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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Sobre la inmoralidad de tener hijos

Un texto de Toño Angulo Daneri

Los hijos son la vida que devuelves a la vida. Tu agradecida ofrenda. La razón esencial de tu existencia. Eso dicen. Bajo esa premisa, madres o padres adolescentes e involuntarios han alcanzado una estatura vital que los-que-no-tenemos-hijos-pero-ya-deberíamos estamos obligados a admirar y envidiar desde nuestra clara posición de inferioridad numérica. Los-sin-descendencia somos seres incompletos. Solitarios. Eunucos de la felicidad más plena. Eso dicen, también. Por las edades que mi novia y yo tenemos —ella treintaitrés, yo cuarentaidós—, el Asunto Tener Hijos se ha convertido en una densa neblina que a menudo flota sobre nuestras cabezas y no pocas veces nos envuelve. Casi todos los amigos que nos rodean ya han sido padres, y si hay una peculiaridad que los une y con frecuencia los reúne es su alegre entusiasmo monotemático: por momentos da la impresión de que sólo quieren hablar de ello. Los más cercanos a la edad de mi novia son los más inexpertos, varios incluso debutantes, y también —apuesto que justo por eso— tienden a ser el «no va más» de la categoría: la Champions League de la euforia parental. Los que están más cerca de mis canas, en cambio, suelen ser los veteranos de guerra, los del orgullo reposado por el trabajo bien hecho, con hijos que a veces han alcanzado también la edad de reproducirse y tienen sus propios novios o novias con los que se aparecen de la mano en el cumpleaños de la abuela. La mala noticia para mi novia y para mí es que estos amigos con hijos suelen carecer de la virtud de la discreción. Primerizos, poco expertos o veteranos, en conjunto funcionan como un grupo de presión. Un lobby en pro de la maternidad: «Y ustedes, ¿para cuándo?». O dirigiéndose sólo a mis cuarentaidós inviernos: «Si tú ya perdiste el tren de la paternidad, no vas a permitir que tu mujer también lo pierda, ¿no?». Sí, el Asunto Tener Hijos es una neblina espesa que sobrevuela nuestras cabezas y con frecuencia nos envuelve. Pero como toda neblina, también es atractiva, evocadora y romántica. Vagamente sexy. Como salir a dar un paseo y sentir que tus más felices instintos paternales se humedecen en ella. Aunque sólo sea por un momento. Los argumentos a favor de tener hijos se repiten tanto y son tan obvios que resulta inútil enumerarlos aquí. La excepción, quizá, son aquellos de la categoría «Egoístas» que, no por deleznables, también suenan conmovedores en su brutal honestidad. «Para tener a alguien que me cuide en mi vejez». «Para que traigan felicidad a mi vida». O más llanamente, «para que me hagan compañía». Me resisto a pensar que alguien forma una familia como si abriera una cuenta de ahorros, y para lo otro ya existen por suerte los antidepresivos, las drogas de uso recreativo y toda clase de comportamientos compulsivos de evasión como el shopping, el sexo por Internet o el fútbol televisado. Además, este tipo de motivaciones egoístas son por lo visto un engaño, una fantasía ingenua y en el fondo pueril. En un libro reciente publicado por el MIT, WHY HAVE CHILDREN? THE ETHICAL DEBATE, la investigadora Christine Overall descarta esta clase de argumentos no sólo porque le parecen éticamente dudosos, sino porque en la práctica son un error de cálculo. Ningún adulto medianamente informado, dice Overall, puede prever con certeza que a los setenta años tendrá a una hija o hijo a su lado dispuesto a cuidar de él pase lo que pase. Y eso sin contar que a veces ocurre lo contrario. ¿O acaso nadie conoce en su barrio a un anciano condenado a mantener con su mísera pensión de jubilado a un hijo tarambana que para colmo se ha llenado de una prole que el abuelo también debe alimentar? En cuanto a la supuesta felicidad que traen los hijos, Overall cita un estudio realizado por el Nobel de Economía Daniel Kahneman. Allí, entre la sorpresa y la decepción, Kahneman descubrió que la mayoría de madres que trabajan son abiertamente menos felices que las trabajadoras sin hijos. Es más, en una de las pruebas les pidió que dieran una puntuación jerárquica a actividades tan cotidianas como cocinar, cuidar de los hijos o hacer las compras. El resultado fue que las madres encontraban mayor placer realizando otras labores domésticas que las inherentes a la maternidad. Venían a decir que cocinar es una rutina que no se contradice con la idea de la creatividad, y que da opciones: siempre se puede colgar el delantal y salir a comer un menú en el restaurante de la esquina. Cuidar de los hijos, en cambio, se parece demasiado a una rutina a secas.