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UN PANADERO
DE ALTA COSTURA

Era un ejecutivo de la moda y renunció para ser un panadero. Convertido en una estrella del oficio, dejó de preparar baguettes, el símbolo mundial de la panadería francesa, y decidió contratar sólo a obreros japoneses para que elaboraran uno de los panes más celebrados de París. Christophe Vasseur cree que el pan francés vive en crisis y que él podría salvarlo.


¿A qué sabe realmente el pan francés?

Un perfil de Santiago Rosero

Una tarde de 1999, en un hotel cinco estrellas en el centro de Tokio, Christophe Vasseur, ejecutivo en Asia de una casa francesa de moda, sintió que estaba en el lugar equivocado. Debía convencer a los compradores de una gran tienda japonesa de ropa femenina de la trascendencia de una nueva colección de bufandas y pañuelos Marc Rozier confeccionados con seda. Vasseur les hablaba de la gracia de los colores, de la finura del material, de la belleza de las figuras impresas en esas lujosas prendas elaboradas a mano cuando, repentinamente, se cortó. «Me vi diciéndoles que dejaran de darle importancia a algo accesorio, que ya no les mintieran a sus clientas diciéndoles que iban a estar más bellas, que bajáramos al bar del hotel para hablar de cosas verdaderas, de cómo reconstruir el mundo». Vasseur lo recuerda una década y media después convertido en uno de los panaderos más famosos de París, sentado en una mesa al exterior de DU PAIN ET DES IDÉES, De pan y de ideas, la panadería que inauguró en 2002 en el décimo distrito de la ciudad. Aquella tarde en Tokio, Vasseur terminó su venta pero, tras ese desahogo imaginado, canceló la vida de ejecutivo de la moda que había tenido durante cinco años. Ese mismo día renunció. Dejó su base de operaciones en Hong Kong y regresó a París. Lo único que sabía con certeza era que quería guardar para siempre el traje y la corbata.

En la esquina entre la calle de Marsella y la calle Yves Toudic, a dos cuadras del canal Saint-Martin, el aire huele intensamente a mantequilla. Christophe Vasseur viste un jean holgado de otra época, unos zapatos bajos sin marca a la vista y una chaqueta de cuero estilo motociclista, pero él llega en una bicicleta anaranjada que tiene adaptado un coche en la parte delantera, donde acomoda a sus dos hijos para llevarlos a la escuela. Era rubio cuando tenía pelo, las patas de gallo se le marcan como un abanico apenas gesticula, sus manos no tienen señas evidentes de trabajo forzado y su cuerpo, más que atlético, es macizo como un saco de harina. Una fila de clientes sale de la panadería y se extiende sobre la vereda, donde una mesa larga con la madera gastada, el primer objeto que Vasseur adquirió al instalar su negocio, se llena de clientes que se detienen allí unos minutos para entregarse con deleite al simple acto de comer un pan. Las buenas ventas en la panadería de Vasseur son apenas la muestra externa de su éxito. Prestigiosas guías gastronómicas le han otorgado los títulos de Mejor Panadero de París y Panadero del Año, y el año pasado su Galette de Rois, tarta de Reyes, fue elegida como la mejor de la ciudad. Desde que se convirtió en panadero, Vasseur ha aparecido con frecuencia en espacios de prensa, radio y televisión usualmente reservados para chefs y otras celebridades. En 2002, el mismo año en que inauguró su panadería, Lionel Poilâne, considerado por décadas el panadero más famoso de Francia, murió en un accidente aéreo mientras conducía su propio helicóptero, después de haber montado un imperio económico y forjado la idea de que el pan también podía ser de boutique y tener su Yves Saint-Laurent. Frecuentaban su panadería Catherine Deneuve, Gérard Depardieu y Robert de Niro, y para el resto del mundo dejó una marca registrada: cada día miles de sus hogazas, esos panes grandes y redondos de casi dos kilos, se distribuyen por Asia, Europa y América con una P de Poilâne marcada en la corteza. Pero al morir, Lionel Poilâne dejó también el espacio vacío en la silla de panadero estrella. Nadie lo ha suplantado de manera definitiva, aunque varios, según su nivel de celebridad, compiten por un momento en el trono. A Christophe Vasseur se le considera el panadero más mediático de París.

El pan francés cayó alguna vez en decadencia y en el resto del mundo casi nadie se enteró. Durante dos siglos, cuando era un alimento esencial y su calidad era un requisito para mantener la paz social, mantuvo una corteza gruesa, crujiente y perfumada como la de un árbol robusto, una miga densa de color avellana con un primer sabor cremoso y un gusto final agradablemente amargo. Al ser elaborado con harinas poco refinadas, era rico en vitamina B, fósforo y magnesio. Tras la Segunda Guerra Mundial, ese pan antiguo sucumbió a la modernización industrial que instaló un pan blanco, liviano e insípido como norma de prestigio y referente de exportación. Fue ese el que se impuso en Asia, América y otras partes de Europa como un genérico “pan francés” inmerecidamente reputado. En la década de los noventa, un puñado de panaderos parisinos se propuso rescatar al verdadero retomando el savoir-faire de antaño, y a ese propósito se sumó Vasseur, aterrizando como un extraterrestre. «Christophe Vasseur no viene de este mundo», me dijo el historiador estadounidense Steven Kaplan, el más importante experto mundial del pan, una mañana a inicios de 2015 en la panadería de Dominique Saibron, otro de los que, junto a Vasseur, él considera entre los diez panaderos más virtuosos de París. Mientras que cerca de tres cuartas partes de los panaderos franceses vienen de familias con tradición en el oficio, Vasseur proviene de una familia burguesa, tiene estudios universitarios en comercio internacional y sus padres son psiquiatras. «Cuando Vasseur llegó a la panadería sólo sabía una cosa: que no sabía nada», me dijo Kaplan.

Cuando era niño, el dilema de Vasseur era ser chef o panadero. En su casa de la infancia, en la zona alpina de Haute-Savoie, al extremo este de Francia, donde la cima del Mont Blanc despunta para las postales, Vasseur ayudaba a su madre en la cocina. El deleite infantil de embarrarse las manos con masa para tortas fue guardándose en su memoria como un gatillo emocional. Pero su vocación se disipó ante la exigencia de sus padres, médicos de profesión, de que estudiara una carrera convencional en la universidad. Años más tarde, en sus treintas, luego de renunciar a su puesto como ejecutivo de la moda, siendo un desempleado en París, Vasseur pudo preguntarse de nuevo: «¿La cocina o el pan?». Eligió lo que le pedía su memoria táctil. Intentó una formación en una escuela de panadería, pero pronto se decepcionó al entender que el enfoque estaba en la producción masiva de un pan blanco, mal cocido, con un corto tiempo de vida útil y un aspecto atractivo pero un interior insípido. Para entonces, la panadería industrial llevaba más de treinta años de instalada en Francia con una lógica de comida rápida. «De nuevo me sentí en un mundo de apariencias», me dijo Vasseur. De su antiguo trabajo con artículos de seda, el ex representante comercial valoraba las cualidades artesanales: el trabajo manual, los materiales nobles, el respeto por un savoir-faire ancestral. Llegado el día, se dijo Vasseur, su pan deberá mantener esos principios: más amasado a mano y menos máquinas, más tiempo de fermentación para que florecieran los aromas; más ingredientes buenos, saludables y sabrosos. Así el pan retomaría el sabor, la consistencia y el espíritu de aquel con el que había crecido en su casa de infancia. Y su panadería podría llevar ese nombre en la fachada, como por ley llevan sólo aquellas donde sucede el proceso completo de panificación: el amasado, la fermentación, el dar la forma a los panes, la cocción. De esa forma él podría también reforzar esa familiaridad entre panadero y clientela que en Francia es una parte de su cultura. Pero sólo en eso su negocio se parecería a los demás. Las ideas que él tenía para su panadería debían ser únicas.

Poner las manos en la masa fue para Christophe Vasseur el inicio de una epifanía. Para aprender el oficio fue a LA GAMBETTE À PAIN, la panadería de Jean-Paul Mathon, a quien consideraba uno de los últimos apasionados del pan. Vasseur acababa de llegar de Asia, donde su vida estaba hecha de traje y corbata, viajes en avión, hospedaje en suites de lujo y reuniones con ejecutivos. De pronto estaba siendo un obrero en el calor de una panadería, cuyo dueño le pidió como primera tarea que dividiera una gran bandeja llena de masa en porciones de cincuenta gramos. «Juro que en el momento en que hice eso sentí que mi vida estaba ahí. Fue una relación casi mística con la materia», recordó Vasseur cuando conversamos en su panadería. Eran las manos de un aprendiz que penetraban un cuerpo impreciso, cálido y untuoso como un antojo carnal, la sustancia de una experiencia súbita y sensual que lo devolvió a una esquina plácida de su memoria. Pero su nueva travesía se truncó luego de apenas seis semanas de entrenamiento con Jean-Paul Mathon: una doble hernia discal le paralizó la espalda. Tuvo entonces que ensayar otra conversión. Durante dos años fue profesor de marketing y negocios internacionales en una escuela de Comercio. Más que un motivo de desaliento, su enfermedad fue la oportunidad para confirmar su vocación. Con la salud recompuesta, Vasseur debutó en el oficio cuando tenía treinta y cuatro años, más del doble de los que se inician, como mandan las costumbres, en el fulgor de la pubertad.

II

Un ex vendedor de lujosos pañuelos de seda que decide convertirse en panadero a edad madura sólo puede despertar sospechas. En el país de la Revolución Francesa, que fue provocada en parte por la falta de pan en los hogares, donde el buen proceder del panadero está descrito en tratados antiguos como LES LIVRES DES MÉTIERS de Étiene Boileau o la ENCYCLOPÉDIE de Diderot y D’Alembert; donde la reducción en el consumo y el deterioro de la calidad del pan obligaron a que en 1993, durante la presidencia de François Mitterrand, se emitiera un decreto para controlar su preparación; Vasseur parecía más cerca del marketing que de la autenticidad. En una sociedad panívora como la francesa, donde existen organismos con nombres como Observatorio del Pan o Instituto Nacional de la Panadería; donde se organizan celebraciones anuales y competencias para elegir la mejor baguette, el mejor croissant, el mejor pan de chocolate; donde hay más de cinco revistas impresas dedicadas al oficio, varios blogs especializados e incontables sitios web gastronómicos que con frecuencia diseccionan ese submundo de pasiones, las novedades sobre uno de los panaderos más famosos de París no sólo se informan, sino que se discuten. «Christophe Vasseur es ante todo un excelente comunicador. Él ha sabido aprovechar toda la experiencia de su antiguo trabajo. Lo vemos en numerosos medios que transmiten la misma información (sobre su baguette) desde hace un mes», decía un comentario en boulangerie.net, un portal web de referencia en el oficio. En mayo de 2011, el ya para entonces célebre panadero envió un comunicado a su gremio y a medios especializados para informar que iba a dejar de preparar baguette y a concentrarse en la producción de su Pain des amis, pan de los amigos, una pieza incomparable que necesita dos días de preparación para quedar con la corteza gruesa y morena como la de un pino viejo, y con una miga tupida de la que emanan aromas ahumados a castaña y sirope de arce.

Christophe Vasseur renunciaba a la representación más popular y asequible de la gastronomía francesa, y privilegiaba una creación compleja y elitista. Mientras una baguette tradicional (doscientos cincuenta gramos) costaba en promedio un euro con diez centavos, un trozo del mismo peso del Pain des amis costaba dos euros con diez centavos. Rémi Héluin, un apasionado de veinticinco años que es crítico de panaderías y que tiene un título de panadero, escribió en su popular blog painrisien.com: «Al suprimir la baguette, creo que pasamos a una panadería elitista, dedicada a los privilegiados (…) Me encanta el Pain des amis, pero yo estoy apegado a los valores de compartición y universalidad del pan. ¿Qué hacer? Por mi parte será simple: dejaré de ser cliente». Vasseur explicó que su panadería no contaba con el espacio necesario para producir con comodidad la cantidad de baguette que demandaba su clientela, y reconoció que la que preparaba, aunque era buena, no era excepcional como su Pain des amis. Fue una declaración de pretenciosa honestidad. Entre los clientes que le habían dado un empujón mediático estaban chefs de primera línea como Alain Ducasse, Alain Passard e Iñaki Aizpitarte, quienes para poder servir Pain des amis en sus restaurantes debían mandarlo a buscar donde Vasseur. A diferencia de cualquier otro panadero, el dueño de DU PAIN ET DES IDÉES no hacía entregas a domicilio.

Ser un panadero francés y no vender baguette exige tener una actitud kamikaze. En Francia se consumen más de ciento cincuenta baguettes por segundo. Si su ícono turístico repetido hasta el hartazgo es la torre Eiffel, la imagen más común del francés es la de un hombre maduro con una boina ladeada en la cabeza y una baguette bajo el brazo. Entre los cerca de cien panes regionales del país, es con la baguette que existe la relación más visceral. Apenas se la compra, sin aún salir de la panadería, a veces sin siquiera pagar, para hacerle una primera cata se le rompe la punta (el crouton) con la complicidad con la que a un amigo se le hace un pellizco. No es extraño que se la lleve a la mano sin bolsa de protección, que se la lance desnuda en el canasto de la bicicleta o que se la guarde doblada y encogida en la mochila, pero que, a pesar de ese exceso de confianza, se la quiera siempre erguida. A la baguette se la quiebra a mano y se la pone sobre la mesa, sin plato, sin servilleta, sin recelo sanitario, sin vergüenza. La baguette es la cuchara que no hace falta para absorber la salsa que queda sobrante de la comida. Es el contenedor del alimento más consumido por los franceses fuera de casa, el sándwich con baguette, el único snack que supera en popularidad a la hamburguesa. Como ocurre con un pedazo de carne, la baguette permite a los clientes escoger el punto de cocción deseado guiándose por el nivel de bronceado de la corteza. Hay los radicales de las pas trop cuite (no muy cocida), un punto de cocción criticado por algunos panaderos por no permitir que la corteza llegue a ser crocante, y hay los fundamentalistas de las bien-cuit (bien cocida), el punto correcto de una baguette que se respete. El “Decreto pan”, emitido durante el gobierno del presidente Mitterrand, oficializó los principios que definen a una baguette de tradición francesa: contener sólo harina, agua, sal y levadura. Nada de grasa. Nada de azúcar. Nada de aditivos. La decisión de Vasseur de no preparar baguettes obedece a una búsqueda evidente: preparar sólo panes distintos a los comunes en el país del pan.

El panadero que se propuso devolverle al pan francés su vieja honra no sólo no vende baguette sino que tiene un equipo compuesto en su mayoría por trabajadores japoneses. Cree que, dentro de unos años, será más fácil encontrar un buen croissant en Tokio que en París. Japón es uno de los principales destinos que los grandes panaderos franceses buscan conquistar. Ahí están Dominique Saibron, Eric Kaisser, Rodolphe Landemain, Gontran Cherrier y Frédéric Lalos, miembros de ese puñado de renovadores en el que se incluye a Vasseur. El éxito se mide también por la envergadura del negocio, pero Vasseur no busca crecer sino mantener su único local a manera de un taller de autor. Existen más de treinta mil panaderías artesanales en Francia (en Alemania, un país con más variedad de panes que Francia pero sin ningún reglamento oficial sobre los criterios de su preparación, existen menos de quince mil panaderías artesanales) y éstas ocupan el primer lugar entre las empresas alimentarias de comercio al detalle: producir más y más rápidamente también es un impulso inherente al negocio artesanal. Pero Vasseur ni siquiera abre su panadería los fines de semana, cuando las ventas suben y las filas se alargan aún más sobre la acera.

No solo las panaderías industriales sino también las artesanales manejan, como metáfora de buena salud, una oferta extensa de sándwiches y pastelería, además de una numerosa variedad de panes, pero en DU PAIN ET DES IDÉES, como en los restaurantes de etiqueta, el menú es reducido. Vasseur prepara panes con harinas orgánicas de trigo espelta, centeno o castaña y los fermenta con levadura natural (levain). Los viernes experimenta con variaciones como centeno con miel y mostaza en grano, cacao con nueces y arándano, y nueces y manzana a la flor de naranjo. Siguiendo la costumbre de principios del siglo XX, además de pan en su panadería ofrece solamente viennoiserie, ese conjunto de productos refinados hechos con masa hojaldrada o esponjosa (brioché), originarios de Viena y adoptados por París desde la segunda mitad del siglo XIX. Se consideran una especie aparte, intermedia entre el pan y los pasteles, donde el croissant, el pain au chocolat y los enrollados a los que Vasseur llama escargot, son los emblemas.

Resistir al vértigo con que se mueve la industria es escoger uno de los bandos. «Una de cada dos viennoiserie que se venden en las panaderías es industrial», dijo Philippe Godard, de la Federación de Empresas de Panadería y Pastelería Industrial. Producidas por toneladas en maquinaria pesada, a esas viennoserie se les añade aditivos como el ácido ascórbico para acelerar su fermentación e incrementar su volumen. Tras una preparación resuelta en unas cuantas horas, llegan a las panaderías congeladas, crudas o precocidas, y requieren de un breve paso por el horno para quedar listas. Su aspecto suele ser pálido, su consistencia más elástica que crocante y es frecuente que se excedan en grasa y en azúcar. En ellas, ni el trabajo artesanal ni la calidad de los ingredientes importan. De los mil doscientos artesanos panaderos de París, solo el dos por ciento de ellos no recurre a ningún tipo de producto congelado.

Vasseur es parte de esa minoría. Preparadas completamente en su local con masa de hojaldre común o con una fusión entre esa y otra esponjada llamada briochée feuilletée, sus viennoiserie se toman un día entero para fermentar y en total requieren una preparación que llega a las treinta horas. El tiempo, sin embargo, no lo resuelve todo si los ingredientes son mediocres, y elegir unos de calidad inusual implica lanzar otra apuesta de riesgo. «¿Quién es el loco que utiliza leche orgánica, huevos orgánicos, mantequilla fresca extra fina? ¡Nadie!», pregunta y se responde Vasseur afuera de su panadería, con un tono presuntuoso y el gesto retador. No cualquier panadero se atreve a pagar el doble por los ingredientes que utiliza. Vasseur lo hace porque sabe que sus clientes están dispuestos a pagar el triple para comer un pan único. Mientras un enrollado industrial cuesta un euro y uno artesanal de calidad mediana un euro con cuarenta centavos, los escargot de Vasseur cuestan tres euros con diez centavos. Dejar la clase ejecutiva de los negocios para convertirse en un obrero refinado puede ser un buen negocio.

III

No hay gasto que por bien no venga. Hace cinco años, un anciano llegó a la panadería de Vasseur con lágrimas en los ojos. Era el nieto de un panadero de campo junto al que había pasado parte de su infancia, maravillado con su habilidad de mago para transformar kilos de harina en obras preciosas. En aquella panadería rural el aire también olía a mantequilla; la temperatura era agradable en cualquier época del año. Cuando el niño tenía seis años, el abuelo panadero murió de un ataque cardíaco al pie de su horno. A partir de entonces, en su mente se anularon las imágenes y los olores de las mejores vacaciones de su vida. Hasta que él también se convirtió en abuelo y un día, mientras se hacía unos exámenes médicos cerca de la panadería de Vasseur, su esposa aprovechó para comprar, por primera vez, un gran trozo de Pain des amis. Al salir del consultorio, el anciano abrió una bolsa de papel celeste con un exquisito logotipo dorado, y al primer mordisco viajó directo a los días felices que ya no recordaba. Con la emoción todavía cortándole la voz, fue a la panadería, pidió que llamaran a Vasseur, y le dijo: «Quiero agradecerle, señor. No sé cuánto pagó mi esposa por este pan, pero usted resucitó a mi abuelo». Vasseur lo cuenta con la agilidad de quien domina una anécdota reiterada. «¿Se da cuenta?», me pregunta ahora. «En ese tiempo el pan costaba dos euros con cuarenta centavos. ¡Por dos euros con cuarenta centavos yo resucité a un muerto!». En ANTROPOLOGÍA DE LOS COMEDORES DE PAN, el investigador Abdu Gnaba dice: «Al hablar del pan, la gente se implica, se mete en escena: el pan es narrativo». Vasseur controla las escenas en las que el panadero cumple el papel de benefactor.

El panadero estrella a veces se imagina películas violentas. Vasseur es un tipo irascible, con escasa tolerancia a las críticas. En Internet hay rastros de las veces que se ha enredado en peleas de blog cuando en alguna reseña sus productos han recibido comentarios negativos. Usualmente ataca evocando la ignorancia, la envidia, la mala fe que, cree, deben amargar a los profanos que lo critican. Cuando juega de anfitrión, es capaz de llevar la irritación a los puños. «Una o dos veces al año viene algún idiota a la panadería y me provoca, y entonces me dan ganas de golpearlo, de romperle la cara. Soy un poco extremo cuando digo esto, pero no tolero la ignorancia ni la imbecilidad. Tengo un verdadero problema con eso». Una o dos veces al año. El dato debe ser literal porque, en los días comunes, lo que hay con sus comedores de pan es una relación de entera confianza. Los clientes que salen de su panadería dicen lo que a él siempre le gustaría escuchar. «Simplemente, desde la percepción gustativa, se nota que este pan está compuesto de buenos elementos», dice Carl Barbier. «Este pan es diferente a los otros, más sabroso, más denso. Es más caro, pero estoy dispuesta a pagar por la calidad», dice Hélène Marchand. «Los ingredientes son remarcables. Soy un amante de las viennoiseries y las como por todo París. Soy bastante tacaño y cuido mucho mi dinero, así que si las compro aquí es porque son las mejores», dice Patrick Aujean. «Todo en este pan es de calidad. No hay misterio, el buen pan es caro», dice Marie Moisie. «Es un pan particular, como el de antes, ya desde la corteza huele bien, eso justifica su precio», dice Bernard Delahe. «Es el único pan de París que me recuerda al pan que comía en casa de mis padres», dice Bernard Privat. «Es un pan bien cocido, con mucho sabor, que se conserva mucho tiempo, como el pan de otra época. Además, se nota que está hecho con cariño», dice Jo Miklós. «Lo que hace único a este pan es su harina orgánica, el tiempo de fermentación, el tiempo de horneado. Por eso es que varios restaurantes de París, incluso algunos con estrellas Michelin, lo tienen en su mesa», dice Antonello Sciolti. «Este pan es muy perfumado, bien levado. Vaya a cualquier otro país de Europa y no encontrará un pan como el de Francia», dice Gabriel Leroussie.

IV

Christophe Vasseur dice tener un récord: «Si tengo que dar una cifra, la fermentación de mi pan toma dos días, y la fermentación del otro 99,9 por ciento de los panaderos es de dos horas». En la travesía molecular de las harinas que se convierten en pan, la diferencia entre lo ordinario y lo superior reposa en el tiempo. En panificación, el tiempo es ese recurso preciado que se invierte —o no— para que las masas se fermenten. Vasseur hace alarde de él. Fermentar las masas es ponerlas a reposar para que se oxiden intencionalmente y en ellas se logren aromas, sabores y texturas que sin fermentación no se logran. Las masas para pan se fermentan por acción de diversos tipos de levaduras, unos cultivos orgánicos elaborados con distintas fórmulas y tradiciones. Tiempo, fermentación y levaduras: la gema del pan francés. Antoine Parmentier, el farmacéutico y nutricionista francés precursor de la química alimentaria y que en 1782 fundó la Escuela Gratuita de Panadería de París, creía que la fermentación era «el alma de la fabricación del pan». Hoy Vasseur ha conquistado el tiempo de su oficio.

Parmentier se refería exclusivamente al levain, un tipo de fermento natural que madura a lo largo de cuatro o cinco días a partir de una mezcla de agua con harina. El resultado en sí es una masa que se añade como ingrediente a las masas principales para que fermenten y se inflen (leven). El levain es el responsable de que la corteza de los panes sea espesa y crujiente, y de que la miga resulte densa y a la vez elástica e irregular. El pan hecho con levain tiene un sabor fuerte, agreste, agradablemente amargo. Es un pan que se conserva al menos una semana sin que se note su degradación, y es de más fácil digestión debido a que las bacterias lácticas que contiene inhiben la acción de microorganismos indeseables en el intestino. En el manual del oficio del Instituto Nacional de la Panadería-Pastelería, la fermentación con levain es presentada como «el método noble y tradicional que le exige al artesano una gran habilidad y una atención extrema», otra forma de decir que es la esencia de la destreza panadera.

Pero el mismo Parmentier reconocía que el costo de lograrla eran jornadas extremas en las que el panadero era sometido a un «esclavismo lamentable». Para facilitar el trabajo en el amasadero, existe la levure, el otro tipo de levadura natural. Se fabrica a escala industrial a partir de un hongo microscópico similar al que se usa para fermentar vino y cerveza. Las masas que contienen levure se fermentan más rápidamente y levan incluso más que las hechas con levain, pero la miga resulta más liviana y su sabor más simple y ligero. Tienen en su contra un tiempo de conservación bastante más corto y un bajo valor nutritivo, pero la ventaja de resultar aún de calidad y la capacidad de reducir el esfuerzo cotidiano al valerse de un fermento comercial listo para ser usado. Es comprensible que, al aparecer en el mercado, la levure desplazara al antiguo y riguroso levain, y fue inevitable que, al hacerlo, se fueran relegando las virtudes de la vieja escuela. Hoy, aunque la levure es admitida como un ingrediente de la panadería tradicional francesa y se usa para preparar panes de buena calidad, muchos panaderos procuran reducirla a cantidades mínimas y privilegian el uso del levain, como para demostrar que el alma de su pan está cargada de paciencia.

V

Steven Kaplan, el mayor historiador del pan francés, formuló una escala de valores para juzgar un buen pan: 1. El aspecto. 2. La corteza. 3. La miga. 4. La mordida. 5. Los aromas y olores. 6. El gusto y los sabores. Y como bonus: la armonía entre todas las anteriores y algo a lo que Kaplan llama panimaginaire, una invitación a cada consumidor a dar libre curso a su fantasía evaluando el pan. Esos criterios pueden servir como un esquema de calificación que otorgue veinte puntos a la excelencia de un pan. «Un sistema de notación, como una teoría cualquiera, es reductor, pero esa es su naturaleza y la fuente de su posible utilidad», dijo Kaplan. Djibril Bodian, un panadero de treinta y ocho años nacido en Senegal, ganó este año el concurso de La Mejor Baguette de Tradición Francesa de París, que, además de recompensar al triunfador con cuatro mil euros, le da un contrato para proveer de baguettes durante un año al Palacio del Elíseo, la sede de la presidencia de Francia. Al no elaborar baguettes, a Vasseur ese concurso le resulta indiferente. A Bodian, quien llegó a los seis años a este país y hoy es el administrador de la panadería LE GRENIER À PAIN, por el contrario, le interesa tanto que es el único que lo ha ganado dos veces.

En marzo de 2015, Djibril Bodian y más de doscientos colegas llegaron a la Cámara Profesional de Artesanos Panaderos-Pasteleros, un elegante edificio en el distrito siete de París, para presentar sus mejores baguettes al concurso. Las traían a la mano, escondidas a medias en bolsas de papel o apenas sostenidas por el lomo con un cinto de folio. Durante la mañana y parte de la tarde, los panaderos fueron pasando de uno en uno para someter sus barras a la primera prueba: peso y talla. Debían tener entre cincuenta y cinco y sesenta y cinco centímetros de largo, y pesar entre doscientos cincuenta y trescientos gramos. Las baguettes que superaron ese primer filtro avanzaron al escrutinio mayor ante un jurado de quince miembros compuesto, entre otros, por funcionarios del Municipio, representantes de la industria gastronómica, internautas aficionados y el panadero ganador del año pasado. Tras hacer tronar entre sus manos los panes para oír como cantaban las cortezas, después de hincarles la nariz en la miga para extraerles el aroma, habiéndolos probado todos con una metodología de catadores de vinos, incluso escupiendo algunos trozos para no saturarse, los jueces sentenciaron que la baguette de Bodian superó a las del resto de competidores en sus cinco criterios de juzgamiento: aspecto, miga, olor, sabor y cocción. Su pan, mantenido en fermentación durante veinticuatro horas antes de entrar al horno, tuvo un aspecto impecable, con una corteza crocante que permitía una mordida sin mucha tensión. Tuvo los alveolos de la miga –las cavidades aireadas de la masa– desiguales como tienen que ser, con la apariencia salvaje. La cocción fue perfecta, bien-cuite, y el sabor logró una paleta agradable con un acento amargo y otros de miel y avellanas. Tras ganar el primer concurso en 2010, los ingresos en la panadería de Bodian aumentaron un treinta por ciento. Con el segundo galardón y un prestigio elevado, la mejor baguette de París aún cuesta un euro con diez centavos. «Yo quiero llegar a la mayor cantidad de gente con un pan de calidad a un precio razonable», me dijo Bodian frente a los hornos en su panadería. «A mí no me interesa pensar en una categoría de lujo». La alcaldesa de París le entregó su premio el Día de la Fiesta del Pan.

Cada mes de mayo, durante la semana en que se celebra a Saint Honoré, el patrón de los panaderos, la Fiesta del Pan invade Francia celebrando las virtudes de los métodos artesanales en oposición a la arremetida industrial. En París, todo sucede bajo un galpón enorme en la explanada de la catedral de Notre-Dame, donde la secuencia completa de la panificación es realizada a puertas abiertas para que la admiren miles de visitantes. Los panaderos, veteranos y aprendices, amasan, hornean y hacen de expositores abnegados. Los niños son invitados a dar forma a las masas, abundan los selfies de turistas sosteniendo una baguette o abrazando a un panadero, los clientes se amontonan en los puestos de venta donde se despachan por cargas los panes apenas salidos del horno. Es una operación de marketing basada en el orgullo de la que hacen parte las principales confederaciones y algunos de sus panaderos estrellas. Vasseur nunca está presente: ni lo buscan ni lo invitan. En ese entorno de fraternidad panadera, su nombre resuena como un eco lejano. «Al señor Vasseur lo considero una persona en reconversión. No nació en el oficio, pero se desenvuelve bien y es bastante hábil con la promoción», dice Dominique Anract, panadero y presidente de la Cámara Profesional de Panadería de la región Ile de France, una de los organizadoras de La Fiesta.

Alcanzar la excelencia implica recuperar las viejas prácticas. Basile Kamir, un ex periodista de la legendaria revista francesa ACTUEL que también se convirtió en panadero y hoy está a la cabeza de Le Moulin de la Vierge, una cadena de panaderías artesanales con cinco locales en París, figura como el primero en retomar a finales de los años setenta el trabajo clásico con el levain. «Ya nadie sabía cómo hacerlo. Hubo que reinventarlo todo, trabajar de manera empírica», le dijo Kamir a una revista de Le Monde. Pero la sola experiencia no fue suficiente. Para recuperar los fundamentos de ese método, Kamir tuvo que acudir a LE PARFAIT BOULANGER, un tratado del siglo XVIII sobre la fabricación y el comercio del pan, escrito por Antoine Parmentier. Los panaderos que en adelante le siguieron la ruta, entre ellos Vasseur, comprendieron que el futuro de la panadería francesa estaba en poner al día a la tradición.

VI

Los panes de Vasseur son estrellas de Instagram. En la mesa al exterior de su panadería, una pareja de asiáticos ensaya una sesión de selfies poniendo sus croissants en primer plano. La escena no le sorprende. Vasseur tiene una fanaticada internacional, sobre todo japonesa, que circula en las redes sociales fotografías de sus panes como trofeos del paladar. Con dos golpes de nudillo, Vasseur prefiere seguir hablando de la vida real. «Este es el primer objeto que adquirí luego de firmar el contrato de compra de la panadería», dijo, haciendo un ruido seco sobre la superficie gastada de la mesa a las afueras de DU PAIN ET DES IDÉES. «En principio, esta mesa no tendría nada que ver con el negocio, pero para mí es un símbolo de camaradería y de compartir. Yo siempre he sido un apasionado por el placer de la mesa, por ese momento casi bendito en el que nos encontramos y hacemos la vida alrededor de ella». Vasseur compró la panadería cuando la zona donde está instalada, muy cerca del canal Saint-Martin, era poco concurrida y se arriesgó a tener que cerrarla pronto por falta de clientela, como les ocurrió a las tres panaderías que funcionaron ahí antes de su llegada. Hoy este vecindario, animado por restaurantes y boutiques de diseñadores, es un destino para turistas, foodies y otros sibaritas parisinos.

La panadería de Vasseur es el principal atractivo, pero no sólo por su pan. El interior tiene la gracia de una galería de arte clásico o de una tienda de antigüedades finas. Las paredes están copadas por espejos palaciegos con marcos dorados, el techo está cubierto con una pintura bajo vidrio de alegorías celestiales, y una parte de la fachada lleva otros frescos con escenas de trabajo en campos sembrados de trigo, obras todas ellas del reputado taller decimonónico BENOIST ET FILS. Las viejas latas de galletas y caramelos que se exhiben en las ventanas, las vitrinas, los canastos y los platones que contienen los panes, todo lleva el matiz delicadamente tostado de las cortezas y de la piel quebrada de las viennoiserie. Con letras doradas sobre toldos negros o adheridas a los vidrios de las ventanas, algunas frases funcionan como piezas de un manifiesto: «Harinas biológicas». «Trabajo sobre levain natural». «Hojaldre con mantequilla fina». La intención de Vasseur, calificado en la revista M DE LE MONDE como «maestro en el arte de vender la autenticidad», es revivir el espíritu panadero de finales del siglo XIX. El local de su panadería data de 1875 y está inventariado en el patrimonio suplementario de monumentos históricos. En el barrio, el panadero estrella es un vecino ilustre. Mientras conversamos, varios pasantes lo saludaron con cortesía. Con dos de ellos cerró acuerdos para juntarse a comer, y un tercero le dejó sobre la mesa una bolsa pequeña de papel celofán, a través de la cual se veía un hermoso macarrón de un dorado intenso. “Es de trufa blanca”, le dijo el hombre. “Mire, qué maravilloso”, me mostró el panadero. “¡Un macarrón de trufa blanca de Alba! ¿Se da cuenta? Eso es compartir. ¡Esa es la vida!”, dijo.

Hoy Vasseur disfruta más de la vida porque puede empezar su día a media mañana, ocuparse de tareas de administración, supervisar que tras bastidores todo marche según el cronograma y poner las manos en la masa sólo si hace falta. Entonces, si hace falta, viste su traje de obrero, no un uniforme clásico de dos piezas sino un overol blanco de rasgo industrial. La eficiencia en la organización del trabajo y la capacidad de enseñar para luego delegar las funciones es más un atributo que una deshonra. “La belleza de esto es que ejerzo un oficio sin tener la impresión de que es un trabajo. Es como si fuera un hobby. Me tomó cuatro años y dieciséis horas al día levantar el negocio, pero ahora tengo un ritmo bastante tranquilo. Hoy soy más un capitalista que explota al proletariado que un obrero”, dijo Vasseur riendo, como queriendo que no se lo tome en serio.

Como todos los días en DU PAIN ET DES IDÉES, el proletariado empezó el trabajo a las dos de la mañana. A esa hora llegó Sam Yong, una japonesa delgada y discreta que asegura ella sola el primer turno de la jornada. Al amanecer llegó otro japonés, el multifuncional Kenji Kobayashi, y sus dos colegas touriers, especialistas en vías de extinción dedicados específicamente a la finísima tarea de preparar las masas de hojaldre para las viennoserie. “Hace treinta años que en las escuelas de panadería de Francia ya no se enseña el trabajo del tourier. ¡Es dramático!”, dijo Vasseur. “El resultado es que la mayoría de las panaderías hoy venden croissants industriales, que llegan congelados desde una fábrica y por eso todos tienen el mismo sabor. Estoy convencido de que, dentro de veinte años, cuando alguien quiera aprender a hacer croissants, le van a decir que tiene que ir a Tokio, donde algún discípulo de Christophe Vasseur”. Por ahora, sus discípulos dominan la receta de sus croissants con masa levée feuilleté, que a diferencia de la feuilleté corriente, sólo hojaldrada, tiene una consistencia más robusta debido a la adición de una dosis de levure, la levadura de producción industrial también conocida como levadura de panadero. Las diversas recetas de croissant varían según los ingredientes (huevos, azúcar, levadura) que se suman a la masa básica compuesta por agua, harina y sal, y por el método para juntar a esa masa el componente esencial que es la mantequilla. No obstante, cualquier fórmula que se precie exige una alianza de precisión artesanal y cálculo matemático para que el resultado sea esa fascinante estructura laminada como hojas de libro viejo. Los croissant clásicos, que usan solamente harina, agua, sal y mantequilla, terminan compuestos por setecientas treinta capas de hojaldre luego de que a la masa se la dobla en tres y, con intervalos de descanso y enfriado a tiempos controlados, se repite esa operación seis veces. Los de Christophe Vasseur, habitués en los ránkings de críticos profesionales y foodies entusiastas, son una joya con la corteza intensamente caramelizada, un interior corpulento que no se deshace en migas como los preparados con el apuro industrial, y un poderoso sabor a mantequilla que sin embargo no deja una sensación grasosa.

Vasseur está conforme con que de ese trabajo de refinada joyería se encargue un grupo de artesanos extranjeros. “Encontrar personal fiable y motivado en Francia es imposible. Cuando he necesitado empleados y he acordado citas, el ochenta por ciento no se ha presentado, y de los que han venido la mayoría han resultado mediocres, así que renuncié a formar franceses y decidí formar sólo a japoneses. Ellos tienen un profundo sentido de lo bello, de la estética, y sobre todo una relación histórica con la tradición y un profundo apego al maestro, al sensei, a quien tiene el poder y la ciencia, y de quien reciben, de manera casi bíblica, el conocimiento”. Hace unos años, Sakiko, otra de las empleadas japonesas que trabajan con él, había llegado a París de visita. Fue a DU PAIN ET DES IDÉES porque aparecía recomendada como atracción en su guía de viaje. Sentada en la mesa del exterior comió un trozo de Pain des amis y una empanadilla de manzana, y entonces sintió un llamado. “Nunca había comido algo así. En ese instante decidí convertirme en panadera”, me dijo Sakiko al empezar su turno en la panadería de Vasseur.

La japonesa volvió a su ciudad y, tiempo después, cuando todavía trabajaba como cocinera, le escribió a Vasseur para pedirle que la aceptara como aprendiz. Ahora ya lleva tres años de empleada. Años antes, Ryuko, otra panadera japonesa, estuvo de practicante durante tres meses. Cuando regresó a Osaka, abrió la panadería Louloutte, donde prepara croissants, escargots y panes de miga espesa inspirados en los de su maestro. Fue Ryuko quien le recomendó a su amigo Kenji Kobayashi que buscara un puesto en DU PAIN ET DES IDÉES. Y así avanzó la saga japonesa, entre contactos y recomendaciones. Kobayashi lleva más de cinco años trabajando allí y entre los críticos se le reconoce una reputación propia por haber elaborado recetas deslumbrantes, como la del pan perfumado con Nikka, el cotizado whisky japonés. Este año regresará a Tokyo para abrir también un negocio aprovechando lo aprendido junto a Vasseur. “Su pasión se nota en su gusto por enseñar. Es una persona bastante sabia”, dice de él Kobayashi. Vasseur colecciona halagos de sus obreros devotos. “El más bello homenaje que un panadero japonés ha podido hacerme es decir que yo marco la ruta. Yo vengo de la montaña, y ahí quien marca la ruta es el que va adelante en las expediciones, el que toma todos los riesgos, el que lleva la voz de mando y a la vez facilita el camino para los que vienen detrás. Yo creo que, al decir eso, ese panadero entendió todo”. Ningún panadero francés le haría a Vasseur sentirse un sensei.

VIII

Christophe Vasseur siempre reconoció que su ruta estuvo marcada por Jean-Paul Mathon, el panadero que lo recibió de aprendiz para que se iniciara en el oficio. Ese artesano discreto se ha negado siempre a conceder entrevistas, en Internet se encuentra un solo retrato suyo y las pocas reseñas que hablan de él, además de alabar lo sublime de su panadería LA GAMBETTE À PAIN, recuerdan que se trata del reservado maestro del publicitado Vasseur. Por ahí se dice también que Mathon cerró su negocio durante dos años y se fue a Taiwán para aprender mandarín, y que a su vuelta, en 2010, la guía Gault & Millau le concedió a LA GAMBETTE À PAIN el título de Mejor panadería de París. Tampoco entonces Jean-Paul Mathon dijo nada. Su pan siempre ha hablado por él. Vasseur ha declarado que en las cortas seis semanas que pasó junto a él pudo aprender las bases del pan, pero no de las viennoiserie, esas piezas refinadas de masa hojaldrada y brioché. Para eso contrató un tourier, el especialista en prepararlas. Lo observó preparar el hojaldre y luego perfeccionó la técnica añadiéndole sus astucias propias. “Así debe ser en el artesanado”, me dijo Vasseur. “Una vez que el principio es entendido, lo que uno hace debe ser personalizado”. Hay quienes creen que al personalizar se le fue la mano.

En la panadería de Jean-Paul Mathon, en lo alto del distrito veinte de París, un hermoso bloque de pan moreno, compacto como un adobe, luce idéntico al célebre Pain des amis de Vasseur. El de Mathon también está bautizado, se llama Mon pain préféré, mi pan preferido, y al igual que el pan de los amigos tiene una clara fragancia ahumada, aunque menos intensa y más dulzona, con un ligero acento de vainilla. Como en la panadería de Vasseur, hay en sus estantes la mouna, un pan brioché perfumado a la naranja, especialidad tradicional de los pieds-noirs, esos ciudadanos europeos que habitaban en Argelia antes de su independencia; y la empanadilla de manzana que se distingue entre cualquier otra por no llevar en el interior un puré acuoso sino una crocante mitad de la fruta. Hay en ambos locales, de Mathon y Vasseur, panes similares rellenos con ingredientes dulces y salados, y tartaletas de frutas con el mismo aspecto reluciente. Mathon también ofrece panes especiales los viernes y cierra su local los fines de semana. Las similitudes de obra y de concepto son la prueba de que entre ambos hubo una secuencia. “Ahora ya no tienen una buena relación”, me dijo Steven Kaplan, evitando entrar en detalles.

Vasseur ha declarado que empezó a hacer su Pain des amis de manera casi lúdica para comerlo con sus amigos en el brunch de los domingos. Y que luego, ante el deleite provocado, fueron esos amigos quienes le incentivaron a que lo pusiera en el menú de su panadería. Vasseur ha declarado también que se trata de un pan que hasta los años cincuenta se encontraba en las zonas rurales de Francia, de los que se conocen como pain de campagne, típico de una técnica de cocción con fuego de leña, y que él lo reprodujo manteniendo la fermentación lenta que se toma dos días, cociéndolo en un horno con piso de piedra y aplicándole quiebres de temperatura durante el horneado para que logre esa corteza como de un árbol antiguo. Vasseur no se adjudica la invención de ese tipo pan, pero al que sale de su horno lo personalizó con todo el rigor de su experticia en mercadeo: al nombre le juntó una lustrosa licencia de copyright: Pain des amis©. Lo que desde lejos podría parecer una polémica intrascendente, en el país de la baguette es capaz de levantar discusiones impetuosas. Los blogs especializados son el terreno del escarnio. En marionadecouvert.com, un usuario identificado como Colin reacciona a una reseña sobre la panadería de Vasseur: “Es donde el panadero Jean-Paul Mathon que Christophe Vasseur hizo su formación. Un panadero muy discreto del que Vasseur se ha servido exageradamente. Vaya a ver y encontrará el Pain préféré, que Christophe Vasseur copió para hacer su Pain des amis (digo copiar porque el resultado es casi idéntico, y de hecho el Pan préféré es mejor y más barato, pero Christophe Vasseur siempre ha alardeado de su invención, y ese no es el caso)”. El autor del sitio kitchenaroundthecorner.com, dice: “Mon pain préféré no deja de recordar al Pain des amis de Vasseur, con el mismo gusto ahumado, la miga bien alveolada y una corteza bien tostada, pero tengo mi preferencia por Mon pain préferé”. En el sitio painrisien.com el asunto sube de tono. El usuario uncafeladittion comenta: “Probé el Pain préféré de Mathon, que al parecer ha sido retomado por el alumno Vasseur con su Pain des amis. Me sorprendió la anécdota de Vasseur que dice cómo nació su pan. ¿Entonces, la información es tergiversada? ¿Quién es el verdadero creador?”. Otro, identificado como Mingu: “Me sorprendió y también me molestó un poco ver a qué punto Christophe Vasseur ha retomado ciertas ideas de su maestro J.P. Mathon sin reconocerle el crédito (suponiendo que esos productos existían previamente donde J.P. Mathon). Yo solo conocía a Christophe Vasseur, nunca había escuchado hablar del ‘original’”. Una usuaria identificada como Prevost dice tener la voz autorizada: “Yo soy una de las vendedoras de la panadería del señor Mathon. Tengo que decir que él es el creador del Pain préféré y que es él quien enseñó a otros panaderos. El señor Mathon prefiere estar en el amasadero buscando los pequeños detalles que van a marcar la diferencia, antes que estar frente a las cámaras”. Es probable que fuera esa misma vendedora la que, sin querer darme su nombre, me diría algo similar cuando visité la panadería de Mathon: “Mi patrón empieza a trabajar a las dos de la mañana y sale a las ocho de la noche. Él es un hombre tímido, vive en su mundo, solo le interesa vivir su pasión, no es como otros, que pasan su tiempo hablando con la prensa y dejan que todo el trabajo lo hagan sus empleados”. “¿Se refiere a Christophe Vasseur?”, le pregunté. “No nos interesa el señor Vasseur, pero ya sería bueno que a mi patrón dejaran de relacionarlo con él”, respondió. A su patrón se lo veía detrás de unos vitrales, de espaldas a la zona de venta, sumido en el manejo de la paleta que metía y sacaba masas de los hornos. Era evidente que para Jean-Paul Mathon el mundo acaba en el perímetro de su panadería.

10

Todos los caminos conducen a un pedazo de pan. Cuando Steven Kaplan, un joven judío de Nueva York, decidió convertirse en historiador de Francia y de la Revolución Francesa, entendió que para adentrarse en el corazón cultural de su país de acogida había que descifrar el ADN de su alimento insigne. El pan era apenas la punta del ovillo.  No era una garantía pero sí una apuesta. Al preparar su proyecto de tesis doctoral, Kaplan no escribió las veinte páginas que le exigían sino unas ciento veinte, casi de un tirón, inmerso en un gozoso estado de trance. Así comprometió sus siguientes cuarenta años de vida y de investigaciones. De esas cuatro décadas de devoción quedaron once libros del grosor de una Biblia, dos medallas de Caballero de la Legión de Honor que el gobierno francés le otorgó por sus aportes, y una bien ganada fama de monsieur pain entre todo el engranaje del oficio.

Durante el Antiguo Régimen, el período de dos siglos que precedió a la Revolución Francesa, explica Kaplan, la estabilidad del Rey de Francia dependía de su capacidad de aprovisionar el pan para su pueblo. La vida social y económica de los franceses se sostenía en la producción de cereales, que era lo esencial de su alimentación. Como la elaboración de pan y el acceso a él eran el centro de las preocupaciones cotidianas, para que eso ocurriera se creó La Policía del Pan, un cuerpo administrativo encargado de regular los mercados de los granos y las harinas, establecer impuestos y controlar fraudes en el peso y hasta en el punto de cocción del pan. Los panaderos estaban obligados a llenar sus mostradores a cualquier costo y eran presionados para que se ingeniaran la forma de conseguir las materias primas en caso de que faltaran. Al igual que los proveedores de granos y de harinas, los panaderos eran tratados como “agentes de servicio público” y no como simples comerciantes. Las autoridades creían que, si los panaderos faltaban a sus deberes, el pueblo podía explotar en una furia más o menos legítima, y las revueltas que alteraran el orden público eran lo que menos querían. Pero ocurrieron.

Una serie de motines conocidos como la Guerra de las Harinas desataron el caos en 1775, cuando la carestía de los cereales elevó el precio del pan. La gente, cuya exigencia era “pan de buena calidad, en cantidad suficiente y a precios razonables”, protestó en las calles blandiendo repulsivos trozos de pan negro como símbolo de las penurias, y las panaderías se volvieron el principal blanco de los saqueos. Para los parisinos del siglo XVIII, la buena calidad del pan era un asunto de dignidad elemental: su insatisfacción podía alentar una insurrección. La Revolución que explotó en 1789 tuvo en la Guerra de las Harinas un antecedente, y en la escasez de pan y el aumento de su precio una de sus causas determinantes. Una de las escenas más evocadas de ese capítulo decisivo de la historia francesa es la que recuerda a siete mil mujeres armadas con picos, trinches y bastones que, el 5 de octubre de ese 1789, marcharon hacia el Palacio de Versalles exigiendo el pan a gritos. Para hacer presión frente al rey Luis XVI llevaron consigo, en las líneas del frente, a los panaderos de París, y mientras ellas marchaban, en las calles se repartían panfletos que recordaba la existencia de un pan mejor y más barato. La protesta terminó con la invasión del Palacio de Versalles y varios guardias asesinados. Luis XVI y la reina María Antonieta se salvaron y debieron abandonar Versalles para instalarse en París, pero antes una comitiva de las mujeres pudo entrevistarse con el Rey y lograr que aceptara sus demandas. El pan tenía al pueblo y a las elites rendidos a su voluntad. La Enciclopedia Metódica, lanzada por el librero Charles-Joseph Panckoucke, cita que ese año había otros víveres disponibles para la alimentación, pero que “la mayoría de la gente creía morir de hambre si no había pan”. Se trataba de un asunto muy francés porque, al mismo tiempo, según la historiadora Bee Wilson, Italia había cambiado el pan por la pasta e Inglaterra había iniciado su afición por el azúcar como fuente principal de calorías. En el país de la Revolución, se hablaba de la tiranía del pan.

Emanciparse del peso histórico y cotidiano de ese alimento se volvió una urgencia. Con el paso de los años ocurrió de manera casi natural. Las innovaciones tecnológicas, los avances sociales, la adaptación a una dieta más diversa, las regulaciones políticas y la mecanización del trabajo (que demandó menos esfuerzo físico a los obreros y por lo tanto menos calorías derivadas de su ingesta) hicieron que el consumo de pan se fuera al suelo. Fue entonces cuando lo logrado se convirtió en un problema. Para los industriales del pan se volvió una obsesión recuperar lo perdido. “Una de las cifras más elocuentes de la historia de Francia desde hace tres siglos es precisamente la del consumo de pan por persona al día”, dice Steven Kaplan en uno de sus libros. El declive en el consumo continuó hacia la mitad del siglo XX. La Segunda Guerra Mundial y una mezcla de mala prensa y rumores infundados sobre supuestos perjuicios para la salud tuvieron efectos nefastos. “Las advertencias ‘científicas’ iban de la estigmatización del pan como responsable de la subida de peso hasta la acusación de ser cancerígeno y provocar tuberculosis, alcoholismo y caries dentales”, escribió Kaplan. En 1957, la directora de una escuela en Cotes-du-Nord prohibió que se les sirviera pan a los niños en el almuerzo escolar. Al año siguiente, la Confederación Nacional de Panadería planteó un juicio a la revista semanal LA PRESSE por haber publicado que el pan era un “veneno temible”. Ya unos años antes, un incidente de histeria colectiva había dejado consecuencias verdaderas. En agosto de 1951, en Pont-Saint-Esprit, una comuna en el sur de Francia, cientos de personas sufrieron intoxicaciones que degeneraron en crisis alucinatorias en la vía pública. La prensa reportó que un hombre se creyó un avión y saltó desde un segundo piso, que otros se retorcían sintiéndose poseídos por serpientes y que un niño estranguló a su mamá en un ataque de ira. Cinco personas murieron, más o menos cincuenta fueron internadas en hospitales psiquiátricos y un número incierto más en hospitales comunes. Nunca se estableció la causa concreta de este mal, pero hasta hoy se cree que la intoxicación se debió a un parásito que infectó harina de centeno. Todas las víctimas de Pont-Saint-Esprit habían comido el pan de una panadería del pueblo llamada Briand. Al affaire se lo conoce desde entonces como “El pan maldito”.

Pero la verdadera maldición del pan francés fue la caída en el consumo porque su calidad era cada vez peor. Ya no eran sólo razones externas las causantes sino algo relacionado con el ADN que lo hacía insigne, con la tradición que alguna vez lo encumbró. “Esta afirmación contradecía un estereotipo que alimentaba un cierto orgullo patrio: que el buen pan francés era el mejor pan del mundo”, me explicó Steven Kaplan. En 1962, el Centre Nacional de Coordination des Etudes et Recherches sur la Nutrition et l’Alimentation publicó LA CALIDAD DEL PAN, un estudio de mil páginas que revelaba las causas de la desgracia. Decía que el trigo usado para las harinas era alterado genéticamente y tratado con abonos químicos para asegurar su crecimiento, que las harinas eran cargadas de aditivos para mejorarles el sabor y el rendimiento, que la levadura natural (levain) había sido reemplazada por la levadura de panadero (levure), la que, aunque proveniente de un hongo natural, era percibida como química. El informe destacaba un pecado mortal: el sacrificio del tiempo. A las masas apenas se las dejaba reposar, impidiendo que una fermentación apropiada le permitiera alcanzar los aromas deseados. Se buscaba producir más y más rápidamente, y para eso eran más eficientes los hornos a combustible que los que usaban leña o bloques de piedra. Además, era una época en que el Estado fijaba los precios en lo mínimo posible, por lo que no interesaba mejorar las materias primas pero sí aumentar las ventas por volumen (el precio del pan, fijado por el Estado desde 1791, se liberalizó casi dos siglos después). En pleno revuelo industrial en esa parte del mundo, la panadería artesanal se entregó a la lógica mecanizada. La calidad tenía como sinónimo la innovación y no la nostalgia. Atrás habían quedado los panes de los años treinta elaborados todavía con levain, amasados a mano y dejados en fermentación por largas horas. Volvió con fuerza el plan blanco, ese pan de aspecto higienizado, con su corteza delgada y quebradiza, su miga ligera e inflada como una espuma de poliuretano, insípido y sin el menor contenido nutricional. Era la antítesis de aquel por el que la gente había peleado en las calles en la Revolución Francesa. Durante más de tres décadas, y hasta inicios de los años noventa, los franceses y su pan vivirían una intensa historia de desamor, hasta que molineros y panaderos acordaron revivir las bondades de otra época. Los primeros producirían harinas sin aditivos y los segundos retomarían el método con levain y el largo reposo. Se estableció el “decreto pan” durante la presidencia de Mitterrand, y aparecieron los primeros paladines que rescataron del olvido un arquetípico pan francés.

Unos años más tarde apareció un resuelto Christophe Vasseur a buscarse un lugar donde nadie lo esperaba. “Él sabía que todo el sistema estaba estructurado en su contra, que le iba a ser hostil. A los panaderos no les gusta los outsiders”, me dijo Steven Kaplan. “Pero trabajó mucho para ganar credibilidad. Experimentó, tomó riesgos, fue atrevido. Y aunque no podía anticipar las consecuencias, tuvo una idea intuitiva y genial, con gran sentido de la estética y del sabor. Pasó de tener una gran variedad de panes a enfocarse en su Pain des amis, un pan seductor, suntuoso, voluptuoso. Debido a todo eso llegó a tener visibilidad. Como el individuo atractivo que es, empezó a aparecer cada vez más en los medios. Tuvo la capacidad de imponerse”. El día que me citó en la panadería de Dominique Saibron, mientras tomaba un segundo café con leche, Kaplan fue preciso al mencionar que la gloria de un panadero no es sólo un asunto de destreza artesanal. “Entre los panaderos hay una sola forma de medir el éxito, que no es el juicio sobre si el pan es delicioso o no, sino sobre cuán altos son los ingresos que tienen, y evidentemente a Vasseur le va muy bien. Creo que por todas esas razones, desde la tradición dinástica y la organización sindical del oficio lo ven con una dosis de envidia y de desdén”. Hay pan para todo el mundo, dicen los panaderos franceses respecto a la libertad de elegir la alcurnia de sus productos. En un extremo del abanico está Christophe Vasseur, con declaraciones altisonantes pero no poco ciertas. “Yo vendo el Hermès del pan”, dice. “Vendo pan a más de diez euros el kilo, mis escargot cuestan tres euros con diez centavos. Nadie hace eso. Pero nadie hace pan con esta calidad. Encuéntreme un solo artesano que utilice materias primas como las mías. No hay uno solo”. Si Vasseur estuviera equivocado, su panadería no estaría tan llena de gente que cree que el pan también puede ser un artículo de alta costura. Un artículo de lujo francés.

SEÑORAS Y SEÑORES
LO QUE ESTÁN HACIENDO
NO ESTÁ MUY BIEN

En el año 1999, The New York Times contrató al humorista Randy Cohen para resolver una vez por semana los dilemas éticos de sus lectores. Más de quince años después, la columna The Ethicist nos sigue mostrando que ser éticos no tiene que ver con cumplir reglas.

¿Por qué es tan difícil ser tan bueno?

Una crónica de José Manuel Simián

Cada noche a las 8:15, desde la ventana de su apartamento, una mujer miraba como su vecino se duchaba. Era un chico apuesto que nunca cerraba sus cortinas, y ella disfrutaba mirándolo, pero no sabía si era correcto. Decidió escribir a The New York Times para sacarse la duda. Desde 1999, el diario más influyente del mundo responde los dilemas éticos de sus lectores a través de una columna llamada The Ethicist en su revista dominical. «Si el guapo de tu vecino se olvidó una noche de cerrar sus ventanas, tu deberías respetar su privacidad», le respondió Randy Cohen, el primer Ethicist que tuvo el periódico.

«Pero si deja las cortinas abiertas todas las noches en una gran ciudad, puedes asumir que sabe lo que está haciendo. Así que ¡disfruta!». Los vecinos desnudos, escribió Cohen al final, «son parte del espléndido panorama de una ciudad como Chicago», igual que sus edificios famosos. Era una de las típicas bromas con las que Cohen, un escritor de comedia convertido en consejero ético, solía rematar sus columnas. Pero los dilemas de sus lectores no siempre eran tan fáciles de resolver.

En el año 2000, una mujer de Nueva York se preguntó si era correcto llevar su bebida y bocadillos al cine aunque estuviera prohibido. Por culpa de esa regla, quienes van a ver películas deben comprar popcorn a un precio desmedido. Si no la cumplen pueden ser expulsados de la sala. En vez de acudir a una agencia de protección al consumidor por los abusos del cine, la mujer decidió escribir a The Ethicist.

—Si hablamos de transgresiones, la suya es menor, pero es una transgresión —le respondió Cohen—. Ir al cine es estrictamente voluntario, y desde ese punto de vista, al comprar una entrada aceptas las limitaciones que vienen con ella.

Hacer siempre lo correcto puede ser aburrido, pero ser ético no significa acatar ciegamente las reglas. Por eso el dilema del popcorn no acabó allí. Un año después de publicar esa respuesta en el magazine, Cohen hizo algo inédito en el tiempo que llevaba como Ethicist: cambió de opinión y publicó su primer mea culpa. Ahora pensaba que los cines abusaban de su poder de fijar las reglas del trato con sus clientes. Si su tarea fuera simplemente decir a sus lectores que respetaran las reglas sin importar cómo habían sido fijadas, escribió, su trabajo «podría ser hecho por un mono».

En este caso, dijo Cohen, había que distinguir el negocio principal de los cines (vender funciones de películas) de su negocio secundario (vender popcorn). En otras palabras: puedes llevar tus bocadillos de contrabando al cine, pero sería incorrecto llevar un termo con espresso a un café.

Trece años después de aquel mea culpa, una tarde de agosto de 2014 en un café de Nueva York, le pregunto a Cohen por qué el dilema del popcorn es el primero que se le viene a la cabeza cuando le pido un ejemplo de un caso que lo haya hecho transpirar. Después de todo, durante sus doce años como Ethicist, tuvo que responder dos preguntas por semana. Más de mil doscientos dilemas.

—Porque es una pregunta que parece muy simple —dice—, pero es muy compleja.

Randy Cohen tiene razón. Las únicas preguntas éticas interesantes son esas: las más ambiguas y sutiles. Sabemos que robar está mal, pero si hallamos un sobre repleto de dinero en un lugar público no sabemos bien cómo actuar. Sabemos que mentir está mal, pero vacilamos en contarle una noticia grave a un familiar que sufre del corazón. Sabemos que el adulterio está mal, pero ¿qué hacer si nuestra esposa ya no quiere tener sexo? «Tú puedes buscar sexo en otro lado discretamente, delicadamente, tratando de no causarle vergüenza —le respondió Cohen a un lector que le planteó ese dilema—. O ella tal vez encuentre este modus operandi intolerable y puede dejarte. Pero tienes que darle la opción de decidir». Tu deseo es digno de respeto, escribió Cohen, tu mentira no.

Las definiciones de manual sobre lo que es la ética suelen ser vacías —«Reglas de conducta basadas en ideas de lo que es moralmente bueno o malo», dice el popular diccionario Merriam-Webster—, y los libros sobre la ética dedican páginas y páginas a los grandes temas —el aborto, la eutanasia, comer animales—, pero suelen dejarnos igual de desamparados frente a los pequeños dilemas que a veces terminan definiendo nuestras vidas. ¿Es correcto romper con un novio al que le han diagnosticado cáncer? ¿Debemos pagar las deudas de un pariente muerto si los acreedores no tienen cómo obligarnos? ¿Es aceptable ‘hacerse el malo’ en una relación amorosa para que la ruptura sea menos dolorosa? ¿Está bien usar el estacionamiento de mi vecino que está de vacaciones? ¿Debo decirle algo a mi mecánico si veo que tiene un póster con frases racistas? ¿Es correcto salir con la ex de mi amigo? ¿Es obligatorio ayudar a un animal malherido? ¿Debemos contarle a nuestra mujer los secretos que nos confió uno de nuestros amigos en común? ¿Puede una escuela expulsar a sus estudiantes por filmar una pelea después de clase? ¿Qué haces si en la boda de tu mejor amigo ves a la novia saliendo de una habitación con otro hombre? ¿Está bien ocultar una enfermedad a nuestros seres queridos para no preocuparlos?

Este tipo de dilemas son los que le dieron vida a The Ethicist, una columna que tras dieciséis años de existencia se ha convertido en un clásico para los lectores de The New York Times: cada domingo hay familias estadounidenses que juegan a leer las preguntas y a tratar de adivinar la respuesta del Ethicist; hay profesores de ética que usan la columna como modelo para sus clases; la prestigiosa red nacional de radios NPR le dio un espacio propio; y los libros publicados con sus respuestas han sido bestsellers y se tradujeron hasta en coreano. Este fenómeno hizo evidente que los lectores estaban ávidos de respuestas éticas, pero también que eran capaces de reaccionar con fanatismo si no estaban de acuerdo con ellas. En 2013, cuando un Ethicist dijo que estaba bien presentar el mismo trabajo final en dos cursos universitarios distintos, la defensora del lector de The New York Times, Margaret Sullivan, tuvo que salir a contener la furia que desató entre los lectores. La columna del Ethicist puede ser «intelectualmente provocadora y a menudo desafía nuestras concepciones —explicó Sullivan—, pero es sólo la opinión de un hombre, no la voz del Olimpo».

Las discusiones éticas suelen obsesionar a los amantes de las reglas tanto como a los religiosos. En Estados Unidos, un país fundado por puritanos que querían vivir según sus propias normas, abundan las dos cosas. Un estudio reciente de Pew, un prestigioso centro de estudios de Washington DC, demostró que el único segmento religioso que había crecido significativamente en los últimos siete años en Estados Unidos era el de los ‘no-afiliados’. Es decir: ateos, agnósticos y quienes no tienen «ninguna creencia en particular». En un mundo donde cada vez menos personas se rigen por la religión, los estadounidenses buscan respuestas a los asuntos del bien y el mal en otra parte.

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El primer Ethicist que tuvo The New York Times sabía cómo escribir un chiste sobre actualidad, pero nunca fue un experto en ética. Randy Cohen tiene sesenta años y unos ojos inquietos que nunca se detienen detrás de sus lentes. Su apellido judío, su inteligencia vivaz y su trayectoria como creativo lo vuelven parte del mito de un “viejo” Nueva York: una ciudad donde cualquiera que tuviera talento podía vivir de él si trabajaba duro. Cohen llegó a Nueva York a comienzos de los setenta después de graduarse con un bachillerato en música. Comenzó a escribir para todos los medios que aceptaran publicarlo, formó una banda de proto-punk, publicó libros, escribió obras de teatro y pasó a formar parte del equipo de guionistas del show de David Letterman.

Cohen no sabe por qué lo eligieron para hacerse cargo de The Ethicist. En 1999, tras el escándalo que desató el affaire entre Bill Clinton y la pasante Mónica Lewinsky, los editores de The New York Times decidieron crear una columna inspirados por el ambiente de incertidumbre moral que atravesaba el país. El humorista recuerda que lo llamaron para hacer un test junto a varios candidatos y que le pagaron doscientos dólares por la simulación. Estaba seguro de que elegirían a alguien con más credenciales que él para escribir de ética. A un profesor, por ejemplo.

—Nunca pregunté por qué se inclinaron por mí— dice. El experto en responder preguntas nunca hizo la pregunta fundamental: ¿Quién soy yo para decir qué está mal y qué está bien? Cohen intuyó que lo habían elegido por su experiencia para escribir humor, e intentó convertir los dilemas éticos en un asunto digerible. Cada semana elegía para responder las dos preguntas que le parecían más entretenidas, y el humor jugaba una parte explícita en sus columnas. Solía rematar sus respuestas con alguna broma inocente. En el caso del popcorn en el cine escribió: «Si lo metiste de contrabando bajo la camisa, no lo compartas con tus vecinos». Como buen comediante, sabía que no podía aburrir a su audiencia, y evitaba las preguntas que tenían una respuesta obvia o predecible. También elegía aquellas en que alguien debía enfrentar una decisión inmediata: ¿Debo hacer esto o lo otro? ¿Qué curso de acción debo tomar? Cohen llegó a desarrollar una respuesta inmediata a ciertas preguntas: ¡Hay que llamar a la policía! ¡Hay que devolver el dinero!

—Pero trataba de pensarlo bien —dice—, porque nuestra primera reacción a menudo no es la correcta. Es algo que uno aprende cuando tiene once años y le pega a alguien más grande que uno.

Hacer trampa en la universidad, usar el estacionamiento de un vecino ausente o llevar un sándwich de contrabando al cine nos pueden parecer dilemas triviales, un juego de salón para gente obsesionada con la corrección política. Pero cuando escuchamos el grito de una mujer desde nuestro hogar y dudamos en intervenir, o cuando vemos a un padre maltratar a su hijo y preferimos quedarnos callados, es difícil ignorar que nuestras decisiones éticas afectan la vida de los demás y construyen la sociedad en que vivimos. Al convertirse en el primer Ethicist de The New York Times, Cohen tenía solo a un filósofo moral de cabecera: el humanista inglés del siglo XVIII Samuel Johnson, a quien admiraba por su sentido del humor, su capacidad de combinar una visión agria del mundo con empatía, y su creencia de que las preguntas éticas podían resolverse mediante una razón anclada en la realidad. «La verdadera medida de un hombre —escribió Johnson— es cómo trata a alguien de quien no puede obtener ningún beneficio». Cohen tuvo que idear su propio método para resolver problemas éticos, y lo hizo de la manera que le parecía más lógica: sometiendo cada pregunta a distintos filtros. A veces tomaba la ‘regla de oro’ —no hacer a los otros lo que no te gustaría que te hagan a ti— y se preguntaba si su respuesta cumplía con ese test. Otras veces utilizaba el método de Sócrates: discutía los problemas de sus lectores con sus amigos.

—No expertos: amigos —dice.

Después de resolver dudas éticas durante doce años Cohen no se volvió un filósofo ni cambió sus convicciones, pero descubrió que, sin importar lo que otros escriban o nos aconsejen, tomamos nuestras propias decisiones guiados por la intuición. Según Cohen, la mayor parte de los que escribían a The Ethicist buscaban más que nada fundamentos para decisiones que ya habían adoptado.

—Si queremos que la gente se comporte de otra forma —dice—, lo que tenemos que hacer es cambiar esa comunidad, hacer política.

***

En 2011, el hombre con el que Anónima estaba saliendo hacía un año fue diagnosticado con cáncer terminal. El hombre vivía lejos de su ciudad natal, y no tenía familiares cerca. La mujer de pronto se vio a cargo de los cuidados médicos de un novio con quien no quería casarse. «Mi deseo de preocuparme por mis propias necesidades y la culpa que me causa querer abandonar a mi novio se están volviendo insoportables», le escribió Anónima a Ariel Kaminer, la editora de The New York Times que asumió como The Ethicist después de Randy Cohen, «¿cuál es mi responsabilidad?».

—No eres la primera persona en fantasear con huir de sus responsabilidades, pero lo importante son nuestras acciones, no nuestras fantasías —le respondió Kaminer un domingo, antes de rematar su columna como una madre que regaña con cariño—. Deberías ayudarlo. Pero a eso ya lo sabías.

Hacer siempre lo correcto no sólo puede ser aburrido, sino también injusto con nosotros mismos. Para Ariel Kaminer era una cuestión profesional. Kaminer, quien fue la editora original de The Ethicist cuando escribía Randy Cohen, nunca imaginó que en 2011, después de editar dilemas éticos durante años, sus jefes le pedirían que dejara temporalmente su trabajo en el despacho de noticias locales para hacerse cargo de la columna. The New York Times había contratado a un nuevo editor para el magazine, y este decidió ‘limpiar la casa’: despidió a todos los escritores de columnas. Aunque la salida de Cohen fue recibida con furia por algunos de sus fieles lectores, Kaminer nunca sintió presión por sucederlo o por tener responder a preguntas éticas en las páginas del periódico más prestigioso del mundo. Cuando trabajas en The New York Times, me explicó Kaminer por teléfono, te acostumbras a que mucha gente tenga su opinión sobre lo que escribes.

—Todos los que trabajamos aquí recibimos mucho feedback, tanto positivo como negativo —dijo con tono profesional—. No creo que nadie esté llevando la cuenta.

Unos días después de nuestra conversación, Kaminer viajaba en el subway y se topó con un padre y su hija que leían The New York Times y jugaban a ser The Ethicist: trataban de responder la pregunta antes de ver qué había escrito la columnista. Cuando se acercó a hablar con ellos le dijeron que en el colegio de la niña —una escuela católica privada— un profesor hacía semanalmente el mismo ejercicio con sus alumnos en un grupo de lectura.

Kaminer le imprimió a The Ethicist un tono más seco y periodístico que el humanismo con sentido cómico que le había dado fama a Cohen. Su forma de encarar la columna dejaba en evidencia que lo suyo era más el periodismo que las pantanosas aguas de la ética. Una búsqueda de certezas fácticas donde antes primaban las corazonadas guiadas por la razón. La periodista nunca consideró que su trabajo como Ethicist fuera más que una misión temporal. Tal vez por eso, al final de su mandato hizo algo sin precedentes para la columna: le pasó la responsabilidad a los lectores mediante un concurso de ensayos sobre los fundamentos éticos para comer carne. El ensayo ganador se publicó después de la última columna de Kaminer, y le sirvió como despedida. Allí, un profesor universitario de ciencias llamado Jay Bost daba tres condiciones que debían cumplirse para comer carne de forma ética: aceptar la “realidad biológica” de que en nuestro planeta la muerte genera vida y que todos, animales y personas, somos nada más que energía solar; convertir el conocimiento de esa realidad en la compasión de consumir alimentos producidos de manera ética; y finalmente, dar las gracias.

A Randy Cohen le fue más difícil dar las gracias al final de su mandato en The Ethicist. —¿Has sido despedido alguna vez? Es doloroso —me dijo el día que lo conocí.

Cohen sonreía, miraba fijo y se tocaba la calva con la palma de su mano. Habían pasado más de tres años desde el fin de su mandato al frente de la columna, pero la herida parecía no haber cicatrizado del todo. Según él, ver la columna que escribiste por tanto tiempo en manos de otro se parece a ver a tu ex con una nueva pareja. Cohen admitió que después de su despido sólo había leído The Ethicist en una oportunidad: la primera vez que la escribió Kaminer.

—Lamento haberlo hecho. Me di cuenta de que me iba a sentir mal si la nueva columnista era mala, pero también si era mejor que yo.

***

Ningún evento genera tantas opiniones simultáneas sobre lo que otros deben hacer como un partido de fútbol. En 2014, cuando el Mundial de Fútbol de Brasil estaba a mitad de camino, Laren Richardson de California respondió al llamado de The Ethicist para que los lectores formularan preguntas vía Facebook. Era una forma de buscar inmediatez y una apuesta de los editores de The New York Times, que querían aprovechar el fervor futbolístico que despertaba el Mundial. Richardson preguntó entonces por un tema que obsesiona a los estadounidenses que recién comienzan a descubrir el soccer profesional: ¿Es éticamente incorrecto simular un penal, aún cuando todos los jugadores lo hacen, o es simplemente parte del juego?

—El fútbol es el único deporte realmente político en Estados Unidos —me dice Chuck Klosterman, quien estuvo a cargo de The Ethicist durante tres años después de Ariel Kaminer.

Klosterman, un autor que hizo su fama escribiendo sobre deportes, música y cultura pop, disfruta de hablar con cierta malicia sobre lo que representa el deporte más popular del mundo en Estados Unidos. Su teoría es que el gusto de los estadounidenses por el fútbol se conecta en forma directa con la ética: la mayoría de sus compatriotas cree que su país es único y excepcional, lo que además de otorgarles un rol único en el orden mundial, viene acompañado de la idea de que tienen sus propios deportes, distintos de los del resto del mundo. Para Klosterman, los estadounidenses que disfrutan del fútbol —el deporte de los otros— suelen tener también ideas políticas más liberales y no temen que el fútbol diluya la frágil identidad nacional. Y quizás son también menos puritanos que el estadounidense promedio.

—En Estados Unidos, tirarse piscinazos es percibido como el aspecto más vergonzoso del fútbol —le respondió Klosterman al lector que preguntaba si era antiético simular un penal. Según él, a los hinchas estadounidenses les gusta alardear de que su selección juega ‘mejor’ al fútbol por no recurrir a triquiñuelas, a pesar de que nunca hayan ganado títulos importantes.

—El hecho de que la selección de Estados Unidos haga esto con (relativamente) menor frecuencia que sus rivales refleja las tendencias de sus fanáticos. Es más una decisión estilística que ética.

Los hinchas latinoamericanos suelen celebrar la viveza de sus jugadores para obtener un triunfo a cualquier precio. Los estadounidenses, dice Klosterman, suponen que sus deportes como el béisbol y el baloncesto están libres de la contaminación de las malas costumbres extranjeras. Para Klosterman esta visión binaria del mundo se vincula con la existencia de The Ethicist: Estados Unidos, dice, no es otra cosa que un país fundado por personas que creían que el lugar de donde venían no era lo suficientemente religioso.

—¡Personas que tuvieron que venir aquí porque sentían que Inglaterra no los dejaba ser tan religiosos como querían! ¡Les gustaban las reglas!

Cada vez que hablaba sobre la columna en una reunión, y cuando revisaba los cientos de correos que recibía cada semana, Klosterman veía aflorar el espíritu puritano de los estadounidenses.

—Hay mucha gente que querría que el Ethicist dijera regularmente que en la vida real las personas están actuando de manera incorrecta, y que merecen ser castigadas o ridiculizadas.

Durante sus tres años a cargo de The Ethicist, Klosterman desarrolló un método de trabajo parecido al de Cohen: en un archivo iba guardando las preguntas que consideraba más provocadoras de las cerca de doscientas que recibía por semana en su correo electrónico. Día tras día revisaba ese archivo y ensayaba respuestas en su mente. Las meditaba mientras iba al gimnasio, caminaba por Brooklyn o miraba televisión, y luego escribía una respuesta. Si Cohen a menudo usaba a sus amigos como antagonistas para examinar sus respuestas, el método de Klosterman se parecía al del boxeador que tira golpes contra su propia sombra: escribía una respuesta, la dejaba descansar unos días y luego revisaba si aún tenía sentido antes de pasársela a sus editores.

Klosterman veía a The Ethicist como una consecuencia inevitable de su trabajo como periodista y hasta de su nacionalidad estadounidense. Antes de convertirse en el consejero ético de The New York Times siempre estaba trabajando textos largos y complejos que no eran más que el preludio para responder a una pregunta central. Escribía cinco mil palabras sobre un jugador de fútbol americano para hablar de su fe religiosa, ensayaba cuatro mil palabras sobre una banda de rock para averiguar qué significaba odiar algo arbitrariamente.

—A veces pensaba, ¿por qué no escribo directamente sobre la pregunta? Eso es The Ethicist para mí: ir directo a esa pregunta.

***

Antes que hacer preguntas de ética, a algunos lectores de The Ethicist les gusta mostrar que son más listos, más justos o más buenos que los que escriben la columna. Las redes sociales han revelado que nuestra impaciencia por opinar es mayor que nuestra voluntad de ser justos: hoy, quienes comentan las noticias en la web, a menudo ni siquiera se toman el trabajo de leerlas antes de juzgar. La Ley de Godwin —acuñada por un abogado estadounidense en 1990— dice que a medida que se prolonga una discusión en Internet, aumentan las probabilidades de que alguien haga una comparación desproporcionada con Hitler o el nazismo. Citar al Holocausto como medida de mayor aberración ética en la historia de la humanidad suele clausurar cualquier debate. Calificar un hecho o un comportamiento como “nazi” no admite matices. Si algo es totalmente malo o totalmente bueno no hay discusión ética posible.

A principios de 2015 The Ethicist se transformó en The Ethicists: un podcast donde tres panelistas —la novelista Amy Bloom y los profesores universitarios Kenji Yoshino y Anthony Appiah— debaten las preguntas de los lectores. El magazine de The New York Times cambió de editor, Klosterman fue despedido, y la columna se redujo a una versión editada de la conversación digital entre los Ethicists. Algo del fuego original de The Ethicist —el humor blanco de Cohen, la sequedad periodística de Kaminer, la chispa provocadora de Klosterman— desapareció con el cambio de formato. La conversación ordenada de tres voces transformó la misión solitaria y radical de un lego respondiendo preguntas éticas en una sobremesa demasiado formal y políticamente correcta.

La novelista Amy Bloom, quien tiene la misión de evitar que sus dos colegas académicos teoricen demasiado, fue psicoterapeuta antes de convertirse en escritora. Su método para responder a las preguntas éticas de los lectores no tiene que ver con teorías filosóficas: el secreto es la empatía —dice—, la capacidad de ponerse en los zapatos del otro. Cuando habla de su rol en The Ethicists, Bloom suena exactamente como una terapeuta, o como alguien muy entrenado en analizarse: primero piensa qué es lo que percibe sobre la pregunta que tiene entre manos —por ejemplo: ¿Es correcto mentirle a mi marido para obligarlo a que vaya al doctor? Para Bloom, sí—, y después cuestiona su propia percepción: ¿Estoy proyectando algo propio en esta pregunta? ¿Estoy empatizando demasiado con una de las personas involucradas en este conflicto?

La empatía es un atributo escaso en la era de los linchamientos virtuales. Bloom se ríe del otro lado del teléfono al recordar uno de los mensajes que llegó a su inbox, un mensaje que han recibido alguna vez todos los que ocuparon la extraña posición de ser el Ethicist de The New York Times.

—Este lector me preguntaba que cuáles eran mis calificaciones para ejercer este cargo —dice Bloom, divertida—. Según él, todo sería mejor si hubiera un profesional a cargo del asunto, como en el principio.

***

Si la ética discute la forma en que vivimos, también discute cómo debemos morir. En agosto de 2014, durante la última etapa de Chuck Klosterman como Ethicist, un hombre escribió a The New York Times para preguntar si era ético que su amigo médico supervisara el programa de inyección letal. El médico decía que antes las ejecuciones eran largas y dolorosas, y que ahora eran rápidas y sin sufrimiento. Como el Estado iba continuar aplicando la inyección letal de todos modos, el médico creía que su trabajo era de carácter humanitario, pero su amigo no estaba de acuerdo y quiso conocer la opinión del Ethicist.

—La pena capital es fundamentalmente antiética —escribió Klosterman—. La verdadera pregunta debería ser: ¿es aceptable participar en algo antiético si el hecho en sí es inevitable?

Para el escritor pop, la respuesta más ética era no participar: nadie está obligado a hacer lo que cree moralmente incorrecto a menos que exista una imposición legal. Si el doctor creía que la pena capital era antiética, no debía usar el hecho de que sea inevitable para justificarse.

—La única cosa que podemos controlar es cómo vivimos —escribió Klosterman—, y si un doctor está en desacuerdo con la pena capital, entonces no debería participar en la práctica, así sea esta una forma más humanitaria.

Antes de ser The Ethicist, Klosterman había escrito novelas y libros de no ficción atravesados por dilemas éticos. Su libro Killing Yourself to Live, por ejemplo, toma como punto de partida el encargo que le hizo la revista Spin de recorrer los lugares de Estados Unidos donde murieron rockeros famosos. Klosterman hace ese viaje para hablar de la muerte y ordenar su vida amorosa, que involucraba a tres mujeres, varias verdades a medias y preguntas éticas como: ¿Es correcto grabarle la misma compilación de canciones románticas a dos novias distintas? En su novela The Visible Man —que gira en torno a un hombre que posee un traje que lo hace invisible— Klosterman responde con un pie en la ciencia ficción una de las preguntas éticas fundamentales: ¿Cómo actuaríamos si nadie pudiera vernos?

—La principal parte de este trabajo es qué es lo que piensas de la experiencia de estar vivo —dijo Klosterman al final de nuestra conversación—. Si eres una de esas personas que solo ‘viven su vida’, o si conscientemente piensas qué significa hacerlo de una forma determinada.

Cuando nos levantamos para despedirnos, descubro que en el centro de la mesa donde nos sentamos hay un dibujo de una silla de ruedas, un signo que ninguno de los dos ha visto por el reflejo del sol y que nos ha hecho a ambos infringir una regla. Podría ser una pregunta para The Ethicist: ¿Es correcto sentarse en la mesa para discapacitados si está vacía? Klosterman —ya de pie y a punto de desaparecer por la calle— entendió la ironía de la situación de inmediato.

—¡Hiciste que The Ethicist se sentara en la mesa para discapacitados!


September 17, 2015

LA REPÚBLICA DEL GUANO

Un texto de


September 17, 2015

Ernesto Benavides

Un texto de


September 07, 2015

El Señor de las Papas

Por siglos los campesinos de los Andes han cultivado más de tres mil variedades de papas, pero nosotros siempre comemos las mismas. Si las papas que se cultivan en el Perú son más ricas, más sanas y pueden salvarnos del hambre en climas extremos.

¿Por qué sólo hablamos de papas fritas?

Un texto de Eliezer Budasoff
Fotografías de Alonso Molina

Julio Hancco es un campesino de los Andes que cultiva trescientas variedades de papa, y reconoce a cada una por su nombre: la que hace llorar a la nuera, la caquita colorada de chancho, la cuerno de vaca, la gorro viejo remendado, la zapatilla dura, la mano moteada de puma, la nariz de llama negra, la huevo de cerdo, la feto de cuy, la comida de bebé para dejar de lactar. No son nombres en latín sino nombres que eligen los campesinos para clasificar las papas por su apariencia, su sabor, su carácter, su relación con las demás cosas. Casi todas las variedades de papas que Hancco produce a más de cuatro mil metros de altura, en sus tierras del Cusco, ya tienen su nombre. Pero a veces siembra una papa nueva o una que ha perdido su identidad con el tiempo, y El Señor de las Papas puede nombrarla. A la puka Ambrosio —puka en quechua significa roja—, una variedad que sólo se cultiva en sus tierras, Hancco la llamó así en homenaje a un sobrino suyo que había muerto al caer de un puente. Ambrosio Huahuasonqo era un campesino amable, dócil como un puré de papas, que seguía a su tío adonde fuera y que conquistaba a la gente haciendo bromas. Dicen que su apellido quechua definía su carácter: Huahuasonqo significa «corazón de niño». Después de su muerte, Hancco eligió su nombre griego para darle un destino: Ambrosio significa ‘inmortal’. La papa que lleva su nombre es alargada, suave, ligeramente dulce, con una pulpa amarillo claro y un anillo rojo en el centro. Es una de las favoritas de Hancco, un campesino que solo habla quechua y tiene un nombre latino: Julio significa «de fuertes raíces». Una tarde de primavera de 2014, en su casa, días después de la siembra, Julio Hancco levanta una mano tan grande y rugosa como la corteza de un árbol, y señala un plato sobre la mesa.

—Como hijo —dice—. Como hijo, es papa.

Adentro de la casa de Hancco —un cuarto de piedra sin ventanas con una mesa vieja y un fogón—, está tan oscuro que no se alcanza a ver si lo dice sonriendo o con un gesto de solemnidad. Su esposa, sentada sobre un banquito en un piso de tierra, revuelve un caldo en el fogón. Sobre la mesa del comedor se enfría un puñado de papas puka Ambrosio. Son deliciosas, pero la gran mayoría de los peruanos nunca llegará a probarlas. Sabemos que la papa nació en el Perú, y que los agricultores de los Andes cultivan más de tres mil variedades, pero no sabemos casi nada sobre ellas. Sabemos dónde se fabrica un IPhone, cuál es el hombre más rico del mundo, de qué color es la superficie de Marte, cómo se llama el hijo de Messi, pero no sabemos casi nada de los alimentos que comemos a diario. Si es cierto que somos lo que comemos, la mayoría no sabemos quiénes somos. Quienes van a cualquier mercado en Perú su mayor dilema es elegir entre papas blancas o papas amarillas. Pueden reconocer las papas Huayro —marrón con tonos morados, especial para comer con salsas—, juntarse con amigos alrededor de ‘papas cocktail’ —del tamaño de unos champiñones— o sentirse más patriotas si compran una bolsa de papas nativas —producidas a más de tres mil quinientos metros de altura—. Pero, como todos, son ciudadanos del mundo de la papa frita: en el Perú de 2014, el país donde más variedades de papas se producen en el mundo, se importaron veinticuatro mil toneladas de papas precocidas: las que usan los fast foods para hacer papas fritas.

***

Cuando mira hacia el cerro nevado frente a su casa, Julio Hancco detiene su mirada como lo hacen algunos en la ciudad cuando pasan frente a una Iglesia: como si se persignaran hacia adentro, con una reverencia imperceptible. Hancco es un agricultor de sesenta y dos años que ha sido llamado custodio del conocimiento, guardián de la biodiversidad, productor estrella. Fue premiado con el Ají de Plata en el festival gastronómico Mistura, y ha recibido a investigadores de Italia, Japón, Francia, Bélgica, Rusia, Estados Unidos, y a productores de Bolivia y Ecuador que han viajado hasta sus tierras en la comunidad campesina Pampacorral, para saber cómo consigue producir tantas variedades de papa. Hancco vive a cuatro mil doscientos metros sobre el nivel del mar, a los pies del cerro nevado Sawasiray, en un paisaje de suelos amarillos, colinas áridas y rocas gigantes adonde pueden llegar unos ingenieros europeos pero no llegan ni los automóviles ni la luz eléctrica. Para ir hasta su casa hay que bajarse en la ruta y subir casi un kilómetro a pie por una ladera empinada, algo que cualquier forastero describiría como subir una montaña. Quienes viajan a verlo desde una ciudad se demoran, jadean y se marean por la falta de oxígeno. Allí arriba la sangre corre más lento y el viento es más violento. En verano, el agua de deshielo se enfría tanto que es doloroso lavarse la cara. En invierno el frío llega a diez grados bajo cero, una temperatura que puede congelar la piel en una hora. Para conseguir leña, Hancco tiene que andar unos cinco kilómetros hasta un sitio donde pueden crecer los árboles, cortar los troncos y llevarlos a su casa a caballo. Para conseguir gas tiene que bajar hasta el camino asfaltado y tomar una camioneta combi que lo lleve hasta Lares, el pueblo más cercano, a más de veinte kilómetros, donde a veces también compra pan, arroz, verduras y frutas, todo lo que no puede producir en sus tierras. Lo único que florece a esa altura, en las tierras que heredó de sus padres, es la papa.

La papa es el primer vegetal que la NASA cultivó en el espacio por su capacidad para adaptarse a distintos ambientes. Es el cultivo no cereal más importante y más extendido en el mundo. La planta que produce mayor cantidad de alimento por hectárea que cualquier otro cultivo. El tesoro-enterrado-de-los-Andes que salvó del hambre a Europa. El alimento principal de las tropas de Napoleón. La base de la tortilla española, los ñoquis italianos, los knishes judíos, el puré francés, el primitivo vodka ruso. El manjar que en el siglo XIX Thommas Jeferson servía frito, cortado en bastones, a sus invitados en la Casa Blanca. La raíz de la flor morada que María Antonieta lucía en el cabello para pasear por los jardines de Versalles. El vegetal que tiene dedicados tres museos en Alemania, dos en Bélgica, dos en Canadá, dos en los Estados Unidos y uno en Dinamarca. El tubérculo que inspiró una de las odas de Pablo Neruda —«Universal delicia, no esperabas mi canto/porque eres ciega sorda y enterrada»—, una canción de James Brown —♫ «Aquí estoy de regreso/haciendo puré de papas» ♪—, dos pinturas de Van Gogh —en uno de ellos, que se llama LOS COMEDORES DE PAPA, cinco campesinos comen papas alrededor de una mesa cuadrada—. El origen de miles de semillas que se guardan junto a otras miles de especies bajo la tierra, en una montaña del ártico noruego, para proteger la riqueza de la papa de futuros desastres naturales. El cultivo que Julio Hancco trata como un hijo, pero que sus hijos menores no quieren seguir produciendo para evitar una vida de sacrificios a cambio de la subsistencia. Hancco dice que prefiere quedarse solo y que sus siete hijos vivan en la ciudad, donde pueden conseguir trabajos más livianos y mejor pagados.

Si tuviese la edad de Hernán, su segundo hijo, de 29 años, que ahora hace de traductor a su lado, El señor de las papas bromea que se buscaría una novia extranjera y se marcharía a otro país.

***

Una madrugada hace quince años, Julio Hancco despertó a su hijo Hernán y le dijo que debía cargar una piedra del tamaño de una pelota de fútbol desde su casa hasta el puerto de Calca, a una hora y media de caminata en dirección al sur. Hernán Hancco, su segundo hijo, tenía entonces trece años y lo acompañaba por primera vez a vender papas en esa ciudad, el centro comercial más importante de la región. Para llegar a Calca a las siete de la mañana tenían que salir a las tres y caminar cuatro horas, y el bautismo de Hernán Hancco consistía en cargar aquella piedra enorme hasta mitad de camino. Era una prueba de resistencia y aceptación que los productores de aquella zona repetían con sus hijos. Una tradición que ya no se sigue, me dirá después Hernán Hancco, mientras vende el último paquete de Sumaj chips —unas papas fritas hechas con papas nativas— en una feria de productos orgánicos que se hace los domingos en Lima. El segundo hijo de Julio Hancco se mudó a la capital del Perú hace casi una década, cuando tenía veinte años, apenas terminó la secundaria. Llegó a Lima con cuatrocientos soles en el bolsillo —unos ciento treinta dólares—y la decisión de estudiar contabilidad e inglés. Nunca pudo completar sus estudios porque el trabajo le consumía casi todo su tiempo, pero se convirtió en una ayuda fundamental para vender las papas que producía su familia en la capital del Perú. Con Hernán Hancco en Lima, su padre, su madre y su hermano mayor Alberto, se evitan la comisión que les cobran los intermediarios, y sólo pagan el transporte de las papas. Aún así, la ganancia es mínima. Pero es peor para los campesinos que no tienen quien los ayude.

—Por eso algunos productores están dejando de hacer papa —dice—, y se van a hacer turismo.

Hacer turismo, me explica Hernán Hancco, es ofrecerse como burros de carga de los extranjeros que vienen al Cusco para recorrer el camino del Inca. Durante los tres o cuatro días de caminata que dura el trayecto para subir a pie al Machu Picchu, los campesinos cargan las mochilas y los bultos de los turistas, así los extranjeros pueden subir más cómodos. Por cuatro días de caminata cargando equipajes pueden recibir una paga de doscientos soles, más otros doscientos soles de propina. Unos ciento treinta dólares en total. Por una bolsa con doce kilos de papas nativas suelen ganar veinte soles. Unos seis dólares y medio.

—Y acá es trabajar todo el día, todos los días— dice.

***

Los hoyuelos que tienen las papas se llaman ojos, pero nunca miramos los ojos de las papas. Las papas tienen cejas encima de los ojos. Tienen ombligo, manchas en la piel, cuerpos de forma redonda, comprimida, oblonga, elíptica, alargada. La papa más popular en el norte de Tenerife, España, es la ‘bonita de ojos rosados’. La papa Cacho Negro, de Chile, tiene abundantes ojos profundos y unas cejas aplastadas. La papa Ásterix, de Holanda, tiene la piel roja, la carne amarilla y los ojos superficiales. Los catálogos describen las papas del mundo por sus rasgos como de persona, pero alguna vez fueron una especie salvaje, amarga, intragable. Hoy es la civilizada solanum tuberosum. Al igual que el tomate, la berenjena o los ajíes, pertenece a la familia de las solanáceas, llamadas así porque sus hojas, tallo, frutos y brotes tienen solanina, una sustancia tóxica para protegerse de enfermedades, insectos y otros depredadores. Si bien a dosis elevadas la solanina puede matar a una persona, no hay noticias sobre papas asesinas. El ser humano domesticó la papa hace más de ocho mil años en la cordillera de los Andes, cuando la Tierra salía de la Edad del Hielo y el homo sapiens andaba por ahí ensayando la agricultura, su nuevo invento para conseguir alimentos. Los habitantes del altiplano peruano fueron los primeros que aprendieron a manipular las papas para que no fueran tóxicas y para hacer las más grandes y jugosas. La papa les devolvió la gentileza conquistando el mundo.

Una tarde el escritor Michael Pollan estaba en su jardín sembrando una papa que había comprado por catálogo, y se preguntó si realmente él había elegido a esa papa, o si la papa lo había seducido para que la sembrara. Pollan, el autor que ha cambiado la forma en que vemos nuestra relación con la comida, cree que ‘la invención de la agricultura’ puede ser pensada como una manera que encontraron las plantas para hacer que nosotros nos movamos y pensemos por ellas. Desde el punto de vista de las plantas, escribe Pollan en LA BOTÁNICA DEL DESEO, el ser humano podría ser pensado como un instrumento de su estrategia de supervivencia, no muy distinto del abejorro que es atraído por una flor y tiene la función de diseminar el polen con los genes de esa flor.

***

Esta mañana de invierno de 2014 en las tierras de Hancco, delante de una pila de guano de llama, es más justo pensar en los agricultores andinos como socios de la papa, y no como sus domesticadores. Ahora, a las 7.30 de un sábado, Hancco, sus dos hijos mayores, y su vecino Julián Juárez, mastican hojas de coca y toman aguardiente antes de empezar la tarea del día: llevar guano de llama hasta una parcela sembrada con papas, a casi un kilómetro allí, para abonar la tierra. Las llamas que esperan a nuestro lado ya conocen la rutina. Los hombres toman sus palas y cargan el abono en unos sacos que les llegan hasta la cintura. Llenan treinta y nueve sacos, los cosen para que no se abran, amarran cada saco sobre el lomo de una llama, llevan los animales hasta la parcela, desatan los costales, esparcen el guano, doblan los sacos, recogen las sogas, envían las llamas de regreso hasta la pila de guano, y vuelven al punto de partida para repetir la rutina. Hacen falta dos viajes para que cuatro hombres, dos mujeres, tres perros y cuarenta llamas lleguen a abonar dos hectáreas en seis horas de trabajo. Cuando la procesión de llamas cargadas con abono avanza por la montaña escoltada por los agricultores, un piensa en una escena bíblica, una de esas imágenes de las viejas películas de Semana Santa. Es un recuerdo doblemente falso: no hay llamas ni papas en la Biblia (por este motivo, cuando Catalina la Grande de Rusia ordenó a sus súbditos que cultivaran la papa, los católicos más ortodoxos se negaron a hacerlo). Pero el conocimiento alienta la herejía: después de ver cómo cuatro agricultores abonan un pedazo de tierra sembrado con papas durante seis horas, uno siente que debería ponerse de rodillas cada vez que mastica una.

***

Julio Hancco desciende de varias generaciones de Hanccos que habitaron en esta zona del Cusco «casi desde el principio del mundo». De sus padres heredó las tierras, los animales, y más de sesenta variedades de papas. En los últimos quince años, Hancco multiplicó la herencia y llegó a producir trescientas variedades. Su decisión de rescatar y cultivar más variedades fue un ejercicio de destreza. Como casi todos los campesinos en los Andes, sus tierras productivas son una suma de pedazos irregulares esparcidos a distinta altura. La maestría de los agricultores altoandinos se atribuye a esta dificultad: en un territorio gobernado por las pendientes, cada rincón cultivable recibe su cuota de sol y de humedad y de viento. La tierra que expuesta a la luz en una ladera, del otro lado permanece en la sombra. Una roca gigante impide el paso de lluvia a una franja cultivable, pero protege del viento a otra. Para sobrevivir en este territorio, los campesinos tuvieron que multiplicar sus chances de alimentarse. Sembraron distintas papas por cada pedazo de tierra, se entrenaron en la observación minuciosa de cada planta, probaron y crearon miles de variedades, y se volvieron los reyes de la riqueza genética en tierras hostiles. Fue una forma de conjurar el futuro: más papas significaba más posibilidades de asegurar la comida frente a las plagas y las enfermedades, las heladas, el granizo y las sequías. En vez de tratar de controlar la naturaleza, que es lo que hace nuestra agricultura industrial, los campesinos de los Andes se adaptaron a ella.

—La naturaleza no tiene cura—, dice Hancco, mientras mira hacia el nevado Sawasiray y se agacha para recoger del suelo un manojo de tierra. Acaba de vaciar el último saco de guano sobre el suelo sembrado, una franja cubierta por un musgo verde que se hunde al presionar con la mano. Es una franja de tierra en pendiente, en medio de una ladera, sin ninguna protección natural. Hancco puede usar sus técnicas de cultivo y pesticidas naturales para las enfermedades y las plagas, pero no tiene forma de resguardar sus papas del granizo ni de las heladas. En los últimos tiempos es peor, dice: el clima se ha vuelto más caprichoso e impredecible.

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En los años sesenta, cuando Julio Hancco era niño y empezaba a cultivar papas junto a su padre, su vicio era el pan: el niño Hancco trabajaba sus propios surcos de tierra para juntar dinero y poder comprar sus bolsas de pan cuando los vendedores pasaban a ofrecer sus mercancías. Un peruano en esa época consumía en promedio unos ciento veinte kilos de papa al año. En las décadas siguientes el consumo bajó, y la caída se aceleró en los ochenta, cuando los campesinos empezaron a migrar a la ciudad para escapar del terrorismo. Para los noventa, durante la presidencia de Alberto Fujimori, el consumo de papa había llegado a un piso histórico: unos cincuenta kilos al año por persona. Esas papas que se esfumaron, me explicará después la ingeniera papera Celfia Obregón Ramírez, fueron reemplazas por alimentos como el arroz y los fideos.

—Como el tallarín tiene más estatus, y una pata de pollo es más estatus que comer cuy, la gente empezó a esconder sus papas —dice Obregón, presidenta de la Asociación para el Desarrollo Sostenible (ADERS) del Perú y promotora del Día Nacional de la Papa.

Frente al arroz blanco, el tallarín amarillo y el pollo pálido, las papas con sus pieles oscuras renovaban el estigma de atraso y pobreza que han tenido durante siglos, desde que fueron descubiertas por los conquistadores y llegaron a Europa en el siglo dieciséis, se supone que en la bodega de un barco español. Harían falta unos doscientos años para la papa fuese consumida como un alimento habitual en todo el Viejo Continente. En cada país europeo tuvo su historia de rechazo y seducción: la papa fue considerada impúdica y afrodisíaca, causante de lepra, alimento de brujas, sacrílega y comida de salvajes. Pero Irlanda no dudó en adoptarla desde el comienzo: los campesinos de aquel país, despojados por los ingleses de las pocas tierras cultivables que tenían, se morían de hambre intentando extraer alimentos de unas tierras miserables. Cuando la papa llegó a ese país a finales del siglo dieciséis —se supone que de la mano del cosario inglés Walter Raleigh—, los irlandeses descubrieron que con un poco de tierra casi inservible podían producir alimento para toda una familia y su ganado. Al principio la papa salvó a Irlanda del hambre. Después se la acusó de la pobreza de aquel país: en un siglo, la población creció de tres a ocho millones, porque los padres podían alimentar a sus hijos con lo poco que tenían.

El escritor estadounidense Charles Mann cuenta que el economista Adam Smith, que era un admirador de la papa, se impresionaba al ver que los irlandeses tenían una salud excepcional pese a que casi no comían más que papas. «Hoy sabemos por qué —dice Mann en su libro 1493. UNA NUEVA HISTORIA DEL MUNDO DESPUÉS DE COLÓN—: la papa es capaz de sostener la vida mejor que cualquier otro alimento si es el único en la dieta. Contiene todos los nutrientes básicos excepto las vitaminas A y D, que pueden obtenerse de la leche». Y la dieta de los irlandeses pobres en los tiempos de Adam Smith, explica Mann, consistía básicamente en papa y leche. La papa que hoy se cultiva en más de ciento cincuenta países produce mayor cantidad de alimentos por unidad de superficie que el arroz o el maíz. Una sola papa contiene la mitad de vitamina C que necesita un adulto por día. En algunos países como en los Estados Unidos, ofrece incluso más vitamina C que los cítricos, que son industriales y de mala calidad. Lo que importa de un alimento, me explica la ingeniera agrónoma Obregón Ramírez, es la materia seca y su valor nutricional: una papa blanca común, por ejemplo, tiene en promedio 20 por ciento de materia seca y el resto es agua. Eso quiere decir que, de una papa que pesa 100 gramos, unos 20 gramos son alimento. Las papas nativas, que se cultivan a mayor altura y en condiciones de clima más extremas que las variedades comerciales, tienen entre un treinta y un cuarenta por ciento de materia seca. Alimentan más del doble que una papa común, y tienen cantidades relevantes de hierro y zinc y vitamina B. Pero, por supuesto, las papas nativas tienen menor rendimiento, son más difíciles de transportar, y su precio final es más caro. Nosotros aún creemos el mito falso de que las papas engordan, y no comprendemos por qué deberíamos pagar más por una papa, aunque sea de color o tenga una forma exótica, si una papa es una papa es una papa.

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Los estudios sobre la papa peruana insisten, como si repitieran una fórmula, en la necesidad de proteger sus miles de variedades y sus técnicas de cultivo por una razón evidente: fueron creadas por los campesinos durante siglos para asegurar la comida en las condiciones más extremas de clima, para resistir heladas, granizos y sequías. Eso es lo que se espera del mundo con el cambio climático: hambre y condiciones extremas. Pero hay una razón más egoísta para querer cuidarlas: porque son ricas. A diferencia de la producción de papas comerciales a gran escala, los campesinos de los Andes cultivan sus papas pensando en comerlas, en alimentar primero a sus familias y vender el resto. El chef neoyorkino Dan Barber, quien se convirtió en una voz internacional del movimiento «de la granja a la mesa», suele decir que sin buenos ingredientes no es posible hacer buena cocina. No importa cuál sea la técnica de un cocinero: quien busca mejor sabor, busca lo mejores ingredientes. «Y si ese es el caso —dice Barber—, lo que buscas es buena agricultura». En el Perú, un país que ha convertido su gastronomía en un asunto de autoestima y de bandera, más del setenta por ciento de lo que se come en las mesas —sus frutas y hortalizas, sus cereales, sus tubérculos y sus leguminosas—, son producidos por pequeños agricultores. El boom de la gastronomía peruana que ha invadido de orgullo los discursos políticos durante la última década, es el boom de los ingredientes de la gastronomía peruana. Pero el Gobierno transforma el boom en fuegos de artificio: en el presupuesto nacional aprobado para el 2015, la Pequeña Agricultura sólo tiene asignado un 2,3 por ciento de los fondos, el porcentaje de inversión más bajo para ese sector desde 2010. El estudio EL SECTOR PAPA EN LA REGIÓN ANDINA, del Centro Internacional de la Papa, cosecha esta paradoja: los productores de las zonas de mayor altura, que son los que más riqueza de variedades poseen, son también los de mayor pobreza.

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La verdadera patria de un hombre no es la infancia: es la comida de la infancia. Un domingo a las siete de la mañana, antes de empezar el día de trabajo, la esposa de Julio Hancco nos sirve estos alimentos en el desayuno: arroz con leche, pan con huevo frito, papas de su cosecha, costillas de alpaca y sopa de chuño —unas papas amargas deshidratadas a la intemperie— con un poco de carne de oveja. Julio Hancco y sus hijos Hernán y Wilfredo, quienes deben trabajar la tierra durante todo el día, repiten dos veces la sopa. Hancco señala los platos, me mira, y vuelve a hablar en español:

—Carne natural es. Papa natural. Agua natural. Todo natural es.

Hancco bromea diciendo que, si fuese más joven, se iría a vivir a la ciudad o a otro país. Pero si le preguntan en serio dice que no: que no dejaría a sus animales. Pero además —dice— en sus tierras al menos come lo que quiere. Allí come papas y come chancho, llama, alpaca, cuy, conejo. En la ciudad, en cambio, todo es fideo, arroz, galletas.

—Eso no es alimento. Mucho químico— dice en quechua, mientras su hijo Hernán lo traduce.

El Señor de las Papas estuvo dos veces en Italia. Fue invitado por Slow Food, un movimiento internacional que se opone a la comida industrial y los sabores artificiales, y busca recuperar el gusto y la producción tradicional de alimentos. Con el apoyo de la Asociación Nacional de Productores Agroecológicos (ANPE) del Perú y de Slow Food, que organiza cada dos años el Salón del Gusto, Hancco y sus hijos pudieron freír y empaquetar cientos de bolsas con snacks de papas nativas para vender en Italia. Sus técnicas de cultivo, las mismas que los agricultores andinos han mantenido durante siglos y que Hancco perfeccionó para producir sus variedades de papa, ahora eran reconocidas como sistemas de producción agroecológicos. Julio Hancco no llama a sus semillas ‘baluarte de agrobiodiversidad’, pero cada vez que participó de un evento en el Perú pudo escuchar que su trabajo era importante para todos. En los últimos quince años, Hancco y los productores de la región han recibido el apoyo de organizaciones no gubernamentales para producir y vender sus papas, para obtener agua, para adaptarse a los efectos del Cambio Climático y para diseñar normas que favorezcan la agricultura familiar. Julio Hancco ha cosechado reconocimientos, algunas notas de prensa que cuelgan en el cuarto de sus hijos, muchas visitas de extranjeros, una foto con Gastón Acurio, pero no ha cosechado medidas reales del gobierno peruano. Nada ha cambiado demasiado en sus condiciones de trabajo, ni en la de otros miles productores que, como él, son admirados en el mundo por su trabajo. De su viaje a Italia, El Señor de la Papas recuerda que le gustaron el salmón, y el avión.

Crónica realizada con el apoyo de Oxfam


July 16, 2015

María Teresa Hernández

Un texto de


July 14, 2015

Yasna Mussa

Un texto de


July 13, 2015

César Arféliz

Un texto de


July 13, 2015

EL BANCO DE LA PLAZA

Un texto de

El Mat3mático impar

Harald Helfgott ha probado la Conjetura Débil de Goldbach, un problema
de teoría de números no resuelto por cerca de trescientos años.
Casi nadie entiende de qué sirve convertir una conjetura en teorema.
Casi nadie entiende en qué trabaja un matemático. Se los ignora.
Se los aborrece. Pero el futuro de esta ciencia está más allá
de los dedos de la mano, las calculadoras, los exámenes.
Si Harald Helfgott es un hombre amable,
¿por qué tememos tanto a nuestro
profesor de matemáticas?

Un texto de Luis Wong y Yasna Mussa
Fotografías de Musuk Nolte

En YouTube, debajo de un video dedicado a él, una chica le escribe a Harald Helfgott en ruidosas letras mayúsculas: «Hazme un hijo matemáticooo». Él la desilusiona: «Lamentablemente, la genética no funciona así». Ella: «Ay q pena ». Él y ella no se conocen. Él y ella jamás tendrán un hijo matemático. Harald Helfgott, una de las últimas estrellas de la matemática del mundo, es hijo de un profesor de geometría y de una señora estadística.

No cree ser producto de la genética —sus otros dos hermanos no son matemáticos—. Este matemático hecho en el Perú es una incógnita, pero ni X ni Y. Es HH. Una tautología: Harald Helfgott es Harald Helfgott, un experto en teoría de números nacido en 1977 que dice no tener un número favorito. «No encontrarás a ningún matemático, que yo sepa, que crea en la numerología —dice HH—.Se trata de una superstición (o pseudociencia) basada en las coincidencias que se producen apenas miras suficientes números y tratas de relacionarlos con suficientes cosas».
Helfgott se pasó mirando suficientes números durante seis años de su vida, trabajando en ellos para demostrar una conjetura. Una conjetura es un juicio formado a partir de datos incompletos, de indicios, de supuestos. En 1742, un señor matemático alemán llamado Christian Goldbach le envió una carta a Leonhard Euler, señor matemático suizo, y a partir de esa conversación aparecieron dos conjeturas: «Todo número par mayor que 2 puede expresarse como la suma de dos números primos». Y como consecuencia de ella: «Todo número impar mayor que 5 se puede expresar como la suma de tres números primos». Helfgott ha podido demostrar que esta segunda conjetura es verdad. En el siglo XVIII, Goldbach, un enamorado de los números primos, formuló esas dos conjeturas: a la primera la llamó fuerte; a la segunda, débil. Por ahora Helf-gott ha demostrado la conjetura débil de Goldbach. El matemático no sabe si haberla resuelto nos servirá de algo en nuestras vidas. Nosotros no tenemos idea de qué hace un matemático un día cualquiera.
Entender a uno exige otro tipo de inteligencia y atención. Una mañana de setiembre de 2013, en la Universidad de la Sorbona de París, Harald Helfgott asistió a una conferencia sobre el escritor Julio Ramón Ribeyro, de quien el matemático había traducido un cuento al esperanto. En un instante de la conferencia, un ruido agudo e intenso empezó a irritar a toda la audiencia. Se trataba de un hombre de treinta y tantos años estrujando una botella de plástico una y otra vez, una y otra vez. Uno de los conferencistas recuerda haberlo mirado fijamente desde el escenario intentando hacerle notar la incomodidad de su acto, pero el hombre seguía estrujando la botella con la mirada perdida. No se detendría hasta dos minutos después. Era Helfgott. Aunque en apariencia estaba desconectado de lo que pasaba en el auditorio, cuando se abrió la ronda de preguntas a los asistentes, el matemático levantó la mano y lanzó una pregunta que ninguno de los conferencistas supo responder. Cuando escapa de su trance ruidoso y alguien se lo advierte, Helfgott se sonroja intentando explicarse a sí mismo. Es un acto inconsciente y automático que repite cuando está sumamente concentrado en una idea. En los cines le han llamado la atención por hacer un ruido constante con la tapa de un bolígrafo que él abre y cierra con su dedo pulgar. Helfgott se suele abstraer de su entorno, por más numeroso e importante que sea, como quien habita un mundo paralelo absorto en la belleza de pensar.
Si uno conoce durante esos instantes a Helfgott, es posible que lo odie. Pero el matemático tiene razones irrefutables para ser querido: ha resuelto una conjetura que llevaba doscientos setenta y un años sin solución. A simple vista, Harald Helfgott es el estereotipo de un nerd torpe y concentrado en sus matemáticas: usa anteojos por miopía y astigmatismo, viste camisas y pantalones de oficinista de otra época, camina con un andar desgarbado y practica el origami. Es un vegetariano a medias, un homo sapiens que engulle pescados pero no come carnes rojas. Ha intentado romper con el prejuicio que encasilla a los teóricos de números como monotemáticos, ensimismados e incapaces de seducir en actos en sociedad: Helfgott cocina para sus amigos y va a clases de tango. Helfgott ama París, la ciudad donde ha vivido los últimos cinco años, pero es sobre todo un cosmopolita: habla perfectamente cinco idiomas —español, inglés, francés, alemán, esperanto—, está aprendiendo ruso y griego antiguo, y debe perfeccionar el quechua y el polaco. En su rutina de cocinero prepara platos de varios países, con variaciones que combinan ingredientes como empanadas hechas con pâte feuilletèe. Pero, sobre todo, Helfgott viaja por el mundo dando conferencias en el lenguaje universal de las matemáticas.
Los matemáticos buscan la elegancia en sus demostraciones, pero prefieren ser prácticos fuera del trabajo. A Helfgott no le obsesiona la elegancia en el vestir. Se compra ropa sólo cuando la necesita. Usa zapatos porque duran más que las zapatillas. Pero también ha pedido consejo a sus alumnos y alumnas, y hasta un día se fue de compras con una de ellas. Si siente que ha acertado en elegir una prenda, HH prefiere repetirla. Ser práctico es para él más natural que ser elegante. Sin embargo, el matemático que ha resuelto la conjetura débil de Goldbach no sabe conducir un auto. «Me da miedo matar gente», dice refiriéndose al riesgo de manejar un coche. Cree que bastarían dos segundos de distracción para ello.
Cuando se concentra demasiado en responder una pregunta, Helfgott mira al vacío hasta que sus pupilas desaparecen. Es un gesto que repite cada vez que necesita enfocarse. Cuando se concentra, pestañea a gran velocidad como si estuviera en el trance de hallar una respuesta. Cuando quiere decir una frase más compleja, como cuando explica un problema matemático, cierra sus ojos por completo. Luego fija su mirada en un punto y dispara una certeza. El matemático se abstrae de su entorno hasta que construye un esquema mental de sus ideas. A fines de los años setenta, el psicólogo ruso Mihály Csíkszentmihályi propuso la teoría del flujo, que viene de la expresión ‘dejarse llevar por la corriente’. Dijo que, al dedicarnos a ciertas actividades placenteras, perdemos el sentido del tiempo. Harald Helfgott no es ajeno a esta superlativa atención interior.

La concentración que necesita un matemático ha sido a veces su perdición. Plutarco narra que un día el griego Arquímedes estaba tan concentrado en un problema matemático que cuando un soldado romano lo interrogó y él no le contestó aquel soldado lo atravesó con su espada. La mayoría de veces, en cambio, es una aparente virtud que permite a los matemáticos llegar a soluciones sublimes. Dicen que Norbert Wiener, el matemático y padre de la cibernética, entraba a un salón de clases leyendo un texto, daba vueltas bordeando sus cuatro paredes y salía del aula sin despegar sus ojos del papel. Un ensimismado Isaac Newton, el genial matemático, el físico de la ley de la gravedad, a veces se olvidaba de comer o dormir. Helfgott cuida de no pasarse de revoluciones en el perfeccionismo de su trabajo y al primer signo de obsesión se detiene. Cuando empieza a comerse las uñas o a golpear la mesa con los dedos, HH se detiene.
La figura del matemático ha sido retratada como una mente en constante batalla. En Everything and more, A compact history of infinity, el escritor David Foster Wallace lo comparaba con el científico loco del pasado, una suerte de Prometeo moderno que se sacrifica por traerle progreso al mundo. En Loving and hating mathematics: challenging the myths of mathematical life, Reuben Hersh y Vera John-Steiner dicen que tener un balance en la vida es un reto adicional para los matemáticos, una disciplina en que la búsqueda de certezas sin un camino claro identificado puede llevar a veces a la desesperación. Isaac Newton sufrió crisis nerviosas durante su adultez. Georg Cantor, uno de los padres de la teoría de conjuntos que aprendemos en el colegio, era un inquilino regular de hospitales mentales. John Nash, experto en teoría de juegos y personaje en el que se basa la película a beautiful mind, padeció de una esquizofrenia que no pudo vencer hasta treinta años después.
Pero más allá de esta olla de presión mental, un matemático puede pensar también en tareas mundanas. Humor y matemáticas hacen una buena pareja. La popular serie Los Simpsons tiene a matemáticos de guionistas y en varios de sus capítulos hay guiños teledirigidos para amantes de los números. En The Simpsons and their mathematical secrets, Simon Singh recuerda que más de una decena de miembros de su equipo de producción han sido expertos en matemáticas que renunciaron a investigar en Princeton o en Yale para escribir guiones sobre Bart, Homero y los vecinos de Springfield. Lo mismo sucedió con Futurama, la serie hermana de The Simpson que sucede en un universo de ciencia ficción, y con otras series como The big bang theory o Numb3rs, donde contratan académicos para ser consultores. Dinero y matemática también hacen un buen par. No es gratuita la abundancia de matemáticos como agentes de bolsa. Los derivados financieros —a los que el archimillonario Warren Buffett llamó armas de destrucción masiva por el daño que pueden ocasionar a la economía mundial— suelen ser creados por matemáticos o físicos. Es el camino alternativo que toman cuando no pueden continuar en la carrera de investigadores. La tentación de ir a Wall Street y trabajar para una institución financiera y crear fórmulas sobre las que dependerán las inversiones de millones de personas es el camino más fácil para hacer dinero con la matemática.
Helfgott ha elegido la sencillez y la austeridad. En los últimos cinco años, ha vivido solo en París, en un departamento de veintitrés metros cuadrados, con estantes de libros cubriendo sus paredes y sin señal de Internet. Dice que no la quiso más porque se distraía más de la cuenta leyendo y editando páginas de Wikipedia. Cuando va a responder una pregunta, el matemático evita responder con palabras absolutas como siempre-todo-nunca. No es entusiasta del doble sentido ni de preguntas retóricas como cuál es su comida favorita o cuál es su película favorita, porque cree que cada una de ellas merecerían más de una respuesta. Cuando se le habla de sexo o de mujeres, HH se sonroja y responde con pudor, como un niño cuyos padres lo están observando. Cuando dice que ve Game of thrones —una teleserie de fantasía medieval con traiciones y sexo casi en cada capítulo—, Helfgott se tapa la cara con la palma de una mano y suelta la risa gutural.

5

 

***

 


Una noche de otoño de 2013, en su departamento de París, Harald Helfgott ofreció una cena para doce invitados. Aunque dedicara su vida a resolver problemas, investigar nuevos métodos de análisis y otros asuntos matemáticos incomprensibles para el resto, esa noche en su cocina se complicaba en calcular la cuota justa de huevos y de gramos de harina para las papas rellenas. Matemáticas y cocina comparten más de un principio. En el salón de su departamento en un sexto piso de un edificio tradicional parisino, Helfgott describe con la misma seriedad con que habla ante un auditorio universitario cómo será el relleno de las empanadas para sus invitados. «Estas las vamos a rellenar con lactarius deliciosus», dijo señalando un champiñón. Hace un tiempo, el matemático ingresó a un grupo de exploradores que sale de excursión para recoger hongos, y ha aprendido sus nombres en latín para diferenciar los hongos comestibles de los venenosos. Usa esa mirada microscópica para todo, incluso para los croissants. Cuando un matemático ve un croissant, también puede ver un triángulo isósceles, un triángulo con dos lados iguales de longitud cuyos ángulos opuestos a ellos también son iguales. Como todo matemático, Helfgott sabe que la masa de un croissant tiene setecientas veintinueve capas. «Es cultura general», dice, como si cultura general fuera saber cuántas arrugas tiene un elefante. Un panadero dobla la masa del croissant primero tres veces y luego la dobla seis veces más. Allí un matemático ve una operación que otros no perciben: 3 a la potencia de 6 = 729 capas. Lo que para cualquiera puede significar un simple corte en una salchicha, para Helfgott es una elipse.
Esa noche, el primer plato que prepararía para sus invitados serían aquellas empanadas. Lo asistía Alisa Sedunova, una estudiante rusa a la que Helfgott dirige en su tesis de doctorado en teoría de números, y que seguía sus indicaciones culinarias en inglés y ruso. Mientras introducía la bandeja con empanadas al horno llamó a la puerta Jesper Jacobsen, un físico danés que llegó acompañado de sus hijos, un niño y una niña, que juntos sumaban catorce años. Su padre empezó a conversar con Helfgott en un idioma que parece tan incomprensible como las matemáticas. «Estamos hablando esperanto», aclara Helfgott. Los niños se sumaron a la conversación y los cuatro reían en esperanto.

Su historia personal con el esperanto es la más romántica de los cinco idiomas que domina a la perfección. Cuando era adolescente, Harald Helfgott descubrió el esperanto, un idioma creado por el polaco Lázaro Zamenhof hacia fines del siglo veinte. El futuro matemático se apasionó por la idea que había inspirado a este médico oftalmólogo de crear un lenguaje que se expandiera por el mundo usando diferentes raíces etimológicas e idiomáticas. Para Zamehof, el esperanto tenía un sentido filantrópico y político: pretendía unir diferentes culturas a través de una lengua democrática y no hegemónica. Lo concretó en un libro en el que firmaba como Doktoro Esperanto. Significa Doctor esperanzado. Más de un siglo después, HH, otro esperanzado, recorrería Europa durmiendo gratis en casas de familias que pertenecían a la comunidad internacional de esperantistas, donde la única condición era comunicarse en este idioma. Por el esperanto, conoció a Jacobsen y a sus hijos, que pertenecen a la minoría de sus hablantes nativos.
Harald Helfgott dice que a veces se descubre resolviendo sus problemas matemáticos en inglés, el idioma en que cursó sus estudios universitarios y comenzó sus investigaciones. Según el Basque Center on Cognition, Brain and Language, el lenguaje tiene un papel fundamental en el aprendizaje de algunas operaciones matemáticas simples como hacer multiplicaciones. Las personas bilingües recurren a la lengua en que aprendieron las matemáticas para realizar cálculos en una operación. Richard Feynman, un Premio Nobel de Física, decía que las matemáticas son algo más que un idioma porque incluyen la lógica. HH es un obsesionado con la lógica. Cuando habla de salud, azar o religión, el matemático insiste en recordar que jamás consumirá homeopatía porque su efectividad no ha sido probada por la ciencia, que no cree en la numerología porque se trata de supersticiones lejos de la razón, y que no cederá a la culpa cristiana porque jamás ha creído en Dios.
La noche de la cena, los invitados del matemático llegaron a su departamento con una puntualidad casi simultánea y saturaron de golpe el mínimo espacio de su comedor. HH abrió una mesa plegable que iba de muro a muro y alrededor de ella se sentaron sus doce invitados. Además de sus colegas matemáticos y estudiantes, había un físico, una periodista que escribe para una revista de matemáticas y su novio actor. Siete nacionalidades que hablaban ocho idiomas en veintitrés metros cuadrados: inglés-francés-español-alemán-ruso-polaco-danés y esperanto. HH intentaba mezclar palabras de todos esos idiomas y por ratos perdía el hilo de la conversación. Entre sus invitados a la cena estaba Artur Ávila, el matemático brasileño que al año siguiente ganaría una de las medallas Fields, el equivalente a un Nobel de matemáticas, por su trabajo sobre la teoría de los sistemas dinámicos. Aunque esa noche ya se especulaba que Ávila se convertiría en el primer latinoamericano en alcanzar este premio que se entrega cada cuatro años a matemáticos menores de cuarenta años, la conversación, entre alusiones y chistes, giraba en torno a quién ganaría la medalla Fields. El cocinero matemático aseguraba que era mala suerte hablar de la medalla innombrable y que a veces ganar una condecoración así podía convertirse en algo contraproducente: la presión a la que se estaba expuesto tras recibirla podía convertir en improductivo hasta al mejor matemático. Helfgott admite que la envidia se acentúa más cuanto más alto es el nivel de la competencia.

En ese minúsculo departamento, entre tantas eminencias matemáticas, Helfgott había olvidado poner sal en su ceviche. Aunque asegura que en el caso del pisco sour el orden sí altera el producto, HH falló en la mezcla de pisco y clara de huevo: su brebaje contenía más espuma que líquido. El gran matemático, que insiste en desmitificar la distracción de sus colegas, había cometido un insípido error de cálculo. Hubo más: Helfgott intentaría cruzar su mesa plegable para poder regresar a su cocina. Lo intentó de la única forma que creía posible en medio de un espacio tan estrecho: como un niño gateando debajo de una mesa. En cuclillas, atorado y algo desesperado, el matemático pedía permiso para pasar en medio de la risa de sus invitados. Harald Helfgott, el matemático que resolvió la conjetura débil de Goldbach, reapareció desde abajo de la mesa, sudado y sonrojado, con el pelo en desorden y el gesto de vergüenza de un niño que acaba de ser descubierto en medio de una travesura.

 

***


Uno de los grandes problemas para todos los matemáticos es responder a los que no les gustan las matemáticas para qué sirven las matemáticas. Euclides, el matemático griego que vivió hace más de dos mil años y que es considerado el padre de la geometría, tuvo a un discípulo que le preguntó una vez para qué servía lo que le enseñaba. Al final del día, Euclides le pidió a uno de sus esclavos que le diera al muchacho una moneda pues el chico quería obtener beneficios de todo lo que aprendía. Luego Euclides lo despidió. No preguntamos por la utilidad de la física y la química porque sus descubrimientos los podemos ver y tocar todos los días. No interrogamos a los biólogos porque sobrentendemos que su trabajo nos permite conocer más sobre nuestra especie. No cuestionamos a los ingenieros porque gracias a ellos tenemos puentes y podemos atravesarlos con autos cada vez más saludables y rápidos. Pero es irresistible preguntarle a un matemático para qué sirve descubrir un teorema. Lo más atrayente del teorema de Pitágoras y lo que hace que lo enseñen en todas las escuelas primarias es que podemos encontrarlo en cualquier cuadrado y cualquier rectángulo: en un triángulo con un ángulo de noventa grados la suma de los cuadrados de sus lados es igual al cuadrado de la hipotenusa. Los policías forenses usan el teorema de Pitágoras para saber qué tan lejos estaba la víctima del origen de una bala mortal y saber si fue un suicidio o un homicidio.
Los primeros teoremas como el de Pitágoras se descubrieron con fines prácticos: construir edificios, mejorar los sistemas de irrigación o llevar con mayor facilidad las piedras de un lugar a otro. Ese fue el nacimiento de áreas de las matemáticas como la geometría, la aritmética o el álgebra. Sin embargo, los nuevos teoremas que se descubren hoy pertenecen a áreas de las matemáticas puras que no buscan tener una aplicación práctica, sino desentrañar los secretos de los números. La teoría de números es una de estas áreas y comprende la prueba de la conjetura que Helfgott demostró. Para HH no es lo más importante hallar una utilidad práctica a su prueba que ha convertido una conjetura en teorema. Cree que es como planear una expedición a una montaña: lo importante no es alcanzar la cima, sino los métodos y la tecnología que se utilizaron para llegar allí que luego pueden extenderse a otras ramas del conocimiento.
Pero los militantes de las matemáticas nos piden más paciencia. «Existe un hambre de matemáticas, profunda pero poco reconocida, entre el público en general —dice Steven Strogatz en The joy of x: a guided tour of math, from one to infinity—. A pesar de todo lo que oímos de la fobia a las matemáticas, mucha gente quiere entender la materia algo mejor. Cuando lo logran, la encuentran adictiva». En The unplanned impact of mathematics, Peter Rowlett, profesor de la Universidad de Birmingham, describe cómo se llevaron los números complejos a un plano tridimensional y con ello se plantó una semilla, por entonces inimaginable, para sus usos en el futuro. A finales del siglo XIX este descubrimiento supuso durante más de cien años sólo una respuesta elegante a un problema rebuscado. Hasta que dos décadas antes de terminar el siglo XX un ingeniero encontró en este procedimiento el método más eficaz para crear gráficos por computadoras, lo que es hoy imprescindible en la industria del cine y de los videojuegos. La misma historia se repite con la invención de los módems, la probabilidad, el GPS, o la energía nuclear. La matemática es una ciencia que se hace esperar.
Hay matemáticos encubiertos por donde se mire. Si queremos comprar una alfombra para nuestra sala, nos basta con medir el largo y el ancho del cuarto y multiplicarlos para tener el área. Cuando decidimos aumentar los ingredientes para cocinar una receta, estamos haciendo un cálculo rápido en la cabeza. Cuando vamos al banco para pedir un préstamo, las cuotas que tendremos que pagar cada mes son calculadas por una ecuación matemática. La fila que hemos hecho en ese banco para que nos atiendan funciona como un sistema matemático: el tiempo que esperaremos hasta que nos atiendan, la frecuencia con que cada persona será atendida, y la cantidad de personas en fila harán que la siguiente decida si quedarse o no. Las computadoras funcionan porque ejecutan cientos de operaciones por segundo sin que nos las digan. Nos gustan los juegos de azar porque es una forma de vencer a las probabilidades y una advertencia matemática de lo difícil que es ganar. Un diez por ciento de probabilidades de ganar es que de cada diez opciones para ganar sólo una es favorable para nosotros y el resto para la casa. También en el amor se trata de ganar, pero sobre todo de perder: debido a que las matemáticas estudian los patrones, hoy sabemos que encontrar la pareja perfecta es un problema de hacer un balance entre tener la paciencia para encontrar a la chica ideal y decidir tomar a la que nos parezca mejor. Por ejemplo, si pensamos salir con diez personas en total, los números dicen que es mejor descartar a las cuatro primeras para encontrar a nuestra pareja ideal. Si pensamos salir con veinte, debemos descartar a las primeras ocho. La matemática nos recomienda descartar al 37% del total de opciones para que la siguiente tenga la mayor probabilidad de ser la mejor. En 1949, Merrill M. Flood lo llamó «el problema de la novia». La misma técnica se puede usar para encontrar al mejor candidato para un puesto de trabajo. La experiencia y sabiduría de los números están en todas partes. «Todo el que haya preparado una tablita de charcuterie, o un plato de salchipapas, sabe que si se corta un cilindro (es decir, una salchicha) de manera inclinada sale una elipse perfecta. La gente sabe más geometría de lo que admite», advierte Helfgott.
Los problemas no resueltos en la historia de las matemáticas son como lunares en una piel perfecta. El Clay Mathematics Institute, que incentiva la investigación en matemáticas, estableció en el año 2000 los siete problemas del milenio con un premio de un millón de dólares para aquellos que resuelvan cualquiera de los siete. Sólo uno ha sido resuelto: la conjetura de Poincaré, enunciada en 1904 por el francés Henri Poincaré y que es parte del campo de la topología. El matemático ruso Grigori Perelman la demostró y la convirtió en un teorema en 2003, pero no aceptó el premio porque consideró que el trabajo de otro matemático para resolver este problema fue más importante que el suyo. El último teorema de Fermat es otro problema matemático que tomó siglos en resolverse. En 1637, el matemático francés Pierre de Fermat, que se interesó en las matemáticas como un pasatiempo, anotó una conjetura en el margen de un libro, y dijo que no tenía espacio para explicar su demostración. Por siglos el problema llamó la atención de expertos. En 1995 el mate-mático inglés Andrew Wiles logró demostrarlo y apareció en las portadas de los diarios de todo el mundo.

La carrera de un matemático gira alrededor de problemas. Harald Helfgott decidió meterse en más problemas cuando comenzó su carrera de matemático internacional en la Universidad de Brandeis, en Massachusetts, adonde llegó becado. Allí fue parte de un círculo en el que también había investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) donde publicó artículos y conoció a más mentores, lo que le ayudó a continuar un doctorado en Princeton, considerado como uno de los mayores centros de estudios de matemáticas avanzadas en el mundo. Fue durante el primer año de su doctorado, en su examen oral de fin de año, cuando Helfgott conoció la conjetura débil de Goldbach. Era uno de los temas generales por estudiar. El 19 de mayo de 1999, Helfgott se enfrentó por tres horas y media a un jurado al que tuvo que explicarle los métodos con los que el ruso Ivan Vinogradov había intentado resolverlo. Después de Princeton, donde se especializó en teoría analítica de números, Helfgott comenzó sus estudios post-doctorales en la Universidad de Montreal y comenzó a investigar sobre teoría de grupos, su otro campo de trabajo. Las dos son ramas de las matemáticas puras que, a diferencia de las matemáticas aplicadas, no tienen ninguna utilidad práctica como fin. El ADN de las matemáticas puras se parece más al de la filosofía que al de la ingeniería.
Probar la conjetura débil de Goldbach era el problema al que Harald Helfgott volvía todos los días y que se volvió su obsesión. Una conjetura es una ley que parece cierta pero que no se ha podido probar y por eso no es un teorema universal. En este caso, que todo número impar mayor que cinco puede expresarse como la suma de tres números primos. Los primos son aquellos números naturales mayores que 1 que sólo pueden dividirse entre 1 y ellos mismos. Se les llama números solitarios porque, a diferencia de otros, solo se tienen a ellos mismos además del 1 para dividirse. Helfgott piensa que puede hacerse una comparación con la química: los primos son los átomos en la tabla periódica de los elementos a partir de los que se crean el resto de los demás números. Del mismo modo que hoy en la física existe una obsesión por descubrir las partículas elementales que formaron el universo y saber cómo se originó, los matemáticos se han obsesionado con los números primos. Hace más de dos mil años, Euclides demostró que existe un número infinito de primos y desde entonces la cacería por encontrar nuevos es el pasatiempo de expertos y aficionados. Conforme los números aumentan, los primos se hacen más raros. Pero cada cierto tiempo encontramos nuevos en esta cacería. Incluso existen parejas de números primos que se separan solo por dos números, sin seguir ningún patrón, como si nos jugaran una broma que no podemos entender. Hoy gracias al matemático estadounidense Curtis Cooper sabemos que el mayor número primo que conocemos es 257 885 161 -1
, un número con 17’425,170 dígitos. Eso equivale a más del doble de caracteres de la siete novelas de Harry Potter. Del mismo modo que hemos decidido darle un valor fascinante a los diamantes, también se lo hemos dado a los números primos. La fascinación por los números primos va más allá de su rareza. Es también nuestro interés por comprenderlo todo.
Los matemáticos de altura vienen de todas partes. Antes de los cuarenta años, Cristian Goldbach, un prusiano hijo de un pastor protestante, se convertiría en tutor del zar Pedro II de Rusia. Aunque había estudiado leyes y medicina, fue más un matemático. En 1742, Goldbach dijo que los números pares mayores que 2 pueden escribirse como la suma de dos números primos —conjetura fuerte—, y como consecuencia, que los impares mayores que 5 pueden escribirse como la suma de tres primos —conjetura débil—. Un ejemplo: 7 es la suma de 3 + 2 + 2. Otro ejemplo: 21 es la suma de 11 + 7 + 3. Hay una fascinación por hallar las reglas escondidas de cómo funcionan los números primos porque a partir de ellos se pueden crear todos los demás números y obtener pistas para resolver otros problemas. Lo que dijo Goldbach parecía funcionar con todos los números hasta el infinito, pero nadie podía probarlo. Así se convirtió en una conjetura y en uno de los problemas más difíciles de resolver en la historia de las matemáticas. En los siglos siguientes, algunos matemáticos hicieron pruebas con números primos hasta más de un trillón, pero no fue suficiente para convertir la conjetura débil en teorema. Ivan Vinogradov, un matemático ruso, había probado que la conjetura era cierta a partir de números elevados (que otros matemáticos concluirían que era de más de mil trescientos ceros a la derecha). Quedaba un intervalo de números entre un trillón y otros números astronómicos que impedían probar la validez de la conjetura débil de Goldbach. El trabajo de Helfgott fue demostrar que era cierta en todos los casos. A diferencia de otros problemas famosos de matemáticas, como el último teorema de Fermat, que dependieron de decenas de intentos previos a su resolución, el trabajo de Helfgott se basó sobre todo en el de Vinogradov y de predecesores como los británicos Godfrey Hardy y John Littlewood. HH reconoce haberse inspirado también en trabajos previos del ruso Yuri Linnik y del francés Olivier Ramaré, quien demostró que cualquier número par a partir de 4 es la suma de un máximo de seis números primos. Toda demostración matemática es la gran conclusión de una herencia de pruebas precedentes. Pronto Helfgott, un matemático del Perú, tendrá herederos.
Cuando estuvo concentrado en demostrar la conjetura, Helfgott se olvidaba a veces de regresar a casa a dormir y lo hacía sobre su escritorio. O se pasaba de largo de su parada de metro de la línea seis de París. O despertaba y se ponía a trabajar en pijama antes de tomar una ducha. Resolver un problema como la conjetura débil de Goldbach exige cambiar una rutina de vida de años. Para no enloquecer, Helfgott trató de mantener cierta distancia: cada semana tenía clases de tango y griego clásico a las que no faltaba, salvo durante las últimas semanas de su prueba. Seis años después, el matemático logró probar la conjetura débil de Goldbach para todos los números. Su labor tuvo dos partes. La primera fue teórica, y consistió en usar herramientas matemáticas —como el método del círculo y sumas exponenciales— para el problema que él ensayaba en cuadernos y pizarras o calculándolas mentalmente para llegar a la conclusión lógica de que la conjetura débil era cierta a partir de un número igual a uno con veintinueve ceros a la derecha en adelante. La primera fue analizar el problema desde la habilidad del matemático; la segunda, validar el problema desde la potencia de las computadoras. En mayo de 2013 HH llegó a la conclusión final. Ese día fue a una tienda de juguetes en París y se compró un camión con remolque para ensamblar. Era su forma de decirse que el trabajo había terminado. El matemático sintió más alivio que alegría. Pero su prueba aún debía ser aprobada por la comunidad matemática.

4

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Cuando el colegio Humboldt de Lima permitió a sus alumnos ir a clases con cualquier ropa de calle, Harald Helfgott decidió seguir yendo con su uniforme gris escolar. Prefirió mantener el uniforme gris que perder el tiempo pensando qué vestir cada día. Era una postura a favor de una rutina austera, una incomodidad a desperdiciar energía por tomar decisiones diarias sobre asuntos sin importancia. Otros personajes en la historia tomaron la misma decisión de no tener un guardarropas abundante: Steve Jobs y sus chompas negras con cuello de tortuga, Mark Zuckerberg y sus camisetas grises, Barack Obama y sus trajes azules: «No quiero tomar decisiones sobre qué voy a comer o llevar porque tengo muchas otras decisiones que tomar», declaró el presidente de Estados Unidos. Hoy el matemático estaría contento si le impusieran un uniforme para ir todos los días a trabajar.
Helfgott se indigna de que exista gente que se enorgullezca de decir que, después del colegio, no han vuelto a ver ninguna prueba matemática en su vida. «Ignorante es quien no quiere aprender», dice. Hace dos mil años, en la Hermandad Pitagórica, la sociedad creada por el matemático griego para extender el conocimiento, las demostraciones se hacían por ensayo y error. Es el mismo camino que siguen hoy los matemáticos para demostrar la validez de una conjetura. Lo más importante de un curso de matemáticas no está en la habilidad para resolver una lista de problemas sin errores en el menor tiempo posible, sino en aprender a pensar como un matemático, con intuición y de manera lógica. Lo espantoso de las matemáticas se inaugura en el colegio con el estrés de los exámenes. Los alumnos reciben calificaciones cada semana sin comprender qué deben mejorar y ya han pasado a un nuevo tema y tienen que estudiar para el nuevo examen. Los problemas deben resolverse en el menor tiempo posible y esta presión convierte las matemáticas escolares en una carrera de ansiedad contra el reloj. «En sexto de primaria nuestro profesor de matemática le traía problemas de cuarto y quinto de secundaria —recuerda Matías Vega, uno de los compañeros de clases de Helfgott en el colegio Humboldt—. Cuando venían los exámenes todos nos rompíamos la cabeza para terminar y él terminaba a los diez o quince minutos y después sacaba los problemas de años muchos mayores para divertirse». La aplicación práctica de las matemáticas está lejos de la memorización de teoremas y de la agilidad en realizar cálculos complicados. Se trata más de saber cómo aumentar los ingredientes cuando hay más personas que las que indica el recetario de cocina, de estimar la altura de un cuarto comparándola con nuestra estatura o de cómo hacer caber más cosas en un espacio reducido teniendo en cuenta la forma de un objeto. Los malos profesores de matemáticas enseñan bajo un modelo de repetición: el profesor enseña un nuevo concepto, desarrolla un ejemplo con la clase y deja una tarea individual. Las clases de matemáticas se vuelven así una repetición de fórmulas y no la exploración de un mundo nuevo gobernado por la razón.
Harald Helfgott no fue víctima de esta enseñanza tradicional de las matemáticas. Nunca la necesitó. Sus primeros maestros fueron sus padres, que eran profesores de matemáticas y estadística. Habían elegido su nombre en honor del matemático danés Harald Bohr, un ex futbolista del equipo olímpico danés y hermano de Niels Bohr, uno de los físicos que trabajó en la teoría del átomo. Helfgott sirvió de conejillo de indias cuando su padre escribió un libro de geometría y él debía revisar que todas las demostraciones fueran correctas. También HH asistía en Lima a la Facultad de Matemáticas de la Universidad de San Marcos cuando acompañaba a su madre a dictar sus clases de estadística. El matemático sabe que sus padres lo llevaban a todas partes porque no tenían niñera.
Helfgott creció en un mundo donde él siempre fue el diferente, pero nunca fue un solitario ni tuvo problemas para ser sociable y conversador. En la escuela le decían «cabezón». Matías Vega, su compañero de clases en el colegio Humboldt, lo recuerda como el chico que tenía la apariencia clásica de un genio, con la mirada fija en el vacío y que no se preocupaba por su aspecto. Matías Vega recuerda que HH tenía pasatiempos distintos: en vez de leer historietas, leía La metamorfosis, de kafka; en vez de jugar al fútbol, jugaba al ajedrez; en vez de ver E.T., veía 2001 Odisea en el espacio. Helfgott recuerda que sus maestros se daban cuenta de su facilidad para aprender más allá de las cursos y le permitían leer libros para estudiantes mayores. Durante su educación secundaria, por las noches, iba a clases especiales que un profesor dictaba para sus alumnos más adelantados. «El mejor maestro —entiende HH— es aquel que enseña a sus alumnos para que sean mejores que él». El niño que vivía en la calle Saturno, del barrio El Cercado de Lima, también tenía temores distintos. Una tarde leyó una noticia que lo hizo romper en llanto: el Universo desaparecería algún día.
En tiempos en que el Perú pasaba por su peor crisis económica, sus padres decidieron llevarlo a una escuela de verano soviética en Lima. Helfgott tenía diez años y ese verano comenzó a aprender ruso, a estudiar sobre los países que conformaban la Unión Soviética, y a asistir a clases avanzadas de matemáticas. Mirko Solari, uno de los amigos que HH hizo aquel verano, recuerda haber conversado con él sobre temas políticos y los problemas del país. Helfgott no ha abandonado ese interés, sobre todo en los problemas de la educación. En el Perú, donde vivió hasta finales de su adolescencia, la educación es una de los peores del mundo: en una prueba de la Organización de la Cooperación para el Desarrollo Económico que evalúa los niveles en matemáticas, ciencia y comprensión lectora de sesenta y cinco países, el Perú quedó en último lugar. Hoy Helfgott dirige una escuela de verano en Cusco. Junto a dos centros inter-nacionales de matemáticas y una universidad cusqueña, el matemático quiere llevar a los mejores estudiantes de Sudamérica a esta escuela y debatir temas avanzados de su especialidad, la teoría de números. La selección fue estricta: pidieron cartas de recomendación y notas que probaran que el alumno postulante entiende matemáticas y no era sólo un aficionado que buscaba una línea más en su currículum. Helfgott ha invitado a matemáticos de todas partes del mundo para que den clases magistrales y pasen unas semanas en Cusco con los estudiantes. Se ha encargado en persona de revisar todos los detalles de su escuela: ha elegido desde el menú y los vinos para las ceremonias oficiales y ha decidido que alumnos y maestros duerman todos en el mismo hotel. La escuela del Cusco es a la que el Helfgott adolescente hubiera querido asistir cuando acompañaba a su madre a la universidad y se colaba en las clases de matemática pura.

 

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Una noche de febrero de 2015, un hombre bailaba con otro hombre en el salón de un edificio de París. Era Harald Helfgott posando sus brazos sobre los hombros de Daniel Schnellmann, su maestro de tango que también es matemático y a quién había conocido cuando ambos eran investigadores en la École Normale Supérieure de París, la principal escuela de matemáticas de Francia, donde ambos tenían oficinas en el mismo piso. Bailaban al son de un tango argentino junto a otros treinta bailarines que se habían reunido allí, como cada semana, para una milonga. El matemático suizo llevaba el paso, guiando a Helfgott con leves movimientos de cintura, mientras que HH apenas movía los brazos y casi no flexionaba las piernas: se hallaba más concentrado en seguir el ritmo y en no pisar jamás a su pareja.
Meses atrás, Helfgott había asistido a clases de tango en San Petersburgo, Rusia, mientras fue invitado de la cátedra Lamé, una iniciativa franco-rusa para integrar las comunidades matemáticas de ambos países. En su primera clase, su maestro se dio cuenta de que era un matemático por su rigidez y porque su vocabulario consistía de frases comunes en la matemática. Lo molestaba preguntándole: «¿Y la demostración?», refiriéndose a la labor típica de los matemáticos. Helfgott recuerda que no sabía decir «caderas» en ruso y que tuvo problemas en las clases por el idioma y por eso estuvo junto a los debutantes. Esa noche en París, sin embargo, Helfgott pensaba en francés y en no salirse del ritmo: mientras bailaba, mantenía la mirada fija en un punto de la pared como si estuviera hipnotizado en sentir al milímetro cada parte de su cuerpo en lugar de mirar cada paso de su pareja. El maestro Schnellmann había descubierto el tango en Austria y luego creado su escuela itinerante de clases y bailes semanales. El profesor matemático nunca perdía la paciencia con el alumno matemático: bailó con él por diez minutos y se tomó el tiempo en decirle por quinta vez que debía soltarse aún más. Insistía en que tratara de bailar con otros para dejarse llevar por la música y aprender a anticiparse a los movimientos de los desconocidos. Pero su principal consejo era también lo contrario a la rutina de un matemático: Helfgott debía concentrarse menos.
El tango y las matemáticas comparten la paradoja de ser rígidos en las leyes que los gobiernan, pero flexibles en la improvisación. El ritmo está en los tiempos que se escriben en un pentagrama con símbolos musicales del mismo modo que un teorema se escribe con variables y símbolos matemáticos. En el artículo Mathematical models for argentine tango, la matemática Carla Farsi, de la Universidad de Colorado, aplica al tango modelos matemáticos que se pueden representar con gráficos tridimensionales, como si el tango se tratara de un problema de física. La expresividad del baile queda reducida a ecuaciones que no permiten tropezar. Helfgott se enamoró del tango cuando escuchaba a Gardel de niño en sus almuerzos familiares. Bailar tango resulta para él más tentador porque es más formal que otros bailes: tiene una lista de pasos y el reto de combinarlos con elegancia. Esa noche en París, el matemático se pasó bailando con parejas ocasionales que, por su condición de principiante, aceptaban a regañadientes su invitación a bailar. En la pista de baile, Helfgott mantenía a sus parejas a distancia con los brazos semiabiertos, posándolos sobre sus hombros y no en la cintura. Esa es la postura de los debutantes que aún no se sienten cómodos con la incertidumbre de los pasos de sus parejas. Esa noche, una de ellas fue una mujer mayor con un vestido largo y rojo a quien Helfgott acompañó al centro de la pista y que aceptó bailar gustosa con él a pesar de la advertencia de ser un debutante. La mujer le daba consejos, le susurraba hacia dónde debían deslizarse mientras Helfgott se concentraba mirando la pared del otro extremo de la sala. La pareja hacía giros y era la mujer la que llevaba el ritmo. En el salón tocaban un tango: Recuerdos de bohemia.

Dime por qué, por qué olvidar
que yo hice florecer
tu primavera.
Por qué
tu corazón me abandonó.
Por qué
tu mano me alejó.
Dime por qué, por qué, dejar
a quién te dio su ser
su vida entera.
Por qué
pagaste así cruel con tu rigor
todo mi amor.

La mujer del vestido rojo se despidió del matemático dejándole consejos para el resto de la noche. La belleza del tango está en las figuras que dibujan las parejas y en la improvisación. En matemáticas, la belleza está en la simpleza y en lo indiscutible de las pruebas. Unos neurocientíficos del Reino Unido descubrieron que la misma parte del cerebro que se activa por el arte y la música se activa también en el cerebro de los matemáticos cuando miran ecuaciones que consideran bellas. Helfgott dice que, a diferencia de otras ciencias, como las políticas, en matemática la razón no se gana por la fuerza sino por una prueba objetiva. La belleza de las matemáticas no es para él una virtud principal, pero admite que no deja de buscarla a la hora de resolver un problema. Cuando se le pregunta por la belleza de las mujeres, el matemático responde que le importa, aunque no tanto como su inteligencia. HH evita hablar de la mujer ideal. «Uno debe tener principios cercanos y temperamentos complementarios», dice teorizando sobre la pareja. Esa noche, durante la milonga del barrio doce de París, las parejas fueron abandonando el salón. Hacia el final el matemático acudió a preguntar a su profesor de tango en qué debía mejorar. El hombre que acababa de hallar la solución eterna a un problema matemático quería buscarse a sí mismo en la elegancia y la sensualidad del tango.

 

***


El matemático no bailará el último tango en París. Si la matemática es una ciencia que se hace esperar, queda esperar aún más de Helfgott, un hombre capaz de pasarse horas armando una figura de origami. Rumbo a los cuarenta años, es capaz de disfrutar del tiempo lento de aprender un nuevo idioma como el ruso o el griego antiguo. Cuando se propuso resolver la conjetura débil de Goldbach, Helfgott sabía que su demostración iba a ser la primera etapa de una aventura que tardaría años. Las pruebas matemáticas no están exentas de su propia burocracia: demostrar la veracidad de una conjetura sin resolver por casi trescientos años exige superar un protocolo de expertos, editores y árbitros que respaldan la publicación de una prueba matemática. La prueba de Helfgott pasaría por dos años de revisiones y reescrituras hasta que él envió una última versión para ser publicada. A Helfgott le haría falta aún más paciencia para que un panel de jueces anónimos la valide. Solemos percibir la matemática como una carrera de velocidad mental, cuando es todo lo contrario: una carrera de resistencia en la que sólo los pacientes la entenderán al fin. Isaac Newton dijo: «Si he hecho algún descubrimiento valioso, éste se debe más a prestar atención con paciencia que a otro gran talento». El matemático y físico inglés sabía que gran parte del secreto de los números consistía en aprender a esperar.
En los últimos cinco años, Helfgott ha residido en París, la ciudad donde, según él, hoy vive la mayor cantidad de matemáticos de alto nivel en el planeta. Ha trabajado como funcionario público del Centre National de la Recherche Scientifique, CNRS, una de las instituciones académicas más prestigiosas del mundo, investigando y dictando clases en universidades públicas como Pierre et Marie Curie y Paris Diderot. En unas semanas, Helfgott tendrá que abandonar sus clases de tango en París: se habrá mudado a Alemania para enseñar en la Universidad de Göttingen, la misma donde fue profesor Carl Friedrich Gauss, El Príncipe de las Matemáticas.
Helfgott tendrá que bailar tango en alemán: ha ganado la codiciada beca de la Cátedra Alejandro von Humboldt con que el gobierno de Alemania premia a los investigadores líderes de las ciencias en todo el mundo. HH es el investigador más joven de todos los que han ganado una Cátedra Humboldt en más de medio siglo de historia y el primer latinoamericano en ganarla. La Cátedra Humboldt le concede al matemático tres millones y medio de euros para crear y liderar un equipo de teóricos de la matemática que exploren en teoría de grupos y teoría de números en los próximos cinco años. El matemático del Perú quiere construir puentes entre las comunidades matemáticas europea y sudamericana, y organizará una serie de conferencias. La Unión Europea le ha concedido otro millón trescientos mil euros para investigar. El matemático promete no abandonar sus clases de tango, aunque sean en alemán y el verbo pisar en alemán suene más duro que en francés.
Un viernes de mayo de 2015, Helfgott estaba en Alemania buscando un nuevo departamento para mudarse de París a Göttingen, cuando recibió en su hotel un correo electrónico que no podía abrir. Había asistido a un acto solemne donde juró ante la presidenta de la Universidad de Göttingen que respetaría las normas de su centro de estudios. «En Alemania —dice el matemático— los nuevos profesores juramentan como si fueran diputados». Acababa de volver a su hotel luego de una cena y no lograba abrir los archivos que le habían llegado a su e-mail. La señal de Internet no funcionaba bien en su habitación y se instaló en el lobby de su hotel frente a una tablet que acababa de comprar. El correo era de una de las editoras de Annals of Mathematics Studies, una prestigiosa y antigua revista de la Universidad de Princeton, que evaluaba la validez de su demostración de la conjetura débil de Goldbach. Era la aprobación final. La editora le sugirió todavía unas aclaraciones en su texto, pero le adelantó que ya podía firmar el contrato de publicación. Era el final de una gran aventura mental. Helfgott había estado dispuesto a aguardar años el resultado con tal de que su prueba fuera verificada al milímetro. Esperar una lentísima demostración es menos romántico que extasiarse con un momento de iluminación espontánea. De esa paciencia extrema se trata la vida de matemático, de vivir sin pensar en un eureka. El matemático había demostrado que la conjetura débil de Goldbach era cierta. Su prueba había sido validada. Harald Helfgott, quien aguardó seis años para resolver una conjetura que llevaba casi tres siglos sin resolverse, aún no sabe cómo celebrará. Tal vez no le importe tanto.


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July 13, 2015

ETIQUETA NEGRA 126

Un texto de

NO LE PIDAS UN CHISTE
AL ASESOR CIENTÍFICO
DE THE BIG BAG THEORY

¿Debe ser cool alguien que sabe cómo funciona el universo?

Un texto de María Teresa Hernández
Ilustraciones de Héctor Huamán

Una noche de 2014, durante la grabación de un episodio de la séptima temporada de The big bang theory, en los estudios Warner Bros. de Los Ángeles, los guionistas de la serie le pidieron al físico David Saltzberg que propusiera un chiste científico. La broma sugerida debía hacer reír a millones de personas con un diálogo de Sheldon Cooper, pero la propuesta de Saltzberg fue tan mala que los guionistas decidieron usar sólo el concepto y reescribirla por completo. Para Saltzberg, un hombre que puede detectar partículas invisibles en el Polo Sur, que entiende para qué sirve el Gran Colisionador de Hadrones y sabe cómo sobrevivir a temperaturas de menos treinta grados, el mecanismo que hace reír a la gente es un misterio. Eso no es algo extraordinario. La mayoría de las personas no sabe contar chistes. Para este científico, sin embargo, esa frustración se resuelve como un problema matemático: cuando a David Saltzberg se le ocurre una broma para un capítulo The big bang theory, toma un plumón de tinta de acetona y escribe ecuaciones sobre un pizarrón blanco. Para él, la risa no se articula a través de juegos verbales, sino de números, fracciones y letras del alfabeto griego. Aunque trabaja como asesor científico en la comedia número uno de la televisión en Estados Unidos, Saltzberg no sabe cómo hacernos reír. David Saltzberg, el hombre que habla de ciencia a través de la voz de Sheldon Cooper, es un científico tímido de cuarenta y ocho años que se sonroja con facilidad. Hace casi una década que divide sus horas de trabajo entre la física de partículas y su puesto de Consultor de Ciencia en The big bang theory. Sin embargo, su influencia en la serie sobrepasa la corrección de libretos: desde que se unió al equipo de producción ha inspirado el ambiente en el que viven los nerds más populares de la televisión. Como los personajes, Saltzberg pasó su infancia en un sótano con sus amigos para ensamblar cohetes a escala, mezclar ácidos para producir explosiones y utilizar azufre para fabricar bombas de mal olor. Fue un estudiante sobresaliente y un adolescente que dedicaba más tiempo a la resolución de ecuaciones que a las borracheras y fiestas. Es probable, además, que las manías de Sheldon Cooper no sólo sean producto de la imaginación de los guionistas: David Saltzberg es un físico que funciona como una pieza de relojería. Todos los días apaga su despertador a las cinco de la mañana. A las seis y media llega a su oficina en la Universidad de California para verificar que la clase de física que impartirá ese día esté actualizada y también para revisar sus correos electrónicos. Poco antes de las nueve, en jeans, zapatillas y camisa arremangada por debajo de los codos, Saltzberg cruza la universidad empujando un carrito metálico similar al que usan los mensajeros al repartir paquetes. En él carga con lo que necesita para dar clase a sus doscientos estudiantes: libros de texto, laptop y tizas. Sheldon Cooper es un intelectual con el ego del tamaño del Titanic. Cree que los ingenieros son simples obreros de la ciencia. Tiene la certeza de que ganará un Premio Nobel de Física. Piensa que todos —a excepción de gente como Stephen Hawking, Leonard Nimoy y Stan Lee— están por debajo de su capacidad intelectual. En cambio, cuando uno conversa con David Saltzberg siente que podría preguntarle, sin sentirse tonto, por qué el cielo es azul o cuánto vive una estrella. Saltzberg tiene las respuestas y la disposición de explicarlas con paciencia budista. Es un hombre dulce, un tanto regordete, que no supera el metro sesenta y cinco de estatura. Esta tarde, el profesor de ojos azules y sonrisa cálida saluda a sus alumnos en los pasillos y laboratorios. Grita sus nombres desde lejos y me presenta a todos con el orgullo de un padre que presume a sus hijos. Eric Takasugi —cabeza de cepillo y lentes rectangulares— es un físico de veintiocho años que explica la composición de la materia con ladrillos de Lego. Cursa un doctorado bajo la supervisión de Saltzberg, y dice que lo adora porque no es un profesor convencional: hace un tiempo, cuando viajaron juntos a Suiza para trabajar en la Organización Europea para la Investigación Nuclear,Saltzberg se tomó una tarde para enseñarle a manejar un coche con caja de velocidades. En el sitio web donde los universitarios despellejan o aplauden a los profesores de su facultad, Saltzberg no se salva de recibir algunas pedradas. «Comete errores y no se da cuenta». «Plantea preguntas demasiado conceptuales en los exámenes». Y aunque algunos de sus alumnos se aburren durante las cuatro horas semanales de clase que imparte, a otros les entusiasma que sea parte esencial de una producción que cada semana mantiene a doce millones de personas pegadas al televisor: «O te acostumbras a su clase o te duermes —escribió uno de sus estudiantes—, pero amo The big bang theory, y él es quien escribe el diálogo científico de la serie. Eso lo hace 10’000,000,000 de veces más cool». thebigbang

 

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La televisión, como el cine, crea mitologías, reinventa a nuestros héroes. No admiraríamos el temple de un mafioso si no fuera por Tony Soprano. La química no sería una ciencia célebre sin Walter White. Si no existiera Don Draper, no veríamos glamour en la publicidad. Antes del estreno de The big bang theory, un laboratorio era percibido como una incubadora de nerds, esos tipos antisociales y excéntricos que podrían formar una secta para alabar a Darth Vader y el señor Spock, pero nunca invitar a una rubia a cenar. Hoy, en cambio, millones de personas son fanáticas de Sheldon Cooper, un físico que viste camisetas estampadas de Flash y presume que su color favorito es el azul de la espada láser de Luke Skywalker. Desde la transmisión de su primer episodio, The big bang theory nos recordó que no se necesita un disfraz de superhéroe para cambiar el mundo y reivindicó a los nerds entre nuestros ídolos.
David Saltzberg se enamoró de la ciencia como millones de personas de The big bang theory: frente a la pantalla de un televisor. A los ocho años se volvió fanático de Space: 1999 y Batt lest ar galactica, shows célebres a fines de los setenta.
Además, era seguidor de Cosmos, serie documental en la que Carl Sagan, un astrofísico y cosmólogo que parecía saberlo todo, coqueteaba con la cámara mientras narraba la historia del universo en sesenta minutos. Por esos días, Saltzberg seguía con euforia los primeros viajes del hombre al espacio en una casa de Nueva Jersey, al noreste de Estados Unidos.
Ahí vivió con su padre —un ingeniero eléctrico—, su madre —un ama de casa que le enseñó a leer— y tres hermanos mayores, dos de los cuales también trabajan en ciencia. Aunque hoy vive del otro lado del país, Saltzberg dice que no los extraña: vuela para visitarlos varias veces por año y en cada viaje vuelve a dormir en la habitación de su infancia, donde pasaba horas leyendo los textos de divulgación científica de Isaac Asimov, el bioquímico ruso que estableció las Leyes de la Robótica y en sus libros explicaba qué son la electricidad, la luz y el sonido. En las últimas tres décadas, el prestigio de los nerds ha crecido de manera exponencial. En la realidad y en la ficción, la inteligencia ha dejado de ser motivo de burla para provocar fascinación. Bill Gates sería un informático cualquiera de no ser porque el imperio de Microsoft lo convirtió en el hombre más rico del mundo. Mark Zuckerberg sería un programador promedio si Facebook no tuviera más de mil millones de usuarios activos al mes. Y aunque lo pasemos por alto, los personajes de The big bang theory no son los únicos genios ficticios que despiertan suspiros. Barry Allen, el superhéroe veloz que llamamos The Flash, es un científico forense cuando no protege a la humanidad enfundado en su traje de látex rojo. Bruce Banner, quien combate villanos al transformarse en Hulk, experimenta con radiación durante sus ratos libres.
Tony Stark es un ingeniero que vive entre el diseño de armamentos y su vocación por interceptar misiles nucleares disfrazado de Iron Man. Hoy los geeks salvan el mundo, son millonarios y protagonizan películas y series de televisión.

 

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La imagen que tenemos de los científicos, como la materia, se transforma. En los siglos XVII y XIX fueron genios solitarios. Casi podríamos pintar un cuadro genérico de físicos como Isaac Newton, quien descubrió la gravedad, o Michael Faraday, que hizo lo propio con el electromagnetismo: hombres canosos, con las narices metidas en los enigmas del mundo, ensimismados detrás de un escritorio bajo la luz de una vela. En nuestra imaginación, un científico es una fotografía de Albert Einstein con los pelos en punta. «Ese modelo heroico ya no existe. Es una percepción romántica que nos formamos siendo niños, pero desde hace unos cincuenta años ya no hay físicos así», me dice David Saltzberg el día que nos encontramos en UCLA. Viste jeans azul cobalto y camisa vainilla. Sentado en un sillón tan alto que impide que sus zapatillas chocolate toquen el suelo, parece un niño que habla sobre su caricatura favorita. Saltzberg sonríe y agrega que los premios Nobel de ciencias que se han entregado recientemente han sido a dos o tres eruditos que trabajan en equipo. Hoy, dice Saltzberg, la ciencia es colaborativa: el universo es tan grande que no basta un puñado de hombres curiosos para estudiarlo todo.
Quien sólo estudia ciencias en la escuela y de pronto encara el mundo de la Física se siente tan limitado como David Saltzberg cuando alguien le pide que cuente un chiste. Para nosotros, el tiempo es un reloj de pulsera. Lo diminuto es una cabeza de alfiler. La invisibilidad es el superpoder de un personaje de Marvel. Los físicos piensan distinto. Saben que hay una inmensidad que nos rebasa, un submundo que no podemos ver ni tocar. En comparación con nuestra vida dia ria, en física todo puede parecer extremo: extremadamente grande, extremadamente pequeño, extremadamente veloz.
La breve historia del tiempo de Stephen Hawking hace lo que Cosmos, de Carl Sagan: traduce la complejidad de la energía, la materia, el tiempo y The big bang theory se atreve a más: transforma conceptos ininteligibles en comedia. Sin saber qué son o para qué sirven, las ondas de microondas nos hacen reír.
Antes de cumplir veinte años, el mundo de David Saltzberg comenzó a expandirse. Cambió el sótano de la casa de su amigo por el de la Universidad de Princeton, y en esa cámara subterránea realizó sus primeros experimentos universitarios con un acelerador de partículas, un dispositivo que emplea campos electromagnéticos para que diminutos fragmentos de materia, cargados de energía, choquen entre sí. Es casi como encender la mecha de fuegos artificiales. Las colisiones, a su vez, generan partículas más pequeñas, como cuando los objetos pirotécnicos escupen chispas de colores en el cielo de la noche. En un acelerador, la mayor parte de estas chispas- partículas son inestables; desaparecen en menos de un segundo. Otras, en cambio, podrían recorrer la Tierra hasta el fin de los tiempos. A estas últimas se les llama neutrinos, y desde fines de los ochenta son la obsesión de David Saltzberg.
Un neutrino es un neutrón pequeño. No se divide ni transforma.
Rara vez interactúa. Eso quiere decir que atraviesa materiales sin producir efectos secundarios. Si apuntara mi pulgar hacia el sol, cada segundo sería atravesado por seis billones de neutrinos y no habría manera de sentirlos mientras entran y salen de mi piel. David Saltzberg, como otros físicos de partículas, cree que los neutrinos son la base del universo. Contrario a lo que pensamos, el Big Bang no fue una explosión. El concepto alude una expansión que inició hace trece mil millones de años. En aquel entonces no había gravedad ni materia; no existían los átomos ni las partículas que los integran: protones, electrones y neutrones. Sólo había quarks, partículas aún más diminutas que forman protones y neutrones. Por el estado tan caliente en el que se encontraba ese espacio primigenio, el universo comenzó a propagarse como una mancha y un choque entre partículas positivas y negativas provocó una explosión. Un milmillonésimo de segundo después de aquel evento, un tercer grupo de partículas quedó aislado. Saltzberg y sus colegas piensan que algunas de éstas eran neutrinos. Hasta ahora, sólo se tiene certeza de que éstos se unieron para formar protones y neutrones que a su vez originaron galaxias, planetas y estrellas. ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos? El cuadro más famoso de Paul Gauguin, el artista francés que abandonó su vida acomodada para dedicarse a pintar, lleva por título estas tres preguntas. Lo que algunos tratan de responderse a través del arte o la filosofía, David Saltzberg lo busca en los neutrinos.
Como todo físico de partículas, sabe que son piezas faltantes de un rompecabezas que permitiría comprender el proceso de formación del universo.

 

***

Una noche de 2007, durante el segundo episodio de The big bang theory, Sheldon Cooper arruinó el cliché romántico del superhéroe que salva a la dama en peligro con una deducción matemática. En una de las escenas, Penny comenta lo mucho que le gusta la película en la que Lois Lane cae de un helicóptero y Superman vuela como un águila para salvarla.—¿Sabías que esa escena está plagada de imprecisión científica? —le pregunta Cooper, mientras esboza la sonrisa maliciosa del Grinch.—Sí, sí —responde Penny—, ya sé que los hombres no pueden volar.—No, no, asumamos que pueden: Lois Lane está cayendo,acelerando a una velocidad inicial de 9.76 metros por segundo.
Superman se lanza en picada para atraparla con sus brazos de acero. La señorita Lane, quien ahora está viajando a 193 kilómetros por segundo, se estrella contra ellos y su cuerpo se fractura en tres partes iguales.
Fin del argumento. Sheldon se regodea como quien acaba de comprobar que la Tierra no es plana. Penny agacha la mirada como un niño que descubre que el ratón de los dientes no existe. En las gradas del estudio Warner Bros., el público invitado a la grabación estalla en carcajadas y aplausos. Inadvertido entre esa multitud está David Saltzberg, que infla el pecho de orgullo: sabe que fue cómplice de los guionistas para escribir esa broma. Como cada martes, el físico organiza su día para combinar la ciencia con la televisión.
Saltzberg no está solo en la tribuna del set. Junto a él están sus mejores estudiantes, que aplauden al unísono. Ellos son los ganadores de The Geek of the Week, un programa que Saltzberg inventó para motivar sus estudios, y cuyo premio inicia con un viaje en auto desde Westwood, donde está la universidad, hasta Burbank, una ciudad famosa por sus estudios de cine y televisión.
Eric Takasugi ganó una vez. Dice que fue muy divertido y que varios alumnos de Saltzberg sueñan con hacer ese viaje.
Un maestro promedio solo imparte su clase, asigna exámenes y reparte calificaciones. David Saltzberg invita a sus alumnos a darle la mano a Jim Parsons y Johnny Galecki cuando no interpretan a Sheldon y Leonard en la serie de comedia más lucrativa del canal. Además, gracias a él, pueden conocer a Kaley Cuoco, la rubia con cuerpo de Coca-Cola y sonrisa de anuncio de pasta dental que interpreta a la vecina de los físicos. Saltzberg no es un actor de comedia que gana premios Emmy ni un millón de dólares por episodio al aire, pero entre alumnos, colegas y televidentes es casi una celebridad: gracias a él, un nerd con cuerpo de espagueti puede derrumbar el mito del infalible hombre de acero con un cálculo rápido de física elemental.
David Saltzberg se integró al equipo de producción por curiosidad. Un amigo suyo le comentó que los creadores de la serie buscaban un asesor de física para revisar los guiones, y días después Bill Prady, el productor ejecutivo, lo llamó para saber si alguno de sus estudiantes querría colaborar. Saltzberg le preguntó si habría inconveniente en hacerlo él mismo. Desde entonces, el verdadero Sheldon Cooper tiene dos tareas: verificar el guión de un capítulo terminado o sacar a los guionistas de un apuro mientras escriben. En el primer caso, tiene una semana para pensar; en el segundo, sólo doce horas. Para un científico acostumbrado a que sus experimentos arrojen resultados a cuentagotas, ayudar a pulir guiones es como trabajar a la velocidad de la luz.
En alguna ocasión, Bill Prady dijo que durante el proceso de escritura de los primeros episodios, él y Chuck Lorre, el otro productor ejecutivo de la serie, se quedaban mirando el monitor cuando llegaban a un diálogo sobre ciencia, como si esperaran que un hada madrina fuera a susurrarles una buena idea para llenar ese espacio en blanco. «Podemos quedarnos aquí todo el tiempo que quieras, Chuck. No nos vamos a transformar en físicos y nunca podremos escribir como ellos». Su trabajo se simplificó cuando conocieron a Saltzberg. En uno de los episodios de la segunda temporada, el físico recibió una línea que decía: «Escuché algo acerca de tu último experimento [ciencia por venir]: veinte mil pruebas y ningún resultado». La frase «[ciencia por venir]» es la carta abierta que Saltzberg tiene para proponer conceptos científicos reales y evitar enfurecer a los físicos que ven la serie y podrían notar un error. El científico dice que cuando vio aquel enunciado no sólo propuso un experimento real, sino que cambió un término —porque los físicos de verdad no usan la palabra «prueba» en ese contexto— y al final el diálogo quedó así: «Escuché algo acerca de tu último experimento de desintegración de protones: veinte mil secuencias de datos y ningún resultado significativo». Así, una tarde por semana, frente a la computadora de su pequeña oficina en UCLA, David Saltzberg salva a Sheldon Cooper de parecer tonto frente a la comunidad científica. Los actores y guionistas de la serie han dicho en entrevistas que no tienen idea de lo que significan los términos que Saltzberg escribe en los guiones, pero que jamás han dudado en dejar la precisión de los diálogos de la serie en sus manos. «Confiamos tanto en él —dijo una vez Chuck Lorre—, que podría estar timándonos y no nos daríamos cuenta».

2

 

***

Antes de grabar el primer capítulo de The big bang theory, un grupo de guionistas y diseñadores de producción visitó a Saltzberg en UCLA. Necesitaban conocer a sus estudiantes para esbozar los rasgos físicos y psicológicos de sus personajes y construir sets inspirados en sus dormitorios. De este modo, como buzos de profundidad, escenógrafos, carpinteros, encargados de vestuario y escritores se sumergieron en la vida cotidiana de los científicos sin superpoderes que quieren cambiar el mundo. Fotografiaron mobiliario, libros y ropa; tomaron nota de su jerga y chistes. La esencia de ese universo se convirtió en imágenes: Sheldon, Leonard, Wolowitz y Raj no son seres ficticios, sino una telaraña que atrapa las obsesiones, manías y fobias de todo el que decide dedicar su vida a entender cómo funciona el universo.
La obsesión de un científico promedio es similar a la de un sabueso que busca una presa: cuando descubre un tema que lo seduce, suele perseguirlo por el resto de su vida. David Saltzberg es distinto: él quiere olfatear y explorar todo a la vez. Trabaja como físico de partículas. Asesora los guiones de The big bang theory. Asiste a Comic-Con —la convención de cómics más importante del mundo— para integrarse a un panel donde los protagonistas de la serie interactúan con sus fans. Además, se ha dado tiempo para aconsejar a los guionistas de Manhatt an, un programa televisivo que retrata el proceso de construcción de la primera bomba atómica. La última vez que hablamos por Skype, Saltzberg estaba en Londres. Era un invitado de Talking Statues, un proyecto británico que responde a la pregunta: ¿Qué historias nos contarían las estatuas si pudieran hablar? En aquella ocasión, Saltzberg estaba a cargo de la voz de Copérnico, el astrónomo que descubrió que la Tierra y los planetas giran alrededor del Sol. Edward Blucher, profesor de física experimental de la Universidad de Chicago, es un hombre delgado como una rama de bambú, y tiene los ojos pequeños y azules. Cuando sonríe y cruza las piernas, es idéntico a Sheldon Cooper. Blucher conoció a Saltzberg cuando éste llegó a la universidad para iniciar su doctorado. Le pregunto qué distingue al asesor de ciencia de The big bang theory de los científicos que conoce.
«Es inusualmente bueno porque es como un niño —dice, sin parpadear— y los niños son los mejores científicos. Sin importar lo que les pongas enfrente, se interesan por todo». Cuando Saltzberg estudiaba en Princeton le entusiasmaba la Física Nuclear. En la Universidad de Chicago fue un pionero en la medición de masa del Bosón W, otra partícula fundamental que sirve para estudiar la materia. Una vez en UCLA, se involucró en un experimento que busca neutrinos en el Polo Sur. Sin embargo, no todos sus colegas lo ovacionan.
En la comunidad científica hay quienes piensan que el trabajo de un físico debe limitarse a clases, publicaciones especializadas y experimentos. «Difundir la ciencia entre grandes audiencias requiere ciertas habilidades que a mí me resultan muy complejas, pero algunos científicos lo ven como un fracaso», me dice Blucher, mientras cruza la pierna como Sheldon Cooper. Además, está el asunto del humor: entre los e-mails que Saltzberg ha recibido desde que es Asesor de Ciencia de The big bang Theory recuerda uno que un colega le envió para reclamar que los actores retrataban a los científicos como nerds.
Ante eso, Saltzberg dice: «¿Qué hay de malo en eso? Hay muchos nerds en el mundo. ¿Por qué no merecen aparecer en televisión? Son personas interesantes y se lo dije a uno de los escritores de la serie: son el grupo más diverso que podrías imaginar. Todos son únicos y hacen lo que quieren, aunque eso implique nadar a contracorriente. Ser nerd es grandioso».
David Saltzberg se mueve entre dos mundos que parecen tan opuestos como un protón y un electrón. No es un físico que se la pasa recluido en su laboratorio ni baña la ciencia de glamour como Carl Sagan en Cosmos. Saltzberg vive en un punto intermedio: aunque no es una celebridad, podría presumir que algunas de sus hazañas son famosas en televisión.
Una noche de 2009, los fans de The big bang theory fueron testigos del instante en el que Sheldon Cooper y sus tres colegas empacaron sus maletas y partieron rumbo al Polo Norte. El capítulo se tituló The Monopolar Expedition y estuvo inspirado en el viaje que Saltzberg realizó con su equipo al punto opuesto de la Tierra un año atrás. Desde ahí, el físico envió fotos y notas detalladas sobre sus aventuras a los guionistas de la serie. Las chamarras rojas de Sheldon y sus amigos son idénticas a las que Saltzberg y sus cuarenta colegas llevaron al viaje. Gracias a él, los casi diez millones de espectadores que sintonizaron el episodio saben que una cena en la Antártida incluye mantequilla sumergida en una taza de chocolate. De otro modo, el cuerpo humano es incapaz de consumir las cinco mil calorías diarias que requiere para sobrevivir a temperaturas tan extremas.
A pesar de la fama que tiene entre sus alumnos y colegas, David Saltzberg se parece a un neutrino. Pasa desapercibido entre el público que aplaude las irreverencias científicas que sugiere para los diálogos de actores y las ecuaciones que dibuja en los pizarrones blancos de las casas y oficinas de los personajes de la serie. Aprovecha su invisibilidad ante las miradas de quienes no entienden de física o matemáticas para divertirse y dejar mensajes ocultos en las pizarras de la serie. Como los neutrinos, éstos sólo pueden ser detectados por científicos. Una vez escribió las respuestas de un examen que recién había tomado a sus alumnos. Otro día plasmó fórmulas relacionadas a los agujeros negros porque un físico que dedicó su vida a estudiarlos acababa de morir. En una ocasión invitó a George Smoot —Premio Nobel de Física 2006— a la grabación del programa, y en su honor dibujó el diagrama que el equipo del científico usó en el satélite COBE cuando estudió el campo electromagnético que llena el universo. Con esos mensajes secretos también rinde pequeños homenajes a sus amigos.
Lindley Winslow —una profesora que trabajó con Saltzberg hace algunos años en UCLA— cuenta que cuando vio el resultado de su experimento de neutrinos en uno de los episodios de la serie, corrió a comprar el DVD tan pronto salió a la venta. Algunas veces, además, Saltzberg contribuye en materia de utilería: entre los objetos que ha prestado para los sets —y hoy están en la sala del departamento de Sheldon Cooper— hay una pelota de playa que en realidad es un mapa del universo, un contador Geiger que sirve para medir radioactividad y libros escritos por físicos contemporáneos. En contraparte, la serie también deja huellas en la vida de Saltzberg: él no tiene esposa o hijos, pero en una de las paredes de su oficina hay un retrato —podría decirse— familiar: Sheldon y Penny platican frente a uno de los pizarrones con ecuaciones que él mismo trazó para la serie. Saltzberg dice que en 2008, cuando pasó tres meses fuera de Los Ángeles para dirigir un experimento en la Antártida, «extrañó mucho a los muchachos».
Desde que trabaja en The big bang theory, Saltzberg ha recibido e-mails de físicos dispuestos a discutir las ecuaciones que dibuja en los pizarrones. Uno de ellos le dijo que había cometido un error, y aunque Saltzberg estuvo a punto de sufrir un colapso, al final resultó que todo fue culpa de la mala resolución de la televisión de su colega. Saltzberg dice que en siete años de trabajo sólo se ha equivocado una vez. Confundió los elementos de una ecuación que había formulado un amigo suyo, y cuando éste lo vio en televisión, le escribió para comentárselo. El profesor baja la cabeza y se hunde en el sillón cuando recuerda el desliz. Es el tipo de detalle que ningún espectador promedio de la serie notaría, pero que Saltzberg y sus colegas detectan como si fueran Sherlock Holmes resolviendo un crimen.
David Saltzberg está convencido de que todo puede enfrentarse como un problema matemático. Si necesita guantes, los compra en línea y se siente confiado al conocer el tiempo exacto que tardará en recibirlos. Si busca neutrinos, sabe qué cantidad de ondas de radio debe emplear para estimularlos y detectarlos a pesar de su invisibilidad.
Por eso The big bang theory lo pone en jaque: como al Sheldon Cooper de la ficción, pedirle a Saltzberg que formule un chiste sin que conozca a ciencia cierta sus efectos es como pedirle que resuelva un examen sin haber estudiado. Cuando le pregunto qué fue lo que más le sorprendió de trabajar en la serie, no tarda ni un segundo en responder que el humor: nunca imaginó que la revisión de los guiones lo divertiría tanto. Saltzberg sonríe como si estuviera a punto de revelarme todos los secretos del cosmos y me pide que lo piense bien: hay mucha ciencia en el entretenimiento. Un set de filmación es como un laboratorio.
Hay cámaras en lugar de lásers, pero en ambos espacios conviven electricistas y sonidistas; todos trabajan bajo la presión de un deadline para enfrentar un reto en común. Además, la comedia es científica. En física se formulan teorías que luego se confirman o refutan. «En comedia puedes teorizar qué tan graciosa es tu broma, pero como se ejecuta frente a una audiencia en vivo, si la gente no se ríe, no puedes teorizar en torno a eso. Es lo que es». Saltzberg ve el humor como una ecuación: el guión y la interpretación de los actores constituyen el experimento; las carcajadas resultantes son secuencias de datos. «Casi podría asegurar que en el noventa y nueve por ciento de las veces, los guionistas saben si alguien reirá o no». Para David Saltzberg, The big bang theory, la comedia número uno de la televisión, es tan precisa como un reloj suizo.

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El hombre que cuidaba los bolsillos de Google

¿Qué tan bueno tienes que ser entre los buenos para que Google te contrate?

Un perfil de Diego Salazar
Fotografías de Musuk Nolte

Guitarras
Fotografía Musuk Nolte

 

La semana en que se marchaba de Google, Gonzalo Begazo, uno de los siete responsables de los estados financieros de esta compañía, se topó con Larry Page y Sergey Brin saliendo de una sala de reuniones. Era un mediodía de abril de 2011 en California, y los dos fundadores de Google se dirigían a otra sala para anunciar a Wall Street el récord de rentabilidad que la empresa había alcanzado. Se estrecharon la mano y, en tiempos en que otros empleados abandonaban esta empresa por trabajos en Facebook y Twitter, Page y Brin felicitaron a Begazo por regresar a su país. Los dueños de la mayor empresa de internet del mundo vestían blue jeans y camisetas oscuras, con esa sencillez de dibujos animados que es un cliché de los mitos de la industria tecnológica. El hombre que supervisaba las finanzas de la página web más visitada del planeta llevaba un look demasiado formal para el ambiente de campus universitario que se respira en Google. Se despidió de sus jefes multimillonarios con un nuevo apretón de manos y por primera vez les pidió un favor.

—¿Puedo hacerme una foto con ustedes?
Page y Brin se miraron desconcertados.
—¿Para qué quieres una foto nuestra? —le dijo Page—. Nosotros nunca nos tomamos fotos.
—Lo sé —respondió Begazo—. Pero ya me voy.
Los inventores de Google siguieron caminando hacia la otra sala.
Él insistió.
—¿Y si les tomo una foto de espaldas?

El hombre que le cuidaba los bolsillos a Google dejó la empresa con una foto de sus dos jefes máximos dándole la espalda. Dice que no la puede publicar pero habla de ella cuando lo invitan a dar charlas sobre el tiempo que pasó trabajando en la empresa de Mountain View. El secretismo es un acuerdo que respetan todos los googlers, incluso cuando llevan años fuera de la compañía. Lo que pasa en Google se queda en Google. Begazo nunca declarará cuánto dinero ganaba ni de cuántos despidos fue testigo ni qué problemas tenía el prototipo de teléfono Android que él probó en secreto. Un googler que se ha ido se convierte en un xoogler: está fuera pero sigue siendo parte del clan.

Para entrar a trabajar a Google, Begazo debió pasar por diez entrevistas. Las primeras tres fueron por teléfono. Duraron una media hora cada una. Cada año un millón de hojas de vida llegan a la empresa. En los primeros tiempos podían entrevistar hasta veintinueve veces a un candidato antes de hacerle una oferta. A Begazo lo llamaban a su casa de Seattle por la noche, cuando volvía de su trabajo como gerente de finanzas en Digeo, la empresa de video digital de Paul Allen, uno de los fundadores de Microsoft, a la que llegó luego de tres años trabajando para el gigante de Bill Gates. En las entrevistas con la gente de Google, les contó que había crecido a casi cuatro mil metros de altura en un pueblo minero en la sierra del Perú, que sabía algunas palabras en quechua, que jugaba al golf desde los nueve años, que su equipo preferido de fútbol era el Real Madrid y que jugaba de volante de contención, que su vino favorito era el Condado de Haza de la Ribera del Duero y que durante su maestría en negocios en la Universidad de Cornell llevó un semestre de enología. Cuando esa primera ronda llegaba al final, una de las entrevistadoras le lanzó una pregunta decisiva: ¿qué es lo más interesante que puedes contarme en este momento?

En las empresas líderes de Silicon Valley la excelencia académica está descontada. Si como Begazo, habías trabajado en Arthur Andersen, IBM, Goldman Sachs, Microsoft y Digeo antes de cumplir los treinta y tres años, tu capacidad profesional es una obviedad en la que no hace falta detenerse tanto. Una vez Larry Page dijo que cualquier nuevo empleado de Google debía ser capaz de engancharlo con una conversación fascinante si se encontraban de pronto atrapados en un aeropuerto. Cuando la mayor empresa de internet del mundo sale a la caza de talentos, lo que busca va más allá de la genialidad. Para siquiera ser considerados, los candidatos deben haber salido de las más prestigiosas universidades y con las mejores calificaciones. Pero eso no es suficiente: Google busca algo tan peculiar que lo llama «googliness», un conjunto de virtudes convertidas en un solo sustantivo. Según cuenta Steven Levy en su libro IN THE PLEX, donde narra la historia del buscador que se convirtió en la empresa más rentable de internet, cuando en sus inicios buscaban un responsable internacional de ventas, la encargada de reclutarlo no podía decidirse. Hasta que vio en la hoja de vida de uno de ellos que había sido campeón de futbolín en Italia. «Eso es bueno —dijo Sergey Brin—. Podemos contratarlo». Cuando la reclutadora le preguntó qué era lo más interesante que podía contarle en ese momento, Gonzalo Begazo respondió: «Colecciono chullos, mantas y quipus antiguos». Hasta donde sabemos, los Incas no tenían alfabeto. Tenían un sistema de contabilidad al que llamaron quipu y que se basaba en nudos de distintos grosores en cuerdas de colores. «Es mi conexión tecnológica con el mundo andino», dijo mientras me mostraba una colección de ellos en su casa de Lima. Begazo había nacido en Arequipa pero creció en La Oroya, el pueblo minero de Los Andes del Perú. Durante un discurso que en 2011 dio a los graduados de la Universidad del Pacífico, donde él había estudiado, el ex Director de Finanzas de Google les pidió que lo ayudaran a crear un Quipu Valley. Los quipus, dice él, que se graduó en Administración de Empresas y Contabilidad, son la herramienta tecnológica más avanzada que jamás haya inventado alguien nacido en el Perú. Todavía hoy nadie sabe cómo funcionaban. Begazo, el contador de la empresa que ha sabido encontrar respuestas para casi cualquier pregunta, aguarda el momento en que alguien devele el misterio de esos nudos.

Unos científicos en Harvard han intentado hacerlo con un algoritmo parecido al que utiliza Google para evaluar la relevancia de las páginas encontradas durante una búsqueda. La compañía de Page y Brin sabe que ha encontrado la respuesta perfecta para ti porque esa página fue cliqueada por otros que buscaban lo mismo. Cuando la empresa ubicada en Mountain View empezó a reclutar talento, pidió a sus empleados que recomendaran a colegas con los que hubieran trabajado. Si contrataban a tu recomendado, recibías un bono de dos mil dólares. Dos amigos con los que había trabajado en Microsoft recomendaron a Begazo. «Si me contratan —les dijo en broma—, nos dividimos el bono». Sus amigos respondieron que mejor lo invitaban a cenar. Esa cena nunca ocurrió. En los años siguientes, almorzaron juntos en las más de veinte cafeterías que existen en el campus de Google en California.

Lloyd Martin, el director de Finanzas y Contabilidad que eligió a Begazo como gerente en su área, había sido policía y jugador de béisbol profesional. Juntos, director y gerente, contratarían tiempo después a un tipo que en la oficina vestía blue jeans y camisetas con cuello pero cada sábado por la noche se convertía en una reencarnación de Ozzy Osbourne. En el equipo había además un ex atleta olímpico. Cuando Begazo cayó en cuenta del factor googliness, muy intrigado, le preguntó a su jefe qué había visto en él. Lloyd Martin, quien mide dos metros y había leído tres libros sobre Perú para entrevistarlo, respondió:
—¿Dónde has visto a un peruano que ha trabajado en IBM, en Goldman Sachs, Microsoft y en Silicon Valley? Cuando eres elegido, Google te llama por teléfono, te felicita, te envía un contrato de oferta económica y una camiseta negra con su logo. Como el primer hijo de Begazo acababa de nacer, también le enviaron un enterizo para el bebé. Cuando pisas la oficina, recibes una gorra boba que lleva los colores de la compañía, una hélice en la coronilla y la leyenda Noogler («new Googler») en la frente. Como todos los novatos, debes ponértela el viernes de esa primera semana durante la reunión TGIF («Gracias a Dios es Viernes»), en la que los directores Page y Brin hablan de lo ocurrido en esos cinco días y se someten a las preguntas de sus empleados. También atan a tu silla un globo amarillo de helio con una carita feliz que sobrevuela tu escritorio. El globo debe permanecer allí hasta que se desinfle solo. «Ese es el tiempo que te queda para hacer preguntas», te dicen los jefes. «Y hay que cruzar los dedos —recuerda Begazo—. El mío tardó una semana en desinflarse». En Google —donde se respira un ambiente de aparente libertad sazonado con comida gratuita, masajistas, clases de yoga y peluqueros a disposición— todo está diseñado para que ninguna preocupación exterior distraiga tu trabajo. La empresa que se ufana de dar libertad creativa total a sus empleados controla con un globo infantil el tiempo que tienen para hacer preguntas. La compañía que gana millones respondiendo preguntas de todo el mundo espera que sus empleados aprendan pronto a responderlas por sí solos.

Puede leer la historia completa en Etiqueta Negra 110.

RICHARD STALLMAN
EL PROFETA DE LA LIBERTAD DIGITAL
PROHÍBE QUE LE AYUDEN
A CRUZAR LA CALLE

Nunca cuestionamos por qué internet recuerda nuestras contraseñas
o nos recomienda el restaurante más cercano.
Hemos regalado a Apple, Google y Facebook las llaves de nuestra casa
y ahora pueden entrar a ella cuando quieran.
Richard Stallman es un hacker que no usa teléfono celular ni tarjetas de crédito,
sólo envía correos electrónicos desde un programa que él mismo inventó,
y da nombre falsos cuando viaja en tren.
Para él, cada juguete tecnológico es una licencia para robar información,
una estrategia para violar nuestra privacidad.
¿Cuánta libertad perdemos al dar un clic?

Un perfil de Luis Wong
Ilustraciones de Omar Xiancas

Stallman
Ilustración de Omar Xiancas

 

Stallman, el gran programador de computadoras nacido en Nueva York, apareció de toga y birrete en el auditorio de la universidad de Huacho, una ciudad de la costa del Perú famosa por sus salchichas. Esa mañana le iban a conceder el grado de doctor honoris causa. En la ceremonia, su barba y cabellos largos lo hacían lucir como un profeta bíblico que iba a graduarse con medio siglo de retraso. Más de trescientas personas lo esperaban. El acto llevaba una hora de tardanza. En el auditorio comenzó a sonar una canción más propia de un matrimonio que de un evento académico: Feelings, de Morris Albert, que aparece en los rankings de las peores canciones de la historia. Cuando nos sentamos en las butacas del auditorio, uno de los vicerrectores de la universidad leyó lo que casi nadie sabe: quién diablos es Richard Stallman.

El doctor Stallman advierte que se enfada si le ofreces ayudarlo a cruzar una calle. Puede también enfadarse si le ofreces un refresco, una sábana más gruesa, el diario del día. Le es difícil dormir a más de veintidós grados Celsius y, a más de veinticinco, necesita aire acondicionado. Al día siguiente no desayuna. Durante sus conferencias, le gusta que haya frente a él un poco de té con leche y azúcar. De ser necesario, usa alguna de las bolsitas que siempre lleva consigo. Si tiene sueño, prefiere un par de latas de Pepsi a su alcance. Nunca de Coca Cola porque dice que esa corporación ha asesinado a líderes sindicales en Colombia y Guatemala. Tampoco le gustan el aguacate, la yema del huevo, el café ni la berenjena. Si alguien le paga un pasaje de avión para dar una charla, también debe ser responsable de comprar uno nuevo en caso de que perdiese el vuelo. Puede que la culpa sea de la aerolínea, o puede que sea suya, pero Stallman no tiene suficiente dinero para asumir ese riesgo. También le asustan los perros si son muy grandes.

Stallman es un profeta del software libre: creó nada menos que las bases del sistema operativo GNU/Linux, una alternativa gratuita a Windows. Inventó el concepto de copyleft, que se opone a la terquedad y rigidez del copyright y que se considera la solución a la piratería. Si este último es el derecho de autor, el copyleft es el derecho de copia. Richard Stallman también fundó la Free Software Foundation, una organización que promueve la libertad de los usuarios de computadoras y reúne a gente como programadores, artistas o abogados. Sus fans opinan que sólo él puede salvarnos de la tiranía de Microsoft, Apple y Facebook.

El temor al poder de las máquinas sigue siendo de ciencia ficción. El lugar común es imaginar que un día pensarán por ellas mismas y nos atacarán pero ni se nos ocurre pensar en el control que tienen sobre nosotros quienes están detrás de ellas. La dependencia a la tecnología no es sólo la del muchacho adicto al mando del PlayStation o la del ejecutivo que almuerza con un tenedor en la mano y el BlackBerry en la otra. Hoy la economía y la política también se deciden en internet, en la industria millonaria que nos entrega Microsoft para seguir trabajando, o Facebook para entretenernos. Los programas que usamos en las computadoras están hechos de cientos de líneas de códigos ilegibles para casi todos. Son instrucciones para crear procesadores de texto, como Microsoft Word, aplicaciones de chat en audio y video como Skype, o sistemas operativos como Microsoft Windows. Pero las compañías que los han inventado esconden cómo lo hicieron. Es como cuando te sirven un plato delicioso, pero no te dan la receta ni los ingredientes.

Stallman no lo acepta y nos anima a todos a no utilizar ninguno de esos programas. La alternativa, según él, es el software libre, la única opción ética y legítima para convivir con las computadoras. Cree que cualquiera debería saber la receta del plato, poder mejorarla y hasta venderla. Stallman tiene una misión que cumplir y no es hacerse rico. Sus seguidores creen que es el último hacker verdadero, el miembro de una tribu que usaba las computadoras para divertirse y no para ganar dinero. Todo lo que Stallman dice aparece en los principales portales de tecnología. En la economía del conocimiento no basta con ser un experto: hay que unirse al circuito de gurús que se pasan la vida cobrando por dar conferencias y evangelizando seguidores. Para invitarlo a un lugar no hace falta miles de dólares, como sí sucede con Al Gore, el profeta evangelista del cambio climático que cobra cien mil dólares por dar una charla de setenta y cinco minutos, o con Deepak Chopra, el gurú de la medicina alternativa, a quien hay que ofrecerle más de cuarenta mil dólares para que se suba a un podio. A Stallman sólo hay que pagarle el viaje y ofrecerle un lugar para dormir. De preferencia, la casa de uno mismo.


[II]


Un ingeniero de sistemas tuvo que leer con urgencia un manual con veinte páginas de exigencias de Richard Stallman para recibir en el Perú a este profeta de la libertad digital. Fernando Espinoza, coordinador nacional de la comunidad de software libre del país, se había enterado de que una universidad de Chiclayo, al norte de Lima, estaba organizando un congreso de ingeniería y había invitado a Stallman. El ingeniero Espinoza, un hombre de computadoras con aspecto de boxeador, les pidió que extendieran su estadía para que pudiera visitar más ciudades. El profeta también aceptó. El primer problema fue conseguirle un lugar donde dormir. El ingeniero de sistemas vivía solo en un departamento minúsculo. No tenía cuarto para huéspedes, por lo que pidió a un amigo que hospedara a Stallman en su casa. El amigo, Arnold Fernández, un estudiante de Ingeniería Ambiental, vivía con sus padres, sus hermanos y un gato. No tenía sitio para nadie más. Pero la llegada de Stallman se acercaba y ninguno de los dos anfitriones encontraba un alojamiento para el hacker con quien, hasta ese día, sólo habían tenido contacto de manera virtual. Al final la madre del amigo ingeniero aceptó y convirtieron su cocina recién estrenada en dormitorio. La cama del futuro huésped tuvo que entrar por la ventana.

Cuando lo recogieron del aeropuerto de Lima, Stallman casi ni saludó a sus nuevos anfitriones. Se instaló en la cocina-dormitorio y se echó a dormir. El misionero de la libertad digital también se cansa. Venía de Barranquilla, Caracas y antes de Buenos Aires: viaja más tiempo del que pasa en su casa en Boston. En las próximas dos semanas daría once charlas en siete ciudades del Perú. Al día siguiente de su llegada, Stallman se levantó tarde. Eran las cuatro de la mañana y debía tomar un avión a Chiclayo, en el norte del Perú. Sus anfitriones no sabían qué hacer con su sueño interminable. Tocaban la puerta y no recibían respuesta. Después de unos minutos, el muchacho decidió abrir la puerta y despertar a Stallman. Aún debían terminar de armar las maletas. A esa hora, no había taxis cerca de allí, y Arnold Fernández tuvo que caminar hasta una avenida con más tráfico y conseguir uno. Stallman, su anfitrión y el padre de este salieron de la casa pensando que llegarían a tiempo. Media hora antes del vuelo, Stallman llegó al aeropuerto. El anfitrión y su padre lo despidieron y se quedaron en la zona de visitantes, por si sucedía algo. Diez minutos después, Stallman volvió.

—He fracasado —decía entre sollozos—. He fracasado.

Stallman sólo quería reprogramar su vuelo y conectarse a internet. El anfitrión y su padre tuvieron que encargarse del boleto, como decía en el manual de exigencias del profeta. El vuelo sería por la tarde, consiguieron un café con internet en el aeropuerto y el padre del software libre pidió a sus acompañantes que se marcharan. No quería verlos. Era un enojo infantil. Su madre, Alice Lippman, lo recuerda como un niño de ocho años que odiaba a la autoridad y leía sobre el libre albedrío, ideas que encarnaba en su vida incluso entonces: como sobresalía en los números, decidió que no tenía motivos para concentrarse en el resto de clases. Ser autodidacta es el perfil de los hackers, que recurren a internet y a foros de discusión antes que a estudiar en una escuela. Aprenden haciendo y equivocándose por sí solos. Desde que Stallman se graduó en Física en Harvard, ha recibido trece doctorados honoris causa. El más reciente fue en la universidad de Huacho, adonde llegaría a última hora. Esa mañana los organizadores le dijeron que la ceremonia estaba por comenzar, pero él tenía algo que hacer.

—Tengo otra ceremonia —dijo—. En el baño.

El célebre hacker es tan volátil que de un momento a otro puede ponerse a llorar si no consigue una conexión a internet. Ese día, en Lima, estaba de buen humor. A veces el guerrillero contra la opresión del imperio digital de Microsoft y las otras compañías de Silicon Valley es un cómico involuntario. A Stallman le urge liberar a una sociedad que no se siente esclavizada y, por eso, en sus charlas los asistentes se ríen cuando usa palabras como ‘conspiración’, ‘trucos malévolos’, o ‘sometimiento’ para referirse a Facebook. Casi nadie siente que corre peligro cada vez que enciende una computadora o habla por teléfono, pero a él los celulares le parecen «dispositivos de vigilancia y seguimiento sucio». Le da «asco» que los servidores de internet ofrezcan mejor servicio a las empresas que pagan más cuando cuesta lo mismo transportar la información de forma rápida que lenta.

Stallman es una celebridad en internet que fracasa al intentar controlar su popularidad. Después de recibir el honoris causa en Huacho, el padre del software libre dará un monólogo sobre la libertad que nos roban Microsoft Windows y casi todos los otros programas que usamos a diario. Y también nos prohibirá grabarlo. La revolución exige disciplina. Stallman pide que no se suban videos suyos a YouTube porque la página de videos más visitada del mundo no ha revelado aún cómo funciona ni comparte el código que permitiría que un programador como Stallman la modifique para que funcione a su antojo. Él no tolera ese control. Pero hay más de tres mil resultados cuando se busca su nombre en YouTube.

Lo primero que Stallman prohíbe en sus charlas sobre la libertad es que sus fotos lleguen a Facebook. Nos recuerda que esta red social rastrea a sus usuarios pero también a los que no lo son. Si alguien sube fotos suyas, aunque no posea cuenta en Facebook, tendrá otra oportunidad para vigilarlo. En la era de los bits, entre tantas ventanas, tweets y actualizaciones de estado, casi nadie se levanta a pensar si nuestra libertad está en riesgo. Parece normal que Facebook recuerde nuestra clave cada vez que nos conectamos, que Amazon lleve un catálogo de todas las cosas que hemos comprado y que Google nos sugiera siempre los restaurantes que quedan más cerca de donde estemos. Hay activistas digitales como Richard Stallman que dedican sus vidas a defender los derechos de los navegantes en el ciberespacio. Aaron Swartz era un hacker que a los catorce años asombró al mundo creando el RSS, un código para agregar contenidos de internet y recibir novedades de las páginas que nos interesan. A sus veintitantos años, Swartz ayudó a escribir la licencia Creative Commons, una legislación fácil de entender para compartir propiedad intelectual en internet. Swartz creía que había que describir la anatomía de la red con claridad para que los jueces pudieran interpretarla: entender si compartir archivos en internet para que otros puedan descargarlos es como robar una película de una tienda, o si es como prestar un video a un amigo. Si actualizar una página web una y otra vez para colapsar un servidor es como salir con carteles en una marcha pacífica por la ciudad, o si es como romper ventanas y saquear las tiendas. Schwartz se suicidó mientras tenía un juicio en su contra por descargar más de cuarenta mil documentos académicos de una base de datos privada. Richard Stallman nunca lo conoció  pero escribió que lamentaba su muerte y acusaba a Estados Unidos por perseguirlo y contribuir a su suicidio. Los hackers han entendido antes que el resto de nosotros que lo que sucede en internet ya no se queda sólo en internet. Se entromete también en nuestra vida offline.


[III]


Richard Stallman lanzó su revolución por la libertad en internet debido a una impresora malograda. El laboratorio de inteligencia artificial del Massachusetts Institute of Technology era el paraíso de los hackers durante la guerra fría y cuando se creó la NASA. Querían aprender a programar computadoras, modificarlas a su gusto y demostrar su inteligencia. Stallman era uno de ellos. En el laboratorio, todo era libre. No existían contraseñas, cualquiera podía modificar los trabajos de otros, y no se hacía por dinero sino por curiosidad. Hasta que una mañana, Stallman no pudo imprimir unos documentos. Había enviado cincuenta páginas a la impresora de la oficina y cuando llegó a recogerlas sólo encontró cuatro, que pertenecían a otra persona. Había un problema con el software y él quería arreglarlo. Ya lo había hecho antes. Le parecía divertido. Pero esta era una impresora nueva, un prototipo que Xerox había enviado al MIT. Cuando Stallman regresó a su computadora y trató de ingresar al sistema de la impresora, no pudo. Estaba bloqueada. Xerox no le permitía entrar y arreglar el problema por sí mismo. Tenía que depender de otros técnicos. Stallman estaba furioso. Hoy, décadas después, existe un complejo de superioridad entre los geeks —aquellas personas que adoran y entienden cada novedad del mundo digital—, que creen tener habilidades que les dan poder especial sobre los demás. En el mundo ideal de Richard Stallman, poder comprender y arreglar una computadora no debía ser el don de unos cuantos.

Cada vez que se para frente al público en una conferencia, Stallman suele recordarnos esa impresora. Dice que fue la primera vez que sintió que le estaban quitando su libertad. En el libro Free as in Freedom, de Sam Williams, Stallman dijo que fue una de las razones por las que creó el software libre. En los años setenta, el laboratorio de inteligencia artifical del MIT era el centro de la revolución hacker. Igual que hablamos español, inglés, o chino, estos programadores conocen el idioma de las computadoras, y por ello son capaces de darles órdenes. Stallman fundó el movimiento del software libre para que cualquiera pudiera abrir una computadora y mejorar lo que deseara sin pedirle permiso a nadie. A diferencia de lo que Bill Gates o Steve Jobs proponían, la doctrina de Stallman no privilegia el dinero o el diseño: propone una ética de la libertad individual. Viaja por el mundo haciendo ver que existe una prisión digital. Es como si al comprar una cama el vendedor nos obligara a dormir de una sola forma porque cree que es la mejor. Mientras que todos giran la cabeza para ilusionarse con Sillicon Valley, Stallman cree que el nuevo sueño americano es la imagen de las computadoras como objetos para hacer dinero. Hemos olvidado el valor del conocimiento y el derecho a compartirlo. Stallman también odia el término startup, un modelo de negocios basado en la innovación y diseñado para ser vendido con rapidez. Piensa que han convertido su pasión en una herramienta más del capitalismo. Que han puesto el conocimiento al servicio del mercado. Facebook, Google, Ebay fueron startups. Es un fenómeno donde no hace falta ser un hacker para participar. Stallman no lo haría ni con invitación.

Las cosas que enfadan al hacker defensor de la libertad digital no siempre se explican con tecnicismos. A él le gusta decir que su lucha es social y su discurso filosófico. El 11 de setiembre de 2012 tenía por encabezado en su página web una mención al golpe de Estado que mató a Salvador Allende y que sirvió para instalar a Pinochet en el poder. También apoyaba una nueva investigación del atentado del 11 de setiembre de 2001 en Estados Unidos. En un mismo día, Stallman puede postear cinco asuntos en su web bajo el título urgente: en las cárceles de Estados Unidos cobran demasiado a los presos por usar el teléfono. Urgente: famosa cadena de farmacias pide historial médico a sus clientes para registrarlos. Urgente: en el metro de Nueva York no permiten tomar fotos. Después de cada aviso, un excitado Stallman pide a sus lectores actuar para cambiar esos hechos. Advierte que, si los arrestan, no se avergüencen, y que a los grandes revolucionarios siempre los arrestaban. Él es el hombre que no viaja en trenes de larga distancia en Estados Unidos porque, al abordarlos, le piden una identificación. Si alguien debe comprarle un boleto, le pide que dé un nombre falso. El Gran Hermano no tiene derecho a saber adónde va.


[IV]


El profeta del software libre se detuvo ante el balcón donde el general San Martín proclamó la independencia del Perú en 1821. En el pueblo de Huaura, a diez minutos de Huacho, y mientras Stallman subía las escaleras hasta allí, el ingeniero Espinoza le dijo: «Hay que declarar la independencia del software libre en el Perú». Stallman respondió: «Hay que declarar la independencia mundial». Y se rio. La guía intentó levantarle la mano izquierda en señal de victoria, pero Stallman la detuvo. «No quiere actuar tontamente», le dijo con su español incorrecto. «Parecería una falta de respeto porque lo que intentamos en nuestra lucha por el ciberespacio sería lo mismo, pero aún estamos bastante lejos», explicó frente a una campana que aquel día de la independencia sonó por cuarenta minutos. Hoy la plaza luce desierta, como esperando a un héroe que tarda en llegar. Al predicador de la libertad en internet no le gusta que nadie tome decisiones por él. Luego de visitar el balcón de San Martín, era hora de almorzar y el auto enfiló hacia un restaurante.
—¿A dónde vamos? —preguntó Stallman inquieto.

El ingeniero le explicó que a comer.

—¡Nadie me ha dicho nada! —comenzó a gritar furioso—. ¡Paren el auto! ¡Paren! ¡Paren!

Stallman insistió en que quería ir a ver las ruinas, pero se controló cuando supo que el tiempo para volver a Lima se les acababa. Detesta que se hagan planes sin consultárselo, pero también le fastidia que le pregunten por cosas innecesarias. Cuando llegamos al restaurante, le preguntamos dónde quería sentarse. Stallman se molestó. Daba igual si elegíamos sentarnos adelante o atrás, en el jardín o en el salón. Stallman suele andar en camiseta y trabajar en su netbook Lemote mientras almuerza. A veces tiene tiempo para las bromas. La madre de Arnold Fernández, su anfitrión en Lima, recuerda lo que el hacker le decía al gato de la casa mientras andaban en la cocina. «¿Qué quieres, gato? Ya me lo comí todo. Has llegado tarde». Una mañana, después de pedir a una camarera una taza de té, le dice: «Quiero té». Y añade: «Té, quiero. Te quiero mucho». En su página web, también tiene una sección especial dedicada a los juegos de palabras que ha inventado en castellano. «Tengo tanto estrés que casi es cuatro». «¿Por qué el jugo de mora? Porque no es pera». «Gracias, pero no quiero el pancito. Ya tengo una panzota». Stallman también se ríe. Aunque el gran chiste siempre sea él.

Los trolls de internet han convertido a Stallman y a su personalidad obsesiva en un ícono. XKCD, uno de los portales de cómics virtuales más populares de la red, lo muestra como un paranoico que duerme con una katana bajo la almohada, listo para atacar a los enemigos del software libre. Pero tampoco tiene paciencia para sus seguidores. Un video en YouTube lo muestra durante una conferencia en Brasil golpeando enfurecido una mesa con un micrófono. Sucedió en un auditorio, media hora después de haber empezado una charla en inglés, cuando un hombre en la audiencia dijo que era preferible que la continuara en español. Stallman empezó a maldecir en inglés. Sintió que casi nadie había entendido su conferencia. «¡Ya es demasiado tarde!», gritó. «¡Es fracaso total!». El público pensaba que era una broma y se reía. Después lo vieron callar y resoplar sobre el escenario. Y prosiguió su conferencia en español.


[V]


Las charlas de Stallman siempre terminan con una bendición. En la universidad de Huacho habló más de dos horas y media, y recogió de la mesa una túnica y un sombrero hecho con un disco duro antiguo. Se vistió enfrente de todos. Su sombrero luce como una aureola. De pie en el escenario hizo el mismo gesto de un cura cuando despide a sus feligreses al terminar una misa: «Soy San Ignacius, de la iglesia de Emacs», dice. «Bendigo tu computadora». Usa esta figura con la intención de hacer reír a la gente y que el software libre sea memorable. El religioso Stallman busca nuevos adeptos. Sabe bien que es una lucha casi imposible, que está peleando por algo que no sucederá antes de su muerte, que lo ven como un payaso cascarrabias. Pero siente que es el único que comprende lo que pasa y que es su responsabilidad proclamar la independencia de las corporaciones.

Otro acto que nunca falta en las charlas de Stallman son las subastas. Antes que los fans digitales suban a pedirle una foto, él saca de su bolso la estatua de un ñu en miniatura. El ñu, un antílope africano, es el símbolo del GNU, el sistema operativo libre que representa todas las ideas de Stallman y también una de sus mayores frustraciones. A fines del siglo XX, al GNU sólo le faltaba un componente para ser un sistema operativo que compitiera con Windows: el kernel o cerebro. En Europa Linus Torvald ya lo había creado y llamado Linux. Torvald unió su invento al de Stallman, que era gratuito, y formó el GNU/Linux, pero con el tiempo y el descuido empezaron a llamarlo sólo Linux. Stallman odia este olvido e insiste en recordarnos su contribución al movimiento del software libre. Hoy la estatua del ñu en miniatura le ayuda a ganar dinero. En Huacho abrió la subasta del ñu en setenta soles, unos veinticinco dólares. Si nadie hubiera levantado la mano, Stallman se habría enfadado. La puja por el ñu seguía subiendo. Un hombre ofreció ciento diez soles. El ganador, ciento veinte. Vendido al señor de la camisa celeste.

La charla había terminado pero Stallman seguía siendo el centro de atención. Subían al escenario para pedirle fotos con él, y de cuando en cuando el gran cascarrabias se molestaba porque le parecía inútil tomarse fotos con cada uno y prefería hacerlo en grupos de diez. Frente a él, había una mesa con stickers y souvenirs de su fundación. Antes de regresar al auto, Stallman fue interceptado por una mujer y su hijo. La madre lucía emocionada y le pedía tomarse una foto con el niño y que le prestara su sombrero. El hombre que estalla cuando le preguntan dónde quiere sentarse, sonrió. Los dos sonrieron para la foto. La mejor forma de alegrar a Stallman es ayudarlo sólo cuando él lo pide. Su carácter histérico no significa que sea un hombre ingrato. Ya en privado, después de recibir el doctorado honoris causa en Huacho, dijo que sólo le molestaba la excesiva hospitalidad. Detesta ser un estorbo para otros y dijo que en Latinoamérica estamos obsesionados por ocupar todo su tiempo con cortesías. El día que Stallman debía regresar a Lima me pidió que lo ayudara a bajar su maleta. Cuando subí a buscarla, lo encontré sentado en un escritorio trabajando en su netbook Lemote. Usa este modelo porque es el único que le permite utilizar software libre por completo. Stallman estaba ensimismado.

Un escritor anticuado

Un texto de Rodrigo Fresán

Leer en Wallace.
O escribir en Wallace.
O hablar y oír en Wallace.

O entender el idioma en el que David Foster Wallace pensaba y en/con el que escribió todos y cada uno de sus libros; desde La escoba del sistema en 1987 hasta el póstumo e inconcluso El rey pálido en 2011. ¿Cómo o a qué suena ese idioma entre exótico e inmediatamente reconocible?¿Como el rugido de un 747 tomando carrera para despegar? ¿Como ese orgásmico estornudo que nos deja satisfechos, pero bañados en mucosa de variable consistencia?

Una cosa está clara: Wallace —como suele ocurrir con los grandes de verdad, como sucede con Miguel de Cervantes o Franz Kafka o Lawrence Sterne o Marcel Proust o William Shakespeare o James Joyce o Franz Kafka o Vladimir Nabokov o Jorge Luis Borges o Thomas Pynchon— no es «apto para todo público» porque no todos saben hablar en Wallace, o leer en Wallace. Alguien tan inteligente como Geoff Dyer, seguro, está capacitado para leer a todas las firmas anteriores, pero —Warning! Warning!— en más de una ocasión este inglés trotamundos ha manifestado en público y en letra que su novela favorita es la trágica y romántica y melancólica y graciosa (por llena de gracia) Suave es la noche , de Francis Scott Fitzgerald. De ahí —pienso— lo comprensible de su «alergia»: su ADN —su proceso de (de)formación como escritor— ha sido muy diferente al del autor de La niña del pelo raro, título fitzgeraldiano si lo hay. Lo incomprensible —pienso también— es que tanto Dyer como muchos otros no se hayan vacunado, o consumido un antialérgico, o intentado la variable homeopática para, así, aprender a leer (y a disfrutar, sanos, curados) en Wallace.

Una vez ahí dentro, de verdad, no es tan difícil.

Wallace también es trágico y romántico y melancólico y está lleno de gracia (y en una entrevista señaló a El gran Gatsby como uno de los libros «stuff that sort of rung my cherries» o, para decirlo con educación, lo conmovió profundamente). Y —a diferencia de muchos de sus encandilados y reflejos y automáticos adoradores actuales— Wallace evidencia una casi patológica preocupación por la flaubertiana le mot juste, un cuidado obsesivo por la construcción de la frase que conmovería al mismísimo Marcel P., y un desatado amor por sus personajes (repasar el muy prewallaceano Seymour: una introducción) que no se veía por aquí ni por allá desde que J. D. Salinger se llevó a los Glass a vivir a su búnker luego del suicidio de San Seymour, otro hombre que sabía y pensaba demasiado.

Wallace —se sabe— lo había leído todo, era un dedicado estudioso de filosofías varias y su perfil (si dejamos de lado su look de grunge/indie masticador de tabaco) era el de un novelista más decimonónico que neomilenarista. Wallace llega —cronológicamente— después de los posmodernistas Barthelme & Co., pero parece hacerlo saltando desde la cama grande, y larga y lenta donde está siendo concebido Tristram Shandy a lo largo y ancho de sábanas de páginas y más páginas.

De semejante fusión surgió una mirada única —ojos sin párpados— que trascendieron y superaron lo conseguido por el Nuevo Periodismo, un puñado de relatos que desafían los límites del género, dos novelas (una sobre la cultura del entretenimiento como virus y otra sobre la laboriosidad del aburrimiento como síntoma) y un puñado de textos que proponen desde una historia resumida del infinito hasta un epifánico discurso de bienvenida a los alumnos del Kenyon College, en 2005, y donde Wallace previene a los jóvenes acerca de «la esencial soledad de la vida como adultos», «la importancia de la empatía», y les confía: «Estoy seguro, chicos, de que ahora ya saben lo extremadamente difícil que es mantenerse alerta y concentrado en lugar de ser hipnotizado por ese monólogo constante dentro de sus cabezas. Lo que todavía no saben es cuántos son los riesgos en esa lucha». Cuestión —digámoslo— de la que cualquier ser más o menos pensante ya era menos o más consciente. Pero, ah, qué bueno que te lo digan con palabras justas y precisas, así.

Así, lo verdaderamente interesante para mí es que, a esta altura, el fantasma de Wallace —el vital y sólido Wallace que habita sus propios libros— comienza a ser un escritor anticuado en el mejor sentido del término: anticuado como sinónimo de clásico. Su ensayo que más y mejor puede leerse como credo estético y práctico, aquel incluido en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (1997), postulaba a la televisión (y no a la televisión dorada de aquí y ahora sino a una televisión más gris y con más ruido blanco) como el mayor factor de influencia en las mentes y modus operandis de los narradores de su nacionalidad y generación. Una camada de «mirones» y «espectadores» y de detectives solipsistas. Investigadores privados de lo público decididos a resolver el misterio de cómo la no-ficción muta a ficción.

Aquí y ahora —no es culpa de HBO ni de sus derivados, donde NO se está escribiendo la Gran Novela Americana, pero donde sí campea la buena forma de narrar— lo único que abunda son casos abiertos. Y por cada contado descendiente noble de Wallace como Joshua Cohen o Adam Levin o Blake Butler abundan las efímeras distorsiones de gente como Tao Lin y la Alt-Lit. Enredados sociales llenándose la boca y los dedos y los ojos con la quimera de la twit-novel, de la blog-novel, de SMS-novel, de lo instantáneo y lo veloz y lo breve, y hasta del error ortográfico (cosa que provocaría la alergia de Wallace) como marca registrada y rasgo distintivo. Y pregunta terrible: todo ese tiempo que ahora se dedica a actualizar perfiles propios y repasar perfiles ajenos en internet, ¿no es el tiempo que en otros tiempos se dedicaba —y dedicó Wallace— a leer libros antes de sentarse a escribir libros? Conclusiones: Wallace es denso y divertido, mientras que buena parte de los que lo siguen son leves y poco ocurrentes. Las pantallas cada vez tienen más aplicaciones, pero son cada vez más pequeñas.
Y la prosa de Wallace siempre fue en CinemaScope/3D/Imax. Así, de nuevo, la sorpresiva paradoja del supuestamente hiper-cool y ultramoderno —pero antes que nada megarratón de biblioteca— Wallace avanzando en reversa, inexorablemente, hacia la tierra de sus mayores. Un Wallace cada vez más ilegible para lectores a los que ni siquiera provocará alergia, sino (sus profundas ideas tanto más «largas» que 140 caracteres) el sopor opiáceo-narcoléptico del que no hay retorno y para el que no hay remedio.

Así, finalmente pero (to be continued…), La broma infinita cada vez más cerca , para mal y para bien, de En busca del tiempo perdido o del Ulises como espécimen del que se habla, pero no se lee, como una de esas novelas largas que ya ni el propio Wallace podía leer cerca de su final.

Antes de que sea demasiado tarde, recomiendo a todos aquellos con sus pulgares ya deformados por escribir tanto por teléfono (incluido el también portentoso Bret Easton Ellis, quien no hace mucho dedicó al fantasma graznidos de furia vía Twitter), que se animen. Y —ajustarse los cinturones y apagar por un rato sus dispositivos electrónicos, el 747 enciende sus turbinas— suban a bordo por esa desopilante crónica del crucero que Wallace publicó originalmente en Harper’s en 1992. O se arriesguen a los tempestuosos, y naufragantes y crepusculares relatos de Extinción.

A Dyer, sólo puedo pedirle que insista.

Seguro que aprende.

A leer en Wallace.

El maximalista reticente

Fragmentos adaptados de EVERY LOVE STORY IS A GHOST STORY la biografía de DFW

Un texto de D.T. MAX

EL ESTUDIANTE

La Universidad de Amherst, donde David Foster Wallace se matriculó, dudaba de la escritura creativa. La escuela sólo ofrecía un curso en el Departamento de Inglés. Ese año el profesor era Alan Lelchuk, el escritor visitante de la facultad. El novelista veterano notó de inmediato al joven flacucho sentado al fondo, el de la gorra de béisbol al revés y las opiniones rotundas. Wallace entregó un cuento. Lelchuk le dijo que su escritura era superficial y tramposa, «filosofía con ocurrencias». El joven tenía —recuerda Lelchuk— una idea inteligente y después «tres frases sabiondas alrededor de ella». Mandó a llamar a Wallace para discutir la historia con él, anticipando que el estudiante podía enfurecer y abandonar el curso. Le dijo a Wallace que podía ser filósofo o escritor, y que si quería ser escritor, él podía ayudarlo; debía tomarse una semana para pensarlo. Para su sorpresa, Wallace volvió al día siguiente para pedir ayuda. Lelchuk estaba complacido; pensaba que Wallace estaba admitiendo lo mucho que tenía que aprender. Pero en privado, Wallace echaba humo. Probablemente era el mejor estudiante de Amherst y esperaba el respeto de esa posición. No le gustaba que lo criticaran. Lelchuk nunca se entusiasmó con la escritura de Wallace, pero reconoció su talento inusual, y le dio una A-. Era la nota más baja que Wallace había obtenido desde su primer semestre, hacía tres años, y se puso furioso.
Dale Peterson, un profesor de inglés que enseñaba una clase de Literatura de la Locura a quien Wallace apodó Whale, era gentil y comprensivo. Comprendió los enormes dones de Wallace y quiso alentarlos. Se convirtió en su asesor de tesis y lo dejó hacer lo que quería. Wallace sentía que las palabras brotaban y empezó a seguir de manera supersticiosa las mismas rutinas día tras día para que siguieran saliendo. Le había comprado una chaqueta de motociclista a un amigo y la usaba siempre que trabajaba en su tesis escuchando MLK, de U2, y Born in the USA, de Bruce Springsteen, una y otra vez. Escribía con bolígrafos Bic baratos. Si un día perdía uno con el que había escrito bien, reconstruía sus pasos hasta encontrarlo y lo seguía usando hasta que se quedaban sin tinta. Se refería a estos bolígrafos llenos de suerte como sus «bolígrafos del orgasmo». Después de terminar el primer borrador, lo tecleaba en su Smith-Corona haciendo cambios hasta la mañana siguiente. Su tecleo era tan incesante que el estudiante en el dormitorio de al lado movió su cama lejos de la pared que compartían. Estaba tan excitado que cuando no escribía iba al gimnasio y hacía sentadillas hasta que vomitaba. Se corrió la voz de su proyecto pantagruélico —la mayoría de las tesis de pregrado tenían cincuenta páginas— y avivó su celebridad. Usaba su fama para amortiguar su antigua inseguridad. Luego de que un compañero le ganara al tenis, Wallace lo invitó a su cubículo de la biblioteca. «Estoy escribiendo esta novela de quinientas páginas», fanfarroneó, y por si acaso le enseñó el manuscrito.
La premisa de la novela que se convirtió más tarde en LA ESCOBA DEL SISTEMA empezó —como le contaría a su editor— con un comentario casual de una novia. Le había dicho que prefería ser un personaje de novela que una persona real. «Empecé a preguntarme cuál era la diferencia», escribió Wallace. Además había estado rumiando el venerable consejo literario de Lelchuk: «Muestra, no cuentes». ¿Qué significaba eso en realidad, si toda la escritura consistía en contar? Pero si las palabras eran imágenes de las cosas que representaban, ¿no era por definición toda la escritura un modo de mostrar? Esto último era una extensión del pensamiento de Ludwig Wittgenstein (‘tío Wittgenstein’), cuyas exploraciones de la relación entre lenguaje y realidad cada vez se volvían más interesantes para Wallace.
Tanto el manuscrito sin título de Wallace como su tesis de filosofía se preguntaban si el lenguaje representaba al mundo o de un modo más profundo lo definía e incluso lo alteraba. ¿Nuestra comprensión de lo que experimentábamos derivaba de la realidad objetiva o de las limitaciones cognitivas en nuestro interior? ¿Era el lenguaje una ventana o una jaula? Por supuesto, Wallace, con sus sufrimientos mentales, quería una visión real y veraz, o al menos una ilusión benigna y juguetona. Había un ejemplo del vínculo vibrante entre el lenguaje y los objetos que les gustaban a Wallace y sus amigos. ¿Qué parte era más importante en una escoba: el cepillo o el mango? La mayoría de las personas diría que el cepillo, pero en realidad dependía de para qué se necesitaba la escoba. Si querías barrer, entonces claro que las cerdas eran la parte importante; pero si tenías que romper una ventana, entonces era el mango.
Wallace tenía una mente técnica y en LA ESCOBA le hizo ingeniería en reversa a las novelas posmodernas que disfrutaba. La influencia abrumadora es de Pynchon: de él vienen los nombres, el ambiente de paranoia de bajo nivel y la sensación de que Estados Unidos es una tierra tóxica y saturada de medios y entretenimiento. Tomó el tono plano y repetitivo de los diálogos de Don DeLillo, cuyas novelas leía mientras trabajaba en el libro. El aprecio mínimo y coqueto por las mujeres parece haberlo tomado prestado de Nabokov, el mismo profesor de Pynchon. El fárrago de formas —historias dentro de historias, transcripciones de reuniones, el registro de labores, popurrís de rock y alocados juegos de piezas— también vino de Pynchon, así como de otros posmodernos, como Barthelme y John Barth. En los años siguientes, Wallace despreciaría el libro como uno escrito por «un chico muy inteligente: de catorce años», pero eso es muy injusto: este adolescente no es sólo inteligente; está intentando comunicarse.
A finales de la primavera de 1985, Dale Peterson y otros miembros del jurado de tesis de Wallace le dieron una A+ a LA ESCOBA DEL SISTEMA, y Wallace obtuvo doble summa como su amigo y compañero de cuarto Mark Costello. Pero había descubierto además algo más importante sobre sí mismo. Ahora sabía lo que quería hacer. La ficción lo sostenía de un modo que ningún otro esfuerzo lo había hecho. Lo sacaba del tiempo y lo liberaba de una parte del dolor que era ser él.

EL ESCRITOR

Intentar un nuevo modo de escribir no era un objetivo exclusivo de Wallace. Es el acto ejemplar de cada nueva generación literaria. Para los escritores entre los años veinte y los cincuenta del siglo XX, la ruta principal había sido el modernismo, con énfasis en la subjetividad psicológica y un alejamiento de las aseveraciones de conocimiento objetivo. Muchos escritores en los años sesenta y setenta, encarados con la fealdad del paisaje estadounidense y su saturación de la cultura de medios masivos, empezaron a subrayar la artificialidad del acto literario en sí. Wallace por supuesto tenía una gran debilidad por muchos de los escritores de este movimiento posmodernista, sobre todo Barthelme (quien —diría— en la universidad le había llamado la atención) y Pynchon, a quien había prácticamente tragado en LA ESCOBA DEL SISTEMA.
Pero el camino que los escritores de la generación anterior a la de Wallace habían elegido era muy distinto. Buscaban reducir al mínimo su prosa suministrando un realismo agotado. La vida pesaba mucho; la existencia traía pocas posibilidades de placer o redención. En el minimalismo, las oraciones simples llevaban grandiosos significados y el viaje de una mesera al K-Mart era un telegrama de miseria y oportunidades arruinadas. Era el mundo según Raymond Carver, interpretado por sus miles de descendientes.1
Wallace aceptaba la actitud de los minimalistas hacia el paisaje de Estados Unidos y su efecto debilitador en sus habitantes, pero le disgustaba cuán formal y verbalmente claustrofóbica resultaba su escritura. Las historias minimalistas ofrecían al lector muy poca experiencia de cómo sería para sus personajes ser atacado en la vida real. Estas historias eran en efecto la inquietud recogida en tranquilidad. Aunque Wallace sabía bien lo que se sentía estar agobiado por los estímulos de la vida moderna —en efecto su respuesta a los estímulos cuando estaba bajo estrés era más intensa de lo que nadie se imaginaba—, esta no era su postura cuando recreaba experiencias. Como escritor era un recopilador, un maximalista, alguien que quería capturar el todo de Estados Unidos.
La mayoría de los profesores en Arizona no eran fanáticos del posmodernismo que asociaban a una era diferente y a una condición y preciosismo que las historias estadounidenses no deberían poseer. Pero tampoco les gustaba el minimalismo, que les parecía que tenía un tufillo moderno. En particular les disgustaba una cosa que hacían los minimalistas y que Wallace admiraba. Le interesaba el modo cómo las narrativas simples atrapaban y cautivaban al lector, y, en el caso de Ellis, el modo cómo usaba nombres de marcas como una taquigrafía de información cultural, símbolos de estatus o incluso estados emocionales. «¿De qué deberíamos estar escribiendo —exigía saber—: caballos y calesas?»2.
Es probable que Wallace no supiera tanto sobre los profesores de Arizona cuando postuló a la escuela. La carta de bienvenida de Mary Carter sugería todo lo opuesto de un sesgo hacia el realismo en el programa. Pero no le tomó mucho tiempo darse cuenta de que los profesores querían una cosa y él quería otra. Estaba en un punto donde le interesaba más la experimentación en forma y voz que las narrativas convencionales. Sentía que ya una vez había entretenido a los lectores en LA ESCOBA. ¿Qué más —se preguntaba ahora— podría hacer con ellos? Una vez que comprendió que estas no eran las preguntas que estaban sobre la mesa en Arizona, tal vez haya disfrutado los cabezazos consecuentes de Lelchuk. Él le había enseñado que la oposición lo vigorizaba. Tal vez incluso atormentaba a los profesores para sacarlo a relucir.
El cuento «La niña del pelo raro» estaba en la misma línea que MENOS QUE CERO, la novela de Bret Easton Ellis. Wallace sentía que usar personajes aburridos e insulsos para capturar el aburrimiento era escritura pobre, pero como imitador nato admiraba la voz fuerte que Ellis había encontrado: vio su potencial. Así que empujó la voz más allá de donde Ellis la había llevado, moviéndola de lo elegante a lo gótico o repulsivo. Cuando Mark Costello fue a visitarlo, Wallace recitó el inicio de LA NARANJA MECÁNICA, y Costello supo que la novela de Anthony Burgess también había sido un modelo para la historia que su amigo acababa de escribir. Wallace dijo a sus amigos que la novela de Burgess mostraba cómo usar el lenguaje hiperbólico para representar estados emocionales mortuorios. La deuda con Bret Easton Ellis fue una que Wallace nunca reconoció. Cuando Howard le preguntó después de leer la historia si Wallace había leído MENOS QUE CERO, Wallace le dijo que no. Estaba convencido aún de que la teoría era lo que separaba al novelista serio de los demás, que sin ella los escritores sólo eran animadores. Su interés en la teoría, como su apego por historias con voces fuertes, también tenía un elemento compensatorio. Servía para satisfacer energías que se habrían frustrado si las hubiera empleado en aspectos de la ficción en los que no era naturalmente bueno, como la construcción de personajes. Era un refugio útil para un escritor que aún era una rara combinación de imitador e ingeniero.

La lluvia es una cosa que sucede en el pasado

[Dijo Borges. Pero el paraguas tiene futuro]

Un texto de Martina Bastos

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Manuel Gómez Burns

 

Nada banal sucede bajo un paraguas. Lo digo con la certeza de quien le debe la vida a uno. Un joven que acude al servicio militar espera un autobús bajo la lluvia. Todos los botones abrochados, los guantes blancos, los zapatos impecables. Una joven que acude a clases de mecanografía espera el autobús bajo su paraguas. La cara lavada, el jersey de lana, las botas altas. En algún momento ambos se reunieron bajo esa cúpula que convertirían en su lugar de encuentro diario. Durante los meses siguientes, cinco elementos iban a repetirse: el joven, la joven, el autobús, el paraguas, la lluvia. Así se enamoraron mis padres, bajo un paraguas. El lugar donde sucede casi todo en Galicia.


La capital gallega, Santiago de Compostela, recibe diez mil vasos de lluvia al año por cada metro cuadrado. Ningún gallego se imagina una ciudad en la que no caigan gotas del cielo. Llegué a Lima sin saber que sus habitantes, aunque viven bajo un permanente techo de nubes grises, no tienen paraguas. La lluvia en la capital del Perú es un plan fracasado. Allí, si en un solo día lloviera lo de todo el año, la capa de agua que cubriría la ciudad apenas llegaría a un centímetro. En Lima la lluvia es tan sólo una garúa. En CONVERSACIÓN EN LA CATEDRAL, la novela de Mario Vargas Llosa, el protagonista dice sentirla como caricias de telarañas en la piel: «Una sensación más furtiva y desganada todavía. Hasta la lluvia andaba jodida en este país. Piensa: si por lo menos lloviera a cántaros». En Galicia, en cambio, el cielo gris es una amenaza seria: un tajo abierto del que insiste en caer la lluvia, desde siempre y para siempre. Esa constancia la ha convertido en parte del carácter del pueblo. Las enciclopedias definen nuestro clima como oceánico, suave y húmedo, pero los gallegos somos más categóricos: «nueve meses de lluvia y tres de mal tiempo». Es decir, y para zanjar el tema: en Galicia la lluvia no se acaba nunca.

 

[II]

 

Los gallegos despertamos al cielo nublado ciento cincuenta días al año. También vivimos en la región con más suicidios de España. Sería fácil creer que la lluvia es un depresivo natural. La climatología médica estudia la influencia del clima en la salud. El sol es un bloqueador de melatonina, hormona que provoca el sueño, y dispara el nivel de serotonina, la «hormona de la felicidad», cuya carencia se asocia a estados depresivos. El clima altera tu ánimo. El sol te hace extrovertido, la lluvia te vuelve ensimismado. El sol te distrae, la lluvia te confronta. El sol se empeña en que no pienses, la lluvia te obliga a pensar. Desde la antigüedad, cuando más dependíamos del clima para vivir, arrastramos la creencia de que el tiempo gris vuelve triste al ser humano. Hoy la ciencia matiza. Según el psicólogo Renato Santiváñez, la oscuridad potencia los estados melancólicos, pero no los desencadena. Unos investigadores de la Universidad de Santiago de Compostela y del Instituto de Medicina Legal de Galicia niegan que la lluvia influya en el ánimo suicida de los gallegos: en otras partes de Europa con clima similar no sucede lo mismo. Pero en el imaginario popular, la lluvia sigue siendo el escenario obligatorio para cualquier depresión que se respete. Mario Benedetti definió la tristeza como la lluvia sobre un tejado de zinc. Para escribir cuentos, Chéjov aconsejaba: «No digas que uno de tus personajes está triste: sácalo a la calle y haz que vea un charco en el que se refleje la Luna». Las desgracias literarias nunca tienen lugar en días resplandecientes. Los asesinatos, los abandonos, las despedidas o la muerte suelen situarse bajo la lluvia. Todos los primeros de noviembre, el único día en el que en los cementerios hay más vivos que muertos, en Galicia llueve. Y el cementerio ese día parece más que nunca lo que es: un lugar para la muerte. La lluvia actúa como una segunda capa de pintura, infunde un tono épico a cualquier imagen. Es como si en un día lluvioso doliera más recordar a los muertos.

Nadie ve llover desde una ventana escuchando reggaeton o heavy metal. La lluvia lo hunde a uno en acordes lastimeros. Existe un subgénero no oficial de canciones para los días que llueve. El tango dice: «la lluvia castigando mi angustia en el cristal», la trova canta a «la gota de rocío que del cielo se cayó» y al pop le «sigue lloviendo el corazón». Hay canciones en las que no llueve pero lo parece. Y hay quienes parecen siempre caminar bajo la lluvia. Como Leonard Cohen en Blue raincoat. Cuando Cohen se planta en el escenario con traje y sombrero, uno espera que empiece a llover en cualquier momento. Fue él quien dijo: «Pesimista es alguien que está esperando que llueva. Yo ya estoy calado hasta los huesos». Cohen pertenece a la tribu de aquellos que distinguen el tono exacto de gris de un cielo de lluvia.

Desde que cayó sobre la Tierra cuarenta días y cuarenta noches, la lluvia es símbolo de la fragilidad humana: nadie puede impedirla ni escapar de ella. Más de la mitad del planeta es lluvia en potencia. Cada segundo se evapora el equivalente a seis mil cuatrocientas piscinas olímpicas. Y todo volverá a caer. Entonces sucederán cosas: cosechas, romances, castigos divinos. También la vida o la muerte. El agua que transporta un huracán pesa más que todos los elefantes del planeta. Desborda ríos y devasta poblaciones enteras. Pero su amenaza es sigilosa. Menospreciamos su poder porque —como escribió la norteamericana Ann Patchett— una inundación no es algo tan súbito como un terremoto o un incendio. Las inundaciones son, cuando empiezan, sólo inofensivas gotas de lluvia.

Algo tiene de atractiva, que intentamos reproducirla. Medio millón de internautas visitan cada mes la web RainyMood, que permite escuchar treinta minutos de tempestad online. Otro millón ha comprado el videojuego de intriga psicológica HEAVYRAIN, donde cae agua sin descanso y las víctimas se ahogan en la lluvia. El pintor Cézanne, alertado de una tormenta, prefirió retratarla en lugar de huir. Murió de neumonía. Blanco de todos los clichés, en una novela nunca llueve porque sí. En Macondo llovió sin pausa durante cuatro años, once meses y dos días, hasta un viernes a las dos de la tarde, en que el grifo se cerró y en diez años no llovió más.


Los campesinos gallegos viven en un diluvio similar. Según escribió el periodista Prudencio Rovira a principios del siglo XX, tienen una vida ‘cuasi anfibia’: «Es una tierra tan empapada por la lluvia, un ambiente tan saturado de agua, que parece constituir un término medio entre el mundo puramente acuático y el terrestre». En el campo, la lluvia engendra seres con el don de la predicción. Los campesinos palpan la humedad de las piedras, miran la manera de tumbarse las vacas en el prado, escuchan el modo de soplar el viento y el canto de las ranas, apuntan la estela de los aviones. En la India, hay seiscientos millones de personas en el campo que necesitan saber con precisión cuándo llegarán las lluvias. Que la bolsa de Bombay baje o suba también depende del monzón. Los brujos y los campesinos fueron los primeros hombres del tiempo.

 

[III]

 

En Galicia tenemos más de setenta palabras para decir ‘lluvia’. Froalla si cae con sol, corisca si baja con nieve, arroia si llena estanques, poalla si moja lento, sarabia si llueve granizo, chuvasca si trae viento, treboa si incluye truenos, orballa cuando es menuda, babuña cuando es viscosa, pingota si hay gotas gruesas, mera si hay niebla espesa, batega si acaba pronto o barruña si persiste. Es lógico: el lenguaje se adapta al medio y la lluvia es un visitante habitual en nuestras vidas. Nadie se atrevería a llamarle «precipitación pluvial». Sería un insulto. Los gallegos la tratamos con la confianza de un amigo. Aquel al que le perdonamos todos los defectos. Nos preocupa si llega tarde y le rogamos que no nos falte. Nos acostumbramos a su olor. En Lima la humedad entra todo el tiempo por la nariz, pero nunca huele a lluvia. Según la ciencia, ese aroma viene de las plantas y algunas bacterias del suelo al liberar sus propios olores. El olor de la tierra mojada es el de una bacteria hidratada.

Con la lluvia, el gallego se siente menos solo. Es una cómplice con el que compartimos el territorio y la memoria sentimental, un pariente que tiene las llaves de la casa y puede presentarse sin avisar, porque siempre se le espera. Uno le conoce la rutina, las costumbres, la siente llegar antes de que aparezca. Cuando era niña, y mi madre empezaba a cerrar las ventanas al caer la tarde y guardaba en lo alto del armario las blusas de manga corta, sabía que algo iba a cambiar. Llegaban los días de la contemplación boba, aquellos en que no había otra opción que pasar horas frente a la ventana. El otoño empezaba el día que te calzabas las botas de goma. Durante la infancia, ese espacio sin calendarios, la lluvia era la única certeza del paso del tiempo.
Cuando cae agua del cielo, algo en nosotros se transforma. «Llueve y nos dan ganas de ser inteligentes —dice el periodista Omar Rincón—, queremos ver una película, leer un libro, escuchar música; con la lluvia intentamos la cultura». Pero no siempre es así. A veces resulta un pretexto para exiliarnos del mundo y holgazanear: dormir, ver la lluvia caer, amar. Estimula la pereza. Por eso los estudiosos coinciden en que no hay nada como una lluvia abundante para calmar una revolución: el chubasco desanima a los manifestantes. Gay Talese decía que un día lluvioso en Nueva York solía ser «un día solitario para los sargentos de reclutamiento, los limpiabotas y los ladrones de Times Square, que tienden todos a perder el entusiasmo cuando se mojan». THE NEW YORK TIMES comparó los días de lluvia en Nueva York con las estadísticas de homicidios del Departamento de Policía de la ciudad en años anteriores, y concluyó que hay menos crímenes en las noches lluviosas. Vernon Geberth, antiguo jefe de homicidios del Bronx, solía bromear sobre el efecto perezoso de los días con aguacero: «El mejor policía del mundo está de servicio esta noche», decía refiriéndose a la lluvia. Pero Geberth afirma también que dificulta cualquier investigación, porque las huellas desaparecen. Según su fuerza (cae a velocidades entre ocho y treinta y dos kilómetros por hora), el agua arrastrará fluidos corporales, fibras capilares o casquillos de bala. También es más difícil encontrar testigos: todo el mundo está tan concentrado en escapar, que no presta atención.

Bajo los aleros de los edificios, bajo toldos y puentes, en las estaciones, o en las barras de los bares, la lluvia es una lección de paciencia. Esos refugios resguardan del agua y de la soledad. Apiñados bajo un techo, los extraños se estudian, se vigilan. Algunos se hablan. Se sienten a salvo. Años más tarde, mi padre admitiría olvidar su paraguas a propósito para esperar junto a mi madre todos los días.

 

[IV]

 

Los gallegos somos seres con sólo una mano hábil: la segunda está siempre sujetando un paraguas. Es el apéndice sin el cual nos sentimos incompletos. Un gallego sin paraguas es una criatura mutilada. Viven en las mochilas, en los trasteros o en las maleteras de los carros, pero su cuartel general es el paragüero. Un pozo sin fondo al que llegan paraguas raquíticos que entran en un bolso y paraguas donde cabe una familia. Hay dos señales inequívocas de que una vivienda está habitada: un paraguas abierto en el porche y un paragüero a la entrada.

Maniobrarlo con destreza es un talento superior. Una mezcla de audacia y urbanismo que pocos dominan. Cualquier torpeza puede ocasionar un accidente. Las metrópolis lluviosas como Londres o Nueva York tienen reglas de etiqueta. El protocolo es estricto. Jamás debemos abrir un paraguas sin mirar antes a todas partes. En una calle angosta, la persona más alta debe siempre elevarlo para dar paso a la más baja. Hay decisiones que son fundamentales. Paraguas o alero; nunca las dos cosas. Así se evitarían los momentos incómodos en que se encuentra bajo la cornisa gente sin paraguas versus gente con paraguas. Cualquier esquina es un atolladero, y un callejón estrecho se convierte en una pista de contorsionismo con escaso margen de maniobra. Caminar así es un ejercicio de ciegos.

Llevar paraguas es un síntoma de madurez. En la infancia, cubrirse de la lluvia es una imposición, igual que asistir a misa, cortarse el pelo o abrocharse hasta el último botón de la camisa. Las madres creen que los paraguas no se llevan porque llueve, se llevan por si acaso llueva. Pero una ley no escrita dicta que salir con paraguas ahuyenta la lluvia. Sin saberlo, ellas han alimentado la oculta vocación de los paraguas: perderse. En cuanto cruza la puerta, corre el peligro de no regresar. Robert Louis Stevenson decía que era un signo de solvencia: «No todo el mundo puede exponer una propiedad que vale veintiséis chelines a tantas ocasiones de robo y pérdida». Debería redactarse un inventario de lugares propicios al olvido: las paradas de autobús, los asientos de tren, los respaldos de las sillas, los taxis, las estaciones de metro. Los paraguas se pierden con el espíritu de ser encontrados. Suelen decorar las oficinas de objetos perdidos; en medio de documentos de identidad, llaves de casa, gafas graduadas o dentaduras postizas, objetos inútiles que no sirven a nadie más que a su dueño. Los paraguas perdidos, en cambio, jamás se consumirán en un despacho burocrático. Pasan de mano en mano sin antipatías. Un paraguas es de todos.

 

[V]


La lluvia cuando es leve despierta placer. Aparece siempre en esas listas inútiles que flotan en Google del tipo: «Cincuenta razones por las que merece la pena vivir». Parece que «tardes de lluvia y lectura» o la combinación «lluvia y cama» —en sus vertientes onírica y sexual— nos alegran la existencia. A la pregunta «¿Te pone melancólico la lluvia?», un amigo respondió: «A mí lo que me pone melancólico es que no llueva». Un día soleado no es memorable. La lluvia, sin embargo, no se olvida nunca. Se pueden perder los detalles, los matices: no recuerdo el día, la hora, no sé por qué calle entré ni cuándo me fui, pero sé que llovía. A los días lluviosos pertenecen los recuerdos más vivos. En Chile nació un niño que escribiría en su biografía: «Comenzaré por decir, sobre los días y años de mi infancia, que mi único personaje inolvidable fue la lluvia». Cuando Pablo Neruda se instaló en Isla Negra, hizo colocar sobre su estudio un techo de zinc para escuchar la lluvia con la misma fuerza que el niño que fue.

Mi primer recuerdo de ella es su percutir. Los silencios del principio y del final de los días nunca eran completos. Crecí escuchando ese ruido tenaz: los picotazos del agua en el tejado. Un runrún que nunca, en ningún lugar, volvería a serme ajeno. Nuestro vínculo no se ha roto desde el día en que mis padres se encontraron por primera vez bajo un paraguas. No la necesito, pero la extraño. Donde no llueve siento una ausencia rara, un aire seco que me inquieta. Y cierta compasión por los que no han forjado una memoria saltando charcos. Triste vida la de los hombres y mujeres sin paraguas.


April 17, 2013

Martina Bastos

Un texto de

Amado sea el que suda de pena o de vergüenza

[Dijo Vallejo. Pero el sudor no es poético]

Un texto de Diego Fonseca

Manuel Gómez Burns

Sudamos cuando tenemos miedo. Sudamos cuando mentimos y no queremos que nos descubran. Sudamos cuando jugamos una partida de póker y vamos perdiendo. Suda el cirujano ante el laborioso tajo mortal, y la gota cae de la nariz del chef sobre los anticuchos. Transpiramos en las playas y paleando nieve. Si algo es el sudor es, siempre, una metáfora: del esfuerzo —Michael Jordan—, de la purificación —todas nuestras fiebres—, del triunfo —Michael Jordan—, del deseo —una gota que desaparece en un escote, y, bueno, Michael Jordan—. Somos seres superiores y necesitamos creer que nuestra existencia es más que un simple goteo biológico: ¿no es prosaico pensar sólo en el cuerpo transpirado cuando podemos jugar a que nuestra piel produce el propio mar? Pongamos cuerpo a un fluido democrático. Han muerto reyes bañados por la fiebre, sudó el traje de Tony Blair cuando lo nominaron para primer ministro y han transpirado atletismo, fuerza bruta y ballet Nadal, Mike Tyson y Zinedine Zidane. Sudan negros, blancos, chinos. La bella y fibrosa Halle Berry mojó las axilas de su vestido en la alfombra roja de los Óscar y lo mismo hace cada madrugada el robusto panadero de la esquina. Se sudan gotas sangrientas en toda la Tierra posible y sudó Tom Cruise una sola gota suspendido en el aire en MISIÓN IMPOSIBLE. Sudan los flacos, los gordos, niños, ancianos. Sudamos en las cavernas ante el descubrimiento del fuego, y lo hizo Neil Armstrong cuando la Luna se volvió tierra firme. Sudamos más en la paz —decía el diplomático indio Vijaya Pandit— para sangrar menos en la guerra. La historia humana es la historia de un mono que aprendió a refrescarse con más eficacia que otros mamíferos. La evolución obligó al cerdo a quitarse el calor en el barro, al elefante con la tierra y al perro con la lengua, pero, a cambio de que deje las plumas y los pelos de las bestias, equipó nuestra piel con un desagüe de tres millones de tuberías glandulares y poros invisibles y una buena dosis de melanina que nos permite caminar horas bajo el sol con mínimo daño. Desde entonces los monos superiores hemos trazado el rumbo al planeta. El genio —decía Edison— es casi todo sudor. El pensamiento místico halló en los cuerpos que expulsan agua formas del milagro y la esencia de la vida. Los egipcios antiguos creían que el Nilo había nacido de las gotas de transpiración del dios de la fertilidad: Sobek. Sidharta sudó frío durante el doloroso trance ascético para convertirse en Buda y Cristo, sangre en el jardín de Getsemaní. En la mitología escandinava, la Tierra nació de la carne de Ymir; los océanos, de su sangre y una mujer y un hombre gigantes, los primeros en pisar el mundo, de dos gotas de sus axilas. Que esos monstruos combatieran de inmediato a los dioses equivale a suponer que el único modo de discutir el poder supremo es siendo sujetos del sudor. Ryszard Kapuscinski descubrió la transpiración como último recurso para la vida en África, donde tanto de la vida surgió. En THE TRUCK, Kapuscinski narra que, a su paso por el oasis sahariano de Ouadane, el motor del auto murió y lo dejó sin recursos bajo el sol criminal. Recordó entonces que un escarabajo que los Tuareg llaman Ngubi escala las dunas cuando a su alrededor el sol es un tormento. Al cabo de un tiempo, en su abdomen se formará una minúscula gota de sudor y el escarabajo detendrá su carrera y se inclinará sobre sí mismo. El Ngubi salvará su vida bebiéndose los desechos de su propio ser. En nuestra especie, el sudor no siempre ha sido redentor: en la antigüedad, los médicos lo veían como un vil excremento. En LA HISTORIA NATURAL DE LA TRANSPIRACIÓN INSENSIBLE, E.T. Rebourn nos recuerda que sobrevivimos a mil quinientos años de experimentos de los sabios herederos de Hipócrates. Durante la Edad Media, cuando las pestes perdieron toda piedad, los galenos creían que podían liberar los venenos del cuerpo con purgas y vómitos, pero también convirtiendo la casa de los enfermos en un sauna de habitaciones calefaccionadas, bebidas y baños hirvientes y ropa de cama pesada. Al cabo el sudor sudó y nos salvó de nuestra propia ignorancia. Una piel húmeda es creación: no hay vida en la aridez. Humorista, una empresa británica creó una salsa sobrecargada de Naga Bhut Jolokia, el chile más picante del mundo, y la llamó «Satan’s Sweat». En la literatura, el sudor inunda con frecuencia los dramas. Manuel Machado recreó la cabalgata del Cid por la estepa castellana en un verso con tres sustantivos rancios: «polvo, sudor y hierro». La misma amargura halló Jorge Amado para su SUDOR en las desesperanzas de lavanderas, putas, obreros y vendedores ambulantes, oficios paridos con ropa enmohecida. Y en la vida real, Catalina de Medici, la esposa de Henri II de Francia, encontró en las esencias de flores prensadas y agua de fuentes naturales la manera de disimular la mugre de los aristócratas y nos legó piezas como el Clive Christian Nº 1 Imperial Majesty, un perfume de doscientos dieciséis mil dólares la botella. Esas frescuras hoy alimentan con paradojas a nuestras hormonas: reprimimos los aromas del sudor para conquistar, pero sólo para liberarlos sin vergüenza una vez consumada la conquista. Como sucede con la sangre, nuestro fluido más político, el sudor también comparte el vecindario del poder y la dominación económica. La Biblia llamaba a ganar el pan con el sudor de la frente, pero hoy también se puede ganar la producción global de pan en los mercados financieros sin mojar una axila. Y en rigor, aunque el mandato divino celebre la nobleza de alimentar a tus hijos doblando la espalda, la verdad es que todos evitaríamos sudar la gota gorda si nuestras cuentas bancarias transpirasen dólares. Pasa que, cuando se trata de trabajo duro, el mal olor ya viene en las palabras: sweatshops es el término inglés que designa a las fábricas clandestinas, y tiene mucho sentido que así sea, pues sweat significa ‘sudor’, pero también ‘paliza’ y ‘trabajo agotador’. En esos lugares vaporosos no se cumple la máxima de RayKroc, el fundador de McDonald’s: «La suerte es un dividendo del sudor: más sudas, más suertudo te vuelves». Puede leer la historia completa en Etiqueta Negra109.

Señoras liberadas y cultas que se dedican a mostrar al mundo demasiadas fotos de sus adorables bebés

Un texto de Katie Roiphe

Si desde la tumba Betty Friedan revisara los hábitos de Facebook de las mayores de treinta años, me temo que estaría muy decepcionada de nosotras. Me refiero en especial a la tendencia de las mujeres a usar retratos de sus hijos en lugar de los suyos como foto de perfil en sus cuentas de Facebook. Uno hace click en el nombre de una amiga y lo que aparece no es una fotografía de su rostro, sino un niño de cuatro años durmiendo, o un bebé corriendo por la playa. Allí, incrustado con inocencia en uno de nuestros métodos favoritos de procrastinación, se encuentra un potente símbolo de este nuevo siglo. ¿Adónde se han ido estas mujeres?, ¿qué interpretarán los adustos historiadores del futuro de todos estos bebés en nuestras páginas de Facebook respecto a «la construcción de la identidad de la mujer» en nuestra época?
Bastantes de estas mujeres trabajan, bastantes pertenecen a clubes literarios, bastantes están involucradas con causas o tienen intereses que las llevan fuera de casa. Pero así es como eligen representarse. La elección parecería trivial, pero la idea detrás de Facebook es que uno crea un personaje social, una imagen que se proyecta a los cientos de cafeterías y alcobas y oficinas del país. ¿Por qué habría de ser esa imagen de alguien más, por más que ese alguien esté ligado a la vida de uno, ya sea genéticamente o de algún otro modo? La decisión parece ser el regreso a una forma antigua de identidad, cuando las mujeres se llamaban Señora de John Smith, a una época cuando las relucientes graduadas de Vassar se volvían locas con aspiradoras y corralitos. No es que no comprenda la tentación de poner una fotografía del hermoso retoño de uno en Facebook: lo entiendo. Después de todo, es una forma de liberarse de la carga de aparecer más o menos decente en una foto, y del insoportable asunto de ser uno mismo. A los niños de tres años les encanta estar frente a las cámaras. Pero aun así.
Estas fotografías en Facebook son síntoma de una autodesaparición más siniestra, un estrechamiento de horizontes. Imagina una cena a la que acabas de ir. Imagina a tu amiga, que escribió su tesis de licenciatura sobre Proust y solía quedarse bebiendo hasta las cinco de la mañana cuando tenía veinte años, una mujer realizada y brillante. Piensa cómo durante toda la cena, desde las aceitunas hasta el mousse de chocolate, no hace otra cosa que hablar de sus hijos. Tú aguardaste porque amas a esta mujer y porque quisieras charlar con ella sobre ¿un libro?, ¿una película?, ¿algo sobre las noticias? Es cierto, la conversación sobre sus hijos es detallada e impresionante en cuanto al rigor y profundidad analítica con que discute el tema. Pero no puedes evitar pensar que podría escribir una disertación entera del efecto preciso del estilo pedagógico de cierta profesora en su hijo de cuatro años. Pero aun así. Adviertes que en otra esquina más animada de la mesa, los hombres no hablan de modelos de cochecitos de bebé. Esta podría muy bien ser una novela de Austen o Trollope, donde los caballeros se retiran a otro salón a beber brandy y a charlar de noticias y política. Vuelves a la conversación y la mujer sigue hablando de lo que pone en la lonchera de su hijo. ¿Nos convertimos todas en esa mujer alguna vez? Un poco de charla sobre los chicos está bien, por supuesto, pero ¿no había una época en la que nos interesaba también algo más?
El misterio aquí es que la mujer con la foto del bebé en su página de Facebook seguro que ha leído LA MÍSTICA FEMENINA o EL SEGUNDO SEXO o EL MITO DE LA BELLEZA o DOUBLE X o JEZEBEL. No es una extraña para la conversación inteligente ni para cualquiera que sea la ola del feminismo en la que ahora nos encontramos y sin embargo esta forma de desaparición, esta pérdida voluntaria del ser le sale con naturalidad. «He a quí mi bonita familia», parece decir: «Yo ya no importo».
    Tengo una amiga cuya hija usó zapatillas que chirriaban durante una larga temporada. Estas zapatillas emitían un sonido que resultaba muy molesto para los oídos adultos. Una vez le pregunté a ella por qué las soportaba y me dijo «¡Porque le gustan!». Imagínate ser parte de esta nueva generación, descubriendo con cada chirrido gozoso de tus tenis que Galileo estaba equivocado: ¡el sol no es el centro del universo, tú lo eres!
    Nuestros padres, no puedo evitar pensar, nunca hubieran tolerado un par de zapatillas ruidosas, ni soportado conversaciones que sólo trataran sobre niños. Nos amaban mucho y con tanto ardor como nosotros amamos a nuestros hijos,  pero tenían vidas propias, según recuerdo, y nos dejaban jugar en los márgenes de su existencia. No planeaban fines de semana enteros alrededor de los conciertos y las clases de arte y de piano y las fiestas de cumpleaños de sus hijos.  ¿Por qué —muchos de nosotros nos preguntamos— nuestros hijos no juegan por sí solos? ¿Por qué carecen de los recursos internos que recordamos vagamente de nuestra propia infancia? La respuesta parece clara: porque con todas nuestras buenas intenciones nos hemos sobreconsagrado a la educación y entretenimiento y a la formación integral de nuestros hijos. Porque hemos erosionado la idea de la vida adulta independiente, en lugar de permitir que los niños sueñen con un sitio propio, en sus habitaciones, sobre la alfombra, en nuestro jardín, por sí mismos.
    Facebook, por supuesto, trafica con exhibicionismo: es una forma de presentar tu vida, al menos esa que eliges a mano para el mundo exterior, como un show. Nuestros hijos son un logro importante, y, sin duda nuestro más importante logro, pero eso no significa que ellos son quien uno es. Podría, por supuesto, argumentarse que la vanidad de una generación más joven, con la publicación de estatus sobre el té que beben, representa una forma peor o más siniestra de narcisismo. Pero esta forma particular de narcisismo, estos querubines utilizados para crear una imagen de uno mismo, es más inquietante por la verdad que representa. La ecuación subliminal es clara: Yo soy mis hijos.
    Facebook fue hecho para una generación más joven, por supuesto. Se presta con naturalidad a extraños que se tropiezan en fiestas y a coqueteos de bar. Parte de lo inquietante es cómo distorsiona de manera deliberada ese propósito: esta generación se aleja de la sexualidad al poner el rostro inocente de un niño en lugar del de una madre atractiva en el perfil de Facebook. Es un telegrama que nos informa cuán incómodos nos sentimos ante un mínimo nivel de vanidad. Como usar tenis todos los días u olvidarse de cortarse el pelo es una forma de ser invisible y desaliñado, y es el reflejo de una cierta cultura materna donde es casi un motivo de orgullo cuán poco conservamos de nuestro ser sano, mundano, acicalado y dedicado.  ¿Y si los perfiles de Facebook fueran sólo el principio?,  ¿y si siguieran los pasaportes y las licencias de conducir?,  ¿qué pasaría si de pronto los rostros de una generación desaparecieran y en su sitio encontráramos los de infantes radiantes?, ¿quién llorará a estas desaparecidas damas? ¿Cuándo descansará Betty Friedan en paz?

En Río de Janeiro la vida empieza a los cincuenta

[de garota bonita a coroa gostosa]



¿Es la vejez más fácil y divertida para las cariocas?
¿O sólo pasa en sus telenovelas?

Un texto de Sabrina Duque

Sheila Alvarado

S i el mundo fuera Río de Janeiro, todas las cincuentonas se pasearían orgullosas por la calle en apretados pantalones de gimnasia después de su sesión de pesas. Es como si un virus crónico se hubiese inoculado en las mujeres maduras de esta ciudad: envejecen pero combaten la sombra de la muerte muertas de risa. Si el mundo fuera carioca, las viejas irían a la playa en bikini, sin molestarse en pensar en cómo disimular la celulitis o las várices, y recibirían el sol, felices, bajo varias capas de protector solar para no llenarse de manchas la piel. En la noche saldrían a tomar caipirinhas con sus amigas y beberían cervezas a media luz en un bar cualquiera, con un treintañero que podría o no ser su hijo. En un Hollywood carioca, cumplir cincuenta años no sería el anuncio de jubilación para una actriz. El primer papel protagónico pudiera llegar a esa edad. Las revistas estamparían sus portadas con fotos de mujeres que ya pasaron el medio siglo, mostrando en bikini los resultados de la dieta, el tratamiento o la cirugía estética que las dejó con un cuerpazo. Si la estética gerontológica femenina de Río de Janeiro se desbordara por el mundo, no habría más abuelas resignadas a la fatalidad de envejecer. En Brasil hay que esperar que termine el noticiario para ver a dos de los grandes galanes maduros del país disputarse a la setentona Susana Vieira, la SENHORA DO DESTINO, a la sesentona Regina Duarte conspirando contra su marido en el remake de O ASTRO, o a la octogenaria Fernanda Montenegro sufriendo por un hijo perdido como la dulce Bete de PASSIONE. Globo, la mayor empresa de televisión de Brasil, conserva a actrices que han protagonizado novelas desde la adolescencia y siguen hasta más allá de los setenta, cuando se gradúan de damas venerables. En Argentina Andrea del Boca fue la eterna protagonista de novelas, sólo hasta que llegó a los cuarenta. En México, Verónica Castro y Lucía Méndez, que en los años ochenta besaban a los más guapos de la televisión en horario estelar, hoy se conforman con discretos papeles honorarios, y actrices que acaban de pasar los cuarenta aceptan guiones que las obligan a tener hijas de veintitantos. En Venezuela, Lupita Ferrer tenía cuarenta cuando le dieron el papel de madre en la telenovela CRISTAL. En Brasil no existen las protagonistas descartables con los años: ni las arrugas ni los kilos de más le cuestan el contrato a las figuras femeninas. Bibi Ferreira, estrella del teatro brasileño, sigue activa a los noventa años. En 2011, Lilia Cabral, la única actriz brasileña que tiene en su repisa dos premios Emmys, protagonizó, a punto de cumplir cincuenta y cinco años, una telenovela interpretando a una plomera, abuela, madre de tres adultos y cuyo amor entre tuercas y cañerías se disputaban dos hombres más jóvenes que ella, además de su ex marido. Sonriendo, inclinada como quien quisiera enseñar algo más de escote, la diva posaba ese mismo año en la portada de la revista UMA con un vestido rojo sin mangas. Y amenazaba, en la piel de su personaje, la mujer plomero, con una llave de tuercas en la mano, desde la portada de la revista conservadora VEJA. Cabral se consagró como protagonista madura de la hora punta del canal de mayor rating del Brasil después de arrasar con un papel secundario en VIVER A VIDA. VIVER A VIDA es una de las historias de Manoel Carlos, el autor cuyas protagonistas se llaman siempre Helena, y siempre son mujeres casadas o divorciadas de mediana edad. Fue la primera vez que una Helena no era una mujer mayor y que no cautivó al público. Lilia Cabral, con edad para ser la madre de Helena, se robó el show. Su belleza es natural y es más bien una actitud: ella sonríe con algunas arrugas junto a los ojos y tiene brazos flácidos que contrastan con los cuerpos artificiales obra de la cirugía plástica. Cabral es paulista, pero tiene la actitud de una carioca nata. En Brasil las telenovelas no le deben tanto a la ficción sino que copian temas de la calle e historias de los diarios. Las actrices maduras son las que imitan el estilo de vida carioca de viejas divertidas. Tal vez. Una coroa gostosa en Río de Janeiro es una mujer madura muy atractiva. Coroa significa corona, pero en todo el país, coroa describe a una persona de mediana edad. Gostosa significa deliciosa, cuando se refiere a una comida o al sexo, y es una forma muy brasileña de decir que una mujer está buenísima. Brasil tiene unos veinte millones de mujeres que pasan del medio siglo, y sólo en Río de Janeiro hay más o menos un millón de señoras con más de cincuenta años que se ríen del envejecimiento. Nedilsa Sousa presume de ser una coroa gostosa y abuela de cuatro nietos. Tiene más de cincuenta años y vive en la Rocinha, la favela con vista al barrio de Sao Conrado y al mar, en la Zona Sul de Río de Janeiro, donde están los barrios de clase media y alta de Copacabana, Ipanema y Leblon. Nedilsa Sousa es una mulata de caderas anchas y brazos rollizos que trabaja depilando hombres y mujeres en un centro de belleza en Copacabana. Amasa la cera fría con habilidad de pastelera y conserva una sonrisa absoluta mientras elogia las ventajas de la edad. En un planeta devoto de la juventud, su discurso parece un llamado a la revolución. Jura que no cambiaría su cuerpo abundante por aquel cuerpecito huesudo que tenía a los veinte años. Dice que ahora, con más curvas para acariciar —guiña un ojo y señala su trasero—, le gusta más a su marido. Que los fines de semana que no está de turno en el salón luce su cuerpo en bikini en la playa, cuando va con sus hijas a caminar y a tomar agua de coco. Cada mañana y cada noche se embadurna en cremas reafirmantes y, una vez por semana, se pone una mascarilla hidratante en el cabello. Reconoce que tiene unos cuantos kilos de más y admite no poseer fuerza de voluntad para cerrar la boca. Ella, que se pasa el día sacando vellos a cuerpos desnudos, minimiza la decadencia de las carnes —para corregirlas se inventó la cosmética— y enaltece las ventajas de la experiencia. Sus ideas parecen la proclama de cualquier carioca mayor de cincuenta. A ella la idea del bisturí marcando su piel la horroriza. Igual que a la diva Fernanda Montenegro, la primera en Brasil nominada al Óscar, que cumplió ochenta años sin cirugías. Nedilsa Sousa, la depiladora, jura que el día que decida hacerla la dieta resolverá todos sus problemas. Lo dice con una sonrisa enorme, confiando que perderá esos kilos en el futuro. En el país de Ivo Pitanguy, el rey de la cirugía plástica, hay viejas que prefieren la dignidad de la gordura natural. Puede leer la historia completa en Etiqueta Negra108.

Sobre la inmoralidad de tener hijos

Un texto de Toño Angulo Daneri

Los hijos son la vida que devuelves a la vida. Tu agradecida ofrenda. La razón esencial de tu existencia. Eso dicen. Bajo esa premisa, madres o padres adolescentes e involuntarios han alcanzado una estatura vital que los-que-no-tenemos-hijos-pero-ya-deberíamos estamos obligados a admirar y envidiar desde nuestra clara posición de inferioridad numérica. Los-sin-descendencia somos seres incompletos. Solitarios. Eunucos de la felicidad más plena. Eso dicen, también. Por las edades que mi novia y yo tenemos —ella treintaitrés, yo cuarentaidós—, el Asunto Tener Hijos se ha convertido en una densa neblina que a menudo flota sobre nuestras cabezas y no pocas veces nos envuelve. Casi todos los amigos que nos rodean ya han sido padres, y si hay una peculiaridad que los une y con frecuencia los reúne es su alegre entusiasmo monotemático: por momentos da la impresión de que sólo quieren hablar de ello. Los más cercanos a la edad de mi novia son los más inexpertos, varios incluso debutantes, y también —apuesto que justo por eso— tienden a ser el «no va más» de la categoría: la Champions League de la euforia parental. Los que están más cerca de mis canas, en cambio, suelen ser los veteranos de guerra, los del orgullo reposado por el trabajo bien hecho, con hijos que a veces han alcanzado también la edad de reproducirse y tienen sus propios novios o novias con los que se aparecen de la mano en el cumpleaños de la abuela. La mala noticia para mi novia y para mí es que estos amigos con hijos suelen carecer de la virtud de la discreción. Primerizos, poco expertos o veteranos, en conjunto funcionan como un grupo de presión. Un lobby en pro de la maternidad: «Y ustedes, ¿para cuándo?». O dirigiéndose sólo a mis cuarentaidós inviernos: «Si tú ya perdiste el tren de la paternidad, no vas a permitir que tu mujer también lo pierda, ¿no?». Sí, el Asunto Tener Hijos es una neblina espesa que sobrevuela nuestras cabezas y con frecuencia nos envuelve. Pero como toda neblina, también es atractiva, evocadora y romántica. Vagamente sexy. Como salir a dar un paseo y sentir que tus más felices instintos paternales se humedecen en ella. Aunque sólo sea por un momento. Los argumentos a favor de tener hijos se repiten tanto y son tan obvios que resulta inútil enumerarlos aquí. La excepción, quizá, son aquellos de la categoría «Egoístas» que, no por deleznables, también suenan conmovedores en su brutal honestidad. «Para tener a alguien que me cuide en mi vejez». «Para que traigan felicidad a mi vida». O más llanamente, «para que me hagan compañía». Me resisto a pensar que alguien forma una familia como si abriera una cuenta de ahorros, y para lo otro ya existen por suerte los antidepresivos, las drogas de uso recreativo y toda clase de comportamientos compulsivos de evasión como el shopping, el sexo por Internet o el fútbol televisado. Además, este tipo de motivaciones egoístas son por lo visto un engaño, una fantasía ingenua y en el fondo pueril. En un libro reciente publicado por el MIT, WHY HAVE CHILDREN? THE ETHICAL DEBATE, la investigadora Christine Overall descarta esta clase de argumentos no sólo porque le parecen éticamente dudosos, sino porque en la práctica son un error de cálculo. Ningún adulto medianamente informado, dice Overall, puede prever con certeza que a los setenta años tendrá a una hija o hijo a su lado dispuesto a cuidar de él pase lo que pase. Y eso sin contar que a veces ocurre lo contrario. ¿O acaso nadie conoce en su barrio a un anciano condenado a mantener con su mísera pensión de jubilado a un hijo tarambana que para colmo se ha llenado de una prole que el abuelo también debe alimentar? En cuanto a la supuesta felicidad que traen los hijos, Overall cita un estudio realizado por el Nobel de Economía Daniel Kahneman. Allí, entre la sorpresa y la decepción, Kahneman descubrió que la mayoría de madres que trabajan son abiertamente menos felices que las trabajadoras sin hijos. Es más, en una de las pruebas les pidió que dieran una puntuación jerárquica a actividades tan cotidianas como cocinar, cuidar de los hijos o hacer las compras. El resultado fue que las madres encontraban mayor placer realizando otras labores domésticas que las inherentes a la maternidad. Venían a decir que cocinar es una rutina que no se contradice con la idea de la creatividad, y que da opciones: siempre se puede colgar el delantal y salir a comer un menú en el restaurante de la esquina. Cuidar de los hijos, en cambio, se parece demasiado a una rutina a secas.

Si les llamas cañitas sorbetes o popotes da igual: sólo sirven para morderlas o hacer ruido

Un texto de NADIA BALDUCCI

Odio las cañitas. Odio ese sonido del que apura el último trago de una limonada en un vaso descartable. Odio los cadáveres mordisqueados que deja la gente sobre el mantel cuando ha terminado su cocktail. Esto no siempre ha sido así, de hecho he usado cientos de cañitas en mi vida. Tal vez miles.  Se calcula que los estadounidenses, por ejemplo, consumen doce a la semana y seiscientas al año. Las cañitas son descartables pero son para siempre. Las más comunes no son biodegradables porque están hechas de propileno (plástico #5), un derivado del petróleo. Empecé a pensar en lo inservibles que son porque trabajo dando charlas sobre la contaminación en el mar. Así supe que las cañitas, que pasan fugaces por nuestros labios, terminan dando vueltas para siempre en el océano. The Ocean Conservancy, una ONG que limpia playas en todo el mundo, encontró en 2010 casi medio millón en las arenas de varios continentes. La imagen de kilómetros y kilómetros de pajitas inservibles una detrás de la otra me parece tan horrible, que desde entonces he renunciado a ellas. Las cañitas están diseñadas para usarse por una sola persona, una sola vez, en una sola bebida. Son cómplices de un estilo de vida descartable y superfluo. Pero no siempre fue así. Las primeras cañitas modernas eran tallos de centeno que se utilizaban para beber mint juleps en el siglo XIX. Hasta que en 1880 un periodista e inventor llamado Marvin Chester Stone se cansó del sabor vegetal que dejaban en su bebida y decidió enrollar papel en un lápiz y pegar los extremos con goma. Después empezó a recubrir su invento con cera. Las cañitas fueron rígidas hasta el siglo siguiente cuando Joseph B. Friedman agregó al diseño una especie de acordeón para que pudieran doblarse. Había visto a su hija beber un milkshake con dificultad y pensó en un modo de hacerlas flexibles. Su idea fue un éxito en los hospitales —uno de los cuales hizo el primer pedido a Friedman—, donde los enfermos también batallaban para beber mientras estaban acostados. Las cañitas eran artefactos que solucionaban problemas concretos. Después de todo ¿quién necesita de verdad un minúsculo tubo para saciar la sed? Tal vez sólo sus usuarios iniciales: los niños y algunas personas con discapacidades físicas. Para el resto de nosotros son accesorios casi invisibles. Estamos tan acostumbrados a recibir una cañita con cualquier bebida, que ni siquiera reparamos en su existencia e inutilidad. ¿Por qué necesitamos proteger nuestros labios del contacto con el líquido que nos echamos a la garganta? Desde que empecé a odiar a las cañitas rechazo todas las que me ofrecen. Cuando tengo ganas de una cremolada pido una cucharita metálica para comerla. Y si en algún restaurante me entregan un vaso con la cañita dentro termino sermoneando al encargado sobre la importancia de preguntar antes a sus clientes si van a querer una pajita con su orden. En mi última fiesta de cumpleaños, en la playa en San Bartolo, prohibí el uso de cañitas entre los asistentes. Bebiéramos lo que bebiéramos, debíamos hacerlo directo del vaso. Una amiga se negó. Dijo que no podía beber alcohol sin un sorbete. Y como yo había anunciado con antelación que sería una fiesta libre de cañitas, se trajo una en el bolsillo. Algunas de mis amigas se incomodan cuando me enfrento a los meseros que clavan una pajita en mi vaso sin antes consultarme. Pero sé que el cambio mayor empieza en miniatura, y es contagioso: ahora cuando salgo a cenar con mi familia ya nadie pide cañita. Y sé que hay otros que hacen lo mismo. En Estados Unidos, un niño de nueve años lanzó una campaña para reducir el uso de cañitas en todo el país. Ya ha conseguido que algunos restaurantes firmen un compromiso para hacerlo y el hijo de Jacques Cousteau le dio un premio por su iniciativa. En Inglaterra hay una campaña llamada Straw Wars, que pretende eliminar el uso de este inútil artículo plástico. La guerra contra las cañitas puede parecer otro capricho ecológico, como renunciar a las bolsas plásticas a la hora de hacer la compra o cargar un termo para el agua o el café. A fin de cuentas, es sólo un pequeño artículo relleno de aire.

Si se enoja otra vez, busque un árbol

¿Por qué los jardines
calman la cólera?

Un texto de Ernesto Ráez Luna

Albina
Ilustración de Héctor Huamán

Para saber si uno vive bien de verdad hace falta sacarse los zapatos: pose usted sus pies descalzos sobre el pasto o sobre cualquier suelo húmedo y fértil. Vamos, vamos, vamos.  ¿Le quedó cerca o lejos? ¿Cuánto tuvo que esforzarse para hacerlo? La facilidad con que usted haya podido cumplir ese simple cometido es una medida perfecta de su calidad de vida. No es una exageración: hace dos años, ocho expertos internacionales convocados por Siemens evaluaron la calidad de vida en diecisiete ciudades del continente mediante un «Índice Verde de las Ciudades Latinoamericanas». En el conteo general Lima, Perú, y Guadalajara, México, quedaron «muy por debajo del promedio», mientras que Curitiba en Brasil quedó ella sola, muy por encima. Un indicador clave, de creciente uso urbanístico, fue la superficie de áreas verdes por habitante. Curitiba ofrece el equivalente a catorce camas king size a cada uno de sus ciudadanos para retozar de lo lindo, mientras que Lima ofrece con las justas un colchón de soltero por cabeza. El miedo a caerse de tan minúsculo jardín explicaría en parte la profusión de parejitas yacentes abrazadas como garrapatas que uno ve en cualquier parque de Lima pasadas las seis de la tarde. Pero no es la calentura de los enamorados en los parques lo que abochorna a nuestras metrópolis. Los motores de combustión atiborran el aire de miasmas y gases de efecto invernadero. En todas partes pululan mangueras vomitando el concreto que nos horneará a fuego lento en el verano. Un sinfín de aparatos de aire acondicionado exportan ruidosamente hacia la calle el sudoroso calor de los recintos techados. La vida a las carreras, la ambición impaciente y el temor de ser víctimas de engaños, robos y asaltos nos provocan un acaloramiento del espíritu que no se quita ni poniendo a tope el aire acondicionado. Pero para contar con una apariencia cool en realidad hace falta tener la conciencia fresca.  Resulta, para nuestra buena suerte, que los árboles, las aguas y las áreas verdes —cosas que existen hace millones de años— tienen una virtud poderosa para mitigar tanta calentura. Las alamedas y los bosques urbanos ofrecen notables servicios sociales, sanitarios y climáticos. Un estudio encontró que un bosquecillo en Nottingham, ciudad famosa por Robin Hood, reduce los contaminantes sulfurosos y nitrosos del aire urbano que lo rodea. Plantados como murallas contra el viento, los árboles interceptan el polvo que nos asfixia en ciudades sin lluvia como Lima. En el verano, el interior de los parques arbolados puede ser hasta tres grados centígrados más fresco que las calles y plazas vestidas de cemento. Las calles adyacentes también se benefician. Aunque para mejorar de forma significativa la calidad de vida urbana no bastan los parches verdes, sino que hacen falta parques más parecidos a un campo de golf que a una maceta de interior puesta por compromiso. Pero todo cuenta: sembrar un árbol cada treinta pasos puede mitigar la canícula de las calles de cemento unos dos grados centígrados. Una cifra nada despreciable: es la misma diferencia de temperatura que debe haber entre el cuerpo y los testículos para que estos sean fértiles. Créame: usted notará la diferencia. Pero la sombra de los árboles no sólo refresca las veredas: el follaje protege los espacios interiores del sol directo y permite consumir menos energía para enfriarlos. Demás está decir que esta es una manera eficiente de mitigar el calentamiento global. Además, las áreas verdes urbanas también capturan el carbono excesivo de la atmósfera. Tal vez el mayor beneficio que las áreas verdes y los árboles ofrecen es psicológico. Según sesudos estudios japoneses y finlandeses, a los pocos minutos de caminar dentro de un bosque, los signos físicos del estrés caen en picada. Por ello todo finés tiene el derecho de deambular por cualquier bosque que le dé la gana. También pueden pescar libremente en cualquier cuerpo de agua. Al otro extremo de la experiencia humana, los japoneses han convertido el contacto con lo silvestre en un ritual. El gobierno ha invertido millones de dólares en investigación sobre el efecto sanador del contacto con la naturaleza, y hoy Japón es un líder mundial en el tema. Motivo tienen de sobra, los japoneses están entre los pueblos más estresados del planeta; tanto que tienen una palabra — karoshi— que significa muerte por exceso de trabajo. Desde 1982, por prescripción del gobierno, numerosos habitantes urbanos practican con entusiasmo el shinrin-yoku, o baños de bosque, en áreas protegidas cercanas a las ciudades. Existen cuarenta y ocho «senderos de terapia de bosque» designados por la Agencia Forestal japonesa.  Los japoneses estresados toman algún transporte rápido, contemplan en silencio la selva por un rato y se retiran a seguir uncidos a la noria. El esplendor de la yerba también beneficia a pueblos más ociosos. De hecho parece que los millones de años de contacto directo con la naturaleza nos siguen definiendo.  A fin de cuentas, la civilización sólo ocupa el uno por ciento de la historia humana. ¿Alguna vez le pasó algo memorable bajo la sombra de un árbol (o detrás de un árbol)? ¿Qué está esperando? A mí, antes de cumplir los veinticinco, me pasaron tantas cosas buenas entre los olivos centenarios de San Isidro, que no me imagino sin ellos. Los árboles avivan la inventiva. Son legendarios el manzano de Newton y la amplia fronda bajo la cual José de San Martín soñó la primera bandera del Perú, entretejida en un vuelo de flamencos. Un fino músico hermano mío anduvo alguna vez, ensimismado, por las gentiles calles arboladas de la ciudad de Mendoza, en Argentina. Poco a poco cayó en cuenta del aire aromático y fresco, de la sombra entrecortada y danzarina, comprobó el reflejo amortiguado de la luz contra el pavimento. Se le ocurrió regresar a su ciudad, polvorienta y desértica, y proponer a la alcaldesa metropolitana plantar muchos árboles en las calles, para refrescar los barrios. Pero antes de darse cuenta se encontró enfrentado a un alcalde distrital que prefería bañar de cemento los parques del vecindario. Y descubrió que en esta vida no bastan la razón y una sonrisa, y que lo bueno siempre hay que pelearlo. Los árboles, que florecen cada verano, son símbolo de la tenacidad que se requiere para mejorar el mundo.

El fotógrafo que llegó
tras la avalancha
sólo encontró el ruido
de las piedras

Después de un derrumbe en los Andes del Perú, Nicolas Villaume
subió al nevado caído para mostrarnos un desastre que nadie puede ver.
El calentamiento global es un fenómeno tan imperceptible como
un grifo que gotea: el planeta se calienta un grado por siglo.
¿Cómo fotografiar una catástrofe invisible?

Un texto de Juan Francisco Ugarte
Fotografías de Nicolas Villaume

Albina
Fotografía de Nicolas Villaume

El domingo once de abril de 2010, una montaña de hielo se quebró en los Andes del Perú. A cinco mil metros sobre el nivel del mar, un trozo de glaciar cayó sobre una laguna y originó una ola de veinticinco metros. El ruido fue el mismo que el estrépito de un trueno. En una catástrofe que ocurre a las alturas, el sonido es la única forma de medir el peligro. Eran las ocho de la mañana cuando el agua empezó a caer por el nevado Hualcán, desde donde se precipitó el hielo. En Carhuaz, departamento de Áncash, no era un buen día para la desgracia: el pueblo celebraba la procesión de Cuasimodo, una fiesta religiosa que sucede el domingo después a Semana Santa. En la plaza la escena estaba montada: alfombras de flores amarillas en las pistas, hombres en corbata y sombrero, y un Cristo metido en un altar, guardado para después. Desde allí, a quince kilómetros montaña abajo, el ruido del agua se escuchó como el motor de una excavadora Caterpillar. Ya no era sólo agua, sino una masa de lodo, maderas y piedras. Con los ojos mirando de un lado a otro, los habitantes de Carhuaz buscaron el sonido apiñados en las calles. No lo sabían, pero iban a ser testigos de un desastre que ninguno puede ver: un glaciar que se derrite como un grifo que gotea y nadie cierra. El agua llegó veinte minutos después. Un grupo de policías ordenó la fuga. Algunos escaparon de casa hacia lugares más altos. Otros partieron en camiones de carga a ciudades vecinas. A Huaraz. A Recuay. A Caraz. Lo que iba a ser una fiesta tremenda se convirtió en una diáspora imprevista. Pero la crecida sólo bajó por el río Chucchún, una corriente que traza la ruta desde el nevado hasta Acopampa, el distrito más cercano a la montaña. Y el más afectado. En menos de una hora se formó allí un paisaje de barro. Barro encima de los puentes. Barro en la entrada de las casas. Barro sobre animales muertos. Pero una ola en la montaña no es una noticia de último minuto para el planeta. En el siglo seis, una marea de ocho metros cubrió Ginebra después de que un montón de tierra impactara en el lago local. En Italia, una tonelada de roca cayó a la represa de Vajont, al norte de Venecia, y ocasionó un tsunami de más de noventa metros que destruyó el pueblo de Longarone. En el Perú, a sólo unos kilómetros de Carhuaz, un terremoto hizo que en el nevado contiguo se produjera una avalancha que sepultó a dos pueblos enteros. Pero esa mañana de abril, la ola gigante no pasó de ser un susto que estropeó la fiesta de Cuasimodo. Horas más tarde, cuando muchos de los que habían partido volvieron en los mismos camiones, la fiesta fue otra: reunidos a ambos lados del río, como forzosos asistentes a una despedida, los pobladores vieron al lodo llevarse parte de sus cosas. Fue sólo una cuestión de horas. Para la noche, el río sólo arrastraba a los mismos pasajeros de siempre: piedras, ramas y basura.

Un año después de la ola, en marzo de 2011, un fotógrafo francés se tropieza con el cadáver de una rata. Acaba de llegar a Carhuaz para conocer la laguna 513, esa masa turquesa de nombre tan técnico como olvidable de donde se levantó la ola de veinticinco metros. Pero lo primero que ve, tirado como un desecho cualquiera, es el roedor aplastado en la pista que nadie quiere limpiar. No es el único. Desde hace unos años se ha hecho común ver a estos bichos urbanos en la sierra del Perú. Nicolas Villaume —metro ochenta y cinco, pelo castaño, frente amplia— se detiene a mirar el cadáver. Levanta la cámara. Dispara. Años atrás, a casi tres mil metros sobre el nivel del mar, una rata era una anomalía. Hoy habitan las zonas más altas de la ciudad. En un lugar donde, con una lentitud de tres generaciones, los nevados han empezado a convertirse en aburridos paisajes de rocas, estos roedores sólo son un síntoma del desastre que se prepara todos los días y nadie percibe: el planeta se calienta al ritmo de un grado centígrado cada siglo. Esa tragedia en cámara lenta que llamamos calentamiento global. Una catástrofe muda que sólo conocemos por la estadística: en el último medio siglo, la Península Antártica —esa lengua blanca que abastece de agua a Sudamérica— ha perdido en hielo el equivalente a todo el territorio de Haití en el lapso de tiempo en que un hombre nace, crece y envejece. Y Nicolas Villaume, un francés obsesionado con el medio ambiente, ha venido hasta aquí para fotografiarla.
Este es su último viaje. Antes tuvo que recorrer el mundo para registrar la escena de un mismo crimen: los rastros de una calentura trastornada. En el Himalaya visitó a los Zanskaris, una comunidad que perdió todos sus nevados y que ahora está obligada a vivir en otra parte. En el pueblo de Doko, en Etiopía, fotografió los cultivos estropeados por las lluvias. Cuando viajó a Alaska descubrió que el frío ahí ya no es tan helado: el permafrost y los caribús están desapareciendo por la subida de temperatura. En Papúa Nueva Guinea retrató la isla de Manus después de que en 2008 una tormenta destruyera parte de la aldea. Nicolas Villaume ha dedicado cuatro años de su vida a elaborar versiones de una misma fotografía. Sabe que el cambio climático no sólo significa exceso de calor y nevados derretidos, sino también sequías en lugares donde antes el agua llegaba sin problemas, trastornos de lluvias en sitios de altura, incendios recurrentes en bosques, cultivos estériles y conflictos de hambre en zonas de agricultura. Pero para muchos todo esto no implica una preocupación actual, sino una serie de eventos que preparan su golpe de gracia para el futuro. Villaume entiende que documentar una catástrofe que la mayoría de gente no llegará a experimentar, puede parecer una tarea inútil. Su proyecto tiene mucho de cazafantasma: capturar aquello que no podemos ver. O lo que es igual: hacernos ver lo que preferimos ignorar. Decir que un fotógrafo es un observador entrenado parece un lugar común, pero Villaume, más que observador, es alguien condenado a llegar tarde. Su empresa es una paradoja: representar el futuro con el pasado. Cuando puede fotografiar el cambio climático, el desastre ya ocurrió. Un día un científico de la organización francesa IRD (Instituto de Investigación para el Desarrollo) le contó sobre una ola gigantesca en las montañas del Perú. Era lo que buscaba: un hecho insólito para llamar la atención sobre el calentamiento global. Quería mostrar que no se trata de una tragedia futurista, sino de una tragedia en directo, que ocurre en este mismo instante. Llegar tarde es su fatalidad: la única forma que tiene para hacer visible lo invisible.

Pero esta vez Nicolas Villaume llegará más tarde de lo normal.

Una noche antes de partir al nevado Hualcán, mientras paseaba por una calle mal iluminada, el fotógrafo que camina por todo el mundo para mostrar un desastre invisible se cayó. La pierna derecha en el hoyo de una canaleta. El cuerpo doblado en dos. La rodilla fracturada. Ese mismo día, temprano por la mañana, había hecho algunas entrevistas a los pobladores de Acopampa. El cielo era lechoso. No había sol. Sabía que sería difícil tomar las fotos con una luz como esa. Pero estaba decidido a subir la montaña. Meses atrás, en Ecuador, que unos insectos raros le comieran el pie no impidió que cruzara el páramo calcinado de Mojandita. Para llegar a la India tuvo que soportar un viaje de una semana, recorrer en jeep caminos sinuosos de arena, piedras y peñascos, y aprender a adaptarse en menos de cinco días a un clima imposible. Una caída al hueco de una canaleta es un inconveniente sólo para principiantes. Y esa misma noche, Villaume estaba empecinado en recuperarse. Un amigo de Huaraz lo llevó a donde un huesero. Fue peor: le doblaron la pierna, se la estiraron, el dolor aumentó aunque el hombre que se lo provocaba decía que era normal, que pronto pasaría. Sólo cuando escuchó el rechinar de los huesos tomó una decisión. Iba a esperar. Esta vez, llegaría quince meses más tarde.

El día de la ola en Carhuaz nadie pensó en el calentamiento global. Desconocían que la caída de hielo era consecuencia de un fenómeno llamado ‘retroceso glaciar’. Que ocurre desde los años setenta en la Cordillera Blanca, esa mancha pálida en los Andes que corta por la mitad al departamento de Áncash. Que las caídas a la laguna suceden casi siempre sin que nadie las perciba. Que la misma laguna se formó por el deshielo del glaciar hace cincuenta años. Que en 1992, por miedo a un desastre, un glaciólogo se empecinó en hacer un túnel para conducir el agua desde la montaña hasta el río. Y que, gracias a este túnel metido a veinte metros en el dique de la laguna 513, ese día la enorme ola no sepultó a la ciudad.

El hombre que salvó a más de sesenta mil personas con dos décadas de anticipación dice que los residentes al pie del Hualcán están mal informados. «Piensan que la desglaciación les conviene porque trae más agua a la ciudad», explica César Portocarrero. «Pero eso cambiará. En menos de cincuenta años se ha perdido el treinta por ciento de los nevados», advierte el glaciólogo que pronto se quedará sin trabajo por culpa de un planeta recalentado. Que tarde o temprano el agua se acabará es quizá la idea que más se repite sobre el calentamiento global. Desde la década de los sesenta, en que un nuevo concepto de cambio climático empezó a difundirse, el discurso ecologista ha adquirido popularidad en los países más desarrollados. Pero fue un documental —UNA VERDAD INCÓMODA, de Al Gore— lo que provocó aquel estallido de preocupación por el medio ambiente más parecido a un fanatismo religioso. Nadie ha visto el calentamiento global, pero hay una legión de creyentes que temen su poder.

Al día siguiente de la ola en Carhuaz, los noticieros de la televisión diferían tanto en sus titulares que un espectador distraído pudo creer que eran noticias distintas. Uno decía que lo que bajó por la montaña había sido un huaico. Otro, en menos de cinco minutos, describió el hecho como alud, huaico y aluvión, los tres juntos, arrasando con toda la ciudad. Y para otro ni siquiera existió un bloque de hielo: el aluvión era una lluvia insólita que rebalsó la laguna. Algo sí parece cierto: más allá de un discurso repetido, nadie está seguro de qué demonios trata el calentamiento global. Pensamos que es lo mismo al cambio climático. Y a fuerza de usarlo siempre, ignoramos que ‘cambio climático’ no se refiere a un solo fenómeno, sino a varios, y que entre ellos está el aumento en la temperatura del planeta. Calentamiento global es una expresión sin gracia metafórica, tan universal como intangible, que remite a calor excesivo y a fin del mundo, y nos confunde. Ahora hay evangelistas del medio ambiente en todas partes. Hasta en los concursos de belleza. Miss Tierra (o Miss Earth) es un certamen anual en Filipinas donde se elige como reina a aquella que sea más bella y tenga la mejor propuesta para no contaminar el mundo. Eso es el calentamiento global: una confusión desarreglada convertida en banalidad con maquillaje.

Puede leer la historia completa en Etiqueta Verde 07


April 16, 2013

ÁLVARO DÍAZ DÁVILA

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April 16, 2013

NADIA BALDUCCI

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April 16, 2013

RAFFI KHATCHADOURIAN

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April 16, 2013

Juan Francisco Ugarte

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April 16, 2013

110

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April 16, 2013

LUCIANO DE SAMOSATA

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April 16, 2013

RAY TASAYCO

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April 16, 2013

PAULA SALISCHIKER

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April 16, 2013

JOSÉ SIMIÁN

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April 16, 2013

VIVIAN ABENSHUSHAN

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April 16, 2013

HÉCTOR HUAMÁN

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April 16, 2013

D.T. MAX

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April 16, 2013

Rodrigo Fresán

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April 16, 2013

GEOFF DYER

Un texto de


April 15, 2013

109

Un texto de


April 11, 2013

07 verde

Un texto de

El ex alcalde

¿Es normal que un político que protegió del narco a su ciudad
adorne con un tiranosaurio la sala de su casa?

Un texto de DIEGO OSORNO

Susana Torres

MONÓLOGO 1


Yo parto de una tesis que a algunas gentes les puede parecer rara y a otras no, pero a mí me da lo mismo: si yo hago el municipio más seguro del mundo, sin duda voy a tener muchos malos que quieran vivir aquí, así como también muchos buenos. Y los malos no creo que vengan en una visión de operar su maldad, sino que vienen porque simplemente ellos también valoran la seguridad familiar. Igual y tienen a un hijo bueno, me imagino yo. Si San Pedro fuera el municipio más inseguro del mundo, ni los narcos quisieran vivir aquí. En Colombia la sociedad fue más estricta en el sentido de decir: «No, los hijos de los narcos no entran a las escuelas». Pero aquí sí están en las escuelas y las escuelas saben que están los hijos de ellos. Con todo ese esfuerzo que hice, no siento que me esté confrontando con ellos, porque en este caso a todos nos une un mismo interés: la seguridad. Puede ser que me equivoque. Y si me equivoco, pues me mandas unas flores al panteón, chingado. Pero si no me equivoco, realmente creo que va a ser un caso de éxito porque les estoy llegando a los malos en un tema en el que tenemos coincidencias. Además, lo he dicho públicamente: a la venta pública de droga le doy en la madre, a los giros negros también, y también voy a pegarle a los casinos para sacarlos de aquí. Sé que en otros municipios, los narcos te buscan y te dicen: tú como alcalde no puedes hacer tal cosa, la policía es mía, el negocio de extorsión es mío y el de secuestros es mío. No te metas al caldito. Eso lo hacen. Yo creo que el crimen organizado tiene contacto con cualquiera que aspira a un cargo de elección popular en México, o cuando se sienta en la silla. A mí me buscaron cuando fui candidato a gobernador y ahora que fui alcalde también me buscaron. Me ofrecieron quince millones y no los acepté. Nadie me asegura que pueda salir vivo de estas cosas. Sin duda, estos son trabajos riesgosos. Pero hay que hacer algo: yo nunca he visto una guerra en la que hayan ganado los buenos. En cualquier guerra, siempre ganan los malos. Los que son más malos.

[Mauricio Fernández Garza. En su casa de San Pedro Garza García, noreste de México, julio de 2010]

VIAJE 1

La única turbulencia del Lear Jet que despega del aeropuerto privado de Monterrey aparece en el rostro de Mauricio Fernández Garza, cuando le pregunto sobre el nuevo gobernante de su ciudad. Hoy el ex alcalde que durante tres años evitó con éxito que la guerra del narco llegara a la ciudad más rica de América Latina luce molesto: hace unos días, el nuevo alcalde de San Pedro Garza García, su sucesor, no pudo imponer su autoridad a unos vecinos inconformes con unos puentes peatonales recién construidos en una de las avenidas principales, y tuvo que anunciar que la obra será demolida. Ese hombre, su antiguo secretario del ayuntamiento, quien se suponía iba a ser el puente que continuara con su obra y estilo de gobernar, dio marcha atrás a ese proyecto diseñado por un arquitecto Premio Nacional de Bellas Artes sólo porque a un grupo de señoras y señores les pareció feo. Los habitantes de esta ciudad del noreste de México tienen un ingreso promedio de más de veinticinco mil dólares al año, casi cuatro veces superior al de los mexicanos en general e incluso mayor al de España. Además de ser los mexicanos más ricos, suelen ser los más exigentes con sus autoridades. Un ex jefe de la policía local me dijo que trabajar ahí había sido una pesadilla porque todas las madrugadas recibía llamadas para ordenarle liberar a un chico detenido por conducir en ebriedad. Siempre «el hijo de» alguien. «Todos se sienten muy importantes —me recordó el policía—. Hay demasiado influyentismo». El actual alcalde, un joven muy formal y de temperamento moderado, no fue la apuesta inicial de Fernández Garza para relevarlo: prefería a un carismático directivo de Cementos Mexicanos reconocido por la hazaña de haber hecho campeón del fútbol mexicano a los Tigres, un equipo que no había ganado un campeonato en veintinueve años. Sin embargo, Alejandro Rodríguez Miechelsen, el favorito del ex alcalde, declinó la invitación de gobernar San Pedro: había aceptado un puesto en la Comisión Mundial de Fútbol de Clubes de la FIFA. Mauricio Fernández Garza cree que, si Rodríguez Miechelsen hubiera sido el sucesor, hoy esos puentes peatonales de la calzada estarían intactos. «Si no tienes carácter para gobernar, se te cuelgan», me dice el ex alcalde en su Lear Jet, atravesando el aire frío de un día soleado de invierno a principios de 2013. Viajamos hacia un rancho del pueblo de Lampazos. El ex alcalde supervisará las obras finales de su nueva casa de campo. Dice que allí vivirá su retiro.
La debilidad de su sucesor aburre al ex alcalde. Hoy tiene en mente una empresa más excitante: en la foto de perfil de su página privada de Facebook, Fernández Garza posa junto al cráneo de un monstruo que adorna la sala de su casa y que resume la obsesión a la que ahora dedica la mayor parte de su tiempo. Se trata de la cabeza de un tiranosaurio rex —un lagarto tirano— y no es el único animal prehistórico fosilizado que posee. La joya de su colección privada es Einstein, un apatosaurio —lagarto engañoso— que mide cuatro metros de altura y casi veinticinco de largo, aunque su cabeza tiene apenas el tamaño de un balón de futbol americano. El nombre que le pusieron los paleontólogos es una ironía a su cráneo diminuto respecto a la enormidad de su cuerpo. Einstein fue hallado en un cementerio de dinosaurios de Wyoming, y Fernández Garza dice que pagó veinte millones de dólares por él. Tuvo que esperar tres años a que terminara el refinado viaje de traslado y el lento ensamblado de las partes de un fósil de más de cien millones de años de antigüedad que, montado por completo, pesa unas cuatro toneladas. Einstein no cabe en la sala de una casa, ni siquiera en la del ex alcalde. Se le exhibe en el parque Fundidora, el más popular de Monterrey, donde los niños y sus familias lo visitan y se sacan fotos con él que también suben a sus páginas de Facebook.
Cuando era niño, Mauricio Fernández Garza perseguía animales menos fantásticos que dinosaurios. Se escapaba de madrugada por la ventana de su habitación para cazar liebres en un monte sobre el que años después sería construida una ciudad con índices de calidad de vida similares a los de Noruega. Sus compañeros de aventura no eran parte de su familia ni chicos millonarios como él. Eran peones y obreros, todos mayores, que trabajaban para su abuelo Roberto Garza Sada, un empresario que cerraba algunos de sus negocios en el campo de golf profesional que tenía en el jardín de su mansión. La adolescencia sirvió para que Mauricio Fernández Garza ampliara su horizonte de cazador: viajó por decenas de pueblos del noreste de México buscando presas que le exigían más destreza y riesgos. Durante aquellos viajes, que emprendía con lugareños a quienes contrataba como guías de caza, escuchaba relatos sobre los abusos del PRI, el único partido que mandaba en el México de entonces. El adolescente les aconsejaba matar a los caciques que los explotaban. En una ocasión, uno de los guías le dijo que habían seguido su consejo: iban a matar a un cacique local. El chico se emocionó con la noticia y recuerda haberse visto a sí mismo como un guerrillero. Se imaginó protagonizando actos de justicia por su propia mano contra todos los tiranos del noreste de su país. Tiempo después, su padre trató de canalizar su ímpetu. Lo registró como militante del naciente Partido Acción Nacional y lo llevó de cacería al Parque Nacional Tsabo, de Kenia, uno de los tres más grandes del mundo. En África, un joven Fernández Garza mató decenas de venados, cebras, tigres y un elefante.
Cuando regresó de África, el cazador veinteañero se casó y decidió edificar su casa en una montaña desde la que se domina toda la ciudad de San Pedro. En lugar de empezar la construcción por el piso y los cimientos, Fernández Garza buscó primero un techo para su casa. Tras enterarse que en una bodega de Nueva York estaban las vigas de unos techos de arte mudéjar del siglo XIII y XIV, llegó a un acuerdo con los propietarios, herederos del magnate William Hearst. Los techos estaban destinados a lo que sería el salón principal del castillo que construía en San Simeón, California, el hombre inmortalizado como Ciudadano Kane, por Orson Welles. Hoy están en La Milarca, un nombre con que el ex alcalde bautizó su propio palacio de casi dos mil metros cuadrados en el que tiene nueve recámaras, diez bodegas, dos galerías de arte, una biblioteca de libros antiguos y un archivo con sus fotos y documentos personales. En esa época su libro de cabecera era CÓMO GANAR AMIGOS E INFLUIR SOBRE LAS PERSONAS, de Dale Carnegie. El joven Fernández Garza estaba tan obsesionado con el libro que le había regalado su abuelo, que antes de cumplir treinta años dictaba cursos del método Carnegie a otros empresarios de la ciudad, como Alejandro Junco de la Vega, actual dueño del diario REFORMA. Como nieto consentido del patriarca de los negocios en Monterrey, Fernández Garza estuvo entre los candidatos a presidir el consorcio que formaron su familia y otras más de San Pedro para aumentar su poderío económico. El Grupo Alfa incluye negocios internacionales de salchichas, petroquímica y autopartes de aluminio. En lugar de ello, Fernández Garza decidió establecer negocios de puros, cerveza y telefonía con el gobierno comunista de Cuba. Varias veces se reunió con Fidel Castro, a quien hasta hoy considera su amigo. A su mansión, La Milarca, la fue colmando de objetos extravagantes como una espada de Hernán Cortés, cabezas humanas reducidas por jíbaros, el cráneo de un dinosaurio tricerátops, esculturas de Rufino Tamayo y Francisco Toledo, y una vieja metralleta usada por Al Capone. Su obsesión de coleccionista lo llevó a fundar cinco museos de numismática, arte popular, cerámica, pintura contemporánea y artes decorativas. Ahora quiere crear el sexto. El Museo de Historia Natural, donde exhibirá sus fósiles de dinosaurios.
Ahora, en el Lear Jet, el ex alcalde viaja con, además de su pareja, su hijo mayor, un prestigiado psiquiatra que lo mira a los ojos con suma atención cuando habla. Su vuelo anterior fue a Ciudad de México para reunirse con funcionarios del nuevo gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, a quienes les explicó su idea del Museo de Historia Natural. «Quiero que sea un museo de nivel internacional —me advierte—. No cualquier chingadera». Aunque se trata de un presidente que proviene de otro partido, al ex alcalde le prometieron respaldar su proyecto. El dinosaurio Einstein sería la gran estrella del museo y Fernández Garza sabe que no basta el dinero: necesita tantos políticos como millonarios aliados para hacerlo. Se mueve en ambos terrenos al mismo tiempo. Debutó en la política a principios de los años noventa, mientras hacía negocios en Cuba: fue por primera vez alcalde de San Pedro cuando la ciudad crecía y no enfrentaba ninguna guerra contra narcotraficantes. Luego fue senador y lanzó propuestas como la de legalizar la marihuana. Es probable que por eso haya perdido la posibilidad de gobernar en 2003 el estado de Nuevo León. Cuando por segunda vez tomó posesión como alcalde de San Pedro —delante del gobernador de este estado, del presidente del Tribunal Superior de Justicia y los mandos militares de la zona— Fernández Garza anunció que se tomaría atribuciones que no tenía para evitar que llegara a su ciudad la guerra del narco. Recibió una ovación de pie.
El coleccionista de dinosaurios creó un grupo de inteligencia financiado con dinero de los dueños de bares y restaurantes a quienes interesaba cuidar sus negocios de las extorsiones de la mafia. No hay mafia sin vida nocturna y él puso a trabajar a un ejército de informantes que espiaban quién es quién y le alertaban de sospechosos en toda la ciudad. Un día Fernández Garza anunció que la seguridad conseguida en su municipio podía beneficiar también a los familiares de los narcotraficantes. Hubo indignados que protestaron. Entre ellos algunos de los mismos vecinos que se opondrían a la obra peatonal que demolería el siguiente alcalde de San Pedro. Hacia el final de su administración, durante el rodaje de EL ALCALDE —un documental sobre su personalidad y su gobierno—, Fernández Garza dijo que el número de muertos en México a causa de la guerra del narco era mucho mayor que el que indicaban los conteos oficiales: sabía de operaciones gubernamentales y del crimen organizado que acababan con el entierro de cadáveres en predios abandonados sin dar reporte de ellos. Lo que sí supieron todos fue que durante su mandato tres mafiosos que quisieron matarlo acabaron muertos. También su jefe de inteligencia y su jefe de escoltas. El ex alcalde hablaba en público sobre la posibilidad de ser asesinado. Decía que su hijo mayor, el psiquiatra que esta mañana de 2013 viaja con él en el Lear Jet, le había pedido que si moría le permitiera quedarse con su cabeza para estudiarla. O para exhibirla en su consultorio como la del tiranosaurio en la sala de su casa.

MONÓLOGO 2


Cuando mi abuelo vendió su mansión en Monterrey a la Iglesia y se vino a San Pedro a construir una nueva casa y hacer su campo de golf, muy poca gente lo entendió. Les parecía extravagante irse a vivir a un lugar que no estaba nada desarrollado. Pero él me dijo que los mejores negocios que hizo fueron en ese campo de golf pues eran oportunidades de platicar muy bien con sus socios y clientes. Mi abuelo decía que, si te interesaban los negocios, tenías que aprender dos cosas: a tomar y a jugar golf. Me dijo que la maravilla del golf es que platicas de algo, le pegas a la bola y la única seguridad que tienes es que no van a caer las bolas en el mismo lugar, por lo que cuando platicas con alguien tienes oportunidad de hablar en capítulos, con espacios de tiempo y analizar las cosas. Así puedes recapacitar mientras estás ahí. Un campo de golf es el único lugar en donde haces tres o cuatro horas de juego y puedes tener amplios intervalos de asimilación de información. La otra cosa que había que aprender para los negocios era a tomar: me decía que es una idiotez cuando tú vas a la oficina de alguien y él está sentado en su escritorio enorme y tú eres el idiota que está enfrente. Esa es una posición diferenciada, muy canija, en cuanto a nivel de quién manda, quién es jefe, quién controla la situación. Mi abuelo me decía que cuando quisiera tratar negocios no los citara en mi oficina. Que fuera a un bar —por supuesto no a agarrar la jarra completa— pero que tuviera la cortesía de invitar a alguien a un bar en un plan neutro. Estas son dos lecciones de miles que le aprendí desde muy niño. Pero lo esencial en la escuela de mi familia es el no sólo darte. Es el ganarte las cosas, saber luchar y educarte por ellas. Se trata de una escuela de hace cien años, por eso mi familia es un caso insólito. Se opone al refrán de «padre millonario, hijo caballero y nieto pordiosero».

[MFG.Agosto de 2010]

VIAJE 2

En los primeros minutos del documental EL ALCALDE, una vecina le dice en tono muy serio a un reportero de televisión su opinión sobre los métodos del nuevo gobernante de la ciudad: «La verdad, creo que en el fondo todo el mundo lo apoya, porque es lo que San Pedro necesita y lo que necesita México: acabar con gente no deseable». En una ciudad que ve todos los días cómo en los municipios vecinos el narco cuelga a sus víctimas en puentes de bulliciosas avenidas, ataca lugares públicos con granadas o protagoniza tiroteos cerca de las escuelas, ha crecido una insana exigencia, entre cínica y desesperada, por tener autoridades con mano dura que eviten que la barbarie de la guerra llegue hasta ellos. En 2012, un par de meses antes de que Fernández Garza acabara su administración, se estrenó en Monterrey EL ALCALDE, un documental en el que intervine como uno de los directores. Todas las salas en las que se proyectó estuvieron abarrotadas y los organizadores del festival de cine debieron programar funciones extra. En cada una de ellas, al final, el ex alcalde y la película recibían una aprobación mayoritaria del público. Cada función era como una catarsis colectiva de adhesión del público a un estilo justiciero de gobernar. Si en el resto de México lo acusaban de «paramilitar», en el norte era visto como «alguien que sí está haciendo algo». Antes de volar con el ex alcalde en su Lear Jet, yo había presentado la película junto con mis compañeros directores en el Festival de Cine y Derechos Humanos de Varsovia. La recepción del público fue fría, no sólo por los quince grados bajo cero en que respirábamos, sino por lo chocante que les resultaba a los polacos sentirse atraídos a un personaje que, aunque con ciertas propuestas progresistas, parecía invocar una ley antigua para acabar con el narcotráfico. La del ojo por ojo diente por diente. Una de las preguntas que siempre nos hicieron al final de las proyecciones fue si el protagonista estaba consciente de las cosas que decía y hacía. En otro festival de cine —el Baja International Film—, corría el rumor de que el escritor Barry Gifford, guionista de David Lynch e inventor de personajes tan estrambóticos como Sailor o Bobby Perú, había visto la película y creído que Fernández Garza era un actor contratado para decir lo que decía. Desde Monterrey hasta Varsovia, uno salía del cine con la impresión de que el público, luego de ver el documental, admitía que la única solución contra el crimen organizado exigía una cínica simpatía con los instintos más primitivos. Mi madre, quien admira a Fernández Garza, dice que el ex alcalde le recuerda a Charles Bronson, su antihéroe cinematográfico favorito, en la película EL JUSTICIERO. El ex alcalde sabe de los sentimientos encontrados que provoca con lo que dice y lo que hace. Años atrás, cuando le comenté que varios entrevistados aseguraban que él estaba loco, respondió: «Normal, normal, nunca he sido».
Para Fernández Garza a veces todo se reduce a un juego de estirar y aflojar la cuerda con el público. El juego de decir en voz alta, durante tu toma de posesión como alcalde, que pasarás por encima de la Constitución porque de lo contrario no vas a conseguir nada. Que los demás políticos, jueces y empresarios presentes te aplaudan porque también lo hacen o quisieran hacerlo, pero son tan correctos y cobardes que jamás lo reconocerían. En ese sentido, Fernández Garza es un antipolítico, aunque ése sólo sea un eufemismo que significa otra forma de hacer política. En Monterrey hay quienes piensan que, si él hubiese ganado la gubernatura en 2003, Nuevo León no sería el casi narcoestado que es hoy. Aquella polémica propuesta que hizo de legalizar la marihuana y combatir el lavado de dinero de los grupos criminales, ahora son muy debatidas en México como posible solución, pero él ya las promovía una década atrás. Transgredir para conservar un orden es sólo un modo de explicar cómo el millonario Fernández Garza ve el servicio público. La mentalidad de los ricos es un cliché aún difícil de entender en América Latina. Los narradores han conseguido mostrarnos —desde la compasión o el enaltecimiento— a los latinoamericanos que tienen hambre, pero no a los que nunca les falta nada. En el documental EL ALCALDE, vemos a un millonario que actúa por una situación de emergencia de guerra: si en el sur de México proliferan grupos de autodefensa creados por indígenas y campesinos para cuidar a sus comunidades, Fernández Garza parece el hombre designado para defender a los ricos en el noreste del país.
La única vez que el hombre del tiranosaurio titubeó durante el rodaje del documental fue después de que declaró ante la cámara que la cifra oficial de muertos a causa de la guerra del narco era falsa. Fernández Garza dijo que había operaciones de arrase de militares y policías que se mantenían en secreto. Temía despertar aún más ira en el equipo del presidente Felipe Calderón, que ordenó investigaciones judiciales y financieras contra Fernández Garza durante su periodo de alcalde. No ha sido el único político que calcula que hay más asesinatos de los que ya se saben, pero sí el único que se ha atrevido a decirlo. Otros tres alcaldes aceptaron contarme cómo fueron testigos de entierros masivos y clandestinos. Los tres han pedido que no difunda los detalles hasta que mejoren las condiciones del país. Uno de ellos me ha pedido que, sólo en caso de que lo maten, lo haga público. En el circuito de los productores de noticias diarias, sobre todo en el círculo siempre sospechoso de los políticos, lo que se comunica al público es una ínfima parte, la punta del iceberg de un mundo siempre más impune. Narrar la política exige revelar lo abyecto que es ese mundo. Acabada cada función de EL ALCALDE, sucede un debate previsible entre los desesperados o los cínicos que celebran todo lo que hace Fernández Garza y los políticamente correctos que lo juzgan como un paramilitar o un asesino. El documental sólo muestra a uno de los personajes desmesurados que produce la desmesurada realidad de la guerra. Nadie, después de verlo, se ha sentido ajeno a esa desmesura. Durante el rodaje, cuestionado sobre lo que pensaba acerca de quienes lo veían como un jefe paramilitar del norte de México, Fernández Garza respondió: «A veces la gente cree que pienso fuera de mi tiempo. Los últimos cien años del planeta son gracias a grandes personas. El promedio de nuestra humanidad es mediocre, es destructivo y es envidioso. Cuando se trata de hacer algo diferente, te tratan de fumigar y eso es algo que desde niño he vivido. Si lo hago es porque veo diferente las cosas. Pero nunca me ha causado una crisis personal». Los admiradores del ex alcalde creen que sólo alguien con su estrategia y mano dura es capaz de impedir que la guerra del narco arrase a San Pedro. Los que a pesar de su éxito siguen creyendo en el discurso del respeto absoluto a las leyes lo miran como un salvaje carismático.

MONÓLOGO 3


Me aburro muy fácil. Cuando domino algo busco hacer cosas diferentes. Creo que la vida está llena de generalidades, no de especialidades y que la suma de especialidades es la más fregona. Una de esas cosas es la cacería. La cacería no se trata de matar por matar. Cuando ya buscas trofeos —que son los animales más grandes de su especie en un récord de cien años— es otra cosa que muy poca gente entiende. Me tocó caminar ocho horas entre cenizas para buscar un determinado antílope. Para cazar necesitas tener capacidad ocular e implica muchos conocimientos y yo soy muy clavado en muchos temas, pues me gusta dominarlos, ya que siempre he creído que si haces las cosas, las debes hacer bien. Cuando estuve en el Parque Nacional Tsabo, en Kenia, éste tenía la mayor densidad de elefantes de África y existía un problema serio de sobrepoblación, por lo que el gobierno organizó una matanza. En ese entonces no existían bardas ni carreteras, por lo que cuando comenzó la matanza oficial, los animales se salieron del área donde estaban y fueron a dar a un lote de cacería que era donde yo estaba. Me tocó estar entre cuatrocientos elefantes y nunca voy a olvidar ese momento: sentía que era un ser viviente cambiando de configuración. Cuando me preguntan que si creo en Dios respondo que sé que hay una creación más inimaginable de lo que pensamos. Estamos en dimensiones muy diversas y seguro existen millones de cosas que no conocemos. Nosotros estamos limitados a un espacio que no entendemos. Nos damos demasiado taco para la madre que somos. Nos sentimos muy importantes, pero somos una nada.

[MFG.Julio de 2010]

VIAJE 3

Hoy cuando el Lear Jet va a aterrizar en medio de una inmensa llanura en la que parece no haber nada más que mezquites verdes y grises, el ex alcalde me señala una enorme meseta en la que lo único que hay es un hombre enterrado. En la Meseta de Cartujanos, de unos quinientos metros de alto y una decena de hectáreas de extensión, hay una capilla donde está la tumba de Santiago Vidaurri, un antiguo gobernante de Nuevo León, muy popular en su tiempo por haber defendido esta región de los indios comanches en el siglo XIX. Vidaurri cayó en desgracia tiempo después cuando trató de separar las provincias del noreste de México del resto del país para fundar la República de la Sierra Madre y cuando decidió apoyar el fugaz imperio mexicano de Maximiliano I de México. «Es un personaje fascinante, muy polémico. Luego te enseño unas cartas muy interesantes que tengo de él, escritas con su puño y letra», cuenta Fernández Garza. El intento de independencia de Vidaurri fue combatido por el héroe Benito Juárez, pero fue el militar Porfirio Díaz, a la postre dictador, quien lo mandó fusilar y borrar de la historia oficial. Casi nadie recuerda que Vidaurri sigue enterrado allí. Desde su jet, Fernández Garza me señala la tumba del antihéroe, como si me revelara no una coincidencia sino que el destino lo ha llevado a construir su casa frente a la tumba de ese insurrecto olvidado por la historia oficial.
El viaje hasta allí es para que el ex alcalde supervise los detalles finales de la construcción de la que será su casa de retiro. De acuerdo con encuestas de popularidad, si quisiera, el ex alcalde ganaría las elecciones para gobernador de Nuevo León, pero ahora está más interesado en crear el Museo de Historia Natural y en pasar temporadas en esta propiedad. Le da pereza volver a administrar un territorio que no sea este feudo en el que quiere jubilarse. El piloto del Lear Jet hace unas maniobras de aterrizaje para estrenar una nueva aeropista de tierra en el rancho de Fernández Garza. Antes de que existiera esta pista, el ex alcalde debía pedir permiso a su vecino, un ex gobernador de Nuevo León, para aterrizar en la que él tiene al lado. El rancho del ex alcalde de San Pedro colinda con el de miembros de las familias Zambrano, accionistas de Cementos Mexicanos, y Milmo, accionistas de Televisa. Todos ellos comparten tierras en El Jabalí, como llaman a esta zona árida y alejada de la ciudad, en el municipio de Lampazos donde la población no suma ni cinco mil habitantes. Resulta intrigante que los hombres de poder de San Pedro hayan elegido este paraje seco y perdido para montar sus refugios. Cuando el Lear Jet toca tierra, una camioneta con dos escoltas espera a Fernández Garza, quien se sube solo en otra pick-up que él conduce hasta el sitio donde unos albañiles trabajan en los acabados de su nueva casa. Construir una casa en medio de la nada es otra de las nuevas especialidades del ex alcalde. Sin ser arquitecto diseñó sus planos. Las paredes de su mansión son una vitrina de trofeos disímiles: desde acciones de valores de Europa y México del siglo XIX hasta la cabeza disecada de un toro, el último de los animales que declara haber matado. El año pasado, durante una fiesta en el rancho de un amigo, ese toro se salió de control y, cuando estaba a punto de embestir a un peón, afloró el instinto cazador del ex alcalde, quien agarró una escopeta y le disparó. Ahora los ojos muertos de ese animal nos miran.
En la sala principal de su casa de retiro, no hay ningún cráneo de tiranosaurio rex. Sólo peces prehistóricos acomodados en sus paredes como si estuvieran en un estanque de piedra. Son animales marinos de la era cretácica, de los que ex alcalde posee una de las cuatro colecciones más importantes del mundo. Su afición por la paleontología es reciente, me dice, mientras explica en detalle la historia de cada uno de los peces de su pared. «Mucha de mi paleontología está más montada como arte», advierte. Afuera de su casa, aunque hace un sol rabioso, el frío se sigue sintiendo por el viento que pasea sin muros que lo interrumpan en este paraje árido. El paisaje más valioso desde allí es la meseta donde está enterrado el hombre que intentó que Nuevo León fuera un país independiente de México. Para ciertos empresarios del norte, Santiago Vidaurri significa lo que Emiliano Zapata es para los campesinos del sur: un símbolo de inspiración y autonomía, aunque se cuidan de decirlo en público. Zapata está en el Olimpo de la historia mexicana; Vidaurri, en una tumba recóndita protegida por una altiplanicie inaccesible. Dentro de cientos de años, tal vez, cuando otro meteorito como el que acabó con el reino de los dinosaurios sobre la Tierra se estrelle contra el mundo de los hombres, en esta meseta los paleontólogos del futuro descubrirán los huesos de otros seres humanos. Uno de ellos, por expreso pedido de su hijo psiquiatra, estará sin cabeza y nadie sabrá que se llamaba Mauricio Fernández Garza.

La alcaldesa

¿Es la honradez una forma de ser impopular?

Un texto de Diego Salazar

Shila Alvarado

La alcaldesa de Lima soltó una carcajada al ver un chiste político en Internet. Era el retrato de un ex alcalde en un cartel. «Se lo voy mandar a Favre», me dijo Susana Villarán esa mañana de verano, mientras le escribía en su iPhone. Hacía días que en el palacio municipal nadie se reía así. Era una carcajada de alivio que mostraba todos los dientes superiores, como quien toma una bocanada de aire tras un buen tiempo bajo el agua. La noche anterior había tomado media pastilla de clonazepan para poder dormir. Esa mañana de febrero de 2013, como de costumbre, Susana Villarán había saltado de su cama a las cinco.

 

Había caminado durante quince minutos en una faja de ejercicio. Había rezado el Salmo 23: «El señor es mi pastor, nada me falta/En prados de hierba fresca me hace reposar/me conduce junto a fuentes tranquilas/y repara mis fuerzas». Se había preparado un batido energético según la receta de una campeona de box. Vive sola en un departamento alquilado de Jesús María, un distrito de clase media de Lima. Camino a la alcaldía, había leído el resumen diario de noticias que le hacen llegar al iPhone. Luego, sentada en una mesa de su despacho, a la alcaldesa se le enfriaba una taza de Ricoré, un sustituto del café que exige su dieta. Eran las diez de la mañana. Alfonso Barrantes, el primer alcalde de izquierda de Lima, uno de sus mentores, la miraba desde un retrato a dos metros de distancia. En el último año, había bajado unos catorce kilos.
Luis Favre, el argentino-brasileño que cobraba ciento cincuenta mil dólares por asesorarla, estaba en un hotel de Lima pensando en qué hacer para salvarla. Un político debería elegir con cuidado a sus enemigos: en su primera semana de trabajo, en enero de 2011, la nueva alcaldesa había empezado a investigar por corrupción a Luis Castañeda Lossio, el anterior alcalde de la ciudad. Tres meses después de que ella tomara el poder, los partidarios de Castañeda empezaron a recolectar firmas para despedirla. En los primeros noventa días de trabajo sentenciaron que la alcaldesa era incapaz de gobernar la ciudad. Habían pasado tres meses y ya querían deshacerse de ella. De las primeras cuatrocientas mil firmas que presentaron los revocadores, casi cien mil eran falsificadas, repetidas o ilegibles. Cuando el registro civil lo descubrió, los enemigos de Villarán salieron a las calles a buscar más. Un año y nueve meses después de que jurara como alcaldesa, consiguieron que medio millón de ciudadanos firmaran una petición de referendo para despedirla. Le estaban ganando la pelea. Sus enemigos la acusaban de no hacer obras. Hasta los dos primeros años de su gobierno, en un deslinde con el estilo del alcalde Castañeda de promover sus obras, la alcaldesa había hecho un ingenuo trabajo de modestia por ocultar las propias. Por su apellido y su fisonomía aristocráticos, por sus modales y gestos más bienintencionados que de política astuta, por su izquierdismo sofisticado, por su obstinación en valorar su conciencia limpia y su discreción más que el recuerdo material de sus obras públicas, por su demora en admitir sus errores y en ajustar cuentas con su equipo, le decían de todo: Tía Regia. Tía Lentejita. Caperucita Roja. Villaharagán. Lady Vaga. Susana Huevearán. Pituca. Roja. Caviar. Mentirosa. Soberbia. Incapaz. Ahora una ciudad de nueve millones de habitantes se pelearía por elegir entre dos sílabas: sí, para echarla del poder; no, para que terminara su mandato. Esa mañana, mientras la alcaldesa de Lima descubría esos chistes en Internet—Mafalda: NO a la sopa. John Lennon: Imagine NO Revocación. Quico, del Chavo del Ocho: NO me simpatizas—, Luis Favre, su asesor brasileño, le respondía a su e-mail. La alcaldesa me lo leyó en voz alta:
—Los de los memes también somos nosotros. Aunque los del sí han ayudado. Cuando el enemigo se equivoca, no hay que interrumpirlo.
Susana Villarán los estaba descubriendo. Luis Miguel: NO culpes a la noche. Bob Marley: NO, woman no cry. Al final, sólo un cartel le arrancó una carcajada: Luis Castañeda Lossio, el anterior alcalde de Lima, conocido como El Mudo, aparecía con un irónico espacio en blanco para el monosílabo. El ideólogo en la sombra del sí ya estaba en las propagandas del no. Circulaba por Facebook desde el día anterior, pero la alcaldesa recién se enteraba esa mañana. Una de sus asistentes entró a su despacho con una pila de papeles por firmar. Villarán sonreía como una niña en su cuarto después de cometer una travesura. La mayoría de las veces el sentido del humor cotiza en el rating político mucho más que salir a buscar una pelea. Pero esas parodias en Internet no eran suyas. Eran obra de Favre, el estratega de imagen que, durante la última campaña presidencial del Perú, había transformado a Ollanta Humala de un militar candidato a convertirse en Hugo Chávez en un estadista capaz de ser presidente de la República a imagen y semejanza de Lula Da Silva. Esta vez el trabajo de Favre era conseguir que la primera alcaldesa electa de Lima no se convirtiera en la primera persona en ser despedida de ese cargo por castigo popular.

En un principio las ideas del asesor habían despertado suspicacias. La misma hija de Villarán, una conocida militante de izquierda, me contaría después que le había expresado sus reparos a la alcaldesa. Los primeros días, algunas avenidas principales de Lima exhibían carteles enormes con imágenes de celebridades locales mostrando su apoyo al no. Los personajes aparecían haciendo un gesto de brazos cruzados en aspa en el pecho y con un eslogan. Kina Malpartida, la campeona mundial de box: Yo digo NO a la desunión. Amanda Portales, una cantante folklórica apodada La novia del Perú: NO a la violencia contra la mujer. Susana Baca, artista ganadora de dos premios Grammy y ex Ministra de Cultura: NO a la exclusión. Los partidarios del sí se burlaban de esa estrategia publicitaria: no destacaban a la alcaldesa y sus obras; exhibían a personajes famosos que hablaban por ella. Horas después de que el no llegara por fin a la televisión, la radio y a los diarios con todas esas parodias, la escéptica hija de Villarán le escribió a Favre a través de Twitter: «Felicitaciones, te la estás jugando. He sido prejuiciosa. Eres muy bueno». Días después, las encuestas demostrarían que los enemigos de la alcaldesa habían empezado a equivocarse.

II

Hay que repetir lo más o menos obvio: Susana Villarán no ha sido una buena alcaldesa. Tardó dos años en decirnos todos los días lo que había hecho. Tardó en reaccionar a los ataques diarios, los que, a fuerza de acumularse sobre ella, han vuelto aún más invisible su trabajo. Tardó en adaptarse a la psicología de cómo las masas valoran la pura honestidad versus las obras turbias. En una viñeta del dibujante político Heduardo un personaje resumía llevando al absurdo lo que por eso días se escuchaba en la calle:
—Que robe pero haga obra.
—Pero si en sus dos primeros años ha hecho más que otros en sus dos primeros años.
—Pero no está robando.
Desde la cochera del Palacio Municipal, se tarda dos minutos en llegar hasta el despacho de la alcaldesa. Un día entramos por un ascensor que sube desde el garaje a su oficina. «Este es Victoriano —me dijo Villarán presentándome al responsable de un ascensor que no usa nadie más que ella—. Lleva treinta y nueve años aquí». Es un señor que pasa todo el día montado en un ascensor diminuto esperando que sólo ella suba. Villarán usa el ascensor menos de lo que a su equipo le gustaría. Prefiere entrar y salir de la alcaldía por la puerta principal. Su despacho tiene una atmósfera de palacio virreinal: los techos altos, las paredes pesadas cubiertas de madera color nogal, el parquet del mismo color. Es un escenario proclive a la intriga palaciega. Pero, a diferencia de otros despachos, la distancia entre él y la calle no permite el silencio. El ventanal de la alcaldesa se eleva un solo piso sobre el Jirón Junín, una de las vías principales del centro de Lima, que recorre el Jirón de la Unión, la Plaza Mayor, el Palacio de Gobierno, el Palacio Arzobispal y el Ministerio de Economía y Finanzas. Cuando hay tráfico, la alcaldesa escucha las bocinas desesperadas. Se oye como si los conductores y el ruido estuvieran atrapados dentro del salón. Si hay una protesta en la Plaza Mayor, los gritos suben hasta sus oídos. Es como un soundtrack de la democracia. «El ruido de la calle me recuerda que somos inquilinos precarios. Que estamos de paso en estos puestos», me dijo Villarán.
En su camino, la alcaldesa de Lima también se ha ganado otros enemigos sin vocación de inquilinos precarios: el alcalde de San Juan de Lurigancho, que cumple su segundo mandato al frente del distrito más populoso de la ciudad, y el dos veces ex presidente García, dos señores sospechosos que hicieron obras para el pueblo, y en quienes la sospecha es un eufemismo, un asunto pendiente entre abogados y jueces. Un político, además, no debería olvidar la mentalidad de quienes lo eligieron. «La conservadora Lima —escribió Alberto Vergara en la revista PODER— no eligió a Villarán por izquierdista, sino a pesar de su izquierdismo». En Lima, una ciudad donde tres cuartas partes de sus habitantes se oponen al matrimonio homosexual, la alcaldesa convirtió esa causa en una de sus banderas. En una ciudad donde el «Roba pero hace obra» es ley, donde la fama de los políticos se mide en kilómetros de asfalto y kilos de cemento, la alcaldesa repite como un mantra: «No todo puede ser cemento y fierro». En Lima, la primera capital de América Latina con un cardenal del Opus Dei, la alcaldesa promete la creación de una Zona Rosa para prostitutas. Eran iniciativas para despertar el aplauso entre sus simpatizantes más cosmopolitas, pero que jamás iban a convertirla en la alcaldesa más popular del barrio. «La alcaldesa entró por los palos —me dijo el periodista Pedro Salinas— y encima se lanzó con los temas idealistas que a ella le encantan, pero que no tienen que ver con lo que la gente espera de un alcalde». Villarán ha llamado la atención sobre asuntos ajenos a la mayor parte de los limeños y en los que un alcalde, como en el caso del matrimonio gay, casi nada puede hacer.
El idealismo político de Villarán se puede resumir en un detalle sobre su escritorio: un reloj que le obsequió José Mujica, el presidente de Uruguay. El reloj, una esfera dorada pegada en un trozo de piedra amatista de color púrpura, está detenido a las seis y dos minutos.
—Es el reloj del Pepe —dijo la alcaldesa.
—Pero no funciona— le recordé.
—Todo el mundo me lo dice —sonrió Villarán—. Pero es un símbolo.
En el extranjero se dice que Mujica es el presidente más honesto del mundo. Lo más cercano a un desvío de honestidad que se le conoce es que la cinta presidencial que usa se la había regalado un empresario que después sería acusado de corrupción. Pero, en su país, se le acusa de todo: de defender la marihuana, de gastar más de lo que recauda, de ir a encuentros internacionales mal vestido, de anunciar un plan y luego abandonarlo, de no defender la autonomía de Uruguay frente a Argentina, de haber sido guerrillero cuando su país no enfrentaba una dictadura, de usar malas palabras siendo el presidente. En política, la honestidad no alcanza. A Villarán también se le acusa de todo. Pero muy rara vez se ha puesto en duda su honestidad.

III

Una mañana de verano, a la alcaldesa de Lima le lanzaron un huevo. Aterrizó lejos de su vista y nadie de su equipo se lo dijo. Fue en San Juan de Lurigancho. Desayunaba en una guardería de niños en el mismo distrito donde su primera hija había aprendido a hablar y caminar. Unas semanas antes, mientras explicaba en televisión su plan para renovar el servicio de transporte de la ciudad, la alcaldesa había cometido una torpeza. «Las señoras de San Juan de Lurigancho que se van a La Molina a trabajar, que se van a lavar —dijo— ya no tardan cuarenta y cinco minutos sino veinte». En el siglo XIX, La Molina, el segundo distrito más adinerado de Lima, fue un feudo de haciendas esclavistas. La frase fue un regalo para sus adversarios políticos. Para Susana Villarán, según ellos, todas las mujeres de San Juan de Lurigancho les lavaban la ropa a las familias de La Molina. El alcalde de San Juan de Lurigancho, uno de los más entusiastas promotores de la revocación, la nombró persona no grata. Ya la había llamado negligente, terca, palabrera y mentirosa. Ahora también podía acusarla de clasista. Esa mañana de verano, la alcaldesa desayunaba con una organización de mujeres. Detrás del cordón de policías que la cuidaban, había otras mujeres que la insultaban. Villaharagán. Lady Vaga. Pituca. Soberbia. Mentirosa. Incapaz. Una de ellas fue la que le lanzó ese huevo con muy mala puntería.
Cuando tenía veintiún años, Susana Villarán de la Puente —tatarabuelo alcalde de Lima, papá representante de Ford en Perú, alumna de un colegio francés y otro de monjas— se mudó a un lugar de pobres. En San Juan de Lurigancho, por entonces, «todo era tierra y polvo—recordaba la alcaldesa—, un retrato en sepia». Villarán llegó ahí junto a su esposo y la hija recién nacida de ambos. Manuel Piqueras —abuelo escultor, padre comandante de la Marina, colegio jesuita, sociólogo y ex militante del partido Vanguardia Revolucionaria— había dejado los estudios para trabajar de albañil. Era la época: militancia de izquierda, teología de la liberación, opción por los pobres. Para visitar a su nieta, los padres de Susana Villarán estacionaban su automóvil Lincoln en la plaza de toros de Acho y subían a un microbús hasta Caja de Agua, el barrio donde vivía la joven familia. En San Juan de Lurigancho, la futura alcaldesa de Lima aprendió que los médicos no llegaban más allá de la Plaza San Martín cuando se tenía un niño con altísima fiebre. Hoy, en ese lugar donde vivió durante dos años y quedó embarazada de su segundo hijo, hay vecinos que no creen que Villarán llegara allí antes que ellos. Tía Regia. Caviarán. Pituca.
El acento de Susana Villarán delata sus orígenes. Pronuncia las vocales alargadas al final de sus oraciones y eso la vuelve sospechosa. Es la evidencia de una infancia privilegiada en el distrito de Miraflores, aunque use un vocabulario que incluye a veces el habla de los barrios en los que eligió vivir gran parte de su vida adulta: Caja de Agua, Breña, Rímac. Cuando dijo que había probado marihuana, habló de un «troncho». Cuando cuenta de su padre, dice «mi viejo». Cuando se refiere a un amigo cercano, lo llama «pata». Igual la acusan de caviar. En Perú, llamar caviar a alguien, dice el politólogo Martín Tanaka, es acusarlo de practicar «un izquierdismo comodón inconsecuente», o de defender la revolución al volante de un Mercedes último modelo. Esa mañana, frente a esas vecinas de San Juan de Lurigancho, Villarán intentaba explicarse: «Me ha dolido que digan que las he ofendido llamándolas lavanderas. ¿Cómo puedo yo herir a mujeres con las que he vivido?». La alcaldesa, que llevaba sus anteojos de profesora y un reloj Casio de plástico negro, salió de allí protegida por las mujeres que habían ido a escucharla y apurada por su equipo. No entendía qué estaba pasando.
—¿Por qué entramos al auto corriendo? —dijo intrigada Villarán—. ¿De qué nos escondemos?
La camioneta oficial regresaba hacia la Municipalidad. La alcaldesa viaja siempre en el lugar del copiloto, con la mirada fija hacia adelante. Dice que, si no lo hace, se marea.
—Te expones demasiado —le increpó una regidora de su partido desde el asiento trasero—. Y expones innecesariamente a las compañeras.
—No entiendo —respondió la alcaldesa—. ¿Por qué me dices eso ahora?
Villarán estaba alzando la voz. Seguía con la mirada clavada en el parabrisas.
—Había que salir rápido y te demoras demasiado. Había gente afuera buscando pelea.
El día anterior habían apedreado la casa de una militante del no.
—Nadie me dijo nada.
Villarán giró por primera vez su cuello hacia el asiento trasero.
—¿Por qué no me dicen las cosas?
La regidora agachó su cabeza como una chica pillada en falta. El reproche de Villarán sonaba repetido. No se lo dijo el jefe de escolta. No se lo dijo su responsable de prensa. No se lo dijo su asistente personal. Tan solo intentaron apurarla como si esas mujeres que la besaban al despedirse fueran una amenaza. El poder le exige a los políticos que conozcan la calle y la gente para decirles lo que quieren escuchar. Pero una vez se hacen con él, a su alrededor, se crea una burbuja que los aísla. David Owen, un médico y político inglés, identificó el Síndrome Hubris, al que bautizó así por este término griego que significa arrogancia extrema. Según Owen, los hombres en el poder pueden sufrir de un exceso de orgullo y confianza en sí mismos que los hace despreciar e ignorar a los demás. Pero a veces es el círculo cercano al poder el que se encarga de hacerle más daño a los líderes. Eso dicen del círculo de la alcaldesa. Rolando Ames, un antiguo senador amigo de Villarán, me dijo que el ex alcalde Barrantes hacía lo que quería, pero que no le faltaban colaboradores que le decían que estaba haciendo idioteces. «Ella no ha tenido un entorno a la escala de su gran pelea». La alcaldesa, que disfruta de su soledad, no ha sabido rodearse de pares que la critiquen y a la vez la protejan.
Esa mañana de febrero, de camino a la alcaldía, mientras dejábamos atrás el Parque Zonal Huiracocha, Susana Villarán volvió a girar la cabeza hacia el asiento trasero.
—¿Por qué no me informan? —increpó—. Si sé lo que pasa, salgo antes.
—Doctora —le dijo su asistente—: la recomendación es que no vuelva aquí por la tarde.
—No. El día en que yo no pueda venir a San Juan de Lurigancho dejaré de llamarme Susana Villarán.
No había aspavientos heroicos en su voz. Tampoco un arranque de orgullo herido. Era la rabia de quien siente que la echan de un lugar que sigue considerando su casa.

IV

Susana Villarán desprecia la lentitud burocrática de la política. Se aburre explicándome cuánto se tarda en construir una escalera, ese símbolo de progreso en los barrios pobres de Lima que el alcalde Castañeda firmaba con su nombre. Cuando, en una entrevista de televisión, le preguntaron cuántas escaleras había construido, ella dio la cifra de las que iba a construir. Mentirosa, dijeron sus enemigos. Construir una escalera, me dijo Villarán, es una maratón de doce meses que empieza cuando nace la idea, se aprueba en el Concejo, pasa por el Centro de Financiamiento Público, se hace un expediente técnico, se convoca a concurso, se adjudica a una empresa, se firma otra empresa supervisora y, más de trescientos días después, se corta una cinta inaugural. «No es como en nuestra casa— me dijo para rematar—, donde cuando tenemos plata vamos compramos fierro, cemento, y ya está». Su enemigo el ex alcalde Castañeda anunció la obra del corredor de buses metropolitano en 2003, tardó cuatro años en empezar a construirla y tres más en inaugurarla. Exigió una paciencia de siete años. Pero a Villarán le perdimos la paciencia a los tres meses.
La alcaldesa de Lima, que reniega de la lentitud, se vuelve torpe cuando la prensa la apura con preguntas urgentes. Sufre de pánico escénico ante audiencias hostiles. Hay políticos que revelan su lucidez bajo presión. La elocuencia de Villarán florece entre simpatizantes y amigos. Su torpeza política es desconcertante en alguien con su currículo: creó el programa Vaso de Leche en el gobierno municipal de Alfonso Barrantes, fue secretaria ejecutiva de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, ministra de la Mujer en el gobierno del presidente Valentín Paniagua y defensora de la Policía en el gobierno del presidente Toledo. Una de sus amigas, Sofía Macher, su sucesora al mando de la Coordinadora de Derechos Humanos, recordaba su elocuencia perdida: «Era la persona que agarraba papel y lápiz y podía sintetizar nuestras posturas en una nota de prensa bien hecha». Para sus conocidos, los problemas de comunicación de Villarán son una rareza inédita. Buena parte del tiempo que la alcaldesa pasa frente a las cámaras, lo pasa justificando sus decisiones o dando cuenta de sus errores. Su experiencia como antigua funcionaria de ONG la ha hecho creer que las buenas obras hablan por sí solas. La alcaldesa, que no tiene problemas en explicar a unos cuantos vecinos los beneficios de sus obras, lo pasa mal cuando debe contestar a sus adversarios con cifras en una mano y un micrófono en la otra.
Los enemigos de Villarán repiten una y otra vez una antología de sus líos para explicarse. Cuando la policía desalojó a los comerciantes que se negaban a abandonar el mercado mayorista de La Parada, en una operación que expulsó a una mafia que por décadas gobernó la mayor despensa de alimentos para Lima, murieron dos personas y la alcaldesa se encontraba fuera de la ciudad. «Por una emergencia familiar», se dijo. Primero respondió a quienes la cuestionaban: «Fue una operación perfectamente planificada». Días después, Villarán declaró: «Ese operativo no lo planeamos nosotros. Fuimos avisados a las doce del día, cuando yo ya había salido de viaje». Más allá de su discurso contradictorio, lo cierto es que ninguno de los alcaldes anteriores se había atrevido a acabar con el caos y la delincuencia que atraía el principal mercado mayorista de Lima. Hoy ya funciona en otra parte, y en ese antiguo tugurio Villarán ha decidido construir un parque.
Para la inauguración del nuevo malecón de la playa La Herradura, un balneario tradicional de Lima, mandó colocar cinco mil metros cúbicos de arena que tres días después se llevarían las olas. «No toda la arena fue arrastrada por el mar –respondió la alcaldesa—. Depende desde dónde tomen la foto». En los últimos años, La Herradura, antiguo refugio de surfers y fiestas aristocráticas, era una playa abandonada. Hoy la visitan de nuevo los veraneantes. La crecida del río más emblemático de Lima inundó uno de los túneles de Vía Parque Rímac. Un conjunto de puentes, calles, parques y túneles que aliviará el tráfico en once distritos de la ciudad. Pese a que la crecida del río estaba contemplada por la empresa constructora y los gastos de la obra no le costarían a la municipalidad, las imágenes de un muro de contención quebrado por las aguas acusaban a la alcaldesa de incompetente. Villarán se enredó otra vez en sus explicaciones: «Aquí no hubo desborde». Luego: «Estaba previsto que esa obra se inundara». Pero cuando Vía Parque Rímac esté terminada, la quinta ciudad más grande de América Latina podrá atravesarse en auto de este a oeste en solo veinte minutos.
Una de las excusas favoritas de los políticos ante las críticas es hablar de «errores de comunicación», un eufemismo que disfraza cualquier ineptitud. «Les encanta diagnosticar sus antipatías como problemas de imagen —escribió el analista Alberto_Vergara—. Es una buena forma de evitar sus responsabilidades y de dejar sin trabajo al encargado de comunicaciones». El anterior alcalde firmaba casi cada peldaño de escalera que construía en los cerros de Lima y retratos de él empapelaban buena parte de la ciudad. Castañeda Lossio concluyó su segundo mandato con 81% de aprobación. Una de las primeras medidas que tomó Villarán fue eliminar el presupuesto para pregonar las obras de su alcaldía. Decidió firmar los carteles que celebraban la obra de su gobierno con un discreto y colectivo Lima lo hizo. La alcaldesa había despersonalizado a tal punto sus éxitos que cuando inauguró un paseo peatonal en el Centro Histórico de Lima hizo desfilar delante del escenario a los albañiles responsables junto a sus familias. La foto quedó preciosa, pero a nadie le importó. Villarán y su equipo dejaron que sus adversarios apilaran una acusación sobre otra hasta construir el prejuicio de una alcaldesa sin obra. Permitieron que una prensa perezosa y ventrílocua de sus enemigos lo repitiera una y otra vez. Lady Vaga. Susana Huevearán. Villaharagán.
La alcaldesa ha vuelto varias veces a San Juan de Lurigancho. Un sábado a la mañana visitó El Porvenir, una asociación de vecinos, para explicar las obras de la alcaldía. Sin micrófonos y cámaras de televisión, Villarán recupera el tono didáctico de sus años como profesora. Su hija Soledad recuerda haberla acompañado de niña a las clases de comunicación que impartía a los vecinos. Aquí su elocuencia luce natural. Esa mañana, en el distrito donde la habían nombrado persona no grata, Villarán les explicaba que los primeros años es difícil ver obras de un alcalde. Hablaba frente a más de cien mujeres y hombres que habían ido a escucharla y desayunaban un vaso de avena y un pan con queso fresco. «Es como cuando haces canchita —les decía—: primero la olla debe calentarse, y después ya todo comienza. Pop, pop, pop, pop». Hoy Villarán ha aprendido que hacer las cosas y no decirlas es igual que no hacerlas. Que en política la omisión es un modo de salvar el pellejo pero también de perderlo.
La alcaldesa ha acabado por encontrar en su equipo a una traductora de sus buenas intenciones. Marisa Glave, la regidora que a sus treinta y un años se ha convertido en su mejor portavoz, y a quien sus adversarios elogian por su pragmatismo y ánimo de pactar, dice que en estas reuniones de vecinos es normal tropezar con gente enfadada. «¿Pero por qué no nos dijeron antes que estaban haciendo eso?» contó que les preguntaban. Glave respondía que lo habían anunciado en prensa. Pero no toda la gente ve el noticiero ni lee los periódicos. «A mí se me caía la cara de vergüenza». Sin decirlo, Glave daba cierta razón a los excesos autopromocionales del anterior alcalde. Para quien vive sometido a juicio popular, la discreción no siempre es una virtud.
Después de explicarles sus obras a esos vecinos de San Juan de Lurigancho, Villarán se quedó sin voz. Había sido un buen día, sin vecinos revoltosos y había colocado la primera piedra de una nueva escalera. La alcaldesa callaba mirando a través del parabrisas. Su jefe de escolta estaba fastidiado porque el tráfico no le permitiría hacerla llegar a tiempo a su siguiente compromiso. Cualquier otro séquito oficial se abriría paso con un coche con sirena y dos motos al frente. Pero la alcaldesa prohibió usarlos. Villarán, por pudor, se siente incómoda con el protocolo oficial. No quiere llamar la atención. «Su tiempo es de todos los limeños, y si hay que pasarse un semáforo o abrirse paso para que llegue a tiempo, deberíamos hacerlo», me dijo el jefe de escolta en otro momento.
Villarán se ha empeñado en tratarse a sí misma como si no fuese alcaldesa de Lima. No cree que se merezca saltarse una luz roja ni que dos motocicletas le abran paso. El tráfico es un asunto de salud mental en Lima, y el modo que tiene la alcaldesa de viajar de un punto a otro resulta una declaración de principios. No es la única: Michael Bloomberg, el millonario alcalde de Nueva York, viaja con frecuencia en el metro. Cuando Andrés Manuel López Obrador gobernaba la Ciudad de México, llegaba a todas partes manejando él mismo un modesto Nissan. Pero en política la distancia más corta entre dos puntos, dice una máxima, suele ser una línea torcida. La rectitud de Villarán a veces resulta irritante.

V

Un mediodía salíamos con Susana Villarán a una iglesia a buscar a un sacerdote. El plan era cruzar a pie la Plaza de Armas y caminar cinco cuadras, pasando por la calle peatonal que había inaugurado junto a los albañiles. Pero esa misma mañana, a menos de un mes del referendo, los medios se enteraron de la renuncia de uno de sus hombres de confianza. El presidente de una de las empresas municipales de la ciudad le había dado su último dolor de cabeza: cien nuevos coches patrulleros dormían sin placas en un garaje, y la municipalidad seguía pagando decenas de miles de soles por el alquiler de las luces de las sirenas con las que un mes atrás los había presentado frente la prensa. Afuera la esperaba un pelotón de cámaras.
—Mejor vamos en auto— dijo su asistente.
Había que proteger a la alcaldesa de las preguntas incómodas y también de sus propias respuestas. Una de las primeras indicaciones de Luis Favre, el asesor de imagen, fue limitar las entrevistas. Se trataba de alejarla de micrófonos y cámaras, pero de acercarla a la gente. En las últimas semanas de campaña, sus actividades bajo el sol se habían multiplicado. Cuando tenía veintitrés años y vivía en Santiago de Chile, Villarán descubrió que le pasaba algo. «Un sol espectacular hizo que me aparecieran mariposas en el rostro. Vine a Lima y aquí me lo detectaron». La alcaldesa tiene lupus, una enfermedad en la que el cuerpo se confunde y sus propias defensas atacan a las células sanas en lugar de a los gérmenes y virus. Es una enfermedad que la obliga a pasar más tiempo en la sombra, de lo contrario una mancha roja en forma de alas de mariposa mancharía su rostro. Pero Villarán no puede evitarlo. En una campaña hay que dar la cara a la gente. En los últimos días la alcaldesa contrajo gripe y el lupus impedía que su cuerpo se defendiera con una fiebre. Aun así insistía en cumplir con toda su agenda. Ponía primeras piedras, repartía títulos de propiedad, se encontraba con los vecinos durante horas bajo el sol de verano. Y explicaba a la prensa las metidas de pata de sus hombres de confianza.
Un día antes de visitar esa iglesia había aceptado la renuncia del funcionario responsable por el escándalo de los patrulleros. Le había costado aceptarla. No era la primera vez que le pedían la cabeza de ese gerente y que ella intentaba justificarlo. Los dos muertos en el desalojo de comerciantes del mercado municipal ocurrieron cuando él mismo era gerente de Seguridad Ciudadana. Era la segunda renuncia en su círculo personal. Un año atrás había sido el gerente general de la ciudad, quien no sólo fue cuestionado por la súbita desaparición de la arena de La Herradura y la inundación del túnel de Vía Parque Rímac. También había saltado a los noticieros cuando Jaime Salinas, un regidor que investigaba compras irregulares del municipio, lo denunció con la copia de un e-mail en la mano: «Salinas es un veneno que debe extirparse de la buena práctica política. Jefa, sorry por compartir el veneno de este personaje —le había escrito el gerente desde su correo electrónico oficial—. Yo no veo otra salida que ponerle un perro de presa y sancionarlo desde el concejo por difamación». El gerente general había olvidado una máxima sagrada en política: «Nunca escribas nada si puedes decirlo. Nunca digas nada si un movimiento de cabeza basta». Más aún: había cometido la torpeza de reenviar por accidente el e-mail a Salinas. La alcaldesa esperó tres meses más para obligar a renunciar al hombre más tóxico de su círculo inmediato.
Susana Villarán ha construido una reputación de mujer honrada y leal, pero débil y compasiva al dirigir un equipo. El regidor Salinas, quien ha pedido la renuncia de la alcaldesa varias veces, aunque nunca con tanta insistencia como después de recibir ese e-mail, me dijo que no creía que Villarán fuera una mala persona. «Esta es la quincuagésima vez que lo digo. Ella es una mujer honesta; su entorno, no estoy tan seguro. Y la lealtad malentendida puede ser el peor de los defectos». Rolando Ames, el ex senador, me dijo: «Ella protege demasiado. En política cuando tú dices ‘ese patita metió la pata’, tienes que sacarlo. Y yo he sentido en ella una cosa tajante de que eso no se hace». Sofía Macher, quien trabajó con ella en la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, lo resume así: «Como ella es buena, cree que los demás también son buenos. Y la vida no siempre es así». Rolfien Haak, a cuya casa de San Juan de Lurigancho llegaron Villarán y su familia cuando se mudaron allí, lo confirmó: «Ella da libertad y autonomía. Esa confianza no siempre es retribuida y la factura se la pasan a la alcaldesa». Su cristianismo militante le hace creer en la superioridad de la buena fe por encima de la eficacia de los actos, y en eso se incluye a sí misma. Una bondad soberbia le impide admitir sus errores en público. En privado, frente a las fallas de su equipo, se ha excedido en perdonarlos. Es como si Villarán careciera de malicia y por eso a veces nos recordara más a una profesora que quiere enseñarnos a lavar las manos que a un político enfrentado al caos y la suciedad de una gran ciudad.
A los sesenta y tres años, Susana Villarán, una mujer separada que vive sola, se enfrenta a tres millones de vecinos que le exigen renunciar a su trabajo. Una mañana, frente al reloj detenido del presidente de Uruguay, le pregunté qué le molesta de la alcaldía. Con el ruido del centro de Lima de fondo, Villarán me dijo que a veces extrañaba tomar un taxi, ir al cine y caminar sin tener todo el tiempo que dar explicaciones. Dice que viene de una generación de mujeres que aprecia mucho la libertad. «Y la libertad se pierde cuando eres una persona pública». La alcaldesa quisiera tener menos obstáculos para hacer bien su trabajo. Su única hija mujer se llama Soledad. Cuando le dijo a su esposo que quería llamarla así, a él le inquietó que el nombre fuese una suerte de condena. «La soledad es hermosa —le dijo ella—. Lo triste es el aislamiento». Susana Villarán dice que disfruta estar sola. Pero no está dispuesta aún a abandonar el despacho donde su rectitud la ha vuelto tan impopular.


February 08, 2013

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January 30, 2013

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Las cosas
de ella
sin ella

Aura Estrada murió en un accidente
durante unas vacaciones con su esposo.
La madre de ella se quedó con las cenizas.
Él heredó una colección de objetos
que ahora amueblan su duelo.
¿Cómo se aprende a ser viudo?

Un adelanto del libro Di su nombre de Francisco Goldman
Fotografías de Juan Arredondo
Traducción de Roberto Frías

Vestido
Fotografía de Juan Arredondo

Siempre tuve deseos de saber qué se sentía ser ella. Aura Estrada se mudó a mi departamento de Brooklyn unas seis semanas después de llegar a Nueva York desde la Ciudad de México, armada de múltiples becas, incluida una Fullbright y una del gobierno mexicano, para comenzar su doctorado en Literatura Hispánica en la Universidad de Columbia. Vivimos juntos casi cuatro años. Desde el primer día de Aura en nuestro departamento de Brooklyn hasta casi el último, la acompañé a la estación de metro cada mañana, excepto en los días cuando conducía su bicicleta hasta Borough Hall y la dejaba encadenada ahí (aunque esa rutina no duró porque los borrachos y drogadictos que vivían en el centro de Brooklyn le robaban a menudo el asiento), o cuando llovía o cuando ya iba tan tarde que debía tomar un taxi, o en las raras ocasiones en que salía disparada por la puerta como un mini tornado furioso y yo estaba todavía en el baño y le gritaba que esperara, o en las dos o tres veces que estaba tan molesta conmigo por esto o aquello que no quería que la acompañara.

Aura murió el 25 de julio de 2007.

Una de las últimas cosas que me dijo fue: «Quiéreme mucho, mi amor. No quiero morir». Quizá esa fue la última frase que pronunció entera, quizá sus últimas palabras. ¿Sonó como si tratara de exculparme? ¿Debería prohibirme hacer este tipo de comentario? La súplica y la invocación de amor de Aura encajarían bien con los sentimientos y las simpatías de cualquier jurado, pero no estoy en un tribunal. Necesito plantarme desnudo ante los hechos; no hay manera de engañar al jurado que tengo frente a mí. Todo importa y todo cuenta como evidencia. En su última noche, la larga noche antes de su muerte, Aura debió darse cuenta de que iba a morir, o, al menos, que era probable o muy posible que muriera. Ese abismo que tuvo que enfrentar sola esa noche, sin mí, era lo que yo temía ahora, más de lo que había temido a cualquier otra cosa. Ni siquiera podía acercarme a la orilla de ese abismo, contemplarlo, sin sentir que mi cuerpo reaccionaba; con horror, tratando de huir pero obligándome a seguir adelante, a veces con poco valor, con los ojos medio entornados y la garganta seca y cerrada de repente, y sintiendo que todo era excesivo. ¿Qué sintió ella?, ¿qué sabía?, ¿cómo era todo eso?, ¿qué pensaba? Un terror solitario debió invadirla con un grado de intimidad que nadie, ni yo, había alcanzado o tocado en su interior y que no soporto, o no puedo imaginar.

Un día de ese primer otoño en Brooklyn tras la muerte de Aura, en la esquina de Smith y Union, vi a una anciana en la acera contraria que esperaba cruzar la calle. Era una anciana del barrio, de aspecto común, con el cabello blanco y bien peinado. Estaba un poco jorobada, y la expresión de su pálido rostro era dulce y blanda, como si disfrutara de la luz del sol y del clima de octubre mientras esperaba con paciencia a que cambiara la luz del semáforo. La idea fue como una bomba silenciosa: Aura nunca llegaría a saber lo que significa ser vieja, nunca llegaría a ver su vida en retrospectiva. Con eso tuve para pensar en la injusticia del hecho y en la adorable y exitosa anciana que, con toda seguridad, Aura estaba destinada a ser.


Como en esa canción de José José, Gavilán o paloma, donde dice que fue arrastrado hacia ella como una ola y que fue hasta ella y dijo hola, así fue como pasó. «¡Hola!», dije. Y ella, sosteniendo su vaso de plástico con vino tinto y mirando de esa manera que anticipa una conversación, respondió: «Hola» (Hola, soy tu muerte. Hola, mi muerte). Tenía un espacio entre los dientes superiores y un lunar bajo el lado derecho del labio inferior. Llevaba un suéter de color gris claro, un vestido negro de lana, plisado, mallas oscuras y botas de piel. Una estudiante de posgrado de NYU, pensé. Resultó que no estudiaba en NYU. Pero se veía tan joven que podía estar en la licenciatura. Era la chica latina de mis sueños, pero diez años demasiado tarde. Su voz tenía un encanto increíble, un poco áspera y ronca, un poco nasal, un poco como la de un personaje de dibujos animados, puntuada con juventud y buena disposición. Lo primero que la gente siempre notaba en Aura eran la voz y la sonrisa. También su inteligencia, su dulzura y una cierta cualidad mística (muchos de los mensajes de condolencia tenían frases como «Aura tenía una cualidad mística»« Aura me hacía pensar en una criatura de bosque encantado, por sus ojos, su sonrisa y las cosas graciosas que decía»).

Estaba atónito y lleno de una curiosidad emocionada. Yo era, de verdad, el tipo de persona que cree que las cosas pasan así: en el momento menos esperado conoces a alguien, hay una conexión mágica, una complicidad instantánea y tu vida cambia. A pesar de la evidencia en contra, de tantas falsas alarmas, durante años había estado esperando un momento así. Otra voz en mi interior me decía: «Iluso, ¿estás bromeando? Mírala, es muy joven». Tenía veintiséis años y yo cuarenta y siete.

Nunca había amado a nadie como a Aura, ni siquiera a mis padres, ni a mis hermanos ni a ninguna de mis amantes anteriores ni a mi primera esposa; quizá no había amado a nadie de verdad antes de Aura. Creía que amaba a Aura como se supone que un esposo debe amar a su esposa, de la manera más sagrada y conyugal, y aún más que eso. Todo esto era nuevo para mí, este grado de intimidad y de confianza, sus exigencias: la distracción y la concurrente concentración para absorber todo lo que pudiera, el pasado y el presente, dentro del radio de vida de Aura. Tratar de entender, al menos tanto como ella me permitiera, ser capaz de anticiparme y proteger, estar siempre preparado. Créase o no, el amor era nuevo para mí. ¿Cómo llegué a tener casi cincuenta años sin haber aprendido o descubierto esto? Y después, poco más de un año tras la muerte de Aura, ya tenía pánico de perder o haber perdido la capacidad para cuidar así a otra persona. Los cinco años previos a conocer a Aura fueron los más solitarios que jamás había vivido. El año y meses posteriores a su muerte fue mucho más solitario. Pero ¿qué hay de los cuatro años intermedios? ¿Me convertí en un hombre distinto al que era antes de esos años, un hombre mejorado, por el amor y la felicidad que experimenté? ¿Por lo que Aura me dio? O ¿tan sólo fui el mismo de siempre y tuve una suerte inexplicable durante cuatro años? ¿cuatro años son demasiado pocos para tener tal trascendencia en la vida de un hombre maduro? O ¿pueden cuatro años significar tanto que por siempre pesarán más que todos los otros años juntos?

Cada vez que la cajera ecuatoriana del supermercado de la esquina, una alegre chica regordeta con marcas de acné y lentes con fondo de botella, me preguntaba: «¿Y su esposa, señor?», yo le respondía que mi esposa estaba muy bien. Y entonces ella me molestaba entre risas: «Oh, ahora hace que te encargues de todas las compras. ¡Qué bueno!» No había vuelto a la pescadería. Ya no era ese tipo que iba, solo o con su esposa, dos veces por semana a comprar salmón salvaje de Alaska (siempre filetes para dos, un pequeño derroche, pero era lo que le gustaba a Aura), a ese lugar donde, a menudo, uno de los dos tipos amistosos que ahí trabajaban tomaba de la cama de hielo un buen bloque color mandarina de brillante salmón y comenzaba a rebanarlo apenas uno de nosotros cruzaba el umbral. Yo no era ese, ya no era el esposo, ya no era un hombre que va a la pescadería para comprar su cena y la de su esposa. En menos de un año cumpliría más tiempo de «ya no ser el esposo» del que «había sido esposo». Pero habíamos vivido juntos dos años más que eso. Sí, pero también llegaría el día en que cumpliría más tiempo de «ya no estar con Aura» del que «había estado con Aura».


¿Quién tenía más derecho a ser considerado el familiar sobreviviente más cercano, el esposo viudo o la madre huérfana? Según yo, Juanita, la madre de Aura, ya había esparcido las cenizas de Aura en algún lugar que había elegido por motivos que me eran ajenos y no tenía la intención de decirme dónde. Juanita y yo nunca tuvimos la oportunidad de sentarnos a hablar de cómo dividir las pertenencias de Aura; jamás estuvimos ni siquiera cerca de tener esa conversación. Yo le habría dado casi todo lo que ella hubiera querido; los diarios de la infancia, por supuesto. En la portada de uno de esos cuadernos Aura escribió esta frase con rotulador rosa, rodeada por una parvada de corazones rosados: «Nunca viajo sin mi diario. Uno debe llevar siempre algo sensacional para leer en el tren». Quince años después, cuando nos mudamos al departamento de la Escandón en ciudad de México, desempacó ese mismo ejemplar pesado de una de las cajas, lo sostuvo en alto y me contó la historia de aquellos diarios; ese volumen está ahora en Brooklyn. Juanita quería la computadora de Aura, pero yo le dije que no. No sólo porque yo se la había comprado, sino porque mucho de lo que contenía pertenecía a los dos o era parte de nuestra relación (fotos, música, los archivos del sitio web de la boda, textos en los que habíamos trabajado juntos y toda la ficción de Aura, que estaba guardada ahí). Pero llevé la computadora a un técnico y le pagué por copiar el contenido del disco duro de Aura en otros discos, exceptuando, por consejo de un abogado, los archivos relacionados a sus cuentas de correo electrónico. Antes de que Aura se fuera a la Universidad de Texas, su madre y ella casi no se habían separado. A los trece años fue a un campamento de verano en Cuba por tres semanas. Durante la adolescencia había hecho un tour por algunas partes de Europa con su hermanastra. Más tarde Juanita la había enviado, dos o tres veces, a cursos de verano en París y Cambridge. Juanita pagó todo esto con su sueldo de administradora universitaria, ocupaba a menudo de forma simultánea dos puestos y tomaba a veces un tercer trabajo. Juanita y yo no nos habíamos comunicado. Ni siquiera sabía qué había hecho con las cenizas de Aura.

Sin importar la justificación que se le quiera dar —pensé— no está bien privar al esposo de los restos de su esposa. Claro, la mayoría de las religiones lo prohibirían, pero aun dejando a un lado la religión el esposo tiene el sagrado derecho y el deber de sepultar el cuerpo, los huesos, las cenizas de su esposa. Debía haber ido a recuperar las cenizas, tal y como Juanita lo temía. ¿Por qué no lo hice? ¿Por qué soy tan cobarde? Sin embargo también pensé lo que suelo pensar: «Pobre mujer, que se quede con las cenizas. Aura no es sus cenizas, yo me quedo con la Aura que tengo». Todo es confuso, no sé cómo resolver este problema, no sé dónde residen lo correcto y lo incorrecto, pero busco respuestas donde suelo hacerlo: en los libros.
La literatura sobre la aflicción y el duelo, así como todos los estudios científicos sobre viudos y viudas que había encontrado en internet y en librerías eran confusos. A menudo, en estos estudios se dice que las viudas y, sobre todo, los viudos se vuelven a casar pronto porque eso es lo que sabían hacer: amar y asumir las responsabilidades de un matrimonio. Combinar el dolor con la caída en una existencia desolada, de insignificancia diaria, era demasiado, por eso contraatacaban tratando de encontrar una nueva pareja lo más rápido posible. Un psiquiatra incluso decía que casarse poco después de la pérdida de una pareja amada debería considerarse como un tributo vivo a esa pareja y a la calidad de ese matrimonio. Pero los estudios también demostraban que la mayoría de estos nuevos matrimonios no funcionaban, y conducían a rápidos divorcios. Los esposos en luto que habían tenido matrimonios felices estaban más expuestos a lo que los especialistas llamaban duelo patológico: «soledad emocional extrema y síntomas severos de depresión», que las personas que habían vivido matrimonios infelices, y esto era particularmente cierto si eran viudos alrededor de mi edad. Las viudas y los viudos de matrimonios felices tenían más problemas de salud que los sobrevivientes de matrimonios infelices. Si tu esposo era lo que suele llamarse una «figura de apego» (alguien a quien considerabas la fuente de tu felicidad y de tu propia identidad como una persona razonablemente funcional y feliz), entonces estabas más jodido. Los estudios demostraban que los grupos de apoyo familiar fuertes (del cual yo carecía) y los amigos (con los cuales sí contaba, a veces) no hacían diferencia. Si, además de todo, la muerte de la persona amada era repentina, inesperada o violenta (la muerte de Aura había sido las tres), entonces tenías una «predisposición particular a una reacción patológica», incluido el desorden de estrés postraumático, como el que da a los veteranos de guerra. El duelo traumático —leí— te hacía más propenso al cáncer, a las enfermedades cardiacas, al aumento en el consumo de alcohol (¡sí, señor!), a las alteraciones del sueño, a la mala alimentación y a la «ideación suicida». En resumen, los viudos de amadas esposas perdían diez años de esperanza de vida; los tipos felizmente casados que enviudaban cincuentones estaban, en promedio, muertos cuando llegaban a los sesenta y tres, a menos que se las hubieran arreglado para volver a casarse con éxito. ¿Y si la esposa muerta era de una juventud que partía el alma, hermosa, brillante, afectuosa, buena, estaba a punto de alcanzar su potencial y sus sueños más ardientes (la escritura y la maternidad), y su familia culpaba al esposo sobreviviente por su muerte? No encontré estudios con grupos de viudos que tuvieran esas características.


Un adelanto del libro Di tu nombre,
de la editorial Sexto Piso


January 14, 2013

Francisco Goldman

Un texto de

Un chef ultraperfeccionista
se casa con su jefa de cocina
que ha aprendido a mandar
para que él pueda bajar la voz

Virgilio Martínez y Pía León dirigen en pareja
el mejor restaurante de Lima. Aún no saben
si cerrarán el día de su boda.

[Virgilio Martínez, según Sergio Vilela]
[Pía León, según Diego Salazar]
[Fotografías de Daniel Silva]

Virgilio

Él

Virgilio Martínez sólo tiene tiempo para almorzar de pie. Duerme cuatro horas porque piensa en su cocina de madrugada. Dirige restaurantes en Lima, Cuzco y Londres. Viaja por los Andes en busca de ingredientes que lo emocionen. Controla desde su teléfono celular los platos que sus cocineros fotografían y le mandan cuando no está en el restaurante, pero nunca se despeina. A primera vista parece más bien que su estado natural es el de un hombre que se acaba de despertar un domingo a mediodía. Mantiene una sonrisa intermitente, como si tuviera la certeza que nada le puede ir mal en la vida, y la cadencia de su voz lo hace parecer demasiado normal para ser un chef sorprendente. Es sospechosamente flaco para dedicarse a la cocina, pensaría cualquiera desde el estereotipo del cocinero glotón. Pero él se cuida. Hace yoga, toma mucha agua, come lechuga. Cultiva su imagen zen. Desayuna una barra de chocolate, nueces, pasas. También se cuida de la noche. Si lo invitan a un matrimonio no va. No quiere que sus comensales lo vean fuera del cuartel a una hora en que se supone que él debería estar de guardia. No le parece serio. Siempre está trabajando mientras la gente se divierte. Por eso, el día de su matrimonio, como se casará con su sous chef, tiene planeado cerrar el restaurante. Para que sus cocineros puedan divertirse juntos por primera vez y toda la noche. Es la única manera que encuentra de ir en paz a su propia boda. Aunque cuando se lo preguntan a Pía León, su futura esposa, ni ella está segura de que él vaya a estar tranquilo cerrando todo un día. La cocina de Central, su restaurante de Lima, es transparente. Desde el comedor, el chef parece flotar por encima del caos. Virgilio Martínez es tan perfeccionista que logra crear la ilusión de que es posible controlar cada detalle de su cocina con tranquilidad. Se le ve dirigir a su ensayada orquesta a través del muro de cristal que separa los dos mundos: el del paladar y el de la alquimia. Su madre fue la arquitecta que diseñó el restaurante. Él quería que ella, que lo conocía suficiente, tradujera sus deseos en el espacio que construirían con los ahorros de toda su vida. Por eso, aquel muro de cristal no solo sería la división entre el escenario y la platea, sino que también permitiría al chef contamplar cada movimiento de sus comensales. En las mesas seis y nueve, como las tienen ordenadas en una grilla, el chef siempre ubica a esos invitados estelares a los que quiere mirar. Así, las reacciones ante cada plato que les llega a la mesa pueden ser evaluadas por el chef desde su calculada ubicación. La cocina es un escenario, pero la de Virgilio Martínez también es una torre de control.

Falta una hora para que empiece la función en Central. Y falta media vuelta del Sol a la Tierra para que Lima, su segundo restaurante, abra las puertas en Londres mañana. Hoy es la noche que el chef ha estado esperando. Tiene seis horas para impresionar a algunos de los paladares más afinados del mundo, en dos continentes diferentes. Su propuesta culinaria es un viaje desde el Pacífico hasta los Andes, desde los frutos de la Amazonía hasta las hierbas que él mismo ha plantando en un huerto al aire libre que crece sobre la cocina de su restaurante. Su cocina es un laboratorio, pero también una central de abastos que acopia la cosecha de docenas de pequeños agricultores de todo el Perú. Llamarle laboratorio a una cocina es cada día menos esnobismo y más precisión semántica: «los sabores son algo así como acordes químicos, sensaciones compuestas construidas con notas aportadas por diferentes moléculas», dice Harold McGee en su biblia gastronómica La cocina y los alimentos.  Por eso, cocinar es escribir partituras con moléculas. Virgilio Martínez ha compuesto más de quinientas piezas, pero dice que conserva menos de cien de esas recetas.

El chef lleva unos jeans de tubo y una impecable filipina de chef blanca. Se mueve de un lado al otro entre las mesas del salón del restaurante, mientras habla por su iPhone con otro chef que viene en camino con uno de los grupos de invitados. A esta hora de la noche —las nueve— empieza a subir la tensión. Virgilio Martínez dibuja en una hoja de papel miniaturas de cada una de las mesas de Central. Lo hace a toda velocidad y va colocando números en cada una de ellas. Traza ese plano rutinario pero invisible para los comensales que solo verán un plato de comida. El maître le dicta algunos nombres que el chef anota. Luego le indica a su jefe de cocina cómo deberá presentar cada uno de los nueve pasos de la degustación que servirán en breve: es un menú de ochenta y nueve dólares por persona, más setenta y cinco de la degustación de vinos. Pía León es una rubia de enormes ojos azules y su principal cómplice. Podría parecer que la encontró sin salir de la cocina, pero su historia de amor con final feliz no tiene que ver sólo con la obsesión por el trabajo y la imposibilidad de cenas románticas. Es el fruto de una catástrofe. A los meses de abrir Central, —en 2009—  y tras haber invertido más de un millón de dólares del patrimonio familiar, Virgilio Martinez vio cómo la municipalidad clausuraba su sueño con un cartel en la puerta. Los vecinos de Central argumentaban que esa calle del distrito de Miraflores era residencial. Su padre, el mismo a quien años antes no le había gustado nada la idea de que el menor de sus hijos se convirtiera en cocinero, había hipotecado su casa para prestarle el dinero y abrir ese primer restaurante. El chef se vio obligado a ponerle pausa a todos sus cocineros, incluida Pía León. Pasaría cerca de un año para que Central volviese a la vida después de que una medida cautelar suspendiera la clausura hasta que concluya el juicio. En esos meses, mientras el estudio de abogados del padre trabajaba para lograr la reapertura, tuvieron por fin tiempo para salir, literalmente, y en un horario normal. Algo les debe a sus vecinos.

 

Ella


En la cocina de Central, la única voz que se eleva por encima del chisporroteo de ollas y sartenes y el runrún de la mini-planta de purificación de agua que hay en la azotea, es la de Pía León. El resto de voces, incluida la del chef, suele quedar unos decibelios por debajo. Excepto cuando la reprimenda va dirigida a ella. El pacto entre chef y sous chef es así: Yo te grito, tú les gritas. Un acuerdo habitual en cualquier cocina, pero que se hace más -difícil cuando el chef es tu novio y, en seis meses, se convertirá en tu esposo.

Es una noche agitada de un lunes de noviembre, con dos mesas numerosas de periodistas extranjeros, españoles e italianos, y todos los salones del restaurante a máxima capacidad. Virgilio Martínez entra y sale de la cocina, perseguido por un par de fotógrafos que registran sus pasos. Lo mismo da indicaciones de cómo montar un plato marca de la casa —pulpo al carbón morado sobre lentejas—, que sale a explicarlo al salón junto a los camareros con la mejor de las sonrisas. Dentro, mientras tanto, el gesto adusto de la jefa de cocina, que comanda un batallón de doce cocineros y, ahora mismo, no sabe qué ordenarles.

—No entiendo—, se dice a sí misma Pía León, mientras agita una hoja de papel donde, entre otras anotaciones, se lee en grande:

1 vegetariano
1 culantro 2 alcohol

En ese momento, aparece el chef, que ha conseguido esquivar a los fotógrafos, ya entretenidos en sus platos de comida, y pregunta:

—¿Qué pasa?

—No entiendo—, responde la jefa de cocina, extendiéndole la hoja de papel.

—Hay un vegetariano y dos personas que no comen culantro ni beben alcohol—, dice él elevando, por primera vez en la noche, la voz.

—¿Las mismas?

—Las mismas—, responde fastidiado, alzando la voz un tono más.

Pía baja la vista, se gira para dictar órdenes, pero se detiene un segundo, vuelve la cabeza y alza los ojos para encontrarse con los del chef y le dice, en voz baja: «No me grites». Virgilio asiente, masculla un «Ok» y vuelve a salir de la cocina.

Pía León tiene veintiséis años recién cumplidos, el cabello rubio recogido en un moño alto, una sonrisa infantil con dos dientes de conejo, unos eternos aretes de perla y la voz juvenil y despreocupada de quien prefiere consensuar antes que imponerse a gritos, de quien ejerce su autoridad con un dejo cariñoso, casi maternal.

En una escena típica, la jefa de cocina ve a un cocinero cometiendo un error; por ejemplo, desgrasando un caldo al fuego con un cuenco de plástico. Se le acerca y le dice, con el sonsonete de una madre o una maestra de primaria: «Mi rey, eso se hace con un cucharón. Para eso está el cucharón. Por gusto les compro cosas». En otra escena habitual, la jefa de cocina se pasea entre estaciones con un premio, una cuchara y un bote de crema de avellanas y cacao tipo Nutella: «A ver, le voy a dar un poco a quien se lo merezca». Entre el palo y la zanahoria, de poder elegir, Pía León optaría siempre por la zanahoria. Pero ese es un lujo que una jefa de cocina no puede permitirse. Para que Virgilio Martínez mantenga el peinado intacto, ella ha tenido que aprender a gritar.

El servicio de lunes avanza, la jefa de cocina vuelve a levantar la voz para dictar una comanda:

—Ocho pastas ‘degus’ –dice, aludiendo a una mesa donde todos han pedido el menú degustación—, más uno para una alérgica, así que ponle…

—Nueve pastas, una sin camarón— la interrumpe el chef, resumiendo.

—No, la salsa lleva vongole, la mujer no puede comer ningún marisco— ataja ella, volviendo a elevar la voz por encima de la del chef.

La jefa de cocina ha entendido que, para que el servicio marche con éxito, no basta con que obedezca órdenes del chef. En algún momento debe adelantársele o corregirlo, a riesgo incluso de alzarle la voz.

Cuando durante el servicio ocurren estos intercambios, el resto de cocineros observa de reojo con expectación. Siguen concentrados en sus labores, pero su oído, entrenado para cazar indicaciones al vuelo, ahora intenta capturar y desentrañar las sutilezas de la discusión. Como los niños que, concentrados en sus juegos, asisten a una riña entre sus padres desde el asiento trasero del automóvil. Por un lado, porque saben que acabada la tormenta sobre la sous chef, el turno les llegará a ellos, de otra forma pero les llegará. Y, por otro, porque la relación de pareja entre Pía y Virgilio ha generado una dinámica hogareña, a ratos paterno filial, entre ellos y sus cocineros. Cuando ambos convocaron a todo el equipo para decirles que Virgilio retrasaba su viaje a Londres por unos días porque en breve recibirían una noticia importante, Pía León arrancó la reunión diciendo: «¡Van a ser tíos, chicos!». Tras las risas de todos, continuó: «No, todavía no, no se emocionen». La noticia llegaría el 11 de julio, cuando la Guía Summum, la más importante del país, encumbró a Central como Mejor Restaurante de 2012. Esa noche, el chef y su jefa de cocina recogieron entre brindis y sonrisas el premio que contradecía a todos esos manuales de buena conducta profesional, que condenan enfáticos las relaciones entre jefe y empleado.

El pudor de reírnos juntos
viendo sexo sagrado
en la India

Un viajero y su novia visitaron hace unos años templos de erotismo divino
al sur de Delhi, donde un guía les ofreció lecciones de Kama sutra en vivo.
En su ruta descubren que la oferta erótica es sólo para mujeres
y que los extranjeros sueltan risitas incontenibles
ante las esculturales posturas sexuales de los dioses en piedra.
¿Por qué nuestro Dios no la pasa tan bien?

Un viaje de Leonardo Faccio
con fotografías del autor

India - 1

Fotografía de Leonardo Faccio

El sexo no es chistoso. Pero en los templos eróticos de Khajuraho, el rincón de la India conocido como el pueblo del Kama sutra, la risa es la música de fondo. La escucho cuando entro en la penumbra del templo principal. Me acompaña una novia que esta mañana no ríe. Hay mujeres con pechos como globos tallados en piedra, y escenas de zoofilia en las que intervienen una yegua y un jabalí. También hay hombres que acarician niñas mientras sostienen erecciones a punto de explotar. Los templos de Khajuraho, al sureste de Nueva Delhi, se ven como orgías piramidales con la altura de un edificio de cinco plantas. Son las construcciones más altas en este pueblo que tiene sólo una calle principal y, si no fuera por ellas, sería una localidad anónima en el mapa del gran estado central de Madhya Pradesh. Pero aquí llegan miles de turistas que se ríen de ellas mientras los guías hablan de las esculturas con solemnidad explicando que son dioses y diosas celebrando el erotismo de la religión hindú. La dinastía Chandela, dicen, las construyó entre los siglos IX y X, cuando los chinos trajeron al mundo la pólvora. Pero ningún correcto apunte histórico detiene el cuchicheo risueño que crece dentro del templo religioso. La lujuriosa seriedad que nos suelen inspirar las imágenes lúbricas, en los reservados de clubes de striptease o ante la página central de una revista porno, tiende a desaparecer aquí y gana protagonismo el eco de las risas.

No son carcajadas. Ni risitas burlonas.

Son risas parecidas a las de un niño que está por hacer una travesura.

Los hindúes son ruidosos cuando adoran a sus dioses: cantan, saltan, gritan. La risa fue siempre aliada del erotismo y la fecundidad en la mitología antigua. En Egipto existe Hator, diosa de la alegría, el amor y la sonrisa. Afrodita fue para Homero «la sonriente», «la que gusta de reír», y Yemayá, es la diosa que juega con las olas del mar y ríe a carcajadas en la cultura afroamericana del Caribe y Brasil. En Senegal los antepasados son llamados «almas risueñas». Los musulmanes llamaron a Mahoma «el profeta riente y alegre del paraíso». En la India, donde el humor es concebido como uno de los orígenes del mundo, Rabindranath Tagore rescató una antigua sentencia del sánscrito que reza: «Todas las cosas tienen su nacimiento en la alegría eterna». Una de sus figuras místicas más divertidas es el risueño sacerdote Ramakrishna, que decía que las caras largas no deberían tener cabida en la religión. Pero hoy, en los templos eróticos de Khajuraho, los visitantes locales guardan un respetuoso silencio. Las risas provienen de quienes llegamos con protector solar en la nariz y una cámara de fotos colgando del cuello. La razón parece simple: en los templos de Occidente no existen dioses alegres, y en Khajuraho siempre aparece alguien que promete reproducir en vivo las mismas poses que uno ve talladas en piedra. Lo que vemos como una manera más liberal de vivir el sexo, en Khajuraho es una oferta frecuente. No resulta extraño entonces que la idea de sumar un maestro indio a tu vida sexual provoque en las parejas de viajeros risas de nerviosa complicidad.

El primer sex tour guide de Khajuraho nos encontró a bordo de un bus. Veníamos huyendo de los monzones que avanzaban desde el sur del país, y Khajuraho era parte de un viaje que atravesaba la India hasta Nepal. Esa tarde, cuando el bus zigzagueaba entre los baches de una carretera angosta, un indio veinteañero y con un mechón de pelo teñido de rubio se acercó a mi novia española.

—Disculpa —dijo en inglés— ¿Tienes donde alojarte?

Faltaba media hora para llegar a Khajuraho y el chico sacó un folleto del bolsillo. Le ofreció una habitación doble por seis euros. Luego habló de clases de yoga, del beneficio de los masajes ayurvédicos, y le recordó que en Khajuraho el sexo tántrico está al alcance de cualquier viajero.

—Es el yoga del sexo —dijo con la voz serena de un predicador.

Hay ofertas que a un turista le gusta escuchar. En Europa se puede visitar con facilidad un club de intercambio de parejas. En las páginas de los diarios de cualquier ciudad del mundo, los anuncios de centros de masajes orientales son eufemismos para prostíbulos con pretensiones de sofisticación. Vivir una experiencia excitante y creer que será irrepetible es una de las gracias de viajar. De camino a Khajuraho la propuesta sexual tiene un aura de autenticidad que inmuniza al vendedor de parecer ofensivo. El tantrismo es una filosofía oriental con más de cinco mil años de existencia que convoca a extender el placer a través de todos los sentidos: comer, contemplar, caminar, defecar. Sentir frío o calor pueden ser fuentes de placer. En Occidente el tantrismo suele asociarse con los consejos íntimos en revistas para mujeres, pero en verdad sólo cinco de las más de cien prácticas tántricas tienen que ver con erotismo. Una relación sexual de este tipo puede extenderse durante horas sin que el clímax marque un final. Más que una aventura genital, el tantrismo propone hacer del goce en cámara lenta una forma de vida. Antes de ser un dibujo en un papel, durante los primeros cinco siglos de la era cristiana, las posturas del Kama sutra fueron sólo poemas. Más de quinientos años después, la literatura erótica fue tallada en piedra. Esa tarde a bordo del bus, el chico del mechón rubio no perdió el tiempo. Le entregó a mi novia una tarjeta, sin importarle que no viajara sola.

En realidad, éramos tres. Nos acompañaba C, una amiga de Colombia.

Para mudar nuestro viaje en un safari sexual sólo debíamos pedirlo. La oferta del sex tour guide podría sonar descarada. Pero una reacción violenta ante la promesa del moksha —la iluminación espiritual hindú—podría ser peor: sería considerada como intransigencia de un novio celoso. El intento de cumplir con la convención social acabó siendo una mueca en mi cara. La tarjeta que recibió mi novia llevaba en su reverso un garabato que el chico del bus dibujó presuroso con su bolígrafo. Del otro lado había impreso el nombre de un hotel.

No era la primera vez que nos interceptaba un vendedor de experiencias. Días antes, de camino al lago de la ciudad santa de Pushkar, recibí un empujón de un supuesto sacerdote. Él explicó que no nos dejaría llegar a la orilla del lago si antes no aceptábamos recibir una pulsera de bienvenida y una oración a cambio de dos euros. Nosotros queríamos contemplar la India en soledad. Pero eso sólo es posible ante un libro de fotos o una postal. Nunca puedes estar solo en la India.

En cualquier rincón del subcontinente que pronto superará a China en habitantes, la sensación es de un constante intercambio de sudores. Nos movíamos en buses y en trenes sobrepoblados, donde la multitud se descalza, come, eructa y los hombres sueltan flatos sonoros. El equilibrio espiritual es también aquí un recurso de supervivencia. Las esculturas eróticas de Khajuraho demuestran que el orden, la felicidad y el sexo son posibles en el hacinamiento. Es la masa en armonía. Cada año llegan a la India millones de occidentales para vivir la película real de alcanzar la iluminación. Nosotros éramos sólo un trío que pasaría dos días en Khajuraho.

Éramos fetichistas del pasado. Queríamos ver unas reliquias eróticas.

Pero el chico del bus había lanzado una sonrisa cómplice a mi novia antes de despedirse. Ella le respondió con una mueca amistosa. Norman Mailer dijo que no existe sexo en gran escala si no se atraviesa un momento apocalíptico. Para comprobarlo sólo debíamos aceptar ser alumnos de un gurú del placer. Cada ciudad vende su encanto y en Khajuraho todo gira alrededor del sexo.

Khajuraho funciona como una isla dentro de la India recatada que conocí antes de llegar hasta aquí. En Bombay, donde funciona la industria cinematográfica más prolífica del mundo, el estreno del verano en los multicines de barrio era, por entonces, una comedia romántica que presentaban como una «revelación»: 99 Sopapos y un beso. La «revelación» era el único beso que aparece al final de la película, porque en el universo Bollywood nunca hay besos. Sólo miradas insinuantes y bailes con mujeres que, como mucho, muestran el ombligo. Fuera de la industria del entretenimiento existe en la India un festival de cine gay que se celebra cada noviembre desde 2003, a pesar de que el coito anal está prohibido por ley. La sexualidad como actividad lúdica es una atracción legal y para todo público sólo en Khajuraho. No se vende como el turismo sexual ilícito en otros sitios, sino como la promesa de un viaje espiritual. La única calle céntrica del pueblo está abarrotada de motos, vacas y almacenes que venden barajas, libros, calendarios y postales con figuras eróticas que se destiñen bajo el sol. El calor es tan agobiante que el agua y la sombra equivalen al tanque de aire para un buzo submarino. Algunos vendedores que se paseaban sudorosos y con folletos en las manos, murmuraban «Yoga, massage, tantra sex». Era otro día en un pueblo cuya principal atracción está dedicada al dios Shiva, el equivalente en la cultura griega de Dioniso, el dios del vino, la locura ritual y el éxtasis. Las imágenes eróticas de los templos inspiran a los recién llegados. Sólo hace falta aceptar la oferta de repetir sus poses en la cama de un hotel. Nuestro refugio tenía una cama doble.


December 27, 2012

107

Un texto de


December 18, 2012

Cualquier insecto es una explicación

Un texto de

Un concierto de rock
por los árboles

¿A qué suena una guitarra hecha con madera ilegal?

Un texto de Julia Urrunaga
Ilustración de Luis Falen

Guitarras

Anne Middleton tenía órdenes de no pagar el soborno que le pedían en la aduana. Su trabajo era asegurarse de que un contenedor de ébano de Camerún llegara a Estados Unidos y se convirtiera en guitarras. Apenas hacía unos meses se había mudado a África. Era fan de las guitarras Taylor, y ahora, como su representante ante la empresa maderera que sus jefes acababan de comprar en Camerún, comprobaría si podían hacerse negocios legales con maderas preciosas. Conocí a Middleton cuando ambas trabajábamos en Washington para la misma ONG, asegurándonos de que la madera que se vende en Estados Unidos fuera legal. Es una rubia de melena ensortijada que tiene el dulce aspecto de una cantante country. A sus veintipocos años tenía un entusiasmo y humor burbujeante que parecía agradar a congresistas y dueños de madereras que le doblaban o triplicaban la edad y a quienes ella les decía cómo debían manejar sus negocios para cumplir con las leyes. Ahora era junio de 2012 y parecía frustrada por los líos en la aduana. Había llegado a Yaoundé, la capital siempre verde de Camerún, a principios de año. Para garantizar la legalidad del ébano con que fabricaba sus guitarras, Bob Taylor, el fundador de Taylor Guitars, buscó un socio y compró la mitad de una maderera en Camerún. Estaba empeñado en que todas las operaciones de su empresa fuesen legales, al menos hasta donde él pudiera asegurarse. Por ello Anne Middleton tenía dos contenedores repletos de ébano detenidos en la aduana. Un funcionario pedía una coima —tal vez de cien dólares— a cambio de sellar los documentos que permitirían que la madera iniciara su recorrido hacia América. Setecientos trabajadores corrían el riesgo de quedarse sin trabajo en la planta de El Cajón, California, en uno de los peores momentos de la economía estadounidense. Pero los jefes de Anne Middleton querían que aquel contenedor saliera de Camerún sin infringir ninguna ley. En manos de un músico del rock, una guitarra Taylor podía convertirse en un instrumento de rebeldía o de virtuosismo, pero jamás en la evidencia de un delito.

La ley Lacey —Lacey Act — prohíbe el comercio de productos hechos con ciertos recursos naturales o especies silvestres extraídos o comercializados sin cumplir con las leyes del país de origen. Se creó en 1900 para regular la venta de plumas exóticas con las que se fabricaban sombreros. Más de un siglo después, el Congreso de Estados Unidos aprobó una enmienda a la ley para incluir madera. Ahora es ilegal vender en Estados Unidos madera o cualquier cosa hecha con madera que haya violado las leyes del país donde se taló. Para el Lacey Act, mostrar documentos que avalen la legalidad de los negocios no es prueba suficiente de que lo sean. Podrían ser papeles falsos. Los comerciantes están obligados a observar lo que se conoce como «diligencia debida» —due diligence— sobre sus proveedores: asegurarse de que lo que les venden no ha sido obtenido de forma criminal. El castigo por violar el Lacey Act incluye el decomiso del producto y puede sumar multas y hasta cinco años de prisión para los responsables. El gobierno de Estados Unidos ha explicado más de una vez que la ley está hecha para productores y comercializadores y que no perseguirán a consumidores finales, pero los detractores de Lacey han iniciado una campaña de terror sugiriendo que un guitarrista podría ser detenido por ser dueño de un instrumento hecho con la madera de árboles talados sin permiso. Si en el siglo XX las estrellas de rock and roll fueron perseguidas por atentar contra las buenas costumbres con bailes indecentes o con un estilo de vida de marihuana y cocaína, en el siglo XXI su peor delito podría ser alentar la destrucción de los bosques, el trabajo esclavizante, el cambio climático y el crimen internacional.

Chris Cosgrove es el encargado de compras internacionales de Taylor Guitars y jefe de Anne Middleton, mi amiga en Camerún. Tiene el aire relajado de un rockero hippie y buena onda. Es un rubio bronceado de chivita y brazos tatuados, pero nunca ha tocado una guitarra en su vida. Lo conocí en México, cuando yo presentaba mi trabajo sobre exportaciones de madera ilegal de Perú a Estados Unidos y él hablaba sobre los desafíos de fabricar guitarras ecológicas. Viaja por el planeta consiguiendo proveedores que le garanticen que toda la madera que le venderán proviene de árboles que han sido talados sin destruir los bosques, explotar a las personas ni corromper a las autoridades. Me contó que meses después de que Anne Middleton estuviera atorada con ellos en la aduana de Camerún, los contenedores de ébano habían conseguido el sello y estaban listos para viajar. Pero con los retrasos, la fábrica de California estaba a punto de quedarse sin materia prima. Cada día los lutieres de Taylor fabrican medio millar de guitarras, y si el contenedor viajaba —como es habitual— por vía marítima, tomaría otros dos meses en llegar a la planta. Tendrían que pagar cientos de miles de dólares —bastante más que la propina que aquel funcionario pedía— para que un avión transportara la madera. Árboles legales de África que viajarían de manera más contaminante para no tener que despedir a cientos de empleados estadounidenses. La única recompensa de esta decisión parecía ser para la conciencia.


La primera vez que escuché que la tala ilegal podía combatirse con un tratado de libre comercio fue en un restaurante de sánguches en Washington D.C. cerca de la Casa Blanca. Era 2008 y mi amiga Andrea Johnson buscaba a alguien que rastreara la madera ilegal que el Perú exportaba a Estados Unidos. Ella trabajaba con una ONG en Washington que, aliada con otras organizaciones, había conseguido agregar un anexo forestal al tratado de libre comercio entre el Perú y Estados Unidos, y querían que alguien siguiera la madera desde un campamento ilegal hasta una aduana norteamericana. La misión parecía diseñada por un guionista de Hollywood. En el siglo de las catástrofes ambientales agravadas por el cambio climático, cortar un árbol de manera ilegal es un asunto para la Interpol. También para las Naciones Unidas, que considera el problema similar al de los diamantes de sangre, que han financiado rebeliones y violaciones masivas de derechos humanos en África. El Banco Mundial estima que la madera ilegal es un negocio de quince mil millones a veinte mil millones de dólares, la misma cantidad que ganarán en 2012 las empresas financieras de Wall Street. Y también es menos arriesgado que la bolsa: un estudio en Brasil, Filipinas, Indonesia y México descubrió que la probabilidad de que el crimen de tala ilegal sea castigado es de 0.084%. Esto sucede sobre todo en áreas donde los países son incompetentes, corruptos o caóticos por la violencia política. En Colombia un equipo de investigadores fiscales me explicó que habían detectado que algunos narcotraficantes están ‘diversificando’ su negocio a mercancías como maderas preciosas y oro, porque controlan las zonas, y que —a diferencia de la cocaína— estos productos se ‘lavan’ gracias a la corrupción local y pueden circular por el mundo en la forma de inocentes mesas, tejas para parquet y guitarras.

Hasta aquel día en Washington, la mayor parte de mi carrera había sido como periodista de investigación en temas de corrupción en el Perú, donde la impunidad política y judicial puede ser frustrante. Dos años antes había decidido regresar a la universidad: entendía cómo funcionaba la corrupción pero quería aprender a combatirla. Alguna vez había intentado investigar el sector maderero, donde los expertos hablaban de la necesidad de denunciar a ciertos empresarios del ramo, pero no se animaban a aportar pruebas o a dar la cara. Sin fuentes ni información sólida, no había historia. En realidad, fuera de algunos funcionarios de ONGs ambientalistas y quienes trabajaban en la extracción y comercio de madera, a pocos les importaba el tema y sus impactos sociales y ambientales. Pero ahora que un incumplimiento al anexo forestal —que exige legalidad de origen, anticorrupción y transparencia— podía derribar el tratado de comercio entre el Perú y Estados Unidos, de pronto el asunto se volvía un tema atractivo de economía y política. Así que la propuesta de Andrea Johnson me sedujo y volví a la investigación. No se trata de salvar arbolitos por capricho o moda al estilo treehugger. La tala ilegal de madera trae consigo trabajo forzoso en condiciones cercanas a la esclavitud, las mujeres contratadas como cocineras en los campamentos madereros son violadas por hasta veinte o treinta taladores que trabajan ahí; las comunidades vecinas suelen ser estafadas o saqueadas de sus especies forestales más valiosas; los funcionarios del Estado que no aceptan coimas son amenazados, atacados e incluso asesinados;  y los bosques primarios son depredados, con lo que se destruye el hábitat de especies en peligro y se liberan emisiones de gases que agravan el cambio climático. Esta cadena de desastres se sostiene por dos motivos: descansa en un sistema de corrupción que destruye la esperanza de un gobierno justo y también porque a nadie en la capital, tan lejos de los bosques, le importa el problema. Pero al gobierno y a los empresarios les interesa el tratado de libre comercio, y el anexo forestal ha llamado la atención hacia la madera. Si demostrábamos el comercio de tala ilegal del Perú a Estados Unidos, tal vez los exportadores de oro y cobre se volverían nuestros aliados naturales en la lucha contra la corrupción de la tala ilegal. Demasiado tentador como para dejarlo pasar.


Una mañana de agosto de 2011, una veintena de agentes armados del Fish and Wildlife Service de Estados Unidos irrumpieron en tres plantas de Gibson Guitar en Nashville, Tennessee. Los empleados fueron llevados a los estacionamientos de las plantas hasta que recibieron la noticia de que las instalaciones serían clausuradas ese día. Durante algunas horas, los oficiales entraron y salieron de allí incautando tablones de palo de rosa y de ébano de la India, computadoras y guitarras. Se les acusaba de obtener la madera sin respetar las leyes indias. Henry Juskiewicz, el CEO de Gibson, apareció en los medios de inmediato denunciando el atropello a su compañía, cuyo único delito —parecía— era fabricar instrumentos clásicos y crear empleos estadounidenses. Gibson Guitar inventó la guitarra eléctrica y después de aquel operativo se presentó ante la prensa como una víctima. Pero aquella no era la primera vez que la fábrica de Gibson recibía la visita de agentes federales con armas largas en un operativo estilo SWAT. Un par de años antes, la policía llegó detrás de un cargamento de ébano proveniente de Madagascar. Esa vez la investigación era por importar madera extraída ilegalmente. En 2011 el problema era otro: hay una ley de la India que prohíbe exportar madera en bruto, y la compañía había comprado materia prima en ese país. Gibson acusó a la ley Lacey de robar empleos a los norteamericanos: «si en vez de emplear a ciudadanos estadounidenses hubiésemos contratado indios, no nos perseguirían». Era un argumento incómodo en un momento sensible por la crisis y a inicios de la campaña presidencial. Parecía que los ambientalistas querían acabar con el rock and roll.

Las guitarras son el instrumento musical más popular y versátil del mundo: se tocan en iglesias protestantes, conciertos de death metal y orquestas folclóricas. Sólo en Estados Unidos uno de cada cien ciudadanos compra una guitarra cada año: todos juntos formarían un país del tamaño de Uruguay. Bob Marley tuvo siete guitarras, y una de ellas es un tesoro nacional del gobierno de Jamaica, valuada en dos millones de dólares. Cuando Barack y Michelle Obama visitaron Francia, llevaban una guitarra acústica —nada menos que de Gibson— para regalar a Carla Bruni-Sarkozy. Igual que un violín, una guitarra mejora con el tiempo. La madera, según los expertos, se endurece y resuena con mayor intensidad. Ken Parker, un lutier cuyos clientes incluyen a Lou Reed, Paul Simon y Pete Townshend, ha declarado: «el sonido de una guitarra antigua es, en parte, un eco de lo que hemos perdido: palo de rosa brasileño, marfil de elefante, abeto maduro y caoba —los mejores materiales acústicos del mundo—». Hoy es casi imposible conseguir la mayoría de estos materiales porque hemos ido acabando con las especies. Cada árbol que cae de manera ilegal es de algún modo un voto por el silencio, el principio del fin de ciertas melodías que sólo se producen con maderas preciosas.

Después del escándalo y de la atención internacional por el caso de Gibson Guitar, un grupo de artistas de Madagascar organizó en setiembre de 2012 un concierto masivo para enviar un mensaje al mundo en contra de la tala ilegal. Una semana después, el derechista Tea Party de Estados Unidos realizaba otro en Nashville, Tennessee, para apoyar a la empresa acusada de importar madera ilegal de Madagascar. Razia Said, una compositora malgache, ha dicho que Gibson fabrica excelentes guitarras. Pero si lo hacen con madera ilegal dañan la biodiversidad de su país. Más de mil árboles de ébano y palo de rosa caen de manera ilegal cada día en el bosque de Masoala, hábitat de los cada vez más amenazados lémures. A esto se suma el abuso a los pobladores locales, ya que les pagan precios miserables por madera que luego se vende por cientos de miles de dólares en lugares donde las leyes no permitirían ese tipo de prácticas.

Por ello es importante que Lacey tenga músculos y dientes: de algún modo protege a otros países de la corrupción de sus propios gobiernos. Puede que las empresas norteamericanas no teman romper las leyes de países pobres y corruptos, pero sí respetan la legislación de Estados Unidos. Sin embargo, intentan debilitar a Lacey para proteger sus intereses. Entre 2009 y 2012, los abogados de Gibson presentaron declaraciones juradas y documentos oficiales de Madagascar en que aseguraban que esa madera era legal.  Al mismo tiempo empezaron una intensa campaña en el Congreso para reducir las sanciones determinadas por Lacey de cinco años de prisión a multas de trescientos dólares —menos de lo que cuesta una guitarra—, y no tener que preocuparse si el caso llegaba a juicio. La lucha entre el lobby de Gibson por un lado y el de las organizaciones ambientalistas y los gremios de productores y sindicatos de trabajadores madereros por el otro fue feroz. Por ahora Lacey no ha sido modificada, así que Gibson debió firmar un acuerdo extrajudicial con el Departamento de Justicia, donde reconocía haber comprado madera ilegal de Madagascar y prometía no volverlo a hacer. También pagaron una multa de más de un cuarto de millón de dólares. Si bien nadie terminó en la cárcel, fue un castigo ejemplar para el resto de la industria: ni siquiera Gibson estaba a salvo. La marca tenía años que colaboraba con Green Peace y otras organizaciones en un esfuerzo por cumplir con un público que demanda transparencia de las empresas más famosas, y aun así perdió las guitarras incautadas y pagó su culpa.

En el extremo opuesto de Gibson y sus escándalos se encuentran las guitarras Taylor. A mediados de los setenta Bob Taylor y Kurt Listug consiguieron un préstamo de diez mil dólares de sus familiares y comenzaron a fabricarlas y a venderlas. Apenas rondaban los veinte años y crearon un imperio que hoy vale más de ochenta millones de dólares. Taylor supo que sería lutier cuando tenía dieciséis años. Ese año lo pasó fabricando su primera guitarra, y al siguiente armó dos más. Taylor tiene prestigio por innovar. Por ejemplo, crearon un nuevo diseño de cuellos de guitarra llamado cuello NT, que, además de hacer más estable el instrumento, permite fabricar más cuellos a partir de un solo árbol. Por otro lado, cuando empezaron sus operaciones en Camerún, encontraron que gran parte de los cada vez más escasos árboles de ébano se abandonan en el campo si el interior del tronco no es negro por completo. Resulta que menos de la mitad de estos árboles no son por completo negros, pero los compradores así lo exigen. Los taladores en Camerún ignoran el color de la madera antes de cortar el ébano, así que lo derriban sin saber si podrán venderlo. Así se desperdicia tiempo, esfuerzo y también el doble de bosque. Bob Taylor encontró que la calidad acústica del ébano no está relacionada con su color, así que empezó a educar a sus clientes: ofrecía guitarras de cualquier color de ébano. Crelicam, la proveedora de madera de Taylor en Camerún, también vende ébano a terceros, quienes creen que estos troncos son de menor calidad, pero él insiste en que el ébano ciento por ciento negro no es sostenible. La empresa sostiene que las variaciones de color en sus guitarras no son errores, sino el símbolo de estatus de una marca responsable. Hoy estas guitarras las usan Dave Matthews, Prince, Katy Perry y Taylor Swift. Un instrumento musical es el mejor ejemplo de un producto verde y que puede durar por bastante tiempo. Es otro modo de preservar un árbol caído.

El árbol de la patria
del que los patriotas
no saben nada

La quina del Perú, que curó de malaria a una condesa y hoy adereza pisco sours,
tiene problemas de identidad: la confundimos con la quinua.
¿Falta de patriotismo? ¿Ignorancia botánica?
¿O nadie se aprende los nombres de los árboles?

Un texto Ernesto Ráez-Luna
Ilustra Samuel Gutiérrez

Quina
Ilustración de Samuel Gutiérrez

El día en que Paul McCartney recibió la Orden del Árbol de la Quina, nadie reparó en el insólito arbolito que ahora representa la más alta distinción que la nación ofrece a un ambientalista. Aquel lunes de 2011, con la emoción de tener a un Beatle en Lima, ningún discurso se demoró en el árbol que aparece en el escudo nacional del Perú y que pareciera existir sólo en las láminas escolares. Y es que desde su primer encuentro con Occidente, la quina se ha codeado con la nobleza. De poco le ha servido: hoy hay cuatro especies de Cinchona en la Lista Roja de especies amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, todas ellas restringidas al Ecuador. En el Perú se desconoce bastante el estado de la quina, aunque la pérdida mayúscula de los bosques andinos que la cobijaban es una señal elocuente del peligro en que se encuentra. Hay especies de quina que no se han registrado en veinte años. Se prefiere ofrecerle homenajes simbólicos. En 2005 una ley la listó (con nombre erróneo) en el patrimonio natural de la nación. Tres años más tarde, antes de desaparecer, el Instituto Nacional de los Recursos Naturales anunció una cruzada para salvar la quina, que no progresó. Algunas municipalidades siembran árboles de quina en uno que otro parque. En La Cascarilla, un pueblo de Cajamarca, los ciudadanos, animados por científicos, establecieron un santuario de la quina en un bosquecillo cercano. Y luego está, por cierto, la orden con que fue ungido Paul McCartney. En el Perú no existe ningún programa nacional para rescatar la Cinchona, ni ninguna otra especie silvestre de flora o fauna, para el caso.

Cuenta el tradicionista Ricardo Palma que, en el siglo diecisiete, doña Francisca Henríquez de Ribera, condesa de Chinchón y esposa del vigésimo tercer virrey del Perú, cayó enferma de fiebres tercianas, también llamadas malaria o paludismo. Desahuciada por los matasanos de la corte, la condesa salvó la vida y ganó fama merced a la corteza pulverizada de un árbol andino, que un cura jesuita le dio. Los jesuitas, según Palma, aprendieron las virtudes curativas de la quina o cascarilla así:

Atacado de fiebres un indio de Loja llamado Pedro de Leyva, bebió para calmar los ardores de la sed del agua de un remanso, en cuyas orillas crecían algunos árboles de quina. Salvado así, hizo la experiencia de dar de beber a otros enfermos del mismo mal cántaros de agua en los que depositaba raíces de cascarilla. Con su descubrimiento vino a Lima y lo comunicó a un jesuita, el que, realizando la feliz curación de la virreina, hizo a la humanidad mayor servicio que el fraile que inventó la pólvora.

Hoy, que hasta las reinas de belleza saben que fueron los chinos y no los frailes quienes inventaron la pólvora, resulta que la curación de la condesa de Chinchón, inmortalizada en el nombre botánico de quina (Cinchona), sería puro cuento, según denuncia el doctor David Larreátegui, con más sapiencia que sentido estético. Hay mentiras tan bonitas que merecen ser ciertas. En todo caso, los jesuitas hicieron juicioso uso del remedio, que comenzó a conocerse por el vulgo y la realeza como «polvos de los jesuitas» o «polvos de la condesa» (pulvis comitissae, rezan los manuales de los apotecarios de la época). No debe confundirse a doña Francisca, la condesa de los polvos, con la primera esposa del virrey ni con la condesa de Chinchón retratada por Goya. Este pintor, iluminado beneficiario de los polvos de otra duquesa, según las malas lenguas, vivió siglo y medio más tarde, en la corte borbónica. Doña Francisca, en cambio, vivió en la corte de Felipe IV de Habsburgo. Yo la imagino regordeta y con hoyuelos, sin la cara de alelada de la condesita de Goya.

Cuando los jesuitas llevaron a la cucufata España su descubrimiento, no faltó quien olfateara el sulfuroso poder del demonio en ese menjunje de indios. Los protestantes, empezando por Oliverio Cromwell, rechazaron el remedio del aborrecido enemigo. Pero la extraordinaria efectividad de la quina fue venciendo reticencias. Hacia fines del siglo XVII, ya había salvado la vida al rey inglés Carlos II (que la probó en secreto), al hijo de Luis XIV en Francia, y los misioneros la habían llevado a Asia: es fama que curó al mismísimo Kangxi, el ilustrado emperador de China.

Cundió el entusiasmo por conocer el árbol de la quina, pero un sino fatal frustraba a los botánicos aventureros. A Jussieu le robaron todas sus pertenencias y el material que había colectado a su regreso a Francia. La Condamine envió anotaciones y un espécimen a Carl Linneo, el inventor de la nomenclatura científica de las cosas vivas; pero, en la boca del Amazonas, la preciosa carga cayó al mar durante un transbordo. El sabio Mutis, de fama colombiana, estudió la quina durante dos décadas, con tal avaricia intelectual que, a su muerte, resultó imposible desentrañar el sentido de sus notas. Recién a mediados del siglo XIX, Von Humboldt y Bonpland escribieron con precisión sobre la planta. Pelletier y Caventou aislaron el principal principio activo de la Cinchona: la quinina.

Después de la independencia, Simón Bolívar y el Congreso Constituyente establecieron el escudo nacional del Perú, que llevaba en el campo superior derecho una vicuña, en el superior izquierdo un árbol de la quina, y en el campo inferior y más pequeño una cornucopia que derrama monedas de oro. Símbolos de la riqueza faunística, florística y mineral de la flamante nación. Un siglo y cuarto más tarde, el presidente Leguía amplió el campo mineral del escudo, a expensas de los otros dos. Gesto simbólico, considerando que tanto la vicuña como la quina fueron explotadas hasta el borde de la extinción.

Hay dos formas de obtener una corteza: derrumbando y pelando el árbol (muerte súbita) o despellejándolo en pie (muerte lenta). En 1805 Von Humboldt registró que más de veinticinco mil árboles de quina morían descortezados en Loja, cada año. En la región, que fue depredada con rapidez, la libra de corteza se pagaba por menos de un real, mientras que en España llegó a valer dieciocho reales de plata. A mediados del siglo XIX, preocupados por la depredación (o por controlar los precios), los gobiernos andinos restringieron el comercio de la cascarilla y prohibieron que se exportaran sus semillas, yemas y otros materiales que sirvieran para propagarla. Para entonces las colonias europeas de Asia y de África hervían de malaria. Los holandeses en Java y los británicos en Ceilán se empeñaron en cultivar la planta, pero fracasaron. Se achaca a dos ingleses, Cross y Ledger, el contrabando exitoso de suficientes semillas y variedades de cascarilla como para asegurar el éxito. Y aquí reside la sutil ironía de haber condecorado a un súbdito británico con el árbol de la quina, pues, sin proponérselo, aquellos botánicos corsarios compatriotas de Paul McCartney ayudaron a reducir la explotación de la planta silvestre, y a salvarla. Ledger obtuvo de un indio boliviano las semillas de una especie más potente de Cinchona. Los holandeses compraron una libra y obtuvieron hasta mil docenas de árboles en Java, y durante un siglo controlaron el noventa por ciento del comercio mundial de la quinina. Cuando los japoneses invadieron Java en la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos desplegó «la más intensa y extensa exploración científica de una planta medicinal en la historia humana». Reunieron doce y medio millones de libras de corteza de quina de Colombia, un verdadero holocausto vegetal. Casi al fin de la guerra, se obtuvo quinina sintética, pero en sólo veinte años el parásito que causa la malaria se volvió inmune a ella, mas no a los polvos de la condesa, lo que desencadenó una nueva ola depredadora.

Pero la quina no sólo es bondadosa cuando combate la malaria, sino que funciona como digestivo, fortalece el sistema vascular o actúa como febrífugo y antigripal. También es ingrediente clave en dos insumos imprescindibles de la licorería tropical: el agua tónica y el amargo de angostura.  Hace años pasé unas tardes inolvidables al borde de la piscina del pavoroso hotel de turistas de Pucallpa, en la selva peruana. Un grupo de expatriados y yo contemplamos con envidioso desdén los devaneos de las putitas locales y los empleados de alguna petrolera, bajo un calor que sancochaba el alma. Como ocurrió tantas veces en tantas colonias tropicales, igual de abandonadas por las divinidades bondadosas donde dominó la malaria. Como si el tiempo, inútil, se hubiera detenido. Quiero creer que el gin-and-tonic nos salvó de sucumbir en ese hueco cósmico.

Hoy el Perú tiene la quina en el escudo y en las cuatro gotitas rojo oscuro que coronan esa bebida que en castellano y en quechua llamamos pisco sour. Y, casi (pero es un casi enorme), no la tenemos más en otra parte. Salud por eso, sir Paul.

Marino Morikawa
El defensor del sitio que a nadie
le importa cuidar porque no se parece
a una laguna azul

En el marketing de la naturaleza también nos domina un gusto prefabricado.
Un bosque de aromáticos pinos o una playa de olas cristalinas consigue
defensores sin esfuerzo. Un estanque de agua lleno de lechugas invasoras
y aves grises es menos carismático.
¿Es la belleza un requisito para defender un ecosistema?

Un texto de Stefanie Pareja Reyna
Ilustraciones de Manuel Cayao

Humedal

Una noche de verano de 2011, Marino Morikawa metió en su mochila una linterna, una botella de whisky, un aerómetro y encendió su carro rumbo a El Cascajo. Había decidido pasar la noche solo en un lugar que tenía la fama de ser punto de reunión de ladrones. Morikawa ha sido campeón nacional de karate dos veces, pero esa excursión no era el exhibicionismo de un deportista que desafía el peligro. El Cascajo, a pesar de tener nombre de cantera, es una albufera en apuros: una laguna de agua salada y dulce que se encuentra entre el río Chancay y el océano Pacífico, y que ha sido invadida por unas plantas hambrientas. Por eso Morikawa ha perdido el sueño. Después de estudiar seis años en Japón el uso de energías renovables, el científico entiende que la naturaleza no es una doncella que espera ser rescatada y que no se puede salvar un ecosistema sin seguir sus reglas. Para descontaminar la albufera de Chancay, primero necesitaba saber hacia dónde corre el viento en El Cascajo.

El enemigo que está terminando con El Cascajo se llama Pistia stratiotes pero los vecinos le dicen la lechuga acuática. Una planta invasora que se reproduce ni bien rozan sus tallos con otros y que en los años noventa apareció en la albufera y desalojó a las aves, peces y flora que ahí vivían. No se sabe con exactitud cómo esta planta oriunda de África llegó al Perú, pero se sospecha que algún ave inocente haya traído semillas en sus patas. Esta mañana, las lechugas forman una sábana verde que se extiende en medio de la tierra. El color de sus hojas abriría el apetito si estuviesen en un plato de ensalada. Algunos miembros de la Comisión Ambiental del Concejo de Chancay, abogados y administradores que además son dueños de algunas chacras en la zona, creen que las lechugas son plantas típicas de la región y las defienden. Pero estas plantas no engañan a Morikawa. Él científico sabe que aunque parecen reposar inofensivas sobre el agua, las lechugas están asfixiando la albufera: impiden el paso del oxígeno y oxidan las filtraciones del mar y del río. Matarlas no es la solución. El cadáver de una lechuga acuática se sedimenta y se convierte en lodo. En menos de dos décadas han secado la mitad de El Cascajo. El científico no tiene tiempo que perder, tampoco tiene ayuda. Es él solo contra una plaga verde. Por eso ha enlistado a las fuerzas de la naturaleza. Por eso se desveló. Morikawa ahora sabe hacia dónde sopla el viento en El Cascajo y corta las apretujadas lechugas de tal forma que la corriente de aire las empuje fuera del humedal. Él no tiene que subir al bote y entrar al agua a arrancarlas; el viento le acercará a sus enemigas.

En el mundo occidental, la palabra kamikaze se usa para señalar a alguien que elige lanzarse a un acto suicida. Pero según su origen japonés significa «viento divino». Morikawa es un peruano de ascendencia oriental que se ha convertido en un guerrero solitario. Su primer aliado para vencer a las lechugas acuáticas ha sido el viento. Y le cuesta conseguir más. Hace menos de cincuenta años los ambientalistas decidieron que toda reunión de agua sobre la superficie de la tierra es un humedal. El de Chancay, un distrito de la provincia de Huaral al norte de Lima, mezcla agua salada con agua dulce. Pero por ahora eso no parece importarle a nadie. El Cascajo no puede competir con sus pares mundiales que también reúnen agua de río y mar. Salvarlo no es tan prestigioso como proteger al lago Baikal en Rusia. Ese humedal es un Patrimonio de la Humanidad, una reserva tan significativa de agua que si se vaciara por completo, tomaría un año volver a llenarlo utilizando el agua de todos los ríos del mundo. Cuando baja el caudal, se puede entrar caminando al humedal de Chancay. No tiene agua suficiente para cubrir a un adulto. Tampoco parece un negocio rentable como el Gran Lago del Oso en Canadá, ubicado entre pinos y nevados, y que con más de mil especies de aves es una de las rutas ornitológicas más famosas del mundo. Sobre El Cascajo hoy sólo vuelan aves grises.


[II]


Unos meses antes de que Morikawa midiera el viento de Chancay, la alcaldía del distrito había decidido secar la albufera. Aunque la medida pueda parecer un ataque al medio ambiente, en realidad, era un pañuelo blanco. Las autoridades se rendían ante la amenaza verde. Algunos trabajadores del municipio habían extirpado lechugas con sus manos sólo para despertar al día siguiente y ver que la operación había sido en vano. La albufera, a primera vista, era un desperdicio de espacio y un hervidero de bacterias. Mantenerla resultaba una molestia innecesaria en la agenda del gobierno. Pero cuando Morikawa se enteró de la decisión de la alcaldía a finales de 2010, compró un boleto de avión y viajó veinticinco horas desde Japón para visitar el ecosistema que tenía los días contados. Dos años y veinte pasajes después, el científico me recibe en casa de sus padres en Huaral. Frente a una vitrina repleta de muñecas orientales con vestidos de colores, se sienta Morikawa. Viste un jean y una camiseta demasiado planchados para ser ropa deportiva. Habla español pero sella el nombre de las personas con ‘san’, el sufijo respetuoso de los japoneses. Es un hombre de ciencia que cuando le preguntan por qué le importa tanto la albufera no tarda ni treinta segundos en abandonar las razones científicas para pasar a las personales. Dice que por su padre quiere tanto El Cascajo. Que el señor Morikawa siempre ha sido muy correcto, muy estricto, muy oriental y que los paseos de fin de semana en El Cascajo son los momentos de amistad padre-hijo que él recuerda. Marino Morikawa es un científico que intenta proteger un ecosistema, pero sobre todo es un hombre que defiende un recuerdo de su infancia igual que los vecinos que protestan cuando un alcalde amenaza con destruir el parque del barrio.

Dedicarse a cuidar y defender el medio ambiente podría ser una cuestión de nostalgia. Ingrid Newkirk, la fundadora de PETA —la organización más radical de protección de los animales—, decidió pelear por ellos cuando su vecino se mudó y abandonó a una docena de gatos. Ella los alojó en su casa pero no podía controlarlos así que los llevó a un albergue. Días después fue a visitarlos y no pudo verlos: habían matado a los doce. Newkirk nunca olvidó a esos cachorros. Morikawa quiere recuperar el lugar donde nadaba de niño con sus primos mientras su padre y tíos pescaban. Quiere que El Cascajo sea otra vez un espejo de agua en el que chapoteen tilapias y carpas. Quiere que se vayan las aves de carroña y regresen esos pájaros rosados que hacen equilibrio en una pata y que están grabados en su memoria. Morikawa dice que no dormirá tranquilo hasta que vuelvan los flamencos a Chancay.

Cuando el científico fue a pedir permiso al alcalde para recuperar el ecosistema del barrio, lo asustó. «Estás loco. Acabarás con sarna como los demás», le dijo. A Morikawa eso no le preocupaba. Como químico-farmacéutico sabía con qué jabón carbonatado bañarse al salir de El Cascajo. Pero la advertencia no era una exageración. Los índices de contaminación de la albufera iban contra cualquier norma de sanidad. Por eso las lechugas acuáticas no se quieren ir. Sus raíces son como esponjas que absorben los contaminantes del agua. En uno de sus primeros recorridos por la zona, Morikawa vio un hocico que se asomaba a la superficie. En lugar de peces, había cerdos que flotaban en la albufera. Junto con las plantas invasoras, llegaron los porcicultores y la excreta y la orina de sus animales. La alcaldía había intentado más de una vez reubicarlos sin éxito. Pero después de ver al ‘japonés loco’ caminar entre ese manto verde y arrancar lechugas durante días enteros, se marcharon sin pelear. Según Morikawa, ahora son los guardianes del humedal.

La albufera también se contamina desde la tierra y filtra montones de agua sucia. El mar que alimenta El Cascajo recibe el desagüe del distrito de Chancay sin ningún tratamiento. El sistema de alcantarillado consiste en unos buzones de agua que desembocan en el océano. Al ver el agua oscura y densa que se mezcla con la marea uno pierde las ganas de volver a comer un ceviche. Y a veces el agua de alcantarilla cae de manera más directa a la albufera. Cuando la marea sube, los buzones se tapan y explotan. «La mierda sale volando», explica un trabajador de la zona, y la ausencia de asco en su rostro permite adivinar que ya le ha tocado experimentar uno de esos baños desagradables. La suciedad ha enterrado la belleza de un ecosistema y por eso durante veinte años a nadie le importó verlo agonizar.


[III]


El defensor de la albufera de Chancay vive en Tsukuba, la ciudad científica de Japón donde hay más laboratorios que casas y gente en batas blancas intenta mejorar la genética humana y ensamblan robots sin imperfecciones. A ese escenario que parece vivir en el futuro llegó Morikawa en 2006 para hacer una maestría en energías renovables gracias a una beca de la Embajada de Japón en el Perú. Había estudiado Química Farmacéutica, pero la idea de dirigir una botica lo aburría. Entonces se especializó en control de calidad de alimentos, y cuando trabajaba en agroindustrias descubrió dónde termina el agua que utilizan las fábricas: la echan directo al mar o al río. Morikawa, desconcertado con esa realidad, armó un plan de tratamiento de aguas residuales y ganó la beca. Ahora dirige un laboratorio en la Facultad de Ciencias de la Vida y Medio Ambiente de la Universidad de Tsukuba.

Esta mañana en casa de sus padres, el único equipo tecnológico con el que cuenta el científico es un par de computadoras en reposo. Morikawa despierta una y empieza su presentación en Power Point. Ya se la sabe de memoria, hace un mes está en el Perú y la ha expuesto en el Ministerio del Ambiente, en la Autoridad Nacional del Agua y en otras oficinas con siglas en las puertas donde se reúnen los guardianes de la naturaleza del país. Es la campaña promocional con la que el niño que nadaba en la albufera intenta salvarla. Morikawa necesita que a otros les importe El Cascajo tanto como a él. Mientras habla, aumenta la audiencia. Sus dos amigos, y ahora miembros temporales de su equipo, han despertado y se sientan a escuchar el mismo discurso que los convenció de dejar Lima para limpiar un humedal en Chancay. Uno es ingeniero de sistemas y el otro diseñador gráfico. Uno se ofreció a armar el proyecto que consiga inversionistas para rescatar El Cascajo y el otro a grabar videos promocionales. Ambos arrancan lechugas del agua todos los días. «Trabajamos en el proyecto por las noches y en el día nos metemos al humedal. Marino trabaja como burro», se queja contento el ingeniero de sistemas. A Morikawa no le distraen los saludos ni las bromas de sus amigos. Él se interrumpe a sí mismo, repite cada dato que dice y da explicaciones que no le han pedido. Dice estar acostumbrado a que la gente no entienda sus «datos nerds».

Morikawa se emociona cuando encuentra en Google Earth fotos de la albufera de Chancay. Ya se ve agua en el humedal. Desde arriba, El Cascajo es una sábana verde con algunos espejos de agua en el medio. Al dar zoom a la fotografía aparecen unos palos que bordean esos espejos. «Ese es mi sistema de segmentación», señala Morikawa. Pero prefiere mostrar su trabajo en persona. Salimos de su casa y abre la puerta de una camioneta blanca. Unas moscas escapan apuradas. «Un recuerdo del humedal», bromea el diseñador gráfico, mientras empuja unas botas de hule para sentarse en el carro. Al lado del timón, encima de la radio, hay un cartel: «No olvidar apagar las luces». En menos de veinte minutos llegamos a El Cascajo. Morikawa se detiene, apaga el carro y olvida las luces. Es de día pero venían encendidas por la neblina. El científico dice estar distraído. Hay una sola cosa en la que piensa en estos días: expulsar las lechugas del humedal.


[IV]


En El Cascajo nos reciben unos pájaros que descansan de manera ordenada. Parado uno al lado de otro forman una fila en medio del agua. Morikawa dice que utilizan su sistema de segmentación como lugar de reposo. Son unas cañas de Guayaquil, troncos largos y resistentes que se usan en la construcción de casas y que aquí dividen la albufera. Morikawa forma una cuadrícula con la que acorrala las lechugas al impedirles desplazarse. En menos de dos meses, su plan ha conseguido que aparezca otra vez el agua en la albufera y con ella el regreso de algunos peces y patos. En Chancay ya notan el cambio. «Cuando yo era chico iba también a El Cascajo, pero a cazar patos para comer. Ahora con la explicación de Marino entiendo la importancia de una especie», ha dicho Juan Álvarez Andrade, el alcalde de Chancay. La limpieza tan veloz del Cascajo ha sorprendido tanto al alcalde, que cree que en cualquier momento los vecinos querrán hacerle un monumento al científico del barrio.

En el humedal, el científico se convierte en capataz. Morikawa camina alrededor de El Cascajo, vigila que las lechugas no escapen y explica su plan de ataque. Después de segmentar la albufera, el siguiente paso de Morikawa es hacer burbujas en el agua contaminada para limpiarla. En Japón ha aprendido a trabajar con herramientas diminutas: nanotecnología. En Perú, el científico introduce un dispositivo que diseñó en Tsukuba y con un sistema de bombeo forma nanoburbujas. La burbuja de una gaseosa es mil veces más grande que una nanoburbuja. Morikawa aprovecha estos minúsculos globos de aire para que se lleven las bacterias. Una burbuja normal llega rápido a la superficie, una nanoburbuja tarda de cinco a ocho horas. En ese ascenso atrapa virus, bacterias y metales, y cuando alcanza la superficie se gasifica. Morikawa está evaporando la suciedad de El Cascajo burbuja a burbuja. La alcaldía de Chancay y la Comisión de Medio Ambiente del Congreso se sorprendieron con esta técnica. En el Perú nunca se habían usado diminutas burbujas para limpiar el agua. En Japón se utilizan hasta para evitar la caída del cabello o para librar de sarna a los perros. Morikawa recuerda que esas reacciones lo intrigaron y decidió visitar algunas plantas de tratamiento de aguas residuales en el Perú. «Aquí no hay agua potable. Ni bien vi cómo tratan sus aguas, fui a comprar filtros para la casa de mis padres», comenta horrorizado el hombre que en Japón limpia la sartén de su cocina con ropa vieja después de freír y la bota a la basura. Asegura que jamás derrama el aceite quemado por el drenaje porque el agua engrasada es difícil de purificar.

Si el agua no calma la sed,  al hombre sólo le interesa cuando es cristalina o cuando luce poderosa al romper las olas o caer en cataratas. En El Cascajo el agua está estancada y aún es algo turbia, por eso Morikawa necesita un arma más. En su laboratorio en Japón ha diseñado un invento sólo para la albufera de su infancia. La Universidad de Tsukuba apoya su trabajo en el Perú, en parte porque es la tesis con la que conseguirá su doctorado. Así que Morikawa, después de leer cientos y cientos de bibliografía sobre humedales, decidió que el invento no lo haría en un sofisticado aparato sino en un horno. Se inscribió en cursos gratuitos de cerámica y aprendió a hacer platos y tazas. El siguiente paso del científico en su lucha contra las lechugas acuáticas depende de unos biofiltros de cerámica. Son como prisiones para las bacterias que andan sueltas en el agua. El biofiltro las atrapa y divide: destruye a las malas mientras permite que se reproduzcan las buenas. Morikawa dice que eligió la cerámica porque es un material poroso y resistente, pero sobre todo porque con ella se hacían los cuchimilcos, los huacos incaicos típicos de Chancay. De niño, Morikawa escuchaba las conversaciones de su padre con sus amigos historiadores, y eran como cuentos antes de dormir. El científico es un romántico que asegura admirar la magia de Huaral y que sus antepasados son los incas y no los samuráis. Su nacionalismo no parece ser oportunista. Desde su época escolar lleva una escarapela en el pecho durante todo julio, cuando se celebran las Fiestas Patrias en el Perú. Se casó en esas fechas, y en las fotos de su matrimonio sale el adorno bicolor en el traje del novio. Los especialistas y la prensa peruana insisten en resaltar «la tecnología de punta» con la que trabaja Morikawa. Sin embargo, para crear los biofiltros de cerámica el científico se convirtió en artesano.


[V]


Al regresar a la casa de sus padres en Huaral, Morikawa me recuerda que la albufera se llama El Cascajo. Su insistencia se debe al nombre oficial que tiene ahora el convaleciente ecosistema. Los nuevos vecinos de la zona son gente devota y le dicen Santa Rosa. Pero él se rehúsa a llamarlo así. En su recuerdo, «la laguna» estaba en medio de piedras. Que un humedal tenga nombre de cantera tuvo sentido hasta que algunas personas se llevaron todas las rocas para usarlas en construcciones cercanas. Morikawa quiere devolver hasta el nombre a El Cascajo, pero necesita tiempo, y no lo tiene. Regresa al día siguiente a Japón. Lo esperan en el laboratorio, y su esposa e hija lo extrañan en casa. Le preocupa que su ausencia se note en la recuperación del humedal.

Durante veinte años El Cascajo se convirtió en el botadero del distrito y a nadie le importaba que desapareciera. Chancay era un ejemplo de la teoría de las ventanas rotas: en los vecindarios donde nadie reemplaza los cristales quebrados de los edificios, los vándalos terminan por apoderarse del barrio. Una ventana rota es el aviso de que no hay nadie que cuide el lugar. El desinterés se contagia. Por eso tuvo que llegar Marino Morikawa y empezar a limpiar el humedal para que algunos se den cuenta de que debajo de la basura existía un ecosistema. Ahora, dos años después, ya se ven espejos de agua cada vez más cristalinos, y han vuelto algunos peces y unas cuantas aves. También han aparecido inversionistas que quisieran convertir la albufera en un centro de diversiones y políticos de la zona que se suben al bote del científico y se graban mientras arrancan durante cinco minutos unas cuantas lechugas. Cuando se apaga la cámara, se marchan. El humedal se está recuperando. Con menos lechugas hay más espacio para que regrese esa belleza que por ahora sólo existe en el recuerdo de los vecinos más antiguos de la zona. Pero El Cascajo aún no logra reclutar a más defensores. Algunas autoridades del Perú quieren que la próxima vez que Morikawa llegue al país vaya a limpiar el lago Titicaca, un humedal más famoso entre los turistas. Él dice que sólo lo hará después de recuperar el humedal de su infancia. No hay otro científico que haya nadado con sus primos en El Cascajo mientras su papá y tíos pescaban. Es una extensión de la casa donde creció. Nadie lo cuida como él.

Una ingeniera viaja entre México y la India
para resucitar la basura del mundo

Hay una señora que se pelea en los supermercados
cuando le dan una bolsa de plástico.
Recibió el mismo premio a la innovación que
Thomas A. Edison y Stephen Hawking.
Odia tanto el derroche que usa el mismo lápiz labial
que hace dos años le regaló su novio.
Se llama Albina Ruiz y es la Reina del Reciclaje.
¿Qué gana alguien que no bota
casi nada a la basura?

Un perfil de Joseph Zárate
Ilustraciones de Omar Xiancas

Albina
Ilustración de Omar Xiancas

Albina Ruiz tenía dieciséis años cuando vio la basura por primera vez. Era una montaña de bolsas negras, cartones sucios y restos de comida que los perros hurgaban sobre un charco pestilente que atraía a las moscas: mezcla de fruta podrida, aceite quemado y orina que se esparcía por una avenida llena de gente apurada que maldecía el tráfico. Ella esperaba el bus. El distrito de El Agustino —cerros grises, calles de tierra, casitas de esteras— era sólo una de las tantas zonas pobres de Lima que a mitad de los años setenta crecía con la migración y parecía asfixiarse en su propia inmundicia. Albina Ruiz había dejado Moyobamba —la selva norte del Perú, cielo azul, río limpio, aroma a café y miles de orquídeas— para estudiar en la mejor universidad de ingeniería del país y cumplir el viejo sueño de la chica provinciana que llega a la capital: trabajar en una empresa importante, ayudar a la familia, comprar una casa, ser alguien. En la selva donde vivía, la basura no existía porque todo se reutilizaba: las cáscaras de plátano alimentaban a los caballos; los restos de yuca, a los cerdos; las sobras de maíz, a los pollos; la caca de los animales, a los huertos; con el papel usado se encendían fogatas. El bosque amazónico, a diferencia de las ciudades adictas al plástico y a lo desechable, nunca deja residuos. Todo lo aprovecha. Todo lo recicla.

Casi cuarenta años después de aquel día en El Agustino, en un puesto ambulante de comida, Albina Ruiz —jeans ajustados, blusa floreada, aretes de semillitas negras y rojas— recuerda aquella escena mientras coge los huesos de pollo que he dejado en el plato. Quiere dárselos a un perro negro y flaco que se ha acercado a la mesa con la lengua afuera. «Nada se bota, querido, nada», me dice, mientras el animal come de su mano los restos de mi cena. Albina Ruiz, cariñosa, le habla, le sonríe. Es una regla que sigue desde niña: nunca se deja comida en el plato. Tampoco se tira lo que queda a la basura. Para Albina Ruiz, la reina del reciclaje en el Perú, botar al tacho una pierna de pollo a medio terminar es un hábito condenable, un pecado ecológico, un atentado contra la madre naturaleza.
Nuestra otra madre, dice. La que nos da de comer.

Es de noche en Moyobamba, la Ciudad de las Orquídeas: más de tres mil quinientas especies, el diez por ciento de todas las descubiertas en el planeta. Albina Ruiz ha llegado hasta aquí, el barrio de Lluyllucucha, donde nació, para pasar dos semanas de vacaciones con su novio y una amiga catalana que viene por primera vez al Perú. Albina Ruiz es de talla mediana, tiene cincuenta y tres años, cabello lacio y negro, piel trigueña y te saluda con un beso sonoro, un abrazo sostenido y una sonrisa exagerada que le dibuja hoyuelos profundos en las mejillas. Albina Ruiz sonríe algo así como el noventa y siete por ciento del tiempo. La seriedad —dice— se la guarda para cosas que la indignan, como la corrupción y la política.

En el Perú la conocen como la ‘Reina del Reciclaje’: ha pasado la mitad de su vida fuera del país enseñando que los desechos que botamos al tacho, antes que un problema, es dinero, y sobre todo empleo y una vida digna para los recicladores informales: aquellos que hurgan en las bolsas de basura para vender o reutilizar las cosas que uno desecha. Albina Ruiz ha convertido a miles de recicladores en Latinoamérica y la India en microempresarios. Aunque esa —dice— no fue su idea original.

—Cuando empecé a trabajar con la basura no lo hice pensando en el reciclaje —me dice, mientras continúa alimentando al perro con los huesos de pollo—. Sólo me preocupaba la cantidad de basura que había cerca de mi casa en Lima.

Desde que conoció la basura aquella mañana, a mitad de los setenta, Albina Ruiz supo que el simple acto de tomar el bus sería un ejercicio de voluntad: salir a la ruidosa avenida Riva Agüero, pasar por aquella montaña de basura pestilente, taparse la nariz y subir de prisa al desvencijado armatoste de la línea 91, que la llevaría hasta la universidad donde estudiaba Ingeniería Industrial. Al correr, sus sandalias se ensuciaban en los charcos que descendían del botadero. Su ropa se impregnaba del hedor.

Mucho antes de querer ser ingeniera o emprendedora social, Albina Ruiz quiso ser monja. Le gustaba servir a los demás como lo hacían las religiosas del colegio donde estudiaba. Pero cuando su papá, un agricultor y cazador analfabeto, le explicó que las monjitas no podían casarse, ni trabajar ni salir y que estaban todo el día encerradas, supo que ese camino no era el suyo. Que tal vez podía servir a otros de otra manera. Aunque en ese momento —a los dieciséis— no sabía muy bien cómo ni dónde.

Esa revelación —la primera de varias— llegaría después.

Es curioso: si en esa época alguien le hubiera dicho que la basura podía convertirse en dinero —y que ella sería experta en hacerlo—, es probable que Albina Ruiz no lo habría creído. Ni que treinta años después la Schwab Foundation, una organización estadounidense, la nombraría la mejor emprendedora social del mundo por su trabajo con los recicladores. O que Robert Redford y Richard Gere le darían un premio y un beso, o que viajaría por el mundo y firmaría autógrafos, aunque no dominara el inglés. O que la elegirían la mejor ambientalista de América Latina o que ganaría el Albert Medal, un premio que recibieron Edison, Churchill y Stephen Hawking, gente que solucionó problemas mundiales con sus ideas. Tampoco que la invitarían al World Economic Forum cada año, o que Bill Clinton diría que sólo con ella podría limpiar el mundo. Digo: si alguien le hubiera dicho que ella, Albina Ruiz —dieciséis años, recién llegada de Moyobamba—, sería una celebridad en el mundo ecológico, una rock star del reciclaje, es probable que habría pensado que todo era una broma y habría estallado en carcajadas.

Como se ríe ahora cuando lo imagina: a carcajadas.

La basura es un recurso abundante. Dejarla ahí —dice Albina Ruiz— para que se pudra y contamine en un botadero es absurdo. En tiempos de cambio climático y crisis ecológica, las ciudades trabajan para crear un sistema de reciclaje completo de los desperdicios: un sistema circular donde todo se aproveche —y se reaproveche— y la basura —como la imaginamos— no exista. Pero no sólo se trata de cuidar el planeta: también es una cuestión de negocios. Un kilo de botellas de plástico PET vale sesenta centavos de dólar; el de latas de aluminio, hasta un dólar; el de papel bond limpio, medio dólar. Un solo reciclador, en una buena semana, puede ganar hasta cien dólares seleccionando los desechos de otras personas. En 2009 el Perú exportó cincuenta y dos millones de dólares en residuos sólidos reciclables: cuatro veces lo que exporta en fresas. Estados Unidos paga casi diez millones de dólares por año en plástico y cobre que se recicla aquí. China compra unos veinte millones de dólares al año en plástico recogido del Perú y lo convierte en ropa, tazas, frazadas y bandejas que muchas veces volvemos a comprar. La ingeniera Albina Ruiz tiene su propia versión de una ley de la física: la basura no se bota ni se destruye, sólo se transforma.

Son las nueve de la noche, las calles recién asfaltadas del barrio de Lluyllucucha, donde Albina Ruiz jugaba con sus amigas, están vacías. El perro negro de los huesitos de pollo camina a nuestro lado. Mañana, antes de visitar a sus familiares, la reina del reciclaje quiere ver a los recicladores de la Asociación Tigres del Oriente, una de las ciento veintisiete organizaciones de recicladores que hay en el Perú. Se ha enterado de que no les está yendo bien en el negocio. Eso me cuenta mientras caminamos.

De pronto suelta el brazo de su novio y corre hacia una esquina, como una niña que acaba de descubrir una moneda en el piso.

—Mi ojo ya está entrenado —dice, y sonríe mientras recoge algo.

Era una botella de plástico escondida entre los arbustos.


Albina Ruiz, la ‘Reina del Reciclaje’, cree que es vital para el planeta —para el hombre— saber cargar con lo inevitable: sus propios desperdicios. La Enviromental Working Group, organización que estudia los químicos tóxicos presentes en el medio ambiente, asegura que las enfermedades pulmonares, infertilidad, Parkinson, cáncer de mama o próstata y autismo infantil, se relacionan con la gran cantidad de sustancias tóxicas que arrojamos al aire, al agua y a la tierra.

Por eso para ella el reciclaje y el ahorro van más allá de cambiar los focos: en la basura de Albina Ruiz sólo hay papel higiénico usado y envoltorios de plástico imposibles de reusar. En su condominio, donde hay tres contenedores para separar la basura, ha enseñado a sus vecinos a reciclar. Pero también lo hace de puerta en puerta en Miraflores, el distrito donde vive. Camina veinte cuadras hasta Ciudad Saludable, la oenegé que dirige, y evita los taxis para no contaminar. Las sobras de su refrigeradora se convierten en compost para las rosas blancas que tiene en su huerto. Nunca toma café: dice que para hacer una tacita de expreso se gastan ciento treinta y seis litros de agua desde la siembra hasta la cafetera, y eso es demasiado. Tampoco pide comida para llevar ni usa el delivery para evitar envases y envoltorios. Detesta que le sirvan el helado en vasitos de tecnopor —siempre pide uno de vidrio— y jamás usa bolsas de plástico cuando sale de compras: prefiere las de tela, reutilizables. Es un hábito que le ha ocasionado más de un lío en la cola del supermercado: no todo el mundo entiende lo nocivo que es para el planeta que una inocente bolsita de plástico tarde medio milenio en degradarse.

Pero Albina Ruiz no ha querido hacer de su vida un laboratorio del ecologismo como Colin Beavan, aquel escritor de Nueva York conocido como No Impact Man que decidió vivir un año con su familia sin electricidad, ni envases de plástico ni papel higiénico para reducir su huella de carbono. Ella está convencida de que el reciclaje es la única forma de combatir esa cultura de lo desechable que nos ahoga. Una tonelada de papel reciclado salva diecisiete árboles y ahorra veintisiete mil litros de agua: cien veces la cantidad de agua que consume un limeño al día. Recuperar una tonelada de plástico ahorra quinientos litros de petróleo. Reciclar una tonelada de vidrio equivale a dejar de consumir más de dos mil kilovatios/hora de electricidad: suficiente para mantener un foco prendido de cien vatios por dos años y medio. El reciclaje es una cura para el derroche.

Ahora tiramos un objeto a la basura cuando se averió o pasó de moda porque es más fácil y barato reemplazarlo por otro igual o mejor. Según el libro Gone Tomorrow: The Hidden Life of Garbage, de la ecologista Heather Rogers, el ochenta por ciento de productos se fabrica para que se use una sola vez, como los pañuelos de papel, una lata de gaseosa, el vasito de tecnopor donde tomamos el café: son las evidencias de una vida desechable.

La ‘Reina del Reciclaje’, en cambio, cree en la reutilización, en la segunda vida de las cosas. Por eso cuando asiste a conferencias internacionales —como el World Economic Forum o el Clinton Global Initiative— siempre regala bolsos, monederos y collares hechos de papel reciclado por microempresarias que antes recogían desperdicios para venderlos y que ahora los transforman antes de hacerlo. Una vez, por ejemplo, Albina Ruiz le dio un bolso de papel a Dilma Roussef, la presidenta de Brasil. En la cumbre Río+20 de este año, Albina le regaló un collar de papel a Michelle Bachelet, la ex mandataria de Chile, que luego usó durante toda su ponencia. «Es bonito porque cada uno de esos objetos tiene una historia detrás, de quién los hizo», dice Albina Ruiz, que también suele lucir un bolso de tela reciclada de bolsas de harina en las conferencias. Dice que es la mejor manera de contar la historia de su trabajo.

—Comprarme ropa nueva no tiene mucho sentido. ¡Si acumulo tanto nunca voy a tener tiempo para ponerme todo! —dice, con su risa exagerada.

Hace un par de años, Albina Ruiz tampoco se maquillaba, ni se pintaba las uñas. «Para qué me voy a arreglar si voy a ir a un botadero», decía. Sus hermanas la animaban a dejar esos trajes sastre de colores pasteles aburridos que la hacían verse mayor. Hasta que su novio empezó a llegar con un lápiz labial, luego un rímel, luego un rizador, una blusa, un vestido.

Luis Sepúlveda fue el primer enamorado que tuvo Albina Ruiz. Lo conoció a los dieciséis años en El Agustino. Eran vecinos. Luego ella se mudó y se separaron. Cada uno hizo su vida: él se casó, ella también. Él tuvo seis hijos, ella dos. Él se divorció, ella también. Él no salía del Perú, ella viajaba por el mundo. Él se volvió odontólogo, ella la ‘Reina del Reciclaje’. Treinta años después la vio en televisión: la reconoció por los aretes y collares de la selva. Consiguió su número. Le envió mensajes de texto. Y Facebook terminó de juntarlos. Todo se recicla.

Ahora luce más joven que en sus fotos antiguas. Pero Albina Ruiz aún utiliza el primer lápiz labial que le regaló su novio después de que se reconciliaron.


November 21, 2012

06 verde

Un texto de


November 21, 2012

Amy Leach

Un texto de


November 21, 2012

Kioshi Shimabuku

Un texto de


November 21, 2012

Samuel Gutiérrez

Un texto de


November 21, 2012

Nina Rastogi

Un texto de


November 21, 2012

Julia Urrunaga

Un texto de


November 21, 2012

Luca Zanetti

Un texto de


November 21, 2012

José Miguel Mulet

Un texto de

Un amante de las estatuas

¿Cuál es el encanto de un hombre de bronce?

Un texto de Alonso Toledo
Ilustraciones de Luis Falen

Monumento
Ilustración de Luis Falen

En la primera de mis visitas al excelso cementerio Père Lachaise, el más extenso de París, comencé a percatarme de los distintos grados de intimidad que un individuo puede establecer con un monumento. Se dice que este camposanto es el más visitado del mundo, en gran medida gracias a que acoge las tumbas de personajes tan célebres como dispares, incluida la de Oscar Wilde, Frederick Chopin y Jim Morrison. Al presentarse como el ‘Beverly Hills’ de los monumentos funerarios, resulta común ver a turistas retratar, tocar y también profanar las tumbas de sus ídolos. Así fue como me familiaricé con la más arquitectónica de las parafilias sexuales, la agalmatofilia: el deseo irracional por las estatuas. La observación distante y respetuosa, el contacto físico cándido y tímido, el acto de vandalismo prohibido; cada uno tiene su correlato en nuestras relaciones humanas, en particular con nuestros amores platónicos. Con el tiempo, yo mismo descubrí un afecto especial por la estatua de cierta llorona, a la cual confieso haber cortejado. Mi único alivio durante mis insanos coqueteos era haber escuchado que el mismísimo Gustave Flaubert era conocido por visitar el cementerio de Montparnasse para acariciar a su estatua favorita: la de Eros y Psiqué.

El deseo de tocar a una figura hecha de piedra podrá perturbar al lector, pero al menos es más reconfortante que la aversión a la presencia de la misma figura. Aunque para la mayoría los monumentos no provocan caricias, para unos cuantos estos pueden volverse insoportables a la vista. Esto lo aprendí en 2003 cuando la estatua ecuestre de Francisco Pizarro fue retirada de su ubicación en la plazuela adyacente a la Plaza de Armas de Lima, bajo la dirección del alcalde Luis Castañeda Lossio. Los motivos detrás de esta decisión fueron polémicos: si bien se aludió a que la estatua estaba fuera de escala, resultaba claro un subtexto indigenista mediante el cual Castañeda repudiaba simbólicamente a Pizarro como figura opresora del peruano nativo. En efecto, Pizarro ha pasado a la historia como un hombre insuperablemente abyecto (ver el documental «The most evil men in history» del Discovery Channel), pero remover su estatua por el odio que se siente a su personaje es una medida disparatada, sobre todo cuando su instalación en 1935 conmemoraba el quinto centenario de la fundación de la ciudad. Se puede esconder la estatua de Francisco Pizarro pero no se puede borrar a Francisco Pizarro de la historia del Perú. Por esos azares del destino, la iniciativa de encontrar un nuevo lugar para la estatua rechazada de Pizarro recayó en mis manos agalmatofílicas y, recién graduado de la universidad, me encontré diseñando los primeros esbozos arquitectónicos del Parque de la Muralla, su nueva sede.


El arquitecto joven rara vez encuentra oportunidades para diseñar espacios públicos, y, menos aún, áreas de valor histórico. El Parque de la Muralla se ubicaría detrás del convento de San Francisco, alrededor de unos presuntos fragmentos arqueológicos de la muralla original que rodeaba Lima. Los elementos a conjugar eran de una riqueza excepcional y los desniveles del terreno del proyecto permitirían una composición coherente: abajo, la muralla que protegió alguna vez a la ciudad; al fondo, las cúpulas icónicas de la iglesia; entre las dos, y sobre la muralla, la imagen de Pizarro, el fundador. Una especie de reconstrucción simbólica de la historia. Pero subestimé el rechazo municipal a Pizarro: la ubicación planteada en un inicio se descartó porque le seguía ofreciendo demasiado protagonismo (ignorando del todo que, al lado, Castañeda quería plantar una de sus piletas gigantescas, que poco o nada tenía que ver con la temática simbólica del parque). Y así, la sucesión de emplazamientos para la estatua fueron desaprobados uno tras otro hasta dejarla relegada a una esquina del nivel inferior, frente a los estacionamientos. Si alguna vez visitan este proyecto, no teman ir en automóvil: Francisco Pizarro les cuidará el auto con su puño de hierro.

Es curioso que la figura de Pizarro sea tan repudiada cuando —a decir verdad— los urbanistas más célebres de nuestro imaginario resultaron ser criminales. Recordemos que la primera ciudad se le atribuye nada menos que al hijo del asesino Caín. Rómulo funda Roma tras asesinar a su hermano. En el contexto mítico, la fundación de una ciudad recae en los hombros del héroe-criminal, o al menos, del hombre desterrado, quien, al no pertenecer a una polis dentro de la cual puede desenvolverse como ciudadano, se ve urgido de establecer una nueva urbe para congraciarse de nuevo con los dioses. La ciudad que funda Enoc, por dar un caso, le permite descansar a su padre, el errante Caín. El narcisismo y la egolatría también son motivos recurrentes en el urbanismo: Alejandro Magno funda setenta ciudades llamadas Alejandría; Pedro el Grande funda San Petersburgo con el nombre de su santo epónimo; Stalin renombra Stalingrado a Tsaritsyn, e incluso la misma San Petersburgo es renombrada Leningrado cinco días después de la muerte de Lenin. En América, pese al predominio de nombres autóctonos (Miami, Lima), alusiones a ciudades europeas (Nueva York, Cartagena) y conceptos de asentamiento (Asunción, Buenos Aires), los nombres de fundadores, mártires y próceres de la patria siguen marcando a las ciudades a través de sus nombres (Washington, Sucre), las de sus distritos y las de sus vías. La fundación de una ciudad necesita de una cierta dosis de ego, y no hay mejor manera de cristalizarlo que con una estatua monumental.

Aunque trabajé de cerca con la estatua de Pizarro, nunca he querido tocarla. A la agalmatofilia hay que llevarla con serenidad y gallardía. Me sorprende ver la promiscuidad que generan otras estatuas icónicas. Por ejemplo, la estatua del supuesto John Harvard en Cambridge, Massachusetts, lleva el zapato pulido por la cantidad de turistas que se fotografían tocándoselo. En el otro hemisferio, la estatua del Baldaquín de San Pedro en el Vaticano lleva el dedo del pie desgastado por idénticos motivos. Están quienes le soban la panza a las estatuas del Buda gordo para traer buena suerte y prosperidad. Irónicamente la estatua de John Harvard no representa la figura real de John Harvard1; sobar el pie a San Pedro constituye una herejía si nos regimos al dogma católico; y las estatuas del Buda panzón no representan al Buda, a quien, por el contrario, se le atribuía un cuerpo delgado, austero y varonil. Esto no hace más que probar que las estatuas son símbolos y no representaciones de sus modelos originales. Por lo tanto, no se le puede imponer un juicio moral a una estatua, pues no representa más que el significado que nosotros queremos darle. La estatua-monumento no está hecha para juzgarse, sino todo lo contrario: es un recordatorio de que hay figuras y acontecimientos que simplemente forman parte de nuestra historia y que deben apreciarse sin pasar sentencia. Las estatuas-monumentos de la ciudad hacen de esta un gran museo que brinda a sus ocupantes cultura e identidad.

Ha muerto el señor
que te abre la puerta

Una madrugada murió el portero de un edificio,
y una vecina empezó a preguntar a todos por él.
¿Quién es el extraño que te saluda todos los días?

Un texto de Elda Cantú
Ilustraciones de Sheila Alvarado

Portero
Ilustración de Sheila Alvarado

El trabajo de un portero es, sobre todo, saberse la vida de los vecinos y callarla. Una mañana, en el vestíbulo del edificio donde vivo, apareció tras una vitrina el anuncio de la muerte del portero. Cuando salí a trabajar estaba allí, escrito en Times New Roman, sobre papel bond, y empecé a llorar por alguien a quien nunca había llamado por su primer nombre. Se había muerto el señor que me abría la puerta del edificio todas las mañanas, el que recibía el correo, el que regaba las plantas. Era como un pariente lejano que aplaudía los primeros pasos de un bebé del edificio y que telefoneaba hasta otro país si una tubería rota amenazaba con inundar tu casa. Días antes de morir me había llamado por el intercomunicador para advertirme que un inspector estaba subiendo a cortarme la electricidad. Cuando eres un inmigrante te acostumbras a esa orfandad de ser desconocido a tiempo completo. Pero nadie te prepara para el desamparo de enterrar a un muerto en el extranjero. Aunque sea sólo tu portero.

Una muerte inesperada es una invitación al lugar común. Minutos después de leer el aviso de la muerte del portero me di cuenta de que tenía un año viviendo en el mismo edificio, y que no conocía a nadie con quien comentarlo. Empecé a tocar las puertas de los vecinos para preguntarles qué recordaban del portero y todos decían más o menos lo mismo: «Pero si apenas el sábado vino a trabajar». La mayoría de la gente se muere a cada rato sin avisar, y sucede que nuestro portero era parte de esa gente. Era un guardián obligado a comentar los últimos reportes del clima y a repartir saludos doce horas al día. Como todos, era un portero al que se le extraña sólo cuando se le necesita y no está: cuando te olvidas las llaves, cuando vuelves con las manos ocupadas con las compras, cuando esperas un paquete que no cabe en el buzón del correo, cuando hay una fuga de agua en el departamento, cuando un vecino se ha olvidado de cerrar la puerta. Cuando todos queríamos abrirla era el peor momento de su día. «Lo más difícil de su trabajo era la acumulación de personas —me dijo el administrador del edificio—. Era su martirio». El día que murió el portero, Lima tembló. El día que murió el portero, el ascensor se averió. El día que murió el portero, nadie nos avisó que bajáramos caminando.


Hace veinticuatro años, un minúsculo aviso en la sección de económicos del diario El Comercio de Lima buscaba un portero. Julio Villegas trazó un rectángulo de tinta roja a su alrededor. Titubeó en tres ofertas de empleo: había marcado una línea y dos puntos en un par de avisos para obreros de limpieza, y, además, otro punto discreto junto a un anuncio que buscaba jóvenes para un depósito. Pero Villegas ya no era tan joven: por más de una década había sido conserje en una compañía de seguros, y entonces era un cincuentón que buscaba trabajo en un país cuya inflación era la peor de su historia. El aviso decía que preguntara por un tal señor Magallanes. ¿Qué se le exige a un candidato a portero? No se necesitan estudios ni músculos para abrir y cerrar una puerta. Jerry Seinfeld, el protagonista de la serie de TV, bromeó que una huelga de porteros pasaría inadvertida: si el portero no está, uno puede abrirse la puerta solo. Un portero de edificio se ocupa de que nadie cruce el umbral sin su permiso. Existen puertas a control remoto y docenas de cámaras de circuito cerrado que vigilan los zaguanes, pero sólo los porteros pueden evitar que un intruso, alguien que pasaba por allí o sus propios familiares dejen en paz a los vecinos. Hoy nadie espera que un extraño llegue a tocar la puerta de tu departamento sin la aprobación de un portero. Nos hemos acostumbrado a operadoras automáticas que atienden los teléfonos del banco, a ir eliminando de todo orden la figura del intermediario, pero los administradores de edificios siguen contratando a señores maduros para abrir la primera puerta de nuestra fortaleza urbana. Los porteros sobreviven porque nos ayudan a seguir estando solos. De eso se trata vivir en un edificio.

Encargar la puerta de la casa a un extraño es un acto de fe. A Villegas yo le dejaba las llaves de mi departamento porque la dueña me dijo que se trataba de un hombre íntegro. Cada vez que la chica de la limpieza se demoraba en llegar, yo depositaba mi llavero en su mano de tronco viejo. No sabía más de él. Los vecinos de veintiún pisos del edificio conservan distintas memorias suyas. «No le gustaba ir al médico», me dijo una corredora de bienes raíces, llorando al recordarlo. «Estaba jubilado, pero seguía trabajando para sentirse útil», añadió el esposo de la corredora, un anticuario. «Era como un abuelo refunfuñón pero cariñoso: a mi hijo le decía campeón», recordó un traductor. «Me recordaba que ya venía el cumpleaños de mi mujer», contó un ejecutivo de software. «De niño me reprendía cuando subía a la azotea», me dijo un joven del cuarto piso. «Jamás se quejó con mi mamá». Algunos vecinos le heredaban sus camisas y uno de ellos le regalaba chocolates para sus nietas. Todos sabían de su afición a la hípica. «El sábado era su mejor día», recordaba el administrador del edificio. «Se ponía a escuchar las carreras de caballos». Durante casi un cuarto de siglo, de lunes a sábado, trabajó doce horas al día. «Nunca nos enteramos de que tomara vacaciones», me dijo la mujer del anticuario.

El señor Villegas empezó a morirse el único día de la semana que tenía libre. Un domingo. Todos los días él y su esposa se levantaban a las cinco de la mañana. Llevaba décadas usando un reloj japonés de cara azul que su hermano le había traído de un viaje. Esa mañana, en el Callao, el puerto de Lima donde vivía, sus vecinos lo vieron caminando hacia el mercado. «Nadie en el barrio podía creer que había muerto», me diría meses después Luz Ceballos, su mujer, un sábado que fue a llevarle flores al cementerio. Villegas compró el pan que le había pedido su esposa y comida para su mascota, una perra cruce de pekinés y shiatzu. Volvió con sus dos periódicos de cincuenta centavos de costumbre, y, pensando en mejoras para su casa, salió a buscar un balde de pintura a casa de su hijo, el hijo de Luz Ceballos que él había criado desde niño. Vivían a tres cuadras de él. Pero tardaba tanto en volver, que su mujer salió a esperarlo en la puerta. Apenas advirtió la silueta encorvada de Villegas, volvió a meterse en su casa para refugiarse del sol. No se había dado cuenta de que venía sintiendo un dolor entre el estómago y el pecho. Su hijo y su nuera tuvieron que llevarlo de emergencia a un hospital del Callao. Luz Ceballos se quedó a cuidar a dos de sus tres nietas. Miraban la tele mientras a su esposo le detectaban un aneurisma abdominal. Su hijo, un bombero dedicado a la seguridad de una compañía constructora, no sabía qué era un aneurisma abdominal. Hoy puede trazar con el dedo una línea del pectoral al ombligo para explicar que la aorta que irrigaba el abdomen y las piernas de Villegas estaba hinchada. Estaba cansada de estirarse y a punto de explotar. Es una falla común y repentina en el cuerpo de sesentones con el colesterol alto y un historial de tabaquismo. El portero tenía setenta y cinco años. Aunque sus nietas le habían pedido que dejara el cigarro, unos vecinos del edificio lo recuerdan rodeado de humo en la cochera. «Fumaba Hamilton primero y Winston después», me dijo su amigo el administrador. «Comía mucha grasa», me dijo el portero del edificio que lo reemplazaba los domingos. Era posible que necesitara cirugía. El día anterior, Villegas había olvidado su documento de identidad en la portería. Pasaba más tiempo en la puerta de casas ajenas que en la suya.


El vestíbulo de un edificio es un área común de todos los vecinos, pero sobre todo el dominio de un portero. En mi edificio el lobby es un pasillo modesto que alberga la puerta de entrada, las de los dos ascensores y el umbral que da hacia la cochera. Los edificios con menos departamentos, aquellos donde todos deberían conocerse, son los que tienen menos espacio para que los vecinos conversen. Es un hecho: lo descubrió un sociólogo de Nueva York quien, con sus alumnos, entrevistó a seiscientos cincuenta porteros de la ciudad. Hay una serie de lugares comunes en los edificios residenciales: los porteros siempre viven abajo, esquivamos la mirada y apretamos la sonrisa en los ascensores, y en los corredores aceleramos el paso para evitar saludarnos. Un edificio de departamentos está diseñado para aislarnos. Tiene que pasar lo peor —un sismo, un incendio, un robo— para vernos las caras. El resto del tiempo la convivencia en un edificio es un juego de adivinanzas entre muros de concreto: un médico tiene un reloj cucú que suena cada hora, ver mi bicicleta en el pasillo pone de buen humor al hijo del traductor, a media tarde alguien fuma siempre cerca del ducto que pasa por la ventana de mi baño, un general del Ejército debe escuchar mis tacones en su techo todas las mañanas, un chirrido anuncia que alguien ha abierto un grifo y se oye el agua de una ducha correr entre los muros. Un vecino usa una loción que se queda en el ascensor cuando ya se ha marchado a trabajar. Un edificio residencial es un lugar donde cada uno se convierte en un rumor.

Un portero es un espía sin comentarios de cualquier visitante a un edificio. Nunca supe qué le parecían los míos. No era un asunto de profesionalismo sino de carácter. Su esposa me confirmó que no hablaba tanto. Ser portero exige la humildad de callar casi todo lo que se sabe. Anclados al primer piso, los guardianes de la puerta son malabaristas de la discreción, detectives involuntarios de nuestra basura, jueces distraídos de discusiones que adivinan en los ecos del ascensor. «La gente está desamorada», me dijo un día el portero de la noche, aficionado a las lecturas bíblicas. «Ya nadie se saluda». Un guardián que dice «buenos días» docenas de veces por semana acepta la cortesía superficial del oficio. Los porteros son casi siempre gente circunspecta, sin licencia para hacer bromas, hombres atentos que se hacen de la vista gorda y que no deben reírse demasiado. El señor Villegas tenía un gesto de enfado que no invitaba al chismorreo y un estricto copete engominado. «Hacía chistes sin que uno se diera cuenta», me contó una sobrina suya. Como la mayoría de porteros, era un hombre invisible.

Durante más de una década, cada lunes, Tomás Villegas y Virgilio Taipe se encontraron antes de las siete de la mañana en la puerta del edificio. Taipe, un hombre robusto cuyo rostro parece dibujado con una escuadra, es un chofer de camiones que se viste de portero los domingos. Trabaja el único día que no hay ruido de bocinas ni atasco de gente en las puertas de los ascensores. Su mayor preocupación son los repartidores de comida que tocan el timbre desde la hora del almuerzo. Sabía de Villegas lo que todos: que estaba jubilado pero seguía viniendo, que sufría de dolores de estómago, que fumaba aunque el doctor se lo había prohibido. El 30 de enero de 2012 fue el único lunes en trece años que Taipe no lo vio llegar a trabajar. Una hora antes, Luz Ceballos había oído que el chofer del microbús que su esposo siempre tomaba le tocaba insistentemente la bocina. El conductor y el cobrador conocían su rutina. Viajaba una hora desde el puerto del Callao hasta el distrito de Miraflores. Un pasajero habitual de esa ruta lo consideraba su amigo. Si no estaba en el paradero, lo esperaban. Su esposa tuvo que salir para darles la noticia de que había muerto.

El portero había muerto hacía unas horas. «No ha llegado. ¿Quién va a ser mi relevo?», preguntó Taipe esa mañana al administrador del edificio. Se le hacía tarde para llegar a su otro trabajo. Horas antes había conversado por teléfono con su compañero. El hijo del portero le había pedido entregar las pertenencias que Villegas guardaba en su casillero: el documento de identidad, la tarjeta del banco con que cobraba su pensión y un dinero. Parte del trabajo de un portero es desconfiar. Desde el hospital, el portero tuvo que telefonear a su compañero para autorizar la entrega. Entre sus cosas, guardaba el certificado de propiedad de su nicho en el cementerio y el aviso de El Comercio que en 1988 solicitaba un portero. Pronto la vacante volvería a quedar libre.

Julio Villegas solía entrar a su casa sin hacer ruido. Su mujer sólo se daba cuenta porque su mascota lo delataba. Después repetía la frase de siempre: «¿Qué novelas?». La última vez que el portero entró en su casa llegó acompañado por su hijo y su nuera. Habían llamado por teléfono a su mujer para avisarle que le habían dado de alta en el hospital pero que, por favor, no lo esperara en la puerta. «Él tenía sus cosas», me dijo Luz con los ojos nublados. En casi cuarenta años juntos tuvieron graves peleas, pero nunca quiso divorciarse. Los vecinos de su barrio los veían siempre por la calle tomados de la mano. Esa noche Villegas y su mujer vieron juntos un programa de huainos y música de Ayacucho, la tierra donde había nacido. Su mujer le frotó la espalda para aliviar el dolor que sentía. El portero aceptó un vaso de leche tibia y se quedó dormido. Su esposa se fue a la habitación contigua para dejarlo descansar. «Tuve que haber cabeceado», me contaría en el cementerio. Un grito de Villegas la despertó a las 00:10 del lunes. Fue un temblor de seis grados en la escala de Richter. En Miraflores los vecinos del edificio nos sacudimos espantados. Luz lo encontró doblado en su cama. «Me quiero morir», le dijo. Ya había comprado el sitio donde quería que lo enterraran. Le gustaba aparecer ante sus nietas con una mano en el bolsillo antes de darles un regalo. Solía quedarse mirando unos minutos a su mujer cuando esta volvía de la peluquería. Ganó algún dinero apostando a los caballos. Consiguió trabajo a varios porteros del barrio. Se jactaba de que lo hubieran contratado antes de terminarse de construir el edificio. Aprendió a conducir aparcando los autos de los propietarios. Vestía camisas que algunos vecinos le obsequiaban. Era un hombre feliz nadando en la playa. El mismo hombre que me decía buenos días todas las mañanas. «Buenos días, señorita».


October 29, 2012

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Robert Walser

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Disculpa, tienes un bicho en tu boca

En el sur de México un bocado de saltamontes no es una extravagancia,
ni una atracción para turistas: es una costumbre en vías de extinción.
Nos alimentamos de plantas diseñadas en laboratorio,
bebidas con ingredientes peligrosos y peces con mercurio.
¿Por qué tanto asco para masticar un insecto?

Un texto de David Hidalgo

Bicho

Estoy parado frente a un espejo y me aterra la idea de encontrar la pata de un insecto entre mis dientes. Acabo de masticar un diminuto animal de seis zancas, caparazón alargado y un color pardo brillante. Sólo probarlo es un triunfo de la diplomacia emocional: que el símbolo culinario de un pueblo ajeno deje de ser una barrera en tu cabeza. Estoy parado frente al espejo, porque en un rapto de entusiasmo se me ocurrió observar con detenimiento un segundo bocado acercándolo a una lámpara y de pronto un espasmo eléctrico hizo que se me cayera de las manos. Fue como si mi cerebro y mi paladar funcionaran por separado, de modo que la imagen de ese artrópodo muerto anuló por completo su agradable sabor a hierba tostada. Sobre la mesa de la habitación queda una bolsa transparente con cien insectos más, listos para crujir entre mis dientes, y otra con una sal anaranjada hecha con la misma clase de caparazones, antenas y patas molidas. Estoy parado frente al espejo porque mi novia acaba de ver por Skype que meto en mi boca un animal muy parecido al que detona sus fobias y se ha tapado la cara de espanto. Ella, que ha comido gusanos vivos en la selva del Perú, no admite que esto pueda ser una delicia. Ahora, frente al espejo, debo convencerme otra vez de que ya pasé mi Rubicón, esa frontera imaginaria.


Los cocineros profesan un axioma que ha ganado popularidad durante la última crisis financiera mundial: el mejor escenario para romper tabúes es el mercado. En términos culinarios, ‘tabú’ es todo eso que no comerías aunque estés muerto de hambre sin antes pensarlo tres veces. Un insecto, por ejemplo. A mediados del siglo XX, el misionero y etnólogo francés Jacques Dournes se quejaba de que el mundo occidental no estaba preparado para disfrutar de las recetas que había recogido en el sudeste asiático: termitas fritas, gusanos asados, una sopa de hormigas coloradas. Dournes no estuvo por Oaxaca, en el sureste de México, pero el neurólogo británico Oliver Sacks descubrió aquí una despensa similar que le pareció de otro planeta. «De las comidas que probé en los últimos días —dice en su diario de viaje—, los saltamontes me han gustado especialmente». Sacks había llegado a esta región junto con una treintena de miembros de la Sociedad Estadounidense del Helecho, un club de botánicos profesionales y amateurs cuya pasión es recolectar variedades silvestres de esta especie en distintas partes del mundo. Confeso admirador del viajero alemán Alexander von Humboldt, Oliver Sacks no pudo resistirse al tour: Oaxaca es uno de esos territorios americanos en los que la arquitectura colonial de las ciudades es también evidencia del rico pasado prehispánico. Este estado sureño —el quinto más grande de México— fue dominio de la civilización zapoteca, uno de los pueblos más desarrollados de Mesoamérica, y el único que —como los mayas— desarrolló un sistema de escritura completo. El poderoso legado cultural captura la retina por todos lados: desde las numerosas tiendas de artesanía que ofrecen tejidos y vajilla de motivos geométricos y colores intensos hasta las construcciones españolas donde hay exposiciones permanentes sobre la historia indígena. «El tour de helechos se está convirtiendo en mucho más que un tour de helechos. Es una visita a otra cultura y lugar, y aún más, es una visita a otro tiempo», escribió Sacks. Lo mismo podría decirse de un tour para comer insectos.

Amelia Raymundo lleva cuarenta años aderezando artrópodos al paso en el mercado de Oaxaca. Estamos en un pasillo interior, cerca de los comedores y las carnicerías. El puesto de Raymundo consta apenas de una mesa en la que reposan dos bateas: la de la izquierda contiene un cerro de saltamontes tan pequeños que de reojo parecen cáscaras de ajíes secos o alguna clase de especia de tono rojizo; la de la derecha guarda saltamontes del tamaño de un dedo meñique. A ojos forasteros, tan sólo en este rincón del mercado hay suficientes insectos como para declarar en emergencia sanitaria cualquier centro de abastos del mundo; pero lo que en territorios ajenos sería una plaga, en Oaxaca es tradición: un saltamontes es un chapulín, y un chapulín (en el idioma nativo) es un insecto que rebota, y un insecto que rebota es una delicia comestible. Tanto, que ahora la señora Raymundo debe traer los suyos desde el vecino estado de Puebla, porque en Oaxaca ya no se consiguen. Cosas del desequilibrio ecológico.
Escojo uno del tamaño de un dedo meñique.

Este es el mismo lugar en que el chef viajero Anthony Bourdain tomó saltamontes para el desayuno. «Es como comer papas fritas», dijo en un capítulo de su programa dedicado a Oaxaca. La señora Raymundo no conoce a Bourdain, pero sabe reconocer los paladares desconcertados, y tiene el gesto amable de hacerme conversación para superar el trance: me explica que sus saltamontes están aderezados con ajo, sal y limón; que puede prepararlos fritos, con aceite de oliva, cebolla blanca y chile; que uno los puede comer enteros, molidos o en pasta; que van bien con guacamole, queso o huevo. Como uno quiera. Y es justo cuando dice eso, «como uno quiera», que sin querer ya estoy masticando uno. El primer mordisco es la frontera, pienso. Siento un crujido como de hojarasca, ligeras punzadas en la lengua, un sabor intenso que invade la boca como una pastilla que se disuelve en el paladar.

Como comer papas fritas, pero de otro sabor.

—Está bueno —digo con sorpresa.

De verdad está muy bueno.

—Ya está estudiado que tiene más nutrientes que la carne —dice ella, complacida.

Una mujer se detiene a comprar una porción para llevar. La señora Raymundo sumerge un tazón forrado con papel de aluminio en la batea de la izquierda. A veinte pesos la docena. Una niña se acerca a pedir otra porción y se va con la bolsa abierta.

Como comer papas fritas.

Los oaxaqueños están tan orgullosos de sus insectos como los peruanos de sus pescados o los argentinos de sus carnes. «Oaxaca tiene ingredientes tan extraños, tan diversos, tan mágicos y tan simbólicos como una hormiga con sabor a café», dice el crítico gastronómico Eduardo Plascencia en una conversación vía Skype. Se refiere a la hormiga chicatana, una variedad que alcanza la hercúlea medida de cinco centímetros y que —a decir de Plascencia— sabe también a cacao con cierto matiz ahumado. Los manuales gastronómicos de esta región la incluyen como ingrediente para distintas salsas, guisos o simplemente como aperitivo. Y, sin embargo, sigue siendo un sabor exótico incluso entre los compatriotas de Benito Juárez, el primer presidente indígena de América Latina, nacido en Oaxaca. «Para la persona que jamás haya visto y degustado una chicatana, le parecerá inverosímil que un insecto pueda ser considerado un manjar», dijo en 2008 la revista México, de la A a la Z. Pocos rasgos pueden definir la diversidad de un país como sus ingredientes de cocina. No es difícil constatar la premisa dentro del mercado: en otros puestos de chapulines instalados cerca de las puertas, en las fuentes que las vivanderas pasean por los pasillos, o fuera.

La señora Reina Cruz abanica un montículo de saltamontes bajo una sombrilla roja en plena calle. Cerros de insectos rojos sobre canastas cubiertas de papel plastificado también rojo. En este caso el color no es una señal de advertencia. Me animo a comprar una bolsa transparente con unos doscientos gramos de polvo anaranjado. Es sal de saltamontes molidos. Mientras Reina prepara el paquete, un caballero de cabello cano asoma la cara con un gesto de sorpresa. La suya es una mueca del tipo: ¿de verdad-vas-a-comer-eso? La dueña del puesto le ofrece un bocado.

—No, gracias. Es que soy muy asqueroso —dice el hombre como excusa.
—Pero usted es mexicano —le insisto, extrañado por su reacción.
—Sí, pero en Michoacán no comemos esto. A lo mejor mi esposa se anima; ella siempre anda haciendo locuras.

En la cuna del melodrama latinoamericano, dejar de querer es el paso inmediato a odiar con ganas. «¿Por qué la aversión a los insectos, si los mexicanos éramos entomófagos declarados?», se preguntaba el diario El Universal, uno de los mayores de ese país, en un artículo de 2004. El dilema es crucial: una cosa es que dejes de consumir un ingrediente, por la causa que sea, y otra cosa es que te provoque rechazo radical. Los paladares, como el corazón, también sufren los estragos del tiempo. «La mayoría de la población ha perdido la costumbre de alimentarse con moscas, hormigas y chinches, tal como lo consignan los códices prehispánicos», alertaba la nota casi en tono de denuncia. Los antiguos mexicanos celebraban la fiesta de los muertos con un banquete de jumil, una chinche con sabor a canela. La fiesta se mantiene, pero el jumil está en riesgo de desaparecer, y a nadie en el México moderno parece preocuparle demasiado. El cambio climático de esta época terminó de poner de cabeza la cadena alimenticia: comer un insecto parece más raro que ingerir un vegetal modificado genéticamente. «Si hubiera latas o bolsas de insectos en las tiendas, la gente los consumiría», se quejó en el reportaje la especialista Julieta Ramos Elorduy, la entomóloga más conocida de México. La única mujer que ha patentado el cultivo de tres especies de insectos dice que el futuro alimentario de su país está amenazado por los insecticidas. El último baluarte de esa costumbre nacional está en la cocina indígena.

A la cabeza de esa tradición está Abigail Mendoza, una mujer que gobierna sus fogones en lengua zapoteca.

Mendoza es una celebridad internacional. En 1993 la crítica gastronómica del The New York Times se declaró rendida admiradora de su sazón. También las revistas Saveur, Gourmet y National Geographic han reseñado su comida. La prensa especializada parece fascinada con sus tocados de trenzas, sus blusas con bordados de flores, esa actitud de sacerdotisa de los fogones que protege un secreto al borde de la extinción. Mendoza es una performer, una artista de la representación: suele participar en exposiciones abiertas al público en las que prepara atole de chocolate, una complicada bebida, que suele estar destinada a las festividades religiosas de su pueblo. En 2005 le tocó hacerlo en el Salón del Chocolate de París. Como siempre, terminó seduciendo al público. Lo mismo haría semanas después de nuestro encuentro en San Sebastián Gastronómika, una fiesta de la cocina que convoca a varios de los chefs más importantes del mundo en esa ciudad española.

Este mediodía, la función está reservada para mí. Mendoza me ha citado en el Tlamanalli, su famoso restaurante de cocina nativa. Famoso y solitario, cabría decir esta mañana. Ocurre que el local está ubicado en la calle principal de Teotitlán del Valle, un tranquilo pueblo de tejedores de tapetes a media hora de Oaxaca. Tlamanalli significa ‘Víveres en abundancia’ o ‘Dios de la comida’ en idioma náhuatl. No es un lugar al que se llegue de pasada: hay que tomar un colectivo desde la ciudad hasta un punto ciego en la carretera y desde allí un bus hasta la zona central del pueblo. El público de este conservatorio gastronómico suele estar formado por turistas con sed de aventuras o críticos con ansias de novedad. La gente del pueblo no come allí porque, entre otras cosas, no es un lugar barato. Mendoza ha logrado elevar la cocina zapoteca al estatus de comida gourmet. En su autobiografía —que publicó en octubre del 2011— cuenta que cuando abrió por primera vez, a inicios de los noventa, sus clientes eran los choferes de camión que se desviaban de la carretera en busca de refrigerio. En 2008 las cosas habían cambiado lo suficiente como para recibir en una de sus mesas a un expresidente de Estados Unidos: aquella vez Jimmy Carter probó el mismo potaje que Abigail Mendoza preparará hoy: sopa de flor de calabaza con chepiles y quesadillas.

Mendoza deshoja los chepiles, unas plantas aromáticas de tallo muy delgado. Luego trae unas calabazas del tamaño de una toronja y las corta en cuatro partes. Enseguida pone todo en un fogón a gas. La cocina es amplia y abierta al salón para permitir que los turistas se asomen a ver la preparación. Ella misma diseñó los espacios. Al otro extremo del local, siempre a la vista, están los metates, esa suerte de batán con patas en que las cocineras nativas muelen el maíz. Todo está pensado para que el cliente observe el estilo tradicional de la cocina zapoteca. Mientras machaca la ración precisa de granos para el plato, Mendoza cuenta que durante la preparación del terreno los obreros encontraron un metate prehispánico. Es una piedra oscura, de superficie curva, sin adornos. Le pregunto si lo toma como alguna clase de señal. «A lo mejor», murmura. Ahora lo exhibe como parte del decorado. A veces deja que los turistas lo toquen para acentuar su experiencia prehispánica.
Hora de la cocción. Mendoza me ofrece un plato de saltamontes como aperitivo.

—Ayer nomás estaban vivos —dice, y promete que voy a sentir la diferencia con los del mercado.

Y en realidad están muy buenos. El sabor es fresco, como de hierba recién cortada. No sería raro fundar aquí un club de entomólogos gourmet.

La cocinera de trenzas rojas me explica que el método tradicional de preparar los saltamontes es ponerlos vivos en una calabaza vacía, de la cual se extrae la cantidad necesaria para ahogarlos por puñados en un recipiente de agua caliente. «Así termina la vida del chapulín», dice en pleno ajetreo. Mendoza es una vigilante de la tradición. Sobre la mesa de la cocina hay tres trofeos de plata que acaba de recibir por su defensa de las técnicas, ingredientes y recetas indígenas. Se los otorgó un instituto gastronómico del Distrito Federal, adonde viajó hace unos días para ofrecer una charla a los futuros cocineros de México. Las estatuillas, del alto de un puño cerrado, muestran al mismo personaje: un chef con gorro y uniforme, de pie, con los brazos entreabiertos, ligeramente inclinado hacia adelante, como en una actitud de avance o encuentro, o tal vez ambas. La nueva cocina reconoce a la cocina antigua. La cocina antigua se cuida de la nueva. Durante su visita capitalina, un grupo de estudiantes la agasajó con una salsa de chapulines con langostinos. Era una manera de mostrarle su entusiasmo. A ella no le gustó tanto el resultado.

—Le están cambiando el sabor. Le ponen grasa, le ponen aceite, y ya no es el sabor auténtico que acabas de probar —dice.

Para ella no hace falta tanta mezcla. La alta cocina está en el paladar.

La máxima concesión de su restaurante ha sido poner en las mesas una sal alternativa a la típica sal de gusanos de maguey, a pedido de clientes que no estaban dispuestos a probar un condimento que parece sacado de un banquete para extraterrestres. La sola idea de probar insectos triturados aterrorizaba a ciertos comensales. «Se parecen a los gusanos Klingon que se comen en Star Trek», dice el neurólogo Oliver Sacks en su «Oaxaca Journal». Así que, después de la apreciable y famosa sopa de flor de calabaza con chepiles y quesadillas, Abigail Mendoza me ofrece una ración personal de gusanos. El plato que pone ante mí trae poco más de una docena, tostados y arrugados como pasas secas. Saben a maíz ahumado, de una textura más ligera que la de un trozo de bambú. La cocinera espera el veredicto con una expresión del tipo: dime-si-tengo-o-no-tengo-razón. La cocina antigua reclama sus prerrogativas ante la cocina nueva. El signo más evidente de la diversidad de México son sus ingredientes.

—Ellos dicen que están enseñando la auténtica cocina oaxaqueña, pero yo veo las fotos y me parece que cambian todo: la forma y el sabor —comenta.

Abigail Mendoza ha visto imágenes de la nueva oferta culinaria de Oaxaca, pero no ha probado los platos de los chefs más vanguardistas, los que llevan adelante esta cruzada nacionalista. Según dice, no la han invitado a sus reuniones.

La gran coleccionista
de cartas de menú
no tenía apetito

¿Por qué seguir leyendo la carta de un restaurante
después de acabar su comida?

Un texto de Matías Maciel
Imágenes de la Colección Buttolph
cortesía de la Biblioteca Pública de Nueva York

Menú
Imágenes de la Colección Buttolph

No se sabe cuál fue la última cena de miss Frank E. Buttolph. Es posible que, debido a la neumonía, no tuviera apetito aquella noche. Pero en vida siempre quiso saber qué ofrecían para comer los restaurantes del mundo: pasó el último cuarto de siglo de su vida coleccionando cartas de menús. Su curiosidad por las veinticinco mil que reunió hasta el momento de su muerte comenzó el primer día del siglo veinte, mientras almorzaba en el Columbia, un restaurante ubicado frente a Union Square, en el corazón de Manhattan. No fue el plato del día lo que la excitó, sino —según dijo— la fecha: el siglo empezaba un lunes. Era el 1 de enero de 1900, y al mirar el menú se sintió «como si hubiera sido trasladada a Marte». Una semana después llevó la idea a la Biblioteca Pública de Nueva York. El director no sólo aceptó su propuesta, sino que hizo que la fijación de miss Buttolph pasara a mayores: le ofreció dirigir ad honorem la colección que hasta hoy lleva su nombre: la Buttolph Collection. Con su obsesión vuelta oficio y rutina, la mujer reunió casi un millar de menús en poco más de un mes y comenzó así una de las mayores colecciones de cartas de restaurantes conocida en el mundo. No hay constancia de que el peso o las curvas de miss Buttolph aumentaran conforme crecía su colección. Al parecer, su manía por las cartas de restaurantes no respondía a su apetito por la buena mesa, sino a su afán por documentar el devenir gastronómico de su tiempo. Convirtió su trabajo en la única razón de su existencia: «Siempre guiada por la visión de los estudiantes de historia, que algún día dirán ‘gracias’ a mi nombre y mi memoria», escribió Frank E. Buttolph meses antes de morir. Había pasado más tiempo de su vida mirando los menús que comiendo.

Una carta es un artefacto comercial. Los restaurantes las escriben para despertar nuestro apetito, pero sobre todo para vender sus platos. Jim Heinmann, editor del libro Menu design in america, sostiene que el menú se ha convertido en una herramienta de marketing, una oportunidad para construir una marca, un indicador de la cocina, un barómetro del gusto y una pieza efímera convertida en tesoro. Para evitar ofender se recomienda no referirse a los menús como «listas de precios» en presencia de restaurateurs y artistas de la gastronomía. «La escritura de los menús es un arte pocas veces apreciado», se queja el cocinero Mario Batali. Una vez declaró que se invierte una cantidad increíble de tiempo y pensamiento elaborándolos. Pocos comensales reparan en ello. La mayoría preferiría no perder más de cinco minutos escogiendo su plato. Algunos hasta tienen el descaro de ceder la elección de lo que van a comer al camarero o al acompañante de turno. Un comensal que apenas mira la lista y pide «lo de siempre» es síntoma del fracaso de una carta de menú.

Los menús de restaurantes documentan su propia época. Son testigos de tendencias sociales, costumbres, hábitos de consumo, y de los antojos y manías de una sociedad. Rebecca Federman, la mujer a cargo de las colecciones culinarias de la biblioteca de Nueva York, cuenta que historiadores, novelistas, críticos gastronómicos y aficionados a la comida consultan su archivo para responder a una simple pregunta: qué come la gente cuando come fuera. Gracias a los menús de Buttolph unos periodistas de economía graficaron la evolución del precio del filete mignon en el lujoso Delmonico’s de Manhattan durante un siglo. Una bióloga marina los ha consultado para entender los ciclos de pesca y depredación marina. Un curioso puede descubrir que en 1918 la Sociedad Americana de Magos tuvo un banquete presidido por Houdini, en el que se sirvió un exquisito filete de lubina. Los historiadores del futuro encontrarán que a finales del siglo XX empezaron a volverse populares los menús con indicadores no sólo de precios sino también de calorías por plato. La historiadora culinaria Alison Ryley, que trabajó en la biblioteca de Nueva York, estudió en detalle el legado de Buttolph y escribió «Notes Toward a Menu History of New York City». En su rastreo, por ejemplo, reconstruye la evolución de la industria de la gastronomía de finales del siglo diecinueve, encuentra que los primeros menús vegetarianos en la colección datan de mediados del siglo veinte y que la Ley Seca resultó fatal para los restaurantes de alta cocina, que no pudieron subsistir sin la venta de alcohol. Otro investigador descubrió que miss Buttolph sólo coleccionaba menús de restaurantes chinos en la fecha del año nuevo chino. Años antes había dicho a un periodista que no le importaba en lo más mínimo la comida.