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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

El joven que
se acuerda de casi todo

Un hombre aprende mil quinientos números en una hora,
noventa y seis sucesos históricos en cinco minutos,
el orden de un mazo de naipes en treinta segundos.
¿Por qué el campeón de la memoria
se sigue olvidando dónde está su auto?

Un texto de Joshua Foer
Ilustraciones de Fito Espinosa

Memoria

La increíble historia de cómo llegué a la final del Campeonato de Memoria de Estados Unidos, paralizado y sudando en exceso, empieza un año atrás en una carretera nevada del centro de Pensilvania. Viajé en coche desde mi casa, en Washington, hasta la región de Lehigh Valley para entrevistar, por encargo de la revista Discovery, a un físico teórico de la Universidad de Kutztown que había inventado un mecanismo de cámara de vacío que se suponía haría estallar la palomita de maíz más grande del mundo. El recorrido me llevó por la ciudad de York, Pensilvania, donde se encuentra el museo Weightlifting Hall of Fame. Me pareció que era algo que debía ver antes de morir. Y disponía de una hora.

Resultó que el Hall of Fame era poco más que una insignificante colección de viejas fotografías y objetos que se exhibía en la planta baja de la empresa del mayor fabricante de pesas del país. Como museo era una porquería, pero fue allí donde vi por primera vez una fotografía en blanco y negro de Joe Greenstein, Poderoso Átomo, un forzudo judío norteamericano, un hombre de metro sesenta y cinco de estatura que se ganó el apodo en la década de 1920 con proezas tan estimulantes como partir monedas de cuarto de dólar por la mitad y tumbarse en una cama de clavos mientras una banda de dixieland de catorce músicos tocaba en su pecho. En una ocasión cambió las cuatro ruedas de un coche sin ninguna herramienta. Un texto escrito junto a la foto presentaba a Greenstein como «El hombre más fuerte del mundo».

Al mirar la foto pensé que sería interesante reunir a la persona más fuerte del mundo con la más lista del mundo. Poderoso Átomo y Einstein, el uno pasándole el brazo por los hombros al otro, una yuxtaposición épica de músculos y cerebro. Una bonita foto para poner sobre mi mesa, al menos. Me pregunté si alguien la habría sacado. Cuando llegué a casa me puse a curiosear en Google. Resultó bastante fácil dar con la persona más fuerte: se llamaba Mariusz Pudzianowski. Vivía en Biaa Rawska, Polonia, y podía levantar en peso muerto cuatrocientos veinte kilos. Pero identificar a la persona más lista no fue tan sencillo. Introduje «mayor coeficiente intelectual», «campeón de inteligencia», «más listo del mundo». Me enteré de alguien en la ciudad de Nueva York con un CI de doscientos veintiocho y de un jugador de ajedrez húngaro que en una ocasión jugó cincuenta y dos partidas en simultáneo con los ojos vendados. Había una india capaz de calcular, estando de cabeza, la raíz vigésimo tercera de un número de doscientos dígitos en cincuenta segundos y alguien capaz de resolver un cubo de Rubik cuatridimensional, sea lo que fuera eso. Y, como es natural, había multitud de candidatos más obvios del tipo Stephen Hawking. Está claro que resulta más difícil cuantificar cerebros que músculos. En el curso de mis averiguaciones en Google, no obstante, descubrí a un misterioso candidato que era, si no la persona más lista del mundo, por lo menos una especie de genio extravagante. Se llamaba Ben Pridmore y podía memorizar el orden exacto de mil quinientos veintiocho números aleatorios en una hora y —para impresionar a aquellos de nosotros de corte más humanista— cualquier poema que le dieran. Era el entonces campeón de memoria del mundo.

Pridmore era capaz de memorizar el orden de un mazo de naipes barajados en treinta y dos segundos. En el plazo de cinco minutos podía aprenderse de memoria lo que había sucedido en noventa y seis fechas históricas distintas, y se sabía cincuenta mil dígitos de pi. Cada día parece haber más cosas que recordar: más nombres, más contraseñas, más citas. Con una memoria como la de Ben Pridmore —pensé— la vida sería distinta y mejor.

No paraba de dar vueltas a algo que Ben Pridmore había mencionado durante una entrevista para un periódico y que me hizo sopesar lo diferentes que podían ser su memoria y la mía. «Todo es cuestión de técnica y de entender cómo funciona la memoria —le dijo al periodista—. Lo cierto es que cualquiera podría hacerlo». Un par de semanas después de mi visita al Weightlifting Hall of Fame me hallaba al fondo de un auditorio en la planta decimonovena de la empresa eléctrica Con Edison, cerca de Union Square, Manhattan, en calidad de observador del Campeonato de Memoria de Estados Unidos de 2005. Espoleado por la fascinación que me había despertado Ben Pridmore, estaba allí para escribir un artículo corto para la revista Slate sobre lo que yo imaginaba sería la Super Bowl de los sabios.

Sin embargo lo que encontré no fue precisamente una lucha de titanes: un puñado de hombres (y algunas mujeres), con edades y criterios de higiene muy dispares, devoraban páginas de números aleatorios y largos listados de palabras. Se hacían llamar «atletas mentales» o simplemente AM, para abreviar.

A la cabeza de este ejercicio de la memoria se sitúa un impecable educador británico de sesenta y siete años y gurú autonombrado, Tony Buzan, que afirma poseer el «coeficiente de creatividad» más alto del mundo. Cuando lo conocí, en la cafetería del edificio de la Con Edison, llevaba un traje azul marino con cinco enormes botones de reborde dorado y una camisa sin cuello con otro gran botón en la garganta que le daba el aire de un sacerdote oriental. En la solapa lucía un alfiler con forma de neurona, y en la esfera del reloj se distinguía una reproducción del cuadro de Dalí La persistencia de la memoria (el de los relojes blandos). Llamaba a los competidores «guerreros mentales».

Buzan fundó el Campeonato Mundial de Memoria en 1991, y desde entonces ha instaurado campeonatos nacionales en más de una docena de países, desde China hasta Sudáfrica o México. Dice que ha trabajado con celo religioso desde la década de 1970 para lograr que esas técnicas para mejorar la memoria se implanten en colegios del mundo entero. Él lo denomina una «revolución educativa global centrada en aprender a aprender». Y en el proceso ha ganado toda una fortuna. Según los periódicos, poco antes de su muerte, Michael Jackson había acumulado una factura de trescientos cuarenta y tres mil dólares por los servicios de Buzan para desarrollar el intelecto.

Buzan deseaba venderme la idea de que su propia memoria mejora año tras año, incluso a medida que envejece. Suponemos que el empeoramiento de la memoria es algo propio del ser humano y, por tanto, natural. Pero lo normal, explica Buzan, no siempre es natural. «El motivo del deterioro que se observa en la memoria humana es que en realidad llevamos un entrenamiento antiolímpico. Lo que le hacemos al cerebro equivale a sentar a alguien que quiere entrenarse para los Juegos Olímpicos y asegurarnos de que beba diez latas de cerveza al día, fume cincuenta cigarrillos, vaya al trabajo en coche,  quizá practique algo de ejercicio intenso y perjudicial una vez al mes, y se pase el resto del tiempo viendo la televisión. Y luego nos preguntamos por qué a la persona en cuestión no le va bien en los Juegos Olímpicos. Eso es lo que hemos estado haciendo con la memoria», comentó Buzan.

Acribillé a preguntas a Buzan para que me dijera cuánto costaría aprender esas técnicas. ¿Cómo se ejercitaban los competidores? ¿Cuánto tiempo tardaba en mejorar la memoria? ¿Utilizaban esas técnicas en el día a día? Si de verdad eran tan sencillas y eficaces como él aseguraba, ¿cómo es que yo no había oído nunca hablar de ellas? ¿Por qué no las usábamos todos nosotros?

—Mira, en lugar de hacerme todas esas preguntas, deberías hacer la prueba tú mismo —repuso.
—En teoría ¿cuánto tardaría alguien como yo en prepararse para el Campeonato de Memoria de Estados Unidos? —le pregunté.
—Si quieres estar entre los tres primeros del campeonato norteamericano, no estaría de más que le dedicaras una hora diaria seis veces a la semana. Con esa cantidad de tiempo te iría muy bien. Si quisieras participar en el Campeonato Mundial, tendrías que pasar de tres a cuatro horas al día durante los seis meses previos al campeonato. La cosa se complica.

Esa misma mañana, mientras los competidores intentaban memorizar «El tapiz de mi vida», Buzan me llamó a un lado y me puso la mano en el hombro.

—¿Te acuerdas de lo que hemos estado hablando? Piénsalo. Ahí arriba, en el estrado, podrías estar tú, el próximo campeón de memoria de Estados Unidos.

Puede conocer el entrenamiento completo de Joshua Foer en Los desafíos de la memoria de la editorial Seix Barral.