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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO


June 01, 2002

Haití
business and Love

Una crónica de Heidi Grossmann
Fotografía de Paolo Aguilar

Haití

Haití,  business and love, leo en el posavasos antes de esconderlo con una taza de café. Los términos son intercambiables: aquí el amor es una transacción de rutina, y los negocios se celebran con la solemnidad hormonal de una declaración amorosa. Love is business, business is love, and nothing is forever, voy a escribir yo en una de sus servilletas, pero no hay posavasos que lo admita. El Haití es la vitrina que exhibe el estilo de vida de Miraflores, el ombligo de la ciudad de Lima. El Haití es el rincón más europeo de esta ciudad aldeana. El Haití es un café-isla-restaurante-teatro-bar-ágora-oficina-vitrina-hogar, donde uno puede ver cómo se jode el Perú sin tener el deber de evitarlo. Nos vemos en el Haití, porque el Haití es donde se cita todo el mundo, igual que en Barcelona es el Zurich. El Haití tiene cierto aire bohemio, pero no es tan clásico como el Tortoni de Buenos Aires, ni tan literario como Les deux Magots de París, ni tan fashion como La Goulue de Nueva York. El Haití queda frente al Parque Kennedy y al lado del cine El Pacífico, y da la impresión de que en cien años más seguirá siendo el punto de business and love. En ese orden.

Su reputación de cosmopolita no es sólo porque tiene una mesa para italianos, otra para árabes y otra para coreanos. Ni porque palestinos y judíos se toleren sin conspiraciones incendiarias mientras sostienen en la mano un café exprés. Tampoco porque cada día un turista recién llegado prueba su espléndido lomo saltado y su famoso pisco sour, recomendados con cinco tenedores en las guías turísticas. Ni porque a algunos dueños de cafés del extranjero les haya gustado su concepto hasta el punto de haber plagiado su nombre para cafés de Madrid y Palma de Mallorca. En el Haití, se leen The New Yorker, Le Monde, O`Globo, El País o El Clarín. En sus mesas se debate sobre la vida atareada en Hong Kong o del desempleo juvenil en Alemania. Se mira más allá de los muros fronterizos de esta provincia, se olvida por ratos la vida pueblerina de una Lima más acomplejada y estrecha que nunca. Y va todo el mundo, desde los populares hasta los alternativos. Fue en el Haití donde el cantante Rafael, luego de cantar en el cine El Pacífico, iba a sentarse a contemplar el paisaje de andariegos de Lima. Fue en el Haití, donde el John Malkovich de Relaciones peligrosas descubrió con horror lo que era un apagón general.

El Haití de Miraflores es un señor cuarentón que más parece un cincuentón con futuro, de esos hombres que están de vuelta de la vida y se sientan a disfrutar de sus años sin complejos. En el mismo local, cuando el parque Kennedy tenía la vida nocturna de una abadía, se instaló el Calypso, un mesón para beodos que se anunciaba con un enorme vaso de cerveza Pilsen colgando de un poste. Aquel bar y sus habitúes se hallaban en un vecindario cuyas luces se apagaban a las siete de la noche. Entonces nadie imaginó que un italiano de Montebarqui llegaría, compraría el local y pondría un negocio tan arriesgado como extraño: un café. Antonio Neri fue el hombre que convirtió al durmiente en un punto de luz. Su café con evocaciones parisienses revolucionó la vida de Miraflores, donde el Haití inventó la bohemia.

De ser un albañil en la Toscana, Neri llegó a ser dueño de una fábrica de textiles en Italia. Pero, cosas de la vida, un dictador de bigotitos apellidado Hitler convirtió a Europa en un pandemónium, y Neri escapó de la miseria de la posguerra partiendo en barco hacia uno de esos paisitos sudamericanos con nombre de picante: Chile. El primer Haití apareció en 1951, en la calle Ahumada, que era una festiva sucesión de cafés en Santiago. Tres años más tarde, Neri inauguraba el segundo, esta vez en el Perú. Lo instalaron al lado de la estatua de Francisco Pizarro, un símbolo de que aquí todos los conquistadores son bienvenidos, y más si vienen con aroma de café.

Su ubicación le dio el privilegio de ser visitado por presidentes que se quitaban la banda y bebían un café. Pero también allí estuvo gente como el Vittorio Gassman de Nos habíamos amado tanto. El motivo de tan ilustres visitas era un revolucionario invento: la máquina de café exprés, que convertía la mezcla especial de granos elegida por Neri en balsámico oro negro.

Ese fue el origen del nombre del lugar: la máquina de café exprés era de la marca italiana Haití. Ahora ya lo sabe: ninguna ironía entonces con el país más pobre de América. El café exprés del Haití tuvo que ser obsequiado a los clientes durante seis meses para encarrilar a los antiguos limeños con el recién llegado sabor. El café consiguió tantos amantes que uno de ellos, Marino del Barco, bautizó a su nieto en el Haití convencido que no habría mejor santuario para este sacramento.

Después abrirían otro local en el entonces aristocrático Miraflores. Neri encontró la esquina perfecta en tierras vírgenes. El café se inauguró como una moderna decoración, y fue invitado todo el jet set. Miraflores, un abúlico barrio residencial que quería dejar de serlo, convirtió al Haití en una sensación financiera. Fue tan exitoso que el Haití del Palacio de Gobierno se hizo prescindible. Y como aquella Lima de los años de Guido Monteverde y los Beatles comenzaba a parecerse a la Lima actual, con protestas y varazos policiales e invasores andinos que no traían café, Neri vendió el Haití del centro de Lima, y este lugar terminó siendo la fuente de soda de otra empresa: Los baños turcos de Pizarro.

 

Quienes hoy están en sus mesas tienen los gestos más pronunciados de lo normal, como suelen ser los de los hombres de teatro para que desde la butaca más lejana se note que están vivos. En el Haití la fisonomía y los ademanes son más histriónicos: los ceños, más fruncidos, como tinta negra; los abrazos, más asfixiantes, como si sus ejecutores no se hubiera visto en años. Algunos contestan su teléfono portátil con el tono de voz de estar cambiando el rumbo de la historia, o como si les confirmaran que poseen el amor más idílico de la ciudad, una felicidad hiperbólica traducida en una sonrisa que se avista desde la acera de enfrente.

En el Haití, hasta quienes permanecen en silencio lo hacen con la calculada solemnidad de quienes tienen mucho que callar. Hay clientes que van allí porque les gusta estar solos en compañía. Sucede que, a veces, en casa, el silencio es demasiado estridente como para pensar. Por eso los solitarios se regocijan de serlo en el Haití, donde el runrún de la conversación ajena puede ser mejor que la música de fondo. No es exhibicionismo de soledades, es el voyeurismo a la inversa: saberse observado y disfrutarlo con secreto regocijo.

 

Las horas del Haití parecen tener un orden paralelo al de Lima, un acomodo acorde con su personalidad. El tiempo en sus mesas camina –no corre– de manera distinta que en el resto de la ciudad. A las dos de la mañana, en el Haití parecen las siete de la noche. Y a las siete de la mañana parecen las dos de la tarde. Abrir el Haití no da tiempo ni de colocar todas las sillas: los madrugadores esperan a que les sirvan pronto el café. La hora del cierre implica que algunos clientes deban levantarse de su mesa, amazacotados, con la pesadez de quien, a las tres de la mañana, no tiene otro mejor lugar a dónde ir. Tienen razón. No hay en Lima mejor sitio cuando se acaba el día del Haití, cuando debe uno retornar al tiempo húmedo y vacío de esta ciudad.

Por eso el Haití tiene hasta un club de fans. La mesa 70, se llama, y se ubicaba en la mesa del café que tenía ese número, cuando el Haití se extendía hasta el Banco Wiese, desde donde fueron arrimados para inaugurar un cajero automático. Parte de los miembros de este club eran Vlado Radovich, el productor de Simplemente María, la telenovela peruana más famosa de todos los tiempos; y Hugo Otero, el publicista del ex presidente Alan García. La mesa 70 conserva el nombre y la mitad de sus miembros. Fue en el Haití, donde Radovich sufrió el infarto que lo llevaría a la muerte. Ahora los cófrades de la mesa 70 se citan dentro y fuera del café para contarse historias doradas y secretas, de esas que sólo se cuentan entre amigos. Ahora el Haití ya no tiene setenta mesas, sino cincuenta y cinco, pero tal vez la misma cantidad de fieles.

Sucede que en casa el silencio es demasiado estridente como para pensar. Por eso los solitarios se regocijan de serlo en el Haití, donde el runrún de la conversación ajena puede ser mejor que la música de fondo. No es exhibicionismo de soledades, es el voyeurismo a la inversa

En el principio, fue el Haití, que es el centro de Miraflores, que es el centro de Lima, que es el centro de Perú. Fue en el Haití donde Alejandro Miró Quesada, Manuel Ulloa, Arturo Salazar Larraín y Enrique Agois, los patriarcas de la prensa escrita del Perú, se reunían a discutir luego que el presidente Belaunde les devolviera sus periódicos. Fue en el Haití donde el anónimo informante del Servicio de Inteligencia Nacional, Besitos, le presentó a un periodista de investigación a la agente Mariella Barreto, asesinada luego, precisamente por beber del café de la indiscreción. Fue en el Haití, donde Luis Cáceres Velásquez, uno de los políticos más alcahuetes y mercenarios del fujimorismo, recibió un estruendoso baño de monedas cuando Montesinos vivía sus últimos días sentado en el SIN. Pero fue también en el Haití donde Pedro Planas, el memorable investigador político, le declaró su amor a la mujer de su vida, y madre de sus dos hijos.

La terraza del Haití es el borde de una pasarela por la que desfilan niñas de piel de bronce y muchachotes de camiseta lycrada. “Pasan una y otra vez, hasta que te preguntan si pueden sentarse en tu mesa Luego piden algo de tomar, si es posible de comer, y finalmente preguntan dónde te vas a ir. Ese es su método”, diagnostica Flavio López Solórzano, parroquiano del Haití desde su fundación, y sabedor de las tácticas de guerra de señoras y señoritos de la noche. “Si vienen con algún cliente, ¿qué podemos hacer? No vamos a echarlos a los dos”, dice un sonrojado supervisor del negocio, don Francisco Filomeno, seguro de que en la chismografía de Lima el escándalo sigue siendo mayor que el pecado. Aunque nada tenga que ver con los dueños del Haití, los clientes encuentran allí hasta hombres y mujeres a la carta.

Una muchacha broncínea y depilada comparte una mesa con un gringote barbudo. Él –un cincuentón de botas vaqueras, gafas de sol y piel grasienta– bebe a sorbos un capuchino mientras observa el desfile indetenible de transeúntes. La joven –blusita que fue negra, zapatos gastados y boca fucsia frenético– toma una Inca Kola mientras espía a su acompañante de turno. Quién sabe dónde se conocieron pero el Haití será siempre un punto de encuentro entre extranjeros y cazadoras de gringos, el más céntrico y elegante para todos. El asunto es que nadie te moleste. El Haití no se reserva el derecho de admisión: de eso ya se encargan sus precios, que son el único freno para la estampida migratoria que desplazó a los amantes de los cafés voyeurs hacia esa parte de la ciudad. Los precios, sin embargo, no son suficientes para detener a los adictos al café de escuálidos bolsillos. El dólar y veinticinco centavos pagados por un café cortado sobran para quedarse toda una tarde como dueños absolutos de una mesa, a sabiendas de que los mozos no preguntarán cada minuto si se le ofrece algo más, señor.

Pero tanta democracia en el Haití no llega a eliminar cierta marginalidad, y a veces se presta a desgraciadas confusiones. Una de ellas fue cuando el excéntrico pintor Victor Humareda se había parado en la puerta del café citado por una dama que le iba a pagar un cuadro. Un mozo lo confundió con un mendigo y lo echó a jalones de este café con carta en inglés. Es cierto que sentarse en una mesa del Haití puede cambiar de reputación o de eufemismos. Sentada allí una puta podría ascender a dama de compañía.

 

Hay también quienes desprecian el Haití. Por vía oral y vía escrita. La versión novelesca de este desprecio se halla en La noche es virgen, del escritor y conductor de televisión Jaime Bayly. Para su protagonista, Gabriel Barrios, una especie de álter ego del escritor, el Haití es un lugar de viejos verdes derrotados, mozos gordos y abnegados, e intelectuales de medio pelo. Barrios suele espiar desde su auto la vitrina del Haití con el único propósito de encontrar a algún muchacho de compañía. Pero las pataletas de este personaje de ficción quedan como un alarde de superficialidad adolescente cuando uno encuentra a Alfonso Klauer, el cliente más antiguo que los mozos del Haití recuerden. Klauer es un octogenario que no permitiría que algún médico canalla osara prohibirle el café cortado y su cajetilla diaria de Winston Lights. Mientras relee –por quinta vez– el periódico, sus ojos recorren el salón del Haití ajenos a los afanes del más doméstico voyeur. Lo que busca Klauer es alguien con quien hablar. “Había ahí sentado, en la mesa de al lado, un hombre con un chico de ocho años. Los miré, y ellos voltearon a verme. No me pude aguantar. Les armé conversación”, dice, y suelta una risa pudorosa de su soledad.

Desde que su esposa murió, Klauer decidió que sólo usaría su casa para dormir. Cada día llega al Haití, donde siempre habrá otros solitarios desprevenidos que puedan rentarle sus oídos y permitirle contar cómo fue atropellado hace diez años, cómo fue que la Shell lo premió por ser el mejor de sus vendedores, cómo el general Velasco le retiró un castigo en la Escuela Militar de Chorrillos, y cómo sus días pasan lentos, lentísimos, mientras lee una y otra vez el periódico. Para Klauer, el Haití no es un lugar para disfrutar de la soledad en compañía. Es la casa bulliciosa, el mundo que lo admite otra vez en su rutina, docenas de orejas que se estacionan al lado de su mesa, en una ciudad en la que ya casi nadie escucha.