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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

La hipocresía de los edificios verdes

¿Puede la arquitectura ser amiga de la naturaleza?

Una queja de Alonso Toledo
Ilustraciones del autor

Toledo Verde

Mi oxímoron preferido es «arquitectura verde», seguido de cerca por «grass artificial». Sin embargo, ahí donde yo encuentro una contradicción, ciertos entusiastas de la arquitectura a través de la historia han visto un ideal romántico en el que nuestras edificaciones son compañeras de la naturaleza, y le rinden tributo sea por imitación, inspiración o comunión. Ya lo dijeron los grandes teóricos: según Vitruvio, las columnas corintias emulaban las proporciones de la hembra núbil y Frank Lloyd Wright queria que la arquitectura moderna fuera orgánica. En el siglo XVIII, Marc-Antoine Laugier relanzó la imagen de la morada del buen salvaje al imaginario popular, y promulgó que la verdadera arquitectura era aquella que se asemejara al refugio rústico. En plena Edad de la Razón, el ideal de arquitectura fue el de una madriguera para humanos.

No le encuentro mayor sentido a esta hermandad entre arquitectura y natura. Si no vivimos en madrigueras (entiéndase: en cuevas, árboles, nidos hechos de ramitas y excremento como algunas aves) es justo porque no nos gustan los espacios que la naturaleza nos ofrece como moradas. Si la necesidad es madre del ingenio, entonces la arquitectura se inventa a partir de la innegable necesidad de hacernos de refugios que nos permitan una calidad de vida superior. El Primitivo Feliz podrá vivir encantado en el bosque como Robin Hood. ¡Bien por ellos! Yo prefiero mi departamento en el que sé que si llueve, no me mojaré y que si vienen los lobos, no me comerán.

Vivimos y trabajamos en edificios porque la naturaleza se nos hace incómoda al extremo. El propósito de la ciudad es dotarnos de un entorno en el que ya no estemos a merced de las leyes de la naturaleza, y podamos imponer las propias. Pagamos a nuestros arquitectos, ingenieros y urbanistas para que reemplacen a la naturaleza con sus diseños porque la encontramos inhóspita. La Tierra será una buena madre, pero es una pésima agente inmobiliaria.

La arquitectura no debe denigrar a la naturaleza, pero sí antagonizarla. Considero que practicarla es uno de los retos más ambiciosos que puede asumir el hombre, pues es una competencia declarada contra la fuerza principal de nuestro entorno. Construir un rascacielos es un reto a los límites que nos impone la naturaleza, como lo es la ingeniería de un buque transatlántico o un trasbordador espacial. Es el llamado del hombre cuestionar el mundo que lo rodea para intentar manipularlo, asimilarlo –y sí, digámoslo de una vez–, mejorarlo. No veo nada de malo con que la profesión se sincere y lo reconozca. La arquitectura no es amiga de la naturaleza; es su antítesis. Por eso, cuando se promocionan los edificios ecológicos, veo la buena intención y el mejor marketing, pero una pésima apreciación de lo que entalla nuestra disciplina. Hoy en día uno escucha a la gente invertir en edificios verdes certificados, e incluso, en ciudades verdes que se construyen en el desierto. La única ciudad verde que conozco es la Aldea Pitufo. 

Mi crítica a la arquitectura verde es en realidad semántica: la arquitectura puede tener un manejo eficiente de la energía, incorporar fuentes de energía natural, introducir a la naturaleza en su diseño o inspirarse en el abanico de sus formas. En todos estos casos debe tener un nombre, y en ninguno de ellos debe ser «verde». Es innegable, de cualquier modo, que una edificación pueda valerse de recursos que minimicen su impacto negativo sobre el entorno y consuman energía de manera más eficiente. La dirección en la que se desarrolla la arquitectura contemporánea es tan factible como loable.

La idea de una arquitectura que apoye al medio ambiente, tal como se permite que se malentienda hoy en día, es falaz. Si queremos proteger el medio ambiente, habría que partir por dejar de hacer edificios. Un rascacielos en el Medio Oriente consume tanta energía que su mera concepción es un ataque al espíritu de la sostenibilidad ambiental. Sin embargo, basta que uno de estos edificios tenga turbinas de viento en su fachada, como se hizo en el World TradeCenter de Baréin, para que se lo distinga por su carácter «verde». Las turbinas en cuestión generan electricidad suficiente para alumbrar trescientas casas, pero el edificio consume el equivalente a más de dos mil. Todo esto me recuerda a la pésima LÍMITE VERTICAL, película cuyo final feliz celebra el rescate de una montañista a cuestas de la vida de casi todo un equipo de rescatistas. De la misma manera, el clamor por estos colosos artificiales de concreto, vidrio y metal ahoga el duelo por los recursos gastados en su construcción.

Recordemos que la arquitectura y la naturaleza son mutuamente excluyentes: compiten por el mismo nicho en la superficie del planeta. La arquitectura puede mejorarse si incorpora formas de generación o preservación de energía ambiental, pero esto no la hace verde, sino propiamente inteligente por saber valerse de los recursos del enemigo. Y es inteligente por partida doble si al hacerlo mitiga el impacto negativo en el entorno sobre el que se yergue. El arquitecto y visionario Lebbeus Woods arranca su manifiesto declarando que la arquitectura y la guerra no son incompatibles, sino equivalentes. Olvidemos por un instante que hay que salvar al planeta: la arquitectura plasma un conflicto entre el hombre y la naturaleza a la que trata de usurpar. Lo heroico del conflicto reside en lo imposible de que algo tan imperfecto como la arquitectura humana pueda superar a una máquina tan bien calibrada como la natural. Esto hace de la frase «arquitectura verde» una noción no sólo errada sino poco ética. Después de todo, para vestir las pieles de tu enemigo y asumir su nombre con dignidad, primero tienes que haberlo derrotado.