Etiqueta Negra

Una revista para distraídos

Ha muerto el señor
que te abre la puerta

Una madrugada murió el portero de un edificio,
y una vecina empezó a preguntar a todos por él.
¿Quién es el extraño que te saluda todos los días?

Un texto de Elda Cantú
Ilustraciones de Sheila Alvarado

Portero
Ilustración de Sheila Alvarado

El trabajo de un portero es, sobre todo, saberse la vida de los vecinos y callarla. Una mañana, en el vestíbulo del edificio donde vivo, apareció tras una vitrina el anuncio de la muerte del portero. Cuando salí a trabajar estaba allí, escrito en Times New Roman, sobre papel bond, y empecé a llorar por alguien a quien nunca había llamado por su primer nombre. Se había muerto el señor que me abría la puerta del edificio todas las mañanas, el que recibía el correo, el que regaba las plantas. Era como un pariente lejano que aplaudía los primeros pasos de un bebé del edificio y que telefoneaba hasta otro país si una tubería rota amenazaba con inundar tu casa. Días antes de morir me había llamado por el intercomunicador para advertirme que un inspector estaba subiendo a cortarme la electricidad. Cuando eres un inmigrante te acostumbras a esa orfandad de ser desconocido a tiempo completo. Pero nadie te prepara para el desamparo de enterrar a un muerto en el extranjero. Aunque sea sólo tu portero.

Una muerte inesperada es una invitación al lugar común. Minutos después de leer el aviso de la muerte del portero me di cuenta de que tenía un año viviendo en el mismo edificio, y que no conocía a nadie con quien comentarlo. Empecé a tocar las puertas de los vecinos para preguntarles qué recordaban del portero y todos decían más o menos lo mismo: «Pero si apenas el sábado vino a trabajar». La mayoría de la gente se muere a cada rato sin avisar, y sucede que nuestro portero era parte de esa gente. Era un guardián obligado a comentar los últimos reportes del clima y a repartir saludos doce horas al día. Como todos, era un portero al que se le extraña sólo cuando se le necesita y no está: cuando te olvidas las llaves, cuando vuelves con las manos ocupadas con las compras, cuando esperas un paquete que no cabe en el buzón del correo, cuando hay una fuga de agua en el departamento, cuando un vecino se ha olvidado de cerrar la puerta. Cuando todos queríamos abrirla era el peor momento de su día. «Lo más difícil de su trabajo era la acumulación de personas —me dijo el administrador del edificio—. Era su martirio». El día que murió el portero, Lima tembló. El día que murió el portero, el ascensor se averió. El día que murió el portero, nadie nos avisó que bajáramos caminando.


Hace veinticuatro años, un minúsculo aviso en la sección de económicos del diario El Comercio de Lima buscaba un portero. Julio Villegas trazó un rectángulo de tinta roja a su alrededor. Titubeó en tres ofertas de empleo: había marcado una línea y dos puntos en un par de avisos para obreros de limpieza, y, además, otro punto discreto junto a un anuncio que buscaba jóvenes para un depósito. Pero Villegas ya no era tan joven: por más de una década había sido conserje en una compañía de seguros, y entonces era un cincuentón que buscaba trabajo en un país cuya inflación era la peor de su historia. El aviso decía que preguntara por un tal señor Magallanes. ¿Qué se le exige a un candidato a portero? No se necesitan estudios ni músculos para abrir y cerrar una puerta. Jerry Seinfeld, el protagonista de la serie de TV, bromeó que una huelga de porteros pasaría inadvertida: si el portero no está, uno puede abrirse la puerta solo. Un portero de edificio se ocupa de que nadie cruce el umbral sin su permiso. Existen puertas a control remoto y docenas de cámaras de circuito cerrado que vigilan los zaguanes, pero sólo los porteros pueden evitar que un intruso, alguien que pasaba por allí o sus propios familiares dejen en paz a los vecinos. Hoy nadie espera que un extraño llegue a tocar la puerta de tu departamento sin la aprobación de un portero. Nos hemos acostumbrado a operadoras automáticas que atienden los teléfonos del banco, a ir eliminando de todo orden la figura del intermediario, pero los administradores de edificios siguen contratando a señores maduros para abrir la primera puerta de nuestra fortaleza urbana. Los porteros sobreviven porque nos ayudan a seguir estando solos. De eso se trata vivir en un edificio.

Encargar la puerta de la casa a un extraño es un acto de fe. A Villegas yo le dejaba las llaves de mi departamento porque la dueña me dijo que se trataba de un hombre íntegro. Cada vez que la chica de la limpieza se demoraba en llegar, yo depositaba mi llavero en su mano de tronco viejo. No sabía más de él. Los vecinos de veintiún pisos del edificio conservan distintas memorias suyas. «No le gustaba ir al médico», me dijo una corredora de bienes raíces, llorando al recordarlo. «Estaba jubilado, pero seguía trabajando para sentirse útil», añadió el esposo de la corredora, un anticuario. «Era como un abuelo refunfuñón pero cariñoso: a mi hijo le decía campeón», recordó un traductor. «Me recordaba que ya venía el cumpleaños de mi mujer», contó un ejecutivo de software. «De niño me reprendía cuando subía a la azotea», me dijo un joven del cuarto piso. «Jamás se quejó con mi mamá». Algunos vecinos le heredaban sus camisas y uno de ellos le regalaba chocolates para sus nietas. Todos sabían de su afición a la hípica. «El sábado era su mejor día», recordaba el administrador del edificio. «Se ponía a escuchar las carreras de caballos». Durante casi un cuarto de siglo, de lunes a sábado, trabajó doce horas al día. «Nunca nos enteramos de que tomara vacaciones», me dijo la mujer del anticuario.

El señor Villegas empezó a morirse el único día de la semana que tenía libre. Un domingo. Todos los días él y su esposa se levantaban a las cinco de la mañana. Llevaba décadas usando un reloj japonés de cara azul que su hermano le había traído de un viaje. Esa mañana, en el Callao, el puerto de Lima donde vivía, sus vecinos lo vieron caminando hacia el mercado. «Nadie en el barrio podía creer que había muerto», me diría meses después Luz Ceballos, su mujer, un sábado que fue a llevarle flores al cementerio. Villegas compró el pan que le había pedido su esposa y comida para su mascota, una perra cruce de pekinés y shiatzu. Volvió con sus dos periódicos de cincuenta centavos de costumbre, y, pensando en mejoras para su casa, salió a buscar un balde de pintura a casa de su hijo, el hijo de Luz Ceballos que él había criado desde niño. Vivían a tres cuadras de él. Pero tardaba tanto en volver, que su mujer salió a esperarlo en la puerta. Apenas advirtió la silueta encorvada de Villegas, volvió a meterse en su casa para refugiarse del sol. No se había dado cuenta de que venía sintiendo un dolor entre el estómago y el pecho. Su hijo y su nuera tuvieron que llevarlo de emergencia a un hospital del Callao. Luz Ceballos se quedó a cuidar a dos de sus tres nietas. Miraban la tele mientras a su esposo le detectaban un aneurisma abdominal. Su hijo, un bombero dedicado a la seguridad de una compañía constructora, no sabía qué era un aneurisma abdominal. Hoy puede trazar con el dedo una línea del pectoral al ombligo para explicar que la aorta que irrigaba el abdomen y las piernas de Villegas estaba hinchada. Estaba cansada de estirarse y a punto de explotar. Es una falla común y repentina en el cuerpo de sesentones con el colesterol alto y un historial de tabaquismo. El portero tenía setenta y cinco años. Aunque sus nietas le habían pedido que dejara el cigarro, unos vecinos del edificio lo recuerdan rodeado de humo en la cochera. «Fumaba Hamilton primero y Winston después», me dijo su amigo el administrador. «Comía mucha grasa», me dijo el portero del edificio que lo reemplazaba los domingos. Era posible que necesitara cirugía. El día anterior, Villegas había olvidado su documento de identidad en la portería. Pasaba más tiempo en la puerta de casas ajenas que en la suya.


El vestíbulo de un edificio es un área común de todos los vecinos, pero sobre todo el dominio de un portero. En mi edificio el lobby es un pasillo modesto que alberga la puerta de entrada, las de los dos ascensores y el umbral que da hacia la cochera. Los edificios con menos departamentos, aquellos donde todos deberían conocerse, son los que tienen menos espacio para que los vecinos conversen. Es un hecho: lo descubrió un sociólogo de Nueva York quien, con sus alumnos, entrevistó a seiscientos cincuenta porteros de la ciudad. Hay una serie de lugares comunes en los edificios residenciales: los porteros siempre viven abajo, esquivamos la mirada y apretamos la sonrisa en los ascensores, y en los corredores aceleramos el paso para evitar saludarnos. Un edificio de departamentos está diseñado para aislarnos. Tiene que pasar lo peor —un sismo, un incendio, un robo— para vernos las caras. El resto del tiempo la convivencia en un edificio es un juego de adivinanzas entre muros de concreto: un médico tiene un reloj cucú que suena cada hora, ver mi bicicleta en el pasillo pone de buen humor al hijo del traductor, a media tarde alguien fuma siempre cerca del ducto que pasa por la ventana de mi baño, un general del Ejército debe escuchar mis tacones en su techo todas las mañanas, un chirrido anuncia que alguien ha abierto un grifo y se oye el agua de una ducha correr entre los muros. Un vecino usa una loción que se queda en el ascensor cuando ya se ha marchado a trabajar. Un edificio residencial es un lugar donde cada uno se convierte en un rumor.

Un portero es un espía sin comentarios de cualquier visitante a un edificio. Nunca supe qué le parecían los míos. No era un asunto de profesionalismo sino de carácter. Su esposa me confirmó que no hablaba tanto. Ser portero exige la humildad de callar casi todo lo que se sabe. Anclados al primer piso, los guardianes de la puerta son malabaristas de la discreción, detectives involuntarios de nuestra basura, jueces distraídos de discusiones que adivinan en los ecos del ascensor. «La gente está desamorada», me dijo un día el portero de la noche, aficionado a las lecturas bíblicas. «Ya nadie se saluda». Un guardián que dice «buenos días» docenas de veces por semana acepta la cortesía superficial del oficio. Los porteros son casi siempre gente circunspecta, sin licencia para hacer bromas, hombres atentos que se hacen de la vista gorda y que no deben reírse demasiado. El señor Villegas tenía un gesto de enfado que no invitaba al chismorreo y un estricto copete engominado. «Hacía chistes sin que uno se diera cuenta», me contó una sobrina suya. Como la mayoría de porteros, era un hombre invisible.

Durante más de una década, cada lunes, Tomás Villegas y Virgilio Taipe se encontraron antes de las siete de la mañana en la puerta del edificio. Taipe, un hombre robusto cuyo rostro parece dibujado con una escuadra, es un chofer de camiones que se viste de portero los domingos. Trabaja el único día que no hay ruido de bocinas ni atasco de gente en las puertas de los ascensores. Su mayor preocupación son los repartidores de comida que tocan el timbre desde la hora del almuerzo. Sabía de Villegas lo que todos: que estaba jubilado pero seguía viniendo, que sufría de dolores de estómago, que fumaba aunque el doctor se lo había prohibido. El 30 de enero de 2012 fue el único lunes en trece años que Taipe no lo vio llegar a trabajar. Una hora antes, Luz Ceballos había oído que el chofer del microbús que su esposo siempre tomaba le tocaba insistentemente la bocina. El conductor y el cobrador conocían su rutina. Viajaba una hora desde el puerto del Callao hasta el distrito de Miraflores. Un pasajero habitual de esa ruta lo consideraba su amigo. Si no estaba en el paradero, lo esperaban. Su esposa tuvo que salir para darles la noticia de que había muerto.

El portero había muerto hacía unas horas. «No ha llegado. ¿Quién va a ser mi relevo?», preguntó Taipe esa mañana al administrador del edificio. Se le hacía tarde para llegar a su otro trabajo. Horas antes había conversado por teléfono con su compañero. El hijo del portero le había pedido entregar las pertenencias que Villegas guardaba en su casillero: el documento de identidad, la tarjeta del banco con que cobraba su pensión y un dinero. Parte del trabajo de un portero es desconfiar. Desde el hospital, el portero tuvo que telefonear a su compañero para autorizar la entrega. Entre sus cosas, guardaba el certificado de propiedad de su nicho en el cementerio y el aviso de El Comercio que en 1988 solicitaba un portero. Pronto la vacante volvería a quedar libre.

Julio Villegas solía entrar a su casa sin hacer ruido. Su mujer sólo se daba cuenta porque su mascota lo delataba. Después repetía la frase de siempre: «¿Qué novelas?». La última vez que el portero entró en su casa llegó acompañado por su hijo y su nuera. Habían llamado por teléfono a su mujer para avisarle que le habían dado de alta en el hospital pero que, por favor, no lo esperara en la puerta. «Él tenía sus cosas», me dijo Luz con los ojos nublados. En casi cuarenta años juntos tuvieron graves peleas, pero nunca quiso divorciarse. Los vecinos de su barrio los veían siempre por la calle tomados de la mano. Esa noche Villegas y su mujer vieron juntos un programa de huainos y música de Ayacucho, la tierra donde había nacido. Su mujer le frotó la espalda para aliviar el dolor que sentía. El portero aceptó un vaso de leche tibia y se quedó dormido. Su esposa se fue a la habitación contigua para dejarlo descansar. «Tuve que haber cabeceado», me contaría en el cementerio. Un grito de Villegas la despertó a las 00:10 del lunes. Fue un temblor de seis grados en la escala de Richter. En Miraflores los vecinos del edificio nos sacudimos espantados. Luz lo encontró doblado en su cama. «Me quiero morir», le dijo. Ya había comprado el sitio donde quería que lo enterraran. Le gustaba aparecer ante sus nietas con una mano en el bolsillo antes de darles un regalo. Solía quedarse mirando unos minutos a su mujer cuando esta volvía de la peluquería. Ganó algún dinero apostando a los caballos. Consiguió trabajo a varios porteros del barrio. Se jactaba de que lo hubieran contratado antes de terminarse de construir el edificio. Aprendió a conducir aparcando los autos de los propietarios. Vestía camisas que algunos vecinos le obsequiaban. Era un hombre feliz nadando en la playa. El mismo hombre que me decía buenos días todas las mañanas. «Buenos días, señorita».