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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Los buitres de la ciudad más violenta del mundo

En Ciudad Juárez, al norte de México, los narcotraficantes y oficiales
del estado mexicano pelean una guerra con más muertos que la de Irak.
Los niños fotografían cadáveres con su celular y uno de los lugares
más concurridos es la morgue. En las escenas de crimen
acecha una multitud de agentes funerarios de saco y corbata
para negociar con las familias de los muertos.
¿Quiénes se benefician más con la tragedia?

Un texto de MARCELA TURATI

Buitres

Cuatro buitres observan atentos el cadáver de un joven asesinado. Mezclados entre los mirones toman notas, se cuchichean frases en clave. Acechan a sus presas: una rubia que llora a gritos al ver el auto rojo rafagueado y el esposo que la abraza fuerte para que no enfrente a los soldados que cierran el paso a donde se desangra su hijo.

Los carroñeros siguen expectantes. De pronto, en una jugada arriesgada, el buitre más hábil se adelanta a los demás y se cuela en la escena entre los deudos, charla con un familiar lejano del difunto, comenta algo con el primo; se desliza junto al papá del joven acribillado, le extiende la mano, se presenta. «Funerales Ríos está para servirles», dice mientras le da una tarjeta de presentación decorada con una cruz.
Antes de que el señor reaccione le arranca la promesa de reencontrarlo dos horas después en Averiguaciones Previas, donde –le informa– tiene que identificar el cadáver. Allá intentará cerrar el trato para que su funeraria preste los últimos servicios al joven y ganar una comisión por la venta.

Los buitres, como él, viven de la desgracia ajena. Ahora mismo alguno sigue una ambulancia que transporta a un rafagueado, otro apura trámites en la morgue, hace guardia en la Unidad de Homicidios de la Procuraduría de Justicia del Estado o maneja una carroza.

Estas aves carroñeras y de mal agüero se han multiplicado en Ciudad Juárez al mismo ritmo que los sicarios que la han convertido en la Bagdad Latinoamericana, la ciudad más mortífera del planeta: ciento noventa y un asesinatos por cada cien mil habitantes. Desde que dos cárteles disputan a muerte el dominio de esta ciudad-traspatio de Estados Unidos, para asegurarse las ganancias del tráfico de drogas, sus calles se convirtieron en el escenario de un juego de video en el que hombres armados aparecen, disparan y matan, seguidos del buitrerío. Y como en un videojuego, siempre hay más para matar.  En una trama que se alarga sin fin. Juárez provee a los agentes funerarios tantos clientes como si los surtieran sobre pedido. Desde 2008, Juárez es la maquiladora nacional de muertos, el principal botadero de cadáveres del país: ella sola aporta una quinta parte de las «bajas» en esta «guerra contra las drogas», como la llamó el presidente Felipe Calderón. Muchos, como Antonio Ibarra, han encontrado en la muerte la forma de ganarse la vida.

Buitres vestidos para la ocasión

El exterior de la Procuraduría de Justicia, la Procu, está habitado por agentes funerarios. Son los buitres. «Esa es la palabra que usa la gente porque estamos aquí como buitres, acechando a la presa, buscando clientes», explica Toño Ibarra, un hombre delgado de casi cincuenta años, con cara afilada y movimientos felinos que representa a varias empresas de velatorios y entierros.

La Procu es un edificio de cristal donde se amontonan los delitos pendientes de resolverse en esta ciudad donde los homicidios compiten por la atención de las autoridades con extorsiones, secuestros, robos e los incendios a negocios. De entre la fauna de policías, abogados, familiares de víctimas y de delincuentes, vendedores de burritos y sodas, periodistas, coyotes y sin-oficio que acuden a la Procu juarense, el buitrerío se distingue porque se estaciona junto a la jardinera donde unas mujeres plantaron unas cruces rosas como recordatorio de que las «Muertas de Juárez», cientos de asesinadas o desaparecidas, todavía esperan justicia.  Aquí cumple Ibarra con su trabajo todos los días a partir de las nueve de la mañana, bajo la misma rutina: cuando sospecha que alguien entrará a reclamar un cadáver se le empareja para instruirlo sobre los papeles que necesita. Si el doliente se mantiene atento le ofrecerá sus servicios de coyote para sortear la burocracia en Previas y «rescatar» a su familiar de la morgue, para luego embalsamarlo y velarlo hasta el entierro.

La explicación parece sencilla pero tiene su arte: Ibarra puede atajar a decenas de personas que llegan a identificar a un cuerpo, pero muchas, al caer en cuenta de que él vive de la desgracia ajena, lo corren con la misma urgencia de quien quiere espantar a la muerte. Otras veces los acompañantes de los dolientes no lo dejan ni acercarse a dar el pésame.

En su negocio, Ibarra intenta apartarse de cualquier sentimentalismo. Se queja de aquellos a quienes les molesta su trabajo: «Los peores de todos, los habladores, son los vecinos, los ayudantes que ni vela tienen en el entierro, esos ingratos nos corren porque ni saben, nos ven mal, pero alguien tiene que hacer este trabajo»  me dice.

Los carroñeros visten de negro o gris oscuro, preparados siempre para el funeral del que se enteraron, incluso, antes que el difunto muriera. Son capaces de detectar la mueca trabada a punto de convertirse en puchero o el ojo enrojecido por la velada en llanto que distingue a quienes entran a reconocer un cadáver de quienes acuden a denunciar un robo.

Se les reconoce también por sus peculiares conversaciones.

—¿Y esos zapatos son nuevos?
—Ofcourse.
—Seguro se los quitaste a un 3-9.
La insinuación de haber robado algo a un difunto, de tan común no causa gracia.
—Anoche estuvo calmado, nomás hubo seis eventos.
—A mí me llegó nomás un naturalito, ningún autopsiado. 
Otras charlas son crípticas:
—¿Vamos a ver si está buena la película?
—Dicen los pasajeros que si hay muerto el negocio está bien, si no ni pa’ qué vamos.