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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Un amante de las estatuas

¿Cuál es el encanto de un hombre de bronce?

Un texto de Alonso Toledo
Ilustraciones de Luis Falen

Monumento
Ilustración de Luis Falen

En la primera de mis visitas al excelso cementerio Père Lachaise, el más extenso de París, comencé a percatarme de los distintos grados de intimidad que un individuo puede establecer con un monumento. Se dice que este camposanto es el más visitado del mundo, en gran medida gracias a que acoge las tumbas de personajes tan célebres como dispares, incluida la de Oscar Wilde, Frederick Chopin y Jim Morrison. Al presentarse como el ‘Beverly Hills’ de los monumentos funerarios, resulta común ver a turistas retratar, tocar y también profanar las tumbas de sus ídolos. Así fue como me familiaricé con la más arquitectónica de las parafilias sexuales, la agalmatofilia: el deseo irracional por las estatuas. La observación distante y respetuosa, el contacto físico cándido y tímido, el acto de vandalismo prohibido; cada uno tiene su correlato en nuestras relaciones humanas, en particular con nuestros amores platónicos. Con el tiempo, yo mismo descubrí un afecto especial por la estatua de cierta llorona, a la cual confieso haber cortejado. Mi único alivio durante mis insanos coqueteos era haber escuchado que el mismísimo Gustave Flaubert era conocido por visitar el cementerio de Montparnasse para acariciar a su estatua favorita: la de Eros y Psiqué.

El deseo de tocar a una figura hecha de piedra podrá perturbar al lector, pero al menos es más reconfortante que la aversión a la presencia de la misma figura. Aunque para la mayoría los monumentos no provocan caricias, para unos cuantos estos pueden volverse insoportables a la vista. Esto lo aprendí en 2003 cuando la estatua ecuestre de Francisco Pizarro fue retirada de su ubicación en la plazuela adyacente a la Plaza de Armas de Lima, bajo la dirección del alcalde Luis Castañeda Lossio. Los motivos detrás de esta decisión fueron polémicos: si bien se aludió a que la estatua estaba fuera de escala, resultaba claro un subtexto indigenista mediante el cual Castañeda repudiaba simbólicamente a Pizarro como figura opresora del peruano nativo. En efecto, Pizarro ha pasado a la historia como un hombre insuperablemente abyecto (ver el documental «The most evil men in history» del Discovery Channel), pero remover su estatua por el odio que se siente a su personaje es una medida disparatada, sobre todo cuando su instalación en 1935 conmemoraba el quinto centenario de la fundación de la ciudad. Se puede esconder la estatua de Francisco Pizarro pero no se puede borrar a Francisco Pizarro de la historia del Perú. Por esos azares del destino, la iniciativa de encontrar un nuevo lugar para la estatua rechazada de Pizarro recayó en mis manos agalmatofílicas y, recién graduado de la universidad, me encontré diseñando los primeros esbozos arquitectónicos del Parque de la Muralla, su nueva sede.


El arquitecto joven rara vez encuentra oportunidades para diseñar espacios públicos, y, menos aún, áreas de valor histórico. El Parque de la Muralla se ubicaría detrás del convento de San Francisco, alrededor de unos presuntos fragmentos arqueológicos de la muralla original que rodeaba Lima. Los elementos a conjugar eran de una riqueza excepcional y los desniveles del terreno del proyecto permitirían una composición coherente: abajo, la muralla que protegió alguna vez a la ciudad; al fondo, las cúpulas icónicas de la iglesia; entre las dos, y sobre la muralla, la imagen de Pizarro, el fundador. Una especie de reconstrucción simbólica de la historia. Pero subestimé el rechazo municipal a Pizarro: la ubicación planteada en un inicio se descartó porque le seguía ofreciendo demasiado protagonismo (ignorando del todo que, al lado, Castañeda quería plantar una de sus piletas gigantescas, que poco o nada tenía que ver con la temática simbólica del parque). Y así, la sucesión de emplazamientos para la estatua fueron desaprobados uno tras otro hasta dejarla relegada a una esquina del nivel inferior, frente a los estacionamientos. Si alguna vez visitan este proyecto, no teman ir en automóvil: Francisco Pizarro les cuidará el auto con su puño de hierro.

Es curioso que la figura de Pizarro sea tan repudiada cuando —a decir verdad— los urbanistas más célebres de nuestro imaginario resultaron ser criminales. Recordemos que la primera ciudad se le atribuye nada menos que al hijo del asesino Caín. Rómulo funda Roma tras asesinar a su hermano. En el contexto mítico, la fundación de una ciudad recae en los hombros del héroe-criminal, o al menos, del hombre desterrado, quien, al no pertenecer a una polis dentro de la cual puede desenvolverse como ciudadano, se ve urgido de establecer una nueva urbe para congraciarse de nuevo con los dioses. La ciudad que funda Enoc, por dar un caso, le permite descansar a su padre, el errante Caín. El narcisismo y la egolatría también son motivos recurrentes en el urbanismo: Alejandro Magno funda setenta ciudades llamadas Alejandría; Pedro el Grande funda San Petersburgo con el nombre de su santo epónimo; Stalin renombra Stalingrado a Tsaritsyn, e incluso la misma San Petersburgo es renombrada Leningrado cinco días después de la muerte de Lenin. En América, pese al predominio de nombres autóctonos (Miami, Lima), alusiones a ciudades europeas (Nueva York, Cartagena) y conceptos de asentamiento (Asunción, Buenos Aires), los nombres de fundadores, mártires y próceres de la patria siguen marcando a las ciudades a través de sus nombres (Washington, Sucre), las de sus distritos y las de sus vías. La fundación de una ciudad necesita de una cierta dosis de ego, y no hay mejor manera de cristalizarlo que con una estatua monumental.

Aunque trabajé de cerca con la estatua de Pizarro, nunca he querido tocarla. A la agalmatofilia hay que llevarla con serenidad y gallardía. Me sorprende ver la promiscuidad que generan otras estatuas icónicas. Por ejemplo, la estatua del supuesto John Harvard en Cambridge, Massachusetts, lleva el zapato pulido por la cantidad de turistas que se fotografían tocándoselo. En el otro hemisferio, la estatua del Baldaquín de San Pedro en el Vaticano lleva el dedo del pie desgastado por idénticos motivos. Están quienes le soban la panza a las estatuas del Buda gordo para traer buena suerte y prosperidad. Irónicamente la estatua de John Harvard no representa la figura real de John Harvard1; sobar el pie a San Pedro constituye una herejía si nos regimos al dogma católico; y las estatuas del Buda panzón no representan al Buda, a quien, por el contrario, se le atribuía un cuerpo delgado, austero y varonil. Esto no hace más que probar que las estatuas son símbolos y no representaciones de sus modelos originales. Por lo tanto, no se le puede imponer un juicio moral a una estatua, pues no representa más que el significado que nosotros queremos darle. La estatua-monumento no está hecha para juzgarse, sino todo lo contrario: es un recordatorio de que hay figuras y acontecimientos que simplemente forman parte de nuestra historia y que deben apreciarse sin pasar sentencia. Las estatuas-monumentos de la ciudad hacen de esta un gran museo que brinda a sus ocupantes cultura e identidad.