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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Un ayunador no es
un muerto de hambre

Ayunar ya no es más una convicción de religiosos, dietistas y faquires.
Es una gran alternativa para sentirse saludables
¿Por qué entonces seguimos comiendo todos los días?

Un ensayo de Steve Hendricks
Ilustraciones de Giuliana Origgi
Traducción de Carlos Cavero

Ayuno
Ilustración de Giuliana Origgi

Dos semanas después del 4 de julio, a fines de la Era de la Reconstrucción1, un médico de Minneapolis llamado Henry S. Tanner decidió poner fin a sus días. Su esposa lo había abandonado hacía algunos años para irse a Duluth, lo que quizá dé una idea de lo mal esposo que fue. Sus esfuerzos por recuperarla habían fracasado. Había sido conferencista de la abstinencia sin convicción, su negocio de baños turcos fracasó y él sufría de una salud frágil por causas desconocidas. Como los métodos de autodestrucción cotidianos le parecian demasiado dolorosos, complicados o efectivos, Tanner decidió matarse de hambre. En aquellos tiempos, el consenso entre los hombres de ciencia era que el ser humano no podía sobrevivir más de diez días sin alimento. Puede que Cristo haya ayunado por cuarenta días, pero se le consideraba un caso especial.

El 17 de julio de 1877, Tanner bebió medio litro de leche y se confinó en la cama. Hambriento, pasó así algunos días. Su médico, un tal doctor Moyer, le rogaba que comiese, pero Tanner estaba decidido. Lo único que ingería era agua. De pronto comenzaron a ocurrir cosas extrañas. Su hambre desapareció y dejó de pensar en comida. Con cada día que pasaba, sus dolencias de cualquier origen disminuían, y en el décimo día, que según la ciencia de la época debía ser el último, las enfermedades que lo asolaban habían desaparecido por completo. Muy lejos de acercarse a la muerte, una fuerza renovada lo poseyó. Tanner solía caminar entre dos y cinco kilómetros dos veces al día, y luego de diez días de ayuno volvió a emprender estas caminatas. Si bien su paso era tembloroso al principio, pronto se hizo firme. Al darse por curado, pidió al doctor Moyer, quien seguía en nerviosa vigilia, que le trajese algo de comer.

Sin embargo, mientras Moyer preparaba la comida, a Tanner le vino a la mente una idea que lo había estado rondando: si un ser humano podía no sólo sobrevivir sino además renacer luego de diez días sin comer, ¿cuáles serían los límites de su ayuno? ¿Veinte días? ¿Treinta? ¿Acaso más? Y ¿qué significaría la respuesta a este misterio? Que, por ejemplo, ¿somos capaces de pasar largos periodos sin comer? De ser así, ¿por qué? ¿Era el ayuno un mecanismo de curación como el sueño? Era de esos dilemas que no dejan de intrigar a ciertas personas hasta ser resueltos. Cuando Moyer trajo la comida, Tanner se había propuesto algo: renunciaría a la gratificación estomacal por la mental.

Los diez días de ayuno se hicieron quince, luego veinte y veinticinco. Tanner no notó grandes cambios en su persona salvo por la pérdida de peso. (La Era de la Reconstrucción fue tiempo de estómagos orgullosos, y los médicos no consideraban el bajar de peso como un beneficio en sí mismo). Lo que sí notó Tanner fue una ligera lentitud en sus cavilaciones, sobre todo si eran temas complejos, aunque el resto de su energía mental permanecía intacta. Para celebrar cuatro semanas sin comer, partió en una caminata de más de quince kilómetros de ida y vuelta por las orillas del río Minnehaha hasta las cataratas. Luego caminó por el lago Calhoun y el Cedar, pero al beber de ellos contrajo gastritis. Moyer volvió a rogarle que pusiera punto final a su ayuno. A los cuarenta y un días, Tanner cedió y bebió un vaso de leche. Acababa de superar a Cristo.

El ayuno de Tanner pudo haberse perdido en la historia de no ser por el reto que lanzó un año después el doctor Hammond, médico de Manhattan. Este se resistía a creer en el bien publicitado caso de Mollie Fancher, mujer de Brooklyn que supuestamente había vivido años sin comer y había obtenido así el don de la clarividencia. Le firmó a la señorita Fancher un cheque por mil dólares, lo puso en un sobre y le ofreció la suma a cambio de que adivinase el nombre del banco emisor. Y eso no era todo: si ayunaba por un mes bajo supervisión médica, el doctor Hammond le abonaría otros mil dólares. La señorita Fancher rehusó el reto del cheque alegando que sus poderes de clarividencia no estaban de alquiler, y el reto del ayuno lo rechazó afirmando que, siendo una mujer decente, no podría dejarse examinar por médicos hombres. Al enterarse de la negativa de Fancher, Tanner viajó a Nueva York para asumir el reto del ayuno. Al no ponerse de acuerdo con Hammond, Tanner prosiguió sin el premio, elevando el desafío de un mes a cuarenta días. Para su ayuno gestionó el uso de un auditorio público donde pudiesen examinarlo los catedráticos y estudiantes de la Escuela de Medicina de los Estados Unidos. Como la universidad era lo que llamaríamos hoy neuropática (en ese entonces, ecléctica) y Tanner mismo era médico neuropático, los médicos tradicionales prefirieron mantenerse al margen. Nada rechazan más los contestatarios que cualquier tipo de progreso que no venga de ellos mismos.

Así, una mañana del verano de 1880, el inverosímil Tanner, a quien habían rebuscado en busca de alimentos escondidos y cuyos signos vitales se registraban para las estadísticas, se volvió el centro de atención en Clarendon Hall de la cuadra trece de East Street. Sus escasos muebles consistían en un catre, una mecedora con espaldar de caña y una araña de luces a gas. El objetivo de tal escenario y la luz de la araña era despejar cualquier sospecha de alimentos escondidos. Casi al mediodía, Tanner se sentó en la mecedora y procedió a lo suyo: no hacer nada. Esto lo acompañó, conforme pasaban las horas, con un poco de lectura, agua y unas palabras con su público, el cual era numeroso como el de un cuentista contemporáneo en la presentación de un libro. A la semana de ayuno, ya había perdido más de cinco kilos de los setenta y uno que pesaba.

Su audiencia iba creciendo conforme se acercaba el letal décimo día. Al amanecer del decimoprimer día, y con Tanner aún vivo, la curiosidad del público se convirtió en admiración, y llegaron más espectadores, cada uno pagando veinticinco centavos. Las noticias sobre la supervivencia de Tanner cruzaron el océano por medio del telégrafo y del periódico. Admiradores de todas partes le enviaban flores, sandalias, colchones, ropa de ejercicios, carne asada, leche, ginebra y vino de Burdeos. Cuatrocientas cartas le llegaban al día, cada una examinada por los catedráticos en su intento por interceptar cualquier comestible. Entre sus admiradores estaban una dama de Filadelfia, quien le propuso matrimonio en caso de que sobreviviese, y el director de un museo en Maine, quien le planteó disecarlo y exhibirlo en caso contrario. Las damas de Nueva York le ofrecían serenatas de piano y caballeros cultos lo abordaban con sermones sobre la salud. No tardaron en llegar los telegramas de Europa en que lo felicitaban por su proeza. Ya para el final del periodo acordado, Tanner tenía unos mil espectadores al día. Terminó ganando casi ciento cuarenta dólares por su exhibición.

Al amanecer de su día número cuarenta, los catedráticos lo pesaron y el resultado fue cincuenta y cinco kilos, es decir, había bajado dieciséis. Lo único curioso de sus demás signos vitales era lo poco interesantes que resultaban: pulso y respiración normales. Al mediodía comió un melocotón, que pudo digerir sin problemas. Prosiguió con dos copas de leche, que los catedráticos consideraron imprudente en un estómago que había estado vacío por tanto tiempo. No obstante, la leche tampoco lo afectó, así que, para el horror de sus colegas, se comió una sandía casi completa. Las horas siguientes continuó con una modesta ración de un cuarto de churrasco a la parrilla, una ración similar de lomo y cuatro manzanas. Todo lo digería con vino y cerveza. A la mañana siguiente había recuperado ya casi cuatro kilos. Eran casi nueve kilos en tres días. Al cabo de cinco días ya había recobrado por completo los treinta y seis kilos perdidos durante el ayuno. ¿Qué es lo más increíble de Tanner? ¿Sobrevivir al ayuno extremo o a su opíparo festín de renutrición? Esta interrogante sigue siendo tema de debate hasta el día de hoy, incluso tras los últimos descubrimientos sobre el ayuno.  Sin embargo, en la Era Victoriana, su habilidad para recobrar masa corporal quedó grabada en la historia de los ayunos como prueba de que su extremo régimen no lo había minado.

Tanner esperaba convencer a los escépticos de que el ayuno era terapéutico, aunque en Nueva York no había enfermedad que él pudiese curar. Era un vendedor estrella sin producto. Los científicos lo ignoraron, los laicos no emularon su experimento en casa y la revista TIMES resumió su hazaña como «La locura de Tanner», y la comparó con la locura de Seward de una década atrás. Sin embargo, Tanner sabía que grandes mentes como Sócrates y Galileo habían sido blancos de esa misma ignorancia. La historia lo reivindicaría: de eso sí estaba seguro.

Sólo una imaginación muy rala podría escapar a la historia de Tanner. Cuando yo me enteré de ella, no era mental ni físicamente ralo. Hacía años, por razones ahora enigmáticas, había sido fondista, hasta que una lamentable lesión en la rodilla me forzó a abandonar las pistas. Comencé a engordar muchísimo tras el accidente. Fui engordando de forma tan gradual, que no me percaté hasta que vi un par de fotos en el álbum familiar. ¿Quién era ese gordo sin forma que estaba de la mano con mi esposa?, ¿y ese tipo regordete que abrazaba a mi hermano?

La vanidad no era la única razón para preocuparme. En nuestra era engordar es sinónimo de enfermedad, decrepitud y muerte. Con cada kilo aumenta el riesgo de contraer diabetes, presión alta, enfermedades respiratorias y renales, trombosis o embolia, gota o artritis, migraña o demencia, paro cardiaco o derrame cerebral, cálculos biliares o cáncer.  Aunque no se me consideraba gordo para el estándar estadounidense, mis generosos setenta y tantos kilos calificaban como poco saludables según la Organización Mundial de la Salud, y el atleta que llevo dentro no me permitía negarlo. Si mi peso se hubiese estancado allí, no me habría preocupado gran cosa, pero seguía subiendo sin ninguna señal de detenerse. Como en una novela barata, podía ver adónde me llevaba la historia. Me propuse ayunar. No tenía ambiciones tannerianas al comienzo. Ayuné un día y todo marchó bien. A las dos semanas repetí el intento con resultados similares. Tras unas cuantas semanas, volví a ayunar. Y una vez más pronto me sentí el amo del ayuno de veinticuatro horas. Levanté la valla a dos días, luego a tres, hasta llegar a una inverosímil semana. Bajé unos cuantos kilos y la ambición se apoderó de mí. La palabra en plural me fascinaba, así que pensé en ayunar por semanas.

Me puse como meta llegar a los sesenta y cuatro kilos, mi peso de épocas universitarias, aunque para lograrlo debía ayunar hasta los sesenta y uno. El ayuno tiende a deshidratar, y hace que recuperemos líquidos muy rápido al volver a comer. También se recupera un kilo o medio de peso sólido. El típico ayunador extremo —según leí— pierde alrededor de medio kilo diario, así que calculé llegar a los sesenta y un kilos en unas tres semanas. Comencé los preparativos. Hace falta poco o ningún trabajo preliminar para un ayuno corto, pero privarse de alimentos por periodos extensos —según también leí— se lograba con mayor éxito luego de una dieta rica en fibras y baja en grasas. Se recomienda consumir verduras, frutas y cereales integrales, así como abstenerse de la carne y los productos lácteos, ya que la idea es ir vaciando el estómago poco a poco. No seguir estas recomendaciones significa provocar que las comidas se queden en los intestinos hasta bien entrado el ayuno, lo cual puede ser doloroso en el mejor de los casos, y perjudicial en el peor. Así que seguí esta dieta, y un domingo por la noche tuve mi última cena: unos fideos en tubo de cereal integral con salsa marinara: insípidos pero de efecto purgante. Fui a la balanza: setenta y dos kilos. Sí, redondos. Me eché a dormir con imágenes de mi futuro cuerpo delgado que bailaba en mis sueños.

A comienzos del siglo XX, luego de dos décadas de olvido, el ayuno revivió sus épocas de gloria por un corto periodo, principalmente de la mano de Bernarr Macfadden. En sus libros y revistas, como Cultura física, el milagro de la leche y la espléndida virilidad de la adultez, Macfadden postulaba sus ideas entonces revolucionarias sobre la salud, desde las beneficiosas propiedades de las ensaladas y el sexo vigoroso hasta los peligros de los alimentos procesados y de los doctores que abusaban de recetar medicamentos. Dentro de sus recomendaciones estaban los ayunos de una semana, y para mostrar que no sólo no debilitaban sino que también eran energizantes, publicó fotografías suyas al final de ellos: un cuerpo finamente esculpido que levantaba pesas de cuarenta y cinco kilos con una mano. Miles de discípulos siguieron sus consejos, tanto ayunando en casa como en su saludauditorio, y durante un tiempo pareció que el ayuno se expandiría hasta calar en la conciencia nacional. Sin embargo, Macfadden y el ayuno fueron desvaneciéndose de la vista del público con el tiempo.

Aunque lejos de la atención pública, un puñado de científicos sin la fama de Macfadden pero sí más metódicos, se habían interesado muchísimo en este arte. Uno de ellos fue Frederick Madison Allen, médico del Instituto Rockefeller de Nueva York, célebre por su trabajo con la diabetes infantil. Según su teoría, al ser la diabetes consecuencia del exceso de glucosa, extraerla por medio del ayuno podría aliviar sus síntomas. Su teoría consistía en que cualquier mejora lograda con el ayuno podría mantenerse luego con una dieta baja en carbohidratos, materia prima de la glucosa. Allen sometió a decenas de niños a ayunos de una semana o más, y creyó observar que estos no eran tan propensos a caer en coma diabético como los pacientes tratados con paliativos convencionales. Sin embargo, al carecer de un grupo de control, sus conclusiones eran más impresionistas que científicas. La mayor deficiencia del Plan de Allen, como se hizo conocida su terapia, fue que gran parte de sus pacientes morían. Años más tarde, con el descubrimiento de la insulina, el Plan de Allen cayó en desuso.

Un tal H. Rawle Geyelin, catedrático de Columbia y contemporáneo de Allen, se encontraba perplejo ante un niño que no respondía al bromuro ni al fenobarbital, tratamientos de punta para la epilepsia de la época. Sus padres decidieron ponerlo bajo ayuno y sus ataques cesaron al segundo día. Tres ayunos más en tres meses y el niño no experimentó ataques en dos años enteros. Impresionado, Geyelin procedió a experimentar el ayuno con seis sujetos de prueba epilépticos por periodos de cinco a veintidós días, e hizo ayunar a algunos por segunda y tercera vez. La gran mayoría dejó de sufrir ataques durante los ayunos, y en los demás estos disminuyeron en diferentes grados. Lamentablemente seis sujetos volvieron a sufrir ataques al romper el ayuno, pero los otros veinte tuvieron pocos o ningún ayuno por semanas o meses. Dos no tuvieron ataques en al menos un año.

Unos cuantos científicos ampliaron la teoría de Geyelin con la hipótesis de que si los ayunadores sobrevivían ‘alimentándose’ de su propia grasa, tal vez someter a los epilépticos a una dieta de grasas también los ayudaría. Procedieron a poner a los pacientes a ayunar y luego alimentarlos con una dieta rica en grasas. La mayoría mostró un avance significativo a largo plazo. Diversos hospitales adoptaron el tratamiento, pero con la llegada de una nueva generación de anticonvulsivos en la década del treinta, este ayuno cayó en desuso, tal como sucedió con el Plan de Allen. Se iba formando un patrón consumista: el hambre, una cura que no cuesta nada (en realidad, menos que nada, ya que el ayunador deja de comprar comida) caía en desuso siempre que aparecía una cura costosa. Décadas más tarde, nuevos estudios demostrarían que el ayuno seguido por una dieta rica en grasas era tan efectivo contra las convulsiones como muchos anticonvulsivos modernos y que variantes del Plan de Allen funcionaban contra la diabetes. No obstante, los estadounidenses siempre hemos preferido creer en la promesa de una pastilla antes que en modificar nuestro menú.

Pasé la mañana del domingo, primera de mi ayuno, sin ninguna señal de apetito. Sin embargo, mi estómago se encontraba, por decirlo vulgarmente, rodeado de vacío. Pronto lo sentí contraerse y murmurar con rencor una y otra vez. Lo bueno fue que no sentí nada de esa común somnolencia tras el almuerzo. De hecho me encontraba sumamente despierto, quizá porque mi cuerpo, al no necesitar energía para digerir los alimentos, enviaba el exceso a mi cerebro. Mi estómago se fue mostrando cada vez más resentido conforme transcurría la tarde, pero no sentía hambre. Esto le sonará raro a cualquiera que se haya salteado una o dos comidas, pero aprendí unos cuantos trucos de la historia contra el hambre. Uno de mis maestros más antiguos fue Gandhi, veterano de diecisiete huelgas de hambre y creador de una serie de preceptos sobre el ayuno. Ignoré por completo la mayoría de estos preceptos, como aplicarse enemas regularmente y dormir a la intemperie. Dos de ellos sí los cumplí religiosamente. El primero era beber toda el agua fresca posible, una regla que los ayunadores modernos habían mejorado recomendando beber de inmediato ante cualquier pensamiento de comer. El otro precepto de Gandhi que obedecí fue simplemente desaparecer los pensamientos de comida apenas emergieran. Al comienzo me pareció tonto. Pensé que ningún ayunador, salvo Gandhi mismo, podría rechazar un manjar mental mejor de lo que un alcohólico podía negarse a un whisky. Sin embargo, los ayunadores modernos habían mejorado también este concepto asociando el enlace de estos pensamientos de comer con las ventanas emergentes de propaganda en internet, que se cierran con un simple clic en la X roja. Según mis maestros, un ayunador sólo debía hacer clic en la ‘X’ para cerrar esos pensamientos. Funcionó así conmigo, para mi grata sorpresa.

Por casi cincuenta años después de la década del treinta, fueron raras las excepciones en que un excéntrico médico recetó la cura del hambre. Donde sí se mantuvieron unos cuantos ‘saludauditorios’ fue en Europa, sobre todo en Alemania. Herbert Mcgolfin Shelton, seguidor de Macfadden, fue la excepción estadounidense. Abrió una clínica de ayuno en San Antonio, Texas, cuya ubicación, en lo más profundo del sur ganadero, es una muestra de la actitud de Shelton hacia los convencionalismos. Desde la década del treinta hasta los setenta, Shelton trató con ayuno a quizá treinta mil pacientes. A lo largo de su vida, predicó los beneficios de los alimentos crudos, aceptó ser candidato a la presidencia por el Partido Vegetariano Estadounidense, recibió una invitación de Gandhi (que no llegó a concretar) para experimentar juntos el ayuno, y obtuvo una subvención de cincuenta mil dólares del fundador de Fritos Lays, quien tal vez buscaba limar asperezas. En su voluminosa literatura, Shelton aseguraba haber utilizado el ayuno con éxito para deshacerse de males gastrointestinales, la depresión, el reumatismo, las afecciones cardiacas, la epilepsia, la diabetes, el cáncer y la gota. Según cuentan sus escritos, hasta había hecho caminar otra vez a unos cuantos lisiados.

De haber existido, ningún historiador del ayuno hubiese podido mirar con recelo las afirmaciones de Shelton. Sócrates, Platón, Aristóteles, Hipócrates y Galeno recomendaban ayunos cortos para limpiar la mente de tormentos y al cuerpo de enfermedades. Plutarco sostenía: «Ayúnese un día en lugar de tomar medicinas». Se cuenta que Pitágoras tuvo que ayunar cuarenta días para poder estudiar en Egipto. Acató el ayuno a regañadientes, pero después declaró haber vuelto a nacer, e hizo ayunar también a sus pupilos. La antigua creencia en el ayuno curativo llegó a oídos de unos cuantos contemporáneos de Tanner, entre Shaw y Twain, quien escribió: «Un poco de hambre puede en verdad ayudar al paciente promedio más que la mejor medicina y los mejores médicos. Lo digo por experiencia; el hambre ha sido mi médico de cabecera durante quince años y siempre ha logrado curarme».