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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Sobre la insensatez del
aire acondicionado en la selva
[y el placer de andar más desnudos]

Una queja acalorada de Ernesto Ráez Luna

Ventilador

La sensatez ecológica de una cultura se mide observando su vestimenta y comparándola con lo que pide el clima. Los beduinos, sometidos a soles inclementes seguidos de súbitas caídas de temperatura y expuestos a la minuciosa arena, que con prendas apretadas podría friccionar y maltratar las partes nobles, se cubren con tules el rostro y usan amplias túnicas por donde fluye el viento refrescante y que permiten arroparse al caer la noche. Los nativos de los tórridos bosques tropicales andan casi desnudos. Los habitantes de las altas montañas y latitudes, donde el frío mata, no se permiten un centímetro de piel expuesta. Pero eso era en el pasado, cuando la mayoría de los seres humanos vivían en áreas rurales. Desde la invención de las ciudades, que hoy cobijan a casi ocho de cada diez latinoamericanos, nos hemos ido desconectando del clima y en general de la naturaleza. En el ecosistema urbano contemporáneo, la vestimenta depende poco del clima y mucho de la moda. Vestirse en una urbe es ante todo un negocio vanidoso y poco tiene que ver con estar cómodo o comulgar con la naturaleza.

Nos gusta pensar que estamos más cerca de nuestras raíces y de nuestra tierra, pero basta caminar por la calle, cualquier gris día de invierno limeño, para comprobar la insensatez ecológica de las metrópolis latinoamericanas. Las peruanas urbanas —mis coterráneas— usan unas blusitas y casaquitas de ínfima talla, que descubren ombligos pecaminosos y la baja espalda con sólo pensar en alzar el brazo, lo cual expone sus frágiles riñones a los ventarrones, que en invierno son muy desagradables. El uniforme femenino se completa con pantalones descaderados que se les ven espectaculares al 0.002% de las mujeres, y a todas las demás se les ven fatales; sobre todo —y contra todo sentido— al agacharse. Como estas prendas son tan provocativas y tan incómodas, al mismo tiempo, sea por malestar físico o moral, las peruanas urbanas se la pasan jalando para abajo las chompitas y jalando para arriba los pantalones, como unas obsesivo-compulsivas.

Pero son los varones oficinistas los que llevan la peor parte en todo el universo conocido. Ellos usan la vestimenta más antiecológica y traicionera jamás inventada, conocida como terno, traje o vestido de hombre cuyas prendas nucleares son la corbata y la chaqueta o saco. El uso de este malévolo conjunto —que pretende inspirar respetabilidad y ceremonia— está plagado de trampas para que un hombre se vea patético dentro del mismo y pierda para siempre su autoestima. La potencial elegancia del terno sólo se manifiesta si es hecho a la medida por un artesano hábil y caro, capaz de instalar hombros de fantasía para esconder los cuerpos de botella o ampliar el pecho para esconder un vientre generoso. La corbata es muy cómoda si el cuello de la camisa corresponde con el grosor del cogote, y es una muerte lenta de lo contrario; pero bastantes hombres desconocen la talla de su cuello. Cuando hace frío, el terno nunca abriga lo suficiente y cuando hace calor es una sauna. Esto conduce a intentar trucos que transforman a los hombres urbanos en fantoches: camisa de manga corta con corbata, corbata gorda, tela muy gruesa o muy delgada (en ambos casos, adiós prestancia), suéter grueso debajo de la chaqueta o —peor de los peores— suéter debajo de la camisa (qué asco). Tan anticlimático, en todos los sentidos de la palabra, resulta el terno, que los centros de trabajo más sofisticados son edificios cerrados donde no entran ni el ruido de la lluvia ni el canto de las aves, y donde impera el clima artificial del aire «acondicionado», única forma de estar cómodo con terno. El mismo truco se extiende al automóvil, segundo hábitat de los oficinistas mesocráticos y los ejecutivos oligárquicos; todos enternados.

Como los seres humanos somos tan adaptables, no falta quien ya no sabe vivir sin aire acondicionado, y este se ha convertido, de hecho, en símbolo de estatus. Venezuela y Brasil —países soleados y hermosos— son, quizá, las dos naciones latinoamericanas donde la insensatez del clima artificial ha calado más hondo. Yo he sido regañado varias veces en Venezuela por bajar la ventana del carro para dejar entrar un poco de calor. En Brasilia, donde el clima es friecito, los restaurantes son congeladores. Sorber una caipiriña pasando frío es una experiencia miserable. Pero el colmo es el centro de Manaos, capital del estado de Amazonas, a orillas del gran río. Entre calles estrechas y desvencijadas, hay un hervidero de tiendas y comercios de ropa, chucherías y artículos domésticos a los que acude el pueblo brasileño, panza al aire, en chancletas y no tan bello ni tan relajado como miente la fama, pero fascinante. Todas las tiendas tienen aire acondicionado y todas mantienen las puertas bien abiertas, de modo que uno puede refrescarse con chorros de aire frío tan sólo caminando por la acera. En buena cuenta, en el centro de Manaos, intentan refrigerar la Amazonía.

Los ecológicos y veraneados brasileños no saben, pobrecitos, que por una ley maldita (segunda ley de la termodinámica), para enfriar por un lado siempre se necesita calentar más por otro lado. Es bien sabido que las neveras son frías por dentro, pero calientes por fuera (exactamente lo opuesto de las femmes fatales). Así que cuanto más enfriamos nuestros recintos, más calentamos el mundo. Y si la electricidad que impulsa al aparato refrigerante proviene de quemar petróleo o de una gran represa amazónica emisora de metano (un gas de efecto invernadero veinte veces más activo que el infame CO2), cada vez que encendemos el aire acondicionado en lugar de quitarnos la camisa, estamos contribuyendo con alegría al famoso cambio climático.

No está demás explicarlo: ciertos gases «de efecto invernadero» atrapan la energía solar y calientan la atmósfera. Esto es buenísimo, porque produce un clima planetario tibio y acogedor, ideal para la vida, incluyendo la humana. El principal gas de efecto invernadero es el CO2, que cualquier mortal expele cuando respira, y que es el producto obligado de toda combustión orgánica (ya sea quemar brujas o petróleo). Nuestro excesivo consumo moderno de energía, sobre todo la quema de derivados del petróleo, aumenta de manera exagerada esos gases en la atmósfera.  Tanta energía circulando origina un clima díscolo y propenso a la violencia, con sequías, diluvios, canículas y huracanes mortales. El calentamiento generalizado acaba derritiendo los glaciares y los hielos polares, con pérdida de agua dulce y elevación del nivel de los océanos.

El caso de Brasil es ejemplar, porque es la primera potencia latinoamericana y porque una gran parte de sus ciudadanos está entre los mayores consumidores de energía del planeta. Los habitantes del estado de Acre, en plena Amazonía brasileña, emiten más gases de efecto invernadero per cápita que el estadounidense promedio, que en estas cosas tiene una mala fama muy bien ganada. El hambre de energía para el consumo comercial y doméstico en Brasil se acerca a ese lema de «O mais grande do mundo». Uno de cada diez dólares que pagan los brasileños en sus facturas de electricidad doméstica es para el aire acondicionado. Pero en la región norte, amazónica por excelencia, la quinta parte de la energía se va en enfriar y secar el aire de la selva, es decir, el doble. Por otro lado, el sudoriente, urbano y próspero, consume el doble de energía que el nororiente rural y empobrecido. El gobierno de Lula y el de su sucesora, Dilma Rousseff, han promovido el acceso universal a la energía eléctrica para una población que bordea los doscientos millones de personas.

Por donde se le mire, Brasil requiere más y más energía. De acuerdo con los planificadores, una parte mayor de esa energía vendría de nuevos proyectos hidroeléctricos en la Amazonía, dentro y fuera del país. Dos proyectos faraónicos —Santo Antonio y Jirau— ya están en construcción sobre el río Madeira, y afectan una cuenca compartida con el Perú y Bolivia. Otro proyecto importante, Belo Monte, inundaría territorios indígenas. El 2010 el Perú y Brasil firmaron un convenio para instalar hasta siete mil doscientos megavatios de potencia en el Perú; probablemente mediante grandes represas hidroeléctricas que inundarían decenas de miles de hectáreas de Amazonía peruana. La mayor parte de esa energía fluiría al Brasil, donde la demanda supera a la del Perú y pagan mejores precios por la electricidad.

Brasil se toma en serio el cambio climática y la prensa negativa que hoy en día despierta la idea de inundar la Amazonía y a sus indígenas. La Empresa de Investigación Energética del Ministerio de Minas y Energía indica, por ejemplo, que sólo un 0.25% de la Amazonía brasileña se verá afectada por las hidroeléctricas actuales y planeadas, mientras que el 25% (cien veces más) seguirá ocupado por territorios indígenas. También se anuncian mejoras tecnológicas. Mientras que las represas convencionales de la Amazonía brasileña inundaron cinco mil hectáreas por cada megavatio producido, Santo Antonio y Jirau inundarán sólo unas ochocientas. Sin embargo, Inambari, un proyecto en la selva peruana promovido por empresas brasileñas, inundaría cerca de dos mil hectáreas por megavatio. Tanta variación sólo demuestra que los estándares ambientales dentro y fuera de Brasil no tienen por qué ser iguales.

La humillante realidad es que mientras nos urbanicemos más y nos acostumbremos menos a gozar del mundo como viene (rain or shine), forzando climas artificiales hasta en la propia selva que queremos cuidar y proteger, nuestra demanda energética excederá la capacidad del planeta para soportarnos. Tres estudios recientes, de Greenpeace, del World Wildlife Fund (WWF) y de la Universidad de Río de Janeiro, coinciden en que si Brasil promoviera prácticas eficientes de uso de energía, podría reducir entre 30% y 45% de su consumo, con lo que ahorraría dieciocho mil millones de dólares y generaría ocho millones de empleos al 2020. Según WWF, Brasil se evitaría instalar, en el mismo lapso, casi ochenta mil megavatios, lo que equivale a catorce presas como Belo Monte o a once veces lo previsto en el acuerdo Perú-Brasil. Según la universidad, los mayores ahorros posibles son en el calentamiento de agua: los brasileños —como cualquier citadino— enfrían sus espacios, pero se bañan con agua caliente.

La clave de todo, como siempre, son actos voluntarios, cambios mínimos de conducta que al mismo tiempo son simbólicos pero exitosos. Gestos como rechazar la virtud anti-ecológica del terno y la corbata. En efecto, una forma barata y cómoda de ahorrar energía es usar ropa informal en el verano. El Japón —susceptible y ceremonioso— ya aplica la medida. En nuestros pagos, Chile ya repite el buen ejemplo. Amigos del Ministerio del Ambiente: tomen nota y aflójense la corbata.