a un barco para buscar especies que la industria pesquera despreciaba. Entonces no sabía que su búsqueda se relacionaba con uno de los mayores despilfarros de alimentos y recursos que hoy se cuestionan en el mundo: el de los peces que se capturan ‘accidentalmente’ y se echan por la borda. A finales de mayo de 2013, Yaquir Sato, chef del restaurante Costanera 700 —considerado uno de los mejores restaurantes del país en comida nikkei y marina—, abordó el buque BIC Humboldt para presenciar la pesca de la merluza al despuntar el día. Llevaba consigo tres cocineros, una paellera gigante, un wok, ollas y utensilios de cocina, salsas, condimentos, y un objetivo: encontrar nuevas especies para utilizar en la alta cocina. Su interés había comenzado varios meses atrás. En 2012, la ex viceministra de Pesquería Patricia Majluf llegó a comer al Costanera 700, y Sato —un cocinero que parece un miembro amable de la yakuza— le contó que quería salir al mar, explorar novedades para su cocina. Un año después estaba allí, al amanecer, vistiendo un chaleco salvavidas y un casco blanco, en el buque de investigación científica más importante del Perú, revisando la pesca del día. Ahí vio los peces que eran separados de la merluza reluciente, producto de la‘captura incidental’: ejemplares desconocidos, feos o muy pequeños, arrastrados por la misma red, que terminan siendo devueltos al mar ya muertos o heridos porque nadie en este país los quiere comprar. Entre los ejemplares que se descartaban, el chef reconoció especies que eran apreciadas en Asia o en el Mediterráneo, pero ignoradas en Perú, como el pez cocodrilo —un pececito naranja con aspecto de reptil—o el pez bocón, una criatura con rostro iracundo más conocida como «rape». Ese mediodía de finales de mayo, después de hacer su selección, Yaquir Sato preparó una bandeja de sashimi, una paella y una parihuela para los científicos y los funcionarios a bordo del Humboldt, utilizando pescados y mariscos —algunos tan feos como una cucaracha—que todos habían visto en sus salidas al mar pero ninguno había probado antes.

Inclinado sobre una mesa, Sato cortaba la carne de los peces con precisión oriental, y los tripulantes miraban la escena como si hubiera aparecido un hechicero en la cubierta del barco. Delante de ellos, con un cuchillo y una botella de salsa de soja, ese chef silencioso de treinta años, ensimismado como un niño que se toma su juego demasiado en serio, estaba convirtiendo la «basura» en comida gourmet. Sin proponérselo, Yaquir Sato estaba repitiendo en altamar la historia de sus antepasados.

En los últimos cuarenta años, los pesqueros nipones han ganado una reputación infame como cazadores de ballenas, y ese estigma ha empañado la riqueza de una cultura ictiófaga desde tiempos remotos: históricamente, los japoneses han salido a buscar en el mar la manera de compensar la falta de proteínas en un archipiélago sin gran tradición ganadera. La carne de ballena se come en Japón desde hace más de cuatro siglos, y sus platos derivados han sido parte de los manjares de los días festivos, pero también ha contribuido a combatir las crisis alimentarias en épocas de escasez, tal como sucedió antes y después de la Segunda Guerra Mundial. Por supuesto, durante el siglo XX, la incorporación de tecnología cada vez más avanzada por parte de la industria ballenera puso al borde de la extinción a varias especies de cetáceos, y eso desató la condena de la comunidad internacional, que escondía debajo de su repudio los trapos sucios de toda la industria pesquera mundial: en 1994, casi una década después de que se prohibiera la caza comercial de cetáceos, un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estimaba que cada año, unas veintisiete millones de toneladas de pescado —el equivalente a cuatro pirámides de Keops, la estructura más pesada del mundo creada por el hombre— se descartaban en el mar, mientras que la captura marina anual destinada al consumo humano directo se calculaba en cincuenta millones. En un cálculo grueso, por cada pez que llegaba al plato de una persona, otro era tirado por la borda, muerto o herido, para evitar multas o porque no se correspondía con la especie o los tamaños buscados, o porque no tenía valor comercial. Como respuesta al informe de la FAO, el gobierno de Japón hospedó una Consulta Técnica sobre la Reducción de los Desperdicios en la Pesca, para mejorar los cálculos y estudiar soluciones al desperdicio. La devastación de los océanos y los descartes de la industria pesquera no son sólo un asunto de respeto a las vedas o de protección de especies en peligro: se trata, además, de un obsceno despilfarro de alimentos.

La corriente oceánica que baña las costas del Perú —conocida como corriente del Humboldt— es el ecosistema más fructífero del planeta. A comienzos del siglo pasado, a los primeros inmigrantes japoneses les bastaba recoger lo que los pescadores peruanos despreciaban para alimentarse con especies que eran manjares en sus lugares de origen: pulpos, cangrejos, pejesapos, pota. «Todos los raros eran gratis: los dejaban botados en la playa», me cuenta el legendario chef Humberto Sato, padre de Yaquir, uno de los creadores de la comida nikkei y fundador del restaurante que ahora dirige su hijo. Sato padre aún recuerda la sorpresa que mostraban los pescadores cuando él mismo, con cinco años de edad, cargaba en brazos alguno de esos bichos: «Mira ese chiquito llevándose el pulpo, no tiene miedo». Claro que no le tenía miedo, dice: en su casa se lo comían. Con el tiempo, el pulpo se instaló en la dieta peruana gracias a la influencia de los nikkeis y se convirtió en una exquisitez, pero entonces era un descarte: cada vez que un pulpo quedaba enganchado en las redes, los pescadores peruanos lo botaban en la playa o lo devolvían al mar. No les parecía digno ni siquiera para prepararlo en sus casas. ¿A quién se le podía ocurrir comer un bicho así, amorfo y resbaladizo?
Lo mismo me pregunté dos días después, en el Costanera 700, la primera vez que comí langosta. Yaquir Sato había decidido darme a probar una muestra de aquello en lo que estaba trabajando para incluir en su carta: cocina viva, en caliente. Su carta ya ofrece sashimi de lenguado vivo, un plato tan fresco que algunos cortes de carne todavía se mueven cuando está servido. Una crueldad a primera vista, pero en realidad un homenaje al sabor único de la carne de algunos peces, cuya preparación sólo exige un cuchillo bien afilado y un chef empeñado en resaltar sus virtudes naturales. Una innovación digna de un restaurante de manteles almidonados, servicio impecable y comensales sofisticados, que se sorprenden ante la destreza de un cocinero que sirve pescados casi sin tocarlos, y que hasta hace un minuto seguían nadando. El día que Yaquir Sato subió al Humboldt con su equipo de cocineros y sus condimentos, llevaba consigo una salsa de soja que era perfecta para combinar con el sabor metálico que tiene la carne de algunos peces recién salidos del mar. Para lograr ese nivel de frescura en sus platos, Sato había comenzado a trabajar hacía unos seis meses junto a un ingeniero, que lo ayudó a montar su propio acuario en el tercer piso del restaurante, donde ahora mantiene lenguados, chanques, pejesapos, conchas negras, conchas de abanico, caracoles y langostas. El chef había bajado del barco pero estaba decidido a seguir sirviendo pescados y mariscos recién salidos del agua.


Ese mediodía en el Costanera 700, un cocinero trajo una langosta del acuario a pedido suyo, la puso sobre una tabla, y le cortó la cabeza con ayuda de Sato, que la sostenía con una mano para que no se moviera tanto. Lejos del mar, una langosta viva tiene exactamente la apariencia de lo que es: un insecto marino gigante. Un bicho horrible que sabe delicioso. Cuando vi el ejemplar que nos íbamos a comer, pensé que la primera persona que decidió probar una langosta debía haber estado realmente hambrienta para intentarlo. En Hablemos de langostas, David Foster Wallace explica que hasta algún momento del siglo XIX, la langosta era un alimento que sólo comían los pobres y los presos. Algunas colonias penitenciarias prohibían incluso dar de comer langosta a los reclusos más de una vez por semana, porque se consideraba un acto de crueldad, «como obligar a la gente a comer ratas». En algunas costas, cuenta Foster Wallace, su abundancia era tal que los agricultores las utilizaban como fertilizante, y esta abundancia era una de las razones de su bajo estatus como alimento.

Parece evidente que la escasez y la demanda terminan por convertir en platos exclusivos a algunos alimentos que, en otros tiempos o en otras culturas, son despreciados por su abundancia. A comienzos del siglo XIX, por ejemplo, mientras los zares rusos ofrecían caviar a sus comensales más selectos, en Estados Unidos, ese amasijo de bolitas aceitosas de color negro o rojo que son huevos del esturión, era comida para pobres. Norteamérica era entonces el primer productor en el mundo: el río Delaware estaba inundado de caviar. En los bares de Nueva York, el caviar se servía para acompañar la cerveza, tal como se sirven ahora nueces o maní. Algo similar a lo que ocurre en el Perú con la anchoveta —la pesca industrial más importante del país—, que ha comenzado a servirse como bocado de cortesía en algunos restaurantes. El año pasado, el gobierno peruano adoptó una política de estímulo para que un porcentaje de los millones de toneladas anuales de anchoveta que se atrapan no termine convertido en harina para los chanchos, y pueda aterrizar en el plato de un restaurante o en una lata en la alacena de una casa. El mayor obstáculo, me explicará después Raúl Castillo —director de investigaciones del Instituto del Mar Peruano (Imarpe)— es logístico: como la anchoveta es una especie minúscula y grasosa, se descompone de inmediato si no se congela después de la pesca. Lo mismo sucedía con la langosta: su carne no resistía viajes largos, y su popularidad comenzó a aumentar cuando empezaron a cocinarla y venderla enlatada en la década de 1840. De cualquier manera, señala Foster Wallace, su demanda se debía a que era «básicamente combustible masticable», un alimento barato y rico en proteínas. Yaquir Sato intuye un futuro semejante para alimentos que ahora se desperdician, tanto en el mar como en las cocinas: en su oficina colecciona latas y botes europeos llenos de conservas de sopa de langosta, callos (mondongo) a la madrileña, navajas y caviar al natural, risotto de hongos, atún en aceite de oliva y otras exquisiteces. Un recordatorio de que otro desafío será entrenar los paladares de quienes hoy sólo exigen las mismas seis o siete variedades de pescado fresco, y que creen que la comida enlatada es un asunto para pobres.

Aunque nunca antes hubiera probado la langosta, ya sabía que me iba a gustar, algo que no tenían forma de saber los que viajaban a bordo del Humboldt cuando vieron algunos de los ejemplares que Yaquir Sato había elegido para prepararles y que ellos descartaban por costumbre. El pez bulldog, por ejemplo, tiene los ojos situados en la parte superior de la cabeza, su cabeza es gruesa y maciza, y tiene una boca que se abre hacia arriba, casi en posición vertical, lo que le da la apariencia grotesca de un cachorro deforme. O el pez bocón, al que el biólogo pesquero Raúl Castillo—que ese mediodía estaba a bordo del Humboldt—, me describe ahora como un pez «que parece un murciélago feo, negro, pero riquísimo». El director de investigaciones del Imarpe es un funcionario apasionado y locuaz que hace más de veinte años fue bautizado como «el rey de la anguila». A mediados de los ochenta, después que se prohibiera la caza comercial de cetáceos, un empresario japonés que tenía una ballenera en el puerto de Paita le preguntó cómo podía aprovechar ahora su frigorífico, su planta de harina y su barco. Castillo se embarcaba a menudo en cruceros y flotas comerciales, y sabía que los pesqueros descartaban las anguilas que quedaban enganchadas en las redes. Le dijo al empresario que, según sus cálculos, se estaban botando unas dos mil toneladas mensuales de aquellos peces con aspecto de culebra, porque nadie sabía aprovecharlas. A los dos meses, el empresario japonés llegó con una pequeña flota, hizo un convenio con el Estado, y hace más de veinte años está pescando anguila, me cuenta ahora Castillo, en un banco frente al malecón, a pocos metros del restaurante donde Yaquir Sato mantiene un salón impecable de estética oriental en el primer piso, y supervisa un acuario, un laboratorio amateur y varias cocinas frenéticas en las plantas superiores.

Raúl Castillo y Yaquir Sato se conocen hace más de un año, y han formado una dupla en la aventura de hallar recursos no explotados. En agosto de 2012, cuando Sato le contó a la ex viceministra Majluf que quería salir a buscar nuevas especies al mar, la funcionaria le recomendó que se comunicara con Castillo. A los pocos días el biólogo y el chef estaban sentados en el restaurante, hablando de la «munida». El «camaroncito rojo» o «munida» —un crustáceo de ocho patas y caparazón duro, no más grande que un dedo, que pulula cerca de las costas peruanas— nunca ha sido parte de un menú en este país ni aprovechado comercialmente, y ese fue el primer proyecto en el que se embarcaron. Después de su encuentro inicial, en el que hablaron de empezar a trabajar juntos, el biólogo le llevó al chef una bolsa repleta de munidas para que explorara su potencial gastronómico. A la semana recibió un llamado de Sato para que fuera al restaurante.

—Ahí está tu cucaracha. ¡Funciona!—le dijo el chef, y le puso delante un arroz con mariscos, y un chupe de pescado.

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December 27, 2013

10 verde

Un texto de

EL DOCTOR
QUE CURABA
LA TRISTEZA
PERFORANDO
CRÁNEROS

En la primera mitad del siglo XX, António Egas Moniz ganó
un premio Nobel de Medicina por inventar la leucotomía.
El neurocirujano portugués rebanaba parte del cerebro de
unos pacientes que sufrían de problemas mentales
con la simple idea de devolverles la felicidad.
En el siglo XXI, los neurocientíficos creen que pueden curar
las aflicciones de la mente con tal solo estudiar el cerebro
¿Por qué mientras más miramos a nuestro cerebro
menos lo entendemos?

Un texto de Sabrina Duque

Cerebro_inter

António Egas Moniz se calzó los guantes en sus manos deformes por el reumatismo y le perforó el cráneo a una paciente. En el mismo día, taladró la cabeza de otros tres hombres más. Dos de ellos eran depresivos crónicos. Los otros, paranoicos esquizofrénicos que oían voces y se sentían perseguidos. Meses atrás Egas Moniz había estado en Londres en un congreso médico. Ahí supo que, gracias a una cirugía cerebral, habían logrado que Becky, una chimpancé, dejase de lanzarse a menudo al suelo entre berrinches y alaridos. De vuelta en Lisboa, la ciudad donde haría toda su carrera de experimentos, el doctor pidió ayuda a otro cirujano con mejor pulso para poder ejecutar las primeras lobotomías de la historia. Trasladando la experiencia de otros científicos con una chimpancé, entró al cerebro de cuatro locos abandonados en un sanatorio sin tener la certeza de los resultados. En 1935, Egas Moniz, un neurocirujano de párpados adormilados, peinado engominado y orejas enormes, llamó a esa operación quirúrgica leucotomía —del griego leukos, blanco—, su intervención en la materia blanca del cerebro. Creía que inyectando alcohol en el área frontal del cerebro de sus pacientes y destruyendo ciertas conexiones nerviosas podría calmarlos y devolverles la felicidad. Egas Moniz, el mismo doctor que estuvo en la cárcel por desafiar a la monarquía, un aficionado a las apuestas que escribió un tratado sobre los juegos de cartas, mandó a fabricar en París un instrumento afilado como un picahielos para perforar la cabeza de sus perturbados pacientes y aliviarlos. En las últimas décadas, médicos y científicos han encontrado un vocabulario más preciso para los desórdenes psíquicos y un repertorio de curas menos agresivas que introducir un taladro en el cráneo de pacientes semiconscientes. Hoy los neurólogos recurren a la cirugía sólo en casos graves y la mayoría de los problemas mentales se refieren a los psiquiatras. Los pacientes de Egas Moniz sobrevivieron a la operación, pero no volvieron a ser los mismos. Catorce años después de esa primera perforación a la cabeza, el neurocirujano Egas Moniz recibió el Nobel de Medicina por el beneficio terapéutico de sus cirugías craneanas que hoy se exhiben en películas para retratar el horror científico. Cortar el cerebro de otro ser humano nos parece ahora la obra de un asesino en serie. Hannibal Lecter abrió la cabeza de un hombre vivo para rebanarle el cerebro y comérselo frito en mantequilla. Una barbaridad. En El planeta de los simios, el astronauta Landon pasa a estado vegetativo después de ser capturado y operado por sus enemigos. Una venganza. Pensar en el inventor de la lobotomía es pensar en el personaje de Elizabeth Taylor en Suddenly, Last Summer, a quien una tía adinerada interna en el manicomio para que le hagan una lobotomía y olvide un secreto familiar. Recordar en Sucker Punch a John Hamm lobotomizando a una asustada lolita, internada con engaños por su malvado padrastro. Una historia de abuso. Tararear Downer, la primera canción que compuso Kurt Cobain en la banda grunge Nirvana, donde dice que las lobotomías salvarán a las familias pequeñas. Una historia de apatía. Green Day también dedicó una canción a la técnica: Before the lobotomy relata los sentimientos de un paciente, antes y después de esta operación. Una letra melancólica. Los Ramones cantaron Teenage lobotomy, irónicos y rebeldes: «Ahora soy un enfermito y tendré que salir en las noticias». Cuando estas letras fueron escritas, hacía más de treinta años que los médicos habían hecho las últimas lobotomías, algunas casi a escondidas en presidiarios muy violentos. Ya varios países habían prohibido la operación por considerarla inhumana, y en la entonces Unión Soviética se advertía que convertía a los dementes en idiotas.

Hacía décadas esas intervenciones eran un tabú. En 1936, uno de los pacientes de Egas Moniz fue un policía esquizofrénico. El hombre rasgaba su ropa con los dientes, lloraba y saltaba sin control. Tras la operación el médico y diplomático portugués reportó que el hombre se encontraba en buenas condiciones, y hablando calmo y con coherencia, lejos de las imágenes de esos seres de mirada perdida y vagando en los corredores de tétricos hospitales psiquiátricos que nos dejaron las películas. Otro de los pacientes de Egas Moniz fue un vendedor de periódicos alcohólico y que escuchaba voces. El hombre pasó de no hablar con su mujer e hijos, que lo visitaban en el sanatorio, a revelar tras la operación que le dañó el cerebro dónde estaba un dinero que su esposa daba por perdido. La locura de un borracho se había curado con una inyección de alcohol en la cabeza. Ninguno de los pacientes de Egas Moniz se parecía al rebelde McMurphy, el personaje que le valió a Jack Nicholson un Óscar por One flew over the cuckoo’s nest y que se convierte en un zombie descerebrado después de que lo lobotomizan. Egas Moniz escribió para una publicación médica cómo era la vida cotidiana de sus pacientes seis meses después de la leucotomía. El vendedor de periódicos, por ejemplo, estaba de vuelta en las calles de Lisboa vendiendo diarios. Y describió a sus pacientes como gente tranquila y calma, en sus casas o trabajos, con su familia, casi tan bien como antes de que comenzaran las psicosis. Egas Moniz hablaba de sus pacientes como un psiquiatra de hoy describiría a los suyos después de tomar la medicación. En una época en que las enfermedades mentales se trataban sólo con descargas eléctricas y baños de agua helada, y el destino de los pacientes eran los hospicios y las camisas de fuerza y la soledad, Egas Moniz fue un científico terco y renovador que creyó haber descubierto una cura. Pero Egas Moniz también fue diputado, fundador de un partido republicano durante la monarquía, ministro de negocios extranjeros en la república, presidente de la delegación portuguesa en la conferencia de la paz tras la Primera Guerra Mundial. Egas Moniz había investigado sobre las trombosis, la hipnosis y los efectos de la guerra en la psique de los soldados y fue autor de dos novelas, una sobre la infancia y otra sobre la vida de un investigador científico. Y antes de perforar cráneos, ya había sido candidato al premio Nobel por haber explorado dentro de la cabeza sin abrirla.
En un artículo publicado en el American journal of psychiatry en 1937, António Egas Moniz reporta los resultados de su operación en otros tres de los casi cuarenta pacientes que había atendido en un par de años. Una de ellas fue una mujer treintañera y madre de dos hijas. El historial indicaba que su salud mental había decaído luego de casarse, tener un par de embarazos fallidos y mudarse con su esposo al Congo belga, donde «se puso triste, nada le interesaba y era incapaz de encargarse del hogar». Después de haber intentado suicidarse un par de veces, el marido la había devuelto a Lisboa. Pasó cinco años paranoide, diciendo que habían matado a su hermana en el hospital luego que la visitara y que habían asesinado a sus dos hijas en la escuela. Cuando llegó a Santa Marta, el sanatorio donde atendía Egas, Moniz, fue ‘de inmediato’ sometida a la leucotomía. Después de la operación, la mujer dijo al médico que lo único que quería era irse a casa y cuidar a sus hijas. A los seis meses, el futuro primer premio Nobel portugués reportaba que su familia la encontraba «en condiciones excelentes, como había estado antes de su psicosis».

El éxito de Egas Moniz encandiló a Walter Freeman, un estadounidense que no era cirujano y que en los años treinta perfeccionó la técnica hasta convertirla en lo que hoy conocemos como lobotomía: un golpe de picahielo hacia el cerebro por la vía donde salen las lágrimas. En su obituario del New York Times, se dice que Freeman explicaba a la prensa que su operación separaba el ‘cerebro emocional’ del ‘cerebro pensante’, que se encontraba en los lóbulos frontales. Durante décadas, Freeman recorrería Estados Unidos en el ‘lobotomóvil’, una camioneta en la que operó a casi tres mil quinientos pacientes metiéndoles una especie de picahielos junto al ojo mientras les pedía que recitaran una oración conocida. Freeman anunciaba una cura milagrosa para todos los males: tanto el tonto como el loco podían cambiar. Operaba a cualquiera. Alcohólicos, maleducados o gente a quien sus parientes tachaban de raros también pasaron por sus manos. El golpe de su picahielos mató a unas quinientas personas. Hace un tiempo, en México, un equipo de cirujanos operó de la cabeza a doce pacientes agresivos. Todos exhibían comportamientos peligrosos contra su vida o contra la de los demás. Los médicos dañaron distintas partes del cerebro con una radiofrecuencia. Los resultados fueron muy positivos: cuatro de ellos volvieron a integrarse a un trabajo o a la escuela, y en ningún caso hubo sangrados ni convulsiones. La sorpresa no fue el éxito de la cirugía: fue el atrevimiento.

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December 03, 2013

115

Un texto de

LA CUENTA,
POR FAVOR

¿Por qué dar propina se ha vuelto
un impuesto culposo y social?

Una diatriba de Diego Fonseca
Ilustraciones de Omar Xiancas

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Ilustración de Omar Xiancas

La propina causa una suma de problemas, ninguno de aritmética. Cuando llega la cuenta en el restaurante, mis ojos se deslizan al final, donde la gerencia tiene la atrevida idea de sugerir una propina que es casi siempre una imposición y una condena, y rara vez una elección libre: pague el diez, el quince, el diecisiete o el veinte por ciento, insinúa el papel, y ayude a estos asalariados que dependen del favor social para alimentar a sus hijos. Comprendo el valor estimulante del pago extra —alguien se esmerará por esas monedas en la charola— y su lado compasivo —la culpa de no ayudar a quien lo precisa—, pero, por sobre todo, me atosiga la abusiva convención que ha convertido un gesto de gratitud en un mecanismo de presión que promete bochorno social a quien la niega.

En los bares y restaurantes de Washington, donde vivo, abundan los carteles que claman —como si se tratase de una recaudación solidaria— Se aceptan propinas, Las propinas no están incluidas o Deje propina: no sea un bastardo egoísta. Y yo suelo dejar entre un quince y veinte por ciento de la cuenta, lo que puede confortar a quien la recibe pero no a mí, en especial cuando el acto se ha transformado en un impuesto social ubicuo. Hoy se la llevan al bolsillo meseros, peluqueros, jardineros, botones, recepcionistas y conserjes de hotel, camareros, croupiers de casino, repartidores, porteros, caddies de golf, conductores de limusinas, maîtres, masajistas, aparcacoches, porteros, músicos de restaurantes, limpiabotas, taxistas, guías turísticos, mi manicurista. En Estados Unidos, donde la práctica de la propina es tan universal como un saludo, das por descontado que al final de la cuenta debes sacar de la billetera hasta un veinte por ciento extra. Es más razonable invitar al mesero a cenar que convertirse en su coempleador para completarle el salario.

Soy un abolicionista del pago gratuito. Cuando no es por ética, mi resistencia es contra su clasismo rampante, su falsa filantropía. Es revelador que la génesis de la propina sea el miedo de los ricos a los miserables. Ofer H. Azar, un economista que ha investigado su origen e importancia, dice que la propina nació durante la Edad Media cuando los nobles que viajaban entre pueblos comenzaron a dar dinero a las turbas de pedigüeños desdentados a cambio de que no los ataquen. Azar sugiere también que es posible que la propina por un servicio haya comenzado en aquellos tiempos como un modo de ostentación de los más ricos. Atractiva teoría del poder, la evolución de la dádiva pasó del miedo al sometimiento de los pobres a monedazos.

No deja de ser curioso que la propina se entregue aún hoy de dos modos principales: abiertamente, con el desprejuicio de exhibicionistas y desinteresados, o en un pase de manos entre el mesero y el pagador, como si se tratara de un arreglo ilegítimo. En La guía completa de propinas y gratificaciones, Sharon L. Fullen cuenta que en la Inglaterra del siglo XVIII las cafeterías montaban sobre unos cuencos un cartel con la inscripción To insure promptitude, con lo que invitaban a los clientes a dejar dinero para ser atendidos antes que el siguiente en la fila. La inscripción —dice esa versión de los orígenes de la palabra— devino en el acrónimo tip, la denominación inglesa para propina. Pero otros recuerdan que, antes de eso, en los círculos criminales tip implicaba el intercambio de apuestas arregladas o transacciones ilegales de dinero. «¿Esa sensación de sentirse robado teniendo que dar propina por un mal servicio?», se pregunta el escritor Foster Kamer en La muerte de la propina. «Ahora lo saben: la palabra viene de los criminales». Ahora, parece, el crimen es no darla.

Es de una deliciosa picardía la idea de asumir la propina como un soborno consentido, un pequeño delito socialmente digerible. Magnus Thor Torfason, un profesor de Harvard Business School, estudió en 2012 las correlaciones entre corrupción y propinas en una treintena de países, y concluyó que las naciones donde el pago extra es más frecuente tienden a ser más corruptas. Según Torfason, la propina funciona como el soborno que pagan los mafiosos, una inversión a largo plazo que asegura beneficios.

El viejo Marx se tiraría con ganas la cabellera de león: ya no es que el mesero, la manicurista y el maletero trabajen por poco sino que lo hacen por casi nada. En Estados Unidos, el patrón no otorga al mesero seguro de salud ni ahorros para el retiro, sus vacaciones no son pagadas, y el despido puede ser inmediato y sin un centavo de indemnización. El salario va camino a ser sustituido por una tasa de la bondad pública. Bolcheviques de la cuenta justa: ¿dónde quedó aquello de que el precio objetivaba el esfuerzo de los que no tienen otro capital que su trabajo? Es una frase para hacer banderas: el crimen no paga, levantar platos sucios doce horas al día tampoco.

Me resisto a la propina por romántico, no por tacañería. En Japón y China, dos sociedades con larga tradición de la honra y del decoro, todavía se considera vergonzoso recibir un pago extra por hacer bien el trabajo, y, tal vez por su aislamiento del mundo, piensan lo mismo en Australia y Nueva Zelanda. En los países nórdicos, la consideran una forma de servilismo y en Rusia se espera de los visitantes pero no del vecino. El periodista Michael Malice contó que los guías turísticos tienen mejor calidad de vida que muchos en Corea del Norte por las propinas que les dejan a escondidas los atribulados extranjeros. Debe ser de los pocos casos en que la propina, esa penosa caridad, supera la misericordia y se convierte en altruismo respetable.

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EL PETISO
OREJUDO:
EL NIÑO
QUE MATABA
NIÑOS

En los primeros años del siglo XX, Cayetano Santos Godino
encarnó los miedos de la próspera sociedad argentina.
Nadie quería creer que este muchacho chaparro y orejón
era un asesino en serie de otros niños. Hoy, cuando
adolescentes violentos aparecen a diario en los noticieros,
el debate sobre la inocencia de los niños continúa.
¿Puede asegurar que su hijo no es un asesino?

Una crónica de Javier Sinay
Fotografías del Museo de la Policía Federal Argentina

Fotografías del Museo de la Policía Federal Argentina

Un hombre entró en una comisaría de Buenos Aires para entregar a su hijo a la policía. Estaba cansado de Cayetano Santos Godino, el más endiablado entre su prole, que tenía nueve años y unas cicatrices que decoraban su cráneo. Las palizas del padre ya no servían de nada. Ese día, antes de ir a la comisaría, el padre se había percatado de que el zapato que se quería poner le quedaba chico. Siempre lo usaba, pero de repente ya no le entraba. Había algo ahí adentro. Era un pajarito muerto. Después encontró el resto: una caja debajo de la cama, llena de pajaritos muertos. Decidió llevar a su hijo a la policía.  Allí el comisario de investigaciones anotó que el niño era «absolutamente rebelde a la represión paternal, resultando que molesta a todos los vecinos, arrojándoles cascotes o injuriándolos». Y aceptó dejarlo guardado por un tiempo. Lo que el padre no sabía era que su hijo ya había cometido su primer asesinato. Había sido en el silencio de una tarde invernal de 1906, siete días antes de ser remitido a la comisaría.
Su víctima no había sido un pajarito.
Había matado a una niña de dos años.
La había raptado de la puerta de un almacén y, después de fallar con el estrangulamiento, la había enterrado viva en un baldío.
Era la época en que Argentina, que estaba por convertirse en una de las diez naciones más prósperas del mundo, recibía a miles de inmigrantes cada día. Fiore Godino había llegado desde Italia y trabajaba encendiendo con queroseno el alumbrado público de la ciudad de Buenos Aires. Encender faroles era como un consuelo para alguien como él, un alcohólico y sifilítico que había engendrado nueve hijos, y de ellos perdido a dos, cuidado a uno con epilepsia y dejado a otra en manos de una tía. Ese mismo hombre entregó a la policía a quien sería el más célebre de sus hijos.
Algunos peritos de la época, convencidos de la teoría criminológica de moda, creían que la maldad del Petiso Orejudo residía en sus orejas.
A principios del siglo XX, entendidos bajo la luz de las hipótesis positivistas del médico italiano Cesare Lombroso, los criminales se distinguían por su físico: cráneos y quijadas enormes eran atavismos que nos acercaban al hombre de Neanderthal, una suerte de identikit delincuencial.
El resto del cuerpo del chico tampoco lo favorecía.
Siete años después de su primer asesinato, los doctores Alejandro Negri y Amador Lucero lo describían así:
La flexibilidad simiana de las manos, cuyos dedos se doblegan hacia el dorso; la viciosa implantación, el tamaño y las malformaciones de las orejas que con su talla le han valido los exactos apodos de ‘petiso’ y ‘orejudo’; la excavación del paladar y la simetría no muy notable del cráneo y de la cara responden a defectos originarios de desenvolvimiento físico que en los alienados tienen el significado clínico de ser estigmas de la degeneración hereditaria.
Flaco ya era.
Durante sus primeros años había padecido una enteritis que lo había llevado a consumirse.
Pero estaba ocurriendo algo más.
Cayetano Santos Godino estaba perdiendo su nombre.
Se estaba convirtiendo en el Petiso Orejudo.
O en «el delincuente con el que soñaba la criminología argentina», como dice el escritor Osvaldo Aguirre en su libro ENEMIGOS PÚBLICOS.
Cuando su padre lo entregó a la policía, lo enviaron a la Alcaldía Segunda División, un calabozo benevolente.
Allí pasaría dos meses añorando los vasos de leche de su madre, las copitas de ginebra de su hermano y los cigarrillos que encontraba en la calle.
Estaba contento de estar lejos de los golpes de su padre y de los de sus hermanos mayores.
Contento de estar lejos de las clases de las cinco escuelas que había abandonado.
Hoy la denuncia del padre en la comisaría del barrio de San Cristóbal, en el centro sur de la capital, se conserva en un expediente que cien años después es una de las piezas más buscadas por estudiantes y profesores en el Archivo General de los Tribunales de Buenos Aires. «Cesare Lombroso murió antes que Godino, pero si lo hubiera conocido se lo habría llevado a Italia: ese chico corroboraba todas sus teorías», dijo Carlos Elbert, un ex juez y autor de libros de criminología en un coloquio que en el siglo XXI rememoró los asesinatos del Petiso Orejudo.
Lo que llevó a ese juez y a psiquiatras, historiadores, policías y urbanistas a discutir la historia del niño asesino fue su precoz carrera de delitos. Había sido breve pero intensa: luego de cometer su primer asesinato a los nueve años, en menos de una década el Petiso Orejudo se dedicó a prender fuego a corralones y depósitos, a matar a tres niños más y a intentar asesinar a por lo menos otros siete. Cuando al fin lo capturaron, aquel niño que mataba niños resultaba tan perturbador que la justicia de la época lo mandó de por vida al fin del mundo: la prisión de Ushuaia en la Tierra del Fuego. Hoy una estatua del Petiso Orejudo es la mayor atracción turística en esa cárcel que ahora es un museo. Los turistas saben que ese monumento no es un habitante del pasado. El Petiso Orejudo nos sigue obsesionando porque todavía no sabemos qué hacer con los niños como él.

II

Queremos pensar que la maldad es sólo aprendida y que la justicia es un asunto de adultos. La psicología tradicional aseguraba que los niños son criaturas amorales y que la sociedad (padres, escuela) tenían la tarea de civilizarlos. Pero los estudios más recientes sugieren que, además de cultural, la moralidad tiene también un origen biológico. Incapaces de pensar que los niños pueden ser malos —simplemente malos—, les hemos asignado una plenitud de derechos sin detenernos a pensar en sus obligaciones. Hasta que actúan como adultos.
Jon Venables y Robert Thompson tenían diez años en 1993 cuando secuestraron a un bebé de dos años. Lo tomaron de la mano en un shopping de Liverpool, lo torturaron y lo mataron en un descampado. Venables y Thompson eran dos niños regordetes, graciosos. No daban con el tipo de niño-asesino. Pero una vez capturados, se convirtieron en las personas más jóvenes en ser condenadas a prisión por un homicidio en el siglo XX en el Reino Unido. Un cuarto de siglo antes, y también en Inglaterra, Mary Bell, de diez años, estranguló en una casa abandonada a un niño de cuatro años. Cuando admitió haber cometido el crimen, la policía no le creyó: parecía un ángel de grandes ojos verdes y mirada inofensiva. Cuando los investigadores se convencieron, ella y una amiga ya habían estrangulado a otro niño de tres años y lo mutilaron con una tijera cortándole cabellos, piernas y pene. Treinta años después, en Florida un jovencito de catorce años llamado Joshua Earl Patrick Phillips se unió a cientos de sus vecinos en la búsqueda de una niña del barrio. Sólo Phillips sabía que el cuerpo de la chica yacía bajo su propia cama con once puñaladas. Siete días después, el olor que emanaba el cadáver lo delató. A principios de este siglo, Natsumi Tsuji, una chica de once años aficionada al básquet y al animé, y que tenía un elevado coeficiente intelectual de ciento cuarenta puntos, mató a su amiga Satomi Mitarai en un colegio de Nagasaki. En un aula vacía le vendó los ojos y le pasó un cúter por el cuello. Después volvió a clase con el uniforme salpicado de sangre. En Argentina, en una escuela de la minúscula ciudad de Carmen de Patagones, en el inicio de la Patagonia, ‘Junior’, un chico con reputación de buen estudiante, fan de Marilyn Manson y de los libros de historia de la Segunda Guerra Mundial, fue a clase con el arma de su padre y, antes del inicio de la primera hora, se paró frente al pizarrón y la descargó sobre sus compañeros. Mató a tres e hirió a cinco. Como ellos, cualquier niño pacífico puede ser un enigma.
Un siglo después seguimos buscando en el Petiso Orejudo una pista para comprender el horror y la fascinación que nos produce la maldad infantil. En la época en que Cayetano Santos Godino cometió sus crímenes, nadie usaba el vocabulario que hoy es normal tanto en sanatorios como en colegios: depresión, ansiedad, ataque de pánico, trastorno de déficit de atención e hiperactividad, trastorno obsesivo-compulsivo, desorden sensorial de integración, trastorno asocial de la personalidad. El bullying no era una epidemia juvenil. Tampoco existían el gangsta rap que dedica canciones a las armas ni los videojuegos que crean un marco de virtual masacre al alcance de la mano —o del dedo—. O esa estrella de rock a la que los políticos conservadores insisten en adjudicarle la responsabilidad de los tiroteos en los colegios: Marilyn Manson.
En la Argentina reciente, un niño de trece años con dos dientes de conejo en la sonrisa mató a cuatro personas. Fue en diciembre de 2011 y lo hizo como lo hacen los que deben economizar recursos o los que, como él, no tienen la edad suficiente para comprar un arma de fuego: a puñaladas. En una casa sencilla de la provincia de Mendoza, al pie de la Cordillera de los Andes, acuchilló a un amigo de diez años, a la madre de este y a los abuelos. El chico de los dientes de conejo se presentó como único testigo de una masacre cometida por un inexistente hombre de negro. Después aseguró que su amigo había atacado a toda la familia y que él lo había tenido que matar en defensa propia, pero su ADN, regado por toda la casa, confirmó que su mano era la única que había manipulado el cuchillo. El móvil nunca quedó del todo claro pero se dijo que el de trece años había querido violar al de diez: el rumor de una mancha de semen en la ropa de aquel y la visita a sitios de pornografía en internet abonaron esta hipótesis. Acaso fue la madre del más pequeño quien lo descubrió en pleno abuso. Acaso ese encuentro desató la ira del adolescente. Como sea, el cuádruple crimen pasó al olvido pronto: en un crimen con muchos ‘acaso’, los argentinos guardaron silencio con inédito pudor ante este caso que dejaba entrever muerte, sexo, crueldad y violencia. Todo a cuenta de un chiquillo.
Un mes después de las puñaladas, el fiscal de Justicia de menores comunicó al chico de los dientes de conejo que era considerado como el único autor de la masacre. Pero por su edad no podía ser acusado formalmente. Quedó en manos del Estado: fue enviado a una dependencia para recibir tratamiento psicológico.
Él, Junior y el Petiso Orejudo comparten algo: nadie sabe qué hacer con niños como ellos.

Puede leer la historia completa en Etiqueta Negra 114


October 24, 2013

Javier Sinay

Un texto de

SE BUSCA
[MUERTO]
AL JUEZ
ODILON DE OLIVEIRA
RECOMPENSA USD 2’500,000

En Brasil un juez guarda una gruesa carpeta que contiene
los numerosos planes de los mafiosos que quieren matarlo.
Desde hace unos quince años no puede estar solo: lo cuida
un escuadrón de guardaespaldas y lleva un chaleco antibalas.
Es el precio de juzgar a narcotraficantes en la frontera con
Bolivia y Paraguay. Y volverá a estar solo cuando se jubile.
¿Por qué a los jueces sólo los recuerdan sus acusados?

Un perfil de Alejandra Sánchez Inzunza
Ilustraciones de Omar Xiancas

Xiancas
Ilustración de Omar Xiancas

Odilon de Oliveira, el juez más amenazado de Brasil, no tiene un solo rasguño pero guarda en su armario una carpeta llena de planes para matarlo. Es una carpeta negra del grueso de una guía telefónica a la que cada semana le agrega un nuevo recorte: emails anónimos, trozos de periódicos e informes de sus escoltas y de la policía que le advierten de posibles atentados. Ahí se encuentran todos los intentos para asesinarlo: cuando dispararon contra su casa y los hoteles donde se hospedó, las tentativas de envenenamiento, cuando estuvo en la mira de un francotirador, el día que un hombre entró al gimnasio donde corría para cortarle la garganta, o la vez que tuvo que rescatarlo un helicóptero. Administrar justicia es un oficio de alto riesgo. Giovanni Falcone, el juez italiano célebre por su lucha contra la Cosa Nostra, fue asesinado con su mujer y tres guardaespaldas en una explosión de media tonelada de dinamita que sacudió la carretera a Palermo. Paolo Borsellino, otro juez antimafia, acababa de almorzar en un restaurante con su familia cuando estalló a su lado un Fiat 126. Rocco Chinnici, jefe de ambos, también murió por la explosión de un coche bomba. Rodrigo Lara Bonilla, ministro de Justicia de Colombia, uno de los mayores enemigos del cártel de Medellín, fue baleado en su coche por un sicario en motocicleta. A Tulio Manuel Castro, un juez colombiano que llamó a juicio a Pablo Escobar por un asesinato, lo acribillaron cuando tomaba un taxi para ir al entierro de un tío. Robert Smith Vance murió al abrir un paquete bomba enviado por un hombre al que había condenado. Al magistrado español José María Lidón un miembro de ETA lo mató frente a su mujer y su hijo. La jueza hondureña Mireya Mendoza estrelló su coche contra un semáforo cuando dos criminales que investigaba le dispararon por la ventanilla. A Alexandre Martins, un juez brasileño que investigaba a un grupo de asesinos a sueldo, lo mataron al llegar al gimnasio el día que dio libre a su guardaespaldas. A Patricia Acioli, una jueza de Río de Janeiro que investigaba los nexos entre la policía y el crimen organizado, le dispararon más de veinte veces mientras intentaba abrir la puerta de su garaje. La Asociación de Magistrados de Brasil dice que al menos cuatrocientos jueces están o se sienten amenazados. Todos pertenecen a la rara estirpe de magistrados que están dispuestos a arriesgar la vida para hacer valer la ley. Los más buscados entre los criminales. Los que sacrifican su libertad. Los que siempre están bajo la mira de un asesino. El juez Odilon de Oliveira lleva chaleco antibalas cuando llega a las diez de la mañana con cinco guardaespaldas a su despacho de Campo Grande, una apacible ciudad de Matto Grosso do Sul, y se acomoda debajo de un crucifijo a trabajar. Por esta zona entra gran parte de la droga proveniente de Paraguay —el segundo productor mundial de marihuana— y Bolivia —el tercero de cocaína—. En Ponta Porá, a tres horas de Campo Grande, viven los grandes capos de la droga de la frontera brasileña. Ser juez penal aquí es uno de los más peligrosos trabajos de escritorio.

En Brasil los jueces más populares se enfrentan contra el poder gobernante. A Joaquim Barbosa, el primer juez negro de la Suprema Corte de Justicia, la gente lo detiene en la calle para agradecerle por acusar de corrupción a una treintena de ministros y funcionarios del partido del expresidente Lula da Silva, y la máscara más vendida del último carnaval de Río llevaba su rostro.

Fuera de Matto Grosso do Sul, un estado en el centrooeste del país, pocos han escuchado hablar del juez más amenazado de Brasil. Y no se venden máscaras festivas de él. Pero algunos de los hombres más peligrosos del país lo conocen de sobra. A Irineu Soligo, ‘Pingo’, uno de los traficantes más buscados del país, Odilon de Oliveira lo condenó por homicidio, tráfico de armas, drogas y formación de un grupo criminal. Nilton Cesar Antunes, ‘O Cezinha’, un jefe del Primer Comando Capital (PCC), ha intentado matar al juez dos veces después de que lo condenara a veintiocho años. Aldo Brandao, ‘Alvejado’, otro narcotraficante del PCC, preparó un plan para matarlo un Día de la Madre. El juez le había dado treinta años de prisión. La Policía Federal descubrió que ‘Alvejado’ había contratado a decenas de sicarios y a una avioneta para vigilarlo. En un solo año Odilon de Oliveira mandó a doscientos traficantes a la cárcel. Las condenas de todos juntos suman diez siglos de encierro.

Odilon de Oliveira tiene un nombre de pila que sugiere una altura mayor a su metro sesenta de estatura. A primera vista parece un tipo duro y desconfiado, excepto cuando mira su colección de amenazas y da la impresión de ser un niño miope y sesentón que se ajusta los lentes para leer un cómic de superhéroes. Sus admiradores le recuerdan cada cierto tiempo que es «el más valiente» por dirigir el único juzgado nacional que persigue delitos financieros y lavado de dinero en un estado del tamaño de Alemania. Ser odiado y amenazado, según él, significa que está haciendo bien su trabajo. Hay quienes coleccionan facturas, cartas o revistas. En un armario bajo llave frente al escritorio de su despacho, Odilon de Oliveira guarda junto a su toga, las fotos de sus padres y el chaleco antibalas, esa carpeta negra con recortes de periódico que anuncian que en la frontera con Paraguay y Bolivia ofrecen dos millones y medio de dólares por su cabeza. La frontera es una especie de Viejo Oeste, una zona árida, porosa y violenta, rodeada de autopistas clandestinas en las que aterrizan avionetas cargadas de droga. Casi no hay controles policiales. Los ajustes de cuentas son comunes en un paisaje de cuerpos decapitados, brazos cortados y hombres quemados vivos. Cuatro periodistas han muerto en menos de un año y medio. Cándido Figueredo, un periodista paraguayo especializado en narcotráfico, tiene la mitad de escoltas que el juez y su casa es un búnker. Los principales enemigos de Odilon de Oliveira —como el ‘Rey de la Frontera’, Fahd Yamil, o la familia Morel, que controlaba la droga que entraba desde Paraguay— viven en Ponta Porá. Odilon de Oliveira no sólo desarticuló en la frontera una parte del Comando Vermelho, el grupo que comandaba Fernandinho Beira Mar, el capo de la droga más famoso del Brasil: también encontró grabaciones en las que ese narcotraficante reía mientras ordenaba a su gente que cortara las orejas, los pies y los genitales a un joven que se había involucrado con una exnovia suya. En otras Beira Mar decía por teléfono a un mafioso: «El juez tiene el tiempo corto. No puedo esperar para matarlo». Como en todas partes, Odilon de Oliveira no puede estar solo allí, donde es más fácil morir que ser héroe. Cuando el juez viaja a esta zona, la Policía Federal interrumpe las comunicaciones, cierra las calles y no permite que nadie se acerque. Hace unos años dispararon al puesto militar en el que el juez de Oliveira dormía junto con cincuenta hombres armados. Dice con jactancia que él no se despertó.


[II]


Cuando tiene pesadillas, el juez Odilon de Oliveira siempre está solo. Unos días antes del Día del Trabajo de 2013 soñó que estaba sin seguridad en una ciudad muy pequeña y que unos hombres armados lo perseguían. Él se escondía en un camión de basura para evadirlos. Su aislamiento le ha permitido reflexionar sobre sus sueños. Aunque esté rodeado de personas, se ha acostumbrado a su soledad. Los justos también viven en cautiverio. Desde hace casi quince años, Odilon de Oliveira nunca puede estar solo. Hoy vive vigilado día y noche por nueve agentes federales que se dedican sólo a cuidarlo. Al menos cuatro de ellos están siempre a su lado. Su esposa, Maria Divina de Oliveira, una mujer más alta que él, de voz grave y que quiere bajar cinco kilos, recuerda la vez que estuvo sola en un concurso de baile esperando a que llegara su marido. Vestía un colorido traje típico sin escote y miraba hacia la puerta cuando supo que De Oliveira, por instrucción de sus guardaespaldas, jamás llegaría. La mujer del juez se quedó sin pareja. «Me he acostumbrado a hacer una vida sola», dijo cuando preparaba pan casero para un asado con su familia y los guardaespaldas de su esposo el feriado del uno de mayo. Durante la parrillada a la que me invitó en su casa, el juez apartó un par de sillas para hablar lejos de su familia. Lo rodeaban sus nietos, un bebé de dos meses y un niño de seis años que tocaba un acordeón. Tampoco sus hijos entran en ese mundo blindado. Su casa, una residencia con piscina y sótano donde habitan nueve personas, se ha convertido en una prisión en la que también duermen los responsables de mantenerlo vivo, que son unos extraños para él. El juez no sabe si tienen hijos o si alguien los espera en casa. Durante el asado, dos de sus guardaespaldas dejaron las armas sobre la mesa: bromeaban y bebían cerveza. A pesar de que el juez se olvida de sus nombres, forman parte de su rutina doméstica. Se turnan de dos en dos para dormir en el sótano de la casa. A la hora de comer, mientras todos se sentaban a la mesa a conversar de fútbol, el juez comía solo y de pie. Como un invitado en su propia casa. Claudia Bittencourt, quien desde hace veinte años es su secretaria, dice que en el juzgado su jefe también almuerza solo en la sala de audiencias junto a su despacho y que jamás visita el comedor. En su casa, durante la parrillada, su hijo y su cuñado reían a carcajadas cuando decían que el juez es hincha del Corinthians, el equipo que suelen seguir los miembros del Primer Comando Capital, la mayor banda criminal en la frontera. Después de comer, los hombres y las mujeres presentes tomaron café por separado. Odilon de Oliveira no entró en ninguno de los grupos. Se paseó por su biblioteca de tratados de derecho y novelas criminales, como GOMORRA, cuyos pasajes sobre lavado de dinero ha subrayado a lápiz. Durante algún tiempo Odilon de Oliveira escribió emails a Roberto Saviano para expresarle su admiración y contarle que él también vivía apresado. Jamás obtuvo respuesta. «Nunca ha sido de muchas palabras, pero desde que tiene seguridad cada vez se aísla más», me dijo su hijo mayor, el encargado de poner la carne en la parrilla, un abogado que vive en la misma casa con su mujer y sus dos hijos. Cuando el juez no está allí, su familia vive sin seguridad. «Los bandidos tienen ética. Nunca se meten con la familia —explica Odilon de Oliveira—. Las mujeres y los hijos son sagrados». El juez habla poco. Sus temas son siempre las drogas y los criminales. Cada vez que puede insiste en que no les teme. Antes de tener guardaespaldas y después de la muerte de su padre, el juez tenía miedo a los fantasmas. Temía que su espíritu se le apareciera por la noche.

Despertaba a su mujer si tenía sed o ganas de ir al baño. Estuvo tres años y medio en terapia, pero aún no le gusta hablar de eso. Sin embargo, Odilon de Oliveira insiste en haber enterrado sus miedos y quiere parecer invulnerable, aunque a veces su inconsciente lo traicione. En una de sus pesadillas, unos criminales lo matan a tiros y él ve cómo meten su cadáver en el féretro. Lleva un traje azul marino. Su familia no está. Nadie lo llora. Todo está muy oscuro. «En la vida real no me siento así —aclara con prisas—. Sólo en los sueños». El juez también está solo en los buenos sueños: a veces trepa un muro de su casa y escapa de sus escoltas.

Aunque sea onírica, la paranoia de Odilon de Oliveira tiene fundamentos. Desde afuera Brasil es visto como el país de la alegría, donde la gente baila samba, toma el sol en playas y juega al fútbol las veinticuatro horas. Pero en la lista de los países que no están en guerra, es el sétimo país más peligroso del mundo. Cada quince minutos una persona es asesinada en Brasil. Campo Grande, donde vive el juez De Oliveira, es una ciudad provinciana en la que sus habitantes toman tereré —especie de mate frío—, se divierten en los karaokes y sufren un calor extremo casi todo el año. En un país en el que se resuelve sólo uno de cada diez asesinatos, Odilon de Oliveira es el héroe de un estado remoto. Pero la mayoría de personas ignora a cuántos delincuentes ha metido a la cárcel ni por cuánto tiempo. Es un héroe porque lo ven rodeado de guardaespaldas. Es un héroe porque otros quieren matarlo y sigue vivo.


[III]


A Odilon de Oliveira la policía le prohibió ir a clases de baile, trotar al aire libre y visitar la peluquería. El juez contrató a un profesor de danza tradicional para seguir bailando en casa con su esposa. Pidió un manicurista a domicilio porque no soporta tener las uñas sucias. Y todos los días va al gimnasio, obsesionado con mantenerse fuerte. El Día del Trabajo de 2013 fue excepcional para el juez: era una de las dos veces al año en que le dan permiso de correr ‘al aire libre’, es decir, encerrado en una pista de doscientos metros de concreto en la sede de la Policía Federal de Campo Grande. Había nueve guardaespaldas armados que lo veían ejercitarse y paseaban a su alrededor. Esa mañana De Oliveira iba a correr con Joao Bittencourt, su mejor amigo, un hombre esquelético, funcionario del Ministerio del Trabajo y esposo de la secretaria del juez. El magistrado vestía una camiseta blanca sin mangas y unos pantalones cortos azules. Antes corría media maratón cada semana hasta que los responsables de su seguridad se lo prohibieron por temor a los francotiradores. Desde entonces Odilon de Oliveira hace pesas y corre en la cinta. Su fisioterapeuta le había advertido que no lo hiciera en superficies de concreto por una lesión que desde hace diez años tiene en la rodilla izquierda. Pero a Odilon de Oliveira no le importa. Apenas llegó a la sede de la Policía Federal se estiró un par de minutos, pidió a uno de sus guardaespaldas que le cronometrara el tiempo y empezó a correr. El juez lucía feliz y relajado. Pero, incluso cuando trotaba, no abandonaba su obsesión por el crimen: comentaba con su amigo de la producción de coca en el Perú y de cómo Sendero Luminoso se había entrometido en mover la droga. Después de cuarenta y cinco minutos, y de correr unos ocho kilómetros y medio, uno de sus guardaespaldas le hizo una señal al juez. Era el momento de detenerse. Decepcionado, De Oliveira abrió los brazos y resopló. Su alegría había durado treinta y siete vueltas.

Después de correr en la sede de la Policía Federal, Odilon de Oliveira se duchó y regresó a su casa rodeado de rifles. Como un condenado, los justos también pierden la libertad. Se olvidan para siempre de correr al aire libre o de ir al cine. Improvisar es casi imposible. La mafia ni perdona ni olvida. Los criminales pueden pasar años estudiando el momento clave para atacar. Para un enemigo de los mafiosos, cada día comienza y acaba entre choferes armados y desconocidos que conducen por ellos y miran con desconfianza por el espejo retrovisor. Tener una escolta es vivir bajo un reflector que te protege y a la vez te exhibe, y también produce sombras que casi nunca te dejan solo. El juez español Baltasar Garzón solía poner música a todo volumen para hablar con su mujer en privado y evitar que lo escucharan sus guardaespaldas. Roberto Saviano, el autor de Gomorra, no tiene domicilio fijo, viaja en autos distintos y vive con más de una decena de carabineros para evitar que la Camorra lo asesine. Jesús Blancornelas, director del semanario mexicano Zeta, vivió más de una década rodeado de militares hasta que un cáncer lo mató. En estos casos, la reclusión es un seguro para conservar la vida, aunque el encierro tampoco garantice sobrevivir. Todos los jueces asesinados eran prudentes, sabían que podían morir y se tomaban en serio su seguridad. Sólo hay dos formas de matar a un juez que vive detrás de vidrios blindados y con un grupo de hombres que protegen sus espaldas: con la espectacularidad de una escena cinematográfica o la ayuda de un traidor. Al juez italiano Giovanni Falcone lo mató una explosión que los sismógrafos registraron como un terremoto. Tampoco hay muchas formas de proteger a un juez. Para cuidar a los jueces amenazados, Brasil decidió que los casos de crimen organizado sean juzgados por tres magistrados en lugar de uno solo. México modificó los horarios de trabajo de los jueces en las zonas más peligrosas del país. Durante los años noventa, Colombia y el Perú crearon la figura de los ‘jueces sin rostro’. Viajaban en coches blindados, distorsionaban sus voces durante los juicios, y las audiencias sucedían bajo máximas condiciones de seguridad. En Honduras, al sentirse desprotegidos, los jueces amenazaron con renunciar a sus trabajos y convocaron a una huelga nacional. Al ver la suerte de otros jueces, Odilon de Oliveira ha tomado sus propias precauciones. El juez ha depositado su confianza en la carpeta que guarda junto a las fotografías de sus padres. Si se quedara sin protección y lo mataran, Odilon de Oliveira sabe que podrían inventarse cuentos de él. Cuando asesinaron a Patricia Acioli, la judicatura brasileña argumentó que ella no quería tener escoltas y que, en ese momento, ya no existían amenazas en contra de ella. La carpeta negra que guarda el juez pesa unos cuatro kilos. Esa colección de amenazas, anónimos y recortes de periódicos no es el capricho de un excéntrico. Es su seguro contra la difamación.

Pero el juez sabe que a veces el enemigo duerme en casa. Su escolta le da cierta tranquilidad porque la Policía Federal es la más respetada de los cuerpos de seguridad brasileños. «Los bandidos les tienen miedo», dice De Oliveira. Sin embargo a veces también hay que temer a algunos policías. Dos escoltas de la Policía Militar intentaron matar a Fabiola Mendez de Moura, una joven jueza de Pernambuco amenazada por investigar un caso de diecinueve policías que pertenecían a un grupo de exterminio, y su marido tuvo que convertirse en su guardaespaldas. Alexandre Martins, el juez más célebre de Espíritu Santo, fue asesinado por investigar a su propio jefe, quien liberaba a criminales de varias pandillas. Según el presidente de la Asociación de Magistrados de Brasil, hace quince años era impensable matar a un magistrado, pero el descontrol de las prisiones brasileñas —en las que hoy se podría encontrar la población entera de Washington D.C.— permitió que las bandas criminales se organizaran tras las rejas y planearan asesinar a los jueces que los habían condenado. Así mataron a la jueza Acioli y al juez Martins. Fue en las cárceles donde nacieron el Comando Vermelho y el Primer Comando Capital. El propio ministro de Justicia de Brasil dijo que preferiría morir antes de pasar varios años en un presidio brasileño. Odilon de Oliveira descubrió que el capo Fernandinho Beira Mar daba órdenes desde una prisión federal a las mafias en Río de Janeiro a través de cartas que escondía en bolígrafos y que su abogado entregaba a sus capitanes. Un setenta por ciento de los presos liberados vuelve al crimen. Muchos de ellos no pueden olvidar al juez que los condenó.

La admiración que Odilon de Oliveira provoca tiene algo que ver con el odio que inspira en otros. Según la lista de sospechosos de la Policía Federal, unas sesenta y siete personas podrían estar tramando su muerte en estos momentos. Cada vez que cierra un caso, el juez gana un enemigo. Entre los montones de expedientes que saturan su oficina, De Oliveira sólo recuerda algunos de los nombres de las personas cuyo destino decidió, pero sus sentenciados se acuerdan bien de él. Según el secretario de Seguridad Pública de Matto Grosso do Sul, Wantuir Jacini, uno tenía la foto del juez en su celda y todos los días juraba ante la imagen que lo mataría. En el derecho anglosajón, los jueces son electos por los ciudadanos, y los veredictos están a cargo de un jurado que decide por unanimidad. Pero, en América Latina, el futuro de una persona está en manos de un solo hombre. Odilon de Oliveira ha desarticulado batallones de grandes organizaciones criminales y les ha pegado donde más les duele. Ha confiscado a las mafias avionetas, coches, ganado y dinero suficientes para financiar el estadio Mané Garrincha de Brasilia, el más costoso del país. En uno de los emails anónimos que le mandan, el remitente le advierte que faltan sólo seis años para que se jubile. Será en febrero de 2019, cuando cumpla setenta años y, por ley, tenga que retirarse de su puesto en el juzgado y pierda sus guardaespaldas. «Ese día —advierte el anónimo— los hijos de aquellos que cometieron un error semejante a robar una gallina y fueron sentenciados por ese loco desgraciado encontrarán una buena oportunidad de venganza». El juez recuerda sus casos por los números, como el de catorce traficantes y siete avionetas en el que ha trabajado en los últimos meses. Casi nunca se queda con los nombres de los delincuentes. Sus condenados, sin embargo, nunca olvidarán el nombre de Odilon de Oliveira. El juez no da detalles a su familia de las amenazas que le siguen llegando. No les cuenta cada vez que tiene que salir en un helicóptero o si recibe una llamada que le pregunta de qué color quiere su féretro. Insiste en que no tiene miedo de morir, pero en su escritorio hay unos papelitos de colores con citas bíblicas que le regaló su hija —una jueza civil en Sao Paulo que se dedica sobre todo a casos de divorcio— y que él utiliza como separadores de las páginas de los expedientes: «¡Líbrame, oh, Jehová, del hombre malo!». «¡Líbrame de gente impía y del hombre engañoso e inicuo!». «Si el justo con dificultad se salva, ¿dónde aparecerán el impío y el pecador?». Odilon de Oliveira reza mientras sentencia.
Si la Justicia es una mujer que sostiene una espada y una balanza con los ojos vendados, el trabajo de un juez es abrir bien los ojos para dar a cada uno lo que le corresponde. Pero si en algún lugar se encuentra la rara especie de los jueces justos, estos se convierten en héroes con sólo cumplir su trabajo. Los jueces, además de castigar a los criminales, trabajan contra la incredulidad de los ciudadanos. El prejuicio sobre los agentes de la justicia —jueces, procuradores, fiscales— es que son corruptos, cobardes o débiles, incapaces de hacer cumplir la ley. Un alto magistrado dio a Rocco Chinnici, el jefe de Falcone y uno de los primeros en investigar a la mafia siciliana, el siguiente consejo: «Sepúltalo bajo montañas de juicios insignificantes. Al menos nos dejará en paz». Chinnici ignoró el consejo y se convirtió en un juez idolatrado. En las librerías italianas se encuentran cientos de libros sobre Falcone. Cada año Palermo recuerda su muerte y la de su colega Paolo Borsellino, con un cartel en la plaza central: «No los han matado: sus ideas caminan sobre nuestras piernas». Baltasar Garzón se convirtió en un fenómeno mediático en todo el mundo por investigar los crímenes del franquismo y los de las dictaduras chilena y argentina. Eugenio Raúl Zaffaroni, ministro de la Suprema Corte de Justicia argentina, recibió cientos de condecoraciones por estudiar los crímenes masivos de los regímenes militares.

Odilon de Oliveira tiene un club de admiradores en Campo Grande, gente que lo llama ‘doctor’, aunque nunca hizo un doctorado y le dejan en su oficina figuras religiosas para que lo protejan. Si alguien quiere un certificado de su valentía, sólo tiene que mirar la pared tapizada de diplomas en los que la Presidencia, la ONU y el Papa lo acreditan. Odilon de Oliveira es especialista en peces gordos. No le interesan las mulas de drogas ni el resto de peones del narcotráfico. Si se cruza con ellos, pide penas mínimas siempre y cuando no tengan antecedentes y comprueben que no viven del crimen organizado. Él busca a los capos, a la gente detrás del dinero, a los empresarios y políticos enredados con el narcotráfico. Cuando llegan al Tercer Juzgado Federal de Campo Grande, especializado en delitos financieros y lavado de dinero, les impone la pena más alta, que es de quince años. Por eso es parte de un grupo de jueces a los que se les llama de linha dura, famosos por condenar con severidad a las mafias organizadas. Cinco de ellos han muerto por eso. Si Odilon de Oliveira muriera, no habría un solo juez en el centrooeste que pudiera reemplazarlo.


[IV]


Casi nunca el juez es el protagonista de una película. Los abogados y los fiscales saben cuál es su posición respecto a la ley y la justicia: a favor o en contra del acusado. En Testigo de cargo, el héroe es un abogado defensor que salva a un hombre culpable porque confía en que es inocente. En Matar a un ruiseñor, un abogado defiende a un afroamericano y prueba que todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario. En Justicia para todos, Al Pacino tiene que enfrentarse a un juez que además es culpable de haber violado a una joven. Las películas muestran la poca fe que hay en la justicia. En la pantalla grande, nadie quiere golpear con un martillo de madera sobre la mesa. Odilon de Oliveira está sentado entre dos conceptos que repite siempre: ‘lo justo’ y ‘lo legal’. Los abogados aprenden que la justicia es aplicar la ley, pero él cree que no siempre es justo hacerlo. Admite que a veces se ha saltado procesos burocráticos para atrapar a un capo. Por eso es el favorito de algunos policías de Matto Grosso do Sul. En ocasiones el juez firma órdenes de captura después de atrapar al malo. Son trucos que no llegan a lo ilegal, pero que le permiten avanzar en las investigaciones. La Orden de Abogados de Brasil lo acusó de grabar sin permiso conversaciones entre abogados y presos en las cárceles. Aunque nunca se comprobó, hay quienes dicen que con ellas atrapó a criminales que ahora planean su muerte desde la prisión. Lo justo y lo legal suponen un dilema moral que le es imposible resolver. Entonces surgen preguntas que intenta responder a su manera. ¿Cómo combatir el narcotráfico si el que roba un bolígrafo cumple la misma condena que el dueño de un camión lleno de cocaína? ¿Cómo hacer justicia si sólo tienes quince días para pinchar los teléfonos de una organización criminal? ¿Cómo proteger a los testigos si el sistema está lleno de delatores? Y concluye: «Puede haber aplicación de la ley, pero no hay justicia». «Aquí la ley no protege ni al juez». A ratos Odilon de Oliveira admite la derrota: «Como juez quiero hacer justicia, pero la ley que tenemos aquí en Brasil no da para eso». Tal vez por eso el juez pase su tiempo libre viendo documentales o leyendo sobre jueces de otros países que admira, como Falcone o Garzón. Pero su mayor héroe es Lampiao, una especie de Robin Hood brasileño, un bandido que a principios del siglo XX robaba a los hacendados y daba dinero a los pobres. Lampiao fue un ídolo nordestino, pero también un criminal temido en todo el país por ser un asesino cruel que torturaba sin piedad a sus enemigos. Lo admira por su sentido de justicia y porque no le importaba romper la ley para luchar por sus ideales, aunque si hubiera vivido en la misma época, Odilon de Oliveira dice que habría condenado a su héroe.

Odilon de Oliveira sabe qué sucederá cuando se muera. Hace unos años, durante el Encuentro Internacional de Magistrados en Victoria, el juez se convirtió en fantasma. Cuando se rendía homenaje a jueces como Alexandre Martins y Antonio José Machado Días, asesinado a tiros en Sao Paulo, se oyó por los altavoces: «Homenajeamos la memoria del juez Odilon de Oliveira». El juez subió al escenario a recoger su diploma. El público quedó atónito: el muerto estaba vivo. Por error se daba por hecho que el juez más amenazado del país ya había sido asesinado. «Ese día—recuerda De Oliveira— me di cuenta de que mi trabajo ha servido de algo». Cuando lo vieron subir al estrado, no le quisieron dar el premio. Era un diploma y una escultura de una mano que sujeta un mazo de juez y un mundo con una lágrima. Peleó para que meses después se los entregaran. Ahora la conserva en una vitrina de su casa.

El día de 2019 que se retire, Odilon de Oliveira se quedará solo. «El día que me jubile, duraré máximo seis meses». Conservará las imágenes religiosas que le han regalado para que lo protejan y esa gran carpeta negra que guarda en su armario. Sólo su esposa y su secretaria tendrán copias de esos archivos que enumeran todos los intentos de atentados contra él y que recopilan cada advertencia, como la vez que la mujer de un mafioso le avisó que su marido planeaba asesinarlo. La carpeta es su única garantía para demostrar que Odilon de Oliveira luchó por la justicia y para que, si llega el día en que lo maten, su muerte no quede impune. El juez está preparado por si le toca enfrentarse contra el sistema después de muerto. Cierra su carpeta con cuidado. En la tapa se alcanza a ver una leyenda: En caso de muerte, no entregar a la Policía Federal


October 23, 2013

114

Un texto de


October 23, 2013

Alejandra Sánchez Inzunza

Un texto de

Una turista lucha contra el viento sin despeinarse

Un testimonio de Elizabeth Rubianes
Ilustración de Manuel Mendoza

Ilustración de Manuel Mendoza

El eslogan de Chicago, «The Windy City», más que una invitación es una advertencia para los visitantes. Cuando llegué al Aeropuerto Internacional de O’Hare, el oficial de migraciones tomó mi pasaporte y preguntó extrañado: «¿Qué la trae a la ‘Ciudad del Viento’ en mitad del invierno?». Era enero de 2013, y esa misma semana la ciudad registró las temperaturas más bajas de los últimos años. Planeaba visitar a mi chico, un estadounidense trasplantado de Bielorrusia a Chicago hace veinticinco años. Me había dicho que el invierno no se parecía a los 12 °C de Lima y que con frecuencia habría que palear nieve o esquivar charcos. Pero nada me preparó para el efecto windchill: cuando aterricé el termómetro marcaba -8° C, pero la sensación podía ser de -29°C. La culpa de ese frío amplificado era de los vientos que esos días corrieron a ochenta kilómetros por hora. A esa velocidad, un pedazo de piel descubierta tarda un minuto en congelarse. Una ráfaga de viento gélido convierte una oreja en un tejido quebradizo. Hay quienes han perdido la punta de la nariz por no taparla.
Las guías turísticas describen a Chicago como la tercera ciudad más poblada de Estados Unidos, con un paisaje de rascacielos y arquitectura moderna; pero nada dicen sobre lo común que es ver paraguas doblegados por las ráfagas, y árboles derribados en la acera. Las mujeres de Chicago evitan los vestidos con vuelos entre diciembre y marzo. Saben que gastar en lacas, gel y mousse para conservar el peinado es tirar el dinero; que sin un buen abrigo con capucha y una bufanda es mejor no salir y que los tacones sólo se pueden llevar en el bolso para usarse una vez dentro de un restaurante, bar u oficina. El recién llegado aprende a disfrazarse de esquimal con prendas impermeables que cubren hasta debajo de las rodillas y rellenas con plumas de ganso para asegurar que el aire no toque su pellejo. Pasé mis primeras dos semanas en Chicago refugiada en la casa con calefacción. Las casas aquí tienen dos puertas en la entrada; la segunda (storm door) protege el hogar de los malos vientos, y no sólo de los bichos. Las ventanas parecen estar diseñadas para no abrirse, y uno deja de sobresaltarse con las sonoras alertas que en invierno llegan al celular y advierten de tormentas de lluvia, nieve o granizo acompañadas de feroces vientos. Nadie sale a la calle sin primero consultar el estado del tiempo. Mis primeras salidas fueron para comprar ropa para nieve y ‘cortavientos’. Sólo así disfruté de las caminatas invernales, pero la mayor parte del tiempo prefería ir en auto. Es una estrategia común: si pueden pagarse un pasaje, los indigentes pasan día y noche dando vueltas por toda la ciudad en el tren cuando llegan los peores ventarrones.
En Chicago la única certeza es que el clima cambiará y que los planes dependen de sus caprichos: cuando el viento sopla y arrastra nieve, los oficinistas del Downtown no trabajan, se suspenden las clases en las escuelas, los autos se quedan en el garaje y ningún avión despega del suelo. Pero la ‘Ciudad del Viento’ no es la más ventosa del país. El sobrenombre tiene varios orígenes. Una leyenda urbana lo achaca a los políticos de Chicago que en 1893 lograron que Nueva York no fuera la sede de una gran feria que celebraba la llegada de Colón a América. El editor del NEW YORK SUN publicó un artículo sobre ‘esa ciudad ventosa’, con lo que se refería a los discursos ligeros de aquellos políticos. Otro de los orígenes del apodo viene de un desastre. En 1871 un incendio duró dos días y se convirtió en el peor de la historia de la ciudad, porque los vientos arrastraron las llamas de un edificio al siguiente y así hasta convertir en cenizas dieciocho mil de ellos. Uno de cada tres habitantes se quedó sin hogar. Los mejores arquitectos y urbanistas reconstruyeron la ciudad trazando una cuadrícula de calles que se cruzan en ángulos de noventa grados, lo cual hace fácil orientarse, pero también crea una pista de carreras sin obstáculos para los ventarrones que soplan desde el lago Michigan. El visitante aprende a andar con la corriente o resignarse a las cachetadas que el viento reparte a quienes intentan caminar en su contra.
Quien se queja de los ventarrones helados de la ciudad suele escuchar la misma respuesta de los locales: «Si no te gusta el clima de Chicago, espera dos minutos». Pero es posible apreciar la ‘Ciudad de los Vientos’ si uno espera a que termine el invierno. Cuarenta y seis millones de visitantes —una multitud del tamaño de Argentina— pasan por aquí cada año. En verano, con 38 °C y un sol que dura hasta las nueve de la noche, los ventarrones se convierten en brisas refrescantes y apacibles. Entonces hay conciertos al aire libre, días de playa, de picnics y caminatas por el lago Michigan. Aun así un visitante de clima templado necesita mejores razones para resistir más de un invierno aquí. A mí me convenció la propuesta de matrimonio de mi chico, quien admite que no quería que huyera de Chicago con el primer aviso de la siguiente ráfaga helada.


October 10, 2013

Elizabeth Rubianes

Un texto de

Un asmático aprende a respirar

Un testimonio de David Hidalgo
Ilustración de Manuel Mendoza

Ilustración de Manuel Mendoza

Tengo fresco el recuerdo de la primera noche en que me quedé sin aire. Llevaba un rato dormido, con el pecho sibilante y el sueño ligero, cuando de pronto mis bronquios se taparon por completo. Fue un bloqueo abrupto, parecido a lo que pasa cuando el tubo de una aspiradora absorbe un trapo. Mis pulmones parecían estar vacíos. Segundos después, un espasmo brutal me hizo saltar de la cama con los brazos estirados, como si tratara de atrapar el último salvavidas de la Tierra. Tuve que sentarme para arrastrar algunas moléculas de oxígeno hasta mis pulmones. «Pensé que te morías», me dijo mi novia de entonces, ya en la sala de emergencias. Esa noche pasé un largo rato conectado a la mascarilla de un nebulizador, un aparato que recompone mi capacidad de respirar con un vapor medicinal. Fue un viaje cercano al centro del miedo: la idea de morir asfixiado siempre ha sido mi peor pesadilla. También fue un momento de revelación: la extrema fragilidad de la vida en toda su inmediatez. En mi caso está el agravante de que esta condición ya no depende de causas externas, sino de algo que antes yo no era y en lo que me he convertido: a partir de este episodio admití, derrotado por la evidencia, que soy asmático.
Pertenezco a lo que el poeta uruguayo Mario Benedetti —un asmático que ha provocado millones de suspiros— denomina la ‘masonería del fuelle’. «[Quienes] siempre han respirado a todo pulmón y a todo bronquio, no pueden ni por asomo imaginar el resguardo tribal que proporciona la condición de asmático», dice Benedetti en el cuento «El fin de la disnea». El protagonista de ese relato se precia de tener esta condición por un rasgo que nos diferencia de otros enfermos crónicos como los hipertensos o los diabéticos: mientras ellos padecen síntomas similares entre sí y se someten al mismo régimen que otros pacientes de su condición, cada asmático es un universo propio, con alergias distintas, cuidados distintos, crisis distintas. Yo reacciono ante los olores muy fuertes y las bebidas muy frías. Otros colapsan después de ingerir ciertos alimentos. Mi hermano menor fue asmático de niño y no podía comer chocolates ni estar cerca de los insecticidas. Somos una comunidad de distintos que se definen por la conciencia de que, en este planeta que se calienta, el aire es el primer recurso natural vinculado a un peligro de extinción: la nuestra. Una persona normal respira en promedio veintiún mil veces en un día. Un acto que repetimos quince veces por minuto sin parar. Nadie es consciente de la constancia de ese acto reflejo, de la precisión y regularidad que demanda, hasta que le falta el aire como a nosotros, los asmáticos. Cuando uno entra en crisis, asume cada respiro como una pequeña prórroga del saldo de su vida, como un ligero dribleo a la muerte, una burla que siempre puede ser la última. En cierto sentido, la condición de asmático es un enigma cósmico: en la tradición judeocristiana, la vida surge del aliento de Dios; el libro sagrado más antiguo del hinduismo, el Rig Veda, incluye la palabra Prana, que en sánscrito significa ‘respiración’, como sinónimo de vida. «Cuando respiramos estimulamos nuestro cuerpo con la energía del universo», dice Deepak Chopra, el gurú de la medicina alternativa, en un video en que enseña a sus seguidores a captar la energía del aire a través de las fosas nasales. Si la naturaleza de los asmáticos sigue un camino inverso, ¿significa que somos seres marginales en el plan de la creación? Sería una buena pregunta para Maimónides, el gran teólogo y médico judío de la Edad Media, quien escribió un Tratado sobre el asma. Según Maimónides, un asmático debía evitar las medicinas fuertes y los desbandes sexuales, dormir mucho y tomar sopa de pollo. Para mí el mejor remedio es tener a mano mi inhalador. No siempre lo necesito, pero funciona como los amuletos para los supersticiosos: me ayuda a creer que regresaré a casa sano y salvo. Por el contrario, cuando lo olvido me siento como un aviador sin paracaídas. He tenido que aprender a vivir con eso. He tenido que aprender a respirar. Significa que en todo momento soy consciente de lo que dejo entrar a mis pulmones: hasta hace poco rehuía el humo del cigarro como si fuera un arma biológica, y evito pasar por encima de las rejillas de ventilación que botan el aliento impuro de los edificios a la calle; si detecto un olor desconocido, mi reacción natural es contener la respiración hasta evaluar si puede hacerme daño. Pero es imposible hacerlo miles de veces al día. «Hay que luchar por cada bocanada de aire y mandar la muerte al carajo», dice el Che Guevara de la película Diarios de motocicleta. Estoy de acuerdo. Sólo espero que entre mis pertrechos de guerra nunca falte un frasco de salbutamol.

EL PUEBLO
QUE SE MUDÓ
DE LA MINA
A UNA CIUDAD
[pero extraña vivir junto al cobre]

En el desierto más seco del mundo, una empresa minera
creó un pueblo. Ofreció a sus trabajadores hospitales,
escuelas y discotecas gratuitas. Hoy la mina de cobre
necesita espacio para almacenar sus desperdicios
y le resulta más barato mover a dieciocho mil personas
que a un montón de piedras. Pero nadie
quiere mudarse a una casa que no eligió.
¿Es vivir junto a una mina más placentero
que vivir en una ciudad?

Un texto de Martina Bastos

Chuquicamata, ChileLa Nochebuena de 2007, Alcides Lira se asomó por la puerta de su casa por última vez. Hacía días que por las mañanas armaba cajas para irse —empacaba pantalones y camisas, cepillo de dientes, maquinilla de afeitar, fotografías familiares—, y por las tardes las desarmaba para quedarse. Esa Navidad en Chuquicamata, a tres horas de la frontera entre Chile y Bolivia, la casa de Alcides Lira era la única iluminada del campamento minero. Un campamento es por definición efímero: algo que se instala hoy para levantarse mañana, la semana entrante, cualquier día. Alcides Lira —ochenta años, bigote tupido, pelo blanco— había vivido en ese mismo campamento durante setenta años. Con el tiempo, Chuquicamata se había convertido en un pueblo con calles, escuelas y casas de concreto. Un pueblo, por definición, es algo permanente: algo que se construye para mantener de pie y perdurar. Pero una gran mudanza había empezado tres años atrás, cuando los dieciocho mil habitantes fueron obligados a trasladarse a Calama, una ciudad a quince kilómetros de distancia. La mina de cobre que los había traído ahora los echaba. Pronto empezaría a arrojar sus desperdicios sobre esas casas. La noche en que Alcides Lira abandonaba la suya, Chuquicamata estaba a punto de ser sepultada por las rocas. 

Chuquicamata, el campamento que hoy parece un pueblo fantasma, se quedó noventa años en el desierto de Atacama junto a la mina de cobre que lo construyó: un cráter de cinco kilómetros de largo, tres de ancho, y casi un kilómetro y medio de profundidad esculpido con la finura de un anfiteatro. Podría introducirse el Central Park de Nueva York y plantarse tres veces el Empire State Building uno sobre otro y aún sobraría espacio. Un hoyo infinito que arroja ocho mil dólares cada minuto. La dueña de ese agujero que escupe dinero es la Corporación Nacional del Cobre (Codelco), la mayor empresa estatal de la historia de Chile. El presidente Salvador Allende nacionalizó el metal en 1971, y desde entonces Codelco se encargó de administrar Chuquicamata. Pero la mina de nombre quechua había sido creada con acento inglés. En 1912 los hermanos Guggenheim compraron los derechos de explotación al Estado chileno. En sus manos, el desafío de transformar un territorio feroz: una extensión de arena y roca a dos mil ochocientos setenta metros sobre el nivel del mar, con vientos de cien kilómetros por hora (poco menos que un huracán) y la radiación ultravioleta más extrema según las mediciones internacionales. Además de encontrarse en la zona más seca del mundo. Ahí arriba, donde el sol quema y nada crece, la ambición hizo posible vivir durante casi cien años. En un principio fueron tan sólo un puñado de mineros y sus familias. Pero el campamento creció y empezaron a llegar comerciantes que abrieron tiendas de abarrotes, quioscos y puestos de mercado. En un momento, Chuquicamata tuvo veinticinco mil habitantes, entre trabajadores de la mina, familiares, comerciantes y personal de servicios: médicos, profesores, bomberos. Lejos de todo, cerca del sol. La nada y el cobre.

Cuando al desierto llegaron los hombres y las máquinas, el único poblado cercano era Calama, unas cuantas casas miserables empotradas en el vacío como estación de paso. Una mina exige un universo alrededor del tajo. Un sitio para lavarse y dormir. Por ello la compañía de los Guggenheim debió proveerse su propia logística. Y un modo de hacer que la gente quisiera vivir en el medio del desierto. Si alguien lo dijo, las palabras muy bien pudieron ser estas: «Usted va a tener una casa. No va a pagar agua, no va a pagar luz, no va a pagar combustible. Se lo daremos todo: atención médica, educación a sus hijos, alimentación y entretenimiento. Usted vendrá a trabajar y cobrará su sueldo. Pero además vivirá gratis». Se montó un mundo real a pequeña escala donde no faltaba de nada. Se construyeron avenidas amplias e impecables, se instaló seguridad y se forjó una comunidad que estuvo unida por un vínculo común: un trabajo y una vida después del trabajo en la que todos participaban.

Pero Chuquicamata evolucionó incapaz de adaptarse a las normas medioambientales que empezaron a surgir. Se instaló la fundición, que emite anhídrido sulfuroso y arsénico, vapores incompatibles con la vida. La mina, además, comenzó a devorar el espacio que ocupaba el campamento. Para sacar un kilogramo de cobre había que extraer cien de roca inútil que debía ir a parar a algún lugar. Podía ser cualquier parte: al desierto le sobra espacio. Pero un camión de extracción consume en un día la misma cantidad de petróleo que un auto en dos años. Un transporte demasiado caro para un montón de piedras, arenas y rocas inservibles. Se comenzó a arrojar las rocas en la periferia de Chuquicamata, lo que arrinconó sus casas. Poco a poco, aquello se convertiría en una muralla infranqueable de desechos. Y pronto le tocaría al pueblo. En la práctica, eso significaba enterrar una ciudad y construir otra. Las ciudades no son piezas de ajedrez. En algún momento, en algún lugar, tal vez frente a un mapa, alguien tuvo que decir:

—Señores, hay que llevar esta ciudad del punto A al punto B. ¿Por dónde empezamos?


II

Sergio Jarpa es un ingeniero de minas capaz de tomar un pueblo y moverlo de lugar. Un pueblo son sus calles, sus casas, sus tiendas y escuela. Pero también su gente. Los vecinos de Chuquicamata —recuerda el vicepresidente de Codelco Norte de aquel tiempo— no sólo iban a cambiarse de dirección: «Es fácil malacostumbrarse. Lo difícil es mover a dieciocho mil personas acostumbradas a tener todo gratis y transformarlas en ciudadanos de Chile». Para Sergio Jarpa era como tener que ir de puerta en puerta dando un mal augurio: usted tiene que mudarse de casa, de pueblo, de vida. Los habitantes de Chuquicamata no sólo trabajaban juntos, sino que se habían casado y habían formado familias. Nada les pertenecía en aquel campamento, pero todo lo sentían como propio. En Calama, en cambio, ellos sí serían los dueños de sus casas. Codelco se encargó de levantar cinco mil viviendas —una para cada familia— y asumió el cincuenta por ciento del costo por concepto de compensación. Construyó calles, plazas y veredas, un nuevo hospital, nuevos colegios. Se trasladaron comerciantes, doctores y maestros, carabineros y bomberos. El cura y la iglesia. Jarpa, el hombre que se encargó de mover a todos, marcó en el calendario el día final. Le iba a tomar tres años.

A todos los habitantes les llegaba su hora. Desde 2004 cada uno recibió un turno para desalojar su casa. En promedio cuatro familias se marchaban cada día. En un mes podía desaparecer un barrio. Y al cabo de un año se irían más de mil quinientas familias. Pero todos se despidieron el mismo día. El 1 de setiembre de 2007 fue un día de homenaje, el cierre oficial. El Día. Las doce horas fue el instante pactado para el adiós. Vecinos y autoridades abarrotaron el campamento. Hubo discursos y placa conmemorativa. Hubo orquestas, banda de música y fuegos artificiales. Treinta mil chuquicamatinos habían llegado desde el resto de Chile y el extranjero para el evento final. Todos lo sintieron igual: como si estuviesen velando a un muerto. Ese día Chuquicamata moría oficialmente. Pero todavía faltaba que lo enterraran.


III


Cuando llegó el camión de mudanza, Miria Hernández —sesenta y ocho años, cincuenta en Chuquicamata— estaba desayunando. Sabía el día que llegarían por ella, pero no la hora. Por eso debía tener todas las cosas listas desde el día anterior. Y esa mañana, mientras tomaba el desayuno —tal vez un vaso de té con pan, el desayuno típico del pueblo—, el ruido del camión le cortó el apetito. No lo esperaba tan temprano. Minutos después, como a un Cristo en procesión, ella y su hija siguieron en su propio auto al camión de mudanza en un silencioso vía crucis hasta Calama. Era el punto final al largo haraquiri de meter la vida en cajas de cartón: su último día. Todo sucedió muy rápido: el camión, la carga, la entrega de llaves y el arranque. A esa edad, uno nunca imagina tener que habituarse a otro lugar: «Todavía no puedo querer a Calama —dice Miria Hernández—. Arreglé la casa igual que la de Chuqui, todo en la misma posición. Pero sigo extrañando vivir allá». Cuando duerme, todavía sueña que vive en Chuquicamata. A veces los sueños se empecinan en aparecer una y otra vez. Y el sueño de vivir en Chuquicamata empezó a acabarse en 2004.

El ritual de Miria Hernández se repitió a diario, y para el resto de habitantes durante tres años. Se tapiaron puertas y ventanas, se cerraron las llaves del agua potable y el suministro eléctrico, se añadieron rejas y los barrios desocupados comenzaron a desaparecer bajo escombros. El hospital fue el primero en caer: siete pisos de alto, revestimientos de mármol y un jardín espeso de pinos inmensos. En un mes fue sepultado por completo. Hubo un momento en que sólo sobresalía su chimenea de dos metros, un cilindro gris como cabeza de náufrago en un mar de piedras. Después, sólo rocas desiguales.

Chuquicamata se vaciaba como una gran fiesta que, de pronto, se acaba. Antes de irse, los habitantes comenzaron a pintar las fachadas de sus casas con frases de despedida. Era la única manera de honrar, de agradecer, de hacer hablar a las paredes en su nombre:

ADIÓS, CHUQUICAMATA, TE DIRÁN QUE TE QUISIMOS
AQUÍ FUIMOS NIÑOS
GRACIAS, CHUQUITO, POR LOS AÑOS FELICES
MIS MASCOTAS DESCANSAN PARA SIEMPRE EN TU JARDÍN
LOS MEJORES AÑOS SE QUEDAN AQUÍ
CHUQUI VIVE

Al mismo tiempo, las redes sociales estallaron como punto de catarsis colectiva. Escribían quienes estaban lejos y no podían despedirse: «Estoy en Santiago y lloré de impotencia. ¿Adónde volveré?». Algunos comentarios parecían breves elegías: «Mierda de país que me deja sin lugar de nacimiento», «Qué feliz fui en esa mina maravillosa», «Te extraño, Chuquito». Y un escueto: «Duele».

Eso fue todo. El 1 enero de 2008 fue el día del cierre definitivo. Ya no una despedida simbólica, sino una despedida real, más dolorosa. El campamento se declaró zona industrial y el acceso quedó completamente prohibido. En absoluto silencio, Chuquicamata empezaba su natural transformación hacia un pueblo de fantasmas.

La desaparición del campamento dejó a sus habitantes sin historia. Muchos intentaron reconstruirla a partir de recuerdos, combatieron esa pérdida en la decoración de sus casas. Cuando llegó a Calama, Lucho Zavala —un hombre de sesentaiún años que en Chuquicamata tenía un quiosco de periódicos—, colgó una placa negra con caracteres blancos en la pared de su nueva casa. Era un pedazo de su antiguo hogar. Si lo habían obligado a marcharse, y habían sepultado su casa, al menos quería imaginar que conservaba la misma dirección. Seguir perteneciendo al mismo lugar, aunque sólo fuera en su imaginación. Lucho Zavala pidió un único favor a un policía de Chuquicamata: «Quiero pedirte que me traigas la placa de la casa donde yo vivía. Es la A-1049. Está en una esquina». El hombre se la trajo. Ahora Zavala entra y sale de su nueva casa con la misma dirección que durante décadas observó al entrar por su puerta en el campamento que hoy ya no existe. 

Para llegar a Calama, hay que cruzar la ruta 24, una cicatriz que une ambos pueblos. Cuando el sol calienta, Calama se llena de lagartos. En su centro, en el Paseo Ramírez, hay un par de piletas y en las piletas cuatro cosas: la estatua estaliniana de un minero, un grupo de llamas, un cactus, un sol de cartón piedra. La síntesis del lugar. Allí se reúnen, cada mañana, los antiguos trabajadores de la mina. Cada día se buscan entre ellos como miembros de una misma especie extinta. Conversar es un modo de recordarse unos a otros lo que fueron, lo que dejaron.

Calama es un gran dormitorio de ciento cuarenta mil habitantes. Codelco, que transformó un campamento en un gran depósito de rocas, hizo de Calama un refugio de mineros. En un radio de doce cuadras hay 136 schoperias, locales de vidrio oscuro y hembras de mucha carne. Aquí está el mayor ingreso per cápita de Chile y también el más alto costo de vida, en una ciudad sin arraigo, tosca, dura, de geografía radical. Cargada de tierra, apenas un árbol, doble de suicidios del promedio nacional. Los habitantes de Chuquicamata siempre la llamaron ‘Calama Calamidad’, un lugar que encarnaba todo lo negativo y que siempre les fue ajeno: tráfico, delincuencia, suciedad, desorden. En Chuquicamata, en cambio, todo era perfecto, nadie era consciente de que en las calles podía haber basura, perros vagos o maleantes. Eran residentes de un lugar donde todos se conocían, donde las puertas se dejaban abiertas, las bicicletas sin candado y los autos se aparcaban con las llaves puestas. Durante los primeros días en Calama, a algunos les robaron en sus casas. Si dejaban sus bicicletas en la terraza, los ladrones forzaban el portal y se las llevaban. En Chuquicamata jamás hubiera pasado.

Pero la mudanza también afectó a Calama, que no estaba preparada para recibir a miles de nuevos residentes. El presupuesto municipal no podía responder a la demanda de tal número de personas. Sólo en alumbrado fueron más de seis mil puntos de luz. Unos diez mil nuevos vehículos abarrotaron las calles. «Las ciudades crecen poco a poco, pero esto fue como recibir media ciudad de golpe. Nos produjo un colapso», señala Luis Alfaro, director de obras municipales en Calama. La compañía tuvo que aportar recursos para aumentar el abastecimiento eléctrico, mejorar la infraestructura vial y mantener los espacios públicos. «Toda esa operación —resume Jarpa— costó quinientos millones de dólares». Sin embargo, el gran dilema del traslado fue el choque cultural: la rutina de un campamento no se parece a la de una ciudad común. Para el minero no existía una cultura de pago de servicios, no sabían qué era una junta de vecinos. Ahora debían aprender a pagar recibos, a mantener sus casas, a usar transporte público. A muchos les cortaban el agua y la luz: les costó recordar que había que pagarlas todos los meses. En Chuquicamata si el calefón no funcionaba, llamaban a Codelco y alguien de la empresa venía a repararlo; se rompía un vidrio y lo reponían. En Calama una vecina fue a la municipalidad a pedir que le arreglasen la ventana. Le explicaron que eso no era asunto de nadie más que de ella.


IV

En el verano de 1988,  Gonzalo Cerdá recibió una oferta que no pudo rechazar. Era un ingeniero mecánico que trabajaba como profesor universitario en Punta Arenas, en el extremo austral de Chile. Una tarde, cuando abrió la puerta de su casa, vio encima de la mesa una carta de Codelco. Decía «sueldo base», y la suma era cinco veces más de lo que él ganaba como profesor. Sin demasiadas expectativas, Cerdá había enviado su currículo a la estatal. Unos meses después, a los treinta y tres años, comenzaría a trabajar en la mina, en aquel entonces, la gran escuela para los ingenieros en Chile. Lo dejaba todo para irse al otro extremo del país. Al desierto.

Al llegar a Chuquicamata, aquello le pareció la cresta del mundo. Se sentía desterrado. En otro planeta. Solo en medio de una inmensidad de arena. Poco a poco, sin embargo, Cerdá encontró en Chuquicamata una unión muy fuerte. ¿Qué ocurría en ese lugar? Para él el secreto era el aislamiento. En ese retiro geográfico sólo se tienen los unos a los otros. Entre todos crean el ambiente para hacerlo llevadero, atractivo. «Era un refugio —dice—. En el empeño de soportar eso, el consuelo era apoyarse en personas de la misma realidad. Era una necesidad de comprobar: ¿estás viviendo lo mismo que yo?». Gonzalo Cerdá pertenecía al grupo de los no nacidos en Chuquicamata, los que venían de afuera y dejaban familiares en otras zonas del país. Ese distanciamiento propiciaba la solidaridad entre los nuevos vecinos. Los afectos estaban lejos; entonces, los compañeros se transformaban en la propia familia. Era una comunidad protegida en la que no existían los celos o rencores de una sociedad común. Nadie envidiaba la casa del vecino. Todos tenían las mismas posesiones y disfrutaban de la misma estabilidad económica. A diferencia de otros campamentos diseñados exclusivamente para los trabajadores, sin sus familias, Chuquicamata no sólo se centró en el trabajo de los mineros, sino también en su vida cotidiana. Se fomentaba el bienestar global, las actividades comunitarias, los eventos deportivos. Con su entierro, no sólo desaparecía físicamente un pueblo, sino también se extinguía un modo de vida.

Hoy el centro histórico del campamento ha sido nombrado área de patrimonio, y es —junto a sus barrios aledaños— lo poco que queda en pie. Una garita custodiada por Codelco verifica el permiso de entrada. Más allá de las rejas, lo que hay es un pueblo de fantasmas. En la plaza central, el parque infantil se ha convertido en un muestrario de óxido. Cada columpio es una atrocidad: una pieza inerte, inmóvil, inquietante como un patio de escuela vacío. En las ruinas del Liceo América, las pizarras mantienen intactos los últimos mensajes de los alumnos, sus despedidas: «Maldita contaminación y maldito ripio del cobre. ¿Por qué nos separaste? ¿Por qué?»

Los árboles secos y las viviendas selladas están ahí como cadáveres tibios. La calle es un universo de ruidos sutiles: el batir de calaminas, un crujido de ramas, los pasos en la grava. Tras un portón descascarado están los restos de un jardín. Hay un bolso de mujer semienterrado, zapatos viejos, un triciclo o su esqueleto. Todo aquí son restos de alguna cosa, de alguna vez, las sobras de una vida. Las cortinas escapan por los vidrios rotos. Bajo la ventana frontal, una confidencia anónima: «Aquí fue nuestro primer beso». A tres kilómetros de distancia, la mina sigue viva. Sigue escupiendo gas y cobre como una boca abierta, que recibe a sus hombres cada día. El interior de sus casas, sin embargo, es un espacio interrumpido, vacío, atravesado por la urgencia de la partida. En muchas de ellas se pueden ver cepillos de dientes en el lavabo, flores de papel, una cafetera inútil. Bajo polvo flotan varios papeles: una postal navideña, cuadernos escolares, la lista de la compra. Huele rancio. Un calendario amarillea en la cocina: año 2004, el 21 de enero envuelto en un círculo rojo. Y una metáfora cruel: el tronco erguido —raíces muertas sobre una mesa podrida— de un bonsái arrancado de raíz.

V

    En la fotografía, un hombre aparece derrotado. Es Nochebuena, y Alcides Lira está en la entrada de su tienda de abarrotes, La Verbena —emblema de Chuquicamata durante cincuenta y cinco años—, iluminada como todos los años en Navidad. Desde la puerta, Lira abraza a su mujer mientras ambos miran la calle: la oscuridad, las casas vacías, el silencio. Eso muestra la imagen: sólo un punto de luz en toda Chuquicamata. Hoy en la nueva casa de Calama, donde la fotografía significa un modo de aferrarse a su historia en el pueblo, los hijos de Lira recuerdan en voz alta:

—Yo traje aquí hasta el césped de Chuquicamata. Fui al hospital y robé un pedazo. Allí aprendí a patear una pelota.

—¿Tú tienes lugar de nacimiento? Yo no. Yo nací en el Botadero 95, en lo que antes era el hospital de Chuquicamata. Soy de algo que no existe.

—Yo trabajaba en comunicación, me reunía con la gerencia y sabía lo que le iba a pasar al campamento. Un día, después de una reunión, le dije a mi papá: «El traslado va». Él respondió: «No, Chuquicamata no se va a acabar nunca». Mi papá no creía, nunca creyó.

Lira fue el último en marcharse. Cuando cerraron el campamento, él siguió yendo durante seis meses a escondidas. Le cortaron el agua y la luz, pero él usó baldes y velas. Necesitaba volver, al menos para sentir que aún podía hacerlo. Que todavía podía ir a su casa. Los carabineros lo convencieron: «No tiene agua, no tiene luz, no tiene alimento. ¿Qué hace aquí? Allá están su familia, sus amigos, toda la gente de Chuqui. Ahora Calama es Chuquicamata». En Calama duró dos años. El 2 de enero de 2010 un infarto cerebral mató a Alcides Lira. Pero para su hijo mayor su padre murió de pena. «Hasta el último momento se negó a estar acá. Andaba todo el día pensativo. Nadie tiene una estadística de lo que ha pasado con la gente que vino, cuántos no se han recuperado». ¿Cuál es la distancia exacta a partir de la cual uno se vuelve un exiliado? Para el último habitante de Chuquicamata, fueron los quince kilómetros hacia Calama. 

UN ZUMBIDO
TORTURA
TUS OÍDOS
HASTA LA
DEMENCIA

¿Es el ruido la epidemia más anónima en una ciudad?

Un texto de Eliezer Budasoff
Ilustraciones de Sebastián Suárez

Interior_ Sonido
Ilustraciones de Sebastián Suárez

 

Un caño que gotea sin cesar puede inundar una cocina, mantener en vela a un insomne y matar a una persona. A diferencia de lo que se cree, la tortura china que consiste en dejar caer una gota de agua cada cinco segundos sobre la frente de un hombre maniatado no quiebra la resistencia por el daño físico que provoca, sino por el sufrimiento psicológico que desata: unos días de exposición continua bastan para que la víctima, que no puede dormir por el ruido ni calmar su sed con las gotas, se desespere hasta la locura y muera de un infarto. Ploc. Ploc. Ploc. Los orientales siempre lo comprendieron: hasta el estímulo más débil puede convertirse en una fuerza arrolladora por obra de la persistencia. Pero eso me parecía puro marketing New Age la tarde de marzo que fui a conocer el que sería mi nuevo hogar. Era un departamento impecable, blanco y estéril, del tamaño de una casa rodante, en el sexto piso de un edificio céntrico de Rosario, la tercera ciudad más poblada de Argentina. Una cueva elegante bien ubicada. La anterior inquilina, que se iba a fin de mes, tardó tres minutos en mostrarme el lugar. Después me llevó a la cocina, abrió una ventana que daba a un patio interno y señaló hacia afuera: «Eso no termina nunca», dijo. Lo único que vi fue el vacío, y más allá las ventanas de un edificio de oficinas, salpicadas de caca de paloma. Entonces escuché el zumbido por primera vez: era un ruido leve, como el que hace el motor de una heladera vieja, cuya existencia se descubre recién cuando se detiene. Pensé que la chica exageraba: era diseñadora y tal vez tenía una obsesión por los detalles. Antes de alquilar un lugar para vivir nos fijamos en la luz y los espacios, la ubicación de los enchufes, el estado de las cañerías, el material de los pisos, la cadena del baño. Pero nunca nos detenemos ante los ruidos cotidianos. Nadie oye de verdad una casa hasta que tiene que despertarse en ella todos los días.

Durante doce meses exactos, de abril de 2012 a abril de 2013, viví en un departamento en el que se escuchaba doce horas por día el zumbido de un motor grave a media distancia. El ruido —decían los vecinos— provenía de alguna máquina de la Bolsa de Comercio, una mole de oficinas que quedaba a la vuelta, en la misma manzana de nuestro edificio. Al contrario de lo que sucede cuando se dispara la alarma de un auto y la molestia ataca por asalto, hay sonidos que se vuelven intolerables sólo con el paso del tiempo, pero al final el efecto es el mismo: una vez que lo percibimos, los pensamientos luchan contra el ruido hasta que se detiene. Imaginen una aspiradora que funciona todo el día tres pisos abajo. Imaginen un camión encendido de la mañana hasta la noche a la vuelta de sus casas. Imaginen el rumor lejano de cualquiera de las máquinas del progreso —ventiladores/bombas/compresores/transformadores/extractores—, como la música de fondo que oyen todo el día en un cuarto frío, blanco, de quince metros cuadrados. El ruido que escuchaba, ahora lo sé, era un sonido de baja frecuencia, que son de tonos graves y pueden ser muy perturbadores, pero entonces era incapaz de relacionar ese zumbido constante con la angustia que empecé a experimentar después de mudarme. A los dos meses de vivir en el nuevo departamento había adquirido un hábito recreativo: todos los días buscaba en internet enfermedades que coincidieran con mis padecimientos. De pronto amanecía con media cara enrojecida por una dermatitis. Me brotaban granos en lugares extraños. A veces despertaba en la noche transpirado. Me costaba tanto controlar la ansiedad como concentrarme en el trabajo. Ese fue el comienzo: me volví un hipocondriaco con síntomas reales.

Después de la polución atmosférica, la contaminación acústica es la segunda causa de enfermedad por motivos ambientales en las ciudades. Un ruido constante de más de sesenta y cinco decibeles (un secador de pelo genera entre setenta y ochenta) puede producir hipertensión arterial, problemas digestivos, trastornos del sueño, disminuir la capacidad para concentrarse, aumentar el ritmo cardiaco y la frecuencia respiratoria. Una calle transitada alcanza una presión sonora de noventa decibeles. Ocho horas diarias de exposición a más de noventa decibeles bastan para poner en peligro la capacidad de oír. Las normas sobre contaminación acústica de nuestras ciudades, que suelen ser prehistóricas, procuran regular la intensidad de los ruidos, pero el problema del ruido no es sólo un asunto de volumen. Los efectos extraauditivos que produce el ruido dependen de varios factores, además de la intensidad, y pueden ser iguales o más graves que la pérdida de audición. Un sonido muy intenso te puede dañar en forma más o menos directa, pero un sonido de baja frecuencia puede enfermarte lentamente. El ruido es, antes que un número de decibeles en la pantalla de un sonómetro, un sonido no deseado, y la percepción subjetiva resulta ser central en los efectos que provoca en nuestra mente. A menudo —explica Federico Miyara, director del laboratorio de Acústica y Electroacústica de la Universidad Nacional de Rosario— el ruido se tolera mejor cuando se lo considera inevitable. Hay un ejemplo elocuente para explicarlo: el sonido de millones de gotas de lluvia durante la madrugada puede apaciguar el espíritu; el de una gota que cae tras otra en la pileta del baño puede prender fuego a tu sistema nervioso.
Ploc.
Ploc.
Ploc.
Cuando una canilla gotea en medio de la madrugada, el mundo se divide entre los que son capaces de seguir durmiendo, y los que sienten la imperiosa necesidad de levantarse y hacer algo. En la película Noise, una caricatura de Hollywood sobre un hombre que enloquece por el chillido incesante de las alarmas y empieza a destrozar autos en Nueva York, hay un diálogo en el que la mujer del protagonista quiere saber por qué está tan obsesionado con el ruido. Él le responde con otra pregunta: «¿Por qué todo el mundo lo soporta?». Después de mudarme al nuevo departamento fui adoptando de manera instintiva distintas estrategias para sobrellevar el ruido. La Máquina, como lo había bautizado, arrancaba puntualmente a las nueve y cortaba después de las veintiún horas. Dado que me dedico a escribir, y me paso casi toda la jornada frente al monitor, tres veces al día salía a una plaza, me sentaba en un banco y me quedaba ahí, jadeando mentalmente, tratando de vaciar la cabeza. Cuando tenía que redactar un artículo que exigía demasiada concentración, cambiaba el día por la noche: empezaba a escribir después de las ventiún horas, y me iba a dormir al amanecer. Antes de acostarme cerraba las ventanas, evitaba tomar líquido e iba al baño ritualmente, porque si me despertaba cuando La Máquina funcionaba, no podía volver a dormir. Por épocas mi ciclo de sueño se volvió polifásico. Era como vivir cerca de la sala de máquinas de un submarino que nunca salía a superficie. En esa atmósfera enrarecida, cierta predisposición a las ideas paranoicas floreció como una enredadera salvaje en mi cabeza. Prestaba una atención obsesiva a los cambios más ligeros de mi cuerpo. Empecé a tomar complejos vitamínicos porque me sentía agotado. Compraba suplementos naturales para fortalecer el sistema inmunológico. Me hice análisis clínicos exhaustivos de sangre y orina por primera vez en más de diez años. El médico juraba que no tenía nada más que una ansiedad galopante. Unos investigadores de la Douglas Mental Health University han descubierto que las personas que viven en las ciudades tienen un ventiún por ciento más de riesgo de padecer trastornos de ansiedad, y son hasta cuarenta por ciento más propensos a sufrir trastornos de ánimo que los que viven en el campo. Pronto empecé a hacer terapia para tratar de controlar la angustia, pero tampoco en ese momento vinculé el aumento de mi malestar psicológico con el ruido constante, al que consideraba sobre todo un problema de orden práctico. Sólo había que adaptarse —pensaba— como hacían mis vecinos. Pero a medida que pasaba el tiempo, en vez de atenuarse, el zumbido ganaba más presencia en mi cabeza. Los días en que más difícil se me hacía tolerarlo, me preguntaba lo mismo que el protagonista de Noise respecto de mis vecinos: ¿Por qué todos lo soportaban? ¿Cómo podían vivir así desde hace años?

Un sonido de baja frecuencia puede ser tan molesto como un mosquito en una habitación a oscuras, pero tan dañino como una grieta en el casco de un barco. Es difícil determinar cuán grave es una molestia cotidiana cuando esta es invisible, y nadie más parece percibir el problema. Los estudios coinciden en esto: los ruidos de baja frecuencia provocan una angustia extrema entre quienes son sensibles a sus efectos, pero una de sus características es que tienen un nivel de aceptación muy subjetivo. El zumbido constante de un motor que es desagradable para un individuo puede resultar indiferente para otros, pero eso no lo hace menos dañino. Si alguien padece estrés a causa de un ruido de baja frecuencia, por ejemplo, pero su nivel de molestia al respecto es bajo o nulo, terminará asociando su malestar con otra causa. A eso se suma que este tipo de sonidos son omnidireccionales, y tienen la capacidad de viajar grandes distancias, lo que dificulta determinar su origen. Nuestras ciudades están repletas de fuentes de sonidos de baja frecuencia: los grandes sistemas de ventilación, los motores diésel, la maquinaria pesada, los compresores, los motores de explosión interna, las turbinas, los ruidos que se originan por las vibraciones del suelo.
Un mediodía me acerqué al Edificio Torre, la moderna mole de cemento donde funciona la Bolsa de Comercio de Rosario, para saber qué tipo de máquina podían tener funcionando doce horas por día de lunes a viernes, y alrededor de ocho horas los sábados, que fuese capaz de emitir aquel ronquido grave e ininterrumpido. Desde la recepción, por teléfono, un hombre de mantenimiento me explicó que cada uno de los pisos del edificio tenía su propia sala de máquinas para los equipos de climatización de aire, y que cualquiera de ellas podía haber sido el origen del zumbido que escuchaba en mi departamento. Antes de despedirse, el hombre me preguntó si yo era el mismo vecino que había ido meses atrás a quejarse por el ruido. No era, le dije: si aún hubiese estado viviendo en ese edificio, habría querido aparecer por ahí de la misma manera que aquel residente de Weiden, Alemania, se apareció ante los vecinos que tocaban vuvuzelas durante un partido entre Holanda y Camerún: con un hacha en la mano y amenazando con matar a todos.

Cualquiera que viva al lado de una obra en construcción, o que haya pasado dos horas escuchando bocinazos en la esquina más transitada de la ciudad, se convierte en un asesino de masas en potencia. La exposición al ruido, aun a los de bajo nivel, provoca eso: la irritabilidad, la ansiedad y la fragilidad emocional son formas como reaccionamos al sonido como agente estresante, y yo experimentaba a todas adentro de mi calabozo. Algunos días, después de las nueve de la noche, cuando el sonido se detenía, me daba cuenta de que llevaba horas con las mandíbulas apretadas o los hombros contraídos. Sólo entonces podía relajarlos. Ocho meses después de mudarme, además de hacer terapia y salir a correr, empecé a practicar boxeo: necesitaba agotar el cuerpo por completo para poder descansar. Uno de esos días, sentado en el banco de la plaza más cercana, analicé la posibilidad de comprar tapones para los oídos para volver a escribir.

El oído no tiene párpados: es el único sentido que no podemos anular a voluntad. El sonido tiene la capacidad de desparramarse por hendijas y llenar espacios. Se transmite por el aire, a través de las paredes, por el agua, por el suelo: cualquier medio material que tenga algún grado de elasticidad puede propagarlo. El manejo del ruido deviene así una medida de convivencia, y un signo del registro de los otros. A finales de 2012, el diario El País publicó que en Madrid una familia batallaba hacía veintitrés años por el ruido de los aparatos de climatización de un hospital que quedaba al otro lado de la vereda, a unos veinte metros de su casa. Aunque el ayuntamiento había dado la razón a la familia, y había notificado, multado y amenazado al hospital con clausurarlo, el ruido persistía. Hubo un momento —narraba la noticia— en que la mujer de la familia —que hacía quimioterapia para tratar el cáncer que padecía— tenía que sacar su cama al pasillo de su casa para alejarse de las ventanas y poder dormir. En Granada tuvo repercusión otro caso: un médico forense había diagnosticado que la vecina de una fábrica de cerveza padecía un estado ansioso-depresivo con estrés postraumático, somatizado con taquicardias, dermatitis y otros efectos físicos a causa del ruido. La mujer, que había iniciado un litigio contra la fábrica, explicaba que el ruido que producía la planta las veinticuatro horas y los siete días de la semana hacía imposible cualquier actividad cotidiana, desde leer un diario hasta descansar. No es sorprendente que la gente que sufre contaminación acústica se refiera a ella como ‘una tortura’, dice Federico Miyara. Los chinos, que no siempre fueron tan sutiles usando gotas de agua, antiguamente utilizaron ruidos muy intensos para torturar hasta la muerte a criminales condenados. El ejército de Estados Unidos empleó música a volumen brutal para torturar a detenidos en Guantánamo y Afganistán. Antes de los Juegos Olímpicos de Londres, Inglaterra adquirió un dispositivo acústico de largo alcance (LRAD, por sus siglas en inglés), que se podía utilizar como ‘arma sónica’ en caso de disturbios. Un equipo similar había sido utilizado por Estados Unidos para controlar multitudes en Irak y por Israel para reprimir palestinos en la franja de Gaza. El ruido blanco se utiliza para provocar la privación sensorial de prisioneros. Los ruidos de baja frecuencia se utilizan en interrogatorios ilegales para desestructurar el pensamiento lógico. La expresión ‘violencia acústica’ —señala el especialista Miyara— es precisa para hablar de un fenómeno cada vez más presente en nuestras sociedades: «A menudo dicho sonido será un ruido muy intenso, pero también puede ser la música de un vecino que se filtra a través de la medianera —la pared que separa dos propiedades—, o el estrépito constante de una ciudad que nos impide conciliar el sueño».

Hay vecinos capaces de llamar a la policía para quejarse por los ruidos molestos de una fiesta descontrolada, pero nadie lo hace por los equipos de aire acondicionado de un edificio de oficinas. La antigua portera del edificio donde yo vivía, que trabajó ahí durante catorce años, no recuerda que los vecinos se quejaran mucho del ruido, pero un par de veces tuvo que ir a la Bolsa de Comercio a reclamar en nombre del edificio. «No todo el mundo lo escuchaba», me dijo. Para la administradora, el problema de ese ruido era indistinguible de otros reclamos: «La gente se queja por todo». El hombre del 5 A creía que el problema era en verano, cuando el ruido de los equipos de aire acondicionado se sumaba al zumbido de las máquinas de la Bolsa de Comercio. Para la chica del 2 B, el ruido provenía del extractor de aire de un bar que lindaba con el edificio. Dos viejitos adorables del 2 A, Edgar y Nelly, se quejaron varias veces por el ruido de ese mismo extractor, que funcionaba casi al lado de su hogar. Al principio él sufría mareos por el zumbido, y escribió varias cartas a la administración. Después, con el tiempo, decidió acostumbrarse: como no quería tener problemas con la gente del bar, evitaba los ambientes más contaminados por el ruido —la cocina y el comedor diario de su casa—, encendía el televisor, trataba de ignorarlo. A diferencia de ellos, que lidiaban con el extractor, el ruido de la Bolsa de Comercio parecía afectar a ciertos departamentos de los pisos más altos, sobre todo del ala B. La vecina del 2A recordaba el reclamo de unos estudiantes que no podían concentrarse: «Abrían las ventanas y el ruido los volvía locos». En un comienzo, cuando vivía en ese mismo edificio, suponía que mis vecinos se embotaban con la televisión o con cualquier ruido para no tener que estar a solas con sus pensamientos. Esa explicación me había servido de consuelo los días más duros, pero equivalía a reconocer que no existía un problema real. Sin embargo, mientras hablaba con aquel par de viejos queribles y confiados en el comedor de su hogar, levantando la voz para hacerme oír por encima del zumbido espantoso del extractor y del televisor encendido, descubrí que ellos simplemente no tenían a donde ir. Vivían ahí hacía más de treinta años, y se habían adaptado a la invasión del ruido como a una fatalidad. A partir de sus quejas, habían conseguido que los responsables del bar pusieran un aislante y un silenciador nuevo para bajar un poco los decibeles. Y eso era todo. Lo mismo sucedía con la Bolsa de Comercio: cada vez que algún vecino se quejaba por el ruido, el equipo de mantenimiento revisaba y ajustaba las máquinas, y así se renovaba un pacto de convivencia tácito, asimétrico, hasta la nueva queja. Y eso era todo.

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September 25, 2013

09 verde

Un texto de

El cine implanta falsedades
en tus recuerdos

Un texto de Juan Manuel Robles

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Hillary Clinton perdió sus últimas chances de ser candidata presidencial cuando decidió ponerse a jugar con sus recuerdos. Ante una audiencia de miles de seguidores en Texas, la senadora narró uno de los episodios más emocionantes de su vida como primera dama, quizás el que mejor graficaba su experiencia en política exterior. Clinton relató su visita a Bosnia en 1996, un año después de la intervención de la OTAN en la región. Contó que al bajar del avión, ya en suelo bosnio, tuvo que agachar la cabeza y correr con su hija Chelsea, debido al fuego cruzado de los francotiradores, que todavía acechaban en la convulsionada zona. La escena era perfecta para el anecdotario: mostraba roce internacional y temple. Pero había un problema. Era falsa.

El video de archivo no dejaba lugar a ambigüedades. En él la primera dama bajaba con total tranquilidad del avión y era recibida por una niña bosnia que le dio un beso y le leyó un poema. La noticia del gran engaño dio la vuelta al mundo. La senadora demócrata quedó como una farsante.

A primera vista se trataba de una mentira grosera, no muy inusual en un gremio en el que se suele jugar con las cartas de la desinformación y las verdades incompletas. Pero había cosas que no encajaban. Hillary Clinton era consciente de que el episodio había sido transmitido por la televisión, pues se trataba de una visita oficial que los periodistas de la época cubrieron. Era muy fácil descubrirla. ¿Por qué arriesgarse a inventar un cuento así, incluso con detalles tan precisos como las balas y el asfalto? ¿Era Hillary Clinton tan torpe que no previó la respuesta de sus enemigos? ¿Era tan cínica que confió en el poder de su engaño?

Algunos comentaristas trajeron a colación el caso de Ronald Reagan, quien en 1983 narró, con lágrimas en los ojos, la historia de un piloto que prefirió morir en un avión antes que abandonar a un compañero herido: la prensa descubrió que tal piloto no existía y que la escena de Reagan era sospechosamente parecida a la de la película A Wing and a prayer, de 1944. También en este caso, sin embargo, había razones para creer que Reagan no mentía de manera deliberada. ¿Qué ocurría entonces?
Chistopher Chabris, coautor de El gorila invisible, un best seller sobre los engaños de la percepción, fue uno de los primeros en ensayar públicamente una explicación alternativa sobre las declaraciones de Hillary Clinton. Para él era posible que la ex primera dama hubiera estado recordando de verdad. Y no es que la senadora sufriera algún problema mental —como no lo sufría el aún lúcido Reagan de inicios de los ochenta—. Simplemente así funciona nuestra memoria: embellece, cambia locaciones, agrega rostros que no estaban allí, confunde el origen de las imágenes. A veces, incluso, da a los hechos una narrativa poderosa y muy visual. Como algo visto en una película. O en varias.

Chabris encontró, en una encuesta de 2009, que dos terceras partes de sus entrevistados decían que la memoria humana funciona como una cámara de video. Casi la mitad creía que los recuerdos se mantienen intactos para siempre. Ambas creencias son erróneas. «Somos víctimas de la ilusión de la memoria», dijo Chabris, con lo que resumía en dos segundos décadas de conclusiones científicas. Recordar es —también— ver nítidamente, en nuestro pasado, escenas que nunca vivimos, momentos robados de otras fuentes.

Bienvenidos al mundo de los recuerdos falsos. Pasa en las películas, pasa en la vida. Tu infancia no es la excepción.


II


A fines de los ochenta, miles de adultos en Estados Unidos, ayudados por sus psicólogos, descubrían en terapia que habían sido víctimas de abusos sexuales durante la infancia. El país vivió una ola nacional de «recuerdos reprimidos». Cientos de padres tuvieron que afrontar juicios bochornosos con cargos impronunciables. Al inicio los pacientes gozaron de la solidaridad de la opinión pública; el abuso sexual siempre ha sido un pecado de entrecasa y el olvido suele ser la cobarde apuesta de los abusadores. Pero ciertos eventos sembraron sospechas. En 1992 una mujer de Missouri recordó vívidamente haber sido violada de niña por su padre. Al ser examinada resultó que era virgen (la mujer demandó a su psiquiatra). A esto le siguieron casos de supuestas víctimas que negaron la autenticidad de sus acusaciones previas. Mientras tanto, en todo Estados Unidos aparecían padres que clamaban inocencia. Ellos formaron la False Memory Syndrome Foundation, para defenderse de esta suerte de epidemia de acusaciones.

Elizabeth Loftus fue una de las pocas psicólogas que decidió apoyarlos. Después de hacer un análisis de la metodología usada por sus colegas, Loftus llegó a una conclusión: las terapias podían inducir recuerdos falsos. La psicóloga llevaba varios años estudiando la distorsión de la memoria. Sus trabajos evidenciaban que, con la interferencia adecuada en el momento de hacer memoria, los recuerdos pueden tornarse inexactos, erróneos, y que es relativamente fácil colocar detalles que no estuvieron allí. Pero no sólo eso. Loftus creía que era posible implantar recuerdos completos con una estrategia de regresión adecuada. Para probar su teoría, la psicóloga creó la dinámica «Perdido en el centro comercial». El método —que hoy es un clásico— sólo requería la participación de un voluntario y la complicidad de un familiar cercano. Gracias a la información brindada por este último, se elaboraban cuatro relatos escritos, situados en la infancia del voluntario —a los cinco o seis años—. Tres de esos relatos eran verdaderos. Pero uno era inventado, y decía más o menos lo siguiente:

Tus padres nos contaron que una vez saliste con mamá al centro comercial al que solían ir. Fueron a las tiendas que le pedías visitar siempre. En un momento, mamá te perdió de vista. No la encontrabas. Seguiste caminando un buen rato. Empezaste a llorar. Las horas pasaron. Mamá no aparecía. Finalmente, una mujer te encontró y te llevó con mamá de nuevo. Era una mujer de mediana edad.

El relato falso incluía nombres específicos de calles y barrios, y de algún miembro de la familia. Después de varias entrevistas, más de un tercio de los voluntarios terminaba creyendo que el recuerdo era real. Lo más inquietante: las personas juraban estar seguras de haberlo vivido, aun después de revelárseles el engaño.

Hacer este tipo de estudios en plena ola de recuerdos de violaciones en la infancia hizo de Elizabeth Loftus una de las psicólogas más impopulares de Estados Unidos. Recibió amenazas de muerte, insultos, y hasta un ataque a periodicazos dentro de un avión. Sin embargo, las evidencias fueron dándole la razón. En varias de las terapias de evocación de la niñez, se reportaban recuerdos de violaciones en rituales satánicos. Las memorias eran muy detalladas, a pesar de que la policía nunca encontró evidencia de que tales ceremonias hubieran ocurrido. Cuando aparecieron recuerdos de abducciones extraterrestres, quedó claro que algo estaba fuera de control. En sus estudios, Loftus citaba al psiquiatra George Ganaway, que sostenía que los recuerdos falsos podían provenir de fuentes internas, dentro del hogar; pero también de fuentes externas: la literatura, el cine, la televisión. El detalle puede ser anecdótico, pero la década de los ochenta fue la época dorada de las películas sobre rituales satánicos y los secuestros de extraterrestres. Esas historias se expandieron como virus en las escuelas. Fue la paranoia de toda una generación de niños.

La idea que subyacía en los estudios de Loftus no era nueva. El propio Sigmund Freud —uno de los padres del concepto de la represión de los recuerdos— había advertido sobre la falibilidad de las imágenes evocadas, luego de oír relatos poco creíbles de sus pacientes. La memoria puede traicionarnos, eso lo hemos sabido siempre. Pero sólo en el siglo XX aparecieron las tecnologías de almacenamiento —grabadoras de voz, videocámaras— que nos permitieron ver cuán asombrosamente inexactos pueden ser esos recuerdos erróneos. Incluso las memorias relámpago, esas que se forman durante una gran catástrofe colectiva, y que todos creemos recordar a la perfección —como si fuera ayer—, resultaron ser muy afectadas por la distorsión. ¿Dónde estabas y qué hacías el 11 de setiembre de 2001? Quizás creas que sabes la respuesta exacta. Pero es posible que asumas que estuvo contigo alguien que en realidad no estaba. O que pienses que viste el segundo avión que se estrelló en vivo, cuando en realidad te lo contaron, y lo que viste fue la fotografía en el periódico. Puedes recordarte más cerca del televisor de lo que realmente estuviste. Puedes incluso recordar que estuviste tomando desayuno en un restaurante que entonces aún no existía. Es difícil de aceptar, pero es lo que demuestran los estudios que comparan recuerdos pocos días después de los atentados con los de años después. La memoria es elástica. El recuerdo no se parece tanto a una roca tallada, sino a una figura hecha de plastilina. Un momento: ¿una figura de plastilina?

Para entenderlo mejor es preciso mirar bajo el microscopio.


III


En los sesenta, el investigador Eric Kandel diseccionaba babosas de mar para analizar su sistema nervioso y sus formas de aprendizaje. Así demostró que el acto de recordar provoca un cambio físico visible en la red neuronal. Cuando la babosa de mar aprende a responder ante un estímulo, ciertas conexiones sinápticas se fortalecen, es decir, se asocian entre sí y empiezan a actuar al mismo tiempo. Esta modificación, para ser estable y durar, requiere una síntesis de proteínas y activación genética. Ese sería el principio que rige la formación de la memoria de largo plazo —que en su forma explícita y humana sería la memoria de episodios—. Para confirmar este mecanismo, otros científicos empezaron a experimentar con químicos que bloquean la formación de la memoria (antagonistas y toxinas) en roedores. Tal como previeron, los animales se volvían incapaces de formar nuevos recuerdos. Recuerdos, quizás, sea una palabra demasiado grande. El paradigma era el siguiente: las ratas oyen un timbre y de inmediato reciben una descarga eléctrica. La siguiente vez que el timbre suene, la rata temblará (adivinaron: Pavlov). Si la síntesis de proteínas es interferida por efecto de la droga, las ratas no temblarán la siguiente vez que oigan el sonido. No recordarán, pues el recuerdo nunca habrá llegado a formarse en sus cerebros. Será como si no hubieran vivido jamás el episodio. Los laboratorios se llenaron de ratas desmemoriadas que tropezaban, una y otra vez, con la misma trampa. La hipótesis era acertada: la memoria —tan bella y literaria— es un fenómeno químico que se puede evitar con una jeringa.

Pero todos esos estudios —llenos de dendritas, axones, canales iónicos y antagonistas— estuvieron durante años muy lejos del mundo de la psicología, el de Loftus y los recuerdos infantiles. Recién a fines de los noventa, el neurocientífico Karim Nader condujo un experimento que resultaría decisivo para que décadas de trabajo molecular tuvieran aplicación humana —psicológica y filosófica—. Lo que hizo fue más o menos simple. En vez de bloquear la formación del recuerdo de un roedor con una droga justo antes de que sonara el timbre, Nader decidió hacerlo al día siguiente del aprendizaje, mientras la rata estaba recordando (o sea, mientras el timbre sonaba). Algunos de sus colegas le advirtieron que sus esfuerzos serían infructuosos, pues la memoria ya se había formado: estaba allí. Pero intervenir en el momento en que el animal hacía memoria tuvo un efecto sorprendente. El recuerdo cambió. La rata no volvía a reaccionar la siguiente vez que era expuesta a la señal, aun pasado el efecto de la droga. Ya no temblaba. El aprendizaje estaba borrado. ¿Pero cómo era posible que la misma droga que bloqueaba los mecanismos de creación de un recuerdo nuevo borrara un recuerdo ya existente? Pues eso fue lo que los científicos aprendieron: lo borraba porque recordar implica volver a activar esos mecanismos de creación. Recordar es buscar en la red, pero es también sobrescribir las memorias.

Fue una revolución. Adiós a la metáfora del casete de video: un recuerdo nunca se graba. Ciertas neuronas se asocian en red al fijar por primera vez un episodio, pero el acto de recordar modifica esa red, la alimenta y la actualiza. Recordar es una intervención para reconstruir. Volvamos a la imagen de la plastilina. Imagina que moldeas una figura —digamos—: un árbol. Decides guardarlo en un cajón. Al cabo de un año, sacas el árbol. El juego es el siguiente: después de mirarlo unos segundos, debes aplastarlo, amasarlo, volverlo una pelota y hacer exactamente la misma figura que tenías. Luego vuelves a guardar el nuevo árbol en el cajón. Y haces lo mismo un año más tarde: lo sacas, lo amasas y lo construyes de nuevo. ¿Cómo queda el quinto árbol? ¿El décimo? ¿Cuánto se parecerá al primero, al original? El hallazgo implicaba una paradoja: el mismo mecanismo de síntesis proteica y fortalecimiento sináptico que hace la memoria posible, la hace imperfecta, elástica, maleable.
Nunca sabremos qué pasó por la mente de Hillary Clinton cuando habló de su aterrizaje heroico, pero ahora hay más evidencias para pensar que es perfectamente posible que estuviera recordando. Recordar ablanda la memoria y vuelve frágiles las fuentes originales. Hacer memoria —nunca tan oportuna la construcción en castellano— desestabiliza esa red que llamamos recuerdo, ablanda temporalmente el pequeño árbol de plastilina, lo estruja, y luego lo rehace incorporando información nueva, lo visto, oído o leído en alguna parte. Los científicos le pusieron un nombre: reconsolidación. Loftus perdió el aura de controversial y se volvió un clásico en la literatura neurocientífica. Eric Kandel, el científico que estudiaba la memoria de las babosas, obtuvo el premio Nobel de Medicina en 2000.


IV


Hay razones para pensar que las películas y las series de televisión podrían desfigurar nuestros recuerdos. Una superproducción gasta millones para hacer una réplica perfecta de lo cotidiano, y por eso el cine es hoy el constructor de arquetipos por excelencia (un juzgado, un laboratorio, Londres victoriana). El cine, además, cuenta una historia: una sucesión de eventos con sentido. Investigadores como Donald Polkinghorne sostienen que la narrativa es muy eficiente en la fijación de los recuerdos. En el relato de Hillary Clinton, algo prevalece: el miedo y la naturaleza arriesgada de aterrizar en un territorio convulso. Reagan pudo confundir sus fuentes, pero dejó intacta la fábula esencial: el combatiente que da su vida por un compañero. El árbol de plastilina a veces se parecerá más a un abeto, otras a un roble, a un álamo. Será más bello que la vez anterior, o menos tosco, más delgado o alto. Pero seguirá siendo un árbol.

Las fuentes de distorsión de nuestros recuerdos pueden ser variadas, pero el cine y las series de televisión están entre los sospechosos comunes. Vivimos en un mundo en el que la internet y las redes sociales obligan al procesamiento rápido de la información, lo que produce memorias de baja calidad. Nicholas Carr, finalista del Pulitzer con Superficiales, un libro sobre cómo la red está cambiando nuestro cerebro, sostiene que las nuevas formas de comunicación digital no crean las condiciones químicas necesarias para los recuerdos profundos. En ese contexto, las narraciones audiovisuales siguen siendo una fuente poderosa de memorias de largo plazo, es decir, recuerdos bioquímicamente saludables. Las películas gozan de algo cada vez más esquivo en el mundo real: nuestra atención.

No se trata de una influencia menor. La neurociencia lleva años utilizando retratos de celebridades para medir la actividad cerebral de «lo familiar». De hecho la reacción ante la fotografía de Angelina Jolie es una forma efectiva de medir cuán grave es una amnesia por contusión. Estudios con imágenes de resonancia magnética confirman algo más o menos esperable: que reconoces con mucha más intensidad el rostro de un famoso que el de alguien a quien vuelves a ver días después de conocerlo; por ejemplo, en la última boda a la que te invitaron. La chica célebre activa regiones de la memoria de largo plazo que no responderán cuando te reencuentres con una persona con la que estuviste hablando; por ejemplo, la guapa prima de la novia.
Los experimentos de Elizabeth Loftus evidencian que nuestra memoria es frágil, pero también capaz de generar arquetipos muy enraizados. La memoria infantil del rostro de tu hermano es sólida (aunque podríamos discutir si esa memoria es la de su rostro actual o el de esos años, ¿cuántas versiones de rostros guardamos según la edad?). La memoria de tu mejor amigo del colegio es ciertamente sólida. La de tu segundo mejor amigo, probablemente también. Pero ¿qué hay del tercer o cuarto amigo, el chico que se sumaba al grupo a veces, del que no conservas fotografías? ¿Puedes visualizar ese rostro? ¿Qué tan nítido es? Imagina que te das a la tarea de reconstruir una escena en la que participa esa persona. Como nuestro cerebro es poderoso, el rostro aparecerá. La pregunta es si ese será el rostro original. Y lo mismo puede aplicarse a alguien que conociste cierto verano en la playa, un ser espléndido que acuñó —verbo peligroso— desde entonces tu idea de belleza, y que nunca volviste a ver. ¿Prevalecerá esa cara? ¿O es que apelaremos a la vasta galería interior, a una especie de archivo facial? La mujer de mediana edad que te encontró cuando te perdiste en el supermercado poseerá un rostro en el mismo instante en que te creas la historia. ¿Pero cuál? ¡Si ni siquiera existe! En Searching for memory, Daniel Schacter cuenta el caso del australiano Donald Thompson, detenido por la policía acusado de violar a una mujer. Afortunadamente Thompson tenía una coartada que era también la explicación del hecho: minutos antes del ataque, él había aparecido en una entrevista, en vivo, en la televisión. La mujer lo había visto y había atribuido ese rostro a su atacante. Este caso es especial, pues la violencia y lo traumático de la experiencia influyen en la malformación del recuerdo, pero lo que asombra es la forma como un rostro específico puede colocarse con tal precisión en el recuerdo.

¿Cuántos rostros intrusos se han colado en nuestra memoria? ¿Cuántos actores de reparto de nuestra biografía tienen puesto el rostro de actores de reparto de verdad? El análisis es difícil. Como nadie puede ver dentro de nuestra mente, la comparación objetiva de las caras y las locaciones que conservamos es imposible. Y no todos tenemos la oportunidad de que nuestras vivencias estén sometidas al escrutinio público, ni contamos con videos de archivo con los cuales cotejar las exageraciones y errores. No todos tenemos acceso a la imagen fundadora, al árbol de plastilina original.

El descubrimiento de la maleabilidad de los recuerdos está por lograr el sueño de debilitar una memoria hasta el punto de extinguirla. O sea, darte una droga justo cuando acabas de estrujar el árbol de plastilina para que no puedas moldearlo de nuevo y te quedes con una cosa amorfa que la siguiente vez ya no reconocerás. No sé si esa cura maravillosa para los traumas —que ya se prueba en veteranos de guerra, sin resultados concluyentes hasta la fecha— llegue pronto. Lo que sí sospecho es que se instalará cierta forma de higiene de la memoria, considerando la nueva ola científica. Me refiero a determinadas costumbres que iremos aprendiendo para minimizar y controlar la distorsión. Quizás para las personas del futuro sea muy claro que recordar en exceso un episodio puede desfigurarlo. Quizás la gente diga «disculpa, hoy no voy a recordar el 11 de setiembre, sólo lo hago una vez al año, porque no quiero deformar ese día». Tal vez haya ideas circulantes, hábitos, quizás los adultos alerten sobre los riesgos de escribir basándose en una experiencia real, quizás sea común decir que ponerse a recordar la infancia después de ver una película sobre niños es una muy mala idea.

 

Un experto
en ángeles y santos
persigue a ladrones
de libros

¿Es un bibliotecario uno de los últimos combatientes contra la corrupción?

Un perfil de David Hidalgo
Fotografías de Nicolas Villaume

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Nicolas Villaume

Un hombre ingresó a la Casa Rosada, el palacio presidencial de Argentina, con una caja negra en las manos. Se trataba de un estuche sin señas, forrado con terciopelo, y tenía un libro en su interior. Era la réplica de un antiguo tratado de quiromancia que había pertenecido a la biblioteca del libertador José de San Martín. Pocos rasgos más intrigantes en la historia universal del poder que la curiosidad de un gran estratega militar por leer el futuro en la palma de una mano. El salón de la Casa Rosada se fue colmando de ministros, diplomáticos y altos funcionarios peruanos y argentinos. Minutos antes del mediodía, llegaron los presidentes. Ramón Mujica, el portador de ese libro para adivinos, se sentó en la mesa circular de los gobernantes y colocó la caja negra a la vista. Era una escena insólita en América Latina: dos presidentes estaban a punto de quedar intrigados por un libro.

Ollanta Humala visitaba a Cristina Kirchner en un viaje relámpago para firmar varios acuerdos, desde la lucha antidroga hasta el traslado de presos. Ramón Mujica viajaba en la comitiva como director de la Biblioteca Nacional del Perú. Cuando llegó su turno de firmar el convenio cultural, Mujica se las arregló para romper el protocolo: en vez de regresar a su silla, junto a las demás autoridades, dio unos pasos hasta la mesa de honor y entregó la caja negra a Ollanta Humala, quien se levantó para recibirlo. Por unos segundos Mujica le dijo unas palabras que sólo Cristina Kirchner pudo escuchar. Humala no resistió la tentación de abrir el estuche en ese instante y la presidenta de Argentina se sumergió durante varios minutos en ese libro lleno de dibujos de manos marcadas con signos extraños. La política, como el esoterismo, es un reino de símbolos: entre los títulos que le corresponden como presidenta de Argentina, Cristina Kirchner ejerce el de Gran Maestre de la Orden del Libertador San Martín. Nadie parecía recordarlo cuando, minutos después, le tocó imponer al presidente del Perú un collar de oro con la imagen de un cóndor, una espada sobre una corona de laureles y la efigie de San Martín rodeada de brillantes. Acaso el único que valoraba la coincidencia era el bibliotecario que acaba de romper el protocolo para entregarle un libro de quiromancia.

Ramón Mujica llevaba meses persiguiendo ladrones de libros antiguos en Lima y había hallado pruebas de que una de las rutas del tráfico pasaba por Buenos Aires. Atraer la atención de ambos presidentes con un detalle enigmático era un movimiento digno de un prestidigitador: los políticos cautivan a la gente con discursos; los bibliotecarios, con misterios. Un tratado de quiromancia como ese es más que un manual de instrucciones para leer el futuro: es una máquina del tiempo y de conocimiento, un objeto capaz de transportar a un lector a otro mundo y a otra mentalidad. «Este libro es impreso medio siglo después de la invención de la imprenta por Guttemberg [sic]», dice una anotación en la primera página de ese ejemplar. Trescientos años más tarde, estuvo en la colección que el general San Martín donó para fundar la Biblioteca de Lima y fortalecer con libros la libertad ganada por las armas. El tratado de quiromancia sería robado durante la guerra que enfrentó a Perú y Chile al final de ese siglo de rebeliones ilustradas. «Lo recobré del poder de un soldado chileno en 1881, por dos reales de plata», dice la misma anotación. La firma es del tradicionista Ricardo Palma, el director que en ese tiempo reconstruyó la Biblioteca Nacional del Perú a fuerza de pedir libros de puerta en puerta. Mujica, el hombre de la caja negra, es su más reciente sucesor. También es un hombre en busca de tesoros perdidos.


[II]


Ramón Mujica es un experto en el poder de los símbolos antiguos. Durante años se ha dedicado a descifrar mensajes en las imágenes religiosas de grabados, pinturas y esculturas del tiempo de los virreyes del Perú. A inicios de los años noventa del siglo pasado, entusiasmó a la comunidad académica con un libro que arrojó luces sobre uno de los temas más intrigantes de la época colonial: la aparente obsesión de sus artistas por pintar retratos de ángeles arcabuceros. Varias series de cuadros sobrevivientes de aquel tiempo muestran a esos personajes celestes vestidos con trajes militares y con armas, como soldados con alas. El mayor enigma de esas obras era que numerosas pinturas tienen inscripciones con nombres de ángeles que no aparecen en la Biblia. Nombres que nunca fueron reconocidos por la Iglesia Católica. Mujica, un erudito fascinado con la historia de las religiones, hurgó en bibliotecas americanas y europeas en busca de pistas. Encontró documentos desconocidos sobre el tema. En vez de un estudio sobre historia del arte, lo que hizo parecía un esfuerzo por resolver un acertijo de la antigüedad clásica: combinó referencias de disciplinas como los estudios bíblicos, la patrística — el estudio de los escritos de los padres de la Iglesia primitiva—, la filosofía neoplatónica medieval, la magia renacentista, la teología tridentina y la antropología. Sus hallazgos revelaron la existencia en América de un antiguo culto angélico, que reivindicaba la devoción a siete ángeles específicos como príncipes del cielo y guerreros del Apocalipsis. En su momento, este culto había sido investigado por el Santo Oficio debido a sus aparentes vinculaciones heréticas con la cábala y la magia. Sin embargo, tras una serie de complejas reinterpretaciones, terminó convertido en la doctrina político-religiosa que facilitó «la Conquista espiritual del Nuevo Mundo»: las pinturas de ángeles soldados abrieron los caminos de los Andes a los evangelizadores de la monarquía española.

Mujica puede contar esta historia como si fuera una novela de misterio. Más que un estudioso encerrado en una torre de marfil, parece un científico de la era victoriana, uno de esos exploradores que se vestían como catedráticos para presentar sus hallazgos ante sus colegas de la comunidad científica. Algunos detalles de su biografía explican el origen de su curiosidad: es hijo de Manuel Mujica Gallo, un recordado mecenas que combinó una activa vida política con su acentuada pasión por el arte, y estudió Antropología en el New College de Florida, una universidad experimental de estilo socrático, de la que se graduó con una tesis sobre los conceptos del amor y la guerra en la poesía hispano-árabe del siglo XII. De regreso al Perú, durante una época repartió su tiempo entre el negocio familiar de bienes raíces y las visitas diarias a los conventos de Lima: por las mañanas daba directivas y firmaba cheques, y por las tardes se internaba en bibliotecas religiosas sumidas en un silencio monástico.

En una época en que el mundo entraba a una vorágine de conquistas tecnológicas, Mujica frecuentaba recintos donde la mayor tecnología permitida eran sus anteojos redondos de carey. El hombre que quería resolver un enigma sobre ángeles se asomó a la oscuridad del pasado con la curiosidad como linterna. «Un estudioso —escribió Virginia Woolf— es un entusiasta concentrado, solitario, sedentario, que busca en los libros ese grano especial de verdad en el cual ha puesto todo su afán». Mujica lo encontró en antiguos tomos amarillentos, algunos de los cuales no habían sido leídos en siglos. Su mayor descubrimiento no fue hallar esos libros y documentos, sino entender lo que revelaban acerca de las ideas y costumbres, miedos y esperanzas del tiempo en que fueron escritos. «Es obligatorio beber de las fuentes que animaron a nuestros artistas con el fin de comprender el significado de sus visiones y el sentido final de sus obras», explicó Mujica en su estudio sobre las pinturas de ángeles.

Fue esta certeza sobre el valor de los libros antiguos como valiosos artefactos de la memoria la que lo motivó a lanzar un mensaje de alerta desde Lima a Buenos Aires una mañana de agosto del 2012, tres meses antes del episodio con el tratado de quiromancia y los presidentes de Perú y Argentina. Ese día Mujica iba a contar detalles sobre el sofisticado robo de un manuscrito de la Biblioteca Nacional del Perú. Esta vez el experto en ángeles no actuaría con un sigilo de convento, sino con la resonancia de la era digital: revelaría el caso en una teleconferencia con un grupo de invitados a la embajada del Perú en la capital argentina. El libro robado era un catecismo del siglo XVIII escrito en quechua, una evidencia de cómo los evangelizadores españoles reciclaban palabras del idioma nativo para predicar conceptos occidentales como el cielo y el infierno, los ángeles o el diablo. Pertenecía a una de las colecciones más importantes de la Biblioteca Nacional, pero nadie supo de su desaparición hasta que un académico francés lo redescubrió de manera casual en una prestigiosa biblioteca de Washington. Entonces se supo que esa institución lo había comprado a una librería anticuaria de Buenos Aires. Tras una odisea por ambos extremos del continente, el libro había sido devuelto, y ahora el director de la Biblioteca Nacional trataba de obtener aliados en una cruzada internacional para detener el tráfico de libros. «Con la aparición del manuscrito se puede reconstruir el circuito del robo», dijo Mujica al grupo que lo escuchaba desde una pantalla gigante, media docena de personas entre las que estaba Horacio González, director de la Biblioteca Nacional de la República Argentina, y Alberto Casares, presidente de la Asociación de Libreros Anticuarios de ese país. El autor del robo, explicó Mujica, no sólo se había llevado el ejemplar —como ha ocurrido en otras bibliotecas del mundo—, sino que había eliminado casi todos los rastros de su existencia, desde las fichas bibliográficas hasta el registro de la bóveda donde había estado guardado. El ladrón también se cuidó de eliminar las papeletas de los investigadores que habían visto ese libro en años recientes. Había sido, en palabras de Mujica, un trabajo interno.


[III]


Una tarde Mujica me contó cómo había descubierto la gravedad de los robos en la Biblioteca Nacional. Había ocurrido en su segundo mes de director. Durante una reunión en su despacho, una funcionaria le dio una noticia: alguien había tratado de robarse parte del archivo que perteneció a un antiguo presidente del Perú. Unos operarios de mantenimiento habían encontrado siete carpetas con documentos escondidas al interior de un mueble viejo en la azotea de la antigua sede de la BNP, un edificio del Centro de Lima que por casi doscientos años guardó los mayores tesoros bibliográficos del país. Los técnicos que acudieron a verificar el hallazgo se toparon con más de cuatro mil páginas de la correspondencia del mariscal Andrés Avelino Cáceres, dos veces gobernante del Perú en el siglo XIX, y uno de sus mayores héroes militares. Eran papeles históricos que debían estar en la bóveda.

El hallazgo accidental había ocurrido el mismo día en que el presidente Humala firmó la resolución suprema que nombró a Ramón Mujica director de la Biblioteca Nacional del Perú. Sin embargo, Mujica no recibió la noticia de los robos al tomar el cargo ni en las semanas siguientes, sino hasta que regresó de un viaje. Su reacción inmediata fue presentarse en el viejo local de la Biblioteca con una comitiva de funcionarios y personal de seguridad para esclarecer el robo. «Estaba consternado —recordó una trabajadora que presenció la escena—. Decía que no entendía por qué le habían ocultado eso». Allí se enteró de que desde el día del hallazgo, la jefa del Archivo, Martha Uriarte, había tenido que hacer malabares en su oficina para proteger los documentos de Cáceres: cada tarde, antes de irse a casa, los cambiaba de estante en secreto, para evitar que algún intruso de la mafia se los volviera a llevar durante la noche. Uriarte no confiaba en nadie y por eso esperaba el retorno del director para entregárselos en persona. El asunto era más grave que un intento frustrado de robo. Otra funcionaria había dado una orden general para ocultárselo. «Sentí indignación: me di cuenta de que todas las personas que me habían sonreído, que me habían felicitado, que me habían dicho que iban a trabajar conmigo, todas estaban mintiendo», dice Mujica sobre algunos de los funcionarios de la BNP al recordar el incidente.

No era el primer caso conocido de hurto en la Biblioteca Nacional. En años recientes, antes del nombramiento de Mujica, varias denuncias periodísticas habían revelado el robo de grabados y de tomos completos de sus fondos más valiosos, cuyo acceso solo está permitido a investigadores. El problema no había terminado ni siquiera con la mudanza de la antigua sede del centro de Lima a un nuevo edificio en uno de los distritos más residenciales de la ciudad. La respuesta oficial seguía pareciendo una política para aliviar goteras: cada denuncia era asumida como un caso aislado y no como la operación de una mafia. Así había ocurrido incluso cuando un par de académicos peruanos, especialistas en religiosidad colonial, entregaron a un diario limeño la prueba documental de uno de los robos. Se trataba de la copia microfilmada de un grabado del siglo XVII que muestra un retrato de Nicolás de Ayllón, un noble indígena a quien la Iglesia Católica llegó a declarar venerable, el segundo de los cuatro pasos a la santidad. Los investigadores habían estudiado el grabado en físico para unos libros que estaban preparando. Tiempo después, esa página había desaparecido del tomo original. El tema no había pasado inadvertido para Mujica: el experto en ángeles es también una autoridad en la historia de los santos. Durante sus propias investigaciones, había trabajado con documentos y libros de la misma época. Alguna vez había tenido el grabado de Ayllón en sus manos. Por eso, días antes de sentarse como nuevo director de la Biblioteca, Mujica indagó sobre este caso con dos de sus antecesores, un sociólogo y un historiador. Según recuerda, uno de ellos le dijo que el caso Ayllón era una manipulación periodística. El hallazgo del archivo de Andrés Avelino Cáceres en la azotea del edificio antiguo acabaría con cualquier duda: los robos eran sistemáticos.

El experto en ángeles y santos se había transformado en una especie de fiscal con buenos modales. Su habitual elocuencia de palabras relacionadas con el arte y la historia había dado un giro hacia un lenguaje jurídico de expresiones como «sospechosos», «delito», «evidencia», «pruebas». Este vocabulario era un síntoma de las circunstancias: su primer año y medio como director de la Biblioteca Nacional del Perú había resultado más típico de una procuraduría anticorrupción que de una institución con fines académicos. El hurto frustrado en el edificio antiguo fue apenas un primer punto de inflexión: en lugar de intimidarse por la mafia de traficantes de libros, Mujica lideró una cruzada para combatirla. En los meses siguientes ordenó que se hicieran denuncias penales y que se contactara por correo electrónico a más de siete mil usuarios para consultarles si sabían de algún otro robo. Las presiones internas para traerse abajo las pesquisas, provenientes de ciertos grupos de trabajadores de la Biblioteca, lo empujaron a una medida extrema: el cierre total durante unos meses para hacer un inventario de tesoros bibliográficos. Fue entonces cuando confirmó que cerca de mil ejemplares antiguos habían desaparecido de sus bóvedas. El día que hizo pública la cifra, Mujica mostró una evidencia de la obscenidad de los ladrones de libros: un video del momento exacto en que un vigilante de la bóveda principal entró a llevarse un tomo del siglo XVII que acababa de ser inventariado. Por primera vez se tenía una prueba indiscutible de que la mafia estaba adentro. «Si a Ricardo Palma lo llamaron el Bibliotecario Mendigo, a este historiador de arte colonial le caería bien el título de bibliotecario detective», dijo sobre Mujica uno de los principales diarios de Lima. El ejemplar robado en el video era una biografía de Toribio de Mogrovejo, el santo que impartía sacramentos a otros santos en la Lima virreinal. Mujica lo convertiría en el símbolo de su campaña para recuperar los libros robados.


[IV]


Frente al escritorio de Ramón Mujica, en su estudio particular, se ve un grupo de condenados en un clímax del dolor: hay un hombre desnudo colgado de cabeza que es apaleado con un garrote. Unos pasos más allá, otro hombre es torturado con chorros de agua que entran por el embudo que le han insertado en la boca. En el mismo ambiente, un tercer hombre está amarrado a una cama cubierta de afiladas puntas de fierro. Algo más abajo se ve a un cuarto sujeto forzado a copular con un sapo gigante, muy cerca de tres personas que gritan de horror mientras las meten a una gran olla con agua hirviente. La imagen más imponente de este lugar muestra casi veinte variedades de sufrimiento. Es una pintura del infierno. Las víctimas son pecadores, los verdugos son demonios. Para un visitante, la agonía eterna en un cuadro del tamaño de un gran televisor puede causar un efecto dramático. Frente al escritorio de Mujica, es la evidencia de su interés en el profetismo, el apocalipsis, la iconografía sobre el final de los tiempos. «No son castigos imaginarios», me explica sobre las imágenes de la pintura. «[Casi todos] son castigos que practicaba el sistema judicial virreinal». Era la justicia de la época en que se publicaron los libros ahora robados por los mafiosos.

En este lugar Mujica ha escrito varios de sus propios libros. Junto al escritorio tiene una pintura de piso a techo sobre el triunfo de la independencia americana. El personaje central es una mujer que representa a la Patria. Debajo lleva una especie de leyenda a pincel que dice:

El genio de la Independencia Americana, coronado por las manos de la Prudencia y la Esperanza, y llevando en las suyas el símbolo de la Libertad, empieza su carrera triunfante. Seis caballos tiran de su carro en representación de las repúblicas de México, Guatemala, Colombia, Buenos Aires, Perú y Chile. La Templanza y la Justicia la dirigen.

La interpretación, en palabras de Mujica, es algo como esto: la Patria desciende del cielo, pisoteando las nubes negras del coloniaje. Lleva la escuadra de la masonería y el gorro frigio de la Revolución Francesa. Es coronada con rosas por la Esperanza, que lleva el ancla de Santa Rosa, y la Prudencia, que porta el espejo donde se ven los defectos y la vara sanadora de Hermes. Alrededor de ella vuelan ángeles que cargan símbolos masónicos: uno muestra el martillo del escultor y la paleta del pintor, otro sostiene la cornucopia que aparece en el Escudo Nacional del Perú; un tercer ángel tira del Uróboros o serpiente que se devora a sí misma, y el cuarto carga el libro cerrado de los masones. «Es un cuadro único», dice Mujica sobre esta pieza anónima de inicios del siglo XIX. La imagen podría ser motivo de un concurso sobre la influencia esotérica en la gesta de la Independencia Americana. También sugiere una verdad más esencial: toda gran conquista humana está salpicada de secretos.

El primer ambiente de su estudio es una biblioteca especializada en historia del arte que cubre tres paredes. Mujica habla de sus cuadros con el mismo entusiasmo que de los libros antiguos. Es una pasión heredada de su padre, quien llegó a formar un museo privado y fue amigo de Picasso. Hay algo contradictorio entre su tono racional de historiador y las inflexiones de voz que utiliza para enfatizar ciertos detalles reveladores de cada pintura, en especial los retratos de santos y otros personajes del arte religioso. Es como un estado de asombro recurrente ante las cosas ocultas, esas que nadie más capta con la misma facilidad. «Santidad significa que una idea o una cosa posee cierto valor extraordinario, cuya presencia obliga al hombre a enmudecer», escribió el psiquiatra Carl Jung, un gran estudioso de los símbolos antiguos. Visto de ese modo por un iniciado, estos cuadros ya no son solo cuadros, sino ventanas: portales que uno puede atravesar por un instante para escuchar la voz perdida de sus personajes, tocar sus túnicas, oler el aire que acaba de rozar sus cuerpos bienaventurados o malditos y quizá hasta percibir sus tormentos o instantes de iluminación, como un voyeur del Día del Juicio Final. El director de la Biblioteca Nacional tuvo hace un tiempo una experiencia parecida. Dice que vio un milagro a través de un sueño.

Una noche Mujica soñó que entraba en una galería de arte para ver una exhibición del pintor peruano Pepo León. Entre los cuadros de la muestra, distinguió uno que lo conmovió: la imagen del cadáver de Jesucristo sentado y vestido a medias con una túnica blanca, con heridas en las palmas de las manos y el rostro cubierto por un lienzo suspendido en el aire. En el lienzo se veía el rostro de Santa Rosa. Era la representación del instante exacto en que el rostro de Cristo empieza a imprimirse milagrosamente en una pieza de tela, como en el paño de la Verónica durante su camino al Calvario, pero con las facciones de la santa limeña. Mujica buscó al artista de inmediato. Le dijo que había visto en sueños un cuadro suyo que todavía no estaba pintado en la realidad. Quería preguntarle si aceptaría hacerlo por encargo, como se hacía durante la Edad Media o el Renacimiento. «Sólo él era capaz de representar el momento mismo del milagro que se produjo en mi sueño», me dice Mujica, ahora de pie frente a la pieza colgada en una habitación extrema del estudio. Es, asegura, la recreación exacta de lo que vio. Una pintura visionaria. «Aquí Santa Rosa es la Vera Imago, la verdadera imagen, la efigie viviente de Cristo», dice antes de regresar a su oficina en la Biblioteca Nacional para seguir con el caso de los ladrones de libros.

No es casual que esas pinturas de la Patria y la santa compartan refugio en este estudio privado. En su libro sobre Santa Rosa de Lima, Mujica demuestra que la imagen de la limeña no ha sido uno, sino muchos símbolos a la vez: la mística, la contrarreformista, la enemiga de los piratas, el emblema de la corona española para la extirpación de idolatrías, la profeta de la restauración del Imperio de los Incas y hasta un blasón político, símbolo del incipiente patriotismo criollo. A principios del siglo XIX, en medio de la guerra emancipadora, el general Simón Bolívar escribió una carta en que se quejaba de que los combatientes de América del Sur no tuvieran un ícono unificador como la Virgen de Guadalupe para los patriotas mexicanos, quienes la llevaban en sus banderas durante la lucha por la libertad. Bolívar decía que aquella imagen les había dado una mezcla de fervor e impulso político. Meses después, en el decisivo Congreso de Tucumán, en Argentina, los patriotas sudamericanos eligieron como emblema a la santa limeña. El encargado de llevarla como símbolo fue el libertador que leía tratados de quiromancia. «‘Entre las instrucciones que se entregaron al General San Martín para el Ejército Libertador de Chile y del Perú’ –cita Mujica– se decía que ‘la campaña libertadora estaba bajo el Patronato de Santa Rosa de Lima’». El libro en que Ramón Mujica desentraña esta historia se titula Rosa Limensis, en referencia al título de un fascinante tratado de 1711 que incluye cuarenta jeroglíficos sobre la primera santa americana. Es una joya de la literatura emblemática de la Colonia. Lo había consultado varios años antes como investigador en la propia Biblioteca Nacional y fue una de las primeras reliquias que quiso volver a ver apenas se instaló en su oficina de director. Cuando la mandó pedir a los encargados de la bóveda, le informaron que no estaba. Se la habían robado.


[V]


Una tarde Ramón Mujica me contó que últimamente le dolían las manos. «A veces me despierto de dolor por las noches», me dijo en su oficina con el fastidio con que uno se queja de un ataque de migraña. Una tendinitis se le había agudizado al punto de obligarlo a usar un guante terapéutico que parecía inmovilizar su muñeca izquierda. El problema había empezado a raíz del esfuerzo que hizo para cargar maletas durante un viaje, pero por alguna razón se le había extendido de una mano a la otra. Ese día, el dolor era tan intenso que no podía cargar una bolsa de tela morada que usa para llevar sus libros. A la hora de irse a casa, apenas pudo llevar unos periódicos y algún ejemplar ligero que sostenía con los antebrazos, mientras una persona de confianza cargaba sus demás lecturas hasta el auto. En medio de las pugnas de su gestión para detener el robo de libros, era una escena extraña, paradójica. «No es un signo de bendición haber estado obsesionado por la existencia de los santos», escribió el filósofo E.M. Cioran, quien en una época estuvo intrigado por los tormentos físicos de Santa Rosa de Lima. «Uno no se inquieta por la santidad más que si ha sido decepcionado por las paradojas terrestres». ¿Puede una dolencia ser una señal del destino? No es descabellado pensar que el experto en ángeles y santos estuviera somatizando sin querer su desafío, como un pálido reflejo de los personajes que ha estudiado mucho. «Todavía en tiempos de Rosa sus ayunos y autoflagelaciones poseen significados teológico-sociales: limpian y responden a los pecados públicos», dice Mujica en su libro sobre la santa. A él le había tocado combatir el tráfico de libros.

Ramón Mujica no es el primer director de la Biblioteca Nacional del Perú que enfrenta un desastre que no le importa demasiado a nadie más. A fines del siglo XIX, el tradicionista limeño Ricardo Palma dedicó veinticinco años a recuperar los libros saqueados durante una guerra. A mediados del siglo XX, el historiador Jorge Basadre aceptó el cargo entre los escombros de un incendio y estableció el Ave Fénix como emblema de un nuevo comienzo. Pero el cataclismo del siglo XXI es incluso más pernicioso, porque es fruto de la perversidad: si quien destruye un libro mata la Razón misma –como decía el poeta John Milton–, quien roba un libro comete un delito tan grave como un secuestro perpetuo. Y resulta que ambos crímenes han ocurrido en los ambientes más inaccesibles de la Biblioteca Nacional del Perú. La mejor evidencia de la situación está en la oficina de Mujica. Es la escultura de un Ave Fénix donada por un famoso artista peruano. Debía simbolizar el triunfo de la esperanza después de la tragedia, y así fue, hasta que, en medio de las pesquisas para acabar con el robo de libros, una cámara del circuito cerrado captó a un funcionario mientras trataba de meterla en la maletera de su auto para llevársela.

Desde un inicio el experto en ángeles y santos debía luchar contra fuerzas oscuras. «Alguien tenía que ponerle el cascabel al gato», me dijo el ex ministro de Cultura Juan Ossio, quien durante su gestión nombró a Ramón Mujica en el cargo de director de la BNP. Ossio sabía de los problemas en la Biblioteca, pero no fue hasta las primeras investigaciones de robos impulsadas por Mujica que comprendió la dimensión del delito. «Comenzaron a circular rumores y [a hacerme llegar] mensajes anónimos de que si seguían las investigaciones, iban a incendiar la biblioteca», comentó. Ante semejante amenaza, dijo, la única opción posible era seguir adelante. Días antes de que terminara la gestión de Ossio, y del cambio de gobierno, Mujica convocó a la conferencia de prensa en que iba a anunciar el cierre de la Biblioteca para esclarecer la magnitud del robo. Ese día lo acompañaron sus dos antecesores más recientes: a su derecha estaba Hugo Neira, el historiador que había recuperado libros que permanecían como trofeos de guerra en otro país; a su izquierda estaba Sinesio López, el sociólogo que había levantado el moderno edificio de hoy en un terreno que había estado vacío por años. Ese mismo día, Mujica dijo que su prioridad sería atrapar a los ladrones y proteger los libros que se habían salvado de la mafia de saqueadores. «Hay algo mágico en luchar contra la corrupción. Es como contribuir a un proceso de curación colectiva», me diría luego el bibliotecario que a veces no puede cargar libros.

Para entonces algunos amigos del mundo académico le habían recomendado que dejara la Biblioteca. Le aconsejaban que retomara su trabajo intelectual y que no jugara a hacerse el moralista en un país como el Perú, donde una cruzada por la verdad tendría escasos aliados. En paralelo habían recibido ataques de los grupos interesados en detener las investigaciones internas y en provocar su salida. «Felizmente he trabajado mucho el concepto barroco del vanitas, y asocio los símbolos del poder con lo efímero y la muerte», me dijo. Con eso dejaba a la providencia su duración en el cargo. Había un signo adicional a su favor: en el libro Rosa Limensis, el tratado de 1711 que da título y sirve de fuente al libro de Mujica, aparece un grabado emblemático que identifica a la santa con el Ave Fénix, el símbolo de la Biblioteca Nacional del Perú. El grabado tiene una frase que significa que ella «surge de la tumba para iluminarnos con sus milagros». Un día le comenté a Mujica la coincidencia, pero la tomó como una simple curiosidad.


[VI]


Hay un hecho que el bibliotecario Mujica no se puede explicar. Ocurrió en el Congreso de la República, el día en que se iba a realizar el debate final de la Ley del Sistema Nacional de Bibliotecas, la primera norma integral sobre la BNP desde los tiempos del Libertador José de San Martín. Mujica estaba sentado en las galerías para invitados de los pisos superiores. «Era un momento muy emotivo, porque el proyecto de ley había tardado tres años en llegar hasta allí», me dijo una funcionaria de la Biblioteca que acompañó al director a esa visita. Cuando el debate estaba en sus momentos finales, Mujica recibió una invitación del canal de televisión del Congreso, que queda en otro sector del mismo edificio: lo querían entrevistar junto al primer vicepresidente del Parlamento, quien había apoyado las gestiones. Por un instante vaciló ante la posibilidad de perderse la votación. Pero le aseguraron que podría verla en un monitor del circuito cerrado.

Ramón Mujica llegó con prisa y dejó que lo maquillaran mientras la pantalla del monitor mostraba los últimos diálogos previos al momento de la votación. Cuando la voz del presidente de la sesión anunció que se entraba al voto, la imagen de la pantalla cambió repentinamente y lo que apareció fue la efigie de Santa Rosa de Lima. Mujica pensó que era la broma de alguien que conocía de su culto personal por la Rosa Limensis. Segundos después, cuando la imagen del hemiciclo fue restablecida, la ley había sido aprobada por unanimidad. «Fue algo que no tiene explicación», me dijo una funcionaria del Congreso que estuvo en el set de TV y que por un momento se convirtió en sospechosa de haber activado el control remoto por accidente. Pero ella no tenía ningún control en las manos. Minutos después del extraño suceso, Ramón Mujica participó en la entrevista con una sonrisa contenida, como si tuviera ganas de revelar un secreto. «La cultura produce milagros», deslizó en un momento. Poco después comentaría, con su habitual lógica académica, que a lo mejor se trató de lo que Carl Jung denominaba sincronicidad: la ocurrencia en simultáneo de dos sucesos relacionados entre sí, sin causa explicable, vinculados por un impulso desconocido. Algo que no somos capaces de comprender.

Parecía una batalla ganada en medio de su guerra personal contra los traficantes de libros, y estaba bien, hasta que una tarde, dos meses después, los encargados de los repositorios descubrieron la desaparición de más libros. El último era un manuscrito de 1765. Al momento de sacarlo de la bóveda, a solicitud de una investigadora académica, el bibliotecario de turno encontró que el sobre que lo protegía estaba vacío. Mujica, que debió recibir el informe como un parte de guerra, decidió revisar en persona el sistema de seguridad. Una de esas tardes, tras la hora de almuerzo, se presentó de sorpresa en la oficina que controla las cámaras del circuito cerrado de vigilancia. Se anunció con cuatro golpes secos a la puerta. Nadie respondió. Siguió tocando hasta que alguien le informó que la sala estaba vacía: el único agente de turno había salido a hacer un trámite. Hubiera dado lo mismo si estaba presente. Cuando el vigilante regresó, Mujica le pidió una prueba sencilla: debía mostrarle a pantalla completa las imágenes que en ese momento llegaban de la cámara que custodia la bóveda donde habían ocurrido los últimos robos. El agente nunca pudo hacerlo: no tenía los códigos del sistema de vigilancia. Fue como despertarse después de haber pasado la noche bajo siete llaves sólo para descubrir que se han llevado la puerta. Al momento de salir de esa habitación, Mujica era un hombre con fuego en los ojos. Un estado que este bibliotecario suele llamar ira santa.

 

 

EL CARNICERO

¿Es confiable alguien que corta vacas y cerdos en pedazos?

Un perfil de Elda Cantú y Diego Salazar
Fotografías de Musuk Nolte

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Fotografías de Musuk Nolte

 

Un cocinero renunció a su trabajo en la cevichería La Mar de Gastón Acurio en San Francisco y dos meses después decidió convertirse en carnicero. Mientras estaba desempleado, tomó cuatro clases de carnicería, pagó tres mil quinientos dólares por una vaca muerta, consiguió que su maestro carnicero la comprara por él y que le prestara su taller para descuartizarla. A Renzo Garibaldi —metro noventa y dos, lentes de pasta negros, ciento veinte kilos— le tomó una semana convertir el cadáver de un animal de casi media tonelada en unas trescientas hamburguesas y docenas de suculentos filetes, solomillos y bistecs de costilla sellados al vacío. Lo hizo a mano con media docena de cuchillos, cinco horas diarias de pie agachado sobre una mesa de cortar. Lo que podría parecer un ejercicio de fuerza bruta fue un ejercicio paciente de repetición y precisión. De vuelta a casa compró una máquina de envasar al vacío. Empaquetó solomillos y costillas. Repletó los anaqueles de su refrigerador. Preparó ollas enteras de osobuco y pernil. Había convertido su departamento de sesenta metros cuadrados en un almacén de carne. Su mujer tardaría un mes en desprenderse del olor. Cuando terminó, su mujer, su cuñada —que le había prestado el dinero para la res— y él hicieron una parrillada en el patio del edificio donde vivían. No celebraban una fecha especial, pero era la primera vez en meses que la mujer de Garibaldi veía a su marido tan contento. Doscientas personas convocadas por un correo electrónico se reunieron ese día en torno al fuego a devorar una vaca. Cada uno pagó cincuenta dólares por el derecho a comer todo lo que pudiera de la res. En la tercera ciudad con más restaurantes vegetarianos de Estados Unidos, vendieron en doce horas lo que una carnicería tarda tres o cuatro días en despachar. Esa noche de 2010, Renzo Garibaldi, que tenía veintisiete años, bigotes despeinados y un bulldog de nombre Kobe —en honor a la fina carne japonesa— confirmó que lo que quería hacer era pasarse la vida troceando vacas, terneros y chanchos.

Ningún niño sueña con ser carnicero, un oficio con nombre de asesino en serie. Un carnicero, según nos han enseñado películas como Delicatessen o los lúgubres óleos de Goya, Daumier o Passerotti, es un hombre desaliñado o desdentado con un hacha en una mano, la cabeza de un animal en la otra y manchones de sangre sobre un mandil blanco. Un salvaje profesional del apetito ajeno. En inglés la palabra butcher (cuya raíz en francés es boucher o ‘matarife de cabras’) adquirió tintes violentos en 1529, cuando el Diccionario Oxford agregaba a la acepción original el uso metafórico de «hombre sangriento, asesino brutal o alguien que mata personas de manera indiscriminada». En portugués carniceiro se traduce por sanguinario mientras que a los carniceros en ese idioma se les llama açougueiros, una palabra que viene del árabe y que significa mercado. Se sospechaba que Jack el Destripador trabajaba de carnicero en Butcher’s Row, una calle en las afueras de Londres. En Gangs of New York, el filme de Martin Scorsese, el villano que interpreta Daniel Day Lewis está inspirado en un gángster brutal y despiadado que era carnicero. En la segunda mitad del siglo XX, la cultura de supermercado desapareció a estos personajes de nuestra vista. Los carniceros se marcharon con botas de hule a la trastienda a rellenar estériles paquetitos de tecnopor forrados en plástico. Nadie quería pensar en la muerte a la hora de la compra ni en los animales al momento de la cena. De la imagen tenebrosa del carnicero con un hacha manchada de sangre pasamos al obrero invisible y anónimo atado a una cadena de producción lejos del público. Una de las imágenes más antiguas que existen de un carnicero se encuentra en un mármol tallado del siglo II: sobre una tabla de cortar se ve una cabeza de cerdo y un costillar. El cuadro lo completan una balanza, varios cuchillos y, al extremo izquierdo, la mujer del carnicero, que sentada en una silla sostiene un cuaderno de cuentas.

Hoy Andrea Yui, la esposa del carnicero Renzo Garibaldi, tiene problemas para explicarle a sus amigas que su marido —graduado de uno de los colegios más caros de Lima, heredero de empresarios textiles, ex alumno de una facultad de gastronomía— es un carnicero. No ganadero ni importador de Angus Beef americano ni dueño de un steakhouse. Es un coleccionista de cuchillos antiguos capaz de preparar chorizo a mano y de explicar que la pierna de un chancho tiene los mismos músculos que la de una vaca y un ser humano. Hace un año, Renzo Garibaldi y su mujer abandonaron la granja en Nueva York donde vivían, cerca del primer local de Fleisher’s, la carnicería de Joshua Applestone, el carnicero más famoso de Estados Unidos. Mientras Garibaldi aprendía el oficio que le cambió la vida, su mujer, que había llegado a San Francisco con un trabajo en el que elegía y compraba textiles para una marca de ropa infantil, ahora pasaba el tiempo despulgando al perro de ambos. «Un día llegué a contar cincuenta», recuerda Yui, que no tenía empleo pero disfrutaba de ver a su marido estudiando diagramas de anatomía después de volver de jornadas enteras con los dedos enterrados en grasa de cerdo. Con el tiempo, la carnicería se convirtió en un proyecto de pareja.

Después de completar allí una pasantía de un mes y de trabajar como empleado casi un año para Applestone, quien al principio lo había invitado a vivir en su casa, Garibaldi rechazó un contrato que le ofrecía continuar trabajando con ellos. Antes había trabajado en dos de las mejores carnicerías de San Francisco y también había practicado con una familia de carniceros franceses en un pueblo remoto de Gascogne, al suroeste de Francia, la tierra de D’Artagnan, el más famoso de los Tres Mosqueteros. Garibaldi decidió abrir un negocio de carne en Perú, la nación menos carnívora del continente. El consumo de carne en su país es de apenas cinco kilos y medio por habitante al año, igual que el de la India, donde las vacas son sagradas y se pasean esqueléticas entre los autos, y lejos de los sesenta kilos por habitante de la carnívora Argentina. Renzo Garibaldi y Andrea Yui, dueños de la carnicería Osso —hueso, en italiano y portugués— han invertido sus ahorros en cámaras frigoríficas hechas en México y añejadoras de embutidos hechas a medida en Italia. Hoy, en Perú, el país del boom gastronómico, donde algunos cocineros firman autógrafos por las calles, cuesta imaginar que uno de ellos haya elegido ganarse la vida con los anteojos salpicados de grasa partiendo huesos de cerdos y reses.

En Osso, ubicado en el distrito de La Molina, Renzo Garibaldi camina balanceándose como un gigante de cuento infantil con todo su peso cayendo sobre una pierna a cada paso. La gravedad de su andar contrasta con el tintineo metálico cuando camina por su nuevo taller. Una cadena, tan gruesa como las que se usan para atar bicicletas a un poste de luz, rodea la cadera del carnicero. De ella cuelga una cartuchera de aluminio donde guarda media docena de cuchillos. Se trata de un deshuesador curvo, otro de cinco pulgadas y uno de seis; dos cuchillos cimitarra —versiones de bolsillo de la espada de Sandokán— y un cuchillo fileteador Foster Brothers, una reliquia de la Segunda Guerra Mundial con tres estrellas doradas incrustadas en la empuñadura de madera, a las que el instrumento debe su apodo de El General. De la cadena cuelga también un afilador, al que vuelve cada vez que va a realizar un corte. La primera lección que aprende un carnicero es que el cuchillo es la extensión de su mano y que desafilado es un enemigo peligroso. Frente a Garibaldi, en el cuarto frío de la carnicería, durante unos días, hay tres reses y dos chanchos colgando del techo a dos grados centígrados. Aunque en este trance el animal perderá el cinco por ciento de su peso por deshidratación, Garibaldi prefiere que penda de ganchos porque la gravedad hace la carne más suave: estira el músculo y rompe la fibra. Una vaca pesa casi media tonelada; un cerdo digno de convertirse en un tocino respetable, unos cien kilos. Bajo su mandil, Garibaldi lleva un delantal hecho de malla de acero que guarda en la cámara frigorífica hasta que se pone delante de la mesa de corte. Son casi cinco kilos de piezas metálicas, a las que Garibaldi se refiere como «mis juguetes». «¿Alguna vez jugaste a la guerra cuando eras niño, las pistolas, Rambo, todo eso?», pregunta Garibaldi. «Esto conecta con esa parte infantil: juego con mis cuchillos y llevo esa malla que es como una armadura de caballero medieval». Pero este no es un juego para niños. La armadura metálica, además de refrescarlo durante la faena, le recuerda que, por no llevarla encima, su ex jefe Joshua Applestone se clavó un cuchillo deshuesador en una costilla. Hay una regla del gremio que todos aprenden y olvidan con frecuencia: usa siempre la armadura y jamás cortes hacia tu cuerpo. «También deberíamos usar guantes de malla —explica Garibaldi—. Pero nadie lo hace». Hay un placer sensual en acariciar un lomo crudo con la palma desnuda. En un cajón de su casa, el carnicero conserva partido en dos un reloj Nixon azul que lo salvó de abrirse las venas del brazo izquierdo mientras cortaba una vaca en Fleisher’s. Hoy, el carnicero que no deja una gota de sangre ni de grasa sin limpiar mientras trabaja, se permite añadir un solo accesorio a su atuendo de trabajo: un grueso reloj Luminox negro en la muñeca izquierda. No es un capricho de lujo estético. Es un improvisado artefacto de seguridad hecho de plástico.

En estos tiempos un carnicero es un personaje excéntrico, como salido de otro tiempo, del mismo paisaje vetusto al que pertenecen los zapateros remendones, los barberos y los afiladores de cuchillos. Darío Cecchini, el carnicero más famoso del mundo, italiano descendiente de siete generaciones de macellai, quería ser veterinario. Quería curar animales en lugar de partirlos en pedazos. Joshua Applestone, el dueño de Fleisher’s y uno de los primeros carniceros en alcanzar estatus de celebridad en el mundillo gastronómico estadounidense, era un cocinero vegetariano que había renunciado a continuar el negocio de carnes de su abuelo y su bisabuelo en Brooklyn. Ryan Farr, el primer maestro de Garibaldi en San Francisco, quería convertirse en biólogo marino antes de empezar a vender los chicharrones que él mismo destazaba. Jaime Ramírez, el carnicero más popular de Medellín, eligió el oficio de su padre después de que una bala lo dejara ciego. Kent Schoberle, discípulo de Ryan Farr, trabajaba en un estudio de animación digital y dejó su mesa de diseño para usar lo que sabe de anatomía animal sobre una mesa de cortar. En Argentina, un país donde el carnicero es un hombre común en abundancia, Ernesto Orellana, el más conocido de ellos, empezó su carrera repartiendo carne a los carniceros de un mercado.  Renzo Garibaldi quería ser publicista como su abuelo y nunca tuvo afición por los cuchillos ni predilección por películas sangrientas. Pero siempre le gustó comer. Y asar carne.

2

Garibaldi conoció a su futura mujer en una parrillada que él mismo preparó. Era una época que estaba sin pareja y sus amigos lo obligaban a encender el carbón y cocinar hamburguesas y bifes con el pretexto de presentarle chicas. Ninguna le gustaba. Un día de verano de 2007 conoció a Andrea Yui, una experta en textiles de ascendencia china cuya delicada figura esconde un gran apetito. Los padres de ella —norteamericana y peruano hijo de chinos— recuerdan que de niña solía comer en una sentada dos o tres hamburguesas. En la adolescencia un enamorado le dijo que comer tanto no era muy sexy. «Los presenté —dice la mejor amiga de Yui, una abogada que importa fuegos artificiales— porque ambos eran exquisitos». El futuro carnicero —recuerda Yui— podía sentarse frente a una gran fuente de tallarines de comida china y acabársela sin ayuda. Cuando se le pregunta por su afición a las parrillas, Garibaldi cuenta que tuvo que aprender en defensa propia: en la casa de sus padres nadie cocinaba bien, y él tenía que mantener a raya su gran apetito. Mientras la mayoría de sus amigos preferían salir a bares y discotecas, a Garibaldi y Yui les gustaba ir a comer. Años más tarde, cuando se casaron en San Francisco, celebraron el matrimonio con sus familias en RN74, una de las más famosas hamburgueserías de la ciudad.

Tiempo después, Ryan Farr, el maestro que había ayudado a Garibaldi a comprar su primera res en San Francisco, le dedicaría así su libro: «Continúa siguiendo tu estómago». Había visto a su cliente convertirse en su alumno y luego en su empleado. El camino había empezado al terminar el colegio en Perú, cuando pensó en poner un negocio de parrillas a domicilio. En lugar de eso se matriculó en la carrera de Comunicaciones en una universidad. Lo dejó. Luego pasó por la facultad de Administración y Marketing. Lo abandonó. De ahí viajó a Miami a estudiar Negocios Internacionales. No lo soportó. A su regreso a Lima ingresó en la escuela de cocina, que tampoco concluyó, y empezó su peregrinaje por distintos restaurantes. Era un gran momento para ser cocinero en el Perú, un país en donde numerosos chefs son figuras públicas. Se mudó a San Francisco a trabajar en La Mar de Gastón Acurio. Dos meses después lo dejó, convencido de que no quería pasarse la vida fileteando pescados. Se compró un perro al que paseaba todos los martes y sábados entre los puestos de queso, carne y verduras orgánicas del Ferry Building’s Market. Ryan Farr, el dueño de un popular puesto de carnes llamado 4505 Meats, empezó a advertir a un cliente asiduo, un fortachón de ojos infantiles que se detenía allí a conversar más de lo habitual. Llevaba a Kobe, un perro con cara de malhumorado, descendiente de una raza inglesa criada para atacar reses en los siglos XVII y XVIII. Sin saberlo, este bulldog heredero de matavacas lo acompañaba hacia el oficio de carnicero que aún no había elegido. «Garibaldi tenía un gran apetito», recuerda hoy uno de los empleados de 4505. «Íbamos a comer ahí unos chorizos y unas hamburguesas buenazas», dice su esposa, quien un día le obsequió una clase de carnicería con Farr. La carnicería es un oficio que se aprende con la práctica y que solía pasarse de padres a hijos. No es una profesión, pero aprenderla es caro. Hundir de manera torpe un cuchillo en la pierna de un ternero o separar sin cuidado la piel de un cerdo puede estropear un animal entero. La clase costaba casi mil dólares. Ese día Renzo Garibaldi salió a las seis de la mañana de su departamento y volvió diez horas después con cincuenta kilos de bifes, grasa, asado y carne molida que él y otras cuatro personas habían extraído de un animal entero. También traía una gran sonrisa en la cara.

Puede leer la historia completa en Etiqueta Negra 113.


August 28, 2013

113

Un texto de

UN ESCRITOR
FRACASA
CONTÁNDOLE
CUENTOS
A SU HIJA

Un testimonio de Gustavo Faverón Patriau

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Getty Images

Según me dicen, cuando tenía cuatro años quería tener dos hijos a los que iba a bautizar Caín y Abel. La idea era interesante pero la autoridad familiar me disuadió alegando que no era original porque se basaba de manera muy obvia en la relación que tenía por entonces con mi hermano (yo era Abel, contra lo que especulan las malas lenguas; por otra parte, desde entonces la relación con mi hermano se ha deteriorado). A los quince años quería tener quince hijos con quince mujeres diferentes y mi papá tuvo que darme una charla sobre salud sexual, patria potestad y juicios por alimentos. Entre los dieciséis y los treinta y dos tuve catorce enamoradas y mi única preocupación con respecto a la paternidad era tratar de evitarla a toda costa, no sin sobresaltos. A los treinta y tres decidí no tener hijos. Dado que, ese año, mi vida amorosa se había transformado de pronto en un pueblo fantasma («Bienvenidos a Comala. Población: Cero»), el éxito del proyecto parecía garantizado. Entonces conocí a Carolyn Wolfenzon, pitonisa y nigromante, natural de Delfos. Nos hicimos novios de inmediato y nos casamos seis años después, pero necesitó una década de hechizos dionisiacos, pregones apolíneos, tácticas espartanas dignas de una guerra en el Peloponeso y lavados cerebrales de naturaleza trágico-aristotélica para convencerme de los siguientes cuatro dogmas:

1. Que yo sería padre tarde o temprano: precognición oracular.

2. Que en el fondo ansiaba ser padre: ironía trágica.

3. Que yo había nacido para la paternidad: futura catarsis.

4. Que, cuando fuera padre, sería feliz: discutible revelación.

Nuestra hija nació dos meses después de mi cumpleaños cuarenta y tres y dos meses antes de la fecha en que la esperábamos. Hace poco cumplió dos años y cuatro meses. Se llama Zoe. Cuando mis amigos y familiares me preguntan por qué ese nombre, les explico que zoe es como llamaban los griegos —siempre los griegos— a la vida en su estado puro, antes de someterse a reglas o entrar en clasificaciones (entonces se convierte en bios). Si la pregunta me la hacen mis amigos escritores, les recuerdo que ése es el nombre de un personaje de Salinger (aunque allí es un hombre y la familia a la que pertenece es, en términos generales, una ñisca más disfuncional que la mía). A mis amigos académicos les hago notar que, para el filósofo Giorgio Agamben, zoe es la «vida desnuda», previa al poder represor de la sociedad y de la ley: la vida sin normas y sin fronteras. A cualquiera que me dice que el nombre lo elegí por Zooey Deschanel le respondo que sí, para qué voy a negarlo, así fue.
Hasta hace dos años mi aspiración a la inmortalidad consistía en esperar que algún médico en algún lugar del mundo descubriera la píldora de la vida eterna y que a mí me alcanzara la plata para comprarla. Desde que nació Zoe entiendo que mi inmortalidad es ella. Freud decía que la aspiración de eternidad es lo que guía a los artistas y a los escritores: dejar algo que viva para siempre. Freud se hizo inmortal contando esa patraña. Yo, que también cuento ficciones, he tratado de inventarle historias a Zoe. No me funcionan. El único cuento que le he dicho y que ha captado su imaginación ha sido una adaptación libre de La Metamorfosis de Kafka, en la que Gregor Samsa se despierta una mañana transformado en un gusanito. «El gusanito Gus», me dijo Zoe, de inmediato: es mejor escritora que yo.

El primer cuento que publiqué, diez años antes de que naciera Zoe, «Veredas», era la historia de un solitario que un día coge una silla, la arrastra a la acera de enfrente y se sienta en ella a contemplar la casa en la que ha vivido por años: la mira días, semanas, meses. Ve cómo la clausuran y la rematan y observa a la familia que se muda a vivir en ella. Lo que el hombre ve es en verdad su propia desaparición. El cuento era una variación de «Wakefield», de Nathaniel Hawthorne, la historia de un hombre que abandona a su mujer, alquila un cuartito a pocas calles y de tarde en tarde fisgonea entre las ventanas de su vieja casa, para ver, sin conmoverse, la desolación de su esposa. «Wakefield» me maravillaba pero también era un cuento que me hacía sufrir; nunca supe por qué, hasta que nació Zoe.

Nathaniel Hawthorne es uno de mis escritores americanos favoritos. Otro es Paul Auster. Los leo como si fueran uno solo. En verdad son padre e hijo, obsesionados por las mismas cosas a pesar del siglo y medio de distancia. La ciudad de cristal, de Auster, también es una reescritura de «Wakefield»: un hombre cuyos hijos han muerto se sienta durante semanas frente a una casa ajena, vigilante, para salvar a un muchacho de las garras de su padre enloquecido. Cuando Auster revisó los diarios de Hawthorne, descubrió un pasaje memorable, que podía leerse como un libro independiente. Lo propuso como tal a una editorial y escribió un prólogo. El «nuevo» libro de Hawthorne lleva un título de cuento infantil: Twenty Days With Julian and Little Bunny by Papa. Son las entradas de tres semanas de los diarios de Hawthorne en 1851: su esposa sale de viaje con los hijos mayores y deja al escritor (de cuarenta y seis años, mi edad actual) a solas con Julian, su hijo de cinco. En ese conmovedor medio centenar de páginas, Hawthorne, el racional, el metódico, forzado a cuidar, velar, alimentar, lavar, limpiar y arrullar, entiende que el mundo de su niño es tan complejo como el suyo, si no más, que está repleto de incidentes, aventuras, conmociones y abrumadoras sorpresas y que no pocas de ellas tienen una cualidad intelectual: el niño es un descubridor (como todos); está construyendo una imagen del mundo (como todos).

Una noche, luego de acostar a Julian, Hawthorne recibe la visita de su amigo Herman Melville. Prenden cigarros y hablan sobre la inmortalidad. Uno siente que Melville piensa en el mar infinito y la ballena blanca mientras Hawthorne piensa, más modestamente, en su hijo y en otra forma de inmortalidad: la pobre inmortalidad, fugaz y momentánea, que es todo lo que un padre puede ofrecer a su hijo: mantenerlo vivo y contento en el presente, e ir sumando presentes, engañarse pensando que esa suma forma una eternidad, como un novelista escribe ficciones imaginando que cada cosa que suceda en ellas seguirá ocurriendo para siempre. Yo pensé en la pobreza de esa inmortalidad cuando nació Zoe, durante los dos meses que pasó en el hospital de Portland, y después, cuando empezamos a criarla Carolyn y yo, en Brunswick, la ciudad donde Hawthorne pasó su juventud.

Me ocurre de vez en cuando que, después de dar una clase, la noche de cada martes, camino frente a la Hawthorne Library, la biblioteca de la universidad, avanzo cuatro cuadras hasta mi casa en Belmont Street, y, en vez de entrar, en-ciendo un cigarrillo (unas veces la noche es tibia, otras veces la nieve me llega a la rodilla) y miro mi casa desde la vereda opuesta: la luz está prendida, los estantes cubiertos de libros. A través de la ventana del dormitorio de Zoe se ve la pared amarilla, rosa y naranja. Entiendo la soledad de Wakefield, que nunca tuvo hijos, y la locura de mi personaje, que al salir de su casa la deja vacía, y entiendo a los personajes de Auster en La ciudad de cristal (sobre todo al protagonista, cuyos hijos han muerto en un accidente del cual él se siente culpable): nadie quiere regresar a una casa vacía, mucho menos si alguna vez estuvo llena. Una casa vacía es un objeto para ser observado, una historia que ya se contó: una ruina.

Entonces escucho, desde la calle, los grititos alegres o sorprendidos o iracundos de Zoe, cómo va repitiendo sus palabras nuevas, acostumbrándose a decir sus dos idiomas, poniendo con ellos orden en su mundo y en el mío. Entro en casa, por fin, creyendo entender qué cosa es esa sensación extraña y un poco excesiva, tan ajena al hombre que fui hasta hace dos años, que ahora me invade todos los días, cuando Zoe me ve, me da un beso en la nariz y me pide que le enseñe el nombre de las cosas. Es una felicidad terrible porque viene con un designio imposible de cumplir: nada que yo pueda hacer por la felicidad de Zoe es tan natural, tan sencillo, tan innegable como lo que ella hace por la mía. «Enséñame los nombres de las cosas», dice. No hay nada más inocente que una persona que le pide a otra un lenguaje. Porque en la lengua está la forma del mundo (Whorf) o los límites del mundo que podemos conocer (Wittgenstein): así de pequeños y así de grandes comenzamos. Yo, ahora, escucho a Zoe cuando habla y espero las historias que me contará en las palabras que yo pueda enseñarle. Y eso, he descubierto, es la inmortalidad.

 


August 09, 2013

SunMin Lee

Un texto de

TODOS LOS HIJOS
QUE SE NOS MUEREN
SON HIJOS ÚNICOS

Un escritor cuenta los primeros y últimos días de vida de su hijo.
Viudo es un hombre a quien se le muere su mujer.
Huérfano es un hijo a quien se le muere su papá.
¿Por qué no existe una palabra para un padre
que pierde a su hijo?

Extractos de La hora violeta de Sergio del Molino
Fotografías de Pedro Hernández

Con permiso de Literatura Mondadori

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Fotografías de Pedro Hernández

Los hijos que se quedan sin padres son huérfanos, y los cónyuges que cierran los ojos del cadáver de su pareja son viudos. Pero los padres que firmamos los papeles de los funerales de nuestros hijos no tenemos nombre ni estado civil. Somos padres por siempre. Padres de un fantasma que no crece, que no se hace mayor, al que nunca vamos a recoger al colegio, que no conocerá jamás a una chica, que no irá a la universidad y no se marchará de casa. Un hijo que nunca nos dará un disgusto y a quien nunca tendremos que abroncar. Un hijo que jamás leerá los libros que le dedicamos. Mi hijo Pablo tenía diez meses cuando ingresó en el hospital, y estaba a punto de cumplir dos años cuando arrojamos sus cenizas. Me he propuesto no llamar niño al niño. Ni crío, ni chaval. Puede que cachorro sí, pero no en este libro. No inventar seudónimos, no usar iniciales. Sólo Pablo. Sólo su nombre. Desde que nació, me ha molestado mucho que lo despersonalicen. Cada vez que alguien, incluso su madre, se refiere a él como el crío, el niño o este crío y este niño, corrijo y pregunto de qué niño o de qué crío hablan. Lucho sin éxito por que Pablo sea siempre Pablo. Le nombro con cada una de sus letras para que su presencia no se difumine ni tan siquiera por desgaste de los bordes, para que aparezca rotundo y carnal en medio de la vida.

Puedo recurrir también a esa lista de nombres íntimos, a esa manera de nombrar propia sólo de quien nombra. El privilegio que nos concedemos algunos, o que el amor nos concede, de burlar el registro civil e inventar, acortar, empequeñecer o agrandar. En mi boca y a solas, Pablo puede ser el Cuque. Cuando nos quedamos solos y nos entregamos a una de nuestras fiestas cavernícolas —machos probando sus testuces y mordiéndose sin hacerse daño, padre y cachorro, mamíferos sin cultura ni artificio—, el cariño inventa canciones de pedos que hacen reír. Canto: «El Cuque es genial, / el Cuque es cojonudo, / el Cuque a todo el mundo / enseña el culo». Y Pablo ríe y enseña su culo blanco y liso, como si fuera el culo de cualquier otro niño capaz de enseñarlo en el parque, en la playa, en la calle y en todos esos sitios a los que aún no sé que ya no podremos ir. Y yo río también, río hasta que se me desarman las costillas, hasta caer al suelo y enseñar mi culo viejo y desagradecido.

Pero, al principio, Pablo sólo fue Pablo. Desde que me miró sin verme en la puerta de los quirófanos, adonde me habían exiliado las normas del hospital, que no permiten al padre asistir a un parto por cesárea. Con las piernas doloridas de tanto recorrer el pasillo esperando el final de una intervención que se complicó y a punto estuvo de terminar en melodrama de folletín, vi acercarse a dos médicos y una enfermera que empujaban una minúscula cuna. Allí, envuelto en mantas y cubierto con una especie de gorro frigio, asomaba la cara de Pablo, que puso sus ojos ciegos en los míos. No hubo lugar para el sentimentalismo en aquel pasillo. Los doctores me aturdieron con informaciones que olvidé tan pronto fueron dichas y la enfermera me apartó de su camino para trasladar a mi hijo a la UCI, donde debía permanecer en observación hasta que subieran a su madre a la planta. No acerté a decir nada más que: Hola, Pablo, soy papá. Segundos después, la puerta del ascensor se cerró y mi hijo se perdió en la por entonces incomprensible maraña de tripas del hospital. Con Pablo en algún lugar al que yo no sabía llegar y con Cris recuperándose de una complicación en un sitio al que no podía entrar, me quedé solo, dando vueltas por el pasillo, incapaz de detenerme. Nunca me había sentido tan solo ni había tenido tanto miedo. No he vuelto a sentir aquella soledad, pero casi añoro aquel miedo diminuto y razonable, aquel temor que ni siquiera era pánico ni terror. Un miedo manejable dibujado a escala de uno a un millón con respecto al miedo real que sentiría después. Y, sin embargo, el miedo persistió. De algún modo, supo sortear aquellas horas y aquel pasillo de hospital y acompañarme las siguientes semanas y meses. Miedo a todo. Pero, especialmente, miedo al aire.

De madrugada, sin que su madre lo supiera, me inclinaba sobre la cuna del Pablo recién nacido. Fingiendo acariciarle, colocaba mi dedo índice bajo las aletas de su nariz y no lo retiraba hasta que notaba su aliento en él. En la penumbra, aprendía a distinguir los movimientos respiratorios de su brevísimo pecho bajo las mantas, un oscilar inapreciable para cualquier otra mirada que no fuera la mía. Miopes y vagos para todo lo cotidiano, mis ojos se volvían rapaces para detectar signos de vida en mi diminuta y frágil criatura. Muertes súbitas, vómitos que asfixian, mantas que ahogan. Todos los objetos eran peligrosos. El excesivo frío y el excesivo calor, la excesiva suciedad o la excesiva limpieza. El mundo entero asediaba a mi hijo y yo tenía que fingir que no me importaba. Sueño con botones que se tragan, con fallos respiratorios que ninguna autopsia puede aclarar, con vómitos y diarreas y con bultos que se escurren de mis manos torpes y acaban estampados de cabeza contra el suelo. Mi cerebro sabe dónde vivo e inventa peligros adecuados y verosímiles. Por eso está completamente desprotegido ante lo que le aguarda en el despacho de los médicos.

II

Pablo ha tenido fiebre prácticamente todo el tiempo y ha vomitado muchísimo. A pesar de mi natural tendencia a la hipocondría, siento que está en buenas manos y que todo acabará en una anécdota de padres primerizos e idiotas para compartir en los columpios con otros padres tan primerizos e idiotas como nosotros. Competiremos por ver qué padre ha pasado más horas en el pediatra, qué hijo ha enfermado más veces y quién vomita con mayor frecuencia.


Las doctoras se miran entre sí y todas las miradas confluyen en la mayor, una señora implacable y muy grave. La miramos también, hasta que se ve impelida a hablar. Ante todo, buenos días, gracias por esperar. Os hemos traído aquí para informaros de lo que tenemos por ahora. —Breve pausa—. Vinisteis al servicio de urgencias por un cuadro de fiebre que no remitía, y tras unos análisis, se decidió el ingreso de Pablo para practicarle una absorción de médula y descartar posibles diagnósticos. —Nueva pausa, un poco más larga que la anterior—. Bien, ya tenemos los primeros resultados y siento deciros que no hay buenas noticias. —Parece que va a hacer otra pausa para que intercalemos una pregunta, pero no nos permite acentuar el dramatismo y prosigue sin dejar de mirarnos a los ojos, pronunciando con suavidad y claridad—: Pablo tiene leucemia.

Reacciono con suma estupidez. Me llevo la mano a la boca para reprimir un grito que sale convertido en una especie de hipo y creo que empiezo a sollozar, pero no estoy seguro. Me oigo decir no, no, no, no, no, no, no, no, pero no soy yo quien lo dice, sino una voz que suena parecida a la mía, aunque distorsionada. Me recojo, me pliego en mí mismo, retrepado en esa silla minúscula. Me hundo dentro de mí y dejo de ver la habitación. Es la mano de Cris la que me saca de mis propias tripas. La extiende con violencia, muy abierta, reclamando la mía. Haciendo un gran esfuerzo, vuelvo a expandirme y a ocupar todo mi cuerpo para coger la mano que viene del otro lado de la mesa. Siento que debo apretarla fuertemente sin dudar ni un segundo. Cualquier demora puede agrietar todo el hospital hasta los cimientos. Desde muy lejos, me oigo preguntar entre sollozos, y me sorprendo muchísimo de mi idiotez y de que mi boca sea capaz de articular palabras: ¿Está muy avanzada? Sin cambiar la modulación de la voz ni la actitud, la doctora responde: Sí, pero eso no significa nada. Cuando una leucemia provoca síntomas es siempre porque está en un estadio avanzando. No se puede detectar tempranamente. —Se calla, duda un momento si ampliar la información, y decide dármela—. Pablo tiene infiltrado el noventa y ocho por ciento de su médula.

Se levantan. Aleteos de batas blancas y rumores textiles. Algunos nos tocan el brazo y murmuran que lo sienten mucho. Nos levantamos también. De nuevo, pura inercia. Sólo pienso, o me oigo pensar, como si leyera la mente de otro, que me gusta que se haya referido a Pablo como Pablo. No ha llamado niño al niño. Le respeta, le nombra, le reconoce un espacio y un tiempo. Lo sitúa en el mundo de las cosas concretas, muy lejos de las sombras de la caverna. No es un paciente, no es un sujeto de estudio, no es un caso, ni siquiera es vuestro hijo. Es Pablo, con sus cinco letras, autónomo, único, presente y vivo. Diez meses, ni siquiera un año de deslumbramiento. Sólo diez meses de paternidad normal y aburrida, equiparable a cualquier otra paternidad. Sólo he sido un padre arquetípico durante diez meses. Ahora estoy obligado a ser un padre trágico, a escribir con prosa inverosímil una historia de encierro y amor. Yo, que solamente aspiraba a escribir chistes. Yo, que tan frívolo y esnob quería sonar.

III

El primer día sólo siento calambre. Estoy tan aterrado que descuido a Pablo. Recibimos muchas visitas. Los amigos y los familiares desfilan durante toda la tarde, hasta que se hace bien de noche. Pasamos mucho tiempo en el pasillo, llorando abrazados a amigos que no saben qué decir para consolarnos, y es mi madre quien tiene que hacerse cargo de Pablo. La fiebre es cada vez más persistente y fuerte. Hijo, ¿qué te duele, qué puedo hacer? En tu cuna respiras y transpiras con los ojos abiertos, mirando algo que no está aquí, concentrado en tu dolor. Como un animal herido en el bosque, me digo. Animal herido, mi hijo. Animal herido, Pablo. Herido y asustado de no entender. ¿Cómo puedo explicártelo? ¿Cómo puedo devolverte la mirada de niño, tu sonrisa, tu respiración dulce y serena? Mis dedos entre tu pelo largo, tu pelo rubio, tu pelo suave. Te peino y te despeino con mis manos finas que no conocen más oficio que el de escribir, y ansío que las yemas de mis dedos te calmen y te borren esos ojos de animal herido. Ciérralos al menos, mi vida. Descansa y duerme un rato.

He aprendido a sostener a Pablo en brazos sin que se obstruyan los muchos cables a los que está conectado. Los cirujanos le han instalado un reservorio en una vena del pecho y las enfermeras le pinchan un botoncito que sobresale bajo su piel amarillenta y descuidada. No le duelen las agujas ni le molestan las vías, pero su pequeña cicatriz me escuece mucho. No sólo he aprendido a no obstruir los cables que transportan el veneno de la quimioterapia al cuerpo de Pablo, sino que me he convertido en una especie de enfermero suplente. En pocos días, he aprendido a manejar las bombas intravenosas. Cada vez que pitan, sé por qué lo hacen, y entiendo los mensajes del display mejor que algunas enfermeras novatas o que las estudiantes en prácticas. Sé distinguir una oclusión distal de una proximal, y sé solucionar la primera sin necesidad de llamar a nadie. Sentado con Pablo en brazos, leo un libro mientras él dormita y me siento seguro, dueño de la situación. En pocos días he pasado de ser una especie de muerto en vida que arrastraba los pies por pasillos extraños y que trataba de diferenciar a las enfermeras de las auxiliares a convertirme en un experto que se siente cómodo. Asimilo las nuevas rutinas muy rápidamente, y me ayuda comprobar que la quimioterapia funciona. Ese veneno que avanza lento y diluido en mucho suero por un cable naranja está curando a mi hijo. Es evidente para cualquiera. Pablo ha recuperado la vitalidad, juega, se ríe y ya no ha vuelto a tener fiebre ni manchas en la piel (esas petequias causadas por las hemorragias internas). Las doctoras, cautas, aseguran que ha habido una respuesta positiva al tratamiento. Al menos clínicamente. Es un buen indicio, aunque no significa nada. No sabremos si ha funcionado hasta dentro de unas cuantas semanas, pero contemplar la cara de mi hijo, que de vez en cuando se adorna con una de sus deslumbrantes sonrisas desdentadas, me da la tranquilidad que necesito en estos momentos La buena respuesta clínica es esperanzadora. Alguien nos ha dicho que, cuando el tratamiento no funciona, el paciente empeora rápidamente, y Pablo mejora día tras día. Por eso, contra toda precaución y consejo, leo tranquilo y feliz con mi hijo en brazos, que ya casi se ha quedado dormido. Con la mano que tengo libre, le acaricio un pelo que aún no se ha caído. Rubio y largo, fino y suave. Desde hace unos pocos días, nos obligan a llevar mascarilla en su presencia y hemos restringido las visitas para evitar contagios. Pero, como estamos solos, me bajo un momento la mascarilla, con gesto clandestino, y le beso en ese pelo de oro que pronto desaparecerá. Pablo interpreta el beso como una invitación al sueño, porque se queda inmediatamente y profundamente dormido. Yo sigo hablándole, nunca dejo de susurrarle frases. Duerme, cariño, duerme, que te vas a curar.

Puede leer la historia completa en Etiqueta Negra 112.


July 30, 2013

Sergio del Molino

Un texto de


July 30, 2013

Pedro Hernández

Un texto de


July 30, 2013

112

Un texto de

PESSOA
SU ESTATUA
Y LA COCA-COLA

¿Puede todo un país quedarse sin
la bebida negra por culpa de un poeta?

Una crónica de Sabrina Duque
Ilustraciones de Luis Falen

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Ilustración de Luis Falen

Una fila de turistas espera su turno para fotografiarse con una estatua. Algunos preguntan quién es ese hombre de bronce sentado en una mesa frente al café A Brasileira. Pessoa, en portugués, significa persona. Igual que en francés, en coloquial, la gente puede entender pessoa como nadie. Pero Fernando Pessoa se trata del único portugués homenajeado con un personaje en las aventuras del cómic Asterix, del único poeta cuyos versos figuraron en los espacios publicitarios de los taxis de Lisboa, del único escritor de un eslogan publicitario para la Coca-Cola que causó que la dictadura prohibiera esta gaseosa en Portugal, del único autor que creó más de cien personalidades ficticias con sus biografías y voces para ser otros y seguir siendo el mismo, y, a fin de cuentas, del más famoso poeta portugués que hasta los veinte años había publicado sólo en inglés y que las últimas palabras que escribió antes de morir fueron también en esa lengua. Fernando Pessoa —persona y nadie— ha hecho que sus paisanos declaren maravillas sobre él sin haber leído su obra y que miles de turistas se fotografíen con su estatua sin saber quién es. En el centro de Lisboa, los extranjeros siguen haciendo cola para abrazar la escultura de un famoso desconocido. Hay quienes esperan hasta veinte minutos bajo el sol por un clic con el poeta. En Valparaíso, Neruda y Gabriela Mistral posan en bronce en la Plaza de los Poetas. En Madrid, García Lorca sostiene una paloma en la plaza Santa Ana. En Moscú, Pushkin es un ícono turístico muy cerca del Kremlin. En Río de Janeiro no existen filas para tomarse una foto con esa estatua de Drummond de Andrade en un banco de Copacabana. Ironías del destino: en Lisboa la mayoría de peregrinos que quieren retratarse con Pessoa son brasileños. En su país, Caetano Veloso lo citó en la canción Língua, en que el poeta proclama que la lengua es su patria. Tom Jobim convirtió en música el poema O Tejo é mais belo que o rio que corre pela minha aldeia. También lo hizo la banda de rock Secos e Molhados con Não, não digas nada. Sólo Fernando Pessoa —y no Cristiano Ronaldo— nos recuerda que Portugal ha sido un imperio. Después de tantos chistes de brasileños contra portugueses, Pessoa es una venganza poética de Portugal contra Brasil.

Pessoa —persona— viene del etrusco phersu: la máscara del actor. Lisboa, en cambio, puede ser la ciudad más literal del mundo. Si preguntas cómo llegar a un museo cercano, pueden responderte: «caminando». Si preguntas a un taxista si puede parar en la esquina, responderá que sí puede, y no se detendría. Si se lo reclamas luego, te aclararía que no le pediste que parase allí y que sólo le preguntaste si podía. En esta ciudad textual, al pie de la letra, nació un gran poeta cuya obra puede calificarse de todo, excepto de literal. Cada año se publican más o menos una decena de títulos nuevos que intentan explicar a Pessoa, desde un relato sobre aquel empleado de oficina que fue hasta un libro de economía y gestión explicadas a partir de su vida y sus versos. Desde un ensayo sobre el cuerpo hasta un tratado sobre la misoginia en la obra de Pessoa. Otro sobre la metafísica en su vida, otro sobre su carta astral, otro sobre su afición a la astrología. Uno más que lo psicoanaliza. Y otro que se pregunta: ¿Pessoa existe?

A dos cuadras de la estatua del poeta frente al café A Brasileira, en el centro de Lisboa, hay una librería que no ha cerrado en más de doscientos cincuenta años: Bertrand es la más antigua del mundo, y su fachada tiene una vitrina dedicada a Pessoa. Se ubica en el Chiado, un vecindario llamado así en honor a Antonio Ribeiro, poeta que vivió allí en el siglo XVI y a quien apodaron Chiado —en portugués, chirrido—. Pessoa viajaba por allí en el tranvía, sobre el que escribió: «Los bancos del tranvía me llevan a regiones distantes, me multiplican en vidas, realidades, todo. Salgo del tranvía exhausto y sonámbulo. Viví la vida entera». El Chiado se enclava en una de las siete colinas de Lisboa, ciudad de subidas y bajadas frente al río Tajo. En la vieja librería Bertrand, los turistas reconocen los anteojos y el bigote del hombre de la estatua y entran. A esos preguntones, les venden Lisboa. O Que o turista debe ver/ What the tourist should see escrito por Pessoa, quien también se transfiguró en guía turístico. Cada verano este libro, encuadernado en rojo, luce como un accesorio de moda para turistas. Se lo puede avistar en todas partes: en Campo Grande y en el Zoológico; en la Basílica de la Estrela, en el mirador de Alcántara. Los peregrinos que siguen la ruta del poeta por Lisboa son delatados por un libro de portada indiscreta. Viajeros del siglo XXI atraviesan la capital de Portugal con el mapa anticuado de un ciudadano nacido en el siglo XIX. De vuelta al café A Brasileira, unos se sientan junto a Pessoa en la silla vacía que el escultor Lagoa Henriques dejó junto a la del poeta como una invitación a acompañarlo. Entonces unos lo abrazan como a un viejo conocido. Otros, confianzudos, se sientan en sus piernas. Otros le sostienen la mano, que está en el aire, con delicadeza. Su diestra y el regazo de bronce están gastados de tanto roce.

Hay otra estatua más joven de Pessoa en Lisboa y no aparece en las guías turísticas. Casi nadie se toma fotos con ella. Quién sabe si esa le gustaría más a él: se trata de un hombre con cabeza de libro, obra de un artista belga que entregó esta escultura de Pessoa para una gran exposición en el 2000 y que las autoridades de la Cámara Municipal de Lisboa abandonaron en un galpón durante años. No es tan literal como la escultura más antigua del poeta que lo hace ver como el cliente-anzuelo de una cafetería. El Pessoa con cabeza de libro se halla a la vuelta de A Brasileira, frente a un edificio amarillo de cinco plantas donde Pessoa nació. Hay una explanada que une su primer hogar con el edificio de la Ópera de Lisboa. Aquella plaza, con escasos bancos y árboles magros por el invierno, la describe él en uno de sus poemas. «Todo el teatro es mi patio, mi infancia», dice en El maestro que sacude la batuta. En esta plaza vacía, uno se imagina al niño Pessoa jugando pelota en el poema. Si preguntas a los lisboetas por esa plaza, pensarán primero en la Ópera, luego en la tienda de un diseñador famoso en la planta baja del edificio amarillo o, tal vez, en el restaurante de un chef de moda que queda al frente. Nadie hace una fila frente a la estatua con cabeza de libro. El rostro de Pessoa en una escultura resulta un irresistible imán de bronce. El hombre más fotografiado y tocado de la capital de Portugal es un poeta muerto sentado afuera de una cafetería. Parece que estar en Lisboa —una ciudad de treinta y tres siglos— significara retratarse junto a una estatua.

Hay mil formas de recordar a Pessoa en las calles de Lisboa. «Era un místico. Consultaba el horóscopo para tomar decisiones», dice Rosa Monteiro, una bordadora de manteles. «En el Martinho da Arcada, un restaurante de más de doscientos años, a Pessoa todavía le tienen reservada una mesa. No sólo eso: le tienen lista una taza vacía. Sólo faltaron los lentes, y en esta ciudad las ópticas sobran», recuerda Emanuel Cordeiro, médico general. «Nunca he leído un libro mejor que Mensagem. Nunca», dice Nuno Madeiras, trabajador social deslumbrado por ese texto poético sobre la historia portuguesa. «Era un sabio. ‘Todo vale la pena si el alma no es pequeña’, ¿no le parece una frase muy profunda?», pregunta la costurera Eva Seixas. «Esta sólo se sabe esa frase», se burla Lúcia Freitas, cinta métrica al cuello, en el mismo taller de costura. «Yo sólo me sé un verso, pero sé que no hay nadie como Pessoa», dice Manuel Ferreira, cartero. «Algún día lo leeré. Sé que es un sabio, pero en la escuela me aburría», admite Rafael Godinho, veinteañero vendedor de diarios y revistas. «Yo siempre digo que trabajo a media cuadra de Pessoa», recuerda Rita Peres, dependienta de una tienda de sábanas refiriéndose a su estatua en Lisboa. «Los brasileños lo aman. Compran todo lo que tenga su cara», cuenta Carla Mascarenhas, vendedora de recuerdos. «Mi prima que vive en Brasil se llevó una maleta llena de camisetas, llaveros, postales y jarras. ¿Libros? Ninguno», sonríe Rita Simoes, terapista de lenguaje. «El único poema que me sé es suyo. The happy sun is shining. Lo aprendí a los doce años, por un enamoradito», se sonroja Ana Rita Mendes, estudiante universitaria. «Era un cruel manipulador. Pobrecita de Ofélia, la novia, llena de ilusiones», se indigna la farmacéutica Maria João Inverno. Su enamorado, el psicólogo Fábio Costa, lo defiende: «Era un artista. Trabajaba lo justo para tener tiempo para su obra. Con mujer e hijos no se puede ser Pessoa». Filipe Barros, un esgrimista adolescente que quiere ir a las olimpiadas intercede aún más por él: «Si algún portugués merecía un Nobel era Pessoa». «No lo tratamos como merece –reprocha la policía Raquel Simão–. Me da pena de que seamos un pueblo tan ingrato». Pessoa se ha multiplicado en muerte tanto como lo hizo en vida.

Fernando Pessoa creó más de cien firmas, cada una con una biografía y una obra. Todos álter egos de un poeta para quien una sola identidad no bastaba. En las tiendas para turistas de Lisboa, la compleja teoría sobre su heteronimia se ha resumido en una camiseta a la venta: Pessoa y cuatro sombras. Cada una de estas cuatro sombras tiene un color distinto: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Bernardo Soares son sus más populares álter egos. Soares era un oficinista; Campos, un ingeniero homosexual; Reis, un monárquico exiliado, y Caeiro, un campesino con instrucción primaria, el maestro de todos. Pessoa fue más allá de ellos y de sí mismo. Su heterónimo Olga Baker, por ejemplo, escribiría tres libros para ganar dinero, textos sobre buenos modales, cocina y hogar. Pessoa tenía favoritos temporales, que podían ser suplantados al cabo de un tiempo, quizás por aburrimiento o por haber inventado una firma con una más seductora historia personal. Siempre tuvo la certeza de que sería un gran poeta. En una crítica sobre la literatura portuguesa escrita cuando tenía algo más de veinte años, Pessoa dijo que aparecería una figura que mandaría a un segundo plano a Luís de Camões, el gran autor del poema que cuenta cómo Portugal se convirtió en un imperio, el poeta que cantó las aventuras de Vasco da Gama y que definió su lengua. En El libro del desasosiego, una colección de reflexiones en prosa, Fernando Pessoa advierte sobre sí mismo: «Yo, que en la vida transitoria no soy nada, puedo gozar de la visión del futuro al leer esta página, pues efectivamente la escribo. Me puedo sentir orgulloso, como de un hijo, de la fama que tendré, porque, al menos, tengo con qué tenerla». El poeta persiguió el éxito de la posteridad oculto tras cien personalidades. La lista del resto de sus heterónimos marea y es casi ilegible. Pero también es la única forma de empezar a entender la ambición de su obra.

A. Francisco de Paula Angard, A. Moreira, A. A. Crosse, A.L.C. e J.C., A.L.R., Acúrsio Urbano, Adolph Moscow, Alexander Search, Álvaro Coelho de Athayde, Anthony Harris, Anton Gaveston, António de Seabra, António Gomes, António Mora, Arcla, Austin, Barão de Teive, César Seek, Carlos Otto, Cecília, Charles James Search, Charles Robert Anon, Chevalier de Pas, Claude Pasteur, David Ginkel, David Merrick, Diabo Azul, Dinis da Silva, Dr. Abílio Quaresma, Dr. Caloiro, Dr. Faustino Antunes, Dr. Florencio Gomes, Dr. Gama Nobre, Dr. Gaudencio Nabos, Dr. Neibas, Dr. Pancrácio, Dr. Pancratium, Dr. William Jones, Eduardo Lança, Efbeedee Pasha, F.Q.A., Firmino Lopes, Frederick Wyatt, Frederico Reis, Friar Maurice, Galião Pequeño, Galião, Gaveston, Gee, George Henry Morse, Gervásio Guedes, Ginkel, Giovanni B. Angioletti, Gomes Pipa, Henry Lovell, Henry More, Herr Prosit, Horace Ginkel, Horace James Faber, I.I. Crosse, J.H. Hyslop, J.G. Henderson Carr, James Bodenham, James L. Mason, Jean Seul de Méluret, Jerome Gaveston, João Craveiro, João Rasteiro, Joaquim Moura-Costa, Joseph Balsamo, Karl P. Effield, L. Guerreiro, Lili, Lucas Merrick, Luís António Congo, Manuel Maria, Maria José, Marnoco e Sousa, Martin Gaveston, Marvell Kish, Miguel Otto, Morris & Theodor, Navas, Ninfa Negra, Ninfa, Olga Baker, Padre Gonçalves Gomes, Pad Zé, Pantaleão, Parry, Pedro da Silva Sales, Pedro Botelho, Pimenta, Pip, Professor Jones, Professor Trochee, Raphael Baldaya, Sableton Kay, Sicio, Sher Henay, Sidney Parkinson Stool, Sousa, Tagus, Thomas Crosse, Torquato Mendes Fonseca da Cunha Rey, Usquebaugh V. Bangem, Velhote, Vicente Guedes, Voodooist, W. Fasnacht, W.W. Austin, Wardour, William Alexander Search, William Jinks y Willyum Jinks Esk. Fernando Pessoa fue un traductor portugués que pasó su infancia en Sudáfrica después de quedar huérfano de padre. Pero también fue un astrólogo, ocho traductores, un grafólogo, dos psiquiatras, y una adolescente enferma y enamorada.

Puede leer la historia completa en Etiqueta Negra 111.

 

COREA
DEL SUR
EL PAÍS DEL DÍA
SIGUIENTE

¿Cómo no sentirse tan lento en un lugar
donde al aterrizar envejeces nueve meses,
la frase más común es «rápido-rápido»
y la gente consulta en su computadora
los minutos que le quedan
al presidente en el poder?

Un viaje de Juan Villoro
Ilustraciones de Manuel Gómez Burns

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Ilustraciones de Manuel Gómez Burns

Sabía muy poco de Corea del Sur. Revisé mis aparatos y advertí que tres de ellos eran marca Samsung y dos LG. El país había entrado a mi casa antes que a mi conciencia. En el avión a Seúl, leí una entrevista con Le Clézio. El escritor francés estaba en Corea —donde había vivido varios años—, participando en un congreso sobre literatura y globalización. En su opinión, si ves rostros asiáticos, africanos y europeos a gran velocidad no distingues las razas. Lo decía como un elogio, un rasgo de complicidad. Me pareció curioso que celebrara esa utopía de la similitud. Al aterrizar encontré miles de caras orientales. Daniel Ji, quien iba a ser mi guía las siguientes dos semanas, me dio su tarjeta de visita. En Corea las cosas importantes se entregan con las dos manos para realzar su valor. Mientras más pequeño es el objeto, más significativo parece.

El aeropuerto de Inchon es el quinto más activo del mundo. La mayoría de los pasajeros no se queda ahí. Se trata de una plataforma provisional que reparte gente por toda Asia. Circulé por pasillos amplísimos, rutilantes. Un inmenso cartel explicaba las costumbres del lugar: DynamicKorea. Varias puertas conducían a un destino tal vez metafísico: «Automigración». ¿La gente viajaba hacia sí misma? Era algo más práctico: un ojo eléctrico lee el pasaporte de Corea del Sur y permite un acceso instantáneo. La aduana automática me pareció arriesgadísima. «Aquí es fácil reconocer a un terrorista», me explicó minutos después Daniel Ji: «Los extranjeros se notan demasiado». Recordé la ilusión de semejanza de Le Clézio. El prerrequisito de la seguridad coreana consiste en detectar al otro.

Tenía dieciséis horas de diferencia respecto a México, mi punto de partida. La realidad cobraba la trémula consistencia de una película con problemas de proyección. Las novedades de Corea del Sur se presentaron en forma tenue: autopistas y verdes colinas. Ante ese paisaje me informaron que el treinta por ciento de las lluvias se precipita en julio. Estábamos en junio. Ese clima perfecto tenía el atractivo de la belleza amenazada: un mes más tarde se abrirían cincuenta millones de paraguas.
¿Cómo comunicar portentos que se relevan con celeridad de zapping sin producir la homogeneidad anhelada por Le Clézio? Durante quince días de ilusiones ópticas, mi principal actividad sería el parpadeo.

Corea del Sur se atraviesa por tierra en ocho horas y responde a un singular patrón cromático: los monjes budistas visten de gris, las iglesias cristianas encienden enormes cruces de neón rojas o blancas, el museo del video artista Nam June Paik tiene la forma de un riñón de cristales negros, el viento trae arena amarilla de China, la isla de Jeju reinventa el verde y los televisores de alta definición muestran una realidad excesivamente fidedigna, hecha por un Dios que acaba de estrenar crayones.


LOS CARTÓGRAFOS REPARTEN POLLO

Un ubicuo cartel publicitario mostraba a un hombre con una flecha azul. En junio de 2011 ocurría un viraje copernicano: las calles tendrían nombres.

Esto desconcertaba a un país acostumbrado a moverse gracias a una descripción narrativa del espacio. La casa 1 suele ser la más antigua de la manzana. Para llegar ahí basta saber que está cerca de una puerta de entrada a la ciudad, junto a determinada fábrica o frente al condominio equis. En caso de duda, se aconseja consultar al expendio de pollo frito más cercano. Cada dos o tres esquinas, hay motociclistas que sirven de cartógrafos.

En marzo, los habitantes de Seúl habían recibido un sobre con un contenido hermético y temible: la dirección donde viven. Muchos se sintieron trasladados a otra ciudad.

Me interesó la supersticiosa desconfianza ante los nombres. «¿Ya sabe cómo se llama su calle?», le preguntaba a todo mundo. «Me voy a perder en mi propia ciudad», contestó un anciano que acababa de comprar almejas. «Todo esto es Siberia», un joven señaló un barrio recién clasificado. Las placas azules causaban desconcierto, irritación, bromas, respuestas exasperadas. Me identifiqué con la causa. Para un extranjero, lo normal es estar perdido. Sin embargo, al cabo de unos días descubrí una especialidad coreana: todo mundo se queja de lo nuevo, pero lo aprende de inmediato. La molestia de estar ante algo distinto es superada por la curiosidad de conocerlo. En quince días la inseguridad ante las direcciones se difuminó por completo: los coreanos sabían adónde ir, siempre lo habían sabido, pero ahora disponían de otra capa de conocimiento. En esos quince días yo me transformé en un atavismo, alguien que se acerca a un delivery de pollo frito para aprender geografía.
Una vez que descifras el laberinto de Seúl y entras en una casa, el detalle más folclórico no es una artesanía. En cada cocina hay un refrigerador común y otro de menor tamaño con la temperatura entre 0 y -1 grados. Ahí yace el kimchi, col en estado de fermentación que acompaña todos los guisos. Antes, el kimchi se almacenaba en vasijas oscuras, hechas de una cerámica «que respira». En las zonas rurales aún es posible ver extensos sembradíos de vasijas.El rumor de Corea: los refrigeradores ronronean, las vasijas respiran, las coles se fermentan.


CONSTANCIAS DE UN MUNDO LÍQUIDO

En un país movedizo resulta difícil saber cuánto durará un símbolo. El tigre Hodori, mascota de los Juegos Olímpicos de 1988, ha caído en desuso. Sin embargo, Hechi, atigrado animal fantástico que resguarda el palacio del rey Sejong, sigue teniendo adeptos. Es difícil saber lo que resistirá en un país que se transforma al modo de un programa de software pero no olvida la herencia de Confucio.

El paisaje coreano funde el pasado con el futuro. En una de las más famosas esquinas de Seúl, el edificio de la compañía Samsung, con pinta de robot decapitado, enfrenta una antigua puerta con techo de pagoda.

Desde mi habitación, en el piso diecinueve de un rascacielos contemplé edificios sumidos en la bruma, monolitos de cristal que parecían honrar a deidades del porvenir. Un ordenador controlaba las luces del cuarto. En el baño, el wáterToto, de invención japonesa, ofrecía una higiene de laboratorio. Puede soplar y lanzar agua en intensidades que van del chisguete elemental a las fuentes brotantes. El mando de controles semeja la tableta de una civilización lejana, un Código Hammurabi del futuro.
Pensé que mi sensación de extrañeza dependía del espacio —el piso diecinueve ante los rascacielos de cristal—, pero dependía del tiempo. Vivía dieciséis horas después que en mi país. Además, había envejecido nueve meses. En Corea la edad se mide a partir de la concepción. Curiosamente, me afectaba más adelantarme un día a mi familia que tener un año más.

Los coreanos se bautizan dos veces: asumen un nombre para Oriente y otro para Occidente. El oído oriental acepta que alguien se llame Keith, Pancho, Calibán o Vanessa. En cambio, Occidente se pasma ante los nombres orientales. El destino me recompensó en Corea con Daniel Ji, presidente y único miembro de Tradech Global, compañía de exportaciones. Por primera vez trabajaba como guía para el Ministerio de Relaciones Exteriores. Quería practicar el castellano que habla a la perfección. Su microempresa vende gorras de beisbolista. Me contó con orgullo que Corea del Sur domina más del cincuenta por ciento del mercado mundial de gorras, incluyendo las que se usan en la Serie Mundial de Béisbol. Su mayor ejemplo es PekSong-hak, huérfano de la guerra entre las dos Coreas, que comenzó a vender sus productos en la calle y actualmente preside la compañía Young An, con representación en cincuenta y cinco países.

Daniel Ji comparte oficina con otras tres empresas (cada una de un miembro). Los trámites para fundar un negocio tardan una semana. La expansión coreana se debe a transnacionales como LG, Hyundai y Samsung, pero también a la proliferación de pequeños comercios. Los megaconsorcios no han ahogado las iniciativas individuales. En ciertos ramos decisivos, como las farmacias, no hay monopolios ni grandes cadenas, y numerosos supermercados están siendo sustituidos por pequeñas tiendas de comida.

En el Museo Nacional de Arte Contemporáneo de Seúl, una fotografía de LimbEung-sik resume los años cincuenta, cuando el país estaba sumido en la miseria. Un joven se recarga contra un muro y mira al suelo con abatimiento. A sus espaldas, dos hombres se dan la mano, gesto que en Corea se usa más para cerrar un trato que para saludar; han tenido mejor suerte que el protagonista de la imagen, del que pende un letrero: «Busco trabajo». Es una escena triste, pero también un anuncio de lo que vendría después: no hay duda de que esa persona consiguió empleo.

Un efecto del desarrollo de Corea del Sur es que el país tiene la máxima conectividad del planeta. El motor de búsqueda más usado es un invento local: Naver. Google es ahí una herramienta minoritaria. Una de las aplicaciones más socorridas del navegador es el conteo regresivo del presidente Li-Myung-bak, empresario de Hyundai en el área de construcciones que despertó grandes expectativas y dilapidó su popularidad. La oposición medía el tiempo que le quedaba en el poder. El 7 de junio de 2011, a las 9:30, disponía de 591 días, 14 horas, 36 minutos y 48 segundos.

Dos japoneses pueden encontrarse ante un estanque sin decir palabra y despedirse satisfechos de su reunión. Los coreanos son ruidosamente sociables y viven para preservar el jong (pronunciado ‘yong’), inquebrantable vínculo de la colectividad.
En el siglo XV, el confucianismo llegó a Corea desde China y transformó para siempre el cielo, las conciencias y las costumbres. Uno de sus ideales es alcanzar la plenitud en la vida en común. En el siglo XIX, Nietzsche ofreció un improbable eco a Confucio: «Uno siempre está equivocado. La verdad empieza con dos». El jong es la expresión popular de este principio. Lo que no se comparte no vale la pena. En un restaurante resulta ofensivo pedir platos individuales; hay que meter las cucharas en el mismo guiso.

Comer juntos es una prioridad coreana. Pero eso no basta: hay que lograrlo de inmediato. La expresión más frecuente es «pali-pali» (rápido-rápido). El almuerzo dura media hora. Si el primer plato tarda más de diez minutos en llegar, el servicio es pésimo (en cada mesa hay un timbre para recordar urgencias).

La aceleración vital se extiende a los negocios: hay que ganar mientras se pueda. La vida empresarial se rige por el corto plazo. En la ansiosa Corea, la mano extendida del paciente Buda se interpreta en clave irónica: «dame dinero».
El horizonte de innovación es tan decisivo que años atrás la compañía LG estableció un peculiar pacto de confianza, eximiendo a su división de nuevos productos de presentar reportes de trabajo a cambio de que entregaran un invento al año. Así surgió el teléfono móvil Etiqueta Negra, que vendió veintiún millones de aparatos.

En forma lógica, un artista coreano se especializa en captar el raudo tránsito de los hombres. El fotógrafo Atta Kim hace tomas con ocho horas de exposición. En el museo Leeum cuelga su visión de Times Square: los edificios se perfilan en la noche, entre una bruma brillante, que sugiere un polvo astral; es lo que queda del paso de la gente, la huella de una especie apresurada. ¿Es posible que un territorio que ha sido invadido por China y Japón se dedique al lujo de hacer planes? Sí, pero todos son para hoy. «Pali-pali»: el destino tiene prisa.

En 1953, después de la guerra con Corea del Norte, el país se sometió a un gobierno autoritario. Wang Sok-yong, autor de la extraordinaria novela El Huésped, sobre una masacre cometida por coreanos erróneamente atribuida al ejército estadounidense, es uno de los muchos que padecieron cárcel en los años sesenta. El escritor tuvo que proseguir su obra en el exilio. No fue sino hasta 1988, con la amnistía a disidentes, que Corea del Sur transitó hacia un régimen progresivamente democrático.

Hoy las turbulencias de otros tiempos se transforman en velocidad y el pánico en hedonismo. El sentido del humor, las casas de comida exprés, la tumultuosa pasión por los deportes y el gusto por la fiesta hacen que Corea del Sur semeje un Japón latino. Además, los coches circulan del lado derecho.

Con frecuencia, el aire huele a una ilocalizable descomposición. El origen del tufo es la dieta rica en ajo. Los rincones más entrañables de nuestras patrias suelen soltar la reveladora vaharada de algo que está rancio o se pudrió cerca o se maceró en exceso. No asociamos el progreso con esos olores contundentes; lo verdaderamente nuestro apesta un poco. En forma primitiva, Corea del Sur remite a tufos del terruño. Su alucinante desarrollo se normaliza en la nariz.

Mi primer almuerzo ocurrió en el mercado de Andong, pequeña ciudad de provincia, no muy lejos de Seúl. Los peces crudos y las serpientes marinas eran poco apetitosos. Me costó trabajo sentarme en el suelo, me golpeé con lámparas de madera y lamenté llevar zapatos con cordones. Me habían aconsejado usar mocasines para descalzarme sin problemas en templos y restaurantes, pero mi espíritu depende del doble nudo. En casi todos los lugares era el único occidental. Mis maniobras se observaban con discreta piedad. Daniel Ji me aguardaba con paciencia, mordiendo un nabo en vinagre. Al completar el protocolo, una mesera me entregaba un vasito de metal con agua. El gesto me hacía sentir como un peregrino que atravesó el desierto o se deshidrató por el esfuerzo de sentarse.

En la mesa, junto a los cubiertos, encontré unas tijeras, otra señal de que el apetito necesita atajos. En el siglo XVIII, Lichtenberg escribió que la carne tendría un sabor distinto si la cortáramos con tijera. Tenía razón.
El restaurante del mercado de Andong se dividía en pequeños gabinetes, como vagones de ferrocarril. En la televisión, una joven hacía el rictus inconfundible de quien sufre mucho a causa de un desgraciado. Corea del Sur es la Venezuela asiática. Sus telenovelas permiten que la gente llore apasionadamente.

En el gabinete de enfrente, un hombre de mi edad hablaba de sus experiencias en el extranjero. Decía que los peores enemigos de los coreanos son los coreanos. «Tiene razón», comentó Daniel Ji: «Si un policía de origen chino busca a un sospechoso en el barrio chino de San Francisco, no lo encuentra nunca; en cambio, si un policía de origen coreano busca a un coreano, lo encuentra de inmediato». «¿Esto no contradice el jong?», pregunté. «¡Claro que no!», se sorprendió: «Los celos, la envidia y la competitividad son lazos que no puedes romper; forman parte del jong. Es como un matrimonio», sorbió su último fideo, con la satisfacción de quien ha aclarado un enigma.

Al salir vi una alarmante raíz de ginseng. Flotaba en una sustancia amarillenta, como un feto en formol. En gran medida, la incontenible energía coreana proviene de esa raíz antropomorfa. El ginseng se puede tomar en chicle, té, pastillas o caramelo. Esos derivados tienen un gusto agradable y generan un suave estímulo. Sin embargo, es difícil dejar de asociarlos con la raíz originaria, esa criatura flotante —mitad hombre, mitad nabo—que se tomó demasiado trabajo para existir.

¿Es posible sospechar tanto de una raíz? Sí, si la causa es la propia raíz. Mi recelo venía de haber bebido demasiado té de ginseng. Las ideas que provoca son suficientemente lúcidas para desconfiar de su origen.

Para mitigar de una vez por todas el aspecto del ginseng, se creó su presentación en spray. Sin embargo, esa vaporosa solución es demasiado tenue. Supongo que a medida que uno se adapta a Corea, la horrenda raíz se vuelve llevadera, del mismo modo en que en algún momento de la vida aceptamos que nuestras ideas provengan de una masa con molesto aspecto de tubérculo, el cerebro.


BREVE HISTORIA DE LA PRISA

Corea del Sur tiene la única bandera filosófica del mundo. Fue diseñada en 1883 al modo de una teoría del conocimiento. Un círculo azul y rojo representa el yin/yang, complementaria tensión de los opuestos. La bandera representa una tensión serena que aún no se cumple en la realidad. La división del país dividido ha llevado a que Corea del Sur tenga un Ministerio de Unificación.

El 2 de junio de 2011 hubo noticias alarmantes. Otra cumbre con Corea del Norte había fracasado. No se discutía por problemas de colindancia (el curso de un río que se desvía para quedarse con el agua), sino por los asuntos que preceden a una declaración de guerra: sobornos, el hundimiento de un acorazado de Corea del Sur, armas nucleares. También se publicaba un comunicado de Intelectuales Norcoreanos en Solidaridad. De acuerdo con esa organización disidente, el gobierno de Corea del Norte ha mandado al mundo a tres mil ciberterroristas para que aprendan «las oscuras artes de internet». Llama la atención que los disidentes se refieran a «las oscuras artes de internet». Eso sugiere que no sólo discrepan del régimen sino de la modernidad. ¿Quiénes son los Intelectuales Norcoreanos en Solidaridad? Imagino a atávicos calígrafos que escriben en papel de arroz, inconformes de barbas fluviales, aterrados tanto de la represión en su país como de los millones de teléfonos móviles que zumban al cruzar la frontera sur.

La mayoría de los coreanos con los que hablé estaban convencidos de que presenciarán la reunificación de los dos países. Aunque la guerra de 1953 dejó cerca de tres millones de muertos entre los dos bandos y el paralelo 38 divide dos sistemas políticos irreconciliables, el espectacular desarrollo de Corea del Sur infunde optimismo geográfico.

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SE BUSCAN
DEMÓCRATAS
EN LA CÁRCEL
MÁS PELIGROSA
DEL PERÚ

En el Pabellón Siete de Lurigancho,
los presos debaten en quince idiomas
y votan para elegir a su líder.
¿Qué cambian cuatrocientos hombres encerrados
después de hacer una cola?

Una crónica de Daniel Alarcón
Fotografías de Aníbal Martel
Traducción de Jimena Talavera

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Fotografía de Aníbal Martel

Para entender un lugar como Lurigancho, es mejor no fijarse demasiado en palabras como «cárcel» o «preso» o «celda», o en las imágenes que estas provocan. Los siete mil cuatrocientos hombres que viven en la mayor y más conocida prisión del Perú no usan uniforme. No se pasa lista ni hay hora de dormir. Cualquier control que las autoridades de la prisión tienen dentro de Lurigancho es nominal. Aseguran la puerta de la prisión y casi nada más. Los veinte pabellones del complejo pueden dividirse en dos secciones: los presos en mejores circunstancias viven en El Jardín, los pabellones con números impares. El verdor se marchitó hace tiempo, pero conserva el nombre y el prestigio. Numerosos residentes llevan las llaves de sus propias celdas y deambulan con libertad por la prisión como les plazca, aunque algunos prefieren no abandonar la calma relativa de su territorio. El otro lado de Lurigancho es conocido como La Pampa, los pabellones pares, hogar de miles de acusados de asesinato y hurto. La densidad aquí puede llegar a ser el doble de la de El Jardín, las condiciones insalubres y a menudo violentas. El penal de Lurigancho está a nueve kilómetros del centro de Lima, pero es un espejo de la vida de la ciudad. La Pampa está organizada en barrios; cada pabellón corresponde a un distrito de la capital. Los pabellones componen un mapa imaginario del mundo criminal de Lima —uno para San Martín de Porres, otro para La Victoria, otro para San Juan de Miraflores, y así—, y cada sección sirve de comité de bienvenida, grupo de apoyo y escuela para los jóvenes delincuentes que tienen la mala suerte de llegar ahí. El Jardín y La Pampa están separados por una pared alta de ladrillo y un estrecho callejón conocido como El Jirón de la Unión, cuyo homónimo fue alguna vez el paseo más aristocrático del centro colonial de Lima. La versión de aquí es un mercado al aire libre donde uno puede cortarse el pelo y comprar jabón, baterías, hojas de afeitar, camisetas viejas, drogas y chupetes. Durante el día, el callejón está plagado de los «sin zapatos», el ejército de presos drogadictos de Lurigancho que no pertenecen a ningún pabellón. Cada noche más de doscientos de estos hombres no encuentran dónde dormir. En Estados Unidos hay seis presos por cada guardia; en Lurigancho, cada guardia se encarga de unos cien hombres. Por eso las autoridades suelen hacerse de la vista gorda cuando se trata de contrabando de drogas, alcohol, televisión por cable y celulares: son comodidades que hacen tolerable la vida en prisión. Las drogas ayudan a sobrellevar el hacinamiento y mantienen a una población inquieta en una nebulosa apacible. «Es la única forma de controlar a estas bestias» me explicó un traficante de drogas.Él encontraba aterrador pensar en Lurigancho sin su dosis diaria. Las sobredosis son comunes, pero sólo hay sesenta y tres doctores para los cuarenta y nueve mil presos en el sistema penitenciario peruano, y sólo un puñado está asignado a Lurigancho. Por las puertas de la prisión entra suficiente alimento como para dos escasas comidas al día, pero todo lo demás —desde el mantenimiento hasta la disciplina y la recreación— es responsabilidad de los hombres encerrados. Cada pabellón tiene un jefe, una figura superior en el bajo mundo de Lima cuya autoridad es incuestionable. El Pabellón Siete de El Jardín, que reúne a traficantes internacionales de droga, es la excepción.

El Pabellón Siete alberga a hombres que han viajado por el mundo, tienen múltiples pasaportes y hablan varios idiomas. El estándar de vida aquí refleja la relativa opulencia de esta élite. Los narcotraficantes son hombres de negocios que aceptan como dogma que la mayoría de los problemas pueden resolverse, o evitarse, con dinero. La mayoría son peruanos de las regiones selváticas productoras de coca, pero también hay otros: hombres de China, Holanda, Italia, México, Nigeria, España, Turquía. Las paredes del patio muestran la diversidad de sus residentes: mapas pintados de la Unión Europea, logos de equipos de fútbol colombianos, murales que celebran la vida en la selva, uno de los cuales muestra un minúsculo biplano, el emblema del narcotráfico, que flota muy alto sobre las verdes y arboladas colinas. Hay presos de casi treinta naciones, y van desde un desafortunado aspirante a mula que nunca pasó la seguridad del aeropuerto hasta el experimentado traficante de cocaína que cumple con paciencia su tercera o cuarta sentencia en su tercer o cuarto país. También hay presos comunes, hombres traídos al pabellón para trabajar. El resultado es una cultura única y cosmopolita —en Lurigancho, pero no de Lurigancho—, una comunidad protegida dentro de una prisión. Como los casi cuatrocientos presos aquí no obedecen a las jerarquías del mundo criminal de Lima, ni les interesa, en el Pabellón Siete no se impone un sólo jefe. Aquí hay democracia.

Llegué la mañana de un domingo de marzo de 2011 y encontré un ánimo muy festivo en el Pabellón Siete. La campaña anual para elegir a un nuevo gobierno estaba en marcha. Santos1, el sociable candidato que encabezaba la Lista # 2, iba de puerta en puerta con su compañero, Virgilio, el próspero dueño de la pollería del pabellón. Sus oponentes postulaban a un hombre llamado Barrios como delegado, pero la Lista # 1 estaba controlada en realidad por Avi, un traficante israelí. Cada lista tenía media docena de puestos: delegados de comida, disciplina, economía, cultura, deportes y salud, además de subdelegados en cada una de estas áreas. Varios presos llevaban camisetas de campaña —blancas con una estrella azul, o rojas con letras amarillas que decían «SANTOS Y VIRGILIO, VOTA POR UN CAMBIO». Habían afiches de campaña forrando las paredes, algunos diseñados para imitar las primeras planas de periódicos locales, otros citaban encuestas ficticias. Uno mostraba el dibujo de una vieja raqueta de tenis de madera y la frase «¡NO MÁS RAQUETAS», la jerga para las inspecciones policiales. Estas son tan inusuales, y el concepto de «contrabando» tan flexible en Lurigancho, que cada raqueta es vista como una ofensa al orden establecido, y el síntoma de un mal delegado. La última, en enero, había conmocionado tanto a la población, que se convirtió en un tema de campaña. Santos y Virgilio habían organizado una fiesta el día anterior a mi llegada, y aún colgaban por el patio banderas multicolores adornadas con el número 2. Un puñado de hombres sin camisa desmantelaba el escenario donde había tocado una banda del pabellón vecino. Santos y Virgilio incluso habían hecho arreglos para que bailarinas de afuera se unieran al show; mujeres voluptuosas que habían impresionado al electorado. Mientras sonaba la música y ellas bailaban, Santos había ido de mesa en mesa, estrechando las manos de sus compañeros de pabellón y sus familias que estaban de visita, pidiéndoles sus votos. Después de todo, así se ganan las elecciones, ya sea en prisión o en las calles. La fiesta había sido, según todos los indicios, bastante exitosa.
Después de la fiesta, Avi había estrenado una nueva tanda de afiches de campaña hechos a mano:

Visité Lurigancho por primera vez con la esperanza de enseñar una clase de escritura creativa, y recorrí toda la prisión en un intento casi fallido de reclutar alumnos. En ese entonces, Lurigancho albergaba a casi un cuarto de los presos del Perú y la aglomeración había alcanzado un punto de crisis. La prisión, construida para alrededor de dos mil hombres en un área del tamaño del Maracaná, se había convertido en el hogar de más de once mil. Se vendían navajas abiertamente, así como pipas para crack, ingeniosas fabricaciones hechas con fragmentos torcidos de metal. Hombres delgados y con el torso desnudo se desplomaban contra las paredes, cubiertos de cicatrices, con la mirada baja y ausente de los drogadictos. La tuberculosis se multiplicaba. En Lurigancho no se recolecta la mayor parte de la basura —unas treinta toneladas por semana—, y los presos más pobres se alimentan hurgando por estos desechos en busca de cualquier cosa comestible. Una bufanda gris colgaba de una vieja antena de radio, la bandera no oficial de la prisión. Era el recuerdo de un preso drogadicto que había escapado de la clínica psiquiátrica, se había subido a la antena y se había ahorcado. El amontonamiento era tan severo, que cientos de ocupantes vagabundos construyeron con su dinero un vigésimo primer pabellón de alojamiento informal. En la mayoría de las prisiones, si los presos tuvieran acceso a martillos, concreto, ladrillos y palas, los podrían usar para escapar. Cuando visité el Pabellón Veintiuno, encontré a los residentes construyendo una pared alrededor de su nuevo hogar para tener un lugar seguro al anochecer.
El gobierno prohibió la entrada de nuevos presos en julio de 2009. Desde entonces la población ha disminuido casi cuarenta por ciento. Esto es tanto un gran alivio como un serio problema. Ahora Lurigancho es un lugar más tranquilo y algo más seguro para cumplir una condena. Pero como gran parte de la economía de la prisión depende de los visitantes y del dinero y provisiones que llevan, también es un lugar bastante más pobre. La dura realidad del encarcelamiento es que, mientras más tiempo estés adentro, es más probable que se olviden de ti. «El primer año, hasta tu perro y tu gato vienen a visitarte» me dijo un hombre. «Después de eso estás solo». Menos presos nuevos significa menos visitantes, lo que a su vez se traduce en presupuestos más ajustados para el mantenimiento y la seguridad. El agua se acaba con frecuencia, la sobrecargada red eléctrica se avería cada dos o tres días, y no se pueden pagar las reparaciones más importantes.

La crisis económica también ha llegado al Pabellón Siete. Con la excepción de unos cuantos presos muy ricos, todos los hombres de Lurigancho, incluso los más drogadictos, deben hacer algún trabajo para sobrevivir: hay pintores, albañiles, electricistas, masajistas, abogados, doctores y cocineros. Una estructura de clases bastante rígida existe junto al sistema democrático del pabellón: algunos hombres viven solos en relativa opulencia, mientras otros comparten una celda, uno pagando renta al otro, o ambos pagando renta a un tercero. Si no pueden pagar eso, los presos hacen su hogar en El Gran Hermano, llamado así por el reality televisivo. Allí unos treinta y cinco hombres duermen en literas triples bajo un techo agujereado en condiciones más parecidas a la vida en La Pampa. Aún más pobres son los que viven en La Candelaria, un espacio estrecho y sucio detrás de la cocina, que es más un hueco de drogadictos con catres que un área habitable. La mayoría de estos hombres, conocidos como «rufos», son adictos al crack, hombres delgados y de apariencia enfermiza que estafan o roban para drogarse. Son la mano de obra barata del Pabellón Siete, responsables de gran parte del trabajo doméstico y del mantenimiento. Un tercio de estos hombres no debería vivir ahí, pero son aceptados como «residentes» condicionales. Limpian las celdas de los presos adinerados, trabajan en los numerosos restaurantes del pabellón y barren el patio todas las noches. Si el consumo de drogas de un rufo se sale de control, si roba o se pelea, se arriesga a que lo expulsen. Los miércoles y sábados —días de visita— un rufo que no se haya bañado y afeitado no puede estar en el pabellón para no asustar a mujeres y niños. Y cuando los ricos reciben visitas, los rufos bien afeitados y la clase trabajadora del pabellón atienden a los visitantes. Les sirven comida y bebida, llevan mensajes y paquetes pesados de la puerta de la prisión al pabellón. Pero el buen comportamiento no les da todos los privilegios de la ciudadanía: algunos no pueden votar. Algunos de los extranjeros, cuyas familias están lejos, alquilan sus celdas a presos más pobres que no tienen un lugar privado para una visita conyugal. El dinero es el alma de la prisión, por lo que, aunque la aglomeración había bajado, y Lurigancho era más habitable, nadie celebraba. Para ambos candidatos, la extrema situación económica sería el tema más urgente.

Cuando Murat —un kurdo conocido por el pabellón como el «Iraquí»— llegó a Lurigancho, no sabía nada de español. Pero ahora, cinco años después, hablaba lo suficiente como para postular a delegado de economía de la lista #2. Era alto y delgado, con un rostro angosto y cabello oscuro amarrado en una severa cola de caballo. Tenía un tatuaje borroso de una estrella en el brazo izquierdo. Había aprendido español por necesidad. No había otros kurdos o árabes con quienes hablar. «Dos kurdos —dijo—, y controlaríamos toda la prisión». Aunque para estas elecciones estaban en bandos opuestos, Murat y Avi eran amigos, por lo que Murat me llevó a ver al cerebro y principal impulsor detrás de la Lista #1. El israelí nos recibió en su celda con aire acondicionado con una advertencia: no tenía tanto que decir sobre las elecciones. «Odio la política», dijo Avi, con los brazos abiertos, mientras se encogía de hombros. Su sonrisa me dijo otra cosa: era la exagerada sinceridad de un actor que intenta que su expresión sea visible para el público hasta en las butacas más baratas. Avi llevaba un par de zapatillas Nike nuevas, pantalones de buzo azules, una camiseta blanca, y un kipá coronaba su cabello corto entrecano. En una repisa de madera sobre su cama había una foto enmarcada de sus dos hijos adultos: un recordatorio de la vida que lo esperaba en Tel Aviv. Me sorprendió mirando y explicó que, aunque su hija estaba comprometida, se negaba a casarse hasta que él pudiera estar en la ceremonia. Avi frunció el ceño. Llevaba once años y cinco meses de una sentencia de veinte años. El israelí ofreció un cigarro al iraquí, y, mientras la celda se llenaba de humo, los dos hombres se sumieron en una apacible conversación sobre el futuro del pabellón. Un peruano bajito y de rostro rechoncho llamado Morales se unió a nuestro espontáneo salón político. Les pregunté: «¿Alguna vez un extranjero ha sido delegado?». Recordaron a un nigeriano llamado Michael, que ascendió al puesto después de que transfirieran a un delegado peruano. «¿Cuándo?», pregunté, y guardaron silencio. Ninguno lo sabía con certeza. En prisión, los días, meses y años con frecuencia parecen mezclarse: ¿2003, 2004, 2005? Y, en realidad, ¿qué importaba ahora que el nigeriano había sido liberado? Pero sí recordaron una cosa: había postulado para la reelección, y perdió. «Un extranjero no puede controlarnos», dijo Morales, con un toque de orgullo en su voz. El candidato de la lista #1 insistió en que su rol en las elecciones era menor: «No tengo razón para ser parte de esto. El ganador de estas elecciones tiene que ser el pueblo. Necesitamos agua y electricidad, no problemas con la policía». Los oponentes de Avi, Santos y Virgilio, proponían subir los impuestos para combatir el déficit presupuestario. Cada residente del pabellón pagaba tres soles a la semana para el mantenimiento y la seguridad. La tradición era que cualquiera que llevara más de siete años estaba exento. La Lista # 2 acabaría con las exenciones e introduciría un nuevo sistema: de uno a siete años pagarían tres soles; de siete a diez, dos soles, y más de diez, sólo un sol. Para Avi esa propuesta era una crueldad, una falta de comprensión de las realidades del pabellón. Su campaña había llenado el Pabellón Siete de afiches que decían «¡NO AL SHOCK!». «Yo puedo pagarlo», dijo Avi, «pero hay gente aquí que no puede. ¿Cómo les vas a cobrar?» Avi tampoco confiaba en las intenciones de sus oponentes: «¿Por qué organizaron una fiesta?», preguntó. «Para hacer que la gente gaste dinero». Hacer campaña era una necesidad, pero su lista tenía un rumbo distinto: donarían una cena de pollo a la brasa aquella noche a todos en el pabellón, caballero o rufo, ciudadano o residente, una celebración de cierre de campaña. Habría pollo hasta para mí, si quería. Le pregunté, medio en broma: «¿Será pollo de Virgilios?» Avi sonrió. «De afuera», dijo. No compraría el pollo a su oponente.

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July 12, 2013

111

Un texto de

La defensa suiza contra el apocalipsis
es el búnker

Sobrevivir a un cataclismo nuclear es un derecho del ciudadano.
Los suizos, muy civilizados, han construido refugios subterráneos
para salvar a casi nueve millones de seres humanos.
¿Dará Roger Federer clases de tenis bajo tierra?

Una crónica de Doménico Chiappe

En Suiza la ley prohíbe tirar la cadena del inodoro pasadas las diez de la noche, circular en bicicleta sin seguro de daños a terceros o usar la lavadora los domingos. En Suiza, un país obsesionado con el orden, la urbanidad y la paz, el gobierno decide dónde pasará cada ciudadano el fin del mundo en caso de cataclismo nuclear: a salvo y bajo tierra. Hiperprotegido por el fortín natural de los Alpes, los suizos poseen un circuito de construcciones subterráneas capaces de cobijar a su población durante seis meses. Un artículo de su Ley Federal del Sistema de Protección Civil dice: «Cada ciudadano tiene derecho a un refugio protector cerca de su residencia». La ley viene de 1950, aunque tiene su origen en los ataques aéreos con gas tóxico ocurridos en Europa durante la Primera Guerra Mundial y el terror nuclear consecuencia de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Pero no se trata de una ley petrificada, herencia de la Guerra Fría: la norma se ratificó en 2012, el mismo año que para algunos sería el fin del mundo. Las nuevas edificaciones deben incluir refugios o pagar un canon de hasta novecientos dólares, un dinero que los gobiernos locales destinan a mantener los búnkeres municipales. Para cuando una explosión nuclear o cualquier forma del fin del mundo toque la puerta, los refugios de Suiza podrán acoger a casi nueve millones de personas. Todo el país más los habitantes de Islandia, Malta y Luxemburgo combinados.

El búnker que visité está en pleno centro de Ginebra, la Rue De Chancy 6, junto a las oficinas de Procter&Gamble. Nada parece indicar que detrás de esa puerta de acero pintado viven casi un centenar de refugiados preparados para sobrevivir a una hecatombe nuclear. Adentro, uno de los custodios, Michel Bueno —bigotes largos, barba escrupulosa, una camisa desteñida que contrasta con el oro que lleva en el pecho y la muñeca— me advierte que en una ocupación militar la densidad de población sería mayor. Suiza tiene frontera con cinco países. No participa en una guerra desde el siglo XIX. Esta emergencia en Suiza no es nuclear ni bélica, sino humanitaria. Antes de que termine el día, la población del búnker de la Rue De Chancy 6 crecerá por encima de los dos puntos porcentuales. Dos jóvenes de piel oscura y cabello crespo cruzan la puerta invisible a este mundo subterráneo.

El subsuelo es una metáfora del limbo legal en que se encuentran. Comparten rasgos con el resto de habitantes de esta aldea bajo tierra: todos procedentes del África subsahariana, con edad promedio entre veinte y veinticinco años. Los recién llegados visten abrigos y pantalones deportivos. Los únicos que ahora viven en estos búnkeres suizos son africanos sin papeles y sin posibilidades de obtenerlos. Gente que llega de sus apocalipsis privados en busca de refugio. Y no soportan más que unas cuantas semanas allí dentro. ¿Adónde se va alguien después de vivir en un búnker? Las estadísticas de Hospice Général dicen que treinta por ciento desaparece sin que nadie sepa más su paradero. Otros aceptan la ayuda de organizaciones como Cruz Roja o Cáritas para volver a su lugar de origen y otros saltan una nueva frontera hacia un tercer país.
El límite legal de estancia bajo tierra es de seis meses. «Podrían producirse trastornos psicológicos», dice Bueno. Él y el otro responsable del refugio, Frank Bourqui —salamandra tatuada en un brazo, un corazón en el otro, arete de oro en una oreja y un mullet de cabello blanco rizado— prefieren conversar en su oficina, donde no llega el olor agrio de comida condimentada. El aroma masculino de sudor que domina el búnker queda sepultado por una fragancia de chicle de fresa.

Un refugio nuclear es un seguro contra la catástrofe, pero cuando lo habitan es un laboratorio de supervivencia. El olor espesa el ambiente, aun con una temperatura regulada en veinte grados centígrados y una humedad estable en 55%. Son las mismas condiciones climáticas que en una sala de operaciones. Los focos de neón, la única luz posible, trazan líneas rectas e imperturbables en el techo, colocados de tal manera que la sombra no existe. Tampoco llega la señal para teléfonos celulares. «No hay horarios. El tiempo no se nota aquí dentro —me dice Bueno, el custodio con cadenas de oro en el pecho—. Es insoportable: yo tengo que salir al menos diez minutos cada hora». De lunes a viernes, el primer turno de trabajo de los encargados comienza a las ocho y termina a las seis.  La única forma de medir la espera, por tanto, está en los relojes pulsera. La industria relojera de Suiza empezó a marcar la hora en 1601, cuando aquí se fundó el primer gremio de relojeros del mundo. En el aeropuerto, las esferas que cuelgan del techo para dar la hora son de Rolex. Bajo tierra, no hay ninguno en las paredes.

Es un alivio saber que en el simulacro suizo del fin del mundo hay fútbol, computadoras y sábanas. Ahora el refugio está parcelado con tabiques interiores que delimitan algunas zonas del recinto. Al lado del acceso se encuentran los baños y tres duchas con cortinas rosa, separadas por tableros. Un cable de internet se cuela pegado a una pared ocre, hasta la primera sala de estar, donde se apilan los zapatos, casi todos deportivos sin marca reconocible excepto un par de Adidas, frente a una gran mesa, con dos computadoras portátiles. Las máquinas no son parte del mobiliario. Los refugiados vinieron con ellas. En el ángulo que hace una esquina de tabiques y el techo, de casi tres metros de altura, hay un televisor a todo volumen. Hablan del Real Madrid en un canal de cable. El sonido de la televisión reverbera, puebla el vacío, todos los vacíos, hasta las dos de la madrugada, cuando se apagan. A la izquierda, el primer dormitorio. Seis literas, en filas de tres. Todas las camas con sábanas blancas. Los que duermen abajo las usan también como cortinas y ganan un poco de intimidad. Los de arriba se tapan la cara, como figuras amortajadas, y al menos aíslan la luz. Ahora que no hay emergencia, la comida llega de afuera, en bandejas plásticas, que se almacenan en ocho neveras y se pueden calentar en los microondas. Entre una comida y otra, una formidable elipsis. La superficie, donde existe una vida ordenada, queda muy lejos. Una distancia que no se puede medir en metros ni escalones.

En Suiza, el reino de la prevención, hay estudios de arquitectura especializados en diseñar búnkeres modernos. Uno de ellos es el de Jean-Philippe Stähelin, quien enseña por la TV unos planos arquitectónicos de espacios para minusválidos. Sin embargo, el acabado de los búnkeres con tubos que recorren las paredes, los dormitorios hacinados, la perpetua luz artificial y las compuertas interiores nos recuerdan más a un submarino. En un dossier llamado «Protection de la population», Heinz Herzig, un científico que colabora con la Oficina Federal de Protección de la Población, dice que la ratificación del parlamento suizo de construir y mantener refugios se explica, en parte, por el desastre nuclear de Fukushima en 2011. Sean públicos o privados, los refugios han sido construidos para albergar a ciudadanos o para salvar bienes culturales. Protección Civil explica que han sido «diseñados para mitigar los estragos de la guerra y también reducir el daño a las personas en caso de desastres, sean naturales o técnicos. O para compensar la destrucción de la infraestructura de la superficie». En una sociedad donde la gente no utiliza cortinas en las ventanas ni coloca rejas en los portales de las casas y apenas se encadena la bicicleta cuando se deja en la calle toda la noche, tanta precaución para sobrevivir en caso de una debacle nuclear sería un acertijo si se ignora la historia helvética. Durante siglos fue una épica de guerra y asedios, advierte José Antonio García Simón, un escritor suizo nacido en Cuba. Después, en el siglo pasado, llegó la neutralidad. Y la cautela. La precisión suiza tampoco se permite fallar en caso de desastre nuclear.

Una vez al año la sirena de alarma resuena durante un minuto en toda Ginebra. La fecha se anuncia por los medios de comunicación. Se hacen pruebas técnicas y se presume de la alta eficacia de la red. En la ciudad no hay simulacros, y sólo se pide habituar el oído a alguno de los ciento catorce altavoces que llevan el ulular hasta la última esquina de la ciudad. Si las sirenas se activaran sin previo aviso, se recomienda que se escuche la radio, se cierren puertas y ventanas, se avise a las personas mayores, no se llame por teléfono para evitar sobrecarga, y, si se está en la calle, dirigirse al hogar, a la oficina o un centro de actividad cercano. Si se habla del tema con cualquier ginebrino, la respuesta siempre es la misma. Confían en que Protección Civil active el protocolo: unos responsables por zona se encargarán de la situación y de dar las instrucciones. Cada adulto sabe cuál refugio le corresponde. Si se vive en el centro de la ciudad, donde las estructuras son antiguas, tienen uno municipal, como el de Rue de Chancy 6, y si se vive en el extrarradio, como en el barrio de Chêne-Bourg, hay uno debajo de cada edificio.

En un complejo de viviendas y locales de la calle Petit Senn, a quince minutos en tranvía del lago Le Mans, el refugio queda varios metros bajo la superficie, en el tercer sótano, después de otros dos donde los vecinos aparcan sus autos. El uso que se da a los refugios privados como este suele ser el mismo. Es un costoso almacén con puertas blindadas y gruesas paredes de cemento sin friso. En casos particulares son usados incluso como bodegas. «En general dependen del cantón o del barrio. Cada uno tiene sus responsabilidades», dice Bernard Manguin, responsable de comunicación de Hospice Général. Por ejemplo, los propietarios del inmueble tienen que construirlos, mantenerlos y equiparlos, mientras que el cantón debe cubrir el déficit de plazas y equipar los refugios públicos, incluso los hospitalarios.

A.A. quiere ser asilado en el país que tiene refugios subterráneos para todos sus habitantes. Vive en el búnker de Rue de Chancy 6, donde trabajan Bueno y Bourqui. Salió de Chad, en el centro de África, cuando tenía veinticuatro años. Lo encuentro en La Roseraie, un «espacio para la formación de emigrantes», donde se reúne gente de toda nacionalidad para conversar, tomar té y café, ver películas, pasar el tiempo. Está sentado en una mesa con Karim, también árabe. Juntos miran videos musicales. Faz oscura, pelo muy corto, finísimo bigote, cicatrices en la frente, A.A. sonríe y mira a los ojos. Resume su historia, la misma que dice haber contado ya a un tribunal en Vallorbe, que lo interrogó para encontrar fisuras en su versión antes de decidir sobre la concesión del estatuto de refugiado. Dice que desde los dieciséis años estudiaba en una escuela coránica. Viajó en automóvil hasta Libia para seguir aprendiendo. Tiempos de Gaddafi. «La vida era fácil», recuerda. Una vez allí decidió que su destino sería Italia. Atravesó más de mil kilómetros y un par de años para acercarse a la costa. En 2011, el año de las revueltas y la caída del dictador, abandonó tierras libias. Se embarcó en alguno de los botes que atraviesan el Mediterráneo rumbo a Italia, y que atracan en costas donde no hay alcabalas, para que los indocumentados puedan dispersarse por Europa. En cada pausa que hace al pronunciar su historia, A.A. vuelve a sonreír. Habla árabe, aprendió italiano, comienza a entender francés. Prosigue: llegó a Milán. Y un año más tarde se encaminó hasta Lugano, en la frontera entre Italia y Suiza. En Chiasso tomó un tren que lo internó en territorio de la Confederación. Era verano de 2012. «Quería estudiar francés», dice. Bajó del tren en Ginebra. Dice que siempre viajó solo y que en la nueva ciudad no conocía a nadie. Se dirigió a Cáritas. A los diez días le enviaron a Vallorbe, donde lo interrogaron. Días después regresó a Ginebra y desde septiembre de ese año vive en el refugio antinuclear. Tiene una acreditación, imprescindible para entrar cada día a la instalación que vence el 1 de marzo de 2013. Como todos los refugiados, puede estar medio año, pero, según Bernard Manguin, nadie dura tanto. A.A. es uno de los únicos civiles que habitan un refugio antinuclear.

El día que lo vi, A.A. tenía dos meses ininterrumpidos viviendo en el abrigo nuclear. «Difícil, la vida allí es difícil», resume. La sonrisa se ha borrado de su rostro y ha dado paso a una mueca de asco: «Hay mucha gente, vivimos muy juntos. No es saludable. El baño huele mal, el suelo está sucio. He hecho amistades, pero sé que lo serán sólo mientras permanezcamos dentro». Su rutina empieza antes de las ocho de la mañana, cuando Michel Bueno o Frank Bourqui, el que llegue en el primer turno, distribuyen el correo. «Siempre preguntan qué es lo que se les entrega», dice Bueno. «Viven ansiosos. Recelan de firmar la hoja de recepción». El Estado suizo se comunica con ellos por correo. Puede ser que reciban una comunicación médica —ya que gozan de un servicio sanitario completo— o una orden de expulsión.


En el refugio sólo hay horarios para dos cosas, aparte de apagar la televisión en la madrugada: entregar la ropa sucia, antes de las diez de la mañana y recoger la comida. Algunos hombres, «que viven de noche», según Bueno, se levantan, a veces sin desperezarse, recogen las bandejas frías, y vuelven a acostarse. A.A. prefiere salir a la superficie con el sol y regresar al anochecer. «Necesito aire», justifica: «No es fácil. Lucho para no enloquecer». Las otras normas son sencillas: no alcohol, no drogas (ni consumo ni venta), no tabaco.  La tarde de mi visita, Bourqui, sentado tras un escritorio, recibe a los dos jóvenes que recién llegan. Les entrega una ficha a cada uno, revisa sus documentos y les explica la única regla que no está impresa en los papeles pegados en los tabiques: «Si tú me respetas, yo te respeto, y no tendremos problemas». Son los nuevos habitantes del subsuelo, y nadie sabe cuánto tiempo aguantarán allí. Como A.A., no tienen otra opción.


Tampoco la tendrían los suizos en caso de hecatombe nuclear o catástrofe natural que arrase con la superficie. Pero ellos, a diferencia del resto de los terrestres, han excavado el subsuelo como si fuera un queso emmental, y construido habitáculos extensos o familiares, con paredes de más de medio metro de grosor, altura que puede llegar a los tres metros, instalaciones eléctricas con buen alumbrado, ventiladores con filtros, cocina equipada, baños secos, ingente cantidad de alimento y al menos doscientos diez litros de agua por persona. En el corazón de Ginebra, en la plaza de la Madeleine, bajo la que se encuentra uno los búnkeres más antiguos de la ciudad, se aprecia el relieve de una bomba en vertical, con la ojiva hacia abajo: el objeto destructor cae. La imagen, en Suiza, es más que una advertencia.

FOLLEMOS
COMO ANIMALITOS
PARA PROTEGER LA SELVA VIRGEN

¿Sirve el porno ecológico para limpiar el mundo?
¿O es sólo un modo de lavarnos la conciencia?

Un texto de Isaac D’Garay Juncal
Ilustraciones de Amelia Rosales

Ecoporno123
Ilustraciones de Amelia Rosales

 

Temo no reconocer en la calle a Natty Mandeau: hay demasiadas fotos de gente sin ropa en la página de Fuck For Forest, y ella, dirigente de FFF, protagonista de películas de porno ecológico, avisó que sabría que era ella porque estaría tocando una flauta en la calle. La ONG que vende porno casero para ayudar a la conservación de bosques y selvas nació en Noruega, pero hoy tiene su sede en Alemania. Voy a encontrarme con ella en el cruce de dos de las calles con más peatones de Berlín. Escucho la flauta en la esquina de Warschauer y Revaler, tal como lo prometió por teléfono. Si fuera verano, sería más sencillo detectarla. Probablemente tocaría la flauta desnuda, como parte de una performance que luego subiría a la web. Pero es el marzo más helado en Alemania desde 1883: en lugar de una pornstar en lencería haciendo música, veo a una mujer escondida bajo un abrigo andrajoso y una bufanda. Las rastas le cubren el rostro y sus dedos se deslizan sobre la flauta. El invierno es temporada muerta para la industria ecoerótica: la mayoría de sus videos los filman en el exterior. Hasta ahora más de mil quinientos suscriptores o voluntarios han enviado al sitio de FFF fotografías y videos donde posan desnudos en la naturaleza o protagonizan una porno amateur: sobre un árbol, nadando en el lago, dentro de un vagón del metro o en un club de sexo. Cuando la nieve dificulta el rodaje al aire libre, los ecosextivistas suelen viajar a Sudamérica. Allá predican su evangelio y buscan proyectos que protejan los bosques tropicales para patrocinarlos. Prefieren a grupos independientes y capaces de mantenerse solos. Aunque la lista de organizaciones es limitada, no todos están de acuerdo con los orígenes ecoeróticos de los fondos: la World Wildlife Foundation en Holanda y el Rainforest Foundation Fund de Noruega rechazaron el donativo de los activistas sin ropa. También Arbofilia, la ONG en Costa Rica a la que donaron sesenta hectáreas de bosque tropical para su conservación, les devolvió su dinero: otros benefactores más ricos amenazaron con retirar su ayuda si seguían recibiendo apoyo del eco-porn. El fundador de FFF dijo a un periodista del San Francisco Chronicle que ellos querían hacer el bien con lo que tenían. «Y no teníamos otra cosa que nuestro cuerpo». La pornografía sin fines de lucro que invierte sus ganancias para defender el medio ambiente incomoda a la industria de la energía limpia: la élite verde quiere salvar el planeta sin manchar su reputación.

La última vez que Fuck For Forest viajó al Amazonas fue cuando Michał Marczak, un joven cineasta polaco, les compró unos boletos de avión para visitar una comunidad indígena en el Perú. A cambio,  Marczak dirigiría un documental —el segundo de su carrera— sobre un grupo de europeos que, según la propaganda del filme, quiere «salvar a los indígenas del muy, muy enfermo Occidente». En el filme, los ecologistas europeos parecen una rareza, un grupo de hedonistas ingenuos. «Si no existieran —escribió el crítico de cine de The Guardian—, Werner Herzog los habría inventado y hecho una mejor película que Marczak». A Natty Mandeau tampoco le gustó el documental. Me dice que es una ‘versión barata’ de su trabajo, un collage de los prejuicios de su director, que también es el camarógrafo y el guionista. Marczak —se queja la chica de la flauta— les mintió. Ellos esperaban visitar una tribu poligámica, un pueblo con sabiduría sobre la permacultura, ese concepto de los años setenta que integra paisajes, agricultura y vivienda para estar en armonía con la naturaleza. Pero los indígenas que encontraron «estaban cristianizados y no entendían para nada lo que queríamos». Tan pronto como los europeos se desnudaron, las aldeanas, acostumbradas a recibir turistas, escondieron sus senos. No los estaban esperando ni tampoco tenían interés en trabajar con FFF. Frente a mí, la chica de la flauta bebe un café y sus ojos negros recuerdan la confusión que le causó ese viaje. Tiene veinticuatro años y hace más de cinco que es activista porno ambiental. Su pareja es el novato del grupo, Danny DeVero, un chico ‘confundido’, según el sitio web del documental que «descubre por accidente este mundo exuberante y neo-hippie». Ese mundo exuberante y neo-hippie tiene una de sus capitales en Berlín. Los amantes del dinero, del horario de oficina y de los zapatos de diseñador se mudan a Fránkfurt, Múnich o Hamburgo. Los punks, los desempleados españoles, los granjeros urbanos vienen acá. La trama del documental hace ver a FFF como un grupo de europeos idealistas que viajan al tercer mundo con la misión de civilizar a nativos. Pero ellos se perciben como la postal actualizada del mito del buen salvaje, una narrativa útil para el ambientalismo: rescatar la selva virgen es un modo de volver a la inocencia. FFF insiste en que lo suyo no es altruismo sexual, sino una exploración de la moral moderna. Yoko Ono, según varios sitios de internet, dijo en Oslo que eran el mejor proyecto artístico de Noruega. En la pantalla, sus videos parecen un episodio de Animal Planet sobre sexualidad humana. En el porno ecológico nadie se depila, no hay jacuzzis, enfermeras ni tetas de silicona. No hay guiones: los miembros del grupo cargan con su videocámara a todos lados, pues suelen filmar en cualquier sitio. Tampoco hay trabajo forzoso: los actores se desnudan de manera espontánea y voluntaria. La tarde que me reúno con Natty Mandeau me explica que el modo más efectivo de reclutamiento de FFF es el coqueteo. Dice que triunfa tantas veces como fracasa. Algunas veces le han escupido y otras la han amenazado con golpearla. Más tarde, cuando le pida que me muestre su archivo de fotos, me ofrecerá una suscripción gratis a su página web a cambio de actuar en uno de sus videos. De otro modo hay que pagar doce euros por la contraseña para verlos y salvar un pedazo de bosque tropical.

 

II


El nudismo es sinónimo de intimidad con la Madre Tierra. También es una forma popular de protesta. El eco-porn parece proponer el reencuentro del sexo con la naturaleza, un golpe de Estado para el imperio del cuerpo vestido. «Es estúpido poder manejar autos y contaminar, pero no poder caminar desnudos por la calle», me dice Mandeau, sin quitarse los mitones ni el abrigo. Usar la sexualidad para llamar la atención hacia la naturaleza no es una idea original de Tommy Hol Ellingsen y Leona Johansson, los fundadores nórdicos de FFF. La ONG PETA es famosa por sus carteles de modelos desnudas que defienden el trato ético a los animales y, desde hace algunos años, si un internauta en busqueda de páginas porno teclea www.peta.xxx en su navegador, se topa con el siguiente aviso: «Ahora que conseguimos tu atención… en PETA usamos cualquier oportunidad para compartir nuestro mensaje». Femen, una ONG feminista de Ucrania, es famosa por sus manifestaciones topless. Su sextremismo contra la dictadura, la Iglesia, el capitalismo ha convencido a ciento cincuenta mil activistas en todo el mundo a sacarse el sostén en las calles, y a un puñado de ellas a enfrentarse con la policía cada vez que se desnudan en público. Los ecoanarquistas de Fuck For Forest también visitaron los juzgados después de un happening en un concierto de 2004. Aquella vez los fans de la banda The Cumshots vieron a Ellingsen y Johansson tener sexo sobre el escenario. La corte los condenó a veinte días de cárcel o a pagar una multa de mil quinientos euros a cada uno. Y entonces vinieron a Berlín.

El cuerpo que se desviste por una causa noble tiene una larga tradición en Alemania. Desde principios del siglo XX, la cultura del cuerpo libre (Freikörperkultur, FKK) luchó contra la vergüenza de la desnudez. El régimen comunista de la Alemania del Este toleraba el nudismo al aire libre fuera de las ciudades, una minúscula concesión de libertad tras la Cortina de Hierro. Ahora nadie corre aquí el riesgo de enfrentarse con la ley si camina desnudo en playas públicas, parques, lagos y bosques. Pero hoy son tiempos duros para los anarquistas sin ropa: en San Francisco prohibieron el nudismo en público. Y las mujeres que se quitan el sostén como arma política son encarceladas o acosadas en Ucrania y Túnez. El mismo día que encontré a Natty Mandeau tocando la flauta en la calle, el Parlamento Europeo debía votar una norma para erradicar los estereotipos de género en veintisiete países. Acabar con los estereotipos de género —me explica Mandeau— significaría que ella pudiera caminar en topless en las calles de Berlín. «Pero me arrestarían». La iniciativa de ley escondía una cláusula para prohibir todas las formas de pornografía en los medios, y el debate se paralizó. Para FFF el cuerpo desnudo es un arma doble: llama la atención y recauda fondos. La culpabilidad y la vergüenza —creen— son parte del negocio. En las sociedades donde lo normal es llevar ropa, desvestirse ante un desconocido es un trabajo por el que se cobra. Ahora también se hace con fines benéficos: el cuerpo se utiliza como objeto de cambio, una mercancía de valor armada de buenas intenciones. En Estados Unidos algunas strippers regalan bailes eróticos a los clientes que en diciembre llegan con un obsequio para los niños pobres y en Japón las estrellas porno permiten que les toquen los senos a cambio de un donativo para la lucha contra el VIH, siempre y cuando los filántropos se hayan desinfectado primero las manos. El sitio PornHub ofreció una parte de las ganancias de sus videos de la categoría Senos Grandes y Pequeños a una fundación que lucha contra el cáncer de mama, que rechazó el donativo. Es lo mismo que le sucede a FFF: proteger el bosque tropical es bueno siempre y cuando se haga con ropa y sin anarquía.

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¿Por qué liberar a los animales del circo
no es un acto de bondad?

¿Por qué liberar a los animales del circo
no es un acto de bondad?

Una crónica de Sol Amaya
Ilustraciones de Giuliana Origgi

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Ilustraciones de Giuliana Origgi

 

San Som es una estrella de circo sin empleo. La policía lo está buscando. Él y sus hermanos —Simba, Mufasa, Vicente, Pucara, Antártida, Malvina y Argentina— son fugitivos y viven escondidos en un campo despoblado en algún punto de la provincia de Buenos Aires. La culpa es de los ambientalistas, dice Gabriel Ayroldi, el domador del Circo Mágico Houdini, uno de los últimos que aún presentan animales en Argentina. San Som y todos los leones de la especie Panthera leo aparecen en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Por eso Ayroldi se ha alejado de las carpas y reparte su tiempo enfrentando jueces y preocupándose de alimentar a sus leones escondidos. Los ha retirado del show porque un juez ordenó que se separe de ellos, y varias organizaciones en contra de los espectáculos circenses quieren devolverlos a su hábitat natural. No se percatan de que su hábitat natural es este circo argentino. Son descendientes de una generación criada en la década del setenta en un zoológico de la provincia de Mendoza. Jamás han vivido fuera de una jaula ni pisado la sabana africana. Sus padres fueron leones estelares que, en la época dorada del circo criollo, desfilaban por las calles de los pueblos en automóviles seguidos de elefantes, chimpancés y camellos. Hoy viven lejos de los aplausos de niños y adultos, escondidos entre campos de soja y el rugido de los tractores que la cosechan. Al teléfono, la voz de Ayroldi dice que no puede revelar dónde están. Está seguro de que los ambientalistas han intervenido su línea. La única vez que estuve frente a San Som me sudaban las manos y me asaltó un cosquilleo en la boca del estómago igual al que se siente antes de caer en picada en una montaña rusa. Nos separaban veinte centímetros y ningún vidrio o reja. San Som me miraba con ojos vidriosos y de un tono cítrico. Me rodeaba como el gato enjaulado que era. A veces se inclinaba hacia atrás, como tomando impulso. Levantaba la cola y estiraba sus garras delanteras. Los leones son criaturas que pesan dos o tres veces lo que un adulto promedio. Duermen tres cuartas partes del día, pero cuando están despiertos pueden cazar presas de hasta el doble de su propio peso. La puerta de escape de la jaula estaba cerrada. Era 2010 y entre él y yo se interponía Gabriel Ayroldi. De pantalones negros y chaqueta roja decorada con brillos, Ayroldi no empuñaba un látigo, sino un balde con trozos de carne. Un león hambriento puede comer más de cuarenta kilos de carne en una semana. El domador se acercaba a San Som y lo besaba haciéndole cosquillas con su bigote azabache. El león le devolvía un lengüetazo y después recibía un premio del balde. Eran estrellas de un circo con los días contados. «No te muevas. No lo intentes. Ni se te ocurra». Su voz era la de un coronel en campo de batalla. Las instrucciones eran para mí. San Som podía espantarse. Un león asustado se defiende con garras y dientes.

—Dale de comer —me sugería Ayroldi, e insistía en que era como alimentar a un gatito.

Acerqué hacia sus fauces enormes y abiertas un minúsculo y tembloroso trozo de carne. San Som parecía burlarse. Los colmillos sobresalían entre sus labios negros. Se fue acercando desconfiado. Alcancé a sentir su aliento sobre mi mano. Estiró su lengua, y a toda velocidad envolvió en ella la carne y volvió a alejarse de mí.

—Mirá la camarita —me gritaba desde afuera el fotógrafo, e insinuaba que diera la espalda al león, contra lo que indican todos los manuales de supervivencia para exploradores.

San Som era apenas el más fuerte de los ocho felinos que rugían en sus jaulas, como aprobando la actuación. Más allá de las rejas, a salvo del peligro, un grupo de niños aplaudía y se reía. En nuestra imaginación, los leones son fieros, los domadores son valientes señores de bigote engominado y el espectáculo de verlos juntos es digno de festejo. En la vida real, el asunto es bastante más triste.

Pan y circo, escribía el poeta romano Juvenal en el siglo I. Pan y circo ordenó el Estado argentino a mediados del siglo XX. En 1944 una ley aprobada por Perón obligó a los gobiernos provinciales de la Argentina a prestar terrenos a los circos, de preferencia cerca de plazas públicas o de fácil acceso desde el centro de las ciudades. Los pueblos esperaban el espectáculo con entusiasmo. Medio siglo después, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires prohibió por ley los espectáculos circenses con animales de cualquier especie. Otros distritos siguieron el mismo camino. La normativa sólo confirmaba que la popularidad del circo palidecía. Los vecinos, que habían visto leones salvajes en los documentales de naturaleza y en el cine, ya no sonreían ante el show de los animales amaestrados.

Divertirse a costa de los animales empezó a ser políticamente incorrecto en el siglo XX. A finales de los años setenta se firmó la Declaración Universal de los Derechos del Animal, según la cual ningún animal debe ser explotado para diversión del hombre. El documento afirma que las exhibiciones de animales y los espectáculos que los presenten son incompatibles con su dignidad. Cualquier entretenimiento a costa de leones, delfines o incluso mascotas sería una ofensa para ellos. Una interpretación estricta de esta declaración llamaría a la clausura de zoológicos, hipódromos y parques acuáticos. Pero sólo los circos con animales han empezado a ser ilegales. Lo más chocante parece no ser el cautiverio, sino el trato hacia los animales. En un zoológico existen cuidadores, mientras que en un circo son domadores que obligan al animal a ir más allá de su naturaleza. En Dumbo el villano es el domador que maltrataba a la madre del elefante bebé y lo separaba de su cría. La historia no es exagerada. En los circos de la vida real no se usaban látigos, pero sí ankus, una especie de palo con un pico puntiagudo que causaba heridas pequeñas pero profundas. A veces se le colocaba una flor en la punta para que el efecto fuera menos violento a la vista del público. Es el mismo instrumento que August, el borracho y violento dueño del circo en la película Agua Para Elefantes, usaba para castigar a Rosy, el paquidermo que se había convertido en su nueva estrella.

Para los leones, Ayroldi utilizaba el sistema clásico de garrote o zanahoria: si el animal obedecía una orden, obtenía un bocadillo de carne clavado en la punta de un palo. El palo servía para amedrentar, como los golpes en el hocico que reciben los perros durante el adiestramiento. Entre 2007 y 2012 visité más de una docena de veces a Ayroldi. Jamás vi que los golpeara. Pero tampoco fui testigo de que los leones lo desobedecieran. En el show, el domador pedía al león que saltara de una silla a otra haciendo un gesto con la mano. Algunas veces los felinos se negaban. Ayroldi repetía la orden. Si el animal no hacía caso, para desilusión del público, el espectáculo de los leones terminaba. Eso asegura Ayroldi, y también que nunca los forzó a trabajar cuando no querían, ni los lastimó. Explica que no sólo lo hacía por bondad, sino por una razón práctica: el animal sabe por instinto que su fuerza y agilidad es mucho mayor que la del palo de un domador.

Obligar al felino más feroz de la sabana a balancearse sobre un banquito bajo los reflectores es contra natura. Libera ONG, una agrupación internacional con sede en Argentina en contra de los espectáculos de circo con animales, reconoce que tal vez no siempre haya violencia contra todos los animales durante la doma, pero considera que la práctica es contraria a su bienestar. Lo que en el siglo pasado hacía que el público aplaudiera de pie, hoy es visto como una película de terror. No debería causar gracia que un elefante se siente sobre una banqueta o le robe el sombrero al domador. Tampoco deberíamos aplaudir a un león que salta a través de una serie de aros o juega con una pelota. Los ambientalistas sostienen que hay un acto de represión al domar a un animal. Pero el filósofo español Fernando Savater dice que derechos sólo pueden tener las personas, porque es algo que nos concedemos unos humanos a otros. Un pacto de nuestra especie.


Hoy no quedan tantos lugares en el mundo donde un león pueda devorar a una persona a menos que los dos se encuentren dentro de la jaula de un circo. Los especialistas estiman que sólo quedan entre treinta y dos mil y treinta y cinco mil leones en estado salvaje. También que en los últimos veinte años la población mundial de leones ha caído en un treinta por ciento. Por ese motivo son una especie vulnerable, es decir, aún no están en la fase más grave del peligro de extinción, pero van en ese camino. Los más pesimistas creen que en menos de quince años los Panthera leo serán sólo un recuerdo en los libros de zoología y los afiches antiguos de circo. Las bestias, como adversarios y amenazas han desaparecido, y los seres humanos sacralizamos todo lo que desaparece, dice Savater. Glorificamos a las bestias que no podemos tener en casa —agrega—, pues como no las tratamos con frecuencia creemos que necesitan que las defendamos. Por eso rechazamos los circos y vemos a los domadores como villanos. Gabriel Ayroldi ha perdido el timbre de militar en la voz. Me cuenta con tristeza que su circo ya no tiene tantos seguidores. Ahora cuando llega con su familia a un pueblo, los vecinos lo acusan de maltratador de animales y se quejan de que desaparecen gatos y perros callejeros, pues, según la leyenda urbana, se convierten en alimento para los leones. El día que yo acerqué un pedazo de carne a las fauces de San Som tuve que caminar con cuidado entre decenas de huesos de vaca que había en el interior de la jaula para poder acercarme al felino. Eran las mismas carcasas que cubrían el suelo de las jaulas en las que dormían sus hermanos.

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Un científico
que bautiza a los insectos

¿Es Pseudopogonogaster kanjaris
un bonito nombre para una mantis religiosa?

Un testimonio de Julio Rivera
Fotografías del autor

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Fotografías del autor

 

Cuando se trata de insectos, la mayoría de humanos somos incapaces de distinguir entre un bicho y otro. Las mantis religiosas son como los ovnis: todo el mundo cree saber qué son, pero casi nadie ha visto una. Se dice que son bichos verdes, que se parecen a los saltamontes y que las hembras se comen a los machos mientras copulan. A las mujeres este último dato suele entusiasmarles. Lo he visto en sus sonrisas de medio lado cuando me preguntan sobre mantis religiosas. Los entomólogos especialistas en mantis sabemos que el canibalismo sexual no ocurre en todas las mantis y que este comportamiento extravagante ha tenido demasiada prensa sensacionalista durante siglos. También que existe al menos otro medio millón de especies de insectos verdes y que la paleta de color de las mantis es más variada. El ciudadano típico anda por la vida con los ojos más atentos al tráfico que a los bichos del jardín. En la árida Lima metropolitana, hay dos especies de mantis y sólo una de ellas vive dentro de la ciudad. La otra habita en sus orillas, trepada en los árboles de los valles de los ríos Rímac y Chillón. Pero una vez frente a ellas son fáciles de reconocer porque a simple vista parecen saltamontes o grillos de otro planeta, aunque sus parientes más cercanas son las terrenales cucarachas. Lo que las hace diferentes es que sus patas delanteras —robustas y llenas de espinas— son una trampa mortal que usan para dominar a sus presas antes de devorarlas vivas. En el Perú existen alrededor de cien especies de este insecto y las posibilidades de encontrar una aumentan en cualquier paseo por algún sendero selvático. Allá las mantis son de tantas formas y colores que la mayoría en nada se parece al típico bicho verde de la cultura popular que inspiró a Zorak, el enemigo insectoide de El fantasma del espacio, o al Maestro Mantis de la película Kung-Fu Panda. Hay un millón de especies de bichos conocidos en el mundo, bastante más de los que aparecen dibujados en el bote de insecticida. Son tantos y tanto los desconocemos que no hemos ni siquiera terminado de nombrarlos.

La primera mantis religiosa que vi de cerca estaba muerta. Tenía un alfiler atravesado en el tórax, en medio de donde nacían sus alas. Era 1998 y yo era estudiante de Biología en la Universidad Nacional Agraria La Molina. Hacía prácticas en el Museo y Laboratorio de Entomología Klaus Raven Buller, que tiene una de las colecciones de insectos más importantes del Perú. Había leído sobre las mantis en mis enciclopedias cuando era un niño obsesionado con los bichos y las conocía de fotos, dibujos y algún documental en la televisión, donde siempre había una hembra devorando a su amante incauto. La que vi aquel día era inmensa y de ojos gigantes. Aún muerta, daba la impresión de mirarme con atención. Las había minúsculas, del tamaño de la uña de mi dedo gordo y tan largas como mi mano. Parecen criaturas de una película de ciencia ficción. Una parte de su atractivo es su forma antropomorfa, única entre los insectos. Sus patas anteriores, que asemejan brazos, se mueven en todas direcciones y en reposo las sostienen replegadas delante del cuerpo, por lo que parecen estar rezando. Su tórax alargado y cabeza triangular completan el efecto. A diferencia de otros insectos, las mantis tienen el cuello más flexible y pueden girar su cabeza en cualquier dirección, como Linda Blair en El Exorcista. Sus enormes ojos parecen tener una pupila, aunque sea sólo una ilusión óptica. Es quizá el único insecto que tiene la capacidad de mirarte de frente e interactuar contigo. Si se les manipula con cuidado, nunca tratarán de escapar. Es una sensación extraña y cautivante la de sentirse observado por un bicho, cuando la mayoría huye al primer contacto con los humanos. Por eso tal vez despertaron fascinación a lo largo de la historia. En el Libro de los muertos, las mantis guiaban a las almas de los antiguos egipcios en su camino al más allá. En la Mesopotamia de Asurbanipal, rey del Imperio Asirio, la mantis se llamaban buruenemeli y buruenemeliashagga, que significa «necromante», «el que habla con los muertos», y «profeta del campo». Los antiguos griegos las bautizaron como «mantis» (μάντις), que significa «adivino» o «profeta». A mí también me obsesionaron. Pronto supe que no había nadie en el Perú que las estudiara, así que me convertí en un explorador solitario. Conseguí todos los libros y revistas científicas sobre ellas. Empecé con las especies que viven en Perú. Viajé por el país para reunir más y examinar colecciones de insectos en universidades de provincia. Tuve que aprender a leer, diccionario en mano, en inglés, francés, latín, italiano y portugués. Con el alemán no pude, así que un amigo de la facultad se convirtió en mi traductor. Así leí todo lo que se había publicado en el Nuevo Mundo sobre esos insectos. Estudié a casi todas las mantis que hay en el Perú. Me tomó seis años.

Una vez tuve que trabajar en un bosque de nubes. Un colega me ofreció hacer una consultoría en Kañaris, el mayor y mejor conservado de estos ecosistemas altoandinos que existen al norte del Perú. Los bosques de nubes se llaman así porque durante una buena parte del año se encuentran sumidos en una niebla espesa y fría que se posa sobre la copa de los árboles. Hay tanta humedad que es un paraíso para musgos y líquenes, que crecen como enormes barbas colgantes sobre troncos y ramas. Por eso tienen un carácter fantasmagórico y único. Casi nadie sabe de la existencia de estos bosques en el Perú. Fui con otros biólogos para hacer un inventario de la flora y fauna de la zona por encargo de una empresa minera. El gobierno siempre ordena saber qué contiene un terreno antes de dar permiso para perturbarlo. La inspección sirve como referencia para descubrir futuros cambios que podrían deberse a la minería. Como el entomólogo del equipo, mi trabajo era hacer un registro rápido de los insectos de la zona: tomar datos, fotografías y recoger algunos especímenes para analizarlos. Hábitats tan marcianos como éste, a tres mil metros de altura en medio de la nada, siempre son una caja de sorpresas para cualquier naturalista. Yo tenía la secreta esperanza de encontrar mantis religiosas.

Las mantis serían el asistente ideal para cualquier profesor de Biología, si lograra primero encontrarlas. Son tan variadas en sus formas y comportamientos que sirven como modelos para ilustrar distintos tópicos. Por ejemplo, son maestras de la cripsis, el arte de estar ahí sin que los demás se enteren y poder cazar sin ser cazadas. Su aspecto y comportamiento están dictados por su hábitat, un legado de la evolución. Por regla general, las especies que habitan entre la vegetación son verdes y parecen hojas. Las que viven sobre las flores son de colores y algunas simulan tener pétalos en las patas. Las que suelen estar a ras del suelo tienen forma de ramitas, piedras u hojas secas. Incluso hay unas que son expertas en mimetismo, pues mientras crecen se protegen imitando a hormigas que tienen mandíbulas, venenos y olores, algo que algunos animales que incluyen insectos en su dieta suelen evitar. Encontrar mantis no es fácil ni para el entomólogo experimentado. Después de una semana en Kañaris, había visto de todo. Encontré ciervos volantes, unos escarabajos cuyos machos tienen mandíbulas enormes en forma de astas de ciervos que usan para luchar por hembras y territorio. Son raros en el Perú, pero paseaban felices por el bosque de nubes. Pasé un buen rato trepado en troncos y husmeando entre las hojas de las bromelias, —unas plantas parecidas a los agaves tequileros y que crecen sobre las ramas de los árboles— porque algunas especies de mantis viven en ambientes similares. Tampoco las encontré allí, aunque la fauna de insectos que viven en el agua de lluvia acumulada entre las hojas de las bromelias era fascinante. Puse trampas de intercepción para insectos voladores, trampas de suelo para insectos rastreros y me revolqué en el musgo y el liquen, ese híbrido hecho de alga y hongo. Encontré de todo, pero ni un solo rastro de las mantis.

Cuando uno va al campo para recoger un insecto experto en camuflaje, acepta la posibilidad de volver con las manos vacías. La noche antes de volver a Lima, cogí mi resignación y mi cámara fotográfica y me fui a mirar los insectos que se acercaban a un poderoso reflector cerca de la caseta del vigilante del campamento minero. La luz artificial atrae todo tipo de insectos. En el caso de las mantis, sirve sólo para los machos. Era mi noche libre, así que pasé varios minutos fotografiando polillas y uno que otro escarabajo. Casi a la medianoche, cuando la temperatura estaba cerca del cero, una polilla de colores vistosos y metálicos se posó sobre un cerco de madera cubierto en liquen junto a la caseta del vigilante. Me acerqué con cuidado para enfocar mi cámara y ajustar el flash. Entonces detecté un movimiento sutil con el rabo del ojo. Giré la cabeza con lentitud y ahí estaba. Una diminuta mantis agazapada entre el liquen tenía los ojos clavados en mí. Olvidé a la polilla para buscar a sus vecinas entre el liquen y el musgo del cerco de madera. Tantas en un solo lugar es raro: las mantis suelen evitarse entre sí, ya que no dudan en comerse entre ellas. Estas parecían tolerarse bastante bien. Con un colega recogimos una docena de hembras y un par de machos y los llevé a Lima vivos para fotografiarlos y observarlos. Su belleza era rara, incluso para un insecto: Las hembras tenían distintas combinaciones que imitaban el mosaico de colores del liquen. Además, su exoesqueleto —la «piel» de los insectos— tenía extensiones que parecían pedazos del liquen. Era como un camuflaje en 3D. Las mantis liquen más cercanas que se conocían eran las Calopteromantis hebardi, una inusual especie que vive en Ecuador y Colombia, pero no se sabía que existiera en Perú. Los animales y plantas no entienden de fronteras políticas ni tienen pasaportes. Sólo reconocen si el hábitat y las condiciones del clima son adecuados para sobrevivir. Yo no estaba seguro que las de Kañaris fueran iguales a esas. Tenía que sacrificarlas para observarlas a gran aumento, medirlas, hacer disecciones con estiletes y microalfileres, comparar la estructura y número de espinas de las patas delanteras, castrar a los machos. Todo en los insectos es milimétrico.

Los insectos son la clase de organismos más diversa del mundo. Hay más de ellos que plantas y el resto de animales juntos. Del millón de especies de bichos conocidos, casi ciento setenta y cinco mil son mariposas y polillas y como medio millón, escarabajos. Las mantis religiosas son una modesta minoría: se han contado unas dos mil quinientas especies. Pero en una ciudad, una persona común y corriente reconoce sólo alrededor de una docena de insectos: abeja, abejorro, avispa, chinche, cucaracha, grillo, hormiga, ladilla, mariposa, mosca, mosquito, piojo, pulga, polilla, saltamontes y zancudo. Estos nombres son etiquetas genéricas que usamos para distintos miembros de un mismo grupo de insectos. Por ejemplo, aunque existen ciento cincuenta mil especies distintas, se llama polilla a cualquier bicho que parezca una mariposa «sucia» y gris y que tenga una predilección por meterse en las casas por las noches. Distinguir entre una especie y otra es fundamental en las ciencias biológicas. Antes de estudiar y documentar cualquier ser vivo es necesario saber su identidad. La Taxonomía se encarga de crear y llevar un registro histórico de los nombres de los seres vivos en este planeta. En el mundo hay menos de una docena de taxónomos que se ocupan de ponerle nombre a las mantis religiosas que caminan sobre la Tierra. Yo soy uno de ellos.


Los taxónomos son los responsables de esos nombres en latín a menudo incomprensibles e impronunciables. Ellos conocen a la vaca, el tomate y la cucaracha del desagüe como Bos taurus, Solanum lycopersicum y Periplaneta americana. Un diminuto crustáceo pariente de la pulga de playa se llama Siemienkiewicziechinogammarus siemenkiewitschii. Al comienzo de mis estudios en Biología, estaba convencido de que jamás sería taxónomo. Quería pasar el día en el campo buscando insectos, e investigándolos, no metido entre libros aprendiendo una lengua muerta. Con el tiempo entendí que el nombre en latín es el punto final de un tour intelectual que pasa por la historia, la geografía, la ecología, la evolución, la lingüística y el arte. Pero el punto de partida es el descubrimiento.

Un taxónomo es un artista del orden. Todos, sin saberlo, practicamos algún tipo de taxonomía en la vida cotidiana: En la alacena, el cajón de cubiertos, las carpetas de la computadora. Organizar las cosas de nuestro entorno es un impulso humano, una forma de darle sentido al caos. Distinguir entre «plantas de frutos comestibles» y «plantas de frutos que matan» era para nuestros antepasados un asunto de vida o muerte. En el siglo XVIII, Carl Linnaeus, un naturalista sueco, creía que si describía y ordenaba toda la creación, podría entender la mente de dios. Así nació la taxonomía moderna, con la tarea de nombrar toda la fauna y la flora del planeta. Linnaeus alcanzó a registrar diez mil especies. Hoy conocemos cerca de un millón. Linnaeus también formalizó lo que hoy se conoce como «Sistema de Nomenclatura Binomial», la asignación de un nombre científico compuesto de dos palabras (género y especie) para cada ser vivo del planeta.

Nombrar a los seres vivos no es un acto caprichoso. Los nombres se organizan en un sistema jerárquico que representa el árbol genealógico de las especies, desde Género hasta Reino, la categoría taxonómica más alta. Nuestro nombre científico es Homo sapiens, donde Homo es el Género y sapiens es una especie particular. Todas las especies del Género, así como las otras especies de pre-humanos extintos y los simios como el chimpancé y el gorila se agrupan en la Familia Hominidae. Éstos, junto con el resto de monos y los lémures, forman el Orden Primate. Los primates están en la Clase Mammalia, y así hasta el Reino Animalia. Aunque su uso actual en Taxonomía parece una herencia anticuada, el latín se usa hoy por eficiencia. Una planta puede llamarse de distintos modos según la lengua de los habitantes de las regiones donde se encuentra. Esto complica compartir lo que sabemos sobre ella. El latín es una lengua muerta que no cambiará, y permite agrupar todo el conocimiento bajo el mismo nombre, como una clave de acceso a toda la información sobre esta planta. El nombre científico es como el documento de identidad de las especies.

Yo no sabía si la mantis que encontré en Kañaris tenía ya un documento de identidad. Así empezó un trabajo casi policial: con los bichos todavía moviéndose en sus frascos, busqué compararlos con la Calopteromantis hebardi, la candidata más posible. Una manera de distinguir entre dos especies emparentadas y parecidas es examinando y comparando el aparato reproductor de los machos, que sólo las hembras de su misma especie aceptan. Por eso casi no hay híbridos. Comparar la genitalia de una especie con otras del mismo Género en la bibliografía es la manera más efectiva de verificar su identidad. Esto sólo puede hacerse con los adultos, por eso esperé a que crecieran las mantis que colecté aún estando jóvenes. Entonces supe que no eran las mismas. Las de Kañaris medían unos milímetros más, sus proporciones anatómicas eran diferentes y el macho poseía una estructura genital única. Esta era la pieza de evidencia más decisiva. Otras pesquisas en colecciones de insectos en Europa y Brasil me permitieron confirmar que la mantis liquen de Kañaris era una especie desconocida para la ciencia. El siguiente paso era darle un nombre.

Nombrar a los organismos que respiran sobre la Tierra es para algunos un don divino. Desde el punto de vista científico, antes de estudiar a una especie es preciso bautizarla y describirla. Ese trabajo nos corresponde a los taxónomos, casi siempre biólogos de profesión. Cuando una especie está en peligro de extinción o desaparece, se publican listas con sus nombres, pero casi nadie sabe que cada año se descubren cientos de especies, sobre todo de insectos. Una vez que un taxónomo reconoce que una especie es nueva para la ciencia, debe encontrarle sitio en el árbol de la vida. La mantis liquen de Kañaris era difícil de clasificar porque taxónomos antiguos habían registrado a los machos como Calopteromantis y a las hembras como Pseudopogonogaster basándose en el dimorfismo sexual, es decir en las diferencias anatómicas entre machos y hembras. Es un error común. Como las hembras son mayores, no tienen alas y se camuflan mejor que los machos, se creía que eran de linajes distintos. Esto sería como basarse en la ausencia de senos para clasificar a los varones humanos en el Género Homo y a las mujeres en uno diferente. Cuando se reconocen estas confusiones, según el Código internacional de Nomenclatura Zoológica (ICZN por sus siglas en inglés), el nombre más antiguo tiene prioridad sobre cualquier nombre posterior. Por eso Pseudopogonogaster, creado en 1931 por el austriaco Max Beier, debería ser el nombre válido para todas las especies y Calopteromantis (creado medio siglo después por un brasileño) se convertiría en su sinónimo. Aunque lo ideal sería eliminar el nombre más reciente, el ICZN no lo permite: también los nombres invalidados tienen algo que contar, y quedan en el archivo histórico de este linaje. La mantis liquen de Kañaris podía al fin clasificarse como Pseudopogonogaster.

Aunque parezca complicada e incomprensible, la ciencia es democrática. Después de catalogar a la mantis de Kañaris, mi trabajo era describirla para que cualquier persona pudiera identificarla y distinguirla. Eso significaba tomar fotografías, hacer dibujos, describir dónde se encuentra y cómo se comporta. Todo eso lo incluí en un artículo científico que envié a una revista especializada donde otros colegas lo evaluarían. Una vez que validaran el hallazgo y los métodos que usé, lo publicarían. Eso marcaría el «nacimiento» público de la especie. Todo eso podía tomar años.

Las horas que un científico pasa en laboratorios y bibliotecas suelen pasar al anonimato si no terminan en un descubrimiento. América lleva el nombre del primer navegante que supo que el Nuevo Mundo era otro continente. Aloysius Alzheimer identificó el primer caso de «demencia presenil». El cometa Halley recuerda al científico que lo vio por primera vez. Yo he identificado seis especies y un Género de mantis religiosas, pero nunca le he puesto mi nombre a ninguna. Aunque el ICZN no lo prohíbe, no es una práctica bien vista. Por eso algunos taxónomos acuerdan nombrar especies unos por otros para inmortalizar sus apellidos sin que los tilden de ególatras. Aunque el latín y el griego son la base de casi todos los nombres científicos, también pueden inventarse si se siguen algunas reglas mínimas del ICZN. Por ejemplo, no usar nombres ofensivos, considerar las reglas gramaticales apropiadas para la latinización de los nombres o nunca ponerle a dos especies diferentes el mismo nombre. Lo ideal es que los nombres tengan algún significado. Myrmecophaga tridactyla, el nombre científico del oso hormiguero, se traduce como «la come hormigas de tres dedos» y el del aguaymanto, Physalis peruviana, indica su distribución geográfica. También pueden servir como homenaje a alguien. Un molusco fósil se llama Nacella reicheae, en honor a María Reiche, la estudiosa de las líneas de Nazca, y hay una abeja que se llama Augochloropsis tupacamaru. Algunos se divierten: existe Han solo, una especie extinta de trilobites; Macrostyphlus frodo, un gorgojo andino que recuerda al protagonista de El señor de los anillos; y Hakuna matata, una micro avispa que vive en el África. Suelo nombrar mantis por comunidades indígenas de las regiones de donde provienen. Es mi homenaje a ellos. Por ejemplo, bauticé una como Chromatophotina awajun, en honor a la comunidad Awajún del norte del Perú que se enfrentó con la policía en Junio de 2009 en una protesta por unas leyes que afectaban su uso de la tierra, donde murieron nativos y policías. A la mantis liquen del bosque de nubes la bauticé por las comunidades de la región y que hoy se oponen a la minería en la zona. El apellido del taxónomo también forma parte de nombre científico, así como el año en que se nombró. La mantis de Kañaris es, oficialmente, Pseudopogonogaster kanjaris Rivera &Yagui, 2011. Hiromi Yagui es una de mis estudiantes en la Universidad Agraria La Molina, quien participó en las tareas de descripción de la especie. Nuestros apellidos quedarán asociados al discreto habitante de los bosques de nubes. Lo ideal sería que las Pseudogonogaster kanjaris sigan existiendo cuando otros taxónomos vayan a buscarlas a los Andes del norte del Perú, en un siglo o dos.

El Perú es uno de los diecisiete países que albergan el setenta por ciento de las especies del mundo. Este dato se repite como la noticia de un tesoro recién descubierto, el síntoma de una riqueza inagotable, pero no sabemos aún lo que esto significa. La abundancia puede llevar a la explotación desmedida, y una gran parte de los biólogos se ocupan con urgencia de proteger y conservar a las especies y hábitats en peligro. El Perú es uno de los tres países con más zonas naturales donde habitan especies en peligro de extinción. Todo el mundo habla del boom de la gastronomía peruana, posible en parte gracias a que la biodiversidad nos regala tantos ingredientes, pero nadie habla del boom de la taxonomía peruana. Los especialistas nacionales somos tan raros como los bichos que descubrimos. Debemos explicar una y otra vez para qué sirve lo que hacemos. Pero en un país con tanta biodiversidad sin conocer jamás habría un taxónomo desempleado: Por cada especie de ave o anfibio que desaparece hay cientos de bichos que aún no hemos nombrado. Algunos de ellos podrían ser fuente de sustancias y materias que alimenten o alivien. Son legendarias las propiedades de plantas como la Cinchona officinalis, que decora el escudo nacional y se usa para combatir la malaria. También de la resina del Croton lechleri, o «sangre de grado», está hoy bajo escrutinio de científicos por sus propiedades cicatrizantes, antioxidantes y en el tratamiento de síntomas relacionados al VIH. Proteger y conservar la naturaleza no es el discurso necio de ecologistas hippies, ni de científicos aislados en sus laboratorios, ni de comunidades indígenas que rechazan la prosperidad y el «desarrollo». Si miráramos más allá de la política y los negocios, entenderíamos que es imposible calcular nuestra riqueza, y mucho menos quererla, si no catalogamos y conocemos lo que tenemos. A veces me pregunto cuántas plantas y animales, cuántos insectos invisibles desaparecieron sin haberlos estudiado ni nombrado, cortesía de una especie que algún taxónomo del futuro seguro rebautizaría como Homo «insapiens».

 

Una mujer adentro
de una ballena

Antes de que se prohibiera la caza de ballenas en el Perú, la bióloga Obla Paliza
había destazado los estómagos de más de dos mil cachalotes para estudiarlos.
Allí adentro descubrió que sólo devoraban calamares gigantes, y de inmediato
los barcos de Japón y China llegaron a pescar su alimento favorito.
Hoy no se han vuelto a ver cachalotes en el Pacífico sur.
¿Qué es más peligroso para estas ballenas? ¿Sus cazadores?
¿O varios países comiéndose lo único que ellas comen?

Un texto de Piero Che Piu
Ilustraciones de Shila Alvarado

Cachalotex
Ilustración de Shila Alvarado

 

Para calcular la edad de un cachalote hay que partir sus dientes por la mitad. Cuando la caza de ballenas era legal, en una planta ballenera de Pisco, una ciudad al sur de Lima, la encargada de arrancar uno de los cuarenta y seis dientes de esta bestia era Obla Paliza. Bióloga. Metro sesenta. Casada. Sin hijos. Era mitad de los años cincuenta y la única mujer del primer laboratorio ballenero de Sudamérica tenía algo más de veinticinco años y usaba lanzas en forma de hoz y un hacha. También se vestía como cualquier hombre ballenero: overol de jean y botas negras de hule. También cenaba como ellos: anticucho de corazón de ballena. Pero mientras los hombres le quitaban la piel con sus quince centímetros de grasa al animal, Obla Paliza metía las manos en el interior de sus cuatro estómagos blancos. Ellos saltaban sobre la bestia para conseguir la grasa con la que harían jabones y recolectar los huesos que convertirían en harina. Paliza descuartizaba al depredador más grande del planeta para estudiarlo en veinte minutos. Un cachalote muerto es un cadáver explosivo: se llena de gases al descomponerse y en cualquier momento puede ocasionar una lluvia de sangre y órganos. Además, la bióloga no debía interrumpir el ritmo de trabajo de los balleneros. Paliza tenía que medir de la boca a la aleta del gigante con una cinta métrica. Examinar el tamaño de los testículos y pesarlos. Buscar fetos en los úteros de las hembras para llevarlos al laboratorio. Cuando los balleneros terminaban de trozar la cabeza del cetáceo, una reserva de grasa que ocupa la tercera parte de su cuerpo, Paliza alzaba su hacha y empezaba a extraer dientes. Luego los cortaba a lo largo, los manchaba con un químico y contaba las líneas marcadas en su interior para saber su edad. Durante tres años, Obla Paliza vivió en las entrañas de más de dos mil cachalotes.

Hoy la científica es una abuela de cabellos grises recogidos en una trenza que le llega a la cintura. Usa unas gafas de montura metálica que enmarcan sus ojos café cargado. A sus ochenta y dos años recuerda cada detalle de un mamífero que mide hasta dieciocho metros de largo, tanto como una cancha de vóley, y pesa lo que cuatro buses escolares. Ahora para conocer a los cachalotes sólo hay que mover un dedo. Aprender en internet que los cetáceos —del griego ketos, «monstruo marino»— se dividen en dos: con dientes y sin dientes, toma dos clics. Saber que los cachalotes, como los delfines y las orcas, pertenecen al grupo de las ballenas dentadas, toma tres. Pero cuando Obla Paliza quiso saber cómo crecían los fetos de las ballenas que se cazaban en Pisco, tuvo que cortar centenares de úteros. Para saber de qué se alimentaban, abrió sus estómagos. Para determinar su edad, partió sus colmillos. En la época de Paliza no existía internet para calmar su curiosidad. Ella tuvo que conseguir los datos a hachazos.

Ser un biólogo obsesionado con cetáceos que nadan hasta tres mil metros bajo el mar es frustrante. Es casi imposible estudiarlos en su hábitat natural. Lo que sabemos sobre ellos lo aprendimos en cinco siglos de cacería. En Leviathan: The history of whaling in America, Eric Jay Dolin cuenta que «el aceite de ballena norteamericano iluminaba el mundo». Se refería al spermaceti, un líquido lechoso que se forma en la cabeza de los cachalotes y que en el siglo XVIII se usaba en jabones y lámparas de aceite. Estas irradiaban una luz más brillante que la de combustibles vegetales y no olía mal. La grasa también se convertía en una sustancia amarillenta como la cera que lubricaba los primeros motores, relojes, máquinas de coser y de escribir. Un barco ballenero era como un pozo petrolero.
A finales de los cincuenta, en la planta ballenera de Pisco, el trabajo de Obla Paliza era descubrir si se podía convertir al cachalote en un recurso renovable para el Perú. Quería precisar el tamaño ideal para cazarlo, el tiempo que tardaba en reproducirse, los meses de veda. Las anotaciones que tomó entonces son ahora siete volúmenes de artículos científicos que explican la vida, muerte y reproducción de estos animales. Aparecen como fuente en cualquier investigación seria sobre cachalotes que se publica en el mundo. Paliza ha viajado a Chile, Noruega y Portugal para exponerlas. En un congreso internacional sobre conservación de ballenas en 2012, mientras unas jóvenes biólogas resumían sus investigaciones en Power Point y narraban viajes en barco observando cetáceos, Paliza empezaba su charla con una muestra tridimensional: un diente de cachalote que guardaba en su bolso. Ha sido testigo de lo que las nuevas generaciones estudian en libros.
Todo en un cachalote podría marcar un récord. Lo superlativo parece hecho a su medida.Tiene un cerebro de ocho kilos que es el más grande de la historia. El bramido que emite es un sonido tan intenso que podría matar a una persona. Por su aorta podría gatear un bebé humano. Su palpitar es uno de los más lentos, diez latidos por minuto. Respiran siete veces más lento que un ser humano. Y es el segundo animal más longevo después de las tortugas, pues viven hasta setenta años. Hasta lo que se mete a la boca es exagerado: su alimento favorito mide diez metros que traga enteros porque no puede masticar. El mayor carnívoro del planeta sólo tiene dientes en la mandíbula inferior. En los estómagos de cachalotes que Paliza cortó siempre encontraba lo mismo: calamares gigantes. Esta criatura de gelatinosos tentáculos puede llegar a ser tan inmensa, que en la Europa del siglo XVIII creían en la existencia de un calamar tan grande, que arrastraba a los barcos al fondo del mar y se comía a los marineros. A esta pesadilla llamada Kraken, un cachalote podría tragárselo entero. De ahí que la historia de Jonás dentro de la ballena parezca posible. El animal lo habría tragado de un sólo bocado y tres días después lo vomitó de regreso a la vida.

La mujer que pasó tres años dentro de las ballenas es hoy conocida como la maestra de inglés en la caleta de pescadores donde vive, cerca de Pisco. La casa de Obla Paliza en San Andrés tiene una escultura a tamaño real de la cola de un cachalote hembra que sobresale cuatro metros por encima del pasto. Alrededor crecen flores amarillas y lilas. Dentro, en la pared de la sala, cuelgan dos enormes arpones cruzados y en un pasadizo descansa la vértebra de una aleta de cachalote. En el segundo piso, en su biblioteca con vista al mar, hay anaqueles con barcos balleneros a escala y libros de biología de hace dos siglos. Una mañana de noviembre de 2012, Obla Paliza se acomodó en su sillón junto a la ventana mientras uno de sus hijos, el escultor de la cola de ballena, le preparaba un cóctel de aguardiente de uva con ginger ale. Celebraban el regreso a casa. Paliza había pasado meses postrada en una cama en la casa de su hija en Lima después de un accidente de tránsito. Casi seis meses después de que se volcara el auto en que viajaba Paliza, ella volvía a su casa con el cuello vendado. El año anterior, había cruzado la misma carretera para llegar a las islas Ballestas, a minutos de Pisco, el día en que llevó las cenizas del oceanógrafo Robert Clarke al mar.

Obla Paliza habla de su esposo en presente. Robert Clarke era un experto en cachalotes del océano Atlántico que aprendió caza conservacionista —atrapar ballenas sin acabar con la especie— en las islas Azores, al frente de Portugal. Era uno de los mayores especialistas de cachalotes del planeta, tanto que para la película Moby Dick de 1956 fue el encargado de que la historia de Melville luciera realista sobre la pantalla. Clarke llegó al Perú cuando la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) le pidió crear un instituto que organice la caza de ballenas de la costa del Pacífico sur y que se convertiría en el Instituto del Mar Peruano (Imarpe). Ninguna universidad de la región tenía una especialidad en Biología ballenera, por lo que Clarke eligió a ocho estudiosos del mar del Perú, Chile y Ecuador para dictarles un taller de tres meses. Obla Paliza no era una de ellos, pero se las ingenió para estar en las clases en Chile, aunque al principio Clarke no la había aceptado. Era una joven bióloga marina que hasta ese momento había trabajado con las anchovetas, había vivido en Paita, un puerto ballenero en el norte del Perú. Allí se había interesado por los fetos de cachalote que los trabajadores dejaban hasta el último para meter al cocinador, donde se fundía la grasa de las ballenas. Después del taller, Clarke y sus alumnos partieron a su primer viaje de observación. A las dos horas de empezar el viaje, Clarke mandó a acondicionar un espacio en la bodega. Clavó una mesa al suelo. Y luego dio una clase de navegación y les enseñó a avistar ballenas.
Obla Paliza y Robert Clarke, su futuro esposo, empezaron a trabajar juntos; así ella pudo reconstruir la secuencia del crecimiento de los fetos de un cachalote. Al comienzo tienen los ojos en la frente y no a los costados, sus aletas parecen dos pequeñas patas cubiertas por un trozo de piel y en vez de un orificio nasal tienen dos hoyos para respirar. En los quince meses que demoran en crecer van dejando sus rasgos terrestres y se transforman en seres acuáticos que nacerán de cuatro metros. Creemos que la evolución consistió en criaturas oceánicas que salieron a la Tierra, pero en realidad pudo pasar lo contrario. Los cachalotes son parientes lejanos de hipopótamos y camellos. Su ciclo reproductivo es uno de los más largos entre los animales: dura cuatro años. Pero de todo lo que Paliza aprendió trabajando con Clarke y abriendo cachalotes, tal vez lo más memorable no sucedía en sus úteros sino en los estómagos. El cachalote del Pacífico sur es una máquina diseñada para devorar toneladas de calamares, y, según lo que descubrieron, la costa peruana era un paraíso lleno de ellos.

Hasta que dejamos que lo depredaran todo.

En los años que Paliza abrió estómagos de cachalotes estimó que habían comido entre ocho y trece millones de toneladas de calamar gigante por año. En un artículo científico que publicó en la revista Investigation on cetae describe cómo era posible que un cachalote, que en otros océanos también comía pescado, engordara de sólo comer calamar. El Dosidicus gigas, el calamar gigante de la corriente de Humboldt, es un cefalópodo que en el Perú llaman pota y que se come con abundante limón, sal y ají. En las conclusiones, Clarke y Paliza proponían iniciar una caza de calamares conservacionista. Enseguida científicos japoneses y chinos vinieron atraídos no por los cachalotes sino por los calamares. Que al año siguiente, en 1989, se comenzara la pesca confirmó que había suficiente calamar gigante para pescar de manera industrial. Pero el Perú no se convirtió en una potencia en calamar, sino que otorgó concesiones a los barcos extranjeros para que pescaran cuanto quisieran. No se respetaron las vedas ni se realizó ningún estudio. Sólo los cachalotes lo resintieron. Clarke y Paliza habían advertido que era necesario establecer vedas de calamar entre mayo y diciembre mientras desovaban las hembras. Pero nadie les hizo caso.

El cachalote no tiene ningún enemigo natural. Antes de que se prohibiera su caza, la imagen que teníamos de ellos era la de una maliciosa ballena blanca que destruye barcos y arranca piernas. Habíamos creído en la aventura de Moby Dick, la novela de Herman Melville de 1850. Era buena literatura porque tenía demasiados detalles para ser mentira. Algunos expertos sugieren que el autor tuvo en sus manos la investigación de un cirujano que escribió sobre el comportamiento de los cachalotes. Melville le dio un carácter atemorizante a las embestidas de su cachalote albino porque creía que la función de la enorme cabeza era ser un ariete contra las olas. Hoy sabemos que en la oscuridad del océano su cabeza es una especie de sonar como el que usan los submarinos para navegar. Mientras más grande la cabeza, más lejos llegan sus sonidos, que son una amplificación monstruosa del ruido que hace una persona al chasquear la lengua con el paladar. Pero algunos pasajes de la historia de Melville pueden leerse con la exactitud de una enciclopedia.

Puede leer la historia completa en Etiqueta Verde 08


June 07, 2013

DAVID SHUKMAN

Un texto de


June 07, 2013

BRENT LEWIN

Un texto de


June 07, 2013

DAVID SAMUELS

Un texto de


June 07, 2013

SOL AMAYA

Un texto de


June 07, 2013

AMELIA ROSALES

Un texto de


June 07, 2013

JULIO RIVERA

Un texto de


May 27, 2013

08 verde

Un texto de

La alegría del error

Rebuzno Propio

Una columna de Alberto Salcedo Ramos

Errar es humano, dijo un pato mientras se bajaba de una gallina. Yo crecí oyendo ese chiste en casa, y les voy a decir por qué. Para mi familia yo era el niño más torpe y distraído del mundo. Tropezaba con los peñascos, compraba lo que no me habían encargado, dañaba el juguete de Nochebuena antes del amanecer. Siempre era yo el que nombraba lo innombrable, el que hacía la pregunta indiscreta, el que confundía al vecino vivo con su hermano muerto, el que pulsaba el timbre en la casa deshabitada, el que rompía el jarrón predilecto de la abuelita, el que llevaba la libreta de Geografía a la clase de Matemáticas. El que pisaba el orín del perro.

Todos podemos contar más o menos la misma historia. Hoy todos vemos esas pifias de la infancia como anécdotas. Sin embargo, en su momento algunas de ellas me pusieron en aprietos. Me avergonzaron, me angustiaron, me hicieron sentir limitado frente a lo que estaba más allá de mis narices. Los niños no conducen ebrios por las autopistas ni le adeudan dinero al fisco, pero cometen errores que también tienen un costo. Cuando tenía nueve años le pegaba coscorrones a Huesito, el niño más enclenque del salón de clases, y cuando tenía doce le robé una gallina a una anciana del barrio. Lo primero me valió una paliza del hermano mayor de Huesito. Lo segundo, una zurra de un tío.

En la infancia uno empieza a forjar el método con el cual sortea los errores inocentes o culposos que comete. Desde niño ya sabía, por ejemplo, que siempre me iba a dar pavor hablar en público y, sin embargo, tenía claro que me tocaría hacerlo una y otra vez aunque me muriera del susto. De ese modo me adiestré oportunamente en el manejo del ridículo, un monstruo del que nadie se encuentra a salvo.
Siempre que acepto hablar en público me invade la sensación de haber cometido un error. Cuando me niego a hacerlo, también. Uno puede equivocarse tanto si actúa como si se queda quieto. Puede juzgar mal, puede fracasar con las mejores intenciones. Conviene saber eso a tiempo. La mejor forma de aprender a enmendar los errores es cometiéndolos. Así conocemos el mundo y descubrimos de qué material estamos hechos.

Asumir nuestras burradas es disfrutar. El hombre decae cuando renuncia a la manzana para aferrarse a su mísero espacio en el paraíso. Que no sea tu cuerpo la primera sepultura de tu esqueleto, aconsejaba Jean Giradoux. Por algo la palabra ‘errar’ sirve indistintamente como sinónimo de equivocarse y como sinónimo de andar. Al fallar comprendemos, nos endurecemos, avanzamos.

Me gano la vida cometiendo errores, es decir, haciendo textos. El verbo ‘texere’, en latín, significa ‘tejer’. Escribir es eso: garrapatear una frase, borrarla, garrapatearla otra vez, tejerla con la siguiente, construir el sentido palabra a palabra. En cada línea fallo, en cada línea tengo una nueva oportunidad. Los errores nos retan y nos ayudan a sostener la búsqueda.

A veces el esfuerzo es insuficiente para enmendar el error. He aprendido también a bailármelo. Aparte de los yerros involuntarios derivados de mi torpeza, están los perpetrados a conciencia. Siempre he creído, por ejemplo, que es muy estúpido huir del amor para ahorrarse una estupidez. Así que cuando Cupido me apunta con su flecha le ofrezco el pecho, a sabiendas de que podría matarme. Después veré cómo diablos resucito. Si es imposible corregirlo, nos queda la opción de convertirlo, por lo menos, en un asunto bailable.


April 21, 2013

ALBERTO SALCEDO RAMOS

Un texto de

El hombre que cuidaba los bolsillos de Google

¿Qué tan bueno tienes que ser entre los buenos para que Google te contrate?

Un perfil de Diego Salazar
Fotografías de Musuk Nolte

Guitarras
Fotografía Musuk Nolte

 

La semana en que se marchaba de Google, Gonzalo Begazo, uno de los siete responsables de los estados financieros de esta compañía, se topó con Larry Page y Sergey Brin saliendo de una sala de reuniones. Era un mediodía de abril de 2011 en California, y los dos fundadores de Google se dirigían a otra sala para anunciar a Wall Street el récord de rentabilidad que la empresa había alcanzado. Se estrecharon la mano y, en tiempos en que otros empleados abandonaban esta empresa por trabajos en Facebook y Twitter, Page y Brin felicitaron a Begazo por regresar a su país. Los dueños de la mayor empresa de internet del mundo vestían blue jeans y camisetas oscuras, con esa sencillez de dibujos animados que es un cliché de los mitos de la industria tecnológica. El hombre que supervisaba las finanzas de la página web más visitada del planeta llevaba un look demasiado formal para el ambiente de campus universitario que se respira en Google. Se despidió de sus jefes multimillonarios con un nuevo apretón de manos y por primera vez les pidió un favor.

—¿Puedo hacerme una foto con ustedes?
Page y Brin se miraron desconcertados.
—¿Para qué quieres una foto nuestra? —le dijo Page—. Nosotros nunca nos tomamos fotos.
—Lo sé —respondió Begazo—. Pero ya me voy.
Los inventores de Google siguieron caminando hacia la otra sala.
Él insistió.
—¿Y si les tomo una foto de espaldas?

El hombre que le cuidaba los bolsillos a Google dejó la empresa con una foto de sus dos jefes máximos dándole la espalda. Dice que no la puede publicar pero habla de ella cuando lo invitan a dar charlas sobre el tiempo que pasó trabajando en la empresa de Mountain View. El secretismo es un acuerdo que respetan todos los googlers, incluso cuando llevan años fuera de la compañía. Lo que pasa en Google se queda en Google. Begazo nunca declarará cuánto dinero ganaba ni de cuántos despidos fue testigo ni qué problemas tenía el prototipo de teléfono Android que él probó en secreto. Un googler que se ha ido se convierte en un xoogler: está fuera pero sigue siendo parte del clan.

Para entrar a trabajar a Google, Begazo debió pasar por diez entrevistas. Las primeras tres fueron por teléfono. Duraron una media hora cada una. Cada año un millón de hojas de vida llegan a la empresa. En los primeros tiempos podían entrevistar hasta veintinueve veces a un candidato antes de hacerle una oferta. A Begazo lo llamaban a su casa de Seattle por la noche, cuando volvía de su trabajo como gerente de finanzas en Digeo, la empresa de video digital de Paul Allen, uno de los fundadores de Microsoft, a la que llegó luego de tres años trabajando para el gigante de Bill Gates. En las entrevistas con la gente de Google, les contó que había crecido a casi cuatro mil metros de altura en un pueblo minero en la sierra del Perú, que sabía algunas palabras en quechua, que jugaba al golf desde los nueve años, que su equipo preferido de fútbol era el Real Madrid y que jugaba de volante de contención, que su vino favorito era el Condado de Haza de la Ribera del Duero y que durante su maestría en negocios en la Universidad de Cornell llevó un semestre de enología. Cuando esa primera ronda llegaba al final, una de las entrevistadoras le lanzó una pregunta decisiva: ¿qué es lo más interesante que puedes contarme en este momento?

En las empresas líderes de Silicon Valley la excelencia académica está descontada. Si como Begazo, habías trabajado en Arthur Andersen, IBM, Goldman Sachs, Microsoft y Digeo antes de cumplir los treinta y tres años, tu capacidad profesional es una obviedad en la que no hace falta detenerse tanto. Una vez Larry Page dijo que cualquier nuevo empleado de Google debía ser capaz de engancharlo con una conversación fascinante si se encontraban de pronto atrapados en un aeropuerto. Cuando la mayor empresa de internet del mundo sale a la caza de talentos, lo que busca va más allá de la genialidad. Para siquiera ser considerados, los candidatos deben haber salido de las más prestigiosas universidades y con las mejores calificaciones. Pero eso no es suficiente: Google busca algo tan peculiar que lo llama «googliness», un conjunto de virtudes convertidas en un solo sustantivo. Según cuenta Steven Levy en su libro IN THE PLEX, donde narra la historia del buscador que se convirtió en la empresa más rentable de internet, cuando en sus inicios buscaban un responsable internacional de ventas, la encargada de reclutarlo no podía decidirse. Hasta que vio en la hoja de vida de uno de ellos que había sido campeón de futbolín en Italia. «Eso es bueno —dijo Sergey Brin—. Podemos contratarlo». Cuando la reclutadora le preguntó qué era lo más interesante que podía contarle en ese momento, Gonzalo Begazo respondió: «Colecciono chullos, mantas y quipus antiguos». Hasta donde sabemos, los Incas no tenían alfabeto. Tenían un sistema de contabilidad al que llamaron quipu y que se basaba en nudos de distintos grosores en cuerdas de colores. «Es mi conexión tecnológica con el mundo andino», dijo mientras me mostraba una colección de ellos en su casa de Lima. Begazo había nacido en Arequipa pero creció en La Oroya, el pueblo minero de Los Andes del Perú. Durante un discurso que en 2011 dio a los graduados de la Universidad del Pacífico, donde él había estudiado, el ex Director de Finanzas de Google les pidió que lo ayudaran a crear un Quipu Valley. Los quipus, dice él, que se graduó en Administración de Empresas y Contabilidad, son la herramienta tecnológica más avanzada que jamás haya inventado alguien nacido en el Perú. Todavía hoy nadie sabe cómo funcionaban. Begazo, el contador de la empresa que ha sabido encontrar respuestas para casi cualquier pregunta, aguarda el momento en que alguien devele el misterio de esos nudos.

Unos científicos en Harvard han intentado hacerlo con un algoritmo parecido al que utiliza Google para evaluar la relevancia de las páginas encontradas durante una búsqueda. La compañía de Page y Brin sabe que ha encontrado la respuesta perfecta para ti porque esa página fue cliqueada por otros que buscaban lo mismo. Cuando la empresa ubicada en Mountain View empezó a reclutar talento, pidió a sus empleados que recomendaran a colegas con los que hubieran trabajado. Si contrataban a tu recomendado, recibías un bono de dos mil dólares. Dos amigos con los que había trabajado en Microsoft recomendaron a Begazo. «Si me contratan —les dijo en broma—, nos dividimos el bono». Sus amigos respondieron que mejor lo invitaban a cenar. Esa cena nunca ocurrió. En los años siguientes, almorzaron juntos en las más de veinte cafeterías que existen en el campus de Google en California.

Lloyd Martin, el director de Finanzas y Contabilidad que eligió a Begazo como gerente en su área, había sido policía y jugador de béisbol profesional. Juntos, director y gerente, contratarían tiempo después a un tipo que en la oficina vestía blue jeans y camisetas con cuello pero cada sábado por la noche se convertía en una reencarnación de Ozzy Osbourne. En el equipo había además un ex atleta olímpico. Cuando Begazo cayó en cuenta del factor googliness, muy intrigado, le preguntó a su jefe qué había visto en él. Lloyd Martin, quien mide dos metros y había leído tres libros sobre Perú para entrevistarlo, respondió:
—¿Dónde has visto a un peruano que ha trabajado en IBM, en Goldman Sachs, Microsoft y en Silicon Valley? Cuando eres elegido, Google te llama por teléfono, te felicita, te envía un contrato de oferta económica y una camiseta negra con su logo. Como el primer hijo de Begazo acababa de nacer, también le enviaron un enterizo para el bebé. Cuando pisas la oficina, recibes una gorra boba que lleva los colores de la compañía, una hélice en la coronilla y la leyenda Noogler («new Googler») en la frente. Como todos los novatos, debes ponértela el viernes de esa primera semana durante la reunión TGIF («Gracias a Dios es Viernes»), en la que los directores Page y Brin hablan de lo ocurrido en esos cinco días y se someten a las preguntas de sus empleados. También atan a tu silla un globo amarillo de helio con una carita feliz que sobrevuela tu escritorio. El globo debe permanecer allí hasta que se desinfle solo. «Ese es el tiempo que te queda para hacer preguntas», te dicen los jefes. «Y hay que cruzar los dedos —recuerda Begazo—. El mío tardó una semana en desinflarse». En Google —donde se respira un ambiente de aparente libertad sazonado con comida gratuita, masajistas, clases de yoga y peluqueros a disposición— todo está diseñado para que ninguna preocupación exterior distraiga tu trabajo. La empresa que se ufana de dar libertad creativa total a sus empleados controla con un globo infantil el tiempo que tienen para hacer preguntas. La compañía que gana millones respondiendo preguntas de todo el mundo espera que sus empleados aprendan pronto a responderlas por sí solos.

Puede leer la historia completa en Etiqueta Negra 110.

RICHARD STALLMAN
EL PROFETA DE LA LIBERTAD DIGITAL
PROHÍBE QUE LE AYUDEN
A CRUZAR LA CALLE

Nunca cuestionamos por qué internet recuerda nuestras contraseñas
o nos recomienda el restaurante más cercano.
Hemos regalado a Apple, Google y Facebook las llaves de nuestra casa
y ahora pueden entrar a ella cuando quieran.
Richard Stallman es un hacker que no usa teléfono celular ni tarjetas de crédito,
sólo envía correos electrónicos desde un programa que él mismo inventó,
y da nombre falsos cuando viaja en tren.
Para él, cada juguete tecnológico es una licencia para robar información,
una estrategia para violar nuestra privacidad.
¿Cuánta libertad perdemos al dar un clic?

Un perfil de Luis Wong
Ilustraciones de Omar Xiancas

Stallman
Ilustración de Omar Xiancas

 

Stallman, el gran programador de computadoras nacido en Nueva York, apareció de toga y birrete en el auditorio de la universidad de Huacho, una ciudad de la costa del Perú famosa por sus salchichas. Esa mañana le iban a conceder el grado de doctor honoris causa. En la ceremonia, su barba y cabellos largos lo hacían lucir como un profeta bíblico que iba a graduarse con medio siglo de retraso. Más de trescientas personas lo esperaban. El acto llevaba una hora de tardanza. En el auditorio comenzó a sonar una canción más propia de un matrimonio que de un evento académico: Feelings, de Morris Albert, que aparece en los rankings de las peores canciones de la historia. Cuando nos sentamos en las butacas del auditorio, uno de los vicerrectores de la universidad leyó lo que casi nadie sabe: quién diablos es Richard Stallman.

El doctor Stallman advierte que se enfada si le ofreces ayudarlo a cruzar una calle. Puede también enfadarse si le ofreces un refresco, una sábana más gruesa, el diario del día. Le es difícil dormir a más de veintidós grados Celsius y, a más de veinticinco, necesita aire acondicionado. Al día siguiente no desayuna. Durante sus conferencias, le gusta que haya frente a él un poco de té con leche y azúcar. De ser necesario, usa alguna de las bolsitas que siempre lleva consigo. Si tiene sueño, prefiere un par de latas de Pepsi a su alcance. Nunca de Coca Cola porque dice que esa corporación ha asesinado a líderes sindicales en Colombia y Guatemala. Tampoco le gustan el aguacate, la yema del huevo, el café ni la berenjena. Si alguien le paga un pasaje de avión para dar una charla, también debe ser responsable de comprar uno nuevo en caso de que perdiese el vuelo. Puede que la culpa sea de la aerolínea, o puede que sea suya, pero Stallman no tiene suficiente dinero para asumir ese riesgo. También le asustan los perros si son muy grandes.

Stallman es un profeta del software libre: creó nada menos que las bases del sistema operativo GNU/Linux, una alternativa gratuita a Windows. Inventó el concepto de copyleft, que se opone a la terquedad y rigidez del copyright y que se considera la solución a la piratería. Si este último es el derecho de autor, el copyleft es el derecho de copia. Richard Stallman también fundó la Free Software Foundation, una organización que promueve la libertad de los usuarios de computadoras y reúne a gente como programadores, artistas o abogados. Sus fans opinan que sólo él puede salvarnos de la tiranía de Microsoft, Apple y Facebook.

El temor al poder de las máquinas sigue siendo de ciencia ficción. El lugar común es imaginar que un día pensarán por ellas mismas y nos atacarán pero ni se nos ocurre pensar en el control que tienen sobre nosotros quienes están detrás de ellas. La dependencia a la tecnología no es sólo la del muchacho adicto al mando del PlayStation o la del ejecutivo que almuerza con un tenedor en la mano y el BlackBerry en la otra. Hoy la economía y la política también se deciden en internet, en la industria millonaria que nos entrega Microsoft para seguir trabajando, o Facebook para entretenernos. Los programas que usamos en las computadoras están hechos de cientos de líneas de códigos ilegibles para casi todos. Son instrucciones para crear procesadores de texto, como Microsoft Word, aplicaciones de chat en audio y video como Skype, o sistemas operativos como Microsoft Windows. Pero las compañías que los han inventado esconden cómo lo hicieron. Es como cuando te sirven un plato delicioso, pero no te dan la receta ni los ingredientes.

Stallman no lo acepta y nos anima a todos a no utilizar ninguno de esos programas. La alternativa, según él, es el software libre, la única opción ética y legítima para convivir con las computadoras. Cree que cualquiera debería saber la receta del plato, poder mejorarla y hasta venderla. Stallman tiene una misión que cumplir y no es hacerse rico. Sus seguidores creen que es el último hacker verdadero, el miembro de una tribu que usaba las computadoras para divertirse y no para ganar dinero. Todo lo que Stallman dice aparece en los principales portales de tecnología. En la economía del conocimiento no basta con ser un experto: hay que unirse al circuito de gurús que se pasan la vida cobrando por dar conferencias y evangelizando seguidores. Para invitarlo a un lugar no hace falta miles de dólares, como sí sucede con Al Gore, el profeta evangelista del cambio climático que cobra cien mil dólares por dar una charla de setenta y cinco minutos, o con Deepak Chopra, el gurú de la medicina alternativa, a quien hay que ofrecerle más de cuarenta mil dólares para que se suba a un podio. A Stallman sólo hay que pagarle el viaje y ofrecerle un lugar para dormir. De preferencia, la casa de uno mismo.


[II]


Un ingeniero de sistemas tuvo que leer con urgencia un manual con veinte páginas de exigencias de Richard Stallman para recibir en el Perú a este profeta de la libertad digital. Fernando Espinoza, coordinador nacional de la comunidad de software libre del país, se había enterado de que una universidad de Chiclayo, al norte de Lima, estaba organizando un congreso de ingeniería y había invitado a Stallman. El ingeniero Espinoza, un hombre de computadoras con aspecto de boxeador, les pidió que extendieran su estadía para que pudiera visitar más ciudades. El profeta también aceptó. El primer problema fue conseguirle un lugar donde dormir. El ingeniero de sistemas vivía solo en un departamento minúsculo. No tenía cuarto para huéspedes, por lo que pidió a un amigo que hospedara a Stallman en su casa. El amigo, Arnold Fernández, un estudiante de Ingeniería Ambiental, vivía con sus padres, sus hermanos y un gato. No tenía sitio para nadie más. Pero la llegada de Stallman se acercaba y ninguno de los dos anfitriones encontraba un alojamiento para el hacker con quien, hasta ese día, sólo habían tenido contacto de manera virtual. Al final la madre del amigo ingeniero aceptó y convirtieron su cocina recién estrenada en dormitorio. La cama del futuro huésped tuvo que entrar por la ventana.

Cuando lo recogieron del aeropuerto de Lima, Stallman casi ni saludó a sus nuevos anfitriones. Se instaló en la cocina-dormitorio y se echó a dormir. El misionero de la libertad digital también se cansa. Venía de Barranquilla, Caracas y antes de Buenos Aires: viaja más tiempo del que pasa en su casa en Boston. En las próximas dos semanas daría once charlas en siete ciudades del Perú. Al día siguiente de su llegada, Stallman se levantó tarde. Eran las cuatro de la mañana y debía tomar un avión a Chiclayo, en el norte del Perú. Sus anfitriones no sabían qué hacer con su sueño interminable. Tocaban la puerta y no recibían respuesta. Después de unos minutos, el muchacho decidió abrir la puerta y despertar a Stallman. Aún debían terminar de armar las maletas. A esa hora, no había taxis cerca de allí, y Arnold Fernández tuvo que caminar hasta una avenida con más tráfico y conseguir uno. Stallman, su anfitrión y el padre de este salieron de la casa pensando que llegarían a tiempo. Media hora antes del vuelo, Stallman llegó al aeropuerto. El anfitrión y su padre lo despidieron y se quedaron en la zona de visitantes, por si sucedía algo. Diez minutos después, Stallman volvió.

—He fracasado —decía entre sollozos—. He fracasado.

Stallman sólo quería reprogramar su vuelo y conectarse a internet. El anfitrión y su padre tuvieron que encargarse del boleto, como decía en el manual de exigencias del profeta. El vuelo sería por la tarde, consiguieron un café con internet en el aeropuerto y el padre del software libre pidió a sus acompañantes que se marcharan. No quería verlos. Era un enojo infantil. Su madre, Alice Lippman, lo recuerda como un niño de ocho años que odiaba a la autoridad y leía sobre el libre albedrío, ideas que encarnaba en su vida incluso entonces: como sobresalía en los números, decidió que no tenía motivos para concentrarse en el resto de clases. Ser autodidacta es el perfil de los hackers, que recurren a internet y a foros de discusión antes que a estudiar en una escuela. Aprenden haciendo y equivocándose por sí solos. Desde que Stallman se graduó en Física en Harvard, ha recibido trece doctorados honoris causa. El más reciente fue en la universidad de Huacho, adonde llegaría a última hora. Esa mañana los organizadores le dijeron que la ceremonia estaba por comenzar, pero él tenía algo que hacer.

—Tengo otra ceremonia —dijo—. En el baño.

El célebre hacker es tan volátil que de un momento a otro puede ponerse a llorar si no consigue una conexión a internet. Ese día, en Lima, estaba de buen humor. A veces el guerrillero contra la opresión del imperio digital de Microsoft y las otras compañías de Silicon Valley es un cómico involuntario. A Stallman le urge liberar a una sociedad que no se siente esclavizada y, por eso, en sus charlas los asistentes se ríen cuando usa palabras como ‘conspiración’, ‘trucos malévolos’, o ‘sometimiento’ para referirse a Facebook. Casi nadie siente que corre peligro cada vez que enciende una computadora o habla por teléfono, pero a él los celulares le parecen «dispositivos de vigilancia y seguimiento sucio». Le da «asco» que los servidores de internet ofrezcan mejor servicio a las empresas que pagan más cuando cuesta lo mismo transportar la información de forma rápida que lenta.

Stallman es una celebridad en internet que fracasa al intentar controlar su popularidad. Después de recibir el honoris causa en Huacho, el padre del software libre dará un monólogo sobre la libertad que nos roban Microsoft Windows y casi todos los otros programas que usamos a diario. Y también nos prohibirá grabarlo. La revolución exige disciplina. Stallman pide que no se suban videos suyos a YouTube porque la página de videos más visitada del mundo no ha revelado aún cómo funciona ni comparte el código que permitiría que un programador como Stallman la modifique para que funcione a su antojo. Él no tolera ese control. Pero hay más de tres mil resultados cuando se busca su nombre en YouTube.

Lo primero que Stallman prohíbe en sus charlas sobre la libertad es que sus fotos lleguen a Facebook. Nos recuerda que esta red social rastrea a sus usuarios pero también a los que no lo son. Si alguien sube fotos suyas, aunque no posea cuenta en Facebook, tendrá otra oportunidad para vigilarlo. En la era de los bits, entre tantas ventanas, tweets y actualizaciones de estado, casi nadie se levanta a pensar si nuestra libertad está en riesgo. Parece normal que Facebook recuerde nuestra clave cada vez que nos conectamos, que Amazon lleve un catálogo de todas las cosas que hemos comprado y que Google nos sugiera siempre los restaurantes que quedan más cerca de donde estemos. Hay activistas digitales como Richard Stallman que dedican sus vidas a defender los derechos de los navegantes en el ciberespacio. Aaron Swartz era un hacker que a los catorce años asombró al mundo creando el RSS, un código para agregar contenidos de internet y recibir novedades de las páginas que nos interesan. A sus veintitantos años, Swartz ayudó a escribir la licencia Creative Commons, una legislación fácil de entender para compartir propiedad intelectual en internet. Swartz creía que había que describir la anatomía de la red con claridad para que los jueces pudieran interpretarla: entender si compartir archivos en internet para que otros puedan descargarlos es como robar una película de una tienda, o si es como prestar un video a un amigo. Si actualizar una página web una y otra vez para colapsar un servidor es como salir con carteles en una marcha pacífica por la ciudad, o si es como romper ventanas y saquear las tiendas. Schwartz se suicidó mientras tenía un juicio en su contra por descargar más de cuarenta mil documentos académicos de una base de datos privada. Richard Stallman nunca lo conoció  pero escribió que lamentaba su muerte y acusaba a Estados Unidos por perseguirlo y contribuir a su suicidio. Los hackers han entendido antes que el resto de nosotros que lo que sucede en internet ya no se queda sólo en internet. Se entromete también en nuestra vida offline.


[III]


Richard Stallman lanzó su revolución por la libertad en internet debido a una impresora malograda. El laboratorio de inteligencia artificial del Massachusetts Institute of Technology era el paraíso de los hackers durante la guerra fría y cuando se creó la NASA. Querían aprender a programar computadoras, modificarlas a su gusto y demostrar su inteligencia. Stallman era uno de ellos. En el laboratorio, todo era libre. No existían contraseñas, cualquiera podía modificar los trabajos de otros, y no se hacía por dinero sino por curiosidad. Hasta que una mañana, Stallman no pudo imprimir unos documentos. Había enviado cincuenta páginas a la impresora de la oficina y cuando llegó a recogerlas sólo encontró cuatro, que pertenecían a otra persona. Había un problema con el software y él quería arreglarlo. Ya lo había hecho antes. Le parecía divertido. Pero esta era una impresora nueva, un prototipo que Xerox había enviado al MIT. Cuando Stallman regresó a su computadora y trató de ingresar al sistema de la impresora, no pudo. Estaba bloqueada. Xerox no le permitía entrar y arreglar el problema por sí mismo. Tenía que depender de otros técnicos. Stallman estaba furioso. Hoy, décadas después, existe un complejo de superioridad entre los geeks —aquellas personas que adoran y entienden cada novedad del mundo digital—, que creen tener habilidades que les dan poder especial sobre los demás. En el mundo ideal de Richard Stallman, poder comprender y arreglar una computadora no debía ser el don de unos cuantos.

Cada vez que se para frente al público en una conferencia, Stallman suele recordarnos esa impresora. Dice que fue la primera vez que sintió que le estaban quitando su libertad. En el libro Free as in Freedom, de Sam Williams, Stallman dijo que fue una de las razones por las que creó el software libre. En los años setenta, el laboratorio de inteligencia artifical del MIT era el centro de la revolución hacker. Igual que hablamos español, inglés, o chino, estos programadores conocen el idioma de las computadoras, y por ello son capaces de darles órdenes. Stallman fundó el movimiento del software libre para que cualquiera pudiera abrir una computadora y mejorar lo que deseara sin pedirle permiso a nadie. A diferencia de lo que Bill Gates o Steve Jobs proponían, la doctrina de Stallman no privilegia el dinero o el diseño: propone una ética de la libertad individual. Viaja por el mundo haciendo ver que existe una prisión digital. Es como si al comprar una cama el vendedor nos obligara a dormir de una sola forma porque cree que es la mejor. Mientras que todos giran la cabeza para ilusionarse con Sillicon Valley, Stallman cree que el nuevo sueño americano es la imagen de las computadoras como objetos para hacer dinero. Hemos olvidado el valor del conocimiento y el derecho a compartirlo. Stallman también odia el término startup, un modelo de negocios basado en la innovación y diseñado para ser vendido con rapidez. Piensa que han convertido su pasión en una herramienta más del capitalismo. Que han puesto el conocimiento al servicio del mercado. Facebook, Google, Ebay fueron startups. Es un fenómeno donde no hace falta ser un hacker para participar. Stallman no lo haría ni con invitación.

Las cosas que enfadan al hacker defensor de la libertad digital no siempre se explican con tecnicismos. A él le gusta decir que su lucha es social y su discurso filosófico. El 11 de setiembre de 2012 tenía por encabezado en su página web una mención al golpe de Estado que mató a Salvador Allende y que sirvió para instalar a Pinochet en el poder. También apoyaba una nueva investigación del atentado del 11 de setiembre de 2001 en Estados Unidos. En un mismo día, Stallman puede postear cinco asuntos en su web bajo el título urgente: en las cárceles de Estados Unidos cobran demasiado a los presos por usar el teléfono. Urgente: famosa cadena de farmacias pide historial médico a sus clientes para registrarlos. Urgente: en el metro de Nueva York no permiten tomar fotos. Después de cada aviso, un excitado Stallman pide a sus lectores actuar para cambiar esos hechos. Advierte que, si los arrestan, no se avergüencen, y que a los grandes revolucionarios siempre los arrestaban. Él es el hombre que no viaja en trenes de larga distancia en Estados Unidos porque, al abordarlos, le piden una identificación. Si alguien debe comprarle un boleto, le pide que dé un nombre falso. El Gran Hermano no tiene derecho a saber adónde va.


[IV]


El profeta del software libre se detuvo ante el balcón donde el general San Martín proclamó la independencia del Perú en 1821. En el pueblo de Huaura, a diez minutos de Huacho, y mientras Stallman subía las escaleras hasta allí, el ingeniero Espinoza le dijo: «Hay que declarar la independencia del software libre en el Perú». Stallman respondió: «Hay que declarar la independencia mundial». Y se rio. La guía intentó levantarle la mano izquierda en señal de victoria, pero Stallman la detuvo. «No quiere actuar tontamente», le dijo con su español incorrecto. «Parecería una falta de respeto porque lo que intentamos en nuestra lucha por el ciberespacio sería lo mismo, pero aún estamos bastante lejos», explicó frente a una campana que aquel día de la independencia sonó por cuarenta minutos. Hoy la plaza luce desierta, como esperando a un héroe que tarda en llegar. Al predicador de la libertad en internet no le gusta que nadie tome decisiones por él. Luego de visitar el balcón de San Martín, era hora de almorzar y el auto enfiló hacia un restaurante.
—¿A dónde vamos? —preguntó Stallman inquieto.

El ingeniero le explicó que a comer.

—¡Nadie me ha dicho nada! —comenzó a gritar furioso—. ¡Paren el auto! ¡Paren! ¡Paren!

Stallman insistió en que quería ir a ver las ruinas, pero se controló cuando supo que el tiempo para volver a Lima se les acababa. Detesta que se hagan planes sin consultárselo, pero también le fastidia que le pregunten por cosas innecesarias. Cuando llegamos al restaurante, le preguntamos dónde quería sentarse. Stallman se molestó. Daba igual si elegíamos sentarnos adelante o atrás, en el jardín o en el salón. Stallman suele andar en camiseta y trabajar en su netbook Lemote mientras almuerza. A veces tiene tiempo para las bromas. La madre de Arnold Fernández, su anfitrión en Lima, recuerda lo que el hacker le decía al gato de la casa mientras andaban en la cocina. «¿Qué quieres, gato? Ya me lo comí todo. Has llegado tarde». Una mañana, después de pedir a una camarera una taza de té, le dice: «Quiero té». Y añade: «Té, quiero. Te quiero mucho». En su página web, también tiene una sección especial dedicada a los juegos de palabras que ha inventado en castellano. «Tengo tanto estrés que casi es cuatro». «¿Por qué el jugo de mora? Porque no es pera». «Gracias, pero no quiero el pancito. Ya tengo una panzota». Stallman también se ríe. Aunque el gran chiste siempre sea él.

Los trolls de internet han convertido a Stallman y a su personalidad obsesiva en un ícono. XKCD, uno de los portales de cómics virtuales más populares de la red, lo muestra como un paranoico que duerme con una katana bajo la almohada, listo para atacar a los enemigos del software libre. Pero tampoco tiene paciencia para sus seguidores. Un video en YouTube lo muestra durante una conferencia en Brasil golpeando enfurecido una mesa con un micrófono. Sucedió en un auditorio, media hora después de haber empezado una charla en inglés, cuando un hombre en la audiencia dijo que era preferible que la continuara en español. Stallman empezó a maldecir en inglés. Sintió que casi nadie había entendido su conferencia. «¡Ya es demasiado tarde!», gritó. «¡Es fracaso total!». El público pensaba que era una broma y se reía. Después lo vieron callar y resoplar sobre el escenario. Y prosiguió su conferencia en español.


[V]


Las charlas de Stallman siempre terminan con una bendición. En la universidad de Huacho habló más de dos horas y media, y recogió de la mesa una túnica y un sombrero hecho con un disco duro antiguo. Se vistió enfrente de todos. Su sombrero luce como una aureola. De pie en el escenario hizo el mismo gesto de un cura cuando despide a sus feligreses al terminar una misa: «Soy San Ignacius, de la iglesia de Emacs», dice. «Bendigo tu computadora». Usa esta figura con la intención de hacer reír a la gente y que el software libre sea memorable. El religioso Stallman busca nuevos adeptos. Sabe bien que es una lucha casi imposible, que está peleando por algo que no sucederá antes de su muerte, que lo ven como un payaso cascarrabias. Pero siente que es el único que comprende lo que pasa y que es su responsabilidad proclamar la independencia de las corporaciones.

Otro acto que nunca falta en las charlas de Stallman son las subastas. Antes que los fans digitales suban a pedirle una foto, él saca de su bolso la estatua de un ñu en miniatura. El ñu, un antílope africano, es el símbolo del GNU, el sistema operativo libre que representa todas las ideas de Stallman y también una de sus mayores frustraciones. A fines del siglo XX, al GNU sólo le faltaba un componente para ser un sistema operativo que compitiera con Windows: el kernel o cerebro. En Europa Linus Torvald ya lo había creado y llamado Linux. Torvald unió su invento al de Stallman, que era gratuito, y formó el GNU/Linux, pero con el tiempo y el descuido empezaron a llamarlo sólo Linux. Stallman odia este olvido e insiste en recordarnos su contribución al movimiento del software libre. Hoy la estatua del ñu en miniatura le ayuda a ganar dinero. En Huacho abrió la subasta del ñu en setenta soles, unos veinticinco dólares. Si nadie hubiera levantado la mano, Stallman se habría enfadado. La puja por el ñu seguía subiendo. Un hombre ofreció ciento diez soles. El ganador, ciento veinte. Vendido al señor de la camisa celeste.

La charla había terminado pero Stallman seguía siendo el centro de atención. Subían al escenario para pedirle fotos con él, y de cuando en cuando el gran cascarrabias se molestaba porque le parecía inútil tomarse fotos con cada uno y prefería hacerlo en grupos de diez. Frente a él, había una mesa con stickers y souvenirs de su fundación. Antes de regresar al auto, Stallman fue interceptado por una mujer y su hijo. La madre lucía emocionada y le pedía tomarse una foto con el niño y que le prestara su sombrero. El hombre que estalla cuando le preguntan dónde quiere sentarse, sonrió. Los dos sonrieron para la foto. La mejor forma de alegrar a Stallman es ayudarlo sólo cuando él lo pide. Su carácter histérico no significa que sea un hombre ingrato. Ya en privado, después de recibir el doctorado honoris causa en Huacho, dijo que sólo le molestaba la excesiva hospitalidad. Detesta ser un estorbo para otros y dijo que en Latinoamérica estamos obsesionados por ocupar todo su tiempo con cortesías. El día que Stallman debía regresar a Lima me pidió que lo ayudara a bajar su maleta. Cuando subí a buscarla, lo encontré sentado en un escritorio trabajando en su netbook Lemote. Usa este modelo porque es el único que le permite utilizar software libre por completo. Stallman estaba ensimismado.

Un escritor anticuado

Un texto de RODRIGO FRESÁN

Leer en Wallace.
O escribir en Wallace.
O hablar y oír en Wallace.

O entender el idioma en el que David Foster Wallace pensaba y en/con el que escribió todos y cada uno de sus libros; desde La escoba del sistema en 1987 hasta el póstumo e inconcluso El rey pálido en 2011. ¿Cómo o a qué suena ese idioma entre exótico e inmediatamente reconocible?¿Como el rugido de un 747 tomando carrera para despegar? ¿Como ese orgásmico estornudo que nos deja satisfechos, pero bañados en mucosa de variable consistencia?

Una cosa está clara: Wallace —como suele ocurrir con los grandes de verdad, como sucede con Miguel de Cervantes o Franz Kafka o Lawrence Sterne o Marcel Proust o William Shakespeare o James Joyce o Franz Kafka o Vladimir Nabokov o Jorge Luis Borges o Thomas Pynchon— no es «apto para todo público» porque no todos saben hablar en Wallace, o leer en Wallace. Alguien tan inteligente como Geoff Dyer, seguro, está capacitado para leer a todas las firmas anteriores, pero —Warning! Warning!— en más de una ocasión este inglés trotamundos ha manifestado en público y en letra que su novela favorita es la trágica y romántica y melancólica y graciosa (por llena de gracia) Suave es la noche , de Francis Scott Fitzgerald. De ahí —pienso— lo comprensible de su «alergia»: su ADN —su proceso de (de)formación como escritor— ha sido muy diferente al del autor de La niña del pelo raro, título fitzgeraldiano si lo hay. Lo incomprensible —pienso también— es que tanto Dyer como muchos otros no se hayan vacunado, o consumido un antialérgico, o intentado la variable homeopática para, así, aprender a leer (y a disfrutar, sanos, curados) en Wallace.

Una vez ahí dentro, de verdad, no es tan difícil.

Wallace también es trágico y romántico y melancólico y está lleno de gracia (y en una entrevista señaló a El gran Gatsby como uno de los libros «stuff that sort of rung my cherries» o, para decirlo con educación, lo conmovió profundamente). Y —a diferencia de muchos de sus encandilados y reflejos y automáticos adoradores actuales— Wallace evidencia una casi patológica preocupación por la flaubertiana le mot juste, un cuidado obsesivo por la construcción de la frase que conmovería al mismísimo Marcel P., y un desatado amor por sus personajes (repasar el muy prewallaceano Seymour: una introducción) que no se veía por aquí ni por allá desde que J. D. Salinger se llevó a los Glass a vivir a su búnker luego del suicidio de San Seymour, otro hombre que sabía y pensaba demasiado.

Wallace —se sabe— lo había leído todo, era un dedicado estudioso de filosofías varias y su perfil (si dejamos de lado su look de grunge/indie masticador de tabaco) era el de un novelista más decimonónico que neomilenarista. Wallace llega —cronológicamente— después de los posmodernistas Barthelme & Co., pero parece hacerlo saltando desde la cama grande, y larga y lenta donde está siendo concebido Tristram Shandy a lo largo y ancho de sábanas de páginas y más páginas.

De semejante fusión surgió una mirada única —ojos sin párpados— que trascendieron y superaron lo conseguido por el Nuevo Periodismo, un puñado de relatos que desafían los límites del género, dos novelas (una sobre la cultura del entretenimiento como virus y otra sobre la laboriosidad del aburrimiento como síntoma) y un puñado de textos que proponen desde una historia resumida del infinito hasta un epifánico discurso de bienvenida a los alumnos del Kenyon College, en 2005, y donde Wallace previene a los jóvenes acerca de «la esencial soledad de la vida como adultos», «la importancia de la empatía», y les confía: «Estoy seguro, chicos, de que ahora ya saben lo extremadamente difícil que es mantenerse alerta y concentrado en lugar de ser hipnotizado por ese monólogo constante dentro de sus cabezas. Lo que todavía no saben es cuántos son los riesgos en esa lucha». Cuestión —digámoslo— de la que cualquier ser más o menos pensante ya era menos o más consciente. Pero, ah, qué bueno que te lo digan con palabras justas y precisas, así.

Así, lo verdaderamente interesante para mí es que, a esta altura, el fantasma de Wallace —el vital y sólido Wallace que habita sus propios libros— comienza a ser un escritor anticuado en el mejor sentido del término: anticuado como sinónimo de clásico. Su ensayo que más y mejor puede leerse como credo estético y práctico, aquel incluido en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (1997), postulaba a la televisión (y no a la televisión dorada de aquí y ahora sino a una televisión más gris y con más ruido blanco) como el mayor factor de influencia en las mentes y modus operandis de los narradores de su nacionalidad y generación. Una camada de «mirones» y «espectadores» y de detectives solipsistas. Investigadores privados de lo público decididos a resolver el misterio de cómo la no-ficción muta a ficción.

Aquí y ahora —no es culpa de HBO ni de sus derivados, donde NO se está escribiendo la Gran Novela Americana, pero donde sí campea la buena forma de narrar— lo único que abunda son casos abiertos. Y por cada contado descendiente noble de Wallace como Joshua Cohen o Adam Levin o Blake Butler abundan las efímeras distorsiones de gente como Tao Lin y la Alt-Lit. Enredados sociales llenándose la boca y los dedos y los ojos con la quimera de la twit-novel, de la blog-novel, de SMS-novel, de lo instantáneo y lo veloz y lo breve, y hasta del error ortográfico (cosa que provocaría la alergia de Wallace) como marca registrada y rasgo distintivo. Y pregunta terrible: todo ese tiempo que ahora se dedica a actualizar perfiles propios y repasar perfiles ajenos en internet, ¿no es el tiempo que en otros tiempos se dedicaba —y dedicó Wallace— a leer libros antes de sentarse a escribir libros? Conclusiones: Wallace es denso y divertido, mientras que buena parte de los que lo siguen son leves y poco ocurrentes. Las pantallas cada vez tienen más aplicaciones, pero son cada vez más pequeñas.
Y la prosa de Wallace siempre fue en CinemaScope/3D/Imax. Así, de nuevo, la sorpresiva paradoja del supuestamente hiper-cool y ultramoderno —pero antes que nada megarratón de biblioteca— Wallace avanzando en reversa, inexorablemente, hacia la tierra de sus mayores. Un Wallace cada vez más ilegible para lectores a los que ni siquiera provocará alergia, sino (sus profundas ideas tanto más «largas» que 140 caracteres) el sopor opiáceo-narcoléptico del que no hay retorno y para el que no hay remedio.

Así, finalmente pero (to be continued…), La broma infinita cada vez más cerca , para mal y para bien, de En busca del tiempo perdido o del Ulises como espécimen del que se habla, pero no se lee, como una de esas novelas largas que ya ni el propio Wallace podía leer cerca de su final.

Antes de que sea demasiado tarde, recomiendo a todos aquellos con sus pulgares ya deformados por escribir tanto por teléfono (incluido el también portentoso Bret Easton Ellis, quien no hace mucho dedicó al fantasma graznidos de furia vía Twitter), que se animen. Y —ajustarse los cinturones y apagar por un rato sus dispositivos electrónicos, el 747 enciende sus turbinas— suban a bordo por esa desopilante crónica del crucero que Wallace publicó originalmente en Harper’s en 1992. O se arriesguen a los tempestuosos, y naufragantes y crepusculares relatos de Extinción.

A Dyer, sólo puedo pedirle que insista.

Seguro que aprende.

A leer en Wallace.

El maximalista reticente

Fragmentos adaptados de EVERY LOVE STORY IS A GHOST STORY la biografía de DFW

Un texto de D.T. MAX

EL ESTUDIANTE

La Universidad de Amherst, donde David Foster Wallace se matriculó, dudaba de la escritura creativa. La escuela sólo ofrecía un curso en el Departamento de Inglés. Ese año el profesor era Alan Lelchuk, el escritor visitante de la facultad. El novelista veterano notó de inmediato al joven flacucho sentado al fondo, el de la gorra de béisbol al revés y las opiniones rotundas. Wallace entregó un cuento. Lelchuk le dijo que su escritura era superficial y tramposa, «filosofía con ocurrencias». El joven tenía —recuerda Lelchuk— una idea inteligente y después «tres frases sabiondas alrededor de ella». Mandó a llamar a Wallace para discutir la historia con él, anticipando que el estudiante podía enfurecer y abandonar el curso. Le dijo a Wallace que podía ser filósofo o escritor, y que si quería ser escritor, él podía ayudarlo; debía tomarse una semana para pensarlo. Para su sorpresa, Wallace volvió al día siguiente para pedir ayuda. Lelchuk estaba complacido; pensaba que Wallace estaba admitiendo lo mucho que tenía que aprender. Pero en privado, Wallace echaba humo. Probablemente era el mejor estudiante de Amherst y esperaba el respeto de esa posición. No le gustaba que lo criticaran. Lelchuk nunca se entusiasmó con la escritura de Wallace, pero reconoció su talento inusual, y le dio una A-. Era la nota más baja que Wallace había obtenido desde su primer semestre, hacía tres años, y se puso furioso.
Dale Peterson, un profesor de inglés que enseñaba una clase de Literatura de la Locura a quien Wallace apodó Whale, era gentil y comprensivo. Comprendió los enormes dones de Wallace y quiso alentarlos. Se convirtió en su asesor de tesis y lo dejó hacer lo que quería. Wallace sentía que las palabras brotaban y empezó a seguir de manera supersticiosa las mismas rutinas día tras día para que siguieran saliendo. Le había comprado una chaqueta de motociclista a un amigo y la usaba siempre que trabajaba en su tesis escuchando MLK, de U2, y Born in the USA, de Bruce Springsteen, una y otra vez. Escribía con bolígrafos Bic baratos. Si un día perdía uno con el que había escrito bien, reconstruía sus pasos hasta encontrarlo y lo seguía usando hasta que se quedaban sin tinta. Se refería a estos bolígrafos llenos de suerte como sus «bolígrafos del orgasmo». Después de terminar el primer borrador, lo tecleaba en su Smith-Corona haciendo cambios hasta la mañana siguiente. Su tecleo era tan incesante que el estudiante en el dormitorio de al lado movió su cama lejos de la pared que compartían. Estaba tan excitado que cuando no escribía iba al gimnasio y hacía sentadillas hasta que vomitaba. Se corrió la voz de su proyecto pantagruélico —la mayoría de las tesis de pregrado tenían cincuenta páginas— y avivó su celebridad. Usaba su fama para amortiguar su antigua inseguridad. Luego de que un compañero le ganara al tenis, Wallace lo invitó a su cubículo de la biblioteca. «Estoy escribiendo esta novela de quinientas páginas», fanfarroneó, y por si acaso le enseñó el manuscrito.
La premisa de la novela que se convirtió más tarde en LA ESCOBA DEL SISTEMA empezó —como le contaría a su editor— con un comentario casual de una novia. Le había dicho que prefería ser un personaje de novela que una persona real. «Empecé a preguntarme cuál era la diferencia», escribió Wallace. Además había estado rumiando el venerable consejo literario de Lelchuk: «Muestra, no cuentes». ¿Qué significaba eso en realidad, si toda la escritura consistía en contar? Pero si las palabras eran imágenes de las cosas que representaban, ¿no era por definición toda la escritura un modo de mostrar? Esto último era una extensión del pensamiento de Ludwig Wittgenstein (‘tío Wittgenstein’), cuyas exploraciones de la relación entre lenguaje y realidad cada vez se volvían más interesantes para Wallace.
Tanto el manuscrito sin título de Wallace como su tesis de filosofía se preguntaban si el lenguaje representaba al mundo o de un modo más profundo lo definía e incluso lo alteraba. ¿Nuestra comprensión de lo que experimentábamos derivaba de la realidad objetiva o de las limitaciones cognitivas en nuestro interior? ¿Era el lenguaje una ventana o una jaula? Por supuesto, Wallace, con sus sufrimientos mentales, quería una visión real y veraz, o al menos una ilusión benigna y juguetona. Había un ejemplo del vínculo vibrante entre el lenguaje y los objetos que les gustaban a Wallace y sus amigos. ¿Qué parte era más importante en una escoba: el cepillo o el mango? La mayoría de las personas diría que el cepillo, pero en realidad dependía de para qué se necesitaba la escoba. Si querías barrer, entonces claro que las cerdas eran la parte importante; pero si tenías que romper una ventana, entonces era el mango.
Wallace tenía una mente técnica y en LA ESCOBA le hizo ingeniería en reversa a las novelas posmodernas que disfrutaba. La influencia abrumadora es de Pynchon: de él vienen los nombres, el ambiente de paranoia de bajo nivel y la sensación de que Estados Unidos es una tierra tóxica y saturada de medios y entretenimiento. Tomó el tono plano y repetitivo de los diálogos de Don DeLillo, cuyas novelas leía mientras trabajaba en el libro. El aprecio mínimo y coqueto por las mujeres parece haberlo tomado prestado de Nabokov, el mismo profesor de Pynchon. El fárrago de formas —historias dentro de historias, transcripciones de reuniones, el registro de labores, popurrís de rock y alocados juegos de piezas— también vino de Pynchon, así como de otros posmodernos, como Barthelme y John Barth. En los años siguientes, Wallace despreciaría el libro como uno escrito por «un chico muy inteligente: de catorce años», pero eso es muy injusto: este adolescente no es sólo inteligente; está intentando comunicarse.
A finales de la primavera de 1985, Dale Peterson y otros miembros del jurado de tesis de Wallace le dieron una A+ a LA ESCOBA DEL SISTEMA, y Wallace obtuvo doble summa como su amigo y compañero de cuarto Mark Costello. Pero había descubierto además algo más importante sobre sí mismo. Ahora sabía lo que quería hacer. La ficción lo sostenía de un modo que ningún otro esfuerzo lo había hecho. Lo sacaba del tiempo y lo liberaba de una parte del dolor que era ser él.

EL ESCRITOR

Intentar un nuevo modo de escribir no era un objetivo exclusivo de Wallace. Es el acto ejemplar de cada nueva generación literaria. Para los escritores entre los años veinte y los cincuenta del siglo XX, la ruta principal había sido el modernismo, con énfasis en la subjetividad psicológica y un alejamiento de las aseveraciones de conocimiento objetivo. Muchos escritores en los años sesenta y setenta, encarados con la fealdad del paisaje estadounidense y su saturación de la cultura de medios masivos, empezaron a subrayar la artificialidad del acto literario en sí. Wallace por supuesto tenía una gran debilidad por muchos de los escritores de este movimiento posmodernista, sobre todo Barthelme (quien —diría— en la universidad le había llamado la atención) y Pynchon, a quien había prácticamente tragado en LA ESCOBA DEL SISTEMA.
Pero el camino que los escritores de la generación anterior a la de Wallace habían elegido era muy distinto. Buscaban reducir al mínimo su prosa suministrando un realismo agotado. La vida pesaba mucho; la existencia traía pocas posibilidades de placer o redención. En el minimalismo, las oraciones simples llevaban grandiosos significados y el viaje de una mesera al K-Mart era un telegrama de miseria y oportunidades arruinadas. Era el mundo según Raymond Carver, interpretado por sus miles de descendientes.1
Wallace aceptaba la actitud de los minimalistas hacia el paisaje de Estados Unidos y su efecto debilitador en sus habitantes, pero le disgustaba cuán formal y verbalmente claustrofóbica resultaba su escritura. Las historias minimalistas ofrecían al lector muy poca experiencia de cómo sería para sus personajes ser atacado en la vida real. Estas historias eran en efecto la inquietud recogida en tranquilidad. Aunque Wallace sabía bien lo que se sentía estar agobiado por los estímulos de la vida moderna —en efecto su respuesta a los estímulos cuando estaba bajo estrés era más intensa de lo que nadie se imaginaba—, esta no era su postura cuando recreaba experiencias. Como escritor era un recopilador, un maximalista, alguien que quería capturar el todo de Estados Unidos.
La mayoría de los profesores en Arizona no eran fanáticos del posmodernismo que asociaban a una era diferente y a una condición y preciosismo que las historias estadounidenses no deberían poseer. Pero tampoco les gustaba el minimalismo, que les parecía que tenía un tufillo moderno. En particular les disgustaba una cosa que hacían los minimalistas y que Wallace admiraba. Le interesaba el modo cómo las narrativas simples atrapaban y cautivaban al lector, y, en el caso de Ellis, el modo cómo usaba nombres de marcas como una taquigrafía de información cultural, símbolos de estatus o incluso estados emocionales. «¿De qué deberíamos estar escribiendo —exigía saber—: caballos y calesas?»2.
Es probable que Wallace no supiera tanto sobre los profesores de Arizona cuando postuló a la escuela. La carta de bienvenida de Mary Carter sugería todo lo opuesto de un sesgo hacia el realismo en el programa. Pero no le tomó mucho tiempo darse cuenta de que los profesores querían una cosa y él quería otra. Estaba en un punto donde le interesaba más la experimentación en forma y voz que las narrativas convencionales. Sentía que ya una vez había entretenido a los lectores en LA ESCOBA. ¿Qué más —se preguntaba ahora— podría hacer con ellos? Una vez que comprendió que estas no eran las preguntas que estaban sobre la mesa en Arizona, tal vez haya disfrutado los cabezazos consecuentes de Lelchuk. Él le había enseñado que la oposición lo vigorizaba. Tal vez incluso atormentaba a los profesores para sacarlo a relucir.
El cuento «La niña del pelo raro» estaba en la misma línea que MENOS QUE CERO, la novela de Bret Easton Ellis. Wallace sentía que usar personajes aburridos e insulsos para capturar el aburrimiento era escritura pobre, pero como imitador nato admiraba la voz fuerte que Ellis había encontrado: vio su potencial. Así que empujó la voz más allá de donde Ellis la había llevado, moviéndola de lo elegante a lo gótico o repulsivo. Cuando Mark Costello fue a visitarlo, Wallace recitó el inicio de LA NARANJA MECÁNICA, y Costello supo que la novela de Anthony Burgess también había sido un modelo para la historia que su amigo acababa de escribir. Wallace dijo a sus amigos que la novela de Burgess mostraba cómo usar el lenguaje hiperbólico para representar estados emocionales mortuorios. La deuda con Bret Easton Ellis fue una que Wallace nunca reconoció. Cuando Howard le preguntó después de leer la historia si Wallace había leído MENOS QUE CERO, Wallace le dijo que no. Estaba convencido aún de que la teoría era lo que separaba al novelista serio de los demás, que sin ella los escritores sólo eran animadores. Su interés en la teoría, como su apego por historias con voces fuertes, también tenía un elemento compensatorio. Servía para satisfacer energías que se habrían frustrado si las hubiera empleado en aspectos de la ficción en los que no era naturalmente bueno, como la construcción de personajes. Era un refugio útil para un escritor que aún era una rara combinación de imitador e ingeniero.

La lluvia es una cosa que sucede en el pasado

[Dijo Borges. Pero el paraguas tiene futuro]

Un texto de Martina Bastos

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Manuel Gómez Burns

 

Nada banal sucede bajo un paraguas. Lo digo con la certeza de quien le debe la vida a uno. Un joven que acude al servicio militar espera un autobús bajo la lluvia. Todos los botones abrochados, los guantes blancos, los zapatos impecables. Una joven que acude a clases de mecanografía espera el autobús bajo su paraguas. La cara lavada, el jersey de lana, las botas altas. En algún momento ambos se reunieron bajo esa cúpula que convertirían en su lugar de encuentro diario. Durante los meses siguientes, cinco elementos iban a repetirse: el joven, la joven, el autobús, el paraguas, la lluvia. Así se enamoraron mis padres, bajo un paraguas. El lugar donde sucede casi todo en Galicia.


La capital gallega, Santiago de Compostela, recibe diez mil vasos de lluvia al año por cada metro cuadrado. Ningún gallego se imagina una ciudad en la que no caigan gotas del cielo. Llegué a Lima sin saber que sus habitantes, aunque viven bajo un permanente techo de nubes grises, no tienen paraguas. La lluvia en la capital del Perú es un plan fracasado. Allí, si en un solo día lloviera lo de todo el año, la capa de agua que cubriría la ciudad apenas llegaría a un centímetro. En Lima la lluvia es tan sólo una garúa. En CONVERSACIÓN EN LA CATEDRAL, la novela de Mario Vargas Llosa, el protagonista dice sentirla como caricias de telarañas en la piel: «Una sensación más furtiva y desganada todavía. Hasta la lluvia andaba jodida en este país. Piensa: si por lo menos lloviera a cántaros». En Galicia, en cambio, el cielo gris es una amenaza seria: un tajo abierto del que insiste en caer la lluvia, desde siempre y para siempre. Esa constancia la ha convertido en parte del carácter del pueblo. Las enciclopedias definen nuestro clima como oceánico, suave y húmedo, pero los gallegos somos más categóricos: «nueve meses de lluvia y tres de mal tiempo». Es decir, y para zanjar el tema: en Galicia la lluvia no se acaba nunca.

 

[II]

 

Los gallegos despertamos al cielo nublado ciento cincuenta días al año. También vivimos en la región con más suicidios de España. Sería fácil creer que la lluvia es un depresivo natural. La climatología médica estudia la influencia del clima en la salud. El sol es un bloqueador de melatonina, hormona que provoca el sueño, y dispara el nivel de serotonina, la «hormona de la felicidad», cuya carencia se asocia a estados depresivos. El clima altera tu ánimo. El sol te hace extrovertido, la lluvia te vuelve ensimismado. El sol te distrae, la lluvia te confronta. El sol se empeña en que no pienses, la lluvia te obliga a pensar. Desde la antigüedad, cuando más dependíamos del clima para vivir, arrastramos la creencia de que el tiempo gris vuelve triste al ser humano. Hoy la ciencia matiza. Según el psicólogo Renato Santiváñez, la oscuridad potencia los estados melancólicos, pero no los desencadena. Unos investigadores de la Universidad de Santiago de Compostela y del Instituto de Medicina Legal de Galicia niegan que la lluvia influya en el ánimo suicida de los gallegos: en otras partes de Europa con clima similar no sucede lo mismo. Pero en el imaginario popular, la lluvia sigue siendo el escenario obligatorio para cualquier depresión que se respete. Mario Benedetti definió la tristeza como la lluvia sobre un tejado de zinc. Para escribir cuentos, Chéjov aconsejaba: «No digas que uno de tus personajes está triste: sácalo a la calle y haz que vea un charco en el que se refleje la Luna». Las desgracias literarias nunca tienen lugar en días resplandecientes. Los asesinatos, los abandonos, las despedidas o la muerte suelen situarse bajo la lluvia. Todos los primeros de noviembre, el único día en el que en los cementerios hay más vivos que muertos, en Galicia llueve. Y el cementerio ese día parece más que nunca lo que es: un lugar para la muerte. La lluvia actúa como una segunda capa de pintura, infunde un tono épico a cualquier imagen. Es como si en un día lluvioso doliera más recordar a los muertos.

Nadie ve llover desde una ventana escuchando reggaeton o heavy metal. La lluvia lo hunde a uno en acordes lastimeros. Existe un subgénero no oficial de canciones para los días que llueve. El tango dice: «la lluvia castigando mi angustia en el cristal», la trova canta a «la gota de rocío que del cielo se cayó» y al pop le «sigue lloviendo el corazón». Hay canciones en las que no llueve pero lo parece. Y hay quienes parecen siempre caminar bajo la lluvia. Como Leonard Cohen en Blue raincoat. Cuando Cohen se planta en el escenario con traje y sombrero, uno espera que empiece a llover en cualquier momento. Fue él quien dijo: «Pesimista es alguien que está esperando que llueva. Yo ya estoy calado hasta los huesos». Cohen pertenece a la tribu de aquellos que distinguen el tono exacto de gris de un cielo de lluvia.

Desde que cayó sobre la Tierra cuarenta días y cuarenta noches, la lluvia es símbolo de la fragilidad humana: nadie puede impedirla ni escapar de ella. Más de la mitad del planeta es lluvia en potencia. Cada segundo se evapora el equivalente a seis mil cuatrocientas piscinas olímpicas. Y todo volverá a caer. Entonces sucederán cosas: cosechas, romances, castigos divinos. También la vida o la muerte. El agua que transporta un huracán pesa más que todos los elefantes del planeta. Desborda ríos y devasta poblaciones enteras. Pero su amenaza es sigilosa. Menospreciamos su poder porque —como escribió la norteamericana Ann Patchett— una inundación no es algo tan súbito como un terremoto o un incendio. Las inundaciones son, cuando empiezan, sólo inofensivas gotas de lluvia.

Algo tiene de atractiva, que intentamos reproducirla. Medio millón de internautas visitan cada mes la web RainyMood, que permite escuchar treinta minutos de tempestad online. Otro millón ha comprado el videojuego de intriga psicológica HEAVYRAIN, donde cae agua sin descanso y las víctimas se ahogan en la lluvia. El pintor Cézanne, alertado de una tormenta, prefirió retratarla en lugar de huir. Murió de neumonía. Blanco de todos los clichés, en una novela nunca llueve porque sí. En Macondo llovió sin pausa durante cuatro años, once meses y dos días, hasta un viernes a las dos de la tarde, en que el grifo se cerró y en diez años no llovió más.


Los campesinos gallegos viven en un diluvio similar. Según escribió el periodista Prudencio Rovira a principios del siglo XX, tienen una vida ‘cuasi anfibia’: «Es una tierra tan empapada por la lluvia, un ambiente tan saturado de agua, que parece constituir un término medio entre el mundo puramente acuático y el terrestre». En el campo, la lluvia engendra seres con el don de la predicción. Los campesinos palpan la humedad de las piedras, miran la manera de tumbarse las vacas en el prado, escuchan el modo de soplar el viento y el canto de las ranas, apuntan la estela de los aviones. En la India, hay seiscientos millones de personas en el campo que necesitan saber con precisión cuándo llegarán las lluvias. Que la bolsa de Bombay baje o suba también depende del monzón. Los brujos y los campesinos fueron los primeros hombres del tiempo.

 

[III]

 

En Galicia tenemos más de setenta palabras para decir ‘lluvia’. Froalla si cae con sol, corisca si baja con nieve, arroia si llena estanques, poalla si moja lento, sarabia si llueve granizo, chuvasca si trae viento, treboa si incluye truenos, orballa cuando es menuda, babuña cuando es viscosa, pingota si hay gotas gruesas, mera si hay niebla espesa, batega si acaba pronto o barruña si persiste. Es lógico: el lenguaje se adapta al medio y la lluvia es un visitante habitual en nuestras vidas. Nadie se atrevería a llamarle «precipitación pluvial». Sería un insulto. Los gallegos la tratamos con la confianza de un amigo. Aquel al que le perdonamos todos los defectos. Nos preocupa si llega tarde y le rogamos que no nos falte. Nos acostumbramos a su olor. En Lima la humedad entra todo el tiempo por la nariz, pero nunca huele a lluvia. Según la ciencia, ese aroma viene de las plantas y algunas bacterias del suelo al liberar sus propios olores. El olor de la tierra mojada es el de una bacteria hidratada.

Con la lluvia, el gallego se siente menos solo. Es una cómplice con el que compartimos el territorio y la memoria sentimental, un pariente que tiene las llaves de la casa y puede presentarse sin avisar, porque siempre se le espera. Uno le conoce la rutina, las costumbres, la siente llegar antes de que aparezca. Cuando era niña, y mi madre empezaba a cerrar las ventanas al caer la tarde y guardaba en lo alto del armario las blusas de manga corta, sabía que algo iba a cambiar. Llegaban los días de la contemplación boba, aquellos en que no había otra opción que pasar horas frente a la ventana. El otoño empezaba el día que te calzabas las botas de goma. Durante la infancia, ese espacio sin calendarios, la lluvia era la única certeza del paso del tiempo.
Cuando cae agua del cielo, algo en nosotros se transforma. «Llueve y nos dan ganas de ser inteligentes —dice el periodista Omar Rincón—, queremos ver una película, leer un libro, escuchar música; con la lluvia intentamos la cultura». Pero no siempre es así. A veces resulta un pretexto para exiliarnos del mundo y holgazanear: dormir, ver la lluvia caer, amar. Estimula la pereza. Por eso los estudiosos coinciden en que no hay nada como una lluvia abundante para calmar una revolución: el chubasco desanima a los manifestantes. Gay Talese decía que un día lluvioso en Nueva York solía ser «un día solitario para los sargentos de reclutamiento, los limpiabotas y los ladrones de Times Square, que tienden todos a perder el entusiasmo cuando se mojan». THE NEW YORK TIMES comparó los días de lluvia en Nueva York con las estadísticas de homicidios del Departamento de Policía de la ciudad en años anteriores, y concluyó que hay menos crímenes en las noches lluviosas. Vernon Geberth, antiguo jefe de homicidios del Bronx, solía bromear sobre el efecto perezoso de los días con aguacero: «El mejor policía del mundo está de servicio esta noche», decía refiriéndose a la lluvia. Pero Geberth afirma también que dificulta cualquier investigación, porque las huellas desaparecen. Según su fuerza (cae a velocidades entre ocho y treinta y dos kilómetros por hora), el agua arrastrará fluidos corporales, fibras capilares o casquillos de bala. También es más difícil encontrar testigos: todo el mundo está tan concentrado en escapar, que no presta atención.

Bajo los aleros de los edificios, bajo toldos y puentes, en las estaciones, o en las barras de los bares, la lluvia es una lección de paciencia. Esos refugios resguardan del agua y de la soledad. Apiñados bajo un techo, los extraños se estudian, se vigilan. Algunos se hablan. Se sienten a salvo. Años más tarde, mi padre admitiría olvidar su paraguas a propósito para esperar junto a mi madre todos los días.

 

[IV]

 

Los gallegos somos seres con sólo una mano hábil: la segunda está siempre sujetando un paraguas. Es el apéndice sin el cual nos sentimos incompletos. Un gallego sin paraguas es una criatura mutilada. Viven en las mochilas, en los trasteros o en las maleteras de los carros, pero su cuartel general es el paragüero. Un pozo sin fondo al que llegan paraguas raquíticos que entran en un bolso y paraguas donde cabe una familia. Hay dos señales inequívocas de que una vivienda está habitada: un paraguas abierto en el porche y un paragüero a la entrada.

Maniobrarlo con destreza es un talento superior. Una mezcla de audacia y urbanismo que pocos dominan. Cualquier torpeza puede ocasionar un accidente. Las metrópolis lluviosas como Londres o Nueva York tienen reglas de etiqueta. El protocolo es estricto. Jamás debemos abrir un paraguas sin mirar antes a todas partes. En una calle angosta, la persona más alta debe siempre elevarlo para dar paso a la más baja. Hay decisiones que son fundamentales. Paraguas o alero; nunca las dos cosas. Así se evitarían los momentos incómodos en que se encuentra bajo la cornisa gente sin paraguas versus gente con paraguas. Cualquier esquina es un atolladero, y un callejón estrecho se convierte en una pista de contorsionismo con escaso margen de maniobra. Caminar así es un ejercicio de ciegos.

Llevar paraguas es un síntoma de madurez. En la infancia, cubrirse de la lluvia es una imposición, igual que asistir a misa, cortarse el pelo o abrocharse hasta el último botón de la camisa. Las madres creen que los paraguas no se llevan porque llueve, se llevan por si acaso llueva. Pero una ley no escrita dicta que salir con paraguas ahuyenta la lluvia. Sin saberlo, ellas han alimentado la oculta vocación de los paraguas: perderse. En cuanto cruza la puerta, corre el peligro de no regresar. Robert Louis Stevenson decía que era un signo de solvencia: «No todo el mundo puede exponer una propiedad que vale veintiséis chelines a tantas ocasiones de robo y pérdida». Debería redactarse un inventario de lugares propicios al olvido: las paradas de autobús, los asientos de tren, los respaldos de las sillas, los taxis, las estaciones de metro. Los paraguas se pierden con el espíritu de ser encontrados. Suelen decorar las oficinas de objetos perdidos; en medio de documentos de identidad, llaves de casa, gafas graduadas o dentaduras postizas, objetos inútiles que no sirven a nadie más que a su dueño. Los paraguas perdidos, en cambio, jamás se consumirán en un despacho burocrático. Pasan de mano en mano sin antipatías. Un paraguas es de todos.

 

[V]


La lluvia cuando es leve despierta placer. Aparece siempre en esas listas inútiles que flotan en Google del tipo: «Cincuenta razones por las que merece la pena vivir». Parece que «tardes de lluvia y lectura» o la combinación «lluvia y cama» —en sus vertientes onírica y sexual— nos alegran la existencia. A la pregunta «¿Te pone melancólico la lluvia?», un amigo respondió: «A mí lo que me pone melancólico es que no llueva». Un día soleado no es memorable. La lluvia, sin embargo, no se olvida nunca. Se pueden perder los detalles, los matices: no recuerdo el día, la hora, no sé por qué calle entré ni cuándo me fui, pero sé que llovía. A los días lluviosos pertenecen los recuerdos más vivos. En Chile nació un niño que escribiría en su biografía: «Comenzaré por decir, sobre los días y años de mi infancia, que mi único personaje inolvidable fue la lluvia». Cuando Pablo Neruda se instaló en Isla Negra, hizo colocar sobre su estudio un techo de zinc para escuchar la lluvia con la misma fuerza que el niño que fue.

Mi primer recuerdo de ella es su percutir. Los silencios del principio y del final de los días nunca eran completos. Crecí escuchando ese ruido tenaz: los picotazos del agua en el tejado. Un runrún que nunca, en ningún lugar, volvería a serme ajeno. Nuestro vínculo no se ha roto desde el día en que mis padres se encontraron por primera vez bajo un paraguas. No la necesito, pero la extraño. Donde no llueve siento una ausencia rara, un aire seco que me inquieta. Y cierta compasión por los que no han forjado una memoria saltando charcos. Triste vida la de los hombres y mujeres sin paraguas.


April 17, 2013

Martina Bastos

Un texto de

Amado sea el que suda de pena o de vergüenza

[Dijo Vallejo. Pero el sudor no es poético]

Un texto de Diego Fonseca

Manuel Gómez Burns

Sudamos cuando tenemos miedo. Sudamos cuando mentimos y no queremos que nos descubran. Sudamos cuando jugamos una partida de póker y vamos perdiendo. Suda el cirujano ante el laborioso tajo mortal, y la gota cae de la nariz del chef sobre los anticuchos. Transpiramos en las playas y paleando nieve. Si algo es el sudor es, siempre, una metáfora: del esfuerzo —Michael Jordan—, de la purificación —todas nuestras fiebres—, del triunfo —Michael Jordan—, del deseo —una gota que desaparece en un escote, y, bueno, Michael Jordan—. Somos seres superiores y necesitamos creer que nuestra existencia es más que un simple goteo biológico: ¿no es prosaico pensar sólo en el cuerpo transpirado cuando podemos jugar a que nuestra piel produce el propio mar? Pongamos cuerpo a un fluido democrático. Han muerto reyes bañados por la fiebre, sudó el traje de Tony Blair cuando lo nominaron para primer ministro y han transpirado atletismo, fuerza bruta y ballet Nadal, Mike Tyson y Zinedine Zidane. Sudan negros, blancos, chinos. La bella y fibrosa Halle Berry mojó las axilas de su vestido en la alfombra roja de los Óscar y lo mismo hace cada madrugada el robusto panadero de la esquina. Se sudan gotas sangrientas en toda la Tierra posible y sudó Tom Cruise una sola gota suspendido en el aire en MISIÓN IMPOSIBLE. Sudan los flacos, los gordos, niños, ancianos. Sudamos en las cavernas ante el descubrimiento del fuego, y lo hizo Neil Armstrong cuando la Luna se volvió tierra firme. Sudamos más en la paz —decía el diplomático indio Vijaya Pandit— para sangrar menos en la guerra. La historia humana es la historia de un mono que aprendió a refrescarse con más eficacia que otros mamíferos. La evolución obligó al cerdo a quitarse el calor en el barro, al elefante con la tierra y al perro con la lengua, pero, a cambio de que deje las plumas y los pelos de las bestias, equipó nuestra piel con un desagüe de tres millones de tuberías glandulares y poros invisibles y una buena dosis de melanina que nos permite caminar horas bajo el sol con mínimo daño. Desde entonces los monos superiores hemos trazado el rumbo al planeta. El genio —decía Edison— es casi todo sudor. El pensamiento místico halló en los cuerpos que expulsan agua formas del milagro y la esencia de la vida. Los egipcios antiguos creían que el Nilo había nacido de las gotas de transpiración del dios de la fertilidad: Sobek. Sidharta sudó frío durante el doloroso trance ascético para convertirse en Buda y Cristo, sangre en el jardín de Getsemaní. En la mitología escandinava, la Tierra nació de la carne de Ymir; los océanos, de su sangre y una mujer y un hombre gigantes, los primeros en pisar el mundo, de dos gotas de sus axilas. Que esos monstruos combatieran de inmediato a los dioses equivale a suponer que el único modo de discutir el poder supremo es siendo sujetos del sudor. Ryszard Kapuscinski descubrió la transpiración como último recurso para la vida en África, donde tanto de la vida surgió. En THE TRUCK, Kapuscinski narra que, a su paso por el oasis sahariano de Ouadane, el motor del auto murió y lo dejó sin recursos bajo el sol criminal. Recordó entonces que un escarabajo que los Tuareg llaman Ngubi escala las dunas cuando a su alrededor el sol es un tormento. Al cabo de un tiempo, en su abdomen se formará una minúscula gota de sudor y el escarabajo detendrá su carrera y se inclinará sobre sí mismo. El Ngubi salvará su vida bebiéndose los desechos de su propio ser. En nuestra especie, el sudor no siempre ha sido redentor: en la antigüedad, los médicos lo veían como un vil excremento. En LA HISTORIA NATURAL DE LA TRANSPIRACIÓN INSENSIBLE, E.T. Rebourn nos recuerda que sobrevivimos a mil quinientos años de experimentos de los sabios herederos de Hipócrates. Durante la Edad Media, cuando las pestes perdieron toda piedad, los galenos creían que podían liberar los venenos del cuerpo con purgas y vómitos, pero también convirtiendo la casa de los enfermos en un sauna de habitaciones calefaccionadas, bebidas y baños hirvientes y ropa de cama pesada. Al cabo el sudor sudó y nos salvó de nuestra propia ignorancia. Una piel húmeda es creación: no hay vida en la aridez. Humorista, una empresa británica creó una salsa sobrecargada de Naga Bhut Jolokia, el chile más picante del mundo, y la llamó «Satan’s Sweat». En la literatura, el sudor inunda con frecuencia los dramas. Manuel Machado recreó la cabalgata del Cid por la estepa castellana en un verso con tres sustantivos rancios: «polvo, sudor y hierro». La misma amargura halló Jorge Amado para su SUDOR en las desesperanzas de lavanderas, putas, obreros y vendedores ambulantes, oficios paridos con ropa enmohecida. Y en la vida real, Catalina de Medici, la esposa de Henri II de Francia, encontró en las esencias de flores prensadas y agua de fuentes naturales la manera de disimular la mugre de los aristócratas y nos legó piezas como el Clive Christian Nº 1 Imperial Majesty, un perfume de doscientos dieciséis mil dólares la botella. Esas frescuras hoy alimentan con paradojas a nuestras hormonas: reprimimos los aromas del sudor para conquistar, pero sólo para liberarlos sin vergüenza una vez consumada la conquista. Como sucede con la sangre, nuestro fluido más político, el sudor también comparte el vecindario del poder y la dominación económica. La Biblia llamaba a ganar el pan con el sudor de la frente, pero hoy también se puede ganar la producción global de pan en los mercados financieros sin mojar una axila. Y en rigor, aunque el mandato divino celebre la nobleza de alimentar a tus hijos doblando la espalda, la verdad es que todos evitaríamos sudar la gota gorda si nuestras cuentas bancarias transpirasen dólares. Pasa que, cuando se trata de trabajo duro, el mal olor ya viene en las palabras: sweatshops es el término inglés que designa a las fábricas clandestinas, y tiene mucho sentido que así sea, pues sweat significa ‘sudor’, pero también ‘paliza’ y ‘trabajo agotador’. En esos lugares vaporosos no se cumple la máxima de RayKroc, el fundador de McDonald’s: «La suerte es un dividendo del sudor: más sudas, más suertudo te vuelves». Puede leer la historia completa en Etiqueta Negra109.

Señoras liberadas y cultas que se dedican a mostrar al mundo demasiadas fotos de sus adorables bebés

Un texto de Katie Roiphe

Si desde la tumba Betty Friedman revisara los hábitos de Facebook de las mayores de treinta años, me temo que estaría muy decepcionada de nosotras. Me refiero en especial a la tendencia de las mujeres a usar retratos de sus hijos en lugar de los suyos como foto de perfil en sus cuentas de Facebook. Uno hace click en el nombre de una amiga y lo que aparece no es una fotografía de su rostro, sino un niño de cuatro años durmiendo, o un bebé corriendo por la playa. Allí, incrustado con inocencia en uno de nuestros métodos favoritos de procrastinación, se encuentra un potente símbolo de este nuevo siglo. ¿Adónde se han ido estas mujeres?, ¿qué interpretarán los adustos historiadores del futuro de todos estos bebés en nuestras páginas de Facebook respecto a «la construcción de la identidad de la mujer» en nuestra época?
Bastantes de estas mujeres trabajan, bastantes pertenecen a clubes literarios, bastantes están involucradas con causas o tienen intereses que las llevan fuera de casa. Pero así es como eligen representarse. La elección parecería trivial, pero la idea detrás de Facebook es que uno crea un personaje social, una imagen que se proyecta a los cientos de cafeterías y alcobas y oficinas del país. ¿Por qué habría de ser esa imagen de alguien más, por más que ese alguien esté ligado a la vida de uno, ya sea genéticamente o de algún otro modo? La decisión parece ser el regreso a una forma antigua de identidad, cuando las mujeres se llamaban Señora de John Smith, a una época cuando las relucientes graduadas de Vassar se volvían locas con aspiradoras y corralitos. No es que no comprenda la tentación de poner una fotografía del hermoso retoño de uno en Facebook: lo entiendo. Después de todo, es una forma de liberarse de la carga de aparecer más o menos decente en una foto, y del insoportable asunto de ser uno mismo. A los niños de tres años les encanta estar frente a las cámaras. Pero aun así.
Estas fotografías en Facebook son síntoma de una autodesaparición más siniestra, un estrechamiento de horizontes. Imagina una cena a la que acabas de ir. Imagina a tu amiga, que escribió su tesis de licenciatura sobre Proust y solía quedarse bebiendo hasta las cinco de la mañana cuando tenía veinte años, una mujer realizada y brillante. Piensa cómo durante toda la cena, desde las aceitunas hasta el mousse de chocolate, no hace otra cosa que hablar de sus hijos. Tú aguardaste porque amas a esta mujer y porque quisieras charlar con ella sobre ¿un libro?, ¿una película?, ¿algo sobre las noticias? Es cierto, la conversación sobre sus hijos es detallada e impresionante en cuanto al rigor y profundidad analítica con que discute el tema. Pero no puedes evitar pensar que podría escribir una disertación entera del efecto preciso del estilo pedagógico de cierta profesora en su hijo de cuatro años. Pero aun así. Adviertes que en otra esquina más animada de la mesa, los hombres no hablan de modelos de cochecitos de bebé. Esta podría muy bien ser una novela de Austen o Trollope, donde los caballeros se retiran a otro salón a beber brandy y a charlar de noticias y política. Vuelves a la conversación y la mujer sigue hablando de lo que pone en la lonchera de su hijo. ¿Nos convertimos todas en esa mujer alguna vez? Un poco de charla sobre los chicos está bien, por supuesto, pero ¿no había una época en la que nos interesaba también algo más?
El misterio aquí es que la mujer con la foto del bebé en su página de Facebook seguro que ha leído LA MÍSTICA FEMENINA o EL SEGUNDO SEXO o EL MITO DE LA BELLEZA o DOUBLE X o JEZEBEL. No es una extraña para la conversación inteligente ni para cualquiera que sea la ola del feminismo en la que ahora nos encontramos y sin embargo esta forma de desaparición, esta pérdida voluntaria del ser le sale con naturalidad. «He a quí mi bonita familia», parece decir: «Yo ya no importo».
    Tengo una amiga cuya hija usó zapatillas que chirriaban durante una larga temporada. Estas zapatillas emitían un sonido que resultaba muy molesto para los oídos adultos. Una vez le pregunté a ella por qué las soportaba y me dijo «¡Porque le gustan!». Imagínate ser parte de esta nueva generación, descubriendo con cada chirrido gozoso de tus tenis que Galileo estaba equivocado: ¡el sol no es el centro del universo, tú lo eres!
    Nuestros padres, no puedo evitar pensar, nunca hubieran tolerado un par de zapatillas ruidosas, ni soportado conversaciones que sólo trataran sobre niños. Nos amaban mucho y con tanto ardor como nosotros amamos a nuestros hijos,  pero tenían vidas propias, según recuerdo, y nos dejaban jugar en los márgenes de su existencia. No planeaban fines de semana enteros alrededor de los conciertos y las clases de arte y de piano y las fiestas de cumpleaños de sus hijos.  ¿Por qué —muchos de nosotros nos preguntamos— nuestros hijos no juegan por sí solos? ¿Por qué carecen de los recursos internos que recordamos vagamente de nuestra propia infancia? La respuesta parece clara: porque con todas nuestras buenas intenciones nos hemos sobreconsagrado a la educación y entretenimiento y a la formación integral de nuestros hijos. Porque hemos erosionado la idea de la vida adulta independiente, en lugar de permitir que los niños sueñen con un sitio propio, en sus habitaciones, sobre la alfombra, en nuestro jardín, por sí mismos.
    Facebook, por supuesto, trafica con exhibicionismo: es una forma de presentar tu vida, al menos esa que eliges a mano para el mundo exterior, como un show. Nuestros hijos son un logro importante, y, sin duda nuestro más importante logro, pero eso no significa que ellos son quien uno es. Podría, por supuesto, argumentarse que la vanidad de una generación más joven, con la publicación de estatus sobre el té que beben, representa una forma peor o más siniestra de narcisismo. Pero esta forma particular de narcisismo, estos querubines utilizados para crear una imagen de uno mismo, es más inquietante por la verdad que representa. La ecuación subliminal es clara: Yo soy mis hijos.
    Facebook fue hecho para una generación más joven, por supuesto. Se presta con naturalidad a extraños que se tropiezan en fiestas y a coqueteos de bar. Parte de lo inquietante es cómo distorsiona de manera deliberada ese propósito: esta generación se aleja de la sexualidad al poner el rostro inocente de un niño en lugar del de una madre atractiva en el perfil de Facebook. Es un telegrama que nos informa cuán incómodos nos sentimos ante un mínimo nivel de vanidad. Como usar tenis todos los días u olvidarse de cortarse el pelo es una forma de ser invisible y desaliñado, y es el reflejo de una cierta cultura materna donde es casi un motivo de orgullo cuán poco conservamos de nuestro ser sano, mundano, acicalado y dedicado.  ¿Y si los perfiles de Facebook fueran sólo el principio?,  ¿y si siguieran los pasaportes y las licencias de conducir?,  ¿qué pasaría si de pronto los rostros de una generación desaparecieran y en su sitio encontráramos los de infantes radiantes?, ¿quién llorará a estas desaparecidas damas? ¿Cuándo descansará Betty Friedman en paz?

En Río de Janeiro la vida empieza a los cincuenta

[de garota bonita a coroa gostosa]



¿Es la vejez más fácil y divertida para las cariocas?
¿O sólo pasa en sus telenovelas?

Un texto de Sabrina Duque

Sheila Alvarado

S i el mundo fuera Río de Janeiro, todas las cincuentonas se pasearían orgullosas por la calle en apretados pantalones de gimnasia después de su sesión de pesas. Es como si un virus crónico se hubiese inoculado en las mujeres maduras de esta ciudad: envejecen pero combaten la sombra de la muerte muertas de risa. Si el mundo fuera carioca, las viejas irían a la playa en bikini, sin molestarse en pensar en cómo disimular la celulitis o las várices, y recibirían el sol, felices, bajo varias capas de protector solar para no llenarse de manchas la piel. En la noche saldrían a tomar caipirinhas con sus amigas y beberían cervezas a media luz en un bar cualquiera, con un treintañero que podría o no ser su hijo. En un Hollywood carioca, cumplir cincuenta años no sería el anuncio de jubilación para una actriz. El primer papel protagónico pudiera llegar a esa edad. Las revistas estamparían sus portadas con fotos de mujeres que ya pasaron el medio siglo, mostrando en bikini los resultados de la dieta, el tratamiento o la cirugía estética que las dejó con un cuerpazo. Si la estética gerontológica femenina de Río de Janeiro se desbordara por el mundo, no habría más abuelas resignadas a la fatalidad de envejecer. En Brasil hay que esperar que termine el noticiario para ver a dos de los grandes galanes maduros del país disputarse a la setentona Susana Vieira, la SENHORA DO DESTINO, a la sesentona Regina Duarte conspirando contra su marido en el remake de O ASTRO, o a la octogenaria Fernanda Montenegro sufriendo por un hijo perdido como la dulce Bete de PASSIONE. Globo, la mayor empresa de televisión de Brasil, conserva a actrices que han protagonizado novelas desde la adolescencia y siguen hasta más allá de los setenta, cuando se gradúan de damas venerables. En Argentina Andrea del Boca fue la eterna protagonista de novelas, sólo hasta que llegó a los cuarenta. En México, Verónica Castro y Lucía Méndez, que en los años ochenta besaban a los más guapos de la televisión en horario estelar, hoy se conforman con discretos papeles honorarios, y actrices que acaban de pasar los cuarenta aceptan guiones que las obligan a tener hijas de veintitantos. En Venezuela, Lupita Ferrer tenía cuarenta cuando le dieron el papel de madre en la telenovela CRISTAL. En Brasil no existen las protagonistas descartables con los años: ni las arrugas ni los kilos de más le cuestan el contrato a las figuras femeninas. Bibi Ferreira, estrella del teatro brasileño, sigue activa a los noventa años. En 2011, Lilia Cabral, la única actriz brasileña que tiene en su repisa dos premios Emmys, protagonizó, a punto de cumplir cincuenta y cinco años, una telenovela interpretando a una plomera, abuela, madre de tres adultos y cuyo amor entre tuercas y cañerías se disputaban dos hombres más jóvenes que ella, además de su ex marido. Sonriendo, inclinada como quien quisiera enseñar algo más de escote, la diva posaba ese mismo año en la portada de la revista UMA con un vestido rojo sin mangas. Y amenazaba, en la piel de su personaje, la mujer plomero, con una llave de tuercas en la mano, desde la portada de la revista conservadora VEJA. Cabral se consagró como protagonista madura de la hora punta del canal de mayor rating del Brasil después de arrasar con un papel secundario en VIVER A VIDA. VIVER A VIDA es una de las historias de Manoel Carlos, el autor cuyas protagonistas se llaman siempre Helena, y siempre son mujeres casadas o divorciadas de mediana edad. Fue la primera vez que una Helena no era una mujer mayor y que no cautivó al público. Lilia Cabral, con edad para ser la madre de Helena, se robó el show. Su belleza es natural y es más bien una actitud: ella sonríe con algunas arrugas junto a los ojos y tiene brazos flácidos que contrastan con los cuerpos artificiales obra de la cirugía plástica. Cabral es paulista, pero tiene la actitud de una carioca nata. En Brasil las telenovelas no le deben tanto a la ficción sino que copian temas de la calle e historias de los diarios. Las actrices maduras son las que imitan el estilo de vida carioca de viejas divertidas. Tal vez. Una coroa gostosa en Río de Janeiro es una mujer madura muy atractiva. Coroa significa corona, pero en todo el país, coroa describe a una persona de mediana edad. Gostosa significa deliciosa, cuando se refiere a una comida o al sexo, y es una forma muy brasileña de decir que una mujer está buenísima. Brasil tiene unos veinte millones de mujeres que pasan del medio siglo, y sólo en Río de Janeiro hay más o menos un millón de señoras con más de cincuenta años que se ríen del envejecimiento. Nedilsa Sousa presume de ser una coroa gostosa y abuela de cuatro nietos. Tiene más de cincuenta años y vive en la Rocinha, la favela con vista al barrio de Sao Conrado y al mar, en la Zona Sul de Río de Janeiro, donde están los barrios de clase media y alta de Copacabana, Ipanema y Leblon. Nedilsa Sousa es una mulata de caderas anchas y brazos rollizos que trabaja depilando hombres y mujeres en un centro de belleza en Copacabana. Amasa la cera fría con habilidad de pastelera y conserva una sonrisa absoluta mientras elogia las ventajas de la edad. En un planeta devoto de la juventud, su discurso parece un llamado a la revolución. Jura que no cambiaría su cuerpo abundante por aquel cuerpecito huesudo que tenía a los veinte años. Dice que ahora, con más curvas para acariciar —guiña un ojo y señala su trasero—, le gusta más a su marido. Que los fines de semana que no está de turno en el salón luce su cuerpo en bikini en la playa, cuando va con sus hijas a caminar y a tomar agua de coco. Cada mañana y cada noche se embadurna en cremas reafirmantes y, una vez por semana, se pone una mascarilla hidratante en el cabello. Reconoce que tiene unos cuantos kilos de más y admite no poseer fuerza de voluntad para cerrar la boca. Ella, que se pasa el día sacando vellos a cuerpos desnudos, minimiza la decadencia de las carnes —para corregirlas se inventó la cosmética— y enaltece las ventajas de la experiencia. Sus ideas parecen la proclama de cualquier carioca mayor de cincuenta. A ella la idea del bisturí marcando su piel la horroriza. Igual que a la diva Fernanda Montenegro, la primera en Brasil nominada al Óscar, que cumplió ochenta años sin cirugías. Nedilsa Sousa, la depiladora, jura que el día que decida hacerla la dieta resolverá todos sus problemas. Lo dice con una sonrisa enorme, confiando que perderá esos kilos en el futuro. En el país de Ivo Pitanguy, el rey de la cirugía plástica, hay viejas que prefieren la dignidad de la gordura natural. Puede leer la historia completa en Etiqueta Negra108.

Sobre la inmoralidad de tener hijos

Un texto de Toño Angulo Daneri

Los hijos son la vida que devuelves a la vida. Tu agradecida ofrenda. La razón esencial de tu existencia. Eso dicen. Bajo esa premisa, madres o padres adolescentes e involuntarios han alcanzado una estatura vital que los-que-no-tenemos-hijos-pero-ya-deberíamos estamos obligados a admirar y envidiar desde nuestra clara posición de inferioridad numérica. Los-sin-descendencia somos seres incompletos. Solitarios. Eunucos de la felicidad más plena. Eso dicen, también. Por las edades que mi novia y yo tenemos —ella treintaitrés, yo cuarentaidós—, el Asunto Tener Hijos se ha convertido en una densa neblina que a menudo flota sobre nuestras cabezas y no pocas veces nos envuelve. Casi todos los amigos que nos rodean ya han sido padres, y si hay una peculiaridad que los une y con frecuencia los reúne es su alegre entusiasmo monotemático: por momentos da la impresión de que sólo quieren hablar de ello. Los más cercanos a la edad de mi novia son los más inexpertos, varios incluso debutantes, y también —apuesto que justo por eso— tienden a ser el «no va más» de la categoría: la Champions League de la euforia parental. Los que están más cerca de mis canas, en cambio, suelen ser los veteranos de guerra, los del orgullo reposado por el trabajo bien hecho, con hijos que a veces han alcanzado también la edad de reproducirse y tienen sus propios novios o novias con los que se aparecen de la mano en el cumpleaños de la abuela. La mala noticia para mi novia y para mí es que estos amigos con hijos suelen carecer de la virtud de la discreción. Primerizos, poco expertos o veteranos, en conjunto funcionan como un grupo de presión. Un lobby en pro de la maternidad: «Y ustedes, ¿para cuándo?». O dirigiéndose sólo a mis cuarentaidós inviernos: «Si tú ya perdiste el tren de la paternidad, no vas a permitir que tu mujer también lo pierda, ¿no?». Sí, el Asunto Tener Hijos es una neblina espesa que sobrevuela nuestras cabezas y con frecuencia nos envuelve. Pero como toda neblina, también es atractiva, evocadora y romántica. Vagamente sexy. Como salir a dar un paseo y sentir que tus más felices instintos paternales se humedecen en ella. Aunque sólo sea por un momento. Los argumentos a favor de tener hijos se repiten tanto y son tan obvios que resulta inútil enumerarlos aquí. La excepción, quizá, son aquellos de la categoría «Egoístas» que, no por deleznables, también suenan conmovedores en su brutal honestidad. «Para tener a alguien que me cuide en mi vejez». «Para que traigan felicidad a mi vida». O más llanamente, «para que me hagan compañía». Me resisto a pensar que alguien forma una familia como si abriera una cuenta de ahorros, y para lo otro ya existen por suerte los antidepresivos, las drogas de uso recreativo y toda clase de comportamientos compulsivos de evasión como el shopping, el sexo por Internet o el fútbol televisado. Además, este tipo de motivaciones egoístas son por lo visto un engaño, una fantasía ingenua y en el fondo pueril. En un libro reciente publicado por el MIT, WHY HAVE CHILDREN? THE ETHICAL DEBATE, la investigadora Christine Overall descarta esta clase de argumentos no sólo porque le parecen éticamente dudosos, sino porque en la práctica son un error de cálculo. Ningún adulto medianamente informado, dice Overall, puede prever con certeza que a los setenta años tendrá a una hija o hijo a su lado dispuesto a cuidar de él pase lo que pase. Y eso sin contar que a veces ocurre lo contrario. ¿O acaso nadie conoce en su barrio a un anciano condenado a mantener con su mísera pensión de jubilado a un hijo tarambana que para colmo se ha llenado de una prole que el abuelo también debe alimentar? En cuanto a la supuesta felicidad que traen los hijos, Overall cita un estudio realizado por el Nobel de Economía Daniel Kahneman. Allí, entre la sorpresa y la decepción, Kahneman descubrió que la mayoría de madres que trabajan son abiertamente menos felices que las trabajadoras sin hijos. Es más, en una de las pruebas les pidió que dieran una puntuación jerárquica a actividades tan cotidianas como cocinar, cuidar de los hijos o hacer las compras. El resultado fue que las madres encontraban mayor placer realizando otras labores domésticas que las inherentes a la maternidad. Venían a decir que cocinar es una rutina que no se contradice con la idea de la creatividad, y que da opciones: siempre se puede colgar el delantal y salir a comer un menú en el restaurante de la esquina. Cuidar de los hijos, en cambio, se parece demasiado a una rutina a secas.

Si les llamas cañitas sorbetes o popotes da igual: sólo sirven para morderlas o hacer ruido

Un texto de NADIA BALDUCCI

Odio las cañitas. Odio ese sonido del que apura el último trago de una limonada en un vaso descartable. Odio los cadáveres mordisqueados que deja la gente sobre el mantel cuando ha terminado su cocktail. Esto no siempre ha sido así, de hecho he usado cientos de cañitas en mi vida. Tal vez miles.  Se calcula que los estadounidenses, por ejemplo, consumen doce a la semana y seiscientas al año. Las cañitas son descartables pero son para siempre. Las más comunes no son biodegradables porque están hechas de propileno (plástico #5), un derivado del petróleo. Empecé a pensar en lo inservibles que son porque trabajo dando charlas sobre la contaminación en el mar. Así supe que las cañitas, que pasan fugaces por nuestros labios, terminan dando vueltas para siempre en el océano. The Ocean Conservancy, una ONG que limpia playas en todo el mundo, encontró en 2010 casi medio millón en las arenas de varios continentes. La imagen de kilómetros y kilómetros de pajitas inservibles una detrás de la otra me parece tan horrible, que desde entonces he renunciado a ellas. Las cañitas están diseñadas para usarse por una sola persona, una sola vez, en una sola bebida. Son cómplices de un estilo de vida descartable y superfluo. Pero no siempre fue así. Las primeras cañitas modernas eran tallos de centeno que se utilizaban para beber mint juleps en el siglo XIX. Hasta que en 1880 un periodista e inventor llamado Marvin Chester Stone se cansó del sabor vegetal que dejaban en su bebida y decidió enrollar papel en un lápiz y pegar los extremos con goma. Después empezó a recubrir su invento con cera. Las cañitas fueron rígidas hasta el siglo siguiente cuando Joseph B. Friedman agregó al diseño una especie de acordeón para que pudieran doblarse. Había visto a su hija beber un milkshake con dificultad y pensó en un modo de hacerlas flexibles. Su idea fue un éxito en los hospitales —uno de los cuales hizo el primer pedido a Friedman—, donde los enfermos también batallaban para beber mientras estaban acostados. Las cañitas eran artefactos que solucionaban problemas concretos. Después de todo ¿quién necesita de verdad un minúsculo tubo para saciar la sed? Tal vez sólo sus usuarios iniciales: los niños y algunas personas con discapacidades físicas. Para el resto de nosotros son accesorios casi invisibles. Estamos tan acostumbrados a recibir una cañita con cualquier bebida, que ni siquiera reparamos en su existencia e inutilidad. ¿Por qué necesitamos proteger nuestros labios del contacto con el líquido que nos echamos a la garganta? Desde que empecé a odiar a las cañitas rechazo todas las que me ofrecen. Cuando tengo ganas de una cremolada pido una cucharita metálica para comerla. Y si en algún restaurante me entregan un vaso con la cañita dentro termino sermoneando al encargado sobre la importancia de preguntar antes a sus clientes si van a querer una pajita con su orden. En mi última fiesta de cumpleaños, en la playa en San Bartolo, prohibí el uso de cañitas entre los asistentes. Bebiéramos lo que bebiéramos, debíamos hacerlo directo del vaso. Una amiga se negó. Dijo que no podía beber alcohol sin un sorbete. Y como yo había anunciado con antelación que sería una fiesta libre de cañitas, se trajo una en el bolsillo. Algunas de mis amigas se incomodan cuando me enfrento a los meseros que clavan una pajita en mi vaso sin antes consultarme. Pero sé que el cambio mayor empieza en miniatura, y es contagioso: ahora cuando salgo a cenar con mi familia ya nadie pide cañita. Y sé que hay otros que hacen lo mismo. En Estados Unidos, un niño de nueve años lanzó una campaña para reducir el uso de cañitas en todo el país. Ya ha conseguido que algunos restaurantes firmen un compromiso para hacerlo y el hijo de Jacques Cousteau le dio un premio por su iniciativa. En Inglaterra hay una campaña llamada Straw Wars, que pretende eliminar el uso de este inútil artículo plástico. La guerra contra las cañitas puede parecer otro capricho ecológico, como renunciar a las bolsas plásticas a la hora de hacer la compra o cargar un termo para el agua o el café. A fin de cuentas, es sólo un pequeño artículo relleno de aire.

Si se enoja otra vez, busque un árbol

¿Por qué los jardines
calman la cólera?

Un texto de ERNESTO RÁEZ LUNA

Albina
Ilustración de Héctor Huamán

Para saber si uno vive bien de verdad hace falta sacarse los zapatos: pose usted sus pies descalzos sobre el pasto o sobre cualquier suelo húmedo y fértil. Vamos, vamos, vamos.  ¿Le quedó cerca o lejos? ¿Cuánto tuvo que esforzarse para hacerlo? La facilidad con que usted haya podido cumplir ese simple cometido es una medida perfecta de su calidad de vida. No es una exageración: hace dos años, ocho expertos internacionales convocados por Siemens evaluaron la calidad de vida en diecisiete ciudades del continente mediante un «Índice Verde de las Ciudades Latinoamericanas». En el conteo general Lima, Perú, y Guadalajara, México, quedaron «muy por debajo del promedio», mientras que Curitiba en Brasil quedó ella sola, muy por encima. Un indicador clave, de creciente uso urbanístico, fue la superficie de áreas verdes por habitante. Curitiba ofrece el equivalente a catorce camas king size a cada uno de sus ciudadanos para retozar de lo lindo, mientras que Lima ofrece con las justas un colchón de soltero por cabeza. El miedo a caerse de tan minúsculo jardín explicaría en parte la profusión de parejitas yacentes abrazadas como garrapatas que uno ve en cualquier parque de Lima pasadas las seis de la tarde. Pero no es la calentura de los enamorados en los parques lo que abochorna a nuestras metrópolis. Los motores de combustión atiborran el aire de miasmas y gases de efecto invernadero. En todas partes pululan mangueras vomitando el concreto que nos horneará a fuego lento en el verano. Un sinfín de aparatos de aire acondicionado exportan ruidosamente hacia la calle el sudoroso calor de los recintos techados. La vida a las carreras, la ambición impaciente y el temor de ser víctimas de engaños, robos y asaltos nos provocan un acaloramiento del espíritu que no se quita ni poniendo a tope el aire acondicionado. Pero para contar con una apariencia cool en realidad hace falta tener la conciencia fresca.  Resulta, para nuestra buena suerte, que los árboles, las aguas y las áreas verdes —cosas que existen hace millones de años— tienen una virtud poderosa para mitigar tanta calentura. Las alamedas y los bosques urbanos ofrecen notables servicios sociales, sanitarios y climáticos. Un estudio encontró que un bosquecillo en Nottingham, ciudad famosa por Robin Hood, reduce los contaminantes sulfurosos y nitrosos del aire urbano que lo rodea. Plantados como murallas contra el viento, los árboles interceptan el polvo que nos asfixia en ciudades sin lluvia como Lima. En el verano, el interior de los parques arbolados puede ser hasta tres grados centígrados más fresco que las calles y plazas vestidas de cemento. Las calles adyacentes también se benefician. Aunque para mejorar de forma significativa la calidad de vida urbana no bastan los parches verdes, sino que hacen falta parques más parecidos a un campo de golf que a una maceta de interior puesta por compromiso. Pero todo cuenta: sembrar un árbol cada treinta pasos puede mitigar la canícula de las calles de cemento unos dos grados centígrados. Una cifra nada despreciable: es la misma diferencia de temperatura que debe haber entre el cuerpo y los testículos para que estos sean fértiles. Créame: usted notará la diferencia. Pero la sombra de los árboles no sólo refresca las veredas: el follaje protege los espacios interiores del sol directo y permite consumir menos energía para enfriarlos. Demás está decir que esta es una manera eficiente de mitigar el calentamiento global. Además, las áreas verdes urbanas también capturan el carbono excesivo de la atmósfera. Tal vez el mayor beneficio que las áreas verdes y los árboles ofrecen es psicológico. Según sesudos estudios japoneses y finlandeses, a los pocos minutos de caminar dentro de un bosque, los signos físicos del estrés caen en picada. Por ello todo finés tiene el derecho de deambular por cualquier bosque que le dé la gana. También pueden pescar libremente en cualquier cuerpo de agua. Al otro extremo de la experiencia humana, los japoneses han convertido el contacto con lo silvestre en un ritual. El gobierno ha invertido millones de dólares en investigación sobre el efecto sanador del contacto con la naturaleza, y hoy Japón es un líder mundial en el tema. Motivo tienen de sobra, los japoneses están entre los pueblos más estresados del planeta; tanto que tienen una palabra — karoshi— que significa muerte por exceso de trabajo. Desde 1982, por prescripción del gobierno, numerosos habitantes urbanos practican con entusiasmo el shinrin-yoku, o baños de bosque, en áreas protegidas cercanas a las ciudades. Existen cuarenta y ocho «senderos de terapia de bosque» designados por la Agencia Forestal japonesa.  Los japoneses estresados toman algún transporte rápido, contemplan en silencio la selva por un rato y se retiran a seguir uncidos a la noria. El esplendor de la yerba también beneficia a pueblos más ociosos. De hecho parece que los millones de años de contacto directo con la naturaleza nos siguen definiendo.  A fin de cuentas, la civilización sólo ocupa el uno por ciento de la historia humana. ¿Alguna vez le pasó algo memorable bajo la sombra de un árbol (o detrás de un árbol)? ¿Qué está esperando? A mí, antes de cumplir los veinticinco, me pasaron tantas cosas buenas entre los olivos centenarios de San Isidro, que no me imagino sin ellos. Los árboles avivan la inventiva. Son legendarios el manzano de Newton y la amplia fronda bajo la cual José de San Martín soñó la primera bandera del Perú, entretejida en un vuelo de flamencos. Un fino músico hermano mío anduvo alguna vez, ensimismado, por las gentiles calles arboladas de la ciudad de Mendoza, en Argentina. Poco a poco cayó en cuenta del aire aromático y fresco, de la sombra entrecortada y danzarina, comprobó el reflejo amortiguado de la luz contra el pavimento. Se le ocurrió regresar a su ciudad, polvorienta y desértica, y proponer a la alcaldesa metropolitana plantar muchos árboles en las calles, para refrescar los barrios. Pero antes de darse cuenta se encontró enfrentado a un alcalde distrital que prefería bañar de cemento los parques del vecindario. Y descubrió que en esta vida no bastan la razón y una sonrisa, y que lo bueno siempre hay que pelearlo. Los árboles, que florecen cada verano, son símbolo de la tenacidad que se requiere para mejorar el mundo.

El fotógrafo que llegó
tras la avalancha
sólo encontró el ruido
de las piedras

Después de un derrumbe en los Andes del Perú, Nicolas Villaume
subió al nevado caído para mostrarnos un desastre que nadie puede ver.
El calentamiento global es un fenómeno tan imperceptible como
un grifo que gotea: el planeta se calienta un grado por siglo.
¿Cómo fotografiar una catástrofe invisible?

Un texto de Juan Francisco Ugarte
Fotografías de Nicolas Villaume

Albina
Fotografía de Nicolas Villaume

El domingo once de abril de 2010, una montaña de hielo se quebró en los Andes del Perú. A cinco mil metros sobre el nivel del mar, un trozo de glaciar cayó sobre una laguna y originó una ola de veinticinco metros. El ruido fue el mismo que el estrépito de un trueno. En una catástrofe que ocurre a las alturas, el sonido es la única forma de medir el peligro. Eran las ocho de la mañana cuando el agua empezó a caer por el nevado Hualcán, desde donde se precipitó el hielo. En Carhuaz, departamento de Áncash, no era un buen día para la desgracia: el pueblo celebraba la procesión de Cuasimodo, una fiesta religiosa que sucede el domingo después a Semana Santa. En la plaza la escena estaba montada: alfombras de flores amarillas en las pistas, hombres en corbata y sombrero, y un Cristo metido en un altar, guardado para después. Desde allí, a quince kilómetros montaña abajo, el ruido del agua se escuchó como el motor de una excavadora Caterpillar. Ya no era sólo agua, sino una masa de lodo, maderas y piedras. Con los ojos mirando de un lado a otro, los habitantes de Carhuaz buscaron el sonido apiñados en las calles. No lo sabían, pero iban a ser testigos de un desastre que ninguno puede ver: un glaciar que se derrite como un grifo que gotea y nadie cierra. El agua llegó veinte minutos después. Un grupo de policías ordenó la fuga. Algunos escaparon de casa hacia lugares más altos. Otros partieron en camiones de carga a ciudades vecinas. A Huaraz. A Recuay. A Caraz. Lo que iba a ser una fiesta tremenda se convirtió en una diáspora imprevista. Pero la crecida sólo bajó por el río Chucchún, una corriente que traza la ruta desde el nevado hasta Acopampa, el distrito más cercano a la montaña. Y el más afectado. En menos de una hora se formó allí un paisaje de barro. Barro encima de los puentes. Barro en la entrada de las casas. Barro sobre animales muertos. Pero una ola en la montaña no es una noticia de último minuto para el planeta. En el siglo seis, una marea de ocho metros cubrió Ginebra después de que un montón de tierra impactara en el lago local. En Italia, una tonelada de roca cayó a la represa de Vajont, al norte de Venecia, y ocasionó un tsunami de más de noventa metros que destruyó el pueblo de Longarone. En el Perú, a sólo unos kilómetros de Carhuaz, un terremoto hizo que en el nevado contiguo se produjera una avalancha que sepultó a dos pueblos enteros. Pero esa mañana de abril, la ola gigante no pasó de ser un susto que estropeó la fiesta de Cuasimodo. Horas más tarde, cuando muchos de los que habían partido volvieron en los mismos camiones, la fiesta fue otra: reunidos a ambos lados del río, como forzosos asistentes a una despedida, los pobladores vieron al lodo llevarse parte de sus cosas. Fue sólo una cuestión de horas. Para la noche, el río sólo arrastraba a los mismos pasajeros de siempre: piedras, ramas y basura.

Un año después de la ola, en marzo de 2011, un fotógrafo francés se tropieza con el cadáver de una rata. Acaba de llegar a Carhuaz para conocer la laguna 513, esa masa turquesa de nombre tan técnico como olvidable de donde se levantó la ola de veinticinco metros. Pero lo primero que ve, tirado como un desecho cualquiera, es el roedor aplastado en la pista que nadie quiere limpiar. No es el único. Desde hace unos años se ha hecho común ver a estos bichos urbanos en la sierra del Perú. Nicolas Villaume —metro ochenta y cinco, pelo castaño, frente amplia— se detiene a mirar el cadáver. Levanta la cámara. Dispara. Años atrás, a casi tres mil metros sobre el nivel del mar, una rata era una anomalía. Hoy habitan las zonas más altas de la ciudad. En un lugar donde, con una lentitud de tres generaciones, los nevados han empezado a convertirse en aburridos paisajes de rocas, estos roedores sólo son un síntoma del desastre que se prepara todos los días y nadie percibe: el planeta se calienta al ritmo de un grado centígrado cada siglo. Esa tragedia en cámara lenta que llamamos calentamiento global. Una catástrofe muda que sólo conocemos por la estadística: en el último medio siglo, la Península Antártica —esa lengua blanca que abastece de agua a Sudamérica— ha perdido en hielo el equivalente a todo el territorio de Haití en el lapso de tiempo en que un hombre nace, crece y envejece. Y Nicolas Villaume, un francés obsesionado con el medio ambiente, ha venido hasta aquí para fotografiarla.
Este es su último viaje. Antes tuvo que recorrer el mundo para registrar la escena de un mismo crimen: los rastros de una calentura trastornada. En el Himalaya visitó a los Zanskaris, una comunidad que perdió todos sus nevados y que ahora está obligada a vivir en otra parte. En el pueblo de Doko, en Etiopía, fotografió los cultivos estropeados por las lluvias. Cuando viajó a Alaska descubrió que el frío ahí ya no es tan helado: el permafrost y los caribús están desapareciendo por la subida de temperatura. En Papúa Nueva Guinea retrató la isla de Manus después de que en 2008 una tormenta destruyera parte de la aldea. Nicolas Villaume ha dedicado cuatro años de su vida a elaborar versiones de una misma fotografía. Sabe que el cambio climático no sólo significa exceso de calor y nevados derretidos, sino también sequías en lugares donde antes el agua llegaba sin problemas, trastornos de lluvias en sitios de altura, incendios recurrentes en bosques, cultivos estériles y conflictos de hambre en zonas de agricultura. Pero para muchos todo esto no implica una preocupación actual, sino una serie de eventos que preparan su golpe de gracia para el futuro. Villaume entiende que documentar una catástrofe que la mayoría de gente no llegará a experimentar, puede parecer una tarea inútil. Su proyecto tiene mucho de cazafantasma: capturar aquello que no podemos ver. O lo que es igual: hacernos ver lo que preferimos ignorar. Decir que un fotógrafo es un observador entrenado parece un lugar común, pero Villaume, más que observador, es alguien condenado a llegar tarde. Su empresa es una paradoja: representar el futuro con el pasado. Cuando puede fotografiar el cambio climático, el desastre ya ocurrió. Un día un científico de la organización francesa IRD (Instituto de Investigación para el Desarrollo) le contó sobre una ola gigantesca en las montañas del Perú. Era lo que buscaba: un hecho insólito para llamar la atención sobre el calentamiento global. Quería mostrar que no se trata de una tragedia futurista, sino de una tragedia en directo, que ocurre en este mismo instante. Llegar tarde es su fatalidad: la única forma que tiene para hacer visible lo invisible.

Pero esta vez Nicolas Villaume llegará más tarde de lo normal.

Una noche antes de partir al nevado Hualcán, mientras paseaba por una calle mal iluminada, el fotógrafo que camina por todo el mundo para mostrar un desastre invisible se cayó. La pierna derecha en el hoyo de una canaleta. El cuerpo doblado en dos. La rodilla fracturada. Ese mismo día, temprano por la mañana, había hecho algunas entrevistas a los pobladores de Acopampa. El cielo era lechoso. No había sol. Sabía que sería difícil tomar las fotos con una luz como esa. Pero estaba decidido a subir la montaña. Meses atrás, en Ecuador, que unos insectos raros le comieran el pie no impidió que cruzara el páramo calcinado de Mojandita. Para llegar a la India tuvo que soportar un viaje de una semana, recorrer en jeep caminos sinuosos de arena, piedras y peñascos, y aprender a adaptarse en menos de cinco días a un clima imposible. Una caída al hueco de una canaleta es un inconveniente sólo para principiantes. Y esa misma noche, Villaume estaba empecinado en recuperarse. Un amigo de Huaraz lo llevó a donde un huesero. Fue peor: le doblaron la pierna, se la estiraron, el dolor aumentó aunque el hombre que se lo provocaba decía que era normal, que pronto pasaría. Sólo cuando escuchó el rechinar de los huesos tomó una decisión. Iba a esperar. Esta vez, llegaría quince meses más tarde.

El día de la ola en Carhuaz nadie pensó en el calentamiento global. Desconocían que la caída de hielo era consecuencia de un fenómeno llamado ‘retroceso glaciar’. Que ocurre desde los años setenta en la Cordillera Blanca, esa mancha pálida en los Andes que corta por la mitad al departamento de Áncash. Que las caídas a la laguna suceden casi siempre sin que nadie las perciba. Que la misma laguna se formó por el deshielo del glaciar hace cincuenta años. Que en 1992, por miedo a un desastre, un glaciólogo se empecinó en hacer un túnel para conducir el agua desde la montaña hasta el río. Y que, gracias a este túnel metido a veinte metros en el dique de la laguna 513, ese día la enorme ola no sepultó a la ciudad.

El hombre que salvó a más de sesenta mil personas con dos décadas de anticipación dice que los residentes al pie del Hualcán están mal informados. «Piensan que la desglaciación les conviene porque trae más agua a la ciudad», explica César Portocarrero. «Pero eso cambiará. En menos de cincuenta años se ha perdido el treinta por ciento de los nevados», advierte el glaciólogo que pronto se quedará sin trabajo por culpa de un planeta recalentado. Que tarde o temprano el agua se acabará es quizá la idea que más se repite sobre el calentamiento global. Desde la década de los sesenta, en que un nuevo concepto de cambio climático empezó a difundirse, el discurso ecologista ha adquirido popularidad en los países más desarrollados. Pero fue un documental —UNA VERDAD INCÓMODA, de Al Gore— lo que provocó aquel estallido de preocupación por el medio ambiente más parecido a un fanatismo religioso. Nadie ha visto el calentamiento global, pero hay una legión de creyentes que temen su poder.

Al día siguiente de la ola en Carhuaz, los noticieros de la televisión diferían tanto en sus titulares que un espectador distraído pudo creer que eran noticias distintas. Uno decía que lo que bajó por la montaña había sido un huaico. Otro, en menos de cinco minutos, describió el hecho como alud, huaico y aluvión, los tres juntos, arrasando con toda la ciudad. Y para otro ni siquiera existió un bloque de hielo: el aluvión era una lluvia insólita que rebalsó la laguna. Algo sí parece cierto: más allá de un discurso repetido, nadie está seguro de qué demonios trata el calentamiento global. Pensamos que es lo mismo al cambio climático. Y a fuerza de usarlo siempre, ignoramos que ‘cambio climático’ no se refiere a un solo fenómeno, sino a varios, y que entre ellos está el aumento en la temperatura del planeta. Calentamiento global es una expresión sin gracia metafórica, tan universal como intangible, que remite a calor excesivo y a fin del mundo, y nos confunde. Ahora hay evangelistas del medio ambiente en todas partes. Hasta en los concursos de belleza. Miss Tierra (o Miss Earth) es un certamen anual en Filipinas donde se elige como reina a aquella que sea más bella y tenga la mejor propuesta para no contaminar el mundo. Eso es el calentamiento global: una confusión desarreglada convertida en banalidad con maquillaje.

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April 16, 2013

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