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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

El guardián del hielo

El nevado Pastoruri ya no recibe visitantes: su hielo se retira más
de veinte metros cada año. Hoy un hombre que fue soldado
lo cuida desde un puesto de vigilancia. Los científicos han
admitido su derrota contra la desglaciación de la Tierra.
¿Es posible detener el cambio climático con un
piloto de tanques, pintura blanca y aserrín?

Una crónica de Martín Riepl
Fotografías de Dado Galdieri
Archivo fotográfico de Walter Wust

Hielo

A cinco mil metros de altura, la única propiedad del guardián del nevado es un perro. De lejos parece disecado, pero cuando llego al Pastoruri corre hacia mí y olisquea mi mano izquierda como si en ella llevara buenas noticias. No las hay: desde que los directores de la Unidad de Glaseología del Perú y las publicaciones científicas más influyentes del mundo declararan la desaparición inminente del glaciar, el turismo al Pastoruri se desplomó y cada visita se celebra como un acontecimiento. Una mañana de otoño de 2011, el guardián, un hombre de cara redonda y un escorpión tatuado en el brazo izquierdo, me dio la bienvenida. Aunque las únicas siluetas que se pueden divisar hasta el horizonte sean las de las rocas de la montaña, Máximo Gonzales de Paz se viste con su casaca y gorra azules de guardaparque y vigila tres veces a la semana un área de un kilómetro y medio cuadrado de hielo. Es todo lo que queda del glaciar. Es el mismo perímetro que, a nivel del mar, un hombre promedio trotaría en cuarenta y cinco minutos. A ratos Gonzales de Paz se detiene frente a alguna grieta o una estalactita como si su mirada bastara para congelar de nuevo las millones de gotas que bajo sus botines negros se convierten en riachuelos. A unos pasos de nosotros, un trozo de hielo se desprende de una grieta y estalla sobre una piedra negra. Se oye como si una copa de cristal cayera en una iglesia. Pero es más que eso. –Yo acepté venir porque nadie más quería –me dijo en su puesto de vigilancia–. Todos mis compañeros tenían miedo.

Un año antes, una mañana de abril de 2010, Mauricio Guillén, el anterior guardián del Pastoruri, había sido hallado muerto sobre su cama. Su cadáver estaba envuelto en una mancha de espuma y sangre seca que nacía de su nariz y boca.Según la necropsia, el penúltimo guardián del Pastoruri tenía el cerebro destrozado. Según su padre, Pompeyo Guillén, el más antiguo de los guardias del Parque Natural Huascarán, su hijo había sido asesinado a golpes. ¿Pero por qué mataron al guardián de un glaciar moribundo?

Para los turistas locales, el Pastoruri no era una montaña inalcanzable como el Huascarán ni tenía la escarpada belleza de postal del Alpamayo. Era el glaciar al que todos podíamos llegar. Era la primera y tal vez la única oportunidad en la vida de sentir la nieve entre los dedos y jugar a las fantasías navideñas impuestas por la cultura del cine de Hollywood. O era el escenario para recordar aquella tarde remota en la que miles de padres llevaron a sus hijos a conocer el hielo. Pero más allá de la analogía a Macondo, los glaciares andinos funcionan como represas que mantienen un suministro de agua constante a la mitad de la población del país que vive en la costa desértica. Su desaparición es una amenaza de muerte para todos. Hoy el glaciar mide menos de la mitad de su extensión en 1970, cuando abrieron las visitas de turistas. Desde entonces la temperatura del planeta ha aumentado medio grado centígrado debido a la asfixiante producción de CO2 por la quema de pastizales, la combustión de los automóviles y las centrales eléctricas de carbón. No parece mucho pero ha sido suficiente para derretir doscientos kilómetros cuadrados de glaciares a través de la Cordillera Blanca.
–Gran parte del hielo ni siquiera se derrite –me dice César Portocarrero–. Pasa directamente de sólido a gaseoso.

El coordinador de la Unidad de Glaseología del Ministerio de Agricultura parece resignado.

La desglaciación hizo que las cumbres nevadas perdieran agua. Tanta como para saciar la sed de los nueve millones de habitantes de Lima durante diez años.

El asesinato del guardián del Pastoruri preocupaba a Máximo Gonzales de Paz. Por eso se compró un perro. Le costó lo mismo que el plato de comida más caro en el único restaurante turístico que queda en Cátac, el pueblo más cercano al nevado, a diecinueve kilómetros de su puesto de vigilancia. Era una cría sin pedigree de guardián.Apenas una bola de pelo cenizo cuando la cargó para llevarla por primera vez a su helado puesto de vigilancia en los Andes. Había sobrevivido al frío que mató a casi todos los cachorros de la camada en menos de un mes. La dueña creyó que la cría también moriría y decidió deshacerse de ella para quedarse con el más robusto. Gonzales de Paz no discutió la decisión: se encargaría de cuidarla porque sabía que con el tiempo ella lo cuidaría a él. Cuando conducía su moto de regreso al puesto de vigilancia, el guardián del hielo sintió que la tibia bola de pelo cenizo se movía dentro de la casaca que lo protegía del viento helado. Sólo pudo pensar en un nombre para su futura compañía en las alturas: Biosfera.


Un joven Máximo Gonzales de Paz recogía las bolsas negras de plástico que los turistas dejaban tiradas tras deslizarse sobre ellas por las nieves del Pastoruri. A inicios de la década de 1990, durante la Semana del Andinismo, miles de visitantes con guantes y abrigos de colores se esparcían sobre el nevado como confeti sobre un pastel helado de cumpleaños. Algunos llegaban cargando tablas de snowboard bajo el brazo, otros se calzaban botas con clavos como dientes de dinosaurio para adherirse a las paredes de hielo. También llegaban equipos de esquiadores que dejaban cicatrices zigzagueantes en las laderas del glaciar y unos escaladores amateurs que durante treinta minutos ascendían cualquier pendiente nevada para resbalar de ella en treinta segundos, montados sobre bolsas de plástico que después olvidaban y el viento de la tarde se encargaba de llevar otra vez a la cima. «La montaña se llenaba de vendedores –recuerda Ernesto Málaga–, y los deportistas terminaban usando el glaciar para enfriar sus cervezas». Una década y media atrás, el montañista, que ha dirigido dos expediciones a los Himalayas y hoy da clases de liderazgo, guió a un grupo de marinos de élite a la cumbre del nevado. Desde entonces, Málaga regresó al glaciar dos veces y luego decidió no volver. «Es hielo podrido», me dice en una expresión común para los escaladores. El nevado ha perdido la solidez que permitía practicar sobre él los deportes de aventura que le dieron fama.

Hoy las oleadas de viajeros han dejado de visitar la montaña. Ya no luce como el pastel helado de cumpleaños sino como los restos de crema chantilly que quedaron sobre el plato después de la celebración. «Donde estamos parados antes era todo hielo. Hasta había una cueva donde los turistas patinaban –me dice resignado Gonzales de Paz–.  Ahora hay que escalar por lo menos quinientos metros más para llegar al glaciar». Biosfera tiene las orejas erguidas en dirección a su amo, como si esperara una orden. Lo sigue a todas partes, pero cuando comenzamos el ascenso se detiene y mueve la cola con timidez: Biosfera le tiene miedo al hielo. Al lado del glaciar, Gonzales de Paz observa el manto de rocas negras que ha dejado el derretimiento. Luego de diez años como protector del Pastoruri, el guardián fue enviado a cuidar otras montañas y sólo regresaría luego del asesinato de Mauricio Guillén. Le costó reconocer el nevado. Hoy la sombra de Máximo Gonzales de Paz se proyecte sobre el hielo. Se oyen gotas de agua helada que revientan contra las piedras. Es un sonido regular, monótono, persistente que aquí se ha convertido en una nueva forma del silencio. 


Cuando Máximo Gonzales de Paz cumplió la mayoría de edad, no quería cuidar un glaciar: quería ser soldado. Un día abandonó su escuela, cruzó los cuatrocientos kilómetros que hay entre los nevados alrededor de Huaraz y el desierto frente al mar de Lima. «Cuando llegué al cuartel –recuerda el guardaparque–, no me quisieron aceptar». Gonzales de Paz lo cuenta echando un puñado de hojas de coca en su taza con agua caliente, mientras Biosfera se acomoda bajo la mesa de su cocina como si ya hubiera oído varias veces la misma historia: «Me quedé tres días en la puerta. Al final se habrán cansado de mí porque me aceptaron».Tres meses después, Gonzales de Paz se convirtió en piloto de tanques.A través de las dunas que se extienden al norte de Lima manejaba T55 soviéticos y AMX 13 franceses.Cuando su servicio militar terminó, le exigieron el título escolar para continuar en la institución. El futuro guardián del hielo debió dejar el Ejército. 

Más de un cuarto de siglo después, el ex piloto de tanques ha levantado una tranquera a unos turistas que han tardado años en ir a ver el hielo. Una de ellos, Pilar Cubas, es una maestra de Geografía que hasta hoy sólo había visto glaciares en las láminas de los libros escolares. Cubas visita el Pastoruri con su hijo, quien no puede esperar a que ella se recupere del mal de altura y acelera el paso: quiere tocar la nieve. Al menos la que la contaminación y el cambio climático permiten que haya en la montaña ahora. La profesora se apoya sobre una barandilla de madera y ve alejarse a su hijo que corre hacia el hielo. El adolescente había llegado desde Lima hacía dos días, pero ya parecía acostumbrado a la falta de oxígeno. Hoy los visitantes deben caminar cientos de metros antes de sentir por primera vez la nieve entre los dedos. «Viajar a este lugar debería servir para instruir. No para destruir», me dice la profesora, quien ya perdió de vista a su hijo detrás de una laguna. Ha decidido esperarlo. Cubas se siente mareada y conocerá el hielo otro día.

El deshielo de los glaciares ha dejado a través de la Cordillera Blanca un reguero de lagunas como apacibles cementerios de nieve. Para Mark Carey, un historiador estadounidense especialista en el impacto de la desglaciación en la sociedad andina, el silencio de los espejos de agua oculta su poder destructivo.  El abrupto deshielo de un nevado en 1941 desbordó la laguna Palcacocha sobre la ciudad de Huaraz, la capital de la región de los glaciares. La masa de lodo y piedras arrastró por doscientos kilómetros los pupitres de la escuela, la cruz de la iglesia y los cuerpos de cinco mil habitantes. «Para el poblador andino los lagos tienen el poder de dar vida o de quitarla. Esto puede volver a pasar y ser peor –me advierte Carey a través de la línea telefónica–. Ahora, debido a los deshielos, hay más agua acumulada que antes». Lo que dice el historiador parece la confirmación de un extraño karma climático: todo lo que hagas contra la naturaleza, ella te lo devolverá. Y será devastador.

El Pastoruri parece querer cobrar esa deuda. Gonzales de Paz recuerda que a mediados de la década de 1990 un bloque del glaciar se desprendió sobre la laguna que esta mañana observa el hijo de la maestra Cubas, cuando varios escolares se tomaban fotografías en su orilla. Una ola como consecuencia del impacto arrastró a tres niños hacia el agua. Sólo a dos se pudo rescatar. Ya nada es como esas fotografías felices que miles de visitantes conservan de su visita al nevado. Biosfera, que de cría se confundía con la nieve sucia de la montaña, camina a nuestro lado durante el descenso luciendo un pelaje color caramelo. De tanto en tanto husmea entre las piedras del camino persiguiendo algún bicho que ella solo puede ver.