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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Enamórate de tu profesor

¿Por qué es deseable la seducción
entre un maestro y sus alumnos?

Un ensayo de William Deresiewicz
Ilustraciones de Sheila Alvarado
Traducción de Carlos Cavero

Profesor

El catedrático ensimismado, ese bondadoso personaje de antaño, desapareció hace bastante tiempo. Otra imagen ocupa su lugar, una que ilustra no sólo nuestra hostilidad cultural hacia el intelecto, sino también nuestra desesperada confusión ante la naturaleza del amor. Hay un patrón muy consistente en las recientes películas sobre académicos. En Historias de familia, Jeff Daniels interpreta a un catedrático de literatura y escritor frustrado que se acuesta con sus alumnas, descuida a su esposa e intimida a sus hijos. En Cosas que importan, William Hurt representa al catedrático y escritor frustrado que se acuesta con sus alumnas, descuida a su esposa e intimida a sus hijos. En Jóvenes prodigiosas, Michael Douglas da vida a un catedrático y escritor frustrado que se acuesta con sus alumnas, acaba de ser abandonado por su tercera esposa y es incapaz de responsabilizarse del hijo concebido en el affaire con la rectora. El personaje de Jeff Daniels es vanidoso, egoísta, resentido e inmaduro. El de William Hurt es vanidoso, egoísta, arrogante y autocompasivo. El de Michael Douglas es vanidoso, egoísta, resentido y autocompasivo. Hurt, en su papel, se emborracha. Douglas se emborracha, fuma hierba y toma pastillas. Los tres viven comparándose con escritores de éxito (dos en el caso de Douglas y, en el de Daniels, con su propia esposa), cuya presencia los vuelve aún más insignificantes. En Ya no somos dos, Mark Ruffalo y Peter Krause se reparten el papel protagónico: ambos son catedráticos de lengua que descuidan a sus esposas y les son infieles, pero Krause es el escritor arrogante y libidinoso que seduce a sus alumnas, mientras que Ruffalo encarna al pasivo fracaso andante que siente lástima de sí mismo. El estereotipo se divide de manera distinta en Una canción de amor para Bobby Long, con John Travolta como el catedrático alcohólico y arruinado, y Gabriel Macht como el escritor alcohólico en pleno bloqueo literario.

Pero no siempre estos personajes dictan el curso de literatura. En La vida de David Gale, Kevin Spacey es un profesor de filosofía amargado, libertino y destruido por dentro. En Pequeña Miss Sunshine, Steve Carell es un erudito proustiano suicida que se odia a sí mismo. Ambos personajes se enamoran de sus estudiantes con resultados desastrosos. Y aunque este estereotipo ha recuperado vigencia recientemente, sus raíces se remontan a unas cuantas décadas.

¿Qué sucede aquí? Si la imagen del catedrático ensimismado representaba la inocencia del idealismo, ¿qué significa este nuevo estereotipo? ¿Por qué tantos de estos profesores fracasados son además escritores frustrados?, ¿por qué se relaciona tan a menudo la banalidad profesional con la indecencia sexual? (En Ya no somos dos, «ir a la biblioteca» viene a ser un eufemismo para «ir a acostarse con una alumna».) ¿Por qué todos los catedráticos son hombres y por qué los casados son tan miserables como esposos?

El catedrático de literatura que es además un escritor frustrado, alcohólico, amargado, irresponsable con su familia y seductor con sus alumnas es el símbolo de la esterilidad creativa. Y es estéril en su creatividad porque no ama a nadie sino a sí mismo. De allí nacen su vanidad, su arrogancia y su egoísmo; su autocompasión, pasividad y resentimiento. De allí nacen también su ambición y su fracaso. Entonces ese apetito lujurioso por llevar a la cama a sus alumnas no es señal de virilidad, sino de impotencia: sólo puede con las presas fáciles; se alimenta de la vitalidad de sus estudiantes; es incapaz de madurar. Otras castraciones simbólicas abundan en el género. John Travolta se tambalea en una bata de baño, Michael Douglas se tambalea en una bata de baño que además es rosada, el catedrático que interpreta Steve Carell es gay. Aunque más importante aún es el hecho de que casi todos tienen que medirse frente a una mujer mil veces más fuerte, por lo general la esposa, cuyo poder yace precisamente en su habilidad para amar: para sacrificar, para comprender, para relacionarse. Hacia el final de la película, suele suceder que el académico también ha aprendido a amar y, tras ser profundamente humillado cual Rochester en Jane Eyre, es digno de la redención femenina.

Hay diversos factores que no debemos pasar por alto en toda esta historia. En primer lugar, si bien este nuevo estereotipo nos presenta la imagen político-periodística de la academia como bastión de los esnobs sabelotodo, liberales y decadentes, su énfasis es distinto. El liberalismo, protagonista de los medios de comunicación, suele mantenerse al margen (casi nunca nos enteramos de los ideales políticos de estos catedráticos del cine), mientras que la decadencia sí es primordial. El elitismo y el intelectualismo se minimizan: el primero generalmente aparece como arrogancia personal y no como una actitud cultural de mayor alcance; y el segundo, como un inevitable puñado de frases célebres. En segundo lugar, este nuevo estereotipo no es exclusividad del cine. La mayor parte de la docena de películas que he mencionado son adaptaciones de novelas, cuentos u obras de teatro. Otras posibles muestras incluyen Herzog, de SaulBellow, la colección Kepesh, de Philip Roth, y la novela de Wallace Stegner, Crossing to safety. Sobre la belleza, de Zadie Smith, es un claro ejemplo, así como numerosas obras del floreciente género de la ficción. Richard Powers nos muestra cuán reflexivas se han vuelto estas dos imágenes con su visión de la heroína de El escarabajo de oro: variaciones, aquel «juego sexual» con la ropa puesta entre ella y su asesor de tesis, quien se vio de pronto excitado por primera vez en su labor universitaria, mientras ambos comparaban los méritos relativos de Volpone y Como gustéis.

Quizá el hecho de mayor trascendencia sobre el nuevo estereotipo académico y el paradigma narrativo en el que suele ubicarse sea que se trata del medio que une la superioridad de los valores femeninos a los masculinos. El amor, la comunidad y el autosacrificio de ellas frente a la ambición, el éxito y la fama de ellos.

Entonces ¿por qué se presenta a los académicos como el instrumento ideal para dar esta lección? Sí, abundan las películas en las que un abogado de alto vuelo, exitoso ejecutivo o incluso un artista (hombre o mujer) comprende que la familia y la amistad valen más que el dinero y el éxito, pero a estos personajes se les concede primero la riqueza y el éxito, antes de descubrir lo que en realidad importa (y se les permite conservar su riqueza y prestigio al final). La ambición es un sentimiento así de censurable sólo cuando viene de un académico. Sólo para él es esta ambición su propia tumba, incluso bajo sus propias reglas. La explicación yace en otro hecho notable sobre el nuevo estereotipo (aunque también formaba parte del antiguo): este personaje es siempre un profesor de humanidades. Aquellos que no enseñan literatura son profesores de historia, filosofía, historia del arte o francés. Y el patrón es el mismo en las novelas y obras de teatro en cuestión tanto como lo es en las películas. Al parecer, en el imaginario popular, ‘catedrático’ quiere decir ‘catedrático de humanidades’. Claro que los catedráticos de ciencias abundan en el cine y la literatura, pero se les sobreentiende como científicos, no como catedráticos. Los sociólogos aparecen de sobra en la prensa, pero por lo general los encontramos en la categoría de ‘erudito’ o ‘experto’. Los estereotipos nacen de la separación de realidades complejas —los académicos juegan múltiples roles— en simplificaciones recíprocamente aisladas. Basta con mencionar la palabra ‘catedrático’ para que en el imaginario popular, hoy como antaño, aparezca la imagen del ratón de biblioteca que cita frases célebres como una máquina. Y es precisamente este personaje el que se ha vuelto caso ejemplar de cuán banal es la ambición.

En el imaginario popular, el profesor de Humanidades no tiene razones para ser ambicioso. Nadie sabe con exactitud a qué se dedica, y en cuanto a lo que se sabe, nadie cree que valga la pena. Es por esto que, cuando el conejillo de Indias de este experimento humanístico se hace público, suele ridiculizarse como banal, enigmático o tonto. Hay otros prejuicios en juego: «sólo enseñan los que no sirven para trabajar en su carrera». El crítico es un eunuco o parásito; el intelectual, un inútil; y el escalafón académico es un sistema para perennizar la mediocridad. Tal vez sea el simple hecho de que los académicos no ambicionen riqueza, poder o verdadera fama lo que los hace blancos perfectos de tales acusaciones. En nuestra cultura, el conformarse con algo menos que estos objetivos mefistofélicos es de por sí castrante.
Los académicos sí son ambiciosos, pero de un modo pobre y patético. Tal vez esto explique también por qué son los culpables perfectos del delito de falta de pasión. Nadie espera que un abogado se apasione por la ley: su móvil es el dinero. Nadie espera que un gasfitero se apasione por las cañerías: lo hace para mantener a su familia. No obstante, si se trata de un catedrático, la única excusa para dedicarse a un oficio tan frívolo a cambio de un sueldo tan mísero es su amor por el curso. Si le quitamos eso, ¿qué le queda? Además de una vanidad sin fundamento y su enclenque ambición, no le queda nada. Los catedráticos son, en el imaginario popular, hombrecillos ridículos que se vanaglorian de nada. No llama la atención entonces que merezcan una lección.

Sin embargo, nada de esto explica por qué el nuevo estereotipo académico ha surgido justo ahora. La primera posibilidad es que los académicos de hoy se representan como fracasados arrogantes, lujuriosos y alcohólicos porque simplemente son así. Si prestamos atención a varios de los elementos constantes de la imagen pedagógica, no cabe duda de que es verdad. La pedantería y el elitismo son tentaciones inherentes a la labor académica, y Max Weber escribió hace ya casi un siglo que, para los catedráticos, la vanidad es una especie de enfermedad profesional. Justamente por no poseer el tipo de riqueza que acumulan médicos y abogados ni el estatus que esta otorga, los académicos son más propensos a alardear de su superioridad intelectual que los miembros de otras élites profesionales. Por otro lado, los catedráticos no son los únicos ni la abrumadora mayoría de quienes sufren esa tácita desesperación y sus resultados. Los catedráticos hombres no son menos dedicados o fieles como esposos que el promedio; de hecho, en comparación con hombres más adinerados, son quizá mejores. (El considerable número de catedráticas de hoy es un hecho del que el imaginario popular aún no se ha percatado).

La segunda posibilidad es que los guionistas y novelistas contemporáneos sientan animadversión hacia los profesores, sobre todo hacia los de Literatura. Puede haber algo de cierto en esta hipótesis si tenemos en cuenta el rumor de que los guionistas suelen ser exestudiantes o graduados en Literatura, y que los novelistas tienden a organizar sesiones de narrativa que los pone en frecuente contacto con catedráticos, y que a veces ellos mismos son catedráticos de Literatura, y que, al fin y al cabo, debido a la relación entre artista y crítico, tienen un motivo especial para sentir recelo por los catedráticos.

El aspecto en que el nuevo estereotipo se aleja más de la realidad actual —aunque al hacerlo refleja lo que sucede en la cultura estadounidense de hoy, y con más claridad revela el estado actual de la psique americana— tiene que ver con el sexo. Tal como hemos visto, algo que casi todos los catedráticos del cine y de la literatura tienen en común es que se acuestan con sus estudiantes. Esto es verdad hasta cuando el profesor no se ajusta al nuevo estereotipo de ninguna otra manera. La lujuria es en realidad casi la única emoción que el catedrático del cine expresa hacia sus estudiantes. En las contadas escenas en que estos maestros realmente enseñan, la meta es exhibir el salón de clase o la oficina como la madriguera misma de la tensión sexual. La mente popular no puede concebir qué otro tipo de relación, por no mencionar qué otro tipo de intimidad, puede mantener un catedrático con sus alumnos. Y es obvio que no puede imaginar qué otro tipo de placer se puede obtener enseñando en una universidad.

¿Por qué ha surgido en las últimas décadas esta idea de los campus como antros de perdición, donde tenebrosos hombres maduros reposan a la espera de núbiles jovencitas? Las universidades mixtas existen desde principios del siglo XIX, y muchísimas universidades, sobre todo públicas, han sido mixtas desde hace bastante en ese siglo. Sin embargo, la gran fiebre por la educación mixta en las universidades privadas de élite de Estados Unidos, que lideran la marcha en formar la imagen pública de la vida universitaria, no se hizo presente sino hasta finales de los sesenta. Al mismo tiempo, las mujeres se fueron convirtiendo en una presencia cada vez más notoria en estas universidades que ya habían sido mixtas desde antes. Otra revolución sucedía por aquel entonces: la revolución sexual. De pronto, los catedráticos tenían a su alcance a abundantes jovencitas, y así, las jóvenes reafirmaban su sexualidad con nuevas libertades y atrevimientos. La conclusión popular fue inevitable. Desde entonces, la cultura estadounidense no ha cesado en su creciente sexualización. Esto significa, para la mayoría, que es la cultura la que está sexualizando a los jóvenes. No es casualidad que la preocupación por la explotación sexual infantil haya alcanzado dimensiones de pánico moral. En la figura del profesor, los estadounidenses pueden disfrutar de manera indirecta la experiencia de estar cerca de todos esos cuerpos jóvenes y firmes sin dejar de condenar, al mismo tiempo, el deseo de disfrutarlo: el viejo truco puritano.

La situación se vuelve intensa e irónica ante dos nuevos fenómenos. El estilo sobreprotector de crianza de los baby-boomers ha presionado a las universidades para volver al loco parentis, y las ha obligado a volver al mismo papel paternalista contra el que los boomers se manifestaron en sus tiempos universitarios. Los profesores son los padres sustitutos a quienes los padres entregan a sus hijos, y el surgimiento y expulsión del fantasma del catedrático depredador sexual puede ser una forma de purgar la ansiedad que esa transacción suscita. Aunque ya bastante antes de que los hijos de los baby-boomers llegaran a la universidad, la campaña feminista contra el acoso sexual —más efectiva en el ámbito académico, la institución más receptiva a los dilemas del feminismo— había convertido a las universidades en el lugar de trabajo más autovigilado de la sociedad americana, sobre todo en términos de relaciones entre profesores y estudiantes. Con esto no pretendo decir que el contacto sexual entre alumnos y profesores, bien acogido o no, nunca ocurra, pero la creencia de que este contacto es la norma no es un hecho sino producto de la más pura fantasía.

Aún así, hay algo de cierto tras el nuevo estereotipo sexualizado del académico, sólo que no es lo que el común de las personas imagina. Tampoco es uno que la sociedad sea capaz de comprender. Las relaciones entre catedráticos y estudiantes pueden ser verdaderamente intensas e íntimas, tal como lo sospecha con escalofríos nuestra cultura. Pero esta intimidad, cuando sucede, es mental. Incluso me atrevería a afirmar que en muchos casos es la intimidad del alma. Y así la relación entre catedrático y alumno, en el mejor de los casos, es fuente de dos problemas para la imaginación estadounidense: comienza con el intelecto, esa sospechosa facultad, e involucra un tipo de amor que no es erótico ni familiar, los dos únicos que nuestra cultura concibe. Eros, en el verdadero sentido de la palabra, habita en el corazón de la relación pedagógica, pero no es el catedrático el único que se enamora.

Las universidades mixtas han existido desde principios del siglo XIX. Sin embargo, con la revolución sexual a finales de los setenta, los catedráticos tenían a su alcance a abundantes jovencitas que reafirmaban su sexualidad con nuevas libertades y atrevimientos. En la figura del profesor, los estadounidenses pueden disfrutar de manera indirecta la experiencia de estar cerca de todos esos cuerpos jóvenes y firmes sin dejar de condenar, al mismo tiempo, el deseo de disfrutarlo: el viejo truco puritano

El amor es una llama, y un buen maestro despierta en los alumnos el ardiente deseo por su atención y aprobación, por su voz y presencia, lo cual resulta erótico en su urgencia e intensidad. El profesor enciende estos sentimientos con tan sólo estar de pie ante sus alumnos en el aula abordando temas como Shakespeare, la Antropología o la Física, pero los frutos de la mente son así de dulces, y el intelecto posee el poder de despertar nuevas fuerzas en el alma. Los alumnos suelen confundir este terremoto emocional con atracción sexual, y si el instructor en cuestión es un estúpido, un inexperto o un cínico, echará mano de esa confusión para su propio placer. No obstante, la mayoría de catedráticos comprende que el arte de la pedagogía no sólo consiste en despertar deseo, sino también en canalizarlo hacia el verdadero objetivo, es decir, llevarlo del profesor hacia el tema de estudio. Enseñar es —según W. B. Yeats— como encender una fogata, no como llenar un balde, y es así como la enseñanza se ilumina. El catedrático se convierte en la musa inspiradora del estudiante, el personaje a quien se consagra todo el trabajo del semestre: las horas de estudio, las presentaciones en el aula, los ensayos, por mencionar sólo algunos. El estudiante atento lo comprende así. En cierta ocasión que conversaba con una de mis jefas de práctica sobre el tema, le pregunté si alguna vez se había enamorado de algún profesor en la universidad.

—Sí —fue la respuesta de la joven universitaria.
—¿Y querías acostarte con él?
—No. Lo que yo quería con él era sexo cerebral.

Aquí no estoy diciendo nada nuevo. Todo esto lo sabía ya Sócrates, el maestro más grande de todos, y lo expuso en su total magnitud en El banquete, la dramatización que Platón compuso sobre la pedagogía erótica de su mentor. Todos tenemos un ‘embarazo mental’, tal como Sócrates explicó a sus colegas, y sentimos atracción por las almas bellas porque nos fecundan con ideas que suplican por venir a este mundo. Estas imágenes parecen contradecirse: ¿Estamos ya embarazados o es acaso la proximidad de las almas bellas la que nos fecunda? Ambas son ciertas: el verdadero maestro nos asiste en el descubrimiento de lo que ya sabíamos, sólo que no sabíamos que ya lo sabíamos. Las imágenes son sexuales adrede. El Simposio, donde las mentes más brillantes de Atenas pasaban la noche bebiendo, disertando sobre el amor y recostados en divanes de dos en dos, está cargado de tensión sexual. Sin embargo, lo que Sócrates quiere enseñar a sus compañeros es que la belleza del alma supera a la de los cuerpos.

Y justo cuando Sócrates expone este concepto, aparece Alcibiades, el joven más bello de Atenas. Alcibiades era la brillante oveja negra de la desaparecida política ateniense del siglo V antes de Cristo, una mezcla de John F. Kennedy y James Dean. Sócrates debe haber visto en él al estudiante más prometedor que jamás tendría, ya que su amor por Alcibiades fue legendario. Sin embargo, no se trataba del tipo de amor que su amado discípulo imaginó, y entonces Alcibiades se quejó de cómo ese hombre maduro, luego de seducirlo con su verbo celestial, se rehusó a tocarlo. El hermoso y joven pupilo se había enamorado, para su propia sorpresa, del feo y viejo maestro. Al final, Alcibiades nos cuenta que se las ingenió para quedarse a solas con Sócrates —digamos, fuera del ‘horario de atención’— únicamente para descubrir que todo lo que su maestro deseaba era seguir conversando. El Eros de las almas (sexo cerebral para nosotros los mortales) no sólo supera al carnal, sino que brinda mayor satisfacción.

¿Podrá existir una cultura menos preparada que la nuestra para aceptar estas ideas? El sexo es el dios que adoramos con mayor fervor; negar que es nuestro mayor placer constituye una blasfemia cultural. De cualquier forma, ¿cómo se puede tener un Eros de las almas si ni siquiera se tiene alma? Nuestra incapacidad para comprender la intimidad, sea esta sexual o familiar tiene que ver con el empobrecimiento de nuestro vocabulario espiritual. La religión todavía nos habla del alma, pero al menos para el entendimiento popular esta es un ente por demás distante de nuestro ser de carne y hueso. Lo que debería significar es el ser, el corazón y la mente, o el corazón-mente, mientras madura a través de la experiencia. Es esto lo que Keats quiere decir cuando llama al mundo ‘valle que forja las almas’. Y al no ser capaces de comprender el alma en este sentido, somos asimismo incapaces de comprender el principio de Sócrates, según el cual los frutos del alma superan a los de la carne: las ideas son más valiosas que los hijos.

Otra blasfemia. Si existe un dios que nuestra cultura adore tan religiosamente como el sexo, son los hijos. Pero sexo e hijos, intimidad sexual e intimidad familiar, tienen algo en común, más allá del hecho de que una lleva a la otra: ambas nos pertenecen como criaturas de la naturaleza, no como creadores en la cultura. Después de Rousseau, Darwin y Freud, y con la psicología evolucionaria predicando el nuevo evangelio moral, nos hemos convencido de que nuestro ser natural es el más auténtico. Pensamos que ser natural significa ser saludable y libre. La cultura significa confinamiento y deformación. Fueron los griegos quienes concibieron el concepto de manera distinta. Para ellos, nuestro bien más precioso no es lo que compartimos con los animales, lo que nos dio natura, sino la cultura que hemos forjado a partir de ella (y que en realidad hemos forjado en contra de ella).

Por esta razón los griegos consideraban la relación del maestro con el joven aún más íntima y valiosa que la propia relación con los padres. Nuestros padres nos traen al mundo, pero es el maestro quien nos trae a la cultura. La transmisión natural es fácil; cualquier animal es capaz de realizarla. La transmisión cultural es compleja; es indispensable un maestro. Sin embargo, Sócrates redefinió el significado de la enseñanza. Sus pupilos ya habían sido educados en sus culturas cuando llegaban a él. Sócrates deseaba arrancarlos de esa educación, enseñarles a cuestionar sus valores. Sus enseñanzas no eran culturales sino más bien contraculturales. Los atenienses captaron la idea de Sócrates de manera muy eficiente cuando lo condenaron por corromper a la juventud, y si hoy en día a los padres les preocupa confiar sus hijos a los catedráticos, esta posibilidad contracultural es lo que realmente debería preocuparlos. Enseñar es una actividad subversiva —sostiene Neil Postman—, y lo es hoy más que nunca antes, en estos tiempos en que los hijos están saturados de mensajes culturales desde su mismo nacimiento. Ya no hace falta ningún entrenamiento para aprender a inclinarse ante los dioses urbanos (sexo o hijos, dinero o nación). Sin embargo, suele hacer falta un maestro que ayude a cuestionar a estos dioses. La labor del maestro —según Keats— es guiarnos a través del valle donde se forja el alma. Todos nacimos una vez, dentro de la naturaleza y dentro de la cultura que pronto se vuelve una segunda naturaleza. Y entonces, si hemos sido bendecidos con esa gracia, hemos nacido por segunda vez. ¿Qué aprovechará al hombre, si ganase todo el mundo y perdiese su alma?

Este es el tipo de sexo que los catedráticos mantienen con sus alumnos en la privacidad del campus: sexo cerebral. Y es por eso que toleramos los sueldos mediocres y el desprecio intelectual, por no mencionar el océano de humillaciones que son la universidad y el el escalafón académico. De sobra sé que no todos los profesores y alumnos comparten mi pensamiento y acción, y tampoco es algo que se permita en cualquier universidad. En numerosas aulas existen los sabelotodos y las divas, así como los haraganes y zombies de pupitre. No interesa quién ocupa qué posición, si el instructor está dictando cuatro clases en tres diferentes universidades o si son quinientos alumnos en la sala de conferencias. Sin embargo, existen muchísimos más auténticos maestros y estudiantes en todos los niveles del sistema universitario que los que pueden imaginar quienes llevan sus riendas. De hecho, los muchachos que han adolecido de recursos educacionales suelen ser más ávidos de aprender y de cambiar sus más sólidas convicciones que sus compañeros más afortunados. Además, suele ser fuera de las universidades de élite —donde los proyectos de investigación individual y el talento para el manejo burocrático son las claves del éxito— donde más germina la flor de la auténtica enseñanza.

Los catedráticos no se sienten atraídos entonces por los cuerpos de sus estudiantes sino por sus almas. Los jóvenes mantienen su curiosidad por las ideas, todavía creen en su importancia, en su fuerza redentora. Sócrates declaró en El banquete que lo más duro de ser ignorante es sentirse conforme consigo mismo, pero esto no es verdad para muchos jovencitos que ingresan a la universidad. Ellos se reconocen como incompletos, y aceptan, acaso de manera intuitiva, que se completarán como personas experimentando a Eros. Así, salen en búsqueda de profesores con quienes involucrarse, algo que nosotros también perseguimos. Al final, enseñar significa relación. No se trata de mera instrucción sino de tutela. El mismo Sócrates sostiene que el lazo entre maestro y alumno dura toda la vida, incluso cuando estos dejan de estar juntos. Y, en efecto, así es. El alumno se supera, y yo sé que hasta los más cercanos a mí el día de hoy no serán pronto más que nombres en mi agenda, y luego sólo vagos recuerdos. Sin embargo, nuestros sentimientos por los maestros o alumnos que han calado más hondo en nuestro interior, como aquellos que sentimos por los amigos perdidos en el pasado, jamás se marchitan. Son parte de nosotros, y hasta el menor pensamiento los trae de vuelta a la vida, y así sabemos que algún día volveremos a ver sus rostros en los cielos.

La verdad es que estas posibilidades no son tan ajenas a la cultura estadounidense como he estado tratando de decir. El nuevo estereotipo que ha dominado la imagen de los académicos en el cine en tiempos recientes se ha vuelto, de forma mucho más esporádica, un nuevo modelo de lo que el catedrático puede ser y encarnar, justamente a la par con las líneas que he plasmado. Está allí en La sonrisa de la Mona Lisa en el personaje de Julia Roberts, en el catedrático ciego que inculca a Cameron Diaz el amor por la poesía, y de manera más obvia en Martes con mi viejo profesor, aquel fenómeno cultural de épicas proporciones. Robin Williams nos regaló una versión académica en La sociedad de los poetas muertos. Sin embargo, parece que nos hace falta mantener una prudente distancia de la idea o al menos de la persona que la encarna. Tanto La sonrisa de la Mona Lisa como La sociedad de los poetas muertos suceden en los años cincuenta en universidades sólo para hombres o sólo para mujeres. Los mentores de Cameron Diaz y Morrie Schwartz están jubilados y muriéndose. La relación socrática resulta tan alarmante en nuestra cultura que su fuego debe apagarse antes de que osemos acercarnos. Aun así, miles de jovencitos parten rumbo a la universidad, al menos con la tenue esperanza de saborearla. Se ha convertido en una especie de memoria cultural reprimida, una posibilidad imaginativa fantasmal. En nuestra cultura sextupefacta y antiintelectual, el erotismo de las almas ha pasado a ser el amor que no se atreve a decir su nombre.