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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

La batalla de Cabo Blanco

La legendaria caleta al norte del Perú es un pueblo
de señores pescadores de marlines, atunes y peces espada
y una perfecta tubular para surfistas de primera clase.
Hace un tiempo se pelearon por el control del mar.
¿Puede una tribu de deportistas ponerle precio a una ola?

Un texto de Daniel Goya
Ilustraciones de Sebastián Suárez

Olas

En lugar de peces, la madrugada del 14 de abril de 2009, los pescadores de Cabo Blanco salieron a atrapar tablistas.

Amanecía en aquella playa del norte del Perú, y una veintena de surfistas insomnes llegados de Lima la noche anterior se preparaba para adentrarse en la primera crecida de la temporada, la que habían pronosticado los informes meteorológicos y los reportes de marina. La primera advertencia, que llegó como un grito a la distancia, no consiguió disuadirlos. A continuación, un grupo de pescadores se acercó a pedirles que no se metieran al mar. La segunda advertencia tuvo más éxito. No el suficiente. Tres tablistas saltaron del balcón del hotel donde se alojaban, la única forma de alcanzar la arena, y corrieron mar adentro con las tablas bajo el brazo.

Minutos después, quince pescadores salieron tras sus pasos a bordo de un bote de remos. Primero les echaron encima las redes. Los tablistas las esquivaban o se zafaban. Así que les lanzaron sogas como en un improvisado rodeo acuático.

Era un nuevo capítulo en una historia de enfrentamientos entre dos comunidades que habitan el mismo espacio. En California, en Huntington Beach, pescadores y tablistas no dudan en llegar a los golpes por su derecho a estar en el agua. Los surfistas suelen quedar atrapados en el sedal de los pescadores y lo cortan para liberarse. Los pescadores se niegan a cambiar de playa porque allí es donde encuentran los mejores peces. Una encuesta rápida del Orange County Register dio a conocer que el ochenta por ciento de las personas creía que los tablistas debían irse. Ambos bandos, pescadores y tablistas, han recurrido a la policía, a la marina y al concejo municipal para trazar una frontera, pero no se ha alcanzado ninguna solución. La competencia entre dos especies diferentes suele terminar con la desaparición de una.

En Cabo Blanco, mil kilómetros al norte de la capital del Perú, los pescadores sabían que los tablistas se oponían a la construcción del nuevo muelle porque les impediría seguir corriendo olas. La ola de Cabo Blanco no es apta para principiantes. Se dice que mide de tres a cuatro metros de altura, y por su cercanía al zócalo marino no da segundas oportunidades a un tablista indeciso. Aquí llegan quienes sueñan con ganarse la vida en el circuito profesional de surf. Los que ya son profesionales encuentran en esta playa el único lugar de entrenamiento para competencias internacionales. Pero Cabo Blanco también ha sido famosa por sus peces: en los años cincuenta se le reconoció como el mejor lugar del mundo para la pesca deportiva y hoy presume de tener producción pesquera todo el año. Un muelle, necesario para seguir atrapando especies marinas, bloquea el recorrido natural de las aguas y espanta la arena, adormece las olas y cambia por completo el paisaje de las playas. El mar es un asunto importante para los conservacionistas: hay amigos de los delfines, vigilantes de los huevos de tortuga, limpiadores de la arena, pescadores de plásticos y basura submarina y enamorados del sunset. Pero a casi nadie se le ocurre que las olas también estén en peligro de extinción.

Las olas son un recurso limitado y los tablistas ya han perdido algunas. La Killer Dana era una ola que alcanzaba seis metros en la costa de California. Se decía que era lo más parecido a una ola hawaiana en territorio continental. Hasta que en los años sesenta se construyó una bahía de granito. La población celebró la llegada del progreso. Hoy es una playa de olas menores y disfruta de una de las aguas más contaminadas de California. Copacabana también era un sitio de surfistas en el siglo pasado, con olas de casi cuatro metros que atraían a los pioneros de la tabla en Brasil. Pero el gobierno decidió ampliar una carretera que se llevó la arena de la costa, y hoy los tablistas sólo pueden practicar allí el deporte unos cuantos días al año. Lo mismo ha sucedido en Francia, en Portugal y en México, todos sitios con costas frecuentadas por tablistas en busca de adrenalina. En el Perú, algunas olas también han desaparecido. En Trujillo, una ciudad al norte de Lima, se construyó el Puerto Salaverry en lo que antes era una playa abierta ubicada a tres kilómetros del balneario Las Delicias, uno de los más concurridos por los tablistas. La aparición del puerto alteró las corrientes que viajan de sur a norte, lo que erosionó la playa, destruyó el malecón e hizo que se perdiera la primera hilera de casas. Algo similar sucedió en Lima, en la playa La Herradura, donde se dinamitó el cerro adyacente para construir una carretera. Los escombros aplastaron el oleaje, y hoy las olas que allí se corren son remedos de sus antecesoras.

La playa es la santísima trinidad del planeta; allí se encuentran la tierra firme, el océano y la atmósfera. Mientras que la ola, es un misterio de energía, tiempo y espacio. Las olas del mar para cualquier físico, son ejemplos aplicados de la onda, un laboratorio natural del caos y de la turbulencia. Para que se forme una ola el viento debe generar suficiente fricción sobre la superficie de los océanos como para empujar una y otra vez a lo largo de miles de kilómetros una cantidad gigantesca de agua. Una ola transporta energía que revienta en una explosión de sonido, erosión y calor. Es un golpe que se gesta desde lo más profundo y desconocido de la naturaleza. Por eso subirse a una es retar y domar fuerzas más poderosas que las que uno encuentra en la vida diaria.


José Vásquez chupa piedras en su trabajo. Se le paga por determinar qué suelos son los más aptos para encontrar petróleo o gas, y muchas veces debe llevarse una piedra a la boca, aspirarla y sentir qué tan porosa es. Vásquez trabaja para una multinacional extranjera que una vez quiso transferirlo con un mejor cargo y sueldo a un nuevo destino. Él agradeció y rechazó. No había playa donde correr olas en ese país. Empezó a interesarse por la tabla gracias a sus primos mayores cuando tenía doce años. Su primera tabla la compró rota y reparada, y con ella aprendió a correr. Luego, cada tarde sus padres lo recogían del colegio para llevarlo a la playa antes de que empezara a hacer sus tareas. Era fácil pronosticar que el niño que corría olas después de clases se convertiría en el hombre que hoy trata de protegerlas.
Las paredes de su oficina son de color celeste y blanco. En un rincón, sobre un mueble, dos diplomas certifican que Vásquez ha sido el mejor en algún momento en torneos de tabla de aficionados. Tiene la frente ancha, y cuando habla no conversa, explica. Sus manos se mueven como si moldearan en el aire aquello que trata de decir. Se casó con una mujer que no era capaz de ponerse en pie sobre una tabla, pero que terminó aprendiendo por amor.

El hombre que archiva piedras chupadas en su oficina ha pasado diez años pugnando para que se reglamente la Ley de Rompientes, una norma que protegería las playas donde los tablistas pueden entrenar antes de convertirse en profesionales. La ley fue aprobada por el Congreso de la República en 2000, pero a falta de un reglamento no se ha podido promulgar. Esa es la razón que lleva a José Vásquez cada mes a escribir cartas, tocar puertas y hacer llamadas a los ministerios de Producción, Educación, Transportes y Comunicaciones, Defensa y a la Marina de Guerra del Perú. La demora tiene una explicación no por sencilla menos absurda: cada vez que un nuevo ministro asume el cargo hay que explicar a un nuevo equipo de trabajo todo desde el principio. Los aliados de Vásquez son un puñado variable de tablistas preocupados por la causa. Un surfista experimentado está acostumbrado a los vaivenes del océano y sabe aguardar paciente la llegada de una racha favorable.