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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

El robo de mi gorra
de béisbol

Una pérdida (irreparable) de Dave Eggers

Gorras

La semana pasada perdí otra gran gorra. Mi pelo siempre ha sido conflictivo, así que suelo esconderlo debajo de gorras de béisbol. Eso, y el hecho de que pierdo cosas –pierdo de todo, pierdo cada objeto– significa que he tenido docenas de gorras de béisbol a través de los años. Las recuerdo a todas con cariño, pero ninguna como la que conseguí en Iquitos en 1997. Estaba a punto de tomar un viaje de diez días en el Amazonas con un grupo de herpetólogos —no hay una explicación lógica para mi viaje amazónico con unos expertos en lagartijas— y antes de tomar el río pasamos un día y una noche en Iquitos.

Me atrajo la ciudad, con sus miles de mototaxis corriendo como agua entre las apretadas calles, con sus niñas vendiendo flores a la medianoche, con los chicos en uniforme de colegio, con sus bulliciosos clubes nocturnos y orgullosas casas de láminas corrugadas. Caminando por la ciudad advertí a los agentes de la DEA disfrutando en miserables discotecas, arrogantes e ignorantes, cada uno con dos mujeres, fingiendo ser turistas. Dormí mientras un viento tibio soplaba en la noche a través de mi cuarto con el olor del diesel y de cada uno de los peces en el río. Al día siguiente, nos reunimos en la ribera fangosa antes de abordar nuestro anticuado bote de remos y fue cuando vi, entre cientos de peruanos a la orilla del agua, a un chico de unos diez años. Vendía algo, no recuerdo ahora qué, pero sí que zigzagueaba entre la muchedumbre de nativos y turistas. Y sobre todo, recuerdo que llevaba una gorra de belleza extraordinaria. Me he convertido en un conocedor de gorras, siempre en búsqueda de alguna con historia y colorido distintivo y ésa, por su origen y la vida que llevaba, era como ninguna otra. Esa gorra, que el chico empresario de pelo negro y ojos cafés llevaba puesta, tenía todo eso. Era una gorra de béisbol americana de los Astros de Houston desteñida a un tono celeste, con la estrella anaranjada al medio como signo de su vejez, una gorra descontinuada de un equipo que nunca ganó y que es olvidado con frecuencia. La que yo llevaba puesta, al contrario, era nueva y no tenía personalidad —de hecho no puedo recordar nada sobre ella— y supuse que ese jovencito preferiría tener una gorra nueva que una tan vieja y maltratada de un equipo del que nunca había oído hablar. Mi español es primitivo así que sin saber aún la palabra para «intercambio», me dirigí a él con una elaborada pantomima que comprendió de inmediato. Se quitó su gorra, me la dio y tomó la mía alegremente. La mía era reciente, maciza y tenía años de vida por delante, así que hizo el intercambio al instante y sin recelo se la puso en la cabeza. Era como si me hubiera estado esperando. Como si supiera que tener una tan gorra extraordinaria como aquella, significaba que renunciaría a ella tan pronto como alguien, otro conocedor, reconociera su valor. Una vez que cambiamos las gorras sonrió y se alejó, como si intercambiara ropa con extraños todos los días. Me quedé contento, convencido de que había hecho un buen trueque: el chico al que todo lo que le importaba era tener algo nuevo, y el tonto que codicia objetos que revelan miles de días bajo el sol, que llevan marcas de años de sudor y sal y mugre. No me molesté en lavarla y, como el chico, me la puse de inmediato. La usé el resto de la semana, en el río y luego en el avión de regreso a San Francisco, donde la usé casi durante dos años, hasta que la robaron un día de mi auto. La había dejado sobre el asiento, mientras me daba un baño en el Pacífico. Dejé el auto con la ventanilla abierta, pensando quién querría algo así. ¿Quién se llevaría una gorra como esa? No era otra cosa que una gorra extraordinaria. Después estuve enojado un rato, conmigo y con el ladrón, pero luego tuve que perdonar a quien fuera que se lo hubiera llevado y atribuírselo todo al destino. Así como había visto aquella gorra en Iquitos y reconocido su gran valor, alguien la había visto en mi auto y supo que tenía que ser suya. Las gorras memorables deben viajar y, supongo, no pueden quedarse quietas mucho tiempo. Por supuesto también está el viejo adagio— ¿puede aplicarse a una gorra?— si amas algo, déjalo libre.