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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Saul Griffith
El hombre que quiere gastar en un año
los watts que utiliza al día un refrigerador

Este inventor ecológico cree que todos los medioambientalistas,
incluido Al Gore, son unos hipócritas: exigen ahorrar la energía
del planeta teniendo todas las luces encendidas de sus casas
¿Quién es peor: la lámpara o quien enciende la luz?

Un texto de David Owen
Ilustraciones de Omar Xiancas
Traducción de Fernando González Nohra

Inventor

En el 2004, mientras Saul Griffith estudiaba un doctorado en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), ganó un premio de treinta mil dólares otorgado cada año a un estudiante que demostrara tener un futuro promisorio como inventor. Griffith era un candidato natural. Su profesor Neil Gershenfeld me lo describió como una «máquina de hacer inventos», y dijo: «Con Saul, tú pulsas un botón y el hombre empieza a lanzar proyectos por doquier». El jurado calificador quedó muy impresionado con un aparato que Griffith creó para fabricar lentes de bajo costo dirigido en un primer momento a la población de países desfavorecidos.

La fabricación tradicional de lentes implica usar miles de costosos moldes. Piezas en bruto son trabajadas en plástico, y entonces los técnicos las muelen y pulen hasta que se ajustan a lo indicado en la receta. Griffith me dijo: «Yo quería construir una máquina que negara en sí misma la necesidad de todo aquello, y con la cual se pudieran hacer lentes bajo demanda». Entonces construyó este modesto aparato de sobremesa con el que un operador apenas entrenado podía convertir un líquido de rápido endurecimiento en lentes acabados en pocos minutos. La máquina tenía un molde simple y universal, con un anillo de metal ajustable (que parecía al mismo tiempo un molde para hornear pastelillos) ubicado entre un par de membranas flexibles y cuyos grados de convexidad o concavidad podían ser controlados mediante un sencillo sistema hidráulico. «Es evidente que tan sólo con esos dos aportes —la forma de las condiciones del contorno y la presión— es posible definir un número infinito de lentes», explicó Griffith. Ese año ganó una beca MacArthur (otorgada a «genios») valorizada en quinientos mil dólares; los jurados de la beca refirieron que el invento de los anteojos tenía «el potencial para cambiar la cuestión económica de las gafas correctoras en comunidades rurales y desfavorecidas alrededor del mundo».

El hecho es que ganar premios resultó más fácil para Griffith que cambiar el mundo, y su impresora de lentes jamás encontró un nicho de mercado. «Era como si estuviésemos tratando de resolver el problema equivocado», me confió, y agregó: «Una fábrica de lentes es costosa de construir y equipar, pero una vez que ya tienes una, puedes hacer lentes más baratos y enviarlos a cualquier parte del mundo por correo». En efecto, el invento de Griffith evidenció un problema que fue resuelto años después, a un costo menor, por la mano de obra china y el transporte marítimo mundial. El verdadero problema de los anteojos en los países en vías de desarrollo no está en el hecho de fabricar lentes, sino en los errores que se cometen durante la refracción (medida de la vista) y también en la emisión de recetas inadecuadas para personas con una mínima o nula cobertura sanitaria, lo cual, por otro lado, es una cuestión que tiene que ver más con política o economía que con tecnología.

Griffith es todavía una máquina de hacer inventos. Entre los muchos proyectos que lo ocupan en la actualidad, hay un triciclo de carga impulsado por electricidad, un proceso bastante económico de aislamiento inspirado en el origami, y un método poco convencional de generación de energía a través del viento. Pero su manera de pensar ha sido influenciada por lo que sería el enigma de aquellos anteojos baratos: lo inadecuado que resulta tratar de resolver complejos problemas sociales con la creatividad y el ingenio tecnológico como únicas armas. No existe lugar en que este problema sea más evidente que en su principal preocupación durante estos días: el uso de la energía y el calentamiento global. La mayor necesidad ambiental —se dice— no es la de un gran desarrollo científico, aún en apariencia milagroso, sino la de una transformación sin precedentes de la conducta humana. Esa convicción hace de él un tipo incluso el doble de excepcional: un ingeniero que es un innovador de excepción que intenta a su vez imaginar su camino alrededor de los límites de la innovación.

Griffith es de complexión atlética y lleva una barba desaliñada. Su pelo, de un tono castaño medio rojizo, suele estar hecho un lío, y él a menudo parece que se hubiese vestido con prendas de la canasta de la ropa sucia. Nació en Sídney, Australia, en 1974. Su padre es un profesor jubilado y su madre una artista y grabadora. Él creció —asegura— «entre las herramientas de papá y el estudio de mamá».
Me advirtió que a pesar de que siempre le pareció desdeñable la típica historia sobre la niñez de un inventor (se llevaba las cosas a escondidas para averiguar su funcionamiento, las hacía volar por los aires y les prendía fuego), su propia infancia fue en realidad así. Construyó, por ejemplo, un helicóptero impulsado por fuegos artificiales adheridos a sus rotores, y cuando tenía seis o siete años pasó gran parte de un verano tratando de duplicar el gancho aprehensible de Batman, que a la postre funcionaría y le serviría para subir al techo de su casa. Él dijo: «Puede que esa fuera la primera vez que noté rasgos obsesivo-compulsivos en mi personalidad. Me dije que haría todo por solucionar ese problemático gen, o lo que quiera que fuese». A medida que crecía fue acusando cada vez más su obsesión por la mecánica. En una ocasión, a la par que bebía un vaso de leche, se le dio por pensar en lo compleja que de verdad era la coreografía neuromuscular necesaria para llevar el vaso a la boca, y la idea lo abrumó tanto que terminó por derramar la leche. Tuvo una reflexión similar gracias al golf, que por cierto jugaba a un nivel muy alto cuando era un adolescente, pero que abandonaría luego de que le sobreviniera la visión paralizante respecto del absurdo mecánico que entrañaba el golpe del swing.

En la Universidad de Sídney, durante los postreros años de la última década del siglo pasado, Griffith se convirtió en un activista medioambiental, y ayudó a organizar un buen número de protestas. Para conseguir su máster trabajó en la combinación de telas recicladas y residuos plásticos con materiales para construir edificios, investigación que lo llevaría a entrar en contacto con el relleno sanitario de Sídney y la gran cantidad de papel allí contenido (es por conocido que el papel constituye entre una tercera parte y la mitad de la basura de los vertederos). Aquello lo hizo pensar en distintas alternativas para la impresión convencional. Leyó acerca de una tecnología que no requería papel y que desarrollaba el Laboratorio de Medios del MIT: la tinta electrónica, la pantalla de bajo consumo que se usa hoy en el Amazon Kindle y muchos otros dispositivos de lectura digital. Griffith decidió entonces que en eso quería trabajar.

Griffith cree que las ideas de baja tecnología son fundamentales para formular estrategias viables para el medio ambiente, puesto que las tecnologías más complicadas [como la construcción de carreteras solares, o la fabricación de coches eléctricos para todos los conductores del mundo] consumiría recursos naturales y provocaría la emisión de gases de efecto invernadero a tasas insostenibles

Para cuando llegó a Cambridge, en 1998, el trabajo más importante acerca de la tinta electrónica ya estaba hecho, pero él participó en las instancias finales, y Joseph Jacobson, cofundador de la firma E Ink, fue su asesor en la preparación de su tesis. La investigación gracias a la que Griffith se doctoró involucró máquinas ensambladas por ellos mismos, basándose en la información aparecida en los propios componentes (un concepto conocido como «asunto programable»). Las máquinas de este tipo funcionan de una manera más o menos análoga a la del crecimiento de los seres vivos, célula a célula, de acuerdo con las rudimentarias instrucciones contenidas en cada núcleo. Griffith creó componentes de plástico del tamaño de un disco y que podían encajarse unos con otros de determinadas maneras, para luego ponerlos en movimiento sobre una mesa de aerohockey. Las colisiones al azar en la mesa, durante horas y horas, ocasionaron que los componentes se unieran y corrigieran sus propias fallas en el ensamblaje.
Griffith fue una figura notable en el MIT. Iba a todos lados en bicicleta y llevaba su computadora portátil y sus libros en una bolsa para repartir pizzas. «Parecía un loco, y su oficina parecía la de un loco», me contó Sherry Lassiter, una directora de programas en la universidad. «Pero de todo eso salían los más impresionantes y sesudos proyectos». Griffith encontró lo que me describió como un «recurso inagotable»: láseres, microscopios de electrones, cámaras de vacío, una especie de cortador por chorro de agua y cantidades de piezas de Lego, un elemento básico en el Laboratorio de Medios y uno de sus prototipos favoritos. Una vez Griffith me dijo: «No creo que la mayoría de estudiantes aproveche el MIT al máximo, pero si aprendes bien dónde están ubicados los contenedores y qué laboratorios funcionan durante la noche, harás de él el ambiente fértil que te permitirá perfeccionarte en lo tuyo».

Como reparaba o mejoraba las cosas por sí mismo, Griffith se convirtió en uno de los principales ejemplos de la «cultura del hacedor», una comunidad de sofisticados representantes del hágalo-usted-mismo que veían cualquier tipo de equipo, o hardware, como los hackers informáticos ven los programas de cómputo, y quienes creen que fabricar, modificar, reparar y reutilizar cosas puede ser un antídoto frente al consumismo. Había una cualidad lúdica en su investigación. Construyó un generador eléctrico compacto que el usuario operaba cambiándolo de lugar alrededor de su cabeza: una idea inspirada en la bramadera, un instrumento musical usado por los aborígenes australianos en sus ceremonias y rituales. Construyó también una máquina que convertía diseños digitales en objetos tridimensionales hechos de chocolate. En un viaje a Australia vio a algunos kitesurfers, y cuando regresó a Cambridge, él y algunos de sus amigos decidieron construir sus propias tablas y cometas en los laboratorios del MIT. Ellos lograron perfeccionar su técnica para surfear mediante el ensayo y error, y se hicieron visitantes frecuentes de las salas de emergencia del área de Boston. Un video de una de estas aventuras muestra a uno de su grupo montado en una tabla impulsada por una cometa, a la par que otro de ellos cuelga de la misma cometa, como a treinta metros sobre la superficie del agua.