Etiqueta Negra

Una revista para distraídos


August 30, 2015

Una inmersión en la mente del Dr. Sacks

[Un profesor de música confunde a su mujer con un sombrero. Un masajista ciego recupera la visión y siente que es una maldición haberla recobrado. Una veterinaria autista instala un negocio de diseño humanizado de mataderos de animales. Un cirujano detiene sus incontrolables tics sólo cuando pilotea su aeroplano. Y un médico trabaja en este planeta de pacientes vistos como marcianos: su nombre es Oliver Sacks, escribe libros de historias clínicas tan intrigantes como las novelas de detectives, y es adicto a las piscinas, Star Trek y los helechos. Pero, sobre todo, ha revolucionado la comprensión que la medicina moderna tenía del cerebro].

Una historia normal de Steve Silberman

Traducción de Flavia López de Romaña

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En los últimos tiempos, Oliver Sacks ha cambiado su visión analítica hacia el interior de su propio ser, después de estudiar durante cuatro décadas las mentes de personas con desórdenes mentales como el autismo, el síndrome de Tourette, la pérdida de propiocepción y el repentino ataque de ceguera del color. Sus historias sobre las fronteras de la mente, traducidas a veintiún idiomas, le han valido una lectoría en todo el mundo. Sacks ha recibido el Premio Lewis Thomas, otorgado por la Universidad Rockefeller a científicos que han conseguido logros significativos en el campo de la literatura, y sus agudas observaciones han sido acogidas por un espectro más amplio de medios de comunicación y artísticos que los que haya alcanzado cualquier otro escritor médico contemporáneo. Su libro Despertares sirvió de inspiración para una obra teatral de Harold Pinter y para la película de 1990 en la que actuaron Robin Williams y Robert De Niro. Un capítulo de su libro Un antropólogo en Marte también recibió en el 2000 la atención de Hollywood y se convirtió en la película A primera vista. Su primer best-seller, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, se ha convertido en una obra de un solo acto, una ópera y una producción de teatro en francés interpretada por Peter Brook. Y es fácil entender por qué los directores de cine se arrebatan los derechos para escenificar las historias de sus pacientes. Al visitar la casa de un profesor de música afectado por una enfermedad mental, Oliver Sacks sacó de su bolso la partitura de Schumann, Dichterliebe, tomó asiento frente al piano mientras su paciente cantaba, y descubrió así que la desordenada mente del profesor se hacía fluida y coherente mientras duraba la música. En la era de consultas médicas de dos minutos, ese tipo de historias tienen un obvio encanto humano. Menos obvio resulta, sin embargo, la manera en que los métodos de Sacks a las corrientes que tienen cien años de prácticas médicas. Al contar las historias de sus pacientes, Sacks transformó el género de los informes de casos clínicos dándoles un giro de adentro hacia afuera. La meta de las historias de casos tradicionales era arribar a un diagnóstico. Para Sacks, el diagnóstico casi no viene al caso y es, más bien, una suerte de preámbulo o un pensamiento tardío. Ya que muchos de los casos presentados por él son incurables, la fuerza que mueve sus relatos no es la carrera en busca de un remedio, sino la lucha de cada paciente por conservar su identidad en un mundo cambiado por sus desórdenes.

En las historias de casos clínicos de Sacks, el héroe no es el médico, ni siquiera la medicina propiamente dicha. Sus héroes son los pacientes que aprendieron a sacar ventaja de alguna capacidad innata para poder crecer y adaptarse dentro del caos de sus caóticas mentes: la persona con el síndrome de Tourette que se convirtió en cirujano, el pintor que perdió la visión del color pero encontró una identidad estética más fuerte incluso trabajando en blanco y negro. Con el dominio de nuevas habilidades, estos pacientes se hicieron más completos todavía, individuos que se volvieron más poderosos que cuando estaban «bien».

Al devolverle a la narrativa un lugar central en las prácticas médicas, Sacks ha logrado que su profesión vuelva de nuevo a sus raíces: antes que la ciencia de la medicina se considerara a sí misma una ciencia, la médula del arte de la curación era el intercambio de historias. El paciente relataba al doctor una confusa odisea de síntomas, que el médico interpretaba y reconstruía convirtiendo el relato en pautas para un tratamiento determinado. La compilación detallada de historias de casos clínicos ha sido considerada como herramienta indispensable para los médicos desde las épocas de Hipócrates. Cayó en desuso en el siglo XX, y las pruebas de laboratorio reemplazaron a la observación, que requería demasiado tiempo, de modo que las evidencia «anecdóticas» fueron descartadas por una información más generalizada, y las visitas a las casa de los pacientes cobraron una pintoresca obsolescencia.

Nuestra concepción del cerebro ha seguido un curso paralelo hacia los modelos mecanicistas de la enfermedad y la curación. Desde que en el siglo XIX se descubriera que las lesiones del hemisferio izquierdo de la corteza cerebral causaban deficiencias características en el habla, el cerebro ha sido concebido como una compleja máquina construida de partes especializadas y precisas. Mientras la mente –el fantasma dentro de esta máquina- era un valioso objeto de estudio para filósofos y psicoterapeutas, el trabajo particular de los neurólogos consistía en trazar una suerte de mapa de los circuitos que mantenían el aparato en funcionamiento y en imaginar qué partes deberían ser reparadas si el sistema colapsaba.

Hasta la década pasada, la opinión prevaleciente entre los neurólogos no había evolucionado mucho más allá de la antigua idea de que las huellas de la experiencia quedan fijadas como imágenes precisas en la corteza, de la misma manera en que un sello dejaría su impresión sobre la cera blanda, tal como había descrito Platón. En años reciente, sin embargo, los avances en la ciencia cognoscitiva sugieren que los recuerdos aparecen al mismo tiempo en múltiples áreas de la corteza, como una red de historias ricamente interconectada más que como archivo de expedientes estáticos. Estos relatos subliminales moldean la percepción de manera real y están afectados a la retranscripción, de la misma forma en la que una vez el cerebro de Sacks modificó el recuerdo de una dramática carta que la había escrito su hermano convirtiéndolo en la imagen de una bomba que creía haber visto él de niño.

En sus libros, Sacks ya había anticipado estas modificaciones que ocurren en la mente, y que de ser decodificador pasivo y fantasmal del estímulo pasan a convertirse en un participante interactivo, adaptable y permanente innovador en la creación de nuestro mundo. Ahora Sacks ha volcado sus instrumentos de curación sobre su propia persona. Tanto en Uncle Tungsten: Memories of a Chemical Boyhood, como en su último libro, Oaxaca Journal (el recuerdo de una expedición para encontrar helechos en México), la psiquis que examina es la suya.

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La naturaleza dinámica de la memoria es uno de los temas que ocupaban la mente de Sacks cuando regresó a Inglaterra para realizar una gira de presentación de su libro durante el otoño pasado, poco después de la publicación de Uncle Tungsten, su tributo a un método de investigación científica amateur que ahora es casi inconcebible en un mundo obsesionado por minimizar los riesgos. Después de la guerra, cualquier adolescente algo nerd, que jugueteaba con proyectos científicos, podía entrar en la tienda de un químico y salir con un abastecimiento de ácido fluorhídrico. Estos lugares han desaparecido del vecindario de Mapesbury Road, ahora atestado de altos e insulsos edificios. La casa donde nació Sacks, ocupada por su familia hasta la muerte de su padre en 1990, fue vendida a la Asociación Británica de Psicoterapeutas. La cama de su dormitorio ha sido reemplazada por el diván de un psicoanalista.

Cuando Sacks aceptó llevarme con él en su expedición hacia lo que Henry James llamó su «pasado invisitable», le pregunté qué es lo que más deseaba ver de nuevo en Londres.

-Algo que sé que no estará ahí –respondió-. La gran tabla periódica de los elementos del Museo de Ciencias todavía se alza como un templo de la heroica tradición de la química durante el siglo XIX, cuando jóvenes científicos como Humphry Davy podían soñar con aislar nuevos elementos (al final descubrió seis) y planificar experimentos para refutar teorías que habían reinado durante siglos. Cuando el museo fue reabierto en 1945, Sacks, que en ese entonces tenía doce años, solía hacer apasionantes peregrinajes a través de las salas destinadas a la química donde se mostraban pomos, balanzas y retortas que habían sido usados por Davy, Joseph Priestley y otros integrantes del panteón. El gabinete de química de Michael Faraday se exhibía junto a mecheros elaborados por el propio Robert Bunsen. Pero fue la visión de la tabla periódica de los elementos que se mostró antes Sacks como toda una revelación.

La rejilla periódica apareció por primera vez en los sueños del químico ruso Dmitri Mendeleev en 1869. Antes de quedarse dormido sobre su escritorio, el químico de blanca barba había jugado varias rondas de solitario y su esquema del ordenamiento podría haber sido influido por el arreglo de los palos de la baraja en el juego. La tabla de South Kensington no era común, porque no sólo contenía el peso atómico, número y símbolo de cada elemento, sino muestras de los propios elementos en frascos sellados, que fueron legadas al museo por uno de los herederos de Napoleón.

Para el joven químico que se convertiría más tarde en neurólogo, esta extraordinaria exhibición era la confirmación irrefutable de que existía un orden bajo el aparente caos del universo y de que la mente humana había demostrado tener la agudeza suficiente como para percibirlo. Ahora Sacks tiene una docena de camisetas con la tabla periódica impresa en ellos, además de jarros de café, bolsas y pads para los mouse con la misma impresión. Para estimular sus recuerdos mientras escribía Uncle Tungsten, Sacks atiborró las habitaciones de su casa de Nueva York con otros activadores mnemotécnicos, incluso tubos de rayos X, pedazos de ámbar, lámparas con rayos ultravioleta y un generador de corriente estática. Su inalterable asistente personal y editora Kate Edgar, puso el límite cuando aparecieron los minerales radioactivos: ella temía por la seguridad de su hijo de nueve años y la inquietaba que un pedazo de pecblenda pudiera quemar el piano y dejarle un hueco.

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La mañana en que visitamos el museo de ciencias, Sacks se trepó al taxi llevando consigo lo que parecía ser una laptop de un gris lustroso, algo un poco inusitado ya que Sacks continúa escribiendo sus libros a mano o en máquina de escribir. «Es mi cojín», me explicó. Y añadió con nostalgia: «Es mi compañero». El día anterior su compañero se había marchado en un taxi sin él, pero, por fortuna, el conductor lo devolvió al hotel donde nos hospedábamos. Con todo, Sacks no tiene siempre la misma suerte. «Tengo un gran don para perder cosas», admite.

La propensión de Sacks por botar cheques de manera accidental ha hecho que le prohíban abrir su propia correspondencia en la oficina. Calcula que ha perdido y destruido tantos manuscritos como los que ha publicado. En 1963 escribió una corta monografía sobre mioclonus, la crispación involuntaria de los músculos que, en los casos más severos, puede acabar en un debilitamiento total y en su forma más suave genera hipo. Entregó su única copia en papel a experto en ese campo, C. N. Luttrel, que se suicidó algunas semanas después. Sacks se sentía demasiado avergonzado como para llamar a la familia y pedirle el manuscrito. En 1978 entregó otro texto sobre la enfermedad de Alzheimer a un colega que lo extravió durante una mudanza de oficina. Un maletín que contenía las impresiones de Sacks al ver su primer lanzamiento al espacio (el transbordador Atlantis en 1991) fue robado por un ladrón de hotel.

-Existe una dimensión metafísica en relación con la pérdida –me explicó Sacks en el taxi-. No sólo siento que he dejado todas estas cosas en algún lugar. Siento que existe un campo de aniquilamiento alrededor de mí; los objetos desaparecen en el abismo. Y una vez que desaparecen llego a preguntarme si alguna vez existieron de verdad.
Sacks mete la mano al bolsillo de su casaca deportiva y extrae un abanico japonés, el primero de una serie de objetos sorprendentes que saldrían de allí, de manera que llegué a pensar, incluso, en un abrigo de bolsillos mágicos. Era una suave mañana de invierno y no había calefacción en el taxi, pero Sacks comenzó a abanicarse y me explicó que acababa de salir de la piscina. El agua es su elemento nativo. Nada dos horas diarias cuando puede, como lo ha hecho casi toda su vida, y rastrea piscinas cada vez que sale en giras para dictar conferencias como un adicto buscando dónde encontrar su droga.

En tierra firme, cualquier exceso de calor lo hace sentir mal: insiste en que los termostatos de su departamento y de las habitaciones de los hoteles donde se aloja se mantengan a sesenta y cinco grados Farenheit (dieciocho grados centígrados) y se lo ha visto aparecer más de una vez en traje de baño en su oficina. A medida que avanzábamos en medio del tráfico londinense, empezó a mostrar cierta ansiedad con respecto al tiempo. Tenía que regresar al hotel en un par de horas para conversar por teléfono con su psicoanalista, a quien visita dos veces a la semana desde hace treinta y cinco años, y quien lo llama Dr. Sacks a la clásica moda vienesa.

La voz de Sacks es igual que la voz de sus libros: precisa, indagadora, epigramática, suavizada por una ligera anomalía que los fonólogos llaman el pasaje gradual de consonantes líquidas, de modo que «bronze» termina sonando como «bwonze», lo que impregna su discurso con un cautivante timbre juvenil. La edad ha dulcificado su apariencia. Allá por 1961, cuando trabajaba como médico en Hell’s Angel, California, consiguió el récord de todo el estado por el levantamiento de pesas de doscientos setenta y cinco kilos en cuclillas. Cerca de los setenta años, con su barba nívea y sus lentes de montura dorada, Sacks todavía tiene el semblante querúbico y el cuerpo robusto de un rabí reformista que inspira el resurgimiento de la fe entre la congragación de esposas.

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Al llegar al Museo de Ciencias en South Kensington, encontramos un cartel en la entrada anunciando las nuevas salas de película Imax (T-Rex en tres dimensiones). En el segundo piso nos deslizamos hacía una de las áreas más silenciosas de edificio, una galería que parecía prácticamente abandonada. Detrás de pesas de elefante de Birmania y calibradores chinos, encontramos intacto uno de sus viejos altares: una exhibición exclusiva de la historia de la iluminación. Sacks se mostró encantado y se sumió en una especie de arrobamiento. «En mi familia tenemos un sentimiento muy fuerte con respecto a la luz. La gente lo toma de manera gratuita, pero no olvidemos que las calles eran oscuras hasta alrededor de 1880», caviló frente a una muestra de camisetas de gas inventadas por Carl Auer von Welsbach. «Él era uno de mis héroes. Me encantan las camisetas de gas, su filigrana se vuelve incandescente con una luz amarilla grisácea, algo muy nostálgico para mí». Al aproximarse a la muestra de lámparas de sodio, Sacks se metió la mano al bolsillo y sacó un espectroscopio para comparar la emisión del espectro de un foco de alta presión (una mancha opaca) con la precisa línea de sodio de color amarillo-azafrán de focos de baja presión más antiguos.

-Al diablo con los nuevos –exultó-. Y añadió: Tengo una lámpara de sodio en mi dormitorio. Es mi sol.

De niño, Sacks exploró estas galerías con la misma sensación de libertad que sentía frente a la naturaleza, observando la tabla periódica como «el jardín encantado de Mendeleev». En vez de mantenerse congeladas dentro de sus cajas, las exhibiciones del museo eran vivas manifestaciones del progreso permanente de la ciencia. Cuando salía del museo era para meterse de inmediato en la biblioteca de al lado, donde devoraba las biografías sobre sus héroes, uniendo el apuntalamiento objetivo de la ciencia a las vidas y los rasgos personales de los propios científicos. Ahora, las viejas historias han despertado en él de nuevo. De un trozo de uranio («¿No tendrá un contador Geiger con usted, verdad?», le pregunté), Sacks rebuscó y sacó anécdotas sobre Marie Pierre Curie: las paredes de sus laboratorio incandescentes con radioactividad y un viaje en bicicleta que hicieron a través de Francia entre los descubrimientos del polonio y el radio.

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Una vez que Sacks se convirtió en neurólogo se dio cuenta de que recuperar las historias olvidadas por la ciencia tenía una importancia crucial para el trabajo con sus pacientes. El síndrome de Tourette era una enfermedad considerada rara en extremo y hasta ficticia cuando sus pacientes de Despertares cayeron víctimas de los tics y ataques causados por la droga experimental que les había suministrado: L-dopa. Tuvo que retornar a los reportes de Gilles de la Tourette, escritos en 1880, para encontrar referencias útiles sobre el síndrome en la literatura médica. No era que Tourette hubiese sido proscrito durante casi un siglo, sino que la gente que padecía ese mal se había hecho invisible para el establishment médico. Sus síntomas (tics y un explosivo e inapropiado lenguaje, complejas obsesiones y fantasías) eran difíciles de identificar con precisión en los esquemas y gráficos de la medicina del siglo XX. Sólo cuando apareció una droga llamada haloperidol, que podía aliviar los síntomas de manera parcial, se recordó de nuevo el síndrome de Tourette, reconocido como un desorden orgánico con bases químicas y genéticas y absolutamente real.

Al desterrar los relatos clínicos hacia las fronteras de la medicina (como historias que se contaban en los corredores y que se transmitían de médicos asistentes a residentes), la cultura de la medicina se cegó a sí misma y olvidó cosas que ya se habían conocido en el pasado. Sacks bautizó esta brecha de conocimientos con el nombre de «escotomas», el término clínico para los puntos ciegos de la retina o sombras en el campo de la visión. Incluso ahora, después de la publicación de sus libros autobiográficos, existe un periodo del pasado de Sacks que continúa en las sombras. En las entrevistas casi nunca habla sobre la brecha entre lo que él llama su «infancia química» y su aparición, treinta años después, como el autor de Despertares.

Durante la semana de que estuvimos en Londres, cuando le preguntaban si habría una continuación de Uncle Tungsten, Sacks vacilaba: «Por el momento no tengo intenciones de escribir un segundo volumen. No estoy seguro del libreto entre un niño enloquecido por la química y el hombre en el que me convertí con el tiempo». Estos años de transición son un escotoma para el mismo Sacks, pero fueron importantes en su desarrollo como observador del comportamiento humano.

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Nuestro viaje a Londres hizo inevitable que surgieran conversaciones sobre aquel periodo de su vida. En la década de sus veinte años, Sacks se dedicó a viajar entre Europa y Norteamérica (a menudo en motocicleta) con una parada en Canadá en 1960, donde combatió incendios en la Columbia Británica y evaluó la posibilidad de ingresar a la Fuerza Aérea Canadiense. Ese otoño hizo un internado en el Hospital Mount Zion, en San Francisco. Una de las cosas que lo llevaron a la zona de la bahía fue la presencia de Thom Gunn, uno de los poetas más brillantes y audaces que destacó en Inglaterra alrededor de 1950. Gunn se había establecido en San Francisco hacía algunos años con su amante, un soldado norteamericano, pero había crecido sólo a un kilómetro y medio de distancia de su casa en Mapesbury Road.

Gunn recuerda todavía cuando el robusto interno de veintisiete años, que en aquella época usaba su segundo nombre, Wolf, le dijo que «quería ser un escritor como Freud o Darwin, alguien que escribiera con técnicas literarias y precisión científica». Muy pronto empezaron a juntarse ante la puerta de Gunn cientos de páginas escritas a máquina. «¿Te acuerdas cuando tenías diecisiete años? ¿Aquella época en la que empezaste a escribir y seguiste escribiendo día y noche en fantásticos raptos de energía? Es una locura maravillosa producir tanto. Así es como Ollie ha escrito sus libros durante los últimos treinta años», cuenta Gunn (el manuscrito original de Uncle Tungsten tiene más de dos millones de palabras. Sólo un cinco por ciento del texto apareció publicado en el libro). A Gunn le gustan las historias sobre los viajes de Sacks entre Europa y el continente norteamericano, cuando tiraba dedo a camioneros que lo invitaban a meter su bicicleta en sus camiones.

También se encuentran incluidos en los diarios que Sacks entregaba a Gunn agudos retratos sobre coloridos personajes que poblaban el metro de la ciudad en horas de la noche. Uno se llamaba a sí mismo Chick O’Sanfranciso y se vestía con cuero blanco para manejar su Harley por Polk Street. Otro, Dr. Kindly, era un atractivo médico y un sádico que una vez disecó a su propio gato y sirvió su carne a manera de canapés en una fiesta. Si bien estos bosquejos eran «terriblemente precisos en su sarcasmo», recuerda Gunn, sentía al mismo tiempo que «había cierta falta de humanidad en ellos, una inteligencia adolescente más bien desagradable, como un Aldous Huxley joven despachándose sobre las debilidades de la gente. Entonces le dije: ‘Al parecer no te gusta mucho la gente’». Sacks se sintió igualmente herido cuando alguien sobre quien había escrito le espetó:

-¿Eres un ser humano o una grabadora?

Después de dos años en Mount Zion, Sacks se dirigió al sur a Los Ángeles, y luego migró al Bronx en 1965. Allí conoció a los pacientes que la abrirían el camino a la literatura y a su habilidad para lograr empatía con sus personajes: un grupo de gente que sufría de migrañas en el hospital Montefiore y pacientes de Beth Abraham que habían caído enfermos décadas atrás, víctimas de un mal que casi todos habían olvidado. En Montefiore, Sacks observó a más de mil pacientes con migrañas. Sus síntomas le fascinaron: todos manifestaron tener perturbaciones en el habla, oído, gusto, tacto y visión y, a menudo, aparecían ante ellos «auras» geométricas justo antes de que empezara uno de esos ataques que le hacían recordar a Sacks tanto las visiones místicas de Hildegard de Bingen como sus propias experiencias con LSD en California.

Tuvo que investigar en un estante destinado a libros inusuales en una biblioteca universitaria para encontrar referencias sobre las auras propias de migrañas. Allí descubrió una rica descripción del fenómeno en un libro del médico victoriano Edward Liveing que, a su vez, contenía las referencias de un trabajo escrito por el astrónomo John Herschel llamado Sobre Visiones Sensoriales, Herschel, que también padecía de migrañas, hablaba sobre un «poder caleidoscópico» y pensaba que era el precursor en bruto de la percepción: el lenguaje del ensamblaje del cerebro, como podríamos decir ahora, quedaba al descubierto.

Sacks se hundió en la olvidada literatura anecdótica sobre la migraña, pensando que cada uno de sus pacientes «se desplegaba como una completa enciclopedia de neurología». En una «súbita y espontánea explosión» en el verano de 1967 escribió su primer libro en nueve días o, mejor dicho, la primera encarnación de Migraña, que se convirtió en una víctima más de su campo de aniquilamiento, sólo que de una forma malévola. Cuando le mostró su libro a Arnold Friedman, el jefe de neurología en Montefiore, con la esperanza de que escribiera un prólogo, «el rostro de Friedman se ensombreció», recuerda Sacks. «Prácticamente me arranchó el manuscrito de las manos y me preguntó cómo me atrevía a escribir un libro. Le contesté que ya había escrito un libro».

Friedman puso las hojas clínicas de los pacientes de Sacks bajo llave y le prohibió el acceso a la información clínica. «Me dijo que la migraña era su tema, que era su clínica, que yo era su empleado y que cualquier pensamiento mío al respecto le pertenecía. Me dijo que si continuaba con la idea del libro se encargaría de que me despidieran y se aseguraría de que nunca más tuviera un empleo en el campo de la neurología en los Estados Unidos». No era una amenaza fútil, pues Friedman ocupaba un puesto senior en la Asociación de Neurología Norteamericana. «Me intimidó con facilidad. Le conté a mi padre lo que había sucedido y me respondió: ‘Friedman suena como un tipo peligroso. Es mejor que mantengas el perfil bajo’. Mantuve el perfil bajo durante seis meses, que fueron los más deprimentes, y suprimí con ello seis meses de mi vida». Entonces Sacks maquinó un plan. Conspiró con un conserje de la clínica Montefiore para que lo dejara ingresar todas las noches a la sala donde se guardaban los informes, entre la una y las cuatro de la mañana, para transcribir toda la información posible. Le dijo a Friedman que regresaría a Europa por vacaciones. «¿Retomarás la idea del libro?», le preguntó Friedman ominosamente.

El jefe de Neurología amenazó con despedirlo, cosa que hizo tres semanas después a través de un telegrama. «Regresé a Londres en estado de pánico. Luego, después de diez días, mis ánimos cambiaron y pensé: ‘Soy libre. Ya me sacudí a este hombre de mis espaldas’». Retomó las páginas de Migraña y en una semana y media llevo el libro a la editorial Faber and Faber, que quería publicarlo de inmediato. Sacks salió de la oficina del editor y en seguida dio un paseo por las galerías del Museo Británico a modo de celebración. «Tuve una sensación maravillosa, porque a pesar de las amenazas internas y externas logré producir una obra», me dijo.

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Meses después, Sacks volvió a los Estados Unidos, donde empezó a trabajar de nuevo en Beth Abraham con pacientes a los que había visto dos años antes, la mayorías gente pobre, judíos ancianos que habían contraído la «enfermedad del sueño» durante la epidemia de encefalitis en la década de 1920 y luego habían caído en el limbo del Parkinson. Abandonados por sus familias y amigos, aislados uno de otro por la estructura de la institución, le recordaban a Sacks su propia desolación en la época del internado, donde recibió repetidas palizas de un brutal director. Entonces llegó la droga llamada L-dopa.

Sacks aplicó la droga de manera experimental en sus pacientes. Después de sólo unos días, tanto las mujeres como los hombres que habían permanecido paralizados en el tiempo y el espacio por casi medio siglo contemplando el techo en imágenes de vivas crucifixiones empezaron a dar algunos pasos fuera de sus sillas de ruedas, a cantar y bailar. Luego, cuando los límites de la efectividad de la droga se hicieron aparentes, sus conciencias recuperadas hacía poco tiempo quedaron abrumadas por una serie de tics y ataques.

Una gran transformación había ocurrido en Beth Abraham: no sólo en los pacientes, sino también en Sacks. «La parte fundamental era que yo me encontraba en una posición de atención y preocupación por un considerable número de personas que habían sido abandonadas, olvidadas y, al comienzo así lo parecía, sin esperanzas», recuerda el médico. «A diferencia de la película Despertares, donde me filmaron en vivo a cierta distancia del hospital, prácticamente vivía con mis pacientes y pasaba con ellos dieciséis horas al día. Nunca más he vuelto a estar en una situación de inofensiva intimidad con otros seres humanos».

La intimidad implicaba responsabilidad, no sólo por el bienestar de los pacientes, sino por sus historias, que desafiaban los límites del reporte de casi tradicional. Sacks había transgredido los protocolos de la práctica médica con su experimento con L-dopa: durante las semanas que siguieron al despertar de sus pacientes, Sacks abandonó la idea de un grupo de control. Aquellos a quienes se les suministró la droga recuperaron su conciencia, mientras que los que tomaron placebo no lo hicieron. Cada paciente respondió al medicamente de manera única. Luego dejaron de responder también en forma única. «Tenía que probar L-dopa en cada paciente y ya no podía pensar en recetarla por noventa días y luego detenerme. Esto hubiera sido como hacer desaparecer el aire que respiraban», escribiría más tarde.

Envió una serie de cartas a los editores de diarios promedio contando lo que había ocurrido en Beth Abraham. A través de su correspondencia podríamos oír a Sacks luchando con las fronteras de lo que podía decirse en el lenguaje impersonal propio de la observación clínica: «Es posible que el paciente muestre cierto entusiasmo durante la respuesta de la fase inicial ‘positiva’ de la droga. La negación o minimización de las reacciones adversas podrían llevar al médico s subestimar y posponer la necesaria toma de acciones. Es probable que el paciente se oponga con energía de acciones, la reducción o incluso el retiro de la droga. La tercera reacción es de desesperación, observada sobre todo durante el periodo de retiro». Al principio, los reportes de Sacks fueron recibidos en silencio y luego con duras críticas. Sus métodos experimentales fueron cuestionados y sus historias fueron criticadas por un colega en Stanford por reportar «los efectos ‘adversos’ de la levodopa que presentan diferencias en la mayoría de las historias clínicas». El lenguaje que necesitaba para contar los casos de sus pacientes había quedado en las sombras, desplazado por la aparición de la clinimétrica y el diagnóstico a través de una máquina. Para comunicar lo que sucedía en Beth Abraham, Sacks tuvo que visitar otra área de la literatura médica casi olvidada, donde un neurólogo ruso intentó comprender el funcionamiento de dos de las mentes más extrañas que jamás haya visto el mundo.

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La primera vez que Oliver Sacks hojeó las páginas de Aleksandr Luria, La mente de un mnemotécnico, pensó que trataba de una novela. Luria había observado a un paciente llamado Sherashevsky durante más de veinticinco años, un lapso de tiempo durante el cual, al parecer, el paciente no había olvidado casi nada. Un día en 1936, Luria le mostró una serie de sílabas absurdas. En 1944 Sherashevsky podía acordarse de ellas a la perfección. Lo mismo sucedió con las estrofas de la Divina comedia en italiano, un idioma que el paciente no hablaba. Si bien la memoria de Sherashevsky era extraordinaria, La mente de un mnemotécnico no se centraba en cuantificar sus dimensiones. Por el contrario, Luria examinaba los efectos de tener una memoria prácticamente indeleble en el sentido de identidad de sus paciente. Había escrito el libro con una sincera compasión por esa persona, que iba sin rumbo por una vida donde su propia esposa e hijo le parecían menos reales que los contenidos de su interminable memoria.

Otro libro de Luria, El hombre con un mundo destrozado, indagaba la mente afectada por un trágico desorden. En 1943, un soldado ruso fue llevado al consultorio de Luria en Moscú. Una bala había ingresado a la zona izquierda occípito-parietal del joven soldado y el tejido cicatrizante había carcomido parte de la corteza envolvente. Cuando de despertó en un hospital de campo, el soldado vio que se le acercaba un médico y le preguntaba: «¿Cómo va todo, camarada Zasetsky?». La pregunta no tuvo ningún sentido para el paciente. Sólo cuando el médico la repitió varias veces los extraños sonidos terminaron por convertirse en palabras. Cuando le pedía que levantara su mano derecha, le era imposible encontrarla. Luria le preguntó de qué ciudad era y respondió: «En mi hogar… hay…quiero escribir… pero sencillamente no puedo». Era claro que el cerebro de Zasetsky había colapsado.

Para ayudarlo, Luria necesitaba encontrar la forma de penetrar en él y conspirar con las únicas partes de su mente que se mantenían intactas: el alma testimonial, el centro de las tormentas en su corteza cerebral. Con un esfuerzo enorme, Luria y sus asistentes enseñaron a Zasetsky a leer y escribir de nuevo. Al principio no podía ni siquiera agarrar un lápiz. El punto de quiebre llegó cuando Luria sugirió que intentara escribir sin pensar, permitiendo que la «melodía cinética» de los movimientos, todavía grabados en sus músculos, llevaran su mano. Poco a poco la idea funcionó y Zasetsky empezó a escribir lo que su mente sentía desde el interior. Le tomó todo un día terminar media página, pero en las siguiente tres décadas logró completar un diario de más de tres mil páginas.

El hombre con un mundo destrozado estaba compuesto por una fuga para dos voces: la del médico, con sus conocimientos comprensivos sobre la neuroanatomía, y la del paciente, quien había escrito que tenía la esperanza de que «tal vez algún experto en el tema del cerebro humano lograr entender su enfermedad». El trabajo de Luria sugería que el acto de recuperar su propia historia era en sí mismo una forma de curación para el paciente. El tipo de literatura que había empleado en La mente de un mnemotécnico y El hombre con un mundo destrozado era para Luria una ciencia romántica. Ambos libros tuvieron un profundo impacto en Sacks. Sugerían una nueva manera de escribir que combinaba la precisión clínica de la neurología del siglo XX con las observaciones humanas de los grandes médicos de la época victoriana y las exploraciones de la psiquis que Freud acometía en sus propias historias clínicas.

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Saks regresó en 1972 a Londres y alquiló un departamento adonde podía llegar caminando tanto de 37 Mapesbury Road como de Hampstead Heath. De niño, su madre le contaba las historias de sus pacientes, historias que, según escribió Sacks, «eran a veces siniestras y aterradoras, pero siempre evocaban las cualidades personales, el valor especial y el coraje del paciente». Su padre también le regalaba ese tipo de historias. Durante el verano, Sacks pasaba las mañanas nadando en las piscinas de Heath y en las tardes escribía las historias de casos que formaron el corazón de Despertares. Para entender lo que había sucedido en las mentes de sus pacientes consultó no sólo textos de neurólogos, sino la obra de otro poeta que se había hecho su amigo, W. H. Auden, y las meditaciones sobre voluntad e identidad del filósofo matemático Gottfried Leibniz. En las noches, Sacks leía los últimos capítulos a su madre. Ella lo interrumpía en algunas partes y le decía: «Eso no suena real». El volvía a trabajarlos hasta que ella le decía: «Ahora sí suena real».
Después de la publicación de Despertares, Sacks recibió una carta de Thom Gunn. «La carta me obsesionó durante meses. Siempre la llevaba conmigo. Gunn me decía que se había sentido ‘consternado’ por mis primeros escritos y ‘desesperado por mí como ser humano’. Luego seguía diciendo que las cosas que habían parecido más ausentes en los escritos más, empatía y afecto, por ejemplo, parecían ser ahora el principio organizador de Despertares. Me preguntaba si eso se debía a las drogas, al psicoanálisis, al amor o sólo al proceso de maduración. Le respondí y le dije: ‘Todas las respuestas anteriores’».

Una vez publicado su libro, Sacks recibió dos cartas con sellos de Rusia escritas por el propio Luria. Ambos empezaron una correspondencia íntima que duró hasta la muerte de Luria, en 1977. La gran crisis de la neuropsicología, como decía el mentor ruso de Sacks, era reconciliar dos formas de observación científica. La primera reduce la complejidad del fenómeno a sus partes constitutivas: la manera en que la neurología había delimitado su enfoque de la observación del comportamiento a áreas específicas del cerebro y luego a neuronas individuales, que Luria comparaba con la evolución de la química, lo que iba del estudio de la materia bruta al estudio de sus componentes, al estudio de los átomos individuales y sus elementos. La segunda forma se centra en la descripción del fenómeno y la intuición para captar y comprender la interactividad de sistemas completos. Cada uno, pensaba, resultaba inadecuado sin el otro.

Luria sentía que era muy importante reconciliar ambos modelos cuando el objeto de estudio era el cerebro. Sus trabajos de ciencia romántica eran, más bien, estudios sobre cómo se restablecían las personas, incluso si seguían estando enfermas. Las formas en que los seres humanos se ingeniaban para sobrevivir e, incluso, lograr éxitos a pesar de la enorme desorganización que afectaba el orden normal del funcionamiento cerebral. En estos estudios es requisito indispensable que el neurólogo observe al paciente inmerso en su vida cotidiana, en su mundo fuera de las clínicas, tal como lo ha hecho Sacks. La enfermedad de Parkinson fue observada por primera vez por James Parkinson en los tics y ataques de afligidas personas en las calles de Londres, no dentro de las paredes de una clínica. Pero, con la llegada de los modelos mecanicistas del cerebro y el entusiasmo por cuantificar el comportamiento, ha empezado a desaparecer la destreza para la observación intuitiva y aguda que ha distinguido a las grandes mentes de la medicina.

Luria se quejaba en una carta a Sacks: «La habilidad para la descripción, tan común entre los grandes neurólogos y psiquiatras del siglo XIX, está casi perdida». Antes de morir, Luria retó a Sacks a lograr una síntesis de observación literaria y científica que hiciera justicia al funcionamiento del cerebro en el mundo real. Sacks aceptó el reto y aparecieron El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Veo una voz y Un antropólogo en Marte. En estos libros, Sacks nos entrega las más vívidas descripciones que tenemos sobre la capacidad orgánica de recuperación y adaptación que inspiró la era moderna de los sistemas de cómputo. Los nuevos modelos de la mente como distribución, adaptabilidad y creatividad infinita confirman lo que él ya había observado en sus pacientes. Su método como médico consiste en colaborar con sus pacientes y descubrir nuevos senderos en sus cerebros que permitan restablecer su capacidad de autocuración. Concibe su trabajo como el acto de escuchar profundamente, prestando atención a las armonías y desarmonías más sutiles en el comportamiento de sus pacientes, tal como escribió en Despertares, «en una empatía cinética intuitiva… un juego de fuerzas vivo, melódico y en constante cambio, que puede devolver a los seres vivos a su propio ser vivo».

-La manera en que Oliver atiende a sus pacientes es también la manera en que ama –observó una vez un colega, el neuropsiquiatra Jonathan Mueller-. La capacidad de atención es lo que reverencia y es lo que él entrega a sus pacientes.

Sacks ha creado una conciencia pública sobre desórdenes mentales que antes se consideraban casos muy raros, sobre todo el síndrome de Tourette y el autismo. Para determinados sectores, sin embargo, lo que Sacks «entrega a sus pacientes», al convertirlos en personajes de sus best-sellers, es todavía debatible. Un académico británico y abogado de los derechos de los discapacitados llamado Tom Shakespeare ha bautizado a Sacks como «el hombre que confundió a sus pacientes con una carrera literaria». Alexander Cockburn lo catapultó en el diario The Nation por estar «en el mismo negocio que los diarios sensacionalistas (Conocí un monstruo del espacio con dos cabezas), sólo que él escribe para las clases más distinguidas y lo disfraza un poco (Conocí a un hombre que cree ser un monstruo con dos cabezas). El fondo del asunto es su manicomio y la observación de los locos».

Sin embargo, Leonard Cassuto, de la Universidad Fordham, dice que las historias de casos de Sacks tienen, precisamente, el efecto contrario a los espectáculos de los seres deformes de la época victoriana. «La medicina mataba el antiguo espectáculo del engendro al convertir sus exhibiciones en algo patológico. Johnny, el Hombre Leopardo, no inspira asombro ni espanto si decimos, en su lugar, que ‘el pobre John sufre de vitílígo’. Sacks es especial porque ha reencarnado el espectáculo de los seres deformes en precisamente el mismo lenguaje que contribuyó tanto a ponerles fin. La gente querrá observar y Sacks está sugiriendo que la mejor manera de tratar estos deseos no es prohibirlos, sino redefinirlos y dirigirlos, lograr que la observación sea una mirada mutua, el encuentro de dos mundos. Sacks usa las historias de casos como un puente entre gente discapacitada y la mayoría con características físicas normales, colocándose a sí mismo justo en el centro, como el eslabón que une el par». Una manera en que Sacks forja ese eslabón es con su propio comportamiento,  algo extravagante a simple vista.

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Para ser un hombre intensamente privado, Sacks es una persona abierta, incluso exhibicionista, en relación con cosas que a otras personas les podría parecer desconcertantes como su distracción permanente, sus idiosincrasias y su ardor con ribetes científicos por los helechos y Star Trek. Una vez, mientras Sacks caminaba apurado por una vereda llena de gente en Manhattan y murmuraba con impaciencia «Háganse a un lado, imbéciles», un hombre delante de él se volteó y lo miró. «¡Tengo el síndrome de Tourette, no puedo evitarlo!», le dijo Sacks y el hombre se amansó. «Me escudé detrás de un diagnóstico falso», me contó, todavía entretenido con el incidente.

Otro aspecto de su muy singular identidad es su apego a la soledad. Nunca se casó y no ha tenido ninguna relación en muchos años. Sus últimos dos libros, sin embargo, refutan otro falso diagnóstico que se le adjudica con frecuencia: que es asexual. En sus nueve libros su romance con las ciencias se ha hecho abiertamente erótico, sembrando el tema de la libido subliminal por todos lados, incluso en la botánica criptogámica de las cicadáceas y los globos antiaéreos que se lanzaron sobre Londres durante la guerra. En Oaxaca Journal admira la «encantadora modestia» de los helechos, sus «órganos reproductivos… que no salen hacia fuera de manera llamativa sino que están encubiertos con cierta delicadeza en la parte interior de las hojas frondosas». En Uncle Tungsten, Sacks escribe que su «primer objeto de amor» fue un globo aéreo que protegía su vecindario cuando él tenía diez años: «Cuando nadie miraba, me colaba a escondidas por la parte central del campo de cricket y tocaba la tela brillante que se henchía en el viento con suavidad. La tela reconocía y respondía a mi tacto, supongo, temblaba (al igual que yo) en una suerte de arrobamiento».

Los arrobamientos políformes se extienden incluso a las áridas regiones de la tabla periódica de los elementos químicos. Después de ver la tabla en el Museo de Ciencias, escribió en Uncle Tungsten: «Casi no podía dormir de tanta excitación… seguía soñando con la tabla periódica en el excitante mundo entre el sueño y la vigilia de esa noche… Al día siguiente casi no podía esperar a que abrieran el museo». Su enamoramiento con los elementos continúa hoy día en su mundo de ensueños. En uno de los escenarios recurrentes Sacks es hafnio, sentado en un palco en la Ópera Metropolitana junto a sus compañeros tantalio, renio, osmio, iridio, platino, oro y tungsteno. Cuando está despierto se identifica con los gases inertes, un grupo periódico que es prácticamente resistente a formar cualquier tipo de compuestos. Conocidos también como los gases nobles, Sacks se los imagina en Uncle Tungsten como «solitarios, atrapados, ansiando algún vínculo». En Oaxaca Journal, Sacks se refiere a sí mismo como al «semifallo», que podría sonar como el nombre de alguna partícula elementaria.

Es posible que el neurólogo pase algunas noches solitarias (él llama a su timidez una «enfermedad»),  pero no es una persona que carezca de compañía. Tiene muchos amigos y colegas en todo el mundo que han escrito libros y obras teatrales, analizado el lenguaje de los sordos, aliviado la miseria de devastadores desórdenes mentales y uno de ellos, Patríck, es un antiguo capitán de la nave espacial Enterprise. Sus paredes en Greenwich Village están realzadas con pinturas de antiguos pacientes y personas que se convirtieron en sus amigos, como el artista autista Stephen Wiltshire y Shane Fistell, el super-Tourette en Un antropólogo en Marte. Su círculo familiar más íntimo en Nueva York incluye a su asistente Kate Edgar, su psicoanalista, su entrenador de natación y su archivista, Bill Morgan, que mantuvo el irregular y gran legado del poeta Allen Ginsberg en orden durante veinte años (Morgan es un campo de desaniquilamiento humano cuando se trata de buscar cartas perdidas y pródigos diarios). Una persona de limpieza aparece una vez a la semana para ordenar el tornado en su departamento, preparar juego de naranja artificial junto con el pescado que come todos los días y casi siempre lo engríe, como parecen hacerlo muchos de sus amigos.

Mientras las apariencias de osito de peluche de Sacks proliferan en películas como Los fabulosos Tenenbaums, el médico recibe cientos de cartas cada mes e igual número de propuestas matrimoniales de gente extraña, como sucedió después de la versión fílmica de Despertares. Una significativa parte de estos sobres contienen historias médicas de gente que busca convertirse en pacientes de su pequeña práctica privada.  Muchos de ellos presentan condiciones desconcertantes y lo contactan como un médico dé último recurso. Todavía continúa viendo a pacientes en Beth Abraham y el Little Sisters of the Poor en Queens, donde recibe doce dólares por cada consulta. Desde la publicación de Uncle Tungsten, se han sumado muestras de metales arcanos, focos y tablas periódicas a la diaria inundación de cartas, libros, manuscritos y discos compactos.

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Mientras escribía su libro de memorias, Sacks peinó los archivos del Museo de Ciencias en busca de fotografías de la tabla periódica que sigue en su memoria. Pero sólo encontró provocadoras tomas hechas justo unos años antes o después de sus peregrinajes al lugar. En las últimas décadas, las viejas galerías de química han ido desapareciendo para hacer espacio a muestras más «amigables para los niños» y actividades promovidas por donaciones corporativas. El día en que visitamos el museo nuestra indagación por la antigua ubicación del jardín de Mendeleev nos llevó hasta el tercer piso, donde llegamos a un rellano vacío. Sacks colocó su cojín sobre uno de los escalones, se sentó y contempló la blanca pared que tenía al frente.

­Solía estar aquí ­me dijo­. Ese espacio vacío es donde Ollie Sacks tuvo su revelación sobre el infinito y vio a Dios.

Y continuó: «Yo relaciono a Mendeleev con Moisés, que llegó del Sinaí con su ley de la tabla periódica. Yo visualizo, y todavía puedo ver, mientras converso, los gases inertes en los gigantescos frascos hexagonales. Los frascos estaban vacíos, pero sabías que los gases estaban ahí. Había varillas de fósforo traslúcido en el agua y un pedazo de iridio del tamaño de un puño. Debe haber sido como una libra. Lo adoraba. Había cloro verde que se arremolinaba en uno de los frascos. Antes había visto pequeños y sucios trozos de cesio, pero aquí había mucho más. Es uno de los dos únicos metales dorados que existen, dorado y relumbrante. El masurio no tenía peso atómico, no estaba claro si ese elemento había sido descubierto o no. Y había cristales de yodo, sublimados en la parte más alta de una botella. Este era el lugar. Cuando cierro mis ojos veo otra vez el gabinete y los cubículos. ¿Veo a un niño parado o lo estoy viendo a través de los ojos de ese pequeño niño? Fue sólo ayer. Y han pasado cincuenta y cinco años», recuerda.

Cuando nos preparamos para irnos, nos detenemos a observar una muestra de fotografías hechas para ser vistas a través de un estereoscopio, el equivalente victoriano de un view master en tres dimensiones (Los padres de Sacks tenían una enorme colección de estas imágenes en la casa de Mapesbury Rad y ahora él también las colecciona). En años recientes ha empezado a disfrutar de reuniones en grupo como la Sociedad Estereoscópica de Nueva York, donde la base de la afinidad no es sólo el deseo de juntarse, sino un profundo y preciso interés común, uno que no es compartido por el común de las personas. Oaxaca Journal está dedicado a la Sociedad Norteamericana de Helechos y a los «cazadores de plantas, pajareros, buzos, buscadores de estrellas, sabuesos de rocas, exploradores [y] naturalistas aficionados en todo el mundo». Quizá en estas congregaciones de solitarios ha descubierto Sacks una suerte de cámara de niebla, una en la que incluso los gases inertes y otros elementos raros y nobles de la tabla periódica humana podrían encontrar formas de vincularse de manera natural.

Al empezar a escribir su propia historia de caso en sus libros más recientes, es posible que Sacks esté descubriendo lo que sus pacientes y lectores aprendieron años atrás: al compartir las historias de nuestra vida interior recuperamos lo que somos y nos preparamos para la transformación.
-Prefiero las afiliaciones múltiples –dice Sacks cuando salimos del museo-. Pasar de una reunión de la Sociedad de Helechos al Club Minerológico y a la Sociedad Estereoscópica. Y luego recuerdo que soy un neurólogo.


July 16, 2015

María Teresa Hernández

Un texto de


July 14, 2015

Yasna Mussa

Un texto de


July 13, 2015

César Arféliz

Un texto de


July 13, 2015

EL BANCO DE LA PLAZA

Un texto de

El Mat3mático impar

Harald Helfgott ha probado la Conjetura Débil de Goldbach, un problema
de teoría de números no resuelto por cerca de trescientos años.
Casi nadie entiende de qué sirve convertir una conjetura en teorema.
Casi nadie entiende en qué trabaja un matemático. Se los ignora.
Se los aborrece. Pero el futuro de esta ciencia está más allá
de los dedos de la mano, las calculadoras, los exámenes.
Si Harald Helfgott es un hombre amable,
¿por qué tememos tanto a nuestro
profesor de matemáticas?

Un texto de Luis Wong y Yasna Mussa
Fotografías de Musuk Nolte

En YouTube, debajo de un video dedicado a él, una chica le escribe a Harald Helfgott en ruidosas letras mayúsculas: «Hazme un hijo matemáticooo». Él la desilusiona: «Lamentablemente, la genética no funciona así». Ella: «Ay q pena ». Él y ella no se conocen. Él y ella jamás tendrán un hijo matemático. Harald Helfgott, una de las últimas estrellas de la matemática del mundo, es hijo de un profesor de geometría y de una señora estadística.

No cree ser producto de la genética —sus otros dos hermanos no son matemáticos—. Este matemático hecho en el Perú es una incógnita, pero ni X ni Y. Es HH. Una tautología: Harald Helfgott es Harald Helfgott, un experto en teoría de números nacido en 1977 que dice no tener un número favorito. «No encontrarás a ningún matemático, que yo sepa, que crea en la numerología —dice HH—.Se trata de una superstición (o pseudociencia) basada en las coincidencias que se producen apenas miras suficientes números y tratas de relacionarlos con suficientes cosas».
Helfgott se pasó mirando suficientes números durante seis años de su vida, trabajando en ellos para demostrar una conjetura. Una conjetura es un juicio formado a partir de datos incompletos, de indicios, de supuestos. En 1742, un señor matemático alemán llamado Christian Goldbach le envió una carta a Leonhard Euler, señor matemático suizo, y a partir de esa conversación aparecieron dos conjeturas: «Todo número par mayor que 2 puede expresarse como la suma de dos números primos». Y como consecuencia de ella: «Todo número impar mayor que 5 se puede expresar como la suma de tres números primos». Helfgott ha podido demostrar que esta segunda conjetura es verdad. En el siglo XVIII, Goldbach, un enamorado de los números primos, formuló esas dos conjeturas: a la primera la llamó fuerte; a la segunda, débil. Por ahora Helf-gott ha demostrado la conjetura débil de Goldbach. El matemático no sabe si haberla resuelto nos servirá de algo en nuestras vidas. Nosotros no tenemos idea de qué hace un matemático un día cualquiera.
Entender a uno exige otro tipo de inteligencia y atención. Una mañana de setiembre de 2013, en la Universidad de la Sorbona de París, Harald Helfgott asistió a una conferencia sobre el escritor Julio Ramón Ribeyro, de quien el matemático había traducido un cuento al esperanto. En un instante de la conferencia, un ruido agudo e intenso empezó a irritar a toda la audiencia. Se trataba de un hombre de treinta y tantos años estrujando una botella de plástico una y otra vez, una y otra vez. Uno de los conferencistas recuerda haberlo mirado fijamente desde el escenario intentando hacerle notar la incomodidad de su acto, pero el hombre seguía estrujando la botella con la mirada perdida. No se detendría hasta dos minutos después. Era Helfgott. Aunque en apariencia estaba desconectado de lo que pasaba en el auditorio, cuando se abrió la ronda de preguntas a los asistentes, el matemático levantó la mano y lanzó una pregunta que ninguno de los conferencistas supo responder. Cuando escapa de su trance ruidoso y alguien se lo advierte, Helfgott se sonroja intentando explicarse a sí mismo. Es un acto inconsciente y automático que repite cuando está sumamente concentrado en una idea. En los cines le han llamado la atención por hacer un ruido constante con la tapa de un bolígrafo que él abre y cierra con su dedo pulgar. Helfgott se suele abstraer de su entorno, por más numeroso e importante que sea, como quien habita un mundo paralelo absorto en la belleza de pensar.
Si uno conoce durante esos instantes a Helfgott, es posible que lo odie. Pero el matemático tiene razones irrefutables para ser querido: ha resuelto una conjetura que llevaba doscientos setenta y un años sin solución. A simple vista, Harald Helfgott es el estereotipo de un nerd torpe y concentrado en sus matemáticas: usa anteojos por miopía y astigmatismo, viste camisas y pantalones de oficinista de otra época, camina con un andar desgarbado y practica el origami. Es un vegetariano a medias, un homo sapiens que engulle pescados pero no come carnes rojas. Ha intentado romper con el prejuicio que encasilla a los teóricos de números como monotemáticos, ensimismados e incapaces de seducir en actos en sociedad: Helfgott cocina para sus amigos y va a clases de tango. Helfgott ama París, la ciudad donde ha vivido los últimos cinco años, pero es sobre todo un cosmopolita: habla perfectamente cinco idiomas —español, inglés, francés, alemán, esperanto—, está aprendiendo ruso y griego antiguo, y debe perfeccionar el quechua y el polaco. En su rutina de cocinero prepara platos de varios países, con variaciones que combinan ingredientes como empanadas hechas con pâte feuilletèe. Pero, sobre todo, Helfgott viaja por el mundo dando conferencias en el lenguaje universal de las matemáticas.
Los matemáticos buscan la elegancia en sus demostraciones, pero prefieren ser prácticos fuera del trabajo. A Helfgott no le obsesiona la elegancia en el vestir. Se compra ropa sólo cuando la necesita. Usa zapatos porque duran más que las zapatillas. Pero también ha pedido consejo a sus alumnos y alumnas, y hasta un día se fue de compras con una de ellas. Si siente que ha acertado en elegir una prenda, HH prefiere repetirla. Ser práctico es para él más natural que ser elegante. Sin embargo, el matemático que ha resuelto la conjetura débil de Goldbach no sabe conducir un auto. «Me da miedo matar gente», dice refiriéndose al riesgo de manejar un coche. Cree que bastarían dos segundos de distracción para ello.
Cuando se concentra demasiado en responder una pregunta, Helfgott mira al vacío hasta que sus pupilas desaparecen. Es un gesto que repite cada vez que necesita enfocarse. Cuando se concentra, pestañea a gran velocidad como si estuviera en el trance de hallar una respuesta. Cuando quiere decir una frase más compleja, como cuando explica un problema matemático, cierra sus ojos por completo. Luego fija su mirada en un punto y dispara una certeza. El matemático se abstrae de su entorno hasta que construye un esquema mental de sus ideas. A fines de los años setenta, el psicólogo ruso Mihály Csíkszentmihályi propuso la teoría del flujo, que viene de la expresión ‘dejarse llevar por la corriente’. Dijo que, al dedicarnos a ciertas actividades placenteras, perdemos el sentido del tiempo. Harald Helfgott no es ajeno a esta superlativa atención interior.

La concentración que necesita un matemático ha sido a veces su perdición. Plutarco narra que un día el griego Arquímedes estaba tan concentrado en un problema matemático que cuando un soldado romano lo interrogó y él no le contestó aquel soldado lo atravesó con su espada. La mayoría de veces, en cambio, es una aparente virtud que permite a los matemáticos llegar a soluciones sublimes. Dicen que Norbert Wiener, el matemático y padre de la cibernética, entraba a un salón de clases leyendo un texto, daba vueltas bordeando sus cuatro paredes y salía del aula sin despegar sus ojos del papel. Un ensimismado Isaac Newton, el genial matemático, el físico de la ley de la gravedad, a veces se olvidaba de comer o dormir. Helfgott cuida de no pasarse de revoluciones en el perfeccionismo de su trabajo y al primer signo de obsesión se detiene. Cuando empieza a comerse las uñas o a golpear la mesa con los dedos, HH se detiene.
La figura del matemático ha sido retratada como una mente en constante batalla. En Everything and more, A compact history of infinity, el escritor David Foster Wallace lo comparaba con el científico loco del pasado, una suerte de Prometeo moderno que se sacrifica por traerle progreso al mundo. En Loving and hating mathematics: challenging the myths of mathematical life, Reuben Hersh y Vera John-Steiner dicen que tener un balance en la vida es un reto adicional para los matemáticos, una disciplina en que la búsqueda de certezas sin un camino claro identificado puede llevar a veces a la desesperación. Isaac Newton sufrió crisis nerviosas durante su adultez. Georg Cantor, uno de los padres de la teoría de conjuntos que aprendemos en el colegio, era un inquilino regular de hospitales mentales. John Nash, experto en teoría de juegos y personaje en el que se basa la película a beautiful mind, padeció de una esquizofrenia que no pudo vencer hasta treinta años después.
Pero más allá de esta olla de presión mental, un matemático puede pensar también en tareas mundanas. Humor y matemáticas hacen una buena pareja. La popular serie Los Simpsons tiene a matemáticos de guionistas y en varios de sus capítulos hay guiños teledirigidos para amantes de los números. En The Simpsons and their mathematical secrets, Simon Singh recuerda que más de una decena de miembros de su equipo de producción han sido expertos en matemáticas que renunciaron a investigar en Princeton o en Yale para escribir guiones sobre Bart, Homero y los vecinos de Springfield. Lo mismo sucedió con Futurama, la serie hermana de The Simpson que sucede en un universo de ciencia ficción, y con otras series como The big bang theory o Numb3rs, donde contratan académicos para ser consultores. Dinero y matemática también hacen un buen par. No es gratuita la abundancia de matemáticos como agentes de bolsa. Los derivados financieros —a los que el archimillonario Warren Buffett llamó armas de destrucción masiva por el daño que pueden ocasionar a la economía mundial— suelen ser creados por matemáticos o físicos. Es el camino alternativo que toman cuando no pueden continuar en la carrera de investigadores. La tentación de ir a Wall Street y trabajar para una institución financiera y crear fórmulas sobre las que dependerán las inversiones de millones de personas es el camino más fácil para hacer dinero con la matemática.
Helfgott ha elegido la sencillez y la austeridad. En los últimos cinco años, ha vivido solo en París, en un departamento de veintitrés metros cuadrados, con estantes de libros cubriendo sus paredes y sin señal de Internet. Dice que no la quiso más porque se distraía más de la cuenta leyendo y editando páginas de Wikipedia. Cuando va a responder una pregunta, el matemático evita responder con palabras absolutas como siempre-todo-nunca. No es entusiasta del doble sentido ni de preguntas retóricas como cuál es su comida favorita o cuál es su película favorita, porque cree que cada una de ellas merecerían más de una respuesta. Cuando se le habla de sexo o de mujeres, HH se sonroja y responde con pudor, como un niño cuyos padres lo están observando. Cuando dice que ve Game of thrones —una teleserie de fantasía medieval con traiciones y sexo casi en cada capítulo—, Helfgott se tapa la cara con la palma de una mano y suelta la risa gutural.

5

 

***

 


Una noche de otoño de 2013, en su departamento de París, Harald Helfgott ofreció una cena para doce invitados. Aunque dedicara su vida a resolver problemas, investigar nuevos métodos de análisis y otros asuntos matemáticos incomprensibles para el resto, esa noche en su cocina se complicaba en calcular la cuota justa de huevos y de gramos de harina para las papas rellenas. Matemáticas y cocina comparten más de un principio. En el salón de su departamento en un sexto piso de un edificio tradicional parisino, Helfgott describe con la misma seriedad con que habla ante un auditorio universitario cómo será el relleno de las empanadas para sus invitados. «Estas las vamos a rellenar con lactarius deliciosus», dijo señalando un champiñón. Hace un tiempo, el matemático ingresó a un grupo de exploradores que sale de excursión para recoger hongos, y ha aprendido sus nombres en latín para diferenciar los hongos comestibles de los venenosos. Usa esa mirada microscópica para todo, incluso para los croissants. Cuando un matemático ve un croissant, también puede ver un triángulo isósceles, un triángulo con dos lados iguales de longitud cuyos ángulos opuestos a ellos también son iguales. Como todo matemático, Helfgott sabe que la masa de un croissant tiene setecientas veintinueve capas. «Es cultura general», dice, como si cultura general fuera saber cuántas arrugas tiene un elefante. Un panadero dobla la masa del croissant primero tres veces y luego la dobla seis veces más. Allí un matemático ve una operación que otros no perciben: 3 a la potencia de 6 = 729 capas. Lo que para cualquiera puede significar un simple corte en una salchicha, para Helfgott es una elipse.
Esa noche, el primer plato que prepararía para sus invitados serían aquellas empanadas. Lo asistía Alisa Sedunova, una estudiante rusa a la que Helfgott dirige en su tesis de doctorado en teoría de números, y que seguía sus indicaciones culinarias en inglés y ruso. Mientras introducía la bandeja con empanadas al horno llamó a la puerta Jesper Jacobsen, un físico danés que llegó acompañado de sus hijos, un niño y una niña, que juntos sumaban catorce años. Su padre empezó a conversar con Helfgott en un idioma que parece tan incomprensible como las matemáticas. «Estamos hablando esperanto», aclara Helfgott. Los niños se sumaron a la conversación y los cuatro reían en esperanto.

Su historia personal con el esperanto es la más romántica de los cinco idiomas que domina a la perfección. Cuando era adolescente, Harald Helfgott descubrió el esperanto, un idioma creado por el polaco Lázaro Zamenhof hacia fines del siglo veinte. El futuro matemático se apasionó por la idea que había inspirado a este médico oftalmólogo de crear un lenguaje que se expandiera por el mundo usando diferentes raíces etimológicas e idiomáticas. Para Zamehof, el esperanto tenía un sentido filantrópico y político: pretendía unir diferentes culturas a través de una lengua democrática y no hegemónica. Lo concretó en un libro en el que firmaba como Doktoro Esperanto. Significa Doctor esperanzado. Más de un siglo después, HH, otro esperanzado, recorrería Europa durmiendo gratis en casas de familias que pertenecían a la comunidad internacional de esperantistas, donde la única condición era comunicarse en este idioma. Por el esperanto, conoció a Jacobsen y a sus hijos, que pertenecen a la minoría de sus hablantes nativos.
Harald Helfgott dice que a veces se descubre resolviendo sus problemas matemáticos en inglés, el idioma en que cursó sus estudios universitarios y comenzó sus investigaciones. Según el Basque Center on Cognition, Brain and Language, el lenguaje tiene un papel fundamental en el aprendizaje de algunas operaciones matemáticas simples como hacer multiplicaciones. Las personas bilingües recurren a la lengua en que aprendieron las matemáticas para realizar cálculos en una operación. Richard Feynman, un Premio Nobel de Física, decía que las matemáticas son algo más que un idioma porque incluyen la lógica. HH es un obsesionado con la lógica. Cuando habla de salud, azar o religión, el matemático insiste en recordar que jamás consumirá homeopatía porque su efectividad no ha sido probada por la ciencia, que no cree en la numerología porque se trata de supersticiones lejos de la razón, y que no cederá a la culpa cristiana porque jamás ha creído en Dios.
La noche de la cena, los invitados del matemático llegaron a su departamento con una puntualidad casi simultánea y saturaron de golpe el mínimo espacio de su comedor. HH abrió una mesa plegable que iba de muro a muro y alrededor de ella se sentaron sus doce invitados. Además de sus colegas matemáticos y estudiantes, había un físico, una periodista que escribe para una revista de matemáticas y su novio actor. Siete nacionalidades que hablaban ocho idiomas en veintitrés metros cuadrados: inglés-francés-español-alemán-ruso-polaco-danés y esperanto. HH intentaba mezclar palabras de todos esos idiomas y por ratos perdía el hilo de la conversación. Entre sus invitados a la cena estaba Artur Ávila, el matemático brasileño que al año siguiente ganaría una de las medallas Fields, el equivalente a un Nobel de matemáticas, por su trabajo sobre la teoría de los sistemas dinámicos. Aunque esa noche ya se especulaba que Ávila se convertiría en el primer latinoamericano en alcanzar este premio que se entrega cada cuatro años a matemáticos menores de cuarenta años, la conversación, entre alusiones y chistes, giraba en torno a quién ganaría la medalla Fields. El cocinero matemático aseguraba que era mala suerte hablar de la medalla innombrable y que a veces ganar una condecoración así podía convertirse en algo contraproducente: la presión a la que se estaba expuesto tras recibirla podía convertir en improductivo hasta al mejor matemático. Helfgott admite que la envidia se acentúa más cuanto más alto es el nivel de la competencia.

En ese minúsculo departamento, entre tantas eminencias matemáticas, Helfgott había olvidado poner sal en su ceviche. Aunque asegura que en el caso del pisco sour el orden sí altera el producto, HH falló en la mezcla de pisco y clara de huevo: su brebaje contenía más espuma que líquido. El gran matemático, que insiste en desmitificar la distracción de sus colegas, había cometido un insípido error de cálculo. Hubo más: Helfgott intentaría cruzar su mesa plegable para poder regresar a su cocina. Lo intentó de la única forma que creía posible en medio de un espacio tan estrecho: como un niño gateando debajo de una mesa. En cuclillas, atorado y algo desesperado, el matemático pedía permiso para pasar en medio de la risa de sus invitados. Harald Helfgott, el matemático que resolvió la conjetura débil de Goldbach, reapareció desde abajo de la mesa, sudado y sonrojado, con el pelo en desorden y el gesto de vergüenza de un niño que acaba de ser descubierto en medio de una travesura.

 

***


Uno de los grandes problemas para todos los matemáticos es responder a los que no les gustan las matemáticas para qué sirven las matemáticas. Euclides, el matemático griego que vivió hace más de dos mil años y que es considerado el padre de la geometría, tuvo a un discípulo que le preguntó una vez para qué servía lo que le enseñaba. Al final del día, Euclides le pidió a uno de sus esclavos que le diera al muchacho una moneda pues el chico quería obtener beneficios de todo lo que aprendía. Luego Euclides lo despidió. No preguntamos por la utilidad de la física y la química porque sus descubrimientos los podemos ver y tocar todos los días. No interrogamos a los biólogos porque sobrentendemos que su trabajo nos permite conocer más sobre nuestra especie. No cuestionamos a los ingenieros porque gracias a ellos tenemos puentes y podemos atravesarlos con autos cada vez más saludables y rápidos. Pero es irresistible preguntarle a un matemático para qué sirve descubrir un teorema. Lo más atrayente del teorema de Pitágoras y lo que hace que lo enseñen en todas las escuelas primarias es que podemos encontrarlo en cualquier cuadrado y cualquier rectángulo: en un triángulo con un ángulo de noventa grados la suma de los cuadrados de sus lados es igual al cuadrado de la hipotenusa. Los policías forenses usan el teorema de Pitágoras para saber qué tan lejos estaba la víctima del origen de una bala mortal y saber si fue un suicidio o un homicidio.
Los primeros teoremas como el de Pitágoras se descubrieron con fines prácticos: construir edificios, mejorar los sistemas de irrigación o llevar con mayor facilidad las piedras de un lugar a otro. Ese fue el nacimiento de áreas de las matemáticas como la geometría, la aritmética o el álgebra. Sin embargo, los nuevos teoremas que se descubren hoy pertenecen a áreas de las matemáticas puras que no buscan tener una aplicación práctica, sino desentrañar los secretos de los números. La teoría de números es una de estas áreas y comprende la prueba de la conjetura que Helfgott demostró. Para HH no es lo más importante hallar una utilidad práctica a su prueba que ha convertido una conjetura en teorema. Cree que es como planear una expedición a una montaña: lo importante no es alcanzar la cima, sino los métodos y la tecnología que se utilizaron para llegar allí que luego pueden extenderse a otras ramas del conocimiento.
Pero los militantes de las matemáticas nos piden más paciencia. «Existe un hambre de matemáticas, profunda pero poco reconocida, entre el público en general —dice Steven Strogatz en The joy of x: a guided tour of math, from one to infinity—. A pesar de todo lo que oímos de la fobia a las matemáticas, mucha gente quiere entender la materia algo mejor. Cuando lo logran, la encuentran adictiva». En The unplanned impact of mathematics, Peter Rowlett, profesor de la Universidad de Birmingham, describe cómo se llevaron los números complejos a un plano tridimensional y con ello se plantó una semilla, por entonces inimaginable, para sus usos en el futuro. A finales del siglo XIX este descubrimiento supuso durante más de cien años sólo una respuesta elegante a un problema rebuscado. Hasta que dos décadas antes de terminar el siglo XX un ingeniero encontró en este procedimiento el método más eficaz para crear gráficos por computadoras, lo que es hoy imprescindible en la industria del cine y de los videojuegos. La misma historia se repite con la invención de los módems, la probabilidad, el GPS, o la energía nuclear. La matemática es una ciencia que se hace esperar.
Hay matemáticos encubiertos por donde se mire. Si queremos comprar una alfombra para nuestra sala, nos basta con medir el largo y el ancho del cuarto y multiplicarlos para tener el área. Cuando decidimos aumentar los ingredientes para cocinar una receta, estamos haciendo un cálculo rápido en la cabeza. Cuando vamos al banco para pedir un préstamo, las cuotas que tendremos que pagar cada mes son calculadas por una ecuación matemática. La fila que hemos hecho en ese banco para que nos atiendan funciona como un sistema matemático: el tiempo que esperaremos hasta que nos atiendan, la frecuencia con que cada persona será atendida, y la cantidad de personas en fila harán que la siguiente decida si quedarse o no. Las computadoras funcionan porque ejecutan cientos de operaciones por segundo sin que nos las digan. Nos gustan los juegos de azar porque es una forma de vencer a las probabilidades y una advertencia matemática de lo difícil que es ganar. Un diez por ciento de probabilidades de ganar es que de cada diez opciones para ganar sólo una es favorable para nosotros y el resto para la casa. También en el amor se trata de ganar, pero sobre todo de perder: debido a que las matemáticas estudian los patrones, hoy sabemos que encontrar la pareja perfecta es un problema de hacer un balance entre tener la paciencia para encontrar a la chica ideal y decidir tomar a la que nos parezca mejor. Por ejemplo, si pensamos salir con diez personas en total, los números dicen que es mejor descartar a las cuatro primeras para encontrar a nuestra pareja ideal. Si pensamos salir con veinte, debemos descartar a las primeras ocho. La matemática nos recomienda descartar al 37% del total de opciones para que la siguiente tenga la mayor probabilidad de ser la mejor. En 1949, Merrill M. Flood lo llamó «el problema de la novia». La misma técnica se puede usar para encontrar al mejor candidato para un puesto de trabajo. La experiencia y sabiduría de los números están en todas partes. «Todo el que haya preparado una tablita de charcuterie, o un plato de salchipapas, sabe que si se corta un cilindro (es decir, una salchicha) de manera inclinada sale una elipse perfecta. La gente sabe más geometría de lo que admite», advierte Helfgott.
Los problemas no resueltos en la historia de las matemáticas son como lunares en una piel perfecta. El Clay Mathematics Institute, que incentiva la investigación en matemáticas, estableció en el año 2000 los siete problemas del milenio con un premio de un millón de dólares para aquellos que resuelvan cualquiera de los siete. Sólo uno ha sido resuelto: la conjetura de Poincaré, enunciada en 1904 por el francés Henri Poincaré y que es parte del campo de la topología. El matemático ruso Grigori Perelman la demostró y la convirtió en un teorema en 2003, pero no aceptó el premio porque consideró que el trabajo de otro matemático para resolver este problema fue más importante que el suyo. El último teorema de Fermat es otro problema matemático que tomó siglos en resolverse. En 1637, el matemático francés Pierre de Fermat, que se interesó en las matemáticas como un pasatiempo, anotó una conjetura en el margen de un libro, y dijo que no tenía espacio para explicar su demostración. Por siglos el problema llamó la atención de expertos. En 1995 el mate-mático inglés Andrew Wiles logró demostrarlo y apareció en las portadas de los diarios de todo el mundo.

La carrera de un matemático gira alrededor de problemas. Harald Helfgott decidió meterse en más problemas cuando comenzó su carrera de matemático internacional en la Universidad de Brandeis, en Massachusetts, adonde llegó becado. Allí fue parte de un círculo en el que también había investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) donde publicó artículos y conoció a más mentores, lo que le ayudó a continuar un doctorado en Princeton, considerado como uno de los mayores centros de estudios de matemáticas avanzadas en el mundo. Fue durante el primer año de su doctorado, en su examen oral de fin de año, cuando Helfgott conoció la conjetura débil de Goldbach. Era uno de los temas generales por estudiar. El 19 de mayo de 1999, Helfgott se enfrentó por tres horas y media a un jurado al que tuvo que explicarle los métodos con los que el ruso Ivan Vinogradov había intentado resolverlo. Después de Princeton, donde se especializó en teoría analítica de números, Helfgott comenzó sus estudios post-doctorales en la Universidad de Montreal y comenzó a investigar sobre teoría de grupos, su otro campo de trabajo. Las dos son ramas de las matemáticas puras que, a diferencia de las matemáticas aplicadas, no tienen ninguna utilidad práctica como fin. El ADN de las matemáticas puras se parece más al de la filosofía que al de la ingeniería.
Probar la conjetura débil de Goldbach era el problema al que Harald Helfgott volvía todos los días y que se volvió su obsesión. Una conjetura es una ley que parece cierta pero que no se ha podido probar y por eso no es un teorema universal. En este caso, que todo número impar mayor que cinco puede expresarse como la suma de tres números primos. Los primos son aquellos números naturales mayores que 1 que sólo pueden dividirse entre 1 y ellos mismos. Se les llama números solitarios porque, a diferencia de otros, solo se tienen a ellos mismos además del 1 para dividirse. Helfgott piensa que puede hacerse una comparación con la química: los primos son los átomos en la tabla periódica de los elementos a partir de los que se crean el resto de los demás números. Del mismo modo que hoy en la física existe una obsesión por descubrir las partículas elementales que formaron el universo y saber cómo se originó, los matemáticos se han obsesionado con los números primos. Hace más de dos mil años, Euclides demostró que existe un número infinito de primos y desde entonces la cacería por encontrar nuevos es el pasatiempo de expertos y aficionados. Conforme los números aumentan, los primos se hacen más raros. Pero cada cierto tiempo encontramos nuevos en esta cacería. Incluso existen parejas de números primos que se separan solo por dos números, sin seguir ningún patrón, como si nos jugaran una broma que no podemos entender. Hoy gracias al matemático estadounidense Curtis Cooper sabemos que el mayor número primo que conocemos es 257 885 161 -1
, un número con 17’425,170 dígitos. Eso equivale a más del doble de caracteres de la siete novelas de Harry Potter. Del mismo modo que hemos decidido darle un valor fascinante a los diamantes, también se lo hemos dado a los números primos. La fascinación por los números primos va más allá de su rareza. Es también nuestro interés por comprenderlo todo.
Los matemáticos de altura vienen de todas partes. Antes de los cuarenta años, Cristian Goldbach, un prusiano hijo de un pastor protestante, se convertiría en tutor del zar Pedro II de Rusia. Aunque había estudiado leyes y medicina, fue más un matemático. En 1742, Goldbach dijo que los números pares mayores que 2 pueden escribirse como la suma de dos números primos —conjetura fuerte—, y como consecuencia, que los impares mayores que 5 pueden escribirse como la suma de tres primos —conjetura débil—. Un ejemplo: 7 es la suma de 3 + 2 + 2. Otro ejemplo: 21 es la suma de 11 + 7 + 3. Hay una fascinación por hallar las reglas escondidas de cómo funcionan los números primos porque a partir de ellos se pueden crear todos los demás números y obtener pistas para resolver otros problemas. Lo que dijo Goldbach parecía funcionar con todos los números hasta el infinito, pero nadie podía probarlo. Así se convirtió en una conjetura y en uno de los problemas más difíciles de resolver en la historia de las matemáticas. En los siglos siguientes, algunos matemáticos hicieron pruebas con números primos hasta más de un trillón, pero no fue suficiente para convertir la conjetura débil en teorema. Ivan Vinogradov, un matemático ruso, había probado que la conjetura era cierta a partir de números elevados (que otros matemáticos concluirían que era de más de mil trescientos ceros a la derecha). Quedaba un intervalo de números entre un trillón y otros números astronómicos que impedían probar la validez de la conjetura débil de Goldbach. El trabajo de Helfgott fue demostrar que era cierta en todos los casos. A diferencia de otros problemas famosos de matemáticas, como el último teorema de Fermat, que dependieron de decenas de intentos previos a su resolución, el trabajo de Helfgott se basó sobre todo en el de Vinogradov y de predecesores como los británicos Godfrey Hardy y John Littlewood. HH reconoce haberse inspirado también en trabajos previos del ruso Yuri Linnik y del francés Olivier Ramaré, quien demostró que cualquier número par a partir de 4 es la suma de un máximo de seis números primos. Toda demostración matemática es la gran conclusión de una herencia de pruebas precedentes. Pronto Helfgott, un matemático del Perú, tendrá herederos.
Cuando estuvo concentrado en demostrar la conjetura, Helfgott se olvidaba a veces de regresar a casa a dormir y lo hacía sobre su escritorio. O se pasaba de largo de su parada de metro de la línea seis de París. O despertaba y se ponía a trabajar en pijama antes de tomar una ducha. Resolver un problema como la conjetura débil de Goldbach exige cambiar una rutina de vida de años. Para no enloquecer, Helfgott trató de mantener cierta distancia: cada semana tenía clases de tango y griego clásico a las que no faltaba, salvo durante las últimas semanas de su prueba. Seis años después, el matemático logró probar la conjetura débil de Goldbach para todos los números. Su labor tuvo dos partes. La primera fue teórica, y consistió en usar herramientas matemáticas —como el método del círculo y sumas exponenciales— para el problema que él ensayaba en cuadernos y pizarras o calculándolas mentalmente para llegar a la conclusión lógica de que la conjetura débil era cierta a partir de un número igual a uno con veintinueve ceros a la derecha en adelante. La primera fue analizar el problema desde la habilidad del matemático; la segunda, validar el problema desde la potencia de las computadoras. En mayo de 2013 HH llegó a la conclusión final. Ese día fue a una tienda de juguetes en París y se compró un camión con remolque para ensamblar. Era su forma de decirse que el trabajo había terminado. El matemático sintió más alivio que alegría. Pero su prueba aún debía ser aprobada por la comunidad matemática.

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Cuando el colegio Humboldt de Lima permitió a sus alumnos ir a clases con cualquier ropa de calle, Harald Helfgott decidió seguir yendo con su uniforme gris escolar. Prefirió mantener el uniforme gris que perder el tiempo pensando qué vestir cada día. Era una postura a favor de una rutina austera, una incomodidad a desperdiciar energía por tomar decisiones diarias sobre asuntos sin importancia. Otros personajes en la historia tomaron la misma decisión de no tener un guardarropas abundante: Steve Jobs y sus chompas negras con cuello de tortuga, Mark Zuckerberg y sus camisetas grises, Barack Obama y sus trajes azules: «No quiero tomar decisiones sobre qué voy a comer o llevar porque tengo muchas otras decisiones que tomar», declaró el presidente de Estados Unidos. Hoy el matemático estaría contento si le impusieran un uniforme para ir todos los días a trabajar.
Helfgott se indigna de que exista gente que se enorgullezca de decir que, después del colegio, no han vuelto a ver ninguna prueba matemática en su vida. «Ignorante es quien no quiere aprender», dice. Hace dos mil años, en la Hermandad Pitagórica, la sociedad creada por el matemático griego para extender el conocimiento, las demostraciones se hacían por ensayo y error. Es el mismo camino que siguen hoy los matemáticos para demostrar la validez de una conjetura. Lo más importante de un curso de matemáticas no está en la habilidad para resolver una lista de problemas sin errores en el menor tiempo posible, sino en aprender a pensar como un matemático, con intuición y de manera lógica. Lo espantoso de las matemáticas se inaugura en el colegio con el estrés de los exámenes. Los alumnos reciben calificaciones cada semana sin comprender qué deben mejorar y ya han pasado a un nuevo tema y tienen que estudiar para el nuevo examen. Los problemas deben resolverse en el menor tiempo posible y esta presión convierte las matemáticas escolares en una carrera de ansiedad contra el reloj. «En sexto de primaria nuestro profesor de matemática le traía problemas de cuarto y quinto de secundaria —recuerda Matías Vega, uno de los compañeros de clases de Helfgott en el colegio Humboldt—. Cuando venían los exámenes todos nos rompíamos la cabeza para terminar y él terminaba a los diez o quince minutos y después sacaba los problemas de años muchos mayores para divertirse». La aplicación práctica de las matemáticas está lejos de la memorización de teoremas y de la agilidad en realizar cálculos complicados. Se trata más de saber cómo aumentar los ingredientes cuando hay más personas que las que indica el recetario de cocina, de estimar la altura de un cuarto comparándola con nuestra estatura o de cómo hacer caber más cosas en un espacio reducido teniendo en cuenta la forma de un objeto. Los malos profesores de matemáticas enseñan bajo un modelo de repetición: el profesor enseña un nuevo concepto, desarrolla un ejemplo con la clase y deja una tarea individual. Las clases de matemáticas se vuelven así una repetición de fórmulas y no la exploración de un mundo nuevo gobernado por la razón.
Harald Helfgott no fue víctima de esta enseñanza tradicional de las matemáticas. Nunca la necesitó. Sus primeros maestros fueron sus padres, que eran profesores de matemáticas y estadística. Habían elegido su nombre en honor del matemático danés Harald Bohr, un ex futbolista del equipo olímpico danés y hermano de Niels Bohr, uno de los físicos que trabajó en la teoría del átomo. Helfgott sirvió de conejillo de indias cuando su padre escribió un libro de geometría y él debía revisar que todas las demostraciones fueran correctas. También HH asistía en Lima a la Facultad de Matemáticas de la Universidad de San Marcos cuando acompañaba a su madre a dictar sus clases de estadística. El matemático sabe que sus padres lo llevaban a todas partes porque no tenían niñera.
Helfgott creció en un mundo donde él siempre fue el diferente, pero nunca fue un solitario ni tuvo problemas para ser sociable y conversador. En la escuela le decían «cabezón». Matías Vega, su compañero de clases en el colegio Humboldt, lo recuerda como el chico que tenía la apariencia clásica de un genio, con la mirada fija en el vacío y que no se preocupaba por su aspecto. Matías Vega recuerda que HH tenía pasatiempos distintos: en vez de leer historietas, leía La metamorfosis, de kafka; en vez de jugar al fútbol, jugaba al ajedrez; en vez de ver E.T., veía 2001 Odisea en el espacio. Helfgott recuerda que sus maestros se daban cuenta de su facilidad para aprender más allá de las cursos y le permitían leer libros para estudiantes mayores. Durante su educación secundaria, por las noches, iba a clases especiales que un profesor dictaba para sus alumnos más adelantados. «El mejor maestro —entiende HH— es aquel que enseña a sus alumnos para que sean mejores que él». El niño que vivía en la calle Saturno, del barrio El Cercado de Lima, también tenía temores distintos. Una tarde leyó una noticia que lo hizo romper en llanto: el Universo desaparecería algún día.
En tiempos en que el Perú pasaba por su peor crisis económica, sus padres decidieron llevarlo a una escuela de verano soviética en Lima. Helfgott tenía diez años y ese verano comenzó a aprender ruso, a estudiar sobre los países que conformaban la Unión Soviética, y a asistir a clases avanzadas de matemáticas. Mirko Solari, uno de los amigos que HH hizo aquel verano, recuerda haber conversado con él sobre temas políticos y los problemas del país. Helfgott no ha abandonado ese interés, sobre todo en los problemas de la educación. En el Perú, donde vivió hasta finales de su adolescencia, la educación es una de los peores del mundo: en una prueba de la Organización de la Cooperación para el Desarrollo Económico que evalúa los niveles en matemáticas, ciencia y comprensión lectora de sesenta y cinco países, el Perú quedó en último lugar. Hoy Helfgott dirige una escuela de verano en Cusco. Junto a dos centros inter-nacionales de matemáticas y una universidad cusqueña, el matemático quiere llevar a los mejores estudiantes de Sudamérica a esta escuela y debatir temas avanzados de su especialidad, la teoría de números. La selección fue estricta: pidieron cartas de recomendación y notas que probaran que el alumno postulante entiende matemáticas y no era sólo un aficionado que buscaba una línea más en su currículum. Helfgott ha invitado a matemáticos de todas partes del mundo para que den clases magistrales y pasen unas semanas en Cusco con los estudiantes. Se ha encargado en persona de revisar todos los detalles de su escuela: ha elegido desde el menú y los vinos para las ceremonias oficiales y ha decidido que alumnos y maestros duerman todos en el mismo hotel. La escuela del Cusco es a la que el Helfgott adolescente hubiera querido asistir cuando acompañaba a su madre a la universidad y se colaba en las clases de matemática pura.

 

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Una noche de febrero de 2015, un hombre bailaba con otro hombre en el salón de un edificio de París. Era Harald Helfgott posando sus brazos sobre los hombros de Daniel Schnellmann, su maestro de tango que también es matemático y a quién había conocido cuando ambos eran investigadores en la École Normale Supérieure de París, la principal escuela de matemáticas de Francia, donde ambos tenían oficinas en el mismo piso. Bailaban al son de un tango argentino junto a otros treinta bailarines que se habían reunido allí, como cada semana, para una milonga. El matemático suizo llevaba el paso, guiando a Helfgott con leves movimientos de cintura, mientras que HH apenas movía los brazos y casi no flexionaba las piernas: se hallaba más concentrado en seguir el ritmo y en no pisar jamás a su pareja.
Meses atrás, Helfgott había asistido a clases de tango en San Petersburgo, Rusia, mientras fue invitado de la cátedra Lamé, una iniciativa franco-rusa para integrar las comunidades matemáticas de ambos países. En su primera clase, su maestro se dio cuenta de que era un matemático por su rigidez y porque su vocabulario consistía de frases comunes en la matemática. Lo molestaba preguntándole: «¿Y la demostración?», refiriéndose a la labor típica de los matemáticos. Helfgott recuerda que no sabía decir «caderas» en ruso y que tuvo problemas en las clases por el idioma y por eso estuvo junto a los debutantes. Esa noche en París, sin embargo, Helfgott pensaba en francés y en no salirse del ritmo: mientras bailaba, mantenía la mirada fija en un punto de la pared como si estuviera hipnotizado en sentir al milímetro cada parte de su cuerpo en lugar de mirar cada paso de su pareja. El maestro Schnellmann había descubierto el tango en Austria y luego creado su escuela itinerante de clases y bailes semanales. El profesor matemático nunca perdía la paciencia con el alumno matemático: bailó con él por diez minutos y se tomó el tiempo en decirle por quinta vez que debía soltarse aún más. Insistía en que tratara de bailar con otros para dejarse llevar por la música y aprender a anticiparse a los movimientos de los desconocidos. Pero su principal consejo era también lo contrario a la rutina de un matemático: Helfgott debía concentrarse menos.
El tango y las matemáticas comparten la paradoja de ser rígidos en las leyes que los gobiernan, pero flexibles en la improvisación. El ritmo está en los tiempos que se escriben en un pentagrama con símbolos musicales del mismo modo que un teorema se escribe con variables y símbolos matemáticos. En el artículo Mathematical models for argentine tango, la matemática Carla Farsi, de la Universidad de Colorado, aplica al tango modelos matemáticos que se pueden representar con gráficos tridimensionales, como si el tango se tratara de un problema de física. La expresividad del baile queda reducida a ecuaciones que no permiten tropezar. Helfgott se enamoró del tango cuando escuchaba a Gardel de niño en sus almuerzos familiares. Bailar tango resulta para él más tentador porque es más formal que otros bailes: tiene una lista de pasos y el reto de combinarlos con elegancia. Esa noche en París, el matemático se pasó bailando con parejas ocasionales que, por su condición de principiante, aceptaban a regañadientes su invitación a bailar. En la pista de baile, Helfgott mantenía a sus parejas a distancia con los brazos semiabiertos, posándolos sobre sus hombros y no en la cintura. Esa es la postura de los debutantes que aún no se sienten cómodos con la incertidumbre de los pasos de sus parejas. Esa noche, una de ellas fue una mujer mayor con un vestido largo y rojo a quien Helfgott acompañó al centro de la pista y que aceptó bailar gustosa con él a pesar de la advertencia de ser un debutante. La mujer le daba consejos, le susurraba hacia dónde debían deslizarse mientras Helfgott se concentraba mirando la pared del otro extremo de la sala. La pareja hacía giros y era la mujer la que llevaba el ritmo. En el salón tocaban un tango: Recuerdos de bohemia.

Dime por qué, por qué olvidar
que yo hice florecer
tu primavera.
Por qué
tu corazón me abandonó.
Por qué
tu mano me alejó.
Dime por qué, por qué, dejar
a quién te dio su ser
su vida entera.
Por qué
pagaste así cruel con tu rigor
todo mi amor.

La mujer del vestido rojo se despidió del matemático dejándole consejos para el resto de la noche. La belleza del tango está en las figuras que dibujan las parejas y en la improvisación. En matemáticas, la belleza está en la simpleza y en lo indiscutible de las pruebas. Unos neurocientíficos del Reino Unido descubrieron que la misma parte del cerebro que se activa por el arte y la música se activa también en el cerebro de los matemáticos cuando miran ecuaciones que consideran bellas. Helfgott dice que, a diferencia de otras ciencias, como las políticas, en matemática la razón no se gana por la fuerza sino por una prueba objetiva. La belleza de las matemáticas no es para él una virtud principal, pero admite que no deja de buscarla a la hora de resolver un problema. Cuando se le pregunta por la belleza de las mujeres, el matemático responde que le importa, aunque no tanto como su inteligencia. HH evita hablar de la mujer ideal. «Uno debe tener principios cercanos y temperamentos complementarios», dice teorizando sobre la pareja. Esa noche, durante la milonga del barrio doce de París, las parejas fueron abandonando el salón. Hacia el final el matemático acudió a preguntar a su profesor de tango en qué debía mejorar. El hombre que acababa de hallar la solución eterna a un problema matemático quería buscarse a sí mismo en la elegancia y la sensualidad del tango.

 

***


El matemático no bailará el último tango en París. Si la matemática es una ciencia que se hace esperar, queda esperar aún más de Helfgott, un hombre capaz de pasarse horas armando una figura de origami. Rumbo a los cuarenta años, es capaz de disfrutar del tiempo lento de aprender un nuevo idioma como el ruso o el griego antiguo. Cuando se propuso resolver la conjetura débil de Goldbach, Helfgott sabía que su demostración iba a ser la primera etapa de una aventura que tardaría años. Las pruebas matemáticas no están exentas de su propia burocracia: demostrar la veracidad de una conjetura sin resolver por casi trescientos años exige superar un protocolo de expertos, editores y árbitros que respaldan la publicación de una prueba matemática. La prueba de Helfgott pasaría por dos años de revisiones y reescrituras hasta que él envió una última versión para ser publicada. A Helfgott le haría falta aún más paciencia para que un panel de jueces anónimos la valide. Solemos percibir la matemática como una carrera de velocidad mental, cuando es todo lo contrario: una carrera de resistencia en la que sólo los pacientes la entenderán al fin. Isaac Newton dijo: «Si he hecho algún descubrimiento valioso, éste se debe más a prestar atención con paciencia que a otro gran talento». El matemático y físico inglés sabía que gran parte del secreto de los números consistía en aprender a esperar.
En los últimos cinco años, Helfgott ha residido en París, la ciudad donde, según él, hoy vive la mayor cantidad de matemáticos de alto nivel en el planeta. Ha trabajado como funcionario público del Centre National de la Recherche Scientifique, CNRS, una de las instituciones académicas más prestigiosas del mundo, investigando y dictando clases en universidades públicas como Pierre et Marie Curie y Paris Diderot. En unas semanas, Helfgott tendrá que abandonar sus clases de tango en París: se habrá mudado a Alemania para enseñar en la Universidad de Göttingen, la misma donde fue profesor Carl Friedrich Gauss, El Príncipe de las Matemáticas.
Helfgott tendrá que bailar tango en alemán: ha ganado la codiciada beca de la Cátedra Alejandro von Humboldt con que el gobierno de Alemania premia a los investigadores líderes de las ciencias en todo el mundo. HH es el investigador más joven de todos los que han ganado una Cátedra Humboldt en más de medio siglo de historia y el primer latinoamericano en ganarla. La Cátedra Humboldt le concede al matemático tres millones y medio de euros para crear y liderar un equipo de teóricos de la matemática que exploren en teoría de grupos y teoría de números en los próximos cinco años. El matemático del Perú quiere construir puentes entre las comunidades matemáticas europea y sudamericana, y organizará una serie de conferencias. La Unión Europea le ha concedido otro millón trescientos mil euros para investigar. El matemático promete no abandonar sus clases de tango, aunque sean en alemán y el verbo pisar en alemán suene más duro que en francés.
Un viernes de mayo de 2015, Helfgott estaba en Alemania buscando un nuevo departamento para mudarse de París a Göttingen, cuando recibió en su hotel un correo electrónico que no podía abrir. Había asistido a un acto solemne donde juró ante la presidenta de la Universidad de Göttingen que respetaría las normas de su centro de estudios. «En Alemania —dice el matemático— los nuevos profesores juramentan como si fueran diputados». Acababa de volver a su hotel luego de una cena y no lograba abrir los archivos que le habían llegado a su e-mail. La señal de Internet no funcionaba bien en su habitación y se instaló en el lobby de su hotel frente a una tablet que acababa de comprar. El correo era de una de las editoras de Annals of Mathematics Studies, una prestigiosa y antigua revista de la Universidad de Princeton, que evaluaba la validez de su demostración de la conjetura débil de Goldbach. Era la aprobación final. La editora le sugirió todavía unas aclaraciones en su texto, pero le adelantó que ya podía firmar el contrato de publicación. Era el final de una gran aventura mental. Helfgott había estado dispuesto a aguardar años el resultado con tal de que su prueba fuera verificada al milímetro. Esperar una lentísima demostración es menos romántico que extasiarse con un momento de iluminación espontánea. De esa paciencia extrema se trata la vida de matemático, de vivir sin pensar en un eureka. El matemático había demostrado que la conjetura débil de Goldbach era cierta. Su prueba había sido validada. Harald Helfgott, quien aguardó seis años para resolver una conjetura que llevaba casi tres siglos sin resolverse, aún no sabe cómo celebrará. Tal vez no le importe tanto.


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July 13, 2015

Etiqueta-negra-126

Un texto de

NO LE PIDAS UN CHISTE
AL ASESOR CIENTÍFICO
DE THE BIG BAG THEORY

¿Debe ser cool alguien que sabe cómo funciona el universo?

Un texto de María Teresa Hernández
Ilustraciones de Héctor Huamán

Una noche de 2014, durante la grabación de un episodio de la séptima temporada de The big bang theory, en los estudios Warner Bros. de Los Ángeles, los guionistas de la serie le pidieron al físico David Saltzberg que propusiera un chiste científico. La broma sugerida debía hacer reír a millones de personas con un diálogo de Sheldon Cooper, pero la propuesta de Saltzberg fue tan mala que los guionistas decidieron usar sólo el concepto y reescribirla por completo. Para Saltzberg, un hombre que puede detectar partículas invisibles en el Polo Sur, que entiende para qué sirve el Gran Colisionador de

Hadrones y sabe cómo sobrevivir a temperaturas de menos treinta grados, el mecanismo que hace reír a la gente es un misterio. Eso no es algo extraordinario. La mayoría de las personas no sabe contar chistes. Para este científico, sin embargo, esa frustración se resuelve como un problema matemático: cuando a David Saltzberg se le ocurre una broma para un capítulo The big bang theory, toma un plumón de tinta de acetona y escribe ecuaciones sobre un pizarrón blanco.
Para él, la risa no se articula a través de juegos verbales, sino de números, fracciones y letras del alfabeto griego. Aunque trabaja como asesor científico en la comedia número uno de la televisión en Estados Unidos, Saltzberg no sabe cómo hacernos reír. David Saltzberg, el hombre que habla de ciencia a través de la voz de Sheldon Cooper, es un científico tímido de cuarenta y ocho años que se sonroja con facilidad. Hace casi una década que divide sus horas de trabajo entre la física de partículas y su puesto de Consultor de Ciencia en The big bang theory. Sin embargo, su influencia en la serie sobrepasa la corrección de libretos: desde que se unió al equipo de producción ha inspirado el ambiente en el que viven los nerds más populares de la televisión. Como los personajes, Saltzberg pasó su infancia en un sótano con sus amigos para ensamblar cohetes a escala, mezclar ácidos para producir explosiones y utilizar azufre para fabricar bombas de mal olor. Fue un estudiante sobresaliente y un adolescente que dedicaba más tiempo a la resolución de ecuaciones que a las borracheras y fiestas. Es probable, además, que las manías de Sheldon Cooper no sólo sean producto de la imaginación de los guionistas: David Saltzberg es un físico que funciona como una pieza de relojería. Todos los días apaga su despertador a las cinco de la mañana. A las seis y media llega a su oficina en la Universidad de California para verificar que la clase de física que impartirá ese día esté actualizada y también para revisar sus correos electrónicos. Poco antes de las nueve, en jeans, zapatillas y camisa arremangada por debajo de los codos, Saltzberg cruza la universidad empujando un carrito metálico similar al que usan los mensajeros al repartir paquetes. En él carga con lo que necesita para dar clase a sus doscientos estudiantes: libros de texto, laptop y tizas. Sheldon Cooper es un intelectual con el ego del tamaño del Titanic. Cree que los ingenieros son simples obreros de la ciencia. Tiene la certeza de que ganará un Premio Nobel de Física. Piensa que todos —a excepción de gente como Stephen Hawking, Leonard Nimoy y Stan Lee— están por debajo de su capacidad intelectual. En cambio, cuando uno conversa con David Saltzberg siente que podría preguntarle, sin sentirse tonto, por qué el cielo es azul o cuánto vive
una estrella. Saltzberg tiene las respuestas y la disposición de explicarlas con paciencia budista. Es un hombre dulce, un tanto regordete, que no supera el metro sesenta y cinco de estatura. Esta tarde, el profesor de ojos azules y sonrisa cálida saluda a sus alumnos en los pasillos y laboratorios. Grita sus nombres desde lejos y me presenta a todos con el orgullo de un padre que presume a sus hijos. Eric Takasugi —cabeza de cepillo y lentes rectangulares— es un físico de veintiocho años que explica la composición de la materia con ladrillos de Lego. Cursa un doctorado bajo la supervisión de Saltzberg, y dice que lo adora porque no es un profesor convencional: hace un tiempo, cuando viajaron juntos a Suiza para trabajar en la Organización Europea para la Investigación Nuclear,Saltzberg se tomó una tarde para enseñarle a manejar un coche con caja de velocidades.
En el sitio web donde los universitarios despellejan o aplauden a los profesores de su facultad, Saltzberg no se salva de recibir algunas pedradas. «Comete errores y no se da cuenta». «Plantea preguntas demasiado conceptuales en los exámenes». Y aunque algunos de sus alumnos se aburren durante las cuatro horas semanales de clase que imparte, a otros les entusiasma que sea parte esencial de una producción que cada semana mantiene a doce millones de personas pegadas al televisor: «O te acostumbras a su clase o te duermes —escribió uno de sus estudiantes—, pero amo The big bang theory, y él es quien escribe el diálogo científico de la serie. Eso lo hace 10’000,000,000 de veces más cool».

thebigbang

 

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La televisión, como el cine, crea mitologías, reinventa a nuestros héroes. No admiraríamos el temple de un mafioso si no fuera por Tony Soprano. La química no sería una ciencia célebre sin Walter White. Si no existiera Don Draper, no veríamos glamour en la publicidad. Antes del estreno de The big bang theory, un laboratorio era percibido como una incubadora de nerds, esos tipos antisociales y excéntricos que podrían formar una secta para alabar a Darth Vader y el señor Spock, pero nunca invitar a una rubia a cenar. Hoy, en cambio, millones de personas son fanáticas de Sheldon Cooper, un físico que viste camisetas estampadas de Flash y presume que su color favorito es el azul de la espada láser de Luke Skywalker. Desde la transmisión de su primer episodio, The big bang theory nos recordó que no se necesita un disfraz de superhéroe para cambiar el mundo y reivindicó a los nerds entre nuestros ídolos.
David Saltzberg se enamoró de la ciencia como millones de personas de The big bang theory: frente a la pantalla de un televisor. A los ocho años se volvió fanático de Space: 1999 y Batt lest ar galactica, shows célebres a fines de los setenta.
Además, era seguidor de Cosmos, serie documental en la que Carl Sagan, un astrofísico y cosmólogo que parecía saberlo todo, coqueteaba con la cámara mientras narraba la historia del universo en sesenta minutos. Por esos días, Saltzberg seguía con euforia los primeros viajes del hombre al espacio en una casa de Nueva Jersey, al noreste de Estados Unidos.
Ahí vivió con su padre —un ingeniero eléctrico—, su madre —un ama de casa que le enseñó a leer— y tres hermanos mayores, dos de los cuales también trabajan en ciencia. Aunque
hoy vive del otro lado del país, Saltzberg dice que no los extraña: vuela para visitarlos varias veces por año y en cada viaje vuelve a dormir en la habitación de su infancia, donde pasaba horas leyendo los textos de divulgación científica de Isaac Asimov, el bioquímico ruso que estableció las Leyes de la Robótica y en sus libros explicaba qué son la electricidad, la luz y el sonido. En las últimas tres décadas, el prestigio de los nerds ha crecido de manera exponencial. En la realidad y en la ficción, la inteligencia ha dejado de ser motivo de burla para provocar fascinación. Bill Gates sería un informático cualquiera de no ser porque el imperio de Microsoft lo convirtió en el hombre más rico del mundo. Mark Zuckerberg sería un programador promedio si Facebook no tuviera más de mil millones de usuarios activos al mes. Y aunque lo pasemos por alto, los personajes de The big bang theory no son los únicos genios ficticios que despiertan suspiros. Barry Allen, el superhéroe veloz que llamamos The Flash, es un científico forense cuando no protege a la humanidad enfundado en su traje de látex rojo. Bruce Banner, quien combate villanos al transformarse en Hulk, experimenta con radiación durante sus ratos libres.
Tony Stark es un ingeniero que vive entre el diseño de armamentos y su vocación por interceptar misiles nucleares disfrazado de Iron Man. Hoy los geeks salvan el mundo, son millonarios y protagonizan películas y series de televisión.

 

***

La imagen que tenemos de los científicos, como la materia, se transforma. En los siglos XVII y XIX fueron genios solitarios. Casi podríamos pintar un cuadro genérico de físicos como Isaac Newton, quien descubrió la gravedad, o Michael Faraday, que hizo lo propio con el electromagnetismo: hombres canosos, con las narices metidas en los enigmas del mundo, ensimismados detrás de un escritorio bajo la luz de una vela. En nuestra imaginación, un científico es una fotografía de Albert Einstein con los pelos en punta. «Ese modelo heroico ya no existe. Es una percepción romántica
que nos formamos siendo niños, pero desde hace unos cincuenta años ya no hay físicos así», me dice David Saltzberg el día que nos encontramos en UCLA. Viste jeans azul cobalto y camisa vainilla. Sentado en un sillón tan alto que impide que sus zapatillas chocolate toquen el suelo, parece un niño que habla sobre su caricatura favorita. Saltzberg sonríe y agrega que los premios Nobel de ciencias que se han entregado recientemente han sido a dos o tres eruditos que trabajan en equipo. Hoy, dice Saltzberg, la ciencia es colaborativa: el universo es tan grande que no basta un puñado de hombres curiosos para estudiarlo todo.
Quien sólo estudia ciencias en la escuela y de pronto encara el mundo de la Física se siente tan limitado como David Saltzberg cuando alguien le pide que cuente un chiste. Para nosotros, el tiempo es un reloj de pulsera. Lo diminuto es una cabeza de alfiler. La invisibilidad es el superpoder de un personaje de Marvel. Los físicos piensan distinto. Saben que hay una inmensidad que nos rebasa, un submundo que no podemos ver ni tocar. En comparación con nuestra vida dia ria, en física todo puede parecer extremo: extremadamente grande, extremadamente pequeño, extremadamente veloz.
La breve historia del tiempo de Stephen Hawking hace lo que Cosmos, de Carl Sagan: traduce la complejidad de la energía, la materia, el tiempo y The big bang theory se atreve a más: transforma conceptos ininteligibles en comedia. Sin saber qué son o para qué sirven, las ondas de microondas nos hacen reír.
Antes de cumplir veinte años, el mundo de David Saltzberg comenzó a expandirse. Cambió el sótano de la casa de su amigo por el de la Universidad de Princeton, y en esa cámara subterránea realizó sus primeros experimentos universitarios con un acelerador de partículas, un dispositivo que emplea campos electromagnéticos para que diminutos fragmentos de materia, cargados de energía, choquen entre sí. Es casi como encender la mecha de fuegos artificiales. Las colisiones, a su vez, generan partículas más pequeñas, como cuando los objetos pirotécnicos escupen chispas de colores en el cielo de la noche. En un acelerador, la mayor parte de estas chispas- partículas son inestables; desaparecen en menos de un segundo. Otras, en cambio, podrían recorrer la Tierra hasta el fin de los tiempos. A estas últimas se les llama neutrinos, y desde fines de los ochenta son la obsesión de David Saltzberg.
Un neutrino es un neutrón pequeño. No se divide ni transforma.
Rara vez interactúa. Eso quiere decir que atraviesa materiales sin producir efectos secundarios. Si apuntara mi pulgar hacia el sol, cada segundo sería atravesado por seis billones de neutrinos y no habría manera de sentirlos mientras entran y salen de mi piel. David Saltzberg, como otros físicos de partículas, cree que los neutrinos son la base del universo. Contrario a lo que pensamos, el Big Bang no fue una explosión. El concepto alude una expansión que inició hace trece mil millones de años. En aquel entonces no había gravedad ni materia; no existían los átomos ni las partículas que los integran: protones, electrones y neutrones. Sólo había quarks, partículas aún más diminutas que forman protones y neutrones. Por el estado tan caliente en el que se encontraba ese espacio primigenio, el universo comenzó a propagarse como una mancha y un choque entre partículas positivas y negativas provocó una explosión. Un milmillonésimo de segundo después de aquel evento, un tercer grupo de partículas quedó aislado. Saltzberg y sus colegas piensan que algunas de éstas eran neutrinos. Hasta ahora, sólo se tiene certeza de que éstos se unieron para formar protones y neutrones que a su vez originaron galaxias, planetas y estrellas. ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos? El cuadro más famoso de Paul Gauguin, el artista francés que abandonó su vida acomodada para dedicarse a pintar, lleva por título estas tres preguntas. Lo que algunos tratan de responderse a través del arte o la filosofía, David Saltzberg lo busca en los neutrinos.
Como todo físico de partículas, sabe que son piezas faltantes de un rompecabezas que permitiría comprender el proceso de formación del universo.

 

***

Una noche de 2007, durante el segundo episodio de The big bang theory, Sheldon Cooper arruinó el cliché romántico del superhéroe que salva a la dama en peligro con una deducción matemática. En una de las escenas, Penny comenta lo mucho que le gusta la película en la que Lois Lane cae de un helicóptero y Superman vuela como un águila para salvarla.—¿Sabías que esa escena está plagada de imprecisión científica? —le pregunta Cooper, mientras esboza la sonrisa maliciosa del Grinch.—Sí, sí —responde Penny—, ya sé que los hombres no pueden volar.—No, no, asumamos que pueden: Lois Lane está cayendo,acelerando a una velocidad inicial de 9.76 metros por segundo.
Superman se lanza en picada para atraparla con sus brazos de acero. La señorita Lane, quien ahora está viajando a 193 kilómetros por segundo, se estrella contra ellos y su cuerpo se fractura en tres partes iguales.
Fin del argumento. Sheldon se regodea como quien acaba de comprobar que la Tierra no es plana. Penny agacha la mirada como un niño que descubre que el ratón de los dientes no existe. En las gradas del estudio Warner Bros., el público invitado a la grabación estalla en carcajadas y aplausos. Inadvertido entre esa multitud está David Saltzberg, que infla el pecho de orgullo: sabe que fue cómplice de los guionistas para escribir esa broma. Como cada martes, el físico
organiza su día para combinar la ciencia con la televisión.
Saltzberg no está solo en la tribuna del set. Junto a él están sus mejores estudiantes, que aplauden al unísono. Ellos son los ganadores de The Geek of the Week, un programa que Saltzberg inventó para motivar sus estudios, y cuyo premio inicia con un viaje en auto desde Westwood, donde está la universidad, hasta Burbank, una ciudad famosa por sus estudios de cine y televisión.
Eric Takasugi ganó una vez. Dice que fue muy divertido y que varios alumnos de Saltzberg sueñan con hacer ese viaje.
Un maestro promedio solo imparte su clase, asigna exámenes y reparte calificaciones. David Saltzberg invita a sus alumnos a darle la mano a Jim Parsons y Johnny Galecki cuando no interpretan a Sheldon y Leonard en la serie de comedia más lucrativa del canal. Además, gracias a él, pueden conocer a Kaley Cuoco, la rubia con cuerpo de Coca-Cola y sonrisa de anuncio de pasta dental que interpreta a la vecina de los físicos. Saltzberg no es un actor de comedia que gana premios Emmy ni un millón de dólares por episodio al aire, pero entre alumnos, colegas y televidentes es casi una celebridad: gracias a él, un nerd con cuerpo de espagueti puede derrumbar el mito del infalible hombre de acero con un cálculo rápido de física elemental.
David Saltzberg se integró al equipo de producción por curiosidad. Un amigo suyo le comentó que los creadores de la serie buscaban un asesor de física para revisar los guiones, y días después Bill Prady, el productor ejecutivo, lo llamó para saber si alguno de sus estudiantes querría colaborar. Saltzberg le preguntó si habría inconveniente en hacerlo él mismo. Desde entonces, el verdadero Sheldon Cooper tiene dos tareas: verificar el guión de un capítulo terminado o sacar a los guionistas de un apuro mientras escriben. En el primer caso, tiene una semana para pensar; en el segundo, sólo doce horas. Para un científico acostumbrado a que sus experimentos arrojen resultados a cuentagotas, ayudar a pulir guiones es como trabajar a la velocidad de la luz.
En alguna ocasión, Bill Prady dijo que durante el proceso de escritura de los primeros episodios, él y Chuck Lorre, el otro productor ejecutivo de la serie, se quedaban mirando el monitor cuando llegaban a un diálogo sobre ciencia, como si esperaran que un hada madrina fuera a susurrarles una buena idea para llenar ese espacio en blanco. «Podemos quedarnos aquí todo el tiempo que quieras, Chuck. No nos vamos a transformar en físicos y nunca podremos escribir como ellos». Su trabajo se simplificó cuando conocieron a Saltzberg. En uno de los episodios de la segunda temporada, el físico recibió una línea que decía: «Escuché algo acerca de tu último experimento [ciencia por venir]: veinte mil pruebas y ningún resultado». La frase «[ciencia por venir]» es la carta abierta que Saltzberg tiene para proponer conceptos científicos reales y evitar enfurecer a los físicos que ven la serie y podrían notar un error. El científico dice que cuando vio aquel enunciado no sólo propuso un experimento real, sino que cambió un término —porque los físicos de verdad no usan la palabra «prueba» en ese contexto— y al final el diálogo quedó así: «Escuché algo acerca de tu último experimento de desintegración de protones: veinte mil secuencias de datos y ningún resultado significativo». Así, una tarde por semana, frente a la computadora de su pequeña oficina en UCLA, David Saltzberg salva a Sheldon Cooper de parecer tonto frente a la comunidad científica. Los actores y guionistas de la serie han dicho en entrevistas que no tienen idea de lo que significan los términos que Saltzberg escribe en los guiones, pero que jamás han dudado en dejar la precisión de los diálogos de la serie en sus manos. «Confiamos tanto en él —dijo una vez Chuck Lorre—, que podría estar timándonos y no nos daríamos cuenta».

2

 

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Antes de grabar el primer capítulo de The big bang theory, un grupo de guionistas y diseñadores de producción visitó a Saltzberg en UCLA. Necesitaban conocer a sus estudiantes para esbozar los rasgos físicos y psicológicos de sus personajes y construir sets inspirados en sus dormitorios. De este modo, como buzos de profundidad, escenógrafos, carpinteros, encargados de vestuario y escritores se sumergieron en la vida cotidiana de los científicos sin superpoderes que quieren cambiar el mundo. Fotografiaron mobiliario, libros y ropa; tomaron nota de su jerga y chistes. La esencia de ese universo se convirtió en imágenes: Sheldon, Leonard, Wolowitz y Raj no son seres ficticios, sino una telaraña que atrapa las obsesiones, manías y fobias de todo el que decide dedicar su vida a entender cómo funciona el universo.
La obsesión de un científico promedio es similar a la de un sabueso que busca una presa: cuando descubre un tema que lo seduce, suele perseguirlo por el resto de su vida. David Saltzberg es distinto: él quiere olfatear y explorar todo a la vez. Trabaja como físico de partículas. Asesora los guiones de The big bang theory. Asiste a Comic-Con —la convención de cómics más importante del mundo— para integrarse a un panel donde los protagonistas de la serie interactúan con sus fans. Además, se ha dado tiempo para aconsejar a los guionistas de Manhatt an, un programa televisivo que retrata el proceso de construcción de la primera bomba atómica. La última vez que hablamos por Skype, Saltzberg estaba en Londres. Era un invitado de Talking Statues, un proyecto británico que responde a la pregunta: ¿Qué historias nos contarían las estatuas si pudieran hablar? En aquella ocasión, Saltzberg estaba a cargo de la voz de Copérnico, el astrónomo que descubrió que la Tierra y los planetas giran alrededor del Sol. Edward Blucher, profesor de física experimental de la Universidad de Chicago, es un hombre delgado como una rama de bambú, y tiene los ojos pequeños y azules. Cuando sonríe y cruza las piernas, es idéntico a Sheldon Cooper. Blucher conoció a Saltzberg cuando éste llegó a la universidad para iniciar su doctorado. Le pregunto qué distingue al asesor de ciencia de The big bang theory de los científicos que conoce.
«Es inusualmente bueno porque es como un niño —dice, sin parpadear— y los niños son los mejores científicos. Sin importar lo que les pongas enfrente, se interesan por todo». Cuando Saltzberg estudiaba en Princeton le entusiasmaba la Física Nuclear. En la Universidad de Chicago fue un pionero en la medición de masa del Bosón W, otra partícula fundamental que sirve para estudiar la materia. Una vez en UCLA, se involucró en un experimento que busca neutrinos en el Polo Sur. Sin embargo, no todos sus colegas lo ovacionan.
En la comunidad científica hay quienes piensan que el trabajo de un físico debe limitarse a clases, publicaciones especializadas y experimentos. «Difundir la ciencia entre grandes audiencias requiere ciertas habilidades que a mí me resultan muy complejas, pero algunos científicos lo ven como un fracaso», me dice Blucher, mientras cruza la pierna como Sheldon Cooper. Además, está el asunto del humor: entre los e-mails que Saltzberg ha recibido desde que es Asesor de Ciencia de The big bang Theory recuerda uno que un colega le envió para reclamar que los actores retrataban a los científicos como nerds.
Ante eso, Saltzberg dice: «¿Qué hay de malo en eso? Hay muchos nerds en el mundo. ¿Por qué no merecen aparecer en televisión? Son personas interesantes y se lo dije a uno de los escritores de la serie: son el grupo más diverso que podrías imaginar. Todos son únicos y hacen lo que quieren,
aunque eso implique nadar a contracorriente. Ser nerd es grandioso».
David Saltzberg se mueve entre dos mundos que parecen tan opuestos como un protón y un electrón. No es un físico que se la pasa recluido en su laboratorio ni baña la ciencia de glamour como Carl Sagan en Cosmos. Saltzberg vive en un punto intermedio: aunque no es una celebridad, podría presumir que algunas de sus hazañas son famosas en televisión.
Una noche de 2009, los fans de The big bang theory fueron testigos del instante en el que Sheldon Cooper y sus tres colegas empacaron sus maletas y partieron rumbo al Polo Norte. El capítulo se tituló The Monopolar Expedition y estuvo inspirado en el viaje que Saltzberg realizó con su equipo al punto opuesto de la Tierra un año atrás. Desde ahí, el físico envió fotos y notas detalladas sobre sus aventuras a los guionistas de la serie. Las chamarras rojas de Sheldon y sus amigos son idénticas a las que Saltzberg y sus cuarenta colegas llevaron al viaje. Gracias a él, los casi diez millones de espectadores que sintonizaron el episodio saben que una cena en la Antártida incluye mantequilla sumergida en una taza de chocolate. De otro modo, el cuerpo humano es incapaz de consumir las cinco mil calorías diarias que requiere para sobrevivir a temperaturas tan extremas.
A pesar de la fama que tiene entre sus alumnos y colegas, David Saltzberg se parece a un neutrino. Pasa desapercibido entre el público que aplaude las irreverencias científicas que sugiere para los diálogos de actores y las ecuaciones que dibuja en los pizarrones blancos de las casas y oficinas de los personajes de la serie. Aprovecha su invisibilidad ante las miradas de quienes no entienden de física o matemáticas para divertirse y dejar mensajes ocultos en las pizarras de la serie. Como los neutrinos, éstos sólo pueden ser detectados por científicos. Una vez escribió las respuestas de un examen que recién había tomado a sus alumnos. Otro día plasmó fórmulas relacionadas a los agujeros negros porque un físico que dedicó su vida a estudiarlos acababa de morir. En una ocasión invitó a George Smoot —Premio Nobel de Física 2006— a la grabación del programa, y en su honor dibujó el diagrama que el equipo del científico usó en el satélite COBE cuando estudió el campo electromagnético que llena el universo. Con esos mensajes secretos también rinde pequeños homenajes a sus amigos.
Lindley Winslow —una profesora que trabajó con Saltzberg hace algunos años en UCLA— cuenta que cuando vio el resultado de su experimento de neutrinos en uno de los episodios de la serie, corrió a comprar el DVD tan pronto salió a la venta. Algunas veces, además, Saltzberg contribuye en materia de utilería: entre los objetos que ha prestado para los sets —y hoy están en la sala del departamento de Sheldon Cooper— hay una pelota de playa que en realidad es un mapa del universo, un contador Geiger que sirve para medir radioactividad y libros escritos
por físicos contemporáneos. En contraparte, la serie también deja huellas en la vida de Saltzberg: él no tiene esposa o hijos, pero en una de las paredes de su oficina hay un retrato —podría decirse— familiar: Sheldon y Penny platican frente a uno de los pizarrones con ecuaciones que él mismo trazó para la serie. Saltzberg dice que en 2008, cuando pasó tres meses fuera de Los Ángeles para dirigir un experimento en la Antártida, «extrañó mucho a los muchachos».
Desde que trabaja en The big bang theory, Saltzberg ha recibido e-mails de físicos dispuestos a discutir las ecuaciones que dibuja en los pizarrones. Uno de ellos le dijo que había cometido un error, y aunque Saltzberg estuvo a punto de sufrir un colapso, al final resultó que todo fue culpa de la mala resolución de la televisión de su colega. Saltzberg dice que en siete años de trabajo sólo se ha equivocado una vez. Confundió los elementos de una ecuación que había formulado un amigo suyo, y cuando éste lo vio en televisión, le escribió para comentárselo. El profesor baja la cabeza y se
hunde en el sillón cuando recuerda el desliz. Es el tipo de detalle que ningún espectador promedio de la serie notaría, pero que Saltzberg y sus colegas detectan como si fueran Sherlock Holmes resolviendo un crimen.
David Saltzberg está convencido de que todo puede enfrentarse como un problema matemático. Si necesita guantes, los compra en línea y se siente confiado al conocer el tiempo exacto que tardará en recibirlos. Si busca neutrinos, sabe qué cantidad de ondas de radio debe emplear para estimularlos y detectarlos a pesar de su invisibilidad.
Por eso The big bang theory lo pone en jaque: como al Sheldon Cooper de la ficción, pedirle a Saltzberg que formule un chiste sin que conozca a ciencia cierta sus efectos es como pedirle que
resuelva un examen sin haber estudiado. Cuando le pregunto qué fue lo que más le sorprendió de trabajar en la serie, no tarda ni un segundo en responder que el humor: nunca imaginó que la revisión de los guiones lo divertiría tanto. Saltzberg sonríe como si estuviera a punto de revelarme todos los secretos del cosmos y me pide que lo piense bien: hay mucha ciencia en el entretenimiento. Un set de filmación es como un laboratorio.
Hay cámaras en lugar de lásers, pero en ambos espacios conviven electricistas y sonidistas; todos trabajan bajo la presión de un deadline para enfrentar un reto en común. Además, la comedia es científica. En física se formulan teorías que luego se confirman o refutan. «En comedia puedes teorizar qué tan graciosa es tu broma, pero como se ejecuta frente a una audiencia en vivo, si la gente no se ríe, no puedes teorizar en torno a eso. Es lo que es». Saltzberg ve el humor como una ecuación: el guión y la interpretación de los actores constituyen el experimento; las carcajadas resultantes son secuencias de datos. «Casi podría asegurar que en el noventa y nueve por ciento de las veces, los guionistas saben si alguien reirá o no». Para David Saltzberg, The big bang theory, la comedia número uno de la televisión, es tan precisa como un reloj suizo.

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Una directora de
dibujos animados
es casi tan invisible
como una científica

En un mundo donde la mayoría de las niñas en las series infantiles
son alegres pero también banales y tontas, una brasileña ha creado
un personaje femenino que no se viste de princesa
y quiere saberlo todo de las ciencias.

¿Qué tiene un científico hombre
que no tenga una científica mujer?

Un texto de Sabrina Duque
Ilustraciones de Héctor Huamán

Una mañana de 2013, Celia Catunda se reunió con su equipo para elegir el nombre de la protagonista de una nueva serie sobre ciencias. El personaje principal era una niña de seis años ansiosa por saberlo todo, y Catunda —su creadora—, quería llamarla como la única persona que ha ganado dos premios Nobel por distintas ciencias: Marie, por Marie Curie. Era fácil entender ese guiño en los nombres de algunos personajes secundarios: el cartero se llamaba Edison, por Thomas Alba Edison. El panadero Newton, por Isaac Newton. Pero el nombre de la veterinaria, Jane —por la primatóloga Jane Goodall—, ya era una referencia menos conocida. Lo mismo ocurría con Marie. «Creímos que no habría un reconocimiento directo como con Einstein, Newton o Darwin», dice Catunda. Entonces decidieron ponerle Luna: un nombre fácil de pronunciar en distintos idiomas, digno de una niña que mira las estrellas con la misma curiosidad con la que mira las lombrices. Si la protagonista se hubiese llamado como la científica que ganó un premio Nobel en Física y otro en Química —algo que ningún hombre ha conseguido en la historia de las ciencias—, poca gente hubiese entendido el homenaje.

La serie infantil Earth to Luna! —O show da Luna en portugués— se estrenó en Estados Unidos en agosto de 2014, el mismo mes en que una joven iraní se convertía en la primera mujer en recibir la medalla Fields, el equivalente al Nobel en matemáticas. Celia Catunda no pudo llamar a su nueva criatura como Marie Curie, pero consiguió desde Brasil algo que nadie había hecho en el mundo de la animación: convertir a una niña en la protagonista de una serie sobre ciencias y seducir al público infantil sin vestirla de rosa ni ponerle alas, sin volverla una niña tonta que molesta a su hermano genio, ni una que sólo quiere bailar o cambiarse el vestido, ni una que ríe sin motivo. Apenas tres meses después de estrenarse en NBC/Sprout —un canal infantil que llega a la mitad de los hogares norteamericanos—, la serie Earth to Luna! ya era calificada por algunos críticos como el tercer mejor programa de ciencias para niños en los Estados Unidos. Hacer popular a una chica que se pregunta si es posible patinar en los anillos de Saturno, cómo hace una abeja para decirle a otra adónde están las flores o por qué titilan las estrellas, no era parte de un plan para infiltrar el feminismo en la televisión infantil, sino el último logro de una directora de dibujos animados que se rehúsa a subestimar a su público. Celia Catunda, la mujer que llevó por primera vez producciones brasileñas a Discovery Kids yDisney Channel —los dos gigantes de la televisión para niños— tiene casi cincuenta años y trece premios internacionales de animación infantil en su oficina en Sao Paulo. Catunda ha producido más de cuatrocientas horas de animación para televisión y es autora de más de veinte libros infantiles. En Brasil es casi imposible ser niño sin haberse topado alguna vez con un video, un programa o una película hecha por TVPinGuim, la productora que Catunda fundó hace más de veinte años junto a su socio Kiko Mistrorigo, también creador y director de animaciones. Desde que fue creada, TVPinGuim nunca dejó de producir dibujos, libros y páginas webs, pero se convirtió en el estudio estrella de Brasil en 2009, cuando dio a luz a su criatura más famosa: Peixonauta —Peztronauta en español—, tal vez la primera serie animada en conseguir un éxito internacional basándose en un argumento ecologista. Su protagonista es un pez que trabaja como agente para una organización ambiental secreta; una especie de James Bond del fondo del mar que usa un traje de cosmonauta y un casco lleno de agua para entrar en la tierra y cumplir con sus misiones. Peixonauta fue el programa de cable más visto en Brasil durante dos años seguidos; fue la primera serie animada brasileña que emitió Discovery Kids —un canal que llega a más de cien millones de hogares en el planeta, desde Estados Unidos hasta Australia— y el primer dibujo animado brasileño que se emitió en el este de Europa. El pez astronauta es una celebridad en Canadá, Estados Unidos, Turquía, y en más de veinte países árabes, donde se transmite a través de Al Jazeera Kids Channel. Pero su creadora es una desconocida para el público. Una directora de dibujos animados es casi tan invisible como una científica: quienes duermen abrazados a un peluche de Peixonauta no reconocerían el nombre de Celia Catunda.

Cuando era niña, Celia Catunda quería ser como Penélope Glamour, la única chica que aparecía en Los autos locos, el dibujo animado que ella veía por las tardes. Penélope Glamour era una joven vestida de rosa con un casco rosa que manejaba un auto rosa, y en cada capítulo gritaba «¡Socorro, socorro!». Aunque era tan valiente como para viajar sola por el mundo, no era capaz de defenderse cuando los malvados la atrapaban para sabotear su auto. A finales de los sesenta, una niña de pelo castaño llamada Celia tenía como heroína a un rubia que competía contra veintidós hombres hundiendo el pie en el acelerador. A finales de los ochenta, Celia Catunda empezó a correr su propia carrera en un circuito tomado por hombres. Al hablar de animación infantil sólo reconocemos nombres masculinos como Walt Disney o William Hanna y Joseph Barbera (Los Picapiedra, Los Supersónicos). Los más enterados tal vez conozcan a Pat Sullivan (Félix, el gato), a Max Fleischer (Betty Boop) o a Fritz Frelen (Bugs Bunny, Silvestre y Piolín). El animador más famoso de los últimos años se llama John Lasseter (Toy story). Los creadores de Peppa Pig —una cerdita británica que está de moda entre los niños de preescolar— son hombres. Los que hacen Jake y los piratas —una serie exitosa basada en Peter Pan—, son hombres. Los creadores de Pocoyó, —un niño vestido de celeste que tiene como amigos a un pato y una elefante— son hombres. Los de Manny Manitas —el personaje latinoamericano de Disney Junior, que habla spanglish— también. Entre los dibujos infantiles más populares de hoy, solo La doctora juguetes es dirigida y producida por una mujer —Chris Nee—, una animadora que puso en Disney Junior a una protagonista negra: una niña de seis años a la que llaman ‘doctora’ o ‘doc’. En esa serie, la mamá de doc es una pediatra que nunca está en casa, y el papá cocina, lava la ropa y juega con sus hijos. La niña, inspirada en su madre, se dedica a atender y a curar a sus juguetes. La aparición de La doctora juguetes fue tan movilizadora para las minorías que representaba, que un año después de su lanzamiento se creó la iniciativa Nosotras somos la Doctora Juguetes: más de cien mujeres negras de distintos estados enviaron a Disney pequeños videos narrando sus experiencias de vida en el campo de la medicina, con el objetivo de transmitir a todas las niñas que ellas podían lograr lo que se propusieran en la vida.

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***

Cuando en 2013 murió la química y matemática Yvonne Brill, la mujer que desarrolló el sistema para mejorar la propulsión de los cohetes espaciales, el New York Times comenzó su obituario diciendo que cocinaba un magnífico filete strogonoff. El trabajo científico de Brill facilitó los viajes a Marte e hizo posible que los satélites de comunicaciones se mantuvieran en órbita, pero el diario más influyente del mundo eligió destacar primero sus habilidades para la cocina, su decisión abnegada de apoyar la carrera de su marido, y su alejamiento de la vida profesional durante ocho años para criar a tres hijos. Pero Yvonne Brill «también fue una brillante científica de cohetes», decía el obituario en su segundo párrafo. Después de recibir las indignadas quejas de sus lectores, el New York Times decidió corregir la versión web del texto y quitó la referencia al filete strogonoff, aunque el obituario siguió privilegiando su rol como esposa y como madre antes que como científica.

Reconocer en las mujeres la misma capacidad que tienen los hombres para el trabajo científico ha llevado siglos, y los prejuicios apenas se han debilitado un poco —y en apariencia— desde el pasado reciente. A la austríaca Lise Meitner, descubridora de la fisión nuclear que hoy lleva energía eléctrica a millones de casas en Japón y Alemania, le negaron el reconocimiento por su hallazgo y se lo dieron a uno de sus colegas. A la química y cristalógrafa británica Rosalind Franklin, quien logró utilizar los rayos X para revelar la estructura del ADN —el mapa genético de los seres vivos— le robaron el crédito: su trabajo fue atribuido a sus colegas, unos señores que no tuvieron pudor en ir a recibir el Nobel de Medicina. Joselyn Bell, la astrofísica británica que descubrió la primera señal de un púlsar —la estrella que emite ondas de radio como si fuera un faro que gira— publicó la tesis con su nombre pero fue ignorada: el premio Nobel de Física se lo dieron a su tutor. En un siglo de premios Nobel, sólo diecisiete científicas han recibido el reconocimiento que ha sido entregado a más de ochocientos hombres y a unas tres decenas de instituciones. Cuando Marie Curie ya había ganado su primer Nobel y daba clases de Física en la Sorbona, se presentó como candidata en la Academia de las Ciencias de Francia. Sus adversarios, que además eran racistas y xenófobos, dijeron que era judía y que por eso no podía entrar en la academia. Los diarios publicaron que Curie —que era viuda— tenía relaciones con un científico separado, y la llamaron «destructora de hogares». En 1911 Albert Einstein le escribió una carta donde le decía lo mucho que admiraba su intelecto y su honestidad, y se reconocía afortunado por haberla conocido. «Si la chusma sigue hablando de usted —le decía en su carta—, simplemente no lea los diarios y déjelos para los reptiles para quienes han sido fabricados». Einstein admiraba a Marie Curie y su capacidad de concentrarse en varias tareas a la vez: la científica polaca criaba sola a sus dos hijas y llevaba al mismo tiempo investigaciones sobre física y sobre química. Contar chismes sobre las investigadoras —como en los tiempos de Marie Curie— no ha dejado de ser costumbre en los laboratorios. «Hay un discurso oficial de no discriminación. Pero se habla sobre la vida personal de las investigadoras, y hasta de la ropa que usan», dice Betina Lima, del Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico de Brasil. En internet, científicas y estudiantes de tecnología han puesto en evidencia que los comentarios sexistas son un lugar común en el mundo académico. Mientras la imagen que evoca la palabra científico es la de un tipo despeinado al que se le perdona que no sepa combinar su ropa porque tiene la cabeza en cosas importantes, a las científicas se las juzga por su vida amorosa, por cómo se visten, y hasta les preguntan si saben hacer café.

La actriz Geena Davis, quien dirige un instituto que estudia cómo se tratan las cuestiones de género en los medios, presentó este año ante la ONU una investigación sobre los personajes femeninos en la televisión y el cine para niños de hasta once años. El estudio confirmaba que eran pocos y, en su mayoría, hipersexualizados. «Si incluimos personajes femeninos en la medida en que lo hemos hecho en los últimos veinte años, sólo alcanzaremos la igualdad en setecientos años», dijo Davis, ganadora de un Oscar y campeona olímpica de arco y flecha. En la televisión infantil de la última década, la mayoría de niñas aún parecen superficiales. O ingenuas. O incapaces. El protagonista de la serie animada El laboratorio de Dexter es un genio científico al cual su hermana mayor –una rubia boba— le arruina los experimentos. Jimmy Neutrón, otro niño genio, le gana casi sin esfuerzo en los concursos de ciencia a su rival, una niña que se mata trabajando para vencerlo y no lo logra. En la serie Johnny Test, el protagonista tiene unas hermanas gemelas que son vanidosas y crueles con él. Las chicas son presentadas como científicas, pero van al laboratorio a fabricar maquillaje y crema antiacné mientras hablan de chicos, fiestas y zapatos. La representación de las niñas en los dibujos animados, aún cuando usen bata de laboratorio, no dejan de ser un compendio de lugares comunes.

Cuando los hijos de Celia Catunda tenían menos de diez años ella solía acompañarlos a mirar televisión y a veces terminaba disgustada. En su casa en Sao Paulo, la directora de dibujos animados no prohibía a sus hijos ningún contenido, pero había reglas: André y Alice, hoy adolescentes, no podían ver televisión hasta después de comer, y siempre debían estar acompañados por un adulto. Cada vez que podía, Catunda miraba dibujos con ellos y le molestaba que en casi todas las series los hermanos vivieran en guerra. O que las niñas siempre parecieran problemáticas. O, peor aún: en los programas con tramas científicas, algo que a un niño de dibujos animados le parecía sorprendente a una niña le aburría o le resultaba indiferente. Esas tardes Catunda empezó a jugar con la idea de poner en la televisión a una niña científica que escapara a los clichés, pero recién en 2010 comenzó a trabajar en el proyecto de Luna, la niña que quiere saberlo todo. En el Show de Luna, la nueva serie de TVPinGuim, la protagonista —acompañada por su hermano pequeño Júpiter— resuelve sus preguntas sobre ciencia con experimentos e imaginación. Los adultos que aparecen en la serie no responden, sugieren. El guión de cada capítulo pasa por la revisión de consultores de química, biología, física y astronomía. Cuando está frente al mar, Luna se pregunta si los peces sienten sed. Investiga por qué el espejo del baño se empaña cuando alguien toma una ducha caliente. O quiere saber cómo se forma la lluvia. Hace experimentos, razona, deduce. Al final, Luna juega a ser un elemento del fenómeno que investiga —ser un pan que crecerá con la levadura, ser una luciérnaga que brilla en la noche— para entender el proceso. Cuando termina cada capítulo, en un musical improvisado, la niña canta para explicarle el fenómeno a algún adulto.

Hacer dibujos animados para niños que ni siquiera han comenzado la escuela es participar en la crianza de una generación. Los dibujos nos enfrentan a los primeros arquetipos que modelan nuestra mirada, nos ofrecen una representación del mundo, nos enseñan lenguaje. La investigadora bengalí Sharmin Sultana, quien ha estudiado el modo en que los dibujos animados impactan en los niños, dice que las personas pueden crecer con el tiempo, pero la imagen del dibujo que nos ayudó a crecer permanece hasta el último día de la vida. Celia Catunda, que logró vender con éxito una serie ambientalista como Peixonauta, dice que no teme ofrecer complejidad a los niños. Su última creación parece darle la razón: El show de Luna va camino de convertirse en un fenómeno tan exitoso como el pez ecologista. Además de Discovery Kids, la serie ha sido comprada por la televisión pública de Suecia, por el canal Tiny Pop de Sony Pictures en Inglaterra, y por señales de Taiwan y de Hong Kong. La televisión canadiense busca personajes femeninos interesantes para ofrecer a las niñas y ha mostrado interés en comprarla. En Estados Unidos, una asociación de críticos de televisión infantil dice que Luna es uno de los mejores modelos femeninos para la infancia: una niña curiosa que no reproduce los clichés de la mayoría de chicas de dibujo animado. Celia Catunda tiene la ilusión de que, en el futuro, varias científicas tengan en común haber querido ser como Luna cuando eran niñas.

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Una década atrás, mientras Celia Catunda aún acompañaba a sus hijos a mirar dibujos animados, el economista Lawrence Summers —entonces presidente de la Universidad de Harvard— despertó indignación en la comunidad académica al afirmar que las mujeres poseían «una capacidad innata menor para las matemáticas y las ciencias» que los hombres. Según Summers, las niñas que recibían camiones de juguete de regalo los trataban como a muñecas. Su discurso reproducía un prejuicio que persiste entre científicos hombres, y se alimenta de hipótesis como la del neurólogo Simon Baron-Cohen —primo del cómico inglés que se hizo famoso con el personaje de Borat— quien asegura que la falta de la hormona sexual masculina, la testosterona, priva a las mujeres de ser tan aptas para el pensamiento analítico. Lise Elliot, neurocientífica que estudia el cerebro de los bebés —y no ha encontrado diferencias entre los cerebros de niños y niñas— culpa a la forma de criar a los niños de las diferencias de género en la función cerebral. «La vida deja huellas en la estructura y función del cerebro. Las experiencias del bebé producen diferencias de género en su comportamiento y cerebro de adulto. No es naturaleza, es crianza», escribe en su libro Pink brain, blue brain: HOW SMALL DIFFERENCES GROW INTO TROUBLESOME GAPS —AND WHAT WE CAN DO ABOUT IT1. En su libro, Elliot dedica algunas páginas a reírse del neurólogo Baron-Cohen, y demuestra la fragilidad de sus afirmaciones citando un conjunto de pruebas. En una de ellas se pidió a un grupo de personas que describieran el comportamiento de distintos bebés vestidos de tal forma que su sexo fuera indiscernible. Cuando les presentaron los recién nacidos a los adultos que participaban del experimento, los científicos les dijeron que los niños eran niñas, y viceversa. En general, los adultos describieron a los ‘niños’ como agresivos y agitados. Y las ‘niñas’ —que en verdad eran niños— fueron descritas como felices y sociables. En base a pruebas similares Elliot reflexiona no sólo sobre la falta de mujeres científicas en los laboratorios, sino también sobre la ausencia de hombres en los jardines de infantes. Enseñarles desde pequeños de que los hombres no lloran, que no pueden ser empáticos y que no tienen que ocuparse de la educación de los niños, también aleja a los chicos de carreras como la de maestro de preescolar. Los adultos del experimento con los bebés que cita Lise Elliot no vieron hechos objetivos: tradujeron prejuicios de género.

Es cierto que, a lo largo de la historia, los científicos hombres han tenido algo que las mujeres no: acceso a la academia y a la posibilidad de reconocimiento. Las mujeres que se destacaron en ciencias antes del siglo XIX lo hicieron gracias al respaldo de padres y esposos que no creían que su capacidad para el pensamiento analítico o para las innovaciones era menor que la de los hombres. La Academia Francesa de Ciencias, que rechazó como miembro a Marie Curie, recién aceptó a una mujer en 1979. En la Real Academia de Ciencias de España solo hay una mujer, la primera que ingresó, en 1988. En Estados Unidos las mujeres no pudieron entrar a las escuelas de medicina hasta 1910. Universidades tan famosas como Yale y Princeton sólo admitieron mujeres a partir de 1969. Más de un siglo antes, en 1859, Martha Coston inventó las bengalas para que los barcos pudieran comunicarse entre sí y evitar accidentes marítimos. Pero tuvo que patentarla bajo el nombre de su esposo muerto porque en varios estados de Norteamérica una mujer no podía tener responsabilidad jurídica. A pesar de las restricciones que pesaron sobre ellas hasta entrado el siglo veinte, los descubrimientos de las mujeres han cambiado la historia de la humanidad. En el siglo diecinueve, la inglesa Augusta Ada Byron desarrolló formas de programar una máquina con algoritmos y se convirtió en la primera programadora de computadoras un siglo antes de que fueran inventadas, en 1944, por otra mujer: la estadounidense Grace Hopper. La austríaca Hedy Lamarr inventó un sistema de frecuencias para enviar datos de forma segura. Gracias a ella hoy tenemos wifi, teléfonos 3G y Bluetooth, pero se la recuerda sólo por haber sido un símbolo sexual de Hollywood. La estadounidense Barbara McClintock reveló que los genes son capaces de saltar entre diferentes cromosomas y transformó los estudios de la genética. Todos los recién nacidos son sometidos a un test que ayuda a reducir la mortalidad, pero pocos saben que es el invento de una médica estadounidense llamada Virginia Apgar. El trabajo mismo de Marie Curie ha servido para tratar el cáncer, pero la periodista Rachel Swaby, autora de Headstrong: 52 women who changed science –and the world, propone dejar de usar el nombre de la científica polaca como bandera, para que comencemos a conocer a las mujeres que inventaron la balsa salvavidas, la calefacción solar para las casas, la jeringuilla, la refrigeradora, el circuito cerrado de televisión, el material con el que se hacen los chalecos antibalas, el fax portátil, el teléfono de marcación por tonos, las células solares y los cables de fibra óptica. A lo largo de la historia las mujeres fueron privadas del acceso a la universidad y al reconocimiento. Pero hoy —cuando los aportes científicos y tecnológicos que han hecho están fuera de discusión— las diferencias se perpetúan en la falta de incentivos para que las niñas sigan carreras vinculadas con las ciencias, la ingeniería o las matemáticas.

La empresa Microsoft dice que siete de cada diez niñas están interesadas en la ciencia, pero sólo dos se gradúan en el área. En los exámenes conducidos en las escuelas de Estados Unidos, las niñas muestran tanto interés como los niños por la tecnología, la ingeniería y las matemáticas. Pero ese interés se diluye en la secundaria. La Asociación Sociológica Americana presentó una investigación que dice que la brecha de género en las ciencias y la matemática se crea por los prejuicios: «Es un problema social», afirman. Cada año, la Unesco llama la atención al hecho de que sólo tres de cada diez científicos en los laboratorios del mundo son mujeres y entrega un premio —junto con la empresa de cosméticos L’Oreal— a siete jóvenes científicas: una beca de veinte mil dólares para seguir sus investigaciones. Microsoft comenzó una campaña llamada Girls Do Science, que busca hacer saber a esas mujeres que abandonan las ciencias en el camino que ellos están reclutando ingenieras para unirse a la empresa en 2027: cualquier niña interesada les puede escribir por correo electrónico para postularse. Debbie Sterling —una ingeniera mecánica de Stanford que trabajó en Microsoft y se propuso reducir la brecha de género en ciencia, tecnología, ingeniería y matemática— llevó las ciencias al terreno del juego. Sterling lanzó al mercado la Goldie Box, una caja que viene con una muñeca que usa un cinturón de herramientas y un libro lleno de problemas de física. En la caja también hay ruedas, ejes, bisagras, palancas, poleas y engranajes para resolver los problemas que plantea el libro. Roominate es otro juguete para ingenieras. Es una casa de muñecas que viene en partes. Se ensamblan los pisos, las paredes y los muebles. Hay circuitos y cables para armar el sistema eléctrico de la casita y controlar las lámparas y el ventilador. Eso significa, en términos reales, combatir los prejuicios de género en ciencia y técnica: hacer posible que las niñas jueguen a las princesas en palacios con sistemas eléctricos construidos por ellas mismas.

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En los noventa, siete adolescentes con botas y pantalones cortos bailaban en el programa más visto por los niños en el Brasil. Eran las ayudantes de una rubia llamada Xuxa, la animadora de un programa donde niños competían contra niñas en concursos como guerra de comida. Fue en esa época que el trabajo de Celia Catunda se estrenó en el Castelo do rá-tim-bum, un reconocido programa en el canal de cable TV Cultura. Catunda producía un segmento de treinta segundos donde poemas de grandes autores brasileños como Paulo Leminski, Manuel Bandeira y Ferreira Gular se convertían en dibujos animados. En vez de buscar poemas en la literatura infantil, Celia Catunda prefería tomar textos de poetas consagrados y convertirlos en algo que pudiese gustarle también a los niños. Carlos Filizola, el coordinador de producción de TVPinGuim, describe a Catunda como alguien que posee un espíritu firme para sostener sus proyectos. «Sabe adónde quiere llegar antes de comenzar», dice. «Aunque en los noventa lo que vendía era Xuxa —me dijo Catunda— yo nunca creí en hacer contenidos menores, pasteurizados». Hoy, cuando sus creaciones entretienen a niños en cerca de setenta países, la directora de dibujos animados sigue fiel al principio de no subestimar a los niños.

En TVPinGuim siempre se propusieron trabajar contra los clichés. Diez años antes de crear Luna, la niña científica, la productora creó a Kika, una miniserie donde una niña indagaba por el origen de las cosas: de dónde vienen las lágrimas, el plástico, los huevos, los libros, el vidrio, los truenos. Las explicaciones que Kika recibía no la subestimaban ni a ella ni a los televidentes: los complejos procesos industriales eran desmenuzados paso a paso hasta dar con una explicación que no se valiera de atajos. En la serie Peixonauta ahora está Marina, una niña siempre lista para ayudar al pez ambientalista a rescatar animales en peligro o recoger el plástico de la playa para que no se ahoguen los peces ni las tortugas. Vender un dibujo animado con un argumento ambientalista no fue fácil. En las ferias de animación a las que Celia Catunda asiste —donde las animadoras son minoría— los ejecutivos de televisión elogiaban su idea pero se mostraban escépticos sobre sus posibilidades comerciales. Le decían que eran temas demasiado complejos para los niños. Pero Catunda está convencida de que a su público apenas si le interesa ver lo que los adultos suponen que necesitan. Ella y su socio insistieron, investigaron y pulieron el proyecto de Peixonauta hasta que lo hicieron realidad. En 2009, durante la feria de televisión MipTV que se realiza cada año en Cannes, consiguieron vender la serie. El pez astronauta pronto se convirtió en un éxito internacional, y Catunda demostró que la complejidad y la falta de prejuicios también pueden ser populares entre los niños. Después que Peixonauta conquistó el mercado, vender el proyecto de una niña fascinada por el conocimiento fue mucho más fácil para los animadores brasileños. Kika —la niña que indaga el origen de las cosas—, Marina —la que ayuda a cuidar el ambiente— y Luna —la que hace experimentos para entender el mundo—, son mejores modelos femeninos que Penélope Glamour, la chica que Celia Catunda veía en su infancia y que no podía resolver sus problemas sin la ayuda de un hombre. Tanto Peixonauta como los chicos de Gémini 8 —una serie de TVPinGuim donde un niño de la tierra y uno extraterrestre construyen una amistad más allá de sus diferencias—, se alejan de la violencia de las series con las que crecieron las generaciones anteriores. Quizá el futuro, dice Catunda, esté poblado por una generación de científicas que empezaron desde niñas queriendo ser como Luna. Y luego aspiraron a ser no sólo como Marie Curie, sino como ellas mismas.

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MI AMIGA SECRETA
ES UNA BAILARINA
DE LA DANZA DEL VIENTRE
[EN UNA SOCIEDAD QUE ACOSA A LAS MUJERES]

Una estudiante española de un doctorado en Química aprendió a hablar árabe
y se mudó a Egipto porque quería dedicarse a bailar la danza del vientre.
Durante la Primavera Árabe de 2011, tuvo éxito bailando en El Cairo.
Pero en una plaza de esta ciudad donde se reunían miles de rebeldes
fueron violadas hasta doscientas mujeres en una semana.
Los egipcios adoran la danza del vientre, pero los amigos
de esta bailarina jamás se la presentarían a sus madres.

¿Por qué la mujer de nuestras fantasías
no puede ser la mujer ideal?

Crónica y fotos de Leonardo Faccio

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En Egipto, Ibn el-ra’asa es un insulto. Significa «eres un hijo de bailarina». Me lo explicó una bailarina de la danza del vientre antes de entrar a escena con un luminoso traje de lentejuelas, un velo sobre su cabeza y el seudónimo de Farha. Fuera de los escenarios, Farha es Teresa González, una chica con el pelo recogido, gafas de aumento y un promedio de nueve durante su doctorado de Química en Barcelona, la ciudad donde nació. «No es fácil para mí hacer amigos aquí», me dijo la bailarina de Egipto. Desde las ventanas del Memphis, el barco para turistas cuyo nombre en inglés corresponde al que antes tenía la antigua capital del país de las Pirámides, los pasajeros veían pasar El Cairo iluminado mientras disfrutaban del show de Farha sobre el río Nilo. En su camerino, Teresa González tenía un cubo que eventualmente le servía de retrete. «No me dejan salir ni para ir cenar —me dijo—. Me traen la comida». Una de las reglas en el barco egipcio donde presentaba su show decía: «Se prohíben los movimientos trepidantes que inciten sexualmente». Otra regla más decía: «Se prohíbe a cualquier miembro del grupo musical que acompaña a la bailarina, especialmente al encargado del ritmo, que realice movimientos o gestos durante el baile que tengan connotaciones sexuales». Su jefe, el tecladista de la orquesta que toca con ella, prefiere que la bailarina no hable con nadie. Un cantante flaco de voz gruesa la presentaría con su nombre artístico: Farha significa alegría. Ella es una optimista. También Farha, alegría, define su doble identidad.

En escena, Teresa González, la estudiante de Química, se convertía en otra mujer: sus pechos se erguían y su cintura se curvaba. Para salir a bailar en el Memphis se soltaba el cabello, alzaba el mentón y su figura de ciento sesenta y dos centímetros lucía más alta y estilizada. La primera noche que la vi bailar en el barco, se movía al ritmo de una banda de cuatro músicos y el cantante flaco de voz gruesa. Cuando a mediados del siglo XIX Gustave Flaubert visitó El Cairo, se enamoró de la bailarina Kuchuk-Hanem —pequeña dama— y la describió como una «criatura de altura». Por la misma época, el escritor estadounidense George William Curtis se encandiló con la misma mujer. «No es un retoño —escribió—. Pero aún no es una flor completamente abierta». Una bailarina puede encarnar una imagen de deshonra en el mundo musulmán. Pero en los momentos de mayor incertidumbre —entre 2011 y 2013, Egipto pasó por una revolución y un golpe de Estado—, los sitios de Internet más frecuentados en Egipto presentan clips de danza del vientre: Safinaz, una bailarina de origen armenio y pechos exuberantes, llegó a tener más de cuatro millones de visitas en un mes, según advirtió el escritor egipcio Alaa Al Aswany. Los vídeos de la bailarina libanesa Haifa Wehbe han superado las diez millones de entradas en You Tube. Sus cuerpos recuerdan la metáfora que desde hace siglos los poetas árabes usan para describir la belleza de una mujer, la de la duna y la rama: caderas anchas y cinturas estrechas y flexibles. Aunque el profeta Mahoma consideró la música como «el almuédano del demonio», el Corán no prohíbe expresamente la danza. Pero los países árabes viven la paradoja de adorar el baile y detestar en público a las bailarinas que admiran en silencio. La interpretación radical de la Sharia, la ley islámica que rige los códigos de conducta y los criterios de la moral, es la que evita que el poder llegue a manos femeninas. «El placer de bailar es más intenso que un orgasmo —me dijo la bailarina catalana en su camerino del barco—. Es un desahogo y eso se transmite». La revolución y el golpe de Estado habían causado más de cuatro mil muertos en Egipto. Ver el contoneo de una bailarina en una danza tan ligada al instinto y a la fecundidad, puede ser, más allá de los insultos, un remanso secreto en medio de tanta tragedia.

Teresa González había dejado sus estudios de Química para bailar en El Cairo cuando la Primavera Árabe comenzó con una muerte: un vendedor ambulante de frutas y verduras llamado Mohamed Bouazizi se incendió a lo bonzo en Sidi Bouzid, al sur de Túnez, en protesta por su precariedad laboral y el maltrato que recibía de la policía por ser un trabajador sin permiso legal. En 2010, su suicidio provocó la indignación en su país que se extendió en forma de revolución en otros diecisiete países de Oriente Medio y África. Ese mismo año, Teresa González había viajado a Egipto para bailar en un festival de danza del vientre, donde un cantante que la vio en escena le prometió un contrato. «Nadie me hablaba cuando llevaba gafas y el pelo recogido —recuerda ella—. Hasta que me vieron en el escenario». Mientras se agitaba el alzamiento popular de la Primavera Árabe, la estudiante de Química comenzaba una revolución personal. Hasta entonces el baile de la danza del vientre había sido para ella un pasatiempo que comenzó cuando tenía nueve años y un trabajo eventual en sus días de universitaria. Vivía con sus padres, tenía un novio y de vez en cuando bailaba en restaurantes árabes de Barcelona. Era hija única y sus padres la alentaron a viajar. Había estado antes en San Francisco, Estados Unidos, como estudiante de intercambio cultural, y luego en Sídney, Australia, para acabar sus estudios de inglés. Con el dinero necesario tuvo la seguridad de que, si las cosas no salían bien, podía volver a casa. «Mi padre siempre me ayudó y por eso uno tiene miedo de decepcionar a la gente que quiere —me dijo—. Sientes inseguridad, pero yo también sentía un dolor en el pecho. Sentía angustia». De todos los países que habían iniciado su revolución, sólo cuatro derrocaron a sus dictadores. En Egipto, tras la Primavera Árabe, el primer presidente elegido en elecciones democráticas, Mohamed Morsi, un islamista del partido Hermanos Musulmanes, fue derrocado por militares golpistas. La promesa de un contrato para bailar en El Cairo le bastó a Teresa González para romper con su novio y los tubos de ensayo. Su padre la había animado a que dejara sus estudios de Química. «Quería que su mente creciera, pero que creciera desde ella misma», me diría Felipe González, el padre de la bailarina, un empleado de banco alto y canoso quien le compraría un departamento en El Cairo. «Una bailarina no puede tener tabúes —me diría su hija—. Este baile consiste en interpretar tu vida con el cuerpo. No puedes bailar con el pecho hacia adentro». Cuando todo el mundo miraba con desconfianza hacia Oriente Medio, Teresa González veía en Egipto una gran oportunidad para bailar.

Egipto se empeña en recordarnos la imagen rígida de una gran pirámide. Para una bailarina de la danza del vientre, en cambio, Egipto es el ombligo más flexible del mundo. Un inversionista podría verlo como un lugar estratégico: un país con cerca de noventa millones de habitantes, vecino de Libia e Israel, costa en el Mediterráneo y el Mar Rojo, y con la capital más poblada de África que durante la revolución de 2011 fue para el mundo el eje y el símbolo de las nuevas democracias por venir. Un país que siempre ha bailado. Cuando una mujer egipcia se casa, recibe como regalo de parte de su marido un traje de baile, y en las bodas lo habitual es que una bailarina de danza del vientre inaugure la pista a la hora de bailar. Unos dos mil años antes de Cristo, en un tallado en piedra de la dinastía XVIII del Imperio Medio, las protagonistas son mujeres que bailan semidesnudas en posturas que reconocemos en la danza del vientre actual. Aquella pieza arqueológica, hoy en el Museo Británico de Londres, es evidencia de que Egipto fue el origen sacro de este baile que hoy es universal. Teresa González había tomado sus primeras clases de danza en una escuela de barrio en Bercelona, cercana al templo Sagrada Familia. En Oriente Medio la danza del vientre propicia insultos, pero es el centro de la cultura popular.

Un refrán egipcio reza: «Quien no sabe bailar dice que el suelo está inclinado». En la superstición local, si una mujer baila en sueños, es señal de que caerá en un escándalo. Bailar ha fascinado siempre por lo que muestra y oculta. Platón catalagó a las danzas en honestas y sospechosas: unas servían para acompañar el canto y el culto al cuerpo mientras las otras eran usadas en ritos religiosos como un pretexto para entregarse a los excesos de la fiesta. Las danzas siempre fueron sospechosas de tener un doble propósito. Una de las películas más vistas en Egipto, Shabab emraa, joven mujer, narra la historia de un muchacho de provincias que llega a vivir a El Cairo, donde su casera lo seduce hasta hacerlo olvidar de sus estudios. La protagonista es Tahia Carioca, una famosa bailarina en el mundo árabe. La historia de Mata Hari, la legendaria bailarina que los franceses ejecutaron después de la Primera Guerra Mundial luego de acusarla de espía, inspiró a inicios del siglo XX a mujeres y directores de cine. El Nobel de Literatura egipcio Naguib Mahfuz alimentó la leyenda de mujeres espías con novelas y cuentos donde las bailarinas eran amantes de militares y terratenientes poderosos, y a través de ellas narró la corrupción política del país. En la época de los califas, el sistema de gobierno de los primeros administradores del Islam después de Mahoma, lo habitual era que los sultanes recibieran de regalo a bailarinas esclavas que tenían acceso a las reuniones privadas y se dedicaban al tráfico de información. Ibn el—ra’asa es un insulto que agravia a las bailarinas, pero danza y política se han movido en Egipto al mismo ritmo.

Cuando Teresa González bailaba en el barco Memphis, en sólo siete días de julio de 2014 explotaron tres bombas en Egipto. Una de ellas en El Cairo, y dos en Sinaí, la península inhóspita que hace frontera con Israel y Franja de Gaza, un territorio fértil para los grupos yihadistas, los militantes más violentos del Islam político que libran la Guerra Santa, la Yihad, contra los «infieles», el mundo que no es musulmán. Abdelfatah Al-Sisi, el presidente actual de Egipto que comandó el golpe de Estado de 2013 y que al año siguiente fue legitimado con el voto popular, ha sido responsable de la muerte de más de tres mil manifestantes y de encarcelar al menos veinte mil ciudadanos a quienes acusó de espionaje, conspiración o terrorismo. También encarceló a medio centenar de periodistas disidentes y clausuró una docena de programas televisivos de debate político. En 2014, un canal de televisión local, propiedad del cuñado del presidente Al-Sisi, anunció un concurso para nuevos talentos de la danza del vientre. A la bailarina Teresa González no le interesaba competir. En un laboratorio de Química de la Universidad de Barcelona, Teresa González había trabajado con otros científicos para crear una síntesis orgánica que ayudaría a crear un nuevo fármaco contra el cáncer. En Egipto, en cambio, sólo buscaba entender el país donde eligió vivir.

 

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Alrededor de la plaza Tahir, que concentró las mayores movilizaciones de la revolución en 2011, las bocas del metro estaban tapiadas con alambre de púas. «La primavera Árabe no fue una revolución —se indignaba el poeta sirio Adonis en una entrevista—. Los opositores jamás hablaron de laicidad, de liberación de la mujer, de cambiar la ley coránica. Solo querían cambiar de régimen, y cambiar de régimen no sirve de nada cuando permanece la misma mentalidad»

 

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En el departamento de Teresa González había maletas abiertas con sujetadores de piedras brillantes, salsa de tomate en envases aluminio, velos de seda, faldas con lentejuelas, aceite de oliva embotellado, maquillaje, embutidos ibéricos. Tres años antes la bailarina había viajado a El Cairo para comprar ese departamento con la ayuda de su papá. Era el departamento de alguien que, gracias a la ayuda de su padre, no rendía cuentas a nadie. No había fotos de familiares a la vista. Todo estaba cubierto por una fina capa de polvo. Su única compañía era una chica japonesa de apellido Sunami, una bailarina de danzas árabes en la Opera House de El Cairo. Teresa González le alquilaba una habitación.

La bailarina clasifica a sus amigos en categorías: amigo, mejor amigo, amigo cercano, segundo mejor amigo, conocido, ex amigo. Esa noche en su camerino de artista del barco Memphis, había recibido un mensaje de uno de ellos. Era de Ramy Mohamed El Telbany, un chico a quien la bailarina llama Ramy, el mejor de sus amigos egipcios. Teresa González es buena con los idiomas y con los números. Pero es muy desorientada y tiene problemas de lateralidad: nunca recuerda que lado es el derecho o el izquierdo y siempre que sale a caminar se pierde. «Cuando llegué me perdía en la calle y un día en un bus me puse a llorar. No entendía nada —me dijo—. Con Ramy aprendí a caminar la calle y a hablar con la gente en las cafeterías, en los buses, aprendí a volver sola a casa». Ella era una recién llegada a Egipto y en las calles de la capital comenzaban las manifestaciones al grito de «pan, libertad y justicia social», la consigna de la revolución. Egipto se paralizó, y Ramy Mohamed El Telbany, su mejor amigo, perdió su trabajo. La revolución había caído entre ellos como una bomba de humo negro y dejaron de frecuentarse. Ramy Mohamed El Telbany era recepcionista en un hotel de El Cairo y migró a Dubai para trabajar de asistente de recepción de un hotel. Hacía tres años que no se veían y él acababa de volver a la ciudad.

Teresa González tomó clases de árabe en una academia en Barcelona. Pero dice que donde más aprendió fue en Egipto, con sus amigos y en las calles de El Cairo. Para practicar la lectura compra revistas fáciles de leer como las que traen recetas para hacer comidas rápidas, bajas en calorías, o sobre maquillaje moderno que explican como pintarse las uñas y los ojos en pocos minutos. Hoy Teresa González habla bien el árabe, aunque aún confunde algunas palabras: dice mierda cuando quiere decir picante; dice pene cuando quiere decir noticias. A los egipcios les hace gracia. Ramy Mohamed El Telbany le había enseñado sus primeras palabras en su nueva lengua: «Un té de menta, por favor». La bailarina catalana se refugió en sus amigos egipcios. «Aquí a las extranjeras los tipos nos llaman open mind porque creen que nos acostamos con cualquiera, y quieren seducirte para conseguir pasaporte europeo —me dijo—. Un vecino ya me ofreció matrimonio». El segundo mejor amigo de la bailarina se llama Mohamed Abdel Moez, y el hermano mayor de él fue asesinado por la policía durante el golpe de Estado, en 2013, en una protesta callejera. Moez trabajaba en una tienda de venta de papiros, y cada tanto quedaba con ella para tomar el té. «Siempre me dice: yo no podría estar con una bailarina o una chica que haya estado con otros hombres». Teresa González me lo contaba mientras movía hacia un sofá un cubo con agua que llevaba un motor eléctrico. Era su «mini jacuzzi personal» y, como parte de su rutina después de bailar, lo usaba para calmar el dolor de sus pies. Hundía sus pies en las burbujas con gesto de alivio, y así desinflamaba sus tobillos de bailarina cansada. Al día siguiente vería a Mohamed Moez en la cafería frente a su departamento. Esa noche me pidió que fuera delicado al hablar con él de política y religión, además de explicarme una regla que debía acatar para poder hospedarme en su casa. Si sus vecinos me preguntaban por ella, debía decir: «Trabaja con un ordenador». O: «Ella es traductora». Medir las palabras es conveniente en El Cairo. Decirle a alguien Ibn el-ra’asa no son palabras vacías: nadie quiere tener una madre ni una vecina que baile la danza del vientre. Teresa González llevaba más de tres años hablando con los vecinos de su barrio y nunca le pudo decir a nadie que se dedicaba a bailar.

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El baile y la guerra siempre hicieron buena pareja. Desde los primeros pasos en ceremonias de muerte, caza y fecundidad, la danza se alió con la política y la religión. En el antiguo Egipto, la muerte y la resurrección de Osiris era representada con una danza. A fines del siglo XIX, cuando en Egipto se inauguraba el canal de Suez que une el Mediterráneo con el mar Rojo, una bailarina cuyo nombre suena como el desgarro de un vestido, Shawq, fue la protagonista de una fiesta con invitados ilustres. Shawq también actuó como invitada especial en el estreno de la ópera Aída, de Giusepe Verdi, en la Opera House de El Cairo. Egipto era uno de los países árabes más liberales: las primeras mujeres del mundo árabe en ir al colegio, pilotar aviones o conducir coches, habían sido egipcias, y también las que llegaron a formar parte del Parlamento y del Gobierno. La activista egipcia Hoda Shaarawi fue la primera en quitarse el velo en público en una manifestación: en El Cairo de 1923 Hoda Shaarawi inauguró el movimiento feminista árabe. Ibn el—ra’asa es un insulto que agravia a las bailarinas, pero no siempre había sido así. En los años veinte, Egipto era gobernado por una monarquía y en aquella época, Badía Masabni, una bailarina de origen libanés, era propietaria de uno de los casinos más famosos de El Cairo, próximo a uno de los puentes que cruzan el río Nilo. Hoy la gente llama al puente por su nombre: Badía.

Las bailarinas egipcias habían llegado a ser parte de la vida política y un símbolo nacional. En los años setenta, tras la guerra entre Egipto e Israel, en cada una de sus visitas a El Cairo, el secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger reservaba un show privado de la bailarina Nagwa Fouad, quien también había bailado para el ex presidente francés Valéry Giscard d’Estaing y para el de los Estados Unidos Richard Nixon, y que también bailaría para el presidente Jimmy Carter. Nadie cuestionaba, al menos por ello, su moral. Hoy, en nombre de la moral pública, un policía en Egipto puede detener a una bailarina en el escenario porque su traje muestra más de lo permitido, o por bailar de manera demasiado provocativa. Abrir las piernas o tumbarse de espaldas en el suelo está prohibido. También subirse a una silla.

La bailarina egipcia Fifi Abdou fue condenada en 1991 a tres meses de cárcel por practicar «movimientos depravados». Una década después, Fifi Abdou propuso crear en Egipto la primera asociación profesional de bailarinas de la danza del vientre. Los musulmanes mas conservadores de Al Azhar, el centro del Islam oficial de Egipto, se opusieron. «Eso sería como legalizar la prostitución», dijeron. La danza del vientre siempre fue más rechazada por las religiones que por los gobiernos. «Todas quieren bailar en las fiestas que organiza el Club Militar —me dijo Teresa González sobre las fiestas de los oficiales del ejército egipcio—. Ahí bailan las mejores y es donde mejor pagan». Bailarinas y militares tienen en Egipto una relación de conveniencia, y el radicalismo islámico es su enemigo en común. En 1981, tres años después de haber ganado el premio Nobel de la Paz por ser el primer gobernante árabe que firmó la paz con Israel, el presidente militar de Egipto Anwar el-Sadat fue asesinado. La revolución iraní de 1979 no sólo había reinstaurado la república islamista en ese país, sino que la influencia de su líder el Ayatollah Khomeini se extendió hacia el resto de los Estados árabes. Con la interpretación radical de la ley islámica, la danza fue perdiendo el significado religioso heredado de la época faraónica y también las bailarinas comenzaron a ocupar el último peldaño del escalafón moral. Hoy en Egipto la danza del vientre sólo se puede practicar con autorización del gobierno. En 2014 el gobierno de Irán condenó a unos jóvenes a una pena de seis meses de cárcel y noventa y un latigazos por haber subido a YouTube un vídeo donde bailaban al ritmo de una canción soul de Pharrell Williams: Happy.

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Teresa González aún no tenía un contrato para bailar en El Cairo. Aunque la ley egipcia condena a los infractores con penas de hasta un año de cárcel, el líder de su orquesta la consentía. Ser hijo de una bailarina en Egipto es deshonroso, pero la bailarina catalana trataba a su jefe como una hija bien educada. Los años que siguieron a La Primavera Árabe, Egipto ha vivido con un alto índice de desempleo. La bailarina González debía cuidar su trabajo. Donde antes aparcaban un promedio de cuarenta buses diarios de turistas que querían ver las pirámides, sólo llegaban dos. La guerra interna entre el gobierno y sus opositores ahuyentaba a los turistas. Había escaso trabajo en El Cairo y ella suplantaba a una bailarina norteamericana de vacaciones. «Yo pensé que la revolución sería algo pasajero —me dijo la catalana—. La química me sigue gustando, pero no me arrepiento de haberla dejado. Aunque económicamente me vaya peor, soy más feliz bailando». Lo dijo cuando llegamos a su departamento en un piso del barrio Marrioteia, una zona popular de El Cairo. Desde el ventanal de su departamento se ven las cúspides de Keops, Kefren y Micerinos, las sepulturas más famosas del mundo, envueltas en una nube de arena y polución que parece bruma.

Acostumbrada a ellas, la bailarina ya no les presta atención. Desde donde vive, para llegar al centro de El Cairo, se viaja una hora en bus y en metro por autopistas elevadas sobre basureros y fachadas de edificios a medio terminar. La plaza Tahrir, que en árabe significa Plaza de la Liberación y que había concentrado las mayores movilizaciones de 2011, estaba sitiada por el ejército egipcio. Las bocas del metro estaban tapiadas con alambre de púas y en cada esquina había policías con armas largas. Junto al Museo Egipcio de El Cairo, donde se conserva en un cofre de cristal la máscara dorada de Tutankamón, descansaba entre vidrios rotos y ventanas carbonizadas la mastodóntica sede del Partido Nacional Democrático, el símbolo del partido político militar que gobernó Egipto durante treinta y tres años. Lo habían incendiado los manifestantes en 2011, un día que en la historia ha quedado como el Viernes de la Ira. El centro de El Cairo recordaba un inmenso salón de baile donde hubo una fiesta que acabó mal. En 2013, lo que había sido un símbolo de la movilización libertaria, lo tomó el Ejército de nuevo en el poder. En la plaza Tahrir había un monumento «a los mártires de las revoluciones», erigido por los mismos militares que en 2011 habían martirizado a los revolucionarios.

La bailarina catalana llegó a una ciudad que durante más de dos mil años había sido territorio romano, turco, francés y británico. El Cairo, la ciudad más poblada de África, es un territorio en disputa crónica donde las identidades se superponen como las capas de pintura en una puerta vieja. Con la revolución los egipcios vivieron la paradoja de cambiar todo para que nada cambie. En un país que nunca vivió en democracia, las dos organizaciones políticas que se impusieron eran dogmáticas. Una islámica y la otra militar. «La primavera árabe no fue una revolución —se indignaba el poeta sirio Adonis en una entrevista—. Los opositores jamás hablaron de laicidad, de liberación de la mujer, de cambiar la ley coránica. Solo querían cambiar de régimen, y cambiar de régimen no sirve de nada cuando permanece la misma mentalidad. Los árabes tienen que hacer su revolución interior». El presidente de Egipto Al-Sisi fingió virtudes democráticas: después de hacer un golpe de Estado dejó de vestir su uniforme militar. Según un informe de Human Right Watch, el gobierno de facto de Al-Sisi cometió una de las peores masacres desde la tragedia de la plaza Tianannmen en Pekín. En la mezquita Rabá Al-Audawiya y la plaza Al-Nahda, el ejército egipcio mató a más de mil seguidores de los Hermanos Musulmanes, el partido político que ganó las primeras elecciones democráticas de la historia de Egipto y que fue derrocado por los militares al año siguiente, en 2013, los que protestaban contra el régimen de Al-Sisi. Un hermano de Mohamed Moez, el segundo mejor amigo de la bailarina, fue uno de los asesinados.

Mohamed Moez es un chico alto y tímido que habla inglés y español. Había estudiado periodismo, y tenía veintiséis años, el pelo peinado con gel y una expresión de sorpresa en sus ojos redondos, como la de quien espera que le cuentes algo divertido. La bailarina lo había invitado a tomar el té en el bar que está frente a su edificio. «Él es muy religioso —me advertía su amiga—. Me saluda con la mano y más de una vez me dijo que yo soy inteligente y no debería bailar». Mohamed Moez salía de trabajar de la tienda de papiros.

—De la muerte de mi hermano prefiero no hablar —me dijo Moez con su taza de té.

Le dije que de política se habla en voz muy baja en Egipto.

—Pero al menos hablamos —respondió—. Si la revolución sirvió para algo, fue para eso: la gente antes no hablaba de política.

Mohamed Moez me mostró la foto de un amigo a quien la policía había matado en un acto de protesta. Era un fotógrafo compañero suyo en la facultad. Lo asesinaron mientras tomaba fotos en una manifestación. Tenía la imagen de su amigo en su Facebook. Se veía a un chico sonriente, con la barba crecida y ropa de colores. Lo mataron el 5 de julio de 2013. Otros dos amigos de Mohamed Moez estaban presos. El vendedor de papiros hablaba del miedo y del gobierno militar de Al-Sisi. Mohamed Moez prefiere no hablar de temas políticos con la bailarina. Ni de religión. Acaba enfadándose con ella.

—He ido a tiendas donde tenían un cartel con una mujer sin velo con una «X» encima, y al lado había otra foto con una mujer con velo y ponía «SI» —le dijo Teresa González en el bar frente a su casa—. Yo entré a esa tienda y pensé: me van a matar.

—Tu tienes un punto de vista malo —exclamó Moez—. Yo nací aquí. Aquí la religión para la gente es diferente que en Europa.

Se conocieron cuando Mohamed Moez había ayudado a llegar donde la bailarina a una extranjera que buscaba extraviada su departamento en El Cairo. Por los idiomas que hablaba, a Moez no le costaba ser amable con los extranjeros. Había conocido una chica de Bolivia y le decía que quería visitar América Latina. «A mí me gusta su pensamiento y vivir de una manera diferente —me dijo—. Y quiero que la gente de aquí piense de esa forma». Fue una extranjera que lo trasladó mentalmente a un paisaje exótico al que tal vez jamás él llegaría. Pero con su amiga, la bailarina, le sucedía otra historia: cada vez que se encontraba con la catalana se enfrentaba a una contradicción. El Islam Sunita dice sobre la mujer: «Su poder de seducción constituye un elemento potencialmente perturbador del orden social y la rectitud moral». Mohamed Moez mantenía todas las distancias con la bailarina. Le pregunté a ella sobre el día que el vendedor de papiros fue a despedirse en el rellano de su edificio.

—Él me abrazó —dijo—. Pero dejando aire de por medio.

Cuando asesinaron al hermano de Moez, éste llamó por teléfono a la bailarina. «Yo no dormía —dijo la catalana—. La gente se disparaba por las ventanas. Yo nunca había visto un muerto». En esos días, la bailarina había decidido volver a Barcelona hasta que todo se calmara, cuando Moez la interceptó. «Quiero verte antes de que te vayas —le dijo—. Cuando tú has estado en momentos difíciles, yo he estado allí. Y ahora que te necesito, te vas». La bailarina recordó que fue la única vez que Moez le ha demostrado cariño. «Quería abrazarlo, pero él no entra a mi casa y en la calle no podía». Teresa González lo hizo pasar entonces hasta el recibidor de su edificio. «No voy a su casa, no porque no tenga confianza, sino por lo que va a decir la gente. Los hombres no pueden hacer esto antes de casarse —me dijo él—. La gente piensa mal. Es algo de nacimiento». Mohamed Moez le dijo a su madre que su amiga española era profesora de castellano.

La bailarina era una especialista en incomodar a sus amigos. Mohamed Moez no es el único. «A mí me pone muy tenso ir con ella por la calle», me dijo Ali Nawar, un chico de veintitantos años y dos metros de estatura que es traductor para la agencia española de noticias EFE en El Cairo. Hijo de un militar retirado, el día que lo conocí Teresa González le había pedido que la acompañara a comprar bisutería: brazaletes, collares, pendientes. También quería unas estrellas adhesivas que ella se pone en el ombligo para resaltar aún más su vientre en los shows. La idea de caminar con su amiga por la ciudad le producía una sonrisa nerviosa a su amigo. Aunque no era la primera vez que se ocupaba de ella.

Cuando sucedió el golpe de Estado, en 2013, Alí Nawar, se acercó con sus dos metros al edificio de Teresa González para llevarle unas compras del supermercado. Era la primera vez que visitaba los suburbios de El Cairo. Vivía en el distrito El-Manial, en la isla de Roda, una zona alta de la ciudad compuesta por dos islas del río Nilo, donde las casas, heredadas de la colonia británica, son antiguas, con jardín, y los únicos centros comerciales de su barrio son un kiosco y una farmacia. Los suburbios de su propia ciudad le resultaban amenazantes a Alí Nawar. En parte por eso, nunca acudía solo cuando quedaba con su amiga bailarina. Los encuentros eran siempre de tres. Ahmed Mustafa, su amigo y compañero de trabajo, lo acompañaba cuando él quería ver a la bailarina.

Esa tarde, antes de ir a comprar bisutería, los tres habían quedado encontrarse en el bar Ahl Cairo, en el barrio Dokki, una zona residencial de la ciudad. Ahl Cairo es uno de esos bares a los que acuden extranjeros y no está mal visto que los amigos se saluden con dos besos, aunque sean egipcios. Mientras un té en el bar frente a la casa de Teresa González costaba dos libras, allí podía costar veinte libras, un precio equivalente a cualquier bar de Europa. Fuera del bar Ahl Cairo y de su barrio, Alí Nawar se siente intranquilo. «Para mí es un reto caminar con Teresa: observo la gente por si hay adolescentes en grupo que la puedan acosar. Porque tengo amigas a quienes les han pegado». Nawar rebusca sus palabras antes de hablar. Cuando dice pegado, quiso decir violado. El traductor sentía pudor para explicarse con claridad, como si evitara alarmar a alguien que acaba de conocer, sobre la vida cotidiana de las mujeres egipcias. Alí Nawar se portaba como un gigante temeroso.

En los últimos años, centenares de violaciones a mujeres suceden en las calles de El Cairo. «Son rodeadas por un grupo de entre quince y cien hombres, y aisladas de sus amigos», ha resumido Human Rights Watch. En julio de 2014, en plaza Tharir, el escenario central de la revolución, hubo cerca de doscientas agresiones sexuales en una sola semana. En las protestas de junio de 2013, habían denunciado cerca de cien violaciones en la misma plaza. Mujeres golpeadas con cadenas, palos y sillas. Mujeres cortadas con cuchillos. Atacadas en manada y por hombres jóvenes. «En Egipto el acoso sexual siempre existió —me dijo Zeinab Sabet, una activista egipcia—. Pero ahora la violación no empieza como un simple acoso sexual. Quieren apartar a la mujer de la vida pública. Aterrorizarla. Es un fenómeno político: antes eran individuales; con la revolución comenzaron las violaciones en grupo». Zeinab Sabet se educó en París y vestía con escote y el pelo descubierto. Ella y un equipo de otros treinta activistas formaron el grupo Tharir Body Girl, que rescata a mujeres que están por ser violadas. Usan chaleco y casco amarillo para identificarse. Zeinab Sabet me explicó que hasta entonces sólo habían podido intervenir en noventa casos. «Es peligroso —me dijo— porque van armados con cuchillos».

Después de los violadores, su segundo enemigo es la legislación. La ley dice que, en caso de violación, la mujer agredida debe ir a la policía con la persona que la acosó y llevar testigos. «¿Cómo una mujer que experimenta esto —me dijo Zeinab Sabet— puede tener fuerza para ir a la policía con el chico que la violó?». Desde el gobierno, Adel Afifi, un miembro del consejo legislativo, culpó a las mujeres: «Son ellas las que provocan el cien por ciento de las causas de la violación, ya que al salir a manifestarse se exponen». La bailarina creía tener el antídoto para que no le suceda nada malo. «Aquí los tipos son muy observadores —me dijo—. Te tratan según cómo caminas y, si andas con el pecho hundido, te atacan. Yo, si estoy de bajón, no salgo». A pesar de sus dos metros de estatura, Ali Nawar, el traductor gigante y temeroso, temía que le arrebataran a su amiga. Temía no poder hacer nada para impedirlo.

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Salir a pasear por El Cairo con Teresa González puede verse como un deporte de riesgo por partida doble. En un talk show muy popular en Egipto, Al fin de la tarde, es habitual escuchar a su presentador, Mahmoud Saad, hablando a los jóvenes y a sus padres. «Hay jóvenes que trabajan con extranjeros para hacer bombas en contra de este país. Tomemos conciencia de esto y apoyemos a nuestro presidente», dijo Saad mirando directamente a la cámara. «Ahora hay más segregación —me insistió Alí Nawar—. Hay un tipo de separación entre la gente: están los que buscamos los derechos sociales y el resto». La segregación la produce sobre todo el rechazo a lo desconocido, o la defensa a la moral islámica. Una noche, su amigo Ahmed Mustafá se separó de él para acompañar a la bailarina a su casa. «Estaba oscuro y me despedí de ella con dos besos frente a la puerta de su edificio», recordó Ahmed Mustafa. Luego sintió que una piedra rozaba su cabeza. Un egipcio que en su país se comporta como un occidental puede entrar en la categoría de «infiel» al Corán. «Ahora están repitiendo esa vieja política del miedo —me dijo Ali Nawar—. A ustedes —los extranjeros— les llaman agentes, espías». Al sentir la piedra pasar cerca de su cabeza, Ahmed Mustafá quedó paralizado. «Yo no quería problemas y me fui», contó Mustafá. Hay casos más dramáticos. Según Mustafá, cuando en 2012 en Egipto estaban los Hermanos Musulmanes en el poder, el miedo lo sentían hacia las brigadas policiales conocidas en Egipto como «policía moral». Cuando veían un chico con una chica solos, le decían al hombre que no podía sentarte con una chica a solas si no era su esposa. «Una vez un joven ingeniero estaba con su novia, aparecieron unos hombres y le dijeron que no podía estar allí con ella. Cuando el chico quiso pelear, lo mataron —dijo Mustafá—. Ahora ya no pasa eso. Ahora te matan o meten preso por estar en contra del gobierno. Pero la gente sigue pensando igual». Alí Nawar, el traductor y gigante temeroso, temía que una tarde de compras de bisutería con su amiga bailarina pudiese convertirse en una película de terror.

—Aquí vives para los vecinos y para el portero del edificio —me había explicado Sabet, la activista—. El portero es aquí como un miembro de la familia. Tienes que cuidarte de lo que piensa de ti porque él habla con otra gente. Es la razón por la que odio vivir aquí.

—A mí tu portero me odia —le dijo Ahmed Mustafá a la bailarina.

La bailarina no se sorprendió.

—Ese odia a todos —dijo.

Los egipcios viven con toda clase de prohibiciones.

Desde formar un partido político hasta estar con un extranjero bajo el mismo techo.

La bailarina catalana no puede invitar amigos a su departamento.

Y sus amigos no se atreven a presentar a una amiga bailarina a sus padres.

Durante tres mil años, Egipto fue gobernado por potencias extranjeras.

En 1922 los británicos les concedieron la independencia.

La fobia al extranjero es atávica.

Los porteros son los guardianes de esos microestados que son los edificios de apartamentos. Frente al portero del edificio de Teresa González, cualquiera tiene prohibido decir: abogado, manager, contrato. En árabe y castellano, según la catalana, suenan igual. Temía que su portero, quien no sabe leer, dedujera que ella era bailarina.

Una revolución exige enfrentar sus propias contradicciones, y Egipto volvió de la ilusión revolucionaria a un Estado policial. En una cultura donde la familia gira en torno a la figura del padre, cuando ese padre fue educado en los rigores de un cuartel, el miedo siempre comienza en su mirada. Igual que en la familia de Ali Nawar, todos los egipcios tienen en su familia un teniente, un policía, un almirante. Es el legado de más de sesenta años de sucesivos gobiernos militares.

Alí Nawar, el traductor, insistía en el peligro de caminar con ella por la calle.

—Nos interesa conocer más extranjeros con mentalidad más abierta —me dijo su amigo Mustafá—. Yo tengo amigos hombres que salen con chicas, tienen relaciones sexuales y toman drogas. Pero cuando eligen una mujer para casarse, eligen a una conservadora.

—Eligen la mujer que viene detrás de la vaca —añadió el traductor—. Es un dicho. Las mujeres de zonas rurales son más tradicionales que las urbanas. No toman drogas ni salen.

Tres años después de la revolución egipcia, la bailarina ya no sentía esa asfixia que la había obligado a dejar su doctorado en Química en Barcelona. Los egipcios que entonces se jugaron la vida por la democracia especulan los motivos del fracaso. «La revolución no fue una revolución. Es el plan de un país como Estados Unidos que quiere que caiga el ejército para coger el petróleo de los países árabes —me dijo el señor Shaaban, dueño del bar frente al edificio de la bailarina—. Antes no había democracia pero al menos había trabajo. Ahora no tenemos trabajo ni democracia». Su opinión es una de las versiones más difundidas en los barrios populares. La revolución que creció desde la militancia de jóvenes universitarios e intelectuales no prosperó en un país donde un tercio de la población es analfabeta y donde la palabra bailarina es un insulto, pero también donde las bailarinas siguen siendo el mejor refugio ante la incertidumbre.

La canción Tópico del Amor, que da su nombre al bar del señor Shaaban donde la bailarina se sienta a tomar el té, siempre ha sido interpretada por la artista mas querida en el mundo árabe. El bar tampoco admite mujeres. Un día Teresa González se sentó allí por primera vez con cara de extranjera distraída. El dueño del bar nunca se atrevió a echarla.

La bailarina catalana aprendió a moverse en un mundo que ha acabado siendo para hombres. «Las mujeres necesitan conocer sus derechos», me dijo la activista Zeinab Sabet, quien, además de participar en el grupo Tharir Body Girl, daba clases de defensa personal. Su deseo coincide con el de Montesquieu en el siglo XVI: «Las costumbres hacen las leyes, las mujeres hacen las costumbres; las mujeres, pues, hacen las leyes». Después de la frustrada revolución que prometía cambiar las leyes en Egipto, sus mujeres, aunque no bailen, tampoco son respetadas.

—Yo vivo de noche —me dijo la bailarina catalana—. Y las mujeres egipcias no salen de noche.

 

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Egipto era una cultura por descifrar para la bailarina. Los egipcios viven con toda clase de prohibiciones. Desde formar un partido político hasta estar con un extranjero bajo el mismo techo. La bailarina no puede invitar amigos a su departamento. Fue Ramy Mohamed quien le enseño a caminar por las calles de El Cairo. Cuando se encontraron después de tres años de no verse, ambos pudieron abrazarse en una calle en penumbras.

 

De noche, en El Cairo, Teresa González siempre estaba sola. Su compañera de piso, la bailarina Kaoru Sunami, dormía o estaba bailando en la Opera House. «Es muy reservada —me dijo la japonesa—. El mundo del baile tiene sus secretos». Después de acabar de bailar, Teresa González suele detenerse en una juguería de la esquina de su departamento donde ofrecen zumos y ella elige siempre el mismo: uno de caña de azúcar, que en Egipto lo llaman asir assa. «Me gusta sentarme aquí —me dijo mientras sorbía el líquido verde y espumoso con una pajita—. Aquí me siento invisible». La gente pasaba, los hombres pasaban, y la ignoraban. Sólo la saludaban los niños. «Cuanto más te respetan, menos te miran». Giza, la población donde vive, fue construida sobre una gran meseta de arena que se acumula en los recodos de su calle. Junto a su edificio había un taller de reparación de mototaxis, una mezquita sin minarete, una despensa con unas cuantas latas, un negocio de reparación de computadoras y una tienda de ropa femenina, donde todas las prendas incluyen velo. Es un barrio de gente tradicional donde Teresa González disfrutaba siendo imperceptible. Ganar respeto en Egipto era para ella ganar invisibilidad.

En la relación con sus vecinos cairotas, Teresa González pasó del acoso al rechazo, y del rechazo a la indiferencia. La bailarina cree haber llegado a un término medio. «Si yo hablo, ellos sí que me pueden hablar. Si no, no. Así son las cosas aquí». Su única amiga mujer, Hadia Hamed, una licenciada en Geografía que estudia coreano y trabaja en una tienda de Vodafone, lo veía de una manera más piadosa: «Los hombres aquí son como niños grandes». Hadia Hamed se puso seria cuando hablaba de varones, pero el resto del tiempo tenía una sonrisa más grande que su boca. «Mi marido ha hecho siempre lo que su madre le decía —me dijo—. No lo culpo porque él no ha tenido la oportunidad de ser diferente. Más que cambiar, debe madurar. Antes hubiese sido imposible que yo estuviera aquí con ustedes. Es un choque cultural para él: mi marido nunca habla con extranjeros». Por tradición, los varones del mundo árabe no se van de la casa de sus madres hasta que se casan. Casi ninguno de los muchachos solteros que conocí en El Cairo, incluidos los amigos de la bailarina, vive fuera de la casa materna.

El mundo de las mujeres egipcias era un enigma que la bailarina sólo avistaba desde arriba del escenario. Hasta que conoció a la geógrafa Hadia Hamed. Fue a través de una red social estilo Couchsurfing, donde los extranjeros se hospedan gratuitamente en la casa de quien la ofrece, y se vieron por primera vez en un restaurante yemení. «Estaba por casarse pero ella no quería», me había contado la bailarina de la geógrafa. Los casamientos por amor en Egipto son exclusivos de jóvenes de clase alta occidentalizada, o de rebeldes dispuestos a enfrentarse a sus familias. Hadia Hamed aún no se atrevía a decirle al resto de sus amistades que su amiga española bailaba la danza del vientre. Mucho menos a su marido. Sus padres respetan la tradición árabe de concertar la boda de los hijos. Recién en 2010, en Egipto la mujer obtuvo el derecho a pedir el divorcio. Aún debe tener un permiso de su marido si quiere salir del país.

Grimilda Barbier, una cubana casada en La Habana con un egipcio, y que llevaba casi dos décadas viviendo en El Cairo donde se convirtió al Islam, podía recitar la legislación de memoria. «Aquí el matrimonio es un negocio sin precio fijo —me dijo una tarde—. Tu familia negocia la dote cuando te casas. Pero si eres mujer y pides el divorcio pierdes todos los privilegios: tu ex marido debe mantenerte sólo un año y no te deja la casa». Barbier tenía cuarenta años, dos hijos, un velo en la cabeza y un cuerpo robusto como la mayoría de las mujeres árabes. «Hace años que me hubiese vuelto a la isla, pero sin dinero ni permiso no puedes». Sólo volvería a Cuba de vacaciones. Cuando estalló la revolución, Grimilda Barbier fue con su hija a protestar a la plaza Tahrir. «Aquí con los militares nunca había fiesta popular ni hábito de reunirse como sí hay en Cuba —deslindó—. A Tahrir muchos iban por política, a pedir derechos, y otros por la novedad: a festejar». La revolución era una puerta entreabierta hacia el desahogo. «Yo no apoyé la revolución desde el principio. Tampoco apoyo el antiguo régimen. Pero creo que todo cambio es positivo —me dijo Hamed, la geógrafa—. Quiero tener hijos, pero que haya una sociedad más civilizada. El problema es la educación. O cambia este sitio, o me voy de aquí». Su vida podría ser cómoda si aceptara las convenciones. Pero Hadia Hamed ha hecho lo posible por no respetarlas del todo.

Antes de irse del restaurante yemení, Hadia Hamed me pidió que nos tomásemos una foto para mostrársela, «algún día», a su pareja. «Él aún no es tan abierto de mente —me dijo—. Lo estoy intentando porque lo quiero». Por entonces Teresa González era como su salvoconducto hacia el resto del mundo. En el siglo XXI, se repite la historia de las bailarinas esclavas del siglo I en los califatos árabes: cuando ellas dejaban de moverse para los jerarcas del palacio, bailaban para las mujeres que esperaban lejos del salón principal. En ese caso, más que la danza del vientre, lo que les ofrecían era lecciones de seducción. Las esclavas eran, paradójicamente, más libres en su cautiverio: tenían acceso a la información que sólo se comparte en fiestas privadas y así tenían más influencia sobre los hombres que las señoras de la casa. «Yo bailo siempre mirando a las mujeres —me dijo la catalana en el barco Memphis—. Ellas bailan con los ojos». Su amiga Hadia Hamed quiere dedicarse a la fotografía, pero de interiores o de paisajes, porque no podría fotografiar, por ejemplo, una boda. «Las bodas acaban tarde —me diría—. Y de noche tengo que estar en casa». Aunque días atrás la geógrafa se escapó y fue a ver bailar a su amiga secreta. A Hadia Hamed sólo le está permitido bailar para su marido. Como toda recién casada, también recibió como regalo de boda de su esposo un traje de baile, un modelo similar a los que usa su amiga en el escenario. Hadia Hamed sólo puede vestirse con él en su intimidad.

Hacía un buen tiempo que la bailarina no tenía pareja. «Si sigo viviendo aquí —me dijo ella—, algo voy a tener que hacer». Los hombres en su casa tienen prohibida la entrada, y la mayoría de los egipcios que busquen algo más que un pasaporte europeo no se casarían con una mujer que no fuera virgen. «Lleva mucho tiempo entender cómo funciona todo esto», me dijo Sara Farouk Ahmed, una mujer británica que lleva veinte años viviendo en El Cairo casada con un egipcio. Su nombre occidental es Maureen O’Farrell. La bailarina la escucha como a una maestra desde que se conocieron en el festival de danza donde ella bailó. En el Reino Unido, a Miss O’Farrell la gente la reconocía por la calle por haber interpretado un papel protagónico en la serie de televisión The Widows que la BBC emitía en los ochenta. Indignada por la participación de Gran Bretaña en la guerra del Golfo Pérsico, la actriz abandonó su país y desde entonces en El Cairo suele tapar su cabeza con un velo. «Odié a mi país —me dijo—, a los americanos y a los británicos». Por esos días, la maestra británica le corregía a su discípula española la posición de las manos y los brazos para bailar la danza del vientre. «Ella tiene un ojo y un criterio tan fino —precisó la catalana— que puede corregirme cosas que ninguna otra bailarina podría». Sara Farouk Ahmed es la representante de Randa Kamel, una de las bailarinas más famosas de Egipto, y trabaja de asistente de producción en una productora de películas. Ella animó a la catalana a que siguiera su carrera en El Cairo. En la revolución de 2011, le ayudó a encontrar el departamento donde vive.

Sara Farouk Ahmed le explicó también la posición que debía adoptar debajo del escenario. «En Egipto el concepto de público y privado es diferente que en Europa. Aquí tu nombre no debes decirlo nunca, porque el nombre es del mundo privado. Tu parte pública como mujer te la da tu familia. Debes decir soy la mujer de, la madre de o la hija de. Ese es tu nombre», le dijo. En Egipto, Teresa González no es de nadie. Su nombre real sólo lo saben sus amigos y su portero. Sara Farouk Ahmed fumaba cigarrillos rubios y bebía vino blanco en su casa, y a la vez hacía el ayuno que exigía la celebración musulmana anual del Ramadán. «A mí no me importa la religión en sí misma, sino la decencia que te puede aportar —me dijo—. Es más una decisión política que religiosa». Ella se convirtió al Islam y fuera de casa se presenta con el apellido de su marido. «A mí me gusta esa forma de pensar que tienen aquí. Se traduce en una expresión: Insha’Allah (Si dios quiere). El occidental, en cambio, siempre es rotundo: las cosas son blanco o negro. Los egipcios tienen un plan, pero si no funciona pasan a otro». La señora Farouk pondera la capacidad egipcia de improvisar. Viniendo de un país como Inglaterra, donde la puntualidad es un patrón de conducta, la ex actriz de televisión admira a quienes sobreviven en la ciudad más grande de África, donde la mayoría vive con un sueldo promedio de sesenta euros mensuales y donde el tráfico en sus calles sin semáforos es tan denso que produce uno de los doce niveles más altos de contaminación en el mundo. La bailarina japonesa Kaoru Sunami, dijo algo similar. «En Japón todo es control y estrés. Me gusta que aquí puedes dejar las cosas al azar». Sunami vivía en el confort disciplinado que la Opera House de El Cairo exige a sus bailarinas, y encontraba en Egipto una especie de refugio para el relax. Sin embargo, por esos días la policía egipcia había irrumpido en el edificio de Sara Farouk porque dos estudiantes habían entrado con una prostituta, y los vecinos los apuñalaron. Una prostituta en su edificio era un atentado a la moral religiosa. La delató el portero.

Si tuvieran que elegir entre un partido político atado a una doctrina religiosa que obliga a las mujeres a cubrirse y un gobierno militar que ve a las bailarinas como un recurso para representar al país, Sara Farouk se queda con los militares. Teresa González, lo mismo. Dominar las emociones del público es un arma política. Entre las bailarinas esclavas llegadas a Egipto durante el siglo XVI, las más influyentes eran un grupo de mujeres de la tribu Gawazi, que aumentaban su brillo con los mismos abalorios y tatuajes que las mujeres de la época faraónica. Su popularidad era tal que el gobernante de Egipto Mohamed Ali las extraditó de El Cairo por miedo de que influyeran en sus tropas, que en el siglo XIX se enfrentaban con los invasores otomanos. La historiadora británica Leona Wood documentó que la danza del vientre de entonces había tomado su esencia de fábulas poéticas y se creía que sus movimientos eran rituales mágicos. El poder político de las bailarinas provenía de la suma de sus individualidades. Eran el núcleo resistente de la danza más tradicional, y también de una ideología, la de su tradición tribal. El cuerpo de una bailarina es mucho más que un cuerpo deseado: es el cuerpo de un mensaje. En el Egipto actual, las leyes estrictas que protegen la moral pública dejan de regir cuando se censura el debate político ante cámaras y se anuncian espectáculos televisados de la danza del vientre. «Yo no sé nada de política en realidad. Y soy muy influenciable», me dijo la bailarina.

La danza del vientre es un baile solista y anárquico. Pero las escuelas de danza han codificado uno que otro paso: un shimi de cadera es hacer vibrar la cintura, un contra camello es arquear la espalda hasta que el cuerpo queda como un signo de interrogación. «Yo no pienso en nada de eso cuando bailo. Lo importante es escuchar las canciones y traducirlo con el cuerpo —me había explicado mientras ensayaba—. Aprendí árabe porque el secreto de la danza está en la interpretación de las letras». El vestido y los accesorios que lleva una bailarina han sido siempre algo más que adornos o ropas flexibles que faciliten el movimiento del cuerpo. Teresa González compraba su vestuario en el taller de costura y confección de Eman Zaki, una ex bailarina que hoy es la mayor exportadora de trajes artesanales de danza árabe del mundo. Su lugar es como esos parques de atracciones de pueblo, repleto de luces de colores, telas con remiendos y operarios con caras cansadas. Es un punto de encuentro de mujeres de apariencia convencional que pueden lucir extraordinarias con esos trajes. La rutina de la bailarina catalana era siempre la misma: calentar sus músculos y encender su reproductor MP4. Su canción favorita, Tópico del amor, dice: «La gente que ama es desafortunada». Durante su ensayo, la bailarina hundía el vientre con dramatismo, como si le doliera, mientras cantaba en voz baja.

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La ex estudiante de Química se fotografía cada noche con los turistas que abordan el barco Memphis en un atracadero de Maadi, un barrio costero del sur de El Cairo. Muchos de ellos son hombres, pero la mayoría son familias con niños, abuelos, esposas y grupos de amigas que andan de viaje. Todos esperan ver la danza exótica que tuvo su época de glamour en las primeras décadas del siglo XX. Del esplendor de antaño sólo queda en el centro de El Cairo el vetusto cabaret Scheherazade, que significa «hija de la ciudad» y es el nombre de la protagonista de Las mil y una noches. Hoy las molduras pintadas de oro de su techo alto están descascaradas. «Si quieres trabajar allí te tienes que prostituir», me dijo Teresa González. Hoy, entre la decrepitud del viejo cabaret y el souvenir fotográfico del barco, como si fuese una foto velada, se diluye el reconocimiento que las bailarinas tuvieron antes en el mundo árabe. En el barco Memphis no sólo es importante saber bailar. Teresa González debía hacerlo una y otra vez, noche tras noche, sin perder técnica ni intensidad. Igual que la Scheherazade en el libro Las mil y una noches, la catalana sobrevive en su trabajo gracias a su talento y oficio para contar bien una historia. Scheherazade lo hacía con palabras; Teresa González con el cuerpo.

Un show de la danza del vientre para turistas siempre será la versión reducida de una obra concebida para hipnotizar. La última vez que la vi bailando, esa noche al ritmo de los tambores y el teclado, la ex científica bailó apenas cinco minutos de una canción que suele extenderse por una hora y media. Pero en los ensayos, en la habitación de su apartamento, ella bailaba la canción completa mientras se repetía en voz baja la letra que ella comprendía hasta memorizarla. Mientras en El Cairo yo escuchaba relatos con lamentos de una revolución popular fracasada, Teresa González, en cambio, celebraba con su trabajo de cada noche el triunfo de su revolución personal: dejar las fórmulas exactas para vivir de la improvisación. A diferencia de sus amigos egipcios más queridos, la bailarina catalana no estaba a favor de la revolución. Todas las bailarinas de mitad del siglo XX que ella admiraba, desde Samia Gamal a Fifi Abdou, crecieron con gobiernos militares y fuera de Egipto. «Yo creo que deben pasar unos cien años para que la gente cambie la mentalidad y tengamos una democracia en serio», me dijo Mohamed Moez, el empleado en la tienda de papiros que perdió a su hermano en la revolución. En un país como Egipto, el núcleo inicial y minoritario de la revolución fueron jóvenes universitarios. En la cultura del Insha-Alah —dios quiera—, aparte de Ramy Mohamed El-Telbany que se marchó a Dubai, todos los amigos de Teresa González se atrevieron a luchar por una revolución que no perduró. Pero, a diferencia de la bailarina española, ninguno de ellos se fue de la casa de sus padres y ninguno se siente en libertad de presentar a su familia a su amiga bailarina. Ninguno hizo su revolución personal. Ramy Mohamed El-Telbany era el único de sus amigos varones que no vivía con su mamá.

Cuando él se encontró con su amiga catalana después de tres años de trabajar en un hotel de Dubai, ambos se abrazaron en medio de una calle penumbrosa de El Cairo. «Es una mezcla entre una bailarina y una persona que quiere aprender mucho —me dijo él—. Las chicas por esta zona no son así. Una chica que quiere hablar y tiene el corazón para viajar a un país del que no sabe nada es única». Cuando Egipto era para ella un mundo por descifrar, Ramy Mohamed El-Telbany le enseñó esa forma simplificada de escribir su idioma, que es el franco árabe, reemplazando fonemas que no existen en inglés con números. También la invitó a conocer a su familia: el padre, la madre y sus tres hermanos. Su amiga era entonces una chica sonriente que escuchaba hablar árabe sin entenderlo. «Soy el provocador de todo esto —insistiría después Felipe González, el padre de la bailarina—. Yo le digo: decide lo que creas que es mas importante. En la vida, lo peor es no decidir». Gracias al apoyo de su padre la bailarina dejó sus estudios de Química. No muchas mujeres deciden aterrizar en un país cuyo futuro se discute en medio de un terremoto social.

Desde el departamento de la bailarina de la danza del vientre, la pirámide de Keops se ve tan gigante que uno tiene la sensación de poder tocarla al sacar la mano por su ventana. Desde las pirámides, en cambio, El Cairo se extiende como una ciudad enorme, plana, confusa y gris. A los pies de los templos funerarios permanecen incólumes las plataformas de piedra donde las ceremonias religiosas eran celebradas con música y baile. En el centro de El Cairo, la plaza Tharir, símbolo de la revolución popular que logró derrocar una dictadura, sigue siendo un territorio gris y en disputa. Las bailarinas, un objeto de injuria. La revolución de los jóvenes egipcios le quitó protagonismo a las viejas pirámides cuando la gente comenzó a clamar por democracia. También separó a los amigos. Esa noche, antes de despedirse, Teresa González me dijo que viajaría con Ramy Mohamed El-Telbany hasta la ciudad de Mansoura, a ciento veinte kilómetros al norte de El Cairo, donde vive la familia de él. Le pidió a su amigo volver a su casa materna, y él aceptó: Teresa González aprendió el árabe y quería hablar con su madre. En el país donde la palabra bailarina es un insulto, un joven egipcio cometió un acto revolucionario: llevar a una amiga bailarina a conversar con su mamá.

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Las viudas del oro

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MÁXIMA ACUÑA
LA DAMA DE
LA LAGUNA AZUL
VERSUS
LA LAGUNA NEGRA

Una de las mineras de oro más ricas del mundo intenta desalojar
a una campesina que vive en un terreno que esta compañía reclama como suyo.
La empresa Yanacocha y el gobierno del Perú apuestan por un proyecto, Conga,
para explotar una gran reserva de oro. Dicen que de él depende el progreso del país.
Máxima Acuña se niega a irse de su casa y cambiar la única vida que conoce.
Por años ha vivido frente a una laguna que Yanacocha proyecta
convertir en un depósito de desechos tóxicos.
¿Vale más el oro de todo un país que
la tierra y el agua de una familia?

Un perfil de Joseph Zárate
Fotografías de Antonio Sorrentino / Phoss

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Fotografía de Antonio Sorrentino / Phoss

Una mañana de enero de 2015, con el fin de poner los cimientos de una casa, Máxima Acuña Atalaya picaba las piedras de una colina con golpes secos y certeros como los de un leñador. Acuña mide menos de un metro y medio, pero carga rocas del doble de su peso sobre la espalda y destaza un carnero de cien kilos en minutos. Cuando visita la ciudad de Cajamarca, la capital de la sierra norte del Perú donde ella vive, teme que la atropellen los autos, pero es capaz de enfrentar a una retroexcavadora en movimiento para defender el terreno que habita, el único con abundante agua para sus cultivos. Nunca aprendió a leer y escribir, pero desde 2011 ha impedido que una minera de oro la expulse de su casa. Para campesinos, defensores de derechos humanos y ecologistas, Máxima Acuña es un ejemplo de coraje y resistencia. Para quienes el progreso de un país depende de explotar sus recursos naturales, Máxima Acuña es una campesina terca y egoísta. O, peor aún, una mujer que busca sacarle dinero a una compañía millonaria.

—Me han dicho que debajo de mi terreno y de la laguna hay bastante oro —dice Máxima Acuña, con su voz aguda—. Por eso quieren que me largue de aquí.

La laguna se llama Azul, pero ahora luce gris. Aquí, en las montañas de Cajamarca, a más de cuatro mil metros de altitud, una espesa niebla lo cubre todo y disuelve el perfil de las cosas. No se oyen cantos de aves, ni hay árboles altos, ni cielo azul, ni flores en los alrededores, porque casi todas mueren congeladas por el viento frío cercano a los cero grados. Todas excepto las rosas y las dalias que Máxima Acuña lleva bordadas en el cuello de su blusa. La vivienda de barro, piedras y calaminas donde vive ahora, dice, está a punto de derrumbarse por las lluvias. Necesita construir una casa nueva, aunque no sabe si conseguirá hacerlo. Más allá de la niebla, a unos metros frente a su predio, está la Laguna Azul, donde hace unos años Máxima Acuña pescaba truchas junto a su esposo y sus cuatro hijos. La campesina teme que la empresa minera Yanacocha la despoje de la tierra donde vive y convierta la Laguna Azul en un depósito para unos quinientos millones de toneladas de desechos tóxicos que saldrán de un nuevo tajo minero.

En quechua, Yanacocha significa ‘Laguna Negra’. También es el nombre de una laguna que dejó de existir a inicios de los noventa para dar paso a una mina de oro de tajo abierto considerada en su mejor época la más grande y rentable del mundo. Debajo de las lagunas de Celendín, la provincia donde viven Máxima Acuña y su familia, hay oro. Para extraerlo, la minera Yanacocha ha diseñado un proyecto llamado Conga que, según economistas y políticos, llevaría al Perú hacia el Primer Mundo: vendrían más inversiones y por tanto más puestos de trabajo, modernas escuelas y hospitales, lujosos restaurantes, nuevas cadenas de hoteles, rascacielos y, como anunció el Presidente del Perú, quizá hasta un tren subterráneo en la capital. Para conseguir todo ello, sin embargo, Yanacocha dice que será necesario secar una laguna ubicada a más de un kilómetro al sur de la casa de Máxima Acuña, para convertirla en una mina de tajo abierto. Después, utilizaría otras dos lagunas para depositar allí los desechos. La Laguna Azul es una de ellas. Si eso sucede, dice la campesina, podría perder todo lo que su familia posee: las casi veinticinco hectáreas de tierra rebosante de ichu y otros pastos alimentados por manantiales. Los pinos y queñuales que le proveen de leña. Las papas, ollucos y habas que hay en su chacra. Y, sobre todo, el agua que beben su familia, sus cinco ovejas y sus cuatro vacas. A diferencia de sus vecinos que vendieron sus tierras a la compañía, la familia Chaupe-Acuña es la única que todavía vive junto a la futura zona de extracción del proyecto minero: el corazón de Conga. Ellos dicen que jamás se irán de allí.

—Algunos comuneros dicen que por mi culpa no tienen trabajo. Que la mina no funciona porque estoy acá —dice la campesina—. ¿Qué hago? ¿dejo que me quiten mi terreno y mi agua?

Máxima Acuña se detiene, deja de picar las rocas y se seca el sudor de la frente. Su pelea con Yanacocha, cuenta, se inició con la construcción de un camino. Una mañana de 2010, Acuña se levantó con un dolor punzante en el vientre. Tenía una infección en los ovarios que no la dejaba caminar. Sus hijos alquilaron un caballo para llevarla hasta la choza que heredaron de su abuela, en un caserío a ocho horas de allí, para que se recuperara. Un tío suyo se quedaría a cuidar su chacra. Tres meses después, cuando logró reponerse, ella y su familia regresaron a casa, pero encontraron algo distinto en el paisaje: la antigua trocha de tierra y piedras que cruzaba una parte de su predio se había convertido en un camino amplio y llano. Unos obreros de Yanacocha, les dijo su tío, habían llegado con aplanadoras. La campesina fue a reclamar a las oficinas de la compañía en las afueras de Cajamarca. Insistió durante días hasta que un ingeniero la recibió. Ella le mostró su certificado de posesión.

—Ese terreno es de la mina —dijo él, mientras ojeaba el documento—. La comunidad de Sorochuco lo vendió hace años. ¿Acaso no sabía?

Sorprendida y enfadada, la campesina solo tenía preguntas. ¿Cómo podía ser eso cierto si ella había comprado esa parcela en 1994 al tío de su marido? ¿Cómo podía ser si ella había criado ganado ajeno y ordeñado vacas durante años para ahorrar el dinero? Ella había pagado dos toros, de casi cien dólares cada uno, para adquirir ese terreno. ¿Cómo podía ser Yanacocha dueña del predio Tragadero Grande si ella tenía un papel que decía lo contrario? Esa tarde el ingeniero de la empresa la despidió de su oficina sin respuestas.

Medio año después, en mayo de 2011, días antes de su cumpleaños número cuarenta y uno, Máxima Acuña salió temprano a casa de una vecina para tejerle una frazada de lana de oveja. Al regresar encontró su choza reducida a cenizas. Los corrales de sus cuyes estaban tirados. La chacra de papas destruida. Las piedras que su esposo Jaime Chaupe juntaba para construir una casa estaban desperdigadas. Máxima Acuña denunció a Yanacocha al día siguiente, pero la denuncia fue archivada por falta de pruebas. Los Chaupe-Acuña construyeron una choza provisional. Intentaron seguir con sus vidas hasta que llegó agosto de 2011. El relato de Máxima Acuña y su familia sobre lo que Yanacocha les hizo a inicios de mes, es una secuencia de abusos que temen que se vuelva a repetir.

El lunes 8 de agosto un policía llegó hasta la choza y pateó las ollas donde preparaban el desayuno. Les advirtió que debían dejar el terreno. No lo hicieron.

El martes 9 unos policías y vigilantes de la minera confiscaron todas sus cosas, desataron la choza y le prendieron fuego.

El miércoles 10 la familia durmió a la intemperie sobre la pampa. Se taparon con ichu para protegerse del frío.

El jueves 11 un centenar de policías con cascos, escudos antimotines, garrotes y escopetas fueron a desalojarlos. Una retroexcavadora venía con ellos. La hija menor de Máxima Acuña, Jhilda Chaupe, se arrodilló frente a la máquina para impedir que ingresara al terreno. Mientras unos policías intentaban apartarla, otros apaleaban a su madre y hermanos. Un suboficial golpeó a Jhilda en la nuca con la culata de una escopeta, ella se desmayó y el escuadrón, asustado, se replegó. Ysidora Chaupe, la hija mayor, grabó el resto de la escena con la cámara de su celular. El video dura un par de minutos y se puede ver en Youtube: su madre grita, su hermana está inconsciente en el suelo. Los ingenieros de Yanacocha miran de lejos, al lado de sus camionetas. Los policías formados están a punto de marcharse. Ese día fue el más frío de ese año en Cajamarca, aseguran los meteorólogos. Los Chaupe-Acuña pasaron la noche a la intemperie a siete grados bajo cero.

La empresa minera ha negado esas acusaciones una y otra vez ante jueces y periodistas. Piden pruebas. Máxima Acuña sólo tiene certificados médicos y fotos que registran los moretones que le dejaron en los brazos y las rodillas. Ese día, la policía redactó un acta que acusa a la familia de haber atacado a ocho suboficiales con palos, piedras y machetes, pero a la vez reconoce que no tenía poder para desalojarlos sin el permiso de un fiscal.

—¿Has escuchado que las lagunas se venden? —pregunta Máxima Acuña, mientras levanta una pesada roca con las manos— ¿O que los ríos se venden, el manantial se vende y se prohíbe?

Después de que los medios difundieran su caso, la lucha de Máxima Acuña ganó seguidores en el Perú y el extranjero, pero también escépticos y enemigos. Para Yanacocha, ella es una usurpadora de tierras. Para miles de campesinos en Cajamarca y activistas del medio ambiente ella es La Dama de la Laguna Azul, como la empezaron a llamar cuando su resistencia se hizo conocida. La vieja metáfora de David contra Goliat se volvió inevitable: era la palabra de una campesina contra la de la minera de oro más poderosa de Latinoamérica. Pero lo que estaba en juego, en realidad, involucraba a todos: el caso de Máxima Acuña enfrenta diferentes visiones de aquello que llamamos progreso.

 

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Fotografía de Antonio Sorrentino / Phoss

 

***

Salvo las ollas de acero en las que cocina y el diente postizo de platino que luce cuando sonríe, Máxima Acuña no tiene otro objeto de metal que sea valioso. Ni un anillo, ni una pulsera, ni un collar. Ni de fantasía ni de metal precioso. Le cuesta entender la fascinación que sienten las personas por el oro. Ningún otro mineral ha seducido y trastornado tanto la imaginación humana como el destello del metal con el símbolo químico Au. Basta revisar cualquier libro de Historia Universal para confirmar que el deseo de poseerlo ha precipitado guerras y conquistas, fortificado imperios, arrasado montañas y bosques. Hoy el oro convive con nosotros desde prótesis dentales hasta componentes de celulares y laptops, desde monedas y trofeos hasta lingotes de oro en bóvedas bancarias. El oro no es vital para ningún ser vivo. Sirve, sobre todo, para alimentar nuestra vanidad y nuestras ilusiones de seguridad: cerca del sesenta por ciento del oro que se extrae en el mundo termina en forma de joyas. Y un treinta por ciento se utiliza como respaldo financiero. Sus principales virtudes —no se oxida, no pierde su brillo, no se deteriora con el tiempo— lo vuelven uno de los metales más codiciados. El problema es que cada vez hay menos oro para explotar.

Desde niños hemos imaginado que el oro se extrae por toneladas y que cientos de camiones lo transportan en forma de lingotes hasta las bóvedas de los bancos, pero en realidad es un metal escaso. Si pudiéramos juntar todo el oro que se ha obtenido a lo largo historia y lo derritiéramos, apenas alcanzaría para llenar dos piscinas olímpicas. Sin embargo, para obtener una onza de oro —cantidad suficiente para fabricar un anillo de matrimonio— hace falta extraer cerca de cuarenta toneladas de tierra, tanto como para llenar treinta camiones de mudanza. Los depósitos más ricos del planeta se agotan y cada vez es más difícil hallar nuevas vetas. Casi todo el mineral que queda por extraer —una tercera piscina— yace enterrado en minúsculas cantidades bajo montañas y lagunas inhóspitas. El paisaje que queda luego de la extracción revela un contraste superlativo: mientras que las compañías mineras dejan agujeros en la tierra tan descomunales que pueden verse desde el espacio, las partículas extraidas son tan diminutas que hasta doscientas de ellas cabrían en la cabeza de un alfiler. Una de las últimas reservas de oro del mundo yace bajo los cerros y lagunas de Cajamarca, en la sierra norte del Perú, donde la minera Yanacocha opera desde fines del Siglo XX.

El Perú es el exportador de oro número uno de América Latina y el número seis del mundo, después de China, Australia y Estados Unidos. Esto se debe, en parte, a las reservas de oro que tiene el país y a las inversiones de transnacionales como Newmont, el gigante de Denver, quizá la minera más rica del planeta y dueña de más de la mitad de las acciones de Yanacocha. En un solo día Yanacocha excava unas quinientas mil toneladas de tierra y roca, un peso equivalente a quinientos aviones Boing 747. Montañas enteras desaparecen en semanas. Hasta fines de 2014, una onza de oro costaba cerca de mil doscientos dólares. Para extraer esa cantidad, necesaria para fabricar unos aretes, se producen casi veinte toneladas de residuos con restos de químicos y metales pesados. Estos desechos son tóxicos por una razón: hay que verter cianuro sobre la tierra removida para extraer el metal. El cianuro es un veneno mortal. Una cantidad del tamaño de un grano de arroz basta para matar a un ser humano, y un millonésimo de gramo disuelto en un litro de agua puede matar decenas de peces de un río. La minera Yanacocha insiste en que el cianuro se mantiene dentro de la mina y es tratado con los más altos estándares de seguridad. Muchos cajamarquinos no creen que esos procesos químicos sean tan limpios. Para probar que su miedo no es absurdo o antiminero cuentan la historia de Hualgayoc, una provincia minera donde las aguas de dos de sus ríos son de color rojo y donde ya nadie se baña. O la de San Andrés de Negritos, donde una laguna que abastecía a la comunidad se contaminó con el aceite quemado que se filtraba de la mina. O la del pueblo de Choropampa, donde un camión que transportaba mercurio derramó el veneno por accidente e intoxicó a cientos de familias. Como actividad económica, cierto tipo de explotación minera resulta inevitable y necesaria para llevar la vida que llevamos. Sin embargo, la minería, aún la más avanzada en tecnología y la menos agresiva con el ambiente, es considerada una industria sucia en todo el mundo. Para Yanacocha, que ya tiene antecedentes en el Perú, limpiar su imagen de errores ambientales puede ser una tarea tan difícil como resucitar las truchas de un lago contaminado.

El rechazo de las comunidades preocupa a los inversionistas mineros, pero no tanto como la posibilidad de que sus ganancias disminuyan. Según la empresa Yanacocha, solo quedan reservas de oro para cuatro años más en sus minas en actividad. El proyecto Conga —que será casi tan grande como una cuarta parte de Lima— permitiría continuar con el negocio. Yanacocha explica que deberá secar cuatro lagunas, pero que construirá cuatro reservorios de agua que se alimentarán de las lluvias. Según su estudio de impacto ambiental, será suficiente para abastecer a las cuarenta mil personas que beben de los ríos nacidos de aquellas fuentes. La minera explotará oro durante diecinueve años pero promete emplear a unas diez mil personas e invertir casi cinco mil millones de dólares que le darán al país más dinero en impuestos. Esa es su oferta. Los empresarios tendrían más dividendos y el Perú más fondos para invertir en obras y puestos de trabajo, la promesa de prosperidad para todos.

Pero así como hay políticos y líderes de opinión que apoyan el proyecto por motivos económicos, también hay ingenieros y ambientalistas que se oponen por razones de salud pública. Expertos en manejo de aguas como Robert Moran, de la Universidad de Texas, y Peter Koenig, ex funcionario del Banco Mundial, explican que las veinte lagunas y seiscientos manantiales que existen en la zona del proyecto Conga forman un sistema interconectado de agua. Una especie de aparato circulatorio creado durante millones de años que alimenta a los ríos y riega las praderas. Dañar cuatro lagunas, dicen los expertos, afectaría para siempre todo el conjunto. A diferencia de otras zonas de los Andes, en la sierra norte del Perú —donde vive Máxima Acuña—, no existen glaciares para abastecer de suficiente agua a sus habitantes. Las lagunas de estas montañas sirven como reservorios naturales. La tierra negra y los pastos funcionan como una extensa esponja que absorbe las lluvias y la humedad de la niebla. De ahí nacen los manantiales y los ríos. Más del ochenta por ciento del agua en el Perú se destina a la agricultura. En la cuenca central de Cajamarca, según un reporte del Ministerio de Agricultura de 2010, la cantidad de agua utilizada por toda la minería en un año representó casi la mitad de lo que consumió la población de la zona durante el mismo periodo. Hoy miles de agricultores y ganaderos temen que la explotación de oro contamine las únicas fuentes de agua que tienen.

En Cajamarca y otras dos provincias implicadas en el proyecto, los muros de algunas calles están pintados con grafitis: «Conga no va», «Agua sí, oro no». En 2012, el año más tenso de las protestas contra Yanacocha, la encuestadora Apoyo anunciaba que ocho de cada diez cajamarquinos estaba en contra del proyecto. En Lima, donde se toman las decisiones políticas del Perú, la bonanza crea el espejismo de que el país seguirá llenando sus bolsillos de dinero. Pero eso solo será posible si Conga va. De lo contrario, advierten algunos líderes de opinión, ocurrirá una catástrofe. «Si Conga no va, sería como dispararnos a los pies», escribió en una columna el ex ministro de economía Pedro Pablo Kuczynski. Para los empresarios, el proyecto Conga sería un salvavidas: el hito del Antes y el Después. Para campesinos como Máxima Acuña, también significaría una bisagra en su historia: sus vidas no volverán a ser las mismas si pierden su principal riqueza. Hay quienes dicen que la historia de Máxima Acuña es utilizada por grupos antimineros que se oponen al desarrollo del país. Sin embargo, hace tiempo que las noticias locales empañan el optimismo de los que quieren inversiones a toda costa: hasta febrero de 2015, en promedio siete de cada diez conflictos sociales en el Perú fueron causados por la actividad minera, según la Defensoría del Pueblo. En los últimos tres años, uno de cada cuatro cajamarquinos ha perdido su empleo. De acuerdo a las estadísticas oficiales, Cajamarca es la región que más oro produce pero la que más pobres tiene en todo el país.

 

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Fotografía de Antonio Sorrentino / Phoss

 

***

Si alguien intentara visitar a Máxima Acuña puede que una tranquera de metal se lo impida. Para llegar a su casa, es necesario viajar cuatro horas en furgoneta desde Cajamarca a través de valles, cerros y abismos hasta los alrededores de la Laguna Azul. Hacerlo no sería complicado si no hubiera que pasar por el puesto de vigilancia del proyecto minero Conga. Si eres de Lima o del extranjero, no te dejarán continuar. Si dices que vas a visitar a Máxima Acuña no pasarás, a menos que saques una cámara de televisión. «Esa señora tiene problemas con la mina», dirá el vigilante, con chaleco naranja y walkie-talkie en la mano. Entonces te hará bajar del vehículo y anotará tu nombre en una libreta y le dirás que ese es un camino público y el repetirá que no, señor, no se puede, esta vía es sólo para comuneros. Si insistes, llamará a los policías que patrullan en una camioneta de la minera. «Es propiedad privada», dirán ellos. Entonces quizá pagues algo extra al chofer que te ha llevado hasta ahí para tomar un desvío y viajar dos horas más hasta Santa Rosa, la comunidad más cercana a la casa de los Chaupe-Acuña. Llegarás de noche. A cambio de más dinero, un campesino tal vez acepte llevarte en su motocicleta por una trocha llena de charcos, hasta llegar cerca a otro puesto de vigilancia. Entonces tendrás que bajar de la moto y cruzar una colina, a oscuras y agachado, para que los guardias de Yanacocha no te vean. Al otro lado, la motocicleta espera. Sigues. Diez minutos después llegas al terreno. Todo alrededor es barro y pasto y neblina. Ladran unos perros. Enciendes la linterna para divisar la casa. Caminar por allí de noche es como andar a ciegas.

—Aquí vivimos secuestrados —dijo Máxima Acuña la noche en que la conocí, mientras atizaba la leña para calentar una olla de sopa—. No podemos salir lejos, no podemos recibir visitas, no podemos caminar con libertad. Es muy triste vivir como yo vivo.

***

Tres décadas antes de convertirse en La Dama de la Laguna Azul, Máxima Acuña era una niña a la que le aterraban los policías. Cada vez que veía uno por las calles de su pueblo, lloraba y se aferraba a la falda de su madre. La asustaban aquellos hombres de uniforme verde petróleo y botas polvorientas. Máxima, la tercera de cuatro hermanos, era demasiado tímida. Cuando llegaban visitas a su hogar en el caserío de Amarcucho, a setenta kilómetros al norte de Cajamarca, ella se escondía. No tenía amigas. No jugaba con muñecas, pero le gustaba confeccionar ropa para los recién nacidos de su barrio. Con los años su cuerpo cambió pero no su personalidad. No salía a fiestas. No hablaba con chicos. «En realidad, no hablaba con nadie y era bien terca», recuerda Jaime Chaupe, su esposo, quien se casó con ella cuando tenía dieciocho años, después de insistirle durante cuatro. Ella pasaba el día tejiendo sombreros o limpiando los corrales de los cuyes o recogiendo leña y ayudando a su madre en la chacra. Su padre murió cuando era una niña y nunca la enviaron a la escuela. Deseaba crecer pronto para trabajar, tener su propia chacra y comprarse un par de zapatos. Quería que, si algún día tenía hijos, no caminaran descalzos como ella.

Máxima Acuña dice que descubrió que tenía coraje cuando vio cómo la policía golpeaba a su familia, en el primer enfrentamiento con la minera Yanacocha. Durante sus primeros años de matrimonio la familia de su esposo la marginaba por ser analfabeta. Por eso siempre fue muy severa con sus hijos al punto de pegarles si no estudiaban. A lo largo de casi cinco años de juicios, apelaciones y audiencias que tuvo desde que la intentaron desalojar de Tragadero Grande, supo qué otras cosas no quería para su vida. Decidió, por ejemplo, que jamás viviría en una ciudad. La primera vez que fue a Cajamarca para denunciar la destrucción de su primera choza, casi la atropellan dos veces por no saber qué significaba la luz roja del semáforo. Descubrió que el humo de los autos le provoca sarpullido, que los tallarines de los restaurantes le saben asquerosos, que detesta el sabor de las aceitunas y que no puede salir a la calle sola porque siempre se pierde. También descubrió que podía expresar lo que sentía a través de canciones. A Máxima Acuña le gusta cantar. En las marchas junto a otros campesinos y activistas, nunca falta alguien que le anima a pararse ante la multitud e improvisar un yaraví —un canto andino triste— que narra su lucha. Cuando comenzó su pelea con Yanacocha descubrió también cómo se llamaba: siempre había pensado que ella era Maximina, como le decía su madre, hasta que su abogada, al leerle su documento de identidad, le dijo que su verdadero nombre era Máxima. El suyo era un nombre sin diminutivos.

 

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Fotografía de Antonio Sorrentino / Phoss

 

***

Un día antes de que Máxima Acuña tomara un avión rumbo a Ginebra para denunciar su caso en las Naciones Unidas, Rocío Silva Santisteban, secretaria ejecutiva de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, recuerda que pasó la tarde con ella en su departamento en Miraflores. Silva Santisteban dice que cuando salieron a pasear por el malecón, Máxima miraba todo con curiosidad: jamás había visto construcciones tan altas, ni cruzado avenidas tan luminosas. Jamás había visto el mar de noche ni desde esa distancia. Pero lo que más le intrigaba era cómo hacían los limeños para llevar agua hasta el último piso de los edificios.

Antes de convertirse en un ícono de lucha antiminera, a Máxima Acuña le sudaban las manos y se ponía nerviosa al hablar ante una autoridad. Le costó aprender a defenderse delante de un juez. Después que intentaran desalojarla en agosto de 2011, Yanacocha denunció a la familia Chaupe-Acuña por el delito de usurpación agravada. Según los abogados de la empresa, los campesinos habían invadido el terreno luego de golpear a policías y vigilantes privados. Desde esa fecha, la familia tuvo que asistir a las audiencias —primero en Celendín, la provincia donde viven, y luego en Cajamarca— pero no tenían dinero para el transporte. Los esposos Chaupe-Acuña debían levantarse de madrugada y caminar durante ocho horas hasta la comunidad de Sorochuco para tomar un bus que los llevara al juzgado. Cuando por fin llegaban, los magistrados solían postergar la sesión porque los representantes de Yanacocha no podían asistir. En la ciudad de Cajamarca, los cuatro hijos de Máxima Acuña estaban alertas. Ellos viven juntos en un cuarto alquilado al fondo de una carpintería. Allí comen, estudian y duermen. Dicen que se mudan cada cierto tiempo por seguridad. Una noche dos hombres con pasamontañas amenazaron de muerte a Ysidora Chaupe cuando salía de la universidad donde estudia Contabilidad. Daniel Chaupe, su hermano menor, quien enfermó luego de que los policías lo golpearan en los pulmones, fue rechazado de un trabajo en una ferretería por ser hijo de «una antiminera». Mientras, en Tragadero Grande, Máxima Acuña y su esposo aseguran haber soportado el acoso de la empresa. Cuentan que las camionetas de Yanacocha se estacionaban frente al terreno hasta seis veces al día. Los vigilantes tomaban fotos, observaban qué hacía la familia. Un día, dice Máxima, un vehículo de la mina atropelló a dos carneros y robó dos más. En otra ocasión mataron a Mickey, el perro que cuidaba las ovejas y ladraba a todo aquel que se acercara a su terreno. Algunas noches dicen haber escuchado disparos. Lo cuenta toda la familia. Quisieran tener forma de probarlo.

En la corte de Celendín, los Chaupe-Acuña perdieron dos juicios. Fueron sentenciados a casi tres años de prisión y a pagar cerca de dos mil dólares como reparación a la minera. Debían abandonar ese terreno que habían invadido. Mirtha Vásquez, abogada de Máxima Acuña, explica que los jueces y fiscales no tomaron en cuenta las pruebas que había presentado la familia, como el certificado de posesión y el testimonio de los parientes a quienes habían comprado el terreno. La defensa de los Chaupe-Acuña apeló a la Corte Superior de Cajamarca y se inició un nuevo juicio. Durante esos meses, con el apoyo de la cooperación internacional, Máxima Acuña y su hija mayor viajaron a Europa para contar su caso en el extranjero. En Suiza —el país que más oro le compra al Perú— se entrevistó con una oficial del Alto Comisionado de las Naciones Unidas. En Francia se reunió con el sindicato metalúrgico y con una senadora que meses después fue a visitarla a su terreno. En Bélgica, durante un foro sobre derechos humanos, le contaron sobre otras mujeres con historias parecidas a la de ella. Yolanda Oqueli, Guatemala: madre de dos niños, baleada varias veces por liderar protestas pacíficas contra un proyecto minero que invadiría dos comunidades rurales. Carmen Benavides, Bolivia: amenazada por combatir la minería industrial que contamina el río donde habita su etnia. Francia Márquez, Colombia: perseguida por paramilitares que quieren en su pueblo minería de oro a gran escala. Francisca Chuchuca, Ecuador: denunciada por oponerse a un proyecto minero de oro que contaminaría dos ríos que abastecen a medio millón de campesinos. Entre 2012 y 2013, la Unión Latinoamericana de Mujeres registró cien agresiones a defensoras de la tierra y el agua en todo el continente. Las acusan de oponerse al progreso.

Máxima Acuña, sin embargo, es diferente a todas ellas: ella no es dirigente, ni activista, ni tiene aspiraciones de ser líder. «Solo quiero que me dejen vivir tranquila en mi terreno y que no contaminen mi agua», ha declarado. Sin proponérselo, la mujer que fue elegida Defensora del Año 2014 por la Unión Latinoamericana de Mujeres, pasó de ser una señora tímida a inspirar a quienes luchan para evitar el despojo de sus tierras. «Ella es una de las pocas personas que no se ha vendido a la mina», dice Milton Sánchez, secretario de la Plataforma Interinstitucional de Celendín, que pasó varias noches en Tragadero Grande, junto a cientos ronderos y defensores de las lagunas durante las protestas. Glevys Rondón, directora ejecutiva de la Fundación para el Monitoreo de la Actividad Minera en América Latina y traductora de Máxima Acuña durante su viaje a Europa, dice que a diferencia de la mayoría de defensoras, que tienen un discurso articulado, el de su amiga peruana es muy personal e íntimo. «En el mundo hay más Máximas», dice Rondón. En 2003, un empresario enjuició al argentino José Luis Godoy por la supuesta usurpación de un terreno que habita desde hace seis décadas y que tiene canteras de granito rojo. En 2011, la policía quemó la casa del ecuatoriano Alfredo Zambrano para que abandonara el pedazo de bosque tropical donde vive y que el gobierno expropió para construir una represa. En 2012, unos sicarios le sacaron los ojos al hijo de la venezolana Carmen Fernández por oponerse a que las tierras de su etnia sean entregadas a las mineras de carbón. En 2014, el nicaragüense Fredy Orozco fue acusado de guerrillero por no dejar que la policía lo desalojara de sus tierras de cultivos para construir un canal interoceánico. A ellos, al igual que a Máxima Acuña, los han acusado de sacrificar el progreso de sus países por un beneficio personal. De victimizarse delante de los periodistas para sacar provecho de las empresas. De ser utilizados por personas u organizaciones que trabajan para sus propios intereses.

—Todo el que cuestione a las compañías extractivas y sea un aliado de los defensores de la tierra y el agua va a ser atacado —dice el activista y ex sacerdote Marco Arana, denunciado en múltiples ocasiones por Yanacocha—. A Máxima la llaman terrateniente, a nosotros terroristas.

Máxima Acuña explica que solo quiere conservar la única vida que conoce y le pertenece: cultivar papas, ordeñar vacas, tejer mantas, beber el agua de sus manantiales y pescar truchas en la Laguna Azul sin que un vigilante le diga «esto es propiedad privada». Preferiría no tener que pelear para seguir con su vida, dice. Por eso cuando le piden que narre lo que le ha hecho la minera, a veces se niega. Dice que durante las reuniones en Europa repetía su historia diez veces al día. Terminaba tan harta y deprimida que al llegar al hotel solo podía dormir.

Cuando regresó a Lima de ese viaje, su salud colapsó. Durante esos meses, con la incertidumbre del proceso judicial, sufría dolores de cabeza, mareos y se desmayaba. Rocío Silva Santisteban la llevó al doctor. El diagnóstico: estrés severo, acentuado por los síntomas de la menopausia. Debía descansar. Le recetaron pastillas para dormir, jarabes y hormonas. Recibió terapia psicológica. Dejó de dar entrevistas. Mientras Máxima Acuña recuperaba fuerzas para su tercer juicio en Cajamarca, Yanacocha amplió su pool de abogados a seis y contrató a Arsenio Oré Guardia, una eminencia del derecho penal en el país y asesor de otras mineras poderosas como Barrick y Doe Run. La abogada Mirtha Vásquez reconoce que se sintió intimidada al litigar con Oré Guardia, autor de libros que ella había estudiado con obsesión en la universidad. Si antes habían perdido dos juicios, ahora existía el riesgo de perder contra un maestro del Derecho. La abogada Vásquez reunió a la familia Chaupe-Acuña en su oficina. Quería ser sincera: esa sentencia, les dijo, era la última oportunidad que tenían para ganar. Si perdían la familia debía considerar la posibilidad de irse a vivir a otra parte. Sí se quedaban sus vidas correrían peligro. Máxima Acuña le dijo que se quedaría a morir allí.

***

A fines de 2014, la Corte Superior de Cajamarca declaró que los Chaupe-Acuña eran inocentes de la supuesta ocupación ilegal de Tragadero Grande. Luego del fallo, Máxima Acuña creyó que la empresa minera Yanacocha dejaría de hostigarla para que se fuera. Entonces eligió con su familia una colina protegida por un cerro a doscientos metros de su casa para levantar una nueva vivienda, pues la que tenía estaba a punto de caerse por las lluvias. Ella y su familia abrieron zanjas, recolectaron piedras para las bases y empezaron a hacer las paredes con arcilla. Pero unas semanas después de que colocaran las primeras rocas, hombres de seguridad y obreros de Yanacocha ingresaron al terreno con picos y palas para destruir los cimientos. Máxima Acuña, su esposo y dos muchachos que en ese momento ayudaban a levantar los muros, intentaron defenderse con piedras. La seguridad de la minera los ahuyentó a garrotazos. Esa tarde, Yanacocha difundió un video de lo ocurrido. Dijo que el lugar donde los Chaupe-Acuña construían no pertenecía a las tierras en litigio, y que actuaron en defensa de su posesión. La abogada de Máxima Acuña desmintió a Yanacocha: el fallo de la Justicia, explicó, involucraba todo el territorio que abarca Tragadero Grande. Se trataba, dijo, de un acto intimidatorio. La policía de Cajamarca —que tiene un convenio para prestar seguridad a la minera— no intervino. Solo hubo un escuadrón de suboficiales a un lado del camino junto al terreno, observando desde lejos cómo Yanacocha deshacía en minutos lo que los Chaupe-Acuña habían construido.

 

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Fotografía de Antonio Sorrentino / Phoss

 

***

Algunas oficinas de la sede principal de la minera Yanacocha, en Lima, se llaman El Perol, Mamacocha, Chailhuagón, Azul. Son los nombres de lagunas que podrían desaparecer por la extracción de oro del proyecto Conga. El químico Raúl Farfán es director de Asuntos Externos de la compañía y tiene su despacho junto a esas oficinas. Es un hombre joven de pelo engominado y ojos atentos que una mañana me recibió en su departamento de Chacarilla, una zona residencial de Lima. Su trabajo es encargarse, entre otras cosas, de las buenas relaciones entre la minera y las comunidades. Él, quien ha dedicado la mitad de su vida a temas de responsabilidad social en compañías como Shell, Antamina y Xtrata, dijo que entendía las razones por las que la población desconfiaba de Yanacocha —«es normal que en estos casos sintamos simpatía por el más débil»— pero que no todo lo que había declarado la familia era cierto.

—No destruimos su casa —aseguró Farfán, quien llevaba diez meses en su cargo— sólo removimos los cimientos de una nueva construcción para que no sigan invadiendo nuestro predio.

Para explicar mejor las razones de esa decisión, el químico sacó un mapa. En él estaban contemplados dos terrenos comprados a la comunidad de Sorochuco en 1996 y en 1997 por el proyecto Minas Conga. Dentro de esas compras estaría incluido el predio Tragadero Grande que Máxima Acuña y su familia reclaman como suyo. La junta directiva de Sorochuco firmó los documentos de compra-venta. Samuel Chaupe, suegro de Máxima Acuña, también firmó y avaló la transferencia del terreno. De hecho, dijo Farfán, hay fotos satelitales para probar que los Chaupe-Acuña mienten al decir que vivieron allí desde 1994: en esas imágenes no hay chozas ni chacras. Para la empresa, la familia invadió los terrenos recién en 2011, cuando estalló el conflicto de Conga. Yanacocha dice que el certificado de posesión que muestra Máxima Acuña no es un título de propiedad. Que solo la comunidad de Sorochuco, que sí tenía títulos, podía vender esas tierras. Que por eso los denunció y pidió a la policía desalojarlos. Esa es su versión.

—Con la construcción de la nueva casa, estaban cometiendo una nueva invasión —dijo Farfán—. Si ves que alguien extraño construye en tu propiedad, tienes el derecho de remover esos cimientos en los quince días siguientes. Eso dice la ley. Hemos defendido nuestra posesión.

Miguel Ayala, quien era presidente de la comunidad de Sorochuco cuando se vendieron los primeros terrenos para el proyecto Conga, dice que la versión de la empresa está distorsionada.

—La minera dice que la familia ha invadido, pero cómo puede ser si hace quince años yo firmé y les di a los Chaupe el certificado de posesión de su terreno —dice—. La comunidad es testigo de que ellos vivían allí incluso desde antes de que tuvieran el certificado.

Sentado en un rincón de la bodega que tiene en Cajamarca, Ayala recuerda que los esposos Chaupe-Acuña llegaban desde Tragadero Grande a Sorochuco para hacer trueque. Traían papas y ollucos y las cambiaban por las arvejas o el maíz que otros comuneros como Ayala producían. En las alturas de Celendín, Máxima Acuña era vecina de su suegro, Samuel Chaupe, quien sí vendió su parcela a la mina porque firmó el documento que cedía los terrenos a Yanacocha.

—Máxima y Jaime no firmaron —dice Ayala— por lo tanto no vendieron su predio.

La disputa entre la familia de Máxima Acuña y la empresa minera se convirtió también en un asunto de números e interpretaciones geográficas. En 2012, cuando la disputa entre los Chaupe-Acuña y Yanacocha recién se iniciaba, un experto del Gobierno Regional de Cajamarca, el ingeniero civil Carlos Cerdán, viajó hasta Tragadero Grande, el predio de la discordia. Cerdán, un hombre flaco de nariz angulosa y de anteojos gruesos, es experto en mapas. Durante una mañana el especialista delimitó el área exacta del terreno usando tres GPS, la carta nacional y los límites que registran las escrituras de ambas partes. El estudio concluyó que la parcela adquirida por los Chaupe-Acuña —casi veinticinco hectáreas— no formaría parte de las tierras compradas por Yanacocha. O en todo caso, me explicó Cerdán, sólo una parte estaría dentro del terreno de la empresa, pero no toda la parcela. Esto ocurre por un detalle: si bien los límites están claros en los documentos de ambas partes, hay problemas de cálculo. Todo es una confusión de números y papeles que no se ajustan a la realidad. No hay mapas infalibles.

—Pero todos cometemos errores —dijo el ingeniero—. Incluso puede que yo esté equivocado.

El estudio del experto en mapas no fue considerado en ningún momento del juicio. Tanto la defensa de los Chaupe-Acuña como la de Yanacocha han reconocido que para resolver la disputa sería necesario ir a un juicio civil donde cada uno presentara sus pruebas para demostrar quién es el propietario. Aún cuando este proceso se inicie, Yanacocha no dejará que Máxima Acuña y su familia construyan una nueva casa.

—Queremos evitar que haya una invasión sistemática de terrenos, que venga otra familia y quiera invadir —dice Raúl Farfán, directivo de Yanacocha—. No queremos sentar un precedente.

El gerente de Asuntos Legales de la minera, el abogado Wilby Cáceres, es más enfático en su temor. Para él, la zona donde los Chaupe-Acuña intentan construir otra vivienda ha sido habitada por dirigentes antimineros durante las protestas contra el proyecto Conga. «Nos preocupa que la propiedad sea ocupada por ellos». Aunque otros ejecutivos de Yanacocha no lo reconocerían delante de una grabadora, hay otra razón evidente: si Máxima Acuña y su familia se quedan ahí, Conga no podría realizarse.

***

La Dama de la Laguna Azul está de pie, vigilando sus ovejas sobre la pampa. Lleva un radio a pilas colgado en el hombro derecho y escucha huaynos de una emisora evangélica llamada Tigre. Ha pasado un mes desde la vez que ella picaba y cargaba piedras en esta colina, solo que ahora el terreno que pisa está cubierto con escombros de barro, paja y madera mojada por las lluvias. Son los restos que quedaron de lo que iba a ser su nueva casa. Junto a ellos, a unos metros, la minera Yanacocha ha colocado un extenso cerco de malla a lo largo de una pradera para criar alpacas. Dentro hay una caseta de seguridad que mira directamente a la casa de Máxima Acuña. La campesina dice que uno de los vigilantes se acercó hace unos días para ofrecerle trabajo a su esposo. Le dijo que Yanacocha ya no quería pelear.

—Ahora quieren paz, quieren diálogo. ¿Acaso soy cualquier cosa para que me hagan lo que les da la gana y de ahí no pasa nada? —se queja Máxima Acuña, levantando la voz en medio de la pampa—. Me han difamado. Han golpeado a mis hijos. Ahora quieren darnos trabajo. Prefiero no tener plata. Mi tierra me hace feliz, pero el dinero no.

Por esos días, algunos medios habían difundido la existencia de unos títulos de propiedad que demostraban que los esposos Chaupe-Acuña era dueños de otros nueve terrenos —casi ocho hectáreas en total— en Sorochuco. Esas noticias daban a entender que la familia llegaba a un terreno vacío, lo ocupaba y luego se lo apropiaba. Sin sutilezas, presentaban a Máxima Acuña con una usurpadora profesional. Ysidora Chaupe, hija mayor de la campesina, recuerda que luego de esas noticias recibió decenas de llamadas de gente que apoyaba su causa y que le preguntaba si en verdad tenían más terrenos y por qué no lo habían mencionado antes.

—Nos han difamado diciendo que tenemos una casa en Cajamarca, que mi mamá es una terrateniente, que ella ha trabajado en un chifa de Lima, que quiere sacarle plata a la mina —me dijo Ysidora Chaupe, mientras amamantaba a su hijo recién nacido—. Pero no nos importa si la gente no nos cree. Tenemos los documentos. Ya declaramos todo en el juicio.

En las escrituras de compra-venta que guarda Máxima Acuña, esos terrenos aparecen como herencia de sus padres o compras a sus hermanos, por los que ha pagado un carnero o un toro. Son parcelas dispersas, ubicadas en laderas de cerros. Algunas tienen pasto, en otras hay leña, maíz o arvejas que solo se pueden cultivar cuando llueve. Se calcula que una familia campesina de la sierra del Perú necesita poseer treinta y dos hectáreas de tierra para producir el equivalente a una hectárea de tierra en la costa, por las dificultades que presenta. Tragadero Grande, dice Máxima Acuña, es el único lugar que tiene para vivir porque allí hay pasto abundante, el territorio es extenso para tener ganado y sobre todo porque, a diferencia de los otros terrenos, es el único que tiene fuentes de agua: allí hay manantiales por todos lados. A pesar de eso, algunos medios acusaron a su abogada Mirtha Vásquez y a Grufides, la oenegé que dirige, de victimizar a la familia Chaupe-Acuña. Dicen que Vásquez es inmoral y mentirosa. Incluso, cuenta la abogada, han ingresado a su casa dos veces para romper todas sus cosas. No puede asegurar quiénes fueron pero lo sospecha, porque no le robaron nada.

—Algo nos tenían que cobrar —dice Vásquez, que también es profesora en la universidad y madre de dos hijos—. Yanacocha no va a perdonarnos que le hayamos ganado un juicio. Solo temo por Máxima y su familia. A veces pienso que esto nos está costando más que lo que valen veinticinco hectáreas de terreno.

Hasta marzo de 2015, la minera Yanacocha había puesto seis denuncias más por usurpación a la familia Chaupe-Acuña. Los han denunciado por hacer una chacra de papas, por plantar pinos en sus linderos, por salir a pastar las ovejas en otra zona del terreno, incluso por quemar ichu para llamar a la lluvia, como es costumbre entre los campesinos de la zona. Ahora hay un cerco de metal al costado de su terreno que les ha cerrado el camino a Sorochuco donde hacen trueque o compran algunos alimentos. Los comuneros y activistas que defienden las lagunas de Cajamarca están organizándose para llegar hasta allí, construir la casa de los Chaupe-Acuña y montar guardia para protegerlos. El presidente regional de Cajamarca, Porfirio Medina, ha dicho que si algo le pasara a la campesina, «el pueblo librará todas las batallas necesarias contra los abusos de la minera». Máxima Acuña solo insiste en que así venga el dueño de Yanacocha a disculparse, no sacará de su mente lo que ha sufrido.

—Eso está sembrado dentro de mí —dice.

Una lluvia gruesa cae de pronto sobre Tragadero Grande. Máxima Acuña apura el paso de sus botas de jebe para volver a su casa. Un perro blanco y escuálido la sigue sin dejar de ladrarle.

—Se llama Johnny —dice la campesina y suelta una risa irónica.

Dice que es en “honor” al vigilante de Yanacocha que quemó su primera choza, y que tenía el mismo nombre.

Una de las últimas noches que pasé en Tragadero Grande, días antes de que destruyeran los cimientos de la nueva casa, la pareja de campesinos y yo cenamos un plato de sopa de fideos, envueltos en varias frazadas, sobre un par de colchones. Las camionetas de seguridad de Yanacocha se habían estacionado cinco veces frente a su terreno durante ese día. Unos vigilantes —acompañados de policías con cascos, garrotes y escudos, pero sin identificación— ingresaron al predio para tomar fotos y filmar lo que los esposos construían.

—Algo malo va a pasar, mi coca se ha puesto amarga —susurró Jaime Chaupe, un hombre supersticioso, mientras masticaba hojas de coca y fumaba un cigarrillo—. No sé, hay veces en que quiero largarme ya.

La lluvia golpeaba el techo de calamina, como si intentara romperlo.

—No te acobardes —dijo Máxima Acuña—. A esos policías no les tengo miedo.

Entonces apagó la vela y se acostó junto a su esposo.

Crónica realizada con el apoyo de Oxfam


April 24, 2015

Etiqueta Verde 14

Un texto de


April 24, 2015

Antonio Sorrentino

Un texto de


April 20, 2015

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Un texto de

GUSTAVO SANTAOLALLA
EL HOMBRE ATENTO

¿Cómo agrandar tu ego haciendo crecer el ego de los demás?

Un texto de Natalia Páez
Fotografías de Alejandra López

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Fotografía de Alejandra López

A la hora del almuerzo, Gustavo Santaolalla apaga los equipos de música. El productor de rock y pop latino más influyente del mundo no puede sentarse a comer si están tocando una canción. Hay quienes no consiguen escribir, ni estudiar, ni conversar, ni tener sexo si no están en silencio: la música les impide concentrarse en lo que hacen. A Gustavo Santaolalla, la comida lo distrae de la música. Cuando era adolescente y escuchaba The Beatles, Santaolalla trataba de oír el trabajo de George Martin, el productor que sumó arreglos sinfónicos en sus canciones y convirtió el talento rustic de cuatro muchachos en un sonido que conquistaría el mundo. Cada vez que oía The Who, Santaolalla buscaba la mano de Kit Lambert, el manager que convenció al grupo de fusionar el rock y la ópera para lograr una complejidad sonora que los haría pasar a la historia. Cuando ponía The Kinks, Santaolalla reconocía la influencia del productor Shel Talmy, quien los llevó por primera vez a un estudio y grabó con ellos el hit que los hizo famosos —You really got me—, tal vez el más emblemático del pop británico de todos los tiempos. Gustavo Santaolalla, el nombre que aparece cada vez que uno teclea «gurú del rock latino» en Google, creció escuchando a los hombres que convirtieron a unos grupos de muchachos en las mejores bandas de la historia. Hoy, cada vez que prestamos atención a algunos de los temas más conocidos de Café Tacuba, Juanes, Bersuit Vergarabat, Molotov, Los Prisioneros, Jorge Drexler, Divididos, Julieta Venegas, La Vela Puerca, Caifanes o Bajofondo, estamos escuchando a Gustavo Santaolalla.

—La atención también es un don —dice—. Por eso no puedo comer y escuchar música. Si estás atento ves cosas que otra gente no puede ver.

Santaolalla lleva un esmoquin negro que resalta sus ojos celestes. Acaba de salir de la habitación del hotel donde se hospeda en Buenos Aires y, antes de empezar la sesión de fotos, se mira al espejo y descubre una arruga diminuta que arruina la caída de la tela debajo de una manga. Una productora corre hacia él con un alfiler para alisarla. Santaolalla vuelve a mirarse al espejo, entiende que todo está en orden, y la sesión puede comenzar.

El músico y productor que ha ganado dos Óscar, un Globo de Oro, dos Grammy, dos BAFTA y catorce Grammy Latinos por su trabajo, es capaz de percibir lo que otros no ven. Veinticinco años antes de nuestro encuentro en Buenos Aires, una tarde calurosa a finales de los ochenta, Gustavo Santaolalla había caminado entre los puestos de vinilos de la feria cultural El Chopo, en México D.F., para ir a escuchar a una banda de muchachos que, además de escasa experiencia, tenían sólo tres instrumentos y no sonaban demasiado bien. Después de oírlos en el escenario decidió gastarse hasta el último centavo de su presupuesto para que pudieran grabar su primer disco. Esos músicos jóvenes que antes de conocer a Santaolalla ni siquiera se habían planteado entrar en un estudio, y que al comienzo fueron rechazados por disqueras como EMI y BMG —hoy Sony Music— se convirtieron en Café Tacuba. En 2009 la banda recibió de las manos de Morrisey el premio Leyenda MTV. Su disco Re fue elegido en 2013 como el mejor álbum latino de toda la historia por la revista Rolling Stone. «Tiene la capacidad de ver las cosas cuando flotan en el aire», dijo Quique Rangel, el bajista del grupo mexicano. «Sabe sacar lo mejor de cada uno», me contó Meme, el tecladista de Café Tacuba. «Es algo así como nuestro gurú», dijo Rubén Albarrán, el cantante de la banda. «Gustavo Santaolalla apareció y se me empezaron a abrir las puertas», declaró el músico colombiano Juanes. «Ve mucho más allá que un mero músico», dijo la cantante brasileña Marisa Monte. No sólo los medios le dicen ‘gurú’ a Santaolalla: los artistas con los que ha trabajado hablan de él como si fuera, más que un productor, un guía espiritual con una percepción superior.

Solemos confundir a los productores musicales con managers o intermediarios. Los críticos del éxito mainstream suelen acusarlos de titiriteros: señores que eligen a un grupo de músicos, los reúnen en un estudio, les hacen interpretar canciones como fórmulas, les consiguen contratos y les aconsejan como peinarse. «Es una forma de hacerlo —dice Santaolalla con cierto desdén—. Yo no puedo». Casi nadie fuera de la industria sabe lo que hace un productor musical. En realidad, su trabajo se compara con el de un director de cine: el productor es quien imagina el disco en su cabeza cuando aún no existe, acompaña a los músicos en sus ensayos, busca lo mejor de sus temas, les pide más canciones, escribe arreglos, incorpora instrumentos, decide tecnologías de grabación, elige el equipo técnico de trabajo, administra tiempos, establece criterios de edición y mezcla, selecciona las tomas en el estudio, les dice «otra vez, otra vez, otra vez». El sonido y la estética artística de una banda en un disco, explica Daniel Albano, director de la carrera de Producción Musical de la Escuela de Música de Buenos Aires, son el sello de un productor. Santaolalla repite que sólo graba discos con músicos que tengan una voz propia, una visión artística definida. Su negocio es el de un jardinero atento: encuentra en los artistas un germen que otros no ven, y trabaja obsesivamente con ellos para que eso crezca, tome forma y se convierta en una identidad. Después de pasar por sus manos, ese germen casi siempre toma forma de disco de platino. A finales de los noventa, Santaolalla recibió el demo de un músico colombiano que había sido rechazado por sellos que buscaban estilos más comerciales. Santaolalla lo escuchó y meses más tarde viajaba a Medellín para producir el primer disco de estudio de aquel muchacho que fusionaba ritmos folclóricos con rock. Hoy Juanes lleva vendidos más de quince millones de discos y ha ganado veinte Grammy Latinos. El músico y productor Brian Eno —David Bowie, U2, Coldplay— dice que elige a los artistas por su sentido del humor. El productor Rick Rubin —Black Sabbath, Kanye West, Eminem— elige a los artistas cuando siente que le gusta pasar el tiempo con ellos. Gustavo Santaolalla dice que los elige con «la panza». Es lógico que no pueda comer mientras presta atención a la música.

—Algo me vibra y siento que me atrae.

En la habitación de su hotel en Buenos Aires, sobre la mesa del living, hay un libro de Krishnamurti: El conocimiento de uno mismo. Santaolalla levanta el libro y me lo muestra. Krishnamurti es uno de sus autores de cabecera. Para comprender cualquier cosa, explica el filósofo indio —una pareja, un cuadro, un paisaje, los árboles— hace falta verdadera atención. Escuchar exige hacer a un lado las distracciones, y eso supone olvidarse también de las opiniones y creencias propias. Para Krishmanurti, la atención verdadera es un modo de estar alerta que surge sólo cuando no estamos obsesionados en nosotros mismos. Santaolalla aprendió a prestar atención desde niño, pero tardó unos treinta años en dejar de estar obsesionado con su propio plan de ser un músico exitoso.

***

 

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Fotografía de Alejandra López

Santaolalla ganó dos premios Óscar por componer las bandas sonoras de Secreto en la montaña y de Babel tocando instrumentos de cuerda que nadie le enseñó a tocar: el ronroco (un charango andino) y el úd (el laúd árabe). Santaolalla montó una bodega en Argentina y produjo tres vinos que ganaron medallas de oro en las Sélections Mondiales des Vins de Canadá sin tener ninguna experiencia como bodeguero. Santaolalla compuso la banda de sonido para el videojuego The last of us, elegido juego del año en los Games Developers Choice Awards 2013, sin haber trabajado nunca para un videojuego. Santaolalla abrió una editorial para publicar libros de arte y fotografía sin haber sido nunca editor, estrenó un musical en Toronto sin haber hecho nunca un musical, y trabaja para montar un show de ballet sin haber hecho nunca un espectáculo de danza. Santaolalla tiene sesenta y tres años, es uno de los productores musicales más influyentes del mundo, pero no sabe leer música.

Un día, cuando tenía diez años, su profesora de guitarra en Ciudad Jardín —un barrio de calles arboladas y familias de clase media en la provincia de Buenos Aires— le pidió que tocara una pieza. El niño Santaolalla, que estudiaba música desde los cinco años, la interpretó a la perfección, pero su profesora no lo felicitó. En cambio le tapó los ojos, eligió un lugar diferente en la partitura, y le pidió que empezara desde allí. Él se quedó en silencio. Se había aprendido el tema de oído, pero no podía leer el pentagrama. La profesora confirmó sus sospechas y llamó a su madre: «No puedo seguir enseñándole —le dijo—. Su oído puede más que mi teoría». Santaolalla cursaba quinto grado en un colegio inglés, era monaguillo en la Iglesia, y su forma de escuchar y aprender comenzaba a alejarlo de ciertas enseñanzas. Una tarde le pidió una cita al cura de su parroquia porque estaba obsesionado con una idea: si Dios era bueno y todopoderoso como le habían enseñado, ¿por qué no hacía desaparecer al diablo? Si Dios permitía que el diablo siguiera existiendo —le dijo al cura—, era lógico pensar que trabajaba para él. Al igual que su profesora de música, el párroco lo escuchó y llamó a sus padres, pero en este caso para decirles que tal vez debían exorcizar a su hijo. Gustavo Santaolalla tenía once años, y atravesaba su primera crisis espiritual.

—Me imaginaba el paycheck que Dios le pasaba al diablo todos los meses para hacer el trabajo sucio— dice, y se ríe con la mitad de su rostro.

Cuando está afinando un instrumento, preparándose para tocar o examinando la ropa para una sesión de fotos, Santaolalla lleva un gesto grave, expectante —el ceño fruncido, la boca ligeramente entreabierta—, de profunda concentración. Un gesto adusto que podría ser confundido con hosquedad si no fuese porque a cada momento lo desarma como una máscara de goma para lanzar poderosas carcajadas. Es la misma cara de concentración que puede verse en una foto que le tomaron a los cinco años, en una fiesta del jardín de infantes. La imagen cuelga en el living de la casa donde creció, en Ciudad Jardín, a unos treinta kilómetros de Buenos Aires: allí se lo ve a Santaolalla con un delantal blanco y un moño a lunares, llevando una batuta en la mano, mientras dirige una orquesta formada por sus compañeritos. Orfelia Abatte, la mamá del músico, todavía recuerda que aquel día en el jardín Pinocho una mujer se acercó y le dijo: «Cultívelo. Lleva la música adentro». No hacía falta que se lo dijeran.

—No sabés cómo le daba la entrada a los triángulos. Tenía una habilidad…— dice Abatte con un orgullo que no le cabe en el cuerpo.

La madre del músico argentino es una mujer menuda, bajita, coqueta, que siempre quiso estudiar guitarra pero nunca pudo. Orfelia Abatte tiene noventa y tres, viaja a Los Ángeles cada año a visitar a su único hijo, y todavía conserva en una caja fuerte la canción que él le compuso hace cuarenta años, cuando murió su marido. Gustavo —“Gusi”, dice ella— es muy parecido a su padre, Alfredo Santaolalla, un ejecutivo que conoció cuando era secretaria en la compañía de publicidad Walter Thompson. Orfelia y Alfredo eran una pareja de melómanos. Santaolalla recuerda que sus padres compraban discos a montones en una época en que conseguir variedad exigía esfuerzo y dedicación. En su casa se oía tango, folclore, jazz, música popular europea, rock, música clásica, brasileña. Su padre cantaba tangos mientras se afeitaba, y el futuro creador de Bajofondo —ese grupo que ha seducido a oyentes del mundo fusionando tango y otros ritmos rioplantenses con música electrónica— se paraba en la puerta del baño a escucharlo. A los cinco años, cuando entró a la escuela primaria, Santaolalla recibió de las manos de su abuela su primera guitarra y empezó a estudiar música con una profesora. Su primera composición fue una chacarera dedicada al cura de su escuela, y sus primeras actuaciones las hizo tocando en la parroquia. Santaolalla quería hacer música y quería ser cura, pero antes de llegar a la adolescencia su precocidad lo alejó de la iglesia y de los pentagramas. Entonces convirtió la música en una religión autodidacta. A los once años armó su primer grupo folclórico. A los doce tuvo su primera guitarra eléctrica. A los trece escuchó por primera vez a los Beatles y ese sonido —dice— le cambió la vida. Eso era lo que quería hacer. Santaolalla ensayaba tanto que el cielo raso del living de su casa se derrumbó dos veces por las vibraciones de los amplificadores. Leía con fascinación la parte de atrás de los discos que compraban sus padres: allí aparecía el nombre de los productores que lo habían hecho posible. El arte de hacer discos —dice— siempre le interesó tanto como hacer música. A los dieciséis firmó su primer contrato para grabar con Arcoiris, el grupo que formó con tres amigos de la iglesia, y a los dieciocho produjo el primer disco de León Gieco, un cantautor que se convertiría en un referente de la música latinoamericana. Arcoiris fue uno los grupos fundacionales del rock argentino, y contenía ya los elementos que se convertirían en el sello de Santaolalla: la búsqueda de una identidad que aporte al rock sonidos de una cultura propia, y la búsqueda de una conexión emotiva o espiritual. Los Arcoiris fusionaron ritmos folclóricos con el rock, y sumaron instrumentos como el bombo, el charango y la flauta, cosas que ningún grupo argentino había hecho. Fue una aventura musical y mística: cuando terminó la secundaria, Santaolalla se fue de su casa y formó con los integrantes del grupo una comunidad liderada por Dana Winnycka, una modelo ucraniana trece años mayor que hacía de guía espiritual, de la cual se enamoró. Dana había viajado por el Tibet y la India, y estableció para todos una disciplina rígida inspirada en algunas filosofías orientales: tenían prohibido el sexo, el alcohol y las drogas.

—Con Arcoiris éramos más una comunidad religiosa que hippie— dice Santaolalla.

En un mundo donde coexistían las ideas del Che Guevara y la psicodelia, mientras los Beatles viajaban a la India y la mayoría de los rockeros abrazaba la trilogía sexo-droga-rock and roll, los Arcoiris se volvieron una vanguardia involuntaria: practicaban la trilogía yoga-naturismo-meditación. Las búsquedas espirituales —religiosas o paganas— son casi un lugar común de la historia del rock: George Harrison se aferró al hinduísmo, Bob Dylan se convirtió al cristianismo, Leonard Cohen lleva décadas dedicado al budismo, Cat Stevens se hizo musulmán devoto y cambió su nombre, Jim Morrison se fascinó con el chamanismo. Los salseros Richie Ray y Bobby Cruz dejaron la música durante veinte años para fundar iglesias. Ricky Martín —que también fue monaguillo— se hizo seguidor del budismo. Juanes mismo tuvo su conversión religiosa y dijo que seguía a Jesús a su manera. Las historias sobre el fervor espiritual de los músicos suelen ir acompañadas de relatos que van de los excesos a la salvación. Santaolalla, fiel a su precocidad, fue de la religión a los excesos. Hasta mediados de los setenta vivió como un monje disciplinado en la comunidad Arcoiris, y llegó a sacar cinco discos con ellos hasta que se escapó, formó otra banda —Soluna— y a empezó experimentar todo aquello que se había reprimido. Pero la mística de trabajo y algunos principios de las filosofías orientales ya estaban en su vida.

A finales de los setenta, cansado de pasar días enteros en las comisarías por llevar el pelo largo, Santaolalla emigró a Los Ángeles para huir del clima de miedo e intolerancia que la dictadura militar había sembrado en Argentina.El mismo año que llegó a Estados Unidos los Sex Pistols se separaban y The Ramones ascendía en los rankings musicales. Santaolalla se cortó el pelo, armó una banda new wave con su socio argentino Aníbal Kerpel y se subió a la nueva ola post punk. El grupo Wet Pinic —así lo llamaron— tuvo su minuto de gloria cuando la revista Rolling Stone eligió el videoclip de su tema “Cóctel” como uno de los mejores del año. Pero el éxito fue fugaz. Las cosas no salieron como él hubiera querido, y sobrevivió componiendo jingles y soundtracks publicitarios. Una noche, mientras se congelaba en un hotel barato de Nueva York y cenaba pan con queso, sin un centavo en los bolsillos, Santaolalla entró en crisis y entendió que debía replantearse su vida.Tenía que cambiar su manera de hacer las cosas.

—Me tengo que correr del foco, pensé. Voy a salirme de la obsesión por hacer mi proyecto propio. Voy a ayudar a otra gente.

En ese momento, dice, decidió poner su energía y su talento al servicio de otros. Cualquier biógrafo responsable sospecharía de una decisión tan espontánea y consciente, pero eso fue lo que hizo los veite años siguientes: se dedicó casi por completo a trabajar en proyectos de otros artistas. Los ayudó a definir una identidad y a pulir su voz, a ser reconocidos, a vender miles y millones de discos y a ganar premios. Uno de los libros que inspiraron a Santaolalla en su aproximación a las culturas orientales fue Mente zen, mente de principiante, del japonés Shunryu Suzuki, introductor del budismo zen en América. El libro explica que una de las bases de esta doctrina es actuar con la inocencia del que recién se inicia. Un alumno le pregunta a Suzuki cuánto ego necesitaba un hombre. El maestro le responde:

—Lo suficiente como para no tener ganas de tirarse frente a un autobús.

Cuando se renuncia a pensar «debo hacer algo especial», dice Suzuki, entonces se hace algo: a la mente del principiante se le presentan muchas posibilidades; a la mente del experto, pocas. Después de esa crisis personal, Santaolalla renunció a ser el protagonista, y construyó su carrera detrás de escena, poniendo su talento al servicio de otros artistas. En los últimos veinte años, su nombre pasó a figurar en letras pequeñas en la parte de atrás de algunos de los discos más vendidos en Sudamérica. Santaolalla hizo a un lado su ego para hacer crecer el nombre de otros, y terminó en la portada de la revista Time. En 2005 fue nombrado por esa revista como uno de los veinticinco latinos más influyentes en los Estados Unidos. El ranking que publicaron ubicaba a Santaolalla por encima de Jennifer López y de Salma Hayek, la actriz que al año siguiente le entregaría su primer Óscar. Cuando subió al escenario a recibirlo, con la sobriedad de un monje, dedicó su premio a todos los latinos.

 

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Fotografía de Alejandra López

 

***

Desde hace algunos años Santaolalla es convocado para dar charlas motivacionales ante empresarios interesados en conocer la fórmula de su éxito. El trabajo de un productor musical suele ser invisible para la mayoría de los oyentes, y su éxito nos genera una curiosidad más propia de un mago que de un obrero perfeccionista. Ante su auditorio, como cuando le piden consejos para los artistas jóvenes en alguna entrevista, Santaolalla aconseja tener disciplina, encontrar una identidad propia y mantenerse fiel a una visión. Los que esperan de él una receta mágica se decepcionan. Al hablar de su trabajo cita a Picasso («Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando»). Y no se cansa de repetir identidad, identidad, identidad. Cathleen Murphy, vicepresidenta de Sony Global, dijo que Santaolalla cambió las reglas de la industria: «Fue el creador de la música latina alternativa que ahora suena en todas las radios del mundo». Hay quienes lo acusan de ser parte de una maquinaria que fabrica productos en serie.

—Claro que soy parte de la industria. Pero no me considero un estereotipo de quienes hacen productos a medida del mercado.

Santaolalla se define primero como músico, y todos los artistas que produce tienen algo en común: la búsqueda de un sonido que identifique a la región. Durante las últimas dos décadas, él y su socio Aníbal Kerpel han producido músicos muy distintos entre sí, pero todos comparten cierto trabajo con ritmos locales: Juanes con vallenatos, la Bersuit con murgas y candombes, Café Tacuba con rancheras y boleros, Divididos con música de Atahualpa Yupanqui, Bajofondo con tango y ritmos rioplatenses, el dúo Orozco-Barrientos —unos músicos argentinos de provincia— con tonadas mendocinas. Y los fusionan con géneros como el rock, el pop, o la electrónica. El director de la carrera de Producción Musical de la Escuela de Música de Buenos Aires, Daniel Albano, cuenta que en el documental Everything is a Remix se describe al proceso creativo como el ejercicio de copiar, transformar y combinar. «Santaolalla logra en los artistas que produce un balance tan exquisito de estos tres factores —explica— que termina formándoles una identidad casi definitiva». El productor Brian Eno dice que en la música ya no existen grandes invenciones formales: se trata de experimentar con lo creado en los últimos sesenta años. El productor Rick Rubin dice que él crea música como un perfumista crearía una esencia: poco a poco y con algo de instinto. Daniel Albano cree que Santaolalla reúne las mejores condiciones para ser un productor forjador de estilo: su oído musical y estético, su capacidad de rodearse con grandes músicos e ingenieros de sonido, su experiencia como arreglador, su conocimiento de la música latina, sus viajes por las tres Américas en busca de música y tecnología, su habilidad para liderar y su disciplina. Quienes han trabajado con Santaolalla hablan de dos cualidades más: su obsesión por los detalles, y su insistencia en producir más y más para quedarse sólo con lo mejor.

A mediados de los ochenta Santaolalla regresó a la Argentina para producir una gira demencial junto a León Gieco, su primer ‘descubrimiento’ como productor. Durante casi dos años recorrieron el país desde la ciudad más austral —Ushuaia— hasta el extremo norte —La Quiaca—, grabando y filmando con músicos folclóricos nativos. Viajaron más de cien mil kilómetros, grabaron más de cincuenta horas de video y tomaron más de dos mil fotografías para producir De Ushuaia a La Quiaca, una gira que se convirtió en cuatro discos —uno de ellos listado entre los mejores cien discos del rock argentino por Rolling Stone—, un libro y un documental. Santaolalla ha dicho que ese viaje lo transformó. Allí conoció a cientos de artistas a los que no les interesaba grabar discos ni salir en televisión: hacían música porque para ellos era una necesidad vital. Y también conoció a su actual mujer, Alejandra Palacios, madre de sus hijos menores, Luna y Don Juan Nahuel. Santaolalla necesitaba un fotógrafo para la gira y ella se presentó a la entrevista de trabajo. Otros fotógrafos ya habían rechazado el proyecto.

—Me dijo que tenía que sacar cinco rollos por día, y que se sabía cuándo empezaba el viaje pero no cuándo terminaba. Era un delirio, pero vi en él a un productor increíble— me dice Alejandra Palacios.

Durante el viaje, Palacios y Santaolalla no se enamoraron enseguida: estaban concentrados en el trabajo. Él era muy caballero, cuenta su mujer, «un hombre a la antigua» que le abría la puerta de los autos y estaba atento a los detalles. Años después de aquella gira en la que se conocieron, cuando ella estaba por dar a luz a Luna, su primera hija con Santaolalla, en la sala de parto había otra mujer sosteniendo su mano, haciéndola respirar. Mónica Campins, la ex mujer de Santaolalla y madre de su hija mayor Ana, estaba allí para ayudarla a parir. Eso que la mayoría de los hombres creería imposible —ver a su mujer y a su ex unidas en un momento tan animal como trascendente— era consecuencia del efecto que Santaolalla produce en aquellos con los que se involucra. Hoy Mónica Campins es parte de la gran familia del productor argentino y vive muy cerca de la casa de Alejandra Palacios y Santaolalla. Para él, ese tipo de logros también tienen que ver con su trabajo.

—No hablo de ir todos los días a la oficina, sino de trabajar las relaciones con la familia, con los amigos. Soy consciente que hago cosas que impactan a la gente, y siempre trato de que sea algo positivo.

Todos los proyectos en los que se involucra, dice Santaolalla, ayudan de alguna manera al descubrimiento de las personas. «Una de sus grandes cualidades es manejar muy bien la energía y las relaciones humanas. Es algo tan fuerte en él que inevitablemente terminó dedicándose a esto», me dijo el tecladista de Café Tacuba, Emmanuel del Real Díaz. «Es un movilizador. Pone a andar cosas. Y esas cosas terminan funcionando», dijo su amiga Marisa Monte, música y productora brasileña. «El trabajo de Santaolalla suele mostrarse con la presencia de lo étnico. Pero por sobre todo creo que valora el instinto, lo emotivo, la calidez. No importa qué forma tenga lo que produce, creo que él respeta y promueve lo emocional», dice Daniel Albano, director de la carrera de Producción Musical. Las películas con las que Santaolalla ganó premios también hablan de búsquedas, individuales o colectivas: Diarios de motocicleta, Secreto en la montaña, Babel. A los guiones con los que trabaja, dice, él los elige como a los artistas: con la piel y el estómago. Durante la última entrega de los premios Goya en España, Relatos salvajes ganó como mejor película iberoamericana pero Santaolalla —que compuso su banda sonora— no fue premiado por la música del filme. Sus nuevos fans adolescentes hicieron oír sus reclamos por Twitter. «Tendría que haber ganado el tío que hizo la música de The last of us», repetían. Santaolalla no se llevó ese premio, pero recibió una prueba de fidelidad de un público inesperado. Hacer cosas nuevas ha mantenido vivo su don para conmover a las personas: le permite prestar atención con el entusiasmo de un eterno principiante, y la pericia técnica de un escultor experimentado. Una vez le preguntaron al productor Rick Rubin si su creatividad había cambiado con el tiempo. «Al inicio yo era un completo novato —dijo Rubin—, ahora soy un completo novato con treinta años de experiencia».

Santaolalla volvió a sacar un disco solista en 2014, luego de varios años de trabajar únicamente en proyectos colectivos o de otros artistas. Desde hacía dieciséis años, cuando editó Ronroco —el disco que le abrió las puertas al mundo del cine— que no hacía un trabajo en solitario. Le puso de nombre Camino. En 2014 Santaolalla llegó también a la Argentina para filmar una serie documental sobre el Camino del Inca o Qhapaq Ñan, como se conoce en quechua al gigantesco sistema vial que integró el imperio incaico a través de seis países andinos, desde Chile hasta Colombia. El proyecto abarcaba siete provincias argentinas y arrancaba por Mendoza, donde Santaolalla tiene su bodega Cielo y Tierra. Para empezar eligieron una comunidad indígena Huarpe, en una zona cordillerana, cerca de la frontera con Chile. Santaolalla habló durante horas con la líder de la comunidad, Claudia Herrera, sobre la senda andina como un lugar sagrado para distintos pueblos, sobre sus antepasados, sobre la necesidad de buscar en los orígenes para mirar el presente. Santaolalla tenía la cabeza rapada, lo que en sus propias palabras le daba un aspecto entre astronauta, monje y enfermo mental. «Cortarse el cabello es el símbolo de retomar un camino, dar una vuelta al círculo, volver a caminar los mismos caminos quizás pero con más sabiduría y fuerza», dice Herrera. Después que se apagaron las cámaras, los huarpes hicieron una ceremonia para que los buenos espíritus acompañaran a Santaolalla. En la montaña, delante del fuego, le entregaron una pluma de cóndor para que llevara un mensaje a través de los distintos pueblos que iba a visitar, como hacía antiguamente el chasqui. Más que el portador de un simple mensaje, explica la líder de la comunidad, «el chasqui es un corredor espiritual». Santaolalla llevaba consigo su ronroco. Después de recibir la pluma tocó un tema para ellos, les regaló su instrumento, y volvió a retomar su camino

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April 13, 2015

Alejandra López

Un texto de

EL CISNE NEGRO

Pronto Misty Copeland, una afroamericana que va a cumplir treintaitrés
años, se convertirá en la única prima ballerina negra de la historia
del American Ballet tras dos décadas de ensayos y espectáculos sin treguas.
El precio de la gracia y la belleza es sacrificar la juventud
y aprender a retorcer todo el cuerpo contra sí mismo.
¿Cómo recoger unas llaves del suelo
en puntas de pie?

Un perfil de Santiago Wills
Fotografías de Jack Devant

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Fotografía de Jack Devant

Cuando a Misty Copeland se le caen las llaves de su apartamento en el Upper West Side de Nueva York, las levanta sin doblar las rodillas, con el dedo índice y pulgar, como si se tratara de un cristal. Todos los días, en la estación del metro de Lincoln Center, la más cercana de donde vive, Misty Copeland se cuida de no perder su postura cuando desciende al subterráneo: elevada sobre unos empinados tacones de aguja del diseñador francés Christian Loboutin, la bailarina de ballet mide cada paso para evitar que la gente se dé cuenta de que sus piernas son más cortas de lo que ella quisiera.

Erguida, cuida las líneas y los ángulos que forman sus brazos respecto a su cabeza y su espalda, como si en todo momento se encontrara sobre un escenario. Misty Copeland duerme con las piernas abiertas y las rodillas recogidas hacia afuera, como una rana boca abajo a punto de impulsarse mientras nada. No come grasas ni azúcares. Nunca se maquilla cuando va a un ensayo. Baila ballet entre nueve y diez horas diarias desde hace unos veinte años, y, cuando no ensaya ni da clases ni se presenta en un espectáculo, ayuna ciertos días para eliminar las toxinas y el peso que cree haber aumentado. Acababa el verano en Nueva York, y la bailarina negra debía empezar a prepararse para bailar por primera vez el papel del cisne blanco en EL LAGO DE LOS CISNES, quizá el personaje más célebre de la historia del ballet. Hasta donde ella sabía, en los cerca de cuatrocientos años de historia del ballet clásico, sólo una bailarina negra del Houston Ballet, una compañía menor, lo había hecho sin mayor éxito. «Hay algo acerca de ese ballet que hace que la gente imagine a una mujer rusa, extremadamente alta como el cisne», dijo en una aparición en el TODAY SHOW, un programa matutino de la cadena NBC que tiene más de cinco millones de televidentes. «La gente no imagina a una mujer afro-americana como una bailarina porque cree que no somos delicadas ni femeninas. Nos ven como fuertes y agresivas». Era su papel más inesperado después de casi veinte años de andar en puntas de pies y Misty Copeland estaba con los nervios en punta.

Fuera de los círculos elitistas del ballet, es raro encontrar a alguien que pueda nombrar a un bailarín que no sea Baryshnikov, Nureyev o Julio Bocca, o a una bailarina que no sea Anna Pavlova, Suzanne Farrell o Alicia Alonso. Hoy la afroamericana Misty Copeland es un fenómeno que es la imagen de Under Armour, una marca de ropa deportiva cuyo video promocional ha sido visto más de siete millones de veces. Es la imagen de Blackberry y los cosméticos Proactiv. Es miembro del Consejo del Presidente Barack Obama sobre Forma Física y Deportes. New Line Cinema, la productora independiente detrás de la trilogía de EL SEÑOR DE LOS ANILLOS, prepara una película sobre su vida. Baila en los videos y conciertos de Prince, el cantante de Purple Rain. Este año tendrá su propio show en el canal estadounidense Oxygen. Perfiles sobre ella han aparecido en revistas prestigiosas como THE NEW YORKER y programas televisivos como FOX NEWS. La mayoría ve al ballet como un arte anticuado, una disciplina inútil que pertenece a un pasado de nobles y cortesanos, un espectáculo aburrido que sobrevive por unos cuantos snobs. «No entiendo nada sobre ballet», escribió el ruso Chejov. «Lo único que sé es que durante los intervalos las bailarinas apestan como caballos». Hoy la popularidad de Misty Copeland se compara con la de Baryshnikov, la última gran estrella del ballet mundial, pero entre los estadounidenses ella ya la trasciende. La pregunta es qué ha hecho para merecerla: si sus compañeras bailaban diez horas al día, Misty Copeland intentaba bailar doce; si las demás tardaron cuatro años en presentarse frente a un público en puntas de pie, ella lo hizo en uno. Si las demás eran capaces de bailar con músculos lesionados, ella bailaba con huesos agrietados. Pero esa no es toda la historia. «Es la bailarina afroamericana más importante en este momento», me dijo Alastair Macaulay, el crítico de danza de THE NEW YORK TIMES. El calificativo no puede pasarse por alto. Al igual que un cisne negro, Misty Copeland sobresale por su apariencia y su atipicidad.

—Yo no elegí el ballet —me dijo por Skype desde Los Ángeles, cuando era jueza de SO YOU THINK YOU CAN DANCE, un reality show—. El ballet me eligió a mí.

Como toda aspirante a bailarina de ballet, Misty Copeland empezó junto a un espejo y una barra de madera. Parada con niñas entre los cuatro y los doce años, todas repetían el mismo ejercicio: pararse sobre una pierna, estirar y subir la otra hasta la altura de sus frentes y luego doblarla cientos de veces con un descanso de treinta segundos, y así durante treinta minutos más. Luego, durante otra media hora, hacían sentadillas paradas en puntas de pies. Los músculos les temblaban, los pies les dolían, señales de que estaban haciendo bien el ejercicio, y algunas caían o se detenían porque todavía no se acostumbraban a vivir con ese ardor muscular que las acompañaría al caminar, al subir escaleras, al sentarse. Toda una vida repitiendo el mismo ejercicio con otras niñas, adolescentes y adultas que olvidan cómo doblar las rodillas para recoger unas llaves, cómo dormir con las piernas rectas, cómo caminar sin imaginar un público juzgando cada uno de sus pasos. Toda una vida esculpiendo un cuerpo a martillazos. Durante años giró sus tobillos de tal manera que sus pies miraran hacia lados opuestos. Durante años nunca tomó la mano de un hombre fuera de sus ensayos de ballet.

—Me empujaron a bailar y era tan pequeña que no comprendía lo que significaba aceptar —me dijo por Skype—. Y yo intuía que el ballet me iba a permitir una mejor vida que no habría tenido de otra manera.

Tiempo antes de esa conversación, una mañana a mediados de 2014, la bailarina Misty Copeland se había despertado con los dolores musculares que a menudo la aquejan, un escozor consecuencia del ejercicio extremo. La noche anterior había hundido sus pies en un cubo de agua helada para desinflamarlos, había recorrido sus piernas con hielos: desde el tobillo hasta dar la vuelta sobre la rodilla para llegar hasta el cuádriceps femoral, el músculo frontal que descansa sobre el fémur y que se encarga de sostener gran parte del peso del cuerpo. Esa mañana, antes de salir de su departamento en Manhattan rumbo al Metropolitan Opera House, el hogar del American Ballet Theater, una de las compañías más prestigiosas de ballet de Estados Unidos, Copeland se asomó a su refrigerador. Encontró una botella del vino blanco espumoso italiano que había bebido la noche anterior, un racimo de uvas, bananas y botellas de agua. Empacó las frutas y una bolsa de macadamias y nueces de anacardo para comérselas en el descanso entre los ensayos. Como la mayoría de sus compañeras, Copeland actúa como si fuese alérgica a las grasas y azúcares: su dieta se compone ante todo de ensaladas, sushi y pastas. En una tienda, la bailarina ordenó un muffin de arándanos y compró un café helado sin azúcar que bebió mientras caminaba cuidando las líneas de su cuerpo hasta el Lincoln Center. Luego de hacer ejercicios de calentamiento, entró cojeando a un salón de ensayos del Metropolitan Opera House con los ojos húmedos y el ceño fruncido. Desde hacía varios días le dolía un tobillo. No era nada serio, pero los ejercicios del calentamiento habían despertado el dolor una vez más. Debía ensayar el papel de Gamzatti, la villana de LA BAYADÈRE. Gamzatti, la hija de un poderoso y rico Rajah en India, se enamora de un guerrero que antes había jurado su amor a una bella y pobre bayadera, una cantante y bailarina de un templo indio. Después de una rutina de cuarenta minutos, Misty Copeland me saludó cubierta de sudor. Vestía un leotardo azul, ese traje ceñido de algodón que usan trapecistas y gimnastas, un tutú púrpura y zapatillas rosas. En persona luce más frágil que en videos o fotografías: mide algo más de metro y medio de altura, tiene brazos delgados pero fornidos, un rostro ovalado enmarcado por gruesas cejas castañas, nariz ancha y unos labios voluptuosos que se arquean cuando sonríe. Tiene el cuerpo grácil y musculoso de un ciervo cuando corre, piernas recias y torneadas como talladas por un escultor clásico y curvas que recuerdan a la cantante Beyoncé.

—Debo salir corriendo a otro compromiso. Ya no tengo tiempo de nada—me dijo luego de presentarse en el American Ballet Theatre–. Pero vamos a hablar luego.

Antes de cumplir los trece años, Misty Copeland no sabía nada de música clásica. Una mañana de otoño, en Los Ángeles, Elizabeth Cantine, una profesora de historia que había hecho ballet en su juventud, la vio bailando canciones de George Michael y Mariah Carey con el grupo de danza de la escuela. A primera vista, la maestra de historia intuyó que Misty Copeland podría mantener los pies mirando hacia afuera e imitar con facilidad las cinco posiciones básicas del ballet: 1. Tobillos unidos y brazos extendidos hacia adelante, como si se abrazara a una persona invisible con un ligero sobrepeso. 2. Piernas abiertas y brazos estirados hacia los lados, como una persona siendo requisada por un policía quisquilloso. 3. Pies cruzados, el uno frente al otro, un brazo extendido hacia el lado y otro ligeramente doblado hacia el pecho, como si se estuviera sujetando a una pareja invisible en un vals. 4. Un pie cruzado frente al otro dejando un mínimo espacio y entre ambos, un brazo extendido hacia un lado y el otro elevado sobre la cabeza con una ligera curvatura, como un delicado operador de aeropuerto indicando el camino de un avión. 5. Un pie cruzado exactamente frente al otro con ambos brazos elevados sobre la cabeza formando un óvalo, como si el cuerpo imitara una copa de champaña. En 1995, aquella maestra de historia que trabajaba en su colegio vio en Misty Copeland unas piernas largas capaces de formar un ángulo recto sin esfuerzo, unos pies grandes con dedos que se doblaban con facilidad y unos músculos vigorosos para impulsar su cuerpo ligero por el aire con piernas totalmente abiertas y estiradas, y la espalda arqueada hacia atrás en un grand jeté. Elizabeth Cantine no vio el color de su piel en el ballet. Vio el futuro.

Dos décadas después, cerca de los treintaitrés años y siendo la bailarina más célebre de American Ballet Theater, Copeland ensayaba para interpretar un cisne. EL LAGO DE LOS CISNES, compuesto por Tchaikovsky a finales del siglo XIX,cuenta en cuatro actos una historia de amor que, como tantas narraciones del periodo romántico ruso, termina con el suicidio de una infeliz pareja. Un príncipe llamado Sigfrido es obligado por su madre a elegir una esposa entre varias princesas de la comarca. Triste por no poder casarse por amor, Sigfrido sale de cacería con sus amigos y encuentra una bandada de cisnes que resultan ser hermosas doncellas condenadas a convertirse en aves durante el día debido el hechizo del brujo Rothbart. El príncipe Sigfrido se enamora de la más hermosa de las doncellas, el cisne blanco llamado Odette, a quien promete amor eterno a la orilla de un lago encantado. Al volver a casa, su madre le presenta a sus posibles prometidas, pero Sigfrido se niega a elegir a una. Es entonces cuando aparece en el castillo el cisne negro Odile, la hija del brujo Rothbart, quien gracias a un hechizo es idéntica a Odette. Sigfrido, engañado, anuncia ante todos que Odile se convertirá en su esposa. El brujo Rothbart y el cisne negro le muestran la realidad y se burlan de él. Sigfrido huye hasta el lago donde encuentra una vez más a Odette. Incapaces de romper el hechizo, la pareja se sumerge en las aguas. Semanas después de haberla conocido en Nueva York, Misty Copeland estaba inmersa en su nuevo papel. Sería el cisne blanco en un teatro de Australia.

El cisne blanco es más que un cisne blanco: personifica el ballet. Antes de EL CISNE NEGRO, la película de Darren Aronofsky y Natalie Portman, el personaje gozó de reconocimiento mundial gracias a la bailarina rusa Anna Pavlova. Durante los primeros treinta años del siglo veinte, Pavlova, una bailarina del Ballet Imperial Ruso, recorrió los cinco continentes bailando LA MUERTE DEL CISNE, una pieza coreografiada para ella que en ocasiones cierra el segundo acto de EL LAGO DE LOS CISNES. La rusa encarna al cisne blanco en gran parte del imaginario colectivo: nívea y delgada, frágil en una elegante falda blanca que se confunde con su piel. Anna Pavlova es lo opuesto de Misty Copeland. Durante sus años de bailarina, siempre se había tropezado con algún detractor que llegaba a la conclusión de que una mujer negra no tenía lugar en el ballet clásico. Dos años después de empezar a bailar, cuando tenía quince, Misty Copeland se presentó al programa de verano de las compañías de ballet más prestigiosas de Estados Unidos. Todas, excepto una, la aceptaron, recuerda en su autobiografía LIFE IN MOTION: AN UNLIKELY BALLERINA. «No te quisieron porque eres negra», le dijo Cindy Bradley, su primera maestra de ballet en Los Ángeles. Ahora la bailarina afroamericana tenía que probarse el vestido del cisne blanco en el Lincoln Center of Performing Arts de Nueva York. Sus dudas no desaparecían: en días recientes Copeland había declarado que aún no se sentía preparada para hacerlo.

***

Cuando Misty Copeland tenía trece años, fue a su primera clase de ballet y no se atrevió a bailar. La intimidaban decenas de niñas blancas en mallas y tutús rosas y con el cabello perfectamente atado. Sus clases sucedían en San Pedro, un pueblo de pescadores y surfistas en Los Ángeles. Su profesora, Cindy Bradley, era una imperiosa maestra de ojos aguamarinos y cabellos pintados de rojo escarlata que tenía un perro llamado Misha en honor a Mijaíl Baryshnikov. Misty Copeland admiraba a la gimnasta rumana Nadia Comaneci, la primera en conseguir una puntuación perfecta en unos Juegos Olímpicos, y le gustaba imitar los bailes que veía en THE BRADY BUNCH, un programa de TV donde una familia con niños rubios bailaba todo el tiempo. Copeland vivía en la habitación de un motel en California con su madre, una ex porrista de un mediocre equipo profesional de fútbol americano, y cinco hermanos. Había el dinero justo para una dieta de fritos y comida chatarra. No tenían para comprar faldas de seda o zapatillas de tela. Nunca había visto un ballet en vivo. Se sentía fuera de lugar en la clase y, durante dos semanas, no quiso ser parte de los ejercicios en la barra. La tarde que venció su timidez y ocupó por primera vez un lugar entre las niñas, se sintió desilusionada: la rutina consistía en estirarla pierna y formar una media luna con el brazo contrario, un croisé devant. Las niñas repetían el movimiento cientos de veces al ritmo de música clásica que ella desconocía. Misty Copeland quería saltar y hacer piruetas, agitar los brazos en el aire y mover las caderas. El ballet era aburrido y decidió que no perdería más su tiempo en aquel lugar.

Su maestra Bradley la convenció de regresar frente a la barra y el espejo. Quien llega al ballet no lo hace de forma voluntaria: la lleva su madre. O una profesora intuitiva. Misty Copeland tenía un talento natural y, a pesar de haber empezado tarde, a los trece años, al bailar era capaz de imitar pasos complejos que veía en otros bailarines virtuosos por primera vez. Para poder pararse en puntas de pies, la flexión de la planta y el tobillo debe alcanzar un ángulo de noventa grados. La presión sobre los dedos es el doble de la normal, por lo que es imprescindible fortalecer las caderas, la espalda, los muslos, las piernas y los más de cien músculos, tendones y ligamentos que rodean los veintiséis huesos del pie. Llegar a pararse en puntas de pie es un ejercicio que suele tomar cuatro años y que involucra juanetes, uñas encarnadas, desgarros musculares en las pantorrillas, inflamación de los tendones, ampollas en cada dedo del pie y una transformación ósea casi imposible después de que la osificación del pie ha terminado. En las mujeres, la última epífisis, el nombre que se le da al extremo ancho de cada hueso largo, se cierra hacia los catorce años. Las audiciones para ingresar en la escuela de ballet de La Vaganova, donde se graduaron Nureyev y Balanchine, en San Petersburgo, convocan a niños entre los ocho y diez años. Es como si Misty Copeland hubiera llegado cinco años más tarde a tocar la puerta del ballet. Las bailarinas suelen empezar a los ocho y pararse en puntas de pie a los doce: Misty Copeland llegó al ballet a los trece y se paró en puntas de pie dos meses después de su primera clase. Un tiempo después de pararse en puntas, podía girar sobre la punta de su pie izquierdo estirando hacia fuera la pierna derecha en una especie de latigazo llamado fouetté. Asombrada, Cindy Bradley becó a su alumna. Se enteró de que vivía en un cuarto de motel y que debía cocinar para sus cinco hermanos mientras su mamá se ausentaba en citas interminables o en trabajos de hasta catorce horas diarias. El día en que con lágrimas en los ojos Misty Copeland le dijo que a pedido de su madre tendría que dejar el ballet por su familia, la maestra Bradley fue al motel a pedirle a la ex porrista que permitiese a su hija mudarse a vivir con ella.

En casa de Bradley, a Misty Copeland le sorprendía que todos los días su maestra le preguntara sobre sus gustos y sobre cómo le había ido en la escuela. Ya podía bailar todas las tardes sin preocuparse por el tiempo o por las necesidades de sus hermanos. Flexionaba miles de veces las rodillas hasta que sus muslos quedaban en una posición horizontal para fortalecer su balance y sus articulaciones, el plié en las cinco posiciones básicas del ballet. Dejaba descansar su peso sobre su pierna derecha y extendía horizontalmente hacia atrás su pierna izquierda, un arabesque, un ejercicio que repetía sin cesar durante horas. En sólo dos años de ballet, Copeland podía hacer dieciséis giros, dieciséis pirouettes seguidos mientras se sostenía en la punta de su pie derecho. La flexibilidad de su ligamento iliofemoral, una de las bandas fibrosas que une la cadera con el fémur, le permitía extender sus piernas más lejos de lo normal. Sus pies y sus rodillas miraban hacia fuera como resultado de la rotación constante de sus piernas desde la cadera. «Camino como un pato, muy derecho, arriba y abajo. O como un pingüino —dijo David Hallberg, bailarín principal del American Ballet Theater y del Ballet Bolshoi de Moscú—. Es una señal certera de que soy un bailarín». En breve tiempo el modo de caminar de Misty Copeland era similar al de Chaplin.

Se dedicó al ballet con una entrega absoluta al punto que la primera vez que tuvo una cita con un chico fue a sus diecisiete años. Era la noche del baile de graduación de su escuela. Nunca la habían besado y, cuando después del baile, su pareja, un amigo de origen coreano, intentó besarla, ella lo esquivó asqueada. No había tenido tiempo de interesarse en los hombres, aunque de cuando en cuando bailaba con ellos en el escenario. En general Misty Copeland ensayaba y bailaba sola: giraba cada vez más sin caer, saltaba cada vez más alto y más lejos, estiraba y movía los brazos con mayor elegancia, caminaba en puntas con la distinción que tenían las primeras bailarinas. Dos semanas después de graduarse, se mudó becada desde Los Ángeles a Nueva York, donde la esperaba un puesto en la Studio Company del American Ballet Theater. Era como entrar en una exigente sala de espera que servía de vitrina y trampolín a una compañía de primera. Desde entonces Misty Copeland ha querido llegar a prima ballerina, el nivel más alto al que puede escalar una mujer en un escenario de ballet. Es lo que más quiere.

***

El ballet se vuelve con el tiempo una escuela en el dolor y el encierro. «Vivimos con un velo sobre nuestros ojos. Entrar a una compañía de ballet es como ingresar a un convento», me dijo Toni Bentley, una ex bailarina y hoy crítica de danza de THE NEW YORK REVIEW OF BOOKS. En el restaurante de un hotel en Manhattan, Bentley bebía un café oscuro sosteniendo su taza con dos dedos. Andar en punta de pie en pos de la levitación puede, sin accidentes graves, durar unos treinta años. Toni Bentley bailó durante veintidós y tuvo que retirarse. Había bailado para New York City Ballet, un grupo creado por George Balanchine, el coreógrafo que fusionó el estilo imperial ruso con la danza moderna y los pasos de jazz, tap y tango para renovar el ballet. Balanchine exigía a sus bailarinas movimientos vigorosos y rápidos, sacrificando parte de la elegancia y el aplomo del ballet clásico y reemplazándolo por un frenesí de velocidad. Si normalmente una bailarina atravesaba el escenario con diez saltos, Balanchine pedía que lo hiciera con seis. Una niña se presentó a una audición con él y, tras finalizar una rutina poco prometedora, fue a abrazar a su madre, quien orgullosa preguntó a Balanchine si no creía que la niña sería una estrella. «El baile, madame, es una cuestión moral», le respondió. Su ética no le impidió ser un galán irremediable que componía obras para sus bailarinas preferidas ni casarse con cuatro de ellas. «No necesito a una ama de casa», dijo sobre una de sus mujeres. «Necesito una ninfa que llene mi habitación y que después salga flotando». Balanchine pensaba algo similar sobre el ballet. «Es algo completamente femenino; es una mujer, un jardín de hermosas flores, y el hombre es su jardinero», escribió en un ensayo sobre la danza. «El ballet es un lugar donde el arte florece gracias a la mujer; la mujer es la diosa, la poetisa, la musa. Por eso tengo bellas mujeres en mi compañía. Creo lo mismo sobre la vida, que todo lo que el hombre hace lo hace por su mujer ideal». Toni Bentley conoció a Balanchine un par de años antes de su muerte. Cuando ella aún estaba en el corps de ballet de la compañía de Balanchine, el primer escalón antes de querer ser solista y prima ballerina, Bentley sufrió una lesión en la cadera que la obligó a retirarse. Tenía veintisiete años y el ballet lo había sido todo para ella.

—En ballet —me dijo citando a Balanchine— el ahora es lo único que existe.

Antes de su lesión en la cadera, Toni Bentley entrenaba doce horas al día, seis días a la semana. Ignoraba quién era el presidente de turno, no porque fuera tonta, sino porque no le interesaba: vivía ensimismada en la próxima obra, en demostrarle a Balanchine que podía hacerlo mejor que todas las demás bailarinas. Hasta el día en que su cadera se rompió. «Los padres deberían disuadir a sus hijas de practicar ballet, pues debe ser una vocación —me dijo afligida—. No tiene que ver con fama, dinero o longevidad. Sólo es amor». El mundo carecía de sentido fuera del convento.

—Si quieres ser una bailarina profesional, pero también quieres ir a la universidad, aprender sobre whisky, escultura, hombres, sexo o cualquier otra cosa sobre lo que trata la vida —advirtió Bentley—, no vas a ser una muy buena bailarina.

Las bailarinas entregan sus vidas al ballet, pero sin aspirar al espejismo de trascendencia de las demás artes. «No te da nada a cambio — dijo el coreógrafo Merce Cunningham —. No te deja manuscritos para que guardes, no te deja pinturas para exhibir en las paredes o colgar en museos, no te deja poemas para imprimir o vender, no te deja nada excepto ese fugaz momento en que te sientes vivo».  Los bailarines de ballet son como pintores que tras terminar su búsqueda diaria de la obra maestra deciden quemar sus lienzos y empezar de nuevo. No hay nada blando tras esa apariencia frágil y etérea firme, como de mariposa altiva, en los bailarines. La caja puntiaguda de las zapatillas de ballet, el lugar contra el que hacen fuerza los dedos cuando una bailarina se para en puntas de pie, está hecha de decenas de capas de papel y cartón apiñados y sellados con pegante. Para ablandarlos, algunos bailarines los golpean con un martillo. «No hay una clase de artista más autocrítica que la de los bailarines», sentenció Susan Sontag. Según ella, había ido tras bastidores para felicitar a actores o pianistas o cantantes por su extraordinaria presentación, y sus elogios eran recibidos sin mayores objeciones, con evidente placer y hasta con alivio, pero todo cambiaba cuando se trataba de un bailarín de ballet. «Cada vez que he felicitado a un amigo o a un conocido que es bailarín por una presentación extraordinaria — e incluyo a Baryshnikov — lo primero que escucho es una desconsolada letanía sobre los errores que se cometieron:  se equivocaron en un paso, un pie no apuntó en la dirección correcta, estuvieron a punto de resbalarse en una complicada maniobra en pareja. No importa que quizás ni yo ni nadie haya observado esos errores. Se cometieron. El bailarín lo sabe». Quienes bailan en el convento del ballet sudan con la culpa y buscan redención.  Karin von Aroldingen, una bailarina alemana que el seductor Balanchine había reclutado, se casó con un empresario alemán tiempo después de ser aceptada en su corps de ballet. Muy pronto quedó embarazada. Von Aroldingen bailó hasta el sexto mes de embarazo y regresó a clases una semana después de parir. «Soy primero una bailarina, antes que una madre o una esposa». Luego añadió: «Y quiero mucho a mi familia». El ballet es una batalla fútil contra el paso del tiempo. Es décadas de pasar más de doce horas en puntas de pie repitiendo extenuantes ejercicios y coreografías, un entrenamiento incluso más arduo que el de un atleta profesional. Al contrario de la mayoría de los atletas, cuando empieza la temporada, las bailarinas no tienen días de descanso para recuperarse. Sus vidas son una serie casi ininterrumpida de clases, ensayos y presentaciones. Un esfuerzo físico constante que, como decía Susan Sontag, va más allá del de los depor- tistas, quienes no deben ocultar debajo de sonrisas y pantomimas los gestos y las contorsiones propias del esfuerzo. Las bailarinas sudan mientras actúan en el escenario sonriendo coquetamente o cuando expresan el dolor de un amor no correspondido. Con la edad, los movimientos son cada vez más difíciles de ejecutar. Las lesiones se vuelven más comunes. Dolor crónico en la espalda. Roturas de ligamentos. Tendinitis. Desgarros en el cartílago que acolchona la cadera y el fémur. Problemas en los músculos transvesos del abdomen. Tobillos rotos. Artritis. Es inevitable empezar a cuidarse, bajar la intensidad en los entrenamientos, alejarse de esa quimérica perfección imaginada en la juventud cuando el cuerpo siempre respondía.

—Estar todo el tiempo sobre tus pies te desgasta. La gente que levanta pesas no las levanta todos los días pues es muy desgastante para sus músculos y ligamentos. Tienen un par de días de descanso entre los días de trabajo — me dijo Misty Copeland—. Los bailarines no podemos darnos ese lujo.

El ballet es un arte en constante agonía que aparece y desaparece. No existe un sistema de anotación para preservar los pasos o las coreografías a través de los siglos. «[El ballet] es un arte de memoria, no de historia», escribió Jennifer Homans, autora de APOLLO’S ANGELS, el libro definitivo sobre los cuatrocientos años de historia del ballet. «Por ello el repertorio del ballet no se encuentra en los libros ni en las bibliotecas: pervive, más bien, en los cuerpos de las bailarinas». En el ballet no hay una vara fija con la cual medirse. No hay una interpretación duradera a la cual aspirar. Los videos no sirven porque trasladan a dos dimensiones una historia de tres. La imagen de la coreografía que el bailarín tiene en su cabeza es la única que existe. «Lo que existe es una imagen mental que no contiene errores, una imagen a la que sólo es posible acercarse dejándolo todo en los ensayos y las prácticas. El ballet existe sólo en la medida en que los bailarines se encuentran en el escenario en este momento», escribió Balanchine. «No es algo triste. Es maravilloso, sucede en este momento. Está vivo. Como una mariposa». Cada noche, frente al público, los bailarines de ballet salen a buscar la perfección. Es una búsqueda incansable de gracia, belleza y olvido.

—En ballet, como en boxeo, el tiempo y la gravedad siempre te van a derrotar —me dijo Toni Bentley.

***

En la primavera de 2012, días después de que Misty Copeland bailara en el EL PÁJARO DE FUEGO de Igor Stravinsky, dos médicos le informaron que debía retirarse del ballet. Tenía veintinueve años y seis fracturas de estrés en su tibia izquierda, seis fisuras en el hueso inferior de la pierna causadas por la presión constante de meses saltando, girando y aterrizando sobre el mismo punto. No era una lesión común. Copeland estaba acostumbrada a punzadas producto de desgarros mus- culares, a tobillos molidos, dedos lacerados y ampollas reventadas, pero no a lesiones como ésta. El ballet EL PÁJARO DE FUEGO, que trata de un príncipe ruso que atrapa un ave mítica para ganar el amor de una prin- cesa y derrotar a un hechicero, cimentó el éxito y la reputación de Stravinsky. Lo mismo sucedió con Misty Copeland. EL PÁJARO DE FUEGO, en la versión del American Ballet Theater, duró menos de una hora y, debido a la lesión en su tibia, Misty Copeland interpretó el papel sólo una vez en el Metropolitan Opera House. Seis meses ensayando doce horas, seis días a la semana para presentarse exactamente cuarenta y seis minutos. Obra del ballet clásico como EL LAGO DE LOS CISNES tardan dos horas y veinticinco minutos y la temporada de American Ballet Theater dura apro- ximadamente un mes. EL PÁJARO DE FUEGO es más corto y su intensidad es mayor. Misty Copeland entrenó más de mil horas para poder elevarse un metro sobre el suelo con su espalda arqueada y sus piernas totalme- te dobladas hacia atrás. Entrenó más de cien días para atraer durante tres cuartos de hora la atención del público y de críticos de danza como Joan Acocella de THE NEW YORKER, quien dijo que la afroamericana debía ser ascendida a prima ballerina.

Los elogios eran inútiles si Misty Copeland no volvería a pararse en puntas de pie. Si no volvería a ponerse sus zapatillas hechas a medida que cuestan unos setenta dólares y que debe reemplazarlas por lo menos una vez por semana. Si no volvería a sentir el roce de los tutús de encajes contra sus caderas; o el ceñido leotardoapretando su piel; o las caricias de las cintas de seda que protegen sus tobillos. No habría más razones para recoger su pelo en una magdalena. Por primera vez, Misty Copeland sintió deseos de huir para refugiarse en un lugar donde nadie la pudiera encontrar. Deseos de llorar y encerrarse en su bañera como lo hacía de niña en la habitación de motel en California. Dos años atrás, una fractura de estrés en su área lumbar la había obligado a usar un corsé ortopédico veintitrés horas al día durante seis meses. Fue más que incómodo. Pero las últimas fracturas a su tibia izquierda eran fatales.

Misty Copeland se negaba a creer que todo hubiera sido en vano y que el desastre sucediera cuando estaba a punto de llegar a la cima. Después de graduarse de su escuela en California, siguió la carrera tradicional de una bailarina dentro del American Ballet Theater: cinco años en el Studio Company hasta ser ascendida al corps de ballet, y cinco años hasta que la nombraron solista de la compañía. Durante esa década, hizo todo lo posible por ser singular y al mismo tiempo ser parte del grupo. El color de su piel siempre le había traído problemas —hubo noches en las que los maquilladores la obligaron a utilizar una base color marfil para disimular el tono de su piel—, pero tam- poco quería que su color le trajera beneficios. No quería sobresalir por ser una rareza. Si quería llegar a la cima, trabajaría más que las demás. En lugar de salir a divertirse, se quedaría en casa viendo películas de Bette Davis y cuidaría su cuerpo, algo que había aprendido a hacer tras su adolescencia.

Cuando tenía diecinueve años, un médico le recetó  pastillas anticonceptivas tras enterarse de que aún no había tenido su primera menstruación. La pubertad, aunque sea tardía, puede arruinar carreras prometedoras. Su cuerpo cambió aún más a partir de ese momento. Su figura ya no se adaptaba a la imagen clásica de una bailarina. Ya no podía compartir los leotardos con las demás bailarinas del corps de ballet. En meses, sus pechos crecieron de una copa B a una doble D. En el ballet los senos son un pecado: distraen, entorpecen los movimientos, incomodan a la hora de trabajar en pareja. Miembros del American Ballet Theater, a quien prefiere no nombrar en su autobiografía, le repetían que debía trabajar para extender su figura. Una noche, en un club nocturno, un hombre a quien acababa de conocer se negó a creer que era una bailarina. Le dijo que los cuerpos de ellas no eran así. Durante un tiempo, dejaron de seleccionarla para los papeles principales en algunas obras del American Ballet Theater. En respuesta, Misty Copeland empezó a comer cajas y cajas de donuts y a alejarse del convento del que hablaba Toni Bentley. Otra noche,  cuenta en su autobiografía, aceptó ir con una de sus amigas a Lotus, un club nocturno en el Meatpacking District, la zona más exclusiva de Nueva York por esos días. Cuando en el club se esforzaba por olvidar las líneas de su cuerpo, mientras movía sus caderas a ritmo de hip hop sin pensar en los ángulos que formaban sus brazos y sus piernas respecto a sus hombros y su cabeza, un hombre se le acercó y la invitó a la zona VIP. Empujada por una de sus amigas, lo acompañó. Allí conoció a Olu Evans, un abogado cuatro años mayor que ella. Venciendo su timidez, empezaron a hablarse al oído intentando ahogar la música del club. Olu Evans sería su primer novio y su nuevo consejero.

Enamorada por primera vez, mirando por primera vez hacia fuera de la sala de ensayos, Misty Copeland siguió sus consejos. Lo primero fue cambiar su dieta: dejar el pollo, las carnes rojas, el pan. Él era un pescetarian desde niño: sólo se alimentaba de comida de mar y verduras y estaba seguro de que esa dieta podría funcionarle. Se hizo aficionada del sushi, las ensaladas, las frutas y la pasta. El cambio de dieta funcionó. Meses después, Misty Copeland apareció en la portada de DANCE MAGAZINE, la revista de danza más prestigiosa de Estados Unidos, quizás lo que por alguna época TIME fue para la política. Significó para ella un ascenso dentro de la compañía. De ganar seiscientos setenta y nueve dólares a la semana, la bailarina pasó a recibir más del doble, unos cincuenta mil dólares al año, una cifra que viviendo en Nueva York no sirve de mucho pero que le permitió valerse por sí misma y, de vez en cuando, ir de compras a barrios como Soho y Chelsea, o almorzar tostadas francesas y ensalada griega con su novio. Se había ganado esos privilegios con el ballet y podía perderlos por la misma vía. Lo supo ese día de 2012, cuando los doctores le descubrieron seis fracturas en su tibia izquierda y le pidieron dejar de bailar.

—No sé cuánto tiempo pueda aguantar esto —escribió en su diario—. Estoy contenta con lo que tengo, pero triste porque no es suficiente. Dios, ¿cuándo llegará el día en que esto sea fácil?

Abatida, Misty Copeland decidió buscar las opiniones de otros especialistas. Uno de los médicos del equipo de básquetbol de los Knicks de Nueva York le dijo que una cirugía podría ser la solución. No le prometió nada: no sabía si recuperaría su salto y su movimiento tras la operación, pero para él era la única alternativa. No podía perder un segundo. La operaron y de inmediato contrató a una fisioterapeuta para que la ayudara a recuperarse. Mientras tanto, otras bailarinas recibían los papeles que podrían haber sido suyos. Fue reemplazada en EL PÁJARO DE FUEGO y también perdió el papel de Gamzatti en LA BAYADÈRE. Ambos eran papeles principales, por lo normal reservados para una prima ballerina. El hecho de que se los hubieran asignado a ella anunciaba una gran posibilidad de ser ascendida. Pero ya no era el caso: había perdido su oportunidad. Tendría que renunciar al American Ballet Theater y enfrentarse a un mundo que desconocía, sin trabajo y sin otra educación que la de andar en puntas de pie.

Días después de la cirugía, Misty Copeland no podía caminar. Aún así se dejaba caer de su cama y hacía ejercicios de baile con sus brazos desde el suelo. Un mes más tarde, sin poder pararse en puntas, se metió en sus zapatillas de ballet para que los músculos de su pie no perdieran su forma. Una vez por semana, una masajista y una acupunturista iban a su casa para fortalecer sus piernas. Le tomó más tiempo volver a pararse en puntas de pie de lo que le había tomado hacerlo por primera vez. Usando un sistema de poleas y pesas, Copeland emulaba sus saltos sin tener que poner peso sobre su cuerpo. Desde que se despertaba hasta que se dormía no dejaba de doblar sus pies y de estirar sus brazos, lo que fuera con tal de recuperar su peculiar manera de moverse cerca de veinte años. Misty Copeland se sentía torpe y sin gracia. Iba cada tres semanas donde su cirujano para que la revisaran y le tomaran rayos X. Tardó cinco meses en regresar a un ensayo en el Metropolitan Opera House.

En 2013, cuando regresó al escenario, Misty Copeland fue la reina de las dríadas, las hadas del bosque, en DON QUIJOTE, pero los críticos la destrozaron. Era una adaptación del clásico de Cervantes, en su episodio sobre las bodas del barbero Basilio y Quiteria. «La reina de las dríadas de Misty Copeland tiene problemas desfortunados —escribió Colleen Boresta, la crítica de BALLET DANCE MAGAZINE, un popular portal electrónico especializado en ballet—. Sus saltos al final de la secuencia de los sueños fueron fuertes, pero palidecieron al compararse con los de Osipova». Se refería a Natalia Osipova, la bailarina principal del Bolshoiy después del Royal Ballet, la estrella invitada por el American Ballet Theater esa temporada. Misty Copeland estaba furiosa porque era cierto: ya no tenía la misma elevación en sus saltos ni su velocidad era la de antes. Pero acababa de regresar de una lesión. ¿Por qué nadie lo mencionaba? Si le hubieran preguntado, les habría contado que ni siquiera había podido ensayar sus saltos en clases. Les habría declarado iracunda que esa fue la primera vez después de siete meses de lesión en que pudo exigir y extenuar su cuerpo. Si no la entendían era porque nunca habían bailado. «Hay algo tan puro en la técnica y la forma del ballet que te obliga a sentirte vulnerable, a tomar riesgos y a ser honesto consigo mismo», me dijo Misty Copeland por Skype, recordando esa época un año después. Había estado a punto de perderlo todo. Sólo de vuelta al escenario había vencido su miedo a volver a caer con todo su peso sobre su tibia izquierda. Era como aprender de nuevo a caminar. Si los críticos le hubiesen preguntado, ella quizá les habría res- pondido que por primera vez en meses se sentía feliz. El escenario siempre fue su refugio, el lugar donde se sentía hermosa y nadie le reclamaría su timidez.

Meses después de sortear los ataques de la crítica,  una tarde de septiembre de 2014, al otro lado del mundo, en Brisbane, la tercera ciudad de Australia, Copeland aguardaba impaciente su entrada al escenario. El Queensland Performing Arts Centre, donde el año anterior unas dos mil personas habían ido a ver al Ballet Bolshoi, esperaba el mismo público, los probados espectadores, para ver un espectáculo del American Ballet Theater. El ballet exige del espectador otra clase de paciencia, una capacidad de congelar el tiempo para poder apreciar a los bailarines como esculturas en movimiento. Misty Copeland sabía que entre el público juzgarían la altura de sus saltos, la extensión de sus piernas en el aire, su vuelo sobre el escenario. «Ser el cisne blanco es el sueño de toda niña —me había contado meses atrás—, sea o no una bailarina». Se había preparado dos meses para ser el cisne blanco, Odette, por una sola vez. Iba a encarnar a la más hermosa de las doncellas que se suicida con el príncipe Sigfrido. Copeland respiraba profundamente tras bambalinas. A un año de cumplir treintaitrés, tal vez era más que nunca consciente de que el paso del tiempo amenazaba sus ambiciones. Algunas bailarinas de ballet siguen activas más allá de los setenta años; Misty Copeland desea llegar a los noventa bailando. Por el momento, estaba concentrada en su carrera, pero no sabía hasta cuándo sería su prioridad. Si no llega a ser pronto prima ballerina, tendrá que decidir si quiere tener o no un hijo. Su novio entendía su dilema, pero quién sabe por cuánto tiempo. Desde sus trece años el ballet siempre había sido lo primero y lo segundo y lo tercero para ella. Como si se tratara de un dios insaciable, le había entregado su tiempo, su cuerpo y su mente. Ahora estaba frente al papel de su vida y debía controlar sus nervios. Antes de partir para Australia, le había pedido a su novio y a los miembros de su familia que por favor no fueran a verla. No quería decepcionarlos. Era su costumbre no invitar a personas cercanas a sus primeras presentaciones, quizás un reflejo adquirido desde niña cuando ni su madre ni sus hermanos fueron a ver su primera rutina frente a un teatro en California. Su vida más allá del ballet, el escape final del convento, dependía de lo que hiciera en las próximas dos horas en la piel de Odette. Misty Copeland saltó al escenario en puntas de pie, agitando delicadamente los brazos, como un cisne que vuelve a tierra.

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LA SEÑORA
DEL CAFÉ
Y EL SEÑOR
DE LOS
ENCHUFES

Historia privada de Tres Cruces, la central de buses de Montevideo
donde cada día miles de desconocidos se tropiezan,
conversan, se aburren y, a veces, hasta se casan.
¿Por qué mamá insiste en que
no hablemos con extraños?

Una crónica de Julio Villanueva Chang
Ilustraciones de Héctor Huamán

La señora que sirve café en la central de buses de Montevideo siempre sabe de qué va a hablarle un extraño. «A veces es más fácil hablar con un desconocido», me dice Raquel Quirque, una desconocida con tres letras Q en su nombre. Se ha sentado en una sala de espera de Tres Cruces, la terminal de viajeros de Uruguay, tras horas de pie en Del Andén, un café en el ombligo de esta central de transportes donde ella dice buenos días, azúcar o edulcorante, con la voz de una tía que sirve el desayuno sin prisas. Raquel Quirque es rubia, Sagitario, viste de negro, responde su teléfono con el ringtone del himno del Club Atlético Peñarol y se despierta antes de las cinco de la mañana. A esta hora del almuerzo, su esposo está tras el volante de un bus en una carretera como chofer de la Compañía Oriental de Transporte. La boletería queda frente al lugar donde ella sirve café a los pasajeros y el hijo de ambos trabaja en el departamento de encomiendas de la misma compañía. No es casualidad: se llama familia. La Señora Q ha acabado su turno en la cafetería y no deja de abrazar el termo que usa para tomar mate. Su marido le trae la yerba desde el interior de Uruguay, desde donde lleva a esos desconocidos que cada día se acercan a hablar con ella. Toda la vida de Raquel Quirque gira alrededor de Tres Cruces. «Voy a un supermercado y en vez de preguntar ‘¿cuánto es?’, digo: ‘¿algo más?’. Suena el teléfono de mi casa y digo: ‘Café del Andén, buenas tardes’». Su cortesía en piloto automático anuncia una alegre fatalidad: quiere envejecer sirviendo café en Tres Cruces.

—Yo tengo un dicho que es «De acá al BPS o al Norte».

El BPS es la caja estatal de jubilaciones de Uruguay. El Norte es el cementerio más grande de Montevideo.

—Me jubilo o me muero acá —dice—. Pero buscarme otro trabajo, no.

La terminal de Tres Cruces tiene en su puerta principal un cartel de bienvenida: AQUÍ SE ENCUENTRA UN PAÍS. Los carteles de bienvenida suelen ser demagógicos. Si uno es extranjero y llega un domingo a un Montevideo de calles desoladas, es posible que se pregunte dónde están todos los uruguayos. Si va ese mismo domingo a la medianoche a Tres Cruces, tendrá la respuesta: todos los uruguayos están allí. El paisaje humano es bastante homogéneo y con cierto color local: gauchos con teléfonos inteligentes y ejecutivos adictos al mate. Gente rebuscando entre sus bolsillos el boleto de viaje, llevando niños con una mano y maletas con la otra, matando el tiempo con un cigarrillo, durmiendo en la sala de espera con la boca abierta, universitarias llegando tarde con sus boletos en la boca. Señores cargando trajes a la espalda para evitar que se arruguen, viajeros con mochilas del tamaño de un chico gordo de once años, señoras ahorcándose con bufandas. Un turista caminando de memoria con un folleto de viajes, músicos despeinados con guitarras en estuche negro, jóvenes extraviados buscando a alguien, pasajeros tragando comida rápida en marcha, mamás esperando a sus hijitas con muñecas en la puerta de un baño. Hombres que aún usan relojes y las manos en los bolsillos, mujeres ejecutivas arrastrando maletas con cadencia y estilo, una chica con un parche en el ojo por una cirugía. Tipos rapados andando como si alguien los persiguiera, niños rapados por la quimioterapia en sillas de ruedas, hombre negro y mujer blanca besándose. El señor que ha metido varias monedas a un teléfono público y dijo hola-hola en vano, un bombero serio y con uniforme azul marino, un muchacho con la camiseta del Gremio de Porto Alegre y otro con la de Boca Juniors, epidemias de viejos con gorras de béisbol, manadas de adolescentes con audífonos, familias que se abrazan como si fuera la última vez. Viajan por los diecinueve departamentos de Uruguay, un territorio que puede atravesarse en menos de medio día por bus, que es cien veces menor que el tamaño de Rusia, un kilómetro cuadrado más grande que Surinam y cuya población entera equivale a los nacidos cada año en el vecino Brasil. Es un país llano y diminuto, sin futuro para los aviones de pasajeros, la tierra prometida para un empresario de transportes de ómnibus. Casi la mitad de los uruguayos vive en Montevideo. En 2011 la terminal-shopping recibió veintiún millones de visitas: siete veces la población de Uruguay. Tres Cruces, «donde se encuentra un país», no es un cartel demagógico: es un teatro para un antropólogo del viaje breve. Un laboratorio de conversación con desconocidos.

—Y vos, cuando tomás un café, conversás —dice la Señora Q—. El mate es más personal.

La Señora Q es una etnógrafa involuntaria. Durante casi dos décadas ha observado a viajeros y compradores en Tres Cruces, una terminal que ya es mayor de edad. No impone ella la distancia de la cortesía: contagia la cercanía de la confianza. Cuando conversa, mira a los ojos. El Café del Andén tiene dos locales: el del primer piso, dominado por las boleterías y las salas de espera de los autobuses; el del segundo, donde venden postres entre las demás tiendas del shopping. Raquel Quirque llega a trabajar al amanecer y se va a la hora del almuerzo. Inyecta de agua caliente los termos para beber mate. Los clientes le piden tortugas, unos panes redondos con jamón y queso. Le piden también medialunas, esos bizcochos que de lunar no tienen nada. Sin embargo, la verdadera ocupación de la Señora Q es mirar: ver lo que, a fuerza de tanto ver, ya no vemos. O lo que es igual: ver lo que preferimos no ver. Por ejemplo, cosas de vida o muerte. Toda la gente del interior tiene que pasar por Tres Cruces para curarse. La terminal queda cerca de varios hospitales, incluyendo uno de niños con cáncer. Y ella ve a los enfermos. Ve la angustia de los padres. Ve cómo se va curando un niño. Ve cuando dejan de venir. Tomar demasiado café tiene mala prensa. Pero ella dice que servir café en Tres Cruces le ha cambiado el cerebro.

—De qué puedo quejarme si tengo salud y trabajo —dice la Señora Q—. Acá ves problemas reales. Si los comparás con tu vida, soy Alicia en el País de las Maravillas.

Alicia en el País de las Maravillas nació en Minas, una ciudad más calmada que Montevideo, que ya es más calmada que casi todas las capitales del mundo. Los uruguayos tienen un temperamento de bajo voltaje que sufre metamorfosis explosivas cuando acuden al estadio Centenario. La reputación de un país diminuto que produce vacas felices, fanáticos del fútbol y melancolía. Es un país de inmigrantes, sobre todo españoles e italianos, a quienes se les atribuye cualidades de suizos y portugueses. La sentencia «triste como uruguayo contento» es un chiste que encanta a los argentinos. Los uruguayos deslindan todo el tiempo que no son argentinos, igual que los canadienses se cansan de que los confundan con los gringos. Uruguay tiene una de las tasas de suicidio más altas de las tres Américas, el carnaval teatral más largo e inofensivo del mundo, y uno de los presidentes más viejos y austeros del universo. «Somos un país que ama los fines de semana largos tanto como la libertad», dijo José Mujica, que nació el mismo año en que murió el tanguero Gardel, a quien los uruguayos reclaman uruguayo. El presidente dice que sus paisanos aman la vida en minúsculas, la serenidad y los afectos. En Tres Cruces hay más afectos que serenidad.

—Es divertido el trato con la gente —dice la Señora Q—. Aunque haya momentos que te apabullan.

—El del interior te pide por favor —dice Natalia Benavides, quien ha trabajado en Atención al Cliente—. El de la capital te exige.

—El del interior es más amoroso y previsor —insiste la Señora Q—. Siempre le sobra el tiempo. Un montevideano vive más apurado.

Ver un rostro entre miles todos los días y entre todos ellos recordar un solo detalle. Una biografía en un solo pestañeo.

—Hoy la gente está más agresiva —dice ella sin parpadear—. No sé. Alguien puede tener más problemas que yo y no lo discuto. Pero nunca se lo increparía a un desconocido.

La Señora Q mira con ojos maternales, de esos que no puedes engañar.

—Dicen mis compañeros que, cuando los rezongo, pongo los ojos duros. Como que no parpadeo.

Un chico que trabaja en el café le aconseja una sola palabra.

—Parpadeá.

 

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Ilustración de Héctor Huamán

 

***

El jefe de la Torre de Control de Tres Cruces, un hombre acostumbrado a resolver líos entre más de cien conductores de autobuses, no tiene automóvil. Prefiere ir a pie. «La primera vez que me senté en un volante —dice— fue arriba de un bus». Empuñando un radiotransmisor, Osvaldo Torres dirige el tránsito en las calles lluviosas que rodean a Tres Cruces un viernes al final de la tarde. Es la hora punta. «La terminal es un enorme rompecabezas —me dice en botas de hule— que debemos armar continuamente». Los paraguas son parte del panorama, y Torres lleva un impermeable de color fosforescente. Los transeúntes caminan ensimismados y pensativos bajo el agua. Cuando no son torrenciales, todas las lluvias parecen uruguayas. El país tiene distancias tan breves que todos los días miles viajan de ida y vuelta entre la capital y el interior. El hormigueo crece los principios y fines de semana. Hay días y horas en que ingresan a la terminal tres ómnibus por minuto. Horas en que los habitantes del país se encuentran, pero también se tropiezan. «Me gusta andar así entre la gente», dice Torres, el señor del tráfico pesado. Cada viernes, entre seis de la tarde y siete de la noche más de cien ómnibus entran y salen de cuarentaiún plataformas en una sola hora. «Es el momento más importante de la semana y lo disfrutamos», dice con cara de viernes. «Se nos carga el cuerpo de adrenalina». Ha bajado de su discreta torre de dos pisos, desde donde un equipo de controladores avista el caos sobre ruedas. Torres tiene el talento de mando de un general. Podría hasta dirigir la lluvia.

—Me gustan los que comandan un grupo humano que va al frente —dice el jefe—. La gente que manda y predica con el ejemplo.

Torres siempre quiso ser un militar, pero el destino le fue imponiendo ironías y azares. Fue guía de turismo en la Organización Nacional de Autobuses, una empresa de transportes cuyo ícono era un galgo a lo Greyhound. Explicaba desde la historia de una ciudad hasta la morfología de una catarata. Un día de esos hubo que correr un camión y él estaba allí. El destino siempre le dio oportunidades: una tía se había casado con un marino que llegaría a ser comandante en jefe de la Armada, y de niño iba con frecuencia a casa de ellos. Una noche, cuando tenía diez años, se quedó a dormir allí y se tiró en el jardín a mirar el cielo. Fue cuando su tío, el comandante del mar, le señaló una estrella, una de las favoritas de los navegantes, la de más fulgor en la constelación de Tauro. Hoy una de las hijas de Torres lleva su nombre: Aldebarán. Nunca olvidará esa noche. «Soy un marino frustrado», admite. En algún momento, pasó por su cabeza ingresar a la escuela naval. Torres es un almirante imposible.

—Hasta hoy —dice— me pregunto por qué no lo hice.

A las seis y cinco de la tarde, Torres se mueve como una autoridad del tránsito bajo la lluvia. Dirige la calle zigzagueando entre una fila de once buses. Tras ellos se avistan unos más. Los rostros de la gente mirando por la ventana de los buses son retratos aburridos: caras con vaho en el vidrio, caras de recién despiertos, caras de sólo existe la música en mis audífonos, caras de ojalá vengas a recogerme. Los ómnibus aparecen uno tras otro y eliminan toda la visibilidad de otros coches. Las empresas tienen nombres de espías como Agencia Central, playeros como Turismar, mayúsculos como CITA y COT, geográficos como Paysandú o amables como Bonjour. Tienen eslóganes clásicos —«Nos encanta llevarte»— o prometen conexión a Internet desde sus puertas. Todos están obsesionados por convertir sus autobuses en camas de hotel. Para el jefe de la Torre de Control las distinciones no existen. Ejerce su comando en diez mil metros cuadrados de territorio. Una vez, uno de los choferes había abandonado un ómnibus en la terminal más tiempo del prudencial sin reportárselo.

—Me tuve que extralimitar —dice como disculpándose—. Le tuve que decir que, estando dentro de la terminal, incluso para ir a cagar me tenía que avisar a mí.

A las seis y treinta de la tarde, hay una legión de pasajeros esperando irse.

Señores revisando su boleto por si se equivocan.

Chicas con maletas muy floridas o muy negras.

Gente abriendo sus paraguas contra el cielo.

El Almirante Imposible ve desfilar en la pantalla de su computadora fotos de buques abriendo fuego. Ve desfilar fotos de sus tres hijas y nietos, a unos compañeros del transporte, citas que le gusta leer en voz alta, ciudades como Río de Janeiro, mujeres como Marilyn Monroe y la Madre Teresa, boxeadores como Cassius Clay, cantantes como Frank Sinatra, militares como el general Patton. En la serie de retratos que desfilan por su pantalla tiene también la fachada de una boletería en la terminal a la que enviará un e-mail de reproche. «Una de mis tareas es preocuparme de que los locales tengan una estética». Tiene una gata llamada Maika, a la que encontró en la calle. Es fan del Defensor Sporting Club porque no le gustan los clubes que siempre ganan. Le fascinan las teorías de conspiración: se acuerda dónde estaba el día y la hora que mataron a Kennedy. Fuma cada vez menos, pero fuma todavía un paquete de diez cigarrillos al día. Fuma más a partir de que oscurece. Tiene amigos de bar, pero sobre todo uno lejano y favorito: un primo hermano que fue traductor de las Naciones Unidas y con quien conversa por Skype. Su madre, que tiene noventa años, se llama Valkiria y la tiene en una casa de ancianos. Su esposa es cajera de una de las empresas de transporte. Torres va a cumplir sesenta años, la edad legal para jubilarse.

—No —dice—. Esto es lo mío.

***

Nadie sueña con incendios una madrugada de Navidad. El 25 de diciembre de 2010, Torres, el jefe de la Torre de Control de Tres Cruces, dormía a doscientos kilómetros de Montevideo hasta que alguien le dio la noticia del fuego. «Es como si a un capitán le avisaran que le han hundido el barco», recuerda Torres. «Uno se siente a la deriva». El incendio había estallado minutos antes de las dos de la mañana, en el entrepiso de una tienda de zapatos y un local de ropa deportiva. Eduardo Robaina, el Jefe de Operaciones de Tres Cruces, que había trabajado todas las navidades de los veinticuatro años anteriores, interrumpió su descanso de la que iba a ser su primera Navidad libre: estaba en la casa de su madre, en Canelones, a cincuenta kilómetros al norte de Montevideo. «Después de llamar a los bomberos, me llamaron a mí». El fuego estaba convirtiendo en cenizas nueve tiendas del shopping. La Señora Q no supo del incendio hasta esa mañana. «Fue como si se me fuera el alma del cuerpo», dice, y no volvió a Tres Cruces hasta dos días después. «Fue un regalo nefasto de Papá Noel», dice Pablo Cusnir, el gerente de marketing. «Nos sacó a todos de nuestro sueño cuando estábamos fuera de Montevideo. Y mi mujer estaba embarazada». Esa mañana, Osvaldo Torres, que había dispuesto todo para volver a trabajar dos días después, regresó a su torre y la encontró convertida en un gabinete de crisis: el presidente del directorio Carlos Lecueder, el vicepresidente Luis Muxi, el gerente general Marcelo Lombardi discutían qué hacer. «Estos hombres van a tener que conducir el naufragio o dirigir el rescate», se dijo el Almirante Imposible. Y el gerente general, que esa madrugada celebraba una barbacoa con más de cincuenta invitados, enrumbó hacia la terminal. Nunca se descubrió el origen del incendio. Los bomberos apagaron el fuego a las siete y media de la mañana.

—Uno se enfrenta con situaciones que son más o menos conocidas —dice Lombardi—. Esto era absolutamente desconocido.

En Navidad siempre hay incendios, pero los incendios pertenecen al gobierno de lo inesperado. Lombardi cree que pudo haber sido un fuego artificial caído en el techo. O un cortocircuito en el aire acondicionado. Lo que no destruiría el fuego lo arruinarían el humo y el agua. El hollín y el olor a quemado aplastaron el aire. Después del incendio, hubo que arremangarse los pantalones. «Uno sabía todas las mañanas al levantarse que el día iba ser horrible», dice Lombardi. «Lo único que había todos los días era docenas de problemas». Las jornadas de trabajo comenzaban a las seis de la mañana y terminaban a las once de la noche. «Vi cómo había quedado: los bancos de madera seguían armados pero hechos carbón, y todo estaba inundado», recuerda la Señora Q. «Los locales se habían convertido en agujeros negros». Ana Claudia Casas, administradora de Óptica Lux, uno de los nueve comercios que perdieron todo, recuerda desde sus anteojos: «Es como si hubiera caído una bomba. Todo negro. Fierros torcidos por todos lados». Lilian Lerena, una vecina que hace sus compras en Tres Cruces, lo resume así: «Vi mucho humo, pero más tristeza». Fue una tragedia sin muertos ni heridos, con unos siete millones de dólares en pérdidas. «Siempre tuve la necesidad de entrar al local y encontrar algo», recuerda Casas, quien administra la óptica. «Una patilla, un lente, no sé. Necesitaba encontrar algo tal como había quedado». Tenía cientos de anteojos allí. Las gafas de sol se venden más en Navidad.

—¿Y tu mujer te hablaba por teléfono? —pregunto a Lombardi.

—Sí —responde—. Pero con monosílabos.

Esa Navidad, cuando el gerente general de Tres Cruces volvió a casa, sus hijas ya estaban dormidas. Adiós vacaciones. No habría ganas de celebrar el fin de año. Debían improvisar soluciones urgentes para que el servicio de autobuses no se detuviese, informar sobre las pérdidas a los comerciantes, reconstruir el shopping. Primero idearon un lugar de entrada y otro de salida de los autobuses. Cuando uno baja de un ómnibus, sólo se va. Pero cuando uno sube, debe identificar el coche. No puede equivocarse. Las partidas de ómnibus tenían que continuar desde Tres Cruces. El mismo día de Navidad armaron una terminal de llegadas en un estacionamiento frente al Estadio Centenario. Tenían botellones con agua para los pasajeros, baños químicos, una sala de espera en el asfalto, música y altavoces, carpas para protegerse del sol y hasta un carro de chorizos. Fue una terminal de campaña. El público lo entendió. Pero en Tres Cruces, a unas cuantas calles de allí, todos los medios de prensa exigían novedades del servicio. «Una situación de emergencia exige verticalidad y todo el equipo se adaptó», cuenta Lombardi. «Las decisiones se tomaban y no se discutían: se ejecutaban». Fue una improvisación colectiva entre vecinos, autoridades y comerciantes. En un mes, a fines de enero de 2011, la terminal volvió a correr en un ciento por ciento, y en cinco meses se reabrió el centro comercial. Hubo que reconstruir una treintena de unos cien locales. El shopping volvió a ser un lugar de fantasía.

—Más que pesadillesco fue inolvidable —dice Torres.

Un incendio ayuda a desajustarte el cuello. Para Pablo Cusnir, gerente de marketing, hombre de acción y de ventas, ir a trabajar con corbata era necesario para un ejecutivo, como un chef se pone el delantal para cocinar. Había enterrado su pasado de melenudo hijo de una peluquera, de tronco incapaz de meterse en una camisa, de pies histéricos contra los zapatos. Cuando no llevaba corbata, Cusnir se sentía muy incómodo de tratar con otros comerciantes. En las semanas posteriores al incendio, nadie en Tres Cruces se preocupó demasiado por volver a los trajes. Elegían un pantalón digno para caminar entre los restos del fuego. Era verano y el incendio acostumbró a Cusnir a andar sin corbata. Meses después, el gerente de marketing cambió el timbre de llamadas de su teléfono. Había empezado a odiarlo. Desde el día de la tragedia, cada vez que lo llamaban a su teléfono era el ruido de un problema. Lo llamaban su esposa o su madre y más líos. Lo llamaban desde las seis y treinta de la mañana hasta las once de la noche para contarle más problemas. Ya lo tenía asociado: el timbre de su teléfono sólo anunciaba un lío tras de otro. Un día, en una reunión de trabajo, el ruido del teléfono de uno de los presentes lo crispó. Era el mismo timbre de su teléfono los días posteriores al incendio. Un fantasma en forma de ringtone.

—Era como un vacío —dice Cusnir—. Se me ponía la piel de gallina.

El gerente de marketing buscó otra melodía.

Hoy contesta con rock&roll.

El único hombre que una mujer espera conocer tras un incendio es un bombero. Hay excepciones que se oponen a esta lógica. Dos días después de esa trágica Navidad, Natalia Benavides, una mujer rubia y alta que trabajaba en el departamento de Atención al Público, acudía a la terminal improvisada en el estadio Centenario para recibir a los pasajeros. David Souza, un cajero de la empresa de ómnibus General Artigas, más bajito que ella, iba al mismo lugar para recibir a los buses de su compañía que llegaban desde Brasil. «Traté de ser amable y le dije que hablaba otros idiomas, que cualquier cosa me consultara», dice ella. «Vio que yo tenía dificultad para hablar portugués», dice él, «y aprovechó para lucirse diciendo que hablaba distintos idiomas». Él empezó a invitarla a salir; ella no quería. Él insistía; ella se disculpaba. Él nunca había tenido una historia estable con nadie; ella pensó que nunca podría estar con alguien como él. Un día antes de acabar el año, ella ofreció darle el número de teléfono de cualquiera de sus compañeras si él aceptaba llevar en su moto a un amigo que le compraría cigarros. Él dijo que lo llevaba pero que sólo quería el número de ella. Ella no le dio ningún teléfono; él le pidió su número al amigo. Él empezó a escribirle mensajes; ella empezó a responderle. Ella y él compartieron el mate. Ellos tuvieron un hijo. Ellos se conocieron por un incendio. Allá ellos.

 

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Ilustración de Héctor Huamán

 

***

Todos creen que la Señora Q conoció a su marido en Tres Cruces. El prejuicio se disfraza de fantasía: tiene algo de lírico y aventurero conocerse en el paradero de un autobús y mejor si llueve. Pero cuando Raquel Quirque, la Señora Q, empezó a trabajar en el Café del Andén, ya llevaban nueve años y una nena juntos. Había trabajado en una pizzería del Montevideo Shopping, donde conoció a los futuros dueños del café. En verdad, había trabajado en todos los shoppings de Montevideo. «Una terminal de buses es especial», dice la Señora Q. «Es otra gente, otro movimiento, otra curiosidad. Quería trabajar en Tres Cruces». El dueño del Café del Andén es un médico. Entonces era el doctor que iba a las casas de los trabajadores de la Compañía Oriental de Transportes para confirmar si estaban enfermos. Un día fue a casa de ella para controlar la salud de su esposo. El marido había empezado a trabajar en el garaje de la COT: llevaba los camiones al lavadero y los devolvía al estacionamiento. El enfermo se convirtió en chofer cuando inauguraron Tres Cruces, y ella en la Señora Q. Dormir con un conductor de ómnibus es a fin de cuentas procurar que en la carretera nunca se vaya a quedar dormido.

—Es una gran responsabilidad mantenerse despierto —dice ella, parpadeando.

Hay alguien que sabe bastante de choferes sin tener que dormir con ellos: Julio Sánchez Padilla es propietario de la empresa de transportes CITA y unos de los fundadores de Tres Cruces. Hay en su figura de patriarca y en su biografía la sospecha de que sabe demasiado: juez de baloncesto en los Juegos Olímpicos de Roma y Tokio, récord Guinness por dirigir sin interrupciones el programa televisivo de fútbol más antiguo del mundo —Estadio 1, todos los lunes desde 1970—, y un guerrero sobreviviente de dos infartos. Sánchez Padilla cuenta historias con la pausa de quien sabe que es escuchado. Décadas de polémicas televisadas entre el bien y el mal, décadas de convivir con choferes que cargan vidas y toneladas. El Señor del Récord Guinness recuerda sobre todo a uno de sus conductores de ómnibus, un tal Febres. Dice que era un tipo elegantón, prolijo y puntual. Dice, además, que ya ha muerto.

—No hay más choferes como Febres —lamenta el Señor del Récord Guinness—. La gente se toma sin amor la tarea por la que en algún momento pidió por favor.

La Señora Q, que lleva durmiendo más de veinticinco años con el mismo chofer, cree que no hay conductores como Montiglia, su marido al volante de un Scania. Tiene un hijo que trabaja tan despierto como su padre en el Departamento de Encomiendas de Tres Cruces. Tiene una nuera que también trabaja en Encomiendas en Tres Cruces. Y tiene una hija que trabaja en una tienda de ropa, que no está en el shopping de Tres Cruces pero que va a visitarla a Tres Cruces. Hay miles de estudiantes universitarios que viajan casi todos los fines de semana al interior, y miles de ellos recibiendo encomiendas de sus padres: cajas con comida, ropa arreglada, animales. Y van a Tres Cruces por esas cajas, por la camisa planchada, por el guiso que el viernes les hizo la madre. Van desesperados en busca de esa caja. Van a romper lo que la envuelve. Es una caja de la conexión con la tierra. Enviar una encomienda sigue siendo enviar una caja. La comida favorita de mamá no se puede enviar por Internet. Y en Uruguay todos los viajes son cortos. Por eso los guisos llegan bien.

Su hijo, que trabaja entre guisos ajenos, ve a veces más animales que gente.

—Ve pollitos casi a diario —dice la Señora Q—. Pollitos en vaivén. Van y vienen en cajas con agujeros.

Su hija, la única del clan que no trabaja en Tres Cruces, también va a la terminal.

—Pero viene a ver a la madre —me dice la madre.

—¿De qué habla con su marido todos los días?

—De todo, menos del trabajo. A pesar de que él lleva a tantos pasajeros, yo soy quien conversa más con la gente.

Hay quienes vuelven a casa para olvidarse del trabajo.

Hay quienes hacen de olvidar todo un trabajo.

Samantha Navarro tiene una canción de Tres Cruces.

No es cumbia. Ni tango. Ni candombé. Es desamor.

La cantante tiene un cabello frondoso y ondulado como sus canciones. Y dice así: ♫Terminal Tres Cruces/grissssss amanecer/toma tu mochila/no te quiero ver♫. Se trata de un amor de verano, de una despedida. ♫Terminal Tres Cruces/ que te vaya bien/ yo te quise tanto/ pero ya no sé♫. Deseo. Desengaño. Duda. ♫Y ahora estoy perdiendo tooooodo lo que encontré/y me estoy odiando♫. El remate de la canción dice: ♫Y me estoy sangrando♫. Tres veces. Tres Cruces. Crucifixión. El personaje de la canción, según ella, no es ella, aunque todos creamos que es ella. Es un personaje mixto que compuso oyendo historias de despedidas. «Quise tratar toda la terminal como si fuese una sola persona», se explica. «El personaje que me inventé siente que no va más a ser capaz de amar». Lo que no inventa Navarro es que Tres Cruces ha atravesado su vida como sus más de trescientas canciones. Cuando era niña, tomaba un ómnibus que pasaba por el descampado donde iban a construir la terminal. Estudió guitarra, química, antropología. Es sumiller, escribe cuentos de ciencia ficción, canta. Cuando viaja a dar conciertos en el interior, Samantha Navarro sube a un autobús de Tres Cruces. Desde la ventana del ómnibus de su infancia vio cómo movían una plaza cuando construían la terminal. Por entonces trabajaba de secretaria y estudiaba química en la universidad.

—Era como un lugar de perturbación cuántica —recuerda la cantante—. Un movimiento de máquinas y de cosas que yo jamás había visto.

—Se creó un nuevo centro de la ciudad —dice el Señor del Guinness.

—¿Qué hace usted cuando va a la terminal? —pregunto.

—Sólo saludar —añade él—. Nada más. Porque todo el mundo está en movimiento.

El Señor del Guinness tuvo en su poder la maqueta de Tres Cruces cuando allí aún no sucedía nada. En 1990, años antes de su inauguración, Julio Sánchez Padilla era el Señor del Transporte en Uruguay. «La terminal era lo fundamental», insiste. «El shopping, lo accesorio». Dos décadas después llegó el incendio. El ex presidente de la Asociación Nacional de Transportistas, quien conoce de infartos, sabe que una tragedia puede convertirse en un estilo de resucitar. Hoy Tres Cruces luce sin mamparas, sin albañiles, sin ruido. Lo que La Cantante del Pelo Frondoso veía por la ventana del ómnibus cuando era niña es hoy otra canción. No es más bulla bruta: es orquesta fusión, escenario de encuentro y despedida, ensayo de laberinto. Los habían insultado por querer construir una terminal allí. El día de la inauguración de Tres Cruces, Sánchez Padilla colocó una placa dorada en el hall principal. Dijo un proverbio conocido: «Las grandes obras las sueñan los santos locos, las ejecutan los luchadores natos, las disfrutan los felices cuerdos y las critican los inútiles crónicos». Toda frase entre comillas demanda enemigos para su futuro. El Señor del Guinness es un militante de Peñarol —«a usted se lo puedo decir porque es extranjero»— y un admirador de Carlos Lecueder, el presidente del directorio de Tres Cruces que viaja por el mundo y regresa con ideas para sus centros comerciales. Hoy el patriarca de los transportistas casi no visita la obra. En su lugar, cada miércoles, su empresa lleva a cientos de niños del interior a visitar Montevideo.

—Algunos que vienen del interior más alejado —dice Sánchez Padilla— no conocen el mar.

La Señora Q tiene una vista privilegiada a un mar de extraños. Y tiene un don: Quirque es un imán a quien uno se acerca a contarle algo. Una mujer gorda y rubia aparece caminando frente a la sala de espera y aumenta su sonrisa cuadro por cuadro cuando se da cuenta de que ella la mira. Durante tres años y medio, Sandra Díaz Reyes limpió un baño de mujeres en Tres Cruces. Durante tres años y medio vivió de un sueldo, pero sobre todo de las propinas que le dejaban otras mujeres. Había llegado como una empleada de escoba y trapeador hasta que un día faltó la señora responsable de ese baño frente a un Mc Donald’s. Desde entonces Sandra Díaz Reyes lo cuidó como si fuese una prolongación de su casa. Compraba con su dinero un perfume más agradable que el desinfectante oficial, lo decoraba como si fuese su sala durante las fiestas de fin de año, les pedía a sus clientas que, por favor, lo dejasen impecable. Nada como la fila de un baño de mujeres para empezar a conocer a una mujer: «Veía a las que andaban en la cola y sabía quién me iba a dejar limpio el baño», recuerda la Señora que Limpiaba Retretes. Esa tarde, en medio de la multitud de pasajeros que andaban por la terminal, ambas se detuvieron a conversar en la sala de espera. Como si tuviesen un radar para identificarse.

—Nosotros vemos más allá de lo que ustedes piensan —dice la Señora Q—. Detectamos a todos con una mirada de rastreo.

No se acordaba del apellido de la Señora que Limpiaba Retretes. En Tres Cruces, la memoria del detalle es neblinosa. Recuerdas episodios estelares, olvidas los nombres completos. Es una memoria emotiva, dramática, anecdótica. Sandra Díaz Reyes dejó de atender el baño de mujeres cuando se separó del padre de sus primeros cinco hijos. La empresa de conservar un baño público impecable tiene más de amor propio que de detergente. La imagen cinematográfica de un baño de mujeres tiene un olfato más cercano a la vanidad que a la fisiología, a los lápices de labios que a los intestinos. Los baños de Tres Cruces no son cinematográficos: son de necesidad urgente, de gente haciendo cola, de impacientes. La Señora Q recuerda un día trágico. Fue al año siguiente de inaugurar Tres Cruces. Sandra Díaz se había tomado su media hora de descanso y la estaba cubriendo una compañera. La muchacha de limpieza empezó a gritar y llamó a los de seguridad: había encontrado un feto en la bolsa de una papelera.

—Fue mi peor día en Tres Cruces —dice—. El otro fue el incendio.

La Señora que Limpiaba Retretes sabe que un baño es un gran teatro. Hay tragedias y comedias.

—Yo era muy histérica con la limpieza —dice ella sobre el baño de su casa—. Aprendí lo que mi madre me enseñó. Y mis hijas también.

La Señora que Limpiaba Retretes cree en la limpieza absoluta y en la Biblia. Capricornio risueña, no cree en el zodíaco. Cree en el Dios de los Evangelios, en el trabajo y en los amigos de su antiguo trabajo. Cree en tener siete hijos y en una madre que trabajó con ella limpiando los baños de la terminal y de un restaurante por las noches. Hacía sus compras en Tres Cruces. Celebraba los cumpleaños con sus amigas de Tres Cruces. Se fue a vivir a dos cuadras de Tres Cruces. Cuando se quedó sin trabajo en Tres Cruces, iba a visitar a sus amigas a Tres Cruces. Les vendió ropa en Tres Cruces. Trabajó en una fiambrería. Fue guardia de seguridad. Limpió casas. Conoció a su segundo esposo. Tuvieron dos hijos y abrieron juntos una panadería. «Yo venía del interior, de Salto. Tres Cruces marcó mi vida», dice la Señora que Limpiaba Retretes. «Allí aprendí que podía salir adelante con mis hijos». En ese tiempo, tenía cinco hijos. Uno de ellos era un futbolista del futuro: Luis Suárez, el número 9 de la Selección de Uruguay, aún no era el chico de los dientes de conejo que intimidaría a los arqueros del mundo. Tenía menos de diez años cuando iba a buscar a su madre al baño de mujeres de Tres Cruces. Sus hermanos lo mandaban a pedirle el dinero para comprar cosas de comer y el niño subía por las escaleras desde el baño hasta el supermercado. Luis Suárez jugaría en el Nacional de su país y en el Ajax de Holanda. Luego sería el chico del Liverpool de Inglaterra que haría que los porteros se arrepientan de cuidar su puerta. La madre de uno de los futbolistas más famosos del mundo fue una señora que fregaba baños.

—Me molesta que a veces la gente se te arrima por lo que él es hoy —dice su mamá—. Yo sé distinguir a las personas. Por eso tengo mi gente en Tres Cruces. Hoy aparece el tío y el primo que nunca existieron. Pero yo sé quién estuvo siempre.

La Señora Q recuerda a un hombre que estuvo siempre.

—Lo conozco desde que arreglaba los enchufes —dice—. Ahora arregla los problemas de todos.

El Señor Que Arregla los Problemas de Todos es un título todopoderoso. Exige casi una reverencia. Pero Eduardo Robaina es un señor calvo a quien le ha costado todo, incluso su barba de candado. El título del Señor Que Arreglaba los Enchufes nos devuelve a sus orígenes. Dejó tres años de estudios en una facultad de ingenieros para meter el músculo en una refinería. Bajó de las alturas de cálculos y proyecciones para sumergirse en un subterráneo de combustibles y cemento. El trabajo de un hombre lógico y rudo. Estudió hidráulica, termodinámica, química, tanques, bombas, logística. Trabajar en una refinería es un gimnasio del peligro: ser capaz de producir obras gigantescas y estudiar miles de detalles para evitar una catástrofe. Esa fue su escuela. Robaina entró en Tres Cruces como medio oficial de mantenimiento, un señor que proveía de enchufes y clavos. Hoy es el jefe de Operaciones. «Toda la bondad que hay adentro del gordo es la misma de cuando andaba poniendo enchufes», informa la Señora Q. «Pero no es lo mismo andar arreglando enchufes que tener que mandar a tanta gente». Robaina tiene todas las llaves maestras y todas las posibilidades de equivocarse.

—Nuestro trabajo es solucionar problemas —dice desde su más de cien kilos—. Y dentro de las ventajas de esto, a veces se puede ser humano.

El Señor que Arreglaba los Enchufes es una antena humana. Una escena se repite siempre en Tres Cruces: hombres, mujeres y niños enfermos a quienes el Ministerio de Salud Pública les paga un pasaje de bus para atenderse en un hospital de Montevideo. Regresar a casa depende de los cupos que les reservan por ley las empresas de transporte. A veces se quedan un día entero en la terminal esperando volver. A veces el Señor de los Enchufes paga la comida de una madre que espera con su hijo. La Señora Q lo ve a veces rebuscando dinero en sus bolsillos. Un enchufe siempre está ahí, humilde y explosivo, como esa rendija de la que nos previenen cuando niños. El Señor Que Arreglaba los Enchufes anda siempre con un radiotransmisor por Tres Cruces. Da la impresión que podría resolver hasta las penas de amor.

***

A la Señora Q, que conversa con miles de extraños como si fuesen su familia, también le toca callar. Hay un hombre que habla solo, es un monólogo y ella sólo lo mira, sonríe y asiente frente a él. Hay señoras que cuentan sus líos con el marido porque eso las oprime. «Se acostumbran a uno», dice. «O uno se acostumbra a ellos». Sólo hay que darse cuenta hasta dónde quiere llegar la gente. Están los que te cuentan todo y que nunca más los vuelves a ver. O están los que se saludan durante años y un día se van a vivir juntos, como Pablo Cusnir, el gerente de marketing que empezó de cadete y saludaba a una chica bonita de DHL que hoy es su esposa. Es normal que la Señora Q se encuentre aquí con gente de su ciudad, con ex compañeros de estudio, con amigos de la infancia. En Tres Cruces, encontró a las monjas de su colegio Nuestra Señora del Huerto. Cuando iba a la escuela, a las monjas sólo les veía la cara. Hoy ya les puede ver el pelo.

—La hermana Domitila —dice— sólo se acordó de mí cuando le dije quién era.

Uno de los mayores homenajes a un maestro es que años después un alumno cruce la calle sólo para saludarlo. Hay quienes pasan de largo. Otros corren a abrazarlos como si el azar fuese un milagro. Un día la administradora de Óptica Lux encontró en Tres Cruces a su profesor de Historia. Sólo recordaba su nombre: Ángel. Lo distinguió desde sus anteojos con 0.50 de miopía. Desde que se inauguró la terminal, Ana Claudia Casas trabaja nueve horas al día viendo a gente que no ve bien. A veces a la Chica de las Gafas le toca atender a gente con buena vista. Casos para el neurólogo Oliver Sacks.

—Venían a la óptica a pedirnos que les cortáramos el pelo —sonríe.

Uno de sus clientes la ve en Tres Cruces desde niño. Ha sufrido dos desprendimientos de retina. Tiene -31 de miopía.

—Hoy instala cables de fibra óptica —dice ella.

El destino es irónico con efectos especiales.

El gerente general de Tres Cruces, por ejemplo, no guarda su automóvil en el estacionamiento de la terminal: paga un parqueo privado frente a ella.

—Aquí no hay excepciones de privilegio —dice Lombardi.

Lombardi, un contador público que se aburrió de la contabilidad, tiene hoy la experiencia de calmar incendios.

—Un día —dice— detectaron que un miembro de Al Qaeda había pasado por aquí.

Interpol tiene una oficina en Tres Cruces. En ella no sólo se encuentra un país.

Ves a bolivianas que llegan a trabajar en casas de familias de clase alta.

Ves a extranjeros subir y bajar de los nueve mil taxis que llegan por día.

Ves a barras bravas de argentinos, brasileños y uruguayos.

Ves a bolivianas regresar maltratadas de las casas de la clase alta.

—Vi caer a uno del segundo piso —dice la señora Q—. Vino caminando, levantó la pata y se tiró. Un guardia del Café del Andén no lo pudo detener. El hombre saltó por encima de la baranda como si huyera de sí mismo y se fracturó una pierna seis metros más abajo. Nadie se daría cuenta de que el suicida no había muerto. Sólo preguntaron si se había tropezado.

—De tanto ver gente, ya no ves a la gente —dice la señora Q.

Lilian Lerena, una vecina que trabaja en la funeraria Previsión S.A., dice que sus clientes están vivos. El año anterior reconoció a un amigo de su infancia en la terminal. No lo había visto en más de treinta años. Hoy es dueño de una discoteca donde tocan cumbia.

—Quedamos que un día iba ir al baile —sonríe ella.

Natalia Benavides, ex promotora de Atención al Cliente, se acuerda de cosas que desaparecían.

—Un señor nos fue a preguntar si habíamos encontrado su dentadura postiza. No recordaba si la había olvidado en el baño.

Hasta que alguien la encontró.

Tres Cruces tiene un Departamento de Objetos Perdidos.

Si pasa un tiempo sin que nadie reclame su bicicleta o su paraguas, la compañía no los conserva. Los dona a escolares de Montevideo quienes, con suerte, no los perderán. Natalia Benavides aún cree en la especie humana.

—Es más la gente que devuelve que la gente que no devuelve —dice.

—¿Cómo se ve el mundo desde Atención al Cliente?

—La gente se ve como loca —dice ella—. Sin tiempo para nada. Y no se trata de una sola persona. Son todos los que pasan.

Nos devuelve la mirada en el reloj.

La Señora Q es tan puntual que es impuntual: llega media hora antes a trabajar y bebe mate en la entrada de Tres Cruces. Existen allí dos mundos, el de arriba y el de abajo. Ella trabajó nueve años en el primer piso y siete años en el segundo. Hoy está de vuelta en el epicentro. Quien va por arriba quiere comprar: pasea, mira, escoge. Quien va por abajo quiere viajar: toma mate, espera, conversa. Después de unas cinco horas en bus, a quien llega de viaje no le apetece ir al shopping de Tres Cruces: va en busca de un taxi o un abrazo. Los abrazos en mayúscula son el gesto más natural entre sus más de cincuenta mil pasajeros por día. Hay también allí actos solitarios, quién sabe si más del cielo o del infierno. Desesperados: un hombre se disparó un tiro en la cabeza en un inodoro. O absurdos: un señor murió tras atorarse un pedazo de costilla en la garganta.

—Tres Cruces es la gente —dice la Señora Q—. Alrededor de él giramos nosotros.

Antes de despedirse, Raquel Quirque, tres Q en trece letras, como nunca, parpadea. Donde hay multitudes, hay personas en serie. Uno es el mendigo, que exige el dilema constante de la caridad: dar o no dar. A veces, como no puede regalarles una medialuna del negocio, ella busca monedas de su cartera. A veces, cuando les da de comer, tiran la comida. Donde hay multitudes, hay también gente fuera de serie. Uno que otro maniático. Por años, la Señora Q tuvo un cliente que iba todos los días a desayunar. Era soltero. Trabajaba en un supermercado. Vivía en una casa oscura donde se había impuesto la costumbre de encender una sola luz a la vez. Por años buscó a la mujer que le servía el café como él quería: cortado tibio, dos sobrecitos de azúcar, sin espuma. Por años no faltó nunca y la única mañana en años en que no pudo ir telefoneó para avisar que no lo esperaran. Fue a Tres Cruces desde el día de su inauguración hasta que se jubiló. Hoy ya no se le espera, pero la señora que sirve el café sabe qué decirle cuando vuelve.

 

 

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Texto publicado en el “Hacer la América. Historias de un continente en construcción”, Tusquets y Corporación Interamericana de Inversiones, 2014.

 


February 23, 2015

Etiqueta Negra 123

Un texto de

LOS MATACABROS
EN SANTIAGO DE CHILE

Un Testimonio de Pedro Lemebel

Pedro Lemebel

De chicuela nunca fui una belleza, lo único cercano a lo gracioso era mi naricita de cierva que el botellazo de un borracho hizo trizas años más tarde. Pero en aquel pimpollo adolecer, era un lánguida gorriona de barrio, un palillo de flaca con piernas de jirafa que parecían brotarme de las axilas y terminaban en unos piesecitos de geisha, tan bellos, tan perfectos, pero lamentablemente escondidos en zapatones de hombre. Nunca fui linda, algo agraciadita y producida como me lo permitían las chauchas que ganaba haciendo de un cuanto hay en mi tiempo libre. Nunca fui guapa, pero era joven y tierna, lo que siempre equivale a un plus de belleza. Y sólo por ser pendeja, me permitía caminar balanceada por la Gran Avenida creyéndome en Times Square una gloriosa noche de Año Nuevo.

En aquellos festejos hogareños, donde repicaban las campanadas de mi pubertad, después de las doce, luego de los abrazos y del reiterado rito familiar del pollo con ensalada de apio y las miles de bienaventuranzas que mi madre echaba a volar con sus pronósticos felices; me lanzaba a la calle buscona, me tiraba a la calle frenética, recorriendo kilómetros de acera, esquivando los autos que culebreaban las primeras luces del año entrante en el acalorado amanecer.

De adolescente ingenua, ya hacía la calle olfateando algún paquetón a punto de reventar el jean del aguinaldo obrero. En eso iba, trotona y locuela con mi almita en fuga, mi almita ahogada, mi almita proletona, divisando a lo lejos el vapor de un joven desaguando la parranda nochera. En eso iba, sin darme cuenta que un auto oscuro con las luces apagadas me seguía despacito. Y en un brusco acelerar, la violencia de una agarrón me echa arriba, al asiento trasero, de bruces sobre las rodillas de varios muchachotes. En el asiento delantero del vehículo, iban otros, riendo y cantando: «Son quince son veinte son treinta. Te vamos a dar duro. ¿No andas buscando eso? Tómate un trago maricón», me obligaban a beber chorreándome la cara de pisco que corría por mi cuello ardiendo. «Son quince, son veinte, son treinta», súbele el volumen, ponla más fuerte, por si este maraco se pone a gritar cuando le reventemos la botella en el culito. Casi ni respiraba muerto de terror con los ojos fijos, sintiendo esas garras estrujándome la piel de naranja, la piel de gallina erizada, en el pavor de encontrarme con la pandilla de la Naranja Mecánica en su noche de rumba. «Son quince, son veinte, son treinta», los escuchaba cumbiar, y yo no sabía si eran cinco, siete o quince apretujados en el furgón. No podía saberlo, no me atrevía a levantar la cara enterrada en la entrepierna del que cantaba «Son quince, son veinte, son treinta». «Páramelo por hueco, ni siquiera se me pone duro», me retaba hundiendo mi cabeza en su bulto. «Te vamos a romper el hoyo con esta botella. Pero antes hay que bajarle los pantalones para ver si cabe ese botellón». El auto era más bien un station wagon tipo carroza funeraria, que volaba tétrica por la Panamericana rumbo a los cerros cercanos. «Métele para al acelerador, que este maricón se nos puede morir antes». «Mira, está blanco del susto». Sentía crecer en mi interior la hoguera helada del miedo. No sabía cuántos eran, y sólo veía por la ventana el cielo sucio de la ruta y las bocas mojadas de los tipos riendo, tomando y amenazando con hacerme lo peor, mientras en la radio seguía girando: «Son quince, son veinte, son treinta».

Apenas clareando el Año Nuevo, iba yo en aquella siniestra carroza con el grupo de chicos malos que me habían raptado de la calle para animarles su festín. Pasaban a flashazos los autos a nuestro lado, relampagueando los ojos de mirada carnívora, canturreando, gritando que tenían una paloma para descuartizar antes del amanecer. En el espanto, creí captar cierta simpatía en uno de ellos. Mientras los cinco, quince, veinte locos se empinaban el frasco, gorgoreando y escupiendo, a él parecía incomodarle el carnaval de crueldad que tenían conmigo. Pero no decía nada, evitando mirar cuando sabajeaban mi cara en sus bultos mojados. «Son quince, son veinte, son treinta», rodaba la radio, rodaba la carretera y rodaban sus dedos afilados hurgándome con rabia el chiquitín. En un momento la tensión era extrema, el corazón me salía por la boca, la taquicardia aceleraba el desmayo, pero seguía viendo sus caras lustrosas, excitados, recordando que habían hecho lo mismo con una loca vieja la semana anterior. Pero este tiene el culito blanco. Tiene el culito cerradito. Te vamos a partir el ojete, decían virulentos. Vi al más fiero con el gollete empuñado en su mano. Cerré los ojos y sentí un nudo de pavor que iba en aumento, con la música, los alaridos y el estallar de la botella en alguna parte… Pero extrañamente no escuché ningún ruido. En un minuto la escena del thriller estaba muda, los veía en cámara lenta agrandarse frente a mí, pero en completo silencio. Entonces me vino esa paz de algodones que relajó hasta mi pelo (entonces tenía pelo). De pronto, no sentía miedo, el terror se había evaporado con la garúa luminosa del parabrisas. Podía ocurrir lo peor y en esa calma celeste era mi blindaje. A lo lejos susurraba la radio «Son quince, son veinte, son treinta», pero una emoción sublime me mantenía inmune frente a ellos. «Y qué le pasa a este maraco que se puso así», gritó el más violento. «Tiene cara de santa», dijo otro esquivando la mirada. «Se está haciendo la virgen para salvarse, el culiado. Espérate que lo despierte con este vidrio en la cara». A la luz tuberculosa del alba, giré la mejilla lentamente y la ofrecí en bandeja de Salomé al forajido. Se quedó con el vidrio chispeando en su mano temblorosa. «Ya pos», le dijo el chico del asiento delantero, «márcalo si eres tan gallo. Rájale la cara si eres tan hombre». El tipo seguía con la botella rota en alto. El chico de adelante, lo provocó una vez más, y después riéndose, subió el volumen de la radio y miró para afuera. No te atreviste, te la ganó el maricón. Hácelo vos pos conchetumadre. Y a quién le sacai la madre, hijo de puta. A vos que te hacís el valiente con este pobre gallo. Parece que le gusta el maricón, bromeaban los otros. Para el auto, bájate guebón. Las ruedas rechinaron en el frenazo. En la pelea, discutían tan fieros que en un minuto se olvidaron de mí. Y todo fue por este maricón. Échalo de aquí y sigamos tomando. Ya, te fuiste, desaparece, me dijeron empujándome abajo. Y sin esperar que me lo repitieran, salté a la calle y eché a correr viendo desaparecer la negra carroza por la carretera. Sólo ahí logré sacar el aire. Ufff, de la que me salvé. Y caminando, caminé sonámbulo como levantándome de un sueño pesado. Había perdido toda mi energía en ese esfuerzo. En el aire, jirones del sol encobrecían los pastos pobres del Santiago sur. La carretera se perdía en los cerros violáceos y todavía me quedaban horas caminando de regreso a mi casa. Pero estaba vivo y libre como una gorriona en el aclarar. «Son quince, son veinte, son treinta», creí escuchar a la distancia, mientras en el cielo, un cacho de luna, guiñándome un ojo se iba a dormir.


January 23, 2015

Pedro Lemebel

Un texto de


January 23, 2015

Etiqueta Negra 52

Un texto de

EL HOMBRE
QUE ELIGIÓ
EL BOSQUE
Y LO ASESINARON

Un día el electricista Edwin Chota se mudó a la Amazonía del Perú.
Allí se enamoró de una mujer asháninka, ayudó a los nativos
de la comunidad Saweto a organizarse y se convirtió en su líder.
Durante más de una década vivió amenazado de muerte
por denunciar la tala ilegal de árboles en sus tierras.
Sus pedidos de protección fueron ignorados.
Los traficantes de madera lo asesinaron.
¿Cuántos hombres más deben morir
para que volteemos a mirar un árbol?

Un perfil de Joseph Zárate
Fotografías de Tomás Munita

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Fotografía de Tomás Munita

Quienes lo conocieron dicen que Edwin Chota tenía una sonrisa exagerada, amplia, contagiosa, con un agujero visible por la falta de uno de los dientes delanteros. Alberto Chota Tenazoa, su padre, cuenta que dos años antes de que mataran al mayor de sus cinco hijos, Edwin Chota había perdido ese diente comiendo un plato de tallarines con tortuga. «Mordió un hueso —recuerda—, pero sólo se rió, tiró el diente y siguió comiendo». El cazador asháninka Jaime Arévalo, miembro de la etnia más numerosa de la selva peruana, se acordó de aquel diente ausente cuando desenterró el cráneo de su amigo. Llevaba toda la mañana sumergido junto a unos policías en un pozo de agua marrón, cerca de la frontera con Brasil, hasta donde un río había arrastrado el cadáver de Edwin Chota devorado por gallinazos y lagartos. De aquel pozo de siete metros de profundidad sacó un fémur, unas costillas, una camiseta hecha jirones, una bota agujereada y una pulsera de colores todavía unida al hueso de la muñeca. Eran de uno de sus cuatro compañeros asesinados dos semanas antes en una quebrada cercana. Lo confirmó por un detalle: al cráneo le faltaba un diente.

A pesar de sus cincuenta y tres años y de ser flaco como una rama, Edwin Chota era un agricultor recio y un hábil cazador con la escopeta. Tenía la nariz afilada como de águila, el cabello sin un asomo de canas y la piel tostada por el sol. Imitaba el canto del gorrión y el rugido del tigrillo, jugaba bien al fútbol, y bailaba huaynos y forró brasilero moviendo su escuálido cuerpo como una marioneta. Cuando Edwin Chota sonreía, ese diente perdido, su incisivo superior derecho, era lo más notable en su rostro. Pero también lo era cuando protestaba. Como jefe de Alto Tamaya-Saweto, una comunidad de la Amazonía con más de treinta familias, Chota —el único adulto que sabía leer y escribir allí— se enfurecía y levantaba los puños cuando denunciaba a los taladores ilegales que explotaban a los nativos saqueando el bosque donde vivía. «Era el único momento en que estaba serio», dice Julia Pérez, su viuda. «Después era un bromista». Si sonreír es a veces un acto de diplomacia, Chota nunca arqueaba la boca frente un traficante de madera.

Para ir hasta Pucallpa, la segunda ciudad más grande de la selva peruana donde había nacido y crecido, Edwin Chota debía viajar siete días en bote. Allí visitaba a su padre llevándole motelo, una tortuga de carne tierna y sabrosa que se había convertido en su plato favorito. La última vez que se vieron, en el Día del Padre, Chota le contó que iría a Lima para ver si por fin hacían caso a sus denuncias. Las amenazas de muerte eran cada vez más frecuentes. Su padre le rogó que se quedara.

—No puedo —le dijo—. Yo de allá he de salir muerto.

Dos meses después, el 1 de setiembre de 2014, Edwin Chota fue asesinado junto a otros tres dirigentes asháninkas —Jorge Ríos, Francisco Pinedo y Leoncio Quintisima— en la selva del Alto Tamaya, mientras se dirigían a una asamblea en Brasil para organizar la defensa de sus territorios. Una bala de escopeta calibre 16 —especial para cazar animales del monte— le atravesó el pecho. Otra bala perforó su cabeza. El comunero Jaime Arévalo, quien se había adelantado a la reunión, regresó por el mismo camino al ver que sus compañeros no llegaban. Cinco días después encontró los cuerpos en una quebrada, a doce horas de camino de la frontera, y huyó corriendo a su comunidad por miedo a que también lo mataran. Las viudas y los hijos de los dirigentes asháninkas asesinados tuvieron que viajar tres días en bote hasta Pucallpa, sin detenerse, para hacer la denuncia. En Saweto no hay policía. El radio de dos canales que tienen —su único contacto con el mundo— apenas funciona.

La última vez que Edwin Chota viajó a Lima para denunciar a los taladores que lo amenazaban llamó a su padre de ochenta y dos años, y prometió visitarlo. Antes le había dejado una foto suya como recuerdo: se lo veía de pie, sin sonreír, vestido con su túnica marrón, su sombrero de plumas y el rostro pintado con líneas rojas, en una reunión de las tantas a las que asistía como jefe asháninka. «Para que si algún día me pasa algo, me veas», le dijo su hijo al darle la foto, antes de despedirse.

***

El hombre que murió por su comunidad asháninka no siempre fue asháninka. Cuando le contaron que su padre era jefe de una tribu indígena, Perla Chota pensó que era una broma. Para ella era imposible que el hombre que había visto por última vez a los nueve años, el bailarín fanático de los Bee Gees y John Travolta, el señor que jamás salía de casa sin la camisa bien planchada y los zapatos lustrados, ahora vistiera túnica, corona de plumas y sandalias y viviera en una casa de paja en medio de la Amazonía. Las hermanas de Edwin Chota, que vivían en Lima, estaban igual de sorprendidas. «No lo podíamos creer —dice Sonia Chota—. Mi hermano hasta hablaba un idioma raro». Sus familiares de la ciudad dicen que hasta hoy no entienden porqué Edwin Chota decidió defender a un pueblo que no era el suyo. Cuentan que la muerte repentina de su madre, cuando él tenía diez años, lo hizo alguien preocupado por los demás. En una casa llena de niños pero escasa de dinero, el futuro líder asháninka que enfrentaría a mafiosos del bosque era un chico reservado, sobresaliente en la escuela, que prestaba sus cosas para conseguir la simpatía de los demás. Sus hermanos y sus amigos repiten lo mismo: Edwin Chota ayudaba a otros para que lo quisieran.

Sobre su juventud hay recuerdos incompletos. Se sabe que terminó la escuela secundaria en Pucallpa, y que dejó la chacra de su padre —un ex obrero que trabajaba perforando pozos de petróleo— para volverse militar. Luchó como infante de marina en la guerra entre Perú y Ecuador y trabajó como electricista instalando cables de alta tensión en Iquitos. Sus relaciones amorosas duraban poco. Mientras estuvo en la guerra tuvo una novia indígena. Luego tuvo dos hijos —que la familia Chota no conoce— con una mujer mayor que pertenecía a la secta israelita. Hay quienes dicen que en esa época Edwin Chota se dejó crecer la barba y hablaba de la Biblia. Después se separó, tuvo una hija con otra mujer que lo dejó, y regresó a Pucallpa.

Elva Risafol, quien fue su mujer en esa época, cuando regresó a la ciudad —con la que tuvo un hijo que hoy es policía—, recuerda que Chota deseaba ir algún día a la selva para hacer algo por las comunidades desprotegidas que había conocido durante la guerra. «Él formaba sus castillos en el aire. Era muy idealista. Yo era más práctica. Yo le decía, en broma, que si vivía con una nativa iba a ser feliz. Creo que me hizo caso», dice Risafol, que se separó de él en 1997. Luego Edwin Chota desapareció de la ciudad. Cuatro años después, una madrugada, Edgar Chota escuchó que golpeaban en su casa en Pucallpa. Era Edwin, su hermano mayor, que llegaba de visita. «Me alegré tanto —recuerda—. Todos pensábamos que se había muerto».

Los recuerdos de lo que hizo esos cuatro años tampoco son claros. Dicen que a finales de los noventa Edwin Chota llegó solo a la selva del Alto Tamaya. Dicen que fue con unos amigos para trabajar como peón de chacra o vendedor de cuero de sajino. Dicen que llegó para olvidar sus fracasos y que se quedó por amor a una nativa. Lo cierto es que cuando Edwin Chota pisó ese territorio, Saweto ya existía. O al menos un cimiento de ella.

Los asháninkas habían llegado desde la selva central del Perú hasta esa parte de la frontera con Brasil a comienzos del siglo XX, en pleno boom del caucho: Europa y Estados Unidos compraban por toneladas el látex de los árboles para fabricar llantas de automóviles. Los asháninkas de Saweto eran descendientes de los nativos que habían llegado hasta ahí con sus antiguos patrones. Durante siglos los indígenas han sido explotados como mano de obra barata. Cuando el caucho se acabó, siguieron las pieles de animales exóticos. Cuando las pieles se acabaron, siguió la madera.

Los líderes indígenas denuncian que hoy sigue pasando lo mismo que hace décadas: los patrones les dan cosas materiales a los nativos —ropa, escopetas, motores para el bote, radios, víveres— a cambio de cientos de troncos de madera. Como la mayoría son analfabetos, los estafan con las cantidades y precios, y siempre terminan sacando más madera para pagar deudas. Cuando llegan los madereros, los animales huyen por el rugido de las motosierras. Los comuneros deben caminar más días por el monte para poder cazar algo para comer, y a veces no consiguen nada. Al igual que los tractores, los troncos arrastrados por el suelo vuelven la tierra inservible para la siembra. Los madereros incluso llevan enfermedades que los indígenas jamás padecieron. Hubo épocas en que los nativos morían por decenas con un simple resfriado.

En Saweto muchos asháninkas vivieron así hasta 1999. Cuando Edwin Chota llegó, algunas familias ya habían decidido terminar con la explotación y querían ser reconocidas por el Estado como comunidad. Así ellos mismos podrían aprovechar sus recursos y, sobre todo, acceder a algo más preciado: una escuela.

—Antes vivíamos dispersos —recuerda Diana Ríos, ex mujer de Chota—. Pero él nos decía que debíamos unirnos para que no nos engañen. Nos enseñaba a leer, a escribir, me llevaba a capacitaciones de mujeres indígenas. Ahora sé mis derechos. No era como otros. Por eso me enamoré de él.

Durante doce años, en un intento por proteger el bosque de los traficantes de madera, Edwin Chota envió más de cien cartas a diferentes instituciones del Estado peruano exigiendo la titulación de su comunidad: ochocientos kilómetros cuadrados de selva —casi la cuarta parte de Lima— penetrada por ríos que se extienden hasta la frontera con Brasil. Pero el gobierno se negó. Ya había entregado el ochenta por ciento de ese territorio a dos madereras peruanas. En 2002, un año antes de que Saweto fuera reconocida como comunidad indígena, un funcionario desde su escritorio en Lima cedió por veinte años esas tierras sin averiguar quiénes vivían ahí. Para que Saweto reciba el título de propiedad necesita que el gobierno anule o reubique esas concesiones madereras. Hasta que eso suceda, los asháninkas de esta zona no tienen legalmente el derecho de evitar que otros saqueen el bosque que habitan. No es un reclamo exclusivo de ellos. Más de seiscientas comunidades nativas en el Perú —la mitad de todas las que existen en el país— siguen sin ser los dueños legales de sus tierras.

Edwin Chota no hablaba asháninka con fluidez, pero logró que su comunidad tuviera mucho más que el paquete de alimentos de programas sociales que llegaban al caserío vecino. Saweto consiguió electricidad con paneles solares, un radio de dos canales para comunicarse con la ciudad, un tanque elevado para el agua y una escuela inicial. Además, los comuneros recibieron documentos de identidad. Antes de morir, Chota estaba gestionando la construcción de un local para la escuela primaria, que hasta ese momento funcionaba en su casa. El líder asháninka logró todo eso por sus gestiones persistentes ante la municipalidad, el gobierno regional y el apoyo de distintas organizaciones. Pero sobre todo gracias a la alianza que había establecido con los asháninkas de la comunidad de Apiwtxa, en Brasil. Chota deseaba tener lo mismo que los indígenas brasileños: un criadero de huevos de tortugas y otro de peces, un jardín de flores para exportar y bosques reforestados. Eso era ‘desarrollo’ para él.

Su trabajo, sin embargo, no dependía solo de su carisma para conseguir aliados ni de su tenacidad para exigir. El antropólogo ambiental Mario Osorio, quien hizo su tesis de maestría sobre Saweto para la Universidad de Kent, Inglaterra, recuerda que Chota solía ayunar antes de salir a hacer trámites, y tomaba ayahuasca. Decía que esa planta alucinógena, sagrada para los nativos, lo ayudaba a conectarse con el bosque. «Para Edwin, la protección de los bosques era una lucha espiritual», recuerda Osorio, quien se hizo amigo de Chota y le enseñó a usar Word y enviar e-mails. Los asháninkas creen profundamente en el mal. Edwin Chota había aprendido de ellos que en el mundo hay enemigos invisibles que también debía doblegar.

—Para ser jefe no importa si no eres asháninka, solo debes tener amor por nosotros, por nuestra cultura —dice Ergilia López, vecina de Chota—. Lo que tiene un hombre, tiene el otro hombre.

Durante esos doce años, Edwin Chota hablaba muy poco de su otra familia, la que dejó en la ciudad. Solo su círculo más íntimo —su junta directiva, su mujer— sabían que había tenido otra vida. Chota había partido su realidad en dos: en la ciudad estaban sus hijos Perla y Edwin; en la comunidad estaban Kitoniro y Tsonkiri. Era mejor así, decía, pues no quería ponerlos en peligro. Los madereros lo acechaban.

—A veces nos decía: «Qué hacen sufriendo acá. En la ciudad, si no se compra, no se come. En el monte, en cambio, hay todo: animales, yuca, pescado. Allí no les faltaría nada» —recuerda su padre—. Nos quería llevar para que también seamos asháninkas. Se molestaba si hablabas mal de ellos.

Una noche Edwin Chota se reunió con sus hermanos para ir a bailar cumbia a una fiesta en Pucallpa. Llegó acompañado de dos mujeres nativas que estaban descalzas. Sus hermanos se enojaron con él. «Edwin nos reclamó, nos dijo que todos somos iguales, que aceptemos nuestra raza, que nosotros también éramos indígenas —recuerda su hermano—. Él amaba esa cultura».

Chota decía que había tenido un profesor asháninka en la secundaria que le enseñó a no avergonzarse de sus raíces indígenas. También juraba que una de sus abuelas pertenecía a una etnia amazónica de Iquitos, pero sus familiares no lo reconocían. Lo que más rabia le daba era darse cuenta de que las personas —los gobernantes, los empresarios, los ciudadanos— creyeran, muy dentro de sí, que ser indígena significa ser pobre e inferior.

Perla Chota supo cuánto le importaba a su padre ser asháninka cuando lo volvió a ver en Pucallpa a sus dieciocho años. Edwin Chota le pidió perdón «por haber sido un mal padre» y abandonarla cuando era niña. Quiso que ella comprendiera que se había marchado para luchar por algo importante. La reconciliación funcionó, pero duró poco. Días después, mientras Chota almorzaba con unos extranjeros, vio pasar a su hija por la calle y la llamó para presentarla. Ella no lo escuchó y siguió caminando. Unas horas más tarde, cuando se vieron, Chota le reprochó: «Te avergüenzas de mí porque soy asháninka». Gritaron. Discutieron. Ella le devolvió la pulsera que le había obsequiado y se marchó sin despedirse. Ocho años después, mientras subía pasajeros al bus donde trabaja de cobradora en Lima, ella volvió a tener noticias de él. La llamaron al celular: su padre había salido en los noticieros.

—No se preocupó por mí, pero saber todo lo que hizo me hace sentir bien —dice Perla Chota con voz quebrada—. «Yo voy a ser grande», me dijo él. Tuvo que morir para que eso sucediera.

***

Es difícil transmitir la pasión por los árboles cuando lo que sobra es la indiferencia. Desde fines de los noventa, Edwin Chota y los nativos asháninkas veían con impotencia a grupos de taladores armados que se robaban sus árboles. Se los llevaban desde las cabeceras de los ríos Alto Tamaya y Putaya, navegando por más de una semana, hasta los aserraderos en Pucallpa. Cuando Chota los denunciaba, las autoridades le decían que los inspectores investigarían sólo si él les pagaba el bote, la comida y la gasolina para ir hasta allá.

—¿Quién va a defendernos? ¿Quién va a defender nuestro bosque? —reclamaba Chota ante unos periodistas de The New York Times, que habían llegado hasta un aserradero para indagar sobre el tráfico de madera—. No hay ninguna ley. No hay dinero para investigar. Sólo hay dinero para destruir.

Hubo un hombre que lo conoció e intentó hacer justicia. En abril de 2013, Edwin Chota apareció en el despacho del fiscal Francisco Berrospi para denunciar que cerca de novecientos troncos de madera habían sido extraídos ilegalmente de su comunidad y que estaban en un aserradero de Pucallpa. Berrospi recuerda que cuando conoció al líder asháninka entendió que su trabajo de funcionario público iba más allá de reunir pruebas para acusar a los traficantes de madera ante un juez. «Él tenía una conexión muy intensa con el bosque», dice. Y conseguía transmitirla. Esa mañana en su oficina, Berrospi, que sólo tenía cinco meses como fiscal ambiental de Ucayali, la región con más aserraderos en el Perú, decidió prestar atención a Chota e ir con él a un aserradero.

—Tócalo —le dijo Chota mientras colocaba su mano sobre un tronco enorme—. ¿No sientes como si un familiar se hubiera muerto?

Esa tarde, al regresar a la fiscalía, el líder asháninka se encontró con una amenaza de muerte. Hugo Soria, supuesto dueño de los troncos que serían incautados, le dijo: «Un sawetino va a morir y te voy a denunciar por narcotraficante». Edwin Chota había empezado a fastidiar a las mafias.

El tráfico de madera podría ser la versión forestal del narcotráfico, salvo por un detalle: funciona con documentos legales. En su informe La Máquina Lavadora, publicado en 2012, la Agencia de Investigación Ambiental —EIA por sus siglas en inglés— detalla cómo funciona este sistema. Según las normas forestales peruanas, las empresas madereras deben presentar cada año un inventario de árboles que existen en su concesión y que planean talar durante ese período. Pero es frecuente que esas listas incluyan árboles que crecen en otros territorios y que las empresas reciban la aprobación para vender cientos de metros cúbicos de madera que no les pertenecen. Como nadie los controla en el bosque, el mecanismo es sencillo: declaran la tala de una especie certificada, pero en sus camiones transportan los troncos de otraespecie en extinción. Dicen que talan en un bosque permitido, pero en realidad lo hacen en una comunidad nativa. Cortan setecientos árboles y sólo declaran la mitad. Según un informe de la revista Scientific Reports, más del sesenta por ciento de las concesiones otorgadas por el Estado peruano han servido de fachada para blanquear la madera. «La tala sucede en todas partes excepto donde según la ley debe ocurrir», dice Julia Urrunaga, directora del Programa Perú de EIA. El fraude sucede todos los días con el permiso de las autoridades. Los documentos con que se lava la madera son permisos oficiales llenos de información falsa, y fáciles de comprar en el mercado negro.

—No podemos ver si esa madera es legal porque no tenemos recursos —me dijo el ingeniero Marcial Pezo, cuando visité su oficina en Pucallpa—. Si la madera tiene documentos oficiales, pasa. No puedo ser adivino.

Por normas internacionales, solo la procedencia de los lotes de especies en peligro de extinción —como el cedro y la caoba de los muebles finos de Estados Unidos— debe ser registrada. Pero cuando los cargamentos de madera, sobre todo los de especies más comerciales, llegan a la Aduana trozados en tablas, investigar su origen es como rastrear huellas de hormigas.

En los exteriores de la Dirección Ejecutiva Forestal y de Fauna Silvestre de Ucayali, la institución que Pezo dirige y que se encarga de emitir licencias madereras, hay cientos de troncos decomisados pudriéndose con la humedad de las lluvias. Parte de esa madera es devuelta a los dueños que llegan con sus ‘papeles en regla’ para sacarla. En la oficina de Pezo hay un par de sillones hechos con cedro decomisado.

El presidente regional de Ucayali tiene más de cien denuncias por malversación de fondos. El vicepresidente es un empresario maderero que ha sido multado por el Estado por lavar madera ilegal. Los inspectores forestales que firman permisos fraudulentos siguen en sus puestos. Que las denuncias por tala ilegal —nueve de cada diez de las que llegan a la fiscalía— terminen archivadas es sólo el resultado lógico de un sistema corrupto. El ochenta por ciento de la madera que exporta Perú tiene origen ilegal según el Banco Mundial. A comienzos de 2014, la Interpol y la Organización Mundial de Aduanas hicieron un operativo contra la tala ilegal en el país y sólo en tres meses decomisaron tantos troncos como para llenar casi setecientos camiones de mudanza. Durante el operativo, las exportaciones de madera se desplomaron a la mitad. El Perú pierde anualmente unos doscientos cincuenta millones de dólares por los impuestos que evaden las madereras ilegales. Es más de lo que gana la industria forestal que opera dentro de la ley.

Lavar madera es un negocio rentable. La madera ilegal mueve hasta veinte mil millones de dólares al año, la misma cantidad que ganaron en 2012 las compañías de Wall Street. Pero es menos arriesgado que la bolsa: un estudio en Brasil, Filipinas, Indonesia y México, descubrió que la probabilidad de que el crimen de tala ilegal sea castigado es de 0.084%. Esto sucede sobre todo en países ineficientes, corruptos o víctimas de la violencia política.

A diferencia del dinero del narcotráfico, la madera ilegal es más fácil de lavar porque parece inofensiva. Mientras la cocaína mata, la madera de la Amazonía adorna la sala de una casa en forma de una mesa. Pocos se enteran de que en la selva del Alto Tamaya, como en otras zonas de la jungla peruana, hay nativos cortando madera en condiciones cercanas a la esclavitud; que hay cocineras en los campamentos madereros que son violadas por los taladores; que los jefes indígenas y funcionarios son amenazados y asesinados por no aceptar sobornos. La ONU considera al tráfico de madera similar al de los ‘diamantes de sangre’, que ha financiado guerras y violaciones masivas de derechos humanos en África. Sin embargo, las autoridades de Lima y Pucallpa, una ciudad construida al lado del bosque, siguen acumulando denuncias que nadie revisa. Ningún maderero ha ido a la cárcel por talar o traficar árboles en el Perú.

El ex fiscal Francisco Berrospi recuerda que para la mayor parte de sus investigaciones necesitaba viajar a zonas remotas, pero su oficina no tenía ningún bote o helicóptero para alcanzar campos de tala inaccesibles. Si decomisaba camiones, motosierras y árboles, los jueces solían forzarlo a devolverlos. Los sobornos eran tan comunes, cuenta Berrospi, que un fiscal anticorrupción lo animó a tomar los cinco mil dólares que le ofrecían para detener una investigación. «Escucha —le dijo su colega— en un año aquí puedes ganar bastante para construirte una casa, comprarte un auto. Es mejor así». Su mayor decepción, sin embargo, vino de jueces que se ponían del lado de los madereros. Una vez el ex fiscal decomisó setenta troncos. Una jueza ordenó devolverlos pronto al maderero.

—¿Sabes qué me dijo? —pregunta Berrospi con sarcasmo—. «¿Cómo voy a enviar a una persona a la cárcel por setenta troncos si en la selva hay millones de árboles?».

Berrospi se volvió un fastidio, una pieza que no encajaba. A veces lo llamaban en la noche para amenazarlo: «Vas a morir, perro». «¿Qué te crees? ¿Un héroe?». Hasta que en agosto de 2013 lo sacaron del cargo por ‘motivos internos’. Al poco tiempo, los novecientos troncos decomisados con ayuda de Chota fueron devueltos al maderero. Otro caso archivado.

—Me sentía frustrado, gritaba de cólera —dijo Berrospi—. Pero Chota no era así. Él reclamaba pero luego se calmaba, movía la cabeza y se preguntaba por qué no investigaban. Decía que yo no tenía contacto con la naturaleza, por eso me sulfuraba. Que debía andar descalzo para conectarme con la tierra. Siempre recuerdo cuando me hizo tocar aquel tronco en el aserradero. Yo sentí mucha pena, como cuando estás en un entierro.

La última vez que Edwin Chota estuvo en Lima fue para las Fiestas Patrias de 2014. En Pucallpa ignoraban sus reclamos así que visitó distintas instituciones del gobierno central para presentar una vez más sus demandas: el Parlamento, el Consejo de Ministros, la Defensoría del Pueblo, las autoridades forestales. «Desde que amanecía hasta que anochecía, a veces sin comer, Edwin esperó una respuesta en esas oficinas», recuerda Margoth Quispe, ex defensora del pueblo de Ucayali y asesora de Chota en temas legales. De todas las instituciones, solo Osinfor —encargada de sancionar la tala ilegal en los bosques—, aceptó visitar Saweto pronto.

El 30 de agosto, dos días antes de que lo mataran, los inspectores de Osinfor llegaron a la comunidad. Chota los acompañó en el recorrido por el bosque. En su informe —publicado después de las muertes de los cuatro dirigentes asháninkas— los inspectores concluyeron que las dos concesiones que están en el territorio de Saweto —ECOFUSAC y Ramiro Edwin Barrios Galván— talaban especies no autorizadas, sin plan de trabajo y sin pagar impuestos por su actividad. Nunca antes las autoridades habían llegado hasta ahí para verificar lo que Chota denunciaba desde hacía más de una década.

Sus compañeros —hoy también muertos— le contaron a la esposa de Chota que durante la inspección él estaba débil, que no comía, que casi se muere en el monte. Los madereros lo habían enfrentado. «Quieras o no vamos a entrar», le dijo un talador armado. «Vamos a ver quién gana: la comunidad o nosotros». Dos días después lo mataron.

José Borgo, coordinador de ProPurús, oenegé que apoya a Saweto en la titulación de sus tierras, fue un gran amigo de Edwin Chota. Siempre lo hospedaba en su casa cuando el dirigente llegaba a Pucallpa para hacer trámites. Al enterarse del asesinato, Borgo pasó días armando un expediente de más de doscientas páginas: eran todas las cartas, propuestas, solicitudes y denuncias que Edwin Chota había hecho en la última década. Todas ignoradas. También escribió cinco nombres en su libreta de apuntes. Era su lista de sospechosos.

—¿Sabes lo que más me indigna? —me preguntó Borgo. Estábamos en un bar de Pucallpa; la voz le temblaba de rabia luego de leer la lista—. Ninguna de las denuncias que Edwin puso contra estos hijos de puta prosperó. Ni una sola.

El experto en conservación entregó su información al abogado de las viudas. Hasta noviembre de 2014, dos taladores ya habían sido capturados. Pero la policía casi ha paralizado el caso y la búsqueda del último de los cuerpos por falta de presupuesto. Borgo dice que tiene la mochila lista para ir a Saweto e investigar la muerte de su amigo por su cuenta.

 

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Fotografía de Tomás Munita


***

En una de las pocas entrevistas a Edwin Chota que se pueden encontrar en Youtube, el líder asháninka lo anunciaba: «Me voy a poner al frente de mi comunidad. Quizá alguien tiene que morir para que nos hagan caso». No era su primera advertencia. En 2005, Chota pidió al gobierno peruano protección para él y las familias de Saweto porque los madereros ilegales amenazaban con matarlos. No recibió respuesta. Un año después denunció a un talador que intimidaba a los líderes indígenas. La justicia no lo atendió. El ciclo continuó por años: Edwin Chota denunciaba a los madereros ilegales y ellos respondían con amenazas de muerte. El gobierno no hacía nada. En 2012 puso otra denuncia por la deforestación de su territorio ante el fiscal ambiental de Pucallpa, pero fue archivada. Al año siguiente, el dirigente asháninka ubicó cada campamento ilegal con un GPS y fotografió a los taladores con sus motosierras tumbando en media hora árboles de más de cien años de antigüedad. Chota presentó las pruebas a la policía con los nombres y apellidos de cada uno de ellos. El caso también fue archivado. En 2014, cinco meses antes de que lo mataran, Edwin Chota lo advirtió una vez más: los mismos taladores, las mismas amenazas de muerte, el mismo rechazo. Las autoridades decían que no tenían dinero para ir hasta Saweto a investigar si lo que decía el jefe asháninka era cierto.

Para evitar la titulación del bosque, los traficantes de madera intentaron sacarse a Edwin Chota de encima: le ofrecieron sobornos de hasta diez mil dólares y lo acusaban de ganar dinero con las organizaciones que apoyaban a los nativos. Luego pasaron a las amenazas. Robaban los motores del bote comunal de Saweto, saqueaban sus chacras y animales, disparaban al letrero de bienvenida de la comunidad y a la bandera del Perú que los asháninkas izaban cada semana para cantar el himno. Durante la noche, los madereros pasaban por las casas disparando al aire. Corrían el rumor de que «alguien» de la comunidad iba a morir «si seguía jodiendo». En Saweto todos sabían que ese alguien era Edwin Chota.

Luego de la muerte repentina de un ser querido, solemos creer que las palabras que nos dijo la última vez, algunos sueños o incluso el canto de un ave que oímos eran señales de lo que vendría. Un día antes de que le dispararan, Edwin Chota tuvo un sueño: estaba en un campo en medio de la selva junto a su madre, su abuela y su tío, todos muertos años atrás. «Lo estaban llamando», dice Julia Pérez, su viuda, con siete meses de embarazo. Esa madrugada ella se despertó por los gemidos que hacía su marido mientras dormía. Eran las cuatro de la mañana. Chota se levantó tembloroso. Se puso unos jeans, un polo blanco de manga larga y unas botas de jebe. Empacó su mosquitero y su ropa en una bolsa negra, arregló su folder con documentos y se alistó para ir a la comunidad asháninka de Apiwtxa, en Acre. Allí coordinarían la defensa de sus tierras con los líderes brasileños, que eran atacados por los mismos madereros.

Aquella mañana Edwin Chota actuó de forma extraña. «Parecía enfermo, casi no hablaba», recuerda la viuda. El dirigente asháninka no quiso tomar el desayuno que su esposa le había preparado, así que ella empacó el arroz con carne y las yucas en una bolsa para los dos días de viaje rumbo a la frontera. Chota no era precisamente un padre cariñoso, pero abrazó a sus hijos Kitoniro (Alacrán) de siete años y Tsonkiri (Picaflor) de dos, antes de subir al bote. Julia Pérez pensó que su marido tenía resaca por el masato que había tomado la noche anterior al inaugurar una chacra, como se acostumbra entre los asháninkas.

Ergilia López, mujer de Jorge Ríos, el tesorero de Saweto asesinado junto a Edwin Chota, recuerda que la mañana que los dirigentes partieron a la frontera, el chicua chilló más fuerte de lo normal. Para los asháninkas el chicua es un ave que anuncia malas noticias. Una especie de gavilán enano de plumas marrones que vive en la selva y que cuando canta —¡chicua, chicua!—, los asháninkas creen que algo terrible va a suceder: que alguien va a morir ahogado en el río, mordido por una víbora o por brujería. López le advirtió a su marido que mejor no se fueran.

«Yo no estaba tranquila, las aves no se equivocan», dice ahora la viuda de Ríos. Días después de la muerte de su marido, ella declaró haber visto a Eurico Mapes, uno de los taladores ilegales y presunto asesino, subiendo por el río en su bote peque peque. Mapes se quedó mirando fijo a los dirigentes asháninkas, como si los contara.

Unos minutos antes de partir hacia la frontera hablaron sobre las últimas amenazas que habían recibido.

—Yo solito me he condenado —le dijo Edwin Chota a Ergilia López.

Eran las diez de la mañana del 1 de setiembre de 2014.

Faltaban seis horas para que los mataran.

***

Tres semanas después del asesinato de los dirigentes asháninkas en el centro de la selva peruana, una banderola con el rostro de Edwin Chota se agitaba en las calles de Nueva York. Casi medio millón de personas de diferentes ciudades del mundo se reunieron para la marcha medioambiental más grande de la historia, días antes de la Cumbre Climática organizada por la ONU. Periodistas, políticos, activistas y famosos —desde el ex vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore, y el secretario general de la ONU, Ban-Ki Moon, hasta Leonardo DiCaprio y Sting— tomaron las calles para reclamar a sus gobernantes que hicieran algo para que sus países dejen de contaminar y depredar el planeta. Los activistas peruanos levantaban la banderola con la cara de Chota y letreros con los nombres de los líderes asháninkas asesinados para exigir que se encontrara a los culpables. Para entonces, The Wall Street Journal, National Geographic, BBC y El País habían publicado informes sobre el asesinato de Chota y sus intentos por evitar el saqueo del bosque donde vivía con su familia. Un artículo de La Folha de São Paulo dijo que Chota «era un Chico Mendes de su tiempo», comparándolo con el famoso activista cauchero asesinado a fines de los ochenta por defender la Amazonía. La prensa limeña llamaba a Edwin Chota «Mártir de la selva». Para esos peruanos en Nueva York, el líder asháninka representaba algo más: hasta dónde uno es capaz de llegar por defender lo que cree justo.

Pero a más de cinco mil kilómetros de esa marcha, al otro lado de los Andes, en el puerto de Pucallpa, la ciudad de la selva oriental del Perú donde Chota había nacido y crecido, pocos sabían quién era él. «¿Chota? Algo vi en el noticiero. Es el achaninga que han matado, ¿no?», dijo el comerciante Francisco Muñoz. «Él andaba con salvajes, no son civilizados. Antes comían gente. Ahora te atacan. Te tiran flecha», dijo el fotógrafo Jorge Aliaga. «Una vez lo he traído en mi bote. Buena gente era», dijo Santiago Luna. «Acá en Pucallpa nadie lo conocía. Ellos son líderes de sus comunidades, mas allá no salen», dijo Richard Romaina, vigilante del malecón. «Es el señor que andaba con su túnica, pintadito», dijo Luisa Rivera, vendedora de comida. «¿Usted sabe por qué lo han matado?».

Había varios rumores sobre Chota. Que venía del Vraem, ese valle de la selva central controlado por narcoterroristas. Que traficaba cocaína hacia el Brasil. Que compraba casas en Pucallpa con dinero ilícito. Que explotaba a los nativos. Que envenenaba el río para matar el ganado de sus opositores. Que era él quien traficaba madera. Que Edwin Chota Valera no era su verdadero nombre. De todo eso lo acusó un representante de una de las concesiones en las tierras de Saweto, a mediados de 2013, como venganza por las denuncias del líder asháninka. La fiscalía investigó a Chota durante un año. No halló nada. El caso fue archivado, pero las amenazas de muerte —y los rumores— continuaron.

—Chota estaba alterando el status quo —dijo David Salisbury, geógrafo y profesor de la Universidad de Richmond, Estados Unidos, quien conoció al dirigente asháninka durante más de diez años y lo ayudó a hacer conocida su lucha fuera del Perú—. Los taladores ilegales lo querían muerto.

Hoy ser un activista ambiental que defiende un territorio significa asumir que te pueden matar. En promedio, cada semana son asesinados dos ambientalistas en el mundo. Pero solo se han condenado a diez personas por estos crímenes: el uno por ciento. El historial de víctimas es elocuente. En 2001, unos paramilitares colombianos mataron al líder indígena Kimy Pernía por oponerse a una represa. En 2003, el ecuatoriano Ángel Shingre fue secuestrado y acribillado por enjuiciar a una petrolera. En 2009, el indígena mexicano Mariano Abarca fue baleado en la puerta de su casa por protestar contra una minera. En 2011, el congolés Fréderic Moloma Tuka fue golpeado hasta morir por unos policías durante una protesta contra la deforestación. Ese mismo año, la hondureña Diodora Hernández fue asesinada de un disparo por denunciar la contaminación de manantiales con desechos mineros. En 2012, dos militares dispararon al activista camboyano Chut Wutty por denunciar a traficantes de madera. Ese mismo año, el dirigente filipino Jimmy Liguyon fue acribillado delante de su esposa por rechazar un proyecto minero. Según la oenegé internacional Global Witness, más de novecientos ambientalistas han muerto en el mundo en los últimos doce años. En un planeta que exprime sus recursos, defender un bosque o un pedazo de tierra ya no es solo un asunto de sosegados idealistas: en 2011, después de matar a una pareja de brasileños que defendían una reserva natural, los sicarios les cortaron las orejas para detener desde el miedo las denuncias por la tala ilegal.

La misma organización internacional indica que el Perú es el cuarto país del mundo —detrás de Brasil, Honduras y Filipinas— más peligroso para estos activistas. En 2008, Julio García Agapito, teniente gobernador de un pueblo cercano a la frontera con Bolivia, recibió ocho balazos en la oficina de la autoridad forestal local luego de detener un camión con caoba ilícita. En 2013, dos sicarios mataron a Mauro Pío —líder histórico del pueblo asháninka— disparándole desde sus motocicletas. Pío llevaba veinte años pidiendo la titulación de sus tierras y la expulsión de la empresa forestal que invadía su comunidad. Entre 2002 y 2014 cincuenta y siete peruanos fueron asesinados por causas similares. Y esa cifra sólo registra los casos conocidos.

—El mayor peligro que sentimos como líderes es que el Estado, quien se supone nos debe defender, nos traiciona—dijo Ruth Buendía, reconocida líder asháninka, al enterarse de la muerte de Edwin Chota—. Nos deja a nuestra suerte a manos de criminales.

Hasta el día de su muerte, Chota se preparaba para llevar el caso de su comunidad a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. «Mientras no tengamos un título, los taladores no respetarán la propiedad nativa», le dijo el jefe asháninka a Scott Wallace, periodista de National Geographic que viajó hasta Saweto en 2013 para seguir el tráfico de caoba. «Nos amenazan. Nos intimidan. Ellos tienen las armas». Por las amenazas, dice aquel reportaje, Chota tenía que refugiarse a menudo entre sus compañeros asháninkas de Brasil, a dos días de caminata. En ese mismo sendero lo encontrarían muerto.

Dos días después de la primera noticia del asesinato, el suboficial Carlos Napaico subía a un helicóptero militar para viajar al Cusco a contener un conflicto social cuando su comandante lo llamó para asignarle otra misión: él y sus setenta compañeros —todos policías antisubversivos— debían ir a la selva del Alto Tamaya, en la frontera con Brasil, a buscar los cadáveres de unos asháninkas. Luego de cinco días de rastreo con la ayuda del comunero Jaime Arévalo, los policías encontraron el cuerpo de Edwin Chota en un pozo. No tenían radio para comunicarse, así que metieron los restos de Edwin Chota en un costal y esperaron dos días a que llegara el helicóptero del ejército. Para el suboficial Napaico el cadáver del famoso líder indígena era un boleto de salida: una vez que lo hallaran, le habían dicho sus superiores, podía largarse de ahí.

***

Cuando un líder se convierte en mártir, las personas lo recuerdan como la encarnación de sus propias luchas. Ahora que ha muerto, Edwin Chota significará muchas cosas para quienes lo siguen: la resistencia a la tala ilegal, la defensa de los derechos indígenas, la pelea solitaria del que espera una justicia que nunca llega, la extraña valentía de un hombre de campo que encara al Estado. Para las cuatro viudas de Saweto, la muerte de sus esposos es prueba de hasta dónde son capaces de llegar para que los escuchen.

—Sin título no valgo nada —dijo Ergilia López, una de las viudas, cuando fue a Lima para presentar su caso ante la prensa—. Nosotros cuidamos el agua, los bosques y no los cuidamos sólo para nosotros, sino también para los que viven en Lima. Nosotros no somos pobres. Yo soy rica, en mi tierra tengo todo. Pobres son los taladores que nos roban lo que tenemos.

Ahora las mujeres de Saweto han decidido continuar con los reclamos de sus maridos hasta conseguir la titulación de sus tierras. La hija de uno de los líderes asesinados viajó hasta Nueva York para recibir el premio anual de la Fundación Alexander Soros—un reconocimiento póstumo a los líderes indígenas como héroes ambientales— y una cantidad de dinero para financiar proyectos que Edwin Chota no logró terminar. Su muerte ha originado que el gobierno del Perú, además, inicie el proceso de titulación de Saweto e invierta cerca de trescientos mil dólares en planes para cultivar cacao, plantas medicinales y reforestación de bosques maderables. El Presidente de la República prometió una investigación exhaustiva de los asesinatos, pero hasta noviembre de 2014 el caso estuvo casi detenido por falta de presupuesto. Aún resta encontrar un cuerpo. Las viudas no quieren volver a su comunidad por miedo. Sin título ni protección, los madereros podrían vengarse.

Edwin Chota lo había advertido: quizás alguien tendrá que morir para que les presten atención. Sin embargo, dicen quienes mejor lo conocieron, eso no era lo que más le preocupaba. «Él decía que ya lo había asumido, que moriría en cualquier momento», afirma Margoth Quispe, abogada de la comunidad. A Chota, el único líder que sabía leer y escribir, le preocupaba que no hubiera otro asháninka con la preparación suficiente para enfrentar a los madereros. «Por eso educaba a otros líderes —dice Quispe—. Pero ahora ellos también están muertos».

Ergilia López, que quedó viuda y se convirtió en la nueva dirigente de Saweto, dice que no tiene miedo. Que seguirá defendiendo el bosque y denunciando a los traficantes de madera aunque deba arriesgar su vida. Solo una cosa le preocupa.

—El problema —me dijo— es que no sé leer

Crónica realizada con el apoyo de Oxfam


December 12, 2014

Etiqueta Verde 13

Un texto de


December 12, 2014

Tomás Munita

Un texto de

RUTH BUENDÍA
LA GUARDIANA
DE LA AMAZONÍA
[NO PUEDE DEDICARSE A SU JARDÍN]

Unió a los asháninkas para detener la construcción de una
represa que amenazaba con inundar sus tierras,
y recibió el premio Goldman, el Nobel ambiental.
Sin embargo, algunos de sus familiares
no ven con entusiasmo su lucha.
¿Se puede defender la Amazonía
y llegar a tiempo para la cena?

Un perfil de Joseph Zárate
Fotografías de Musuk Nolte

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Fotografía de Musuk Nolte

La primera vez que intentaron sobornarla, la dirigente asháninka Ruth Buendía respondió a la oferta de un traficante de madera con tres palabras: «Quiero tu cabeza». El tipo, con un reloj reluciente en la muñeca, miraba de reojo la oficina con escritorio, silla y una máquina de escribir algo oxidada donde Buendía trabajaba sola. Eran las ocho de la mañana y Satipo, antiguamente una laguna y hoy una ciudad cercada por bosques altos como murallas, en la selva central del Perú, despertaba con los últimos hits de cumbia en los puestos callejeros de comida y el ruido de motocicletas sobre las calles a medio asfaltar. Buendía había llegado temprano a su oficina, sin imaginar que un desconocido la estaba esperando. El hombre quería sacar camiones repletos de tablones de una comunidad amazónica sin que la policía lo supiera. Necesitaba de su influencia.


—¿Dime cuánto quieres? —insistió.

—Si te digo una cantidad, no me vas a poder pagar —respondió Buendía—Entonces quiero tu cabeza.

Y lo echó de su oficina sin dejarlo despedirse.

Seis años después, una mañana de 2014, a bordo de un bote largo que navega por un río caudaloso, Ruth Buendía recuerda esa época. Por esos días, ella había sido reelegida presidenta de la Central Asháninka del Río Ene (CARE), una organización que defiende los derechos y el territorio de los asháninkas, el pueblo indígena más numeroso de la Amazonía del Perú. Buendía tenía treinta y dos años, había terminado la secundaria en la escuela nocturna, acababa de dar a luz a un bebé y vivía en un cuarto alquilado de cuatro metros cuadrados con sus tres hijos y su marido. Cuando echó de su oficina al hombre que intentó sobornarla esa mañana, su reputación de mujer firme y honesta se fortaleció en las más de treinta comunidades asháninkas del río Ene, una arteria de agua que recorre el valle donde los primeros asháninkas habitaron desde tres mil años antes de Cristo.

Ahora, sentada en la parte de atrás del bote, Ruth Buendía come yuca sancochada junto a Santani, su hijo de dos años. Los hombres asháninkas a bordo llevan sandalias, shorts e imitaciones de camisetas deportivas de Portugal, Real Madrid o Barcelona FC. Las mujeres visten cushmas moradas, verdes y rojas, una especie de túnica sin mangas que les llega hasta los tobillos. A diferencia de ellas, Buendía lleva una blusa azul, unos jeans gastados y una gorra morada. El bote navega rumbo a Boca Anapate, una comunidad a ocho horas de viaje, donde habrá un congreso que realiza CARE cada año. Allí, durante tres días, los jefes asháninkas del valle discutirán con la presidenta Buendía asuntos sobre la vida de los nativos: las cosechas, la seguridad, los impactos de las petroleras y de las hidroeléctricas. Ruth Buendía, la primera mujer asháninka en presentarse a la presidencia de CARE, sintió desde niña que tenía que hacer algo por su pueblo. Su determinación la puso a prueba desde la adolescencia.

***

Ruth Buendía tenía trece años cuando cargó a su madre para salvarle la vida. Llevaban semanas viviendo en el bosque del valle del río Ene, huyendo de la guerra entre los militantes de Sendero Luminoso y los soldados del ejército del Perú. Cada vez que escuchaban las hélices de un helicóptero o unos pasos cerca, corrían a esconderse. Ya no tenían yuca ni pescado ni agua. Sus túnicas estaban sucias de tierra. Sus cuatro hermanos menores lloraban de hambre. Su madre, enferma de malaria, tenía la piel pegada a los huesos. Su padre estaba muerto. No había quién los defendiera.

Una mañana Ruth Buendía decidió que tenían que salir al río.

—Si nos matan —dijo— que nos maten, pues.

Entonces ayudó a su madre a meterse en una de esas canastas que usan las mujeres asháninkas para llevar yuca durante la cosecha, y la cargó durante el camino al río como quien lleva una mochila.

Era el verano de 1991. Sendero Luminoso había llegado a mediados de los ochenta para controlar todo el valle del río Ene, luego de huir de los militares desde Ayacucho, en la sierra sur del Perú. Saqueaban las chacras, quemaban postas médicas y oficinas municipales, asesinaban a quienes se oponían a su lucha.

Los asháninkas más viejos los llamaban kamári: demonios. Espíritus que se esconden en el bosque, en las cuevas. Seres malignos que trituran los huesos, que chupan los ojos. Que pueden matar a un recién nacido o al guerrero más fuerte, y obligar a un asháninka a eliminar a su propio hermano sin remordimiento.

Kamári es la esencia del mal y para ellos Sendero Luminoso era su encarnación. Los asháninkas aceptaban el discurso de los maoístas por convicción o por miedo. Rigoberto Buendía, el padre de Ruth, tenía treinta y nueve años cuando intentaron reclutarlo. Era un agricultor y cazador muy respetado que vivía en una chacra a tres horas de Cutivireni, la comunidad asháninka más poblada del valle del río Ene, con su mujer y seis hijos: cuatro mujeres, dos varones. Los miembros de Sendero Luminoso llegaron y le pidieron que los guiara a donde estaba el sacerdote de la comunidad, que había escapado con decenas de familias a las tierras altas del valle. Rigoberto Buendía se rehusó. Pero algunos asháninkas, al ver que no lo habían tocado, corrieron el rumor de que también él era un líder terrorista. Un día, luego de desayunar con su familia, Rigoberto Buendía fue a coordinar la defensa de los territorios con el grupo del sacerdote, pero los asháninkas le dispararon por la espalda con una escopeta. Arrojaron su cadáver a un barranco junto con los de cuatro hombres más que venían con él. Nunca hallarían los cuerpos.

Después del asesinato de su padre, Sendero Luminoso llevó a la familia de Ruth Buendía a una suerte de campo de concentración levantado en la espesura del bosque amazónico, donde estaban cautivos más de trescientos nativos. Allí vivieron hacinados durante meses. Los obligaban a trabajar la tierra, a cocinar para los mandos terroristas, a abandonar su lengua para hablar quechua o español. Los rebeldes eran acuchillados o ahorcados delante de sus familias. Violaban a las mujeres. Secuestraban a los niños de diez a quince años para adoctrinarlos y convertirlos en combatientes. Como la comida no era suficiente para tantos, Ruth Buendía escapaba al monte con sus hermanos a pescar carachamas, traer yuca, fruta o algún insecto que pudiera alimentarlos. Tardó un año en convencer a su madre de huir y esconderse con sus hermanos en el monte. Así fue como escapó por el río Ene, cargando sobre la espalda a su madre moribunda.

La fotógrafa Vera Lentz escuchó la historia de la niña heroína que había salvado a su madre en la base militar de Cutivireni. Cientos de nativos llegaban hasta allí, rescatados por los militares y el ejército asháninka: un batallón de guerreros indígenas armados con escopetas, arcos y flechas que hacían asaltos sorpresivos a los campamentos terroristas para liberar a sus familiares.

A diferencia de otras etnias amazónicas que conquistan territorios, los asháninkas son guerreros defensivos. Desde niños aprenden a esquivar las flechas antes que lanzarlas. Pero cuando son atacados, cuando invaden sus territorios, tienen la reputación de ser los guerreros más fieros —los mejores con el arco y la flecha— de las sesenta y cinco tribus amazónicas que existen en el Perú.

Vera Lentz estaba allí para fotografiar las historias de esa resistencia. Ya había estado en campamentos militares de El Salvador y Honduras, y había documentado los escenarios más sangrientos de la guerra interna en Lima y en la sierra de Ayacucho. Pero cuando el capitán de la base militar le contó la historia de aquella niña heroína, Lentz quedó asombrada. Supo que tenía que fotografiarla: en su retrato en blanco y negro está Ruth Buendía de trece años, flaca como un palo, hilando debajo de un techo de palma. Al lado está su madre, recostada sobre una mesa con el cuerpo raquítico. Su hermano menor acostado, quizá dormido, y su hermana menor sentada de espaldas. La cesta de yuca al fondo, en una esquina del encuadre. Ruth Buendía no mira a la cámara. Pero sonríe nerviosa, como una niña incómoda ante un intruso. Lentz sólo pudo hacer dos disparos. Ruth Buendía no dejó que sacara más fotos.

A mediados de 2012, la fotógrafa envió a la oficina de CARE las imágenes que había tomado en esa época para una exposición en Lima sobre la violencia política en las comunidades asháninkas. Ruth Buendía recuerda que las imprimieron y las tendieron como ropa, para que todos los nativos pudieran verlas. Ella se reconoció en una de las fotos. Es la única imagen que existe de su niñez. Hoy, sobre las paredes amarillas de la casa alquilada donde ella vive en Satipo, hay fotos de viajes y paseos por el bosque con sus hijos, hay medallas y diplomas, hay dibujos de animales y garabatos infantiles hechos con crayolas y plumones de colores. Para Buendía son imágenes de tiempos más felices.

—Aún así esta herida todavía no cierra —dice mientras avanzamos por el río.

Después de huir del campamento de Sendero Luminoso, Ruth Buendía fue enviada a Lima como empleada doméstica de una familia evangélica, porque su madre no tenía dinero para mantenerla. Pero a los diecisiete años regresó a Satipo. Allí trabajó como cocinera y mesera mientras terminaba la escuela y criaba sola a su primera hija. A los veintiuno, mientras atendía en una juguería, un cliente la invitó a unirse a CARE al enterarse de que era asháninka. Viajando por el río Ene, Buendía ayudó a otros nativos a obtener los documentos de identidad que habían perdido durante la guerra contra los militantes de Sendero Luminoso. En esos viajes se encontró con líderes asháninkas que habían conocido y respetado a su padre. Entonces se sintió otra vez en casa. En 2005, cuando el presidente de la Central Asháninka del Río Ene renunció a su puesto, ella se presentó a las elecciones y ganó con el apoyo masivo de las mujeres. Era la primera vez que una mujer asháninka se atrevía a ser candidata a presidenta.

Ahora, cada vez que el bote llega a una comunidad, Ruth Buendía baja con una comitiva a buscar al jefe. La escena parece la de un alcalde popular que visita un pueblo: Buendía recibida con abrazos y sonrisas. Buendía cargando a un niño descalzo. Buendía saludando a los hombres de la comunidad. Buendía dando besos a las mujeres que le sirven pescado frito y masato, una bebida hecha de yuca sancochada fermentada con agua y saliva. Como señal de respeto, a ella siempre le sirven primero.

Buendía siente que el trabajo que hace ahora es una manera de honrar el nombre de su padre, de reencontrarse con su raíces. Por eso en cada acto público ella viste una cushma marrón adornada con semillas y plumas de petirrojos, y pinta formas geométricas en su rostro con la tinta roja de un fruto llamado achiote, el maquillaje de las mujeres asháninkas. Mientras algunos nativos llaman a sus hijos Walter o Jhonny, Buendía le puso nombres asháninkas a sus hijos menores: Metzoqui (suave), Yanaite (espíritu que elimina a quienes invaden su territorio), Eni (hormiga guerrera) y Santani (avecilla que vive en las rocas). También quiere volver a la chacra de su padre para sembrar cacao, yuca y frutilla, entre otras plantas amazónicas. Algo que no puede hacer en el patio de su casa alquilada, donde apenas ha sembrado unas cuantas hortalizas. En el jardín de Ruth Buendía no hay flores. La mujer que protege la selva amazónica dice que no tiene buena mano con ellas. Cree que las asusta: la energía de su carácter es tan fuerte, dice, que las flores mueren al poco tiempo de sembrarlas.

***

Los asháninkas evitan el conflicto. Cuando un nativo se enfada con su vecino, prefiere irse solo al monte para calmarse y luego regresar a conversar. Para un asháninka —nombre que en su lengua significa ‘nuestros hermanos’— no hay nada peor que odiar o matar a un miembro de su familia.

Los asháninkas comparten la comida. Si un nativo llega a casa de otro, se le sirve masato y alimento sin que lo pida. Los nativos cubren el ochenta por ciento de su dieta de los huertos donde cultivan yuca, plátano, maíz, cacao, entre otros alimentos. Ni la tierra ni los sitios de caza o pesca tienen dueño.

Los asháninkas no se casan. Tener hijos, para ellos, representa lo mismo que el matrimonio para los hombres blancos. Ruth Buendía no se ha casado ni siente la necesidad de hacerlo.

Los asháninkas son tíos o primos o sobrinos entre sí. Todos son familia. No importa que pertenezcan a otra comunidad o no compartan el mismo apellido. No hay linajes ni clases. Sus apellidos occidentales –como Bustamante, Buendía, Vega, Marcos, Samuel, Pedro– vienen de los antiguos patrones de las tierras y los misioneros que bautizaban a los nativos. Ruth Buendía dice que los funcionarios de los Registros Públicos solían cambiarles el nombre por no entender lo que decían.

Los asháninkas tienen jefes en sus comunidades. Un hombre que lidera al resto por la fuerza de su carácter y su persuasión. En todo el valle del río Ene, solo hay jefes varones. Ruth Buendía es la presidenta de todos ellos.

***

 

Fotografía de Musuk Nolte

Según el informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, el pueblo asháninka fue la etnia amazónica más castigada por la guerra interna con Sendero Luminoso. Más de treinta comunidades desaparecieron, unos diez mil nativos fueron desplazados, cinco mil secuestrados y seis mil fueron asesinados. Para el antropólogo Óscar Espinoza, autor del capítulo del informe de la Comisión de la Verdad dedicado a la masacre de los asháninkas, esos datos no lo cuentan todo. Cuando se hizo el informe, recuerda él, no hubo presupuesto ni botes para ir a todas las comunidades del río Ene. Se recortó el número de páginas, se eliminaron detalles, anécdotas, casos. Y muchos nativos no quisieron hablar.

—A los asháninkas no les gusta hablar de sus muertos —dice el antropólogo.

Una madre asháninka no puede nombrar a su hijo muerto. Cree que, si lo hace, no dejará que su espíritu vaya al cielo. Durante la última década, sin embargo, las mujeres asháninkas han sido las primeras en contar los horrores de las violaciones y los asesinatos para transmitir a sus hijos la memoria de esos años. Para que la memoria de lo que pasó con su pueblo no dependa solo de relatos familiares, Ruth Buendía quiere pedir al Estado que construya en la selva central un museo. Quiere que se recuerde la violencia que sufrieron los asháninkas, que hoy suman casi cien mil nativos. Quiere que los jóvenes conozcan esa historia que no salió en los noticieros.

Buendía está segura de que la gente de la ciudad no siente lo que vivieron los asháninkas, ni lo que sucede ahora en sus tierras con la explotación de petróleo o los proyectos para la construcción de centrales hidroeléctricas. Por eso ella ahora habla para que no vuelva a suceder. Para que no los vuelvan a engañar.

—No es justo que para que vivan bien los limeños, yo tenga que arriesgar mi vida, mi pueblo, mi territorio —reclama la dirigente, abriendo los ojos—. Primero el terrorismo nos desplazó. Ahora van a hacer represas para desplazarnos otra vez.

Para Ruth Buendía eso también es terrorismo, pero de inversiones.

***

Mientras navegamos por un cañón angosto y profundo en la parte baja del río Ene, en el corazón de la selva peruana, Ruth Buendía se acerca al borde del bote y señala un cerro enorme, salpicado de árboles frondosos.

—Ahí está, mira —me dice.

El cerro se llama Pakitzapango. ‘Casa del Águila’ en lengua asháninka.

El mito dice que hace siglos, en este cerro más alto que la torre Eiffel, vivía un águila que comía carne humana. Cada vez que un nativo cruzaba el cañón, el pakitza volaba, lo cazaba con sus garras y lo llevaba a una cueva en lo alto para devorarlo. Pero el animal nunca quedaba satisfecho. Así que intentó construir un enorme muro de piedras de orilla a orilla para que los nativos jamás escaparan. Un día, mientras el pakitza construía su muro, los asháninkas se cansaron de sus ataques y decidieron vengarse. Moldearon un hombre con arcilla y caucho, lo vistieron con una cushma y lo pusieron en una balsa que navegó hasta el cañón. El águila pensó que era un nativo y salió a cazarlo. Clavó sus garras en aquel muñeco pero quedó atrapado en el barro. Los asháninkas salieron gritando de entre los árboles. Lo acorralaron, le arrojaron piedras y flechas hasta matarlo. Sus plumas flotaron río abajo. De ellas —cuenta el mito— nacieron todos los otros pueblos de la Amazonía.

En este mismo cerro —recuerda Ruth Buendía— se escondieron los jefes terroristas de Sendero Luminoso que llegaron al río Ene a finales de los ochenta para dominar el valle. Igual que el pakitza, cada vez que un asháninka cruzaba el cañón o se detenía a pescar y bañarse, los senderistas le disparaban desde la cima o lo capturaban. Sendero Luminoso era el nuevo monstruo de la misma leyenda.

—La gente se baña y pesca acá todavía —dice Buendía—. Pero algunos tienen miedo de que ese tiempo vuelva.

Como si cada cierto tiempo una amenaza distinta acechara el mismo lugar, en 2008 el Estado peruano autorizó que se construyera en el cañón del río Ene un muro de concreto de ciento sesenta y cinco metros de altura. La represa de una central hidroeléctrica llamada igual que el mito del águila comehumanos: Pakitzapango.

El proyecto anunciaba grandes beneficios para el país. La central produciría más de dos mil megavatios, suficiente para abastecer de luz eléctrica a casi ochocientos mil hogares. Los peruanos consumirían energía más barata y los brasileños comprarían el ‘excedente’ durante treinta años, gracias a un acuerdo energético firmado entre ambos países. El gobierno juraba que ello no sólo cubriría la demanda futura de energía, sino también atraería más inversiones, más ‘desarrollo’ para los nativos, más dinero para construir escuelas y postas médicas en una zona donde siete de cada diez niños padecen desnutrición crónica y apenas terminan la primaria.

Eran buenas noticias, por supuesto. Pero Ruth Buendía no creía en ellas. A inicios de 2010, un equipo de ingenieros de CARE y la fundación inglesa Rainforest viajaron hasta el cañón de Pakitzapango para hacer estudios. Las mediciones de sus GPS y las simulaciones digitales de sus computadoras sólo corroboraron lo que ya sospechaban. La laguna artificial creada por la represa iba a inundar más de setecientos kilómetros cuadrados de selva: como sepultar bajo el agua la cuarta parte de la ciudad de Lima. Diez comunidades perderían el sesenta y cinco por ciento de sus tierras de cultivo y serían desplazadas hacia las partes altas del bosque. El gobierno peruano nunca consultó a los asháninkas del río Ene si estaban de acuerdo con ese plan. Y no lo ha hecho hasta hoy, a pesar de que en el país existe una ley de consulta previa y convenios internacionales que exigen hacerlo.

—Es como si el gobierno se metiera a tu casa sin pedirte permiso y dijera: señor, hemos encontrado petróleo debajo de su terreno. Así que retírese, por favor, es de ‘todos los peruanos’. ¿Qué harías pues? —pregunta Buendía— ¿Te vas, nomás?

El bote avanza lento bajo el sol tirano de la tarde.

El río Ene es un torrente que arranca árboles de raiz; una extensa avenida de agua.

Algunos dirigentes asháninkas a bordo miran el cañón de Pakitzapango en silencio hasta que lo dejamos atrás. Para gran parte del pueblo asháninka, este sigue siendo un sitio sagrado. Para otros, los que temen el regreso de Sendero Luminoso y la construcción de la represa, es un lugar maldito.

***

Ruth Buendía se enteró de la noticia al encender la radio en su oficina. Hasta ese momento, a finales de 2008, había enfrentado a aquel traficante de madera ilegal y a Pluspetrol, petrolera argentina que intentaba explorar tierras asháninkas que el Estado le había dado en concesión sin consultar a los nativos. Pero construir una represa en el río Ene, como anunciaba la radio aquella mañana, era un peligro superior.

—La razón de ser asháninka es tener un territorio —me dijo Buendía—. Pero si la represa inunda el valle, ¿a dónde voy a ir? Sería como desaparecernos.

Las represas de todo el mundo han inundado en total una superficie del tamaño de España. Sus depósitos contienen tres veces más agua que los ríos de todo el planeta, y generan el dieciséis por ciento de toda la electricidad que consumimos en el mundo. El problema —informa la Comisión Mundial de Represas— es que más de ochenta millones de personas han sido desplazadas debido a ello, que es como expulsar a todos los alemanes de su propio país para construir hidroeléctricas.

Philip M. Fearnside, investigador que lleva treinta años estudiando el impacto ecológico de las hidroeléctricas en Brasil, asegura que es un error pensar que las represas producen energía limpia o ‘verde’. Para empezar, bloquean la migración natural de los peces, pues el gigantesco muro no les deja volver a los lugares donde se aparean y ponen sus huevos. La vegetación sepultada bajo el agua se pudre y genera enormes cantidades de gas metano, veinte veces más potente que el dióxido de carbono que emiten los coches, y contribuye a aumentar el calentamiento global. El agua pierde oxígeno y acumula mercurio. Los peces se contaminan. Los nativos se alimentan de esos peces y se enferman. Los caudales aguas afuera de la represa disminuyen. Los ríos se vuelven inservibles para navegar, y las tierras se secan y pierden los nutrientes minerales para fertilizar los campos. La contaminación no se detiene ni aún después que la hidroeléctrica deja de funcionar (luego de ochenta años, en promedio). Los lodos acumulados en los reservorios de las represas desactivadas son tan tóxicos como los relaves mineros. Para un pueblo indígena como el asháninka, cuya cultura depende del río y del bosque, el daño ocasionado por una represa sería tan brutal como si un incendio arrasara la selva.

A cambio de eso, la empresa constructora de Pakitzapango ofrecía a las casi mil quinientas familias asháninkas que serían desplazadas talleres para construir viveros y elaborar panetones, pollo a la brasa, chocolates y artesanías.

—¿Artesanías? ¿Qué se hace con eso? —me dijo Ruth Buendía al recordar la historia.

Fingió una sonrisa como si acabaran de contarle un mal chiste.

El equipo de CARE pidió asesoría a ingenieros, contrató a una abogada y enviaron solicitudes a los ministerios para pedir el expediente sobre los planes del proyecto: qué pasaría con ellos, a dónde iban a ir. Durante varias semanas Buendía visitó las comunidades asháninkas para informar sobre los impactos de Pakitzapango. Preparaba su discurso. Investigaba desde cómo funciona una represa hasta qué es un megavatio. También viajaba ocho horas en bus de Satipo a Lima para entrevistarse con funcionarios del Ministerio de Energía y Minas. A veces no la recibían, y cuando lo hacían, era con desgano. La respuesta era siempre la misma: que lo sentían, que no podían hacer nada, que era un proyecto de ‘interés nacional’.

Ella insistió durante dos años. Pero nunca le dieron la información que exigía.  Cansada de esperar, Buendía inició una campaña para exponer el peligro que corrían los asháninkas, con ayuda de la cooperación internacional. En marzo de 2010 viajó hasta Washington para demandar al Estado peruano ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Ruth Buendía y un abogado contra doce funcionarios. Vestida siempre con su cushma marrón, y la cara pintada con líneas rojas, la dirigente asháninka visitó una decena de países —entre ellos Inglaterra, Noruega, España, Francia, Bélgica y Holanda— para juntarse con ministros del ambiente y banqueros que financiaban proyectos hidroeléctricos en el Amazonas. Incluso se reunió con ejecutivos de la constructora Odebrecht —inversionista del proyecto Pakitzapango— y los ministerios de Energía y Relaciones Exteriores de Brasil. Les advirtió sobre lo que pasaría si levantaban la represa en tierras asháninkas. «Pero si a pesar de todo no nos escuchan, correrá sangre —les dijo aquella vez—. Si nuestro gobierno no nos respeta, entonces nos haremos respetar».

A finales de 2010, la Comisión envió una carta al gobierno del Perú pidiendo que se garantice la protección del territorio asháninka. El gobierno no tuvo otra opción que detener el proyecto, y un año después Odebrecht se retiró de Pakitzapango diciendo que respetaría la decisión de los nativos. Ruth Buendía y CARE habían logrado paralizar la concesión sin hacer marchas, quemar llantas o bloquear carreteras. Algo poco frecuente en el Perú, donde según la Defensoría del Pueblo hay más de cien conflictos sociales cada año causados por impactos ecológicos.

Por esos días, Ruth Buendía esperaba su quinto hijo. También había empezado a estudiar Ciencias Políticas en la universidad. Cada tarde después del trabajo, iba a clases y regresaba agotada a casa cerca de la medianoche. Casi nunca llegaba a tiempo para la cena. Su marido, el ingeniero Fredy Antezana, un hombre bajito y de voz amable, solía levantarla a las cuatro de la madrugada y ayudarla a estudiar para los exámenes. Los viajes la alejaban de casa durante días. Sus hijos le reclamaban que nunca asistiera a las actuaciones de la escuela. Algunos familiares le decían que tenía abandonados a los niños. Ruth Buendía intentaba cumplir con todo, pero no podía. Entonces su embarazo se complicó y abandonó la universidad luego de un año, frustrada por haber reprobado casi todos los cursos.

Sus opositores políticos dentro de los asháninkas se endurecieron. Querían la construcción de la hidroeléctrica y la entrada de las petroleras y empezaron a desprestigiarla. La acusaban de ser hija de terrorista, madre soltera sin preparación y de impedir el progreso de su pueblo. Los jefes de tres comunidades se separaron de CARE para crear una organización paralela. Ruth Buendía, uno de los cien personajes más influyentes de Iberoamérica en 2012 según el diario EL PAÍS, recuerda aquella ruptura como su primera derrota.

—A veces no aguanto más y digo: «Bueno, si quieren que entre la petrolera, la hidroeléctrica, ¿entonces qué mierda hago acá?»

Hubo un tiempo en que la dirigente solía hacerse esas preguntas con frecuencia. Sobre todo cuando los ataques llegaron de su propia familia.

Durante los días en que la lucha contra la hidroeléctrica de Pakitzapango y la oposición de otros dirigentes asháninkas empeoraba, su hermano menor robó un cheque por tres mil dólares de la oficina de CARE, destinado a proyectos sociales. Ruth Buendía tuvo que denunciar a su hermano y pedir un préstamo personal al banco para devolver el dinero. Su madre se resintió con ella, al punto de acusarla de que le hiciera eso a «su propia sangre», y su hermana corrió el rumor de que había sido Ruth quien había robado el dinero. La dirigente de los asháninkas se alejó de su madre y sus hermanos por casi un año. En una asamblea tuvo que dar explicaciones ante todos los jefes de las comunidades.

—Mi nombre y la organización que represento no podían mancharse. Pero eso no me debilitó, al contrario. Ahí conocí a mi familia, quién te acompaña, quién no.

Una tarde, Ruth Buendía recibió la llamada del banco que le había prestado dinero para que ella pagase el robo de su hermano. Debía cancelar a tiempo las cuotas del préstamo para que no la multaran. Después de colgar, Ruth Buendía mandó a sus hijos a jugar un rato en el parque. Sin nadie en casa, la mujer que tres años después ganaría la batalla contra la construcción de la central hidroeléctrica, se permitió llorar.

***

El cielo se oscurece rápido en la comunidad Boca Anapate, en la parte alta del valle del río Ene, y Ruth Buendía cruza deprisa el pasto húmedo de una cancha de fútbol. El pelo negro, la cara pintada con líneas rojas, la cushma marrón adornada con plumas de petirrojos. Ella corre. Es el tercer y último día del congreso asháninka y quiere darles una noticia a los jefes antes de que anochezca.

Al llegar al lugar donde están reunidos más de cuarenta dirigentes que toman masato, bajo un techo de calaminas, Ruth Buendía les muestra una escultura de bronce en forma circular.

—Parece una anaconda que se está mordiendo su cola, ¿no? —dice, y todos se ríen.

La estatuilla simboliza el poder que tiene la madre naturaleza para renovarse. Buendía recuerda que le dijeron eso la noche de abril de 2014 que recibió aquel trofeo en el teatro Opera House de San Francisco, junto con otros seis activistas de la India, Indonesia, Rusia, Sudáfrica y Estados Unidos. El premio Goldman. El Nobel Verde, le dicen. El premio ambiental más importante del mundo. La noche que recibió el Goldman, luego de dar un discurso algo nervioso de tres minutos, Buendía fue nombrada heroína del medio ambiente por unir al pueblo asháninka para impedir la construcción de la central hidroeléctrica Pakitzapango. Era la tercera peruana que ganaba este premio.

Durante diez días, ella estuvo de gira en San Francisco y Washington en homenajes y conferencias con líderes políticos y ecologistas. Dio entrevistas a la BBC y Fox News. La revista The Atlantic tituló: «The Woman Who Breaks Mega-Dams». Incluso Robert F. Kennedy Jr. la abrazó, fascinado por su historia. Ruth Buendía era una celebridad ambiental y Lima la esperaba. La condecoraron en los ministerios de la Mujer, de Cultura y del Ambiente. La entrevistaron en la televisión y en la radio. Su foto salía en los periódicos. Un hombre bajó de su camioneta para pedirle, por favor, que aceptara tomarse una selfie con ella a mitad de la calle.

Pero esta tarde en Boca Anapate, un mes después de que tres mil personas la aplaudieran de pie en San Francisco, sólo tres comuneros asháninkas levantan la mano cuando Ruth Buendía pregunta si saben algo del premio. Uno dice haberla visto en la televisión de casualidad. Otro leyó algo en el periódico, pero no recuerda exactamente qué. Ruth Buendía sonríe y con paciencia explica en su lengua de que se trata el premio, qué es, por qué se lo han dado. Dice gracias —«pasonki, hermanos»—, y se sienta.

Pero nadie aplaude, nadie pregunta, nadie dice nada.

Entonces el líder que dirige la reunión pide más palmas, por favor, hermanos, y explica una vez más, en asháninka, en qué consiste el premio. Luego de un rato todos parecen entender y aplauden. Ya es de noche. Unas mujeres sirven más masato para celebrar.

—Lo que pasa es que sobre un premio ambiental nunca hemos escuchado —me explicará después—. No entendían por qué me habían dado eso, y es normal. Solamente piensan que en deporte o en fútbol te dan premios.

—Parece mezquindad, pero no lo es —dirá el antropólogo Óscar Espinoza, quien asegura no haber encontrado a un indígena amazónico que hable bien de sus líderes—. Piensan que si lo hacen le harán daño, que el líder puede volverse soberbio. Es su forma de vigilarlos. No los felicitan por hacer bien su trabajo, porque están haciendo eso: su trabajo.

Ruth Buendía tampoco entendió la vez que, estando en Madrid, la llamaron de madrugada al hotel donde se hospedaba para avisarle que había ganado el premio Goldman más un bono de ciento setenta y cinco mil dólares. Pensó que era una broma. Pensó que la querían estafar.

—Incluso mi esposo pensaba que al llegar a Estados Unidos un traficante de órganos nos iba a secuestrar para sacarnos los ojos —ríe—. Yo no tenía idea de qué era el Goldman ‘prize’, ‘prais’, ¿así se dice?

Buendía no sabía que la habían postulado al premio.

—Es que estoy enfrentándome a empresas que tienen una economía muy grande y también al gobierno de mi país. Ahorita la empresa le ha dejado de interesar construir la represa en Pakitzapango. Pero eso no quiere decir que el Estado piense igual. La lucha no ha terminado.

Dos días después de presentar el premio ante los jefes asháninkas, Ruth Buendía volvió a Cutivireni, la comunidad donde nació. Un delegado de la fundación Rainforest y tres periodistas ingleses habían llegado hasta el río Ene para realizar un documental sobre ella y la cultura asháninka. Al llegar con ellos a Cutivireni, un primo suyo le gritó delante de todos lo que algunos dirigentes decían sobre ella: que el premio era mentira, que la empresa hidroeléctrica le había dado ochenta millones de dólares por permitir que se construya la represa, que ellos no eran perros para que llegara con gringos a hacer fotos y luego irse.

Ruth Buendía desmintió con paciencia a su primo hermano. Minutos después, cuando ya todo se había calmado, dio un suspiro.

—Yo sabía que algunos podían usar el premio en contra mía, diciendo que la empresa me ha dado plata. A mí me duele que esto suceda en mi comunidad, en mi familia.

***

María Metzoquiari tiene la voz aguda y el cabello lacio y largo, como el de su hija. La madre de Ruth Buendía vive en las afueras de Satipo, en una casa de cemento con un patio, un huerto, un gato y dos perros que merodean por la sala donde ahora almorzamos tallarines con yuca sancochada. Un radio a pilas sobre la mesa deja oír, bajito, la voz gritona de un predicador. Dice algo sobre el perdón de Dios, un regalo para sanar el alma.

—Cuando me enteré del premio, me alegré como mamá —recuerda María—. Le dije que debía agradecer a su padre y a Papalindo. No por gusto estás abandonando a tus hijos, le dije. Nunca imaginé que se iba a convertir en lo que es ahora, después de todo lo malo que hemos pasado. Aunque ahora nos llevamos a veces bien, a veces no.

—¿Por qué?

—Es que ahora, como dicen sus hermanos, como ella tiene plata, no nos quiere. Siquiera dale trabajo a tu hermano, le digo. Ella me dice: «Mami, ¿cómo puedes pedirme eso? Es burocracia, nepotismo, yo no soy así, mamá». Pero yo pienso: tanta gente que entra a trabajar así. Antes, cuando Ruth era más chica, decía: «Cuando yo sea alguien voy a dar trabajo, voy a ver por mis hermanos». Ahora cumple eso, pues, le digo. Ahora que tiene el cargo no los ayuda.

—¿Pero no se siente orgullosa de ella, del premio?

Afuera, el sol del mediodía parece querer derretirlo todo.

—Poquito nomás —dice, y toma un poco de limonada.

Los perros ladran. La voz del predicador sigue sonando por el radio a pilas: el perdón de Dios, un regalo para sanar el alma.

—El premio está bien, es para ella y para su organización. Pero para nosotros no. Para la familia no. No nos llama la atención.

***

Es una tarde calurosa, dos días antes del congreso asháninka, y en la oficina de CARE Ruth Buendía ayuda a su hijo de seis años con la tarea del nido. La dirigente suele traer a sus hijos menores para que estudien o jueguen en el patio mientras ella despacha oficios, firma documentos, contesta e-mails, atiende a jefes asháninkas y autoridades. Es la única forma que ha encontrado de pasar más tiempo con ellos. Tiempo es lo que más necesita ahora, dice. Tiempo para llegar a casa y ver la telenovela de las nueve con sus cinco hijos y su esposo, todos tirados en su cama. Tiempo para buscar mariquitas en el patio con su hijo de dos años, como esas que vieron una vez en Discovery Channel. Tiempo para criar a sus gallinas ponedoras y para sembrar rosas en su jardín, a ver si esta vez puede conseguir que florezcan.

—Ya hablé con mi junta directiva, para asumir el cargo ahora como si estuviera muerta —ríe Buendía, mientras ayuda a su hijo a pintar un árbol en su cuaderno.

Por estos días, la líder asháninka que evitó la construcción de una central hidroeléctrica dice que quiere volver a la universidad y ser alcaldesa distrital en unos años. Usará la mitad del dinero del premio Goldman para educar a sus hijos. La otra mitad será para CARE y comprarle un nuevo motor al bote que tienen y que les permite llegar a todas las comunidades del río Ene. Les servirá para informar y unir a los asháninkas contra lo que para ella es una nueva amenaza.

Pluspetrol es el principal productor de gas y petróleo del Perú. En 2005 el gobierno del Perú le dio en concesión un territorio amazónico de más de un millón de hectáreas, diez veces más grande que la ciudad de Nueva York. El territorio se llama Lote 108. Debajo de él, en el subsuelo, abundan el gas natural y el petróleo ligero. Y hay tanto, según la empresa, que podría ser otro Camisea, la reserva más grande de gas natural del Perú. El problema es que todo el valle del río Ene —donde viven más de veinte mil asháninkas— está dentro del Lote 108. En la parte norte de ese sector hay campamentos, ruido de helicópteros que surcan el cielo, obreros abriendo trochas para hacer detonaciones que ahuyentan a los animales del bosque. En la parte sur, la petrolera no ha hecho nada todavía. Los asháninkas no los dejan.

—Dicen que con la petrolera vamos a tener plata para carro, bote, casa. Pero nadie nos consultó antes —dice Ruth Buendía, con su voz firme y aguda—. Para nosotros eso no es desarrollo. No queremos estirar la mano ni regalos.

Buendía me cuenta que un mes después de recibir el premio Goldman, un equipo de topógrafos de Pluspetrol ingresó sin permiso a una comunidad del río Ene para abrir trochas. Los nativos, enfurecidos, los echaron de sus tierras semidesnudos y los bañaron en agua de huito, un tinte natural de color negro que se borra de la piel luego de quince días. Los topógrafos dijeron que se habían equivocado de lugar. La petrolera tuvo que disculparse.

—Las comunidades están bien informadas. Saben de sus derechos, ya no los pueden engañar.

A las siete de la noche, no queda nadie más en la oficina.

El niño que colorea un árbol en una esquina de la mesa, interrumpe a su mamá para preguntarle si ya pueden ir a casa.

—Un ratito, mi amor —dice ella—. Estoy trabajando.

—No —dice el niño, sin dejar de pintar— estás conversando nomás


December 11, 2014

Etiqueta Verde 12

Un texto de

EL SEÑOR
QUE NOS VISTE
NO ES MUY
ELEGANTE

Zara se ha convertido en la más exitosa firma de moda, y Amancio Ortega,
su propietario, en el tercer hombre más rico del mundo sólo por vestirnos.
Es un señor de pueblo cuya reputación de multimillonario discreto
convive con acusaciones contra su empresa de esclavizar
a trabajadores de talleres ilegales de confección.
Y, sin embargo, cuando entramos con su ropa en un probador,
nos olvidamos incluso de nuestros defectos.
¿Es democratizar la elegancia un modo
de acabar con los elegantes?

Un perfil de José Luis Pardo Veiras
Ilustraciones de Omar Xiancas

Omar Xiancas

Cuando viajó por primera vez a París, Amancio Ortega, el futuro dueño de Zara, no fue a visitar la Torre Eiffel. Se comió un bocadillo en un puesto callejero y paseó durante horas para ver caminar a los parisinos. Desde los ojos de un veinteañero pueblerino que nunca había salido de España, le parecían tan elegantes y sofisticados que convertían la calle en un desfile al que él asistía absorto, como embobado. Abrigos de corte recto, botas altas, vestidos de formas geométricas, overoles inspirados en los viajes espaciales, las primeras minifaldas. Amancio Ortega acababa de fundar una empresa familiar para vestir a las amas de casa de los tiempos del dictador Francisco Franco, mujeres que salían de compras en batas de dormir con un corte y confección parecidos a los de un saco de cemento que ocultaba sus formas femeninas. Había tomado un tren hasta la capital de Francia para asistir durante cuatro días a una convención de lencería, pero al segundo día se regresó a A Coruña porque echaba de menos su fábrica. Javier Cañás Caramelo, un empresario de moda que lo había acompañado en ese viaje, recuerda al futuro dueño de Zara metido en un taller de unos cien metros cuadrados y no más máquinas de coser de las que podemos contar con los dedos de una mano. Desde esa década de los sesenta, Amancio Ortega apostó por la necesidad de vestirnos con estilo sin gastar mucho dinero. Viajar por primera vez a París fue confirmar su idea. En los noventa, ya convertido en un cincuentón millonario, Amancio Ortega fue otra vez a París. Acababa de inaugurar su primera tienda en la capital mundial de la moda, cerca de la Plaza de la Ópera, y cuando intentó entrar en su establecimiento un gran número de clientes que guardaban cola le impidió cruzar la puerta. Querían comprar la ropa que les vendía un español de pueblo, más bien bajito y calvo, que vestía una camisa simple sobre una barriga generosa. El dueño de Zara ha dicho que cuando vio a toda esa gente de París en fila buscando su ropa hecha en A Coruña, se puso a llorar.

Con estilo pero sin ostentación, la marca Zara ha ido transformando a parte de la clase media del mundo en gente que se siente menos vulgar y más distinguida al vestirse. La idea de qué es ser elegante suele ser un malentendido. Balzac decía que «la elegancia es la ciencia de no hacer nada igual que los demás, pareciendo que se hace todo de la misma manera» y creía que un efecto esencial de la elegancia era ocultar los miedos. Yves Saint Laurent, uno de los grandes diseñadores del siglo XX, se preguntaba: «¿La elegancia no consiste en olvidarse de lo que uno lleva?». Leonardo Da Vinci defendía que la simplicidad era la máxima expresión de la sofisticación. Incluso en matemáticas, la elegancia consiste en hacer un gran esfuerzo mental para hallar la solución más directa y sencilla. «Lo nuestro es el público real, no los sueños», dice Amancio Ortega, y no le va mal con las matemáticas.

Cuando entramos en una de las tiendas de Zara, con su lujo fingido a precios asequibles, se difumina la distancia entre las fantasías de los diseñadores y nosotros. El corte de una buena camisa tendría que favorecer una buena forma del tronco. Un pantalón debería resaltar un trasero macizo, y las monedas no deberían caerse de sus bolsillos. El tejido debería ser cómodo y resistente por tratarse de una prenda de uso frecuente. Si uno no tiene unas medidas parecidas a las de un maniquí, no hallará estos atributos en la ropa de Amancio Ortega, quien casi nunca viste de Zara: la ropa que vende en todo el mundo no le sienta bien a su cuerpo al borde de los setenta y nueve años. La democratización de la elegancia, entendida como la rutina de comprar ropa de marca a precios más baratos, supone que todos nos sintamos más elegantes sin que seamos expertos en moda. «Antes comprabas en Zara porque no tenías dinero para comprar marcas —dice un viejo amigo de la familia Ortega—. Ahora compras en Zara porque de otro modo parecerías un derrochador». Desde que Zara y otras cadenas, como H&M, Benetton o GAP se extendieron por el mundo, sabemos que las camisetas interiores de algodón son sólo para el interior, que debemos descoser las hombreras de nuestras chaquetas, que un pantalón negro jamás se debe combinar con una camisa azul marino, que los pantalones blancos son exclusivamente para el verano, que no se deben llevar escotes dos tallas menores, que si tienes cuarenta años tienes que vestirte como una persona de cuarenta años, que el ombligo sólo debe mostrarse en la playa. Zara ha ido más allá de sacar a la clase media de los hipermercados para que compren su ropa en boutiques de precios a su alcance: nos quiere convencer de que la elegancia no debería ser un lujo.

Cuando nos desvestimos en un probador, en esos minutos que posamos bajo luces pálidas y solos frente al espejo, tendemos a descubrir un defecto tras otro. En una tienda de Amancio Ortega, al lado de una camiseta ceñida habrá otra holgada, al lado de una prenda blanca habrá otra negra, al lado de un jean estrecho habrá un pantalón para ir a una boda. Como la buena publicidad, más que decirnos lo que tenemos que hacer, Zara capta necesidades e inseguridades y nos las devuelve en forma de ropa para ocultarlas. Un cliente de Zara visita en promedio la tienda unas diecisiete veces al año. Cada dos semanas encontrará novedades en los escaparates que se adapten a los cambios de su cuerpo y de su estado de ánimo. Es poco probable que compremos nuestra camiseta favorita en Zara, pero, si pasáramos media hora en una de sus tiendas, aunque fuéramos hombres con poco gusto o indiferentes a vestirnos bien, podríamos salir de allí con apariencia de elegantes. Se trata de una elegancia que tiene que ver más con la alegría y seguridad que nos proporciona, por ejemplo, una lisa y recta camisa blanca sin bolsillos.

La explicación más frecuente sobre el origen del nombre ‘Zara’ es que Amancio Ortega fue a un cine de A Coruña y se quedó prendado del personaje de Anthony Queen en Zorba el GrieGo. Aquel campesino que mantenía una actitud vital en medio de las miserias y la crueldad en su isla le pareció un espejo de sí mismo. Como ‘Zorba’ ya estaba registrado, empezó a jugar con sus letras. Sin poder usar su nombre, pero con la misma determinación que el personaje de Anthony Queen, Amancio Ortega creó una empresa desde un pequeño rincón del mundo hasta colonizar el mercado internacional. «No soy un gran cliente de Zara —dice Carlos Primo, coautor del libro ProdiGiosos mirmidones. antoloGía y aPoloGía del dandismo—. Pero es difícil decir que no te gusta. Lo tiene todo». La estrategia de Inditex, el grupo empresarial que aglutina Zara y a otras siete cadenas de ropa y complementos de su propiedad, es olvidar al individuo para seducir a una masa distinguida y ávida de una elegancia sin derroches. Diseña un mismo modelo para cerca de cien países. Aunque sus prendas no estén hechas a la medida, cada mañana, cuando uno decide cómo va a vestirse, Zara apunta a crearnos la ilusión de que con ellas nos vemos bien. «Yo voy a fabricar —dice Amancio Ortega— lo que van a querer los clientes». No ha descubierto cómo nos queremos ver en el espejo de un probador, sino cómo nos podemos gustar con lo que vemos.

Hace unos años Amancio Ortega caminaba por el almacén central de Zara, en Arteixo, un pueblo de Galicia a media hora de A Coruña, cuando regañó a un trabajador que descansaba junto a unos camiones que transportan la ropa. «Si tiene algún problema, hable con mi jefe», le respondió el empleado. Cinco minutos después se presentó el jefe. Y el jefe del jefe. Y el jefe del jefe del jefe. El empleado se puso pálido: no se había dado cuenta de que el hombre al que había desairado era el patrón de Zara. Hoy, según la revista Forbes, Amancio Ortega es el tercer hombre más rico del mundo, después de Bill Gates y Carlos Slim. Es capaz de comprar en sólo un mes un edificio de cinco plantas en el corazón de Manhattan, más una antigua y majestuosa residencia de unos duques en Londres, más la ex sede principal de casi nueve mil metros cuadrados de un banco en Barcelona. Es propietario de un Bombardier, uno de los tres jets privados más caros que existen, también elegido por celebridades como Oprah Winfrey o Steven Spielberg. Es el niño que había empezado como chico de los recados en una camisería de A Coruña y que cuatro décadas después ascendió a Patrón de la Moda. Una consecuencia posible después de ese desaire del trabajador de Zara sería un despido fulminante. Al estilo de la leyenda de que cuando Steve Jobs estaba de mal humor podía echar a la calle a un empleado si se lo cruzaba en un ascensor. El empleado de Zara, sin embargo, conservó su trabajo.

Desde hace años, esta escena se cuenta entre los nuevos empleados del almacén central de Zara como una historia de iniciación para perfilar a un hombre de apariencia invisible que controla cada detalle de su trabajo. Una mañana de agosto, el mes en que todos los españoles se mudan a la playa, un auditor de KPMG, la empresa que durante años revisó las cuentas de Zara, visitó el almacén de Arteixo y vio a Amancio Ortega doblando camisas. Hacía años que, de tanto en tanto, el mismo millonario cargaba camiones en el mismo almacén y se sentaba en un pupitre para asistir a los cursos de formación de sus empleados. En otra ocasión, un trabajador del departamento de auditoría interna lo recuerda midiendo en pasos la longitud de un cuarto, caminando con las manos cruzadas detrás de la espalda, como si fuera un viejo carpintero preparándose para construir un mueble. Era habitual ver a Amancio Ortega paseando por todo el almacén con una libreta en la mano donde anotaba las necesidades de cada departamento de su tienda. Aunque oficialmente ya no es el presidente de Inditex, es un hombre mayor que regresa a trabajar todos los días a su cuartel general.

El señor que cada año lanza al mercado unos mil millones de prendas para vestir a hombres y mujeres de cuatro continentes llegó casi a la edad de jubilarse sin que se hubiera publicado más de una foto de él. Es una imagen tamaño carnet del joven Ortega que tampoco sirvió para acabar con su anonimato. El trabajador que confundió a su jefe con un don nadie no tuvo cómo saberlo: a fines de la década de los noventa, Amancio Ortega era una figura tan misteriosa que el periódico portugués Dário De noticias publicó un artículo, en el que dudaba de su existencia. Otro rumor que se extendió por esos años fue que su fortuna procedía del tráfico de drogas, una explicación fácil para justificar que alguien se hubiera hecho rico en Galicia, la punta noroeste de España, donde se encuentra Fisterra, el lugar donde en el siglo I los romanos pensaban que se acababa el mundo. En una región siempre pobre, de agricultores y pescadores, a finales de los ochenta y principios de los noventa, se solía atribuir la bonanza a algo que provenía del mar: o conservas de pescado y marisco; o fardos de cocaína de los cárteles colombianos. Incluso su lugar de nacimiento era un enigma: se decía que había nacido en A Coruña, la ciudad costera de un cuarto de millón de habitantes donde él había residido desde niño, o en un pueblo de Valladolid, el lugar de nacimiento de su madre. Amancio Ortega nació en Busdongo, un pueblo de pocos habitantes conocido únicamente por su estación de tren, donde él vino al mundo porque allí habían trasladado a su padre, un empleado ferroviario, el mismo año en que estallaba la Guerra Civil Española. Una de las costumbres de Amancio Ortega era pasear por la plaza del ayuntamiento de A Coruña o por su paseo marítimo, los dos puntos neurálgicos de esta ciudad, sin guardaespaldas, sin miradas indiscretas, sin paparazzi ansiosos de poner cara al señor que ordenaba coser los hilos de sus pantalones desde la sombra. Una anécdota que circula entre coruñeses es que un día un hombre presumía en una cafetería la gran amistad que le unía al fundador de Zara sin saber que se lo estaba contando a Amancio Ortega.

El primer retrato de Amancio Ortega posando se difundió en el informe anual de 1999 de la empresa Inditex. En él viste una chaqueta azul marino y una camisa blanca, tiene los labios contraídos y mira a la cámara con una mezcla de inexpresividad y dureza. Inditex estaba preparando su salida a bolsa, una decisión con la que en principio Amancio Ortega estuvo en desacuerdo. Los futuros inversionistas necesitaban un rostro visible en quien confiar. Un ex ejecutivo de JP Morgan de la época en la que esta firma trataba de convencerlo para que Inditex saliera a bolsa recuerda que no aceptó acompañar a los negociadores a ver las carreras de Fórmula 1, un acontecimiento televisado a miles de millones de televidentes, pero que accedió a ir con ellos de cacería a países de Europa del Este. Las cacerías hacían posible estar tiempo con él y, a diferencia del escenario de las carreras, desaparecer los testimonios gráficos. Inditex se lanzó a la bolsa en 2001. Amancio Ortega tampoco fue a la ceremonia.

El anonimato de décadas se acabó casi al mismo tiempo en que saltó de ser millonario a uno de esos archimillonarios que equiparan sus fortunas con el PIB de algunos países. Hoy Amancio Ortega es tan millonario que los siguientes quince españoles en la lista de los más pudientes deberían juntar sus posesiones para alcanzar el poderío económico del fundador de Zara. A sus dividendos como Patrón de la Moda, Ortega ha sumado negocios inmobiliarios con propiedades en las calles más exclusivas de Londres, París, Barcelona o Nueva York. De 2013 a 2014 su fortuna fue la que más creció entre los grandes millonarios del planeta. En el último medio siglo, Amancio Ortega pasó de pedir un préstamo a un banco español para iniciar un modesto negocio familiar a poseer una riqueza —más de sesenta mil millones de dólares— que serviría para pagar la deuda externa de Perú, Ecuador y Bolivia, y le sobraría dinero para que sus hijos y nietos vivieran como millonarios toda la vida. El dueño de Zara vio cómo su fortuna ascendía a medida que su compañía —de la que posee el cincuenta y nueve por ciento— se convertía en un concepto mundial de elegancia para la clase media. Cuando estalló la crisis económica en España, las ventas de Inditex bajaron en su país durante tres años, pero Amancio Ortega seguiría escalando en la lista de Forbes de los más ricos del mundo. Sólo una quinta parte de las ventas de Inditex proviene de España. El resto de Europa, Asia y América, en ese orden, son su mercado global. En algún lugar del mundo, siempre hay alguien comprando en una tienda de Amancio Ortega.

El dueño de Zara pasa la mayor parte de su tiempo en Galicia. Vive muy cerca del ayuntamiento de A Coruña, en un edificio remodelado. Tiene una fachada inferior de piedra en cuya parte superior hay una galería de grandes ventanales con vistas a la dársena del puerto. Una mañana reciente vi al dueño de Zara saliendo por su cochera: luego de que un guardaespaldas se asomara a la calle, apareció un Mercedes conducido por otro guardaespaldas. Amancio Ortega estaba sentado en el asiento del copiloto. Vestía una camisa azul cielo y de su bolsillo asomaba la funda de sus gafas. Se dirigía a La Fábrica, como llama su familia al almacén central de la empresa. Un bus de pasajeros pasaba a unos metros de la entrada de su cochera y unos transeúntes señalaban su casa con todas las ventanas cerradas.

Los hábitos de Amancio Ortega delatan a un multimillonario discreto, pero en absoluto austero. Ha comprado un segundo avión después de la insistencia de los ejecutivos de su empresa, quienes tenían que conciliar sus viajes de trabajo con las necesidades de la familia del jefe. Su primer avión está en un hangar en Santiago de Compostela, a setenta kilómetros de A Coruña, oculto a la vista de los curiosos. Cuando en A Coruña construyeron un nuevo puerto, le pidieron que llevara su barco, pero Ortega se negó y ningún coruñés pudo comentar más de sus lujos. Según una persona cercana a la familia, en las navidades de 2013, el piloto de su avión viajó hasta una tienda Nike de Nueva York para recoger un regalo para Ortega, una pulsera inteligente que mide sus capacidades cuando él se ejercita sobre la cinta corredora antes de salir a trabajar, parte de su rutina de todas las mañanas. Su flota de coches —un Mercedes Clase E, un Mercedes GL y el Mini Cooper S de su segunda esposa— es discreta para tratarse del tercer hombre más rico del mundo. Se sabe que a Marta Ortega, la última de sus tres hijos, gran aficionada a los caballos, le regaló Casas Novas, un hipódromo que mandó a construir cerca de la sede de Inditex.

El sobrenombre familiar de La Fábrica recuerda la creación modesta de la empresa. Amancio Ortega se ha casado dos veces. La primera con Rosalía Mera, a la que conoció cuando era una adolescente que trabajaba como dependienta en una tienda de ropa de A Coruña, con quien tuvo dos hijos: Sandra, quien se dedica a la fundación Paideia para colectivos desfavorecidos que creó su madre; y Marcos, quien nació con una parálisis cerebral severa. Cuando ya era millonario, se casó por segunda vez con Flora Pérez, Flori, que trabajaba en la primera tienda de Zara que abrió en Vigo, una ciudad al sur de Galicia. Marta Ortega es hija de ambos. Bajo el abrigo de El Patrón de la Moda, todos han tratado de conservar un perfil discreto. La familia es un acorazado. Si Amancio Ortega es un obseso con su intimidad, todavía lo es más con la de los suyos.

En agosto de 2013, su sobrina favorita, María Dolores Ortega, Loli, estaba en un yate con su marido y unos amigos cuando Amancio Ortega la llamó desde el extranjero para avisarle que Rosalía Mera, su ex esposa, había sufrido un derrame cerebral en Menorca. Uno de los presentes en el yate recuerda que el mensaje fue inequívoco: «Las vacaciones se acabaron para todo el mundo». Rosalía Mera, la mujer más rica de España, fue trasladada a un hospital privado y moriría al día siguiente. Desde su divorcio, Amancio Ortega no tenía relación con su ex mujer, pero su sentido de la familia y el temor a que un paparazzi captara una tópica foto de ricos en yate mientras Rosalía Mera agonizaba lejos de ellos lo obligó a actuar como el jefe de familia para protegerlos. En el entierro, cuando era inevitable la exposición pública, Amancio Ortega volvió a colocarse en la segunda fila.

Ahora Amancio Ortega ya no se ocupa en persona de los detalles nimios como en los primeros tiempos de Zara, cuando acudía a felicitar las navidades a sus empleados y les regalaba un vale para que gastaran en la tienda. Aunque, según una de las empleadas más veteranas de la empresa, todavía él tiene la última palabra. Cuando se sienta en una reunión, Amancio Ortega escucha a todo el mundo. Quiere que todos participen, le gusta la competencia entre trabajadores, pero ninguna decisión importante se tomará sin su aprobación. Suele ser un hombre afable pero, aunque muy esporádicas, sus broncas son legendarias. Hace un tiempo se enojó porque los diseñadores le enseñaron una chaqueta con un precio de venta de cuatrocientos euros. No habían entendido nada: jamás un cliente de Zara se debe escandalizar por el precio de la ropa. Decidió bajar el precio antes de ir en contra de la filosofía de la marca. Su despacho en Arteixo está casi siempre vacío porque prefiere sentarse con sus empleados en una mesa en el departamento comercial del almacén. Al mediodía almuerza en el comedor de la empresa y le llevan la bandeja a la mesa. Su comida favorita son los huevos fritos con patatas y chorizo.

Los más antiguos empleados de Amancio Ortega tienen una idea familiar de él, pero también, con el tiempo, de lejanía. «Hay gente que lo ve como una especie de padre», dice una miembro del sindicato UGT, uno de los dos principales sindicatos de trabajadores de España, que lleva veintiún años en las tiendas. La devoción crece entre las empleadas más veteranas, a las que Ortega llama «churriñas», una expresión típica entre los gallegos. Otras dos empleadas, que iniciaron su carrera en la primera tienda Zara, en 1975, recuerdan las doce horas al día que dedicaban a la empresa. En ocasiones Amancio Ortega exige a sus empleados un esfuerzo mayor a los límites de los convenios de ocho horas laborales al día, pero él mismo se ha ganado el respeto y la tolerancia a su exigencia por trabajar más de la cuenta. Las trabajadoras recuerdan a un joven Ortega barriendo las tiendas después del cierre o preocupándose por la salud de sus familiares. Le agradecen que, siendo unas chicas sin estudios, les diera trabajo remunerado para toda la vida. No es tan simple repetir años de la misma rutina. Una de sus empleadas se acaba de operar el codo por una dolencia producida por cargar ropa desde que era una adolescente. Su compañera sufre de molestias en su espalda, que a veces la obligan a dejar de trabajar. «El final del camino —dice una de ellas— es que nos hemos convertido en números». Desde 2013 ambas empleadas han pedido cita a la secretaria del «señor Ortega» para comentarle sus problemas y siguen esperando. «Sigue siendo tan humano como siempre —dicen justificándolo—. Él no se entera de esto. No permitiría nuestra situación». Amancio Ortega emplea a ciento treinta mil trabajadores en todo el mundo, y a unos mil trabajadores sólo en A Coruña, una ciudad de un cuarto de millón de habitantes donde han cerrado sus principales industrias.
El círculo de confianza de Amancio Ortega se reduce a su familia, amigos de toda la vida y algunos trabajadores. Pero en A Coruña casi todo el mundo tiene algo que decir sobre el fundador de Zara, a quien ven como un abuelo bonachón y benefactor. Se ha extendido una familiaridad imaginaria que deriva en que todos los coruñeses se refieran a él como «Amancio», así, sólo por su nombre de pila, aunque apenas lo hayan visto observando obras en construcción o esperando en el coche mientras su mujer hace unas compras rápidas o en un restaurante rural comiendo un cocido, un típico plato gallego con carne de cerdo, ternera y pollo acompañado con patatas, chorizo y verdura. Cuando uno se acerca a la gente que realmente lo conoce, los comentarios son escasos y la exigencia de anonimato una regla.

El encanto de Amancio Ortega y el espíritu familiar de Zara siguen impregnando A Coruña y la sede de Arteixo, pero aún no alcanzan los cinco continentes. Hoy Zara se debate entre conservar los buenos modales de la empresa familiar de sus orígenes y la multinacional en la que se ha convertido, con todos los tics de las grandes empresas: la frialdad en el trato, la falta de contacto con el jefe, las decisiones de ejecutivos jóvenes sin apego a los modestos inicios de la empresa, la producción en cadena en vez de la artesanía, más la dudosa estela moral que su meteórico ascenso ha dejado: en varios países del mundo, Zara tiene empleados trabajando en condiciones miserables. Hoy Amancio Ortega vive caminando sobre una cuerda floja: en un extremo descansa su reputación de discreto; en el otro, las acusaciones de ser un esclavizador de quienes trabajan en sus talleres de confección. Las denuncias sobre trabajo esclavo contra su firma se multiplican a medida que crece su fortuna.

Una auditora del Ministerio de Trabajo de Brasil, donde se acusa a Zara de tener unos treinta y tres talleres clandestinos, dijo: «Si nosotros podemos rastrear la cadena de producción, Inditex también puede hacerlo. Y si Inditex controla la calidad de sus productos ¿por qué no hace lo mismo con la mano de obra?». Lo mismo denunciaba un informe de dos ONG españolas para una campaña llamada «ropa limpia»: por doscientos dólares mensuales, las trabajadoras de Inditex de Tánger, Marruecos, estaban detrás de máquinas de coser hasta setenta y cinco horas a la semana. Inditex tiene un código de Responsabilidad Social, que en teoría garantiza los derechos de cualquier trabajador de la empresa en cualquier país, pero su respuesta oficial ha sido culpar a sus proveedores, que son quienes contratan los talleres clandestinos. Una empresa donde se controla al milímetro la importancia de un cajón se excusa de no tener la capacidad de controlar la dignidad de decenas de personas.

La mano de obra indigna que utilizan los gigantes textiles es una práctica cotidiana que sólo suele salir a la luz con la tragedia. El año pasado, en Bangladesh, se derrumbó un edificio de ocho plantas dedicado a la fabricación textil y murieron más de mil personas que trabajaban en él confeccionando prendas para El Corte Inglés —el principal almacén textil de España—, Mango, Primark o The Children’s Shop. El día anterior habían aparecido grietas en las paredes. Al día siguiente, cientos de trabajadores se agolparon en la puerta y se negaron a entrar. Los patrones, algunos con palos en la mano, les aseguraron que el edificio se mantendría en pie otros cien años y amenazaron con dejarlos sin su paga. Fue entonces cuando los trabajadores entraron. Horas después la construcción se vino abajo como en un gran terremoto. «Se llama esclavismo», dijo, refiriéndose a ellos, el Papa Francisco en su última homilía por el Día del Trabajador. En Argentina, el país del Papa, también funcionan redes de trata de personas para conseguir mano de obra muy barata. Dos trabajadores bolivianos llegaron un día a denunciar sus condiciones inhumanas al escritorio de La Alameda, una organización contra el trabajo esclavo, y le mostraron una etiqueta de Zara. A cada marca le corresponde un número de serie que se imprime en la etiqueta, donde también se indican la región y el taller en el que se fabrica la prenda. Dijeron que trabajaban en un taller de Buenos Aires. Pero la demanda de la ONG Alameda no prosperó. «Nosotros ponemos un abogado, y ellos quince», dijo un colaborador de la organización. En Argentina, se lamentaba, la pena por robar una vaca es mayor que por denigrar a una persona.

En Inditex se jactan de ser una gran familia. Pero los familiares del tercer hombre más rico del mundo, a diferencia de su ropa, sí conocen fronteras. Una de las explicaciones es que el negocio de Zara ha crecido más que la capacidad de sus proveedores para producir ropa, y que estos se ven obligados a subcontratar talleres ilegales. Hay quien dice que el hombre que lo controlaba todo ya no tiene capacidad para hacerlo y que la nueva generación, encabezada por Pablo Isla —el abogado que Amancio Ortega eligió para presidir Inditex—, no tiene el toque ‘humano’ de Ortega del que hablan sus empleados. La falta de humanidad, de todos modos, no resiente el negocio. Delante del espejo nos preguntamos si una prenda nos sienta bien y si podemos pagarla, no cuál es su historia. La estética nos importa más que la ética. El señor de la moda, mientras tanto, practica el mismo método a sus triunfos que a sus miserias: la invisibilidad.

 

En una de sus columnas, el escritor Manuel Vincent comparaba a Amancio Ortega con Prometeo. «Todo lo que ha hecho Amancio Ortega ha sido robarles el fuego a estos dioses [los grandes diseñadores] y ponerlo en los escaparates convertido en ropa asequible de última moda». Acusarlo de falta de creatividad ha sido una constante en el ascenso a la cima de Zara. Falta de creatividad es a veces un eufemismo para copia, plagio, imitación, usurpación, robo. La empresa nunca ha perdido en los tribunales, pero las denuncias por plagio se han suc¬edido. Meses atrás, por ejemplo, la diseñadora e ilustradora española Verónica de Arriba denunció a Inditex en las redes sociales por plagiar uno de sus dibujos en unas camisetas de Lefties, una marca propiedad de Amancio Ortega. De Arriba colgó una fotografía en su muro de Facebook comparando su diseño y la prenda. El caso más comentado en los últimos años fue el de la apropiación de imágenes de Louise Eibel, Betty Auti y Michèle Krüsi, blogueras de moda que se autorretratan con looks que después marcan tendencias. Stradivarius, una de las cadenas de Inditex para el público más joven, puso a la venta unas camisetas con dibujos calcados de algunas de esas fotografías. La copia era innegable y, después de las quejas públicas de las diseñadoras, Inditex retiró las prendas del mercado.

No sólo se trata de Zara: la misma estrategia entre la inspiración y el plagio como vehículo para buscar novedades también la usan otras marcas. H&M, la gran competidora de Zara, causó un revuelo cuando sacó unos cojines y felpudos con el diseño de Tory LaConsay, una desconocida artista estadounidense que había escrito en una pancarta de su vecindario de Atlanta la frase Have a nice day con un corazón dibujado al lado para alegrarle el día a sus vecinos antes de ir al trabajo. Mango lanzó una camiseta con la reproducción de una foto de una chica de pelo largo en medio de un campo que el fotógrafo iraquí Tuana Aziz había subido a su Instagram. Zara crea entre sus clientes más fieles la ilusión de elegir algo único, un acto en el que se mezclan las ordenanzas de la élite y la creación de la calle, aunque los autores se diluyan entre la multitud. La calle e internet se han convertido en una enorme pasarela para robar ideas. En esa búsqueda, Zara es el explorador más veloz.

Una prenda de Zara tarda un promedio de tres semanas en pasar del dibujo al escaparate. Cada semana o cada dos semanas se introducen novedades en las tiendas, y este año incorporaron chips a la ropa para saber qué tallas y modelos hay que reponer de inmediato. Mientras la cadena H&M hace dos o tres apuestas masivas al año, la firma de Amancio Ortega es capaz de renovar el setenta y cinco por ciento del stock de sus tiendas en unos días. Un coolhunter de Zara puede captar un vestuario en un club exclusivo de Nueva York como el Marquee, al lado del Empire State Building; en una boutique de la exclusiva avenida Montaigne de París o en las galerías Vittorio Emanuele de Milán, y en menos de un mes podríamos estar en la tienda de la caja pagando un modelo similar. Las subculturas urbanas que reclaman autenticidad se comercializan y se uniforman a una velocidad contra el aburrimiento. En Zara lo hacen en un tiempo récord y con poca mercadería en sus tiendas para crear una sensación de urgencia a la hora de comprar. Si ves una prenda que te gusta y esperas a la semana siguiente para comprarla, es probable que ya no la encuentres.

Cortar a todo el planeta por el mismo patrón y a velocidad de crucero tiene sus riesgos. Zara ha tenido que pedir disculpas y retirar del mercado una camiseta infantil que en teoría estaba inspirada en los sheriffs, pero que se parecía más a la indumentaria que los judíos llevaban en los campos de concentración nazis. La prenda, a rayas blancas y azules horizontales, llevaba bordada en el pecho una gran estrella amarilla de David, que recordaba la marca que debían llevar los judíos durante el Holocausto. «¿Pretendéis provocar un trauma a alguien? Yo me pregunto: ¿va acompañado con un número tatuado temporal en el brazo? ¿Tenéis chaquetas pequeñas de las SS?», decía uno de los centenares de comentarios que surgieron en las redes. No era la primera vez que Zara, una de las firmas de moda más exitosas en Israel, hería sensibilidades. En 2007 también había tenido que retirar una colección de bolsos después de que una clienta del Reino Unido devolviera el artículo porque incluía una esvástica que sobresalía en un diseño primaveral, de tonos claros y motivos florales. La única excusa que ofrecieron fue que en el diseño original no aparecía la esvástica y que había sido elaborada por un proveedor de la India. El símbolo más odiado por los judíos significa bienestar y felicidad para los hinduistas.

Pero quienes comandan el ejército de Zara poseen también un gran instinto comercial. El 11 de septiembre de 2001, en los días posteriores a que Al Qaeda estrellara dos aviones contra las torres del World Trade Center, se derribaron también las ideas primaverales de los diseñadores de Nueva York. Sin embargo, las marcas de ropa continuaban mostrando alegría en una ciudad devastada, excepto Zara, que ya vendía prendas oscuras para guardar el debido luto. Mientras el mundo miraba aterrorizado las imágenes televisadas de las dos torres derrumbándose, en sólo unas horas, desde la central de Arteixo, se decidió que la ropa estampada se guardaría en el almacén y otra colección más sobria sería la que luciría en los escaparates. El mundo se tambaleaba y Amancio Ortega seguía facturando.

 

El diseño es una de la grandes pasiones de Amancio Ortega, pero la gran obsesión del tendero más exitoso del mundo siguen siendo sus tiendas. En el cuartel general de Inditex se montan prototipos de las boutiques que siempre cuentan con la autorización del jefe. En abril de 2011, Amancio Ortega visitó un centro comercial en las afueras de A Coruña para ver la tienda de Zara que se había inaugurado, un establecimiento que servía de preámbulo para la boutique que abriría después en la Quinta Avenida de Nueva York. La prensa local cubrió el acontecimiento. Por la mañana, el dueño de Zara dio consejos sobre la mejor localización para el mobiliario y opinó sobre las prendas por exhibirse. A la hora de la comida pidió un sándwich vegetal, una cerveza y un café con sacarina en un establecimiento del centro comercial. Por la tarde visitó el resto de tiendas de Inditex en el complejo. Antes de marcharse entró también en Blanco y Primark, dos marcas de la competencia que venden ropa de diseño barata. Si Amancio Ortega piensa que un cajón debe medir veinte centímetros en vez de diez, ordena de inmediato que se cambie. «Levantábamos un garaje —dijo Ortega a su amiga periodista Covadonga O’Shea— y en seguida nos preguntábamos por qué no levantábamos dos plantas más». Una de sus últimas preocupaciones fueron las largas colas que se producen delante de las cajas registradoras de Zara.

El Patrón de la Moda se ha colado en nuestros armarios no porque sea un artista, sino por ser un excelente tendero. Su primer trabajo fue de chico de los recados en Gala, una camisería de A Coruña. Tenía doce años cuando dejó los estudios de secundaria. Amancio Ortega recuerda que un día fue con su madre a comprar comida y que escuchó al tendero decirle que no podía fiarle más dinero. «Aquello me dejó destrozado», le dijo a Covadonga O’Shea en el libro Así es amancio ortega, la única publicación que ha consentido sobre su vida. Sin estudios y sin experiencia, por su obsesión al trabajo, el chico que repartía camisas en bicicleta se ganó el favor de sus jefes. Pronto se cambió a otra tienda, donde trabajaban su hermano y una de sus hermanas, y ascendió hasta convertirse en encargado del local. Su hermano y él pidieron un crédito, y junto a su cuñada, Primitiva Renedo, y la que se convertiría en su primera mujer, Rosalía Mera, crearon la empresa GOA. Las iniciales invertidas de Amancio y Antonio Ortega Gaona. Zara lo esperaba a la vuelta de la esquina.

Las tres mayores fortunas del mundo se forjaron alrededor de una mesa. El imperio de Bill Gates nació sobre la mesa de un garaje. El de Carlos Slim en una cena en la que el entonces presidente de México, Carlos Salinas de Gortari, pidió a los millonarios que insuflaran billetes a la economía de un país en crisis y que él se los devolvería con poder. El reino de Amancio Ortega se gestó en el bar Sarrión de A Coruña. Allí los pioneros de la moda gallega se reunían para beber un vino y conversar. En esas conversaciones apareció GOA y su primer éxito: una bata de dormir. «Es como si a un bistec, que es necesario comerlo, le pones dos hojas solo para decorar. Las hojas te han costado diez céntimos, pero el bistec ya es otra cosa», dijo Javier Cañás Caramelo, hijo de los dueños de ese bar, gerente comercial de la primera época de GOA y amigo del dueño de Zara. La bata de dormir era más cara que esos «sacos de patatas» que evoca Caramelo, pero más barata que las de las exclusivas tiendas de moda de la ciudad. El tejido de aquella bata de dormir, según Caramelo, era de buena calidad. A pesar de la leyenda dice que algunos tenderos las rechazaron porque se desteñían. Era un Amancio Ortega estilo temprano: precios asequibles, velocidad de producción, escaso margen de ganancia por unidad pero abundantes ventas. Las virtudes que marcarían el futuro éxito de Zara habían aparecido temprano en la modesta empresa familiar.
Hoy las universidades más prestigiosas del mundo han estudiado el modelo de negocio que ideó aquel hombre sin estudios. Los dos términos que siempre aparecen entre los expertos es integración vertical (la empresa controla todo el proceso desde la producción hasta la venta minorista), y fast fashion, estructuras ligeras y ágiles, poco stock en la tienda y velocidad de reacción para que una prenda esté lista lo antes posible. Inditex comparte este modelo con sus competidores GAP, H&M o Bennetton, pero, mientras estas externalizan alguna fase de producción, en Zara todo acaba en el cuartel general de Arteixo. En tiempos en que el significado del azul cambia de una semana a otra, en el que los pantalones anchos y estrechos se llevan a un tiempo, en el que nadie puede responder con claridad a la pregunta sobre qué está de moda, Amancio Ortega parece saber cómo nos vestiremos y cómo nos desvestiremos. Ha declarado que cuando ha visto en la calle una prenda que le gustaba ha llamado por teléfono a la central de Zara y en dos semanas tuvo un modelo similar repartido en sus más de seis mil tiendas de todo el mundo. «Yo voy a fabricar lo que van a querer los clientes», dice Amancio Ortega. Lo importante no es marcar tendencias sino reproducirlas lo antes posible.

Una noche, hace unos meses, en A Coruña, Cañás Caramelo se encontró con Amancio Ortega en un semáforo cerca del almacén central de Inditex. El Patrón de la Moda le había prometido que estaba volviendo temprano a su casa, y, como un ex adicto al tabaco al que sorprenden fumándose un cigarrillo, sonrió. Le dijo que esa noche era una excepción. Caramelo —un hombre que a diferencia de su amigo viste pantalones burdeos, americana entallada y un peinado hacia atrás— cree que Amancio Ortega sigue siendo el mismo hombre con el que viajó a París. El mismo que allí se asombró con el glamour de sus habitantes para después llorar al verlos comprar la discreta elegancia que les vendía.


November 29, 2014

José Luis Pardo Veiras

Un texto de


November 29, 2014

Etiqueta Negra 122

Un texto de

EL ÚLTIMO
CAPÍTULO
DEL CHAVO DEL 8

En México, los críticos y los intelectuales no lo quieren: de los estudios de TV, Chespirito se ha retirado a su casa para escribir poemas con rimas y cándidos ensayos. Vive con la gran compañía de su esposa, Doña Florinda, y ya no le basta la herencia sentimental de sus programas: parece que Roberto Gómez Bolaños quiere que lo recuerden también como un ciudadano y sobre todo como un intelectual.

Un texto de Gerardo Lammers

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Alguien sube las escaleras, y aparece entonces la breve figura de un hombre con grandes gafas y barriga abultada. Sabía que la televisión engorda, pero ahora me doy cuenta de que también agranda: Chespirito es más bajito de lo que pensaba, casi como un viejo duende. Ha llegado vestido con una camisa a rayas de manga larga, pantalón café y zapatos mocasines. A la luz de esta mañana calurosa y nublada de agosto sus setenta y cinco años resultan imposibles de ocultar. Ahora se sienta frente a mí con las manos entrelazadas, inclinándose hacia adelante sobre una silla austera.

—¿Cómo está?

—Pues le digo que regular. Parece que desde diciembre se me concentró la edad.

Unos días antes de la Navidad de 2003, Roberto Gómez Bolaños visitó por primera vez en su vida el hospital. Fue una extraña alergia combinada con una bronquitis crónica. Parecía estar pagando el precio de haber fumado durante cuarenta años, un hábito incubado en sus maratónicas sesiones de escritura para la televisión. Escritor de absolutamente todos sus programas, no en vano un director de cine mexicano bautizó a Gómez Bolaños -cuando éste escribía para la pantalla grande- como el Shakespeare chiquito, un sobrenombre que degeneró en Chespirito.

Ahora estoy sentado frente a una mesa de cristal, junto al creador e intérprete del Chavo del Ocho. Ésta es la oficina de Roberto Gómez Bolaños, en realidad una amplia casa de dos pisos, amurallada, con jardín y cochera para dos autos en la Colonia del Valle, el barrio clasemediero de la Ciudad de México donde siempre ha vivido el popular cómico de la televisión latinoamericana. Chespirito visita sólo de vez en cuando esta propiedad. Su hogar, descrito como sombrío en alguna entrevista, queda muy cerca de aquí. La sala de juntas en la que me encuentro está decorada con fotografías, dibujos, placas conmemorativas de sus representaciones teatrales y me parece ver hasta algunos trofeos deportivos. Al fondo, oculta tras un muro, hay una secretaria trabajando.

Recién salido de la afección respiratoria, a Chespirito le atacó un terrible dolor en el nervio ciático.

—¡Pa’ su mecha! Mis dolores más fuertes habían sido de dientes, muelas, pero éste les gana a todos.

Percibo algo extrañamente familiar en su voz, como una inflexión conocida. No fue Gómez Bolaños quien pronunció la segunda parte de esa frase: fue el Chapulín Colorado. Era su habitual cambio de ritmo, igual a cuando dice lo sospeché desde un principio. «Afortunadamente mi mujer me atiende muy pronto. Es muy buena para inyectar.»

Florinda Meza, Doña Florinda, es su segunda esposa. Doña Florinda está casada con él desde hace casi tres décadas. A pesar de sus achaques, Chespirito sigue activo. De hecho acaba de regresar de Santiago de Chile, a donde fue a presentar Y También Poemas, un libro publicado por la editorial Punto de Lectura.

-Para el público latinoamericano, fue una sorpresa que usted sacara un libro de poemas. ¿Lo tenía guardado?

-Es algo que nunca pensé publicar. Desde que era jovencito me gustó la poesía. Mi mamá me enseñó las reglas importantes de versificación: rima, métrica, acento, etcétera. Escribo a ese estilo antiguo, que yo no lo considero antiguo.

Otra vez me parece escuchar al torpe héroe de las antenitas de vinil. Son sus clásicas digresiones enmarañadas no llevan a ninguna parte. O mejor aún: que llevan a la risa.

-Para la gente ahora la poesía es libre y nada más. La métrica y la rima no existen. Y sí existen. Le voy a poner un ejemplo muy grande: cuántas veces hemos oído por las calles: el “pueblo/unido/jamás será vencido” -dice cantando- Hay métrica y hay rima, y la rima tiene una fuerza enorme. Los publicistas buscan rimas todo el tiempo para anunciar productos.

Chespirito debe de haberse acordado de que en sus inicios de escritor, había trabajado para una agencia de publicidad. Hubiera querido ser futbolista profesional, y casi lo consigue, pero sus menos de cincuenta kilos de peso hacían de él un centro delantero al que el viento se llevaba. Al terminar la preparatoria, se había matriculado en una facultad de ingeniería. Su otro trabajo fue de pasante de ingeniero. Debía contar los remaches que se ponían en las vigas. Lo mataba de aburrimiento. Nunca se arrepintió de haber aceptado la oferta de la agencia de publicidad por la mitad de sueldo que ganaba antes.

-Supongo que su libro de poemas es una manera de poner sobre la mesa ciertos temas que usted no tuvo oportunidad de tratar en sus programas: la política, la corrupción, el erotismo.

-De todo eso hablo directamente. Tengo mala memoria, no sé si aquí habrá uno…

En mi mochila está su libro de poemas que compré hace unos días. Chespirito lo recibe sorprendido como si fuera el primer hombre de su país que lo busca para entrevistarlo sobre él. En México la prensa casi no lo toma en cuenta.


***


Hay una anécdota que al creador de la vecindad más famosa de Latinoamérica le gusta contar: una vez Emilio Azcárraga Milmo, el ya fallecido dueño de Televisa, telefoneó a su oficina para informarle de que lo estaban viendo trescientos millones de personas por semana. A decir del Tigre Azcárraga, era una gran responsabilidad. Tal vez ésta sea una de las claves que explican el humor blanco e inofensivo que distingue la carrera de Gómez Bolaños. En México, los intelectuales y los críticos de televisión siempre despreciaron sus programas.
-Qué flojera -fue la reacción instantánea de un crítico cuando pronuncié el nombre de Chespirito.

Acudí también a otra importante crítica de televisión. Ella prefirió no contestarme.

-Jura que su humor viene de El Gordo y el Flaco, cuando en realidad nunca lo entendió -me dijo el crítico-. El Chavo del Ocho es el primer personaje entrañable de la miseria —al final sentenció.

Mientras no cambiara la realidad latinoamericana, creía él, una historia así podía quedarse en la televisión para siempre. Lo indudable es que los personajes de Chespirito han ejercido una insólita fascinación sobre los latinoamericanos desde finales de la década del setenta. Con excepción de Cuba, las series de este humorista se repiten por lo menos una vez al año en todos los países de América Latina.»

Se cuentan historias insólitas sobre el fervor que despiertan las series de Chespirito. No sólo Menem y Maradona se han declarado sus admiradores. Hace algunos años, el brasileño Edson Arantes do Nascimento intentó comprar los derechos de El Chapulín Colorado para llevarlo al cine. Un futbolista chileno, Sebastián González, celebra sus goles en el campeonato mexicano luciendo la camiseta del antihéroe cuyo escudo es un corazón. No por casualidad Chespirito hizo dos películas dedicadas a este deporte, El CHANFLE 1 y 2, en las que el aguador del equipo América —propiedad de Televisa—, personificado por él mismo, sueña con entrar a cancha y marcar espectaculares goles para su escuadra. Pena el encanto que ejerce Chespirito va más allá de a quienes les gusta el fútbol.

Llega a todas partes y no respeta jerarquías. En el Perú, el nada querido cardenal Juan Luis Cipriani, quien ofrece una homilía televisada los días domingos, se quejaba: «No me importa que me hayan reemplazado por El Chavo del Ocho o un partido de fútbol. La palabra de Dios no morirá». En Estados Unidos, Disney negociaba comprar los derechos de explotación de El Chapulín Colorado. En Colombia, el entonces presidente Julio César Turbay emitió un decreto para otorgar la nacionalidad colombiana a Roberto Gómez Bolaños. En un recorrido por Bogotá con todos los personajes de El Chavo, su Primera Dama encabezó un convoy de camiones de bomberos al lado de Chespirito, quien saludaba a miles de niños y adultos reunidos en la vía pública sólo para verlo. De paso por México, un productor argentino televisión me contó de un bar de tipos rudos en Buenos Aires mirando absortos un capítulo del niño del barril. Aquella última imagen me pareció la más sublime.


***


Chespirito frunce el ceño y acerca bastante el libro a sus lentes bifocales. El actor que jamás usó apuntador en las grabaciones de sus programas de TV ahora me dice que tiene muy mala memoria. Finalmente encuentra entre las página uno de sus poemas y me lo recita en voz alta. Se llama «¿Político, yo?», un octosílabo en el que, al mismo tiempo que reniega de la política y los políticos, deja la puerta abierta a la posibilidad de que todos tengamos algo de ellos. El poema da pie para preguntarle sobre el apoyo público que dio a Vicente Fox, cuando éste buscaba la presidencia de México por el conservador Partido Acción Nacional. En ese entonces, Roberto Gómez Bolaños y Florinda Meza grabaron un spot televisivo apoyando a Fox. Hoy que la popularidad de este presidente va en caída libre y que la mayoría de la gente lo acusa de responsable y protagonista del estancamiento de México, Chespirito insiste en creer en él.

-Fox es un hombre decente, bueno, honrado. No ha matado a nadie. Tiene mil cualidades. Lo que pasa es que no lo dejan hacer las cosas.

Chespirito se dice harto y dolido por la fatal influencia que el Partido Revolucionario Institucional, en el poder durante siete décadas, tuvo en México. Tal vez por eso ni él ni su esposa dudaron en posar ante las cámaras, vestidos de civiles y exhibiendo una sonrisa bonachona, para apoyar a Fox en su campaña. El spot de treinta segundos sorprendió a todo el mundo, tomando en cuenta que Televisa, la empresa que le dio soporte a su carrera, declaró durante años su filiación al PRI.

-Volviendo a su libro, ¿sus poemas son una manera de cerrar su ciclo de creación artística?

-No. Estoy escribiendo muchas cosas.

Chespirito tiene casi terminada su autobiografía. Habla con una tranquilidad pasmosa, como si tuviera todo el tiempo por delante. Por cierto, pasaron décadas antes que se decidiera por fin a contar su vida.

-Me ha ido bien en la vida y eso parece que a nadie le interesa: no he consumido drogas jamás, menos las he traficado. ¿Qué más? Bueno, en mi primer matrimonio fui infiel, pero con Florinda llevamos veintisiete años y soy fiel al ciento por ciento. No la cambio por nada.

La otra razón que lo ha llevado a escribir su autobiografía es contar sus encuentros con políticos en las giras que hizo con su elenco durante su época de apogeo: abarrotaron el Estadio Nacional de Chile, en Santiago, y la Quinta Vergara de Viña del Mar; el Luna Park de Buenos Aires; el Coliseo Amauta de Lima; el Poliedro de Caracas, el estadio Campín de Bogotá. Pareciera que nada de esto emociona a Chespirito, quien me lo cuenta todo sin detalles, por encima, como no queriendo la cosa.


***


He ido a buscar al Señor Barriga a su oficina en la afrancesada colonia Roma de la Ciudad de México y, cuando llego, el vigilante me indica que el señor Vivar está saliendo en su auto blanco, uno de esos modelos enormes tipo Grand Marquis. Vivar, quien lleva en la nariz un par de manguerillas conectadas a un tanque de oxígeno, me invita a que suba al auto. El Señor Barriga es realmente voluminoso y, aunque en esta ocasión no vi ningún portafolios, es inconfundible. Cae una ligera tormenta en el D.F. Así como jamás imaginé entrevistar a Chespirito, tampoco imaginé dar un día un paseo con Edgar Vivar conectado a un tanque de oxígeno y menos aún acompañar al Señor Barriga a un restaurante.

-Tuve la suerte de que el mejor escritor cómico que ha tenido la televisión me escribiera un personaje hecho a la medida. ¡Y mira qué medida! -me dice Vivar, ya sentados en una mesa.

Su salud estado en serios aprietos debido al sobrepeso. El Señor Barriga se niega a revelarme su edad y también, sospecho, a que yo lo vea comer. Por el momento sólo pide al mesero un clamato con vodka. El actor me explica que, por lo general, Chespirito escribía durante tres semanas los libretos de cuatro programas y luego venía una semana intensiva de grabaciones en los estudios de televisión.

—¿Cómo era el ambiente en las grabaciones?

—Podría decirte que algunas veces cordial, pero siempre dentro de un rigor. No se permitía ninguna improvisación fuera del ensayo.

-¿Y qué ocurría tras bambalinas? ¿Cómo se llevaban?

-Todo era muy cordial durante las horas de trabajo y nada más. Después, nuestra convivencia era muy poca. Yo fui a casa de Chespirito dos veces en veinticinco años.

La última función del Circo del Señor Barriga y Ñoño la ofreció en Lima el 2003. Vivar es ahora miembro vocal de la Asociación Nacional de Intérpretes y dice sentirse apasionado por estudiar asuntos como los derechos de autor. Es un tipo desconfiado de la prensa y que se precia de ser muy culto. Hace años que se divorció de su mujer. No tuvo hijos. Una de sus mayores pasiones es la lectura de biografías. Cuando le pregunto por el personaje al que más admira, muerde un tallo de apio antes de responder.

—Einstein.


***


Ya alejado de los sets de televisión, Chespirito se pasa buena parte de su tiempo escribiendo en una computadora, a la que considera una máquina escribir de lujo. Dejando de lado sus poemas y su autobiografía, el cómico escribe sobre todo ensayos. Son su única manera de protestar ante el mundo actual. Por ejemplo, escribe sobre la manera tan corrupta como se juega el fútbol, en el que un delantero busca engañar al árbitro echándose un clavado en el área. O del estúpido nacionalismo mexicano y la manía de culpar al extranjero de todos sus problemas. Sin embargo, todos estos ensayos no sólo están inéditos sino inconclusos. Gómez Bolaños tiene la manía de saltar de uno a otro sin proponerse realmente ponerle punto final a ninguno.

Mientras su secretaria teclea algo y a través de la ventana se cuelan débiles las bocinas de los automóviles, la conversación comienza a tomar un cauce patafísico. Pregunto a Chespirito si es optimista con el futuro de México.

-Soy optimista con respecto al futuro del mundo -me corrige.

El cómico se toma muy en serio el papel de pensador. La escena se parece a esos programas especiales en donde todos (Villagrán-Valdez-De las Nieves-Meza) se ponían trajes satinados y parodiaban episodios históricos (el descubrimiento de América o el de la ley de la gravedad, qué más da) con más ingenio que presupuesto.

-Es indudable, absolutamente indudable, que hay una evolución, que formamos parte de ella, que tiene una tendencia. Es más, el arqueólogo Teilhard de Chardin dijo una frase que luego le robó Echeverría —un ex presidente mexicano-: «Arriba y adelante. Arriba hacia Dios y adelante hacia el progreso. Un día se unirán».

-¿Usted cree en eso?

-Sí -me dice, como si fuera un juramento.

—Porque en su libro de poemas aparece uno que se titula «Milenio», en donde más bien usted se muestra escéptico del futuro de la humanidad.

-Sí. Y tengo otro que dice…

El cómico vuelve a buscar entre las páginas de su poemario, pero pronto abandona la empresa. Prefiere advertirme:

—No puede uno dejar de ser escéptico: estamos enfrentándonos al más grande de los misterios. Tengo otro poema, a ver si lo encuentro. Ah, sí. Se llama «Otra vida».

Chespirito me lo recita en voz alta sujetando el libro con ambas manos. El tono de su lectura me recuerda a los terroríficos concursos de poesía de la escuela.

—¿Usted cree en la otra vida?

-Sí, totalmente. Y no la pienso como me la enseñaron cristianamente. Tampoco la rechazo.

Me parece oír de nuevo al Chapulín.

-Creo que todos morimos simultáneamente. Con esto quiero decir que morir es para mí, supongo, abandonar las dimensiones del tiempo y el espacio. En ese sentido morimos simultáneamente todos.

Ya no le entiendo nada. Chespirito continúa absorto en sus palabras.

-Y entonces entrar en otra dimensión que no signifique eternidad pero que dure siempre. O que signifique que es un instante eterno. No se puede explicar.

A estas alturas del discurso, sólo le faltaba añadir lo que el superhéroe de las antenitas de vinil decía cada vez que se enfrascaba en una exposición inextricable de ideas.

—Bueno, la idea es ésa.

-Usted, que es humorista, ¿no cree que todo esto sea simplemente una gran broma?

-No -se ríe-. Creo que, entre otras cosas, Dios debe tener un gran sentido del humor y no haría un mal chiste.

-¿No?

-No.

-¿Por qué no?

-Tiene que ser súper, súper, súper, incomprensiblemente grande, poderoso. Hace rato hablaba yo de la evolución que se opone a los creacionistas. A mi modo de ver, los argumentos de la evolución le dan más fuerza a lo que pienso: cuando uno se da cuenta del famoso big bang, que primero estuvo conformado por un elemento, quizás hidrógeno, y que se fue convirtiendo, de la misma forma en que los alquimistas pensaban que podían convertir el plomo en oro. Y se puede. ¡Lo malo es que sale más caro! —vuelve a él el Chapulín.
Está ensimismado en su propio delirio. Sus manos no paran de moverse y su mirada traspasa la mesa de cristal.

-Ahora con la lectura del genoma humano, cualquier celulita tiene todas las instrucciones necesarias para crear otro ser. ¡Uta! Hay que ser mucho más que creacionista. Lo otro es formar una evolución con esas complicaciones. Tiene que haber algo que no podremos captar nunca. Aunque pienso que, después, en otra vida, compartiremos lo necesario, inclusive sabremos de la historia, cómo estuvo. ¡Y de muchas otras cosas!

—Ya nos pusimos existenciales y nos fuimos hasta la otra vida. Mejor cuénteme cómo fue su infancia. Por lo que sé, no fue nada parecida a la del Chavo del Ocho.

-No. Yo era de clase media-media.


***


Sólo queda llamar por teléfono al Profesor Jirafales. Ahora el señor Rubén Aguirre tiene setenta y nueve años, siete hijos y dieciséis nietos. Está de gira con el Circo del Profesor Jirafales en Manta, Ecuador. Se enfada sin decir taaa- taaa-taaa-taaa-tá cuando le menciono al Gordo y el Flaco como inspiración del tipo de comedia que hizo Chespirito.

-¡No tiene influencia de nadie! -me dice-. ¡Es único! ¡Su poder de observación, su conocimiento del idioma, su erudición! ¡No se parece a nadie!

Igual que el resto del elenco de la vecindad más famosa de Latinoamérica, a Aguirre le ha resultado imposible librarse del estigma del Chavo del Ocho. Casi todos ellos han debido vivir de explotar a los personajes de la serie en espectáculos circenses, cuyo mercado principal han sido ciudades y pueblos de Sudamérica. Las excepciones son Edgar Vivar, quien ha producido teatro y trabajado para otras televisoras, y el propio Chespirito, quien ha montado, actuado y dirigido obras exitosas como 11 y 12, que ostenta el récord mexicano de permanencia en cartelera de una obra de estreno. Y aunque estos circos —el de Kiko, el de la Chilindrina y hasta el del Señor Barriga y el Profesor Jirafales— han resultado ser una minita de oro, sus carreras en la televisión hace tiempo que ya acabaron.

-¿Qué significa haber hecho durante tantos años al Profesor Jirafales?

-Déjame decirte que no es mi personaje favorito. El Profesor Jirafales es Rubén Aguirre: presumido, cursi, romántico. Es mi modo de ser.

—¿No se cansa?

-No, pues no me cuesta ningún trabajo hacerlo. Si yo quiero, puedo seguir haciéndolo en la vejez.

-¿Y quiere?

-Sí, quiero, sí. Hasta ahora he querido.

—Me han dicho que usted es un excelente contador de anécdotas sobre lo que ocurría en las grabaciones del programa. Cuénteme una.

-Aquí, de momento, en este cuarto frío, no se me ocurre ninguna. Pero si un día coincide que nos tomemos un tequila, con gusto.

Me despido del Profesor Jirafales con la falsa promesa de volver a encontrarlo. Tal vez hubiera preferido preguntar a Kiko sobre su antipatía hacia Chespirito. Alguien me dijo que Carlos Villagrán vive en Buenos Aires, desde donde viaja con su circo a distintas partes de Sudamérica. También me hubiera gustado encontrar a La Chilindrina. Averigüé que María Antonieta de las Nieves vive entre Miami y la Ciudad de México y que, por lo menos hasta hace un tiempo, encabeza¬ba el Circo de la Chilindrina.

Villagrán y De las Nieves se pelearon con Chespirito luego de que intentaron disputarle la propiedad de sus perso¬najes. Ahora él se refiere a Kiko y La Chilindrina como a unos individuos de una gran incultura, esbozando una sonrisa que tiene algo de perdona-vidas. Tampoco pude buscar a Ramón Valdez ni a Angelines Fernández ni al Chato Padilla. Se murieron hace tiempo. El azar me ha llevado a conversar sólo con los sobrevivientes del elenco que todavía quieren a Chespirito, con la única excepción de Florinda Meza. Su esposa, según dicen, es una simpática e inteligente mujer que mantiene su esbelta figura, y que en estos días se encuentra deprimida debido a un par de asuntos familiares. La representante de Chespirito me pidió que me olvidara de hablar con ella.


***


Puede resultar difícil de creer, pero Roberto Gómez Bolaños es un tipo tímido y de distracción proverbial cuya máxima tortura es que lo lleven a una discoteca o que lo inviten a una reunión con más de siete personas. Marcela, una de sus hijas (Chespirito tiene seis hijos en total, todos de su primer matrimonio con Graciela Fernández, una ama de casa común y corriente) lo recuerda trabajando en su estudio de la planta baja, al pie de las escaleras de la casa. Su padre se sentaba en un sillón y se ponía a escribir con lápiz en un bloc esquela que ponía sobre sus piernas. Así se pasaba las horas.

Otro de sus hijos, también llamado Roberto, es productor en Televisa, y el responsable de cuidar el legado de su padre. El productor tiene proyectos ambiciosos como, por ejemplo, estrenar un largometraje de dibujos animados con los personajes de Chespirito.
-Mi padre era tan distraído que parecía broma -dice-. Encendía el lápiz con el encendedor, miraba la hora de su reloj de pulsera echándose encima la taza de café, se metía al clóset en vez de salir por la puerta, se ponía la camisa con el gancho puesto.
—¿Cuál de sus personajes se parece más a él?

-Tiene un pedacito de cada uno: es torpe, distraído y fajador con las mujeres como el Chapulín Colorado.Peleonero y tierno como el Chavo, y procura evitarse todos los conflictos posibles como el Chómpiras. También se parece en que es un hombre sin grandes aspiraciones materiales.

Tal vez una palabra sirva para calificar el estilo de vida de Gómez Bolaños: sobriedad. Allá en sus primeras apariciones como comediante, tenía un sketch cuyo título podría ilustrar esta ética caracterizada por el trabajo honesto, la disciplina y la falta de pretensiones económicas: El Ciudadano! Gómez. Me cuenta el hijo que las ganancias que se lleva Chespirito por concepto de la repetición de sus programas en toda América Latina son mínimas. Aunque la propiedad intelectual de la serie le pertenece, la propiedad de los derecho de retransmisión la tiene Televisa.

-Se equivocó de país -me dice-. Mi papá es bastante mal cobrador.


***


Ya van más de dos horas de conversación con Chespirito. Lo veo algo cansado, aunque con la atención suficiente como para fijarse en algo raro que sucede a través de la ventana de su casa.

—Creí que había visto una ardilla -dice.

-Imagino que después de casi veinticinco años de escribir un programa semanal de televisión llegó a sentir que se le secaba el cerebro.

Chespirito mira debajo de la mesa de cristal sin inmutarse. Por un momento me da la impresión de que esta respuesta la tiene ensayada.

-Si alguien me da envidia en este mundo, ya no vive: es Juan Rulfo, que escribió dos libros de fama internacional. Yo tengo encuadernados doscientos cincuenta, o trescientos tomos de mis libretos. Trabajé mucho.

-¿No tuvo momentos de gran angustia? ¿De sentir que ya lo había dicho todo?

-A veces me solté llorando de desesperación. Me pasaba más durante mi primer matrimonio: estaba escribiendo y de pronto veía que mis hijas chiquitas bajaban con el uniforme de la escuela para ir al colegio ¡Me había pasado toda la tarde y la noche escribiendo! Y no encontré ninguna semana que no tuviera lunes. ¡Todas tenían!

Siento que esta pregunta le caló más hondo que la anterior. Por fin Gómez Bolaños me mira a los ojos.

-He leído varias veces que usted se siente ninguneado por los críticos mexicanos…

-Uh…

Chespirito se levanta de su silla, que a estas alturas le debe resultar ya muy incómoda. Va a mirar las placas conmemorativas de su obra teatral 11 y 12 que llenan un muro. Repite las cifras que aparecen en las placas: 1600,1700, 2200. Son el récord de las funciones de teatro.

-¿A qué se debe que los críticos lo hayan ninguneado?

-Una razón es que no soy condescendiente con ellos. Otra, que consideran a la comedia como inferior a la tragedia, y pues no sé a qué más.

-¿Le duelen las críticas?

—Me dan coraje, y luego digo que qué me importan. Pregúnteme cuántos premios me han dado.

Chespirito levanta la vista, escénicamente, como si estuviera haciendo la cuenta. Luego responde:

-Ninguno. Ni de obra ni de actuación ni de dirección ni de tiempo. De nada.

El cómico se levanta a mirar las mismas placas y se detiene también en un par de fotografías, una de ellas con futbolistas del equipo Necaxa que lo fueron a visitar al teatro.

-Buena parte de la intelectualidad mexicana menosprecia su trabajo —le recuerdo.

Hay en México, un país cuya literatura oficial tiene bastante solemnidad, la percepción de que cómicos como él destruyen el idioma. Chespirito ni se inmuta y prefiere contarme:

—Sobre un Congreso de la Lengua Española, que se realizó en Zacatecas, un periodista decía: «¿Qué clase de congreso es éste en que uno de los invitados es Chespirito?». Mandé al periódico una carta diciendo: «No sé si pueda aportar mucho, pero sí aportaría a enseñarle a escribir al periodista ese que me criticó. Su artículo está mal en estoy esto y esto, porque yo conozco mi herramienta de trabajo, el español». La respuesta del periodista fue muy elegante. Me cayó re’bien. «Perdón. Fue sin querer queriendo», dijo.


***


Chespirito se ha levantado varias veces para ir al baño en los últimos minutos. Ya empieza a dar señales de impaciencia.

—¿Y cómo es su vida ahora?

-Caserísima. Hoy me rasuré nada más porque venía a una entrevista.

-¿Qué pasatiempos tiene? ¿Le gusta cocinar, por ejemplo?

-El agua hervida se me quema. Pero Florinda es una cocinera sensacional.

Se levanta otra vez de su asiento como una manera de avisarme que se tiene que ir.

—Hábleme de su etapa de mujeriego.

-Fui.

-¿Y eso?

-Fui mujeriego por lo mismo que era muy peleonero en mi juventud, por complejo. Por chaparro. Tenía hermanos que eran muy bien parecidos y se ligaban a todas las chavas. Y yo tenía que ingeniármelas. Pero sí ligaba.

La cara de Chespirito se ilumina de una pícara satisfacción. Y añade:

—Sigo pensando que no hay nada más bello en el mundo que una mujer hermosa. Respeto las tendencias de cualquiera. Jamás hice chistes burlándome de homosexualidades. Respeté muchas cosas: color de la piel, nacionalidades, religiones.

—¿Cuándo fue su etapa de mujeriego? ¿Cuando ya teníaéxito?

-No, desde antes -dice, sonriendo.

-¿Cuando se estaba divorciando?

-Ahí sí ya tenía éxito con las mujeres. En las giras, al llegar al hotel, ya estaba una chava esperando dentro del cuarto. Tenía que sacarla. Bueno, según como estuviera.

Ahora Chespirito sí se va en serio. Se va el torpe Chapulín con sus pastillas de chiquitolina a otra parte. Se va el tímido Chavo del Ocho a guardarse otra vez en su barril. Lo detengo por un momento.

-¿Me podría firmar su libro de poemas?

Lo veo escribir una apresurada dedicatoria, con una caligrafía inclinada hacia la derecha. Firma: Chespirito. Apenas alcanzo a estrecharle la mano, mientras él está bajando las escaleras a paso veloz. Cuando desaparece, me quedo quieto por un instante. Del otro lado del muro, la secretaria me mira con ojos de complicidad y una sonrisa de oreja a oreja. Por ningún motivo iba a desaprovechar la oportunidad de escuchar entera una conversación como ésta. Que tu jefe sea el Chavo del Ocho no le pasa a cualquiera.


November 28, 2014

Gerardo Lammers

Un texto de

¿Hay futuro sin El Chavo?

Un texto de Elda Cantú

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Los televidentes latinoamericanos se dividen en dos: los que aman El Chavo del ocho y los mexicanos. Allá pasamos la infancia viéndolo, usamos sus frases, pero renegamos de su herencia: nos hace sentir como el hijo de un papá famoso que sólo quiere ser normal, o como la hermana fea y aburrida de una chica muy guapa. Cuando viajamos al sur, todos nos hablan con frases de El Chavo y quieren recordarnos los capítulos del viaje a Acapulco o el día que el Señor Barriga se sentó encima de Don Ramón. Somos los únicos que participamos con desgano en las conversaciones entusiastas sobre la más exitosa serie cómica de la televisión en español de todos los tiempos. Hace unos días un amigo peruano que vive en México se lamentaba de que sus hijas no miraran ese programa de Chespirito cuyos episodios él había aprendido de memoria cuando niño. Me alegré: hay futuro sin El Chavo. Nos dicen que debería gustarnos El Chavo porque Chespirito viene de Shakespeare. Porque no hay nada tan universal como los vecinos pendencieros y la normalidad de no poder pagar la renta. Porque su cancioncilla no es otra cosa que la Marcha Turca Opus 113 de Beethoven que toca un setentero sintetizador Moog y que no podemos sacarnos de la cabeza. Porque logró crear un mundo que no existe pero del que todos tendremos memoria por los siglos de los siglos. Porque sin desnudos ni efectos especiales nos detenemos una y otra vez, cuarenta o veinte años después, a mirar a la misma tribu de adultos disfrazados de niños. Porque si los grupos de Facebook son un indicador de valía, más de quinientos grupos sobre El Chavo le dan también la victoria en Internet. Porque antes de que existiera Twitter, ya se había escrito el mejor tuit de la historia: «Síganme los buenos». Porque nos hace reír, y la risa, al final de cuentas, es eso que nos aleja del miedo.

Treinta años después que se grabara el último de sus mil trescientos episodios, El Chavo sigue siendo un hit mundial. Se ha doblado a cincuenta idiomas y hoy lo siguen viendo en veinte países. En México, el secreto de nuestra conciencia colectiva de El Chavo es que lo admiramos y lo queremos pero nos resistimos a presumirlo porque sería aceptar nuestra identidad de fracasados, de huérfanos, de pobres pero divertidos. En el exilio, El Chavo ha terminado por ser la nostalgia del país, de volver a ver a otros mexicanos que tampoco compran camisetas con la efigie de Don Ramón con emoción sino con la ironía snob de los hipsters de Ciudad de México. Para el resto de latinoamericanos, El Chavo es parte de su educación sentimental. Para nosotros sólo es lo que había todos los lunes en la tele, antes de que se acabara el horario infantil.  El Chavo nos ha regalado una suerte de salvoconducto oral en Latinoamérica. Una contraseña que nos hermana al instante con taxistas de cualquier país, con niños de todas las edades, con poetas respetables. Un intelectual mexicano lamentó que Roberto Gómez Bolaños hubiera empobrecido nuestras opciones culturales y vulgarizado nuestro lenguaje. El Chavo del ocho se ha vuelto como el tequila para el mexicano que viaja. Los demás podrán disfrutarlo pero, por más bueno o malo que sea, sólo puede ser de nosotros. Cada vez que alguien nos dice con un acento que quiere parecerse al nuestro que se le chispoteó, que no le tienen paciencia, que para qué nos dicen que no si sí, es como si un extraño se sentara en el sillón más cómodo de nuestra casa sin que nadie lo haya invitado.

Los mayores que miran a El Chavo por la tele en Estados Unidos buscan en él un rush de nostalgia, una cura del idioma, un rincón de confort, un recordatorio de los días en el barrio que ya no están. O tal vez sólo quieran asomarse al fondo del barril donde se quedó su infancia. Para mis sobrinos mexicanos que viven en Estados Unidos y que nacieron veinte años después de que se grabara el último episodio de El Chavo, el show no ha terminado. A su madre le preocupa que les guste tanto; a mis sobrinos, les aterra la idea de que se acabe, que exista un tiempo sin El Chavo. A mí me entristece: para ellos no hay futuro sin El Chavo.


September 15, 2014

Scott Wallace

Un texto de


August 20, 2014

Luis Cobelo

Un texto de

LOS ALBAÑILES
DEL MUNDIAL

Un texto de Carol Pires
Fotografías de Luis Cobelo

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Joao Monteiras. Barrendero | © Luis Cobelo

La industria de la construcción ganó el mundial de fútbol antes de jugarse, pero algunos de sus albañiles murieron mientras construían los nuevos estadios de Brasil: Muhammad Ali Maciel había comprado un televisor de cincuenta pulgadas para ver los partidos con su familia cuando, trece días antes de concluir la obra, se electrocutó instalando una luminaria en la ciudad de Cuiabá. En Manaos, en la selva de Brasil, Antônio José Pita Martins esperó en vano una ambulancia luego de que una grúa le golpeara la cabeza. Allí mismo, Raimundo Nonato da Costa murió tras perder el equilibrio en un andamio y Marceleudo de Melo se estrelló contra la Tierra desde treintaicinco metros de altura. Y no fueron los únicos: Fábio da Cruz cayó al vacío cuando instalaba un graderío en Sao Paulo, en el mismo estadio donde Fábio Luiz Pereira y Ronaldo dos Santos serían aplastados por una grúa. José Afonço de Oliveira Rodrigues tenía veintiún años cuando resbaló desde las alturas del nuevo estadio de Brasilia. A su familia le pagaron una indemnización de cuarenta mil dólares, lo que hoy en el mercado negro podría costar una entrada para la final de la Copa del Mundo.

Nadie protestó contra las muertes de estos albañiles, pero millones de brasileños criticaron las obras que ellos habían construido. Los doce nuevos estadios para el mundial de fútbol fueron un símbolo de la gente que salió a protestar contra todo lo que anda mal en Brasil. Para la FIFA, la culminación de los estadios se retrasó demasiado; para los ciudadanos brasileños, su suntuosidad les recordaba que había cosas más urgentes que enfrentar, como una multitud de escuelas y hospitales cayéndose a pedazos, una evidencia menos arquitectónica y deportiva que reveladora de la desigualdad social y la corrupción de Brasil. Nos habían prometido un transporte público más moderno y económico que nos permitiera ir y venir más rápido por ciudades más respirables, pero llegamos al Mundial atascados en el tránsito y con rebeliones callejeras.


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Vladimir Alves Da Silva. Vendedor de bebidas callejero | © Luis Cobelo


Un año después de las primeras protestas, mientras Neymar marcaba dos goles a Croacia en Sao Paulo, la policía en Río de Janeiro golpeaba con un garrote al maestro Guilherme Freire: lo arrastró veinte metros y, cuando ya estaba inmovilizado, le echó gas pimienta en los ojos por reclamar contra los exorbitantes gastos del gobierno en los estadios. Guilherme Freire era sólo uno entre los miles de estudiantes, trabajadores sin tierra, choferes, indígenas y maestros que durante un año habían salido a protestar a las calles. Sin embargo, como los ateos que bautizan a sus hijos porque heredaron la culpa cristiana, hay algo en los brasileños que de pronto —incluso entre los que se pasaron el año criticando a la FIFA y los que nunca vemos fútbol—, nos vuelve religiosos frente a una pelota. Así nos lo enseñaron nuestros padres y así crecimos ganando cinco copas mundiales. Frente a una pelota creemos que todo es posible. Cuando comenzó la Copa del Mundo, las protestas se vaciaron y las fiestas en la calle estaban llenas de gente. El fútbol tiene un fascinante poder, entre la maravilla y la cortina de humo, de devolver la fe a millones de personas cuando todo anda mal. Esta vez, la misa se celebraba en casa.

Al público privilegiado que asistió al partido inaugural del Mundial, se le pidió aplaudir a los albañiles. La FIFA sorteó cincuenta mil entradas entre los trabajadores que construyeron los estadios, pero no les valían para el partido de estreno. Eran las más baratas y las podían usar sólo para un partido de la primera fase que jugaran en su ciudad. Algunos albañiles que las ganaron prefirieron venderlas. Para otros, no habría dinero que pudiera pagar la emoción de gritar un gol en el estadio que ellos ayudaron a construir. Fue así una paradoja feliz, pero hubo otras fatales: José Afonço de Oliveira, el primer albañil que murió en la construcción de estos estadios, planeaba volver a su pueblo para comprarle una casa a su madre con los ahorros de su vida. Fue lo que le había prometido antes de tomar un bus de Campo Largo do Piauí hacia Brasilia. Hoy ella vive el extraño destino de haberse comprado una casa con el dinero que el gobierno le entregó para indemnizarla por la muerte de su hijo, un albañil del mundial.

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Christina Markes. Maquilladora | © Luis Cobelo


August 20, 2014

Carol Pires

Un texto de


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VASCO
PIMENTEL
EL OIDOR

Casi nadie recuerda a un sonidista tras una ceremonia del Óscar.
Algunos son genios sin rostro y sin sus creaciones sonoras
no podríamos llorar ni tener miedo ni recordar. Uno de ellos,
Vasco Pimentel, va por el mundo con tapones en sus oídos.
¿Es más insoportable el ruido de un auto
que el llanto de un bebé?

Un perfil de Sabrina Duque
Ilustraciones de Luis Falen

Luis Falen

Desde que viven juntos, Vasco Pimentel le ha pedido a su mujer que no le hable cuando se acaba de despertar. Cada mañana, este director de sonido que inspiró Lisbon Story, una película del cineasta Wim Wenders, necesita una hora y media sin oír nada. Cuando su mujer lo olvida y empieza a hablarle, él levanta la mano como un policía que detiene el tránsito y hace una señal de alto. Stop. Silencio. Es pronto para escuchar. La esposa del sonidista, una arquitecta que dejó su vida en Perú para irse a vivir con él a Lisboa, se ha acostumbrado a verlo levantarse, preparar su desayuno y leer su correo sin decir una palabra. Pimentel ha dejado de frecuentar amigos porque hablaban casi a gritos. Ha dejado de ir a cafés porque lo aturde el bullicio. Ha puesto el sonido a más de cien películas, pero no asiste a festivales de cine: «En las alfombras rojas —dice— hay demasiado ruido». Tampoco tolera el murmullo de un televisor encendido en su idioma: «Es una inflación de palabras de valor semántico nulo y entonación histérica y mentirosa». Pero le gusta cómo suenan los programas de televisión en China o en la India: al no hablar esos idiomas, las palabras le llegan sólo como sonidos, sin que entienda su significado. Vasco Pimentel detesta el sonido de automóviles ruidosos en marcha, pero, a diferencia de la mayoría, arruga su cara de tal modo que parece sufrir de la peor jaqueca cuando los escucha: «No sé qué hacer en mi cabeza con el ruido de un carro», dice. Sin embargo, le gustan las notas musicales «largas, infinitas, lacerantes» que produce una corriente de vehículos al atravesar el puente metálico de Lisboa, la ciudad donde nació. Cada vez que entra a un lugar y el ruido del ambiente es muy alto, Pimentel levanta las manos, se tapa los oídos con las palmas abiertas y aprieta sus mandíbulas como un niño aturdido por los gritos de sus padres. A veces, cuando sube a un auto ajeno y la radio se pone en marcha, se desespera y empieza a darle manotazos a los botones del estéreo hasta que consigue apagarlo. —El mundo está mal mezclado —dice.

Vasco Pimentel tiene cincuenta y seis años, una mata de cabello plateado, oscuras cejas gruesas y una gaveta repleta de cajas de tapones alemanes Ohropax —paz para los oídos— en su casa. Es la misma marca de tapones que usaba Franz Kafka para soportar los ruidos durante la Primera Guerra Mundial. Los Ohropax fueron inventados por un farmacéutico alemán a principios del siglo XX como respuesta al problema del ruido cada vez más agobiante de la era industrial. Cuando el sonidista abre su cajón y descubre que sólo quedan una caja o dos, sale a recorrer farmacias: si encuentra una que vende esta marca, se lleva todos los que tienen. Hace algunos años, Vasco Pimentel llegó a la conclusión de que el caos de autos, ruidos y gritos que le esperaban afuera de su casa iban a dañarle la audición. Desde entonces, el sonidista lisboeta que ha vivido prestando sus oídos a cineastas como Wim Wenders, Vincent Gallo y Manoel de Oliveira —el director más viejo del mundo— no puede salir a la calle sin ponerse tapones en los oídos.

Nuestro cerebro tiene la habilidad evolutiva para suprimir los ruidos de fondo que no nos interesan. En una fiesta llena de gente, por ejemplo, no solemos escuchar nada en forma precisa hasta que alguien pronuncia nuestro nombre. En un aeropuerto atestado tendemos a escuchar los anuncios de embarque sólo cuando se acerca la hora de nuestro vuelo. Esa capacidad del cerebro para concentrar la audición en una persona o en ciertos sonidos e ignorar los que no nos interesan se conoce como ‘efecto cocktail party’. Cuando el bullicio nos molesta, podemos ‘bajarle el volumen’ al concentrarnos, por ejemplo, en espiar la charla de dos extraños. Si nos interesa una conversación en una fiesta, los ruidos de fondo dejarán de incomodarnos después de unos minutos. «Todos tenemos una especie de filtro —dice Rui Poças, frecuente compañero de filmaciones de Pimentel—. Pero Vasco se queda irritado porque acaba por captar cosas que no quería». Rui Poças, uno de los mejores directores de fotografía del mundo según el Hollywood Reporter, cuenta que Pimentel suele detener su trabajo en un set de filmación para pedirle a alguien que deje de hacer un ruido que ni siquiera sabía que estaba haciendo: un taconeo nervioso, raspar la pared con sus uñas, o, incluso, mascar chicle.

***

Los sonidistas suelen ser detallistas, obsesivos y anónimos. Aunque las caras visibles del cine son los actores y directores, un tipo a quien nadie reconocería en la calle puede ser responsable de la mitad de una película: ninguno de nosotros sería capaz de emocionarse, de exhalar una interjección de euforia o de alivio, de soltar un llanto súbito o un estremecimiento frente a una pantalla si no fuera por un efecto sonoro elegido con precisión para provocarlos. Las películas de terror serían inofensivas sin un director de sonido: el suspenso es el chillido histérico de un violín mientras una mujer se ducha (Psicosis), dos notas repetidas —mi y fa— que suenan cada vez más fuertes a medida que la cámara se acerca a un bañista (Tiburón), un canto infantil distorsionado que se oye cuando un personaje se va quedando dormido (Pesadilla en Elm Street). Los dramas y las comedias románticas no nos harían llorar o ilusionarnos sin el poder de sugestión de la música: Rocky Balboa corriendo por las calles de Filadelfia no nos convencería tanto de su espíritu de superación sin las trompetas de Gonna fly now marcando sus pasos. Leonardo DiCaprio y Kate Winslet serían dos turistas algo suicidas en la proa del Titanic si no fuera por la melodía de fondo de My heart will go on. Patrick Swayze se vería ridículo con esos rayos de luz en la cabeza mientras se despide de Demi Moore, si al final de Ghost, la sombra del amor, no estaría sonando Unchained melody.

Emocionarse con una película se debe en gran parte al trabajo silencioso de un sonidista, pero el sistema hollywoodense tiene su propio ‘efecto cocktail party’: como si fueran el ruido de fondo en una fiesta atestada de celebridades, nadie voltea al oír el nombre de un director de sonido. Gary Summers, uno de los sonidistas más exitosos de Hollywood, ha sido nominado nueve veces al Óscar y ha ganado cuatro, tantos como Spielberg, sólo que a él no le toman tantas fotos ni le preguntamos tanto cómo logró el sonido de miles de espadas chocando en El señor de los anillos, la embestida violenta del agua en Titanic, o los pasos de los soldados en El imperio contraataca. Mark Berger puede sonarnos a algún futbolista inglés, pero es el nombre de uno de los sonidistas de Apocalypse Now, alguien que ha ganado el Óscar las cuatro veces que estuvo nominado. El trabajo de sonido en Apocalypse Now volvió memorables algunas de sus escenas, como la que da inicio a la película: mientras un soldado observa girar un ventilador de pared desde su cama, escuchamos el ruido de las hélices de un helicóptero, y así el juego del sonido y las imágenes logra contagiar la alucinación de un personaje. También marcó un hito en la historia del cine. El director Francis Ford Coppola entendió que el trabajo de sonido había aportado tanto al clima y a la historia del film que los responsables no podían ser considerados sólo «sonidistas». Desde entonces, a finales de los setenta, se los llama directores de sonido.

En la isla de silencio que es su casa en Lisboa, donde se mantiene a salvo del ruido de los coches, Vasco Pimentel recuerda otra escena de Apocalypse Now: el cocinero baja del barco y se mete en la selva a buscar algo para hacer su comida. Primero se oye el zumbido de los insectos y el canto de los pájaros. Pero de súbito todo el ruido desaparece. El cocinero entra en alerta. Escuchamos que algo avanza sobre la hierba. La tensión aumenta cada segundo. Entonces de la selva surge un tigre como un rayo, y uno queda al borde del infarto. «Hubiese sido un error poner el rugido de un tigre antes de que aparezca —dice Pimentel—. Lo que quieres es que no se entienda que es un tigre». El cineasta Robert Bresson creía que el ojo es superficial, y que el oído es profundo: «El silbido de una locomotora —dijo— imprime en nosotros la visión de toda una estación». Para Bresson, un sonido no debe acudir en auxilio de una imagen. Para Pimentel, es estúpido un montaje de sonido donde todo lo que se ve suena tal como se ve en el mismo momento en que se ve.

La cultura urbana occidental privilegia la vista sobre el resto de los sentidos, pero considera la extrema sensibilidad al sonido como un superpoder. El oído nos permite percibir aquello que no está frente a nosotros. Superman oye el grito de socorro de un niño a cientos de kilómetros. En el Hombre Biónico, la exitosa serie de televisión de los setenta, Steve Austin no sólo es capaz de levantar camiones y de ver detalles a kilómetros de distancia: también es capaz de escuchar los planes de los malvados que están muy lejos de él. Hay comerciales de televisión que ofrecen audífonos para oír mejor con la promesa de que podremos escuchar conversaciones ajenas en la habitación de al lado. Sin embargo, algunos que empiezan a usar estos audífonos los abandonan porque de súbito escuchar demasiado los aturde.

Vasco Pimentel, que posee un extraordinario don para oír, vive a veces su poder como una maldición. No sólo le disgusta el ruido de los automóviles: también los gritos de meseros y el murmullo de las conversaciones en los restaurantes; el balbuceo simultáneo de las discusiones futbolísticas en la radio, y las canciones de moda —en especial, las de Rihanna—. No sufre de hiperacusia, el síndrome que vuelve a los que lo padecen intolerantes a sonidos como el timbre del teléfono o el golpeteo de los cubiertos contra los platos. Tampoco sufre de misofonía, un odio al ruido, que es lo que experimentan aquellos que por ejemplo se crispan con la fricción de un bolígrafo sobre una hoja de papel. El problema para Pimentel es el ruido que nos envuelve como una burbuja: aquello que oímos en todas partes, y no percibimos por insensibilidad o indiferencia.

—Las personas escuchan cosas abominables —dice.

***

Una tarde, mientras filmaba con el director Wim Wenders, Vasco Pimentel se quitó sus audífonos y caminó resuelto hacia unos niños que jugaban ruidosamente y estaban arruinando una escena. Eran los años noventa, y estaban en una terraza de Alfama, uno de los barrios más antiguos de la capital portuguesa, intentando filmar una escena de Lisbon Story, la película de Wenders que más reflexiona sobre la imagen y el sonido en el cine. De pronto, Pimentel colocó sus audífonos en las orejas de uno de los niños y movió el micrófono para capturar los sonidos que llegaban hasta aquella terraza con vista al río Tajo: el canto de un pájaro, las campanas de la iglesia, el viento entre los árboles, la sirena de un barco llegando al puerto. Uno a uno, los niños escucharon y fueron callando como hipnotizados: se habían vuelto cómplices de un señor que les había hecho oír un mundo que estaba allí, pero que ellos no percibían. Vasco Pimentel había prestado sus oídos a esos niños.

A Wim Wenders le gustó tanto la escena que decidió incluirla en Lisbon Story, un film que trata sobre un director que se propone hacer una película solo con su cámara, sin nadie más, como si fuera la primera en la historia del cine. El personaje que hace de cineasta filma horas y horas en Lisboa, sin sonido, hasta que se da cuenta que su proyecto está fracasando. Entonces le pide auxilio a un amigo sonidista —el protagonista de la película—, quien viaja a la capital portuguesa con su maleta y micrófono para salvar el film. Cuando el actor que hacía de sonidista en Lisbon Story viajó a la capital portuguesa, Wim Wenders le pidió que se inspirase siguiendo durante días a Pimentel por las calles de la ciudad. El sonidista portugués, que ya había trabajado con Wenders en El estado de las cosas, era en realidad el personaje maniático y apasionado que el director alemán quería retratar en su película.

Cuando habla, Vasco Pimentel es tan expresivo como un mimo acelerado y, mientras gesticula, de sus labios brotan onomatopeyas. Las palabras salen de su boca a un millón por hora, pero no le alcanzan para decir todo lo que quiere decir. Vasco Pimentel parece un niño que aún no ha aprendido a hablar e intenta contar una historia con todo su cuerpo y todos los ruidos. Si tuviéramos un control remoto para silenciar el sonido del ambiente y lo dirigiéramos a Vasco Pimentel, entenderíamos qué nos está explicando aún sin escucharlo. En el imperio portugués existía la figura del oidor, un enviado del rey que escuchaba las quejas de los súbditos lejos de la metrópoli, y elegía contar lo que el rey debía saber. Pimentel es un oidor del cine, un sonidista que trabaja intentando hacernos escuchar aquello que hemos dejado de oír.

No sólo Win Wenders ha sido seducido por el carácter obsesivo, hiperbólico y apasionado del sonidista. En el mundo del cine portugués, Pimentel también es conocido por su vínculo visceral y exhaustivo con lo que oye. María de Medeiros, la actriz que lo considera «un poeta del sonido» antes que «un técnico con obsesión por la técnica», recuerda que Pimentel cautivaba a su equipo durante horas hablando de un sonido. Pimentel nunca deja de trabajar: cuando la filmación de una escena acaba, agarra su micrófono y camina hasta la parada de bus para registrar el sonido que hace al frenar, lo lleva hasta el semáforo de la esquina para grabar el clic del cambio de luces, camina dos cuadras para registrar el ruido de las monedas que caen sobre el mostrador en una tienda o la charla de un vendedor con su cliente. Quién sabe si terminará incluyendo o no alguno de estos detalles en el fondo de la película que está filmando. En el cine, casi nadie percibirá los diálogos de una tienda a dos cuadras de donde ocurre la acción, pero los sonidos estarán allí ayudando a construir un sentido de realidad, un sentido que no siempre es evidente. Es el trabajo de un sonidista. El sonido de los sables láser de Viaje a las estrellas fue conseguido con el ruido de un televisor y el zumbido de un motor. El famoso grito de Tarzán se logró mezclando la voz del actor, unos ladridos de perro, el aullido de una hiena y el do de un soprano. Para hacer El Exorcista, el director reforzó los efectos emotivos de la película incluyendo en la banda de sonido enjambres de abejas, ruidos de cerdos que estaban siendo degollados, maullidos de gatos y rugidos de león. En el libro Resonancia Siniestra, el músico David Toop habla de los sonidos abstractos que Stanley Kubrick utilizó en El Resplandor: el crujir de la nieve, el rebotar de la pelota, el sonido del triciclo de un niño mientras corre por los pisos del hotel, los ecos distantes de una vieja canción. Todo eso, según Toop, provoca un efecto emocional acumulativo tan abrumador que preguntarse si son música real, ruido, sonido ambiental, buena o mala música ya no tiene sentido. Vasco Pimentel fabrica un ambiente sonoro, y juega con el poder del sonido para evocar lo que no podemos ver.

En la última primavera, Pimentel andaba inquieto ante una pregunta: ¿cómo sonaría el consultorio de un psicoanalista instalado en la barriga de una ballena? Para su nueva película, el cineasta Miguel Gomes le había encargado diseñar, entre otras escenas, el sonido de una oficina en la barriga de un animal. Pimentel pensaba en la reverberación de las voces de los consultorios. Durante el invierno, para la misma película, se había pasado grabando el canto de pájaros enjaulados y pensando en cómo darle sonido a esa reinterpretación del mito de Jonás. «Vasco es un músico en la forma en la que mira al mundo —explica su compañero Rui Poças—. En cierto sentido, es un músico en el sitio equivocado. Pero si fuera músico, sería un cineasta en el lugar equivocado». Pimentel siente cada sonido por su música o su signifcado.

Para el común de los hombres y mujeres, el ruido más insoportable no es el más alto: es el llanto de un bebé. Según un estudio publicado en el Journal of social, Evolutionary, and cultural psychology, es el ruido más perturbador porque nos resulta casi imposible ser indiferentes a él: cuando suena esa alarma, estamos dotados de un ‘resorte psicológico’ para dejar lo que estamos haciendo. Años atrás otro estudio de una universidad británica pidió a través de una web votar por una lista de más de treinta sonidos, calificándolos en seis niveles, desde ‘no tan malo’ a ‘insoportable’. El ruido de un bebé llorando quedó en tercer lugar, después del sonido de alguien vomitando y el agudo de un micrófono que acopla. Según los científicos, si el llanto de un bebé nos desespera tanto es por una reacción biológica para la conservación de la especie. Según Vasco Pimentel, la inquietud que nos provoca el llanto de un bebé tiene relación con el poder evocador del sonido y con su carácter impredecible: «Es por el potentísimo poder que tiene el oído —y ningún sentido más— de suscitar la fantasía, los temores, los recuerdos. El llanto de un bebito inmediatamente te pone a pensar: ‘Es un ser indefenso, está sufriendo, no posee el lenguaje para poder comunicarse, y necesita algo que yo no entiendo porque su lenguaje es puro grito’». Pimentel, que trabaja manipulando el poder emocional de los sonidos, puede escuchar el llanto de un bebé y entender lo que produce en las personas: eso hace que no le moleste tanto. Si cualquiera de nosotros oye un bebé llorar, lo que empieza a angustiarnos es su duración incesante y no saber de qué se trata. El ruido de un niño que grita y que llora no tiene un patrón idéntico, ni de frecuencia, ni de ritmo, ni de desarrollo, ni de nada, explica Pimentel: «No sabes que va a pasar, y eso irrita a la gente». En cambio para él, que entiende los sonidos por su música además de su significado, el más insoportable de todos es el sonido de un carro parado con el motor en marcha, porque le parece estúpido y absurdamente repetitivo. «Todos los sonidos son cíclicos. Pero el ciclo de un carro parado que hace trrrrrrrrrrrrrrrr es particularmente estúpido: es tan cortito que unas cuatro veces por segundo repite el mismo ciclo: taca-ta-ta ta-taca-ta-ta-ta-taca ta ta ta”. Nunca sucede algo nuevo, no hay expectativas, no hay variaciones, no hay sorpresa. Si a la mayoría nos crispa el llanto de un bebé y el motor de un carro no nos molesta, dice el sonidista, es porque estamos habituados a la repetición, porque eso es lo que el mundo impone. La música que oímos en un bar, en un café, en un taxi, en una publicidad de youtube, recuerda él, se corresponde con el ruido que hace un carro parado con el motor en marcha. Hemos sido formateados para sentirnos cómodos con lo repetitivo. Lo impredecible nos irrita o nos inquieta. Nos hace sentir inseguros.

***

A la mayoría de nosotros, los aromas pueden transportarnos al pasado: el hijo de un fumador regresa a su infancia cuando aspira el humo de una marca de cigarrillos que fumaba su padre y el perfume de una desconocida en un ascensor nos dibuja a una mujer que habíamos olvidado. A Vasco Pimentel los recuerdos le entran por el oído, el primer sentido que usa un recién nacido. Desde los cuatro meses y medio empezamos a escuchar los sonidos del mundo exterior en la barriga de nuestras madres. Hace unos años un estudio de la Universidad de Harvard aseguraba que escuchar música barroca estimulaba más conexiones neuronales en los niños. Entonces se puso de moda lo que se llamó ‘efecto Baby Mozart’: algunas embarazadas corrieron a poner audífonos en sus barrigas con la ilusión de tener bebés más inteligentes por hacerles oír La flauta mágica desde el útero.

Medio siglo antes que existiera esa tendencia, Vasco Pimentel y sus cinco hermanos se criaron escuchando composiciones de los siglos XIV, XV y XVI. La música del medioevo y del renacimiento devuelve a Pimentel a su cama de niño, donde desde el piso inferior de una casona moderna, en un barrio alejado del centro de la ciudad, escuchaba los ensayos de música barroca de sus padres. Duarte Pimentel y Tita Lamas eran una pareja de músicos que se dedicó por décadas a la arqueología musical: rescataron las partituras del barroco portugués, encargaron la reconstrucción de instrumentos desaparecidos por siglos y se reunieron con otros músicos para rescatar sonidos y melodías que ya no existían. Mientras sus compañeros de escuela escuchaban los Beatles, los chicos Pimentel oían música compuesta antes del nacimiento de Bach.

Hace un tiempo, un equipo de científicos de cinco países probó una droga que devolvía al cerebro de los adultos la plasticidad de cuando eran niños. Estaban investigando el oído absoluto —esa capacidad para reconocer de memoria la nota en la que suena cualquier ruido, desde una olla que cae al suelo hasta el choque de dos copas en un brindis—, y querían restituirles el potencial de aprendizaje que tenemos antes de los siete años. Después de dos semanas de ejercicios con la escala musical, los sujetos que habían tomado el fármaco valproate, todos sin conocimientos previos de música, terminaron con un oído afinado. La capacidad para reconocer o cantar cualquier nota musical sin ninguna referencia es más una habilidad lingüística que musical, y está relacionada con la memoria auditiva, con aquello que hemos oído en nuestra infancia, con los estímulos que recibimos desde niños. Hoy los investigadores discuten una versión acústica del dilema del huevo y la gallina: ¿qué fue primero: el lenguaje o la música? Los más polémicos argumentan que el lenguaje hablado no es más que una especie de música, que los bebés escuchan primero los sonidos de la lengua y sólo más tarde reconocen su significado. Lo que llamamos música, dicen, es solo un juego creativo con los sonidos. Pero nadie nos enseña a escuchar como nos enseñan a hablar, leer y escribir.
Hoy dos de los seis hermanos Pimentel se ganan la vida con su oído prodigioso. El menor de ellos es capaz de afinar pianos en minutos gracias a su oído absoluto. Vasco Pimentel puede recordar la nota exacta con la que empieza una ópera que no ha escuchado en treinta años, y crea atmósferas sonoras para películas y piezas de teatro. «Las notas musicales —dice— no son más que una simplificación: doce compartimentos para clasificar y guardar todos los sonidos del mundo». El sonidista atribuye a su oído musical su facilidad para aprender idiomas: Pimentel habla portugués, alemán, francés, inglés, español, italiano, y un poco de checo. Este último, según él, lo aprendió escuchando grabaciones en checo mientras viajaba en el metro de París, durante uno de sus viajes de filmación. Cuando escucha el mundo y cuando trabaja para componer mundos sonoros, Vasco Pimentel organiza los ruidos y los diálogos en forma musical. En la isla de edición, observa el monitor de la computadora como si mirase un paisaje vacío. Él escucha un ruido y busca combinarlo con otro. Se obsesiona en hallar el tono justo como si compusiera una canción.
La memoria acústica de un sonidista no es una melodiosa cajita de música: es una Torre de Babel de recuerdos tan confusos como inauditos. De sus viajes alrededor del mundo, Vasco Pimentel recuerda cuando los musulmanes llamaban a orar en Sarajevo, Bosnia: «Eran cantos melancólicos y vibrantes, en voces de tenor eslavo al borde del falsetto del belcanto italiano: Bellini ruso con letra en arábico». Se acuerda del sonido de las campanas en Varanasi, India: «Eran cientos de campanas sin ritmo regular, todas en tonos diferentes, un solo golpe cada una, dentro de un zumbido constante de miles de campanitas de bicicleta». Pimentel no puede olvidar la música de los celulares en Tessalit, Mali: «Todos se mueven con su teléfono encendido, tocando músicas de guitarras eléctricas con su sonidito de celular. Mientras caminan, las músicas se mezclan, se desmezclan en el espacio y en el tiempo». El sonidista evoca así el silencio en San Petesburgo, Rusia: «Había un gorrión herido, caído en el suelo blanco y helado, gritando solo, echado en la nieve que seguía cayendo». Vasco Pimentel recuerda que allí entendió por primera vez el silencio. «El silencio —dice— es todo lo que sigue sonando alrededor de un gorrión que se muere».

Como todo sonidista, Vasco Pimentel es un creador de sonidos y de silencio. En la obra más famosa del compositor John Cage, llamada 4’33, una orquesta interpreta unas partituras en blanco durante cuatro minutos y medio. El público solo escucha su propio silencio y los sonidos del teatro. Antes de componer la obra, John Cage había visitado en la Universidad de Harvard la cámara anecoica, una sala aislada de cualquier fuente de sonido exterior y diseñada para absorber todas las ondas acústicas. Cage entró en la cámara esperando escuchar el silencio, pero descubrió que allí adentro seguía oyendo dos sonidos, uno alto y uno bajo. El ingeniero de sonido a cargo le explicaría que el sonido alto que escuchaba correspondía a su sistema nervioso, y el sonido bajo a su sangre en circulación. Eso lo llevó a componer 4’33. Según el Libro Guinness de los Récords, una sala similar, la cámara sin eco de los Laboratorios Orfield, en Mineápolis, Estados Unidos, es el lugar más silencioso del mundo. Quienes entran y cierran los ojos en esa cámara sin eco no perciben ningún sonido. Encerrados detrás de tres puertas pesadas, la mayoría de los visitantes sienten angustia y piden salir. El silencio causa placer, pero una prolongada ausencia de sonidos nos abruma más.

El dramaturgo Harold Pinter dijo que el silencio fuerza a la audiencia a contemplar lo que el personaje está pensando. En Tabú, otra película del cineasta Miguel Gomes, hay un bloque completo donde los personajes hablan y susurran y se gritan, pero el público nunca escucha sus voces. Sólo se oye la voz del narrador contando lo que vemos. Lo que sí se escucha es el ladrido de los perros, el arrastre de las sillas, el motor ronco de las motos atravesando las montañas y las canciones rocanroleras que brotan de la radio. Vasco Pimentel borró los diálogos de los personajes y puso el sonido ambiental como telón de fondo para jugar con la idea de que no tenemos certeza de las palabras que escuchamos o dijimos, y que sólo podemos reconstruirlas. «El sonido en una película actúa sobre ti de una forma metafórica, secreta, inconsciente, dolorosa, placentera. Pero son zonas secretas de nuestra psique —dice—. No es la información que ofrece una imagen o un diálogo». Para hacernos conscientes del silencio en una escena, Pimentel utiliza la presencia distante de un sonido cualquiera: un personaje escucha a un perro que ladra a un kilómetro de distancia. En ese mundo, no hay nada más entre el personaje y el perro ladrando a los lejos. El perro está solo. En silencio. Sin nadie. Es el estado platónico de Pimentel sin tapones en los oídos. Como le gusta estar cada día, todas las mañanas, después de despertar.

ENKE
EL ÚLTIMO
HOMBRE
MUERE
PRIMERO

Robert Enke, uno de los arqueros de la selección de Alemania,
se suicidó lanzándose a las líneas de un tren. Los porteros felices son una minoría.
¿Cuál es la maldición de cuidar una puerta abierta?

Un crónica de Juan Villoro

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Fotografía Getty Images

El 10 de noviembre de 2009, Robert Enke, portero de la selección alemana de fútbol, hizo su última salida al campo. Le dijo a su esposa que iba a entrenar, subió a su Mercedes 4x4 y se dirigió a un pequeño poblado cuyo nombre quizá le pareció significativo: Himmelreich, Reino del Cielo. Cerca de allí hay un descampado por el que corren las vías del tren. El guardameta dejó su cartera y sus llaves en el asiento del vehículo y no se molestó en cerrar la puerta. Caminó a la intemperie, como tantas veces lo había hecho para defender el arco del CZ Jena, el Borussia Mönchengladbach, el Benfica, el Barcelona, el Fenerbahçe, el Tenerife o el Hannover 96. A doscientos metros de ahí, como a unas dos canchas de distancia, estaba enterrada su hija Lara, muerta a los dos años.

Un portero ejemplar, Albert Camus, dejó los terregales de Argelia para dedicarse a la literatura. Acostumbrado a ser fusilado en los penaltis, escribió un encendido ensayo contra la pena de muerte. Su primer aprendizaje moral ocurrió jugando al fútbol. Años después, escribiría: «No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio ». Morir a plazos es la especialidad de los porteros. Sin embargo, muy pocos pasan de la muerte simbólica que representa un gol a la aniquilación de la propia vida. Enke fue más lejos que la mayoría de sus colegas. Su muerte, de por sí dolorosa, llegó con un enigma adicional: estaba en plenitud de su carrera y podía defender la portería de su país en el Mundial de Sudáfrica.

El número 1 de Alemania suele ejercer un inflexible liderazgo. Sepp Maier, Harald Schumacher, Oliver Kahn y Jens Lehmann se han ubicado entre los tres palos con seguridad de decanos de la custodia. Los porteros alemanes envejecen como si la jubilación no existiera y los años brindaran energías. A los treinta y dos años, Enke pasaba por un buen momento deportivo. Sin embargo, carecía de la condición esencial de los grandes porteros alemanes. Era un hombre de la retaguardia, que rehuía la publicidad, hablaba muy poco de sí mismo y atesoraba secretos que casi nadie conocía.

Tal vez la posibilidad de éxito contribuyó a su tensión nerviosa. El puesto definitivo parecía al alcance y comportaba nuevos retos. En la extraña ruleta interior a la que se sometía Enke, un fracaso habría sido preferible. Odiaba la presión, pero desde los ocho años, cuando entró a las fuerzas inferiores del CZ Jena, sólo pensaba en atajar balones. Casi siempre, los niños desean ser goleadores. Corresponde a los gordos, los muy altos, los lentos o los raros resignarse al puesto que obliga a tirarse y maltratar la ropa en el patio del colegio. El número 1 es el último en un equipo. El recurso final.

Sólo en sitios que valoran mucho la resistencia se convierte en favorito. En Alemania, incluso la academia ha tenido que ver con las heridas. Max Weber ostentaba con orgullo la cicatriz que le había dejado un duelo con un miembro de una fraternidad estudiantil enemiga. El niño que opta por ser guardameta tiene las rodillas raspadas y se ensucia con el lodo del sacrificio. En el país donde Sepp Maier fabricaba guantes blancos para enfrentar un destino oscuro, Enke quiso ser portero.
El fútbol profesional puede invadir un organismo en forma absoluta. Para los que crecen en ese entorno, la realidad es lo que se recorre en autobús entre un partido y otro. En su mente no hay otra cosa que pasto, balones, lances fugitivos. Se concede poca importancia a algo decisivo: la forma en que un sujeto se vacía de todo lo demás para convertirse en futbolista integral. La paradoja es que los jugadores más completos son los que conservan otras aficiones, ya sean los tallarines que preparan sus mamás, los números privados de las top models o el gusto por el rock o la samba.

Enke era un fundamentalista del fútbol, un puritano que no pensaba en nada más y prefería vestirse de negro, como los porteros de antes, que cada domingo emulaban a los sacerdotes. Defender el destino de Alemania en el Mundial de 2010 podía llevarlo a la gloria. Sin esa oportunidad decisiva, Enke habría estado más sereno.

Sus verdaderos problemas profesionales habían ocurrido tiempo atrás. Debutó con el CZ Jena en 1995, donde sólo estuvo una temporada. Después de varios años de regularidad con el Borussia Mönchengladbach, dio el anhelado salto a un club grande de Europa, el Benfica de Portugal. Aunque cautivó a la afición, llegó en una época turbulenta; tuvo tres entrenadores 39 en un año y decidió aceptar un puesto más tentador, sin saber que sería el peor de su vida: «Ninguna posición en el fútbol es tan exigente como la de portero del Barcelona», diría después. En la sufrida era del tiránico Louis van Gaal, Enke fue el frágil defensor de la portería barcelonista. Aún se le culpa de la eliminación ante una escuadra de tercera división en un partido de la Copa del Rey.
Barcelona consagra o aniquila. Fue ahí donde Maradona se entregó a la cocaína; fue ahí donde Ronaldinho triunfó y quiso superar las presiones del éxito con la variante brasileña del psicoanálisis: las discotecas. Fue ahí donde Enke padeció sus más severas depresiones. Con resignación, el emigrado alemán aceptó defender la puerta del Fenerbahçe, en Turquía, y de ahí pasó a una discreta isla europea: fue guardameta del Tenerife, en segunda división. Cuando el borrador de su biografía trazaba un fracaso, recibió la oportunidad de regresar a Alemania con el Hannover 96. La experiencia es la gran aliada de los porteros y Robert Enke demostró que merecía un segundo acto. La revista KicKer lo nombró mejor guardameta de Alemania. Ciertos jugadores sólo se enteran de que no están hechos para salir de su país cuando una cancha extranjera se mueve bajo sus pies. Enke necesitaba el suelo de Alemania. De vuelta en su ambiente, recuperó la regularidad y los ánimos.

Entonces, la vida privada le presentó severos desafíos: su hija de dos años, Lara, murió a causa de una deficiencia cardíaca. Su mujer y él adoptaron a otra niña, Leila. La seguridad del portero había aumentado, pero su paranoia encontró otra salida: temía que se conociera su estado depresivo y le quitaran la custodia de su hija. Obviamente se trataba de una fantasía autodestructiva.

 


EL PECADO DE ESTAR TRISTE

Con frecuencia, el número 1 había sufrido depresiones. No le faltaba apoyo. Su mujer se había convertido en una mezcla de enfermera y orientadora sentimental, y su padre, Dirk Enke, es psicoterapeuta. El Dr. Enke trató de rebajar la importancia que su hijo concedía al fútbol. Continuamente le enviaba mensajes de texto para preguntarle por su estado y le repetía que el bienestar personal es más importante que el triunfo deportivo. Pero ya era tarde para una pedagogía paterna. La auténtica educación de Robert Enke había ocurrido en las canchas. El fútbol de alto rendimiento está sometido a una exigencia extrema. En ese entorno, cuando alguien se siente mal, se informa que no podrá jugar porque lo atacó un «virus». No se habla de asuntos personales: sólo los débiles los padecen.

Es posible que Alemania haya inventado la Aspirina como una paradoja para recordar que nada es tan importante como soportar el dolor. En el Colegio Alemán, uno de mis maestros iba al dentista y se hacía atender sin anestesia. Nos lo contaba como si se tratara de un triunfo ético.

A siete partidos de su retiro, Harald Schumacher, ex guardameta de la selección alemana, un hombre con pinta de mosquetero que adquirió triste celebridad por despojar de varios dientes al francés Battiston en el Mundial de España, dio una entrevista a André Müller para el semanario Die Zeit. El resultado fue una confesión digna de un monólogo teatral. Para entonces, el portero jugaba en Turquía y había sido expulsado de la selección por sus declaraciones sobre la corrupción y el uso de drogas en la Bundesliga. En su último lamento como cancerbero, dijo: «La gente cree que soy frío porque soporto el dolor. Una vez le pedí a mi esposa que me apagara un cigarrillo en el antebrazo y sufrí tanto como ella. Todavía tengo la cicatriz. Quería demostrar que uno puede soportar lo que se propone. No soy un bloque de mármol. Soy vulnerable como cualquier otro. Sólo soy brutal conmigo mismo. No soy un genio como Beckenbauer. No he heredado nada. Estamos en el purgatorio. Cuando deje de sentir dolor, estaré muerto». El área chica de Alemania es un purgatorio al aire libre.

En 1897, Émile Durkheim publicó su monumental investigación sociológica el suiciDio. Una de sus aportaciones fue vincular la tendencia de ciertas personas a quitarse la vida con la anomia que padece la sociedad entera. El malestar colectivo influye en forma difusa pero decisiva en la reiteración de tragedias individuales. En otras palabras: las causas del suicidio siempre son particulares, pero al final del año se cumple una cuota fijada por la sociedad. ¿Qué país tiene más tendencia al suicidio? «De todos los pueblos germánicos, sólo hay uno que esté de una manera general fuertemente inclinado al suicidio: los alemanes», responde Durkheim.

Sería simplista pensar en Enke como parte de una tendencia nacional, pero sin duda vivió en un entorno de severa exigencia donde las excusas no podían tener lugar. No cumplió con un código de honor samurái, que pudiera ser celebrado por los suyos. En la ceremonia luctuosa que tuvo lugar en el estadio del Hannover 96, el sufrimiento embargó a todo el fútbol alemán y acaso se convirtió en estímulo para futuros triunfos. Convertir el calvario en éxito ha sido una especialidad alemana en los mundiales.
Portento de la entrega y la disciplina, la nación que ha conquistado tres veces la Copa del Mundo y ha sido cuatro veces subcampeona suele estar integrada por neuróticos que no se hablan en el vestuario pero son aliados inquebrantables en el césped. «El portero de la selección nacional es el símbolo de la fortaleza física», escribió Der spiegel a propósito de Enke: «Debe ser impecable. Controlado. Seguro de sí mismo. No hay empleo más duro en el fútbol, y Enke lo había obtenido ». Su círculo más próximo de amigos y familiares estaba al tanto de la severidad con que se juzgaba y la fragilidad con que reaccionaba. «No podía gozar nada», ha dicho su padre, el terapeuta Enke. No hay forma de sanar el alma de un portero. De nada sirve saber que estás bien: la pifia decisiva puede ocurrir el próximo domingo.

Cuando el último hombre del equipo pierde la concentración, sella su destino. Moacyr Barbosa fue el primer portero negro de la selección brasileña y tuvo una carrera admirable, pero todo mundo lo recordará por su error en la final de Maracaná, en 1950, impidiendo que Brasil alzara la Copa Jules Rimet. La responsabilidad del portero es absoluta. Hay rematadores que necesitan diez oportunidades para acertar y salen orgullosos del campo. El hombre de los guantes no puede distraerse. Su puesto se define por el error posible. «Quisiera ser una máquina», dice Schumacher. «Me odio cuando cometo errores. ¿Cómo podría combatir si me importara un carajo el resultado? Vivimos en una enorme fábrica. Cuando no funcionas, el siguiente te reemplaza. Supongo que sólo la muerte cura las depresiones». Estas declaraciones de Schumacher prefiguran el exigente destino que uno de sus sucesores tendría casi veinte años después.

El portero es el jugador que tiene más tiempo para reflexionar. No es casual que se trate de alguien muy preocupado. Algunos guardametas tratan de aliviar los nervios con supersticiones (escupen en la línea de cal, colocan a su mascota de la suerte junto a las redes, rezan de rodillas, usan los guantes raídos que les dio una novia que no se casó con ellos pero les trajo suerte). Otros buscan vencer la preocupación con altanería, considerando que un gol en contra no vale nada. Pero es raro que no tengan un alma en crisis. Schumacher convirtió esa tensión en dramaturgia: «A veces me concentro con el odio y provoco al público. No sólo juego contra los otros once. Soy más fuerte rodeado de enemigos. Cuando la mierda me llega hasta arriba, sé que puedo resistir. Un atleta no se hace creativo con amor sino con odio». Enke nunca tuvo esta claridad para revertir en méritos emociones negativas, pero heredó la cabaña de Schumacher y sus redes tensadas por la furia.

Cada posición futbolística determina una psicología. El portero es el hombre amenazado. En ningún otro oficio la paranoia resulta tan útil. El número 1 es un profesional del recelo y la desconfianza: en todo momento el balón puede avanzar en su contra. La gran paradoja de este atleta crispado es que debe tranquilizar a los demás. En su ensayo Una vida entre tres palos y tres líneas, escribe Andoni Zubizarreta: «Cuando me preguntan cuál debe ser la mayor virtud del portero, contesto sin dudarlo que la de generar confianza en el resto de los jugadores». El equipo debe ir hacia delante, sin pensar en quién le cuida la espalda. «Claro está que, para no transmitir dudas, es fundamental no tenerlas», añade Zubizarreta: «El portero no puede ser de carácter inseguro ». Inquilino del desconcierto, el guardameta vive para no aparentarlo. Es el pararrayos, el fusible que se calcina para impedir daños mayores.

Peter Handke narró una trama existencial con un título que alude al hombre fusilado: El miedo del portero al penalty. La novela no trata de fútbol sino de los predicamentos sufridos por alguien que lo practicó. La situación límite del portero es el penalti. En ese sentido, el título de Handke es exacto; sin embargo, la verdadera angustia del último hombre no viene de ahí. El disparo a once metros es un ajusticiamiento con exiguas opciones de supervivencia. Si el arquero impide el gol, se trata de un milagro. Schumacher comenta al respecto: «Ante un penal sólo puedo ganar. Es el tirador quien tiene miedo. Porque cada penalti es un gol al cien por ciento. Matemáticamente, el portero no tiene chance. Si el balón entra, no tengo nada que reprocharme. Si lo atrapo, soy el rey».
Algunos custodios han sido maravillosamente irresponsables, bufones capaces de convertir el peligro en un placer extraño. El argentino Hugo Orlando Gatti y el colombiano René Higuita transformaron su imprudencia en diversión. A ambos les gustaba salir del área y enfrentar oponentes en un solitario mano a mano. Gatti nunca era tan feliz como cuando hacía «el Cristo» ante un delantero que trataba de sortearlo. Higuita se atrevió a despejar un tiro en la línea de gol usando sus pies como el aguijón de un alacrán. Esta cabriola de fantasía no ocurrió en un entrenamiento sino en el estadio de Wembley, santuario del balompié.

Los porteros alemanes no son de ese tipo. Se trata de hombres que sólo dejan de ser excéntricos cuando de plano están locos, pero analizan la cancha como la crítica De la raZón pura. Esto no los lleva a la sobriedad sino al sacrificio. El romanticismo alemán tiene que ver menos con declarar amor que con beber arsénico por amor. Otra vez Schumacher: «Cuando me arrojo a los pies del contrario, no pienso que pueda sacarme un ojo de una patada. He jugado con los dedos rotos, con el tabique roto, con las costillas rotas, con los riñones deshechos. Tengo desgarrados los ligamentos. Me extirparon los meniscos. Tengo una artrosis terrible. Me acuesto con dolores y me levanto con dolores». ¿Se trata de una queja? Por supuesto que no. Con la misma felicidad con que Heinrich von Kleist compartió el pacto suicida con su amada y se voló la tapa de los sesos después de dispararle a ella en el corazón, Schumacher explica que todo eso ha valido la pena: «Para llegar a la cima hay que ser fanático. Tal vez la tortura me sirva de distracción. Para no preocuparme voy al gimnasio y le pego a un costal de arena hasta que me sangran las manos».

Robert Enke tenía una extraña sed de serenidad. No quería asumir la postura de artista del dolor del inimitable Schumacher. Pero, como su padre señala con agudeza, «no fue suficientemente fuerte para aceptar sus debilidades». Prefirió ocultarse, negar su sufrimiento, como un alumno del colegio que teme ser castigado.

 


LOS ÁNGELES CAÍDOS SE LEVANTAN

En sus años de Cambdrige, Vladimir Nabokov destacó como portero. Además de los placeres de detener balones, disfrutaba el prestigio donjuanesco que entre los latinos y los eslavos tiene el puesto de guardameta. En ciertos países, el número 1 representa la estética en el césped y liga más que los centrodelanteros.

Lev Yashin, la Araña Negra, fue perfecto emblema del portero ruso: elegante, de una seguridad casi mística, insondable, de policía secreto o pope de la Iglesia Ortodoxa. Sus equivalentes latinos podrían ser Dino Zoff o Gianluigi Buffon, atletas poco afectos a moverse, que practican una eficaz vigilancia de capos de mafia, supervisando el trabajo duro de los demás y limitándose a proteger la rendija esencial. Al arquetipo latino también pertenece el portero que se ve de maravilla cuando le anotan. El portugués Vítor Baía perfeccionó el arte de la caída carismática.

El portero alemán es un comandante en jefe de la defensa. «Grito sin parar», dijo Schumacher: «El grito es mi manera de estar al cien por ciento en el partido. Debo mantenerme en tensión. En un principio me programaba; pensaba: “tengo que gritar, tengo que hacer algo para no dormirme”. Ahora lo llevo en la sangre. Te puedes entrenar para esto como te entrenas para un disparo difícil». El controlado Sepp Maier solía bajar la vista a sus manos durante las charlas en el vestidor, como si quisiera perfeccionar los guantes que vendía en el mundo entero. Pero en los raros momentos en que alzaba la vista, era el único capaz de oponerse al líder de opinión, Franz Beckenbauer. La tendencia al alejamiento de los guardametas convirtió a Jens Lehmann en un ermitaño. El portero del Bayern Múnich vive en una aldea y todos los días viaja en helicóptero para entrenar. Es más fácil que se lesione con una turbulencia que con una patada. Oliver Kahn sólo hablaba para elogiarse y sólo usaba los oídos para escuchar rock ultrapesado. Toni Schumacher fue el «héroe de la retirada», como llama Hans Magnus Enzensberger a los líderes que claudican y desmontan todo lo que han hecho: en su libro anpfiff (Silbatazo inicial), Schumacher denunció suficientes lacras del fútbol para ser expulsado de la selección.

No hay gente común en la puerta de Alemania. Sin embargo, esos célebres hombres raros comparten un credo: no pueden fallar. Han sido entrenados para una resistencia que no conoce los pretextos. «Si me atendiera en una clínica psiquiátrica, tendría que abandonar el fútbol», dijo Enke unos días antes de morir. La tristeza no puede decir su nombre en un estadio.

En cultura y melancolía, Roger Bartra explica que durante siglos la melancolía fue vista como una dolencia judía, «un mal de frontera, de pueblos desplazados, de migrantes, asociada a la vida frágil, de gente que ha sufrido conversiones forzadas y ha enfrentado la amenaza de grandes reformas y mutaciones de los principios religiosos y morales que los orientaban». En términos futbolísticos, el portero es el hombre fronterizo, condenado a una situación limítrofe, el que no debe abandonar su área, el raro que usa las manos. Si el dios del fútbol es el balón, el arquero es el apóstata que busca detenerlo.

El cuadro más célebre del arte alemán es el retrato secreto de un portero derrotado. En melancolía i, Durero dibuja a un ángel en la actitud de meditar bajo el nefasto influjo de Saturno. Después de un gol, todo portero es el ángel de la melancolía. Sentado en el césped, con las manos sobre las rodillas o la cabeza apoyada en un puño, el cancerbero vencido simboliza el fin de los tiempos, la sinrazón, la pura nada.

 

LA ÚLTIMA JUGADA

¿Qué hacen los alemanes ante la depresión? «Las mujeres buscan ayuda, los hombres mueren», responde el Dr. Georg Fiedler, quien dirige el Centro de Terapia para Tendencias Suicidas de la Clínica Universitaria de Eppendorf, en Hamburgo. Para él, Enke pertenece a una clara tendencia social. Aunque el diagnóstico de depresión es dos veces más alto en las mujeres, la tasa de suicidios es tres veces más alta en los hombres.

La prueba más ardua que padeció Enke fue la muerte de su hija Lara. Él dormía a su lado en el hospital. Después de un entrenamiento estaba tan agotado que no se despertó cuando las enfermeras luchaban por mantener a su hija con vida. Enke no se perdonó que ella muriera mientras él dormía. Aunque no podía hacer nada, el guardameta había nacido para la responsabilidad y la culpa.

Seis días más tarde, defendió la portería de su equipo. «Alemania admiró a este Robert Enke», escribió Der spiegel: «Admiró la calma. La claridad de todo lo que decía, y más aún de lo que hacía. Era infalible». La obligación de actuar sin faltas fue el castigo y la pasión del extraño Enke. No podía dejar aquello que lo tiranizaba. Sin duda, esto tiene que ver con una disciplina que privilegia la obtención de resultados sobre el placer de obtenerlos, y que es incapaz de ofrecer una formación integral, más allá de los deberes en la cancha.

El mundo del fútbol parece ser demasiado importante y poderoso como para que los destinos individuales cuenten. El joven Werther se mató por una decepción amorosa del mismo modo en que el poeta Kleist se mató por el cumplimiento de su amor. Enke ofreció otra muerte ejemplar en la atribulada Alemania. Si todo portero es un suicida tímido, que enfrenta la metralla lanzándose al aire, él dio un paso más.

El 10 de noviembre de 2009, Robert Enke caminó por la hierba crecida, bajo un cielo encapotado. En su tipología del suicidio, Durkheim no incluyó a los que se lanzan bajo las vías del tren. Ese acabamiento se reserva a Ana Karenina y al portero de Alemania. A las seis de la tarde con diecisiete minutos, el exprés 4427, que hacía la ruta Hannover-Bremen, pasó con acostumbrada puntualidad. El torturado Enke se lanzó ante la locomotora con la certeza de quien, por vez primera, no tiene nada que detener.


June 18, 2014

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Un texto de

ISABEL
ALLENDE
SEGUIRÁ ESCRIBIENDO
DESDE EL MÁS ALLÁ

¿Tiene una de las escritoras más leídas del mundo
algo que ver con la eternidad?

Un perfil de Gabriela Wiener
Ilustraciones de Sagar Fornies

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La tarde del 24 de setiembre de 2012 moría Isabel Allende, y esas señoras que sienten como si la conocieran de toda la vida, como si cada línea salida de su pluma hubiera sido escrita pensando en ellas, encendieron velas aromáticas en los altares de sus habitaciones y rodearon de piedras energéticas sus ejemplares de Eva Luna. Mi madre, sin ir muy lejos. Miles de personas conectadas a esa hora a internet lamentaron públicamente la noticia. Y el mundo de las letras se prepararía para rendirle su hipotético (y condescendiente) homenaje: «Era dueña de una vocación inquebrantable que la llevó a vender millones de libros». O «más que una escritora, fue un fenómeno cultural». Pero Allende sólo había muerto en Twitter, como hoy mueren tantos antes de morirse. Unos minutos después revivió en el mismo lugar donde había fallecido: «Estoy muerta, pero de risa», escribió en su cuenta en la red.

¿Cuál habría sido el legado de Allende si hubiera muerto esa tarde de setiembre? Un hijo, un esposo, tres nietos, una perra, un puñado de best sellers y la opinión, más o menos generalizada entre críticos literarios, de que la escritora más leída en lengua castellana es una mala escritora. Debe ser divertido eso de tener haters de la talla de Bolaño o Poniatowska. Isabel Allende ha cumplido setenta años. Su muerte, por tanto, ha comenzado a ser algo verosímil, incluso para ella, aunque como en algunos de sus libros poblados de fantasmas, la autora de La casa de los espíritus no vea la muerte como un final.

—Yo vivo siempre con la idea de que lo que estoy experimentando es solamente una partícula de la realidad —me dijo la mañana que la conocí en México—. Hay miles de dimensiones a las que no tenemos acceso.
Isabel Allende cree que todo es posible.


[...]


Cuando aparece en el aeropuerto de Ciudad de México, hay una cosa que no puedes dejar de pensar, por más que la parte profesional de tu cerebro lo intente: Isabel Allende es más pequeña, mucho más pequeña de lo que imaginabas. Viste de negro, lleva tacones superlativos, largos aretes, collares dorados y un bolso que colgado de su brazo se ve desmesuradamente grande. Es tan coqueta. Su pasión por los accesorios es evidente: le encantan los pañuelos para el cuello, las túnicas de la India, las joyas. Luego me enteraría de que ella misma hace anillos, pulseras y cadenitas para sus amigos. Esperar a una celebridad literaria te parte en dos. La parte más profesional de tu cerebro se alinea instintivamente con la crítica, con la literatura consagrada. El resto de ti quiere entregarse al show business. Son muy pocos los escritores que logran ser celebridades. Es un hecho que nadie que quiera ser famoso debería siquiera considerar la opción de escribir libros. Pero ella lo es, ni más ni menos que Stephen King, García Márquez o J.K. Rowling. Ver a Allende en persona es como sentarse a ver una peli con una bolsa de pop corn en la mano: hay entretenimiento para rato. Nos han invitado al congreso La Experiencia Intelectual de las Mujeres en el Siglo XXI. Mañana por la noche es su intervención. Debe llegar media hora antes de su charla magistral para que puedan maquillarla.

—Ah, no, a mí nadie me maquilla —dice inflexible—, que luego me dejan tan pintada como una puerta.

La segunda cosa que no puedes dejar de pensar cuando conoces a Isabel Allende es que se comporta como si el mundo fuera un escenario sobre el cual ella, montada sobre sus empinados tacones, coloca un banquito para verse aún más alta y hacernos reír. La manera como te hace reír es, por lo general, riéndose de sí misma. En el lapso de unos minutos es capaz de declarar en público cosas como «todavía puedo seducir a mi marido siempre que se haya bebido tres vinos», «tuve un sueño erótico en el que Antonio Banderas estaba desnudo sobre una tortilla y cubierto de chile y guacamole», «me casé con un pene» o, como me diría durante su ruta al hotel: «Afortunadamente tengo marido, porque si no tendría que poner anuncios en la web del tipo: abuela latina, setenta años, bajita, busca compañero. Qué horror. ¡No contestaría nadie!». Y advierte que no responderá ninguna pregunta hasta mañana.

Desde el auto que ha partido del aeropuerto, Allende mira los suburbios chilangos y se acuerda de lo que hizo la última vez que estuvo en México. Yo miro su perfil contra la ventana y pienso en la posteridad. Para una persona que, como yo, tiene más miedo de la desaparición que de la muerte, estar a su lado es como estar al lado de un inmortal o por lo menos de alguien que no desaparecerá tras una insignificancia como la muerte. También pienso en mi mamá y en lo que debió pensar mi mamá cuando circuló el bulo de que Allende había muerto. Y no quiero admitirlo, pero es probable que incluso piense que Isabel Allende de alguna forma es mi mamá, por lo que tiene de personaje entrañable en el que preferiría no convertirme. Tal vez sea el efecto pañuelos en el cuello, aretes largos y aura chamánica. O que no quiero ser una señora, aunque irremediablemente eso es lo que soy o seré. Allende ha llegado a México acompañada por una mujer alta, muy delgada, pálida y discreta. Es Lori Barra, directora ejecutiva de The Isabel Allende Foundation, la mujer de Nicolás Frías, su único hijo, una especie de álter ego americano a quien le va contando en inglés todo lo que nos sucede.

Los libros no son para la gente lo que los críticos literarios dicen que son. Supongo que no soy la única que leyó a Allende por culpa de su madre. Vi los libros en su mesa de noche y, no me los prestó, me los robé (el único que no pude leer fue Paula porque mamá me lo prohibió, aunque la vi leer, mientras ríos de lágrimas cubrían su rostro, la historia de una madre a la que se le muere una hija). En cambio, a García Márquez me lo dio a leer mi papá para que apreciara la gran literatura. Ninguna de estas dos corrientes de pensamiento anuló a la otra. Siempre entendí muy bien lo que representaba cada cosa, y en esos distintos espacios de la imaginación y la afectividad han estado alojados todo este tiempo. ¿Cómo no relacionar mis lecturas con las experiencias que vivía en esos momentos? Por supuesto, cuando entré a la Facultad de Literatura, yo también dije: «Isabel Allende es subliteratura», y así me sentí más inteligente. Divagar al lado de ella mientras su auto llega al hotel hace que crezca una tensión dentro de mí. ¿Cómo romper el hielo cuando me ha pedido que me calle? Mientras superamos lentamente el tráfico del D.F., la parte profesional de mi cerebro escucha cómo le pregunto.

—¿Cuánto mides?

—Un metro cincuenta —contesta—. Ahora todo el mundo está mucho más alto. Pero cuando yo era joven, la gente era más chica.

Y acto seguido la Isabel Allende performer, monologuista, showgirl, agrega: «El único lugar donde me siento bien es en Tailandia, porque en Estados Unidos, donde vivo, todo el mundo es enorme. Mis nietos son altísimos». Lo dice con su acento chileno intacto, y esa música aguda de ciertas palabras que ordena una tras otra con la misma velocidad incontenible de su prosa dicharachera. «Tenemos los mismos genes pero, no sé, debe ser la comida. Si yo estoy en un cóctel, lo único que veo son los pelos de las narices de la gente, porque estoy muy abajo, y me caen encima todos los camarones que a la gente se les escapan de los platos. Es muy difícil ser baja en esta época». Ahora me habla y me pregunta ella. No tiene un pelo de tonta: la mejor forma de callar a un preguntón es interrogándolo. Me pregunta si tengo hijos. Yo por sus nietos. Me pide que le enseñe una foto de mi hija en el teléfono. Cosas que hacen las señoras mientras van en un carro. Qué preciosa, dice. Pero ella no me enseña nada.


[...]


Isabel Allende es a la literatura en español lo que Shakira al pop latino: ambas tienen algunos hits divertidos y pegajosos, con algún mensaje más o menos dogmático, y tienen fans que llenan estadios. El pop, esa expresión de lo efímero, hace paradójicamente imperecedera a Allende. Le han sucedido desgracias, pero ella da la impresión de tomarse muy en serio su misión de entretener. Parece vivir en la impunidad que sólo pueden permitirse los que, sea como fuera, nacieron con el don de divertir a muchísima gente. Porque Allende no sólo forma parte de la gran industria del entretenimiento sino que también vive en consecuencia. Cuando alguien se acerca a su mansión en California, donde escribe con vistas espectaculares a la Bahía de San Francisco, y le pregunta a qué piensa dedicarse en sus últimos años de vida, ella siempre responde lo mismo: «Continuaré haciendo libros». No es descabellado pensar que cuando muera, Isabel Allende seguirá escribiendo en el más allá.


[...]


Allende es un blanco fácil para los canonizadores de la novela. Es posible que no muchos críticos de la autora estén dispuestos a admitir que la virulencia de sus embestidas contra ella se basan en prejuicios: la suya es la biografía de una mujer de origen burgués que escribe una columna feminista en una revista de moda allá por 1970, y, sin formación académica y con una limitada cultura literaria, empieza a publicar novelas a los cuarenta años, hace de lo autobiográfico su marca y sus obras se agotan en los supermercados. En un mundo en el que las cosas más idiotas suelen ser las más populares, cincuenta millones de ejemplares vendidos sólo pueden disparar la sospecha.

Pero ponte en su lugar: haz el intento de apellidarte Allende en Chile, exíliate, divórciate, cría a tus hijos, vive una doble vida, dedícate al periodismo y a escribir novelas, sé parte de esa generación de mujeres latinoamericanas que hizo todo esto a la vez y triunfa, bajo la todavía alargada sombra del Boom, un movimiento donde no había una sola mujer escritora de verdad, donde sólo había esposas amantísimas que lo hacían todo y todo lo hacían bien, para que sus esposos pudieran terminar sus libros y ganar algún día el Premio Nobel. Anímate a escribir en el extremo sur del continente sobre emociones y sexo en lugar de sobre túneles y laberintos. Y entonces postula a la eternidad.

Ahora haz el intento de sostener una carrera literaria durante tres décadas con semejante productividad e idéntico éxito. Inténtalo, además, con algunas novelas que estén bien hechas. Porque las de Isabel Allende lo están: allí hay una voz y una imaginación que se nutren de experiencias nada librescas. Isabel Allende arma su relato en torno a la simplicidad y a veces sucumbe a la lágrima fácil, al encaje y a la blonda, en cambio su expresión se apoya en la riqueza de los relatos familiares, en la comedia y en el drama cotidianos, y en el conocimiento de un lado del universo femenino, con intención a veces humorística y desmitificadora, como ocurre en La casa de los espíritus. Otras veces, como en Eva Luna o El plan infinito, lo coloquial y el ingenio de su prosa la hacen más cercana y confesional. En sus libros, la historia ha sido relevada por la memoria, y por fin parece que el sexo es parte del hogar y no sólo el reino de las poetas del cuerpo. En Paula, la crónica de las semanas que esperó que su hija despertara del coma, quizá el mejor de sus libros, describe el sufrimiento de un marido, en presencia del cuerpo amado pero irrecuperable de su hija. En Isabel Allende la conciencia de lo humano llega a unas cuotas a las que su propio lenguaje no llega. El resultado de su aventura ya lo conocemos: pocos como ella han creado una relación tan sólida con sus millones de lectores, basada en algo misterioso y adictivo que ellos encuentran en sus páginas y que el mercado se ha encargado de convertir en necesario año tras año, algo que burla cualquier lógica que no sea la que gobierna ese estrecho e indestructible lazo. Isabel Allende no es Virginia Woolf, no es Clarice Lispector, no es Alice Munro, y, sin embargo, tampoco es una best seller al estilo Dan Brown —y su simplona esotérica visión del policial—, a quien no le caen ni la mitad de los dardos que recibe ella. Pero Dan Brown ya casi no existe. Isabel Allende, en cambio, pasará a la historia, aunque no sea eterna.


[...]


¿Cuál es la fecha de caducidad de un escritor popular tras la publicación de su último hit? En este congreso-sólo-para-mujeres he vuelto a escuchar nombres que llevaba años sin oír: los de las mexicanas Laura Esquivel y Ángeles Mastretta, por ejemplo. Y lo primero que he pensado ha sido ¿siguen vivas? Ayer vi andar a la autora de verdaderas bombas comerciales como Arráncame la vida y Mal de amores (con la que Mastretta además ganó el Rómulo Gallegos) por los pasillos del Palacio de Bellas Artes con su rostro de pómulos pronunciados, su cuidado peinado de peluquería y sus movimientos frágiles, y fue como volver a los ochentas. En Wikipedia uno se entera de que ha seguido publicando libros. En las últimas dos décadas del siglo XX, los nombres de las tres sonaron dentro de lo que se etiquetó como ‘literatura femenina’ —una suerte de derivación de la literatura de verdad con tendencia a la escalada cursi y al regodeo lacrimógeno— y de la que Allende sería la máxima exponente. Tras esos años dorados, al parecer, la tendencia murió de éxito, y sólo ella ha seguido en los primeros puestos de venta. Después del boom de Como agua para chocolate, Esquivel se refugió en un palacete en un poblado a las afueras del D.F., se lanzó para diputada y ahora da talleres y publica libros del tipo 12 Pasos para ser feliz. Años después de esa descomunal ingesta de cacao, Allende también hizo su propio libro sobre sexo y cocina: Afrodita, un recetario para encontrar al amante ideal o, lo que es lo mismo, un libro de esos que decreta instantáneamente tu destierro de la literatura en mayúsculas.


[...]


Al día siguiente de su llegada a Ciudad de México, Isabel Allende ya está esperándome, perfectamente maquillada, como ayer cuando se bajó de un avión. En minutos estamos tan cómodas en la salita con wifi y desayuno americano de frutas frescas, charlando sobre las razones por las cuales las mujeres se identifican tanto con sus historias y con esa visión del mundo optimista en el que las relaciones y emociones de los personajes son lo más importante. Ella está repitiendo lo que ya le hemos oído decir tantas veces acerca de cómo el adjetivo ‘femenino’ acaba por disminuir la producción literaria de las mujeres, que llevan años luchando contra la segregación, cuando le saco el tema de sus odiadores profesionales. Sobre todo me intriga saber qué se siente ser juzgada no por un crítico, que es algo fácil de soportar, sino por otro escritor o escritora, más aún si estos autores gozan de prestigio.

—Sobrellevo la mala crítica como sobrellevo el éxito —me dice en un tono que de rutinario y displicente empieza a tornarse enérgico y orgulloso—. Y me doy cuenta de que, curiosamente, Elena Poniatowska no opina sobre otros escritores. ¿Por qué opina sobre mí? Porque vendo libros.

Los ejecutivos que se reúnen en este hotel podrían confundir el nombre de Poniatowska con el de una tenista rusa.

—Opinar sobre mí la hace a ella más visible —contraataca Allende—. Nadie le preguntaría a Poniatowska qué opina de mis libros si no fuera porque se están vendiendo. ¿Bolaño? Nunca habló bien de nadie. Era un muy buen escritor y una persona odiosa.
Bolaño la llamó «escribidora», para ser exactos. Burlarse de Isabel Allende no es un signo de inteligencia, sino parte del folclor literario latinoamericano.

—Hay gente que dice que soy un genio, ¿me lo voy a creer? Yo tengo un trabajo que hacer. Hasta ahí llega mi responsabilidad.

En este instante de la conversación, Isabel Allende se pone seria. Pero tampoco demasiado.


[...]


Es verdad: Isabel Allende no acepta que nadie la maquille. Lo dijo ayer en el aeropuerto y se me quedó grabado como la prueba de algo. Pero este detalle de rebeldía expresa menos de su compromiso contra la esclavitud de la belleza, curtido en el feminismo, y más de su vanidad femenina: Allende se maquilla sola porque así luce mejor. La veo darse unos retoques ante un espejito. Dentro de unas horas dará su charla magistral en el Palacio de Bellas Artes ante cientos de personas, entre las que estarán el presidente de México y su esposa. En media hora saldrá al aire en una entrevista especial para un noticiero en esta misma sala, y por eso se empolva la nariz. Está vestida con una blusa naranja, falda y un suéter negro abierto. Se prepara. Le digo —sinceramente— que luce genial.

—¡A pesar de la edad me veo muy bien y cuesta una fortuna! Pero no soy una esclava de la moda —deslinda—. Me irrita la estupidez de que haya mujeres que crean que les va a cambiar la vida porque se cambian de color de pelo.
Lleva el cabello teñido de castaño rojizo y le da unos golpecitos a las puntas para crear unas leves ondas. Las acomoda sobre sus orejas. Hoy, por cierto, se celebra el Día de la Mujer, y estar con Isabel Allende es una forma lógica de celebrarlo. Su fundación, sus proyectos solidarios y reivindicativos en favor de las mujeres, la tienen ocupada en conferencias la mitad del año.

—Teniendo tanto poder y recursos —remata—. En vez de ayudar a mejorar las condiciones de las mujeres, las aplastan con condicionamientos estéticos.

Allende lo dice convencida. Pero esa convicción no impidió que hace unos años se hiciera la cirugía. Se estiró el rostro y eliminó algunas arrugas.

—Sí, y qué les importa. Claro que me hice la cirugía plástica. Y si no le hubiera jurado a mi hijo que no me la iba a hacer de nuevo, lo habría hecho otra vez.

Isabel Allende habla de su único y mimado hijo como si hablara de un marido celoso y controlador.

—A mi hijo no le gusta ni que me maquille —dice—. Pero hasta ahí dejo que llegue su influencia.

La novelista es, después de todo, una mujer clásica a la que criaron como a una señorita, pero que trabajó para liberarse a través de la literatura. Ahora siente la premura de justificar a su hijo y su aversión al maquillaje.

—No le gusta que uno se someta a ese punto de vanidad. Mi nuera no usa maquillaje, mira lo linda que es —dice señalando un lugar en la sala—. Va a la peluquería sólo dos veces al año. Ese es mi hijo: le gusta sencilla y natural. Yo le digo: «Lori, te verías mucho más guapa con un poco más de lápiz de labios». Pero a él no le gusta.

Allende es una abuela rebelde que vuelve a ser adolescente ante la autoridad de su hijo.

—¿Y te vas a volver a operar?

—Ahora mismo no, pero en cinco años quizá otra vez la cara. Hay que tener cuidado con la cirugía plástica porque de qué te sirve tener la cara estirada si las manos no se pueden operar, si vas a caminar como una viejita.

Cuando dice esas palabras, está hablando de sí misma o de lo que teme que pueda ocurrirle, o de lo que tarde o temprano le ocurrirá. Si cumple la promesa que le hizo a su hijo, a partir de ahora, sólo el tiempo modelará sus formas.

—No hay nada más ridículo que esas mujeres que uno ve en Los Ángeles estiradas como si las hubieran planchado y que se nota que son ancianas —sentencia—. Hay que tener sentido común.

Dice Allende que su filosofía de vida la parió en los tiempos en que trabajaba en Paula, una revista para mujeres que equilibraba como pocas la frivolidad y la profundidad, la moda y los problemas de la mujer.

—Desde ese tiempo no he dejado de ser femenina, sexi ni feminista. Sí se puede.


[...]


Difícil hallar a algún escritor que sea un dedicado lector de Isabel Allende. El día que ella recibió el Premio Nacional de Literatura en Chile, algunos de sus colegas y paisanos se mostraron indignados. El escritor Alejandro Zambra, por ejemplo, dijo que era «como si le hubieran dado el Nobel a Paulo Coelho». ¿Para quién escribe Allende? ¿Quiénes recordarán su obra cuando ya no esté? No lo hace sin duda para el escritor argentino Patricio Pron. El autor de El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (qué apropiado), cree que no vale la pena leer a Allende.

—Sus libros se apropian de los procedimientos y de las formas más notorias del boom —un proyecto cultural y literario progresista en su origen— y los pone al servicio de una visión conservadora del mundo de acuerdo a la cual la latinoamericanidad —cualquier cosa que esto sea— únicamente puede vivirse de una manera, y, si se es mujer, sólo desde la cocina.

Pron me dijo que colgaría esta respuesta en su blog de reseñas de libros, en la sección Preguntas de los lectores.

—En ese sentido, es como si Allende fuese uno de esos ladrones de cuerpos de los filmes de ciencia ficción de la década de 1950 —añade—. O como una monstruosa tenia o parásito intestinal que hubiese devorado a su dueño por dentro.

Si alguien hiciera una antología llamada Grandes Momentos de la Crítica contra Isabel Allende, merecería estar la de Pron, la visión de una escritora zombie y chupasangre. Pero para ser justos, la obra de Allende no ha seguido una sola receta: versionó el realismo mágico apenas en un par de libros —sus detractores sólo intentan leer y fusilarla por una de sus obras—, y ha incursionado en las memorias, la novela política, la histórica y hasta la literatura juvenil. Sería una inexactitud tildarla de literatura rosa porque, a diferencia de Corín Tellado y sus secuaces, las protagonistas de las ficciones de Allende —entre las que incluiré a la propia autora— son mujeres que no sólo vivieron la revolución sexual, se independizaron, leyeron a Simone de Beauvoir y tomaron la píldora sino que también influyen en su propia realidad.

Envié una decena de correos electrónicos a algunos autores para que me dieran su opinión sobre Allende. La verdad es que hice un cálculo algo maniqueo, escogiéndolos según sus perfiles, para conseguir algunas opiniones ‘diferentes’, o lo que yo llamaba secretamente ‘favorables’. Incluso los escritores y sobre todo las escritoras que más ideológicamente cerca creía de Allende me dijeron no ser lectores de su obra o aborrecerla, aunque no fueran capaces de declararlo. Ya sea porque les cae bien o porque, finalmente, queda muy feo ir hablando así de mal de una colega exitosa.

Santiago Roncagliolo, un escritor hombre que ha sido tan vilipendiado en el Perú como si fuera un escritor mujer y que ha vendido miles de ejemplares de su novela Abril Rojo, también tiene una opinión sobre ella.

—En general, respeto a los best sellers. No es fácil conmover a millones de lectores en todo el mundo, y si alguien lo logra, lo admiro, aunque no escriba el tipo de libro que me guste leer.

Entre las virtudes extraliterarias de Isabel Allende, que son muchísimas, Roncagliolo dio con una admirable:

—Si hay algo que realmente admiro en ella es su capacidad para despertar el odio y la envidia de todos los esnobs de la literatura en español. De todas las obras de Isabel Allende, de la que más disfruto es la cara de rabia que ponen los escritores que se consideran serios porque nadie quiere leerlos. Gracias por fastidiarlos.

Norman Mailer decía que escribir libros con la intención de que sean best sellers no es muy distinto de casarse por dinero. Con los libros, ese cálculo no siempre funciona. Un libro puede incluir todos los ingredientes para ser un ganador y fracasar. O puede ser un potencial perdedor y dar la sorpresa. Le pasó hace un par de años a María Dueñas en España: de profesora que no había escrito un libro en su vida se vuelve de la noche a la mañana una escritora superventas. Su novela El tiempo entre costuras funcionó gracias al boca-oreja, la editorial no se gastó un centavo en promoción. La historia de una modista española que pone un taller de costura en Marruecos vendió —y he aquí la frase tópica— un millón y medio de ejemplares, y se tradujo a veintisiete idiomas. Le pregunté a Dueñas qué pensaba de Allende.

—Me deslumbró con La casa de los espíritus y la he seguido desde entonces. Admirable su talento y su energía, a pesar de los golpes de la vida. Un referente en la literatura escrita por mujeres, una inmensa inspiración, una maestra.
Dueñas sí que es una alumna aplicada, la chica nueva en el barrio de las escritoras superventas, esos fenómenos que siembran libros y cosechan colas de admiradores. Es también la continuidad de esa forma de entender el trabajo literario como el rescate de una memoria íntima, familiar y colectiva, perdida pero muy a la mano. Una de aquellas documentalistas del corazón que escarban y reordenan el pasado para devolverlo a la comunidad en una versión accesible, algo que el mercado agradece con todo su amor. Como si fuera sencillo escribir sencillo y ganar millones.


[...]

 

Isabel Allende se define como una «madre cupido»: no fue nada sutil cuando interfirió para que su hijo y Lori Barra se conocieran. «Mi pobre hijo divorciado con tres hijos necesitaba una mujer», exclama. Las historias familiares de Allende son tan extravagantes como las sagas de sus ficciones, y cuando indagas más en su biografía, descubres que hay más de real que de maravilloso en esas narraciones de padres verdaderos, imaginados o adoptados. La primera mujer de Nicolás y madre de sus tres hijos lo dejó por otra mujer, nada menos que la novia y prometida de uno de los hijos de Willy Gordon, el marido de Allende. Ahora los niños pasan una temporada con sus madres, y otra con Nicolás y su nueva mujer. Todos se llevan bien y todos viven cerca de la casa de la matriarca, incluso quien fue el marido de su fallecida hija Paula. Allende ha cargado con penas propias pero también con las de su marido, quien tiene una historia familiar atroz. Sus tres hijos cayeron en las drogas: la hija mujer murió de sobredosis (no sin antes traer al mundo a una niña contagiada de sida) y los dos hombres, mayores de cuarenta, recién empiezan a tener una vida normal tras años de cárceles y centros de rehabilitación. El cuaderno de maya es el libro que Allende escribió como una catarsis contra el dolor de padres compartido con su pareja.


[...]

 

Un día en la vida de Isabel Allende. Se levanta a las seis de la mañana porque su perra pide el desayuno a esa hora. «Mi pobre perra —dice— también está vieja». Tiene diez años, es decir, la edad de Allende en años-perros. A continuación su marido le trae una taza de té. Después medita, hace ejercicios y está lista para trabajar. Se encierra en su ‘cuchitril’ entre seis y siete horas a escribir. Ahora Willy Gordon también escribe, se ha vuelto escritor a fuerza de vivir con una escritora y hasta publica sus libros, así que tampoco es que interrumpan demasiado sus respectivos trabajos: «Nadie me necesita para nada». De rato en rato, ella sale a ver un poco el paisaje de la Bahía de San Francisco y vuelve a escribir. Por la tarde, ven alguna película que aún sacan de un videoclub. Contesta mails, habla con Lori Barra.


[...]

 

Para alguien aficionada a las fechas, 2012 fue para Allende un año de números redondos: cumplió siete décadas de vida pero también se celebraron los treinta años de la publicación de su primera novela, La casa de los espíritus, la que le valió la fama y la fortuna, pero también el estigma de haber escrito un sucedáneo de la obra de García Márquez. También se cumplieron veinte años de la muerte de su hija. Su agente Carmen Balcells la convenció de escribir ese libro de memorias como un antídoto para no volverse loca: Paula recoge los meses que pasó velando a su hija en coma. Aunque pensó que a nadie le interesaría leer un libro sobre la muerte, de todos sus libros es el que ha tenido más larga vida.

Se acerca la hora de su charla magistral en el Palacio de Bellas Artes. Lori Barra está muy guapa hoy, tal como dijo su suegra que estaría con los labios pintados, y lleva un vestido rojo muy favorecedor. Escribe en su computadora lejos de nosotras, quizá ocupada con los temas de la fundación que dirige la escritora y que ella la ayuda a organizar. Mientras continúa ajetreada con la prensa, le pregunto a la suegra cómo lleva trabajar con su nuera. Allende me cuenta que cuando la vio supo que ella era la esposa perfecta para su hijo, que le hizo largos interrogatorios y que se la llevó de paseo a solas para conocerla mejor. Sólo después supo que además sería la colaboradora de confianza. Tu suegra, tu jefa. Suena a pesadilla. Pero Lori se asume como una persona feliz de acompañarla a todas partes.

—A veces se me olvida que es mi nuera —dice Allende—. Es mi gran compañera. Vive a tres cuadras de casa. Si yo cocino un plato chileno, mando la mitad a casa de ella. Si ella compra tomates maduros, me envía la mitad. Estoy tan pendiente de su vida y ella de la mía, como no lo estarían ni una madre y una hija verdaderas, porque siempre ahí hay más conflicto.

Luego, mirándola trabajar, me aclara:

—A veces se me olvida que no es mi hija, no podría serlo: mira su altura y la facha.

 

[...]

 

Isabel Allende visita dos veces al año a sus padres en Santiago de Chile. Alguien me dijo que a Ramón Huidobro, su padrastro, le encanta hablar de ella. Cuando era una niña, le declaró una guerra sin cuartel al darse cuenta de que, tras la separación de sus padres, este hombre iba a quedarse al lado de su madre. Pero él se ganaría su admiración hasta convertirse en el único padre que ha tenido la escritora. Huidobro no ha inspirado ninguno de sus libros. «Tiene demasiada decencia y sentido común —ha escrito Isabel Allende de él—. Las novelas se hacen con dementes y villanos, con gente torturada por sus obsesiones, con víctimas de los engranajes implacables del destino». Su padre biológico, por ejemplo, quien apareció muerto en una calle, como un vagabundo, y del que ella sólo tiene el recuerdo de su cuerpo helado en la morgue.

El tío Ramón, como le llama desde esa época, tiene cerca de cien años. Le pido que defina a su hijastra en una sola frase.

—Es una intelectual —dice al otro lado de la línea.

—Pero los intelectuales no la quieren mucho, señor —le digo.

—Porque en este país están llenos de envidia. Eso ha sido así toda la vida; acuérdese de Neruda, de Huidobro. En eso se notan las cosas raras de este país.

Le pregunto por su relación con Allende.

—Es la relación de un padre y una hija. Así de sencillo.

—¿Me cuenta una anécdota de ella?

—No puedo —dice con una voz esforzada, apenas audible—. Ella ha contado tanto que no me ha dejado nada para contar.

 

[...]

 

Isabel Allende se acaricia la cara y el cuello, como solemos hacer las mujeres para constatar que no hemos cambiado en medio de un sueño. Palpa su papada y apoya la barbilla sobre una de sus muñecas. Es paciente, y en breve tendrá que prepararse para su charla. Por eso, quizá, porque nos queda poco tiempo, hablamos de envejecer.

—No tiene ningún glamour envejecer. Hay un evidente deterioro físico —admite—. Ya no tengo fuerzas para hacer lo que hacía antes. Soy más selectiva, ya no pierdo tiempo con tonterías, con programas estúpidos de la televisión o películas que no me van a dejar nada. Si un libro en la página treinta no me agarró, no hago el esfuerzo de acabarlo.

Dice que los años acumulados de experiencia la ayudan en la vida pero no en la escritura. En cada libro —insiste— hay que inventar todo de nuevo. No cometer los mismos errores que ya cometió. Y el miedo cuando uno empieza a escribir, el susto ese que uno siente cuando va a empezar, es siempre igual. Eso no se ha aliviado nada con los años.

— ¿Por qué no puedes perder el tiempo?

—No puedo perderlo porque el tiempo pasa cada vez más rápido — dice, y sus pupilas crecen.

—Pero las escritoras no son como las actrices que de repente pierden papeles por envejecer.

Isabel Allende admite que en ese sentido envejecer es una bendición. Hoy tiene más lectores ganados con su trabajo.

—Es raro: siento que ahora soy más respetada que antes, por los treinta años que llevo escribiendo —dice—. No porque esté escribiendo mejor o peor, sino porque ha pasado mucho tiempo.

Varias veces estuvo a punto de dejarlo todo, pero se convenció de que de lo único que no podía prescindir era de la literatura. Su persistencia es también una lucha contra el reloj y, aun cuando escribir tiene una sombra a menudo tortuosa, Isabel Allende se siente en absoluto confort.

—Cuando escribo, no tengo ni que verme bien ni ser inteligente —traga una bola de emoción—. Ni cautivar a nadie.

La sinceridad de Isabel Allende aturde. No teme abordar ningún tema, y eso que uno siente que debe andar a tientas al hablar del tiempo y de la desaparición inevitable con alguien que sabe que ha sobrepasado con creces la mitad del camino recorrido. Pero ella, que tampoco teme ser sólo una best seller, no tendría que tener miedo a morir.

—El miedo a la muerte se me fue cuando murió mi hija Paula. Primero la vi morir, días antes de que naciera mi nieta. El momento de la muerte se parece mucho al momento del nacimiento: es pasar de un umbral a otro.

Ella ha declarado más de una vez que la posteridad no le importa, que escribe para el aquí y el ahora. Incluso que está preparada para que la olvidemos, para que sus novelas pasen de moda y una pátina de polvo borre sus huellas con más ferocidad que cualquiera de sus críticos. Pero algunos dudan de ello. Carlos Franz, otro escritor chileno, y una de las pocas voces disonantes en medio del coro de acusaciones, le concedía varios méritos, pero le recriminaba que intentara «apurar la posteridad» al quejarse continuamente del ninguneo al que la sometía su país cuando en realidad nada sabemos del futuro:

—Hasta Isabel Allende encontrará su lugar —grande o pequeño— en el triste Panteón de las Letras Nacionales del que hoy la expulsan —dijo Franz.

No hay nada terrible en la muerte. Lo terrible sería vivir para siempre, dice ella. En su libro Paula, la autora recuerda el chiste que hizo un día Salvador Allende, el primo hermano de su padre, cuando le preguntaron qué le gustaría que escribieran en su epitafio: «Aquí yace el futuro presidente de Chile», contestó sin dudar el que fuera eterno aspirante antes de convertirse en presidente. Cierta tarde, el tío Salvador Allende intentaba enseñar a su sobrina a disparar al blanco con el mismo fusil que aparecería a su lado en el Palacio de la Moneda después de suicidarse. La joven sobrina, al mover la pistola en el aire, terminó con el arma apuntando la cabeza del político. Los guardaespaldas corrieron y la tiraron al suelo. Un epitafio apropiado para ella podría ser una línea de su novela Eva Luna:

—La muerte no existe. La gente sólo muere cuando la olvidan; si puedes recordarme, siempre estaré contigo.

Los padres de Isabel Allende tienen más de noventa años, y ella vive con la idea de que en cualquier momento sonará el teléfono y tendrá que volar a Chile. En todos estos años, no ha dejado de creer en los fantasmas. No es que tenga fe en las sesiones de espiritistas. Pero cree en una dimensión mágica, y en el poder de la memoria y la imaginación para conectarse con otros mundos. Y dice que no todos los muertos la acompañan. Hay gente que fue muy importante en su vida y que, sin embargo, no está con ella todo el tiempo.

—Paula está siempre —me dice—. Si estoy esperando el ascensor y no llega, le digo, ya pues, Paula, mándame el ascensor.

La escritora de La casa de los espíritus mira por los ventanales el cielo oscuro mexicano que separa con fiereza la divinidad de los hombres.

—La sabiduría no te va a caer del cielo porque pasen los años —advierte—. No. Con la edad, a menos que uno haga un gran trabajo espiritual y psicológico, uno es sólo más de lo que siempre fue.

 

[...]

 

Todo el mundo sabe que Isabel Allende ha hecho llorar a miles con sus historias de amor y de sombras, pero pocos sabrán que también hizo reír. En años grises pero también color verde militar y rojo sangre, lo hizo llamando a las cosas por su nombre y derrochando humor feminista, años antes de que siquiera soñáramos con El diario de bridget jones, con la columna de Carrie Bradshow o con Girls. Su propia columna, publicada en los setenta y llamada jocosamente Civilice a su troglodita, la escritora hacía muy bien su papel en la vieja (y ahora pasada de moda) guerra de los sexos, tratando al macho como un ser inferior esclavo de su pene. Fue un éxito sobre todo entre los hombres.

Ha escrito libros que son best sellers, algunos de ellos muy dignos y otros tramposos e insufribles, pero quién no tiene libros insufribles. Y ha firmado algún volumen que es al mismo tiempo un testimonio conmovedor y un completo best seller, como Paula, que en varios pasajes me hizo pensar que me hubiera gustado escribirlo a mí, aunque de otra manera. ¿Acaso todas tenemos que escribir como Clarice Lispector para merecer un elogio en un suplemento cultural?

A punto de dejarla, pienso que estoy tan aburrida de las reiteradas cargas contra Allende, que voy a escribir decenas de artículos hasta llevarla al parnaso. Pero después me digo qué demonios: es una escritora rica, famosa, feliz. No necesita que nadie la defienda. «Usted debe ser la peor periodista de este país, hija», le espetó Pablo Neruda, el día que Allende se acercó hasta su casa de Isla Negra para entrevistarlo. «Es incapaz de ser objetiva, se pone al centro de todo y sospecho que miente bastante, y cuando no tiene una noticia la inventa. ¿Por qué no se dedica a escribir novelas mejor? En la literatura esos defectos son virtudes». Allende siguió sus consejos al pie de la letra. Y así dejó de ser la osada periodista a quien la fundadora de la revista Paula, Delia Vergara, confiaba los temas más ligeros y divertidos —la decoración, el horóscopo, las recetas de cocina—, entre otras razones porque, igual que Neruda, sospechaba de su ética periodística. «Era feminista a morir, pero a las seis de la tarde corría a la casa para atender a su marido como una geisha. ¡Nos daba clases de cómo hacerlo!», me contaría su exjefa.

A veces, sin embargo, los temitas de la reportera Isabel Allende se tornaban muy en serio. Su reportaje más recordado fue «Entrevista a una mujer infiel», la conversación que tuvo con una señora de clase alta casada con un importante político, quien junto con otras dos amigas rentaba una habitación para encontrarse allí con sus amantes. Los curas la condenaron; las mujeres la adoraron. Pronto encontró una veta que la haría célebre durante un tiempo, la de protagonizar sus propios «reportajes-aventura», como ella los llamaba, experimentando los temas en su piel como una adelantada cronista gonzo de la prensa femenina. Una vez se hizo pasar por bailarina de un club de alterne. Las cámaras de un canal de televisión la grabaron y la conservadora sociedad de su país casi la crucifica. Otra vez le pidieron que escribiera sobre el LSD y a ella no se le ocurrió, por supuesto, mejor idea que probarlo. Pero eso fue hace tanto. Mientras algunos se dedican de rato en rato al triste deporte de burlarse de ella, Allende ha comenzado a escribir su decimocuarta novela como hace cada ocho de enero de manera cabalística. Lleva escritas cerca de cien páginas de una historia que estará situada en California y que tendrá por protagonista a una joven.

 

[...]

 

En la gran noche de Isabel Allende en el congreso de mujeres, la escritora Sabina Bergman la presenta diciendo: «La República de los Lectores de Isabel Allende es más grande que cualquiera de los países de habla hispana». Cuando es su turno, sube un hombre a ayudarla a colocar el banquito. Ella trepa a su pedestal. Todo es muy cómico. Ella ha creado esa situación cómica y se ríe de su situación. Empieza su discurso. Pasa de los chistes sobre sí misma a la fábula y la parábola, y de ahí a la anécdota dramática. De una confesión ligera a un testimonio desgarrador y a una arenga sobre la energía cósmica femenina: «Cuando las mujeres están juntas —proclama—, están alegres». Viaja de su experiencia a la de miles de mujeres en el mundo. Y lleva al auditorio de una emoción calculada a otra. «Puedo decir que mi vida ha sido marcada por el amor, y el tema de mis libros siempre es el amor. Y yo creo en eso, hasta ahora sigo creyendo en eso, en una visión de la vida donde triunfe el amor». El mundo es su escenario. Y ella está allí arriba contando una historia que ha empezado con una pregunta: ¿qué quieren las mujeres?

Eso es lo que todos y todas queremos saber.

Y ella parece saberlo.

 

[...]


Epílogo: el crimen imperfecto

Han pasado casi dos años desde que anunciaran por Twitter la muerte de Isabel Allende. A sus setenta y un años no sólo sigue escribiendo para la posteridad sino que aún hace cosas por primera vez. Si la primera novela que escribió hace más de tres décadas trataba sobre espíritus, la última que ha escrito trata de cadáveres. Si antes le preguntaba cosas a los fantasmas de sus abuelos, en su debut en la novela negra Allende le pregunta a Google cuánto tarda un cuerpo en entrar en rigor mortis.
Ahora son las seis de la tarde de un jueves de enero en Madrid, y el largo día que ha dedicado a responder entrevistas sobre su nueva novela está a punto de acabar. A esta hora es muy probable que la señora Allende se encuentre cansada de escuchar a periodistas. O, peor para mí, a esta hora es muy probable que se encuentre cansada de escucharse a sí misma. Pero no está cansada ni de lo uno ni de lo otro. Como en una novela de misterio, el encuentro se produce en la suite de un hotel centenario de ciento cincuenta habitaciones. Detrás de la puerta ocurren a la vez dos escenas, que parecen de dos tiempos distintos: Lori, su nuera y colaboradora de confianza, trabaja silenciosa en la habitación con la computadora, recostada sobre la cama, mientras su suegra espera en el salón rodeada de ese lujo a lo Belle Epoque tan propio del Ritz de Madrid. Donde un día Ernest Hemingway escribió en calzoncillos y Grace Kelly y Rainero celebraron su luna de miel, Isabel Allende sirve té y galletitas surtidas.
—Yo a ti te conozco. Nos vimos en… —deja colgada la frase esperando un poco de ayuda para completarla—. Sí, el congreso de mujeres en México, ¿no?

Hace un año y medio, Isabel Allende estaba en ese encuentro feminista, subida en su banquito, desde el que parecía dominar el mundo con sus boutades acerca de lo que quieren las mujeres. Ahora estamos en un lugar al que hasta 1975, año de la muerte del dictador Francisco Franco, no se permitió a las mujeres entrar en pantalones. Esto, que hubiera molestado mucho a la joven Allende, y también a la madura, es impensable ahora que en su propio país gobierna una mujer, su admirada Bachelet.
—¿Sería su ministra? —le digo intrigada como parte de una entrevista, más política que literaria, que hago para un periódico del Perú.

—Yo no sirvo para eso. Es como si me pidieras que te planche la camisa. No tengo idea de cómo hacerlo.

Le recuerdo que Vargas Llosa, en el discurso del Premio Nobel, contó que su esposa solía decirle «Mario, tú para lo único que sirves es para escribir».

—Un hombre puede darse el lujo de servir solo para escribir. A mí me encanta escribir pero tengo que hacer muchas otras cosas.

Aunque se dedique a otras cosas, nunca falta a su cita con una nueva novela. Y siempre se las ingenia para estar ‘a la moda’. Algunos podrían decir que suele subirse al carro en marcha de los libros del momento o que es una intuitiva cazadora de tendencias literarias para beneficio propio. Allende, en cambio, cree que tiene el talento, como otros escritores, de olfatear lo que está en el aire y palpar eso que algunos llaman el inconsciente colectivo para devolverlo en la forma de un libro. Lo hizo con el realismo mágico, con las novelas de dictaduras, con las historias de amor y cocina, con la saga de Harry Potter cuando incursionó en el género juvenil, y ahora ha vuelto a hacerlo con la novela negra. Allende me jura que no sabía que los policiales se habían puesto de moda; sin embargo, antes de escribir el suyo, se preparó devorando la saga Millenium, de Stieg Larsson —¿como en los ochenta devoraría Cien años de soledad?— y al terminarla supo que no podría escribir nada por el estilo, por más que lo intentara. Que iba a ser inútil.

—Es demasiado brutal, demasiado oscuro, no es mi manera de ver la vida. Me dije que tenía que escribir una novela negra pero una novela mía.

Así nace El juego de ripper —una novela negra-blanca, una novela «para tomarle el pelo a las novelas negras», según su autora—, la historia de una joven superdotada, fantasiosa y aficionada a ese juego de rol virtual ––inspirada en Andrea, su única nieta— que deberá seguir pistas para descubrir quién se esconde detrás del avatar de Jack el Destripador, el responsable de una serie de crímenes. Para ello la niña contará con la ayuda y complicidad de su abuelo.
—El abuelo soy yo— confiesa. Bueno, la abuela que fui. Porque mis nietos ya se hicieron grandes y ya no tenemos la misma complicidad.

Cuando habla así, Allende es como esas abuelitas que se quejan un poco de abandono. Un poco de todo. Dice que si a ella le hubiera tocado crecer con internet, como a su nieta, nunca habría salido de su madriguera, nunca habría vencido la timidez ni descubierto el feminismo, ni se habría convertido en escritora. La culpa de todo, claro, siempre la tiene internet.

—Sé que los asesinos en serie son algo terrible y detestable —exclama de pronto— de lo que uno no debería reírse, pero la ficción es la ficción.


Isabel Allende no sabía que los muertos estaban de moda porque en su casa siempre lo han estado. De esto sí tiene la culpa su marido, el gringo Willy C. Gordon, lector y escritor de novelas policiales, quien le enseñó el ABC del género.

—Le estaba contando que pensaba comenzar el libro describiendo la atmósfera, escribiendo sobre el barrio de San Francisco donde iba a ocurrir la historia, y Willy gritó horrorizado: «¡No! ¡Una novela negra empieza con un muerto! Tienes que empezar matando a alguien». A mí ni se me había ocurrido.

Me pregunto si el bulo sobre su propia muerte que circuló en 2012 en internet no fue también el comienzo de una novela. Una novela que escribimos todos y en cuyo centro está Isabel Allende. Durante décadas ha sido una víctima propiciatoria para muchos de sus colegas, así que no sería extraño que de verdad haya muerto y que ahora, en este momento, sea un fantasma el que deambula por el Ritz hablándome de crímenes y cuerpos.

—¿Cuánto tarda un cuerpo en entrar en rigor mortis? —le pregunto para comprobar que la novata que lleva treinta años escribiendo ha aprendido la lección.

—Depende de la temperatura, absolutamente. Gracias a eso puede conocerse incluso la hora de la muerte. Y hay muchas cosas que investigué en Google sobre venenos y armas para el libro y que cinco minutos después olvidé. Yo no creo que tenga que andar por la vida cargando con cadáveres en rigor mortis. Cuando necesite otro cadáver volveré a buscarlo en internet.

Allende buscaba un cadáver y le dimos el suyo propio vía Twitter. Y ella se murió de risa. Porque para mala suerte de sus críticos y destripadores de rigidez cadavérica, a ella la vida y la muerte le sonríen.

La que está aquí a mi lado en una suite del Ritz de Madrid podrá ser una señora, pero nunca un fantasma.

¿Cuánto durará Isabel Allende en este mundo o en el otro?

Dependerá de la temperatura.


April 21, 2014

Juan Ruy Castaño

Un texto de

TRES JIRAFAS COMPRIMIDAS
[obra periodística incompleta]

Fotografía de Juan Ruy Castaño

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El Heraldo. Barranquilla, 15 de mayo de 1950.

La Jirafa
EL HOMBRE QUE NO RÍE
Por SEPTIMUS

Lo conocí ayer. Es un campesino de esos que, aunque se quiten el sombrero, siguen teniendo cara de llevarlo puesto. La cabeza está acostumbrada. El rostro, para el cual el sombrero es ya más un hábito que una prenda, sigue lleno de sombras aunque se le deje descubierto bajo el sol. El hombrecillo es simple, despreocupado. Debe de tener debajo del ancho cinturón guarnecido de vidrios rojos y azules cuatro pesos de noventa centavos, envueltos en una esquina de un gran pañuelo rojo. El hombrecillo solo tiene una cosa de particular, pero es, en realidad, la cosa más particular que se haya visto nunca: no puede sonreír.

[…]

El mismo cuenta su historia. Quienes lo escuchan, pueden pensar que la cuenta con desgano, con una desconcertante frialdad. Pero el hombrecillo no dice quiénes le dejaron caer el acero sobre la mandíbula, acaso para no romper el encanto del relato. Siempre, a espacios más o menos iguales, va dejando su rostro. Solo dice que una noche de fiesta su vida se partió en dos. «Esa noche fue la cosa», dice; y quienes lo escuchan deben recordar en el acto la hora abismal de Canaima: «La noche en que los machetes relumbraron en Vichada».

Recogiendo los pedacitos de voz que el narrador va dejando sobre la mesa, he tratado de reconstruir el grito. Ese grito que debió ser cortante y definitivo, cuando el hombre se asomó al abismo de la reyerta y el relámpago del machetazo le cayó de filo sobre la risa y lo dejó serio, con una seriedad sonriente y burlona llena de cicatrices. Lo demás debió ser tan natural como lo que sigue a las reyertas de los pueblos en las noches de fiesta.

 

 

El Heraldo. Barranquilla, 16 de diciembre de 1950.

La Jirafa
LA AMIGA
Por SEPTIMUS

A veces se retorna a una amiga y se tiene la impresión de que el mundo es una casa de dos cuartos. Nada más. Las distancias han sido anuladas; el hombre minúsculo ha triunfado sobre la creación y todo ha quedado reducido en una sola cosa, donde lo increíble, lo prodigioso, está al otro lado de la pared, condicionado a una vuelta de la cerradura.

[…]

Y entonces, cuando cesa el vértigo del encuentro la amiga va revelando secretos paraísos interiores. Se nos había olvidado que ella tenía el cabello así y vemos cómo se le revuelve en la frente y cómo se le convierte en una estación de vientos encontrados. Alguna vez, distraídamente, le dijimos: «Pareces una mujer oriental». Seguramente habíamos leído a Pierre Louys y nos embriagaba el atormentado soplo de la cursilería bien lograda. Pero cuando retornamos a la amiga, descubrimos, pasmados, que en verdad parece una mujer oriental. Entonces nos enfrentamos a una nueva sorpresa: «La cursilería es lo único que sigue siendo cierto después de tantos años».

La amiga está allá, sentada, y tiene el suave gesto de la burla cordial, de lo que es apenas una tolerancia. Pero nosotros sentimos como si, a media noche, hubiéramos caminado dormidos, y despertado con las manos metidas en un nido de serpientes.

[…]

Es posible que se le prometa escribirle una carta a máquina (porque hasta en esos momentos aspiramos a creer que somos un poco civilizados) y que ella, condescendiente, diga que está muy bien, que le parece la aventura más encantadora del mundo. Entonces uno empezará la carta: «Mi perfecta amiga…». Y se tendrá la seguridad de que la carta seguirá allí, en la canasta, porque somos demasiado civilizados para escribir una carta sincera.

 


El Heraldo. Barranquilla, 3 de abril de 1951.

La Jirafa
NO ERA UNA VACA CUALQUIERA
Por SEPTIMUS

Una vaca en el centro de la ciudad es una de las pocas maneras que se han descubierto para anticipar el domingo. En una ciudad donde cada esquina es, desde hace veinticinco años, un serio problema para el tránsito y cuyos habitantes no tienen otra noticia del campo que la botella de leche que todos los días amanece a la puerta de sus casas, la sola presencia de una vaca en la vía pública constituye una alegre y alborotada anticipación del domingo. La última semana, en virtud de milagrosa intervención vacuna, tuvimos un martes reposadamente dominical.

[…]

Gracias al cine y a la propaganda de los productos lácteos, los niños de la ciudad están capacitados para diferenciar una vaca de un tigre. Y hasta de un toro. Por eso cuando el agente de tránsito se acercó al animal, físicamente sembrado al pavimento, como un árbol de cuatro patas (y cola) y trató de persuadirlo por todos los medios conocidos de que prosiguiera la marcha, los chicos se esforzaban en los balcones por evitar que las autoridades echaran a perder el único espectáculo vivo que se ha ofrecido en muchos años. Y como la vaca parecía estar radicalmente de acuerdo con los niños, el profundo desprecio con que respondió a las sugerencias del agente de tránsito marcó el principio en una hora de fiesta brava, improvisada, que aplazó para el día siguiente la reapertura de las actividades comerciales.

[…]

Cuando se encendieron las luces la vaca seguía en su lugar, impasible, indiferente a la gritería. Nadie pudo moverla de allí. Ni siquiera los boxeadores. Y allí estuvo hasta la medianoche, cuando uno de los borrachos oportunistas le dio una viva al partido liberal y desapareció. Entonces vino un pelotón de policía y a físicos trompicones arrastraron al animal hasta el patio de la cárcel.

 


(*)Gabriel García Márquez escribió sus «textos costeños» con el seudónimo de Septimus, inspirado por el personaje de «La señora Dalloway», la novela de Virginia Woolf. Los textos publicados son extractos del libro «Gabo Periodista» editado por la Fundación García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano.

Una cura para la
intrascendencia:
del uso terapéutico
del Libro Guinness
de los Récords
contra el
aburrimiento

Una texto de Juan Bonilla
Fotografías ©Guinness World Records

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© Guinness World Records>

Hay quien se dopa con tranquilizantes y quien emprende un viaje alrededor del mundo: pero para vencer una depresión, Riki Abad, un navarro espigado y fibroso, decidió correr todos los días un maratón. Era su manera de espantar miedos y tristezas. Se había enterado que un checo tenía el récord Guinness de maratones consecutivas porque las había estado corriendo a diario durante más de doscientos días y se dijo: voy a superarle. Durante 365 días consecutivos, Abad corrió un maratón por los montes de Navarra que cercan su pueblo. En la última de sus maratones, la 366, para celebrarlo y facilitarle las cosas a la prensa, cambió el escenario: se fue a las afueras de Madrid y llegó a la estación de Atocha, donde lo esperaba, junto a las cámaras y los fotógrafos, un representante de Guinness para certificar su premio. Cada día, después de sus cuarenta y dos kilómetros y pico, Abad tenía que fotografiarse con un periódico del día, según le ordenaba la organización del Libro Guinness de los Récords. Sus marcas no fueron, naturalmente, nada asombrosas: se diría que alguien caminando rápido, y capaz de aguantar cuarenta y dos kilómetros a ese ritmo, podría superarlo. ¿Pero quién se va a poner a ello? Esa es la pregunta esencial cuando uno va repasando algunos de los récords que pueblan el libro más fantasioso de cuantos se pueden conseguir hoy: el Libro Guinness De Los Récords. Como si se hubiese propuesto competir contra sí mismo, cada edición se supera. Mejora cada año adjuntando fotografías de sus campeones y sus heroicidades, y hasta una película para acompañar tanta información delirante. Cada año hay nuevas competiciones inventadas por los mismos seres que compiten en ellas y que son, de momento, los únicos contendientes y vencedores a la vez.

Leerlo de corrido puede causar espasmos en el lector: no estamos preparados para tanta inverosimilitud real y certificada. Leerlo a sorbos produce la impresión de que no hay máquina más poderosa que la voluntad humana, por más que esa voluntad se dedique a los deportes más absurdos. El propio libro, por cierto, aparece como propietario de un récord: es el libro con derechos de autor más vendido del mundo, y en la categoría de libros más vendidos —sin que haya derechos de autor de por medio— sólo lo supera la Biblia. En realidad, desde su primera publicación en la Navidad del año 1955, se habituó a liderar la lista de libros más vendidos. La leyenda dice que todo comenzó poco antes de aquella mítica primera edición, cuando sir Hugh Beaver, director ejecutivo de la cervecera Guinness, estando un día de caza, discutió con un amigo acerca de cuál era el pájaro más veloz del mundo. Uno decía que el chorlito dorado, otro que el urogallo. Beaver pensó entonces que estaría bien que hubiera un libro donde aquellas discusiones se zanjaran con una mera consulta que diera la razón a una de las partes, fiándose de la vieja superstición de que los libros no mienten. La cosa pudo haberse quedado en una de tantas ocurrencias que los humanos tenemos a lo largo de la vida y que se quedan en mera queja. Pero Beaver era uno de esos hombres acostumbrado a darle mucho valor a sus ocurrencias, y encargó a Norris y Ross McWhirter que compilaran en un volumen respuestas a disputas como la que había tenido él con su amigo: cuál es el pájaro más veloz del planeta, quién es el hombre más alto, cuál es el mamífero más pesado, cuál la serpiente más larga, ese tipo de cosas. El libro fue publicado en Navidades y de inmediato se colocó en el puesto de honor de la lista de libros más vendidos en Gran Bretaña. Ahora ese volumen es inhallable en los almacenes sin fondo de las librerías de Internet. En 2009 se vendió un ejemplar en una subasta en eBay por USD$3,500, lo que no le daría derecho a entrar en una nueva edición del Libro Guinness De Los Récords porque hay otros que se vendieron a precios bastante más elevados.

Craig Breedlove, cuyo apellido lo condenaba a engendrar amor, se dedicó más bien a engendrar plusmarcas. Después de batir varias veces el récord mundial de velocidad terrestre a bordo de vehículos impulsados con motores a reacción, se convirtió en la criatura más veloz del planeta. Corrió a 966.57 kilómetros por hora en máquinas confeccionadas ex profeso para la gloria y sin despegarse del suelo. Casi cuatro veces más rápido que el tren bala en Japón, que sí se eleva del andén. En un arrebato de sinceridad dijo que «Quería hacer algo más que sólo existir». Tenía prisa por ser alguien.

Fue el primer humano que viajó a más de ochocientos kilómetros por hora. Su afán primordial era batirse a sí mismo, porque el enemigo principal de cualquier propietario de récord Guinness es casi siempre uno mismo, aunque también pueden salir competidores que te ayuden a vencerles a ellos para vencerte a ti mismo. Es lo que le pasó a Craig Breedlove, que competía no sólo contra sí mismo sino también contra Art Arfons. El vehículo del primero se llamaba siempre, por mucho que cambiase de un intento de plusmarca al siguiente, «Espíritu de América». El del segundo, «Monstruo Verde». Breedlove batía la marca registrada como mejor marca mundial, y a la semana ya estaba el «Monstruo Verde» superándolo. Breedlove mejoraba la capacidad de su vehículo y volvía a batir al «Monstruo Verde», que respondía en una semana. En el año sesenta y cinco Breedlove alcanzó los 900 kilómetros por hora y pudo mantener ese récord hasta el año setenta cuando Gari Gabelic alcanzó los 1,014.5 km/hora. La historia de Breedlove no para ahí: su esposa también quiso batir una marca y ser la mujer más rápida de la tierra, y lo consiguió poniendo su bólido a 496.4 km/hora. Una pareja vertiginosa. Igual que Breedlove, necesitaban cierta certificación de que su existencia era significativa. Su manía por la velocidad no era una adicción al vértigo sino un mecanismo de defensa contra el anonimato. Perder su nombre y apellido a cambio de un genérico superlativo. Querían algo más que simplemente existir. Quizá gran parte de los propietarios de un Guinness de los récords harían suya esa respuesta. Algo más que existir. Ser alguien. Ser el primero en algo. Da igual en qué. Aevin Dugas es la primera en la categoría de peinados afros: el suyo tiene una circunferencia de más de un metro. Debe ser incómodo, pero sabe que no hay en el planeta nadie que tenga un peinado afro tan voluminoso como el suyo. ¿Quién se propondrá desbancar a Tyson Turk quien en siete horas y cuarenta y seis minutos le hizo 3,900 piercings a Chris Elliot, gracias a lo cual ambos están en el Libro Guinness De Los Récords en la categoría de más piercings en una sola sesión? Por increíble que parezca, es casi seguro que un día u otro serán desbancados, que en alguna parte de este mundo rico en prodigios y necedades, hay alguien que se ha propuesto como meta vital entrar en el Libro Guinness De Los Récords, y entrar en una categoría determinada. Eso, por ejemplo, le pasó a Riki Abad: jamás, de niño, pensó que su meta vital estaría en ganarse unos renglones en esa enciclopedia alucinada, y sin embargo, bastó ver en algún telediario o leer en alguna revista que había un checo que durante doscientos y pico días había corrido un maratón para que se dijera: voy a superarlo. Porque era su magnífica manera de decirse a sí mismo: voy a superarme. O sea, en su caso, voy a superar la tristeza.

No todos los propietarios de un récord Guinness pusieron su voluntad a prueba para ganarse un rincón en el Libro. Hay otros que se encontraron con su récord sin pensar que estaban batiendo a alguien, sólo por el método de llevar al extremo una obsesión. Es el caso, por ejemplo, de Janet Esteves que, desde muy niña, colecciona souvenirs, objetos, cromos, lo que sea, con un solo protagonista: Mickey Mouse. Así ha llegado a tener 2,760 objetos relacionados con Mickey Mouse, y por lo tanto, en la propietaria de un récord Guinness en la ilusoria categoría: «Objetos relacionados con Mickey Mouse». Tiene página web, concede entrevistas y muestra orgullosa en centenares de fotografías su extensa colección. Sería raro, aunque también poético, que un día del futuro lejano, esa colección fuera presa de la furia de los roedores, pero de momento ha llevado a su propietaria a figurar en el Guinness, aunque no fuera su propósito ganarse esa plaza. Si no existiera el Guinness, ella hubiera coleccionado souvenirs de Mickey Mouse igual. Lo cierto es que su récord puede dar ideas a otros coleccionistas, pedir a Guinness que le envíen un árbitro colegiado para que compruebe que poseen la mayor colección del mundo de objetos relacionados con Tintín, con el Capitán Trueno, con el Chavo del Ocho. Las posibilidades se multiplican, y así multiplica el Guinness a sus protagonistas. Cada nuevo integrante del Libro, trae la posibilidad de que aparezcan otros, porque si hay una categoría que premia al más voluminoso peinado afro, por qué no va a haber una que premie las rastas más largas, la cabellera con mechas de más colores distintos, y así hasta el infinito.

Otros protagonistas del Libro Guinness De Los Récords están ahí sin que se les haya pedido permiso, gracias a sus logros: el príncipe Guillermo de Inglaterra y su mujer, Kate Middleton, por protagonizar el acontecimiento más seguido en directo por Internet —72 millones de personas—. Betty la fea, por ser la telenovela que se estaba emitiendo a la vez en más países (cien). Justin Bieber, cuyo video «Baby» fue visto en línea cuatrocientos millones de veces. Incluso hemos podido ver en directo algún acontecimiento sin saber que cuando terminara merecería figurar en el Libro: por ejemplo el partido de tenis del torneo de Wimbledon entre Nicolas Mahut y John Isner, que duró más de once horas, con un último set que se fue prolongando de manera inverosímil.

No sólo de humanos vive el Libro. El apartado de animales es asimismo fascinante: Fluffy es la serpiente más larga del mundo —7.5 metros— y Colo es el gorila más viejo en cautiverio: 53 años. Animales, en honor a la disputa que dio origen a esta enciclopedia, hay cientos. Curiosamente en las ediciones originales eran datos genéricos los que se daban acerca de ellos: qué animal tiene el pene más largo era una categoría, pero otra era qué animal tiene el pene más largo en proporción al resto de su cuerpo. La respuesta no era la misma, y por lo tanto había dos campeones. Ahora los animales presentes en el Guinness de las últimas ediciones tienen todos ellos nombres propios. Ya no nos interesa saber qué espécimen es más rápido o más lento, sino cómo se llama la tortuga que más años ha vivido (Adwaita) o el mono que ha pintado el cuadro que más caro se ha vendido en una subasta (Congo). Y esa evolución caracteriza la naturaleza del Libro: ha pasado de ser un objeto de consulta para disputas de sobremesa —dónde está el edificio más alto del mundo— a ser un diccionario de criaturas que decidieron en algún momento que debía haber algo, lo que fuera, en lo que nadie les superara.

CRISTIANO
RONALDO,
EL HUMILDE

Así lo recuerdan los maestros de su infancia.
Pero ya conocemos su obsesión por ganar.
¿Por qué nos obsesiona que aprenda a perder?

Un texto de Sabrina Duque
Ilustraciones de Sagar Fornies

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Ilustración de Sagar Fornies

 

Hace unos años, en el salón de juegos del club de fútbol Sporting de Lisboa, un chico se pasaba el tiempo apuntando con un dardo al centro de un tablero. Los adolescentes que compartían la sala se divertían a su alrededor con el futbolín y la mesa de ping-pong. Él tenía doce años y una cara de estreñido, el ceño fruncido y los labios apretados: le daba rabia fallar. El director de la escuela, Aurelio Pereira, aún recuerda esa cara de enfadado. La misma de cuando le ganaban en ping-pong, la misma de cuando lo derrotaban en billar. El gesto irritado de un niño que no se permitía perder. Semana tras semana, el chico insistía en lanzar el dardo al centro del blanco. El ojo calibrando la puntería certera. El pulso firme y el ángulo preciso del antebrazo. El envión justo y balanceado. Hasta que un día se volvió casi infalible. Pereira, su primer maestro, a quien el ex alumno visita cada vez que pasa por Lisboa, descubrió en este acto su perfil obsesivo. Todos eran trabajadores. A ningún otro chico le importaba perder a la hora del descanso. Salvo a Cristiano Ronaldo.

Los fans de Ronaldo en Facebook son un país casi siete veces más poblado que Portugal. Es el atleta más activo en internet y un pionero en los contratos publicitarios que incluyen redes sociales. Gracias a la marca de champú Clear, que lo auspicia, los fans de Ronaldo pueden elegir el próximo peinado de su ídolo. Estos contratos, según FORBES, lo convierten en el segundo futbolista que más ha ganado en el mundo después de David Beckham: recibió cuarenta y cuatro millones de dólares en 2013. Como Beckham, Ronaldo es vanidoso. Se repeina con gel y posa en los partidos cuando la cámara lo enfoca. El delantero inglés Wayne Rooney bromeó diciendo que instalaron espejos más grandes en el vestuario del Manchester United cuando el portugués llegó al equipo, procedente del Sporting.

Aurelio Pereira detiene el auto cada vez que divisa en el camino a niños jugando fútbol. La obsesión del maestro de Ronaldo, Figo y Nani es educar talentos. Hoy es el coordinador de reclutamiento del Sporting Clube de Portugal y dice que su trabajo es encargarse de dar confianza a los chicos que llegan al equipo. El Sporting no es el club más rico de Portugal, ni el que despierta las mayores pasiones. En un país que divide su corazón entre el Benfica de Lisboa y el Porto de Oporto, el Sporting es el equipo tímido que gradúa estrellas directo a los mejores clubes de Europa. En su escuela, considerada una de las mejores del mundo, se entrenan, estudian y duermen chicos de todo Portugal. Algunos dicen que su arma secreta es Aurelio Pereira, un lisboeta que habla con calma y camina resuelto. En sesenta y cinco años, las entradas han ampliado su frente y enmarcado sus ojos azules. Cuando conoció a Ronaldo, este era un chiquillo desnutrido. Después de seis años bajo su tutela, el Manchester United pagó quince millones de euros por su alumno, que apenas era mayor de edad. De allí Ronaldo pasaría al Real Madrid a cambio de la mayor cifra jamás pagada por un futbolista. El niño despeinado que cuando debía descansar de jugar contra los demás competía contra sí mismo frente a un tablero de dardos, se convirtió en un joven de cabellera engominada que hoy no se avergüenza de decir que es el mejor jugador de fútbol del planeta. Un futbolista excepcional con fama de arrogante.
Aurelio Pereira —como tantos en Portugal— no entiende por qué ven al chico al que educó durante años como un arrogante. Fuera de Portugal no caen bien las declaraciones autosuficientes de Cristiano Ronaldo, ni su falta de timidez para declarar que se merece los premios que ha ganado. Pereira no se explica por qué le reprochan la pose, la mirada, el peinado, la ropa, las respuestas cuando le preguntan por él mismo, la obsesión por ganarlo todo. «Al contrario de lo que se piensa, es un chico extremadamente humano», dice Pereira. Paulo Cardoso también fue profesor de Ronaldo. Era el técnico del equipo infantil del Sporting. Hoy también rechaza la idea de que CR7 sea arrogante. De los primeros tiempos de Ronaldo en el Sporting, cuenta que cada día se preguntaba: «¿Cómo educamos a alguien así? ¿Diciéndole que es igual a los otros?». Dice que entendió que esa fórmula no funcionaría. «No podemos esperar que quien desde niño es considerado el mejor, no tenga autoconfianza o una autoestima altísima. ¿Para qué la falsa modestia?». Pereira dice que su labor con los chicos es enseñarles a respetar y a nunca despreciar a los otros. Porque eso no es de portugueses. En el Sporting, Pereira y Cardoso exigieron a Cristiano Ronaldo más desde que era chico y condujeron su carácter obsesivo a la búsqueda de la perfección.


[II]


La ilusión de Aurelio Pereira era ser maestro de primaria. Sus padres, preocupados porque tuviera un buen salario, lo empujaron a una carrera técnica. El fútbol lo devolvió a su vocación. Tras cada jornada de trabajo, se ponía la camiseta de entrenador y preparaba a los chicos de su barrio. Después volvió al Sporting, donde había jugado a los catorce años, y como su director técnico llevó al equipo a ganar el campeonato portugués en los noventa. Mientras Cristiano Ronaldo vivió en Lisboa, Pereira fue su maestro. El Míster —como se llama aquí a los directores técnicos— tiene un modo de estar tan calmo como su voz. Su bigote se curva con una sonrisa mientras muestra en su teléfono celular los mensajes de texto que intercambia con sus discípulos. Es un día de verano de 2012, en Portugal el fútbol está de vacaciones y toda la hinchada está atenta a la Eurocopa en Ucrania y Polonia. Mientras camina frente a las canchas de la Academia del Sporting, Aurelio Pereira se ajusta los lentes y muestra uno de los últimos mensajes recibidos. Es de su ex alumno Silvestre Varela, seleccionado de Portugal, que le escribió desde Ucrania después de anotar el gol que definió el partido. En un país de diez millones de habitantes, Pereira es el único entrenador al que diez de los convocados portugueses a la Eurocopa 2012 han llamado Míster.

Cristiano Ronaldo tenía la libertad de un niño de la calle, de esos que roban fruta del árbol del vecino, escalan muros, juegan pelota en el camino hasta que es hora de dormir. Con su madre trabajando el día entero como cocinera, él y sus tres hermanos estaban casi solos. CR7 iba a la escuela en Funchal, la capital de Madeira —un archipiélago portugués más cerca de Marruecos que de Europa—, y después salía a jugar fútbol con sus primos y también con los amigos de su hermano Hugo, diez años mayor. Quizás ahí fue construyendo su estilo de correr: bien estirado, como para parecer más alto. En la cancha hay jugadores que corren como desesperados. Otros lo hacen con gesto aburrido. Cristiano Ronaldo avanza erguido, con la columna vertebral alargada hacia el cielo, y brazos y piernas se difuminan con la velocidad. Mientras la pelota está entre sus pies, es imposible mirar a otro lado. Cuando Cristiano Ronaldo corre, es el pavo real más veloz del mundo.
El número 7 del Real Madrid terminaría un maratón en el minuto setenta y cinco de un partido de fútbol si lo corriera a la misma velocidad con que driblea en la cancha. Sobre un césped y rodeado de defensas, según la revista alemana Der Spiegel, el jugador alcanza los 33.6 kilómetros por hora. Con ese estilo de correr llegó en 1997 a probarse en la cancha del Sporting. Los entrenadores de divisiones menores, Paulo Cardoso y Osvaldo Silva, vieron a un chiquillo flaco y débil en cuyo cuerpo no se adivinaba al atleta de 1.85 metros de altura y ochenta kilos de peso en que se convertiría. Pero cuando la pelota llegó a sus pies, la cancha se convirtió en su autopista. Era una premonición: hoy ese terreno lo cruza el Eje Norte-Sur, la vía rápida que atraviesa Lisboa. «Comenzó a fintar a los otros a una velocidad increíble. Miré a Osvaldo Silva. Él me miró y nos preguntamos: ‘¿Qué es eso?’», recuerda Cardoso, un cuarentón jovial con las primeras canas asomando entre sus cabellos negros. Al final de la práctica, los adolescentes rodearon al recién llegado y le preguntaron quién era.


El chico veloz que corría erguido tenía once años y —según el primer documento del club que menciona a Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro— era un «jugador con un talento fuera-de-serie, técnicamente muy evolucionado. Se destaca su capacidad de drible en movimiento o parado». Al día siguiente de aquella primera prueba lo citaron en una cancha mayor, porque se había corrido la voz de un prodigio. Ese fue el día en que Aurelio Pereira vio a su discípulo por primera vez. Era su segunda prueba y jugaba de nuevo con adolescentes. Uno de ellos lo marcaba con insistencia y se le pegaba a la espalda. Él detuvo el balón y le dijo: «Oye, chico, ten calma». Pereira recuerda que eso le pareció una gran muestra de carácter. También pensó que nunca habían tenido un alumno tan joven de interno en la escuela. Los chicos llegaban a los catorce o quince. Con un informe, el maestro convenció al director financiero de aceptar la propuesta del Nacional de Madeira, donde jugaba Ronaldo: cambiarlo por los cuatrocientos cincuenta mil escudos de la época —unos veinticinco mil euros de hoy—, que debían al Sporting. Nunca habían pagado tanto por un niño.

Meses después, Cristiano Ronaldo se mudó a Lisboa. Había cambiado la libertad de las calles de Funchal por los horarios de una academia. «Pronto nos dimos cuenta de que necesitaba de cariño, de apoyo. Estaba lejos de su mamá, y el ambiente le era totalmente extraño», dice Cardoso. Lloraba todas las noches y se dormía junto al balón como si este fuera su peluche. Era un niño de doce años que compartía habitación con muchachos de quince. En Portugal continental, quienes llegan desde los archipiélagos son vistos como gente cerrada. Los isleños tienen una coraza. Así apareció Cristiano Ronaldo ante los ojos de los otros. Bruno Militão, quien en aquella época también corría detrás de la pelota en las categorías infantiles, recuerda a un chico a quien sus contrincantes gastaban bromas por su fuerte acento madeirense, un portugués cerrado, con labios que casi no se despegan. Al final de aquella primera temporada, Cristiano Ronaldo ganó todos los premios de Mejor Jugador en todos los campeonatos. Con los años, Militão lo vio dejar la timidez, convertirse en un bromista y despojarse de aquello que no lo dejaba encajar: empezó a hablar como un lisboeta. Sus maestros describen a Cristiano Ronaldo como un niño tímido que aprendió a abrirse, un chico querido por sus compañeros y un alumno humilde pero insatisfecho.


Dicen que Maradona no se despegaba nunca de la pelota, ni aunque la práctica no incluyera balones. Del basquetbolista yugoslavo Drazen Petrovic, sus entrenadores decían que no lo sacaban de la sala de entrenamiento ni con un fusil. Al niño Cristiano Ronaldo solían encontrarlo de noche medio escondido en el gimnasio del Sporting haciendo amagues con el balón, llevando dos pesas en cada pie. Más de una década después, The Wall Street Journal calculó las horas que había jugado en un año y declaró a Ronaldo como el deportista más trabajador. En 2010 su obsesión por la perfección fue tema de un comercial. «Yo no pierdo en nada», decía para promocionar las tasas de interés del Banco Espirito Santo. Las imágenes se abrían con Ronaldo lanzando un dardo y acertando en el centro del tablero. No era un truco de cámara: el chico al que Aurelio Pereira vio fallar docenas de veces tirando dardos en su tiempo libre ahora es capaz de ensartar sin dificultad un tiro al blanco para un comercial donde bastarían sólo su rostro y su voz.

Al final de uno de los partidos de la Eurocopa 2012, Bruno Prata, un conocido periodista portugués, pidió un psicólogo para Cristiano Ronaldo. «Cuando esté menos obcecado con las victorias, con los goles y con él mismo, todo será más fácil», escribió. Volvió sobre un punto común en las críticas locales al delantero: su exagerada obsesión por ganar. Unos días después, la selección nacional perdería las semifinales en tanda de penales frente a España. La llegada de Portugal a la final de esta Eurocopa se frustró cuando uno de sus jugadores falló el cuarto tiro penal. Cristiano Ronaldo, el siguiente portugués en la lista, no alcanzó a patear. Fue un golpe para alguien que a los veintiún años había declarado que estaba dispuesto a todo para ganar. Algunos periodistas creyeron que Ronaldo se había reservado a propósito el último lugar en la lista para patear los penales, y lo interpretaron como un calculado acto de vanidad: para ellos, CR7 había especulado con anotar el gol para salir en las fotos de la llegada de Portugal a la final. Pero el entrenador portugués, Paulo Bento, declararía que él había decidido mucho antes el orden de los pateadores de penales. Además de su obsesión por triunfar, la prensa local había acusado a Ronaldo de nunca jugar bien en los partidos importantes. Se decía que no sabía jugar en las Eurocopas, que tampoco funcionaba en los mundiales, que no jugaba en equipo, que no aparecía cuando se le necesitaba, que sólo servía para jugar por el club que le pagaba el sueldo, que no hacía nada en la selección porque ahí no ganaba millones. En el repechaje para la Copa del Mundo 2014 no se escucharon esas críticas. Ronaldo anotó todos los goles y fue el capitán que la prensa deportiva portuguesa había pedido durante años.


[III]


Fuera de su país, Ronaldo se ha hecho fama de arrogante. La prensa china lo llamó egoísta y arrogante por ser apático en sus respuestas y poner cara de aburrido. Los ingleses le llaman ‘Cocky Ronaldo’, algo así como fanfarrón. Algunos jugadores brasileños suelen bailar después de anotar un gol, y ese hábito es considerado un rito celebratorio. Pero cuando Cristiano Ronaldo bailó con su compañero brasileño Marcelo la canción «Ai se eu te pego» después de anotar un gol al Málaga CF, en octubre de 2011, los españoles tomaron su festejo como una muestra de arrogancia. En España hay equipos que se quejan de que, cuando el Real Madrid va ganando, CR7 hace pases sin mirar y toda suerte de piruetas de exhibición que no haría si el partido estuviera empatado. Aun en sus momentos más críticos, la prensa de Portugal ha acusado de todo a Cristiano Ronaldo, excepto de arrogante. Pero arrogante no es una palabra desterrada del vocabulario portugués. Según el Priberam, el diccionario de la lengua portuguesa, es arrogânte quien desprecia al oponente. Así llamaron a Drogba, cuando dijo que estaba «temblando de miedo» porque el oponente de su Chelsea en la Liga de Campeones era el Benfica de Lisboa. En la liga local, también se ha hablado de la arrogancia de Hulk, el brasileño que fue figura del Porto, quien se mostraba como un superhéroe, no hacía pases a nadie y fue acusado de golpear a un guardián del estadio del Benfica.

A Ronaldo lo llaman arrogante porque está demasiado convencido de que es extraordinario. «En este momento —dijo cuando le preguntaron quién era mejor jugador, si Messi o él— creo que soy yo». El Real Madrid acababa de ganar la Liga española de 2012. Ronaldo no estaba solo en su convicción. Durante la Eurocopa disputada ese mismo año en Polonia y Ucrania, Santiago Segurola, del diario español Marca, escribió que Ronaldo le recordaba al Maradona del Mundial de 1986. En la misma fecha, el propio Maradona declaró al Times Of India que Cristiano y Messi eran los mejores jugadores del mundo, y que a Ronaldo deberían hacerle una estatua en el centro de Lisboa. Una idea nada compatible con el discreto espíritu portugués, donde el mayor ídolo del fútbol, Eusebio, se ganó en vida una modesta estatua en una de las entradas del estadio del Benfica.

Casi nada en Cristiano Ronaldo es discreto. Sus goles de cabeza son publicidades para champú. Cualquier gesto suyo de frustración en el campo es cinematográfico. Durante temporadas pareció que escogía prendas apretadas con colores que lo hicieran resaltar entre la multitud: rosas, celestes, rojos y gamas fosforescentes. En un comercial de Nike, donde aparece junto a otros futbolistas, su papel es hacer de sí mismo: entrena en el gimnasio, busca en el vestuario una camiseta tamaño infantil y después sale a la cancha con pose de modelo y ombligo al aire. Ronaldo es capaz de burlarse de su propia fama de vanidoso. Pero él sabe que no siempre fue vanidoso. También lo sabe su mejor amigo, Fábio Ferreira, un ex jugador que hoy atiende mesas en un restaurante en el sur de Portugal y que fue su compañero en los primeros años del Sporting de Lisboa. Hay una foto de 1998 del equipo donde Ferreira abraza a un niño despeinado y bajito que aprieta la boca y cierra los ojos. Casi todos son más altos que ese niño y sonríen con la boca abierta, hinchan el pecho adornado con el escudo del león, ensayan poses de crack. Todos menos Ronaldo, el único de aquella promoción que se convertiría en estrella. El único al que en ese entonces molestaban por su acento isleño. El mismo que todavía hoy visita a Ferreira en Portugal y que pide la aprobación de su madre para sus novias. El profesor Cardoso dice ahora que una prueba de la humildad de Ronaldo es que cuando regresa a Lisboa prefiere reunirse con sus viejos amigos y buscar a sus antiguos maestros antes que juntarse con el jet set de la capital.

Al futbolista al que una marca de champú le paga por cambiarse de peinado para cada partido le gusta conservar en su vida a la gente que lo critica. «Me alegro de cada vez que me jalaron de las orejas —dijo en la televisión española—. Si no fuera por mis primeros profesores, no sería el jugador que soy ahora». Saber perder es una materia poco explorada en el fútbol. El entrenador colombiano Francisco Maturana repite que «perder es ganar un poco». El español Luis Aragonés dijo alguna vez que en el fútbol «hay que ganar y ganar y ganar y volver a ganar y ganar y ganar». Guardiola sentenció: «El miedo a perder es la razón fundamental para competir bien». Al futbolista mejor pagado siempre le ha dolido perder, aunque fuera una convocatoria. En el tramo final de un campeonato juvenil de inicios de siglo XXI, el Sporting de Lisboa viajaba a Madeira. Ronaldo contaba los días para jugar frente a su familia. Era la primera vez que competiría allí. Leyó la convocatoria cuatro veces, pero no se encontró en la lista. Se puso a llorar. Cuando fue a reclamar, Aurelio Pereira le explicó que era la consecuencia de una indisciplina en el colegio. El Míster lo dejó en Lisboa, castigado. A ningún entrenador le gusta ver perder a su equipo, pero Pereira prefirió arriesgar algunos puntos por la estrella ausente que la disciplina de sus jugadores. Esa vez, el niño que hoy es dueño de un segundo Balón de Oro le dijo que entendía. Ronaldo dice hoy que es una de las lecciones más valiosas que le han dado.

Durante años Cristiano Ronaldo ha sido visto como un ícono de la arrogancia. Su porte al correr es una postal decorativa. Los cinco pasos que retrocede antes de patear un tiro son una escena teatral. La forma que tiene de apretar los labios es su sello de insatisfacción. A fines de junio de 2012, Cristiano Ronaldo quiso dar un regalo a su hijo, que cumplía dos años. Después de anotar de cabeza el gol que puso a Portugal en las semifinales de la Eurocopa, salió corriendo hacia un extremo de la cancha, rodeado por sus compañeros, que reían y lo abrazaban. Después corrió hacia la cámara de televisión gritando «¡Para ti, para ti!», y mandó un beso con las dos manos. En Twitter en seguida aparecieron los mensajes rabiosos de quienes creyeron leer en sus labios un «Messi, Messi», igual que el cántico que le dedican las tribunas adversarias.

Leo Messi es una lección pendiente para Ronaldo. Desde que las barras de los equipos adversarios descubrieron que cantarle ese nombre lo molesta más que citar a su madre y a su nacionalidad, el argentino se le aparece en todas las canchas. John Carlin, un periodista inglés que escribe de política y deporte, dice que el Ronaldo que juega en la Liga española es ejemplo de un chico humilde y buena persona. En especial por los insultos que aguanta desde las gradas. En 2011 le preguntaron a Ronaldo por qué las barras le silbaban y le dedicaban el cántico ‘Messi, Messi’. «Yo creo que por ser rico, por ser guapo, por ser un gran jugador las personas tienen envidia de mí. No tengo otra explicación». Acababa de salir de un partido y tenía tres puntos recién cosidos en el pie. Era un mal día y dijo lo que pensaba. En la Eurocopa 2012, la barra de Dinamarca le cantó ‘Messi, Messi’ cada vez que tocaba la bola o erraba un gol. Al final le preguntaron por los cánticos. «¿Saben dónde estaba Messi a estas alturas en Copa América? ¡Eliminado, en su país! ¿No es peor?», contestó. Después de ese partido, los lusitanos hicieron un voto de silencio con la prensa que quebraron al llegar a semifinales. En Colombia a Messi le preguntaron por el comentario de Ronaldo. «No tengo nada que decir sobre él», zanjó el argentino.

En 2012 Aurelio Pereira viajó a Madrid, donde Cristiano Ronaldo lo recibiría en su casa. En estos años, el Míster se ha vuelto amigo de la madre del jugador, y, como en las primeras épocas, sigue pendiente de CR7. El maestro se sigue preocupando por él, como cuando le dieron la banda de capitán siendo todavía demasiado joven. En esa visita a España, Ronaldo y Pereira se sentaron a conversar varias horas. Charlaron sobre una preocupación compartida: hacía más de diez años que el Sporting no salía campeón en Portugal. Si Pereira repite un elogio sobre Ronaldo es sobre su capacidad de escuchar. También hablaron sobre Messi. El argentino se había convertido en su gran rival, en el obstáculo por vencer. En 2007, cuando el brasileño Kaká ganó el FIFA World Player y Messi fue segundo, Ronaldo quedó en tercer lugar, frustrado como cuando los dardos de su infancia no llegaban al blanco. Al año siguiente acertó: se ganó el Balón de Oro y el FIFA World Player, y dejó otra vez a Messi de segundo. En los años posteriores, el jugador del Barcelona ganaría cuatro veces el Balón de Oro. Durante su visita a Madrid, el Míster le aconsejó a Ronaldo que Messi era bueno para él. «Si no tuvieras un jugador con quién competir, podrías adormecerte. Hoy te despiertas con un objetivo. Messi es tu desafío permanente». El alumno estuvo de acuerdo. El maestro Pereira había dado una última lección.

La prensa portuguesa ya no le cuestiona a Cristiano Ronaldo sus actuaciones en la selección. Se elogia su liderazgo, su generosidad en la cancha, el respeto que inspira a sus compañeros. Ronaldo ha dejado de vestir colores escandalosos y de cambiar de novia cada verano. Se convirtió en el padre de familia que recoge a su hijo en la puerta de la escuela y que no suelta la mano de su novia, la modelo rusa Irina Shayk. En 2013 Cristiano Ronaldo lloró al ganar su segundo Balón de Oro. Sus lágrimas ocuparon las portadas de los diarios y recorrieron el mundo. Se dijo que el detonante fue ver a su madre llorar. El jugador del Barcelona Gerald Piqué dijo que las lágrimas de Ronaldo podían haber sorprendido al mundo, pero no a él: «Tiene esa fama de durillo, de estar por encima del bien y del mal, y fue bueno que le saliera esa reacción. Le importaba de verdad, había sufrido, y le salió». Para Scott Moore, periodista deportivo inglés, CR7 «no es el hombre arrogante ni el crack enmascarado que mucha gente imagina. Hace poco ya mostró su carácter al proteger celosamente de los policías a un hincha que invadió el césped para abrazarlo». Entre sus agradecimientos al recibir el Balón de Oro 2013, Ronaldo recordó a Eusebio, el ídolo histórico del fútbol portugués, quien acababa de morir. Al día siguiente, el diario Público fue en busca de un psicólogo para que explicara el llanto de CR7, quien diagnosticó que eran lágrimas de alivio. Luego de recoger su trofeo, Cristiano Ronaldo dijo que se trataba de un premio especial, porque era la primera vez que su hijo lo veía recibirlo. Después de su consagración, en una entrevista con France Football, admitió que se había equivocado años atrás al declarar que le tenían envidia por ser rico, guapo y un gran jugador. Había vuelto a ser el chico de Madeira que, después de tantos esfuerzos, acertaba un dardo en el blanco.


March 04, 2014

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DE MI MADRE
[Y OTROS DESCUBRIMIENTOS TRAS SU MUERTE]

Un testimonio de Sergio Galarza

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El mismo día que enterramos a mi madre supe que la maleta del terremoto sería para mí y mis hermanos. Siempre escuché que ella guardaba allí las cosas que había que salvar en caso de una catástrofe, pero nunca la había visto. Era un bolso común. Como esos maletines negros que suelen dar en los congresos a los participantes. Esa noche, después de que volviéramos del cementerio y de cenar con mi padre, mi hermano, mi hermana y yo nos encerramos en la habitación de Daniel, el mayor. Doris Puente, mi madre, había dejado para nosotros una carta en las páginas de un cuaderno de espiral. Con tinta azul y en caligrafía cursiva detallaba lo que debíamos hacer con el contenido de la maleta. Quien prepara una valija en caso de desastres está de acuerdo con la idea de que algo malo puede suceder. Mi madre había aceptado su muerte, esa que a nosotros nos parecía todavía repentina, y dejó una lista de indicaciones para aliviarnos el trauma del luto. Había escrito qué hacer con sus joyas, el dinero, algunos objetos. Nos repartía los tres anillos de oro que conservaba de mi abuelo y que siempre me habían gustado por su aspecto de mafioso. Sonreí al ver que eran tan grandes que no podría usar el mío nunca. Pedía convocar a las tías más cercanas para un té. Hacer trámites bancarios. Hablar con la funeraria sobre su apariencia. Que fuera todo tan organizado en realidad no era lo que más nos sorprendía, pues ella siempre fue así. Pero hacía sólo algunas semanas que sabíamos que estaba enferma. La velocidad de su deterioro y su repentina muerte se aligeraban con la estupefacción que nos causaban sus previsiones. Uno siempre escucha de los líos familiares al repartir cuantiosas herencias en los periódicos, pero todo el mundo pasa por el mismo problema. Acumulamos objetos condenados a sobrevivirnos. A mi madre la enterramos con su ropa favorita, y del resto tendríamos que encargarnos ahora. Esa noche, después de despedirla, mis hermanos y yo no tuvimos que decidir qué hacer con sus cosas más valiosas. Ella había dispuesto todo para el ritual.

Mi hermano mayor había sido el elegido para ejecutar sus instrucciones, puesto que es el único de los tres que vive en Lima. Yo vivo en Madrid y mi hermana en Seattle. Habíamos viajado para sorprenderla; no estábamos muy seguros de la gravedad de su enfermedad. La última vez que estuvimos todos juntos fue en 2005. Yo quería hablar con ella, llegar a tiempo. Pero la había encontrado demasiado débil, incapaz de sostener una conversación. Mi hermana había llegado dos días después que yo y no pudo despedirse. En las páginas del cuaderno dejaba entrever que no estaba segura de que alcanzaríamos a verla otra vez. La maleta del terremoto contenía una colección de pendientes, broches, anillos. Objetos que hacía veinte años yo no veía y que habíamos olvidado. Prendedores de mi abuela con los que yo había jugado cuando era niño. Cada cosa estaba en un saco de terciopelo o en una de esas curiosas bolsas plásticas que son la versión en miniatura de las que se usan para guardar alimentos. Mi hermana contó que hacía algunos años se las venía encargando en cada viaje a Estados Unidos. Nunca le dijo para qué las quería. Cada una estaba rotulada con el nombre de su destinatario. Prestamos menos atención a las cosas cuando no sabemos que están ocurriendo por última vez, cuando no nos damos cuenta de que son parte de un episodio de la vida que terminará por ser tan importante. Ahora no recuerdo si leímos o no la carta de mi madre en voz alta, pero sé que mientras aprendíamos los detalles de su enfermedad y repartíamos sus objetos, construíamos una imagen de mi madre que se ubicaba entre la memoria y el descubrimiento.


[II]


Mi madre aterrizó en Madrid por última vez a las dos de la tarde del siete de abril de 2009. Reconstruyo su visita gracias a su agenda de ese año. Se la pedí a mi hermano esa noche que abrimos la maleta del terremoto. Todos los años compraba una, copiaba los números de teléfono de la anterior y la iba decorando con recortes, tarjetas o servilletas de restaurantes y cafés que le ocasionaban recuerdos agradables. En la de 1977 escribe el veintiséis de setiembre «Caminó Sergio solito». Yo tenía un año y un mes. No quise quedarme con las agendas más antiguas, pues me pareció que cuidar esas reliquias era mucha responsabilidad. Pero en mi escritorio de Madrid guardo la que corresponde a su última visita. Es de cuero marrón. Lleva por título «Empezar cada día». Mi madre era muy organizada, y esto se advierte en cada anotación que hacía. Cada gasto, por mínimo que fuera, quedaba registrado. Anotaba hasta los pasajes de autobús, las fotocopias que hacía para sus trámites, los antojos que se daba de vez en cuando. Ella creía en el ahorro, mientras que yo me daba un homenaje cada vez que me pagaban por colaborar en alguna revista aun sabiendo que en época de vacas flacas me arrepentiría.
Cuando vino a España teníamos dos años de no vernos. Esa tarde de 2009 que la encontré en el aeropuerto me sorprendió verla tan canosa. La abracé y conversamos sobre el vuelo. No fue un encuentro muy emotivo, no sentí ganas de llorar como cuando me reencontré con mi hermana y mi sobrino. Noté que había una distancia entre ambos, una que yo había puesto. La llamaba sólo por su cumpleaños, por el Día de la Madre y en Navidad. Le escribía correos de tres líneas, y si eran más largos era porque le pedía un favor. Tomamos el metro, y ya en el piso se acomodó en mi habitación. Luego fuimos a la Casa del Libro, quería enseñarle dónde había trabajado hasta hacía unos meses. Ella no dijo nada, quizás porque estaba cansada. Me preocupaba su opinión, que me juzgara, porque yo era un escritor a mi manera, no a la suya.

Al día siguiente de su llegada partimos hacia Galicia, a la casa que el padre de mi novia tenía allí, aprovechando la Semana Santa. Por la mañana había paseado un perro. Había vuelto a hacer algunos paseos; ese dinero me hacía falta. Salimos con retraso de Madrid. Paramos cerca de la ciudad de Benavente. La merienda la pagó mi madre y la cuenta salió 19.60 euros. Ella tomaba fotos todo el rato mientras escuchábamos la radio y mis discos de Neil Young, Nick Drake y Bob Dylan. En la penúltima página de su agenda mi madre copió la letra de «Blowin’ in the wind». Su caligrafía era fina, de letra corrida y con una ligera inclinación hacia la derecha. «How many years can some people exist?» No supe que le había gustado tanto esta canción hasta que tuve la agenda. Era una evidencia de cómo estaba viviendo nuestro viaje. A las diez de la noche nos encontramos con el padre de mi novia en el restaurante O’Barazal, a pocos kilómetros de Paradela de Moldes, donde quedaba su casa. Se cayeron bien. A diferencia de sus hijos varones y marido, mi madre había desarrollado eso llamado habilidades sociales. Era miembro muy activo del club de su pueblo, de la asociación de exalumnas de su colegio, asistía a recitales literarios, había organizado a las vecinas del barrio después de toda una vida sin compartir nada más que las calles y consiguió que viajaran juntas e hicieran otras excursiones, visitaba a sus parientes y se mantenía pendiente de sus sobrinas. Podía ser encantadora, y yo no lo apreciaba; eran otros los que me lo decían. Hay fotos de la cena en el O’Barazal. Nos acompañan el padre de mi novia y su pareja y un par de amigos suyos. Todos parecemos felices. Mi madre me abraza. Es una de las pocas fotos de esa visita donde estamos juntos. ¿No debería de tener un montón de fotos que demuestren que somos hijo y madre en su último viaje?

Antes de su visita a España nos habíamos visto en Lima en 2007. Fue también mi último viaje al Perú previo al de su muerte. Yo había regresado a Lima para hacer el cambio de visado que me permitiría trabajar en España. Había sido un mal viaje, volvía sin la novia con quien me había ido y trabajaba paseando perros. Estaba agotado. Necesitaba aclarar mis ideas, pero volver a casa no me parecía el lugar adecuado para hacerlo. La familia no era una compañía que me ayudara. En algún momento intenté acercarme a mi madre, pero confesarle mis dudas y penas hubiera sido admitir que fracasaba pese a que había logrado que me reeditaran un libro. Recuerdo que hojeó esa nueva edición sin decir nada.

El mes y medio que pasé allí mi madre me cocinaba un plato distinto cada día; decía que había adelgazado mucho y que me engordaría. Algunos días no probé su comida por salir con los únicos amigos que me quedaban en Lima, a fumar frente al mar y a recordar un pasado que apenas me arrancaba una sonrisa. En casa, mi padre y sus delirios políticos me exasperaban. Mi madre y sus intentos por vincularme con parientes que había rescatado del olvido me agobiaban. ¿Para qué quería presentármelos? Nunca los había visto en mi vida, pero ella se sentía orgullosa de mí. Yo sólo quería regresar a Madrid. El mismo día que me largaba otra vez de Lima mi madre entró en mi habitación y cerró la puerta. Nos sentamos en mi cama y me dijo que no le había gustado verme deprimido. Confiaba en que me iría mejor. Se había dado cuenta de que había estado fumando marihuana casi a diario.

—Lo tengo controlado.

—Eso espero.

Me abrazó y me arengó.

—Fuerza, cholo. ¡Adelante!, como decía tu abuelo.

Mi madre fue hija única. Su padre fue un carpintero que en el curso de su vida perdió tres dedos en las dos manos. Mi abuelo había tenido otra familia y mientras sus otros hijos habían asistido a una universidad privada, ella vivió en una pensión cuando se fue a estudiar a Lima y trabajó como profesora de inglés en un colegio para pagarse sus gastos. Dos años después de esa despedida accidentada, yo cobraba un subsidio de desempleo, trabajaba llevando a unas niñas al colegio y tenía una novia maravillosa que había perdido a su madre hacía un par de años a causa del cáncer. Me preocupaba lo que mi madre pensara de mi vida. ¿La defraudaría? Una vez me había dicho la cantidad de dinero que había costado mi educación, y yo lo recordaba cada vez que recogía la mierda de los perros que paseaba. ¿Tanto dinero invertido para acabar así?

Durante sus primeros años como estudiante de Derecho en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, mi madre frecuentó círculos de poetas, y guardaba con orgullo unos poemas que le escribió Rodolfo Hinostroza, el autor de Consejero Del Lobo, entonces un joven de pelos alborotados que enamoraba a las chicas guapas. Una vez le pregunté por qué no había seguido frecuentándolos. Me dijo que ella prefería la bohemia de otro modo. No se emborrachaba ni fumaba marihuana. Era una estudiante responsable. Le gustaba sentarse a hablar de literatura en un café hasta que veía que era hora de ir a estudiar y se marchaba. Su vocación era el Derecho, hacer justicia, y pensaba que en ello también había arte. En la carta que dejó con las instrucciones para la maleta del terremoto decía que conforme fuera sintiéndose mal avisaría a sus clientes que ya no los podría atender.

Cuando quise dejar la carrera de Derecho para estudiar periodismo tuvimos nuestras discusiones más fuertes. Ella argumentaba que había grandes escritores que se habían graduado de abogados. En esa época yo tenía miedo de decirle que quería viajar por Europa como un personaje ribeyrano, hambriento, enamorado, con un malestar existencial que alimentara mi escritura. Mi madre había publicado por su cuenta un libro con los poemas de su juventud. Me entró algo de miedo cuando supe que lo haría. Ni siquiera recuerdo si fui a la presentación o si la hubo. Leí sus poemas algunas veces y me sorprendió que fueran buenos, transparentes como ella, sin palabras rebuscadas o versos crípticos. Nunca se lo dije.


[III]


Perdíamos por dos goles. Era el primer partido del Torneo Primavera 2011, la última oportunidad de la temporada para ganar algo, y yo necesitaba ganar ese algo. Hacía un mes que tramitaba la visita de mis padres a Madrid, y en dos semanas todo había cambiado. Durante la madrugada había chateado con mi hermana que vive en Seattle, y me había confirmado que el cáncer de nuestra madre estaba generalizado. Eso significaba que se había extendido a otros órganos del cuerpo, lo que se llama metástasis, sinónimo de fin. Mi madre moriría en Lima y yo no estaría para acompañarla con pena y gratitud por haberme ayudado a partir a España, donde tuve que buscarme un lugar seguro, lejos de la familia y del afecto que habíamos construido y que desperdicié durante los últimos años. Lo que más me preocupaba era no saber si habría tiempo para sentarnos a conversar cara a cara. ¿Por qué siempre intento arreglar las cosas cuando parece que no hay oportunidad? Que mi madre enfermara de pronto me sacó de mi ensimismamiento. Los últimos meses me había dedicado a pensar en mi soledad y en mi futuro como escritor. Hablaba con mi madre y nos escribíamos, pero no recuerdo haberle preguntado «¿cómo estás?». Ella me contaba sus actividades, tantas que parecían las de todos sus parientes, amigos y vecinas juntas. Los hijos asumimos que a partir de cierto momento la vida de nuestros padres es lineal y que un piloto automático lo hará todo y nada les pasará.

Disfruto jugar al fútbol más que escribir. Pero en el fútbol todo queda en la cancha. El marcador no se puede editar a favor cuando ocurre una derrota. En la literatura sí. Pero en este texto no podré editar la enfermedad de mi madre. Si alguien piensa que exagero, se equivoca. Porque esa tarde empatamos con un tiro libre que se comió el portero contrario, y después metimos dos más que nos dieron la victoria. Jugábamos en el Polideportivo Barrio de La Concepción en Madrid, donde había conocido hacía seis años a mi equipo de fútbol once: el Celta de Pinos. Era la primavera de 2011 y el sol pegaba como un látigo a las tres de la tarde. Nunca bajamos los brazos. Que yo recuerde, es uno de los pocos partidos en que sólo he gritado para celebrar los goles. Suelo tomarme cada partido como si fuera una final, y espero que todos lo asuman como yo. Al marcar el tercer gol me arrodillé en el medio del campo y grité lo más fuerte que pude. Al final de un partido saco mis estadísticas. Si un error mío ocasionó un gol en contra, esa noche no duermo. Detesto perder. Una vez mi madre me tomó una foto después de haber llorado porque jugué mal. Lo hizo para que recordara dos cosas: nunca jugaría mal si daba lo mejor de mí. Llorar no arregla nada. En esta ocasión, ganar ese partido era un asunto más urgente.

Regresé a casa con una felicidad que necesitaba compartir. Soy cerrado como mi padre y sentimental como mi madre. Parece una contradicción, pero ese modo de ser me protege cuando no quiero a nadie a mi alrededor y otras veces me ayuda, si necesito hacer visibles mis afectos. Por eso, obedeciendo a mi lado materno, esa tarde llamé a casa desde un locutorio. Le relaté el partido a mi padre y después a mi hermano. Luego pusieron el altavoz del teléfono para que mi madre pudiera escucharme. Ella no dijo nada. No podía. Volví a casa y me encerré en mi habitación. Estaba en shock. ¿Cuánto tiempo le quedaba? Era imposible imaginarla enferma, tirada en la cama, sin hacer otra cosa más que ver televisión. Ella daba charlas prematrimoniales en la iglesia y era abogada especialista en divorcios. Tenía blogs de creación literaria y de recetas de cocina. Iba a misa los domingos a mediodía y leía el tarot los martes y jueves. Acumulaba y organizaba colecciones: en los años ochenta se aficionó a las campanas y a los elefantes en miniatura. Alguna vez participó como extra en una película del director peruano Francisco Lombardi. Viajaba a Seattle para cuidar a sus nietos. Mi madre fue a la mayoría de mis partidos cuando estaba en las divisiones menores del equipo del colegio San Agustín en Lima. Jugábamos los domingos. Ella me alentaba. Yo era suplente, pero siempre entraba en la segunda parte. Cuando no me ponían y quería dejarlo, ella decía que necesitaba entrenar el doble. Mi madre no me consolaba, me arengaba. Estoy mal acostumbrado a que alguien, desde la tribuna, celebre mis jugadas. La culpa es suya. Decía que le gustaba cómo me llevaba el balón y apilaba rivales, aunque mis jugadas fueran sólo ejercicios de habilidad que no acababan en gol. Hay una foto del día en que regresamos ganadores de un campeonato en Santiago de Chile cuando yo tenía once años. En ella mi madre sonríe a la cámara con una pancarta que saluda al equipo y un ramo de flores.

El pronóstico de vida que le habían dado era más tiempo del que habíamos pasado juntos durante los últimos seis años y menos del que uno espera pasar con sus padres. Yo sólo quería que no sufriera. Siempre dijo que cuando le tocara morir, prefería que fuese rápido: un infarto. Mejor si era durmiendo. La noche que supe sobre su diagnóstico no pude dormir, ni escribir ni leer.

¿Y si le aplicaban algún tratamiento?

Me habían contado casos en los cuales el enfermo superaba varias crisis y sobrevivía unos años, los suficientes para ver lo que le faltaba. Hasta hacía unas semanas mi madre tenía planes de venir a visitarme a España otra vez. Pero ahora debía alimentarse mejor, recuperar las fuerzas y sólo entonces podría recibir cualquier tratamiento que le devolviera la voz. En la librería donde trabajo vendemos libros sobre terapias, como la homeopatía, las flores de Bach, el ayurveda y lo que yo considero otros timos sin base científica. Desde que leí ¿Tenían Ombligo Adán Y Eva?, de Martin Gardner, empecé a burlarme de la ignorancia de quienes creen en esas dietas y terapias. Gardner desbarata con argumentos científicos las teorías que algunos listillos han construido para aprovecharse de la desesperación de la gente. ¿Estaría desesperada mi madre? Mi hermano mayor había decidido que no le diríamos el diagnóstico final. ¿Cuál era la gravedad real en su caso? Recordaba El Año Del Pensamiento Mágico, de Joan Didion, ese testimonio sobre su vida después de la muerte de su esposo y la enfermedad de su hija. Como Didion, yo también necesitaba asirme de algo que pareciera inteligible, aunque fuera sólo para mí. Uno de los pasos en el camino del duelo consiste en negociar con uno mismo. Algunas personas corren maratones y prometen llegar a la meta. Otras recaudan fondos para fundaciones benéficas. También hay quienes hacen peregrinaciones a sitios sagrados. Apenas supe que estaba enferma hice un trato conmigo mismo: si mi equipo ganaba todos sus partidos, mi madre se recuperaría.


[IV]


Que me contaran que mi madre no se levantaba de la cama era lo que más me llamaba la atención. Estaba deprimida; era lógico en una mujer que nunca paraba de hacer cosas. A sus sesenta y ocho años no había dejado de trabajar. Lo hacía porque le gustaba su profesión, y también por el dinero. Como no cotizaba en la seguridad social, en el futuro dependería de sus ahorros y quizás de nosotros, porque no quería depender de mi padre. Un par de semanas antes de enfermar, ella nos preguntó a sus hijos qué nos parecía vender una casa que tenía en Acobamba, fuera de Lima. A mí ya me había contado algo al respecto, y como le dije que esa casa podía reformarse, me mandó un dibujo del proyecto que se le había ocurrido. Mi hermana se sumó a la idea de la reforma; era posible con un esfuerzo económico. Pero mi hermano nos recordó que mi madre no tendría una pensión cuando se jubilara, aunque ella pensaba trabajar hasta que fuera una anciana, y que el dinero de la venta al menos serviría de fondo para emergencias.

Todos estos detalles empezaban a armar un rompecabezas.

Repasaba cada escena.

Hasta agotarme.

Y no funcionaba porque siempre faltaba algo.

Me sentaba durante horas frente a la computadora mientras esperaba noticias sobre mi madre. Chateaba con mi hermana, coordinábamos nuestras fechas de viaje para coincidir, aunque fuera unos días. Yo debía pedir una autorización de retorno porque aún no tenía mi nuevo documento de residencia. Cuando no me llegaban correos con novedades, llamaba a casa. Y mi madre escribió un último mensaje: «Toma las cosas con calma, hijito, ya sé que estamos lejos, pero a la vez muy cerca el uno del otro. Te quiero mucho». El día que debían darle el diagnóstico final llamé a casa desde un locutorio antes de ir al trabajo; me tocaba el turno de tarde. En Lima eran las nueve y algo de la mañana. Contestó mi padre. No habían encontrado al especialista que la atendía y volverían a la mañana siguiente, más temprano. Mi madre estaba muy agotada. Ir al hospital había sido como correr una maratón. Ya no masticaba nada, sólo tomaba caldos, bebidas heladas y le ponían suero. Mi madre coleccionaba campanas desde los años ochenta. Tenía una vitrina con más de cien. Cuando demorábamos para sentarnos a la mesa, hacía sonar varias de ellas hasta que llegábamos. Una de las campanas de su colección ahora servía para llamar desde la cama cada vez que necesitaba algo. Le pregunté a mi padre cómo seguía todo. Su respuesta no fue alentadora. Le pedí paciencia. Mi hermano me había comentado que se alteraba. Entre los dos tenían que alimentar a mi madre, llevarla al baño, estar a su lado siempre. «Tengo que hacerlo con paciencia, ¿no, cholo?», me dijo él como si se disculpara, y tuve ganas de llorar. Me despedí, colgué, caminé hasta una plaza y me senté en un banco a fumar. Era un día agradable, había sol y la gente iba en manga corta por las calles. Estaba en Madrid, donde había deseado estar, mientras a mi madre la consumía el cáncer. ¿Qué tan egoísta había sido durante los últimos años? Era tan inevitable como inútil sentir culpa en ese momento.
Durante un par de días acepté la incertidumbre. Mi hermano ya debía saber el diagnóstico final y supuse que no me quería poner nervioso. Pero una noche no pude más y le pedí a mi hermana que me contara la verdad. Ella lo sabía, estaba seguro. Y así era. Ya no había nada que hacer. A mi madre le quedaban entre tres y seis meses de vida.

Al día siguiente le dediqué el triunfo de mi equipo.

Hay pacientes que viven con la amenaza permanente de la muerte por el cáncer. Los someten a radioterapia o quimioterapia, se recuperan, recaen y otra vez pasan por el mismo tratamiento.

Lo de mi madre no era una amenaza, era una realidad.

El veintiocho de diciembre de 2009 mi madre había enviado un correo electrónico a las personas que más quería, y decía lo siguiente: «¡En enero cumplo sesenta y siete años! Todo un desafío enfrentar los años venideros. ¿Cuántos? No sé, pero desearía que fueran sólo aquellos en los que pueda valerme por mí misma. Cuando miro en retrospectiva, los recuerdos fluyen con la nitidez que nos dan los días sumados, apilados unos sobre otros. Pasan escenas desde mis primeros años hasta el momento». Agradecía a sus padres, a su esposo e hijos, a sus nietos, por lo que cada uno le había enseñado. Y agregaba: «Creo que no terminaré de aprender hasta el último momento de mi existencia. Cada vez que he traspasado fronteras y visitado otros lugares he ido almacenando en mi disco duro, la memoria, paisajes, actitudes, gestos amables, colores, sonidos, que me alimentan a diario. […] Espero seguir aprendiendo en los años que aún me queden de vida. Un abrazo a todos y cada uno de ustedes y Feliz Año 2010!!! Y los que vengan». Vendría sólo uno y medio más.


[V]

 

Mi madre sabía que se estaba muriendo y no se lo dijo a nadie.

Durante el vuelo a Lima no paré de revisar la copia del informe médico que me había enviado mi hermano mayor. Me llamó la atención que en el apartado «Ocupación» pusiera «su casa» y no «abogada». En «Enfermedad actual», puso: «Paciente de sesenta y ocho años, quien desde hace cuatro notó tumor en la mama izquierda completamente asintomático y solo ahora consultó con facultativo quien la deriva a nuestro instituto. La paciente refiere cefaleas y mareos desde hace quince días, hace una semana noto aumento de volumen del abdomen con nauseas y vomitos». En el apartado «Examen físico», decía: «En la mama izquierda presenta una gran tumoracion de 7 x 6 cm ulcerada en los cuadrantes inferiores la ulceracion mide 4 x 4 cm, además una tumoración de 2 x 2 cm paraesternal izquierda. en la axila se palpan ganglios de hasta 1. cm». Y sigue explicando cosas como que el hígado está trece centímetros por debajo del reborde costal. Cuando recibí el informe llamé a un amigo médico en Barcelona, cuyo padre había fallecido de cáncer. Fue sincero, me dijo que a mi madre quizás sólo le esperaban los cuidados paliativos. Yo no quería que sufriera.

Me remordía algo que no quisiera recordar. Mi madre había comentado hacía unos años que había notado un «bultito» en el pecho, pero que no era nada. Usó el diminutivo para restarle importancia. Y nadie se la dio. Ella en cambio vivía pendiente de su familia. ¿Qué tan pendiente estaba yo de ella? Empecé a preguntarme por qué no había actuado como ella lo habría hecho si yo le hubiera dicho que tenía un tumor o cualquier enfermedad. ¿Por qué no había existido esa reciprocidad? Yo quería a mi madre. ¿Pero la quería lo suficiente?, ¿era mi egoísmo?, ¿cómo se produce esa desconexión entre un hijo y sus padres?

El avión aterrizó de madrugada y pensé que estaba preparado para lo peor. Me recogió mi padre. Se me cayeron algunas lágrimas al abrazarlo. Lo vi agotado, preocupado, nunca lo había visto así. Estaba más canoso y había vuelto a llevar bigote. En el coche, camino a casa, le pedí que me pusiera al tanto de todo, con detalles. Era la madrugada del viernes veinte de mayo de 2011, había gastado mis escasos ahorros para despedirme de mi madre; durante el vuelo en mi agenda anoté: «La peor comida de avión de mi vida». Mi hermano me recibió en el pasillo del segundo piso cuando llegamos a casa. Sus ojeras eran dos túneles. Me avisó que mi madre se había despertado y que podía aprovechar para saludarla. Entré en la habitación. Ella dormía de lado, mirando hacia el armario empotrado en la pared que daba hacia el patio interior. El espacio que su cuerpo ocupaba era el mismo de siempre. Subí a la cama y susurré «mamá». Cuando giró la cabeza supe que no serían entre tres y seis meses. Este era un adiós. Apreté los dientes y sonreí como pude.

 


January 27, 2014

Álvaro Bisama

Un texto de

Mi
otra
letra

Cuadernos de Álvaro Bisama

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Ilustraciones de Álvaro Bisama

 

Dibujar es no saber qué voy a dibujar. Soy novelista y cuando dibujo creo que lo que trazo en el papel es otra letra, como si los rostros de monstruos o mutantes que se me aparecen fueran en sí un alfabeto, ideogramas cuyo significado me está velado. Por lo mismo, trabajo de modo automático, sobre el papel o el Ipad. No hago bocetos. Ocupo un pincel de tinta Pentel o programas como Sketch Ink. No hay plan. Me gusta la tinta negra. Usar tramas y semitonos en algunas imágenes. Me importan el trazo, la mancha, la textura. Cuando escribí mis primeras novelas, lo único que me importaba era contar historias: los relatos se encadenaban hasta apelotonarse, saturados y confusos. Ahora, en las más nuevas, el acto de narrar cedió al imperativo de preguntarme cómo funciona la memoria, en qué sentido el hecho de recordar puede ser algo pavoroso o deslumbrante. Nada de eso aparece en mis dibujos. Dibujar es para mí un acto físico vaciado de toda significación que no sea su propia inmediatez. Dibujar es entonces un ensayo de caligrafía, una fuga hacia delante que consiste en la repetición del movimiento. Casi siempre son rostros de criaturas que no tienen nombre, máscaras que tapan la mudez del papel blanco. No son cómics. Ninguno realiza alguna acción ni avanzan hasta una historia posible. Hay repeticiones, patrones: los gorros de conejo o de perro, los peluches infernales, los tipos de gafas negras. Cosas que me interesan porque me gusta dibujar pliegues, piel y reflejos, porque me pregunto cómo funcionan los bordes de una sombra, porque me interesa ver cómo se deforman miembros y caras y cuellos, cómo la ropa se dobla de manera inverosímil. No veo a los artistas que me gustan (gente como Jack Kirby, Paul Pope, Druillet, Go Nagai, Jamie Hewlett, Andrea Pazienza, Yves Chaland) en mis dibujos. No tengo intención de narrar nada. Confío en aquella ausencia de relato porque dibujar es una especie de indagación en el silencio. Cuando dibujo, mi mente está en blanco, ha quedado vacía, sólo existe en el modo en que el pincel avanza en el papel sin que yo sepa muy bien hacia dónde se dirige. Sí sé que los dibujos se acumulan en las libretas y que de ahí va salir algo. A veces subo alguno a Instagram o Facebook casi como un acto reflejo. Construyo un almanaque de rostros imposibles. Para mí, son el territorio opuesto al que habito cuando estoy escribiendo novelas: una frontera privada que cruzo para volver con polaroids de un lugar que no existe.

UN CHEF
RESCATA
LOS PECES
QUE NADIE
QUIERE
[Y LUEGO LOS COCINA]

En el trecho más fértil del Océano Pacífico, las redes de los pesqueros
atrapan toneladas de pota, merluza, y anchoveta que el mundo devora.
Junto con ellos, se capturan cientos de kilos de criaturas marinas feas
o desconocidas que son devueltas al mar y condenadas a podrirse.
Yaquir Sato, un cocinero nikkei obsesionado con la eficiencia,
subió al buque de investigación Humboldt en busca
de nuevos peces para su cocina, y descubrió
que en Perú se botaban especies valiosas.
¿Es posible combatir el derroche de alimentos
sirviendo platos en un restaurante?

Un crónica de Eliezer Budasoff
Fotografías de Santiago Barco

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Fotografías de Santiago Barco

Cada vez que en su casa se comía un atún, el inmigrante japonés Naokichi Sato ponía a hervir la cola y sacaba sus espinas una por una para utilizarlas como mondadientes. De niño, su hijo Humberto Sato, que se convertiría en uno de los fundadores de la cocina nikkei peruana, recogía los pulpos que los pescadores botaban en la orilla, y recorría el resto de la costa de Lima para juntar algas y mejillones. Décadas después, Yaquir Sato, hijo de Humberto y nieto de Nakoichi, se subió a un barco para buscar especies que la industria pesquera despreciaba. Entonces no sabía que su búsqueda se relacionaba con uno de los mayores despilfarros de alimentos y recursos que hoy se cuestionan en el mundo: el de los peces que se capturan ‘accidentalmente’ y se echan por la borda. A finales de mayo de 2013, Yaquir Sato, chef del restaurante Costanera 700 —considerado uno de los mejores restaurantes del país en comida nikkei y marina—, abordó el buque BIC Humboldt para presenciar la pesca de la merluza al despuntar el día. Llevaba consigo tres cocineros, una paellera gigante, un wok, ollas y utensilios de cocina, salsas, condimentos, y un objetivo: encontrar nuevas especies para utilizar en la alta cocina. Su interés había comenzado varios meses atrás. En 2012, la ex viceministra de Pesquería Patricia Majluf llegó a comer al Costanera 700, y Sato —un cocinero que parece un miembro amable de la yakuza— le contó que quería salir al mar, explorar novedades para su cocina. Un año después estaba allí, al amanecer, vistiendo un chaleco salvavidas y un casco blanco, en el buque de investigación científica más importante del Perú, revisando la pesca del día. Ahí vio los peces que eran separados de la merluza reluciente, producto de la‘captura incidental’: ejemplares desconocidos, feos o muy pequeños, arrastrados por la misma red, que terminan siendo devueltos al mar ya muertos o heridos porque nadie en este país los quiere comprar. Entre los ejemplares que se descartaban, el chef reconoció especies que eran apreciadas en Asia o en el Mediterráneo, pero ignoradas en Perú, como el pez cocodrilo —un pececito naranja con aspecto de reptil—o el pez bocón, una criatura con rostro iracundo más conocida como «rape». Ese mediodía de finales de mayo, después de hacer su selección, Yaquir Sato preparó una bandeja de sashimi, una paella y una parihuela para los científicos y los funcionarios a bordo del Humboldt, utilizando pescados y mariscos —algunos tan feos como una cucaracha—que todos habían visto en sus salidas al mar pero ninguno había probado antes.

Inclinado sobre una mesa, Sato cortaba la carne de los peces con precisión oriental, y los tripulantes miraban la escena como si hubiera aparecido un hechicero en la cubierta del barco. Delante de ellos, con un cuchillo y una botella de salsa de soja, ese chef silencioso de treinta años, ensimismado como un niño que se toma su juego demasiado en serio, estaba convirtiendo la «basura» en comida gourmet. Sin proponérselo, Yaquir Sato estaba repitiendo en altamar la historia de sus antepasados.

En los últimos cuarenta años, los pesqueros nipones han ganado una reputación infame como cazadores de ballenas, y ese estigma ha empañado la riqueza de una cultura ictiófaga desde tiempos remotos: históricamente, los japoneses han salido a buscar en el mar la manera de compensar la falta de proteínas en un archipiélago sin gran tradición ganadera. La carne de ballena se come en Japón desde hace más de cuatro siglos, y sus platos derivados han sido parte de los manjares de los días festivos, pero también ha contribuido a combatir las crisis alimentarias en épocas de escasez, tal como sucedió antes y después de la Segunda Guerra Mundial. Por supuesto, durante el siglo XX, la incorporación de tecnología cada vez más avanzada por parte de la industria ballenera puso al borde de la extinción a varias especies de cetáceos, y eso desató la condena de la comunidad internacional, que escondía debajo de su repudio los trapos sucios de toda la industria pesquera mundial: en 1994, casi una década después de que se prohibiera la caza comercial de cetáceos, un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estimaba que cada año, unas veintisiete millones de toneladas de pescado —el equivalente a cuatro pirámides de Keops, la estructura más pesada del mundo creada por el hombre— se descartaban en el mar, mientras que la captura marina anual destinada al consumo humano directo se calculaba en cincuenta millones. En un cálculo grueso, por cada pez que llegaba al plato de una persona, otro era tirado por la borda, muerto o herido, para evitar multas o porque no se correspondía con la especie o los tamaños buscados, o porque no tenía valor comercial. Como respuesta al informe de la FAO, el gobierno de Japón hospedó una Consulta Técnica sobre la Reducción de los Desperdicios en la Pesca, para mejorar los cálculos y estudiar soluciones al desperdicio. La devastación de los océanos y los descartes de la industria pesquera no son sólo un asunto de respeto a las vedas o de protección de especies en peligro: se trata, además, de un obsceno despilfarro de alimentos.

La corriente oceánica que baña las costas del Perú —conocida como corriente del Humboldt— es el ecosistema más fructífero del planeta. A comienzos del siglo pasado, a los primeros inmigrantes japoneses les bastaba recoger lo que los pescadores peruanos despreciaban para alimentarse con especies que eran manjares en sus lugares de origen: pulpos, cangrejos, pejesapos, pota. «Todos los raros eran gratis: los dejaban botados en la playa», me cuenta el legendario chef Humberto Sato, padre de Yaquir, uno de los creadores de la comida nikkei y fundador del restaurante que ahora dirige su hijo. Sato padre aún recuerda la sorpresa que mostraban los pescadores cuando él mismo, con cinco años de edad, cargaba en brazos alguno de esos bichos: «Mira ese chiquito llevándose el pulpo, no tiene miedo». Claro que no le tenía miedo, dice: en su casa se lo comían. Con el tiempo, el pulpo se instaló en la dieta peruana gracias a la influencia de los nikkeis y se convirtió en una exquisitez, pero entonces era un descarte: cada vez que un pulpo quedaba enganchado en las redes, los pescadores peruanos lo botaban en la playa o lo devolvían al mar. No les parecía digno ni siquiera para prepararlo en sus casas. ¿A quién se le podía ocurrir comer un bicho así, amorfo y resbaladizo?
Lo mismo me pregunté dos días después, en el Costanera 700, la primera vez que comí langosta. Yaquir Sato había decidido darme a probar una muestra de aquello en lo que estaba trabajando para incluir en su carta: cocina viva, en caliente. Su carta ya ofrece sashimi de lenguado vivo, un plato tan fresco que algunos cortes de carne todavía se mueven cuando está servido. Una crueldad a primera vista, pero en realidad un homenaje al sabor único de la carne de algunos peces, cuya preparación sólo exige un cuchillo bien afilado y un chef empeñado en resaltar sus virtudes naturales. Una innovación digna de un restaurante de manteles almidonados, servicio impecable y comensales sofisticados, que se sorprenden ante la destreza de un cocinero que sirve pescados casi sin tocarlos, y que hasta hace un minuto seguían nadando. El día que Yaquir Sato subió al Humboldt con su equipo de cocineros y sus condimentos, llevaba consigo una salsa de soja que era perfecta para combinar con el sabor metálico que tiene la carne de algunos peces recién salidos del mar. Para lograr ese nivel de frescura en sus platos, Sato había comenzado a trabajar hacía unos seis meses junto a un ingeniero, que lo ayudó a montar su propio acuario en el tercer piso del restaurante, donde ahora mantiene lenguados, chanques, pejesapos, conchas negras, conchas de abanico, caracoles y langostas. El chef había bajado del barco pero estaba decidido a seguir sirviendo pescados y mariscos recién salidos del agua.


Ese mediodía en el Costanera 700, un cocinero trajo una langosta del acuario a pedido suyo, la puso sobre una tabla, y le cortó la cabeza con ayuda de Sato, que la sostenía con una mano para que no se moviera tanto. Lejos del mar, una langosta viva tiene exactamente la apariencia de lo que es: un insecto marino gigante. Un bicho horrible que sabe delicioso. Cuando vi el ejemplar que nos íbamos a comer, pensé que la primera persona que decidió probar una langosta debía haber estado realmente hambrienta para intentarlo. En Hablemos de langostas, David Foster Wallace explica que hasta algún momento del siglo XIX, la langosta era un alimento que sólo comían los pobres y los presos. Algunas colonias penitenciarias prohibían incluso dar de comer langosta a los reclusos más de una vez por semana, porque se consideraba un acto de crueldad, «como obligar a la gente a comer ratas». En algunas costas, cuenta Foster Wallace, su abundancia era tal que los agricultores las utilizaban como fertilizante, y esta abundancia era una de las razones de su bajo estatus como alimento.

Parece evidente que la escasez y la demanda terminan por convertir en platos exclusivos a algunos alimentos que, en otros tiempos o en otras culturas, son despreciados por su abundancia. A comienzos del siglo XIX, por ejemplo, mientras los zares rusos ofrecían caviar a sus comensales más selectos, en Estados Unidos, ese amasijo de bolitas aceitosas de color negro o rojo que son huevos del esturión, era comida para pobres. Norteamérica era entonces el primer productor en el mundo: el río Delaware estaba inundado de caviar. En los bares de Nueva York, el caviar se servía para acompañar la cerveza, tal como se sirven ahora nueces o maní. Algo similar a lo que ocurre en el Perú con la anchoveta —la pesca industrial más importante del país—, que ha comenzado a servirse como bocado de cortesía en algunos restaurantes. El año pasado, el gobierno peruano adoptó una política de estímulo para que un porcentaje de los millones de toneladas anuales de anchoveta que se atrapan no termine convertido en harina para los chanchos, y pueda aterrizar en el plato de un restaurante o en una lata en la alacena de una casa. El mayor obstáculo, me explicará después Raúl Castillo —director de investigaciones del Instituto del Mar Peruano (Imarpe)— es logístico: como la anchoveta es una especie minúscula y grasosa, se descompone de inmediato si no se congela después de la pesca. Lo mismo sucedía con la langosta: su carne no resistía viajes largos, y su popularidad comenzó a aumentar cuando empezaron a cocinarla y venderla enlatada en la década de 1840. De cualquier manera, señala Foster Wallace, su demanda se debía a que era «básicamente combustible masticable», un alimento barato y rico en proteínas. Yaquir Sato intuye un futuro semejante para alimentos que ahora se desperdician, tanto en el mar como en las cocinas: en su oficina colecciona latas y botes europeos llenos de conservas de sopa de langosta, callos (mondongo) a la madrileña, navajas y caviar al natural, risotto de hongos, atún en aceite de oliva y otras exquisiteces. Un recordatorio de que otro desafío será entrenar los paladares de quienes hoy sólo exigen las mismas seis o siete variedades de pescado fresco, y que creen que la comida enlatada es un asunto para pobres.

Aunque nunca antes hubiera probado la langosta, ya sabía que me iba a gustar, algo que no tenían forma de saber los que viajaban a bordo del Humboldt cuando vieron algunos de los ejemplares que Yaquir Sato había elegido para prepararles y que ellos descartaban por costumbre. El pez bulldog, por ejemplo, tiene los ojos situados en la parte superior de la cabeza, su cabeza es gruesa y maciza, y tiene una boca que se abre hacia arriba, casi en posición vertical, lo que le da la apariencia grotesca de un cachorro deforme. O el pez bocón, al que el biólogo pesquero Raúl Castillo—que ese mediodía estaba a bordo del Humboldt—, me describe ahora como un pez «que parece un murciélago feo, negro, pero riquísimo». El director de investigaciones del Imarpe es un funcionario apasionado y locuaz que hace más de veinte años fue bautizado como «el rey de la anguila». A mediados de los ochenta, después que se prohibiera la caza comercial de cetáceos, un empresario japonés que tenía una ballenera en el puerto de Paita le preguntó cómo podía aprovechar ahora su frigorífico, su planta de harina y su barco. Castillo se embarcaba a menudo en cruceros y flotas comerciales, y sabía que los pesqueros descartaban las anguilas que quedaban enganchadas en las redes. Le dijo al empresario que, según sus cálculos, se estaban botando unas dos mil toneladas mensuales de aquellos peces con aspecto de culebra, porque nadie sabía aprovecharlas. A los dos meses, el empresario japonés llegó con una pequeña flota, hizo un convenio con el Estado, y hace más de veinte años está pescando anguila, me cuenta ahora Castillo, en un banco frente al malecón, a pocos metros del restaurante donde Yaquir Sato mantiene un salón impecable de estética oriental en el primer piso, y supervisa un acuario, un laboratorio amateur y varias cocinas frenéticas en las plantas superiores.

Raúl Castillo y Yaquir Sato se conocen hace más de un año, y han formado una dupla en la aventura de hallar recursos no explotados. En agosto de 2012, cuando Sato le contó a la ex viceministra Majluf que quería salir a buscar nuevas especies al mar, la funcionaria le recomendó que se comunicara con Castillo. A los pocos días el biólogo y el chef estaban sentados en el restaurante, hablando de la «munida». El «camaroncito rojo» o «munida» —un crustáceo de ocho patas y caparazón duro, no más grande que un dedo, que pulula cerca de las costas peruanas— nunca ha sido parte de un menú en este país ni aprovechado comercialmente, y ese fue el primer proyecto en el que se embarcaron. Después de su encuentro inicial, en el que hablaron de empezar a trabajar juntos, el biólogo le llevó al chef una bolsa repleta de munidas para que explorara su potencial gastronómico. A la semana recibió un llamado de Sato para que fuera al restaurante.

—Ahí está tu cucaracha. ¡Funciona!—le dijo el chef, y le puso delante un arroz con mariscos, y un chupe de pescado.

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December 27, 2013

10 verde

Un texto de

EL DOCTOR
QUE CURABA
LA TRISTEZA
PERFORANDO
CRÁNEROS

En la primera mitad del siglo XX, António Egas Moniz ganó
un premio Nobel de Medicina por inventar la leucotomía.
El neurocirujano portugués rebanaba parte del cerebro de
unos pacientes que sufrían de problemas mentales
con la simple idea de devolverles la felicidad.
En el siglo XXI, los neurocientíficos creen que pueden curar
las aflicciones de la mente con tal solo estudiar el cerebro
¿Por qué mientras más miramos a nuestro cerebro
menos lo entendemos?

Un texto de Sabrina Duque

Cerebro_inter

António Egas Moniz se calzó los guantes en sus manos deformes por el reumatismo y le perforó el cráneo a una paciente. En el mismo día, taladró la cabeza de otros tres hombres más. Dos de ellos eran depresivos crónicos. Los otros, paranoicos esquizofrénicos que oían voces y se sentían perseguidos. Meses atrás Egas Moniz había estado en Londres en un congreso médico. Ahí supo que, gracias a una cirugía cerebral, habían logrado que Becky, una chimpancé, dejase de lanzarse a menudo al suelo entre berrinches y alaridos. De vuelta en Lisboa, la ciudad donde haría toda su carrera de experimentos, el doctor pidió ayuda a otro cirujano con mejor pulso para poder ejecutar las primeras lobotomías de la historia. Trasladando la experiencia de otros científicos con una chimpancé, entró al cerebro de cuatro locos abandonados en un sanatorio sin tener la certeza de los resultados. En 1935, Egas Moniz, un neurocirujano de párpados adormilados, peinado engominado y orejas enormes, llamó a esa operación quirúrgica leucotomía —del griego leukos, blanco—, su intervención en la materia blanca del cerebro. Creía que inyectando alcohol en el área frontal del cerebro de sus pacientes y destruyendo ciertas conexiones nerviosas podría calmarlos y devolverles la felicidad. Egas Moniz, el mismo doctor que estuvo en la cárcel por desafiar a la monarquía, un aficionado a las apuestas que escribió un tratado sobre los juegos de cartas, mandó a fabricar en París un instrumento afilado como un picahielos para perforar la cabeza de sus perturbados pacientes y aliviarlos. En las últimas décadas, médicos y científicos han encontrado un vocabulario más preciso para los desórdenes psíquicos y un repertorio de curas menos agresivas que introducir un taladro en el cráneo de pacientes semiconscientes. Hoy los neurólogos recurren a la cirugía sólo en casos graves y la mayoría de los problemas mentales se refieren a los psiquiatras. Los pacientes de Egas Moniz sobrevivieron a la operación, pero no volvieron a ser los mismos. Catorce años después de esa primera perforación a la cabeza, el neurocirujano Egas Moniz recibió el Nobel de Medicina por el beneficio terapéutico de sus cirugías craneanas que hoy se exhiben en películas para retratar el horror científico. Cortar el cerebro de otro ser humano nos parece ahora la obra de un asesino en serie. Hannibal Lecter abrió la cabeza de un hombre vivo para rebanarle el cerebro y comérselo frito en mantequilla. Una barbaridad. En El planeta de los simios, el astronauta Landon pasa a estado vegetativo después de ser capturado y operado por sus enemigos. Una venganza. Pensar en el inventor de la lobotomía es pensar en el personaje de Elizabeth Taylor en Suddenly, Last Summer, a quien una tía adinerada interna en el manicomio para que le hagan una lobotomía y olvide un secreto familiar. Recordar en Sucker Punch a John Hamm lobotomizando a una asustada lolita, internada con engaños por su malvado padrastro. Una historia de abuso. Tararear Downer, la primera canción que compuso Kurt Cobain en la banda grunge Nirvana, donde dice que las lobotomías salvarán a las familias pequeñas. Una historia de apatía. Green Day también dedicó una canción a la técnica: Before the lobotomy relata los sentimientos de un paciente, antes y después de esta operación. Una letra melancólica. Los Ramones cantaron Teenage lobotomy, irónicos y rebeldes: «Ahora soy un enfermito y tendré que salir en las noticias». Cuando estas letras fueron escritas, hacía más de treinta años que los médicos habían hecho las últimas lobotomías, algunas casi a escondidas en presidiarios muy violentos. Ya varios países habían prohibido la operación por considerarla inhumana, y en la entonces Unión Soviética se advertía que convertía a los dementes en idiotas.

Hacía décadas esas intervenciones eran un tabú. En 1936, uno de los pacientes de Egas Moniz fue un policía esquizofrénico. El hombre rasgaba su ropa con los dientes, lloraba y saltaba sin control. Tras la operación el médico y diplomático portugués reportó que el hombre se encontraba en buenas condiciones, y hablando calmo y con coherencia, lejos de las imágenes de esos seres de mirada perdida y vagando en los corredores de tétricos hospitales psiquiátricos que nos dejaron las películas. Otro de los pacientes de Egas Moniz fue un vendedor de periódicos alcohólico y que escuchaba voces. El hombre pasó de no hablar con su mujer e hijos, que lo visitaban en el sanatorio, a revelar tras la operación que le dañó el cerebro dónde estaba un dinero que su esposa daba por perdido. La locura de un borracho se había curado con una inyección de alcohol en la cabeza. Ninguno de los pacientes de Egas Moniz se parecía al rebelde McMurphy, el personaje que le valió a Jack Nicholson un Óscar por One flew over the cuckoo’s nest y que se convierte en un zombie descerebrado después de que lo lobotomizan. Egas Moniz escribió para una publicación médica cómo era la vida cotidiana de sus pacientes seis meses después de la leucotomía. El vendedor de periódicos, por ejemplo, estaba de vuelta en las calles de Lisboa vendiendo diarios. Y describió a sus pacientes como gente tranquila y calma, en sus casas o trabajos, con su familia, casi tan bien como antes de que comenzaran las psicosis. Egas Moniz hablaba de sus pacientes como un psiquiatra de hoy describiría a los suyos después de tomar la medicación. En una época en que las enfermedades mentales se trataban sólo con descargas eléctricas y baños de agua helada, y el destino de los pacientes eran los hospicios y las camisas de fuerza y la soledad, Egas Moniz fue un científico terco y renovador que creyó haber descubierto una cura. Pero Egas Moniz también fue diputado, fundador de un partido republicano durante la monarquía, ministro de negocios extranjeros en la república, presidente de la delegación portuguesa en la conferencia de la paz tras la Primera Guerra Mundial. Egas Moniz había investigado sobre las trombosis, la hipnosis y los efectos de la guerra en la psique de los soldados y fue autor de dos novelas, una sobre la infancia y otra sobre la vida de un investigador científico. Y antes de perforar cráneos, ya había sido candidato al premio Nobel por haber explorado dentro de la cabeza sin abrirla.
En un artículo publicado en el American journal of psychiatry en 1937, António Egas Moniz reporta los resultados de su operación en otros tres de los casi cuarenta pacientes que había atendido en un par de años. Una de ellas fue una mujer treintañera y madre de dos hijas. El historial indicaba que su salud mental había decaído luego de casarse, tener un par de embarazos fallidos y mudarse con su esposo al Congo belga, donde «se puso triste, nada le interesaba y era incapaz de encargarse del hogar». Después de haber intentado suicidarse un par de veces, el marido la había devuelto a Lisboa. Pasó cinco años paranoide, diciendo que habían matado a su hermana en el hospital luego que la visitara y que habían asesinado a sus dos hijas en la escuela. Cuando llegó a Santa Marta, el sanatorio donde atendía Egas, Moniz, fue ‘de inmediato’ sometida a la leucotomía. Después de la operación, la mujer dijo al médico que lo único que quería era irse a casa y cuidar a sus hijas. A los seis meses, el futuro primer premio Nobel portugués reportaba que su familia la encontraba «en condiciones excelentes, como había estado antes de su psicosis».

El éxito de Egas Moniz encandiló a Walter Freeman, un estadounidense que no era cirujano y que en los años treinta perfeccionó la técnica hasta convertirla en lo que hoy conocemos como lobotomía: un golpe de picahielo hacia el cerebro por la vía donde salen las lágrimas. En su obituario del New York Times, se dice que Freeman explicaba a la prensa que su operación separaba el ‘cerebro emocional’ del ‘cerebro pensante’, que se encontraba en los lóbulos frontales. Durante décadas, Freeman recorrería Estados Unidos en el ‘lobotomóvil’, una camioneta en la que operó a casi tres mil quinientos pacientes metiéndoles una especie de picahielos junto al ojo mientras les pedía que recitaran una oración conocida. Freeman anunciaba una cura milagrosa para todos los males: tanto el tonto como el loco podían cambiar. Operaba a cualquiera. Alcohólicos, maleducados o gente a quien sus parientes tachaban de raros también pasaron por sus manos. El golpe de su picahielos mató a unas quinientas personas. Hace un tiempo, en México, un equipo de cirujanos operó de la cabeza a doce pacientes agresivos. Todos exhibían comportamientos peligrosos contra su vida o contra la de los demás. Los médicos dañaron distintas partes del cerebro con una radiofrecuencia. Los resultados fueron muy positivos: cuatro de ellos volvieron a integrarse a un trabajo o a la escuela, y en ningún caso hubo sangrados ni convulsiones. La sorpresa no fue el éxito de la cirugía: fue el atrevimiento.

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December 03, 2013

115

Un texto de

LA CUENTA,
POR FAVOR

¿Por qué dar propina se ha vuelto
un impuesto culposo y social?

Una diatriba de Diego Fonseca
Ilustraciones de Omar Xiancas

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Ilustración de Omar Xiancas

La propina causa una suma de problemas, ninguno de aritmética. Cuando llega la cuenta en el restaurante, mis ojos se deslizan al final, donde la gerencia tiene la atrevida idea de sugerir una propina que es casi siempre una imposición y una condena, y rara vez una elección libre: pague el diez, el quince, el diecisiete o el veinte por ciento, insinúa el papel, y ayude a estos asalariados que dependen del favor social para alimentar a sus hijos. Comprendo el valor estimulante del pago extra —alguien se esmerará por esas monedas en la charola— y su lado compasivo —la culpa de no ayudar a quien lo precisa—, pero, por sobre todo, me atosiga la abusiva convención que ha convertido un gesto de gratitud en un mecanismo de presión que promete bochorno social a quien la niega.

En los bares y restaurantes de Washington, donde vivo, abundan los carteles que claman —como si se tratase de una recaudación solidaria— Se aceptan propinas, Las propinas no están incluidas o Deje propina: no sea un bastardo egoísta. Y yo suelo dejar entre un quince y veinte por ciento de la cuenta, lo que puede confortar a quien la recibe pero no a mí, en especial cuando el acto se ha transformado en un impuesto social ubicuo. Hoy se la llevan al bolsillo meseros, peluqueros, jardineros, botones, recepcionistas y conserjes de hotel, camareros, croupiers de casino, repartidores, porteros, caddies de golf, conductores de limusinas, maîtres, masajistas, aparcacoches, porteros, músicos de restaurantes, limpiabotas, taxistas, guías turísticos, mi manicurista. En Estados Unidos, donde la práctica de la propina es tan universal como un saludo, das por descontado que al final de la cuenta debes sacar de la billetera hasta un veinte por ciento extra. Es más razonable invitar al mesero a cenar que convertirse en su coempleador para completarle el salario.

Soy un abolicionista del pago gratuito. Cuando no es por ética, mi resistencia es contra su clasismo rampante, su falsa filantropía. Es revelador que la génesis de la propina sea el miedo de los ricos a los miserables. Ofer H. Azar, un economista que ha investigado su origen e importancia, dice que la propina nació durante la Edad Media cuando los nobles que viajaban entre pueblos comenzaron a dar dinero a las turbas de pedigüeños desdentados a cambio de que no los ataquen. Azar sugiere también que es posible que la propina por un servicio haya comenzado en aquellos tiempos como un modo de ostentación de los más ricos. Atractiva teoría del poder, la evolución de la dádiva pasó del miedo al sometimiento de los pobres a monedazos.

No deja de ser curioso que la propina se entregue aún hoy de dos modos principales: abiertamente, con el desprejuicio de exhibicionistas y desinteresados, o en un pase de manos entre el mesero y el pagador, como si se tratara de un arreglo ilegítimo. En La guía completa de propinas y gratificaciones, Sharon L. Fullen cuenta que en la Inglaterra del siglo XVIII las cafeterías montaban sobre unos cuencos un cartel con la inscripción To insure promptitude, con lo que invitaban a los clientes a dejar dinero para ser atendidos antes que el siguiente en la fila. La inscripción —dice esa versión de los orígenes de la palabra— devino en el acrónimo tip, la denominación inglesa para propina. Pero otros recuerdan que, antes de eso, en los círculos criminales tip implicaba el intercambio de apuestas arregladas o transacciones ilegales de dinero. «¿Esa sensación de sentirse robado teniendo que dar propina por un mal servicio?», se pregunta el escritor Foster Kamer en La muerte de la propina. «Ahora lo saben: la palabra viene de los criminales». Ahora, parece, el crimen es no darla.

Es de una deliciosa picardía la idea de asumir la propina como un soborno consentido, un pequeño delito socialmente digerible. Magnus Thor Torfason, un profesor de Harvard Business School, estudió en 2012 las correlaciones entre corrupción y propinas en una treintena de países, y concluyó que las naciones donde el pago extra es más frecuente tienden a ser más corruptas. Según Torfason, la propina funciona como el soborno que pagan los mafiosos, una inversión a largo plazo que asegura beneficios.

El viejo Marx se tiraría con ganas la cabellera de león: ya no es que el mesero, la manicurista y el maletero trabajen por poco sino que lo hacen por casi nada. En Estados Unidos, el patrón no otorga al mesero seguro de salud ni ahorros para el retiro, sus vacaciones no son pagadas, y el despido puede ser inmediato y sin un centavo de indemnización. El salario va camino a ser sustituido por una tasa de la bondad pública. Bolcheviques de la cuenta justa: ¿dónde quedó aquello de que el precio objetivaba el esfuerzo de los que no tienen otro capital que su trabajo? Es una frase para hacer banderas: el crimen no paga, levantar platos sucios doce horas al día tampoco.

Me resisto a la propina por romántico, no por tacañería. En Japón y China, dos sociedades con larga tradición de la honra y del decoro, todavía se considera vergonzoso recibir un pago extra por hacer bien el trabajo, y, tal vez por su aislamiento del mundo, piensan lo mismo en Australia y Nueva Zelanda. En los países nórdicos, la consideran una forma de servilismo y en Rusia se espera de los visitantes pero no del vecino. El periodista Michael Malice contó que los guías turísticos tienen mejor calidad de vida que muchos en Corea del Norte por las propinas que les dejan a escondidas los atribulados extranjeros. Debe ser de los pocos casos en que la propina, esa penosa caridad, supera la misericordia y se convierte en altruismo respetable.

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EL PETISO
OREJUDO:
EL NIÑO
QUE MATABA
NIÑOS

En los primeros años del siglo XX, Cayetano Santos Godino
encarnó los miedos de la próspera sociedad argentina.
Nadie quería creer que este muchacho chaparro y orejón
era un asesino en serie de otros niños. Hoy, cuando
adolescentes violentos aparecen a diario en los noticieros,
el debate sobre la inocencia de los niños continúa.
¿Puede asegurar que su hijo no es un asesino?

Una crónica de Javier Sinay
Fotografías del Museo de la Policía Federal Argentina

Fotografías del Museo de la Policía Federal Argentina

Un hombre entró en una comisaría de Buenos Aires para entregar a su hijo a la policía. Estaba cansado de Cayetano Santos Godino, el más endiablado entre su prole, que tenía nueve años y unas cicatrices que decoraban su cráneo. Las palizas del padre ya no servían de nada. Ese día, antes de ir a la comisaría, el padre se había percatado de que el zapato que se quería poner le quedaba chico. Siempre lo usaba, pero de repente ya no le entraba. Había algo ahí adentro. Era un pajarito muerto. Después encontró el resto: una caja debajo de la cama, llena de pajaritos muertos. Decidió llevar a su hijo a la policía.  Allí el comisario de investigaciones anotó que el niño era «absolutamente rebelde a la represión paternal, resultando que molesta a todos los vecinos, arrojándoles cascotes o injuriándolos». Y aceptó dejarlo guardado por un tiempo. Lo que el padre no sabía era que su hijo ya había cometido su primer asesinato. Había sido en el silencio de una tarde invernal de 1906, siete días antes de ser remitido a la comisaría.
Su víctima no había sido un pajarito.
Había matado a una niña de dos años.
La había raptado de la puerta de un almacén y, después de fallar con el estrangulamiento, la había enterrado viva en un baldío.
Era la época en que Argentina, que estaba por convertirse en una de las diez naciones más prósperas del mundo, recibía a miles de inmigrantes cada día. Fiore Godino había llegado desde Italia y trabajaba encendiendo con queroseno el alumbrado público de la ciudad de Buenos Aires. Encender faroles era como un consuelo para alguien como él, un alcohólico y sifilítico que había engendrado nueve hijos, y de ellos perdido a dos, cuidado a uno con epilepsia y dejado a otra en manos de una tía. Ese mismo hombre entregó a la policía a quien sería el más célebre de sus hijos.
Algunos peritos de la época, convencidos de la teoría criminológica de moda, creían que la maldad del Petiso Orejudo residía en sus orejas.
A principios del siglo XX, entendidos bajo la luz de las hipótesis positivistas del médico italiano Cesare Lombroso, los criminales se distinguían por su físico: cráneos y quijadas enormes eran atavismos que nos acercaban al hombre de Neanderthal, una suerte de identikit delincuencial.
El resto del cuerpo del chico tampoco lo favorecía.
Siete años después de su primer asesinato, los doctores Alejandro Negri y Amador Lucero lo describían así:
La flexibilidad simiana de las manos, cuyos dedos se doblegan hacia el dorso; la viciosa implantación, el tamaño y las malformaciones de las orejas que con su talla le han valido los exactos apodos de ‘petiso’ y ‘orejudo’; la excavación del paladar y la simetría no muy notable del cráneo y de la cara responden a defectos originarios de desenvolvimiento físico que en los alienados tienen el significado clínico de ser estigmas de la degeneración hereditaria.
Flaco ya era.
Durante sus primeros años había padecido una enteritis que lo había llevado a consumirse.
Pero estaba ocurriendo algo más.
Cayetano Santos Godino estaba perdiendo su nombre.
Se estaba convirtiendo en el Petiso Orejudo.
O en «el delincuente con el que soñaba la criminología argentina», como dice el escritor Osvaldo Aguirre en su libro ENEMIGOS PÚBLICOS.
Cuando su padre lo entregó a la policía, lo enviaron a la Alcaldía Segunda División, un calabozo benevolente.
Allí pasaría dos meses añorando los vasos de leche de su madre, las copitas de ginebra de su hermano y los cigarrillos que encontraba en la calle.
Estaba contento de estar lejos de los golpes de su padre y de los de sus hermanos mayores.
Contento de estar lejos de las clases de las cinco escuelas que había abandonado.
Hoy la denuncia del padre en la comisaría del barrio de San Cristóbal, en el centro sur de la capital, se conserva en un expediente que cien años después es una de las piezas más buscadas por estudiantes y profesores en el Archivo General de los Tribunales de Buenos Aires. «Cesare Lombroso murió antes que Godino, pero si lo hubiera conocido se lo habría llevado a Italia: ese chico corroboraba todas sus teorías», dijo Carlos Elbert, un ex juez y autor de libros de criminología en un coloquio que en el siglo XXI rememoró los asesinatos del Petiso Orejudo.
Lo que llevó a ese juez y a psiquiatras, historiadores, policías y urbanistas a discutir la historia del niño asesino fue su precoz carrera de delitos. Había sido breve pero intensa: luego de cometer su primer asesinato a los nueve años, en menos de una década el Petiso Orejudo se dedicó a prender fuego a corralones y depósitos, a matar a tres niños más y a intentar asesinar a por lo menos otros siete. Cuando al fin lo capturaron, aquel niño que mataba niños resultaba tan perturbador que la justicia de la época lo mandó de por vida al fin del mundo: la prisión de Ushuaia en la Tierra del Fuego. Hoy una estatua del Petiso Orejudo es la mayor atracción turística en esa cárcel que ahora es un museo. Los turistas saben que ese monumento no es un habitante del pasado. El Petiso Orejudo nos sigue obsesionando porque todavía no sabemos qué hacer con los niños como él.

II

Queremos pensar que la maldad es sólo aprendida y que la justicia es un asunto de adultos. La psicología tradicional aseguraba que los niños son criaturas amorales y que la sociedad (padres, escuela) tenían la tarea de civilizarlos. Pero los estudios más recientes sugieren que, además de cultural, la moralidad tiene también un origen biológico. Incapaces de pensar que los niños pueden ser malos —simplemente malos—, les hemos asignado una plenitud de derechos sin detenernos a pensar en sus obligaciones. Hasta que actúan como adultos.
Jon Venables y Robert Thompson tenían diez años en 1993 cuando secuestraron a un bebé de dos años. Lo tomaron de la mano en un shopping de Liverpool, lo torturaron y lo mataron en un descampado. Venables y Thompson eran dos niños regordetes, graciosos. No daban con el tipo de niño-asesino. Pero una vez capturados, se convirtieron en las personas más jóvenes en ser condenadas a prisión por un homicidio en el siglo XX en el Reino Unido. Un cuarto de siglo antes, y también en Inglaterra, Mary Bell, de diez años, estranguló en una casa abandonada a un niño de cuatro años. Cuando admitió haber cometido el crimen, la policía no le creyó: parecía un ángel de grandes ojos verdes y mirada inofensiva. Cuando los investigadores se convencieron, ella y una amiga ya habían estrangulado a otro niño de tres años y lo mutilaron con una tijera cortándole cabellos, piernas y pene. Treinta años después, en Florida un jovencito de catorce años llamado Joshua Earl Patrick Phillips se unió a cientos de sus vecinos en la búsqueda de una niña del barrio. Sólo Phillips sabía que el cuerpo de la chica yacía bajo su propia cama con once puñaladas. Siete días después, el olor que emanaba el cadáver lo delató. A principios de este siglo, Natsumi Tsuji, una chica de once años aficionada al básquet y al animé, y que tenía un elevado coeficiente intelectual de ciento cuarenta puntos, mató a su amiga Satomi Mitarai en un colegio de Nagasaki. En un aula vacía le vendó los ojos y le pasó un cúter por el cuello. Después volvió a clase con el uniforme salpicado de sangre. En Argentina, en una escuela de la minúscula ciudad de Carmen de Patagones, en el inicio de la Patagonia, ‘Junior’, un chico con reputación de buen estudiante, fan de Marilyn Manson y de los libros de historia de la Segunda Guerra Mundial, fue a clase con el arma de su padre y, antes del inicio de la primera hora, se paró frente al pizarrón y la descargó sobre sus compañeros. Mató a tres e hirió a cinco. Como ellos, cualquier niño pacífico puede ser un enigma.
Un siglo después seguimos buscando en el Petiso Orejudo una pista para comprender el horror y la fascinación que nos produce la maldad infantil. En la época en que Cayetano Santos Godino cometió sus crímenes, nadie usaba el vocabulario que hoy es normal tanto en sanatorios como en colegios: depresión, ansiedad, ataque de pánico, trastorno de déficit de atención e hiperactividad, trastorno obsesivo-compulsivo, desorden sensorial de integración, trastorno asocial de la personalidad. El bullying no era una epidemia juvenil. Tampoco existían el gangsta rap que dedica canciones a las armas ni los videojuegos que crean un marco de virtual masacre al alcance de la mano —o del dedo—. O esa estrella de rock a la que los políticos conservadores insisten en adjudicarle la responsabilidad de los tiroteos en los colegios: Marilyn Manson.
En la Argentina reciente, un niño de trece años con dos dientes de conejo en la sonrisa mató a cuatro personas. Fue en diciembre de 2011 y lo hizo como lo hacen los que deben economizar recursos o los que, como él, no tienen la edad suficiente para comprar un arma de fuego: a puñaladas. En una casa sencilla de la provincia de Mendoza, al pie de la Cordillera de los Andes, acuchilló a un amigo de diez años, a la madre de este y a los abuelos. El chico de los dientes de conejo se presentó como único testigo de una masacre cometida por un inexistente hombre de negro. Después aseguró que su amigo había atacado a toda la familia y que él lo había tenido que matar en defensa propia, pero su ADN, regado por toda la casa, confirmó que su mano era la única que había manipulado el cuchillo. El móvil nunca quedó del todo claro pero se dijo que el de trece años había querido violar al de diez: el rumor de una mancha de semen en la ropa de aquel y la visita a sitios de pornografía en internet abonaron esta hipótesis. Acaso fue la madre del más pequeño quien lo descubrió en pleno abuso. Acaso ese encuentro desató la ira del adolescente. Como sea, el cuádruple crimen pasó al olvido pronto: en un crimen con muchos ‘acaso’, los argentinos guardaron silencio con inédito pudor ante este caso que dejaba entrever muerte, sexo, crueldad y violencia. Todo a cuenta de un chiquillo.
Un mes después de las puñaladas, el fiscal de Justicia de menores comunicó al chico de los dientes de conejo que era considerado como el único autor de la masacre. Pero por su edad no podía ser acusado formalmente. Quedó en manos del Estado: fue enviado a una dependencia para recibir tratamiento psicológico.
Él, Junior y el Petiso Orejudo comparten algo: nadie sabe qué hacer con niños como ellos.

Puede leer la historia completa en Etiqueta Negra 114


October 24, 2013

Javier Sinay

Un texto de

SE BUSCA
[MUERTO]
AL JUEZ
ODILON DE OLIVEIRA
RECOMPENSA USD 2’500,000

En Brasil un juez guarda una gruesa carpeta que contiene
los numerosos planes de los mafiosos que quieren matarlo.
Desde hace unos quince años no puede estar solo: lo cuida
un escuadrón de guardaespaldas y lleva un chaleco antibalas.
Es el precio de juzgar a narcotraficantes en la frontera con
Bolivia y Paraguay. Y volverá a estar solo cuando se jubile.
¿Por qué a los jueces sólo los recuerdan sus acusados?

Un perfil de Alejandra Sánchez Inzunza
Ilustraciones de Omar Xiancas

Xiancas
Ilustración de Omar Xiancas

Odilon de Oliveira, el juez más amenazado de Brasil, no tiene un solo rasguño pero guarda en su armario una carpeta llena de planes para matarlo. Es una carpeta negra del grueso de una guía telefónica a la que cada semana le agrega un nuevo recorte: emails anónimos, trozos de periódicos e informes de sus escoltas y de la policía que le advierten de posibles atentados. Ahí se encuentran todos los intentos para asesinarlo: cuando dispararon contra su casa y los hoteles donde se hospedó, las tentativas de envenenamiento, cuando estuvo en la mira de un francotirador, el día que un hombre entró al gimnasio donde corría para cortarle la garganta, o la vez que tuvo que rescatarlo un helicóptero. Administrar justicia es un oficio de alto riesgo. Giovanni Falcone, el juez italiano célebre por su lucha contra la Cosa Nostra, fue asesinado con su mujer y tres guardaespaldas en una explosión de media tonelada de dinamita que sacudió la carretera a Palermo. Paolo Borsellino, otro juez antimafia, acababa de almorzar en un restaurante con su familia cuando estalló a su lado un Fiat 126. Rocco Chinnici, jefe de ambos, también murió por la explosión de un coche bomba. Rodrigo Lara Bonilla, ministro de Justicia de Colombia, uno de los mayores enemigos del cártel de Medellín, fue baleado en su coche por un sicario en motocicleta. A Tulio Manuel Castro, un juez colombiano que llamó a juicio a Pablo Escobar por un asesinato, lo acribillaron cuando tomaba un taxi para ir al entierro de un tío. Robert Smith Vance murió al abrir un paquete bomba enviado por un hombre al que había condenado. Al magistrado español José María Lidón un miembro de ETA lo mató frente a su mujer y su hijo. La jueza hondureña Mireya Mendoza estrelló su coche contra un semáforo cuando dos criminales que investigaba le dispararon por la ventanilla. A Alexandre Martins, un juez brasileño que investigaba a un grupo de asesinos a sueldo, lo mataron al llegar al gimnasio el día que dio libre a su guardaespaldas. A Patricia Acioli, una jueza de Río de Janeiro que investigaba los nexos entre la policía y el crimen organizado, le dispararon más de veinte veces mientras intentaba abrir la puerta de su garaje. La Asociación de Magistrados de Brasil dice que al menos cuatrocientos jueces están o se sienten amenazados. Todos pertenecen a la rara estirpe de magistrados que están dispuestos a arriesgar la vida para hacer valer la ley. Los más buscados entre los criminales. Los que sacrifican su libertad. Los que siempre están bajo la mira de un asesino. El juez Odilon de Oliveira lleva chaleco antibalas cuando llega a las diez de la mañana con cinco guardaespaldas a su despacho de Campo Grande, una apacible ciudad de Matto Grosso do Sul, y se acomoda debajo de un crucifijo a trabajar. Por esta zona entra gran parte de la droga proveniente de Paraguay —el segundo productor mundial de marihuana— y Bolivia —el tercero de cocaína—. En Ponta Porá, a tres horas de Campo Grande, viven los grandes capos de la droga de la frontera brasileña. Ser juez penal aquí es uno de los más peligrosos trabajos de escritorio.

En Brasil los jueces más populares se enfrentan contra el poder gobernante. A Joaquim Barbosa, el primer juez negro de la Suprema Corte de Justicia, la gente lo detiene en la calle para agradecerle por acusar de corrupción a una treintena de ministros y funcionarios del partido del expresidente Lula da Silva, y la máscara más vendida del último carnaval de Río llevaba su rostro.

Fuera de Matto Grosso do Sul, un estado en el centrooeste del país, pocos han escuchado hablar del juez más amenazado de Brasil. Y no se venden máscaras festivas de él. Pero algunos de los hombres más peligrosos del país lo conocen de sobra. A Irineu Soligo, ‘Pingo’, uno de los traficantes más buscados del país, Odilon de Oliveira lo condenó por homicidio, tráfico de armas, drogas y formación de un grupo criminal. Nilton Cesar Antunes, ‘O Cezinha’, un jefe del Primer Comando Capital (PCC), ha intentado matar al juez dos veces después de que lo condenara a veintiocho años. Aldo Brandao, ‘Alvejado’, otro narcotraficante del PCC, preparó un plan para matarlo un Día de la Madre. El juez le había dado treinta años de prisión. La Policía Federal descubrió que ‘Alvejado’ había contratado a decenas de sicarios y a una avioneta para vigilarlo. En un solo año Odilon de Oliveira mandó a doscientos traficantes a la cárcel. Las condenas de todos juntos suman diez siglos de encierro.

Odilon de Oliveira tiene un nombre de pila que sugiere una altura mayor a su metro sesenta de estatura. A primera vista parece un tipo duro y desconfiado, excepto cuando mira su colección de amenazas y da la impresión de ser un niño miope y sesentón que se ajusta los lentes para leer un cómic de superhéroes. Sus admiradores le recuerdan cada cierto tiempo que es «el más valiente» por dirigir el único juzgado nacional que persigue delitos financieros y lavado de dinero en un estado del tamaño de Alemania. Ser odiado y amenazado, según él, significa que está haciendo bien su trabajo. Hay quienes coleccionan facturas, cartas o revistas. En un armario bajo llave frente al escritorio de su despacho, Odilon de Oliveira guarda junto a su toga, las fotos de sus padres y el chaleco antibalas, esa carpeta negra con recortes de periódico que anuncian que en la frontera con Paraguay y Bolivia ofrecen dos millones y medio de dólares por su cabeza. La frontera es una especie de Viejo Oeste, una zona árida, porosa y violenta, rodeada de autopistas clandestinas en las que aterrizan avionetas cargadas de droga. Casi no hay controles policiales. Los ajustes de cuentas son comunes en un paisaje de cuerpos decapitados, brazos cortados y hombres quemados vivos. Cuatro periodistas han muerto en menos de un año y medio. Cándido Figueredo, un periodista paraguayo especializado en narcotráfico, tiene la mitad de escoltas que el juez y su casa es un búnker. Los principales enemigos de Odilon de Oliveira —como el ‘Rey de la Frontera’, Fahd Yamil, o la familia Morel, que controlaba la droga que entraba desde Paraguay— viven en Ponta Porá. Odilon de Oliveira no sólo desarticuló en la frontera una parte del Comando Vermelho, el grupo que comandaba Fernandinho Beira Mar, el capo de la droga más famoso del Brasil: también encontró grabaciones en las que ese narcotraficante reía mientras ordenaba a su gente que cortara las orejas, los pies y los genitales a un joven que se había involucrado con una exnovia suya. En otras Beira Mar decía por teléfono a un mafioso: «El juez tiene el tiempo corto. No puedo esperar para matarlo». Como en todas partes, Odilon de Oliveira no puede estar solo allí, donde es más fácil morir que ser héroe. Cuando el juez viaja a esta zona, la Policía Federal interrumpe las comunicaciones, cierra las calles y no permite que nadie se acerque. Hace unos años dispararon al puesto militar en el que el juez de Oliveira dormía junto con cincuenta hombres armados. Dice con jactancia que él no se despertó.


[II]


Cuando tiene pesadillas, el juez Odilon de Oliveira siempre está solo. Unos días antes del Día del Trabajo de 2013 soñó que estaba sin seguridad en una ciudad muy pequeña y que unos hombres armados lo perseguían. Él se escondía en un camión de basura para evadirlos. Su aislamiento le ha permitido reflexionar sobre sus sueños. Aunque esté rodeado de personas, se ha acostumbrado a su soledad. Los justos también viven en cautiverio. Desde hace casi quince años, Odilon de Oliveira nunca puede estar solo. Hoy vive vigilado día y noche por nueve agentes federales que se dedican sólo a cuidarlo. Al menos cuatro de ellos están siempre a su lado. Su esposa, Maria Divina de Oliveira, una mujer más alta que él, de voz grave y que quiere bajar cinco kilos, recuerda la vez que estuvo sola en un concurso de baile esperando a que llegara su marido. Vestía un colorido traje típico sin escote y miraba hacia la puerta cuando supo que De Oliveira, por instrucción de sus guardaespaldas, jamás llegaría. La mujer del juez se quedó sin pareja. «Me he acostumbrado a hacer una vida sola», dijo cuando preparaba pan casero para un asado con su familia y los guardaespaldas de su esposo el feriado del uno de mayo. Durante la parrillada a la que me invitó en su casa, el juez apartó un par de sillas para hablar lejos de su familia. Lo rodeaban sus nietos, un bebé de dos meses y un niño de seis años que tocaba un acordeón. Tampoco sus hijos entran en ese mundo blindado. Su casa, una residencia con piscina y sótano donde habitan nueve personas, se ha convertido en una prisión en la que también duermen los responsables de mantenerlo vivo, que son unos extraños para él. El juez no sabe si tienen hijos o si alguien los espera en casa. Durante el asado, dos de sus guardaespaldas dejaron las armas sobre la mesa: bromeaban y bebían cerveza. A pesar de que el juez se olvida de sus nombres, forman parte de su rutina doméstica. Se turnan de dos en dos para dormir en el sótano de la casa. A la hora de comer, mientras todos se sentaban a la mesa a conversar de fútbol, el juez comía solo y de pie. Como un invitado en su propia casa. Claudia Bittencourt, quien desde hace veinte años es su secretaria, dice que en el juzgado su jefe también almuerza solo en la sala de audiencias junto a su despacho y que jamás visita el comedor. En su casa, durante la parrillada, su hijo y su cuñado reían a carcajadas cuando decían que el juez es hincha del Corinthians, el equipo que suelen seguir los miembros del Primer Comando Capital, la mayor banda criminal en la frontera. Después de comer, los hombres y las mujeres presentes tomaron café por separado. Odilon de Oliveira no entró en ninguno de los grupos. Se paseó por su biblioteca de tratados de derecho y novelas criminales, como GOMORRA, cuyos pasajes sobre lavado de dinero ha subrayado a lápiz. Durante algún tiempo Odilon de Oliveira escribió emails a Roberto Saviano para expresarle su admiración y contarle que él también vivía apresado. Jamás obtuvo respuesta. «Nunca ha sido de muchas palabras, pero desde que tiene seguridad cada vez se aísla más», me dijo su hijo mayor, el encargado de poner la carne en la parrilla, un abogado que vive en la misma casa con su mujer y sus dos hijos. Cuando el juez no está allí, su familia vive sin seguridad. «Los bandidos tienen ética. Nunca se meten con la familia —explica Odilon de Oliveira—. Las mujeres y los hijos son sagrados». El juez habla poco. Sus temas son siempre las drogas y los criminales. Cada vez que puede insiste en que no les teme. Antes de tener guardaespaldas y después de la muerte de su padre, el juez tenía miedo a los fantasmas. Temía que su espíritu se le apareciera por la noche.

Despertaba a su mujer si tenía sed o ganas de ir al baño. Estuvo tres años y medio en terapia, pero aún no le gusta hablar de eso. Sin embargo, Odilon de Oliveira insiste en haber enterrado sus miedos y quiere parecer invulnerable, aunque a veces su inconsciente lo traicione. En una de sus pesadillas, unos criminales lo matan a tiros y él ve cómo meten su cadáver en el féretro. Lleva un traje azul marino. Su familia no está. Nadie lo llora. Todo está muy oscuro. «En la vida real no me siento así —aclara con prisas—. Sólo en los sueños». El juez también está solo en los buenos sueños: a veces trepa un muro de su casa y escapa de sus escoltas.

Aunque sea onírica, la paranoia de Odilon de Oliveira tiene fundamentos. Desde afuera Brasil es visto como el país de la alegría, donde la gente baila samba, toma el sol en playas y juega al fútbol las veinticuatro horas. Pero en la lista de los países que no están en guerra, es el sétimo país más peligroso del mundo. Cada quince minutos una persona es asesinada en Brasil. Campo Grande, donde vive el juez De Oliveira, es una ciudad provinciana en la que sus habitantes toman tereré —especie de mate frío—, se divierten en los karaokes y sufren un calor extremo casi todo el año. En un país en el que se resuelve sólo uno de cada diez asesinatos, Odilon de Oliveira es el héroe de un estado remoto. Pero la mayoría de personas ignora a cuántos delincuentes ha metido a la cárcel ni por cuánto tiempo. Es un héroe porque lo ven rodeado de guardaespaldas. Es un héroe porque otros quieren matarlo y sigue vivo.


[III]


A Odilon de Oliveira la policía le prohibió ir a clases de baile, trotar al aire libre y visitar la peluquería. El juez contrató a un profesor de danza tradicional para seguir bailando en casa con su esposa. Pidió un manicurista a domicilio porque no soporta tener las uñas sucias. Y todos los días va al gimnasio, obsesionado con mantenerse fuerte. El Día del Trabajo de 2013 fue excepcional para el juez: era una de las dos veces al año en que le dan permiso de correr ‘al aire libre’, es decir, encerrado en una pista de doscientos metros de concreto en la sede de la Policía Federal de Campo Grande. Había nueve guardaespaldas armados que lo veían ejercitarse y paseaban a su alrededor. Esa mañana De Oliveira iba a correr con Joao Bittencourt, su mejor amigo, un hombre esquelético, funcionario del Ministerio del Trabajo y esposo de la secretaria del juez. El magistrado vestía una camiseta blanca sin mangas y unos pantalones cortos azules. Antes corría media maratón cada semana hasta que los responsables de su seguridad se lo prohibieron por temor a los francotiradores. Desde entonces Odilon de Oliveira hace pesas y corre en la cinta. Su fisioterapeuta le había advertido que no lo hiciera en superficies de concreto por una lesión que desde hace diez años tiene en la rodilla izquierda. Pero a Odilon de Oliveira no le importa. Apenas llegó a la sede de la Policía Federal se estiró un par de minutos, pidió a uno de sus guardaespaldas que le cronometrara el tiempo y empezó a correr. El juez lucía feliz y relajado. Pero, incluso cuando trotaba, no abandonaba su obsesión por el crimen: comentaba con su amigo de la producción de coca en el Perú y de cómo Sendero Luminoso se había entrometido en mover la droga. Después de cuarenta y cinco minutos, y de correr unos ocho kilómetros y medio, uno de sus guardaespaldas le hizo una señal al juez. Era el momento de detenerse. Decepcionado, De Oliveira abrió los brazos y resopló. Su alegría había durado treinta y siete vueltas.

Después de correr en la sede de la Policía Federal, Odilon de Oliveira se duchó y regresó a su casa rodeado de rifles. Como un condenado, los justos también pierden la libertad. Se olvidan para siempre de correr al aire libre o de ir al cine. Improvisar es casi imposible. La mafia ni perdona ni olvida. Los criminales pueden pasar años estudiando el momento clave para atacar. Para un enemigo de los mafiosos, cada día comienza y acaba entre choferes armados y desconocidos que conducen por ellos y miran con desconfianza por el espejo retrovisor. Tener una escolta es vivir bajo un reflector que te protege y a la vez te exhibe, y también produce sombras que casi nunca te dejan solo. El juez español Baltasar Garzón solía poner música a todo volumen para hablar con su mujer en privado y evitar que lo escucharan sus guardaespaldas. Roberto Saviano, el autor de Gomorra, no tiene domicilio fijo, viaja en autos distintos y vive con más de una decena de carabineros para evitar que la Camorra lo asesine. Jesús Blancornelas, director del semanario mexicano Zeta, vivió más de una década rodeado de militares hasta que un cáncer lo mató. En estos casos, la reclusión es un seguro para conservar la vida, aunque el encierro tampoco garantice sobrevivir. Todos los jueces asesinados eran prudentes, sabían que podían morir y se tomaban en serio su seguridad. Sólo hay dos formas de matar a un juez que vive detrás de vidrios blindados y con un grupo de hombres que protegen sus espaldas: con la espectacularidad de una escena cinematográfica o la ayuda de un traidor. Al juez italiano Giovanni Falcone lo mató una explosión que los sismógrafos registraron como un terremoto. Tampoco hay muchas formas de proteger a un juez. Para cuidar a los jueces amenazados, Brasil decidió que los casos de crimen organizado sean juzgados por tres magistrados en lugar de uno solo. México modificó los horarios de trabajo de los jueces en las zonas más peligrosas del país. Durante los años noventa, Colombia y el Perú crearon la figura de los ‘jueces sin rostro’. Viajaban en coches blindados, distorsionaban sus voces durante los juicios, y las audiencias sucedían bajo máximas condiciones de seguridad. En Honduras, al sentirse desprotegidos, los jueces amenazaron con renunciar a sus trabajos y convocaron a una huelga nacional. Al ver la suerte de otros jueces, Odilon de Oliveira ha tomado sus propias precauciones. El juez ha depositado su confianza en la carpeta que guarda junto a las fotografías de sus padres. Si se quedara sin protección y lo mataran, Odilon de Oliveira sabe que podrían inventarse cuentos de él. Cuando asesinaron a Patricia Acioli, la judicatura brasileña argumentó que ella no quería tener escoltas y que, en ese momento, ya no existían amenazas en contra de ella. La carpeta negra que guarda el juez pesa unos cuatro kilos. Esa colección de amenazas, anónimos y recortes de periódicos no es el capricho de un excéntrico. Es su seguro contra la difamación.

Pero el juez sabe que a veces el enemigo duerme en casa. Su escolta le da cierta tranquilidad porque la Policía Federal es la más respetada de los cuerpos de seguridad brasileños. «Los bandidos les tienen miedo», dice De Oliveira. Sin embargo a veces también hay que temer a algunos policías. Dos escoltas de la Policía Militar intentaron matar a Fabiola Mendez de Moura, una joven jueza de Pernambuco amenazada por investigar un caso de diecinueve policías que pertenecían a un grupo de exterminio, y su marido tuvo que convertirse en su guardaespaldas. Alexandre Martins, el juez más célebre de Espíritu Santo, fue asesinado por investigar a su propio jefe, quien liberaba a criminales de varias pandillas. Según el presidente de la Asociación de Magistrados de Brasil, hace quince años era impensable matar a un magistrado, pero el descontrol de las prisiones brasileñas —en las que hoy se podría encontrar la población entera de Washington D.C.— permitió que las bandas criminales se organizaran tras las rejas y planearan asesinar a los jueces que los habían condenado. Así mataron a la jueza Acioli y al juez Martins. Fue en las cárceles donde nacieron el Comando Vermelho y el Primer Comando Capital. El propio ministro de Justicia de Brasil dijo que preferiría morir antes de pasar varios años en un presidio brasileño. Odilon de Oliveira descubrió que el capo Fernandinho Beira Mar daba órdenes desde una prisión federal a las mafias en Río de Janeiro a través de cartas que escondía en bolígrafos y que su abogado entregaba a sus capitanes. Un setenta por ciento de los presos liberados vuelve al crimen. Muchos de ellos no pueden olvidar al juez que los condenó.

La admiración que Odilon de Oliveira provoca tiene algo que ver con el odio que inspira en otros. Según la lista de sospechosos de la Policía Federal, unas sesenta y siete personas podrían estar tramando su muerte en estos momentos. Cada vez que cierra un caso, el juez gana un enemigo. Entre los montones de expedientes que saturan su oficina, De Oliveira sólo recuerda algunos de los nombres de las personas cuyo destino decidió, pero sus sentenciados se acuerdan bien de él. Según el secretario de Seguridad Pública de Matto Grosso do Sul, Wantuir Jacini, uno tenía la foto del juez en su celda y todos los días juraba ante la imagen que lo mataría. En el derecho anglosajón, los jueces son electos por los ciudadanos, y los veredictos están a cargo de un jurado que decide por unanimidad. Pero, en América Latina, el futuro de una persona está en manos de un solo hombre. Odilon de Oliveira ha desarticulado batallones de grandes organizaciones criminales y les ha pegado donde más les duele. Ha confiscado a las mafias avionetas, coches, ganado y dinero suficientes para financiar el estadio Mané Garrincha de Brasilia, el más costoso del país. En uno de los emails anónimos que le mandan, el remitente le advierte que faltan sólo seis años para que se jubile. Será en febrero de 2019, cuando cumpla setenta años y, por ley, tenga que retirarse de su puesto en el juzgado y pierda sus guardaespaldas. «Ese día —advierte el anónimo— los hijos de aquellos que cometieron un error semejante a robar una gallina y fueron sentenciados por ese loco desgraciado encontrarán una buena oportunidad de venganza». El juez recuerda sus casos por los números, como el de catorce traficantes y siete avionetas en el que ha trabajado en los últimos meses. Casi nunca se queda con los nombres de los delincuentes. Sus condenados, sin embargo, nunca olvidarán el nombre de Odilon de Oliveira. El juez no da detalles a su familia de las amenazas que le siguen llegando. No les cuenta cada vez que tiene que salir en un helicóptero o si recibe una llamada que le pregunta de qué color quiere su féretro. Insiste en que no tiene miedo de morir, pero en su escritorio hay unos papelitos de colores con citas bíblicas que le regaló su hija —una jueza civil en Sao Paulo que se dedica sobre todo a casos de divorcio— y que él utiliza como separadores de las páginas de los expedientes: «¡Líbrame, oh, Jehová, del hombre malo!». «¡Líbrame de gente impía y del hombre engañoso e inicuo!». «Si el justo con dificultad se salva, ¿dónde aparecerán el impío y el pecador?». Odilon de Oliveira reza mientras sentencia.
Si la Justicia es una mujer que sostiene una espada y una balanza con los ojos vendados, el trabajo de un juez es abrir bien los ojos para dar a cada uno lo que le corresponde. Pero si en algún lugar se encuentra la rara especie de los jueces justos, estos se convierten en héroes con sólo cumplir su trabajo. Los jueces, además de castigar a los criminales, trabajan contra la incredulidad de los ciudadanos. El prejuicio sobre los agentes de la justicia —jueces, procuradores, fiscales— es que son corruptos, cobardes o débiles, incapaces de hacer cumplir la ley. Un alto magistrado dio a Rocco Chinnici, el jefe de Falcone y uno de los primeros en investigar a la mafia siciliana, el siguiente consejo: «Sepúltalo bajo montañas de juicios insignificantes. Al menos nos dejará en paz». Chinnici ignoró el consejo y se convirtió en un juez idolatrado. En las librerías italianas se encuentran cientos de libros sobre Falcone. Cada año Palermo recuerda su muerte y la de su colega Paolo Borsellino, con un cartel en la plaza central: «No los han matado: sus ideas caminan sobre nuestras piernas». Baltasar Garzón se convirtió en un fenómeno mediático en todo el mundo por investigar los crímenes del franquismo y los de las dictaduras chilena y argentina. Eugenio Raúl Zaffaroni, ministro de la Suprema Corte de Justicia argentina, recibió cientos de condecoraciones por estudiar los crímenes masivos de los regímenes militares.

Odilon de Oliveira tiene un club de admiradores en Campo Grande, gente que lo llama ‘doctor’, aunque nunca hizo un doctorado y le dejan en su oficina figuras religiosas para que lo protejan. Si alguien quiere un certificado de su valentía, sólo tiene que mirar la pared tapizada de diplomas en los que la Presidencia, la ONU y el Papa lo acreditan. Odilon de Oliveira es especialista en peces gordos. No le interesan las mulas de drogas ni el resto de peones del narcotráfico. Si se cruza con ellos, pide penas mínimas siempre y cuando no tengan antecedentes y comprueben que no viven del crimen organizado. Él busca a los capos, a la gente detrás del dinero, a los empresarios y políticos enredados con el narcotráfico. Cuando llegan al Tercer Juzgado Federal de Campo Grande, especializado en delitos financieros y lavado de dinero, les impone la pena más alta, que es de quince años. Por eso es parte de un grupo de jueces a los que se les llama de linha dura, famosos por condenar con severidad a las mafias organizadas. Cinco de ellos han muerto por eso. Si Odilon de Oliveira muriera, no habría un solo juez en el centrooeste que pudiera reemplazarlo.


[IV]


Casi nunca el juez es el protagonista de una película. Los abogados y los fiscales saben cuál es su posición respecto a la ley y la justicia: a favor o en contra del acusado. En Testigo de cargo, el héroe es un abogado defensor que salva a un hombre culpable porque confía en que es inocente. En Matar a un ruiseñor, un abogado defiende a un afroamericano y prueba que todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario. En Justicia para todos, Al Pacino tiene que enfrentarse a un juez que además es culpable de haber violado a una joven. Las películas muestran la poca fe que hay en la justicia. En la pantalla grande, nadie quiere golpear con un martillo de madera sobre la mesa. Odilon de Oliveira está sentado entre dos conceptos que repite siempre: ‘lo justo’ y ‘lo legal’. Los abogados aprenden que la justicia es aplicar la ley, pero él cree que no siempre es justo hacerlo. Admite que a veces se ha saltado procesos burocráticos para atrapar a un capo. Por eso es el favorito de algunos policías de Matto Grosso do Sul. En ocasiones el juez firma órdenes de captura después de atrapar al malo. Son trucos que no llegan a lo ilegal, pero que le permiten avanzar en las investigaciones. La Orden de Abogados de Brasil lo acusó de grabar sin permiso conversaciones entre abogados y presos en las cárceles. Aunque nunca se comprobó, hay quienes dicen que con ellas atrapó a criminales que ahora planean su muerte desde la prisión. Lo justo y lo legal suponen un dilema moral que le es imposible resolver. Entonces surgen preguntas que intenta responder a su manera. ¿Cómo combatir el narcotráfico si el que roba un bolígrafo cumple la misma condena que el dueño de un camión lleno de cocaína? ¿Cómo hacer justicia si sólo tienes quince días para pinchar los teléfonos de una organización criminal? ¿Cómo proteger a los testigos si el sistema está lleno de delatores? Y concluye: «Puede haber aplicación de la ley, pero no hay justicia». «Aquí la ley no protege ni al juez». A ratos Odilon de Oliveira admite la derrota: «Como juez quiero hacer justicia, pero la ley que tenemos aquí en Brasil no da para eso». Tal vez por eso el juez pase su tiempo libre viendo documentales o leyendo sobre jueces de otros países que admira, como Falcone o Garzón. Pero su mayor héroe es Lampiao, una especie de Robin Hood brasileño, un bandido que a principios del siglo XX robaba a los hacendados y daba dinero a los pobres. Lampiao fue un ídolo nordestino, pero también un criminal temido en todo el país por ser un asesino cruel que torturaba sin piedad a sus enemigos. Lo admira por su sentido de justicia y porque no le importaba romper la ley para luchar por sus ideales, aunque si hubiera vivido en la misma época, Odilon de Oliveira dice que habría condenado a su héroe.

Odilon de Oliveira sabe qué sucederá cuando se muera. Hace unos años, durante el Encuentro Internacional de Magistrados en Victoria, el juez se convirtió en fantasma. Cuando se rendía homenaje a jueces como Alexandre Martins y Antonio José Machado Días, asesinado a tiros en Sao Paulo, se oyó por los altavoces: «Homenajeamos la memoria del juez Odilon de Oliveira». El juez subió al escenario a recoger su diploma. El público quedó atónito: el muerto estaba vivo. Por error se daba por hecho que el juez más amenazado del país ya había sido asesinado. «Ese día—recuerda De Oliveira— me di cuenta de que mi trabajo ha servido de algo». Cuando lo vieron subir al estrado, no le quisieron dar el premio. Era un diploma y una escultura de una mano que sujeta un mazo de juez y un mundo con una lágrima. Peleó para que meses después se los entregaran. Ahora la conserva en una vitrina de su casa.

El día de 2019 que se retire, Odilon de Oliveira se quedará solo. «El día que me jubile, duraré máximo seis meses». Conservará las imágenes religiosas que le han regalado para que lo protejan y esa gran carpeta negra que guarda en su armario. Sólo su esposa y su secretaria tendrán copias de esos archivos que enumeran todos los intentos de atentados contra él y que recopilan cada advertencia, como la vez que la mujer de un mafioso le avisó que su marido planeaba asesinarlo. La carpeta es su única garantía para demostrar que Odilon de Oliveira luchó por la justicia y para que, si llega el día en que lo maten, su muerte no quede impune. El juez está preparado por si le toca enfrentarse contra el sistema después de muerto. Cierra su carpeta con cuidado. En la tapa se alcanza a ver una leyenda: En caso de muerte, no entregar a la Policía Federal


October 23, 2013

114

Un texto de


October 23, 2013

Alejandra Sánchez Inzunza

Un texto de

Una turista lucha contra el viento sin despeinarse

Un testimonio de Elizabeth Rubianes
Ilustración de Manuel Mendoza

Ilustración de Manuel Mendoza

El eslogan de Chicago, «The Windy City», más que una invitación es una advertencia para los visitantes. Cuando llegué al Aeropuerto Internacional de O’Hare, el oficial de migraciones tomó mi pasaporte y preguntó extrañado: «¿Qué la trae a la ‘Ciudad del Viento’ en mitad del invierno?». Era enero de 2013, y esa misma semana la ciudad registró las temperaturas más bajas de los últimos años. Planeaba visitar a mi chico, un estadounidense trasplantado de Bielorrusia a Chicago hace veinticinco años. Me había dicho que el invierno no se parecía a los 12 °C de Lima y que con frecuencia habría que palear nieve o esquivar charcos. Pero nada me preparó para el efecto windchill: cuando aterricé el termómetro marcaba -8° C, pero la sensación podía ser de -29°C. La culpa de ese frío amplificado era de los vientos que esos días corrieron a ochenta kilómetros por hora. A esa velocidad, un pedazo de piel descubierta tarda un minuto en congelarse. Una ráfaga de viento gélido convierte una oreja en un tejido quebradizo. Hay quienes han perdido la punta de la nariz por no taparla.
Las guías turísticas describen a Chicago como la tercera ciudad más poblada de Estados Unidos, con un paisaje de rascacielos y arquitectura moderna; pero nada dicen sobre lo común que es ver paraguas doblegados por las ráfagas, y árboles derribados en la acera. Las mujeres de Chicago evitan los vestidos con vuelos entre diciembre y marzo. Saben que gastar en lacas, gel y mousse para conservar el peinado es tirar el dinero; que sin un buen abrigo con capucha y una bufanda es mejor no salir y que los tacones sólo se pueden llevar en el bolso para usarse una vez dentro de un restaurante, bar u oficina. El recién llegado aprende a disfrazarse de esquimal con prendas impermeables que cubren hasta debajo de las rodillas y rellenas con plumas de ganso para asegurar que el aire no toque su pellejo. Pasé mis primeras dos semanas en Chicago refugiada en la casa con calefacción. Las casas aquí tienen dos puertas en la entrada; la segunda (storm door) protege el hogar de los malos vientos, y no sólo de los bichos. Las ventanas parecen estar diseñadas para no abrirse, y uno deja de sobresaltarse con las sonoras alertas que en invierno llegan al celular y advierten de tormentas de lluvia, nieve o granizo acompañadas de feroces vientos. Nadie sale a la calle sin primero consultar el estado del tiempo. Mis primeras salidas fueron para comprar ropa para nieve y ‘cortavientos’. Sólo así disfruté de las caminatas invernales, pero la mayor parte del tiempo prefería ir en auto. Es una estrategia común: si pueden pagarse un pasaje, los indigentes pasan día y noche dando vueltas por toda la ciudad en el tren cuando llegan los peores ventarrones.
En Chicago la única certeza es que el clima cambiará y que los planes dependen de sus caprichos: cuando el viento sopla y arrastra nieve, los oficinistas del Downtown no trabajan, se suspenden las clases en las escuelas, los autos se quedan en el garaje y ningún avión despega del suelo. Pero la ‘Ciudad del Viento’ no es la más ventosa del país. El sobrenombre tiene varios orígenes. Una leyenda urbana lo achaca a los políticos de Chicago que en 1893 lograron que Nueva York no fuera la sede de una gran feria que celebraba la llegada de Colón a América. El editor del NEW YORK SUN publicó un artículo sobre ‘esa ciudad ventosa’, con lo que se refería a los discursos ligeros de aquellos políticos. Otro de los orígenes del apodo viene de un desastre. En 1871 un incendio duró dos días y se convirtió en el peor de la historia de la ciudad, porque los vientos arrastraron las llamas de un edificio al siguiente y así hasta convertir en cenizas dieciocho mil de ellos. Uno de cada tres habitantes se quedó sin hogar. Los mejores arquitectos y urbanistas reconstruyeron la ciudad trazando una cuadrícula de calles que se cruzan en ángulos de noventa grados, lo cual hace fácil orientarse, pero también crea una pista de carreras sin obstáculos para los ventarrones que soplan desde el lago Michigan. El visitante aprende a andar con la corriente o resignarse a las cachetadas que el viento reparte a quienes intentan caminar en su contra.
Quien se queja de los ventarrones helados de la ciudad suele escuchar la misma respuesta de los locales: «Si no te gusta el clima de Chicago, espera dos minutos». Pero es posible apreciar la ‘Ciudad de los Vientos’ si uno espera a que termine el invierno. Cuarenta y seis millones de visitantes —una multitud del tamaño de Argentina— pasan por aquí cada año. En verano, con 38 °C y un sol que dura hasta las nueve de la noche, los ventarrones se convierten en brisas refrescantes y apacibles. Entonces hay conciertos al aire libre, días de playa, de picnics y caminatas por el lago Michigan. Aun así un visitante de clima templado necesita mejores razones para resistir más de un invierno aquí. A mí me convenció la propuesta de matrimonio de mi chico, quien admite que no quería que huyera de Chicago con el primer aviso de la siguiente ráfaga helada.


October 10, 2013

Elizabeth Rubianes

Un texto de

Un asmático aprende a respirar

Un testimonio de David Hidalgo
Ilustración de Manuel Mendoza

Ilustración de Manuel Mendoza

Tengo fresco el recuerdo de la primera noche en que me quedé sin aire. Llevaba un rato dormido, con el pecho sibilante y el sueño ligero, cuando de pronto mis bronquios se taparon por completo. Fue un bloqueo abrupto, parecido a lo que pasa cuando el tubo de una aspiradora absorbe un trapo. Mis pulmones parecían estar vacíos. Segundos después, un espasmo brutal me hizo saltar de la cama con los brazos estirados, como si tratara de atrapar el último salvavidas de la Tierra. Tuve que sentarme para arrastrar algunas moléculas de oxígeno hasta mis pulmones. «Pensé que te morías», me dijo mi novia de entonces, ya en la sala de emergencias. Esa noche pasé un largo rato conectado a la mascarilla de un nebulizador, un aparato que recompone mi capacidad de respirar con un vapor medicinal. Fue un viaje cercano al centro del miedo: la idea de morir asfixiado siempre ha sido mi peor pesadilla. También fue un momento de revelación: la extrema fragilidad de la vida en toda su inmediatez. En mi caso está el agravante de que esta condición ya no depende de causas externas, sino de algo que antes yo no era y en lo que me he convertido: a partir de este episodio admití, derrotado por la evidencia, que soy asmático.
Pertenezco a lo que el poeta uruguayo Mario Benedetti —un asmático que ha provocado millones de suspiros— denomina la ‘masonería del fuelle’. «[Quienes] siempre han respirado a todo pulmón y a todo bronquio, no pueden ni por asomo imaginar el resguardo tribal que proporciona la condición de asmático», dice Benedetti en el cuento «El fin de la disnea». El protagonista de ese relato se precia de tener esta condición por un rasgo que nos diferencia de otros enfermos crónicos como los hipertensos o los diabéticos: mientras ellos padecen síntomas similares entre sí y se someten al mismo régimen que otros pacientes de su condición, cada asmático es un universo propio, con alergias distintas, cuidados distintos, crisis distintas. Yo reacciono ante los olores muy fuertes y las bebidas muy frías. Otros colapsan después de ingerir ciertos alimentos. Mi hermano menor fue asmático de niño y no podía comer chocolates ni estar cerca de los insecticidas. Somos una comunidad de distintos que se definen por la conciencia de que, en este planeta que se calienta, el aire es el primer recurso natural vinculado a un peligro de extinción: la nuestra. Una persona normal respira en promedio veintiún mil veces en un día. Un acto que repetimos quince veces por minuto sin parar. Nadie es consciente de la constancia de ese acto reflejo, de la precisión y regularidad que demanda, hasta que le falta el aire como a nosotros, los asmáticos. Cuando uno entra en crisis, asume cada respiro como una pequeña prórroga del saldo de su vida, como un ligero dribleo a la muerte, una burla que siempre puede ser la última. En cierto sentido, la condición de asmático es un enigma cósmico: en la tradición judeocristiana, la vida surge del aliento de Dios; el libro sagrado más antiguo del hinduismo, el Rig Veda, incluye la palabra Prana, que en sánscrito significa ‘respiración’, como sinónimo de vida. «Cuando respiramos estimulamos nuestro cuerpo con la energía del universo», dice Deepak Chopra, el gurú de la medicina alternativa, en un video en que enseña a sus seguidores a captar la energía del aire a través de las fosas nasales. Si la naturaleza de los asmáticos sigue un camino inverso, ¿significa que somos seres marginales en el plan de la creación? Sería una buena pregunta para Maimónides, el gran teólogo y médico judío de la Edad Media, quien escribió un Tratado sobre el asma. Según Maimónides, un asmático debía evitar las medicinas fuertes y los desbandes sexuales, dormir mucho y tomar sopa de pollo. Para mí el mejor remedio es tener a mano mi inhalador. No siempre lo necesito, pero funciona como los amuletos para los supersticiosos: me ayuda a creer que regresaré a casa sano y salvo. Por el contrario, cuando lo olvido me siento como un aviador sin paracaídas. He tenido que aprender a vivir con eso. He tenido que aprender a respirar. Significa que en todo momento soy consciente de lo que dejo entrar a mis pulmones: hasta hace poco rehuía el humo del cigarro como si fuera un arma biológica, y evito pasar por encima de las rejillas de ventilación que botan el aliento impuro de los edificios a la calle; si detecto un olor desconocido, mi reacción natural es contener la respiración hasta evaluar si puede hacerme daño. Pero es imposible hacerlo miles de veces al día. «Hay que luchar por cada bocanada de aire y mandar la muerte al carajo», dice el Che Guevara de la película Diarios de motocicleta. Estoy de acuerdo. Sólo espero que entre mis pertrechos de guerra nunca falte un frasco de salbutamol.

EL PUEBLO
QUE SE MUDÓ
DE LA MINA
A UNA CIUDAD
[pero extraña vivir junto al cobre]

En el desierto más seco del mundo, una empresa minera
creó un pueblo. Ofreció a sus trabajadores hospitales,
escuelas y discotecas gratuitas. Hoy la mina de cobre
necesita espacio para almacenar sus desperdicios
y le resulta más barato mover a dieciocho mil personas
que a un montón de piedras. Pero nadie
quiere mudarse a una casa que no eligió.
¿Es vivir junto a una mina más placentero
que vivir en una ciudad?

Un texto de Martina Bastos

Chuquicamata, ChileLa Nochebuena de 2007, Alcides Lira se asomó por la puerta de su casa por última vez. Hacía días que por las mañanas armaba cajas para irse —empacaba pantalones y camisas, cepillo de dientes, maquinilla de afeitar, fotografías familiares—, y por las tardes las desarmaba para quedarse. Esa Navidad en Chuquicamata, a tres horas de la frontera entre Chile y Bolivia, la casa de Alcides Lira era la única iluminada del campamento minero. Un campamento es por definición efímero: algo que se instala hoy para levantarse mañana, la semana entrante, cualquier día. Alcides Lira —ochenta años, bigote tupido, pelo blanco— había vivido en ese mismo campamento durante setenta años. Con el tiempo, Chuquicamata se había convertido en un pueblo con calles, escuelas y casas de concreto. Un pueblo, por definición, es algo permanente: algo que se construye para mantener de pie y perdurar. Pero una gran mudanza había empezado tres años atrás, cuando los dieciocho mil habitantes fueron obligados a trasladarse a Calama, una ciudad a quince kilómetros de distancia. La mina de cobre que los había traído ahora los echaba. Pronto empezaría a arrojar sus desperdicios sobre esas casas. La noche en que Alcides Lira abandonaba la suya, Chuquicamata estaba a punto de ser sepultada por las rocas. 

Chuquicamata, el campamento que hoy parece un pueblo fantasma, se quedó noventa años en el desierto de Atacama junto a la mina de cobre que lo construyó: un cráter de cinco kilómetros de largo, tres de ancho, y casi un kilómetro y medio de profundidad esculpido con la finura de un anfiteatro. Podría introducirse el Central Park de Nueva York y plantarse tres veces el Empire State Building uno sobre otro y aún sobraría espacio. Un hoyo infinito que arroja ocho mil dólares cada minuto. La dueña de ese agujero que escupe dinero es la Corporación Nacional del Cobre (Codelco), la mayor empresa estatal de la historia de Chile. El presidente Salvador Allende nacionalizó el metal en 1971, y desde entonces Codelco se encargó de administrar Chuquicamata. Pero la mina de nombre quechua había sido creada con acento inglés. En 1912 los hermanos Guggenheim compraron los derechos de explotación al Estado chileno. En sus manos, el desafío de transformar un territorio feroz: una extensión de arena y roca a dos mil ochocientos setenta metros sobre el nivel del mar, con vientos de cien kilómetros por hora (poco menos que un huracán) y la radiación ultravioleta más extrema según las mediciones internacionales. Además de encontrarse en la zona más seca del mundo. Ahí arriba, donde el sol quema y nada crece, la ambición hizo posible vivir durante casi cien años. En un principio fueron tan sólo un puñado de mineros y sus familias. Pero el campamento creció y empezaron a llegar comerciantes que abrieron tiendas de abarrotes, quioscos y puestos de mercado. En un momento, Chuquicamata tuvo veinticinco mil habitantes, entre trabajadores de la mina, familiares, comerciantes y personal de servicios: médicos, profesores, bomberos. Lejos de todo, cerca del sol. La nada y el cobre.

Cuando al desierto llegaron los hombres y las máquinas, el único poblado cercano era Calama, unas cuantas casas miserables empotradas en el vacío como estación de paso. Una mina exige un universo alrededor del tajo. Un sitio para lavarse y dormir. Por ello la compañía de los Guggenheim debió proveerse su propia logística. Y un modo de hacer que la gente quisiera vivir en el medio del desierto. Si alguien lo dijo, las palabras muy bien pudieron ser estas: «Usted va a tener una casa. No va a pagar agua, no va a pagar luz, no va a pagar combustible. Se lo daremos todo: atención médica, educación a sus hijos, alimentación y entretenimiento. Usted vendrá a trabajar y cobrará su sueldo. Pero además vivirá gratis». Se montó un mundo real a pequeña escala donde no faltaba de nada. Se construyeron avenidas amplias e impecables, se instaló seguridad y se forjó una comunidad que estuvo unida por un vínculo común: un trabajo y una vida después del trabajo en la que todos participaban.

Pero Chuquicamata evolucionó incapaz de adaptarse a las normas medioambientales que empezaron a surgir. Se instaló la fundición, que emite anhídrido sulfuroso y arsénico, vapores incompatibles con la vida. La mina, además, comenzó a devorar el espacio que ocupaba el campamento. Para sacar un kilogramo de cobre había que extraer cien de roca inútil que debía ir a parar a algún lugar. Podía ser cualquier parte: al desierto le sobra espacio. Pero un camión de extracción consume en un día la misma cantidad de petróleo que un auto en dos años. Un transporte demasiado caro para un montón de piedras, arenas y rocas inservibles. Se comenzó a arrojar las rocas en la periferia de Chuquicamata, lo que arrinconó sus casas. Poco a poco, aquello se convertiría en una muralla infranqueable de desechos. Y pronto le tocaría al pueblo. En la práctica, eso significaba enterrar una ciudad y construir otra. Las ciudades no son piezas de ajedrez. En algún momento, en algún lugar, tal vez frente a un mapa, alguien tuvo que decir:

—Señores, hay que llevar esta ciudad del punto A al punto B. ¿Por dónde empezamos?


II

Sergio Jarpa es un ingeniero de minas capaz de tomar un pueblo y moverlo de lugar. Un pueblo son sus calles, sus casas, sus tiendas y escuela. Pero también su gente. Los vecinos de Chuquicamata —recuerda el vicepresidente de Codelco Norte de aquel tiempo— no sólo iban a cambiarse de dirección: «Es fácil malacostumbrarse. Lo difícil es mover a dieciocho mil personas acostumbradas a tener todo gratis y transformarlas en ciudadanos de Chile». Para Sergio Jarpa era como tener que ir de puerta en puerta dando un mal augurio: usted tiene que mudarse de casa, de pueblo, de vida. Los habitantes de Chuquicamata no sólo trabajaban juntos, sino que se habían casado y habían formado familias. Nada les pertenecía en aquel campamento, pero todo lo sentían como propio. En Calama, en cambio, ellos sí serían los dueños de sus casas. Codelco se encargó de levantar cinco mil viviendas —una para cada familia— y asumió el cincuenta por ciento del costo por concepto de compensación. Construyó calles, plazas y veredas, un nuevo hospital, nuevos colegios. Se trasladaron comerciantes, doctores y maestros, carabineros y bomberos. El cura y la iglesia. Jarpa, el hombre que se encargó de mover a todos, marcó en el calendario el día final. Le iba a tomar tres años.

A todos los habitantes les llegaba su hora. Desde 2004 cada uno recibió un turno para desalojar su casa. En promedio cuatro familias se marchaban cada día. En un mes podía desaparecer un barrio. Y al cabo de un año se irían más de mil quinientas familias. Pero todos se despidieron el mismo día. El 1 de setiembre de 2007 fue un día de homenaje, el cierre oficial. El Día. Las doce horas fue el instante pactado para el adiós. Vecinos y autoridades abarrotaron el campamento. Hubo discursos y placa conmemorativa. Hubo orquestas, banda de música y fuegos artificiales. Treinta mil chuquicamatinos habían llegado desde el resto de Chile y el extranjero para el evento final. Todos lo sintieron igual: como si estuviesen velando a un muerto. Ese día Chuquicamata moría oficialmente. Pero todavía faltaba que lo enterraran.


III


Cuando llegó el camión de mudanza, Miria Hernández —sesenta y ocho años, cincuenta en Chuquicamata— estaba desayunando. Sabía el día que llegarían por ella, pero no la hora. Por eso debía tener todas las cosas listas desde el día anterior. Y esa mañana, mientras tomaba el desayuno —tal vez un vaso de té con pan, el desayuno típico del pueblo—, el ruido del camión le cortó el apetito. No lo esperaba tan temprano. Minutos después, como a un Cristo en procesión, ella y su hija siguieron en su propio auto al camión de mudanza en un silencioso vía crucis hasta Calama. Era el punto final al largo haraquiri de meter la vida en cajas de cartón: su último día. Todo sucedió muy rápido: el camión, la carga, la entrega de llaves y el arranque. A esa edad, uno nunca imagina tener que habituarse a otro lugar: «Todavía no puedo querer a Calama —dice Miria Hernández—. Arreglé la casa igual que la de Chuqui, todo en la misma posición. Pero sigo extrañando vivir allá». Cuando duerme, todavía sueña que vive en Chuquicamata. A veces los sueños se empecinan en aparecer una y otra vez. Y el sueño de vivir en Chuquicamata empezó a acabarse en 2004.

El ritual de Miria Hernández se repitió a diario, y para el resto de habitantes durante tres años. Se tapiaron puertas y ventanas, se cerraron las llaves del agua potable y el suministro eléctrico, se añadieron rejas y los barrios desocupados comenzaron a desaparecer bajo escombros. El hospital fue el primero en caer: siete pisos de alto, revestimientos de mármol y un jardín espeso de pinos inmensos. En un mes fue sepultado por completo. Hubo un momento en que sólo sobresalía su chimenea de dos metros, un cilindro gris como cabeza de náufrago en un mar de piedras. Después, sólo rocas desiguales.

Chuquicamata se vaciaba como una gran fiesta que, de pronto, se acaba. Antes de irse, los habitantes comenzaron a pintar las fachadas de sus casas con frases de despedida. Era la única manera de honrar, de agradecer, de hacer hablar a las paredes en su nombre:

ADIÓS, CHUQUICAMATA, TE DIRÁN QUE TE QUISIMOS
AQUÍ FUIMOS NIÑOS
GRACIAS, CHUQUITO, POR LOS AÑOS FELICES
MIS MASCOTAS DESCANSAN PARA SIEMPRE EN TU JARDÍN
LOS MEJORES AÑOS SE QUEDAN AQUÍ
CHUQUI VIVE

Al mismo tiempo, las redes sociales estallaron como punto de catarsis colectiva. Escribían quienes estaban lejos y no podían despedirse: «Estoy en Santiago y lloré de impotencia. ¿Adónde volveré?». Algunos comentarios parecían breves elegías: «Mierda de país que me deja sin lugar de nacimiento», «Qué feliz fui en esa mina maravillosa», «Te extraño, Chuquito». Y un escueto: «Duele».

Eso fue todo. El 1 enero de 2008 fue el día del cierre definitivo. Ya no una despedida simbólica, sino una despedida real, más dolorosa. El campamento se declaró zona industrial y el acceso quedó completamente prohibido. En absoluto silencio, Chuquicamata empezaba su natural transformación hacia un pueblo de fantasmas.

La desaparición del campamento dejó a sus habitantes sin historia. Muchos intentaron reconstruirla a partir de recuerdos, combatieron esa pérdida en la decoración de sus casas. Cuando llegó a Calama, Lucho Zavala —un hombre de sesentaiún años que en Chuquicamata tenía un quiosco de periódicos—, colgó una placa negra con caracteres blancos en la pared de su nueva casa. Era un pedazo de su antiguo hogar. Si lo habían obligado a marcharse, y habían sepultado su casa, al menos quería imaginar que conservaba la misma dirección. Seguir perteneciendo al mismo lugar, aunque sólo fuera en su imaginación. Lucho Zavala pidió un único favor a un policía de Chuquicamata: «Quiero pedirte que me traigas la placa de la casa donde yo vivía. Es la A-1049. Está en una esquina». El hombre se la trajo. Ahora Zavala entra y sale de su nueva casa con la misma dirección que durante décadas observó al entrar por su puerta en el campamento que hoy ya no existe. 

Para llegar a Calama, hay que cruzar la ruta 24, una cicatriz que une ambos pueblos. Cuando el sol calienta, Calama se llena de lagartos. En su centro, en el Paseo Ramírez, hay un par de piletas y en las piletas cuatro cosas: la estatua estaliniana de un minero, un grupo de llamas, un cactus, un sol de cartón piedra. La síntesis del lugar. Allí se reúnen, cada mañana, los antiguos trabajadores de la mina. Cada día se buscan entre ellos como miembros de una misma especie extinta. Conversar es un modo de recordarse unos a otros lo que fueron, lo que dejaron.

Calama es un gran dormitorio de ciento cuarenta mil habitantes. Codelco, que transformó un campamento en un gran depósito de rocas, hizo de Calama un refugio de mineros. En un radio de doce cuadras hay 136 schoperias, locales de vidrio oscuro y hembras de mucha carne. Aquí está el mayor ingreso per cápita de Chile y también el más alto costo de vida, en una ciudad sin arraigo, tosca, dura, de geografía radical. Cargada de tierra, apenas un árbol, doble de suicidios del promedio nacional. Los habitantes de Chuquicamata siempre la llamaron ‘Calama Calamidad’, un lugar que encarnaba todo lo negativo y que siempre les fue ajeno: tráfico, delincuencia, suciedad, desorden. En Chuquicamata, en cambio, todo era perfecto, nadie era consciente de que en las calles podía haber basura, perros vagos o maleantes. Eran residentes de un lugar donde todos se conocían, donde las puertas se dejaban abiertas, las bicicletas sin candado y los autos se aparcaban con las llaves puestas. Durante los primeros días en Calama, a algunos les robaron en sus casas. Si dejaban sus bicicletas en la terraza, los ladrones forzaban el portal y se las llevaban. En Chuquicamata jamás hubiera pasado.

Pero la mudanza también afectó a Calama, que no estaba preparada para recibir a miles de nuevos residentes. El presupuesto municipal no podía responder a la demanda de tal número de personas. Sólo en alumbrado fueron más de seis mil puntos de luz. Unos diez mil nuevos vehículos abarrotaron las calles. «Las ciudades crecen poco a poco, pero esto fue como recibir media ciudad de golpe. Nos produjo un colapso», señala Luis Alfaro, director de obras municipales en Calama. La compañía tuvo que aportar recursos para aumentar el abastecimiento eléctrico, mejorar la infraestructura vial y mantener los espacios públicos. «Toda esa operación —resume Jarpa— costó quinientos millones de dólares». Sin embargo, el gran dilema del traslado fue el choque cultural: la rutina de un campamento no se parece a la de una ciudad común. Para el minero no existía una cultura de pago de servicios, no sabían qué era una junta de vecinos. Ahora debían aprender a pagar recibos, a mantener sus casas, a usar transporte público. A muchos les cortaban el agua y la luz: les costó recordar que había que pagarlas todos los meses. En Chuquicamata si el calefón no funcionaba, llamaban a Codelco y alguien de la empresa venía a repararlo; se rompía un vidrio y lo reponían. En Calama una vecina fue a la municipalidad a pedir que le arreglasen la ventana. Le explicaron que eso no era asunto de nadie más que de ella.


IV

En el verano de 1988,  Gonzalo Cerdá recibió una oferta que no pudo rechazar. Era un ingeniero mecánico que trabajaba como profesor universitario en Punta Arenas, en el extremo austral de Chile. Una tarde, cuando abrió la puerta de su casa, vio encima de la mesa una carta de Codelco. Decía «sueldo base», y la suma era cinco veces más de lo que él ganaba como profesor. Sin demasiadas expectativas, Cerdá había enviado su currículo a la estatal. Unos meses después, a los treinta y tres años, comenzaría a trabajar en la mina, en aquel entonces, la gran escuela para los ingenieros en Chile. Lo dejaba todo para irse al otro extremo del país. Al desierto.

Al llegar a Chuquicamata, aquello le pareció la cresta del mundo. Se sentía desterrado. En otro planeta. Solo en medio de una inmensidad de arena. Poco a poco, sin embargo, Cerdá encontró en Chuquicamata una unión muy fuerte. ¿Qué ocurría en ese lugar? Para él el secreto era el aislamiento. En ese retiro geográfico sólo se tienen los unos a los otros. Entre todos crean el ambiente para hacerlo llevadero, atractivo. «Era un refugio —dice—. En el empeño de soportar eso, el consuelo era apoyarse en personas de la misma realidad. Era una necesidad de comprobar: ¿estás viviendo lo mismo que yo?». Gonzalo Cerdá pertenecía al grupo de los no nacidos en Chuquicamata, los que venían de afuera y dejaban familiares en otras zonas del país. Ese distanciamiento propiciaba la solidaridad entre los nuevos vecinos. Los afectos estaban lejos; entonces, los compañeros se transformaban en la propia familia. Era una comunidad protegida en la que no existían los celos o rencores de una sociedad común. Nadie envidiaba la casa del vecino. Todos tenían las mismas posesiones y disfrutaban de la misma estabilidad económica. A diferencia de otros campamentos diseñados exclusivamente para los trabajadores, sin sus familias, Chuquicamata no sólo se centró en el trabajo de los mineros, sino también en su vida cotidiana. Se fomentaba el bienestar global, las actividades comunitarias, los eventos deportivos. Con su entierro, no sólo desaparecía físicamente un pueblo, sino también se extinguía un modo de vida.

Hoy el centro histórico del campamento ha sido nombrado área de patrimonio, y es —junto a sus barrios aledaños— lo poco que queda en pie. Una garita custodiada por Codelco verifica el permiso de entrada. Más allá de las rejas, lo que hay es un pueblo de fantasmas. En la plaza central, el parque infantil se ha convertido en un muestrario de óxido. Cada columpio es una atrocidad: una pieza inerte, inmóvil, inquietante como un patio de escuela vacío. En las ruinas del Liceo América, las pizarras mantienen intactos los últimos mensajes de los alumnos, sus despedidas: «Maldita contaminación y maldito ripio del cobre. ¿Por qué nos separaste? ¿Por qué?»

Los árboles secos y las viviendas selladas están ahí como cadáveres tibios. La calle es un universo de ruidos sutiles: el batir de calaminas, un crujido de ramas, los pasos en la grava. Tras un portón descascarado están los restos de un jardín. Hay un bolso de mujer semienterrado, zapatos viejos, un triciclo o su esqueleto. Todo aquí son restos de alguna cosa, de alguna vez, las sobras de una vida. Las cortinas escapan por los vidrios rotos. Bajo la ventana frontal, una confidencia anónima: «Aquí fue nuestro primer beso». A tres kilómetros de distancia, la mina sigue viva. Sigue escupiendo gas y cobre como una boca abierta, que recibe a sus hombres cada día. El interior de sus casas, sin embargo, es un espacio interrumpido, vacío, atravesado por la urgencia de la partida. En muchas de ellas se pueden ver cepillos de dientes en el lavabo, flores de papel, una cafetera inútil. Bajo polvo flotan varios papeles: una postal navideña, cuadernos escolares, la lista de la compra. Huele rancio. Un calendario amarillea en la cocina: año 2004, el 21 de enero envuelto en un círculo rojo. Y una metáfora cruel: el tronco erguido —raíces muertas sobre una mesa podrida— de un bonsái arrancado de raíz.

V

    En la fotografía, un hombre aparece derrotado. Es Nochebuena, y Alcides Lira está en la entrada de su tienda de abarrotes, La Verbena —emblema de Chuquicamata durante cincuenta y cinco años—, iluminada como todos los años en Navidad. Desde la puerta, Lira abraza a su mujer mientras ambos miran la calle: la oscuridad, las casas vacías, el silencio. Eso muestra la imagen: sólo un punto de luz en toda Chuquicamata. Hoy en la nueva casa de Calama, donde la fotografía significa un modo de aferrarse a su historia en el pueblo, los hijos de Lira recuerdan en voz alta:

—Yo traje aquí hasta el césped de Chuquicamata. Fui al hospital y robé un pedazo. Allí aprendí a patear una pelota.

—¿Tú tienes lugar de nacimiento? Yo no. Yo nací en el Botadero 95, en lo que antes era el hospital de Chuquicamata. Soy de algo que no existe.

—Yo trabajaba en comunicación, me reunía con la gerencia y sabía lo que le iba a pasar al campamento. Un día, después de una reunión, le dije a mi papá: «El traslado va». Él respondió: «No, Chuquicamata no se va a acabar nunca». Mi papá no creía, nunca creyó.

Lira fue el último en marcharse. Cuando cerraron el campamento, él siguió yendo durante seis meses a escondidas. Le cortaron el agua y la luz, pero él usó baldes y velas. Necesitaba volver, al menos para sentir que aún podía hacerlo. Que todavía podía ir a su casa. Los carabineros lo convencieron: «No tiene agua, no tiene luz, no tiene alimento. ¿Qué hace aquí? Allá están su familia, sus amigos, toda la gente de Chuqui. Ahora Calama es Chuquicamata». En Calama duró dos años. El 2 de enero de 2010 un infarto cerebral mató a Alcides Lira. Pero para su hijo mayor su padre murió de pena. «Hasta el último momento se negó a estar acá. Andaba todo el día pensativo. Nadie tiene una estadística de lo que ha pasado con la gente que vino, cuántos no se han recuperado». ¿Cuál es la distancia exacta a partir de la cual uno se vuelve un exiliado? Para el último habitante de Chuquicamata, fueron los quince kilómetros hacia Calama. 

UN ZUMBIDO
TORTURA
TUS OÍDOS
HASTA LA
DEMENCIA

¿Es el ruido la epidemia más anónima en una ciudad?

Un texto de Eliezer Budasoff
Ilustraciones de Sebastián Suárez

Interior_ Sonido
Ilustraciones de Sebastián Suárez

 

Un caño que gotea sin cesar puede inundar una cocina, mantener en vela a un insomne y matar a una persona. A diferencia de lo que se cree, la tortura china que consiste en dejar caer una gota de agua cada cinco segundos sobre la frente de un hombre maniatado no quiebra la resistencia por el daño físico que provoca, sino por el sufrimiento psicológico que desata: unos días de exposición continua bastan para que la víctima, que no puede dormir por el ruido ni calmar su sed con las gotas, se desespere hasta la locura y muera de un infarto. Ploc. Ploc. Ploc. Los orientales siempre lo comprendieron: hasta el estímulo más débil puede convertirse en una fuerza arrolladora por obra de la persistencia. Pero eso me parecía puro marketing New Age la tarde de marzo que fui a conocer el que sería mi nuevo hogar. Era un departamento impecable, blanco y estéril, del tamaño de una casa rodante, en el sexto piso de un edificio céntrico de Rosario, la tercera ciudad más poblada de Argentina. Una cueva elegante bien ubicada. La anterior inquilina, que se iba a fin de mes, tardó tres minutos en mostrarme el lugar. Después me llevó a la cocina, abrió una ventana que daba a un patio interno y señaló hacia afuera: «Eso no termina nunca», dijo. Lo único que vi fue el vacío, y más allá las ventanas de un edificio de oficinas, salpicadas de caca de paloma. Entonces escuché el zumbido por primera vez: era un ruido leve, como el que hace el motor de una heladera vieja, cuya existencia se descubre recién cuando se detiene. Pensé que la chica exageraba: era diseñadora y tal vez tenía una obsesión por los detalles. Antes de alquilar un lugar para vivir nos fijamos en la luz y los espacios, la ubicación de los enchufes, el estado de las cañerías, el material de los pisos, la cadena del baño. Pero nunca nos detenemos ante los ruidos cotidianos. Nadie oye de verdad una casa hasta que tiene que despertarse en ella todos los días.

Durante doce meses exactos, de abril de 2012 a abril de 2013, viví en un departamento en el que se escuchaba doce horas por día el zumbido de un motor grave a media distancia. El ruido —decían los vecinos— provenía de alguna máquina de la Bolsa de Comercio, una mole de oficinas que quedaba a la vuelta, en la misma manzana de nuestro edificio. Al contrario de lo que sucede cuando se dispara la alarma de un auto y la molestia ataca por asalto, hay sonidos que se vuelven intolerables sólo con el paso del tiempo, pero al final el efecto es el mismo: una vez que lo percibimos, los pensamientos luchan contra el ruido hasta que se detiene. Imaginen una aspiradora que funciona todo el día tres pisos abajo. Imaginen un camión encendido de la mañana hasta la noche a la vuelta de sus casas. Imaginen el rumor lejano de cualquiera de las máquinas del progreso —ventiladores/bombas/compresores/transformadores/extractores—, como la música de fondo que oyen todo el día en un cuarto frío, blanco, de quince metros cuadrados. El ruido que escuchaba, ahora lo sé, era un sonido de baja frecuencia, que son de tonos graves y pueden ser muy perturbadores, pero entonces era incapaz de relacionar ese zumbido constante con la angustia que empecé a experimentar después de mudarme. A los dos meses de vivir en el nuevo departamento había adquirido un hábito recreativo: todos los días buscaba en internet enfermedades que coincidieran con mis padecimientos. De pronto amanecía con media cara enrojecida por una dermatitis. Me brotaban granos en lugares extraños. A veces despertaba en la noche transpirado. Me costaba tanto controlar la ansiedad como concentrarme en el trabajo. Ese fue el comienzo: me volví un hipocondriaco con síntomas reales.

Después de la polución atmosférica, la contaminación acústica es la segunda causa de enfermedad por motivos ambientales en las ciudades. Un ruido constante de más de sesenta y cinco decibeles (un secador de pelo genera entre setenta y ochenta) puede producir hipertensión arterial, problemas digestivos, trastornos del sueño, disminuir la capacidad para concentrarse, aumentar el ritmo cardiaco y la frecuencia respiratoria. Una calle transitada alcanza una presión sonora de noventa decibeles. Ocho horas diarias de exposición a más de noventa decibeles bastan para poner en peligro la capacidad de oír. Las normas sobre contaminación acústica de nuestras ciudades, que suelen ser prehistóricas, procuran regular la intensidad de los ruidos, pero el problema del ruido no es sólo un asunto de volumen. Los efectos extraauditivos que produce el ruido dependen de varios factores, además de la intensidad, y pueden ser iguales o más graves que la pérdida de audición. Un sonido muy intenso te puede dañar en forma más o menos directa, pero un sonido de baja frecuencia puede enfermarte lentamente. El ruido es, antes que un número de decibeles en la pantalla de un sonómetro, un sonido no deseado, y la percepción subjetiva resulta ser central en los efectos que provoca en nuestra mente. A menudo —explica Federico Miyara, director del laboratorio de Acústica y Electroacústica de la Universidad Nacional de Rosario— el ruido se tolera mejor cuando se lo considera inevitable. Hay un ejemplo elocuente para explicarlo: el sonido de millones de gotas de lluvia durante la madrugada puede apaciguar el espíritu; el de una gota que cae tras otra en la pileta del baño puede prender fuego a tu sistema nervioso.
Ploc.
Ploc.
Ploc.
Cuando una canilla gotea en medio de la madrugada, el mundo se divide entre los que son capaces de seguir durmiendo, y los que sienten la imperiosa necesidad de levantarse y hacer algo. En la película Noise, una caricatura de Hollywood sobre un hombre que enloquece por el chillido incesante de las alarmas y empieza a destrozar autos en Nueva York, hay un diálogo en el que la mujer del protagonista quiere saber por qué está tan obsesionado con el ruido. Él le responde con otra pregunta: «¿Por qué todo el mundo lo soporta?». Después de mudarme al nuevo departamento fui adoptando de manera instintiva distintas estrategias para sobrellevar el ruido. La Máquina, como lo había bautizado, arrancaba puntualmente a las nueve y cortaba después de las veintiún horas. Dado que me dedico a escribir, y me paso casi toda la jornada frente al monitor, tres veces al día salía a una plaza, me sentaba en un banco y me quedaba ahí, jadeando mentalmente, tratando de vaciar la cabeza. Cuando tenía que redactar un artículo que exigía demasiada concentración, cambiaba el día por la noche: empezaba a escribir después de las ventiún horas, y me iba a dormir al amanecer. Antes de acostarme cerraba las ventanas, evitaba tomar líquido e iba al baño ritualmente, porque si me despertaba cuando La Máquina funcionaba, no podía volver a dormir. Por épocas mi ciclo de sueño se volvió polifásico. Era como vivir cerca de la sala de máquinas de un submarino que nunca salía a superficie. En esa atmósfera enrarecida, cierta predisposición a las ideas paranoicas floreció como una enredadera salvaje en mi cabeza. Prestaba una atención obsesiva a los cambios más ligeros de mi cuerpo. Empecé a tomar complejos vitamínicos porque me sentía agotado. Compraba suplementos naturales para fortalecer el sistema inmunológico. Me hice análisis clínicos exhaustivos de sangre y orina por primera vez en más de diez años. El médico juraba que no tenía nada más que una ansiedad galopante. Unos investigadores de la Douglas Mental Health University han descubierto que las personas que viven en las ciudades tienen un ventiún por ciento más de riesgo de padecer trastornos de ansiedad, y son hasta cuarenta por ciento más propensos a sufrir trastornos de ánimo que los que viven en el campo. Pronto empecé a hacer terapia para tratar de controlar la angustia, pero tampoco en ese momento vinculé el aumento de mi malestar psicológico con el ruido constante, al que consideraba sobre todo un problema de orden práctico. Sólo había que adaptarse —pensaba— como hacían mis vecinos. Pero a medida que pasaba el tiempo, en vez de atenuarse, el zumbido ganaba más presencia en mi cabeza. Los días en que más difícil se me hacía tolerarlo, me preguntaba lo mismo que el protagonista de Noise respecto de mis vecinos: ¿Por qué todos lo soportaban? ¿Cómo podían vivir así desde hace años?

Un sonido de baja frecuencia puede ser tan molesto como un mosquito en una habitación a oscuras, pero tan dañino como una grieta en el casco de un barco. Es difícil determinar cuán grave es una molestia cotidiana cuando esta es invisible, y nadie más parece percibir el problema. Los estudios coinciden en esto: los ruidos de baja frecuencia provocan una angustia extrema entre quienes son sensibles a sus efectos, pero una de sus características es que tienen un nivel de aceptación muy subjetivo. El zumbido constante de un motor que es desagradable para un individuo puede resultar indiferente para otros, pero eso no lo hace menos dañino. Si alguien padece estrés a causa de un ruido de baja frecuencia, por ejemplo, pero su nivel de molestia al respecto es bajo o nulo, terminará asociando su malestar con otra causa. A eso se suma que este tipo de sonidos son omnidireccionales, y tienen la capacidad de viajar grandes distancias, lo que dificulta determinar su origen. Nuestras ciudades están repletas de fuentes de sonidos de baja frecuencia: los grandes sistemas de ventilación, los motores diésel, la maquinaria pesada, los compresores, los motores de explosión interna, las turbinas, los ruidos que se originan por las vibraciones del suelo.
Un mediodía me acerqué al Edificio Torre, la moderna mole de cemento donde funciona la Bolsa de Comercio de Rosario, para saber qué tipo de máquina podían tener funcionando doce horas por día de lunes a viernes, y alrededor de ocho horas los sábados, que fuese capaz de emitir aquel ronquido grave e ininterrumpido. Desde la recepción, por teléfono, un hombre de mantenimiento me explicó que cada uno de los pisos del edificio tenía su propia sala de máquinas para los equipos de climatización de aire, y que cualquiera de ellas podía haber sido el origen del zumbido que escuchaba en mi departamento. Antes de despedirse, el hombre me preguntó si yo era el mismo vecino que había ido meses atrás a quejarse por el ruido. No era, le dije: si aún hubiese estado viviendo en ese edificio, habría querido aparecer por ahí de la misma manera que aquel residente de Weiden, Alemania, se apareció ante los vecinos que tocaban vuvuzelas durante un partido entre Holanda y Camerún: con un hacha en la mano y amenazando con matar a todos.

Cualquiera que viva al lado de una obra en construcción, o que haya pasado dos horas escuchando bocinazos en la esquina más transitada de la ciudad, se convierte en un asesino de masas en potencia. La exposición al ruido, aun a los de bajo nivel, provoca eso: la irritabilidad, la ansiedad y la fragilidad emocional son formas como reaccionamos al sonido como agente estresante, y yo experimentaba a todas adentro de mi calabozo. Algunos días, después de las nueve de la noche, cuando el sonido se detenía, me daba cuenta de que llevaba horas con las mandíbulas apretadas o los hombros contraídos. Sólo entonces podía relajarlos. Ocho meses después de mudarme, además de hacer terapia y salir a correr, empecé a practicar boxeo: necesitaba agotar el cuerpo por completo para poder descansar. Uno de esos días, sentado en el banco de la plaza más cercana, analicé la posibilidad de comprar tapones para los oídos para volver a escribir.

El oído no tiene párpados: es el único sentido que no podemos anular a voluntad. El sonido tiene la capacidad de desparramarse por hendijas y llenar espacios. Se transmite por el aire, a través de las paredes, por el agua, por el suelo: cualquier medio material que tenga algún grado de elasticidad puede propagarlo. El manejo del ruido deviene así una medida de convivencia, y un signo del registro de los otros. A finales de 2012, el diario El País publicó que en Madrid una familia batallaba hacía veintitrés años por el ruido de los aparatos de climatización de un hospital que quedaba al otro lado de la vereda, a unos veinte metros de su casa. Aunque el ayuntamiento había dado la razón a la familia, y había notificado, multado y amenazado al hospital con clausurarlo, el ruido persistía. Hubo un momento —narraba la noticia— en que la mujer de la familia —que hacía quimioterapia para tratar el cáncer que padecía— tenía que sacar su cama al pasillo de su casa para alejarse de las ventanas y poder dormir. En Granada tuvo repercusión otro caso: un médico forense había diagnosticado que la vecina de una fábrica de cerveza padecía un estado ansioso-depresivo con estrés postraumático, somatizado con taquicardias, dermatitis y otros efectos físicos a causa del ruido. La mujer, que había iniciado un litigio contra la fábrica, explicaba que el ruido que producía la planta las veinticuatro horas y los siete días de la semana hacía imposible cualquier actividad cotidiana, desde leer un diario hasta descansar. No es sorprendente que la gente que sufre contaminación acústica se refiera a ella como ‘una tortura’, dice Federico Miyara. Los chinos, que no siempre fueron tan sutiles usando gotas de agua, antiguamente utilizaron ruidos muy intensos para torturar hasta la muerte a criminales condenados. El ejército de Estados Unidos empleó música a volumen brutal para torturar a detenidos en Guantánamo y Afganistán. Antes de los Juegos Olímpicos de Londres, Inglaterra adquirió un dispositivo acústico de largo alcance (LRAD, por sus siglas en inglés), que se podía utilizar como ‘arma sónica’ en caso de disturbios. Un equipo similar había sido utilizado por Estados Unidos para controlar multitudes en Irak y por Israel para reprimir palestinos en la franja de Gaza. El ruido blanco se utiliza para provocar la privación sensorial de prisioneros. Los ruidos de baja frecuencia se utilizan en interrogatorios ilegales para desestructurar el pensamiento lógico. La expresión ‘violencia acústica’ —señala el especialista Miyara— es precisa para hablar de un fenómeno cada vez más presente en nuestras sociedades: «A menudo dicho sonido será un ruido muy intenso, pero también puede ser la música de un vecino que se filtra a través de la medianera —la pared que separa dos propiedades—, o el estrépito constante de una ciudad que nos impide conciliar el sueño».

Hay vecinos capaces de llamar a la policía para quejarse por los ruidos molestos de una fiesta descontrolada, pero nadie lo hace por los equipos de aire acondicionado de un edificio de oficinas. La antigua portera del edificio donde yo vivía, que trabajó ahí durante catorce años, no recuerda que los vecinos se quejaran mucho del ruido, pero un par de veces tuvo que ir a la Bolsa de Comercio a reclamar en nombre del edificio. «No todo el mundo lo escuchaba», me dijo. Para la administradora, el problema de ese ruido era indistinguible de otros reclamos: «La gente se queja por todo». El hombre del 5 A creía que el problema era en verano, cuando el ruido de los equipos de aire acondicionado se sumaba al zumbido de las máquinas de la Bolsa de Comercio. Para la chica del 2 B, el ruido provenía del extractor de aire de un bar que lindaba con el edificio. Dos viejitos adorables del 2 A, Edgar y Nelly, se quejaron varias veces por el ruido de ese mismo extractor, que funcionaba casi al lado de su hogar. Al principio él sufría mareos por el zumbido, y escribió varias cartas a la administración. Después, con el tiempo, decidió acostumbrarse: como no quería tener problemas con la gente del bar, evitaba los ambientes más contaminados por el ruido —la cocina y el comedor diario de su casa—, encendía el televisor, trataba de ignorarlo. A diferencia de ellos, que lidiaban con el extractor, el ruido de la Bolsa de Comercio parecía afectar a ciertos departamentos de los pisos más altos, sobre todo del ala B. La vecina del 2A recordaba el reclamo de unos estudiantes que no podían concentrarse: «Abrían las ventanas y el ruido los volvía locos». En un comienzo, cuando vivía en ese mismo edificio, suponía que mis vecinos se embotaban con la televisión o con cualquier ruido para no tener que estar a solas con sus pensamientos. Esa explicación me había servido de consuelo los días más duros, pero equivalía a reconocer que no existía un problema real. Sin embargo, mientras hablaba con aquel par de viejos queribles y confiados en el comedor de su hogar, levantando la voz para hacerme oír por encima del zumbido espantoso del extractor y del televisor encendido, descubrí que ellos simplemente no tenían a donde ir. Vivían ahí hacía más de treinta años, y se habían adaptado a la invasión del ruido como a una fatalidad. A partir de sus quejas, habían conseguido que los responsables del bar pusieran un aislante y un silenciador nuevo para bajar un poco los decibeles. Y eso era todo. Lo mismo sucedía con la Bolsa de Comercio: cada vez que algún vecino se quejaba por el ruido, el equipo de mantenimiento revisaba y ajustaba las máquinas, y así se renovaba un pacto de convivencia tácito, asimétrico, hasta la nueva queja. Y eso era todo.

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September 25, 2013

09 verde

Un texto de

El cine implanta falsedades
en tus recuerdos

Un texto de Juan Manuel Robles

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Hillary Clinton perdió sus últimas chances de ser candidata presidencial cuando decidió ponerse a jugar con sus recuerdos. Ante una audiencia de miles de seguidores en Texas, la senadora narró uno de los episodios más emocionantes de su vida como primera dama, quizás el que mejor graficaba su experiencia en política exterior. Clinton relató su visita a Bosnia en 1996, un año después de la intervención de la OTAN en la región. Contó que al bajar del avión, ya en suelo bosnio, tuvo que agachar la cabeza y correr con su hija Chelsea, debido al fuego cruzado de los francotiradores, que todavía acechaban en la convulsionada zona. La escena era perfecta para el anecdotario: mostraba roce internacional y temple. Pero había un problema. Era falsa.

El video de archivo no dejaba lugar a ambigüedades. En él la primera dama bajaba con total tranquilidad del avión y era recibida por una niña bosnia que le dio un beso y le leyó un poema. La noticia del gran engaño dio la vuelta al mundo. La senadora demócrata quedó como una farsante.

A primera vista se trataba de una mentira grosera, no muy inusual en un gremio en el que se suele jugar con las cartas de la desinformación y las verdades incompletas. Pero había cosas que no encajaban. Hillary Clinton era consciente de que el episodio había sido transmitido por la televisión, pues se trataba de una visita oficial que los periodistas de la época cubrieron. Era muy fácil descubrirla. ¿Por qué arriesgarse a inventar un cuento así, incluso con detalles tan precisos como las balas y el asfalto? ¿Era Hillary Clinton tan torpe que no previó la respuesta de sus enemigos? ¿Era tan cínica que confió en el poder de su engaño?

Algunos comentaristas trajeron a colación el caso de Ronald Reagan, quien en 1983 narró, con lágrimas en los ojos, la historia de un piloto que prefirió morir en un avión antes que abandonar a un compañero herido: la prensa descubrió que tal piloto no existía y que la escena de Reagan era sospechosamente parecida a la de la película A Wing and a prayer, de 1944. También en este caso, sin embargo, había razones para creer que Reagan no mentía de manera deliberada. ¿Qué ocurría entonces?
Chistopher Chabris, coautor de El gorila invisible, un best seller sobre los engaños de la percepción, fue uno de los primeros en ensayar públicamente una explicación alternativa sobre las declaraciones de Hillary Clinton. Para él era posible que la ex primera dama hubiera estado recordando de verdad. Y no es que la senadora sufriera algún problema mental —como no lo sufría el aún lúcido Reagan de inicios de los ochenta—. Simplemente así funciona nuestra memoria: embellece, cambia locaciones, agrega rostros que no estaban allí, confunde el origen de las imágenes. A veces, incluso, da a los hechos una narrativa poderosa y muy visual. Como algo visto en una película. O en varias.

Chabris encontró, en una encuesta de 2009, que dos terceras partes de sus entrevistados decían que la memoria humana funciona como una cámara de video. Casi la mitad creía que los recuerdos se mantienen intactos para siempre. Ambas creencias son erróneas. «Somos víctimas de la ilusión de la memoria», dijo Chabris, con lo que resumía en dos segundos décadas de conclusiones científicas. Recordar es —también— ver nítidamente, en nuestro pasado, escenas que nunca vivimos, momentos robados de otras fuentes.

Bienvenidos al mundo de los recuerdos falsos. Pasa en las películas, pasa en la vida. Tu infancia no es la excepción.


II


A fines de los ochenta, miles de adultos en Estados Unidos, ayudados por sus psicólogos, descubrían en terapia que habían sido víctimas de abusos sexuales durante la infancia. El país vivió una ola nacional de «recuerdos reprimidos». Cientos de padres tuvieron que afrontar juicios bochornosos con cargos impronunciables. Al inicio los pacientes gozaron de la solidaridad de la opinión pública; el abuso sexual siempre ha sido un pecado de entrecasa y el olvido suele ser la cobarde apuesta de los abusadores. Pero ciertos eventos sembraron sospechas. En 1992 una mujer de Missouri recordó vívidamente haber sido violada de niña por su padre. Al ser examinada resultó que era virgen (la mujer demandó a su psiquiatra). A esto le siguieron casos de supuestas víctimas que negaron la autenticidad de sus acusaciones previas. Mientras tanto, en todo Estados Unidos aparecían padres que clamaban inocencia. Ellos formaron la False Memory Syndrome Foundation, para defenderse de esta suerte de epidemia de acusaciones.

Elizabeth Loftus fue una de las pocas psicólogas que decidió apoyarlos. Después de hacer un análisis de la metodología usada por sus colegas, Loftus llegó a una conclusión: las terapias podían inducir recuerdos falsos. La psicóloga llevaba varios años estudiando la distorsión de la memoria. Sus trabajos evidenciaban que, con la interferencia adecuada en el momento de hacer memoria, los recuerdos pueden tornarse inexactos, erróneos, y que es relativamente fácil colocar detalles que no estuvieron allí. Pero no sólo eso. Loftus creía que era posible implantar recuerdos completos con una estrategia de regresión adecuada. Para probar su teoría, la psicóloga creó la dinámica «Perdido en el centro comercial». El método —que hoy es un clásico— sólo requería la participación de un voluntario y la complicidad de un familiar cercano. Gracias a la información brindada por este último, se elaboraban cuatro relatos escritos, situados en la infancia del voluntario —a los cinco o seis años—. Tres de esos relatos eran verdaderos. Pero uno era inventado, y decía más o menos lo siguiente:

Tus padres nos contaron que una vez saliste con mamá al centro comercial al que solían ir. Fueron a las tiendas que le pedías visitar siempre. En un momento, mamá te perdió de vista. No la encontrabas. Seguiste caminando un buen rato. Empezaste a llorar. Las horas pasaron. Mamá no aparecía. Finalmente, una mujer te encontró y te llevó con mamá de nuevo. Era una mujer de mediana edad.

El relato falso incluía nombres específicos de calles y barrios, y de algún miembro de la familia. Después de varias entrevistas, más de un tercio de los voluntarios terminaba creyendo que el recuerdo era real. Lo más inquietante: las personas juraban estar seguras de haberlo vivido, aun después de revelárseles el engaño.

Hacer este tipo de estudios en plena ola de recuerdos de violaciones en la infancia hizo de Elizabeth Loftus una de las psicólogas más impopulares de Estados Unidos. Recibió amenazas de muerte, insultos, y hasta un ataque a periodicazos dentro de un avión. Sin embargo, las evidencias fueron dándole la razón. En varias de las terapias de evocación de la niñez, se reportaban recuerdos de violaciones en rituales satánicos. Las memorias eran muy detalladas, a pesar de que la policía nunca encontró evidencia de que tales ceremonias hubieran ocurrido. Cuando aparecieron recuerdos de abducciones extraterrestres, quedó claro que algo estaba fuera de control. En sus estudios, Loftus citaba al psiquiatra George Ganaway, que sostenía que los recuerdos falsos podían provenir de fuentes internas, dentro del hogar; pero también de fuentes externas: la literatura, el cine, la televisión. El detalle puede ser anecdótico, pero la década de los ochenta fue la época dorada de las películas sobre rituales satánicos y los secuestros de extraterrestres. Esas historias se expandieron como virus en las escuelas. Fue la paranoia de toda una generación de niños.

La idea que subyacía en los estudios de Loftus no era nueva. El propio Sigmund Freud —uno de los padres del concepto de la represión de los recuerdos— había advertido sobre la falibilidad de las imágenes evocadas, luego de oír relatos poco creíbles de sus pacientes. La memoria puede traicionarnos, eso lo hemos sabido siempre. Pero sólo en el siglo XX aparecieron las tecnologías de almacenamiento —grabadoras de voz, videocámaras— que nos permitieron ver cuán asombrosamente inexactos pueden ser esos recuerdos erróneos. Incluso las memorias relámpago, esas que se forman durante una gran catástrofe colectiva, y que todos creemos recordar a la perfección —como si fuera ayer—, resultaron ser muy afectadas por la distorsión. ¿Dónde estabas y qué hacías el 11 de setiembre de 2001? Quizás creas que sabes la respuesta exacta. Pero es posible que asumas que estuvo contigo alguien que en realidad no estaba. O que pienses que viste el segundo avión que se estrelló en vivo, cuando en realidad te lo contaron, y lo que viste fue la fotografía en el periódico. Puedes recordarte más cerca del televisor de lo que realmente estuviste. Puedes incluso recordar que estuviste tomando desayuno en un restaurante que entonces aún no existía. Es difícil de aceptar, pero es lo que demuestran los estudios que comparan recuerdos pocos días después de los atentados con los de años después. La memoria es elástica. El recuerdo no se parece tanto a una roca tallada, sino a una figura hecha de plastilina. Un momento: ¿una figura de plastilina?

Para entenderlo mejor es preciso mirar bajo el microscopio.


III


En los sesenta, el investigador Eric Kandel diseccionaba babosas de mar para analizar su sistema nervioso y sus formas de aprendizaje. Así demostró que el acto de recordar provoca un cambio físico visible en la red neuronal. Cuando la babosa de mar aprende a responder ante un estímulo, ciertas conexiones sinápticas se fortalecen, es decir, se asocian entre sí y empiezan a actuar al mismo tiempo. Esta modificación, para ser estable y durar, requiere una síntesis de proteínas y activación genética. Ese sería el principio que rige la formación de la memoria de largo plazo —que en su forma explícita y humana sería la memoria de episodios—. Para confirmar este mecanismo, otros científicos empezaron a experimentar con químicos que bloquean la formación de la memoria (antagonistas y toxinas) en roedores. Tal como previeron, los animales se volvían incapaces de formar nuevos recuerdos. Recuerdos, quizás, sea una palabra demasiado grande. El paradigma era el siguiente: las ratas oyen un timbre y de inmediato reciben una descarga eléctrica. La siguiente vez que el timbre suene, la rata temblará (adivinaron: Pavlov). Si la síntesis de proteínas es interferida por efecto de la droga, las ratas no temblarán la siguiente vez que oigan el sonido. No recordarán, pues el recuerdo nunca habrá llegado a formarse en sus cerebros. Será como si no hubieran vivido jamás el episodio. Los laboratorios se llenaron de ratas desmemoriadas que tropezaban, una y otra vez, con la misma trampa. La hipótesis era acertada: la memoria —tan bella y literaria— es un fenómeno químico que se puede evitar con una jeringa.

Pero todos esos estudios —llenos de dendritas, axones, canales iónicos y antagonistas— estuvieron durante años muy lejos del mundo de la psicología, el de Loftus y los recuerdos infantiles. Recién a fines de los noventa, el neurocientífico Karim Nader condujo un experimento que resultaría decisivo para que décadas de trabajo molecular tuvieran aplicación humana —psicológica y filosófica—. Lo que hizo fue más o menos simple. En vez de bloquear la formación del recuerdo de un roedor con una droga justo antes de que sonara el timbre, Nader decidió hacerlo al día siguiente del aprendizaje, mientras la rata estaba recordando (o sea, mientras el timbre sonaba). Algunos de sus colegas le advirtieron que sus esfuerzos serían infructuosos, pues la memoria ya se había formado: estaba allí. Pero intervenir en el momento en que el animal hacía memoria tuvo un efecto sorprendente. El recuerdo cambió. La rata no volvía a reaccionar la siguiente vez que era expuesta a la señal, aun pasado el efecto de la droga. Ya no temblaba. El aprendizaje estaba borrado. ¿Pero cómo era posible que la misma droga que bloqueaba los mecanismos de creación de un recuerdo nuevo borrara un recuerdo ya existente? Pues eso fue lo que los científicos aprendieron: lo borraba porque recordar implica volver a activar esos mecanismos de creación. Recordar es buscar en la red, pero es también sobrescribir las memorias.

Fue una revolución. Adiós a la metáfora del casete de video: un recuerdo nunca se graba. Ciertas neuronas se asocian en red al fijar por primera vez un episodio, pero el acto de recordar modifica esa red, la alimenta y la actualiza. Recordar es una intervención para reconstruir. Volvamos a la imagen de la plastilina. Imagina que moldeas una figura —digamos—: un árbol. Decides guardarlo en un cajón. Al cabo de un año, sacas el árbol. El juego es el siguiente: después de mirarlo unos segundos, debes aplastarlo, amasarlo, volverlo una pelota y hacer exactamente la misma figura que tenías. Luego vuelves a guardar el nuevo árbol en el cajón. Y haces lo mismo un año más tarde: lo sacas, lo amasas y lo construyes de nuevo. ¿Cómo queda el quinto árbol? ¿El décimo? ¿Cuánto se parecerá al primero, al original? El hallazgo implicaba una paradoja: el mismo mecanismo de síntesis proteica y fortalecimiento sináptico que hace la memoria posible, la hace imperfecta, elástica, maleable.
Nunca sabremos qué pasó por la mente de Hillary Clinton cuando habló de su aterrizaje heroico, pero ahora hay más evidencias para pensar que es perfectamente posible que estuviera recordando. Recordar ablanda la memoria y vuelve frágiles las fuentes originales. Hacer memoria —nunca tan oportuna la construcción en castellano— desestabiliza esa red que llamamos recuerdo, ablanda temporalmente el pequeño árbol de plastilina, lo estruja, y luego lo rehace incorporando información nueva, lo visto, oído o leído en alguna parte. Los científicos le pusieron un nombre: reconsolidación. Loftus perdió el aura de controversial y se volvió un clásico en la literatura neurocientífica. Eric Kandel, el científico que estudiaba la memoria de las babosas, obtuvo el premio Nobel de Medicina en 2000.


IV


Hay razones para pensar que las películas y las series de televisión podrían desfigurar nuestros recuerdos. Una superproducción gasta millones para hacer una réplica perfecta de lo cotidiano, y por eso el cine es hoy el constructor de arquetipos por excelencia (un juzgado, un laboratorio, Londres victoriana). El cine, además, cuenta una historia: una sucesión de eventos con sentido. Investigadores como Donald Polkinghorne sostienen que la narrativa es muy eficiente en la fijación de los recuerdos. En el relato de Hillary Clinton, algo prevalece: el miedo y la naturaleza arriesgada de aterrizar en un territorio convulso. Reagan pudo confundir sus fuentes, pero dejó intacta la fábula esencial: el combatiente que da su vida por un compañero. El árbol de plastilina a veces se parecerá más a un abeto, otras a un roble, a un álamo. Será más bello que la vez anterior, o menos tosco, más delgado o alto. Pero seguirá siendo un árbol.

Las fuentes de distorsión de nuestros recuerdos pueden ser variadas, pero el cine y las series de televisión están entre los sospechosos comunes. Vivimos en un mundo en el que la internet y las redes sociales obligan al procesamiento rápido de la información, lo que produce memorias de baja calidad. Nicholas Carr, finalista del Pulitzer con Superficiales, un libro sobre cómo la red está cambiando nuestro cerebro, sostiene que las nuevas formas de comunicación digital no crean las condiciones químicas necesarias para los recuerdos profundos. En ese contexto, las narraciones audiovisuales siguen siendo una fuente poderosa de memorias de largo plazo, es decir, recuerdos bioquímicamente saludables. Las películas gozan de algo cada vez más esquivo en el mundo real: nuestra atención.

No se trata de una influencia menor. La neurociencia lleva años utilizando retratos de celebridades para medir la actividad cerebral de «lo familiar». De hecho la reacción ante la fotografía de Angelina Jolie es una forma efectiva de medir cuán grave es una amnesia por contusión. Estudios con imágenes de resonancia magnética confirman algo más o menos esperable: que reconoces con mucha más intensidad el rostro de un famoso que el de alguien a quien vuelves a ver días después de conocerlo; por ejemplo, en la última boda a la que te invitaron. La chica célebre activa regiones de la memoria de largo plazo que no responderán cuando te reencuentres con una persona con la que estuviste hablando; por ejemplo, la guapa prima de la novia.
Los experimentos de Elizabeth Loftus evidencian que nuestra memoria es frágil, pero también capaz de generar arquetipos muy enraizados. La memoria infantil del rostro de tu hermano es sólida (aunque podríamos discutir si esa memoria es la de su rostro actual o el de esos años, ¿cuántas versiones de rostros guardamos según la edad?). La memoria de tu mejor amigo del colegio es ciertamente sólida. La de tu segundo mejor amigo, probablemente también. Pero ¿qué hay del tercer o cuarto amigo, el chico que se sumaba al grupo a veces, del que no conservas fotografías? ¿Puedes visualizar ese rostro? ¿Qué tan nítido es? Imagina que te das a la tarea de reconstruir una escena en la que participa esa persona. Como nuestro cerebro es poderoso, el rostro aparecerá. La pregunta es si ese será el rostro original. Y lo mismo puede aplicarse a alguien que conociste cierto verano en la playa, un ser espléndido que acuñó —verbo peligroso— desde entonces tu idea de belleza, y que nunca volviste a ver. ¿Prevalecerá esa cara? ¿O es que apelaremos a la vasta galería interior, a una especie de archivo facial? La mujer de mediana edad que te encontró cuando te perdiste en el supermercado poseerá un rostro en el mismo instante en que te creas la historia. ¿Pero cuál? ¡Si ni siquiera existe! En Searching for memory, Daniel Schacter cuenta el caso del australiano Donald Thompson, detenido por la policía acusado de violar a una mujer. Afortunadamente Thompson tenía una coartada que era también la explicación del hecho: minutos antes del ataque, él había aparecido en una entrevista, en vivo, en la televisión. La mujer lo había visto y había atribuido ese rostro a su atacante. Este caso es especial, pues la violencia y lo traumático de la experiencia influyen en la malformación del recuerdo, pero lo que asombra es la forma como un rostro específico puede colocarse con tal precisión en el recuerdo.

¿Cuántos rostros intrusos se han colado en nuestra memoria? ¿Cuántos actores de reparto de nuestra biografía tienen puesto el rostro de actores de reparto de verdad? El análisis es difícil. Como nadie puede ver dentro de nuestra mente, la comparación objetiva de las caras y las locaciones que conservamos es imposible. Y no todos tenemos la oportunidad de que nuestras vivencias estén sometidas al escrutinio público, ni contamos con videos de archivo con los cuales cotejar las exageraciones y errores. No todos tenemos acceso a la imagen fundadora, al árbol de plastilina original.

El descubrimiento de la maleabilidad de los recuerdos está por lograr el sueño de debilitar una memoria hasta el punto de extinguirla. O sea, darte una droga justo cuando acabas de estrujar el árbol de plastilina para que no puedas moldearlo de nuevo y te quedes con una cosa amorfa que la siguiente vez ya no reconocerás. No sé si esa cura maravillosa para los traumas —que ya se prueba en veteranos de guerra, sin resultados concluyentes hasta la fecha— llegue pronto. Lo que sí sospecho es que se instalará cierta forma de higiene de la memoria, considerando la nueva ola científica. Me refiero a determinadas costumbres que iremos aprendiendo para minimizar y controlar la distorsión. Quizás para las personas del futuro sea muy claro que recordar en exceso un episodio puede desfigurarlo. Quizás la gente diga «disculpa, hoy no voy a recordar el 11 de setiembre, sólo lo hago una vez al año, porque no quiero deformar ese día». Tal vez haya ideas circulantes, hábitos, quizás los adultos alerten sobre los riesgos de escribir basándose en una experiencia real, quizás sea común decir que ponerse a recordar la infancia después de ver una película sobre niños es una muy mala idea.

 

Un experto
en ángeles y santos
persigue a ladrones
de libros

¿Es un bibliotecario uno de los últimos combatientes contra la corrupción?

Un perfil de David Hidalgo
Fotografías de Nicolas Villaume

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Nicolas Villaume

Un hombre ingresó a la Casa Rosada, el palacio presidencial de Argentina, con una caja negra en las manos. Se trataba de un estuche sin señas, forrado con terciopelo, y tenía un libro en su interior. Era la réplica de un antiguo tratado de quiromancia que había pertenecido a la biblioteca del libertador José de San Martín. Pocos rasgos más intrigantes en la historia universal del poder que la curiosidad de un gran estratega militar por leer el futuro en la palma de una mano. El salón de la Casa Rosada se fue colmando de ministros, diplomáticos y altos funcionarios peruanos y argentinos. Minutos antes del mediodía, llegaron los presidentes. Ramón Mujica, el portador de ese libro para adivinos, se sentó en la mesa circular de los gobernantes y colocó la caja negra a la vista. Era una escena insólita en América Latina: dos presidentes estaban a punto de quedar intrigados por un libro.

Ollanta Humala visitaba a Cristina Kirchner en un viaje relámpago para firmar varios acuerdos, desde la lucha antidroga hasta el traslado de presos. Ramón Mujica viajaba en la comitiva como director de la Biblioteca Nacional del Perú. Cuando llegó su turno de firmar el convenio cultural, Mujica se las arregló para romper el protocolo: en vez de regresar a su silla, junto a las demás autoridades, dio unos pasos hasta la mesa de honor y entregó la caja negra a Ollanta Humala, quien se levantó para recibirlo. Por unos segundos Mujica le dijo unas palabras que sólo Cristina Kirchner pudo escuchar. Humala no resistió la tentación de abrir el estuche en ese instante y la presidenta de Argentina se sumergió durante varios minutos en ese libro lleno de dibujos de manos marcadas con signos extraños. La política, como el esoterismo, es un reino de símbolos: entre los títulos que le corresponden como presidenta de Argentina, Cristina Kirchner ejerce el de Gran Maestre de la Orden del Libertador San Martín. Nadie parecía recordarlo cuando, minutos después, le tocó imponer al presidente del Perú un collar de oro con la imagen de un cóndor, una espada sobre una corona de laureles y la efigie de San Martín rodeada de brillantes. Acaso el único que valoraba la coincidencia era el bibliotecario que acaba de romper el protocolo para entregarle un libro de quiromancia.

Ramón Mujica llevaba meses persiguiendo ladrones de libros antiguos en Lima y había hallado pruebas de que una de las rutas del tráfico pasaba por Buenos Aires. Atraer la atención de ambos presidentes con un detalle enigmático era un movimiento digno de un prestidigitador: los políticos cautivan a la gente con discursos; los bibliotecarios, con misterios. Un tratado de quiromancia como ese es más que un manual de instrucciones para leer el futuro: es una máquina del tiempo y de conocimiento, un objeto capaz de transportar a un lector a otro mundo y a otra mentalidad. «Este libro es impreso medio siglo después de la invención de la imprenta por Guttemberg [sic]», dice una anotación en la primera página de ese ejemplar. Trescientos años más tarde, estuvo en la colección que el general San Martín donó para fundar la Biblioteca de Lima y fortalecer con libros la libertad ganada por las armas. El tratado de quiromancia sería robado durante la guerra que enfrentó a Perú y Chile al final de ese siglo de rebeliones ilustradas. «Lo recobré del poder de un soldado chileno en 1881, por dos reales de plata», dice la misma anotación. La firma es del tradicionista Ricardo Palma, el director que en ese tiempo reconstruyó la Biblioteca Nacional del Perú a fuerza de pedir libros de puerta en puerta. Mujica, el hombre de la caja negra, es su más reciente sucesor. También es un hombre en busca de tesoros perdidos.


[II]


Ramón Mujica es un experto en el poder de los símbolos antiguos. Durante años se ha dedicado a descifrar mensajes en las imágenes religiosas de grabados, pinturas y esculturas del tiempo de los virreyes del Perú. A inicios de los años noventa del siglo pasado, entusiasmó a la comunidad académica con un libro que arrojó luces sobre uno de los temas más intrigantes de la época colonial: la aparente obsesión de sus artistas por pintar retratos de ángeles arcabuceros. Varias series de cuadros sobrevivientes de aquel tiempo muestran a esos personajes celestes vestidos con trajes militares y con armas, como soldados con alas. El mayor enigma de esas obras era que numerosas pinturas tienen inscripciones con nombres de ángeles que no aparecen en la Biblia. Nombres que nunca fueron reconocidos por la Iglesia Católica. Mujica, un erudito fascinado con la historia de las religiones, hurgó en bibliotecas americanas y europeas en busca de pistas. Encontró documentos desconocidos sobre el tema. En vez de un estudio sobre historia del arte, lo que hizo parecía un esfuerzo por resolver un acertijo de la antigüedad clásica: combinó referencias de disciplinas como los estudios bíblicos, la patrística — el estudio de los escritos de los padres de la Iglesia primitiva—, la filosofía neoplatónica medieval, la magia renacentista, la teología tridentina y la antropología. Sus hallazgos revelaron la existencia en América de un antiguo culto angélico, que reivindicaba la devoción a siete ángeles específicos como príncipes del cielo y guerreros del Apocalipsis. En su momento, este culto había sido investigado por el Santo Oficio debido a sus aparentes vinculaciones heréticas con la cábala y la magia. Sin embargo, tras una serie de complejas reinterpretaciones, terminó convertido en la doctrina político-religiosa que facilitó «la Conquista espiritual del Nuevo Mundo»: las pinturas de ángeles soldados abrieron los caminos de los Andes a los evangelizadores de la monarquía española.

Mujica puede contar esta historia como si fuera una novela de misterio. Más que un estudioso encerrado en una torre de marfil, parece un científico de la era victoriana, uno de esos exploradores que se vestían como catedráticos para presentar sus hallazgos ante sus colegas de la comunidad científica. Algunos detalles de su biografía explican el origen de su curiosidad: es hijo de Manuel Mujica Gallo, un recordado mecenas que combinó una activa vida política con su acentuada pasión por el arte, y estudió Antropología en el New College de Florida, una universidad experimental de estilo socrático, de la que se graduó con una tesis sobre los conceptos del amor y la guerra en la poesía hispano-árabe del siglo XII. De regreso al Perú, durante una época repartió su tiempo entre el negocio familiar de bienes raíces y las visitas diarias a los conventos de Lima: por las mañanas daba directivas y firmaba cheques, y por las tardes se internaba en bibliotecas religiosas sumidas en un silencio monástico.

En una época en que el mundo entraba a una vorágine de conquistas tecnológicas, Mujica frecuentaba recintos donde la mayor tecnología permitida eran sus anteojos redondos de carey. El hombre que quería resolver un enigma sobre ángeles se asomó a la oscuridad del pasado con la curiosidad como linterna. «Un estudioso —escribió Virginia Woolf— es un entusiasta concentrado, solitario, sedentario, que busca en los libros ese grano especial de verdad en el cual ha puesto todo su afán». Mujica lo encontró en antiguos tomos amarillentos, algunos de los cuales no habían sido leídos en siglos. Su mayor descubrimiento no fue hallar esos libros y documentos, sino entender lo que revelaban acerca de las ideas y costumbres, miedos y esperanzas del tiempo en que fueron escritos. «Es obligatorio beber de las fuentes que animaron a nuestros artistas con el fin de comprender el significado de sus visiones y el sentido final de sus obras», explicó Mujica en su estudio sobre las pinturas de ángeles.

Fue esta certeza sobre el valor de los libros antiguos como valiosos artefactos de la memoria la que lo motivó a lanzar un mensaje de alerta desde Lima a Buenos Aires una mañana de agosto del 2012, tres meses antes del episodio con el tratado de quiromancia y los presidentes de Perú y Argentina. Ese día Mujica iba a contar detalles sobre el sofisticado robo de un manuscrito de la Biblioteca Nacional del Perú. Esta vez el experto en ángeles no actuaría con un sigilo de convento, sino con la resonancia de la era digital: revelaría el caso en una teleconferencia con un grupo de invitados a la embajada del Perú en la capital argentina. El libro robado era un catecismo del siglo XVIII escrito en quechua, una evidencia de cómo los evangelizadores españoles reciclaban palabras del idioma nativo para predicar conceptos occidentales como el cielo y el infierno, los ángeles o el diablo. Pertenecía a una de las colecciones más importantes de la Biblioteca Nacional, pero nadie supo de su desaparición hasta que un académico francés lo redescubrió de manera casual en una prestigiosa biblioteca de Washington. Entonces se supo que esa institución lo había comprado a una librería anticuaria de Buenos Aires. Tras una odisea por ambos extremos del continente, el libro había sido devuelto, y ahora el director de la Biblioteca Nacional trataba de obtener aliados en una cruzada internacional para detener el tráfico de libros. «Con la aparición del manuscrito se puede reconstruir el circuito del robo», dijo Mujica al grupo que lo escuchaba desde una pantalla gigante, media docena de personas entre las que estaba Horacio González, director de la Biblioteca Nacional de la República Argentina, y Alberto Casares, presidente de la Asociación de Libreros Anticuarios de ese país. El autor del robo, explicó Mujica, no sólo se había llevado el ejemplar —como ha ocurrido en otras bibliotecas del mundo—, sino que había eliminado casi todos los rastros de su existencia, desde las fichas bibliográficas hasta el registro de la bóveda donde había estado guardado. El ladrón también se cuidó de eliminar las papeletas de los investigadores que habían visto ese libro en años recientes. Había sido, en palabras de Mujica, un trabajo interno.


[III]


Una tarde Mujica me contó cómo había descubierto la gravedad de los robos en la Biblioteca Nacional. Había ocurrido en su segundo mes de director. Durante una reunión en su despacho, una funcionaria le dio una noticia: alguien había tratado de robarse parte del archivo que perteneció a un antiguo presidente del Perú. Unos operarios de mantenimiento habían encontrado siete carpetas con documentos escondidas al interior de un mueble viejo en la azotea de la antigua sede de la BNP, un edificio del Centro de Lima que por casi doscientos años guardó los mayores tesoros bibliográficos del país. Los técnicos que acudieron a verificar el hallazgo se toparon con más de cuatro mil páginas de la correspondencia del mariscal Andrés Avelino Cáceres, dos veces gobernante del Perú en el siglo XIX, y uno de sus mayores héroes militares. Eran papeles históricos que debían estar en la bóveda.

El hallazgo accidental había ocurrido el mismo día en que el presidente Humala firmó la resolución suprema que nombró a Ramón Mujica director de la Biblioteca Nacional del Perú. Sin embargo, Mujica no recibió la noticia de los robos al tomar el cargo ni en las semanas siguientes, sino hasta que regresó de un viaje. Su reacción inmediata fue presentarse en el viejo local de la Biblioteca con una comitiva de funcionarios y personal de seguridad para esclarecer el robo. «Estaba consternado —recordó una trabajadora que presenció la escena—. Decía que no entendía por qué le habían ocultado eso». Allí se enteró de que desde el día del hallazgo, la jefa del Archivo, Martha Uriarte, había tenido que hacer malabares en su oficina para proteger los documentos de Cáceres: cada tarde, antes de irse a casa, los cambiaba de estante en secreto, para evitar que algún intruso de la mafia se los volviera a llevar durante la noche. Uriarte no confiaba en nadie y por eso esperaba el retorno del director para entregárselos en persona. El asunto era más grave que un intento frustrado de robo. Otra funcionaria había dado una orden general para ocultárselo. «Sentí indignación: me di cuenta de que todas las personas que me habían sonreído, que me habían felicitado, que me habían dicho que iban a trabajar conmigo, todas estaban mintiendo», dice Mujica sobre algunos de los funcionarios de la BNP al recordar el incidente.

No era el primer caso conocido de hurto en la Biblioteca Nacional. En años recientes, antes del nombramiento de Mujica, varias denuncias periodísticas habían revelado el robo de grabados y de tomos completos de sus fondos más valiosos, cuyo acceso solo está permitido a investigadores. El problema no había terminado ni siquiera con la mudanza de la antigua sede del centro de Lima a un nuevo edificio en uno de los distritos más residenciales de la ciudad. La respuesta oficial seguía pareciendo una política para aliviar goteras: cada denuncia era asumida como un caso aislado y no como la operación de una mafia. Así había ocurrido incluso cuando un par de académicos peruanos, especialistas en religiosidad colonial, entregaron a un diario limeño la prueba documental de uno de los robos. Se trataba de la copia microfilmada de un grabado del siglo XVII que muestra un retrato de Nicolás de Ayllón, un noble indígena a quien la Iglesia Católica llegó a declarar venerable, el segundo de los cuatro pasos a la santidad. Los investigadores habían estudiado el grabado en físico para unos libros que estaban preparando. Tiempo después, esa página había desaparecido del tomo original. El tema no había pasado inadvertido para Mujica: el experto en ángeles es también una autoridad en la historia de los santos. Durante sus propias investigaciones, había trabajado con documentos y libros de la misma época. Alguna vez habí