Advertisement

Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Las cosas
de ella
sin ella

Aura Estrada murió en un accidente
durante unas vacaciones con su esposo.
La madre de ella se quedó con las cenizas.
Él heredó una colección de objetos
que ahora amueblan su duelo.
¿Cómo se aprende a ser viudo?

Un adelanto del libro Di su nombre de Francisco Goldman
Fotografías de Juan Arredondo
Traducción de Roberto Frías

Vestido
Fotografía de Juan Arredondo

Siempre tuve deseos de saber qué se sentía ser ella. Aura Estrada se mudó a mi departamento de Brooklyn unas seis semanas después de llegar a Nueva York desde la Ciudad de México, armada de múltiples becas, incluida una Fullbright y una del gobierno mexicano, para comenzar su doctorado en Literatura Hispánica en la Universidad de Columbia. Vivimos juntos casi cuatro años. Desde el primer día de Aura en nuestro departamento de Brooklyn hasta casi el último, la acompañé a la estación de metro cada mañana, excepto en los días cuando conducía su bicicleta hasta Borough Hall y la dejaba encadenada ahí (aunque esa rutina no duró porque los borrachos y drogadictos que vivían en el centro de Brooklyn le robaban a menudo el asiento), o cuando llovía o cuando ya iba tan tarde que debía tomar un taxi, o en las raras ocasiones en que salía disparada por la puerta como un mini tornado furioso y yo estaba todavía en el baño y le gritaba que esperara, o en las dos o tres veces que estaba tan molesta conmigo por esto o aquello que no quería que la acompañara.

Aura murió el 25 de julio de 2007.

Una de las últimas cosas que me dijo fue: «Quiéreme mucho, mi amor. No quiero morir». Quizá esa fue la última frase que pronunció entera, quizá sus últimas palabras. ¿Sonó como si tratara de exculparme? ¿Debería prohibirme hacer este tipo de comentario? La súplica y la invocación de amor de Aura encajarían bien con los sentimientos y las simpatías de cualquier jurado, pero no estoy en un tribunal. Necesito plantarme desnudo ante los hechos; no hay manera de engañar al jurado que tengo frente a mí. Todo importa y todo cuenta como evidencia. En su última noche, la larga noche antes de su muerte, Aura debió darse cuenta de que iba a morir, o, al menos, que era probable o muy posible que muriera. Ese abismo que tuvo que enfrentar sola esa noche, sin mí, era lo que yo temía ahora, más de lo que había temido a cualquier otra cosa. Ni siquiera podía acercarme a la orilla de ese abismo, contemplarlo, sin sentir que mi cuerpo reaccionaba; con horror, tratando de huir pero obligándome a seguir adelante, a veces con poco valor, con los ojos medio entornados y la garganta seca y cerrada de repente, y sintiendo que todo era excesivo. ¿Qué sintió ella?, ¿qué sabía?, ¿cómo era todo eso?, ¿qué pensaba? Un terror solitario debió invadirla con un grado de intimidad que nadie, ni yo, había alcanzado o tocado en su interior y que no soporto, o no puedo imaginar.

Un día de ese primer otoño en Brooklyn tras la muerte de Aura, en la esquina de Smith y Union, vi a una anciana en la acera contraria que esperaba cruzar la calle. Era una anciana del barrio, de aspecto común, con el cabello blanco y bien peinado. Estaba un poco jorobada, y la expresión de su pálido rostro era dulce y blanda, como si disfrutara de la luz del sol y del clima de octubre mientras esperaba con paciencia a que cambiara la luz del semáforo. La idea fue como una bomba silenciosa: Aura nunca llegaría a saber lo que significa ser vieja, nunca llegaría a ver su vida en retrospectiva. Con eso tuve para pensar en la injusticia del hecho y en la adorable y exitosa anciana que, con toda seguridad, Aura estaba destinada a ser.


Como en esa canción de José José, Gavilán o paloma, donde dice que fue arrastrado hacia ella como una ola y que fue hasta ella y dijo hola, así fue como pasó. «¡Hola!», dije. Y ella, sosteniendo su vaso de plástico con vino tinto y mirando de esa manera que anticipa una conversación, respondió: «Hola» (Hola, soy tu muerte. Hola, mi muerte). Tenía un espacio entre los dientes superiores y un lunar bajo el lado derecho del labio inferior. Llevaba un suéter de color gris claro, un vestido negro de lana, plisado, mallas oscuras y botas de piel. Una estudiante de posgrado de NYU, pensé. Resultó que no estudiaba en NYU. Pero se veía tan joven que podía estar en la licenciatura. Era la chica latina de mis sueños, pero diez años demasiado tarde. Su voz tenía un encanto increíble, un poco áspera y ronca, un poco nasal, un poco como la de un personaje de dibujos animados, puntuada con juventud y buena disposición. Lo primero que la gente siempre notaba en Aura eran la voz y la sonrisa. También su inteligencia, su dulzura y una cierta cualidad mística (muchos de los mensajes de condolencia tenían frases como «Aura tenía una cualidad mística»« Aura me hacía pensar en una criatura de bosque encantado, por sus ojos, su sonrisa y las cosas graciosas que decía»).

Estaba atónito y lleno de una curiosidad emocionada. Yo era, de verdad, el tipo de persona que cree que las cosas pasan así: en el momento menos esperado conoces a alguien, hay una conexión mágica, una complicidad instantánea y tu vida cambia. A pesar de la evidencia en contra, de tantas falsas alarmas, durante años había estado esperando un momento así. Otra voz en mi interior me decía: «Iluso, ¿estás bromeando? Mírala, es muy joven». Tenía veintiséis años y yo cuarenta y siete.

Nunca había amado a nadie como a Aura, ni siquiera a mis padres, ni a mis hermanos ni a ninguna de mis amantes anteriores ni a mi primera esposa; quizá no había amado a nadie de verdad antes de Aura. Creía que amaba a Aura como se supone que un esposo debe amar a su esposa, de la manera más sagrada y conyugal, y aún más que eso. Todo esto era nuevo para mí, este grado de intimidad y de confianza, sus exigencias: la distracción y la concurrente concentración para absorber todo lo que pudiera, el pasado y el presente, dentro del radio de vida de Aura. Tratar de entender, al menos tanto como ella me permitiera, ser capaz de anticiparme y proteger, estar siempre preparado. Créase o no, el amor era nuevo para mí. ¿Cómo llegué a tener casi cincuenta años sin haber aprendido o descubierto esto? Y después, poco más de un año tras la muerte de Aura, ya tenía pánico de perder o haber perdido la capacidad para cuidar así a otra persona. Los cinco años previos a conocer a Aura fueron los más solitarios que jamás había vivido. El año y meses posteriores a su muerte fue mucho más solitario. Pero ¿qué hay de los cuatro años intermedios? ¿Me convertí en un hombre distinto al que era antes de esos años, un hombre mejorado, por el amor y la felicidad que experimenté? ¿Por lo que Aura me dio? O ¿tan sólo fui el mismo de siempre y tuve una suerte inexplicable durante cuatro años? ¿cuatro años son demasiado pocos para tener tal trascendencia en la vida de un hombre maduro? O ¿pueden cuatro años significar tanto que por siempre pesarán más que todos los otros años juntos?

Cada vez que la cajera ecuatoriana del supermercado de la esquina, una alegre chica regordeta con marcas de acné y lentes con fondo de botella, me preguntaba: «¿Y su esposa, señor?», yo le respondía que mi esposa estaba muy bien. Y entonces ella me molestaba entre risas: «Oh, ahora hace que te encargues de todas las compras. ¡Qué bueno!» No había vuelto a la pescadería. Ya no era ese tipo que iba, solo o con su esposa, dos veces por semana a comprar salmón salvaje de Alaska (siempre filetes para dos, un pequeño derroche, pero era lo que le gustaba a Aura), a ese lugar donde, a menudo, uno de los dos tipos amistosos que ahí trabajaban tomaba de la cama de hielo un buen bloque color mandarina de brillante salmón y comenzaba a rebanarlo apenas uno de nosotros cruzaba el umbral. Yo no era ese, ya no era el esposo, ya no era un hombre que va a la pescadería para comprar su cena y la de su esposa. En menos de un año cumpliría más tiempo de «ya no ser el esposo» del que «había sido esposo». Pero habíamos vivido juntos dos años más que eso. Sí, pero también llegaría el día en que cumpliría más tiempo de «ya no estar con Aura» del que «había estado con Aura».


¿Quién tenía más derecho a ser considerado el familiar sobreviviente más cercano, el esposo viudo o la madre huérfana? Según yo, Juanita, la madre de Aura, ya había esparcido las cenizas de Aura en algún lugar que había elegido por motivos que me eran ajenos y no tenía la intención de decirme dónde. Juanita y yo nunca tuvimos la oportunidad de sentarnos a hablar de cómo dividir las pertenencias de Aura; jamás estuvimos ni siquiera cerca de tener esa conversación. Yo le habría dado casi todo lo que ella hubiera querido; los diarios de la infancia, por supuesto. En la portada de uno de esos cuadernos Aura escribió esta frase con rotulador rosa, rodeada por una parvada de corazones rosados: «Nunca viajo sin mi diario. Uno debe llevar siempre algo sensacional para leer en el tren». Quince años después, cuando nos mudamos al departamento de la Escandón en ciudad de México, desempacó ese mismo ejemplar pesado de una de las cajas, lo sostuvo en alto y me contó la historia de aquellos diarios; ese volumen está ahora en Brooklyn. Juanita quería la computadora de Aura, pero yo le dije que no. No sólo porque yo se la había comprado, sino porque mucho de lo que contenía pertenecía a los dos o era parte de nuestra relación (fotos, música, los archivos del sitio web de la boda, textos en los que habíamos trabajado juntos y toda la ficción de Aura, que estaba guardada ahí). Pero llevé la computadora a un técnico y le pagué por copiar el contenido del disco duro de Aura en otros discos, exceptuando, por consejo de un abogado, los archivos relacionados a sus cuentas de correo electrónico. Antes de que Aura se fuera a la Universidad de Texas, su madre y ella casi no se habían separado. A los trece años fue a un campamento de verano en Cuba por tres semanas. Durante la adolescencia había hecho un tour por algunas partes de Europa con su hermanastra. Más tarde Juanita la había enviado, dos o tres veces, a cursos de verano en París y Cambridge. Juanita pagó todo esto con su sueldo de administradora universitaria, ocupaba a menudo de forma simultánea dos puestos y tomaba a veces un tercer trabajo. Juanita y yo no nos habíamos comunicado. Ni siquiera sabía qué había hecho con las cenizas de Aura.

Sin importar la justificación que se le quiera dar —pensé— no está bien privar al esposo de los restos de su esposa. Claro, la mayoría de las religiones lo prohibirían, pero aun dejando a un lado la religión el esposo tiene el sagrado derecho y el deber de sepultar el cuerpo, los huesos, las cenizas de su esposa. Debía haber ido a recuperar las cenizas, tal y como Juanita lo temía. ¿Por qué no lo hice? ¿Por qué soy tan cobarde? Sin embargo también pensé lo que suelo pensar: «Pobre mujer, que se quede con las cenizas. Aura no es sus cenizas, yo me quedo con la Aura que tengo». Todo es confuso, no sé cómo resolver este problema, no sé dónde residen lo correcto y lo incorrecto, pero busco respuestas donde suelo hacerlo: en los libros.
La literatura sobre la aflicción y el duelo, así como todos los estudios científicos sobre viudos y viudas que había encontrado en internet y en librerías eran confusos. A menudo, en estos estudios se dice que las viudas y, sobre todo, los viudos se vuelven a casar pronto porque eso es lo que sabían hacer: amar y asumir las responsabilidades de un matrimonio. Combinar el dolor con la caída en una existencia desolada, de insignificancia diaria, era demasiado, por eso contraatacaban tratando de encontrar una nueva pareja lo más rápido posible. Un psiquiatra incluso decía que casarse poco después de la pérdida de una pareja amada debería considerarse como un tributo vivo a esa pareja y a la calidad de ese matrimonio. Pero los estudios también demostraban que la mayoría de estos nuevos matrimonios no funcionaban, y conducían a rápidos divorcios. Los esposos en luto que habían tenido matrimonios felices estaban más expuestos a lo que los especialistas llamaban duelo patológico: «soledad emocional extrema y síntomas severos de depresión», que las personas que habían vivido matrimonios infelices, y esto era particularmente cierto si eran viudos alrededor de mi edad. Las viudas y los viudos de matrimonios felices tenían más problemas de salud que los sobrevivientes de matrimonios infelices. Si tu esposo era lo que suele llamarse una «figura de apego» (alguien a quien considerabas la fuente de tu felicidad y de tu propia identidad como una persona razonablemente funcional y feliz), entonces estabas más jodido. Los estudios demostraban que los grupos de apoyo familiar fuertes (del cual yo carecía) y los amigos (con los cuales sí contaba, a veces) no hacían diferencia. Si, además de todo, la muerte de la persona amada era repentina, inesperada o violenta (la muerte de Aura había sido las tres), entonces tenías una «predisposición particular a una reacción patológica», incluido el desorden de estrés postraumático, como el que da a los veteranos de guerra. El duelo traumático —leí— te hacía más propenso al cáncer, a las enfermedades cardiacas, al aumento en el consumo de alcohol (¡sí, señor!), a las alteraciones del sueño, a la mala alimentación y a la «ideación suicida». En resumen, los viudos de amadas esposas perdían diez años de esperanza de vida; los tipos felizmente casados que enviudaban cincuentones estaban, en promedio, muertos cuando llegaban a los sesenta y tres, a menos que se las hubieran arreglado para volver a casarse con éxito. ¿Y si la esposa muerta era de una juventud que partía el alma, hermosa, brillante, afectuosa, buena, estaba a punto de alcanzar su potencial y sus sueños más ardientes (la escritura y la maternidad), y su familia culpaba al esposo sobreviviente por su muerte? No encontré estudios con grupos de viudos que tuvieran esas características.


Un adelanto del libro Di tu nombre,
de la editorial Sexto Piso