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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Doy las gracias,
y luego

¿Cómo uso los minutos a mi disposición?

Un discurso de Carlos Monsiváis
Ilustración de Ricardo Castro

Carlos Monsiváis
Ilustración de Ricardo Castro

¿Qué mayor prueba de agradecimiento que la brevedad? Y la pregunta complementaria: ¿En qué invertir mi tiempo discursivo? En estas circunstancias, quiero laurearme pero me encebollo y —ni qué decirlo— quiero decir muchísimo y me atollo. ¿De qué manera prosigo? Tal vez deba citar a Orson Welles: «Dos preguntas que las personas inteligentes se hacen: ¿por qué estoy en el mundo? Y la segunda, ¿qué voy a hacer ahora?», y aunque acudí al truco subliminal de —como de paso— calificarme de inteligente, me aboco a la pregunta a mi alcance, la que sólo admite una respuesta: ¿Qué hacer? Asumir lo irremediable. La Universidad de San Marcos me otorga el doctorado honoris causa, y esto me arraiga simbólicamente en el Perú. Y aquí detengo mis efusiones porque, aun si soy sincero, que es el caso, me niego a afiliarme, así sea con timidez, en el autoelogio.

¿Cómo distribuyo los minutos? Puedo mencionar a peruanos ilustres, y decir con Flora Tristrán: «Dios no ha hecho nada en vano» ni siquiera los reconocimientos, o decir aforísticamente con Xavier Abril, que me descubrió Mirko Lauer: «Las estrellas de los vestidos ruedan por el sueño terso de la noche», o con Alberto Hidalgo: «Poesía es la fuerza que produce el motor; / el acero brillante de la locomotora / que el correr hace a la velocidad», pero las citas, brillantes como son, no me sirven en mi afán de testimoniar, Vallejo mediante, los inicios de mi conocimiento del Perú en mi adolescencia. Ya entonces, sin saberlo, en materia de arte y humanidades, desconfiaba de los gentilicios que tanto separan. Sí son distintos los procesos de la literatura peruana y mexicana y argentina, pero un lector aquilata la calidad sin distingos. «El traje que vestí mañana / no lo ha lavado mi lavandera». Debo interrumpir el desfile de citas citables donde todavía me queda una de César Moro («Si fuera un tigre / querría ser un quiosco de periódicos») y otra de José María Arguedas de El zorro de arriba y el zorro de abajo («Estamos demoniados, compadre. ¿Quién no? Si no le meto ripio y tierra a este suelo de mi cuarto cada dos meses, el catre se hunde en el fango, ¿no?»), y una más de Ricardo Palma («¡Me he lucido! Palo porque bogué y palo porque no bogué»), y otra, incluida no sin ánimo chovinista de José Carlos Mariátegui («México tiene la clave del porvenir de la América india»), y me falta el de veras muy racional Martín Adán («¡Ay, por qué me desuno de increado! ¡Ay, por qué desvivirme, mal nacido! ¡Si he de morir abés, a qué el sentido! ¡Si he de morir asaz, a qué otro hado!»), y todavía otra más, de Javier Sologuren («Memoria sangre inútil»). ¡Cuánta tristeza! Ya no dispuse de las horas para mencionar lo anterior, ni utilicé versos de Carlos Germán Belli, Blanca Varela, Rodolfo Hinostroza, Antonio Cisneros. ¡Qué frustración! No pude ostentar mi erudición al tanteo, aunque recuerdo que una biblioteca bien manejada es en toda ocasión una dispensa de lectura.

El tiempo me devora, y ni siquiera he consignado la gran riqueza de la poesía peruana, por desgracia tan mal conocida en México fuera de César Vallejo (y lo mismo se puede afirmar de la poesía mexicana en el Perú), y lo que también se aplica a la narrativa con la excepción de cuatro o cinco autores. Aquí sí invertiré algo de mis sesenta minutos por segundo. En materia editorial, la globalización no ha funcionado en América Latina y, por el contrario, afirma el aislamiento o el localismo de la producción incesante de novedades bibliográficas. Paradojas del siglo XXI: estamos más informados de lo que pasa en política, pero mucho menos de la vida artística y literaria, algo que también afecta al cine con las excepciones de rigor. Sí compartimos, y solidariamente, desgracias y tragedias, pero la cultura en el sentido clásico se conoce por síntomas. ¿Es esto inevitable? Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique se leen profusamente, Fernando de Szyszlo es un pintor muy reconocido, y en los medios especializados se ha estudiado Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, y algunos aún lo tienen presente: el Apra se fundó en el otrora Colegio de San Ildefonso. Y, sin embargo, México y el Perú comparten el peso de su gran población indígena y el indigno racismo consiguiente, y los pueblos jóvenes y las ciudades perdidas (o colonias populares) son un signo del desarrollo que amplía las ciudades casi al infinito, y la economía informal es aquí y allá el método de intromisión de la sobrevivencia en los destinos bien trazados de la formalidad de la clase dirigente. Pero lo que se vive a dúo no ha sido suficiente como para crear los espacios del desarrollo compartido.

Me detengo y recuerdo otra vez a Martín Adán: «Discurso que desmira su destino». El tiempo es la piel de zapa, oh Balzac, y aún no logro situar el mensaje preciso y estimulante que siempre se guarda en la maleta extraviada. Es hora de mencionar el neoliberalismo que no obstante lo que digan los teóricos del capitalismo salvaje es una realidad omnívora que entre nosotros (y uso el nosotros no para subrayar la evidente vinculación del Perú y México, sino para incluirme) profundiza la desigualdad, obliga a las grandes migraciones, hace de la desesperanza el fundamento del optimismo posible, convierte a la desigualdad en el paisaje idílico de la clase gobernante, le aplica la reingeniería del fatalismo a la metáfora del Arca de Noé, subraya la condición terminal de casi todo empleo, le da a la violencia el carácter de lenguaje básico del encierro social, le obsequia al sectarismo de ultraizquierda sus disfraces proféticos y homicidas, le garantiza al impulso de la ultraderecha lo que le queda de eficacia a sus prohibiciones, bajo el lema beatífico: «Ya que no podemos cambiar la realidad, acordémonos de prohibirla».

¿Cuánto me queda? Consulto el reloj de mi paciencia ante su impaciencia, y me dispongo al vuelo de mi cronofagia. (Cronófago: el término de Goethe para los devoradores del tiempo ajeno). Acudo al inventor del lenguaje sin el cual los políticos renunciarían al habla, al clásico Mario Moreno: «Hay momentos en la vida que son verdaderamente momentáneos». Este es para mí uno de ellos, y el final se precipita sin que llegue el capítulo de la prospectiva, la renuncia al pesimismo categórico y el avizoramiento de los horizontes de plenitud que sólo viviremos, en la medida de la fe, en su arribo inevitable. Cuando la utopía nos alcance. No la distopía vislumbrada por el extraordinario artista y poeta peruano Jorge Eduardo Eielson en El cuerpo de Giulia-no («Un día los limeños se despertarán llorando y toda la ciudad desaparecerá en un mar de fango. La maravillosa fundación de Lima tendrá lugar sólo entonces»), sino la certidumbre de la racionalidad que no se espera al último minuto, aquello más allá de los gobiernos y las jerarquías, lo que sólo cobra sentido si viene de las decisiones y la inteligencia comunitarias.

Tempus fugit. A punto de hacer mutis mi intervención, le concedo su sitio a ese reconstituyente de la esperanza internacional, el movimiento altermundista cuyas expresiones más logradas son los movimientos de derechos humanos, del ambientalismo, de los derechos de las minorías, lo que confluye en la emergencia de la sociedad civil global que protestó contra la invasión de Iraq y condena al terrorismo de toda índole. La resistencia es, socialmente hablando, el término clave de principio de siglo. Y, al extinguirse mis palabras, percibo una vez más su acento esperanzado. Si aprecio a lo macho, mano (nota de color local para que se identifique mi nacionalidad) un reconocimiento, que por no ser ingrato no tacho de inmerecido, entonces razón de más para dar sitio no al pesimismo a mediano plazo, cuando todos estaremos muertos, sino al optimismo fundacional que enlaza países, continentes, resistencias. «En cada nicho hay un país —escribe el peruano Pablo Guevara—, y las nicherías están una frente a otra».

Muchísimas gracias.

Adaptación del discurso de Carlos Monsiváis en julio de 2005 tras su nombramiento como Doctor Honoris Causa de la Universidad de San Marcos.