Etiqueta Negra

Una revista para distraídos

La familia presidencial
te invita a su fiesta

Ollanta Humala fue elegido Presidente del Perú
y sus familiares convocaron a un almuerzo para celebrarlo.
En la reunión les hizo a todos una advertencia.
Una sobrina la recuerda.

Un testimonio de Caroline Mercado

Humala

Desde niña supe que tendría problemas por mi apellido. Nadie puede probar si el carácter de uno está determinado por el nombre que lleva o por el significado que este pueda tener. Me apellido Mercado, y en el nido alguna vez me llamaron Mercado Central. Cuando no lograba conseguir algo de mi madre, a veces me salía un infantil «¡Tú eres mala! ¡Mala! Porque eres Hu-mala».Durante mi niñez, su apellido materno me servía de estribillo para molestarla. En ese entonces tenía también una vaga noción del Perú. A los cinco años nos habíamos ido a vivir a la Unión Soviética. El mismo año en que el Muro de Berlín fue derribado, mis padres estudiaban un posgrado en ingeniería, mientras yo asistía a un jardín de niños rusos donde mi apellido ya no significaba nada. Mis recuerdos sobre el país en el que nací se limitaban a los lugares que habité en Lima y a los relatos sobre Cora Cora, el pueblo de mi madre en Ayacucho, donde ella tuvo un abuelo alcalde recordado por haber construido los primeros colegios y donar el ruedo para las corridas de toros. Había también un libro de Historia, lleno de dibujos sobre construcciones incas, que llevaron mis padres al departamento que ocupamos en Moscú. Con ellos, construí un Cora Cora mental que se parecía a un Machu Picchu habitado por una familia importante: los H. Hoy uno de mis tíos, el primo militar de mi madre, es el nuevo Presidente del Perú. El único salvoconducto para no ser sospechosa de sobrina es que en mi partida de nacimiento obviaron el segundo apellido de mi mamá. Humala.

Nunca sabes qué decirle a tu tío cuando te lo encuentras después de que ha ganado las elecciones. Dos semanas antes de la toma de mando fui a un almuerzo familiar donde él se presentó en blue jeans. Los domingos nadie se preocupa por llegar a tiempo a los almuerzos, pero ese día todos llegamos puntuales. Fue en un hotel donde viven dos delfines de verdad, en la médula del distrito con el metro cuadrado más caro de Lima, el mismo sitio donde Ollanta Humala recibió la noticia de que el momento más feliz de su carrera política había terminado. Los problemas vendrían ahora: iba a ser presidente. La pareja presidencial llegó con una hora y media de retraso, tiempo en que nosotros, parientes y familia política repartidos en una treintena de mesas de un salón del hotel, aprovechamos para tomarnos fotos y continuar conversaciones del pasado. En el ambiente flotaba un murmullo de autocensura: el gran ausente era Alexis Humala, hermano del presidente, que con un oficioso viaje a Rusia le había costado un descenso de popularidad en los últimos días. Cuando Ollanta Humala apareció con su esposa, todos empezamos a aplaudir de pie y no paramos hasta que subieron al estrado.
—Cada uno de ustedes está ahora en el ojo de la tormenta —nos advirtió mi tío—. Aprendamos que la mejor forma de apoyar es no causando problemas.


Cuando hay un problema, se supone, tenemos que confiar en la familia. Cuando era niña, mis padres guardaban una revista en un sobre de manila y querían evitar que viera su portada. En ella, uno de sus colegas de la universidad yacía muerto, asesinado por Sendero Luminoso. Tiempo después, el nombre de mi padre aparecería en un pizarrón en la Universidad Nacional de Ingeniería junto al de otras personas amenazadas de muerte. Mi madre recurrió a su tío Isaac Humala. Fue con mi padre a buscarlo a un colegio de Lima, donde él los asesoraba como abogado, y, por casualidad, se encontraron allí con Ollanta y Antauro, los primos de mi madre. Por ella crecí escuchando la historia de esa tarde, que sería la antesala de nuestra vida en Rusia. El futuro Presidente del Perú y su hermano se ofrecieron a llevar a mis padres a la casa del suyo en Monterrico. Ollanta conducía el auto mientras Antauro vigilaba con ojos alertas que nadie los siguiera, pero advirtió que alguien iba tras ellos. Mi padre recuerda que Antauro posó su mano en el lugar donde guardaba su pistola. Sólo al llegar a la casa de mi tío abuelo Isaac la tensión se disipó. Allí escondieron a mi padre hasta que su visa para la Unión Soviética estuvo lista. Siempre me dijeron que él no hubiera estado a salvo sin la pericia militar de los primos de mi madre. Años antes, cuando ellos recién se habían graduado de la escuela militar, su padre los había llevado a visitar al Humala más antiguo del que conservamos una fotografía. Nemesio Humala, mi bisabuelo, estaba enfermo en la clínica y recuerdan que, cuando este los vio, se sentó como si sus dolencias de pronto desaparecieran. Dice la leyenda familiar que ver a esos jóvenes cadetes, vestidos en uniforme de gala, fue una recompensa para un hombre que siempre quiso que su familia se comprometiera a servir al país. Tiempo después, Ollanta y Antauro cargarían su ataúd luciendo el mismo uniforme.


Los Humala sólo somos nosotros. El tronco primigenio es Feliciano Humala, el más lejano ancestro que conocemos. Nació a mediados del siglo XIX y hoy aún vive la única bisnieta que lo conoció. Lo recuerda como un hombre no muy alto y con aire de forastero en aquel paisaje de la sierra sur del Perú. Fue también el padre de Genaro Humala, quien nació a fines del mismo siglo, en Corculla, un distrito de la provincia de Paúcar del Sara Sara, en el departamento de Ayacucho. Este se casó con Presentación Vara, hija de los fundadores de Oyolo, un distrito aledaño. Se dice que Genaro Humala era alto y de piel rosada mientras que Presentación Vara era una cobriza imponente. Hay un óleo de ella donde luce como una ñusta, una princesa inca de belleza angulosa, y donde lleva un vestido elegante que delata no haber trabajado la tierra. Era, según cuenta mi madre, una señora distinguida y severa. El retrato ha alimentado el mito de ascendencia de nobleza inca que sienten algunos en la familia. Gracias a Presentación Vara, los Humala tenemos los rasgos faciales que nos permiten reconocernos unos a otros: el cabello lacio y negro, los ojos con una sombra alrededor y unas bolsas prematuras pendiendo de ellos. Nuestros dientes son tan grandes que sonreír resulta un ejercicio menos esforzado que cerrar la boca.

Nemesio Humala, mi bisabuelo, fue alcalde de Cora Cora, y recibió al presidente Belaúnde en su casa. Hoy, medio siglo después, podría presumir a su sobrino nieto en el puesto más alto de la política del Perú. Al compartir el almuerzo con él, Ollanta Humala nos dijo que nos estábamos comprometiendo a hacer las cosas bien. Los Humala entendimos que no debíamos estropear la oportunidad de escribir nuestro apellido en los libros de historia. A nadie sorprendió que el tono del discurso del tío esa tarde no haya sido triunfalista. En su mensaje nos advirtió que no podíamos pedir nada en su nombre

Esa tarde, durante el almuerzo de la familia en el hotel, Ollanta Humala dijo que su victoria presidencial era un hito para las raíces de la familia. Se refería a una historia que hemos aprendido de los mayores: los Humala sobrevivieron a la sangrienta rebelión de 1931 en Oyolo, Ayacucho, cuando los indios quisieron exterminar a todos los terratenientes del lugar. Esa vez, mi bisabuelo Nemesio y siete de sus hijos se refugiaron en un distrito cercano por unas noches hasta que los comuneros le pidieron que regresara porque la anarquía se había apoderado de Oyolo. Pronto se convertiría en su alcalde. Pero el padre de mi abuela quería que sus hijos llegaran aun más lejos que él. Se marcharon de allí siete años después, cuando Nemesio Humala entendió que sólo podría ofrecer una mejor educación a los suyos mudándose a Cora Cora. Las campanas de la iglesia de Oyolo repicaron para despedirlo.

Nemesio Humala Vara era el mayor de los hijos de Presentación y Genaro y quien alcanzó la mayor prosperidad de la familia. Sólo así pudo vivir entre su casa en Cora Cora y otra nueva en Monterrico, hoy una zona de Lima cuyo nombre carece de la gracia fonética del primero pero al que le sobra el significado literal. Nemesio Humala era todavía joven durante la Revolución Rusa y fue su gran admirador. Existía la tradición entre los Humala de enviar al primogénito de cada familia a terminar el colegio en Cusco, de la misma forma que los hijos de la nobleza inca se trasladaban hasta allí para estudiar en el yachaywasi, la casa del saber.  Mi bisabuelo envió a los suyos tan lejos como sus ambiciones: todos sus descendientes fueron educados entre Lima, Francia y España. Dicen que siempre quiso un diputado en la familia. Eteldrita Humala fue la única de sus hijos que acarició la política. Fundadora de la Unión Popular de Mujeres Peruanas, la hermana de mi abuela es conocida como la tía doctora, y es una pionera de la Sociedad de Gastroenterología del Perú. Su vida fue una seguidilla de eventos diplomáticos en el bloque comunista. Un día incluyó al resto de la familia en ellos. Fue la tarde en que Valentina Tereshkova, la primera mujer cosmonauta de la historia, visitó a mi bisabuelo Nemesio en su casa.

Pero fue tal vez Isaac Humala, su sobrino más cercano, el que entendió mejor la vocación política que mi bisabuelo había trazado para la familia. Con más esfuerzo que sus afortunados primos, se graduó de abogado en la Universidad San Marcos. Nunca ocupó un puesto de elección popular, pero desde entonces ha sido un hombre comprometido con su tiempo. Dos de los hijos de Isaac Humala aspirarían a la Presidencia de la República y un tercero al Congreso, y todos en el mismo año en que Alan García sería por segunda vez presidente del país. Cuatro décadas antes, Nemesio Humala, mi bisabuelo, se había convertido en alcalde de Cora Cora, y recibió al entonces joven presidente Belaúnde en su casa. Hoy, medio siglo después, podría presumir a su joven sobrino nieto en el puesto más alto de la política del Perú. Al compartir el almuerzo con él, Ollanta Humala nos dijo que nos estábamos comprometiendo a «hacer las cosas bien». Nos llamó a hacernos respetar por lo que cada uno hace y no por lo que somos, su familia. Los Humala entendimos que no debíamos estropear la oportunidad de escribir nuestro apellido en los libros de historia.