Advertisement

Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Un hombre borrado de Machu Picchu

Cuando Hiram Bingham llegó a la ciudad de los incas en 1911,
descubrió en una piedra un nombre que parecía una advertencia:
«A. Lizárraga 1902». Nunca se supo más de él. Un cronista y un historiador buscan a los descendientes de este hombre cien años después
y encuentran a uno de ellos viviendo a espaldas del Huayna Picchu.
¿Puede un desconocido cambiar la historia oficial
del descubrimiento un siglo más tarde?

Una historia de Sergio Vilela
y José Carlos de la Puente

Lizárraga

La mañana en que Hiram Bingham descubrió Machu Picchu pasó cinco horas frente a su hallazgo, y luego se fue. Entonces deambuló el mismo tiempo que un turista se toma hoy para andar por allí. Registró unas cuantas imágenes con su Eastman Kodak y recorrió aquello que por entonces parecía sólo ser un enorme laberinto de muros de piedra y árboles caídos en medio de la maleza.

El sitio no calzaba con la descripción de la mítica Vilcabamba, el último refugio de los incas, que el explorador había venido a buscar al Perú. Antes de marcharse de allí, sin adivinar aún la naturaleza de su descubrimiento, Bingham trazó un boceto impreciso del Templo de las Tres Ventanas —dibujó cuatro—, notó una inscripción en una de las paredes del templo y la apuntó en su diario. Alguien había escrito un nombre y una fecha en uno de los muros de roca porosa nueve años atrás. Un día después de haber llegado a la ciudadela, el 25 de julio de 1911, Bingham escribió en su diario «Agustín Lizárraga es el descubridor de Machu Picchu». Sin razón aparente, un año después, mandó a borrar la inscripción de esa piedra. En 1922, en su libro Inca Land, lo vuelve a citar. Pero más de tres décadas después, en su libro Lost City of the Incas, omite su nombre. Mientras él pasaría a la historia como el gran descubridor de Machu Picchu, del fantasma que había escrito su nombre en el Templo de las Tres Ventanas no se sabría casi nada. Hasta el día en que pusimos un aviso en un periódico.

«Periodistas de Lima buscan descendientes
de personas que participaron en la
expedición de Hiram Bingham a
Machu Picchu. Presentarse en el
Café Ayllu (Plaza de Armas), preguntar
por el encargado del local.
Sábado 15 de diciembre, de 10:30 am a 12:00 pm»

Publicar un aviso en el diario El Sol del Cuzco fue el último recurso. Llevábamos meses tras la pista de Agustín Lizárraga y de otros personajes que acompañaron a Bingham y que él cita en sus libros. Había sido una búsqueda inútil en archivos y en bibliotecas. Por eso dejamos unos números telefónicos en el aviso del periódico sabiendo que era improbable que tuviéramos alguna sorpresa. El viernes 14 de diciembre de 2007, apareció una mujer al otro lado del teléfono. Era la voz de una señora que no esperaba que alguien le pidiera contar su historia. Dijo llamarse Sonia Lizárraga y que podía vernos al día siguiente en el Café El Ayllu, frente a la Plaza de Armas del Cuzco. Nada hacía sospechar que esa llamada telefónica nos conduciría un día después a la espalda del Huayna Picchu, la montaña gemela que figura en todas las postales de la ciudad inca, y que allí encontraríamos una respuesta sobre el enigma A. Lizárraga. 

Un anciano de barba fluvial, el sobrino nieto del hombre que llegó antes que Bingham a Machu Picchu, nos hace una señal para cruzar un río que es el único modo de llegar a él. Para aterrizar en su casa, hay que sobrevolar el Urubamba a bordo de una frágil canastilla de fierro que se desliza por un cable de acero de unos cincuenta metros de longitud. La masa de agua ruge, y arrastra piedras y ramas que arranca en su camino mientras avanza a gran velocidad. Es un mediodía invernal de 2007 y un diluvio nos golpea antes de que se lo trague el caudal sobre este paraje llamado Incarracay. Somos tres e intentaremos cruzar de uno en uno. El anciano quiere ayudarnos. Tiene en sus manos unas lianas de caucho que promete jalar para auxiliarnos si nos quedamos a medio camino, flotando como en un columpio sobre el río donde tiempo después, sin que él lo adivinara, moriría ahogada su mujer, que hoy lo acompaña. Dejaremos que la ligera inclinación del cable, sobre el que gira la polea de la que pende la canastilla metálica, nos ayude a aterrizar. Arriesgarse a caer diez metros sobre un río embravecido y en medio de una lluvia torrencial tiene sentido cuando sabes que quien te espera al otro lado se apellida Lizárraga y conoce la historia de esa inscripción.

Los conquistadores españoles nunca habían llegado a este lugar. Por eso debajo de siglos de maleza, la ciudadela había permanecido protegida. Viendo las fotos que han quedado de esas primeras horas que Bingham pasó en Machu Picchu, puede entenderse por qué el explorador no quedó tan impactado y se fue de allí para continuar de viaje al norte

En la película imaginaria del descubrimiento de Machu Picchu vemos lo siguiente: un explorador estadounidense estilo Indiana Jones se ha pasado meses detrás de las pistas de lo que llamará La Ciudad Perdida De Los Incas. Es un hombre blanco, con sombrero tipo safari africano, cantimplora y binoculares colgados al cuello, botas altas para caminar entre la maleza y un machete de colono de principios del siglo XX. En esa misma película, que nunca se filmó pero que se ha infiltrado en nuestra memoria, el hombre corona la cima de una montaña y, de pronto, divisa desde lo alto y por primera vez la futura postal de un Machu Picchu que ahora vemos en las fotos de las agencias de viajes. Una ciudadela fantasma, intacta ante el paso del tiempo.
Pero esa mañana de julio de 1911, la llegada de Bingham fue menos cinematográfica.

Ese día también llovía en Machu Picchu y Bingham no llegó a un paraje abandonado: encontró a Anacleto Álvarez, Toribio Richarte y Tomás Fuentes, tres campesinos que vivían allí con sus familias cultivando papa, maíz y caña. Los tres vieron a este hombre alto y delgado aparecer en sus dominios. Bingham había llegado acompañado por otros dos hombres: uno era el teniente Carrasco, parte de la escolta que el presidente del Perú, Augusto B. Leguía, le había ofrecido al explorador como cortesía diplomática. El otro era Melchor Arteaga, quien vivía río abajo, en el único lugar de descanso para los viajeros de la zona del cañón del Urubamba, la llanura de Mandorpampa. Melchor Arteaga regentaba allí una posada para recibir a los arrieros que transportaban café y otros alimentos hacia el Cuzco. Bingham le había pagado un sol de plata, tres veces el jornal habitual en ese entonces, para que lo guiara por una de las sendas que conducían a la ciudadela y que Arteaga conocía bien porque arrendaba para sí mismo una parcela en Machu Picchu. Habían tardado dos horas en ascender a pie por un sendero en la cara de la montaña por donde hoy los buses suben a los turistas en quince minutos. Los Richarte, que vivían en una choza de paja y caña sobre la explanada donde hoy se levanta el hotel Sanctuary Lodge, les ofrecieron de bienvenida un mate con agua fría y unos camotes cocidos. Los campesinos le contaron a Bingham que se habían mudado a esas alturas cuatro años atrás para evitar que los enrolasen de «voluntarios» en el ejército. Cuando ellos llegaron, el incógnito A. Lizárraga ya había escrito su nombre en una piedra.En 1911 Machu Picchu no se parecía en nada a la vista turística en la que se convertiría después. Bingham caminó hasta una torre circular que le llamó la atención y la contempló un buen rato. En los empalmes de las rocas, la humedad había alimentado crestas de hierba que brotaban de los muros como greñas. Los pasadizos, las escaleras, las terrazas, los templos habían sido invadidos por la densa vegetación de la selva de altura, ocultando durante cientos de años la grandeza de la ciudadela de los incas. Los conquistadores españoles nunca habían llegado a este lugar. Por eso debajo de siglos de maleza, la ciudadela había permanecido protegida. Viendo las fotos que han quedado de esas primeras horas que Bingham pasó en Machu Picchu, puede entenderse por qué el explorador no quedó tan impactado y se fue de allí para continuar de viaje al norte.

Al año siguiente, Bingham volvería con un equipo de científicos y de campesinos. Como no estuvo seguro de si había llegado a Vilcabamba o no, creyó que valdría la pena volver a Machu Picchu con una expedición científica para explorar con cuidado ese paisaje que habitaban los tres campesinos a quienes había conocido en su primera visita. Había zarpado desde Nueva York rumbo al Callao y se instaló entre las ruinas entonces ocultas para limpiar la maleza y acabar haciendo uno de los trabajos de jardinería más gigantescos de la historia. Así pudo iniciar las excavaciones. Terminada aquella limpieza que tomó meses de esfuerzo y en la que hasta se incendió una parte del área para facilitar la tarea, Machu Picchu aparecería por primera vez frente a sus ojos como aparecieron las Indias frente a los ojos de Colón. Recién en ese momento, Hiram Bingham se daría cuenta de lo que realmente había encontrado.
Más de un siglo después, llegar a la vuelta del Huayna Picchu supone cruzar un río en medio de un diluvio.
El anciano de barba fluvial nos sigue llamando desde el otro lado de la orilla.   

El primero de nosotros tres sube a la canastilla y avanza a toda velocidad, pero se queda atascado a unos metros de la orilla donde el abuelo y su mujer nos esperan. Él y ella empiezan a jalar las lianas de caucho para intentar acercar la canastilla a tierra. El primero se balancea sobre el río como si estuviera en una silla voladora.
Llegar a la vuelta del Huayna Picchu es el único modo de saber quién fue A. Lizárraga. 

Los Simpson recién llegaron a la ciudad inca en su vigésima temporada, subidos en una llama, mientras Homero masticaba hojas de coca y aseguraba no tener problemas de adicción. Una tarde el sultán de Brunei aterrizó en el Cuzco a bordo de su Airbus 340 con enchapes en oro, rentó para sí el tren de lujo que lleva hasta el pie de la ciudadela y alquiló Machu Picchu por unas horas para poder pasear sin ser interrumpido. Un turista ruso murió allí un día de invierno cuando un rayo golpeó el suelo a unos metros de él y lo hizo volar y caer de cabeza contra una roca. Un presidente del Perú lo eligió como el lugar para iniciar su mandato. Una compañía de publicidad ordenó filmar un comercial de cerveza y una de sus grúas rompió un pedazo del reloj solar de los incas. En Endhiran, la película india más cara de la historia de Bollywood, medio centenar de bailarines vestidos con plumas y tocados ejecutan una coreografía sobre los andenes que mandó a construir el inca Pachacútec. En una serie de anime japonés llamada Jikuu Tensho Nazca los protagonistas descubren que son reencarnaciones de antiguos guerreros incas y viajan a la ciudadela de piedra a buscar sus orígenes. Durante su viaje por Sudamérica en motocicleta el Che Guevara se detuvo unos días en Machu Picchu. «¿Dónde se puede admirar o estudiar los tesoros de la ciudad indígena?  —escribió el revolucionario en una nota corresponsal—. La respuesta es obvia: en los museos norteamericanos». La banda indie de Nueva York The Strokes titula una de sus canciones Machu Picchu. Hoy por la ciudadela inca se pasean dos mil quinientos turistas al día.
Pero ésa no es toda la historia. 

Al otro lado de Huayna Picchu, un anciano nos agita sus manos desde la otra orilla del rio.
Nos pide que crucemos.