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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

El superhéroe farsante

Unos dibujos animados de carne y hueso
se pelean en Los Ángeles, la ciudad que siempre
se disfraza de sí misma

Un ensayo de Daniel Alarcón
Fotografías de Mark Lafferty
Traducción de Jorge Cornejo Calle

Lucha libre

Una noche de fines de 2010, en South Central, un vecindario de Los Ángeles, charlaba con Darin Rossi sobre la extraña viscocidad de la sangre falsa. Nos hallábamos en una fila lenta para entrar en un baño, en el intermedio del evento inaugural de un club de pelea criptogótico llamado Federación de Armas de Gomaespuma. Rossi vestía un uniforme de réferi y tenía la apariencia fornida de un atleta en decadencia que está entrando a la edad madura: el pecho amplio y el cuello grueso, el cabello negro impregnado de brillantina y peinado totalmente hacia atrás. Presioné mis zapatillas contra el piso y sentí que se pegaban: había tanta sangre. Ni siquiera los organizadores habían estado preparados para este detalle. Luego de cada pelea, los empleados se arrodillaban y limpiaban el suelo lo mejor que podían con toallas delgadas de papel. Todo era improvisado. ¿Qué tan difícil hubiera sido comprar un trapeador?

Eso no molestaba a Darin Rossi. Había sido un auténtico árbitro de las Grandes Ligas de Béisbol, pero desde inicios de la década de 2000 había hecho la transición hacia una carrera en películas, televisión y comerciales, donde también interpretaba a un árbitro. Pitaba su silbato con la seguridad de un profesional. ¿Acaso extrañaba el trabajo real?

Rossi movió la cabeza de un lado a otro.

—Todos odian al árbitro —dijo—. Se viaja demasiado. Actuar es mejor.

El árbitro recitó los nombres de una docena de producciones en las que había participado (Una Pandilla De Pelotas, Entrenador Carter, Golpe Bajo: El Juego Final y Superman Regresa). En cada una de ellas, interpretó a un árbitro. Al parecer, no le preocupaba que lo encasillaran. Para este trabajo con la Federación de Armas de Gomaespuma, su personaje se llamaba Rossi el Regulador, e incluso se había puesto sus viejas almohadillas de las Grandes Ligas bajo la camisa a rayas blancas y negras para verse más corpulento.

Rossi me dijo que esperaba get in on the ground floor (entrar por el primer piso). Se trata de una de esas frases estadounidenses que connotan cierta desesperación, una declaración que uno se imagina saliendo de los labios de un vendedor que busca a un inversionista. Podría decirla un charlatán o un estafador, pero el romance que despierta es evidente: estar desde el comienzo de un proyecto te permite hacer dinero. Comprar primero, antes de que el resto del mundo se dé cuenta de que lo que se está rematando es oro puro, hacen los estadounidenses audaces y ambiciosos. La triste realidad es que en la mayoría de las ocasiones no existe más que ese comienzo. Después de una desafortunada hora y media viendo la Federación de Armas de Gomaespuma, mi percepción fue que también allí es así. Paquetes de sangre sin explotar caían sin cesar de los chalecos de los competidores. Las peleas eran breves, irregulares y nada emocionantes. Dos guerreros vestidos de manera extraña, con espadas de plástico, se golpeaban salvajemente. Era brutal, simple y decepcionante. Mucha atmósfera; nada de contenido. ¿Era esto el comienzo?

No le dije lo que pensaba al árbitro Rossi. Pero estoy seguro de que él también lo sabía.


Los Ángeles, no la ciudad real, sino la versión de esa ciudad que existe en la imaginación popular, es un glamoroso y reluciente lugar con palmeras y estrellas de cine. Aunque a primera vista la verdadera ciudad es menos hipnotizante que esa imagen cinematográfica, es por supuesto más compleja y sustancial. Podría decir que ya no queda glamour en la ciudad misma, sino sólo en el reflejo de ella. Es una cualidad que los turistas mismos importan, algo que se crea de manera espontánea cuando quienes no viven allí fotografían los nombres grabados en las veredas de Hollywood Boulevard, o se aglomeran en los escaparates de una boutique en Rodeo Drive esforzándose por ver cómo una estrellita de segunda se prueba un par de zapatos sobrevalorados. Estas atracciones son fantasías colectivas y, como toda expresión de fe, bellos espejismos que se hacen más patéticos porque rezarle a una estrella aún no ha producido un solo milagro documentado en toda la historia del cine.

El resto de Los Ángeles —sus miles de barrios residenciales en su mayoría tristes— es imposible de conocer. Como otras ciudades, ha alcanzado un tamaño que desafía toda explicación. Es imposiblemente grande, confusa y surrealista. La playa que se ve en la televisión es, para la mayoría de habitantes de la ciudad, sólo un rumor. Las montañas y los cañones, también. Son legiones de avenidas largas, rectas monótonas, como aquella donde la Federación de Armas de Gomaespuna realizó su evento inaugural. Se extienden a lo largo de cientos de cuadras, de este a oeste, cruzando elevaciones, regiones climáticas, husos horarios. Uno llega al centro de la ciudad sólo para encontrarlo vacío. A mediodía, el smog flota bajo y fétido, pero si uno mira hacia arriba, el cielo aún es azul, uno de esos espejismos en los que insistimos en creer. De manera inesperada, uno huele el océano. Aunque esté a varias millas de distancia.