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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Si se enoja otra vez, busque un árbol

¿Por qué los jardines
calman la cólera?

Un texto de Ernesto Ráez Luna

Albina
Ilustración de Héctor Huamán

Para saber si uno vive bien de verdad hace falta sacarse los zapatos: pose usted sus pies descalzos sobre el pasto o sobre cualquier suelo húmedo y fértil. Vamos, vamos, vamos.  ¿Le quedó cerca o lejos? ¿Cuánto tuvo que esforzarse para hacerlo? La facilidad con que usted haya podido cumplir ese simple cometido es una medida perfecta de su calidad de vida. No es una exageración: hace dos años, ocho expertos internacionales convocados por Siemens evaluaron la calidad de vida en diecisiete ciudades del continente mediante un «Índice Verde de las Ciudades Latinoamericanas». En el conteo general Lima, Perú, y Guadalajara, México, quedaron «muy por debajo del promedio», mientras que Curitiba en Brasil quedó ella sola, muy por encima. Un indicador clave, de creciente uso urbanístico, fue la superficie de áreas verdes por habitante. Curitiba ofrece el equivalente a catorce camas king size a cada uno de sus ciudadanos para retozar de lo lindo, mientras que Lima ofrece con las justas un colchón de soltero por cabeza. El miedo a caerse de tan minúsculo jardín explicaría en parte la profusión de parejitas yacentes abrazadas como garrapatas que uno ve en cualquier parque de Lima pasadas las seis de la tarde. Pero no es la calentura de los enamorados en los parques lo que abochorna a nuestras metrópolis. Los motores de combustión atiborran el aire de miasmas y gases de efecto invernadero. En todas partes pululan mangueras vomitando el concreto que nos horneará a fuego lento en el verano. Un sinfín de aparatos de aire acondicionado exportan ruidosamente hacia la calle el sudoroso calor de los recintos techados. La vida a las carreras, la ambición impaciente y el temor de ser víctimas de engaños, robos y asaltos nos provocan un acaloramiento del espíritu que no se quita ni poniendo a tope el aire acondicionado. Pero para contar con una apariencia cool en realidad hace falta tener la conciencia fresca.  Resulta, para nuestra buena suerte, que los árboles, las aguas y las áreas verdes —cosas que existen hace millones de años— tienen una virtud poderosa para mitigar tanta calentura. Las alamedas y los bosques urbanos ofrecen notables servicios sociales, sanitarios y climáticos. Un estudio encontró que un bosquecillo en Nottingham, ciudad famosa por Robin Hood, reduce los contaminantes sulfurosos y nitrosos del aire urbano que lo rodea. Plantados como murallas contra el viento, los árboles interceptan el polvo que nos asfixia en ciudades sin lluvia como Lima. En el verano, el interior de los parques arbolados puede ser hasta tres grados centígrados más fresco que las calles y plazas vestidas de cemento. Las calles adyacentes también se benefician. Aunque para mejorar de forma significativa la calidad de vida urbana no bastan los parches verdes, sino que hacen falta parques más parecidos a un campo de golf que a una maceta de interior puesta por compromiso. Pero todo cuenta: sembrar un árbol cada treinta pasos puede mitigar la canícula de las calles de cemento unos dos grados centígrados. Una cifra nada despreciable: es la misma diferencia de temperatura que debe haber entre el cuerpo y los testículos para que estos sean fértiles. Créame: usted notará la diferencia. Pero la sombra de los árboles no sólo refresca las veredas: el follaje protege los espacios interiores del sol directo y permite consumir menos energía para enfriarlos. Demás está decir que esta es una manera eficiente de mitigar el calentamiento global. Además, las áreas verdes urbanas también capturan el carbono excesivo de la atmósfera. Tal vez el mayor beneficio que las áreas verdes y los árboles ofrecen es psicológico. Según sesudos estudios japoneses y finlandeses, a los pocos minutos de caminar dentro de un bosque, los signos físicos del estrés caen en picada. Por ello todo finés tiene el derecho de deambular por cualquier bosque que le dé la gana. También pueden pescar libremente en cualquier cuerpo de agua. Al otro extremo de la experiencia humana, los japoneses han convertido el contacto con lo silvestre en un ritual. El gobierno ha invertido millones de dólares en investigación sobre el efecto sanador del contacto con la naturaleza, y hoy Japón es un líder mundial en el tema. Motivo tienen de sobra, los japoneses están entre los pueblos más estresados del planeta; tanto que tienen una palabra — karoshi— que significa muerte por exceso de trabajo. Desde 1982, por prescripción del gobierno, numerosos habitantes urbanos practican con entusiasmo el shinrin-yoku, o baños de bosque, en áreas protegidas cercanas a las ciudades. Existen cuarenta y ocho «senderos de terapia de bosque» designados por la Agencia Forestal japonesa.  Los japoneses estresados toman algún transporte rápido, contemplan en silencio la selva por un rato y se retiran a seguir uncidos a la noria. El esplendor de la yerba también beneficia a pueblos más ociosos. De hecho parece que los millones de años de contacto directo con la naturaleza nos siguen definiendo.  A fin de cuentas, la civilización sólo ocupa el uno por ciento de la historia humana. ¿Alguna vez le pasó algo memorable bajo la sombra de un árbol (o detrás de un árbol)? ¿Qué está esperando? A mí, antes de cumplir los veinticinco, me pasaron tantas cosas buenas entre los olivos centenarios de San Isidro, que no me imagino sin ellos. Los árboles avivan la inventiva. Son legendarios el manzano de Newton y la amplia fronda bajo la cual José de San Martín soñó la primera bandera del Perú, entretejida en un vuelo de flamencos. Un fino músico hermano mío anduvo alguna vez, ensimismado, por las gentiles calles arboladas de la ciudad de Mendoza, en Argentina. Poco a poco cayó en cuenta del aire aromático y fresco, de la sombra entrecortada y danzarina, comprobó el reflejo amortiguado de la luz contra el pavimento. Se le ocurrió regresar a su ciudad, polvorienta y desértica, y proponer a la alcaldesa metropolitana plantar muchos árboles en las calles, para refrescar los barrios. Pero antes de darse cuenta se encontró enfrentado a un alcalde distrital que prefería bañar de cemento los parques del vecindario. Y descubrió que en esta vida no bastan la razón y una sonrisa, y que lo bueno siempre hay que pelearlo. Los árboles, que florecen cada verano, son símbolo de la tenacidad que se requiere para mejorar el mundo.