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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

El pudor de reírnos juntos
viendo sexo sagrado
en la India

Un viajero y su novia visitaron hace unos años templos de erotismo divino
al sur de Delhi, donde un guía les ofreció lecciones de Kama sutra en vivo.
En su ruta descubren que la oferta erótica es sólo para mujeres
y que los extranjeros sueltan risitas incontenibles
ante las esculturales posturas sexuales de los dioses en piedra.
¿Por qué nuestro Dios no la pasa tan bien?

Un viaje de Leonardo Faccio
con fotografías del autor

India - 1

Fotografía de Leonardo Faccio

El sexo no es chistoso. Pero en los templos eróticos de Khajuraho, el rincón de la India conocido como el pueblo del Kama sutra, la risa es la música de fondo. La escucho cuando entro en la penumbra del templo principal. Me acompaña una novia que esta mañana no ríe. Hay mujeres con pechos como globos tallados en piedra, y escenas de zoofilia en las que intervienen una yegua y un jabalí. También hay hombres que acarician niñas mientras sostienen erecciones a punto de explotar. Los templos de Khajuraho, al sureste de Nueva Delhi, se ven como orgías piramidales con la altura de un edificio de cinco plantas. Son las construcciones más altas en este pueblo que tiene sólo una calle principal y, si no fuera por ellas, sería una localidad anónima en el mapa del gran estado central de Madhya Pradesh. Pero aquí llegan miles de turistas que se ríen de ellas mientras los guías hablan de las esculturas con solemnidad explicando que son dioses y diosas celebrando el erotismo de la religión hindú. La dinastía Chandela, dicen, las construyó entre los siglos IX y X, cuando los chinos trajeron al mundo la pólvora. Pero ningún correcto apunte histórico detiene el cuchicheo risueño que crece dentro del templo religioso. La lujuriosa seriedad que nos suelen inspirar las imágenes lúbricas, en los reservados de clubes de striptease o ante la página central de una revista porno, tiende a desaparecer aquí y gana protagonismo el eco de las risas.

No son carcajadas. Ni risitas burlonas.

Son risas parecidas a las de un niño que está por hacer una travesura.

Los hindúes son ruidosos cuando adoran a sus dioses: cantan, saltan, gritan. La risa fue siempre aliada del erotismo y la fecundidad en la mitología antigua. En Egipto existe Hator, diosa de la alegría, el amor y la sonrisa. Afrodita fue para Homero «la sonriente», «la que gusta de reír», y Yemayá, es la diosa que juega con las olas del mar y ríe a carcajadas en la cultura afroamericana del Caribe y Brasil. En Senegal los antepasados son llamados «almas risueñas». Los musulmanes llamaron a Mahoma «el profeta riente y alegre del paraíso». En la India, donde el humor es concebido como uno de los orígenes del mundo, Rabindranath Tagore rescató una antigua sentencia del sánscrito que reza: «Todas las cosas tienen su nacimiento en la alegría eterna». Una de sus figuras místicas más divertidas es el risueño sacerdote Ramakrishna, que decía que las caras largas no deberían tener cabida en la religión. Pero hoy, en los templos eróticos de Khajuraho, los visitantes locales guardan un respetuoso silencio. Las risas provienen de quienes llegamos con protector solar en la nariz y una cámara de fotos colgando del cuello. La razón parece simple: en los templos de Occidente no existen dioses alegres, y en Khajuraho siempre aparece alguien que promete reproducir en vivo las mismas poses que uno ve talladas en piedra. Lo que vemos como una manera más liberal de vivir el sexo, en Khajuraho es una oferta frecuente. No resulta extraño entonces que la idea de sumar un maestro indio a tu vida sexual provoque en las parejas de viajeros risas de nerviosa complicidad.

El primer sex tour guide de Khajuraho nos encontró a bordo de un bus. Veníamos huyendo de los monzones que avanzaban desde el sur del país, y Khajuraho era parte de un viaje que atravesaba la India hasta Nepal. Esa tarde, cuando el bus zigzagueaba entre los baches de una carretera angosta, un indio veinteañero y con un mechón de pelo teñido de rubio se acercó a mi novia española.

—Disculpa —dijo en inglés— ¿Tienes donde alojarte?

Faltaba media hora para llegar a Khajuraho y el chico sacó un folleto del bolsillo. Le ofreció una habitación doble por seis euros. Luego habló de clases de yoga, del beneficio de los masajes ayurvédicos, y le recordó que en Khajuraho el sexo tántrico está al alcance de cualquier viajero.

—Es el yoga del sexo —dijo con la voz serena de un predicador.

Hay ofertas que a un turista le gusta escuchar. En Europa se puede visitar con facilidad un club de intercambio de parejas. En las páginas de los diarios de cualquier ciudad del mundo, los anuncios de centros de masajes orientales son eufemismos para prostíbulos con pretensiones de sofisticación. Vivir una experiencia excitante y creer que será irrepetible es una de las gracias de viajar. De camino a Khajuraho la propuesta sexual tiene un aura de autenticidad que inmuniza al vendedor de parecer ofensivo. El tantrismo es una filosofía oriental con más de cinco mil años de existencia que convoca a extender el placer a través de todos los sentidos: comer, contemplar, caminar, defecar. Sentir frío o calor pueden ser fuentes de placer. En Occidente el tantrismo suele asociarse con los consejos íntimos en revistas para mujeres, pero en verdad sólo cinco de las más de cien prácticas tántricas tienen que ver con erotismo. Una relación sexual de este tipo puede extenderse durante horas sin que el clímax marque un final. Más que una aventura genital, el tantrismo propone hacer del goce en cámara lenta una forma de vida. Antes de ser un dibujo en un papel, durante los primeros cinco siglos de la era cristiana, las posturas del Kama sutra fueron sólo poemas. Más de quinientos años después, la literatura erótica fue tallada en piedra. Esa tarde a bordo del bus, el chico del mechón rubio no perdió el tiempo. Le entregó a mi novia una tarjeta, sin importarle que no viajara sola.

En realidad, éramos tres. Nos acompañaba C, una amiga de Colombia.

Para mudar nuestro viaje en un safari sexual sólo debíamos pedirlo. La oferta del sex tour guide podría sonar descarada. Pero una reacción violenta ante la promesa del moksha —la iluminación espiritual hindú—podría ser peor: sería considerada como intransigencia de un novio celoso. El intento de cumplir con la convención social acabó siendo una mueca en mi cara. La tarjeta que recibió mi novia llevaba en su reverso un garabato que el chico del bus dibujó presuroso con su bolígrafo. Del otro lado había impreso el nombre de un hotel.

No era la primera vez que nos interceptaba un vendedor de experiencias. Días antes, de camino al lago de la ciudad santa de Pushkar, recibí un empujón de un supuesto sacerdote. Él explicó que no nos dejaría llegar a la orilla del lago si antes no aceptábamos recibir una pulsera de bienvenida y una oración a cambio de dos euros. Nosotros queríamos contemplar la India en soledad. Pero eso sólo es posible ante un libro de fotos o una postal. Nunca puedes estar solo en la India.

En cualquier rincón del subcontinente que pronto superará a China en habitantes, la sensación es de un constante intercambio de sudores. Nos movíamos en buses y en trenes sobrepoblados, donde la multitud se descalza, come, eructa y los hombres sueltan flatos sonoros. El equilibrio espiritual es también aquí un recurso de supervivencia. Las esculturas eróticas de Khajuraho demuestran que el orden, la felicidad y el sexo son posibles en el hacinamiento. Es la masa en armonía. Cada año llegan a la India millones de occidentales para vivir la película real de alcanzar la iluminación. Nosotros éramos sólo un trío que pasaría dos días en Khajuraho.

Éramos fetichistas del pasado. Queríamos ver unas reliquias eróticas.

Pero el chico del bus había lanzado una sonrisa cómplice a mi novia antes de despedirse. Ella le respondió con una mueca amistosa. Norman Mailer dijo que no existe sexo en gran escala si no se atraviesa un momento apocalíptico. Para comprobarlo sólo debíamos aceptar ser alumnos de un gurú del placer. Cada ciudad vende su encanto y en Khajuraho todo gira alrededor del sexo.

Khajuraho funciona como una isla dentro de la India recatada que conocí antes de llegar hasta aquí. En Bombay, donde funciona la industria cinematográfica más prolífica del mundo, el estreno del verano en los multicines de barrio era, por entonces, una comedia romántica que presentaban como una «revelación»: 99 Sopapos y un beso. La «revelación» era el único beso que aparece al final de la película, porque en el universo Bollywood nunca hay besos. Sólo miradas insinuantes y bailes con mujeres que, como mucho, muestran el ombligo. Fuera de la industria del entretenimiento existe en la India un festival de cine gay que se celebra cada noviembre desde 2003, a pesar de que el coito anal está prohibido por ley. La sexualidad como actividad lúdica es una atracción legal y para todo público sólo en Khajuraho. No se vende como el turismo sexual ilícito en otros sitios, sino como la promesa de un viaje espiritual. La única calle céntrica del pueblo está abarrotada de motos, vacas y almacenes que venden barajas, libros, calendarios y postales con figuras eróticas que se destiñen bajo el sol. El calor es tan agobiante que el agua y la sombra equivalen al tanque de aire para un buzo submarino. Algunos vendedores que se paseaban sudorosos y con folletos en las manos, murmuraban «Yoga, massage, tantra sex». Era otro día en un pueblo cuya principal atracción está dedicada al dios Shiva, el equivalente en la cultura griega de Dioniso, el dios del vino, la locura ritual y el éxtasis. Las imágenes eróticas de los templos inspiran a los recién llegados. Sólo hace falta aceptar la oferta de repetir sus poses en la cama de un hotel. Nuestro refugio tenía una cama doble.