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Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO


March 22, 2018

DOS SEÑORES EDUCADOS

Un ministro y un gobernador han peleado por rescatar el respeto social por los maestros del Perú. Hoy casi nadie reconoce en la calle al ministro de Educación Jaime Saavedra ni al ex gobernador de Moquegua Martín Vizcarra, dos funcionarios que trabajaron para vencer el estigma latinoamericano de que todo servidor público es tan inútil como ladrón.


¿Quién cruza la calle diez años después para abrazar a un ex ministro?


Una crónica de Jorge Turpo Rivas y retratos de Alonso Molina

La tarde antes de despedirse de su visita de inspección, el ministro de Educación le dijo al gobernador: «No estás haciendo nada extraordinario. Sólo estás haciendo lo que se debe hacer». Jaime Saavedra, ministro de Educación de Perú, había viajado a Moquegua, a unos mil cien kilómetros al sur de Lima, para entender cómo miles de niños de segundo año de primaria habían logrado los primeros puestos en un examen nacional de lectura y matemáticas. Era febrero de 2013, y el ingeniero Martín Vizcarra, entonces gobernador de esta región del Perú conocida por su producción de cobre y pisco, había conseguido en tres años en el poder que siete de cada diez niños entendiera lo que leía, y que cinco de cada diez alumnos resolviera bien problemas básicos de matemática. En promedio, en el resto del Perú, sólo cuatro de cada diez estudiantes de primaria entendían qué leían, y apenas tres de cada diez resolvían problemas de aritmética. Dos días antes, cuando el gobernador Vizcarra saludaba por primera vez al ministro, le había comentado con su voz grave de locutor radial: «No se vaya a decepcionar: no estamos haciendo nada extraordinario». A diferencia de otras autoridades, recuerda Vizcarra, el ministro de Educación no miraba su reloj, no dejaba de escuchar con calma a quien se le acercara y hasta se quedó dos días en Moquegua sin preocuparse por la hora en la que partiría su avión. En sus viajes, los ministros son profesionales de paso abreviado y urgente, que quieren enterarse todo en dos horas sin entender una experiencia. Durante esos dos días, Saavedra se portó como un hombre atento que quería aprender. Fue la primera vez que un ministro de Educación recorría esa región, más allá del deber, seducido por sus súbitos progresos en el aprendizaje de los niños.

Durante esos dos días en Moquegua, el ministro de Educación se mostró motivador y realista: «Quiero felicitarlos, pero esto todavía no es un éxito: es sólo una señal de esperanza». Crítico: «¿Por qué no nos hemos asegurado de que todas nuestras escuelas tengan el estándar mínimo para el aprendizaje?». Enfocado: «Tenemos que revalorizar el trabajo de los profesores». Hoy la profesión de maestro en el Perú se ha desvalorizado tanto que más de trescientos mil maestros de las escuelas públicas ganan un tercio del sueldo que sus colegas recibían casi cincuenta años atrás. Un maestro del Perú gana en promedio seiscientos dólares al mes; en Chile, el doble; en Brasil, el triple. Una aeromoza gana mil dólares y un albañil setecientos dólares. Saavedra dice que para el 2021 se debería llegar a duplicar los sueldos de los maestros.

Jaime Saavedra dejó la vicepresidencia del Banco Mundial para ser ministro. Martín Vizcarra dejó su empresa constructora para ser gobernador. Vizcarra es ingeniero civil; Saavedra economista. Las madres de ambos fueron profesoras de primaria. Ellas, coinciden los dos, les enseñaron a tener ambición de excelencia. La esposa de Vizcarra es directora de un colegio público de nivel inicial y la esposa de Saavedra enseña en la Universidad de la Escuela Superior de Administración y Negocios, ESAN. Vizcarra es más alto que Saavedra por una cabeza. Ambos usan anteojos de medida. Sin ser maestros de profesión, Vizcarra y Saavedra habían respirado en casa desde niños el drama de ser maestro en el Perú. Entre 2011 y 2014, el eslogan del gobierno de Vizcarra fue: En Moquegua, la educación es primero. El ministro Saavedra ha hecho pintar en lo más alto del edificio de doce pisos del Ministerio de Educación: Rumbo a la nota más alta. En lugar de entender el progreso de la educación invirtiendo sólo en construcción y tecnología, Vizcarra y Saavedra apostaron por recuperar el amor propio de profesores y directores de colegios.

En un video de homenaje por el Día del Maestro en el Perú, el ministro Saavedra busca medio siglo después a su maestra favorita de la escuela primaria donde él estudió. Días después de publicado el video en la cuenta de Facebook del Ministerio de Educación, su profesora Ana Chávez Villanueva, maestra jubilada de castellano, escribe allí en mayúsculas: «Cuando eras niño, ya se vislumbraba lo que eres ahora». Visto más de diez mil veces, debajo del video se mezclan unos trescientos comentarios entre el escepticismo, el agradecimiento, y el desencanto. «Los burócratas del ministerio y el gobierno piensan que el maestro peruano vive de las gracias», escribe Roger Panti Cahuana; «Los maestros de las zonas rurales no verán ese mensaje porque no tienen ni electricidad. Un saludo no soluciona su situación», se queja Mariela Condorena. «¿Y qué del saber que se logra con la experiencia y no con un título? ¿Por qué contradicen lo que muchos expertos en educación aseveran?»,  se interroga Jacqueline Mendoza. «Gracias, ministro, por reconocer nuestro papel. Yo también tuve una buena maestra, quien en primaria nunca me comparó, me escuchó, me hizo sentir único», dice Percy Salinas. «Buen ejemplo para la vida, gracias ministro por su trabajo inspirador», saluda Cecilia Obando. «Gracias ministro, la verdadera educación no sólo es hacer que la gente haga lo correcto, sino que disfrute haciéndolo», añade Yekeli Gámez. «Bonito mensaje, pero lástima que no lo demuestren con hechos. El aguinaldo que vamos a recibir en Fiestas Patrias es una ofensa», reclama Lourdes Monzoy. Como era de esperarse, siempre que un ministro saluda públicamente a los maestros, es más una oportunidad para exigir soluciones que para dar las gracias. No es usual que un ministro salude a los maestros narrando una historia personal, y que, en lugar de contarla desde el sillón de su oficina, fuera a filmar la escena al colegio donde estudió. Ese mismo día, desde el Ministerio de Educación, el ministro ordenó enviar mensajes de texto personalizados a los teléfonos móviles de ciento cincuenta mil maestros: «Soledad. Gracias por tu compromiso para lograr una educación de calidad. Feliz Día». Era un modo cortés de acercarse a miles, de medir el pulso de lo que estaba sucediendo en las escuelas

Dijo Freud que había tres profesiones imposibles: gobernar, educar y analizar. Entender qué hace el ministro de Educación de un país sería, en ese sentido una experiencia intransferible. La labor de profesor, ensayó George Steiner, abarca todos los matices imaginables, desde una vida rutinaria y desencantada hasta un elevado sentido de la vocación, desde el papel del pedagogo destructor de almas hasta el papel de maestro carismático, ser el policía bueno o ser el policía malo. Si preguntáramos qué es ser un buen maestro, tendríamos tantas respuestas como alumnos. ¿Qué hace conmovedor y memorable a un profesor? ¿A qué maestros recordamos años después de dejar de estudiar? Ken Bai, un investigador del Center for Teaching Excellence de la Universidad de Nueva York, cree que no es tanto lo que hacen los profesores —planear clases y tomar notas para lecciones magistrales—, sino lo que comprenden —la asignatura y el valor del aprendizaje. Es decir: saben cómo atraer y desafiar a los estudiantes y provocar en ellos respuestas apasionadas. Un buen maestro, dice Bain, se pregunta si sus estudiantes cambian su forma de pensar asistiendo a clase.

Vizcarra también había entendido que la Educación es un asunto muy personal. Cuando llegó al último año de su gobierno de Moquegua, había prometido no postular a la reelección y cumplió su palabra, pero aún tenía una deuda por resolver: una de sus escuelas siempre ocupaba el último lugar en las pruebas nacionales del año. Era el Colegio Modelo San Antonio, el mayor de Moquegua, con mil quinientos alumnos. Hasta el 2011 solo tres de cada diez estudiantes de este colegio podía resolver bien problemas elementales de matemática y entender los textos que leían. Desde que Vizcarra fue gobernador, destinó el treinta por ciento de su presupuesto total a la educación cuando el resto de gobernadores no invertía más del diez por ciento. Con esa cifra, que en dinero se traduce en unos diez millones de dólares al año, Vizcarra construyó aulas nuevas, contrató a maestros capacitados para supervisar las clases de los profesores, instaló computadoras y cañones multimedia para los trescientos colegios de Moquegua. El porcentaje que invirtió en Educación nació de una pregunta que se hacía como gobernador: ¿Cuánto es lo máximo que se puede dar a Educación sin descuidar la salud, la agricultura y las carreteras? Sacaron cuentas y resultó ese treinta por ciento. «Fue una decisión política, pero con base técnica», recuerda Vizcarra.

Sabiendo que, incluso con todo ese dinero, no sería suficiente, el gobernador se empeñó en ir convenciendo a persona por persona. Convenció a alcaldes como Abraham Cárdenas, del pueblo San Antonio, en la periferia de Moquegua, a comprometerse a mejorar sus colegios. La maestra Rosario Siles, subdirectora de primaria del colegio San Antonio, recordó que, durante una reunión con el gobernador, contagiada por su entusiasmo, una de las profesoras le prometió: «Este año llegaremos al primer lugar y usted será nuestro padrino». Vizcarra les tomó la palabra. El resto de maestras de ese colegio le reclamaron a su compañera por lanzar al gobernador un reto tan difícil sin consultarles. «Como ya lo había lanzado —dice Siles—, no podíamos echarnos para atrás». Trabajaron por las tardes dando más horas de clases a los niños, involucraron a los padres de familia a acompañarlos con las tareas, y el alcalde de San Antonio les compró los cuadernos de trabajo, pagó la papelería de los exámenes de ensayo previos a la gran prueba nacional, y contrató a un psicólogo para padres y niños. Cuando se supo el resultado, que ocho de cada diez niños de este colegio tuvieron éxito en las pruebas, Vizcarra festejó el progreso del colegio como si hubiera ganado una elección política y fue a abrazar a las maestras. El San Antonio acababa de ganar el primer lugar nacional en matemática, y el segundo lugar nacional en lectura. «Nos vamos a quedar con el primer puesto otra vez —dice la subdirectora de primaria—. Es cuestión de amor propio. Nadie nos paga más por esto». Se ha propuesto el reto de que el noventa por ciento de sus alumnos supere la próxima prueba nacional en lectura y matemáticas. Siles recuerda que Vizcarra les dijo que, cuando sobraban ganas, no era necesaria mucha ciencia ni traer a un genio para arreglar los problemas. Siles dice que no hay mayor alegría en la vida que ver a un niño aprendiendo a leer y escribir. «Son como el popcorn: uno empieza a reventar y luego otro, y otro, y así todos aprenden. Es una alegría inmensa». Vizcarra y sus maestros organizaron el contagio.

II

Una mañana de octubre de 2015, el ministro de Educación no iba a llegar a tiempo a una reunión y le pidió a su chofer que buscara el camino más corto al edificio del ministerio donde lo esperaban siete ex campeones de atletismo, karate, natación y vóley que lo iban a asesorar en cómo volver a formar deportistas escolares de alto rendimiento. Veinticinco años atrás, en 1990, durante el gobierno de Alberto Fujimori, el Ministerio de Educación del Perú había reducido a dos horas por semana el curso de Educación Física en los colegios. En 2014, el ministro decidió que se aumentara a cinco horas semanales y contrató a cuatro mil quinientos profesores de educación física. Esa mañana el ministro Jaime Saavedra tenía quince minutos para llegar a la reunión con los ex campeones. «Ponle turbo», le dijo a su chofer. Una motocicleta de la Policía de Tránsito iba por delante de ellos ayudando a abrirle paso al Toyota Lexus negro, el auto oficial del ministro. Se había retrasado la ceremonia donde había inaugurado un encuentro latinoamericano de Pedagogía Hospitalaria y Saavedra se impacientó porque estaba llegando tarde a esa cita. Tenían que recorrer unos doce kilómetros en diez minutos. De pronto, un taxi se cruzó delante del auto oficial sin atender la bocina en tono de sirena que el chofer del ministro tocaba para que le cediera el paso. El taxista, que sabía que un alto funcionario del gobierno viajaba en ese automóvil con escolta y vidrios polarizados, sacó su mano izquierda por la ventana y movió todos sus dedos en círculo haciéndole un gesto que en el Perú significa robar. El ministro, que en ese instante hablaba por teléfono en el asiento posterior, no se dio cuenta de la provocación del taxista.

Días después, en su oficina del Ministerio de Educación, me diría que para él había tres obstáculos que impedían cambiar la administración pública y el país: 1. Hemos perdido el convencimiento de que se pueden cambiar las cosas. 2. No tenemos ambición de excelencia: se hace lo que se puede. 3. Creemos que todos los funcionarios públicos son corruptos y ladrones. Este último prejuicio, cree él, es el más grave para su trabajo. Como se sospecha de que todos los empleados del gobierno se dedican a robar, se ha aumentado una variedad de candados al gasto público y a un funcionario se le advierte de que será denunciado si no cumple con las reglas. Saavedra explica la lógica consecuente: «Mientras menos haga, mejor, porque todo el Perú asume que yo soy ladrón y puedo terminar denunciado». Un ejemplo sencillo de la consecuencia de cuánto cuesta ejecutar una compra en el Ministerio de Educación se traduce, por ejemplo, en que los niños de las escuelas públicas no reciban sus cuadernos y libros en marzo, cuando se inicia el año escolar, sino hasta mayo o junio. «El funcionario público es ladrón hasta que demuestre lo contrario. Así no podemos avanzar», advierte el ministro

El gesto del taxista que cerró el paso al automóvil oficial del ministro es sólo una evidencia de que pensar lo peor de los funcionarios es un hábito diario y constante. Para actuar en el Ministerio de Educación, se necesita abogados, administradores, ingenieros, economistas, arquitectos, psicólogos, especialistas en software. Contratar profesionales de alto nivel resulta más que complicado cuando la creencia general es que allí trabajan ladrones. El ministro Saavedra convenció a más de cincuenta especialistas para que trabajasen con él. Hubo quienes lo criticaban diciendo que el Ministerio de Educación ha contratado a demasiados economistas. Él respondía que, por el contrario, aún le faltaban más expertos. Hasta hace unos años la mayoría de las jefaturas y direcciones del ministerio eran ocupadas por pedagogos y había, por ejemplo, numerosos colegios que se quedaban sin agua porque no se pagaban a tiempo los recibos del servicio. «¿Es eso un problema de pedagogía, de psicología o ciencias sociales? —se pregunta el ministro—. No, es un problema de gestión presupuestal, y lo debe ver un contador o un economista». Mónica Medina, jefa del gabinete de asesores del ministro, trabajaba en el Banco Central de Reserva cuando, Saavedra, su ex compañero en la carrera de Economía de la Universidad Católica del Perú, la llamó a su equipo. «Acepté —dice ella— porque conozco su afán por la excelencia». La economista Medina recuerda al estudiante universitario Jaime Saavedra como el primero de la clase, preguntando lo que al resto del aula no se le ocurría.

Esa costumbre de preguntar y preguntar la conserva hoy como ministro de Educación. Algunos de sus funcionarios se ven en aprietos cada vez que le explican un proyecto y él les pregunta por un solo detalle. Una mañana, cuando su equipo de asesores le expuso el proyecto para aumentar las horas de estudio en cincuenta colegios de secundaria, el ministro les preguntó qué había que hacer para que no fuesen cincuenta sino mil colegios beneficiados. Sus directores del Ministerio de Educación tuvieron que volver a ensayar todo el plan. El ministro Saavedra usa camisas celestes desde cuando trabajaba en el Banco Mundial, en Washington. Frente al edificio del Banco Mundial está el del Fondo Monetario Internacional, FMI, y sus empleados siempre lucían camisa blanca y traje azul. Saavedra dice que ése es el traje de los banqueros. Desde entonces, para diferenciarse, eligió el color celeste. «Tengo varias camisas del mismo color, varios trajes también del mismo color y zapatos del mismo color para no perder el tiempo pensando en escogerlos». Apenas se licenció de economista en la Universidad Católica del Perú, Saavedra trabajó en el Banco Central de Reserva del Perú, pero renunció antes de cumplir un año. No le gustó el trabajo de oficina y ahora en su hoja de vida no menciona su paso por ese banco. Prefiere recordar que fue director ejecutivo e investigador principal del Grupo de Análisis para el Desarrollo Económico, Grade. De esa época publicó una investigación titulada: La situación laboral de los maestros respecto de otros profesionales, implicancias para el diseño de políticas salariales y de incentivos. En ese trabajo cita a José Carlos Mariátegui, el gran pensador marxista de América Latina, nacido en Moquegua, igual que el gobernador Martín Vizcarra. Ya en 1925 Mariátegui sentenciaba: «El Estado condena a sus maestros a una perenne estrechez pecuniaria. Les niega casi completamente todo medio de elevación económica o cultural y les cierra toda perspectiva de acceso a una categoría superior». Noventa años después sus palabras siguen latiendo.

Noventa años después, el ministro Saavedra ha querido acabar esta injusticia. Ha sido el primero en evaluar a más de ciento cincuenta mil maestros que querían ascender. Por la nueva ley magisterial, sus aumentos de sueldos ya no se hacen de manera masiva y por tiempo de servicio, sino a través de una escala de méritos que va del uno al cinco. Desde su oficina, a través de cámaras de seguridad, el ministro verificó que las todas las cajas fuertes con los exámenes se abrieran al mismo tiempo. Por primera vez, por méritos propios, cincuenta y cinco mil maestros ascendieron de nivel, y hoy ganan un treinta por ciento más que su sueldo anterior. Por primera vez unos quince mil directores de colegios del Perú, también elegidos por una prueba nacional, tendrán la responsabilidad de elegir a los maestros con quienes quieren trabajar. «Por décadas esa ha sido la gran tragedia —dijo Saavedra—. Al director se le daba la responsabilidad de manejar una escuela, pero no tenía un mecanismo de decisión». Por primera vez, unos doscientos mil maestros rindieron una prueba para ganar veinte mil vacantes. Ganarás a tus alumnos con el sudor de tu frente. Enseñar es un arte dramático.

Jaime Saavedra juramentó en el Palacio de Gobierno el último día de octubre de 2013 y en la madrugada del día siguiente, uno de sus dos viceministros le informó que estaba dañado el software para un examen que seleccionaría a quince mil directores de colegios. A las siete de la mañana del viernes 1 de noviembre de 2013, festivo por el Día de Todos los Santos, el nuevo ministro se dirigió a la sala de reuniones del piso doce del Ministerio de Educación sin siquiera conocer su despacho. Más de quince personas, a las que tampoco aún conocía, le explicaron el problema. El examen tenía que darse al día siguiente pero no había forma de arreglar el software ni enviar materiales desde Lima al resto del país. La primera decisión del nuevo ministro fue suspender esta prueba. Llamó al presidente Ollanta Humala y se lo informó. Llamó al presidente de la Comisión de Educación del Congreso. Su primera aparición en televisión nacional como ministro fue para ofrecer disculpas a miles de maestros.

Tres semanas después, la portada de El Comercio titulaba: «La educación en el Perú retrocede al último lugar». Eran los resultados de la prueba PISA, Programme for International Student Assessment, en la que a sesenta y cinco países del mundo se les mide el razonamiento matemático, la comprensión de lectura y el conocimiento de ciencias de sus escolares de quince años. Perú quedó en último lugar de los sesenta y cinco países que habían solicitado someterse a esta prueba. «Para la prensa nacional —dice Saavedra—, éramos los últimos del mundo». Por esos días el ministro de Educación también se cruzó con un hombre a quien le habían pedido dibujar su percepción sobre la gente en el ministerio y había dibujado a una morsa mirando un reloj que marca las cinco de la tarde. El hombre acababa de entrar a trabajar allí. «Así no es la gente que trabaja en el ministerio, pero esa es la percepción», explicó el ministro.

Desde el primer día en el Ministerio de Educación, una de sus graves limitaciones fue la falta de dinero. En 2011 el presupuesto equivalía a 2.8 % del Producto Bruto Interno del Perú. En 2016, el gasto educativo llegará al 3.9 % del PBI, un récord en la historia del país. Es una inversión pobre si la comparamos con Colombia, México y Chile que invierten cerca del 5% en Educación. Argentina, Brasil y Uruguay están por encima de 6%. Cuando se encontraba con sus amigos del colegio, le decían que no debía haber aceptado ser ministro, que ese ministerio no tenía plata, que estaba muy politizado, que la educación pública es muy mala y que no había mucho por hacer. Jaime Saavedra tomó la decisión de aceptar el trabajo en memoria de sus padres. Renunció a su sueldo de vicepresidente del Banco Mundial que es tres veces superior al de un ministro en el Perú. Renunció a la estabilidad de su posición en el Banco Mundial por la incertidumbre de un ministerio donde podrían cesarlo en cualquier momento. Su madre María Esther Chanduví había sido exigente con él. «Me tomaba la lección y me decía: ‘Sí lo sabes, pero no está maduro’», recuerda, con esa lógica de que las cosas siempre se pueden hacer mejor.  Su padre fue un médico pediatra asimilado al Ejército. «Era generoso y muy preocupado por las necesidades de la gente», dice el ministro. «En su consultorio privado muchas veces no les cobraba a quienes no tenían para pagarle». El ejemplo le ayudaría a decidir apostar por los maestros.

Esa mañana de octubre de 2015, el ministro de Educación llegaría a su cita con los deportistas media hora más tarde. Mientras su automóvil negro avanzaba a no más de veinte kilómetros por hora, Saavedra hablaba con una de sus asesoras sobre qué hacer para que los directores de colegios pudiesen usar parte de su presupuesto anual de mantenimiento en mejorar sus jardines. «Aunque parezca una tontería, es mucho más agradable que los chicos vuelvan cada día a una escuela con jardines que a un terral». La burocracia interna exigía también cambiar una norma para que se pudiese sembrar pasto en las escuelas. Esa mañana, el ministro anotó la idea en su agenda. Subió muy apurado hasta el piso doce del ministerio de Educación, abrazó por su cumpleaños a Mónica Medina, la jefa de sus asesores, y, cuando llegó a la sala de reuniones, el ministro ofreció disculpas a sus deportistas invitados y les empezó a preguntar detalles sobre deporte de alta competencia, inversiones, normas que había que modificar y cómo ellos podían ayudarlo. Horas después partiría a la región La Libertad. El fenómeno de El Niño amenazaba destruir colegios. El ministro de Educación quería organizarse contra el arrebato de la naturaleza.

III

Una tarde de junio de 2015, el ingeniero Martín Vizcarra acompañó a su esposa hasta una escuela pública de niños de tres a cinco años que ella dirige en Moquegua. Maribel Díaz, maestra de Educación Inicial y directora de la escuela Sagrado Corazón de Jesús, necesitaba su opinión de ingeniero civil y socio de una compañía constructora, para decidir en qué gastar un presupuesto anual equivalente a seis mil dólares que el Ministerio de Educación destina para mejorar las aulas del colegio. Al año siguiente la directora de la escuela tendría una vacante para un profesor más y sabía que le faltaría un aula para él. Su esposo, el ex gobernador de Moquegua, llevaba los cordones de sus zapatos sin atar, pero estaba convencido de que ese colegio no necesitaba un aula más. En el Perú siete de cada diez colegios necesita urgentes trabajos de reparación, pero el ingeniero quería ayudar a su esposa a decidir cómo utilizar mejor su presupuesto. «Ese dinero sólo te alcanzará para pagar mis honorarios por la asesoría», le dijo a ella sonriendo. «Serás mi asesor ad honorem», respondió ella.

Vizcarra le sugirió que, en lugar de un maestro más, solicite contratar un vigilante o a personal de limpieza que le hacían falta, y que esos seis mil dólares los gastara en construir baños para los niños que estudiaban en las aulas del segundo piso de su escuela. Los directores de colegios públicos hacen las veces de gerentes, contadores y psicólogos cuando deben orientar a los padres de familia sobre el rendimiento académico de sus hijos. A pesar de esa carga, escuelas como la de Maribel Díaz han ganado prestigio porque los niños que allí estudian ingresan a las mejores escuelas públicas y privadas. Por eso cada año más padres forman largas colas para matricularlos pero no todos logran una vacante. La capacidad es para doscientos niños y, por la alta demanda, Maribel Díaz quería construir un aula más. Su asesor ad honoren se opuso. «No necesitas más alumnos: necesitas mejores ambientes para los que ya tienes», le dijo Vizcarra.

La maestra Díaz, su esposa, que había estudiado un año de Medicina en Tucumán antes de graduarse de maestra de Educación Inicial en el Pedagógico Mercedes Cabello, recuerda que al conocerle le había gustado su mirada segura y su voz grave como de Leonardo Favio. «Me gustaba que me leyera cualquier texto –dijo–. Alguna parte de una revista o hasta las noticias de los diarios». Tienen cuatro hijos juntos, tres mujeres y un hombre. El ex gobernador siempre habla de ellos, incluso cuando sus detractores querían ponerlo contra las cuerdas acusándole de no saber nada de Educación porque era un ingeniero. Cuando era gobernador, Vizcarra se lo tomaba con humor y respondía que su hija mayor estaba en la universidad, la otra en secundaria, una más en primaria y el último en inicial. «Tengo hijos en todos los niveles —decía—. Algo debo saber de educación ¿no creen?». El humor es la distancia más corta entre dos personas. Vizcarra sabía tender puentes con sus opositores.

Tras llegar con su esposa a su escuela, Vizcarra invitó a subir al segundo piso a un funcionario de la Dirección de Educación de Moquegua, y se detuvo en una de las escaleras para atarse los pasadores de sus zapatos. La directora de la escuela insistió en su idea de edificar una nueva aula, pero el funcionario le dio un argumento definitivo: por normas de construcción, todo local escolar, según la ley, debe tener como mínimo cuatro metros cuadrados de patio o área de recreo por niño. La escuela que dirige la esposa de Vizcarra tenía poco más de doscientos niños. «¿Cuántos metros tienes aquí? Apenas seiscientos. ¿Ya ves? –le dijo Vizcarra–. Estás saturada de alumnos. Ahí está tu argumento técnico». Era prioridad construir los baños que no tenían los niños del segundo piso.

Vizcarra estaba convencido de que si Moquegua no avanzaba en Educación no podía ser más competitiva. En un principio, el ingeniero pensaba que debía empezar gastando el dinero en comprar una computadora portátil para cada maestro, pero luego sintió que se equivocaba priorizando en tecnología. Había colegios que no tenían servicios de agua, desagüe y electricidad. Vizcarra recuerda que la pobreza es hereditaria y que la mejor manera de despojarse de ese legado es con más educación. El gobernador veía una relación directa entre más horas de clases y mejores resultados académicos de los alumnos. Los países que tienen más horas de clases están por encima del resto. En Japón el año escolar tiene 243 días, 220 en Corea del Sur, 216 en Israel, 200 en Holanda, 200 en Tailandia, 180 en Estados Unidos. Los países latinoamericanos no superan los 160 días. En Perú son 140. «Nos hemos acostumbrado —dice Vizcarra— a suspender las clases por cualquier cosa». El domingo en que el equipo de fútbol moqueguano San Simón ascendió al fútbol profesional le pidieron, como gobernador, que declarara feriado el lunes. Vizcarra se negó. Lo criticaron porque el gobernador anterior había declarado feriado cuando otro equipo, el Cobresol, clasificó a la liga profesional. Sin feriados injustificados, los estudiantes de Moquegua ganaron más horas de estudio.El siguiente acto de Vizcarra fue contratar a más supervisores para cuidar el nivel de conocimiento, amor propio y contagio de sus maestros. Para él, el programa de supervisión de profesores tenía una lógica parecida a la de las obras de construcción, donde hay un ingeniero residente, responsable de que el trabajo avance, y un ingeniero supervisor que guía, fiscaliza y verifica los retos de la obra. En el aula es lo mismo: un docente acompañante examina y orienta al maestro principal. Pero en Moquegua, como en el resto del país, el Ministerio de Educación no tiene dinero para contratar a maestros que acompañen a otros en todas las aulas. Necesitaban ciento veinte maestros y el ministerio solo contrató a algo más de cincuenta. Vizcarra pagó a los otros sesenta y seis que faltaban. Galo Vargas Cuadros, presidente de la Cámara de Comercio de Moquegua, dice de él: «Vizcarra, con más educación, ha mejorado la autoestima de los moqueguanos». El gobernador hizo que todos los alumnos de la región tuvieran una carpeta cómoda y bien pintada. Se propuso que cada verano, entre enero y marzo, se reparara todo el mobiliario dañado. No contrató carpinteros, sino a estudiantes de universidades e institutos superiores. Jóvenes chambeando en vacaciones, se llamó el programa. Se les enseñó el oficio y se les pagó un equivalente a trescientos dólares al mes. El segundo año hubo mil vacantes y postularon cinco mil jóvenes. Tuvieron que juntarlos a todos en el coliseo de la ciudad para sortear las vacantes. Vizcarra invitó al sindicato de profesores a ser parte de los cambios: les pidió nombrar representantes para los comités de compra de materiales y contratación de profesores, para decidir en qué colegios se debían hacer nuevas aulas o repararlas. Conversó con todos para apuntar a un mismo objetivo: mejorar el aprendizaje en las escuelas.

En sus once años de alumno, Martín Vizcarra ocupó el primer lugar en la Gran Unidad Escolar Simón Bolívar. Era presidente de aula y sus compañeros recuerdan su fino humor que lo alejaba de la figura de nerd. Pasaba varias horas jugando ajedrez hasta llegar a ser campeón regional juvenil. Ahora prefiere practicar Frontón, un juego con raquetas y una pared que exige más resistencia física que agilidad mental. Ingresó a la Universidad Nacional de Ingenierías, UNI, en Lima, en el puesto diecisiete entre miles de postulantes. Tras acabar su carrera, en tiempos del primer gobierno de Alan García, el joven ingeniero consiguió trabajo en Arequipa, una región vecina a Moquegua, gracias a su padre, un reconocido militante del APRA. Vizcarra tenía que supervisar la culminación del puente Collota a cerca de cuatro mil metros de altura. El puente debía haberse acabado en cuatro meses pero ya llevaba dos años. Vizcarra se dio cuenta de que en lugar de un especialista, necesitaban una persona honrada. Cuando llegó a Collota después de diez horas de viaje desde Arequipa, el ingeniero residente de la obra lo esperó con una gran fiesta con orquesta, comida, cerveza, bailarinas y todos los trabajadores disfrutando. Con esas fiestas el residente de obra conseguía que los supervisores le ampliaran el plazo y el presupuesto una y otra vez. Vizcarra puso orden y la obra se terminó en seis meses, sin ninguna prórroga más. Al interior de la dirigencia aprista se corrió la voz sobre lo que había hecho. Le propusieron que se quedara como jefe de la Microrregión La Unión, una provincia arequipeña. «Me gustó, era soltero y el pueblo era bonito». Vizcarra empezó a vivir a gusto en Cotahuasi, capital de La Unión. Gestionaba obras para el lugar y enseñaba matemáticas y construcción civil en el instituto del pueblo. Allí no había energía eléctrica y sólo entre las seis y nueve encendían un grupo electrógeno para alumbrarse. Una vez se quedó hasta tarde en la oficina con el dibujante de planos, la secretaria y un asistente. Afuera se estacionaron dos camionetas de donde bajaron cuatro hombres y se cubrieron sus rostros con pasamontañas. Tenían armas largas. Entraron y preguntaron quién era el jefe. Vizcarra se apuró a contestar: «Está en Arequipa». Le preguntaron por un ingeniero. «Tampoco hay ingenieros», respondió. Le preguntaron quién era él. «Soy el topógrafo», mintió. Les ordenaron que se tiraran al piso y descargaron sus armas destrozando la oficina. «Los vidrios cayeron sobre nosotros —recuerda—. No nos movimos del piso unos veinte minutos». Encendieron velas y vieron que todas las paredes tenían pintadas de Sendero Luminoso. Cotahuasi queda cerca de Ayacucho, la región donde Abimael Guzmán había iniciado su lucha armada. Vizcarra recién tenía dos meses en el cargo. Al día siguiente cogió sus cosas y nunca más volvió a Cotahuasi. Su lugar lo ocupó un vecino notable del pueblo apellidado Cateriano. «Era un señor –dice– que me hacía recordar mucho a mi padre». A los tres meses, cuando estaba en Moquegua, se enteró que lo habían asesinado.

IV

El ministro de Educación colecciona mapas antiguos. En su oficina del ministerio tiene los dos más valiosos de su colección. Los compró en Nueva York. Uno es de 1771 y en la leyenda se lee: South America–Bolivia and Perú with a part of Brazil. El otro, de 1844, es francés: Carte du Perou, dice en su descripción. De niño le gustaba ojear el Atlas Geográfico. «Me pasaba horas mirando mapas, reconociendo las fronteras y las capitales de los países –recuerda Saavedra–. Era como una obsesión». Hoy en sus dos teléfonos móviles tiene la aplicación Google Maps. Cada vez que viaja a una ciudad lo usa todo el tiempo para no perder la orientación. A sus asesores siempre les pide que le alisten los mapas de todos los lugares que visita. Así ocurrió cuando visitó Trujillo, una ciudad a algo más de quinientos kilómetros al norte de Lima, para inspeccionar los colegios que podían ser dañados por el fenómeno de El Niño. A media mañana, en el hall del hotel donde se hospedaba, antes de iniciar el recorrido, sus asesores extendieron dos grandes mapas de papel sobre una mesa para explicarle la ubicación de cada escuela. Vestido con su clásica camisa celeste y una Coca Cola Zero en la mano, el ministro Saavedra partió al colegio Rafael Larco en el centro poblado Chiclín, a cuarenta minutos del centro de Trujillo. El fenómeno de El Niño produce sequía en la sierra y abundante lluvia en la costa, por eso el temor de los maestros de los colegios de Trujillo es que los ríos se desborden e inunden sus aulas. Saavedra llegó hasta Chiclín sin previo aviso. «Es mejor así —dijo—. Observas los colegios en su situación real. Cuando les avisas, preparan ceremonias, fiestas y maquillan todo». En el aula de segundo grado de primaria de la profesora Genoveva Monzón, el ministro preguntó a los niños qué habían aprendido esa mañana.

—A sumar —le respondieron. —¿Cuánto es ocho más ocho? —Dieciséis —gritaron. —¿Y treinta y cinco más treinta y cinco? Hubo silencio en el aula. Segundos después una niña respondió. —Setenta. —Muy bien ¿y saben qué es el fenómeno de El Niño? —preguntó. —Sí, llueve mucho y se sale el río —le contestó un niño. —¿Y qué debemos hacer? —Poner sacos rellenos de arena en las puertas para que no entre el agua —dijo otro. —Muy bien, ¿y qué van a ser cuando sean grandes? —Policía, para atrapar a los rateros. —Chef. —Doctor. —Profesora.

En los otros cinco colegios que el ministro Saavedra visitó hasta las seis de la tarde en los pueblos de Paiján, La Esperanza y El Porvenir, los problemas se repetían: estaban ubicados en zonas de alto riesgo, con aulas viejas y techos en peligro de colapsar. Como única posibilidad de prevención, debían subir las carpetas, equipos, libros, registros y muebles al segundo piso por si se inundara el local. Para que los alumnos no se expusieran al peligro que podía ocasionar El Niño, adelantaron el cierre del año escolar. Los viajes son para Saavedra un modo de trazar su cartografía de problemas por resolver.

Cuando era gerente de Reducción de Pobreza y Género en el Banco Mundial, Jaime Saavedra viajaba unas quince veces al año por todo el mundo. «Tenías que trabajar con tu pasaporte en el bolsillo». En cualquier momento, partía. Cada salida duraba entre cinco y quince días. Ahora, como ministro de Educación, viaja al interior del Perú. En sus dos años como ministro, sólo ha viajado tres veces al extranjero. «No tengo idea dónde está mi pasaporte», dice sin nostalgias. Saavedra pasó diez años en el Banco Mundial en Washington, entre 2003 y 2013. Primero como gerente y su último año y medio de vicepresidente. Su trabajo original consistía en dar asistencia técnica a toda clase de países. Por ejemplo, ayudó en México a que se hiciera el programa Oportunidad, muy similar al programa Juntos en Perú, que otorga un bono de dinero en efectivo a las familias pobres. Saavedra lideraba un equipo de sesenta personas en toda América Latina. Supervisaba los préstamos que hacía el Banco Mundial para aliviar la pobreza. Una vez que le dieron la vicepresidencia de Reducción de la Pobreza, su vida cambió. Jim Yong Kim, el nuevo presidente del Banco Mundial, le encargó ser parte del equipo que buscaría definir la misión del banco para el futuro. El Banco Mundial ya no debía hacer simplemente lo que los gobiernos le pedían, es decir, financiar proyectos que muchas veces no tenían impacto en la reducción de la pobreza y la desigualdad. En medio de discusiones interminables, Jaime Saavedra ayudó a definir las dos nuevas misiones del Banco Mundial: 1. La eliminación del hambre: llegar al 3% a nivel mundial para el 2030; hoy llegan al 12.7%. 2. La prosperidad compartida: para medir el progreso de un país, el Banco Mundial ya no mirará solo el crecimiento de los ingresos o el Producto Bruto Interno: basará su análisis en el crecimiento de los ingresos del cuarenta por ciento de los habitantes más pobres de un país. Ese es hoy su indicador.

En octubre de 2013, Jaime Saavedra aceptó ser ministro de Educación. Saltó de la burocracia de una institución mundial a la burocracia estatal de su país. «Hay burocracia en todos lados. La diferencia –dice el ministro– es que en el Banco Mundial no se parte de la premisa de que el funcionario es un ladrón. Aquí sí». De esa gran experiencia que duró diez años de su vida, trasladó al Ministerio de Educación un estilo de trabajo por metas y objetivos. Saavedra vino convencido de que la educación es la única manera de cambiar el destino de un país. «Decirlo suena a lugar común, pero es verdad. Sin educación pública gratuita de buena calidad y sin maestros revalorados socialmente, no hay progreso», insiste. Durante el gobierno de Humala, el Perú ha duplicado el gasto por alumno de seiscientos a mil doscientos dólares. Aún es muy pobre comparado con los dos mil ochocientos dólares de Chile o los más de ocho mil dólares que invierten los países del Primer Mundo. «Estamos años luz de lo que deberíamos tener», admite. Al final de su visita a los colegios de Trujillo, el ministro de Educación se retiró muy frustrado. «Sé que esos niños no podrán tener mejores aulas este ni el próximo año», dijo. Sabe que tener todas las aulas del país cómodas y equipadas exigiría invertir unos veinte mil millones de dólares, una cifra cercana a un diez por ciento del Producto Bruto Interno del Perú. Una cantidad con la que se podrían construir treinta aeropuertos como el que se hará en Chinchero-Cusco, hacer veinte carreteras Interoceánicas o remodelar cuarenta estadios como el Maracaná de Río de Janeiro.

V

Durante su gobierno de Moquegua, el ingeniero Vizcarra fue un gran negociador. Mientras en regiones como Cajamarca se cancelaba el proyecto Conga y en Arequipa se abortaba el proyecto Tía María, por oposición de sus autoridades y habitantes, en Moquegua el gobernador Vizcarra concedió que Anglo American explotara el cobre de sus tierras a cambio de mil millones de soles, unos trescientos veinte millones de dólares para obras. La negociación duró un año de enfrentamientos y conciliaciones. Vizcarra quiso hacer lo mismo con Southern Perú, y el presidente ejecutivo de la minera dijo que no tenía nada que conversar porque la empresa pagaba sus impuestos y cumplía todas sus obligaciones. Entonces el gobernador convocó a una protesta. «Yo no busco resultados en base a la confrontación, sino en base al diálogo —dijo—. Pero hay momentos en que debemos ponernos fuertes». Lo que buscaba era que Southern, luego de operar cincuenta años en Moquegua y haber causado irreparables daños ambientales con sus relaves, como mínimo, contribuyera a la educación de esta región. Días antes de la protesta, Southern reaccionó ofreciendo financiar un proyecto educativo invirtiendo unos dos millones y medio de dólares. Vizcarra no aceptó. Les dijo a los funcionarios de la minera que estaba elaborando su propio proyecto educativo y que costaría una cifra equivalente a unos treinta y seis millones de dólares. «Ni hablar, es mucho, quizás podamos apoyar una parte», recuerda que le respondió el presidente ejecutivo de la mina de cobre. Como no llegaron a un acuerdo, el gobernador llamó a la gente a las calles. «Fue una marcha para motivar un poco a Southern», dijo irónico. El 1 de setiembre de 2011, cerca de diez mil personas protestaron en las calles de Moquegua. Edmer Trujillo, ex gerente general de la gestión de Vizcarra, marchó en primera fila. «Fue la primera vez en mi vida que participé de una protesta —dijo—. Y era justa». Southern sintió el golpe. La marcha ocupó titulares hasta en el extranjero. Aceptaron financiar todo el proyecto. Con ese dinero de la compañía minera, todas las escuelas públicas de Moquegua tendrían Internet, estarían interconectadas entre sí, las aulas tendrían pizarras táctiles, y los maestros, por fin, una laptop y serían capacitados en el uso de la tecnología.

La plataforma informática la haría IBM y el software la Universidad Católica de Santa María de Arequipa. Cuando Vizcarra se enteró de que esta universidad cobraría unos siete millones de dólares por hacer el software, viajó a Arequipa a hablar con el rector. «Nunca has hecho un contrato tan millonario y lo conseguiste gracias a Moquegua. ¿Cuántas becas me puedes dar para que mis maestros hagan una maestría aquí?», recuerda Vizcarra que le preguntó. El rector le ofreció cien becas completas. Vizcarra le pidió mil. Llegaron a un punto intermedio: seiscientas becas. «Eso no es parte del acuerdo con la Southern —dice—. Es un plus que conseguimos». Se convocó a un concurso entre los tres mil profesores de Moquegua y eligieron a los seiscientos becarios.

A Vizcarra lo acusan con frecuencia de ser un aprista encubierto. Es un estigma que carga por César Vizcarra Vargas, su padre, un militante del APRA, ex alcalde de Moquegua y miembro de la Asamblea Constituyente que presidió Haya de la Torre. De niño llegaban a su casa Haya de la Torre, Ramiro Prialé, Luis Alberto Sánchez y un jovencísimo Alan García. En 2006, el ingeniero Vizcarra postuló por el Apra en las elecciones regionales, no como militante sino como invitado. Nunca se inscribió en el partido. Perdió por cuatrocientos votos. En 2010, cuando postuló como independiente, Vizcarra ganó de largo. Su padre, el alcalde de Moquegua, había ideado el Proyecto Pasto Grande, una represa de doscientos millones de metros cúbicos de agua, con un túnel de derivación y canales para irrigar quince mil hectáreas de cultivo. El hijo fue el ingeniero jefe del proyecto. «Yo quise tanto este proyecto —había declarado el alcalde— que tuve que hacer un hijo para que lo construya». César Vizcarra Vargas no pudo ser testigo de la carrera política de su hijo. Hoy tres colegios en Moquegua llevan su nombre. Cuando acabó su trabajo en Pasto Grande, el ingeniero creó con su hermano mayor la empresa constructora C&M Vizcarra. Su hermano puso treinta mil dólares, y él veinte mil que le había prestado su padre. Con ese dinero compraron las dos primeras máquinas para la empresa. «Una mezcladora y una vibradora para el concreto –recuerda–. Unas máquinas de segunda mano que compré en Arequipa». Ahora los bienes de la empresa, según él, valen cerca de tres millones de dólares. Él diseña los proyectos y presupuesta las obras. Su hermano es el que cobra.

VI

En 2014, el ministro de Educación le concedió al gobernador de Moquegua las Palmas Magisteriales en el grado de Amauta. Es la máxima condecoración que cada año reconoce una gran contribución de servicio a la educación del Perú. Es un honor a una trayectoria, y el ingeniero Vizcarra fue el más joven de los condecorados. Cuando terminó la ceremonia, se fue a la clínica donde estaba internada su madre, entró a la habitación, la abrazó y le colocó la medalla. «Ella fue maestra toda la vida —dijo Vizcarra—. Ese reconocimiento fue inmerecido para mí». Su madre quiso ver la ceremonia por televisión, pero el canal del Estado no la transmitió. La hija mayor de Vizcarra, futura ingeniera civil, grabó la ceremonia en su teléfono celular y después se la mostraría a su abuela. Allí escuchó decir al ministro Saavedra en su discurso: «Gracias a los maestros por ese esfuerzo que nadie filma, que nadie le toma fotos, que nadie ve, pero que puede marcar la vida de un alumno». Dos meses después de aquella ceremonia, Doris Cornejo, maestra de primaria por más de treinta años, moriría en Moquegua. Hoy a Jaime Saavedra le queda medio año de ministro y aún no sabe qué hará después. Martín Vizcarra ha vuelto a su constructora, pero lo siguen invitando a dar conferencias en todo el país para que comparta lo hecho en Moquegua. En América Latina, los políticos carecen de mística y ambición para hacer historia, y los ciudadanos nos empeñamos en recordar a los corruptos. Quién sabe si a estos dos señores bien educados, en unos diez años, alguien cruzará la calle para estrecharles la mano.