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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

El pastor electrónico
como estrella de TV

¿Por qué la televisión evangelista es más divertida
que ir a misa los domingos?

Una crónica de Camila Moraes
Fotoilustraciones de Handrez García

Tele evangelista

Como un astro de la música pop en un concierto, un pastor entona una canción desde el escenario, invitando a la audiencia a seguir los versos que canta al ritmo de una orquesta. La letra se exhibe en pantallas de televisión esparcidas en el lugar. Todos lo hacen, unos más tímidos y otros tan cómodos como si estuvieran en un karaoke. Pero lo más curioso es que ni una sola persona parece hacer caso de un inmenso monstruo negro que lleva una videocámara a los rincones más alejados del salón mientras cientos de personas cantan. La grúa sobrevuela todo el salón, desde el estrado hasta el fondo donde se encuentran los últimos asientos. Se mueve como una culebra silenciosa sobre las cabezas de los fieles, que mientras oran siguen atentos al pastor, no al aparato. Cuando entras al salón de ceremonias de la Iglesia Internacional de la Gracia de Dios, haces un paneo y lo primero que notas es la máquina negra. Pero los asistentes parecen acostumbrarse pronto a ese animal que vuela sobre sus cabezas. Saben que están en un show. Una grúa suele ser un aparato sofisticado para grabaciones de televisión o filmaciones de cine. Es cómico imaginar que muchos programas o películas en América Latina no lo tienen, pero una iglesia evangelista brasileña sí. Parece que los teleevangelistas han sido quienes mejor entendieron el cliché de que una imagen vale más que mil palabras.

Los que no creen en milagros sólo necesitan ver más televisión. Después de unos minutos expuesto al teleevangelismo, el espectador escéptico luchará contra la imagen de la sanación, por ejemplo, de una persona con problemas serios de espalda agachándose y levantándose varias veces, mientras el pastor —como si estuviera en trance— le grita órdenes en nombre del Señor y en contra del Diablo. Pero no será capaz de borrarla de su mente. Las escenas son elocuentes: un estadio de fútbol para miles o una pequeña sala de conferencias se colma de feligreses (grandes o pequeños, los espacios siempre se ven llenos) que buscan curarse de males morales y físicos. Están atentos, concentrados y son guiados por un líder que se esfuerza por atender y divertir a su público. Nadie carece de convicción. Es el encuentro perfecto de la necesidad con la «solución». Un televidente distraído podría pensar que producir milagros no tiene grandes costos: sólo se percibe un escenario, que el pastor comparte con el grupo musical, un mar de sillas como único decorado y una iluminación tal vez demasiado blanca para los fotógrafos más exigentes.

La diferencia la hace el «showman». Un buen pastor sabe poner la retórica antes que sus conocimientos religiosos, lo que no significa que no los tenga o que no los pueda dispensar. Nada se dice sin hacer referencia al Señor, a su sabiduría y a su amor infinito por los pecadores allí presentes. Testimonios personales, de los que generan la ilusión de cercanía y hasta de intimidad entre amigos, se mezclan con términos respetuosos, elegidos con cuidado. Una cita bíblica aparece de vez en cuando, en un esfuerzo por demostrar que lo dicho está documentado. Esta fría mañana de invierno de 2011, el showman es R.R. Soares, uno de los pastores más famosos de la televisión brasileña.

«De exportador de espectáculos televisivos para las masas, como fútbol y telenovelas, Brasil se ha convertido en proveedor de modelos rentables de religión. Más allá de ocupar de forma estratégica viejos cines y transformarlos en templos, en el Perú, Nicaragua y México se aseguran de que sus pastores locales prediquen con acento brasileño»

Romildo Ribeiro Soares tenía once años cuando se encontró entre una pequeña multitud maravillada delante de un aparato de televisión en un escaparate de la calle Muniz Freire, en Espírito Santo, Brasil. Dice que pensó: «Esto de la televisión parece ser un buen negocio». Era 1958, casi una década después de la primera transmisión televisiva en el país. En ese momento no sólo experimentó una revelación personal, sino que hizo una promesa frente a la pantalla: «Algún día estaré allí, hablando del Señor». Hoy «Missionário» R. R. Soares pasa cerca de cien horas semanales «allí», en la televisión abierta del país más grande de Sudamérica. Su rostro es el que más ven los brasileños cuando encienden la TV. Su voz de terciopelo habla del Señor a millones de personas todos los días. Es un pastor electrónico, conocido no sólo en Brasil, sino en todo el mundo, porque la imagen de este sesentón sin canas, que suele vestir de traje y corbata, se transmite en toda América Latina y en otras partes del globo.

Evangélico desde niño, R. R. Soares se hizo predicador en la adolescencia, cuando quería ser médico y había conseguido una beca para estudiar en Rusia. Nunca llevaría a cabo este plan, aunque sí terminó dedicándose al negocio de sanar. Lo hace en la televisión, donde comandó el primer programa evangélico nacional brasileño en Rede Tupi. Era 1977. Ese mismo año fundó la Iglesia Universal del Reino de Dios (la más conocida de las iglesias evangélicas brasileñas) con Edir Macedo, su cuñado y hoy también gurú mediático, dueño de un canal religioso de transmisión abierta. Juntos, predicando y administrando templos, Soares y Macedo pronto descubrieron que manejaban estilos diferentes. A Soares le parecía que el esposo de su hermana evangelizaba de forma muy «agresiva». Poco tiempo después dejaron de ser socios en la Iglesia Universal, y Soares fundó su propia empresa, la Iglesia Internacional de la Gracia de Dios. Hoy maneja casi tres mil iglesias en todo el país y alrededor de cuarenta más en países vecinos, como Argentina y Perú, pero también en tierras más lejanas, como España y Japón. Al contrario de Macedo, a quien el «Missionário» considera un auténtico hombre de negocios, él prefiere dedicarse en persona a la conquista de fieles a través de sus shows en vivo que mezclan predicación, curas de las más diversas enfermedades y, claro, rescate de almas para Jesús. Suele reunir al menos a cuatrocientas personas por encuentro. Muchas más de las que como médico podría atender en una consulta durante toda una quincena.

Hoy el programa de R. R. Soares en la televisión, Show da Fé, es emitido en horarios estelares por dos televisoras de señal abierta (Band y Rede TV!) y en su propio canal por cable, RIT. Los patrocinadores de la producción no son marcas de autos ni de ropa, sino los fieles. Al final de cada emisión los televidentes pueden llamar y registrarse para hacer pagos electrónicos y contribuciones de débito automático para depositar sus donaciones a la obra del Señor. El misionero electrónico sabe que, mientras sea auspiciada, la fe no tiene límites. Por ello existe «Gracia», un holding que reúne una imprenta, una editorial de libros, una productora de música y otra de cine. También está en internet. Allí brinda atención online a feligreses, consejos en video, búsquedas de pasajes bíblicos, un periódico electrónico y tarjetas de crédito para los seguidores de la iglesia, como las que ofrecen supermercados y grandes almacenes. Además hay una tienda virtual de productos como CDs, DVDs y libros en idiomas que van del portugués al árabe. Después de absorber de forma tan prematura el poder de la televisión, el Missionário migró sin dificultad a otros medios electrónicos y maneja modernos y complicados conceptos de negocios online que algunos todavía intentan comprender. Soares no necesitó ninguna epifanía frente a la pantalla de la computadora para eso.