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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Se ofrece recompensa
a quien nos dé una brillante idea
para evitar el fin del mundo

¿Por qué tenemos que convocar
un premio para salvar el mundo?

Un texto de Marc Gunther
Traducción de Carlos Cavero

Recompensa

No había vestidos como los del Óscar en esta ceremonia. Pero la gala estaba a la altura, con bandas de música que daban la bienvenida a cada presentador. No faltaron los floridos discursos de políticos en la transmisión en vivo a nivel mundial, luego de un prime-time especial en Discovery Channel. Era la premiación de los ganadores del Premio Progresivo Automotriz X, el dieciséis de setiembre de 2010 en Washington DC. El premio mayor, de cinco millones de dólares, lo ganó la nueva compañía Edison2, cuyo fundador, Oliver Kuttner, reunió a un equipo de ingenieros automotrices para redefinir los fundamentos del automóvil. Su apuesta ganadora fue el llamado Auto Ultraligero, que pesa sólo trescientos setenta y seis kilos, puede recorrer ciento sesenta y un kilómetros con un solo galón de gasolina, y representa años luz de ventaja sobre cualquier otro auto que hoy en día recorre las pistas.

—De eso se trata esta competencia: de fomentar la ciencia que mueve la tecnología automotriz para generar un cambio revolucionario —declaró Glenn Renwick, director ejecutivo de Progressive Insurance, ganador de un total de diez millones de dólares en premios.

Peter Diamandis, fundador y director ejecutivo de la Fundación Premio X, se mostró efusivo como de costumbre.

—Vivimos en una época en la que todo es posible —declaró—, donde cualquier hombre o mujer que cuente con pasión y una guía adecuada puede construir una nave espacial o un auto de ciento sesenta kilómetros por galón. Y esto sólo es el principio.

Es el principio ¿pero de qué? No nos hagamos la ilusión de ver al Edison2 en las carreteras en un futuro cercano, si es que alguna vez lo veremos. Hasta el día de hoy, ningún fabricante de autos se ha ofrecido a plasmar el diseño. No obstante, en cuestión de premios, estamos mucho más allá del mero principio. Debido en parte a la influencia de Diamandis y su Premio X, más organizaciones sin ánimos de lucro, gobiernos y corporaciones están recurriendo a los premios para promover la innovación, sobre todo la ecológica.

La razón es simple. A diferencia de la Investigación y Desarrollo (o R&D) convencionales, los premios recompensan no sólo el esfuerzo, sino también el rendimiento. Sacan temas trascendentales a la luz. Abren el camino para cualquiera que tenga una buena (o mala) idea, sin limitarse a los expertos de la industria y los profesionales acreditados.

—Existen bastantes más ideas y soluciones posibles en el mundo que las que cualquier empresa u organización puede manejar —comenta Beth Trask, supervisora de los premios para la organización sin fines de lucro Fondo de Defensa del Medio Ambiente. Algunos la conocen como la «Ley de Joy», luego de que Bill Joy, fundador de Sun Microsystems e inversionista de riesgo, dijera: «No importa quién seas, la mayoría de los más inteligentes trabajan para otros».

No obstante, los problemas mayores suelen requerir tanto expertos de la industria como participantes externos. Así lo demuestra el arduo trabajo detrás del Edison2. Los premios motivan la innovación tecnológica: eso es un hecho. Sin embargo, los problemas ecológicos mayores, como el cambio climático o la pérdida de nuestra biodiversidad, están en manos de la política, la economía y la cultura, así como de la ciencia y la ingeniería. Y de aquí nace una interrogante: cuando el entusiasmo disminuya, ¿podrán los premios generar soluciones que contribuyan a un cambio ecológico perdurable? En otras palabras, ¿benefician tanto al mundo como a sus ganadores?

La historia nos dice que los premios son capaces de generar beneficios sociales significativos. Antes del crecimiento de las universidades científicas y las corporaciones con laboratorios de investigación y desarrollo, los premios eran la forma de resolver numerosos problemas científicos, según Karim Lakhani, catedrático de la Escuela de Negocios de Harvard, quien estudia la innovación abierta1. El Premio Longitud, establecido en 1714 por el gobierno británico, inspiró al maestro relojero John Harrison a desarrollar el cronómetro marino, que permitió a los barcos conocer su ubicación en el mar. En 1795 Napoleón ofreció un premio de doce mil francos a quien inventase un método de preservación de alimentos para mantener a su ejército cuando «un país invadido no tenga la capacidad o la buena voluntad de ofrecer comida», según Knowledge ecology international. El ganador de 1809 fue el francés Nicolas Appert, quien inventó el método básico de enlatar alimentos que utilizamos hasta hoy. Casi un siglo después, el mayor fabricante de bolas de billar de Estados Unidos, Phelan & Collander, ofreció diez mil dólares en oro a quien desarrollase un sustituto del marfil de elefante. Este puede haber sido el primer premio diseñado para fomentar la protección del medio ambiente, aunque la solución resultó ser el celuloide, uno de los primeros plásticos industriales.

De manera más emblemática en 1927, Charles Lindbergh voló en el Spirit de St. Louis2 desde Nueva York hasta París para ganar un premio de veinticinco mil dólares otorgado por el hotelero neoyorquino Raymond Orteig. Y fue esta historia la que inspiró a Peter Diamandis, fascinado desde siempre por los viajes espaciales, a anunciar el primer Premio X en 1996. Fue ocho años más tarde que el diseñador aeroespacial Burt Rutan, financiado por Paul Allen, billonario de Microsoft, se hizo con la victoria del Premio Ansari X por desarrollar una nave espacial privada, luego de que veintiséis equipos de siete países invirtieran más de cien millones en la competencia. Desde entonces, otro millón y medio de dólares procedentes de fondos públicos y privados se han destinado a edificar la industria privada de viajes espaciales.

—Estamos a puertas de la mayor exploración conocida jamás por el ser humano —señala Diamandis.

Diamandis es un cincuentón filántropo, emprendedor y médico de Harvard que jamás ejerció la medicina. Se ha convertido en la voz más poderosa del mundo a favor de los premios. El éxito de su premio al viaje espacial le permitió organizar premiaciones a la ecología, la genómica3 y la salud. Hoy su equipo también se encarga de organizar premios a la educación y al desarrollo global. Su premisa es que no existe ningún problema demasiado gigante para ser resuelto por la inteligencia colectiva de la humanidad.

—Hoy hay miles de millones de personas innovadoras —dice Diamandis—, ¿cómo haces para que dediquen su tiempo a trabajar en resolver tu problema? Cuando estás buscando una aguja en un pajar, un premio como el X hace que esa aguja venga hacia ti.

El fenómeno del Premio X ha desencadenado un boom en el negocio de las premiaciones. En 2009 McKinsey & Company informó que había doscientos diecinueve premios de al menos cien mil dólares, y más del 60% de ellos nacieron a partir de 2000. El monto total de los premios: trescientos quince millones de dólares. (Según McKinsey, algunos premios reconocen los logros previos, aunque la mayoría de concursos se concentran en una meta a futuro). En 2011 el gobierno de Barack Obama creó challenge.gov, un portal con los premios que el gobierno otorga por retos que van desde viajes ecológicos para la NASA hasta la construcción de aviones supereficientes. También existe el Ensayo EPA, que invita a los participantes a escribir ‘seis palabras para el planeta’. McKinsey informa que los ochenta galardones más importantes están destinados a la energía y al medio ambiente.

Varias de estas recompensas ya han arrojado resultados. Cuando en 2007 el Congreso aprobó una ley para premiar con diez millones de dólares al creador de un foco de luz ahorrador fabricado en Estados Unidos, Philips, la mayor compañía eléctrica del mundo, aceleró sus trabajos en tecnología LED. El año pasado, Phillips ganó el Premio L con un foco que ilumina el equivalente a sesenta vatios. El nuevo foco salió a la venta en el Día del Planeta de 2012.

—¿Lo hubiéramos hecho sin el premio? —se pregunta Ed Crawford, presidente de Phillips en Estados Unidos—. Claro que sí. Sin embargo, ahora estamos adelantados al menos dos años.

Reproducido con permiso de Conservation Magazine.