Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

MUHAMMAD ALI
EL BOXEADOR
MÁS HERMOSO
DEL MUNDO

Un texto de Jon Lee Anderson

Muhammad Ali logró con un estilo sobrenatural que el box alcanzara a ser un arte. Fue un hombre singularmente atlético y musical en el ring. Una parte de su psicología de combatiente consistía en disminuir a sus contrincantes antes de la pelea gritándoles poemas rimados para burlarse de ellos y vanagloriarse de su grandeza, una vanidad juguetona cuyo efecto publicitario aumentaba la simpatía pública sobre él. Hasta cierto punto, Ali fue uno de los precursores del RAP   (rhythm and poetry), un gran improvisador de versos, con rima y ritmo, esa tradición afroamericana con antecedentes en los cantos religiosos del góspel. Su legendario baile en el cuadrilátero, «flota como una mariposa y pica como una abeja», fue un sello espectacular para evitar que los adversarios lo golpearan. Bailar como un bufón en el ring fue también la evidencia física de sus reivindicaciones orales de grandeza. Ali no sólo decía que era lo máximo: en esos momentos, Ali lo era. Los únicos dos boxeadores que se acercaron a su escuela aparecieron una generación después, Sugar Ray Leonard y el cubano Teófilo Stevenson, pero nadie alcanzaría a poseer aquella santa trinidad de Ali: su aura de chico travieso, su formidable estado atlético, su hermosura. Era un hombre guapo y lo sabía. En una época en que los racistas blancos decían abiertamente que los negros eran «feos», nadie se lo decía a Ali. La belleza, algo que normalmente invita a lo superficial y que siempre esquiva la explicación, no fue tanto en él una musculatura, una fisonomía, una elocuencia, un carisma, un humor: fue todo eso y su búsqueda de trascendencia, la provocación de un estado de alegría al encontrarlo, su naturalidad para crear memoria y admiración. Tenían que atacarlo desde otra parte.

Cuando era niño, me interesé en el box porque estaba Ali, y dejé prácticamente de ver box cuando se retiró. Después de él, insistí en ver a más campeones, pero a su lado casi todos los boxeadores parecían matones o simples golpeadores. Nadie tenía su gracia ni su físico ni su verborrea. Incluso a Mike Tyson, quien, a pesar que desde hace unos años nos conmueve como figura pública de confesión y autocrítica, lo veíamos en su época de boxeador como se mira a un animal salvaje, a un hombre feroz que peleaba duro pero que carecía de la belleza y del verbo. Ningún otro como Ali ha tenido el don de la poesía para decir su verdad y esa suprema elegancia para golpear y esquivar puños. Ninguno como él ha alcanzado la estatura de su acción en la conciencia de los ciudadanos de un país entero.

Muhammad Ali fue en Estados Unidos el primer personaje público negro verdaderamente querido por los blancos. No emanaba el odio de raza de Malcolm X, el explosivo líder de los musulmanes negros, ni era un predicador como Martin Luther King, el héroe evangélico y pacifista de los derechos civiles afroamericanos. Ali duró más que ellos, y se fue convirtiendo en un hombre negro universal en medio del florecimiento negro de los años sesenta. Por más indiscutible que sea la grandeza de Martin Luther King, sólo una minoría de gente blanca lo siguió mientras estuvo vivo. Si King fue el respetado líder que predicaba la reconciliación, Muhammad Ali era el ídolo adorado. Su personalidad teatral era tan irresistible que a todos nos iba convirtiendo en chicos boquiabiertos admirándolo desde el público: todos querían estar con él. Sólo Mandela eventualmente suplantó su encanto político, y fue cuando ya era un hombre viejo. Cuando revisamos su álbum fotográfico, Ali estuvo con todos: desde Fidel Castro y los Beatles hasta unos niños africanos, y todos con él aparecían siempre sonriendo. Ali fue otra dimensión de la alegría y su sola presencia reconciliaba a los contrarios.

Fue boxeador, pero a fin de cuentas fue un reconciliador. Lo fue incluso cuando acusaba al negocio del box de ser herencia de las plantaciones de esclavos negros cuyos amos blancos los obligaban a pelearse para su deleite. Incluso en su época más radical, cuando se cambió el nombre de Cassius Clay, que consideraba un nombre de esclavo, por el nombre musulmán de Muhammad Ali, la mayoría de blancos y cristianos no sentían que él los odiaba por su color de piel o religión. Hay una fotografía de él con unas monjas de la Congregación de la Caridad de Nazareth, en la biblioteca de la Universidad de Spalding donde había trabajado de niño, que evidencia su ruptura con los moldes racistas y religiosos en esa época dominada por la televisión. Cuando rechazó ir a la guerra —decía que por qué debía ir a bombardear a gente de piel marrón en Vietnam cuando la llamada gente negra en su pueblo natal Louisville era tratada como perros—, Muhammad Ali empezó a habitar una conciencia moral ciudadana que ya no era de un solo color. Por esos días yo era un niño y recuerdo a gente blanca comparándolo negativamente con Elvis Presley, quien, la década anterior, había «cumplido con su deber» y había hecho su servicio obligatorio en el Ejército de Estados Unidos. Antes de que se popularizara la oposición a la guerra de Vietnam, los estadounidenses creían que los hombres que no iban al combate eran unos cobardes. Renunciar a servir al Ejército equivalía entonces a una falta de hombría.

Muhammad Ali fue, en ese sentido, un hombre valiente por rechazar ir a la guerra. El boxeador valiente que gritaba sus convicciones, ante las cámaras o ante una muchedumbre, y que aprendió a vivir con sus consecuencias. Acostumbramos a ver eso sólo en algunos políticos y predicadores religiosos. Ali fue también un comediante en vivo, un espontáneo entretenedor en voz alta, cuyo discurso fue un largo verso que rimó a través de su vida. Fue un boxeador buscando lo lírico sin dejar de narrar la historia de su tiempo, sin dejar de narrarse a sí mismo y a la condición humana que lo rodeaba en tanto hombre negro en América, y lo hizo sin despertar rencores sino amor propio. Ese papel elevó a Ali a ser parte de un puñado de gente que en los últimos cincuenta años ha contribuido a la reconciliación mundial entre negros y blancos. Son predicadores del amor, que sin ser santos tienen en común haber sido perseguidos, exiliados, encarcelados, asesinados, o, como en el caso de Ali, condenado a ser un paria del ring tras renunciar a la guerra de Vietnam. No fue un fanático del Islam, aunque tuvo quizás su breve etapa de radical: según Oriana Fallaci, quien protagonizó una violenta entrevista con él, Ali odiaba a la raza blanca y amenazó con romperle la nariz si volvía a verla. Hacia el final de su vida, a pesar de la enfermedad del Parkinson, Ali siguió buscando la reconciliación. Frente al terrorismo islámico, defendió al Islam con elocuencia sencilla, increpó a sus terroristas y también a los racistas como Donald Trump. En una declaración que fue como su último manifiesto, Muhammad Ali dio también un último golpe de claridad: dejó ver que la suma de todo lo que había sido —negro, estadounidense, musulmán, y, por un tiempo, el mejor de los boxeadores— había sido su escuela de tolerancia y paz.

 


June 23, 2016

Etiqueta Negra 133

Un texto de


May 02, 2016

Jorge D’Garay Juncal

Un texto de

HACE TIEMPO QUE NADIE LE ROMPE
LA CARA A UN POLÍTICO CUANDO MIENTE

Una carta de Julio Villanueva Chang

Un profesor de psicología de la Universidad de Massachusetts, concluyó que mentimos entre dos y tres veces durante los primeros diez minutos que conocemos a alguien. La estadística nos produce un asombro entre cómico y cínico. ¿Por qué nos asombra sabernos mentirosos? Hay tantas mentiras en las que nos gusta creer. Los investigadores del engaño han encontrado que somos mejores para adivinar cuándo nos están diciendo la verdad que cuándo nos mienten. Hasta es común encontrarnos un amigo que se disculpa ante nosotros por no saber mentir. No es una confesión sino casi un contrato social, como si alguien se reprochara de no tener el talento necesario de convencernos con una cara y una voz para la mentira. Es más o menos lo mismo que sucede en las situaciones de mentiras piadosas, cuando, después de tropezarnos con alguien que no nos ha visto en años, nos felicita por lucir casi igual que en la secundaria. A menudo, también, nos descubren en sueños, mientras dormimos, balbuceando un nombre prohibido. Mentir con frecuencia no es para la mayoría un hábito piadoso o involuntario, sino su propia naturaleza. «Ninguno podría vivir con alguien que dice la verdad en forma habitual. Gracias a Dios ninguno de nosotros tiene que hacerlo –dijo Mark Twain–. Alguien que habitualmente dice la verdad es una criatura imposible». Necesitamos mentir en situaciones cotidianas e inocentes para no tener que matarnos todo el tiempo. Mentimos siempre. Mentimos cuando anunciamos que mañana llegaremos temprano al trabajo. Cuando prometemos a alguien que lo llamaremos. Cuando decimos que te quiero.

En su ensayo Del mentir, Montaigne se preguntaba a quién creerle cuando habla de sí mismo en una época tan corrompida. «Nuestra verdad de hoy no es lo que es, sino de lo que se persuade a los demás», dice Montaigne. Las mentiras de un candidato a la presidencia no deberían ser admisibles en nuestra dieta diaria del engaño. Mentir sobre la edad para conseguir un descuento en la farmacia no tiene la gravedad de un político que promete a su país acabar con la corrupción mientras la está organizando. Montaigne, que no tenía nada de profesor, recordaba que el disimulo era una de las cualidades más notables de su siglo. En la teleserie Lie To Me, el psicólogo Cal Lightman es un experto en detectar engaños estudiando el alfabeto facial, los eufemismos y la voz de la gente. Lightman, un apellido apropiado para este negocio, es un detective de mentiras, un descifrador de las expresiones faciales involuntarias que nos delatan. «Todos estamos interesados en las caras», dijo Paul Ekman, el psicólogo de verdad en el que se inspiró Lie To Me. Ekman cree que, a diferencia de los gestos culturales de las manos, las emociones del rostro siempre son biológicas. «Algunas naciones de las Nuevas Indias –recordó Montaigne en su tiempo− ofrecían a sus dioses sangre humana, mas no de cualquier parte sino sacada de la lengua y las orejas, para expiar el pecado de la mentira, tanto oída como proferida». Para nuestros antepasados no sólo eran culpables los mentirosos sino también quienes, al creerles, permitían que la mentira existiera. En ciertas épocas, el silencio, la omisión, la indiferencia, son también la peor forma de mentirnos. Cuando las máscaras que usan los corruptos son tan evidentes, dejan de tener un efecto cómico, y es preciso enfrentarlas. ¿Hace cuánto tiempo que nadie le rompe la cara a un político cuando miente? No es ésta una invitación a golpearlos: es una advertencia de que los enmascarados, los que a veces esperamos un golpe para reaccionar, somos nosotros.

 


April 26, 2016

Jerónimo Giorgi y Angelo Attanasio

Un texto de


April 26, 2016

Jorge Turpo Rivas

Un texto de

HASTA QUE LA VIDA
NOS SEPARE

Una carta de Julio Villanueva Chang

En una pareja, dos casi siempre son tres. A menudo habrá un tercero en la sombra que dramatice la convivencia del par, la manzana de la discordia,  el tercero maldito. Durante una época fui el tercero.  Miento: siempre fui el tercero. Incluso cuando no había un segundo, fui el tercero. Uno anda por ahí enamorándose de la mujer del otro, o de la mujer de la otra o del hombre del otro, marcando casi siempre el número equivocado. Pero, cuidado: ni las mujeres son tan monógamas ni los hombres son tan polígamos. Hay que admitirlo: somos polígamos por naturaleza. Es decir, podemos ser monógamos, pero por biología somos polígamos. Eso es lo natural y sobra literatura científica: léase El mito de la monogamia , de Barash y Lipton. Quedan entonces dos modos de atarse a un amante: el método Houdini y el método Ulises. Consiste en elegir entre un par de nudos para atarse. Houdini fue ese mago que se encadenaba de cien maneras sólo para demostrarle al público que siempre iba a poder desatarse; Ulises fue aquel viajero que se ató al mástil de su barco para resistir los cantos de sirenas y demostrar que no quería desatarse (de su fidelísima Penélope, quien a su vez se había atado a Ulises tejiendo un sudario con un hilo inacabable). En nuestra vida, siempre habrá una Penélope o un Ulises, pero por cada uno de ellos habrá millones de Houdinis. Por una época, jugué a ser Houdini: me até a mujeres sólo para probar que podía librarme de ellas, o que ellas podían librarse de mí. En otro tiempo jugué a ser Ulises, pero unos tentadores cantos de sirena a veces me vencían. El título de un ensayo de Pascal Quignard nos socorre: Sucede que las orejas no tienen párpados . La fidelidad no consiste en mantener siempre los ojos abiertos: la fidelidad es un parpadeo. Si la vida virtuosa fuese un nudo, Ulises sería el héroe, y Houdini, el villano. Por ahora no soy Houdini ni Ulises. Y nunca aprendí a tejer.

En un cuadro pop de Lichtenstein, un personaje lamenta: «Cuando dije ‘hasta que la muerte nos separe’, nunca soñé que la vida fuera tan larga». Hay que ser o arrogante o ingenuo para creer que una mujer se va fijar en ti y sólo en ti durante toda su vida. U optimista. O idiota. O Ulises. Bendito sea el verbo confiar. Confiar que el nudo de Ulises resista el canto de las sirenas. De lo contrario quedan dos caminos: 1. Ser un cornudo voluntario pero selectivo. Es decir, convertirte en swinger e intercambiar tu pareja con otros y otras como un antídoto contra una peor infidelidad. 2. Ser un cornudo involuntario pero tolerante con la naturaleza de ser infiel. Hacerte de la vista gorda, un pacto de silencio para no amargarse la vida con falsos testamentos. Saber que algunas veces sucederá, pero ser discreto con tu media naranja (¿existe de verdad una media naranja? Y si fuese así: ¿cómo sabes que alguien es tu media naranja si en toda tu vida no has conocido más de una docena?). La opción del cornudo involuntario es la favorita. Es también el miedo a la libertad. ¿Alguien puede demostrar que no es un asesino hasta no haber pasado una situación real para jalar el gatillo? ¿Quién puede demostrar que a la vuelta de la esquina no habrá otra media naranja por conocer, aunque en apariencia sea menos redonda, menos jugosa, menos saludable? Al fin y al cabo, antes del canto de las sirenas y de volver a casa, el propio Ulises había sido seducido por la hechicera Circe y hasta le hizo un hijo. ¿Acaso alguien recuerda infiel a nuestro ejemplar Ulises? Luego hizo un nudo en el mástil. Hasta que la vida nos separe.


April 24, 2016

ETIQUETA NEGRA 132

Un texto de


March 25, 2016

ETIQUETA NEGRA 131

Un texto de


March 18, 2016

Los elegantes del Congo

Un texto de

TODOS
LOS BOWIE
EL BOWIE

Un texto de Rodrigo Fresán

El 11 de enero de 2016, el Control Terrestre se despertó con la noticia de la muerte de David Bowie un día antes y dos días después de haber editado lo que no era otra cosa que su milimétrico y perfectamente diseñado auto-requiem titulado ★ o blackstar. El canto del cisne negro conmemorando su sesenta y nueve cumpleaños, a la vez que —según su productor y mano derecha Tony Visconti— «un regalo de despedida para sus seguidores». Su primer número uno de ventas en USA (y en medio planeta1) de inmediato fue pasto de pistas a lo largo de las poco más de cuarenta y ocho horas que sonó con Bowie todavía entre nosotros. Ahí estaba todo. El adiós como perfecto producto definitivo. Lázaro, la estrella negra como ese signo que se pone junto a una necrológica, o el nombre con el que se designa las lesiones y cicatrices necróticas de un cáncer feroz, o la manera astronómica de designar a las estrellas muertas que pierden su energía pero retienen su masa. Y, desde ahí, Bowie asegurando que en el Paraíso ahora todos lo conocen, y cerrando todo con un: «Seeing more and feeling less / Saying no but meaning yes / This is all I ever meant / That’s the message that I sent / I can’t give everything away»2. Pero, ah, Bowie vio y sintió y reveló tantas cosas a lo largo de su vida y de la distancia entre mínima y abismal que separa al terrestre Major Tom del extraterrestre Ziggy Stardust.

★ EL PRINCIPIANTE

Una particularidad del muy particular David Bowie (nacido en Brixton, al sur de Londres, 1947 como David Robert Jones) que lo convierte en espécimen casi único del Mundo Pop más allá de esa tan bien administrada rareza de tener un ojo raro3: a diferencia de lo que suele ocurrir (arrancar con un gran éxito y luego tener que luchar palmo a palmo por la permanencia y desvanecerse), este hombre que alguna vez se definió a sí mismo como ‘Rock God’ empezó con una serie casi interminable de fracasos, erratas y declaraciones fuera de lugar. De semejante y curtidor entrenamiento —a golpes se hacen los astros— se comprende su posterior obsesión por adelantarse, por dar siempre en el blanco, por seguir esa senda de constante metamorfosis aunque en ocasiones signifique equivocarse o, sin que nadie lo entienda, adelantarse a su tiempo4. Basta con consultar la primera aparición pública y en TV de Bowie con diecisiete años de edad en el Tonight5 de la BBC, 1964. Allí, Bowie se presenta como vocero de un movimiento conocido como Sociedad para la Prevención de la Crueldad hacia los Hombres con Pelo Largo6. Una cosa ya queda clara: a Bowie le gusta que lo miren y lo escuchen. Y así sigue intentándolo, probándolo todo desde casi niño cuando es definido por sus maestros de primaria como «vitalmente artístico». C-c-c-cambios: enloquece con el Tutti Frutti de Little Richard y preocupa a sus compañeros boy-scouts con sus imitaciones de Elvis (con quien compartía día de cumpleaños); aprende a tocar el ukelele; su inestable hermano le descubre a Mingus y a Coltrane y decide probar el saxo; forma su primera banda a los quince años (The Konrads) con un look que recuperaría, a modo de revancha, para el Serious Moonlight Tour; después se pasa a The King Bees y fracasa con su primer sencillo (Liza Jane, de 1964); de ahí salta a The Mannish Boys y vuelve a fracasar con una versión de I Pity the Fool (1965); mudanza a The Lower Third y nuevo fracaso con You’ve Got a Habit of Leaving (1965) y otra canción de título más que revelador: Can’t Help Thinking About Me (1966); se une al combo The Buzz para volver a fracasar con Do Anything You Say (1966) para enseguida pasarse a The Riot Squad donde ni siquiera fracasa porque no llegan a grabar nada. A partir de entonces el por entonces Davy o Davie Jones, porque se hace famoso Davy Jones de The Monkees, decide cambiar de nombre. Primero, se hace llamar Tom Jones (mala suerte otra vez) y, por fin, ser David Bowie (alias en honor a un hombre de la frontera norteamericana famoso por su cuchillo) y lanza el más infame que derrotado The Laughing Gnome (1967) y, mientras toma clases de mimo con Lindsay Kemp, edita su primer álbum solista: David Bowie (1967). Pasa poco con él. Pasa casi nada. Pero no por mucho tiempo.

★ EL FAN

Como toda auténtica de verdad, Bowie fue un gran fan y un vampiro sin fronteras listo para aparecer en todas las fotos con famosos (¡Zelig Stardust!) y después revelarlas en casa y ver qué había allí de útil y práctico para asimilar a su persona. Y, sí, mi Bowie favorito es el Bowie Fan. El de Hunky Dory (de 1971 y donde homenajea explícitamente a Bob Dylan, a John Lennon, a Andy Warhol, a la Velvet Underground) a la vez que los utiliza como piedras fundamentales y vigas del tejado para comenzar a construir su propio mito y —astuto— ponerse a la misma altura7. Así, canciones como Changes (sobre su propensión al cambio constante), Kooks (advirtiéndole a su hijo recién nacido Zowie8 sobre su anárquica vida familiar y su matrimonio con la volátil Angie Bowie9), Quicksand (sobre una fascinación por lo oculto que lo acompañaría toda la vida) y The Bewlay Brothers (sobre su relación con su hermano primero lunático y luego suicida). O, en 1980, en el ya autofan y ya mencionado Scary Monsters (And Super Creeps), donde Bowie hace una primera restauración-retrospectiva de su paleta sónica y demuestra que es lícito y apropiado y genial ser seguidor de uno mismo. O en Let’s Dance (1983) con la perfectamente ejecutada adecuación de su singularidad al apetito de las masas10. O en el inesperado y triunfal retorno de The Next Day (2013), una especie de Scary Monsters Redux con portada intervenida de Heroes. O en , donde se da se da el lujo final de diseñar su propia muerte, de leer las laudatorias críticas sobre todo el asunto, y de decidir que ya es hora de ser una brillante estrella muerta pero que siempre brillará con luz propia y voz única.

★ LA VOZ

David Bowie compone Life on Mars? como homenaje/respuesta al My Way de Paul Anka a ser inmortalizado por Frank Sinatra. Pero su historia es aún más interesante: en 1968, Bowie escribe la letra de Even a Fool Learns to Love para encimarla a la canción francesa Comme d’habitude de Claude François y Jacques Revaux (1967) cuyos derechos adquiriría Anka para rehacerla, sí, a su manera y para ser rápidamente abducida en 1969 por La Voz. Bowie también fue La Voz. La suya —su fraseo, su gracia dramática o su capacidad de amoldarse a la de alguien como Bing Crosby para, en un momento decididamente freak, cantar villancicos à deux— es tan inmediatamente reconocible como la de Bob Dylan y la de John Lennon. Además, y a diferencia de las de los anteriores, la suya fue y sigue siendo una voz virtuosa. Un estudio de 2014 determinó que rankea en la octava posición —justo detrás de Christina Aguilera y justo delante de Paul McCartney— a la hora de medir su alcance y variedad de registros vocales11. Y, sí, todos nos sentimos un poco felices cuando nos enteramos de que le había arrebatado el primer puesto de ventas al 25 de la voz torrencial de Adele. Más allá de todo esto, a mí me sigue conmoviendo el modo en que Bowie dice/canta eso de «He’s Camelian, Co-median, Corinthian and Caricature» en The Bewlay Brothers. Y ese inicio de Rock ‘n’ Roll Suicide enumerando los pasos con los que «Time takes a cigarette, puts in your mouth / You pull on your finger, then another finger, then your cigarette». Y el recitado de todo el Eight Line Poem. Y, por supuesto, la manera ominosa en la que, en Ashes to Ashes, advierte en cuanto a mejor prepararse porque «Sordid details following…».

★ EL FAMOSO

Al final, Ziggy Stardust acaba devorado por sus propios fans y, sí, David Bowie sabe de qué se trata y cómo tratar a la fama y le dedica al tema la muy áspera Fame12. Bowie siempre se muestra mucho y revela poco. Bowie que se corta y diseña y viste una fama a su medida y recibe (o envía a recibir) premios y rechaza títulos nobiliarios y asegura que «para lo único que sirve la fama es que te consigue rápido una buena mesa en restaurantes». Pero también, enarcando una ceja, es Bowie quien advierte: «Ustedes seguro que piensan que ser una rock star y estar casado con una supermodelo es una de las mejores cosas del mundo. Bueno, me temo que debo decirles que sí lo es». La muy influenciada influencia influenciante de Bowie —en 2002 fue coronado como «El artista más influyente de la historia»13— es fácil de detectar en el histrionismo en escena, en la capacidad para reinventarse, en los jugueteos sónicos, en las alteraciones del timbre de voz, en la capacidad para convertir algo under en hit, por citar a unos cuantos, de Peter Gabriel y de Madonna y de Lady Gaga y Arcade Fire y The Killers y Queen (con quienes grabaría el magnífico Under Pressure) y U2 y Marilyn Manson y Nirvana (que desenchufaría magníficamente su The Man Who Sold the World) y Joy Division/New Order y Pulp y Blur y LCD Soundsystem y Talking Heads y Suede y The Cure y Moby y Depeche Mode y Nine Inch Nails y The Dandy Warhols y Philip Glass y en ese pequeño o esa pequeña que ahora mismo está en el estómago de su madre pero que un día va a escuchar a Bowie.

★ EL ACTOR

Y, aún así, siempre hay motivos de queja para ese personaje perfectamente actuado que es David Bowie por David Bowie: «Se la pasan ofreciéndome papeles en películas malas. Y siempre son roles de gays furibundos o travestis o marcianos». De nuevo: lo cierto es que Bowie nunca fue un gran actor, a no ser que el personaje se pareciese un poco a alguno de los muchos David Bowie. Los momentos vergonzantes en su filmografía son demasiados y enumerarlos sería como pegarle a un niño; por lo que, mejor, concentrémonos en su único logro total a la altura del debut (el alien-humanoide en The man who fell to earth de Nicholas Roeg, en 1976) y en sus varios logros parciales que prueban que al Bowie actor conviene ingerirlo en dosis homeopáticas de secundarios y cameos (The hunger, Into the night, Twin Peaks: Fire walk with me, Basquiat, The prestige, The last temptation of christ), en los minutos de sus video-clips, y en sus grandes momentos como entrevistado en talk-shows o haciendo de sí mismo en Zoolander y humillando a Ricky Gervais en ese episodio de Extras, improvisando y dedicando y cantándole en la cara y a quemarropa eso de Little Fat Man.

Y, sí, Bowie fue tan original que rechazó la oferta de aparecer en un episodio de The Simpsons, seguramente porque eso ya lo hace cualquiera14. También, quizá por los mismos motivos, descartó ser un villano en una de James Bond. Sus canciones, en cambio, siempre quedan bien en todas partes y en cualquier película y ahí están sus versiones acústicas y brazileradas en The life aquatic de Wes Anderson y aquella inolvidable carrera por París de Alex en Mauvais sang de Leos Carax (y décadas después en la carrera por New York de Frances en Frances ha de Noah Baumbach) mientras suena Modern Love como si se tratase de la última canción que vas a ver y oír en tu vida.

★ EL SEX-SYMBOL

¿Homosexual? ¿Bisexual? ¿Heterosexual? David Bowie jugó a todas las poses y posiciones y, con los años, se declaró «heterosexual de armario». ¿En serio piensan que le importaba tanto a él más allá de su valor promocional-escandalizante?

★ EL ENAMORADO

Aunque —más allá de toda intención degenerada hard-core perversa y exótica— David Bowie es más conmovedor que nunca cuando le canta al amor sin demasiadas metáforas y con las palabras justas. Bowie como enamorado del amor. Escuchar y emocionarse con este Bowie en Sorrow («I tried to find her, ‘Cause I can’t resist her»), Blue Jean («One day, I’m gonna write a poem in a letter / One day I’m gonna put that faculty together… Oh, Blue Jean / Is heaven any sweeter than Blue Jean»), The Wedding Song («I’m gonna be so good, just like a good boy should / I’m gonna change my ways / Angel for life»), Without You («There’s no smoke without fire / You’re exactly who I want to be with / Without you / What could I do»), Modern Love («Gets me to the church on time»), Be My Wife («Please be mine / Share my life / Stay with me / Be my wife»), Tonight («I’m gonna love you till the end / I will love you till I reach the end / I will love you till I die / I will see you in the sky / Tonight»), Let’s Dance («If you say run, I’ll run with you / If you say hide, we’ll hide / Because my love for you / Would break my heart in two / If you should fall / Into my arms /And tremble like a flower«), Heroes («Cause we’re lovers, and that is a fact / Yes we’re lovers, and that is that») y, sobre todo y por encima de todo, en la gloriosa Absolute Beginners («If our love song / Could fly over mountains / Could laugh at the ocean / Just like the films»), donde se suspira que mientras tu sigas sonriendo no se necesita nada más, en cualquier parte, sin importar la ciudad dónde estemos.

★ EL CIUDADANO

Bowie nace londinense y muere neoyorquino. Y, por el camino y en Philadelphia, se vuelve blanco-negro con el plastic soul de Young Americans (1975)15. Y muta a junkie-satanista-nosferatu hollywoodense-paranoide en Los Ángeles16 donde llegó para dejar el rock y convertirse en director de cine y novelista y tuvo demasiadas novias17 y, se cuenta, almacenaba su semen y sus uñas para que las brujas del lugar no crearan una réplica suya que dominaría al mundo. También, de paso, azotado por una tempestad de cocaína18 bajo el sol, Bowie encargó allí exorcizar su piscina y grabó el siniestro y cromado Station to Station (1976), alimentándose exclusivamente con una dieta a base de pimientos y leche. Bowie en Berlín, donde entre 1977 y 1979 graba el álbum que incluye a la hipnótica/himnótica Heroes (y Low y Lodger) y se reúne con Iggy Pop y Lou Reed conformando una suerte de Tres Chiflados pre-punk19. Y luego allí mismo, según las autoridades que siempre se lo agradecieron, contribuyó a la caída del Muro tocando a su lado, en 1987, para que lo escuchasen en la parte Oriental donde estallaron disturbios con su música de fondo. Y, finalmente y a título personal, Bowie en Buenos Aires: donde tocó varias veces, siempre se lo reverenció a la altura de The Beatles y Pink Floyd y The Rolling Stones20 y —¿soy el único que se ha dado cuenta?— una banda llamada Soda Stereo reescribió con astucia y talento la música de Modern Love para que sonase a Persiana americana, para que sonase a algo ya visto, ya oído, ya leído.

★ EL LECTOR

De todos los Cuestionarios Proust publicados por la revista Vanity Fair mes a mes en su última página, el que se le hizo a David Bowie es el único (escritores e intelectuales incluidos) donde se responde a la pregunta «¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?» con un categórico «Leer». Más adelante, interrogado en cuánto a qué es lo que más le gusta en un hombre, Bowie no duda: «Que devuelva los libros que se le prestaron». Y el mito asegura —seguramente una exageración— que Bowie leía hasta ocho libros por día. Aunque una cosa sí es fácil de comprobar: Bowie leía mucho y «vorazmente; así me eduqué a solas»21, regalaba muchos libros22, y sus versos a menudo están trufados por guiños y alusiones de alguien que sabe de lo que habla y que —¡cut-up!— ha aprendido mucho y muy bien de las técnicas de William S. Burroughs23. La lectura durante su adolescencia del On the road de Jack Kerouac fue uno de los momentos más epifánicos de su vida. Adoraba a Stephen King y a Martin Amis y a Julian Barnes; sentía un gran respeto por «la resonancia» de Thomas Hardy, pero «aún me cuesta un poco». Despreciaba a esos autores a los que no les encontraba «ningún utilidad, porque lo suyo no es aplicable, no es nada que me pueda servir», y contaba que le resultaba imposible desprenderse de todo libro que hubiese pasado por sus manos y ojos24. Es conocido que parte importante del equipaje en sus tours era un par de baúles acondicionados para funcionar como bibliotecas portátiles. Hasta el final abogó por la lectura como método infalible para mejorar al mundo: «La gente es tan jodidamente tonta. Ya nadie lee, ya nadie investiga acerca de la sociedad y la cultura en la que ha crecido… ¿Cómo no amar al Oxford dictionary? La primera vez que lo leí pensé que, en realidad, no era otra cosa que un gran poema sobre todas las cosas del universo», dijo. Y agregó: «Estoy buscando financiación para la autobiografía no autorizada que estoy escribiendo. Si hay suerte, venderá tantos ejemplares que tendré la posibilidad de demandarme a mí mismo por una cantidad cósmica de dinero y así poder producir la versión fílmica en la que interpretaré a todos los personajes. David Bowie incluido».

★ EL ESTRATEGA

Si el rock and pop fuese una forma de estrategia militar, entonces David Bowie fue su Napoleón Bonaparte. Elogio imperial que no lo salva, claro, de la derrota catastrófica, de Waterloos y de exilios. Los triunfos fueron numerosos y estuvieron siempre ligados a la cuidadosa administración de su figura. Ataques sorpresa y retiradas triunfales. Sus fracasos también: recordar esa torpeza a la hora de intentar prolongar la racha de titán de estadios marca MTV de Let’s Dance con el deslucido Tonight (1984) y el completa-mente amorfo Never Let Me Down (1987) y su correspondiente y aparatosa y nada redituable Glass Spider Tour25. Y mejor no hablemos de su peluca en Labyrinth o del video-clip de Dancing in the Streets, junto a su alguna vez hipotético compañero de cama orgiástica Mick Jagger. Tampoco de ese casi berrinche/capricho de renunciar a sus glorias pasadas «por aburrimiento» con gira de despedida y convertirse en un miembro más de la banda Tin Machine (entre 1989 y 1991) que, digámoslo, se las arregló para anticipar el sonido grunge pero embutido en impecables trajes y no pelo largo y sucio y camisas de franela. Mucho mejor le fue a Bowie (al menos al principio de la maniobra) cuando convirtió sus canciones en acciones de Bolsa (¡BowieBonds!) y no tan bien cuando quiso subirse a lo de descargarlas (¡BowieNet!). Pero, sin dudas, su movimiento maestro, ya cerca del final, fue su retiro à la J. D. Salinger y, en 2013, tras diez años de silencio discográfico, su sorpresiva publicación del muy bueno The Next Day en sincro y en espíritu26 con la exitosísima mega-muestra en honor a su figura y genio y «artefactos» en el Victoria and Albert Albert Museum bajo el nombre de su nombre: David Bo-wie Is27. Respuesta ambigua aunque correcta a la difícil pregunta de «¿Qué o quién es David Bowie?».

★ EL CAMALEÓN

Camaleónico fue, seguro, el adjetivo más apropiado e indiscriminadamente invocado en la vida y la muerte de David Bowie. Así, Bowie dio vida a esa especie de dama/don renacentista circa The Man Who Sold The World y Hunky Dory (1970-1971) que, como con la Gioconda, su sexo no se precisa ni es preciso; mató al colorido y cósmico Ziggy Stardust28, se transformó en el pálido y decadente y ario-fascistoide-alien Thin White Duke29, y, muy pero muy cerca del final, devino en ese Lazarus teatral y más agonizante que resucitador de su último video. ¿Por qué? ¿Para qué? Ya se dijo: si a The Beatles le funcionó. Pero en Bowie hay un factor extra y compulsivo y adictivo al asunto. Bowie empieza no estando contento de quién es y nunca se conforma del todo con el que va siendo y recién —paradoja de paradojas— parece a gusto consigo mismo cuando ya no tiene que ser un nuevo David Bowie cada temporada. Sus discos publicados a finales y principio de milenio luego de desbandar a Tin Machine y sintiéndose con energías para volver a estar a solas y solista —Black Tie White Noise (1993), el muy radical Outside (1995) junto a su hermano de sangre sónica Brian Eno, Earthling (1997), ‘Hours…’ (1999), Heathen (2002) o Reality (2003) — lo encuentran entre muy satisfecho y con pocas ganas de seguir, dejando pasar la vida, picoteando aquí y allá de su pasado. Entonces, aquel que alguna vez se consideró «extraterrestre» y «súperhumano» y «amante de lo alien», se muestra cómodo siendo un simple terráqueo y cantándole lateral y subliminalmente a Ziggy y al Major Tom (en canciones y video-clips como Little Wonder y Hallo Spaceboy) como seres ya para siempre fuera de su propio ser. Seres a los que envía lejos y despide con la cara limpia luego de tantos años de cambiar y de poner caras30.

«Podría asegurar que Madonna no es una mujer muy feliz. Según mi propia experiencia, habiendo pasado como ella por tantos cambios de personalidad, no es otra cosa que una desesperada necesidad de ser siempre el centro de toda atención. Y ese no es un lugar placentero al que aspirar… Yo he reinventado mi imagen tantas veces que he conseguido negar el hecho de que, al principio de todo, yo no fui más que una gorda coreana», rió Bowie, quien —en paz consigo mismo— tituló en 2014 a la última de sus acaso demasiadas antologías de grandes éxitos31 con un Nothing Has Changed32.

★ EL ENFERMO

Hay que tener mucho cuidado con titular a un álbum Reality (2003) porque es como si pidieses que la realidad te alcanzara y te acorralase. A David Bowie la realidad lo llamó por su nombre el 18 de junio de 2004, durante su Reality Tour33, que sería el de mayor recaudación de ese año, sobre el escenario, en Oslo: dolor en el pecho que no fue por un nervio pinzado sino por un arteria coronaria bloqueada. A partir de entonces —entre rumores de sucesivos ataques cardíacos y de una salud que comenzaba a acusar la fatiga de materiales por una vida loca, pero de nuevo padre y feliz junto a la modelo somalí Imán34 luego de una agitada vida sentimental— Bowie casi desaparece. Bowie calcula o improvisa al milímetro sus ocasionales avistamientos35 a la vez que no parecen preocuparle los paparazzi que le sacan fotos en las que se lo muestra caminando por Manhattan con abrigo y gorra y un aire un tanto descuidado, aparentemente sin importarle en absoluto el que una encuesta de la BBC del 2013 lo consagrase como «el británico mejor vestido de la Historia». Y, de pronto, el día de su cumpleaños número sesenta y seis se anuncia un nuevo trabajo precedido por un single de título entre esperanzado y resignado donde Bowie pasea por su pasado y recuerda sin ira: Where Are We Now? Y el interrogante queda en el aire porque Bowie declina toda entrevista sobre su súbita resurrección. Por lo que a las revistas rock-nostálgicas para sesentones como Mojo y Uncut no les queda más que tirar de archivo y rescatar declaraciones más o menos recientes del tipo: «A medida que envejeces, las preguntas se reducen a dos o tres: ¿Cuánto falta? y ¿Qué voy a hacer con el tiempo que me queda?» Siete años antes, en el concierto-celebración por sus cincuenta años de vida y su entrada al Rock and Roll Hall of Fame, Bowie se había despedido de sus fans y colegas con un «No sé a dónde iré desde aquí, pero prometo que no será aburrido». Años después, reportaría desde el casi final de su trayecto live: «Disfruten al máximo de cada momento. No estamos evolucionando. No vamos a ninguna parte».

★ EL MUERTO

¿Eso de «esparzan mis cenizas en Bali siguiendo el rito budista» era un poco vulgar y común tratándose de David Bowie? Uno imaginaba otra cosa. Algo ni siquiera tan obvio como una urna arrojada al espacio profundo y todo eso. Algo muy original. Pero no. Por suerte —para mi/nuestra tranquilidad, de parte de aquel que alguna vez imprecisó que «soy casi un ateo; denme un par de meses, ya casi estoy ahí»— enseguida venía la cláusula muy bowiesca en el testamento avisando que «en caso de que no resulte práctico lo de Bali», se las podía esparcir en cualquier parte. Y me pareció verdaderamente conmovedor y british el legado de un millón de dólares (de los cien acumulados) a Marion Skene, quien alguna vez fue la seguramente muy pero muy exigida niñera de Duncan Jones, hijito de Dave y de Angie, ocupándose de todo y de todos allá por los principios de los glamourosos primeros años setenta en los que cuesta tanto imaginar a Ziggy Stardust cambiando pañales o llevando a su hijo al colegio, ¿no?.

★ EL INMORTAL

Días después de su muerte, un grupo de astrónomos belgas del Observatorio MIRA decidió dedicarle a David Bowie —quien ya contaba con una variedad de araña bautizada en su honor, la Heteropoda davidbowie— todo un asterismo en una constelación para así destacar su condición de «artista fuera de este mundo». Bonito gesto, no fue sencillo, pero lo consiguieron. Las siete estrellas elegidas36 conforman la figura de un rayo similar al que alguna vez cruzó el rostro de Bowie en la icónica portada de Aladdin Sane (1973). Dicen que se la puede contemplar en las noches claras del hemisferio sur, apuntando un buen telescopio hacia Marte. Hacia ese planeta donde —a partir de la muerte de Bowie— la respuesta a la pregunta en esa canción es que, sí, ahora allí hay vida.

1Amazon reportó quedarse sin unidades para despachar.
2I Can’t Give Everything Away, track de cierre de ★
3Asunto mencionado hasta el hartazgo como si se tratase de un signo divino pero en realidad producto de una muy terrenal pelea a golpes en el patio de su escuela, en 1962, cuando Bowie tenía catorce años (peleaba por una chica de nombre Carol Goldsmith; su rival, George Underwood, sería amigo suyo toda su vida y llegaría a tocar en alguna de sus primeras bandas así como encargarse del diseño de las portadas de Hunky Dory y de Ziggy Stardust and the spiders from Mars así como del material de prensa del film The man who fell to earth). Contrario a lo que se piensa y se dice siempre, sus ojos no tienen color diferente sino que la pupila agrandada de uno de ellos produce esa impresión. Este efecto y condición se conoce como aniscoria.
4Modus operandi inaugurado por The Beatles y Bob Dylan más por intuición que por otra cosa. El mandato implícito de que todo lo que funciona debe cambiar en lugar de mantenerse igual. «Si algo funciona es que está pasado de moda», postuló Bowie.
5Aquí lo tienen: https://www.youtube.com/watch?v=m5zxeLwUSdk
6Algunos afirman que todo no fue más que un ardid publicitario del joven para promocionar su inminente debut discográfico, pero…
7David Bowie llevaría aún más lejos todo el asunto casi inaugurando en el rock ‘n’ pop lo que hoy es rutina cuando se trata de disimular bloqueo creativo, finiquitar contrato o, simplemente, hacer algo por amor al arte: con Pin-Ups (1973) lanza todo un disco dedicado a otros. Versiones ziggyficadas de The Kinks, Pink Floyd, The Pretty Things y The Who entre otros.
8Ahora conocido como el director de cine Duncan Jones, responsable de la espacial y muy bien recibida Moon (2009).
9Hoy distanciada de su hijo y sin ningún contacto con Bowie desde hacia años. Angie Bowie –quien no deja de recordar que sorprendió a David y a Mick Jagger en la cama en cada entrevista que da y quien sigue insistiendo que ella fue la inspiradora para la canción Angie de The Rolling Stones, aunque Keith Richards lo haya negado una y otra vez— participaba de la edición del reality show Celebrity Big Brother cuando fue informada de la muerte de su ex marido. Angie Bowie lloró, dijo «Stardust has gone», y continuó concursando.
10Entonces Bowie instruye/ordena al guitarrista/productor Nile Rodgers con un «haz lo que mejor haces: hits».
11Para comprobarlo basta con escuchar ese virtual catálogo de voces que es Hunky Dory.
12Compuesta junto a John Lennon y single número 1 de ventas norteamericano en 1975.
13Por el New Musical Express.
14No se negó, en cambio, a poner su voz en un episodio del mucho más cercano a su estética Bob Esponja, personaje para el que, se dice, componía canciones para un musical en Broadway hasta poco antes de morir.
15David Bowie y Elton John fueron los primeros carapálidas invitados a actuar en el sólo-para-afroamericanos show de tv Soul Train.
16«Pasé allí los que, singularmente, fueron los días más oscuros de mi vida… Ese jodido lugar debería ser borrado de la faz de la Tierra», recordó con ira y miedo.
17Entre ellas la madre de Slash, guitarrista de Guns ‘N’ Roses, quien se recuerda, de niño, entrando a la habitación de mami y descubriendo ya saben a quién entre las sábanas.
18Droga de cabecera de un hiperactivo Bowie siempre con tantas ganas de no dormir. Los alucinógenos y el LSD, en cambio, siempre le parecieron «poco imaginativos en comparación con mi mente».
19Iggy es Curly, David es Larry y Lou, por supuesto, es el gruñón Moe.
20Argentina fue uno de los veintitrés países en los que alcanzó la primera posición en ventas.
21La lista de sus cien libros favoritos volvió a abrirse en internet entre tanta glosa funeraria; allí figuran títulos obvios y directamente ligados a sus canciones como 1984 de George Orwell, A clockwork orange de Anthony Burgess, pero también sorpresas como Flaubert y Faulkner y Bulgakov y Fitzgerald y Bellow y Nabokov y…
22Julio Villanueva Chang me comentó que David Byrne le dijo que alguna vez había recibido de sus manos una antología de discursos de Fidel Castro.
23El director de cine Cameron Crowe, entrevistando a Bowie en sus años de periodista almost famous, contó cómo el songwriter le demostró su método de composición ensamblando frases sueltas escritas en tiras de papel.
24«Muchos de ellos los tengo en depósitos en almacenes. Conservo cerca a los indispensables y a los que tengo por leer y algunas noches miro desesperado y me hago esta cosa terrible que es el contarlos y repartirlos en el tiempo sabiendo que nunca tendré tiempo suficiente para todos ellos. Ningún pensamiento me llena de mayor tristeza».
25«Mis años como Phil Collins», según Bowie.
26The Next Day funciona a la perfección como un greatest hits alternativo confeccionado con canciones nuevas, como si llegase desde otra dimensión donde Bowie también es un gran artista, que repasaba sus diferentes estilos.
27La muestra resulta entonces ser la más visitada entre todas las alguna vez montadas en ese museo londinense. Fui allí, en mayo del 2013, con mi hijo de entonces seis años quien, tres años después, sigue sin creer todo lo que vio y oyó allí.
28Así como a sus derivados Aladdin «Ziggy Goes to America» Sane y Halloween Jake en Diamond Dogs.
29Apéndice de su rol en The man who fell to earth, admirador público de Hitler («el primer rock star») y motivo de cierta vergüenza retroactiva para un Bowie que pidió disculpas por todo eso -incluyendo su saludo nazi en Victoria Station al regresar en tren a Londres y su deseo de que Inglaterra tuviese un führer que «pondría un poco de orden»- porque «por entonces yo estaba completamente loco y pasado de coca entre otras sustancias»
30Al respecto, el mejor comentario acerca de la propensión lírica/astral/solipsista en la lírica de David Bowie está en la canción parodia/homenaje Bowie’s in Space de Flight of The Conchords donde se le pregunta si el frío en espacio le pone duros los pezones y los usa como antenas y si tiene un bonito traje de astronauta con lentejuelas: http://www.metrolyrics.com/bowie-lyrics-flight-of-the-conchords.html y https://www.youtube.com/watch?v=f4zV4pJ8MwM.
31Hay casi medio centenar en su discografía oficial. David Bowie tuvo, también, un formidable talento para relanzar una y otra vez su catálogo con diferentes nombres y formatos.
32Tony Visconti ha comentado que existen por lo menos cinco nuevas canciones post y que el artista habría dejado perfectamente organizadas (incluyendo un plan con sus fechas de lanzamiento) sucesivas recopilaciones de rarities de su catálogo.
33También conocido como el Llolipop en el Ojo Tour: buscar en internet y apartar la vista de las fotos que registraron el bizarro accidente en un festival en Oslo.
34David Bowie siempre se sintió atraído por las mujeres de piel oscura.
35Graba una nueva versión de Changes para una de las películas de Shreck, actuaciones breves como invitado de David Gilmour y Arcade Fire
(banda de la que se siente descubridor) y TV On The Radio y Lou Reed y Alicia Keys y Scarlett Johansson, un comercial de tv junto a Snoop Dog,
curadoría de festivales, ahora lo ves, ahora no lo ves.
36Sigma Librae, Spica, SAO 241 641, Zeta Centauri, SAA 204 132, Beta Sigma Octan-tis y Trianguli Australis.


March 15, 2016

Héctor Mediavilla

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March 10, 2016

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March 10, 2016

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March 10, 2016

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March 10, 2016

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March 10, 2016

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November 18, 2015

Un niño veterano de guerra vuelve a casa

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MI TELÉFONO MÓVIL
ES UNA BILLETERA

En Occidente seguimos pagando hasta trescientos euros cada año por tener una cuenta en un banco. En los países de África subsahariana pueden hacer sus compras con un móvil sin usar internet y sin pagar comisiones. El sistema Mobile Money ha revolucionado las finanzas en las regiones más pobres del mundo.

¿Por qué necesitamos bancos si en África alcanza con teléfonos celulares?

Un texto de Jerónimo Giorgi y Angelo Attanasio
Ilustraciones de Lu Fallen

Barry Apudo Macharia compró una cerveza Tusker apretando la tecla M-Pesa en su teléfono móvil. Estábamos en un bar de Nairobi, la capital de Kenia, donde las sillas eran de plástico y el suelo de tierra, pero Barry Apudo pagó ciento ochenta chelines —equivalentes a un euro y medio— por la cerveza más popular de Kenia sin usar billetes ni conectarse a Internet. Sólo tecleó en su teléfono un número de seis cifras —el código M-Pesa del bar— y lo envió por SMS para pagar su cerveza. M-Pesa en Swahili, el idioma de Kenia, significa dinero móvil. Quienes tenemos una cuenta en un banco pagamos cada año hasta trecientos euros por gastos de mantenimiento y por tener una tarjeta de débito. También pagamos por hacer una transferencia bancaria y por usar un cajero automático que no es de nuestro banco. Barry Apudo no pagó ni un céntimo de comisión por comprar su cerveza.

Barry Apudo es un keniano alto de treinta y cinco años que usa gafas de aumento, viste una americana negra y tiene un tono de voz alegre, como el de un vendedor joven. «M-Pesa ha sido una revolución», dice, y sonríe. Apudo trabajaba como asesor técnico de empresas de telefonía móvil en la Asociación de Proveedores de Telecomunicaciones de Kenia. En los últimos quince años, en el mundo se han creado distintas empresas de pago online como PayPal, Mobile Wallet y, recientemente, Apple Pay, el nuevo medio de pago incorporado en el iPhone 6, con el que se puede hacer compras a través de una tarjeta de crédito asociada a la ID de Apple. Ninguno de estos servicios online supera en precio al sistema con el que Apudo pagó su cerveza. PayPal cobra entre tres y cuatro euros por recibir dinero en una cuenta o enviarlo fuera del espacio económico europeo. Western Union, la compañía internacional de transferencia de divisas, ha bajado un dos por ciento su tarifa para competir con la africana M-Pesa, y cobra dos euros por cada cien euros enviados. M-Pesa cobra 1,7 euros por cada envío de cien euros entre sus usuarios, tiene sucursales en dieciséis países y ya es la plataforma de Mobile Money más grande del mundo. Sólo en Kenia se realizan dos millones de transferencias de dinero cada día, y trescientos millones de personas tienen registrada una cuenta de Mobile Money en cinco continentes. Como si todos los habitantes de Estados Unidos juntos se pusiesen de acuerdo en pagar la compra o en enviar dinero a sus familiares con el sistema más simple y barato del planeta.

Papel, metal, dinero digital, bitcoin. El dinero es un sistema de símbolos y sólo hace falta que creamos en ellos para que tengan valor. Barry Apudo usa un iPhone 4s. Pero la revolución de la que él habla tiene menos que ver con la tecnología que con la confianza de la gente en ella. Mobile Money funciona con una simple línea telefónica de prepago: una tarjeta SIM y un teléfono móvil básico. El dinero viaja por ondas electromagnéticas a través del aire. Sólo hace falta depositar el efectivo en un puesto de venta y tus billetes se convierten en dinero digital. La diferencia con los otros sistemas de pago y envío de dinero, además de no necesitar Internet, tiene que ver con los intermediarios, los bancos. Al utilizar PayPal, por ejemplo, necesitas tener una cuenta de banco a tu nombre y pagas comisiones por cada movimiento individual. Si pagas con los bitcoin, en cambio, usas una moneda descentralizada, es decir, que no está respaldada por ningún gobierno ni depende de la confianza en ningún emisor central. El sistema africano es diferente al resto de los casos. Cada vez que un usuario de M-Pesa canjea su dinero por dinero digital, sus billetes son depositados en una de las cuentas bancarias de M-Pesa, que funcionan en media docena de bancos africanos. El dinero electrónico es así el reflejo del dinero en efectivo depositado en una sucursal bancaria. Pero los usuarios de Mobile Money no son clientes directos de los bancos. De hecho no hace falta que pasen ni cerca de un cajero automático. Ellos deben llevar su dinero a una oficina de M-Pesa: unas construcciones de bloques desvencijadas y pintadas de verde, que contrastan con el entorno árido y desolado. Mobile Money no ofrece cuentas de ahorro ni tarjetas de crédito. Su infraestructura es mucho más pequeña que la de un banco y eso hace que las comisiones que cobran por transferir dinero sean las más bajas del mercado. «La revolución que está en curso en países en desarrollo es la revolución del dinero móvil», dice el informe The oxford handbook of financial regulation firmado por un grupo de expertos internacionales y publicado en agosto de 2015. Ellos aseguran que los sistemas Mobile Money como M-Pesa reformulan el sistema financiero que conocemos. Se basan en pruebas concretas: durante la crisis financiera de 2008 los bancos permanecieron cerrados y por primera vez en la historia un sistema financiero alternativo como el Mobile Money superó no sólo en número de usuarios a la banca. También la superó en seguridad. Una ley prohíbe a la empresa de Mobile Money reinvertir el dinero de sus clientes depositado en bancos, y si bien los bancos donde está depositado sí pueden reinvertir ese capital, tienen grandes limitaciones de seguridad. La inseguridad del sistema bancario no se debe tanto a la quiebra de un banco, si no al riesgo individual de cada depósito, en base a cómo es invertido. Durante la crisis los bancos no quebraron gracias a los rescates públicos. Quienes sí se vieron afectados fueron los depósitos utilizados por el banco para inversión de riesgo. Por lo tanto si el dinero está depositado en un banco y es invertido de forma segura, ese dinero no corre mayor peligro. «En esencia, el sistema M-Pesa es la última forma del Narrow banking», dicen los especialistas del The oxford handbook of financial regulation. Narrow banking es la banca que invierte de forma segura en servicios como bonos públicos, que si bien dan menos ganancia que otros servicios como la especulación con productos como el petróleo, proporcionan más seguridad. Es decir que el Narrow banking separa la banca de inversión de la banca comercial. Aísla el riesgo y así garantiza la liquidez total a sus usuarios. Mobile Money achica al mínimo los gastos por comisiones sin renunciar a la seguridad.

Los bancos han tenido el monopolio para manejar nuestro dinero durante los últimos quinientos años y la crisis financiera de 2008 costó quince millones de puestos de trabajo en el mundo. El Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz alzó la voz en aquel momento. «La banca está más obsesionada en especular que en cumplir su papel social de intermediación», dijo. Bill Gates se puso irónico durante su discurso de 2014 en Sibos, el evento de servicios financieros más importante del mundo. «Necesitamos servicios bancarios —dijo Gates—. No bancos». Paul Volcker, ex presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, decía que había que limitar el tamaño de los bancos y sus actividades de riesgo, y se convirtió en el principal enemigo de Wall Street. Desde entonces el sistema Mobile Money mejoró la vida a millones de personas y para los gurús occidentales es revolucionario porque impuso al sistema bancario global una normativa que lo hace más seguro. «¡Las personas que no tenían un banco ahora tienen uno!», resumió Barry Apudo en su mesa de bar. Pero hay otra manera de verlo. El cuarenta por ciento de la población mundial no tiene una cuenta bancaria, y los banqueros vieron en la telefonía móvil un recurso eficaz y barato para captar nuevos socios y sondear nuevos mercados sin necesidad de invertir en nuevas sucursales. Sólo hacía falta invertir en teléfonos. En los cuarenta y siete países que componen el África subsahariana, en el año 2000 había menos líneas telefónicas que en Manhattan. Hoy más de la mitad de la población de esa parte de África tiene un teléfono en el bolsillo. Y sabe mandar su dinero por SMS.

***

Barry Apudo Macharia es un keniano con privilegios: tiene estudios universitarios, dos hijos en colegios privados y siempre tuvo una cuenta bancaria. Sus compatriotas más pobres que usan M-Pesa también hacen circular su dinero por las cuentas bancarias de la compañía de comunicación, pero sin los beneficios básicos que un banco les puede aportar. No tienen caja de ahorro, ni tarjeta de débito. Ni siquiera están registrados con sus nombres y apellidos. Son un número de teléfono. Hace apenas ocho años, cuando M-Pesa salió al mercado, sólo dos de cada diez kenianos tenían una cuenta bancaria, y hasta hace quince años el noventa por ciento no tenía teléfono. A los bancos no les interesan los clientes que no son redituables. Por esa razón en un país como Kenia había sólo seiscientos cajeros automáticos para treinta y seis millones de habitantes. Ningún banco se ocupó de invertir en infraestructura. Pero hoy siete de cada diez adultos de Kenia mueve su dinero desde un teléfono móvil y sin necesidad de pisar un banco, pero dejando el dinero en uno de ellos.

La clave es el teléfono. En las calles de Nairobi se escucha infinidad de tonos que emiten los celulares de la gente, pero los que más suenan son las melodías de grupos gospel evangelistas. Un teléfono móvil en Kenia o Tanzania puede costar dos euros, lo mismo que una taza de café en Alemania. La marca finlandesa Nokia es la más barata y difundida en un continente donde el sesenta y tres por ciento de la gente vive aislada en el campo. Sólo en 2013, las enfermedades y el hambre han causado en África más de cuatro millones de muertes de niños, el equivalente a la población de Costa Rica o Nueva Zelanda. Pero según el Banco Mundial no todo son malas noticias gracias a la telefonía móvil: en apenas tres años la población bancarizada del mundo creció más del sesenta por ciento gracias a los trecientos millones de usuarios de Mobile Money que operan en los cinco continentes. La región de América Latina y el Caribe tuvo el mayor crecimiento en la adopción de dinero móvil en 2014, aunque para mayo de 2015 apenas se llegaba a unas quince millones de cuentas registradas. Países como Paraguay, Honduras y El Salvador aparecen entre los quince principales mercados de dinero móvil. Bolivia y Guatemala son un mercado naciente. A mayor índice de pobreza más éxito tiene el sistema de Mobile Money. El primer servicio de Mobile Money del mundo se lanzó en Filipinas en el año 2000 y hoy es uno de los mercados más avanzados de dinero móvil. En Filipinas sólo un cuarto de la población tenía una cuenta bancaria. El negocio del Mobile Money funcionó porque la mayoría de los filipinos eran lo suficientemente pobres. Igual que en África, algunos de los países más pobres de América Latina tienen los servicios de Mobile Money mas desarrollados. En Kenia, la mayoría de los clientes de M-Pesa no saben leer ni escribir pero saben escuchar y hablar por teléfono. Son campesinos que han emigrado a las ciudades y que pagan precios altísimos o viajan durante días para llevar dinero a sus familias. Dos mil quinientos millones de adultos en el mundo cobran menos de dos dólares con cincuenta al día. La ecuación es simple: cada persona pobre del mundo mueve poco dinero. Pero los pobres son tantos que en conjunto pueden ser buenos clientes para un banco. Sólo necesitan un teléfono móvil. El gerente no tiene la obligación de recibirlos en la oficina.

***

En una calle de Agogo, un pueblo de Ghana, a cuatro mil kilómetros del bar donde Barry Apudo toma cerveza Tusker, la gente se reúne por las tardes frente a una agencia de Mobile Money que lleva el nombre Holly Jesus. El mensaje religioso del cartel inspira confianza a los clientes. Desde Holly Jesus los vecinos de Agogo hacen sus trasferencias de dinero cada día. Así como hemos confiado en los Estados y en los bancos como garantes del valor de monedas y billetes, los africanos de Kenia o Ghana confían en la teleoperadora de su pueblo como garante del dinero digital. En Kenia la empresa más grande de Mobile Money se llama M-Pesa; en Ghana, MTN; y en Honduras se llama Tigo Money. Más allá de sus nombres, todos confiamos en los inventos que nos facilitan la vida y hasta nos adueñamos de ellos. En África subsahariana el exitoso sistema de pago Mobile Money es un símbolo de orgullo regional. Los kenianos se adjudican la autoría del invento. Aunque en realidad tiene su origen en un experimento con telefonía móvil ideado por un británico.

Nick Hughes era un empleado de Vodafone cuando se le ocurrió en 2003 usar telé-fonos móviles para ofrecer microcréditos en Kenia. Vodafone es accionista del servicio de telefonía pública keniano Safaricom y a Hughes le pareció que el país africano podía ser un buen campo de pruebas para su invento. Los microcréditos son préstamos que se le da a gente que no tiene bienes ni ingresos suficientes como para que un banco les preste dinero. Nunca se había aplicado este sistema con móviles en esta parte del mundo y tras ganar una subvención, Hughes lanzó a finales de 2005 una prueba piloto de su proyecto con ocho agentes y quinientos clientes que debían devolver los prestamos con sus teléfonos móviles. En seguida se produjo un gran numero de transferencias. Pero mientras Hughes observaba meticulosamente los movimientos en la pantalla de su ordenador, se encontró con que los clientes africanos usaban el servicio para lo que les daba la gana. Además de pagar los microcréditos hacían envíos de dinero entre clientes, utilizaban el sistema como forma de pago, mantenían el dinero en el sistema durante la noche, por seguridad, y hacían transferencias a personas ajenas al proyecto piloto. Hughes no había pensado en esas necesidades. Pero inesperadamente los conejillos de indias kenianos se apropiaron del nuevo sistema. Con sus móviles en la mano los ciudadanos de Kenia readaptaron el ensayo del inglés Nick Hughes a sus economías domésticas. Al principio, el lobby bancario se resistió a otorgarles permisos para operar. En Kenia no existía entonces ninguna regulación, pero el banco central buscaba difundir la «banca sin sucursales» para incentivar la inclusión financiera y terminó autorizando el lanzamiento de M-Pesa sin una licencia bancaria. El proyecto de Nick Hughes no funcionó como él había previsto. Pero se sentaron las bases de un nuevo sistema. Hoy nadie recuerda en esta parte del mundo que el origen del dinero móvil es extranjero y que llegó a África, en realidad, por un malentendido.

Chaska Wambachy, un albañil de treinta y seis años que acababa de hacer una tras-ferencia en la agencia Holly Jesus, salió de ella a las once de la mañana con cara de satisfacción, como si en lugar de pagar, hubiese cobrado. «Recién hablé con mi hermano y me confirmó que había recibido el dinero», nos dijo. Chaska Wambachy vestía vaqueros gastados y la camiseta del equipo turco de fútbol Fenerbahçe SKça. Iba acompañado por su hija de cuatro años y llevaba un pequeño bolso negro donde guardaba su teléfono móvil Nokia de pantalla monocromática. A su hermano le había enviado sesenta y cinco Cedi —la moneda de Ghana—, que son unos quince euros, a través de la oficina Holly Jesus, donde un empleado hizo la transacción. Luego llamó a su hermano por teléfono para reconfirmar el recibo. Chaska Wambachy necesitaba escuchar la voz de su hermano para convencerse de que los billetes viejos y arrugados de su bolsillo llegaron a destino. Demoró apenas quince minutos en enviar el dinero y le quedaba el resto de la tarde libre. Antes de usar el sistema Mobile Money demoraba dos o tres días y para hacer una trasferencia en la oficina de correos. Seguramente demorará menos cuando se atreva a hacerlo él sólo con su teléfono, sin necesidad de acudir a la agencia Holly Jesus. Desde que a mediados del siglo XIX se emitió el primer telegrama en Europa, aceptamos que el valor de nuestros billetes cobraran una forma electrónica. El teléfono móvil aceleró aún más nuestras costumbres. En el continente donde el hombre inventó la comunicación a distancia a través de tambores, la aparición del teléfono móvil trasformó de manera abrupta la noción que la gente tenía del dinero y del paso del tiempo. La velocidad de una transacción es crucial para ahorrar. O para ganar más dinero. Según la consultora estadounidense mPay Connect, la mitad de los usuarios de M-Pesa cree que con cada transferencia ahorran tres horas o tres dólares, una cantidad no menor en un país con una renta anual per cápita de 1.400 dólares. Al igual que los kenianos, la mayoría de los ghaneses como Chaska Wambachy nunca han pisado un banco, pero a diferencia de sus vecinos tienen menos experiencia con el Mobile Money. En Ghana apenas la mitad de los niños termina la escuela primaria, la cobertura eléctrica alcanza para una tercera parte de la población y sólo seis de cada diez personas bebe agua potable. Sin embargo, el setenta y cinco por ciento tiene un teléfono móvil.

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Agnes Kereya ha cumplido treinta años y tiene cuatro hijos, algunas cabras y un móvil Nokia antiguo. «Antes tenía que usar lámpara de queroseno —nos dijo Kereya un día de febrero de 2015— Ahora tengo luz eléctrica y puedo cargar mi móvil». Ella sólo habla —no escribe— swahili y vive con su familia en las afueras de Thika, a cuarenta y cinco kilómetros al Norte de Nairobi. Lo que Kereya en realidad tiene es un panel solar de cuatro vatios sobre el techo de latón de su casa. El panel alimenta una batería con la que enciende dos bombillas de luz tenue y carga la batería de su teléfono. Mobile Money, un proyecto expansivo, no puede funcionar en una región rural extensa sin tendido de luz eléctrica, y por ello la compañía telefónica creó otra empresa: M-Kopa Solar, que en swahili significa «préstamo móvil Solar»; M-Pesa vende los paneles solares a sus usuarios. Así, el esposo de Agnes Kereya, que vive en Nairobi, le manda dinero digital cada semana. Y Agnes, con el mismo teléfono donde recibe el dinero de su esposo, transfiere cada día cuarenta chelines —treinta y cinco céntimos de euro— a la empresa M-Kopa para pagar el equipo que le provee de energía eléctrica. Es el mismo sistema que ya emplean más de doscientas mil familias en Kenia. «El servicio Mobile Money se ha estancado —dice el matemático Ignacio Mas, del MIT—. M-Pesa debe conseguir una licencia no bancaria para poder ofrecer servicios más sofisticados como cuentas de ahorro o prestamos». Para M-Pesa, el servicio M-Kopa Solar fue el primer paso para lograr un «mercado formal y la consolidación del dinero electrónico». El segundo paso ya tiene nombre y está funcionando: M-Shwari, que en swahili significa Calma móvil. Es un servicio para clientes que otorga el Banco Comercial de África y sus socios: la compañía telefónica del Estado de Kenia, Safaricom, de la cual Vodafone es dueño del 40% de las acciones. M-Shwari es una cuenta bancaria que ofrece ahorros y préstamos. El lucrativo experimento de ofrecer préstamos de microfinanzas en Kenia que proyectó hace una década un empleado británico de Vodafone, Nick Hughes, de alguna manera se estaría haciendo realidad.

La palabra crédito tiene su origen en el término credere, que en latín significa “creer”. Los créditos que ofrece M-Shwari son de hasta quinientos dólares y se deben reintegrar en treinta días. Un crédito es un voto de confianza entre el prestamista y quien recibe el dinero con el compromiso de devolverlo. Cuando hacemos un depósito bancario, además de ahorrar y ‘mantener seguro’ nuestro dinero, lo que hacemos es financiar al banco a cambio de intereses. El sistema bancario italiano fue el modelo crediticio en el Siglo XII y XIV para el norte de Europa, donde más tarde surgieron las cuentas, los cheques y las transferencias. Con los créditos, los bancos que mantenían los depósitos como reservas empezaron a prestar el dinero a cambio de intereses. Rápidamente las reservas empezaron a bajar, el riesgo a subir y la confianza empezó a adquirir cada vez más importancia. El sistema bancario italiano sentó las bases del sistema financiero actual, cuya última debacle en 2008 hizo ver como una alternativa los sistemas financieros como M-Pesa. También en Italia se fundó la primera Universidad del mundo Occidental, la de Bolonia. En África no cayeron los índices de analfabetismo ni de pobreza gracias a los avances del sistema Mobil Money, pero la gente cree en él. Hoy uno de cada cinco adultos kenianos —unos cuatro millones y medio de personas—, son clientes activos del sistema de préstamos africano M-Shwari.

La señora Agnes Kereya, a sus treinta años y con cuatro hijos, ya no se ocupará de aprender a leer y a escribir, pero sólo por ser cliente fiel de M-Pesa podría comprar más cabras o más tierra con un préstamo bancario. También compraría algo que nunca tuvo en su vida: una deuda. Sólo hace falta que pulse los viejos botones endurecidos de su Nokia negro en la penumbra de su casa con techo de lata.

DOS SEÑORES
EDUCADOS

Un ministro y un gobernador han peleado por rescatar el respeto social por los maestros del Perú. Hoy casi nadie reconoce en la calle al ministro de Educación Jaime Saavedra ni al ex gobernador de Moquegua Martín Vizcarra, dos funcionarios que trabajaron para vencer el estigma latinoamericano de que todo servidor público es tan inútil como ladrón.

¿Quién cruza la calle diez años después para saludar a un ex ministro?

Un texto de Jorge Turpo Rivas
Retratos de Alonso Molina

La tarde antes de despedirse de su visita de inspección, el ministro de Educación le dijo al gobernador: «No estás haciendo nada extraordinario. Sólo estás haciendo lo que se debe hacer». Jaime Saavedra, ministro de Educación de Perú, había viajado a Moquegua, a unos mil cien kilómetros al sur de Lima, para entender cómo miles de niños de segundo año de primaria habían logrado los primeros puestos en un examen nacional de lectura y matemáticas. Era febrero de 2013, y el ingeniero Martín Vizcarra, entonces gobernador de esta región del Perú conocida por su producción de cobre y pisco, había conseguido en tres años en el poder que siete de cada diez niños entendiera lo que leía, y que cinco de cada diez alumnos resolviera bien problemas básicos de matemática. En promedio, en el resto del Perú, sólo cuatro de cada diez estudiantes de primaria entendían qué leían, y apenas tres de cada diez resolvían problemas de aritmética. Dos días antes, cuando el gobernador Vizcarra saludaba por primera vez al ministro, le había comentado con su voz grave de locutor radial: «No se vaya a decepcionar: no estamos haciendo nada extraordinario». A diferencia de otras autoridades, recuerda Vizcarra, el ministro de Educación no miraba su reloj, no dejaba de escuchar con calma a quien se le acercara y hasta se quedó dos días en Moquegua sin preocuparse por la hora en la que partiría su avión. En sus viajes, los ministros son profesionales de paso abreviado y urgente, que quieren enterarse todo en dos horas sin entender una experiencia. Durante esos dos días, Saavedra se portó como un hombre atento que quería aprender. Fue la primera vez que un ministro de Educación recorría esa región, más allá del deber, seducido por sus súbitos progresos en el aprendizaje de los niños.

Durante esos dos días en Moquegua, el ministro de Educación se mostró motivador y realista: «Quiero felicitarlos, pero esto todavía no es un éxito: es sólo una señal de esperanza». Crítico: «¿Por qué no nos hemos asegurado de que todas nuestras escuelas tengan el estándar mínimo para el aprendizaje?». Enfocado: «Tenemos que revalorizar el trabajo de los profesores». Hoy la profesión de maestro en el Perú se ha desvalorizado tanto que más de trescientos mil maestros de las escuelas públicas ganan un tercio del sueldo que sus colegas recibían casi cincuenta años atrás. Un maestro del Perú gana en promedio seiscientos dólares al mes; en Chile, el doble; en Brasil, el triple. Una aeromoza gana mil dólares y un albañil setecientos dólares. Saavedra dice que para el 2021 se debería llegar a duplicar los sueldos de los maestros.

Jaime Saavedra dejó una de las vicepresidencias del Banco Mundial para ser ministro. Martín Vizcarra dejó su empresa constructora para ser gobernador. Vizcarra es ingeniero civil; Saavedra economista. Las madres de ambos fueron profesoras de primaria. Ellas, coinciden los dos, les enseñaron a tener ambición de excelencia. La esposa de Vizcarra es directora de un colegio público de nivel inicial y la esposa de Saavedra enseña en la Universidad de la Escuela Superior de Administración y Negocios, ESAN. Vizcarra es más alto que Saavedra por una cabeza. Ambos usan anteojos de medida. Sin ser maestros de profesión, Vizcarra y Saavedra habían respirado en casa desde niños el drama de ser maestro en el Perú. Entre 2011 y 2014, el eslogan del gobierno de Vizcarra fue: En Moquegua, la educación es primero. El ministro Saavedra ha hecho pintar en lo más alto del edificio de doce pisos del Ministerio de Educación: Rumbo a la nota más alta. En lugar de entender el progreso de la educación invirtiendo sólo en construcción y tecnología, Vizcarra y Saavedra apostaron por recuperar el amor propio de profesores y directores de colegios.

En un video de homenaje por el Día del Maestro en el Perú, el ministro Saavedra busca medio siglo después a su maestra favorita de la escuela primaria donde él estudió. Días después de publicado el video en la cuenta de Facebook del Ministerio de Educación, su profesora Ana Chávez Villanueva, maestra jubilada de castellano, escribe allí en mayúsculas: «Cuando eras niño, ya se vislumbraba lo que eres ahora». Visto más de diez mil veces, debajo del video se mezclan unos trescientos comentarios entre el escepticismo, el agradecimiento, y el desencanto. «Los burócratas del ministerio y el gobierno piensan que el maestro peruano vive de las gracias», escribe Roger Panti Cahuana; «Los maestros de las zonas rurales no verán ese mensaje porque no tienen ni electricidad. Un saludo no soluciona su situación», se queja Mariela Condorena. «¿Y qué del saber que se logra con la experiencia y no con un título? ¿Por qué contradicen lo que muchos expertos en educación aseveran?», se interroga Jacqueline Mendoza. «Gracias, ministro, por reconocer nuestro papel. Yo también tuve una buena maestra, quien en primaria nunca me comparó, me escuchó, me hizo sentir único», dice Percy Salinas. «Buen ejemplo para la vida, gracias ministro por su trabajo inspirador», saluda Cecilia Obando. «Gracias ministro, la verdadera educación no sólo es hacer que la gente haga lo correcto, sino que disfrute haciéndolo», añade Yekeli Gámez. «Bonito mensaje, pero lástima que no lo demuestren con hechos. El aguinaldo que vamos a recibir en Fiestas Patrias es una ofensa», reclama Lourdes Monzoy. Como era de esperarse, siempre que un ministro saluda públicamente a los maestros, es más una oportunidad para exigir soluciones que para dar las gracias. No es usual que un ministro salude a los maestros narrando una historia personal, y que, en lugar de contarla desde el sillón de su oficina, fuera a filmar la escena al colegio donde estudió. Ese mismo día, desde el Ministerio de Educación, el ministro ordenó enviar mensajes de texto personalizados a los teléfonos móviles de ciento cincuenta mil maestros: «Soledad. Gracias por tu compromiso para lograr una educación de calidad. Feliz Día». Era un modo cortés de acercarse a miles, de medir el pulso de lo que estaba sucediendo en las escuelas.

Dijo Freud que había tres profesiones imposibles: gobernar, educar y analizar. Entender qué hace el ministro de Educación de un país sería, en ese sentido una experiencia intransferible. La labor de profesor, ensayó George Steiner, abarca todos los matices imaginables, desde una vida rutinaria y desencantada hasta un elevado sentido de la vocación, desde el papel del pedagogo destructor de almas hasta el papel de maestro carismático, ser el policía bueno o ser el policía malo. Si preguntáramos qué es ser un buen maestro, tendríamos tantas respuestas como alumnos. ¿Qué hace conmovedor y memorable a un profesor? ¿A qué maestros recordamos años después de dejar de estudiar? Ken Bai, un investigador del Center for Teaching Excellence de la Universidad de Nueva York, cree que no es tanto lo que hacen los profesores —planear clases y tomar notas para lecciones magistrales—, sino lo que comprenden —la asignatura y el valor del aprendizaje. Es decir: saben cómo atraer y desafiar a los estudiantes y provocar en ellos respuestas apasionadas. Un buen maestro, dice Bain, se pregunta si sus estudiantes cambian su forma de pensar asistiendo a clase.

Vizcarra también había entendido que la Educación es un asunto muy personal. Cuando llegó al último año de su gobierno de Moquegua, había prometido no postular a la reelección y cumplió su palabra, pero aún tenía una deuda por resolver: una de sus escuelas siempre ocupaba el último lugar en las pruebas nacionales del año. Era el Colegio Modelo San Antonio, el mayor de Moquegua, con mil quinientos alumnos. Hasta el 2011 solo tres de cada diez estudiantes de este colegio podía resolver bien problemas elementales de matemática y entender los textos que leían. Desde que Vizcarra fue gobernador, destinó el treinta por ciento de su presupuesto total a la educación cuando el resto de gobernadores no invertía más del diez por ciento. Con esa cifra, que en dinero se traduce en unos diez millones de dólares al año, Vizcarra construyó aulas nuevas, contrató a maestros capacitados para supervisar las clases de los profesores, instaló computadoras y cañones multimedia para los trescientos colegios de Moquegua. El porcentaje que invirtió en Educación nació de una pregunta que se hacía como gobernador: ¿Cuánto es lo máximo que se puede dar a Educación sin descuidar la salud, la agricultura y las carreteras? Sacaron cuentas y resultó ese treinta por ciento. «Fue una decisión política, pero con base técnica», recuerda Vizcarra.

Sabiendo que, incluso con todo ese dinero, no sería suficiente, el gobernador se empeñó en ir convenciendo a persona por persona. Convenció a alcaldes como Abraham Cárdenas, del pueblo San Antonio, en la periferia de Moquegua, a comprometerse a mejorar sus colegios. La maestra Rosario Siles, subdirectora de primaria del colegio San Antonio, recordó que, durante una reunión con el gobernador, contagiada por su entusiasmo, una de las profesoras le prometió: «Este año llegaremos al primer lugar y usted será nuestro padrino». Vizcarra les tomó la palabra. El resto de maestras de ese colegio le reclamaron a su compañera por lanzar al gobernador un reto tan difícil sin consultarles. «Como ya lo había lanzado —dice Siles—, no podíamos echarnos para atrás». Trabajaron por las tardes dando más horas de clases a los niños, involucraron a los padres de familia a acompañarlos con las tareas, y el alcalde de San Antonio les compró los cuadernos de trabajo, pagó la papelería de los exámenes de ensayo previos a la gran prueba nacional, y contrató a un psicólogo para padres y niños. Cuando se supo el resultado, que ocho de cada diez niños de este colegio tuvieron éxito en las pruebas, Vizcarra festejó el progreso del colegio como si hubiera ganado una elección política y fue a abrazar a las maestras. El San Antonio acababa de ganar el primer lugar nacional en matemática, y el segundo lugar nacional en lectura. «Nos vamos a quedar con el primer puesto otra vez —dice la subdirectora de primaria—. Es cuestión de amor propio. Nadie nos paga más por esto». Se ha propuesto el reto de que el noventa por ciento de sus alumnos supere la próxima prueba nacional en lectura y matemáticas. Siles recuerda que Vizcarra les dijo que, cuando sobraban ganas, no era necesaria mucha ciencia ni traer a un genio para arreglar los problemas. Siles dice que no hay mayor alegría en la vida que ver a un niño aprendiendo a leer y escribir. «Son como el popcorn: uno empieza a reventar y luego otro, y otro, y así todos aprenden. Es una alegría inmensa». Vizcarra y sus maestros organizaron el contagio.

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Una mañana de octubre de 2015, el ministro de Educación no iba a llegar a tiempo a una reunión y le pidió a su chofer que buscara el camino más corto al edificio del ministerio donde lo esperaban siete ex campeones de atletismo, karate, natación y vóley que lo iban a asesorar en cómo volver a formar deportistas escolares de alto rendimiento. Veinticinco años atrás, en 1990, durante el gobierno de Alberto Fujimori, el Ministerio de Educación del Perú había reducido a dos horas por semana el curso de Educación Física en los colegios. En 2014, el ministro decidió que se aumentara a cinco horas semanales y contrató a cuatro mil quinientos profesores de educación física. Esa mañana el ministro Jaime Saavedra tenía quince minutos para llegar a la reunión con los ex campeones. «Ponle turbo», le dijo a su chofer. Una motocicleta de la Policía de Tránsito iba por delante de ellos ayudando a abrirle paso al Toyota Lexus negro, el auto oficial del ministro. Se había retrasado la ceremonia donde había inaugurado un encuentro latinoamericano de Pedagogía Hospitalaria y Saavedra se impacientó porque estaba llegando tarde a esa cita. Tenían que recorrer unos doce kilómetros en diez minutos. De pronto, un taxi se cruzó delante del auto oficial sin atender la bocina en tono de sirena que el chofer del ministro tocaba para que le cediera el paso. El taxista, que sabía que un alto funcionario del gobierno viajaba en ese automóvil con escolta y vidrios polarizados, sacó su mano izquierda por la ventana y movió todos sus dedos en círculo haciéndole un gesto que en el Perú significa robar. El ministro, que en ese instante hablaba por teléfono en el asiento posterior, no se dio cuenta de la provocación del taxista.

Días después, en su oficina del Ministerio de Educación, me diría que para él había tres obstáculos que impedían cambiar la administración pública y el país: 1. Hemos perdido el convencimiento de que se pueden cambiar las cosas. 2. No tenemos ambición de excelencia: se hace lo que se puede. 3. Creemos que todos los funcionarios públicos son corruptos y ladrones. Este último prejuicio, cree él, es el más grave para su trabajo. Como se sospecha de que todos los empleados del gobierno se dedican a robar, se ha aumentado una variedad de candados al gasto público y a un funcionario se le advierte de que será denunciado si no cumple con las reglas. Saavedra explica la lógica consecuente: «Mientras menos haga, mejor, porque todo el Perú asume que yo soy ladrón y puedo terminar denunciado». Un ejemplo sencillo de la consecuencia de cuánto cuesta ejecutar una compra en el Ministerio de Educación se traduce, por ejemplo, en que los niños de las escuelas públicas no reciban sus cuadernos y libros en marzo, cuando se inicia el año escolar, sino hasta mayo o junio. «El funcionario público es ladrón hasta que demuestre lo contrario. Así no podemos avanzar», advierte el ministro.

El gesto del taxista que cerró el paso al automóvil oficial del ministro es sólo una evidencia de que pensar lo peor de los funcionarios es un hábito diario y constante. Para actuar en el Ministerio de Educación, se necesita abogados, administradores, ingenieros, economistas, arquitectos, psicólogos, especialistas en software. Contratar profesionales de alto nivel resulta más que complicado cuando la creencia general es que allí trabajan ladrones. El ministro Saavedra convenció a más de cincuenta especialistas para que trabajasen con él. Hubo quienes lo criticaban diciendo que el Ministerio de Educación ha contratado a demasiados economistas. Él respondía que, por el contrario, aún le faltaban más expertos. Hasta hace unos años la mayoría de las jefaturas y direcciones del ministerio eran ocupadas por pedagogos y había, por ejemplo, numerosos colegios que se quedaban sin agua porque no se pagaban a tiempo los recibos del servicio. «¿Es eso un problema de pedagogía, de psicología o ciencias sociales? —se pregunta el ministro—. No, es un problema de gestión presupuestal, y lo debe ver un contador o un economista». Mónica Medina, jefa del gabinete de asesores del ministro, trabajaba en el Banco Central de Reserva cuando, Saavedra, su ex compañero en la carrera de Economía de la Universidad Católica del Perú, la llamó a su equipo. «Acepté —dice ella— porque conozco su afán por la excelencia». La economista Medina recuerda al estudiante universitario Jaime Saavedra como el primero de la clase, preguntando lo que al resto del aula no se le ocurría.

Esa costumbre de preguntar y preguntar la conserva hoy como ministro de Educación. Algunos de sus funcionarios se ven en aprietos cada vez que le explican un proyecto y él les pregunta por un solo detalle. Una mañana, cuando su equipo de asesores le expuso el proyecto para aumentar las horas de estudio en cincuenta colegios de secundaria, el ministro les preguntó qué había que hacer para que no fuesen cincuenta sino mil colegios beneficiados. Sus directores del Ministerio de Educación tuvieron que volver a ensayar todo el plan. El ministro Saavedra usa camisas celestes desde cuando trabajaba en el Banco Mundial, en Washington. Frente al edificio del Banco Mundial está el del Fondo Monetario Internacional, FMI, y sus empleados siempre lucían camisa blanca y traje azul. Saavedra dice que ése es el traje de los banqueros. Desde entonces, para diferenciarse, eligió el color celeste. «Tengo varias camisas del mismo color, varios trajes también del mismo color y zapatos del mismo color para no perder el tiempo pensando en escogerlos». Apenas se licenció de economista en la Universidad Católica del Perú, Saavedra trabajó en el Banco Central de Reserva del Perú, pero renunció antes de cumplir un año. No le gustó el trabajo de oficina y ahora en su hoja de vida no menciona su paso por ese banco. Prefiere recordar que fue director ejecutivo e investigador principal del Grupo de Análisis para el Desarrollo Económico, Grade. De esa época publicó una investigación titulada: La situación laboral de los maestros respecto de otros profesionales, implicancias para el diseño de políticas salariales y de incentivos . En ese trabajo cita a José Carlos Mariátegui, el gran pensador marxista de América Latina, nacido en Moquegua, igual que el gobernador Martín Vizcarra. Ya en 1925 Mariátegui sentenciaba: «El Estado condena a sus maestros a una perenne estrechez pecuniaria. Les niega casi completamente todo medio de elevación económica o cultural y les cierra toda perspectiva de acceso a una categoría superior». Noventa años después sus palabras siguen latiendo.

Noventa años después, el ministro Saavedra ha querido acabar esta injusticia. Ha sido el primero en evaluar a más de ciento cincuenta mil maestros que querían ascender. Por la nueva ley magisterial, sus aumentos de sueldos ya no se hacen de manera masiva y por tiempo de servicio, sino a través de una escala de méritos que va del uno al cinco. Desde su oficina, a través de cámaras de seguridad, el ministro verificó que las todas las cajas fuertes con los exámenes se abrieran al mismo tiempo. Por primera vez, por méritos propios, cincuenta y cinco mil maestros ascendieron de nivel, y hoy ganan un treinta por ciento más que su sueldo anterior. Por primera vez unos quince mil directores de colegios del Perú, también elegidos por una prueba nacional, tendrán la responsabilidad de elegir a los maestros con quienes quieren trabajar. «Por décadas esa ha sido la gran tragedia —dijo Saavedra—. Al director se le daba la responsabilidad de manejar una escuela, pero no tenía un mecanismo de decisión». Por primera vez, unos doscientos mil maestros rindieron una prueba para ganar veinte mil vacantes. Ganarás a tus alumnos con el sudor de tu frente. Enseñar es un arte dramático.

Jaime Saavedra juramentó en el Palacio de Gobierno el último día de octubre de 2013 y en la madrugada del día siguiente, uno de sus dos viceministros le informó que estaba dañado el software para un examen que seleccionaría a quince mil directores de colegios. A las siete de la mañana del viernes 1 de noviembre de 2013, festivo por el Día de Todos los Santos, el nuevo ministro se dirigió a la sala de reuniones del piso doce del Ministerio de Educación sin siquiera conocer su despacho. Más de quince personas, a las que tampoco aún conocía, le explicaron el problema. El examen tenía que darse al día siguiente pero no había forma de arreglar el software ni enviar materiales desde Lima al resto del país. La primera decisión del nuevo ministro fue suspender esta prueba. Llamó al presidente Ollanta Humala y se lo informó. Llamó al presidente de la Comisión de Educación del Congreso. Su primera aparición en televisión nacional como ministro fue para ofrecer disculpas a miles de maestros.

Tres semanas después, la portada de El Comercio titulaba: «La educación en el Perú retrocede al último lugar». Eran los resultados de la prueba PISA, Programme for International Student Assessment, en la que a sesenta y cinco países del mundo se les mide el razonamiento matemático, la comprensión de lectura y el conocimiento de ciencias de sus escolares de quince años. Perú quedó en último lugar de los sesenta y cinco países que habían solicitado someterse a esta prueba. «Para la prensa nacional —dice Saavedra—, éramos los últimos del mundo». Por esos días el ministro de Educación también se cruzó con un hombre a quien le habían pedido dibujar su percepción sobre la gente en el ministerio y había dibujado a una morsa mirando un reloj que marca las cinco de la tarde. El hombre acababa de entrar a trabajar allí. «Así no es la gente que trabaja en el ministerio, pero esa es la percepción», explicó el ministro.

Desde el primer día en el Ministerio de Educación, una de sus graves limitaciones fue la falta de dinero. En 2011 el presupuesto equivalía a 2.8 % del Producto Bruto Interno del Perú. En 2016, el gasto educativo llegará al 3.9 % del PBI, un récord en la historia del país. Es una inversión pobre si la comparamos con Colombia, México y Chile que invierten cerca del 5% en Educación. Argentina, Brasil y Uruguay están por encima de 6%. Cuando se encontraba con sus amigos del colegio, le decían que no debía haber aceptado ser ministro, que ese ministerio no tenía plata, que estaba muy politizado, que la educación pública es muy mala y que no había mucho por hacer. Jaime Saavedra tomó la decisión de aceptar el trabajo en memoria de sus padres. Renunció a su sueldo de vicepresidente del Banco Mundial que es tres veces superior al de un ministro en el Perú. Renunció a la estabilidad de su posición en el Banco Mundial por la incertidumbre de un ministerio donde podrían cesarlo en cualquier momento. Su madre María Esther Chanduví había sido exigente con él. «Me tomaba la lección y me decía: ‘Sí lo sabes, pero no está maduro’», recuerda, con esa lógica de que las cosas siempre se pueden hacer mejor. Su padre fue un médico pediatra asimilado al Ejército. «Era generoso y muy preocupado por las necesidades de la gente», dice el ministro. «En su consultorio privado muchas veces no les cobraba a quienes no tenían para pagarle». El ejemplo le ayudaría a decidir apostar por los maestros.

Esa mañana de octubre de 2015, el ministro de Educación llegaría a su cita con los deportistas media hora más tarde. Mientras su automóvil negro avanzaba a no más de veinte kilómetros por hora, Saavedra hablaba con una de sus asesoras sobre qué hacer para que los directores de colegios pudiesen usar parte de su presupuesto anual de mantenimiento en mejorar sus jardines. «Aunque parezca una tontería, es mucho más agradable que los chicos vuelvan cada día a una escuela con jardines que a un terral». La burocracia interna exigía también cambiar una norma para que se pudiese sembrar pasto en las escuelas. Esa mañana, el ministro anotó la idea en su agenda. Subió muy apurado hasta el piso doce del ministerio de Educación, abrazó por su cumpleaños a Mónica Medina, la jefa de sus asesores, y, cuando llegó a la sala de reuniones, el ministro ofreció disculpas a sus deportistas invitados y les empezó a preguntar detalles sobre deporte de alta competencia, inversiones, normas que había que modificar y cómo ellos podían ayudarlo. Horas después partiría a la región La Libertad. El fenómeno de El Niño amenazaba destruir colegios. El ministro de Educación quería organizarse contra el arrebato de la naturaleza.

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Una tarde de junio de 2015, el ingeniero Martín Vizcarra acompañó a su esposa hasta una escuela pública de niños de tres a cinco años que ella dirige en Moquegua. Maribel Díaz, maestra de Educación Inicial y directora de la escuela Sagrado Corazón de Jesús, necesitaba su opinión de ingeniero civil y socio de una compañía constructora, para decidir en qué gastar un presupuesto anual equivalente a seis mil dólares que el Ministerio de Educación destina para mejorar las aulas del colegio. Al año siguiente la directora de la escuela tendría una vacante para un profesor más y sabía que le faltaría un aula para él. Su esposo, el ex gobernador de Moquegua, llevaba los cordones de sus zapatos sin atar, pero estaba convencido de que ese colegio no necesitaba un aula más. En el Perú siete de cada diez colegios necesita urgentes trabajos de reparación, pero el ingeniero quería ayudar a su esposa a decidir cómo utilizar mejor su presupuesto. «Ese dinero sólo te alcanzará para pagar mis honorarios por la asesoría», le dijo a ella sonriendo. «Serás mi asesor ad honorem», respondió ella.

Vizcarra le sugirió que, en lugar de un maestro más, solicite contratar un vigilante o a personal de limpieza que le hacían falta, y que esos seis mil dólares los gastara en construir baños para los niños que estudiaban en las aulas del segundo piso de su escuela. Los directores de colegios públicos hacen las veces de gerentes, contadores y psicólogos cuando deben orientar a los padres de familia sobre el rendimiento académico de sus hijos. A pesar de esa carga, escuelas como la de Maribel Díaz han ganado prestigio porque los niños que allí estudian ingresan a las mejores escuelas públicas y privadas. Por eso cada año más padres forman largas colas para matricularlos pero no todos logran una vacante. La capacidad es para doscientos niños y, por la alta demanda, Maribel Díaz quería construir un aula más. Su asesor ad honoren se opuso. «No necesitas más alumnos: necesitas mejores ambientes para los que ya tienes», le dijo Vizcarra.

La maestra Díaz, su esposa, que había estudiado un año de Medicina en Tucumán antes de graduarse de maestra de Educación Inicial en el Pedagógico Mercedes Cabello, recuerda que al conocerle le había gustado su mirada segura y su voz grave como de Leonardo Favio. «Me gustaba que me leyera cualquier texto –dijo–. Alguna parte de una revista o hasta las noticias de los diarios». Tienen cuatro hijos juntos, tres mujeres y un hombre. El ex gobernador siempre habla de ellos, incluso cuando sus detractores querían ponerlo contra las cuerdas acusándole de no saber nada de Educación porque era un ingeniero. Cuando era gobernador, Vizcarra se lo tomaba con humor y respondía que su hija mayor estaba en la universidad, la otra en secundaria, una más en primaria y el último en inicial. «Tengo hijos en todos los niveles —decía—. Algo debo saber de educación ¿no creen?». El humor es la distancia más corta entre dos personas. Vizcarra sabía tender puentes con sus opositores.

Tras llegar con su esposa a su escuela, Vizcarra invitó a subir al segundo piso a un funcionario de la Dirección de Educación de Moquegua, y se detuvo en una de las escaleras para atarse los pasadores de sus zapatos. La directora de la escuela insistió en su idea de edificar una nueva aula, pero el funcionario le dio un argumento definitivo: por normas de construcción, todo local escolar, según la ley, debe tener como mínimo cuatro metros cuadrados de patio o área de recreo por niño. La escuela que dirige la esposa de Vizcarra tenía poco más de doscientos niños. «¿Cuántos metros tienes aquí? Apenas seiscientos. ¿Ya ves? –le dijo Vizcarra–. Estás saturada de alumnos. Ahí está tu argumento técnico». Era prioridad construir los baños que no tenían los niños del segundo piso.

Vizcarra estaba convencido de que si Moquegua no avanzaba en Educación no podía ser más competitiva. En un principio, el ingeniero pensaba que debía empezar gastando el dinero en comprar una computadora portátil para cada maestro, pero luego sintió que se equivocaba priorizando en tecnología. Había colegios que no tenían servicios de agua, desagüe y electricidad. Vizcarra recuerda que la pobreza es hereditaria y que la mejor manera de despojarse de ese legado es con más educación. El gobernador veía una relación directa entre más horas de clases y mejores resultados académicos de los alumnos. Los países que tienen más horas de clases están por encima del resto. En Japón el año escolar tiene 243 días, 220 en Corea del Sur, 216 en Israel, 200 en Holanda, 200 en Tailandia, 180 en Estados Unidos. Los países latinoamericanos no superan los 160 días. En Perú son 140. «Nos hemos acostumbrado —dice Vizcarra— a suspender las clases por cualquier cosa». El domingo en que el equipo de fútbol moqueguano San Simón ascendió al fútbol profesional le pidieron, como gobernador, que declarara feriado el lunes. Vizcarra se negó. Sin feriados injustificados, los estudiantes de Moquegua ganarían más horas de estudio.

El siguiente acto de Vizcarra fue contratar a más supervisores para cuidar el nivel de conocimiento, amor propio y contagio de sus maestros. Para él, el programa de supervisión de profesores tenía una lógica parecida a la de las obras de construcción, donde hay un ingeniero residente, responsable de que el trabajo avance, y un ingeniero supervisor que guía, fiscaliza y verifica los retos de la obra. En el aula es lo mismo: un docente acompañante examina y orienta al maestro principal. Pero en Moquegua, como en el resto del país, el Ministerio de Educación no tiene dinero para contratar a maestros que acompañen a otros en todas las aulas. Necesitaban ciento veinte maestros y el ministerio solo contrató a algo más de cincuenta. Vizcarra pagó a los otros sesenta y seis que faltaban. Galo Vargas Cuadros, presidente de la Cámara de Comercio de Moquegua, dice de él: «Vizcarra, con más educación, ha mejorado la autoestima de los moqueguanos». El gobernador hizo que todos los alumnos de la región tuvieran una carpeta cómoda y bien pintada. Se propuso que cada verano, entre enero y marzo, se reparara todo el mobiliario dañado. No contrató carpinteros, sino a estudiantes de universidades e institutos superiores. Jóvenes chambeando en vacaciones, se llamó el programa. Se les enseñó el oficio y se les pagó un equivalente a trescientos dólares al mes. El segundo año hubo mil vacantes y postularon cinco mil jóvenes. Tuvieron que juntarlos a todos en el coliseo de la ciudad para sortear las vacantes. Vizcarra invitó al sindicato de profesores a ser parte de los cambios: les pidió nombrar representantes para los comités de compra de materiales y contratación de profesores, para decidir en qué colegios se debían hacer nuevas aulas o repararlas. Conversó con todos para apuntar a un mismo objetivo: mejorar el aprendizaje en las escuelas.

En sus once años de alumno, Martín Vizcarra ocupó el primer lugar en la Gran Unidad Escolar Simón Bolívar. Era presidente de aula y sus compañeros recuerdan su fino humor que lo alejaba de la figura de nerd. Pasaba varias horas jugando ajedrez hasta llegar a ser campeón regional juvenil. Ahora prefiere practicar Frontón, un juego con raquetas y una pared que exige más resistencia física que agilidad mental. Ingresó a la Universidad Nacional de Ingenierías, UNI, en Lima, en el puesto diecisiete entre miles de postulantes. Tras acabar su carrera, en tiempos del primer gobierno de Alan García, el joven ingeniero consiguió trabajo en Arequipa, una región vecina a Moquegua, gracias a su padre, un reconocido militante del APRA. Vizcarra tenía que supervisar la culminación del puente Collota a cerca de cuatro mil metros de altura. El puente debía haberse acabado en cuatro meses pero ya llevaba dos años. Vizcarra se dio cuenta de que en lugar de un especialista, necesitaban una persona honrada. Cuando llegó a Collota después de diez horas de viaje desde Arequipa, el ingeniero residente de la obra lo esperó con una gran fiesta con orquesta, comida, cerveza, bailarinas y todos los trabajadores disfrutando. Con esas fiestas el residente de obra conseguía que los supervisores le ampliaran el plazo y el presupuesto una y otra vez. Vizcarra puso orden y la obra se terminó en seis meses, sin ninguna prórroga más. Al interior de la dirigencia aprista se corrió la voz sobre lo que había hecho. Le propusieron que se quedara como jefe de la Microrregión La Unión, una provincia arequipeña. «Me gustó, era soltero y el pueblo era bonito». Vizcarra empezó a vivir a gusto en Cotahuasi, capital de La Unión. Gestionaba obras para el lugar y enseñaba matemáticas y construcción civil en el instituto del pueblo. Allí no había energía eléctrica y sólo entre las seis y nueve encendían un grupo electrógeno para alumbrarse. Una vez se quedó hasta tarde en la oficina con el dibujante de planos, la secretaria y un asistente. Afuera se estacionaron dos camionetas de donde bajaron cuatro hombres y se cubrieron sus rostros con pasamontañas. Tenían armas largas. Entraron y preguntaron quién era el jefe. Vizcarra se apuró a contestar: «Está en Arequipa». Le preguntaron por un ingeniero. «Tampoco hay ingenieros», respondió. Le preguntaron quién era él. «Soy el topógrafo», mintió. Les ordenaron que se tiraran al piso y descargaron sus armas destrozando la oficina. «Los vidrios cayeron sobre nosotros —recuerda—. No nos movimos del piso unos veinte minutos». Encendieron velas y vieron que todas las paredes tenían pintadas de Sendero Luminoso. Cotahuasi queda cerca de Ayacucho, la región donde Abimael Guzmán había iniciado su lucha armada. Vizcarra recién tenía dos meses en el cargo. Al día siguiente cogió sus cosas y nunca más volvió a Cotahuasi. Su lugar lo ocupó un vecino notable del pueblo apellidado Cateriano. «Era un señor –dice– que me hacía recordar mucho a mi padre». A los tres meses, cuando estaba en Moquegua, se enteró que lo habían asesinado.

***

El ministro de Educación colecciona mapas antiguos. En su oficina del ministerio tiene los dos más valiosos de su colección. Los compró en Nueva York. Uno es de 1771 y en la leyenda se lee: South America–Bolivia and Perú with a part of Brazil. El otro, de 1844, es francés: Carte du Perou, dice en su descripción. De niño le gustaba ojear el Atlas Geográfico. «Me pasaba horas mirando mapas, reconociendo las fronteras y las capitales de los países –recuerda Saavedra–. Era como una obsesión». Hoy en sus dos teléfonos móviles tiene la aplicación Google Maps. Cada vez que viaja a una ciudad lo usa todo el tiempo para no perder la orientación. A sus asesores siempre les pide que le alisten los mapas de todos los lugares que visita. Así ocurrió cuando visitó Trujillo, una ciudad a algo más de quinientos kilómetros al norte de Lima, para inspeccionar los colegios que podían ser dañados por el fenómeno de El Niño. A media mañana, en el hall del hotel donde se hospedaba, antes de iniciar el recorrido, sus asesores extendieron dos grandes mapas de papel sobre una mesa para explicarle la ubicación de cada escuela. Vestido con su clásica camisa celeste y una Coca Cola Zero en la mano, el ministro Saavedra partió al colegio Rafael Larco en el centro poblado Chiclín, a cuarenta minutos del centro de Trujillo. El fenómeno de El Niño produce sequía en la sierra y abundante lluvia en la costa, por eso el temor de los maestros de los colegios de Trujillo es que los ríos se desborden e inunden sus aulas. Saavedra llegó hasta Chiclín sin previo aviso. «Es mejor así —dijo—. Observas los colegios en su situación real. Cuando les avisas, preparan ceremonias, fiestas y maquillan todo». En el aula de segundo grado de primaria de la profesora Genoveva Monzón, el ministro preguntó a los niños qué habían aprendido esa mañana.

—A sumar —le respondieron.
—¿Cuánto es ocho más ocho?
—Dieciséis —gritaron.
—¿Y treinta y cinco más treinta y cinco?
Hubo silencio en el aula.
Segundos después una niña respondió.
—Setenta.
—Muy bien ¿y saben qué es el fenómeno de El Niño? —preguntó.
—Sí, llueve mucho y se sale el río —le contestó un niño.
—¿Y qué debemos hacer?
—Poner sacos rellenos de arena en las puertas para que no entre el agua —dijo otro.
—Muy bien, ¿y qué van a ser cuando sean grandes?
—Policía, para atrapar a los rateros.
—Chef.
—Doctor.
—Profesora.

En los otros cinco colegios que el ministro Saavedra visitó hasta las seis de la tarde en los pueblos de Paiján, La Esperanza y El Porvenir, los problemas se repetían: estaban ubicados en zonas de alto riesgo, con aulas viejas y techos en peligro de colapsar. Como única posibilidad de prevención, debían subir las carpetas, equipos, libros, registros y muebles al segundo piso por si se inundara el local. Para que los alumnos no se expusieran al peligro que podía ocasionar El Niño, adelantaron el cierre del año escolar. Los viajes son para Saavedra un modo de trazar su cartografía de problemas por resolver.

Cuando era gerente de Reducción de Pobreza y Género en el Banco Mundial, Jaime Saavedra viajaba unas quince veces al año por todo el mundo. «Tenías que trabajar con tu pasaporte en el bolsillo». En cualquier momento, partía. Cada salida duraba entre cinco y quince días. Ahora, como ministro de Educación, viaja al interior del Perú. En sus dos años como ministro, sólo ha viajado tres veces al extranjero. «No tengo idea dónde está mi pasaporte», dice sin nostalgias. Saavedra pasó diez años en el Banco Mundial en Washington, entre 2003 y 2013. Primero como gerente y su último año y medio de vicepresidente. Su trabajo original consistía en dar asistencia técnica a toda clase de países. Por ejemplo, ayudó en México a que se hiciera el programa Oportunidad, muy similar al programa Juntos en Perú, que otorga un bono de dinero en efectivo a las familias pobres. Saavedra lideraba un equipo de sesenta personas en toda América Latina. Supervisaba los préstamos que hacía el Banco Mundial para aliviar la pobreza. Una vez que le dieron la vicepresidencia de Reducción de la Pobreza, su vida cambió. Jim Yong Kim, el nuevo presidente del Banco Mundial, le encargó ser parte del equipo que buscaría definir la misión del banco para el futuro. El Banco Mundial ya no debía hacer simplemente lo que los gobiernos le pedían, es decir, financiar proyectos que muchas veces no tenían impacto en la reducción de la pobreza y la desigualdad. En medio de discusiones interminables, Jaime Saavedra ayudó a definir las dos nuevas misiones del Banco Mundial: 1. La eliminación del hambre: llegar al 3% a nivel mundial para el 2030; hoy llegan al 12.7%. 2. La prosperidad compartida: para medir el progreso de un país, el Banco Mundial ya no mirará solo el crecimiento de los ingresos o el Producto Bruto Interno: basará su análisis en el crecimiento de los ingresos del cuarenta por ciento de los habitantes más pobres de un país. Ese es hoy su indicador.

En octubre de 2013, Jaime Saavedra aceptó ser ministro de Educación. Saltó de la burocracia de una institución mundial a la burocracia estatal de su país. «Hay burocracia en todos lados. La diferencia –dice el ministro– es que en el Banco Mundial no se parte de la premisa de que el funcionario es un ladrón. Aquí sí». De esa gran experiencia que duró diez años de su vida, trasladó al Ministerio de Educación un estilo de trabajo por metas y objetivos. Saavedra vino convencido de que la educación es la única manera de cambiar el destino de un país. «Decirlo suena a lugar común, pero es verdad. Sin educación pública gratuita de buena calidad y sin maestros revalorados socialmente, no hay progreso», insiste. Durante el gobierno de Humala, el Perú ha duplicado el gasto por alumno de seiscientos a mil doscientos dólares. Aún es muy pobre comparado con los dos mil ochocientos dólares de Chile o los más de ocho mil dólares que invierten los países del Primer Mundo. «Estamos años luz de lo que deberíamos tener», admite. Al final de su visita a los colegios de Trujillo, el ministro de Educación se retiró muy frustrado. «Sé que esos niños no podrán tener mejores aulas este ni el próximo año», dijo. Sabe que tener todas las aulas del país cómodas y equipadas exigiría invertir unos veinte mil millones de dólares, una cifra cercana a un diez por ciento del Producto Bruto Interno del Perú. Una cantidad con la que se podrían hacer veinte carreteras Interoceánicas, remodelar cuarenta estadios como el Maracaná de Río de Janeiro, o pagar una misión del Apollo para ir a la luna.

***

Durante su gobierno de Moquegua, el ingeniero Vizcarra fue un gran negociador. Mientras en regiones como Cajamarca se cancelaba el proyecto Conga y en Arequipa se abortaba el proyecto Tía María, por oposición de sus autoridades y habitantes, en Moquegua el gobernador Vizcarra concedió que Anglo American explotara el cobre de sus tierras a cambio de mil millones de soles, unos trescientos veinte millones de dólares para obras. La negociación duró un año de enfrentamientos y conciliaciones. Vizcarra quiso hacer lo mismo con Southern Perú, y el presidente ejecutivo de la minera dijo que no tenía nada que conversar porque la empresa pagaba sus impuestos y cumplía todas sus obligaciones. Entonces el gobernador convocó a una protesta. «Yo no busco resultados en base a la confrontación, sino en base al diálogo —dijo—. Pero hay momentos en que debemos ponernos fuertes». Lo que buscaba era que Southern, luego de operar cincuenta años en Moquegua y haber causado irreparables daños ambientales con sus relaves, como mínimo, contribuyera a la educación de esta región. Días antes de la protesta, Southern reaccionó ofreciendo financiar un proyecto educativo invirtiendo unos dos millones y medio de dólares. Vizcarra no aceptó. Les dijo a los funcionarios de la minera que estaba elaborando su propio proyecto educativo y que costaría una cifra equivalente a unos treinta y seis millones de dólares. «Ni hablar, es mucho, quizás podamos apoyar una parte», recuerda que le respondió el presidente ejecutivo de la mina de cobre. Como no llegaron a un acuerdo, el gobernador llamó a la gente a las calles. «Fue una marcha para motivar un poco a Southern», dijo irónico. El 1 de setiembre de 2011, cerca de diez mil personas protestaron en las calles de Moquegua. Edmer Trujillo, ex gerente general de la gestión de Vizcarra, marchó en primera fila. «Fue la primera vez en mi vida que participé de una protesta —dijo—. Y era justa». Southern sintió el golpe. La marcha ocupó titulares hasta en el extranjero. Aceptaron financiar todo el proyecto. Con ese dinero de la compañía minera, todas las escuelas públicas de Moquegua tendrían Internet, estarían interconectadas entre sí, las aulas tendrían pizarras táctiles, y los maestros, por fin, una laptop y serían capacitados en el uso de la tecnología.

La plataforma informática la haría IBM y el software la Universidad Católica de Santa María de Arequipa. Cuando Vizcarra se enteró de que esta universidad cobraría unos siete millones de dólares por hacer el software, viajó a Arequipa a hablar con el rector. «Nunca has hecho un contrato tan millonario y lo conseguiste gracias a Moquegua. ¿Cuántas becas me puedes dar para que mis maestros hagan una maestría aquí?», recuerda Vizcarra que le preguntó. El rector le ofreció cien becas completas. Vizcarra le pidió mil. Llegaron a un punto intermedio: seiscientas becas. «Eso no es parte del acuerdo con la Southern —dice—. Es un plus que conseguimos». Se convocó a un concurso entre los tres mil profesores de Moquegua y eligieron a los seiscientos becarios.

A Vizcarra lo acusan con frecuencia de ser un aprista encubierto. Es un estigma que carga por César Vizcarra Vargas, su padre, un militante del APRA, ex alcalde de Moquegua y miembro de la Asamblea Constituyente que presidió Haya de la Torre. De niño llegaban a su casa Haya de la Torre, Ramiro Prialé, Luis Alberto Sánchez y un jovencísimo Alan García. En 2006, el ingeniero Vizcarra postuló por el APRA en las elecciones regionales, no como militante sino como invitado. Nunca se inscribió en el partido. Perdió por cuatrocientos votos. En 2010, cuando postuló como independiente, Vizcarra ganó de largo. Su padre, el alcalde de Moquegua, había ideado el Proyecto Pasto Grande, una represa de doscientos millones de metros cúbicos de agua, con un túnel de derivación y canales para irrigar quince mil hectáreas de cultivo. El hijo fue el ingeniero jefe del proyecto. «Yo quise tanto este proyecto —había declarado el alcalde— que tuve que hacer un hijo para que lo construya». César Vizcarra Vargas no pudo ser testigo de la carrera política de su hijo. Hoy tres colegios en Moquegua llevan su nombre. Cuando acabó su trabajo en Pasto Grande, el ingeniero creó con su hermano mayor la empresa constructora C&M Vizcarra. Su hermano puso treinta mil dólares, y él veinte mil que le había prestado su padre. Con ese dinero compraron las dos primeras máquinas para la empresa. «Una mezcladora y una vibradora para el concreto –recuerda–. Unas máquinas de segunda mano que compré en Arequipa». Ahora los bienes de la empresa, según él, valen cerca de tres millones de dólares. Él diseña los proyectos y presupuesta las obras. Su hermano es el que cobra.

***

En 2014, el ministro de Educación le concedió al gobernador de Moquegua las Palmas Magisteriales en el grado de Amauta. Es la máxima condecoración que cada año reconoce una gran contribución de servicio a la educación del Perú. Es un honor a una trayectoria, y el ingeniero Vizcarra fue el más joven de los condecorados. Cuando terminó la ceremonia, se fue a la clínica donde estaba internada su madre, entró a la habitación, la abrazó y le colocó la medalla. «Ella fue maestra toda la vida —dijo Vizcarra—. Ese reconocimiento fue inmerecido para mí». Su madre quiso ver la ceremonia por televisión, pero el canal del Estado no la transmitió. La hija mayor de Vizcarra, futura ingeniera civil, grabó la ceremonia en su teléfono celular y después se la mostraría a su abuela. Allí escuchó decir al ministro Saavedra en su discurso: «Gracias a los maestros por ese esfuerzo que nadie filma, que nadie le toma fotos, que nadie ve, pero que puede marcar la vida de un alumno». Dos meses después de aquella ceremonia, Doris Cornejo, maestra de primaria por más de treinta años, moriría en Moquegua. Hoy a Jaime Saavedra le queda medio año de ministro y aún no sabe qué hará después. Martín Vizcarra ha vuelto a su constructora, pero lo siguen invitando a dar conferencias en todo el país para que comparta lo hecho en Moquegua. En América Latina, los políticos carecen de mística y ambición para hacer historia, y los ciudadanos nos empeñamos en recordar a los corruptos. Quién sabe si a estos dos señores bien educados, en unos diez años, alguien cruzará la calle para estrecharles la mano.


October 27, 2015

Sub Cooperativa

Un texto de


October 27, 2015

Es peligroso querer sembrar zapallos para comer

Un texto de

UN PERRO SIN PELO EN LA TIERRA
DE LOS HOMBRES BARBUDOS

Un hombre y un perro lampiños se mudan a Maine, una región de inviernos nevados donde sus habitantes se dejan la barba para protegerse del frío, y su gobernador es enemigo de los inmigrantes. En la calle, el perro peruano sin pelo les produce una mezcla de miedo, asco y curiosidad científica. Indiferente a ellos, el perro calla con elegancia.

¿Es un migrante de cuatro patas más feliz que uno de dos?

Un texto de Marco Avilés
Ilustraciones de Héctor Huamán

Cuando Piji y yo paseamos por las calles de Maine nos sorprenden diversas versiones de la misma pregunta: «Perdona, ¿es eso un perro?». La raza más popular de esta región ubicada en la esquina noreste de Estados Unidos, donde vivimos desde mediados de 2014, es el labrador, un tipo de perro peludo que disfruta con felicidad los climas extremos: hermosos veranos donde todo es verde y crueles inviernos donde todo se cubre de nieve. Piji es un Perro Peruano sin Pelo. El nombre de su raza es una descripción cruda de su naturaleza exterior. Quienes se atreven a tocarlo sostienen que su piel tiene la textura de los elefantes. Y es caliente. Muy caliente. Pero este rasgo que compensa su falta de pelaje no es suficiente en los duros inviernos del norte. Cuando Maine se cubre de nieve, las patas de Piji se congelan, las orejas se le caen a pedacitos y el sólo ejercicio de mear se vuelve una aventura para la cual es imprescindible vestirlo con gorro, botas y chaqueta. Su naturaleza tropical lo vuelve un ser frágil y raro a la vista. Vestido, algunos lo encuentran similar a E.T. Desnudo, los niños creen que es el duende de Harry Potter. Un amigo leñador lo llama El Chupacabras.

Durante sus primeras semanas en los Estados Unidos, Piji no fue un perro que asombraba sólo por carecer de pelo. Le habían salido granos en el lomo, estaba flaco y se le notaban las costillas. Parecía refugiado de un pasado de hambre y violencia. Los lugareños, acostumbrados a los labradores gordos y peludos, se detenían a observarlo como a una rareza rescatada de un circo. ¿De dónde venía? ¿Qué le había pasado? ¿De verdad era un perro? Piji callaba manteniendo la intriga.

La burocracia peruana no es amable con quienes andamos en dos patas. Es peor cuando tienes cuatro. A fines de junio de 2014, Piji y yo, muchachos solteros, nos preparábamos para viajar a la tierra de Pluto y Rin Tin Tin. Llamé a la aerolínea para confirmar que no hubiera problemas. Un empleado me dio la mala noticia con amabilidad. Debido al calor del verano norteamericano, la empresa no permitía que las mascotas viajaran en vuelos regulares. Los animales corrían peligro de sofocarse.

El tipo me sugirió consultar compañías de carga. Quizá alguna nave tuviera cámaras temperadas para trasladar a Piji a salvo del calor. Marqué con miedo el teléfono de una agencia de aduanas. Piji dormía enrollado en su cojín azul ajeno a su destino.

Un funcionario optimista respondió el teléfono. Su agencia era experta en trasladar animales, me dijo. Él mismo había gestionado el viaje de una perrita de competencia la semana anterior.

—¿De qué raza es su perro? —Sin pelo. —Uy, no —dijo después de un breve silencio—. Eso es más jodido.

Las leyes del Perú protegen a los perros sin pelo, Patrimonio nacional, como si se tratara de huacos vivientes. Un indicador de dudosa seguridad en un país donde gran parte de los huacos están abandonados o en manos de traficantes. Muchos perros sin pelo vagan sueltos en las playas del norte. Y al mismo tiempo, criadores particulares aprovechan el prestigio reciente de la raza y cultivan camadas que venden a miles de dólares. El nombre del documento que debía conseguir confundía. «Constancia de Exportación de Ejemplares de Raza Perro Sin Pelo del Perú». Exportar, dice el diccionario, consiste en vender algo en otro país. Piji y yo sólo queríamos viajar. No quería deshacerme de mi mejor amigo.

***

Poco después de que Barack Obama y su familia se mudaron a la Casa Blanca, la Asociación del Perro Peruano sin Pelo les ofreció un ejemplar como mascota. El cachorro se llamaba Machu Picchu y —según decían— era el perro ideal para las hijas del presidente de Estados Unidos. Su falta de pelo evita las alergias y las pulgas, son fáciles de asear, y no huelen a perro. Si la Casa Blanca lo aceptaba, el ofrecimiento incluía un manual de cuidados para Machu Picchu. Los migrantes humanos no llevamos manual de instrucciones, pero los países nos reciben con uno. Hace unas semanas mi suegro me obsequió la Constitución Política de Estados Unidos. Jim suele ser muy generoso, pero aquel regalo no era una muestra de cariño.

—Todas las mañanas voy a tomarte un examen —dijo entregándome el librito de tapas guindas y letras doradas—. Si no te sabes de memoria las normas, voy a llamar a LePage.

Paul LePage es el gobernador de Maine, el típico republicano que no quiere a los migrantes. ¿Mi suegro iba a llamarlo para denunciarme? No. Se trataba de una de sus clásicas bromas. Su hija mayor y yo nos casamos tres meses después de que Piji y yo llegáramos. Ahora vivimos muy cerca, en un bosque de abedules esbeltos y pinos de cuentos de hadas. El noventa por ciento del territorio de Maine está cubierto de vegetación, un escenario que no puede ser más diferente a Lima, esa ciudad emergente y desértica de diez millones de personas, donde yo solía vivir y trabajar como periodista. Pero el amor no estaba allí. Entonces migré. Esa es la historia que cuento cuando, advertido de mi exotismo, algún mainer me pregunta por qué estoy aquí y no allá. Mi migración no ha sido solo geográfica. Ser periodista freelance, sea en Maine o en Latinoamérica, no me daba dinero suficiente para vivir ni me hacía candidato a un préstamo hipotecario. Ser pinche de cocina sí.

Piji vive ajeno a estos dilemas. Él no tiene que contarle a nadie quién es, qué es, de dónde viene o por qué está aquí y no allá. (Los perros no tienen que explicarse a sí mismos). Por el contrario, su rareza invita a la fabulación. Mi suegro cree que Piji es un rey inca reencarnado. Lo llama Señor Piji, lo trata con reverencia y, cuando nadie lo observa, le da de comer trozos de carne de su propia boca. Mi suegra cree que un ser muy antiguo y sabio está atrapado en el cuerpo de este perro. Mi esposa afirma que Piji es un perro mimado, holgazán, vanidoso, que se cree persona. En el clímax de su confusión, dice A., Piji piensa que está casado conmigo. Es más, para Piji la mascota sería ella. Piji es una mezcla de cosas para mí: tiene algo de hermano, de amigo, de hijo y también de mí mismo. Se nota cuando conversamos. Le he «creado» una voz y una personalidad.


—Marco, ¿comer mosquitos es bueno?
—…
—Marco, comer mosquitos es bueno. Pruébalo.
—Qué asco, Piji.
Este Piji, el que habla, es un Piji que soy yo mismo. Un yo que juega con el misterio de su compañía. ¿Qué hay en su cabeza? ¿Qué piensa? ¿Qué siente? ¿Qué ve?
—Piji, estoy triste —le dije una mañana—. Anoche me fue mal en el trabajo.
—Marco, no estés triste. ¿Qué es estar triste? ¿Estar triste es bueno?
—…
—Marco, estar triste no es bueno. Vamos a jugar. Vamos a correr. El día está lindo.
Abrí la puerta de casa y, como siempre, lo seguí.

***

Piji y yo caminábamos en el bosque cuando un hombre armado con una escopeta vino a nuestro encuentro. Tenía una barba plomiza, cabello corto y quizá unos cuarenta años.

—Hola —gritó a la distancia—. Los estaba buscando.

No parecía un guardabosques. Vestía unos jeans gastados y una sudadera blanca. El arma se balanceaba a su paso como una advertencia. ¿Por qué alguien a quien no habíamos visto jamás nos andaba buscando? No había más gente en las cercanías. ¿Se trataba de un loco? ¿El típico serial killer americano? ¿Acaso Piji y yo íbamos a terminar cortados en pedacitos?

Piji suele ladrarles a los desconocidos, pero esta vez se mantuvo callado y quieto a mi lado, afectado por algo parecido a la sospecha. Seguíamos un pequeño sendero bajo la vegetación, que desemboca en el Cathance, un río navegable de aguas tranquilas. Aquél era mi día de descanso. Todo lo que quería era estar a solas con mi amigo.

El hombre siguió andando hasta que —según pude leer en sus ojos— decidió ser prudente y se detuvo a unos diez metros. Miraba a Piji con una mezcla de asco, miedo y curiosidad. Los tres formábamos un triángulo de western. Yo le temía al tipo y a su escopeta. El tipo le temía a Piji. Piji le temía al mundo.

—Sólo quería decirles que voy a hacer unas rondas de tiro al blanco —gritó el hombre—. No se vayan a asustar.
Luego señaló un tablero oculto entre los arbustos.
—Gracias por avisarnos —grité a mi turno y apunté a Piji—. Quizá el que se va a asustar más es él.
No sé si el hombre entendió esto como una amenaza. Se marchó con prisa.

***

El día en que iba a embarcar a Piji rumbo a Estados Unidos yo estaba tan nervioso debido a los trámites, que me ocurrió el típico gag de las comedias. Estacioné el carro frente a un lugar con nombre de parque de diversiones, Lima Cargo City, un complejo de oficinas y hangares que despachan productos a todo el mundo. Verifiqué que traía los documentos que había recabado durante un mes y bajé al encuentro del agente de aduanas encargado del traslado. Se llamaba Lucho y me esperaba en la puerta.

—¿Dónde está el perro? —me preguntó señalando mi carro vacío.

La salida del avión estaba programada para las ocho de la noche. ¿Por qué tenía que traerlo conmigo si acababa de amanecer? Pensé que sólo iba a firmar documentos y pagar el flete. Lucho me miró con cara de nopuedocreerlo.

—Estos son aviones de carga —explicó rascándose la cabeza—. Si no traes al perro en una hora, no vamos a encontrar sitio.

Esa mañana había dejado la cama deseando que el último día de Piji en el Perú fuera un buen recuerdo. Ahora estaba a punto de graduarme como idiota.

Los próximos minutos ocurrieron en cámara rápida. Maldije el tráfico de Lima, adelanté autobuses asesinos, esquivé peatones suicidas, llegué vivo a casa. Desperté a Piji y le obligué a tomar agua con tranquilizante. Preparé una lonchera para perro. Lavé la jaula de viajes que mis dos gatos habían colonizado con todos sus pelos y olores. Verifiqué una vez más los documentos y salimos. No hubo tiempo para que él se despidiera de la familia. Ni para que recorriera una vez más los parques donde había olfateado doncellas. Ni para que le dijera adiós a las playas de arena donde había desenterrado innumerables huesos de pollo, sutil indicador de las preferencias gastronómicas e higiénicas del peruano de dos patas.

No sé a cuántas oficinas y ventanillas fuimos esa mañana ni cuantas colas hice, pero recuerdo bien la narrativa del trámite. Yo, Marco Avilés, ciudadano peruano, con DNI tal y domiciliado en mi linda casita, propietario del perro peruano sin pelo que respondía al nombre de Píjiri (murciélago en machiguenga, un idioma de la selva del Perú) y que estaba valuado en cien dólares americanos, exportaba esta mercadería por vía aérea a Estados Unidos, siendo la adquiriente, ergo la nueva propietaria del can, mi señorita novia A., oriunda del gran país del norte. En otras palabras, debido a la ensalada de trámites en que se había convertido mi vida reciente, ese día dejé de ser el dueño legal de mi perro. Los trámites locales habían convertido a un perro peruano sin pelo en uno estadounidense.

Piji tenía las orejas caídas y la expresión de sácamedeacá. Montacargas y hombrecitos con cascos y botas recorrían pasillos con anaqueles gigantescos, cámaras de rayos X y fajas transportadoras. El hangar parecía un escenario de Terminator V. Lucho se perdió en los papeleos. Yo saqué a Piji de su jaula y lo acompañé a un rinconcito para que pudiera orinar. Dejó un chorro copioso cerca de un cargamento de quinua orgánica con destino a Canadá. Un pastor alemán en tránsito a Colombia nos miraba deprimido desde su jaula.

Me despedí de Piji con un beso de buena suerte. Su avión haría escala en New Jersey. Un empleado de la aerolínea lo sacaría a orinar y le daría de comer. Luego seguiría rumbo a Boston, donde A. lo estaría esperando. El viaje de mi perro sería más eficiente y rápido que el mío. Al día siguiente, yo dormitaba en la sala de espera del aeropuerto de Dallas, en el lejano Oeste, frente a un caballero que daba cuenta de una pizza de ocho tajadas, cuando A. me llamó. Acababa de recoger a nuestro perro. Estaba bien, aunque había ocurrido un pequeño accidente. Su jaula se había hecho pedazos en algún punto del camino. Piji había completado el viaje dentro de un contenedor del tamaño de un automóvil. El empleado que lo custodiaba dijo que era el perro más lindo que había visto jamás.

***

Una madrugada, a la salida del restaurante donde trabajo, en Maine, me detuve en una gasolinera para calmar mi hambre. Cogí un sándwich de pollo y medio litro de gaseosa con tal desesperación que el encargado del local me preguntó si acaso acababa de huir de la cárcel.

Todos los encierros se parecen. Pasarte doce horas picando verduras entre cuatro paredes, como es mi caso, no es tan diferente de la penitencia diaria del reo, salvo que yo puedo marcharme a dormir con mi esposa y aquél no. El encargado de la tienda tenía los cachetes inflados y cubiertos por una barba rojiza, como un Papá Noel joven. En Maine, donde se celebra el Festival Anual de Pelo Facial, tener barba es común entre los hombres de clase trabajadora. Ser lampiño, como yo, es un rasgo de exotismo.

—Un restaurante, ¿eh? —sonrió con malicia el encargado cuando le expliqué de dónde venía—. ¿Qué tal si la próxima vez me traes un poco de comida?

Muchos creen que los cocineros viven moviendo la mandíbula. Pero el mundo de la alimentación está hecho de paradojas escondidas. ¿Por qué alguien que trabaja en un restaurante se muere de hambre todas las noches? La gasolinera no era el mejor lugar para explicar este misterio y menos ante aquel empleado confianzudo.

Desperté a la mañana siguiente dispuesto a averiguar los efectos de mi desorden alimenticio. Fui a casa de mis suegros y trepé en la balanza que guardan bajo un escritorio. Piji me miraba desconcertado. Nuestra vida en común se había deshecho el día en que cambié la plácida vida de periodista por el lento purgatorio de una cocina profesional. Ahora trabajo desde el mediodía hasta la medianoche, un horario que me impide hacerme cargo de cualquier otro ser vivo. Por este motivo, y con el dolor de nuestras almas, cada inicio de semana mi esposa y yo dejamos a Piji en casa de mis suegros. Ellos lo alimentan, lo miman y lo dejan salir para que pueda orinar y cagar a sus horas. Al principio, él se paraba frente a la puerta y lloraba. Luego se acostumbró.

Esa mañana, la balanza informó que yo había perdido nueve kilos en el último mes. No haberlo notado era parte de un conjunto de olvidos generados por mi nueva rutina de trabajo: no me cortaba el pelo, no me afeitaba la pelusa de la cara, ni siquiera me podaba los pelos de la nariz. Mis días se repetían uno tras otro con el mismo argumento: levantarme, bañarme, tomar café, ir al restaurante, trabajar, parar en la gasolinera, dormir, levantarme, bañarme, ir al restaurante, parar en la gasolinera y así.

Las doce horas que paso en la cocina giran en torno a dos leyes fundamentales: 1) allí nadie se sienta jamás y 2) tener las manos desocupadas es un crimen. Por entonces, yo trataba de sobrevivir a las horas de servicio con la nerviosa voluntad del novato. Para ganar más tiempo a la hora de preparar mi arsenal de verduras picadas, adopté la mala costumbre de no almorzar. El hambre se iba durante las horas de servicio pero volvía como una maldición en cuanto salía del restaurante.

Guardé la balanza y me apuré en salir al trabajo. Piji me siguió hasta la puerta tocando mis manos con su hocico para llamar mi atención. Quería salir a correr, como solíamos hacer en otra vida. Ahora era imposible. Me agaché para abrazarlo, besé su cabeza negra y pelada y me despedí de él sin saber cuándo volveríamos a vernos. No intentó seguirme. Se sentó sobre sus patas traseras y me clavó sus ojos de perro enamorado.

***

Unas semanas más tarde mis hermanas llegaron de vacaciones trayendo consigo una despensa de chifles piuranos, maíces para tostar, cacao, panetones, quesos de Abancay, piscos acholados, inca kolas, ajíes amarillos, pancas, rocotos, entre otros manjares pe-ruanos. Parecían evangelizadores culinarios en pos de tierras paganas. Pronto entendieron que Estados Unidos es mucho más que el país de las hamburguesas, y que la mala fama de su cocina es un cliché revanchista inventado por sus detractores. Cuando menos lo esperaban, ellas disfrutaban sin culpas las papas, las langostas y los maravillosos frejoles de Maine.

Piji casi sufrió un infarto de felicidad al ver a la familia reunida y saltó durante horas alrededor. Según mi suegro, le alegraba oír nuestras conversaciones en español después de haber resistido casi un año escuchando el idioma de Rin Tin Tin. Mis hermanas lo abrazaron por turnos. A la primera oportunidad comentaron que estaba gordo. No dijeron robusto, ni macetón, ni siquiera agarradito. Exclamaron gordo, a secas.

Todo hombre ve a su perro con ojos de padre. Por eso le cuesta advertir sus defectos. Pero lo cierto es que el cambio de país nos afecta a ambos de maneras similares. Mi flacura y su gordura son una señal de lo mucho que nos cuesta encarar nuestra nueva vida de migrantes. A veces, cuando miro a Piji mirarme, le digo que el sacrificio será breve. Pronto estaremos juntos de nuevo y nos divertiremos como siempre. Pero en verdad no tengo ninguna certeza.

 


October 16, 2015

Natalia Sánchez Loayza

Un texto de

GOETZ HENSEL Y EL FIN
DE LA CERVEZA ALEMANA

No hay país que produzca, beba y exporte más cerveza que Alemania. Allí se toma la de malta de cebada que ellos fabrican desde hace quinientos años. Un genetista ha alterado el ADN de este cereal para conservar el sabor de la cerveza y salvarla de posibles catástrofes ambientales. Pero en el país de Goethe detestan que toquen su bebida favorita.

¿Es importante la genética si estás borracho?

Un texto de Jorge D'Garay Juncal
Ilustraciones de Héctor Huamán

Cada viernes a las 6:15 de la tarde, luego de una semana analizando granos de cebada bajo un microscopio, el genetista Goetz Hensel conduce dos kilómetros hasta un bar de Quedlinburg, un pueblo con casonas medievales al este de Alemania, para beber una chop de Hasseröder de un sólo trago. Durante ese after office, Hensel y sus colegas —alemanes e ingenieros biotecnólogos como él— hablan de fútbol, de pop alemán o de cualquier otra cosa, menos de trabajo. Para hablar de ciencia tienen todo el día en el instituto de investigaciones biológicas IPK, el banco genético de semillas más grande del mundo. Cuando quieres embriagarte la genética no importa demasiado, dice Hensel, un científico de cincuenta y tantos años que habla con voz pausada, con la misma autoridad de un abuelo sabio. Goetz Hensel viste jeans y camiseta azul, tiene el pelo entrecano, usa anteojos y carga una mochila negra más grande que su espalda. En su mano derecha lleva un reloj Timex Ironman que registra cada uno de sus movimientos: las caminatas que hace por el parque cercano a su casa, las calorías que quema, las seis horas de sueño que duerme cada día. Pero en el bar, con sus amigos, prefiere no monitorear su ritmo cardíaco cuando un par de rubias se sientan en la mesa contigua. Por eso cada viernes, el científico intenta olvidarse que dedica su vida a descifrar el ingrediente principal de la tercera bebida más consumida en el mundo después del agua y el té.

Hensel trabaja en una bodega climatizada similar a un hangar donde hay hileras de frigoríficos enormes como roperos, alineados uno tras otro. Alguien distraído podría pensar que detrás de las puertas de esas neveras, las de unos científicos que quieren mejorar la cerveza, hay precisamente eso: cervezas bien heladas. Pero allí se guardan decenas de plaquitas de cristal con germinados de semillas de cebada. Unas parecen migajas de arroz, otras tienen diminutas ramas verdes, todas están etiquetadas con escrúpulo germano. En este lugar, Goetz Hensel, un ingeniero alemán que no ve series de televisión ni suele ir al cine, ha producido en las últimas dos décadas más de veinte mil plantas modificadas en sus genes para ser más productivas y nutritivas. Su mayor obsesión es la cebada, el insumo principal de la cerveza. Hensel dice que alterar su composición la haría más resistente a las plagas y los climas extremos. De todos los cereales, la cebada es la que más fibra y proteína tiene: reduce el colesterol, la diabetes y el riesgo de infartos. Es el segundo cultivo más importante de Alemania, y el cuarto en el mundo después del trigo, el arroz y el maíz. Por eso, en un futuro donde la temperatura del planeta aumenta y las ciudades crecen vertiginosamente, el genetista cree que resguardar la cebada es crucial. La mayoría de alemanes, sin embargo, sienten que la genética hace peligrar la pureza de su cerveza.

El músico Frank Zappa decía que un país de verdad debe tener su propia cerveza. Según Zappa también ayuda tener una aerolínea, un equipo de fútbol y algunas armas nucleares, pero lo que en realidad importa es tener una cerveza. En Alemania, ese dicho tal vez se haya tomado muy en serio: no existe otro país que produzca, consuma y exporte más cerveza. En el país de Goethe y Schumacher existen más de cinco mil marcas y se concentra casi la mitad de cervecerías que existen en Europa. Un alemán bebe más de cien litros de cerveza al año: el doble de litros que un estadounidense, el triple que un mexicano y cinco veces más que un chino. En Alemania cada pueblo tiene al menos una cervecería. Cualquiera, a cualquier hora, puede beber una botella de medio litro mientras viaja en bus, en metro, o en la calle mientras da un paseo, en un almuerzo de oficina o en el gimnasio. Los supermercados no venden cerveza helada, sólo los autoservicios de veinticuatro horas. Con tan pocos meses de sol, el paladar germano se ha acostumbrado a beber la cerveza tibia. Los alemanes prefieren beber solos y, aunque siempre llegan a una reunión con cervezas en la mano, no la comparten. No suelen comprar six packs ni pagar por la botella de alguien más, ni siquiera cuando quieren seducir a una chica o chico en un bar. En el verano, cuando parques y canales se llenan de bebedores, uno puede ver peatones solitarios, generalmente desempleados, con un carrito o una gran bolsa de plástico juntando las botellas vacías que los berlineses dejan entre asados y picnics. Los alemanes no tiran las botellas en los contenedores de basura, las colocan al costado de un poste de luz, en la banca del parque o en la cornisa de las ventanas para que los recicladores puedan ganarse unos centavos.

En casa, sentado frente a su computadora, el genetista Goetz Hensel trabaja mejor acompañado de una Radeberger —una cerveza dorada, ligeramente amarga— y se relaja y no piensa en las moléculas que le dan textura a su bebida favorita. Algunos doctores, dice, recomiendan la cerveza como una mejor opción para rehidratarse tras el ejercicio, pues todos sus ingredientes son de origen natural. La dosis de azúcar que posee es de tan alta calidad que los alemanes pueden beber y beber sin preocuparse por la resaca. La cerveza es rica en antioxidantes naturales, en fibra, en vitaminas B y C, en minerales, y en nutrientes que combaten la anemia. Su cantidad de calorías es inferior al de la gran mayoría de bebidas alcohólicas y las gaseosas. Reduce las posibilidades de sufrir un infarto, actúa como un laxante natural y disminuye el riesgo de osteoporosis. Pero el científico de la cerveza también sabe que cuando nos pasamos de tragos nuestro sistema nervioso jamás la pasa bien.

Durante el Oktoberfest, la fiesta dedicada a la bebida alcohólica más popular del mundo, se toma tanta cerveza como para llenar tres piscinas olímpicas. Allí, algunos se divierten viendo a jóvenes turistas tambalearse o cantar en la calle por lo borrachos que están. Todo genetista sabe qué sucede exactamente: el alcohol incrementa la liberación de dopamina, un neurotransmisor que en exceso enloquece las neuronas, y éstas —por decirlo de un modo— empiezan a suicidarse, a ahorcarse con sus dendritas, o se apuñalan con los cristales de fosfato. O, en el peor de los casos, aumentan el voltaje de las neurotransmisiones al punto de electrocutarse. La resaca —los mareos, los vómitos, la sed, la leve amnesia— es consecuencia de todo ello. Hensel dice que ha borrado de su memoria la última vez que se emborrachó. Y si alguna vez experimentó un ‘eureka’ gracias a los efectos de la cerveza, al día siguiente ya no se acuerda.

Pero beber una buena cerveza con moderación, dice el científico, facilita el intercambio de ideas, la colaboración y forja un espíritu en el laboratorio. Hensel prefiere la cerveza alemana, pero no tiene una marca favorita: le gusta probar la producción local, respetando también la temporada. En Baviera y durante el verano toma siempre cerveza de trigo porque es dulce y refrescante. En el norte del país se inclina por la producción amarga del Báltico. «En Alemania es imposible conseguir cerveza de mala calidad», dice Hensel, quien difícilmente tiene resaca. Lo que sí le genera un dolor de cabeza es que muchos compatriotas suyos vean la labor del genetista con desconfianza.

Para crear variedades de cebada que no necesiten mucha agua, resistan enfermedades, produzcan más toneladas de grano por hectárea y sean más nutritivas, se necesita conocer a fondo su código genético. En el IPK, decenas de científicos europeos, asiáticos y estadounidenses se esfuerzan por identificar y mapear para qué sirve cada uno de los miles de genes que componen este cereal, que doblan en número a los genes humanos. Hensel siempre ha estado fascinado por la biología moderna molecular y la posibilidad de hacer crecer una planta entera a partir de sólo una rama, una raíz o una sola célula. Pero se resiente con la mala publicidad que tiene su oficio entre la opinión pública alemana.

Las principales organizaciones ambientales del mundo, como Greenpeace, afirman que los transgénicos destruyen la biodiversidad de los cultivos y agotan la fertilidad de los suelos. En un mundo donde los alimentos transgénicos están demonizados, Alemania quizá sea el país más firme en ese rechazo. De acuerdo con una encuesta del Departamento de Protección de la Naturaleza, más del ochenta por ciento de los alemanes no quiere consumir alimentos transgénicos, aunque en Alemania sólo se cultivan esos vegetales con fines científicos. Siguiendo los pasos de Francia y Grecia, Alemania prohibió los cultivos de maíz transgénico en 2009, presionada por los granjeros de Baviera, la región cervecera número uno del país. El ministro de agricultura alemán Christian Schmidt, nuevo Embajador de la Cerveza, es uno de los portavoces europeos más influyentes en la guerra contra los transgénicos. «No quiero una expansión de la ingeniería genética en el campo alemán, ni tampoco conozco a nadie que desee su presencia extendida», dijo en junio de 2015, en medio de un debate acalorado sobre la prohibición de cualquier cultivo genéticamente modificado en la Unión Europea. Hensel lamenta la ignorancia que revelan esas declaraciones: se sabe que el ochenta por ciento del algodón cultivado en todo el mundo —el insumo principal de la mayoría de la ropa que usamos— es transgénico. También la soja: más del noventa de la producción mundial es transgénica. Y aunque la soja transgénica casi no se come en forma directa, sus derivados se utilizan en miles de alimentos que consumimos. «Así que la mayoría de los productos ‘bio’ de soja, aunque digan lo contrario o no lo especifiquen en sus etiquetas, están en contacto con organismos genéticamente modificados», dice el científico. Le parece absurdo que la gente no tema usar transgénicos en los fármacos —como las vacunas o la insulina que combate la diabetes—, pero sí en alimentos como la cerveza, cuando ambos productos son ingeridos por el cuerpo. No todo lo que es transgénico es malo por definición, dice Hensel, quien evita comprar alimentos bajo el sello ‘bio’: en el jardín de su casa, los tomates crecen con fertilizante. Si su esposa insistiera en hacer la despensa sólo con productos orgánicos, dice que ya se habría divorciado.

***

Quienes beben cerveza, decía el monje alemán Martín Lutero, entrarán al paraíso caminando con la frente en alto. En la tierra de Nietzsche, la cerveza es religión. Y su receta básica es una suerte de mandamiento tallado en piedra que no debe quebrarse. Desde hace quinientos años la cerveza en Alemania sólo es considerada cerveza si contiene cuatro ingredientes: lúpulo, levadura, agua y malta de cebada. Así lo estipula la Reinheitsgebot, la Ley de la Pureza Cervecera de 1516, el documento de certificación culinaria y estándar de calidad más antiguo del mundo. Sin un permiso especial, los bares alemanes no pueden vender cerveza que no esté hecha bajo esa ley. El lúpulo —flor japonesa de la misma familia de la marihuana— aporta fragancia, propiedades relajantes y mayor tiempo de vida en estantería. La levadura es vital para la fermentación. Sin embargo, la cebada es el ingrediente sagrado de la receta.

Algunos antropólogos afirman que los primeros granos de cebada que el hombre cultivó no fueron tanto para hacer alimento sino para fermentar cerveza y embriagarse. Hablar de los orígenes de la cerveza nos obliga a remontarnos a las culturas Sumeria y Egipcia, cuando probablemente alguien, después de masticar el cereal y escupirlo en algún tipo de cuenco, observó cómo se producía una especie de líquido espumoso que había cambiado su olor y sabor, evolucionando hacia sabores agrios y ácidos. Los más antiguos documentos de casi todas las civilizaciones mencionan la cerveza. Dionisio, antes de ser el misterioso dios del vino en Grecia y el alegre Baco en Roma, fue la divinidad de la cerveza en Tracia. La fórmula más antigua para elaborar esta bebida se encontró en Mesopotamia y se conserva en el Museo Metropolitano de Nueva York. La cerveza es menos antigua que el vino porque requirió de más tecnología: la agricultura para crecer el grano, el fuego y las calderas para cocinarlo. Pero una vez inventado se extendió rápidamente. Los egipcios le enseñaron a los griegos a hacer cerveza y estos a los romanos y los romanos al resto del mundo. Si el vino era raro y aristocrático, porque sólo se podía hacer una vez al año —cuando la fruta estaba madura—, la cerveza se popularizó rápidamente en las clases bajas. Todo lo que necesitaban era grano malteado y un ingrediente amargo —como el lúpulo— para equilibrar su dulzura. Cuando tomas una cerveza, dice Hensel, tomas nueve mil años de historia. Y una cerveza alemana concentra, sobre todo, los últimos quinientos años de ella.

Hace cinco siglos los alemanes guardaban la mejor cebada para hacer pan rico en fibra, pero también cerveza. Desde esa época las cervecerías solían ubicarse al lado de las panaderías: la cerveza siempre fue el pan líquido de los germanos. Un día de 1516, los Duques de Baviera decidieron que el trigo y el centeno solo servirían para hornear pan, y la cebada sólo para producir cerveza. Los duques querían regular la composición de la bebida para evitar ingredientes como hierbas venenosas y frutos del bosque, pero también para monopolizar los cultivos de cebada: con la Ley de la Pureza ellos controlarían los precios y se harían más ricos.

Muchos años después esa ley que nació para controlar el mercado de la bebida que embriagaba a Alemania y al resto de Europa se transformaría en tradición. Una encuesta reciente de la Asociación Nacional de Productores de Malta concluyó que nueve de cada diez alemanes no admite alteraciones en la composición de su cerveza. Quieren preservar su cerveza pura y libre de ingredientes con genes modificados. Dicen que no los necesitan: para producir cerveza de alta calidad ya tienen suficientes variedades de cebada. La Federación de Cerveceros Alemanes sostiene que con sólo ocho variedades de este cereal se produce el noventa por ciento de la cerveza en el país. Cada variante produce hasta cuarenta tipos de malta de cebada. De este universo, cada maestro cervecero escoge hasta cinco tipos y crea una nueva mezcla. Sumado a las diferentes culturas de levadura, los distintos tipos de agua y las más de sesenta clases de lúpulo, las posibilidades para crear una nueva cerveza de malta de cebada son infinitas.

Hace un siglo y medio, el monje bohemio Gregor Mendel sentó las reglas de la genética al identificar los principios que rigen las variaciones en color, tamaño y forma dentro de cada especie, rasgos que se heredan de generación en generación. Desde esa época los productores de cebada en Alemania se basan en estas huellas genéticas a la hora de cruzar dos tipos de cebada para conseguir una nueva mezcla, que cruzan con otra mezcla y así sucesivamente durante algunos años, hasta conseguir una variedad natural —no creada en un laboratorio— completamente nueva. Genetistas como Goetz Hensel aseguran que una cebada con genes mejorados —rica en carbohidratos, baja en proteínas, con larga vida en estantería— puede hacer más eficaz la producción de cerveza: puede acortar los años de pruebas para crear nuevas variedades de malta y reducir el consumo de agua y energía. Pero el rechazo a los transgénicos del público alemán está tan arraigado, que los productores de malta de cebada no admiten que un científico meta las narices en su cerveza. «Creo que se podría aceptar la modificación genética en otros cultivos como el maíz o el sorgo, pero jamás en la cebada», dice Walter König, representante de la Asociación de Cerveceros de Baviera, conocedor de su mercado. «La cerveza es el último bastión de un producto cien por ciento natural. Los alemanes nunca aceptarán una alteración genética».

Aunque quinientos años de pureza cervecera es mucho tiempo y la industria de los alimentos depende cada vez más de los laboratorios, el mercado alemán sigue dominado por el escepticismo en torno a los organismos genéticamente modificados. Mientras que en Alemania los cultivos transgénicos están prohibidos, en Latinoamérica ocupan más de setenta millones de hectáreas: una superficie similar a la que utiliza Estados Unidos, el principal productor de transgénicos en el mundo. Estos, debido a su resistencia a los insecticidas, se cultivan durante todo el año. Al no dejar descansar el suelo la tierra agota todos sus nutrientes hasta que no puede producir más, y estos cultivos se fumigan con glifosato, el herbicida más usado en el mundo, aunque la OMS ha advertido que puede provocar cáncer. Para los científicos, sin embargo, no todas son malas noticias: hace veinte años se cultivaron las primeras papayas transgénicas para resistir una plaga de insectos en Hawái. Hasta hoy no existe estudio alguno que compruebe que estas papayas destruyan la biodiversidad o hayan causado alguna enfermedad humana. Es el mismo caso del arroz Golden: cada año, en el sureste asiático, hasta medio millón de niños se quedan ciegos por falta de vitamina A. El arroz Golden, una variedad de arroz transgénica y enriquecida con esta vitamina, podría salvar miles de vidas además de asegurarles alimento.

A pesar de que la cebada ya experimentó el clima extremo de la Edad del Hielo, está comprobado que en las próximas décadas las zonas donde se cultiva el cereal de forma natural disminuirán drásticamente por al aumento de temperatura. Nuevas variedades de cebada tendrán que ser diseñadas para adaptarse al medio ambiente, para tener mejores niveles de rendimiento, para seguir produciendo malta de cerveza de buena calidad. Goetz Hensel está convencido de que los genetistas no solo salvarán los alimentos en el futuro, sino también nuestra forma de embriagarnos los fines de semana: la cebada, dice el científico, tiene que evolucionar para que la cerveza sobreviva.

***

Goetz Hensel cree que casi nadie entiende realmente el trabajo de un genetista, a pesar de que vivamos en el siglo XXI. En algunos círculos —sobre todo los más conservadores— la reputación de esta clase de científicos es similar a la de un hereje medieval o un comunista en los cincuenta: su profesión es sospechosa. La televisión y el cine se han encargado de instalar en nuestras mentes imágenes distorsionadas: científicos despeinados —las batas blancas, los ojos desorbitados— encerrados en un laboratorio, mezclando caprichosamente los genes de una mosca con los de un ser humano. Hensel jamás ha visto corderos que brillan en la oscuridad, ni ha escuchado al ratón que canta como pájaro —ambas especies existen y fueron creadas en un laboratorio—, pero reconoce que tiene cebada fluorescente en su oficina: un método que utiliza para identificar fácilmente los marcadores genéticamente alterados en el principal ingrediente de la cerveza alemana. «Una oveja fluorescente quizá no tiene mucho sentido», ríe Hensel. «Pero imagina un árbol de Navidad fluorescente. ¡En vez de colgarle luces y gastar electricidad tendrás un árbol que brille por semanas! Esto puede servir en el futuro, ¿no?».

El genetista alemán no pierde la paciencia cuando le piden que explique por qué su trabajo es importante en la producción agrícola. Gracias a la genética, dice, se pueden seleccionar sólo aquellos atributos que un agricultor necesita para producir plantas con ciertas propiedades específicas controladas por genes específicos: soja que resista las sequías, maíz que produce su propio insecticida, trigo más nutritivo, centeno rico en fibra. Pero transnacionales como Monsanto, DuPont o Bayer, que ejercen el monopolio de la producción de semillas agrícolas, ha hecho que la labor del genetista sufra más rechazo. Parte del problema es que desde mediados de los noventa, la investigación y el desarrollo de los transgénicos respondió más a las leyes del mercado que a las de la preservación ambiental: produjeron semillas baratas, resistentes a ciertas bacterias, que precisaban de pesticidas para combatir otras plagas, que también eran producidos por estas mismas compañías. Los medios de comunicación se pronuncian con alarmante frecuencia contra los organismos genéticamente modificados. Las propias marcas de alimentos alertan en sus etiquetas al consumidor de productos alterados. En ese escenario, Hensel entiende que sea difícil creer que el trabajo de un genetista esté motivado por otra cosa que no sea servir a intereses de grandes corporaciones.

Hensel lamenta que la opinión pública en torno a los organismos genéticamente modificados esté marcada por una hostilidad de la política de su país y no por pruebas científicas. A pesar de ello, con una botella de Hasseröder en mano, Goetz Hensel saborea el momento cada vez más cercano donde su profesión sea reivindicada. Él, como todo alemán, celebra la tradición cervecera, pero está convencido de que sus investigaciones sólo pueden beneficiar la producción de su bebida favorita en el futuro. De hecho, Hensel es menos ortodoxo: hace diez años, durante un congreso académico en Suecia, bebió cerveza elaborada con maíz transgénico. Irónicamente, los granos de MON 810 —la variedad producida por Monsanto y presente en la bebida— eran cultivados en Alemania hasta 2009, cuando el gobierno prohibió su siembra. A Hensel le pareció una cerveza un poco dulce, pero le gustó.

Afortunadamente, dice, su mujer y su hijo lo apoyan en su trabajo, aunque no todos los genetistas corren con la misma suerte. Un colega suyo siempre evita hablar de su trabajo durante la cena para no discutir con su esposa. Desde hace tiempo, Goetz Hensel y sus colegas aprendieron que la genética no siempre es el mejor tema de sobremesa en el país de la cerveza.


October 12, 2015

Los Fundadores del Barrio [Cieneguilla]

Un texto de


October 12, 2015

Edgar Benavides

Un texto de


October 12, 2015

Santiago Rosero

Un texto de

UN PANADERO
DE ALTA COSTURA

Era un ejecutivo de la moda y renunció para ser un panadero. Convertido en una estrella del oficio, dejó de preparar baguettes, el símbolo mundial de la panadería francesa, y decidió contratar sólo a obreros japoneses para que elaboraran uno de los panes más celebrados de París. Christophe Vasseur cree que el pan francés vive en crisis y que él podría salvarlo.


¿A qué sabe realmente el pan francés?

Un perfil de Santiago Rosero

Una tarde de 1999, en un hotel cinco estrellas en el centro de Tokio, Christophe Vasseur, ejecutivo en Asia de una casa francesa de moda, sintió que estaba en el lugar equivocado. Debía convencer a los compradores de una gran tienda japonesa de ropa femenina de la trascendencia de una nueva colección de bufandas y pañuelos Marc Rozier confeccionados con seda. Vasseur les hablaba de la gracia de los colores, de la finura del material, de la belleza de las figuras impresas en esas lujosas prendas elaboradas a mano cuando, repentinamente, se cortó. «Me vi diciéndoles que dejaran de darle importancia a algo accesorio, que ya no les mintieran a sus clientas diciéndoles que iban a estar más bellas, que bajáramos al bar del hotel para hablar de cosas verdaderas, de cómo reconstruir el mundo». Vasseur lo recuerda una década y media después convertido en uno de los panaderos más famosos de París, sentado en una mesa al exterior de DU PAIN ET DES IDÉES, De pan y de ideas, la panadería que inauguró en 2002 en el décimo distrito de la ciudad. Aquella tarde en Tokio, Vasseur terminó su venta pero, tras ese desahogo imaginado, canceló la vida de ejecutivo de la moda que había tenido durante cinco años. Ese mismo día renunció. Dejó su base de operaciones en Hong Kong y regresó a París. Lo único que sabía con certeza era que quería guardar para siempre el traje y la corbata.

En la esquina entre la calle de Marsella y la calle Yves Toudic, a dos cuadras del canal Saint-Martin, el aire huele intensamente a mantequilla. Christophe Vasseur viste un jean holgado de otra época, unos zapatos bajos sin marca a la vista y una chaqueta de cuero estilo motociclista, pero él llega en una bicicleta anaranjada que tiene adaptado un coche en la parte delantera, donde acomoda a sus dos hijos para llevarlos a la escuela. Era rubio cuando tenía pelo, las patas de gallo se le marcan como un abanico apenas gesticula, sus manos no tienen señas evidentes de trabajo forzado y su cuerpo, más que atlético, es macizo como un saco de harina. Una fila de clientes sale de la panadería y se extiende sobre la vereda, donde una mesa larga con la madera gastada, el primer objeto que Vasseur adquirió al instalar su negocio, se llena de clientes que se detienen allí unos minutos para entregarse con deleite al simple acto de comer un pan. Las buenas ventas en la panadería de Vasseur son apenas la muestra externa de su éxito. Prestigiosas guías gastronómicas le han otorgado los títulos de Mejor Panadero de París y Panadero del Año, y el año pasado su Galette de Rois, tarta de Reyes, fue elegida como la mejor de la ciudad. Desde que se convirtió en panadero, Vasseur ha aparecido con frecuencia en espacios de prensa, radio y televisión usualmente reservados para chefs y otras celebridades. En 2002, el mismo año en que inauguró su panadería, Lionel Poilâne, considerado por décadas el panadero más famoso de Francia, murió en un accidente aéreo mientras conducía su propio helicóptero, después de haber montado un imperio económico y forjado la idea de que el pan también podía ser de boutique y tener su Yves Saint-Laurent. Frecuentaban su panadería Catherine Deneuve, Gérard Depardieu y Robert de Niro, y para el resto del mundo dejó una marca registrada: cada día miles de sus hogazas, esos panes grandes y redondos de casi dos kilos, se distribuyen por Asia, Europa y América con una P de Poilâne marcada en la corteza. Pero al morir, Lionel Poilâne dejó también el espacio vacío en la silla de panadero estrella. Nadie lo ha suplantado de manera definitiva, aunque varios, según su nivel de celebridad, compiten por un momento en el trono. A Christophe Vasseur se le considera el panadero más mediático de París.

El pan francés cayó alguna vez en decadencia y en el resto del mundo casi nadie se enteró. Durante dos siglos, cuando era un alimento esencial y su calidad era un requisito para mantener la paz social, mantuvo una corteza gruesa, crujiente y perfumada como la de un árbol robusto, una miga densa de color avellana con un primer sabor cremoso y un gusto final agradablemente amargo. Al ser elaborado con harinas poco refinadas, era rico en vitamina B, fósforo y magnesio. Tras la Segunda Guerra Mundial, ese pan antiguo sucumbió a la modernización industrial que instaló un pan blanco, liviano e insípido como norma de prestigio y referente de exportación. Fue ese el que se impuso en Asia, América y otras partes de Europa como un genérico “pan francés” inmerecidamente reputado. En la década de los noventa, un puñado de panaderos parisinos se propuso rescatar al verdadero retomando el savoir-faire de antaño, y a ese propósito se sumó Vasseur, aterrizando como un extraterrestre. «Christophe Vasseur no viene de este mundo», me dijo el historiador estadounidense Steven Kaplan, el más importante experto mundial del pan, una mañana a inicios de 2015 en la panadería de Dominique Saibron, otro de los que, junto a Vasseur, él considera entre los diez panaderos más virtuosos de París. Mientras que cerca de tres cuartas partes de los panaderos franceses vienen de familias con tradición en el oficio, Vasseur proviene de una familia burguesa, tiene estudios universitarios en comercio internacional y sus padres son psiquiatras. «Cuando Vasseur llegó a la panadería sólo sabía una cosa: que no sabía nada», me dijo Kaplan.

Cuando era niño, el dilema de Vasseur era ser chef o panadero. En su casa de la infancia, en la zona alpina de Haute-Savoie, al extremo este de Francia, donde la cima del Mont Blanc despunta para las postales, Vasseur ayudaba a su madre en la cocina. El deleite infantil de embarrarse las manos con masa para tortas fue guardándose en su memoria como un gatillo emocional. Pero su vocación se disipó ante la exigencia de sus padres, médicos de profesión, de que estudiara una carrera convencional en la universidad. Años más tarde, en sus treintas, luego de renunciar a su puesto como ejecutivo de la moda, siendo un desempleado en París, Vasseur pudo preguntarse de nuevo: «¿La cocina o el pan?». Eligió lo que le pedía su memoria táctil. Intentó una formación en una escuela de panadería, pero pronto se decepcionó al entender que el enfoque estaba en la producción masiva de un pan blanco, mal cocido, con un corto tiempo de vida útil y un aspecto atractivo pero un interior insípido. Para entonces, la panadería industrial llevaba más de treinta años de instalada en Francia con una lógica de comida rápida. «De nuevo me sentí en un mundo de apariencias», me dijo Vasseur. De su antiguo trabajo con artículos de seda, el ex representante comercial valoraba las cualidades artesanales: el trabajo manual, los materiales nobles, el respeto por un savoir-faire ancestral. Llegado el día, se dijo Vasseur, su pan deberá mantener esos principios: más amasado a mano y menos máquinas, más tiempo de fermentación para que florecieran los aromas; más ingredientes buenos, saludables y sabrosos. Así el pan retomaría el sabor, la consistencia y el espíritu de aquel con el que había crecido en su casa de infancia. Y su panadería podría llevar ese nombre en la fachada, como por ley llevan sólo aquellas donde sucede el proceso completo de panificación: el amasado, la fermentación, el dar la forma a los panes, la cocción. De esa forma él podría también reforzar esa familiaridad entre panadero y clientela que en Francia es una parte de su cultura. Pero sólo en eso su negocio se parecería a los demás. Las ideas que él tenía para su panadería debían ser únicas.

Poner las manos en la masa fue para Christophe Vasseur el inicio de una epifanía. Para aprender el oficio fue a LA GAMBETTE À PAIN, la panadería de Jean-Paul Mathon, a quien consideraba uno de los últimos apasionados del pan. Vasseur acababa de llegar de Asia, donde su vida estaba hecha de traje y corbata, viajes en avión, hospedaje en suites de lujo y reuniones con ejecutivos. De pronto estaba siendo un obrero en el calor de una panadería, cuyo dueño le pidió como primera tarea que dividiera una gran bandeja llena de masa en porciones de cincuenta gramos. «Juro que en el momento en que hice eso sentí que mi vida estaba ahí. Fue una relación casi mística con la materia», recordó Vasseur cuando conversamos en su panadería. Eran las manos de un aprendiz que penetraban un cuerpo impreciso, cálido y untuoso como un antojo carnal, la sustancia de una experiencia súbita y sensual que lo devolvió a una esquina plácida de su memoria. Pero su nueva travesía se truncó luego de apenas seis semanas de entrenamiento con Jean-Paul Mathon: una doble hernia discal le paralizó la espalda. Tuvo entonces que ensayar otra conversión. Durante dos años fue profesor de marketing y negocios internacionales en una escuela de Comercio. Más que un motivo de desaliento, su enfermedad fue la oportunidad para confirmar su vocación. Con la salud recompuesta, Vasseur debutó en el oficio cuando tenía treinta y cuatro años, más del doble de los que se inician, como mandan las costumbres, en el fulgor de la pubertad.

II

Un ex vendedor de lujosos pañuelos de seda que decide convertirse en panadero a edad madura sólo puede despertar sospechas. En el país de la Revolución Francesa, que fue provocada en parte por la falta de pan en los hogares, donde el buen proceder del panadero está descrito en tratados antiguos como LES LIVRES DES MÉTIERS de Étiene Boileau o la ENCYCLOPÉDIE de Diderot y D’Alembert; donde la reducción en el consumo y el deterioro de la calidad del pan obligaron a que en 1993, durante la presidencia de François Mitterrand, se emitiera un decreto para controlar su preparación; Vasseur parecía más cerca del marketing que de la autenticidad. En una sociedad panívora como la francesa, donde existen organismos con nombres como Observatorio del Pan o Instituto Nacional de la Panadería; donde se organizan celebraciones anuales y competencias para elegir la mejor baguette, el mejor croissant, el mejor pan de chocolate; donde hay más de cinco revistas impresas dedicadas al oficio, varios blogs especializados e incontables sitios web gastronómicos que con frecuencia diseccionan ese submundo de pasiones, las novedades sobre uno de los panaderos más famosos de París no sólo se informan, sino que se discuten. «Christophe Vasseur es ante todo un excelente comunicador. Él ha sabido aprovechar toda la experiencia de su antiguo trabajo. Lo vemos en numerosos medios que transmiten la misma información (sobre su baguette) desde hace un mes», decía un comentario en boulangerie.net, un portal web de referencia en el oficio. En mayo de 2011, el ya para entonces célebre panadero envió un comunicado a su gremio y a medios especializados para informar que iba a dejar de preparar baguette y a concentrarse en la producción de su Pain des amis, pan de los amigos, una pieza incomparable que necesita dos días de preparación para quedar con la corteza gruesa y morena como la de un pino viejo, y con una miga tupida de la que emanan aromas ahumados a castaña y sirope de arce.

Christophe Vasseur renunciaba a la representación más popular y asequible de la gastronomía francesa, y privilegiaba una creación compleja y elitista. Mientras una baguette tradicional (doscientos cincuenta gramos) costaba en promedio un euro con diez centavos, un trozo del mismo peso del Pain des amis costaba dos euros con diez centavos. Rémi Héluin, un apasionado de veinticinco años que es crítico de panaderías y que tiene un título de panadero, escribió en su popular blog painrisien.com: «Al suprimir la baguette, creo que pasamos a una panadería elitista, dedicada a los privilegiados (…) Me encanta el Pain des amis, pero yo estoy apegado a los valores de compartición y universalidad del pan. ¿Qué hacer? Por mi parte será simple: dejaré de ser cliente». Vasseur explicó que su panadería no contaba con el espacio necesario para producir con comodidad la cantidad de baguette que demandaba su clientela, y reconoció que la que preparaba, aunque era buena, no era excepcional como su Pain des amis. Fue una declaración de pretenciosa honestidad. Entre los clientes que le habían dado un empujón mediático estaban chefs de primera línea como Alain Ducasse, Alain Passard e Iñaki Aizpitarte, quienes para poder servir Pain des amis en sus restaurantes debían mandarlo a buscar donde Vasseur. A diferencia de cualquier otro panadero, el dueño de DU PAIN ET DES IDÉES no hacía entregas a domicilio.

Ser un panadero francés y no vender baguette exige tener una actitud kamikaze. En Francia se consumen más de ciento cincuenta baguettes por segundo. Si su ícono turístico repetido hasta el hartazgo es la torre Eiffel, la imagen más común del francés es la de un hombre maduro con una boina ladeada en la cabeza y una baguette bajo el brazo. Entre los cerca de cien panes regionales del país, es con la baguette que existe la relación más visceral. Apenas se la compra, sin aún salir de la panadería, a veces sin siquiera pagar, para hacerle una primera cata se le rompe la punta (el crouton) con la complicidad con la que a un amigo se le hace un pellizco. No es extraño que se la lleve a la mano sin bolsa de protección, que se la lance desnuda en el canasto de la bicicleta o que se la guarde doblada y encogida en la mochila, pero que, a pesar de ese exceso de confianza, se la quiera siempre erguida. A la baguette se la quiebra a mano y se la pone sobre la mesa, sin plato, sin servilleta, sin recelo sanitario, sin vergüenza. La baguette es la cuchara que no hace falta para absorber la salsa que queda sobrante de la comida. Es el contenedor del alimento más consumido por los franceses fuera de casa, el sándwich con baguette, el único snack que supera en popularidad a la hamburguesa. Como ocurre con un pedazo de carne, la baguette permite a los clientes escoger el punto de cocción deseado guiándose por el nivel de bronceado de la corteza. Hay los radicales de las pas trop cuite (no muy cocida), un punto de cocción criticado por algunos panaderos por no permitir que la corteza llegue a ser crocante, y hay los fundamentalistas de las bien-cuit (bien cocida), el punto correcto de una baguette que se respete. El “Decreto pan”, emitido durante el gobierno del presidente Mitterrand, oficializó los principios que definen a una baguette de tradición francesa: contener sólo harina, agua, sal y levadura. Nada de grasa. Nada de azúcar. Nada de aditivos. La decisión de Vasseur de no preparar baguettes obedece a una búsqueda evidente: preparar sólo panes distintos a los comunes en el país del pan.

El panadero que se propuso devolverle al pan francés su vieja honra no sólo no vende baguette sino que tiene un equipo compuesto en su mayoría por trabajadores japoneses. Cree que, dentro de unos años, será más fácil encontrar un buen croissant en Tokio que en París. Japón es uno de los principales destinos que los grandes panaderos franceses buscan conquistar. Ahí están Dominique Saibron, Eric Kaisser, Rodolphe Landemain, Gontran Cherrier y Frédéric Lalos, miembros de ese puñado de renovadores en el que se incluye a Vasseur. El éxito se mide también por la envergadura del negocio, pero Vasseur no busca crecer sino mantener su único local a manera de un taller de autor. Existen más de treinta mil panaderías artesanales en Francia (en Alemania, un país con más variedad de panes que Francia pero sin ningún reglamento oficial sobre los criterios de su preparación, existen menos de quince mil panaderías artesanales) y éstas ocupan el primer lugar entre las empresas alimentarias de comercio al detalle: producir más y más rápidamente también es un impulso inherente al negocio artesanal. Pero Vasseur ni siquiera abre su panadería los fines de semana, cuando las ventas suben y las filas se alargan aún más sobre la acera.

No solo las panaderías industriales sino también las artesanales manejan, como metáfora de buena salud, una oferta extensa de sándwiches y pastelería, además de una numerosa variedad de panes, pero en DU PAIN ET DES IDÉES, como en los restaurantes de etiqueta, el menú es reducido. Vasseur prepara panes con harinas orgánicas de trigo espelta, centeno o castaña y los fermenta con levadura natural (levain). Los viernes experimenta con variaciones como centeno con miel y mostaza en grano, cacao con nueces y arándano, y nueces y manzana a la flor de naranjo. Siguiendo la costumbre de principios del siglo XX, además de pan en su panadería ofrece solamente viennoiserie, ese conjunto de productos refinados hechos con masa hojaldrada o esponjosa (brioché), originarios de Viena y adoptados por París desde la segunda mitad del siglo XIX. Se consideran una especie aparte, intermedia entre el pan y los pasteles, donde el croissant, el pain au chocolat y los enrollados a los que Vasseur llama escargot, son los emblemas.

Resistir al vértigo con que se mueve la industria es escoger uno de los bandos. «Una de cada dos viennoiserie que se venden en las panaderías es industrial», dijo Philippe Godard, de la Federación de Empresas de Panadería y Pastelería Industrial. Producidas por toneladas en maquinaria pesada, a esas viennoserie se les añade aditivos como el ácido ascórbico para acelerar su fermentación e incrementar su volumen. Tras una preparación resuelta en unas cuantas horas, llegan a las panaderías congeladas, crudas o precocidas, y requieren de un breve paso por el horno para quedar listas. Su aspecto suele ser pálido, su consistencia más elástica que crocante y es frecuente que se excedan en grasa y en azúcar. En ellas, ni el trabajo artesanal ni la calidad de los ingredientes importan. De los mil doscientos artesanos panaderos de París, solo el dos por ciento de ellos no recurre a ningún tipo de producto congelado.

Vasseur es parte de esa minoría. Preparadas completamente en su local con masa de hojaldre común o con una fusión entre esa y otra esponjada llamada briochée feuilletée, sus viennoiserie se toman un día entero para fermentar y en total requieren una preparación que llega a las treinta horas. El tiempo, sin embargo, no lo resuelve todo si los ingredientes son mediocres, y elegir unos de calidad inusual implica lanzar otra apuesta de riesgo. «¿Quién es el loco que utiliza leche orgánica, huevos orgánicos, mantequilla fresca extra fina? ¡Nadie!», pregunta y se responde Vasseur afuera de su panadería, con un tono presuntuoso y el gesto retador. No cualquier panadero se atreve a pagar el doble por los ingredientes que utiliza. Vasseur lo hace porque sabe que sus clientes están dispuestos a pagar el triple para comer un pan único. Mientras un enrollado industrial cuesta un euro y uno artesanal de calidad mediana un euro con cuarenta centavos, los escargot de Vasseur cuestan tres euros con diez centavos. Dejar la clase ejecutiva de los negocios para convertirse en un obrero refinado puede ser un buen negocio.

III

No hay gasto que por bien no venga. Hace cinco años, un anciano llegó a la panadería de Vasseur con lágrimas en los ojos. Era el nieto de un panadero de campo junto al que había pasado parte de su infancia, maravillado con su habilidad de mago para transformar kilos de harina en obras preciosas. En aquella panadería rural el aire también olía a mantequilla; la temperatura era agradable en cualquier época del año. Cuando el niño tenía seis años, el abuelo panadero murió de un ataque cardíaco al pie de su horno. A partir de entonces, en su mente se anularon las imágenes y los olores de las mejores vacaciones de su vida. Hasta que él también se convirtió en abuelo y un día, mientras se hacía unos exámenes médicos cerca de la panadería de Vasseur, su esposa aprovechó para comprar, por primera vez, un gran trozo de Pain des amis. Al salir del consultorio, el anciano abrió una bolsa de papel celeste con un exquisito logotipo dorado, y al primer mordisco viajó directo a los días felices que ya no recordaba. Con la emoción todavía cortándole la voz, fue a la panadería, pidió que llamaran a Vasseur, y le dijo: «Quiero agradecerle, señor. No sé cuánto pagó mi esposa por este pan, pero usted resucitó a mi abuelo». Vasseur lo cuenta con la agilidad de quien domina una anécdota reiterada. «¿Se da cuenta?», me pregunta ahora. «En ese tiempo el pan costaba dos euros con cuarenta centavos. ¡Por dos euros con cuarenta centavos yo resucité a un muerto!». En ANTROPOLOGÍA DE LOS COMEDORES DE PAN, el investigador Abdu Gnaba dice: «Al hablar del pan, la gente se implica, se mete en escena: el pan es narrativo». Vasseur controla las escenas en las que el panadero cumple el papel de benefactor.

El panadero estrella a veces se imagina películas violentas. Vasseur es un tipo irascible, con escasa tolerancia a las críticas. En Internet hay rastros de las veces que se ha enredado en peleas de blog cuando en alguna reseña sus productos han recibido comentarios negativos. Usualmente ataca evocando la ignorancia, la envidia, la mala fe que, cree, deben amargar a los profanos que lo critican. Cuando juega de anfitrión, es capaz de llevar la irritación a los puños. «Una o dos veces al año viene algún idiota a la panadería y me provoca, y entonces me dan ganas de golpearlo, de romperle la cara. Soy un poco extremo cuando digo esto, pero no tolero la ignorancia ni la imbecilidad. Tengo un verdadero problema con eso». Una o dos veces al año. El dato debe ser literal porque, en los días comunes, lo que hay con sus comedores de pan es una relación de entera confianza. Los clientes que salen de su panadería dicen lo que a él siempre le gustaría escuchar. «Simplemente, desde la percepción gustativa, se nota que este pan está compuesto de buenos elementos», dice Carl Barbier. «Este pan es diferente a los otros, más sabroso, más denso. Es más caro, pero estoy dispuesta a pagar por la calidad», dice Hélène Marchand. «Los ingredientes son remarcables. Soy un amante de las viennoiseries y las como por todo París. Soy bastante tacaño y cuido mucho mi dinero, así que si las compro aquí es porque son las mejores», dice Patrick Aujean. «Todo en este pan es de calidad. No hay misterio, el buen pan es caro», dice Marie Moisie. «Es un pan particular, como el de antes, ya desde la corteza huele bien, eso justifica su precio», dice Bernard Delahe. «Es el único pan de París que me recuerda al pan que comía en casa de mis padres», dice Bernard Privat. «Es un pan bien cocido, con mucho sabor, que se conserva mucho tiempo, como el pan de otra época. Además, se nota que está hecho con cariño», dice Jo Miklós. «Lo que hace único a este pan es su harina orgánica, el tiempo de fermentación, el tiempo de horneado. Por eso es que varios restaurantes de París, incluso algunos con estrellas Michelin, lo tienen en su mesa», dice Antonello Sciolti. «Este pan es muy perfumado, bien levado. Vaya a cualquier otro país de Europa y no encontrará un pan como el de Francia», dice Gabriel Leroussie.

IV

Christophe Vasseur dice tener un récord: «Si tengo que dar una cifra, la fermentación de mi pan toma dos días, y la fermentación del otro 99,9 por ciento de los panaderos es de dos horas». En la travesía molecular de las harinas que se convierten en pan, la diferencia entre lo ordinario y lo superior reposa en el tiempo. En panificación, el tiempo es ese recurso preciado que se invierte —o no— para que las masas se fermenten. Vasseur hace alarde de él. Fermentar las masas es ponerlas a reposar para que se oxiden intencionalmente y en ellas se logren aromas, sabores y texturas que sin fermentación no se logran. Las masas para pan se fermentan por acción de diversos tipos de levaduras, unos cultivos orgánicos elaborados con distintas fórmulas y tradiciones. Tiempo, fermentación y levaduras: la gema del pan francés. Antoine Parmentier, el farmacéutico y nutricionista francés precursor de la química alimentaria y que en 1782 fundó la Escuela Gratuita de Panadería de París, creía que la fermentación era «el alma de la fabricación del pan». Hoy Vasseur ha conquistado el tiempo de su oficio.

Parmentier se refería exclusivamente al levain, un tipo de fermento natural que madura a lo largo de cuatro o cinco días a partir de una mezcla de agua con harina. El resultado en sí es una masa que se añade como ingrediente a las masas principales para que fermenten y se inflen (leven). El levain es el responsable de que la corteza de los panes sea espesa y crujiente, y de que la miga resulte densa y a la vez elástica e irregular. El pan hecho con levain tiene un sabor fuerte, agreste, agradablemente amargo. Es un pan que se conserva al menos una semana sin que se note su degradación, y es de más fácil digestión debido a que las bacterias lácticas que contiene inhiben la acción de microorganismos indeseables en el intestino. En el manual del oficio del Instituto Nacional de la Panadería-Pastelería, la fermentación con levain es presentada como «el método noble y tradicional que le exige al artesano una gran habilidad y una atención extrema», otra forma de decir que es la esencia de la destreza panadera.

Pero el mismo Parmentier reconocía que el costo de lograrla eran jornadas extremas en las que el panadero era sometido a un «esclavismo lamentable». Para facilitar el trabajo en el amasadero, existe la levure, el otro tipo de levadura natural. Se fabrica a escala industrial a partir de un hongo microscópico similar al que se usa para fermentar vino y cerveza. Las masas que contienen levure se fermentan más rápidamente y levan incluso más que las hechas con levain, pero la miga resulta más liviana y su sabor más simple y ligero. Tienen en su contra un tiempo de conservación bastante más corto y un bajo valor nutritivo, pero la ventaja de resultar aún de calidad y la capacidad de reducir el esfuerzo cotidiano al valerse de un fermento comercial listo para ser usado. Es comprensible que, al aparecer en el mercado, la levure desplazara al antiguo y riguroso levain, y fue inevitable que, al hacerlo, se fueran relegando las virtudes de la vieja escuela. Hoy, aunque la levure es admitida como un ingrediente de la panadería tradicional francesa y se usa para preparar panes de buena calidad, muchos panaderos procuran reducirla a cantidades mínimas y privilegian el uso del levain, como para demostrar que el alma de su pan está cargada de paciencia.

V

Steven Kaplan, el mayor historiador del pan francés, formuló una escala de valores para juzgar un buen pan: 1. El aspecto. 2. La corteza. 3. La miga. 4. La mordida. 5. Los aromas y olores. 6. El gusto y los sabores. Y como bonus: la armonía entre todas las anteriores y algo a lo que Kaplan llama panimaginaire, una invitación a cada consumidor a dar libre curso a su fantasía evaluando el pan. Esos criterios pueden servir como un esquema de calificación que otorgue veinte puntos a la excelencia de un pan. «Un sistema de notación, como una teoría cualquiera, es reductor, pero esa es su naturaleza y la fuente de su posible utilidad», dijo Kaplan. Djibril Bodian, un panadero de treinta y ocho años nacido en Senegal, ganó este año el concurso de La Mejor Baguette de Tradición Francesa de París, que, además de recompensar al triunfador con cuatro mil euros, le da un contrato para proveer de baguettes durante un año al Palacio del Elíseo, la sede de la presidencia de Francia. Al no elaborar baguettes, a Vasseur ese concurso le resulta indiferente. A Bodian, quien llegó a los seis años a este país y hoy es el administrador de la panadería LE GRENIER À PAIN, por el contrario, le interesa tanto que es el único que lo ha ganado dos veces.

En marzo de 2015, Djibril Bodian y más de doscientos colegas llegaron a la Cámara Profesional de Artesanos Panaderos-Pasteleros, un elegante edificio en el distrito siete de París, para presentar sus mejores baguettes al concurso. Las traían a la mano, escondidas a medias en bolsas de papel o apenas sostenidas por el lomo con un cinto de folio. Durante la mañana y parte de la tarde, los panaderos fueron pasando de uno en uno para someter sus barras a la primera prueba: peso y talla. Debían tener entre cincuenta y cinco y sesenta y cinco centímetros de largo, y pesar entre doscientos cincuenta y trescientos gramos. Las baguettes que superaron ese primer filtro avanzaron al escrutinio mayor ante un jurado de quince miembros compuesto, entre otros, por funcionarios del Municipio, representantes de la industria gastronómica, internautas aficionados y el panadero ganador del año pasado. Tras hacer tronar entre sus manos los panes para oír como cantaban las cortezas, después de hincarles la nariz en la miga para extraerles el aroma, habiéndolos probado todos con una metodología de catadores de vinos, incluso escupiendo algunos trozos para no saturarse, los jueces sentenciaron que la baguette de Bodian superó a las del resto de competidores en sus cinco criterios de juzgamiento: aspecto, miga, olor, sabor y cocción. Su pan, mantenido en fermentación durante veinticuatro horas antes de entrar al horno, tuvo un aspecto impecable, con una corteza crocante que permitía una mordida sin mucha tensión. Tuvo los alveolos de la miga –las cavidades aireadas de la masa– desiguales como tienen que ser, con la apariencia salvaje. La cocción fue perfecta, bien-cuite, y el sabor logró una paleta agradable con un acento amargo y otros de miel y avellanas. Tras ganar el primer concurso en 2010, los ingresos en la panadería de Bodian aumentaron un treinta por ciento. Con el segundo galardón y un prestigio elevado, la mejor baguette de París aún cuesta un euro con diez centavos. «Yo quiero llegar a la mayor cantidad de gente con un pan de calidad a un precio razonable», me dijo Bodian frente a los hornos en su panadería. «A mí no me interesa pensar en una categoría de lujo». La alcaldesa de París le entregó su premio el Día de la Fiesta del Pan.

Cada mes de mayo, durante la semana en que se celebra a Saint Honoré, el patrón de los panaderos, la Fiesta del Pan invade Francia celebrando las virtudes de los métodos artesanales en oposición a la arremetida industrial. En París, todo sucede bajo un galpón enorme en la explanada de la catedral de Notre-Dame, donde la secuencia completa de la panificación es realizada a puertas abiertas para que la admiren miles de visitantes. Los panaderos, veteranos y aprendices, amasan, hornean y hacen de expositores abnegados. Los niños son invitados a dar forma a las masas, abundan los selfies de turistas sosteniendo una baguette o abrazando a un panadero, los clientes se amontonan en los puestos de venta donde se despachan por cargas los panes apenas salidos del horno. Es una operación de marketing basada en el orgullo de la que hacen parte las principales confederaciones y algunos de sus panaderos estrellas. Vasseur nunca está presente: ni lo buscan ni lo invitan. En ese entorno de fraternidad panadera, su nombre resuena como un eco lejano. «Al señor Vasseur lo considero una persona en reconversión. No nació en el oficio, pero se desenvuelve bien y es bastante hábil con la promoción», dice Dominique Anract, panadero y presidente de la Cámara Profesional de Panadería de la región Ile de France, una de los organizadoras de La Fiesta.

Alcanzar la excelencia implica recuperar las viejas prácticas. Basile Kamir, un ex periodista de la legendaria revista francesa ACTUEL que también se convirtió en panadero y hoy está a la cabeza de Le Moulin de la Vierge, una cadena de panaderías artesanales con cinco locales en París, figura como el primero en retomar a finales de los años setenta el trabajo clásico con el levain. «Ya nadie sabía cómo hacerlo. Hubo que reinventarlo todo, trabajar de manera empírica», le dijo Kamir a una revista de Le Monde. Pero la sola experiencia no fue suficiente. Para recuperar los fundamentos de ese método, Kamir tuvo que acudir a LE PARFAIT BOULANGER, un tratado del siglo XVIII sobre la fabricación y el comercio del pan, escrito por Antoine Parmentier. Los panaderos que en adelante le siguieron la ruta, entre ellos Vasseur, comprendieron que el futuro de la panadería francesa estaba en poner al día a la tradición.

VI

Los panes de Vasseur son estrellas de Instagram. En la mesa al exterior de su panadería, una pareja de asiáticos ensaya una sesión de selfies poniendo sus croissants en primer plano. La escena no le sorprende. Vasseur tiene una fanaticada internacional, sobre todo japonesa, que circula en las redes sociales fotografías de sus panes como trofeos del paladar. Con dos golpes de nudillo, Vasseur prefiere seguir hablando de la vida real. «Este es el primer objeto que adquirí luego de firmar el contrato de compra de la panadería», dijo, haciendo un ruido seco sobre la superficie gastada de la mesa a las afueras de DU PAIN ET DES IDÉES. «En principio, esta mesa no tendría nada que ver con el negocio, pero para mí es un símbolo de camaradería y de compartir. Yo siempre he sido un apasionado por el placer de la mesa, por ese momento casi bendito en el que nos encontramos y hacemos la vida alrededor de ella». Vasseur compró la panadería cuando la zona donde está instalada, muy cerca del canal Saint-Martin, era poco concurrida y se arriesgó a tener que cerrarla pronto por falta de clientela, como les ocurrió a las tres panaderías que funcionaron ahí antes de su llegada. Hoy este vecindario, animado por restaurantes y boutiques de diseñadores, es un destino para turistas, foodies y otros sibaritas parisinos.

La panadería de Vasseur es el principal atractivo, pero no sólo por su pan. El interior tiene la gracia de una galería de arte clásico o de una tienda de antigüedades finas. Las paredes están copadas por espejos palaciegos con marcos dorados, el techo está cubierto con una pintura bajo vidrio de alegorías celestiales, y una parte de la fachada lleva otros frescos con escenas de trabajo en campos sembrados de trigo, obras todas ellas del reputado taller decimonónico BENOIST ET FILS. Las viejas latas de galletas y caramelos que se exhiben en las ventanas, las vitrinas, los canastos y los platones que contienen los panes, todo lleva el matiz delicadamente tostado de las cortezas y de la piel quebrada de las viennoiserie. Con letras doradas sobre toldos negros o adheridas a los vidrios de las ventanas, algunas frases funcionan como piezas de un manifiesto: «Harinas biológicas». «Trabajo sobre levain natural». «Hojaldre con mantequilla fina». La intención de Vasseur, calificado en la revista M DE LE MONDE como «maestro en el arte de vender la autenticidad», es revivir el espíritu panadero de finales del siglo XIX. El local de su panadería data de 1875 y está inventariado en el patrimonio suplementario de monumentos históricos. En el barrio, el panadero estrella es un vecino ilustre. Mientras conversamos, varios pasantes lo saludaron con cortesía. Con dos de ellos cerró acuerdos para juntarse a comer, y un tercero le dejó sobre la mesa una bolsa pequeña de papel celofán, a través de la cual se veía un hermoso macarrón de un dorado intenso. “Es de trufa blanca”, le dijo el hombre. “Mire, qué maravilloso”, me mostró el panadero. “¡Un macarrón de trufa blanca de Alba! ¿Se da cuenta? Eso es compartir. ¡Esa es la vida!”, dijo.

Hoy Vasseur disfruta más de la vida porque puede empezar su día a media mañana, ocuparse de tareas de administración, supervisar que tras bastidores todo marche según el cronograma y poner las manos en la masa sólo si hace falta. Entonces, si hace falta, viste su traje de obrero, no un uniforme clásico de dos piezas sino un overol blanco de rasgo industrial. La eficiencia en la organización del trabajo y la capacidad de enseñar para luego delegar las funciones es más un atributo que una deshonra. “La belleza de esto es que ejerzo un oficio sin tener la impresión de que es un trabajo. Es como si fuera un hobby. Me tomó cuatro años y dieciséis horas al día levantar el negocio, pero ahora tengo un ritmo bastante tranquilo. Hoy soy más un capitalista que explota al proletariado que un obrero”, dijo Vasseur riendo, como queriendo que no se lo tome en serio.

Como todos los días en DU PAIN ET DES IDÉES, el proletariado empezó el trabajo a las dos de la mañana. A esa hora llegó Sam Yong, una japonesa delgada y discreta que asegura ella sola el primer turno de la jornada. Al amanecer llegó otro japonés, el multifuncional Kenji Kobayashi, y sus dos colegas touriers, especialistas en vías de extinción dedicados específicamente a la finísima tarea de preparar las masas de hojaldre para las viennoserie. “Hace treinta años que en las escuelas de panadería de Francia ya no se enseña el trabajo del tourier. ¡Es dramático!”, dijo Vasseur. “El resultado es que la mayoría de las panaderías hoy venden croissants industriales, que llegan congelados desde una fábrica y por eso todos tienen el mismo sabor. Estoy convencido de que, dentro de veinte años, cuando alguien quiera aprender a hacer croissants, le van a decir que tiene que ir a Tokio, donde algún discípulo de Christophe Vasseur”. Por ahora, sus discípulos dominan la receta de sus croissants con masa levée feuilleté, que a diferencia de la feuilleté corriente, sólo hojaldrada, tiene una consistencia más robusta debido a la adición de una dosis de levure, la levadura de producción industrial también conocida como levadura de panadero. Las diversas recetas de croissant varían según los ingredientes (huevos, azúcar, levadura) que se suman a la masa básica compuesta por agua, harina y sal, y por el método para juntar a esa masa el componente esencial que es la mantequilla. No obstante, cualquier fórmula que se precie exige una alianza de precisión artesanal y cálculo matemático para que el resultado sea esa fascinante estructura laminada como hojas de libro viejo. Los croissant clásicos, que usan solamente harina, agua, sal y mantequilla, terminan compuestos por setecientas treinta capas de hojaldre luego de que a la masa se la dobla en tres y, con intervalos de descanso y enfriado a tiempos controlados, se repite esa operación seis veces. Los de Christophe Vasseur, habitués en los ránkings de críticos profesionales y foodies entusiastas, son una joya con la corteza intensamente caramelizada, un interior corpulento que no se deshace en migas como los preparados con el apuro industrial, y un poderoso sabor a mantequilla que sin embargo no deja una sensación grasosa.

Vasseur está conforme con que de ese trabajo de refinada joyería se encargue un grupo de artesanos extranjeros. “Encontrar personal fiable y motivado en Francia es imposible. Cuando he necesitado empleados y he acordado citas, el ochenta por ciento no se ha presentado, y de los que han venido la mayoría han resultado mediocres, así que renuncié a formar franceses y decidí formar sólo a japoneses. Ellos tienen un profundo sentido de lo bello, de la estética, y sobre todo una relación histórica con la tradición y un profundo apego al maestro, al sensei, a quien tiene el poder y la ciencia, y de quien reciben, de manera casi bíblica, el conocimiento”. Hace unos años, Sakiko, otra de las empleadas japonesas que trabajan con él, había llegado a París de visita. Fue a DU PAIN ET DES IDÉES porque aparecía recomendada como atracción en su guía de viaje. Sentada en la mesa del exterior comió un trozo de Pain des amis y una empanadilla de manzana, y entonces sintió un llamado. “Nunca había comido algo así. En ese instante decidí convertirme en panadera”, me dijo Sakiko al empezar su turno en la panadería de Vasseur.

La japonesa volvió a su ciudad y, tiempo después, cuando todavía trabajaba como cocinera, le escribió a Vasseur para pedirle que la aceptara como aprendiz. Ahora ya lleva tres años de empleada. Años antes, Ryuko, otra panadera japonesa, estuvo de practicante durante tres meses. Cuando regresó a Osaka, abrió la panadería Louloutte, donde prepara croissants, escargots y panes de miga espesa inspirados en los de su maestro. Fue Ryuko quien le recomendó a su amigo Kenji Kobayashi que buscara un puesto en DU PAIN ET DES IDÉES. Y así avanzó la saga japonesa, entre contactos y recomendaciones. Kobayashi lleva más de cinco años trabajando allí y entre los críticos se le reconoce una reputación propia por haber elaborado recetas deslumbrantes, como la del pan perfumado con Nikka, el cotizado whisky japonés. Este año regresará a Tokyo para abrir también un negocio aprovechando lo aprendido junto a Vasseur. “Su pasión se nota en su gusto por enseñar. Es una persona bastante sabia”, dice de él Kobayashi. Vasseur colecciona halagos de sus obreros devotos. “El más bello homenaje que un panadero japonés ha podido hacerme es decir que yo marco la ruta. Yo vengo de la montaña, y ahí quien marca la ruta es el que va adelante en las expediciones, el que toma todos los riesgos, el que lleva la voz de mando y a la vez facilita el camino para los que vienen detrás. Yo creo que, al decir eso, ese panadero entendió todo”. Ningún panadero francés le haría a Vasseur sentirse un sensei.

VIII

Christophe Vasseur siempre reconoció que su ruta estuvo marcada por Jean-Paul Mathon, el panadero que lo recibió de aprendiz para que se iniciara en el oficio. Ese artesano discreto se ha negado siempre a conceder entrevistas, en Internet se encuentra un solo retrato suyo y las pocas reseñas que hablan de él, además de alabar lo sublime de su panadería LA GAMBETTE À PAIN, recuerdan que se trata del reservado maestro del publicitado Vasseur. Por ahí se dice también que Mathon cerró su negocio durante dos años y se fue a Taiwán para aprender mandarín, y que a su vuelta, en 2010, la guía Gault & Millau le concedió a LA GAMBETTE À PAIN el título de Mejor panadería de París. Tampoco entonces Jean-Paul Mathon dijo nada. Su pan siempre ha hablado por él. Vasseur ha declarado que en las cortas seis semanas que pasó junto a él pudo aprender las bases del pan, pero no de las viennoiserie, esas piezas refinadas de masa hojaldrada y brioché. Para eso contrató un tourier, el especialista en prepararlas. Lo observó preparar el hojaldre y luego perfeccionó la técnica añadiéndole sus astucias propias. “Así debe ser en el artesanado”, me dijo Vasseur. “Una vez que el principio es entendido, lo que uno hace debe ser personalizado”. Hay quienes creen que al personalizar se le fue la mano.

En la panadería de Jean-Paul Mathon, en lo alto del distrito veinte de París, un hermoso bloque de pan moreno, compacto como un adobe, luce idéntico al célebre Pain des amis de Vasseur. El de Mathon también está bautizado, se llama Mon pain préféré, mi pan preferido, y al igual que el pan de los amigos tiene una clara fragancia ahumada, aunque menos intensa y más dulzona, con un ligero acento de vainilla. Como en la panadería de Vasseur, hay en sus estantes la mouna, un pan brioché perfumado a la naranja, especialidad tradicional de los pieds-noirs, esos ciudadanos europeos que habitaban en Argelia antes de su independencia; y la empanadilla de manzana que se distingue entre cualquier otra por no llevar en el interior un puré acuoso sino una crocante mitad de la fruta. Hay en ambos locales, de Mathon y Vasseur, panes similares rellenos con ingredientes dulces y salados, y tartaletas de frutas con el mismo aspecto reluciente. Mathon también ofrece panes especiales los viernes y cierra su local los fines de semana. Las similitudes de obra y de concepto son la prueba de que entre ambos hubo una secuencia. “Ahora ya no tienen una buena relación”, me dijo Steven Kaplan, evitando entrar en detalles.

Vasseur ha declarado que empezó a hacer su Pain des amis de manera casi lúdica para comerlo con sus amigos en el brunch de los domingos. Y que luego, ante el deleite provocado, fueron esos amigos quienes le incentivaron a que lo pusiera en el menú de su panadería. Vasseur ha declarado también que se trata de un pan que hasta los años cincuenta se encontraba en las zonas rurales de Francia, de los que se conocen como pain de campagne, típico de una técnica de cocción con fuego de leña, y que él lo reprodujo manteniendo la fermentación lenta que se toma dos días, cociéndolo en un horno con piso de piedra y aplicándole quiebres de temperatura durante el horneado para que logre esa corteza como de un árbol antiguo. Vasseur no se adjudica la invención de ese tipo pan, pero al que sale de su horno lo personalizó con todo el rigor de su experticia en mercadeo: al nombre le juntó una lustrosa licencia de copyright: Pain des amis©. Lo que desde lejos podría parecer una polémica intrascendente, en el país de la baguette es capaz de levantar discusiones impetuosas. Los blogs especializados son el terreno del escarnio. En marionadecouvert.com, un usuario identificado como Colin reacciona a una reseña sobre la panadería de Vasseur: “Es donde el panadero Jean-Paul Mathon que Christophe Vasseur hizo su formación. Un panadero muy discreto del que Vasseur se ha servido exageradamente. Vaya a ver y encontrará el Pain préféré, que Christophe Vasseur copió para hacer su Pain des amis (digo copiar porque el resultado es casi idéntico, y de hecho el Pan préféré es mejor y más barato, pero Christophe Vasseur siempre ha alardeado de su invención, y ese no es el caso)”. El autor del sitio kitchenaroundthecorner.com, dice: “Mon pain préféré no deja de recordar al Pain des amis de Vasseur, con el mismo gusto ahumado, la miga bien alveolada y una corteza bien tostada, pero tengo mi preferencia por Mon pain préferé”. En el sitio painrisien.com el asunto sube de tono. El usuario uncafeladittion comenta: “Probé el Pain préféré de Mathon, que al parecer ha sido retomado por el alumno Vasseur con su Pain des amis. Me sorprendió la anécdota de Vasseur que dice cómo nació su pan. ¿Entonces, la información es tergiversada? ¿Quién es el verdadero creador?”. Otro, identificado como Mingu: “Me sorprendió y también me molestó un poco ver a qué punto Christophe Vasseur ha retomado ciertas ideas de su maestro J.P. Mathon sin reconocerle el crédito (suponiendo que esos productos existían previamente donde J.P. Mathon). Yo solo conocía a Christophe Vasseur, nunca había escuchado hablar del ‘original’”. Una usuaria identificada como Prevost dice tener la voz autorizada: “Yo soy una de las vendedoras de la panadería del señor Mathon. Tengo que decir que él es el creador del Pain préféré y que es él quien enseñó a otros panaderos. El señor Mathon prefiere estar en el amasadero buscando los pequeños detalles que van a marcar la diferencia, antes que estar frente a las cámaras”. Es probable que fuera esa misma vendedora la que, sin querer darme su nombre, me diría algo similar cuando visité la panadería de Mathon: “Mi patrón empieza a trabajar a las dos de la mañana y sale a las ocho de la noche. Él es un hombre tímido, vive en su mundo, solo le interesa vivir su pasión, no es como otros, que pasan su tiempo hablando con la prensa y dejan que todo el trabajo lo hagan sus empleados”. “¿Se refiere a Christophe Vasseur?”, le pregunté. “No nos interesa el señor Vasseur, pero ya sería bueno que a mi patrón dejaran de relacionarlo con él”, respondió. A su patrón se lo veía detrás de unos vitrales, de espaldas a la zona de venta, sumido en el manejo de la paleta que metía y sacaba masas de los hornos. Era evidente que para Jean-Paul Mathon el mundo acaba en el perímetro de su panadería.

10

Todos los caminos conducen a un pedazo de pan. Cuando Steven Kaplan, un joven judío de Nueva York, decidió convertirse en historiador de Francia y de la Revolución Francesa, entendió que para adentrarse en el corazón cultural de su país de acogida había que descifrar el ADN de su alimento insigne. El pan era apenas la punta del ovillo.  No era una garantía pero sí una apuesta. Al preparar su proyecto de tesis doctoral, Kaplan no escribió las veinte páginas que le exigían sino unas ciento veinte, casi de un tirón, inmerso en un gozoso estado de trance. Así comprometió sus siguientes cuarenta años de vida y de investigaciones. De esas cuatro décadas de devoción quedaron once libros del grosor de una Biblia, dos medallas de Caballero de la Legión de Honor que el gobierno francés le otorgó por sus aportes, y una bien ganada fama de monsieur pain entre todo el engranaje del oficio.

Durante el Antiguo Régimen, el período de dos siglos que precedió a la Revolución Francesa, explica Kaplan, la estabilidad del Rey de Francia dependía de su capacidad de aprovisionar el pan para su pueblo. La vida social y económica de los franceses se sostenía en la producción de cereales, que era lo esencial de su alimentación. Como la elaboración de pan y el acceso a él eran el centro de las preocupaciones cotidianas, para que eso ocurriera se creó La Policía del Pan, un cuerpo administrativo encargado de regular los mercados de los granos y las harinas, establecer impuestos y controlar fraudes en el peso y hasta en el punto de cocción del pan. Los panaderos estaban obligados a llenar sus mostradores a cualquier costo y eran presionados para que se ingeniaran la forma de conseguir las materias primas en caso de que faltaran. Al igual que los proveedores de granos y de harinas, los panaderos eran tratados como “agentes de servicio público” y no como simples comerciantes. Las autoridades creían que, si los panaderos faltaban a sus deberes, el pueblo podía explotar en una furia más o menos legítima, y las revueltas que alteraran el orden público eran lo que menos querían. Pero ocurrieron.

Una serie de motines conocidos como la Guerra de las Harinas desataron el caos en 1775, cuando la carestía de los cereales elevó el precio del pan. La gente, cuya exigencia era “pan de buena calidad, en cantidad suficiente y a precios razonables”, protestó en las calles blandiendo repulsivos trozos de pan negro como símbolo de las penurias, y las panaderías se volvieron el principal blanco de los saqueos. Para los parisinos del siglo XVIII, la buena calidad del pan era un asunto de dignidad elemental: su insatisfacción podía alentar una insurrección. La Revolución que explotó en 1789 tuvo en la Guerra de las Harinas un antecedente, y en la escasez de pan y el aumento de su precio una de sus causas determinantes. Una de las escenas más evocadas de ese capítulo decisivo de la historia francesa es la que recuerda a siete mil mujeres armadas con picos, trinches y bastones que, el 5 de octubre de ese 1789, marcharon hacia el Palacio de Versalles exigiendo el pan a gritos. Para hacer presión frente al rey Luis XVI llevaron consigo, en las líneas del frente, a los panaderos de París, y mientras ellas marchaban, en las calles se repartían panfletos que recordaba la existencia de un pan mejor y más barato. La protesta terminó con la invasión del Palacio de Versalles y varios guardias asesinados. Luis XVI y la reina María Antonieta se salvaron y debieron abandonar Versalles para instalarse en París, pero antes una comitiva de las mujeres pudo entrevistarse con el Rey y lograr que aceptara sus demandas. El pan tenía al pueblo y a las elites rendidos a su voluntad. La Enciclopedia Metódica, lanzada por el librero Charles-Joseph Panckoucke, cita que ese año había otros víveres disponibles para la alimentación, pero que “la mayoría de la gente creía morir de hambre si no había pan”. Se trataba de un asunto muy francés porque, al mismo tiempo, según la historiadora Bee Wilson, Italia había cambiado el pan por la pasta e Inglaterra había iniciado su afición por el azúcar como fuente principal de calorías. En el país de la Revolución, se hablaba de la tiranía del pan.

Emanciparse del peso histórico y cotidiano de ese alimento se volvió una urgencia. Con el paso de los años ocurrió de manera casi natural. Las innovaciones tecnológicas, los avances sociales, la adaptación a una dieta más diversa, las regulaciones políticas y la mecanización del trabajo (que demandó menos esfuerzo físico a los obreros y por lo tanto menos calorías derivadas de su ingesta) hicieron que el consumo de pan se fuera al suelo. Fue entonces cuando lo logrado se convirtió en un problema. Para los industriales del pan se volvió una obsesión recuperar lo perdido. “Una de las cifras más elocuentes de la historia de Francia desde hace tres siglos es precisamente la del consumo de pan por persona al día”, dice Steven Kaplan en uno de sus libros. El declive en el consumo continuó hacia la mitad del siglo XX. La Segunda Guerra Mundial y una mezcla de mala prensa y rumores infundados sobre supuestos perjuicios para la salud tuvieron efectos nefastos. “Las advertencias ‘científicas’ iban de la estigmatización del pan como responsable de la subida de peso hasta la acusación de ser cancerígeno y provocar tuberculosis, alcoholismo y caries dentales”, escribió Kaplan. En 1957, la directora de una escuela en Cotes-du-Nord prohibió que se les sirviera pan a los niños en el almuerzo escolar. Al año siguiente, la Confederación Nacional de Panadería planteó un juicio a la revista semanal LA PRESSE por haber publicado que el pan era un “veneno temible”. Ya unos años antes, un incidente de histeria colectiva había dejado consecuencias verdaderas. En agosto de 1951, en Pont-Saint-Esprit, una comuna en el sur de Francia, cientos de personas sufrieron intoxicaciones que degeneraron en crisis alucinatorias en la vía pública. La prensa reportó que un hombre se creyó un avión y saltó desde un segundo piso, que otros se retorcían sintiéndose poseídos por serpientes y que un niño estranguló a su mamá en un ataque de ira. Cinco personas murieron, más o menos cincuenta fueron internadas en hospitales psiquiátricos y un número incierto más en hospitales comunes. Nunca se estableció la causa concreta de este mal, pero hasta hoy se cree que la intoxicación se debió a un parásito que infectó harina de centeno. Todas las víctimas de Pont-Saint-Esprit habían comido el pan de una panadería del pueblo llamada Briand. Al affaire se lo conoce desde entonces como “El pan maldito”.

Pero la verdadera maldición del pan francés fue la caída en el consumo porque su calidad era cada vez peor. Ya no eran sólo razones externas las causantes sino algo relacionado con el ADN que lo hacía insigne, con la tradición que alguna vez lo encumbró. “Esta afirmación contradecía un estereotipo que alimentaba un cierto orgullo patrio: que el buen pan francés era el mejor pan del mundo”, me explicó Steven Kaplan. En 1962, el Centre Nacional de Coordination des Etudes et Recherches sur la Nutrition et l’Alimentation publicó LA CALIDAD DEL PAN, un estudio de mil páginas que revelaba las causas de la desgracia. Decía que el trigo usado para las harinas era alterado genéticamente y tratado con abonos químicos para asegurar su crecimiento, que las harinas eran cargadas de aditivos para mejorarles el sabor y el rendimiento, que la levadura natural (levain) había sido reemplazada por la levadura de panadero (levure), la que, aunque proveniente de un hongo natural, era percibida como química. El informe destacaba un pecado mortal: el sacrificio del tiempo. A las masas apenas se las dejaba reposar, impidiendo que una fermentación apropiada le permitiera alcanzar los aromas deseados. Se buscaba producir más y más rápidamente, y para eso eran más eficientes los hornos a combustible que los que usaban leña o bloques de piedra. Además, era una época en que el Estado fijaba los precios en lo mínimo posible, por lo que no interesaba mejorar las materias primas pero sí aumentar las ventas por volumen (el precio del pan, fijado por el Estado desde 1791, se liberalizó casi dos siglos después). En pleno revuelo industrial en esa parte del mundo, la panadería artesanal se entregó a la lógica mecanizada. La calidad tenía como sinónimo la innovación y no la nostalgia. Atrás habían quedado los panes de los años treinta elaborados todavía con levain, amasados a mano y dejados en fermentación por largas horas. Volvió con fuerza el plan blanco, ese pan de aspecto higienizado, con su corteza delgada y quebradiza, su miga ligera e inflada como una espuma de poliuretano, insípido y sin el menor contenido nutricional. Era la antítesis de aquel por el que la gente había peleado en las calles en la Revolución Francesa. Durante más de tres décadas, y hasta inicios de los años noventa, los franceses y su pan vivirían una intensa historia de desamor, hasta que molineros y panaderos acordaron revivir las bondades de otra época. Los primeros producirían harinas sin aditivos y los segundos retomarían el método con levain y el largo reposo. Se estableció el “decreto pan” durante la presidencia de Mitterrand, y aparecieron los primeros paladines que rescataron del olvido un arquetípico pan francés.

Unos años más tarde apareció un resuelto Christophe Vasseur a buscarse un lugar donde nadie lo esperaba. “Él sabía que todo el sistema estaba estructurado en su contra, que le iba a ser hostil. A los panaderos no les gusta los outsiders”, me dijo Steven Kaplan. “Pero trabajó mucho para ganar credibilidad. Experimentó, tomó riesgos, fue atrevido. Y aunque no podía anticipar las consecuencias, tuvo una idea intuitiva y genial, con gran sentido de la estética y del sabor. Pasó de tener una gran variedad de panes a enfocarse en su Pain des amis, un pan seductor, suntuoso, voluptuoso. Debido a todo eso llegó a tener visibilidad. Como el individuo atractivo que es, empezó a aparecer cada vez más en los medios. Tuvo la capacidad de imponerse”. El día que me citó en la panadería de Dominique Saibron, mientras tomaba un segundo café con leche, Kaplan fue preciso al mencionar que la gloria de un panadero no es sólo un asunto de destreza artesanal. “Entre los panaderos hay una sola forma de medir el éxito, que no es el juicio sobre si el pan es delicioso o no, sino sobre cuán altos son los ingresos que tienen, y evidentemente a Vasseur le va muy bien. Creo que por todas esas razones, desde la tradición dinástica y la organización sindical del oficio lo ven con una dosis de envidia y de desdén”. Hay pan para todo el mundo, dicen los panaderos franceses respecto a la libertad de elegir la alcurnia de sus productos. En un extremo del abanico está Christophe Vasseur, con declaraciones altisonantes pero no poco ciertas. “Yo vendo el Hermès del pan”, dice. “Vendo pan a más de diez euros el kilo, mis escargot cuestan tres euros con diez centavos. Nadie hace eso. Pero nadie hace pan con esta calidad. Encuéntreme un solo artesano que utilice materias primas como las mías. No hay uno solo”. Si Vasseur estuviera equivocado, su panadería no estaría tan llena de gente que cree que el pan también puede ser un artículo de alta costura. Un artículo de lujo francés.

SEÑORAS Y SEÑORES
LO QUE ESTÁN HACIENDO
NO ESTÁ MUY BIEN

En el año 1999, The New York Times contrató al humorista Randy Cohen para resolver una vez por semana los dilemas éticos de sus lectores. Más de quince años después, la columna The Ethicist nos sigue mostrando que ser éticos no tiene que ver con cumplir reglas.

¿Por qué es tan difícil ser tan bueno?

Una crónica de José Manuel Simián

Cada noche a las 8:15, desde la ventana de su apartamento, una mujer miraba como su vecino se duchaba. Era un chico apuesto que nunca cerraba sus cortinas, y ella disfrutaba mirándolo, pero no sabía si era correcto. Decidió escribir a The New York Times para sacarse la duda. Desde 1999, el diario más influyente del mundo responde los dilemas éticos de sus lectores a través de una columna llamada The Ethicist en su revista dominical. «Si el guapo de tu vecino se olvidó una noche de cerrar sus ventanas, tu deberías respetar su privacidad», le respondió Randy Cohen, el primer Ethicist que tuvo el periódico.

«Pero si deja las cortinas abiertas todas las noches en una gran ciudad, puedes asumir que sabe lo que está haciendo. Así que ¡disfruta!». Los vecinos desnudos, escribió Cohen al final, «son parte del espléndido panorama de una ciudad como Chicago», igual que sus edificios famosos. Era una de las típicas bromas con las que Cohen, un escritor de comedia convertido en consejero ético, solía rematar sus columnas. Pero los dilemas de sus lectores no siempre eran tan fáciles de resolver.

En el año 2000, una mujer de Nueva York se preguntó si era correcto llevar su bebida y bocadillos al cine aunque estuviera prohibido. Por culpa de esa regla, quienes van a ver películas deben comprar popcorn a un precio desmedido. Si no la cumplen pueden ser expulsados de la sala. En vez de acudir a una agencia de protección al consumidor por los abusos del cine, la mujer decidió escribir a The Ethicist.

—Si hablamos de transgresiones, la suya es menor, pero es una transgresión —le respondió Cohen—. Ir al cine es estrictamente voluntario, y desde ese punto de vista, al comprar una entrada aceptas las limitaciones que vienen con ella.

Hacer siempre lo correcto puede ser aburrido, pero ser ético no significa acatar ciegamente las reglas. Por eso el dilema del popcorn no acabó allí. Un año después de publicar esa respuesta en el magazine, Cohen hizo algo inédito en el tiempo que llevaba como Ethicist: cambió de opinión y publicó su primer mea culpa. Ahora pensaba que los cines abusaban de su poder de fijar las reglas del trato con sus clientes. Si su tarea fuera simplemente decir a sus lectores que respetaran las reglas sin importar cómo habían sido fijadas, escribió, su trabajo «podría ser hecho por un mono».

En este caso, dijo Cohen, había que distinguir el negocio principal de los cines (vender funciones de películas) de su negocio secundario (vender popcorn). En otras palabras: puedes llevar tus bocadillos de contrabando al cine, pero sería incorrecto llevar un termo con espresso a un café.

Trece años después de aquel mea culpa, una tarde de agosto de 2014 en un café de Nueva York, le pregunto a Cohen por qué el dilema del popcorn es el primero que se le viene a la cabeza cuando le pido un ejemplo de un caso que lo haya hecho transpirar. Después de todo, durante sus doce años como Ethicist, tuvo que responder dos preguntas por semana. Más de mil doscientos dilemas.

—Porque es una pregunta que parece muy simple —dice—, pero es muy compleja.

Randy Cohen tiene razón. Las únicas preguntas éticas interesantes son esas: las más ambiguas y sutiles. Sabemos que robar está mal, pero si hallamos un sobre repleto de dinero en un lugar público no sabemos bien cómo actuar. Sabemos que mentir está mal, pero vacilamos en contarle una noticia grave a un familiar que sufre del corazón. Sabemos que el adulterio está mal, pero ¿qué hacer si nuestra esposa ya no quiere tener sexo? «Tú puedes buscar sexo en otro lado discretamente, delicadamente, tratando de no causarle vergüenza —le respondió Cohen a un lector que le planteó ese dilema—. O ella tal vez encuentre este modus operandi intolerable y puede dejarte. Pero tienes que darle la opción de decidir». Tu deseo es digno de respeto, escribió Cohen, tu mentira no.

Las definiciones de manual sobre lo que es la ética suelen ser vacías —«Reglas de conducta basadas en ideas de lo que es moralmente bueno o malo», dice el popular diccionario Merriam-Webster—, y los libros sobre la ética dedican páginas y páginas a los grandes temas —el aborto, la eutanasia, comer animales—, pero suelen dejarnos igual de desamparados frente a los pequeños dilemas que a veces terminan definiendo nuestras vidas. ¿Es correcto romper con un novio al que le han diagnosticado cáncer? ¿Debemos pagar las deudas de un pariente muerto si los acreedores no tienen cómo obligarnos? ¿Es aceptable ‘hacerse el malo’ en una relación amorosa para que la ruptura sea menos dolorosa? ¿Está bien usar el estacionamiento de mi vecino que está de vacaciones? ¿Debo decirle algo a mi mecánico si veo que tiene un póster con frases racistas? ¿Es correcto salir con la ex de mi amigo? ¿Es obligatorio ayudar a un animal malherido? ¿Debemos contarle a nuestra mujer los secretos que nos confió uno de nuestros amigos en común? ¿Puede una escuela expulsar a sus estudiantes por filmar una pelea después de clase? ¿Qué haces si en la boda de tu mejor amigo ves a la novia saliendo de una habitación con otro hombre? ¿Está bien ocultar una enfermedad a nuestros seres queridos para no preocuparlos?

Este tipo de dilemas son los que le dieron vida a The Ethicist, una columna que tras dieciséis años de existencia se ha convertido en un clásico para los lectores de The New York Times: cada domingo hay familias estadounidenses que juegan a leer las preguntas y a tratar de adivinar la respuesta del Ethicist; hay profesores de ética que usan la columna como modelo para sus clases; la prestigiosa red nacional de radios NPR le dio un espacio propio; y los libros publicados con sus respuestas han sido bestsellers y se tradujeron hasta en coreano. Este fenómeno hizo evidente que los lectores estaban ávidos de respuestas éticas, pero también que eran capaces de reaccionar con fanatismo si no estaban de acuerdo con ellas. En 2013, cuando un Ethicist dijo que estaba bien presentar el mismo trabajo final en dos cursos universitarios distintos, la defensora del lector de The New York Times, Margaret Sullivan, tuvo que salir a contener la furia que desató entre los lectores. La columna del Ethicist puede ser «intelectualmente provocadora y a menudo desafía nuestras concepciones —explicó Sullivan—, pero es sólo la opinión de un hombre, no la voz del Olimpo».

Las discusiones éticas suelen obsesionar a los amantes de las reglas tanto como a los religiosos. En Estados Unidos, un país fundado por puritanos que querían vivir según sus propias normas, abundan las dos cosas. Un estudio reciente de Pew, un prestigioso centro de estudios de Washington DC, demostró que el único segmento religioso que había crecido significativamente en los últimos siete años en Estados Unidos era el de los ‘no-afiliados’. Es decir: ateos, agnósticos y quienes no tienen «ninguna creencia en particular». En un mundo donde cada vez menos personas se rigen por la religión, los estadounidenses buscan respuestas a los asuntos del bien y el mal en otra parte.

***

El primer Ethicist que tuvo The New York Times sabía cómo escribir un chiste sobre actualidad, pero nunca fue un experto en ética. Randy Cohen tiene sesenta años y unos ojos inquietos que nunca se detienen detrás de sus lentes. Su apellido judío, su inteligencia vivaz y su trayectoria como creativo lo vuelven parte del mito de un “viejo” Nueva York: una ciudad donde cualquiera que tuviera talento podía vivir de él si trabajaba duro. Cohen llegó a Nueva York a comienzos de los setenta después de graduarse con un bachillerato en música. Comenzó a escribir para todos los medios que aceptaran publicarlo, formó una banda de proto-punk, publicó libros, escribió obras de teatro y pasó a formar parte del equipo de guionistas del show de David Letterman.

Cohen no sabe por qué lo eligieron para hacerse cargo de The Ethicist. En 1999, tras el escándalo que desató el affaire entre Bill Clinton y la pasante Mónica Lewinsky, los editores de The New York Times decidieron crear una columna inspirados por el ambiente de incertidumbre moral que atravesaba el país. El humorista recuerda que lo llamaron para hacer un test junto a varios candidatos y que le pagaron doscientos dólares por la simulación. Estaba seguro de que elegirían a alguien con más credenciales que él para escribir de ética. A un profesor, por ejemplo.

—Nunca pregunté por qué se inclinaron por mí— dice. El experto en responder preguntas nunca hizo la pregunta fundamental: ¿Quién soy yo para decir qué está mal y qué está bien? Cohen intuyó que lo habían elegido por su experiencia para escribir humor, e intentó convertir los dilemas éticos en un asunto digerible. Cada semana elegía para responder las dos preguntas que le parecían más entretenidas, y el humor jugaba una parte explícita en sus columnas. Solía rematar sus respuestas con alguna broma inocente. En el caso del popcorn en el cine escribió: «Si lo metiste de contrabando bajo la camisa, no lo compartas con tus vecinos». Como buen comediante, sabía que no podía aburrir a su audiencia, y evitaba las preguntas que tenían una respuesta obvia o predecible. También elegía aquellas en que alguien debía enfrentar una decisión inmediata: ¿Debo hacer esto o lo otro? ¿Qué curso de acción debo tomar? Cohen llegó a desarrollar una respuesta inmediata a ciertas preguntas: ¡Hay que llamar a la policía! ¡Hay que devolver el dinero!

—Pero trataba de pensarlo bien —dice—, porque nuestra primera reacción a menudo no es la correcta. Es algo que uno aprende cuando tiene once años y le pega a alguien más grande que uno.

Hacer trampa en la universidad, usar el estacionamiento de un vecino ausente o llevar un sándwich de contrabando al cine nos pueden parecer dilemas triviales, un juego de salón para gente obsesionada con la corrección política. Pero cuando escuchamos el grito de una mujer desde nuestro hogar y dudamos en intervenir, o cuando vemos a un padre maltratar a su hijo y preferimos quedarnos callados, es difícil ignorar que nuestras decisiones éticas afectan la vida de los demás y construyen la sociedad en que vivimos. Al convertirse en el primer Ethicist de The New York Times, Cohen tenía solo a un filósofo moral de cabecera: el humanista inglés del siglo XVIII Samuel Johnson, a quien admiraba por su sentido del humor, su capacidad de combinar una visión agria del mundo con empatía, y su creencia de que las preguntas éticas podían resolverse mediante una razón anclada en la realidad. «La verdadera medida de un hombre —escribió Johnson— es cómo trata a alguien de quien no puede obtener ningún beneficio». Cohen tuvo que idear su propio método para resolver problemas éticos, y lo hizo de la manera que le parecía más lógica: sometiendo cada pregunta a distintos filtros. A veces tomaba la ‘regla de oro’ —no hacer a los otros lo que no te gustaría que te hagan a ti— y se preguntaba si su respuesta cumplía con ese test. Otras veces utilizaba el método de Sócrates: discutía los problemas de sus lectores con sus amigos.

—No expertos: amigos —dice.

Después de resolver dudas éticas durante doce años Cohen no se volvió un filósofo ni cambió sus convicciones, pero descubrió que, sin importar lo que otros escriban o nos aconsejen, tomamos nuestras propias decisiones guiados por la intuición. Según Cohen, la mayor parte de los que escribían a The Ethicist buscaban más que nada fundamentos para decisiones que ya habían adoptado.

—Si queremos que la gente se comporte de otra forma —dice—, lo que tenemos que hacer es cambiar esa comunidad, hacer política.

***

En 2011, el hombre con el que Anónima estaba saliendo hacía un año fue diagnosticado con cáncer terminal. El hombre vivía lejos de su ciudad natal, y no tenía familiares cerca. La mujer de pronto se vio a cargo de los cuidados médicos de un novio con quien no quería casarse. «Mi deseo de preocuparme por mis propias necesidades y la culpa que me causa querer abandonar a mi novio se están volviendo insoportables», le escribió Anónima a Ariel Kaminer, la editora de The New York Times que asumió como The Ethicist después de Randy Cohen, «¿cuál es mi responsabilidad?».

—No eres la primera persona en fantasear con huir de sus responsabilidades, pero lo importante son nuestras acciones, no nuestras fantasías —le respondió Kaminer un domingo, antes de rematar su columna como una madre que regaña con cariño—. Deberías ayudarlo. Pero a eso ya lo sabías.

Hacer siempre lo correcto no sólo puede ser aburrido, sino también injusto con nosotros mismos. Para Ariel Kaminer era una cuestión profesional. Kaminer, quien fue la editora original de The Ethicist cuando escribía Randy Cohen, nunca imaginó que en 2011, después de editar dilemas éticos durante años, sus jefes le pedirían que dejara temporalmente su trabajo en el despacho de noticias locales para hacerse cargo de la columna. The New York Times había contratado a un nuevo editor para el magazine, y este decidió ‘limpiar la casa’: despidió a todos los escritores de columnas. Aunque la salida de Cohen fue recibida con furia por algunos de sus fieles lectores, Kaminer nunca sintió presión por sucederlo o por tener responder a preguntas éticas en las páginas del periódico más prestigioso del mundo. Cuando trabajas en The New York Times, me explicó Kaminer por teléfono, te acostumbras a que mucha gente tenga su opinión sobre lo que escribes.

—Todos los que trabajamos aquí recibimos mucho feedback, tanto positivo como negativo —dijo con tono profesional—. No creo que nadie esté llevando la cuenta.

Unos días después de nuestra conversación, Kaminer viajaba en el subway y se topó con un padre y su hija que leían The New York Times y jugaban a ser The Ethicist: trataban de responder la pregunta antes de ver qué había escrito la columnista. Cuando se acercó a hablar con ellos le dijeron que en el colegio de la niña —una escuela católica privada— un profesor hacía semanalmente el mismo ejercicio con sus alumnos en un grupo de lectura.

Kaminer le imprimió a The Ethicist un tono más seco y periodístico que el humanismo con sentido cómico que le había dado fama a Cohen. Su forma de encarar la columna dejaba en evidencia que lo suyo era más el periodismo que las pantanosas aguas de la ética. Una búsqueda de certezas fácticas donde antes primaban las corazonadas guiadas por la razón. La periodista nunca consideró que su trabajo como Ethicist fuera más que una misión temporal. Tal vez por eso, al final de su mandato hizo algo sin precedentes para la columna: le pasó la responsabilidad a los lectores mediante un concurso de ensayos sobre los fundamentos éticos para comer carne. El ensayo ganador se publicó después de la última columna de Kaminer, y le sirvió como despedida. Allí, un profesor universitario de ciencias llamado Jay Bost daba tres condiciones que debían cumplirse para comer carne de forma ética: aceptar la “realidad biológica” de que en nuestro planeta la muerte genera vida y que todos, animales y personas, somos nada más que energía solar; convertir el conocimiento de esa realidad en la compasión de consumir alimentos producidos de manera ética; y finalmente, dar las gracias.

A Randy Cohen le fue más difícil dar las gracias al final de su mandato en The Ethicist. —¿Has sido despedido alguna vez? Es doloroso —me dijo el día que lo conocí.

Cohen sonreía, miraba fijo y se tocaba la calva con la palma de su mano. Habían pasado más de tres años desde el fin de su mandato al frente de la columna, pero la herida parecía no haber cicatrizado del todo. Según él, ver la columna que escribiste por tanto tiempo en manos de otro se parece a ver a tu ex con una nueva pareja. Cohen admitió que después de su despido sólo había leído The Ethicist en una oportunidad: la primera vez que la escribió Kaminer.

—Lamento haberlo hecho. Me di cuenta de que me iba a sentir mal si la nueva columnista era mala, pero también si era mejor que yo.

***

Ningún evento genera tantas opiniones simultáneas sobre lo que otros deben hacer como un partido de fútbol. En 2014, cuando el Mundial de Fútbol de Brasil estaba a mitad de camino, Laren Richardson de California respondió al llamado de The Ethicist para que los lectores formularan preguntas vía Facebook. Era una forma de buscar inmediatez y una apuesta de los editores de The New York Times, que querían aprovechar el fervor futbolístico que despertaba el Mundial. Richardson preguntó entonces por un tema que obsesiona a los estadounidenses que recién comienzan a descubrir el soccer profesional: ¿Es éticamente incorrecto simular un penal, aún cuando todos los jugadores lo hacen, o es simplemente parte del juego?

—El fútbol es el único deporte realmente político en Estados Unidos —me dice Chuck Klosterman, quien estuvo a cargo de The Ethicist durante tres años después de Ariel Kaminer.

Klosterman, un autor que hizo su fama escribiendo sobre deportes, música y cultura pop, disfruta de hablar con cierta malicia sobre lo que representa el deporte más popular del mundo en Estados Unidos. Su teoría es que el gusto de los estadounidenses por el fútbol se conecta en forma directa con la ética: la mayoría de sus compatriotas cree que su país es único y excepcional, lo que además de otorgarles un rol único en el orden mundial, viene acompañado de la idea de que tienen sus propios deportes, distintos de los del resto del mundo. Para Klosterman, los estadounidenses que disfrutan del fútbol —el deporte de los otros— suelen tener también ideas políticas más liberales y no temen que el fútbol diluya la frágil identidad nacional. Y quizás son también menos puritanos que el estadounidense promedio.

—En Estados Unidos, tirarse piscinazos es percibido como el aspecto más vergonzoso del fútbol —le respondió Klosterman al lector que preguntaba si era antiético simular un penal. Según él, a los hinchas estadounidenses les gusta alardear de que su selección juega ‘mejor’ al fútbol por no recurrir a triquiñuelas, a pesar de que nunca hayan ganado títulos importantes.

—El hecho de que la selección de Estados Unidos haga esto con (relativamente) menor frecuencia que sus rivales refleja las tendencias de sus fanáticos. Es más una decisión estilística que ética.

Los hinchas latinoamericanos suelen celebrar la viveza de sus jugadores para obtener un triunfo a cualquier precio. Los estadounidenses, dice Klosterman, suponen que sus deportes como el béisbol y el baloncesto están libres de la contaminación de las malas costumbres extranjeras. Para Klosterman esta visión binaria del mundo se vincula con la existencia de The Ethicist: Estados Unidos, dice, no es otra cosa que un país fundado por personas que creían que el lugar de donde venían no era lo suficientemente religioso.

—¡Personas que tuvieron que venir aquí porque sentían que Inglaterra no los dejaba ser tan religiosos como querían! ¡Les gustaban las reglas!

Cada vez que hablaba sobre la columna en una reunión, y cuando revisaba los cientos de correos que recibía cada semana, Klosterman veía aflorar el espíritu puritano de los estadounidenses.

—Hay mucha gente que querría que el Ethicist dijera regularmente que en la vida real las personas están actuando de manera incorrecta, y que merecen ser castigadas o ridiculizadas.

Durante sus tres años a cargo de The Ethicist, Klosterman desarrolló un método de trabajo parecido al de Cohen: en un archivo iba guardando las preguntas que consideraba más provocadoras de las cerca de doscientas que recibía por semana en su correo electrónico. Día tras día revisaba ese archivo y ensayaba respuestas en su mente. Las meditaba mientras iba al gimnasio, caminaba por Brooklyn o miraba televisión, y luego escribía una respuesta. Si Cohen a menudo usaba a sus amigos como antagonistas para examinar sus respuestas, el método de Klosterman se parecía al del boxeador que tira golpes contra su propia sombra: escribía una respuesta, la dejaba descansar unos días y luego revisaba si aún tenía sentido antes de pasársela a sus editores.

Klosterman veía a The Ethicist como una consecuencia inevitable de su trabajo como periodista y hasta de su nacionalidad estadounidense. Antes de convertirse en el consejero ético de The New York Times siempre estaba trabajando textos largos y complejos que no eran más que el preludio para responder a una pregunta central. Escribía cinco mil palabras sobre un jugador de fútbol americano para hablar de su fe religiosa, ensayaba cuatro mil palabras sobre una banda de rock para averiguar qué significaba odiar algo arbitrariamente.

—A veces pensaba, ¿por qué no escribo directamente sobre la pregunta? Eso es The Ethicist para mí: ir directo a esa pregunta.

***

Antes que hacer preguntas de ética, a algunos lectores de The Ethicist les gusta mostrar que son más listos, más justos o más buenos que los que escriben la columna. Las redes sociales han revelado que nuestra impaciencia por opinar es mayor que nuestra voluntad de ser justos: hoy, quienes comentan las noticias en la web, a menudo ni siquiera se toman el trabajo de leerlas antes de juzgar. La Ley de Godwin —acuñada por un abogado estadounidense en 1990— dice que a medida que se prolonga una discusión en Internet, aumentan las probabilidades de que alguien haga una comparación desproporcionada con Hitler o el nazismo. Citar al Holocausto como medida de mayor aberración ética en la historia de la humanidad suele clausurar cualquier debate. Calificar un hecho o un comportamiento como “nazi” no admite matices. Si algo es totalmente malo o totalmente bueno no hay discusión ética posible.

A principios de 2015 The Ethicist se transformó en The Ethicists: un podcast donde tres panelistas —la novelista Amy Bloom y los profesores universitarios Kenji Yoshino y Anthony Appiah— debaten las preguntas de los lectores. El magazine de The New York Times cambió de editor, Klosterman fue despedido, y la columna se redujo a una versión editada de la conversación digital entre los Ethicists. Algo del fuego original de The Ethicist —el humor blanco de Cohen, la sequedad periodística de Kaminer, la chispa provocadora de Klosterman— desapareció con el cambio de formato. La conversación ordenada de tres voces transformó la misión solitaria y radical de un lego respondiendo preguntas éticas en una sobremesa demasiado formal y políticamente correcta.

La novelista Amy Bloom, quien tiene la misión de evitar que sus dos colegas académicos teoricen demasiado, fue psicoterapeuta antes de convertirse en escritora. Su método para responder a las preguntas éticas de los lectores no tiene que ver con teorías filosóficas: el secreto es la empatía —dice—, la capacidad de ponerse en los zapatos del otro. Cuando habla de su rol en The Ethicists, Bloom suena exactamente como una terapeuta, o como alguien muy entrenado en analizarse: primero piensa qué es lo que percibe sobre la pregunta que tiene entre manos —por ejemplo: ¿Es correcto mentirle a mi marido para obligarlo a que vaya al doctor? Para Bloom, sí—, y después cuestiona su propia percepción: ¿Estoy proyectando algo propio en esta pregunta? ¿Estoy empatizando demasiado con una de las personas involucradas en este conflicto?

La empatía es un atributo escaso en la era de los linchamientos virtuales. Bloom se ríe del otro lado del teléfono al recordar uno de los mensajes que llegó a su inbox, un mensaje que han recibido alguna vez todos los que ocuparon la extraña posición de ser el Ethicist de The New York Times.

—Este lector me preguntaba que cuáles eran mis calificaciones para ejercer este cargo —dice Bloom, divertida—. Según él, todo sería mejor si hubiera un profesional a cargo del asunto, como en el principio.

***

Si la ética discute la forma en que vivimos, también discute cómo debemos morir. En agosto de 2014, durante la última etapa de Chuck Klosterman como Ethicist, un hombre escribió a The New York Times para preguntar si era ético que su amigo médico supervisara el programa de inyección letal. El médico decía que antes las ejecuciones eran largas y dolorosas, y que ahora eran rápidas y sin sufrimiento. Como el Estado iba continuar aplicando la inyección letal de todos modos, el médico creía que su trabajo era de carácter humanitario, pero su amigo no estaba de acuerdo y quiso conocer la opinión del Ethicist.

—La pena capital es fundamentalmente antiética —escribió Klosterman—. La verdadera pregunta debería ser: ¿es aceptable participar en algo antiético si el hecho en sí es inevitable?

Para el escritor pop, la respuesta más ética era no participar: nadie está obligado a hacer lo que cree moralmente incorrecto a menos que exista una imposición legal. Si el doctor creía que la pena capital era antiética, no debía usar el hecho de que sea inevitable para justificarse.

—La única cosa que podemos controlar es cómo vivimos —escribió Klosterman—, y si un doctor está en desacuerdo con la pena capital, entonces no debería participar en la práctica, así sea esta una forma más humanitaria.

Antes de ser The Ethicist, Klosterman había escrito novelas y libros de no ficción atravesados por dilemas éticos. Su libro Killing Yourself to Live, por ejemplo, toma como punto de partida el encargo que le hizo la revista Spin de recorrer los lugares de Estados Unidos donde murieron rockeros famosos. Klosterman hace ese viaje para hablar de la muerte y ordenar su vida amorosa, que involucraba a tres mujeres, varias verdades a medias y preguntas éticas como: ¿Es correcto grabarle la misma compilación de canciones románticas a dos novias distintas? En su novela The Visible Man —que gira en torno a un hombre que posee un traje que lo hace invisible— Klosterman responde con un pie en la ciencia ficción una de las preguntas éticas fundamentales: ¿Cómo actuaríamos si nadie pudiera vernos?

—La principal parte de este trabajo es qué es lo que piensas de la experiencia de estar vivo —dijo Klosterman al final de nuestra conversación—. Si eres una de esas personas que solo ‘viven su vida’, o si conscientemente piensas qué significa hacerlo de una forma determinada.

Cuando nos levantamos para despedirnos, descubro que en el centro de la mesa donde nos sentamos hay un dibujo de una silla de ruedas, un signo que ninguno de los dos ha visto por el reflejo del sol y que nos ha hecho a ambos infringir una regla. Podría ser una pregunta para The Ethicist: ¿Es correcto sentarse en la mesa para discapacitados si está vacía? Klosterman —ya de pie y a punto de desaparecer por la calle— entendió la ironía de la situación de inmediato.

—¡Hiciste que The Ethicist se sentara en la mesa para discapacitados!


September 17, 2015

LA REPÚBLICA DEL GUANO

Un texto de


September 17, 2015

Ernesto Benavides

Un texto de

El Señor de las Papas

Por siglos los campesinos de los Andes han cultivado más de tres mil variedades de papas, pero nosotros siempre comemos las mismas. Si las papas que se cultivan en el Perú son más ricas, más sanas y pueden salvarnos del hambre en climas extremos.

¿Por qué sólo hablamos de papas fritas?

Un texto de Eliezer Budasoff
Fotografías de Alonso Molina

Julio Hancco es un campesino de los Andes que cultiva trescientas variedades de papa, y reconoce a cada una por su nombre: la que hace llorar a la nuera, la caquita colorada de chancho, la cuerno de vaca, la gorro viejo remendado, la zapatilla dura, la mano moteada de puma, la nariz de llama negra, la huevo de cerdo, la feto de cuy, la comida de bebé para dejar de lactar. No son nombres en latín sino nombres que eligen los campesinos para clasificar las papas por su apariencia, su sabor, su carácter, su relación con las demás cosas. Casi todas las variedades de papas que Hancco produce a más de cuatro mil metros de altura, en sus tierras del Cusco, ya tienen su nombre. Pero a veces siembra una papa nueva o una que ha perdido su identidad con el tiempo, y El Señor de las Papas puede nombrarla. A la puka Ambrosio —puka en quechua significa roja—, una variedad que sólo se cultiva en sus tierras, Hancco la llamó así en homenaje a un sobrino suyo que había muerto al caer de un puente. Ambrosio Huahuasonqo era un campesino amable, dócil como un puré de papas, que seguía a su tío adonde fuera y que conquistaba a la gente haciendo bromas. Dicen que su apellido quechua definía su carácter: Huahuasonqo significa «corazón de niño». Después de su muerte, Hancco eligió su nombre griego para darle un destino: Ambrosio significa ‘inmortal’. La papa que lleva su nombre es alargada, suave, ligeramente dulce, con una pulpa amarillo claro y un anillo rojo en el centro. Es una de las favoritas de Hancco, un campesino que solo habla quechua y tiene un nombre latino: Julio significa «de fuertes raíces». Una tarde de primavera de 2014, en su casa, días después de la siembra, Julio Hancco levanta una mano tan grande y rugosa como la corteza de un árbol, y señala un plato sobre la mesa.

—Como hijo —dice—. Como hijo, es papa.

Adentro de la casa de Hancco —un cuarto de piedra sin ventanas con una mesa vieja y un fogón—, está tan oscuro que no se alcanza a ver si lo dice sonriendo o con un gesto de solemnidad. Su esposa, sentada sobre un banquito en un piso de tierra, revuelve un caldo en el fogón. Sobre la mesa del comedor se enfría un puñado de papas puka Ambrosio. Son deliciosas, pero la gran mayoría de los peruanos nunca llegará a probarlas. Sabemos que la papa nació en el Perú, y que los agricultores de los Andes cultivan más de tres mil variedades, pero no sabemos casi nada sobre ellas. Sabemos dónde se fabrica un IPhone, cuál es el hombre más rico del mundo, de qué color es la superficie de Marte, cómo se llama el hijo de Messi, pero no sabemos casi nada de los alimentos que comemos a diario. Si es cierto que somos lo que comemos, la mayoría no sabemos quiénes somos. Quienes van a cualquier mercado en Perú su mayor dilema es elegir entre papas blancas o papas amarillas. Pueden reconocer las papas Huayro —marrón con tonos morados, especial para comer con salsas—, juntarse con amigos alrededor de ‘papas cocktail’ —del tamaño de unos champiñones— o sentirse más patriotas si compran una bolsa de papas nativas —producidas a más de tres mil quinientos metros de altura—. Pero, como todos, son ciudadanos del mundo de la papa frita: en el Perú de 2014, el país donde más variedades de papas se producen en el mundo, se importaron veinticuatro mil toneladas de papas precocidas: las que usan los fast foods para hacer papas fritas.

***

Cuando mira hacia el cerro nevado frente a su casa, Julio Hancco detiene su mirada como lo hacen algunos en la ciudad cuando pasan frente a una Iglesia: como si se persignaran hacia adentro, con una reverencia imperceptible. Hancco es un agricultor de sesenta y dos años que ha sido llamado custodio del conocimiento, guardián de la biodiversidad, productor estrella. Fue premiado con el Ají de Plata en el festival gastronómico Mistura, y ha recibido a investigadores de Italia, Japón, Francia, Bélgica, Rusia, Estados Unidos, y a productores de Bolivia y Ecuador que han viajado hasta sus tierras en la comunidad campesina Pampacorral, para saber cómo consigue producir tantas variedades de papa. Hancco vive a cuatro mil doscientos metros sobre el nivel del mar, a los pies del cerro nevado Sawasiray, en un paisaje de suelos amarillos, colinas áridas y rocas gigantes adonde pueden llegar unos ingenieros europeos pero no llegan ni los automóviles ni la luz eléctrica. Para ir hasta su casa hay que bajarse en la ruta y subir casi un kilómetro a pie por una ladera empinada, algo que cualquier forastero describiría como subir una montaña. Quienes viajan a verlo desde una ciudad se demoran, jadean y se marean por la falta de oxígeno. Allí arriba la sangre corre más lento y el viento es más violento. En verano, el agua de deshielo se enfría tanto que es doloroso lavarse la cara. En invierno el frío llega a diez grados bajo cero, una temperatura que puede congelar la piel en una hora. Para conseguir leña, Hancco tiene que andar unos cinco kilómetros hasta un sitio donde pueden crecer los árboles, cortar los troncos y llevarlos a su casa a caballo. Para conseguir gas tiene que bajar hasta el camino asfaltado y tomar una camioneta combi que lo lleve hasta Lares, el pueblo más cercano, a más de veinte kilómetros, donde a veces también compra pan, arroz, verduras y frutas, todo lo que no puede producir en sus tierras. Lo único que florece a esa altura, en las tierras que heredó de sus padres, es la papa.

La papa es el primer vegetal que la NASA cultivó en el espacio por su capacidad para adaptarse a distintos ambientes. Es el cultivo no cereal más importante y más extendido en el mundo. La planta que produce mayor cantidad de alimento por hectárea que cualquier otro cultivo. El tesoro-enterrado-de-los-Andes que salvó del hambre a Europa. El alimento principal de las tropas de Napoleón. La base de la tortilla española, los ñoquis italianos, los knishes judíos, el puré francés, el primitivo vodka ruso. El manjar que en el siglo XIX Thommas Jeferson servía frito, cortado en bastones, a sus invitados en la Casa Blanca. La raíz de la flor morada que María Antonieta lucía en el cabello para pasear por los jardines de Versalles. El vegetal que tiene dedicados tres museos en Alemania, dos en Bélgica, dos en Canadá, dos en los Estados Unidos y uno en Dinamarca. El tubérculo que inspiró una de las odas de Pablo Neruda —«Universal delicia, no esperabas mi canto/porque eres ciega sorda y enterrada»—, una canción de James Brown —♫ «Aquí estoy de regreso/haciendo puré de papas» ♪—, dos pinturas de Van Gogh —en uno de ellos, que se llama LOS COMEDORES DE PAPA, cinco campesinos comen papas alrededor de una mesa cuadrada—. El origen de miles de semillas que se guardan junto a otras miles de especies bajo la tierra, en una montaña del ártico noruego, para proteger la riqueza de la papa de futuros desastres naturales. El cultivo que Julio Hancco trata como un hijo, pero que sus hijos menores no quieren seguir produciendo para evitar una vida de sacrificios a cambio de la subsistencia. Hancco dice que prefiere quedarse solo y que sus siete hijos vivan en la ciudad, donde pueden conseguir trabajos más livianos y mejor pagados.

Si tuviese la edad de Hernán, su segundo hijo, de 29 años, que ahora hace de traductor a su lado, El señor de las papas bromea que se buscaría una novia extranjera y se marcharía a otro país.

***

Una madrugada hace quince años, Julio Hancco despertó a su hijo Hernán y le dijo que debía cargar una piedra del tamaño de una pelota de fútbol desde su casa hasta el puerto de Calca, a una hora y media de caminata en dirección al sur. Hernán Hancco, su segundo hijo, tenía entonces trece años y lo acompañaba por primera vez a vender papas en esa ciudad, el centro comercial más importante de la región. Para llegar a Calca a las siete de la mañana tenían que salir a las tres y caminar cuatro horas, y el bautismo de Hernán Hancco consistía en cargar aquella piedra enorme hasta mitad de camino. Era una prueba de resistencia y aceptación que los productores de aquella zona repetían con sus hijos. Una tradición que ya no se sigue, me dirá después Hernán Hancco, mientras vende el último paquete de Sumaj chips —unas papas fritas hechas con papas nativas— en una feria de productos orgánicos que se hace los domingos en Lima. El segundo hijo de Julio Hancco se mudó a la capital del Perú hace casi una década, cuando tenía veinte años, apenas terminó la secundaria. Llegó a Lima con cuatrocientos soles en el bolsillo —unos ciento treinta dólares—y la decisión de estudiar contabilidad e inglés. Nunca pudo completar sus estudios porque el trabajo le consumía casi todo su tiempo, pero se convirtió en una ayuda fundamental para vender las papas que producía su familia en la capital del Perú. Con Hernán Hancco en Lima, su padre, su madre y su hermano mayor Alberto, se evitan la comisión que les cobran los intermediarios, y sólo pagan el transporte de las papas. Aún así, la ganancia es mínima. Pero es peor para los campesinos que no tienen quien los ayude.

—Por eso algunos productores están dejando de hacer papa —dice—, y se van a hacer turismo.

Hacer turismo, me explica Hernán Hancco, es ofrecerse como burros de carga de los extranjeros que vienen al Cusco para recorrer el camino del Inca. Durante los tres o cuatro días de caminata que dura el trayecto para subir a pie al Machu Picchu, los campesinos cargan las mochilas y los bultos de los turistas, así los extranjeros pueden subir más cómodos. Por cuatro días de caminata cargando equipajes pueden recibir una paga de doscientos soles, más otros doscientos soles de propina. Unos ciento treinta dólares en total. Por una bolsa con doce kilos de papas nativas suelen ganar veinte soles. Unos seis dólares y medio.

—Y acá es trabajar todo el día, todos los días— dice.

***

Los hoyuelos que tienen las papas se llaman ojos, pero nunca miramos los ojos de las papas. Las papas tienen cejas encima de los ojos. Tienen ombligo, manchas en la piel, cuerpos de forma redonda, comprimida, oblonga, elíptica, alargada. La papa más popular en el norte de Tenerife, España, es la ‘bonita de ojos rosados’. La papa Cacho Negro, de Chile, tiene abundantes ojos profundos y unas cejas aplastadas. La papa Ásterix, de Holanda, tiene la piel roja, la carne amarilla y los ojos superficiales. Los catálogos describen las papas del mundo por sus rasgos como de persona, pero alguna vez fueron una especie salvaje, amarga, intragable. Hoy es la civilizada solanum tuberosum. Al igual que el tomate, la berenjena o los ajíes, pertenece a la familia de las solanáceas, llamadas así porque sus hojas, tallo, frutos y brotes tienen solanina, una sustancia tóxica para protegerse de enfermedades, insectos y otros depredadores. Si bien a dosis elevadas la solanina puede matar a una persona, no hay noticias sobre papas asesinas. El ser humano domesticó la papa hace más de ocho mil años en la cordillera de los Andes, cuando la Tierra salía de la Edad del Hielo y el homo sapiens andaba por ahí ensayando la agricultura, su nuevo invento para conseguir alimentos. Los habitantes del altiplano peruano fueron los primeros que aprendieron a manipular las papas para que no fueran tóxicas y para hacer las más grandes y jugosas. La papa les devolvió la gentileza conquistando el mundo.

Una tarde el escritor Michael Pollan estaba en su jardín sembrando una papa que había comprado por catálogo, y se preguntó si realmente él había elegido a esa papa, o si la papa lo había seducido para que la sembrara. Pollan, el autor que ha cambiado la forma en que vemos nuestra relación con la comida, cree que ‘la invención de la agricultura’ puede ser pensada como una manera que encontraron las plantas para hacer que nosotros nos movamos y pensemos por ellas. Desde el punto de vista de las plantas, escribe Pollan en LA BOTÁNICA DEL DESEO, el ser humano podría ser pensado como un instrumento de su estrategia de supervivencia, no muy distinto del abejorro que es atraído por una flor y tiene la función de diseminar el polen con los genes de esa flor.

***

Esta mañana de invierno de 2014 en las tierras de Hancco, delante de una pila de guano de llama, es más justo pensar en los agricultores andinos como socios de la papa, y no como sus domesticadores. Ahora, a las 7.30 de un sábado, Hancco, sus dos hijos mayores, y su vecino Julián Juárez, mastican hojas de coca y toman aguardiente antes de empezar la tarea del día: llevar guano de llama hasta una parcela sembrada con papas, a casi un kilómetro allí, para abonar la tierra. Las llamas que esperan a nuestro lado ya conocen la rutina. Los hombres toman sus palas y cargan el abono en unos sacos que les llegan hasta la cintura. Llenan treinta y nueve sacos, los cosen para que no se abran, amarran cada saco sobre el lomo de una llama, llevan los animales hasta la parcela, desatan los costales, esparcen el guano, doblan los sacos, recogen las sogas, envían las llamas de regreso hasta la pila de guano, y vuelven al punto de partida para repetir la rutina. Hacen falta dos viajes para que cuatro hombres, dos mujeres, tres perros y cuarenta llamas lleguen a abonar dos hectáreas en seis horas de trabajo. Cuando la procesión de llamas cargadas con abono avanza por la montaña escoltada por los agricultores, un piensa en una escena bíblica, una de esas imágenes de las viejas películas de Semana Santa. Es un recuerdo doblemente falso: no hay llamas ni papas en la Biblia (por este motivo, cuando Catalina la Grande de Rusia ordenó a sus súbditos que cultivaran la papa, los católicos más ortodoxos se negaron a hacerlo). Pero el conocimiento alienta la herejía: después de ver cómo cuatro agricultores abonan un pedazo de tierra sembrado con papas durante seis horas, uno siente que debería ponerse de rodillas cada vez que mastica una.

***

Julio Hancco desciende de varias generaciones de Hanccos que habitaron en esta zona del Cusco «casi desde el principio del mundo». De sus padres heredó las tierras, los animales, y más de sesenta variedades de papas. En los últimos quince años, Hancco multiplicó la herencia y llegó a producir trescientas variedades. Su decisión de rescatar y cultivar más variedades fue un ejercicio de destreza. Como casi todos los campesinos en los Andes, sus tierras productivas son una suma de pedazos irregulares esparcidos a distinta altura. La maestría de los agricultores altoandinos se atribuye a esta dificultad: en un territorio gobernado por las pendientes, cada rincón cultivable recibe su cuota de sol y de humedad y de viento. La tierra que expuesta a la luz en una ladera, del otro lado permanece en la sombra. Una roca gigante impide el paso de lluvia a una franja cultivable, pero protege del viento a otra. Para sobrevivir en este territorio, los campesinos tuvieron que multiplicar sus chances de alimentarse. Sembraron distintas papas por cada pedazo de tierra, se entrenaron en la observación minuciosa de cada planta, probaron y crearon miles de variedades, y se volvieron los reyes de la riqueza genética en tierras hostiles. Fue una forma de conjurar el futuro: más papas significaba más posibilidades de asegurar la comida frente a las plagas y las enfermedades, las heladas, el granizo y las sequías. En vez de tratar de controlar la naturaleza, que es lo que hace nuestra agricultura industrial, los campesinos de los Andes se adaptaron a ella.

—La naturaleza no tiene cura—, dice Hancco, mientras mira hacia el nevado Sawasiray y se agacha para recoger del suelo un manojo de tierra. Acaba de vaciar el último saco de guano sobre el suelo sembrado, una franja cubierta por un musgo verde que se hunde al presionar con la mano. Es una franja de tierra en pendiente, en medio de una ladera, sin ninguna protección natural. Hancco puede usar sus técnicas de cultivo y pesticidas naturales para las enfermedades y las plagas, pero no tiene forma de resguardar sus papas del granizo ni de las heladas. En los últimos tiempos es peor, dice: el clima se ha vuelto más caprichoso e impredecible.

***

En los años sesenta, cuando Julio Hancco era niño y empezaba a cultivar papas junto a su padre, su vicio era el pan: el niño Hancco trabajaba sus propios surcos de tierra para juntar dinero y poder comprar sus bolsas de pan cuando los vendedores pasaban a ofrecer sus mercancías. Un peruano en esa época consumía en promedio unos ciento veinte kilos de papa al año. En las décadas siguientes el consumo bajó, y la caída se aceleró en los ochenta, cuando los campesinos empezaron a migrar a la ciudad para escapar del terrorismo. Para los noventa, durante la presidencia de Alberto Fujimori, el consumo de papa había llegado a un piso histórico: unos cincuenta kilos al año por persona. Esas papas que se esfumaron, me explicará después la ingeniera papera Celfia Obregón Ramírez, fueron reemplazas por alimentos como el arroz y los fideos.

—Como el tallarín tiene más estatus, y una pata de pollo es más estatus que comer cuy, la gente empezó a esconder sus papas —dice Obregón, presidenta de la Asociación para el Desarrollo Sostenible (ADERS) del Perú y promotora del Día Nacional de la Papa.

Frente al arroz blanco, el tallarín amarillo y el pollo pálido, las papas con sus pieles oscuras renovaban el estigma de atraso y pobreza que han tenido durante siglos, desde que fueron descubiertas por los conquistadores y llegaron a Europa en el siglo dieciséis, se supone que en la bodega de un barco español. Harían falta unos doscientos años para la papa fuese consumida como un alimento habitual en todo el Viejo Continente. En cada país europeo tuvo su historia de rechazo y seducción: la papa fue considerada impúdica y afrodisíaca, causante de lepra, alimento de brujas, sacrílega y comida de salvajes. Pero Irlanda no dudó en adoptarla desde el comienzo: los campesinos de aquel país, despojados por los ingleses de las pocas tierras cultivables que tenían, se morían de hambre intentando extraer alimentos de unas tierras miserables. Cuando la papa llegó a ese país a finales del siglo dieciséis —se supone que de la mano del cosario inglés Walter Raleigh—, los irlandeses descubrieron que con un poco de tierra casi inservible podían producir alimento para toda una familia y su ganado. Al principio la papa salvó a Irlanda del hambre. Después se la acusó de la pobreza de aquel país: en un siglo, la población creció de tres a ocho millones, porque los padres podían alimentar a sus hijos con lo poco que tenían.

El escritor estadounidense Charles Mann cuenta que el economista Adam Smith, que era un admirador de la papa, se impresionaba al ver que los irlandeses tenían una salud excepcional pese a que casi no comían más que papas. «Hoy sabemos por qué —dice Mann en su libro 1493. UNA NUEVA HISTORIA DEL MUNDO DESPUÉS DE COLÓN—: la papa es capaz de sostener la vida mejor que cualquier otro alimento si es el único en la dieta. Contiene todos los nutrientes básicos excepto las vitaminas A y D, que pueden obtenerse de la leche». Y la dieta de los irlandeses pobres en los tiempos de Adam Smith, explica Mann, consistía básicamente en papa y leche. La papa que hoy se cultiva en más de ciento cincuenta países produce mayor cantidad de alimentos por unidad de superficie que el arroz o el maíz. Una sola papa contiene la mitad de vitamina C que necesita un adulto por día. En algunos países como en los Estados Unidos, ofrece incluso más vitamina C que los cítricos, que son industriales y de mala calidad. Lo que importa de un alimento, me explica la ingeniera agrónoma Obregón Ramírez, es la materia seca y su valor nutricional: una papa blanca común, por ejemplo, tiene en promedio 20 por ciento de materia seca y el resto es agua. Eso quiere decir que, de una papa que pesa 100 gramos, unos 20 gramos son alimento. Las papas nativas, que se cultivan a mayor altura y en condiciones de clima más extremas que las variedades comerciales, tienen entre un treinta y un cuarenta por ciento de materia seca. Alimentan más del doble que una papa común, y tienen cantidades relevantes de hierro y zinc y vitamina B. Pero, por supuesto, las papas nativas tienen menor rendimiento, son más difíciles de transportar, y su precio final es más caro. Nosotros aún creemos el mito falso de que las papas engordan, y no comprendemos por qué deberíamos pagar más por una papa, aunque sea de color o tenga una forma exótica, si una papa es una papa es una papa.

***

Los estudios sobre la papa peruana insisten, como si repitieran una fórmula, en la necesidad de proteger sus miles de variedades y sus técnicas de cultivo por una razón evidente: fueron creadas por los campesinos durante siglos para asegurar la comida en las condiciones más extremas de clima, para resistir heladas, granizos y sequías. Eso es lo que se espera del mundo con el cambio climático: hambre y condiciones extremas. Pero hay una razón más egoísta para querer cuidarlas: porque son ricas. A diferencia de la producción de papas comerciales a gran escala, los campesinos de los Andes cultivan sus papas pensando en comerlas, en alimentar primero a sus familias y vender el resto. El chef neoyorkino Dan Barber, quien se convirtió en una voz internacional del movimiento «de la granja a la mesa», suele decir que sin buenos ingredientes no es posible hacer buena cocina. No importa cuál sea la técnica de un cocinero: quien busca mejor sabor, busca lo mejores ingredientes. «Y si ese es el caso —dice Barber—, lo que buscas es buena agricultura». En el Perú, un país que ha convertido su gastronomía en un asunto de autoestima y de bandera, más del setenta por ciento de lo que se come en las mesas —sus frutas y hortalizas, sus cereales, sus tubérculos y sus leguminosas—, son producidos por pequeños agricultores. El boom de la gastronomía peruana que ha invadido de orgullo los discursos políticos durante la última década, es el boom de los ingredientes de la gastronomía peruana. Pero el Gobierno transforma el boom en fuegos de artificio: en el presupuesto nacional aprobado para el 2015, la Pequeña Agricultura sólo tiene asignado un 2,3 por ciento de los fondos, el porcentaje de inversión más bajo para ese sector desde 2010. El estudio EL SECTOR PAPA EN LA REGIÓN ANDINA, del Centro Internacional de la Papa, cosecha esta paradoja: los productores de las zonas de mayor altura, que son los que más riqueza de variedades poseen, son también los de mayor pobreza.

***

La verdadera patria de un hombre no es la infancia: es la comida de la infancia. Un domingo a las siete de la mañana, antes de empezar el día de trabajo, la esposa de Julio Hancco nos sirve estos alimentos en el desayuno: arroz con leche, pan con huevo frito, papas de su cosecha, costillas de alpaca y sopa de chuño —unas papas amargas deshidratadas a la intemperie— con un poco de carne de oveja. Julio Hancco y sus hijos Hernán y Wilfredo, quienes deben trabajar la tierra durante todo el día, repiten dos veces la sopa. Hancco señala los platos, me mira, y vuelve a hablar en español:

—Carne natural es. Papa natural. Agua natural. Todo natural es.

Hancco bromea diciendo que, si fuese más joven, se iría a vivir a la ciudad o a otro país. Pero si le preguntan en serio dice que no: que no dejaría a sus animales. Pero además —dice— en sus tierras al menos come lo que quiere. Allí come papas y come chancho, llama, alpaca, cuy, conejo. En la ciudad, en cambio, todo es fideo, arroz, galletas.

—Eso no es alimento. Mucho químico— dice en quechua, mientras su hijo Hernán lo traduce.

El Señor de las Papas estuvo dos veces en Italia. Fue invitado por Slow Food, un movimiento internacional que se opone a la comida industrial y los sabores artificiales, y busca recuperar el gusto y la producción tradicional de alimentos. Con el apoyo de la Asociación Nacional de Productores Agroecológicos (ANPE) del Perú y de Slow Food, que organiza cada dos años el Salón del Gusto, Hancco y sus hijos pudieron freír y empaquetar cientos de bolsas con snacks de papas nativas para vender en Italia. Sus técnicas de cultivo, las mismas que los agricultores andinos han mantenido durante siglos y que Hancco perfeccionó para producir sus variedades de papa, ahora eran reconocidas como sistemas de producción agroecológicos. Julio Hancco no llama a sus semillas ‘baluarte de agrobiodiversidad’, pero cada vez que participó de un evento en el Perú pudo escuchar que su trabajo era importante para todos. En los últimos quince años, Hancco y los productores de la región han recibido el apoyo de organizaciones no gubernamentales para producir y vender sus papas, para obtener agua, para adaptarse a los efectos del Cambio Climático y para diseñar normas que favorezcan la agricultura familiar. Julio Hancco ha cosechado reconocimientos, algunas notas de prensa que cuelgan en el cuarto de sus hijos, muchas visitas de extranjeros, una foto con Gastón Acurio, pero no ha cosechado medidas reales del gobierno peruano. Nada ha cambiado demasiado en sus condiciones de trabajo, ni en la de otros miles productores que, como él, son admirados en el mundo por su trabajo. De su viaje a Italia, El Señor de la Papas recuerda que le gustaron el salmón, y el avión.

Crónica realizada con el apoyo de Oxfam


August 30, 2015

Una inmersión en la mente del Dr. Sacks

[Un profesor de música confunde a su mujer con un sombrero. Un masajista ciego recupera la visión y siente que es una maldición haberla recobrado. Una veterinaria autista instala un negocio de diseño humanizado de mataderos de animales. Un cirujano detiene sus incontrolables tics sólo cuando pilotea su aeroplano. Y un médico trabaja en este planeta de pacientes vistos como marcianos: su nombre es Oliver Sacks, escribe libros de historias clínicas tan intrigantes como las novelas de detectives, y es adicto a las piscinas, Star Trek y los helechos. Pero, sobre todo, ha revolucionado la comprensión que la medicina moderna tenía del cerebro].

Una historia normal de Steve Silberman

Traducción de Flavia López de Romaña

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En los últimos tiempos, Oliver Sacks ha cambiado su visión analítica hacia el interior de su propio ser, después de estudiar durante cuatro décadas las mentes de personas con desórdenes mentales como el autismo, el síndrome de Tourette, la pérdida de propiocepción y el repentino ataque de ceguera del color. Sus historias sobre las fronteras de la mente, traducidas a veintiún idiomas, le han valido una lectoría en todo el mundo. Sacks ha recibido el Premio Lewis Thomas, otorgado por la Universidad Rockefeller a científicos que han conseguido logros significativos en el campo de la literatura, y sus agudas observaciones han sido acogidas por un espectro más amplio de medios de comunicación y artísticos que los que haya alcanzado cualquier otro escritor médico contemporáneo. Su libro Despertares sirvió de inspiración para una obra teatral de Harold Pinter y para la película de 1990 en la que actuaron Robin Williams y Robert De Niro. Un capítulo de su libro Un antropólogo en Marte también recibió en el 2000 la atención de Hollywood y se convirtió en la película A primera vista. Su primer best-seller, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, se ha convertido en una obra de un solo acto, una ópera y una producción de teatro en francés interpretada por Peter Brook. Y es fácil entender por qué los directores de cine se arrebatan los derechos para escenificar las historias de sus pacientes. Al visitar la casa de un profesor de música afectado por una enfermedad mental, Oliver Sacks sacó de su bolso la partitura de Schumann, Dichterliebe, tomó asiento frente al piano mientras su paciente cantaba, y descubrió así que la desordenada mente del profesor se hacía fluida y coherente mientras duraba la música. En la era de consultas médicas de dos minutos, ese tipo de historias tienen un obvio encanto humano. Menos obvio resulta, sin embargo, la manera en que los métodos de Sacks a las corrientes que tienen cien años de prácticas médicas. Al contar las historias de sus pacientes, Sacks transformó el género de los informes de casos clínicos dándoles un giro de adentro hacia afuera. La meta de las historias de casos tradicionales era arribar a un diagnóstico. Para Sacks, el diagnóstico casi no viene al caso y es, más bien, una suerte de preámbulo o un pensamiento tardío. Ya que muchos de los casos presentados por él son incurables, la fuerza que mueve sus relatos no es la carrera en busca de un remedio, sino la lucha de cada paciente por conservar su identidad en un mundo cambiado por sus desórdenes.

En las historias de casos clínicos de Sacks, el héroe no es el médico, ni siquiera la medicina propiamente dicha. Sus héroes son los pacientes que aprendieron a sacar ventaja de alguna capacidad innata para poder crecer y adaptarse dentro del caos de sus caóticas mentes: la persona con el síndrome de Tourette que se convirtió en cirujano, el pintor que perdió la visión del color pero encontró una identidad estética más fuerte incluso trabajando en blanco y negro. Con el dominio de nuevas habilidades, estos pacientes se hicieron más completos todavía, individuos que se volvieron más poderosos que cuando estaban «bien».

Al devolverle a la narrativa un lugar central en las prácticas médicas, Sacks ha logrado que su profesión vuelva de nuevo a sus raíces: antes que la ciencia de la medicina se considerara a sí misma una ciencia, la médula del arte de la curación era el intercambio de historias. El paciente relataba al doctor una confusa odisea de síntomas, que el médico interpretaba y reconstruía convirtiendo el relato en pautas para un tratamiento determinado. La compilación detallada de historias de casos clínicos ha sido considerada como herramienta indispensable para los médicos desde las épocas de Hipócrates. Cayó en desuso en el siglo XX, y las pruebas de laboratorio reemplazaron a la observación, que requería demasiado tiempo, de modo que las evidencia «anecdóticas» fueron descartadas por una información más generalizada, y las visitas a las casa de los pacientes cobraron una pintoresca obsolescencia.

Nuestra concepción del cerebro ha seguido un curso paralelo hacia los modelos mecanicistas de la enfermedad y la curación. Desde que en el siglo XIX se descubriera que las lesiones del hemisferio izquierdo de la corteza cerebral causaban deficiencias características en el habla, el cerebro ha sido concebido como una compleja máquina construida de partes especializadas y precisas. Mientras la mente –el fantasma dentro de esta máquina- era un valioso objeto de estudio para filósofos y psicoterapeutas, el trabajo particular de los neurólogos consistía en trazar una suerte de mapa de los circuitos que mantenían el aparato en funcionamiento y en imaginar qué partes deberían ser reparadas si el sistema colapsaba.

Hasta la década pasada, la opinión prevaleciente entre los neurólogos no había evolucionado mucho más allá de la antigua idea de que las huellas de la experiencia quedan fijadas como imágenes precisas en la corteza, de la misma manera en que un sello dejaría su impresión sobre la cera blanda, tal como había descrito Platón. En años reciente, sin embargo, los avances en la ciencia cognoscitiva sugieren que los recuerdos aparecen al mismo tiempo en múltiples áreas de la corteza, como una red de historias ricamente interconectada más que como archivo de expedientes estáticos. Estos relatos subliminales moldean la percepción de manera real y están afectados a la retranscripción, de la misma forma en la que una vez el cerebro de Sacks modificó el recuerdo de una dramática carta que la había escrito su hermano convirtiéndolo en la imagen de una bomba que creía haber visto él de niño.

En sus libros, Sacks ya había anticipado estas modificaciones que ocurren en la mente, y que de ser decodificador pasivo y fantasmal del estímulo pasan a convertirse en un participante interactivo, adaptable y permanente innovador en la creación de nuestro mundo. Ahora Sacks ha volcado sus instrumentos de curación sobre su propia persona. Tanto en Uncle Tungsten: Memories of a Chemical Boyhood, como en su último libro, Oaxaca Journal (el recuerdo de una expedición para encontrar helechos en México), la psiquis que examina es la suya.

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La naturaleza dinámica de la memoria es uno de los temas que ocupaban la mente de Sacks cuando regresó a Inglaterra para realizar una gira de presentación de su libro durante el otoño pasado, poco después de la publicación de Uncle Tungsten, su tributo a un método de investigación científica amateur que ahora es casi inconcebible en un mundo obsesionado por minimizar los riesgos. Después de la guerra, cualquier adolescente algo nerd, que jugueteaba con proyectos científicos, podía entrar en la tienda de un químico y salir con un abastecimiento de ácido fluorhídrico. Estos lugares han desaparecido del vecindario de Mapesbury Road, ahora atestado de altos e insulsos edificios. La casa donde nació Sacks, ocupada por su familia hasta la muerte de su padre en 1990, fue vendida a la Asociación Británica de Psicoterapeutas. La cama de su dormitorio ha sido reemplazada por el diván de un psicoanalista.

Cuando Sacks aceptó llevarme con él en su expedición hacia lo que Henry James llamó su «pasado invisitable», le pregunté qué es lo que más deseaba ver de nuevo en Londres.

-Algo que sé que no estará ahí –respondió-. La gran tabla periódica de los elementos del Museo de Ciencias todavía se alza como un templo de la heroica tradición de la química durante el siglo XIX, cuando jóvenes científicos como Humphry Davy podían soñar con aislar nuevos elementos (al final descubrió seis) y planificar experimentos para refutar teorías que habían reinado durante siglos. Cuando el museo fue reabierto en 1945, Sacks, que en ese entonces tenía doce años, solía hacer apasionantes peregrinajes a través de las salas destinadas a la química donde se mostraban pomos, balanzas y retortas que habían sido usados por Davy, Joseph Priestley y otros integrantes del panteón. El gabinete de química de Michael Faraday se exhibía junto a mecheros elaborados por el propio Robert Bunsen. Pero fue la visión de la tabla periódica de los elementos que se mostró antes Sacks como toda una revelación.

La rejilla periódica apareció por primera vez en los sueños del químico ruso Dmitri Mendeleev en 1869. Antes de quedarse dormido sobre su escritorio, el químico de blanca barba había jugado varias rondas de solitario y su esquema del ordenamiento podría haber sido influido por el arreglo de los palos de la baraja en el juego. La tabla de South Kensington no era común, porque no sólo contenía el peso atómico, número y símbolo de cada elemento, sino muestras de los propios elementos en frascos sellados, que fueron legadas al museo por uno de los herederos de Napoleón.

Para el joven químico que se convertiría más tarde en neurólogo, esta extraordinaria exhibición era la confirmación irrefutable de que existía un orden bajo el aparente caos del universo y de que la mente humana había demostrado tener la agudeza suficiente como para percibirlo. Ahora Sacks tiene una docena de camisetas con la tabla periódica impresa en ellos, además de jarros de café, bolsas y pads para los mouse con la misma impresión. Para estimular sus recuerdos mientras escribía Uncle Tungsten, Sacks atiborró las habitaciones de su casa de Nueva York con otros activadores mnemotécnicos, incluso tubos de rayos X, pedazos de ámbar, lámparas con rayos ultravioleta y un generador de corriente estática. Su inalterable asistente personal y editora Kate Edgar, puso el límite cuando aparecieron los minerales radioactivos: ella temía por la seguridad de su hijo de nueve años y la inquietaba que un pedazo de pecblenda pudiera quemar el piano y dejarle un hueco.

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La mañana en que visitamos el museo de ciencias, Sacks se trepó al taxi llevando consigo lo que parecía ser una laptop de un gris lustroso, algo un poco inusitado ya que Sacks continúa escribiendo sus libros a mano o en máquina de escribir. «Es mi cojín», me explicó. Y añadió con nostalgia: «Es mi compañero». El día anterior su compañero se había marchado en un taxi sin él, pero, por fortuna, el conductor lo devolvió al hotel donde nos hospedábamos. Con todo, Sacks no tiene siempre la misma suerte. «Tengo un gran don para perder cosas», admite.

La propensión de Sacks por botar cheques de manera accidental ha hecho que le prohíban abrir su propia correspondencia en la oficina. Calcula que ha perdido y destruido tantos manuscritos como los que ha publicado. En 1963 escribió una corta monografía sobre mioclonus, la crispación involuntaria de los músculos que, en los casos más severos, puede acabar en un debilitamiento total y en su forma más suave genera hipo. Entregó su única copia en papel a experto en ese campo, C. N. Luttrel, que se suicidó algunas semanas después. Sacks se sentía demasiado avergonzado como para llamar a la familia y pedirle el manuscrito. En 1978 entregó otro texto sobre la enfermedad de Alzheimer a un colega que lo extravió durante una mudanza de oficina. Un maletín que contenía las impresiones de Sacks al ver su primer lanzamiento al espacio (el transbordador Atlantis en 1991) fue robado por un ladrón de hotel.

-Existe una dimensión metafísica en relación con la pérdida –me explicó Sacks en el taxi-. No sólo siento que he dejado todas estas cosas en algún lugar. Siento que existe un campo de aniquilamiento alrededor de mí; los objetos desaparecen en el abismo. Y una vez que desaparecen llego a preguntarme si alguna vez existieron de verdad.
Sacks mete la mano al bolsillo de su casaca deportiva y extrae un abanico japonés, el primero de una serie de objetos sorprendentes que saldrían de allí, de manera que llegué a pensar, incluso, en un abrigo de bolsillos mágicos. Era una suave mañana de invierno y no había calefacción en el taxi, pero Sacks comenzó a abanicarse y me explicó que acababa de salir de la piscina. El agua es su elemento nativo. Nada dos horas diarias cuando puede, como lo ha hecho casi toda su vida, y rastrea piscinas cada vez que sale en giras para dictar conferencias como un adicto buscando dónde encontrar su droga.

En tierra firme, cualquier exceso de calor lo hace sentir mal: insiste en que los termostatos de su departamento y de las habitaciones de los hoteles donde se aloja se mantengan a sesenta y cinco grados Farenheit (dieciocho grados centígrados) y se lo ha visto aparecer más de una vez en traje de baño en su oficina. A medida que avanzábamos en medio del tráfico londinense, empezó a mostrar cierta ansiedad con respecto al tiempo. Tenía que regresar al hotel en un par de horas para conversar por teléfono con su psicoanalista, a quien visita dos veces a la semana desde hace treinta y cinco años, y quien lo llama Dr. Sacks a la clásica moda vienesa.

La voz de Sacks es igual que la voz de sus libros: precisa, indagadora, epigramática, suavizada por una ligera anomalía que los fonólogos llaman el pasaje gradual de consonantes líquidas, de modo que «bronze» termina sonando como «bwonze», lo que impregna su discurso con un cautivante timbre juvenil. La edad ha dulcificado su apariencia. Allá por 1961, cuando trabajaba como médico en Hell’s Angel, California, consiguió el récord de todo el estado por el levantamiento de pesas de doscientos setenta y cinco kilos en cuclillas. Cerca de los setenta años, con su barba nívea y sus lentes de montura dorada, Sacks todavía tiene el semblante querúbico y el cuerpo robusto de un rabí reformista que inspira el resurgimiento de la fe entre la congragación de esposas.

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Al llegar al Museo de Ciencias en South Kensington, encontramos un cartel en la entrada anunciando las nuevas salas de película Imax (T-Rex en tres dimensiones). En el segundo piso nos deslizamos hacía una de las áreas más silenciosas de edificio, una galería que parecía prácticamente abandonada. Detrás de pesas de elefante de Birmania y calibradores chinos, encontramos intacto uno de sus viejos altares: una exhibición exclusiva de la historia de la iluminación. Sacks se mostró encantado y se sumió en una especie de arrobamiento. «En mi familia tenemos un sentimiento muy fuerte con respecto a la luz. La gente lo toma de manera gratuita, pero no olvidemos que las calles eran oscuras hasta alrededor de 1880», caviló frente a una muestra de camisetas de gas inventadas por Carl Auer von Welsbach. «Él era uno de mis héroes. Me encantan las camisetas de gas, su filigrana se vuelve incandescente con una luz amarilla grisácea, algo muy nostálgico para mí». Al aproximarse a la muestra de lámparas de sodio, Sacks se metió la mano al bolsillo y sacó un espectroscopio para comparar la emisión del espectro de un foco de alta presión (una mancha opaca) con la precisa línea de sodio de color amarillo-azafrán de focos de baja presión más antiguos.

-Al diablo con los nuevos –exultó-. Y añadió: Tengo una lámpara de sodio en mi dormitorio. Es mi sol.

De niño, Sacks exploró estas galerías con la misma sensación de libertad que sentía frente a la naturaleza, observando la tabla periódica como «el jardín encantado de Mendeleev». En vez de mantenerse congeladas dentro de sus cajas, las exhibiciones del museo eran vivas manifestaciones del progreso permanente de la ciencia. Cuando salía del museo era para meterse de inmediato en la biblioteca de al lado, donde devoraba las biografías sobre sus héroes, uniendo el apuntalamiento objetivo de la ciencia a las vidas y los rasgos personales de los propios científicos. Ahora, las viejas historias han despertado en él de nuevo. De un trozo de uranio («¿No tendrá un contador Geiger con usted, verdad?», le pregunté), Sacks rebuscó y sacó anécdotas sobre Marie Pierre Curie: las paredes de sus laboratorio incandescentes con radioactividad y un viaje en bicicleta que hicieron a través de Francia entre los descubrimientos del polonio y el radio.

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Una vez que Sacks se convirtió en neurólogo se dio cuenta de que recuperar las historias olvidadas por la ciencia tenía una importancia crucial para el trabajo con sus pacientes. El síndrome de Tourette era una enfermedad considerada rara en extremo y hasta ficticia cuando sus pacientes de Despertares cayeron víctimas de los tics y ataques causados por la droga experimental que les había suministrado: L-dopa. Tuvo que retornar a los reportes de Gilles de la Tourette, escritos en 1880, para encontrar referencias útiles sobre el síndrome en la literatura médica. No era que Tourette hubiese sido proscrito durante casi un siglo, sino que la gente que padecía ese mal se había hecho invisible para el establishment médico. Sus síntomas (tics y un explosivo e inapropiado lenguaje, complejas obsesiones y fantasías) eran difíciles de identificar con precisión en los esquemas y gráficos de la medicina del siglo XX. Sólo cuando apareció una droga llamada haloperidol, que podía aliviar los síntomas de manera parcial, se recordó de nuevo el síndrome de Tourette, reconocido como un desorden orgánico con bases químicas y genéticas y absolutamente real.

Al desterrar los relatos clínicos hacia las fronteras de la medicina (como historias que se contaban en los corredores y que se transmitían de médicos asistentes a residentes), la cultura de la medicina se cegó a sí misma y olvidó cosas que ya se habían conocido en el pasado. Sacks bautizó esta brecha de conocimientos con el nombre de «escotomas», el término clínico para los puntos ciegos de la retina o sombras en el campo de la visión. Incluso ahora, después de la publicación de sus libros autobiográficos, existe un periodo del pasado de Sacks que continúa en las sombras. En las entrevistas casi nunca habla sobre la brecha entre lo que él llama su «infancia química» y su aparición, treinta años después, como el autor de Despertares.

Durante la semana de que estuvimos en Londres, cuando le preguntaban si habría una continuación de Uncle Tungsten, Sacks vacilaba: «Por el momento no tengo intenciones de escribir un segundo volumen. No estoy seguro del libreto entre un niño enloquecido por la química y el hombre en el que me convertí con el tiempo». Estos años de transición son un escotoma para el mismo Sacks, pero fueron importantes en su desarrollo como observador del comportamiento humano.

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Nuestro viaje a Londres hizo inevitable que surgieran conversaciones sobre aquel periodo de su vida. En la década de sus veinte años, Sacks se dedicó a viajar entre Europa y Norteamérica (a menudo en motocicleta) con una parada en Canadá en 1960, donde combatió incendios en la Columbia Británica y evaluó la posibilidad de ingresar a la Fuerza Aérea Canadiense. Ese otoño hizo un internado en el Hospital Mount Zion, en San Francisco. Una de las cosas que lo llevaron a la zona de la bahía fue la presencia de Thom Gunn, uno de los poetas más brillantes y audaces que destacó en Inglaterra alrededor de 1950. Gunn se había establecido en San Francisco hacía algunos años con su amante, un soldado norteamericano, pero había crecido sólo a un kilómetro y medio de distancia de su casa en Mapesbury Road.

Gunn recuerda todavía cuando el robusto interno de veintisiete años, que en aquella época usaba su segundo nombre, Wolf, le dijo que «quería ser un escritor como Freud o Darwin, alguien que escribiera con técnicas literarias y precisión científica». Muy pronto empezaron a juntarse ante la puerta de Gunn cientos de páginas escritas a máquina. «¿Te acuerdas cuando tenías diecisiete años? ¿Aquella época en la que empezaste a escribir y seguiste escribiendo día y noche en fantásticos raptos de energía? Es una locura maravillosa producir tanto. Así es como Ollie ha escrito sus libros durante los últimos treinta años», cuenta Gunn (el manuscrito original de Uncle Tungsten tiene más de dos millones de palabras. Sólo un cinco por ciento del texto apareció publicado en el libro). A Gunn le gustan las historias sobre los viajes de Sacks entre Europa y el continente norteamericano, cuando tiraba dedo a camioneros que lo invitaban a meter su bicicleta en sus camiones.

También se encuentran incluidos en los diarios que Sacks entregaba a Gunn agudos retratos sobre coloridos personajes que poblaban el metro de la ciudad en horas de la noche. Uno se llamaba a sí mismo Chick O’Sanfranciso y se vestía con cuero blanco para manejar su Harley por Polk Street. Otro, Dr. Kindly, era un atractivo médico y un sádico que una vez disecó a su propio gato y sirvió su carne a manera de canapés en una fiesta. Si bien estos bosquejos eran «terriblemente precisos en su sarcasmo», recuerda Gunn, sentía al mismo tiempo que «había cierta falta de humanidad en ellos, una inteligencia adolescente más bien desagradable, como un Aldous Huxley joven despachándose sobre las debilidades de la gente. Entonces le dije: ‘Al parecer no te gusta mucho la gente’». Sacks se sintió igualmente herido cuando alguien sobre quien había escrito le espetó:

-¿Eres un ser humano o una grabadora?

Después de dos años en Mount Zion, Sacks se dirigió al sur a Los Ángeles, y luego migró al Bronx en 1965. Allí conoció a los pacientes que la abrirían el camino a la literatura y a su habilidad para lograr empatía con sus personajes: un grupo de gente que sufría de migrañas en el hospital Montefiore y pacientes de Beth Abraham que habían caído enfermos décadas atrás, víctimas de un mal que casi todos habían olvidado. En Montefiore, Sacks observó a más de mil pacientes con migrañas. Sus síntomas le fascinaron: todos manifestaron tener perturbaciones en el habla, oído, gusto, tacto y visión y, a menudo, aparecían ante ellos «auras» geométricas justo antes de que empezara uno de esos ataques que le hacían recordar a Sacks tanto las visiones místicas de Hildegard de Bingen como sus propias experiencias con LSD en California.

Tuvo que investigar en un estante destinado a libros inusuales en una biblioteca universitaria para encontrar referencias sobre las auras propias de migrañas. Allí descubrió una rica descripción del fenómeno en un libro del médico victoriano Edward Liveing que, a su vez, contenía las referencias de un trabajo escrito por el astrónomo John Herschel llamado Sobre Visiones Sensoriales, Herschel, que también padecía de migrañas, hablaba sobre un «poder caleidoscópico» y pensaba que era el precursor en bruto de la percepción: el lenguaje del ensamblaje del cerebro, como podríamos decir ahora, quedaba al descubierto.

Sacks se hundió en la olvidada literatura anecdótica sobre la migraña, pensando que cada uno de sus pacientes «se desplegaba como una completa enciclopedia de neurología». En una «súbita y espontánea explosión» en el verano de 1967 escribió su primer libro en nueve días o, mejor dicho, la primera encarnación de Migraña, que se convirtió en una víctima más de su campo de aniquilamiento, sólo que de una forma malévola. Cuando le mostró su libro a Arnold Friedman, el jefe de neurología en Montefiore, con la esperanza de que escribiera un prólogo, «el rostro de Friedman se ensombreció», recuerda Sacks. «Prácticamente me arranchó el manuscrito de las manos y me preguntó cómo me atrevía a escribir un libro. Le contesté que ya había escrito un libro».

Friedman puso las hojas clínicas de los pacientes de Sacks bajo llave y le prohibió el acceso a la información clínica. «Me dijo que la migraña era su tema, que era su clínica, que yo era su empleado y que cualquier pensamiento mío al respecto le pertenecía. Me dijo que si continuaba con la idea del libro se encargaría de que me despidieran y se aseguraría de que nunca más tuviera un empleo en el campo de la neurología en los Estados Unidos». No era una amenaza fútil, pues Friedman ocupaba un puesto senior en la Asociación de Neurología Norteamericana. «Me intimidó con facilidad. Le conté a mi padre lo que había sucedido y me respondió: ‘Friedman suena como un tipo peligroso. Es mejor que mantengas el perfil bajo’. Mantuve el perfil bajo durante seis meses, que fueron los más deprimentes, y suprimí con ello seis meses de mi vida». Entonces Sacks maquinó un plan. Conspiró con un conserje de la clínica Montefiore para que lo dejara ingresar todas las noches a la sala donde se guardaban los informes, entre la una y las cuatro de la mañana, para transcribir toda la información posible. Le dijo a Friedman que regresaría a Europa por vacaciones. «¿Retomarás la idea del libro?», le preguntó Friedman ominosamente.

El jefe de Neurología amenazó con despedirlo, cosa que hizo tres semanas después a través de un telegrama. «Regresé a Londres en estado de pánico. Luego, después de diez días, mis ánimos cambiaron y pensé: ‘Soy libre. Ya me sacudí a este hombre de mis espaldas’». Retomó las páginas de Migraña y en una semana y media llevo el libro a la editorial Faber and Faber, que quería publicarlo de inmediato. Sacks salió de la oficina del editor y en seguida dio un paseo por las galerías del Museo Británico a modo de celebración. «Tuve una sensación maravillosa, porque a pesar de las amenazas internas y externas logré producir una obra», me dijo.

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Meses después, Sacks volvió a los Estados Unidos, donde empezó a trabajar de nuevo en Beth Abraham con pacientes a los que había visto dos años antes, la mayorías gente pobre, judíos ancianos que habían contraído la «enfermedad del sueño» durante la epidemia de encefalitis en la década de 1920 y luego habían caído en el limbo del Parkinson. Abandonados por sus familias y amigos, aislados uno de otro por la estructura de la institución, le recordaban a Sacks su propia desolación en la época del internado, donde recibió repetidas palizas de un brutal director. Entonces llegó la droga llamada L-dopa.

Sacks aplicó la droga de manera experimental en sus pacientes. Después de sólo unos días, tanto las mujeres como los hombres que habían permanecido paralizados en el tiempo y el espacio por casi medio siglo contemplando el techo en imágenes de vivas crucifixiones empezaron a dar algunos pasos fuera de sus sillas de ruedas, a cantar y bailar. Luego, cuando los límites de la efectividad de la droga se hicieron aparentes, sus conciencias recuperadas hacía poco tiempo quedaron abrumadas por una serie de tics y ataques.

Una gran transformación había ocurrido en Beth Abraham: no sólo en los pacientes, sino también en Sacks. «La parte fundamental era que yo me encontraba en una posición de atención y preocupación por un considerable número de personas que habían sido abandonadas, olvidadas y, al comienzo así lo parecía, sin esperanzas», recuerda el médico. «A diferencia de la película Despertares, donde me filmaron en vivo a cierta distancia del hospital, prácticamente vivía con mis pacientes y pasaba con ellos dieciséis horas al día. Nunca más he vuelto a estar en una situación de inofensiva intimidad con otros seres humanos».

La intimidad implicaba responsabilidad, no sólo por el bienestar de los pacientes, sino por sus historias, que desafiaban los límites del reporte de casi tradicional. Sacks había transgredido los protocolos de la práctica médica con su experimento con L-dopa: durante las semanas que siguieron al despertar de sus pacientes, Sacks abandonó la idea de un grupo de control. Aquellos a quienes se les suministró la droga recuperaron su conciencia, mientras que los que tomaron placebo no lo hicieron. Cada paciente respondió al medicamente de manera única. Luego dejaron de responder también en forma única. «Tenía que probar L-dopa en cada paciente y ya no podía pensar en recetarla por noventa días y luego detenerme. Esto hubiera sido como hacer desaparecer el aire que respiraban», escribiría más tarde.

Envió una serie de cartas a los editores de diarios promedio contando lo que había ocurrido en Beth Abraham. A través de su correspondencia podríamos oír a Sacks luchando con las fronteras de lo que podía decirse en el lenguaje impersonal propio de la observación clínica: «Es posible que el paciente muestre cierto entusiasmo durante la respuesta de la fase inicial ‘positiva’ de la droga. La negación o minimización de las reacciones adversas podrían llevar al médico s subestimar y posponer la necesaria toma de acciones. Es probable que el paciente se oponga con energía de acciones, la reducción o incluso el retiro de la droga. La tercera reacción es de desesperación, observada sobre todo durante el periodo de retiro». Al principio, los reportes de Sacks fueron recibidos en silencio y luego con duras críticas. Sus métodos experimentales fueron cuestionados y sus historias fueron criticadas por un colega en Stanford por reportar «los efectos ‘adversos’ de la levodopa que presentan diferencias en la mayoría de las historias clínicas». El lenguaje que necesitaba para contar los casos de sus pacientes había quedado en las sombras, desplazado por la aparición de la clinimétrica y el diagnóstico a través de una máquina. Para comunicar lo que sucedía en Beth Abraham, Sacks tuvo que visitar otra área de la literatura médica casi olvidada, donde un neurólogo ruso intentó comprender el funcionamiento de dos de las mentes más extrañas que jamás haya visto el mundo.

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La primera vez que Oliver Sacks hojeó las páginas de Aleksandr Luria, La mente de un mnemotécnico, pensó que trataba de una novela. Luria había observado a un paciente llamado Sherashevsky durante más de veinticinco años, un lapso de tiempo durante el cual, al parecer, el paciente no había olvidado casi nada. Un día en 1936, Luria le mostró una serie de sílabas absurdas. En 1944 Sherashevsky podía acordarse de ellas a la perfección. Lo mismo sucedió con las estrofas de la Divina comedia en italiano, un idioma que el paciente no hablaba. Si bien la memoria de Sherashevsky era extraordinaria, La mente de un mnemotécnico no se centraba en cuantificar sus dimensiones. Por el contrario, Luria examinaba los efectos de tener una memoria prácticamente indeleble en el sentido de identidad de sus paciente. Había escrito el libro con una sincera compasión por esa persona, que iba sin rumbo por una vida donde su propia esposa e hijo le parecían menos reales que los contenidos de su interminable memoria.

Otro libro de Luria, El hombre con un mundo destrozado, indagaba la mente afectada por un trágico desorden. En 1943, un soldado ruso fue llevado al consultorio de Luria en Moscú. Una bala había ingresado a la zona izquierda occípito-parietal del joven soldado y el tejido cicatrizante había carcomido parte de la corteza envolvente. Cuando de despertó en un hospital de campo, el soldado vio que se le acercaba un médico y le preguntaba: «¿Cómo va todo, camarada Zasetsky?». La pregunta no tuvo ningún sentido para el paciente. Sólo cuando el médico la repitió varias veces los extraños sonidos terminaron por convertirse en palabras. Cuando le pedía que levantara su mano derecha, le era imposible encontrarla. Luria le preguntó de qué ciudad era y respondió: «En mi hogar… hay…quiero escribir… pero sencillamente no puedo». Era claro que el cerebro de Zasetsky había colapsado.

Para ayudarlo, Luria necesitaba encontrar la forma de penetrar en él y conspirar con las únicas partes de su mente que se mantenían intactas: el alma testimonial, el centro de las tormentas en su corteza cerebral. Con un esfuerzo enorme, Luria y sus asistentes enseñaron a Zasetsky a leer y escribir de nuevo. Al principio no podía ni siquiera agarrar un lápiz. El punto de quiebre llegó cuando Luria sugirió que intentara escribir sin pensar, permitiendo que la «melodía cinética» de los movimientos, todavía grabados en sus músculos, llevaran su mano. Poco a poco la idea funcionó y Zasetsky empezó a escribir lo que su mente sentía desde el interior. Le tomó todo un día terminar media página, pero en las siguiente tres décadas logró completar un diario de más de tres mil páginas.

El hombre con un mundo destrozado estaba compuesto por una fuga para dos voces: la del médico, con sus conocimientos comprensivos sobre la neuroanatomía, y la del paciente, quien había escrito que tenía la esperanza de que «tal vez algún experto en el tema del cerebro humano lograr entender su enfermedad». El trabajo de Luria sugería que el acto de recuperar su propia historia era en sí mismo una forma de curación para el paciente. El tipo de literatura que había empleado en La mente de un mnemotécnico y El hombre con un mundo destrozado era para Luria una ciencia romántica. Ambos libros tuvieron un profundo impacto en Sacks. Sugerían una nueva manera de escribir que combinaba la precisión clínica de la neurología del siglo XX con las observaciones humanas de los grandes médicos de la época victoriana y las exploraciones de la psiquis que Freud acometía en sus propias historias clínicas.

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Saks regresó en 1972 a Londres y alquiló un departamento adonde podía llegar caminando tanto de 37 Mapesbury Road como de Hampstead Heath. De niño, su madre le contaba las historias de sus pacientes, historias que, según escribió Sacks, «eran a veces siniestras y aterradoras, pero siempre evocaban las cualidades personales, el valor especial y el coraje del paciente». Su padre también le regalaba ese tipo de historias. Durante el verano, Sacks pasaba las mañanas nadando en las piscinas de Heath y en las tardes escribía las historias de casos que formaron el corazón de Despertares. Para entender lo que había sucedido en las mentes de sus pacientes consultó no sólo textos de neurólogos, sino la obra de otro poeta que se había hecho su amigo, W. H. Auden, y las meditaciones sobre voluntad e identidad del filósofo matemático Gottfried Leibniz. En las noches, Sacks leía los últimos capítulos a su madre. Ella lo interrumpía en algunas partes y le decía: «Eso no suena real». El volvía a trabajarlos hasta que ella le decía: «Ahora sí suena real».
Después de la publicación de Despertares, Sacks recibió una carta de Thom Gunn. «La carta me obsesionó durante meses. Siempre la llevaba conmigo. Gunn me decía que se había sentido ‘consternado’ por mis primeros escritos y ‘desesperado por mí como ser humano’. Luego seguía diciendo que las cosas que habían parecido más ausentes en los escritos más, empatía y afecto, por ejemplo, parecían ser ahora el principio organizador de Despertares. Me preguntaba si eso se debía a las drogas, al psicoanálisis, al amor o sólo al proceso de maduración. Le respondí y le dije: ‘Todas las respuestas anteriores’».

Una vez publicado su libro, Sacks recibió dos cartas con sellos de Rusia escritas por el propio Luria. Ambos empezaron una correspondencia íntima que duró hasta la muerte de Luria, en 1977. La gran crisis de la neuropsicología, como decía el mentor ruso de Sacks, era reconciliar dos formas de observación científica. La primera reduce la complejidad del fenómeno a sus partes constitutivas: la manera en que la neurología había delimitado su enfoque de la observación del comportamiento a áreas específicas del cerebro y luego a neuronas individuales, que Luria comparaba con la evolución de la química, lo que iba del estudio de la materia bruta al estudio de sus componentes, al estudio de los átomos individuales y sus elementos. La segunda forma se centra en la descripción del fenómeno y la intuición para captar y comprender la interactividad de sistemas completos. Cada uno, pensaba, resultaba inadecuado sin el otro.

Luria sentía que era muy importante reconciliar ambos modelos cuando el objeto de estudio era el cerebro. Sus trabajos de ciencia romántica eran, más bien, estudios sobre cómo se restablecían las personas, incluso si seguían estando enfermas. Las formas en que los seres humanos se ingeniaban para sobrevivir e, incluso, lograr éxitos a pesar de la enorme desorganización que afectaba el orden normal del funcionamiento cerebral. En estos estudios es requisito indispensable que el neurólogo observe al paciente inmerso en su vida cotidiana, en su mundo fuera de las clínicas, tal como lo ha hecho Sacks. La enfermedad de Parkinson fue observada por primera vez por James Parkinson en los tics y ataques de afligidas personas en las calles de Londres, no dentro de las paredes de una clínica. Pero, con la llegada de los modelos mecanicistas del cerebro y el entusiasmo por cuantificar el comportamiento, ha empezado a desaparecer la destreza para la observación intuitiva y aguda que ha distinguido a las grandes mentes de la medicina.

Luria se quejaba en una carta a Sacks: «La habilidad para la descripción, tan común entre los grandes neurólogos y psiquiatras del siglo XIX, está casi perdida». Antes de morir, Luria retó a Sacks a lograr una síntesis de observación literaria y científica que hiciera justicia al funcionamiento del cerebro en el mundo real. Sacks aceptó el reto y aparecieron El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Veo una voz y Un antropólogo en Marte. En estos libros, Sacks nos entrega las más vívidas descripciones que tenemos sobre la capacidad orgánica de recuperación y adaptación que inspiró la era moderna de los sistemas de cómputo. Los nuevos modelos de la mente como distribución, adaptabilidad y creatividad infinita confirman lo que él ya había observado en sus pacientes. Su método como médico consiste en colaborar con sus pacientes y descubrir nuevos senderos en sus cerebros que permitan restablecer su capacidad de autocuración. Concibe su trabajo como el acto de escuchar profundamente, prestando atención a las armonías y desarmonías más sutiles en el comportamiento de sus pacientes, tal como escribió en Despertares, «en una empatía cinética intuitiva… un juego de fuerzas vivo, melódico y en constante cambio, que puede devolver a los seres vivos a su propio ser vivo».

-La manera en que Oliver atiende a sus pacientes es también la manera en que ama –observó una vez un colega, el neuropsiquiatra Jonathan Mueller-. La capacidad de atención es lo que reverencia y es lo que él entrega a sus pacientes.

Sacks ha creado una conciencia pública sobre desórdenes mentales que antes se consideraban casos muy raros, sobre todo el síndrome de Tourette y el autismo. Para determinados sectores, sin embargo, lo que Sacks «entrega a sus pacientes», al convertirlos en personajes de sus best-sellers, es todavía debatible. Un académico británico y abogado de los derechos de los discapacitados llamado Tom Shakespeare ha bautizado a Sacks como «el hombre que confundió a sus pacientes con una carrera literaria». Alexander Cockburn lo catapultó en el diario The Nation por estar «en el mismo negocio que los diarios sensacionalistas (Conocí un monstruo del espacio con dos cabezas), sólo que él escribe para las clases más distinguidas y lo disfraza un poco (Conocí a un hombre que cree ser un monstruo con dos cabezas). El fondo del asunto es su manicomio y la observación de los locos».

Sin embargo, Leonard Cassuto, de la Universidad Fordham, dice que las historias de casos de Sacks tienen, precisamente, el efecto contrario a los espectáculos de los seres deformes de la época victoriana. «La medicina mataba el antiguo espectáculo del engendro al convertir sus exhibiciones en algo patológico. Johnny, el Hombre Leopardo, no inspira asombro ni espanto si decimos, en su lugar, que ‘el pobre John sufre de vitílígo’. Sacks es especial porque ha reencarnado el espectáculo de los seres deformes en precisamente el mismo lenguaje que contribuyó tanto a ponerles fin. La gente querrá observar y Sacks está sugiriendo que la mejor manera de tratar estos deseos no es prohibirlos, sino redefinirlos y dirigirlos, lograr que la observación sea una mirada mutua, el encuentro de dos mundos. Sacks usa las historias de casos como un puente entre gente discapacitada y la mayoría con características físicas normales, colocándose a sí mismo justo en el centro, como el eslabón que une el par». Una manera en que Sacks forja ese eslabón es con su propio comportamiento,  algo extravagante a simple vista.

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Para ser un hombre intensamente privado, Sacks es una persona abierta, incluso exhibicionista, en relación con cosas que a otras personas les podría parecer desconcertantes como su distracción permanente, sus idiosincrasias y su ardor con ribetes científicos por los helechos y Star Trek. Una vez, mientras Sacks caminaba apurado por una vereda llena de gente en Manhattan y murmuraba con impaciencia «Háganse a un lado, imbéciles», un hombre delante de él se volteó y lo miró. «¡Tengo el síndrome de Tourette, no puedo evitarlo!», le dijo Sacks y el hombre se amansó. «Me escudé detrás de un diagnóstico falso», me contó, todavía entretenido con el incidente.

Otro aspecto de su muy singular identidad es su apego a la soledad. Nunca se casó y no ha tenido ninguna relación en muchos años. Sus últimos dos libros, sin embargo, refutan otro falso diagnóstico que se le adjudica con frecuencia: que es asexual. En sus nueve libros su romance con las ciencias se ha hecho abiertamente erótico, sembrando el tema de la libido subliminal por todos lados, incluso en la botánica criptogámica de las cicadáceas y los globos antiaéreos que se lanzaron sobre Londres durante la guerra. En Oaxaca Journal admira la «encantadora modestia» de los helechos, sus «órganos reproductivos… que no salen hacia fuera de manera llamativa sino que están encubiertos con cierta delicadeza en la parte interior de las hojas frondosas». En Uncle Tungsten, Sacks escribe que su «primer objeto de amor» fue un globo aéreo que protegía su vecindario cuando él tenía diez años: «Cuando nadie miraba, me colaba a escondidas por la parte central del campo de cricket y tocaba la tela brillante que se henchía en el viento con suavidad. La tela reconocía y respondía a mi tacto, supongo, temblaba (al igual que yo) en una suerte de arrobamiento».

Los arrobamientos políformes se extienden incluso a las áridas regiones de la tabla periódica de los elementos químicos. Después de ver la tabla en el Museo de Ciencias, escribió en Uncle Tungsten: «Casi no podía dormir de tanta excitación… seguía soñando con la tabla periódica en el excitante mundo entre el sueño y la vigilia de esa noche… Al día siguiente casi no podía esperar a que abrieran el museo». Su enamoramiento con los elementos continúa hoy día en su mundo de ensueños. En uno de los escenarios recurrentes Sacks es hafnio, sentado en un palco en la Ópera Metropolitana junto a sus compañeros tantalio, renio, osmio, iridio, platino, oro y tungsteno. Cuando está despierto se identifica con los gases inertes, un grupo periódico que es prácticamente resistente a formar cualquier tipo de compuestos. Conocidos también como los gases nobles, Sacks se los imagina en Uncle Tungsten como «solitarios, atrapados, ansiando algún vínculo». En Oaxaca Journal, Sacks se refiere a sí mismo como al «semifallo», que podría sonar como el nombre de alguna partícula elementaria.

Es posible que el neurólogo pase algunas noches solitarias (él llama a su timidez una «enfermedad»),  pero no es una persona que carezca de compañía. Tiene muchos amigos y colegas en todo el mundo que han escrito libros y obras teatrales, analizado el lenguaje de los sordos, aliviado la miseria de devastadores desórdenes mentales y uno de ellos, Patríck, es un antiguo capitán de la nave espacial Enterprise. Sus paredes en Greenwich Village están realzadas con pinturas de antiguos pacientes y personas que se convirtieron en sus amigos, como el artista autista Stephen Wiltshire y Shane Fistell, el super-Tourette en Un antropólogo en Marte. Su círculo familiar más íntimo en Nueva York incluye a su asistente Kate Edgar, su psicoanalista, su entrenador de natación y su archivista, Bill Morgan, que mantuvo el irregular y gran legado del poeta Allen Ginsberg en orden durante veinte años (Morgan es un campo de desaniquilamiento humano cuando se trata de buscar cartas perdidas y pródigos diarios). Una persona de limpieza aparece una vez a la semana para ordenar el tornado en su departamento, preparar juego de naranja artificial junto con el pescado que come todos los días y casi siempre lo engríe, como parecen hacerlo muchos de sus amigos.

Mientras las apariencias de osito de peluche de Sacks proliferan en películas como Los fabulosos Tenenbaums, el médico recibe cientos de cartas cada mes e igual número de propuestas matrimoniales de gente extraña, como sucedió después de la versión fílmica de Despertares. Una significativa parte de estos sobres contienen historias médicas de gente que busca convertirse en pacientes de su pequeña práctica privada.  Muchos de ellos presentan condiciones desconcertantes y lo contactan como un médico dé último recurso. Todavía continúa viendo a pacientes en Beth Abraham y el Little Sisters of the Poor en Queens, donde recibe doce dólares por cada consulta. Desde la publicación de Uncle Tungsten, se han sumado muestras de metales arcanos, focos y tablas periódicas a la diaria inundación de cartas, libros, manuscritos y discos compactos.

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Mientras escribía su libro de memorias, Sacks peinó los archivos del Museo de Ciencias en busca de fotografías de la tabla periódica que sigue en su memoria. Pero sólo encontró provocadoras tomas hechas justo unos años antes o después de sus peregrinajes al lugar. En las últimas décadas, las viejas galerías de química han ido desapareciendo para hacer espacio a muestras más «amigables para los niños» y actividades promovidas por donaciones corporativas. El día en que visitamos el museo nuestra indagación por la antigua ubicación del jardín de Mendeleev nos llevó hasta el tercer piso, donde llegamos a un rellano vacío. Sacks colocó su cojín sobre uno de los escalones, se sentó y contempló la blanca pared que tenía al frente.

­Solía estar aquí ­me dijo­. Ese espacio vacío es donde Ollie Sacks tuvo su revelación sobre el infinito y vio a Dios.

Y continuó: «Yo relaciono a Mendeleev con Moisés, que llegó del Sinaí con su ley de la tabla periódica. Yo visualizo, y todavía puedo ver, mientras converso, los gases inertes en los gigantescos frascos hexagonales. Los frascos estaban vacíos, pero sabías que los gases estaban ahí. Había varillas de fósforo traslúcido en el agua y un pedazo de iridio del tamaño de un puño. Debe haber sido como una libra. Lo adoraba. Había cloro verde que se arremolinaba en uno de los frascos. Antes había visto pequeños y sucios trozos de cesio, pero aquí había mucho más. Es uno de los dos únicos metales dorados que existen, dorado y relumbrante. El masurio no tenía peso atómico, no estaba claro si ese elemento había sido descubierto o no. Y había cristales de yodo, sublimados en la parte más alta de una botella. Este era el lugar. Cuando cierro mis ojos veo otra vez el gabinete y los cubículos. ¿Veo a un niño parado o lo estoy viendo a través de los ojos de ese pequeño niño? Fue sólo ayer. Y han pasado cincuenta y cinco años», recuerda.

Cuando nos preparamos para irnos, nos detenemos a observar una muestra de fotografías hechas para ser vistas a través de un estereoscopio, el equivalente victoriano de un view master en tres dimensiones (Los padres de Sacks tenían una enorme colección de estas imágenes en la casa de Mapesbury Rad y ahora él también las colecciona). En años recientes ha empezado a disfrutar de reuniones en grupo como la Sociedad Estereoscópica de Nueva York, donde la base de la afinidad no es sólo el deseo de juntarse, sino un profundo y preciso interés común, uno que no es compartido por el común de las personas. Oaxaca Journal está dedicado a la Sociedad Norteamericana de Helechos y a los «cazadores de plantas, pajareros, buzos, buscadores de estrellas, sabuesos de rocas, exploradores [y] naturalistas aficionados en todo el mundo». Quizá en estas congregaciones de solitarios ha descubierto Sacks una suerte de cámara de niebla, una en la que incluso los gases inertes y otros elementos raros y nobles de la tabla periódica humana podrían encontrar formas de vincularse de manera natural.

Al empezar a escribir su propia historia de caso en sus libros más recientes, es posible que Sacks esté descubriendo lo que sus pacientes y lectores aprendieron años atrás: al compartir las historias de nuestra vida interior recuperamos lo que somos y nos preparamos para la transformación.
-Prefiero las afiliaciones múltiples –dice Sacks cuando salimos del museo-. Pasar de una reunión de la Sociedad de Helechos al Club Minerológico y a la Sociedad Estereoscópica. Y luego recuerdo que soy un neurólogo.


August 15, 2015

ETIQUETA VERDE 15

Un texto de


July 16, 2015

María Teresa Hernández

Un texto de


July 14, 2015

Yasna Mussa

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July 13, 2015

César Arféliz

Un texto de


July 13, 2015

EL BANCO DE LA PLAZA

Un texto de

El Mat3mático impar

Harald Helfgott ha probado la Conjetura Débil de Goldbach, un problema
de teoría de números no resuelto por cerca de trescientos años.
Casi nadie entiende de qué sirve convertir una conjetura en teorema.
Casi nadie entiende en qué trabaja un matemático. Se los ignora.
Se los aborrece. Pero el futuro de esta ciencia está más allá
de los dedos de la mano, las calculadoras, los exámenes.
Si Harald Helfgott es un hombre amable,
¿por qué tememos tanto a nuestro
profesor de matemáticas?

Un texto de Luis Wong y Yasna Mussa
Fotografías de Musuk Nolte

En YouTube, debajo de un video dedicado a él, una chica le escribe a Harald Helfgott en ruidosas letras mayúsculas: «Hazme un hijo matemáticooo». Él la desilusiona: «Lamentablemente, la genética no funciona así». Ella: «Ay q pena ». Él y ella no se conocen. Él y ella jamás tendrán un hijo matemático. Harald Helfgott, una de las últimas estrellas de la matemática del mundo, es hijo de un profesor de geometría y de una señora estadística.

No cree ser producto de la genética —sus otros dos hermanos no son matemáticos—. Este matemático hecho en el Perú es una incógnita, pero ni X ni Y. Es HH. Una tautología: Harald Helfgott es Harald Helfgott, un experto en teoría de números nacido en 1977 que dice no tener un número favorito. «No encontrarás a ningún matemático, que yo sepa, que crea en la numerología —dice HH—.Se trata de una superstición (o pseudociencia) basada en las coincidencias que se producen apenas miras suficientes números y tratas de relacionarlos con suficientes cosas».
Helfgott se pasó mirando suficientes números durante seis años de su vida, trabajando en ellos para demostrar una conjetura. Una conjetura es un juicio formado a partir de datos incompletos, de indicios, de supuestos. En 1742, un señor matemático alemán llamado Christian Goldbach le envió una carta a Leonhard Euler, señor matemático suizo, y a partir de esa conversación aparecieron dos conjeturas: «Todo número par mayor que 2 puede expresarse como la suma de dos números primos». Y como consecuencia de ella: «Todo número impar mayor que 5 se puede expresar como la suma de tres números primos». Helfgott ha podido demostrar que esta segunda conjetura es verdad. En el siglo XVIII, Goldbach, un enamorado de los números primos, formuló esas dos conjeturas: a la primera la llamó fuerte; a la segunda, débil. Por ahora Helf-gott ha demostrado la conjetura débil de Goldbach. El matemático no sabe si haberla resuelto nos servirá de algo en nuestras vidas. Nosotros no tenemos idea de qué hace un matemático un día cualquiera.
Entender a uno exige otro tipo de inteligencia y atención. Una mañana de setiembre de 2013, en la Universidad de la Sorbona de París, Harald Helfgott asistió a una conferencia sobre el escritor Julio Ramón Ribeyro, de quien el matemático había traducido un cuento al esperanto. En un instante de la conferencia, un ruido agudo e intenso empezó a irritar a toda la audiencia. Se trataba de un hombre de treinta y tantos años estrujando una botella de plástico una y otra vez, una y otra vez. Uno de los conferencistas recuerda haberlo mirado fijamente desde el escenario intentando hacerle notar la incomodidad de su acto, pero el hombre seguía estrujando la botella con la mirada perdida. No se detendría hasta dos minutos después. Era Helfgott. Aunque en apariencia estaba desconectado de lo que pasaba en el auditorio, cuando se abrió la ronda de preguntas a los asistentes, el matemático levantó la mano y lanzó una pregunta que ninguno de los conferencistas supo responder. Cuando escapa de su trance ruidoso y alguien se lo advierte, Helfgott se sonroja intentando explicarse a sí mismo. Es un acto inconsciente y automático que repite cuando está sumamente concentrado en una idea. En los cines le han llamado la atención por hacer un ruido constante con la tapa de un bolígrafo que él abre y cierra con su dedo pulgar. Helfgott se suele abstraer de su entorno, por más numeroso e importante que sea, como quien habita un mundo paralelo absorto en la belleza de pensar.
Si uno conoce durante esos instantes a Helfgott, es posible que lo odie. Pero el matemático tiene razones irrefutables para ser querido: ha resuelto una conjetura que llevaba doscientos setenta y un años sin solución. A simple vista, Harald Helfgott es el estereotipo de un nerd torpe y concentrado en sus matemáticas: usa anteojos por miopía y astigmatismo, viste camisas y pantalones de oficinista de otra época, camina con un andar desgarbado y practica el origami. Es un vegetariano a medias, un homo sapiens que engulle pescados pero no come carnes rojas. Ha intentado romper con el prejuicio que encasilla a los teóricos de números como monotemáticos, ensimismados e incapaces de seducir en actos en sociedad: Helfgott cocina para sus amigos y va a clases de tango. Helfgott ama París, la ciudad donde ha vivido los últimos cinco años, pero es sobre todo un cosmopolita: habla perfectamente cinco idiomas —español, inglés, francés, alemán, esperanto—, está aprendiendo ruso y griego antiguo, y debe perfeccionar el quechua y el polaco. En su rutina de cocinero prepara platos de varios países, con variaciones que combinan ingredientes como empanadas hechas con pâte feuilletèe. Pero, sobre todo, Helfgott viaja por el mundo dando conferencias en el lenguaje universal de las matemáticas.
Los matemáticos buscan la elegancia en sus demostraciones, pero prefieren ser prácticos fuera del trabajo. A Helfgott no le obsesiona la elegancia en el vestir. Se compra ropa sólo cuando la necesita. Usa zapatos porque duran más que las zapatillas. Pero también ha pedido consejo a sus alumnos y alumnas, y hasta un día se fue de compras con una de ellas. Si siente que ha acertado en elegir una prenda, HH prefiere repetirla. Ser práctico es para él más natural que ser elegante. Sin embargo, el matemático que ha resuelto la conjetura débil de Goldbach no sabe conducir un auto. «Me da miedo matar gente», dice refiriéndose al riesgo de manejar un coche. Cree que bastarían dos segundos de distracción para ello.
Cuando se concentra demasiado en responder una pregunta, Helfgott mira al vacío hasta que sus pupilas desaparecen. Es un gesto que repite cada vez que necesita enfocarse. Cuando se concentra, pestañea a gran velocidad como si estuviera en el trance de hallar una respuesta. Cuando quiere decir una frase más compleja, como cuando explica un problema matemático, cierra sus ojos por completo. Luego fija su mirada en un punto y dispara una certeza. El matemático se abstrae de su entorno hasta que construye un esquema mental de sus ideas. A fines de los años setenta, el psicólogo ruso Mihály Csíkszentmihályi propuso la teoría del flujo, que viene de la expresión ‘dejarse llevar por la corriente’. Dijo que, al dedicarnos a ciertas actividades placenteras, perdemos el sentido del tiempo. Harald Helfgott no es ajeno a esta superlativa atención interior.

La concentración que necesita un matemático ha sido a veces su perdición. Plutarco narra que un día el griego Arquímedes estaba tan concentrado en un problema matemático que cuando un soldado romano lo interrogó y él no le contestó aquel soldado lo atravesó con su espada. La mayoría de veces, en cambio, es una aparente virtud que permite a los matemáticos llegar a soluciones sublimes. Dicen que Norbert Wiener, el matemático y padre de la cibernética, entraba a un salón de clases leyendo un texto, daba vueltas bordeando sus cuatro paredes y salía del aula sin despegar sus ojos del papel. Un ensimismado Isaac Newton, el genial matemático, el físico de la ley de la gravedad, a veces se olvidaba de comer o dormir. Helfgott cuida de no pasarse de revoluciones en el perfeccionismo de su trabajo y al primer signo de obsesión se detiene. Cuando empieza a comerse las uñas o a golpear la mesa con los dedos, HH se detiene.
La figura del matemático ha sido retratada como una mente en constante batalla. En Everything and more, A compact history of infinity, el escritor David Foster Wallace lo comparaba con el científico loco del pasado, una suerte de Prometeo moderno que se sacrifica por traerle progreso al mundo. En Loving and hating mathematics: challenging the myths of mathematical life, Reuben Hersh y Vera John-Steiner dicen que tener un balance en la vida es un reto adicional para los matemáticos, una disciplina en que la búsqueda de certezas sin un camino claro identificado puede llevar a veces a la desesperación. Isaac Newton sufrió crisis nerviosas durante su adultez. Georg Cantor, uno de los padres de la teoría de conjuntos que aprendemos en el colegio, era un inquilino regular de hospitales mentales. John Nash, experto en teoría de juegos y personaje en el que se basa la película a beautiful mind, padeció de una esquizofrenia que no pudo vencer hasta treinta años después.
Pero más allá de esta olla de presión mental, un matemático puede pensar también en tareas mundanas. Humor y matemáticas hacen una buena pareja. La popular serie Los Simpsons tiene a matemáticos de guionistas y en varios de sus capítulos hay guiños teledirigidos para amantes de los números. En The Simpsons and their mathematical secrets, Simon Singh recuerda que más de una decena de miembros de su equipo de producción han sido expertos en matemáticas que renunciaron a investigar en Princeton o en Yale para escribir guiones sobre Bart, Homero y los vecinos de Springfield. Lo mismo sucedió con Futurama, la serie hermana de The Simpson que sucede en un universo de ciencia ficción, y con otras series como The big bang theory o Numb3rs, donde contratan académicos para ser consultores. Dinero y matemática también hacen un buen par. No es gratuita la abundancia de matemáticos como agentes de bolsa. Los derivados financieros —a los que el archimillonario Warren Buffett llamó armas de destrucción masiva por el daño que pueden ocasionar a la economía mundial— suelen ser creados por matemáticos o físicos. Es el camino alternativo que toman cuando no pueden continuar en la carrera de investigadores. La tentación de ir a Wall Street y trabajar para una institución financiera y crear fórmulas sobre las que dependerán las inversiones de millones de personas es el camino más fácil para hacer dinero con la matemática.
Helfgott ha elegido la sencillez y la austeridad. En los últimos cinco años, ha vivido solo en París, en un departamento de veintitrés metros cuadrados, con estantes de libros cubriendo sus paredes y sin señal de Internet. Dice que no la quiso más porque se distraía más de la cuenta leyendo y editando páginas de Wikipedia. Cuando va a responder una pregunta, el matemático evita responder con palabras absolutas como siempre-todo-nunca. No es entusiasta del doble sentido ni de preguntas retóricas como cuál es su comida favorita o cuál es su película favorita, porque cree que cada una de ellas merecerían más de una respuesta. Cuando se le habla de sexo o de mujeres, HH se sonroja y responde con pudor, como un niño cuyos padres lo están observando. Cuando dice que ve Game of thrones —una teleserie de fantasía medieval con traiciones y sexo casi en cada capítulo—, Helfgott se tapa la cara con la palma de una mano y suelta la risa gutural.

5

 

***

 


Una noche de otoño de 2013, en su departamento de París, Harald Helfgott ofreció una cena para doce invitados. Aunque dedicara su vida a resolver problemas, investigar nuevos métodos de análisis y otros asuntos matemáticos incomprensibles para el resto, esa noche en su cocina se complicaba en calcular la cuota justa de huevos y de gramos de harina para las papas rellenas. Matemáticas y cocina comparten más de un principio. En el salón de su departamento en un sexto piso de un edificio tradicional parisino, Helfgott describe con la misma seriedad con que habla ante un auditorio universitario cómo será el relleno de las empanadas para sus invitados. «Estas las vamos a rellenar con lactarius deliciosus», dijo señalando un champiñón. Hace un tiempo, el matemático ingresó a un grupo de exploradores que sale de excursión para recoger hongos, y ha aprendido sus nombres en latín para diferenciar los hongos comestibles de los venenosos. Usa esa mirada microscópica para todo, incluso para los croissants. Cuando un matemático ve un croissant, también puede ver un triángulo isósceles, un triángulo con dos lados iguales de longitud cuyos ángulos opuestos a ellos también son iguales. Como todo matemático, Helfgott sabe que la masa de un croissant tiene setecientas veintinueve capas. «Es cultura general», dice, como si cultura general fuera saber cuántas arrugas tiene un elefante. Un panadero dobla la masa del croissant primero tres veces y luego la dobla seis veces más. Allí un matemático ve una operación que otros no perciben: 3 a la potencia de 6 = 729 capas. Lo que para cualquiera puede significar un simple corte en una salchicha, para Helfgott es una elipse.
Esa noche, el primer plato que prepararía para sus invitados serían aquellas empanadas. Lo asistía Alisa Sedunova, una estudiante rusa a la que Helfgott dirige en su tesis de doctorado en teoría de números, y que seguía sus indicaciones culinarias en inglés y ruso. Mientras introducía la bandeja con empanadas al horno llamó a la puerta Jesper Jacobsen, un físico danés que llegó acompañado de sus hijos, un niño y una niña, que juntos sumaban catorce años. Su padre empezó a conversar con Helfgott en un idioma que parece tan incomprensible como las matemáticas. «Estamos hablando esperanto», aclara Helfgott. Los niños se sumaron a la conversación y los cuatro reían en esperanto.

Su historia personal con el esperanto es la más romántica de los cinco idiomas que domina a la perfección. Cuando era adolescente, Harald Helfgott descubrió el esperanto, un idioma creado por el polaco Lázaro Zamenhof hacia fines del siglo veinte. El futuro matemático se apasionó por la idea que había inspirado a este médico oftalmólogo de crear un lenguaje que se expandiera por el mundo usando diferentes raíces etimológicas e idiomáticas. Para Zamehof, el esperanto tenía un sentido filantrópico y político: pretendía unir diferentes culturas a través de una lengua democrática y no hegemónica. Lo concretó en un libro en el que firmaba como Doktoro Esperanto. Significa Doctor esperanzado. Más de un siglo después, HH, otro esperanzado, recorrería Europa durmiendo gratis en casas de familias que pertenecían a la comunidad internacional de esperantistas, donde la única condición era comunicarse en este idioma. Por el esperanto, conoció a Jacobsen y a sus hijos, que pertenecen a la minoría de sus hablantes nativos.
Harald Helfgott dice que a veces se descubre resolviendo sus problemas matemáticos en inglés, el idioma en que cursó sus estudios universitarios y comenzó sus investigaciones. Según el Basque Center on Cognition, Brain and Language, el lenguaje tiene un papel fundamental en el aprendizaje de algunas operaciones matemáticas simples como hacer multiplicaciones. Las personas bilingües recurren a la lengua en que aprendieron las matemáticas para realizar cálculos en una operación. Richard Feynman, un Premio Nobel de Física, decía que las matemáticas son algo más que un idioma porque incluyen la lógica. HH es un obsesionado con la lógica. Cuando habla de salud, azar o religión, el matemático insiste en recordar que jamás consumirá homeopatía porque su efectividad no ha sido probada por la ciencia, que no cree en la numerología porque se trata de supersticiones lejos de la razón, y que no cederá a la culpa cristiana porque jamás ha creído en Dios.
La noche de la cena, los invitados del matemático llegaron a su departamento con una puntualidad casi simultánea y saturaron de golpe el mínimo espacio de su comedor. HH abrió una mesa plegable que iba de muro a muro y alrededor de ella se sentaron sus doce invitados. Además de sus colegas matemáticos y estudiantes, había un físico, una periodista que escribe para una revista de matemáticas y su novio actor. Siete nacionalidades que hablaban ocho idiomas en veintitrés metros cuadrados: inglés-francés-español-alemán-ruso-polaco-danés y esperanto. HH intentaba mezclar palabras de todos esos idiomas y por ratos perdía el hilo de la conversación. Entre sus invitados a la cena estaba Artur Ávila, el matemático brasileño que al año siguiente ganaría una de las medallas Fields, el equivalente a un Nobel de matemáticas, por su trabajo sobre la teoría de los sistemas dinámicos. Aunque esa noche ya se especulaba que Ávila se convertiría en el primer latinoamericano en alcanzar este premio que se entrega cada cuatro años a matemáticos menores de cuarenta años, la conversación, entre alusiones y chistes, giraba en torno a quién ganaría la medalla Fields. El cocinero matemático aseguraba que era mala suerte hablar de la medalla innombrable y que a veces ganar una condecoración así podía convertirse en algo contraproducente: la presión a la que se estaba expuesto tras recibirla podía convertir en improductivo hasta al mejor matemático. Helfgott admite que la envidia se acentúa más cuanto más alto es el nivel de la competencia.

En ese minúsculo departamento, entre tantas eminencias matemáticas, Helfgott había olvidado poner sal en su ceviche. Aunque asegura que en el caso del pisco sour el orden sí altera el producto, HH falló en la mezcla de pisco y clara de huevo: su brebaje contenía más espuma que líquido. El gran matemático, que insiste en desmitificar la distracción de sus colegas, había cometido un insípido error de cálculo. Hubo más: Helfgott intentaría cruzar su mesa plegable para poder regresar a su cocina. Lo intentó de la única forma que creía posible en medio de un espacio tan estrecho: como un niño gateando debajo de una mesa. En cuclillas, atorado y algo desesperado, el matemático pedía permiso para pasar en medio de la risa de sus invitados. Harald Helfgott, el matemático que resolvió la conjetura débil de Goldbach, reapareció desde abajo de la mesa, sudado y sonrojado, con el pelo en desorden y el gesto de vergüenza de un niño que acaba de ser descubierto en medio de una travesura.

 

***


Uno de los grandes problemas para todos los matemáticos es responder a los que no les gustan las matemáticas para qué sirven las matemáticas. Euclides, el matemático griego que vivió hace más de dos mil años y que es considerado el padre de la geometría, tuvo a un discípulo que le preguntó una vez para qué servía lo que le enseñaba. Al final del día, Euclides le pidió a uno de sus esclavos que le diera al muchacho una moneda pues el chico quería obtener beneficios de todo lo que aprendía. Luego Euclides lo despidió. No preguntamos por la utilidad de la física y la química porque sus descubrimientos los podemos ver y tocar todos los días. No interrogamos a los biólogos porque sobrentendemos que su trabajo nos permite conocer más sobre nuestra especie. No cuestionamos a los ingenieros porque gracias a ellos tenemos puentes y podemos atravesarlos con autos cada vez más saludables y rápidos. Pero es irresistible preguntarle a un matemático para qué sirve descubrir un teorema. Lo más atrayente del teorema de Pitágoras y lo que hace que lo enseñen en todas las escuelas primarias es que podemos encontrarlo en cualquier cuadrado y cualquier rectángulo: en un triángulo con un ángulo de noventa grados la suma de los cuadrados de sus lados es igual al cuadrado de la hipotenusa. Los policías forenses usan el teorema de Pitágoras para saber qué tan lejos estaba la víctima del origen de una bala mortal y saber si fue un suicidio o un homicidio.
Los primeros teoremas como el de Pitágoras se descubrieron con fines prácticos: construir edificios, mejorar los sistemas de irrigación o llevar con mayor facilidad las piedras de un lugar a otro. Ese fue el nacimiento de áreas de las matemáticas como la geometría, la aritmética o el álgebra. Sin embargo, los nuevos teoremas que se descubren hoy pertenecen a áreas de las matemáticas puras que no buscan tener una aplicación práctica, sino desentrañar los secretos de los números. La teoría de números es una de estas áreas y comprende la prueba de la conjetura que Helfgott demostró. Para HH no es lo más importante hallar una utilidad práctica a su prueba que ha convertido una conjetura en teorema. Cree que es como planear una expedición a una montaña: lo importante no es alcanzar la cima, sino los métodos y la tecnología que se utilizaron para llegar allí que luego pueden extenderse a otras ramas del conocimiento.
Pero los militantes de las matemáticas nos piden más paciencia. «Existe un hambre de matemáticas, profunda pero poco reconocida, entre el público en general —dice Steven Strogatz en The joy of x: a guided tour of math, from one to infinity—. A pesar de todo lo que oímos de la fobia a las matemáticas, mucha gente quiere entender la materia algo mejor. Cuando lo logran, la encuentran adictiva». En The unplanned impact of mathematics, Peter Rowlett, profesor de la Universidad de Birmingham, describe cómo se llevaron los números complejos a un plano tridimensional y con ello se plantó una semilla, por entonces inimaginable, para sus usos en el futuro. A finales del siglo XIX este descubrimiento supuso durante más de cien años sólo una respuesta elegante a un problema rebuscado. Hasta que dos décadas antes de terminar el siglo XX un ingeniero encontró en este procedimiento el método más eficaz para crear gráficos por computadoras, lo que es hoy imprescindible en la industria del cine y de los videojuegos. La misma historia se repite con la invención de los módems, la probabilidad, el GPS, o la energía nuclear. La matemática es una ciencia que se hace esperar.
Hay matemáticos encubiertos por donde se mire. Si queremos comprar una alfombra para nuestra sala, nos basta con medir el largo y el ancho del cuarto y multiplicarlos para tener el área. Cuando decidimos aumentar los ingredientes para cocinar una receta, estamos haciendo un cálculo rápido en la cabeza. Cuando vamos al banco para pedir un préstamo, las cuotas que tendremos que pagar cada mes son calculadas por una ecuación matemática. La fila que hemos hecho en ese banco para que nos atiendan funciona como un sistema matemático: el tiempo que esperaremos hasta que nos atiendan, la frecuencia con que cada persona será atendida, y la cantidad de personas en fila harán que la siguiente decida si quedarse o no. Las computadoras funcionan porque ejecutan cientos de operaciones por segundo sin que nos las digan. Nos gustan los juegos de azar porque es una forma de vencer a las probabilidades y una advertencia matemática de lo difícil que es ganar. Un diez por ciento de probabilidades de ganar es que de cada diez opciones para ganar sólo una es favorable para nosotros y el resto para la casa. También en el amor se trata de ganar, pero sobre todo de perder: debido a que las matemáticas estudian los patrones, hoy sabemos que encontrar la pareja perfecta es un problema de hacer un balance entre tener la paciencia para encontrar a la chica ideal y decidir tomar a la que nos parezca mejor. Por ejemplo, si pensamos salir con diez personas en total, los números dicen que es mejor descartar a las cuatro primeras para encontrar a nuestra pareja ideal. Si pensamos salir con veinte, debemos descartar a las primeras ocho. La matemática nos recomienda descartar al 37% del total de opciones para que la siguiente tenga la mayor probabilidad de ser la mejor. En 1949, Merrill M. Flood lo llamó «el problema de la novia». La misma técnica se puede usar para encontrar al mejor candidato para un puesto de trabajo. La experiencia y sabiduría de los números están en todas partes. «Todo el que haya preparado una tablita de charcuterie, o un plato de salchipapas, sabe que si se corta un cilindro (es decir, una salchicha) de manera inclinada sale una elipse perfecta. La gente sabe más geometría de lo que admite», advierte Helfgott.
Los problemas no resueltos en la historia de las matemáticas son como lunares en una piel perfecta. El Clay Mathematics Institute, que incentiva la investigación en matemáticas, estableció en el año 2000 los siete problemas del milenio con un premio de un millón de dólares para aquellos que resuelvan cualquiera de los siete. Sólo uno ha sido resuelto: la conjetura de Poincaré, enunciada en 1904 por el francés Henri Poincaré y que es parte del campo de la topología. El matemático ruso Grigori Perelman la demostró y la convirtió en un teorema en 2003, pero no aceptó el premio porque consideró que el trabajo de otro matemático para resolver este problema fue más importante que el suyo. El último teorema de Fermat es otro problema matemático que tomó siglos en resolverse. En 1637, el matemático francés Pierre de Fermat, que se interesó en las matemáticas como un pasatiempo, anotó una conjetura en el margen de un libro, y dijo que no tenía espacio para explicar su demostración. Por siglos el problema llamó la atención de expertos. En 1995 el mate-mático inglés Andrew Wiles logró demostrarlo y apareció en las portadas de los diarios de todo el mundo.

La carrera de un matemático gira alrededor de problemas. Harald Helfgott decidió meterse en más problemas cuando comenzó su carrera de matemático internacional en la Universidad de Brandeis, en Massachusetts, adonde llegó becado. Allí fue parte de un círculo en el que también había investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) donde publicó artículos y conoció a más mentores, lo que le ayudó a continuar un doctorado en Princeton, considerado como uno de los mayores centros de estudios de matemáticas avanzadas en el mundo. Fue durante el primer año de su doctorado, en su examen oral de fin de año, cuando Helfgott conoció la conjetura débil de Goldbach. Era uno de los temas generales por estudiar. El 19 de mayo de 1999, Helfgott se enfrentó por tres horas y media a un jurado al que tuvo que explicarle los métodos con los que el ruso Ivan Vinogradov había intentado resolverlo. Después de Princeton, donde se especializó en teoría analítica de números, Helfgott comenzó sus estudios post-doctorales en la Universidad de Montreal y comenzó a investigar sobre teoría de grupos, su otro campo de trabajo. Las dos son ramas de las matemáticas puras que, a diferencia de las matemáticas aplicadas, no tienen ninguna utilidad práctica como fin. El ADN de las matemáticas puras se parece más al de la filosofía que al de la ingeniería.
Probar la conjetura débil de Goldbach era el problema al que Harald Helfgott volvía todos los días y que se volvió su obsesión. Una conjetura es una ley que parece cierta pero que no se ha podido probar y por eso no es un teorema universal. En este caso, que todo número impar mayor que cinco puede expresarse como la suma de tres números primos. Los primos son aquellos números naturales mayores que 1 que sólo pueden dividirse entre 1 y ellos mismos. Se les llama números solitarios porque, a diferencia de otros, solo se tienen a ellos mismos además del 1 para dividirse. Helfgott piensa que puede hacerse una comparación con la química: los primos son los átomos en la tabla periódica de los elementos a partir de los que se crean el resto de los demás números. Del mismo modo que hoy en la física existe una obsesión por descubrir las partículas elementales que formaron el universo y saber cómo se originó, los matemáticos se han obsesionado con los números primos. Hace más de dos mil años, Euclides demostró que existe un número infinito de primos y desde entonces la cacería por encontrar nuevos es el pasatiempo de expertos y aficionados. Conforme los números aumentan, los primos se hacen más raros. Pero cada cierto tiempo encontramos nuevos en esta cacería. Incluso existen parejas de números primos que se separan solo por dos números, sin seguir ningún patrón, como si nos jugaran una broma que no podemos entender. Hoy gracias al matemático estadounidense Curtis Cooper sabemos que el mayor número primo que conocemos es 257 885 161 -1
, un número con 17’425,170 dígitos. Eso equivale a más del doble de caracteres de la siete novelas de Harry Potter. Del mismo modo que hemos decidido darle un valor fascinante a los diamantes, también se lo hemos dado a los números primos. La fascinación por los números primos va más allá de su rareza. Es también nuestro interés por comprenderlo todo.
Los matemáticos de altura vienen de todas partes. Antes de los cuarenta años, Cristian Goldbach, un prusiano hijo de un pastor protestante, se convertiría en tutor del zar Pedro II de Rusia. Aunque había estudiado leyes y medicina, fue más un matemático. En 1742, Goldbach dijo que los números pares mayores que 2 pueden escribirse como la suma de dos números primos —conjetura fuerte—, y como consecuencia, que los impares mayores que 5 pueden escribirse como la suma de tres primos —conjetura débil—. Un ejemplo: 7 es la suma de 3 + 2 + 2. Otro ejemplo: 21 es la suma de 11 + 7 + 3. Hay una fascinación por hallar las reglas escondidas de cómo funcionan los números primos porque a partir de ellos se pueden crear todos los demás números y obtener pistas para resolver otros problemas. Lo que dijo Goldbach parecía funcionar con todos los números hasta el infinito, pero nadie podía probarlo. Así se convirtió en una conjetura y en uno de los problemas más difíciles de resolver en la historia de las matemáticas. En los siglos siguientes, algunos matemáticos hicieron pruebas con números primos hasta más de un trillón, pero no fue suficiente para convertir la conjetura débil en teorema. Ivan Vinogradov, un matemático ruso, había probado que la conjetura era cierta a partir de números elevados (que otros matemáticos concluirían que era de más de mil trescientos ceros a la derecha). Quedaba un intervalo de números entre un trillón y otros números astronómicos que impedían probar la validez de la conjetura débil de Goldbach. El trabajo de Helfgott fue demostrar que era cierta en todos los casos. A diferencia de otros problemas famosos de matemáticas, como el último teorema de Fermat, que dependieron de decenas de intentos previos a su resolución, el trabajo de Helfgott se basó sobre todo en el de Vinogradov y de predecesores como los británicos Godfrey Hardy y John Littlewood. HH reconoce haberse inspirado también en trabajos previos del ruso Yuri Linnik y del francés Olivier Ramaré, quien demostró que cualquier número par a partir de 4 es la suma de un máximo de seis números primos. Toda demostración matemática es la gran conclusión de una herencia de pruebas precedentes. Pronto Helfgott, un matemático del Perú, tendrá herederos.
Cuando estuvo concentrado en demostrar la conjetura, Helfgott se olvidaba a veces de regresar a casa a dormir y lo hacía sobre su escritorio. O se pasaba de largo de su parada de metro de la línea seis de París. O despertaba y se ponía a trabajar en pijama antes de tomar una ducha. Resolver un problema como la conjetura débil de Goldbach exige cambiar una rutina de vida de años. Para no enloquecer, Helfgott trató de mantener cierta distancia: cada semana tenía clases de tango y griego clásico a las que no faltaba, salvo durante las últimas semanas de su prueba. Seis años después, el matemático logró probar la conjetura débil de Goldbach para todos los números. Su labor tuvo dos partes. La primera fue teórica, y consistió en usar herramientas matemáticas —como el método del círculo y sumas exponenciales— para el problema que él ensayaba en cuadernos y pizarras o calculándolas mentalmente para llegar a la conclusión lógica de que la conjetura débil era cierta a partir de un número igual a uno con veintinueve ceros a la derecha en adelante. La primera fue analizar el problema desde la habilidad del matemático; la segunda, validar el problema desde la potencia de las computadoras. En mayo de 2013 HH llegó a la conclusión final. Ese día fue a una tienda de juguetes en París y se compró un camión con remolque para ensamblar. Era su forma de decirse que el trabajo había terminado. El matemático sintió más alivio que alegría. Pero su prueba aún debía ser aprobada por la comunidad matemática.

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Cuando el colegio Humboldt de Lima permitió a sus alumnos ir a clases con cualquier ropa de calle, Harald Helfgott decidió seguir yendo con su uniforme gris escolar. Prefirió mantener el uniforme gris que perder el tiempo pensando qué vestir cada día. Era una postura a favor de una rutina austera, una incomodidad a desperdiciar energía por tomar decisiones diarias sobre asuntos sin importancia. Otros personajes en la historia tomaron la misma decisión de no tener un guardarropas abundante: Steve Jobs y sus chompas negras con cuello de tortuga, Mark Zuckerberg y sus camisetas grises, Barack Obama y sus trajes azules: «No quiero tomar decisiones sobre qué voy a comer o llevar porque tengo muchas otras decisiones que tomar», declaró el presidente de Estados Unidos. Hoy el matemático estaría contento si le impusieran un uniforme para ir todos los días a trabajar.
Helfgott se indigna de que exista gente que se enorgullezca de decir que, después del colegio, no han vuelto a ver ninguna prueba matemática en su vida. «Ignorante es quien no quiere aprender», dice. Hace dos mil años, en la Hermandad Pitagórica, la sociedad creada por el matemático griego para extender el conocimiento, las demostraciones se hacían por ensayo y error. Es el mismo camino que siguen hoy los matemáticos para demostrar la validez de una conjetura. Lo más importante de un curso de matemáticas no está en la habilidad para resolver una lista de problemas sin errores en el menor tiempo posible, sino en aprender a pensar como un matemático, con intuición y de manera lógica. Lo espantoso de las matemáticas se inaugura en el colegio con el estrés de los exámenes. Los alumnos reciben calificaciones cada semana sin comprender qué deben mejorar y ya han pasado a un nuevo tema y tienen que estudiar para el nuevo examen. Los problemas deben resolverse en el menor tiempo posible y esta presión convierte las matemáticas escolares en una carrera de ansiedad contra el reloj. «En sexto de primaria nuestro profesor de matemática le traía problemas de cuarto y quinto de secundaria —recuerda Matías Vega, uno de los compañeros de clases de Helfgott en el colegio Humboldt—. Cuando venían los exámenes todos nos rompíamos la cabeza para terminar y él terminaba a los diez o quince minutos y después sacaba los problemas de años muchos mayores para divertirse». La aplicación práctica de las matemáticas está lejos de la memorización de teoremas y de la agilidad en realizar cálculos complicados. Se trata más de saber cómo aumentar los ingredientes cuando hay más personas que las que indica el recetario de cocina, de estimar la altura de un cuarto comparándola con nuestra estatura o de cómo hacer caber más cosas en un espacio reducido teniendo en cuenta la forma de un objeto. Los malos profesores de matemáticas enseñan bajo un modelo de repetición: el profesor enseña un nuevo concepto, desarrolla un ejemplo con la clase y deja una tarea individual. Las clases de matemáticas se vuelven así una repetición de fórmulas y no la exploración de un mundo nuevo gobernado por la razón.
Harald Helfgott no fue víctima de esta enseñanza tradicional de las matemáticas. Nunca la necesitó. Sus primeros maestros fueron sus padres, que eran profesores de matemáticas y estadística. Habían elegido su nombre en honor del matemático danés Harald Bohr, un ex futbolista del equipo olímpico danés y hermano de Niels Bohr, uno de los físicos que trabajó en la teoría del átomo. Helfgott sirvió de conejillo de indias cuando su padre escribió un libro de geometría y él debía revisar que todas las demostraciones fueran correctas. También HH asistía en Lima a la Facultad de Matemáticas de la Universidad de San Marcos cuando acompañaba a su madre a dictar sus clases de estadística. El matemático sabe que sus padres lo llevaban a todas partes porque no tenían niñera.
Helfgott creció en un mundo donde él siempre fue el diferente, pero nunca fue un solitario ni tuvo problemas para ser sociable y conversador. En la escuela le decían «cabezón». Matías Vega, su compañero de clases en el colegio Humboldt, lo recuerda como el chico que tenía la apariencia clásica de un genio, con la mirada fija en el vacío y que no se preocupaba por su aspecto. Matías Vega recuerda que HH tenía pasatiempos distintos: en vez de leer historietas, leía La metamorfosis, de kafka; en vez de jugar al fútbol, jugaba al ajedrez; en vez de ver E.T., veía 2001 Odisea en el espacio. Helfgott recuerda que sus maestros se daban cuenta de su facilidad para aprender más allá de las cursos y le permitían leer libros para estudiantes mayores. Durante su educación secundaria, por las noches, iba a clases especiales que un profesor dictaba para sus alumnos más adelantados. «El mejor maestro —entiende HH— es aquel que enseña a sus alumnos para que sean mejores que él». El niño que vivía en la calle Saturno, del barrio El Cercado de Lima, también tenía temores distintos. Una tarde leyó una noticia que lo hizo romper en llanto: el Universo desaparecería algún día.
En tiempos en que el Perú pasaba por su peor crisis económica, sus padres decidieron llevarlo a una escuela de verano soviética en Lima. Helfgott tenía diez años y ese verano comenzó a aprender ruso, a estudiar sobre los países que conformaban la Unión Soviética, y a asistir a clases avanzadas de matemáticas. Mirko Solari, uno de los amigos que HH hizo aquel verano, recuerda haber conversado con él sobre temas políticos y los problemas del país. Helfgott no ha abandonado ese interés, sobre todo en los problemas de la educación. En el Perú, donde vivió hasta finales de su adolescencia, la educación es una de los peores del mundo: en una prueba de la Organización de la Cooperación para el Desarrollo Económico que evalúa los niveles en matemáticas, ciencia y comprensión lectora de sesenta y cinco países, el Perú quedó en último lugar. Hoy Helfgott dirige una escuela de verano en Cusco. Junto a dos centros inter-nacionales de matemáticas y una universidad cusqueña, el matemático quiere llevar a los mejores estudiantes de Sudamérica a esta escuela y debatir temas avanzados de su especialidad, la teoría de números. La selección fue estricta: pidieron cartas de recomendación y notas que probaran que el alumno postulante entiende matemáticas y no era sólo un aficionado que buscaba una línea más en su currículum. Helfgott ha invitado a matemáticos de todas partes del mundo para que den clases magistrales y pasen unas semanas en Cusco con los estudiantes. Se ha encargado en persona de revisar todos los detalles de su escuela: ha elegido desde el menú y los vinos para las ceremonias oficiales y ha decidido que alumnos y maestros duerman todos en el mismo hotel. La escuela del Cusco es a la que el Helfgott adolescente hubiera querido asistir cuando acompañaba a su madre a la universidad y se colaba en las clases de matemática pura.

 

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Una noche de febrero de 2015, un hombre bailaba con otro hombre en el salón de un edificio de París. Era Harald Helfgott posando sus brazos sobre los hombros de Daniel Schnellmann, su maestro de tango que también es matemático y a quién había conocido cuando ambos eran investigadores en la École Normale Supérieure de París, la principal escuela de matemáticas de Francia, donde ambos tenían oficinas en el mismo piso. Bailaban al son de un tango argentino junto a otros treinta bailarines que se habían reunido allí, como cada semana, para una milonga. El matemático suizo llevaba el paso, guiando a Helfgott con leves movimientos de cintura, mientras que HH apenas movía los brazos y casi no flexionaba las piernas: se hallaba más concentrado en seguir el ritmo y en no pisar jamás a su pareja.
Meses atrás, Helfgott había asistido a clases de tango en San Petersburgo, Rusia, mientras fue invitado de la cátedra Lamé, una iniciativa franco-rusa para integrar las comunidades matemáticas de ambos países. En su primera clase, su maestro se dio cuenta de que era un matemático por su rigidez y porque su vocabulario consistía de frases comunes en la matemática. Lo molestaba preguntándole: «¿Y la demostración?», refiriéndose a la labor típica de los matemáticos. Helfgott recuerda que no sabía decir «caderas» en ruso y que tuvo problemas en las clases por el idioma y por eso estuvo junto a los debutantes. Esa noche en París, sin embargo, Helfgott pensaba en francés y en no salirse del ritmo: mientras bailaba, mantenía la mirada fija en un punto de la pared como si estuviera hipnotizado en sentir al milímetro cada parte de su cuerpo en lugar de mirar cada paso de su pareja. El maestro Schnellmann había descubierto el tango en Austria y luego creado su escuela itinerante de clases y bailes semanales. El profesor matemático nunca perdía la paciencia con el alumno matemático: bailó con él por diez minutos y se tomó el tiempo en decirle por quinta vez que debía soltarse aún más. Insistía en que tratara de bailar con otros para dejarse llevar por la música y aprender a anticiparse a los movimientos de los desconocidos. Pero su principal consejo era también lo contrario a la rutina de un matemático: Helfgott debía concentrarse menos.
El tango y las matemáticas comparten la paradoja de ser rígidos en las leyes que los gobiernan, pero flexibles en la improvisación. El ritmo está en los tiempos que se escriben en un pentagrama con símbolos musicales del mismo modo que un teorema se escribe con variables y símbolos matemáticos. En el artículo Mathematical models for argentine tango, la matemática Carla Farsi, de la Universidad de Colorado, aplica al tango modelos matemáticos que se pueden representar con gráficos tridimensionales, como si el tango se tratara de un problema de física. La expresividad del baile queda reducida a ecuaciones que no permiten tropezar. Helfgott se enamoró del tango cuando escuchaba a Gardel de niño en sus almuerzos familiares. Bailar tango resulta para él más tentador porque es más formal que otros bailes: tiene una lista de pasos y el reto de combinarlos con elegancia. Esa noche en París, el matemático se pasó bailando con parejas ocasionales que, por su condición de principiante, aceptaban a regañadientes su invitación a bailar. En la pista de baile, Helfgott mantenía a sus parejas a distancia con los brazos semiabiertos, posándolos sobre sus hombros y no en la cintura. Esa es la postura de los debutantes que aún no se sienten cómodos con la incertidumbre de los pasos de sus parejas. Esa noche, una de ellas fue una mujer mayor con un vestido largo y rojo a quien Helfgott acompañó al centro de la pista y que aceptó bailar gustosa con él a pesar de la advertencia de ser un debutante. La mujer le daba consejos, le susurraba hacia dónde debían deslizarse mientras Helfgott se concentraba mirando la pared del otro extremo de la sala. La pareja hacía giros y era la mujer la que llevaba el ritmo. En el salón tocaban un tango: Recuerdos de bohemia.

Dime por qué, por qué olvidar
que yo hice florecer
tu primavera.
Por qué
tu corazón me abandonó.
Por qué
tu mano me alejó.
Dime por qué, por qué, dejar
a quién te dio su ser
su vida entera.
Por qué
pagaste así cruel con tu rigor
todo mi amor.

La mujer del vestido rojo se despidió del matemático dejándole consejos para el resto de la noche. La belleza del tango está en las figuras que dibujan las parejas y en la improvisación. En matemáticas, la belleza está en la simpleza y en lo indiscutible de las pruebas. Unos neurocientíficos del Reino Unido descubrieron que la misma parte del cerebro que se activa por el arte y la música se activa también en el cerebro de los matemáticos cuando miran ecuaciones que consideran bellas. Helfgott dice que, a diferencia de otras ciencias, como las políticas, en matemática la razón no se gana por la fuerza sino por una prueba objetiva. La belleza de las matemáticas no es para él una virtud principal, pero admite que no deja de buscarla a la hora de resolver un problema. Cuando se le pregunta por la belleza de las mujeres, el matemático responde que le importa, aunque no tanto como su inteligencia. HH evita hablar de la mujer ideal. «Uno debe tener principios cercanos y temperamentos complementarios», dice teorizando sobre la pareja. Esa noche, durante la milonga del barrio doce de París, las parejas fueron abandonando el salón. Hacia el final el matemático acudió a preguntar a su profesor de tango en qué debía mejorar. El hombre que acababa de hallar la solución eterna a un problema matemático quería buscarse a sí mismo en la elegancia y la sensualidad del tango.

 

***


El matemático no bailará el último tango en París. Si la matemática es una ciencia que se hace esperar, queda esperar aún más de Helfgott, un hombre capaz de pasarse horas armando una figura de origami. Rumbo a los cuarenta años, es capaz de disfrutar del tiempo lento de aprender un nuevo idioma como el ruso o el griego antiguo. Cuando se propuso resolver la conjetura débil de Goldbach, Helfgott sabía que su demostración iba a ser la primera etapa de una aventura que tardaría años. Las pruebas matemáticas no están exentas de su propia burocracia: demostrar la veracidad de una conjetura sin resolver por casi trescientos años exige superar un protocolo de expertos, editores y árbitros que respaldan la publicación de una prueba matemática. La prueba de Helfgott pasaría por dos años de revisiones y reescrituras hasta que él envió una última versión para ser publicada. A Helfgott le haría falta aún más paciencia para que un panel de jueces anónimos la valide. Solemos percibir la matemática como una carrera de velocidad mental, cuando es todo lo contrario: una carrera de resistencia en la que sólo los pacientes la entenderán al fin. Isaac Newton dijo: «Si he hecho algún descubrimiento valioso, éste se debe más a prestar atención con paciencia que a otro gran talento». El matemático y físico inglés sabía que gran parte del secreto de los números consistía en aprender a esperar.
En los últimos cinco años, Helfgott ha residido en París, la ciudad donde, según él, hoy vive la mayor cantidad de matemáticos de alto nivel en el planeta. Ha trabajado como funcionario público del Centre National de la Recherche Scientifique, CNRS, una de las instituciones académicas más prestigiosas del mundo, investigando y dictando clases en universidades públicas como Pierre et Marie Curie y Paris Diderot. En unas semanas, Helfgott tendrá que abandonar sus clases de tango en París: se habrá mudado a Alemania para enseñar en la Universidad de Göttingen, la misma donde fue profesor Carl Friedrich Gauss, El Príncipe de las Matemáticas.
Helfgott tendrá que bailar tango en alemán: ha ganado la codiciada beca de la Cátedra Alejandro von Humboldt con que el gobierno de Alemania premia a los investigadores líderes de las ciencias en todo el mundo. HH es el investigador más joven de todos los que han ganado una Cátedra Humboldt en más de medio siglo de historia y el primer latinoamericano en ganarla. La Cátedra Humboldt le concede al matemático tres millones y medio de euros para crear y liderar un equipo de teóricos de la matemática que exploren en teoría de grupos y teoría de números en los próximos cinco años. El matemático del Perú quiere construir puentes entre las comunidades matemáticas europea y sudamericana, y organizará una serie de conferencias. La Unión Europea le ha concedido otro millón trescientos mil euros para investigar. El matemático promete no abandonar sus clases de tango, aunque sean en alemán y el verbo pisar en alemán suene más duro que en francés.
Un viernes de mayo de 2015, Helfgott estaba en Alemania buscando un nuevo departamento para mudarse de París a Göttingen, cuando recibió en su hotel un correo electrónico que no podía abrir. Había asistido a un acto solemne donde juró ante la presidenta de la Universidad de Göttingen que respetaría las normas de su centro de estudios. «En Alemania —dice el matemático— los nuevos profesores juramentan como si fueran diputados». Acababa de volver a su hotel luego de una cena y no lograba abrir los archivos que le habían llegado a su e-mail. La señal de Internet no funcionaba bien en su habitación y se instaló en el lobby de su hotel frente a una tablet que acababa de comprar. El correo era de una de las editoras de Annals of Mathematics Studies, una prestigiosa y antigua revista de la Universidad de Princeton, que evaluaba la validez de su demostración de la conjetura débil de Goldbach. Era la aprobación final. La editora le sugirió todavía unas aclaraciones en su texto, pero le adelantó que ya podía firmar el contrato de publicación. Era el final de una gran aventura mental. Helfgott había estado dispuesto a aguardar años el resultado con tal de que su prueba fuera verificada al milímetro. Esperar una lentísima demostración es menos romántico que extasiarse con un momento de iluminación espontánea. De esa paciencia extrema se trata la vida de matemático, de vivir sin pensar en un eureka. El matemático había demostrado que la conjetura débil de Goldbach era cierta. Su prueba había sido validada. Harald Helfgott, quien aguardó seis años para resolver una conjetura que llevaba casi tres siglos sin resolverse, aún no sabe cómo celebrará. Tal vez no le importe tanto.


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July 13, 2015

ETIQUETA NEGRA 126

Un texto de

NO LE PIDAS UN CHISTE
AL ASESOR CIENTÍFICO
DE THE BIG BAG THEORY

¿Debe ser cool alguien que sabe cómo funciona el universo?

Un texto de María Teresa Hernández
Ilustraciones de Héctor Huamán

Una noche de 2014, durante la grabación de un episodio de la séptima temporada de The big bang theory, en los estudios Warner Bros. de Los Ángeles, los guionistas de la serie le pidieron al físico David Saltzberg que propusiera un chiste científico. La broma sugerida debía hacer reír a millones de personas con un diálogo de Sheldon Cooper, pero la propuesta de Saltzberg fue tan mala que los guionistas decidieron usar sólo el concepto y reescribirla por completo. Para Saltzberg, un hombre que puede detectar partículas invisibles en el Polo Sur, que entiende para qué sirve el Gran Colisionador de Hadrones y sabe cómo sobrevivir a temperaturas de menos treinta grados, el mecanismo que hace reír a la gente es un misterio. Eso no es algo extraordinario. La mayoría de las personas no sabe contar chistes. Para este científico, sin embargo, esa frustración se resuelve como un problema matemático: cuando a David Saltzberg se le ocurre una broma para un capítulo The big bang theory, toma un plumón de tinta de acetona y escribe ecuaciones sobre un pizarrón blanco. Para él, la risa no se articula a través de juegos verbales, sino de números, fracciones y letras del alfabeto griego. Aunque trabaja como asesor científico en la comedia número uno de la televisión en Estados Unidos, Saltzberg no sabe cómo hacernos reír. David Saltzberg, el hombre que habla de ciencia a través de la voz de Sheldon Cooper, es un científico tímido de cuarenta y ocho años que se sonroja con facilidad. Hace casi una década que divide sus horas de trabajo entre la física de partículas y su puesto de Consultor de Ciencia en The big bang theory. Sin embargo, su influencia en la serie sobrepasa la corrección de libretos: desde que se unió al equipo de producción ha inspirado el ambiente en el que viven los nerds más populares de la televisión. Como los personajes, Saltzberg pasó su infancia en un sótano con sus amigos para ensamblar cohetes a escala, mezclar ácidos para producir explosiones y utilizar azufre para fabricar bombas de mal olor. Fue un estudiante sobresaliente y un adolescente que dedicaba más tiempo a la resolución de ecuaciones que a las borracheras y fiestas. Es probable, además, que las manías de Sheldon Cooper no sólo sean producto de la imaginación de los guionistas: David Saltzberg es un físico que funciona como una pieza de relojería. Todos los días apaga su despertador a las cinco de la mañana. A las seis y media llega a su oficina en la Universidad de California para verificar que la clase de física que impartirá ese día esté actualizada y también para revisar sus correos electrónicos. Poco antes de las nueve, en jeans, zapatillas y camisa arremangada por debajo de los codos, Saltzberg cruza la universidad empujando un carrito metálico similar al que usan los mensajeros al repartir paquetes. En él carga con lo que necesita para dar clase a sus doscientos estudiantes: libros de texto, laptop y tizas. Sheldon Cooper es un intelectual con el ego del tamaño del Titanic. Cree que los ingenieros son simples obreros de la ciencia. Tiene la certeza de que ganará un Premio Nobel de Física. Piensa que todos —a excepción de gente como Stephen Hawking, Leonard Nimoy y Stan Lee— están por debajo de su capacidad intelectual. En cambio, cuando uno conversa con David Saltzberg siente que podría preguntarle, sin sentirse tonto, por qué el cielo es azul o cuánto vive una estrella. Saltzberg tiene las respuestas y la disposición de explicarlas con paciencia budista. Es un hombre dulce, un tanto regordete, que no supera el metro sesenta y cinco de estatura. Esta tarde, el profesor de ojos azules y sonrisa cálida saluda a sus alumnos en los pasillos y laboratorios. Grita sus nombres desde lejos y me presenta a todos con el orgullo de un padre que presume a sus hijos. Eric Takasugi —cabeza de cepillo y lentes rectangulares— es un físico de veintiocho años que explica la composición de la materia con ladrillos de Lego. Cursa un doctorado bajo la supervisión de Saltzberg, y dice que lo adora porque no es un profesor convencional: hace un tiempo, cuando viajaron juntos a Suiza para trabajar en la Organización Europea para la Investigación Nuclear,Saltzberg se tomó una tarde para enseñarle a manejar un coche con caja de velocidades. En el sitio web donde los universitarios despellejan o aplauden a los profesores de su facultad, Saltzberg no se salva de recibir algunas pedradas. «Comete errores y no se da cuenta». «Plantea preguntas demasiado conceptuales en los exámenes». Y aunque algunos de sus alumnos se aburren durante las cuatro horas semanales de clase que imparte, a otros les entusiasma que sea parte esencial de una producción que cada semana mantiene a doce millones de personas pegadas al televisor: «O te acostumbras a su clase o te duermes —escribió uno de sus estudiantes—, pero amo The big bang theory, y él es quien escribe el diálogo científico de la serie. Eso lo hace 10’000,000,000 de veces más cool». thebigbang

 

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La televisión, como el cine, crea mitologías, reinventa a nuestros héroes. No admiraríamos el temple de un mafioso si no fuera por Tony Soprano. La química no sería una ciencia célebre sin Walter White. Si no existiera Don Draper, no veríamos glamour en la publicidad. Antes del estreno de The big bang theory, un laboratorio era percibido como una incubadora de nerds, esos tipos antisociales y excéntricos que podrían formar una secta para alabar a Darth Vader y el señor Spock, pero nunca invitar a una rubia a cenar. Hoy, en cambio, millones de personas son fanáticas de Sheldon Cooper, un físico que viste camisetas estampadas de Flash y presume que su color favorito es el azul de la espada láser de Luke Skywalker. Desde la transmisión de su primer episodio, The big bang theory nos recordó que no se necesita un disfraz de superhéroe para cambiar el mundo y reivindicó a los nerds entre nuestros ídolos.
David Saltzberg se enamoró de la ciencia como millones de personas de The big bang theory: frente a la pantalla de un televisor. A los ocho años se volvió fanático de Space: 1999 y Batt lest ar galactica, shows célebres a fines de los setenta.
Además, era seguidor de Cosmos, serie documental en la que Carl Sagan, un astrofísico y cosmólogo que parecía saberlo todo, coqueteaba con la cámara mientras narraba la historia del universo en sesenta minutos. Por esos días, Saltzberg seguía con euforia los primeros viajes del hombre al espacio en una casa de Nueva Jersey, al noreste de Estados Unidos.
Ahí vivió con su padre —un ingeniero eléctrico—, su madre —un ama de casa que le enseñó a leer— y tres hermanos mayores, dos de los cuales también trabajan en ciencia. Aunque hoy vive del otro lado del país, Saltzberg dice que no los extraña: vuela para visitarlos varias veces por año y en cada viaje vuelve a dormir en la habitación de su infancia, donde pasaba horas leyendo los textos de divulgación científica de Isaac Asimov, el bioquímico ruso que estableció las Leyes de la Robótica y en sus libros explicaba qué son la electricidad, la luz y el sonido. En las últimas tres décadas, el prestigio de los nerds ha crecido de manera exponencial. En la realidad y en la ficción, la inteligencia ha dejado de ser motivo de burla para provocar fascinación. Bill Gates sería un informático cualquiera de no ser porque el imperio de Microsoft lo convirtió en el hombre más rico del mundo. Mark Zuckerberg sería un programador promedio si Facebook no tuviera más de mil millones de usuarios activos al mes. Y aunque lo pasemos por alto, los personajes de The big bang theory no son los únicos genios ficticios que despiertan suspiros. Barry Allen, el superhéroe veloz que llamamos The Flash, es un científico forense cuando no protege a la humanidad enfundado en su traje de látex rojo. Bruce Banner, quien combate villanos al transformarse en Hulk, experimenta con radiación durante sus ratos libres.
Tony Stark es un ingeniero que vive entre el diseño de armamentos y su vocación por interceptar misiles nucleares disfrazado de Iron Man. Hoy los geeks salvan el mundo, son millonarios y protagonizan películas y series de televisión.

 

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La imagen que tenemos de los científicos, como la materia, se transforma. En los siglos XVII y XIX fueron genios solitarios. Casi podríamos pintar un cuadro genérico de físicos como Isaac Newton, quien descubrió la gravedad, o Michael Faraday, que hizo lo propio con el electromagnetismo: hombres canosos, con las narices metidas en los enigmas del mundo, ensimismados detrás de un escritorio bajo la luz de una vela. En nuestra imaginación, un científico es una fotografía de Albert Einstein con los pelos en punta. «Ese modelo heroico ya no existe. Es una percepción romántica que nos formamos siendo niños, pero desde hace unos cincuenta años ya no hay físicos así», me dice David Saltzberg el día que nos encontramos en UCLA. Viste jeans azul cobalto y camisa vainilla. Sentado en un sillón tan alto que impide que sus zapatillas chocolate toquen el suelo, parece un niño que habla sobre su caricatura favorita. Saltzberg sonríe y agrega que los premios Nobel de ciencias que se han entregado recientemente han sido a dos o tres eruditos que trabajan en equipo. Hoy, dice Saltzberg, la ciencia es colaborativa: el universo es tan grande que no basta un puñado de hombres curiosos para estudiarlo todo.
Quien sólo estudia ciencias en la escuela y de pronto encara el mundo de la Física se siente tan limitado como David Saltzberg cuando alguien le pide que cuente un chiste. Para nosotros, el tiempo es un reloj de pulsera. Lo diminuto es una cabeza de alfiler. La invisibilidad es el superpoder de un personaje de Marvel. Los físicos piensan distinto. Saben que hay una inmensidad que nos rebasa, un submundo que no podemos ver ni tocar. En comparación con nuestra vida dia ria, en física todo puede parecer extremo: extremadamente grande, extremadamente pequeño, extremadamente veloz.
La breve historia del tiempo de Stephen Hawking hace lo que Cosmos, de Carl Sagan: traduce la complejidad de la energía, la materia, el tiempo y The big bang theory se atreve a más: transforma conceptos ininteligibles en comedia. Sin saber qué son o para qué sirven, las ondas de microondas nos hacen reír.
Antes de cumplir veinte años, el mundo de David Saltzberg comenzó a expandirse. Cambió el sótano de la casa de su amigo por el de la Universidad de Princeton, y en esa cámara subterránea realizó sus primeros experimentos universitarios con un acelerador de partículas, un dispositivo que emplea campos electromagnéticos para que diminutos fragmentos de materia, cargados de energía, choquen entre sí. Es casi como encender la mecha de fuegos artificiales. Las colisiones, a su vez, generan partículas más pequeñas, como cuando los objetos pirotécnicos escupen chispas de colores en el cielo de la noche. En un acelerador, la mayor parte de estas chispas- partículas son inestables; desaparecen en menos de un segundo. Otras, en cambio, podrían recorrer la Tierra hasta el fin de los tiempos. A estas últimas se les llama neutrinos, y desde fines de los ochenta son la obsesión de David Saltzberg.
Un neutrino es un neutrón pequeño. No se divide ni transforma.
Rara vez interactúa. Eso quiere decir que atraviesa materiales sin producir efectos secundarios. Si apuntara mi pulgar hacia el sol, cada segundo sería atravesado por seis billones de neutrinos y no habría manera de sentirlos mientras entran y salen de mi piel. David Saltzberg, como otros físicos de partículas, cree que los neutrinos son la base del universo. Contrario a lo que pensamos, el Big Bang no fue una explosión. El concepto alude una expansión que inició hace trece mil millones de años. En aquel entonces no había gravedad ni materia; no existían los átomos ni las partículas que los integran: protones, electrones y neutrones. Sólo había quarks, partículas aún más diminutas que forman protones y neutrones. Por el estado tan caliente en el que se encontraba ese espacio primigenio, el universo comenzó a propagarse como una mancha y un choque entre partículas positivas y negativas provocó una explosión. Un milmillonésimo de segundo después de aquel evento, un tercer grupo de partículas quedó aislado. Saltzberg y sus colegas piensan que algunas de éstas eran neutrinos. Hasta ahora, sólo se tiene certeza de que éstos se unieron para formar protones y neutrones que a su vez originaron galaxias, planetas y estrellas. ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos? El cuadro más famoso de Paul Gauguin, el artista francés que abandonó su vida acomodada para dedicarse a pintar, lleva por título estas tres preguntas. Lo que algunos tratan de responderse a través del arte o la filosofía, David Saltzberg lo busca en los neutrinos.
Como todo físico de partículas, sabe que son piezas faltantes de un rompecabezas que permitiría comprender el proceso de formación del universo.

 

***

Una noche de 2007, durante el segundo episodio de The big bang theory, Sheldon Cooper arruinó el cliché romántico del superhéroe que salva a la dama en peligro con una deducción matemática. En una de las escenas, Penny comenta lo mucho que le gusta la película en la que Lois Lane cae de un helicóptero y Superman vuela como un águila para salvarla.—¿Sabías que esa escena está plagada de imprecisión científica? —le pregunta Cooper, mientras esboza la sonrisa maliciosa del Grinch.—Sí, sí —responde Penny—, ya sé que los hombres no pueden volar.—No, no, asumamos que pueden: Lois Lane está cayendo,acelerando a una velocidad inicial de 9.76 metros por segundo.
Superman se lanza en picada para atraparla con sus brazos de acero. La señorita Lane, quien ahora está viajando a 193 kilómetros por segundo, se estrella contra ellos y su cuerpo se fractura en tres partes iguales.
Fin del argumento. Sheldon se regodea como quien acaba de comprobar que la Tierra no es plana. Penny agacha la mirada como un niño que descubre que el ratón de los dientes no existe. En las gradas del estudio Warner Bros., el público invitado a la grabación estalla en carcajadas y aplausos. Inadvertido entre esa multitud está David Saltzberg, que infla el pecho de orgullo: sabe que fue cómplice de los guionistas para escribir esa broma. Como cada martes, el físico organiza su día para combinar la ciencia con la televisión.
Saltzberg no está solo en la tribuna del set. Junto a él están sus mejores estudiantes, que aplauden al unísono. Ellos son los ganadores de The Geek of the Week, un programa que Saltzberg inventó para motivar sus estudios, y cuyo premio inicia con un viaje en auto desde Westwood, donde está la universidad, hasta Burbank, una ciudad famosa por sus estudios de cine y televisión.
Eric Takasugi ganó una vez. Dice que fue muy divertido y que varios alumnos de Saltzberg sueñan con hacer ese viaje.
Un maestro promedio solo imparte su clase, asigna exámenes y reparte calificaciones. David Saltzberg invita a sus alumnos a darle la mano a Jim Parsons y Johnny Galecki cuando no interpretan a Sheldon y Leonard en la serie de comedia más lucrativa del canal. Además, gracias a él, pueden conocer a Kaley Cuoco, la rubia con cuerpo de Coca-Cola y sonrisa de anuncio de pasta dental que interpreta a la vecina de los físicos. Saltzberg no es un actor de comedia que gana premios Emmy ni un millón de dólares por episodio al aire, pero entre alumnos, colegas y televidentes es casi una celebridad: gracias a él, un nerd con cuerpo de espagueti puede derrumbar el mito del infalible hombre de acero con un cálculo rápido de física elemental.
David Saltzberg se integró al equipo de producción por curiosidad. Un amigo suyo le comentó que los creadores de la serie buscaban un asesor de física para revisar los guiones, y días después Bill Prady, el productor ejecutivo, lo llamó para saber si alguno de sus estudiantes querría colaborar. Saltzberg le preguntó si habría inconveniente en hacerlo él mismo. Desde entonces, el verdadero Sheldon Cooper tiene dos tareas: verificar el guión de un capítulo terminado o sacar a los guionistas de un apuro mientras escriben. En el primer caso, tiene una semana para pensar; en el segundo, sólo doce horas. Para un científico acostumbrado a que sus experimentos arrojen resultados a cuentagotas, ayudar a pulir guiones es como trabajar a la velocidad de la luz.
En alguna ocasión, Bill Prady dijo que durante el proceso de escritura de los primeros episodios, él y Chuck Lorre, el otro productor ejecutivo de la serie, se quedaban mirando el monitor cuando llegaban a un diálogo sobre ciencia, como si esperaran que un hada madrina fuera a susurrarles una buena idea para llenar ese espacio en blanco. «Podemos quedarnos aquí todo el tiempo que quieras, Chuck. No nos vamos a transformar en físicos y nunca podremos escribir como ellos». Su trabajo se simplificó cuando conocieron a Saltzberg. En uno de los episodios de la segunda temporada, el físico recibió una línea que decía: «Escuché algo acerca de tu último experimento [ciencia por venir]: veinte mil pruebas y ningún resultado». La frase «[ciencia por venir]» es la carta abierta que Saltzberg tiene para proponer conceptos científicos reales y evitar enfurecer a los físicos que ven la serie y podrían notar un error. El científico dice que cuando vio aquel enunciado no sólo propuso un experimento real, sino que cambió un término —porque los físicos de verdad no usan la palabra «prueba» en ese contexto— y al final el diálogo quedó así: «Escuché algo acerca de tu último experimento de desintegración de protones: veinte mil secuencias de datos y ningún resultado significativo». Así, una tarde por semana, frente a la computadora de su pequeña oficina en UCLA, David Saltzberg salva a Sheldon Cooper de parecer tonto frente a la comunidad científica. Los actores y guionistas de la serie han dicho en entrevistas que no tienen idea de lo que significan los términos que Saltzberg escribe en los guiones, pero que jamás han dudado en dejar la precisión de los diálogos de la serie en sus manos. «Confiamos tanto en él —dijo una vez Chuck Lorre—, que podría estar timándonos y no nos daríamos cuenta».

2

 

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Antes de grabar el primer capítulo de The big bang theory, un grupo de guionistas y diseñadores de producción visitó a Saltzberg en UCLA. Necesitaban conocer a sus estudiantes para esbozar los rasgos físicos y psicológicos de sus personajes y construir sets inspirados en sus dormitorios. De este modo, como buzos de profundidad, escenógrafos, carpinteros, encargados de vestuario y escritores se sumergieron en la vida cotidiana de los científicos sin superpoderes que quieren cambiar el mundo. Fotografiaron mobiliario, libros y ropa; tomaron nota de su jerga y chistes. La esencia de ese universo se convirtió en imágenes: Sheldon, Leonard, Wolowitz y Raj no son seres ficticios, sino una telaraña que atrapa las obsesiones, manías y fobias de todo el que decide dedicar su vida a entender cómo funciona el universo.
La obsesión de un científico promedio es similar a la de un sabueso que busca una presa: cuando descubre un tema que lo seduce, suele perseguirlo por el resto de su vida. David Saltzberg es distinto: él quiere olfatear y explorar todo a la vez. Trabaja como físico de partículas. Asesora los guiones de The big bang theory. Asiste a Comic-Con —la convención de cómics más importante del mundo— para integrarse a un panel donde los protagonistas de la serie interactúan con sus fans. Además, se ha dado tiempo para aconsejar a los guionistas de Manhatt an, un programa televisivo que retrata el proceso de construcción de la primera bomba atómica. La última vez que hablamos por Skype, Saltzberg estaba en Londres. Era un invitado de Talking Statues, un proyecto británico que responde a la pregunta: ¿Qué historias nos contarían las estatuas si pudieran hablar? En aquella ocasión, Saltzberg estaba a cargo de la voz de Copérnico, el astrónomo que descubrió que la Tierra y los planetas giran alrededor del Sol. Edward Blucher, profesor de física experimental de la Universidad de Chicago, es un hombre delgado como una rama de bambú, y tiene los ojos pequeños y azules. Cuando sonríe y cruza las piernas, es idéntico a Sheldon Cooper. Blucher conoció a Saltzberg cuando éste llegó a la universidad para iniciar su doctorado. Le pregunto qué distingue al asesor de ciencia de The big bang theory de los científicos que conoce.
«Es inusualmente bueno porque es como un niño —dice, sin parpadear— y los niños son los mejores científicos. Sin importar lo que les pongas enfrente, se interesan por todo». Cuando Saltzberg estudiaba en Princeton le entusiasmaba la Física Nuclear. En la Universidad de Chicago fue un pionero en la medición de masa del Bosón W, otra partícula fundamental que sirve para estudiar la materia. Una vez en UCLA, se involucró en un experimento que busca neutrinos en el Polo Sur. Sin embargo, no todos sus colegas lo ovacionan.
En la comunidad científica hay quienes piensan que el trabajo de un físico debe limitarse a clases, publicaciones especializadas y experimentos. «Difundir la ciencia entre grandes audiencias requiere ciertas habilidades que a mí me resultan muy complejas, pero algunos científicos lo ven como un fracaso», me dice Blucher, mientras cruza la pierna como Sheldon Cooper. Además, está el asunto del humor: entre los e-mails que Saltzberg ha recibido desde que es Asesor de Ciencia de The big bang Theory recuerda uno que un colega le envió para reclamar que los actores retrataban a los científicos como nerds.
Ante eso, Saltzberg dice: «¿Qué hay de malo en eso? Hay muchos nerds en el mundo. ¿Por qué no merecen aparecer en televisión? Son personas interesantes y se lo dije a uno de los escritores de la serie: son el grupo más diverso que podrías imaginar. Todos son únicos y hacen lo que quieren, aunque eso implique nadar a contracorriente. Ser nerd es grandioso».
David Saltzberg se mueve entre dos mundos que parecen tan opuestos como un protón y un electrón. No es un físico que se la pasa recluido en su laboratorio ni baña la ciencia de glamour como Carl Sagan en Cosmos. Saltzberg vive en un punto intermedio: aunque no es una celebridad, podría presumir que algunas de sus hazañas son famosas en televisión.
Una noche de 2009, los fans de The big bang theory fueron testigos del instante en el que Sheldon Cooper y sus tres colegas empacaron sus maletas y partieron rumbo al Polo Norte. El capítulo se tituló The Monopolar Expedition y estuvo inspirado en el viaje que Saltzberg realizó con su equipo al punto opuesto de la Tierra un año atrás. Desde ahí, el físico envió fotos y notas detalladas sobre sus aventuras a los guionistas de la serie. Las chamarras rojas de Sheldon y sus amigos son idénticas a las que Saltzberg y sus cuarenta colegas llevaron al viaje. Gracias a él, los casi diez millones de espectadores que sintonizaron el episodio saben que una cena en la Antártida incluye mantequilla sumergida en una taza de chocolate. De otro modo, el cuerpo humano es incapaz de consumir las cinco mil calorías diarias que requiere para sobrevivir a temperaturas tan extremas.
A pesar de la fama que tiene entre sus alumnos y colegas, David Saltzberg se parece a un neutrino. Pasa desapercibido entre el público que aplaude las irreverencias científicas que sugiere para los diálogos de actores y las ecuaciones que dibuja en los pizarrones blancos de las casas y oficinas de los personajes de la serie. Aprovecha su invisibilidad ante las miradas de quienes no entienden de física o matemáticas para divertirse y dejar mensajes ocultos en las pizarras de la serie. Como los neutrinos, éstos sólo pueden ser detectados por científicos. Una vez escribió las respuestas de un examen que recién había tomado a sus alumnos. Otro día plasmó fórmulas relacionadas a los agujeros negros porque un físico que dedicó su vida a estudiarlos acababa de morir. En una ocasión invitó a George Smoot —Premio Nobel de Física 2006— a la grabación del programa, y en su honor dibujó el diagrama que el equipo del científico usó en el satélite COBE cuando estudió el campo electromagnético que llena el universo. Con esos mensajes secretos también rinde pequeños homenajes a sus amigos.
Lindley Winslow —una profesora que trabajó con Saltzberg hace algunos años en UCLA— cuenta que cuando vio el resultado de su experimento de neutrinos en uno de los episodios de la serie, corrió a comprar el DVD tan pronto salió a la venta. Algunas veces, además, Saltzberg contribuye en materia de utilería: entre los objetos que ha prestado para los sets —y hoy están en la sala del departamento de Sheldon Cooper— hay una pelota de playa que en realidad es un mapa del universo, un contador Geiger que sirve para medir radioactividad y libros escritos por físicos contemporáneos. En contraparte, la serie también deja huellas en la vida de Saltzberg: él no tiene esposa o hijos, pero en una de las paredes de su oficina hay un retrato —podría decirse— familiar: Sheldon y Penny platican frente a uno de los pizarrones con ecuaciones que él mismo trazó para la serie. Saltzberg dice que en 2008, cuando pasó tres meses fuera de Los Ángeles para dirigir un experimento en la Antártida, «extrañó mucho a los muchachos».
Desde que trabaja en The big bang theory, Saltzberg ha recibido e-mails de físicos dispuestos a discutir las ecuaciones que dibuja en los pizarrones. Uno de ellos le dijo que había cometido un error, y aunque Saltzberg estuvo a punto de sufrir un colapso, al final resultó que todo fue culpa de la mala resolución de la televisión de su colega. Saltzberg dice que en siete años de trabajo sólo se ha equivocado una vez. Confundió los elementos de una ecuación que había formulado un amigo suyo, y cuando éste lo vio en televisión, le escribió para comentárselo. El profesor baja la cabeza y se hunde en el sillón cuando recuerda el desliz. Es el tipo de detalle que ningún espectador promedio de la serie notaría, pero que Saltzberg y sus colegas detectan como si fueran Sherlock Holmes resolviendo un crimen.
David Saltzberg está convencido de que todo puede enfrentarse como un problema matemático. Si necesita guantes, los compra en línea y se siente confiado al conocer el tiempo exacto que tardará en recibirlos. Si busca neutrinos, sabe qué cantidad de ondas de radio debe emplear para estimularlos y detectarlos a pesar de su invisibilidad.
Por eso The big bang theory lo pone en jaque: como al Sheldon Cooper de la ficción, pedirle a Saltzberg que formule un chiste sin que conozca a ciencia cierta sus efectos es como pedirle que resuelva un examen sin haber estudiado. Cuando le pregunto qué fue lo que más le sorprendió de trabajar en la serie, no tarda ni un segundo en responder que el humor: nunca imaginó que la revisión de los guiones lo divertiría tanto. Saltzberg sonríe como si estuviera a punto de revelarme todos los secretos del cosmos y me pide que lo piense bien: hay mucha ciencia en el entretenimiento. Un set de filmación es como un laboratorio.
Hay cámaras en lugar de lásers, pero en ambos espacios conviven electricistas y sonidistas; todos trabajan bajo la presión de un deadline para enfrentar un reto en común. Además, la comedia es científica. En física se formulan teorías que luego se confirman o refutan. «En comedia puedes teorizar qué tan graciosa es tu broma, pero como se ejecuta frente a una audiencia en vivo, si la gente no se ríe, no puedes teorizar en torno a eso. Es lo que es». Saltzberg ve el humor como una ecuación: el guión y la interpretación de los actores constituyen el experimento; las carcajadas resultantes son secuencias de datos. «Casi podría asegurar que en el noventa y nueve por ciento de las veces, los guionistas saben si alguien reirá o no». Para David Saltzberg, The big bang theory, la comedia número uno de la televisión, es tan precisa como un reloj suizo.

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Una directora de
dibujos animados
es casi tan invisible
como una científica

En un mundo donde la mayoría de las niñas en las series infantiles
son alegres pero también banales y tontas, una brasileña ha creado
un personaje femenino que no se viste de princesa
y quiere saberlo todo de las ciencias.

¿Qué tiene un científico hombre
que no tenga una científica mujer?

Un texto de Sabrina Duque
Ilustraciones de Héctor Huamán

Una mañana de 2013, Celia Catunda se reunió con su equipo para elegir el nombre de la protagonista de una nueva serie sobre ciencias. El personaje principal era una niña de seis años ansiosa por saberlo todo, y Catunda —su creadora—, quería llamarla como la única persona que ha ganado dos premios Nobel por distintas ciencias: Marie, por Marie Curie. Era fácil entender ese guiño en los nombres de algunos personajes secundarios: el cartero se llamaba Edison, por Thomas Alba Edison. El panadero Newton, por Isaac Newton. Pero el nombre de la veterinaria, Jane —por la primatóloga Jane Goodall—, ya era una referencia menos conocida. Lo mismo ocurría con Marie. «Creímos que no habría un reconocimiento directo como con Einstein, Newton o Darwin», dice Catunda. Entonces decidieron ponerle Luna: un nombre fácil de pronunciar en distintos idiomas, digno de una niña que mira las estrellas con la misma curiosidad con la que mira las lombrices. Si la protagonista se hubiese llamado como la científica que ganó un premio Nobel en Física y otro en Química —algo que ningún hombre ha conseguido en la historia de las ciencias—, poca gente hubiese entendido el homenaje.

La serie infantil Earth to Luna! —O show da Luna en portugués— se estrenó en Estados Unidos en agosto de 2014, el mismo mes en que una joven iraní se convertía en la primera mujer en recibir la medalla Fields, el equivalente al Nobel en matemáticas. Celia Catunda no pudo llamar a su nueva criatura como Marie Curie, pero consiguió desde Brasil algo que nadie había hecho en el mundo de la animación: convertir a una niña en la protagonista de una serie sobre ciencias y seducir al público infantil sin vestirla de rosa ni ponerle alas, sin volverla una niña tonta que molesta a su hermano genio, ni una que sólo quiere bailar o cambiarse el vestido, ni una que ríe sin motivo. Apenas tres meses después de estrenarse en NBC/Sprout —un canal infantil que llega a la mitad de los hogares norteamericanos—, la serie Earth to Luna! ya era calificada por algunos críticos como el tercer mejor programa de ciencias para niños en los Estados Unidos. Hacer popular a una chica que se pregunta si es posible patinar en los anillos de Saturno, cómo hace una abeja para decirle a otra adónde están las flores o por qué titilan las estrellas, no era parte de un plan para infiltrar el feminismo en la televisión infantil, sino el último logro de una directora de dibujos animados que se rehúsa a subestimar a su público. Celia Catunda, la mujer que llevó por primera vez producciones brasileñas a Discovery Kids yDisney Channel —los dos gigantes de la televisión para niños— tiene casi cincuenta años y trece premios internacionales de animación infantil en su oficina en Sao Paulo. Catunda ha producido más de cuatrocientas horas de animación para televisión y es autora de más de veinte libros infantiles. En Brasil es casi imposible ser niño sin haberse topado alguna vez con un video, un programa o una película hecha por TVPinGuim, la productora que Catunda fundó hace más de veinte años junto a su socio Kiko Mistrorigo, también creador y director de animaciones. Desde que fue creada, TVPinGuim nunca dejó de producir dibujos, libros y páginas webs, pero se convirtió en el estudio estrella de Brasil en 2009, cuando dio a luz a su criatura más famosa: Peixonauta —Peztronauta en español—, tal vez la primera serie animada en conseguir un éxito internacional basándose en un argumento ecologista. Su protagonista es un pez que trabaja como agente para una organización ambiental secreta; una especie de James Bond del fondo del mar que usa un traje de cosmonauta y un casco lleno de agua para entrar en la tierra y cumplir con sus misiones. Peixonauta fue el programa de cable más visto en Brasil durante dos años seguidos; fue la primera serie animada brasileña que emitió Discovery Kids —un canal que llega a más de cien millones de hogares en el planeta, desde Estados Unidos hasta Australia— y el primer dibujo animado brasileño que se emitió en el este de Europa. El pez astronauta es una celebridad en Canadá, Estados Unidos, Turquía, y en más de veinte países árabes, donde se transmite a través de Al Jazeera Kids Channel. Pero su creadora es una desconocida para el público. Una directora de dibujos animados es casi tan invisible como una científica: quienes duermen abrazados a un peluche de Peixonauta no reconocerían el nombre de Celia Catunda.

Cuando era niña, Celia Catunda quería ser como Penélope Glamour, la única chica que aparecía en Los autos locos, el dibujo animado que ella veía por las tardes. Penélope Glamour era una joven vestida de rosa con un casco rosa que manejaba un auto rosa, y en cada capítulo gritaba «¡Socorro, socorro!». Aunque era tan valiente como para viajar sola por el mundo, no era capaz de defenderse cuando los malvados la atrapaban para sabotear su auto. A finales de los sesenta, una niña de pelo castaño llamada Celia tenía como heroína a un rubia que competía contra veintidós hombres hundiendo el pie en el acelerador. A finales de los ochenta, Celia Catunda empezó a correr su propia carrera en un circuito tomado por hombres. Al hablar de animación infantil sólo reconocemos nombres masculinos como Walt Disney o William Hanna y Joseph Barbera (Los Picapiedra, Los Supersónicos). Los más enterados tal vez conozcan a Pat Sullivan (Félix, el gato), a Max Fleischer (Betty Boop) o a Fritz Frelen (Bugs Bunny, Silvestre y Piolín). El animador más famoso de los últimos años se llama John Lasseter (Toy story). Los creadores de Peppa Pig —una cerdita británica que está de moda entre los niños de preescolar— son hombres. Los que hacen Jake y los piratas —una serie exitosa basada en Peter Pan—, son hombres. Los creadores de Pocoyó, —un niño vestido de celeste que tiene como amigos a un pato y una elefante— son hombres. Los de Manny Manitas —el personaje latinoamericano de Disney Junior, que habla spanglish— también. Entre los dibujos infantiles más populares de hoy, solo La doctora juguetes es dirigida y producida por una mujer —Chris Nee—, una animadora que puso en Disney Junior a una protagonista negra: una niña de seis años a la que llaman ‘doctora’ o ‘doc’. En esa serie, la mamá de doc es una pediatra que nunca está en casa, y el papá cocina, lava la ropa y juega con sus hijos. La niña, inspirada en su madre, se dedica a atender y a curar a sus juguetes. La aparición de La doctora juguetes fue tan movilizadora para las minorías que representaba, que un año después de su lanzamiento se creó la iniciativa Nosotras somos la Doctora Juguetes: más de cien mujeres negras de distintos estados enviaron a Disney pequeños videos narrando sus experiencias de vida en el campo de la medicina, con el objetivo de transmitir a todas las niñas que ellas podían lograr lo que se propusieran en la vida.

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Cuando en 2013 murió la química y matemática Yvonne Brill, la mujer que desarrolló el sistema para mejorar la propulsión de los cohetes espaciales, el New York Times comenzó su obituario diciendo que cocinaba un magnífico filete strogonoff. El trabajo científico de Brill facilitó los viajes a Marte e hizo posible que los satélites de comunicaciones se mantuvieran en órbita, pero el diario más influyente del mundo eligió destacar primero sus habilidades para la cocina, su decisión abnegada de apoyar la carrera de su marido, y su alejamiento de la vida profesional durante ocho años para criar a tres hijos. Pero Yvonne Brill «también fue una brillante científica de cohetes», decía el obituario en su segundo párrafo. Después de recibir las indignadas quejas de sus lectores, el New York Times decidió corregir la versión web del texto y quitó la referencia al filete strogonoff, aunque el obituario siguió privilegiando su rol como esposa y como madre antes que como científica.

Reconocer en las mujeres la misma capacidad que tienen los hombres para el trabajo científico ha llevado siglos, y los prejuicios apenas se han debilitado un poco —y en apariencia— desde el pasado reciente. A la austríaca Lise Meitner, descubridora de la fisión nuclear que hoy lleva energía eléctrica a millones de casas en Japón y Alemania, le negaron el reconocimiento por su hallazgo y se lo dieron a uno de sus colegas. A la química y cristalógrafa británica Rosalind Franklin, quien logró utilizar los rayos X para revelar la estructura del ADN —el mapa genético de los seres vivos— le robaron el crédito: su trabajo fue atribuido a sus colegas, unos señores que no tuvieron pudor en ir a recibir el Nobel de Medicina. Joselyn Bell, la astrofísica británica que descubrió la primera señal de un púlsar —la estrella que emite ondas de radio como si fuera un faro que gira— publicó la tesis con su nombre pero fue ignorada: el premio Nobel de Física se lo dieron a su tutor. En un siglo de premios Nobel, sólo diecisiete científicas han recibido el reconocimiento que ha sido entregado a más de ochocientos hombres y a unas tres decenas de instituciones. Cuando Marie Curie ya había ganado su primer Nobel y daba clases de Física en la Sorbona, se presentó como candidata en la Academia de las Ciencias de Francia. Sus adversarios, que además eran racistas y xenófobos, dijeron que era judía y que por eso no podía entrar en la academia. Los diarios publicaron que Curie —que era viuda— tenía relaciones con un científico separado, y la llamaron «destructora de hogares». En 1911 Albert Einstein le escribió una carta donde le decía lo mucho que admiraba su intelecto y su honestidad, y se reconocía afortunado por haberla conocido. «Si la chusma sigue hablando de usted —le decía en su carta—, simplemente no lea los diarios y déjelos para los reptiles para quienes han sido fabricados». Einstein admiraba a Marie Curie y su capacidad de concentrarse en varias tareas a la vez: la científica polaca criaba sola a sus dos hijas y llevaba al mismo tiempo investigaciones sobre física y sobre química. Contar chismes sobre las investigadoras —como en los tiempos de Marie Curie— no ha dejado de ser costumbre en los laboratorios. «Hay un discurso oficial de no discriminación. Pero se habla sobre la vida personal de las investigadoras, y hasta de la ropa que usan», dice Betina Lima, del Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico de Brasil. En internet, científicas y estudiantes de tecnología han puesto en evidencia que los comentarios sexistas son un lugar común en el mundo académico. Mientras la imagen que evoca la palabra científico es la de un tipo despeinado al que se le perdona que no sepa combinar su ropa porque tiene la cabeza en cosas importantes, a las científicas se las juzga por su vida amorosa, por cómo se visten, y hasta les preguntan si saben hacer café.

La actriz Geena Davis, quien dirige un instituto que estudia cómo se tratan las cuestiones de género en los medios, presentó este año ante la ONU una investigación sobre los personajes femeninos en la televisión y el cine para niños de hasta once años. El estudio confirmaba que eran pocos y, en su mayoría, hipersexualizados. «Si incluimos personajes femeninos en la medida en que lo hemos hecho en los últimos veinte años, sólo alcanzaremos la igualdad en setecientos años», dijo Davis, ganadora de un Oscar y campeona olímpica de arco y flecha. En la televisión infantil de la última década, la mayoría de niñas aún parecen superficiales. O ingenuas. O incapaces. El protagonista de la serie animada El laboratorio de Dexter es un genio científico al cual su hermana mayor –una rubia boba— le arruina los experimentos. Jimmy Neutrón, otro niño genio, le gana casi sin esfuerzo en los concursos de ciencia a su rival, una niña que se mata trabajando para vencerlo y no lo logra. En la serie Johnny Test, el protagonista tiene unas hermanas gemelas que son vanidosas y crueles con él. Las chicas son presentadas como científicas, pero van al laboratorio a fabricar maquillaje y crema antiacné mientras hablan de chicos, fiestas y zapatos. La representación de las niñas en los dibujos animados, aún cuando usen bata de laboratorio, no dejan de ser un compendio de lugares comunes.

Cuando los hijos de Celia Catunda tenían menos de diez años ella solía acompañarlos a mirar televisión y a veces terminaba disgustada. En su casa en Sao Paulo, la directora de dibujos animados no prohibía a sus hijos ningún contenido, pero había reglas: André y Alice, hoy adolescentes, no podían ver televisión hasta después de comer, y siempre debían estar acompañados por un adulto. Cada vez que podía, Catunda miraba dibujos con ellos y le molestaba que en casi todas las series los hermanos vivieran en guerra. O que las niñas siempre parecieran problemáticas. O, peor aún: en los programas con tramas científicas, algo que a un niño de dibujos animados le parecía sorprendente a una niña le aburría o le resultaba indiferente. Esas tardes Catunda empezó a jugar con la idea de poner en la televisión a una niña científica que escapara a los clichés, pero recién en 2010 comenzó a trabajar en el proyecto de Luna, la niña que quiere saberlo todo. En el Show de Luna, la nueva serie de TVPinGuim, la protagonista —acompañada por su hermano pequeño Júpiter— resuelve sus preguntas sobre ciencia con experimentos e imaginación. Los adultos que aparecen en la serie no responden, sugieren. El guión de cada capítulo pasa por la revisión de consultores de química, biología, física y astronomía. Cuando está frente al mar, Luna se pregunta si los peces sienten sed. Investiga por qué el espejo del baño se empaña cuando alguien toma una ducha caliente. O quiere saber cómo se forma la lluvia. Hace experimentos, razona, deduce. Al final, Luna juega a ser un elemento del fenómeno que investiga —ser un pan que crecerá con la levadura, ser una luciérnaga que brilla en la noche— para entender el proceso. Cuando termina cada capítulo, en un musical improvisado, la niña canta para explicarle el fenómeno a algún adulto.

Hacer dibujos animados para niños que ni siquiera han comenzado la escuela es participar en la crianza de una generación. Los dibujos nos enfrentan a los primeros arquetipos que modelan nuestra mirada, nos ofrecen una representación del mundo, nos enseñan lenguaje. La investigadora bengalí Sharmin Sultana, quien ha estudiado el modo en que los dibujos animados impactan en los niños, dice que las personas pueden crecer con el tiempo, pero la imagen del dibujo que nos ayudó a crecer permanece hasta el último día de la vida. Celia Catunda, que logró vender con éxito una serie ambientalista como Peixonauta, dice que no teme ofrecer complejidad a los niños. Su última creación parece darle la razón: El show de Luna va camino de convertirse en un fenómeno tan exitoso como el pez ecologista. Además de Discovery Kids, la serie ha sido comprada por la televisión pública de Suecia, por el canal Tiny Pop de Sony Pictures en Inglaterra, y por señales de Taiwan y de Hong Kong. La televisión canadiense busca personajes femeninos interesantes para ofrecer a las niñas y ha mostrado interés en comprarla. En Estados Unidos, una asociación de críticos de televisión infantil dice que Luna es uno de los mejores modelos femeninos para la infancia: una niña curiosa que no reproduce los clichés de la mayoría de chicas de dibujo animado. Celia Catunda tiene la ilusión de que, en el futuro, varias científicas tengan en común haber querido ser como Luna cuando eran niñas.

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Una década atrás, mientras Celia Catunda aún acompañaba a sus hijos a mirar dibujos animados, el economista Lawrence Summers —entonces presidente de la Universidad de Harvard— despertó indignación en la comunidad académica al afirmar que las mujeres poseían «una capacidad innata menor para las matemáticas y las ciencias» que los hombres. Según Summers, las niñas que recibían camiones de juguete de regalo los trataban como a muñecas. Su discurso reproducía un prejuicio que persiste entre científicos hombres, y se alimenta de hipótesis como la del neurólogo Simon Baron-Cohen —primo del cómico inglés que se hizo famoso con el personaje de Borat— quien asegura que la falta de la hormona sexual masculina, la testosterona, priva a las mujeres de ser tan aptas para el pensamiento analítico. Lise Elliot, neurocientífica que estudia el cerebro de los bebés —y no ha encontrado diferencias entre los cerebros de niños y niñas— culpa a la forma de criar a los niños de las diferencias de género en la función cerebral. «La vida deja huellas en la estructura y función del cerebro. Las experiencias del bebé producen diferencias de género en su comportamiento y cerebro de adulto. No es naturaleza, es crianza», escribe en su libro Pink brain, blue brain: HOW SMALL DIFFERENCES GROW INTO TROUBLESOME GAPS —AND WHAT WE CAN DO ABOUT IT1. En su libro, Elliot dedica algunas páginas a reírse del neurólogo Baron-Cohen, y demuestra la fragilidad de sus afirmaciones citando un conjunto de pruebas. En una de ellas se pidió a un grupo de personas que describieran el comportamiento de distintos bebés vestidos de tal forma que su sexo fuera indiscernible. Cuando les presentaron los recién nacidos a los adultos que participaban del experimento, los científicos les dijeron que los niños eran niñas, y viceversa. En general, los adultos describieron a los ‘niños’ como agresivos y agitados. Y las ‘niñas’ —que en verdad eran niños— fueron descritas como felices y sociables. En base a pruebas similares Elliot reflexiona no sólo sobre la falta de mujeres científicas en los laboratorios, sino también sobre la ausencia de hombres en los jardines de infantes. Enseñarles desde pequeños de que los hombres no lloran, que no pueden ser empáticos y que no tienen que ocuparse de la educación de los niños, también aleja a los chicos de carreras como la de maestro de preescolar. Los adultos del experimento con los bebés que cita Lise Elliot no vieron hechos objetivos: tradujeron prejuicios de género.

Es cierto que, a lo largo de la historia, los científicos hombres han tenido algo que las mujeres no: acceso a la academia y a la posibilidad de reconocimiento. Las mujeres que se destacaron en ciencias antes del siglo XIX lo hicieron gracias al respaldo de padres y esposos que no creían que su capacidad para el pensamiento analítico o para las innovaciones era menor que la de los hombres. La Academia Francesa de Ciencias, que rechazó como miembro a Marie Curie, recién aceptó a una mujer en 1979. En la Real Academia de Ciencias de España solo hay una mujer, la primera que ingresó, en 1988. En Estados Unidos las mujeres no pudieron entrar a las escuelas de medicina hasta 1910. Universidades tan famosas como Yale y Princeton sólo admitieron mujeres a partir de 1969. Más de un siglo antes, en 1859, Martha Coston inventó las bengalas para que los barcos pudieran comunicarse entre sí y evitar accidentes marítimos. Pero tuvo que patentarla bajo el nombre de su esposo muerto porque en varios estados de Norteamérica una mujer no podía tener responsabilidad jurídica. A pesar de las restricciones que pesaron sobre ellas hasta entrado el siglo veinte, los descubrimientos de las mujeres han cambiado la historia de la humanidad. En el siglo diecinueve, la inglesa Augusta Ada Byron desarrolló formas de programar una máquina con algoritmos y se convirtió en la primera programadora de computadoras un siglo antes de que fueran inventadas, en 1944, por otra mujer: la estadounidense Grace Hopper. La austríaca Hedy Lamarr inventó un sistema de frecuencias para enviar datos de forma segura. Gracias a ella hoy tenemos wifi, teléfonos 3G y Bluetooth, pero se la recuerda sólo por haber sido un símbolo sexual de Hollywood. La estadounidense Barbara McClintock reveló que los genes son capaces de saltar entre diferentes cromosomas y transformó los estudios de la genética. Todos los recién nacidos son sometidos a un test que ayuda a reducir la mortalidad, pero pocos saben que es el invento de una médica estadounidense llamada Virginia Apgar. El trabajo mismo de Marie Curie ha servido para tratar el cáncer, pero la periodista Rachel Swaby, autora de Headstrong: 52 women who changed science –and the world, propone dejar de usar el nombre de la científica polaca como bandera, para que comencemos a conocer a las mujeres que inventaron la balsa salvavidas, la calefacción solar para las casas, la jeringuilla, la refrigeradora, el circuito cerrado de televisión, el material con el que se hacen los chalecos antibalas, el fax portátil, el teléfono de marcación por tonos, las células solares y los cables de fibra óptica. A lo largo de la historia las mujeres fueron privadas del acceso a la universidad y al reconocimiento. Pero hoy —cuando los aportes científicos y tecnológicos que han hecho están fuera de discusión— las diferencias se perpetúan en la falta de incentivos para que las niñas sigan carreras vinculadas con las ciencias, la ingeniería o las matemáticas.

La empresa Microsoft dice que siete de cada diez niñas están interesadas en la ciencia, pero sólo dos se gradúan en el área. En los exámenes conducidos en las escuelas de Estados Unidos, las niñas muestran tanto interés como los niños por la tecnología, la ingeniería y las matemáticas. Pero ese interés se diluye en la secundaria. La Asociación Sociológica Americana presentó una investigación que dice que la brecha de género en las ciencias y la matemática se crea por los prejuicios: «Es un problema social», afirman. Cada año, la Unesco llama la atención al hecho de que sólo tres de cada diez científicos en los laboratorios del mundo son mujeres y entrega un premio —junto con la empresa de cosméticos L’Oreal— a siete jóvenes científicas: una beca de veinte mil dólares para seguir sus investigaciones. Microsoft comenzó una campaña llamada Girls Do Science, que busca hacer saber a esas mujeres que abandonan las ciencias en el camino que ellos están reclutando ingenieras para unirse a la empresa en 2027: cualquier niña interesada les puede escribir por correo electrónico para postularse. Debbie Sterling —una ingeniera mecánica de Stanford que trabajó en Microsoft y se propuso reducir la brecha de género en ciencia, tecnología, ingeniería y matemática— llevó las ciencias al terreno del juego. Sterling lanzó al mercado la Goldie Box, una caja que viene con una muñeca que usa un cinturón de herramientas y un libro lleno de problemas de física. En la caja también hay ruedas, ejes, bisagras, palancas, poleas y engranajes para resolver los problemas que plantea el libro. Roominate es otro juguete para ingenieras. Es una casa de muñecas que viene en partes. Se ensamblan los pisos, las paredes y los muebles. Hay circuitos y cables para armar el sistema eléctrico de la casita y controlar las lámparas y el ventilador. Eso significa, en términos reales, combatir los prejuicios de género en ciencia y técnica: hacer posible que las niñas jueguen a las princesas en palacios con sistemas eléctricos construidos por ellas mismas.

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En los noventa, siete adolescentes con botas y pantalones cortos bailaban en el programa más visto por los niños en el Brasil. Eran las ayudantes de una rubia llamada Xuxa, la animadora de un programa donde niños competían contra niñas en concursos como guerra de comida. Fue en esa época que el trabajo de Celia Catunda se estrenó en el Castelo do rá-tim-bum, un reconocido programa en el canal de cable TV Cultura. Catunda producía un segmento de treinta segundos donde poemas de grandes autores brasileños como Paulo Leminski, Manuel Bandeira y Ferreira Gular se convertían en dibujos animados. En vez de buscar poemas en la literatura infantil, Celia Catunda prefería tomar textos de poetas consagrados y convertirlos en algo que pudiese gustarle también a los niños. Carlos Filizola, el coordinador de producción de TVPinGuim, describe a Catunda como alguien que posee un espíritu firme para sostener sus proyectos. «Sabe adónde quiere llegar antes de comenzar», dice. «Aunque en los noventa lo que vendía era Xuxa —me dijo Catunda— yo nunca creí en hacer contenidos menores, pasteurizados». Hoy, cuando sus creaciones entretienen a niños en cerca de setenta países, la directora de dibujos animados sigue fiel al principio de no subestimar a los niños.

En TVPinGuim siempre se propusieron trabajar contra los clichés. Diez años antes de crear Luna, la niña científica, la productora creó a Kika, una miniserie donde una niña indagaba por el origen de las cosas: de dónde vienen las lágrimas, el plástico, los huevos, los libros, el vidrio, los truenos. Las explicaciones que Kika recibía no la subestimaban ni a ella ni a los televidentes: los complejos procesos industriales eran desmenuzados paso a paso hasta dar con una explicación que no se valiera de atajos. En la serie Peixonauta ahora está Marina, una niña siempre lista para ayudar al pez ambientalista a rescatar animales en peligro o recoger el plástico de la playa para que no se ahoguen los peces ni las tortugas. Vender un dibujo animado con un argumento ambientalista no fue fácil. En las ferias de animación a las que Celia Catunda asiste —donde las animadoras son minoría— los ejecutivos de televisión elogiaban su idea pero se mostraban escépticos sobre sus posibilidades comerciales. Le decían que eran temas demasiado complejos para los niños. Pero Catunda está convencida de que a su público apenas si le interesa ver lo que los adultos suponen que necesitan. Ella y su socio insistieron, investigaron y pulieron el proyecto de Peixonauta hasta que lo hicieron realidad. En 2009, durante la feria de televisión MipTV que se realiza cada año en Cannes, consiguieron vender la serie. El pez astronauta pronto se convirtió en un éxito internacional, y Catunda demostró que la complejidad y la falta de prejuicios también pueden ser populares entre los niños. Después que Peixonauta conquistó el mercado, vender el proyecto de una niña fascinada por el conocimiento fue mucho más fácil para los animadores brasileños. Kika —la niña que indaga el origen de las cosas—, Marina —la que ayuda a cuidar el ambiente— y Luna —la que hace experimentos para entender el mundo—, son mejores modelos femeninos que Penélope Glamour, la chica que Celia Catunda veía en su infancia y que no podía resolver sus problemas sin la ayuda de un hombre. Tanto Peixonauta como los chicos de Gémini 8 —una serie de TVPinGuim donde un niño de la tierra y uno extraterrestre construyen una amistad más allá de sus diferencias—, se alejan de la violencia de las series con las que crecieron las generaciones anteriores. Quizá el futuro, dice Catunda, esté poblado por una generación de científicas que empezaron desde niñas queriendo ser como Luna. Y luego aspiraron a ser no sólo como Marie Curie, sino como ellas mismas.

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MI AMIGA SECRETA
ES UNA BAILARINA
DE LA DANZA DEL VIENTRE
[EN UNA SOCIEDAD QUE ACOSA A LAS MUJERES]

Una estudiante española de un doctorado en Química aprendió a hablar árabe
y se mudó a Egipto porque quería dedicarse a bailar la danza del vientre.
Durante la Primavera Árabe de 2011, tuvo éxito bailando en El Cairo.
Pero en una plaza de esta ciudad donde se reunían miles de rebeldes
fueron violadas hasta doscientas mujeres en una semana.
Los egipcios adoran la danza del vientre, pero los amigos
de esta bailarina jamás se la presentarían a sus madres.

¿Por qué la mujer de nuestras fantasías
no puede ser la mujer ideal?

Crónica y fotos de Leonardo Faccio

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En Egipto, Ibn el-ra’asa es un insulto. Significa «eres un hijo de bailarina». Me lo explicó una bailarina de la danza del vientre antes de entrar a escena con un luminoso traje de lentejuelas, un velo sobre su cabeza y el seudónimo de Farha. Fuera de los escenarios, Farha es Teresa González, una chica con el pelo recogido, gafas de aumento y un promedio de nueve durante su doctorado de Química en Barcelona, la ciudad donde nació. «No es fácil para mí hacer amigos aquí», me dijo la bailarina de Egipto. Desde las ventanas del Memphis, el barco para turistas cuyo nombre en inglés corresponde al que antes tenía la antigua capital del país de las Pirámides, los pasajeros veían pasar El Cairo iluminado mientras disfrutaban del show de Farha sobre el río Nilo. En su camerino, Teresa González tenía un cubo que eventualmente le servía de retrete. «No me dejan salir ni para ir cenar —me dijo—. Me traen la comida». Una de las reglas en el barco egipcio donde presentaba su show decía: «Se prohíben los movimientos trepidantes que inciten sexualmente». Otra regla más decía: «Se prohíbe a cualquier miembro del grupo musical que acompaña a la bailarina, especialmente al encargado del ritmo, que realice movimientos o gestos durante el baile que tengan connotaciones sexuales». Su jefe, el tecladista de la orquesta que toca con ella, prefiere que la bailarina no hable con nadie. Un cantante flaco de voz gruesa la presentaría con su nombre artístico: Farha significa alegría. Ella es una optimista. También Farha, alegría, define su doble identidad.

En escena, Teresa González, la estudiante de Química, se convertía en otra mujer: sus pechos se erguían y su cintura se curvaba. Para salir a bailar en el Memphis se soltaba el cabello, alzaba el mentón y su figura de ciento sesenta y dos centímetros lucía más alta y estilizada. La primera noche que la vi bailar en el barco, se movía al ritmo de una banda de cuatro músicos y el cantante flaco de voz gruesa. Cuando a mediados del siglo XIX Gustave Flaubert visitó El Cairo, se enamoró de la bailarina Kuchuk-Hanem —pequeña dama— y la describió como una «criatura de altura». Por la misma época, el escritor estadounidense George William Curtis se encandiló con la misma mujer. «No es un retoño —escribió—. Pero aún no es una flor completamente abierta». Una bailarina puede encarnar una imagen de deshonra en el mundo musulmán. Pero en los momentos de mayor incertidumbre —entre 2011 y 2013, Egipto pasó por una revolución y un golpe de Estado—, los sitios de Internet más frecuentados en Egipto presentan clips de danza del vientre: Safinaz, una bailarina de origen armenio y pechos exuberantes, llegó a tener más de cuatro millones de visitas en un mes, según advirtió el escritor egipcio Alaa Al Aswany. Los vídeos de la bailarina libanesa Haifa Wehbe han superado las diez millones de entradas en You Tube. Sus cuerpos recuerdan la metáfora que desde hace siglos los poetas árabes usan para describir la belleza de una mujer, la de la duna y la rama: caderas anchas y cinturas estrechas y flexibles. Aunque el profeta Mahoma consideró la música como «el almuédano del demonio», el Corán no prohíbe expresamente la danza. Pero los países árabes viven la paradoja de adorar el baile y detestar en público a las bailarinas que admiran en silencio. La interpretación radical de la Sharia, la ley islámica que rige los códigos de conducta y los criterios de la moral, es la que evita que el poder llegue a manos femeninas. «El placer de bailar es más intenso que un orgasmo —me dijo la bailarina catalana en su camerino del barco—. Es un desahogo y eso se transmite». La revolución y el golpe de Estado habían causado más de cuatro mil muertos en Egipto. Ver el contoneo de una bailarina en una danza tan ligada al instinto y a la fecundidad, puede ser, más allá de los insultos, un remanso secreto en medio de tanta tragedia.

Teresa González había dejado sus estudios de Química para bailar en El Cairo cuando la Primavera Árabe comenzó con una muerte: un vendedor ambulante de frutas y verduras llamado Mohamed Bouazizi se incendió a lo bonzo en Sidi Bouzid, al sur de Túnez, en protesta por su precariedad laboral y el maltrato que recibía de la policía por ser un trabajador sin permiso legal. En 2010, su suicidio provocó la indignación en su país que se extendió en forma de revolución en otros diecisiete países de Oriente Medio y África. Ese mismo año, Teresa González había viajado a Egipto para bailar en un festival de danza del vientre, donde un cantante que la vio en escena le prometió un contrato. «Nadie me hablaba cuando llevaba gafas y el pelo recogido —recuerda ella—. Hasta que me vieron en el escenario». Mientras se agitaba el alzamiento popular de la Primavera Árabe, la estudiante de Química comenzaba una revolución personal. Hasta entonces el baile de la danza del vientre había sido para ella un pasatiempo que comenzó cuando tenía nueve años y un trabajo eventual en sus días de universitaria. Vivía con sus padres, tenía un novio y de vez en cuando bailaba en restaurantes árabes de Barcelona. Era hija única y sus padres la alentaron a viajar. Había estado antes en San Francisco, Estados Unidos, como estudiante de intercambio cultural, y luego en Sídney, Australia, para acabar sus estudios de inglés. Con el dinero necesario tuvo la seguridad de que, si las cosas no salían bien, podía volver a casa. «Mi padre siempre me ayudó y por eso uno tiene miedo de decepcionar a la gente que quiere —me dijo—. Sientes inseguridad, pero yo también sentía un dolor en el pecho. Sentía angustia». De todos los países que habían iniciado su revolución, sólo cuatro derrocaron a sus dictadores. En Egipto, tras la Primavera Árabe, el primer presidente elegido en elecciones democráticas, Mohamed Morsi, un islamista del partido Hermanos Musulmanes, fue derrocado por militares golpistas. La promesa de un contrato para bailar en El Cairo le bastó a Teresa González para romper con su novio y los tubos de ensayo. Su padre la había animado a que dejara sus estudios de Química. «Quería que su mente creciera, pero que creciera desde ella misma», me diría Felipe González, el padre de la bailarina, un empleado de banco alto y canoso quien le compraría un departamento en El Cairo. «Una bailarina no puede tener tabúes —me diría su hija—. Este baile consiste en interpretar tu vida con el cuerpo. No puedes bailar con el pecho hacia adentro». Cuando todo el mundo miraba con desconfianza hacia Oriente Medio, Teresa González veía en Egipto una gran oportunidad para bailar.

Egipto se empeña en recordarnos la imagen rígida de una gran pirámide. Para una bailarina de la danza del vientre, en cambio, Egipto es el ombligo más flexible del mundo. Un inversionista podría verlo como un lugar estratégico: un país con cerca de noventa millones de habitantes, vecino de Libia e Israel, costa en el Mediterráneo y el Mar Rojo, y con la capital más poblada de África que durante la revolución de 2011 fue para el mundo el eje y el símbolo de las nuevas democracias por venir. Un país que siempre ha bailado. Cuando una mujer egipcia se casa, recibe como regalo de parte de su marido un traje de baile, y en las bodas lo habitual es que una bailarina de danza del vientre inaugure la pista a la hora de bailar. Unos dos mil años antes de Cristo, en un tallado en piedra de la dinastía XVIII del Imperio Medio, las protagonistas son mujeres que bailan semidesnudas en posturas que reconocemos en la danza del vientre actual. Aquella pieza arqueológica, hoy en el Museo Británico de Londres, es evidencia de que Egipto fue el origen sacro de este baile que hoy es universal. Teresa González había tomado sus primeras clases de danza en una escuela de barrio en Bercelona, cercana al templo Sagrada Familia. En Oriente Medio la danza del vientre propicia insultos, pero es el centro de la cultura popular.

Un refrán egipcio reza: «Quien no sabe bailar dice que el suelo está inclinado». En la superstición local, si una mujer baila en sueños, es señal de que caerá en un escándalo. Bailar ha fascinado siempre por lo que muestra y oculta. Platón catalagó a las danzas en honestas y sospechosas: unas servían para acompañar el canto y el culto al cuerpo mientras las otras eran usadas en ritos religiosos como un pretexto para entregarse a los excesos de la fiesta. Las danzas siempre fueron sospechosas de tener un doble propósito. Una de las películas más vistas en Egipto, Shabab emraa, joven mujer, narra la historia de un muchacho de provincias que llega a vivir a El Cairo, donde su casera lo seduce hasta hacerlo olvidar de sus estudios. La protagonista es Tahia Carioca, una famosa bailarina en el mundo árabe. La historia de Mata Hari, la legendaria bailarina que los franceses ejecutaron después de la Primera Guerra Mundial luego de acusarla de espía, inspiró a inicios del siglo XX a mujeres y directores de cine. El Nobel de Literatura egipcio Naguib Mahfuz alimentó la leyenda de mujeres espías con novelas y cuentos donde las bailarinas eran amantes de militares y terratenientes poderosos, y a través de ellas narró la corrupción política del país. En la época de los califas, el sistema de gobierno de los primeros administradores del Islam después de Mahoma, lo habitual era que los sultanes recibieran de regalo a bailarinas esclavas que tenían acceso a las reuniones privadas y se dedicaban al tráfico de información. Ibn el—ra’asa es un insulto que agravia a las bailarinas, pero danza y política se han movido en Egipto al mismo ritmo.

Cuando Teresa González bailaba en el barco Memphis, en sólo siete días de julio de 2014 explotaron tres bombas en Egipto. Una de ellas en El Cairo, y dos en Sinaí, la península inhóspita que hace frontera con Israel y Franja de Gaza, un territorio fértil para los grupos yihadistas, los militantes más violentos del Islam político que libran la Guerra Santa, la Yihad, contra los «infieles», el mundo que no es musulmán. Abdelfatah Al-Sisi, el presidente actual de Egipto que comandó el golpe de Estado de 2013 y que al año siguiente fue legitimado con el voto popular, ha sido responsable de la muerte de más de tres mil manifestantes y de encarcelar al menos veinte mil ciudadanos a quienes acusó de espionaje, conspiración o terrorismo. También encarceló a medio centenar de periodistas disidentes y clausuró una docena de programas televisivos de debate político. En 2014, un canal de televisión local, propiedad del cuñado del presidente Al-Sisi, anunció un concurso para nuevos talentos de la danza del vientre. A la bailarina Teresa González no le interesaba competir. En un laboratorio de Química de la Universidad de Barcelona, Teresa González había trabajado con otros científicos para crear una síntesis orgánica que ayudaría a crear un nuevo fármaco contra el cáncer. En Egipto, en cambio, sólo buscaba entender el país donde eligió vivir.

 

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Alrededor de la plaza Tahir, que concentró las mayores movilizaciones de la revolución en 2011, las bocas del metro estaban tapiadas con alambre de púas. «La primavera Árabe no fue una revolución —se indignaba el poeta sirio Adonis en una entrevista—. Los opositores jamás hablaron de laicidad, de liberación de la mujer, de cambiar la ley coránica. Solo querían cambiar de régimen, y cambiar de régimen no sirve de nada cuando permanece la misma mentalidad»

 

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En el departamento de Teresa González había maletas abiertas con sujetadores de piedras brillantes, salsa de tomate en envases aluminio, velos de seda, faldas con lentejuelas, aceite de oliva embotellado, maquillaje, embutidos ibéricos. Tres años antes la bailarina había viajado a El Cairo para comprar ese departamento con la ayuda de su papá. Era el departamento de alguien que, gracias a la ayuda de su padre, no rendía cuentas a nadie. No había fotos de familiares a la vista. Todo estaba cubierto por una fina capa de polvo. Su única compañía era una chica japonesa de apellido Sunami, una bailarina de danzas árabes en la Opera House de El Cairo. Teresa González le alquilaba una habitación.

La bailarina clasifica a sus amigos en categorías: amigo, mejor amigo, amigo cercano, segundo mejor amigo, conocido, ex amigo. Esa noche en su camerino de artista del barco Memphis, había recibido un mensaje de uno de ellos. Era de Ramy Mohamed El Telbany, un chico a quien la bailarina llama Ramy, el mejor de sus amigos egipcios. Teresa González es buena con los idiomas y con los números. Pero es muy desorientada y tiene problemas de lateralidad: nunca recuerda que lado es el derecho o el izquierdo y siempre que sale a caminar se pierde. «Cuando llegué me perdía en la calle y un día en un bus me puse a llorar. No entendía nada —me dijo—. Con Ramy aprendí a caminar la calle y a hablar con la gente en las cafeterías, en los buses, aprendí a volver sola a casa». Ella era una recién llegada a Egipto y en las calles de la capital comenzaban las manifestaciones al grito de «pan, libertad y justicia social», la consigna de la revolución. Egipto se paralizó, y Ramy Mohamed El Telbany, su mejor amigo, perdió su trabajo. La revolución había caído entre ellos como una bomba de humo negro y dejaron de frecuentarse. Ramy Mohamed El Telbany era recepcionista en un hotel de El Cairo y migró a Dubai para trabajar de asistente de recepción de un hotel. Hacía tres años que no se veían y él acababa de volver a la ciudad.

Teresa González tomó clases de árabe en una academia en Barcelona. Pero dice que donde más aprendió fue en Egipto, con sus amigos y en las calles de El Cairo. Para practicar la lectura compra revistas fáciles de leer como las que traen recetas para hacer comidas rápidas, bajas en calorías, o sobre maquillaje moderno que explican como pintarse las uñas y los ojos en pocos minutos. Hoy Teresa González habla bien el árabe, aunque aún confunde algunas palabras: dice mierda cuando quiere decir picante; dice pene cuando quiere decir noticias. A los egipcios les hace gracia. Ramy Mohamed El Telbany le había enseñado sus primeras palabras en su nueva lengua: «Un té de menta, por favor». La bailarina catalana se refugió en sus amigos egipcios. «Aquí a las extranjeras los tipos nos llaman open mind porque creen que nos acostamos con cualquiera, y quieren seducirte para conseguir pasaporte europeo —me dijo—. Un vecino ya me ofreció matrimonio». El segundo mejor amigo de la bailarina se llama Mohamed Abdel Moez, y el hermano mayor de él fue asesinado por la policía durante el golpe de Estado, en 2013, en una protesta callejera. Moez trabajaba en una tienda de venta de papiros, y cada tanto quedaba con ella para tomar el té. «Siempre me dice: yo no podría estar con una bailarina o una chica que haya estado con otros hombres». Teresa González me lo contaba mientras movía hacia un sofá un cubo con agua que llevaba un motor eléctrico. Era su «mini jacuzzi personal» y, como parte de su rutina después de bailar, lo usaba para calmar el dolor de sus pies. Hundía sus pies en las burbujas con gesto de alivio, y así desinflamaba sus tobillos de bailarina cansada. Al día siguiente vería a Mohamed Moez en la cafería frente a su departamento. Esa noche me pidió que fuera delicado al hablar con él de política y religión, además de explicarme una regla que debía acatar para poder hospedarme en su casa. Si sus vecinos me preguntaban por ella, debía decir: «Trabaja con un ordenador». O: «Ella es traductora». Medir las palabras es conveniente en El Cairo. Decirle a alguien Ibn el-ra’asa no son palabras vacías: nadie quiere tener una madre ni una vecina que baile la danza del vientre. Teresa González llevaba más de tres años hablando con los vecinos de su barrio y nunca le pudo decir a nadie que se dedicaba a bailar.

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El baile y la guerra siempre hicieron buena pareja. Desde los primeros pasos en ceremonias de muerte, caza y fecundidad, la danza se alió con la política y la religión. En el antiguo Egipto, la muerte y la resurrección de Osiris era representada con una danza. A fines del siglo XIX, cuando en Egipto se inauguraba el canal de Suez que une el Mediterráneo con el mar Rojo, una bailarina cuyo nombre suena como el desgarro de un vestido, Shawq, fue la protagonista de una fiesta con invitados ilustres. Shawq también actuó como invitada especial en el estreno de la ópera Aída, de Giusepe Verdi, en la Opera House de El Cairo. Egipto era uno de los países árabes más liberales: las primeras mujeres del mundo árabe en ir al colegio, pilotar aviones o conducir coches, habían sido egipcias, y también las que llegaron a formar parte del Parlamento y del Gobierno. La activista egipcia Hoda Shaarawi fue la primera en quitarse el velo en público en una manifestación: en El Cairo de 1923 Hoda Shaarawi inauguró el movimiento feminista árabe. Ibn el—ra’asa es un insulto que agravia a las bailarinas, pero no siempre había sido así. En los años veinte, Egipto era gobernado por una monarquía y en aquella época, Badía Masabni, una bailarina de origen libanés, era propietaria de uno de los casinos más famosos de El Cairo, próximo a uno de los puentes que cruzan el río Nilo. Hoy la gente llama al puente por su nombre: Badía.

Las bailarinas egipcias habían llegado a ser parte de la vida política y un símbolo nacional. En los años setenta, tras la guerra entre Egipto e Israel, en cada una de sus visitas a El Cairo, el secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger reservaba un show privado de la bailarina Nagwa Fouad, quien también había bailado para el ex presidente francés Valéry Giscard d’Estaing y para el de los Estados Unidos Richard Nixon, y que también bailaría para el presidente Jimmy Carter. Nadie cuestionaba, al menos por ello, su moral. Hoy, en nombre de la moral pública, un policía en Egipto puede detener a una bailarina en el escenario porque su traje muestra más de lo permitido, o por bailar de manera demasiado provocativa. Abrir las piernas o tumbarse de espaldas en el suelo está prohibido. También subirse a una silla.

La bailarina egipcia Fifi Abdou fue condenada en 1991 a tres meses de cárcel por practicar «movimientos depravados». Una década después, Fifi Abdou propuso crear en Egipto la primera asociación profesional de bailarinas de la danza del vientre. Los musulmanes mas conservadores de Al Azhar, el centro del Islam oficial de Egipto, se opusieron. «Eso sería como legalizar la prostitución», dijeron. La danza del vientre siempre fue más rechazada por las religiones que por los gobiernos. «Todas quieren bailar en las fiestas que organiza el Club Militar —me dijo Teresa González sobre las fiestas de los oficiales del ejército egipcio—. Ahí bailan las mejores y es donde mejor pagan». Bailarinas y militares tienen en Egipto una relación de conveniencia, y el radicalismo islámico es su enemigo en común. En 1981, tres años después de haber ganado el premio Nobel de la Paz por ser el primer gobernante árabe que firmó la paz con Israel, el presidente militar de Egipto Anwar el-Sadat fue asesinado. La revolución iraní de 1979 no sólo había reinstaurado la república islamista en ese país, sino que la influencia de su líder el Ayatollah Khomeini se extendió hacia el resto de los Estados árabes. Con la interpretación radical de la ley islámica, la danza fue perdiendo el significado religioso heredado de la época faraónica y también las bailarinas comenzaron a ocupar el último peldaño del escalafón moral. Hoy en Egipto la danza del vientre sólo se puede practicar con autorización del gobierno. En 2014 el gobierno de Irán condenó a unos jóvenes a una pena de seis meses de cárcel y noventa y un latigazos por haber subido a YouTube un vídeo donde bailaban al ritmo de una canción soul de Pharrell Williams: Happy.

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Teresa González aún no tenía un contrato para bailar en El Cairo. Aunque la ley egipcia condena a los infractores con penas de hasta un año de cárcel, el líder de su orquesta la consentía. Ser hijo de una bailarina en Egipto es deshonroso, pero la bailarina catalana trataba a su jefe como una hija bien educada. Los años que siguieron a La Primavera Árabe, Egipto ha vivido con un alto índice de desempleo. La bailarina González debía cuidar su trabajo. Donde antes aparcaban un promedio de cuarenta buses diarios de turistas que querían ver las pirámides, sólo llegaban dos. La guerra interna entre el gobierno y sus opositores ahuyentaba a los turistas. Había escaso trabajo en El Cairo y ella suplantaba a una bailarina norteamericana de vacaciones. «Yo pensé que la revolución sería algo pasajero —me dijo la catalana—. La química me sigue gustando, pero no me arrepiento de haberla dejado. Aunque económicamente me vaya peor, soy más feliz bailando». Lo dijo cuando llegamos a su departamento en un piso del barrio Marrioteia, una zona popular de El Cairo. Desde el ventanal de su departamento se ven las cúspides de Keops, Kefren y Micerinos, las sepulturas más famosas del mundo, envueltas en una nube de arena y polución que parece bruma.

Acostumbrada a ellas, la bailarina ya no les presta atención. Desde donde vive, para llegar al centro de El Cairo, se viaja una hora en bus y en metro por autopistas elevadas sobre basureros y fachadas de edificios a medio terminar. La plaza Tahrir, que en árabe significa Plaza de la Liberación y que había concentrado las mayores movilizaciones de 2011, estaba sitiada por el ejército egipcio. Las bocas del metro estaban tapiadas con alambre de púas y en cada esquina había policías con armas largas. Junto al Museo Egipcio de El Cairo, donde se conserva en un cofre de cristal la máscara dorada de Tutankamón, descansaba entre vidrios rotos y ventanas carbonizadas la mastodóntica sede del Partido Nacional Democrático, el símbolo del partido político militar que gobernó Egipto durante treinta y tres años. Lo habían incendiado los manifestantes en 2011, un día que en la historia ha quedado como el Viernes de la Ira. El centro de El Cairo recordaba un inmenso salón de baile donde hubo una fiesta que acabó mal. En 2013, lo que había sido un símbolo de la movilización libertaria, lo tomó el Ejército de nuevo en el poder. En la plaza Tahrir había un monumento «a los mártires de las revoluciones», erigido por los mismos militares que en 2011 habían martirizado a los revolucionarios.

La bailarina catalana llegó a una ciudad que durante más de dos mil años había sido territorio romano, turco, francés y británico. El Cairo, la ciudad más poblada de África, es un territorio en disputa crónica donde las identidades se superponen como las capas de pintura en una puerta vieja. Con la revolución los egipcios vivieron la paradoja de cambiar todo para que nada cambie. En un país que nunca vivió en democracia, las dos organizaciones políticas que se impusieron eran dogmáticas. Una islámica y la otra militar. «La primavera árabe no fue una revolución —se indignaba el poeta sirio Adonis en una entrevista—. Los opositores jamás hablaron de laicidad, de liberación de la mujer, de cambiar la ley coránica. Solo querían cambiar de régimen, y cambiar de régimen no sirve de nada cuando permanece la misma mentalidad. Los árabes tienen que hacer su revolución interior». El presidente de Egipto Al-Sisi fingió virtudes democráticas: después de hacer un golpe de Estado dejó de vestir su uniforme militar. Según un informe de Human Right Watch, el gobierno de facto de Al-Sisi cometió una de las peores masacres desde la tragedia de la plaza Tianannmen en Pekín. En la mezquita Rabá Al-Audawiya y la plaza Al-Nahda, el ejército egipcio mató a más de mil seguidores de los Hermanos Musulmanes, el partido político que ganó las primeras elecciones democráticas de la historia de Egipto y que fue derrocado por los militares al año siguiente, en 2013, los que protestaban contra el régimen de Al-Sisi. Un hermano de Mohamed Moez, el segundo mejor amigo de la bailarina, fue uno de los asesinados.

Mohamed Moez es un chico alto y tímido que habla inglés y español. Había estudiado periodismo, y tenía veintiséis años, el pelo peinado con gel y una expresión de sorpresa en sus ojos redondos, como la de quien espera que le cuentes algo divertido. La bailarina lo había invitado a tomar el té en el bar que está frente a su edificio. «Él es muy religioso —me advertía su amiga—. Me saluda con la mano y más de una vez me dijo que yo soy inteligente y no debería bailar». Mohamed Moez salía de trabajar de la tienda de papiros.

—De la muerte de mi hermano prefiero no hablar —me dijo Moez con su taza de té.

Le dije que de política se habla en voz muy baja en Egipto.

—Pero al menos hablamos —respondió—. Si la revolución sirvió para algo, fue para eso: la gente antes no hablaba de política.

Mohamed Moez me mostró la foto de un amigo a quien la policía había matado en un acto de protesta. Era un fotógrafo compañero suyo en la facultad. Lo asesinaron mientras tomaba fotos en una manifestación. Tenía la imagen de su amigo en su Facebook. Se veía a un chico sonriente, con la barba crecida y ropa de colores. Lo mataron el 5 de julio de 2013. Otros dos amigos de Mohamed Moez estaban presos. El vendedor de papiros hablaba del miedo y del gobierno militar de Al-Sisi. Mohamed Moez prefiere no hablar de temas políticos con la bailarina. Ni de religión. Acaba enfadándose con ella.

—He ido a tiendas donde tenían un cartel con una mujer sin velo con una «X» encima, y al lado había otra foto con una mujer con velo y ponía «SI» —le dijo Teresa González en el bar frente a su casa—. Yo entré a esa tienda y pensé: me van a matar.

—Tu tienes un punto de vista malo —exclamó Moez—. Yo nací aquí. Aquí la religión para la gente es diferente que en Europa.

Se conocieron cuando Mohamed Moez había ayudado a llegar donde la bailarina a una extranjera que buscaba extraviada su departamento en El Cairo. Por los idiomas que hablaba, a Moez no le costaba ser amable con los extranjeros. Había conocido una chica de Bolivia y le decía que quería visitar América Latina. «A mí me gusta su pensamiento y vivir de una manera diferente —me dijo—. Y quiero que la gente de aquí piense de esa forma». Fue una extranjera que lo trasladó mentalmente a un paisaje exótico al que tal vez jamás él llegaría. Pero con su amiga, la bailarina, le sucedía otra historia: cada vez que se encontraba con la catalana se enfrentaba a una contradicción. El Islam Sunita dice sobre la mujer: «Su poder de seducción constituye un elemento potencialmente perturbador del orden social y la rectitud moral». Mohamed Moez mantenía todas las distancias con la bailarina. Le pregunté a ella sobre el día que el vendedor de papiros fue a despedirse en el rellano de su edificio.

—Él me abrazó —dijo—. Pero dejando aire de por medio.

Cuando asesinaron al hermano de Moez, éste llamó por teléfono a la bailarina. «Yo no dormía —dijo la catalana—. La gente se disparaba por las ventanas. Yo nunca había visto un muerto». En esos días, la bailarina había decidido volver a Barcelona hasta que todo se calmara, cuando Moez la interceptó. «Quiero verte antes de que te vayas —le dijo—. Cuando tú has estado en momentos difíciles, yo he estado allí. Y ahora que te necesito, te vas». La bailarina recordó que fue la única vez que Moez le ha demostrado cariño. «Quería abrazarlo, pero él no entra a mi casa y en la calle no podía». Teresa González lo hizo pasar entonces hasta el recibidor de su edificio. «No voy a su casa, no porque no tenga confianza, sino por lo que va a decir la gente. Los hombres no pueden hacer esto antes de casarse —me dijo él—. La gente piensa mal. Es algo de nacimiento». Mohamed Moez le dijo a su madre que su amiga española era profesora de castellano.

La bailarina era una especialista en incomodar a sus amigos. Mohamed Moez no es el único. «A mí me pone muy tenso ir con ella por la calle», me dijo Ali Nawar, un chico de veintitantos años y dos metros de estatura que es traductor para la agencia española de noticias EFE en El Cairo. Hijo de un militar retirado, el día que lo conocí Teresa González le había pedido que la acompañara a comprar bisutería: brazaletes, collares, pendientes. También quería unas estrellas adhesivas que ella se pone en el ombligo para resaltar aún más su vientre en los shows. La idea de caminar con su amiga por la ciudad le producía una sonrisa nerviosa a su amigo. Aunque no era la primera vez que se ocupaba de ella.

Cuando sucedió el golpe de Estado, en 2013, Alí Nawar, se acercó con sus dos metros al edificio de Teresa González para llevarle unas compras del supermercado. Era la primera vez que visitaba los suburbios de El Cairo. Vivía en el distrito El-Manial, en la isla de Roda, una zona alta de la ciudad compuesta por dos islas del río Nilo, donde las casas, heredadas de la colonia británica, son antiguas, con jardín, y los únicos centros comerciales de su barrio son un kiosco y una farmacia. Los suburbios de su propia ciudad le resultaban amenazantes a Alí Nawar. En parte por eso, nunca acudía solo cuando quedaba con su amiga bailarina. Los encuentros eran siempre de tres. Ahmed Mustafa, su amigo y compañero de trabajo, lo acompañaba cuando él quería ver a la bailarina.

Esa tarde, antes de ir a comprar bisutería, los tres habían quedado encontrarse en el bar Ahl Cairo, en el barrio Dokki, una zona residencial de la ciudad. Ahl Cairo es uno de esos bares a los que acuden extranjeros y no está mal visto que los amigos se saluden con dos besos, aunque sean egipcios. Mientras un té en el bar frente a la casa de Teresa González costaba dos libras, allí podía costar veinte libras, un precio equivalente a cualquier bar de Europa. Fuera del bar Ahl Cairo y de su barrio, Alí Nawar se siente intranquilo. «Para mí es un reto caminar con Teresa: observo la gente por si hay adolescentes en grupo que la puedan acosar. Porque tengo amigas a quienes les han pegado». Nawar rebusca sus palabras antes de hablar. Cuando dice pegado, quiso decir violado. El traductor sentía pudor para explicarse con claridad, como si evitara alarmar a alguien que acaba de conocer, sobre la vida cotidiana de las mujeres egipcias. Alí Nawar se portaba como un gigante temeroso.

En los últimos años, centenares de violaciones a mujeres suceden en las calles de El Cairo. «Son rodeadas por un grupo de entre quince y cien hombres, y aisladas de sus amigos», ha resumido Human Rights Watch. En julio de 2014, en plaza Tharir, el escenario central de la revolución, hubo cerca de doscientas agresiones sexuales en una sola semana. En las protestas de junio de 2013, habían denunciado cerca de cien violaciones en la misma plaza. Mujeres golpeadas con cadenas, palos y sillas. Mujeres cortadas con cuchillos. Atacadas en manada y por hombres jóvenes. «En Egipto el acoso sexual siempre existió —me dijo Zeinab Sabet, una activista egipcia—. Pero ahora la violación no empieza como un simple acoso sexual. Quieren apartar a la mujer de la vida pública. Aterrorizarla. Es un fenómeno político: antes eran individuales; con la revolución comenzaron las violaciones en grupo». Zeinab Sabet se educó en París y vestía con escote y el pelo descubierto. Ella y un equipo de otros treinta activistas formaron el grupo Tharir Body Girl, que rescata a mujeres que están por ser violadas. Usan chaleco y casco amarillo para identificarse. Zeinab Sabet me explicó que hasta entonces sólo habían podido intervenir en noventa casos. «Es peligroso —me dijo— porque van armados con cuchillos».

Después de los violadores, su segundo enemigo es la legislación. La ley dice que, en caso de violación, la mujer agredida debe ir a la policía con la persona que la acosó y llevar testigos. «¿Cómo una mujer que experimenta esto —me dijo Zeinab Sabet— puede tener fuerza para ir a la policía con el chico que la violó?». Desde el gobierno, Adel Afifi, un miembro del consejo legislativo, culpó a las mujeres: «Son ellas las que provocan el cien por ciento de las causas de la violación, ya que al salir a manifestarse se exponen». La bailarina creía tener el antídoto para que no le suceda nada malo. «Aquí los tipos son muy observadores —me dijo—. Te tratan según cómo caminas y, si andas con el pecho hundido, te atacan. Yo, si estoy de bajón, no salgo». A pesar de sus dos metros de estatura, Ali Nawar, el traductor gigante y temeroso, temía que le arrebataran a su amiga. Temía no poder hacer nada para impedirlo.

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Salir a pasear por El Cairo con Teresa González puede verse como un deporte de riesgo por partida doble. En un talk show muy popular en Egipto, Al fin de la tarde, es habitual escuchar a su presentador, Mahmoud Saad, hablando a los jóvenes y a sus padres. «Hay jóvenes que trabajan con extranjeros para hacer bombas en contra de este país. Tomemos conciencia de esto y apoyemos a nuestro presidente», dijo Saad mirando directamente a la cámara. «Ahora hay más segregación —me insistió Alí Nawar—. Hay un tipo de separación entre la gente: están los que buscamos los derechos sociales y el resto». La segregación la produce sobre todo el rechazo a lo desconocido, o la defensa a la moral islámica. Una noche, su amigo Ahmed Mustafá se separó de él para acompañar a la bailarina a su casa. «Estaba oscuro y me despedí de ella con dos besos frente a la puerta de su edificio», recordó Ahmed Mustafa. Luego sintió que una piedra rozaba su cabeza. Un egipcio que en su país se comporta como un occidental puede entrar en la categoría de «infiel» al Corán. «Ahora están repitiendo esa vieja política del miedo —me dijo Ali Nawar—. A ustedes —los extranjeros— les llaman agentes, espías». Al sentir la piedra pasar cerca de su cabeza, Ahmed Mustafá quedó paralizado. «Yo no quería problemas y me fui», contó Mustafá. Hay casos más dramáticos. Según Mustafá, cuando en 2012 en Egipto estaban los Hermanos Musulmanes en el poder, el miedo lo sentían hacia las brigadas policiales conocidas en Egipto como «policía moral». Cuando veían un chico con una chica solos, le decían al hombre que no podía sentarte con una chica a solas si no era su esposa. «Una vez un joven ingeniero estaba con su novia, aparecieron unos hombres y le dijeron que no podía estar allí con ella. Cuando el chico quiso pelear, lo mataron —dijo Mustafá—. Ahora ya no pasa eso. Ahora te matan o meten preso por estar en contra del gobierno. Pero la gente sigue pensando igual». Alí Nawar, el traductor y gigante temeroso, temía que una tarde de compras de bisutería con su amiga bailarina pudiese convertirse en una película de terror.

—Aquí vives para los vecinos y para el portero del edificio —me había explicado Sabet, la activista—. El portero es aquí como un miembro de la familia. Tienes que cuidarte de lo que piensa de ti porque él habla con otra gente. Es la razón por la que odio vivir aquí.

—A mí tu portero me odia —le dijo Ahmed Mustafá a la bailarina.

La bailarina no se sorprendió.

—Ese odia a todos —dijo.

Los egipcios viven con toda clase de prohibiciones.

Desde formar un partido político hasta estar con un extranjero bajo el mismo techo.

La bailarina catalana no puede invitar amigos a su departamento.

Y sus amigos no se atreven a presentar a una amiga bailarina a sus padres.

Durante tres mil años, Egipto fue gobernado por potencias extranjeras.

En 1922 los británicos les concedieron la independencia.

La fobia al extranjero es atávica.

Los porteros son los guardianes de esos microestados que son los edificios de apartamentos. Frente al portero del edificio de Teresa González, cualquiera tiene prohibido decir: abogado, manager, contrato. En árabe y castellano, según la catalana, suenan igual. Temía que su portero, quien no sabe leer, dedujera que ella era bailarina.

Una revolución exige enfrentar sus propias contradicciones, y Egipto volvió de la ilusión revolucionaria a un Estado policial. En una cultura donde la familia gira en torno a la figura del padre, cuando ese padre fue educado en los rigores de un cuartel, el miedo siempre comienza en su mirada. Igual que en la familia de Ali Nawar, todos los egipcios tienen en su familia un teniente, un policía, un almirante. Es el legado de más de sesenta años de sucesivos gobiernos militares.

Alí Nawar, el traductor, insistía en el peligro de caminar con ella por la calle.

—Nos interesa conocer más extranjeros con mentalidad más abierta —me dijo su amigo Mustafá—. Yo tengo amigos hombres que salen con chicas, tienen relaciones sexuales y toman drogas. Pero cuando eligen una mujer para casarse, eligen a una conservadora.

—Eligen la mujer que viene detrás de la vaca —añadió el traductor—. Es un dicho. Las mujeres de zonas rurales son más tradicionales que las urbanas. No toman drogas ni salen.

Tres años después de la revolución egipcia, la bailarina ya no sentía esa asfixia que la había obligado a dejar su doctorado en Química en Barcelona. Los egipcios que entonces se jugaron la vida por la democracia especulan los motivos del fracaso. «La revolución no fue una revolución. Es el plan de un país como Estados Unidos que quiere que caiga el ejército para coger el petróleo de los países árabes —me dijo el señor Shaaban, dueño del bar frente al edificio de la bailarina—. Antes no había democracia pero al menos había trabajo. Ahora no tenemos trabajo ni democracia». Su opinión es una de las versiones más difundidas en los barrios populares. La revolución que creció desde la militancia de jóvenes universitarios e intelectuales no prosperó en un país donde un tercio de la población es analfabeta y donde la palabra bailarina es un insulto, pero también donde las bailarinas siguen siendo el mejor refugio ante la incertidumbre.

La canción Tópico del Amor, que da su nombre al bar del señor Shaaban donde la bailarina se sienta a tomar el té, siempre ha sido interpretada por la artista mas querida en el mundo árabe. El bar tampoco admite mujeres. Un día Teresa González se sentó allí por primera vez con cara de extranjera distraída. El dueño del bar nunca se atrevió a echarla.

La bailarina catalana aprendió a moverse en un mundo que ha acabado siendo para hombres. «Las mujeres necesitan conocer sus derechos», me dijo la activista Zeinab Sabet, quien, además de participar en el grupo Tharir Body Girl, daba clases de defensa personal. Su deseo coincide con el de Montesquieu en el siglo XVI: «Las costumbres hacen las leyes, las mujeres hacen las costumbres; las mujeres, pues, hacen las leyes». Después de la frustrada revolución que prometía cambiar las leyes en Egipto, sus mujeres, aunque no bailen, tampoco son respetadas.

—Yo vivo de noche —me dijo la bailarina catalana—. Y las mujeres egipcias no salen de noche.

 

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Egipto era una cultura por descifrar para la bailarina. Los egipcios viven con toda clase de prohibiciones. Desde formar un partido político hasta estar con un extranjero bajo el mismo techo. La bailarina no puede invitar amigos a su departamento. Fue Ramy Mohamed quien le enseño a caminar por las calles de El Cairo. Cuando se encontraron después de tres años de no verse, ambos pudieron abrazarse en una calle en penumbras.

 

De noche, en El Cairo, Teresa González siempre estaba sola. Su compañera de piso, la bailarina Kaoru Sunami, dormía o estaba bailando en la Opera House. «Es muy reservada —me dijo la japonesa—. El mundo del baile tiene sus secretos». Después de acabar de bailar, Teresa González suele detenerse en una juguería de la esquina de su departamento donde ofrecen zumos y ella elige siempre el mismo: uno de caña de azúcar, que en Egipto lo llaman asir assa. «Me gusta sentarme aquí —me dijo mientras sorbía el líquido verde y espumoso con una pajita—. Aquí me siento invisible». La gente pasaba, los hombres pasaban, y la ignoraban. Sólo la saludaban los niños. «Cuanto más te respetan, menos te miran». Giza, la población donde vive, fue construida sobre una gran meseta de arena que se acumula en los recodos de su calle. Junto a su edificio había un taller de reparación de mototaxis, una mezquita sin minarete, una despensa con unas cuantas latas, un negocio de reparación de computadoras y una tienda de ropa femenina, donde todas las prendas incluyen velo. Es un barrio de gente tradicional donde Teresa González disfrutaba siendo imperceptible. Ganar respeto en Egipto era para ella ganar invisibilidad.

En la relación con sus vecinos cairotas, Teresa González pasó del acoso al rechazo, y del rechazo a la indiferencia. La bailarina cree haber llegado a un término medio. «Si yo hablo, ellos sí que me pueden hablar. Si no, no. Así son las cosas aquí». Su única amiga mujer, Hadia Hamed, una licenciada en Geografía que estudia coreano y trabaja en una tienda de Vodafone, lo veía de una manera más piadosa: «Los hombres aquí son como niños grandes». Hadia Hamed se puso seria cuando hablaba de varones, pero el resto del tiempo tenía una sonrisa más grande que su boca. «Mi marido ha hecho siempre lo que su madre le decía —me dijo—. No lo culpo porque él no ha tenido la oportunidad de ser diferente. Más que cambiar, debe madurar. Antes hubiese sido imposible que yo estuviera aquí con ustedes. Es un choque cultural para él: mi marido nunca habla con extranjeros». Por tradición, los varones del mundo árabe no se van de la casa de sus madres hasta que se casan. Casi ninguno de los muchachos solteros que conocí en El Cairo, incluidos los amigos de la bailarina, vive fuera de la casa materna.

El mundo de las mujeres egipcias era un enigma que la bailarina sólo avistaba desde arriba del escenario. Hasta que conoció a la geógrafa Hadia Hamed. Fue a través de una red social estilo Couchsurfing, donde los extranjeros se hospedan gratuitamente en la casa de quien la ofrece, y se vieron por primera vez en un restaurante yemení. «Estaba por casarse pero ella no quería», me había contado la bailarina de la geógrafa. Los casamientos por amor en Egipto son exclusivos de jóvenes de clase alta occidentalizada, o de rebeldes dispuestos a enfrentarse a sus familias. Hadia Hamed aún no se atrevía a decirle al resto de sus amistades que su amiga española bailaba la danza del vientre. Mucho menos a su marido. Sus padres respetan la tradición árabe de concertar la boda de los hijos. Recién en 2010, en Egipto la mujer obtuvo el derecho a pedir el divorcio. Aún debe tener un permiso de su marido si quiere salir del país.

Grimilda Barbier, una cubana casada en La Habana con un egipcio, y que llevaba casi dos décadas viviendo en El Cairo donde se convirtió al Islam, podía recitar la legislación de memoria. «Aquí el matrimonio es un negocio sin precio fijo —me dijo una tarde—. Tu familia negocia la dote cuando te casas. Pero si eres mujer y pides el divorcio pierdes todos los privilegios: tu ex marido debe mantenerte sólo un año y no te deja la casa». Barbier tenía cuarenta años, dos hijos, un velo en la cabeza y un cuerpo robusto como la mayoría de las mujeres árabes. «Hace años que me hubiese vuelto a la isla, pero sin dinero ni permiso no puedes». Sólo volvería a Cuba de vacaciones. Cuando estalló la revolución, Grimilda Barbier fue con su hija a protestar a la plaza Tahrir. «Aquí con los militares nunca había fiesta popular ni hábito de reunirse como sí hay en Cuba —deslindó—. A Tahrir muchos iban por política, a pedir derechos, y otros por la novedad: a festejar». La revolución era una puerta entreabierta hacia el desahogo. «Yo no apoyé la revolución desde el principio. Tampoco apoyo el antiguo régimen. Pero creo que todo cambio es positivo —me dijo Hamed, la geógrafa—. Quiero tener hijos, pero que haya una sociedad más civilizada. El problema es la educación. O cambia este sitio, o me voy de aquí». Su vida podría ser cómoda si aceptara las convenciones. Pero Hadia Hamed ha hecho lo posible por no respetarlas del todo.

Antes de irse del restaurante yemení, Hadia Hamed me pidió que nos tomásemos una foto para mostrársela, «algún día», a su pareja. «Él aún no es tan abierto de mente —me dijo—. Lo estoy intentando porque lo quiero». Por entonces Teresa González era como su salvoconducto hacia el resto del mundo. En el siglo XXI, se repite la historia de las bailarinas esclavas del siglo I en los califatos árabes: cuando ellas dejaban de moverse para los jerarcas del palacio, bailaban para las mujeres que esperaban lejos del salón principal. En ese caso, más que la danza del vientre, lo que les ofrecían era lecciones de seducción. Las esclavas eran, paradójicamente, más libres en su cautiverio: tenían acceso a la información que sólo se comparte en fiestas privadas y así tenían más influencia sobre los hombres que las señoras de la casa. «Yo bailo siempre mirando a las mujeres —me dijo la catalana en el barco Memphis—. Ellas bailan con los ojos». Su amiga Hadia Hamed quiere dedicarse a la fotografía, pero de interiores o de paisajes, porque no podría fotografiar, por ejemplo, una boda. «Las bodas acaban tarde —me diría—. Y de noche tengo que estar en casa». Aunque días atrás la geógrafa se escapó y fue a ver bailar a su amiga secreta. A Hadia Hamed sólo le está permitido bailar para su marido. Como toda recién casada, también recibió como regalo de boda de su esposo un traje de baile, un modelo similar a los que usa su amiga en el escenario. Hadia Hamed sólo puede vestirse con él en su intimidad.

Hacía un buen tiempo que la bailarina no tenía pareja. «Si sigo viviendo aquí —me dijo ella—, algo voy a tener que hacer». Los hombres en su casa tienen prohibida la entrada, y la mayoría de los egipcios que busquen algo más que un pasaporte europeo no se casarían con una mujer que no fuera virgen. «Lleva mucho tiempo entender cómo funciona todo esto», me dijo Sara Farouk Ahmed, una mujer británica que lleva veinte años viviendo en El Cairo casada con un egipcio. Su nombre occidental es Maureen O’Farrell. La bailarina la escucha como a una maestra desde que se conocieron en el festival de danza donde ella bailó. En el Reino Unido, a Miss O’Farrell la gente la reconocía por la calle por haber interpretado un papel protagónico en la serie de televisión The Widows que la BBC emitía en los ochenta. Indignada por la participación de Gran Bretaña en la guerra del Golfo Pérsico, la actriz abandonó su país y desde entonces en El Cairo suele tapar su cabeza con un velo. «Odié a mi país —me dijo—, a los americanos y a los británicos». Por esos días, la maestra británica le corregía a su discípula española la posición de las manos y los brazos para bailar la danza del vientre. «Ella tiene un ojo y un criterio tan fino —precisó la catalana— que puede corregirme cosas que ninguna otra bailarina podría». Sara Farouk Ahmed es la representante de Randa Kamel, una de las bailarinas más famosas de Egipto, y trabaja de asistente de producción en una productora de películas. Ella animó a la catalana a que siguiera su carrera en El Cairo. En la revolución de 2011, le ayudó a encontrar el departamento donde vive.

Sara Farouk Ahmed le explicó también la posición que debía adoptar debajo del escenario. «En Egipto el concepto de público y privado es diferente que en Europa. Aquí tu nombre no debes decirlo nunca, porque el nombre es del mundo privado. Tu parte pública como mujer te la da tu familia. Debes decir soy la mujer de, la madre de o la hija de. Ese es tu nombre», le dijo. En Egipto, Teresa González no es de nadie. Su nombre real sólo lo saben sus amigos y su portero. Sara Farouk Ahmed fumaba cigarrillos rubios y bebía vino blanco en su casa, y a la vez hacía el ayuno que exigía la celebración musulmana anual del Ramadán. «A mí no me importa la religión en sí misma, sino la decencia que te puede aportar —me dijo—. Es más una decisión política que religiosa». Ella se convirtió al Islam y fuera de casa se presenta con el apellido de su marido. «A mí me gusta esa forma de pensar que tienen aquí. Se traduce en una expresión: Insha’Allah (Si dios quiere). El occidental, en cambio, siempre es rotundo: las cosas son blanco o negro. Los egipcios tienen un plan, pero si no funciona pasan a otro». La señora Farouk pondera la capacidad egipcia de improvisar. Viniendo de un país como Inglaterra, donde la puntualidad es un patrón de conducta, la ex actriz de televisión admira a quienes sobreviven en la ciudad más grande de África, donde la mayoría vive con un sueldo promedio de sesenta euros mensuales y donde el tráfico en sus calles sin semáforos es tan denso que produce uno de los doce niveles más altos de contaminación en el mundo. La bailarina japonesa Kaoru Sunami, dijo algo similar. «En Japón todo es control y estrés. Me gusta que aquí puedes dejar las cosas al azar». Sunami vivía en el confort disciplinado que la Opera House de El Cairo exige a sus bailarinas, y encontraba en Egipto una especie de refugio para el relax. Sin embargo, por esos días la policía egipcia había irrumpido en el edificio de Sara Farouk porque dos estudiantes habían entrado con una prostituta, y los vecinos los apuñalaron. Una prostituta en su edificio era un atentado a la moral religiosa. La delató el portero.

Si tuvieran que elegir entre un partido político atado a una doctrina religiosa que obliga a las mujeres a cubrirse y un gobierno militar que ve a las bailarinas como un recurso para representar al país, Sara Farouk se queda con los militares. Teresa González, lo mismo. Dominar las emociones del público es un arma política. Entre las bailarinas esclavas llegadas a Egipto durante el siglo XVI, las más influyentes eran un grupo de mujeres de la tribu Gawazi, que aumentaban su brillo con los mismos abalorios y tatuajes que las mujeres de la época faraónica. Su popularidad era tal que el gobernante de Egipto Mohamed Ali las extraditó de El Cairo por miedo de que influyeran en sus tropas, que en el siglo XIX se enfrentaban con los invasores otomanos. La historiadora británica Leona Wood documentó que la danza del vientre de entonces había tomado su esencia de fábulas poéticas y se creía que sus movimientos eran rituales mágicos. El poder político de las bailarinas provenía de la suma de sus individualidades. Eran el núcleo resistente de la danza más tradicional, y también de una ideología, la de su tradición tribal. El cuerpo de una bailarina es mucho más que un cuerpo deseado: es el cuerpo de un mensaje. En el Egipto actual, las leyes estrictas que protegen la moral pública dejan de regir cuando se censura el debate político ante cámaras y se anuncian espectáculos televisados de la danza del vientre. «Yo no sé nada de política en realidad. Y soy muy influenciable», me dijo la bailarina.

La danza del vientre es un baile solista y anárquico. Pero las escuelas de danza han codificado uno que otro paso: un shimi de cadera es hacer vibrar la cintura, un contra camello es arquear la espalda hasta que el cuerpo queda como un signo de interrogación. «Yo no pienso en nada de eso cuando bailo. Lo importante es escuchar las canciones y traducirlo con el cuerpo —me había explicado mientras ensayaba—. Aprendí árabe porque el secreto de la danza está en la interpretación de las letras». El vestido y los accesorios que lleva una bailarina han sido siempre algo más que adornos o ropas flexibles que faciliten el movimiento del cuerpo. Teresa González compraba su vestuario en el taller de costura y confección de Eman Zaki, una ex bailarina que hoy es la mayor exportadora de trajes artesanales de danza árabe del mundo. Su lugar es como esos parques de atracciones de pueblo, repleto de luces de colores, telas con remiendos y operarios con caras cansadas. Es un punto de encuentro de mujeres de apariencia convencional que pueden lucir extraordinarias con esos trajes. La rutina de la bailarina catalana era siempre la misma: calentar sus músculos y encender su reproductor MP4. Su canción favorita, Tópico del amor, dice: «La gente que ama es desafortunada». Durante su ensayo, la bailarina hundía el vientre con dramatismo, como si le doliera, mientras cantaba en voz baja.

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La ex estudiante de Química se fotografía cada noche con los turistas que abordan el barco Memphis en un atracadero de Maadi, un barrio costero del sur de El Cairo. Muchos de ellos son hombres, pero la mayoría son familias con niños, abuelos, esposas y grupos de amigas que andan de viaje. Todos esperan ver la danza exótica que tuvo su época de glamour en las primeras décadas del siglo XX. Del esplendor de antaño sólo queda en el centro de El Cairo el vetusto cabaret Scheherazade, que significa «hija de la ciudad» y es el nombre de la protagonista de Las mil y una noches. Hoy las molduras pintadas de oro de su techo alto están descascaradas. «Si quieres trabajar allí te tienes que prostituir», me dijo Teresa González. Hoy, entre la decrepitud del viejo cabaret y el souvenir fotográfico del barco, como si fuese una foto velada, se diluye el reconocimiento que las bailarinas tuvieron antes en el mundo árabe. En el barco Memphis no sólo es importante saber bailar. Teresa González debía hacerlo una y otra vez, noche tras noche, sin perder técnica ni intensidad. Igual que la Scheherazade en el libro Las mil y una noches, la catalana sobrevive en su trabajo gracias a su talento y oficio para contar bien una historia. Scheherazade lo hacía con palabras; Teresa González con el cuerpo.

Un show de la danza del vientre para turistas siempre será la versión reducida de una obra concebida para hipnotizar. La última vez que la vi bailando, esa noche al ritmo de los tambores y el teclado, la ex científica bailó apenas cinco minutos de una canción que suele extenderse por una hora y media. Pero en los ensayos, en la habitación de su apartamento, ella bailaba la canción completa mientras se repetía en voz baja la letra que ella comprendía hasta memorizarla. Mientras en El Cairo yo escuchaba relatos con lamentos de una revolución popular fracasada, Teresa González, en cambio, celebraba con su trabajo de cada noche el triunfo de su revolución personal: dejar las fórmulas exactas para vivir de la improvisación. A diferencia de sus amigos egipcios más queridos, la bailarina catalana no estaba a favor de la revolución. Todas las bailarinas de mitad del siglo XX que ella admiraba, desde Samia Gamal a Fifi Abdou, crecieron con gobiernos militares y fuera de Egipto. «Yo creo que deben pasar unos cien años para que la gente cambie la mentalidad y tengamos una democracia en serio», me dijo Mohamed Moez, el empleado en la tienda de papiros que perdió a su hermano en la revolución. En un país como Egipto, el núcleo inicial y minoritario de la revolución fueron jóvenes universitarios. En la cultura del Insha-Alah —dios quiera—, aparte de Ramy Mohamed El-Telbany que se marchó a Dubai, todos los amigos de Teresa González se atrevieron a luchar por una revolución que no perduró. Pero, a diferencia de la bailarina española, ninguno de ellos se fue de la casa de sus padres y ninguno se siente en libertad de presentar a su familia a su amiga bailarina. Ninguno hizo su revolución personal. Ramy Mohamed El-Telbany era el único de sus amigos varones que no vivía con su mamá.

Cuando él se encontró con su amiga catalana después de tres años de trabajar en un hotel de Dubai, ambos se abrazaron en medio de una calle penumbrosa de El Cairo. «Es una mezcla entre una bailarina y una persona que quiere aprender mucho —me dijo él—. Las chicas por esta zona no son así. Una chica que quiere hablar y tiene el corazón para viajar a un país del que no sabe nada es única». Cuando Egipto era para ella un mundo por descifrar, Ramy Mohamed El-Telbany le enseñó esa forma simplificada de escribir su idioma, que es el franco árabe, reemplazando fonemas que no existen en inglés con números. También la invitó a conocer a su familia: el padre, la madre y sus tres hermanos. Su amiga era entonces una chica sonriente que escuchaba hablar árabe sin entenderlo. «Soy el provocador de todo esto —insistiría después Felipe González, el padre de la bailarina—. Yo le digo: decide lo que creas que es mas importante. En la vida, lo peor es no decidir». Gracias al apoyo de su padre la bailarina dejó sus estudios de Química. No muchas mujeres deciden aterrizar en un país cuyo futuro se discute en medio de un terremoto social.

Desde el departamento de la bailarina de la danza del vientre, la pirámide de Keops se ve tan gigante que uno tiene la sensación de poder tocarla al sacar la mano por su ventana. Desde las pirámides, en cambio, El Cairo se extiende como una ciudad enorme, plana, confusa y gris. A los pies de los templos funerarios permanecen incólumes las plataformas de piedra donde las ceremonias religiosas eran celebradas con música y baile. En el centro de El Cairo, la plaza Tharir, símbolo de la revolución popular que logró derrocar una dictadura, sigue siendo un territorio gris y en disputa. Las bailarinas, un objeto de injuria. La revolución de los jóvenes egipcios le quitó protagonismo a las viejas pirámides cuando la gente comenzó a clamar por democracia. También separó a los amigos. Esa noche, antes de despedirse, Teresa González me dijo que viajaría con Ramy Mohamed El-Telbany hasta la ciudad de Mansoura, a ciento veinte kilómetros al norte de El Cairo, donde vive la familia de él. Le pidió a su amigo volver a su casa materna, y él aceptó: Teresa González aprendió el árabe y quería hablar con su madre. En el país donde la palabra bailarina es un insulto, un joven egipcio cometió un acto revolucionario: llevar a una amiga bailarina a conversar con su mamá.

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MÁXIMA ACUÑA
LA DAMA DE
LA LAGUNA AZUL
VERSUS
LA LAGUNA NEGRA

Una de las mineras de oro más ricas del mundo intenta desalojar a una campesina que vive en un terreno que esta compañía reclama como suyo. La empresa Yanacocha y el gobierno del Perú apuestan por un proyecto, Conga, para explotar una gran reserva de oro. Dicen que de él depende el progreso del país. Máxima Acuña se niega a irse de su casa y cambiar la única vida que conoce. Por años ha vivido frente a una laguna que Yanacocha proyecta convertir en un depósito de desechos tóxicos.

¿Vale más el oro de todo un país que la tierra y el agua de una familia?

Un perfil de Joseph Zárate
Fotografías de Antonio Sorrentino / Phoss

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Fotografía de Antonio Sorrentino / Phoss

Una mañana de enero de 2015, con el fin de poner los cimientos de una casa, Máxima Acuña Atalaya picaba las piedras de una colina con golpes secos y certeros como los de un leñador. Acuña mide menos de un metro y medio, pero carga rocas del doble de su peso sobre la espalda y destaza un carnero de cien kilos en minutos. Cuando visita la ciudad de Cajamarca, la capital de la sierra norte del Perú donde ella vive, teme que la atropellen los autos, pero es capaz de enfrentar a una retroexcavadora en movimiento para defender el terreno que habita, el único con abundante agua para sus cultivos. Nunca aprendió a leer y escribir, pero desde 2011 ha impedido que una minera de oro la expulse de su casa. Para campesinos, defensores de derechos humanos y ecologistas, Máxima Acuña es un ejemplo de coraje y resistencia. Para quienes el progreso de un país depende de explotar sus recursos naturales, Máxima Acuña es una campesina terca y egoísta. O, peor aún, una mujer que busca sacarle dinero a una compañía millonaria.

—Me han dicho que debajo de mi terreno y de la laguna hay bastante oro —dice Máxima Acuña, con su voz aguda—. Por eso quieren que me largue de aquí.

La laguna se llama Azul, pero ahora luce gris. Aquí, en las montañas de Cajamarca, a más de cuatro mil metros de altitud, una espesa niebla lo cubre todo y disuelve el perfil de las cosas. No se oyen cantos de aves, ni hay árboles altos, ni cielo azul, ni flores en los alrededores, porque casi todas mueren congeladas por el viento frío cercano a los cero grados. Todas excepto las rosas y las dalias que Máxima Acuña lleva bordadas en el cuello de su blusa. La vivienda de barro, piedras y calaminas donde vive ahora, dice, está a punto de derrumbarse por las lluvias. Necesita construir una casa nueva, aunque no sabe si conseguirá hacerlo. Más allá de la niebla, a unos metros frente a su predio, está la Laguna Azul, donde hace unos años Máxima Acuña pescaba truchas junto a su esposo y sus cuatro hijos. La campesina teme que la empresa minera Yanacocha la despoje de la tierra donde vive y convierta la Laguna Azul en un depósito para unos quinientos millones de toneladas de desechos tóxicos que saldrán de un nuevo tajo minero.

En quechua, Yanacocha significa ‘Laguna Negra’. También es el nombre de una laguna que dejó de existir a inicios de los noventa para dar paso a una mina de oro de tajo abierto considerada en su mejor época la más grande y rentable del mundo. Debajo de las lagunas de Celendín, la provincia donde viven Máxima Acuña y su familia, hay oro. Para extraerlo, la minera Yanacocha ha diseñado un proyecto llamado Conga que, según economistas y políticos, llevaría al Perú hacia el Primer Mundo: vendrían más inversiones y por tanto más puestos de trabajo, modernas escuelas y hospitales, lujosos restaurantes, nuevas cadenas de hoteles, rascacielos y, como anunció el Presidente del Perú, quizá hasta un tren subterráneo en la capital. Para conseguir todo ello, sin embargo, Yanacocha dice que será necesario secar una laguna ubicada a más de un kilómetro al sur de la casa de Máxima Acuña, para convertirla en una mina de tajo abierto. Después, utilizaría otras dos lagunas para depositar allí los desechos. La Laguna Azul es una de ellas. Si eso sucede, dice la campesina, podría perder todo lo que su familia posee: las casi veinticinco hectáreas de tierra rebosante de ichu y otros pastos alimentados por manantiales. Los pinos y queñuales que le proveen de leña. Las papas, ollucos y habas que hay en su chacra. Y, sobre todo, el agua que beben su familia, sus cinco ovejas y sus cuatro vacas. A diferencia de sus vecinos que vendieron sus tierras a la compañía, la familia Chaupe-Acuña es la única que todavía vive junto a la futura zona de extracción del proyecto minero: el corazón de Conga. Ellos dicen que jamás se irán de allí.

—Algunos comuneros dicen que por mi culpa no tienen trabajo. Que la mina no funciona porque estoy acá —dice la campesina—. ¿Qué hago? ¿dejo que me quiten mi terreno y mi agua?

Máxima Acuña se detiene, deja de picar las rocas y se seca el sudor de la frente. Su pelea con Yanacocha, cuenta, se inició con la construcción de un camino. Una mañana de 2010, Acuña se levantó con un dolor punzante en el vientre. Tenía una infección en los ovarios que no la dejaba caminar. Sus hijos alquilaron un caballo para llevarla hasta la choza que heredaron de su abuela, en un caserío a ocho horas de allí, para que se recuperara. Un tío suyo se quedaría a cuidar su chacra. Tres meses después, cuando logró reponerse, ella y su familia regresaron a casa, pero encontraron algo distinto en el paisaje: la antigua trocha de tierra y piedras que cruzaba una parte de su predio se había convertido en un camino amplio y llano. Unos obreros de Yanacocha, les dijo su tío, habían llegado con aplanadoras. La campesina fue a reclamar a las oficinas de la compañía en las afueras de Cajamarca. Insistió durante días hasta que un ingeniero la recibió. Ella le mostró su certificado de posesión.

—Ese terreno es de la mina —dijo él, mientras ojeaba el documento—. La comunidad de Sorochuco lo vendió hace años. ¿Acaso no sabía?

Sorprendida y enfadada, la campesina solo tenía preguntas. ¿Cómo podía ser eso cierto si ella había comprado esa parcela en 1994 al tío de su marido? ¿Cómo podía ser si ella había criado ganado ajeno y ordeñado vacas durante años para ahorrar el dinero? Ella había pagado dos toros, de casi cien dólares cada uno, para adquirir ese terreno. ¿Cómo podía ser Yanacocha dueña del predio Tragadero Grande si ella tenía un papel que decía lo contrario? Esa tarde el ingeniero de la empresa la despidió de su oficina sin respuestas.

Medio año después, en mayo de 2011, días antes de su cumpleaños número cuarenta y uno, Máxima Acuña salió temprano a casa de una vecina para tejerle una frazada de lana de oveja. Al regresar encontró su choza reducida a cenizas. Los corrales de sus cuyes estaban tirados. La chacra de papas destruida. Las piedras que su esposo Jaime Chaupe juntaba para construir una casa estaban desperdigadas. Máxima Acuña denunció a Yanacocha al día siguiente, pero la denuncia fue archivada por falta de pruebas. Los Chaupe-Acuña construyeron una choza provisional. Intentaron seguir con sus vidas hasta que llegó agosto de 2011. El relato de Máxima Acuña y su familia sobre lo que Yanacocha les hizo a inicios de mes, es una secuencia de abusos que temen que se vuelva a repetir.

El lunes 8 de agosto un policía llegó hasta la choza y pateó las ollas donde preparaban el desayuno. Les advirtió que debían dejar el terreno. No lo hicieron.

El martes 9 unos policías y vigilantes de la minera confiscaron todas sus cosas, desataron la choza y le prendieron fuego.

El miércoles 10 la familia durmió a la intemperie sobre la pampa. Se taparon con ichu para protegerse del frío.

El jueves 11 un centenar de policías con cascos, escudos antimotines, garrotes y escopetas fueron a desalojarlos. Una retroexcavadora venía con ellos. La hija menor de Máxima Acuña, Jhilda Chaupe, se arrodilló frente a la máquina para impedir que ingresara al terreno. Mientras unos policías intentaban apartarla, otros apaleaban a su madre y hermanos. Un suboficial golpeó a Jhilda en la nuca con la culata de una escopeta, ella se desmayó y el escuadrón, asustado, se replegó. Ysidora Chaupe, la hija mayor, grabó el resto de la escena con la cámara de su celular. El video dura un par de minutos y se puede ver en Youtube: su madre grita, su hermana está inconsciente en el suelo. Los ingenieros de Yanacocha miran de lejos, al lado de sus camionetas. Los policías formados están a punto de marcharse. Ese día fue el más frío de ese año en Cajamarca, aseguran los meteorólogos. Los Chaupe-Acuña pasaron la noche a la intemperie a siete grados bajo cero.

La empresa minera ha negado esas acusaciones una y otra vez ante jueces y periodistas. Piden pruebas. Máxima Acuña sólo tiene certificados médicos y fotos que registran los moretones que le dejaron en los brazos y las rodillas. Ese día, la policía redactó un acta que acusa a la familia de haber atacado a ocho suboficiales con palos, piedras y machetes, pero a la vez reconoce que no tenía poder para desalojarlos sin el permiso de un fiscal.

—¿Has escuchado que las lagunas se venden? —pregunta Máxima Acuña, mientras levanta una pesada roca con las manos— ¿O que los ríos se venden, el manantial se vende y se prohíbe?

Después de que los medios difundieran su caso, la lucha de Máxima Acuña ganó seguidores en el Perú y el extranjero, pero también escépticos y enemigos. Para Yanacocha, ella es una usurpadora de tierras. Para miles de campesinos en Cajamarca y activistas del medio ambiente ella es La Dama de la Laguna Azul, como la empezaron a llamar cuando su resistencia se hizo conocida. La vieja metáfora de David contra Goliat se volvió inevitable: era la palabra de una campesina contra la de la minera de oro más poderosa de Latinoamérica. Pero lo que estaba en juego, en realidad, involucraba a todos: el caso de Máxima Acuña enfrenta diferentes visiones de aquello que llamamos progreso.

 

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Fotografía de Antonio Sorrentino / Phoss

 

***

Salvo las ollas de acero en las que cocina y el diente postizo de platino que luce cuando sonríe, Máxima Acuña no tiene otro objeto de metal que sea valioso. Ni un anillo, ni una pulsera, ni un collar. Ni de fantasía ni de metal precioso. Le cuesta entender la fascinación que sienten las personas por el oro. Ningún otro mineral ha seducido y trastornado tanto la imaginación humana como el destello del metal con el símbolo químico Au. Basta revisar cualquier libro de Historia Universal para confirmar que el deseo de poseerlo ha precipitado guerras y conquistas, fortificado imperios, arrasado montañas y bosques. Hoy el oro convive con nosotros desde prótesis dentales hasta componentes de celulares y laptops, desde monedas y trofeos hasta lingotes de oro en bóvedas bancarias. El oro no es vital para ningún ser vivo. Sirve, sobre todo, para alimentar nuestra vanidad y nuestras ilusiones de seguridad: cerca del sesenta por ciento del oro que se extrae en el mundo termina en forma de joyas. Y un treinta por ciento se utiliza como respaldo financiero. Sus principales virtudes —no se oxida, no pierde su brillo, no se deteriora con el tiempo— lo vuelven uno de los metales más codiciados. El problema es que cada vez hay menos oro para explotar.

Desde niños hemos imaginado que el oro se extrae por toneladas y que cientos de camiones lo transportan en forma de lingotes hasta las bóvedas de los bancos, pero en realidad es un metal escaso. Si pudiéramos juntar todo el oro que se ha obtenido a lo largo historia y lo derritiéramos, apenas alcanzaría para llenar dos piscinas olímpicas. Sin embargo, para obtener una onza de oro —cantidad suficiente para fabricar un anillo de matrimonio— hace falta extraer cerca de cuarenta toneladas de tierra, tanto como para llenar treinta camiones de mudanza. Los depósitos más ricos del planeta se agotan y cada vez es más difícil hallar nuevas vetas. Casi todo el mineral que queda por extraer —una tercera piscina— yace enterrado en minúsculas cantidades bajo montañas y lagunas inhóspitas. El paisaje que queda luego de la extracción revela un contraste superlativo: mientras que las compañías mineras dejan agujeros en la tierra tan descomunales que pueden verse desde el espacio, las partículas extraidas son tan diminutas que hasta doscientas de ellas cabrían en la cabeza de un alfiler. Una de las últimas reservas de oro del mundo yace bajo los cerros y lagunas de Cajamarca, en la sierra norte del Perú, donde la minera Yanacocha opera desde fines del Siglo XX.

El Perú es el exportador de oro número uno de América Latina y el número seis del mundo, después de China, Australia y Estados Unidos. Esto se debe, en parte, a las reservas de oro que tiene el país y a las inversiones de transnacionales como Newmont, el gigante de Denver, quizá la minera más rica del planeta y dueña de más de la mitad de las acciones de Yanacocha. En un solo día Yanacocha excava unas quinientas mil toneladas de tierra y roca, un peso equivalente a quinientos aviones Boing 747. Montañas enteras desaparecen en semanas. Hasta fines de 2014, una onza de oro costaba cerca de mil doscientos dólares. Para extraer esa cantidad, necesaria para fabricar unos aretes, se producen casi veinte toneladas de residuos con restos de químicos y metales pesados. Estos desechos son tóxicos por una razón: hay que verter cianuro sobre la tierra removida para extraer el metal. El cianuro es un veneno mortal. Una cantidad del tamaño de un grano de arroz basta para matar a un ser humano, y un millonésimo de gramo disuelto en un litro de agua puede matar decenas de peces de un río. La minera Yanacocha insiste en que el cianuro se mantiene dentro de la mina y es tratado con los más altos estándares de seguridad. Muchos cajamarquinos no creen que esos procesos químicos sean tan limpios. Para probar que su miedo no es absurdo o antiminero cuentan la historia de Hualgayoc, una provincia minera donde las aguas de dos de sus ríos son de color rojo y donde ya nadie se baña. O la de San Andrés de Negritos, donde una laguna que abastecía a la comunidad se contaminó con el aceite quemado que se filtraba de la mina. O la del pueblo de Choropampa, donde un camión que transportaba mercurio derramó el veneno por accidente e intoxicó a cientos de familias. Como actividad económica, cierto tipo de explotación minera resulta inevitable y necesaria para llevar la vida que llevamos. Sin embargo, la minería, aún la más avanzada en tecnología y la menos agresiva con el ambiente, es considerada una industria sucia en todo el mundo. Para Yanacocha, que ya tiene antecedentes en el Perú, limpiar su imagen de errores ambientales puede ser una tarea tan difícil como resucitar las truchas de un lago contaminado.

El rechazo de las comunidades preocupa a los inversionistas mineros, pero no tanto como la posibilidad de que sus ganancias disminuyan. Según la empresa Yanacocha, solo quedan reservas de oro para cuatro años más en sus minas en actividad. El proyecto Conga —que será casi tan grande como una cuarta parte de Lima— permitiría continuar con el negocio. Yanacocha explica que deberá secar cuatro lagunas, pero que construirá cuatro reservorios de agua que se alimentarán de las lluvias. Según su estudio de impacto ambiental, será suficiente para abastecer a las cuarenta mil personas que beben de los ríos nacidos de aquellas fuentes. La minera explotará oro durante diecinueve años pero promete emplear a unas diez mil personas e invertir casi cinco mil millones de dólares que le darán al país más dinero en impuestos. Esa es su oferta. Los empresarios tendrían más dividendos y el Perú más fondos para invertir en obras y puestos de trabajo, la promesa de prosperidad para todos.

Pero así como hay políticos y líderes de opinión que apoyan el proyecto por motivos económicos, también hay ingenieros y ambientalistas que se oponen por razones de salud pública. Expertos en manejo de aguas como Robert Moran, de la Universidad de Texas, y Peter Koenig, ex funcionario del Banco Mundial, explican que las veinte lagunas y seiscientos manantiales que existen en la zona del proyecto Conga forman un sistema interconectado de agua. Una especie de aparato circulatorio creado durante millones de años que alimenta a los ríos y riega las praderas. Dañar cuatro lagunas, dicen los expertos, afectaría para siempre todo el conjunto. A diferencia de otras zonas de los Andes, en la sierra norte del Perú —donde vive Máxima Acuña—, no existen glaciares para abastecer de suficiente agua a sus habitantes. Las lagunas de estas montañas sirven como reservorios naturales. La tierra negra y los pastos funcionan como una extensa esponja que absorbe las lluvias y la humedad de la niebla. De ahí nacen los manantiales y los ríos. Más del ochenta por ciento del agua en el Perú se destina a la agricultura. En la cuenca central de Cajamarca, según un reporte del Ministerio de Agricultura de 2010, la cantidad de agua utilizada por toda la minería en un año representó casi la mitad de lo que consumió la población de la zona durante el mismo periodo. Hoy miles de agricultores y ganaderos temen que la explotación de oro contamine las únicas fuentes de agua que tienen.

En Cajamarca y otras dos provincias implicadas en el proyecto, los muros de algunas calles están pintados con grafitis: «Conga no va», «Agua sí, oro no». En 2012, el año más tenso de las protestas contra Yanacocha, la encuestadora Apoyo anunciaba que ocho de cada diez cajamarquinos estaba en contra del proyecto. En Lima, donde se toman las decisiones políticas del Perú, la bonanza crea el espejismo de que el país seguirá llenando sus bolsillos de dinero. Pero eso solo será posible si Conga va. De lo contrario, advierten algunos líderes de opinión, ocurrirá una catástrofe. «Si Conga no va, sería como dispararnos a los pies», escribió en una columna el ex ministro de economía Pedro Pablo Kuczynski. Para los empresarios, el proyecto Conga sería un salvavidas: el hito del Antes y el Después. Para campesinos como Máxima Acuña, también significaría una bisagra en su historia: sus vidas no volverán a ser las mismas si pierden su principal riqueza. Hay quienes dicen que la historia de Máxima Acuña es utilizada por grupos antimineros que se oponen al desarrollo del país. Sin embargo, hace tiempo que las noticias locales empañan el optimismo de los que quieren inversiones a toda costa: hasta febrero de 2015, en promedio siete de cada diez conflictos sociales en el Perú fueron causados por la actividad minera, según la Defensoría del Pueblo. En los últimos tres años, uno de cada cuatro cajamarquinos ha perdido su empleo. De acuerdo a las estadísticas oficiales, Cajamarca es la región que más oro produce pero la que más pobres tiene en todo el país.

 

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Fotografía de Antonio Sorrentino / Phoss

 

***

Si alguien intentara visitar a Máxima Acuña puede que una tranquera de metal se lo impida. Para llegar a su casa, es necesario viajar cuatro horas en furgoneta desde Cajamarca a través de valles, cerros y abismos hasta los alrededores de la Laguna Azul. Hacerlo no sería complicado si no hubiera que pasar por el puesto de vigilancia del proyecto minero Conga. Si eres de Lima o del extranjero, no te dejarán continuar. Si dices que vas a visitar a Máxima Acuña no pasarás, a menos que saques una cámara de televisión. «Esa señora tiene problemas con la mina», dirá el vigilante, con chaleco naranja y walkie-talkie en la mano. Entonces te hará bajar del vehículo y anotará tu nombre en una libreta y le dirás que ese es un camino público y el repetirá que no, señor, no se puede, esta vía es sólo para comuneros. Si insistes, llamará a los policías que patrullan en una camioneta de la minera. «Es propiedad privada», dirán ellos. Entonces quizá pagues algo extra al chofer que te ha llevado hasta ahí para tomar un desvío y viajar dos horas más hasta Santa Rosa, la comunidad más cercana a la casa de los Chaupe-Acuña. Llegarás de noche. A cambio de más dinero, un campesino tal vez acepte llevarte en su motocicleta por una trocha llena de charcos, hasta llegar cerca a otro puesto de vigilancia. Entonces tendrás que bajar de la moto y cruzar una colina, a oscuras y agachado, para que los guardias de Yanacocha no te vean. Al otro lado, la motocicleta espera. Sigues. Diez minutos después llegas al terreno. Todo alrededor es barro y pasto y neblina. Ladran unos perros. Enciendes la linterna para divisar la casa. Caminar por allí de noche es como andar a ciegas.

—Aquí vivimos secuestrados —dijo Máxima Acuña la noche en que la conocí, mientras atizaba la leña para calentar una olla de sopa—. No podemos salir lejos, no podemos recibir visitas, no podemos caminar con libertad. Es muy triste vivir como yo vivo.

***

Tres décadas antes de convertirse en La Dama de la Laguna Azul, Máxima Acuña era una niña a la que le aterraban los policías. Cada vez que veía uno por las calles de su pueblo, lloraba y se aferraba a la falda de su madre. La asustaban aquellos hombres de uniforme verde petróleo y botas polvorientas. Máxima, la tercera de cuatro hermanos, era demasiado tímida. Cuando llegaban visitas a su hogar en el caserío de Amarcucho, a setenta kilómetros al norte de Cajamarca, ella se escondía. No tenía amigas. No jugaba con muñecas, pero le gustaba confeccionar ropa para los recién nacidos de su barrio. Con los años su cuerpo cambió pero no su personalidad. No salía a fiestas. No hablaba con chicos. «En realidad, no hablaba con nadie y era bien terca», recuerda Jaime Chaupe, su esposo, quien se casó con ella cuando tenía dieciocho años, después de insistirle durante cuatro. Ella pasaba el día tejiendo sombreros o limpiando los corrales de los cuyes o recogiendo leña y ayudando a su madre en la chacra. Su padre murió cuando era una niña y nunca la enviaron a la escuela. Deseaba crecer pronto para trabajar, tener su propia chacra y comprarse un par de zapatos. Quería que, si algún día tenía hijos, no caminaran descalzos como ella.

Máxima Acuña dice que descubrió que tenía coraje cuando vio cómo la policía golpeaba a su familia, en el primer enfrentamiento con la minera Yanacocha. Durante sus primeros años de matrimonio la familia de su esposo la marginaba por ser analfabeta. Por eso siempre fue muy severa con sus hijos al punto de pegarles si no estudiaban. A lo largo de casi cinco años de juicios, apelaciones y audiencias que tuvo desde que la intentaron desalojar de Tragadero Grande, supo qué otras cosas no quería para su vida. Decidió, por ejemplo, que jamás viviría en una ciudad. La primera vez que fue a Cajamarca para denunciar la destrucción de su primera choza, casi la atropellan dos veces por no saber qué significaba la luz roja del semáforo. Descubrió que el humo de los autos le provoca sarpullido, que los tallarines de los restaurantes le saben asquerosos, que detesta el sabor de las aceitunas y que no puede salir a la calle sola porque siempre se pierde. También descubrió que podía expresar lo que sentía a través de canciones. A Máxima Acuña le gusta cantar. En las marchas junto a otros campesinos y activistas, nunca falta alguien que le anima a pararse ante la multitud e improvisar un yaraví —un canto andino triste— que narra su lucha. Cuando comenzó su pelea con Yanacocha descubrió también cómo se llamaba: siempre había pensado que ella era Maximina, como le decía su madre, hasta que su abogada, al leerle su documento de identidad, le dijo que su verdadero nombre era Máxima. El suyo era un nombre sin diminutivos.

 

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Fotografía de Antonio Sorrentino / Phoss

 

***

Un día antes de que Máxima Acuña tomara un avión rumbo a Ginebra para denunciar su caso en las Naciones Unidas, Rocío Silva Santisteban, secretaria ejecutiva de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, recuerda que pasó la tarde con ella en su departamento en Miraflores. Silva Santisteban dice que cuando salieron a pasear por el malecón, Máxima miraba todo con curiosidad: jamás había visto construcciones tan altas, ni cruzado avenidas tan luminosas. Jamás había visto el mar de noche ni desde esa distancia. Pero lo que más le intrigaba era cómo hacían los limeños para llevar agua hasta el último piso de los edificios.

Antes de convertirse en un ícono de lucha antiminera, a Máxima Acuña le sudaban las manos y se ponía nerviosa al hablar ante una autoridad. Le costó aprender a defenderse delante de un juez. Después que intentaran desalojarla en agosto de 2011, Yanacocha denunció a la familia Chaupe-Acuña por el delito de usurpación agravada. Según los abogados de la empresa, los campesinos habían invadido el terreno luego de golpear a policías y vigilantes privados. Desde esa fecha, la familia tuvo que asistir a las audiencias —primero en Celendín, la provincia donde viven, y luego en Cajamarca— pero no tenían dinero para el transporte. Los esposos Chaupe-Acuña debían levantarse de madrugada y caminar durante ocho horas hasta la comunidad de Sorochuco para tomar un bus que los llevara al juzgado. Cuando por fin llegaban, los magistrados solían postergar la sesión porque los representantes de Yanacocha no podían asistir. En la ciudad de Cajamarca, los cuatro hijos de Máxima Acuña estaban alertas. Ellos viven juntos en un cuarto alquilado al fondo de una carpintería. Allí comen, estudian y duermen. Dicen que se mudan cada cierto tiempo por seguridad. Una noche dos hombres con pasamontañas amenazaron de muerte a Ysidora Chaupe cuando salía de la universidad donde estudia Contabilidad. Daniel Chaupe, su hermano menor, quien enfermó luego de que los policías lo golpearan en los pulmones, fue rechazado de un trabajo en una ferretería por ser hijo de «una antiminera». Mientras, en Tragadero Grande, Máxima Acuña y su esposo aseguran haber soportado el acoso de la empresa. Cuentan que las camionetas de Yanacocha se estacionaban frente al terreno hasta seis veces al día. Los vigilantes tomaban fotos, observaban qué hacía la familia. Un día, dice Máxima, un vehículo de la mina atropelló a dos carneros y robó dos más. En otra ocasión mataron a Mickey, el perro que cuidaba las ovejas y ladraba a todo aquel que se acercara a su terreno. Algunas noches dicen haber escuchado disparos. Lo cuenta toda la familia. Quisieran tener forma de probarlo.

En la corte de Celendín, los Chaupe-Acuña perdieron dos juicios. Fueron sentenciados a casi tres años de prisión y a pagar cerca de dos mil dólares como reparación a la minera. Debían abandonar ese terreno que habían invadido. Mirtha Vásquez, abogada de Máxima Acuña, explica que los jueces y fiscales no tomaron en cuenta las pruebas que había presentado la familia, como el certificado de posesión y el testimonio de los parientes a quienes habían comprado el terreno. La defensa de los Chaupe-Acuña apeló a la Corte Superior de Cajamarca y se inició un nuevo juicio. Durante esos meses, con el apoyo de la cooperación internacional, Máxima Acuña y su hija mayor viajaron a Europa para contar su caso en el extranjero. En Suiza —el país que más oro le compra al Perú— se entrevistó con una oficial del Alto Comisionado de las Naciones Unidas. En Francia se reunió con el sindicato metalúrgico y con una senadora que meses después fue a visitarla a su terreno. En Bélgica, durante un foro sobre derechos humanos, le contaron sobre otras mujeres con historias parecidas a la de ella. Yolanda Oqueli, Guatemala: madre de dos niños, baleada varias veces por liderar protestas pacíficas contra un proyecto minero que invadiría dos comunidades rurales. Carmen Benavides, Bolivia: amenazada por combatir la minería industrial que contamina el río donde habita su etnia. Francia Márquez, Colombia: perseguida por paramilitares que quieren en su pueblo minería de oro a gran escala. Francisca Chuchuca, Ecuador: denunciada por oponerse a un proyecto minero de oro que contaminaría dos ríos que abastecen a medio millón de campesinos. Entre 2012 y 2013, la Unión Latinoamericana de Mujeres registró cien agresiones a defensoras de la tierra y el agua en todo el continente. Las acusan de oponerse al progreso.

Máxima Acuña, sin embargo, es diferente a todas ellas: ella no es dirigente, ni activista, ni tiene aspiraciones de ser líder. «Solo quiero que me dejen vivir tranquila en mi terreno y que no contaminen mi agua», ha declarado. Sin proponérselo, la mujer que fue elegida Defensora del Año 2014 por la Unión Latinoamericana de Mujeres, pasó de ser una señora tímida a inspirar a quienes luchan para evitar el despojo de sus tierras. «Ella es una de las pocas personas que no se ha vendido a la mina», dice Milton Sánchez, secretario de la Plataforma Interinstitucional de Celendín, que pasó varias noches en Tragadero Grande, junto a cientos ronderos y defensores de las lagunas durante las protestas. Glevys Rondón, directora ejecutiva de la Fundación para el Monitoreo de la Actividad Minera en América Latina y traductora de Máxima Acuña durante su viaje a Europa, dice que a diferencia de la mayoría de defensoras, que tienen un discurso articulado, el de su amiga peruana es muy personal e íntimo. «En el mundo hay más Máximas», dice Rondón. En 2003, un empresario enjuició al argentino José Luis Godoy por la supuesta usurpación de un terreno que habita desde hace seis décadas y que tiene canteras de granito rojo. En 2011, la policía quemó la casa del ecuatoriano Alfredo Zambrano para que abandonara el pedazo de bosque tropical donde vive y que el gobierno expropió para construir una represa. En 2012, unos sicarios le sacaron los ojos al hijo de la venezolana Carmen Fernández por oponerse a que las tierras de su etnia sean entregadas a las mineras de carbón. En 2014, el nicaragüense Fredy Orozco fue acusado de guerrillero por no dejar que la policía lo desalojara de sus tierras de cultivos para construir un canal interoceánico. A ellos, al igual que a Máxima Acuña, los han acusado de sacrificar el progreso de sus países por un beneficio personal. De victimizarse delante de los periodistas para sacar provecho de las empresas. De ser utilizados por personas u organizaciones que trabajan para sus propios intereses.

—Todo el que cuestione a las compañías extractivas y sea un aliado de los defensores de la tierra y el agua va a ser atacado —dice el activista y ex sacerdote Marco Arana, denunciado en múltiples ocasiones por Yanacocha—. A Máxima la llaman terrateniente, a nosotros terroristas.

Máxima Acuña explica que solo quiere conservar la única vida que conoce y le pertenece: cultivar papas, ordeñar vacas, tejer mantas, beber el agua de sus manantiales y pescar truchas en la Laguna Azul sin que un vigilante le diga «esto es propiedad privada». Preferiría no tener que pelear para seguir con su vida, dice. Por eso cuando le piden que narre lo que le ha hecho la minera, a veces se niega. Dice que durante las reuniones en Europa repetía su historia diez veces al día. Terminaba tan harta y deprimida que al llegar al hotel solo podía dormir.

Cuando regresó a Lima de ese viaje, su salud colapsó. Durante esos meses, con la incertidumbre del proceso judicial, sufría dolores de cabeza, mareos y se desmayaba. Rocío Silva Santisteban la llevó al doctor. El diagnóstico: estrés severo, acentuado por los síntomas de la menopausia. Debía descansar. Le recetaron pastillas para dormir, jarabes y hormonas. Recibió terapia psicológica. Dejó de dar entrevistas. Mientras Máxima Acuña recuperaba fuerzas para su tercer juicio en Cajamarca, Yanacocha amplió su pool de abogados a seis y contrató a Arsenio Oré Guardia, una eminencia del derecho penal en el país y asesor de otras mineras poderosas como Barrick y Doe Run. La abogada Mirtha Vásquez reconoce que se sintió intimidada al litigar con Oré Guardia, autor de libros que ella había estudiado con obsesión en la universidad. Si antes habían perdido dos juicios, ahora existía el riesgo de perder contra un maestro del Derecho. La abogada Vásquez reunió a la familia Chaupe-Acuña en su oficina. Quería ser sincera: esa sentencia, les dijo, era la última oportunidad que tenían para ganar. Si perdían la familia debía considerar la posibilidad de irse a vivir a otra parte. Sí se quedaban sus vidas correrían peligro. Máxima Acuña le dijo que se quedaría a morir allí.

***

A fines de 2014, la Corte Superior de Cajamarca declaró que los Chaupe-Acuña eran inocentes de la supuesta ocupación ilegal de Tragadero Grande. Luego del fallo, Máxima Acuña creyó que la empresa minera Yanacocha dejaría de hostigarla para que se fuera. Entonces eligió con su familia una colina protegida por un cerro a doscientos metros de su casa para levantar una nueva vivienda, pues la que tenía estaba a punto de caerse por las lluvias. Ella y su familia abrieron zanjas, recolectaron piedras para las bases y empezaron a hacer las paredes con arcilla. Pero unas semanas después de que colocaran las primeras rocas, hombres de seguridad y obreros de Yanacocha ingresaron al terreno con picos y palas para destruir los cimientos. Máxima Acuña, su esposo y dos muchachos que en ese momento ayudaban a levantar los muros, intentaron defenderse con piedras. La seguridad de la minera los ahuyentó a garrotazos. Esa tarde, Yanacocha difundió un video de lo ocurrido. Dijo que el lugar donde los Chaupe-Acuña construían no pertenecía a las tierras en litigio, y que actuaron en defensa de su posesión. La abogada de Máxima Acuña desmintió a Yanacocha: el fallo de la Justicia, explicó, involucraba todo el territorio que abarca Tragadero Grande. Se trataba, dijo, de un acto intimidatorio. La policía de Cajamarca —que tiene un convenio para prestar seguridad a la minera— no intervino. Solo hubo un escuadrón de suboficiales a un lado del camino junto al terreno, observando desde lejos cómo Yanacocha deshacía en minutos lo que los Chaupe-Acuña habían construido.

 

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Fotografía de Antonio Sorrentino / Phoss

 

***

Algunas oficinas de la sede principal de la minera Yanacocha, en Lima, se llaman El Perol, Mamacocha, Chailhuagón, Azul. Son los nombres de lagunas que podrían desaparecer por la extracción de oro del proyecto Conga. El químico Raúl Farfán es director de Asuntos Externos de la compañía y tiene su despacho junto a esas oficinas. Es un hombre joven de pelo engominado y ojos atentos que una mañana me recibió en su departamento de Chacarilla, una zona residencial de Lima. Su trabajo es encargarse, entre otras cosas, de las buenas relaciones entre la minera y las comunidades. Él, quien ha dedicado la mitad de su vida a temas de responsabilidad social en compañías como Shell, Antamina y Xtrata, dijo que entendía las razones por las que la población desconfiaba de Yanacocha —«es normal que en estos casos sintamos simpatía por el más débil»— pero que no todo lo que había declarado la familia era cierto.

—No destruimos su casa —aseguró Farfán, quien llevaba diez meses en su cargo— sólo removimos los cimientos de una nueva construcción para que no sigan invadiendo nuestro predio.

Para explicar mejor las razones de esa decisión, el químico sacó un mapa. En él estaban contemplados dos terrenos comprados a la comunidad de Sorochuco en 1996 y en 1997 por el proyecto Minas Conga. Dentro de esas compras estaría incluido el predio Tragadero Grande que Máxima Acuña y su familia reclaman como suyo. La junta directiva de Sorochuco firmó los documentos de compra-venta. Samuel Chaupe, suegro de Máxima Acuña, también firmó y avaló la transferencia del terreno. De hecho, dijo Farfán, hay fotos satelitales para probar que los Chaupe-Acuña mienten al decir que vivieron allí desde 1994: en esas imágenes no hay chozas ni chacras. Para la empresa, la familia invadió los terrenos recién en 2011, cuando estalló el conflicto de Conga. Yanacocha dice que el certificado de posesión que muestra Máxima Acuña no es un título de propiedad. Que solo la comunidad de Sorochuco, que sí tenía títulos, podía vender esas tierras. Que por eso los denunció y pidió a la policía desalojarlos. Esa es su versión.

—Con la construcción de la nueva casa, estaban cometiendo una nueva invasión —dijo Farfán—. Si ves que alguien extraño construye en tu propiedad, tienes el derecho de remover esos cimientos en los quince días siguientes. Eso dice la ley. Hemos defendido nuestra posesión.

Miguel Ayala, quien era presidente de la comunidad de Sorochuco cuando se vendieron los primeros terrenos para el proyecto Conga, dice que la versión de la empresa está distorsionada.

—La minera dice que la familia ha invadido, pero cómo puede ser si hace quince años yo firmé y les di a los Chaupe el certificado de posesión de su terreno —dice—. La comunidad es testigo de que ellos vivían allí incluso desde antes de que tuvieran el certificado.

Sentado en un rincón de la bodega que tiene en Cajamarca, Ayala recuerda que los esposos Chaupe-Acuña llegaban desde Tragadero Grande a Sorochuco para hacer trueque. Traían papas y ollucos y las cambiaban por las arvejas o el maíz que otros comuneros como Ayala producían. En las alturas de Celendín, Máxima Acuña era vecina de su suegro, Samuel Chaupe, quien sí vendió su parcela a la mina porque firmó el documento que cedía los terrenos a Yanacocha.

—Máxima y Jaime no firmaron —dice Ayala— por lo tanto no vendieron su predio.

La disputa entre la familia de Máxima Acuña y la empresa minera se convirtió también en un asunto de números e interpretaciones geográficas. En 2012, cuando la disputa entre los Chaupe-Acuña y Yanacocha recién se iniciaba, un experto del Gobierno Regional de Cajamarca, el ingeniero civil Carlos Cerdán, viajó hasta Tragadero Grande, el predio de la discordia. Cerdán, un hombre flaco de nariz angulosa y de anteojos gruesos, es experto en mapas. Durante una mañana el especialista delimitó el área exacta del terreno usando tres GPS, la carta nacional y los límites que registran las escrituras de ambas partes. El estudio concluyó que la parcela adquirida por los Chaupe-Acuña —casi veinticinco hectáreas— no formaría parte de las tierras compradas por Yanacocha. O en todo caso, me explicó Cerdán, sólo una parte estaría dentro del terreno de la empresa, pero no toda la parcela. Esto ocurre por un detalle: si bien los límites están claros en los documentos de ambas partes, hay problemas de cálculo. Todo es una confusión de números y papeles que no se ajustan a la realidad. No hay mapas infalibles.

—Pero todos cometemos errores —dijo el ingeniero—. Incluso puede que yo esté equivocado.

El estudio del experto en mapas no fue considerado en ningún momento del juicio. Tanto la defensa de los Chaupe-Acuña como la de Yanacocha han reconocido que para resolver la disputa sería necesario ir a un juicio civil donde cada uno presentara sus pruebas para demostrar quién es el propietario. Aún cuando este proceso se inicie, Yanacocha no dejará que Máxima Acuña y su familia construyan una nueva casa.

—Queremos evitar que haya una invasión sistemática de terrenos, que venga otra familia y quiera invadir —dice Raúl Farfán, directivo de Yanacocha—. No queremos sentar un precedente.

El gerente de Asuntos Legales de la minera, el abogado Wilby Cáceres, es más enfático en su temor. Para él, la zona donde los Chaupe-Acuña intentan construir otra vivienda ha sido habitada por dirigentes antimineros durante las protestas contra el proyecto Conga. «Nos preocupa que la propiedad sea ocupada por ellos». Aunque otros ejecutivos de Yanacocha no lo reconocerían delante de una grabadora, hay otra razón evidente: si Máxima Acuña y su familia se quedan ahí, Conga no podría realizarse.

***

La Dama de la Laguna Azul está de pie, vigilando sus ovejas sobre la pampa. Lleva un radio a pilas colgado en el hombro derecho y escucha huaynos de una emisora evangélica llamada Tigre. Ha pasado un mes desde la vez que ella picaba y cargaba piedras en esta colina, solo que ahora el terreno que pisa está cubierto con escombros de barro, paja y madera mojada por las lluvias. Son los restos que quedaron de lo que iba a ser su nueva casa. Junto a ellos, a unos metros, la minera Yanacocha ha colocado un extenso cerco de malla a lo largo de una pradera para criar alpacas. Dentro hay una caseta de seguridad que mira directamente a la casa de Máxima Acuña. La campesina dice que uno de los vigilantes se acercó hace unos días para ofrecerle trabajo a su esposo. Le dijo que Yanacocha ya no quería pelear.

—Ahora quieren paz, quieren diálogo. ¿Acaso soy cualquier cosa para que me hagan lo que les da la gana y de ahí no pasa nada? —se queja Máxima Acuña, levantando la voz en medio de la pampa—. Me han difamado. Han golpeado a mis hijos. Ahora quieren darnos trabajo. Prefiero no tener plata. Mi tierra me hace feliz, pero el dinero no.

Por esos días, algunos medios habían difundido la existencia de unos títulos de propiedad que demostraban que los esposos Chaupe-Acuña era dueños de otros nueve terrenos —casi ocho hectáreas en total— en Sorochuco. Esas noticias daban a entender que la familia llegaba a un terreno vacío, lo ocupaba y luego se lo apropiaba. Sin sutilezas, presentaban a Máxima Acuña con una usurpadora profesional. Ysidora Chaupe, hija mayor de la campesina, recuerda que luego de esas noticias recibió decenas de llamadas de gente que apoyaba su causa y que le preguntaba si en verdad tenían más terrenos y por qué no lo habían mencionado antes.

—Nos han difamado diciendo que tenemos una casa en Cajamarca, que mi mamá es una terrateniente, que ella ha trabajado en un chifa de Lima, que quiere sacarle plata a la mina —me dijo Ysidora Chaupe, mientras amamantaba a su hijo recién nacido—. Pero no nos importa si la gente no nos cree. Tenemos los documentos. Ya declaramos todo en el juicio.

En las escrituras de compra-venta que guarda Máxima Acuña, esos terrenos aparecen como herencia de sus padres o compras a sus hermanos, por los que ha pagado un carnero o un toro. Son parcelas dispersas, ubicadas en laderas de cerros. Algunas tienen pasto, en otras hay leña, maíz o arvejas que solo se pueden cultivar cuando llueve. Se calcula que una familia campesina de la sierra del Perú necesita poseer treinta y dos hectáreas de tierra para producir el equivalente a una hectárea de tierra en la costa, por las dificultades que presenta. Tragadero Grande, dice Máxima Acuña, es el único lugar que tiene para vivir porque allí hay pasto abundante, el territorio es extenso para tener ganado y sobre todo porque, a diferencia de los otros terrenos, es el único que tiene fuentes de agua: allí hay manantiales por todos lados. A pesar de eso, algunos medios acusaron a su abogada Mirtha Vásquez y a Grufides, la oenegé que dirige, de victimizar a la familia Chaupe-Acuña. Dicen que Vásquez es inmoral y mentirosa. Incluso, cuenta la abogada, han ingresado a su casa dos veces para romper todas sus cosas. No puede asegurar quiénes fueron pero lo sospecha, porque no le robaron nada.

—Algo nos tenían que cobrar —dice Vásquez, que también es profesora en la universidad y madre de dos hijos—. Yanacocha no va a perdonarnos que le hayamos ganado un juicio. Solo temo por Máxima y su familia. A veces pienso que esto nos está costando más que lo que valen veinticinco hectáreas de terreno.

Hasta marzo de 2015, la minera Yanacocha había puesto seis denuncias más por usurpación a la familia Chaupe-Acuña. Los han denunciado por hacer una chacra de papas, por plantar pinos en sus linderos, por salir a pastar las ovejas en otra zona del terreno, incluso por quemar ichu para llamar a la lluvia, como es costumbre entre los campesinos de la zona. Ahora hay un cerco de metal al costado de su terreno que les ha cerrado el camino a Sorochuco donde hacen trueque o compran algunos alimentos. Los comuneros y activistas que defienden las lagunas de Cajamarca están organizándose para llegar hasta allí, construir la casa de los Chaupe-Acuña y montar guardia para protegerlos. El presidente regional de Cajamarca, Porfirio Medina, ha dicho que si algo le pasara a la campesina, «el pueblo librará todas las batallas necesarias contra los abusos de la minera». Máxima Acuña solo insiste en que así venga el dueño de Yanacocha a disculparse, no sacará de su mente lo que ha sufrido.

—Eso está sembrado dentro de mí —dice.

Una lluvia gruesa cae de pronto sobre Tragadero Grande. Máxima Acuña apura el paso de sus botas de jebe para volver a su casa. Un perro blanco y escuálido la sigue sin dejar de ladrarle.

—Se llama Johnny —dice la campesina y suelta una risa irónica.

Dice que es en “honor” al vigilante de Yanacocha que quemó su primera choza, y que tenía el mismo nombre.

Una de las últimas noches que pasé en Tragadero Grande, días antes de que destruyeran los cimientos de la nueva casa, la pareja de campesinos y yo cenamos un plato de sopa de fideos, envueltos en varias frazadas, sobre un par de colchones. Las camionetas de seguridad de Yanacocha se habían estacionado cinco veces frente a su terreno durante ese día. Unos vigilantes —acompañados de policías con cascos, garrotes y escudos, pero sin identificación— ingresaron al predio para tomar fotos y filmar lo que los esposos construían.

—Algo malo va a pasar, mi coca se ha puesto amarga —susurró Jaime Chaupe, un hombre supersticioso, mientras masticaba hojas de coca y fumaba un cigarrillo—. No sé, hay veces en que quiero largarme ya.

La lluvia golpeaba el techo de calamina, como si intentara romperlo.

—No te acobardes —dijo Máxima Acuña—. A esos policías no les tengo miedo.

Entonces apagó la vela y se acostó junto a su esposo.

Crónica realizada con el apoyo de Oxfam


April 24, 2015

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April 24, 2015

Antonio Sorrentino

Un texto de


April 20, 2015

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Un texto de

EN EL PERÚ LOS MINEROS ILEGALES
HACEN MÁS DINERO
QUE LOS NARCOTRAFICANTES

No son aventureros: son señores que explotan tierras concedidas por el Estado. No tienen licencias pero ganan millones. Protestan por sus derechos pero esclavizan a sus trabajadores, corrompen a los funcionarios y destruyen bosques.

¿Por qué seguimos creyendo que un minero ilegal es una cazafortunas harapiento?

Un texto de Ernesto Ráez Luna
Ilustraciones de Héctor Huamán

Una vez sostuve una pesada moneda de oro en la palma de mi mano. Cuando levanté la cabeza descubrí que todos a mi alrededor —gente buena en general— miraban mi mano con una ansiedad indisimulable, como hechizados. El oro simboliza al mismo tiempo lo más sublime y lo más malvado. Moisés rompió las Tablas de la Ley cuando encontró a su pueblo adorando al Becerro de Oro, pero unos milenios después no hay pueblo de tradición judeo-cristiana que no venere el oro. Los artistas góticos pintaban dorado el cielo. Los tesoros de todas las iglesias y todos los pontífices rebalsan de oro. Durante siglos, civilizaciones enteras han ofrendado oro a sus amos y dioses y lo han acumulado como respaldo y testimonio de su riqueza. Para extraerlo, millones de personas han sido esclavizadas, pero muchas otras han acudido afanadas y voluntariosas a buscarlo. Son incalculables las injusticias y asesinatos que se han cometido para conseguir el metal dorado, para arrebatárselo a sus legítimos dueños. Yo soy inmune al oro y no lo comprendo. Quizás he visto demasiado bien de dónde viene y hacia donde lleva.

Hace casi treinta años conocí la ciudad de Puerto Maldonado, hacia el final de la fiebre del oro que precedió a la actual fiebre del oro. La capital del departamento amazónico de Madre de Dios, enclavada en la selva más diversa del planeta, era por esos días un amplio tablero impecablemente deforestado de avenidas amplias, solitarias y barrientas. Una tarde de 2010 en Puerto Maldonado, cuando ya tenía varios años publicando advertencias sobre los males del nuevo boom minero que arrasaba ríos y bosques en Madre de Dios, un exdirigente agrario con quien me había enfrentado en el pasado vino a verme. Fornido y brusco como un toro, me pidió hablar. Estaba angustiado y parecía impaciente. Hallamos un lugar discreto, nos sentamos y antes de darme cuenta el hombre había soltado el torrente que le asfixiaba. Se había metido en la minería ilegal de Madre de Dios y necesitaba contarlo. Conservo un recuerdo pálido y doloroso de su relato: «Cuando llegas te quitan el DNI —me dijo—. Trabajamos metidos en el lodo desde el amanecer hasta la noche. Entonces llegan los camiones con trago y con muchachas. A veces son jovencitas de doce, trece años, estrechitas, pititas, ¡carne fresca!». Le brillaron los ojos. Carne fresca. «Y todos tomamos hasta que estamos bien mal. Y estás con las muchachas y quién sabe qué harás, pasa de todo, y al otro día vuelta a lo mismo. Te van endeudando con trago y putas. Ya no pude aguantarlo». Se detuvo de golpe y ambos callamos. Se paró y se fue. Nunca quisimos volver a vernos. Un año después, a fines de 2011, el Ministro del Ambiente me encargó representar al sector en la ofensiva gubernamental contra la minería ilegal, que entonces ya afectaba veintiuna de veinticuatro regiones del país, incluida Lima. Uno de tantos inútiles días en el ala del Palacio de Gobierno donde funciona la Presidencia del Consejo de Ministros, y donde celebrábamos inacabables diálogos de sordos con los mineros, desafié a un dirigente de la Federación de Mineros de Madre de Dios (FEDEMIN): «¡Pero por lo menos extingan los burdeles con niñas que hay en sus campamentos!», le dije. El hombre, muerto de risa, me respondió: «Yo no tengo chongos en mis campamentos. Nosotros vamos a Puerto Maldonado para eso».

Han pasado cuatro años desde la última vez que ingresé a un campamento minero. Fue en la llamada quebrada Guacamayo, a pocas horas de Puerto Maldonado. Uno se trepa, a pie de carretera, en el asiento trasero de una moto, y esta ingresa velozmente sobre tablones que hacen de puentes precarios, monte adentro. Se siente como la escena de Star Wars donde Luke y Leia corretean sobre deslizadores entre los altos troncos de una selva. Pero esta era una selva tasajeada, desmembrada, enferma. Súbitamente no hubo ninguna vegetación y llegamos a lo que sólo dos años antes era un arroyuelo. Solo quedaba el lecho parcelado en grandes pozos cónicos, en cuyo fondo lodoso se afanaban los hombres entre motores ruidosos, oxidados, y anchas mangueras que parecían boas panza arriba. Era como viajar y en un instante llegar a otro planeta. Como despertar de improviso, a plena luz, en un infierno pintado por el Bosco. El poblado minero eran dos filas paralelas de cobertizos de plásticos azules que hacían de paredes, dando al lodo intermedio la ilusión de ser una calle en el desierto, que serpenteaba imitando al cauce muerto. Sólo se veían talleres y burdeles y burdeles. Anuncios: «Duchas / Camas / Señoritas 24hs». Cerdos cagando sobre la gran rúa. Muchachas sucias y soñolientas en las virtuales puertas. Había una radioemisora, y me presenté con el joven que enviaba mensajes por encargo entre accesos de música chillona. Leyó mi tarjeta, levantó la mirada con dureza y dijo: «He leído lo que usted escribe». Yo denunciaba esa minería abyecta en diarios y revistas. «Sí —le dije—, yo soy ese hijueputa». Reímos juntos. Más tarde le dije: «Mire esta calle: esto no es vida, ¿no? No miento». «No», respondió serio.

***

Desde el inicio del Siglo XXI vivimos una nueva e incesante fiebre mundial del oro. En la primera década del siglo, debido a la demanda creciente de países emergentes como Rusia y la India, sumada a la incertidumbre financiera, el precio del oro se multiplicó seis veces. En el Perú y otros países tropicales, ricos en oro, durante mucho tiempo han existido personas pobres que extraen oro con métodos antiguos y manuales. Con escudillas y un poco de mercurio en lavaderos a orillas de los ríos; con picos y explosivos en socavones donde hay que entrar gateando. Muchas veces son mujeres y niños. En la Ley General de Minería del Perú, a esta minería artesanal, de subsistencia, se le sumó otra actividad de mayor calado y renta titulada ‘pequeña minería’, para tratarlas básicamente como si fueran una misma cosa. Acto seguido, durante décadas, el Estado se desentendió de ellas. Sucesivos gobiernos propusieron “formalizar” —es decir: registrar y supervisar— a los mineros artesanales y pequeños. Pero el desorden de los propios mineros, las desarticulaciones del Estado y los intereses creados siempre frustraron, como frustran ahora, esos intentos. Cuando el precio del oro se puso por las nubes, gente que alguna vez fue honestamente pobre y que venía acumulando calladamente importantes capitales como pequeños mineros, se hicieron millonarios libres de la vigilancia del Estado. Lo que era un refugio desesperado contra la miseria o un paliativo contra la pobreza o un camino hacia la clase media, se transformó en rentabilísima sociedad de nuevos ricos y lavadores de activos (es decir: de dineros malhabidos). Porque el oro, a diferencia de la cocaína, se comercia y transporta libremente; es legal, muy portátil y es muy difícil detectar su origen. La brecha entre la producción declarada al Ministerio de Energía y Minas y las exportaciones registradas por la Superintendencia tributaria revela la dimensión del despojo a nuestro patrimonio: el Perú exporta más de dos mil millones de dólares de oro ilegal al año. Una cantidad de dinero suficiente para descarrilar las mejores voluntades. Esta es la principal economía ilícita del Perú, muy por encima del tráfico de estupefacientes. El oro ilegal, libre de obligaciones laborales y ambientales, resulta muy rentable. El 2012, cuando el Gobierno aprobó un conjunto de rígidos decretos contra el comercio de oro ilegal, en la ciudad de Puerto Maldonado brotó de inmediato un mercado negro. En una de las mesas de diálogo que se abrieron con los indignados mineros, el Presidente de la FEDEMIN, Luis Otsuka, calculó en voz alta: «Nos compran a ochenta soles el gramo, cuando está a ciento treinta. Si vendo, pierdo toda mi utilidad». En otras palabras, si hubiera podido vender, como era habitual, abiertamente su oro al precio de mercado, tendría un sesenta y dos por ciento de ganancia neta. Un informe de Macroconsult para el World Wildlife Fund, fechado en mayo del 2014, concluye que una pequeña operación minera en Madre de Dios obtiene una utilidad promedio de casi doscientos mil soles al año, con casi un cincuenta por ciento de retorno de inversión. Una operación grande, por otro lado, tiene ganancias netas de casi cinco millones de soles, lo cual puede llegar a ser tres veces lo invertido. Irónicamente, un emprendimiento ecoturístico grande ofrece dos veces más empleo.

Hasta hace cinco años, el Estado y la sociedad peruana sabíamos tan poco sobre los mineros pequeños y artesanales, que cuando entre ellos surgió la actual minería ilegal, como surge una víbora de un huevo, se pensó en ellos como una suerte de masa proletaria, con gremios parecidos a sindicatos y sus correspondientes federaciones. De hecho se acuñó el término ‘minería informal’ para denominarlos y diferenciarlos de la gran minería corporativa. ‘Informal’ fue llamada una actividad que viola todas las leyes laborales, contractuales, tributarias y ambientales, amén de varios derechos fundamentales. En el Perú, donde se estima que más de la mitad de nuestra economía funciona de esa manera, ‘informal’ es el eufemismo preferido para distraer conciencias. En la imaginación capitalina, los mineros ilegales aparecían todos, para decirlo con el poeta Martín Adán, embadurnados del «mismo color de mugre indiferente». En consecuencia, como respuesta a los motines que se producían cada vez que el Estado intentaba poner un poco de orden en la actividad, los gobernantes siempre decidieron tratarlos de la misma manera que ya se trata cualquier protesta popular: con costosas y burocráticas mesas de diálogo y reuniones presididas por ministros de Estado. Ha llevado dos períodos distintos de gobierno empezar a entender que la minería ilegal tiene una estructura compleja determinada, en buena parte y no inocentemente, por el propio Estado. Así, en Madre de Dios, la fedemin representa, en realidad, a los patrones mineros, que detentan concesiones otorgadas por el Estado. Se trata de burgueses; no de proletarios. Los territorios concesionados son trabajados por miles de operarios bajo capataces, coloquialmente llamados “invitados”, que pagan una parte de su producción a los concesionarios. Los infelices que ponen la mano de obra, mientras tanto, se desloman y mueren en los frecuentes derrumbes, bajo alguna forma de trabajo semi-forzado. Al no existir contratos, los concesionarios pueden declarar que han producido muy poco o nada. Incluso, llegado el caso, pueden denunciar a sus invitados como invasores. Las concesiones mineras, inicialmente previstas para operaciones pequeñas y artesanales, funcionan sin licencias pero con capitales millonarios. Típicamente han sido concedidas sin tomar en cuenta otros derechos sobre la misma tierra. Así, en Madre de Dios, había en 2011 comunidades nativas con todo su territorio comunitario concesionado a extraños. Incluso hay decenas de concesiones de reforestación —para reponer bosque— superpuestas a concesiones mineras —para erradicar bosque, pues no hay otra manera de llegar al oro que yace en el subsuelo. Las superposiciones de derechos y la precariedad laboral de la gran masa minera proletaria son dos de los motivos principales por los que es casi imposible formalizar la mayoría de las operaciones ilegales. El sector Minería y los concesionarios confluyen como cómplices, dificultando la resolución de los conflictos por superposición y la celebración de contratos, con beneficios laborales y seguridades, para la multitudinaria mano de obra. En este negocio sobran villanos, pero la inmensa mayoría de los mineros son víctimas de las peores formas de exclusión y deshumanización. Son carne de cañón cuando conviene a los patrones, pero no tienen voz. Son sombras entre el lodo, amasijos de harapos, sudor y sueños rotos. Muchas veces no han cumplido veinte años.

En Septiembre de 2013, a pocos días de asumir el cargo de Alto Comisionado contra la minería ilegal, el General del Ejército Peruano Daniel Urresti encabezó su primera intervención policial en Madre de Dios, en un paraje donde la minería ilegal avanza sobre la Reserva Nacional Tambopata, quizás el área silvestre más biológicamente diversa del planeta. Urresti, soldado enérgico, no conocía el escenario de su encargo y fue a ver cómo era eso. Regresó horrorizado con lo que había visto y con una mano vendada en cabestrillo. Cuando saltaba del helicóptero que lo transportaba, como Robert Duvall en apocalypse now, se resbaló en la “lama”, el jabonoso lodo de arcilla mortecina que dejan los mineros donde solía haber un verde bosque. Adelantándose a la broma fácil, el mismo Urresti se dedicó a contar que a su regreso fue a informar al Presidente de la República, Ollanta Humala, y que su colega de armas le espetó: «¿Tienes una semana en el cargo y ya te rompieron la mano?». Romper la mano, en el Perú, significa recibir coimas.

Es que el Gobierno todo, desde por lo menos 2012, ya tenía plena conciencia del poder corruptor del oro ilegal. En el Perú los tres poderes del Estado en todos sus niveles han sido penetrados por intereses mineros ilegales. Además de numerosas autoridades locales abiertamente dedicadas a defender esa minería, el presidente de la Corte Superior de Madre de Dios, John Hurtado Centeno, fue suspendido del cargo y la corte intervenida porque unos videos filmados a escondidas mostraban al juez llevando personal y gritando órdenes en unas parcelas de oro ilegal en horas de oficina. El Director General de Hidrocarburos del Ministerio de Energía y Minas, Luis Vicente Zavaleta Vargas, resultó dueño de la empresa Universal Metal Trading SAC que en 2011 exportó diecinueve toneladas de oro, presuntamente proveniente de las fosas infectas de Madre de Dios, por más de novecientos millones de dólares. Forzado a renunciar, se le agradecieron los servicios prestados. Personajes notables de la elite criolla y de las principales fuerzas políticas se han involucrado con la minería ‘informal’. Eduardo Salhuana, Ministro de Justicia del ex-Presidente Alejandro Toledo, fue en los últimos tres años asesor principal de la fedemin, organización que nuclea a mineros en eterno proceso de formalizarse. Hoy Salhuana gerencia el Gobierno Regional de Madre de Dios. El congresista Amado Romero —conocido en la prensa como “Comeoro”—, quien fue elegido en la lista del actual partido de Gobierno, presidió la FEDEMIN y recibió seis meses de suspensión por proponer una norma que favorecía operaciones irregulares ligadas a su gremio. Néstor Valqui, parlamentario del partido fujimorista, fue grabado ofreciendo apoyo a los mineros de Laberinto —en Madre de Dios— contra las interdicciones del Gobierno, cuando era presidente de la Comisión de Ambiente y Ecología. Otro congresista fujimorista, Francisco Ccama Layme, acumulaba en 2011 diez denuncias por contaminación minera en Puno. El congresista aprista Tomás Cenzano, también de Puno, era co-propietario de dos emprendimientos mineros que transfirió a familiares. Una de sus empresas fue acusada de deber doscientos cuarenta millones de soles en impuestos. Salhuana y el más reciente presidente de la FEDEMIN, Luis Otsuka, hoy Gobernador de Madre de Dios, se tomaron hace poco un selfie con el célebre economista Hernando de Soto, que también se ha fotografiado, puño en alto compañeros, con dirigentes mineros del Sur. En la coalición formada por De Soto para formalizar mineros figura el Presidente de la Sociedad Peruana de Gastronomía, Bernardo Roca Rey. En agosto de 2011 el propio Presidente de la República y su esposa, en una visita oficial a su tierra natal en Ayacucho, presidieron el acto público y desfilaron vistiendo chalecos de ASMIL, la Asociación Minera de Luicho: mineros ilegales sobre quienes pesa una sentencia de desalojo de la Corte Suprema, que nunca se ha podido ejecutar porque son unos dos mil y controlan las alturas de un cerro. Intentar desalojarlos, dice la Policía Nacional, sería un baño de sangre. El dirigente minero Víctor Chanduví recientemente denunció que hubo aportes de la minería ilegal en la campaña electoral del Presidente, hecho que fue desmentido por fuentes oficiales. Pero una foto de 2010 tomada por la esposa del Presidente, Nadine Heredia, muestra al entonces candidato presidencial abrazado con los mineros que ahora lo acusan de haberlos traicionado.

Hace algo más de un año sobrevolé con el doctor Greg Asner, del Instituto Carnegie, y luego con el periodista Guido Lombardi, la gran devastación. Desde entonces, no puedo ver imágenes de la minería en Madre de Dios sin sentirme físicamente enfermo. No son las cincuenta mil hectáreas de arena ponzoñosa que hace poco eran el bosque más diverso del planeta lo que más me afecta. Son los árboles que pululan en los bordes de ese ámbito desierto. Nadie los ha contado todavía: cientos de troncos enhiestos, cenicientos, con ese aire de dignidad eterna que solo tiene un árbol, perfectamente muertos. Ciegos, mudos, acusadores. No puedo verlos. Las aguas de Madre de Dios acarrean limo asfixiante y niveles de metales pesados estratosféricos. Los niños de Madre de Dios, los niños indígenas, tienen niveles de mercurio —y probablemente de plomo y arsénico— hasta cinco veces por encima de lo saludable. Muchos de ellos tendrán problemas cognitivos el resto de sus vidas. Durante generaciones por venir, decenas de miles de personas sufrirán las consecuencias de esta minería. Pero, a diferencia de Ecuador y Colombia, por ejemplo, el Gobierno peruano ha claudicado completamente ante el lobby minero. Existen dos estrategias aprobadas: una de ellas integral y otra enfocada en la persecución conjunta de los criminales ligados al oro, que ya nadie ejecuta ni reporta. Los gobernantes están debilitados, cansados, empachados, de salida. Solo tienen que soplar la pluma un rato y que el siguiente Gobierno se las arregle.

 

GUSTAVO SANTAOLALLA
EL HOMBRE ATENTO

¿Cómo agrandar tu ego haciendo crecer el ego de los demás?

Un texto de Natalia Páez
Fotografías de Alejandra López

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Fotografía de Alejandra López

A la hora del almuerzo, Gustavo Santaolalla apaga los equipos de música. El productor de rock y pop latino más influyente del mundo no puede sentarse a comer si están tocando una canción. Hay quienes no consiguen escribir, ni estudiar, ni conversar, ni tener sexo si no están en silencio: la música les impide concentrarse en lo que hacen. A Gustavo Santaolalla, la comida lo distrae de la música. Cuando era adolescente y escuchaba The Beatles, Santaolalla trataba de oír el trabajo de George Martin, el productor que sumó arreglos sinfónicos en sus canciones y convirtió el talento rustic de cuatro muchachos en un sonido que conquistaría el mundo. Cada vez que oía The Who, Santaolalla buscaba la mano de Kit Lambert, el manager que convenció al grupo de fusionar el rock y la ópera para lograr una complejidad sonora que los haría pasar a la historia. Cuando ponía The Kinks, Santaolalla reconocía la influencia del productor Shel Talmy, quien los llevó por primera vez a un estudio y grabó con ellos el hit que los hizo famosos —You really got me—, tal vez el más emblemático del pop británico de todos los tiempos. Gustavo Santaolalla, el nombre que aparece cada vez que uno teclea «gurú del rock latino» en Google, creció escuchando a los hombres que convirtieron a unos grupos de muchachos en las mejores bandas de la historia. Hoy, cada vez que prestamos atención a algunos de los temas más conocidos de Café Tacuba, Juanes, Bersuit Vergarabat, Molotov, Los Prisioneros, Jorge Drexler, Divididos, Julieta Venegas, La Vela Puerca, Caifanes o Bajofondo, estamos escuchando a Gustavo Santaolalla.

—La atención también es un don —dice—. Por eso no puedo comer y escuchar música. Si estás atento ves cosas que otra gente no puede ver.

Santaolalla lleva un esmoquin negro que resalta sus ojos celestes. Acaba de salir de la habitación del hotel donde se hospeda en Buenos Aires y, antes de empezar la sesión de fotos, se mira al espejo y descubre una arruga diminuta que arruina la caída de la tela debajo de una manga. Una productora corre hacia él con un alfiler para alisarla. Santaolalla vuelve a mirarse al espejo, entiende que todo está en orden, y la sesión puede comenzar.

El músico y productor que ha ganado dos Óscar, un Globo de Oro, dos Grammy, dos BAFTA y catorce Grammy Latinos por su trabajo, es capaz de percibir lo que otros no ven. Veinticinco años antes de nuestro encuentro en Buenos Aires, una tarde calurosa a finales de los ochenta, Gustavo Santaolalla había caminado entre los puestos de vinilos de la feria cultural El Chopo, en México D.F., para ir a escuchar a una banda de muchachos que, además de escasa experiencia, tenían sólo tres instrumentos y no sonaban demasiado bien. Después de oírlos en el escenario decidió gastarse hasta el último centavo de su presupuesto para que pudieran grabar su primer disco. Esos músicos jóvenes que antes de conocer a Santaolalla ni siquiera se habían planteado entrar en un estudio, y que al comienzo fueron rechazados por disqueras como EMI y BMG —hoy Sony Music— se convirtieron en Café Tacuba. En 2009 la banda recibió de las manos de Morrisey el premio Leyenda MTV. Su disco Re fue elegido en 2013 como el mejor álbum latino de toda la historia por la revista Rolling Stone. «Tiene la capacidad de ver las cosas cuando flotan en el aire», dijo Quique Rangel, el bajista del grupo mexicano. «Sabe sacar lo mejor de cada uno», me contó Meme, el tecladista de Café Tacuba. «Es algo así como nuestro gurú», dijo Rubén Albarrán, el cantante de la banda. «Gustavo Santaolalla apareció y se me empezaron a abrir las puertas», declaró el músico colombiano Juanes. «Ve mucho más allá que un mero músico», dijo la cantante brasileña Marisa Monte. No sólo los medios le dicen ‘gurú’ a Santaolalla: los artistas con los que ha trabajado hablan de él como si fuera, más que un productor, un guía espiritual con una percepción superior.

Solemos confundir a los productores musicales con managers o intermediarios. Los críticos del éxito mainstream suelen acusarlos de titiriteros: señores que eligen a un grupo de músicos, los reúnen en un estudio, les hacen interpretar canciones como fórmulas, les consiguen contratos y les aconsejan como peinarse. «Es una forma de hacerlo —dice Santaolalla con cierto desdén—. Yo no puedo». Casi nadie fuera de la industria sabe lo que hace un productor musical. En realidad, su trabajo se compara con el de un director de cine: el productor es quien imagina el disco en su cabeza cuando aún no existe, acompaña a los músicos en sus ensayos, busca lo mejor de sus temas, les pide más canciones, escribe arreglos, incorpora instrumentos, decide tecnologías de grabación, elige el equipo técnico de trabajo, administra tiempos, establece criterios de edición y mezcla, selecciona las tomas en el estudio, les dice «otra vez, otra vez, otra vez». El sonido y la estética artística de una banda en un disco, explica Daniel Albano, director de la carrera de Producción Musical de la Escuela de Música de Buenos Aires, son el sello de un productor. Santaolalla repite que sólo graba discos con músicos que tengan una voz propia, una visión artística definida. Su negocio es el de un jardinero atento: encuentra en los artistas un germen que otros no ven, y trabaja obsesivamente con ellos para que eso crezca, tome forma y se convierta en una identidad. Después de pasar por sus manos, ese germen casi siempre toma forma de disco de platino. A finales de los noventa, Santaolalla recibió el demo de un músico colombiano que había sido rechazado por sellos que buscaban estilos más comerciales. Santaolalla lo escuchó y meses más tarde viajaba a Medellín para producir el primer disco de estudio de aquel muchacho que fusionaba ritmos folclóricos con rock. Hoy Juanes lleva vendidos más de quince millones de discos y ha ganado veinte Grammy Latinos. El músico y productor Brian Eno —David Bowie, U2, Coldplay— dice que elige a los artistas por su sentido del humor. El productor Rick Rubin —Black Sabbath, Kanye West, Eminem— elige a los artistas cuando siente que le gusta pasar el tiempo con ellos. Gustavo Santaolalla dice que los elige con «la panza». Es lógico que no pueda comer mientras presta atención a la música.

—Algo me vibra y siento que me atrae.

En la habitación de su hotel en Buenos Aires, sobre la mesa del living, hay un libro de Krishnamurti: El conocimiento de uno mismo. Santaolalla levanta el libro y me lo muestra. Krishnamurti es uno de sus autores de cabecera. Para comprender cualquier cosa, explica el filósofo indio —una pareja, un cuadro, un paisaje, los árboles— hace falta verdadera atención. Escuchar exige hacer a un lado las distracciones, y eso supone olvidarse también de las opiniones y creencias propias. Para Krishmanurti, la atención verdadera es un modo de estar alerta que surge sólo cuando no estamos obsesionados en nosotros mismos. Santaolalla aprendió a prestar atención desde niño, pero tardó unos treinta años en dejar de estar obsesionado con su propio plan de ser un músico exitoso.

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Fotografía de Alejandra López

Santaolalla ganó dos premios Óscar por componer las bandas sonoras de Secreto en la montaña y de Babel tocando instrumentos de cuerda que nadie le enseñó a tocar: el ronroco (un charango andino) y el úd (el laúd árabe). Santaolalla montó una bodega en Argentina y produjo tres vinos que ganaron medallas de oro en las Sélections Mondiales des Vins de Canadá sin tener ninguna experiencia como bodeguero. Santaolalla compuso la banda de sonido para el videojuego The last of us, elegido juego del año en los Games Developers Choice Awards 2013, sin haber trabajado nunca para un videojuego. Santaolalla abrió una editorial para publicar libros de arte y fotografía sin haber sido nunca editor, estrenó un musical en Toronto sin haber hecho nunca un musical, y trabaja para montar un show de ballet sin haber hecho nunca un espectáculo de danza. Santaolalla tiene sesenta y tres años, es uno de los productores musicales más influyentes del mundo, pero no sabe leer música.

Un día, cuando tenía diez años, su profesora de guitarra en Ciudad Jardín —un barrio de calles arboladas y familias de clase media en la provincia de Buenos Aires— le pidió que tocara una pieza. El niño Santaolalla, que estudiaba música desde los cinco años, la interpretó a la perfección, pero su profesora no lo felicitó. En cambio le tapó los ojos, eligió un lugar diferente en la partitura, y le pidió que empezara desde allí. Él se quedó en silencio. Se había aprendido el tema de oído, pero no podía leer el pentagrama. La profesora confirmó sus sospechas y llamó a su madre: «No puedo seguir enseñándole —le dijo—. Su oído puede más que mi teoría». Santaolalla cursaba quinto grado en un colegio inglés, era monaguillo en la Iglesia, y su forma de escuchar y aprender comenzaba a alejarlo de ciertas enseñanzas. Una tarde le pidió una cita al cura de su parroquia porque estaba obsesionado con una idea: si Dios era bueno y todopoderoso como le habían enseñado, ¿por qué no hacía desaparecer al diablo? Si Dios permitía que el diablo siguiera existiendo —le dijo al cura—, era lógico pensar que trabajaba para él. Al igual que su profesora de música, el párroco lo escuchó y llamó a sus padres, pero en este caso para decirles que tal vez debían exorcizar a su hijo. Gustavo Santaolalla tenía once años, y atravesaba su primera crisis espiritual.

—Me imaginaba el paycheck que Dios le pasaba al diablo todos los meses para hacer el trabajo sucio— dice, y se ríe con la mitad de su rostro.

Cuando está afinando un instrumento, preparándose para tocar o examinando la ropa para una sesión de fotos, Santaolalla lleva un gesto grave, expectante —el ceño fruncido, la boca ligeramente entreabierta—, de profunda concentración. Un gesto adusto que podría ser confundido con hosquedad si no fuese porque a cada momento lo desarma como una máscara de goma para lanzar poderosas carcajadas. Es la misma cara de concentración que puede verse en una foto que le tomaron a los cinco años, en una fiesta del jardín de infantes. La imagen cuelga en el living de la casa donde creció, en Ciudad Jardín, a unos treinta kilómetros de Buenos Aires: allí se lo ve a Santaolalla con un delantal blanco y un moño a lunares, llevando una batuta en la mano, mientras dirige una orquesta formada por sus compañeritos. Orfelia Abatte, la mamá del músico, todavía recuerda que aquel día en el jardín Pinocho una mujer se acercó y le dijo: «Cultívelo. Lleva la música adentro». No hacía falta que se lo dijeran.

—No sabés cómo le daba la entrada a los triángulos. Tenía una habilidad…— dice Abatte con un orgullo que no le cabe en el cuerpo.

La madre del músico argentino es una mujer menuda, bajita, coqueta, que siempre quiso estudiar guitarra pero nunca pudo. Orfelia Abatte tiene noventa y tres, viaja a Los Ángeles cada año a visitar a su único hijo, y todavía conserva en una caja fuerte la canción que él le compuso hace cuarenta años, cuando murió su marido. Gustavo —“Gusi”, dice ella— es muy parecido a su padre, Alfredo Santaolalla, un ejecutivo que conoció cuando era secretaria en la compañía de publicidad Walter Thompson. Orfelia y Alfredo eran una pareja de melómanos. Santaolalla recuerda que sus padres compraban discos a montones en una época en que conseguir variedad exigía esfuerzo y dedicación. En su casa se oía tango, folclore, jazz, música popular europea, rock, música clásica, brasileña. Su padre cantaba tangos mientras se afeitaba, y el futuro creador de Bajofondo —ese grupo que ha seducido a oyentes del mundo fusionando tango y otros ritmos rioplantenses con música electrónica— se paraba en la puerta del baño a escucharlo. A los cinco años, cuando entró a la escuela primaria, Santaolalla recibió de las manos de su abuela su primera guitarra y empezó a estudiar música con una profesora. Su primera composición fue una chacarera dedicada al cura de su escuela, y sus primeras actuaciones las hizo tocando en la parroquia. Santaolalla quería hacer música y quería ser cura, pero antes de llegar a la adolescencia su precocidad lo alejó de la iglesia y de los pentagramas. Entonces convirtió la música en una religión autodidacta. A los once años armó su primer grupo folclórico. A los doce tuvo su primera guitarra eléctrica. A los trece escuchó por primera vez a los Beatles y ese sonido —dice— le cambió la vida. Eso era lo que quería hacer. Santaolalla ensayaba tanto que el cielo raso del living de su casa se derrumbó dos veces por las vibraciones de los amplificadores. Leía con fascinación la parte de atrás de los discos que compraban sus padres: allí aparecía el nombre de los productores que lo habían hecho posible. El arte de hacer discos —dice— siempre le interesó tanto como hacer música. A los dieciséis firmó su primer contrato para grabar con Arcoiris, el grupo que formó con tres amigos de la iglesia, y a los dieciocho produjo el primer disco de León Gieco, un cantautor que se convertiría en un referente de la música latinoamericana. Arcoiris fue uno los grupos fundacionales del rock argentino, y contenía ya los elementos que se convertirían en el sello de Santaolalla: la búsqueda de una identidad que aporte al rock sonidos de una cultura propia, y la búsqueda de una conexión emotiva o espiritual. Los Arcoiris fusionaron ritmos folclóricos con el rock, y sumaron instrumentos como el bombo, el charango y la flauta, cosas que ningún grupo argentino había hecho. Fue una aventura musical y mística: cuando terminó la secundaria, Santaolalla se fue de su casa y formó con los integrantes del grupo una comunidad liderada por Dana Winnycka, una modelo ucraniana trece años mayor que hacía de guía espiritual, de la cual se enamoró. Dana había viajado por el Tibet y la India, y estableció para todos una disciplina rígida inspirada en algunas filosofías orientales: tenían prohibido el sexo, el alcohol y las drogas.

—Con Arcoiris éramos más una comunidad religiosa que hippie— dice Santaolalla.

En un mundo donde coexistían las ideas del Che Guevara y la psicodelia, mientras los Beatles viajaban a la India y la mayoría de los rockeros abrazaba la trilogía sexo-droga-rock and roll, los Arcoiris se volvieron una vanguardia involuntaria: practicaban la trilogía yoga-naturismo-meditación. Las búsquedas espirituales —religiosas o paganas— son casi un lugar común de la historia del rock: George Harrison se aferró al hinduísmo, Bob Dylan se convirtió al cristianismo, Leonard Cohen lleva décadas dedicado al budismo, Cat Stevens se hizo musulmán devoto y cambió su nombre, Jim Morrison se fascinó con el chamanismo. Los salseros Richie Ray y Bobby Cruz dejaron la música durante veinte años para fundar iglesias. Ricky Martín —que también fue monaguillo— se hizo seguidor del budismo. Juanes mismo tuvo su conversión religiosa y dijo que seguía a Jesús a su manera. Las historias sobre el fervor espiritual de los músicos suelen ir acompañadas de relatos que van de los excesos a la salvación. Santaolalla, fiel a su precocidad, fue de la religión a los excesos. Hasta mediados de los setenta vivió como un monje disciplinado en la comunidad Arcoiris, y llegó a sacar cinco discos con ellos hasta que se escapó, formó otra banda —Soluna— y a empezó experimentar todo aquello que se había reprimido. Pero la mística de trabajo y algunos principios de las filosofías orientales ya estaban en su vida.

A finales de los setenta, cansado de pasar días enteros en las comisarías por llevar el pelo largo, Santaolalla emigró a Los Ángeles para huir del clima de miedo e intolerancia que la dictadura militar había sembrado en Argentina.El mismo año que llegó a Estados Unidos los Sex Pistols se separaban y The Ramones ascendía en los rankings musicales. Santaolalla se cortó el pelo, armó una banda new wave con su socio argentino Aníbal Kerpel y se subió a la nueva ola post punk. El grupo Wet Pinic —así lo llamaron— tuvo su minuto de gloria cuando la revista Rolling Stone eligió el videoclip de su tema “Cóctel” como uno de los mejores del año. Pero el éxito fue fugaz. Las cosas no salieron como él hubiera querido, y sobrevivió componiendo jingles y soundtracks publicitarios. Una noche, mientras se congelaba en un hotel barato de Nueva York y cenaba pan con queso, sin un centavo en los bolsillos, Santaolalla entró en crisis y entendió que debía replantearse su vida.Tenía que cambiar su manera de hacer las cosas.

—Me tengo que correr del foco, pensé. Voy a salirme de la obsesión por hacer mi proyecto propio. Voy a ayudar a otra gente.

En ese momento, dice, decidió poner su energía y su talento al servicio de otros. Cualquier biógrafo responsable sospecharía de una decisión tan espontánea y consciente, pero eso fue lo que hizo los veite años siguientes: se dedicó casi por completo a trabajar en proyectos de otros artistas. Los ayudó a definir una identidad y a pulir su voz, a ser reconocidos, a vender miles y millones de discos y a ganar premios. Uno de los libros que inspiraron a Santaolalla en su aproximación a las culturas orientales fue Mente zen, mente de principiante, del japonés Shunryu Suzuki, introductor del budismo zen en América. El libro explica que una de las bases de esta doctrina es actuar con la inocencia del que recién se inicia. Un alumno le pregunta a Suzuki cuánto ego necesitaba un hombre. El maestro le responde:

—Lo suficiente como para no tener ganas de tirarse frente a un autobús.

Cuando se renuncia a pensar «debo hacer algo especial», dice Suzuki, entonces se hace algo: a la mente del principiante se le presentan muchas posibilidades; a la mente del experto, pocas. Después de esa crisis personal, Santaolalla renunció a ser el protagonista, y construyó su carrera detrás de escena, poniendo su talento al servicio de otros artistas. En los últimos veinte años, su nombre pasó a figurar en letras pequeñas en la parte de atrás de algunos de los discos más vendidos en Sudamérica. Santaolalla hizo a un lado su ego para hacer crecer el nombre de otros, y terminó en la portada de la revista Time. En 2005 fue nombrado por esa revista como uno de los veinticinco latinos más influyentes en los Estados Unidos. El ranking que publicaron ubicaba a Santaolalla por encima de Jennifer López y de Salma Hayek, la actriz que al año siguiente le entregaría su primer Óscar. Cuando subió al escenario a recibirlo, con la sobriedad de un monje, dedicó su premio a todos los latinos.

 

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Fotografía de Alejandra López

 

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Desde hace algunos años Santaolalla es convocado para dar charlas motivacionales ante empresarios interesados en conocer la fórmula de su éxito. El trabajo de un productor musical suele ser invisible para la mayoría de los oyentes, y su éxito nos genera una curiosidad más propia de un mago que de un obrero perfeccionista. Ante su auditorio, como cuando le piden consejos para los artistas jóvenes en alguna entrevista, Santaolalla aconseja tener disciplina, encontrar una identidad propia y mantenerse fiel a una visión. Los que esperan de él una receta mágica se decepcionan. Al hablar de su trabajo cita a Picasso («Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando»). Y no se cansa de repetir identidad, identidad, identidad. Cathleen Murphy, vicepresidenta de Sony Global, dijo que Santaolalla cambió las reglas de la industria: «Fue el creador de la música latina alternativa que ahora suena en todas las radios del mundo». Hay quienes lo acusan de ser parte de una maquinaria que fabrica productos en serie.

—Claro que soy parte de la industria. Pero no me considero un estereotipo de quienes hacen productos a medida del mercado.

Santaolalla se define primero como músico, y todos los artistas que produce tienen algo en común: la búsqueda de un sonido que identifique a la región. Durante las últimas dos décadas, él y su socio Aníbal Kerpel han producido músicos muy distintos entre sí, pero todos comparten cierto trabajo con ritmos locales: Juanes con vallenatos, la Bersuit con murgas y candombes, Café Tacuba con rancheras y boleros, Divididos con música de Atahualpa Yupanqui, Bajofondo con tango y ritmos rioplatenses, el dúo Orozco-Barrientos —unos músicos argentinos de provincia— con tonadas mendocinas. Y los fusionan con géneros como el rock, el pop, o la electrónica. El director de la carrera de Producción Musical de la Escuela de Música de Buenos Aires, Daniel Albano, cuenta que en el documental Everything is a Remix se describe al proceso creativo como el ejercicio de copiar, transformar y combinar. «Santaolalla logra en los artistas que produce un balance tan exquisito de estos tres factores —explica— que termina formándoles una identidad casi definitiva». El productor Brian Eno dice que en la música ya no existen grandes invenciones formales: se trata de experimentar con lo creado en los últimos sesenta años. El productor Rick Rubin dice que él crea música como un perfumista crearía una esencia: poco a poco y con algo de instinto. Daniel Albano cree que Santaolalla reúne las mejores condiciones para ser un productor forjador de estilo: su oído musical y estético, su capacidad de rodearse con grandes músicos e ingenieros de sonido, su experiencia como arreglador, su conocimiento de la música latina, sus viajes por las tres Américas en busca de música y tecnología, su habilidad para liderar y su disciplina. Quienes han trabajado con Santaolalla hablan de dos cualidades más: su obsesión por los detalles, y su insistencia en producir más y más para quedarse sólo con lo mejor.

A mediados de los ochenta Santaolalla regresó a la Argentina para producir una gira demencial junto a León Gieco, su primer ‘descubrimiento’ como productor. Durante casi dos años recorrieron el país desde la ciudad más austral —Ushuaia— hasta el extremo norte —La Quiaca—, grabando y filmando con músicos folclóricos nativos. Viajaron más de cien mil kilómetros, grabaron más de cincuenta horas de video y tomaron más de dos mil fotografías para producir De Ushuaia a La Quiaca, una gira que se convirtió en cuatro discos —uno de ellos listado entre los mejores cien discos del rock argentino por Rolling Stone—, un libro y un documental. Santaolalla ha dicho que ese viaje lo transformó. Allí conoció a cientos de artistas a los que no les interesaba grabar discos ni salir en televisión: hacían música porque para ellos era una necesidad vital. Y también conoció a su actual mujer, Alejandra Palacios, madre de sus hijos menores, Luna y Don Juan Nahuel. Santaolalla necesitaba un fotógrafo para la gira y ella se presentó a la entrevista de trabajo. Otros fotógrafos ya habían rechazado el proyecto.

—Me dijo que tenía que sacar cinco rollos por día, y que se sabía cuándo empezaba el viaje pero no cuándo terminaba. Era un delirio, pero vi en él a un productor increíble— me dice Alejandra Palacios.

Durante el viaje, Palacios y Santaolalla no se enamoraron enseguida: estaban concentrados en el trabajo. Él era muy caballero, cuenta su mujer, «un hombre a la antigua» que le abría la puerta de los autos y estaba atento a los detalles. Años después de aquella gira en la que se conocieron, cuando ella estaba por dar a luz a Luna, su primera hija con Santaolalla, en la sala de parto había otra mujer sosteniendo su mano, haciéndola respirar. Mónica Campins, la ex mujer de Santaolalla y madre de su hija mayor Ana, estaba allí para ayudarla a parir. Eso que la mayoría de los hombres creería imposible —ver a su mujer y a su ex unidas en un momento tan animal como trascendente— era consecuencia del efecto que Santaolalla produce en aquellos con los que se involucra. Hoy Mónica Campins es parte de la gran familia del productor argentino y vive muy cerca de la casa de Alejandra Palacios y Santaolalla. Para él, ese tipo de logros también tienen que ver con su trabajo.

—No hablo de ir todos los días a la oficina, sino de trabajar las relaciones con la familia, con los amigos. Soy consciente que hago cosas que impactan a la gente, y siempre trato de que sea algo positivo.

Todos los proyectos en los que se involucra, dice Santaolalla, ayudan de alguna manera al descubrimiento de las personas. «Una de sus grandes cualidades es manejar muy bien la energía y las relaciones humanas. Es algo tan fuerte en él que inevitablemente terminó dedicándose a esto», me dijo el tecladista de Café Tacuba, Emmanuel del Real Díaz. «Es un movilizador. Pone a andar cosas. Y esas cosas terminan funcionando», dijo su amiga Marisa Monte, música y productora brasileña. «El trabajo de Santaolalla suele mostrarse con la presencia de lo étnico. Pero por sobre todo creo que valora el instinto, lo emotivo, la calidez. No importa qué forma tenga lo que produce, creo que él respeta y promueve lo emocional», dice Daniel Albano, director de la carrera de Producción Musical. Las películas con las que Santaolalla ganó premios también hablan de búsquedas, individuales o colectivas: Diarios de motocicleta, Secreto en la montaña, Babel. A los guiones con los que trabaja, dice, él los elige como a los artistas: con la piel y el estómago. Durante la última entrega de los premios Goya en España, Relatos salvajes ganó como mejor película iberoamericana pero Santaolalla —que compuso su banda sonora— no fue premiado por la música del filme. Sus nuevos fans adolescentes hicieron oír sus reclamos por Twitter. «Tendría que haber ganado el tío que hizo la música de The last of us», repetían. Santaolalla no se llevó ese premio, pero recibió una prueba de fidelidad de un público inesperado. Hacer cosas nuevas ha mantenido vivo su don para conmover a las personas: le permite prestar atención con el entusiasmo de un eterno principiante, y la pericia técnica de un escultor experimentado. Una vez le preguntaron al productor Rick Rubin si su creatividad había cambiado con el tiempo. «Al inicio yo era un completo novato —dijo Rubin—, ahora soy un completo novato con treinta años de experiencia».

Santaolalla volvió a sacar un disco solista en 2014, luego de varios años de trabajar únicamente en proyectos colectivos o de otros artistas. Desde hacía dieciséis años, cuando editó Ronroco —el disco que le abrió las puertas al mundo del cine— que no hacía un trabajo en solitario. Le puso de nombre Camino. En 2014 Santaolalla llegó también a la Argentina para filmar una serie documental sobre el Camino del Inca o Qhapaq Ñan, como se conoce en quechua al gigantesco sistema vial que integró el imperio incaico a través de seis países andinos, desde Chile hasta Colombia. El proyecto abarcaba siete provincias argentinas y arrancaba por Mendoza, donde Santaolalla tiene su bodega Cielo y Tierra. Para empezar eligieron una comunidad indígena Huarpe, en una zona cordillerana, cerca de la frontera con Chile. Santaolalla habló durante horas con la líder de la comunidad, Claudia Herrera, sobre la senda andina como un lugar sagrado para distintos pueblos, sobre sus antepasados, sobre la necesidad de buscar en los orígenes para mirar el presente. Santaolalla tenía la cabeza rapada, lo que en sus propias palabras le daba un aspecto entre astronauta, monje y enfermo mental. «Cortarse el cabello es el símbolo de retomar un camino, dar una vuelta al círculo, volver a caminar los mismos caminos quizás pero con más sabiduría y fuerza», dice Herrera. Después que se apagaron las cámaras, los huarpes hicieron una ceremonia para que los buenos espíritus acompañaran a Santaolalla. En la montaña, delante del fuego, le entregaron una pluma de cóndor para que llevara un mensaje a través de los distintos pueblos que iba a visitar, como hacía antiguamente el chasqui. Más que el portador de un simple mensaje, explica la líder de la comunidad, «el chasqui es un corredor espiritual». Santaolalla llevaba consigo su ronroco. Después de recibir la pluma tocó un tema para ellos, les regaló su instrumento, y volvió a retomar su camino

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April 13, 2015

Alejandra López

Un texto de

EL CISNE NEGRO

Pronto Misty Copeland, una afroamericana que va a cumplir treintaitrés años, se convertirá en la única prima ballerina negra de la historia del American Ballet tras dos décadas de ensayos y espectáculos sin treguas. El precio de la gracia y la belleza es sacrificar la juventud y aprender a retorcer todo el cuerpo contra sí mismo.

¿Cómo recoger unas llaves del suelo en puntas de pie?

Un perfil de Santiago Wills
Fotografías de Jack Devant

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Fotografía de Jack Devant

Cuando a Misty Copeland se le caen las llaves de su apartamento en el Upper West Side de Nueva York, las levanta sin doblar las rodillas, con el dedo índice y pulgar, como si se tratara de un cristal. Todos los días, en la estación del metro de Lincoln Center, la más cercana de donde vive, Misty Copeland se cuida de no perder su postura cuando desciende al subterráneo: elevada sobre unos empinados tacones de aguja del diseñador francés Christian Loboutin, la bailarina de ballet mide cada paso para evitar que la gente se dé cuenta de que sus piernas son más cortas de lo que ella quisiera.

Erguida, cuida las líneas y los ángulos que forman sus brazos respecto a su cabeza y su espalda, como si en todo momento se encontrara sobre un escenario. Misty Copeland duerme con las piernas abiertas y las rodillas recogidas hacia afuera, como una rana boca abajo a punto de impulsarse mientras nada. No come grasas ni azúcares. Nunca se maquilla cuando va a un ensayo. Baila ballet entre nueve y diez horas diarias desde hace unos veinte años, y, cuando no ensaya ni da clases ni se presenta en un espectáculo, ayuna ciertos días para eliminar las toxinas y el peso que cree haber aumentado. Acababa el verano en Nueva York, y la bailarina negra debía empezar a prepararse para bailar por primera vez el papel del cisne blanco en EL LAGO DE LOS CISNES, quizá el personaje más célebre de la historia del ballet. Hasta donde ella sabía, en los cerca de cuatrocientos años de historia del ballet clásico, sólo una bailarina negra del Houston Ballet, una compañía menor, lo había hecho sin mayor éxito. «Hay algo acerca de ese ballet que hace que la gente imagine a una mujer rusa, extremadamente alta como el cisne», dijo en una aparición en el TODAY SHOW, un programa matutino de la cadena NBC que tiene más de cinco millones de televidentes. «La gente no imagina a una mujer afro-americana como una bailarina porque cree que no somos delicadas ni femeninas. Nos ven como fuertes y agresivas». Era su papel más inesperado después de casi veinte años de andar en puntas de pies y Misty Copeland estaba con los nervios en punta.

Fuera de los círculos elitistas del ballet, es raro encontrar a alguien que pueda nombrar a un bailarín que no sea Baryshnikov, Nureyev o Julio Bocca, o a una bailarina que no sea Anna Pavlova, Suzanne Farrell o Alicia Alonso. Hoy la afroamericana Misty Copeland es un fenómeno que es la imagen de Under Armour, una marca de ropa deportiva cuyo video promocional ha sido visto más de siete millones de veces. Es la imagen de Blackberry y los cosméticos Proactiv. Es miembro del Consejo del Presidente Barack Obama sobre Forma Física y Deportes. New Line Cinema, la productora independiente detrás de la trilogía de EL SEÑOR DE LOS ANILLOS, prepara una película sobre su vida. Baila en los videos y conciertos de Prince, el cantante de Purple Rain. Este año tendrá su propio show en el canal estadounidense Oxygen. Perfiles sobre ella han aparecido en revistas prestigiosas como THE NEW YORKER y programas televisivos como FOX NEWS. La mayoría ve al ballet como un arte anticuado, una disciplina inútil que pertenece a un pasado de nobles y cortesanos, un espectáculo aburrido que sobrevive por unos cuantos snobs. «No entiendo nada sobre ballet», escribió el ruso Chejov. «Lo único que sé es que durante los intervalos las bailarinas apestan como caballos». Hoy la popularidad de Misty Copeland se compara con la de Baryshnikov, la última gran estrella del ballet mundial, pero entre los estadounidenses ella ya la trasciende. La pregunta es qué ha hecho para merecerla: si sus compañeras bailaban diez horas al día, Misty Copeland intentaba bailar doce; si las demás tardaron cuatro años en presentarse frente a un público en puntas de pie, ella lo hizo en uno. Si las demás eran capaces de bailar con músculos lesionados, ella bailaba con huesos agrietados. Pero esa no es toda la historia. «Es la bailarina afroamericana más importante en este momento», me dijo Alastair Macaulay, el crítico de danza de THE NEW YORK TIMES. El calificativo no puede pasarse por alto. Al igual que un cisne negro, Misty Copeland sobresale por su apariencia y su atipicidad.

—Yo no elegí el ballet —me dijo por Skype desde Los Ángeles, cuando era jueza de SO YOU THINK YOU CAN DANCE, un reality show—. El ballet me eligió a mí.

Como toda aspirante a bailarina de ballet, Misty Copeland empezó junto a un espejo y una barra de madera. Parada con niñas entre los cuatro y los doce años, todas repetían el mismo ejercicio: pararse sobre una pierna, estirar y subir la otra hasta la altura de sus frentes y luego doblarla cientos de veces con un descanso de treinta segundos, y así durante treinta minutos más. Luego, durante otra media hora, hacían sentadillas paradas en puntas de pies. Los músculos les temblaban, los pies les dolían, señales de que estaban haciendo bien el ejercicio, y algunas caían o se detenían porque todavía no se acostumbraban a vivir con ese ardor muscular que las acompañaría al caminar, al subir escaleras, al sentarse. Toda una vida repitiendo el mismo ejercicio con otras niñas, adolescentes y adultas que olvidan cómo doblar las rodillas para recoger unas llaves, cómo dormir con las piernas rectas, cómo caminar sin imaginar un público juzgando cada uno de sus pasos. Toda una vida esculpiendo un cuerpo a martillazos. Durante años giró sus tobillos de tal manera que sus pies miraran hacia lados opuestos. Durante años nunca tomó la mano de un hombre fuera de sus ensayos de ballet.

—Me empujaron a bailar y era tan pequeña que no comprendía lo que significaba aceptar —me dijo por Skype—. Y yo intuía que el ballet me iba a permitir una mejor vida que no habría tenido de otra manera.

Tiempo antes de esa conversación, una mañana a mediados de 2014, la bailarina Misty Copeland se había despertado con los dolores musculares que a menudo la aquejan, un escozor consecuencia del ejercicio extremo. La noche anterior había hundido sus pies en un cubo de agua helada para desinflamarlos, había recorrido sus piernas con hielos: desde el tobillo hasta dar la vuelta sobre la rodilla para llegar hasta el cuádriceps femoral, el músculo frontal que descansa sobre el fémur y que se encarga de sostener gran parte del peso del cuerpo. Esa mañana, antes de salir de su departamento en Manhattan rumbo al Metropolitan Opera House, el hogar del American Ballet Theater, una de las compañías más prestigiosas de ballet de Estados Unidos, Copeland se asomó a su refrigerador. Encontró una botella del vino blanco espumoso italiano que había bebido la noche anterior, un racimo de uvas, bananas y botellas de agua. Empacó las frutas y una bolsa de macadamias y nueces de anacardo para comérselas en el descanso entre los ensayos. Como la mayoría de sus compañeras, Copeland actúa como si fuese alérgica a las grasas y azúcares: su dieta se compone ante todo de ensaladas, sushi y pastas. En una tienda, la bailarina ordenó un muffin de arándanos y compró un café helado sin azúcar que bebió mientras caminaba cuidando las líneas de su cuerpo hasta el Lincoln Center. Luego de hacer ejercicios de calentamiento, entró cojeando a un salón de ensayos del Metropolitan Opera House con los ojos húmedos y el ceño fruncido. Desde hacía varios días le dolía un tobillo. No era nada serio, pero los ejercicios del calentamiento habían despertado el dolor una vez más. Debía ensayar el papel de Gamzatti, la villana de LA BAYADÈRE. Gamzatti, la hija de un poderoso y rico Rajah en India, se enamora de un guerrero que antes había jurado su amor a una bella y pobre bayadera, una cantante y bailarina de un templo indio. Después de una rutina de cuarenta minutos, Misty Copeland me saludó cubierta de sudor. Vestía un leotardo azul, ese traje ceñido de algodón que usan trapecistas y gimnastas, un tutú púrpura y zapatillas rosas. En persona luce más frágil que en videos o fotografías: mide algo más de metro y medio de altura, tiene brazos delgados pero fornidos, un rostro ovalado enmarcado por gruesas cejas castañas, nariz ancha y unos labios voluptuosos que se arquean cuando sonríe. Tiene el cuerpo grácil y musculoso de un ciervo cuando corre, piernas recias y torneadas como talladas por un escultor clásico y curvas que recuerdan a la cantante Beyoncé.

—Debo salir corriendo a otro compromiso. Ya no tengo tiempo de nada—me dijo luego de presentarse en el American Ballet Theatre–. Pero vamos a hablar luego.

Antes de cumplir los trece años, Misty Copeland no sabía nada de música clásica. Una mañana de otoño, en Los Ángeles, Elizabeth Cantine, una profesora de historia que había hecho ballet en su juventud, la vio bailando canciones de George Michael y Mariah Carey con el grupo de danza de la escuela. A primera vista, la maestra de historia intuyó que Misty Copeland podría mantener los pies mirando hacia afuera e imitar con facilidad las cinco posiciones básicas del ballet: 1. Tobillos unidos y brazos extendidos hacia adelante, como si se abrazara a una persona invisible con un ligero sobrepeso. 2. Piernas abiertas y brazos estirados hacia los lados, como una persona siendo requisada por un policía quisquilloso. 3. Pies cruzados, el uno frente al otro, un brazo extendido hacia el lado y otro ligeramente doblado hacia el pecho, como si se estuviera sujetando a una pareja invisible en un vals. 4. Un pie cruzado frente al otro dejando un mínimo espacio y entre ambos, un brazo extendido hacia un lado y el otro elevado sobre la cabeza con una ligera curvatura, como un delicado operador de aeropuerto indicando el camino de un avión. 5. Un pie cruzado exactamente frente al otro con ambos brazos elevados sobre la cabeza formando un óvalo, como si el cuerpo imitara una copa de champaña. En 1995, aquella maestra de historia que trabajaba en su colegio vio en Misty Copeland unas piernas largas capaces de formar un ángulo recto sin esfuerzo, unos pies grandes con dedos que se doblaban con facilidad y unos músculos vigorosos para impulsar su cuerpo ligero por el aire con piernas totalmente abiertas y estiradas, y la espalda arqueada hacia atrás en un grand jeté. Elizabeth Cantine no vio el color de su piel en el ballet. Vio el futuro.

Dos décadas después, cerca de los treintaitrés años y siendo la bailarina más célebre de American Ballet Theater, Copeland ensayaba para interpretar un cisne. EL LAGO DE LOS CISNES, compuesto por Tchaikovsky a finales del siglo XIX,cuenta en cuatro actos una historia de amor que, como tantas narraciones del periodo romántico ruso, termina con el suicidio de una infeliz pareja. Un príncipe llamado Sigfrido es obligado por su madre a elegir una esposa entre varias princesas de la comarca. Triste por no poder casarse por amor, Sigfrido sale de cacería con sus amigos y encuentra una bandada de cisnes que resultan ser hermosas doncellas condenadas a convertirse en aves durante el día debido el hechizo del brujo Rothbart. El príncipe Sigfrido se enamora de la más hermosa de las doncellas, el cisne blanco llamado Odette, a quien promete amor eterno a la orilla de un lago encantado. Al volver a casa, su madre le presenta a sus posibles prometidas, pero Sigfrido se niega a elegir a una. Es entonces cuando aparece en el castillo el cisne negro Odile, la hija del brujo Rothbart, quien gracias a un hechizo es idéntica a Odette. Sigfrido, engañado, anuncia ante todos que Odile se convertirá en su esposa. El brujo Rothbart y el cisne negro le muestran la realidad y se burlan de él. Sigfrido huye hasta el lago donde encuentra una vez más a Odette. Incapaces de romper el hechizo, la pareja se sumerge en las aguas. Semanas después de haberla conocido en Nueva York, Misty Copeland estaba inmersa en su nuevo papel. Sería el cisne blanco en un teatro de Australia.

El cisne blanco es más que un cisne blanco: personifica el ballet. Antes de EL CISNE NEGRO, la película de Darren Aronofsky y Natalie Portman, el personaje gozó de reconocimiento mundial gracias a la bailarina rusa Anna Pavlova. Durante los primeros treinta años del siglo veinte, Pavlova, una bailarina del Ballet Imperial Ruso, recorrió los cinco continentes bailando LA MUERTE DEL CISNE, una pieza coreografiada para ella que en ocasiones cierra el segundo acto de EL LAGO DE LOS CISNES. La rusa encarna al cisne blanco en gran parte del imaginario colectivo: nívea y delgada, frágil en una elegante falda blanca que se confunde con su piel. Anna Pavlova es lo opuesto de Misty Copeland. Durante sus años de bailarina, siempre se había tropezado con algún detractor que llegaba a la conclusión de que una mujer negra no tenía lugar en el ballet clásico. Dos años después de empezar a bailar, cuando tenía quince, Misty Copeland se presentó al programa de verano de las compañías de ballet más prestigiosas de Estados Unidos. Todas, excepto una, la aceptaron, recuerda en su autobiografía LIFE IN MOTION: AN UNLIKELY BALLERINA. «No te quisieron porque eres negra», le dijo Cindy Bradley, su primera maestra de ballet en Los Ángeles. Ahora la bailarina afroamericana tenía que probarse el vestido del cisne blanco en el Lincoln Center of Performing Arts de Nueva York. Sus dudas no desaparecían: en días recientes Copeland había declarado que aún no se sentía preparada para hacerlo.

***

Cuando Misty Copeland tenía trece años, fue a su primera clase de ballet y no se atrevió a bailar. La intimidaban decenas de niñas blancas en mallas y tutús rosas y con el cabello perfectamente atado. Sus clases sucedían en San Pedro, un pueblo de pescadores y surfistas en Los Ángeles. Su profesora, Cindy Bradley, era una imperiosa maestra de ojos aguamarinos y cabellos pintados de rojo escarlata que tenía un perro llamado Misha en honor a Mijaíl Baryshnikov. Misty Copeland admiraba a la gimnasta rumana Nadia Comaneci, la primera en conseguir una puntuación perfecta en unos Juegos Olímpicos, y le gustaba imitar los bailes que veía en THE BRADY BUNCH, un programa de TV donde una familia con niños rubios bailaba todo el tiempo. Copeland vivía en la habitación de un motel en California con su madre, una ex porrista de un mediocre equipo profesional de fútbol americano, y cinco hermanos. Había el dinero justo para una dieta de fritos y comida chatarra. No tenían para comprar faldas de seda o zapatillas de tela. Nunca había visto un ballet en vivo. Se sentía fuera de lugar en la clase y, durante dos semanas, no quiso ser parte de los ejercicios en la barra. La tarde que venció su timidez y ocupó por primera vez un lugar entre las niñas, se sintió desilusionada: la rutina consistía en estirarla pierna y formar una media luna con el brazo contrario, un croisé devant. Las niñas repetían el movimiento cientos de veces al ritmo de música clásica que ella desconocía. Misty Copeland quería saltar y hacer piruetas, agitar los brazos en el aire y mover las caderas. El ballet era aburrido y decidió que no perdería más su tiempo en aquel lugar.

Su maestra Bradley la convenció de regresar frente a la barra y el espejo. Quien llega al ballet no lo hace de forma voluntaria: la lleva su madre. O una profesora intuitiva. Misty Copeland tenía un talento natural y, a pesar de haber empezado tarde, a los trece años, al bailar era capaz de imitar pasos complejos que veía en otros bailarines virtuosos por primera vez. Para poder pararse en puntas de pies, la flexión de la planta y el tobillo debe alcanzar un ángulo de noventa grados. La presión sobre los dedos es el doble de la normal, por lo que es imprescindible fortalecer las caderas, la espalda, los muslos, las piernas y los más de cien músculos, tendones y ligamentos que rodean los veintiséis huesos del pie. Llegar a pararse en puntas de pie es un ejercicio que suele tomar cuatro años y que involucra juanetes, uñas encarnadas, desgarros musculares en las pantorrillas, inflamación de los tendones, ampollas en cada dedo del pie y una transformación ósea casi imposible después de que la osificación del pie ha terminado. En las mujeres, la última epífisis, el nombre que se le da al extremo ancho de cada hueso largo, se cierra hacia los catorce años. Las audiciones para ingresar en la escuela de ballet de La Vaganova, donde se graduaron Nureyev y Balanchine, en San Petersburgo, convocan a niños entre los ocho y diez años. Es como si Misty Copeland hubiera llegado cinco años más tarde a tocar la puerta del ballet. Las bailarinas suelen empezar a los ocho y pararse en puntas de pie a los doce: Misty Copeland llegó al ballet a los trece y se paró en puntas de pie dos meses después de su primera clase. Un tiempo después de pararse en puntas, podía girar sobre la punta de su pie izquierdo estirando hacia fuera la pierna derecha en una especie de latigazo llamado fouetté. Asombrada, Cindy Bradley becó a su alumna. Se enteró de que vivía en un cuarto de motel y que debía cocinar para sus cinco hermanos mientras su mamá se ausentaba en citas interminables o en trabajos de hasta catorce horas diarias. El día en que con lágrimas en los ojos Misty Copeland le dijo que a pedido de su madre tendría que dejar el ballet por su familia, la maestra Bradley fue al motel a pedirle a la ex porrista que permitiese a su hija mudarse a vivir con ella.

En casa de Bradley, a Misty Copeland le sorprendía que todos los días su maestra le preguntara sobre sus gustos y sobre cómo le había ido en la escuela. Ya podía bailar todas las tardes sin preocuparse por el tiempo o por las necesidades de sus hermanos. Flexionaba miles de veces las rodillas hasta que sus muslos quedaban en una posición horizontal para fortalecer su balance y sus articulaciones, el plié en las cinco posiciones básicas del ballet. Dejaba descansar su peso sobre su pierna derecha y extendía horizontalmente hacia atrás su pierna izquierda, un arabesque, un ejercicio que repetía sin cesar durante horas. En sólo dos años de ballet, Copeland podía hacer dieciséis giros, dieciséis pirouettes seguidos mientras se sostenía en la punta de su pie derecho. La flexibilidad de su ligamento iliofemoral, una de las bandas fibrosas que une la cadera con el fémur, le permitía extender sus piernas más lejos de lo normal. Sus pies y sus rodillas miraban hacia fuera como resultado de la rotación constante de sus piernas desde la cadera. «Camino como un pato, muy derecho, arriba y abajo. O como un pingüino —dijo David Hallberg, bailarín principal del American Ballet Theater y del Ballet Bolshoi de Moscú—. Es una señal certera de que soy un bailarín». En breve tiempo el modo de caminar de Misty Copeland era similar al de Chaplin.

Se dedicó al ballet con una entrega absoluta al punto que la primera vez que tuvo una cita con un chico fue a sus diecisiete años. Era la noche del baile de graduación de su escuela. Nunca la habían besado y, cuando después del baile, su pareja, un amigo de origen coreano, intentó besarla, ella lo esquivó asqueada. No había tenido tiempo de interesarse en los hombres, aunque de cuando en cuando bailaba con ellos en el escenario. En general Misty Copeland ensayaba y bailaba sola: giraba cada vez más sin caer, saltaba cada vez más alto y más lejos, estiraba y movía los brazos con mayor elegancia, caminaba en puntas con la distinción que tenían las primeras bailarinas. Dos semanas después de graduarse, se mudó becada desde Los Ángeles a Nueva York, donde la esperaba un puesto en la Studio Company del American Ballet Theater. Era como entrar en una exigente sala de espera que servía de vitrina y trampolín a una compañía de primera. Desde entonces Misty Copeland ha querido llegar a prima ballerina, el nivel más alto al que puede escalar una mujer en un escenario de ballet. Es lo que más quiere.

***

El ballet se vuelve con el tiempo una escuela en el dolor y el encierro. «Vivimos con un velo sobre nuestros ojos. Entrar a una compañía de ballet es como ingresar a un convento», me dijo Toni Bentley, una ex bailarina y hoy crítica de danza de THE NEW YORK REVIEW OF BOOKS. En el restaurante de un hotel en Manhattan, Bentley bebía un café oscuro sosteniendo su taza con dos dedos. Andar en punta de pie en pos de la levitación puede, sin accidentes graves, durar unos treinta años. Toni Bentley bailó durante veintidós y tuvo que retirarse. Había bailado para New York City Ballet, un grupo creado por George Balanchine, el coreógrafo que fusionó el estilo imperial ruso con la danza moderna y los pasos de jazz, tap y tango para renovar el ballet. Balanchine exigía a sus bailarinas movimientos vigorosos y rápidos, sacrificando parte de la elegancia y el aplomo del ballet clásico y reemplazándolo por un frenesí de velocidad. Si normalmente una bailarina atravesaba el escenario con diez saltos, Balanchine pedía que lo hiciera con seis. Una niña se presentó a una audición con él y, tras finalizar una rutina poco prometedora, fue a abrazar a su madre, quien orgullosa preguntó a Balanchine si no creía que la niña sería una estrella. «El baile, madame, es una cuestión moral», le respondió. Su ética no le impidió ser un galán irremediable que componía obras para sus bailarinas preferidas ni casarse con cuatro de ellas. «No necesito a una ama de casa», dijo sobre una de sus mujeres. «Necesito una ninfa que llene mi habitación y que después salga flotando». Balanchine pensaba algo similar sobre el ballet. «Es algo completamente femenino; es una mujer, un jardín de hermosas flores, y el hombre es su jardinero», escribió en un ensayo sobre la danza. «El ballet es un lugar donde el arte florece gracias a la mujer; la mujer es la diosa, la poetisa, la musa. Por eso tengo bellas mujeres en mi compañía. Creo lo mismo sobre la vida, que todo lo que el hombre hace lo hace por su mujer ideal». Toni Bentley conoció a Balanchine un par de años antes de su muerte. Cuando ella aún estaba en el corps de ballet de la compañía de Balanchine, el primer escalón antes de querer ser solista y prima ballerina, Bentley sufrió una lesión en la cadera que la obligó a retirarse. Tenía veintisiete años y el ballet lo había sido todo para ella.

—En ballet —me dijo citando a Balanchine— el ahora es lo único que existe.

Antes de su lesión en la cadera, Toni Bentley entrenaba doce horas al día, seis días a la semana. Ignoraba quién era el presidente de turno, no porque fuera tonta, sino porque no le interesaba: vivía ensimismada en la próxima obra, en demostrarle a Balanchine que podía hacerlo mejor que todas las demás bailarinas. Hasta el día en que su cadera se rompió. «Los padres deberían disuadir a sus hijas de practicar ballet, pues debe ser una vocación —me dijo afligida—. No tiene que ver con fama, dinero o longevidad. Sólo es amor». El mundo carecía de sentido fuera del convento.

—Si quieres ser una bailarina profesional, pero también quieres ir a la universidad, aprender sobre whisky, escultura, hombres, sexo o cualquier otra cosa sobre lo que trata la vida —advirtió Bentley—, no vas a ser una muy buena bailarina.

Las bailarinas entregan sus vidas al ballet, pero sin aspirar al espejismo de trascendencia de las demás artes. «No te da nada a cambio — dijo el coreógrafo Merce Cunningham —. No te deja manuscritos para que guardes, no te deja pinturas para exhibir en las paredes o colgar en museos, no te deja poemas para imprimir o vender, no te deja nada excepto ese fugaz momento en que te sientes vivo».  Los bailarines de ballet son como pintores que tras terminar su búsqueda diaria de la obra maestra deciden quemar sus lienzos y empezar de nuevo. No hay nada blando tras esa apariencia frágil y etérea firme, como de mariposa altiva, en los bailarines. La caja puntiaguda de las zapatillas de ballet, el lugar contra el que hacen fuerza los dedos cuando una bailarina se para en puntas de pie, está hecha de decenas de capas de papel y cartón apiñados y sellados con pegante. Para ablandarlos, algunos bailarines los golpean con un martillo. «No hay una clase de artista más autocrítica que la de los bailarines», sentenció Susan Sontag. Según ella, había ido tras bastidores para felicitar a actores o pianistas o cantantes por su extraordinaria presentación, y sus elogios eran recibidos sin mayores objeciones, con evidente placer y hasta con alivio, pero todo cambiaba cuando se trataba de un bailarín de ballet. «Cada vez que he felicitado a un amigo o a un conocido que es bailarín por una presentación extraordinaria — e incluyo a Baryshnikov — lo primero que escucho es una desconsolada letanía sobre los errores que se cometieron:  se equivocaron en un paso, un pie no apuntó en la dirección correcta, estuvieron a punto de resbalarse en una complicada maniobra en pareja. No importa que quizás ni yo ni nadie haya observado esos errores. Se cometieron. El bailarín lo sabe». Quienes bailan en el convento del ballet sudan con la culpa y buscan redención.  Karin von Aroldingen, una bailarina alemana que el seductor Balanchine había reclutado, se casó con un empresario alemán tiempo después de ser aceptada en su corps de ballet. Muy pronto quedó embarazada. Von Aroldingen bailó hasta el sexto mes de embarazo y regresó a clases una semana después de parir. «Soy primero una bailarina, antes que una madre o una esposa». Luego añadió: «Y quiero mucho a mi familia». El ballet es una batalla fútil contra el paso del tiempo. Es décadas de pasar más de doce horas en puntas de pie repitiendo extenuantes ejercicios y coreografías, un entrenamiento incluso más arduo que el de un atleta profesional. Al contrario de la mayoría de los atletas, cuando empieza la temporada, las bailarinas no tienen días de descanso para recuperarse. Sus vidas son una serie casi ininterrumpida de clases, ensayos y presentaciones. Un esfuerzo físico constante que, como decía Susan Sontag, va más allá del de los depor- tistas, quienes no deben ocultar debajo de sonrisas y pantomimas los gestos y las contorsiones propias del esfuerzo. Las bailarinas sudan mientras actúan en el escenario sonriendo coquetamente o cuando expresan el dolor de un amor no correspondido. Con la edad, los movimientos son cada vez más difíciles de ejecutar. Las lesiones se vuelven más comunes. Dolor crónico en la espalda. Roturas de ligamentos. Tendinitis. Desgarros en el cartílago que acolchona la cadera y el fémur. Problemas en los músculos transvesos del abdomen. Tobillos rotos. Artritis. Es inevitable empezar a cuidarse, bajar la intensidad en los entrenamientos, alejarse de esa quimérica perfección imaginada en la juventud cuando el cuerpo siempre respondía.

—Estar todo el tiempo sobre tus pies te desgasta. La gente que levanta pesas no las levanta todos los días pues es muy desgastante para sus músculos y ligamentos. Tienen un par de días de descanso entre los días de trabajo — me dijo Misty Copeland—. Los bailarines no podemos darnos ese lujo.

El ballet es un arte en constante agonía que aparece y desaparece. No existe un sistema de anotación para preservar los pasos o las coreografías a través de los siglos. «[El ballet] es un arte de memoria, no de historia», escribió Jennifer Homans, autora de APOLLO’S ANGELS, el libro definitivo sobre los cuatrocientos años de historia del ballet. «Por ello el repertorio del ballet no se encuentra en los libros ni en las bibliotecas: pervive, más bien, en los cuerpos de las bailarinas». En el ballet no hay una vara fija con la cual medirse. No hay una interpretación duradera a la cual aspirar. Los videos no sirven porque trasladan a dos dimensiones una historia de tres. La imagen de la coreografía que el bailarín tiene en su cabeza es la única que existe. «Lo que existe es una imagen mental que no contiene errores, una imagen a la que sólo es posible acercarse dejándolo todo en los ensayos y las prácticas. El ballet existe sólo en la medida en que los bailarines se encuentran en el escenario en este momento», escribió Balanchine. «No es algo triste. Es maravilloso, sucede en este momento. Está vivo. Como una mariposa». Cada noche, frente al público, los bailarines de ballet salen a buscar la perfección. Es una búsqueda incansable de gracia, belleza y olvido.

—En ballet, como en boxeo, el tiempo y la gravedad siempre te van a derrotar —me dijo Toni Bentley.

***

En la primavera de 2012, días después de que Misty Copeland bailara en el EL PÁJARO DE FUEGO de Igor Stravinsky, dos médicos le informaron que debía retirarse del ballet. Tenía veintinueve años y seis fracturas de estrés en su tibia izquierda, seis fisuras en el hueso inferior de la pierna causadas por la presión constante de meses saltando, girando y aterrizando sobre el mismo punto. No era una lesión común. Copeland estaba acostumbrada a punzadas producto de desgarros mus- culares, a tobillos molidos, dedos lacerados y ampollas reventadas, pero no a lesiones como ésta. El ballet EL PÁJARO DE FUEGO, que trata de un príncipe ruso que atrapa un ave mítica para ganar el amor de una prin- cesa y derrotar a un hechicero, cimentó el éxito y la reputación de Stravinsky. Lo mismo sucedió con Misty Copeland. EL PÁJARO DE FUEGO, en la versión del American Ballet Theater, duró menos de una hora y, debido a la lesión en su tibia, Misty Copeland interpretó el papel sólo una vez en el Metropolitan Opera House. Seis meses ensayando doce horas, seis días a la semana para presentarse exactamente cuarenta y seis minutos. Obra del ballet clásico como EL LAGO DE LOS CISNES tardan dos horas y veinticinco minutos y la temporada de American Ballet Theater dura apro- ximadamente un mes. EL PÁJARO DE FUEGO es más corto y su intensidad es mayor. Misty Copeland entrenó más de mil horas para poder elevarse un metro sobre el suelo con su espalda arqueada y sus piernas totalme- te dobladas hacia atrás. Entrenó más de cien días para atraer durante tres cuartos de hora la atención del público y de críticos de danza como Joan Acocella de THE NEW YORKER, quien dijo que la afroamericana debía ser ascendida a prima ballerina.

Los elogios eran inútiles si Misty Copeland no volvería a pararse en puntas de pie. Si no volvería a ponerse sus zapatillas hechas a medida que cuestan unos setenta dólares y que debe reemplazarlas por lo menos una vez por semana. Si no volvería a sentir el roce de los tutús de encajes contra sus caderas; o el ceñido leotardoapretando su piel; o las caricias de las cintas de seda que protegen sus tobillos. No habría más razones para recoger su pelo en una magdalena. Por primera vez, Misty Copeland sintió deseos de huir para refugiarse en un lugar donde nadie la pudiera encontrar. Deseos de llorar y encerrarse en su bañera como lo hacía de niña en la habitación de motel en California. Dos años atrás, una fractura de estrés en su área lumbar la había obligado a usar un corsé ortopédico veintitrés horas al día durante seis meses. Fue más que incómodo. Pero las últimas fracturas a su tibia izquierda eran fatales.

Misty Copeland se negaba a creer que todo hubiera sido en vano y que el desastre sucediera cuando estaba a punto de llegar a la cima. Después de graduarse de su escuela en California, siguió la carrera tradicional de una bailarina dentro del American Ballet Theater: cinco años en el Studio Company hasta ser ascendida al corps de ballet, y cinco años hasta que la nombraron solista de la compañía. Durante esa década, hizo todo lo posible por ser singular y al mismo tiempo ser parte del grupo. El color de su piel siempre le había traído problemas —hubo noches en las que los maquilladores la obligaron a utilizar una base color marfil para disimular el tono de su piel—, pero tam- poco quería que su color le trajera beneficios. No quería sobresalir por ser una rareza. Si quería llegar a la cima, trabajaría más que las demás. En lugar de salir a divertirse, se quedaría en casa viendo películas de Bette Davis y cuidaría su cuerpo, algo que había aprendido a hacer tras su adolescencia.

Cuando tenía diecinueve años, un médico le recetó  pastillas anticonceptivas tras enterarse de que aún no había tenido su primera menstruación. La pubertad, aunque sea tardía, puede arruinar carreras prometedoras. Su cuerpo cambió aún más a partir de ese momento. Su figura ya no se adaptaba a la imagen clásica de una bailarina. Ya no podía compartir los leotardos con las demás bailarinas del corps de ballet. En meses, sus pechos crecieron de una copa B a una doble D. En el ballet los senos son un pecado: distraen, entorpecen los movimientos, incomodan a la hora de trabajar en pareja. Miembros del American Ballet Theater, a quien prefiere no nombrar en su autobiografía, le repetían que debía trabajar para extender su figura. Una noche, en un club nocturno, un hombre a quien acababa de conocer se negó a creer que era una bailarina. Le dijo que los cuerpos de ellas no eran así. Durante un tiempo, dejaron de seleccionarla para los papeles principales en algunas obras del American Ballet Theater. En respuesta, Misty Copeland empezó a comer cajas y cajas de donuts y a alejarse del convento del que hablaba Toni Bentley. Otra noche,  cuenta en su autobiografía, aceptó ir con una de sus amigas a Lotus, un club nocturno en el Meatpacking District, la zona más exclusiva de Nueva York por esos días. Cuando en el club se esforzaba por olvidar las líneas de su cuerpo, mientras movía sus caderas a ritmo de hip hop sin pensar en los ángulos que formaban sus brazos y sus piernas respecto a sus hombros y su cabeza, un hombre se le acercó y la invitó a la zona VIP. Empujada por una de sus amigas, lo acompañó. Allí conoció a Olu Evans, un abogado cuatro años mayor que ella. Venciendo su timidez, empezaron a hablarse al oído intentando ahogar la música del club. Olu Evans sería su primer novio y su nuevo consejero.

Enamorada por primera vez, mirando por primera vez hacia fuera de la sala de ensayos, Misty Copeland siguió sus consejos. Lo primero fue cambiar su dieta: dejar el pollo, las carnes rojas, el pan. Él era un pescetarian desde niño: sólo se alimentaba de comida de mar y verduras y estaba seguro de que esa dieta podría funcionarle. Se hizo aficionada del sushi, las ensaladas, las frutas y la pasta. El cambio de dieta funcionó. Meses después, Misty Copeland apareció en la portada de DANCE MAGAZINE, la revista de danza más prestigiosa de Estados Unidos, quizás lo que por alguna época TIME fue para la política. Significó para ella un ascenso dentro de la compañía. De ganar seiscientos setenta y nueve dólares a la semana, la bailarina pasó a recibir más del doble, unos cincuenta mil dólares al año, una cifra que viviendo en Nueva York no sirve de mucho pero que le permitió valerse por sí misma y, de vez en cuando, ir de compras a barrios como Soho y Chelsea, o almorzar tostadas francesas y ensalada griega con su novio. Se había ganado esos privilegios con el ballet y podía perderlos por la misma vía. Lo supo ese día de 2012, cuando los doctores le descubrieron seis fracturas en su tibia izquierda y le pidieron dejar de bailar.

—No sé cuánto tiempo pueda aguantar esto —escribió en su diario—. Estoy contenta con lo que tengo, pero triste porque no es suficiente. Dios, ¿cuándo llegará el día en que esto sea fácil?

Abatida, Misty Copeland decidió buscar las opiniones de otros especialistas. Uno de los médicos del equipo de básquetbol de los Knicks de Nueva York le dijo que una cirugía podría ser la solución. No le prometió nada: no sabía si recuperaría su salto y su movimiento tras la operación, pero para él era la única alternativa. No podía perder un segundo. La operaron y de inmediato contrató a una fisioterapeuta para que la ayudara a recuperarse. Mientras tanto, otras bailarinas recibían los papeles que podrían haber sido suyos. Fue reemplazada en EL PÁJARO DE FUEGO y también perdió el papel de Gamzatti en LA BAYADÈRE. Ambos eran papeles principales, por lo normal reservados para una prima ballerina. El hecho de que se los hubieran asignado a ella anunciaba una gran posibilidad de ser ascendida. Pero ya no era el caso: había perdido su oportunidad. Tendría que renunciar al American Ballet Theater y enfrentarse a un mundo que desconocía, sin trabajo y sin otra educación que la de andar en puntas de pie.

Días después de la cirugía, Misty Copeland no podía caminar. Aún así se dejaba caer de su cama y hacía ejercicios de baile con sus brazos desde el suelo. Un mes más tarde, sin poder pararse en puntas, se metió en sus zapatillas de ballet para que los músculos de su pie no perdieran su forma. Una vez por semana, una masajista y una acupunturista iban a su casa para fortalecer sus piernas. Le tomó más tiempo volver a pararse en puntas de pie de lo que le había tomado hacerlo por primera vez. Usando un sistema de poleas y pesas, Copeland emulaba sus saltos sin tener que poner peso sobre su cuerpo. Desde que se despertaba hasta que se dormía no dejaba de doblar sus pies y de estirar sus brazos, lo que fuera con tal de recuperar su peculiar manera de moverse cerca de veinte años. Misty Copeland se sentía torpe y sin gracia. Iba cada tres semanas donde su cirujano para que la revisaran y le tomaran rayos X. Tardó cinco meses en regresar a un ensayo en el Metropolitan Opera House.

En 2013, cuando regresó al escenario, Misty Copeland fue la reina de las dríadas, las hadas del bosque, en DON QUIJOTE, pero los críticos la destrozaron. Era una adaptación del clásico de Cervantes, en su episodio sobre las bodas del barbero Basilio y Quiteria. «La reina de las dríadas de Misty Copeland tiene problemas desfortunados —escribió Colleen Boresta, la crítica de BALLET DANCE MAGAZINE, un popular portal electrónico especializado en ballet—. Sus saltos al final de la secuencia de los sueños fueron fuertes, pero palidecieron al compararse con los de Osipova». Se refería a Natalia Osipova, la bailarina principal del Bolshoiy después del Royal Ballet, la estrella invitada por el American Ballet Theater esa temporada. Misty Copeland estaba furiosa porque era cierto: ya no tenía la misma elevación en sus saltos ni su velocidad era la de antes. Pero acababa de regresar de una lesión. ¿Por qué nadie lo mencionaba? Si le hubieran preguntado, les habría contado que ni siquiera había podido ensayar sus saltos en clases. Les habría declarado iracunda que esa fue la primera vez después de siete meses de lesión en que pudo exigir y extenuar su cuerpo. Si no la entendían era porque nunca habían bailado. «Hay algo tan puro en la técnica y la forma del ballet que te obliga a sentirte vulnerable, a tomar riesgos y a ser honesto consigo mismo», me dijo Misty Copeland por Skype, recordando esa época un año después. Había estado a punto de perderlo todo. Sólo de vuelta al escenario había vencido su miedo a volver a caer con todo su peso sobre su tibia izquierda. Era como aprender de nuevo a caminar. Si los críticos le hubiesen preguntado, ella quizá les habría res- pondido que por primera vez en meses se sentía feliz. El escenario siempre fue su refugio, el lugar donde se sentía hermosa y nadie le reclamaría su timidez.

Meses después de sortear los ataques de la crítica,  una tarde de septiembre de 2014, al otro lado del mundo, en Brisbane, la tercera ciudad de Australia, Copeland aguardaba impaciente su entrada al escenario. El Queensland Performing Arts Centre, donde el año anterior unas dos mil personas habían ido a ver al Ballet Bolshoi, esperaba el mismo público, los probados espectadores, para ver un espectáculo del American Ballet Theater. El ballet exige del espectador otra clase de paciencia, una capacidad de congelar el tiempo para poder apreciar a los bailarines como esculturas en movimiento. Misty Copeland sabía que entre el público juzgarían la altura de sus saltos, la extensión de sus piernas en el aire, su vuelo sobre el escenario. «Ser el cisne blanco es el sueño de toda niña —me había contado meses atrás—, sea o no una bailarina». Se había preparado dos meses para ser el cisne blanco, Odette, por una sola vez. Iba a encarnar a la más hermosa de las doncellas que se suicida con el príncipe Sigfrido. Copeland respiraba profundamente tras bambalinas. A un año de cumplir treintaitrés, tal vez era más que nunca consciente de que el paso del tiempo amenazaba sus ambiciones. Algunas bailarinas de ballet siguen activas más allá de los setenta años; Misty Copeland desea llegar a los noventa bailando. Por el momento, estaba concentrada en su carrera, pero no sabía hasta cuándo sería su prioridad. Si no llega a ser pronto prima ballerina, tendrá que decidir si quiere tener o no un hijo. Su novio entendía su dilema, pero quién sabe por cuánto tiempo. Desde sus trece años el ballet siempre había sido lo primero y lo segundo y lo tercero para ella. Como si se tratara de un dios insaciable, le había entregado su tiempo, su cuerpo y su mente. Ahora estaba frente al papel de su vida y debía controlar sus nervios. Antes de partir para Australia, le había pedido a su novio y a los miembros de su familia que por favor no fueran a verla. No quería decepcionarlos. Era su costumbre no invitar a personas cercanas a sus primeras presentaciones, quizás un reflejo adquirido desde niña cuando ni su madre ni sus hermanos fueron a ver su primera rutina frente a un teatro en California. Su vida más allá del ballet, el escape final del convento, dependía de lo que hiciera en las próximas dos horas en la piel de Odette. Misty Copeland saltó al escenario en puntas de pie, agitando delicadamente los brazos, como un cisne que vuelve a tierra.

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EL DERECHO
A HACERSE
EL MUERTO
EN UNA PISCINA

¿Por qué nos orinamos tanto en una piscina?

Una ensayo de Juan Francisco Ugarte

Casi todos hemos aprendido a nadar en una piscina: nos hemos lanzado volando hacia ella, hemos sentido miedo de no pisar su fondo, hemos empujado allí a traición a los amigos, hemos envejecido arrugando nuestros dedos, hemos asustado a alguien bajo el agua, nos hemos enamorado de hombres con movimientos de salvavidas sin prisa o de la belleza de una mujer en traje húmedo y breve sólo para descubrir después que el sexo bajo el agua es casi siempre decepcionante. Los que aborrecen el agua salada y la arena en el cuerpo se sumergen en una piscina como personajes acuáticos en calma. En la piscina somos diferentes a cómo somos en la playa: mientras en la playa la marea nos pone en alerta, en una piscina nos olvidamos del peligro. Mientras en la playa cerramos los ojos bajo el agua, en una piscina queremos verlo todo. Mientras en la playa nos movemos según el vaivén del mar, en la piscina nos movemos como nos da la gana. Mientras en la playa tememos cruzarnos con alguna bestia marina, en una piscina nos incomoda tropezar con otro ser humano.

Después de haber pasado unos meses en el vientre de la madre, chapoteamos con placer en un recinto de agua con cloro. Hundirnos en una piscina es un súbito acto de introspección. Sumergidos en ella no podemos oler, no podemos oír, no podemos hablar. Con una vista turbia y un tacto húmedo, lo único que podemos hacer es pensar. El neurólogo Oliver Sacks decía que pensaba demasiado bajo el agua: algunos de sus libros los iba escribiendo mentalmente mientras nadaba. En una piscina el cuerpo está comprometido con el movimiento; la mente, en cambio, navega y fluye sobre sí misma. Michael Phelps, el mejor nadador del mundo a quien de niño diagnosticaron hiperactivo, suele hundirse en el agua para calmar su mente. Dice que el reposo acuático lo salvó de sus propios demonios. Phelps practica también el antiguo y desprestigiado deporte de orinarse en la piscina. «Todos lo hacen —advierte—. Es algo normal entre los nadadores». Sin darnos cuenta, la inmersión en el agua altera nuestro comportamiento interno y nos incita a orinar.

Las piscinas son una prolongación del retrete, otro lugar que propicia la reflexión. Según Water Quality and Health Council, de Estados Unidos, uno de cada cinco adultos admite orinar en piscinas públicas. En Beijing, dos investigadores de la Universidad Agraria de China descubrieron que más del noventa por ciento del ácido úrico de las piscinas proviene de la orina humana. Además, una epidemióloga del Centers for Disease Control and Prevention de Estados Unidos ha concluido que los típicos ojos irritados al salir de la piscina no se producen sólo por el cloro, sino por la mezcla entre cloro y orina. Nuestro impulso a orinarnos en ella tiene un origen fisiológico: la presión del agua en una piscina hace que la sangre de nuestras extremidades se acumule en el torso, y el cerebro, al sentir demasiado líquido en un solo lugar, envía señales a los riñones para liberar esa abundancia líquida. Pero más allá de cualquier explicación científica, cada uno decide si orinar o no en el agua. Es un acto clandestino pero voluntario: nos orinamos porque sentimos que estar sumergidos es una licencia de la que nadie más es testigo. Nadie nos ve cuando orinamos en la piscina y este camuflaje nos libera de ejecutar el acto con culpa.

Tal vez esa calma aparente que transmiten las aguas quietas de una piscina lleva a Hollywood a imaginarlas como escenarios de suspenso y horror. En la película La mujer pantera, una muchacha queda atrapada en una piscina por una monstruosa sombra que la arrastra bajo el agua. En Sunset boulevard, un hombre muerto flota sobre una piscina mientras que una voz en off, que es la del propio cadáver, nos advierte: «Pobre tipo, siempre quiso una piscina. Al final consiguió una, pero el precio terminó siendo muy alto». En Un grito bajo el agua, un psicópata asesina a un grupo de adolescentes alrededor de una piscina. También en la literatura: en una escena de la novela Macunaíma, del brasileño Mário de Andrade, una boda se celebra al lado de una alberca repleta de cadáveres. Según esta imaginación fatalista, en el submundo de agua artificial sólo pueden ocurrirnos tragedias. Pero más allá de la ficción, sucede que también las piscinas son un lugar común de la muerte. Un informe de la Organización Mundial de la Salud concluyó que ahogarse en una piscina es la tercera causa de muerte por traumatismo no intencional en el mundo, luego de los accidentes de tránsito y de toda clase de caídas. En lugares de Estados Unidos como Florida y California es la primera causa de fallecimiento en niños menores de cinco años. En su aparente calma, las piscinas en Europa son también un lugar de catástrofe: cada verano mueren allí unas cinco mil personas ahogadas. En Australia, el veinte por ciento de todos los casos de cuadriplejía se debe a clavados fallidos. Hay en las piscinas algo perturbador entre el sosiego que nos transmiten y la tragedia que pueden producir. Jamás estamos del todo a salvo hundidos en un agua mansa.

No es casual que «lanzarse a la piscina» la usemos como una declaración de riesgo. Pero casi nunca entramos a una para deprimirnos: una piscina es sobre todo un paisaje artificial hecho para el placer de nadar y de no hacer nada. Un lugar de descanso y contemplación donde, muchas veces, más que nadar se mira. Salvo un nadador profesional, un clavadista o un jugador de waterpolo, nadie se lanza a una piscina para seguir trabajando.

Hay un magnetismo por ser testigo de ese panorama turquesa donde los cuerpos semidesnudos son una representación acuática de la vida alegre. Quizá por eso nos entusiasmen más las fiestas nocturnas con piscina —a donde siempre acabamos empujando a uno de los invitados— y los hoteles que la ofrecen en sus instalaciones. Nos seduce la idea de lanzarnos a ella por un impulso de liberación, pero también nos atrae el acto de arrojarle objetos. En un videoclip de la banda The Smashing Pumpkins, en medio de una fiesta, unos adolescentes lanzan a una piscina las sillas y mesas de una casa con un impulso revoltoso. Las piscinas tienen algo de anárquicas y de insolencia, pero, fuera de ese inofensivo modo de rebeldía, evocan un sentido de hedonismo. David Hockney, un pintor inglés, nos transmite el placer acuático en una serie de cuadros sobre piscinas: escenas luminosas de hombres sumergidos en el agua, de descanso solitario y de un silencio que se quiebra con un clavado. Hay en sus imágenes un erotismo contenido entre la desnudez del cuerpo y el agua en reposo. Para este pintor, el placer de la piscina es casi siempre un estado contemplativo, solitario y asexuado, opuesto al imaginario cinematográfico como escenario erótico y de desenfreno colectivo. La piscina de la película Boogie Nights retrata el auge de la industria pornográfica de los años setenta: hombres y mujeres en trajes de baño bebiendo alcohol y ensayando piruetas bajo el agua. Sólo en esos estanques de agua jugamos con el cuerpo de un modo tan aparatoso e infantil: pataleamos, nos paramos de manos, ondeamos los brazos, hacemos volteretas, soplamos burbujas, flotamos como muertos, nos orinamos. En la inmersión, la piscina nos concede una licencia de libertad y de alegría. Hundidos en el agua, somos otros: hombres anfibios y semidesnudos que olvidamos e l tiempo. Una chica cuyo único objetivo es alcanzar a tocar e l otro extremo de la piscina. Un niño que quiere salpicarle e l agua a todo el mundo.

 

LA SEÑORA
DEL CAFÉ
Y EL SEÑOR
DE LOS
ENCHUFES

Historia privada de Tres Cruces, la central de buses de Montevideo
donde cada día miles de desconocidos se tropiezan,
conversan, se aburren y, a veces, hasta se casan.
¿Por qué mamá insiste en que
no hablemos con extraños?

Una crónica de Julio Villanueva Chang
Ilustraciones de Héctor Huamán

La señora que sirve café en la central de buses de Montevideo siempre sabe de qué va a hablarle un extraño. «A veces es más fácil hablar con un desconocido», me dice Raquel Quirque, una desconocida con tres letras Q en su nombre. Se ha sentado en una sala de espera de Tres Cruces, la terminal de viajeros de Uruguay, tras horas de pie en Del Andén, un café en el ombligo de esta central de transportes donde ella dice buenos días, azúcar o edulcorante, con la voz de una tía que sirve el desayuno sin prisas. Raquel Quirque es rubia, Sagitario, viste de negro, responde su teléfono con el ringtone del himno del Club Atlético Peñarol y se despierta antes de las cinco de la mañana. A esta hora del almuerzo, su esposo está tras el volante de un bus en una carretera como chofer de la Compañía Oriental de Transporte. La boletería queda frente al lugar donde ella sirve café a los pasajeros y el hijo de ambos trabaja en el departamento de encomiendas de la misma compañía. No es casualidad: se llama familia. La Señora Q ha acabado su turno en la cafetería y no deja de abrazar el termo que usa para tomar mate. Su marido le trae la yerba desde el interior de Uruguay, desde donde lleva a esos desconocidos que cada día se acercan a hablar con ella. Toda la vida de Raquel Quirque gira alrededor de Tres Cruces. «Voy a un supermercado y en vez de preguntar ‘¿cuánto es?’, digo: ‘¿algo más?’. Suena el teléfono de mi casa y digo: ‘Café del Andén, buenas tardes’». Su cortesía en piloto automático anuncia una alegre fatalidad: quiere envejecer sirviendo café en Tres Cruces.

—Yo tengo un dicho que es «De acá al BPS o al Norte».

El BPS es la caja estatal de jubilaciones de Uruguay. El Norte es el cementerio más grande de Montevideo.

—Me jubilo o me muero acá —dice—. Pero buscarme otro trabajo, no.

La terminal de Tres Cruces tiene en su puerta principal un cartel de bienvenida: AQUÍ SE ENCUENTRA UN PAÍS. Los carteles de bienvenida suelen ser demagógicos. Si uno es extranjero y llega un domingo a un Montevideo de calles desoladas, es posible que se pregunte dónde están todos los uruguayos. Si va ese mismo domingo a la medianoche a Tres Cruces, tendrá la respuesta: todos los uruguayos están allí. El paisaje humano es bastante homogéneo y con cierto color local: gauchos con teléfonos inteligentes y ejecutivos adictos al mate. Gente rebuscando entre sus bolsillos el boleto de viaje, llevando niños con una mano y maletas con la otra, matando el tiempo con un cigarrillo, durmiendo en la sala de espera con la boca abierta, universitarias llegando tarde con sus boletos en la boca. Señores cargando trajes a la espalda para evitar que se arruguen, viajeros con mochilas del tamaño de un chico gordo de once años, señoras ahorcándose con bufandas. Un turista caminando de memoria con un folleto de viajes, músicos despeinados con guitarras en estuche negro, jóvenes extraviados buscando a alguien, pasajeros tragando comida rápida en marcha, mamás esperando a sus hijitas con muñecas en la puerta de un baño. Hombres que aún usan relojes y las manos en los bolsillos, mujeres ejecutivas arrastrando maletas con cadencia y estilo, una chica con un parche en el ojo por una cirugía. Tipos rapados andando como si alguien los persiguiera, niños rapados por la quimioterapia en sillas de ruedas, hombre negro y mujer blanca besándose. El señor que ha metido varias monedas a un teléfono público y dijo hola-hola en vano, un bombero serio y con uniforme azul marino, un muchacho con la camiseta del Gremio de Porto Alegre y otro con la de Boca Juniors, epidemias de viejos con gorras de béisbol, manadas de adolescentes con audífonos, familias que se abrazan como si fuera la última vez. Viajan por los diecinueve departamentos de Uruguay, un territorio que puede atravesarse en menos de medio día por bus, que es cien veces menor que el tamaño de Rusia, un kilómetro cuadrado más grande que Surinam y cuya población entera equivale a los nacidos cada año en el vecino Brasil. Es un país llano y diminuto, sin futuro para los aviones de pasajeros, la tierra prometida para un empresario de transportes de ómnibus. Casi la mitad de los uruguayos vive en Montevideo. En 2011 la terminal-shopping recibió veintiún millones de visitas: siete veces la población de Uruguay. Tres Cruces, «donde se encuentra un país», no es un cartel demagógico: es un teatro para un antropólogo del viaje breve. Un laboratorio de conversación con desconocidos.

—Y vos, cuando tomás un café, conversás —dice la Señora Q—. El mate es más personal.

La Señora Q es una etnógrafa involuntaria. Durante casi dos décadas ha observado a viajeros y compradores en Tres Cruces, una terminal que ya es mayor de edad. No impone ella la distancia de la cortesía: contagia la cercanía de la confianza. Cuando conversa, mira a los ojos. El Café del Andén tiene dos locales: el del primer piso, dominado por las boleterías y las salas de espera de los autobuses; el del segundo, donde venden postres entre las demás tiendas del shopping. Raquel Quirque llega a trabajar al amanecer y se va a la hora del almuerzo. Inyecta de agua caliente los termos para beber mate. Los clientes le piden tortugas, unos panes redondos con jamón y queso. Le piden también medialunas, esos bizcochos que de lunar no tienen nada. Sin embargo, la verdadera ocupación de la Señora Q es mirar: ver lo que, a fuerza de tanto ver, ya no vemos. O lo que es igual: ver lo que preferimos no ver. Por ejemplo, cosas de vida o muerte. Toda la gente del interior tiene que pasar por Tres Cruces para curarse. La terminal queda cerca de varios hospitales, incluyendo uno de niños con cáncer. Y ella ve a los enfermos. Ve la angustia de los padres. Ve cómo se va curando un niño. Ve cuando dejan de venir. Tomar demasiado café tiene mala prensa. Pero ella dice que servir café en Tres Cruces le ha cambiado el cerebro.

—De qué puedo quejarme si tengo salud y trabajo —dice la Señora Q—. Acá ves problemas reales. Si los comparás con tu vida, soy Alicia en el País de las Maravillas.

Alicia en el País de las Maravillas nació en Minas, una ciudad más calmada que Montevideo, que ya es más calmada que casi todas las capitales del mundo. Los uruguayos tienen un temperamento de bajo voltaje que sufre metamorfosis explosivas cuando acuden al estadio Centenario. La reputación de un país diminuto que produce vacas felices, fanáticos del fútbol y melancolía. Es un país de inmigrantes, sobre todo españoles e italianos, a quienes se les atribuye cualidades de suizos y portugueses. La sentencia «triste como uruguayo contento» es un chiste que encanta a los argentinos. Los uruguayos deslindan todo el tiempo que no son argentinos, igual que los canadienses se cansan de que los confundan con los gringos. Uruguay tiene una de las tasas de suicidio más altas de las tres Américas, el carnaval teatral más largo e inofensivo del mundo, y uno de los presidentes más viejos y austeros del universo. «Somos un país que ama los fines de semana largos tanto como la libertad», dijo José Mujica, que nació el mismo año en que murió el tanguero Gardel, a quien los uruguayos reclaman uruguayo. El presidente dice que sus paisanos aman la vida en minúsculas, la serenidad y los afectos. En Tres Cruces hay más afectos que serenidad.

—Es divertido el trato con la gente —dice la Señora Q—. Aunque haya momentos que te apabullan.

—El del interior te pide por favor —dice Natalia Benavides, quien ha trabajado en Atención al Cliente—. El de la capital te exige.

—El del interior es más amoroso y previsor —insiste la Señora Q—. Siempre le sobra el tiempo. Un montevideano vive más apurado.

Ver un rostro entre miles todos los días y entre todos ellos recordar un solo detalle. Una biografía en un solo pestañeo.

—Hoy la gente está más agresiva —dice ella sin parpadear—. No sé. Alguien puede tener más problemas que yo y no lo discuto. Pero nunca se lo increparía a un desconocido.

La Señora Q mira con ojos maternales, de esos que no puedes engañar.

—Dicen mis compañeros que, cuando los rezongo, pongo los ojos duros. Como que no parpadeo.

Un chico que trabaja en el café le aconseja una sola palabra.

—Parpadeá.

 

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Ilustración de Héctor Huamán

 

***

El jefe de la Torre de Control de Tres Cruces, un hombre acostumbrado a resolver líos entre más de cien conductores de autobuses, no tiene automóvil. Prefiere ir a pie. «La primera vez que me senté en un volante —dice— fue arriba de un bus». Empuñando un radiotransmisor, Osvaldo Torres dirige el tránsito en las calles lluviosas que rodean a Tres Cruces un viernes al final de la tarde. Es la hora punta. «La terminal es un enorme rompecabezas —me dice en botas de hule— que debemos armar continuamente». Los paraguas son parte del panorama, y Torres lleva un impermeable de color fosforescente. Los transeúntes caminan ensimismados y pensativos bajo el agua. Cuando no son torrenciales, todas las lluvias parecen uruguayas. El país tiene distancias tan breves que todos los días miles viajan de ida y vuelta entre la capital y el interior. El hormigueo crece los principios y fines de semana. Hay días y horas en que ingresan a la terminal tres ómnibus por minuto. Horas en que los habitantes del país se encuentran, pero también se tropiezan. «Me gusta andar así entre la gente», dice Torres, el señor del tráfico pesado. Cada viernes, entre seis de la tarde y siete de la noche más de cien ómnibus entran y salen de cuarentaiún plataformas en una sola hora. «Es el momento más importante de la semana y lo disfrutamos», dice con cara de viernes. «Se nos carga el cuerpo de adrenalina». Ha bajado de su discreta torre de dos pisos, desde donde un equipo de controladores avista el caos sobre ruedas. Torres tiene el talento de mando de un general. Podría hasta dirigir la lluvia.

—Me gustan los que comandan un grupo humano que va al frente —dice el jefe—. La gente que manda y predica con el ejemplo.

Torres siempre quiso ser un militar, pero el destino le fue imponiendo ironías y azares. Fue guía de turismo en la Organización Nacional de Autobuses, una empresa de transportes cuyo ícono era un galgo a lo Greyhound. Explicaba desde la historia de una ciudad hasta la morfología de una catarata. Un día de esos hubo que correr un camión y él estaba allí. El destino siempre le dio oportunidades: una tía se había casado con un marino que llegaría a ser comandante en jefe de la Armada, y de niño iba con frecuencia a casa de ellos. Una noche, cuando tenía diez años, se quedó a dormir allí y se tiró en el jardín a mirar el cielo. Fue cuando su tío, el comandante del mar, le señaló una estrella, una de las favoritas de los navegantes, la de más fulgor en la constelación de Tauro. Hoy una de las hijas de Torres lleva su nombre: Aldebarán. Nunca olvidará esa noche. «Soy un marino frustrado», admite. En algún momento, pasó por su cabeza ingresar a la escuela naval. Torres es un almirante imposible.

—Hasta hoy —dice— me pregunto por qué no lo hice.

A las seis y cinco de la tarde, Torres se mueve como una autoridad del tránsito bajo la lluvia. Dirige la calle zigzagueando entre una fila de once buses. Tras ellos se avistan unos más. Los rostros de la gente mirando por la ventana de los buses son retratos aburridos: caras con vaho en el vidrio, caras de recién despiertos, caras de sólo existe la música en mis audífonos, caras de ojalá vengas a recogerme. Los ómnibus aparecen uno tras otro y eliminan toda la visibilidad de otros coches. Las empresas tienen nombres de espías como Agencia Central, playeros como Turismar, mayúsculos como CITA y COT, geográficos como Paysandú o amables como Bonjour. Tienen eslóganes clásicos —«Nos encanta llevarte»— o prometen conexión a Internet desde sus puertas. Todos están obsesionados por convertir sus autobuses en camas de hotel. Para el jefe de la Torre de Control las distinciones no existen. Ejerce su comando en diez mil metros cuadrados de territorio. Una vez, uno de los choferes había abandonado un ómnibus en la terminal más tiempo del prudencial sin reportárselo.

—Me tuve que extralimitar —dice como disculpándose—. Le tuve que decir que, estando dentro de la terminal, incluso para ir a cagar me tenía que avisar a mí.

A las seis y treinta de la tarde, hay una legión de pasajeros esperando irse.

Señores revisando su boleto por si se equivocan.

Chicas con maletas muy floridas o muy negras.

Gente abriendo sus paraguas contra el cielo.

El Almirante Imposible ve desfilar en la pantalla de su computadora fotos de buques abriendo fuego. Ve desfilar fotos de sus tres hijas y nietos, a unos compañeros del transporte, citas que le gusta leer en voz alta, ciudades como Río de Janeiro, mujeres como Marilyn Monroe y la Madre Teresa, boxeadores como Cassius Clay, cantantes como Frank Sinatra, militares como el general Patton. En la serie de retratos que desfilan por su pantalla tiene también la fachada de una boletería en la terminal a la que enviará un e-mail de reproche. «Una de mis tareas es preocuparme de que los locales tengan una estética». Tiene una gata llamada Maika, a la que encontró en la calle. Es fan del Defensor Sporting Club porque no le gustan los clubes que siempre ganan. Le fascinan las teorías de conspiración: se acuerda dónde estaba el día y la hora que mataron a Kennedy. Fuma cada vez menos, pero fuma todavía un paquete de diez cigarrillos al día. Fuma más a partir de que oscurece. Tiene amigos de bar, pero sobre todo uno lejano y favorito: un primo hermano que fue traductor de las Naciones Unidas y con quien conversa por Skype. Su madre, que tiene noventa años, se llama Valkiria y la tiene en una casa de ancianos. Su esposa es cajera de una de las empresas de transporte. Torres va a cumplir sesenta años, la edad legal para jubilarse.

—No —dice—. Esto es lo mío.

***

Nadie sueña con incendios una madrugada de Navidad. El 25 de diciembre de 2010, Torres, el jefe de la Torre de Control de Tres Cruces, dormía a doscientos kilómetros de Montevideo hasta que alguien le dio la noticia del fuego. «Es como si a un capitán le avisaran que le han hundido el barco», recuerda Torres. «Uno se siente a la deriva». El incendio había estallado minutos antes de las dos de la mañana, en el entrepiso de una tienda de zapatos y un local de ropa deportiva. Eduardo Robaina, el Jefe de Operaciones de Tres Cruces, que había trabajado todas las navidades de los veinticuatro años anteriores, interrumpió su descanso de la que iba a ser su primera Navidad libre: estaba en la casa de su madre, en Canelones, a cincuenta kilómetros al norte de Montevideo. «Después de llamar a los bomberos, me llamaron a mí». El fuego estaba convirtiendo en cenizas nueve tiendas del shopping. La Señora Q no supo del incendio hasta esa mañana. «Fue como si se me fuera el alma del cuerpo», dice, y no volvió a Tres Cruces hasta dos días después. «Fue un regalo nefasto de Papá Noel», dice Pablo Cusnir, el gerente de marketing. «Nos sacó a todos de nuestro sueño cuando estábamos fuera de Montevideo. Y mi mujer estaba embarazada». Esa mañana, Osvaldo Torres, que había dispuesto todo para volver a trabajar dos días después, regresó a su torre y la encontró convertida en un gabinete de crisis: el presidente del directorio Carlos Lecueder, el vicepresidente Luis Muxi, el gerente general Marcelo Lombardi discutían qué hacer. «Estos hombres van a tener que conducir el naufragio o dirigir el rescate», se dijo el Almirante Imposible. Y el gerente general, que esa madrugada celebraba una barbacoa con más de cincuenta invitados, enrumbó hacia la terminal. Nunca se descubrió el origen del incendio. Los bomberos apagaron el fuego a las siete y media de la mañana.

—Uno se enfrenta con situaciones que son más o menos conocidas —dice Lombardi—. Esto era absolutamente desconocido.

En Navidad siempre hay incendios, pero los incendios pertenecen al gobierno de lo inesperado. Lombardi cree que pudo haber sido un fuego artificial caído en el techo. O un cortocircuito en el aire acondicionado. Lo que no destruiría el fuego lo arruinarían el humo y el agua. El hollín y el olor a quemado aplastaron el aire. Después del incendio, hubo que arremangarse los pantalones. «Uno sabía todas las mañanas al levantarse que el día iba ser horrible», dice Lombardi. «Lo único que había todos los días era docenas de problemas». Las jornadas de trabajo comenzaban a las seis de la mañana y terminaban a las once de la noche. «Vi cómo había quedado: los bancos de madera seguían armados pero hechos carbón, y todo estaba inundado», recuerda la Señora Q. «Los locales se habían convertido en agujeros negros». Ana Claudia Casas, administradora de Óptica Lux, uno de los nueve comercios que perdieron todo, recuerda desde sus anteojos: «Es como si hubiera caído una bomba. Todo negro. Fierros torcidos por todos lados». Lilian Lerena, una vecina que hace sus compras en Tres Cruces, lo resume así: «Vi mucho humo, pero más tristeza». Fue una tragedia sin muertos ni heridos, con unos siete millones de dólares en pérdidas. «Siempre tuve la necesidad de entrar al local y encontrar algo», recuerda Casas, quien administra la óptica. «Una patilla, un lente, no sé. Necesitaba encontrar algo tal como había quedado». Tenía cientos de anteojos allí. Las gafas de sol se venden más en Navidad.

—¿Y tu mujer te hablaba por teléfono? —pregunto a Lombardi.

—Sí —responde—. Pero con monosílabos.

Esa Navidad, cuando el gerente general de Tres Cruces volvió a casa, sus hijas ya estaban dormidas. Adiós vacaciones. No habría ganas de celebrar el fin de año. Debían improvisar soluciones urgentes para que el servicio de autobuses no se detuviese, informar sobre las pérdidas a los comerciantes, reconstruir el shopping. Primero idearon un lugar de entrada y otro de salida de los autobuses. Cuando uno baja de un ómnibus, sólo se va. Pero cuando uno sube, debe identificar el coche. No puede equivocarse. Las partidas de ómnibus tenían que continuar desde Tres Cruces. El mismo día de Navidad armaron una terminal de llegadas en un estacionamiento frente al Estadio Centenario. Tenían botellones con agua para los pasajeros, baños químicos, una sala de espera en el asfalto, música y altavoces, carpas para protegerse del sol y hasta un carro de chorizos. Fue una terminal de campaña. El público lo entendió. Pero en Tres Cruces, a unas cuantas calles de allí, todos los medios de prensa exigían novedades del servicio. «Una situación de emergencia exige verticalidad y todo el equipo se adaptó», cuenta Lombardi. «Las decisiones se tomaban y no se discutían: se ejecutaban». Fue una improvisación colectiva entre vecinos, autoridades y comerciantes. En un mes, a fines de enero de 2011, la terminal volvió a correr en un ciento por ciento, y en cinco meses se reabrió el centro comercial. Hubo que reconstruir una treintena de unos cien locales. El shopping volvió a ser un lugar de fantasía.

—Más que pesadillesco fue inolvidable —dice Torres.

Un incendio ayuda a desajustarte el cuello. Para Pablo Cusnir, gerente de marketing, hombre de acción y de ventas, ir a trabajar con corbata era necesario para un ejecutivo, como un chef se pone el delantal para cocinar. Había enterrado su pasado de melenudo hijo de una peluquera, de tronco incapaz de meterse en una camisa, de pies histéricos contra los zapatos. Cuando no llevaba corbata, Cusnir se sentía muy incómodo de tratar con otros comerciantes. En las semanas posteriores al incendio, nadie en Tres Cruces se preocupó demasiado por volver a los trajes. Elegían un pantalón digno para caminar entre los restos del fuego. Era verano y el incendio acostumbró a Cusnir a andar sin corbata. Meses después, el gerente de marketing cambió el timbre de llamadas de su teléfono. Había empezado a odiarlo. Desde el día de la tragedia, cada vez que lo llamaban a su teléfono era el ruido de un problema. Lo llamaban su esposa o su madre y más líos. Lo llamaban desde las seis y treinta de la mañana hasta las once de la noche para contarle más problemas. Ya lo tenía asociado: el timbre de su teléfono sólo anunciaba un lío tras de otro. Un día, en una reunión de trabajo, el ruido del teléfono de uno de los presentes lo crispó. Era el mismo timbre de su teléfono los días posteriores al incendio. Un fantasma en forma de ringtone.

—Era como un vacío —dice Cusnir—. Se me ponía la piel de gallina.

El gerente de marketing buscó otra melodía.

Hoy contesta con rock&roll.

El único hombre que una mujer espera conocer tras un incendio es un bombero. Hay excepciones que se oponen a esta lógica. Dos días después de esa trágica Navidad, Natalia Benavides, una mujer rubia y alta que trabajaba en el departamento de Atención al Público, acudía a la terminal improvisada en el estadio Centenario para recibir a los pasajeros. David Souza, un cajero de la empresa de ómnibus General Artigas, más bajito que ella, iba al mismo lugar para recibir a los buses de su compañía que llegaban desde Brasil. «Traté de ser amable y le dije que hablaba otros idiomas, que cualquier cosa me consultara», dice ella. «Vio que yo tenía dificultad para hablar portugués», dice él, «y aprovechó para lucirse diciendo que hablaba distintos idiomas». Él empezó a invitarla a salir; ella no quería. Él insistía; ella se disculpaba. Él nunca había tenido una historia estable con nadie; ella pensó que nunca podría estar con alguien como él. Un día antes de acabar el año, ella ofreció darle el número de teléfono de cualquiera de sus compañeras si él aceptaba llevar en su moto a un amigo que le compraría cigarros. Él dijo que lo llevaba pero que sólo quería el número de ella. Ella no le dio ningún teléfono; él le pidió su número al amigo. Él empezó a escribirle mensajes; ella empezó a responderle. Ella y él compartieron el mate. Ellos tuvieron un hijo. Ellos se conocieron por un incendio. Allá ellos.

 

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Ilustración de Héctor Huamán

 

***

Todos creen que la Señora Q conoció a su marido en Tres Cruces. El prejuicio se disfraza de fantasía: tiene algo de lírico y aventurero conocerse en el paradero de un autobús y mejor si llueve. Pero cuando Raquel Quirque, la Señora Q, empezó a trabajar en el Café del Andén, ya llevaban nueve años y una nena juntos. Había trabajado en una pizzería del Montevideo Shopping, donde conoció a los futuros dueños del café. En verdad, había trabajado en todos los shoppings de Montevideo. «Una terminal de buses es especial», dice la Señora Q. «Es otra gente, otro movimiento, otra curiosidad. Quería trabajar en Tres Cruces». El dueño del Café del Andén es un médico. Entonces era el doctor que iba a las casas de los trabajadores de la Compañía Oriental de Transportes para confirmar si estaban enfermos. Un día fue a casa de ella para controlar la salud de su esposo. El marido había empezado a trabajar en el garaje de la COT: llevaba los camiones al lavadero y los devolvía al estacionamiento. El enfermo se convirtió en chofer cuando inauguraron Tres Cruces, y ella en la Señora Q. Dormir con un conductor de ómnibus es a fin de cuentas procurar que en la carretera nunca se vaya a quedar dormido.

—Es una gran responsabilidad mantenerse despierto —dice ella, parpadeando.

Hay alguien que sabe bastante de choferes sin tener que dormir con ellos: Julio Sánchez Padilla es propietario de la empresa de transportes CITA y unos de los fundadores de Tres Cruces. Hay en su figura de patriarca y en su biografía la sospecha de que sabe demasiado: juez de baloncesto en los Juegos Olímpicos de Roma y Tokio, récord Guinness por dirigir sin interrupciones el programa televisivo de fútbol más antiguo del mundo —Estadio 1, todos los lunes desde 1970—, y un guerrero sobreviviente de dos infartos. Sánchez Padilla cuenta historias con la pausa de quien sabe que es escuchado. Décadas de polémicas televisadas entre el bien y el mal, décadas de convivir con choferes que cargan vidas y toneladas. El Señor del Récord Guinness recuerda sobre todo a uno de sus conductores de ómnibus, un tal Febres. Dice que era un tipo elegantón, prolijo y puntual. Dice, además, que ya ha muerto.

—No hay más choferes como Febres —lamenta el Señor del Récord Guinness—. La gente se toma sin amor la tarea por la que en algún momento pidió por favor.

La Señora Q, que lleva durmiendo más de veinticinco años con el mismo chofer, cree que no hay conductores como Montiglia, su marido al volante de un Scania. Tiene un hijo que trabaja tan despierto como su padre en el Departamento de Encomiendas de Tres Cruces. Tiene una nuera que también trabaja en Encomiendas en Tres Cruces. Y tiene una hija que trabaja en una tienda de ropa, que no está en el shopping de Tres Cruces pero que va a visitarla a Tres Cruces. Hay miles de estudiantes universitarios que viajan casi todos los fines de semana al interior, y miles de ellos recibiendo encomiendas de sus padres: cajas con comida, ropa arreglada, animales. Y van a Tres Cruces por esas cajas, por la camisa planchada, por el guiso que el viernes les hizo la madre. Van desesperados en busca de esa caja. Van a romper lo que la envuelve. Es una caja de la conexión con la tierra. Enviar una encomienda sigue siendo enviar una caja. La comida favorita de mamá no se puede enviar por Internet. Y en Uruguay todos los viajes son cortos. Por eso los guisos llegan bien.

Su hijo, que trabaja entre guisos ajenos, ve a veces más animales que gente.

—Ve pollitos casi a diario —dice la Señora Q—. Pollitos en vaivén. Van y vienen en cajas con agujeros.

Su hija, la única del clan que no trabaja en Tres Cruces, también va a la terminal.

—Pero viene a ver a la madre —me dice la madre.

—¿De qué habla con su marido todos los días?

—De todo, menos del trabajo. A pesar de que él lleva a tantos pasajeros, yo soy quien conversa más con la gente.

Hay quienes vuelven a casa para olvidarse del trabajo.

Hay quienes hacen de olvidar todo un trabajo.

Samantha Navarro tiene una canción de Tres Cruces.

No es cumbia. Ni tango. Ni candombé. Es desamor.

La cantante tiene un cabello frondoso y ondulado como sus canciones. Y dice así: ♫Terminal Tres Cruces/grissssss amanecer/toma tu mochila/no te quiero ver♫. Se trata de un amor de verano, de una despedida. ♫Terminal Tres Cruces/ que te vaya bien/ yo te quise tanto/ pero ya no sé♫. Deseo. Desengaño. Duda. ♫Y ahora estoy perdiendo tooooodo lo que encontré/y me estoy odiando♫. El remate de la canción dice: ♫Y me estoy sangrando♫. Tres veces. Tres Cruces. Crucifixión. El personaje de la canción, según ella, no es ella, aunque todos creamos que es ella. Es un personaje mixto que compuso oyendo historias de despedidas. «Quise tratar toda la terminal como si fuese una sola persona», se explica. «El personaje que me inventé siente que no va más a ser capaz de amar». Lo que no inventa Navarro es que Tres Cruces ha atravesado su vida como sus más de trescientas canciones. Cuando era niña, tomaba un ómnibus que pasaba por el descampado donde iban a construir la terminal. Estudió guitarra, química, antropología. Es sumiller, escribe cuentos de ciencia ficción, canta. Cuando viaja a dar conciertos en el interior, Samantha Navarro sube a un autobús de Tres Cruces. Desde la ventana del ómnibus de su infancia vio cómo movían una plaza cuando construían la terminal. Por entonces trabajaba de secretaria y estudiaba química en la universidad.

—Era como un lugar de perturbación cuántica —recuerda la cantante—. Un movimiento de máquinas y de cosas que yo jamás había visto.

—Se creó un nuevo centro de la ciudad —dice el Señor del Guinness.

—¿Qué hace usted cuando va a la terminal? —pregunto.

—Sólo saludar —añade él—. Nada más. Porque todo el mundo está en movimiento.

El Señor del Guinness tuvo en su poder la maqueta de Tres Cruces cuando allí aún no sucedía nada. En 1990, años antes de su inauguración, Julio Sánchez Padilla era el Señor del Transporte en Uruguay. «La terminal era lo fundamental», insiste. «El shopping, lo accesorio». Dos décadas después llegó el incendio. El ex presidente de la Asociación Nacional de Transportistas, quien conoce de infartos, sabe que una tragedia puede convertirse en un estilo de resucitar. Hoy Tres Cruces luce sin mamparas, sin albañiles, sin ruido. Lo que La Cantante del Pelo Frondoso veía por la ventana del ómnibus cuando era niña es hoy otra canción. No es más bulla bruta: es orquesta fusión, escenario de encuentro y despedida, ensayo de laberinto. Los habían insultado por querer construir una terminal allí. El día de la inauguración de Tres Cruces, Sánchez Padilla colocó una placa dorada en el hall principal. Dijo un proverbio conocido: «Las grandes obras las sueñan los santos locos, las ejecutan los luchadores natos, las disfrutan los felices cuerdos y las critican los inútiles crónicos». Toda frase entre comillas demanda enemigos para su futuro. El Señor del Guinness es un militante de Peñarol —«a usted se lo puedo decir porque es extranjero»— y un admirador de Carlos Lecueder, el presidente del directorio de Tres Cruces que viaja por el mundo y regresa con ideas para sus centros comerciales. Hoy el patriarca de los transportistas casi no visita la obra. En su lugar, cada miércoles, su empresa lleva a cientos de niños del interior a visitar Montevideo.

—Algunos que vienen del interior más alejado —dice Sánchez Padilla— no conocen el mar.

La Señora Q tiene una vista privilegiada a un mar de extraños. Y tiene un don: Quirque es un imán a quien uno se acerca a contarle algo. Una mujer gorda y rubia aparece caminando frente a la sala de espera y aumenta su sonrisa cuadro por cuadro cuando se da cuenta de que ella la mira. Durante tres años y medio, Sandra Díaz Reyes limpió un baño de mujeres en Tres Cruces. Durante tres años y medio vivió de un sueldo, pero sobre todo de las propinas que le dejaban otras mujeres. Había llegado como una empleada de escoba y trapeador hasta que un día faltó la señora responsable de ese baño frente a un Mc Donald’s. Desde entonces Sandra Díaz Reyes lo cuidó como si fuese una prolongación de su casa. Compraba con su dinero un perfume más agradable que el desinfectante oficial, lo decoraba como si fuese su sala durante las fiestas de fin de año, les pedía a sus clientas que, por favor, lo dejasen impecable. Nada como la fila de un baño de mujeres para empezar a conocer a una mujer: «Veía a las que andaban en la cola y sabía quién me iba a dejar limpio el baño», recuerda la Señora que Limpiaba Retretes. Esa tarde, en medio de la multitud de pasajeros que andaban por la terminal, ambas se detuvieron a conversar en la sala de espera. Como si tuviesen un radar para identificarse.

—Nosotros vemos más allá de lo que ustedes piensan —dice la Señora Q—. Detectamos a todos con una mirada de rastreo.

No se acordaba del apellido de la Señora que Limpiaba Retretes. En Tres Cruces, la memoria del detalle es neblinosa. Recuerdas episodios estelares, olvidas los nombres completos. Es una memoria emotiva, dramática, anecdótica. Sandra Díaz Reyes dejó de atender el baño de mujeres cuando se separó del padre de sus primeros cinco hijos. La empresa de conservar un baño público impecable tiene más de amor propio que de detergente. La imagen cinematográfica de un baño de mujeres tiene un olfato más cercano a la vanidad que a la fisiología, a los lápices de labios que a los intestinos. Los baños de Tres Cruces no son cinematográficos: son de necesidad urgente, de gente haciendo cola, de impacientes. La Señora Q recuerda un día trágico. Fue al año siguiente de inaugurar Tres Cruces. Sandra Díaz se había tomado su media hora de descanso y la estaba cubriendo una compañera. La muchacha de limpieza empezó a gritar y llamó a los de seguridad: había encontrado un feto en la bolsa de una papelera.

—Fue mi peor día en Tres Cruces —dice—. El otro fue el incendio.

La Señora que Limpiaba Retretes sabe que un baño es un gran teatro. Hay tragedias y comedias.

—Yo era muy histérica con la limpieza —dice ella sobre el baño de su casa—. Aprendí lo que mi madre me enseñó. Y mis hijas también.

La Señora que Limpiaba Retretes cree en la limpieza absoluta y en la Biblia. Capricornio risueña, no cree en el zodíaco. Cree en el Dios de los Evangelios, en el trabajo y en los amigos de su antiguo trabajo. Cree en tener siete hijos y en una madre que trabajó con ella limpiando los baños de la terminal y de un restaurante por las noches. Hacía sus compras en Tres Cruces. Celebraba los cumpleaños con sus amigas de Tres Cruces. Se fue a vivir a dos cuadras de Tres Cruces. Cuando se quedó sin trabajo en Tres Cruces, iba a visitar a sus amigas a Tres Cruces. Les vendió ropa en Tres Cruces. Trabajó en una fiambrería. Fue guardia de seguridad. Limpió casas. Conoció a su segundo esposo. Tuvieron dos hijos y abrieron juntos una panadería. «Yo venía del interior, de Salto. Tres Cruces marcó mi vida», dice la Señora que Limpiaba Retretes. «Allí aprendí que podía salir adelante con mis hijos». En ese tiempo, tenía cinco hijos. Uno de ellos era un futbolista del futuro: Luis Suárez, el número 9 de la Selección de Uruguay, aún no era el chico de los dientes de conejo que intimidaría a los arqueros del mundo. Tenía menos de diez años cuando iba a buscar a su madre al baño de mujeres de Tres Cruces. Sus hermanos lo mandaban a pedirle el dinero para comprar cosas de comer y el niño subía por las escaleras desde el baño hasta el supermercado. Luis Suárez jugaría en el Nacional de su país y en el Ajax de Holanda. Luego sería el chico del Liverpool de Inglaterra que haría que los porteros se arrepientan de cuidar su puerta. La madre de uno de los futbolistas más famosos del mundo fue una señora que fregaba baños.

—Me molesta que a veces la gente se te arrima por lo que él es hoy —dice su mamá—. Yo sé distinguir a las personas. Por eso tengo mi gente en Tres Cruces. Hoy aparece el tío y el primo que nunca existieron. Pero yo sé quién estuvo siempre.

La Señora Q recuerda a un hombre que estuvo siempre.

—Lo conozco desde que arreglaba los enchufes —dice—. Ahora arregla los problemas de todos.

El Señor Que Arregla los Problemas de Todos es un título todopoderoso. Exige casi una reverencia. Pero Eduardo Robaina es un señor calvo a quien le ha costado todo, incluso su barba de candado. El título del Señor Que Arreglaba los Enchufes nos devuelve a sus orígenes. Dejó tres años de estudios en una facultad de ingenieros para meter el músculo en una refinería. Bajó de las alturas de cálculos y proyecciones para sumergirse en un subterráneo de combustibles y cemento. El trabajo de un hombre lógico y rudo. Estudió hidráulica, termodinámica, química, tanques, bombas, logística. Trabajar en una refinería es un gimnasio del peligro: ser capaz de producir obras gigantescas y estudiar miles de detalles para evitar una catástrofe. Esa fue su escuela. Robaina entró en Tres Cruces como medio oficial de mantenimiento, un señor que proveía de enchufes y clavos. Hoy es el jefe de Operaciones. «Toda la bondad que hay adentro del gordo es la misma de cuando andaba poniendo enchufes», informa la Señora Q. «Pero no es lo mismo andar arreglando enchufes que tener que mandar a tanta gente». Robaina tiene todas las llaves maestras y todas las posibilidades de equivocarse.

—Nuestro trabajo es solucionar problemas —dice desde su más de cien kilos—. Y dentro de las ventajas de esto, a veces se puede ser humano.

El Señor que Arreglaba los Enchufes es una antena humana. Una escena se repite siempre en Tres Cruces: hombres, mujeres y niños enfermos a quienes el Ministerio de Salud Pública les paga un pasaje de bus para atenderse en un hospital de Montevideo. Regresar a casa depende de los cupos que les reservan por ley las empresas de transporte. A veces se quedan un día entero en la terminal esperando volver. A veces el Señor de los Enchufes paga la comida de una madre que espera con su hijo. La Señora Q lo ve a veces rebuscando dinero en sus bolsillos. Un enchufe siempre está ahí, humilde y explosivo, como esa rendija de la que nos previenen cuando niños. El Señor Que Arreglaba los Enchufes anda siempre con un radiotransmisor por Tres Cruces. Da la impresión que podría resolver hasta las penas de amor.

***

A la Señora Q, que conversa con miles de extraños como si fuesen su familia, también le toca callar. Hay un hombre que habla solo, es un monólogo y ella sólo lo mira, sonríe y asiente frente a él. Hay señoras que cuentan sus líos con el marido porque eso las oprime. «Se acostumbran a uno», dice. «O uno se acostumbra a ellos». Sólo hay que darse cuenta hasta dónde quiere llegar la gente. Están los que te cuentan todo y que nunca más los vuelves a ver. O están los que se saludan durante años y un día se van a vivir juntos, como Pablo Cusnir, el gerente de marketing que empezó de cadete y saludaba a una chica bonita de DHL que hoy es su esposa. Es normal que la Señora Q se encuentre aquí con gente de su ciudad, con ex compañeros de estudio, con amigos de la infancia. En Tres Cruces, encontró a las monjas de su colegio Nuestra Señora del Huerto. Cuando iba a la escuela, a las monjas sólo les veía la cara. Hoy ya les puede ver el pelo.

—La hermana Domitila —dice— sólo se acordó de mí cuando le dije quién era.

Uno de los mayores homenajes a un maestro es que años después un alumno cruce la calle sólo para saludarlo. Hay quienes pasan de largo. Otros corren a abrazarlos como si el azar fuese un milagro. Un día la administradora de Óptica Lux encontró en Tres Cruces a su profesor de Historia. Sólo recordaba su nombre: Ángel. Lo distinguió desde sus anteojos con 0.50 de miopía. Desde que se inauguró la terminal, Ana Claudia Casas trabaja nueve horas al día viendo a gente que no ve bien. A veces a la Chica de las Gafas le toca atender a gente con buena vista. Casos para el neurólogo Oliver Sacks.

—Venían a la óptica a pedirnos que les cortáramos el pelo —sonríe.

Uno de sus clientes la ve en Tres Cruces desde niño. Ha sufrido dos desprendimientos de retina. Tiene -31 de miopía.

—Hoy instala cables de fibra óptica —dice ella.

El destino es irónico con efectos especiales.

El gerente general de Tres Cruces, por ejemplo, no guarda su automóvil en el estacionamiento de la terminal: paga un parqueo privado frente a ella.

—Aquí no hay excepciones de privilegio —dice Lombardi.

Lombardi, un contador público que se aburrió de la contabilidad, tiene hoy la experiencia de calmar incendios.

—Un día —dice— detectaron que un miembro de Al Qaeda había pasado por aquí.

Interpol tiene una oficina en Tres Cruces. En ella no sólo se encuentra un país.

Ves a bolivianas que llegan a trabajar en casas de familias de clase alta.

Ves a extranjeros subir y bajar de los nueve mil taxis que llegan por día.

Ves a barras bravas de argentinos, brasileños y uruguayos.

Ves a bolivianas regresar maltratadas de las casas de la clase alta.

—Vi caer a uno del segundo piso —dice la señora Q—. Vino caminando, levantó la pata y se tiró. Un guardia del Café del Andén no lo pudo detener. El hombre saltó por encima de la baranda como si huyera de sí mismo y se fracturó una pierna seis metros más abajo. Nadie se daría cuenta de que el suicida no había muerto. Sólo preguntaron si se había tropezado.

—De tanto ver gente, ya no ves a la gente —dice la señora Q.

Lilian Lerena, una vecina que trabaja en la funeraria Previsión S.A., dice que sus clientes están vivos. El año anterior reconoció a un amigo de su infancia en la terminal. No lo había visto en más de treinta años. Hoy es dueño de una discoteca donde tocan cumbia.

—Quedamos que un día iba ir al baile —sonríe ella.

Natalia Benavides, ex promotora de Atención al Cliente, se acuerda de cosas que desaparecían.

—Un señor nos fue a preguntar si habíamos encontrado su dentadura postiza. No recordaba si la había olvidado en el baño.

Hasta que alguien la encontró.

Tres Cruces tiene un Departamento de Objetos Perdidos.

Si pasa un tiempo sin que nadie reclame su bicicleta o su paraguas, la compañía no los conserva. Los dona a escolares de Montevideo quienes, con suerte, no los perderán. Natalia Benavides aún cree en la especie humana.

—Es más la gente que devuelve que la gente que no devuelve —dice.

—¿Cómo se ve el mundo desde Atención al Cliente?

—La gente se ve como loca —dice ella—. Sin tiempo para nada. Y no se trata de una sola persona. Son todos los que pasan.

Nos devuelve la mirada en el reloj.

La Señora Q es tan puntual que es impuntual: llega media hora antes a trabajar y bebe mate en la entrada de Tres Cruces. Existen allí dos mundos, el de arriba y el de abajo. Ella trabajó nueve años en el primer piso y siete años en el segundo. Hoy está de vuelta en el epicentro. Quien va por arriba quiere comprar: pasea, mira, escoge. Quien va por abajo quiere viajar: toma mate, espera, conversa. Después de unas cinco horas en bus, a quien llega de viaje no le apetece ir al shopping de Tres Cruces: va en busca de un taxi o un abrazo. Los abrazos en mayúscula son el gesto más natural entre sus más de cincuenta mil pasajeros por día. Hay también allí actos solitarios, quién sabe si más del cielo o del infierno. Desesperados: un hombre se disparó un tiro en la cabeza en un inodoro. O absurdos: un señor murió tras atorarse un pedazo de costilla en la garganta.

—Tres Cruces es la gente —dice la Señora Q—. Alrededor de él giramos nosotros.

Antes de despedirse, Raquel Quirque, tres Q en trece letras, como nunca, parpadea. Donde hay multitudes, hay personas en serie. Uno es el mendigo, que exige el dilema constante de la caridad: dar o no dar. A veces, como no puede regalarles una medialuna del negocio, ella busca monedas de su cartera. A veces, cuando les da de comer, tiran la comida. Donde hay multitudes, hay también gente fuera de serie. Uno que otro maniático. Por años, la Señora Q tuvo un cliente que iba todos los días a desayunar. Era soltero. Trabajaba en un supermercado. Vivía en una casa oscura donde se había impuesto la costumbre de encender una sola luz a la vez. Por años buscó a la mujer que le servía el café como él quería: cortado tibio, dos sobrecitos de azúcar, sin espuma. Por años no faltó nunca y la única mañana en años en que no pudo ir telefoneó para avisar que no lo esperaran. Fue a Tres Cruces desde el día de su inauguración hasta que se jubiló. Hoy ya no se le espera, pero la señora que sirve el café sabe qué decirle cuando vuelve.

 

 

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Texto publicado en el “Hacer la América. Historias de un continente en construcción”, Tusquets y Corporación Interamericana de Inversiones, 2014.

 


February 23, 2015

Etiqueta Negra 123

Un texto de

LOS MATACABROS
EN SANTIAGO DE CHILE

Un Testimonio de Pedro Lemebel

Pedro Lemebel

De chicuela nunca fui una belleza, lo único cercano a lo gracioso era mi naricita de cierva que el botellazo de un borracho hizo trizas años más tarde. Pero en aquel pimpollo adolecer, era un lánguida gorriona de barrio, un palillo de flaca con piernas de jirafa que parecían brotarme de las axilas y terminaban en unos piesecitos de geisha, tan bellos, tan perfectos, pero lamentablemente escondidos en zapatones de hombre. Nunca fui linda, algo agraciadita y producida como me lo permitían las chauchas que ganaba haciendo de un cuanto hay en mi tiempo libre. Nunca fui guapa, pero era joven y tierna, lo que siempre equivale a un plus de belleza. Y sólo por ser pendeja, me permitía caminar balanceada por la Gran Avenida creyéndome en Times Square una gloriosa noche de Año Nuevo.

En aquellos festejos hogareños, donde repicaban las campanadas de mi pubertad, después de las doce, luego de los abrazos y del reiterado rito familiar del pollo con ensalada de apio y las miles de bienaventuranzas que mi madre echaba a volar con sus pronósticos felices; me lanzaba a la calle buscona, me tiraba a la calle frenética, recorriendo kilómetros de acera, esquivando los autos que culebreaban las primeras luces del año entrante en el acalorado amanecer.

De adolescente ingenua, ya hacía la calle olfateando algún paquetón a punto de reventar el jean del aguinaldo obrero. En eso iba, trotona y locuela con mi almita en fuga, mi almita ahogada, mi almita proletona, divisando a lo lejos el vapor de un joven desaguando la parranda nochera. En eso iba, sin darme cuenta que un auto oscuro con las luces apagadas me seguía despacito. Y en un brusco acelerar, la violencia de una agarrón me echa arriba, al asiento trasero, de bruces sobre las rodillas de varios muchachotes. En el asiento delantero del vehículo, iban otros, riendo y cantando: «Son quince son veinte son treinta. Te vamos a dar duro. ¿No andas buscando eso? Tómate un trago maricón», me obligaban a beber chorreándome la cara de pisco que corría por mi cuello ardiendo. «Son quince, son veinte, son treinta», súbele el volumen, ponla más fuerte, por si este maraco se pone a gritar cuando le reventemos la botella en el culito. Casi ni respiraba muerto de terror con los ojos fijos, sintiendo esas garras estrujándome la piel de naranja, la piel de gallina erizada, en el pavor de encontrarme con la pandilla de la Naranja Mecánica en su noche de rumba. «Son quince, son veinte, son treinta», los escuchaba cumbiar, y yo no sabía si eran cinco, siete o quince apretujados en el furgón. No podía saberlo, no me atrevía a levantar la cara enterrada en la entrepierna del que cantaba «Son quince, son veinte, son treinta». «Páramelo por hueco, ni siquiera se me pone duro», me retaba hundiendo mi cabeza en su bulto. «Te vamos a romper el hoyo con esta botella. Pero antes hay que bajarle los pantalones para ver si cabe ese botellón». El auto era más bien un station wagon tipo carroza funeraria, que volaba tétrica por la Panamericana rumbo a los cerros cercanos. «Métele para al acelerador, que este maricón se nos puede morir antes». «Mira, está blanco del susto». Sentía crecer en mi interior la hoguera helada del miedo. No sabía cuántos eran, y sólo veía por la ventana el cielo sucio de la ruta y las bocas mojadas de los tipos riendo, tomando y amenazando con hacerme lo peor, mientras en la radio seguía girando: «Son quince, son veinte, son treinta».

Apenas clareando el Año Nuevo, iba yo en aquella siniestra carroza con el grupo de chicos malos que me habían raptado de la calle para animarles su festín. Pasaban a flashazos los autos a nuestro lado, relampagueando los ojos de mirada carnívora, canturreando, gritando que tenían una paloma para descuartizar antes del amanecer. En el espanto, creí captar cierta simpatía en uno de ellos. Mientras los cinco, quince, veinte locos se empinaban el frasco, gorgoreando y escupiendo, a él parecía incomodarle el carnaval de crueldad que tenían conmigo. Pero no decía nada, evitando mirar cuando sabajeaban mi cara en sus bultos mojados. «Son quince, son veinte, son treinta», rodaba la radio, rodaba la carretera y rodaban sus dedos afilados hurgándome con rabia el chiquitín. En un momento la tensión era extrema, el corazón me salía por la boca, la taquicardia aceleraba el desmayo, pero seguía viendo sus caras lustrosas, excitados, recordando que habían hecho lo mismo con una loca vieja la semana anterior. Pero este tiene el culito blanco. Tiene el culito cerradito. Te vamos a partir el ojete, decían virulentos. Vi al más fiero con el gollete empuñado en su mano. Cerré los ojos y sentí un nudo de pavor que iba en aumento, con la música, los alaridos y el estallar de la botella en alguna parte… Pero extrañamente no escuché ningún ruido. En un minuto la escena del thriller estaba muda, los veía en cámara lenta agrandarse frente a mí, pero en completo silencio. Entonces me vino esa paz de algodones que relajó hasta mi pelo (entonces tenía pelo). De pronto, no sentía miedo, el terror se había evaporado con la garúa luminosa del parabrisas. Podía ocurrir lo peor y en esa calma celeste era mi blindaje. A lo lejos susurraba la radio «Son quince, son veinte, son treinta», pero una emoción sublime me mantenía inmune frente a ellos. «Y qué le pasa a este maraco que se puso así», gritó el más violento. «Tiene cara de santa», dijo otro esquivando la mirada. «Se está haciendo la virgen para salvarse, el culiado. Espérate que lo despierte con este vidrio en la cara». A la luz tuberculosa del alba, giré la mejilla lentamente y la ofrecí en bandeja de Salomé al forajido. Se quedó con el vidrio chispeando en su mano temblorosa. «Ya pos», le dijo el chico del asiento delantero, «márcalo si eres tan gallo. Rájale la cara si eres tan hombre». El tipo seguía con la botella rota en alto. El chico de adelante, lo provocó una vez más, y después riéndose, subió el volumen de la radio y miró para afuera. No te atreviste, te la ganó el maricón. Hácelo vos pos conchetumadre. Y a quién le sacai la madre, hijo de puta. A vos que te hacís el valiente con este pobre gallo. Parece que le gusta el maricón, bromeaban los otros. Para el auto, bájate guebón. Las ruedas rechinaron en el frenazo. En la pelea, discutían tan fieros que en un minuto se olvidaron de mí. Y todo fue por este maricón. Échalo de aquí y sigamos tomando. Ya, te fuiste, desaparece, me dijeron empujándome abajo. Y sin esperar que me lo repitieran, salté a la calle y eché a correr viendo desaparecer la negra carroza por la carretera. Sólo ahí logré sacar el aire. Ufff, de la que me salvé. Y caminando, caminé sonámbulo como levantándome de un sueño pesado. Había perdido toda mi energía en ese esfuerzo. En el aire, jirones del sol encobrecían los pastos pobres del Santiago sur. La carretera se perdía en los cerros violáceos y todavía me quedaban horas caminando de regreso a mi casa. Pero estaba vivo y libre como una gorriona en el aclarar. «Son quince, son veinte, son treinta», creí escuchar a la distancia, mientras en el cielo, un cacho de luna, guiñándome un ojo se iba a dormir.


January 23, 2015

Pedro Lemebel

Un texto de

EL HOMBRE
QUE ELIGIÓ
EL BOSQUE
Y LO ASESINARON

Un día el electricista Edwin Chota se mudó a la Amazonía del Perú. Allí se enamoró de una mujer asháninka, ayudó a los nativos de la comunidad Saweto a organizarse y se convirtió en su líder. Durante más de una década vivió amenazado de muerte por denunciar la tala ilegal de árboles en sus tierras. Sus pedidos de protección fueron ignorados. Los traficantes de madera lo asesinaron.

¿Cuántos hombres más deben morir para que volteemos a mirar un árbol?

Un perfil de Joseph Zárate
Fotografías de Tomás Munita

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Fotografía de Tomás Munita

Quienes lo conocieron dicen que Edwin Chota tenía una sonrisa exagerada, amplia, contagiosa, con un agujero visible por la falta de uno de los dientes delanteros. Alberto Chota Tenazoa, su padre, cuenta que dos años antes de que mataran al mayor de sus cinco hijos, Edwin Chota había perdido ese diente comiendo un plato de tallarines con tortuga. «Mordió un hueso —recuerda—, pero sólo se rió, tiró el diente y siguió comiendo». El cazador asháninka Jaime Arévalo, miembro de la etnia más numerosa de la selva peruana, se acordó de aquel diente ausente cuando desenterró el cráneo de su amigo. Llevaba toda la mañana sumergido junto a unos policías en un pozo de agua marrón, cerca de la frontera con Brasil, hasta donde un río había arrastrado el cadáver de Edwin Chota devorado por gallinazos y lagartos. De aquel pozo de siete metros de profundidad sacó un fémur, unas costillas, una camiseta hecha jirones, una bota agujereada y una pulsera de colores todavía unida al hueso de la muñeca. Eran de uno de sus cuatro compañeros asesinados dos semanas antes en una quebrada cercana. Lo confirmó por un detalle: al cráneo le faltaba un diente.

A pesar de sus cincuenta y tres años y de ser flaco como una rama, Edwin Chota era un agricultor recio y un hábil cazador con la escopeta. Tenía la nariz afilada como de águila, el cabello sin un asomo de canas y la piel tostada por el sol. Imitaba el canto del gorrión y el rugido del tigrillo, jugaba bien al fútbol, y bailaba huaynos y forró brasilero moviendo su escuálido cuerpo como una marioneta. Cuando Edwin Chota sonreía, ese diente perdido, su incisivo superior derecho, era lo más notable en su rostro. Pero también lo era cuando protestaba. Como jefe de Alto Tamaya-Saweto, una comunidad de la Amazonía con más de treinta familias, Chota —el único adulto que sabía leer y escribir allí— se enfurecía y levantaba los puños cuando denunciaba a los taladores ilegales que explotaban a los nativos saqueando el bosque donde vivía. «Era el único momento en que estaba serio», dice Julia Pérez, su viuda. «Después era un bromista». Si sonreír es a veces un acto de diplomacia, Chota nunca arqueaba la boca frente un traficante de madera.

Para ir hasta Pucallpa, la segunda ciudad más grande de la selva peruana donde había nacido y crecido, Edwin Chota debía viajar siete días en bote. Allí visitaba a su padre llevándole motelo, una tortuga de carne tierna y sabrosa que se había convertido en su plato favorito. La última vez que se vieron, en el Día del Padre, Chota le contó que iría a Lima para ver si por fin hacían caso a sus denuncias. Las amenazas de muerte eran cada vez más frecuentes. Su padre le rogó que se quedara.

—No puedo —le dijo—. Yo de allá he de salir muerto.

Dos meses después, el 1 de setiembre de 2014, Edwin Chota fue asesinado junto a otros tres dirigentes asháninkas —Jorge Ríos, Francisco Pinedo y Leoncio Quintisima— en la selva del Alto Tamaya, mientras se dirigían a una asamblea en Brasil para organizar la defensa de sus territorios. Una bala de escopeta calibre 16 —especial para cazar animales del monte— le atravesó el pecho. Otra bala perforó su cabeza. El comunero Jaime Arévalo, quien se había adelantado a la reunión, regresó por el mismo camino al ver que sus compañeros no llegaban. Cinco días después encontró los cuerpos en una quebrada, a doce horas de camino de la frontera, y huyó corriendo a su comunidad por miedo a que también lo mataran. Las viudas y los hijos de los dirigentes asháninkas asesinados tuvieron que viajar tres días en bote hasta Pucallpa, sin detenerse, para hacer la denuncia. En Saweto no hay policía. El radio de dos canales que tienen —su único contacto con el mundo— apenas funciona.

La última vez que Edwin Chota viajó a Lima para denunciar a los taladores que lo amenazaban llamó a su padre de ochenta y dos años, y prometió visitarlo. Antes le había dejado una foto suya como recuerdo: se lo veía de pie, sin sonreír, vestido con su túnica marrón, su sombrero de plumas y el rostro pintado con líneas rojas, en una reunión de las tantas a las que asistía como jefe asháninka. «Para que si algún día me pasa algo, me veas», le dijo su hijo al darle la foto, antes de despedirse.

***

El hombre que murió por su comunidad asháninka no siempre fue asháninka. Cuando le contaron que su padre era jefe de una tribu indígena, Perla Chota pensó que era una broma. Para ella era imposible que el hombre que había visto por última vez a los nueve años, el bailarín fanático de los Bee Gees y John Travolta, el señor que jamás salía de casa sin la camisa bien planchada y los zapatos lustrados, ahora vistiera túnica, corona de plumas y sandalias y viviera en una casa de paja en medio de la Amazonía. Las hermanas de Edwin Chota, que vivían en Lima, estaban igual de sorprendidas. «No lo podíamos creer —dice Sonia Chota—. Mi hermano hasta hablaba un idioma raro». Sus familiares de la ciudad dicen que hasta hoy no entienden porqué Edwin Chota decidió defender a un pueblo que no era el suyo. Cuentan que la muerte repentina de su madre, cuando él tenía diez años, lo hizo alguien preocupado por los demás. En una casa llena de niños pero escasa de dinero, el futuro líder asháninka que enfrentaría a mafiosos del bosque era un chico reservado, sobresaliente en la escuela, que prestaba sus cosas para conseguir la simpatía de los demás. Sus hermanos y sus amigos repiten lo mismo: Edwin Chota ayudaba a otros para que lo quisieran.

Sobre su juventud hay recuerdos incompletos. Se sabe que terminó la escuela secundaria en Pucallpa, y que dejó la chacra de su padre —un ex obrero que trabajaba perforando pozos de petróleo— para volverse militar. Luchó como infante de marina en la guerra entre Perú y Ecuador y trabajó como electricista instalando cables de alta tensión en Iquitos. Sus relaciones amorosas duraban poco. Mientras estuvo en la guerra tuvo una novia indígena. Luego tuvo dos hijos —que la familia Chota no conoce— con una mujer mayor que pertenecía a la secta israelita. Hay quienes dicen que en esa época Edwin Chota se dejó crecer la barba y hablaba de la Biblia. Después se separó, tuvo una hija con otra mujer que lo dejó, y regresó a Pucallpa.

Elva Risafol, quien fue su mujer en esa época, cuando regresó a la ciudad —con la que tuvo un hijo que hoy es policía—, recuerda que Chota deseaba ir algún día a la selva para hacer algo por las comunidades desprotegidas que había conocido durante la guerra. «Él formaba sus castillos en el aire. Era muy idealista. Yo era más práctica. Yo le decía, en broma, que si vivía con una nativa iba a ser feliz. Creo que me hizo caso», dice Risafol, que se separó de él en 1997. Luego Edwin Chota desapareció de la ciudad. Cuatro años después, una madrugada, Edgar Chota escuchó que golpeaban en su casa en Pucallpa. Era Edwin, su hermano mayor, que llegaba de visita. «Me alegré tanto —recuerda—. Todos pensábamos que se había muerto».

Los recuerdos de lo que hizo esos cuatro años tampoco son claros. Dicen que a finales de los noventa Edwin Chota llegó solo a la selva del Alto Tamaya. Dicen que fue con unos amigos para trabajar como peón de chacra o vendedor de cuero de sajino. Dicen que llegó para olvidar sus fracasos y que se quedó por amor a una nativa. Lo cierto es que cuando Edwin Chota pisó ese territorio, Saweto ya existía. O al menos un cimiento de ella.

Los asháninkas habían llegado desde la selva central del Perú hasta esa parte de la frontera con Brasil a comienzos del siglo XX, en pleno boom del caucho: Europa y Estados Unidos compraban por toneladas el látex de los árboles para fabricar llantas de automóviles. Los asháninkas de Saweto eran descendientes de los nativos que habían llegado hasta ahí con sus antiguos patrones. Durante siglos los indígenas han sido explotados como mano de obra barata. Cuando el caucho se acabó, siguieron las pieles de animales exóticos. Cuando las pieles se acabaron, siguió la madera.

Los líderes indígenas denuncian que hoy sigue pasando lo mismo que hace décadas: los patrones les dan cosas materiales a los nativos —ropa, escopetas, motores para el bote, radios, víveres— a cambio de cientos de troncos de madera. Como la mayoría son analfabetos, los estafan con las cantidades y precios, y siempre terminan sacando más madera para pagar deudas. Cuando llegan los madereros, los animales huyen por el rugido de las motosierras. Los comuneros deben caminar más días por el monte para poder cazar algo para comer, y a veces no consiguen nada. Al igual que los tractores, los troncos arrastrados por el suelo vuelven la tierra inservible para la siembra. Los madereros incluso llevan enfermedades que los indígenas jamás padecieron. Hubo épocas en que los nativos morían por decenas con un simple resfriado.

En Saweto muchos asháninkas vivieron así hasta 1999. Cuando Edwin Chota llegó, algunas familias ya habían decidido terminar con la explotación y querían ser reconocidas por el Estado como comunidad. Así ellos mismos podrían aprovechar sus recursos y, sobre todo, acceder a algo más preciado: una escuela.

—Antes vivíamos dispersos —recuerda Diana Ríos, ex mujer de Chota—. Pero él nos decía que debíamos unirnos para que no nos engañen. Nos enseñaba a leer, a escribir, me llevaba a capacitaciones de mujeres indígenas. Ahora sé mis derechos. No era como otros. Por eso me enamoré de él.

Durante doce años, en un intento por proteger el bosque de los traficantes de madera, Edwin Chota envió más de cien cartas a diferentes instituciones del Estado peruano exigiendo la titulación de su comunidad: ochocientos kilómetros cuadrados de selva —casi la cuarta parte de Lima— penetrada por ríos que se extienden hasta la frontera con Brasil. Pero el gobierno se negó. Ya había entregado el ochenta por ciento de ese territorio a dos madereras peruanas. En 2002, un año antes de que Saweto fuera reconocida como comunidad indígena, un funcionario desde su escritorio en Lima cedió por veinte años esas tierras sin averiguar quiénes vivían ahí. Para que Saweto reciba el título de propiedad necesita que el gobierno anule o reubique esas concesiones madereras. Hasta que eso suceda, los asháninkas de esta zona no tienen legalmente el derecho de evitar que otros saqueen el bosque que habitan. No es un reclamo exclusivo de ellos. Más de seiscientas comunidades nativas en el Perú —la mitad de todas las que existen en el país— siguen sin ser los dueños legales de sus tierras.

Edwin Chota no hablaba asháninka con fluidez, pero logró que su comunidad tuviera mucho más que el paquete de alimentos de programas sociales que llegaban al caserío vecino. Saweto consiguió electricidad con paneles solares, un radio de dos canales para comunicarse con la ciudad, un tanque elevado para el agua y una escuela inicial. Además, los comuneros recibieron documentos de identidad. Antes de morir, Chota estaba gestionando la construcción de un local para la escuela primaria, que hasta ese momento funcionaba en su casa. El líder asháninka logró todo eso por sus gestiones persistentes ante la municipalidad, el gobierno regional y el apoyo de distintas organizaciones. Pero sobre todo gracias a la alianza que había establecido con los asháninkas de la comunidad de Apiwtxa, en Brasil. Chota deseaba tener lo mismo que los indígenas brasileños: un criadero de huevos de tortugas y otro de peces, un jardín de flores para exportar y bosques reforestados. Eso era ‘desarrollo’ para él.

Su trabajo, sin embargo, no dependía solo de su carisma para conseguir aliados ni de su tenacidad para exigir. El antropólogo ambiental Mario Osorio, quien hizo su tesis de maestría sobre Saweto para la Universidad de Kent, Inglaterra, recuerda que Chota solía ayunar antes de salir a hacer trámites, y tomaba ayahuasca. Decía que esa planta alucinógena, sagrada para los nativos, lo ayudaba a conectarse con el bosque. «Para Edwin, la protección de los bosques era una lucha espiritual», recuerda Osorio, quien se hizo amigo de Chota y le enseñó a usar Word y enviar e-mails. Los asháninkas creen profundamente en el mal. Edwin Chota había aprendido de ellos que en el mundo hay enemigos invisibles que también debía doblegar.

—Para ser jefe no importa si no eres asháninka, solo debes tener amor por nosotros, por nuestra cultura —dice Ergilia López, vecina de Chota—. Lo que tiene un hombre, tiene el otro hombre.

Durante esos doce años, Edwin Chota hablaba muy poco de su otra familia, la que dejó en la ciudad. Solo su círculo más íntimo —su junta directiva, su mujer— sabían que había tenido otra vida. Chota había partido su realidad en dos: en la ciudad estaban sus hijos Perla y Edwin; en la comunidad estaban Kitoniro y Tsonkiri. Era mejor así, decía, pues no quería ponerlos en peligro. Los madereros lo acechaban.

—A veces nos decía: «Qué hacen sufriendo acá. En la ciudad, si no se compra, no se come. En el monte, en cambio, hay todo: animales, yuca, pescado. Allí no les faltaría nada» —recuerda su padre—. Nos quería llevar para que también seamos asháninkas. Se molestaba si hablabas mal de ellos.

Una noche Edwin Chota se reunió con sus hermanos para ir a bailar cumbia a una fiesta en Pucallpa. Llegó acompañado de dos mujeres nativas que estaban descalzas. Sus hermanos se enojaron con él. «Edwin nos reclamó, nos dijo que todos somos iguales, que aceptemos nuestra raza, que nosotros también éramos indígenas —recuerda su hermano—. Él amaba esa cultura».

Chota decía que había tenido un profesor asháninka en la secundaria que le enseñó a no avergonzarse de sus raíces indígenas. También juraba que una de sus abuelas pertenecía a una etnia amazónica de Iquitos, pero sus familiares no lo reconocían. Lo que más rabia le daba era darse cuenta de que las personas —los gobernantes, los empresarios, los ciudadanos— creyeran, muy dentro de sí, que ser indígena significa ser pobre e inferior.

Perla Chota supo cuánto le importaba a su padre ser asháninka cuando lo volvió a ver en Pucallpa a sus dieciocho años. Edwin Chota le pidió perdón «por haber sido un mal padre» y abandonarla cuando era niña. Quiso que ella comprendiera que se había marchado para luchar por algo importante. La reconciliación funcionó, pero duró poco. Días después, mientras Chota almorzaba con unos extranjeros, vio pasar a su hija por la calle y la llamó para presentarla. Ella no lo escuchó y siguió caminando. Unas horas más tarde, cuando se vieron, Chota le reprochó: «Te avergüenzas de mí porque soy asháninka». Gritaron. Discutieron. Ella le devolvió la pulsera que le había obsequiado y se marchó sin despedirse. Ocho años después, mientras subía pasajeros al bus donde trabaja de cobradora en Lima, ella volvió a tener noticias de él. La llamaron al celular: su padre había salido en los noticieros.

—No se preocupó por mí, pero saber todo lo que hizo me hace sentir bien —dice Perla Chota con voz quebrada—. «Yo voy a ser grande», me dijo él. Tuvo que morir para que eso sucediera.

***

Es difícil transmitir la pasión por los árboles cuando lo que sobra es la indiferencia. Desde fines de los noventa, Edwin Chota y los nativos asháninkas veían con impotencia a grupos de taladores armados que se robaban sus árboles. Se los llevaban desde las cabeceras de los ríos Alto Tamaya y Putaya, navegando por más de una semana, hasta los aserraderos en Pucallpa. Cuando Chota los denunciaba, las autoridades le decían que los inspectores investigarían sólo si él les pagaba el bote, la comida y la gasolina para ir hasta allá.

—¿Quién va a defendernos? ¿Quién va a defender nuestro bosque? —reclamaba Chota ante unos periodistas de The New York Times, que habían llegado hasta un aserradero para indagar sobre el tráfico de madera—. No hay ninguna ley. No hay dinero para investigar. Sólo hay dinero para destruir.

Hubo un hombre que lo conoció e intentó hacer justicia. En abril de 2013, Edwin Chota apareció en el despacho del fiscal Francisco Berrospi para denunciar que cerca de novecientos troncos de madera habían sido extraídos ilegalmente de su comunidad y que estaban en un aserradero de Pucallpa. Berrospi recuerda que cuando conoció al líder asháninka entendió que su trabajo de funcionario público iba más allá de reunir pruebas para acusar a los traficantes de madera ante un juez. «Él tenía una conexión muy intensa con el bosque», dice. Y conseguía transmitirla. Esa mañana en su oficina, Berrospi, que sólo tenía cinco meses como fiscal ambiental de Ucayali, la región con más aserraderos en el Perú, decidió prestar atención a Chota e ir con él a un aserradero.

—Tócalo —le dijo Chota mientras colocaba su mano sobre un tronco enorme—. ¿No sientes como si un familiar se hubiera muerto?

Esa tarde, al regresar a la fiscalía, el líder asháninka se encontró con una amenaza de muerte. Hugo Soria, supuesto dueño de los troncos que serían incautados, le dijo: «Un sawetino va a morir y te voy a denunciar por narcotraficante». Edwin Chota había empezado a fastidiar a las mafias.

El tráfico de madera podría ser la versión forestal del narcotráfico, salvo por un detalle: funciona con documentos legales. En su informe La Máquina Lavadora, publicado en 2012, la Agencia de Investigación Ambiental —EIA por sus siglas en inglés— detalla cómo funciona este sistema. Según las normas forestales peruanas, las empresas madereras deben presentar cada año un inventario de árboles que existen en su concesión y que planean talar durante ese período. Pero es frecuente que esas listas incluyan árboles que crecen en otros territorios y que las empresas reciban la aprobación para vender cientos de metros cúbicos de madera que no les pertenecen. Como nadie los controla en el bosque, el mecanismo es sencillo: declaran la tala de una especie certificada, pero en sus camiones transportan los troncos de otraespecie en extinción. Dicen que talan en un bosque permitido, pero en realidad lo hacen en una comunidad nativa. Cortan setecientos árboles y sólo declaran la mitad. Según un informe de la revista Scientific Reports, más del sesenta por ciento de las concesiones otorgadas por el Estado peruano han servido de fachada para blanquear la madera. «La tala sucede en todas partes excepto donde según la ley debe ocurrir», dice Julia Urrunaga, directora del Programa Perú de EIA. El fraude sucede todos los días con el permiso de las autoridades. Los documentos con que se lava la madera son permisos oficiales llenos de información falsa, y fáciles de comprar en el mercado negro.

—No podemos ver si esa madera es legal porque no tenemos recursos —me dijo el ingeniero Marcial Pezo, cuando visité su oficina en Pucallpa—. Si la madera tiene documentos oficiales, pasa. No puedo ser adivino.

Por normas internacionales, solo la procedencia de los lotes de especies en peligro de extinción —como el cedro y la caoba de los muebles finos de Estados Unidos— debe ser registrada. Pero cuando los cargamentos de madera, sobre todo los de especies más comerciales, llegan a la Aduana trozados en tablas, investigar su origen es como rastrear huellas de hormigas.

En los exteriores de la Dirección Ejecutiva Forestal y de Fauna Silvestre de Ucayali, la institución que Pezo dirige y que se encarga de emitir licencias madereras, hay cientos de troncos decomisados pudriéndose con la humedad de las lluvias. Parte de esa madera es devuelta a los dueños que llegan con sus ‘papeles en regla’ para sacarla. En la oficina de Pezo hay un par de sillones hechos con cedro decomisado.

El presidente regional de Ucayali tiene más de cien denuncias por malversación de fondos. El vicepresidente es un empresario maderero que ha sido multado por el Estado por lavar madera ilegal. Los inspectores forestales que firman permisos fraudulentos siguen en sus puestos. Que las denuncias por tala ilegal —nueve de cada diez de las que llegan a la fiscalía— terminen archivadas es sólo el resultado lógico de un sistema corrupto. El ochenta por ciento de la madera que exporta Perú tiene origen ilegal según el Banco Mundial. A comienzos de 2014, la Interpol y la Organización Mundial de Aduanas hicieron un operativo contra la tala ilegal en el país y sólo en tres meses decomisaron tantos troncos como para llenar casi setecientos camiones de mudanza. Durante el operativo, las exportaciones de madera se desplomaron a la mitad. El Perú pierde anualmente unos doscientos cincuenta millones de dólares por los impuestos que evaden las madereras ilegales. Es más de lo que gana la industria forestal que opera dentro de la ley.

Lavar madera es un negocio rentable. La madera ilegal mueve hasta veinte mil millones de dólares al año, la misma cantidad que ganaron en 2012 las compañías de Wall Street. Pero es menos arriesgado que la bolsa: un estudio en Brasil, Filipinas, Indonesia y México, descubrió que la probabilidad de que el crimen de tala ilegal sea castigado es de 0.084%. Esto sucede sobre todo en países ineficientes, corruptos o víctimas de la violencia política.

A diferencia del dinero del narcotráfico, la madera ilegal es más fácil de lavar porque parece inofensiva. Mientras la cocaína mata, la madera de la Amazonía adorna la sala de una casa en forma de una mesa. Pocos se enteran de que en la selva del Alto Tamaya, como en otras zonas de la jungla peruana, hay nativos cortando madera en condiciones cercanas a la esclavitud; que hay cocineras en los campamentos madereros que son violadas por los taladores; que los jefes indígenas y funcionarios son amenazados y asesinados por no aceptar sobornos. La ONU considera al tráfico de madera similar al de los ‘diamantes de sangre’, que ha financiado guerras y violaciones masivas de derechos humanos en África. Sin embargo, las autoridades de Lima y Pucallpa, una ciudad construida al lado del bosque, siguen acumulando denuncias que nadie revisa. Ningún maderero ha ido a la cárcel por talar o traficar árboles en el Perú.

El ex fiscal Francisco Berrospi recuerda que para la mayor parte de sus investigaciones necesitaba viajar a zonas remotas, pero su oficina no tenía ningún bote o helicóptero para alcanzar campos de tala inaccesibles. Si decomisaba camiones, motosierras y árboles, los jueces solían forzarlo a devolverlos. Los sobornos eran tan comunes, cuenta Berrospi, que un fiscal anticorrupción lo animó a tomar los cinco mil dólares que le ofrecían para detener una investigación. «Escucha —le dijo su colega— en un año aquí puedes ganar bastante para construirte una casa, comprarte un auto. Es mejor así». Su mayor decepción, sin embargo, vino de jueces que se ponían del lado de los madereros. Una vez el ex fiscal decomisó setenta troncos. Una jueza ordenó devolverlos pronto al maderero.

—¿Sabes qué me dijo? —pregunta Berrospi con sarcasmo—. «¿Cómo voy a enviar a una persona a la cárcel por setenta troncos si en la selva hay millones de árboles?».

Berrospi se volvió un fastidio, una pieza que no encajaba. A veces lo llamaban en la noche para amenazarlo: «Vas a morir, perro». «¿Qué te crees? ¿Un héroe?». Hasta que en agosto de 2013 lo sacaron del cargo por ‘motivos internos’. Al poco tiempo, los novecientos troncos decomisados con ayuda de Chota fueron devueltos al maderero. Otro caso archivado.

—Me sentía frustrado, gritaba de cólera —dijo Berrospi—. Pero Chota no era así. Él reclamaba pero luego se calmaba, movía la cabeza y se preguntaba por qué no investigaban. Decía que yo no tenía contacto con la naturaleza, por eso me sulfuraba. Que debía andar descalzo para conectarme con la tierra. Siempre recuerdo cuando me hizo tocar aquel tronco en el aserradero. Yo sentí mucha pena, como cuando estás en un entierro.

La última vez que Edwin Chota estuvo en Lima fue para las Fiestas Patrias de 2014. En Pucallpa ignoraban sus reclamos así que visitó distintas instituciones del gobierno central para presentar una vez más sus demandas: el Parlamento, el Consejo de Ministros, la Defensoría del Pueblo, las autoridades forestales. «Desde que amanecía hasta que anochecía, a veces sin comer, Edwin esperó una respuesta en esas oficinas», recuerda Margoth Quispe, ex defensora del pueblo de Ucayali y asesora de Chota en temas legales. De todas las instituciones, solo Osinfor —encargada de sancionar la tala ilegal en los bosques—, aceptó visitar Saweto pronto.

El 30 de agosto, dos días antes de que lo mataran, los inspectores de Osinfor llegaron a la comunidad. Chota los acompañó en el recorrido por el bosque. En su informe —publicado después de las muertes de los cuatro dirigentes asháninkas— los inspectores concluyeron que las dos concesiones que están en el territorio de Saweto —ECOFUSAC y Ramiro Edwin Barrios Galván— talaban especies no autorizadas, sin plan de trabajo y sin pagar impuestos por su actividad. Nunca antes las autoridades habían llegado hasta ahí para verificar lo que Chota denunciaba desde hacía más de una década.

Sus compañeros —hoy también muertos— le contaron a la esposa de Chota que durante la inspección él estaba débil, que no comía, que casi se muere en el monte. Los madereros lo habían enfrentado. «Quieras o no vamos a entrar», le dijo un talador armado. «Vamos a ver quién gana: la comunidad o nosotros». Dos días después lo mataron.

José Borgo, coordinador de ProPurús, oenegé que apoya a Saweto en la titulación de sus tierras, fue un gran amigo de Edwin Chota. Siempre lo hospedaba en su casa cuando el dirigente llegaba a Pucallpa para hacer trámites. Al enterarse del asesinato, Borgo pasó días armando un expediente de más de doscientas páginas: eran todas las cartas, propuestas, solicitudes y denuncias que Edwin Chota había hecho en la última década. Todas ignoradas. También escribió cinco nombres en su libreta de apuntes. Era su lista de sospechosos.

—¿Sabes lo que más me indigna? —me preguntó Borgo. Estábamos en un bar de Pucallpa; la voz le temblaba de rabia luego de leer la lista—. Ninguna de las denuncias que Edwin puso contra estos hijos de puta prosperó. Ni una sola.

El experto en conservación entregó su información al abogado de las viudas. Hasta noviembre de 2014, dos taladores ya habían sido capturados. Pero la policía casi ha paralizado el caso y la búsqueda del último de los cuerpos por falta de presupuesto. Borgo dice que tiene la mochila lista para ir a Saweto e investigar la muerte de su amigo por su cuenta.

 

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Fotografía de Tomás Munita


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En una de las pocas entrevistas a Edwin Chota que se pueden encontrar en Youtube, el líder asháninka lo anunciaba: «Me voy a poner al frente de mi comunidad. Quizá alguien tiene que morir para que nos hagan caso». No era su primera advertencia. En 2005, Chota pidió al gobierno peruano protección para él y las familias de Saweto porque los madereros ilegales amenazaban con matarlos. No recibió respuesta. Un año después denunció a un talador que intimidaba a los líderes indígenas. La justicia no lo atendió. El ciclo continuó por años: Edwin Chota denunciaba a los madereros ilegales y ellos respondían con amenazas de muerte. El gobierno no hacía nada. En 2012 puso otra denuncia por la deforestación de su territorio ante el fiscal ambiental de Pucallpa, pero fue archivada. Al año siguiente, el dirigente asháninka ubicó cada campamento ilegal con un GPS y fotografió a los taladores con sus motosierras tumbando en media hora árboles de más de cien años de antigüedad. Chota presentó las pruebas a la policía con los nombres y apellidos de cada uno de ellos. El caso también fue archivado. En 2014, cinco meses antes de que lo mataran, Edwin Chota lo advirtió una vez más: los mismos taladores, las mismas amenazas de muerte, el mismo rechazo. Las autoridades decían que no tenían dinero para ir hasta Saweto a investigar si lo que decía el jefe asháninka era cierto.

Para evitar la titulación del bosque, los traficantes de madera intentaron sacarse a Edwin Chota de encima: le ofrecieron sobornos de hasta diez mil dólares y lo acusaban de ganar dinero con las organizaciones que apoyaban a los nativos. Luego pasaron a las amenazas. Robaban los motores del bote comunal de Saweto, saqueaban sus chacras y animales, disparaban al letrero de bienvenida de la comunidad y a la bandera del Perú que los asháninkas izaban cada semana para cantar el himno. Durante la noche, los madereros pasaban por las casas disparando al aire. Corrían el rumor de que «alguien» de la comunidad iba a morir «si seguía jodiendo». En Saweto todos sabían que ese alguien era Edwin Chota.

Luego de la muerte repentina de un ser querido, solemos creer que las palabras que nos dijo la última vez, algunos sueños o incluso el canto de un ave que oímos eran señales de lo que vendría. Un día antes de que le dispararan, Edwin Chota tuvo un sueño: estaba en un campo en medio de la selva junto a su madre, su abuela y su tío, todos muertos años atrás. «Lo estaban llamando», dice Julia Pérez, su viuda, con siete meses de embarazo. Esa madrugada ella se despertó por los gemidos que hacía su marido mientras dormía. Eran las cuatro de la mañana. Chota se levantó tembloroso. Se puso unos jeans, un polo blanco de manga larga y unas botas de jebe. Empacó su mosquitero y su ropa en una bolsa negra, arregló su folder con documentos y se alistó para ir a la comunidad asháninka de Apiwtxa, en Acre. Allí coordinarían la defensa de sus tierras con los líderes brasileños, que eran atacados por los mismos madereros.

Aquella mañana Edwin Chota actuó de forma extraña. «Parecía enfermo, casi no hablaba», recuerda la viuda. El dirigente asháninka no quiso tomar el desayuno que su esposa le había preparado, así que ella empacó el arroz con carne y las yucas en una bolsa para los dos días de viaje rumbo a la frontera. Chota no era precisamente un padre cariñoso, pero abrazó a sus hijos Kitoniro (Alacrán) de siete años y Tsonkiri (Picaflor) de dos, antes de subir al bote. Julia Pérez pensó que su marido tenía resaca por el masato que había tomado la noche anterior al inaugurar una chacra, como se acostumbra entre los asháninkas.

Ergilia López, mujer de Jorge Ríos, el tesorero de Saweto asesinado junto a Edwin Chota, recuerda que la mañana que los dirigentes partieron a la frontera, el chicua chilló más fuerte de lo normal. Para los asháninkas el chicua es un ave que anuncia malas noticias. Una especie de gavilán enano de plumas marrones que vive en la selva y que cuando canta —¡chicua, chicua!—, los asháninkas creen que algo terrible va a suceder: que alguien va a morir ahogado en el río, mordido por una víbora o por brujería. López le advirtió a su marido que mejor no se fueran.

«Yo no estaba tranquila, las aves no se equivocan», dice ahora la viuda de Ríos. Días después de la muerte de su marido, ella declaró haber visto a Eurico Mapes, uno de los taladores ilegales y presunto asesino, subiendo por el río en su bote peque peque. Mapes se quedó mirando fijo a los dirigentes asháninkas, como si los contara.

Unos minutos antes de partir hacia la frontera hablaron sobre las últimas amenazas que habían recibido.

—Yo solito me he condenado —le dijo Edwin Chota a Ergilia López.

Eran las diez de la mañana del 1 de setiembre de 2014.

Faltaban seis horas para que los mataran.

***

Tres semanas después del asesinato de los dirigentes asháninkas en el centro de la selva peruana, una banderola con el rostro de Edwin Chota se agitaba en las calles de Nueva York. Casi medio millón de personas de diferentes ciudades del mundo se reunieron para la marcha medioambiental más grande de la historia, días antes de la Cumbre Climática organizada por la ONU. Periodistas, políticos, activistas y famosos —desde el ex vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore, y el secretario general de la ONU, Ban-Ki Moon, hasta Leonardo DiCaprio y Sting— tomaron las calles para reclamar a sus gobernantes que hicieran algo para que sus países dejen de contaminar y depredar el planeta. Los activistas peruanos levantaban la banderola con la cara de Chota y letreros con los nombres de los líderes asháninkas asesinados para exigir que se encontrara a los culpables. Para entonces, The Wall Street Journal, National Geographic, BBC y El País habían publicado informes sobre el asesinato de Chota y sus intentos por evitar el saqueo del bosque donde vivía con su familia. Un artículo de La Folha de São Paulo dijo que Chota «era un Chico Mendes de su tiempo», comparándolo con el famoso activista cauchero asesinado a fines de los ochenta por defender la Amazonía. La prensa limeña llamaba a Edwin Chota «Mártir de la selva». Para esos peruanos en Nueva York, el líder asháninka representaba algo más: hasta dónde uno es capaz de llegar por defender lo que cree justo.

Pero a más de cinco mil kilómetros de esa marcha, al otro lado de los Andes, en el puerto de Pucallpa, la ciudad de la selva oriental del Perú donde Chota había nacido y crecido, pocos sabían quién era él. «¿Chota? Algo vi en el noticiero. Es el achaninga que han matado, ¿no?», dijo el comerciante Francisco Muñoz. «Él andaba con salvajes, no son civilizados. Antes comían gente. Ahora te atacan. Te tiran flecha», dijo el fotógrafo Jorge Aliaga. «Una vez lo he traído en mi bote. Buena gente era», dijo Santiago Luna. «Acá en Pucallpa nadie lo conocía. Ellos son líderes de sus comunidades, mas allá no salen», dijo Richard Romaina, vigilante del malecón. «Es el señor que andaba con su túnica, pintadito», dijo Luisa Rivera, vendedora de comida. «¿Usted sabe por qué lo han matado?».

Había varios rumores sobre Chota. Que venía del Vraem, ese valle de la selva central controlado por narcoterroristas. Que traficaba cocaína hacia el Brasil. Que compraba casas en Pucallpa con dinero ilícito. Que explotaba a los nativos. Que envenenaba el río para matar el ganado de sus opositores. Que era él quien traficaba madera. Que Edwin Chota Valera no era su verdadero nombre. De todo eso lo acusó un representante de una de las concesiones en las tierras de Saweto, a mediados de 2013, como venganza por las denuncias del líder asháninka. La fiscalía investigó a Chota durante un año. No halló nada. El caso fue archivado, pero las amenazas de muerte —y los rumores— continuaron.

—Chota estaba alterando el status quo —dijo David Salisbury, geógrafo y profesor de la Universidad de Richmond, Estados Unidos, quien conoció al dirigente asháninka durante más de diez años y lo ayudó a hacer conocida su lucha fuera del Perú—. Los taladores ilegales lo querían muerto.

Hoy ser un activista ambiental que defiende un territorio significa asumir que te pueden matar. En promedio, cada semana son asesinados dos ambientalistas en el mundo. Pero solo se han condenado a diez personas por estos crímenes: el uno por ciento. El historial de víctimas es elocuente. En 2001, unos paramilitares colombianos mataron al líder indígena Kimy Pernía por oponerse a una represa. En 2003, el ecuatoriano Ángel Shingre fue secuestrado y acribillado por enjuiciar a una petrolera. En 2009, el indígena mexicano Mariano Abarca fue baleado en la puerta de su casa por protestar contra una minera. En 2011, el congolés Fréderic Moloma Tuka fue golpeado hasta morir por unos policías durante una protesta contra la deforestación. Ese mismo año, la hondureña Diodora Hernández fue asesinada de un disparo por denunciar la contaminación de manantiales con desechos mineros. En 2012, dos militares dispararon al activista camboyano Chut Wutty por denunciar a traficantes de madera. Ese mismo año, el dirigente filipino Jimmy Liguyon fue acribillado delante de su esposa por rechazar un proyecto minero. Según la oenegé internacional Global Witness, más de novecientos ambientalistas han muerto en el mundo en los últimos doce años. En un planeta que exprime sus recursos, defender un bosque o un pedazo de tierra ya no es solo un asunto de sosegados idealistas: en 2011, después de matar a una pareja de brasileños que defendían una reserva natural, los sicarios les cortaron las orejas para detener desde el miedo las denuncias por la tala ilegal.

La misma organización internacional indica que el Perú es el cuarto país del mundo —detrás de Brasil, Honduras y Filipinas— más peligroso para estos activistas. En 2008, Julio García Agapito, teniente gobernador de un pueblo cercano a la frontera con Bolivia, recibió ocho balazos en la oficina de la autoridad forestal local luego de detener un camión con caoba ilícita. En 2013, dos sicarios mataron a Mauro Pío —líder histórico del pueblo asháninka— disparándole desde sus motocicletas. Pío llevaba veinte años pidiendo la titulación de sus tierras y la expulsión de la empresa forestal que invadía su comunidad. Entre 2002 y 2014 cincuenta y siete peruanos fueron asesinados por causas similares. Y esa cifra sólo registra los casos conocidos.

—El mayor peligro que sentimos como líderes es que el Estado, quien se supone nos debe defender, nos traiciona—dijo Ruth Buendía, reconocida líder asháninka, al enterarse de la muerte de Edwin Chota—. Nos deja a nuestra suerte a manos de criminales.

Hasta el día de su muerte, Chota se preparaba para llevar el caso de su comunidad a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. «Mientras no tengamos un título, los taladores no respetarán la propiedad nativa», le dijo el jefe asháninka a Scott Wallace, periodista de National Geographic que viajó hasta Saweto en 2013 para seguir el tráfico de caoba. «Nos amenazan. Nos intimidan. Ellos tienen las armas». Por las amenazas, dice aquel reportaje, Chota tenía que refugiarse a menudo entre sus compañeros asháninkas de Brasil, a dos días de caminata. En ese mismo sendero lo encontrarían muerto.

Dos días después de la primera noticia del asesinato, el suboficial Carlos Napaico subía a un helicóptero militar para viajar al Cusco a contener un conflicto social cuando su comandante lo llamó para asignarle otra misión: él y sus setenta compañeros —todos policías antisubversivos— debían ir a la selva del Alto Tamaya, en la frontera con Brasil, a buscar los cadáveres de unos asháninkas. Luego de cinco días de rastreo con la ayuda del comunero Jaime Arévalo, los policías encontraron el cuerpo de Edwin Chota en un pozo. No tenían radio para comunicarse, así que metieron los restos de Edwin Chota en un costal y esperaron dos días a que llegara el helicóptero del ejército. Para el suboficial Napaico el cadáver del famoso líder indígena era un boleto de salida: una vez que lo hallaran, le habían dicho sus superiores, podía largarse de ahí.

***

Cuando un líder se convierte en mártir, las personas lo recuerdan como la encarnación de sus propias luchas. Ahora que ha muerto, Edwin Chota significará muchas cosas para quienes lo siguen: la resistencia a la tala ilegal, la defensa de los derechos indígenas, la pelea solitaria del que espera una justicia que nunca llega, la extraña valentía de un hombre de campo que encara al Estado. Para las cuatro viudas de Saweto, la muerte de sus esposos es prueba de hasta dónde son capaces de llegar para que los escuchen.

—Sin título no valgo nada —dijo Ergilia López, una de las viudas, cuando fue a Lima para presentar su caso ante la prensa—. Nosotros cuidamos el agua, los bosques y no los cuidamos sólo para nosotros, sino también para los que viven en Lima. Nosotros no somos pobres. Yo soy rica, en mi tierra tengo todo. Pobres son los taladores que nos roban lo que tenemos.

Ahora las mujeres de Saweto han decidido continuar con los reclamos de sus maridos hasta conseguir la titulación de sus tierras. La hija de uno de los líderes asesinados viajó hasta Nueva York para recibir el premio anual de la Fundación Alexander Soros—un reconocimiento póstumo a los líderes indígenas como héroes ambientales— y una cantidad de dinero para financiar proyectos que Edwin Chota no logró terminar. Su muerte ha originado que el gobierno del Perú, además, inicie el proceso de titulación de Saweto e invierta cerca de trescientos mil dólares en planes para cultivar cacao, plantas medicinales y reforestación de bosques maderables. El Presidente de la República prometió una investigación exhaustiva de los asesinatos, pero hasta noviembre de 2014 el caso estuvo casi detenido por falta de presupuesto. Aún resta encontrar un cuerpo. Las viudas no quieren volver a su comunidad por miedo. Sin título ni protección, los madereros podrían vengarse.

Edwin Chota lo había advertido: quizás alguien tendrá que morir para que les presten atención. Sin embargo, dicen quienes mejor lo conocieron, eso no era lo que más le preocupaba. «Él decía que ya lo había asumido, que moriría en cualquier momento», afirma Margoth Quispe, abogada de la comunidad. A Chota, el único líder que sabía leer y escribir, le preocupaba que no hubiera otro asháninka con la preparación suficiente para enfrentar a los madereros. «Por eso educaba a otros líderes —dice Quispe—. Pero ahora ellos también están muertos».

Ergilia López, que quedó viuda y se convirtió en la nueva dirigente de Saweto, dice que no tiene miedo. Que seguirá defendiendo el bosque y denunciando a los traficantes de madera aunque deba arriesgar su vida. Solo una cosa le preocupa.

—El problema —me dijo— es que no sé leer

Crónica realizada con el apoyo de Oxfam


December 12, 2014

Etiqueta Verde 13

Un texto de


December 12, 2014

Tomás Munita

Un texto de

RUTH BUENDÍA
LA GUARDIANA
DE LA AMAZONÍA
[NO PUEDE DEDICARSE A SU JARDÍN]

Unió a los asháninkas para detener la construcción de una
represa que amenazaba con inundar sus tierras,
y recibió el premio Goldman, el Nobel ambiental.
Sin embargo, algunos de sus familiares
no ven con entusiasmo su lucha.
¿Se puede defender la Amazonía
y llegar a tiempo para la cena?

Un perfil de Joseph Zárate
Fotografías de Musuk Nolte

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Fotografía de Musuk Nolte

La primera vez que intentaron sobornarla, la dirigente asháninka Ruth Buendía respondió a la oferta de un traficante de madera con tres palabras: «Quiero tu cabeza». El tipo, con un reloj reluciente en la muñeca, miraba de reojo la oficina con escritorio, silla y una máquina de escribir algo oxidada donde Buendía trabajaba sola. Eran las ocho de la mañana y Satipo, antiguamente una laguna y hoy una ciudad cercada por bosques altos como murallas, en la selva central del Perú, despertaba con los últimos hits de cumbia en los puestos callejeros de comida y el ruido de motocicletas sobre las calles a medio asfaltar. Buendía había llegado temprano a su oficina, sin imaginar que un desconocido la estaba esperando. El hombre quería sacar camiones repletos de tablones de una comunidad amazónica sin que la policía lo supiera. Necesitaba de su influencia.


—¿Dime cuánto quieres? —insistió.

—Si te digo una cantidad, no me vas a poder pagar —respondió Buendía—Entonces quiero tu cabeza.

Y lo echó de su oficina sin dejarlo despedirse.

Seis años después, una mañana de 2014, a bordo de un bote largo que navega por un río caudaloso, Ruth Buendía recuerda esa época. Por esos días, ella había sido reelegida presidenta de la Central Asháninka del Río Ene (CARE), una organización que defiende los derechos y el territorio de los asháninkas, el pueblo indígena más numeroso de la Amazonía del Perú. Buendía tenía treinta y dos años, había terminado la secundaria en la escuela nocturna, acababa de dar a luz a un bebé y vivía en un cuarto alquilado de cuatro metros cuadrados con sus tres hijos y su marido. Cuando echó de su oficina al hombre que intentó sobornarla esa mañana, su reputación de mujer firme y honesta se fortaleció en las más de treinta comunidades asháninkas del río Ene, una arteria de agua que recorre el valle donde los primeros asháninkas habitaron desde tres mil años antes de Cristo.

Ahora, sentada en la parte de atrás del bote, Ruth Buendía come yuca sancochada junto a Santani, su hijo de dos años. Los hombres asháninkas a bordo llevan sandalias, shorts e imitaciones de camisetas deportivas de Portugal, Real Madrid o Barcelona FC. Las mujeres visten cushmas moradas, verdes y rojas, una especie de túnica sin mangas que les llega hasta los tobillos. A diferencia de ellas, Buendía lleva una blusa azul, unos jeans gastados y una gorra morada. El bote navega rumbo a Boca Anapate, una comunidad a ocho horas de viaje, donde habrá un congreso que realiza CARE cada año. Allí, durante tres días, los jefes asháninkas del valle discutirán con la presidenta Buendía asuntos sobre la vida de los nativos: las cosechas, la seguridad, los impactos de las petroleras y de las hidroeléctricas. Ruth Buendía, la primera mujer asháninka en presentarse a la presidencia de CARE, sintió desde niña que tenía que hacer algo por su pueblo. Su determinación la puso a prueba desde la adolescencia.

***

Ruth Buendía tenía trece años cuando cargó a su madre para salvarle la vida. Llevaban semanas viviendo en el bosque del valle del río Ene, huyendo de la guerra entre los militantes de Sendero Luminoso y los soldados del ejército del Perú. Cada vez que escuchaban las hélices de un helicóptero o unos pasos cerca, corrían a esconderse. Ya no tenían yuca ni pescado ni agua. Sus túnicas estaban sucias de tierra. Sus cuatro hermanos menores lloraban de hambre. Su madre, enferma de malaria, tenía la piel pegada a los huesos. Su padre estaba muerto. No había quién los defendiera.

Una mañana Ruth Buendía decidió que tenían que salir al río.

—Si nos matan —dijo— que nos maten, pues.

Entonces ayudó a su madre a meterse en una de esas canastas que usan las mujeres asháninkas para llevar yuca durante la cosecha, y la cargó durante el camino al río como quien lleva una mochila.

Era el verano de 1991. Sendero Luminoso había llegado a mediados de los ochenta para controlar todo el valle del río Ene, luego de huir de los militares desde Ayacucho, en la sierra sur del Perú. Saqueaban las chacras, quemaban postas médicas y oficinas municipales, asesinaban a quienes se oponían a su lucha.

Los asháninkas más viejos los llamaban kamári: demonios. Espíritus que se esconden en el bosque, en las cuevas. Seres malignos que trituran los huesos, que chupan los ojos. Que pueden matar a un recién nacido o al guerrero más fuerte, y obligar a un asháninka a eliminar a su propio hermano sin remordimiento.

Kamári es la esencia del mal y para ellos Sendero Luminoso era su encarnación. Los asháninkas aceptaban el discurso de los maoístas por convicción o por miedo. Rigoberto Buendía, el padre de Ruth, tenía treinta y nueve años cuando intentaron reclutarlo. Era un agricultor y cazador muy respetado que vivía en una chacra a tres horas de Cutivireni, la comunidad asháninka más poblada del valle del río Ene, con su mujer y seis hijos: cuatro mujeres, dos varones. Los miembros de Sendero Luminoso llegaron y le pidieron que los guiara a donde estaba el sacerdote de la comunidad, que había escapado con decenas de familias a las tierras altas del valle. Rigoberto Buendía se rehusó. Pero algunos asháninkas, al ver que no lo habían tocado, corrieron el rumor de que también él era un líder terrorista. Un día, luego de desayunar con su familia, Rigoberto Buendía fue a coordinar la defensa de los territorios con el grupo del sacerdote, pero los asháninkas le dispararon por la espalda con una escopeta. Arrojaron su cadáver a un barranco junto con los de cuatro hombres más que venían con él. Nunca hallarían los cuerpos.

Después del asesinato de su padre, Sendero Luminoso llevó a la familia de Ruth Buendía a una suerte de campo de concentración levantado en la espesura del bosque amazónico, donde estaban cautivos más de trescientos nativos. Allí vivieron hacinados durante meses. Los obligaban a trabajar la tierra, a cocinar para los mandos terroristas, a abandonar su lengua para hablar quechua o español. Los rebeldes eran acuchillados o ahorcados delante de sus familias. Violaban a las mujeres. Secuestraban a los niños de diez a quince años para adoctrinarlos y convertirlos en combatientes. Como la comida no era suficiente para tantos, Ruth Buendía escapaba al monte con sus hermanos a pescar carachamas, traer yuca, fruta o algún insecto que pudiera alimentarlos. Tardó un año en convencer a su madre de huir y esconderse con sus hermanos en el monte. Así fue como escapó por el río Ene, cargando sobre la espalda a su madre moribunda.

La fotógrafa Vera Lentz escuchó la historia de la niña heroína que había salvado a su madre en la base militar de Cutivireni. Cientos de nativos llegaban hasta allí, rescatados por los militares y el ejército asháninka: un batallón de guerreros indígenas armados con escopetas, arcos y flechas que hacían asaltos sorpresivos a los campamentos terroristas para liberar a sus familiares.

A diferencia de otras etnias amazónicas que conquistan territorios, los asháninkas son guerreros defensivos. Desde niños aprenden a esquivar las flechas antes que lanzarlas. Pero cuando son atacados, cuando invaden sus territorios, tienen la reputación de ser los guerreros más fieros —los mejores con el arco y la flecha— de las sesenta y cinco tribus amazónicas que existen en el Perú.

Vera Lentz estaba allí para fotografiar las historias de esa resistencia. Ya había estado en campamentos militares de El Salvador y Honduras, y había documentado los escenarios más sangrientos de la guerra interna en Lima y en la sierra de Ayacucho. Pero cuando el capitán de la base militar le contó la historia de aquella niña heroína, Lentz quedó asombrada. Supo que tenía que fotografiarla: en su retrato en blanco y negro está Ruth Buendía de trece años, flaca como un palo, hilando debajo de un techo de palma. Al lado está su madre, recostada sobre una mesa con el cuerpo raquítico. Su hermano menor acostado, quizá dormido, y su hermana menor sentada de espaldas. La cesta de yuca al fondo, en una esquina del encuadre. Ruth Buendía no mira a la cámara. Pero sonríe nerviosa, como una niña incómoda ante un intruso. Lentz sólo pudo hacer dos disparos. Ruth Buendía no dejó que sacara más fotos.

A mediados de 2012, la fotógrafa envió a la oficina de CARE las imágenes que había tomado en esa época para una exposición en Lima sobre la violencia política en las comunidades asháninkas. Ruth Buendía recuerda que las imprimieron y las tendieron como ropa, para que todos los nativos pudieran verlas. Ella se reconoció en una de las fotos. Es la única imagen que existe de su niñez. Hoy, sobre las paredes amarillas de la casa alquilada donde ella vive en Satipo, hay fotos de viajes y paseos por el bosque con sus hijos, hay medallas y diplomas, hay dibujos de animales y garabatos infantiles hechos con crayolas y plumones de colores. Para Buendía son imágenes de tiempos más felices.

—Aún así esta herida todavía no cierra —dice mientras avanzamos por el río.

Después de huir del campamento de Sendero Luminoso, Ruth Buendía fue enviada a Lima como empleada doméstica de una familia evangélica, porque su madre no tenía dinero para mantenerla. Pero a los diecisiete años regresó a Satipo. Allí trabajó como cocinera y mesera mientras terminaba la escuela y criaba sola a su primera hija. A los veintiuno, mientras atendía en una juguería, un cliente la invitó a unirse a CARE al enterarse de que era asháninka. Viajando por el río Ene, Buendía ayudó a otros nativos a obtener los documentos de identidad que habían perdido durante la guerra contra los militantes de Sendero Luminoso. En esos viajes se encontró con líderes asháninkas que habían conocido y respetado a su padre. Entonces se sintió otra vez en casa. En 2005, cuando el presidente de la Central Asháninka del Río Ene renunció a su puesto, ella se presentó a las elecciones y ganó con el apoyo masivo de las mujeres. Era la primera vez que una mujer asháninka se atrevía a ser candidata a presidenta.

Ahora, cada vez que el bote llega a una comunidad, Ruth Buendía baja con una comitiva a buscar al jefe. La escena parece la de un alcalde popular que visita un pueblo: Buendía recibida con abrazos y sonrisas. Buendía cargando a un niño descalzo. Buendía saludando a los hombres de la comunidad. Buendía dando besos a las mujeres que le sirven pescado frito y masato, una bebida hecha de yuca sancochada fermentada con agua y saliva. Como señal de respeto, a ella siempre le sirven primero.

Buendía siente que el trabajo que hace ahora es una manera de honrar el nombre de su padre, de reencontrarse con su raíces. Por eso en cada acto público ella viste una cushma marrón adornada con semillas y plumas de petirrojos, y pinta formas geométricas en su rostro con la tinta roja de un fruto llamado achiote, el maquillaje de las mujeres asháninkas. Mientras algunos nativos llaman a sus hijos Walter o Jhonny, Buendía le puso nombres asháninkas a sus hijos menores: Metzoqui (suave), Yanaite (espíritu que elimina a quienes invaden su territorio), Eni (hormiga guerrera) y Santani (avecilla que vive en las rocas). También quiere volver a la chacra de su padre para sembrar cacao, yuca y frutilla, entre otras plantas amazónicas. Algo que no puede hacer en el patio de su casa alquilada, donde apenas ha sembrado unas cuantas hortalizas. En el jardín de Ruth Buendía no hay flores. La mujer que protege la selva amazónica dice que no tiene buena mano con ellas. Cree que las asusta: la energía de su carácter es tan fuerte, dice, que las flores mueren al poco tiempo de sembrarlas.

***

Los asháninkas evitan el conflicto. Cuando un nativo se enfada con su vecino, prefiere irse solo al monte para calmarse y luego regresar a conversar. Para un asháninka —nombre que en su lengua significa ‘nuestros hermanos’— no hay nada peor que odiar o matar a un miembro de su familia.

Los asháninkas comparten la comida. Si un nativo llega a casa de otro, se le sirve masato y alimento sin que lo pida. Los nativos cubren el ochenta por ciento de su dieta de los huertos donde cultivan yuca, plátano, maíz, cacao, entre otros alimentos. Ni la tierra ni los sitios de caza o pesca tienen dueño.

Los asháninkas no se casan. Tener hijos, para ellos, representa lo mismo que el matrimonio para los hombres blancos. Ruth Buendía no se ha casado ni siente la necesidad de hacerlo.

Los asháninkas son tíos o primos o sobrinos entre sí. Todos son familia. No importa que pertenezcan a otra comunidad o no compartan el mismo apellido. No hay linajes ni clases. Sus apellidos occidentales –como Bustamante, Buendía, Vega, Marcos, Samuel, Pedro– vienen de los antiguos patrones de las tierras y los misioneros que bautizaban a los nativos. Ruth Buendía dice que los funcionarios de los Registros Públicos solían cambiarles el nombre por no entender lo que decían.

Los asháninkas tienen jefes en sus comunidades. Un hombre que lidera al resto por la fuerza de su carácter y su persuasión. En todo el valle del río Ene, solo hay jefes varones. Ruth Buendía es la presidenta de todos ellos.

***

 

Fotografía de Musuk Nolte

Según el informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, el pueblo asháninka fue la etnia amazónica más castigada por la guerra interna con Sendero Luminoso. Más de treinta comunidades desaparecieron, unos diez mil nativos fueron desplazados, cinco mil secuestrados y seis mil fueron asesinados. Para el antropólogo Óscar Espinoza, autor del capítulo del informe de la Comisión de la Verdad dedicado a la masacre de los asháninkas, esos datos no lo cuentan todo. Cuando se hizo el informe, recuerda él, no hubo presupuesto ni botes para ir a todas las comunidades del río Ene. Se recortó el número de páginas, se eliminaron detalles, anécdotas, casos. Y muchos nativos no quisieron hablar.

—A los asháninkas no les gusta hablar de sus muertos —dice el antropólogo.

Una madre asháninka no puede nombrar a su hijo muerto. Cree que, si lo hace, no dejará que su espíritu vaya al cielo. Durante la última década, sin embargo, las mujeres asháninkas han sido las primeras en contar los horrores de las violaciones y los asesinatos para transmitir a sus hijos la memoria de esos años. Para que la memoria de lo que pasó con su pueblo no dependa solo de relatos familiares, Ruth Buendía quiere pedir al Estado que construya en la selva central un museo. Quiere que se recuerde la violencia que sufrieron los asháninkas, que hoy suman casi cien mil nativos. Quiere que los jóvenes conozcan esa historia que no salió en los noticieros.

Buendía está segura de que la gente de la ciudad no siente lo que vivieron los asháninkas, ni lo que sucede ahora en sus tierras con la explotación de petróleo o los proyectos para la construcción de centrales hidroeléctricas. Por eso ella ahora habla para que no vuelva a suceder. Para que no los vuelvan a engañar.

—No es justo que para que vivan bien los limeños, yo tenga que arriesgar mi vida, mi pueblo, mi territorio —reclama la dirigente, abriendo los ojos—. Primero el terrorismo nos desplazó. Ahora van a hacer represas para desplazarnos otra vez.

Para Ruth Buendía eso también es terrorismo, pero de inversiones.

***

Mientras navegamos por un cañón angosto y profundo en la parte baja del río Ene, en el corazón de la selva peruana, Ruth Buendía se acerca al borde del bote y señala un cerro enorme, salpicado de árboles frondosos.

—Ahí está, mira —me dice.

El cerro se llama Pakitzapango. ‘Casa del Águila’ en lengua asháninka.

El mito dice que hace siglos, en este cerro más alto que la torre Eiffel, vivía un águila que comía carne humana. Cada vez que un nativo cruzaba el cañón, el pakitza volaba, lo cazaba con sus garras y lo llevaba a una cueva en lo alto para devorarlo. Pero el animal nunca quedaba satisfecho. Así que intentó construir un enorme muro de piedras de orilla a orilla para que los nativos jamás escaparan. Un día, mientras el pakitza construía su muro, los asháninkas se cansaron de sus ataques y decidieron vengarse. Moldearon un hombre con arcilla y caucho, lo vistieron con una cushma y lo pusieron en una balsa que navegó hasta el cañón. El águila pensó que era un nativo y salió a cazarlo. Clavó sus garras en aquel muñeco pero quedó atrapado en el barro. Los asháninkas salieron gritando de entre los árboles. Lo acorralaron, le arrojaron piedras y flechas hasta matarlo. Sus plumas flotaron río abajo. De ellas —cuenta el mito— nacieron todos los otros pueblos de la Amazonía.

En este mismo cerro —recuerda Ruth Buendía— se escondieron los jefes terroristas de Sendero Luminoso que llegaron al río Ene a finales de los ochenta para dominar el valle. Igual que el pakitza, cada vez que un asháninka cruzaba el cañón o se detenía a pescar y bañarse, los senderistas le disparaban desde la cima o lo capturaban. Sendero Luminoso era el nuevo monstruo de la misma leyenda.

—La gente se baña y pesca acá todavía —dice Buendía—. Pero algunos tienen miedo de que ese tiempo vuelva.

Como si cada cierto tiempo una amenaza distinta acechara el mismo lugar, en 2008 el Estado peruano autorizó que se construyera en el cañón del río Ene un muro de concreto de ciento sesenta y cinco metros de altura. La represa de una central hidroeléctrica llamada igual que el mito del águila comehumanos: Pakitzapango.

El proyecto anunciaba grandes beneficios para el país. La central produciría más de dos mil megavatios, suficiente para abastecer de luz eléctrica a casi ochocientos mil hogares. Los peruanos consumirían energía más barata y los brasileños comprarían el ‘excedente’ durante treinta años, gracias a un acuerdo energético firmado entre ambos países. El gobierno juraba que ello no sólo cubriría la demanda futura de energía, sino también atraería más inversiones, más ‘desarrollo’ para los nativos, más dinero para construir escuelas y postas médicas en una zona donde siete de cada diez niños padecen desnutrición crónica y apenas terminan la primaria.

Eran buenas noticias, por supuesto. Pero Ruth Buendía no creía en ellas. A inicios de 2010, un equipo de ingenieros de CARE y la fundación inglesa Rainforest viajaron hasta el cañón de Pakitzapango para hacer estudios. Las mediciones de sus GPS y las simulaciones digitales de sus computadoras sólo corroboraron lo que ya sospechaban. La laguna artificial creada por la represa iba a inundar más de setecientos kilómetros cuadrados de selva: como sepultar bajo el agua la cuarta parte de la ciudad de Lima. Diez comunidades perderían el sesenta y cinco por ciento de sus tierras de cultivo y serían desplazadas hacia las partes altas del bosque. El gobierno peruano nunca consultó a los asháninkas del río Ene si estaban de acuerdo con ese plan. Y no lo ha hecho hasta hoy, a pesar de que en el país existe una ley de consulta previa y convenios internacionales que exigen hacerlo.

—Es como si el gobierno se metiera a tu casa sin pedirte permiso y dijera: señor, hemos encontrado petróleo debajo de su terreno. Así que retírese, por favor, es de ‘todos los peruanos’. ¿Qué harías pues? —pregunta Buendía— ¿Te vas, nomás?

El bote avanza lento bajo el sol tirano de la tarde.

El río Ene es un torrente que arranca árboles de raiz; una extensa avenida de agua.

Algunos dirigentes asháninkas a bordo miran el cañón de Pakitzapango en silencio hasta que lo dejamos atrás. Para gran parte del pueblo asháninka, este sigue siendo un sitio sagrado. Para otros, los que temen el regreso de Sendero Luminoso y la construcción de la represa, es un lugar maldito.

***

Ruth Buendía se enteró de la noticia al encender la radio en su oficina. Hasta ese momento, a finales de 2008, había enfrentado a aquel traficante de madera ilegal y a Pluspetrol, petrolera argentina que intentaba explorar tierras asháninkas que el Estado le había dado en concesión sin consultar a los nativos. Pero construir una represa en el río Ene, como anunciaba la radio aquella mañana, era un peligro superior.

—La razón de ser asháninka es tener un territorio —me dijo Buendía—. Pero si la represa inunda el valle, ¿a dónde voy a ir? Sería como desaparecernos.

Las represas de todo el mundo han inundado en total una superficie del tamaño de España. Sus depósitos contienen tres veces más agua que los ríos de todo el planeta, y generan el dieciséis por ciento de toda la electricidad que consumimos en el mundo. El problema —informa la Comisión Mundial de Represas— es que más de ochenta millones de personas han sido desplazadas debido a ello, que es como expulsar a todos los alemanes de su propio país para construir hidroeléctricas.

Philip M. Fearnside, investigador que lleva treinta años estudiando el impacto ecológico de las hidroeléctricas en Brasil, asegura que es un error pensar que las represas producen energía limpia o ‘verde’. Para empezar, bloquean la migración natural de los peces, pues el gigantesco muro no les deja volver a los lugares donde se aparean y ponen sus huevos. La vegetación sepultada bajo el agua se pudre y genera enormes cantidades de gas metano, veinte veces más potente que el dióxido de carbono que emiten los coches, y contribuye a aumentar el calentamiento global. El agua pierde oxígeno y acumula mercurio. Los peces se contaminan. Los nativos se alimentan de esos peces y se enferman. Los caudales aguas afuera de la represa disminuyen. Los ríos se vuelven inservibles para navegar, y las tierras se secan y pierden los nutrientes minerales para fertilizar los campos. La contaminación no se detiene ni aún después que la hidroeléctrica deja de funcionar (luego de ochenta años, en promedio). Los lodos acumulados en los reservorios de las represas desactivadas son tan tóxicos como los relaves mineros. Para un pueblo indígena como el asháninka, cuya cultura depende del río y del bosque, el daño ocasionado por una represa sería tan brutal como si un incendio arrasara la selva.

A cambio de eso, la empresa constructora de Pakitzapango ofrecía a las casi mil quinientas familias asháninkas que serían desplazadas talleres para construir viveros y elaborar panetones, pollo a la brasa, chocolates y artesanías.

—¿Artesanías? ¿Qué se hace con eso? —me dijo Ruth Buendía al recordar la historia.

Fingió una sonrisa como si acabaran de contarle un mal chiste.

El equipo de CARE pidió asesoría a ingenieros, contrató a una abogada y enviaron solicitudes a los ministerios para pedir el expediente sobre los planes del proyecto: qué pasaría con ellos, a dónde iban a ir. Durante varias semanas Buendía visitó las comunidades asháninkas para informar sobre los impactos de Pakitzapango. Preparaba su discurso. Investigaba desde cómo funciona una represa hasta qué es un megavatio. También viajaba ocho horas en bus de Satipo a Lima para entrevistarse con funcionarios del Ministerio de Energía y Minas. A veces no la recibían, y cuando lo hacían, era con desgano. La respuesta era siempre la misma: que lo sentían, que no podían hacer nada, que era un proyecto de ‘interés nacional’.

Ella insistió durante dos años. Pero nunca le dieron la información que exigía.  Cansada de esperar, Buendía inició una campaña para exponer el peligro que corrían los asháninkas, con ayuda de la cooperación internacional. En marzo de 2010 viajó hasta Washington para demandar al Estado peruano ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Ruth Buendía y un abogado contra doce funcionarios. Vestida siempre con su cushma marrón, y la cara pintada con líneas rojas, la dirigente asháninka visitó una decena de países —entre ellos Inglaterra, Noruega, España, Francia, Bélgica y Holanda— para juntarse con ministros del ambiente y banqueros que financiaban proyectos hidroeléctricos en el Amazonas. Incluso se reunió con ejecutivos de la constructora Odebrecht —inversionista del proyecto Pakitzapango— y los ministerios de Energía y Relaciones Exteriores de Brasil. Les advirtió sobre lo que pasaría si levantaban la represa en tierras asháninkas. «Pero si a pesar de todo no nos escuchan, correrá sangre —les dijo aquella vez—. Si nuestro gobierno no nos respeta, entonces nos haremos respetar».

A finales de 2010, la Comisión envió una carta al gobierno del Perú pidiendo que se garantice la protección del territorio asháninka. El gobierno no tuvo otra opción que detener el proyecto, y un año después Odebrecht se retiró de Pakitzapango diciendo que respetaría la decisión de los nativos. Ruth Buendía y CARE habían logrado paralizar la concesión sin hacer marchas, quemar llantas o bloquear carreteras. Algo poco frecuente en el Perú, donde según la Defensoría del Pueblo hay más de cien conflictos sociales cada año causados por impactos ecológicos.

Por esos días, Ruth Buendía esperaba su quinto hijo. También había empezado a estudiar Ciencias Políticas en la universidad. Cada tarde después del trabajo, iba a clases y regresaba agotada a casa cerca de la medianoche. Casi nunca llegaba a tiempo para la cena. Su marido, el ingeniero Fredy Antezana, un hombre bajito y de voz amable, solía levantarla a las cuatro de la madrugada y ayudarla a estudiar para los exámenes. Los viajes la alejaban de casa durante días. Sus hijos le reclamaban que nunca asistiera a las actuaciones de la escuela. Algunos familiares le decían que tenía abandonados a los niños. Ruth Buendía intentaba cumplir con todo, pero no podía. Entonces su embarazo se complicó y abandonó la universidad luego de un año, frustrada por haber reprobado casi todos los cursos.

Sus opositores políticos dentro de los asháninkas se endurecieron. Querían la construcción de la hidroeléctrica y la entrada de las petroleras y empezaron a desprestigiarla. La acusaban de ser hija de terrorista, madre soltera sin preparación y de impedir el progreso de su pueblo. Los jefes de tres comunidades se separaron de CARE para crear una organización paralela. Ruth Buendía, uno de los cien personajes más influyentes de Iberoamérica en 2012 según el diario EL PAÍS, recuerda aquella ruptura como su primera derrota.

—A veces no aguanto más y digo: «Bueno, si quieren que entre la petrolera, la hidroeléctrica, ¿entonces qué mierda hago acá?»

Hubo un tiempo en que la dirigente solía hacerse esas preguntas con frecuencia. Sobre todo cuando los ataques llegaron de su propia familia.

Durante los días en que la lucha contra la hidroeléctrica de Pakitzapango y la oposición de otros dirigentes asháninkas empeoraba, su hermano menor robó un cheque por tres mil dólares de la oficina de CARE, destinado a proyectos sociales. Ruth Buendía tuvo que denunciar a su hermano y pedir un préstamo personal al banco para devolver el dinero. Su madre se resintió con ella, al punto de acusarla de que le hiciera eso a «su propia sangre», y su hermana corrió el rumor de que había sido Ruth quien había robado el dinero. La dirigente de los asháninkas se alejó de su madre y sus hermanos por casi un año. En una asamblea tuvo que dar explicaciones ante todos los jefes de las comunidades.

—Mi nombre y la organización que represento no podían mancharse. Pero eso no me debilitó, al contrario. Ahí conocí a mi familia, quién te acompaña, quién no.

Una tarde, Ruth Buendía recibió la llamada del banco que le había prestado dinero para que ella pagase el robo de su hermano. Debía cancelar a tiempo las cuotas del préstamo para que no la multaran. Después de colgar, Ruth Buendía mandó a sus hijos a jugar un rato en el parque. Sin nadie en casa, la mujer que tres años después ganaría la batalla contra la construcción de la central hidroeléctrica, se permitió llorar.

***

El cielo se oscurece rápido en la comunidad Boca Anapate, en la parte alta del valle del río Ene, y Ruth Buendía cruza deprisa el pasto húmedo de una cancha de fútbol. El pelo negro, la cara pintada con líneas rojas, la cushma marrón adornada con plumas de petirrojos. Ella corre. Es el tercer y último día del congreso asháninka y quiere darles una noticia a los jefes antes de que anochezca.

Al llegar al lugar donde están reunidos más de cuarenta dirigentes que toman masato, bajo un techo de calaminas, Ruth Buendía les muestra una escultura de bronce en forma circular.

—Parece una anaconda que se está mordiendo su cola, ¿no? —dice, y todos se ríen.

La estatuilla simboliza el poder que tiene la madre naturaleza para renovarse. Buendía recuerda que le dijeron eso la noche de abril de 2014 que recibió aquel trofeo en el teatro Opera House de San Francisco, junto con otros seis activistas de la India, Indonesia, Rusia, Sudáfrica y Estados Unidos. El premio Goldman. El Nobel Verde, le dicen. El premio ambiental más importante del mundo. La noche que recibió el Goldman, luego de dar un discurso algo nervioso de tres minutos, Buendía fue nombrada heroína del medio ambiente por unir al pueblo asháninka para impedir la construcción de la central hidroeléctrica Pakitzapango. Era la tercera peruana que ganaba este premio.

Durante diez días, ella estuvo de gira en San Francisco y Washington en homenajes y conferencias con líderes políticos y ecologistas. Dio entrevistas a la BBC y Fox News. La revista The Atlantic tituló: «The Woman Who Breaks Mega-Dams». Incluso Robert F. Kennedy Jr. la abrazó, fascinado por su historia. Ruth Buendía era una celebridad ambiental y Lima la esperaba. La condecoraron en los ministerios de la Mujer, de Cultura y del Ambiente. La entrevistaron en la televisión y en la radio. Su foto salía en los periódicos. Un hombre bajó de su camioneta para pedirle, por favor, que aceptara tomarse una selfie con ella a mitad de la calle.

Pero esta tarde en Boca Anapate, un mes después de que tres mil personas la aplaudieran de pie en San Francisco, sólo tres comuneros asháninkas levantan la mano cuando Ruth Buendía pregunta si saben algo del premio. Uno dice haberla visto en la televisión de casualidad. Otro leyó algo en el periódico, pero no recuerda exactamente qué. Ruth Buendía sonríe y con paciencia explica en su lengua de que se trata el premio, qué es, por qué se lo han dado. Dice gracias —«pasonki, hermanos»—, y se sienta.

Pero nadie aplaude, nadie pregunta, nadie dice nada.

Entonces el líder que dirige la reunión pide más palmas, por favor, hermanos, y explica una vez más, en asháninka, en qué consiste el premio. Luego de un rato todos parecen entender y aplauden. Ya es de noche. Unas mujeres sirven más masato para celebrar.

—Lo que pasa es que sobre un premio ambiental nunca hemos escuchado —me explicará después—. No entendían por qué me habían dado eso, y es normal. Solamente piensan que en deporte o en fútbol te dan premios.

—Parece mezquindad, pero no lo es —dirá el antropólogo Óscar Espinoza, quien asegura no haber encontrado a un indígena amazónico que hable bien de sus líderes—. Piensan que si lo hacen le harán daño, que el líder puede volverse soberbio. Es su forma de vigilarlos. No los felicitan por hacer bien su trabajo, porque están haciendo eso: su trabajo.

Ruth Buendía tampoco entendió la vez que, estando en Madrid, la llamaron de madrugada al hotel donde se hospedaba para avisarle que había ganado el premio Goldman más un bono de ciento setenta y cinco mil dólares. Pensó que era una broma. Pensó que la querían estafar.

—Incluso mi esposo pensaba que al llegar a Estados Unidos un traficante de órganos nos iba a secuestrar para sacarnos los ojos —ríe—. Yo no tenía idea de qué era el Goldman ‘prize’, ‘prais’, ¿así se dice?

Buendía no sabía que la habían postulado al premio.

—Es que estoy enfrentándome a empresas que tienen una economía muy grande y también al gobierno de mi país. Ahorita la empresa le ha dejado de interesar construir la represa en Pakitzapango. Pero eso no quiere decir que el Estado piense igual. La lucha no ha terminado.

Dos días después de presentar el premio ante los jefes asháninkas, Ruth Buendía volvió a Cutivireni, la comunidad donde nació. Un delegado de la fundación Rainforest y tres periodistas ingleses habían llegado hasta el río Ene para realizar un documental sobre ella y la cultura asháninka. Al llegar con ellos a Cutivireni, un primo suyo le gritó delante de todos lo que algunos dirigentes decían sobre ella: que el premio era mentira, que la empresa hidroeléctrica le había dado ochenta millones de dólares por permitir que se construya la represa, que ellos no eran perros para que llegara con gringos a hacer fotos y luego irse.

Ruth Buendía desmintió con paciencia a su primo hermano. Minutos después, cuando ya todo se había calmado, dio un suspiro.

—Yo sabía que algunos podían usar el premio en contra mía, diciendo que la empresa me ha dado plata. A mí me duele que esto suceda en mi comunidad, en mi familia.

***

María Metzoquiari tiene la voz aguda y el cabello lacio y largo, como el de su hija. La madre de Ruth Buendía vive en las afueras de Satipo, en una casa de cemento con un patio, un huerto, un gato y dos perros que merodean por la sala donde ahora almorzamos tallarines con yuca sancochada. Un radio a pilas sobre la mesa deja oír, bajito, la voz gritona de un predicador. Dice algo sobre el perdón de Dios, un regalo para sanar el alma.

—Cuando me enteré del premio, me alegré como mamá —recuerda María—. Le dije que debía agradecer a su padre y a Papalindo. No por gusto estás abandonando a tus hijos, le dije. Nunca imaginé que se iba a convertir en lo que es ahora, después de todo lo malo que hemos pasado. Aunque ahora nos llevamos a veces bien, a veces no.

—¿Por qué?

—Es que ahora, como dicen sus hermanos, como ella tiene plata, no nos quiere. Siquiera dale trabajo a tu hermano, le digo. Ella me dice: «Mami, ¿cómo puedes pedirme eso? Es burocracia, nepotismo, yo no soy así, mamá». Pero yo pienso: tanta gente que entra a trabajar así. Antes, cuando Ruth era más chica, decía: «Cuando yo sea alguien voy a dar trabajo, voy a ver por mis hermanos». Ahora cumple eso, pues, le digo. Ahora que tiene el cargo no los ayuda.

—¿Pero no se siente orgullosa de ella, del premio?

Afuera, el sol del mediodía parece querer derretirlo todo.

—Poquito nomás —dice, y toma un poco de limonada.

Los perros ladran. La voz del predicador sigue sonando por el radio a pilas: el perdón de Dios, un regalo para sanar el alma.

—El premio está bien, es para ella y para su organización. Pero para nosotros no. Para la familia no. No nos llama la atención.

***

Es una tarde calurosa, dos días antes del congreso asháninka, y en la oficina de CARE Ruth Buendía ayuda a su hijo de seis años con la tarea del nido. La dirigente suele traer a sus hijos menores para que estudien o jueguen en el patio mientras ella despacha oficios, firma documentos, contesta e-mails, atiende a jefes asháninkas y autoridades. Es la única forma que ha encontrado de pasar más tiempo con ellos. Tiempo es lo que más necesita ahora, dice. Tiempo para llegar a casa y ver la telenovela de las nueve con sus cinco hijos y su esposo, todos tirados en su cama. Tiempo para buscar mariquitas en el patio con su hijo de dos años, como esas que vieron una vez en Discovery Channel. Tiempo para criar a sus gallinas ponedoras y para sembrar rosas en su jardín, a ver si esta vez puede conseguir que florezcan.

—Ya hablé con mi junta directiva, para asumir el cargo ahora como si estuviera muerta —ríe Buendía, mientras ayuda a su hijo a pintar un árbol en su cuaderno.

Por estos días, la líder asháninka que evitó la construcción de una central hidroeléctrica dice que quiere volver a la universidad y ser alcaldesa distrital en unos años. Usará la mitad del dinero del premio Goldman para educar a sus hijos. La otra mitad será para CARE y comprarle un nuevo motor al bote que tienen y que les permite llegar a todas las comunidades del río Ene. Les servirá para informar y unir a los asháninkas contra lo que para ella es una nueva amenaza.

Pluspetrol es el principal productor de gas y petróleo del Perú. En 2005 el gobierno del Perú le dio en concesión un territorio amazónico de más de un millón de hectáreas, diez veces más grande que la ciudad de Nueva York. El territorio se llama Lote 108. Debajo de él, en el subsuelo, abundan el gas natural y el petróleo ligero. Y hay tanto, según la empresa, que podría ser otro Camisea, la reserva más grande de gas natural del Perú. El problema es que todo el valle del río Ene —donde viven más de veinte mil asháninkas— está dentro del Lote 108. En la parte norte de ese sector hay campamentos, ruido de helicópteros que surcan el cielo, obreros abriendo trochas para hacer detonaciones que ahuyentan a los animales del bosque. En la parte sur, la petrolera no ha hecho nada todavía. Los asháninkas no los dejan.

—Dicen que con la petrolera vamos a tener plata para carro, bote, casa. Pero nadie nos consultó antes —dice Ruth Buendía, con su voz firme y aguda—. Para nosotros eso no es desarrollo. No queremos estirar la mano ni regalos.

Buendía me cuenta que un mes después de recibir el premio Goldman, un equipo de topógrafos de Pluspetrol ingresó sin permiso a una comunidad del río Ene para abrir trochas. Los nativos, enfurecidos, los echaron de sus tierras semidesnudos y los bañaron en agua de huito, un tinte natural de color negro que se borra de la piel luego de quince días. Los topógrafos dijeron que se habían equivocado de lugar. La petrolera tuvo que disculparse.

—Las comunidades están bien informadas. Saben de sus derechos, ya no los pueden engañar.

A las siete de la noche, no queda nadie más en la oficina.

El niño que colorea un árbol en una esquina de la mesa, interrumpe a su mamá para preguntarle si ya pueden ir a casa.

—Un ratito, mi amor —dice ella—. Estoy trabajando.

—No —dice el niño, sin dejar de pintar— estás conversando nomás

EL SEÑOR
QUE NOS VISTE
NO ES MUY
ELEGANTE

Zara se ha convertido en la más exitosa firma de moda, y Amancio Ortega,
su propietario, en el tercer hombre más rico del mundo sólo por vestirnos.
Es un señor de pueblo cuya reputación de multimillonario discreto
convive con acusaciones contra su empresa de esclavizar
a trabajadores de talleres ilegales de confección.
Y, sin embargo, cuando entramos con su ropa en un probador,
nos olvidamos incluso de nuestros defectos.
¿Es democratizar la elegancia un modo
de acabar con los elegantes?

Un perfil de José Luis Pardo Veiras
Ilustraciones de Omar Xiancas

Omar Xiancas

Cuando viajó por primera vez a París, Amancio Ortega, el futuro dueño de Zara, no fue a visitar la Torre Eiffel. Se comió un bocadillo en un puesto callejero y paseó durante horas para ver caminar a los parisinos. Desde los ojos de un veinteañero pueblerino que nunca había salido de España, le parecían tan elegantes y sofisticados que convertían la calle en un desfile al que él asistía absorto, como embobado. Abrigos de corte recto, botas altas, vestidos de formas geométricas, overoles inspirados en los viajes espaciales, las primeras minifaldas. Amancio Ortega acababa de fundar una empresa familiar para vestir a las amas de casa de los tiempos del dictador Francisco Franco, mujeres que salían de compras en batas de dormir con un corte y confección parecidos a los de un saco de cemento que ocultaba sus formas femeninas. Había tomado un tren hasta la capital de Francia para asistir durante cuatro días a una convención de lencería, pero al segundo día se regresó a A Coruña porque echaba de menos su fábrica. Javier Cañás Caramelo, un empresario de moda que lo había acompañado en ese viaje, recuerda al futuro dueño de Zara metido en un taller de unos cien metros cuadrados y no más máquinas de coser de las que podemos contar con los dedos de una mano. Desde esa década de los sesenta, Amancio Ortega apostó por la necesidad de vestirnos con estilo sin gastar mucho dinero. Viajar por primera vez a París fue confirmar su idea. En los noventa, ya convertido en un cincuentón millonario, Amancio Ortega fue otra vez a París. Acababa de inaugurar su primera tienda en la capital mundial de la moda, cerca de la Plaza de la Ópera, y cuando intentó entrar en su establecimiento un gran número de clientes que guardaban cola le impidió cruzar la puerta. Querían comprar la ropa que les vendía un español de pueblo, más bien bajito y calvo, que vestía una camisa simple sobre una barriga generosa. El dueño de Zara ha dicho que cuando vio a toda esa gente de París en fila buscando su ropa hecha en A Coruña, se puso a llorar.

Con estilo pero sin ostentación, la marca Zara ha ido transformando a parte de la clase media del mundo en gente que se siente menos vulgar y más distinguida al vestirse. La idea de qué es ser elegante suele ser un malentendido. Balzac decía que «la elegancia es la ciencia de no hacer nada igual que los demás, pareciendo que se hace todo de la misma manera» y creía que un efecto esencial de la elegancia era ocultar los miedos. Yves Saint Laurent, uno de los grandes diseñadores del siglo XX, se preguntaba: «¿La elegancia no consiste en olvidarse de lo que uno lleva?». Leonardo Da Vinci defendía que la simplicidad era la máxima expresión de la sofisticación. Incluso en matemáticas, la elegancia consiste en hacer un gran esfuerzo mental para hallar la solución más directa y sencilla. «Lo nuestro es el público real, no los sueños», dice Amancio Ortega, y no le va mal con las matemáticas.

Cuando entramos en una de las tiendas de Zara, con su lujo fingido a precios asequibles, se difumina la distancia entre las fantasías de los diseñadores y nosotros. El corte de una buena camisa tendría que favorecer una buena forma del tronco. Un pantalón debería resaltar un trasero macizo, y las monedas no deberían caerse de sus bolsillos. El tejido debería ser cómodo y resistente por tratarse de una prenda de uso frecuente. Si uno no tiene unas medidas parecidas a las de un maniquí, no hallará estos atributos en la ropa de Amancio Ortega, quien casi nunca viste de Zara: la ropa que vende en todo el mundo no le sienta bien a su cuerpo al borde de los setenta y nueve años. La democratización de la elegancia, entendida como la rutina de comprar ropa de marca a precios más baratos, supone que todos nos sintamos más elegantes sin que seamos expertos en moda. «Antes comprabas en Zara porque no tenías dinero para comprar marcas —dice un viejo amigo de la familia Ortega—. Ahora compras en Zara porque de otro modo parecerías un derrochador». Desde que Zara y otras cadenas, como H&M, Benetton o GAP se extendieron por el mundo, sabemos que las camisetas interiores de algodón son sólo para el interior, que debemos descoser las hombreras de nuestras chaquetas, que un pantalón negro jamás se debe combinar con una camisa azul marino, que los pantalones blancos son exclusivamente para el verano, que no se deben llevar escotes dos tallas menores, que si tienes cuarenta años tienes que vestirte como una persona de cuarenta años, que el ombligo sólo debe mostrarse en la playa. Zara ha ido más allá de sacar a la clase media de los hipermercados para que compren su ropa en boutiques de precios a su alcance: nos quiere convencer de que la elegancia no debería ser un lujo.

Cuando nos desvestimos en un probador, en esos minutos que posamos bajo luces pálidas y solos frente al espejo, tendemos a descubrir un defecto tras otro. En una tienda de Amancio Ortega, al lado de una camiseta ceñida habrá otra holgada, al lado de una prenda blanca habrá otra negra, al lado de un jean estrecho habrá un pantalón para ir a una boda. Como la buena publicidad, más que decirnos lo que tenemos que hacer, Zara capta necesidades e inseguridades y nos las devuelve en forma de ropa para ocultarlas. Un cliente de Zara visita en promedio la tienda unas diecisiete veces al año. Cada dos semanas encontrará novedades en los escaparates que se adapten a los cambios de su cuerpo y de su estado de ánimo. Es poco probable que compremos nuestra camiseta favorita en Zara, pero, si pasáramos media hora en una de sus tiendas, aunque fuéramos hombres con poco gusto o indiferentes a vestirnos bien, podríamos salir de allí con apariencia de elegantes. Se trata de una elegancia que tiene que ver más con la alegría y seguridad que nos proporciona, por ejemplo, una lisa y recta camisa blanca sin bolsillos.

La explicación más frecuente sobre el origen del nombre ‘Zara’ es que Amancio Ortega fue a un cine de A Coruña y se quedó prendado del personaje de Anthony Queen en Zorba el GrieGo. Aquel campesino que mantenía una actitud vital en medio de las miserias y la crueldad en su isla le pareció un espejo de sí mismo. Como ‘Zorba’ ya estaba registrado, empezó a jugar con sus letras. Sin poder usar su nombre, pero con la misma determinación que el personaje de Anthony Queen, Amancio Ortega creó una empresa desde un pequeño rincón del mundo hasta colonizar el mercado internacional. «No soy un gran cliente de Zara —dice Carlos Primo, coautor del libro ProdiGiosos mirmidones. antoloGía y aPoloGía del dandismo—. Pero es difícil decir que no te gusta. Lo tiene todo». La estrategia de Inditex, el grupo empresarial que aglutina Zara y a otras siete cadenas de ropa y complementos de su propiedad, es olvidar al individuo para seducir a una masa distinguida y ávida de una elegancia sin derroches. Diseña un mismo modelo para cerca de cien países. Aunque sus prendas no estén hechas a la medida, cada mañana, cuando uno decide cómo va a vestirse, Zara apunta a crearnos la ilusión de que con ellas nos vemos bien. «Yo voy a fabricar —dice Amancio Ortega— lo que van a querer los clientes». No ha descubierto cómo nos queremos ver en el espejo de un probador, sino cómo nos podemos gustar con lo que vemos.

Hace unos años Amancio Ortega caminaba por el almacén central de Zara, en Arteixo, un pueblo de Galicia a media hora de A Coruña, cuando regañó a un trabajador que descansaba junto a unos camiones que transportan la ropa. «Si tiene algún problema, hable con mi jefe», le respondió el empleado. Cinco minutos después se presentó el jefe. Y el jefe del jefe. Y el jefe del jefe del jefe. El empleado se puso pálido: no se había dado cuenta de que el hombre al que había desairado era el patrón de Zara. Hoy, según la revista Forbes, Amancio Ortega es el tercer hombre más rico del mundo, después de Bill Gates y Carlos Slim. Es capaz de comprar en sólo un mes un edificio de cinco plantas en el corazón de Manhattan, más una antigua y majestuosa residencia de unos duques en Londres, más la ex sede principal de casi nueve mil metros cuadrados de un banco en Barcelona. Es propietario de un Bombardier, uno de los tres jets privados más caros que existen, también elegido por celebridades como Oprah Winfrey o Steven Spielberg. Es el niño que había empezado como chico de los recados en una camisería de A Coruña y que cuatro décadas después ascendió a Patrón de la Moda. Una consecuencia posible después de ese desaire del trabajador de Zara sería un despido fulminante. Al estilo de la leyenda de que cuando Steve Jobs estaba de mal humor podía echar a la calle a un empleado si se lo cruzaba en un ascensor. El empleado de Zara, sin embargo, conservó su trabajo.

Desde hace años, esta escena se cuenta entre los nuevos empleados del almacén central de Zara como una historia de iniciación para perfilar a un hombre de apariencia invisible que controla cada detalle de su trabajo. Una mañana de agosto, el mes en que todos los españoles se mudan a la playa, un auditor de KPMG, la empresa que durante años revisó las cuentas de Zara, visitó el almacén de Arteixo y vio a Amancio Ortega doblando camisas. Hacía años que, de tanto en tanto, el mismo millonario cargaba camiones en el mismo almacén y se sentaba en un pupitre para asistir a los cursos de formación de sus empleados. En otra ocasión, un trabajador del departamento de auditoría interna lo recuerda midiendo en pasos la longitud de un cuarto, caminando con las manos cruzadas detrás de la espalda, como si fuera un viejo carpintero preparándose para construir un mueble. Era habitual ver a Amancio Ortega paseando por todo el almacén con una libreta en la mano donde anotaba las necesidades de cada departamento de su tienda. Aunque oficialmente ya no es el presidente de Inditex, es un hombre mayor que regresa a trabajar todos los días a su cuartel general.

El señor que cada año lanza al mercado unos mil millones de prendas para vestir a hombres y mujeres de cuatro continentes llegó casi a la edad de jubilarse sin que se hubiera publicado más de una foto de él. Es una imagen tamaño carnet del joven Ortega que tampoco sirvió para acabar con su anonimato. El trabajador que confundió a su jefe con un don nadie no tuvo cómo saberlo: a fines de la década de los noventa, Amancio Ortega era una figura tan misteriosa que el periódico portugués Dário De noticias publicó un artículo, en el que dudaba de su existencia. Otro rumor que se extendió por esos años fue que su fortuna procedía del tráfico de drogas, una explicación fácil para justificar que alguien se hubiera hecho rico en Galicia, la punta noroeste de España, donde se encuentra Fisterra, el lugar donde en el siglo I los romanos pensaban que se acababa el mundo. En una región siempre pobre, de agricultores y pescadores, a finales de los ochenta y principios de los noventa, se solía atribuir la bonanza a algo que provenía del mar: o conservas de pescado y marisco; o fardos de cocaína de los cárteles colombianos. Incluso su lugar de nacimiento era un enigma: se decía que había nacido en A Coruña, la ciudad costera de un cuarto de millón de habitantes donde él había residido desde niño, o en un pueblo de Valladolid, el lugar de nacimiento de su madre. Amancio Ortega nació en Busdongo, un pueblo de pocos habitantes conocido únicamente por su estación de tren, donde él vino al mundo porque allí habían trasladado a su padre, un empleado ferroviario, el mismo año en que estallaba la Guerra Civil Española. Una de las costumbres de Amancio Ortega era pasear por la plaza del ayuntamiento de A Coruña o por su paseo marítimo, los dos puntos neurálgicos de esta ciudad, sin guardaespaldas, sin miradas indiscretas, sin paparazzi ansiosos de poner cara al señor que ordenaba coser los hilos de sus pantalones desde la sombra. Una anécdota que circula entre coruñeses es que un día un hombre presumía en una cafetería la gran amistad que le unía al fundador de Zara sin saber que se lo estaba contando a Amancio Ortega.

El primer retrato de Amancio Ortega posando se difundió en el informe anual de 1999 de la empresa Inditex. En él viste una chaqueta azul marino y una camisa blanca, tiene los labios contraídos y mira a la cámara con una mezcla de inexpresividad y dureza. Inditex estaba preparando su salida a bolsa, una decisión con la que en principio Amancio Ortega estuvo en desacuerdo. Los futuros inversionistas necesitaban un rostro visible en quien confiar. Un ex ejecutivo de JP Morgan de la época en la que esta firma trataba de convencerlo para que Inditex saliera a bolsa recuerda que no aceptó acompañar a los negociadores a ver las carreras de Fórmula 1, un acontecimiento televisado a miles de millones de televidentes, pero que accedió a ir con ellos de cacería a países de Europa del Este. Las cacerías hacían posible estar tiempo con él y, a diferencia del escenario de las carreras, desaparecer los testimonios gráficos. Inditex se lanzó a la bolsa en 2001. Amancio Ortega tampoco fue a la ceremonia.

El anonimato de décadas se acabó casi al mismo tiempo en que saltó de ser millonario a uno de esos archimillonarios que equiparan sus fortunas con el PIB de algunos países. Hoy Amancio Ortega es tan millonario que los siguientes quince españoles en la lista de los más pudientes deberían juntar sus posesiones para alcanzar el poderío económico del fundador de Zara. A sus dividendos como Patrón de la Moda, Ortega ha sumado negocios inmobiliarios con propiedades en las calles más exclusivas de Londres, París, Barcelona o Nueva York. De 2013 a 2014 su fortuna fue la que más creció entre los grandes millonarios del planeta. En el último medio siglo, Amancio Ortega pasó de pedir un préstamo a un banco español para iniciar un modesto negocio familiar a poseer una riqueza —más de sesenta mil millones de dólares— que serviría para pagar la deuda externa de Perú, Ecuador y Bolivia, y le sobraría dinero para que sus hijos y nietos vivieran como millonarios toda la vida. El dueño de Zara vio cómo su fortuna ascendía a medida que su compañía —de la que posee el cincuenta y nueve por ciento— se convertía en un concepto mundial de elegancia para la clase media. Cuando estalló la crisis económica en España, las ventas de Inditex bajaron en su país durante tres años, pero Amancio Ortega seguiría escalando en la lista de Forbes de los más ricos del mundo. Sólo una quinta parte de las ventas de Inditex proviene de España. El resto de Europa, Asia y América, en ese orden, son su mercado global. En algún lugar del mundo, siempre hay alguien comprando en una tienda de Amancio Ortega.

El dueño de Zara pasa la mayor parte de su tiempo en Galicia. Vive muy cerca del ayuntamiento de A Coruña, en un edificio remodelado. Tiene una fachada inferior de piedra en cuya parte superior hay una galería de grandes ventanales con vistas a la dársena del puerto. Una mañana reciente vi al dueño de Zara saliendo por su cochera: luego de que un guardaespaldas se asomara a la calle, apareció un Mercedes conducido por otro guardaespaldas. Amancio Ortega estaba sentado en el asiento del copiloto. Vestía una camisa azul cielo y de su bolsillo asomaba la funda de sus gafas. Se dirigía a La Fábrica, como llama su familia al almacén central de la empresa. Un bus de pasajeros pasaba a unos metros de la entrada de su cochera y unos transeúntes señalaban su casa con todas las ventanas cerradas.

Los hábitos de Amancio Ortega delatan a un multimillonario discreto, pero en absoluto austero. Ha comprado un segundo avión después de la insistencia de los ejecutivos de su empresa, quienes tenían que conciliar sus viajes de trabajo con las necesidades de la familia del jefe. Su primer avión está en un hangar en Santiago de Compostela, a setenta kilómetros de A Coruña, oculto a la vista de los curiosos. Cuando en A Coruña construyeron un nuevo puerto, le pidieron que llevara su barco, pero Ortega se negó y ningún coruñés pudo comentar más de sus lujos. Según una persona cercana a la familia, en las navidades de 2013, el piloto de su avión viajó hasta una tienda Nike de Nueva York para recoger un regalo para Ortega, una pulsera inteligente que mide sus capacidades cuando él se ejercita sobre la cinta corredora antes de salir a trabajar, parte de su rutina de todas las mañanas. Su flota de coches —un Mercedes Clase E, un Mercedes GL y el Mini Cooper S de su segunda esposa— es discreta para tratarse del tercer hombre más rico del mundo. Se sabe que a Marta Ortega, la última de sus tres hijos, gran aficionada a los caballos, le regaló Casas Novas, un hipódromo que mandó a construir cerca de la sede de Inditex.

El sobrenombre familiar de La Fábrica recuerda la creación modesta de la empresa. Amancio Ortega se ha casado dos veces. La primera con Rosalía Mera, a la que conoció cuando era una adolescente que trabajaba como dependienta en una tienda de ropa de A Coruña, con quien tuvo dos hijos: Sandra, quien se dedica a la fundación Paideia para colectivos desfavorecidos que creó su madre; y Marcos, quien nació con una parálisis cerebral severa. Cuando ya era millonario, se casó por segunda vez con Flora Pérez, Flori, que trabajaba en la primera tienda de Zara que abrió en Vigo, una ciudad al sur de Galicia. Marta Ortega es hija de ambos. Bajo el abrigo de El Patrón de la Moda, todos han tratado de conservar un perfil discreto. La familia es un acorazado. Si Amancio Ortega es un obseso con su intimidad, todavía lo es más con la de los suyos.

En agosto de 2013, su sobrina favorita, María Dolores Ortega, Loli, estaba en un yate con su marido y unos amigos cuando Amancio Ortega la llamó desde el extranjero para avisarle que Rosalía Mera, su ex esposa, había sufrido un derrame cerebral en Menorca. Uno de los presentes en el yate recuerda que el mensaje fue inequívoco: «Las vacaciones se acabaron para todo el mundo». Rosalía Mera, la mujer más rica de España, fue trasladada a un hospital privado y moriría al día siguiente. Desde su divorcio, Amancio Ortega no tenía relación con su ex mujer, pero su sentido de la familia y el temor a que un paparazzi captara una tópica foto de ricos en yate mientras Rosalía Mera agonizaba lejos de ellos lo obligó a actuar como el jefe de familia para protegerlos. En el entierro, cuando era inevitable la exposición pública, Amancio Ortega volvió a colocarse en la segunda fila.

Ahora Amancio Ortega ya no se ocupa en persona de los detalles nimios como en los primeros tiempos de Zara, cuando acudía a felicitar las navidades a sus empleados y les regalaba un vale para que gastaran en la tienda. Aunque, según una de las empleadas más veteranas de la empresa, todavía él tiene la última palabra. Cuando se sienta en una reunión, Amancio Ortega escucha a todo el mundo. Quiere que todos participen, le gusta la competencia entre trabajadores, pero ninguna decisión importante se tomará sin su aprobación. Suele ser un hombre afable pero, aunque muy esporádicas, sus broncas son legendarias. Hace un tiempo se enojó porque los diseñadores le enseñaron una chaqueta con un precio de venta de cuatrocientos euros. No habían entendido nada: jamás un cliente de Zara se debe escandalizar por el precio de la ropa. Decidió bajar el precio antes de ir en contra de la filosofía de la marca. Su despacho en Arteixo está casi siempre vacío porque prefiere sentarse con sus empleados en una mesa en el departamento comercial del almacén. Al mediodía almuerza en el comedor de la empresa y le llevan la bandeja a la mesa. Su comida favorita son los huevos fritos con patatas y chorizo.

Los más antiguos empleados de Amancio Ortega tienen una idea familiar de él, pero también, con el tiempo, de lejanía. «Hay gente que lo ve como una especie de padre», dice una miembro del sindicato UGT, uno de los dos principales sindicatos de trabajadores de España, que lleva veintiún años en las tiendas. La devoción crece entre las empleadas más veteranas, a las que Ortega llama «churriñas», una expresión típica entre los gallegos. Otras dos empleadas, que iniciaron su carrera en la primera tienda Zara, en 1975, recuerdan las doce horas al día que dedicaban a la empresa. En ocasiones Amancio Ortega exige a sus empleados un esfuerzo mayor a los límites de los convenios de ocho horas laborales al día, pero él mismo se ha ganado el respeto y la tolerancia a su exigencia por trabajar más de la cuenta. Las trabajadoras recuerdan a un joven Ortega barriendo las tiendas después del cierre o preocupándose por la salud de sus familiares. Le agradecen que, siendo unas chicas sin estudios, les diera trabajo remunerado para toda la vida. No es tan simple repetir años de la misma rutina. Una de sus empleadas se acaba de operar el codo por una dolencia producida por cargar ropa desde que era una adolescente. Su compañera sufre de molestias en su espalda, que a veces la obligan a dejar de trabajar. «El final del camino —dice una de ellas— es que nos hemos convertido en números». Desde 2013 ambas empleadas han pedido cita a la secretaria del «señor Ortega» para comentarle sus problemas y siguen esperando. «Sigue siendo tan humano como siempre —dicen justificándolo—. Él no se entera de esto. No permitiría nuestra situación». Amancio Ortega emplea a ciento treinta mil trabajadores en todo el mundo, y a unos mil trabajadores sólo en A Coruña, una ciudad de un cuarto de millón de habitantes donde han cerrado sus principales industrias.
El círculo de confianza de Amancio Ortega se reduce a su familia, amigos de toda la vida y algunos trabajadores. Pero en A Coruña casi todo el mundo tiene algo que decir sobre el fundador de Zara, a quien ven como un abuelo bonachón y benefactor. Se ha extendido una familiaridad imaginaria que deriva en que todos los coruñeses se refieran a él como «Amancio», así, sólo por su nombre de pila, aunque apenas lo hayan visto observando obras en construcción o esperando en el coche mientras su mujer hace unas compras rápidas o en un restaurante rural comiendo un cocido, un típico plato gallego con carne de cerdo, ternera y pollo acompañado con patatas, chorizo y verdura. Cuando uno se acerca a la gente que realmente lo conoce, los comentarios son escasos y la exigencia de anonimato una regla.

El encanto de Amancio Ortega y el espíritu familiar de Zara siguen impregnando A Coruña y la sede de Arteixo, pero aún no alcanzan los cinco continentes. Hoy Zara se debate entre conservar los buenos modales de la empresa familiar de sus orígenes y la multinacional en la que se ha convertido, con todos los tics de las grandes empresas: la frialdad en el trato, la falta de contacto con el jefe, las decisiones de ejecutivos jóvenes sin apego a los modestos inicios de la empresa, la producción en cadena en vez de la artesanía, más la dudosa estela moral que su meteórico ascenso ha dejado: en varios países del mundo, Zara tiene empleados trabajando en condiciones miserables. Hoy Amancio Ortega vive caminando sobre una cuerda floja: en un extremo descansa su reputación de discreto; en el otro, las acusaciones de ser un esclavizador de quienes trabajan en sus talleres de confección. Las denuncias sobre trabajo esclavo contra su firma se multiplican a medida que crece su fortuna.

Una auditora del Ministerio de Trabajo de Brasil, donde se acusa a Zara de tener unos treinta y tres talleres clandestinos, dijo: «Si nosotros podemos rastrear la cadena de producción, Inditex también puede hacerlo. Y si Inditex controla la calidad de sus productos ¿por qué no hace lo mismo con la mano de obra?». Lo mismo denunciaba un informe de dos ONG españolas para una campaña llamada «ropa limpia»: por doscientos dólares mensuales, las trabajadoras de Inditex de Tánger, Marruecos, estaban detrás de máquinas de coser hasta setenta y cinco horas a la semana. Inditex tiene un código de Responsabilidad Social, que en teoría garantiza los derechos de cualquier trabajador de la empresa en cualquier país, pero su respuesta oficial ha sido culpar a sus proveedores, que son quienes contratan los talleres clandestinos. Una empresa donde se controla al milímetro la importancia de un cajón se excusa de no tener la capacidad de controlar la dignidad de decenas de personas.

La mano de obra indigna que utilizan los gigantes textiles es una práctica cotidiana que sólo suele salir a la luz con la tragedia. El año pasado, en Bangladesh, se derrumbó un edificio de ocho plantas dedicado a la fabricación textil y murieron más de mil personas que trabajaban en él confeccionando prendas para El Corte Inglés —el principal almacén textil de España—, Mango, Primark o The Children’s Shop. El día anterior habían aparecido grietas en las paredes. Al día siguiente, cientos de trabajadores se agolparon en la puerta y se negaron a entrar. Los patrones, algunos con palos en la mano, les aseguraron que el edificio se mantendría en pie otros cien años y amenazaron con dejarlos sin su paga. Fue entonces cuando los trabajadores entraron. Horas después la construcción se vino abajo como en un gran terremoto. «Se llama esclavismo», dijo, refiriéndose a ellos, el Papa Francisco en su última homilía por el Día del Trabajador. En Argentina, el país del Papa, también funcionan redes de trata de personas para conseguir mano de obra muy barata. Dos trabajadores bolivianos llegaron un día a denunciar sus condiciones inhumanas al escritorio de La Alameda, una organización contra el trabajo esclavo, y le mostraron una etiqueta de Zara. A cada marca le corresponde un número de serie que se imprime en la etiqueta, donde también se indican la región y el taller en el que se fabrica la prenda. Dijeron que trabajaban en un taller de Buenos Aires. Pero la demanda de la ONG Alameda no prosperó. «Nosotros ponemos un abogado, y ellos quince», dijo un colaborador de la organización. En Argentina, se lamentaba, la pena por robar una vaca es mayor que por denigrar a una persona.

En Inditex se jactan de ser una gran familia. Pero los familiares del tercer hombre más rico del mundo, a diferencia de su ropa, sí conocen fronteras. Una de las explicaciones es que el negocio de Zara ha crecido más que la capacidad de sus proveedores para producir ropa, y que estos se ven obligados a subcontratar talleres ilegales. Hay quien dice que el hombre que lo controlaba todo ya no tiene capacidad para hacerlo y que la nueva generación, encabezada por Pablo Isla —el abogado que Amancio Ortega eligió para presidir Inditex—, no tiene el toque ‘humano’ de Ortega del que hablan sus empleados. La falta de humanidad, de todos modos, no resiente el negocio. Delante del espejo nos preguntamos si una prenda nos sienta bien y si podemos pagarla, no cuál es su historia. La estética nos importa más que la ética. El señor de la moda, mientras tanto, practica el mismo método a sus triunfos que a sus miserias: la invisibilidad.

 

En una de sus columnas, el escritor Manuel Vincent comparaba a Amancio Ortega con Prometeo. «Todo lo que ha hecho Amancio Ortega ha sido robarles el fuego a estos dioses [los grandes diseñadores] y ponerlo en los escaparates convertido en ropa asequible de última moda». Acusarlo de falta de creatividad ha sido una constante en el ascenso a la cima de Zara. Falta de creatividad es a veces un eufemismo para copia, plagio, imitación, usurpación, robo. La empresa nunca ha perdido en los tribunales, pero las denuncias por plagio se han suc¬edido. Meses atrás, por ejemplo, la diseñadora e ilustradora española Verónica de Arriba denunció a Inditex en las redes sociales por plagiar uno de sus dibujos en unas camisetas de Lefties, una marca propiedad de Amancio Ortega. De Arriba colgó una fotografía en su muro de Facebook comparando su diseño y la prenda. El caso más comentado en los últimos años fue el de la apropiación de imágenes de Louise Eibel, Betty Auti y Michèle Krüsi, blogueras de moda que se autorretratan con looks que después marcan tendencias. Stradivarius, una de las cadenas de Inditex para el público más joven, puso a la venta unas camisetas con dibujos calcados de algunas de esas fotografías. La copia era innegable y, después de las quejas públicas de las diseñadoras, Inditex retiró las prendas del mercado.

No sólo se trata de Zara: la misma estrategia entre la inspiración y el plagio como vehículo para buscar novedades también la usan otras marcas. H&M, la gran competidora de Zara, causó un revuelo cuando sacó unos cojines y felpudos con el diseño de Tory LaConsay, una desconocida artista estadounidense que había escrito en una pancarta de su vecindario de Atlanta la frase Have a nice day con un corazón dibujado al lado para alegrarle el día a sus vecinos antes de ir al trabajo. Mango lanzó una camiseta con la reproducción de una foto de una chica de pelo largo en medio de un campo que el fotógrafo iraquí Tuana Aziz había subido a su Instagram. Zara crea entre sus clientes más fieles la ilusión de elegir algo único, un acto en el que se mezclan las ordenanzas de la élite y la creación de la calle, aunque los autores se diluyan entre la multitud. La calle e internet se han convertido en una enorme pasarela para robar ideas. En esa búsqueda, Zara es el explorador más veloz.

Una prenda de Zara tarda un promedio de tres semanas en pasar del dibujo al escaparate. Cada semana o cada dos semanas se introducen novedades en las tiendas, y este año incorporaron chips a la ropa para saber qué tallas y modelos hay que reponer de inmediato. Mientras la cadena H&M hace dos o tres apuestas masivas al año, la firma de Amancio Ortega es capaz de renovar el setenta y cinco por ciento del stock de sus tiendas en unos días. Un coolhunter de Zara puede captar un vestuario en un club exclusivo de Nueva York como el Marquee, al lado del Empire State Building; en una boutique de la exclusiva avenida Montaigne de París o en las galerías Vittorio Emanuele de Milán, y en menos de un mes podríamos estar en la tienda de la caja pagando un modelo similar. Las subculturas urbanas que reclaman autenticidad se comercializan y se uniforman a una velocidad contra el aburrimiento. En Zara lo hacen en un tiempo récord y con poca mercadería en sus tiendas para crear una sensación de urgencia a la hora de comprar. Si ves una prenda que te gusta y esperas a la semana siguiente para comprarla, es probable que ya no la encuentres.

Cortar a todo el planeta por el mismo patrón y a velocidad de crucero tiene sus riesgos. Zara ha tenido que pedir disculpas y retirar del mercado una camiseta infantil que en teoría estaba inspirada en los sheriffs, pero que se parecía más a la indumentaria que los judíos llevaban en los campos de concentración nazis. La prenda, a rayas blancas y azules horizontales, llevaba bordada en el pecho una gran estrella amarilla de David, que recordaba la marca que debían llevar los judíos durante el Holocausto. «¿Pretendéis provocar un trauma a alguien? Yo me pregunto: ¿va acompañado con un número tatuado temporal en el brazo? ¿Tenéis chaquetas pequeñas de las SS?», decía uno de los centenares de comentarios que surgieron en las redes. No era la primera vez que Zara, una de las firmas de moda más exitosas en Israel, hería sensibilidades. En 2007 también había tenido que retirar una colección de bolsos después de que una clienta del Reino Unido devolviera el artículo porque incluía una esvástica que sobresalía en un diseño primaveral, de tonos claros y motivos florales. La única excusa que ofrecieron fue que en el diseño original no aparecía la esvástica y que había sido elaborada por un proveedor de la India. El símbolo más odiado por los judíos significa bienestar y felicidad para los hinduistas.

Pero quienes comandan el ejército de Zara poseen también un gran instinto comercial. El 11 de septiembre de 2001, en los días posteriores a que Al Qaeda estrellara dos aviones contra las torres del World Trade Center, se derribaron también las ideas primaverales de los diseñadores de Nueva York. Sin embargo, las marcas de ropa continuaban mostrando alegría en una ciudad devastada, excepto Zara, que ya vendía prendas oscuras para guardar el debido luto. Mientras el mundo miraba aterrorizado las imágenes televisadas de las dos torres derrumbándose, en sólo unas horas, desde la central de Arteixo, se decidió que la ropa estampada se guardaría en el almacén y otra colección más sobria sería la que luciría en los escaparates. El mundo se tambaleaba y Amancio Ortega seguía facturando.

 

El diseño es una de la grandes pasiones de Amancio Ortega, pero la gran obsesión del tendero más exitoso del mundo siguen siendo sus tiendas. En el cuartel general de Inditex se montan prototipos de las boutiques que siempre cuentan con la autorización del jefe. En abril de 2011, Amancio Ortega visitó un centro comercial en las afueras de A Coruña para ver la tienda de Zara que se había inaugurado, un establecimiento que servía de preámbulo para la boutique que abriría después en la Quinta Avenida de Nueva York. La prensa local cubrió el acontecimiento. Por la mañana, el dueño de Zara dio consejos sobre la mejor localización para el mobiliario y opinó sobre las prendas por exhibirse. A la hora de la comida pidió un sándwich vegetal, una cerveza y un café con sacarina en un establecimiento del centro comercial. Por la tarde visitó el resto de tiendas de Inditex en el complejo. Antes de marcharse entró también en Blanco y Primark, dos marcas de la competencia que venden ropa de diseño barata. Si Amancio Ortega piensa que un cajón debe medir veinte centímetros en vez de diez, ordena de inmediato que se cambie. «Levantábamos un garaje —dijo Ortega a su amiga periodista Covadonga O’Shea— y en seguida nos preguntábamos por qué no levantábamos dos plantas más». Una de sus últimas preocupaciones fueron las largas colas que se producen delante de las cajas registradoras de Zara.

El Patrón de la Moda se ha colado en nuestros armarios no porque sea un artista, sino por ser un excelente tendero. Su primer trabajo fue de chico de los recados en Gala, una camisería de A Coruña. Tenía doce años cuando dejó los estudios de secundaria. Amancio Ortega recuerda que un día fue con su madre a comprar comida y que escuchó al tendero decirle que no podía fiarle más dinero. «Aquello me dejó destrozado», le dijo a Covadonga O’Shea en el libro Así es amancio ortega, la única publicación que ha consentido sobre su vida. Sin estudios y sin experiencia, por su obsesión al trabajo, el chico que repartía camisas en bicicleta se ganó el favor de sus jefes. Pronto se cambió a otra tienda, donde trabajaban su hermano y una de sus hermanas, y ascendió hasta convertirse en encargado del local. Su hermano y él pidieron un crédito, y junto a su cuñada, Primitiva Renedo, y la que se convertiría en su primera mujer, Rosalía Mera, crearon la empresa GOA. Las iniciales invertidas de Amancio y Antonio Ortega Gaona. Zara lo esperaba a la vuelta de la esquina.

Las tres mayores fortunas del mundo se forjaron alrededor de una mesa. El imperio de Bill Gates nació sobre la mesa de un garaje. El de Carlos Slim en una cena en la que el entonces presidente de México, Carlos Salinas de Gortari, pidió a los millonarios que insuflaran billetes a la economía de un país en crisis y que él se los devolvería con poder. El reino de Amancio Ortega se gestó en el bar Sarrión de A Coruña. Allí los pioneros de la moda gallega se reunían para beber un vino y conversar. En esas conversaciones apareció GOA y su primer éxito: una bata de dormir. «Es como si a un bistec, que es necesario comerlo, le pones dos hojas solo para decorar. Las hojas te han costado diez céntimos, pero el bistec ya es otra cosa», dijo Javier Cañás Caramelo, hijo de los dueños de ese bar, gerente comercial de la primera época de GOA y amigo del dueño de Zara. La bata de dormir era más cara que esos «sacos de patatas» que evoca Caramelo, pero más barata que las de las exclusivas tiendas de moda de la ciudad. El tejido de aquella bata de dormir, según Caramelo, era de buena calidad. A pesar de la leyenda dice que algunos tenderos las rechazaron porque se desteñían. Era un Amancio Ortega estilo temprano: precios asequibles, velocidad de producción, escaso margen de ganancia por unidad pero abundantes ventas. Las virtudes que marcarían el futuro éxito de Zara habían aparecido temprano en la modesta empresa familiar.
Hoy las universidades más prestigiosas del mundo han estudiado el modelo de negocio que ideó aquel hombre sin estudios. Los dos términos que siempre aparecen entre los expertos es integración vertical (la empresa controla todo el proceso desde la producción hasta la venta minorista), y fast fashion, estructuras ligeras y ágiles, poco stock en la tienda y velocidad de reacción para que una prenda esté lista lo antes posible. Inditex comparte este modelo con sus competidores GAP, H&M o Bennetton, pero, mientras estas externalizan alguna fase de producción, en Zara todo acaba en el cuartel general de Arteixo. En tiempos en que el significado del azul cambia de una semana a otra, en el que los pantalones anchos y estrechos se llevan a un tiempo, en el que nadie puede responder con claridad a la pregunta sobre qué está de moda, Amancio Ortega parece saber cómo nos vestiremos y cómo nos desvestiremos. Ha declarado que cuando ha visto en la calle una prenda que le gustaba ha llamado por teléfono a la central de Zara y en dos semanas tuvo un modelo similar repartido en sus más de seis mil tiendas de todo el mundo. «Yo voy a fabricar lo que van a querer los clientes», dice Amancio Ortega. Lo importante no es marcar tendencias sino reproducirlas lo antes posible.

Una noche, hace unos meses, en A Coruña, Cañás Caramelo se encontró con Amancio Ortega en un semáforo cerca del almacén central de Inditex. El Patrón de la Moda le había prometido que estaba volviendo temprano a su casa, y, como un ex adicto al tabaco al que sorprenden fumándose un cigarrillo, sonrió. Le dijo que esa noche era una excepción. Caramelo —un hombre que a diferencia de su amigo viste pantalones burdeos, americana entallada y un peinado hacia atrás— cree que Amancio Ortega sigue siendo el mismo hombre con el que viajó a París. El mismo que allí se asombró con el glamour de sus habitantes para después llorar al verlos comprar la discreta elegancia que les vendía.


November 29, 2014

José Luis Pardo Veiras

Un texto de


November 29, 2014

Etiqueta Negra 122

Un texto de

EL ÚLTIMO
CAPÍTULO
DEL CHAVO DEL 8

En México, los críticos y los intelectuales no lo quieren: de los estudios de TV, Chespirito se ha retirado a su casa para escribir poemas con rimas y cándidos ensayos. Vive con la gran compañía de su esposa, Doña Florinda, y ya no le basta la herencia sentimental de sus programas: parece que Roberto Gómez Bolaños quiere que lo recuerden también como un ciudadano y sobre todo como un intelectual.

Un texto de Gerardo Lammers

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Alguien sube las escaleras, y aparece entonces la breve figura de un hombre con grandes gafas y barriga abultada. Sabía que la televisión engorda, pero ahora me doy cuenta de que también agranda: Chespirito es más bajito de lo que pensaba, casi como un viejo duende. Ha llegado vestido con una camisa a rayas de manga larga, pantalón café y zapatos mocasines. A la luz de esta mañana calurosa y nublada de agosto sus setenta y cinco años resultan imposibles de ocultar. Ahora se sienta frente a mí con las manos entrelazadas, inclinándose hacia adelante sobre una silla austera.

—¿Cómo está?

—Pues le digo que regular. Parece que desde diciembre se me concentró la edad.

Unos días antes de la Navidad de 2003, Roberto Gómez Bolaños visitó por primera vez en su vida el hospital. Fue una extraña alergia combinada con una bronquitis crónica. Parecía estar pagando el precio de haber fumado durante cuarenta años, un hábito incubado en sus maratónicas sesiones de escritura para la televisión. Escritor de absolutamente todos sus programas, no en vano un director de cine mexicano bautizó a Gómez Bolaños -cuando éste escribía para la pantalla grande- como el Shakespeare chiquito, un sobrenombre que degeneró en Chespirito.

Ahora estoy sentado frente a una mesa de cristal, junto al creador e intérprete del Chavo del Ocho. Ésta es la oficina de Roberto Gómez Bolaños, en realidad una amplia casa de dos pisos, amurallada, con jardín y cochera para dos autos en la Colonia del Valle, el barrio clasemediero de la Ciudad de México donde siempre ha vivido el popular cómico de la televisión latinoamericana. Chespirito visita sólo de vez en cuando esta propiedad. Su hogar, descrito como sombrío en alguna entrevista, queda muy cerca de aquí. La sala de juntas en la que me encuentro está decorada con fotografías, dibujos, placas conmemorativas de sus representaciones teatrales y me parece ver hasta algunos trofeos deportivos. Al fondo, oculta tras un muro, hay una secretaria trabajando.

Recién salido de la afección respiratoria, a Chespirito le atacó un terrible dolor en el nervio ciático.

—¡Pa’ su mecha! Mis dolores más fuertes habían sido de dientes, muelas, pero éste les gana a todos.

Percibo algo extrañamente familiar en su voz, como una inflexión conocida. No fue Gómez Bolaños quien pronunció la segunda parte de esa frase: fue el Chapulín Colorado. Era su habitual cambio de ritmo, igual a cuando dice lo sospeché desde un principio. «Afortunadamente mi mujer me atiende muy pronto. Es muy buena para inyectar.»

Florinda Meza, Doña Florinda, es su segunda esposa. Doña Florinda está casada con él desde hace casi tres décadas. A pesar de sus achaques, Chespirito sigue activo. De hecho acaba de regresar de Santiago de Chile, a donde fue a presentar Y También Poemas, un libro publicado por la editorial Punto de Lectura.

-Para el público latinoamericano, fue una sorpresa que usted sacara un libro de poemas. ¿Lo tenía guardado?

-Es algo que nunca pensé publicar. Desde que era jovencito me gustó la poesía. Mi mamá me enseñó las reglas importantes de versificación: rima, métrica, acento, etcétera. Escribo a ese estilo antiguo, que yo no lo considero antiguo.

Otra vez me parece escuchar al torpe héroe de las antenitas de vinil. Son sus clásicas digresiones enmarañadas no llevan a ninguna parte. O mejor aún: que llevan a la risa.

-Para la gente ahora la poesía es libre y nada más. La métrica y la rima no existen. Y sí existen. Le voy a poner un ejemplo muy grande: cuántas veces hemos oído por las calles: el “pueblo/unido/jamás será vencido” -dice cantando- Hay métrica y hay rima, y la rima tiene una fuerza enorme. Los publicistas buscan rimas todo el tiempo para anunciar productos.

Chespirito debe de haberse acordado de que en sus inicios de escritor, había trabajado para una agencia de publicidad. Hubiera querido ser futbolista profesional, y casi lo consigue, pero sus menos de cincuenta kilos de peso hacían de él un centro delantero al que el viento se llevaba. Al terminar la preparatoria, se había matriculado en una facultad de ingeniería. Su otro trabajo fue de pasante de ingeniero. Debía contar los remaches que se ponían en las vigas. Lo mataba de aburrimiento. Nunca se arrepintió de haber aceptado la oferta de la agencia de publicidad por la mitad de sueldo que ganaba antes.

-Supongo que su libro de poemas es una manera de poner sobre la mesa ciertos temas que usted no tuvo oportunidad de tratar en sus programas: la política, la corrupción, el erotismo.

-De todo eso hablo directamente. Tengo mala memoria, no sé si aquí habrá uno…

En mi mochila está su libro de poemas que compré hace unos días. Chespirito lo recibe sorprendido como si fuera el primer hombre de su país que lo busca para entrevistarlo sobre él. En México la prensa casi no lo toma en cuenta.


***


Hay una anécdota que al creador de la vecindad más famosa de Latinoamérica le gusta contar: una vez Emilio Azcárraga Milmo, el ya fallecido dueño de Televisa, telefoneó a su oficina para informarle de que lo estaban viendo trescientos millones de personas por semana. A decir del Tigre Azcárraga, era una gran responsabilidad. Tal vez ésta sea una de las claves que explican el humor blanco e inofensivo que distingue la carrera de Gómez Bolaños. En México, los intelectuales y los críticos de televisión siempre despreciaron sus programas.
-Qué flojera -fue la reacción instantánea de un crítico cuando pronuncié el nombre de Chespirito.

Acudí también a otra importante crítica de televisión. Ella prefirió no contestarme.

-Jura que su humor viene de El Gordo y el Flaco, cuando en realidad nunca lo entendió -me dijo el crítico-. El Chavo del Ocho es el primer personaje entrañable de la miseria —al final sentenció.

Mientras no cambiara la realidad latinoamericana, creía él, una historia así podía quedarse en la televisión para siempre. Lo indudable es que los personajes de Chespirito han ejercido una insólita fascinación sobre los latinoamericanos desde finales de la década del setenta. Con excepción de Cuba, las series de este humorista se repiten por lo menos una vez al año en todos los países de América Latina.»

Se cuentan historias insólitas sobre el fervor que despiertan las series de Chespirito. No sólo Menem y Maradona se han declarado sus admiradores. Hace algunos años, el brasileño Edson Arantes do Nascimento intentó comprar los derechos de El Chapulín Colorado para llevarlo al cine. Un futbolista chileno, Sebastián González, celebra sus goles en el campeonato mexicano luciendo la camiseta del antihéroe cuyo escudo es un corazón. No por casualidad Chespirito hizo dos películas dedicadas a este deporte, El CHANFLE 1 y 2, en las que el aguador del equipo América —propiedad de Televisa—, personificado por él mismo, sueña con entrar a cancha y marcar espectaculares goles para su escuadra. Pena el encanto que ejerce Chespirito va más allá de a quienes les gusta el fútbol.

Llega a todas partes y no respeta jerarquías. En el Perú, el nada querido cardenal Juan Luis Cipriani, quien ofrece una homilía televisada los días domingos, se quejaba: «No me importa que me hayan reemplazado por El Chavo del Ocho o un partido de fútbol. La palabra de Dios no morirá». En Estados Unidos, Disney negociaba comprar los derechos de explotación de El Chapulín Colorado. En Colombia, el entonces presidente Julio César Turbay emitió un decreto para otorgar la nacionalidad colombiana a Roberto Gómez Bolaños. En un recorrido por Bogotá con todos los personajes de El Chavo, su Primera Dama encabezó un convoy de camiones de bomberos al lado de Chespirito, quien saludaba a miles de niños y adultos reunidos en la vía pública sólo para verlo. De paso por México, un productor argentino televisión me contó de un bar de tipos rudos en Buenos Aires mirando absortos un capítulo del niño del barril. Aquella última imagen me pareció la más sublime.


***


Chespirito frunce el ceño y acerca bastante el libro a sus lentes bifocales. El actor que jamás usó apuntador en las grabaciones de sus programas de TV ahora me dice que tiene muy mala memoria. Finalmente encuentra entre las página uno de sus poemas y me lo recita en voz alta. Se llama «¿Político, yo?», un octosílabo en el que, al mismo tiempo que reniega de la política y los políticos, deja la puerta abierta a la posibilidad de que todos tengamos algo de ellos. El poema da pie para preguntarle sobre el apoyo público que dio a Vicente Fox, cuando éste buscaba la presidencia de México por el conservador Partido Acción Nacional. En ese entonces, Roberto Gómez Bolaños y Florinda Meza grabaron un spot televisivo apoyando a Fox. Hoy que la popularidad de este presidente va en caída libre y que la mayoría de la gente lo acusa de responsable y protagonista del estancamiento de México, Chespirito insiste en creer en él.

-Fox es un hombre decente, bueno, honrado. No ha matado a nadie. Tiene mil cualidades. Lo que pasa es que no lo dejan hacer las cosas.

Chespirito se dice harto y dolido por la fatal influencia que el Partido Revolucionario Institucional, en el poder durante siete décadas, tuvo en México. Tal vez por eso ni él ni su esposa dudaron en posar ante las cámaras, vestidos de civiles y exhibiendo una sonrisa bonachona, para apoyar a Fox en su campaña. El spot de treinta segundos sorprendió a todo el mundo, tomando en cuenta que Televisa, la empresa que le dio soporte a su carrera, declaró durante años su filiación al PRI.

-Volviendo a su libro, ¿sus poemas son una manera de cerrar su ciclo de creación artística?

-No. Estoy escribiendo muchas cosas.

Chespirito tiene casi terminada su autobiografía. Habla con una tranquilidad pasmosa, como si tuviera todo el tiempo por delante. Por cierto, pasaron décadas antes que se decidiera por fin a contar su vida.

-Me ha ido bien en la vida y eso parece que a nadie le interesa: no he consumido drogas jamás, menos las he traficado. ¿Qué más? Bueno, en mi primer matrimonio fui infiel, pero con Florinda llevamos veintisiete años y soy fiel al ciento por ciento. No la cambio por nada.

La otra razón que lo ha llevado a escribir su autobiografía es contar sus encuentros con políticos en las giras que hizo con su elenco durante su época de apogeo: abarrotaron el Estadio Nacional de Chile, en Santiago, y la Quinta Vergara de Viña del Mar; el Luna Park de Buenos Aires; el Coliseo Amauta de Lima; el Poliedro de Caracas, el estadio Campín de Bogotá. Pareciera que nada de esto emociona a Chespirito, quien me lo cuenta todo sin detalles, por encima, como no queriendo la cosa.


***


He ido a buscar al Señor Barriga a su oficina en la afrancesada colonia Roma de la Ciudad de México y, cuando llego, el vigilante me indica que el señor Vivar está saliendo en su auto blanco, uno de esos modelos enormes tipo Grand Marquis. Vivar, quien lleva en la nariz un par de manguerillas conectadas a un tanque de oxígeno, me invita a que suba al auto. El Señor Barriga es realmente voluminoso y, aunque en esta ocasión no vi ningún portafolios, es inconfundible. Cae una ligera tormenta en el D.F. Así como jamás imaginé entrevistar a Chespirito, tampoco imaginé dar un día un paseo con Edgar Vivar conectado a un tanque de oxígeno y menos aún acompañar al Señor Barriga a un restaurante.

-Tuve la suerte de que el mejor escritor cómico que ha tenido la televisión me escribiera un personaje hecho a la medida. ¡Y mira qué medida! -me dice Vivar, ya sentados en una mesa.

Su salud estado en serios aprietos debido al sobrepeso. El Señor Barriga se niega a revelarme su edad y también, sospecho, a que yo lo vea comer. Por el momento sólo pide al mesero un clamato con vodka. El actor me explica que, por lo general, Chespirito escribía durante tres semanas los libretos de cuatro programas y luego venía una semana intensiva de grabaciones en los estudios de televisión.

—¿Cómo era el ambiente en las grabaciones?

—Podría decirte que algunas veces cordial, pero siempre dentro de un rigor. No se permitía ninguna improvisación fuera del ensayo.

-¿Y qué ocurría tras bambalinas? ¿Cómo se llevaban?

-Todo era muy cordial durante las horas de trabajo y nada más. Después, nuestra convivencia era muy poca. Yo fui a casa de Chespirito dos veces en veinticinco años.

La última función del Circo del Señor Barriga y Ñoño la ofreció en Lima el 2003. Vivar es ahora miembro vocal de la Asociación Nacional de Intérpretes y dice sentirse apasionado por estudiar asuntos como los derechos de autor. Es un tipo desconfiado de la prensa y que se precia de ser muy culto. Hace años que se divorció de su mujer. No tuvo hijos. Una de sus mayores pasiones es la lectura de biografías. Cuando le pregunto por el personaje al que más admira, muerde un tallo de apio antes de responder.

—Einstein.


***


Ya alejado de los sets de televisión, Chespirito se pasa buena parte de su tiempo escribiendo en una computadora, a la que considera una máquina escribir de lujo. Dejando de lado sus poemas y su autobiografía, el cómico escribe sobre todo ensayos. Son su única manera de protestar ante el mundo actual. Por ejemplo, escribe sobre la manera tan corrupta como se juega el fútbol, en el que un delantero busca engañar al árbitro echándose un clavado en el área. O del estúpido nacionalismo mexicano y la manía de culpar al extranjero de todos sus problemas. Sin embargo, todos estos ensayos no sólo están inéditos sino inconclusos. Gómez Bolaños tiene la manía de saltar de uno a otro sin proponerse realmente ponerle punto final a ninguno.

Mientras su secretaria teclea algo y a través de la ventana se cuelan débiles las bocinas de los automóviles, la conversación comienza a tomar un cauce patafísico. Pregunto a Chespirito si es optimista con el futuro de México.

-Soy optimista con respecto al futuro del mundo -me corrige.

El cómico se toma muy en serio el papel de pensador. La escena se parece a esos programas especiales en donde todos (Villagrán-Valdez-De las Nieves-Meza) se ponían trajes satinados y parodiaban episodios históricos (el descubrimiento de América o el de la ley de la gravedad, qué más da) con más ingenio que presupuesto.

-Es indudable, absolutamente indudable, que hay una evolución, que formamos parte de ella, que tiene una tendencia. Es más, el arqueólogo Teilhard de Chardin dijo una frase que luego le robó Echeverría —un ex presidente mexicano-: «Arriba y adelante. Arriba hacia Dios y adelante hacia el progreso. Un día se unirán».

-¿Usted cree en eso?

-Sí -me dice, como si fuera un juramento.

—Porque en su libro de poemas aparece uno que se titula «Milenio», en donde más bien usted se muestra escéptico del futuro de la humanidad.

-Sí. Y tengo otro que dice…

El cómico vuelve a buscar entre las páginas de su poemario, pero pronto abandona la empresa. Prefiere advertirme:

—No puede uno dejar de ser escéptico: estamos enfrentándonos al más grande de los misterios. Tengo otro poema, a ver si lo encuentro. Ah, sí. Se llama «Otra vida».

Chespirito me lo recita en voz alta sujetando el libro con ambas manos. El tono de su lectura me recuerda a los terroríficos concursos de poesía de la escuela.

—¿Usted cree en la otra vida?

-Sí, totalmente. Y no la pienso como me la enseñaron cristianamente. Tampoco la rechazo.

Me parece oír de nuevo al Chapulín.

-Creo que todos morimos simultáneamente. Con esto quiero decir que morir es para mí, supongo, abandonar las dimensiones del tiempo y el espacio. En ese sentido morimos simultáneamente todos.

Ya no le entiendo nada. Chespirito continúa absorto en sus palabras.

-Y entonces entrar en otra dimensión que no signifique eternidad pero que dure siempre. O que signifique que es un instante eterno. No se puede explicar.

A estas alturas del discurso, sólo le faltaba añadir lo que el superhéroe de las antenitas de vinil decía cada vez que se enfrascaba en una exposición inextricable de ideas.

—Bueno, la idea es ésa.

-Usted, que es humorista, ¿no cree que todo esto sea simplemente una gran broma?

-No -se ríe-. Creo que, entre otras cosas, Dios debe tener un gran sentido del humor y no haría un mal chiste.

-¿No?

-No.

-¿Por qué no?

-Tiene que ser súper, súper, súper, incomprensiblemente grande, poderoso. Hace rato hablaba yo de la evolución que se opone a los creacionistas. A mi modo de ver, los argumentos de la evolución le dan más fuerza a lo que pienso: cuando uno se da cuenta del famoso big bang, que primero estuvo conformado por un elemento, quizás hidrógeno, y que se fue convirtiendo, de la misma forma en que los alquimistas pensaban que podían convertir el plomo en oro. Y se puede. ¡Lo malo es que sale más caro! —vuelve a él el Chapulín.
Está ensimismado en su propio delirio. Sus manos no paran de moverse y su mirada traspasa la mesa de cristal.

-Ahora con la lectura del genoma humano, cualquier celulita tiene todas las instrucciones necesarias para crear otro ser. ¡Uta! Hay que ser mucho más que creacionista. Lo otro es formar una evolución con esas complicaciones. Tiene que haber algo que no podremos captar nunca. Aunque pienso que, después, en otra vida, compartiremos lo necesario, inclusive sabremos de la historia, cómo estuvo. ¡Y de muchas otras cosas!

—Ya nos pusimos existenciales y nos fuimos hasta la otra vida. Mejor cuénteme cómo fue su infancia. Por lo que sé, no fue nada parecida a la del Chavo del Ocho.

-No. Yo era de clase media-media.


***


Sólo queda llamar por teléfono al Profesor Jirafales. Ahora el señor Rubén Aguirre tiene setenta y nueve años, siete hijos y dieciséis nietos. Está de gira con el Circo del Profesor Jirafales en Manta, Ecuador. Se enfada sin decir taaa- taaa-taaa-taaa-tá cuando le menciono al Gordo y el Flaco como inspiración del tipo de comedia que hizo Chespirito.

-¡No tiene influencia de nadie! -me dice-. ¡Es único! ¡Su poder de observación, su conocimiento del idioma, su erudición! ¡No se parece a nadie!

Igual que el resto del elenco de la vecindad más famosa de Latinoamérica, a Aguirre le ha resultado imposible librarse del estigma del Chavo del Ocho. Casi todos ellos han debido vivir de explotar a los personajes de la serie en espectáculos circenses, cuyo mercado principal han sido ciudades y pueblos de Sudamérica. Las excepciones son Edgar Vivar, quien ha producido teatro y trabajado para otras televisoras, y el propio Chespirito, quien ha montado, actuado y dirigido obras exitosas como 11 y 12, que ostenta el récord mexicano de permanencia en cartelera de una obra de estreno. Y aunque estos circos —el de Kiko, el de la Chilindrina y hasta el del Señor Barriga y el Profesor Jirafales— han resultado ser una minita de oro, sus carreras en la televisión hace tiempo que ya acabaron.

-¿Qué significa haber hecho durante tantos años al Profesor Jirafales?

-Déjame decirte que no es mi personaje favorito. El Profesor Jirafales es Rubén Aguirre: presumido, cursi, romántico. Es mi modo de ser.

—¿No se cansa?

-No, pues no me cuesta ningún trabajo hacerlo. Si yo quiero, puedo seguir haciéndolo en la vejez.

-¿Y quiere?

-Sí, quiero, sí. Hasta ahora he querido.

—Me han dicho que usted es un excelente contador de anécdotas sobre lo que ocurría en las grabaciones del programa. Cuénteme una.

-Aquí, de momento, en este cuarto frío, no se me ocurre ninguna. Pero si un día coincide que nos tomemos un tequila, con gusto.

Me despido del Profesor Jirafales con la falsa promesa de volver a encontrarlo. Tal vez hubiera preferido preguntar a Kiko sobre su antipatía hacia Chespirito. Alguien me dijo que Carlos Villagrán vive en Buenos Aires, desde donde viaja con su circo a distintas partes de Sudamérica. También me hubiera gustado encontrar a La Chilindrina. Averigüé que María Antonieta de las Nieves vive entre Miami y la Ciudad de México y que, por lo menos hasta hace un tiempo, encabeza¬ba el Circo de la Chilindrina.

Villagrán y De las Nieves se pelearon con Chespirito luego de que intentaron disputarle la propiedad de sus perso¬najes. Ahora él se refiere a Kiko y La Chilindrina como a unos individuos de una gran incultura, esbozando una sonrisa que tiene algo de perdona-vidas. Tampoco pude buscar a Ramón Valdez ni a Angelines Fernández ni al Chato Padilla. Se murieron hace tiempo. El azar me ha llevado a conversar sólo con los sobrevivientes del elenco que todavía quieren a Chespirito, con la única excepción de Florinda Meza. Su esposa, según dicen, es una simpática e inteligente mujer que mantiene su esbelta figura, y que en estos días se encuentra deprimida debido a un par de asuntos familiares. La representante de Chespirito me pidió que me olvidara de hablar con ella.


***


Puede resultar difícil de creer, pero Roberto Gómez Bolaños es un tipo tímido y de distracción proverbial cuya máxima tortura es que lo lleven a una discoteca o que lo inviten a una reunión con más de siete personas. Marcela, una de sus hijas (Chespirito tiene seis hijos en total, todos de su primer matrimonio con Graciela Fernández, una ama de casa común y corriente) lo recuerda trabajando en su estudio de la planta baja, al pie de las escaleras de la casa. Su padre se sentaba en un sillón y se ponía a escribir con lápiz en un bloc esquela que ponía sobre sus piernas. Así se pasaba las horas.

Otro de sus hijos, también llamado Roberto, es productor en Televisa, y el responsable de cuidar el legado de su padre. El productor tiene proyectos ambiciosos como, por ejemplo, estrenar un largometraje de dibujos animados con los personajes de Chespirito.
-Mi padre era tan distraído que parecía broma -dice-. Encendía el lápiz con el encendedor, miraba la hora de su reloj de pulsera echándose encima la taza de café, se metía al clóset en vez de salir por la puerta, se ponía la camisa con el gancho puesto.
—¿Cuál de sus personajes se parece más a él?

-Tiene un pedacito de cada uno: es torpe, distraído y fajador con las mujeres como el Chapulín Colorado.Peleonero y tierno como el Chavo, y procura evitarse todos los conflictos posibles como el Chómpiras. También se parece en que es un hombre sin grandes aspiraciones materiales.

Tal vez una palabra sirva para calificar el estilo de vida de Gómez Bolaños: sobriedad. Allá en sus primeras apariciones como comediante, tenía un sketch cuyo título podría ilustrar esta ética caracterizada por el trabajo honesto, la disciplina y la falta de pretensiones económicas: El Ciudadano! Gómez. Me cuenta el hijo que las ganancias que se lleva Chespirito por concepto de la repetición de sus programas en toda América Latina son mínimas. Aunque la propiedad intelectual de la serie le pertenece, la propiedad de los derecho de retransmisión la tiene Televisa.

-Se equivocó de país -me dice-. Mi papá es bastante mal cobrador.


***


Ya van más de dos horas de conversación con Chespirito. Lo veo algo cansado, aunque con la atención suficiente como para fijarse en algo raro que sucede a través de la ventana de su casa.

—Creí que había visto una ardilla -dice.

-Imagino que después de casi veinticinco años de escribir un programa semanal de televisión llegó a sentir que se le secaba el cerebro.

Chespirito mira debajo de la mesa de cristal sin inmutarse. Por un momento me da la impresión de que esta respuesta la tiene ensayada.

-Si alguien me da envidia en este mundo, ya no vive: es Juan Rulfo, que escribió dos libros de fama internacional. Yo tengo encuadernados doscientos cincuenta, o trescientos tomos de mis libretos. Trabajé mucho.

-¿No tuvo momentos de gran angustia? ¿De sentir que ya lo había dicho todo?

-A veces me solté llorando de desesperación. Me pasaba más durante mi primer matrimonio: estaba escribiendo y de pronto veía que mis hijas chiquitas bajaban con el uniforme de la escuela para ir al colegio ¡Me había pasado toda la tarde y la noche escribiendo! Y no encontré ninguna semana que no tuviera lunes. ¡Todas tenían!

Siento que esta pregunta le caló más hondo que la anterior. Por fin Gómez Bolaños me mira a los ojos.

-He leído varias veces que usted se siente ninguneado por los críticos mexicanos…

-Uh…

Chespirito se levanta de su silla, que a estas alturas le debe resultar ya muy incómoda. Va a mirar las placas conmemorativas de su obra teatral 11 y 12 que llenan un muro. Repite las cifras que aparecen en las placas: 1600,1700, 2200. Son el récord de las funciones de teatro.

-¿A qué se debe que los críticos lo hayan ninguneado?

-Una razón es que no soy condescendiente con ellos. Otra, que consideran a la comedia como inferior a la tragedia, y pues no sé a qué más.

-¿Le duelen las críticas?

—Me dan coraje, y luego digo que qué me importan. Pregúnteme cuántos premios me han dado.

Chespirito levanta la vista, escénicamente, como si estuviera haciendo la cuenta. Luego responde:

-Ninguno. Ni de obra ni de actuación ni de dirección ni de tiempo. De nada.

El cómico se levanta a mirar las mismas placas y se detiene también en un par de fotografías, una de ellas con futbolistas del equipo Necaxa que lo fueron a visitar al teatro.

-Buena parte de la intelectualidad mexicana menosprecia su trabajo —le recuerdo.

Hay en México, un país cuya literatura oficial tiene bastante solemnidad, la percepción de que cómicos como él destruyen el idioma. Chespirito ni se inmuta y prefiere contarme:

—Sobre un Congreso de la Lengua Española, que se realizó en Zacatecas, un periodista decía: «¿Qué clase de congreso es éste en que uno de los invitados es Chespirito?». Mandé al periódico una carta diciendo: «No sé si pueda aportar mucho, pero sí aportaría a enseñarle a escribir al periodista ese que me criticó. Su artículo está mal en estoy esto y esto, porque yo conozco mi herramienta de trabajo, el español». La respuesta del periodista fue muy elegante. Me cayó re’bien. «Perdón. Fue sin querer queriendo», dijo.


***


Chespirito se ha levantado varias veces para ir al baño en los últimos minutos. Ya empieza a dar señales de impaciencia.

—¿Y cómo es su vida ahora?

-Caserísima. Hoy me rasuré nada más porque venía a una entrevista.

-¿Qué pasatiempos tiene? ¿Le gusta cocinar, por ejemplo?

-El agua hervida se me quema. Pero Florinda es una cocinera sensacional.

Se levanta otra vez de su asiento como una manera de avisarme que se tiene que ir.

—Hábleme de su etapa de mujeriego.

-Fui.

-¿Y eso?

-Fui mujeriego por lo mismo que era muy peleonero en mi juventud, por complejo. Por chaparro. Tenía hermanos que eran muy bien parecidos y se ligaban a todas las chavas. Y yo tenía que ingeniármelas. Pero sí ligaba.

La cara de Chespirito se ilumina de una pícara satisfacción. Y añade:

—Sigo pensando que no hay nada más bello en el mundo que una mujer hermosa. Respeto las tendencias de cualquiera. Jamás hice chistes burlándome de homosexualidades. Respeté muchas cosas: color de la piel, nacionalidades, religiones.

—¿Cuándo fue su etapa de mujeriego? ¿Cuando ya teníaéxito?

-No, desde antes -dice, sonriendo.

-¿Cuando se estaba divorciando?

-Ahí sí ya tenía éxito con las mujeres. En las giras, al llegar al hotel, ya estaba una chava esperando dentro del cuarto. Tenía que sacarla. Bueno, según como estuviera.

Ahora Chespirito sí se va en serio. Se va el torpe Chapulín con sus pastillas de chiquitolina a otra parte. Se va el tímido Chavo del Ocho a guardarse otra vez en su barril. Lo detengo por un momento.

-¿Me podría firmar su libro de poemas?

Lo veo escribir una apresurada dedicatoria, con una caligrafía inclinada hacia la derecha. Firma: Chespirito. Apenas alcanzo a estrecharle la mano, mientras él está bajando las escaleras a paso veloz. Cuando desaparece, me quedo quieto por un instante. Del otro lado del muro, la secretaria me mira con ojos de complicidad y una sonrisa de oreja a oreja. Por ningún motivo iba a desaprovechar la oportunidad de escuchar entera una conversación como ésta. Que tu jefe sea el Chavo del Ocho no le pasa a cualquiera.


November 28, 2014

Gerardo Lammers

Un texto de

¿Hay futuro sin El Chavo?

Un texto de Elda Cantú

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Los televidentes latinoamericanos se dividen en dos: los que aman El Chavo del ocho y los mexicanos. Allá pasamos la infancia viéndolo, usamos sus frases, pero renegamos de su herencia: nos hace sentir como el hijo de un papá famoso que sólo quiere ser normal, o como la hermana fea y aburrida de una chica muy guapa. Cuando viajamos al sur, todos nos hablan con frases de El Chavo y quieren recordarnos los capítulos del viaje a Acapulco o el día que el Señor Barriga se sentó encima de Don Ramón. Somos los únicos que participamos con desgano en las conversaciones entusiastas sobre la más exitosa serie cómica de la televisión en español de todos los tiempos. Hace unos días un amigo peruano que vive en México se lamentaba de que sus hijas no miraran ese programa de Chespirito cuyos episodios él había aprendido de memoria cuando niño. Me alegré: hay futuro sin El Chavo. Nos dicen que debería gustarnos El Chavo porque Chespirito viene de Shakespeare. Porque no hay nada tan universal como los vecinos pendencieros y la normalidad de no poder pagar la renta. Porque su cancioncilla no es otra cosa que la Marcha Turca Opus 113 de Beethoven que toca un setentero sintetizador Moog y que no podemos sacarnos de la cabeza. Porque logró crear un mundo que no existe pero del que todos tendremos memoria por los siglos de los siglos. Porque sin desnudos ni efectos especiales nos detenemos una y otra vez, cuarenta o veinte años después, a mirar a la misma tribu de adultos disfrazados de niños. Porque si los grupos de Facebook son un indicador de valía, más de quinientos grupos sobre El Chavo le dan también la victoria en Internet. Porque antes de que existiera Twitter, ya se había escrito el mejor tuit de la historia: «Síganme los buenos». Porque nos hace reír, y la risa, al final de cuentas, es eso que nos aleja del miedo.

Treinta años después que se grabara el último de sus mil trescientos episodios, El Chavo sigue siendo un hit mundial. Se ha doblado a cincuenta idiomas y hoy lo siguen viendo en veinte países. En México, el secreto de nuestra conciencia colectiva de El Chavo es que lo admiramos y lo queremos pero nos resistimos a presumirlo porque sería aceptar nuestra identidad de fracasados, de huérfanos, de pobres pero divertidos. En el exilio, El Chavo ha terminado por ser la nostalgia del país, de volver a ver a otros mexicanos que tampoco compran camisetas con la efigie de Don Ramón con emoción sino con la ironía snob de los hipsters de Ciudad de México. Para el resto de latinoamericanos, El Chavo es parte de su educación sentimental. Para nosotros sólo es lo que había todos los lunes en la tele, antes de que se acabara el horario infantil.  El Chavo nos ha regalado una suerte de salvoconducto oral en Latinoamérica. Una contraseña que nos hermana al instante con taxistas de cualquier país, con niños de todas las edades, con poetas respetables. Un intelectual mexicano lamentó que Roberto Gómez Bolaños hubiera empobrecido nuestras opciones culturales y vulgarizado nuestro lenguaje. El Chavo del ocho se ha vuelto como el tequila para el mexicano que viaja. Los demás podrán disfrutarlo pero, por más bueno o malo que sea, sólo puede ser de nosotros. Cada vez que alguien nos dice con un acento que quiere parecerse al nuestro que se le chispoteó, que no le tienen paciencia, que para qué nos dicen que no si sí, es como si un extraño se sentara en el sillón más cómodo de nuestra casa sin que nadie lo haya invitado.

Los mayores que miran a El Chavo por la tele en Estados Unidos buscan en él un rush de nostalgia, una cura del idioma, un rincón de confort, un recordatorio de los días en el barrio que ya no están. O tal vez sólo quieran asomarse al fondo del barril donde se quedó su infancia. Para mis sobrinos mexicanos que viven en Estados Unidos y que nacieron veinte años después de que se grabara el último episodio de El Chavo, el show no ha terminado. A su madre le preocupa que les guste tanto; a mis sobrinos, les aterra la idea de que se acabe, que exista un tiempo sin El Chavo. A mí me entristece: para ellos no hay futuro sin El Chavo.


September 15, 2014

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Un texto de


September 15, 2014

Scott Wallace

Un texto de


August 20, 2014

Luis Cobelo

Un texto de

LOS ALBAÑILES
DEL MUNDIAL

Un texto de Carol Pires
Fotografías de Luis Cobelo

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Joao Monteiras. Barrendero | © Luis Cobelo

La industria de la construcción ganó el mundial de fútbol antes de jugarse, pero algunos de sus albañiles murieron mientras construían los nuevos estadios de Brasil: Muhammad Ali Maciel había comprado un televisor de cincuenta pulgadas para ver los partidos con su familia cuando, trece días antes de concluir la obra, se electrocutó instalando una luminaria en la ciudad de Cuiabá. En Manaos, en la selva de Brasil, Antônio José Pita Martins esperó en vano una ambulancia luego de que una grúa le golpeara la cabeza. Allí mismo, Raimundo Nonato da Costa murió tras perder el equilibrio en un andamio y Marceleudo de Melo se estrelló contra la Tierra desde treintaicinco metros de altura. Y no fueron los únicos: Fábio da Cruz cayó al vacío cuando instalaba un graderío en Sao Paulo, en el mismo estadio donde Fábio Luiz Pereira y Ronaldo dos Santos serían aplastados por una grúa. José Afonço de Oliveira Rodrigues tenía veintiún años cuando resbaló desde las alturas del nuevo estadio de Brasilia. A su familia le pagaron una indemnización de cuarenta mil dólares, lo que hoy en el mercado negro podría costar una entrada para la final de la Copa del Mundo.

Nadie protestó contra las muertes de estos albañiles, pero millones de brasileños criticaron las obras que ellos habían construido. Los doce nuevos estadios para el mundial de fútbol fueron un símbolo de la gente que salió a protestar contra todo lo que anda mal en Brasil. Para la FIFA, la culminación de los estadios se retrasó demasiado; para los ciudadanos brasileños, su suntuosidad les recordaba que había cosas más urgentes que enfrentar, como una multitud de escuelas y hospitales cayéndose a pedazos, una evidencia menos arquitectónica y deportiva que reveladora de la desigualdad social y la corrupción de Brasil. Nos habían prometido un transporte público más moderno y económico que nos permitiera ir y venir más rápido por ciudades más respirables, pero llegamos al Mundial atascados en el tránsito y con rebeliones callejeras.


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Vladimir Alves Da Silva. Vendedor de bebidas callejero | © Luis Cobelo


Un año después de las primeras protestas, mientras Neymar marcaba dos goles a Croacia en Sao Paulo, la policía en Río de Janeiro golpeaba con un garrote al maestro Guilherme Freire: lo arrastró veinte metros y, cuando ya estaba inmovilizado, le echó gas pimienta en los ojos por reclamar contra los exorbitantes gastos del gobierno en los estadios. Guilherme Freire era sólo uno entre los miles de estudiantes, trabajadores sin tierra, choferes, indígenas y maestros que durante un año habían salido a protestar a las calles. Sin embargo, como los ateos que bautizan a sus hijos porque heredaron la culpa cristiana, hay algo en los brasileños que de pronto —incluso entre los que se pasaron el año criticando a la FIFA y los que nunca vemos fútbol—, nos vuelve religiosos frente a una pelota. Así nos lo enseñaron nuestros padres y así crecimos ganando cinco copas mundiales. Frente a una pelota creemos que todo es posible. Cuando comenzó la Copa del Mundo, las protestas se vaciaron y las fiestas en la calle estaban llenas de gente. El fútbol tiene un fascinante poder, entre la maravilla y la cortina de humo, de devolver la fe a millones de personas cuando todo anda mal. Esta vez, la misa se celebraba en casa.

Al público privilegiado que asistió al partido inaugural del Mundial, se le pidió aplaudir a los albañiles. La FIFA sorteó cincuenta mil entradas entre los trabajadores que construyeron los estadios, pero no les valían para el partido de estreno. Eran las más baratas y las podían usar sólo para un partido de la primera fase que jugaran en su ciudad. Algunos albañiles que las ganaron prefirieron venderlas. Para otros, no habría dinero que pudiera pagar la emoción de gritar un gol en el estadio que ellos ayudaron a construir. Fue así una paradoja feliz, pero hubo otras fatales: José Afonço de Oliveira, el primer albañil que murió en la construcción de estos estadios, planeaba volver a su pueblo para comprarle una casa a su madre con los ahorros de su vida. Fue lo que le había prometido antes de tomar un bus de Campo Largo do Piauí hacia Brasilia. Hoy ella vive el extraño destino de haberse comprado una casa con el dinero que el gobierno le entregó para indemnizarla por la muerte de su hijo, un albañil del mundial.

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Christina Markes. Maquilladora | © Luis Cobelo


August 20, 2014

Carol Pires

Un texto de


August 15, 2014

Etiqueta Verde 12

Un texto de


August 11, 2014

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Un texto de


August 11, 2014

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Un texto de


August 11, 2014

Etiqueta Verde 11

Un texto de


August 11, 2014

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Un texto de

VASCO
PIMENTEL
EL OIDOR

Casi nadie recuerda a un sonidista tras una ceremonia del Óscar.
Algunos son genios sin rostro y sin sus creaciones sonoras
no podríamos llorar ni tener miedo ni recordar. Uno de ellos,
Vasco Pimentel, va por el mundo con tapones en sus oídos.
¿Es más insoportable el ruido de un auto
que el llanto de un bebé?

Un perfil de Sabrina Duque
Ilustraciones de Luis Falen

Luis Falen

Desde que viven juntos, Vasco Pimentel le ha pedido a su mujer que no le hable cuando se acaba de despertar. Cada mañana, este director de sonido que inspiró Lisbon Story, una película del cineasta Wim Wenders, necesita una hora y media sin oír nada. Cuando su mujer lo olvida y empieza a hablarle, él levanta la mano como un policía que detiene el tránsito y hace una señal de alto. Stop. Silencio. Es pronto para escuchar. La esposa del sonidista, una arquitecta que dejó su vida en Perú para irse a vivir con él a Lisboa, se ha acostumbrado a verlo levantarse, preparar su desayuno y leer su correo sin decir una palabra. Pimentel ha dejado de frecuentar amigos porque hablaban casi a gritos. Ha dejado de ir a cafés porque lo aturde el bullicio. Ha puesto el sonido a más de cien películas, pero no asiste a festivales de cine: «En las alfombras rojas —dice— hay demasiado ruido». Tampoco tolera el murmullo de un televisor encendido en su idioma: «Es una inflación de palabras de valor semántico nulo y entonación histérica y mentirosa». Pero le gusta cómo suenan los programas de televisión en China o en la India: al no hablar esos idiomas, las palabras le llegan sólo como sonidos, sin que entienda su significado. Vasco Pimentel detesta el sonido de automóviles ruidosos en marcha, pero, a diferencia de la mayoría, arruga su cara de tal modo que parece sufrir de la peor jaqueca cuando los escucha: «No sé qué hacer en mi cabeza con el ruido de un carro», dice. Sin embargo, le gustan las notas musicales «largas, infinitas, lacerantes» que produce una corriente de vehículos al atravesar el puente metálico de Lisboa, la ciudad donde nació. Cada vez que entra a un lugar y el ruido del ambiente es muy alto, Pimentel levanta las manos, se tapa los oídos con las palmas abiertas y aprieta sus mandíbulas como un niño aturdido por los gritos de sus padres. A veces, cuando sube a un auto ajeno y la radio se pone en marcha, se desespera y empieza a darle manotazos a los botones del estéreo hasta que consigue apagarlo. —El mundo está mal mezclado —dice.

Vasco Pimentel tiene cincuenta y seis años, una mata de cabello plateado, oscuras cejas gruesas y una gaveta repleta de cajas de tapones alemanes Ohropax —paz para los oídos— en su casa. Es la misma marca de tapones que usaba Franz Kafka para soportar los ruidos durante la Primera Guerra Mundial. Los Ohropax fueron inventados por un farmacéutico alemán a principios del siglo XX como respuesta al problema del ruido cada vez más agobiante de la era industrial. Cuando el sonidista abre su cajón y descubre que sólo quedan una caja o dos, sale a recorrer farmacias: si encuentra una que vende esta marca, se lleva todos los que tienen. Hace algunos años, Vasco Pimentel llegó a la conclusión de que el caos de autos, ruidos y gritos que le esperaban afuera de su casa iban a dañarle la audición. Desde entonces, el sonidista lisboeta que ha vivido prestando sus oídos a cineastas como Wim Wenders, Vincent Gallo y Manoel de Oliveira —el director más viejo del mundo— no puede salir a la calle sin ponerse tapones en los oídos.

Nuestro cerebro tiene la habilidad evolutiva para suprimir los ruidos de fondo que no nos interesan. En una fiesta llena de gente, por ejemplo, no solemos escuchar nada en forma precisa hasta que alguien pronuncia nuestro nombre. En un aeropuerto atestado tendemos a escuchar los anuncios de embarque sólo cuando se acerca la hora de nuestro vuelo. Esa capacidad del cerebro para concentrar la audición en una persona o en ciertos sonidos e ignorar los que no nos interesan se conoce como ‘efecto cocktail party’. Cuando el bullicio nos molesta, podemos ‘bajarle el volumen’ al concentrarnos, por ejemplo, en espiar la charla de dos extraños. Si nos interesa una conversación en una fiesta, los ruidos de fondo dejarán de incomodarnos después de unos minutos. «Todos tenemos una especie de filtro —dice Rui Poças, frecuente compañero de filmaciones de Pimentel—. Pero Vasco se queda irritado porque acaba por captar cosas que no quería». Rui Poças, uno de los mejores directores de fotografía del mundo según el Hollywood Reporter, cuenta que Pimentel suele detener su trabajo en un set de filmación para pedirle a alguien que deje de hacer un ruido que ni siquiera sabía que estaba haciendo: un taconeo nervioso, raspar la pared con sus uñas, o, incluso, mascar chicle.

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Los sonidistas suelen ser detallistas, obsesivos y anónimos. Aunque las caras visibles del cine son los actores y directores, un tipo a quien nadie reconocería en la calle puede ser responsable de la mitad de una película: ninguno de nosotros sería capaz de emocionarse, de exhalar una interjección de euforia o de alivio, de soltar un llanto súbito o un estremecimiento frente a una pantalla si no fuera por un efecto sonoro elegido con precisión para provocarlos. Las películas de terror serían inofensivas sin un director de sonido: el suspenso es el chillido histérico de un violín mientras una mujer se ducha (Psicosis), dos notas repetidas —mi y fa— que suenan cada vez más fuertes a medida que la cámara se acerca a un bañista (Tiburón), un canto infantil distorsionado que se oye cuando un personaje se va quedando dormido (Pesadilla en Elm Street). Los dramas y las comedias románticas no nos harían llorar o ilusionarnos sin el poder de sugestión de la música: Rocky Balboa corriendo por las calles de Filadelfia no nos convencería tanto de su espíritu de superación sin las trompetas de Gonna fly now marcando sus pasos. Leonardo DiCaprio y Kate Winslet serían dos turistas algo suicidas en la proa del Titanic si no fuera por la melodía de fondo de My heart will go on. Patrick Swayze se vería ridículo con esos rayos de luz en la cabeza mientras se despide de Demi Moore, si al final de Ghost, la sombra del amor, no estaría sonando Unchained melody.

Emocionarse con una película se debe en gran parte al trabajo silencioso de un sonidista, pero el sistema hollywoodense tiene su propio ‘efecto cocktail party’: como si fueran el ruido de fondo en una fiesta atestada de celebridades, nadie voltea al oír el nombre de un director de sonido. Gary Summers, uno de los sonidistas más exitosos de Hollywood, ha sido nominado nueve veces al Óscar y ha ganado cuatro, tantos como Spielberg, sólo que a él no le toman tantas fotos ni le preguntamos tanto cómo logró el sonido de miles de espadas chocando en El señor de los anillos, la embestida violenta del agua en Titanic, o los pasos de los soldados en El imperio contraataca. Mark Berger puede sonarnos a algún futbolista inglés, pero es el nombre de uno de los sonidistas de Apocalypse Now, alguien que ha ganado el Óscar las cuatro veces que estuvo nominado. El trabajo de sonido en Apocalypse Now volvió memorables algunas de sus escenas, como la que da inicio a la película: mientras un soldado observa girar un ventilador de pared desde su cama, escuchamos el ruido de las hélices de un helicóptero, y así el juego del sonido y las imágenes logra contagiar la alucinación de un personaje. También marcó un hito en la historia del cine. El director Francis Ford Coppola entendió que el trabajo de sonido había aportado tanto al clima y a la historia del film que los responsables no podían ser considerados sólo «sonidistas». Desde entonces, a finales de los setenta, se los llama directores de sonido.

En la isla de silencio que es su casa en Lisboa, donde se mantiene a salvo del ruido de los coches, Vasco Pimentel recuerda otra escena de Apocalypse Now: el cocinero baja del barco y se mete en la selva a buscar algo para hacer su comida. Primero se oye el zumbido de los insectos y el canto de los pájaros. Pero de súbito todo el ruido desaparece. El cocinero entra en alerta. Escuchamos que algo avanza sobre la hierba. La tensión aumenta cada segundo. Entonces de la selva surge un tigre como un rayo, y uno queda al borde del infarto. «Hubiese sido un error poner el rugido de un tigre antes de que aparezca —dice Pimentel—. Lo que quieres es que no se entienda que es un tigre». El cineasta Robert Bresson creía que el ojo es superficial, y que el oído es profundo: «El silbido de una locomotora —dijo— imprime en nosotros la visión de toda una estación». Para Bresson, un sonido no debe acudir en auxilio de una imagen. Para Pimentel, es estúpido un montaje de sonido donde todo lo que se ve suena tal como se ve en el mismo momento en que se ve.

La cultura urbana occidental privilegia la vista sobre el resto de los sentidos, pero considera la extrema sensibilidad al sonido como un superpoder. El oído nos permite percibir aquello que no está frente a nosotros. Superman oye el grito de socorro de un niño a cientos de kilómetros. En el Hombre Biónico, la exitosa serie de televisión de los setenta, Steve Austin no sólo es capaz de levantar camiones y de ver detalles a kilómetros de distancia: también es capaz de escuchar los planes de los malvados que están muy lejos de él. Hay comerciales de televisión que ofrecen audífonos para oír mejor con la promesa de que podremos escuchar conversaciones ajenas en la habitación de al lado. Sin embargo, algunos que empiezan a usar estos audífonos los abandonan porque de súbito escuchar demasiado los aturde.

Vasco Pimentel, que posee un extraordinario don para oír, vive a veces su poder como una maldición. No sólo le disgusta el ruido de los automóviles: también los gritos de meseros y el murmullo de las conversaciones en los restaurantes; el balbuceo simultáneo de las discusiones futbolísticas en la radio, y las canciones de moda —en especial, las de Rihanna—. No sufre de hiperacusia, el síndrome que vuelve a los que lo padecen intolerantes a sonidos como el timbre del teléfono o el golpeteo de los cubiertos contra los platos. Tampoco sufre de misofonía, un odio al ruido, que es lo que experimentan aquellos que por eje