Advertisement

Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Nahuel Maciel
el fabulador
que no podía contar
su propia historia
[porque nadie le creería]

¿Cuál es el prestigio de un impostor literario?

Un texto de Eliezer Budasoff
Ilustraciones de Omar Xiancas

Nahuel
Ilustraciones de Omar Xiancas

 

La versión original de este texto recibió el primer puesto del Premio Las Nuevas Plumas, que convocaron la Universidad de Guadalajara y la Escuela de Periodismo Portátil. El jurado estuvo compuesto por Alejandro Almazán, Juan Pablo Meneses, Alberto Salcedo Ramos y Marcela Turati.

Nahuel Maciel fue muy atrevido por un rato. Una noche de abril de 1992, más de quinientas personas se reunieron en el salón principal de la Feria del Libro de Buenos Aires para presenciar un acto de ilusionismo. Nahuel Maciel, un supuesto periodista mapuche que no llegaba a los treinta años, presentaba su libro Elogia de la utopía, una recopilación de conversaciones con Gabriel García Márquez que no eran reales, prologada por un texto del escritor Eduardo Galeano que Galeano nunca escribió, con un prefacio a cada capítulo plagiado, palabra por palabra, de un libro del sacerdote argentino Mamerto Menapace, a cuyos textos sólo les había cambiado la palabra Dios por utopía. Nahuel Maciel no se llamaba Nahuel Maciel, su origen mapuche era dudoso, y el libro que presentó esa noche era un invento, un artefacto literario creado para sostener una ilusión que funcionó hasta que lo descubrieron.

En los últimos diez años, algunos periodistas han buscado a Nahuel Maciel como si fuesen a desenmascarar a un impostor maquiavélico, con la misma actitud con la que fue descubierto como un prodigio cuando apareció por primera vez en la redacción de El cronista comercial —un diario financiero de la capital argentina—. Era una tarde de diciembre de 1991, y Maciel se presentó diciendo que era un mapuche que había escrito artículos para Le Monde de París y el National Geographic. Aquella vez Maciel tenía una entrevista por fax a Mario Vargas Llosa. Ahora Maciel admite que se llama Arquímedes Benjamín Maciel, porque así es como figura en el padrón de votantes, en la Administración Federal de Impuestos y en los bancos, aunque es probable que ese tampoco sea su nombre de cuna. Para sus hijos y su esposa, para sus vecinos, para el correo, para sus amigos y entrevistados, él se llama Nahuel, nombre de origen mapuche que significa «tigre» y que eligió usar hace más de veinte años, y que hoy es tan indisociable de su identidad como sus rasgos, criollos antes que araucanos. Tampoco a mí quiere desilusionarme —pienso— cuando me lleva a conocer su oficina en la redacción de El Argentino, el diario donde trabaja como editor y periodista desde hace más de una década. Es un lunes de agosto de 2011, Maciel tiene el día libre, y me ha negado una entrevista, pero ahora dice que va a regalarme una palabra.

—Buscá «prestigio» —pide, y me pasa uno de los libros marrones que forman una pila en su escritorio, al lado de la computadora. Es una edición vieja, en tomos, del diccionario de la Real Academia, con tapas semiduras y ribetes descoloridos por el uso, por el paso del tiempo.
—Prestigio: del latín preaestigium. Engaño, ilusión o apariencia con que los prestigiadores emboban y embaucan a la gente —leo.
—¿Viste? Cuando te dicen que alguien es «un prestigioso periodista», hay que tener cuidado.
Me mira de reojo.
—Y este no es un diccionario que escribió Nahuel Maciel, eh.

Nahuel Maciel no quiere hablar del pasado que lo hizo célebre. La sonrisa tensa que corona su ironía traduce un lugar común: tristemente célebre. A principios de los noventa, Maciel se convirtió en leyenda por plagiar e inventar entrevistas a Carl Sagan, Umberto Eco, Caetano Veloso, Mario Vargas Llosa y Juan Carlos Onetti, que publicó el suplemento de cultura de El cronista comercial. La presentación de su libro de conversaciones falsas con García Márquez es el hito más conocido de su pasado, lo que se considera la cima en el ciclo ascendente de su mitomanía. Tres años después de la presentación de Elogio de la utopía, el escritor Eduardo Galeano descubrió el libro de Maciel por casualidad en una biblioteca de Estados Unidos, mientras revisaba su obra. Galeano, que no escribe prólogos, se sorprendió al ver su firma y comenzó a leer lo que supuestamente había escrito en este: «Es propio de los maestros prologar las obras de sus discípulos […], pero lo cierto es que no considero a este joven periodista como un discípulo, puesto que casi siempre es él quien me enseña». En Argentina, los libros se habían quitado de circulación poco después de aquel día en la feria: fueron recuperados cuando el cura Mamerto Menapace envió a los editores las pruebas del plagio. Ese fue el final de la carrera meteórica de Nahuel Maciel en la capital del país. Más tarde, su director en El cronista recordaría lo siguiente sobre el libro que provocó la ruptura definitiva con Maciel: «No pude asistir a la presentación, pero pregunté al día siguiente cómo había salido todo, y si Galeano había estado presente, y todo el mundo me aseguró que sí». Nahuel Maciel había logrado un prestigio a la altura de su atrevimiento: consiguió que algunos asistentes construyeran un recuerdo apócrifo, que inventaran y reprodujeran algo que nunca había sucedido. Galeano, que no estuvo allí, escribiría después con resignación: «Haré todo lo posible por creer que ese prólogo me pertenece y hasta quizás, con los años, podré empezar a quererlo. No será fácil, porque es horroroso. Pero uno se acostumbra».

Apenas le devuelvo el diccionario, Nahuel Maciel me pregunta mi fecha de nacimiento: quiere mostrarme la edición de El argentino del día en que nací, y después algunas de las entrevistas que ahora publica los sábados en el diario. Maciel tiene cuarenta y siete o cuarenta y ocho años, y hace más de diez que vive con su familia en Gualeguaychú, una ciudad turística del noreste argentino, en la provincia de Entre Ríos.

Le pregunto si nació en esta provincia. Es una tarde de 2011 y estamos solos en su oficina, sin grabadores. «No —me dice—, no sé, no sé», y su mirada se vuelve esquiva. Los ojos de Maciel, del otro lado del escritorio, se fijan en un rincón vacío. Nahuel Maciel tiene una cabellera abundante, irisada de canas, que se une con la barba, abundante e irisada de canas, de tal modo que dibujan el contorno de un rostro robusto, en el que sobresalen las cejas pobladas y los ojos acuosos, marrones, muy abiertos, que ahora regresan al frente con el mismo gesto deliberado de antes: una tensión en la comisura de los labios, a medio camino entre la sonrisa y la amargura. Maciel cuenta que ha usado distintos documentos de identidad, y enseguida pienso en pedirle que me muestre el de ahora, pero me detengo. ¿Qué puede decir un papel sobre alguien que ha pasado casi la mitad de su vida forjándose una identidad nueva?

Todos los impostores son mentirosos pero no todos los mentirosos llegan a ser impostores. La impostura es un simulacro de larga duración que puede convertirse en realidad. Para lograr prestigio de la nada hace falta sostener una ilusión: no se trata tanto de saber mentir, sino de construir un personaje, de convertirse en otro. Janet Cooke inventó la historia de un niño heroinómano cuando ya trabajaba como reportera para el Washington Post, y con ella ganó el premio Pulitzer. Jayson Blair inventó, sin moverse de su casa, más de treinta coberturas para The New York Times después de que lo asignaran a los asuntos nacionales. Stephen Glass inventó websites, mensajes de voz y mails para sostener sus reportajes falsos y su fama de niño prodigio en The New Republic. Nahuel Maciel se inventó a sí mismo. Nahuel Maciel, que no se llama Nahuel, no se cambió el nombre cuando se fue de Buenos Aires, aunque su firma pasara, en menos de un año, de la exposición máxima en las páginas de El cronista a la desaparición total.

—El pasado te alcanza siempre —me dice esta tarde.

Nahuel Maciel no quiere que escriba sobre él. Está cansado, dice.

—Me han matado.