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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Mi genoma, mi yo

En la era de la genética de consumo
los científicos analizan al detalle nuesto ADN
por el precio de un televisor de pantalla plana
¿Es el genoma el oráculo del futuro?

Un testimonio de Steven Pinker
Traducción de Mónica Belevan
Ilustraciones de Sheila Alvarado

Genoma

Entre las ventajas de ser un psicólogo está el acceso a herramientas que me permiten cumplir con la exigencia de conocerme a mí mismo. Me han hecho pruebas vocacionales (la más cercana: psicólogo), de inteligencia (superior a la media), de personalidad (abierta, concienzuda, agradable, de extroversión media, no muy neurótica) y de orientación política (ni de izquierda ni de derecha, más libertario que autoritario). Tengo imágenes por resonancia magnética de mi cerebro (que no presenta agujeros ni protuberancias aparentes)y pronto me someteré a la prueba definitiva de amor conyugal: mi cerebro será escaneado mientras el nombre de mi esposa parpadea de forma subliminal ante mis ojos.

El otoño pasado me presenté ante el método de vanguardia para desnudar el alma. Hice que secuenciaran mi genoma, y he permitido que este se publique en internet junto con mi historial clínico. La oportunidad se presentó cuando el biólogo George Church buscó a diez voluntarios para inaugurar su audaz Proyecto de Genoma Personal (PGP). El PGP ha creado una base de datos pública que contendrá la información y los rasgos de cien mil personas. Gracias a la mágica provisión de masas que arrojan los conteos de Wikipedia y Google, el proyecto busca involucrar a genetistas del mundo entero en un esfuerzo por seleccionar los predictores genéticos y ambientales de los rasgos médicos, físicos y conductuales.

El PGP es una iniciativa de investigación básica y no de descubrimiento personal. Pero el avance tecnológico que lo hace posible —entiéndase, el costo cada vez menor del secuenciamiento genómico— pronto dará a la gente la oportunidad sin precedentes de escudriñar sus estructuras biológicas y hasta psicológicas. Hemos ingresado a la era de la genética de consumo. A un extremo del rango de precios, podemos obtener de knowme (a menudo pronunciado como «know me»), una secuencia completa y análisis de nuestros genoma por US$99,500. Del otro, 23andMe puede dotarnos de un muestreo de rasgos, enfermedades de alto riesgo y datos de ascendencia por US$399. La revista de ciencias NATURE incluyó el artículo «Personal Genomics Goes Mainstream» («La genómica personal se vuelve corriente») entre las noticias más importantes de 2008.

Como en los inicios de internet, el auge de la genómica personal promete ventajas y desventajas que nadie puede anticipar. Podría dar pie a una era de medicina personalizada en que los medicamentos se adapten a la bioquímica del paciente en lugar de hacer malabares con el ensayo y el error, y en que las medidas de filtrado y prevención se orienten a quienes tengan el mayor riesgo. Pero también podría abrir un nicho para que las empresas más depredadoras aterren a los hipocondriacos haciendo, de probabilidades dudosas, genes malditos. Dependiendo de quien tenga acceso a esta información, la genómica personal podría implicar un sistema de seguridad social nacional capaz de pasar por alto un debate de décadas, pues los seguros médicos graduales no serían viables en un mundo en que las aseguradoras puedan escoger a los clientes más libres de riesgo, o en el que los clientes de mayor riesgo puedan armarse de seguros suntuarios.

Los escollos de la genómica personal ya han atraído la atención del gobierno. El año pasado, el presidente Bush firmó una ley contra la discriminación de la información genética, que proscribe la discriminación en el empleo y el seguro de salud sobre la base de datos genéticos. Asimismo, los estados de California y Nueva York tomaron acciones contra las empresas de atención directa al consumidor, y arguyeron que lo que ofrecen son pruebas médicas que sólo puede exigir un doctor.

Pero no menos con el genoma que con la internet, la información se quiere liberar, y dudo que unas medidas paternalistas puedan contener a la industria durante mucho tiempo (aunque, claro, propendo a un temperamento libertario). Para bien o para mal, la gente querrá saber sobre sus genomas. La mente humana propende al esencialismo (la intuición de que los seres vivos albergan alguna sustancia oculta que les da forma y determina sus poderes). En el último siglo, esta esencia ha ido concretándose cada vez más. Superada la vaga idea inicial de que los rasgos se encontraban «en la sangre», la esencia ha pasado a identificarse con las abstracciones conocidas como genes que descubriera Gregor Mendel, y luego con la icónica doble hélice del ADN. Pero el ADN es desde hace tiempo una molécula invisible para todos, salvo para el sacerdocio de la bata blanca. Hoy, por el precio de un televisor de pantalla plana, la gente puede leer su esencia en una hoja en la que se detallan sus propios As, Cs, Ts y Gs.
Una familiaridad rudimentaria con el código de la vida nos enfrentará al bagaje emocional, moral y político que acostumbra asociarse a la idea de nuestra naturaleza esencial. La gente lleva tiempo familiarizada con las pruebas para enfermedades hereditarias, y el uso de la genética para rastrear la ascendencia (la nueva versión de «RAÍCES») se está haciendo corriente. Pero apenas comenzamos a reconocer que nuestro genoma también contiene información sobre nuestros temperamentos y nuestras destrezas. La genotipificación asequible puede ofrecerle nuevas respuestas a la pregunta «¿Quién soy yo?» (a las reflexiones sobre nuestra ascendencia, nuestras vulnerabilidades, nuestros caracteres y nuestras opciones de vida).


Con el paso de los años he llegado a apreciar cuán esquivas pueden ser estas cuestiones. Durante la gira de presentación de mi primer libro hace quince años, un entrevistador observó que el paleontólogo Stephen Jay Gould le había dedicado su primer libro a su padre, quien lo llevó a ver dinosaurios cuando tenía cinco años. ¿Qué me hizo convertirme en un psicólogo cognitivo que estudia el lenguaje? Me quedé alelado. Lo único que se me vino a la cabeza fue que la mente humana es singularmente interesante, y que apenas supe que se la podía estudiar a modo de una profesión, entendí que eso era lo que quería hacer. Pero esa respuesta no sólo habría sido falta de encanto: tampoco habría respondido la pregunta. Millones de personas están expuestas a la psicología cognitiva en la universidad, pero no se interesan en hacer de ella una carrera. ¿Qué la hizo tan atractiva para mí?

Como me quedé con la mirada en blanco, el entrevistador me sugirió que tal vez podía tener algo que ver con el que hubiera crecido en Quebec durante los años setenta, cuando el lenguaje, nuestra capacidad cognitiva por excelencia, figuraba de manera tan prominente en los debates sobre el futuro de la provincia. Asentí inmediatamente, y para mis adentros prometí pensar en una mejor respuesta para la siguiente oportunidad. Hoy podría decir que mis años formativos fueron una época de acalorados debates sobre las implicancias políticas de la naturaleza humana, o que mis padres fueron suscriptores de la serie de libros sobre ciencias Time-Life y que me quedé embelesado por uno llamado La Mente, o que un día un amigo me llevó a escuchar una cátedra del gran psicólogo canadiense D.O. Hebb y que me enganché. Pero todas estas son patrañas. El mero hecho de que tuviera que pensar tanto al respecto me hizo cavilar en eso que los estudiosos de la autobiografía y de los libros de memorias han reconocido desde hace tiempo: ninguno de nosotros sabe qué nos hizo como somos, y cuando tenemos que decir algo, inventamos una buena historia.

Una candidata evidente para la respuesta verdadera es que estamos conformados por nuestros genes de maneras que ninguno de nosotros puede conocer de forma directa. Por supuesto que los genes no son de por sí capaces de operar nuestras palancas conductuales, pero afectan al cableado y a la urdimbre del cerebro, que es la sede de nuestros impulsos, temperamentos y patrones de pensamiento. A cada uno de nosotros le es dada una baraja única de gustos y destrezas, como la curiosidad, la ambición, la empatía, la sed de novedad o de seguridad, o nuestros niveles de comodidad con lo social, o lo mecánico, o lo abstracto. Algunas de las oportunidades con las que nos topamos coinciden con nuestra constitución y nos ponen sobre un camino de vida.

Esto no suena muy radical. Cualquier padre de más de un niño podrá decirnos que los bebés llegan al mundo con personalidades propias. Pero ¿qué puede decirnos cualquiera sobre cómo vino a ser ese bebé así? Hasta hace muy poco, los únicos portentos en oferta eran los rasgos de familia, y hasta se aunaban las tendencias genéticas con las tradiciones familiares. Ahora, cuando menos en teoría, la genómica personal puede ofrecernos una explicación más precisa. Podemos identificar a los mismísimos genes mediante los cuales alguien propende a ser grosero o agradable, estudioso o proactivo, melancólico o eufórico.


Auscultar el genoma para dar con la naturaleza de la persona no tiene nada de inocuo. Durante el siglo XX, muchos intelectuales acogieron la idea de que los bebés eran tablas rasas, inscritas por los padres y la sociedad. Esto les permitió distanciarse de doctrinas tóxicas, como la de la raza superior, la selección eugénica para crear una especie mejorada o la versión genética de la Defensa Twinkie, según la cual los individuos o la sociedad podrían evadir su responsabilidad, con el pretexto de que todo está en los genes. Cuando de comportamiento humano se trataba, la actitud para con la genética fue siempre la de «no vayamos por ahí». Quienes sí lo hicieron fueron atacados, tildados de nazis y de deterministas genéticos o —como en el caso del biólogo E.O. Wilson— hasta rociados con jarras de agua helada en una conferencia científica.

Hoy en día, a medida que las lecciones de la historia se vuelven más claras, el tabú comienza a desvanecerse. Aunque el siglo XX presenció espantosos genocidios inspirados por la pseudociencia nazi sobre la genética y la raza, fue también testigo de espantosos genocidios inspirados por la pseudociencia marxista sobre la maleabilidad de la naturaleza humana. El verdadero riesgo para la humanidad está en las ideologías totalitarias y en la negación de los derechos humanos, más que en la curiosidad sobre lo innato y lo adquirido. Hoy las democracias humanistas de Escandinavia son las sedes de la investigación en genética conductual, y dos de los grupos más victimizados por la pseudociencia racial (los judíos y los afroamericanos) están entre los consumidores más ávidos de información sobre sus genes.
Tampoco hay que dejar que la palabra «determinismo» se interponga entre nosotros y el entendimiento de nuestras raíces genéticas. Para algunas condiciones, como el mal de Huntington, el determinismo genético es correcto: toda persona con el gen defectuoso que viva lo suficiente desarrollará la enfermedad. Pero para la mayoría de las demás características, cualquier influencia genética estará sujeta a la probabilidad. Tener una versión de un gen puede cambiarla, haciéndonos más o menos propensos a presentar un cierto rasgo si las demás variables se mantienen iguales, aunque —como veremos— el resultado final dependa del entramado de otras variables también.