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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Frank Gehry
Hace música con paredes torcidas

Las construcciones de este arquitecto
superestrella parecen hechas de papel arrugado.
Piensa que la arquitectura es como un silencio temporal del jazz.
En su último diseño, el auditorio del New World Center en Miami, setecientas personas se sienten como si estuviesen dentro de la orquesta.
¿Cómo suena un edificio de Frank Gehry?

Una visita de Gabriela Esquivada

Ghery

Los desafinados también tenemos corazón. Una mañana de primavera canto en South Beach protegida por el ruido del mar: Alguna vez no supe renunciar / y me sirvió para sufrir / Porque vivir no es vivir / sin libertad y quien querer. He cantado «Gaviotas», de Andrés Calamaro, bajo el agua tibia de la ducha, tamborileando sobre la mesa de un bar, haciendo la cola del supermercado. Pero nunca podría maltratarla en Lincoln Road, una de las principales avenidas de esta isla al este de Miami. Y mucho menos en esta sala liviana, casi ingrávida dentro del New World Center (NWC), donde un muchacho golpea unos tambores y parece que el piso va a ceder por la fuerza del sonido.

La música necesita el tiempo pero la verdad es que no le da igual cualquier espacio.

El New World Center es una estaca deconstructivista clavada en el centro Art Déco de las playas de Miami. Es el lugar donde funciona la New World Symphony: ahí la música está en el aire y en las paredes. El edificio y el auditorio son la primera casa propia de la orquesta donde Michael Tilson Thomas, su fundador y director musical, perfecciona a unos cien músicos jóvenes al año. La mano que la diseñó pertenece al starchitect Frank Gehry, el más grande enemigo de los edificios cuadrados, botarates y cajadezapatos y amigo personal de Tilson Thomas. Como todo lo que Gehry construye el NWC suena fuera de lo común.Tiene la sala con mejor acústica de Miami. La altura de los techos, los materiales y cada decibel de reducción de ruido fueron trabajados para escuchar con idéntica exquisitez una orquesta de cien músicos o un solista. En este instante, en la sala principal, un muchacho toca (acaricia) su violonchelo con un tradicional arco de madera de pernambuco. Al frente, una cámara. Detrás, una pantalla gigante. Esta tarde el chico podría tomar una videoclase por internet con un profesor a miles de kilómetros de distancia. Ninguno precisaría amplificación para oírse: un suspiro en un extremo de la sala es una voz en el otro. Así suena la arquitectura de Frank Gehry: golpes de tambor que vibran en la cabeza y en la piel erizada.

Viaje al vientre de un arquitecto

El edificio del NWC no parece un Gehry auténtico. En el frente hay una muy convencional pared de vidrio y red metálica. Nada de escamas de titanio, nada de curvas fuera de lógica. La modestia aparente hace casi invisibles sus seis pisos de altura. Entonces aparece el cambio de perspectiva. Cuando bajo por Drexler Avenue, asoma un relieve que evoca la quilla de un barco. Luego, por la Calle 17, una ola gigante y blanca sale del edificio y encara a los automovilistas. Acaba de asomar la última estrella de Gehry.

South Beach es un museo callejero del Art Déco: simetría —o su falta—, curvas y ángulos. El NWC, inaugurado a principios de 2011, tiene metal, vidrio y cemento. No podría ser menos Déco. Sólo el azul de la decoración y la madera interior conectan con el mar a dos cuadras e incorporan calidez. Lo demás es un diálogo extravagante entre formas geométricas sencillas, cuyo tono se altera por los materiales de los volúmenes. La firma d’autore se revela en los intestinos del edificio. En el lobby las dos escaleras que salen hacia la segunda planta caen sobre el visitante hasta que una de las veinticuatro salas de ensayo —como salida de un dibujo de Escher— se interpone y evita la tragedia. Gehry ha reconocido su admiración por Miers, Le Corbusier, la Bauhaus, pero esas escaleras y salas que se desploman-pero-no remiten al temblor de los balcones de la Pedrera, ese intrincado edificio de Gaudí en Barcelona. Gehry nos lleva a vivir a su tensión interna: es como estar dentro de 2001 Odisea en el Espacio.

Sin llegar a los extremos de la ausencia de rectas del Guggenheim bilbaíno, el NWC juega con la superposición de líneas y el contrapunto de materiales como si se burlara de la capacidad de mi ojo para percibir ciertas discontinuidades. Tengo que adaptarme, como si pasara súbitamente de la oscuridad a la luz. De noche, por ejemplo, la enorme fachada exterior del vidrio más transparente del mercado se disuelve en el aire debido a la iluminación interior. Eso permite ver desde la plaza —senderos torcidos, árboles metálicos— los prismas que se agolpan en el lobby: un montón de legos blancos que un niño dejó desordenados, cansado de jugar. Subo a espiar al puente que comunica con el estacionamiento. Es un plano invadido por otro plano invadido por otro plano invadido por otro plano. Debajo de mí pasan los músicos hacia la función. Un piso por encima, desde otra superficie privada, alguien podría verme a mí, y así sucesivamente. A Gehry le gusta estimular a los fisgones.