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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Un chicle es para siempre

La goma de mascar es una plaga.
se esconde debajo de las mesas,
yace aplanada en el pavimento o se pega a los zapatos
¿Es tan mala para el medio ambiente?

Una respuesta de Brian Palmer
Plastilinas de María Lucía Zevallos

Chicle

Es desafortunado que no haya tantos datos ambientales sobre la industria de la goma de mascar. Dada su inutilidad (por lo menos para mucha gente) no estoy preparado para ser muy condescendiente con las empresas chicleras. Al contrario de la comida, la goma de mascar no provee ningún sustento. Al contrario de la energía geotérmica, no hace ningún trabajo. Al contrario de los libros y computadoras, no transmite ningún conocimiento. Cierto, la goma de mascar sin azúcar puede ayudar a prevenir caries hasta cierto punto. Pero, vamos, ¡cepíllense los dientes, hombre!

El uso de la goma de mascar tiene una larga historia que se remonta a los antiguos griegos, quienes masticaban un producto parecido derivado de la resina de almácigo (el nombre de este árbol comparte raíz lingüística con el verbo «masticar»). Los indígenas de Norteamérica y los primeros colonizadores europeos mascaban savia de abeto; la primera goma de mascar vendida comercialmente en Estados Unidos siguió la misma receta. En 1850, los manufactureros cambiaron la savia por cera de parafina. La goma de mascar resultante era más estable y barata de producir, pero era un producto insatisfactorio. Si alguna vez intentó mascar una de esas tontas cremas para labios, sabrá de lo que hablo. La cera de parafina es dura y sólo se suaviza luego de varios minutos de gran trabajo de quijada.

Veinte años después, en 1869, el general mexicano exiliado Antonio de Santa Anna y el fotógrafo estadounidense Thomas Adams lanzaron el chicle al paladar estadounidense, una resina del árbol de chicozapote. Habían intentado vulcanizarla para hacer goma de botas y neumáticos, y fracasaron. Como último intento para salvar su inventario de chicle, Adams y el general convirtieron la savia en goma de mascar, que tenía un suave sabor a caramelo. Más dulce que el abeto y mucho más dúctil que la cera de parafina, el chicle Adams pronto se instaló en la nación. En pocos años, se producía de forma masiva en varios sabores.

Décadas después de que la goma de mascar se convirtiera en una obsesión estadounidense, la mayoría de las manufactureras dejaron de usar el chicle, reemplazando la resina natural con un polímero sintético conocido como polyisobuteno. En la actualidad, Goodyear – la misma compañía que fabrica las llantas de su auto – manufactura la base de muchas de las principales marcas de goma de mascar (el chicle no se ha perdido por completo en la historia; de hecho, está regresando como alternativa ecoamigable para la goma de mascar moderna). Pese a que la nueva base produce una goma de mascar muy suave y masticable, no es biodegradable. De hecho, como sus padres y maestros seguramente se lo recordaban, pasa por el muy ácido tracto digestivo casi sin alterarse.

Es posible que no haya suficiente goma de mascar en el mundo como para crear un problema ambiental importante, pero el volumen de desperdicio no es del todo insignificante. En el mundo, los humanos mastican casi 560,000 toneladas anuales de goma de mascar. Para ponerlo en perspectiva, los estadounidenses tiraron treinta millones de toneladas de plástico en 2009, y casi veintiocho millones de éstas terminaron en rellenos sanitarios. Si quiere hacer una comparación de plástico a plástico, los estadounidenses tiran doscientos noventa millones de llantas cada año, que pesan más de tres millones de toneladas. El reciclado es común, empero: sólo una décima parte de esos neumáticos se quema en dichos basureros cada año.

Algunos empresarios verdes han desarrollado tecnologías para reciclar la goma masticada, para convertirla en contenedores de plástico o en juguetes de niños. Pero eso significa que la gente tendría que tirar su goma de mascar en contenedores especialmente designados, y no en botes ordinarios.

Tal vez sea mucho pedir convencer a la gente que tire su goma de mascar en contenedores especiales, considerando cuántos de nosotros nos rehusamos a usar botes de basura normales. Una cantidad enfermiza de goma de mascar termina en el piso y limpiarla requiere una gran suma de recursos. Considere el caso de Londres, que ha lanzado una cruzada contra la goma de mascar en el piso, de cara a los Juegos Olímpicos de 2012. La ciudad dice haber pasado tres meses limpiando a vapor trescientas mil gomas de mascar en dos kilómetros de calles. Un chicle cuesta a los londinenses apenas cinco centavos de dólar en una dulcería. Sacarlo del pavimento le cuesta a la ciudad entre 16 centavos y tres dólares.

Es difícil cuantificar el impacto ambiental de los esfuerzos de limpieza; la ciudad no ha dicho cuánto vapor usó ni qué tipo de productos químicos nocivos pudo haber filtrado a los ríos subterráneos (los ingenieros químicos británicos están trabajando para desarrollar métodos de limpieza a vapor amigables con el ambiente). Aún así, las decenas de millones de dólares gastados en el esfuerzo se hubieran usado mejor en reciclado o promoción de composta. Ninguna de las principales empresas manufactureras de goma de mascar ha analizado el ciclo de vida de sus productos. Sin embargo, un grupo de estudiantes de la Universidad de Dartmouth analizó varios tipos de envoltura de gomas de mascar. Resulta que los productos del estilo de Bubble Tape – que usa una sola cubierta de plástico para envolver la goma de mascar, en lugar de muchas individuales – son responsables de menor cantidad de emisiones de gases de invernadero.