jueves 09 setiembre 9:47 am.
El hombre culto en el retrete
Una reflexión de Proust Arévalo | Ilustración de José Luis Carranza | No. 85

LIBROS EN85

La cultura es un milagro que separa a los seres humanos del resto de los animales: los hombres pueden leer en el retrete, las mascotas no. El escultor belga K. Kumèt quiso demostrar este obvio postulado encerrándose junto con su gato en una habitación transparente por el período de un mes. Durante treinta días, el público de Bruselas observó lo siguiente: K. Kumèt, que siguió una dieta rica en fibras y frutas, acudió al retrete treinta y dos veces; el gato, merced a su desordenado metabolismo, hizo lo propio en su caja de arena ciento setenta y dos veces. Las deposiciones se iban registrando en un tablero como anotaciones de un partido de básquetbol. Aunque no se trataba de una contienda propiamente, parte del público celebró el aparente triunfo del gato.

Recién salido del encierro, K. Kumèt explicó en una entrevista la finalidad del experimento. Durante un mes, a razón de quince minutos por deposición, logró leer cinco libros en el retrete: dos volúmenes de cuentos de Carver, la poesía completa de Aragon, un recetario de cocina francesa y el Apocalipsis. El gato, está de más decirlo, no leyó nada. Dicho esto, el artista expresó lo que parece ser el credo de todo lector de retrete: «¿Qué haces en tu tiempo libre?», le preguntó a un anonadado periodista. «Yo leo. No soy un animal cualquiera».

He ahí un camino a la cultura. Todo baño ofrece un paréntesis de soledad en un mundo superpoblado y cargado de estrés. Destinar o no esos diez o quince minutos diarios al cultivo del espíritu puede establecer la diferencia entre un hombre conformista o alguien que quiere sobresalir en la sociedad. Todos hemos escuchado alguna vez la excusa universal que justifica la ignorancia: no hay tiempo para leer. ¡Vaya mediocridad! En Bélgica —un país educado y desarrollado—, los ciudadanos han hallado el tiempo en la toilette. Ocho de cada diez belgas disfrutan leyendo mientras hacen sus necesidades (cable de la agencia DPA). Las excusas sobran cuando alguien quiere superarse de verdad. «Siendo joven, en busca de un lugar seguro donde devorar los clásicos prohibidos, a veces acudía a refugiarme en el retrete», recordaba el escritor Henry Miller. Calculemos. Si se aprovechan las incursiones a ese recinto desde temprana edad, un hombre cualquiera habrá acumulado al final de su vida ciento ochenta días de sana lectura —alrededor de doscientos libros— y bien podrá considerarse un alma culta. Alguien preparado para tomar las riendas de su destino. Y, por qué no, listo para contradecir al jefe de vez en cuando. Ya sabemos que a ningún gobierno o poder le convienen los hombres cultos. El sistema inocula el terror en los lectores potenciales. Los médicos, brazo armado de ese miedo, advierten: leer en el retrete puede producir hemorroides. Hemorroides: «Un nido de hormigas en el trasero» (Bad Blake en la película Crazy Heart). Por fortuna, el mal puede evitarse con una mínima disciplina. Para comenzar, separemos el acto metabólico de evacuación del acto cultural de la lectura.

Alíviate. Aséate. Cierra la tapa del retrete. Siéntate encima. Lee. Tal es el orden a seguir. Dicho esto, entremos en materia. No todos los libros están hechos para ser leídos en el retrete. Un volumen muy pesado (la Biblia) podría cansarte las manos o entumecerte las piernas. Un libro de encuadernación tosca será muy incómodo para quien pretenda sostenerlo con una mano mientras con la otra, por ejemplo, se rasca una oreja. Una novela de capítulos extensos, sin pausas (como Cien años de soledad), retendrá al lector más tiempo del recomendable (pensemos en las hemorroides). Por el contrario, son muy convenientes los libros de poemas, los cuentos cortos, los aforismos y todo texto que se lea de principio a fin en pocos minutos. Allí están los haikus. Los diccionarios. Los artículos de revistas. Los libros de cocina (de preferencia sin fotografías). Los manuales de oración (para los creyentes). Las novelas rusas (para los estreñidos). Ribeyro (sólo para fumadores). Los estadounidenses, que son grandes lectores de retrete y hasta celebran en junio la National Bathroom Reading Week (Semana Nacional de la Lectura en el Baño), cuentan con una editorial especializada en la materia: Uncle John’s Bathroom Reader sólo publica libros para leer entre deposiciones. Son textos fáciles, de chistes y variedades, que pueden satisfacer a un lector ligero, pero no a quienes buscan un verdadero trago de cultura antes de jalar la cadena. Para ellos el novelista japonés Koji Suzuki ha publicado la primera novela impresa en un rollo de papel higiénico: un thriller pensado para ser leído y usado, capítulo a capítulo, en el retrete. Por el momento, Steve Jobs y los genios detrás del libro electrónico no han anunciado sus intenciones de competir en este mercado.


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1 comentario   |  
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  • Tránsito Blum | huracanesenpapel.blogspot.com |  July 17, 2010 a las 2:45 pm

    Ha sido un placer leer tu artículo. En este caso no estaba en el retrete sino sentado en el sofá con las piernas estiradas encima de la mesa y apoyadas sobre un cojín mientras sujetaba el portátil y alternaba la atención hacia “Nausicaa del valle del viento”, un manga nihilista fatalista de Hayao Miyazaki. Tu estilo letrado se me aparece como un híbrido entre “Sobre la lectura” de Marcel Proust y la pluma afilada de Henry Miller. Es fantástico. Tus dedos llevan la Etiqueta Negra. Quiero más.

    Saludos.


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