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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Moby Duck

Un profesor de secundaria leyó en la tarea de un alumno la noticia
de un naufragio de miles de patos de goma en el oceáno Pacífico.
Mientras esperaba la llegada de su primer hijo fue a buscarla fábrica de donde salieron,
el barco en el que viajaban,el sitio donde cayeron y las playas del mundo a las que llegaron.
¿Son más de veinticinco mil juguetes tan peligrosos como un derrame de petróleo en el mar?

Una odisea de Donovan Hohn
Ilustraciones de Sheila Alvarado

Patos

Sabemos dónde ocurrió el derrame: 44.7°N, 178.1°E, al sur de las Aleutianas, cerca de la línea horaria internacional, en esas latitudes tormentosas que en la época de los navegantes eran conocidas como el Cementerio del Pacífico, al norte de lo que los oceanógrafos (menos poéticos que los marineros antiguos) llaman «el frente subártico». Sabemos la fecha (diez de enero de 1992), pero no la hora. Durante años la identidad del navío fue un secreto bien guardado, pero al consultar antiguos horarios de transporte publicados en el Journal of Commerce y preservados en carretes rayados de microfilm en el sótano de una biblioteca, pude resolver este enigma por eliminación. El barco era el Ever Laurel, de una compañía griega llamada TechnomarShipping y operada por la taiwanesa Evergreen Marine Corporation, cuyos contenedores verde abeto con el curioso y selvático nombre de la empresa estampado en letras blancas de molde pueden verse en puertos alrededor del mundo. Ninguno de los rollos de microfilm conserva la identidad de los oficiales o la tripulación, mucho menos sus recuerdos de aquel día o noche de tormenta; y si la bitácora de viaje existiera todavía, ha sido escondida en algún archivo corporativo, consignada para cualquier efecto y propósito, en el olvido.

Sabemos que el barco partió de Hong Kong el seis de enero, que llegó al puerto de Tacoma el dieciséis de enero, un día después de lo previsto, y que la causa probable de la demora fue el mal tiempo. El diez de enero el Ever Laurel no faxeó su reporte de clima al Servicio Nacional de Clima en Washington, D.C., pero la semana siguiente otro navío cercano sí lo hizo, y describió vientos huracanados y olas de once metros de altura. Si el Ever Laurel hubiera encontrado condiciones igual de tempestuosas, podemos imaginar, al menos con vaguedad, lo que pudo haber pasado: a pesar de su grandeza, y sacudido por olas tan altas como casas de tres pisos, la colosal nave, un almacén flotante de casi treinta toneladas de peso muerto y alimentado por un motor diésel del tamaño de un granero, se inclinó, roló, escoró y dio guiñadas como si fuera un juguete en un jacuzzi.

En algún momento, en un fuerte aumento repentino del viento, dos columnas de seis contenedores apilados sobre la cubierta se soltaron de sus amarras de acero y cayeron al agua. Podemos asumir con cierta certeza que el chapoteo posterior fue magnífico, como el que haría un tren si se desbarrancara de un acantilado junto al mar. Sabemos que cada uno de los doce contenedores medía dos metros y medio de ancho y seis o doce metros de largo y que al menos uno de ellos –tal vez cuando chocó con otro contenedor o cuando golpeó contra el barandal del buque– estalló y se abrió mientras caía.

Sabemos que a medida que el agua llenaba el contenedor y este se hundía, decenas de cajas de cartón flotarían a la superficie, que una a una ellas también se desharían, y descargarían miles de paquetitos en el mar y que estos resurgirían también balanceándose; que cada uno de ellos tenía una carcasa de plástico y una cubierta de cartón; que cada una de las carcasas alojaba cuatro animales huecos de plástico (un castor rojo, una rana verde, un pato amarillo y una tortuga azul) cada uno de casi ocho centímetros de largo, y que el cartón tenía impresas con letras multicolores las siguientes palabras: «Primeros años. Floatees. Flotan en bañeras o en piscinas. Juega y descubre. Hecho en China. A prueba de lavaplatos».

Desde un avión que volara bajo en un día claro, los paquetes se habrían visto como confetis, una gran deriva de cuadrados de colores, explotando en cámara lenta entre las olas. En veinticuatro horas el agua habría disuelto el pegamento y la marea habría separado el plástico del cartón. Allí, en mares de casi cuatro millas de profundidad, seiscientas millas al sur de la isla Attu, en el extremo occidental de la cola aleutiana, más de mil millas al este de Hokkaido, el borde norte de Japón, y a más de dos mil millas al oeste de Sitka, Alaska, veintiocho mil ochocientos animales de plástico (siete mil doscientos castores rojos, siete mil doscientas ranas verdes, siete mil doscientas tortugas azules y siete mil doscientos patos amarillos) empollaron de sus carcasas de plástico y se fueron a la deriva. Para cuando flotaron hasta mi imaginación, los animales de plástico que habían caído al Pacífico en 1992 eran casi irreconocibles. Para empezar, el plástico se había convertido en goma. Y, por otro lado, los castores, las ranas y las tortugas se habían convertido todos en patos.

En el otoño de 1993, empezaron a aparecer de pronto Floatees en las costas de Shemya, una pequeña isla aleutiana a casi dos mil cuatroscientos kilómetros más cerca de Rusia que de Sitka, no muy lejos del lugar del derrame original. En 1995, unos beachcombers (raqueros )en el estado de Washington encontraron una tortuga azul y un patito despintado por el sol. Dean y TylerOrbinson, un equipo de padre e hijo de raqueros que cada año peinan las islas deshabitadas de la costa de Alaska agregaron más juguetes a su creciente colección (docenas en 1992, tres en 1993, veinticinco en 1994 hasta que en 1995 no encontraron ninguno). La ausencia continuó en 1996 y los Orbinson asumieron que habían encontrado al último animal plástico, pero luego, en 1997, los juguetes de pronto retornaron en grandes cantidades.
Faltaban miles más por encontrar. ¿Adónde habían ido a parar? ¿Al Ártico? ¿Alrededor del globo? ¿Estaban todavía por allí, viajando en las corrientes del Pacífico norte? ¿O estaban sepultados bajo escombros y arena a lo largo de las costas salvajes y poco habitadas de Alaska? ¿O, sucumbiendo a los elementos (temperaturas congelantes, el incesante romper de las olas, exposición prolongada al sol) se habían roto, llenado de agua, hundido? Los veintiocho mil ochocientos juguetes habían resurgido de aquel contenedor en la misma superficie de agua.

Desde el verano de 2001, Sitka era la sede de la feria anual de raqueros (Beachcomber’s Fair), presidida por Curtis Ebbesmeyer (parte gurú, parte empresario). Los raqueros le traían cosas que habían rescatado de la arena y Ebbesmeyer, como un psíquico científico, iluminaría estos descubrimientos lo mejor que podía. «Todo tiene una historia», le gusta decir. Cuando un raquero le mostraba a Ebbesmeyer algún naufragio de misteriosa procedencia, se ponía a investigar. En la feria de ese año, en Sitka, un pescador local llamado Larry Calvin estaría llevando a un selecto grupo de raqueros a las costas silvestres de la isla Kruzof, adonde algunos de los juguetes habían llegado. Ebbesmeyer, quien lideraría la expedición, me ofreció un lugar a bordo del bote de Calvin, el Morning Mist.

¿Y si siguiera el recorrido de los juguetes a donde fuera que llevaran, de una fábrica en China, a través del Pacífico hasta el Ártico? No podría hacerlo en un solo verano. Requeriría muchos meses, tal vez un año entero. Tal vez tendría que tomarme una licencia, o de plano dejar de enseñar. No estaba seguro cómo llegaría a todos esos lugares en mi mapa, pero de eso se trataba. Los juguetes habían quedado a la deriva. Yo también lo haría. Los vientos y las corrientes marcarían mi curso.

La palabra «sintético» en su sentido actual de «químicamente no natural» no aparecería impresa hasta 1874, veinte años después de la publicación de Walden y cinco años después de la invención del celuloide, el primer sintético industrial. En sus ciento treinta y siete años de historia, el mundo sintético ha crecido hasta convertirse en una especie de desierto. Con excepción de nuestros semejantes humanos y las mascotas domésticas, los objetos que habitan el mundo que observamos son casi por completo hechos por el hombre. Consideremos lo siguiente: en la naturaleza hay ciento cuarenta y dos especies conocidas de Anatidae, la familia a la que pertenecen los patos, gansos y cisnes. De esas especies sólo una, el pato blanco pequinés, una raza domesticada del panade real, produce patitos amarillos sin manchas. Desde la invención del plástico, se han extinto cuatro especies conocidas de Anatidae; varias otras sólo sobreviven en santuarios creados especialmente para ellas. Mientras tanto, según el estimado de un coleccionista, los fabricantes de novedades y juguetes han creado más de cinco mil variedades distintas de patos de fantasía, de los cuales casi todos son amarillos y la mayoría no están en realidad hechos de goma, sino de policloruro de vinil plastificado, un derivado del carbón. ¿Por qué tiene el hombre por vecinas sólo estas especies de animales –se preguntará un Thoreaumoderno– como si nada que no fuese un pato amarillo pudiera posarse en el borde de una bañera?

Preparemos un baño. Hagamos flotar un pato de goma. Mírelo bambolearse allí. ¿Qué misántropo amargado de brumoso noviembre al contemplar un pato de goma a flote no siente un rayo crayola de sol que ilumina su triste corazón? Gráficamente el pariente más cercano del pato de goma no es ni un pájaro ni un juguete, sino la cara feliz y amarilla de los comerciales de Wal-Mart. Un pato de goma es en efecto una cara feliz con cuerpo y labios, porque en eso se ha convertido el pico del pato: en grandes y coloreteados labios hinchados. Tanto la cara feliz como el pato de goma reducen las expresiones faciales a una suerte de pictograma. Ambos son emoticones. Y son, por supuesto, del mismo color. Del amarillo de una yema de huevo, o el centro de una margarita, un tono más oscuro que un impermeable amarillo, un tono más claro que un taxi.
Como los ojos de otros animales (conejos, por ejemplo, o ciervos) y a diferencia de los ojos de una cara feliz, los ojos del pato de goma se asoman inútiles desde los lados de su cabeza esférica. Su movimiento también es expresivo, gozosamente errático, como una pelota que rebota o un borracho que baila. Al menos mientras no se vuelque y flote como un pez muerto, como suelen hacer los patos de goma de reciente manufactura. Es discutible que esos patos achispados merezcan llamarse juguetes. Han retenido su forma pero perdido su función. Su valor es por completo simbólico. No son tanto patos de goma como representaciones simbólicas de patos de goma. Son criaturas de laboratorio, quimeras sintetizadas del capricho y deseo en el laboratorio del comercio.

Los apologistas del plástico a veces confunden las líneas semánticas entre «sintético» y «natural». Todo es químico, dicen con razón, incluso el agua, nosotros y el plástico, como cualquier criatura viviente grande o pequeña, está hecha de carbón y, por ende, es «orgánica». Pero en mi mente la única diferencia significativa entre lo sintético y lo natural es más filosófica que química. Un somorgujo puede simbolizar la locura y un pato tambaleante puede hacernos reír. Pero el pato y el somorgujo existen fuera de los significados con que los cargamos. Un somorgujo (ese pato de apariencia disparatada) no está loco en realidad. Un pato no es en realidad un payaso; se bambolea sin elegancia porque su cuerpo ha evolucionado para nadar. Un pato de goma, en comparación, no está cargado de pensamiento. Es pensamiento, lo inmaterial hecho material, un objeto subjetivo, una fantasía en 3D.