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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Se obsequian riñones

Tan simple como auxiliar a un desconocido en la calle,
tan simple como buscar en Internet,
tan simple como ir al hospital,
en Estados Unidos donar órganos a un extraño es un acto generoso y cotidiano,
¿Qué clase de personas regalan su riñón a un desconocido?

Un texto de Larisa MacFarquhar
Traducción de Diego Salazar

Riñones

Era el día previo a Acción de Gracias, y Paul Wagner se encontraba leyendo el periódico durante su pausa para el almuerzo. Wagner trabajaba como gerente de compras en Peirce-Phelps, en Filadelfia, una distribuidora de aparatos de calefacción y aire acondicionado. Tenía cuarenta años y vivía con su pareja, Aaron, en un pequeño departamento. Era pálido y algo corpulento. Fumaba y tenía la piel porosa de los fumadores. Su madre había muerto seis meses antes, a los cincuenta y tantos, de sarcoidosis.

No habían tenido una buena relación –ella había tenido problemas con la heroína mientras él crecía, y Wagner atribuía su salud mental y valores a la escuela para muchachos problemáticos en que había sido ingresado de adolescente— sin embargo, su muerte lo había afectado de manera profunda.

Wagner se consideraba una persona seca: cortante, malhumorado, a veces brusco. Creía que la gente que no lo conocía lo consideraba un tipo poco sentimental, quizá incluso no demasiado cuerdo, aunque en realidad no era en absoluto así. Tenía dos gatos y dos viejos cocker spaniel que había rescatado de un refugio para animales. Se había encargado durante tres años de la campaña de recaudación de fondos de la United Way y había organizado colectas de alimentos para comedores de beneficencia locales. No consideraba que estas actividades fueran ejercicios de virtud, sino una obligación. Creía que si tenía sus necesidades cubiertas y poseía un excedente –de dinero o tiempo o recursos— estaba en la obligación de compartirlo. Compartirlo, no entregarlo todo. Le gustaban las cosas bonitas. No tenía pensado convertirse en un menonita. Pero era muy muy importante para él que cuando estuviera frente a frente con su Creador (no se consideraba una persona religiosa pero creía en Dios) estuviera en capacidad de decirle que había dado más que recibido.

Antes de que fuera contratado por Peirce-Phelps, Wagner trabajaba en un banco. Pasó de trabajar en un call-center a administrar una sucursal en sólo dos años, pero renunció, según cuenta, porque creía que la estructura de incentivos del banco no era ética, ya que lo premiaba por vender productos financieros que no eran beneficiosos para los clientes. Cuando era joven había trabajado en una guardería, hasta que un día escuchó a uno de los jefes hablar con malicia acerca de otro empleado. Wagner se encargó de informar al último de lo que había dicho el otro, pero su intervención incomodó tanto a todos que fue despedido. De esta experiencia, concluyó que algunas veces era mejor ocuparse de sus propios asuntos y no entrometerse en el trabajo de Dios.

Mientras leía el periódico, Wagner encontró un artículo que hablaba de una página web llamada MatchingDonors.com, donde las personas que necesitaban un trasplante de riñón describían su situación y a sí mismos, y quizá incluso adjuntaban una foto. Su esperanza era que algún desconocido viera el perfil y se conmoviera hasta el punto de convertirse en donante. Wagner tipeó el nombre de la página en su computadora. Cliqueó en la casilla de “búsqueda de pacientes” y tipeó “Filadelfia”. La primera paciente que vio fue Gail Tomas. Agrandó su foto en la pantalla para poder examinar cada detalle. Gail estaba sentada en las escaleras de lo que parecía su cuarto de estar. Era una mujer mestiza de sesenta y tantos. Wagner la contempló un rato, buscando rasgos de personalidad en su corte de pelo y en la manera como estaba maquillada. Casi de inmediato, sintió que era ella. Supo que su sangre y la de ella serían compatibles y que le donaría su riñón. No había vuelta atrás. Tras ver su foto, se sentía ya comprometido. Era como si hubiese visto un coche estrellarse: si no echaba una mano, se sentiría mezquino.

Volvió a casa y le dijo a su pareja: «Aaron, hay esta señora sobre la que he leído, va a morirse si no recibe un riñón nuevo, y he decidido darle uno». Aaron dijo que no. Wagner le dijo que lo sentía, pero iba a hacerlo de todas formas. Se lo contó a su hermana y ella, medio en broma, le dijo: «¿Y qué pasa si yo necesito un riñón algún día?». Wagner pensó que su hermana estaba siendo egoísta. Le dijo que ella tenía un marido y dos hijos, que podría recurrir a ellos, pero esta mujer iba a morirse ahora. Hablar con su padre fue más difícil. Unos años antes, la segunda esposa de su padre había tenido una enfermedad renal. Wagner se había ofrecido a donarle un riñón, pero tanto ella como su padre sentían que iba contra sus principios pedirle algo así a alguien, incluso a un hijo. Así que rechazaron la oferta y, mientras esperaba el riñón de un donante fallecido, ella murió. Su padre estuvo muy callado por un momento y luego dijo que preferiría que no lo hiciera.

A Wagner le preocupaba haber conocido a la receptora de su riñón. Le hacía sentir culpable. ¿Aceptar esa gratitud restaba valor a su acción? ¿No sería mejor persona si no la conociera y no recibiera su agradecimiento?

Pero una vez que Wagner decidió donar, sentía como si fuera un llamado superior. Por lo general no era valiente a la hora de los procedimientos médicos, pero de alguna forma esta vez realizó todas las pruebas sin inmutarse. Llegaba tarde al trabajo casi todas las mañanas, pero en punto a todas sus citas en el hospital. Ni el dolor ni las posibles complicaciones le producían ansiedad. Por una vez en su vida, sentía que las instrucciones dictadas por Dios estaban absolutamente claras.

Además de todas las pruebas, había otros obstáculos que sortear. El cirujano responsable del trasplante estaba desconcertado por Wagner. No tenía claro que quisiera llevar a cabo la operación, le preocupaba que intervenir a una persona sana que ni siquiera tenía relación con el receptor pudiera suponer una violación de su juramento hipocrático. Se reunieron y hablaron por más de una hora. Y, casi al final de la conversación, Wagner descubrió con asombro que el cirujano lloraba.

Wagner asumió que él y Tomas no se harían amigos después de la operación. Había reflexionado con detenimiento acerca del tema. ¿Cómo iba a ser posible que tuviera una relación saludable?, razonó. Sería pernicioso para ella sentirse en deuda con él, y sería pernicioso para él llegar a creerse una especie de santo. Todo el asunto sería demasiado extraño y complicado, y lo mejor iba a ser evitarlo. Tomas, sin embargo, tenía algo distinto en mente.

Gail Tomas era una cantante de ópera retirada que, tras ser descubierta por Licia Albanese en un master class, había actuado por toda Europa. Si Wagner era seco, ella era todo lo contrario: vivaz, habladora y abiertamente emocional. Llevaba un año buscando un donante. Ninguno de sus familiares era compatible con su tipo sanguíneo, y no había querido pedírselo a sus amigos, así que su hija le dio de alta en Matching Donors.

En principio, hubo algunos descartes obvios: un hombre escribió desde India diciendo que él se haría todos los chequeos ahí si le enviaban cinco mil dólares. Luego, según cuenta, hubo una mujer de Texas que parecía ser una donante válida y estaba deseosa por ayudarla. Se escribieron durante meses, pero su hijo, que medía dos metros quince centímetros, había crecido más de lo que su hígado podía resistir y necesitaba un trasplante, con lo que la mujer desapareció. «Era como si alguien te hubiera llevado hasta el altar y, de pronto, todo el decorado se viniera abajo y tú dijeras ‘Pero se suponía que iba a casarme’», dice Tomas. «Pensé que nunca volveríamos a encontrar a otra persona, porque ¿cuánta gente quiere hacer algo así?».

Poco antes de la operación, Wagner y Tomas se encontraron por primera vez. Ambos estaban en el hospital, sometiéndose a pruebas. Wagner se había descrito a sí mismo diciendo que era flacucho, así que Tomas echó un vistazo en la sala de espera, buscando al tipo más delgado de la habitación, se dirigió hacia él y se presentó. Para ella, el encuentro fue fantástico: sintió como si se conocieran de toda la vida. Wagner se las arregló para ser amigable, pero estaba bastante turbado. No sabía qué hacer con esta mujer exuberante a la que iba a dar su riñón; no conseguía saber qué sentimientos podía permitirse experimentar. Su propia madre había muerto hacía menos de un año, y ahora estaba involucrándose potencialmente con otra mujer mayor enferma. ¿Y qué significaba eso? Donar un riñón para encontrar una nueva madre, ¿qué cosa más retorcida podía haber? También le preocupaba haber hecho mal permitiéndose conocer a Tomas. Le hacía sentir culpable. ¿Aceptar esa gratitud restaba valor a su acción? ¿No sería una mejor persona si no la hubiera conocido y no hubiera recibido su agradecimiento? ¿Sería que la donación se había convertido ahorasolo en un masaje para su ego? Para cuando llegó a casa, se sentía completamente agotado.