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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Joseph Stiglitz
Un Nobel de Economía
detiene el tiempo

¿Podemos confiar el futuro del mundo a
un hombre que llega tarde a todas partes?

Una cita con Diego Fonseca

Stiglitz

Es su última cita del día y Joseph Stiglitz no va a llegar a tiempo. Dentro de dos horas tiene una reservación para cenar y su mujer luce preocupada: a veces él se queda conversando durante horas sobre economía con sus colegas y se olvida de comer. Esperar por Joseph Stiglitz es un ejercicio de fe. Su vida es una vasta colección de momentos que suceden a destiempo. Cuando alguien pide una cita a su asistente para discutir con él sus problemas con el tiempo, la muchacha que debe administrar el caos de su agenda sólo atina a reírse. En 2002, cuando un periodista de la revista The Nation debió entrevistarlo varias veces en Manhattan para escribir un reportaje biográfico, todas las entrevistas comenzaban al menos una hora tarde. Cuando era el conferencista principal de un debate sobre el mundo después del 11 de setiembre, estuvo a punto de perdérselo porque había olvidado en qué día estaba. Una vez por fin llegó puntual a una charla en Australia, pero, al no tener tiempo de revisar la presentación que había preparado en el avión, cometió errores durante su discurso. Sus estudiantes en la Universidad de Columbia le preguntan por qué llega tarde y él les explica que, si su impuntualidad fuese real, la clase empezaría sin él. En una disciplina donde el prestigio está en acertar a los pronósticos, todos pueden asegurar que Stiglitz llegará, pero nadie se atreve a predecir cuándo. Que un Nobel llegue con retraso a las reuniones con familia y amigos, lo humaniza; que lo haga a las cenas con presidentes y nadie se enfade con él, certifica su estatus de celebridad: el poder es capaz de esperar por un señor miope que ve las cosas con demasiada claridad. Esta tarde de verano de 2011, el Nobel de Economía más rebelde de la historia entra al lounge ejecutivo de un lujoso hotel en Washington con el paso apurado de los que han aprendido a llegar tarde.

Stiglitz mueve su metro setenta y cinco con agilidad, y como si la almohada que tiene por barriga fuera de plumas. Viste un traje azul oscuro y una camisa celeste de algodón que se afana por salirse del pantalón. Se ha sentado en el filo de un sillón de terciopelo borravino con filigranas doradas y ha depositado el codo sobre el apoyabrazos y el mentón sobre su puño derecho con la tranquilidad de los que tienen todo el tiempo del mundo. Pero no es así: pronto deberá cenar, y antes tendrá que descansar, ver correos, darse un baño. No parece importarle. Su trabajo es pensar el futuro del mundo pero no suele tener en mente sus próximas dos horas.

The Fairmont es un hotel para poderosos como Joseph Stiglitz. En los años noventa, Bill Clinton lo puso al frente de sus asesores en la Casa Blanca y él luego recibió el siglo como el economista jefe del Banco Mundial. Stiglitz también es el Nobel de Economía del año en que los talibanes aprendieron a estrellar aviones, y antes fue el mejor economista joven de Estados Unidos el año en que los talibanes se fueron a las montañas de Afganistán a combatir a los soviéticos. En los últimos veinte años, Stiglitz se peleó con todos sus poderosos empleadores de Occidente y se ganó el cariño de naciones en miniatura como Indonesia y Ecuador, los globalifóbicos y la China poscomunista The New York Times dijo que era el economista teórico más influyente de su generación sólo para que una década después Newsweek lo llamara el hombre más incomprendido por el poder en Estados Unidos. Para llegar al hotel The Fairmont, esa tarde Stiglitz tomó un taxi en el centro de Washington DC hacia el noroeste de la ciudad a la hora en que los burócratas y los diplomáticos se suben a sus autos y escapan del verano de una capital que se derrite en un país que se derrite. Anya Schiffrin, su mujer, lo llamó a mitad de camino para planificar la cena. Quería que descanse, pues asumía que se sentaría a conversar, un ejercicio al que se lanza con la determinación de los clavadistas. El hombre más esperado del mundo estimó que llegaría en diez minutos. Lo hizo en media hora, y con la camisa a punto de salirse del cinturón.

Que un Nobel llegue con retraso a las reuniones con familia y amigos lo humaniza. Que llegue tarde a las cenas con presidentes y nadie se enfade con él certifica su estatus de celebridad. El poder es capaz de esperar por un señor miope que ve las cosas con demasiada claridad

Joseph Stiglitz ha hecho de la impuntualidad un método. Si no llegó tarde a ser investido por la Academia sueca era porque el premio Nobel lo estaba esperando, y ese miércoles de octubre de 2001 un transporte pasó a buscarlo temprano por su hotel. Cuando lo conocí en su oficina de la Universidad de Columbia, en Nueva York, una mañana de primavera de 2011, Stiglitz venía de su casa con el periódico bajo el brazo y llegaba, por supuesto, tarde. Había postergado una entrevista previa y la siguiente y, cuando concluyó, la agenda de sus asistentes ya era un calendario viejo. En un momento de la reunión, Stiglitz levantó el brazo para rascarse la cabeza y la manga de la camisa dejó asomar el reloj: eran las 11.30, pero marcaba las 10.30. Stiglitz es un iconoclasta que parece creer que los relojes, las agendas y los calendarios no son más que productos perecederos. Para él su tiempo personal resulta una abstracción de importancia efímera, un recurso que dista de ser una ventaja competitiva. Pero cuando le preguntan si siempre llega tarde, no tarda un segundo en responder:

—Por supuesto que no: lo consigo si me lo propongo.
—¿Nadie le dice nada por sus demoras?
Anya Schiffrin, la esposa, que lleva la estadística de sus tardanzas, sí.
—Joe olvida una cosa importante cada día.
Stiglitz bebe de la copa de agua Perrier que su mujer ha depositado sobre la mesa de centro en The Fairmont. Elige una uva de un plato con quesos y panecillos y la lanza a la boca sin mirar.
—¿Cómo define su relación con el tiempo?
Juega con la uva, la mueve de un lado al otro y parpadea.
—Yo diría que es más bien relajada.

Stiglitz tiene los ojos mínimos y azules, y mira con la intensidad de un búho. Uno de sus amigos dice que es la encarnación del Profesor Tornasol de Las Aventuras de Tintín, un genio que se distrae por experimentar en todos los campos posibles del conocimiento. Un sibarita de la curiosidad que goza pensando en la misma economía que a otros los tiene con los dientes apretados. El hombre relaja el nervio: a su lado parece que el capitalismo no se desmoronará jamás. La sonrisa de Stigtliz es breve, de labios finos como vainas que dejan asomar los dientes blancos, odontológicamente perfectos. Mientras escucha, la sonrisa está siempre a punto de soltarse, temblando en los labios, pero cuando habla se ensancha y se contrae en un solo movimiento; ese gesto dubitativo que los tímidos muestran cuando parecen recordar una picardía. Stiglitz, que se gana la vida resolviendo complicadas fórmulas matemáticas y traduciéndolas para que el resto de los mortales entiendan las leyes que gobiernan los bolsillos es un bromista sutil que oculta lo que ríe. Tiene la voz suave de los astutos.

Joseph Stiglitz ofrece esperanza para los menos favorecidos en un lenguaje que todos pueden entender. Sus palabras taciturnas se reproducen en las naciones emergentes y el mundo más pobre. Es un descastado voluntario y, para muchos, un traidor. Su exuberancia no soporta el corsé retórico de los gobiernos y las instituciones, y sus peleas han sido grabadas en la memoria de quienes siguen los chismes de académicos como si fueran fenómenos de las guías de espectáculos. En 1999 el Banco Mundial lo despidió por criticar abiertamente sus políticas. Él, un justiciero de marcadores indelebles, ha declarado apoyar el cobro de un impuesto estilo Robin Hood a las actividades de la banca especulativa para aliviar las dificultades de los pobres. En 2002 Kenneth Rogoff, ex jefe del departamento de investigaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), le escribió una carta abierta en la que cuestionaba su autopromocionado estilo de lanzador de piedras. Rogoff recordaba una conversación de ambos cuando enseñaban en la Universidad de Princeton, en la que Stiglitz le había preguntado sobre Paul Volcker, ex jefe de la Reserva Federal (FED) durante las presidencias de Jimmy Carter y Ronald Reagan. «Ken, tú trabajaste para él» —le dijo Stiglitz—. «Dime, ¿es realmente listo?». Rogoff había trabajado para Volcker y creía que había sido el mejor presidente de la FED en todo el siglo veinte. Stiglitz insistió: «Pero ¿es listo como nosotros?». Después explicó que con esa pregunta sólo había querido indagar sobre la capacidad de Volcker como teórico, no sobre su inteligencia. Stiglitz también ha declarado que las políticas del Departamento del Tesoro de Estados Unidos son sentencias de muerte y ha sido severo con sus ex colegas del Banco Mundial, a quienes acusó de imponer a las naciones más débiles recetas económicas como si fueran manuales de tormentos. Su blanco preferido ha sido el FMI, el financista de los gobiernos con problemas de dinero. Stiglitz lo ha comparado con un hospital donde los enfermos empeoran que contrata estudiantes de tercera categoría en universidades de primera. Un día le preguntaron qué debían hacer los países en desarrollo con los consejos de los técnicos del FMI sobre sus economías.
—Juntarlos y tirarlos a la basura —respondió.