jueves 29 julio 2:48 pm.
Me gusta hacer topless
Porque los que censuran el exhibicionismo son unos perversos peores que los que nos desnudamos delante de los demás.
Una defensa de Ariadna Castellarnau | No. 81

TOPLESS 2 

Me gusta hacer topless porque no tengo nada en contra de mis pechos y no me importa que los vean. Los pechos de las mujeres están sobrevalorados y exhibirlos sin recelo, sin vergüenza, es una manera de quitarse de encima el lastre de la religión y del psicoanálisis que nos han hecho creer que los pechos sólo pueden ser dos cosas: santuario de la maternidad o principio de placer. ¿Acaso no podrán ser simplemente pechos, partes corrientes del cuerpo, como los brazos, las rodillas o el cuello? Yo hago topless porque estoy en contra de los que censuran el exhibicionismo: éstos suelen ser unos perversos mucho peores que aquellos que nos desnudamos sin problemas delante de los demás. Amo el topless porque soy una nostálgica y poseo una imaginación de lo más novelera. Me habría gustado vivir en los años veinte y ser una chica que bailara en un cabaret, desnuda de cintura para arriba. O quizá tumbarme sobre la arena de una playa de Saint-Tropez con un monobikini –el invento del modisto gay Rudi Gernreich, que consistía en un traje de baño negro con dos tirantes que dejaban los pechos al aire– y cuando me sintiera acalorada, meterme en el mar y nadar hasta un yate donde me esperarían Brigitte Bardot y Alain Delon, o Alain Delon solo, con una copa de Martini en la mano. Defiendo el topless como defiendo el sano negocio de los paparazzi que cada año apuestan los objetivos de sus cámaras en alguna playa remota para atrapar in fraganti a alguna celebridad, y no por ello las celebridades se exhiben menos. Jackie Onassis fue una víctima de esos curiosos, aunque su osadía al hacer topless contribuyó a que su esposo fuera no sólo uno de los hombres más ricos del mundo sino uno de los más envidiados. Me gusta que las famosas hagan topless porque me tranquiliza comprobar que nada perturba el ciclo natural de las cosas, que sus posados veraniegos en la playa son los mismos este año que los del año pasado (y seguro que serán también los mismos el próximo) y que el mundo sigue girando a pesar de las teorías apocalípticas. Recomiendo el topless como táctica para atentar contra la doble moral de los que creen que una mujer que muestra sus pechos en la playa es una chica liberada, pero si hace lo mismo en un bar entonces se trata de una prostituta. Me gustaría que el topless se permitiera en todos lados. En Suecia, gracias a la militancia de un grupo llamado Bära Brost, las mujeres ya pueden bañarse sin corpiño en las piletas públicas. Todavía falta sumar a la iniciativa los parques, las plazas, los lagos naturales y artificiales o las terrazas de los cafés. No soy feminista por formación ni militante de ningún grupo por los derechos de la mujer, pero desde que me enteré de que el gobierno polaco ha emprendido una política de retorno a las buenas costumbres que consiste en perseguir a los que colaboraron con el comunismo, investigar la supuesta homosexualidad de los Teletubbies y patrullar las playas para multar a las mujeres que hacen topless, algo me dice que el mundo va de mal en peor y que ante tales expresiones de demencia fascista una debe tomar posiciones y, de una buena vez, quitarse el corpiño. Una húngara lo hizo en agosto del 2009, en una playa de Qingdao, en China, donde el topless está prohibido; ella se quitó la parte de arriba del bikini y soportó sin inmutarse las miradas de desaprobación o admiración de los otros bañistas así como las advertencias de los vigilantes que le pedían que volviera a cubrirse. Eso es valentía. Hago topless porque me parece la actitud más sana frente a todas esas etiquetas que arrastramos con nosotras las mujeres, sea lo que fuere que hagamos, y a pesar del feminismo y de la liberación sexual. Si hacemos topless, somos unas frescas. Si no lo hacemos, reprimidas. Si hablamos de los derechos de la mujer, unas pesadas. Si no lo hacemos, retrógradas. No hay salvación. Por esto mismo, mujeres del mundo, arriba el topless y fuera sujetadores, corpiños y sostenes (un invento de lo más atroz e incómodo), y disfrutemos.


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