Advertisement

Etiqueta Negra

SOY EL MÁS GRANDE,
SOY EL MÁS HERMOSO

Dímelo delante de ella

¿Puede un emoticon reconciliar
un matrimonio de escritores?

Una pelea por chat en diez capítulos de Gabriela Wiener y Jaime Rodríguez Z.
Ilustraciones de Sheila Alvarado

Dímelo

ELLA: Dímelo delante de ella.

ÉL: Hola, somos el dúo Pimpinela, y vamos a cantarles unas canciones.
ELLA: Bueno, en realidad somos una pareja y nos peleamos de verdad.
ÉL: Soy Jaime Rodríguez y voy a leerles mis poemas.
ELLA: Soy Gabriela Wiener y voy revelar detalles de mi vida sexual. 
ÉL: No somos actores. Yo dirijo una revista literaria.
ELLA: Yo trabajo en una revista que regala pelis porno.
ÉL: Hace poco nos dimos cuenta de que en los chats se discute toda nuestra vida doméstica: desde las compras en el Carrefour, hasta los versos de los poemas que escribimos.
ELLA: Chatear no es escribir poesía. Pero en algunas de estas conversaciones hemos volcado nuestras angustias más íntimas, nuestras más bajas pasiones, nuestra maledicencia.
ÉL: Y por eso, lector culto y sensible, hemos querido regalarte una pequeña muestra de los chats que Gmail tiene a bien guardar en sus 7518 magabytes de memoria (y subiendo).
ELLA: Porque nuestra vida es lo que ocurre entre chat y chat.
ÉL: O sea que vivimos muy poco.
ELLA: Esto no va de literatura, va de amor.
ÉL: Esto es definitivamente un acto de amor.

Capítulo II

ELLA: Cuando hace diez años nos mudamos juntos, yo escribí un poema sobre el tedio doméstico. En esa época leía mucho a Sylvia Plath. Siempre insulto a Jaime en mis poemas. Él, en tanto, no dejaba de mirar otras cosas, cosas que no eran yo.
ÉL: Hace un par de años, Gabi publicó su primer libro y pasábamos horas en el chat hablando siempre de lo mismo.

Gabriela:  :( Hola.
Jaime: Hola :D ¿Qué pasa?
Gabriela: Nada, que esta sí es la primera crítica destructiva sobre mi libro.
Jaime: ¡Ah, el Lector Malherido, pero esto no es una crítica!
Gabriela: Ha herido mi ego horriblemente.
Jaime: Ese blog es famoso por destruir a todo el mundo: Chabon, Faulkner, Foster Wallace…
Gabriela: Ha escrito las peores cosas que se pueden escribir de mí. Las peores.
Jaime: ¡Pero si no dice nada del libro!.
Gabriela: ¿Ese blog es famoso?
Jaime: Bueno, famoso no, pero se le conoce. Tranquila, solo habla huevadas que se supone son graciosas, que quiere porno duro, ese tipo de estupideces.
Gabriela: Pero más abajo dice que Cristina Rivera Garza escribe bien.
Jaime: Cristina Rivera Garza escribe bien pues, ¿y?
Gabriela: Quiere decir que no es sólo un payaso, también tiene buen gusto literario. Dice que lo mejor de mi libro es el prólogo de Javier Calvo y una frase de Nacho Vidal. ¡Que Nacho Vidal escribe mejor que yo! Que me creo dura pero que soy ligth. Que mis dedicatorias y agradecimientos son vomitivos. Y que comparada con Houellebecq soy un condón Durex.
Jaime: Jajajajaja. Ríete, que es un chiste.
Gabriela: Mmmmm. No puedo. Estoy deshecha. Voy al Correo. Por cierto, Lena acaba de decir “vamos a Perú, mamá, vamos a casa”. Tiene razón. Cada vez que me tratan mal me quiero ir.

Capítulo III

ÉL: Cuando llegamos a España nos encontramos cosas raras, cosas como el jamón ibérico o los catalanes.
ELLA: Las labores domésticas, los pisos compartidos.
ÉL: Una vez nos mudamos a una vieja casa en Guinardó. Un barrio horrible.
ELLA: Nos mudamos inmediatamente después de que saliera su última inquilina: una viejita. Encontramos la cama tibia, las pantuflas una al lado de la otra, el café recién pasado.
ÉL: Siempre hemos pensado en el poder simbólico de eso. Ocupamos un lugar que no era nuestro. Gabi escribió sobre esto en su segundo libro:
«Uno de esos enormes cuadros de cacería, de tela afelpada, con tigres saltando sobre un fondo rojo y marcos dorados, presidía el salón. Una alfombra persa se esparcía de extremo a extremo. Del techo colgaba una lámpara clásica totalmente desmesurada. El aparador de estilo «feísta», también iba de pared a pared. La habitación matrimonial estaba intacta con la cama señorial, otra lámpara catastrófica y un armario de cuatro cuerpos que ocupaba media habitación. Ningún mueble era una valiosa antigüedad, solo eran feos, sólidos y para toda la vida. La casa-museo se completaba con la colección de cientos de postales llegadas de toda España a la señora Pilar y familia. Habían vivido desde 1953 en esa casa, siempre de alquiler. Los hijos se habían ido, el señor había muerto y la señora se había quedado sola. Con el tiempo empezó a caerse y a romperse los huesos, pasaba más tiempo en el hospital que en la casa y los hijos decidieron un día que era mejor que viviera en un asilo. En la casa también encontramos un álbum de fotos, casetes con oraciones de Testigos de Jehová, diez Biblias, una profusa biblioteca que no había sido renovada desde 1975, una colección de botones, y toda clase de cosas que deja la gente cuando se va».

ÉL: Y yo escribí esto:
«Cuando llegamos ella era ya un vacío sólido. Feísmo.
Escenas de caza en las paredes.
Un comercio frustrado de postales.
Cientos de cumpleaños.
Testigos de Jehová sonriendo en National Geographic.
Calor en las ventanas.
El tiempo revierte la energía.
las convierte en un montón de imágenes deshidratadas y un poco de oscuridad.
El horror.
¿Hablaremos ahora de comida?
¿De cosas que celebren nuestra pequeña abundancia?
Terribles insólitas especias que dejó también para nosotros».

ELLA: A veces usamos las mismas palabras.
ÉL: A veces usamos a las mismas personas.
ELLA: Hemos trabajado juntos en dos periódicos, una página web, tres revistas. Odiamos trabajar juntos.
ÉL: Nos conocimos trabajando en el mismo sitio. El diario El Sol, madriguera de fujimoristas solapas y periodistas con talento desperdiciado. Yo era fotógrafo y tú la practicante de Culturales. La primera vez salimos a entrevistar a Pablo Guevara.
ELLA: No me querías nadita.
ÉL: Tú tenías un novio.
ELLA: Y tú tenías la foto de tu ex en tu habitación. ¡Y hacía dos años que habían terminado! Después de hacer el amor te despedías de mí con beso en el cachete. Patético.
ÉL: Hasta que te vi con ese vestido azul, de abuela, comiendo una manzana.
ELLA: Ya no te parecí tan puta y me confesaste que habías estado cantando, caminando por la avenida, esa cursi canción de uno de los grupos más detestables de la historia del rock peruano, si eso existe, Río, “Todo estaba bien pero llegaste tú”.

Capítulo IV

ÉL: El año pasado fui a Madrid a entrevistar a Mario Vargas Llosa. Hice un artículo con la firme intención de cuestionar su figura totémica, desfasada, conservadora. Dos días después de que saliera publicado le dieron el Nobel.

Jaime: Es el fin de mi carrera, esto solo me pasa a mí.  ¡Acaban de darle el Nobel a Vargas Llosa!
Gabriela: Pero si tu artículo está genial. ¡Y lo tienes en portada antes que nadie!
Jaime: Dios, quedaré como el idiota que se bajó al Nobel una semana antes. Mierda.
Gabriela: Noooo, es maravilloso. ¡Lo comprará todo el mundo! O sea, tu jefe ya puede estar contento. Mira lo que dice Antonio J. Rodríguez en el Facebook: «Para una vez que Jaime Rodríguez escribe en su propia revista, con una crónica cojonuda además, encima le dan el Nobel. Esta revista empieza a tener un historial negro muy importante».
Jaime: Estoy arruinado.
Gabriela: No te lo bajas.
Jaime: ¡Ya sé que no me lo bajo! ¿Cómo me voy a bajar a Vargas Llosa? Pero lo cuestiono, me pongo condescendiente, hasta le regalé un cómic.
Gabriela: Nadie piensa que te lo bajas, es un regalo del destino, no lo dudes. Hoy es un buen día.
Jaime: Dios, buen momento para el parricidio.