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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Laura Bozzo es feliz
[Una visita al set de la nueva
estrella de Televisa]

Setenta empleados tiemblan con sus gritos.
Siete mujeres la siguen para cuidar su peinado.
Dos empresas multimillonarias pelean por contratarla.
Y un asistente le enciende los cigarrillos.
¿Por qué la señora quiere salvar a México?

Un texto de Diana Amador
Fotografías de Mario Manterola

Laura Bozzo

Desde la sala de espera su voz y el humo de sus cigarrillos anuncian su presencia. Decenas de personas hacen fila esperando audiencia: mujeres con los ojos vidriosos y un hijo perdido, señores con una receta médica que no pueden pagar, huérfanos y sus abuelas en busca de alguna beca escolar. Esperan tres, cuatro, seis horas.Se cansan y se marchan poco a poco.Al fin Laura Bozzo termina el primero de los dos programas que grabará ese día y se dirige a su camerino. Quien estuvo tres años bajo arresto domiciliario en un set de televisión peruano decide hoy pasar doce horas diarias aquí. Aquí es el Foro Catorce de Televisa, la cadena más importante de habla hispana. El ambiente es tenso: sus empleados entran y salen del camerino llevando el ritmo de gritos y pedidos que todos alcanzamos a oír. De pronto se hace un silencio como el que precede los desastres, y Laura Bozzo abre la puerta. Resopla, manotea el aire. La producción se paraliza. Todos miran al suelo, nadie es capaz de sostenerle la mirada. Bozzo, destemplada, exige que una mujer, «esa gorda», una subordinada invisible que ha despertado su furia, jamás regrese a la empresa donde hoy aloja su reino. Tal vez haya olvidado que algunos fans y una reportera aún la esperamos. Tal vez no le importe. Tal vez sí. Su productor le asegura que la mujer no volverá nunca.

Una tarde antes, en junio de 2011, la conductora de televisión fumaba Marlboro Lights casi uno tras otro, pero no era ella quien buscaba el encendedor en su bolso Louis Vuitton cada vez que lo necesitaba. Para eso está su asistente, Fabián Larrosa, una extinta estrella de la bailanta argentina que trabaja cumpliendo sus caprichos. Este uruguayo fornido y rubio es un ex integrante del grupo Complot, como Christian Suárez, el eterno novio de Bozzo. Ella me recibió, cómoda, en uno de los tres sillones que hay en su camerino, justo frente a uno de esos espejos rodeados de reflectores que ocupa la mitad de una pared. El estampado de piel de leopardo en su blusa hacía juego con los zapatos, y las cuentas brillantes de su pantalón resplandecían con los anillos y la medalla de la Virgen de Guadalupe. Bozzo brillaba, desde la laca en su cabello hasta el dobladillo de sus jeans, pasando por su nariz, que ni el polvo de maquillaje había logrado opacar. Se veía tranquila. Dejó las demandas y el descrédito en el Perú, cinco mil kilómetros más al sur. Los dejó, pero no los olvidó, como tampoco el repudio, las carencias, la secuencia de fracasos que pasó antes de llegar aquí: Global TV canceló su programa por baja audiencia. Telecinco rechazó sus planes de entrar a la televisión española cuando los ejecutivos de la cadena vieron el piloto que les llevaba. Telemundo le dio un programa en Estados Unidos, pero sólo duró cuatro meses. Jaime Bayly la acusó de usar panelistas falsos y de violar los derechos de una menor. Murió su madre. Una encuestadora peruana la eligió el personaje más rechazado de 2009. Dice que estaba en el inframundo, pero que nadie lo notaba, porque es orgullosa hasta la enfermedad. Hoy Laura Bozzo está en México, viviendo lo que llama el momento más feliz de su vida, gracias a un público que, a cambio de entretenimiento y esperanzas, le da el rating más alto de su horario.

A Laura Bozzo le gusta compararse con un jugador del Alianza Lima que sueña toda su vida con ser fichado por el Real Madrid. Lo que ella insiste en llamar renacimiento, es la consumación de un sueño. Dice que siempre supo que viviría en este país, desde que sus padres le contaban del paraíso que aquí le esperaba. Llegó en 2006, después de su famoso encierro, a negociar con Televisa. La cadena competidora, Tv Azteca, transmitió un programa sobre «la sórdida historia de la presentadora más polémica del talk show latinoamericano». La mostraron como una manipuladora de los pobres a favor de un gobierno corrupto y genocida. Bozzo declaró que era una venganza porque se negaba a firmar un contrato con ellos. Un año más tarde se fue a trabajar al canal que la había insultado. Había pasado trece meses fuera de las pantallas. Cuando su contrato venció, en 2010, el jaloneo entre las dos empresas comenzó de nuevo. Esta vez Televisa se quedó con ella. Fue el 24 de enero de 2011 cuando Laura Bozzo se puso por fin la camiseta del Real Madrid. Había llegado a las grandes ligas. ¿Qué tenía la mujer más fea de la televisión (según la revista TvNotas USA) para seducir a un duopolio multimillonario? Los números. Con pocas semanas en el aire, la mujer que había perdido su programa en el Perú por baja audiencia superó los quince puntos de rating, una cifra que ningún programa de Tv Azteca había alcanzado, y que en Televisa sólo era normal en los horarios estelares.


En cada emisión de Laura, quince mujeres treintonas se sientan como en un coro frente al escenario. Acusan a los «desgraciados», a los «malos hijos», a los «poco hombres». Los señalan, emiten sus veredictos, ovacionan a la heroína, a la que imparte justicia. Todas usan ropa entallada que deja ver su sobrepeso y no paran de gritar durante el programa. Se hacen llamar «la porra oficial», son sus fieles seguidoras. Un día de mayo de 2011, en el Foro Catorce, cuando las cámaras se apagaron, y la diva se levantó para ir a su camerino, el show (la pelea) continuaba. Los espectadores –como suele suceder en cada programa– seguían gritando: «Es tu culpa que tu esposo te haya engañado», «Tan jovencito y tan güevón», «Eres una naca pelanopales». Algunos panelistas respondían, otros se quedaban en silencio. La audiencia quiere verlos estallar, pero alguien de producción logra controlarlos. En México obtener una sentencia por un delito es como sacarse la lotería: noventa y ocho de cada cien criminales quedan impunes. Queremos justicia, aunque sea en las pantallas. En su programa, Laura Bozzo puede resolver nuestros problemas, condenar a los demás, y decir lo que nadie más se atreve. Para Gil Barrera, editor del tabloide Basta!, por eso queremos ser ella, para insultar a quien nos ha perjudicado, expulsar el enojo y la frustración chillando y cacheteando. En una nación de desgraciados, gritar puede ser el único desahogo.

Los habitantes de Ciudad de México han visto aparecer avisos espectaculares con la imagen de Laura Bozzo lanzando una tétrica mirada y una sonrisa casi perversa. Se anuncian nueve funciones en un teatro de casi dos mil butacas. Drogadicción, prostitución y violación, son las palabras que acompañan la promesa de encontrar en ese show «lo que no puedes ver en TV»

Esa tarde Teresa González, una de las mujeres de la porra oficial, llegó al programa en un transporte pagado por Televisa desde Iztapalapa, la delegación más pobre de la capital mexicana. Participa en el ritual cinco veces por semana y dice que admira la elegancia y valentía de Laura Bozzo. «Sin ella, ¿quién nos defiende?», se pregunta. La «señorita Laura» se vende como la redentora de las mujeres maltratadas en una sociedad donde los reportes indican que alrededor del setenta por ciento de las mujeres ha sufrido algún tipo de violencia de pareja y casi la mitad de las casadas tienen que pedir permiso a sus maridos para salir solas en la noche. Por fin Bozzo volvió, famélica y alargada mientras le abrían camino. Con pasos gigantes se acercó al escenario gritando las últimas instrucciones antes de que el corte terminara. Siete mujeres la seguían corrigiendo asomos de imperfección en su vestuario, en su cabello, en sus zapatos, en las cadenas que no brillaban lo suficiente.

El sueño de Ezequiel Rodríguez se cumplió en la primavera. Conocer en persona a Laura Bozzo. Antes de iniciar el show, alguien de producción le preguntó si podía llevar al camerino al niño paralítico de anteojos y dientes muy blancos. «Su sueño es verme, pero tiene que ser allá, frente a las cámaras. Aquí adentro ¿para qué?», dijo la peruana. Así que el niño saludó a Bozzo y de paso recibió una computadora, pero no detrás del escenario, donde nadie podía conmoverse ni aplaudir su generosidad. Bozzo sabe lo que hay que mostrar. También sabe qué ocultar. A mediados de junio, uno de sus panelistas trató de llevarse del set a su pareja, luego de que esta confesara haber sido violada. La conductora comenzó a forcejear con el hombre. Le soltó una sonora bofetada, el público se ahogó en ovaciones, y, cuando las cámaras estaban apagadas, lo empujó tan fuerte que él cayó de espaldas. La diferencia entre la «señorita Laura» que todo mundo ve en televisión y La Señora que manotea fuera del aire cuando algo sale de su control no es mucha. Un productor recuerda que dijo a su equipo: «Mierda. Metí la pata», dijo a su equipo en aquella ocasión. Pero no habría suficientes testigos: en las pantallas no se vio el episodio completo.

Bozzo ha aprendido a no excederse. Se ha convertido en una versión light de sí misma para la televisión mexicana, donde las restricciones del horario familiar no permiten sangre, golpes ni palabras altisonantes, nada que haga que las buenas conciencias alcen una ceja. Pero el teatro es otra cosa. Los habitantes de Ciudad de México han visto aparecer anuncios espectaculares con la imagen de Bozzo lanzando una tétrica mirada y una sonrisa casi perversa. «Infidelidad», «drogadicción», «divorcio», «prostitución» y «violación» son las palabras que acompañan la promesa de encontrar «lo que no puedes ver en TV». Se anuncian al menos nueve funciones en un teatro con casi dos mil butacas y una gira en otras ciudades de provincia. Estos shows estarán a cargo de un pequeño grupo de «investigadores»  peruanos que trabaja con ella y que conoce las fórmulas del sensacionalismo. Aunque lo niegue y se empeñe en demostrar lo contrario, en la oscuridad tras bambalinas, Bozzo sigue siendo la misma de siempre.

Pero la Laura Bozzo de siempre parecía no imaginar el giro inesperado que daría el guion de su programa. Un día de abril, minutos antes de salir al aire, recibió una llamada telefónica de su productor, Federico Wilkins, un cubano experto en reality shows, que la puso tan nerviosa que detuvo la emisión. Bozzo dijo que no podía guardar secretos a su público. Dejó de lado el caso que presentaría ese día para hablar de un hombre que le había sido infiel a su pareja. Se trataba de Christian Suárez, el cantante argentino. Esta vez el desgraciado, el perro, era quien compartía su cama. Bozzo era la protagonista de un teledrama de traición, arrepentimiento y perdón. En la versión de la conductora, el villano al final no era Suárez sino Wilkins, quien inventó la noticia para arruinarla. Por supuesto fue despedido. Suárez apareció días después en el programa con un ramo de flores, acompañado del cantante Ricardo Montaner, e interpretando una de sus célebres baladas. Así puso fin a la historia que ocupó espacio en los medios durante un par de semanas, que coincidieron con el lanzamiento del disco de Suárez y con un repunte en el rating, que por esos días estaba por debajo de sus niveles habituales. Pero Bozzo dice que este episodio fue sólo para honrar la honestidad que se merece el pueblo de México. «Este es un ejemplo más del buen timing que Bozzo sabe manejar para la televisión», dice Gil Barrera, el editor de Basta!. Mantiene una línea dramática a lo largo del programa: cuando sabe que está cayendo, introduce nuevos elementos que lo vuelven atractivo otra vez y recupera a la audiencia. En México, donde la industria de las telenovelas gana ciento treinta y cinco millones de dólares anuales, la fórmula es conocida y exitosa. En la emisión de estreno, Laura tuvo casi diecinueve puntos de rating, el doble que un programa similar. Pero con esas cifras, su competencia no era el talk show de la vedette cubana Niurka Marcos, que pasaba en el mismo horario. Ese mismo día, la exitosa serie La Reina del Sur tuvo catorce puntos de rating; y Triunfo del Amor, la más vista de la programación nacional, una telenovela con estrellas como Daniela Romo y Maite Perroni sólo estaba tres puntos arriba de Laura. Tal vez por eso sea quien más horas a la semana tiene en la programación de Televisa. Para la mujer cuyo programa fue rechazado en otros países, esto no es poca cosa. En su camerino, Laura Bozzo dice conmovida «me hicieron sentir diferente, me hicieron sentir importante».No es un horario estelar, pero no lo comparte con nadie.

Marisela Velázquez vende artículos religiosos y velas afuera del mayor santuario de América Latina. Todavía recuerda ese día de 2006, cuando una recién llegada Laura Bozzo visitó la Basílica de Guadalupe para rezarle a «La Morenita». «Se veía con tanta luz, como si la santa fuera ella», cuenta la mujer. Velázquez junto con otros vendedores y curiosos se arremolinaron a su alrededor para tocarla, para intentar hablar con ella. Bozzo saludaba al público, repartía sonrisas, se detenía unos segundos a escucharlos. A algunos afortunados los tomó de la mano para rezar juntos. Los mexicanos devotos de la Virgen de Guadalupe, provenientes sobre todo de las clases populares, formarían un país dos veces más grande que el Perú. Pero Laura Bozzo no es una guadalupana advenediza. Dice que siempre le ha rezado a la Virgen y que tiene más de veinte medallas con su imagen. Tampoco es una mexicana improvisada. Para ella este lugar, donde cada día mueren veintidós personas a causa de la violencia del narcotráfico, es el paraíso. Aquí se le abrieron las puertas cuando todas se le habían cerrado, encontró un oasis en medio de su desgracia. «Yo me naturalizo y quiero ser mexicana porque este país me ha dado la vida, yo volví a nacer acá. Me reinventé aquí», dice mientras fuma en su camerino.
En México Laura Bozzo ya no es la conductora acusada de corrupción, ni la que le pagó a una mujer para que lamiera las axilas de un hombre frente a cámaras. Aunque hace algunos años se transmitió aquí Laura En América, parece que la audiencia hubiese olvidado esos episodios y le ha dado la oportunidad de ser lo que quiere: una defensora de las mujeres que no habla de política y que lo único que busca es ayudar. Porque Laura Bozzo necesita a los mexicanos, pero los mexicanos la necesitan más a ella, dice. Laura Bozzo no sólo es la reina en los estudios de televisión.
También es corresponsal de desastres, y parece ser una experta en operaciones de rescate. En julio de 2010 transmitió su programa desde Monterrey, una metrópoli industrial azotada por un huracán. La economía de esa ciudad del norte del país se había hundido con el desastre, y la burocracia impedía que la ayuda llegara a quienes la necesitaban. Villa Las Fuentes, una colonia en las faldas de un cerro, había quedado bajo el lodo. La conductora fue hasta allí para buscar los testimonios de los afectados en sus casas inundadas. Las imágenes de la conductora chapoteando en el fango recorrieron el país, catapultaron su fama y asustaron a sus hijas, que la llamaban todos los días desde Miami para pedirle que se dejara de heroísmos. Pero dice que no podía decepcionar a su gente cuando más la necesitaba. Hizo un show y recaudó dinero, alimentos y medicinas. «Nos estábamos muriendo de hambre, y llegó ella, a donde no lo había hecho ni el gobierno. Laura nos salvó», cuenta deslumbrado Mario González, un hombre que nunca había visto completo un programa de «la señorita» porque le parecían falsos. Hasta que recibió una canasta de víveres y quedó sorprendido por esa mujer capaz de meterse en cualquier sitio para socorrer a la gente. Había ido a ayudar, pero con cámaras para transmitir en vivo a millones de hogares. «¿Será posible que Monterrey haya perdido la dignidad como para permitir semejante acto de oportunismo?», se preguntaba el columnista de televisión Álvaro Cueva en las páginas del diario Milenio, el segundo diario más importante de la ciudad. Un par de meses después, transmitía desde la sede de otra catástrofe, esta vez en Veracruz, cerca del Golfo de México. Una vez más, bañada en agua y lágrimas, consolaba a los damnificados y rescataba con un helicóptero a los que se habían quedado varados en las azoteas, en escenas dignas de heroísmo hollywoodense. Luego, con jeans y botas de hule, el cabello chorreante y las manos embarradas formó parte de una cadena humana para transportar bloques con los que se construirían nuevas casas para los afectados. Y es que lo que podrían parecer actos
exclusivos de las campañas electorales, es lo cotidiano para una mujer que dice no querer hablar de política.
A Laura Bozzo le angustia no poder atender a todas las personas que la necesitan: «En este país hay tanto por hacer, que quisiera tener una varita mágica y ayudar a todos». Cueva, el crítico de televisión, cree que los televidentes de los países pobres necesitan entretenerse, fugarse, ver en la pantalla personas a las que les va tan mal que, por contraste, acaban convencidos de que sus problemas son menores. «Te vuelves poderoso, te gratifica.
Cuando el infortunio te rodea lo último que quieres es seguir pensando en tu propia tragedia», dice. En México hay más de cincuenta millones de pobres, una cifra tentadora para alguien cuyo éxito radica en el rating. Todos quieren ver la desgracia ajena y escuchar una mentira: que todo va a estar bien. En inundaciones o sequías; en el desierto de Ciudad Juárez o en la selva chiapaneca, Laura Bozzo se mete hasta los codos. «A mí no me gustan ni las grandes fiestas, ni estoy en la televisión por el glamour», dice y asegura que le gusta estar en el lugar donde la gente sufre y darle consuelo. Simpatizantes y detractores coinciden sólo en un punto: Laura Bozzo es todoterreno, nada puede detenerla.
La reina del rating de Televisa dice que no tiene tiempo para casarse. Christian Suárez se lo ha propuesto ocho veces en los once años que llevan juntos. Le compone canciones. La llama su Evita Perón. Trabaja en todas sus producciones. Suárez dice que no es un mantenido, insiste en que tiene una carrera independiente: «Ya vendí sesenta mil ringtones con el tema del programa», señala orgulloso de su avance en un mercado donde hay casi noventa millones de teléfonos móviles. Y jura que el producto no fue idea de Bozzo, sino de su propio talento. En la portada de su nuevo disco se ve a Laura Bozzo sujetándolo del cuello del saco, y al lado se lee «Señorita Laura». Según él, si se separaran no le faltaría dinero ni trabajo. Hoy aparece con frecuencia en el show de su pareja, casi siempre en circunstancias lamentables. Ella lo llama perro. Le tira del cabello frente a las cámaras. Le dedicó una letra de Paquita la del Barrio, cuando la popular cantante visitó el show. Como ya te lo he dicho/ que eres un pobre perro/ te vas con tu perrada. Una vez Bozzo le reclamó al aire por los mensajes cariñosos que le enviaban sus fans desde el Perú.
—¿De quién eres tú?
—Tuyo.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que la muerte nos separe.
—No, hasta que te mate.
Él sólo ríe. Siempre ríe. Tal vez sea por lo que dicen quienes trabajan con ellos. Que él es el único capaz de controlarla, de ponerla en su lugar. «No hagas pendejadas», le grita cuando en el set se adivina un estallido. Él no fuma ni bebe alcohol. Laura Bozzo tampoco, excepto cuando su novio no está. Los cigarrillos no se apagan hasta que él aparece, y cuando está de viaje, las reuniones de trabajo son en la casa de la conductora, con tequila y su whisky favorito, Buchanan’s. Sólo cinco empleados son invitados a estas reuniones informales, donde el programa se discute entre copas. Y Christian Suárez viaja todo el tiempo, para ver a su hija en Argentina, para promocionar su disco o para tratar de revivir
Complot, el grupo de cumbia donde antes cantaba. Las hijas de Laura Bozzo viven en Miami, y ella por ahora no tiene visa para ingresar a Estados Unidos. Asegura que le aterra la soledad. Tiene mucha compañía, pero muy pocos amigos. Dice que aquellos a los que consideraba sus amigos más cercanos la traicionaron. Ahora sus mejores camaradas son sus productores. Quizá por eso trabaje hasta los domingos, cuando llama a sus investigadores y pregunta cómo van sus casos. Parece que siempre está trabajando: hasta cuando descansa.
La señorita Laura, ese personaje de la pantalla que grita y humilla a los desgraciados, es una extensión de La Señora, como la llaman las más de setenta personas que en Televisa tienen el trabajo de cumplir con sus órdenes. «Ineptos de mierda» se oye con claridad que llama a sus empleados en un video propalado en 2010 por una revista de espectáculos. Por ineptos así dice que se fue de Tv Azteca, donde la gerencia la trataba muy bien. Allí tuvo problemas desde el primer episodio, cuando en Ciudad Juárez le tiró un caldo caliente a un reportero al que le habían pedido que le llevara un platillo que no le gustó. Poco después veinte personas hicieron una lista de los abusos de la diva entre la producción. Tras una reunión con los ejecutivos en que Bozzo lo negó todo, los veinte firmantes dejaron la empresa. Quienes llevan más de una década trabajando con ella, diez peruanos a quienes llama sus perros guardianes, no se inmutan por sus dislates. Están aquí para reconstruir su imperio. Han hecho de la propia injuria una forma de vida. A más de uno lo ha ridiculizado en vivo. Los expulsa del set enfrente de millones de personas. Pero saben que más tarde pueden entrar a su camerino, dejarla que grite un poco, y cambiar el rumbo de la conversación como si nada hubiera pasado. Más de uno sospecha que padece un problema real de bipolaridad. Otros creen que trabajar con ella los ha empujado hacia alguna enfermedad mental. Aquí nadie parece estar del todo cuerdo.
El equipo de Laura Bozzo no habla de su pasado en el Perú, de Montesinos ni del fujimorismo. Dicen que no lo recuerdan. Hacen declaraciones sólo si ella se los permite, y le consultan con la mirada mientras hablan frente a una grabadora. Las frases que usan suenan pulidas y enceradas por su memoria. Trabajar con ella ha sido una gran oportunidad. Aprenden mucho, ayudan a la gente. La admiran tanto. Las respuestas son las mismas, en diferente orden. La Señora reconoce que tiene un carácter fuerte, y como jefa no exige más de lo que ella da en su trabajo: todo. Sus empleados le dan la razón. Es demandante pero los ayuda a crecer. Les exige porque sabe que pueden hacerlo mejor. Les reclama porque confía en ellos. Los increpa porque sólo la perfección forja el éxito. Los sermonea por su propio bien. Les grita porque los quiere. Gabriel Vázquez, su nuevo productor, sabe de divas.
Asegura que trabajó para María Félix y no le parece que La Señora exija tanto, pero admite que el programa depende mucho del humor con que se encuentre. «Nunca sabemos qué va a pasar», dice con la sonrisa bonachona de quien ha encontrado la resignación.
Laura Bozzo se impone ante la estatura muy mexicana de sus subalternos: mide dieciséis centímetros más que el ciudadano promedio de este país. En la sala de espera del Foro Catorce, aquel día de junio el enojo la disloca, la despeina, destroza dos horas de trabajo de su peluquera y maquillista. Sus largos dedos con gruesos anillos de oro y diamantes intentan reacomodar su cabello. Las siete mujeres que cuidan el aspecto de Laura Bozzo esperan que termine el desplante para poder hacer su trabajo. Su vozarrón se convierte en un grito de guerra. Insiste: «¿Quién es esa gorda?». No le importa la
respuesta. «Quien sea, ¡no la quiero volver a ver!». La destierra del foro. «Díganle de inmediato a los vigilantes que nunca podrá volver a entrar a esta empresa». Nadie quiere explicar de quién habla. Algunos tuercen los labios con resignación después de que La Señora deja la habitación. Por un momento se guarda silencio. Hoy hay una empleada menos y nadie sabe explicar cómo pasó. Tarda unos minutos en regresar, se abre paso entre quienes la reprimenda ha dejado petrificados. Toma las tarjetas que ha memorizado unos minutos antes, grita un par de cosas más mientras sus largas piernas van camino al escenario. A unos metros la esperan las luces, los aplausos, la grandeza del reino por venir. En la sala de espera del Foro Catorce de Televisa el enojo despeina a Laura Bozzo. Su vozarrón se convierte en un grito de guerra. Insiste: «¿Quién es esa gorda?». No le importa la respuesta. «Quien sea, ¡no la quiero volver a ver!». Hoy hay una empleada menos y nadie sabe explicar cómo pasó.