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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Los aeropuertos son feos
los aviones, peores

Viajar en avión ha dejado de ser una aventura glamourosa
para convertirse en un suceso tedioso, incómodo e impredecible.
¿Por qué la arquitectura y el diseño no consiguen mejorar la experiencia de volar?

Una protesta [airada] de Óscar Tusquets Blanca
Ilustrado por Eduardo Seligra

Aeropuertos

Cada vez que tengo que tomar un avión y pienso en la cantidad de papanatas que protestan de que en nuestro entorno hay demasiado diseño, me pongo enfermo. Si existe algo no diseñado, quiero decir no proyectado, no prefigurado en su totalidad, sino solventado mediante chapuzas sucesivas a medida que van apareciendo problemas, esto es el transporte aéreo.

Empecemos por los aeropuertos, casi todos ellos edificios banales, desordenados y feos en permanentes obras de reforma o ampliación. Quedan muy lejos las grandes estaciones ferroviarias: las neoyorquinas Grand Central y Pennsylvania (aquellas termas maravillosas de McKim, Mead & White, hoy derribadas), o las parisinas d’Orsay (qué bonita antes de convertirse en Museo) y de Lyon (con su increíble restaurante donde cenar antes de escapar en el Train Bleu hacia el placer de la Costa Azul). Aquellos edificios sí fueron proyectados, proyectados como monumentos públicos, nobles y perdurables, palacios o catedrales para el pueblo.

Observando la continua mutación y degradación que sufren los aeropuertos y cómo varían su uso en función de los vaivenes del transporte aéreo; observando en lo que se ha convertido hoy la bella y fantasiosa terminal de Saarinen para la TWA de New York, albergo serias dudas sobre la posibilidad y oportunidad de diseñar un edificio coherente y completo para un uso tan aleatorio. Quizás el proyecto de un aeropuerto debería acercarse más a un plan urbanístico que definiese las reglas de juego, la trama, el esquema circulatorio de igual forma que lo hace para una ciudad. Un aeropuerto moderno se parece a una ciudad, nunca está acabado, tiene un futuro imprevisible, debe continuar funcionando mientras se amplía. Naturalmente, para obtener un feliz resultado global es imprescindible contar con buenos proyectos arquitectónicos para cada porción, pero la uniformidad de los mismos es, no sólo utópica, sino también desaconsejable, tanto para la ciudad como para el aeropuerto.

Bueno, pues llegamos al aeropuerto, habitualmente feo y caótico, y nuestro vía crucis comienza por la facturación. Suponiendo que hayamos encontrado un carrito, que hayamos sabido orientarnos y que la interminable cola –que ha atascado irremediablemente una familia numerosa hindú, poco políglota, que ha perdido su enlace– no haya acabado con nuestra paciencia, nos encontramos al fin en el mostrador temblando ante lo desconocido, pues, por muchas precauciones que hayamos tomado, por mucho que hayamos previsto el viaje con antelación y tengamos las reservas desde hace medio año, ahora estamos en las manos arbitrarias de la señorita que mira con el ceño fruncido la pantalla de su ordenador mientras teclea displicente intentando dar con nuestro nombre. Penosos recuerdos acuden a nuestra mente y ya vemos a la auxiliar de tierra diciéndonos que nuestro vuelo no ha sido confirmado convenientemente, que lo que figura en nuestro billete es papel mojado, que lo que vale es lo que ella ve en la pantalla y que no entiende por qué estamos poniéndonos histéricos pues, aunque no podemos tomar un avión directo a Hong Kong que habíamos reservado, sí lo haremos en otro que, previa escala en Moscú y en Delhi, nos depositará en nuestro destino sólo con ocho horas de retraso.

El arquitecto Paco Sáenz de Oiza se pregunta por qué para embarcar en un avión debemos ser tratados como retrasados mentales, por qué debemos acudir con hora y media de antelación como borregos agrupados en corrales cuando, en cambio, se nos da total libertad de adultos para tomar un tren

De un sistema de reservas que no sólo acepta, sino que legaliza el overbooking poco se puede destacar, como no sea el increíble cinismo del clan mafioso de compañías internacionales que lo han «diseñado».
Las interminables esperas en los aeropuertos son previsibles para todos menos, por lo visto, para los que los proyectan. Lo que he visto por estos mundos de Dios en cuanto se organiza una huelga, o se desorganiza el tiempo, me trae inmediatamente las imágenes de los pobres inmigrantes europeos en Ellis Island, Charlie Chaplin, América, América de Kazán: familias apretujadas intentando dormir en el suelo, gentes hambrientas pues en el bar han acabado las existencias, aseos de una inmundicia indescriptible.

Claro que si volamos en primera y en la compañía adecuada o si disponemos de unas misteriosas tarjetas que algún habitué enchufado muestra como si fueran fotografías pornográficas, podemos acceder a una exclusiva sala VIP que en general pierde todo el glamour en cuanto se la visita, pues es como debería ser cualquier aeropuerto, o como es cualquier local público de éxito cuando las leyes de mercado pueden actuar sin cortapisas. La política que han seguido las grandes compañías con respecto a los pasajeros de las distintas clases es la misma en el aeropuerto que en el interior del avión; consiste en que el confort de los billetes más caros se asemeje al de la clase turista de hace unos años y que los billetes económicos vayan bajando el suyo.

Pasemos ahora a la ceremonia del embarque. El gran arquitecto y mejor polemista Paco Sáenz de Oiza se pregunta por qué para embarcar en un avión debemos ser tratados como retrasados mentales, por qué debemos acudir con hora y media de antelación y debemos acudir como borregos en sucesivos corrales cuando, en cambio, se nos da total libertad de adultos para tomar un tren, al que podemos llegar en el último minuto, escoger el andén sin ningún control y, si aparecemos en Frankfurth en lugar de Calahorra, peor para nosotros. Naturalmente existen motivos de seguridad, pero éstos han aparecido posteriormente y no explican por completo el trato de jardín de infancia al que somos sometidos. El pasajero es tratado como un niño díscolo e ignorante de igual forma que lo hace el moderno médico especialista con el paciente. En el fondo la actitud del médico encumbrado y de la compañía aérea se parecen mucho; nos hacen esperar el tiempo que haga falta sin la menor justificación por su parte –nuestras horas no tienen valor, sus minutos son sagrados– nos consideran demasiado ignorantes para hacernos partícipes de sus planes, nunca nos explican toda la verdad, nos dan las malas noticias a cuentagotas, juegan con el comprensible temor que nos inspiran sus especialidades y, sobre todo, están seguros de que nosotros no sabemos realmente lo que nos conviene.
Vamos a embarcar, por fin, pero no crean que han acabado nuestras humillaciones, pues, aunque el avión esté allí enfrente a unos pocos pasos, no nos van a dejar pasear tranquilamente por la pista. ¡Qué vana pretensión! La clase de párvulos va a esperar su autobús al que subiremos todos, bueno, casi todos, porque siempre hay un rezagado que nos hace esperar de pie, llegando en estúpida carrerita, balanceando la bolsa de duty free, entre cómplices risas de las dicharacheras azafatas.