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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Empresarios del viento

En Juchitán, Oaxaca, los ventarrones son más rápidos que los de Chicago
y sus molinos de viento más altos que los de Holanda.
Cemex pidió instalar allí más de ciento cincuenta aerogeneradores
para atrapar la fuerza eólica de la naturaleza
¿Qué hace una compañía de cemento con el aire
que despeina a los juchitecos?

Una visita de Diana Amador
FotografÌas de Rodrigo Oropeza

CEMEX

Dicen que en Juchitán mandan las mujeres, pero el viento las doblega. Por los caminos sin pavimentar de esta comunidad rural del sureste de México, las ventanas acumulan polvo durante años por las incesantes tolvaneras. Las amas de casa hace tiempo aceptaron esa derrota contra el aire. Su único acto de resistencia es seguir usando faldas de telas ligeras, aunque tengan que detenerlas con sus manos todo el tiempo. El resto de su ropa se ha adaptado al viento, y las sandalias –nunca zapatos con tacón– hacen juego con la falda y las pañoletas que detienen su cabello. Lucen como esas mujeres de países lejanos donde la arena y el viento son los dictadores de la moda. Pero en este pueblo no se tolera la imposición. Los juchitecos fueron los primeros y los únicos que han sido gobernados por comunistas en México. Antes de la Revolución Mexicana intentaron separarse de la provincia de Oaxaca, a la que pertenecen. Sus antepasados fueron tan rebeldes que crearon un tercer sexo: los muxes, los travestis indígenas que celebran festivales más antiguos que cualquier marcha de orgullo gay de una gran ciudad. Hoy, aunque a regañadientes, siguen viviendo de cara al viento y en sus tierras se genera la energía más limpia de México con la tecnología más avanzada del mundo.

La única vez que un presidente de México visitó La Venta, un ejido de menos de dos mil personas en el municipio de Juchitán, fue gracias al viento. Ese día de enero de 2009 se inauguraba el mayor parque eólico de América Latina, uno de cuatro granjas de electricidad en la zona. Se llama Eurus, fue diseñado por el gigante cementero Cemex, y funciona gracias a Acciona, una empresa española experta en tecnología de energías renovables. El parque ocupa unas dos mil quinientas hectáreas, casi la mitad de la isla de Manhattan. En un año es capaz de generar doscientos cincuenta megavatios de electricidad, suficiente para alumbrar una ciudad de medio millón de habitantes durante ese tiempo. Amanda Carrasco, un ama de casa que después de rentar el terreno a Eurus abandonó el trabajo en el campo, recuerda esa tarde soleada porque nunca había visto a tanta gente en el pueblo. Durante los discursos de inauguración, Felipe Calderón compartió el modesto escenario con una decena de funcionarios y ejecutivos despeinados –entre ellos el presidente de Cemex, la ministra de Energía y el gobernador de Oaxaca– ante un grupo de juchitecos de sombreros inmóviles. «Nosotros nunca existimos para los empresarios ni para los políticos. De repente empezaron a llegar técnicos, funcionarios, españoles. Como si se hubieran acordado de un día para otro que el pueblo está en el mapa». En esta geografía no hay montañas que detengan los vientos que llegan desde el Océano Pacífico y el Golfo de México, y al chocar convierten al istmo oaxaqueño en el centro de ambas corrientes. Si el carbón despertó la Revolución Industrial con Inglaterra al frente, y en el siglo veinte los países árabes se enriquecieron en la era del petróleo, Oaxaca podría conquistar un mundo sin hidrocarburos. Para llegar a La Venta, donde dos terceras partes de sus habitantes son pobres, hay que viajar una hora en avión desde la Ciudad de México, pasar tres horas en una carretera con tantos baches como curvas y franquear los retenes del Ejército para interceptar a los criminales. Hasta aquí han llegado Cemex y los españoles a desafiar la desconfianza tradicional de los juchitecos instalando gigantes turbinas capaces de convertir el aire en dinero. No es magia sino tecnología. Tampoco es filantropía; es otro modo de hacer negocios.

El viento sirve para volar cometas, impulsar un velero, secar la ropa mojada. En el ejido de La Venta, el aire se cosecha. Si un ventilador utiliza electricidad para funcionar, un aerogenerador hace lo contrario. En las cabezas de estos molinos hay un dínamo que convierte el viento que mueve las aspas en energía eléctrica. Pero la transformación ocurre lejos de esos ciento sesenta y siete aerogeneradores de ochenta metros de alto, lejos de las casas sencillas; ocurre en las orillas del pueblo donde están las subestaciones de Acciona, que transportan la energía a la red eléctrica de México para distribuirla. Ahí, nueve hombres uniformados con overoles oscuros, pasan sus tardes frente a los monitores vigilando el paso del viento, como controladores aéreos de las turbinas. Para un meteorólogo, una tormenta se convierte en huracán cuando sus vientos rebasan los treinta y tres metros por segundo. En La Venta, el sitio donde las costas del Pacífico y el Golfo de México más se acercan, sus habitantes abren la puerta todos los días a una fuerza que en otros sitios suele ser motivo de alarma. En Chicago, la ciudad famosa por sus vientos, las ráfagas alcanzan en promedio diecisiete kilómetros por hora. Aquí viajan siete veces más rápido, y por eso pueden aprovecharse para que la quinta empresa más grande de México encienda sus máquinas y edificios sin ensuciar el medio ambiente. Al fondo de la planta donde trabajan los hombres de overol, una habitación de unos quince metros de largo contiene decenas de cápsulas metálicas donde la energía enviada desde Eurus se transforma en los megavatios que los mexicanos de los estados vecinos de Guerrero, Campeche y Tabasco utilizarán para encender la televisión, recargar sus teléfonos celulares, alumbrarse en la oscuridad y mantener sus alimentos frescos en una heladera. Esta electricidad será después abonada a la factura de las plantas de Cemex en diferentes partes del país.

La energía eólica es limpia pero caprichosa. Se transporta a través de cables y no de camiones o trenes como el carbón. No emite bióxido de carbono ni quema otro combustible fósil para generar electricidad, como sí lo hacen las plantas termoeléctricas o el petróleo. Las hidroeléctricas tampoco hacen eso, pero sí dañan su entorno para siempre y de manera irreversible. Un parque eólico se puede construir casi en cualquier sitio, incluso en medio del mar, o en un paisaje inhóspito como el oaxaqueño. Las aspas de los aerogeneradores sólo paran cuando el viento rebasa los treinta y cinco metros por segundo, la velocidad límite en una autopista. Por seguridad, cuando esa fuerza invisible se vuelve indomable, todo se detiene: la producción de electricidad, el trabajo cotidiano, la vida en las calles polvorientas. Ni los paseantes, ni los vendedores ambulantes ni los perros callejeros se animan a salir. Sólo las hojas y el polvo andan por sus caminos. Nada se escucha; sólo el paso del viento. A lo lejos se ven los gigantes blancos, con sus tres brazos de treinta y cinco metros, inmóviles. Aunque no es posible controlar la intermitencia del viento, que puede perder fuerza por temporadas, sí existen formas de almacenar la energía que se genera cuando sopla con toda su potencia. Es el sueño de los ecologistas y también el de los empresarios cansados de sorprenderse con los cambios inesperados en los precios de los combustibles.

En Juchitán el sol golpea tan impetuoso como el aire. En realidad la energía eólica es una forma de energía solar, pues las variaciones del viento son el resultado del cambio de temperatura sobre la atmósfera. Basta caminar un par de cuadras desde la entrada de La Venta, para llegar al edificio del gobierno y la iglesia local, el centro de todo. Esta tarde de diciembre de 2011 algunos valientes cruzan la plaza principal en medio del vendaval y la luz inclemente, pero no quieren detenerse para responder preguntas. Son arrastrados por el aire, huyen de él o de los visitantes, o de quienes creen son encuestadores que de tanto en tanto quieren saber qué opinan de la empresa que alquila sus terrenos. «Nos quitan el aire, la tierra y ahora hasta nuestro tiempo», dice un hombre mientras apresura el paso, como si el aire fuera a terminarse en Juchitán. El calor es digno de una playa paradisiaca, pero aquí el paisaje es ocre y luce oxidado por el viento. Su fuerza levanta pequeñas piedras que sorprenden con golpes repentinos, y mueve la maleza con ritmo simulando las olas de un mar formado por hojas secas. Los árboles nacen inclinados, como si se resignaran por adelantado a un destino torcido.

Hacer negocios del aire puede parecer tan disparatado como comprar energía más cara sólo porque es bueno para el planeta. Pero ser verde es hoy un asunto tan importante como el marketing para las compañías globales. Dell ha decidido embalar sus computadoras en un derivado del bambú en lugar de plástico, Wal-Mart prometió usar sólo energía renovable para 2025, Chevron promueve las áreas protegidas en Australia, IBM ha reducido los viajes de sus ejecutivos. La industria cementera es responsable por el cinco por ciento de todo el bióxido de carbono del planeta según el World Resources Institute. Después del agua, el cemento es el segundo material que más usamos: está en las paredes de las casas, las calles y los techos de los edificios. Pero las técnicas que usa sobrecalientan la atmósfera entre otras cosas porque sus hornos rebasan los mil grados centígrados, y también porque necesita combustibles que arrojan enormes cantidades de CO2. En 2010 Cemex emitió unos cuarenta millones de toneladas de bióxido de carbono, una cifra cercana a la que produce un país como Senegal, pero menos de la mitad de las noventa que el mismo año produjo uno de sus competidores, la francesa Lafarge. A principios de la década de los noventa, la cementera mexicana reforzó su preocupación por aminorar su huella de carbono y se propuso cumplir los estándares ecológicos del mercado europeo, las más estrictas, aun en sus plantas de otros continentes con menores regulaciones. Eurus es uno de sus proyectos más ambiciosos en esa dirección. Planificado por Cemex, pero construido y operado por la española Acciona, este parque de Juchitán genera una cuarta parte de la electricidad que consume la cementera en México. Pero la energía debe primero pasar por la única empresa eléctrica del país, la Comisión Federal de Electricidad, un órgano del Estado, un trámite extra en un país donde la energía sigue siendo un bien público. El viento desde el sur sigue su camino infatigable, sólo que ahora a través de cables eléctricos, y acuerdos legales y burocráticos.

Pero la electricidad verde ha dejado de ser una obstinación exclusiva de ambientalistas y se ha convertido en un asunto de prestigio rentable. Mientras se pronostica el fin de las reservas de hidrocarburos, España se ha encargado de sustituir sus fuentes de energía, y hoy el catorce por ciento de sus facturas eléctricas proviene de parques eólicos, aunque han tenido temporadas récord en las que los ventarrones producen más de la mitad de la energía que necesita el país. El viento español ha llegado en forma de electricidad de exportación a Marruecos, Portugal, Francia y Alemania. Estas y otras apuestas ambientales se ciñen a los lineamientos del Protocolo de Kioto y de la ONU, y se conocen como mecanismos de desarrollo limpio (MDL), que no son otra cosa que promesas de reducir los gases de efecto invernadero. Los proyectos MDL son monitoreados y las empresas o los gobiernos que cumplan con los MDL reciben certificaciones de emisiones reducidas, uno de tres tipos de bonos de carbono, la nueva moneda en la era del calentamiento global, un nuevo mercado que mueve más de ciento cuarenta mil millones de dólares al año, una cifra similar a la economía del Perú en 2010.

Luis Farías es un físico que habla con sencillez, sin ecuaciones. Es el vicepresidente de Energía y Sustentabilidad de Cemex y el jefe de los proyectos de energía alternativa de la empresa. Cuando se le pregunta sobre Eurus, su voz al teléfono adquiere el tono de un paciente profesor de negocios. No se entretiene exaltando las virtudes técnicas de la granja eólica, que es lo normal cuando se habla de proyectos de energía alternativa. A él le entusiasma también que los aerogeneradores de La Venta puedan registrarse como MDL y recibir ayuda del Banco Mundial. Una buena noticia para un científico acostumbrado a escuchar que la tecnología verde no siempre es rentable. Por cada tonelada de CO2 que Cemex no expulsa a la atmósfera, recibe un bono que después puede vender a los países que han contaminado más de lo permitido por el Protocolo de Kioto. La buena conducta de Cemex vale por su ejemplo, pero también porque puede convertirse en un negocio. Esto permite tranformar la energía verde de La Venta en bonos de carbono que pueden usarse en Europa. La conciencia ecológica tiene un precio en el mercado de alrededor de siete euros por tonelada, sujeto a las leyes de la oferta y la demanda.