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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Estimados caballeros del rencor

¿Es necesaria tanta sinceridad?

Un texto de Giovanni Papini
Ilustración de Eduardo Tokeshi

Papini
Ilustración de Eduardo Tokeshi

Somos unos calumniadores, villanos, fanfarrones, libelistas sin conciencia, bribones incontentables, chillones sin miramientos: somos los barrabases de la literatura, los malhechores de la cultura, los pillos de la filosofía, los bandidos de la política, los criminales de la crítica, los delincuentes natos de la polémica. Somos injustos, malos, rabiosos, hepáticos. En lugar de examinar las ideas, nos lanzamos a arañar a las personas; convertimos la crítica en inquisición; el ataque se reduce a una carnicería. No es de maravillarse si nos prometen palizas y estocadas. Es una vergüenza nunca vista que nos hayan permitido escribir hasta ahora, que nos hayan tolerado hablar y respirar. Demos gracias a Dios y a nuestros débiles brazos si todavía no somos unas matas de hierba en algún feo cementerio. Buena gente, ¡no os acerquéis! ¡No escuchéis, oh bien educados jovencitos, las lisonjas de esos don quijotillos alocados! Y vosotros, gente seria, gente de bien, gente docta, gente rica, ¿no os avergonzáis de estar junto a determinados tipos? ¿No os repugna ayudarlos con las palabras, con los escritos y con el dinero?

También nosotros —dicen los tartufos guiñolescos de este desgraciado país—, también nosotros queremos una crítica honesta, sincera, audaz, valiente, sin prejuicios, etéetera. También nosotros, en nuestros tiempos, teníamos el pelo largo y las ideas nuevas, y se nos azuzó como a leones por la victoria de nuestra idea. Pero ¡afuera! ¡No así! ¡No hay ninguna necesidad de gritar de esa manera si no se está seguro de tener la verdad en el bolsillo interior de la americana! ¿O es que nunca habéis leído a Montaigne? Y después, lo que da más rabia ver es ese emprenderlas con las personas para ofender y difamar a más no poder. ¿Qué os han hecho esos pobres infelices? Si Fulano de Tal es un artista fracasado, y Mengano es un charlatán, y Zutano un impotente, y Perengano un aborto de pensador y ese otro un periodista ignorante, ¿qué queréis? ¿Por qué añadir a sus desgracias, además, la de vuestras ácidas palabras? ¿Qué ganáis con ello, a fin de cuentas? Además, hay maneras y maneras. Todos los Don Pirloni de la vileza literaria os pueden prestar su arte para el eufemismo y sus breviarios para la simulación. Lo consiguen incluso los más imbéciles, como podréis ver cada día con sólo abrir un periódico.

Uno de los principios fundamentales de nuestro estatuto es este: no atacar nunca a nadie. Si el que queréis atacar es persona célebre y honrada, parece que os mueven a atacarlos la envidia y los celos; si es así, al atacarle se le da demasiada importancia y se obtiene un resultado contrario al que os proponíais; si es uno que comienza a armar ruido, está bien claro que ese tipo de gente no busca otra cosa, tanto que les agrada que se les pegue con tal de que se hable de ellos. Si es uno que escribe libros difíciles, hay que dejarlo en paz hasta que se haya estudiado a fondo esa cosa y luego aquella otra, e incluso todas aquellas sin las que no se entienden las primeras, de manera que hay que estar callados durante años y años y darle tiempo a que tenga éxito y se muera; si es uno que escribe cosas ligeras, no vale la pena de afanarse por destruirlo, porque estos caen por sí mismos; si es un hombre forzudo y rabioso conocido como espadachín o boxeador, no está bien pincharle, porque podría haber un duelo o un abofetamiento en mitad de la calle; si es uno que tiene mucho dinero o un alto cargo, no está bien ir en contra de él, ya que de ese modo se pierde toda esperanza de obtener los favores y las ventajas que nos pueda proporcionar; si es jovencísimo, hay que tener compasión de él y esperar; si es casi igual a nosotros y de la misma edad, lo correcto es dejarlo estar, por fraternidad; si es viejo, dejarle en paz por respeto.

Y de todos modos, aunque se quiera hacer ese feo oficio de libelista y de libre hablador, ¿hay verdaderamente necesidad de decir las cosas con esas palabrotas desnudas y rudas sin un poco de velo o de azúcar perfumado con vainilla? ¿Queréis decir que Fulano ha robado ideas? Por ejemplo, podéis decir que «aquí y allí, en su libro, sería de desear una mayor novedad», o bien que «acaso los lectores pedantes notarán alguna vaga reminiscencia», o incluso: «De la lectura de este libro aparece bien claro que al señor Fulano las obras del señor Mengano le son muy familiares». O así: «Algunos maliciosos podrían observar ciertas curiosas coincidencias entre algunos pasajes de este libro; pero eso no debe maravillar: de cualquier pensamiento se puede encontrar el origen. Nil sub sole novi».

Pero la mayor parte de las veces, metéoslo bien en la cabeza, no es de buena educación descender a los particulares y tocar a las personas. Vosotros, que tenéis tanta pasión por la filosofía, ¿por qué no os mantenéis en el aire sereno de lo general y en la elevada y sublime esfera de lo universal? Allá arriba, en el mundo de los ángeles y de las golondrinas, lo permitimos todo: os permitimos incluso criticar y sentiros descontentos y feroces. Decid si queréis, por ejemplo, que las universidades italianas andan mal. Sin embargo, cuando habléis del profesor Perengano, no digáis que es un bobo; cuando se discurra sobre el profesor Zutano haced ver que no os dais cuenta de que es un estafador; y así sucesivamente. No os perdáis tratándoles mal. Callaos cuando no podáis elogiarles. Me diréis que es una payasada manifestar que un conjunto de personas anda mal y después hablar bien de cada una de esas personas en particular. Y, sin embargo, este es nuestro método, y nos va muy bien. Como nunca sucede que se nombren todos los miembros de una clase determinada a la vez, se puede perfectamente, sin llamar demasiado la atención, maldecir al todo y bendecir a las partes, y de esta manera todo el mundo está contento: los puritanos que nos ven asaltar con furor las fortalezas y los culpables que se están calladitos, recibiendo nuestras caricias. Así, pues, muchachos, juicio, y seguid otro camino, si no queréis morir a fuerza de bastonazos.

Yo, para empezar, declaro que estoy confundido, arrepentido, contrito, y prometo no seguir haciendo como antes. Desde ahora no diré más la verdad, porque la verdad no es otra cosa que calumnia; no criticaré a nadie más, porque la crítica es una descarada intrusión en los asuntos ajenos. No diré más lo que pienso, porque la sinceridad arrastra casi siempre a la injuria. No polemizaré más, porque las polémicas no son otra cosa que peleas de malhechores. No hablaré más contra las personas, sino contra las palabras; al pan ya no le llamaré pan sino torta; al cerdo ya no lo llamaré cerdo sino animal necesario a la Humanidad; a la mierda ya no la llamaré mierda, sino noble madre de las coles. Y espero que entonces la sapera periodística y filosófica italiana vuelva a tragarse su baba, y se quedarán todos quietos en sus agujeros, ya que, si no basta esta milagrosa conversión nuestra, será preciso destrozarla a pedradas, sin piedad ni misericordia.

De Obras III
Editorial Aguilar - España