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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

En Alemania un alcalde
guía a unos turistas
que buscan asombrarse
de cómo se hace la luz

¿Por qué es tan atractiva una aldea que produce
su electricidad con viento, sol y caca de cerdo?

Una visita de Isaac D'Garay Juncal
Fotografías del autor y Getty Images

Alcalde

Michael Knape es un alcalde alemán cuyas ocupaciones incluyen guiar a los turistas. Su comunidad está a veinte kilómetros de Wittenberg, una ciudad llena de peregrinos. Hace quinientos años Martín Lutero clavó allí, en las puertas de una iglesia, las noventa y cinco tesis de las que nacería el protestantismo alemán. Desde entonces esta región al este de Alemania recibe a miles de devotos y viajeros. Visitan el monasterio agustino donde Lutero vivió, o su tumba, o la iglesia donde predicaba. Pero Knape no se ocupa de esos tours. Desde que un terremoto y un tsunami en Japón causaron uno de los peores desastres radiactivos de la historia, a la aldea de Michael Knape llegan peregrinos ecológicos en busca de la clave para sobrevivir en un mundo sin energía nuclear y sin tanto dinero. A una hora en auto del suroeste de Berlín, el Distrito Energéticamente Autárquico de Feldheim es un destino obligatorio para los creyentes en la autosuficiencia energética y sustentable: una meca de la ola verde.

En Feldheim no hay hoteles, ni bares, ni museos ni monumentos importantes, pero cada año hasta aquí llegan unos tres mil empresarios, políticos, científicos, activistas y académicos de todo el mundo. Quieren ver de dónde obtienen su energía. Quieren saber cómo han conseguido desentenderse de las compañías eléctricas alemanas. Una mañana de verano de 2012, Feldheim recibiría la visita de un grupo de alemanes y otro de mexicanos. El primer tour era a las nueve de la mañana, para un grupo de diputados de izquierda y sus asesores de economía y energía. Michael Knape estaba a cargo de recibirlos en el salón comunitario de la aldea, una habitación modesta y provista de proyector, folletos y carteles sobre energía eólica. Iba a dictar la misma exposición que casi todos los días repite a los grupos de visitantes que llegan a Feldheim.

En el salón de juntas del pueblo, rodeado de ciento cincuenta y cuatro trofeos deportivos, Knape cuenta a los diputados que en 2008 la aldea decidió tomar el control del sistema de suministro eléctrico, hasta entonces propiedad de uno de los gigantes franceses de la energía: E.on. Como el poderoso conglomerado se negó a vender o rentarles la infraestructura, los habitantes de Feldheim, con ayuda de Energiequelle, una empresa alemana, construyeron su propio sistema. Cada aldeano puso tres mil euros, y dos años después ya eran dueños de su propia central eléctrica. Desde entonces los habitantes de Feldheim pagan por la energía treinta y cinco por ciento menos que el resto de los alemanes. También la calefacción es diez por ciento más barata aquí. Los precios se quedarán fijos durante los próximos diez años: un lujo en un país donde ser pobre significa no poder pagar la electricidad y la mortalidad aumenta por los altos costos de la calefacción. Esto pesa cuando el frío arrecia, y en invierno hay que asegurar que la casa sea cálida.

Tras la catástrofe nuclear de Fukushima a principios de 2011, Feldheim se ha convertido en una atracción mundial, el ejemplo a seguir de aldeas, pueblos y ciudades que quieren producir energía limpia, pero sin arriesgarse a un desastre. Tanta fama también ha puesto a la aldea en el centro de un debate en Alemania: aunque la canciller Angela Merkel ha delineado una estrategia para alejarse de la dependencia nuclear de tal forma que para 2020 un tercio de la energía en Alemania provenga de fuentes renovables, en la práctica el gobierno ha ido recortando el presupuesto y financiamiento de proyectos de energías sustentables, sobre todo subsidios de alternativas solares. Para lograr su autonomía energética, Feldheim tuvo que comprobar que su nuevo sistema de suministro proveería sin interrupciones energía a sus habitantes y que superaría los estándares de calidad de las compañías alemanas dedicadas a estos servicios. El éxito de Feldheim cuestiona también el derecho que tiene la aldea —o cualquier pueblo alemán— de producir más energía de la que necesita, y de venderla a otros municipios para incrementar sus ingresos. 

Después de escuchar a Michael Knape, abordamos el autobús con los diputados. Atravesamos las calles y los campos de cultivo de la aldea. Bajamos a la altura de un molino de viento de casi cien metros de altura, cuya hélice de tres aspas permanece tranquila, inalterada, quieta. Gracias a los cuarenta y tres aerogeneradores que rayan el horizonte rural de Feldheim, la capacidad de potencia eólica instalada en la aldea es de 74.1 MW. Los diputados de izquierda no se sorprenden, no se inmutan. Entran uno tras otro, en orden, a la torre del molino para ver cables y botones de control, sin tocar nada, sin hacer comentarios. Sus asesores toman fotos del paisaje, intercambian un par de ideas entre ellos. Subimos al autobús y continuamos el recorrido. Se necesita sólo un molino de viento para que diez mil casas funcionen. Así que Feldheim se queda con una fracción mínima de la energía y vende el resto a toda Alemania. Es el único lugar en Europa que no sólo es completamente autosuficiente en materia de energía, sino también es dueño de su propio sistema de suministro eléctrico, ciento por ciento dependiente de fuentes renovables, especialmente del viento y biogás. Después de la reunificación alemana, algunos emprendedores del oeste empezaron a buscar en las viejas aldeas comunistas de la Alemania Oriental oportunidades de negocios. Aprovechando su arraigado sentido comunitario, su avanzada educación técnica y la tendencia del sistema a colectivizar las labores, las compañías occidentales invirtieron sus capitales en las zonas recién liberadas, con lo que trajeron empleos y esperanza a pueblos desolados, casi fantasmas tras el cierre de las fábricas soviéticas. Energiequelle se unió a esta lista de empresas en 1995 cuando construyó un parque eólico con cuatro aerogeneradores en los campos de Feldheim, motivada sobre todo por la fuerza del viento en esta zona y la disponibilidad de la tierra. Ahora la aldea cuenta con más molinos que casas. Cruzamos más campos desolados por donde no camina nadie. Se puede divisar un tractor a lo lejos, seguido de una pipa de agua. Son los primeros que veo en el día y los únicos que veré. El resto son automóviles de paso por la aldea en dirección desde o hacia Berlín. Nadie más transita por las calles de esta aldea ecológica. Nos detenemos frente a un gran almacén custodiado por un guardia resguardado en una caseta de cristal. Adentro algunos empleados procesan madera, una industria local generalmente enfocada en la producción de muebles. Las sobras se machacan hasta que quedan sólo hojuelas, que los aldeanos aprovechan y queman para generar calor cuando las heladas del invierno invaden el pueblo. Aquí todo se reutiliza, afirma el alcalde con una sonrisa orgullosa.

La energía de Feldheim no sólo viene del viento. La aldea también tiene más de treinta generadores de energía solar. Esta es la fuente de energía de la que menos dependen los lugareños. No se compara con la velocidad del viento ni el volumen de gas metano que produce su porcicultura. La granja cuenta con seiscientas hembras y cuatro machos, que se reproducen a un ritmo de diez mil crías por año. La cantidad de gas metano que sus desechos arrojan es considerable. El abono líquido y el estiércol de la producción porcina sirven también para regar los campos de papa y cereal del pueblo con fertilizante orgánico y endémico de la región. La planta de biogás que genera energía a partir del maíz, los cereales y los desechos de los cerdos, una inversión de más de un millón y medio de euros —la mitad son fondos de la Unión Europea— beneficia de igual manera a la agricultura local. No podemos entrar a la planta. Está prohibido. A juzgar por el olor, tampoco parece un sitio muy atractivo. Nadie parece desilusionado.

Volvimos al salón de juntas repleto de trofeos de fútbol para que los diputados y sus asesores comenzaran su debate. Los turistas matutinos en realidad estaban trabajando: había oradores que pedían la palabra en orden, que emitían discursos grandilocuentes sobre la crisis económica de la Eurozona, sobre la política del gobierno federal de transitar hacia un futuro libre de energía nuclear, sobre la sostenibilidad de mantener fijos los precios de la electricidad a diez años y sobre las repercusiones que esta autonomía energética tendría en un futuro cercano para los más de trescientos proyectos registrados en Alemania que intentan transitar de igual forma hacia las energías limpias. Como en cualquier parlamento, diputados y asesores abandonaban constantemente la sala, contestaban sus celulares cuando estos vibraban, miraban impacientes por la ventana hacia el patio, tomaban notas aisladas. El debate cerró con un almuerzo típico de la zona, un menú compuesto por sopa de papa y gulash, un estofado de carne y verduras típico de Hungría, pero también de las antiguas repúblicas satélite de la Unión Soviética en el este de Europa.

Una coproducción con Radio Ambulante.