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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

El matador tímido

¿Qué piensa un toro frente a José Tomás?

Un perfil de Pablo de Llano
Dibujos de Gianfranco Piazzini

José Tomás

Una noche de 2009, José Tomás, el torero vivo más mitificado de España, habló por teléfono con el escalador de montañas Sebastián Álvaro, fundador del programa de documentales Al Filo de lo Imposible, para pedirle acompañarlo al Himalaya. El montañista estaba cenando en casa del locutor José Ramón de la Morena, quien le pasó el teléfono para que conversara con el torero que llevaba meses queriendo hablar con él. Sebastián Álvaro recuerda que la conversación no duró ni diez minutos y que no llegaron a concretar casi nada, salvo que el destino sería el Tíbet y que el escalador se ocuparía de trazar la ruta. Nunca supo si la intención del torero era escalar una montaña como el Everest o conocer las tierras del Dalai Lama. La escalada y el budismo calzaban con la personalidad de José Tomás, un hombre tan valiente e intrépido como tímido y hermético. Sebastián Álvaro pensó para empezar en un par de picos de seis mil y siete mil metros de altura, seguro de que el torero podría ascenderlos. El montañista, que ha perdido a dos compañeros realizando aventuras inhóspitas con su cámara de cine y a otros veinticinco amigos escaladores a lo largo de su vida, cree que José Tomás se expone más a la muerte en una plaza de toros que cualquier alpinista en una gran montaña.

–Para encontrar un modelo comparable de valentía –me dijo–, hay que remontarse a los tiempos en que las guerras se hacían a espada y la gente se mataba mirándose a los ojos.
Seis meses después de buscar a Sebastián Álvaro, con el viaje al Himalaya pendiente, José Tomás recibió una cornada en la plaza de toros de Aguascalientes. La cornada le cortó dos arterias y una vena del muslo izquierdo. Cuando cayó rodando en la arena, con los brazos cruzados sobre el pecho, como difunto en un velatorio, su muslo era un grifo abierto. La gente del oficio sabe cómo es una cogida mortal. El hombre que más admira José Tomás, el legendario torero Manolete –un andaluz triste y de cuerpo largo y fatigado como un santo de El Greco– murió de una cornada parecida en la ingle. Paquirri, otro matador histórico, más guapo pero menos legendario, murió desangrado por el muslo derecho. Aquel día en Aguascalientes, Alberto Elvira, un ex torero amigo de Tomás desde la infancia, le agarraba la pierna herida intentando tapar la hemorragia con su mano. «La sangre me brotaba entre los dedos. Cuando íbamos por el callejón, él perdió el conocimiento». Después de ser tratado en la modesta enfermería de la plaza mexicana fue operado en un hospital de Aguascalientes, al que lo trasladaron en una ambulancia con escolta policial y atajando el camino en dirección contraria. Mientras los médicos contenían a la muerte en la ambulancia, todas las reservas de sangre grupo A negativo de los centros de salud de la región se enviaban al hospital en el que iban a operarlo. El torero había perdido cuatro litros de sangre en los primeros quince minutos.

Quince meses después, José Tomás apareció por una puerta de la plaza de toros de Valencia andando sobre la arena. Era como si su cara hubiese envejecido de golpe. Le había crecido un mechón de canas en la frente y estaba tan flaco, que le quedaba holgado el traje de luces hecho a medida. Los aficionados y los cronistas taurinos dudaban de que estuviese recuperado. Se preguntaban si habría perdido algo de su osadía por haber estado la última vez más cerca de la muerte que todas las veces que había estado frente a ella. Hasta entonces nadie conocía la respuesta. José Tomás no habla con la prensa. Había que aguardar hasta el día y la hora fijados, y comprar una entrada para presenciar su regreso desde una butaca. José Tomás es el único matador que prohíbe que sus actuaciones se emitan en directo y sólo permite resúmenes de tres minutos en telediarios y programas taurinos. Cree que el toreo tiene demasiadas dimensiones como para mirarse en una pantalla plana, aunque lo que no soporta es que a los toreros sólo les den migajas de la transmisión de sus corridas. Él no las necesita. Según los periódicos del día, José Tomás cobraría trescientos mil euros por la media hora que iba a torear. Pero, para cobrarlos él mismo, primero debía tomarse la molestia de sobrevivir.

A José Tomás los taurófilos lo sitúan entre la santidad y la muerte. Es un matador de toros que ha suscitado un campo de reflexión sobre su valor, donde caben referencias al estoicismo en la filosofía helenística, al código samurái y una fraseología poética sobre su dominio del miedo que oscila entre lo homérico y lo rebuscado. Lo han llamado revolucionario, inhumano, mártir, suicida, héroe inmortal, mesías de los ruedos, oráculo. Pero para su madre sigue siendo sólo un deportista triunfador

En su segundo toro de la tarde, en el ruedo de Valencia, José Tomás estaba colocado para su pase más característico, el estatuario, que demuestra su autosuficiencia ante la posibilidad de la muerte. Lo esperó de lado, con los pies juntos y fijos sobre la arena y sosteniendo la muleta entre las palmas de sus manos, a la altura del pecho. A tres metros de Tomás, el toro cambió súbitamente de dirección, el público gritó y el torero sólo alcanzó a alzar unos centímetros los talones, sin mover las puntas de los pies, antes de salir volando por la embestida y caer con la nuca contra el suelo. El animal lo embistió otra vez, le pasó por encima y siguió su camino con tres banderillas de los colores de la bandera mexicana clavadas en la espalda. Una docena de personas entraron a socorrer al torero y lo retiraron al callejón. Con una conmoción cerebral, José Tomás miró al ruedo y vio a una enorme bestia con cuernos.

–¿De quién es ese toro? –preguntó.
–Tuyo –dijo alguien.

Minutos después volvió caminando a la arena con un hombro ensangrentado. Después de unos pases temerarios le dio una estocada al toro.

Tomás siguió toreando todo el verano. Cerró su temporada en una tarde histórica, no por su buena actuación, que fue premiada con una salida en hombros, sino porque fue la última corrida antes de que se prohibiese el toreo en Cataluña. Después se retiró a su casa, un chalé en una urbanización privada de Estepona, Andalucía, donde vive recluido con su novia, una mujer que abandonó a su esposo por él, y con un perro schnauzer enano. Hoy los acompaña un bebé. Nació el 1 de noviembre de 2011, el Día de Todos los Santos y la víspera del Día de los Muertos. Se llama José Tomás, como su padre, un hombre a quienes los taurófilos sitúan entre la santidad y la muerte.

Un alpinista sigue esperando con ilusión poder llevarlo algún día al Himalaya.