Etiqueta Negra

Una revista para distraídos

Los beisbolistas del Sahara

¿A quién le sirve hoy un partido de béisbol en el desierto?

Una crónica de Leonardo Faccio
Ilustraciones de Martín Elfman

Faccio

Muna Alialal, una niña saharaui que vestía una camiseta con el dibujo de un corazón, me llevó una tarde a ver un juego de béisbol en el desierto. En el sudoeste de Argelia, donde estábamos, las carreras de camello siguen siendo el deporte tradicional, el calor asciende sin freno a los cincuenta grados y los espejismos son parte de la ficción natural del día. Ver un partido de béisbol en el Sahara parece una ilusión óptica, sólo que el bateador estaba realmente allí: llevaba un turbante en lugar de casco y había siete jugadores que corrían descalzos por la arena. Habían puesto cartones para marcar las bases, y el campo de juego era la planicie de piedras y arena conocida como hammada, una palabra árabe que nombra a la porción más árida del páramo más gigante del mundo, y que los beduinos, los nómadas del desierto, usan para mandarte al infierno. La pasión por pegar a la pelota con un bate había llegado hasta donde uno puede morir deshidratado sólo por caminar rápido. Allí los pies se hunden en la arena y sientes que envejeces con cada paso que das. Sólo los niños, inconscientes, corren sin tener una meta. Muna Alialal había nacido allí: en un campamento de tiendas de lona y casas de adobe cerca de las fronteras de Marruecos y del Sahara Occidental, la tierra de la cual toda su familia había sido desplazada. No tienen trabajo ni moneda propia. Hoy viven más de ciento cincuenta mil saharauis refugiados en este rincón de Argelia. También los beisbolistas del Sahara.

—Vamo’ mi yunta —alentaba un hombre de turbante.

Los saharauis que bateaban una pelota revestida en cuero parecían los protagonistas de una película mal doblada al español. El hassania, un dialecto árabe, lleva siglos de ser su lengua materna. Frente a Muna Alialal, en el desierto, un beisbolista en segunda base calzaba una gorra de los New York Yankees y gritaba con acento cubano. No es raro que un saharaui hable castellano: el Sahara Occidental había sido colonia de España durante medio siglo, pero los beisbolistas saharauis hablaban con un inconfundible acento caribeño. Se decían «socio» entre ellos y por ratos deslizaban un «chévere» cantarín. Los padres de Muna Alialal huyeron hasta esta parte del desierto a mediados de la década del setenta cuando Marruecos invadió su país bombardeándolo con napalm. El béisbol había nacido en Europa en la Edad Media —los alemanes inventaron las primeras reglas— y en el siglo XVIII los colonos ingleses lo introdujeron en el norte de América. La afición por el bate y la pelota había cruzado el océano, y esa tarde los beisbolistas saltaban con languidez y bajo un sol de náufragos el abismo que separa a los caribeños de los musulmanes. En el Sahara les llaman cubarauis.

Muna Alialal no se cubría el cuerpo con una melfa, la túnica que suele cubrir a las mujeres saharauis de la cabeza a los pies: usaba parte de su cabello para protegerse cuando un ventarrón arrastraba arena a su cara. Esa tarde los hombres que alentaban a los equipos de béisbol cubrían sus bocas y narices con turbantes. Las mujeres se resguardaban del viento tras el velo que envolvía sus cabezas. En el desierto no existen las brisas húmedas del Caribe. Bajo el sol de la hammada argelina, Muna Alialal miraba más allá de los beisbolistas saharauis para saludar con la mano a unos adolescentes que, como ella, veían el partido de béisbol como un pretexto para encontrarse con amigos, una excusa para salir de casa.

El juego de pelota nunca ha sido una afición popular en África. A unos diez mil kilómetros del Caribe, donde el béisbol es el deporte rey, explicar el origen de los saharauis que juegan al béisbol es narrar la historia de las últimas cuatro décadas del Sahara Occidental. Para sobrevivir en la guerra contra Marruecos, necesitaban más que a la ONU, necesitaban más que armas y comida: necesitaban educación. Los saharauis pidieron ayuda a países aliados. Conocieron el béisbol cuando sus primeros refugiados viajaron a Cuba. Por más de treinta años, el gobierno de Fidel Castro becó a unos cinco mil saharauis para que estudiaran en las universidades de su país. Llegaban a La Habana cuando eran adolescentes y volvían al Sahara graduados de ingenieros, médicos y arquitectos. Pasaban más de diez años en la isla. Pero de Cuba sólo trajeron sus diplomas universitarios. Los saharauis viven de los donativos de la comunidad internacional y de los altruistas voluntarios. Los bates y las pelotas de béisbol llegarían al desierto desde República Dominicana.

Un beisbolista amateur de Santo Domingo se los llevaría.

—Yo tenía deseos de conocer —me dijo un día Irving Flete desde su pantalla de Skype–, y me lancé a la aventura.

Hoy los cubarauis juegan al béisbol todos los lunes. En su ciudad, Santo Domingo, Irving Flete había jugado de catcher y tercera base en ligas juveniles de béisbol, y pensó que sería una gran idea llevar este juego al desierto. Un golpe de una bola rápida había lesionado su brazo izquierdo, y Flete ya no pudo volver a competir. Los que esta tarde juegan béisbol entre piedras y arena tendrían que atravesar caminos sinuosos durante horas para hacerse una simple radiografía si se quebraran un hueso al correr tras una pelota. Los campamentos de refugiados son un paisaje hecho de retazos de ayuda humanitaria. Hay dispensarios con unos cuantos medicamentos que a veces llegan desde Europa en mal estado, y jóvenes vestidos con ropa de la tienda española Zara. La niña que me guía usa blue jeans. Muna Alialal miraba el juego como una chica saharaui mira el sol: como una presencia que se mueve sin despertar curiosidad. Irving Flete, en cambio, habla del béisbol en el desierto como la empresa de su vida.


Irving Flete decidió llevar el béisbol al Sahara un día en que, en una clase de su universidad, una profesora buscaba voluntarios para viajar al norte de África. Por entonces estudiaba Contabilidad y viajar a países exóticos como cooperante voluntario era simple. En las agencias de cooperación exigen ser menor de treinta años, tener estudios universitarios, saber idiomas y estar desempleado. En la lógica de las rutinas turísticas, ser filántropo de ocasión en los países más empobrecidos del mundo es posible entre un trekking en las montañas y una excursión de rafting. La guía «Lonely Planet» para viajeros incluye excursiones a los rincones más miserables del mundo. En su edición de la India, por ejemplo, recomienda a la agencia Reality Tours & Travel para cooperar en el municipio Dharavi, la villa miseria más grande de Asia. La marca de ropa Missing Johnny lanzó con la Cruz Roja una colección otoño-invierno inspirada en el «look cooperante»: pantalones anchos, botas de expedicionario y una gorra. Irving Flete se fue de República Dominicana como tantos jóvenes que quieren sentirse útiles en sus días de vacaciones. «Una profesora nos propuso unas vacaciones diferentes», recuerda por Skype. Llevar el béisbol a los saharauis era una forma alegre de devolver lo que el destino le había negado por su lesión al brazo. Meses después de recibir esa clase en la Universidad de Santo Domingo, un estudiante de Contabilidad cruzó el Atlántico para llevar sus guantes de béisbol al desierto.

—Llegué al Sahara y sentí que no podía respirar.

Irving Flete lo narra con el tono heroico y convencido de un aventurero que sobrevivió en una película real.

Cuando Irvin Flete marchó al Sahara por primera vez, lo acompañaban diez personas —entre ellos un odontólogo, maestros y un veterinario—. La filantropía, cuyo estilo siempre fue la discreción, se puede narrar hoy como una gran película hecha por anónimos como Flete o famosas como Angelina Jolie. Ella puso sus curvas y labios frondosos a favor de los derechos humanos en Sudán, y Bono de U2 se volvió la aguda voz cantante de los africanos abandonados a su suerte. Hoy el misionero que hace de la generosidad una forma de vida convive con el turista solidario. A veces los intereses personales de algunas estrellas se confunden con los personajes que interpretan. El actor Javier Bardem pidió audiencia en la ONU para reclamar por los derechos de los saharauis. «El conflicto del Sahara es una deuda histórica para el Estado español», dijo en esa ocasión. Dos años antes antes el actor había viajado a los campamentos de refugiados. Era el invitado especial de un festival de cine que el documentalista Javier Corcuera organiza cada primavera en el Sahara. Entre películas proyectadas a cielo abierto y una pantalla de madera pintada con cal, Bardem era la estrella solidaria. España abandonó a su antigua colonia, y la indignación y la culpa detonaron la generosidad del actor. Aunque, con esa voz subterránea y vestido con traje oscuro, aquel día en las oficinas de la ONU se parecía a uno de sus severos personajes de ficción. Los africanos no pueden escapar a su destino de exóticos y pobres.

Irving Flete cargó en su equipaje cinco sacos de ropa, medicamentos, balones de fútbol, útiles escolares y todos los elementos para organizar un partido de béisbol. Cuando el estudiante de Contabilidad llegó allí, los saharauis acababan de cumplir treinta años de exilio en sus campamentos de refugio. Su país, el Sahara Occidental, era para Flete apenas una porción de tierra en un planisferio con costa en el Océano Atlántico. En una caja con un cartel de «frágil», el dominicano llevaba un nebulizador. Los trastornos respiratorios son frecuentes en el desierto y la arena empujada por el viento es insidiosa.

Hay razones que nos impulsan a ayudar a unas personas y no a otras: Irving Flete decidió llevar el béisbol al Sahara y no a Bolivia. ¿Por qué le negamos una limosna al señor que pide en la puerta del banco y unos minutos después le damos una moneda a la señora que mendiga en el metro? La generosidad es intermitente y caprichosa. Irving Flete viajó hacia una aventura que la rutina de ayudar suele negarnos. La ONU dice que existen en el mundo más de cuarenta millones de personas desplazadas de sus países y refugiadas en países vecinos por obra de sequías, hambrunas y guerras. En el mapa de las desgracias, los refugiados saharauis son una minoría desplazada y en lucha por el ideal político de recuperar su territorio. Durante diecisiete años los saharauis le declararon a Marruecos una guerra de resistencia en el desierto. Hubo quienes se quedaron a resistir en su propio país, y hoy soportan el abuso de la policía marroquí. Otros emprendieron el exilio forzoso hacia los campamentos de Argelia. Marruecos sembró minas antipersonales y construyó para ellos un muro a lo largo de toda la frontera. Luego vino el pleito en los tribunales. Como una bola de béisbol que no acaba de caer en su lugar, la ocupación del Sahara Occidental es un golpe fuera de regla. Hoy los saharauis son un pueblo cuya historia aparece como paradigma en los manuales del derecho internacional. Desde República Dominicana, Irving Flete vio que todos los países de África estaban pintados en el mapa con un color diferente y que el Sahara Occidental estaba pintado con rayas oblicuas. Iba de camino a un territorio en guerra: una colonia española que en lugar de recibir la soberanía fue entregada a Marruecos. Iba a conocer el pueblo que hoy es el único país de África que no se libra de su colonizador. ¿Qué utilidad tenía meter en su equipaje unos bates y guantes de béisbol para llevarlos al desierto? ¿A qué jugaba un estudiante de Contabilidad? Flete aún no lo sabía.

—Yo confío en Dios por encima de todo —me dijo.

El exestudiante de Contabilidad es un protestante evangélico que extendió sus vacaciones solidarias lejos de los barrios donde había crecido. Fue bautizado en una iglesia de Santo Domingo, de donde partió hacia el Sahara por primera vez en 2005. Hizo escala en Madrid y a cabo de más de veinte horas de vuelo aterrizó en un aeropuerto sin cinta transportadora de equipaje. Tindouf, la ciudad argelina más próxima a los campos de refugiados, fue el mismo sitio al que llegué un año después que Flete a ver un partido de béisbol y donde conocí a Muna Alialal. Era medianoche y el viento frío del desierto cubría de arena toda esa ruta incierta y sin señales. Dos horas de viaje separan el aeropuerto de los campamentos de refugiados. La madre de la niña me esperaba.