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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

En Río de Janeiro la vida empieza a los cincuenta

[de garota bonita a coroa gostosa]



¿Es la vejez más fácil y divertida para las cariocas?
¿O sólo pasa en sus telenovelas?

Un texto de Sabrina Duque

Sheila Alvarado

S i el mundo fuera Río de Janeiro, todas las cincuentonas se pasearían orgullosas por la calle en apretados pantalones de gimnasia después de su sesión de pesas. Es como si un virus crónico se hubiese inoculado en las mujeres maduras de esta ciudad: envejecen pero combaten la sombra de la muerte muertas de risa. Si el mundo fuera carioca, las viejas irían a la playa en bikini, sin molestarse en pensar en cómo disimular la celulitis o las várices, y recibirían el sol, felices, bajo varias capas de protector solar para no llenarse de manchas la piel. En la noche saldrían a tomar caipirinhas con sus amigas y beberían cervezas a media luz en un bar cualquiera, con un treintañero que podría o no ser su hijo. En un Hollywood carioca, cumplir cincuenta años no sería el anuncio de jubilación para una actriz. El primer papel protagónico pudiera llegar a esa edad. Las revistas estamparían sus portadas con fotos de mujeres que ya pasaron el medio siglo, mostrando en bikini los resultados de la dieta, el tratamiento o la cirugía estética que las dejó con un cuerpazo. Si la estética gerontológica femenina de Río de Janeiro se desbordara por el mundo, no habría más abuelas resignadas a la fatalidad de envejecer. En Brasil hay que esperar que termine el noticiario para ver a dos de los grandes galanes maduros del país disputarse a la setentona Susana Vieira, la SENHORA DO DESTINO, a la sesentona Regina Duarte conspirando contra su marido en el remake de O ASTRO, o a la octogenaria Fernanda Montenegro sufriendo por un hijo perdido como la dulce Bete de PASSIONE. Globo, la mayor empresa de televisión de Brasil, conserva a actrices que han protagonizado novelas desde la adolescencia y siguen hasta más allá de los setenta, cuando se gradúan de damas venerables. En Argentina Andrea del Boca fue la eterna protagonista de novelas, sólo hasta que llegó a los cuarenta. En México, Verónica Castro y Lucía Méndez, que en los años ochenta besaban a los más guapos de la televisión en horario estelar, hoy se conforman con discretos papeles honorarios, y actrices que acaban de pasar los cuarenta aceptan guiones que las obligan a tener hijas de veintitantos. En Venezuela, Lupita Ferrer tenía cuarenta cuando le dieron el papel de madre en la telenovela CRISTAL. En Brasil no existen las protagonistas descartables con los años: ni las arrugas ni los kilos de más le cuestan el contrato a las figuras femeninas. Bibi Ferreira, estrella del teatro brasileño, sigue activa a los noventa años. En 2011, Lilia Cabral, la única actriz brasileña que tiene en su repisa dos premios Emmys, protagonizó, a punto de cumplir cincuenta y cinco años, una telenovela interpretando a una plomera, abuela, madre de tres adultos y cuyo amor entre tuercas y cañerías se disputaban dos hombres más jóvenes que ella, además de su ex marido. Sonriendo, inclinada como quien quisiera enseñar algo más de escote, la diva posaba ese mismo año en la portada de la revista UMA con un vestido rojo sin mangas. Y amenazaba, en la piel de su personaje, la mujer plomero, con una llave de tuercas en la mano, desde la portada de la revista conservadora VEJA. Cabral se consagró como protagonista madura de la hora punta del canal de mayor rating del Brasil después de arrasar con un papel secundario en VIVER A VIDA. VIVER A VIDA es una de las historias de Manoel Carlos, el autor cuyas protagonistas se llaman siempre Helena, y siempre son mujeres casadas o divorciadas de mediana edad. Fue la primera vez que una Helena no era una mujer mayor y que no cautivó al público. Lilia Cabral, con edad para ser la madre de Helena, se robó el show. Su belleza es natural y es más bien una actitud: ella sonríe con algunas arrugas junto a los ojos y tiene brazos flácidos que contrastan con los cuerpos artificiales obra de la cirugía plástica. Cabral es paulista, pero tiene la actitud de una carioca nata. En Brasil las telenovelas no le deben tanto a la ficción sino que copian temas de la calle e historias de los diarios. Las actrices maduras son las que imitan el estilo de vida carioca de viejas divertidas. Tal vez. Una coroa gostosa en Río de Janeiro es una mujer madura muy atractiva. Coroa significa corona, pero en todo el país, coroa describe a una persona de mediana edad. Gostosa significa deliciosa, cuando se refiere a una comida o al sexo, y es una forma muy brasileña de decir que una mujer está buenísima. Brasil tiene unos veinte millones de mujeres que pasan del medio siglo, y sólo en Río de Janeiro hay más o menos un millón de señoras con más de cincuenta años que se ríen del envejecimiento. Nedilsa Sousa presume de ser una coroa gostosa y abuela de cuatro nietos. Tiene más de cincuenta años y vive en la Rocinha, la favela con vista al barrio de Sao Conrado y al mar, en la Zona Sul de Río de Janeiro, donde están los barrios de clase media y alta de Copacabana, Ipanema y Leblon. Nedilsa Sousa es una mulata de caderas anchas y brazos rollizos que trabaja depilando hombres y mujeres en un centro de belleza en Copacabana. Amasa la cera fría con habilidad de pastelera y conserva una sonrisa absoluta mientras elogia las ventajas de la edad. En un planeta devoto de la juventud, su discurso parece un llamado a la revolución. Jura que no cambiaría su cuerpo abundante por aquel cuerpecito huesudo que tenía a los veinte años. Dice que ahora, con más curvas para acariciar —guiña un ojo y señala su trasero—, le gusta más a su marido. Que los fines de semana que no está de turno en el salón luce su cuerpo en bikini en la playa, cuando va con sus hijas a caminar y a tomar agua de coco. Cada mañana y cada noche se embadurna en cremas reafirmantes y, una vez por semana, se pone una mascarilla hidratante en el cabello. Reconoce que tiene unos cuantos kilos de más y admite no poseer fuerza de voluntad para cerrar la boca. Ella, que se pasa el día sacando vellos a cuerpos desnudos, minimiza la decadencia de las carnes —para corregirlas se inventó la cosmética— y enaltece las ventajas de la experiencia. Sus ideas parecen la proclama de cualquier carioca mayor de cincuenta. A ella la idea del bisturí marcando su piel la horroriza. Igual que a la diva Fernanda Montenegro, la primera en Brasil nominada al Óscar, que cumplió ochenta años sin cirugías. Nedilsa Sousa, la depiladora, jura que el día que decida hacerla la dieta resolverá todos sus problemas. Lo dice con una sonrisa enorme, confiando que perderá esos kilos en el futuro. En el país de Ivo Pitanguy, el rey de la cirugía plástica, hay viejas que prefieren la dignidad de la gordura natural. Puede leer la historia completa en Etiqueta Negra108.