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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

El deseo de superación como manía

De la afición a inventarse récords
sólo para que los señores de Guinness lo certifiquen

Un texto de Edmundo Paz Soldán
Imágenes de Guinness World Records

Uñas

El Libro de los Récords es una suerte de posteridad de los pobres, la fama del granjero que no ha conseguido otra cosa que cosechar la zanahoria más grande en su granja, de la mujer que tiene las piernas más largas (Svetlana Pankratova) o del hombre capaz de correr más rápido una milla con una pelota en la cabeza (Yee Ming Long, 8’35’’). Según el principio de incertidumbre de Heisenberg, a nivel atómico es imposible medir algo sin perturbarlo, es decir, el observador modifica lo que observa. Con el Libro de los Récords pasa algo así: cada vez que sus inspectores certifican una nueva marca, de alguna forma están invitando a todos los que se quedaron fuera a modificar alguna conducta o incluso a inventarla para llegar a estar en sus páginas.

Leo en ese libro que Chris Walton es la mujer que tiene las uñas más largas: miden 309.8 centímetros en su mano izquierda y 292.1 en la derecha. El récord de uñas más largas le pertenecía a Lee Redmond, quien comenzó a hacerlas crecer en 1979. Casi una década y media después, Chris Walton se dispuso a superarla. Todavía estaba lejos cuando el azar intervino: a principios de 2009, Redmond perdió las uñas en un accidente automovilístico. En 2011, en una ceremonia en Las Vegas, se oficializó a Walton como la nueva portadora del récord. La Duquesa –como se la conoce– no se cambia por nadie. Sus uñas no le han impedido una vida normal: tiene cinco hijos, es cantante y ya ha grabado un álbum. Escribe mensajes en el celular con sus nudillos. Lo que más le cuesta es meter las manos en los bolsillos.

Lo que hace La Duquesa es extraño, pero entiendo sus pulsiones. Siempre me gustó la competencia. Cuando tenía diez años organizaba carreras en cochecitos de juguete con mis compañeros de curso. Los ganadores iban sumando puntos que se tabulaban para ver quién triunfaba antes de las vacaciones. Después organicé campeonatos de fútbol en el colegio. Me interesaba no sólo ver quién era el campeón, sino también quería que se siguieran adecuadamente los registros de goleador o portero menos batido. Por supuesto tenía un interés personal: solía anotar muchos goles. Al segundo año del torneo descubrí que se ponía más complejo e interesante: ahora podía comparar los goles de ese año con los del pasado. La idea no sólo era ganar, sino meter más goles que el año anterior. Después de cada jornada publicábamos un periódico con todas las estadísticas. A veces pensaba que organizaba todo el campeonato para que pudiera existir ese periódico. ¿De qué sirve batir un récord si no se entera todo el mundo? El deseo de competir se halla inextricablemente enlazado con el de contar cómo nos fue en esa competencia.

Competir contra otros es divertido, pero no lo es menos competir contra uno mismo: nuestra sombra nos espera, ahí, agazapada. A los doce, no se trataba sólo de leer lo que me interesaba: había que cuantificar esa lectura. Cuando descubrí que Agatha Christie había escrito setenta y nueve novelas, decidí que leería todas. Para ello iba cada semana de librería en librería buscando títulos no tan conocidos, comprando, vendiendo, canjeando. Una vez terminé una novela de doscientos cincuenta páginas en un día. Sumé las horas que le había dedicado, y quise ver si la siguiente podría terminarla en menos. No pude. Llegué a llevar una lista de los libros que había leído y cuánto me había tomado leerlos. Ahora sé que de nada vale leer muy rápido si no se entiende nada. La campeona mundial de lectura veloz es Anne Jones, con 4,700 palabras por minuto, de las cuales sólo entiende dos tercios.

Con el plan de terminar las novelas de Christie descubrí que no era muy difícil inventarse objetivos a vencer, por más extraños o peculiares que fueran. Todos mis amigos estaban embarcados, de una manera u otra, en excentricidades de ese tipo. Había el que quería matar más colibríes con su escopeta, la que quería tener todas las ropas de la muñeca Barbie que se podían conseguir en la ciudad, el que sumaba cuántos partidos de hockey había jugado en Atari y se comparaba con su hermano menor. Nuestro ridículo afán coleccionista y competitivo podía ser una actitud adolescente, pero, luego, con los años, descubrimos que también era algo más que eso; una práctica en el tortuoso mundo adulto, en que nos medimos y nos miden constantemente. Cada vez que enfrentamos un parámetro, cambiamos un poco. Nos fijamos en las calorías que consumimos durante el almuerzo porque no queremos ser los más gordos del grupo, comparamos nuestro aumento de sueldo con el de nuestros colegas, coleccionamos los pases de abordar de los lugares que visitamos.