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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

La reina de la basura en China

Cheung Yang fue la mujer que le cambió el sexo a la lista de los más
ricos de China. Compra desperdicios norteamericanos y los convierte
en embalaje para productos chinos. El planeta no cuenta con
suficiente cartón para la demanda de su empresa Nine Dragons.
¿Cómo se hace un imperio de papel usado?

Un perfil de Evan Osnos
SerigrafÌas sobre papel de Israel Surco

Basura

La tarde del diez de octubre de 2008, Cheung Yan se preparaba para develar el resumen financiero anual de Nine Dragons Paper, la empresa que cofundó hace trece años y a la que ha convertido en la mayor productora de papel de China. La rueda de prensa reunió a reporteros y cámaras en un salón del hotel Island Shangri-La, en Hong Kong. Poco antes de la hora de inicio prevista, Cheung Yan se sentó en una tranquila antesala, sola con sus pensamientos sobre un sofá de seda.

Vestía una chaqueta de cuello mandarín verde cartuja abotonada hasta la barbilla y llevaba el cabello corto, sin complicaciones. A los cincuenta y dos años, Cheung Yan es pequeña pero robusta, con un rostro expresivo que irradia intensidad. Dentro de su empresa la llaman la Presidenta. Por toda China se le conoce como la Reina de la Basura. Se ganó el apodo tras conquistar un oscuro nicho que ajusta el comercio global para alcanzar la eficiencia: Cheung Yan compra montañas de desechos de papel norteamericano, que luego traslada a China a un costo bajo, recicla y convierte en cajas de cartón para transportar bienes en las que se lee «Made in China». Una de sus fábricas es la papelera más grande del mundo.

Luego de que en 2006 su empresa comenzara a cotizar en la Bolsa de Hong Kong, Cheung Yan alcanzó el puesto número uno en la lista de las personas más ricas de China convirtiéndose en la primera mujer en lograrlo. HURUN REPORT, la revista de Shanghái que elabora la lista, estimó su fortuna en tres mil cuatrocientos millones de dólares. Al año siguiente, su riqueza se infló aún más, hasta sobrepasar los diez mil millones. La publicación calculó que se trataba de la mujer hecha a sí misma más rica del mundo, por delante de la también empresaria Meg Whitman y de la creadora de Harry Potter, J.K. Rowling. Cheung Yan se convirtió en una estrella de la revolución industrial china: una circunspecta baronesa y madre de dos hijos. Cuando la estrella televisiva Oprah Winfrey dedicó un segmento de su popular programa a madres con historias edificantes alrededor del planeta, mostró un video sobre Cheung Yan y dijo: «Adoro a una madre hecha a sí misma».

Pese a todo, para los analistas financieros, la hora elegida para la conferencia de prensa de Cheung Yan no auguraba nada bueno. Al igual que en política, un anuncio corporativo agendado a las cuatro y cuarto de la tarde de un viernes no suele ser buen síntoma. Tenían razón: la demanda en Estados Unidos se hundía y las fábricas chinas que compraban cartón cerraban. El negocio global que había erigido la fortuna de Yan se desmantelaba. Casi igual de llamativo resultaba un reciente revés en lo que a su imagen respecta. En unos pocos meses se había convertido en la antiheroína de una época en que el capitalismo desenfrenado en China había ampliado las diferencias entre ricos y pobres hasta su punto máximo desde que empezaron las reformas económicas, treinta años atrás. Un grupo pro derechos laborales acusó a Cheung Yan de dirigir una fábrica donde se abusaba de los trabajadores y un periódico chino evocó la explotación laboral de la Edad Dorada americana para acusarla de «convertir la sangre en oro». El precio de sus acciones bursátiles se vino abajo, lo que recortó su fortuna a menos de siete mil millones, según un cálculo de Hurun Report. La empresa debía enfrentar tal cantidad de deudas que Mark Chang, un analista de Merryll Lynch, dijo que el asunto ahora era: «¿Iría a la quiebra?».

Cheung no tiene paciencia para la ideología, pero su fe en la eficiencia linda con lo contraproducente. Según cuenta, es detenida por exceso de velocidad en la autopista una vez al año debido a que «no puedo soportar perder el tiempo en la carretera»

El espectáculo de contemplar a una de las empresarias más ricas de China rebajada a la lucha por la solvencia era un indicador de algunas de las presiones planteadas por una desaceleración cuya profundidad y velocidad habían puesto nerviosos a los líderes del país. En una ocasión, Deng Xiaoping ordenó que se otorgara un papel protagónico a los plutócratas. «Rang yi bu fen ren xian fu qi lai», dijo. «Hagamos que unos cuantos se enriquezcan». En los treinta años posteriores a la liberalización económica realizada por Deng, los emprendedores que abrazaron el mercado global habían hecho a China muchísimo más próspera, pero también vulnerable. En la ciudad sureña de Dongguan, donde Nine Dragons tiene su sede, Smart Union, una gigantesca empresa dedicada a la juguetería con alrededor de seis mil quinientos trabajadores y que alguna vez fue proveedora de Hasbro y Mattel, quebró de forma tan rápida que un grupo numeroso de sus empleados se apostó en las puertas de la fábrica para exigir sus salarios impagos. El gobierno local envió a los policías antidisturbios e instó a los empleados a «no hacer nada que pudiera dañar o preocupar a sus padres y familia». Algunos de los directivos de la empresa optaron por huir sin dejar rastro. Al menos seiscientos setenta mil negocios chinos cerraron en 2008, según la Academia China de Ciencias Sociales, un think tank que depende del gobierno. Estos acontecimientos no significan que el crecimiento chino haya llegado a su fin –incluso en sus mejores momentos, cierto nivel de malestar laboral y cierre de negocios se han dado en el país—, pero la magnitud ha hecho que empiece a verse menos como una caída puntual, sino más bien como un eje central de la naturaleza misma de la entrada de China en el libre mercado. «Uno de los rasgos característicos del capitalismo americano desde la Edad Dorada pasa por la despiadada facilidad para abandonar sectores de negocio no rentables», dice Niall Ferguson, historiador de la Universidad de Harvard. «Hubo una época en que la industria textil constituía una parte enorme de la economía americana. Hoy casi ya no existe».

Ese 10 de octubre, mientras esperaba para enfrentarse a las cámaras, Cheung dejó escapar una risa corta e incómoda, y me dijo: «Me encuentro de buen humor». Escudriñó las caras que tenía alrededor, entre las que se encontraban las de su marido y su hermano. «Una debe tener seguridad para poder transmitirla al resto», dijo, y atravesó imponente el pasadizo para encontrarse con los medios. Para cuando la rueda había terminado, el precio por acción de Nine Dragons se había hundido otro dieciséis por ciento, hasta alcanzar la cifra equivalente a treinta y tres centavos de dólar, su mayor baja histórica.
Pese a la proclama de Deng Xiaoping, en China se da un profundo sentimiento de ambivalencia respecto a sus magnates. Durante mucho tiempo no fueron sino cifras. En 2002, Forbes Publicó su lista de los más ricos del país con fotos de personas que llevaban bolsas de papel en la cabeza. Pero durante los primeros años de los 2000 cobraron protagonismo según se hacían con más y más empresas públicas, y su estatus se elevó. En 2006 el número de multimillonarios chinos se multiplicó por siete, hasta llegar a los ciento seis, según HURUN REPORT, incluidos promotores inmobiliarios, empresarios de internet y magnates de la venta minorista. Pero esta época de glamur había venido acompañada de una era de persecución. Yang Bin, un magnate que en algún momento fue el segundo hombre más rico de China, está cumpliendo dieciocho años de prisión por delitos de fraude y soborno. En noviembre de 2008, Wong Kwong-Yu el fundador de la cadena de electrodomésticos Gome y poseedor del título de la persona más rica del país en 2009, fue detenido en el curso de lo que, según la prensa china, era una investigación sobre manipulación de acciones en la compañía farmacéutica de su hermano. A principios de 2009, Wong renunció a la junta directiva de Gome; un portavoz de la empresa no quiso declarar en el curso de esta investigación. Para ese entonces la relación de los más ricos empezó a ser llamada «La lista de la muerte».